
Veröffentlichungsdatum: 22. August 2026
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Zitiervorschlang
Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El hidalgote de Jaca. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/el-hidalgote-de-jaca.
403,
El hidalgote de Jaca =
Comedia en 3 jornadas -
Leg.º 28 / 0
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7
El Hidalgo de Jaca
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Comedia
Para las Carnestolendas. Intitulada
El hidalgote de Jaca
Personas
El hidalgote que se llama don Anselmo Calahorrilla.
Don Fausto de Rojas.
Don Pedro de Villalba, viejo.
Don Diego Calahorrilla, hijo de don Anselmo.
Lagarto, gracioso.
Un maestro de danzar.
Unos hombres.
Doña Magdalena, de armas.
Doña Gertrudis de Villalba.
Angelita.
Monguía, vejete.
Un paje que se llama...
4 enmascarados.
Un maestro de armas.
Un mozo gallego.
Jornada primera
Salen el hidalgo al uso de la montaña de Jaca con botas, y Lagarto, en diciendo dentro la primera copla, y los sacarán agarrados los cuatro enmascarados, dos a cada uno.
Paren las mulas.
No quiero.
Pues probarán el rigor
de este trabuco.
Favor
a un hidalgo
y mercadero.
Salen cuatro enmascarados trayendo agarrados a los dos.
Esto es más retirado.
A este yo aquí le ataré.
Miren vuesas mercedes que
yo no puedo ser robado.
Ya basta, si esto es matraca.
¿Pues por qué?
Porque me valgo
del privilegio de hidalgo
de las montañas de Jaca,
y jamás hubo ejemplar
que a los hombres de mi estado
nunca les hayan hallado
cosa alguna que robar.
Experimentarlo quiero,
en atándole.
Arrímanle al gañote.
Me ahoga
usted.
No sea con soga,
que hará ignominioso el lazo.
Están atando a Lagarto al otro lado.
No le hará la soga daño.
Amigo, no hay que tratar,
yo nunca me dejo atar
sino de orillos de paño.
Venga la espada.
Excusada
es, a mi ver, esta acción.
¿Por qué?
Porque en la prisión
jamás me quitan la espada;
no me dejen desarmado
de mi nobleza en el traje,
que yo hago pleito homenaje
de estarme muy bien atado.
Que ansí los brazos me tuerza.
Oh, qué graciosa porfía.
Atémosle.
Hidalguía,
aquí protesto la fuerza;
que si el cordel que me encierra
dejara mis fuerzas duchas,
yo les diera a ustedes muchas
cuchilladas de mi tierra.
2
Ya que uno y otro atado
queda, será lo mejor
ir por la ropa.
Vanse.
Señor,
muy buenos hemos quedado;
no doy por mi vida un cuarto.
¿A esto tu padre a Madrid
te envía? Y cierto es gentil
comisión.
Calla, Lagarto,
en vano el temor enseñas.
Muestra montañés valor.
¿No me estuviera mejor
estarme yo entre mis peñas?
Maldición de aquella moza
es esta.
Cesen tus quejas,
no me la nombres.
que dejas tan burlada en Zaragoza.
Eso me obligó a aceptar
de mi padre los intentos.
Pues dime, ¿yo por qué cuentos
tus culpas he de pagar?
Pero los enmascarados
vuelven.
Con temer no entiendas,
aquí hacen carnestolendas
de nosotros.
Salen los 4 y sacan unas maletas y alforjas.
¡Oh, menguados!
Las maletas despistar
podemos antes que el día
nos falte.
Con cortesía
esto haremos.
oro y plata
vestidos y ropa, a una
lo destruyen menos una
cartera de hoja de lata,
adonde en un pergamino
mi linaje con decoro
viene pintado con oro
en un árbol, como un pino.
Más vale hallar el bolsillo
pero a fe que di con él.
qué es esto.
Saca una carta cerrada.
Mucho papel
Son letras.
3
con su escribilla.
arrójala por allí
Lo que es papel vaya fuera.
Este vestido bien puedes
llevártele.
Sacan de una maleta y meten en otra.
Oyen ustedes,
cuidado con la cartera.
Solo te pido cuidado
con el bastimento.
Di, ¿tienes hambre?
Como si
me hubieran tenido atado.
Con la cartera tropiezo,
¿es esta?
Sí.
Pues, ¿qué haré
della?
Por vida de usted,
que me la cuelgue al pescuezo.
Norabuena.
Cuélgale la cartera que trae con unos cordones al pescuezo.
Haga notoria
mi hidalguía de este modo;
ustedes carguen con todo,
pues libre mi ejecutoria.
Risa causa el hidalgote.
Vamos, pues el humor se siente,
antes que pase más gente.
Venga uno y otro capote.
Quitánles las capas.
¿Aun aquesto no se escapa?
Esto es querernos matar.
Pues que no saben cortar,
sin quitarle a uno la capa.
Abríguele su hidalguía.
En sus mulas escapemos.
Allí atadas las tenemos.
¿También las mulas?
Dentro doña Magdalena.
Monguía,
detente, no te adelantes.
Dentro Monguía.
Ya, señor, me he detenido,
puesto que ya ha anochecido,
y se acercan caminantes.
Escapemos como galgos
de este sitio.
Dices bien,
no sea que con todos den.
Adiós, señores hidalgos.
Vanse dejando por allí en el suelo unas cartas.
Frescos estamos, señor.
4
por la Cruz de Calatrava
que está sobre campo azul,
en un cuartel de mis armas,
por el siglo de mi abuelo
y por vida de mi alma,
que es, más, que a no haberles dado
a estos hombres la palabra
de no desatarme con
pleito, homenaje quebrara
estos cordeles y a todos
los diera cien estocadas.
Pues yo no haré eso.
Di, ¿qué?
Ya que oigo que gente pasa,
daré unos gritos que se oigan
desde aquí hasta la montaña.
¡Ay, quién a dos infanzones,
como quien no dice nada,
desate de aquestos troncos
sin andarse por las ramas!
Dentro.
Voces lastimosas oigo,
pie a tierra, Munguía, y ata
las mulas en este sauce.
Parece mujer la que habla,
cuya voz pienso que he oído
otra vez.
Esa es fantasma,
¿qué mujer? ¿No ves que hay hombres
también con voz atiplada?
Ya están atadas las mulas.
Mas no dirás lo que trazas.
Raro valor de mujer.
Sale Manguilla de vejete de camino, y doña Magdalena con botas y espuelas en traje de hombre.
¿Quién se lamenta?
Dos almas
en pena, que sin ser locas
aquí las tienen atadas.
Señora, mira lo que haces,
que aquesta puede ser maula
de algunos ladrones que
crían aquestas celadas.
¿Quién los ató?
Unos bellacos,
pícaros degüellacaras,
y trapamaletas, que
ahora de aquí se apartan.
Y antes que vuelvan...
franquee con su navaja
los nudos destos cordeles.
¡Ah, señor!, ¿cómo no habla?
Sabed que un pleito homenaje
tiene mis manos atadas.
Ve a Don Anselmo, creyere
su criado que aguarda
en mi injuria, que de una ofensa
no tome justa venganza.
Mas mejor es agravar
con una fineza hidalga
la obligación que me tiene.
Con la corta luz escasa
de las estrellas no veo
los bultos.
Ni las palabras.
Aquí estoy.
Primero a vos
con los filos de mi espada
daré libertad.
El cielo
se lo pague.
Al camarada
desataré yo.
Primero
por un escribano vayan
que me dé fe y testimonio
que aquí ustedes me desatan,
que los hombres como yo
nunca a su homenaje faltan.
¡Hay más graciosa hidalguía!
Mi sufrimiento, ¿a qué aguarda?
Buena ocasión es aquesta
de vengarme de la causa
de mi deshonor; mas cielos,
¿quién mi cólera embaraza
con tal violencia que hace
que ya piadosa, ya osada,
la clemencia y el furor
hijos de una misma causa,
lo que provoca mi ira
sirve de escudo a mi saña?
Los desataré.
6
Desátale.
Prometo
que agora las manos atadas
tengo, que a tenerlas sueltas
desatar no me dejara.
Ya estáis libre, caballero.
No tengo mejor alhaja
aquí que aquesta cartera,
que es archivo de Simancas
de mi nobleza. Tomad,
señor hidalgo, y guardadla.
Y aunque estéis en Madrid,
antes de llegarnos,
como a mí, me buscaréis
por las señas de esa caja,
para que yo os agradezca
la merced allá en mi casa.
Y agora nos haréis el gusto,
si las mulas sufren ancas,
de llevarnos al primer
lugar, que juzgo se llama
la Alameda, que de allí
a don Pedro de Villalba
a quien voy encomendado,
un viejo que peina canas,
por más señas de mi padre
muy amigo y camarada,
a quien yo no vi en mi vida
sino firmado en sus cartas,
avisaré de la suerte
que mi hidalguía se halla
para que me envíe con qué
hacer en Madrid mi entrada,
que diz que ha de regalarme
mientras en la Corte vaya
aprendiendo a cortesano,
que esto mi padre le encarga
en una carta, que el diablo
se lleva con lo que falta.
¿Qué dice usted?
Que las mulas
son tan cosquillosas ambas
que aun no sufren de una alforja
la leve posterior carga.
7
Mejor será que los dos
desde aquí al lugar se vayan
con ellas y las envíen
aquí con un mozo para
que vamos nosotros.
Bueno.
Lindo.
¿Qué dirá la fama
de mí, si en aqueste riesgo
aquí a dos hombres dejara?
Váyanse ustedes, y hagamos
este arbitrio a la trocada.
No hay que temer el peligro,
pues por mucho tiempo guarda
al mismo puesto del riesgo
quien comete en él la infamia,
y la que nuestra piedad
empezó a ampararlas. No haya
réplica; guía, Munguía,
donde las mulas atadas
están.
En fin, ha de ser.
En el margen superior izquierdo aparecen tachadas las palabras "Idal." y "en fiandolos". Garabatos en el margen derecho.
o pasajeros de entrañas
clementes.
Sin duda,
pues
cuidado con esa alhaja,
que ella ha de ser instrumento,
que dé a tanta deuda paga.
Monguía, nuestras maletas
quita, y ahí, entre una rama
la oculta.
A fe, oh Monguía,
la su mula trae albarda.
Silla trae.
Muy malo es esto.
¿Por qué?
La silla me mata.
¿Y la albarda no?
También.
Ea, señores, ¿qué aguardan?
Vamos, si ha de ser. Cuidado.
8
con la casa.
En la posada nos veremos.
Pues adiós.
Corta perdernos falta
de aquí al lugar.
El camino bien se divisa.
Vase.
Pues vaya,
ha de ser, luego al instante
vuelven las mulas.
Éntrase con Moxigeo.
Ya tardan.
¡Quién creyera, cielos divinos,
aquesto que por mí pasa!
Si este suceso se viera
en los lances de una farsa,
quién no pusiera objeción
en mirar, así, a una dama
entrase de hombre en la oscura
greña de aquesta intrincada
maleza, y a propio móvil
de su osadía arrojada,
causa de su deshonor
y de sus ansias causa!
sin reparar en peligro
redime de la tirana
opresión de unos ladrones,
quedándose, expuesta en tanta
obscuridad, al peligro
de quien burla la amenaza,
¿quién no extrañará, al mirar
forajido de su casa
a una mujer, confiando
su custodia de la anciana
vigilancia de un criado
que ignora a qué me acompaña?
Mas no obra objeción ni haga
extrañeza si repara
el que mi suceso sepa
en quién son sus circunstancias.
Sale Munguía.
Señora, ya van los dos
en forma de encamisada
por el camino adelante;
las maletas guardadas
quedan.
¡Ay, divinos cielos!
9
Pues, ¿qué es esto? ¿Ahora desmayas?
¿Ahora temes? ¿No te dije
que sola no te quedaras
en este sitio en quien finge
un gigante cada rama?
¿No me basta acompañarte
sin saber a qué, con tanta
fidelidad que a pesar
de mi porfía recatas
del propio de quien te fías
lo que le fías y callas?
Pues mientras la bella aurora
sale consolando al alba
el tierno llanto de perlas
con su risa nacarada,
y mientras vuelven las mulas,
siéntate sobre esas pardas
peñas, que ya es tiempo que,
pues de ti hice confianza,
tu porfiada persuasión
fuerza al silencio las guardas.
La señora de don Álvaro
hice mal mullida almohada,
prorrumpe, ya que merezco
tu voz.
Pues atiende.
Siéntanse sobre dos peñascos.
Calla.
Vivía yo en Zaragoza,
tan exenta de la ufana
de esa mentida deidad,
falsamente acreditada,
que, mirándola en los ojos
una venda y unas alas
sobre los hombros con arco
y flecha, desadornada
de vestiduras, le dije
en breve aquestas palabras:
¿De qué te sirve la venda,
ciego rapaz, si te llamas
amor, o como lo eres,
que quien no mira, no ama?
