
Publication date: August 22, 2026
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El juez que fue de sí mismo. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/el-juez-que-fue-de-si-mismo.
El juez que fue de sí mismo
de la comedia intitulada, el que juez que fue de sí mismo, de Salazar. 1
Salen el duque de Vizcaya y Tomillo.
Tomillo, ¿dónde quedó
su alteza?
Yo te diré.
En esta cuadra, no sé
qué diablo le llevó,
porque según las porfías,
y la prisa de llamar,
le vi talle de aguardar
más que un judío al Mesías.
Venga el duque, ¡hola, criados!
Venga el duque de Vizcaya.
¿No hay un diablo que vaya,
de tantos hombres honrados
a llamarle? Mas ya llega.
Sale el príncipe.
Este es el último medio
que toma para remedio
una voluntad tan ciega,
que ni aun todo mi valor
le puede hacer resistencia.
Llegue, llegue vuestra excelencia,
aquí está el duque, señor.
Apartaos allá.
El semblante
publica lo disgustado
que me llama.
Así avisado
dejara de ser su amante.
Duque.
Señor.
¿Sois mi amigo?
Presumo que vuestra alteza
no lo ignora.
La certeza
que siempre vivió conmigo
de que lo sois, a ponerme
con vos en esta ocasión
me obliga; dadme atención,
y no entre ninguno a verme.
Aquella serrana hermosa,
bello milagro de amor,
que excluyendo al monte fieras
siempre fiera se quedó.
Ya entendéis que a Jacinta digo,
que con la flecha y arpón
siendo en Mérida condesa
el corzo más volador
en todo el Tajo la teme
porque sus aciertos son
tan seguros, que ninguno
de su flecha se escapó.
Apercibida la aljaba,
sus márgenes consultó
dulce muerte de las fieras
un día, que también yo
en la maleza del bosque
con la misma pretensión
que esta diosa de los montes
llevaba, un oso feroz
iba siguiendo; quizá,
porque de esta suerte Amor
quiso conducir mis pasos
a mi mayor perdición.
Dirigióse por el monte,
y cuando por su región
cuarto cielo, al mediodía,
Llegaba luciente el sol,
de fatigar a las fieras
fatigado, se inclinó
al pie de un frondoso mirto,
que estimó su inclinación.
Al mismo tiempo en el bruto
que en la ribera engendró
del sacro Betis el viento,
que tanto era de veloz,
volví siguiendo un corcillo
herido ya del rigor
de una flecha venenosa,
que Jacinta le tiró.
Volaba tímido el corzo
con la nueva turbación
y olvidado de la herida,
que tanto puede el temor,
a las entrañas del bosque
viento sutil revolvió
sin que se pudiera ver
más diferencia en los dos,
a según eran veloces
y a según su agitación,
que ser el viento invisible
y el medroso corzo no.
Llegó al mirto, a cuya sombra
la cazadora de amor
de un profundo sueño estaba
en la suave prisión.
Y como el viento ligero,
que en medio de su mayor
braveza, suspende el curso
sin saberse la ocasión
de la no esperada calma,
así el corzo volador
en medio de su carrera,
viendo al viento emulación
a las plantas de Jacinta,
el curso veloz paró,
sin que la causa se alcance,
aunque bien presumo yo
que fue esta acción del corcillo
una determinación
o de ponerse en su amparo
o, cuando ampararse no,
afrentarse de morir
de otra herida, u de otro arpón
que la herida de Jacinta
que primero le flechó.
Llegué como el corzo al mirto,
que advirtió la admiración
que amparado de sus plantas
como pidiendo favor
lloraba perlas al nácar
que veneno le engendró.
De más carmín el corcillo
que la flecha le sacó.
Bajé del caballo entonces
sin más deliberación,
por ver tan fénix beldad,
que el discurso no pasó
de admirarla un solo punto:
porque tanta perfección
de no suspender, no fuera
tan subido su valor.
Admiróla por milagro.
Y en la verdad no se erró:
que no es milagro pequeño
que duerma en la sombra el sol.
Estaba. Pero, ¿qué digo?
No echemos algún borrón,
presumiendo retratarla;
que si el artífice Dios
por milagro de sus obras
en España la formó,
para retratarla al vivo,
parte a parte, y flor a flor,
es necesario que sea,
quien se animare pintor,
no un Apeles, sino solo
el mismo que la crió.
Mientras que en distante rama,
bemolado ruiseñor
fue de sus bellos sentidos
suavemente ladrón,
estaba en considerarla
tan embelesado yo,
que de la caza olvidado,
y aun de mí mismo, el mayor
divertimiento que al alma,
llegado ya el corazón,
pudiera darme la suerte,
y concederme el amor,
fue contemplarla en el sueño.
Paso, lengua, que me voy
a pintar un imposible:
¡pero tal fue la ocasión!
Estuve tan envidioso
del mirto, y tierra, que dio
la cama donde recostarse
lo poco que la gozó:
que si como es insensible
fuera capaz de razón,
le resolviera en cenizas;
que tales mis celos son.
Pues el viento que pasaba,
y el sol, que tal vez entró
por entre el mirto algún rayo,
no os parezca imperfección
contaros, duque, estos celos
un príncipe que notó
que, cuando abrasado en llamas
la miraba con temor,
hasta sus purpúreos labios
por apurar el licor
llegaba lascivo el viento
y osaba grosero el sol.
¿Entendéisme?
Fuerte lance.
Esto es querer que mi amor
la pierda, cuando la adoro;
y amenazarme, si no
le obedezco. Esto es sin duda.
¿Qué os he dicho?
Vive Dios,
que si vasallo naciera,
o título como yo,
había de ver.
Duque, duque.
Si es justo que a mi valor
se le atrevan amenazas;
que aunque disfrazadas, son
advertencias comedidas
de los celos que le doy,
son agravio conocido
de mi justo pundonor.
Pero al fin basta ser hijo
de mi rey. Digo, señor,
que no admiro los incendios
de vuestra alteza; pues vio
de la gallarda condesa
la divina perfección.
No que la rinda despojos;
no que en su hermoso esplendor
se pierda su libertad;
que aun príncipe nació,
no hay libertad que se libre
de esta beldad superior;
que para tales empresas
hizo el tercer cielo, Dios,
las auroras de Jacinta,
nuevas esferas de amor.
Que si admiro, que conmigo,
porque ha sabido que soy
quien, como amante, la sirve,
con rebozo de favor
disimule rara cautela
injusta en la presunción
de príncipe; pues debiera,
cuando amigo me llamó
presumir de su grandeza,
que por amigo y señor
le preferiré a mis ansias.
Y cuando por esto no,
por mí mismo, que soy hombre
que a pesar de mi pasión
sé dejar por un amigo,
sabiendo que es otro yo,
una deidad que me abrasa,
un milagro, un resplandor,
de cuyos rayos apenas
es un rayo todo el sol.
Desde este punto, no obstante
que lo sienta el alma, os doy
esa prenda que fue suya,
que puesto que con razón
ha de romper en raudales
de un estilado licor
que derrama por los ojos
afligido el corazón,
no presumo que se debe
a que llorosa pasión
aquella, deidad del Tajo,
por quien sus corrientes son.
Vuestra alteza la consiga;
muera mi infeliz amor.
No quede estampa en mi pecho:
puesto que se transformó
en espejo en quien se mira.
Crezca el llanto, mi dolor
a tantas lluvias, que el alma,
que en sí misma retrató
su imagen, se anegue en ellas:
ya que la mano de Dios
me crió tan desdichado,
que siendo luz de aquel Sol
la dejó donde mirarse
como quien ya la perdió
mucho cristal para río:
aunque para espejo, no.
Pues, Duque, ya que habéis hecho
lo más, lo menos también
habéis de hacer, como quien,
de mi amistad satisfecho,
me debe toda fineza,
y todo amor. Este necio
me responde con desprecio.
En el margen derecho del final de la intervención se leen las letras "se" y "aj."
Diga, señor Vuestra alteza;
que si ello en mi mano está,
no hay duda, le serviré.
Como ha visto que le hablé
tan comedido, me da,
como si de gracia fuera,
lo que yo puedo quitarle;
pues para desengañarle
de que no es de la manera
que piensa, le he de obligar
a costa de su dolor
a que, tercero en mi amor,
busque ocasión, hay lugar
en que yo la pueda ver,
y hablar.
Diga su sentir
Vuestra alteza.
Si el decir
lo que siento es menester,
digo que importa que vos,
pues con llaneza la habláis,
de mi parte la digáis
esto mismo que los dos
tratamos.
Señor, a mí
solo me toca dejarla;
Vuestra alteza puede hablarla
como su amante, o por sí,
o por otro. Yo no puedo;
que soy quien soy.
Por mí haréis
lo que os digo.
Bien sabéis
cuán mal opinada quedo
si amante de su belleza
¡Vive Dios!
Saca el príncipe la daga para el duque y sale el rey.
No os toméis tanta licencia,
que en nuestras góticas leyes
son por elección los reyes,
que no vienen por herencia;
que aunque el reino os prometáis,
no estáis jurado heredero,
y sigo vivo, primero
que la corona os pongáis.
¿Qué es esto?
El rey.
Aquí espira mi paciencia.
Línea tachada ilegible.
Yo le digo mi sentir.
Aquí me abrigo.
Ándese entre ellos la prisa;
que a mí no me está muy bien
meterme con majestades
jamás.
¿Estas libertades
en mi palacio se ven?
Siempre este lance temí;
¡qué inclinación de rapaz!
¿Príncipe? ¿Duque? No más.
¡Qué desdichado nací!
Vuestra grandeza, señor,
estos lances ocasiona;
pues de la regia corona
no me jura sucesor,
que da sobrada razón
para perderme el respeto.
(Vase)
os solicita.
Al entrarse el rey va diciendo el duque.
A qué efeto
se ha movido esta cuestión.
Pero yo me informaré
de la ocasión que ha tenido
que el duque es muy comedido;
y si esta vez no lo fue,
debió de ser el exceso
tan grande que le ha obligado
a no ser muy ajustado.
Que el príncipe es muy travieso.
Éntrase el rey y vuélvese el duque al teatro.
Gran Señor, vuestra grandeza
me escuche atento que va
mal informado y será
matarme con aspereza,
sin razón. ¡Válgame Dios!
Enojado el rey, desprecia
mis palabras. Y ya se esconde,
y con mi agravio me deja;
¿qué me importa su privanza?
¿qué me sirven sus promesas?
Pues cuando llamo agraviado
aun los oídos me niega;
bien podéis, ojos, llorar.
