
Veröffentlichungsdatum: 22. August 2026
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El mártir antes de nacer, San Mamés. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/el-martir-antes-de-nacer-san-mames.
Comedia (corregida) De el Mártir antes de nacer San Mamés De don Baltasar de Funes y Villalpando Personas San Mamés Aureliano emperador Flavio barba Tiresias sacerdote barba Decio galán Canopo gracioso Eufrosina dama Elbia criada La estatua de Minerva La Virgen Un pastorcito que hace a Cristo. Dos ángeles El demonio Músicos y acompañamiento
Entretanto que cantan la copla siguiente suena terremoto y baje el demonio en un dragón de lo alto de el tablado
El invencible Aureliano
en las aras de Minerva
un león por víctima ofrece
símbolo de su grandeza
Todos los barreados que hay en la comedia son precisos y no se ha de dejar
Yo que de luz a ser llama
en humo de mi soberbia
descendí a la mayor sombra
desde la mayor centella
Yo que serpiente arrugando
la escamada verdinegra
piel, arrastré con la cola
la tercer parte de estrellas
Yo que en un instante solo
a la soberana diestra
de Dios medí las distancias
que hay desde el cielo a la tierra
a cuyo vaivén furioso
crujieron con tanta fuerza
atormentados los ejes
que dando una y otra vuelta
en el torno de esos orbes
se vio en hilvanes deshecha
sino rota, enmarañada
del sol la rubia madeja
Y, en fin, del jardín primero
en flores, frutas y yerbas
áspid inficionó oculto
la humana naturaleza
de cuyo trofeo nacen
mis triunfos, como lo asientan
por más que le pese al cielo
divinas y humanas letras
Dígalo el verme adorado
de la gran circunferencia
del orbe en la mayor parte
pues mis altares inciensan
de África, América y Asia
la gentílica, la ciega
idolatría, formando
de diferentes materias
diferentes atributos
en varios dogmas y sectas
animando (aunque insensibles)
leños, metales y piedras
confirmándolo ese mármol
que mi estatua representa
de Minerva con el nombre
en Cesárea, donde impera
Aureliano, como explican
esas sonoras cadencias
repitiendo sus acentos
porque mis aplausos crezcan
El invencible Aureliano, etcétera.
Pues si este soy, ¿cómo puede
atreverse (dura pena)
un rapaz (tormento fuerte)
a perturbar (¡qué vergüenza!)
mis trofeos? Un rapaz
vuelvo a decir de tan tierna
edad, que apenas tres lustros
ha cumplido (de ira tiembla
mi furor). Un pastorcillo
entre simples ovejuelas,
¿puede a mi angélica, sabia,
peregrina inteligencia
oponerse? Pero ¿cómo
desmayo, si Dios licencia
me dio para contrastarle?
Pues ¿qué me turba ni altera
cuando a las manos se viene
mi venganza, cuando llega
Aureliano a darme inciensos
en la estatua de Minerva
sacrificando un león
porque el engañado piensa
que de las fieras, que habitan
el monte, solo es defensa.
de Minerva el patrocinio,
siendo (¡ay de mí!) quien enfrena
su saña ese que al nombrarle
a un tiempo es susto y afrenta,
siendo para Dios lisonja
lo que para mí es ofensa.
Y puesto que en ese monte,
pirámide de esa selva,
es donde mi templo yace,
en que comprende Triberias,
mi sacerdote inducido
de mis diabólicas ciencias,
a que los votos admito
con ceño, sin dar respuesta
a lo que se me consulta,
haciendo cuando lo inventan
que se estremezcan los montes
y en caliginosas nieblas
víboras de fuego emanen,
la región de el aire enciendan
al embrión de las nubes
sin que la causa comprenda
de mi enojo, que reservo.
Explicarle hasta que vengan
Aureliano, publicando
que no he de admitir ofrenda
si Mamés (que este es su nombre)
no viene él mismo a ofrecerla,
o ha de ser la víctima él mismo;
y pues veo que se acerca
a dar principio a mis cultos
con toda la corte excelsa
de Cesarea, prosiguiendo
himnos, canciones y letras,
a dar principio también
a mi venganza me lleva
mi furor desesperado,
porque al contrario se vea
si dicen letras sagradas
que a triunfar de mi soberbia
gigante pudo un pastor,
¡a ver en lid opuesta
será David el vencido
y Goliat el que venza!
Vase y entretanto que cantan, salen Aureliano, Decio, Ciefro, Sina, Libia, Flavio, Canopo y acompañamiento, descubriéndose a un tiempo las puertas cerradas de el templo de Minerva.
El invencible Aureliano
Ya que al templo sagrado
de la diosa Minerva hemos llegado,
corona de este monte que eminente
al sol le ciñe la nevada frente,
trepando su desvelo
hasta llegar al cielo,
pues creciendo su máquina robusta
Atlante obliga, si gigante asusta.
En él pues (como es ley) el sacrificio
se ha de hacer, pues benigno, pues propicio
su influjo, nos defiende de las fieras
que en las grutas están de estas riberas,
que en pasto racional siendo homicidas,
su vida se alimenta de otras vidas,
y a sus aras a morir condeno
(Sacando la triaca de el veneno)
un león coronado,
porque sea al ser sacrificado
(aunque bárbara ofrenda)
que una fiereza de otra nos defienda.
Así lo de Eufrosina consiguiera
vencer la saña fiera,
aunque ofreciera en líquidos despojos
el corazón deshecho por los ojos.
A Eufrosina.
Mucho Decio te mira.
Es imposible
que le pague su amor.
Ya estás terrible.
A Decio.
Tu prima no hace caso.
Es su hermosura
tan grande como es corta mi ventura.
¡Qué hermosura! Mi juicio se atropella.
¿Cómo ha podido parecerte bella,
si tu amor lo repara,
siempre te ha mostrado mala cara?
Y la primera has de ser, bella Eufrosina,
que has de sacrificar para mi sobrina,
con Decio, que es mi sangre, que representa...
Ley en mí es tu obediencia.
Mal me animo.
Entremos pues al Templo y con debido
culto a Minerva se le cumpla el voto,
repitiéndole en cláusulas veloces,
métricas y sonoras nuestras voces,
cuyas dulces cadencias
ciertas vincularán sus influencias.
Vuelvan pues los acentos
prosiguiendo los músicos concentos.
El invencible Aureliano...
Pero aguardad,
¿veis cómo sus puertas
se nos niegan abiertas?
¿Qué causa pudo ser?
¿Qué ocasión pudo?
Lo que estoy viendo dudo.
No vuelva, pues la Diosa se desabre.
A otra puerta, porque ésta no se abre.
¿Qué es esta novedad?
Yo lo dijera si acaso la supiera.
Abridlas.
Van todos a abrir las puertas del templo y sale de él dicho Tiresias.
Detente.
Tiresias...
Si la causa lo consiente,
oye la causa.
Di,
conmigo lucha
de dudas un abismo.
Pues escucha:
Aunque parezca que falta
mi obediencia a tu respeto,
yo soy, señor, el motivo
de que esté cerrado el templo.
Pero en lugar de culparme
lo has de agradecer, supuesto
que me indultan del delito
circunstancias del pretexto.
Ayer pues que el sacrificio
quise encender con el fuego,
que ardiendo culto en tus aras
brilla lisonja del viento;
vi que el mármol de esta
(a su natural violento)
estremecido, sañudo,
airado, horrible y severo,
así prorrumpió, mezclando
(solo en referirlo tiemblo)
con ademanes furiosos,
y mortales efectos,
que no había de admitir
víctimas, y que al primero
que a intentarlo se atreviese
vería (ay de mí, el aliento
se desmaya) que indignado
su furor (todo soy yelo
castigaba (el corazón
se pasma dentro del pecho)
como lo mostraba entonces
el dragón que a sus pies puesto
simboliza la prudencia;
víboras de fuego errantes,
+ en círculos de humo denso,
confirmando en el amago
la puntualidad del riesgo.
Por eso, señor, te aviso
que no procures resuelto
hacer que sus amenazas
pasen a ser escarmientos.
Y así volverte podrás
sin abrir las puertas, viendo
su indignación.
Ea, calla,
¿qué es volverme? mas por eso
deseo entrar.
Guarda, fuera.
Yo lo mismo te aconsejo.
Yo también digo lo mismo.
Si entras tú, yo también entro.
Por una cosa nomás,
deseo no entrar.
Dila presto.
Porque tengo poca gana,
que es por tener mucho miedo.
Entremos, señor, quizás
la causa de estos efectos
se revelará la Diosa.
Mucho superáis a Decio,
pues sabéis que por más docto
se venera en mis Reinos.
Mirad, que es precipitaros.
Sea lo que fuere, hemos
hemos de entrar.
Ea, dame la llave.
(Dale la llave Philo, y vase)
Yo te la doy como a dueño,
pero no para que uses
de ella, pues en cualquier tiempo
he de cautelar que he sido
el que abrió el instrumento.
Así lo veré: ¡qué asombro!
Abre Aureliano las puer tas del templo y apare ce en él la Diosa Minerva en medio, con un Dragón a los pies que a su tiempo echan do fuego por la boca. La mayor propie dad que se pueda, y se oyen terremotos y truenos tem plados que no im pidan la rep resentación.
¡Qué pasmo!
¡Qué horror!
¡Qué estruendo!
El templo se viene abajo.
Más que a Canopo hacen tuertos,
que es el Dios que hace finuras
cuando los demás pucheros.
No diréis que os he engañado.
Póstranse todos.
Deidad, en quien lo discreto
supo a lo marcial unirse,
pues sola sois un compuesto
de armas y letras, decís
de vuestro enojo el efeto.
Sagrada Minerva, explicad
tus iras.
El sentimiento
declara que a esto se obliga.
Decid, si es que merecemos
que se permita al labio.
No nos espantes tan recio.
En el mundo no hace ruido
otra Deidad, si no es Venus.
Tened piedad de quien llega
con tan reverente obsequio.
Canta la Estatua.
Bárbaros moradores de Cesarea,
que no en avisos, sino en escarmientos
os despeñáis al riesgo, que os destina
con durar la quietud de mi silencio.
No imaginéis que ver dócil el mármol
es piedad, cuando veis que más severo
se muestra, porque herido uno con otro
imita al pedernal que exhala incendio.
Aunque no merezcáis que se publique
la justa causa de mis sentimientos
atended a las voces que mi enojo
pronuncia en rayos, y articula en truenos.
No esperéis que mis iras se mitiguen
por más que religioso vuestro afecto
bañe en sangre mis aras, si no traéis
Mamés la ofrenda a mi sagrado templo.
O él mismo sea quien se sacrifique:
y de no hacerlo así veréis, que luego
el patrocinio cesa de guardaros
de las fieras que llegan a ofenderos.
En cuya prueba el león que al sacrificio
prevenido tenéis, será el primero
que ejecute sus iras, conformando
con el dragón que está a mis plantas puesto.
Al decir el último verso echa fuego el Dragón por la boca y suéltase el león sonando terremoto con truenos y rayos con más ruido que al principio, y ciérrase el templo, que dando todos vagando por el tablado como asombrados, no cesando los truenos y rayos hasta que lo dicen los versos.
¿Qué se hizo la luz del día?
Piedad, Dioses.
Favor, cielos.
Júpiter, detén los rayos.
Minerva, basten los ceños.
Miren que estamos a oscuras.
Juguemos a topos quedos.
Guarda el león, guarda el león.
Vase.
Pues ahora tenemos esto.
Vase.
Si es de aquellos que se agravian,
cuando me voy, más me acerco.
Vase.
El león que en el templo estaba
para el sacrificio preso,
del duro metal torcido
los eslabones rompiendo,
hacia donde estamos viene,
sin que baste a detenerlo
humano poder.
Vase.
No importa,
que yo le saldré al encuentro,
pues deseo que me haga
feliz un atrevimiento.
Vanse todos y queda Eufrosina, siguiéndola el león, y se serena todo, y ha de verse una cueva.
Minerva, templad la saña,
que desde ahora os ofrezco
que veáis en mi cuidado
cumplidos vuestros preceptos.
Ya la luz se restituye;
pero, como a nadie veo,
sino al león (¡ay de mí!)
que tras mí se viene, el centro
de esta gruta me defienda.
Va a entrar en la gruta y sale San Mamés como le pintan, sin vara, al paso.
Detente.
Galán mancebo,
que aunque las rústicas pieles
te asombran, en ti contemplo
el mejor sol con eclipse,
defiéndeme del sangriento
furor de esa fiera.
Muchos
días ha que te defiendo,
y a toda Cesarea junto;
pero de otro león más fiero
debes librarte, que anda
enemigo, y encubierto,
rodeando, y buscando a quién
devorar.
Sale ahora el león, y quiere llegarse a Eufrosina, y ella se pone detrás del santo, que le sale al encuentro al león, que le llega a besar los pies, con halagos al santo.
No comprehendo
lo que dices; mas ¿qué miro?
Bárbaro rey del desierto,
no uses tu crueldad.
Vase el león.
¡Extraño
prodigio! ¡Raro portento!
El león postrado a sus pies,
la guedeja por el suelo,
con que le adula adorando,
le disimula lamiendo.
Vete en paz.
¿Quién eres, di,
que aunque hombre te considero,
por Dios te venera el alma?
Si a hombre, y Dios en un sujeto
buscas, seguro tendrás
el patrocinio del cielo.
Eso es decir que te busque,
y si a mi corazón creo
ya no es menester que llames
para seguirte a mi afecto.
¡Qué engañada estás! El hombre,
y Dios, que decirte quiero,
es Cristo a quien sigo yo.
¿Quién es Cristo?
El verdadero
Dios, por quien y en su nombre
te libré de tantos riesgos.
¿Por qué? ¿Si yo no le adoro?
Porque es su amor tan inmenso
que recompensa en finezas
lo que recibe en desprecios.
Gran deidad tiene quien sabe
volver a un agravio un premio.
¿Cómo es su nombre?
Mamés.
¿Mamés? En el alma impreso
quedará siempre.