Y si dices que en el oído
también introdución hallas,
mientes, que no puede amar
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que la vista la palabra,
la avisa más que la voz.
Comprende las distancias
con que puede aquel que mira
amar más que aquel que habla,
que te vendas los ojos.
¡Oh, qué ciegamente infaman
tu nombre las mismas penas
que te dicen que callan!
Mas tú, ¡ay!, no eres amor,
pues con lo mismo que vagas
te desacreditas, que
no hay amor donde hay mudanza.
Si las bates por decir
que en todas partes te hallas,
¿cómo, con las ligerezas,
acreditas la constancia?
También arco y flecha empuñas,
que inútilmente te armas,
si has de explicar la concordia
con la frase de la saña.
Desnudo vienes y feo,
que es hipocresía vana
pues finges de la verdad
la seña y no la sustancia,
esto dije a Amor apenas;
cuando apenas me avasalla
a su imperio, concluyendo
mi argumento su venganza,
pues entre cuantos cautivos
su triunfante carro arrastra,
(ya sea ira de su ceño,
ya castigo de mi rara
opinión) soy la que llora
la pena más desusada,
que hasta hoy no hallo consuelo
otra que pueda imitarla.
Y porque mejor lo veas,
escucha de mi desgracia
el principio; ya que solo
me escuchas tú, verás, clara
Estrella, crueles motivos,
que mis sucesos no extrañan.
Vivía pared en medio
(¡ay infeliz de mi casa!)
en Zaragoza un hidalgo,
14
anciano de las montañas
de Jaca, y a pocos días
de vecino la cercana
asistencia le introdujo
a la amistad que se enlaza
en el montañés y en mí,
padre con fineza hidalga,
pasábase algunas noches
a divertir la pesada
carrera con que el invierno
su negro curso dilata,
a casa, y un hijo suyo
a veces le acompañaba,
a quien tú no conociste,
ni a su padre, pues no estabas
en mi asistencia a este tiempo,
que de esta noticia atada
al hilo de este discurso
y oye atento lo que falta.
Ya con la curiosidad
de mujer, ya con la maña
de acechar, o ya con la
ambición de oír lo que hablan,
desmintiendo la cortina
de un corto retrete a causa
de no permitir mi padre
que me viesen, escuchaba
y oía yo sin ser vista
la tosca, la mal limada
conversación de dos hombres
montañeses, a quien daba
mi padre con maliciosos
motivos discreta causa
de que respondiera a una
discreción una ignorancia.
Aquí entra pues del amor
la más cruel, la más rara
venganza de que valióse
sus influxos mi arrogancia;
pues yo que libre vivía
de las saetas doradas
de su carcax, me rendí
a la más tosca, más basta
herida que ejecutó
del plomo la ira pesada
Supuesto que aquel que fue
el objeto en quien hallaba
antes solo la atención
motivos para la chanza
(pues desvaído de cuerpo
corto, que deja a la crianza
de su tierra, capotillo,
rústico, montera, abarcas,
sutil malicia, robusto
discurso, y no mala cara,
el hijo en fin del anciano
montañés) fue, también, Ana,
el que halló en mi corazón.
(O ya fuese a las instancias
de ir admitiendo sus necias
boberías como gracias;
o ya, a algunas persuasiones
que mudamente incitaban
mi curiosidad a que
pasase a ser instancia,
o influencia superior
que en tales casos agrava)
su dominio con lo raro
de no vistas circunstancias,
fue pues (repito), el que halló
en mi corazón entrada.
Y con tanta crueldad
se fue aumentando la llama
de amor que como violenta
más que ardía castigaba;
corrida mi ceguedad
vencer las estrellas trata,
pero el influjo en mí a toda
la razón predominaba.
Con que inadvertida, ¡ay, cielo!,
una noche (¡qué liviana
acción, y qué injusto fuera
que aun yo no me la culpara!)
le escribí un papel, en que
(corrida estoy) le avisaba
que una dama de gran riesgo
quería verse en mi casa
con él, dándole las señas
De una breve puerta falsa
que de su casa a la mía
facilitaba la entrada,
vino, pues, algunas noches
adonde yo disfrazada
le aguardaba de tal suerte
que nunca me vio la cara
ni supo de este suceso,
que harto fue, a ninguna criada;
porque yo misma el papel
le eché por una ventana
de mi cuarto al suyo, pues
solo la corta distancia
de un sucinto patinejo
las dos vistas separaba;
que lo indigno del suceso
me obligó a que le fiara
al silencio, pues él solo
sabe guardar las espaldas.
Una noche, pues, de aquellas
que la ociosidad pasaba
ponderando en don Anselmo
que así el hidalgo se llama,
muy ruda la persuasión
y muy viva la eficacia,
le vine a decir quién era;
cuya noticia le agrava
más el deseo de verme;
y no lo consiguió, a causa
de que, como tal traición
hacerme yo a mí intentaba,
prevención fue de mi culpa
el encubrirme la cara;
en fin me dijo al oír
que de Don Jaime de Arias
era hija, que si acaso
de la opinión se apeaba
de no casarse tenía,
yo de su nobleza hidalga
feliz unión, conociendo
la nobleza de mi casa.
No hubo menester más ruego
mi ceguedad, mi inconstancia
para obligarle, a que al otro
Que a Madrid se ausentara,
por cuya ocasión te busco,
loca, ciega, cansada,
para que un yerro a otro yerro
suceda, pues cuando, hasta
la desdicha, de porfiar
es eslabones de una trama
para encadenar los riesgos
hierro a hierro se enlazan,
pues viendo en esta ocasión,
que de Zaragoza falta
mi padre, de un escritorio
dos mil escudos y alhajas,
como joyas y sortijas
de valor, le quité para
seguir a quien de mi honor
ha sido injusto pirata.
Para eso, pues, te busqué,
porque tu prudencia anciana
me amparase, como quien
antiguo criado de casa
había sido a quien debí,
que al instante me buscaras
dos mulas, y en mi custodia
siempre hayas venido hasta
este sitio en que has salido.
Mi tragedia o mi desgracia;
pero para que ponderes
las no vistas circunstancias
de este suceso, ahora empieza
donde parece que acaba
tu admiración, cuando sepas
que este hombre que se aparta
de aquí con este criado,
que el traidor que robada
lleva a pesar de la vida
la mejor prenda del alma,
bien pudiera en este sitio
haber tomado venganza
mi brazo de mi deshonra,
pero ¿qué se remediaba
si al faltar su vida era
fuerza espirase mi fama?
Yo quiero en Madrid
ver dónde este aleve para,
que en la casa de segundijo
de don Pedro de Villalba
(que noticia que me importa
tanto) no puedo olvidarla.
Allí pediré justicia
si a lo que me debe falta
don Anselmo, o a pesar
de honor y vida, a la saña
de mis iras, mis rencores,
mis agravios y mi ansia,
ha de morir este aleve,
pues que sabe mi arrogancia,
desmintiendo femeniles
costumbres, dar a la espada
diestro manejo y más si hace
de la razón enseñanza.
Digo que absorto me deja
su suceso. Y ya no extrañan
mis reprensiones tu arrojo,
mas, ¿si se notaba en el habla,
conocídote el embozo?
No, pues siempre que le hablaba
fue a media voz, con que así
aquesa objeción se salva;
y así la fingí tan bien...
Mas ya el día se declara
y no nos vuelven las mulas,
que fuera que las cataran
también, y después de todo,
pidieran para cebada.
Aún no tardan, mas ¿no ves
por ese campo sembradas
unas cartas?
Sí, señora.
Sin duda, cuando robaban
a tu robador cayeron
en el suelo.
Levanta del suelo un pliego
Levantarlas
puedes.
Este pliego toma.
A don Pedro de Villalba,
guarde Dios, vive en la calle
de Francos, en una casa
que hace esquina al Mentidero.
Ha alzado otros papeles
Todas estas no son cartas,
sino papeles abiertos.
La curiosidad me arrastra
a abrir esta carta, pues
viene para quien aguardo,
a don Anselmo, y quizá
descubra a mi esperanza
algun alibio.
bien dizes
pues Rompo la deuil guarda
de quien indiscretamente
hazen todos Confianza.
aun entanto podraa ser
bengan las Mulas que tardan,
si la Carta es del Ydalgo
pre bengo la Carcajada.
lee Doña Ma.
Dejame soltar Señora
la Risa que Rebentara
Y oyendo estos disparates
no me Riyera
la chanza.
deja Monguia pues Ya
meda el zielo en esta Carta
Modo Con que restaurar
mi honor
Como.
Con la Rara
fizion que discurro
Dila.
Yo he de ser aquesta dama
Doña Getrudes Y hija
de Don Pedro de Villalba
que aguardando a Don Anselmo
esta.
Señora que traza.
Don Anselmo no conoze
a Don Pedro pues declara
su padre en la Carta que
el en la Montaña estaua
quando estubo en Zaragoza
Don Pedro, Y si no se engaña
mi Memoria Don Anselmo
dijo antes que se ausentara
de aquí endenantes nunca
a don Pedro vio la cara;
ni a mí tampoco, si no es
que algo repare en el habla,
pero la imposibilidad
de criarme en Madrid me aguarda.
Yo traigo dinero y joyas
para ver efectuada
mi intención; así que vengan
las mulas, pues nos aguardan
en la alameda, nosotros
de largo pasemos para
que tomando luego al punto
en Madrid decente casa,
algo lejos de la que
el sobrescrito señala
de don Pedro, salgas tú
al momento que te hayas
disfrazado a recibirle,
antes que don Pedro salga,
si acaso aviso ha tenido
por el correo.
Mañana
es viernes, conque dos días
hasta la estafeta faltan
de Zaragoza, conque
la intención verás lograda.
Dentro un gallego.
¡Arre, os diabos te leven!
Las mulas son estas; para,
mozo.
Tengo que dezir
a vosté.
Las mulas ata
y ven acá.
Nora buena.
Desde hoy mi padre te llama
Munguía, amigo.
Señora,
no miente tu confianza
pues como a tal te venero,
verás que dispongo cosas
que en un instante en Madrid,
como dinero fresco haya,
se previene uno de todo.
Sale el gallego.
Son vostedes los que aguardan
estas dos mulas.
Sí, amigo.
Por tome voste esta carta
de aquel señor que iba en corpo
con un paje de manga.
Toma la carta.
¿Carta me escribe? Veamos
qué me dice.
¿Tendrás alma
para leer dos cartas en
un palmo de tierra?
Lee.
Gracias
a Dios, llegamos con bien
nosotros y vuestras ambas
mulas a aqueste lugar;
y le pareció a mi hidalga
cortesía que era justo
que vuestras bestias llevaran
aquestos cuatro renglones
de cumplimiento a las ancas;
y en señal de que compenso
lo que os debo con la caja,
guardad aqueste papel
para obligarme a la paga.
de este mesón la alameda.
Ya irás a ver en la posada
a don Anselmo Calahorrilla,
vuestro amigo hasta las cachas.
Lo que se parece al padre
en la letra de la carta.
Aquí no hay más que aguardar.
Con esas maletas carga,
mozo, y dile a aquel hidalgo
que delante vamos para
avisar que a recebirle
aquel que le espera salga,
que en la alameda se esté
hasta que don Pedro vaya
por él en un coche; vamos.
En dejando bien atadas
las maletas. Bien merezco,
señor, un real para refrescarme.
Anda,
que allá te se pagará
tu trabajo.
Buena cara,
(Vase)
tiene a Rapagón por Dios,
que aun no le apunta la barba.
Vamos, señor.
(Vanse)
Ea, industria,
haz que un engaño te valga
de crédito a una verdad,
ya que mi desdicha es tanta
que por medio de engañosa
busco lo desagraviada.
Salen D. Pedro Getrudes, Don Fausto, y Angelilla.
aquí empieza la comedia
A explicarte un sentimiento
vengo, señora, a tu casa,
porque consiga el tormento
crecer en lo que se abrasa
con la fuerza del aliento.
Y advierte que no he venido
a desahogar mi atroz
pena, que esta vez ha sido
el repetirme la voz,
martirizarme el oído;
ahora a tu padre encontré
en la calle, y con risueño
semblante, me dijo que,
entregada a ajeno dueño,
estarías, no a mejor fe,
que te temía casada.
Me dijo que ya venía
a la posesión deseada
tu esposo, a cruel tiranía
de una pena pronunciada.
Señor don Fausto de Rojas,
meritísimo galán,
que sabe sentir del mismo
modo que desconfiar;
¿qué le importa que mi padre
quiera en la diafanidad
del viento fabricar torres,
que aun no empezadas se caen,
para pensar que no tengo
tan en mí mi libertad,
que no le asusta ninguna
proporción paternal?