No lo dejéis de vergüenza;
que poco importa el ser hombre;
que no son los hombres peñas.
Que al vivo, cielos, que al vivo
habló conmigo el poeta
en estos versos.
¿Qué dice?
De esta, la glosa, muy cerca.
Que el duque por sus pecados
dicen que tiene vena, vena
más caudalosa que un río;
y es vena, de la cabeza.
¿No repitió del romance
los cuatro versos? Pues tengan
atención a sus palabras,
y si no glosare en esta
ocasión medio romance
que me lleven a la queja.
Que para humor de un hombre
no hay castigo que más sienta.
¿Bien podéis, ojos, llorar?
Allá va;
Por Dios que apenas
tengo alientos para hablar.
Paciencia, cielos, paciencia;
ojos míos, si los males
de mi fortuna, medio
no libran reparo, yo
templara vuestros cristales.
Mas siendo tan sin iguales,
que sobre tanto pesar
me vienen hoy a faltar,
mi Rey, mi dama y mi honor,
con tan extraño rigor
bien podéis, ojos, llorar.
Si un perro en el campo llora
porque perdió a su señor,
y un amante de dolor
no logrando el bien que adora
si vierte el honor Aurora,
tanto aljófar en su ofensa
en pérdida tan inmensa
¿qué mucho que le imitéis?
Llorad, que razón tenéis,
no lo dejéis de vergüenza,
que puesto que en la ocasión
se han de ostentar los valores,
con reyes competidores
de poco provecho son.
Descansad el corazón,
puesto que el llanto me asombre,
y lavad así el renombre
que hoy perdió mi calidad;
pues que veis con la majestad
que poco importa el ser hombre.
Mal parece que lloréis;
pues quien os viere llorar,
es cierto que ha de culpar
el valor que no tenéis.
Pero del bien que perdéis
no admiro que deis las señas,
que las ansias no pequeñas
en que hoy me he visto encender,
en algo se habían de ver,
que no son los hombres peñas.
Salen con mantos la Condesa y Anarda.
¿Han avisado a la infanta?
Sí, señora.
La Condesa.
¡Ay cielos, el Duque! Aguarda.
Aquí estoy ya; a buena cuenta
la criada me da voces.
¡Vive Dios, que es una perla!
Allá voy.
Duque.
Señora.
Era tiempo de que os viera,
¿cómo no me vais a ver?
Hay ocasiones secretas
que lo impiden.
¿Qué ocasiones?
Si yo decirlo pudiera,
¿qué me faltaba?
No entiendo,
Lisardo.
Jacinta, esfuerza
entenderme. Con los ojos
lo que no puede la lengua,
digo a voces.
¡Ay de mí!
Qué fuerza, cielos, qué fuerza;
si trazara la malicia
en agravio de mis prendas
alguna traición. Oídme
aparte.
Apártanse los dos.
¡Oh, dulce violencia
del amor!
Aquí podéis,
si tenéis alguna queja
de mi amor, desengañaros.
Pluguiera a Dios no tuviera
más veneno mi desdicha;
pero es tanta la fineza
de mi mal, que aunque la muerte
me ha de costar, por materia
de estado os he de perder,
cuando con las tres potencias
del alma, divino imán
de mi corazón, por prenda
de mis turbados sentidos
idolatro esa belleza.
Dejadme, pues no sentís.
Verdad que me dé sus treguas.
El dolor que me apasiona,
la pena que me atormenta,
el veneno en que me abraso,
y este lazo que me aprieta
la garganta, que es sin duda
que no podré daros cuenta
de mi mal, o si os la doy,
os dejaré en medio de ella
esta vida, que la estimo
solamente por ser vuestra.
Oiga, doncella.
¿Qué, amigo?
¿Doncella?
Pienso, mi reina,
lo debe de ser vuesté.
¿Tengo cara de doncella?
¿Qué tal con la picarona?
Por mi vida, me contenta
el dicho. ¿Vusté qué quiere?
Si vusté me da licencia,
dos palabrillas.
No, amigo,
las palabras no hacen fuerza,
trate de manos.
¿Qué manos?
Joyas, diamantes, cadenas
y esmeraldas.
Tente, tente,
mujer, ¿qué dices? Materia
tocaste que me has quitado
el amor, como si fuera
la navaja más sutil.
Cadenas, diamantes, perlas,
esmeraldas y carbuncos,
tejidos y galas, ¿piensas
que se arrollan los diamantes
y esmeraldas? Tierra es esta,
que me saca de juicio.
Sí, por Dios. Mujer tan fea
no vi jamás. Yo pensaba
que el tratar de manos era
el andar abofeteadas,
porque es refrán de mi tierra
que el tratar a las mujeres
para que hagan como buenas
ha de ser a pescozones,
porque el modo de atraerlas
y de obligarlas fue siempre
no darles lo que desean,
sino aquello que no quieren,
que es lo que merecen ellas.
Malos años para vos.
Muy peores los tuviera,
si gastara mi dinero
por darla gusto. Inocencia
de amantes, que se desangran,
y al mejor tiempo los dejan
como a bobos las señoras
a la luna de Valencia.
A fe que es acuchillado.
A fe que no ha de hacer presa
conmigo.
Gentil pelón.
Mejor me está que me tenga
en esa opinión, que no
que me pele de manera
que venga a quedar pelado.
Pues mire cómo se empeña
conmigo, que si le cojo
en el garlito, que en esta
materia, no hay que juzgarse
vencedor, no digo telas,
no esmeraldas, no diamantes,
pero las barbas y cejas
le he de pelar. Y te aviso
para que avisado sea,
mayor después mi victoria.
El dimoño es la mozuela;
pues vusté mire también
de la suerte que me cerca;
que si logro posesiones
(y le aviso, porque sepa,
lo que después he de ser)
lo que presume cadenas,
ha de ser recogimiento
y grillos; preciosas perlas,
lágrimas; las esmeraldas,
esperanzas; penitencia,
los diamantes; los regalos,
bofetadas; las ternezas,
coces. Y con estas galas,
y requiebros, tan contenta,
la he de tener, tan gustosa,
y tan firme, que no sepa
qué hacerse para agradarme.
Por mi vida;
pues ¿qué piensa?
Mire que soy de Toledo.
Mire que tengo experiencias.
Poco importa;
mucho importa;
pues haga su diligencia.
Señora, aquí no hay remedio.
Pues ¿qué importa que me quiera
el príncipe? Yo aborrezco
sus acciones.
Esto es fuerza;
yo he de ausentarme, si el rey
me concede su licencia,
de Toledo.
¿Este retorno
esperaban mis finezas?
Sabe Dios que iré sin alma,
y sabe también las quejas
que me dejáis.
Un tirano
lo puede
Con más certeza
diréis un mentido amor,
que a ser verdad, esta ausencia
era excusada.
¡Ay, Jacinta!
Mis lágrimas manifiestan
mi dolor.
También me engañan,
como la voz, y estoy cierta
que ausente habéis de olvidarme.
¡Qué mal sabéis la firmeza
de mi amor! Con esta glosa
os pienso dar la respuesta
de esos temores.
Decilda.
Diré primero la letra:
Celoso y desesperado
cantáis, jilguero, al albor:
no cantéis, que es excusado;
que quien canta enamorado,
o burla de su cuidado,
o no sabe qué es amor.
Estos versos los cantaron
a tiempo que mi sospecha
me previno esta desdicha;
y como si la tuviera
presente ya, los glosé.
Yo también, cuando en las selvas
me vio el príncipe dormida,
temiendo la misma ausencia
los hice glosar. Decidme
Vuestra glosa, quizá, en ella
mi amor os dirá, más bien
su sentir.
Mi glosa es esta:
Hielo el carmín en mis venas,
como condenado estoy
a fuego eterno en cadenas;
porque en esta ausencia soy
todo, un infierno de penas.
Que si el amor abrasado
en celos, de condenado
sirve una plaza, impaciente;
yo estoy, amante y ausente,
celoso y desesperado.
Como el celoso jilguero
sus penas al albor canta,
así yo, que desespero,
con mis pasos de garganta,
repito el mal de que muero.
Tened, Duque, vuestro amor
no fue verdad, que en rigor
cuando amor está agraviado
no canta, y vos injuriado
cantáis, jilguero al albor.
De poco sirve el cantar
si el dolor de lleno viene;
que si es cantar lamentar
el jilguero, es que no tiene
otro modo de llorar.
Al que está desesperado
no le alivia lo cantado:
que antes crece el frenesí;
lo mucho llorado, sí.
No cantéis, que es excusado.
Lágrimas del corazón
alivian el sentimiento.
Mal conocéis mi intención,
que amante yo no consiento
alivios a mi pasión.
Quien busca alivio abrasado
de amor, es que nunca ha amado;
cantando busco el dolor;
que nadie siente mejor
que quien canta enamorado.
Quien pierde un bien tan hermoso
como vos, prenda querida,
no ha de buscar su reposo:
pues perdió la mejor vida
que tuvo su amor ansioso.
Antes más enamorado
debe morir despechado;
que hacer el mal más pequeño
es que o no aprecia su dueño,
o burla de su cuidado.
Este es mi bien, mi sentir;
dejadme desesperar,
que quien dejó de vivir
no tiene que descansar,
ni es posible no morir;
porque aliviar el dolor,
debiendo hacerle mayor,
cualquiera que así lo hiciere
es que o no siente que muere,
o no sabe qué es amor.
Esperad.
Vase.
No puede ser.
¡Válgame Dios! ¿Que me deja
el duque, por darle gusto
al príncipe, que se ausenta,
por no indignar al tirano?
¿Tan poco valen mis prendas
para dadas? ¡Qué mujer!
por despreciada que sea,
sufre semejante agravio?
¿Quién fuera, cielos, quién fuera
mudable de condición
para vengar esta ofensa?
¿Quién pudiera aborrecerle?
Pero, ay dolor, que se aumenta
la llama con el agravio.
Sospecha, tengo sospecha
de que otro amor le divierte.
Sin duda, que otra belleza
me le quita; que a no ser
de esta suerte, poca fuerza
le pudo el príncipe hacer.
Que a quien sabe amar de veras
no hay fuerza que le contraste,
no hay poderosa violencia
que le rinda; que el amor,
cuando es amor, atropella
todo peligro. Esto es cierto.
La infanta viene. Mis penas
quiero callar avisada,
que si como entiendo es ella
la causa de mi dolor,
no conviene que las sepa.
Sale la infanta.
Ya, señora, estoy aquí.
Espero que vuestra alteza
me mande.
Jacinta mía,
deja ese lenguaje, deja
títulos de majestad.