Del alma
el carácter más perfecto
es el bautismo.
Aquí está
sin duda.
En mi seguimiento
vienen.
Pues adiós, señora.
No os vais.
Quedarme no puedo.
¿Por qué?
Porque no ha llegado.
¿Di qué ha de llegar?
El tiempo.
Vase, y salen todos menos Tiresias.
¿Sobrina?
¿Prima?
¿Señora?
¿Cómo en aqueste desierto
¿fuiste rodando montañas?
¿Y echarte por esos cerros?
Con cuidado de tu vida,
algún peligro temiendo.
En tu busca hemos venido.
Dadle las gracias al cielo,
pues forzoso era el peligro
si no es por un joven bello
que libró de ser despojo
mi vida del rigor fiero
de aquel león.
Qué desdichado fui
en no haber llegado a tiempo.
¿Pues quién era?
Un pastorcillo
que, si del nombre me acuerdo,
es Mamés.
¿Mamés? El mismo
es que los dioses supremos
señalan para templar
de estos enojos el ceño.
Busquémosle.
Vamos todos.
Aparte.
A Aureliano.
Cuánto haberlo dicho siento,
pues con la muerte le pago
cuando la vida le debo;
pero, ya que no evitarlo,
tengo aun detenerlo.
Señor, que afea del susto
y del cansancio no puedo
dar un paso más, y ansí
pido que atiendas primero
a mi reparo, pues para
buscarle...
buscarle, señor, hay tiempo
cuando él no huye, pues guardando
ganado está.
Si eso es cierto
a Cesarea nos volvamos
solo a su reparo atentos,
que con quedar en el monte
espías en varios puestos
será fácil descubrirle.
Ya que librarle no puedo
del todo, Mamés, admite
de mi fineza el afecto.
En dejándote en Cesarea
tengo de ser el primero
que planta a planta registre
los más escondidos senos.
Y así para que encontrarle
podamos, lo más espeso
del bosque ocupad vosotros
ocultos.
Así lo haremos.
¿Yo también he de quedarme?
Sí.
Ahora veré tu esfuerzo.
Si he de quedarme será
porque yo ni voy, ni vengo.
Minerva, templa el enojo,
pues solo a servirte atiendo.
Vanse todos, y sale san Mamés como se ha dicho sin vara.
En tanto que apacienta
mi ganadillo alegre
retozando en la yerba
florida, amena y fértil
de este prado, que a trechos
su esmeralda guarnece
al engaste de plata,
de ese arroyo que tiene
precipitado al valle
de aquel monte eminente
pues en vez de la grama
que salpicó su nieve
también por él se arroja
y cuando cristal muerde
bebe, y piensa que come,
come, y piensa que bebe.
Aquí pues, Dios inmenso,
que de voluntad quiere
que asista, y que del todo
mi dulce patria deje
entre estos corderillos
de cuyas candideces
la pureza se admira,
la inocencia se advierte.
¡Quién pudiera imitarlos,
Señor, si acaso puede
quien entre estas montañas
y entre troncos silvestres
asperezas ensaya
y de día y de noches
ignorancias observa
y rudezas aprende!
Mi indignidad no estorbe
que merezca de verse
de tus divinos rayos
la luz, porque no lleguen
ni sombras que me turben,
ni horrores que me cieguen.
(Pónese de rodilla.)
Ya en fervorosas ansias
arde el corazón, fénix,
pues batiendo las alas
más sus incendios crece.
Pidiendo así postrado
aunque no lo merece
mi pequeñez indigna
de sus favores siempre,
haced, pues, que yo logre
quien me instruya y aliente
en estas soledades.
(Baja un ángel con una vara.)
Mamés.
¿Quién llama?
Atiende
a mis voces.
Ya, Señor,
las escucho obediente.
(Canta.)
(Dale la vara que será ahijada como la de los indios.)
(Subiendo.)
A Dios llegó tu oración;
y para que te consueles
en su nombre me manda que te diga
que lo que le has pedido te concede.
Toma este báculo, y luego
con él ese risco hiere,
que aunque toscas sus rústicas entrañas
altísimos misterios comprenden,
pues en ellas hallarás
quien lo que dudas revele,
advirtiendo que ciegamente creas
lo que en ellas notares y leyeres.
Quédate en paz, y animoso
a la batalla prevente,
y fía que aunque te veas más contrastado
nunca podrá la oposición vencerte.
(Vase a un risco que ha de estar a un lado.)
Paraninfo soberano,
mi voluntad obediente
a tus preceptos está,
y en el nombre del que vienes
voy a hacer lo que me ordenas.
(Sale el Demonio.)
¡Y jamás qué esperar no tiene
mi rabia!, porque, Señor,
¿la licencia me concedes
de perseguir a Mamés,
si para que no lo intente,
al menor amago mío,
su espíritu fortaleces?
Tanto, que aun llegar rehúso
donde está; pues le enriqueces
con el tesoro escondido
que en esta roca previenes
para afirmarle en la fe.
(Llegando más cerca.)
¿Acaso es el risco este?
Pero aunque contraria sea
la triaca que le ofrece,
mi astucia ha de hacer que vea
que en veneno se convierte.
Él será, y así cumpliendo
de Dios el precepto, llegue
mi impulso (aunque indigno) a herirle.
No importa, pues a oponerse
a su verdad va mi error.
(Vase, y llega a herir con la vara el risco, y sale un libro, sin abrirse.)
(Lee.)
Pero un libro solamente
el centro arrima, ver quiero
lo que sus letras contienen.
"De los Evangelios dice,
y prosigue de esta suerte:
(prosigue)
(deja de leer)
(vuelve a leer)
lee.
(deja de leer)
(confuso)
el Verbo era en el principio,
y el Verbo tan uno viene,
a estar en Dios que era el mismo
Dios el Verbo; esto se entiende
en el principio: que todo,
fue hecho por él, sin que hubiere
nada hecho sin él; y tanto
que en su momento se advierte
que todo lo hizo, siendo
Universal de las gentes
luz, y vida, y que la luz
en las sombras resplandece:
y a esta luz no las tinieblas
comprendieron, ni comprenden.
que antes de ahora
a alumbrar un hombre viene
el Universo, de quien
el nombre es Juan, que esplendiente
brillará como lucero.
(Nuevas dudas se me ofrecen
paso adelante por ver
si en lo que falta se entienden.)
Este vino de la luz
en testimonio patente
al efecto de que todos
le adorasen, y creyeren
pero él no era luz, aunque
testimonio de luz fuere
y de luz, cuyos cambiantes
al hombre que al mundo viene
ilustra: formado el mundo
por él, estaba en él, y a este
el mundo no conoció,
aunque se vio que viniese,
a los que crió, y sus propios
mismos a desconocerle
llegaron, y así a los que
le adoraron reverentes,
y admitieron su doctrina
potestad les dio de hacerse
hijos de Dios, que en su nombre
creen, y esto sin que naciesen
de voluntad de la carne,
ni de varón, porque a hacerse
vino el Verbo carne, estando,
y habitando afable, entre
nosotros, y su gloria vimos,
gloria que tenerle debe
como Unigénito que es
del Padre lleno, y excelente
de verdad, y gracia:
Menos
ahora el discurso comprende,
aunque me inclino a adorar
sus líneas, y caracteres
Verbo que era Dios, por quien
se hizo todo, y de las gentes
ser luz, a quien las tinieblas
no comprendieron, y viene
a alumbrar como lucero
hombre que por nombre tiene
Juan, no lo entiendo, ni alcanzo:
Señor, si avisos previene
que en este risco he de hallar
quien me aclare tus leyes
¿cómo en más dudas me pone
lo que ha de satisfacerme?
¿Quién podrá instruirme?
Yo.
¡Oh, tú que me hablas, quién eres,
que no te veo y te escucho?
Dentro.
(Vuelve a herir el risco con la vara y se abre, saliendo de él el Demonio.)
Si otra vez el risco hieres
lo verás.
Ya te obedezco.
Aquí mi cautela empiece.
¿Qué miro? El peñasco rasga
sus entrañas y aparece
de sus abismos a bulto
un hombre que asusta el verle;
¿quién eres, que me ha dado
esta sed de fuego y nieve
tu vista, que a un mismo tiempo
abrasa y hiela?
¿Qué temes,
Mamés, si soy enviado
desde el Alcázar celeste,
porque de tus confusiones
entiendas lo que no entiendes,
como te lo dijo el Ángel,
cuando te dijo que hirieses
este risco, hablando entonces
por mí, que soy el que viene
para este efecto?
(Del susto aún no convalece el alma),
(Va a darle el libro, y el Demonio se aparta con desabrimiento.)
Pues dime
si Dios te envía,
¿qué será lo que se entiende
de este libro, donde todos
los Evangelios se leen?
Toma, y veme declarando
los misterios que contiene.
(Aparte.)
De solo mirarle tiemblo.
Para que yo te revele
lo que en el libro se encierra
es preciso que antes medie
una circunstancia.
¿Qué es?
Es que dos cándidas reses
de tu ganado consagres
a la Alta, a la omnipotente
Sabiduría de Dios,
por ser quien tus lobregueces
ha de alumbrar.
No te entiendo.
En este monte eminente
hay un templo dedicado
a Minerva, que comprende
de Dios la Sabiduría,
en sus aras pues...
Ea, tente, nuevos
avisos, porque en menos sustos
el corazón se estremece:
hombre, que en vez de luz traes
sombra por lo que oscureces,
si a declararme has venido,
¿cómo a confundirme vienes?
¿Y a otra mentida Deidad
he de dar inciensos?
(Aparte.)
Tente,
y si entiendes lo que dices,
respondes lo que no entiendes.
(Cristo que es Dios verdadero:
con la verdad he de verle
vencido). Dime, ¿no es
sabio, poderoso y fuerte?
Pues todas estas Deidades, que...
que la gentilidad miente
en la verdad, atributos
son suyos, como lo advierte
en Jove el poder, en Marte
la fortaleza, y su mente,
soberana por la ciencia
en Minerva; pues si ofreces
a Minerva cultos, no es
idolatrar, pues atiendes
más que a su ofensa, a su aplauso
mostrando bien claramente
que a Cristo das sacrificio
cuando a Minerva lo ofreces
por ser su atributo; pues
lo que otros por ciegos mienten
tú lo haces verdad, pues todo
en religión lo conviertes.
No sé si te crea.
Mira
que creyeres ciegamente,
te ordenó el Ángel.
En fin
¿te he de creer?
Debes creerme.
¿Dios lo manda?
Dios lo manda.
¿Dios lo quiere?
Dios lo quiere.
Pues su voluntad se haga
porque el alma solo atiende
a sus preceptos.
Aparte.
¡Albricias
que ya vencí!
Van andando los dos por el tablado y al otro lado aparece Cristo de Pastorcillo como San Mamés y el Demonio se retira asustado.
Suerte pierdes,
ovejuela mía.
¡Ay Dios!
Cielos, ¿qué pastor es este
que no le he visto en el monte
otra vez?
¡Ay de mí!, ¡oh, pese
a mi furor, y cuán presto
mi astucia se desvanece!
Pastor, que de aquella cumbre
a aquestos valles desciendes,
¿qué buscas, y adónde vas?
Una ovejuela que teme
mi cuidado que no dé
en manos del lobo.
Pierde
el temor, que en nombre del
Dios que adoro, me obedece
todo el vulgo de las fieras.
Aparte.
Y aun yo que soy la más fuerte
pero ¿qué mucho, Señor,
que en desaires tan frecuentes
me vea, si vos le dais
las armas con que me vence?
Otras hay que no conoces
pues tras de ganado viene
con piel de cordero un lobo
disimulado que quiere
destruirle, y destruirse.
¿Quién es?
Al Demonio.
Ea, di, ¿quién eres?
Yo soy la fiera, Mamés,
pues fuerza que lo confiese
mandándolo quien lo manda.
De su rigor, defendedme,
Señor, porque yo no puedo.
A eso he venido.
Aunque pese
a tu gran poder, Señor,
tarde es, porque ya no puede
negar que resuelto estuvo
a adorarme, y a ofrecerme
en la estatua de Minerva
inciensos.
Lo que Dios quiere
se haga dijo, con que es claro
que si su verdad supiese
que me ofendía, no hiciera
lo que tu engaño pretende,
y así por lo que le arguyes
en mi gracia más merece
tan lejos de ser delito
que en mérito se convierte.
Ya lo veo en los ardores
que me atormentan.
Valedme,
Señor.
Huye de mi vista,
y si a Mamés te atrevieres
ha de ser salvando el alma
en el cuerpo solamente.
Solo acepto, pues harán
tantos tormentos crueles
(como le esperan) que haga
lo que mi influjo no puede,
pues dividida en el monte
de Aureliano está la gente
para llevarlo a Cesarea.
La corona así le ofreces.
(Vase)
Guárdate, Mamés, que voy
en incendios más vehementes
a arder, pues todo el abismo
contra ti aún ha de ser leve.
(Arrodíllase)
¿A un indigno tal favor?
Sí, porque tú lo mereces
y pues conociste ya
que el Verbo soy, con que puedes
creyendo mis evangelios
entenderlos fácilmente,
con ellos has de argüir
a esas idólatras gentes
para ensalzar más mi nombre.
A tu obediencia me tiene
mi resignación rendido.
Pues queda en paz y prevente
al combate que te aguarda.
¿Pues así os vais?
(Vuela)
Que me ausente,
es fuerza por dar lugar
al dolor para que empiece
pues en mi presencia no hay
pena que pueda atreverse,
y más cuando están tan cerca
los que buscándote vienen.
Dichoso quien por tu amor
Jesús mío, padeciere.
Salen dos soldados por un lado y Canopo y el santo se queda en el sitio como que no los ve.
Ya que de espías quedamos
en este monte, solo este
sitio registrar nos falta.
Qué me encargaren que hiciese
sobre estar agazapado
oficio de orar.
Parece
que allí un pastorcillo está.
