
Veröffentlichungsdatum: 22. August 2026
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Nuestra Señora del Rosario y tesoro escondido. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/nuestra-senora-del-rosario-y-tesoro-escondido.
Nuestra Señora del Rosario y tesoro escondido.
Auto sacramental.
Leg. 3º
S-6
15
N 1.
Auto de Nuestra Señora del Rosario y tesoro escondido.
Figuras las siguientes:
Floriano.
El dux de Venecia.
Jacinta, hermana de Troylo.
Lucía, criada.
Floro Romero.
Cristo.
Un ángel.
Dos ciudadanos.
El cielo.
Un pobre.
Los demonios, 3.
Los condenados, 3.
Ermitaño.
Troylo, hijo del dux.
Leonida, dama.
Cuatro soldados.
Otro picarón.
Nuestra Señora.
Gobernador.
Un criado.
Un hortelano.
La fama.
Sale Floriano de estudiante galán y Jacinta muy bizarra teniéndole la capa.
Suelta, Jacinta, esa ropa.
¡Ay, Floriano! Son al fin...
¿Has de estar en el jardín?
Suelta, rabiará por loca.
¿Qué me quieres? Vesme aquí
de vuelta.
No quiero soltarte.
¡Qué enfado!
Pienso enfadarte,
pues tú te enfadas de mí.
¿Dónde se supo, villano,
falso, traidor, fementido...?
Inconstante, mal nacido,
mentiroso cortesano,
infame de infame casta,
cruel, impío, falso, ingrato,
atrevido, de ruin trato,
con que el perdón basta,
habiendo ya de mi honor
cortado el blanco jazmín,
y de su bello jardín
la más importante flor,
y a ver quebrado el espejo
con tan infame deshonra
donde estribaba la honra
mía y de mi padre viejo,
quieres con tus falsos ecos
con tanta afrenta olvidarme
y, últimamente, dejarme
sujeta a tus embelecos.
Si te he querido y adoro,
¿por qué me dejas, traidor?
Por Dios, extraño rigor.
Lágrimas de sangre lloro.
Acaba.
¿Cómo podré,
si el alma te di en despojos,
y en las niñas de tus ojos
he puesto toda mi fe?
Necia estás.
Daré mil voces.
Apártate un poco.
Amigo,
advierte en lo que te digo.
Mal mi pretensión condenas.
Bien sé, Jacinta, y entiendo
la obligación en que estoy,
y sabe Dios si me voy
por entender que te ofendo.
Bien sé lo mucho que vales,
y lo poco que yo valgo,
pues vine de un pobre hidalgo
a granjear prendas tales.
También sabes que dejé,
solo por amor de ti,
los estudios que hasta aquí
con tu hermano profesé.
Fui condiscípulo suyo
diez años en amistad,
cuya inmensa voluntad
ha podido hacerme tuyo.
A tu casa me traía,
en ella me regalaba,
tanto que en tu casa entraba
como si fuera en la mía.
De esto redundó mirarte,
de mirarte enternecerme,
de enternecerme, ofrecerme
a servirte y regalarte.
Puse los ojos en ti,
y tuve tales despojos,
que luego al punto en tus ojos
escritas mis dichas vi.
como miramos a Dios y a la Virgen su madre
máquina... Tomás Ramírez seguro y fiado del...
Tan fuerte fue la ocasión,
Jacinta, que con tu hermano
hice oficio de villano
mirándole su prisión;
vine a ofendelle contigo,
y aunque contigo gane,
como infame profané
las leyes de un buen amigo.
Pobre me viste y gozaste,
todo de mí lo supiste,
y jamás me aborreciste,
aunque tan pobre me hallaste.
Pues te consta mi pobreza
y ves la desigualdad
tan grande de mi humildad
a tu valor y riqueza,
y que tu padre te adora
y con ánimo de honrarte
quiere con tu igual casarte,
¿de qué me culpas, señora?
Yo soy un pobre, aunque honrado;
duque tu padre, y ansí,
si viene a saber de ti
el honor que le he quitado,
y considera la suerte
que del uno al otro va,
a ti te aborrecerá
y a mí me dará la muerte.
Yo me voy a ser soldado,
queden disgustos y tristeza,
que importa mucho la guerra
para un hombre desdichado.
Si me quisieras, Floriano,
todo te fuera posible.
¡Ay, tormento más terrible!
Muera a manos de un villano,
entre penas inmortales
muera rabiando de celos,
y tenga en los once cielos
once enemigos mortales;
niégueme el centro la tierra,
trágueme luego el infierno,
y con un tormento eterno
tenga siempre eterna guerra.
Jacinta, si no quisiera
ser un monarca del mundo
y un Alejandro segundo,
para que mi amor subiera...
Pero solo que he de saber
tan pobre entre tus parientes.
Suéltame ya.
No te ausentes,
escucha.
Vase y déjale la capa en las manos.
Acaba, mujer.
Floriano, vuelve, espera.
Con la capa me ha dejado,
el pecho siento abrasado,
muerta soy, y es bien que muera.
Bireno infame, engañoso,
scita cruel, vengativo...
Hipómenes fugitivo,
maldito y fingido esposo,
bestia incapaz, lobo hambriento,
falso, ladrón de mi honra,
archivo de mi deshonra,
imagen de mi tormento.
¿Cómo podiste olvidarme?
¿Cómo de mí te partiste?
¿Qué causas mías tuviste
que merecieron dejarme?
Afrentada estoy, ¿qué haré?
Descubrirme es necio caso,
de rabia infernal me abraso,
mi deshonra callaré.
Ya mi desventura empieza,
no me está bien ir casada,
ni aun el confesar me agrada,
que sepa aquesto flaqueza;
estoy en predicamento
de honrada, pues si lo digo,
será tener un testigo
que siempre me dé tormento.
