
Publication date: August 22, 2026
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Premiar el mayor agravio y origen de la nobleza de Castilla. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/premiar-el-mayor-agravio-y-origen-de-la-nobleza-de-castilla.
[En el margen superior izquierdo:] Cotarelo 834 [En el margen superior derecho:] P 1
Comedia. Premiar el mayor agravio y origen de la nobleza de Castilla, que escribió don Bartolomé Ponce de León y Oruchas, coronista general de su Majestad, y ofrece, dedica y consagra al mayor español Virgilio que en toda la sucesión de los siglos reconoció ni reconocerá el mundo.
[Sello:] Colección Teatral Arturo Sedó.
Al cisne mantuano, si todo el orbe es Mantua. Al poeta por antonomasia, por cuya elocuente boca se honrarán de hablar las Musas, mejor que por la del cómico latino, que tanto cele- bra el más erudito de los romanos. Cuyas obras construirán a la inmortalidad de su fama memorias más perennes que sus bronces. Al origen de la nobleza, pues como las estrellas la luz del sol y su caudal del mar los ríos parti- ciparon de la suya los astros, y los ríos la luz y la mayor confluencia de su nobleza.
Cuya sangre es tan únicamente recíproca, que no tiene gota el que es solo mu- cha, que no sea transmisión del insigne héroe. Ni gota el soberano objeto de mi venera[ción], que no dimane de las reales vena[s] del monarca. Y para decir en una voz lo que no cabe en todo idioma: Al Almirante de Castil[la], a quien ninguna profana elocuen[cia] se atreverá a manchar con la im- pureza de sus alabanzas lo grande eminente.
excelso y sacro de sus méritos; por ser no solo segunda Icaria temeridad sino humano sacrilegio el mayor encomio.
3 Comedia Premiar el mayor agravio origen de la nobleza de Castilla Historia verdadera en el año de 1370 Personas que hablan en ella El Rey Don Enrique galán de 40 años Pedro González de Mendoza viejo grave de 60 años Don Alonso Enríquez sobrino del Rey de 24 años Don Bernal de Fox a la francesa primer Conde de Medinaceli de 30 años: Pedro Manrique Adelantado de Castilla hijo de Doña Juana de Mendoza mozo de 18 años: Don Fernando Ponce, mozo galán. Don Ramiro, y Ordoño de Meneses mozos galanes Guillén lacayo de Don Alonso bien vestido Pinardo labrador vestido pardo, con sombrero, Aguilar, Moral de la Reyna, Zeynos, Jamaría Berruecos, Villar, son 6 labradores que representan estas 6 villas, bien vestidos de pardo:
Bausolo y Crespo. Un alcalde de corte con garnachas, gorra. Doña Juana de Mendoza, viuda y moza, tocas largas, de edad de 32 años. Doña Elvira de Guzmán, dama de la reina. Theresa, criada de doña Juana. Vidiale, ayo de don Alonso, loba corta y cuello. Los almirantes y reyes se han de vestir como se declara en la 3.ª jornada. La mesa que ha de poner al rey, debajo de un dosel con mucho ornato.
Sale Don Alonso Enríquez, Don Fernando Ponce, Ordoño de Meneses, y Don Ramiro.
No haré tal por vida mía,
que fue dádiva real,
y con circunstancia tal,
tomarle es descortesía.
Generoso es el valor,
que siempre en vos descubrí;
pero no ha de darse (así)
lo que de un Rey es favor.
Mirad, que desobligáis
la Majestad, que os obliga;
que no faltará quien diga,
lo poco que lo estimáis.
Fernando, Ordoño, Ramiro,
no desestimo el favor,
que me hace el Rey mi señor;
bien está, lo que doy miro:
Su Majestad (como habéis
cuidadosos advertido)
a Palacio me ha traído
donde en su gracia me vi;
por ella soy envidiado,
antes de ser conocido;
por haberme preferido
a tantos nobles, que ha honrado;
esto me movió, a pedir
(primero que me pusiera
en tanto honor) que me diera,
con que poderlo lucir:
previniéndolo prudente,
entre joyas de primor,
que me dio de gran valor,
larga, y generosamente;
este caballo estimaba;
diómele con otros seis,
que son los que visto habéis
y el que don Ramiro alaba:
yo se le doy, y he pensado
que para eso me le dio,
y nunca mejor corrió,
pues en tal dueño ha parado;
(Aparte.)
Téngole una antipatía,
y al verle tan liberal
Crece la envidia mortal,
que el odio en mi pecho cría.
Vos me habéis corrido
con lo que dais, entiendo,
que el corazón me está riendo
cuando obra conmigo así.
Yo no he visto, por lo menos,
tan hidalgo proceder,
este hombre debe de ser
algún príncipe.
¿No menos?
No,
que hacer bien a un amigo
es, por sola esta razón,
natural obligación
que tiene el hombre consigo.
Pero a un enemigo tal
es hazaña perdonarle,
beneficiarle y honrarle,
solo de ánimo real.
[aquí]
[Vuelve a él]
[Aparte]
Sin duda lo es, admiro
más, Fernando, lo que ha hecho,
cuanto más conozco el pecho
ingrato de don Ramiro.
Ahora, yo trueco el caballo
don Alonso, porque quiero,
daros (como a caballero)
alta ocasión de mostrallo:
las que son tan desiguales,
la gloria, el laurel, la palma,
dan a las prendas del alma,
como ella misma inmortales;
esta os quiero dar a vos,
don Alonso generoso,
dándome lo más precioso;
¿ya me entendéis?
No, por Dios.
Pues todos somos amigos,
llegad que en esta ocasión,
seréis de mi pretensión,
o jueces o testigos;
don Alonso es tan galán,
que con celos me maltrata.
¿Por qué dama?
Por la ingrata
doña Elvira de Guzmán.
(Aparte)
¡Qué tales van mis cuidados!
¡Oh riguroso dolor,
que tenga un secreto amor!
contrarios tan declarados?
¡Ay, mataste, desengaño,
que aunque de tanto desdén,
no esperaba ningún bien,
no presumí tanto daño!
Nunca de vos he dudado,
que me habéis de hacer dichoso,
cuando sois tan dadivoso.
Pedísme un caso negado;
pues si yo la pretendiera,
y mi amorosa pasión
cediera a esa pretensión,
ni noble, ni amante fuera;
porque es materia sentada,
entre hombres de opinión,
que no puede haber razón
de dar la Dama, o la espada.
Y así, ese parecer sigo,
por más seguro y más sano,
con que me excuso un agravio,
y a mi Dama, y a mi amigo.
A mí, porque al mundo fuera,
dando una dádiva tal,
indicativo real
de hombre de inferior esfera.
A la dama, pues sería
siendo mía, o no, en rigor,
lo primero, deshonor;
lo segundo, robería;
y de esta misma razón,
al amigo, agravio viene,
en darle lo que no tiene,
o no tiene estimación.
En el jardín siento gente,
quiero (desde aquí) escuchar,
que a Don Alonso oigo hablar,
si el deseo no me miente.
Ese discurso previene
una conclusión fatal
de mi muerte;
Sale Doña Elvira de Guzmán al paño.
¿Hay liberal,
que ofrezca lo que no tiene?
Si Elvira Campaspe fuera,
si de Luceyo la esposa,
y una, y otra dama hermosa,
en mi poder estuviera;
de mi amistad diera muestra;
pues de Alejandro, y Cipión,
viniere a su heroica acción,
y una, y otra fuera vuestra.
Don Alonso ha confesado,
que doña Elvira no es suya;
¿Mía? pues ¿cuándo?
¿Pues cuya?
A muy buen tiempo he llegado,
basta, ¿qué tratan de mí?
No merezco su amor yo;
¿No tienes amor?
Yo no;
¡Qué tal escucho!
Yo sí.
Siendo así, no hay que juzgar;
antes podemos decir,
que habéis llegado a pedir,
a quien no tiene qué dar.
Y habremos, así, quedado,
sin ser jueces, entre amigos;
pero no, sin ser testigos
de un valor, y de un cuidado:
porque, don Alonso, vos
altamente os señaláis;
y vos, Ramiro, mostráis
grande cuidado, por Dios;
que doña Elvira, ya veis
que es hermosa, por extremo.
no a ti, a don Alonso temo;
Si estar sin amor podéis,
vos viviréis, más de espacio.
Eso, Ramiro, quisiera;
pero atreverse, no fuera
con las damas de palacio.
No entiendo ese pensamiento;
Aparte.
Quien presume noblemente,
de tan digno que le aliente,
la gloria de un casamiento;
animando su intención
tan bien nacido deseo,
merece tan alto empleo,
por tan digna pretensión:
que si es fuerza, el que pretende,
que por algún fin se mueva
no sé el casado si lleva
el fin honesto, o le atiende:
yo confieso, que lo ignoro;
y que se atreve indiscreto,
de las damas al respeto;
y del palacio, al decoro;
Pues cual guarda, y deposita
las reliquias en viril,
porque a los ojos sutil,
solamente las permita;
así en el Palacio Real,
a sus damas, con tal tiento,
se han de mirar, que el aliento
no ha de empañar el cristal.
¡Estoy de oíros confuso!
¿Que esto he llegado a escuchar?
Usad, lo que veis usar.
Yo en eso, distingo el uso.
Pues de los primeros fui,
sigo (con vuestra opinión)
desde hoy más, mi pretensión.
Así, bien está; y así;
pues no pretendo casarme,
a lo menos por ahora,
aunque una tan grande señora
pudiera bien obligarme;
vengo en ello; y os prevengo
a estimar la calidad,
de mi liberalidad;
pues os doy lo que no tengo:
y es bien que sepáis de mí,
que aunque en el Alma no estaba,
el respeto la miraba,
mas, ¿quién estuviera allí?
¿Hay desdén para quien ama,
como escuchar tal rigor?
Hasta aquí me entré, señor,
no menos, que el Rey te llama.
¿El Rey? ¿pues de qué lo sabe?
¿hasta aquí llegas?
Señor, a los hombres de mi humor
no pone el Palacio llaves.
No es razón, que el Rey me espere,
ni faltar a su asistencia;
dadme licencia.
¡Licencia nos pides!
mucho le quiere;
Llevad caballo del Rey,
Guillén, luego a Don Ramiro.
Sale Guillén.
(Aparte)
(Aparte)
(Vase)
¡Eso dices! pues no admiro
que pierda su buena ley;
oh caballo generoso,
dádiva, y pieza Real;
que de un necio liberal,
paras, a un necio envidioso;
No le ha visto el sol, más bello;
y si otro tiempo alcanzara,
este, y no el suyo, pensara
un Rey, que gustó de hacello:
Moteje después, alguno
el oficio, que mantengo;
que ascendiente un rey me tengo,
en mi oficio lacayuno.
Pues tanto nos lo encareces,
di cuáles sus partes son;
¿Quieren ver su descripción?
Sí.
Apeles dame tus veces.
Es el cuadrúpedo; pues
ya que sus partes informo;
desde el copete, a la cola,
y desde la mano, al lomo,
blanco, en lo Cisne; cometa,
en lo leve; en lo fogoso,
toda la Región del fuego;
Por sus Relinchos Sonoros,
Clarín; pródigo, de crines;
de cuello, y orejas corto:
Poblada la extremidad,
del que atrás arroja a trozos;
tanto, que en bosque de cerda
mueve, cada vez, que abierto
déjalo así, rompiendo
galera, por el ondoso
mar de sus propias espumas,
tan, sin temor, que en retorno
de agravios, en vez de picas,
dispara los pies; y ahorro
otras armas; pues en estas,
vincula su desahogo.
Bien, y con gran propiedad
diste a la pintura el ser;
¿Es impropiedad saber
cada cual su profesión?
Antes luce, y aprovecha;
sospecho, que te ha pesado
que me haya dado el caballo
Don Alonso?
Bien, sospechas;
porque es grande desbarro,
que otro nombre no le hallo,
dar a vuesasté un caballo
del Rey, de mi amo, y mío;
que ninguno de los tres,
según hasta aquí sabemos,
sospecho, que le debemos
parentesco, ni intereses;
cierto es lo del parentesco;
pues vusiarcé no nació
como ellos, ni como yo;
pues intereses,
Fuera fresco;
y pudiera dar frío;
no me debes intereses
por eso, y porque el Rey es
mi Rey, no es pariente mío?
De tu amo, padre, y madre
se ignora; pues será igual?
Paso, que es de sangre real,
por el padre, y por la madre.
A fe? deseamos oírlo;
que estamos de su valor
con invidia y con amor;
y el Rey aclara el delirio.
No puede ser sangre hidalga
quien no me supo estimar;
mas al criado he de hablar,
antes que del jardín salga,
yo bajo...
(Vase.)
¿Cuándo, o quiénes
han dudado calidad,
jamás, en la Majestad,
de los que nacieron Reyes?
La misma naturaleza
los crio calificados;
de ellos, (al mar comparados)
sale el agua, y la nobleza;
al mar, no le damos Madre,
porque Dios, mar le crio;
al río sí, nadie vio
río, que no tenga Madre:
al charquillo, y al arroyo,
en su primera corriente,
se le ve la humilde fuente,
en un rincón, en un hoyo;
Vuesasted, otros, y yo
somos (bien podré decillo)
río, o arroyo, o charquillo;
pero no mar, Reyes no;
ahora, para que aplique,
si advierte, que mi señor
es el sobrino mayor
de nuestro Rey Don Enrique;
¿veía claro el desatino,
de lo que llegó a dudar?
¿no ve cómo nació solar?
¿no ve su origen divino?
Calla, loco; luego vi,
que había de ser dislate,
cuanto dijera este orate;
Vamos, señora, de aquí;
que él es de humildes blasones,
y de ocultarse, lo infiero;
pues no sufre un caballero,
el andar en opiniones.
Yo afirmo que lo es (sin duda)
Ordoño, y más si previenes,
que el Rey le dejó en rehenes,
cuando Aragón le dio ayuda,
contra su hermano cruel;
pues valor se requería,
en persona, que a un Rey fía,
y queda en prendas por él.
Van.
Eso es claro, Don Fernando;
y segunda razón,
muy grandes sus prendas son;
pues quedo a un Rey abonando.
Guillén, tú eres buen criado;
muy alto pones tu dueño;
aunque yo, mi fe te empeño,
que tan grande le he juzgado;
aficionados le estamos,
sea quien fuere;
Tú le amas;
Solo tiene que a damas
da, no siendo suyas, vamos...
Es verdad, y a reparallo,
también mi discurso llama,
que más necio en dar la dama,
fue, que aun en dar el caballo.
Tente.
¿Quién se cae aquí?
¿Qué dice, loco?
Vanse los dos.
Al irse sale Doña Elvira y le detiene.
Que he sido,
señora, quien ha caído,
en mil faltas, ¡ay de mí!
Ven acá.
No estoy aquí
bien.
Llega, llega, atrevido;
pues no me atrevo a llegar,
viendo, que con pies lacayos,
piso tan alto lugar,
adonde ni aun a los rayos
del sol permiten entrar,
¿y atrevido me has llamado?
Vive Dios que lo ha escuchado.
¿No eres criado del hombre?