Qué frágil, qué torpe, y débil
es el barro humano, pues
faltarle el sustento siente;
pero en vano es el quejarme
pues ya veo que descienden
para alimentar mi vida
las fieras como otras veces.
Preguntémosle si acaso
es Mamés, y si no fuere
si por ventura de él sabe?
Por lo menos lo parece
pues las señas de pastor
a su traje le convienen.
Volviéndose a los paños como que habla con las fieras.
Hace que se va.
Qué raros son tus secretos,
alto Dios omnipotente,
pues aquí me lisonjean
las fieras, y allí me ofenden
los hombres, que en busca mía
cautelosos a prenderme
llegan ya, pues en distancias
opuestas cuando me ofrecen
sangre de sus venas todos
los de esta bárbara especie
de la especie racional
a verter la mía vienen
viendo que un instinto ciego
a la razón prevalece,
pues más favor, más alivio
permitís que experimente
que en los hombres racionales
en estas fieras silvestres
venid, pues que reparado
en mi cueva con la leve,
porción que me sustentáis,
podrá mostrarse más fuerte
la parte de humano al duro
combate que le previene
Aureliano en el martirio
aunque el espíritu siempre
fortalecido está en Dios.
Lleguemos.
Pastor, si tienes
noticia de otro pastor
que buscamos diligentes
en decirla nos haréis
gran gusto.
Quién es? que puede
ser que le conozca yo?
Mamés es su nombre.
De ese
bastante noticia tengo.
Pues decidla.
Éntrase en la cueva.
Brevemente
os responderé.
Qué es esto?
cómo así se va?
Pendientes
de su palabra nos deja.
Querrá porque no le yerre
responder por el correo.
¿Qué es eso?, señal evidente
es el huirse callando.
Aun bien que escapar no puede
pues en esa cueva entró.
Es verdad; pero ¿si tiene
salida a otra parte?
Entremos,
y saldremos fácilmente
de la duda. No, no entremos,
pues si estos señores vienen
fuerza es que sean primero
so pena de ser descorteses.
Al decir esto van saliendo los animales delante de ellos, y se entran en la cueva del Santo, y Canopo se detiene con temor.
¡Raro asombro! Desde aquí
percibo, aunque escasamente,
que contra su natural
le franquean blandamente
en oro el panal el oso,
la leona en plata la leche.
Vamos de aquí, no esperemos
que sus crueldades reserven
para nosotros.
Huyamos,
que estos animales suelen
ensangrentar un donaire
y murmurarlo entre dientes.
Evidente es el peligro.
Sale San Mamés, y detrás las fieras, quedándose detrás del Santo.
Deteneos.
Si se detienen
esos que contigo traes.
¿Qué es lo que decirnos quieres?
Que soy Mamés.
Muchos años
que nos holgamos de verte
con la compañía.
Pues
ya lo sabéis, ¿de qué puede
importaros?
No más de que
venimos a prenderte...
No, no venimos tal,
mintió mi lengua mil veces
si lo ha dicho.
Al decir esto quieren las fieras embestir a Canopo, y el Santo las detiene.
Mamés, solo
te buscamos, porque quiere
verte Aureliano, y hablarte.
Decidle que yo iré a verle.
Y cómo que lo diremos,
y luego, como nos dejes.
Aguardad, tomad primero
de lo que en mi pobre albergue
hay, para que del camino
mejor vuestro afán se temple,
que son frutas, leche y miel.
Dales lo que dice.
Todo lo que tú quisieres
como nos despaches luego.
Tomad.
Dales ahora lo que se ha dicho.
Jove te prospere.
Vase.
El cielo te guarde.
Vase.
Mal
haya el alma que aquí espere.
Vase.
A las fieras.
Ya, Señor, que se ha llegado
el tiempo de que se muestre
mi deseo de serviros,
partiré a Cesarea alegre.
Y vosotros, compañeros,
que en esta campaña verde
de vianda y de vestido
me servisteis tantas veces,
admitid mi bendición,
y a Dios, a Dios para siempre.
Hecha la bendición a las fieras y ellas se van por un lado y el Santo por otro y se da fin a la 1.ª Jornada.
Salen Aureliano, Decio, Eufrosina, Libia, y acompañamiento.
Aunque el alivio, Eufrosina,
de todos consuelo ha sido,
no sosiego hasta saber
si acaso los que escondidos
en el monte se quedaron,
tuvieron seña, o indicio
de ese Pastor, que ha de ser
la ofrenda, y el sacrificio
en las Aras de Minerva,
si no sacrifica él mismo
para que temple su enojo.
Señor, el cuidado mío
nunca puede ser cuidado,
cuando el tuyo es más preciso
en todos, por ser la causa
de los Dioses.
A Eufrosina.
El sentirlo,
me toca a mí, aunque es a costa
de desdenes, y desvíos.
En vano, Decio, te quejas,
si que lo sientas permito.
¡Qué feliz fuera, si hiciese
de cada aliento un suspiro!
Señora, pues no te obliga
este cortesano estilo,
que de galán de Palacio
puede ser si el abanico
en este tiempo se usare.
Dentro voces.
¡Afuera, aparta!
¿Qué rumor es este?
Salen los dos Soldados y Canopo.
Danos sus pies.
Seáis mil veces bienvenidos,
pues solo en vuestros cuidados
todas mis quietudes libro.
Siempre a servirte atendemos.
¿Visteis a Mamés?
Le vimos.
¿Y le hablasteis?
Y le hablamos.
Pues, ¿qué dijo?
Lo que dijo
que él vendrá.
¿Que vendrá?
¿Él mismo en persona?
Él mismo,
porque traerle no es fácil.
¿Por qué?
Porque aunque quisimos
intentarlo, bien que él
no se resistió, no quiso
un espín, que nos mostró
al mirarnos tanto hocico,
y un tigre que, alférez de aduana,
de blanco y negro vestido,
para parecerlo en todo,
nos mostró tanto colmillo.
¿Qué dices?
Lo que pasó.
Dijo dos mil desatinos.
Señor, oye el más extraño,
el más raro, y peregrino
suceso
suceso. Apenas quedamos
en el monte divididos,
como nos disteis la orden
cuando, después de haber visto
planta a planta, tronco a tronco
todo su ameno distrito,
sin que encontrar se pudiese
aún el más leve resquicio.
Bajando a un valle que estaba
guarneciendo al pie de un risco
con ribetes de esmeralda
la falda a trechos distintos,
vimos a Mamés, y como
que él era desconocimos,
le preguntamos por él,
a que respondió benigno
que brevemente daría
la respuesta: y al repulgo
de una cuevecilla entró,
y mirándole escondido
la sospecha confirmamos
de ser él, por hacer juicio
de que al vernos en su busca
huir de nosotros quiso:
ansiosos, pues, por traerle
a la cueva entrar quisimos
cuando (aquí empieza el asombro)
de todo el contorno vimos
que descendían las fieras
y en su albergue con instinto
particular le franqueaban,
la dulce fruta el erizo,
el rubio panal el oso,
y contra su cruel instinto
piadosas leonas, y tigres
negándoselo a sus hijos
de sus pechos le franqueaban
en cándidos desperdicios
el dulce primer sustento.
Entonces despavoridos
al temor, como al portento,
al miedo, como al prodigio
sin uso quedó el aliento,
y la acción sin ejercicio;
el corazón en el pecho
de las alas suspendido
negó todo el movimiento
al yelo de un paroxismo;
y queriendo por cobrarnos,
apartarnos de aquel sitio
a detenernos salió,
diciendo: yo soy el mismo
que buscáis, y en balbucientes
palabras le respondimos
que su señor le buscaba,
a que gustoso, nos dijo
que vendría a verte.
Ea, basta:
aunque tan raro prodigio
pudiera asombrar, ofende
a mi esfuerzo.
También.
Qué importa, decid, qué importa
que esas fieras, o vestiglos
aborten en su defensa
las entrañas del abismo.
Mas cuando a los dioses
el amparo, y patrocinio
Nos asegura, ea, vamos.
apunte: todos estos rayados son precisos y así no se han de dejar
Ea, vamos, y vosotros
guiad donde le habéis visto
para saber dónde está.
Dentro.
ojo.
Aquí aguardad.
Sale el Soldado.
¿Qué hay, Emilio?
Una grande novedad.
¿Cuál es?
El haber pedido
licencia de entrar a verte
Mamés.
¿Qué dices?
¿Qué has dicho?
Que has de ver qué le respondes,
en la puerta detenido
está.
¿Con ademanes de miedo
dice que él es?
Sí, señor.
(como turbado)
No sé a qué me determino
decid que entre, no que aguarde.
Susto le ha dado, el oírlo.
Mire usted si viene solo.
¿Por qué?
Porque trae consigo,
con las aceradas corvas,
según un romance antiguo,
la guarda de la cuchilla
con sacabocados rojos,
y sus libreas leonadas.
Solo viene.
Habrá venido la Marrosera.
Señor,
pues como estás tan remiso,
decid que entre.
Dices bien.
Soldado, entrad.
Sale San Mamés.
Da a Mamés, Dios mío,
le tenéis en el combate,
no me deje vuestro auxilio.
Señor, a tus pies.
apunte: arrodíllase a Aureliano
¡Qué grave
aspecto, aunque de tan niño!
apunte
¡Rara modestia!
apunte
El pastor,
aunque en el tosco pellico,
es como una plata.
apunte
El alma
copia su imagen al vivo.
apunte
Levanta, y dime quién eres,
qué es tu empleo, a qué has venido
a Cesárea, donde abrigas
que feliz has merecido
ser cuidado de los dioses.
Señor, si quieres oírlo,
atentamente me escucha.
De su voz está mi oído
suspenso, prosigue.
Todos
también hacemos lo mismo.
Nací en la gran Capadocia.
Bien se le ve en lo campano.
Corona de un collado
que de penacho sirve, o de tocado
a su vago horizonte,
peinándola el copete de aquel monte
la verde, y frondosa cabellera
con los matices de la primavera
siendo arroyos, y fuentes que dilata
jirones de cristal, cintas de plata
que la trenzan, si en verdes, pero bellas
flores que al cielo cuentan las estrellas
consultando este adorno en el reflejo
de un río, que la baña, claro espejo.
Aquí mi oriente el cielo determina
de Teodoro, y Rufina
mis padres, cuyo ilustre origen toma
por patricios de aquel monte de Roma
que centauro de dos especies sube
medio monte, caballo, y medio nube.
entrambos su nobleza confirmaron
con la heroica virtud que profesaron
que es de la estirpe en la elevada esfera
caridad la nobleza verdadera
pues si en todas iguales
hay virtudes morales
más en los dos, aunque, que la heredada
la adquirida logrando la sagrada
agua que al hombre iguala con Dios mismo
de la fuente perenne del bautismo.
En fin el presidente habiendo oído
que eran cristianos cruel, y enfurecido
manda prenderlos, y en estancia oscura
su constancia más firme se asegura
y aunque los amenaza con tormentos
en vez de desmayar cobran alientos
y a oprobios repetidos,
atropellados, tristes, y afligidos
de Paflagonia, donde presidía
a Capadocia presos los envía
Alejandro; y tantas las injurias fueron
que de aquellos ministros padecieron
que en el claustro materno
me juzgué muerto, aun antes de ser vivo
por mayor dicha mía
pues antes de nacer ya padecía.
Llegaron pues, y Fausto el presidente
mirando su constancia indeficiente
en prisiones los pone
en donde de sus vidas Dios dispone
y con tal brevedad a verle fueron
que el mismo día que nací murieron,
pero mal dije; porque si pasaron
a mejor vida, cuando me dejaron
siendo que al mundo ya a morir venía
ellos nacieron, porque yo moría.
Una ilustre matrona que allí estaba,
y que la ley de Cristo profesaba
mereció en su desvelo
que un ángel le avisase al desconsuelo
en que estaba, aunque yo capaz no era
de sentir pues me hallaron de manera
que lloraba por más infeliz suerte
la del nacer, que no la de su muerte.
Amia (que este es su nombre) presurosa
El que hizo este acto, sin dudar, no rezaba, e incluye en uno de sus versos bautismo, por la ilustre matrona.
como la caridad no es perezosa
a Fausto le pidió diese licencia,
para que con devota diligencia
a entrambos cuerpos diese sepultura
y aunque una pena dura
era su corazón en iras ciego
pudo ablandarse entonces con el ruego
que si de Dios concurre la influencia
vana es de Faraón la resistencia
Sepultados en fin, y a mí en su casa
más al divino fuego que la abrasa
y a las mantillas que su amor previno
mi desnudez abriga de camino,
y después de criarme con cuidado
con regalo, y cariño, desvelado
quise yo en la manera que podía
agradecido la correspondía
pues siempre a sus cariños
con el idioma torpe de los niños
mamá decía repetidamente
por cuya gracia me llamó la gente
Mamés: y fue también, porque al llevarme
al Bautismo, qué nombre habían de darme
preguntaron, y yo por más que asombre
tres veces pronuncié Mamés mi nombre
ha de ser, porque ansí claro se viere
que mi nombre por gracia se adquiriere
pues si por la de Niño (me le dieron
los que criarme vieron
al ver que la confirmo al bautizarme
aunque incapaz entonces pude hallarme
podían menos, pues añadí yo mismo
esta gracia a la gracia del bautismo.
Esta insigne mujer que me cuidaba
tanto en mi educación se desvelaba,
y en ciencias, y en virtud a los más diestros
aplicó a mi enseñanza por Maestros:
aunque al temor de Dios más me instruía
por principio de la sabiduría
hasta tener tres lustros no cabales
pues llegando a los términos fatales
a Dios consagró el alma por ofrenda
dejándome heredero de su hacienda.
en fin después de un trémulo glorioso
funeral pira, espléndido coloso
mis ansias amorosas
con lágrimas piadosas
en el lugar en donde se enterraron
mis Padres, su cadáver sepultaron
que un huerto es de laureles, y de palmas
porque correspondiesen con las almas, sus
sus santos cuerpos, pues si su desvelo
laurel, y palma mereció en el cielo,
la porción inferior, aunque entre infieles
se coronó de palmas, y laureles.