¿Yo casarme con un hombre
a quien no miré jamás,
de quien las primeras vistas
las de la boda serán?
yo con un montañesote
amante de su solar,
que alegue para marido
el nombre de ganapán.
No, señor primo, yo tengo
mi gusto muy por acá.
Ya te he dicho que te quiero;
a vuestra merced mucho quiere más.
Mi doña Gertrudis bella,
mis pocos méritos dan
motivo a mi desconfianza.
¿O qué soberbia o humildad
que tiene que ver con el
merecer el regañar?
Si don Pedro de Villalba,
tu padre, me ha dicho ya
que el sábado espera carta
en que noticia le dan
de cuándo de Zaragoza
salió tu esposo.
En aguardar,
¿qué esperanza tener puede?
mi deseo.
No tendrá
ya ninguna, pues conozco
en el continuo nombrar
a mi esposo, que ha venido
vuestra merced en verdad
haciendo, oficio de cura
no, a sentir a amonestar.
Haz donaire de mi pena.
¿Y di, señor, para mal
de hacer donaire si haces
don viento de lo demás?
Lo que importa es ver el modo
con que poder estorbar
que este hombre venga a tu casa.
Eso es imposible ya.
¿Cómo imposible?
Porque
lo digo yo.
Bueno está.
Tan de parte de mi pena
te pones, que ya me das
para alivio de un ahogo
toda una imposibilidad.
Dale con ella, señora.
Señor, la función nupcial
con mi esposo venidero
ya no se puede escusar.
¿Cómo?
Pues así mi padre
me lo ha dicho.
Bueno va.
¿Y porque tu padre quiere,
quieres tú?
Ni más ni más.
¡Qué dolor!
Qué bobería.
Esto es morirme.
Qué mal.
¿Hablas de veras?
De veras.
¿Hay tal inclemencia?
Hay tal.
¡Qué martirio!
Ya el chasquito
basta.
Adiós, pues.
¿Dónde vais?
A no veros en mi vida.
Id con Dios.
A Dios quedad.
Al quererse entrar, sale don Pedro al encuentro.
¿Señor don Fausto de Rojas,
en mi casa?
¡Cielo mortal!
Ponte descoloridita
por tu vida.
Vine a dar
a doña Gertrudis,
mi señora...
¿Qué dirá?
el felice parabién
de la noticia que a dar
me llegasteis en la calle
esta mañana, y fue tal
mi regocijo que no
quise, señor, dilatar
un solo instante el venir
a cumplir con mi amistad.
ha sido bien venturoso
mi afecto, y sírvame ya.
Esta mi hija, tan unida
a mi propia voluntad,
que aun casi más que por hija
la venero por leal.
Bien consigues te mostró
seguir vuestra voluntad.
Véngome de mi don Fausto.
Y con la misma le da.
Pues ¿qué haré yo, padre mío,
en darte gusto, si, más
que padre me lisonjeas
con el nombre de galán?
Y pues que lo eres tan mío,
advierte que no podrá
el albedrío que es tuyo
rendirse a ajena amistad.
Mi albedrío entregar quieres
a ajeno dueño: haces mal
cuando en tu dominio solo.
tan acomodado está
de mi marido y mi padre.
Pues, ya si no querrás
que por casada dos veces
me castigue el tribunal.
Tú solo has de ser mi esposo;
así te quiero no más;
mas si me he de casar fuerza,
obedecerte será.
¡Oh ingrata, cómo te vengas
de mí!
Hecho un alquitrán
está don Fausto.
Hija mía,
déjate de chancear,
que antes que pasen tres días
aquí tu esposo estará.
A tu boda el señor don Fausto
nos ha de venir a honrar.
Vendré de muy buena gana,
y aquí la palabra os da
mi fe de hallarme en la boda.
De Doña Getrudes
Ya
me entendio Don fausto quiere
su Jnuenzion equibocar.
bed, que os tomo la palabra
dale manos
Como su alma estara
Y puesto que os despidias
de mi hija quando agora entrar
llegue no sera Razon
querer deteneros Mas
Venid.
ba le acompañar
Donde bais Señor
No me aueis de acompañar
dadme lizensia si quiera
que baje hasta el zaguan
Obedezeros Me toca
guarde dios Vra beldad
Señora
Vase
Yo boy de lante.
desuerte que te allaras
en mi boda
de tal suerte,
que Nunca sin mi se ara
que espera el Viejo.
entendiste
mi Jntenzion.
adiuinar
saue amor lo que le jmporta.
No benis.
Señor Ya ba.
que se le a perdido un guante
que dizes
de franchipan.
adios mi bien
El te guarde
adios
a Dios.
Vanse
que os parais
Sale el Hidalgote en cuerpo de jubón vistiéndose, Pepe, Lagarto y Monguía.
Señor don Pedro, yo en mi vida he visto
tan furioso lugar; jurado a Cristo.
Es Madrid la honra de las dos Castillas.
Cierto es que he estado yo en las Cinco Villas.
¿Cuántos coches tendrá este lugarote?
¿Quién queréis que los cuente ni los note?
Eso no extrañarás, pues allá oías
coche aquí, coche acá, todos los días.
Toma la golilla el Hidalgote, y la quiere meter por la cabeza.
La golilla, Pepico.
Aquí tropieza.
Por aquí no me cabe la cabeza.
¡Ay, mayor majadero!
¿No miráis que es pequeño este agujero?
Andad, pedid golillas
para cabezas de calahorrillas.
Mirad, esto se tuerce de este modo
para ponerse.
Yo no me acomodo.
Quisiera golilla de manera
que sin torcer de un golpe se pusiera
metiendo la cabeza sin aprieto
por aquí, en su lugar, en el pescuezo.
Yo os la pondré, veréis cómo os asienta.
Con mi pobre gaznate tened cuenta.
Pone la golilla.
Un hombre aquí, señor, hablarte trata.
Si la capa trajera, deja de lata,
ved si es algún hábito que le venía
que trae consigo toda mi hidalguía,
cuando menos.
Di que entre.
No me adiestro
con aquesta invención.
Sale el Maestro de Danza.
Señor Maestro.
¿Es usted el sastre que hizo estos calzones?
Soy Maestro de Danzar.
Dos mil blasones
contra el sastre me indignan, en efecto,
que me ha metido aquí en un bravo aprieto.
Para mi hija el traje he prevenido.
Al Maestro que también, si sois servido,
aprenderéis, porque hombres de este porte
habilidades tengan en la Corte.
El uso de armas avisado tengo.
También aquesto es excusado,
que en más armas no fundo mi desvelo
que en las que me dejaron mis abuelos.
Dancemos un poquito,
que en cuanto a aire, mi Dios sea bendito,
no me falta.
La traza es extremada.
¿Pues de pie y pierna no dice usted nada?
Vaya una licioncita.
La golilla.
Así estoy bien, dancemos en golilla.
Va Pavana.
Vaya cualquiera cosa.
Como no sea muy dificultosa.
Vuesa merced se plante.
El pie izquierdo delante.
Ya de haber aprendido eso me acuerdo,
y también por acá está el pie izquierdo.
Sí, señor,
hay más, que ahora lo vería.
Bajos los brazos, y con alegría,
el rostro siempre firme.
¿Cómo que tan tieso? Cosa de reírme.
Ni tanto, ni tampoco.
Así, alegrote,
que parezco un Nerón, si echo el capote.
El ponerse el sombrero ahora sería
menester, para hacer una cortesía.
Esa lición grande indecencia encierra,
para esto se degüellan en mi tierra.
Y aquí también. El hombre es un salvaje.
Toque usted... pero no, primero al paje
la lición tome, que yo pueda oílla,
porque quiero aprenderla por tablilla.
De don Fausto de Rojas en la casa,
¿no le di a usted lición?
Aquesto pasa.
A fe que hemos de ver lo que ha aprendido.
Señor, yo poco tiempo le he asistido.
A aqueste caballero que ha nombrado
el Maestro, pasadamente he estado
con él dos meses, y ciertas disensiones
me echaron de su casa, dos liciones
tomé en ella.
Es verdad.
Me satisface,
pero yo quiero ver cómo lo hace.
No sé más que la entrada, por mi vida.
Menos sé yo, que aun no sé la salida.
Toque usted, qué ha de ser.
De buena gana.
Veamos esta entrada de pavana.
Que no es más de esto.
Danza la entrada el paje y le mira el hidalgo.
Esta la entrada ha sido.
Pues miren que en un instante la he cogido.
Danza redículamente.
Los brazos ahora.
En eso he dado.
Saco que este pie le llevo herrado,
pero yo le emendé con brava ciencia,
ahora pies atrás, y reverencia.
Cese don Anselmo.
¡Vítor!
Si aquesto vieran, señor,
en vuestra tierra.
Pues esta
es la primera lición.
Ya volverá mi Maestro
por acá, y verá que en dos
días danzo de la misma
manera que un Ticerón.
Vendré de muy buena gana.
Mi hija en el tocador
está, conque hasta mañana
no toma lición.
Adiós.
En toda mi vida vi
tan gracioso figurón.
Vase.
Pepico, echa la capilla,
que como no hace calor,
resfriar me puedo después
de haber hecho agitación;
que aquesto de danzar mucho
hará sudar a un prior.
Tratemos, seo don Pedro...
ya que la merced de Dios
he topado en vuestra casa
de andar con cuenta y razón.
Vuesa merced en la alameda
antes de ayer me topó
en camisa como el día
que mi madre me parió.
Guiome a su casa, adonde
hallé toda prevención
debida al recibimiento
de los hombres como yo.
También mi señora doña
Jetrudes con tal primor
conmigo anda, que parece
mi doncella de labor;
puesto que aquesta mañana
un regalo me envió
de camisas, calzoncillos,
pañuelos y, a este tenor,
otras cosas que creí,
(sí, por vida de quien soy)
que era dote para que
me metiera en religión.
Y aun avisar a mi padre,
puesto que es sábado hoy,
importa, para no ser
más huésped de mogollón.
De vuestra venida la
estafeta me avisó
pasada, y es contingente
que hoy no haya carta.
Es razón
irlo a ver.
Anda, Pepico,
puesto que ya se vistió
don Anselmo, en un instante
al correo de Aragón,
y mira si para mí hay cartas.
Corriendo voy.
Vase.
Y mira que hay en Madrid
quien se llama como yo.
Para lo que sucediere
no es mala esta prevención.
Procura ser el primero
que tome cartas.
Señor.
Vase.
hacelo así.
eso no es mucho
en tan grande población.
Sale Pepe.
El maestro de armas dice,
si puede entrar.
Entre.
No,
tengo gana de reñir
ahora por amor de Dios,
que hasta mañana lo deje,
quizá estaré de otro humor.
Sale el maestro de armas.
Beso las manos de ustedes;
puntual como un reloj
he venido a la hora misma
que vuestra merced me avisó.
A este caballero mozo
ha de dar usted lición.
Yo la doy por recibida,
porque tengo por error
matarme aprendiendo, y luego
matarme el que no aprendió.
Todos aprenden, aunque
siguen aquesa opinión,
pues vaya una ida y venida,
ya que ha de ser.
Traed las dos
espadas negras que dejé
prevenidas.
Llega al paño y toma dos espadas negras.
Sí, señor.
Venga una.
Yo de aquí escapo,
pues sé que en otra ocasión
que tomó la espada negra,
mi amo descalabró
a cuantos delante estaban;
a la cocina me voy,
pues no hago otra cosa que
comer como un sabañón.
Vase.
Parta vuestra merced recto.
Embiste a cuchilladas con el maestro.
Ya parto;
y aun yendo...
Quedo, por Dios.
¿Cómo quedo? De esta suerte
mi maestro me enseñó
a batallar; si usted lo es,
defienda este coscorrón.
Dale una cuchillada.
Por Cristo que me ha rajado
la cabeza.
Pues tontón,
¿por qué venís a enseñarme
lo que os puedo enseñar yo?
¿Qué habéis hecho, don Anselmo?
Digo que tenéis razón.
Vase.
Claro es que la tengo y mucha.
Reportaos.
¿Qué rumor
es este de ruido?
Sale doña Madalena, y Lagartija.
Nada;
habiendo llegado vos
no lo hay, lo que había
de haber, aquí colación,
con el maestro de armas tuvo
no sé qué...
Ya se pasó.
Señora doña Fernández
os juro por el honor
de mi claro estirpe a quien
venero después de Dios,
que estoy tan agradecido
a aquel presente de hoy,
que juzgo que fuera corto
retorno de tal favor
traeros una coluna
del templo de Salomón.
Yo os agradezco el deseo,
pero si algo me debió
vuestro pecho, yo sabré
granjearme el galardón.