De don Alonso.
Solo el nombre
del amo, doy olvidado.
Dile, mas primero di
lo que habéis hablado aquí;
y que lo oí, ve advertido;
Señora, si lo has oído,
(Aparte.)
Quiero saberlo de ti;
que tu confesión lo apoye
quiero, cuando en dudas lucha
el alma, ver si el que escucha,
es verdad, que un mal oye.
¿Qué verdad es?
Mi ansia es mucha;
mucho el daño, mucho el miedo,
mucho el mal, mucho el enredo,
y mucha mi pesadumbre;
y entre tanta muchedumbre,
muy poco decirte puedo.
¿Qué pregunto? No me entiendo;
pues si este enojo me obliga,
con que este otra vez lo diga,
doblar mi ofensa pretendo.
Dile, que es ruin caballero;
pero aunque ruin, no quiero,
que caballero le nombres;
de los más plebeyos hombres
dile, que es el más grosero.
Dile, que fue poco agudo,
que a Alejandro no igualó;
y que aun de Scipión lo dudo;
que aquel dio lo que gozó;
y este lo que gozar pudo;
Dile que si fuera yo
tan baja que suya fuera,
diera tanto en lo que dio,
que liberal excediera
a quien cortés le excedió.
Dile que ambos han quedado
necios, de opinión igual,
si por suya me han juzgado;
uno, necio liberal,
y otro, necio confiado.
Dile.
¿Otro dile?
Son tales,
que a bien hacerles iguales;
Tan brava estás con tus diles,
que temo un dale.
Pues dale
malas nuevas a los dos,
que dél y de don Ramiro
he de vengarme.
¿Por Dios?
Yo le haré mejor tiro.
Y acertaréis mejor vos.
que un ruin (a mi parecer)
por mal camino, se doma.
Toma, y me harás un placer;
No te quedará en toma,
que al fin lo he de merecer;
las dádivas, los regalos,
si son libres, no son malos.
Esta noche hablarte quiero,
vete al terrero.
Dale un anillo.
¿Al terrero?
¿a que me den veinte palos?
que habrá un hermano rondante,
de estos que salen armados
de casco, y cueros de ante;
y de en pos veinte criados,
que los amores me espante.
No, señora, no es mi gala
para terrero, ni en sala;
aún estoy en el jardín,
temiendo del más ruin,
una liebre noramala,
¿y me iré al terrero, donde
habrá canes, y cintarazo?
Guarda allá ese favorazo,
para un marqués, o algún conde.
¡Oh, cómo a tu amo ennobleces,
a quien cobarde pareces!
¿Cómo cobarde, señora?
pues señálame la hora;
que en una iré treinta veces;
vive Dios, que he de ir allá.
Pues a prima noche ve.
Esto es hecho; Guillén va,
Guillén al terrero fue;
y enterrado quedará.
Vase.
Vase.
Estos, con que en el pecho amor revienta,
desprecios, que bebí, que oigo venenos,
de amor, de cortesía tan ajenos,
que no afrentarme de ellos fuera afrenta;
estos, quieres que corran por tu cuenta,
con más vivos deseos, con más llenos;
cuando son más las causas, duren menos;
¡oh, amor! lo que te mata te alimenta.
¿No es grande error que el desengaño encuentro,
y me induce el deseo más adentro?
¿No es gran yerro de amor, que amor me anima,
a quien así mi fe da desestima?
Pero, ¿qué importa, cuando acierto amando,
que me digan que erré, si erré acertando?
Sale el rey, Pedro González de Mendoza, Don Bernal de Fox, Pedro Manrique, y Don Alonso.
Las mercedes, señor, que hoy habéis hecho,
eran bien deseadas en Castilla;
habéis a vuestra España satisfecho;
que en veros se goza, y maravilla.
pues maravilla, vuestro franco pecho;
y agora justo, que ocupéis la silla,
que tuvo de don Pedro, aquella espada
en ira, en sangre, y en rigor bañada.
los premios, y las honras recibidas,
harán vuestros vasallos más leales;
que, aunque de tantos fueron merecidas,
no esperaban, jamás, tantas, ni tales.
Cedan las de Alejandro encarecidas
a las vuestras, Enrique, sin iguales,
y humilde ruega el castellano celo,
que pues el cielo os dio, que os guarde el cielo.
Y a vos, también, os guarde adelantado;
que no poco, lo sois en alabarme;
y no tenéis porqué, que he premiado,
a cuantos en servirme, y ayudarme
fieles en estas guerras se han mostrado;
ha sido obligación, desempeñarme;
mis deudas pago; que es cosa sentada,
que en pagar lo que debo, no doy nada.
Don Juan Alonso de Guzmán pudiera
quejarse, que por mí, quemó en Sevilla
a mi madre, mi hermano. Crueldad fiera
a quien una criada (por cubrirla)
cruel, piadosa, se metió en la hoguera;
acción sola, que amor podrá decilla;
dile, con mi hija, a Niebla, hízele conde;
y dudo, si a mi empeño corresponde.
Vos, don Bernal de Fox, estáis quejoso,
que cuando a todos hoy, mercedes hago
os dejo, así agraviado, y envidioso.
De vuestra majestad me satisfago,
como puedo de un rey tan generoso;
en murmurar de vos, de vos me pago,
que como rey os hallo, más seguro;
del conde Trastamar, solo murmuro.
Vos, os habéis quejado. Corregidme;
si fui el conde, a quien habéis servido;
ahora que soy rey (Bernal, valedme)
de vuestra fe, y servicios no me olvido;
antes, una merced equivalente
os he querido hacer agradecido;
para que Francia, a mi amistad, se anime
y más vuestra persona España estime;
Doña Isabel, ilustre de la Cerda,
nieta del Infante Don Fernando,
(de cuya muerte mi dolor se acuerda,
por quien su señor viuda quedando,
el valor de tal sangre, no se pierda)
case con vos.
Adoraré, cobrando,
en siglos de merced, deuda de honora;
la prima de la Reina mi señora,
los pies os dé, y abrazos;
Alzad, conde,
Medinaceli es vuestro, y sus lugares;
No hallo suelo, señor,
Alzad,
adonde los ojos ponga
erija España altares,
a tal valor;
En todo corresponde
a mi padre, y abuelo singulares;
dichosos los que, ahora, te gozamos;
por tal merced, la mano te besamos.
Hablen los Ricos hombres, que no os toca,
hablar. En esto a vos, el cielo, Henrique,
conserve vuestra vida.
Vejez loca,
¿no puedo hablar yo aquí?
¡Que me replique!
¿Con qué ocasión?
Falta ocasión provoca,
para que el Rey, quién es, nos certifique.
Callad, Pedro González de Mendoza,
que no sabéis los títulos, que goza.
¿Qué títulos, señor, mandas decillos;
que deseo saber (por vida vuestra)
quién osa, ante estas canas preferillos?
Pues gran señor, en su persona muestra;
extremado valor. En los corrillos,
así de extraña, como gente nuestra,
hablando de su trato, y cortesía,
culpan vuestro secreto, y su porfía.
No a su nobleza, ni a la mía, importa,
(que toda es una) que esta vez se diga.
¡Que toda es una dijo! pues no corta
mi espada, Pedro, en sangre, que me obliga
al respeto real, que me reporta,
¡Que el Rey me quiere bien, y no prosiga!
¡Que toda es una! ¿Quién será este mozo,
que me da suspensión y me da gozo?
Notablemente el Rey se halla obligado
a decirnos quién es, Pedro Manrique,
que hombre que en Aragón quedó empeñado,
y le dejó en rehenes don Henrique,
sin duda es cosa suya.
He sospechado
que es hijo del maestre don Fadrique;
mirad su talle, su arte, su semblante.
No es mucho, gran señor, que me adelante
y en fe de ser Mendoza, y de ser viejo,
que una y otra razón debe obligaros,
pues os sirve mi sangre y mi consejo,
en secreto me atreva a suplicaros
de mí fiéis saber de quién me quejo.
Llegad, cubríos, debo respetaros.
No hay bendición, no hay loa que no os cuadre;
en todo parecéis a vuestro padre.
Mendoza, yo os estimo y sois discreto.
Oíd aparte.
Yo, que me acobardo
y al Rey en mengua mía estoy sujeto,
tengo la culpa que secreto guardo.
¿Lo que sale de honor, tener secreto?
Será en amor disculpa de mi padre,
primera la corona de mi madre.
¿No era mi abuelo con el Rey hablando?
Y parece que llora, él se enternece.
Pero González, que os están mirando.
Disimulad.
A la memoria ofrece
el sentimiento que os estoy mostrando
la muerte del Infante a quien parece
extrañamente el hijo, y como creo
que en el tener lloro que le veo
sus acciones, su rostro, su estatura,
sus altos y reales pensamientos,
nos retrata tan propia su figura.
¿Y no os parecen justos mis intentos?
Disponéislos, señor, con gran cordura,
y que un estado a sus merecimientos
se busque igual es lo que más apruebo.
El tiempo lo ha de hacer, que aún es mancebo.
¡Don Alonso!
Señor.
Quería casarte.
Otra merced, señor, debéis hacerme
que pueda más honrarme.
¿Cómo honrarte? Ya le entiendo.
Si dijo así ofenderme...
Tuvierais bien, mas deja gobernarme
atento a mis intentos, que no duerme
mi cuidado y amor.
Señor, yo digo...
Ya lo que decís sé, tu intento rijo,
servirasme la copa en tanto.
Es siervo, señor, el honor mío,
y así mis pensamientos adelanto.
Yo vuestra vida a mi lealtad confío,
mas no segura entre enemigo tanto
en la copa.
Sé bien de quien la fío.
Mándame el Rey callar, y va...
Hacedlo.
Sin duda se lo dijo a vuestro abuelo.
Aparte.
(cerca ven)
Llamadme a Don Bernardo de Cabrera,
que siempre hallé importante su persona,
que no quiero aguardar la primavera
para las guerras y cerco de Carmona,
y en este tiempo restaurar quisiera
el alcázar leal a mi Corona.
de la noble Madrid que me ha pesado
de saber que estos días se ha quemado.
Vamos, donde me espera esotra gente.
Sabed, del Rey Alfonso ilustre nieto,
hijo feliz del padre más valiente,
que os debo mucho amor.
Yo a vos respeto,
y perdonad mi enojo, que impaciente...
No puede.
Yo os prometo
nadie ofenderme.
Sois honor de España.
Bien lo podéis decir, nobleza vana.
¿Qué en fin os dijo el Rey?
Y me he corrido
que no me lo dijese vuestra cara,
siendo al señor maestre parecido
con extremo tan grande.
¿Y no repara
el Rey en que me tiene destruido
con dolor y vergüenza en pechos y cara?
¿Será contra mi honor que mi honor diga?
Vanse el Rey, Don Bernal, Pedro Manrique, y quedan Don Alonso y Pedro González.
Aparte.
A mí el secreto como veis me obliga.
Quiere primero el Rey daros estado
como mejor a lo que sois convenga,
y no discurre cosa su cuidado
que a vuestro excelso honor igual prevenga;
altamente os había desposado,
que ya no es justo que esto se detenga;
tratólo en Aragón, pero fue tarde,
porque casó en Navarra.
Dios le guarde,
que aunque en casarme ahora estoy rebelde,
mas siempre haré lo que mi tío gustare,
como sobrino suyo.
Obedecedle,
y en todo ejecutad lo que ordenare.
¡Oh, qué padre tuvisteis! Parecedle
en el valor también, que si imitare
el vuestro de tal Príncipe la gloria,
resucitáis a España su memoria.
Y tenedla de mí, que le amé tanto
que, cuando se me acuerda de su muerte,
no puedo (a Dios juro) tener el llanto.
Muchos años viváis, que de esa suerte,
estimando a los dos, me deis cuanto
dino aliento, valor, memoria fuerte.
Por mi Padulengo, ilustre viejo
espejo del honor, de la fe espejo.
Aquí dicen que quedó
con un Don Alonso hablando,
pero solo paseando
un hombre diviso yo;
ya es noche, tarde he llegado,
¿dónde hallaré a mi señor?
¿Buscas algo, labrador?
Si busco, señor labrado,
no piense que he respondido
mal, que le quise alabar,
yo soy tosco, y por labrar,
pero él, labrado y polido.
Gracia tienes; pero di,
¿a quién buscas?
Halagüeño es por mi vida.
A mi dueño,
Pero González.
Ay,
por ahí le errastes, ahora
de mi presencia se aparta.
Entra Pinardo con una carta en la mano.
Aparte.
¡Oh! Que le traigo una carta.
de su hija, y mi señora.
Voyle a buscar.
¿Hija tiene?
Y su valor no es segundo.
¿Eso pregunta? ¿Es del mundo?
¿Y del otro mundo viene?
¿La Ricahembra no ha oído?
¿Quiérese de mí burlar?
Ahora la oigo nombrar.
Pues piense que sordo ando.
Pues sordo, y difunto he estado.
¿Es hermosa?
Sí, a la fe.
¿Qué tanto?
Mucho, sabré
si acierto a darle un traslado
clarito.
Por tu vida, di.
¿Cómo el sol sale allá
cuando amanece? No habrá,
que acá levántanse tarde;
¿ha visto algún ángel? Menos,
aunque madrugue despacio,
que a la gente de palacio
no se aparten los buenos.
Pasa adelante, que ya
te entendí, si mi amor desea
verla.
Pues cuando la vea
un sol, y un ángel verá,
doña Juana de Mendoza
se llama.
¿Qué edad
tendrá?
Como treinta años, si haras,
que a la fe enviudó muy moza,
y es alta, y de lindo gesto.
¿Y de aquí a Aguilar qué habrá?
No sé, de Aguilar acá
yo se lo dijera presto;
porque acabo de llegar
adonde otra vez no he estado,
y como ve, no he tornado
hasta ahora a mi lugar.
¿Y no habrá lo mismo?
Creo que no.
¿Cómo así?
Porque
cuando vuelva de dar,
llegar presto, y el deseo
de llegar hombre a su casa,
aunque corra, le parece
que la legua se le crece
y el aliento se le tasa.
¿Podréte preguntar yo
lo que esa carta dirá?
Preguntarlo bien podrá,
pero no saberlo.
¿No?
Digo que es gusto escucharte,
que le tienes extremado,
y pues que ya te he cansado
quiero el cansancio pagarte.
Toma.
La cadena es gruesa.
Él es gran señor por Dios.
Con esta me ha echado dos,
y la que no vi, más pesa.
Dale una cadena.
(Aparte)
Y así, ¿qué quieres decir
que te obliga este favor?
¿Y no es cadena mayor?
Deudo sabe salir,
mas no sé si el pliego importe.
Vamos.
De importancia es harta,
mas es para otro la carta
y su merced paga el porte.
Sale Don Ramiro, en traje de noche.
Vanse.
Oh, noche de los cielos,
oh, cielo anochecido,
que en muda soledad, en sombra fría,
con tristes negros velos,
de luto te has vestido
por la difunta luz del muerto día.
Amor, mis pasos guía
por tus oscuridades,
donde no veré poco
si un desengaño toco.