Viéndome solo luego a los pobres entrego
todo lo que su amor me había dejado,
reservándome un poco de ganado,
para mí solo, porque huir quería
faltándome su amable compañía
lo sociable del mundo por incierto
para buscar a Dios en el desierto.
Contento me tenía este ejercicio
buscando la virtud, y huyendo el vicio
aunque solo el cuidado
de librar de las fieras mi ganado
me disgustaba, porque así perdía
mucho tiempo de aquel que cada día
a Dios en mi oración le consagraba,
porque a su providencia le rogaba
que de este afán prolijo me librase
y permitió que uniéndose pastase
su bruta especie con mis corderillos
tan conformes, suaves, y sencillos,
que desarmados sus rigores fieros
eran lo mismo leones, y corderos
tanto que de la leche que sacaba
de las fieras, y ovejas que guardaba
lo que de allí de alimento me servía
eran algunos quesos y vendía
en Capadocia donde predicando
a muchos de mi edad iba fijando
en sus dóciles tiernos corazones
la ley de Cristo, a que, Señor, te opones,
pues publicar mandasteis un edicto
declarando en sus términos por delito
de lesa Majestad a quien no diere
inciensos a los Dioses, y que fuese
castigado con graves penas, cuando
en Capadocia se promulga el bando.
Demócrito procura diligente,
que a Fausto sucedió por Presidente,
que obedezcan el orden a que anhela;
y al ver algunos de mi ruda escuela
que eran inobedientes
juzgando que por niños, e inocentes
no hacerlo así, podía dispensarse,
no hizo caso, hasta que al declararse
llegó el tiempo, que fue por que Dios quiso
y llegue a sus oídos el aviso,
y manda su colérica impaciencia
venir a su presencia
a todos
a todos, donde habiendo examinado
su constancia, confuso, y admirado
de ver quien al Maestro aun no supera
castigos leves en lo que aprenda
por la ley que su afecto profesaba
con brío hasta la vida abandonaba
quién os enseña, prorrumpió el tirano
a ofender a los Dioses tan temprano?
aunque no es para el mal grande extrañeza
que se adelante la Naturaleza:
dijéronle, un Pastor es quien nos guía
a aborrecer la ciega Idolatría,
y a dejar lo caduco por lo eterno,
pues todas son astucias del Infierno,
que con bárbaras torpes falsedades
os hace imaginar que son Deidades
(del demonio diseño)
la piedra, el bronce, el oro, el barro, y leño.
Mamés se llama, búscale, y tú mismo
al oírle saldrás del ciego abismo
en que estás: y apenas que hubo oído
quién era yo, en más iras encendido
me hizo llamar, y así que me trujeron
lo mismo dije, que ellos le dijeron.
Mandome desterrar, y confiado
en el poder del Dios que el ser me ha dado
a Cesarea he venido,
y en sus montes Pastor vivo escondido
del modo, y en la forma que te dieron
noticia los que al monte a verme fueron
de quien supe, Señor, que deseabas
hablarme, y que por eso me buscabas
con ansia, con anhelo, y con porfía,
a que luego les dije que vendría,
y pues a estos cuidados me prefieres,
y he venido a saber lo que me quieres
di lo que ordenas, pues que ya mi historia
te referí de Dios para más gloria,
con que bastantemente te he informado
mi nombre, empleo, calidad, y estado.
Aunque pudiera enojarme,
Mamés, el haberte oído,
no sé qué deidad en ti
contemplo, que no averiguo,
pues de mi impulso el veneno
mirándote está remiso,
o al soberano del afecto,
o al cohecho del cariño.
(Aparte.)
Cuando le deis la vida
qué hago yo en que mi albedrío
le rinda, pues tan templado
a su vista está mi tío.
Bien merece su agrado
Mamés, Señor.
(Aparte.)
¡Qué benigno
sea con todos su afecto
y para mí tan esquivo!
(Aparte.)
Paréceme que al Pastor
mira mi ama al descuidillo.
Y a mi amo, ni aun por embozo
de la cara.
Yo imagino
que mirarle atravesado
quiere, cuando a Mamés bizco.
Porque veas lo que debes
a mi amor que te permito
tu ley, sin que me disgustes
en ella vive a tu arbitrio.
Solamente en recompensa
de estos favores, te pido
que hagas por mí una fineza.
Si a mi ley no contradigo
pídeme lo que quisieres,
que lo haré al instante mismo.
Bien fácil es, que mañana
vengas al templo conmigo
de Minerva, y sacrifiques
en sus aras.
Aparte.
Esto mismo
intentó el demonio, cuando
al monte a engañarme vino
si él le influye, ¿cómo olvida
haber quedado vencido?
¿Qué dices? ¿qué te suspende?
Señor, el ver que me has dicho
que mi ley no deje, y mandas
que al desprecio, o, al olvido
dé su instituto que adoro.
Pues ¿qué instituto, o, qué rito
de tu ley, se opone a dar
culto a los dioses divinos?
La adoración de otros dioses
que solo se debe al mío.
¡Oh, esto has de hacer!
No es posible.
Advierte.
Bien lo he advertido.
Mira que te ha de estar bien,
que seamos los dos amigos.
Primero, señor, primero
que yo incurra en tal delirio
muera anegado, o en fuego
lentamente divididos
sean mis miembros a escarpias
o a los acerados filos
de arpón mis entrañas, sean
átomos desvanecidos.
¿Yo idolatrar?
Aparte.
Ya basta.
¡Cielos!, ¿cómo no me irrito?
Que desprecie mis favores,
Mamés, desacato ha sido
que puede tener perdón;
pero no el haber perdido
a los dioses el respeto
pues tan enorme delito
a mis piedades no deja
aun el más leve resquicio.
Mucho su peligro temo.
No doy por su vida un higo.
Él le mata.
De él es culpa,
señor, el estar remiso.
Enfurecido.
Dices bien: ¿no eres tú aquel,
que el cándido humor nativo
juntando ceras, y fresas
o, hilado al torno torcido
o, macerado en el molde,
o, como...
¡Oh, cómo ese su artificio
era el cebo cauteloso,
para que a la ley de Cristo
instituyeres?
Sí, señor,
que en ratonera cogidos
se las armaba con queso.
¿No eres, como lo averiguo,
también quien segunda vez
al cielo te has atrevido,
pues dices que, desterrado,
veniste por esto mismo
a Cesarea, donde oculto
con tu ganado, ejercicio
de pastor tienes?
Es claro,
que de allá huyendo se vino
fugitivo por corderos
como otros van por novillos.
Pues vive esta ardiente antorcha
que en movimientos y giros
su infatigable carrera
mide a planetas y signos,
que aun la admiración se pasme
del rigor de tu castigo.
En eso me lisonjeas,
inventa nuevos martirios,
nuevos tormentos ordena,
cruel, airado, vengativo,
que siempre he de estar constante
diciendo como ahora digo
que son falsas tus deidades,
que son engaño sus ritos
y su adoración.
Ea, calla,
blasfemo.
Ahora, Dios mío,
valedme.
De esta muralla,
que a mi palacio es recinto
despeñadle, que no quiero
que blasone de haber sido
sacrílego de Minerva,
aunque su estatua lo dijo,
pues aun de este honor muriendo
es incapaz por indigno.
Van a asirle los soldados, Eufrosina detiene a el Emperador arrodillándose.
Señor, témplese su enojo
pues sabes que por él vivo
cuando del sangriento estrago
me libró compadecido:
¡quién la vida que me dio
le volviera!
Mi destino
fatal es, pues por su ruego
su infeliz fortuna envidio.
Por vos le dejo con vida,
pero dejar sin castigo
no puedo su atrevimiento.
La poca edad que en él miro
Atendiendo, pues, a ella,
por lo que has intercedido,
mando que le azoten, que esto
es tratarle como niño,
y que esté preso en la Torre
de Palacio.
Agradecido
más que al quitarme la pena
estoy a lo compasivo.
Yo os aliviaré el tormento.
Del cielo vendrá el alivio.
Mucho estimo la lisonja
que ansí me hacéis.
Tal cariño
con un pastor, cuando tantos
desaires usas conmigo?
no sé si presuma; pero
bajeza es el presumirlo.
Llevadle, y Decio se encargue
de su prisión.
Fiel seré yo.
Vamos, fortuna.
(Vase con Eufrosina y Libia. Hablan los dos. Se le lleva el pastorcillo.)
Y piensas guardarle?
Sí.
Más fácil guardar ha sido
un embuste de una dueña,
y un acecho de un vecino.
Bastantemente seguro
estoy yo.
Ves si lo digo.
Pues si vos lo estáis, yo no
y asegurarme es preciso
notando vuestras acciones.
Poco importará el registro
porque yo el resguardo tengo
en quien adoro rendido.
(Aparte)
Qué más ha de declararse.
Vamos, pues.
Cielos divinos,
argos será mi cuidado
en su guarda, si al abismo
de mi dudar no le abrasa
primero el aliento mío.
Como de el monte no salga
la contra guarda consigo.
Llevan a San Mamés los soldados y detrás entran Decio y Canobo.
Sale el Demonio.
Ya por lo menos su ultraje
no podrá quitarme el cielo
aunque intente favorable
aliviarle los tormentos;
pues para que los aumente
a Buxeliano aflijo en sueños
en forma de las Deidades
que idolatra ofrece inciensos
Marte le amenazó a insultos,
Neptuno en dudar le anegó,
Plutón a horrores le asombró,
Júpiter le amagó a incendios
y con la cautela, que
mi malicia ahora ha dispuesto
aún más que las de Buxeliano,
serán las iras de Decio;
pues a su vista pondré
tan aparentes sus celos
(de que ya está persuadido)
pues para que llegue a creerlos
más allá de la evidencia
le persuadirá el efecto.
Y más al ver que Eufrosina
arrasada de su incendio
amante quiere aliviar
de sus prisiones el peso.
por una puerta excusada
que
que hace al Parque de este ameno
Jardín desde el homenaje
donde Mamés está preso,
que cubierta de unos ramos
se guarda a pesar del tiempo.
Cuando ya por otra parte
anda cuidadoso Decio
de ver si en la Torre está
seguro, pues recurriendo
va, rejas, goznes, portillos,
candados, y puertas, siendo
quien le hace menos seguro
la inquietud de sus recelos.
Pero ya Eufrosina viene
resuelta, aunque sus intentos
no ha de lograr, pues me basta
para lo que yo deseo
(que es su culpa) el intentarlos
sin llegar a poseerlos.
Demás que si a Mamés viere
pudiera ser que su afecto
la rindiera a seguir la ley
de Cristo, cuando no puedo
por quitarme la licencia
perturbar sus pensamientos
supuesto, que ya en el alma
jurisdicciones no tengo
como tengo en Eufrosina.
Y así harán mis fingimientos
que se cumplan mis engaños
con aparentes objetos.
Retírase y salen Eufrosina y Libia.
Mira, señora.
No tienes
Libia, que darme consejos,
que esto ha de ser.
¿Así pierdes
al decoro el respeto?
No pierdo tal, pues si ahora
librar a Mamés resuelvo,
afecto es de la piedad,
y no piedad del afecto.
¿Qué corazón, dime, Libia,
pudiera sufrir que el terso
marfil, el blanco alabastro
de sus cristalinos miembros,
o, mejor diré, el jazmín
tan desolado y deshecho
que a lirio y clavel pasó
en lo cárdeno, y sangriento,
verle bajel fluctuando
en ondas del mar bermejo
sin zozobrar anegado,
sumergido con esfuerzo
a la dura tempestad
de azotes, donde perdieron
el aliento los verdugos
sin que él perdiere el aliento?
A esto se añaden los sustos
que le amenazan en sueños
al Emperador mi tío
desde que le tiene preso,
siendo su en Dios descanso
solamente en el tormento.
Por esto, y porque la vida
le debí, librarle intento,
en que aumento mi decoro,
cuando juzgas que le pierdo,
pues el pagar beneficios
siempre fue de nobles pechos.
Sí, señora; pero el ver
que muestras tales extremos
para agradecer, me hizo
dudar si era amor.
Aparte.
Al cielo
pluguiera que no lo fuese.
Pero, señora, no entiendo
cómo puedas conseguirlo
viendo que es alcaide Decio
de esta fortaleza, y de él
no has de valerte.
Yo tengo
forma en que a su noticia
llegues.
¿Cómo?
Hay en lo denso
de aquellas dos quiebras,
una puerta, que fue un tiempo
mina secreta, por donde
los víveres y pertrechos
de guerra se conducían
cuando llegó a poner cerco
a Cesárea de Zenobia,
la porfiada, cuyo asedio
fácilmente resistido,
fue por poder con silencio
por esta mina, que digo,
dar los socorros a tiempo.
Solo mi tío la llave
tenía, y yo sin saberlo
él, pude tomarla; ahora
mira, si es fácil el medio
para lo que intento, Libia.
Tan fácil como emprenderlo.
Pues ven conmigo.
Vanse.
Tus pasos,
señora, voy siguiendo.
Ya se acercan,
ya a este sitio llega Decio
para que tengan principio
mis cautelas.
Salen Decio y Canopo.
No sosiego,
Canopo, hasta averiguar
la causa de mi tormento.
Y supuesto que ya caen
de la noche los cabellos,
y destrenzados se esparcen
en densos, oscuros crespos
hasta los pies de la tierra
desde los hombros del viento
inquiramos la prisión
como acostumbrar solemos,
porque con verle seguro
me parece que hago menos
mi dolor.
Vamos probando
si acaso limó los hierros
de estas rejas, pues sus puertos
por ser dos no estando abiertos
siempre están de par en par.
Ahora entro yo; deteneos,
porque Eufrosina me manda
que nadie entre acá.
Un portero
está aquí a impedir el paso.
Mucho lo extraño.
Idos presto,
si no queréis que la guarda
os despierte, que el silencio
que mostráis, malicia arguye.
Di, ¿quién sois?
