La obra comienza en la corte macedonia, donde se cruzan varios conflictos que preparan el ascenso de Alejandro. Pausanias denuncia ante el rey Filipo el agravio que le ha hecho Atalo, pero el monarca favorece a su cuñado y desoye la queja, dejando en Pausanias un deseo de venganza que pronto se enlaza con los celos y resentimientos de Olimpias. Mientras Filipo proyecta su expedición a Asia, Alejandro lamenta no poder conquistar por sí mismo el mundo que su padre pretende someter; su ambición recibe además un fuerte impulso cuando Olimpias le hace creer que es hijo de Júpiter y no de Filipo. La conjura culmina durante las bodas del rey de Epiro con Casandra: Pausanias asesina a Filipo y muere enseguida perseguido por los soldados. Tras la muerte del rey, Alejandro es aclamado como nuevo soberano de Macedonia, da muestras de piedad religiosa y de confianza en su destino, y comienza a consolidar su figura tanto en la esfera política como en la amorosa. En este primer tramo se desarrolla también el célebre episodio de Campaspe: Alejandro manda a Apeles retratarla, el pintor se enamora de ella mientras la pinta, y el rey, advirtiendo ese amor, realiza un gesto de extraordinaria liberalidad al entregar a Campaspe a Apeles y premiar así al artista, mostrando que su grandeza no se funda solo en la guerra, sino también en el dominio de sí y en la magnificencia.
Convertido ya en rey, Alejandro se prepara para la campaña asiática y reúne a soldados de diversa condición, entre ellos algunos personajes humildes y jocosos que subrayan el atractivo universal de su empresa. Antes de cruzar al continente asiático, el texto lo presenta en diálogo con filósofos y sabios, como Diógenes, cuyo desprecio de las riquezas contrasta con la ambición universal del monarca, y con poetas que aspiran a cantar sus hazañas. Una vez en Asia, Alejandro proclama abiertamente la guerra antes de poner pie en tierra, para no ser tenido por huésped traidor, y se enfrenta a los primeros ejércitos persas. La obra insiste en su arrojo personal: desafía ríos, acepta combates imposibles y convierte cada gesto en signo de elección providencial, como cuando corta el nudo gordiano y se interpreta que así queda legitimado para ceñir el imperio de Asia. Paralelamente, el rey persa Darío aparece rodeado de inmensa riqueza, aparato cortesano y confianza en su superioridad, aunque sus propios hombres, como Menón, perciben el peligro que representa el joven macedonio. Entre ambos bandos se cruzan embajadas, desafíos y escenas que subrayan la oposición entre la energía austera de Alejandro y la pompa oriental. En este mismo marco se inserta la llegada de la reina amazona Rojane, que, movida por la fama y hermosura del conquistador, lo busca para unirse a él y engendrar descendencia; su presencia añade un componente amoroso y exótico, aunque el centro de la acción sigue siendo la expansión militar del protagonista.
La tercera parte de la acción muestra a Alejandro ya lanzado a una serie de victorias que parecen confirmar su condición excepcional. En Tarso enferma gravemente tras bañarse en las frías aguas del Cidno, pero se salva gracias al médico Filipo, en quien confía incluso después de recibir una carta que lo acusa de traición; con ese gesto de fe y grandeza recompensa después al médico y continúa repartiendo mercedes entre sus hombres, reafirmando su fama de príncipe liberal. Poco después rechaza con orgullo los presentes insultantes que le envía Darío —unas riendas, una pelota y dinero—, reinterpretándolos como símbolos del dominio universal que está a punto de alcanzar, y se precipita a la batalla decisiva. En el combate derrota a los persas, pone en fuga a Darío y hace cautivas a sus hijas y mujeres, pero en uno de los rasgos más celebrados de la comedia rehúsa mirarlas para no someter su victoria militar al deseo, convirtiendo la continencia en otra de sus grandezas. Ya vencedor de ciudades y reinos, Alejandro premia a huéspedes, soldados y hombres humildes, llegando incluso a elevar a un hortelano al trono de Sidón por consejo de un varón virtuoso. El último gran episodio conservado lo lleva a Jerusalén, ciudad que primero se niega a reconocerle obediencia por fidelidad a Darío; Alejandro marcha airado dispuesto al castigo, pero al encontrarse con el sumo sacerdote Jado reconoce en él la figura mediante la cual, según afirma, Dios le había prometido el imperio de Asia. Entonces depone la ira, adora al sacerdote, entra pacíficamente en el templo, ofrece sacrificios al Dios de Israel y concede privilegios a los judíos. La obra termina anunciando que esta es solo la primera parte de unas grandezas sin fin, de modo que el texto conservado cierra con Alejandro en el apogeo de su expansión, presentado como conquistador invencible, magnánimo gobernante y figura casi providencial.