Tu ceguedad es luz de mil verdades;
di (si a ver una llego)
que has hecho ver a un ciego.
Venga, pues, noche amada,
entre ardores y yelos,
A ver si he de morir o a ver si vivo,
si Elvira, mi adorada,
pagando mis desvelos,
templa el desdén de su rigor esquivo.
El tribunal altivo
es este, la sentencia
como de juez supremo
la temo; pues ¿qué temo,
llegando sin fiscales a su audiencia,
sin más culpa que amarla,
pues ha de castigarla?
Sale Don Fernando en traje de noche.
Oscura noche amiga,
quiero de ti fiarme;
a tu silencio y soledad me atrevo.
Bien sé que amor te obliga
y quieres escucharme,
llevado de unos ojos, amor llevo
sobre peligro nuevo;
nuevo, porque hoy le he visto
en dos competidores,
cuyos muchos ardores
sordo desprecio y ciego los resisto.
que siendo mis enojos
los quieren ver mis ojos,
y viéndome obstinado,
el amor me condena
a que los cierre siempre, porque cuando
los que, habiendo mirado
la causa de mi pena,
no me dejan creer de otro sentido
desengaños a oído,
y ejemplo del que os mira
seré por varios modos
a los ojos de todos.
Porque si no os miraran, ¡ay, Elvira!,
nunca yo así penara,
mas, ¡ay!, que no os mirara.
Sale Guillén ridículo de noche.
¡Oh, noche tapetada!
Cuánto el ver me atribula
de su negro monjil los negros pliegues.
¡Ay, dueña derrocada!
¡Ay, canóniga mula!
Más emparamentada no me llegues,
que a escuras me niegues.
embozada en tus sombras,
siquiera escaso un rayo
de luz desvelárase
para pisar decentes tus alfombras;
mas porque no te vea,
te tapas como fea.
Tápame, pues que alguno
querrá le deje el puesto,
y lo tengo debajo, nunca Dios quiera
que a nadie sea importuno;
tiende el manto funesto,
cúbreme bien, ¡oh grande alcahueta,
de tanto amor tercera!
Terror me da el terrero.
¡Vive Dios que hay ruido!
Guillén, ¿quién te ha movido,
para desdicha tuya, a caballero?
Quedito quiero estarme;
¿mas puedo menearme?
En el terrero hay gente.
No sé quién ruido hizo.
¡Oh, métase la Virgen de por medio,
yo doy diente con diente!
Sin son yo me deslizo,
que cuando el miedo es tal no hay otro medio.
De hablarte no hay remedio,
Elvira, tú me anima,
que al terrero he venido
y a prima noche ha ido,
que por negra la puedo llamar prima,
y porque en mí es primera
no quiera Dios postrera;
ahora bien, yo me escurro
tan bonitamente.
¿Quién es?
¿Quién va?
Mejor dirá quién iba,
mas ¡qué poco discurso
o miedo impertinente,
que otro responde allí con voz altiva!
Ellos me hacen criba.
¿Quién lo pregunta?
Un hombre.
Ya lo veo,
pero saber deseo
quién me replica así.
Si se repunta
hará mejor en irse,
porque ha de descubrirse.
Aquí primero vine.
Pues váyase primero.
¿Cuándo eso un caballero hacerlo suele?
Otra vez imaginé
que no era caballero.
¡Qué linda flema!
En que se pasma, dile,
a gallina me huele;
pero ¿cuál es el mundo?
Remédienos el cielo,
que sea yo el que huelo,
y quisiera embarcarme en el profundo,
y siendo tal la mía,
juzgo esta acobardía.
En el terrero estamos,
y en él no ha de reñirse,
que es palacio real y no es respeto.
Salgamos de él.
Salgamos.
(Vanse.)
Ya tardaban en irse.
No romperé jamás, yo te prometo.
¡Oh, noche! Tu secreto
de mí será temido,
de mí será temblado,
tendréte por sagrado.
El ruido que siento me ha traído,
mas, ¿si el lacayo fuese
el que este ruido hace?
Una reja han abierto,
mas, ¿si fuese la dama?
Perdónelo Dios, que acá me trajo
a riesgo de ser muerto.
¿Sois vos?
Ella me llama.
La capa tercio y el sombrero encajo.
¿Quién es?
Quien su trabajo
le cuesta por hoy verte;
yo soy Guillén, señora,
que por tu gusto a esta hora
que estoy aquí luchando con la muerte.
Pues, ¿qué ha sido?
(Sale a un balcón Doña Elvira.)
¿Qué ha sido?
Dos hombres he corrido.
No es mucho de dos hombres.
Entiéndeme, si quieres;
a dos hombres he echado del terrero.
Mira antes que los nombres,
si acaso eran mujeres,
que en correrlas tu amo es tan ligero,
que...
A mi amo, caballero,
y tú, señora noble,
habla bien del ausente,
que está su honor presente.
Porque te hallo leal te estimo al doble
y, así, con él mejora;
dame de sus amores cuenta.
No hay que contarte.
No mientas.
Por tu vida.
¿He lo yo de decir?
Ni yo, aunque quisiera.
¿Ama?
En ninguna parte.
¿Es moza?
Ni aun nacida.
Casada dicen que es.
Ni aun casadera.
¿Es viuda?
Ni aun soltera.
¿Sabe mucho?
Muy poco.
¿Escríbela?
No escribe.
¿Dónde vive?
No vive.
Ea, di la verdad.
Vuelvesme loco,
y juro a Jesucristo,
que tal mujer no he visto.
Pues toma esa cadena
y dentro de ese lienzo
hallarás un papel, dásele y vete.
Siempre con mano llena,
tanto que me avergüenzas,
me favoreces; yo daré el billete
y haré que se sujete
a tan altos amores
que al más helado obligas.
Arrójale Doña Elvira un lienzo atado.
Vanse.
Nada de eso le digas,
sino que no se fíe de traidores;
y vete, que ya es tarde.
Todo el cielo te guarde,
ay, hombre más dichoso
que yo esta noche he sido.
No tiene el mundo moza más gallarda.
Mereciera una albarda
si no muere por ella;
de todas es ultraje,
ella de alto linaje,
ella discreta y, sobre todo, bella.
Ella fuera mi moza,
si yo naciera Enríquez o Mendoza.
Tened, señor don Fernando,
la espada, no le matéis.
¿No le matéis? Pues podéis,
aunque os vengáis ayudando.
Van[se].
Salen Don Ramiro y Don Fernando acuchillándose, con espadas y broqueles, y metiendo paz Don Alonso.
Vos solo habéis menester
ayuda para libraros
de quien, si quiere mataros,
tiene en su valor poder;
y pésame que ha llegado
don Alonso en vuestra ayuda.
porque no se quede en duda
la vida que os ha importado.
Ya, Fernando, en la ocasión
ha respondido esa espada,
y aun queda más agraviada
ésta de aquella razón;
para que yo riña es poca,
por quien es el que disparte,
quien lleva la peor parte,
yo tengo la que me toca.
Pero lo que blasonáis,
Ramiro, os he de sufrir,
porque no viene a reñir
quien vino a que no riñáis.
Yo salgo de recoger
al Rey, que se acuesta ahora.
Así nos dais a entender
que nos vamos, ya me voy.
Y yo me fuera también
si con vos quedara bien;
herido pienso que estoy,
pero haberme más herido
con veros disimular
lo que os pudiera obligar
a haber con otro reñido.
han de tenerme en poco,
siendo en mi sangre y valor
para mostrar a furor,
cuando os obligo, os provoco.
No, Ramiro, no es verdad
la que ostentáis valentía,
ni tiene esa bizarría
substancia, ni calidad;
el que agradece es valiente,
que en confesarse inferior,
muestra ánimo superior
quien fortuna desmiente;
y aunque es razón que yo sienta
que he llegado a defenderos,
no tengo que agradeceros
una vida con afrenta;
matadme, reñid, que no
será valor excusaros.
No adorna acción mataros
de los hombres como yo;
que, demás que os hallo aquí
(como confesáis) herido,
nunca con hombre he reñido
que yo mismo defendí.
Curaos, sanad de la herida
y estará bien a los dos,
porque riña yo con vos
con más razón y más vida.
Bravo deán, pero tarde.
Gente viene.
Así se queda
hasta que acabarse pueda.
Dios os guarde.
Dios os guarde.
¿Quién va ahí?
Otra tenemos.
¡Oh, lo que esta noche dura!
¡Vive Dios, que es tan escura
que ni quien habla nos vemos!
¿Tú no ves que el miedo ciega,
Guillén? ¿Dónde vas así?
¿Cómo andas tú por aquí
a tal hora?
¿Señor?
Llega, ¿traes rodela?
(Vase.)
(Sale Guillén.)
¿Pues no? Y casco.
Los tuyos estarán buenos,
aunque para los serenos
el mejor casco es de frasco.
¿A qué es tu venida en fin?
Mi salida buen fin tuvo,
Elvira oyéndote estuvo
esta tarde en el jardín;
venir me mandó al terrero,
vine, ocupado le vi,
eché dos hombres de allí
como honrado caballero,
habléla y de aquel rüido
con esta carta estoy fuera,
que es para ti, de manera
que vine, vi y he venido.
¿Carta?
O papel.
Bien, por Dios.
Bien, pues un ángel te ama.
Se mueren por esta dama,
y aun se matan otros dos.
Pues vine, tú...
Ser no quiero.
Sin igual desvanecido,
aquí me dejara quejoso
con su hermosura grosero;
mas si yo no la servía,
no es culpa que permitiere
que Ramiro la sirviere.
Espántame tu osadía,
¿quién a tanto te ha animado?
Necesidad y honra pura,
¿qué te parece?
Ventura,
mas otra mayor callado.
¿Mayor?
Mayor, ¿no has oído
la ricahembra alabar,
gran señora de Aguilar
y otras villas?
¿Y esa ha sido?
Sí, Guillén, avisar quiero
al sabio que me crio,
será mi remedio.
Yo,
¿no puedo ser tu hechicero?
Dime, ¿llevaste el caballo?
a don Ramiro que aquí
con don Fernando le vi,
ya tan cerca de escuchalle,
que uno llegó, le mata,
y no me lo agradeció.
Estos son, jurarás,
los que fingió mi bravata;
llegámosle algo después
don Gonzalo, yo y Collantes.
Traeríades buenos guantes.
No todos, que éramos tres.
Pues di, ¿quién, por vida mía?
No el señor caballerizo,
aunque su venida le hizo
y él a él su cortesía;
en fin, para que concluya,
recado y caballo dio;
don Ramiro se riyó,
y dijo: «La dádiva suya
es muy grande, señor mío,
mucho el caballo me agrada,
mas no le mandó dar nada»,
y fuese, ya ves, muy frío.
Collantes listo y gentil
llegó, soplando, limpiando,
copete y chines peinando,
y otras diligencias mil;
pero la misma desgracia
tuvo, que muy satisfecho
le dijo: «Vos lo habéis hecho,
amigo, con mucha gracia».
Llegué yo, que para mí
se guardaba esta ventura,
con mucha desenvoltura,
trayéndole aquí y allí;
en fin, llamándome al cabo,
me dijo entre otros placeres:
«Guillén, extremado eres».
¿Y qué te dio?
Ni un ochavo.
¿Qué me dices?
Si nos vieras
a los tres, me quedé absorto
que fuese tan ruin.
Di corto.
No más que el nombre moderas.
Yo mandaré que te den
lo que él te podía dar.
Aún le querrás disculpar,
mal te quiere.
Hazle bien.
Siempre murmura de ti
y busca para eso modos.
¿Qué más gloria que ver todos
que está envidioso de mí?
Es un honroso enemigo
el envidioso, Guillén,
porque con hacerle bien
me acredito y le castigo;
pues cuando en disimularle
pasión tan ciega y notoria
se me sigue a mí esta gloria,
¿no haré bien en conservarle?
Mátale, que cobardía
dirán que es disimular.
¿Para qué le he de matar
si él se mata cada día?
Yo no sufriera, señor,
su malicia.
Así se vence,
como no se desvergüence
a tocarme en el honor.
Deja, señor, que te arguya
la lógica de Guillén:
Digo que es hacerle bien,
bondad y grandeza tuya;
mas dejarte llamar vos
de este escudero, le vi,
como respeto de ti
lo son los más, vive Dios,
es en aquél levedad
digna que con un desprecio
le avises de que es un necio.
Da al diablo tanta bondad.
Para mí, sabes poco,
que este tal verás que muere
a manos del que le oyere
por presumido y por loco,
que forzoso lo ha de ser
el que, no siendo mi igual,
me hablare así.
Yo estoy mal
con no dárselo a entender.
El sol es comunicable
de su claridad hermosa,
sin perder por generosa
La luz de un Príncipe afable
y severo, en quien ardor
a quien se le acerca abrasa.
Ya, Ramiro, si esto pasa
le abrasará mi valor.
Haz eso de cuando en cuando,
porque un amo, y aun diez,
quien no se enoja tal vez...
Dices la verdad.
Burlando.
Pero ya estamos en casa.
Dejado a los estadistas,
traten allá los duelistas
estos puntos, hoy se casa,
que ya decir hoy podemos
pues serán las tres, el conde
de Medinaceli.
¿Dónde?
En palacio.
Y te veremos...
Y podrá ser con la dama
de este papel, si danzare.
Vamos, y Dios me depare
con el jarro y con la cama.
Fin de la primera jornada.
[Página en blanco]
Sale el Rey, Pedro González, Ordoño, Don Ramiro, Don Bernal y Ponces, rebozados.
Tarde parece, verdad,
que dan principio en
la plaza.
Su Majestad
puede ver desde esta reja
toda su traza.
Aunque sea grandeza, advierto
el pasarlo, y que me admira
gran desconcierto.
Yo voy, mi Rey, a serviros.
¿Cómo estáis, Don Ramiro,
con vuestra gran gala hoy?
Jamás hace por quien soy;
pues que esta ocasión del día
obliga a mayor alegría,
no puedo imaginar pena
mayor que rebosa en mí,
y el dolor me enajena.
Ya lo veo.
Nada le debe.
[Página en blanco]
Jornada 2.ª 33
Sale el Rey, Pero González, Ordoño, Don Ramiro con banda y de negro.
Tarde parece, mirad,
Ordoño, si se despeja
la plaza.
Su Majestad
puede ver desde esta reja
toda su corte.
Avisad, Pero González, que estoy
esperando y que me admiro
que se detengan.
Yo voy.
¿Cómo estáis vos, Don Ramiro,
con banda, y sin galas hoy?
¿Qué le daré por respuesta?
Aunque la ocasión del día
obliga a más alegría,
no puede tan grande fiesta
vencer la tristeza mía
y así de negro he salido.
¿Y la banda?
Vase.
Nada, ha sido
Señor, descanso es de un brazo
poco herido .
¿Luego estáis triste y herido?
(siento traza, aparte)
Anoche, señor, salí
un rato por el lugar
algo tarde, y al pasar
del terrero un hombre vi
que me pretendió estorbar,
diciéndome no pasare
adelante, y que me fuese
sin que al terrero llegase,
y que este placer le hiciese
o un pesar escusase.