¡Viven los cielos,
que si no se van, que haga...!
Portero de los infiernos,
¿no veis que es Decio quien viene?
Como es de noche no veo,
suplico os que perdonéis.
Decidme, ¿con qué pretexto
estáis de guarda?
Porque
su alteza quiere (el secreto
has de guardar) porque importa
que ocultarse, fuera yerro
y aun culpa lo que me encarga.
Yo guardarle le prometo,
prosigue.
De ti confío,
pues el caso es (¡arda infierno!)
que entró donde está Mamés,
aunque su fin no penetro.
¿No tengo ya qué dudar,
para cuándo airados cielos
de sus esferas se guardan
los rayos?
Aparte.
Eso sí, al fuego
de sus furores se abrase,
padezca lo que padezco,
pues a mis incendios solo
son parecidos los celos.
¿Sabe usted si entró allá Libia?
Puede ser.
Sería yerro
de su recato, porque
las que tienen el empleo
de hacer amistades, nunca
estorban.
Pues tanto os debo
en el aviso, decidme,
¿por dónde o cómo?
Aunque lejos
veis esas hiedras que están
las paredes guarneciendo,
enfrente de donde estamos,
pues debajo del grutesco
de las dos, una puerta
se disimula, que al centro
del castillo pasa.
¿Cuándo
faltó resquicio a los celos?
Si queréis ver sus designios,
retirado en el ameno
bosquecillo de esas murtas
que trepando por lo espeso
de esa reja de la torre
están, podéis, y vos mesmo
convenceros de guardarle,
examinaréis sus yerros.
Seré un lince a sus acciones.
Aparte.
Precipítele su afecto.
¿Qué decís?
Que a tiempo estáis.
¡Cuándo no ha llegado a tiempo
un infeliz a sus males!
El que no es tan majadero,
que busca lo que no quiere.
No os descuidéis.
Vase.
Voy muriendo.
Vase.
Yo también, y no por Libia,
sino por ver sus ascensos,
pues todos le pienso sacar
sus chismes y sus enredos.
Ya está en la puerta Eufrosina.
Ha de haber a un lado una puerta cubierta de unas hojas, y al otro lado otra reja como de prisión, y sale Eufrosina por el lado de la puerta con Libia.
Debajo de los espesos
ramos de esta hiedra está
la puerta, quitarlos quiero
para hacer fácil la entrada.
Quita los ramos y se descubre la puerta.
Ya el postigo has descubierto
y puedes probar la llave.
En vano (¡ay de mí!) la fuerzo.
Hace que abre Eufrosina y no puede.
Estará torpe por causa
de no abrirse en tanto tiempo.
Salen Decio y Canopo por el lado de la reja, y se quedan escondidos entre unos ramos.
Importa que no se abra
hasta que aquí llegue Decio.
Mira si con otra llave.
Nunca he traído llavero,
que para eso soy muy moza.
De la luna los reflejos
miro desde aquí mi agravio.
Yo también a Libra veo,
aunque no la puedo ver.
(Aparte)
Ya podrá abrir.
Ya he abierto.
(Abre la puerta)
Ahora importa que no entre.
(Hace ruido el Demonio, y apártase de la puerta, y en ella se pone el Demonio.)
Detente, que ruido siento.
¡Ay, Dios! ¿Quién será?
En la forma
de Mamés, aun pretendo
fingirle verdad mi engaño.
(Ha de haber enfrente la puerta dos escotillones juntos, para que así como dice el Demonio toma la forma de San Mamés, se hunda por el uno y salga San Mamés por el otro con la mayor prontitud que se pueda.)
Pues ya su forma tengo,
la persuadiré más fácil.
Ya abrió.
Sí, pero sospecho
que no quiere más que abrir.
¿Para qué?
Para entrar dentro.
Ahora, necio, ¿estás de burlas
cuando ves que estoy muriendo?
¿Quién es quien está aquí?
Yo, que desde la prisión viendo
abrir esa puerta, quise
saber qué causa...
El acento
parece que es de Mamés;
aun averiguarlo quiero.
¿Sois Mamés?
Sí, Mamés soy.
¿De dónde salió tan presto?
Este pastor es el diablo.
(Aparte)
Ahora cautelas.
Los ecos
de la voz parecen de hombre;
demás de salir de adentro,
un bulto que lo parece.
Pues, señor, no será cierto
que esto es discurrir a bulto.
Que seáis Mamés aprecio,
porque a pagar una deuda
viene un agradecimiento.
¡Mamés dijo! (¡Ay, más desdicha!)
(Aparte)
Pues, ¿quién sois, que tanto os debo,
cuando pensé que venían
a añadirme los tormentos?
Bien la engaño.
Soy a quien
disteis la vida.
Aunque creo
que Eufrosina sois, tal dicha
por imposible la tengo.
¡Ay, tal traición!
No, no hay tal.
No sé a lo que me resuelvo.
No es esquivo el pastorcillo,
viendo en él que no es tan fiero
un pastor como le pintan.
Pues, señora, a obedeceros
mi rendimiento estará...
Lo que yo de vos pretendo
es el daros libertad,
que así pago lo que os debo.
¡Ah, falsas!
Y como que es falsa, bien
Tiénense en sus falsos pesos.
Y en este falso jardín
pues con falsos pasos lentos
falseando viene las guardas
por lograr su falso intento.
En falso calan, en donde
falsete la voz haciendo
falsa es la llave, y también
la puerta es falsa.
No puedo
tan fácilmente salir.
¿En qué está el impedimento?
En que están continuamente
las guardas reconociendo,
y es preciso que me vean
por ahora: yo os ofrezco
en otra ocasión lograrlo,
aunque estando me aquí pienso
que he de hacer más entuertos.
¡Que no pueda mi ardimiento
declararse por estar
en palacio! ¿Qué haré, cielos?
Pero ya discurro el modo
de declararme, y el medio
será, pues en esta reja
estoy (como otras noches suelo)
reconocer la prisión,
pues fuera, no estando dentro,
que no responda a la seña,
y podré con el pretexto
de faltar de ella buscarle
por todo este sitio ameno
que es contorno de la torre.
Conque será descubierto
su engaño, sin que presuma
mi intención.
No comprehendo
lo que decís, pues por mí
no haréis nada, si en el riesgo
os quedáis cuando se puede
remediar.
(Aparte.)
No es fácil eso,
que para mis males siempre
se hizo imposible el remedio.
¿Por qué?
Porque el apartarme
de vos en el alma siento.
Pues si es que por mí lo hacéis,
si queréis pagar mi afecto,
haced por mí otra fineza.
(Aparte.)
Sabré dónde va su intento.
¿En qué ahora te detienes?
Un hielo los movimientos
me suspende.
Pues, señor,
no hay sino romper el hielo.
Pedid, señora, y veréis
cómo al punto os obedezco,
pues estará ejecutado
aun antes de estar propuesto.
¿Si lo impugna su ley?
Solo a serviros atiendo.
Pues es (para que podáis
evitar del todo el riesgo)
que a los Dioses sacrificios
hagáis; para que con esto
sin peligro pueda yo
lograr con vos.
Yo os lo ofrezco,
y creed...
Y creed que por vos sola
cualquier imposible es menos.
Aunque poblar de holocaustos
sus aras, si bien lo advierto,
mucho más que a sus altares
se debe a los devotos.
Pues en recompensa el alma.
Ello es lo que yo deseo.
A pesar del embarazo
que me embarga me resuelvo
a hacer la seña.
Hace ruido en la reja
Así solo
se descubrirá el enredo.
Tened, que ruido en las rejas
hacen de la torre.
Pienso
que es la ronda.
Aparte
Esta banda
—así explicaré mi afecto—
poneos al rostro porque
no os conozcan, porque temo
que a los rayos de la luna
os descubran.
Aparte
Ahora, Decio
perderá el juicio confuso,
a la llama de sus celos.
Yo lo estimo.
Ya el estruendo
los turba.
Mas no se mueven
de donde están.
Vase a la reja
Retiraos entre tanto.
Pónese la banda en el rostro, y ha de estar detrás del paño otro con el mismo vestido que S. Mamés, de forma que retirándose un poco vuelva a salir y se pone detrás de los dos para poder mejor mudarse.
Los recelos
dejad, Decio, que en la torre
estoy, y advertid, os ruego,
que más debo a este cuidado
estar aquí que no al vuestro.
Harto claro se lo ha dicho;
pero ¿cómo entró tan presto?
Dices bien; pero ¿qué miro?,
¿cómo puede estar a un tiempo
dentro y fuera de la torre,
pues no hay duda que en el puesto
mismo le veo?
Parece
que el demonio lo ha dispuesto.
En las rejas
Idos, Decio asegurado.
Quítase de la reja y vuelve a ponerse la banda en el rostro, como antes, poniéndose donde estaba el otro con la mayor disimulación que se pueda.
¡Qué confusión!
Hechicero
debe de ser.
A Eufrasia como al principio
Ya se apartan.
Vase
¿En dos partes? No lo entiendo;
pero yo haré con su muerte
que se acaben mis tormentos.
Vase
Sí, que de estas tropelías
dentro y fuera así saldremos.
Aparte
Aparte
Esto sí que nuevo aumente,
ayudado de mi fuego,
porque sus tormentos crezcan.
Ya, señora, pues que veo
que amanece, será bien
—así asegurarla espero—
que me vuelva a la prisión.
Creed que apartarme siento
de vos.
Tomad vuestra banda.
Pues quedáis con ella quiero,
por ser mía.
Eso es decirme
que quede dos veces preso.
¿Quieres decirme, señora,
si no es amor lo que es esto?
Ven, que como no lo diga
yo, que lo juzgues no puedo
quitarte.
Vanse las dos.
Ni a mí tampoco
podrá embarazarme el cielo
que oscurezcan sus verdades
sombras de mis fingimientos.
Vase, y se da fin a la 2.ª jornada.
Baja un rayo de lo alto del tablado hasta entrar por los paños, y dice Aureliano dentro.
Júpiter, detén las iras,
templa ese rigor ardiente,
si al obediente castigas,
qué dejas para el rebelde.
De este tridente de llamas
veneran mis altiveces,
Eufrosina, Flabio, Decio.
Sale Flabio por medio, que es por donde saldrá el Emperador a su tiempo, y a un lado Eufrosina, Libia, y por el otro Decio, soldados y Canopo.
¿Qué será esto?
Lo que siempre,
pues con espantosos sueños
desde que en la prisión tiene
a Mamés, son sus descansos
tormentos.
Más vehementes
parecen sus aprehensiones
ahora, pues otras veces
con más quietud despertaba.
Qué nueva causa moverle
pudo de este extremo.
Qué mucho
es, que como beber suele
unas noches más que otras
que con zorra se despierte.
Como huyó del reparo.
¡Hola, soldados!
Ya vuelve.
Que me abraso.
¿Dónde está la lumbre?
No, no; si se enciende,
más parece ardor de Baco
que de Júpiter, pues tiene
jurisdicción en el sueño.
Sale Aur. A esto ha de estar Aureliano mirando a todos lados como asombrado.
¡Qué espanto! ¡Qué horror!
¿Qué sientes, señor?
¡Qué asombro!
¡Qué pasmo!
¡Qué temor!
¡Oh, qué accidente
le obliga,
le hace,
le fuerza,
a dar voces?
Atendedme:
ya sabéis que en mí el sueño (¡infeliz suerte!)
con razón es imagen de la muerte,
pues siempre en su ciego y torpe abismo
me amenaza el postrero parasismo,
en ilusiones que, aunque no las crea,
despierto turban mi confusa idea;
y tanto este pavor mi pecho asombra
que, si dormido fue mentida sombra,
a ser verdad (¡ay triste!) me sentencia,
siendo la duda aun más que la evidencia;
no solo por la magia en los cristianos,
pues aun hasta los dioses soberanos
airados contra mí de furia llenos
amagan rayos, y ejecutan truenos:
pues queriendo en mi lecho entrar ahora
por ver si mi desdicha se mejora,
quise que un rato fuera mi homicida
el paréntesis dulce de la vida
que la deidad infunde de Morfeo,
y tomando a Mercurio el caduceo,
los áspides aplica solamente
para que experimente
que es antídoto en todos el reposo
lo que es en mí veneno riguroso;
pues a mi mal experto
está dormido el áspid más despierto.
Marte y Palas, que horrores acaudilla,
en mi sangre tiñeron su cuchilla.
Diana contra mí vibra importuna
sus nocivos venenos como luna
cazadora, en rigores diferentes,
de las fieras, las garras y los dientes;
y del fuego inmortal que en mí fulmina
iras ardiendo como Proserpina.
Apolo sin su luz, llamas dispone,
y en el mar que sus túmulos compone,
juntando fuego y agua,
forma horrorosa fragua
en que templar se vio el cristal ardiente;
pues hecho de Neptuno arma el tridente
llama disforme, incendio sucesivo,
pasó a ser instrumento vengativo
a la diestra de Júpiter tonante;
de quien rayo flamante,
por la región del viento,
abrasa exhalación, hiere escarmiento,
y en mi cámara (aquí pierdo el sentido)
antes oí su voz que su estallido;
díjome: "Emperador (¡qué vituperio!),
Gobernador indigno del Imperio,
que con falsas piedades
haces mayor injuria a las Deidades
que esos viles cristianos,
¿no tienes del poder libres las manos?,
pues ¿por qué has consentido nuestra injuria?
¿dónde está tu poder, dónde tu furia?
Sírvate de escarmiento lo que has visto,
extingue de una vez la ley de Cristo,
porque si en esto pones negligencia
lo que es aviso pasará a sentencia".
Con este susto, que turbó el sosiego,
os di voces, y así disponed luego
que a un golpe solo muera esta canalla,
centella soy que mi furor estalla,
azote que sangriento los lastime,
cuchillo que en sus cuellos más se imprime,
tigre impaciente, que sus viles pechos
rasgue voraz, en púrpura deshechos,
halcón que penetrando sus marañas
se ceba a cancerarles las entrañas
cuando sus viles corazones muerde,
víbora que el veneno nunca pierde.
