
Veröffentlichungsdatum: 22. August 2026
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El castigo en la arrogancia (burlesca). BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/el-castigo-en-la-arrogancia-burlesca.
Personas
Emperador Carlomagno
Montesinos
Reinaldos
Oliveros
Malgesí
Bretón
Alazán, moro
Alí, moro
Zaida, mora
Salen el emperador, Bretón, Montesinos, Reinaldos, Oliveros y Malgesí, todos con trajes ridículos.
Cierra esas puertas, Bretón.
Señor, aulo almimento.
Si viene el rico avariento,
le darás un bofetón.
Carlomagno, muy bien dices;
tu orden he de guardar.
Pues no me dejes entrar
hombre que tenga narices.
Cuidado con lo que digo,
Bretón, no temas alborotos,
que te haré dar cuatro azotes.
Miren qué plato de hormigo.
¡Oh, mis pares,
seáis más bienvenidos
que escaleras estrechas a tullidos!
Y vos, emperador, enhorabuena
seáis como el ratón en la alacena.
Vuestra entrada, que tanto deseaba,
me dijeron en tiempo que roncaba,
en la cama tendido como atún,
durmiendo estaba por el bien común;
pero a tal confusión, apenas tantas
la cabeza eché fuera de las mantas,
veisme aquí ya vestido y ya calzado,
peinados los bigotes y atacado;
y pues de Francia sois los doce pares,
con pies, cabezas, manos y cuajares,
y en la frente tenéis el pensamiento,
quiero que me asistáis, vamos al cuento.
Cierto Alazán, un moro que en la guerra
si es en galga mejor, mejor ni en perra,
hombre aplaudido del montés raposo,
de mis glorias y triunfos envidioso,
sin hacerme la salva ni brindarme,
viene resuelto a desafiarme,
con designio de ganar a Francia.
¡El Cid me le castigue su arrogancia!
A esto os he llamado, y lo que quiero
es vengarme de aqueste majadero
por vuestras manos y por este brazo,
que en tales ocasiones es pelmazo.
No hay sino prevenirse y vamos luego
a capar a este moro a sangre y fuego.
Y pues ya mi consejo está aquí junto,
no se vaya el conejo, vuelvo.
Montesinos soy.
No dudo que vos vengaréis mi agravio.
¿Qué es vengar? Ni un estornudo.
Con fuerza arrojo mi labio,
haré del moro un menudo;
digo que seré el primero,
alelado en la campaña,
con este indomable acero,
que me ha enviado un caballero
que es pastelero en Ocaña.
Tu resolución estimo,
y la pongo en la cabeza.
Pudiera hacer más un primo.
Más haré por vuestra alteza.
¿Qué?
Desnudar un racimo.
Ya sé que sois Montesinos
para cualquiera ocasión.
Traslado a los capuchinos,
que en la huerta a lo moscón
entra a hartarse de pepinos.
Este necio me da pena
queriendo tanto allanarme.
Tu valentía lo enseña.
Nunca podré acobardarme.
Hablara más una dueña.
Vos, Reinaldos, sois bizarro.
No lo dude vuestra alteza;
hombre soy que con desgarro
a levantar con destreza
La espada.
No, sino el jarro.
¡Válgate Judas, la chinche!
¿En mi presencia tarascas?
¿No ves que mi sangre se hinche?
Echarasla haciendo bascas
en un juego de boliche.
Mas, si quieres a ese fiero
ver vencido, esto se ordene;
que es el remedio postrero
que Alacán, pues ciego viene,
le lleven al mentidero
mucho más de lo que he dicho
mi brazo sustentará,
si bien temo un entredicho.
No temas, que no le habrá;
anda, sigue tu capricho.
Oliveros, ¿qué decís
de aquesta gente absoluta?
Son unos chisgarabís;
yo espero hartarme de fruta
de su derrota en París,
y aqueste estoque que ves
brillante, crudo y severo,
postrará al moro a tus pies,
y en la ocasión verás que es
cuchillo de cabestreros.