Trátame con más llaneza,
y más amor. Que entre amigas
no ha de haber esas materias
de estado.
Pues de qué suerte
debo hablar.
De la manera
que te hablo yo.
Según eso,
fuerza será que haga cuenta
que eres otra yo.
Sí, amiga;
piensa que soy la condesa
de Mérida, y tú la infanta.
Beso tus plantas por esa
merced.
Deja cortesías.
Pues con la misma llaneza,
que significas, te pido
como amiga que desea
todo tu gusto, me digas
tu sentir.
Tengo vergüenza.
Eso no es de amigas.
Los cinco versos siguientes están rodeados por una línea para su omisión
Digo
que tienes razón. ¿Es fuerza
que te hable claro?
Pero sí que,
no dudes.
Dime, condesa,
con el duque de Vizcaya,
¿qué lances tienes?
Aparte.
Apenas
me queda respiración.
Ya sois agravios, sospechas.
Bien os fundó mi temor.
Estos eran, estos eran
los rigores que el ingrato
significaba, violencias
del príncipe. ¡Ay, mal amante!
La página contiene dos columnas. La izquierda parece un primer borrador tachado verticalmente, y la derecha la versión definitiva o continuación.
¿No me respondes?
Quisiera
responderte de una vez,
y así para que no tengas
algún temor, de los tuyos
me informaras.
¿Luego piensas
que tengo algunos?
Presumo
que puede alguna centella
de amor darte algún cuidado.
No, señora, que se ofenda
tu honor. Sí que algún afecto
te cause desvelos: que esta
acción lo dice bien claro.
¿Quieresle?
¿Conozco prendas
en el duque?
¿Sabe el duque
tu amor?
Por algunas señas
lo ha conocido.
¿Hasle hablado?
En diferentes materias.
Aparte.
¿Dice que te quiere el duque?
¿Quién lo duda? Tu belleza,
¿qué libertad no cautiva?
¿Qué monte, qué fortaleza
no allana? ¿Qué pedernal
no ha de ablandar? ¡Ay, ofensas!
¡Ay, agravios! ¡Ay, dolor!
¡Ay, burlado amor! Ya es cierta
mi desdicha, pues ahora,
te respondo, porque sepas
de mi boca, la verdad.
Digo, mi Teodora, bella,
Rúbrica en el margen inferior.
de estado.
Pues, ¿qué me mandas?
Eso sí. Dime, condesa,
con el duque de Vizcaya,
¿qué lances tienes?
Apenas
me queda respiración.
Ya sois, agravios, sospechas.
Bien os fundó mi temor.
Estos eran, estos eran
los rigores que el ingrato
significaba violencias
del príncipe. ¡Ah, mal amanecer!
¿No me respondes?
Quisiera
saber primero los tuyos
para darte la respuesta
que debo.
¿Luego presumes
tengo algunos?
Buena es esa.
¿Quieresle?
Aparte.
No, por tu vida.
Perdona, amor, que la lengua
desmienta el sentir del alma.
No me trates con cautela,
supuesto que soy tu amiga.
¿Sientes alguna centella
de amor? ¿Adoraste el duque?
¿Quién lo duda? Tu belleza,
¿qué libertad no cautiva?
¿Qué monte, qué fortaleza
no allana? ¿Qué pedernal
no ha de ablandar? ¡Ay, ofensas!
¡Ay, agravios! ¡Ay, dolor!
¡Ay, burlado amor! Ya es cierta
mi desdicha.
¿Aún das en ese?
¿Pues cómo en esta materia,
me examinas?
Soy curiosa,
y por saber la certeza,
que tiene tu casamiento
lo pregunto. Mucho aprieta;
juzgo que me ha de obligar
a romper con la vergüenza,
y declararme.
Pues oye.
Digo, mi señora bella,
que el Duque me ha pretendido;
que ganó del Rey licencia,
de tratar su casamiento
conmigo; no que me deba,
ni una mano, afectos sí;
que ha puesto las diligencias
necesarias; y que ahora,
desmentida su firmeza,
y falsa la fe de amor,
quizá porque no se ofenda
tu curiosidad, quizá
también porque tiene puestas
sus esperanzas en ti,
por no casarse se ausenta;
Aparte.
Buenas nuevas te dé Dios.
Aparte.
Dete Dios tan malas nuevas
como tú me has dado. Ya
te respondí. Solo resta,
que te declares conmigo.
Pues escucha.
Con llaneza.
Sí haré. Digo pues, Jacinta,
que desde hoy has de hacer cuenta,
que no conoces al Duque.
¿Estás resuelta?
Resuelta.
¿Y si no puedo?
Podrás.
¿Sin remedio?
Será fuerza,
pues maliciosa, afirmaste
que me desvela. Si cuerda,
sepultaras en el pecho
tu pensamiento, pudiera,
darme por desentendida,
pero expresado, es materia,
de estado a ley de quien soy,
no por amor, sí por tema,
empeñarme en que le olvides.
Una de estas dos, condesa;
o pensar que para ti
murió el Duque, o que me empeñas
en no ser tu amiga.
Escucha.
No hay qué escuchar. La respuesta
es entender que Lisardo
fue una sombra, una quimera,
y un sueño. Porque ha de ser
como digo.
Mucho aprietas.
¿Que le olvide?
Que le olvides.
Que no le hable, ni le vea,
me mandas; y podré servirte.
Ya por pagar la fineza,
de amiga, con que me tratas.
Ya por cumplir con la deuda,
que tengo de respetarte,
ya porque tenga mi ofensa
la venganza merecida,
ya también porque esta pena
se debe dar a quien es
tan mal amante que deja,
sin causa lo que primero
adoró; pero que quieras
que te olvide, es imposible;
porque el mismo agravio esfuerza
los incendios del amor,
y mujeres de mis prendas
no olvidan tan fácilmente.
Según eso estás resuelta
en dejarle...
Sin remedio.
¿Por mí?
Por ti, por mi ofensa
y por mi razón de estado.
Pues mira, que esa promesa
me has de cumplir.
Ve segura,
esto se entiende que sea
de la suerte que me ha dicho,
que siendo al contrario, fuerza
mucho más necia en cumplirla;
que entre las dos, mayor deuda
me tengo a mí que a la infanta,
que primero estoy yo que ella.
Jornada segunda.
Salen el Rey, y el Duque.
Vuestra real majestad
me dé, señor, su licencia,
para ausentarme.
Esa ausencia
es excusada; callad,
que no la he de permitir.
Estoy en ello empeñado
porque mi palabra he dado.
Vase el Duque.
Pues no la habéis de cumplir,
que os he menester. No más,
no os ausentéis de Toledo.
Yo tengo de ver si puedo
enfrenar este rapaz,
que desenvoltura tanta,
como su orgullo profesa,
no es de sufrir. La condesa
presumo está con la infanta;
hacedla luego avisar
que no se vaya sin verme.
No quise descomponerme
sin primero averiguar
qué origen tuvo el despecho
del príncipe, y en el modo
posible he sabido el todo
de la intención y del hecho.
Pero yo le enmendaré
tan a su costa, que entienda
cuánto le importa la enmienda,
y por eso le llamé.
Aquí viene. Esta es acción
de padre rey que desama
sus vicios.
El rey me llama.
Sale el príncipe.
Temo de su indignación
que ha de obligarme a no ser
el que debo. Ya, señor,
estoy aquí. Su rigor
me da mucho que temer.
Cerrad la puerta.
Esto es hecho.
¿Qué soberbio? ¿Qué arrogante?
Ya está cerrada.
El diamante
ablande Dios de tu pecho.
¿Qué manda vuestra grandeza?
Deciros, príncipe, quiero,
porque siendo mi heredero,
no os dejo lograr la alteza
de un hijo que ha de heredarme;
que pues que de mí os quejáis,
es muy justo que sepáis,
cuando lleguéis a culparme,
que está, no en mí, sino en vos
la culpa. Escuchadme atento.
¿Esto sufro? ¿Esto consiento?
No es mi padre, vive Dios.
Erige imperio al mundo universal
su mismo criador que le cría;
y dale por monarca al sexto día
del gobierno al hombre: porque racional
en su obediencia justa,
goce feliz de la corona augusta.
Dale su semejanza.
Hácele imagen suya en confianza,
de que puesto en grandeza,
la ley siguiendo a su naturaleza,
le pagará en tributo
de la virtud hermosa el fértil fruto.
Propone una manzana la serpiente,
dilata el brazo el hombre inobediente;
opónese ambicioso a la deidad;
presume siendo tierra, la igualdad;
y en lugar de obediencia,
previene irracional una insolencia.
Mírale Dios, y como si cupiera
en tanta majestad
arrepentirse viendo la maldad
del hombre, que formó de tierra grosera;
está, como gigante
de haber criado a Adán su semejante.
Yo, príncipe, soy rey. Soy vicediós,
como rey en España. Formo vos.
Haceros mi retrato
¿para qué pensáis que es? Para que ingrato
soberbio y ambicioso
os igualéis conmigo jactancioso?
¿Pensáis que os da licencia
el ser mi semejanza,
de negarme el respeto y la obediencia?
¿Ignoráis que hay venganza?
Lo excelso que os he dado
es solo para ser más ajustado.
¿Qué pensáis que es ser rey?
¿Vivir sin Dios? ¿Atropellar sin ley
con la misma razón?
engañaos vuestra misma presunción.
Que el reinar soberano
consiste en ser muy justo, no tirano.
Quejáisos que no quiero
que os juren por mi príncipe heredero
teniendo ya los años
que piden nuestras leyes: mas los daños
no llegáis a medir
con la razón, que se podrán seguir.
Si os viera muy humilde en mi obediencia,
con el vasallo afable, con prudencia
para los casos arduos, con justicia,
para servir de freno a la malicia,
benigno al justo, temeroso a Dios,
yo renunciara mi corona en vos.
Pero, siendo quien sois (¡qué de vergüenza,
mal corrida, comienza
mi lengua a enmudecer!),
¿cómo queréis que os ponga en el poder,
si una justa venganza
en vos ha de borrar mi semejanza?
¿Sabéis que el casamiento
del duque de Vizcaya y la condesa
de Mérida es mi intento
surta el efeto que su amor profesa?
Pues, ¿cómo, a mi disgusto,
se la queréis quitar del todo injusto?
Como soberbio (como siempre) y loco,
siendo Lisardo de Jacinta amante,
le queréis obligar por arrogante
a cosa indigna de quien es? ¿Tan poco
puede en vos la razón,
que hacéis tercero al dueño de la acción?