Y soy epilogando lo furioso
de los Dioses el brazo poderoso,
siendo mi enojo, que áspid atropella,
cuchillo, azote, halcón, tigre y centella.
Qué mucho, que en tus desvelos sea
Aparte.
Sea amenaza o aviso
de los Dioses si remiso
¿has enojado a los Cielos?
así vengaré mis celos;
pues los acentos veloces
de Minerva, no conoces
que alumbran sus ceguedades,
dándole aun sueño verdades,
y a un mármol dándole voces.
De todos es interés
que muestres tu indignación,
no digan que tu omisión
Deidad suya es;
dando la muerte a Mamés
solo has de templar tu ceño.
Que es de los Dioses empeño
se muestra su providencia,
en que el sueño es evidencia,
sin ser la evidencia sueño,
pues Júpiter ofendido
con ese rayo veloz
en el trueno de su voz
te avisa por su estallido,
teme por más que dormido
te amenace su rigor,
pues eco de aquel ardor
que encendió en el Templo Sacro
de Minerva el simulacro
es de esa llama el horror.
Si de el amago primero
nació este segundo amago,
el tercero será estrago
de su castigo severo.
Tened, que mi enojo fiero
contra este cruel enemigo
si pensáis que le mitigo
se ha engañado vuestro labio,
pues más allá del agravio
sabrá poner el castigo.
Cuando más rigor me advierte
me injuriáis, porque quisiera
que muchas vidas tuviera
para darle muchas muertes.
Los más atroces, más fuertes
tormentos prevenid luego
sea al cuchillo, o al fuego.
Mamés, infeliz despojo:
¿qué aguardáis? rabio de enojo,
y de cólera estoy ciego.
Aparte.
Ya he logrado mi venganza.
Aparte.
¡Qué presto será piedad!
en todos esa crueldad.
Aliéntese mi esperanza.
¿Qué os detenéis? sin tardanza
ejecutadlo.
Aparte.
¡Ay más penas!
Señor, mal tu enojo enfrenas.
¿Qué dices? rigor prolijo.
Que lo que la estatua dijo
no es lo mismo que tú ordenas.
Del cielo es mandato expreso.
Quizás no lo has entendido.
¿Por qué?
Porque no ha querido
de tu rigor el exceso
aun hasta el detener preso
a Mamés por impiedad.
Juzga su severidad.
Aun aquí muestra su amor.
¿No quiere el cielo el rigor?
No.
Pues ¿qué quiere?
Piedad.
Piedad, ¿cómo puede ser
cuando en mí rayos fulmina?
El amor la desatina.
Su delirio da a entender.
(Aparte)
Que no pueda contener
la pasión, de envidia muero.
Solo al de acero severo
ser piadosa se aconseja.
Ella estar como una oveja,
no es la madre del cordero.
Para mostraros piadosa
que no hay razón, bien se ve.
La que yo tengo es la que
dijo en su estatua la Diosa.
Si se ostenta rigurosa
¿en qué su clemencia está?
En decir que templará
su enojo, siendo propicio
su influjo, si el sacrificio
Mamés aquí solo da.
También dijo que si el
sacrificar no quisiese,
que él mismo víctima fuese,
luego debe ser cruel,
cuando se resista infiel.
Siendo eso así, ¿no reparas
que en evidencias tan claras
es culpa el estar suspenso?
Ea, al fuego se exhale incienso,
su sangre esmalte sus aras.
Si él ya está reducido
a ofrecer en sus altares,
¿merecerá que le ampares?
¿Cómo eso puede haber sido?
(Aparte)
¿Que aún porfía? Estoy perdido.
Pero ella está bien hallada.
¿Que en agraviarme empeñada
tanto muestre su rigor?
Empeñada, no, señor,
porque ya está rematada.
¿De qué sabes que a ofrecer
a Minerva se dispone?
De que él mismo lo propone.
Muy fácil será de ver.
Mándale, señor, traer
al templo, y así podrás
desengañarte.
Verás
cómo es verdad lo que digo.
Si eso hicieres yo me obligo
a no atormentarle más.
(Aparte)
Así tengo de lograr
sin susto el poderle verle.
¿Qué escucho? Aunque puede ser,
lo contrario he de estorbar.
Yo con él vengo de estar,
como guarda suya soy,
sin que notase hasta hoy
que su intento haya mudado.
Señor, de quien me ha informado,
bien asegurada estoy
(A Decio.)
contra mi verdad porfía
funesto engaño.
(A Eufrasina.)
Mejor
dijeras contra tu error
que arguye Esperanza.
No; al examen se fía
mi duda aunque se dilata.
Uno ata, y otro desata.
Sí; pero esta en su quimera
temblaba porque no muera.
Del poste muera desata.
Llevadle al templo, y así
se verá si hizo mudanza.
(Aparte.)
Malogróse mi venganza.
Bien dizes, vamos que allí
se sabrá.
Vamos de aquí.
Allí veréis mi verdad.
(A Eufrasina.)
Bien se ve tu falsedad.
(A Eufrasina aparte.)
Desconfiado está Decio.
Para estarlo está muy necio.
Todos al templo guiad,
y para lograr abiertas
sus puertas vuestras instancias,
en métricas consonancias
el ruego llame a sus puertas;
aunque las piedades ciertas
de su deidad lograremos;
supuesto que obedecemos
su precepto, pues llevamos
a Mamés: ea, vamos.
Vamos
y su piedad imploremos.
(Vanse todos y descúbrense las puertas del templo cerradas como al principio, y sale el Demonio por otra puerta de la que se entraron.)
Entre tanto que Aureliano
llevar a Mamés dispone
al templo para que viniese ofrecerme
sacrifique en sus Dioses,
persuadido de Eufrasina
al engaño, que en la torre
cautelándome en su forma
mis mentidas ilusiones
a la vista, y al oído
representaron conformes,
así en fingidos objetos
como en fantásticas voces;
y aunque juzgo también
que mi astucia se malogre,
no por eso he de rendirme;
pues todos estos baldones
serán, al ver que serán
en él injurias mayores,
pues crecerán sus martirios
tan sin número, y sin orden,
que a la Aritmética falte
lo que a su paciencia sobre.
Pero ya viene Aureliano,
como lo muestra la acorde
armonía, y alternando
hymnos, letras, y canciones
se escucha, porque así juzga
que ha de lograr mis favores
explicando sus cadencias
cuando repiten las voces
en cuya música llevan
el compás los corazones.
(Dentro Música.)
Piedad, Minerva, piedad,
y nuestras adoraciones
obedeciendo el precepto
merezcan, cuando las oyes,
ver que si los Dioses el ruego desprecian
dejan de ser Dioses.
Pues ya se acerca, y Tiresias
(Vase y después de lo que se dice dentro repite la música lo mismo)
de Minerva sacerdote
en el mismo caso pudo,
cerrarle las puertas, logre
por mis cautelas ahora
abriéndolas lo que entonces
no logró, aunque contra mí
sea, pues mi ultraje, donde
acabe, empezará el suyo
aunque mis cultos se estorben
mis holocaustos se extingan,
y se injurien mis honores.
Haré en la voz de mi estatua
los que antes fueron rigores
experimenten piedades
infundiendo sus temores
con esfuerzo que le anime
espíritu que le informe:
diciendo cuando Aureliano
llega, a sus voces mis voces.
Piedad, Minerva, piedad,
y muestras etcétera.
(Dentro la estatua sin abrir las puertas)
Tirenas, pues ya piedades
los que antes fueron rigores
experimentas, del templo
las puertas abre.
Veloces
obedecer solicitan
ese acento mis atenciones.
Piedad, Minerva.
(Sale ahora.)
(Esto se ha de hacer cantando a un tiempo, y representando de forma que se perciba todo, y con la música sale Aureliano, Flavio, Libia, y acompañamiento y Tirenas abriendo el templo. Saldrá de él, y se verá de la misma manera que al principio)
En hora buena, señor,
feliz su majestad logre
de Minerva las piedades
e inspirado de sus voces
a abrirte vengo las puertas.
Bien, Tirenas, se conoce
que a su deidad satisfacen
mis deseos, pues favores
se ven, lo que antes estragos
esperando a que se enrojezcan
con la víctima sus aras
y Mamés ofrece dócil,
si antes lo impugnó rebelde
pues es fuerza que mejore
sus influjos conociendo
que a mi respeto conformes
obedeciendo el precepto
mío, afectos se disponen;
a cuyo agradecimiento
llenando de suspensiones
el aire, dirán al aire
mis cadencias acordes
o, ya músicas se eleven
o, ya métricas se entonen.
Piedad, Minerva, piedad,
y muestras etcétera.
¿Qué dioses? cuando lo han sido
ni lo serán estas torpes
imágenes del demonio.
(Salen Canopo, y Decio y soldados trayendo a San Mamés)
¿Qué oráculo nos responde?
Mamés que aquí le traemos
como nos diste el orden.
Al verle se alegra el alma.
Él también se corresponde.
¿Qué dices? porque parece
que a estos cultos te resistes,
y a estos obsequios te opones,
cuando esperamos que seas
el primero que los apoye.
Y cómo que apoyará;
esto por mi cuenta corre,
o al asustarla verán
que se tiene con sus once,
estando firme en sus trece.
Aparte
Y echándolo todo a doce,
presto vengará mis celos
el desaire a que se expone
Eufrosina en su constancia.
¿De qué enmudeces? Responde.
Y, pues (según he sabido),
vienes a adorar los dioses,
(pues para lo que te llamo)
al sacrificio disponte
que has de ofrecer, porque juzgo
del silencio que no rompes,
que quieres, cuando lo rindo,
hacer también que lo ignore.
Aparte
Ahora logrará mi amor.
Pues ya es fuerza que hable, oye:
¿qué cautelas?, ¿qué imposturas?,
¿qué engaños?, ¿qué presunciones
te informaron a que yo
deidades falsas adore?
Los sacrificios que dices
solamente corresponden
al Dios que adorando estoy.
¿Qué Dios es el que antepones
por más verdadero, cuando
a los míos desconoces?
Cristo.
Aguarda, ¿quién es Cristo?
Verdadero Dios y hombre
que murió por mí.
¿Qué dices?
¿Deliras en tus razones?
¿Qué escucho?
Pues, ¿cómo olvidas, Mamés?
No, lo que él propone
por la mañana, parece
que se le olvida a la noche.
¿Cómo dijiste, Eufrosina?
Turbada
Señor, cuando en las prisiones...
Aparte
Ahora en su turbación
mis celos venganza tomen.
Pero no me digas nada,
pues su locura responde
por ti; que por mí dudo a un tiempo
en que claro reconoce
que el faltarle el juicio hace
ideas tan disconformes,
confundiendo los aciertos
con tal variedad de errores;
pues dice sostener
que cabe en Dios el ser hombre
y el morir, sin ver que implica
a la esencia de los dioses.
Nunca respondí más cuerdo.
A San Mamés, aparte
¿Pues tan presto desconocen
mis finezas sus engaños?
Bien conozco sus errores
pues de mi fe las verdades
creer no quieres.
En la corte,
parece que se ha criado,
señora, más que en los montes,
pues miente y finge también.
Quejas parecen.
Si pones
en obligación mis iras
del castigo, infeliz joven,
rehusando de esos delirios
indultos que te perdonen,
cuando tú mismo lo quieres
no te parezcan rigores
de mi enojo los efectos.
Si así es fuerza, que se obre
él por remedio lo pide
que cuando loco le noten
por la pena ha de ser cuerdo.
Aparte
Aun temo que se malogre
mi venganza.
Aparte a San Mamés
Mira que
a un precipicio te expones
si niegas lo que ofreciste.
Aunque mi firmeza ignores
ahora sí, y Decio verás
que la confiesas conformes.
Aparte
De Decio sin duda celos
son, y para que yo logre
desvanecer su sospecha
es de hacer: Señor, donde
estaba, es mejor volverle
hasta que le guíe el norte
de la razón y pues confirma
lo alterado de sus voces
que está sin juicio.
Bien dices.
Señor, aunque me abandones
fiando, si me das licencia
verás cómo ha de conocer
la fuerza de mis verdades.
A Tiresias y a Flavio
Para que se vea conforme
de su juicio lo permito.
Ea, di; y pues de los dioses
toca a los dos la defensa
también responder os toque.
Dinos, pues para argüirse
primero lo que propones.
Lo que yo propongo es
que Cristo, que es Dios y hombre
por Dios verdadero solo
se ha de adorar todo el orbe.
Aguarda, y verás qué presto
se ven sus contradicciones
dime primero qué entiendes
por Dios?
La causa que es sobre
todas las causas.
Muy bien.
Por ser de todas el móvil
como superior.
Espera:
di ahora lo que por hombre
entiendes?
Sea segunda,
causa que viene.
De dónde?
Procedida como efecto
de la primera, más noble
que la segunda.
Conque
si atiendo bien a su informe
de primera, y de segunda
causa, su Deidad compones?
Sí.
Pues ya estás convencido
porque al ser de Dios se opone
(por ser superior a todo)
que de partes inferiores
se forme, como lo muestra
el darle capaz de hombre
que ser inferior confiesas?
Es verdad; pero aunque tome
Dios esa parte inferior
fue, sin que por eso estorbe
su Divinidad.
Pues ¿cómo
puede entenderse así?
Oye.
No es muy fácil la respuesta.
Obligado al blando, al dulce
yugo de su amor, queriendo
que la humanidad se honre,
pudo hacerse hombre, sin que
del ser divino derogue
las preeminencias, por más
que pase a la menos noble
parte desde la sublime.
Como el sol, que aunque se copie
en el agua, están sus rayos
exentos de que se mojen;
y si pudiera por esto
degenerar, ¿no conoces
cuando a Júpiter por Dios
en tu idolatría enorme
le confiesas, que también
confiesas que se transforme
en ave, en bruto y en piedra?
