Catalina Sánchez, la Rosela
Joven de Tembleque cuya conducta variable, entre la melancolía, la furia y los prodigios, constituye el centro de la acción; finalmente se revela que está poseída por demonios a causa de un bautismo inválido.
Luis Vélez de Guevara, Francisco de Rojas Zorrilla y Antonio Mira de Amescua
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Zitiervorschlag
Cuéllar, Álvaro. "Resúmenes asistidos por modelos de lenguaje para un vasto corpus de obras literarias del Siglo de Oro". En: El teatro del Siglo de Oro en el horizonte de las humanidades digitales. Peter Lang, 2026 (en prensa).
En las fiestas religiosas celebradas entre Tembleque, Madridejos y la ermita de Finisterre, Catalina la Rosela manifiesta desde el comienzo una perturbación extrema que le impide acercarse a lo sagrado y provoca miedo entre vecinos, autoridades y pretendientes. Los sucesos prodigiosos que la rodean, como vuelos, desmayos, fugas y violencias, hacen que unos la tengan por hechicera y otros por enferma, hasta que el cura de Madridejos sospecha que su mal procede de una posesión demoníaca. En la resolución final, desarrollada principalmente en Madridejos y en la iglesia, el demonio confiesa que Catalina no fue bautizada válidamente; al recibir por fin el bautismo, queda libre de las legiones infernales y orienta su vida hacia la religión.
La acción comienza durante una fiesta religiosa entre Tembleque y la ermita de Finisterre, adonde acuden clérigos, autoridades y vecinos. En ese marco festivo se presentan varias líneas humanas y amorosas: el comendador don Juan de Guevara corteja a una de las hermanas, mientras el sacristán Tembleque pretende a Marina. En contraste con el ambiente de celebración, Catalina Sánchez, llamada la Rosela, manifiesta una profunda perturbación: se siente incapaz de entrar en la ermita, asegura ver culebras, fuego y la abertura del infierno, y cae en accesos de furia, desmayo y espanto. Los vecinos discuten la causa de su estado; algunos lo atribuyen a enfermedad melancólica y otros, con mayor sospecha, a hechicería. Cuando Catalina se aparta del grupo, su conducta se vuelve todavía más violenta y extraña: rechaza a los hombres con furor, actúa con fuerza desmedida y provoca episodios prodigiosos que culminan en el vuelo o arrastre por los aires de Tembleque y Marina, además de otros desórdenes que siembran miedo en el pueblo. Ante estos sucesos, la justicia local, con apoyo del alcalde y rumores populares, intenta prenderla como bruja, pero Catalina escapa de modo extraordinario, lo que aumenta la convicción general de que actúan fuerzas no naturales.
En la segunda jornada, Catalina aparece errante y desesperada, consciente en parte de su propia miseria y deseosa incluso de morir. Sus encuentros con otros personajes muestran la contradicción central de su figura: a veces parece lúcida, reconoce su desdicha y busca remedio espiritual; otras veces vuelve a la furia, a la blasfemia y a la agresión. En un momento decisivo intenta confesarse con el cura de Madridejos, pero durante ese diálogo su discurso revela una imposibilidad radical de arrepentimiento y una cercanía con la desesperación propia del demonio. Poco después cae como muerta o en un desmayo profundísimo, y quienes la rodean, sin poder determinar con total seguridad si vive todavía, la depositan en una bóveda cerca de Madridejos. Mientras tanto, en Tembleque continúan los comentarios sobre sus acciones, sus supuestos delitos y el daño causado a varios vecinos. Mateo Lorenzo, que la ama y la ha seguido con preocupación, acaba hallándola en el sepulcro cuando Catalina despierta o sale del desmayo; ella aparece desgarrada, confusa y sin comprender del todo lo sucedido, y él la socorre y la conduce de nuevo a casa. Este episodio de enterramiento aparente y retorno a la vida agrava el carácter prodigioso del caso y confirma para muchos que su mal no puede explicarse solo por enfermedad ordinaria.