Aparte
Por la vida de don Diego
Calatrilla, mi señor
y padre, jurara que
esta era la misma voz
de la doña Madalena
que en Zaragoza quedó
dándome a mil Belzebudes,
o la de aquel que llegó
a desatarme en el campo.
¡Lo que puede la aprensión!
Siempre que la oigo hablar,
en aquesto vengo y voy.
¿En qué pensáis, don Anselmo?
En lo mal que se fió
mi galantería, cuando
a aquel que de la prisión
me sacó de los ladrones,
como ya os lo conté yo,
entregándole una caja
llenita de resplandor
de los Calatrillas.
Cuando
que venías me avisó,
dijo que a casa vendría
a buscaros.
Como no
viene, pregonarle hagamos
hoy en la Puerta del Sol.
Yo voy a hacer diligencia
de buscarle.
Y digo yo,
¿me he de estar metido en casa
todo el día?
Aguardad vos.
que ya vuelvo, que mi hija
os tendrá conversación.
Vase.
Oye, Lagarto, al instante
llegadnos dos sillas.
Llega sillas. Se sientan.
Soy
de este parecer, y en pie
se sienta mal la razón.
Ya están las sillas aquí.
¿Qué discurrirán los dos?
¿Cuánto ha que de la Montaña
vinisteis?
Habrá, en rigor,
dos meses.
¿Y vuestro padre
de qué al mío conoció?
Siendo mozos, en la guerra
de Cataluña, un pendón
siguieron en compañía
de un capitán español;
después, cuando nuestro rey
Carlos, a quien guarde Dios
mil siglos y a su divina
María Luisa, bello sol,
que se unió a España, a quien pienso
ver antes que pase hoy
o mañana, fue a jurar
nuestros fueros a Aragón,
se vieron en Zaragoza.
Y entonces estaba yo
en la Montaña, y por eso
no vi a vuestro padre, por-
que estar allá y verle acá
no era fácil. ¿No me voy
explicando?
¿Y no pensáis
casaros?
¡Yo, yo, yo, yo!
En ese punto tocáis,
pues no acabaremos hoy.
Porque me habéis de escuchar
una prolija oración
que, por ser de casamiento,
va en asonante de no.
Y no porque yo le tenga
derechamente aversión,
Página materialmente en blanco.
María Luisa, bello sol,
que alumbra a España, a quien pienso
ver antes que pase hoy
o mañana, fue a jurar
nuestros fueros a Aragón;
se vieron en Zaragoza.
Y entonces estaba yo
en la Montaña, y por esto
no vi a vuestro padre, por-
que estar allá y verle acá
no era fácil. ¿No me voy
explicando?
¿Y no pensáis casaros?
pues a no haberse casado
don Diego y doña Leonor,
mi padre y madre, de quienes
legítimamente yo
nací, para dar a toda
la Montaña resplandor,
no mereciera de hidalgo
la alta jurisdicción.
Sino por no padecer
lo que a declararos voy:
llega el día de la boda,
después de aquella pensión
del galanteo, del fasto,
del desprecio, del furor,
del vicario, del ajuste
de la capitulación.
Pásase, y dura aquel pan
que en la boda se amasó
hasta que se pone duro
en el primer sinsabor.
Éste empieza de las quejas,
a subir el escalón,
pedidos con cierto odio,
que parecer quiere amor;
sobre si vine a comer
poco después de las dos,
que, viendo que este mi hambre
puntual como el reloj
promulgando me un perpetuo
entredicho de figón;
sobre si me recogí
tarde, embocando la voz
de no andar uno de noche
con capa del capeador.
Luego entra el paso de celos
tan apretado y feroz
que es de cualquier mujer
propia Elena Calderón,
de si pasó por la calle,
de si vino, si tornó,
de si dijo algo al descuido,
o vio algo con atención,
siendo la chanza requiebro,
la cortesía primor.
Página materialmente en blanco.
de aquel achaque enfermo,
embarazada con nombre,
del fruto de bendición,
aquí entra el susto perpetuo
de lo que se le antojó.
Y de ir allá a oír misa
dio en la calle el tropezón,
después el tremendo trance.
Se oye dar gritos a dos:
de la comadre al mandar,
a la paciente al dolor.
Nace al cabo una chiquilla
cuando se espera un varón;
hace el bateo el compadre
por lo que se le rogó;
viene la elección del ama.
Yérrase al fin la elección.
Escúchase el infalible,
recién nacido clamor.
Saca los brazos al niño
con que llama, y me alcanzo
las albricias, sale el diente,
la urbanidad, galanteo,
y en la solicitación
no teniendo la rapante
consorte, vuelta un azor,
sus ojos para la malicia,
oídos para la razón,
y otras cosas que no digo.
Pues si por dicha encontró
uno con una muy limpia
hecha de un hombre escobón,
todo el día anda tras él,
sobre si se sentó
en la silla sin haberla
dado antes un refregón,
sobre el punto de la media
que es punto de deshonor,
sobre la salpicadura
y la falta del botón,
se arde aquel día la casa.
Pues digo, ¿quién me metió
a mí en meterme en aquesta
mazmorra de hoz y de coz?
No, señora, a misa tocan,
si no miente el esquilón
de aquesta iglesia vecino,
voy a encomendarme a Dios,
porque me libre y me guarde
de padecer tal prisión. Vale.
Cielos, que esto llegue a oír.
¿Qué, señora, de oírte?
Dime, Lagarto,
¿nunca tu amo tuvo amor?
Veré si este también sabe
mi desdicha.
Es un guitón;
a una dama en Zaragoza
cruelmente enamoró.
Pues, ¿cómo la dejó?
Como
le dio para ello ocasión.
¿Y la aborrece?
Del mismo modo
como la dejó.
Pero, ¿qué pregunto, cielos?
si encuentro en cada razón
mi desdicha. Pero dé
principio a mi intento. Yo,
Lagarto, también a misa
voy, quédate aquí. No voy,
sino a mirar si en la casa
de Don Pedro introduzión,
a lo pues tengo las señas
en la carta que guardo,
mi cuidado de su casa
para mirar la ocasión
de mi pesar y saber,
si espera con afición
a Don Anselmo fortuna.
Cese un rato su rigor,
Vase.
Vase.
Vase.
¿Qué fuera que esta señora
la pícara de Aguijón,
inclinándose a mi amo,
dé la avispa del amor?
Sale Don Fausto, embozado lado y por el izquierdo.
Por presto que mi cuidado
que con tal pesarme inquieta
de Aragón a la estafeta
me guió, ya se han llevado
la carta que iba a buscar
para Don Pedro.
Sale Pepe.
¿Qué ansí
me haya detinido allí
un hombre de mi lugar?
Mas a ir a buscar me aplico
la carta, pues ya he tardado.
Mas con mi amo parado
topé.
Encuéntranse.
¡Señor Jusepico!
Señor.
De modo que por
que riñó usted con Don Diego,
nuestro gentilhombre, luego
me dejó
Sí, señor,
pues solo por ratos medro.
Y ¿con quién estás ahora?
Dilo.
Una acomodadora
me llevó en casa de Don Pedro
de Villalva antes de ayer.
¿Dónde?
No me has entendido,
en casa de Don Pedro.
Que he oído,
de Villalba.
Puede ser,
esto que escuchando estoy,
¿tiene este hombre donde estás
una hija?
Sí, señor.
Y ¿dónde vas?
Yo por una carta voy
que de Zaragoza espera
mi amo.
No hay qué dudar.
Todo te lo he de contar,
señor, si tú viera[s] vieras
un hidalgo que ha venido
a su casa, te llevara[s]
la más tosca, la más rara
figura
De los que he visto
del mundo.
Y ¿ya ha llegado
el huésped que esperan?
Sí,
tan mi amo como mi
señora le han regalado
bravamente.
Muerto estoy.
Adiós, señor, que me inquieta
ir de prisa a la estafeta.
Vas en balde, porque hoy
he estado en ella y la carta
que buscas ya se han llevado.
Pues vuélvome, que he tardado.
En este portal te aparta,
que tengo que hablarte.
Di.
Su señora, Pepe mío,
es dueño de mi albedrío
y has de hacer por mí
una fineza, y advierte
que de ti me fío yo
querrás hacerla?
Pues no?
¿no es mi oficio obedecerte?
Mientras está hablando Don Fausto con Pepe sale Doña Madalena con manto.
Éntrase.
Ya las señas de la casa
tengo, mas no era aquel Pepe?
Hablando está con un hombre.
No quisiera que me viese.
Esta es la Puerta del Sol.
Según me han dicho, no puede
estar muy lejos de aquí
el Mentidero.
¿Me entiendes?
Sí, señor, ya te he entendido.
Pues primero que tú llegues
a casa, llegaré yo,
y en aquel portal de enfrente
esperaré la respuesta.
Mi lealtad os ha de obedecer.
Pues yo cierta diligencia
haré primero.
Bien puedes
ir de aquí a un poco.
Esto haré.
Vase.
Pues quédate con Dios.
Vete.
Sale Doña Madalena.
A Pepe vuelvo a buscar
para que conmigo fuere
hasta la Calle de Francos
a acompañarme.
Parece
que esta dama algún cuidado
trae.
Mas ya se fue.
Vase a ir y la detiene Don Fausto.
Hace señas que no.
Si pueden
aquí las curiosidades
pasar plaza de corteses,
os suplico me digáis
si mi hidalguía os merece
servir en algo, que no
decís, soy infeliz fuere,
pues vive el cielo que mientras
Vase Doña Madalena.
es hora para que espere;
al parecer, y seguirla
pretendo.
Vuelve a salir Doña Magdalena
Pues tras mí viene
este hombre, y de aquí la esquina
de su vista en la casa entré
que busco, pues está en ella,
y de esto podré valerme
para introducirme bien.
Entrase por la izquierda. Sale por la derecha Don Fausto.
Cielos, si los ojos mienten,
en la casa de Don Pedro
se entró la dama. Si fuese
acaso Doña Isabel,
puesto que a no hablarme y a verme
venía apresurada,
de mí huyendo de esta suerte,
es claro indicio que hace.
¡Ah, cielos! Y quién supiese
si está Don Pedro en su casa,
o el recién venido huésped,
al uno para matarle,
y al otro para temerle,
pero ya discurro cómo
entrar sin que nada piensen.
Entrase por la puerta izquierda, y salen Doña Gertrudis, Angélica y Doña Magdalena como turbada.
Como debe una señora,
el amparar las mujeres,
es nobleza, en vos será
nobleza y piedad dos veces.
Un hombre a quien aborrezco
aquí siguiéndome viene;
por huir de su porfía,
me entré aquí, si es que merece
perdón mi osadía, pido
que le deis.
¡Qué impertinentes
hombres hay! Y que haya quien,
a quien huye de esta suerte
siga, y no haga desengaños
de los que antes son desdenes!
Lo peor es que hasta esta sala
tras mí se ha entrado imprudente,
y al mirarme, de mi industria
el fingimiento se pierde;
detenedle, por señora,
que a mí me importa esconderme.
Yo lo haré. Entrate, Angélica.
al excusado retrete
de mi alcoba con aquesta
dama.
Sí haré.
Mucho os debe
mi susto; ya introducida,
venga ahora lo que viniere.
Vase por la puerta con Angélica. Sale Don Fausto.
Sin reparar en peligros
ni mirar en convenientes,
siempre a tu casa me traen,
a pesar de lo que siente
el pecho, más que el afecto,
que es quien debiera traerme,
la queja que anticipada
a mi dicha vive siempre,
presto el disfraz te has quitado
del manto, ¿de dónde vienes?
¿de prevenirle a tu esposo
será muy caseramente
las visitas, supuesto que
de su casa digno huésped,
dirás a qué llego.
que por esto sus crueles
falsedades me enviaron
a decir en un billete
que porque su padre en casa
se entrava, yo no viniesse,
disponiendo de su espacio
el digno hospedaje a verte.
Mas, ¡qué estraño la mudanza
de tu adorno, si en tan breve
espacio una voluntad,
firme, en instable convierte!
Siento que estoy escuchando
con tal paciencia evidentes
de razón, que creer me haze
que no soy la que fui siempre.
Bueno es seguir a una dama
hasta que en mi quarto se entre
con tal aliento, que aun
la fatiga no le altere.
Querer el desahogo
tan en su favor que piense
que han de pasar por leves
Mis sentimientos, Jueces,
esas frívolas disculpas
allá en las farsas se aprenden,
y si usted no es comediante,
aquí no las represente.
¿Quién le ha dicho que ha venido
a mi casa ningún huésped?
¿No encontró otros disparates
más a mano al convencerse?
¡Oh, sí que tengo razón
para que de un golpe apruebe
los intentos de mi padre!
Su falso afecto deje.