Sois valiente, Centauros.
Lo seré a pesar de moros.
Una merced quiero haceros.
Veedor de los cedaceros.
Camarero de mis toros,
y al punto, de aqueste oficio,
te hago gracia y has de ver,
libre de amargo suplicio.
Si no gusta mi mujer.
Yo la daré un beneficio.
¡Oh, amparo de las mujeres!
¡Tocad un tris el mostacho!
Vos lograd dos mil placeres;
acudid por el despacho
a la imprenta real de Amberes.
Notable suerte es la mía.
Pues mayor la lograrás.
¡Oh, emperador de Alemania,
tú eres mi amparo y mi guía!
¡Tu vida guarde Gaifás!
Ya que has quedado el postrero,
tú, Malgesí, determina.
Con la empresa tengo agüero;
consultaréla primero
a un niño de la doctrina,
pero no es de valientes,
para casos semejantes,
consultar ni aun a los dientes;
mal dije, ni aun a los guantes,
ocasiones tan urgentes.
Carlomagno, yo doy fin.
Con decir que pelearé
hasta que pierda la crin.
Grande, entre grandes, te haré;
eso mismo hace un chapín.
Logra, emperador, tus trazas,
con paz, sin fraudes ni dolos.
Los moros son unas mazas,
asiente yo nueve bazas,
y veréis cuál doy tres bolos.
Lo que has dicho cumplirás.
Como ahora llueven buñuelos;
y porque te alientes más,
llevo cedazos y anzuelos.
Pues con eso pescarás.
Don Galalón, don Roldán,
don Gaifas y don Gaiferos,
y los demás, ¿dónde están?
Diciendo bon, bin, bin, ban,
bebiendo como unos cueros.
Mucho estimo la decencia
con que habláis de mis parientes.
Él habla en vuestra presencia,
que yo no le doy licencia
de que allane a los ausentes.
Señor, los que echasteis menos
se fueron a cazar tordos.
¿Y están con salud?
Muy buenos;
cojos, unos, gotosos, sordos.
Guardaos vos de los serenos.
Dadme, príncipe, los brazos,
que para mí estrechos lazos
serán siempre sin desastre.
Nunca vi cajón de sastre
con tal suma de embarazos.
Llegan a abrazar al emperador.
Firme seré en lo propuesto.
Yo, también en lo que he hablado.
A la ejecución voy presto.
Yo, tu más aficionado.
Suenan cencerros.
De gozo estoy hecho un cesto.
Toquen trompetas y cajas,
dancen gaitas, tamboriles,
que yo no duermo en las pajas,
y los demás ministriles,
capadores y sonajas.
Ea, infantes bizarros, ¡guerra, guerra!
¡Alarma, alarma, alarma!
Cierra, cierra.
Señor, por esas montañas,
feroz y con barba espesa,
baja un moro.
¿Y trae pestañas?
Sí, señor.
Pues denle aprisa
un cuarto para castañas.
Todos se alborotan y echan mano.
Suena 2.ª vez la caja y sale Alacán, ridículamente armado.
Emperador Carlomagno
de Francia, pares o tripas,
de quien los potrosos huyen
y en viendo los gatos mían,
murciégalos con anteojos,
que, en escureciendo el día,
salís a caza de pollos
como alguaciles de villa,
¡qué valiente podéis ser
con tan disformes barrigas,
más llenas que unos toneles!
¡Guay de los pobres gallinas!
Yo soy Alacán, un moro
que por recta y aun por línea
desciendo de Natán Calvo
y un calabrés de la China,
cercano deudo de aquel
que, estando al pie de una encina,
desnudo mató quinientos
en el cuello de una almilla;
para más asombro vuestro,
soy quien más quiere y estima
Perigrullo el de Madrid,
a aquel que, cuando acaeciera
y anteojo en mi carica
que sobre mis hombros fijan,
más asno que alcanzar puede
a ver una gigantilla,
toque a mi nacimiento
la campana de Velilla.