Venga, o no venga, el rigor
del cielo, y véame morir,
no lo pienso descubrir,
por no perder de mi honor;
no querrá Dios condenarme
si yo en serville echo el resto,
y en recompensa de aquesto
quiero en religión entrarme.
Seré en extremo abstinente,
y en clausura y aspereza,
y mi cama una estera,
como buena penitente.
Nadie habrá que lo defienda,
y pues ocasión me sobra,
voy a ponello por obra,
sin que mi padre lo entienda.
Vase y salen Troylo de estudiante y Morandino duque de Venecia su padre, y Troylo con una carta en la mano.
Su Santidad me escribe por su carta,
padre y señor, que en la elección presente
fui electo cardenal.
Ventura bien merecida
sabe Silvestre, al fin, como pariente.
También me escribe que al momento parta,
que Roma me espera diligente;
tu bendición espero.
De rodillas.
Al fin te partes,
con que yo el corazón en muchas partes,
sabe el cielo piadoso, si quisiera
sentir de tu partida los efectos,
mas siendo tal, Troylo, el que te espera,
da la gran fuerza en ánimos discretos;
solo y viejo me dejas, por que muera,
mas pues Dios te eligió de sus electos,
quisiera verte, apriétame en tus brazos,
de abrazarme te canses, dame abrazos.
Abrácense y sale Corino, criado.
Gran duque de Venecia, Norandino,
a quien el mundo dignamente precia,
digno en renombre, y en hazañas digno,
columna heroica de la gran Venecia;
hoy Jacinta, tu hija...
Di, Corino.
Murió Jacinta.
No, señor; desgraciada
la honra que ha dado a aqueste viejo,
eclipsóse la luna de mi espejo.
Escucha, mi señor.
Son inmortales
mis males, da mi honor vaivenes;
mis penas son acaso desiguales,
no me des pena ya, que te detienes.
Juntáronse mis bienes con mis males,
son mayores mis males que mis bienes.
En un convento, con ferviente celo...
¿Entró a ser monja?
Sí.
Gracias al cielo.
Secretos son de Dios, al fin, me pesa;
¿vístela monja por ventura?
Es cierto
todo lo que mi lengua te confiesa.
Buscó mi hermana el más seguro puerto,
siempre tuvo la vida que profesa.
Tantos dolores ya me tienen muerto.
A persuadirla voy.
Vase.
No es bien contado,
dejadla, que en Dios se ha transformado.
Salve, Jacinta, el vuelo soberano,
si de veras no envidio tus intentos;
siendo menor ganaste por la mano,
haciéndote mayor en pensamientos;
¿puede llamarse por ventura hermano
un hombre indigno de merecimientos
tuyos? No, que será descortesía
a mundo infame quien de ti confía.
Sale Floriano en traje de soldado, muy galán, y un criado desgarbado que se llama Sermitaño, y de graciosa edad.
No tuvo Roma tantos sobresaltos,
ni tantas guerras tuvo Mauritania,
ni Troya recibió tantos asaltos,
Capadocia, Jope, Tiro, Albania,
ni estrellas tantas, esos cielos altos,
ni el Ponto arenas, tigres en la Hircania,
como tiene mi vida y pensamientos,
extrañas confusiones y tormentos.
Al fin, Sermitaño, dejamos
la profesión que tuvimos
cuando este traje tomamos.
Quiera el cielo que lo sigamos
que no nos arrepintamos.
¿Pusiste en cobro a Leonida?
La color tienes perdida,
¿qué tienes?
Tengo el diablo.
Habla, villano.
Ya hablo.
Bien respondes, por mi vida;
habla.
Ya hablo.
Di más;
habla.
Hablo.
Es por demás.
Ya hablo.
Pierdo el seso;
responde y no hables jamás,
habla.
Ya hablo.
Bien andas.
Ya hablo.
¿Quieresme enojar?
Si respondo a tus demandas
hablando, y «hablo» es hablar,
ya hago lo que me mandas.
Siempre te has de hallar de humor
y en fracasos de mi honor.
¿Leonida?
Aguardando está.
Gloria a Dios que hablaste ya.
Tu amigo está aquí.
De rodillas.
Señor...
Floriano, ¿qué invención
es la que mis ojos ven?
Trájola cierta ocasión
que tuve.
¿Cuándo o con quién?
Son cosas de librazón.
Pues ¿qué quieres ser?
Soldado.
Como un don graduado,
sin otros muchos quilates,
sabe aquestos disparates,
muy mal te han aconsejado.
Cáusame extraño dolor,
Floriano, el verte ansí.
Aparte.
Yo no sé (ríase el señor)
cómo puedo estar aquí,
siendo el fiscal de tu honor.
Deja eso y hazte seglar,
que te puedo acomodar.
Aparte.
Grandes son las ansias mías.
No le dejará en sus días,
que siente mucho el beber;
nadie quiere que le note
sus vicios buenos y malos,
ni menos que un picarote
diga, por ser sacerdote,
«no le doy quinientos palos»,
y su pecado venial
viene a ser siempre mortal.
¿Y el alma?
Salen los dos.
Buena y contenta,
pues no hay bodegón ni venta
donde no deje el caudal;
con nadie tiene barajas,
aunque el mundo se haga rajas;
el amigo es siempre amigo,
y no falta para abrigo
de hembra unas zarandajas.
Vamos, que aguarda Leonida,
la dama que ayer sacaste.
Queda a Dios.
Él te dé vida.
¿Al fin te determinaste?
Sí, que está el alma sentida,
procuraré valer más.
Floriano, ¿que te vas?