¿Pudo el duque serviros
contra su mismo amor de vil tercero?
¿No bastaba rendiros
lo mismo que adoraba? ¿Qué grosero
villano, que de amor sintió la llama,
terció dichas ajenas con su dama?
Esta noche ha de ser su casamiento.
Enmendad vuestra vida,
no os precipite vuestro mismo aliento.
Mirad que mi justicia es conocida,
y que de ella colijo
que no se ha de torcer ni aun para un hijo.
Vase el Rey.
¿Esto sufro? A mi pesar,
¿permiten esto los cielos?
¿Yo he de sufrir estos celos?
¿El rey me ha de amenazar?
¿El duque se ha de llevar
de la condesa la mano?
Miente amor lo soberano,
si lo sufre, que si amor
ha de ver este dolor,
¿para qué es amor tirano?
En la suerte adversa ostenta
siempre amor su potestad,
aunque es la tranquilidad
el manjar que le alimenta;
el fuego que le atormenta
de su firmeza es crisol.
Que no teme, girasol
de su luz, verse perdido
amor, a quien tiene herido
tanta flecha y tanto sol.
Empeñe el rey su poder
en arrancar de mi pecho
tanto sol, que en mi despecho
su desengaño ha de ver.
A todo me he de oponer;
que es muy propio de lacayos
el temor: cuyos desmayos
ignora quien, como yo,
príncipe amante sufrió
tanta munición de rayos.
Escollo siempre arrogante
le espero hacer resistencia,
que el rigor de la violencia
no ha de rendir a un diamante.
Que puesto que lo constante
de mi pecho en esta acción
y especie de traición,
le importa a mi amor vencer
tanto agravio del poder
y tanto severo arpón.
La causa fue (caso es llano)
de estar del rey sin razones
quien le contó mis acciones.
Y pienso que este villano
que las vio.
Salen el conde de Ceuta, y Tomillo
Solo ha de estar.
Entre, señor Vuestra Excelencia.
¡Válgame Dios! La presencia
del conde me ha de sacar
de este aprieto. A la condesa,
como amante pretendiente,
busca esposa. Es evidente,
dicho está, si mi promesa
tanta beldad le asegura,
que se ha de oponer violento
al rey, de puro sediento
de lograr esta hermosura;
permita Amor me suceda
como presumo entre tantas
alteraciones.
Sus plantas
Vuestra Alteza me conceda,
como a siempre suyo.
Conde,
levantad, no estéis así.
Honra es, señor, para mí
estampar mis labios donde
la planta de Vuestra Alteza
se estampó.
¿Cómo venís?
Alegre porque venís,
aunque es mucha mi tristeza
(como veréis por la pinta)
de las nuevas que me han dado
del casamiento tratado
de Lisardo y de Jacinta.
Y si es posible, quisiera
que Vuestra Alteza, señor,
me hiciese tanto favor,
que Su Majestad supiera
lo mucho que le he servido
en esta guerra española,
y que la condesa sola
es el premio que le pido.
Esperad. Oyes.
Aguardo,
señor, lo demás.
Que esperes
allá fuera; y que si vieres
que viene el rey o Lisardo
avises luego.
¿Pues no?
Dicho está.
Pues vete presto.
Vase.
¡Cuerpo de Dios, malo es esto!
¡Con qué ojazos me miró!
Sin duda, sabe que el rey
me obligó a cantar de plano
lo sucedido, y es llano
me conviene a toda ley
andar el oído listo,
y no aguardar el encuentro,
que si me coge allá dentro
me ha de poner como un Cristo.
Voyme de aquí.
Digo pues,
conde amigo, que por vos
estando solos los dos
en la materia, tal vez
hable al rey, como pudiera,
Jhs.
por mí mismo. De este modo
le precipito del todo,
y trátome de manera
por ello, que el ser de rey
que heredo, solo mi hermano
le ha de gozar.
¿Qué tirano
sin fe, sin Dios, y sin ley,
pudiera hacer una acción
tan sin luz? ¿Qué recompensa
espero yo, si en ofensa
de su sangre, sin razón
le quita la majestad
que a Vuestra Alteza le debe?
Conde, si lealtad os mueve,
si es que apreciáis la amistad
que sabéis que os tengo, aquí
se debe sacar la cara
contra malicia tan rara,
por Dios, por vos, y por mí.
Por Dios: porque es contra Dios
defraudarme mi justicia;
por vos, porque la malicia
del rey se burla de vos:
pues premio que os es debido
al de Vizcaya le ha dado.
Por mí: porque despojado
del reino, quedo abatido.
Bien. ¿Pero yo cómo puedo
hacerlo?
Fácil será;
¿el ejército no está
media legua de Toledo?
Sí, señor.
¿Su general
no lo sois vos?
Es así.
Pues ¿quién sino vos aquí
puede ostentar lo leal
contra el tirano poder?
Ponedme en la posesión
del reino, que en esta acción
consiste solo el vencer
yo y vos. Yo para reinar,
vos para lograr dichoso
las posesiones de esposo
que el Duque piensa llevar.
Pues ¿no advierte Vuestra Alteza
que contra la majestad
es traición?
Esa lealtad
no es lealtad sino simpleza.
Que cuando lo soberano
gobierna con tiranía,
lo rendido es cobardía,
para hacerle más tirano.
Y como ya la prudencia
nos enseña, no conviene
disimular; que no tiene
acción un rey ni licencia
para negaros sin ley
lo que os es debido a vos
ni a mí lo que me da Dios
que es el sucederle rey.
Ni a Vuestra Alteza ni a mí
nos es lícito quitarle
su corona. Suplicarle
como a justo dueño sí:
que lo demás es traición.
Lo que sí se puede hacer
en tal caso, es proponer
vuestra justicia y razón:
y si entonces obstinado
creciere la resistencia,
acudir a la violencia,
y por materia de estado
juraros por su heredero
el reino con libertad;
cosa que será lealtad
para el hielo venidero:
supuesto que su persona,
sin ofensa, se asegura,
el cetro, a su misma hechura,
y a su sangre la corona;
Conde, lo mismo que os digo
decís también.
Pues en esto
será vuestra alteza presto
bien servido. Yo me obligo
a que tenga ejecución.
Voy a disponerlo.
Vase.
¡Ay, cielo,
que se logre mi deseo!
Dé principio a la traición
con rebozo de lealtad,
que visto que está culpado
se arriesgará, despechado,
a toda mi voluntad.
Señor, ¿qué manda
vuestra alteza?
Entretenerme
con tus donaires un rato.
Tengo de medio ganchete
el humor, no estoy de vez.
No importa.
Él quiere cogerme.
Algún puto puede entrar.
Entra, Tomillo. ¿Qué temes?
Esto es respeto, no miedo.
Más respeto que otras veces
debes de tener ahora.
Sí, señor, que el tiempo advierte
lo que he de hacer.
Yo lo mando,
entra.
¡Por Dios, que en los dientes
tengo el alma!
No me canses.
Peor será que me pesque
allá dentro.
he de enojarme.
Témole como a la muerte.
Vuestra alteza, desde allá,
puede decir lo que quiere,
¿pero he de entrar?
¿Cómo es eso?
Pícaro, ¿pues no obedeces
mis mandatos?
Que me mata,
¡aquí del rey!
Calla.
Tente.
Calla, digo.
Que me mata
el príncipe, que me muele,
que me hunde, que me aprensa,
que me fuerza, que me cuece,
que me come. Dios me valga,
por Dios, señor, que me deje.
¿Quién le dijo al rey la causa
que hube para ofenderme
del duque?
Señor, yo no.
Pues, ¿quién se lo dijo? Entiende
que has de morir a mis manos
en caso que no confieses
la verdad. Dime quién fue.
El diablo que te lleve.
¿Cuéntame el rey sus secretos?
¿Duermo acaso en su retrete?
¿Tengo llave de su pecho?
¿Soy yo zahorí? ¿Soy duende?
¿Soy encantador? ¿Soy brujo?
¿Cómo quieres que te cuente
lo que no sé?
Dilo presto.
Anoche vi que a las nueve
Entró en su cuarto un diablo
abejorruco, con siete
cabezas, noventa pies,
alas, doscientas y veinte,
negro como terciopelo,
con melenas, y copete,
y barbas. Zum, zum, zum, zum.
Este pudo ser que fuese
quien lo dijo.
¿Burlas? ¿Burlas
ahora?
Señor, detente,
que yo diré la verdad.
Di, pues.
Ciertísimamente
que no lo sé.
¡Ay, desvergüenza!
¿Cómo esta tú me enloqueces?
¿Tú me burlas?
¡Ay de España,
señor!
Sale el Rey.
Vase Tomillo.
¿Qué ruido es este?
¿Que no habemos de acabar
con vos? ¿Esta enmienda tienen,
príncipe, vuestras acciones
y maldades? Vete, vete.
Llama al duque. ¿Vos queréis
que os derribe, por rebelde,
la cabeza de los hombros?
¿Vos tan loco? ¿Vos ponerme
en estos lances?
¿Qué escucho?
Entraos allá.
¿Con la muerte
me amenaza? Venga el conde
con la conducida gente
del ejército, que entonces
verá el tirano si puede
lo que dice.
Vase el príncipe.
¡Ay!
¡Ay, hijo mío!
Atravesado me tienen
el corazón tus locuras.
¡Oh, si fueses tú, si fueses,
el que debes! Pero, ¡ay, Dios!,
que tu arrogancia me ofende,
tu desorden me provoca;
tus apetitos desmienten
mi amor. Y es fuerza que yo,
como padre rey, te enmiende.
Aquí viene con la infanta
la condesa. Lo más breve
que puedo importa casarla.
Salen la infanta y la condesa.
Aquí, señor, obediente
me tiene vuestra grandeza,
espero antes de volverme
a mi casa, que me mande.
Condesa, a vos os conviene,
y a mí, que toméis estado.
Quiero, pues, que mientras viene
el duque, aguardéis aquí,
para que esta noche quede
concluido.
Gran señor,
mi voluntad, como siempre,
resignada en lo que ostenta
vuestra majestad, pretende
se obedezcan sus mandatos
reales. Mas, como advierte,
que el tomar estado es cosa
que ha de durar, no dos meses
ni dos años, sino el tiempo
de mi vida, se resuelve
en que ha de ser más de espacio.
Y así, pido humildemente
dilate la ejecución
vuestra majestad.
No puede
dilatarse.
Sabe Amor
que mi voluntad no quiere
dilaciones, pero el duque,
por ingrato me merece
le trate así a mi pesar.
Pues, ¿qué has de hacer?
Defenderme.
¿Podrás?