Pues si estas transformaciones
no le degradan de Dios,
fundadas en amor torpe,
sobre haber la diferencia
que hay de ser bruto a ser hombre,
debes confesar que es Dios
(a pesar de tus errores)
Cristo, aunque hombre sea, pues
lo confiesas en tus dioses.
Ya es desprecio que se sufran
de ese loco los baldones
tan conocidos.
Va a querer a hablar Tiresias y le ataja Flavio.
Espera,
y verás cómo el desorden
de sus arrojos moderan
la fuerza de mis razones.
Dime, ¿por qué hombre se hizo?
Por padecer los ardores
de su amor apasionado.
¿Pues en Dios caben pasiones?
Sí, pues le costó la vida,
la que padeció.
¡Qué errores!
Ser mortal y ser pasible
en Dios, ¿no son contradicciones?
No, que en cuanto hombre murió,
y no en cuanto Dios.
Mayores
son mis dudas, pues creciendo
haces que en mis confusiones,
sucesivas unas de otras,
se encadenen, sí, eslabonen.
Si Dios es primera causa,
como dices, que pospones
al hombre como segunda,
decir que murió por hombre
Dios, es querer que domine
lo inferior a lo más noble;
pues a la Divinidad
la humanidad antepones,
pues prevalece muriendo.
En tus mismas ilaciones
está la respuesta, pues
aunque
aunque morir se supone
Dios, no es su divinidad
la que muere por más noble,
pues solo porque el exceso
de su amor padecer logre
de humano la inferior parte
tomó; porque sola al golpe
de la muerte está sujeta.
Luego bien se reconoce
que nunca dominar pudo
lo menos a lo más, donde
aun el mismo efecto muestra
que es inferior, pues dispone
por sí sola que Dios muera
sin que este defecto toque
al ser divino, porque
es inmortal, es inmoble,
es infalible, es eterno,
es inmutable, es conforme,
es constante.
Ea, calla, que estas son
sofísticas invenciones.
Por lo menos no hallarás
ningún ejemplar que apoye
que otros dioses murieron.
Ni tampoco de que conste
que no son firmes, y eternos.
Que a la muerte no se postren
natural, es evidente
pues al ser que los compone
por espíritus implica
aunque impuros son, e torpes,
pero eternamente mueren,
porque en incendios atroces
miden el tiempo que vive
Dios, en luces, y esplendores;
y en cuanto al ser inmutable
de su continuo desorden
presto veréis los efectos.
(inmútase)
La deidad que se corre
mi valor del sufrimiento.
Señor, que así te reportes
sacrifíquese, porque
su sangre esta injuria borre
que a las Deidades ofende.
Sí, y pues que se reconoce
que providente la Diosa
que se olvidase dispone
la ofrenda que un león deba
ser, porque esta fiera indócil
aun más fiera que las fieras
supla en sus aras.
Si leones
ha de haber aquí, el Demonio
que espere.
No se alborote,
ni temas.
Yo nada temo,
sino que me desabroche
el pecho, y estando abierto
del por ingenuo se informe
que tengo buenas entrañas.
Aguardáis, que los furores
de mi enojo (como suele)
desde la diestra de Jove
fulminen airados rayos.
(ap.)
Aquí debo (sin mi duda)
que los celos le apasionen
tanto que a morir se entregue?
Van a asir los soldados a S. Mamés con temor.
No temáis que esos ardores
contra vosotros fulmine
ya, por más que los arroje
como otras veces, porque
veréis, si fueron entonces
mi defensa, que ahora son
mi ruina; y si los leones
olvidando su fiereza
por sacrificios, al corte
de cuchillo se ofrecieron
también, que ya sus furores
aumentando harán estragos
siendo solo disconforme
sino el modo, la intención
al estilo.
¡Que los Dioses
permitan así su ultraje!
Y en prueba de mis razones,
porque veáis aunque ciegos
que es Cristo Dios solo, a voces
vivamente su deidad
he de hacer que lo pregone.
¿Qué intentará?
(hablando con el ídolo)
¡Oh, tú Moloch,
que en ese mármol te escondes,
en nombre del Dios que adoro
a mis acentos responde!
Habla el que hace el Demonio, y las acciones las hace la estatua enfureciéndose.
¿Qué quieres, Mamés?
Que digas
a quien las adoraciones
como a verdadero Dios
se deben?
No me provoques
a que lo diga.
Si callas
te condeno a más atroces
penas de las que padeces.
¡Qué asombro!
¡Qué confusiones!
A mi pesar te obedezco:
Cristo, a un tiempo Dios y hombre
es solo Dios verdadero.
Desciende ahora a las mansiones
infernales donde asistes,
porque vean los errores
a que persuadió tu engaño
pretendiendo que te adoren.
Húndese la estatua con terremotos y llamas, y vuelve a arrojar fuego el dragón como al principio.
¡Ay de mí!
¡Qué horror! ¡Qué pasmo!
Toda la tierra en temblores
quejarse intenta, al mirar
que se desquician los montes.
No así os venzan los encantos;
cesen vuestras suspensiones,
que esto en virtud de la magia
claramente se conoce que obra.
Sí, porque los cristianos
siempre usan supersticiones.
Bien los efectos lo muestran.
No obstante contra los Dioses
poder superior le ampara.
Aunque por la magia obre,
que
qué importa, cuando se ve
que puede más.
Chamuscóse,
porque siempre las injurias
abrasan a quien las oye.
Siempre se quema quien teme.
¿Pero en mí caben temores?
Sea magia, o no lo sea,
de esos riscos se desplomen
sobre él las montañas, veamos
cómo su Dios le socorre.
Ataja el león que baja
trepando encinas y robles
destruyendo cuanto encuentra.
Al valle.
A la selva.
Al monte.
Por fuerza
hubo de haber león también.
Penetrando el bosque
hacia donde estamos viene.
Sale el león muy furioso y se detiene así como le habla el Santo.
Detén las huellas veloces
y a los que son instrumentos
para que yo me corone
del martirio no maltrates.
Hacer fuerza que los perdone
por tu precepto, que contra
mi naturaleza torpe
me obliga a hablar, aunque solo
contra quien blasfema el nombre
de Cristo irritado vengo.
Vase el león por la puerta contraria.
Huyamos.
Nadie se asombre
de ver que haya bruto que hable
si hay ídolo que responde.
Y si tan gran maravilla
hay alguno que la note,
sepa que esto es de la historia.
No causará admiraciones
que en el mundo hay brutos que hablan,
porque se tienen por hombres.
Érase a lo que me resuelva.
¡Qué corazón no se rompe,
aunque sea de diamante,
a estas verdades!
De bronce
fuera ya tener el pecho
si de tanta luz al golpe
no se ablanda.
Esto ha de ser,
llevadle a Cesarea, donde
de las cárceles comunes
le aseguren las prisiones.
Van a prenderle los soldados con temor.
Bien podéis llegar seguros
sin que haya quien os lo estorbe.
Porque los cuatro elementos
aunque se pervierta el orden
conjurados le combatan,
desunidos le devoren,
el fuego en llamas le abrase,
el agua en ondas le ahogue,
la tierra en simas le trague
cuando el viento le sofoque,
que a mí nada me acobarda
ni de ese bruto disforme
ver que los dientes afile,
ver que las garras encorve,
ver que la melena erice,
y ver que la cola enrosque,
por más que huyendo su estrago
digan en confusas voces
los que sus rigores temen.
¡Al llano!
¡A la selva!
¡Al monte!
Vanse todos y sale el Demonio.
Ruido como de guarda.
¿Qué aguarda mi furia ardiente,
pues huyendo de mí mismo
de un abismo en otro abismo
va mi cólera impaciente,
que pueda (de ira estoy ciego)
hacer cuando me enajena
pena mayor que mi pena?
fuego mayor, que mi fuego
sí; pues si bien lo he notado
aunque es mi tormento eterno
aun más que todo el Infierno
ha sido siempre mi cuidado,
y más cuando en no lograrle
perdí el honor, y el poder,
aumentando el padecer
en lugar de mejorarle.
Pese al cielo pues me quita
lo que da su providencia;
pues si me dio la licencia,
¿por qué el poder me limita?
Cesen mis persecuciones,
pues por entibiar su gloria
cuando intenta mi malicia
buscar solo su justicia
halla su misericordia.
No siento ver ultrajados
tanto mis triunfos mayores,
injuriados mis honores,
mis ídolos derribados,
como en ansia tan crecida
como en pena tan molesta
ver que dos almas me cuesta
el contrastar una vida.
Pues por querer (¡ay de mí!)
martirizar a Mamés
solo experimento, que es
el tormento para mí.
Decio y Eufrosina son,
según voy conjeturando,
los que seguirán el bando
de Cristo en su religión.
No sé cómo no me abraso
de decirlo al dolor grave
o, mi fuego arder no sabe,
o es el ardor que paso.
Y aunque solo hay un recurso,
desconfiado lo intento.
Mas ya el acompañamiento
explica con el concurso
que viene el Emperador
con los demás a Palacio.
(retírase a un lado)
En su cólera reacio,
obstinado en su rigor
contra Mamés, que en prisiones
le han puesto ya los soldados,
porque a tormentos porfiados
se desquiten mis baldones.
En Palacio introducido,
pues mi engaño determina
prevaricar a Eufrosina,
por haberse persuadido
en sus confusos desvelos
que Mamés el no cumplir
su palabra, y a morir
exponerse es por sus celos,
que aunque a ser cristiana está
si no resuelta, inclinada,
verla en su amor empeñada
flaca esperanza me da
de que ha de dejar su intento,
que en la amorosa pasión,
peligrando el corazón,
fallece el conocimiento;
y al verla precipitada,
antes que conozca el daño,
a mi impulso y a mi engaño
ha de morir despeñada
en este espumoso abismo,
logrando por su desgracia
el agua, antes que la gracia
logre por la del Bautismo,
que así mi honor ofendido,
procurándose vengar,
quiere ver si desquitar
puede algo de lo perdido.
Y pues que veo venir
a Eufrosina de su estancia
(que para mí no hay distancia)
al paso la he de salir.
Sale Eufr.
¿Dónde, confusiones mías,
lleváis mi discurso ciego,
sin permitirme el sosiego,
con tan extrañas porfías?
¿Posible es que padecer
vea a quien amante adoro?
Aunque ofenda mi decoro,
su vida he de defender.
Piérdase todo en rigor
como yo le dé la vida,
y para que más perdida
esté, no pierda el amor;
pues rendir mis libertades
no es en mí honor vituperio,
cuando tiene tal imperio,
que domina en las deidades.
Siendo su poder mayor...
(aparte)
Esto importa divertir.
¿Quién huye no ha de seguir?
(aparte)
Desvanézcála mi error.
Pero ¿cómo en mis desvelos
a los dioses ofreció
inciensos, si lo negó?
¿Qué será la causa?
(Díjeselo al oído)
Celos.
Celos, si bien presumía
que con la continuación
de asistirle en la prisión
Decio su pasión sabría,
o, ¡quién le pudiera ver
para templar sus recelos
y de sus injustos celos
la causa desvanecer!
Ahora es tiempo.
¡Quién se vio
tan confusa!
Que en humana
forma llegue.
¿Quién tirana,
suerte, podrá hacer que.
Yo.
¿Qué oráculo ha respondido?
(Infiere ahora)
(Aparte)
Lo que he venido, señora,
a decir
que ha tomado por partido
Mamés abrazar su muerte
más que sufrir los rigores
de que otro logre favores
que pierde su infeliz suerte,
pues de Decio sabe que
blasona de ser amante.
(Aparte)
No paséis más adelante,
cierto mi discurso fue;
pues de vos tanto confía,
sepa quién sois, para que
vea si fiar podré
yo también la pena mía.
(Aparte)
Soy quien guarda su prisión,
pero su mayor amigo,
y así a servirle me obligo,
pero es por su perdición.
Pues de vos me he de valer.
Mandad, que segura estáis.
Quisiera que me pongáis
en donde le pueda ver.
¿Por qué?
Porque si le veo
templaré su afán celoso.
No será dificultoso.
Más fácil se hará el deseo.
(Aparte)
Si ella misma se despeña
poco tengo que hacer yo.
Por donde otra vez le vio
nuestro amor, dentro una peña
hay un espacio sombrío
donde un caracol se halla
que llega hasta la muralla,
línea que divide el río.
Que a invadirle se adelanta
enroscando su raudal
hecho sierpe de cristal
que besa y muerde su planta.
Por aquí a otra estancia oscura
se va, donde en diferentes
prisiones hay delincuentes:
en esta pues cárcel dura
está, después que dejó
la torre en que estuvo preso.
Por allí es fácil.
Con eso,
mi ventura se logró.
Si queréis yo os guiaré,
por no perder la ocasión,
pues es la mejor sazón
cuando anochecer se ve.
Sí, que más la luz asombra
a una pasión deslumbrada.
¿Quién del demonio guiada
no se rige por la sombra?
Guía, que mi ardiente anhelo
a seguirte va arrojado.
Entran por una puerta y salen por otra, subiendo después por una escalerilla hasta lo alto, en que habrá un lienzo de muralla, pintado un castillo como prisión.
Por lo menos el pecado
no podrá quitarme el cielo.
Subiendo.
No sé en mí qué razón
turba el juicio y el placer;
pero qué amor pudo haber
sin sustos del corazón.
O imitará a mi pesar
la causa de mi tormento,
cuando vea su escarmiento
que sube para bajar.
Ya habrán llegado arriba.
Esto es fin de la muralla.
Mejor dijeras, su fin.
Pero en todo el revellín
veo que puerta no se halla,
ni tronera ni resquicio,
que no hay salida a un horror.
¿Quién va siguiendo su amor
que no halle su precipicio?
¿Qué dices? (¡Muerte inhumana!)
Que al sepulcro te has venido.
Cómo, de trato fingido,
traidor.
(Asiéndola)
La muerte, tirana.
¡Ay de mí!
Quejas no des,
que por tu delito ciego,
sordo el cielo está a tu ruego.
¡Válgame el Dios de Mamés!