Dentro, en mi cuarto, escondida
la dama tengo, a quien viene
siguiendo con la razón
tan justa de aborrecerle.
Callaré, que no le están
bien aquí a mis altiveces
que, por averiguar culpas,
sin razones manifieste.
Salga esa dama que dices,
Lindo disparate es ese.
¡Ah, ingrata!
¡Ah, traidor!
¡Ah, falsa!
¡Oh, cauteloso!
¡Oh, aleve!
Pues de aquí no he de apartarme
hasta que lo experimente.
Sale Don Pedro con una carta.
Señor don Fausto, ¿y ustedes
aquí? Pues, ¿qué ruido es este?
Segunda vez en mi casa
os hallo, aunque diferencie
esta vez de la pasada;
pues decís, algo impaciente,
que no habéis de iros de aquí,
cuando la otra vez advierte
mi oído que os despedíais.
Yo te diré a lo que viene.
Pues prosigue.
De su engaño he de valerme.
El señor don Fausto dice
que esta mañana alegre
anuncio le dieron de
que a dos días que aquel huésped
que esperas había venido;
contento venía a verle.
Como quien desea que
nuestras bodas se celebren,
reconociendo su engaño,
desengañarle pretende
mi verdad; e imaginando
que aquí yo misterio hiciere
de negarle, me decía
en las voces que oír puedes:
"Pues de aquí no he de apartarme
hasta que lo experimente".
Así es verdad.
Pues, señor
don Fausto, ¿había de creerse
de mí que, aunque llegado
mi yerno a Madrid hubiese,
no os avisara el primero?
Hoy carta he tenido en que
su padre me avisa cómo
estará en Madrid en breve,
él y su hijo, sin duda
se han encontrado, y se vienen
juntos.
Aparte
¡Cielos! ¿Qué he escuchado?
¡Ay confusiones más crueles!
¿El paje pudo engañarme?
Todo este afecto os merece
mi buena fe.
Andad con Dios,
señor don Fausto, y creedme
de que os tengo de avisar
el primero así que lleguen.
Dios os guarde; perdonad,
señora, mis descorteses
incredulidades, pues
mi buen afecto las mueve.
No hay de qué, pero sabed
que mi verdad, lo fue siempre.
¡Ah, traidora! El cielo os guarde.
Adiós.
al paño
Adiós. Quedaréme
a esperar el paje en
aquese portal de enfrente,
para salir de este caos
que tan confuso me tiene.
Vase
No quisiera que mi padre
aquí aquesta mujer viese.
Hija, yo quiero llegarme
en casa de nuestro pariente
don Gil, para que su coche
aquesta tarde me preste,
que llegarme a la alameda
quiero para ver si vienen
nuestros huéspedes.
Dichosa
soy si se ausenta, de suerte
que el padre viene también
con el hijo.
Un accidente
de harta importancia me dice
que a este viaje le mueve.
Yo no sé qué pueda ser.
Aparte
¡Pluguiera al cielo que fuese
a estorbar la boda, pero
mi repugnancia, ¿qué temer?
Adiós, hija, que don Gil
y yo veremos en breve
si los hallamos.
Vase
¡Cielos,
a entrambos con bien os lleve!
Angelilla, no veo la ora
de que esta muger saliere.
Ya vamos, señora.
Salen Angelilla y doña Magdalena.
Para
ver si mis zelos crueles
averiguo.
No quisiera
que por mi causa tuviereis
disgusto con vuestro padre,
pues en el espacio breve
que adentro he estado me ha dicho
la criada quanto puede
desear saver mi pecho.
No será bien detenerme.
Pues que de mí os amparasteis,
ya será razón que intente
saver quién sois.
Ya, señora,
mientras me acompañó en este
retiro vuestra criada,
le dixe a ella lo que quiere
saver vuestra voluntad.
Aora la merced hazedme
que sobre la reziuida
será añadirme otra; creed
de que aquí no me detenga
que mayor riesgo previene
mi detención en mi casa
que el que pudo sucederme.
Déxala ir, que ya me ha dicho
su vida y milagros.
¿Quieres
que de la traidora causa
de mis zelos, no me vengue?
Vase.
Señora, yo os buscaré.
Guardeos Dios.
Deteneos.
Fuese.
Pues yo tengo de seguirla
aunque la vida me cueste.
Mi padre no ha de venir
hasta muy tarde; prevenme
una basquiña y un manto
suyo al instante.
¿Qué intentas
tal cosa?
Ponte tú otro.
primero que se aleje,
vamos, que por el camino
me dirás cuanto supieres,
pues andar yo voy por todo.
Aprisa.
Vase.
Como un cohete.
Hace que se asoma por los paños.
Aun no ha salido a la calle
la dama.
Sale Angelilla con los mantos y las basquiñas.
Aquí juntos tienes
los trastos.
Pues daca aprisa.
Ecce basquiña, manto ecce.
Despacha.
No puedo más, y
plántome, amo.
Vase.
Tú puedes
cerrar.
Vanse por la puerta derecha y sale Pepe al lado izquierdo.
Vamos, que a venir
voy más guapa que la muerte.
No hay nadie en casa, y previene
mi industria estarse a un umbral,
por si acaso a aquel portal,
como me lo dijo, viene
don Fausto, mi amo, pasado
para decirle que no
está en casa mi ama, y yo
no pude darla el recado
que me mandó. ¿Quién creyera
cuanto me llegó a decir,
que de su casa a servir
a su dama me saliera?
Gravemente me callo
en casa este galanteo,
pero al hidalgote veo
que ya llega.
Sale el Hidalgo con un rosario grande en la mano.
¿Qué hora dio, Pepico?
Las tres son ya.
Van las horas como galgos.
¿Oyes? Dizque los hidalgos
ahora comen por acá.
Sí, señor.
Esto ha de ser
por fuerza, porque si no
ahora no tuviera yo
tanta gana de comer.
Sale doña Margarita tapada por la puerta derecha.
En casa quisiera entrar,
y don Anselmo a la puerta
está.
¡Pepe, bravo ruido!
hice a entrar en la iglesia.
Allí una dama tapada
se ha parado.
¡Mas que es ella!
¿Cuál?
Una que me miraba
y se veía por más señas.
Anda, dila de mi parte
si quiere algo.
Norabuena.
Al paño de enmedio don Fausto.
Esperando estaba al pase,
cuando miré que la mesma
dama que seguí, salió
de en cas de don Pedro, y llega.
Mi sospecha la ha seguido
por averiguar quién sea;
allí se paró, y es Pepe
el que a hablar llega con ella.
Señora, aquel caballero
que está al umbral de su puerta
dice...
Descúbrese a Pepe.
Mira que soy yo,
Pepe, y aquí no quisiera
que me viese don Anselmo.
Pues eso no te dé pena,
entraste en casa tapada
y luego harás la deshecha.
bien has dicho.
Pues, señora,
en hablándole yo, entra.
Vuélvese con el hidalgo
¿Qué te ha dicho?
Que en tu casa
te quiere hablar.
¿Qué me cuentas?
Si será aquel el hidalgo
que el paje me dijo fuera.
Confesaré que la traza
es de un hombre de su tierra;
pero la dama se ha entrado
en su casa.
Entrase doña Magdalena en su casa y, al entrar, le hace el hidalgo una gran reverencia
¿Fue bien hecha
la reverencia, Pepico?
Lindamente.
Yo la escuela
de danzar va aprovechando.
Yo allá me emboco tras ella.
¡Hola! ¿Si doña Gertrudis
llevara bien esto?
Vase a entrar y vuelve
Cuerda.
Disimulará.
Al paño doña Gertrudis y Ángela tapadas
Señora,
la dama se entró en aquella
casa, porque yo a lo lejos,
sin que de vista la pierda,
lo vi.
Y don Fausto, enemigo,
que la siguió, allí se espera.
Estate en esta puerta.
Pepe, parece indecencia
hacer aguardar las damas.
Tomé vuelo.
Entrase en su casa
Pepe, espera.
Señor, ¿cómo no has venido
donde me dijiste?
Buena
flema gastas, ¿dónde había
de venir?
Mi casa es esta.
¿Cómo tu casa?
Aquí vive
don Pedro, mi señor.
Estas
cosas me han de volver loco.
¿Y el hidalgo el que entra
en ella?
que ha venido de Aragón.
Aparte
Ya he dado en lo que esto sea:
don Pedro Villalva tuvo
aquesta casa dispuesta
para hospedar a este hombre,
sin duda por la decencia
de no tenerle en su casa
mientras que la boda llega,
y niega cómo ha llegado
hasta ver si se concierta.
¿Qué te suspendes, señor?
¿Quién aquesa dama era
que en casa entró?
Mi señora
doña Gertrudis.
La lengua
suspende, ¡cielos divinos!
Cierta salió mi sospecha.
¿Qué aguardo, que allá no entro,
donde mi cólera ciega
vengue de una vez mis celos
aunque de una vez se pierda
todo? ¡Ah, traidora, y qué bien
supiste hacer la deshecha
en tu casa!
¿Dónde vas?
Voy a vengar una ofensa.
Tras él voy.
Entrase en la casa. Vase
¿No ves, señora,
cómo allá también se entra
don Fausto?
Mira el traidor
cómo se ha entrado tras ella.
¡Oh, quién hubiera escuchado
lo que al paje habló!
¿Qué esperas,
señora? Entremos allá
y ande la marimorena.
Bien dices.
Desde la sala
pasemos a la azotea.
Entranse en la casa y sale por la otra puerta doña Magdalena y después el hidalgo
Pues ya me quité el disfraz,
disimule.
No quisiera
preguntaros si habéis visto
entrar en aquesta pieza
una señora tapada,
porque bien no pareciera
hablar con vos de estas cosas.
¿Tapada aquí?
No, cubierta;
venía toda con manto.
Cierto que me hace extrañeza
que eso me digáis.
Por eso
deciroslo no quisiera.
Sale don Fausto por la otra puerta
Tomé arrojo.
¿Qué buscáis,
caballero? Pensé que ella
era, por vida de mi alma.
No os busco a vos.
¿Que la ciega
molestia de aqueste hombre
me siga de esta manera?
Pues aquí doña Gertrudis
no está.
¿No dais más respuesta?
Aparte
Sabré qué decir. Un paje
por una súbita contienda
de mi casa se salió;
me han dicho que está en la vuestra;
me hace falta, si es acaso
que a vos no os la hace, quisiera
restituirle a mi casa.
Señor mío, la respuesta
os dará el señor don Pedro
de Villalva, que me hospeda
en esta casa; volved
luego, porque ahora está fuera,
y mientras estas y estotras,
voy a ver si la vergüenza
ha escondido aquella dama
en alguna de estas piezas.
Vase
Caballero, yo os suplico
que antes que mi padre venga
os vayáis.
Cielos, es encanto
el que pasa por mi idea.
Salen tapadas doña Gertrudis y Ángela
Venga ahora, ingrato amante,
sus traiciones, tus cautelas,
mira si sabe mi agravio
conseguirse la experiencia.
¿Quién eres, mujer?
Descúbrese
Yo soy;
niega ahora, aleve, niega
que siguiendo aquesta dama
fuistes a mi casa mesma,
y ahora vienes a la suya.
O si no, dígalo ella,
que me contó desde cuando
vuesazed, la galantea.
Yo nunca a esta dama he visto.
Ingrata, traidora, fiera,
vienes tú a ver a esta casa
a aquel que ha de ser (¡qué penas!)
tu esposo, y con mis agravios
das color a tus cautelas.
¡Cielos! Sin duda ha savido
cómo don Anselmo en esta
casa está, y furiosa viene
a ver al que ser espera su esposo,
aunque su criada
me dixo el que le aborrezca.
Sale el hidalgo.
A doña Jerónima.
Por Dios que no la he topado.
Pero, ¿qué miro? Una de éstas
es la dama a quien yo busco,
y no ha de ser la más fea.
Ríase vusted para ver
si es la que estava en la iglesia.
No sé lo que me dezís,
cavallero.
Buena es essa.
Mucho estraño que una dama
de vuestro porte tan ciega
esté, que en agena casa
use de estas indecencias.
porque si ese cavallero
dixe que me siguió, hera
porque le tuve por otro
que me sigue, desvanézcase
y no soy tampoco vana
yo, reyna, y conzintiera
pedir zelos a mi amante
aquí en mi misma presenzia.
¿Quién es la que pide zelos
aquí?
Essa dama.
Sale Pepe.
No es esta
la que vi que no tenía
cara de zelosa aquella.
¿Oyen vustedes lo que
defiende aquí con la lengua
esta dama? Yo sustento
con esta, ya allá fuera,
una de estas dos señoras
que tiene manto es la mesma
con quien mi paje ablo, y quiero
saver lo que se me ordena.
¡Ola, Pepe!
¿Qué me mandas?