Presumo que sí.
¿De qué suerte?
¿De qué suerte?
No tiene un sí menos letras
que un no.
¿Luego te resuelves
en no casarte con él?
Aparte.
¡Ay, Teodora! Mal me entiendes.
Dios te lo lleve adelante.
Aparte.
Amor celoso antes crece
que desmaya. Reparo
que Lisardo no me miente;
que presto verás, Infanta,
me resuelvo. El duque viene.
Voyme.
¿Te vas?
Sí, señora.
¿Sin verle?
No quiero verle
en mi vida.
Con los celos
parece que le aborrece.
Dichosa yo.
Pensará
la infanta que mi accidente
ha pasado. Está engañada;
porque no es el esconderme
sino para averiguar
mis celos. Este retrete
me ha de servir instrumento
para escuchar si la quiere
como dijo. Aquí me escondo.
Escóndese.
Escóndese la condesa, y sale el duque.
Al cuarto, Jacinta, al verme,
se entró de la infanta.
Aquí
me conviene resolverme
y hablarle, que si se casa,
pierdo mi gusto, y se pierde
la ocasión. Y si Lisardo,
de Jacinta, por quererme,
se ausentaba (como dijo
ella misma), bien se entiende
que, advertido de mi amor
con más verdad que otras veces,
se resolverá en dejarla;
y se excusará, prudente,
si el rey le apretare. ¡Duque!
Señora mía.
¿Qué alegre
venís a casaros? Yo
juzgaba más altamente
de vos. Mas si la condesa
os parece que os merece,
bien hacéis.
¡Válgame Dios!
Yo os di ocasión de entenderme
muchas veces.
Yo, señora,
juzgándome indigno siempre
de vuestra mano, busqué
mi igual en ella. Empeñéme,
y era fuerza idolatrarla.
Lisardo, eso es ofenderme
con la misma cortesía;
pues confesáis que en vos tiene
mejor lugar que el que yo tengo.
Señora, mirad que excede
vuestra beldad en quilates
a todo humano viviente.
Por gallarda, y por divina,
juzgalda más excelente
que la juzgáis.
¡Ah, traidor!
esto escucho? así me ofendes?
en mi respeto a la infanta
juzgas divina, que adquiere
mejor lugar en tu pecho
que merezco yo? reviente
el corazón por los ojos
y todo llanto confiese
lo rabioso de mis ansias,
y dolor.
pues entendedme.
pienso burla vuestra alteza
conmigo. sin duda quiere
divertirse.
(Vase)
ya os he dicho
aun más de lo suficiente
para entender de estas burlas
las veras, que en las mujeres
de mi estado, burlas tales
son más veras que parecen.
no os caséis.
ay confusiones
como estas! ya me acomete
el príncipe, ya la infanta,
y no quiere el Rey me ausente
de la corte.
(Vuelve a salir la Condesa)
ya no puedo
disimular. que me tienen
este desprecio y mis celos
tan sin alma, que sin velle
y sin quejarme, no espero
algún alivio. de suerte,
señor Duque de Vizcaya,
que a vuestra excelencia merece
mejor la infanta que yo.
que por divina, me excede
en quilates de hermosura;
que vuestra excelencia la quiere.
que por no juzgarse digno
de su mano me pretende
a mí para esposa. basta.
escucha, mi bien.
no mientes
que no soy tu bien.
escucha,
no hay que escuchar que no tienes
excusa alguna;
sí tengo.
dime cómo?
de esta suerte.
tú misma me has de juzgar.
que yo quiero que sentencies
mi causa. dime, Jacinta,
si un infante pretendiente
de tu beldad, te pintara
su amor, aunque más quisieses
a un amante que te adora,
qué hicieras?
inmóvil siempre
me excusara; que primero
está mi amante mil veces
que el infante.
y esa excusa
dierasla con descorteses
palabras, diciendo claro
que no puede ni merece
conseguir tu amor?
dijera
como quien soy cortésmente
que en otro dueño empeñadas
no se mudan las mujeres
de mis prendas.
y si entonces
como celoso impaciente
pretendiera averiguar
de ti cuál de los dos tiene
más méritos? qué dijeras?
callara.
y si los cordeles
de la razón te apretaran
a responder
justamente
Le dijera, que a mi amante,
que quien méritos pretende
averiguar, siendo el gusto
quien elige, bien merece
responderle como a necio
con razones descorteses,
sin perder yo de quien soy
cosa alguna.
Que lo sientes
así.
¿Cómo si lo siento?
Di la verdad.
No me aprietes,
que diré mil disparates.
Pues mira bien cómo puedes
culpar mi amor: pues si tú,
que por ser mujer, no tienes
a la justa cortesía
tanta obligación, no debes
ser descortés; hombre yo,
que, a ley de tal, debo siempre
no desairar a las damas,
no fuera razón que fuese
tan descortés con la infanta
que, en su cara, la dijese
desprecios.
Duque, es verdad.
Te hiciste como quien eres,
mas no como buen amante;
que un buen amante no debe
respeto a las cortesías,
sino a su dama. Si quieres
ver un buen ejemplo, en mí
le verás; que pretendiente
el príncipe me persigue,
como sabes, y en desdenes
le doy el premio que espera.
Esto es amar. Pero tente;
que si juzgas sin razón
mis quejas, quiero que pienses
que la tengo. Dime, duque:
si tú de mi boca oyeses
que, por huir competencias
de la infanta, más prudente
de aquello que pide amor,
me ausentaba (que te acuerdes
quiero de tus sinrazones),
¿qué dijeras?
Justamente
apreciara tu cordura,
pues sabiendo (como entiendes
de mí) tu mucha firmeza,
juzgara por conveniente
contra su poder tirano
esa ausencia.
Y si supieses
(como yo sé) de la misma
infanta, que en accidentes
de amor me hablaba el infante,
¿qué juzgaras?
Que quien tiene
las que tengo obligaciones,
y tienes tú, no se puede
mudar, ni hacer cosa indigna
de su amor.
Y si estuvieses
a mis palabras atento,
y los desengaños vieses
y ofensas que he visto yo.
Pensara que, de otra suerte,
no era posible excusarse
quien tiene, como tú tienes,
tanta obligación a ser
muy cortés.
Aguarda. ¿Sientes
que es así como lo dices?
A no sentir de esta suerte,
no lo dijera.
¿De veras?
De veras, pues.
No me niegues
que sentía. Dime, Lisardo,
la verdad.
Pues no me aprietes,
supuesto que tú la sabes.
Eso sí, Duque, no pienses
excusarte. Esa prudencia
es mucha para quien siente
los incendios del amor.
Amor, y más cuando teme
celoso, es todo malicia.
Yo tengo razón. Si quieres
que presuma que me engañas,
ingrato a mi amor, defiende
tu opinión.
Dice, mi bien,
que la tienes. El rey viene.
Disimula.
Disimulo.
Sale el rey.
(Dentro ruido.)
Esta noche me conviene
que se desposen los dos.
Pero, ¿qué ruido es este?
Grande alboroto.
¡Ay de mí!
¡Viva el príncipe!
Entra Tomillo corriendo.
¿Qué voces
tan locas oigo?
Esto es hecho.
Esta vez me dan un garrote
sin que tenga apelación.
¡Ah, desdichados amores!
Al príncipe, gran señor,
con el fementido conde
de Ceuta he visto las armas
en las manos.
Acabóse.
El traidor se ha levantado
contra su padre.
¿Por dónde
me podré escapar?
¡Ay, Dios!
24
Quién tuviera un angelote,
aunque fuera cornicabra,
que me sacara esta noche
por cima de los tejados.
Más de treinta mil legiones
de diablos vienen juntos.
Arrímome al rey, que es norte
de mi amparo. Lo que fuere
del rey (pues Dios lo dispone
de esta suerte) habrá de ser
de mí también.
Van saliendo el príncipe, el conde de Ceuta
y todos los que pudieren, desnudas las espadas,
y delante de ellos deteniéndolos el infante
Leovigildo. Mete mano el duque y pónese al
lado del infante.
No se arroje
vuestra alteza, que es perderse.
Lo colérico reporte.
Mire que el rey es su padre
y que es fuerza que se enoje
el cielo de esta traición.
Padre que me desconoce
no es mi padre. Infante, a un lado,
si no queréis que mal logre
vuestros años.
¡Ah, traidor!
Castigue Dios tu desorden.
¡Muera el rey!
¡Ah de mi guardia!
¡Ah de mi guardia!
Traidores,
no morirá, que le sirvo
yo de muralla de bronce.
Mientras vida me animare
inútiles son las voces
que levantáis.
¡Mueran todos!
Mal príncipe, gente torpe,
vil afrenta de los godos,
pues con acciones enormes,
al monarca más amable
armados de sinrazones
le queréis quitar la vida,
y la corona, que goce
edades largas. ¿Qué hace?
¿en qué os ofende? ¿qué atroces
le condenan tiranías?
¿no permitirá los amores
de un tirano tan injusto?
¿qué furia infernal dispone
vuestros ánimos crueles?
Señor, esa puerta tome
vuestra majestad. Al campo
salga; camine a los montes,
mientras que yo le hago espaldas.
Que tiempo tendrá, que logre
su venganza, justa el cielo
con mi gente.
Entrase el rey, vanse retirando el infan- te y el duque, y los demás tras ellos. Que- dan el príncipe y la condesa solos.
El rey se aleje.
Seguidle, amigos. Seguidle.
Prendelde, o matalde, donde
fuere el alcance.
Descuide
vuestra alteza.
Pies veloces,
seguid al rey, que os importa
la vida.
Vase.
Pues mirad, conde,
que el vencer consiste en eso.
Ya lo sé.
El llanto me ahogue.
¿Hay mujer más desdichada?
Señor del mundo, ¿acabóse
vuestra piedad para mí?
Pero no, que si mayores
mis culpas fueran, sois Dios,
y no es posible se agote
vuestra piedad infinita,
ya, Jacinta, se conoce
cómo, a pesar de tu gusto,
será por fuerza que borres
al duque de tu memoria.
Fuerte lance, y no soy bronce.
Señor, del viento acosado
pobre bajel en el mar,
suele venirse a anegar
en el puerto deseado.
Lo mismo por mí ha pasado,
que habiendo por maravilla
surgido al puerto en la orilla
del mar de amor, ingrato y...
por ser vos el viento, soy
fatigada navecilla.
Dejad el tiempo correr
y suspéndase el combate,
si no queréis que me mate
la violencia del poder.
Jacinta, no puede ser.