Este pesar grosería
me pareció, y cobardía
querer sufrirla, y así
saqué la espada, aun que vi
que Don Alonso venía.
Diome en el brazo una herida
de su favor animado,
que esto dejo a mi cuidado.
Pero debe a su venida
el Don Fernando la vida,
que era, señor, Don Fernando
quien le estaba acompañando,
pues no ha mentido la fama.
de que anda por cierta dama
el sitio Real profanando.
Esta es señor la ocasión
de la banda, y mi tristeza
se funda en mayor razón
viendo un hombre que tropieza
en su vana presumpción
este que no conocido
en tu gracia introducido
vive con groseros modos
despreciándolos, a todos
solo porque es tu valido.
Siempre este me dice mal
de Don Alonso, y se arroja
con envidia desigual
pero quiero (aunque me enoja)
enmendar su natural.
Pésame que no profese
Don Alonso y que no pese
vuestra amistad y valor
que de todo mi favor
el pensamiento no es ese.
(Aparte.)
Antes hace del desprecio
que el caballo (esto es verdad),
de tan grande estima y precio
que le dio tu Majestad
me le dio ayer.
¿Que es tan necio?
Es hombre de esta manera,
y se le diera a cualquiera
sin reparar.
Me ha pesado...
no que el caballo haya dado,
sí de que a ti te le diera.
Honra tanto estas paredes,
que se pone muy de espacio
a hacer liberal mercedes
de las damas de palacio.
Será loco.
Verle puedes
de estas cosas; pues ahora
que la copa le has fiado,
más vano estos yerros dora.
Que el caballo os haya dado...
En mí de dueño mejora.
Parece que el Rey lo siente...
mi intento habré conseguido,
si a su enojo le he movido.
Aparte.
Aparte.
Aparte.
Pensará este maldiciente...
¿que estoy yo muy ofendido?
procurad otro empeñarle,
reducirle, y atraerle,
y a mi amistad obligarle,
y estotro descomponerle;
no quiero más escucharle.
Don Ramiro, aunque yo creo
que es verdad lo que decís,
vos no sabéis, según veo,
que lo que me referís
es lo que oír no deseo.
Y el que pretende ganar
del Príncipe, a quien se junta
la gracia, y quiere acertar,
de aquello solo ha de hablar
que desea o que pregunta.
Aunque es mi amor general,
téngosle natural
a quien vos hacéis desdén,
y de quien se quiere bien
no es gusto oír decir mal.
Y al Rey poco honor adquiere
el vasallo que ocasión
busca en las cosas que hiciere,
que no ha de haber más razón
de saber que el Rey lo quiere.
Los necios que investigáis
la merced o promoción,
y razón de ella no halláis,
tened por buena razón
que la razón ignoráis.
Y pues en tan alto grado
veis don Alonso premiado,
cuando lo entendáis después,
diréis que supe quién es
y fue dignamente honrado.
Sea, don Ramiro, su amigo,
pues don Alonso lo es vuestro,
y de esto sois más testigo
que del amor que le muestro;
venid ahora conmigo...
Aunque disimula, siente
la dádiva del caballo,
y de esto infiero que miente
el otro que levantallo
quiso al laurel de su frente...
Vase.
Entran dos labradores, Bartholo y Crespo, con un pliego de cartas.
Vase.
Pardiez que nos ha de dar
por nuestro Alcalde a Gil Polo.
Ella lo dirá, Bartholo,
no tienes que porfiar,
yo le llevo el nombramiento
de oficiales, que le envía
la villa; su señoría
tiene buen entendimiento;
y escogerá, el que quisiere,
de los que nombrados van.
Los Regidores serán
Mingo, y Pablos;
Sea el que fuere;
Aunque Mingo es testarón,
y por eso le condeno,
que para regir, no es bueno,
quien se arrima a su opinión.
Vaya, que es Valladolid
procurador General;
Es mezquino, haralo mal;
procurará para sí.
¿Es bien mudar
cada año estos oficios?
¿Pues no?
A ser siempre Alcalde yo,
fuera el mandón del lugar.
Pero, reparo en un daño,
como mudan los señores,
alcaldes y regidores,
estos oficios cada año
y escribanos nunca innovan.
¡Pardios, Crespo, no es razón!
que como perpetuos son,
perpetuamente nos roban.
Yo poco con ellos gano,
y con el nuestro también;
pero ya es hombre de bien.
Yo le conocí escribano
por cierto; pero, ¿has de hablar
a la rica hembra?
A ella,
¡pardios!, turbaréme en vella.
Al secretario he de dar el pliego.
¿No ha de casarse?
Los concejos se han juntado,
y en eso han porfiado,
y habrá de enterminarse;
y ha escrito en esta razón,
a nuestro dueño, su padre,
querrá lo que más nos cuadrare.
Ya que estas las tierras son,
D'Aguilar muy cerca estamos.
Rato ha que la torre vimos,
que el camino no sentimos,
como practicando vamos.
Hemos ligeros andado.
Más ligeros volveremos.
¿Por qué?
Porque dejaremos
los dineros, y el cuidado...
Viva vuestra Majestad
para consuelo, y honor,
de esa España, de Néstor
la feliz, y larga edad;
os miro con más beldad
en francesa lis florida;
y con alma agradecida,
día de merced tan franca,
señalo, con piedra blanca,
por el mejor de mi vida.
Vanse.
Suena música, y sale el Rey, Don Alonso, Pedro Gonzá- lez, Pedro Manrique, Don Fernando, Don Ramiro, Ordoño muy de gala, y Don Bernal de Fox más galán que todos porque es el novio, y entre ellos, un Al- calde de Corte sin vara con garnacha y gorra.
Bien está Conde, alzad primo,
y a Doña Isabel, y a vos,
haga bien casados Dios;
que a los dos amo y estimo.
Yo, que en el alma imprimo,
para que quede inmortal
una honra, y favor tal,
diré que no tuvo el mundo,
Rey, con Henrique segundo,
que fuese más liberal.
¿Quedó la novia a comer
con la reina?
Sí, señor.
Pues sabed que tanto honor,
ha llegado a merecer.
Iguales sois en hacer mercedes.
Tráiganme a mí la comida.
Plaza aquí,
la comida.
Córrese una cortina o bastidores y descubre un dosel y debajo una mesa con muchos platos cubiertos, y grande vajilla, gran gala en todos.
Llega Don Alonso la silla al Rey, y al tomarla, le dice en voz baja.
Con más tiento
Llega en adarme el aliento,
que le tomas para ti,
que con tan poco caballo,
que temo en alto ponerte.
¿A mí, señor, de qué suerte?
Dirá que te caes de un caballo.
Pues, señor.
Calla.
Ya callo,
que algunos traidores bríos...
¡Basta!
Los terrores míos
se ríen de un valor hidalgo.
Valor necio;
canten algo;
Mendoza, conde, cubríos.
¿Cómo sufro yo un traidor,
que prueba por tantos modos
descomponerme con todos?
Perdone el Rey mi señor,
que no es valor, el valor
que ofendido, y provocado,
sufre vilmente encerrado,
las brasas en que ardo ciego;
Disculpeme tanto fuego,
si rebentare abrasado...
La Reina Doña María,
mujer de Alonso el Onceno,
del Rey de Portugal hija,
y madre del Rey Don Pedro,
ofendida, y maltratada,
de aquel rayo, de aquel fuego,
que exhaló de sus entrañas,
para crueles incendios;
viendo muerto a Don Fadrique,
aquel valiente mancebo,
gran Maestre de Santiago,
y la defensa del Reino,
huyendo, dejó a Castilla;
a su hijo maldiciendo;
maldición, que el cielo oyó;
pues que le castigó el cielo;
la desobediencia culpan,
otros dicen que los yerros,
de la Reina....
Vase.
Canta la música fuera estas coplas.
Pasan aquí.
¿De la que?
39
Mendoza, llegad, ¿oyó
Don Alonso?
Señor, no,
que yo también reparé
cuando el romance escuché,
y me holgué por vida mía,
de no le ver.
Sentiría
mi enojo, ¿que no está aquí?
No señor.
Vuelto a los músicos.
Bien está así.
Cantáis una demasía:
Mirad, aunque el coronista,
deba escribir la verdad;
a las de esta calidad,
cortésmente se resista.
No ponga en pública lista
faltas de una Reina grave;
que si él tuvo, y nadie sabe
la llave de algún secreto;
será cordura y respeto,
dejar echada la llave:
que más valdrá que le llamen
corto, en no escribir la falta,
de una persona tan alta,
(si la tuvo) que en examen
mejor delibre le informen;
y sea Virgilio elegante,
o Tito Livio abundante;
con voz dulce, y pluma altiva
virtudes el uno escriba,
y hazañas el otro cante.
Gran Rey.
Qué grave y discreto.
Agua.
La copa.
Faltó Don Alonso.
Aquí estoy yo,
que servirla prometo;
Tened, Ramiro, respeto,
a quien el Rey la fio;
Pues ¿en qué le ofendo yo?
Perderse este loco quiere;
Que va que a mis manos muere
si a servirla se atrevió.
(Vase.)
Dentro Don Alonso.
¿Dónde con la copa vas,
Ramiro?
A dar vida al Rey.
Traidor de villana ley,
suelta la copa, ¿eso más?
¿Que he soltarla?
Así lo harás.
Jesús.
¿Qué es eso de afuera?
Vedlo, Alcalde.
De manera
salgo que mi turbación
verá el Rey,
fuerte ocasión
de su justicia severa.
Respeto será acertado
no asistir en su presencia;
huiré del Rey, y en mi ausencia
moriré si soy honrado,
de sus ojos desterrado.
[Vase, y Pedro Manrique, Ordoño de Meneses y Don Fernando Ponce.]
[Suena ruido como que cae un jarro de lo alto.]
[Sale Don Alonso Enríquez con la copa, algo mojado y mal puesta la capa.]
[Vase. Esto dice Don Alonso Enríquez mientras el Rey bebe.]
Vuestra Majestad, señor,
no vio perdido el color
a Alonso notablemente
Es que le he reñido y siente
sin duda bien.
Tiene honor.
No salió el arrojo en balde.
Caso extraño.
No hizo mal.
Tuvo ocasión.
No sé tal.
Qué decís?
Qué fue eso, Alcalde?
Contaré el caso?
Contadle.
Señor, Vuestra Magestad pidió
la bebida, a que salió
Ramiro, porque faltaba
Don Alonso a quien tocaba
servirla.
Y bien?
Entra el Alcalde, y los Caballeros que con él habían salido.
Llegó
cuando la copa traía,
pidiósela alborotado
Ramiro se halló empeñado
a no hacerlo que debía,
porfió, y en la porfía
haciendo del caso honor.
Don Alonso...
¿Qué?
Con más ira, sin embarazo,
asiéndole por un brazo
le eché por el corredor;
quitándole de la mano
la salva, y copa primero;
así ha muerto a un Caballero
principal, y cortesano;
por un enojo liviano.
Don Alonso,
es desacierto,
entró aquí ahora;
Esto es cierto.
Dice verdad el Alcalde.
¿Qué se hará en esto?
Enterradle;
¿Y el vivo?
Enterrad el muerto.
Señor, vos sois la Justicia,
y yo por vos la ministro,
pero el vulgo es un registro
que interpreta con malicia,
cuanto llega a su noticia;
mire Vuestra Majestad
el caso, y la calidad;
Mirad vos, impertinente,
no se os vaya el delincuente,
que yo haré justicia, andad.
Voy pues, que no habrá salido
de la corte.
Alzad de aquí.
Que del día en que me vi
honrado y favorecido,
la gloria haya deslucido
tal suceso, y caso tal;
temo predice algún mal;
Nunca estraga (dejaos de eso)
un particular suceso,
a un contento general.
¿Pedro González?
Vase.
Levántase el Rey y corren la cortina que cubra la mesa.
Señor.
¿Qué os parece?
Gravedad tiene el caso.
Así es verdad;
pero disculpa este terror.
Bien ha heredado el valor
de vuestro hermano.
Imagino,
que en él vive, y determino,
importe al honor que importe,
que en esta ocasión la corte
conozca, que es mi sobrino.
Y bien, señor, pues murió
la reina, que lo impedía...
Demasiado le sufría;
Bien hizo, él lo mereció.
Sin duda, que se ausentó
Don Alonso; pero buenos,
quedan ahoras bien llenos
de ocasiones, y favores,
Don Fernando, tus amores,
con dos enemigos menos.
Pues ¿qué he de hacer?
Ser osado.
Vanse.
¿Si la enojo?
Humilde llega,
habla cuerdo, tierno ruega;
que amante que no ha rogado,
no puede haber obligado.
ruega.
Por Dios, que he de hablar,
y más osado mostrar
mi amor: yo vuelvo al terrero,
y con tu consejo quiero,
servir, Ordoño, y rogar.
Canta.
Sale Doña Juana de Mendoza en cuerpo como quien está en el campo, y Theresa su criada; salen labradores con varas de justicia, y canta Theresa esta copla.
Vanse.
Repetición.
Estas son las tierras
de la rica hembra,
estas son las villas,
Villar, y Berruecos, Moral
de la Reyna,
Jamaría, Zeynos, y Aguilar
con ellas.
De la rica hembra,
traen los alcaldes
varas de justicia,
para que con ellas.
los vasallos pidan
de la rica hembra,
dele Dios marido
de su gallardía,
para que nos mande,
para que nos rija.
Con la hembra rica,
estas son las tierras, ea.
Esa copla me contenta.
Muy bien, Teresa, la has cantado.
Sácanos de este cuidado
esta señora, a tu cuenta;
que yo, en nombre de Aguilar,
cuyo alcalde por ti soy,
y tus villas, a quien hoy
tu mano has dado a besar,
te ofrecemos, si señalas
día de bienes tamaños,
que te daremos seis años
dobladas las alcabalas.
Sí ofrecemos.
Sí daremos.
Danos este regocijo.
Vasallos, yo tengo hijo;
Señora, a ti obedecemos;
solamente somos tuyos;
al señor Pero Manrique,
lo de su padre se aplique.
Dejado he haceros suyos;
Todo nuestro pensamiento
es, señora, que te cases,
y tu juventud no pases
en duelo y encerramiento;
Señora, todos te aman,
tú eres la mayor señora
que en Castilla vive ahora,
la rica hembra te llaman,
estás gallarda, eres moza,
de España el lustre mayor,
que, en fin, eres el honor
de la casa de Mendoza.
Ven en ello, que también
me remedias en casarte,
que a todos de un bien das parte,
que es para ti todo el bien.
Basta, yo me satisfago,
de vuestra intención, y celo;
pero encamínelo el cielo,
que a vuestro gusto lo hago.
A mi padre lo he escrito;
y hoy aguardo la respuesta.
Día de tan grande fiesta
no habrá visto este distrito,
como aquí, en puebla nueva.
De tu casamiento oigamos;
esas manos te besamos
de nuevo, en merced tan nueva.
Ahora pues ya sois Justicia,
y rectas varas lleváis,
mirad, que no las torzáis,
por pasiones, ni codicia.
Al amigo, y enemigo,
por igual derecho han de ir;
que esa vara es de medir,
y vara, es también castigo.