¿Quál dequestas damas hera
con la que ablaste.
A don Fausto.
Señor,
tenía la cara cubierta
quando la ablé, y inposible
es aora conozerla.
Señor, aquélla es mi ama
doña Getrudes.
¿Quál de estas?
La que está sin manto allí.
¡Cielos! ¿Qué quimera es esta?
Aquí ay grande engaño.
Sale Lázaro.
¡Oa!
Don Pedro por la escalera
de Villalva sube.
¡Ay, cielos!
¡Mi padre aquí! Yo soy muerta.
Túpanse.
Y yo molida.
Señora,
aora cobrar la deuda
espero que me devéis.
Dezidme por dónde puedo
salir.
¿De don Pedro huye,
señora, y os amedrenta?
No le temáis, porque el viejo
es manso como una dueña.
Prezisso será anpararos
aunque vuestras rixas necias
ajado ayan mi respecto.
Que me perdonéis os ruega
mi temor.
Este es Monguía
y ella que es su padre piensa.
¿Qué dezís?
Guíala, Pepe,
por la escalera secretta
a la puerta falsa.
Vanse las dos con Pepe.
El zielo
os guarde.
Señora, aprissa.
Porque se ausentaran hize
de mis enojos clemenzia.
A acompañarlas iré.
Vuesamerced se detenga,
que se entiende acompañarlas
es fázil.
Pues, ¿qué os altera?
El pesar que aquella dama
es la que me vio en la yglesia;
porque aunque aquí claramente
me ha dicho ella que no es ella,
basta, el pensamiento que
se me ha puesto en la cabeza
de que ella es, y aun el mentir
es razón que no consienta.
Valedme, de celos muero,
mas yo vengaré mi ofensa.
Sale Monsur.
¿Qué ruido es este en mi cuarto?
Pareció ya la cantera,
señor don Pedro Villalba.
Don Pedro, este hombre, o pierda
el entendimiento, harán
aquestas cosas.
Que vuelva
a su casa le suplico,
este caballero intenta,
que se salió de la suya
dice para entrarse en esta.
Está tan bien empleado
que aunque menester le hubiera,
mucho le solicitara
yo mismo esta conveniencia,
y así me vuelvo contento.
¿Se alza usted de la querella?
Sí, señor.
Oye, Cuarzo,
y si no, lo mismo fuera,
o anduviéramos a cloques.
Aquesto es otra materia,
si supiera yo...
Señor,
idos, muy enhorabuena.
Por vos lo haré; yo he de ver
cómo el Hidalgo pelea.
Pues adiós.
Al paño.
Mientras esto están hablando en secreto.
Confuso voy,
al ver que este engaño sea
tan en mi favor, aunque
ver aquí a fraudes de ella
me dé la muerte; mas cielos,
¿qué les obligará a que sea
aqueste viejo don Pedro
de Villalba, y que su misma
hija finja ser también
aquesta dama, y que tengan
aquí al forastero? Esto
algún gran misterio encierra,
mas yo lo sabré y después
sacar a campaña intenta
mi cólera al Hidalgote
para vengar dos ofensas.
Vase.
Mas que se fue el señorito
criáis aquellas malas entrañas.
Hijos, a comer entremos,
porque son las cuatro y media;
yo pasco, como y bebo,
si esto dura es brava fiesta.
Hora es que la comida
nos podrá servir de cena;
ven, Lagarto.
Ya te sigo.
Vanse los dos.
Monsur, ya ha dado en tierra
nuestra industria.
¿Cómo así?
Como ha estado aquí la misma
hija de don Pedro.
¿Cuándo?
Ahora mismo.
¿Quién la fuerza
a venir aquí?
Sus celos.
¿Pues ha sabido quién seas?
No.
¿Pues qué temes, señora?
Yo te lo diré allá fuera.
Vamos que se enfría el caldo.
Ven.
Vanse.
Señora, nada temas,
deja el enredo correr
hasta que abajo se venga
de maduro, que será
el fin de aquesta comedia.
Fin de la segunda jornada.
Página materialmente en blanco.
Salen doña Juana y Angelilla con mantos.
Puesto que ya ha anochecido,
Ángela, a casa volvamos.
Presto, quítame este manto,
que muerta de susto vengo.
Quítanse los mantos y bajan.
¿Qué fuera que tu futuro
novio fuese el majadero
que allí estaba? Pues las señas
en nada le desmintieron.
Ir allí mi padre, fuerza
era que algo fuese, pero
ya había de haber llegado
y vestídose de negro;
no es posible.
Si don Fausto
dispuso aquel embeleco
para obligar a ausentarte
de allí...
Bien puede ser esto;
enciende luces aprisa
y sácalas.
Voy corriendo.
¡Ah, traidores, quién os cree!
¡Quemados sean todos ellos!
Entrase Angelilla y sale don Fausto.
Ahora, ingrata Margarita,
a satisfacerte vengo.
porque mi satisfación
de más delito a tu yerro.
Dime, aleve, si en la casa
de aquella dama te encuentras
a quien veniste a la mía
esta mañana siguiendo,
por más que, disimulada,
intento desvanecerlo,
¿qué satisfación intentas
darme, sino ir añadiendo
con sofísticas razones
fuerzas a mis argumentos?
Vete, aleve, que mi padre
quizá me viene siguiendo.
¿No era tu padre el que allí
entró con su nombre mesmo?
No, luego el nombrarle allí
fue tirano fingimiento
(para obligar a ausentarme)
suyo y de tu aleve dueño;
pues ya supo esta mañana
quién soy de Angelilla.
¡Cielos!
¿Me harás perder?
dentro
Para, para.
sale con luces Angelilla
Tu padre ha llegado, pero
cierto está aquí.
¿Qué he de hacer?
Huir.
No puede ser esto,
que está arrimado a la puerta
el coche y ya van saliendo
los que en él vienen.
Preciso
ha de ser el esconderos
detrás de aquesta cortina.
dentro
Baja aquí unas luces presto, Angelilla.
Triste y turbada.
dentro
¿No oyes?
vase con las luces
Ya, señor, las llevo.
¿De dónde viene tu padre
en coche?
Tuvo en un pliego
aviso de que venían
sus huéspedes y por ellos
fue, y ya sin duda los trae.
¡Qué encanto es aqueste, cielos!
Si está el montañés en la
casa donde yo te encuentro,
que sin duda fuiste a verle
y lo paliaron sus celos,
¿cómo así engañarme intentas?
otra vez.
Ya van subiendo;
escóndete.
Escóndese Fausto a la puerta derecha y salen don Pedro y don Diego Calzorilla vestido de montañés.
Sí haré, para
averiguar tus enredos.
Haz, Angelilla, que metan
por allá en ese aposento
esta ropa.
Seas bien
venido.
Señor don Diego,
esta es Leandra, mi hija.
Sois muy hermosa, y por cierto
que si por vos se ha perdido
mi hijo, muy bien ha hecho.
Mas, señor don Pedro, no
me he de quitar del pellejo
cuanto a cuestas traiga, hasta
que parezca don Anselmo.
Tres días ha que ha llegado,
porque antes me lo dijeron
en la alameda por señas,
que allí le enviaron en cueros
unos malos hombres que
le robaron; veis en esto,
porque después que le tope
que buscar otro sujeto
me falta, y lo haré, porque es
esta comisión de un muerto.
Como al salir a buscaros
os pude encontrar tan presto,
¿todo se os ha ido en planto
por vuestro hijo, y de vuestros
motivos no me dais cuenta
de venir a Madrid?
Luego
hablaremos; a buscar
vamos al muchacho.
Cierto
es ya que aquel montañés
es su hijo.
Sí, callemos.
Miren si fue mi sospecha
cierta, y Leandra a verlo
fue a su casa cuando pudo
saber su venida, pero
yo me vengaré de todo,
puesto que en los Recoletos
mañana a las siete y media
le he escrito ya que le espero,
que aquel montañés el hijo
es de este hombre.
¿No podremos,
señor don Pedro, enviar
a buscar un pregonero
Tan majadero es el padre
como el hijo.
Poco menos.
A estas horas, y en Madrid,
dificultoso lo veo
poder hallar vuestro hijo.
A mañana lo dejemos.
¿Qué es mañana? Hasta toparle
en mesa no como, en lecho
no duermo, ni aquestas barbas
me llega a rapar barbero.
Ya he dado en quien pueda ser
que sepa dél.
Pues volvedlo
a pedir, si lo habéis dado,
que nos lo dirá.
Yo tengo
un amigo que su padre
lo fue mío muy estrecho,
este es don Fausto de Rojas.
A fe que no está muy lejos.
Hoy vino a decirme que
le habían dicho por muy cierto
que vuestro hijo había venido
dos días había.
Con invento
he de lograr hablar
Sálese de adonde está, y métese en la puerta por donde salieron.
de aquí donde estoy a un tiempo.
¿No podríamos llamar
aquí aquese caballero?
Sale don Fausto.
Es ya tan tarde que no
sé cómo lo hagamos.
Viendo
al pasar a vuestra puerta
un coche y que estaba el cochero
sacándole muchos trastos
de viaje, mi deseo
me pronosticó que habrán
ya llegado, señor, vuestros
huéspedes.
Señor don Fausto
de Rojas, a qué buen tiempo
venís.
¿Es este el hidalgo
de quien hablabais?
El mesmo.
La invención para salir,
a fe que la pesco al vuelo.
Antes que se nos olvide,
señor mío, aquí queremos
que me digáis quién os dijo
que mi hijo don Anselmo
Calzorilla a Madrid...
había llegado bueno.
Vengaréme de esta ingrata
aquí a pesar del incendio
que me abrasa.
¿Qué dirá
Don Fausto?
Ahora lo veremos.
Haciendo memoria estoy,
y de quién fue no me acuerdo,
quién me lo dijo.
¡Famoso!
Hemos quedado por cierto,
esto y lo de la escopeta
colgada a un clavo es lo mesmo;
vamos, señor, a buscarle.
Tened, que yo me prefiero
a saber de vuestro hijo,
y traérosle yo mesmo
a vuestra casa.
¡Ah, enemigo!
Cómo de tu falso pecho
muestra lo ingrato del modo
que me estás aborreciendo.
Pues si esto es así, quietos
por esta noche, Don Diego,
que el señor Don Fausto hará
con toda amistad y celo
mañana la diligencia.
¿De verdad?
Yo os lo prometo,
después que reñido hubiere
con él en los Recoletos.
Mirad que en la confianza
vuestra aquesta noche duermo;
ved bien si lo habéis de hacer,
porque me estaré despierto.
Perded cuidado.
Id con Dios.
Angelilla, alumbra presto
al señor Don Fausto.
toma una luz
Voy.
Porque sé que le grangeo
con esto a Doña Leonor,
mi señora, a un mismo tiempo
la respiración al susto
y la presteza al contento.
¡Oh, bien haya vuestra vida!
Que al fin sabéis entenderlo.
Yo de mi parte os estimo,
señor Don Fausto, este afecto;
id con Dios.
No voy con vos
por quedarme con Don Diego;
ve, Angelilla.
Son conmigo
en vano los cumplimientos.
Venid, señor.
estarán hablando los dos viejos
¡Ah, tirana!
¡Oh, aleve!
¡Oh, ingrata!
¡Oh, fiero!
¿Qué decís?
Vanse
Se está, señor,
de mi ama despidiendo.
Ya es hora que a descansar,
Don Diego, entréis.
No me acuesto
jamás hasta media noche.
Pues venid y cenaremos.
Pie no he de meter en cama
hasta que parezca Anselmo.
Mañana parecerá.
Bueno será entretenernos
en algo hasta que amanezca.
¿Sabéis jugar a los cientos?
No, señor, en la montaña
entretenernos solemos
a un juego de más primor.
Quizá podré yo saberlo,
qué juego es.
A la taba,
y se juega buen dinero.
Ese acá es juego de niños.
Pues allá es juego de viejos.
No me diréis, pues es fuerza
haber de gastar el tiempo
en conversar esta noche,
cuál el principal intento
es que así a Madrid os trae
tan de repente.
Dirélo.
Un vecino de mi casa,
muy hombre de bien por cierto,
si de una gran pesadumbre
no se hubiera el triste muerto,
Don Jaime de Sousa es su nombre,
téngale Dios en el cielo,
tenía una hija que
tomó las de Villadiego
y de su casa se huyó,
y el pobre se murió desto,
y hízome albacea suyo,
dejóme en su testamento
por vecino y por amigo,
mandado que como cuerdo
tómase a cuenta su honor,
buena comisión, por cierto.
Antes de morir me dijo,
que después no pudo hacerlo,
que ella sin duda a Madrid
se venía y que dinero,
letras, tenía prontos
para ir en su seguimiento.