Es forzoso.
Va bien tu oficio,
que en el bélico ejercicio
buscando a Dios, le hallarás.
Vase.
En tu domine a Dios
non andis, apenedes.
¡Qué perdidos van los dos!
Mi padre me viene a ver.
Cielo, mediad, o por vos.
Sale el viejo.
Es imposible vencella,
y pesadumbre rogalla.
Si irrita con su centella
Dios, mejor es dejalla,
padre, que acordarse de ella.
Muy bien empleada está,
y algún tiempo se verá,
padre y señor, en mi hermana
tanta gloria soberana,
cuanta alguna envidiará.
Vamos.
¿Ya te quieres ir
para que empiece a morir?
Hoy para partir estamos,
no puede ser menos.
Vamos,
que te quiero ver partir.
Vanse y salen dos soldados con naipes.
Comienza a jugar.
¡Malhaya quien me enseñó!
Siempre me has de dar la muerte.
¡Que no he de saber una suerte
naipe que te llevo yo!
A rey paso, diez y seis.
Téngase, eche lo fuera.
Holgárame, si pudiera,
pasa y.
Baraja.
No, que es el seis.
Adonde me iba un buen resto,
el rey me vino a matar.
Venga, que he de barajar,
podrá ser que vaya en esto.
Alza y dales cartas.
Pare.
Diez y seis me dé,
doblados, y una corona.
Siempre victoria pregona
quien al cobarde se atreve.
Ande aprisa y no se inquiete.
Siete y sota. ¡Ea, traidora!
Ven presto.
Siete, y es ora.
Siete, y pinta en otro siete.
¡Pesia!
Sale un soldado pícaro, y ellos jugando.
¡Esta es soldadesca!
¡Oh, maldita sea la vida,
que así falta la comida!
No hay ninguno que la ofrezca.
Por los cielos soberanos,
si acaso vuelvo a mi tierra,
qué ha de perdonar la guerra,
aunque vengan luteranos;
o vida del mismo infierno,
vive Dios, hallo estuviera,
por más dicha lo tuviera
que ser soldado en invierno.
Si como tienen cuidado
de tocar a recoger,
tocaran para comer,
no dejara el ser soldado;
pero, sin comer marchar,
saber de noche la vela,
requerir la centinela,
no dormir ni descansar,
que lo pase el mismo diablo,
y abrase el oficio un rayo;
mejor quiero ser lacayo
y dormir en un establo.
Jugando están, quiero ver
si me dan algún barato;
ya está tocando a rebato
mi estómago por comer.
Sale Lucía gorrona y Sermites tras ella.
Loca estás por vida mía.
No he de ir contigo.
Lucía.
Apártese digo,
pícaro infame.
Lucía.
Mirad con quién me salí,
y mis amores olvidé.
Lucía, repórtate.
No pienso salir de aquí.
¿Qué es esto, Sermites?
Soldados,
amparadme.
Dejan el juego, y será encima de una caja de guerra.
¿Qué insolencia
es esta?
Y a la paciencia
vive Cristo, me ha faltado.
¿Conócesme?
Sermites, y eso,
yo no tengo de ir con vos.
Dejadla, cuerpo de Dios.
Vive el mismo que me abraso.
¿Hay más loco devaneo?
Conmigo tiene de ir.
¿Qué cosa que de servir
para el paso en que me veo?
No debiera yo ir con él,
porque allá me forzaría.
No quiere, que yo os derriba.
Malos años para él.
Y yo le he cobrado amor.
Suertes echaremos luego.
Hay más extraño rigor,
nadie empiece la batalla,
ni hable por alambique,
que aunque me ven en meñique,
subí por una muralla,
con esta espada cer-
cené mil y setecientos hombres.
cuyos linajes y nombres
a un coronista vendí.
Entonces, con un balazo,
como si fuera salchicha,
por mi dicha o mi desdicha,
me llevaron este brazo,
que después vine a hallar
en una ermita colgado.
Que, como si fue cortado,
está puesto en su lugar.
Dad siquiera dos testigos
cómo fue.
Vase.
Necio soldado,
porque Dios es muy honrado
y nunca faltan amigos,
soy valiente y algún día
me he de vengar.
No es famoso.
Y por extremo gracioso.
Llamarémosle Lucía.
Ríese.
Dejadle.
Lucía se ríe.
Todos tenemos amor.
¿Quién te parece mejor
de los tres?
Nadie, desvíe.
¡Qué vergüenza, soy doncella!
O qué mal se aconsejó
quien las tapadas quitó
en la ciudad de Marsella.
Sale Sermitos.
Som, a som, con un hombre
solí reñir en campaña,
y allí se ve una hazaña
digna de inmortal renombre.
A su mozo con mi espada,
en viéndole, que le vi,
una mortal estocada;
matéle, y después de muerto
fuime a Lisboa huyendo,
donde le vi estar cosiendo
zapatos viejos.
¿Es cierto?
¿Colgáronte los enemigos?
¿Murió?
Sí.
¿Y le has hallado vivo?
Vase.
Sí, que Dios honrado
y nunca faltan amigos.
Vamos a embarcarnos luego,
que es hora ya de embarcar.
Al fin me habéis de llevar.
Como a mí me lleva el fuego.
¿Qué te parece?
En extremo,
¡por Dios!
Vanse.
Vamos, que vendrá,
y otras locuras dirá,
y que aquí nos halle temo.
Salen Floriano y Leonida.
Ya me entregaste la mano
de ser mi esposo y mi bien,
y yo te la di también
de ser tuya, Floriano.
Por ti, mis padres y tierra
dejé pobres, ya asentado,
robéles seis mil ducados,
vine contigo a la guerra.