La tercera jornada desplaza el conflicto al terreno abiertamente religioso y judicial. El cura de Madridejos, Juan García, convencido de que Catalina está realmente endemoniada, decide plantear un singular pleito contra el diablo, en vez de tratar el caso solo como crimen o simple locura. Tras nuevas irrupciones de Catalina y nuevas pruebas de violencia sobrenatural, el sacerdote la somete a un exorcismo formal, acompañado de cruz, agua bendita, misal y escribano. El demonio, hablando por boca de la joven, entra en disputa con el cura y termina confesando el origen del mal: Catalina no fue bautizada válidamente al nacer, porque al rito le faltó la invocación del Espíritu Santo, y por esa falta pudieron entrar en ella numerosas legiones infernales, que desde niña causan sus blasfemias, sus desmayos, su rechazo de lo sagrado y sus arrebatos. El cura dicta entonces sentencia en ese pleito espiritual: la joven debe ser bautizada. La resolución se ejecuta con solemnidad, en presencia de altas autoridades, entre ellas el gran prior Filiberto, y en el momento en que recibe el bautismo Catalina queda liberada de los demonios, recobra la paz interior, descubre con gozo la armonía del mundo cristiano y decide consagrarse a Dios tomando hábito en Santa Clara. Así concluye el pleito, no con castigo civil, sino con la victoria sacramental de la Iglesia sobre el demonio.
Joven de Tembleque cuya conducta variable, entre la melancolía, la furia y los prodigios, constituye el centro de la acción; finalmente se revela que está poseída por demonios a causa de un bautismo inválido.
Sacerdote que interpreta el caso de Catalina como posesión demoníaca, impulsa el singular pleito contra el diablo y logra su liberación mediante exorcismo y bautismo.
Hermana que acompaña, protege y lamenta a Catalina, y sirve de mediadora entre su vida doméstica, el rumor público y los intentos de socorro.
Enamorado de Catalina, la sigue con constancia, se preocupa por su enfermedad y la rescata cuando despierta del enterramiento o desmayo en la bóveda.
Figura cómica de gran presencia escénica, enamorado de Marina y testigo directo de varios prodigios atribuidos a Catalina, incluido su transporte por los aires.
Criada vinculada a las hermanas y pretendida por Tembleque; participa en escenas cómicas y en algunos episodios en los que se manifiesta el poder extraordinario de Catalina.
Noble local relacionado con la fiesta y con los rumores amorosos en torno a la hermana de Catalina; interviene además en la deliberación sobre la naturaleza del mal de la joven.
Autoridad civil que sospecha de hechicería, intenta prender a Catalina y representa la reacción judicial del pueblo frente a lo que no comprende.
Alta autoridad religiosa cuya presencia en el desenlace da solemnidad al bautismo liberador de Catalina.
Villa manchega donde reside Catalina y donde se concentra buena parte del rumor vecinal, las tentativas de prisión y los efectos públicos de su enfermedad o posesión.
Lugar de procedencia del cura y del sacristán, y ámbito eclesiástico fundamental para la resolución del conflicto espiritual.
Espacio decisivo del desenlace, donde se celebran el exorcismo y el bautismo que ponen fin al dominio demoníaco sobre Catalina.
Escenario de la fiesta inicial y del primer gran signo de anormalidad, cuando Catalina no puede entrar en el recinto sagrado.
Paraje de soledad donde Catalina deambula, sufre arrebatos, intenta morir y cae en desmayo ante el cura.
Espacio doméstico en el que se observan sus cambios de ánimo, su vigilancia por la justicia y algunas de sus fugas extraordinarias.
Lugar de enterramiento transitorio cerca de Madridejos donde Catalina es depositada como muerta y de donde sale viva, intensificando el carácter prodigioso de la trama.
La obra gira en torno a la presencia real del demonio en Catalina y a su derrota final por medio de la acción de la Iglesia, especialmente el exorcismo y el bautismo.
El conflicto se explica por un error en el bautismo de la protagonista, de modo que el sacramento aparece como requisito decisivo para su integración plena en la comunidad cristiana.
Los personajes vacilan entre atribuir el caso a melancolía, hechicería, delito o posesión, hasta que la interpretación del cura se impone sobre las demás.
El cura, investido de autoridad espiritual, convierte el problema en un pleito y demuestra que la jurisdicción eclesiástica puede someter a los espíritus infernales.
La reacción del pueblo, del alcalde y de otros testigos muestra cómo los sucesos extraordinarios generan murmuración, acusaciones y pánico social.
Catalina oscila entre el rechazo furioso de todo bien y momentos de conciencia dolorosa, lo que da relieve dramático a su rescate final.
Las pretensiones amorosas de Mateo Lorenzo, Tembleque, Marina y el comendador introducen un contrapunto cómico y costumbrista dentro de la acción principal.