La obra se abre en París durante las fiestas por la boda del rey Luis de Francia con Margarita de Provenza, unión vinculada a una empresa religiosa de gran alcance: por conmutación de un voto previo, el monarca se compromete a emprender la conquista del Santo Sepulcro. Desde el comienzo se subraya su santidad mediante su austeridad, su inclinación franciscana y sus prácticas de caridad. En medio del ambiente festivo, Luis hace comparecer a sus pares y confirma su autoridad con justicia severa, incluso en día de bodas, al castigar a unos cómicos o locos desterrados que han vuelto a la corte. Poco después sufre un atentado de un noble o guerrero enemigo, disfrazado en una máscara palaciega; lejos de vengarse con dureza, reconoce el valor del agresor, le perdona la vida y lo incorpora a su servicio como Hugón, futuro maestre de campo. La jornada concluye con una escena que resume el ideal regio y cristiano del protagonista: antes del banquete nupcial lava los pies a doce pobres y su esposa se ofrece a secárselos, mientras ambos aceptan que la vida matrimonial quedará subordinada a la misión santa. En paralelo, en Egipto se presenta Osmán, capitán de Damieta, que vive una crisis espiritual favorecida por una visión sobrenatural y por la confesión de su madre, antigua cristiana francesa renegada, quien revela que no lo bautizó para evitar que muriera como sus tres hermanos, fallecidos tras recibir el bautismo. Desde ese momento Osmán desea recuperar la fe cristiana y encuentra en la guerra anunciada por Luis una posible vía de salvación.
En la segunda fase de la acción, Luis emprende la cruzada y conquista Damieta, plaza decisiva de Egipto, gracias en buena medida a la ayuda de Osmán, que se la entrega a cambio de recibir el bautismo y el cielo. El rey acepta instruirlo en la fe y le promete el sacramento, dándole incluso su propio nombre, Luis. Sin embargo, la conversión se complica porque Osmán, hombre de armas ya adulto, no logra aprender las oraciones ni la doctrina con la rapidez exigida; el monarca decide entonces enseñarle personalmente y, tras la victoria, ambos salen de incógnito para cumplir un voto del rey. Durante esa ausencia, Osmán cae en manos del Soldán y es condenado a morir de manera atroz, mientras el rey francés es también apresado y luego tratado con respeto. La escena central de esta jornada es el martirio de Osmán: persevera en su deseo de bautizarse, reprocha amorosamente a Luis no habérselo dado antes y, al ver llegada la muerte, intenta suplir la falta del sacramento bautizándose con sus lágrimas y con su sangre en el nombre de la Trinidad. Luis asiste a sus últimos momentos, reconoce la fuerza excepcional de su fe y queda profundamente conmovido. A continuación, para salvar a seis cautivos cristianos que estaban a punto de renegar, el rey ofrece su propia libertad o rescate y acaba pactando con el Soldán una salida singular: volverá a Francia para reunir el precio de su rescate, dejando como prenda la hostia consagrada, cuya grandeza el musulmán no comprende al principio. El plazo de un mes, la prisión de un alfaquí cristiano como fiador y los prodigios que rodean al Sacramento introducen un conflicto nuevo entre la fidelidad de la palabra dada, la fe eucarística y el juicio del infiel.
La tercera parte muestra el regreso de Luis a sus dominios para cumplir el rescate y, a la vez, el avance de su transformación final. Durante una estancia de recogimiento recibe una visión de san Francisco que le anuncia la unión de la corona y el hábito en su persona; poco después llega la noticia de la muerte de la reina Margarita, con lo que queda despejado el camino para que el rey confirme su antigua vocación religiosa. Ya en el desenlace, se representa en un convento franciscano la profesión del monarca y la coronación de su sucesor, acto que va acompañado de renuncia al reino, disposición testamentaria y fundaciones piadosas. Entretanto se prepara una nueva expedición contra Túnez, en la que participan tropas francesas, napolitanas y frailes armados o asistentes, entre ellos un fraile portugués de tono cómico y valeroso, fray Simón, que protagoniza duelos verbales y combates contra el moro Aliatar. El rey marcha finalmente a África, pero muere al poco de desembarcar, a causa de una enfermedad repentina, sin ver culminado del todo el éxito que deseaba. Aun muerto, su presencia sigue guiando a los suyos: su cuerpo es llevado en hábito franciscano, los franceses mantienen el ánimo y, en el combate final por Túnez, interviene milagrosamente san Luis, ya glorioso, para favorecer la victoria. El nuevo triunfo se atribuye a Dios, a la intercesión celestial del rey y a la protección franciscana; los moros entregan las llaves, se anuncia la futura canonización del monarca y su cuerpo es enviado a París como reliquia venerable. De este modo, la obra convierte la historia bélica en una trayectoria de santidad regia que va desde la justicia y la caridad terrenas hasta el martirio indirecto, la vida religiosa y la glorificación póstuma.