A los pobres defended,
a las viudas amparad,
al peregrino albergad.
y en paz los pueblos tened;
y haciendo al fin vos, y vos
de esta manera el oficio,
haréis mi gusto, y servicio,
y sobre todo, el de Dios.
¿Qué ruido es ese?
Si viene
mi hijo, lo que es aínsa;
que aposta vendrá deprisa.
¿La posta este ruido tiene?
Satírico es el ruido.
Alguno parar verás
que ya que en el campo estás,
le goces entretenido;
pero es, señora, Pinardo.
¿Pinardo? ¿Y en posta?
Suena ruido de posta dentro.
Entra Pinardo.
Sí, por significarte así
como en servirte no tardo,
pero en mis pies he venido.
3 / 45
a más priesa, y menos costa;
y viendo que para posta,
solo faltaba el ruido
quise por darte placer;
y este rebato al lugar,
con ruido de posta entrar;
pues sobra con qué le hacer.
Siempre has de ser malicioso.
Tú sola lo has entendido.
Tú seas muy bien venido;
que siempre vienes chistoso:
¿qué hay en la corte?
Tres cosas
habiendo treinta mil;
que como llegué cerril,
las extrañé embarazosas;
la primera es, que hay cocheros
eternos, de día y de noche,
no hay hora que no ande coche;
y como de consejeros,
hay juntas; también los hallo
de coches rueda con rueda,
para que ninguno pueda
pasar a pie, ni a caballo;
ya no hay calles.
¿No?
Ningunas.
¿Cómo?
Son caprichos vanos;
no, porque unas son pantanos;
y otras todas son lagunas.
¡Pues mujeres no hay!
¿Cuál eres?
Mas que todos en verdad;
no he visto en más cantidad,
lodos, coches y mujeres.
Haya justicia, que viles
son esas sobras allí.
Justicia, si hay, eso sí;
toda hierve en alguaciles.
Mas, dejando esto, señora,
¿tú has hecho buena elección
de alcaldes?
Su aprobación
les faltaba.
Dime ahora,
¿traes respuesta de mi padre?
La respuesta es que él vendrá
y esta carta lo dirá.
Muestra.
Leénosla.
A mi madre.
En esta me traes dos,
placer con ambas me hiciste,
mas dime, Pinardo, ¿viste
al rey, que nos guarde Dios?
Al rey, señora, pues no,
hallándome allí a una boda,
que el mundo, y la corte toda,
a verla se despobló?
¿Boda?
De un don Bernal
de Fox, si bien se me acuerda,
y doña tal de la Cerda.
Doña Isabel.
Sí.
Es sangre real.
Lee.
De decirlo no me escuso,
que nunca falta un poeta
que en estas cosas se meta
y en coplas, ¡pardiez!, lo puso.
¿Qué coplas luego ha de haber?
Estas alegran las gentes,
mas otras que hay insolentes
no habían de dejar vender.
¿Tráeslas?
No, pero sé bien
el primer romance todo.
A oírtele me acomodo.
Pues alto, atentos estén,
supuesta la diferencia
que va del ver al oír,
los que visteis escuchad,
los que no visteis oíd.
Era el deseado día,
llegó la ocasión feliz
en que dos ilustres almas
Himeneo había de unir,
y de palacio en la plaza
se juntó la corte a fin
de ver la fiesta del rey,
que con la novia había de ir.
cielo y suelo se juntaron
tan conformes entre sí,
que era de Madrid el suelo
y el cielo, el mismo Madrid.
Los títulos y los grandes
en gravedad señoril
parece que con el sol
apostaron a lucir.
Porque fue de los diamantes,
esmeraldas y rubí
la copia, y la luz desprecio
del oro mejor de Ofir.
Querer pintar la grandeza
será procurar medir
la distancia de la tierra
al más remoto cenit.
No tuvo Zeylán diamantes
que no tributase allí,
Antilíne, y Miquilíne
dio perlas para lucir.
Penachos de airón tremolan,
armiños ya, ya carmín,
ya felpa verde que al aire
van lisonjeando al batir.
No tuvo el matiz colores
que se puedan discernir,
que permitiese este día
el no parecer así.
Tela no quedó en Milán
justa al modo de vestir,
que no fijase esplendores
en la villa de Madrid.
Un sabeo es cada gala
embutida en ámbar gris,
y al calor de tantos rayos
es cada cual un pensil.
No se vio más variedad
en el más fértil jardín,
desde la purpúrea rosa
hasta el pasmado alelí.
Porque gallardo a la fiesta,
de su erizado país,
vino el noviembre bordado
de matices del abril.
La más festiva grandeza
imaginad y fingid,
que fue sin duda menor
que la imaginada así.
Un ángel salió, la novia,
y sacó para salir
belleza que envidió más
de un humano serafín.
Iba con el rey hablando,
y, llevándose tras sí
respetos y admiraciones,
tras ella me dejé ir.
En el dorado volumen
de su cabello sutil,
desplegando el aire estrellas,
brillaban de azul zafir.
No más nieve que su frente
suele el puerto descubrir,
sino era de tersa plata
el cerro del Potosí.
Dos soles miré a la sombra
de dos cejas, que de allí
luces tiran, rayo a rayo,
y hombres matan mil a mil.
Allí el amor, como el sol,
nace para no morir;
en deuda estoy a mis ojos
de que tales ojos vi.
Al bizarro desafío
del clavel y del jazmín
de sus hermosas mejillas
partió el campo la nariz.
Vi su boca y juzgar puedo,
pues en labios de carmín
vi la rosa y vi las perlas
que la del alba vi abrir.
Iba de blanco y en cuerpo,
pero es muy corto decir
que iba en cuerpo, sino en alma;
tal era su aire gentil.
Sino digo que era el cuerpo
un transparente viril,
porque el alma se le vía
en el mirar, y el reír.
Seguíanla cinco damas,
que pudieran competir
de Apeles, y de Lisipo
con el pincel y el buril.
Y a las cinco hermosas griegas
con su perfección rendir.
Fuere la estatua de Venus,
Tabla, Alabastro, o Marfil.
Los años de su hermosura
que es lo más que hay que advertir
eran tantos, que aquel día
se puso el primer chapín.
La Plebe andaba admirada
discurriendo, aquí, y allí
y los golfos de ella misma
se estorban a discurrir.
Resuena del viento herido
tan dulcemente el clarín
que el júbilo motivaba
que salen a repetir.
Temí un incendio esta noche
pues desde el más alto Ofir
se encendieron los Planetas
y al mayor cubrió un Telliz.
Cuando bostezaba el alba
al paseo se dio fin
y pasaron en correr
cada cual con su Adalid.
Líneas formaban de plata
los señores, y a decir
me atrevo que más llevaban
que el Perú puede rendir.
Allá de la octava esfera
se bajaron a servir
pajes de alba las estrellas
y lucieron como mil.
Más grandeza no refiero,
que a poderla referir,
no fuera alabanza en ella
ni fuera respeto en mí.
Y aun de la alegre boda,
de los novios que me oís,
esto no es más que el principio;
alárguosle Dios el fin.
Digo, quisiera de ver
la fiesta.
Pues he dejado
mucho que me ha olvidado
lo que mejor debe ser.
El Rey se apeó en su casa,
que es junto a Santa María,
Quedó tan ceniza fría
del fuego quitada brasa.
A donde su Magestad
con las damas cortesano
siempre la gorra en la mano
mostró grande humanidad
y otras grandezas así
de igual Magestad, y honor
que las vi, aunque labrador,
más labrador me volví.
Danos, señora, otro día
como este que oyendo estamos
para que todos veamos
fiestas de igual alegría.
Fiad en Dios que lo hará
como a todos nos convenga.
¡Oh, buena Pascua la venga,
que así nos consuela ya!
Locos los tienes de ver.
El cielo guarde tu vida.
Qué verdad.
Qué comedida.
Qué nobleza.
Y qué sabor...
Vente a esta fuente, Pinardo,
dirásme, aunque no me importe,
más del palacio y la corte.
Aunque vestido de pardo
me ves, y así, labrador
por de fuera te parezco,
por de dentro traer merezco
presea de un gran señor.
¿Cómo?
Diome una cadena
el más galán cortesano,
el más afable, el más llano,
y el señor que allá más suena.
¿Por qué a ti?
Vamos andando,
que allá te lo contaré.
Vamos, y me sentaré.
La fuente te está llamando...
Háblame, que ya deseo
también darte el bienllegado.
Vanse los labradores.
Vase.
A buen tiempo me le has dado.
¿Sabes, Theresa, qué veo?
¿Qué malicia decir quieres?
Que el bien venido me diste
cuando la cadena oíste.
¡Oh, cuáles sois las mujeres!...
Ya estamos en Aguilar,
y a mi ver tan disfrazados,
que solo nuestros cuidados
nos pueden ahora hallar.
Pero aquí el mayor verás.
¿Por qué?
Porque aquí tropiezo.
Con su licencia en Pescuezo
trueco el Guillén desde hoy más.
¿Por qué?
En Castilla la Vieja,
por estos alrededores,
llaman a los labradores
pescuezos.
Vase.
Entran de labradores Don Alonso y Guillén.
Tendrás tú queja
de haber mudado el vestido.
¿Y andar como labrador?
¿No tendré razón, señor,
pues a menos he venido?
En mí el refrán se ha cumplido:
menos vendrás que a lacayo.
Estima en más ese sayo,
que mil nobles le han vestido;
el primer oficio fue
del mundo de labradores,
cónsules y emperadores
famosos te acordaré.
Y no sé historias, ni leyes,
pero a mi caletre hallo
que es ir delante un caballo
mejor que tras unos bueyes.
Porque en fin es ir delante,
pero ya que en Aguilar
estamos, ¿hemos de arar
esta tierra de diamante?
Porque la señora de ella
es muy dura para amores,
aunque estos sus labradores
nos la han vendido tan bella,
y siéndolo no ha de ser
esquiva, que la dureza
dice mal con la belleza.
Veamos, pues, esta mujer,
que ya de su fama estoy
bastantemente prendado.
No digas enamorado.
No diré que no lo estoy;
pero hacia nosotros vienen
dos mujeres.
Y un villano.
El traje no es aldeano.
No, señor.
Buen talle tienen;
mas si fuera doña Juana,
no es la mañana más bella.
Habremos visto, si es ella,
por la tarde la mañana.
Ya llegan, aquí te aparta.
Tú me has dado buena tarde.
Salen doña Juana, Theresa y Pinardo.
Señora, y a Dios que te guarde.
¿Y el cuento de esotra carta?
No me pude detener
a informarme de quién era,
aunque del mismo pudiera
si me quisiera atrever.
¿Don Alonso en fin se llama?
Sin duda el hijo bastardo
es del rey, que tan gallardo
no le encarece la fama.
Ya caen las sombras mayores;
deja el prado, aunque esté ameno,
antes que caiga el sereno.
¿Quién son estos labradores,
que uno y otro en mí repara?
Guillén, no hay más que mirar,
no quiero en la villa entrar
ni espero ver mejor cara.
Si doña Juana no es,
esta por mano me gana;
perdóneme doña Juana
cuando la viere después.
¿Pues que ya estamos llegados?
¿Tan presto se hizo la herida?
Seáis, señora, bien venida.
Y vosotros bien llegados.
¿De dónde sois?
Yo he de hablar,
pues diré que de Madrid.
No os turbéis, llegad, decid.
De este primero lugar.
Y, ¿cómo os llamáis?
Ya empiezo
(pues temo) a sentir que amo.
Señora, Alonso me llamo.
Y yo, señora, Percuero.
Lléganse Doña Juana y Guillén, hablando con Don Alonso.
Si he de decir la verdad,
a vivir por estos prados
venimos los dos forzados
de más que necesidad,
donde yo y mi compañero,
que a la labranza se aplica
en las tierras de la rica,
labraremos este hebrero.
si ella acogernos quisiere
que porque parece hoy día
tan mal la gente baldía,
holgáramos que lo hiciere
si su merced la conoce.
Majadero, señoría.
Calla tú.
No lo sabía,
perdóneme, así se goce.
¡Ay tal ventura, Guillén!
¿Este no es aquel señor?
A fe que es el labrador
de lindo talle.
Harto bien
me ha parecido, Theresa,
tal suerte de hombre no vi.
No es de los de por aquí.
Que sea labrador me pesa.
Hablando con Guillén.
Como reconociéndole.
Él es, por Dios, o estoy ciego.
¿No ves qué tierna te mira?
¡Vive Dios, que ha hecho la niña
del niño amor lindo juego!
El labrador es aquel
de la carta, no quisiera
que conocido me hubiera.
Pues déjame a mí con él.
Ya pues que mi señoría
es a quien busco, y me ha asido
háganos, pues yo lo he sido
venturosos este día,
la fama de su valor
nos hizo venir acá,
y habiéndola visto ya,
la fama hallamos menor.
(A Theresa y a Pinardo.)
(Tirando del brazo a Theresa.)
Albérguenos en su casa
que somos gente de bien,
señores buenos a quien
del cielo bienes sin tasa.
Disimulen la ignorancia
de hombre que como ara y siembra,
nunca vio a la rica hembra
ni le ha sido de importancia.
yo y su merced aquí hablemos,
sino es que en desdicha mía
nació también, señoría,
para que todo lo herremos.
¿Es esta señora honrada
la Rica hembra Mendoza?
Pescuezo, dejad la moza,
que os daré una pescozada.
Juguecito de vocablo,
y en aldea, no sois lerdo.
¿Pensaréis que no me acuerdo?
Hacéos acá, que a vos hablo;
que vi al señor en la corte,
que es el mismo que me dio
la cadena.
¿Aquel?
¿Pues no?
Calla, que importa.
Aunque importe.
(Señalando al paño.)
No, Alonso, mal labrador
hacéis, a mi parecer;
labrador podéis vos ser,
pero no de esta labor.
Mucho tardé en conocelle.
Señora, este señor es
el que la dije.
Bien.
¿Pues, Guillén?
No pude tenelle.
Pues, ¿para qué disfrazado
venís, señor, por aquí?
Pésame veros así,
mas no me habéis engañado.
No tengo qué responder,
de confuso y de corrido,
aunque pudiera al vestido
toda la culpa poner,
que en el que me veis ahora
forzosa ocasión me puso,
y viéndome en él, al uso
del traje os hablé, señora,
que bien sé que este disfraz
indecente es para hablaros.
Bien hacéis en disculparos.
Vanse.
Dios dará a mis cosas paz.
para que más libremente
me podáis tener por vuestro,
que bien veis en lo que muestro
que a esto vine solamente.
No lo entiendo, pero ahora
el traje podéis mudar,
no os vean en el lugar
con el que tanto os desdora;
que a la malicia aldeana
nada se puede encubrir,
y así a casa podéis ir,
donde os servirán con gana
de que os halléis regalado.
Al sol de esos ojos bellos
ya lo voy, y voy tras ellos.
Bien haré, y bien sin cuidado.
¡Teresa, al campo salí!
Mas ¿por qué? Si amor me abrasa,
¿me llevo el fuego a mi casa?
No soy señora de mí.
