Al comienzo de la obra, el rey de Nápoles ha enviado a su almirante, don César de Ávalos, a Milán para traer a la duquesa doña Juana Esforcia, con quien proyecta casarse. Mientras César está ausente, se muestra ya el entramado amoroso de la corte: César ama a Celia, hermana del rey, y Roberto la pretende sin fortuna; por su parte, el rey confiesa a su privado Otón que, aunque ha ordenado el viaje y el enlace político, en realidad desea a otra mujer y no siente verdadero amor por la duquesa. Cuando César regresa, hace una alabanza desmedida de la belleza, nobleza y magnificencia de doña Juana, y esa descripción enciende en el rey unos celos súbitos contra su propio vasallo. Temeroso de que César se haya enamorado de la duquesa o haya sido favorecido por ella, el rey cambia bruscamente de decisión y manda, por escrito, que César la devuelva a Milán sin celebrar el matrimonio. César, indignado por el agravio que esto supone para una princesa inocente y por la sospecha que recae sobre su lealtad, vacila entre la obediencia y la rebeldía; finalmente, aconsejado por Celia y Fabio, decide comunicar a la duquesa la mudanza del rey y volver con ella.
Doña Juana recibe la noticia como una afrenta intolerable. César le explica que la causa no ha sido falta de méritos por parte de ella, sino los celos provocados en el rey por las alabanzas con que él mismo la encareció. La duquesa, lejos de abatirse, reacciona con orgullo y resolución: ofrece a César casarse con ella y hacerlo duque de Milán, interpretando además que, si el rey le tiene celos, es porque lo considera superior en este punto. César, aunque tentado por una fortuna inesperada, se resiste por lealtad y propone pedir antes licencia al rey. Entretanto, la duquesa moviliza sus fuerzas y se presenta como jefa militar de una campaña dirigida más a reparar su honra que a destruir Nápoles. Cuando César sale con tropas napolitanas a contenerla, ambos se encuentran frente a frente; la duquesa se declara rendida en amor, pero César rehúsa aprovechar la ocasión por respeto al rey y por miedo a incurrir en deslealtad. Ella lo juzga cobarde y pierde la paciencia ante tanta cautela, mientras Fabio censura la tibieza de su señor. De regreso a Nápoles, César pide licencia para el matrimonio, pero el rey interpreta esta petición como confirmación de sus sospechas y lo manda prender. En consecuencia, la duquesa intensifica la guerra y hasta se dice que busca alianzas, probablemente con el rey de Albania, para vengar la ofensa y liberar a César.
La tercera jornada lleva el conflicto a un nuevo enredo. Mientras el rey insiste en odiar a la duquesa y en preparar su defensa, llega a Nápoles una dama disfrazada de peregrina, que en realidad es la propia doña Juana. Roberto la describe con nuevas alabanzas, y el rey, ignorando su identidad, queda prendado de ella. La peregrina declara que ha venido a favorecer la libertad de César, lo que permite su acercamiento a la corte. Más tarde se aloja en casa de Celia y después en la de César; este la reconoce inmediatamente, pero ella, fingiendo ser la reina de Hungría, lo desconcierta y aprovecha para vengarse verbalmente de la cobardía con que la dejó escapar en Milán. El rey, por su parte, se enamora cada vez más de la supuesta peregrina, quiere llevarla a palacio y hasta ofrece a César la mano de su hermana Blanca, mientras proyecta seguir la guerra contra Milán. Sin embargo, el desenlace llega cuando la identidad de la dama se revela: la peregrina es la duquesa de Milán. El rey recuerda entonces que había prometido dársela a César y, aunque reconoce a disgusto la fuerza de esa palabra, consiente en la unión de ambos. A la vez, él mismo se casa con Celia, mientras Roberto recibe el bastón de almirante y la mano de Blanca. Así, la comedia concluye restaurando la armonía política y amorosa y confirmando de manera ejemplar el peligro de las alabanzas imprudentes que desencadenaron los celos iniciales.