Bien te tengo en la memoria,
mas mi gloria se atropella.
¿Tu gloria, mi bien?
Mi gloria.
Como mis ojos.
Ay, bando,
que no se embarquen mujeres,
y como mi gloria eres,
me estoy, Leonida, ahogando,
no sé qué remedio halle.
Sale Sermitas.
Gran confusión es la mía.
También, señora, caía
una noche en cierta calle.
Gente viene, por tu vida,
que en esa playa me aguardes.
Vase.
Sí haré, mi bien, no te tardes.
No me tardaré, Leonida.
¿Tú eres Sermitas?
Sí.
¿Con quién hablabas?
Conmigo.
¿A quién buscas?
A un amigo
del alma, que dejé aquí.
¡Ah, villana! que te he oído,
que te fuiste y me dejaste,
vive Dios, que me olvidaste,
que no he de ser tu marido.
Escucha, amigo, supiste
cómo a Leonida saqué
de Venecia.
Ya lo sé.
Y el peligro en que te viste.
También sabes que en la mar
no se consiente mujer.
Pues de joya, ¿qué has de hacer?
Como la podré dejar,
Sermitas, con el dinero.
Perdidos vivos, que es verdad.
Ya con la necesidad
una traición considero.
Resuelto estoy de matalla,
y porque el caso se encubra,
sin que el tiempo lo descubra,
en este monte enterralla.
¿No es mejor, en buena guerra,
roballa?
Prendernos han,
y en Venecia lo sabrán
si viva vuelve a su tierra.
Mañana nos embarcamos
para Roma, y desta suerte
queda indiciosa la muerte,
y con las joyas quedamos.
Y ya es de noche, en este puesto,
pues tú bien lo sientes,
me aguarda. Sé alerta, Sermitas,
ya ves lo que me va en esto.
Caso lastimoso y triste.
Vuelve.
Si viniere alguno, avisa.
Vase.
Daréte voces aprisa.
Vuelve.
¿Qué dijiste?
No, nada.
Cobarde voy,
tengo mil inspiraciones.
Avisa.
Vase.
Al fin te dispones,
temblando de miedo estoy.
¿Quién metió a Servitas aquí?
Ruido siento y temor,
no me estuviera mejor
declinando aquis, vel qui,
y a la mata.
Leonida dentro.
Floriano,
mi vida, ¿cómo es posible?
Inhumanidad terrible.
Dentro.
No me mates, ten la mano,
aguarda.
¡Ay, mayor crueldad!
Dentro.
Mis ojos, Jesús, que muero.
Confesión.
Temblando con visajes.
Ya murió, ¡ah fiero!
¡Ay, Dios, y qué oscuridad!
Un luto negro ha salido
hacia la parte de oriente
y se acerca al occidente.
Loco estoy, pierdo el sentido,
las estrellas se han cubierto,
acaso acerca el nublado,
el pelo tengo erizado,
notable temor da un muerto.
Huyendo voy.
Vase.
Sale Floriano con una cabeza de mujer con su cabellera larga en la mano, y ensangrentada, y la daga desnuda como espantado.
De mí mismo
me espanto, y de mis maldades,
que en mí cupiesen crueldades
y no me trague el abismo.
Ya bien merezco la horca,
teniendo una muerte a cargo.
¿Cómo daré mi descargo
a Dios?
Una voz.
¡Justicia en Mallorca!
Servitas, Servitas, y huye.
¿Voz habló? Mallorca dijo,
con justa razón me aflijo,
quien de Venecia se fuese.
Notables son mis desvelos,
enterrarla es importante,
el miedo como es gigante...
Voz.
¡Justicia en Mallorca!
¡Cielos!
Dos veces, mucho me pesa,
creo que en esta ocasión
obra la imaginación,
pues el miedo lo confiesa.
Hace con la daga que la entierra entre unos ramos.
Aquí la quiero enterrar.
No habla aqueste lenguaje.
conmigo, si mi viaje
va por diferente mar,
mis delitos son atroces.
Vase.
Justicia en Mallorca.
Vase.
El pecho
que me ha de faltar sospecho
con estas terribles voces.
A Roma voy, no es posible
a Mallorca, y si por aquí
si ello se advierte por mí
ofrécese un imposible.
Voyme a partir y a morir,
grande ha sido mi vileza.
¡A mala va la pobreza,
si se puede maldecir!
Sale en un trono arriba Cristo y la Virgen de rodillas y el ángel custodio.
Vida, camino, verdad
soy. El que hubiere de amarme,
si piensa en esto igualarme,
tendrá firme mi amistad.
Vida pacífica, quieta,
afable, humilde, amorosa,
santa, apacible, dichosa,
pura, agradable, perfecta.
Camino a mi inmensa gloria,
a mis bienes soberanos,
de sus intentos humanos,
su vana y frágil memoria.
Verdad, tratarla conmigo
en todas sus confesiones
por me comer corazones,
pues de ellos soy tan amigo;
y quien esto hiciere, tendrá
atributos celestiales,
y en mis audiencias Reales
cara a cara me verá.
Pero de mí se ausenta
el alma, con invenciones
y de mis inspiraciones
no hace caudal ni cuenta.
Viviendo sus libertades,
y lo que siento en perdella,
me baldona y me atropella
con sus vicios y maldades.
Madre, ¿qué tengo de hacer
sino dalle fuego eterno,
condenando al infierno
donde empiece a padecer?
Esa monja, esa atrevida,
esa Jacinta, esa loca,
es quien ahora me provoca
con su santidad fingida.
Viendo los pasos que he dado,
al fin como a esposa mía,
el pecado que tenía
jamás me le ha confesado.
Señor, ya Jacinta intenta
confesar, su intento es bueno.