Cuando obligan tales prendas
siempre disculpo al amor.
Vos sois gentil labrador,
que parece que a sabiendas
habéis venido tras mí
a que os pague la cadena.
Mi libertad se encadena
dichosamente por ti;
bien haya, amén, aquel día
que en palacio te encontré.
¿Por qué viene así?
No sé.
Yo sí, o es malicia mía.
Vamos, Guillén, y tú vete,
que amor coge, el que amor siembra.
Vanse.
¡Vive Dios, que es rica hembra!
¡Quién fuera rico corchete!
Vanse.
Da fin la Jornada segunda.
[Página en blanco]
[Folio 57]
Salen el rey y Pedro González de Mendoza.
Con vos estoy satisfecho
y Alonso anduvo acertado,
y en haberse refugiado
a Aguilar, muy bien ha hecho.
Que siendo rey yo, eligiera
lo mismo en tal ocasión,
y no errara en la elección
si a tan gran casa me fuera.
Ya me daba pesadumbre
no saber dél tantos días.
Siempre honrar las cosas mías
fue en vos, señor, real costumbre.
Voy, si licencia me dais,
a ver a mi hija amada,
que mis vasallos casada
desean verla.
¿A eso vais?
Nada tengo efectuado,
porque no lo había de hacer
sin licencia y parecer
vuestro, ni fuera razón.
Eso me toca a mí ya,
vos descuidad, advertido
de que tiene ya marido,
pues don Alonso está allá;
y hoy, que parece que el día
lo viene todo juntando,
he enviado a don Fernando
a Aguilar con carta mía,
en la cual este deseo
a doña Juana mostraba,
mirando cuán bien estaba
a los dos tan alto empleo.
¿Quién a tan excelso honor
sin vos aspirar pudiera,
que Ícaro, luzbel de cera,
no baje al rayo menor?
Quiero partir, que deseo
que las albricias me deba
doña Juana desta nueva.
Esperad, ¿no es el que veo
don Fernando?
Sí, señor.
Me alegro no haya partido.
Entra de camino don Fernando.
Que amante sea despedido
con tal ventura y favor
Vengo a ver si echaba más
que dar la carta?
A tu amigo
don Alonso trae contigo,
que en Aguilar lo hallarás,
y darás a doña Juana
esta carta en propia mano,
que es de la mía.
Qué en vano
sigo mi esperanza vana!
Don Alonso en Aguilar?
A quién pudo acontecer
que le envíen a traer
lo que le ha de dar pesar?
Qué haré? Mas ya se me ofrece.
Una merced os suplico
en albricias.
No replico
a quien tan bien la merece;
yo os la ofrezco.
Dame.
Suelta.
Con besarla voy contento.
(Aparte.)
(Tómale la mano.)
Pues te vas?
Mi pensamiento
sabréis, señor, a la vuelta,
en vuestra palabra real
voy seguro.
Ve en buen hora,
que me hallarás como ahora
entonces tan liberal.
Solo aquel sabe estimar
lo dulce del poseer,
a quien hizo amor saber
lo amargo del esperar.
¿Estaba de esa manera
engañada en mi opinión?
¿Don Alonso de Gijón
hijo del Rey juzgué que era,
y es su sobrino?
Sale Doña Juana de Mendoza y Guillén.
Vase.
Vase.
Es su padre,
pues de pila le sacó,
cuando el honor le fió
el Maestre de su madre;
y de su gloria heredero,
el nombre Alonso le puso
del Rey su padre, que es uso
y honor del hijo primero.
y así al segundo llamó
Pedro, por el Rey su hermano.
Pues ¿cómo, si eso es tan llano,
primero al segundo honró
con el título de conde
de Trastámara, que él tuvo,
¿y no a don Alonso?
Estuvo
en eso el valor, que ese conde
tuvo madre (no te espantes)
de diferente respeto;
y como no era secreto,
púdole el Rey honrar antes.
Don Alonso, mi señor,
sol ha sido sin ornato,
que en la sombra del recato
aún cela su resplandor.
Aún no ha dado claridad,
encubierto su tesoro,
que ha importado así al decoro
de más de una Majestad.
A su madre, que lo fue,
venera con el cuidado
de consentirse ignorado
de quien por menos lo cree.
y el mismo respeto guarda
hoy así está en Palacio
donde es culpable el espacio
del Rey que en honrarle tarda.
Porque como noble río
represa el caudal del padre
sin querer salir de madre
hasta que salga de tío.
De haberlo oído de ti
recibo gusto infinito,
y esa muerte no es delito
para desterrarse así.
Del Rey siendo ocasionada
y tan fuerte la razón,
que menos valiente acción
fuera cobarde y culpada.
Vuelva y la gracia no pierda
del Rey que le debe amar.
Claro está que le ha de honrar
si de su hermano se acuerda,
que aún vivo sabe Dios,
supuesto que nació Enrique
de un parto con don Fadrique,
quién fuera Rey de los dos.
Tú tienes muy buena ley,
vete, que es tarde.
Me siento...
a tu gracia más atento
vine aquí que a la del Rey;
perdona si te he cansado.
No mucho, podrás llamar
quien me venga a desnudar,
que la noche se ha pasado
hablando, casi amanece.
Son las noches del verano
brevísimas, voy.
Qué un vano
miedo mis pies entorpece.
¡Que este cobarde me corro
para tan fácil hazaña!
Sola queda, cierra España,
que yo detendré el socorro...
Mi gente estará acostada,
¡hola!, ¿no hay una criada?
¿he de desnudarme sola?
Volviendo los ojos al paño.
Va entrando Don Alonso, paso a paso.
Vase.
No, señora.
¡Jesús! ¡Hola!
Yo soy.
¡Qué atrevida entrada!
Quise servirte ahora.
¿Hay tal?
Sol mío, de camarero.
Suelta.
Y al lecho oriental
correré esta vez, lucero,
la cortina celestial.
Acuéstate.
¡Qué porfía!
No amanezcas luz molesta,
porque cuando el sol se acuesta
no ha de levantarse el día.
Va a correr la cortina.
Si al alba te has levantado
pensando que incauta y salva
me hallarás, haste engañado;
pero has madrugado al alba
si a mi honra has madrugado.
No es más alba en su arrebol
la que al despuntar del día
saca a luz la luz del sol.
que la de la honra mía
alba de un sol español.
¡Hola!
Señora, ¿das voces?
¡Oh, mala pascua os dé Dios!
Si no acudimos los dos,
la da más prisa de coces.
Ya os podéis volver, señor,
que ya quedo acompañada
y un poco más sosegada.
Agradézcoos el favor.
Y yo a vos la madrugada.
¿Burláisme? Pues ser podría
que ya me diese el amor
la venganza de este día.
Sale Theresa y Pinardo.
Basta ahora por favor,
que sabéis que no soy mía,
yo tengo padre, y le espero;
sabe que estáis en mi casa
y que, como caballero,
guardáis su honor, presto pasa
el tiempo, siempre ligero.
Demás que pienso haberos
un propio con quien le diga
que inútil con vos estoy,
y mientras esto le obliga
a venir, seré quien soy.
Y yo seré quien he sido,
que no voy desconfiado
de reducir a partido
en cerco más apretado
castillo tan defendido.
Pinardo, Theresa, adiós,
que va entrando más el día
y ser visto no querría
de otro alguno.
Vase.
De los dos
se fiará la honra mía,
ya que sabe el camino
el huésped, y ha comenzado
a emprender un desatino,
es menester más cuidado,
pues solo a darmele vino.
Al punto veme a llamar,
Pinardo, al hombre que espera
a mi padre quiere hablar.
con el claro y escrivir,
que venga luego al lugar.
Ponme allí la escrivanía,
Teresa.
Yo voy.
Yo voy.
¿Y el lacayo?
Es otra arpía,
miedosa de noche estoy
con quien se atreve de día.
(Vanse.)
(Vase.)
Honor, y Amor, que para darme muerte
siento a los dos con el valor de Marte
valientes cada uno por su parte,
batir de mi albedrío el libre fuerte.
¿Qué importará vencer si cuando advierte
del uno de los dos la fuerza y arte
victorioso fixe su estandarte
ya me vengo a rendir de cualquier suerte?
Demos que venza Amor, del honor me privo,
y si vence el honor, por Amor muero,
pues si llego a este mal ¿qué bien revivo?
Resuélvome a vivir, amar espero,
que es disparate cuando a amarte vino
morir porque no quiero lo que quiero.
Salen don Alonso, Guillén y Vidiale.
Sed, Vidiale, bien venido.
Dame tus pies.
¿Qué hay allá? ¿Dirán que he muerto
o me he ido?
Tú vives acá y allá,
y yo, a tu bien advertido
la obligación que mantengo,
cuando supe tu desgracia
la fe aumento que te tengo,
y a verte (no
hablo de gracia),
creo que en los aires vengo.
Ya sé a lo que estás aquí,
que, cuando saberlo quiero,
hay quien me obedezca a mí.
Ya sé que eres hechicero,
¿quieres que lo diga así?
Algunas cosillas sé,
aunque dicen prohibidas,
yo hasta ahora no lo sé
ni sé si están permitidas.
(Riyéndose don Alonso.)
Quemado sea quien le cree.
dice que en Sevilla estaba
anoche, y hoy amanece
en Aguilar, ¡bien andaba
la mula!
¿Qué te parece
mi huéspeda?
Hermosa y brava.
Es la más alta señora
en sangre, valor y estado,
que España conoce ahora,
su amor me tiene hechizado.
Si obliga la voluntad
tú me educaste, y mi padre
a tu secreto y lealtad
fió el honor de mi madre,
muestra aquí tu autoridad.
Yo te he criado y es bien
valerte en tan alta empresa.
¡Ay, señor! Yo amo también
a una que llaman Teresa,
tomo hechizo.
Guillén,
lo primero has de callar.
Gran pensión es; pero vaya.
Y no os habéis de mudar
uno ni otro de esta raya.
Desde ahí habéis de mirar.
¿En fin quedamos rayados?
(Háceles una raya con la caña que tiene.)
Que es lo mismo que borrados,
o con nombre más notorio,
en estilo de escritorio,
nos llamaremos testados;
que es decir que no valemos.
Y a este propósito, en tanto
que este con algún encanto
nos pone cual merecemos,
oye un dicho no muy santo
porque fue de un escribano,
aunque dicho sin pensar;
que al corregir y enmendar
cierto escrito, que la mano
suele inadvertida errar,
dos veces escrito halló
"Dios, Dios"; el uno borró,
y por que en la enmienda salga,
al refrendallo: salvo
Va testado, Dios nos valga,
pero, ¿no ves do se ha puesto
su ayo?
Aquí te retira,
y sea verdad o mentira,
oigámosle, y guarda el puesto.
¿Tomo en raya?
Escucha y mira.
Pónese Vidiale en lo alto.
Don Alonso Enríquez, hijo
de don Fadrique el maestre,
nieto del onceno Alfonso,
que ilustró a España, e igualmente
del grande Enrique que hoy reina
el primer sobrino eres,
que por padre, madre y tío
todo eres sangre de reyes.
Serán ellos sangre tuya,
pues después gloriosamente
descenderán de tu casa,
si de la suya desciendes,
su hermano el conde don Pedro,
el ser condestable espere,
mas no ver duque de Arjona
a su hijo, infelizmente;
mas en la casa de Lemos,
donde los Castros le cuenten
por suyo, si tronco no,
progenitor le veneren.
Del mariscal Diego Gómez
Sarmiento quiso que fuese
tu hermana doña Leonor,
el rey, que tus glorias quiere.
Pero volviéndome a ti,
ilustrísimo ascendiente
de las casas que en España
con honor por ti han de verse,
casarás con doña Juana
de Mendoza, esta que quieres,
esta por quien me has pedido
que mi ciencia te remedie;
de ella tendrás once hijos,
dos hombres, nueve mujeres,
cuyos maridos serán
los ricos hombres siguientes:
Don Pedro Portocarrero
la primera, de quien vienen
los señores de Moguer
de Villanueva Marqueses.
La segunda vendrá a ser
Condesa de Benavente,
casando con Don Rodrigo,
tronco de los Pimenteles.
Con Pedro Álvarez Osorio
la tercera, por que hereden
en Cabrera y en Ribera
los que a Astorga sucedieren.
La cuarta con Juan Ramírez
de Arellano que merece
de señor de los Cameros
el título dignamente.
Con el señor de Almazán
la quinta, de quien descienden
los primeros de Mendoza
que tanto blasón ostentan.
A Pedro Núñez de Herrera
le toca la sexta en suerte,
cuyos hijos en Arroyo
y Pedraza les suceden.
La séptima con Tobar,
que reales lunas vierten
en Berlanga y Astudillo
a los homenajes fuertes.
Con Juan de Rojas la octava,
señor de Monzón, que puede
a los marqueses de Poza
tanto título ofrecerles.
Casará don Juan Manrique
con la menor de las nueve,
gran conde de Castañeda
entre hidalgos montañeses,
yendo el rey almirante
en su enfermedad dos veces.
De almirante en don Fadrique
la dignidad establece;
y de general del mar
honrarán perpetuamente
desde ti al varón insigne
los que de ti descendieren,
como queriendo que España
dos honores, dos laureles,
de la mar y de la tierra
a dos hermanos reserve.
Calidad tanta al oficio
darás, que cuando otro llegue
a preferirte en alguno,
nadie en esta te prefiere;
y, ejerciéndole dichoso,
la primer vez que al mar entres,
veinte y tres fuertes galeras
vencerás con solas trece;
y embistiendo con los moros
bizarro, animosamente,
echando las nueve a fondo,
traerás a Sevilla siete
con tanto rico despojo
y tanta bárbara gente,
que dará gozo a Castilla
con la victoria solemne.
Cuento esta hazaña queriendo
que esta loa no te niegue,
pues quien confiesa tu sangre
fuerza es valor te confiese.
No porque tu ilustre casa
para que a su Alteza llegue
haya menester hazañas
y por donde otras empiezan.
Porque las más sí han tenido
necesidad de ponerse
a merecer con las armas
la grandeza que hoy mantienen.
La tuya no, que es Real,
y como Real no tiene
necesidad de principios
que de servicios dependen.
Enrique, tu hijo segundo,
será un mancebo valiente
y Conde de Alba de Liste,
tronco de altiva progenie;
a su insigne Casa de Alba,
de tantos soles Oriente,
los Marqueses de Alcañices
su ilustre principio deben.
Pero saldrán de la suya
después, generosamente,
los Condes de Villaflor.
que esta heroica rama extienden
los señores de Bricianos
y aquel gran conde de Fuentes,
que entre las armas de Italia
Marte le duda la muerte;
los señores de Bolaños
renuevos son florecientes
suyos, y el primer marqués
que a Valderrábano pueble.
Morirás en Guadalupe
el año de veinte y nueve
de edad de setenta y cinco.
Tus glorias ahora advierte.
El rey don Juan el primero,
tu primo, ya ves que este
duque te hará de Simancas
con privilegio excelente.
Este es Enrique el Enfermo
quien Almirante ha de hacerte
Sea mozo con cabellera, sin gorra, ropón, cuello de camisa chico, colgando las trenzas, cadena de oro gruesa, y corona y cetro en la mano. Murió de 33 años.