Que aunque tu disgusto siento,
no cabe en mi sufrimiento
(si el amor del duque es mar,
y viento yo) imaginar
que al mar te entregas, y al viento.
Si ha de ser uno el dichoso,
y el duque no lo ha de ser,
dejar el tiempo correr
téngolo por sospechoso.
Mejor hace que dudoso
el bien, pides dilatado
el tiempo. Mal lo has pensado.
Que pues no te obliga amor,
es bien me saque un rigor
de esperanza y de cuidado.
Si algún modo de agradarte
le quedara a mi esperanza,
yo aguardara su mudanza;
que no quisiera injuriarte.
Pero con mi amor es Marte
su amor; que impulso supremo
le ha inclinado al duque, y temo,
si eres nave, como pruebas,
que para pararme llevas
poca vela, y mucho remo.
Teme con tiempo el rigor
de mi abrasada imprudencia,
que si aguardas la violencia
no está seguro tu honor.
Mira que es pena mi amor
ya que al viento te resistes,
y que en ese mar que asistes
del duque el viento te enseña,
piadoso que en una peña
al entrar del puerto embistes.
Y supuesto que has hallado
tanto peligro en el puerto,
teme el escollo; que es cierto
anegarte el viento airado.
Vuestra alteza lo ha pensado
no como debe, sabiendo
mi valor: pues resistiendo
tanto viento en tanto mar
también le sabré burlar
en una peña rompiendo.
Cuando al escollo inconstante
la nave quede rendida,
lo que rendirá, es la vida;
no el honor; que es un diamante.
Poco importa lo arrogante
del escollo, gobernando
mi nave yo: pues estando
por piloto mi valor
no ha de anegarse mi honor
todo el poder naufragando.
Victorias del corazón
no hay fuerza que las consiga,
poco apoyo. No prosiga
con su dañada intención:
pues cuando la sinrazón
me pusiere en ese empeño
(ya que en el duque me enseño)
no habrá muerte que le espante
a quien se vio en un instante
sin luz, sin vida, y sin dueño.
De una voluntad que sigue
su norte, es quien las consigue;
no el rigor de una tormenta;
si vuestra alteza fomenta
el rigor, será importuna
su esperanza; que ninguna,
que bien siente, se engolfó,
cuando desde el puerto vio
tantos mares de fortuna.
Vase.
Jacinta, ya te advertí
por no llegar al rigor
del peligro de tu honor.
Mira por él, y por ti.
Desmiente ese frenesí
de tu amor; que pues los cielos
solicitan mis desvelos
sin poderlos resistir,
ya no es posible sufrir
tanta tormenta de celos.
Infeliz de mí, que al puerto
apenas pude llegar
de amor, cuando vine a dar
en un escollo encubierto.
Ya todo mi bien es muerto.
Triste amor. Pobre barquilla,
que te anegas en la orilla
cuando quiso el rey valerte
piadoso y justo, por verte
desdichada, navecilla.
Dueño, mi bien, triste amante,
cuya muerte desdichada,
como cosa ejecutada,
mi temor tiene delante;
nunca te viera constante
en mi amor; que aunque te quiero
siempre amante verdadero,
siento viéndote anegar
que seas por mí en mi mar
fatigado marinero.
Piedad, socorro, cielos,
que me anego en el puerto. ¡Ay, que me anego!
Biblioteca Nacional de España
Jornada tercera
Salen la condesa y Anarda, con una vela encendida
¿Diste al de Ceuta el papel?
Sí, señora.
¿Qué te dijo?
Que ya viene.
¿Y tú estás firme
en cumplir lo prometido?
En la ocasión lo verás.
Deja, en ese bufetillo,
esa luz, y en esa puerta
le aguarda; por ti redimo
la venganza de mi agravio,
pues cuando, Anarda, peligro
en el honor, con el tuyo
me defiendes.
Cuando el mío
se pierda, por ti no importa.
Mira que estés con aviso
de que entrar el conde sea
de suerte que, sin ser visto,
no perdamos la ocasión
que esperamos.
(Vase.)
Y así digo
que no temas.
Dios te guarde.
Este traidor, este abismo
de maldades, este bruto,
este dragón, que lo mismo
es ser tirano, soltando
la rienda a sus apetitos,
se resuelve en deshonrarme.
Esta tarde me previno
de que esta noche ha de ser.
Mi deshonra, en este sitio
le he de aguardar, con el conde
y Anarda; el conde advertido
de la traición del tirano,
que el llamarle solo ha sido
para que se desengañe.
Tendré a los dos escondidos,
y supuesto que el traidor,
como el mismo conde dijo,
le prometió de mi esposo
las posesiones, él mismo
visto el agravio a los ojos
me sacará del peligro
en que estoy, mientras que Anarda,
con los mentidos cariños
de una condesa fingida,
le tiene aquí entretenido.
Salen el conde de Ceuta, y Anarda.
Entre, señora, vuestra excelencia.
Entro pues.
El conde vino.
Ya, señora, estoy aquí,
sin saber a qué he venido.
Yo sacaré a vuestra excelencia
de ese cuidado. Hanme dicho
que engañoso como siempre
el príncipe ha prometido
a vuestra excelencia mi mano.
Sabe, señora, lo fino
con que a vuestra excelencia adoro:
y en premio de mis servicios
me quiere honrar. Siendo gusto
de vuestra excelencia, es preciso
que me cumpla su palabra.
A vuestra excelencia le estimo
como es justo, y como sabe
los favores que recibo.
Y a no tener los empeños
del duque tan conocidos
en Toledo, me juzgara
muy dichosa; pero es visto,
que empeñada con el duque
puesto que lo agradecido
confieso, como obligada,
no es posible recibiros.
¿Y si el príncipe lo manda?
¿Y si os engaña mentido?
¿Y si es verdad?
¿Y si quiere
tirano para sí mismo
lo que os promete?
Señora,
mirad que pierdo el juicio,
escuchando esas razones.
Vive amor, que si conmigo
tan viles tratos usara,
yo mismo, como corrido,
a pesar de mis deseos
y de mi amor enemigo
os llevara al Rey, y al duque.
Pues esa palabra os pido,
¿cumpliréisla?
Sin remedio.
Luego os pondré en el castillo
de San Servantes: que el duque
y el infante Leovigildo
con el Rey se hicieron fuertes
allí. Sepa yo el delito
del tirano, que al instante
os libraré.
Sus designios
en la experiencia veréis.
entraos aquí, que escondido,
vos mismo de vuestro agravio
habéis de ser el testigo.
Entra, tú también. Ya son
Alza una cortina, y escóndense el Conde y Ana.
las doce. A este tiempo dijo
que ha de venir el traidor.
Pasos siento. Yo imagino
que viene ya.
Sale el Príncipe.
De esta suerte,
supuesto que no la obligo
con las finezas de amante,
pienso triunfar de lo esquivo
de su pecho. Sola está.
Basta, señor, que ha querido
vuestra alteza de porfuerza,
siendo de quien es indigno
lograr venturas de amor.
Jacinta, si lo rendido
desprecias, ¿qué puede hacer
quien con amor infinito
perece por ti? Bien sabes
las ansias con que te miro
desde que te vi en el monte,
y que el premio que recibo
son desprecios.
Ese amor
en esta ocasión se ha visto
cuán poco fue: pues al Conde
de Ceuta tiene prometido
vuestra alteza por esposa,
y quien ama, como ha dicho,
no da su dama; que amor
lo que ama para sí mismo
no sabe darlo.
Es verdad
que en premio de sus servicios
hice al Conde esa promesa,
pero la intención, bien mío,
no fue cumplirla.
¡Ay, traidor!
Pues decidme, ¿qué motivo
tuvisteis en ello?
Darle
esperanzas de marido
porque mejor se empeñase
contra el rey.
Luego, ¿conmigo
no se ha de casar el Conde?
Mucho me espanto de oíros
esa razón. Vive amor,
no os merezca, mientras vivo,
ninguno, que yo no sea,
si me cuesta (y ya lo he dicho)
corona y vida.
¿Y si el Conde
de tanta burla corrido
se rebela contra vos?
Goce yo, dueño divino,
del imperio la corona,
que poco es el perjuicio
que en el Conde me amenaza.
¿Esto sufro? ¿Esto permito?
Pues, ¿qué habéis de hacer?
Matarlo.
Premio a mis culpas debido,
sí, por Dios. Si no temiera
hacer mayor mi delito
aquí dentro le matara,
por traidor. Pero es preciso
dejar la venganza al Rey
a mi pesar.
Ap.
Con lo dicho
quedará desengañado
el conde.
Dadme, os suplico,
esa mano; pues mi amor
os lo tiene merecido.
¿Tan presto, señor?
Entra primero el príncipe, y va la condesa, desde la puerta, a matar la luz que está sobre la mesa.
¿Tan presto
os parece? Dos mil siglos
son, mi bien, para mi amor
cada instante. Entrad conmigo.
Dejad que mate esta luz.
Dejadla.
No es permitido
que me vea desnudar
vuestra alteza.
No replico,
supuesto que gustáis de ello.
Mata la luz la condesa.
Lindamente me ha salido
la industria. Presto. No tardes,
entra con él.
De corrido
no sé qué hacerme.
¿Estáis ya
desengañado?
Ya he visto
vuestra verdad y mi engaño.
Seguidme.
Andad, que ya os sigo.
Vanse la condesa y el conde, y salen el Rey, el infante y el duque.
Cobre, señor, vuestra grandeza alientos.
Que en esta fortaleza bien seguro
de traidores está. Los bastimentos
necesarios tenemos, fuerte el muro,
soldados más de mil y cuatrocientos,
cuyo valiente ardor en lo más duro
del asalto que espera, siempre ufano
desmentirá soberbias del tirano.
Enjugue de los ojos los cristales,
no dé lugar al llanto; que el valor
no debe desmentirse en lances tales.
Infante, estos cristales son de amor,
flaqueza no, que exhala sus raudales
a fuerza del incendio del dolor;
que no es la majestad tan poderosa,
que triunfe del amor majestuosa.
¿El mismo que engendré, cielos, procura
mi abatimiento? ¿El mismo que me debe
el todo ser que tiene, como hechura
de mi sustancia misma, ese me bebe
la sangre de que vivo? Aquí se apura
del todo la razón; que un hijo aleve,
y opuesto a un padre, en el amor paterno
excede lo rabioso del infierno.
¡A tirano! ¡A traidor! ¿Esto consiente
la justicia de Dios? ¿De qué enemigo
mayor agravio espero? Omnipotente
del orbe emperador, ¿cuándo el castigo
habéis de ejecutar? El rayo ardiente
¿para quién le guardáis? Pero, ¿qué digo?