Siempre el infierno está lleno
de intentos buenos que intenta.
ya ella sale a confesar.
Sale Jacinta de monja, hablando hacia dentro.
aguarde su reverencia.
yo aguardaré.
la conciencia
no me deja sosegar.
desde el punto que aquí entré,
el pecho siento abrasado
por no haber dicho el pecado
que tan claramente sé.
Dios es misericordioso,
y viendo mi penitencia
revocará la sentencia
de su pecho riguroso.
voyme ya de confesarme,
quiero entrar.
Vase.
ya se arrepiente
y nos favorece y siente.
no lleva intento de amarme,
dolor en el alma salve.
demos envidia al abismo,
porque fuera de mí mismo
no críe cosa mejor.
Señor.
yo la inspiré,
y por podella salvar,
llorará a poder llorar,
como alguna vez lloré.
ya sus maldades confiesa
y con grande devoción
dice una murmuración
que tuvo de su abadesa.
buena señal, pues salió
de tan inmenso tormento.
ya confiesa un pensamiento
lascivo que consintió,
una mundana afición
y menosprecio del cielo;
dijo ahora: «gran consuelo
me ha dado su confesión».
solo falta aquel pecado,
si le dirá, yo la absuelvo
y los pecados le vuelvo.
Sale un demonio y éntrase por otra puerta.
Pasa a rasurar a
Sale otro demonio de la misma manera.
Vuelven a salir los demonios y éntranse por donde salieron y salgan tres posibles más feos con sus lengüillas en las manos.
aunque los ha confesado
¿qué sabes a qué se espera?
pues por demás, ciega y loca,
abre aquesa torpe boca
y tu maldad considera,
Cristo te escucha y aguarda;
Jacinta, pide perdón,
descúbrele el corazón,
no digas que te acobardas.
dijo.
si se confesara
y aquel pecado dijera,
con notable amor la oyera,
la quisiera y perdonara,
pero conozco que espera.
qué remedio habrá, Señor,
para no mirar su error.
que lo mire ella primero.
Sale Jacinta y los demonios con los dardillos detrás.
Sabe lo Dios, mas anota,
padre, vuelvo a consolarme
luego, y a reconciliarme
a quien mi vida no espanta,
con ayunos, oraciones,
disciplinas, abstinencias,
rigurosas penitencias,
limosnas y confesiones.
Yo pienso que satisfago
a Dios con tanta disculpa
en no confesar mi culpa,
y que en esto le pago.
El alma esta verdad siente,
tengo en ella tanto celo,
que si me destruye el cielo
no lo diré eternamente.
Hablola, no quiere oírme,
y aquel que quiere salvarse
a sí mismo ha de negarse,
tomar su cruz y seguirme.
Jacinta con tantos dones
no se niega, ni me sigue,
antes me ofende y persigue
con invenciones y engaños.
Lloren si pueden los cielos
y los ángeles también,
no la condenéis, mi bien.
Madre, grandes son mis celos.
Sin ella pude salvalla,
sin ella pude crialla,
como la crie, y salvalla
no lo puedo hacer sin ella.
Recordadla y tanto olvido,
perdonadla ya, mi Dios.
Si con ser mi madre vos
me hubiérades ofendido,
y la pasase callada
sin confesarla a mí mismo,
madre, al profundo abismo
sin remedio os condenara.
La perfección de mis glorias
quiere las almas perfectas,
ya lo han dicho mis profetas
por mí mismo en sus historias.
Quédate y muere por ti,
¡oh, cuánto siento perderte!
¿Habrá remedio en su muerte?
Solo que se vuelva a mí.
Retírase el trono, y queda Jacinta y los demonios.
Victoria, victoria, infierno.
Cuadremos en esta empresa.
Vanse.
De todos tres es la presa,
venga a nuestro fuego eterno.
Vase.
Falta de salud me siento,
válgame Dios, mala estoy.
Enferma a mi celda voy,
guíe Dios mi pensamiento.
Salen en Mallorca un gobernador y dos ciudadanos.
En Mallorca jamás ninguno ha visto
lo que agora se vee.
¿Qué ha sucedido
con aquestos soplos a ver el efeto?
Sabed que allá en Venecia se embarcaron
cierta gente de que iba que iba a Roma
y alargándose al mar en los navíos
con tormentos y vientos temerarios
se ahogaron y perdieron en las olas,
y algunos a estas islas han venido
en árboles, entenas y otras jarcias;
pero cielos, ¿no veis, no veis un hombre
que nadando con ánimo se acerca
adonde estamos?
Brava fuerza tiene.
Parece que se hunde, señor.
Ea, soldado,
ánimo, no os canséis.
Qué pecho muestra.
Favor os pide.
Cerca estáis, amigo,
encomendaos a Dios.
Ya lo sepultó
hasta el abismo una soberbia ola.
Ya se sube a las nubes.
Bravo ánimo,
a la playa llegó.
Sale Floriano en una tabla asido, desnudo y mojado, y ensangrentado, y mejor es vestido con una cabeza de mujer pegada a las espaldas, con la cabeza con su buena cabellera de mujer, el cabello colgando hacia abajo.
Besa la tierra.
Tierra bendita,
los labios y la boca pienso darte
mil besos, te bendigo y reverencio,
vuelvo a besarte una y cien mil besos,
algún ángel sin duda me ha librado.
Hermano, descansad, pero ¿qué sangre
es esa que del cuerpo estáis vertiendo?
Caso notable.
Estáis herido, amigo.
¿Herido? No, señor.
¿Qué sangre es esta?
Mas, esperad, en las espaldas tiene
bañada en sangre una mortal cabeza.
Qué portento notable.