Sea mozo el semblante pálido como de enfermo, del mismo trage que su padre; murió de 20 años.
Salga del mismo trage, de edad de 50 años, gorra chata, y cetro en la mano; del Almirante, de 40 años, el mismo trage, y pluma en la gorra, y la mano en la cadena.
que señor de horca y cuchillo
en Sevilla te engrandece.
Vean a don Juan el segundo,
a don Fadrique impaciente,
que don Álvaro de Luna
al Reyno, y al Rey gobierne.
Los Marqueses de Tarifa,
Duques de Alcalá proceden
de su hijo don Pedro Henríquez,
terror de tantos infieles,
por ser origen su casa
de tan celebrados héroes,
tantos Césares soldados,
tantos Catones virreyes.
De ella sale aquel Marqués
Sea mozo de 40 años, sin cetro, la corona en la mano, cuello ajustado, sin pelo. La reina doña Isabel, toca de papos, despechugada, corona puesta, la mano sobre el hombro de su tío el almirante, que llevará la gorra en la mano, y calzas pequeñas, ferreruelo corto de martas.
(que de Órdenes presidente)
a Villanueva del Río
de nuevo honor enriquécese.
Sus cuatro primeras hijas,
cuatro cristalinas fuentes,
a Villena, Astorga y Alba,
y a Maqueda luces vierten.
Don Lope Vázquez de Acuña
con la quinta les previene
a los condes de Buendía
el sol que los amanece.
Este es don Enrique el cuarto,
a quien Isabel sucede.
Y este don Alonso Enríquez,
su tío, donde, si atiendes,
porque la línea quebrada
con propia sangre se suelde,
Sale el Rey Cathólico viejo, coronas, espada desnuda en la mano.
Sea viejo, corona de emperador, espada desnuda en la mano. Y en la otra un mundo, armado, toysón, heras de S. a
su casa la dará Rey
que la prorroga y prospere
Crea su nieto Fernando
el Cathólico que crece
a Castilla las coronas
con las Reales de su frente
con él pagas la Real sangre
tan aventajadamente
que con quatro Reynos más
legítima se la buelves
en su hija Doña Juana
la línea otra vez se pierde
mas por Don Phelipe de Austria
con nueva luz resplandece
Repara en el hijo suyo
para que le consideres
Monarcha de cuanto Ilustra
el Sol de Oriente a Poniente
el glorioso emperador
Carlos Quinto es este, y este
[Tachado: Aquel]
El Almirante de 60 años, Toisón, espada desnuda en la mano derecha, en la otra un libro, cuyo título sacado a fuera se pueda leer: Las preguntas del Almirante, capa de capilla, gorra chata, o de mojicón:
Don Fadrique segundo
que tanto España encarece.
Porque en las Comunidades
que en Castilla los rebeldes
conmovida la tendrán
tan a pique de perderse
siendo su gobernador
con voz de su Rey ausente
vencerá los Comuneros
sin que un soldado le cueste.
Pondrále Castilla entonces
de las casas que eligiere
en Valladolid la rica
en la portada eminente
letras de oro en una piedra
que inmortales representen
su fidelidad y hazaña
y España el dueño celebre
que imitare el Rey Fernando
Otro sea pequeño, viejo, sotanilla y toysón.
De media edad, calza, capa, y gorra, todo mayor y toysón.
la gorra todas las veces
que por esta casa pase,
diciendo, cuando la viere:
pago con esta memoria
lo que debo a estas paredes,
que es casa de mis abuelos
y es bien que la reverencie.
Sucediole don Fernando,
su hermano, porque no dejó
con sucesión don Luis,
porque su casa acreciente.
Con doña Ana de Cabrera
casa en Sicilia la fértil,
otra ilustre ricahembra
que en Cataluña le excede
con ochenta y cinco villas,
sin lo que en Módica tiene,
condado que de Sicilia
la mejor parte contiene.
Este es Phelipe Segundo.
Calza y capa corta, gorra alta y toysón. De 12 años.
El Almirante, anciano, y así vestido con toysón.
Mozo galán, cuello abierto, pluma en la gorra, toysón, de edad de 18 años.
que llamarán el Prudente,
y el prudente y el segundo
Almirante, don Luis, este.
Ganará las voluntades
de todos generalmente,
obligando a todo el mundo
a que le ame y le respete.
Abuelo será del Duque
que en órdenes prendiese
ya catalanes, Cardona,
ya en Segorbe aragoneses.
Éste es don Luis tercero,
su hijo, que en años breves
su valor será esperanza
de igualarle o excederle.
En lo más noble de Italia
casará dichosamente,
con quien herede la sangre
de Ursinos, y Coloneses,
que la Casa de Colona
del Rey Tarquino procede,
que es más de trescientos años
antes que Cristo naciese.
Su primer hija Doña Ana,
a quien su suerte promete
al vicerrey de Sicilia,
Duque ilustre de Alburquerque.
Don Francisco Sandoval,
Duque de Lerma, en luciente
nupcial antorcha conduce
la segunda felizmente;
su abuelo el Duque primero
será de tan eminentes,
sublimes, heroicas prendas,
que a la privanza le eleven,
en cuyos hombros su Rey
substituirá dignamente
el peso de todo el Orbe.
De la misma forma que su padre y el Almirante, así viejo, y así vestido con hábito de Alcántara, y llave en la cinta.
Felipe Cuarto: con capa, sombrero, golilla y Toisón de edad de 60 años.
que firme Atlante sustente
siendo en aquella fortuna
que por alta desvanece
su proceder, sus acciones
tan humano, tan corteses,
que cuando de su desgracia
se queje quien pretendiere,
de su agrado y cortesía
ninguno habrá que se queje.
Y así vivirá en la fama,
que aunque la fortuna ruede,
los que así suben no caen,
los que así viven no mueren.
Este es Felipe Tercero.
El sabio, el santo y clemente
y don Juan Alfonso Enríquez,
su nono Almirante, es este.
Este es don Felipe Cuarto,
el grande, el sabio, el prudente,
el piadoso, el justiciero.
El católico, en quien pueden
compendiarse las virtudes
de todos los demás Reyes,
y don Juan Gaspar Enríquez,
décimo Almirante es este.
Será triunfo su espada
en su brazo armipotente,
Belerofonte a caballo,
por cuya boca elocuente
se honrarán de hablar las Musas
con acierto muchas veces.
Mírale que de Palacio
de servir la copa viene
al grande segundo Carlos,
que es su tío si se advierte,
en cuarto grado, por ser
Felipe cuarto, y él...
Sale el Almirante, de edad de 60 años, hábito de Alcántara. Llave dorada en la cinta, capa, sombrero y golilla.
Guillén sale fuera de la raya, y va a asirse de la capa del Almirante, como hincándose de rodillas.
¡Tente!
Gran señor, no te me vayas,
déjame que tus pies bese,
ya que no puedo gozarte
ni mis ojos han de verte,
porque no permite el cielo
lacayos Matusalenes.
¡Jesús! ¿Qué es esto? Dios me valga.
¿Ya no te aviso, impaciente,
que no pases la raya
ni de tu puesto salieres?
Porque has querido enojarme
y temerario atreverte,
como en desprecio de aquellos
que mi conjuro obedecen,
estaba por castigarte
y en pie, sin comer, tenerte
sin que te muevas veinte años.
Ruido de tempestad dentro, y húndense las figuras, o córrense con presteza los bastidores.
En pie, sin comer, y a veinte...
¡Oh, señor, por Dios del cielo,
o el diablo que te obedece,
tenga lástima de mí!
que lo hice simplemente,
que iba a darle un memorial
para que me recibiese
un tatarachozno mío
por su mozo de retrete;
perdóname, si conoces
las ansias de un pretendiente.
Calla, loco, que por ti
pierdo ver mis descendientes
gloriosos por la grandeza
de su valor.
No te pese,
que yo te diré aún más,
este blasón, solamente
glorioso, quiero advertirte
que esos Reyes excelentes
que has visto y los Almirantes
sois tan cercanos parientes
como primos, tíos, abuelos;
vive gozoso, ve alegre
y animado, que sin duda
Sal tras con lo que pretendes.
Espera, que voy contigo,
pronóstico de mis bienes.
Ya te aguardo.
Ya te sigo.
Acaba, en mala hora, vete
veinte años. Este quería
lacayo de piedra hacerme,
dizque por pisar la raya
había de descomponerse
la fiesta, gentil dislate,
a lo del rito parece
del otro Don Diego Ordóñez
de Zamora en el palenque,
que perdió porque pisó
la raya, achaques al Viernes.
Más dijera si callaras.
Vase.
Vase detrás.
Bien, señor, me reprehendes.
mas viendo grandeza tanta,
lo que callé me agradece.
¡Vive Dios, que ha dicho cosas
insignes, pues claramente
nuestros reyes de Castilla
la sangre de Enríquez tienen!
¿No está claro? Si en la hija
de aquel Almirante adviertes,
madre del rey don Fernando,
en cuya hija se vienen
a juntar cuatro coronas
para las gloriosas sienes
de Carlos, por quien los Austrias
en Castilla eternos reinen.
Siendo así, que tanto amor
y respeto se le debe
a este postrer Almirante,
¿qué mal hice en detenerle?
Pues ¿qué pretendiste en eso?
Pretendía que volviese
la caja a ver sus mayores
que sus blasones le acuerden.
¿Quién tuvo progenitor
alteza, infante y maestre,
como portero trae llave,
y trae cruz como freile?
¿Qué llave es, señor, aquella?
¿Hay llave (tú que lo entiendes)
que a más grandeza le abra?
¿Que alguna alteza le cierre?
Guillén, ya será otro tiempo
y todos son diferentes;
ya entonces habrá crecido
la majestad de los reyes.
Trescientos y cuarenta años
pasarán cuando esto fuere,
puede ser que aquella llave
nuevos honores encierre.
Ella y el hábito ahora
otra cosa nos parecen.
Ya encomendarán los grandes
si sus reyes son ilustres,
y aquel ascendiente mío,
como hoy a mí me acontece,
servirá al rey por amor,
claro está, no por mercedes,
que en su calidad serían
bajeza otros intereses;
pues llegando a ser lo que es,
no puede el rey más hacerle.
Sirvamos, pues, yo a mi tío
y a su sobrino él, fielmente,
pues siempre es fuerza que el rey
y el mundo nos diferencie.
Bien has dicho, concluyóme;
mas no quisiera creyese
a quien habla con el diablo
y en sus mentiras te enrede.
En Dios solamente fío
y espero, en fin, que ha de hacerme
mayores mercedes. Vamos.
y a su voluntad lo ordene.
Eso es cristiano fino,
y al que en el visor creyere,
mala sarna le dé Dios
y a quien amén no dijere.
Entranse, y vuelve a salir al instante Guillén y dice.
Señalando a unas y a otras.
¡Hola! No presuman,
reinas, y también ustedes,
que es verdad que este hechicero
pudo hacer que esto se viese;
pues ninguna criatura,
sea terrestre o celeste,
jamás puede predecir
los futuros contingentes.
Y es invención del autor
para mostrar lo eminente
al mundo de tan gran casa
y tanto heroico ascendiente.
Vase.
Salen Doña Juana y Theresa.
Basta, Theresa, que yo
hijo del Rey le juzgaba
y como el alma le amaba.
¿Le amabas? ¿Luego ya no?
Pues, si cuando labrador
le viste, me confesaste
que allí, con prendas le hallaste
dignas de tenerle amor,
¿cómo, cuando a tantos buenos
adelanta, queda atrás?
¿Siendo menos era más?
¿Y ahora que es más es menos?
Sobrino de un Rey es poco.
Ya es menos de lo que fue
en mi concepto, y no sé
qué tiene amor de loco
con esta necia aprehensión
de hijo del Rey Don Enrique;
mil veces he estado a pique
de rendirme a esta pasión.
76
hallole sobrino, y calma
mucho el fuego de mi daño,
que me ha puesto el desengaño
mucha tibieza en el alma.
Pues ¿qué culpa tiene el otro
que nunca engañó tu amor?
Theresa, es gran sinsabor
pensar uno y hallar otro.
Eso no es amar al hombre,
señora, y tu voluntad
ha amado sin calidad,
pues no ha amado más que el nombre.
Aquí don Alonso viene.
Y muy galán, mírale.
Y además, que no sé qué
menos de mi gusto tiene.
Entran Don Alonso Enríquez, Guillén y Pinardo.
El tal bien puede mentir,
pero parécemelo,
aunque tengo de creer yo
lo que está de por venir.
que aun de cortesía no crees
lo que esa verdad podría.
Si el creer es cortesía,
señor, yo soy descortés.
Oíste que Doña Juana
está aquí.
Ve sin temor.
Dé mi amor
su osadía.
Hoy se te allana,
secundum la profecía
que dijo el grande Vidiale.
No puede el sol, cuando sale
a dar nombre y luz al día,
alegrar el mundo así,
triste y solo por mi ausencia,
como a mí vuestra presencia,
sol, día, y luz para mí.
Represéntase grave y desdeñosa y prosigue.
Si pensáis, señor, que habláis
en palacio, donde al uso
en ese estilo confuso
soléis hablar, mal pensáis.
Y desengañaos mi traje,
que no es de Dama, ni Corte
y cuando aquesto no importe
extraño vuestro lenguaje.
Solo mi dueño pudiera
hablarme así.
Si advertís
que el que os habla como oís
tan alto título espera
ofendéis el celo mío
no estimando la verdad
de tan clara voluntad
indigna de ese desvío
O mi Theresa, o Pinardo
Siempre decís mi Theresa
dejad el mi que me pesa
que el mi soy yo que la guardo
Mas puntoso hombre no vi.
En qué lo soy os pregunto?
No reparáis en un punto
pues reparáis en un mi
muy mal nos han recibido
Soria, y este, ay mudanzas
Vaya, hermano, a picar panzas.
A eso habíamos venido,
mas no me araño ni arrastro
por la vuestra, esto advertid,
o bien haya aquel Madrid,
que a todas horas hay rastro.
No gusto yo (cuando guste
mi padre) casar con vos.
Lindo despacho, por Dios;
¿no dije yo que era embuste?
La historia trae en las sienes.
Ya son mis respetos necios,
porque suenan a desprecios,
señora, vuestros desdenes;
pero, como os quiero tanto,
sufro, aunque me maltratéis.
No quiero que me queráis.
De vuestra altiveza me espanto,
y es razón que reparéis
que mi humildad os contrasta;
ya tanta humildad no basta.
¿Consentís que así me habléis?
¿Sabéis quién soy?
Y aun por eso
parecéis que me acobardo;
¿sois más que de un rey bastardo
sobrino? Y aunque os confieso
sangre real, y sangre real
baste de cualquiera modo,
aunque vos lo seáis todo
aún no podéis ser mi igual.
¿Sois loca?
Soy Doña Juana
de Mendoza, que os desmiente;
nací, noble y altamente,
y vos, ¿qué sé yo?
Villana,
mi humildad soberbia os dio,
y porque vana os quedéis,
tomad.
porque os acordéis
que el Rey no es mejor que yo.