Murióse a más no poder
y yo así que vide aquello,
de una vía dos mandados
quise hacer viniendo a veros
y viniéndome a buscar
a esta señorita; pero
la tengo que buscar do...
Y es lo peor de todo esto
que a la tal no la conozco,
ni jamás la vide el pelo,
que su padre que murió
era tan celoso en extremo
que, si él no lo fuera tanto,
no se hubiera muerto de eso.
Su nombre solo me dijo,
que en un librito lo tengo
de memorias, por si no
se olvide; esto no es más de esto.
Mas no habrá reparado
que vuestra hija estaba oyendo
estas cosas, y podría
ser la diesen mal ejemplo.
Pues venid a vuestro cuarto,
que allí despacio hablaremos.
Y digo, el doctor Fausto, ¿es cosa
que hará algo de provecho?
No desconfiéis, que es el
mayor amigo que tengo.
Mucho se tarda Angelilla.
Ya sube.
Pues allá entremos.
Síguenos, Juana.
Mi
nuera tiene bravo gesto.
Entranse los 2 y sale Angelilla y la señora
Dime, ¿en qué te has detenido?
¿Fueronse ya?
Ya se fueron.
Dice don Fausto, señora,
que te diga que muriendo
va, y que no te ha de ver
sin resucitar primero,
que él ha de ser, a pesar
de su amor, el instrumento
para que tu montañés...
hombre de allende los tiempos
venga a tu casa, porque
a ti te quita con esto
el cuidado de buscarle
segunda vez, y todo esto
con su sollocito al canto,
con su lagrimón a trechos,
con su suspiro en arpón,
con su «¡ay de mí, que me muero!»
con que se va tu don Fausto,
infausto, triste y perplejo.
Ven, Angelilla, si él quiere,
a todo pondrá remedio,
porque los hombres grangean
su alivio con su tormento.
Vanse y sale Lagarto con luces
Para mi amo un papel
hoy cierto hidalgo me dio,
pero con mi amo yo
siempre fui criado fiel.
En el modillo del brío
que el tal hidalgo traía,
luego pensé que sería
papel de desafío;
abrile con brava gana
y decía el tal billete:
si bien me acuerdo a las siete
y media de la mañana
se vaya a los Recoletos,
que allí esperándole estoy.
Mas en esta ocasión soy
de los criados secretos.
Yo a mi amo le había de dar,
con osadía alevosa,
en un papel una cosa
que le podía matar;
hacer tal traición no quiero;
rompí el papel con bravo arte,
y mañana que se harte
de esperarle el majadero.
Salen doña Magdalena y Mosquito.
Lagarto, vete allá fuera,
que quiero a mi padre hablar.
Si me enviaras a cenar,
de mejor gana me fuera.
Todo se andará, Lagarto.
A irme con mi amo me aplico.
Rezando está con Pepilla
a coros allá en su cuarto
el rosario.
Iréme allá.
Vete, pues.
Vase.
Bien me parece.
Pues ya mi industria fenece,
Mosquito, escúchame a mí.
Ya te dije cómo aquí
la hija de don Pedro estuvo,
porque ella sin duda tuvo
noticias, ¡cómo, ay de mí!,
don Anselmo aquí engañado
está; y aunque su criada,
de mi pregunta obligada,
me dijo que ha repugnado
su ama este casamiento,
lo curioso de mujer
aquí la pudo traer;
pues aunque finjo otro intento,
a él nunca me persuadí;
porque el hombre que fingió
que a ella la quería, no
había de seguirme a mí,
ni ir hasta su misma casa,
entrarse tras mí, atrevido;
que está aquí ya se ha sabido,
don Anselmo; y pues se abrasa
mi pecho en tal confusión,
yo he encontrado fácil medio
para que tenga remedio
el restaurar mi opinión.
mañana le he de citar
a una parte recatada,
adonde yo disfrazada
con él me he de declarar,
diciéndole que he venido
siempre del manto tapada,
ciega, ofendida y airada
a cobrar mi honor perdido;
diréle del modo que
con valerosas acciones
de las crueles prisiones
de unos lazos le saqué,
puesto que con la cartera
y el papel que me escribió
cuando me restituyó
las mulas, mi pena fiera
se podrá acordar ansí
que yo a riesgo de mi vida
le libré y que la ofendida
de su alevosía fui.
Yo de Pepe he de fiar
que le diga que la dama
que otra carta de su fama
en casa le quiso hablar,
mirando que no ha logrado
de su intento los efectos,
mañana en los Recoletos
a las ocho le he citado;
remedié así mi desgracia,
y este puesto elijo ya,
porque es el que cerca está
del Caballero de Gracia,
donde vivimos, y por
que es sitio más apartado
donde siempre se han tratado
lances de duelos y amor.
Mi intento es examinar
de su invención lo que quiere,
y diga lo que dijere,
después le has de declarar
tú a don Anselmo el intento
con que a tu casa ha venido,
y que su invención ha sido
efectuar el casamiento
con él y su hija amada,
porque vea una afligida
y apremiada, o ya elegida,
una opinión restaurada;
no permita la inclemencia
que restaurado no esté
mi honor cuando me halle de
mi padre la diligencia.
Pepillo sale.
Entretén
a don Anselmo.
A ello voy.
Vase, y sale Pepe.
Pepe.
Despidiendo estoy,
señora, el postrer amén.
Oye, antes que salga el amo;
un recado de una dama
le has de dar, aunque mi fama
corra peligro.
Ay, llamo.
¿Recado de dama?
Sí,
yo he menester que mañana
esté a hora muy temprana
en los Recoletos.
Di,
¿qué he de decirle?
Que aquella
dama que hoy en misa vio
y después contigo habló,
ya que no pudo él con ella
verse, a las ocho sin falta
le espera allá.
Yo lo haré.
Pepe, de ti me fié.
Mi fe a mi lealtad esmalta.
Pues mira que no le digas
que soy yo.
Me haces ultraje
a la profesión de paje.
Con tus lealtades me obligas.
Porque ya experimentaste
de un recado que te di
mi eficacia.
Pero di,
la respuesta que llevaste...
Mi amo es, escucha y verás
cómo le doy el recado.
Aquí estoy.
Escóndese Dama, y sale el Hidalgo.
Nunca he rezado
en toda mi vida más,
y don Pedro ahora otras tantas
plegarias quería echar,
obligándome a rezar
quinientas sábanas santas.
Señor, oye.
¿Qué tenemos?
Aquella dama me ha dado
de esta mañana un recado
para ti.
Si no burlemos...
aquella que en casa entró,
y yo después la topé, y
y luego me hizo muestra
de huirse, así que me miró.
La misma.
Mas, ¿qué será?
Hace sus solicitudes
pensar que doña Inquietudes,
que estaba allí, es cosa mía,
y ambas eran muy bonitas.
Y eso, ¿qué mal te estará?
¿No es bella mi ama?
Ya
me ha tirado las canillas.
Y yo luego olí su intento,
pues reconocí en sus tretas
que venían las varetas
con liga de casamiento.
Pues, señor, yo te aconsejo
que era el empleo acertado.
Pepillo, venga el recado
y déjate de consejos.
¡Cielos! Cesen los efectos
de una influencia insana.
Señor, dice que mañana
te espera en los Recoletos.
A las ocho. Madrugar
quiere la buena señora;
oyes, Pepe, falta ahora
que las señas me has de dar
de ese sitio señalado.
¿No sabes el prado?
Sí,
que desde casa le vi
de una ventana asomado.
Pues un convento que está
al cabo del prado es.
Donde uno y otro ciprés
se asoman.
Ahí mismo.
Ya;
que conocí en la risada
que daba al llegarme a ver,
que el diablo de la mujer
de mí estaba enamorada;
pero, pues que madrugar
me conviene para ir
al puesto, por no dormir
mucho, mucho he de cenar.
Ven, Pepico.
Vase.
Ya te sigo.
Muy bien lo has hecho.
Vase.
Señora,
jornada poca hice ahora,
pues a servirte me obligo.
Vase ésta. Sale don Fausto.
Pues del medio curso pasa
ya la noche en tal empeño;
¿aún no ha de haber el sueño
esta pena que me abrasa?
¡Ya, cielos, está entablado
mi intento! Permite, Amor,
que se restaure mi honor
por medio tan desusado.
Las siete y media son ya,
y el hidalgote se tarda;
¿si tendrá con privilegio
de no salir a campaña
la hidalguía, y observar
quiere aquesta circunstancia?
¡Ay, Gertrudis enemiga!
Tomaré a un tiempo venganza
de tus injustas traiciones,
y las necias confianzas
de quien piensa ser tu dueño
tan a costa de mis ansias.
Supuesto que a su padre
vengo a cumplir la palabra
de buscar al hidalgote,
de mis sentimientos causa.
Mas si no miente la vista,
la de aquella esquina pasa
de la calle de Alcalá.
Componiéndose la capa
está, y limpiándose los
zapatos, prevención rara
para venir a reñir.
Sale el hidalgote y se está componiendo la capa y limpiándose los zapatos
La polvareda que anda
en este lugar es cosa
insufrible; mas la dama
no descubro, si se habrá
como aquella que sola habla
con la mucha polvareda
perdido doña Valeriana.
Pero un hombre está hacia allí;
quiero preguntarle, si hacia
aquí ha visto a una mujer.
A mí se acerca. No extraña
mi valor el que vengáis
a cumplir con vuestra hidalga...
¿Obligación?
¿Que os ha dicho
una señora tapada,
aquella que ayer queríais
seguir vos desde mi casa,
que la espere yo, porque ella
aquí a las ocho me aguarda?
¡Cielos! ¿Qué escucho? A mi ira
añade otra circunstancia
lo que oigo.
¿Se ha entrado a misa?
Por vida vuestra, llamadla.
No sé lo que me decís.
¡Cielos! Él apurar trata
mi paciencia; vuestro acero
sacad, pues a aquesto os llama
mi valor; cesen las lenguas
donde han de hablar las espadas.
¿Habláis conmigo? Mirad
que no hay nadie a mis espaldas.
¿No sabéis por mi papel
que yo hablo con vos?
¡Bobada!
Vengo a una dama buscando.
que me quiere como a su alma;
vos bien lo visteis ayer,
aunque agora hagáis la gata
de Mari Ramos. Y aquí
me hacéis esa pampringada.
Ella me llama a este puesto,
porque ayer no pudo en tanta
bulla hablarme; si celoso
estáis de esto, santas pascuas,
riñamos, pero después
que os haya dado más causa
para ello que yo, hasta ora,
no la he tomado la cara,
ni yo papel vuestro he visto.
Infamado, ¿a qué aguardo?
Sacad la espada, y no hagamos
de nuestros rencores chanza.
La dama no viene; si estos
me la tenían armada,
la sacaré, pues ya estoy
con vos aquí en la campaña;
pero licencia me dad,
antes que riñamos, para
que por tinta y por papel...
a la portería vaya
de los frailes.
¿Para qué?
Para que, si uste me mata,
con el epitafio quede,
que he de hacer de la Montaña
le envíe con mi cadáver
metidito en una caja.
Ya vuelvo, que esto es preciso.
Vase.
¡Ay fantasía más rara!
¿Qué mayor venganza, cielos,
de mi enemiga hermana
pudiera tomar y ver
que con este hombre se casa?
Pero allí una dama viene,
verdad es que la aguardaba;
ella es, cielos soberanos.
Cuando pensé que era falsa
del montañés la noticia,
por no creer tan liviana
acción de doña Gertrudis,
los celos me desengañan.
Sale doña María tapada.
¿Don Anselmo no ha llegado
al puesto? Y salió de casa.
faltó antes que yo, pero allí
está aquel hombre, o fantasma,
que figurándome los pasos
tras mí en todas partes se halla.
A mí se acerca. ¡Ay, mayor
desahogo quién pensara,
que la ilusión de unos celos
la incita a aquesta venganza!
En la iglesia me entraré,
a ver si de mí se aparta
este hombre que me persigue.
Vase a entrar. La detiene don Fausto.
¿Dónde vas, aleve, falsa,
cruel, traidora, fementida,
mudable, engañosa, ingrata?
Hombre, ¿estás loco? ¿Qué dices?
¿Quién vio tema más cansada?
Vase.
En la iglesia se ha metido.
Sale el Hidalgo.
No ha venido aquella dama
todavía.
No os entiendo.
Bien digo yo que aquí hay maula.
La espada sacad primero,
que fenezca hoy mi rabia.
se vengue, pues cada instante
se va aumentando su llama.
Pues oíd el epitafio
que escrito con elegancia
viene, para que sepáis
lo que os encargo.
Excusada
dilación.
Lee.
Hasta leerle
yo no he de reñir migaja.