Esta es sin duda
la inocente Leonor, a quien di muerte,
¿qué islas son aquestas?
De Mallorca.
La profecía se ha cumplido.
Asilde,
prendelde luego, dinos lo que es esto.
Turbado siento y con razón el pecho,
soy natural de Venecia,
hijo de padres humildes,
pero, aunque humildes, honrados
y no de menor estirpe.
Mario se llamó mi padre,
que por casos infelices
murió pobre y sin parientes,
que al pobre pocos le siguen;
crieme en las letras, por ser
con sujetos harto insignes.
tuve del gran dux la casa
y en ella otro nuevo Anquises
conociólo el cardenal
tantas conveniencias dice
que midió el alma, y en ella
lo que mi lengua no dice
fui su amigo muchos años
y como estaba tan libre
sin padres y sin hacienda
solo, desdichado, y triste
determiné de olvidar
las memorias de mi origen
trocando letras y estudios
por estos trajes tan libres
saqué de Venecia un día
por mi desdicha terrible
una dama honrada y noble
prometiéndola imposibles
fuese a la guerra conmigo
tan contenta por servirme
que ya la vuelta a sus ojos
eran dichosos jardines
quisome con grande extremo
y pagando su amor dile
palabra de ser su esposo
aunque después no lo hice
trújome seis mil ducados
diciendo, para servirte
mis ojos, quisiera darte
cuanto el oriente ciñe
yo temeroso y cobarde
gocéla, y por eximirme
de ella, y de una traición
al mismo Dios insufrible
cuando me quise embarcar
a Roma, ciudad insigne,
diose bando o recado
los capitanes que rigen
que no se embarquen mujeres
no sé qué causa elegirme
para poderte llevar
a regalarte y servirte
tras esto pensé un engaño
y una traición infelice
que me ha puesto en este estado
ocasión, que la publique
fue que habiéndola gozado
con más cautelas que Ulises
y ayudado de un criado
que ya en este mar reside
a la vista de Venecia
en cierta playa apacible
una noche oscura, y sola
que me aguardase le dije
fuese, y yo con el criado
con mil desvelos y ardides
dimos con su inocencia
dos vengativos caínes
en conclusión, por roballa
en aquel desierto, quise
dalle la muerte, matéla
y al momento a departirme
por encubrir mi maldad
aunque mal pudo encubrirse
que semejantes traiciones
nunca el cielo las permite,
estando en la ejecución,
entre otros gemidos tristes,
¡Justicia en Mallorca! oí,
y con ánimo invencible,
cortando la cabeza a
Gente Randola, partíme
en ciertas naves a Roma,
juzgándome ya por libre.
Apenas me vi engolfado
cuando los vientos terribles
dando en los cables y jarcias,
todos a la que se rinden,
contra todas de las olas
que hasta los cielos compiten,
las naves se deshicieron
y todas fueron a pique.
Yo, por milagro de un leño,
para mis desdichas firme,
a pagar tantas maldades,
a otra Mallorca vine.
En ella me ha puesto el cielo
y en ella es bien se publique
las maldades más atroces
que fabricaron gentiles.
Justicia en Mallorca, amigos,
justicia en Mallorca pide
aquesta sangre que ruega,
que las espaldas me oprime.
Leonida pide venganza
ya que estos despojos sirven
de lenguas para mi muerte,
que así mis culpas lo dicen,
publíquense mis maldades
criminales y viles.
Dadme, señores, la muerte
que en ella mi bien consiste.
Átanle.
¡Oh, pensamientos villanos!
denle la muerte al momento,
y porque empiece el tormento
atadle bien esas manos.
Así muera Ubaldo,
ténganle todos muy bien,
átenle el cuerpo también.
Nadie le suelte.
Apriétalde.
En este funesto día
vivo el cielo me ha dejado
porque publique el pecado
para más afrenta mía.
Fui soberbio Abimelec
con su vida, dura suerte,
pero para darme muerte
no ha faltado otro Lamec.
Hoy al castigo disponte.
Y a tu fama se murmura.
Pónenle prisiones.
Monte, dame sepultura,
ábrete, si quieres, monte.
Camina.
Con tal vileza
...mi noble base desdora,
donde tal vileza mora
jamás pudo haber nobleza.
Vanse. Levántese y sale Troilo de cardenal en un jardín junto a Roma, hablando, hacia dentro, con sus criados.
Nadie pretenda verme,
este jardín promete dulces fines;
hablar y entretenerme
quiero en aquestos jardines,
con Dios y sus alados serafines,
soberano Dios mío,
por quien ando, y padezco enamorado,
y en cuyo amor confío,
si estuvieres a grado,
no te muestres juez de mi pecado,
no me cargues la culpa
que cometí sin ti, si en mi descargo
no puede haber disculpa,
y así servirá el cargo
pagar el alma en un tormento largo.
Con un ferviente pecho
muchas veces, Señor, os he pedido
mi hermana qué se ha hecho,
si en esto he pretendido
saber de aquel amigo destragado.
Soy pecador indigno,
y ansí que muera viva de tu suerte,
Señor, no abro camino
para ocasión tan fuerte.
Sueño profundo, imagen de la muerte,
con la noche pasada
fatigado me siento, aqueste prado
servirá de almohada,
como cansa el cuidado
y que infinitos son los de un prelado.
Échase a dormir entre unas ramas, y salga Cielo de Dios con una tunicela y una guirnalda de flores, sale al tablado.
Soy mensajero del Cielo,
Troilo, que vengo a darte
de lo que pretendes parte.
¿Quién eres, de Dios entre sueños?
El Cielo,
siendo que hacerlo es justo,
quiso avisarte conmigo
de tu hermana y de tu amigo,
solo por cumplir tu gusto.