(Dala una bofetada.)
(Vase.)
¡Ay!
[Líneas tachadas]
Quédense las entonadas.
Fu, no me burles, ni mofes,
que si no hay panza, habrá bofes,
y sobrarán bofetadas.
Ármense quinientos hombres,
apellida, llama gente.
Alcaldes, merinos...
(Vase.)
Tente,
no los llames, no los nombres.
¡Oh, vana altivez la mía,
ya con razón castigada,
pues despreció, mal mirada,
a la mayor gallardía,
a la cortesía mayor,
a la nobleza más alta,
con cuya falta me falta
la vida, el alma, el honor!
No le salgan a matar.
no llames gente detente
Mas que digo! llama gente
Armese todo el lugar
procuren que no se vaya
de Aguilar, detenganle
Muera, yo voy
Como? Que?
Que muera
El cielo le valga
hombre de tanto valor
viva, para que dé vida
a quien si deja ofendida
deja perdida de amor..
Amor ahora, mal aya
quien de rabia no rebienta
Donde ay amor no ay afrenta
toda venganza desmaya.
Salen Don Alonso, y Guillén apresurados
vase
Vanse
Apresta Guillén Caballos
di al Postillón que no toque
por que ayrada no comboque
esta mujer sus vasallos,
no aguardemos a los fieros
de su condición terrible.
Vive Dios, que es insufrible
una mujer con dineros,
piensa que el mundo la debe
pecho, o tributo forzoso.
Aquel verso sentencioso
de Juvenal te lo apruebe,
nada es más intolerable,
dijo, que la hembra rica.
¿Díjolo por esta?
Aplica
el dicho que es bien notable.
Vamos, señor, a la corte,
hallarás a mi señora
Doña Elvira, que te adora,
rígete por aquel norte.
Dices, Guillén, la verdad,
y pues ya de aquí estoy suelto,
de agradecer voy resuelto
la fe de mi voluntad.
Mas, oye, ¿qué postas son
aquellas? ¡Qué galán viene
un hombre, y buen talle tiene!
Corre, llégate al mesón
y los caballos detén,
que en ellos volverme quiero;
acá viene el forastero.
¿No me conoces, Guillén?
¡Oh, mi señor Don Fernando!
¿Señor mío?
¿Mi señor?
¿Qué os trae acá?
Ruido de postas.
Sale de camino Don Fernando.
Un labrador
que a todos nos trae penando.
Por vos el Rey me ha enviado,
que le es vuestra ausencia grave;
de Pedro González sabe
que aquí os habéis retirado,
y aunque de lejos os vi,
el talle me dijo que érades
vos.
¿Y vos venir pudiérades
solo de milagro aquí?
Los caballos tomo yo,
que después de mí sabréis
la prisa con que me veis;
importa el irme.
Eso no;
sin mí no era razón,
habiendo por vos venido.
Si este se va, soy perdido,
que llega en fuerte ocasión.
A mí me importa volver
con la priesa que él desea.
¿Tan mal os trata el aldea?
(Aparte.)
No me puedo detener.
Casos tales no me indigno
en mi vida a preguntallos;
hallaréis lindos caballos,
y es cortísimo el camino.
Daré a la chica una carta,
y qué pasó la diré
adelante, para que
al punto tras vos me parta.
Adiós, pues, Fernando mío.
Adiós.
¡Madrid excelente!
Ya me imagino en tu puente
con las fregonas del río.
¿Y quedan de esta manera
sus deudos desagraviados?
Quedan, señor, más honrados
que si Ramiro viviera.
(Vase.)
(Vase.)
(Vase.)
Sale el Rey, Pedro González de Mendoza, Pedro Manrique y Don Bernal de Fox.
Estimo mucho el amor
que mostráis a mi sobrino.
todos, y así determino
hacerle mayor favor.
Sin vida, y sin aliento
me trae rigor violento
el haber escuchado
que don Alonso viene ya casado,
y que llega este día
por que con él duplique la alegría
que celebra sus años
toda la corte en júbilos extraños.
Esta ocasión dije que me ha animado
para haberme aquí entrado.
Damas vienen, señor.
Sale Doña Elvira y otra Dama o Damas de acompañamiento.
Gocen del día,
que estimo mucho yo su cortesía;
es en la tierra el rey como el sol, conde,
que alumbra a todos y de nadie esconde
sus claras luces, dando al mundo leyes,
que así deben los reyes
no recatarse del grande, ni al pequeño
pues es la majestad del sol diseño.
Señor, si para todos hay mercedes
y mi padre, y mi rey, para mí eres,
te suplico...
Prosigue en declararte.
Yo, señor, que, señor...
¿Quieres casarte?
Sí, señor.
Si como te he entendido,
te acertara el marido,
Elvira, la vergüenza te quitara
y de mi fe, el amor manifestara.
Don Alonso, señor, y don Fernando
en tu presencia están.
Llego temblando
de su presencia, cuando sin respuesta
amor me trae, de la carta.
Sale don Alonso y don Fernando.
Esta
gran diligencia fue por vida mía,
pero sabe mi amor de quien se fía.
Don Alonso de rodillas.
Mi humildad, gran señor, te ha declarado
mi fe en el rendimiento, que ha mostrado,
pues la culpa, el rigor, y tus enojos,
fue el mayor divorciarme de tus ojos.
No presumas, que yo aunque te he enviado
a llamar, te hubiera perdonado,
si tantos ricos hombres,
a quien manifesté los regios nombres
de tus progenitores, no terciaran,
y las partes también te perdonaran.
Y creo fue acertado,
el haberles tus padres declarado;
así por ser razón, que esto se diga,
como porque me obliga,
el amor que te tengo a declararte,
para que nadie dude, si premiarte,
es en mi obligación, o contingencia;
sois mi sobrino, y esta preferencia
debe atenderse, para respetaros;
y como merecéis también premiaros;
pues vuestro padre y yo juntos nacimos,
y más que hermanos, tan amigos fuimos,
que nuestra unión, quien observó este día,
pronosticó, que la corona mía,
la dejaría en hembra en sucesión;
pero mi hermano la daría a varón;
tiene en fin mi regia sangre propia,
y así desde hoy mis reales armas copia;
porque sepan que es mío tu linaje;
y en fe del vasallaje,
quitarás un león, de los leones;
porque iguales no queden tus blasones.
Llámate Henríquez, de mi mismo nombre;
que quiero hacerte hombre;
porque al mirar en ti sus armas reales
los reyes, y tu nombre vean iguales,
si admiración les causa,
que son efectos de una misma causa.
A Torrelobatón con siete villas
te doy, Ruiponce, Vicales, Mansillas,
Vega, y setenta y dos, Rueda, y Villada.
Val de Enebro, Valbeade, y Villahonrrada,
Escobar, Villaceres, Palenzuela,
Villapadierna, Bragima, y Villuela,
dos condados, sobrino, daros quiero,
Colle en León, y para tu heredero
de Melgar.
Favor tanto, más me inclina,
De Río Seco, alzad duque de Medina.
No es justo, gran señor, pues tanto peso
me elevó hasta tus pies por más exceso.
Sobrino, alzad, aunque mejor dijera
hijo, si a tanto amor correspondiera
mi poder.
Gran señor, la enhorabuena
de honrar a don Alonso no es ajena
de tan leales vasallos,
que si saben servir, sabe honrallos.
¡Oh, cuánto a don Alonso el Rey ha honrado!
Qué dichosa seré si no es casado.
(Aparte)
Ya es tiempo, amor, que logre mi esperanza,
llego con confianza.
Señor, la ocasión veo
de pediros el porte del correo
del sobrino que está en vuestra presencia,
y cumpláis las promesas que en su ausencia
ofrecisteis.
Pedid, que sí os darán.
Señor, a doña Elvira de Guzmán
adoro, sirvo, y reverente miro.
Galán habéis andado, pues de un tiro
dos blancos se acertaron, y gustoso
si sois quien me pidió para su esposo
estoy, Fernando, y doy la enhorabuena,
y con ella también os doy Marchena.
Señor, mirad que yo tengo marido
y que de rey tan grande no se ha oído
que falte a su palabra o que violente
la voluntad, y así rendidamente
de vos espero el noble desempeño,
dándome a don Alonso por mi dueño.
Señor, la dicha es mía.
(Me ha dado un gran disgusto. Aparte.)
Yo, Alonso, te quería
casar más altamente y a mi gusto.
y hasta hacerlo tus padres ocultaba.
¿Alonso dice que casado estaba?
Salió mi intento vano.
No perdáis la esperanza, que en mi hermano,
don Pedro, vuestro intento
haréis igual y ilustre casamiento;
y no te faltará también, Fernando,
dama de calidad y de hermosura,
y queda por mi cuenta tu ventura.
En fin, Alonso, en parte me he alegrado
que por esposa a Elvira hayas buscado,
que mi madre Guzmán fue.
Da la mano
a doña Elvira.
Tanto en darla gano,
que quisiera, señor...
Pero, ¿qué bando
es este?
Al ir a dar la mano suenan cajas de guerra por la entrada del patio, y dice el Rey:
Es gente que marchando
hacia palacio a toda priesa viene.
Sale Guillén muy deprisa.
La ocasión, gran señor, no me detiene.
¿Cómo, atrevido?
Di, ¿qué te alboroza?
Señor, que doña Juana de Mendoza
viene marchando con quinientos hombres.
Villano, loco, no a mi hija nombres;
¿mi hija, sin licencia de su padre,
había de entrar así?
¿Así mi madre había de venir tan desatenta?
Déjenla entrar, sabremos lo que intenta.
Siéntase el Rey, y sale toda la compañía, y entra por el patio doña Juana, a caballo, con bastón, peto, y espaldar, y los más que pudieren de soldados, y seis de ellos, que habrán sido los alcaldes, con banderillas, por una parte las armas de Mendoza, y por la otra los nombres de las seis villas que se han dicho en la segunda jornada.
Segundo rey don Enrique,
que por tu magnificencia,
más que en Castilla y León,
en los corazones reinas.
A ti que piadoso alaban,
que victorioso celebran,
que generoso blasonan,
que poderoso respetan.
Arrodíllase al Rey y todos los que con ella vienen, y el Rey, sin levantarse, la quita la gorra.
Levántase, y todos los demás.
Postrada humilde por tierra
sus vasallos y sus armas,
rendidos ellos, con ellas
de entrar así perdón pido,
que fiada en tu grandeza
así esta puerta juzgaba
y así me entré sin licencia,
que el pretendiente y vasallo
que a pedir justicia llega,
en presidentes y reyes
ha de hallar la puerta abierta.
Hijo, padre, si os admira
el verme de esta manera,
nobles damas, ricoshombres
a quien hago reverencia,
oíd todos. En Castilla
me llaman por excelencia
la ricahembra de Campos.
porque tengo allí mi herencia
de Diego Gómez Manrique,
que Dios en el cielo tenga,
de Castilla adelantado,
título que mi hijo hereda;
de solos diez y ocho años,
viuda, me salí a una aldea
de las mías, que la corte
ni es luto, ni desempeña;
retirada, pues, estaba,
cuando sin saber quién era
llegó don Alonso Enríquez
a Aguilar, que no destierra;
díjome del un criado
la calidad y nobleza,
y hospedándole en mi casa,
tres meses estuvo en ella.
Hablábame, y yo le oía,
ni desabrida, ni tierna,
que no han de ser las mujeres
ni de acero, ni de cera;
en esta cortés blandura
y en esta noble llaneza
alentó sus osadías
y añadió al amor la fuerza.
Pero yo, que no soy mía,
porque nunca somos nuestras
las nobles, temiendo a padres,
quien los tiene, espere o muera.
Con enojo y libertad,
el forzoso, y justa ella,
dije que no le quería,
aunque mi padre quisiera.
Diome, tras decir: «villana»,
un bofetón por respuesta,
que en mi cara los renglones
hoy se leen de mi afrenta.
Y aunque mi padre y mi hijo
vengar mi injuria pudieran,
la pretendo por justicia,
porque en Castilla la Vieja,
donde el agravio se supo,
el desagravio se sepa.
Rey eres, hazme justicia,
que la justicia severa
en las prendas de un buen rey
es la más heroica prenda.
¿Qué dices de esto, cobarde?
¿Tu segunda hazaña es buena
si la primera enmienda
esta villana y grosera?
¿Fueres hijo de mi hermano?
¿Tú tienes sangre en tus venas
de tantos reyes famosos
que de padre y madre hereda?
¿Mirad qué pedís, señora?
Que por vida de la Reina
que os dé su mano, su brazo
y si pedís su cabeza,
que si a vuestro honor importa
será la sangre primera
y la propia sangre mía
que después que reino vierta.
De suerte, señor, con eso
la encendida nuestra cela,
que no acierto a responderte.
Ni dejas que nadie pueda.
(Enojado.)
(Muy enojado.)
Que convierta la fortuna
tanta ventura en tragedia.
Gran rey, pues yo he de pedir
y de tan justo te precias,
que a mi elección y juicio
el desagravio me dejas,
pido que me deis, señor,
la misma mano derecha
que a mi rostro se atrevió;
dél me vengaré con ella,
que, trayéndola conmigo
donde el mundo me la vea,
viviré yo sin agravio
y su mano a la vergüenza,
que mejor se satisface
mi honra así que si muriera,
pues mientras así viviere
mi honor cada día se venga.
¿La mano, pues, es reloj,
que queréis al muelle ponerla?
¿Mancos hemos de quedar?
¿Qué mujer del diablo es esta?
Llamen quien corte esa mano.
¿Que así mi agravio consientas?
Muy enojado.
Mano que a mujer ofende
¿para qué puede ser buena?
Dios te guarde,
y haga tu corona eterna,
que me deja tu justicia
con más honor satisfecha.
Pero quien tuvo valor
para que a la ricahembra
pusiere mano en su cara,
por la mano la merezca.
Contenida.
Levántase el Rey y dice, quitándose la gorra.
Ahora sí, doña Juana,
sois ricahembra de veras,
porque hazaña tan ilustre
no hiciera quien no lo fuera.
Vos, respondiendo a quien sois,
respondéis de esa manera;
y a la carta de tu Rey,
que lo mismo os manda y juzga,
sucediendo bien a todos,
porque de Fernando sea
doña Elvira de Guzmán,
y se cumpla mi promesa.
Mostrar ha querido el cielo
que he nacido para vuestra.
Yo para tanta ventura.
¿Quién por agravios me premia
qué dará por los servicios
que el alma haceros desea?
Reconociéndome indigno
de tal valor, y belleza.
Ved cuánto os quiero si el bien
se estima por lo que cuesta.
A Guillén por tu marido
le da la mano, Theresa.
No casarme fue una manda
que me hizo al morir, mi agüela.
Pues daránla a Pinardo.
Dos horas ha que revienta
por hablar Pinardo ya
y daros la enhorabuena.
Por mí, Theresa, os doy gracias.
Y perdonad al poeta,
si humildemente escribió
tan rica y alta materia,
que es castigo de la pluma
quien atrevió a su grandeza.
Fin.
Firma: Don Bartolomé Ponce de León y Horruchas