Acotación: estarán
hechas de piedra mis armas,
y debajo escrito de ellas,
con unas letras de a vara,
para que mejor se vean
de lejos, estas palabras:
Aquí yace el muy honrado
hidalgo de estas montañas
don Anselmo Calahorrilla,
mayorazgo de su casa;
matole en un desafío,
que un día se halló de maula,
la fortuna de una punta
que se opuso a su arrogancia,
fho. de su misma mano.
primero que le mataran
de prevención en Madrid.
Rueguen a Dios por su alma,
y recemos una oración
del Santo Sudario, para
que esto lleve adelantado
cuando de esta vida vaya.
Pónese de rodillas y hace que reza.
Que así burles mi paciencia,
boberías tan extrañas.
Tomad, caballero, y ved
que como a tal os encarga
mi fe aquesta diligencia;
así, que matado me hayáis,
hacedla sin dilación.
Tomad, mas ved, que si os casca
mi furia, me lo volváis.
Dale el epitafio.
¿Quién vio simpleza más rara?
Saca la espada.
Y ahora guardaos de mí
como de ochenta jaxarcas.
¡Fiera arrogancia!
Riñen.
Pues esto
es cuando riño sin gana.
Herido estoy.
Yo también.
¡Cuchilladas, cuchilladas!
¿Dónde os herí?
En la cabeza.
Yo esta mano atravesada
tengo y no puedo reñir,
y puesto que gente carga,
yo os buscaré.
Y yo también.
Con este pañuelo atada
la herida, a la casa iré
de don Pedro de Villalba,
y al anciano montañés
diré cómo aquí se halla
su hijo herido con la industria
que ya llevo imaginada.
Salga ahora a buscar la aleve
Gertrudis su amante, para
que vea de la manera
que de él se vengó mi saña.
Vase.
Salen dos hombres.
Ténganse, fuera.
¿Qué es esto?
Ay, es una cuchillada
que me dio un amigo, y ya
con el aliento desmaya.
con la falta de la sangre.
Decid, ¿dónde es vuestra casa,
para que allá, entre los dos,
os llevemos?
¡Oh, picana
aventura a lo divino,
a esto me convidabas!
Yo vivo en casa
de don Pedro de Villalba.
Yo sé allá.
Llévenme ustedes,
que la cabeza rajada
tengo como castañeta,
y ya el aliento me falta.
A la silla de la reina
le llevemos.
Vaya.
Vaya.
Atémosle este pañuelo
en la herida.
Atanle un pañuelo en la cabeza
Con templanza,
que a zancadillas nos
haremos una jornada
de cualquier contra...
Vamos.
¿Está muy lejos la casa?
Aquí, en la Calle de Francos.
Llévenme aprisa, ¿a qué aguardan?
Llévanle a la silla de la Reina, y antes que se entre sale por la otra puerta Lagarto, Pepe y Munguía.
Por Cristo, que es mi amo el que
allí llevan en bolandas.
¿No te dije yo, señor,
que aquí le desafiaban?
Este paje le engañó
con sus narices chatas.
Qué había de hacer...
Lagarto.
Peor fuera tenerlas largas.
Tras mi amo voy.
Vase.
¿Qué es aquesto,
Pepe?
¿Quién quieres que haya?
Que lo adivine, sin duda,
mientras espero a mi ama,
con alguien tuvo algún lance.
Sale doña Magdalena.
Sin duda alguna desgracia
ha sucedido, supuesto
que desde Copacavana
ha venido en coche; y cierto,
Munguía y Pepe se hallan
aquí.
Señora, ¿eres tú?
Yo soy.
En hora menguada
avisaste a don Anselmo
que viniese aquí.
Qué tardas,
dime lo que ha sucedido.
Herido ahora le llevaban
por ahí dos hombres.
¡Ay triste!
Muerta estoy. Ya yo la causa
imagino de este lance.
Sigámosle, al punto, para
ver dónde le llevan.
A
la barbería cercana
digo yo que irán.
Al punto
me seguid.
Pepico, anda.
Ya os sigo. Mas que este duelo
descubre más de dos maulas...
Vanse, y sale don Diego, don Ignacio y doña Juana.
Las diez del día son ya,
y aquel tío camarada
no vuelve con la respuesta.
Señor don Diego, no tarda
porque sin duda inquiriendo
por las casas de posadas
estará, alguna noticia
En Madrid. Muy raro halla
tan aprisa lo que busca.
Sale don Fausto.
Ya, señor, lo que me encargas
hice.
¿Pareció el muchacho?
Por la más nueva, más rara
manera que habréis oído
jamás, que disimulada
la aleve doña Leandra
está, por Dios, y a su casa
dio aprisa la vuelta, pues
al ver que me desangraba
me entré a curar, y en aqueste
tiempo se vino a Tirana.
Decidlo, pues.
¿Viene ya
el hijito de mi alma?
Ayer yo sin conocerle
con él tuve unas palabras,
a reñir los dos salimos
al prado aquesta mañana.
Y antes de reñir me dijo
que si acaso le mataba
(antes ciegues que tal veas)
este epitafio guardara
porque honrase su sepulcro,
leí en él cómo se llama,
conocí ser vuestro hijo.
Y cierto que allí excusara
el reñir, a no ser justa
de mi rencor la causa,
además que allí era fuerza
reñir pues a la campaña
habíamos ya salido.
Diome una breve estocada
en esta mano...
¡Oh, buen hijo!
Yo le di una cuchillada
en la cabeza.
¡Ah, traidor!
¡Maldita sea tu casta!
¿A mi hijo? ¡Viven los cielos!
Alborótase.
Teneos.
Esta es la casa,
subamos.
¿Qué ruido es ese?
Sale Lagarto.
Señor, a un hombre en bolandas
desmayado o medio muerto,
llena de sangre la cara,
suben acá arriba.
Este
es mi hijo; por las santas
letanías.
Entrase.
Cae.
¿Qué habéis hecho,
don Fausto? ¡Cielos!
Sacan al Hidalgo como le entraron y salen con él don Diego, don Pedro, Lag.
¡Ah, tirana!
Aquí a costa de mi vida
he de decir tus infamias.
¡Hijo mío de mis ojos!
¡Padre mío de mi alma!
¿Pues te envié yo a Madrid
a reñir?
Esto no es nada.
Pero ¿cómo aquí os encuentro?
Siéntale en una silla.
¿Cómo, cómo? Esta es la casa
de don Pedro, mi amigo.
¿Qué don Pedro?
De Villalva.
Repara en doña Jetrudes.
No burlemos. Pero ¿cómo
aquí estáis vos, buena alhaja?
El hombre se ha vuelto loco
con la herida.
¿Pues me engancha
vuasarced para ir al prado
a verme, y allí me cascan
a riesgo de lo que lleva
el señorito de casa?
Miren si mienten míseros.
Mira, hijo, que con quien hablas
es doña Jetrudes, hija
de don Pedro.
¡Virgen Santa!
¿Qué es lo que oigo, si yo estoy
asistiendo en la posada
de esa gente ha cinco días?
¿Cómo así engañarme trata?
Lagarto, dilo.
Así es,
y cierto que nos regalan
como unos cuerpos de reyes.
Y esa señora en mi casa
me vio ayer.
¿Cuándo le has visto,
mi Jetrudes?
¡Ay, porrana!
Ésta, ¿cómo aqueste "Jetrudes"
a boca llena la llama?
Señor,
sin duda la herida
o de la sangre la falta
desvariar le hacen.
¿No fuera
bueno que usted se curara?
¿Dónde os curaron a vos,
amigo, vuestra estocada?
Ahí cerca.
Pues a llamarme
a vuestro barbero vayan,
porque no es bien que una misma
pendencia ensucie dos casas.
Sale doña Magdalena y Monguía.
Entra, Monguía, que aunque
todo se descubra, el alma
no sosiega hasta que vea
a don Anselmo.
¿En mi casa,
qué mandáis, señora?
Esta
doña Jetrudes se llama.
¡Cielos! Aquí el padre está
de don Anselmo, turbada
estoy.
¿Y este viejecito
es don Pedro de Villalba?
Jesús, el juicio ha perdido
con la herida.
Y le acompaña
Pepito que es nuestro paje.
Ya todo el engaño alcanza
mi pecho de este suceso.
Señor don Diego, mi fama
es antes que todo. Ya
la voz está divulgada
de que vuestro hijo viene
a ser mi yerno; sin que haya
dilación, le dé a mi hija
la mano al instante.
Aguarda,
que antes también en mi honor...
Señor, ¿de curar no tratan
a este señor?
Ya la sangre me sirve
de telaraña.
Todo se descubre aquí.
Doña Magdalena de Onisa
soy.
¿Qué es esto que habéis dicho?
Que aunque entrasteis en la casa
de mi padre algunas noches,
nunca me visteis la cara.
Aparte.
Decir que su padre es muerto
no es bien, por si se desmaya
no tengamos otro herido.
¿Qué dije yo? Que en el habla
la quería conocer.
Todo ahora lo declaro.
Solo a Madrid he venido,
más que por mi hijo, para
cuidar yo de vuestro honor,
y os doy la mano y palabra
de hacerlo.
Saca la caja y un papel.
Pues vuestro hijo
es quien a Madrid me arrastra,
dueño es de mi honor; yo fui
quien de la prisión tirana
le saqué de unos ladrones;
por señas de aquesta caja
me entregó, y este papel
me envió desde la posada.
de la alameda y ahora
yo he sido el que le llamaba
a los Recoletos con
la intención de ver lograda
una cautela.
Señor,
si esto en que me case para,
yo lo comutaré a que
me den otra cuchillada
de aquellas que descasar
suelen, de puro bien dadas.
¡Qué feliz desengaño!
Y ahora verá acreditado
don Fausto mi verdad.
Pues
decidme ya por qué causa
mi nombre y el de mi hija
tomasteis.
Porque una carta
que don Diego os escribía,
que aquí la traigo guardada
por tener otro testigo,
nos dio de fingirnos traza;
vosotros, pues, con esto,
que mi opinión restauraba,
con la curiosidad
de ver vuestra hija gallarda
y averiguar si con gusto
a don Anselmo esperaba,
fingí que este caballero
me seguía y tuve entrada
en vuestra casa con esto.
¿Qué es lo que oigo?
Albricias, alma.
Esto digo, porque cuando
vuestra hija me siguió airada
a mi casa, presumió
de mí alguna ofensa ingrata.
¿Pues qué te movió a seguir
esta señora?
Turbada
estoy.
¿Qué tiene que ver
culpar ahora a mi ama
con sus cosas?
El mirarme
de su voz allí infamada,
y quien procura su honra
no ha de consentir su infamia.
¿Qué es aquesto?
Yo, señor,
responderé a esta demanda.
Oyéndome aquestas cosas,
me estoy como un papanatas.
Señor don Pedro, don Diego
en vuestra casa se halla
con su hijo, y la obligación
de socorrer a esta dama
y a su mismo hijo ofendido
está cierta de su hidalga
bizarría el asistirlo,
a pesar de la agraviada.
Yo os di de hallarme en la boda
de vuestra hija la palabra;
casarla con don Anselmo
dificultoso se halla,
a esta su casa esta dama
habéis de saber que fue
doña Gertrudis,
porque se juzgó agraviada
de mí; y si no la sirvo
con permanente constancia,
y pues ya desengañado,
me veo de algunas vanas
sospechas; a vuestra hija
os pido puesto a esas plantas.
¿Esto eran las críticas
que me hacíais?
Qué pensabas,
que es el señorito bobo.
Por vos eran.
Ahora falta
que se ajuste la pendencia
que tuvisteis.
Patarata,
nos quieren casar, y quieren
ver pendencias acabadas.
¿Qué decís a esto, don Diego?
Que esta señora en su casa
granjeó lo que quería
y lo que mi hijo granjeara
en la vuestra, y ahora es fuerza
por mil cosas ampararla,
y lo que me alegro es que
mi hijo ya sin suegra casa
con mujer rica, de quien
autor Y suegro se alla
enpecho del sobre todo
Como Yo de Sangre Ydalga
dele la mano a D n Don fausto
feliziana.
de buena Gana
Y tu a D a Doña Madalena
Anselmo
benga la Cassa
primero
es esta.
esta es.
Y pues os ofreze paga
tomad mi mano, D n Don fausto
dadme el epitafio para
enbiarle a mi tierra, pues
Ya sea Muerto el Y de jaca
dichosa soy
Soy felize
Yo alegre
que desgrazia
D n Don Diego n ra nuestra amistad
no por esto se desahaga
esta es Mi mano
Y la mía.
¡Ay, que los viejos se casan!
Pepe, conmigo te quedas.
Y aquí la comedia acaba;
si ha logrado vuestro agrado,
¡oh, soberanos monarcas!
el que os le procuró con...
...el Hidalgote de Jaca.
Estrenose a sus majestades sábado 23 de febrero año de 1686 en el salón de palacio.