Tu hermana Jacinta ha sido
monja, y por no declararse
cuando pudo confesarse
de un pecado cometido,
el cual cierto cometió
con tu amigo Floriano,
dejóla Dios de su mano
y en su desgracia murió,
y padece tormento eterno.
Y porque mejor lo creas,
permite Dios que lo veas
en las penas del infierno;
vesla allí.
Suenan de dentro voces tristes y aullidos y cadenas, y ábrese una boca de infierno echando fuego, y aparecen dentro tres condenados y en entre ellos Jacinta.
¡Ay, sea maldito
el padre que me engendró!
Mal haya quien me crió,
pagando estos mis delitos.
Triste, desdichado,
desventurado de mí,
mal haya yo porque di
causas de ser condenado.
Mal hayan mis pensamientos.
¡Ay, que rabio!
Extraño caso.
Injusto Dios, que me abraso
con tan injustos tormentos.
¡Ay, ay, ay! Jacinta soy
que por justa providencia
y merecida sentencia
aquí condenada estoy.
Ciérrase el infierno dando fuego de presto, aparece por el tablado Floriano, desnudo la cintura arriba, las manos cortadas, con una cadena al cuello, puesto en un palo a manera de aspa.
Vase el Celio.
Tu hermana que fue tenida
en todo el mundo por santa,
cuya vida agora espanta,
por ser tanta y santa vida,
por no decir un pecado
a Dios en su confesión,
ha tenido el galardón
como lo ves considerado.
Este es Floriano, el cual,
en aqueste palo o soga,
le dieron muerte en Mallorca
por otro delito igual.
Este, aunque fue pecador
y de malas intenciones,
supo con sus confesiones
ganarle a Dios el amor.
Y fue a Dios a confesar;
fue malo, pagó su pena
y tuvo la muerte buena,
confesó a Dios, salvóse.
Y fue devoto del Rosario,
tuvo con él tanto celo
que, cuando le llamó el cielo,
no tuvo ningún contrario.
Y agora, que claro has visto
el suceso de los dos,
quédate, Troylo, a Dios.
Despierta.
En vano el llorar resisto.
Novedades de esta pasión,
que inquietas confusiones son las mías.
Temor notable deste sueño siento.
Fáciles son las locas fantasías.
Floriano pasó tan gran tormento,
Jacinta tan perpetuas agonías.
Secretos vuestros son desde ab eterno.
Cantan dentro.
Venid, humanos, al descanso eterno.
Descanso eterno, soberanos cielos.
Qué gloria es esta que a venir empieza,
después de tan eternos desconsuelos.
Como sigue el tormento a la tristeza,
merezco por ventura estos consuelos,
por cierto no, que es mucha mi bajeza.
Qué diferente acento al del infierno.
Dentro músicos.
Venid, humanos, al descanso eterno.
Sube por un monte arriba y descúbrese una cortina, y en ella una portada hermosísima y un letrero con artificio que se pueda quitar que diga: De Floro.
¡Ay, cielos!, en tal soledad,
tal portada, estoy sin mí,
si lo de dentro es ansí,
todo será eternidad.
Aquí sale el hortelano,
del gusto que siento, lloro.
¿Qué huerta es esta?
Sale un ángel en hábito de hortelano.
De Floro,
un ciudadano romano.
¿De Floro?
Sí.
¿Podré vella?
No, quedad a Dios.
Vase.
Adiós.
Ángel del cielo sois vos,
pues vuestra luz es tan bella.
¿De Floro y no me ha mostrado,
siendo mi amigo, esta huerta?
Pero allí dice en la puerta
que es toda de Floro; espantado
estoy, aquesto en el campo,
tanta gloria en un momento,
qué bello y cándido asiento,
como de la nieve el ampo.
Floro, ángel, huerta, entrada,
no sé qué siento, verela,
si la luz no me desvela.
Quédase Troilo elevado en éxtasis arriba y sale Floro con una soga a las manos.
Vida tan mal empleada,
en seis años no cabales,
me haya perdido de suerte,
que venga a darme la muerte
entre montes y jarales.
Tanto bien, tanto cuidado,
de regalo, salud y suerte,
en seis años solamente,
en una soga amparado.
Qué me aprovecha el valor,
ni el dar limosna por Cristo,
si en toda Roma no he visto
quien me quiera remediar.
Y Troilo que solía hablarme,
y tratarme como amigo,
también dio en serme enemigo,
no verme ni visitarme.
¡Oh, necesidad prolija!
Muera un hombre tan vilmente,
ataré el cordel muy fuerte,
no sé cuál tronco me elija.
Floro, amigo.
Es por demás.
Tente, ¿qué haces?
Matarme.
¿Matarte?
y desesperarme.
¿Por qué?
Por pobre nomás;
en justas causas me fundo.
¿Para morir?
Que el pobre no ha de vivir,
por no pedir en el mundo.
Así tu opinión desdoras,
en dos horas tantos daños.
¿Horas te parecen años?
Seis años llamo dos horas.
Los ricos, Troilo amigo,
no ven pobreza en su puerta.
¿Cómo, si es tuya esta huerta?
¿Yo huerta? Dios sea contigo.
¿No es tuya?
¿Yo huerta? ¿Cuándo?
Véndemela.
Sí haré,
nada de tal huerta sé.
¿Estarte burlando?
La huerta y las buenas obras
que en esta vida he hecho
te vendo.
Hazme satisfecho,
en darme contento cobras.
Toma en precio este diamante,
que vale tres mil ducados.
Mis males son acabados,
¡ay, más necio mercadante!
Vuelvo a Roma a ser testigo
de Troilo el cardenal;
ya se restaura mi mal.
