La acción se inicia en Sicilia, en torno a don Joan de Capistrano y doña Antonia, ya unidos afectivamente y vinculados por una promesa matrimonial que se presenta como legítima y honesta. Ambos se ven forzados a separarse cuando don Joan debe partir por asuntos del rey de Sicilia, en un contexto de alteraciones políticas en Catania y de vigilancia sobre el orden del reino. La partida reaviva en Antonia el temor nacido de unos celos y peligros anteriores, asociados a un intento de agravio a su honor y a la amenaza de Fabio, cuya muerte por rayo se recuerda como castigo providencial. Durante el viaje, don Joan se adormece junto a una fuente y oye una voz angélica que le exhorta a buscar a Dios y no abandonar ese llamamiento. Poco después cae en manos de bandoleros, que lo conducen a una fortaleza en el monte. Mientras Antonia, su padre Leandro y los criados padecen la ausencia e ignoran su suerte, el rey manifiesta estima por don Joan y dispone medios para remediar su prisión, pues lo considera hombre de virtud, prudencia y servicio ejemplar.
El cautiverio de don Joan ocupa el núcleo de la jornada conservada. Encadenado y aislado, lamenta su caída, reflexiona sobre la fragilidad de la fortuna y empieza a leer su desventura como ocasión de conversión. En la prisión recibe una visión decisiva: san Francisco se le aparece y le ordena vestir el hábito pobre de su orden, anunciándole que Dios lo llama a una vida religiosa y a futuras empresas de gran alcance contra enemigos de la fe. Entretanto, Antonia, movida por amor y resolución extraordinarios, sale disfrazada y a caballo en busca de su esposo. Llega al refugio de los bandoleros, negocia con su capitán y consigue que don Joan sea liberado. El capitán, vencido por la nobleza y hermosura de Antonia, abandona en parte su ferocidad y la deja partir con el prisionero. Restituido a su casa, don Joan es recibido con alivio por Antonia, Leandro y los suyos, y el rey confirma su favor hacia él. Sin embargo, en la noche en que todo parece encaminarse al matrimonio definitivo, una nueva intervención sobrenatural altera el curso previsto: ángeles descienden en visión, lo coronan de modo simbólico y lo señalan para una vocación más alta, apartada del mundo.
Desde ese momento, don Joan decide renunciar a las honras civiles, al matrimonio y a la prosperidad que le aguardaban, para entrar en la orden franciscana. En el convento, pese al dolor de Antonia, que se considera agraviada por la ruptura de la promesa, y pese a la sorpresa general, persevera en su propósito y toma el hábito, acompañado también por Tito como donado. Los religiosos justifican la decisión como vocación auténtica y superior a cualquier vínculo mundano. La acción avanza después, de forma algo abreviada y con saltos temporales, hacia la proyección universal del nuevo fraile: san Joan de Capistrano alcanza fama en Italia, es llamado a Roma y recibe del papa y de grandes autoridades eclesiásticas y militares la misión de marchar a Hungría como legado, predicador y guía espiritual contra el turco. El antiguo pretendiente Celio queda destinado, con aprobación regia y paterna, a casarse con Antonia, de modo que el orden social también se recompone. La obra concluye preparando la partida de san Joan y de sus acompañantes, con insistencia en su futura empresa militar y religiosa, anunciada como materia de una tercera parte, donde su santidad y su acción contra la herejía y el enemigo otomano habrán de manifestarse plenamente.