Perdonadlo, Señor: que si me ofende
como loco, es muchacho, no se entiende.
Sale Tomillo muy alegre.
Gracias a Dios que llegamos
a pesar de su braveza
a puerto de salvación.
Buenas nuevas, buenas nuevas.
Brinco, salto, corro, vuelo.
¿Dónde están las castañetas?
Que las he de hacer pedazos
aunque falte la vigüela.
¿Estás loco?
Loco estoy.
Pero mi locura es esta.
Salen el conde de Ceuta, y la condesa.
Mira, si tengo razón.
Gran señor, vuestra grandeza,
me dé sus reales plantas,
y atención a mi inocencia:
que el príncipe me ha engañado.
Y lo que en mí fue fineza,
de lealtad, he conocido
ya traición, y así la enmienda,
pretendo como leal.
Cielos libre la condesa.
¡Qué dicha!
Pues ¿qué disculpa,
vuestras culpas tienen?
Esta.
Entrando señor a ver
tal vez al príncipe (atienda,
vuestra majestad) me dijo
en secreto con siniestra,
intención, que de jurarle
trataba, vuestra grandeza,
su heredero en la corona,
de España, y que le suceda,
en la majestad real
casado con la condesa,
de Mérida. Dijo más:
que temiendo competencias
del infante, y del amor
del duque (de esta manera,
me excuso lo suficiente)
por última diligencia,
vuestra majestad mandaba,
que con la gente de guerra,
levantase este alboroto
para que vista la fuerza,
por el infante y el duque,
no pudiesen formar quejas
de vuestra majestad. Yo
que estimo en más mi obediencia,
que la vida, presumiendo
ser verdad (pues quién creyera,
tanta traición en un hijo?)
acudiendo con presteza,
(como debo) a obedecer,
llamé la gente, y con ella,
fui traidor, sin ser traidor.
Después he visto que intenta,
usurpar la majestad,
y ofender a la condesa,
en el honor. Soy quien soy.
Buen testigo mi inocencia,
en la condesa tendré:
pues desengañado apenas
de la intención del tirano
la libré de la violencia,
que esta noche mal amante
en su cuarto quiso hacerla.
Engañado erré señor.
Perdone vuestra grandeza;
que la culpa que he tenido
es hija, de la cautela
del príncipe. No malicia,
que tuve. Si la clemencia,
desmerezco, a vuestras plantas
pongo señor mi cabeza,
y vida.
Levantad conde.
No sé yo que en el de Ceuta,
quepa, dejarse engañar
de esta suerte. Con qué letras
de mi mano se disculpan
sus traiciones? Bien pudiera,
consultar mi voluntad
cuando vino a mi presencia,
si fuera así. Bien conozco
el engaño. La prudencia,
me manda disimular.
Con él pasó la tormenta,
que después el tiempo mismo
dirá, que tanta inocencia
fue la suya, y el tirano
dónde está?
En palacio queda
en brazos de una criada,
que para hacer la desecha,
la condesa, en su lugar
entró con él.
Mala es esta.
Seguidme.
Vanse todos.
Por Dios que Anarda,
pues allá quedó, es ladra,
que dice el conde, que anoche
la picarona, se lleva,
esta vez. Yo apostaré
que a la mañana, la deja,
el señor (dicho se está)
más contenta, que una reina.
Más grave que la Giralda
de Sevilla. Más soberbia,
que un lucifer. Más señora,
que la infanta Melisendra,
más melindrosa, que Dafne.
Más entonada, que Menga.
Más matante que Medusa:
y más blanda, que una breva.
Vase y salen el príncipe y Anarda.
Ya, vuestra alteza, señor
no se quejará de mí.
Digo, mi bien, que es así.
Tiene tan ufano amor
con tan glorioso trofeo
que la majestad real
en mi sentir no es igual
al gusto con que hoy me veo.
Tanto como esto podéis
en mi amor.
Suerte dichosa,
pero quedo temerosa,
que pasada, me olvidéis.
Quien bien ama, tarde olvida,
o nunca.
Yo lo concedo.
Pues no temáis. Que no puedo
olvidaros en mi vida:
hombres que porque lograron
el rendimiento pudieron
olvidar es que no fueron
aquellos que se pintaron.
Faltó en ellos el amor
porque no habiendo querido
buscaron a lo mentido
la gloria de vencedor.
Pero yo, como no sé
valerme de fingimientos,
a glorias de rendimientos
pago con eterna fe.
Que por vida de esos ojos
(que son el bien de que vivo
desde que os vi) que lo altivo
de lograr vuestros despojos,
no ha llenado mis deseos
puesto que lo que el favor:
porque encendido mi amor,
para llenar los empleos
de tan amada beldad
(como es eterno el arder
de mi pecho) es menester
que os goce una eternidad.
Qué firme amor! Quién pudiera
eternizarle en los dos
aunque ajeno! Pero ay Dios
cómo no le arrojo fuera?
Que si amanece la Aurora,
y estamos aquí, verá
su engaño el príncipe. Ya
presumo señor que es hora,
de esos rebozos.
Temprano
me despedís.
Tengo honor.
Y es fuerza, perder, señor,
lo que en vuestros brazos gano,
por no quedar deshonrada,
que pienso que ya amanece.
Andad con Dios.
Bien parece
que no os debe mi amor nada;
pues con la misma extrañeza
que he notado siempre en vos
os quedáis. Mi bien, adiós.
Viva edades vuestra alteza
como me importa; hay cuidado,
no me habéis de conocer.
Qué donaires de mujer.
No hace mal enamorado.
Con justa causa la adora
mi amor.
Vase.
Ya se ha despedido.
Qué buena noche he tenido
a costa de mi señora;
Más amante que primero
me deja, con este lance,
que juzgué nieve del alma,
según que de otros amantes
suelen decir. Loco estoy.
Qué discreción! qué lenguaje!
qué conceptuar! qué estilo!
qué gallarda, y qué agradable!
Acuérdome de unos versos
que de esta suerte a la margen
del Tajo entonó una voz
al principio de un romance.
Válgate Dios por Jacinta,
cantó Lisardo en el valle
si dan tus ojuelos vida,
cómo matan sus donaires?
Son versos que por mi dama,
los cantaron. Y aunque es tarde
los he de glosar siquiera,
por la parte que me cabe.
Paredes mudas, oídme.
Oscura noche, escuchadme.
Atended sales dichosas.
que de un milagro, de un ángel,
admiro merecimientos.
Y si os canso, perdonadme;
que bien debéis perdonar
disparates de un amante.
Tanto sol, tanta deidad,
tanto rayo, tanta vida,
tanto aprisionar rendida,
tan soberana beldad!
En pequeña cantidad,
y en pequeñez tan sucinta,
cuánta gala puede haber?
Válgate Dios por mujer!
Válgate Dios por Jacinta!
Qué milagro de hermosura,
calle la diosa de amor;
que a vista de este esplendor
es noche su luz más pura;
desvanezca su dulzura,
desmienta el airoso talle,
lo divinizado calle;
que a esta fénix perfección,
no en balde en admiración
cantó Lisardo en el valle.
A divina matadora,
dame la muerte otra vez:
que como tú me la des
no mata, sino enamora,
pues siendo mi valedora,
tú, que fuiste mi homicida,
esa muerte recibida,
con el bien de merecerte,
puesto que es muerte, no es muerte,
si dan tus ojuelos vida.
Si los fulleros de amor
en sus damas contemplaran
tus donaires, se dejaran
matar por solo un favor:
pues siendo tanto el primor
que en los mayores desaires
tienes, en tus dulces aires,
aun la beldad más valida,
no es tan dulce, dando vida,
como matan tus donaires.
Salen el infante Leovigildo, el Duque, Tomillo, y los que pudieren.
Entrad todos.
¿Quién va allá?
Quien puede.
¿Cómo? ¿Qué es esto?
Llegad presto. Llegad presto.
En aqueste cuarto está.
Bárbaros, ¿qué atrevimiento
os anima? ¿Dónde vais?
¿Qué queréis? ¿A quién buscáis?
De colérico reviento.
¿Quién sois? Volved al instante,
volved atrás.
Vuestra alteza,
ceda a su Rey la braveza,
y deponga lo arrogante:
que me ha mandado prenderle,
o matarle en ocasión
que se defienda.
¿Prisión?
Y tengo de obedecerle.
Contra mi invicto poder
¿resoluciones villanas?
¡Vive Dios!
Palabras vanas
inútiles han de ser.
¡Ah de mi guardia, ah soldados!
¡Acudid!
Vase.
A buen tiempo llama;
están todos en la cama,
los oídos adobados.
Seguidle.
Vanse todos.
Allá van tras él,
ya no reina la traición,
que puede más la razón
que lo arrogante y cruel.
Ayer en vez de cariños
por lo tremendo y acedo
le llamaban en Toledo
las ninfas espantaniños.
Y tan rendido mañana,
le habemos de contemplar,
que pienso le han de llamar
el príncipe de badana.
Buena noche se ha llevado,
y dice un romance frito
que a buen bocado buen grito.
Y no es malo este que ha dado.
De la madriguera, entiendo,
debe de salir ahora,
y es visto que la señora
no debe de estar durmiendo.
Y siendo tanto el ruido
que le estorbaba el dormir,
no dejará de venir
a ver lo que ha sucedido.
Aquí aguardo.
Saliendo Anarda.
¡Qué alboroto!
¡Válgame Dios!, ¿qué será?
La cabeza asoma ya
la doncella de Carloto.
De muerte me dan sudores;
todo el infierno anda suelto.
Allá voy, que a río vuelto
ganancia de pescadores.
Oís, Tomillo.
¿Qué tal?
¿Qué grave está? ¿Qué estirada?
Ya me llama de estocada;
miren si pensaba mal,
cuando supe que el señor
la regalaba condesa.
Decidme, ¿qué gente es esa,
que levanta ese rumor?
¿Qué ha sucedido? ¿No habláis?
¿Estáis mudo?
¿Hay en la plaza
más hermosa calabaza?
Respondedme, ¿qué dudáis?
Dudo, señora, si os vi
con nombre de Anarda ayer,
o si sois otra mujer
parienta del gran Sofí
que ha tratado casamiento
en Persia.
¿Burláis conmigo?
Por mi vida, que lo digo
de la suerte que lo siento.
Decidme lo que os pregunto.
Respondedme vos a mí,
que yo os diré lo que vi
sin que falte un solo punto.
¿Sois Anarda? ¿Sois aquella
luz, de quien toma esplendor,
para matar el amor,
y para lucir la estrella?