Adiós, Floro.
Vase.
Adiós, amigo.
¡Hoy inefable gusto aquesto el alma siente,
con la joya divina que he comprado!
Quiero ver esta huerta atentamente,
pues precio tan barato me ha costado.
¡Válgame Dios!, ¿qué es esto? De repente
el rótulo primero se ha quitado.
Cúbrese el rótulo de Floro, y descúbrese el de Troilo; el primero dice: «Huerta de Floro», y el que se descubre dice: «de Troilo».
¿Y en vez de Floro dice de Troilo?
No entiendo tan alto estilo.
Una mano divina y poderosa
ayuda en levantarme todo el resto.
Llegar quiero a su puerta milagrosa.
¿Quién me detiene?, gran Dios, ¿qué es esto?
Tocarla no se atreve temeroso,
y el alma quiere entrar con hurto, puesto
por resquicios; veré lo que conquisto,
¡válgame Dios!, ¿y qué grandeza he visto?
Quiero llegarme un poco a la portada,
cielos, ¿qué es esto?, el resplandor me ha muerto,
la vista con la luz siento turbada.
¿Quién gozará esta gloria al descubierto?
¡Qué bello campo!, ¡qué divina entrada!,
¡qué voces tan suaves!, ¡qué concierto!,
¡qué deidad!, ¡qué cielo sempiterno!
Músicos de dentro, y luego las flautas o chirimías.
Venid, humano, al descanso eterno.
Sale un pobre.
La mucha necesidad
que paso me hace salir
Baja el cardenal con un paje.
fuera de Roma a pedir
es mejor que en la ciudad
allí un cardenal he visto
estos son los que contentan
los pobres y nos sustentan
en pidiéndoles por Dios
limosna me viene a dar
que aguardo que no me detengo
muy bastante ocasión tengo
quiero llegalle a hablar
Su ilustrísima me dé
por Dios una caridad.
Volver quiero a la ciudad
que ha dos horas que llegué
y hago falta estando aquí
tomá padre.
Míralle el pobre la moneda y dice.
Gran señor
no me basta mi dolor
sin hacer burla de mí.
¿Qué dices?
Este dinero
cien años que pasó.
Como si hoy la saco yo
de Roma y vale el primero.
Llora.
Cuando el cardenal vivía
Troylo, un alma del cielo
como contaba mi abuelo
esa moneda corría
pero después que él murió
y cien años han pasado
otra moneda han sellado
y esta entonces se acabó
y pluguiera a Dios que él viviera
que a Troylo me cantara.
Calla, no llores, repara,
cuéntame de otra manera
¿quién era Troylo?
¿Quién?
Un cardenal como vos,
muy gran amigo de Dios
y de los pobres también.
Su padre fue Norandino,
el gran duque de Venecia.
Aparte.
Al pobre.
Ya mi confusión es necia.
secreto es este divino,
mi padre es este, responde,
y ¿qué se hizo Troylo?
Cortóle la parca el hilo,
y no sabe Roma a dónde.
Sospechóse que salió
a un huerto y jardín un día,
como otras veces solía,
y nunca más pareció.
Sus criados no le hallaron,
y aunque tormentos les dieron,
jamás la verdad dijeron,
y ansí presos acabaron.
Díjose por caso cierto
que ellos le dieron la muerte,
y para mí, de otra suerte,
él acabó en el desierto.
Murió su padre y hermanos,
su hacienda se repartió
y entre pobres se quedó
para niños soberanos.
Siete papas y tres reyes
desde entonces han pasado,
los cuales han derogado
muchas diferentes leyes.
Esto es lo que pasa a Dios,
que voy a buscar mi vida.
Hoy ya tengo la muerte asida,
Señor, ayudadme vos.
A Roma voy y veré
tan confusas novedades,
cierto estoy que son verdades,
como estoy cierto en la fe.
¡Adiós, soledad bendita,
gloria soberana, adiós!
Presto veremos los dos
lo que el alma solicita.
Éntrase, y sale la Fama con música.
Aquí tocan chirimías.
Oye el eco de mi trompa,
con perpetuas alabanzas,
dirá quién eres, Troilo,
y cantará tus hazañas.
Ya llega a Roma triunfando,
ya le miran y se espantan,
ya las campanas se tocan,
ya el padre santo le abraza,
y los cardenales todos
con humildad severa
reverencian el capelo,
ya le asientan y le hablan,
ya le llevan a palacio,
ya cuentan su historia larga,
y le reciben con palio,
procesiones y plegarias;
ya le han entrado en la iglesia,
ya la música le canta,
ya se alborotan en Roma
y le canoniza el papa,
y a su santidad pregona,
como yo agora su fama;
ya se le muere en la iglesia,
ya quiere rendir el alma,
ya pide un Cristo en las manos,
ya le besa y le abraza,
ya pide perdón a todos
con amorosas entrañas;
ya el alma rindió a los cielos
y por ellos le levantan
afinados serafines,
vírgenes, santos y santas.
Vuelven a tocar las chirimías y los músicos cantan de gloria lo que se sigue.
Goce en hora buena
de Dios cara a cara
quien tuvo en el mundo
tan perfecta gracia.
Ya en el tribunal de Dios
silla de gloria le asientan,
y está lleno de atributos
con los que de Dios alcanza,
y a los ángeles le cercan.
ya le bendicen y alaban,
y aquí en alabanza suya
el auto devoto acaba.
Finis.
Loado sea el Santísimo Sacramento y su benditísima Madre concebida sin pecado original.
Initium sapientiae timor Domini.
Bendita sea la Santísima Trinidad, Padre y Hijo y Espíritu Santo, ahora y para siempre jamás. Amén.