Arrójase el Demonio al mismo tiempo, y, punto, sale en lo alto un Ángel a otro lado, así como dice: ¡Válgame Dios!
Sí hará, que a nadie faltó.
Despéñase el Demonio desde la muralla, quedándose en el tablado; y el Ángel, que llevó a Eufrósina, baja, y le detiene.
Oh, pese a mi envidia fiera,
y pues del fuego la esfera
para mí solo exhaló
sus llamas eternamente,
el precipicio en mí mismo,
recibiéndome el abismo
se ejecute así.
Detente.
¿Qué intentas? ¿Qué es lo que quiere
de mí, Dios? ¿No se ha vengado?
Pues si me ha desesperado,
¿por qué me manda que espere?
(Vuela)
Lo que por mi voz te informa,
que el crédito vuelvas, es,
que le quitaste a Mamés
cuando tomaste su forma,
antes que a tu centro bajes.
Vase, y salen Decio, Canopo, y un soldado.
Ahora, ahora, furores,
hay más penas, más rigores,
más injurias, más ultrajes,
pues más que mi fuego eterno
es este dolor crecido,
pues tomara por partido
antes que él, todo el infierno.
¿No quieres verle en el fuego?
Pues no basta el haber visto
en tres lustros no cabales
tormentos tan exquisitos,
tan horribles, tan atroces,
tan...
sangrientos tan excesivos
que mirándolo los ojos
y oyéndolo los oídos,
duda la misma evidencia
si es ilusión del sentido
tanto que si he de explicarlo
como he llegado a sentirlo
baste decir que mis celos
al ver su dolor olvido,
que es cuanto puede decirse
porque a un celoso martirio
no hay venganza que lo sea,
aunque el fuego, o el cuchillo
afile voraces llamas,
encienda acerados filos.
Bien encarecido está.
No está bien encarecido,
pues hay tan grande distancia
desde el verlo al referirlo
que en la admiración no cabe,
aunque lo comprehenda el juicio.
¿No visteis todos sus miembros
a pedazos divididos
con duros peines de hierro
que a cauterios repetidos
de hachas que encendió la saña
al furor de los ministros
el fuerte de su constancia
cercaron para rendirlo
a fuego, y sangres?
¿Qué importa
señor, si luego le vimos
que sin lesión más perfecto
quedó que estaba al principio?
¿Y cómo que quedaría?
Pues ¿de qué lo has inferido?
De que con hierro, y con fuego
rizos se hacen, y es preciso
que más crespos le añadiesen
los peines, que aunque encendido
sorbió parte de el cabello
quedó un tercio pelo rizo.
Sí; pero ¿cómo olvidáis
que Aureliano enfurecido
al portento, mandó echarle
en este profundo río,
que batiendo las murallas
quiebra sus cristales limpios
con un risco en la garganta?
Es verdad; pero lo mismo
sucedió, pues de repente
salió (sin que sumergirlo
pudiese) libre a la orilla.
No, no, lo que es el chiquillo
bien puede sin calabaza
nadar.
De que suspendido
mandó volverle a la cárcel
en que con pasmo no visto
a todos los presos dio
de comer de dos distintos
manjares, pues leche, y miel
dos celestiales ministros
servían, y una paloma,
cuya blancura el sol mismo
no puede determinarla
que en vuelos, tornos, y giros
hizo que las lobregueces,
de aquel horroroso sitio,
el día fuesen envidia
al esplendiente, a el lucido
batir de sus blancas alas,
dando después compasivo
libertad a todos cuantos
estaban en su districto.
¿Sin pagar el mandamiento
de soltura?
Sí.
¿Y él?
Solo
en la prisión se quedó.
Si no pagó era preciso
el quedarse por las costas.
Viendo, pues, tantos prodigios
el Emperador, temiendo
que no usen de sus hechizos
los conjuros de su magia,
para estar más defendido
con las armas en las manos
lleva la guarda consigo;
pero no por eso deja
sus rigores.
¿Que convencido no esté?
Pues en este horno,
cuyos incendios crecidos
en piramidales llamas
hasta el cielo cristalino
sube a empañar las estrellas,
pues retrato de sí mismo
forma en humos la soberbia,
y en rayos el precipicio
manda arrojarle.
Pues, ¿qué
corazón endurecido
no ha de confesar a voces,
(si le deja hacer su oficio
a la razón) que solo es
el Dios verdadero?
Dentr.
Cristo,
es solo el Dios verdadero.
Lo que iba a decir ha dicho
esta voz.
Lo mismo el alma
me dice en callados gritos.
También decirlo quisiera,
pero temo que han de oírlo.
Sale Eufr.
Cristo es el Dios verdadero.
Señora, ¿con qué motivo
turbado el acento, torpe
el paso, descolorido el rostro,
la acción sin uso
sin reparo te has venido
hasta aquí, diciendo que
Cristo es Dios solo?
Y lo afirmo,
porque los demás son falsos.
Júpiter es de oro fino.
Necio estás.
Mas lo estás tú,
pues dime, ¿acaso no has visto
muchos que el oro es su dios?
En el corazón escrito
el nombre de Cristo guardo.
Si eso es verdad, oh Decio Primo
todo mi aborrecimiento
lo convertiré en cariño.
Así lo fuera sagrado.
¿Quieres que vuelva a decirlo?
No, que sus descuidos bastan
para los cuidados míos.
¡Ea, entregadle a las llamas!
Favorecedme, Dios mío.
¿Qué es esto?
Que han arrojado
en ese horroroso abismo
a Mamés.
¡Rara crueldad!
Que pueda Aureliano impío
no conocer que se infama,
pues es bajeza del brío
venganza de lo indefenso,
que anime lo vengativo.
Vamos donde está, aunque sea
a costa de mi peligro,
para ver si defenderle
no podemos.
Voy a lo mismo,
y no poco haré en seguirte.
Vamos.
¿Que ignore mi tío
sus portentos?
Para todos
verle obrar tales prodigios
aunque parezcan milagros
los tiene por basiliscos.
Vamos, pues que ya parece
sí, que desde aquí percibimos
el fuego.
Vamos diciendo
que el Dios verdadero es Cristo.
Descúbrese el horno, y en él S. Mamés, con mucho fuego, paseándose por el horno sin que le hiciera daño las llamas.
Dichoso quien lo confiesa
pues merecerá su auxilio.
¡Gran maravilla!
Las llamas le respetan.
Y a su dueño
de lo criado se acuerdan,
y se olvidan de lo activo.
Con todo eso no estará
gustoso.
¿Por qué lo has dicho?
Porque el que está sobre ascuas
está impaciente.
Si admiro
vuestro poder, Dios inmenso,
pueda mi labio aunque indigno
decir el cántico, que
entonaron los tres niños
de Babilonia en el horno,
y aunque igual siento el alivio
nunca merecí como ellos
verme tan favorecido.
Parece que a Dios alaban
sus voces en dulces himnos.
Cant. S. Mam.
Todas las obras de Dios
del un siglo al otro siglo
los ángeles, y los cielos,
las aguas que en el empíreo
con las virtudes están
sobre el cielo cristalino,
la luz, el sol, y la luna,
Astros, planetas, y signos,
las lluvias, exhalaciones,
calor, frío, fuego, estío,
nieves, rocíos, escarchas,
cristales, hielos, granizos,
noches, días, luz, tinieblas,
nubes, rayos encendidos,
tierra en montes, y collados,
ondas, fuentes, mares, ríos,
peces, aves, fieras, brutos,
ganados, y con los hijos
de los hombres, Israel;
sacerdotes, y ministros,
todas las almas, y más,
de los justos por más dignos,
todos los santos, y todos
los de corazón sencillo,
Ananía, y Azaría,
con Misael, su bendito
nombre ensalcen, bendiciendo
con el Padre, y con el hijo,
y el Espíritu en el alto
firmamento, con rendidos
afectos a Dios por ser
loable, glorioso, e infinito.
Dentro ruido como de venir guarda.
Ea, acabad con su vida
si al fuego se ha resistido.
Sale del horno San Mamés, presto.
Sale ahora con alabarderos soldados, y Aureliano por otro lado, y se le pone delante.
No te afanes, porque
verás tu gusto cumplido,
pues de que llega mi muerte
tengo ya secreto aviso.
¿Cómo, di, vences el fuego
si has de morir?
¡Hado esquivo!
Eso solo se reserva
de Dios a los justos juicios.
¡Qué tiranía!
Si mueres
poco importa, y si has mentido
tengo aún de hacer la prueba.
¡Soldados!
Hiérenle con las armas y cae el Santo.
¡Rigor impío!
Por las armas le pasad.
Obedecerte venimos.
Ahora, ahora amparadme,
Madre del Verbo divino,
pues muero.
Aunque satisfecho
estoy, un pasmo, un delirio
me entorpece, me desmaya
a un letargo, a un parasismo
que embargando el corazón
turba los demás sentidos,
y con ser él el que muere
yo soy solo el que no vivo,
Flavio, (¡ay de mí!) no me dejes,
con la guarda ven conmigo.
Vase el Emperador arrebatadamente.
Siempre te estoy asistiendo.
Vase.
Todos, señor, te seguimos.
Vanse.
¿Qué serpiente de la Libia,
qué tigre de Hircania herido
le indujo a tantas crueldades?
Así como cayó San Mamés, llegan Decio y Eufrasina a socorrerle.
Eufrasina, Decio, amigos,
gracias a Dios que os ha hecho
felices, pues ha querido
que sigáis su ley; y tú
dale gracias del peligro
de que te libró, Eufrasina.
Pues, ¿de qué riesgo?
Sale el Demonio con un hachón de fuego en la mano y en la otra la banda que le dio Eufrosina, cuando tomó la forma de San Mamés.
Del mío
ya cumplo lo que mandaste,
Señor, ¡qué fiero castigo!
¿Quién eres, horror que asombras?
¿Quién eres, furor temido?
Con pastillas de alquexabite
se perfuma.
El olorcillo
más es ámbar de pastuelas
que anime, o menjuí curtido.
No os extrañe ver que hoy
nuestro común enemigo
de parte exterior se ponga,
pues por precepto divino
veréis declarar verdades
a quien siempre mentiras dijo.
Arroja la banda.
Húndese el Demonio saliendo llamas.
Moradores de Cesarea
que en ceremonias y ritos
dais adoraciones falsas
al Demonio, que es el mismo
que a mí (¡que yo esto pronuncie!)
tened todos entendido
que he perseguido a Mamés
desde antes de haber nacido
hasta ahora, que de su muerte
es el término preciso
en el honor, y en la vida,
en la vida con martirios,
y en el honor, porque yo
soy el que el engaño hizo
cuando en la Torre Eufrosina
amante a buscarle vino
tomando su misma forma,
de que esta banda es testigo
que me dio; y puesto que ya
a mi pesar he cumplido,
Señor, con tu mandato,
y veo que del Imperio
baja la que en mi cabeza
puso su intacto pie invicto
a recibirle muriendo.
Las entrañas del abismo
me sepulten, pues viendo
que raya su candor limpio,
de su presencia me aparto,
de su vista me retiro.
Allá vayas, y no tornes.
¡Qué asombro!
Ya habéis oído
lo que sabe hacer, puede,
y así aguardad, que el Bautismo
de sangre a entrambos os haga,
dichosos en el martirio.
Y pues ya a mi aliento falta,
solo el último suspiro,
quedad con Dios.
Quien no rompe
su corazón será rústico.
Bien hace en morirse, pues
si viviera el pobrecito
con las tripas en la mano
anduviera siempre herido.
En la forma que le vemos.
Pero del azul zafiro
en ejércitos de rayos
volante escuadrón lucido
baja a la tierra.
Con dulces
métricos acordes himnos
mejora respiraciones
a sus acentos herido
el aire.
Tantos portentos
no caben en el guarismo.
Baja la Virgen con dos Ángeles a los lados y se pondrá adonde está el Santo en la forma que está en la estampa. Siéntese el Santo y baja la apariencia. Cantan los Ángeles, el uno trae una palma, y el otro una corona de laurel.
Logra, Mamés, el premio
imitando constante en el martirio
a la palma que nunca
el peso la ha agobiado, ni rendido.
Asciende a coronarte
de este laurel, que de tu frente es digno,
pues exento a los rayos
emblema es del ardor que has resistido.
Pues de Dios escogido
claro a la diestra de Dios Padre
el trono te previene con el hijo.
Mamés.
Señora.
Yo misma
acompañarte he querido,
porque lo que padeciste
merece todo este alivio.
El cielo y tierra os alaben,
pues tal favor aun indigno
hacéis.
Pues para que veas
lo que mereces, mi hijo
a todos los que devotos
invocaren tus auxilios,
por tu intercesión concede
cuanto le fuere pedido.
La ansia de verse mi alma
de este barro quebradizo
sale, y a tus pies la ofrezco.
(Muere.)
Con los brazos lo recibo.
Logra, Mamés, etcétera.
Asciende, etcétera.
Pues de Dios escogido, etcétera.
Súbese la apariencia con una paloma a los pies de la Virgen, en que se supone que es el alma, y cantan los Ángeles todo lo del principio en el entretanto que se sube la apariencia.
Pues una ley a entrambos
nos rige, y ya los desvíos
os dejaron, señora,
pueda mi afecto rendido
merecer,
No paséis más
adelante, porque es fino
tanto este firme amor
que así paga mi cariño
lo que os debe.
(Dale la mano.)
Y dichoso
diré dos veces que he sido.
¿Seña de cristiano hace
el casarse?
Sí, que ha sido
siempre cruz el matrimonio.
Pues cásate tú conmigo
serás cristiano también.
No quiero, caso contigo
será cruz del mal ladrón.
Y pues ya en el firmamento
es portento nuevo añadido
a sus luces, las reliquias
de este cuerpo, en lugar digno
se pongan, porque estén libres
del desprecio, y del olvido.
Y aquí tiene fin dichoso
San Mamés, si el que lo ha escrito
puede lograr el perdón,
que no merece el Víctor.
Esta comedia de San Mamés es de Don Baltasar de Funes y Villalpando
Fin.