¿Sois aquella que tirana
de mis sentidos ansiados,
dais a la noche cuidados,
y rayos a la mañana?
¿Sois aquella primavera
de quien mi amor se abrasó?
Vase.
A mujeres como yo
no se habla de esa manera.
¡Qué loca desvanecida!
El rey viene.
Sale el Rey.
¡Ah, triste suerte,
que esfuerza darle la muerte,
y quisiera darle vida!
Pero triunfe mi valor,
que aunque soy padre, soy rey;
y no disculpa la ley
de padre a ningún traidor,
que contra la majestad
emprende hazaña tan fiera,
o si el reino me pidiera
su vida y su libertad.
Salen el infante Leonigildo, la infanta, el duque y el conde de Ceuta.
Ya, gran señor, en prisiones
el príncipe ha conocido
su delito.
Enternecido
me dejan estas razones.
¡Ah, engañada juventud,
no se trocara la suerte!
¡Pluguiera a Dios que la muerte
cayera en mi senectud
y no en ti! Pero ¡ay dolor!
que el delito fue tan grave
que aun el mismo amor no sabe
cómo excusarte el rigor.
Señor, no quiera quebrar
vuestra grandeza su espejo.
Esta causa es del consejo,
dejadme que no hay lugar.
El rey no es el juez, yo no.
Pues, gran señor, de ese modo
libre está, que el reino todo
a voces le perdonó.
Escuche vuestra grandeza,
viva el Príncipe.
Callad.
Denos vuestra majestad
la libertad de su alteza;
muerto os le daré.
Primero
habemos de morir todos.
Aparte.
¡Oh nobleza de los godos!
Denos libre a su heredero.
Viva el Príncipe.
Aparte.
¿Qué ruina?
¿Qué otra cosa quiero yo?
Duque, llamadlo.
Vase.
Hoy se vio
la clemencia de Leiva.
Vase el conde.
Conde, venga la Condesa
también, que alegre he quedado
con haberle perdonado.
Él nos dará en la cabeza,
si quiere Dios.
Ciudadanos,
ya está el perdón concedido.
Viva el Rey.
Agradecido
estoy a los toledanos.
¡Qué bien lo han hecho! Al fin son
hijos de España, que en esto
lo digo todo.
Yo apuesto
mis barbas y camisón,
que cuando llegue el galán
en lo rendido, y lo fiel,
ha de parecer que en él
jamás ha pecado Adán.
Pues pasen las inmediatas,
y verán por varios modos,
andando el tiempo, si todos
no andamos después a gatas.
Salen.
Salen el Príncipe y el Duque por una puerta, y el Conde, y la Condesa, y Anarda por otra.
Pierda, vuestra alteza, el miedo,
que ya está dado el perdón.
Bien, pero la confusión
y la vergüenza no puedo.
Entre presto, vuestra excelencia.
Entre, no quede por mí.
Ya, señor, están aquí.
Aparte.
Hielo tengo a su presencia.
¡Válgame Dios! ¿Lo arrogante
en qué me ha puesto? ¿En qué extremo
dio mi soberbia? Ya temo
de solo verle el semblante.
Gran señor.
Alzad, alzad.
Alzad del suelo.
Permita
vuestra majestad.
No quita,
esa fingida humildad,
el sentir de la traición.
Levantad y agradeced
a Toledo esta merced,
que os ha ganado el perdón.
Que a no ser así, yo diera
un ejemplo en vuestra vida,
al mundo.
Mirando a la Condesa.
¡Ay, prenda querida!
Esta noche ¿quién dijera,
que se mudara mi suerte
tan presto?
Pero el delito
(puesto que padre os remito
la sentencia de la muerte),
yo le sabré castigar
como justo rey.
No acierto
a responder.
Y estad cierto
que no me habéis de heredar.
La condesa, gran señor,
me basta a mí.
No os canséis.
Es fuerza que me la deis
para redimir su honor,
porque es mi esposa.
Callad.
Vuestra alteza está engañado,
que la dama que ha gozado
fue una criada.
Es verdad.
Yo soy testigo.
Aparte.
¡Ay amante
más desdichado que yo!
¿Qué amor jamás se premió
con desaire semejante?
Poderoso rey soy ya,
padre, que en tiempo pudiera,
invocar con este nombre,
siendo buen hijo, y apenas
en esta ocasión me atrevo
llamar señor. Que quien deja
un delito ejecutado
tan feo, fuera indecencia
que llamara padre a un rey,
cuando no es bien que lo sea;
y a que a este punto he llegado:
puesto que dorar pudiera
con razones aparentes
una infamia, la más nueva,
que en las tres partes del mundo,
desde que la omnipotencia
de Dios le dio el ser que tiene,
se ha visto, calle mi lengua,
se ha visto, calle mi lengua
su disculpa; que no quiero
poner rebozo a mi afrenta.
Diga yo mi propia infamia;
sírvame de penitencia,
la confusión que padezco;
que puesto que ha de ser mengua
de mis altivos alientos
que yo mismo la refiera
no es mucho que la publique
quien no se corrió de hacerla.
Caballeros, y parientes,
soberana descendencia,
de aquella sangre, que afrento,
el rey mi señor que tenga,
de vida, edades, temiendo
de mi condición brutesca,
toda maldad, me avisó
(como padre rey debiera)
que me enmendase. ¡Ah, señor
qué poca fue mi prudencia!
pues tan amables consejos
los desprecié como bestia;
yo que según mis alientos
algún tigre, alguna fiera,
me debió de alimentar,
en vez de poner la enmienda,
puse los ojos lascivo
en la felice belleza
de Jacinta. Aquí me turbo;
que en llegando a la condesa,
como es la nube del alma,
levanta nuevas centellas,
nuevo incendio, nuevos rayos
que me apuran la paciencia.
Mandé hablarla de mi parte
al duque Lisardo. ¡Ah, necia
confianza! pues sabiendo
no sé qué ocasión secreta,
de amanecer favorecido
me pareció que la fuerza
pudiera obligar un noble
a una infamia, a una bajeza,
tan loca, tan sin camino,
y tan sin luz, como fuera,
terciar con su misma dama,
la ejecución de su ofensa;
resistióse, como es justo.
saqué la daga; no hiciera,
como demonio obstinado
que soy, si allí mi soberbia,
tan brava, como celosa,
y tan cruel, como fiera,
no le buscara la muerte
por excusar competencias.
Súpolo el rey mi señor,
enfrenó con su presencia
mi desorden, castigóme
con palabras tan compuestas,
que a ser yo quien fuera, justo
besara, humilde la huella,
que tal vez dejó estampada,
en el lienzo de la tierra;
pero como soy ejemplo
de ingratitud, y no deja
mi voluntad de grabada,
que la luz de la conciencia,
corrija mis ambiciones,
llamando al conde de Ceuta,
le pretexté con engaños:
porque la gente de guerra,
que está cerca de Toledo,
hiciese que de por fuerza
me jure por su heredero
el rey no. Fue la violencia
de la suerte, que se ha visto
por mi mal. Vuestra grandeza
se retiró a San Fernando.
quédeme con la condesa
en palacio aquella noche
40
Supo mi engaño el de Ceuta,
y advertido en el suceso
de que mis intentos eran
beber a un padre la sangre,
poner en muerte de afrenta
al duque, y gozar tirano
aquella fénix belleza
de Jacinta, por no hacerse
cómplice de una tan fea
resolución, acudiendo
al remedio con presteza,
llamó a Vuestra Majestad,
al infante, y duque, apenas
llegó al oriente la aurora,
y entrando por esa puerta,
mandó llevarme a una torre.
Quiso dar juez la sentencia,
de mi muerte. Salió el reino
de mi vida a la defensa,
y a contemplación del vulgo
perdonó Vuestra grandeza
mi delito. ¿No ha pasado
de esta suerte? Pues atienda
Vuestra Majestad agora;
que si he de pagar la pena
de esta culpa en la otra vida,
más quiero pagarla en esta;
yo he de ser juez de mí mismo:
permítame que lo sea,
Vuestra Majestad.
Sí haré
siendo justa la sentencia;
pues supuesto que soy juez
de mi causa, y que la ofensa,
de la condesa, y el duque
solicitó mi insolencia,
me condeno a que se casen:
porque a mi despecho vea,
castigada mi locura,
por este medio.
Condesa,
dadle a Aligardo la mano.
A fe que, si yo supiera,
la sentencia que tenía
para Guantes...
Y el de Ceuta,
por cuanto en este desorden
ha sido su intención buena,
pues toda la culpa es mía,
porque nadie de él entienda
que es cómplice en mi delito,
suplico a vuestra grandeza
le dé la mano la infanta,
supuesto que tiene prendas
para su esposo.
Es muy niña
para desposarla. Crezca
en edad, que tiempo tiene.
Y porque del todo sea
castigada mi ambición,
que fue la causa primera
que tuvieron mis delitos,
goce el infante la herencia
del reino: porque premiada
su lealtad, mi envidia tenga
ocasión de atormentarme.
Yo confirmo la sentencia,
Leovigildo, infante, hermano,
desde hoy será vuestra alteza
igual mío en la corona
de mi reino.
Rara vista,
sentenciar mi propia causa,
que las demás (aunque en ellas
me condene por culpado)
en efeto son ajenas.
Por cuanto por mi ambición
quedó la majestad lesa
de mi padre y de mi rey,
y por cuanto mi insolencia,
no solo intentó usurparle
su reino: pero aun quisiera
despojarle de la vida,
fallo, según mi conciencia,
que me debo condenar,
y me condeno por esta
mi sentencia, a que mañana,
en público y en presencia
de todo el reino, me lleven
a una plaza, y luego en ella
me derribe de los hombros
un verdugo la cabeza.
Ya el perdón sea concedido
de esa causa.
Anarda, llega,
y pídeme por marido.
Vaya con Dios.
Esta yegua,
como el jinete fue rey,
tiene mucho de gallega
para pobretes.
De rodillas
Señor,
supuesto que mi sentencia
no se admite: por lo menos
sírvase vuestra grandeza
de darme su bendición,
y concederme licencia
de retirarme al destierro;
que tan atroces ofensas
contra Dios, y contra un rey,
bien es que la penitencia
las redima.
La de Dios,
hijo mío, os comprenda
con la mía.
Aquí, señores,
ha dado fin la comedia
del Juez que fue de sí mismo.
Con el Rey, mucha obediencia,
mucho amor, mucha lealtad.
Que puesto que es verdadera
la historia, y que la escribió
fielmente su poeta,
hoy las ofensas de un rey
se juzgan de otra manera.