La acción se sitúa en Egipto, en torno a la ciudad de Mensís y al gobierno de Ascanio, uno de los magistrados que administran el reino tras la caída del poder anterior y ante la amenaza del soldán de Persia. Arnesto regresa victorioso de la guerra contra los persas después de haber vencido y capturado a un valeroso caudillo enemigo llamado León. Como recompensa por sus servicios, Ascanio había prometido darle por esposa a una de sus hijas, pero la situación se complica porque Lidora, una de ellas, está reservada para un destino superior según los vaticinios de Isidoro, mientras Irene queda como posible premio matrimonial. Desde el primer momento se advierte una tensión amorosa: Arnesto ama a Lidora, Lidora corresponde en secreto, e Irene manifiesta celos y resentimiento. Por su parte, León, aunque aparece como cautivo persa, se muestra noble, cristiano y extraordinariamente valeroso; incluso salva a Ascanio e Irene de unos bandidos, pero Arnesto, celoso de su lucimiento, lo trata con dureza. Cuando Ascanio decide casar a Arnesto con Irene y reservar a Lidora para Alejandro, se precipita el conflicto: Lidora, decidida a huir con Arnesto de noche, espera a su amante en el jardín; sin embargo, León encuentra por azar la banda o seña amorosa de Arnesto, se cubre con ella y, aprovechando la oscuridad y la confusión, ocupa su lugar en la fuga.
Ya en el campo, al amanecer, Lidora descubre que no ha huido con Arnesto sino con León y queda horrorizada por lo que considera una traición y un ultraje a su honor. León intenta contenerla, se declara su esclavo y afirma que nunca ha querido ofenderla, pero la joven interpreta los hechos como un engaño deliberado en el que también habría participado Arnesto. Estoraque, criado cómico, alimenta la confusión al contar de forma entrecortada lo sucedido durante la noche. Herida en su honra, Lidora exige a León dos cosas: que le entregue a Arnesto para vengarse de él y que preserve su decoro hasta que se cumpla el pronóstico de que algún día llevará corona. Poco después, León demuestra de nuevo su bravura al enfrentarse a unos salteadores y acaba poniéndose al frente de ellos, mientras Lidora, arrastrada por su deseo de venganza, acepta gobernar esa cuadrilla. Más adelante, fingiendo un súbito cambio de actitud y un aparente afecto, Lidora adormece a León, le arrebata su arma de fuego y ordena a los bandidos que lo maten; creen haberlo conseguido, pero la Virgen lo salva milagrosamente porque las balas no atraviesan una imagen sagrada que él llevaba sobre el pecho. Recuperado de ese trance, León perdona a los bandidos, retoma el mando y se enfrenta a Arnesto, que lo busca para castigarle y rescatar a Lidora. En el combate, León vence a Arnesto pero no lo mata; al contrario, le devuelve la espada y lo trata con generosidad, mientras Lidora, viendo cómo se alzan contra sí dos hombres unidos ya por una compleja mezcla de rivalidad, reconocimiento y deuda, queda desconcertada ante la grandeza del antiguo cautivo.
En la tercera jornada, León se ha convertido en jefe victorioso de la campaña y llega incluso a ser aclamado como rey por los hombres que lo siguen, mientras Arnesto queda bajo su poder y Lidora continúa prisionera aunque respetada, pues León insiste en amarla sin deshonrarla. Coronado entre los suyos, León quiere completar lo que considera su destino: entrega Arnesto a Lidora para que ella misma ejecute su venganza, y le recuerda que le había prometido su mano cuando llevara corona. En ese momento se aclara el malentendido central: León confiesa que él mismo tomó la banda de Arnesto y suplantó al galán en la huida, de modo que Arnesto no había vendido ni traicionado a Lidora. Deshecha la falsa acusación, Lidora no puede matar a Arnesto; en un gesto extremo, se corta la mano que León reclamaba como prenda de la promesa y se la ofrece simbólicamente, suplicándole además que perdone la vida de su antiguo rival. Ese acto conmueve por completo a León: comprende la enormidad de sus culpas, renuncia a la corona, abandona sus ambiciones y se encamina a la penitencia bajo la guía de Isidoro y de los ermitaños de la Tebaida. El desenlace tiene un tono de restauración espiritual y social: Lidora, retirada también al arrepentimiento, recupera milagrosamente la mano por intervención divina; Arnesto queda libre para unirse con Irene; Laura y Estoraque cierran la comedia con su propio emparejamiento; y la historia concluye subrayando que León y Lidora han “ganado por la mano” el juego, no solo en el plano del enredo amoroso, sino en el del sacrificio, la verdad y la conversión final.