Yo soy pues el que en la placeta
común vende alcomonías,
y desafío a ti, Carlos,
con aquestos baratijas.
Vaya, porque te ríes,
digo que a París le avisa,
haré que cien ballesteros
la hagan tan y tan batida
que quede como en sartén
quedar suele una tortilla;
aquesto aunque se me oponga
la ley de Toro y Partida,
y aunque me hagas dos mil fiestas,
con otras tantas vigilias,
de poco te servirá,
que no terna el que incita
a los perros y marranos
de andar en continua riña;
hombre que cuando se encara
mira a todos con dos niñas,
como si fuera Olofernes,
y conejo de la India;
aquel, digo, que muerde,
aquel que mucho suspira,
aquel que el verle me enfada,
aquel que juega a la chita,
aquel que todo lo rinde
y todo lo desafía,
muy poco importa que salgan
al campo con su campiña.
mas parece que hayan echado
cien gallegas de las tripas,
y aunque en su ayuda lloviesen
leones ni lagartijas,
me tengo de ver con él
cara a cara y vista a vista,
que es un bellaco goloso,
que bien lo dicen las mirlas,
las urracas lo censuran,
los osos lo certifican,
ni los tigres lo encubren,
ni lo callan las ardillas,
gatos y otros tantos cuantos
autores ahí dan noticia
que si tiene desafíos
él los riñe en la cocina,
y a su dama la sustenta
en el campo y no en la villa.
en Carlomagno ahora
míralo bien y imagina
que poco teme elefantes
el que se traga sardinas
por bien tupido a París.
no pretendas ni permitas
que se derrame más sangre
que cabe en cien longanizas;
toma consejo del caso,
consúltale a las vecinas,
y advierte que he de triunfar
si me da basto y malilla;
y en el ínterin me voy
antes que a justa fatiga
en vez de salir afueras
se me siente en la rodilla;
a paladearme con miel,
con berenjenas y chinas,
manjares que de ordinario
me previene mi familia;
y para poder pasarlos
me dan por que no me aflija,
una cuchara aguileña,
dos platos y una escudilla,
y esto hablo como un jilguero
alazán con su camisa.
Vase.
Aguarda, perjuro,
espera, chinchilla,
moro mal cristiano,
todos le sigan.
Vase.
Esto a mí me toca;
espera, malilla,
y te mataré,
pues soy la espadilla.
Corrió como un camello
una cuesta arriba,
en un veloz jumento
que espuma vertía;
tal era el coraje
del bruto y la prisa,
que a fuerza de pechos
quebrantó las cinchas,
y cae en el bardón
por mi gallardía;
el fiero alazán
que me parecía
gigante cristalino
que al cielo se oponía.
Caza le he de dar,
pues tal osadía
merece castigo;
mi brazo me incita,
tomaré venganza
aunque se me finja
de mar en blancas torres
de espuma fugitiva.
Vase.
Raros bríos, gran valor,
impensado atrevimiento,
volando iré por el viento
en busca de este traidor.
Vase.
Yo le voy a seguir
con la color demudada,
que el acero de mi espada
morcillas sabe freír.
Vase.
¡Hola, hola, mis lebreles!
Partíos luego y buscalde,
y si le halláis azotalde,
aunque os convide a pasteles.
De haber visto a este bellaco
confuso y corrido estoy.
¿Yo Carlomagno no soy?
¿Soy por ventura algún Caco?
Sin duda que él piensa que un Baco
hecho estoy, mas yo le juro
que el vino he de beber puro.
Bébelo, y toma tabaco,
que de tu valor presumo
que con él te animarás
y la cólera echarás.
Sí haré, si el tabaco es de humo.
Y pues mi afecto es de cresma,
advierte que en ocasiones
aprovechan los bretones.
Eso será en la cuaresma.
Vamos, y dame una lanza
para azotar a este infame.
Vanse.
Vamos, que el mundo te llame
el emperador Carranza.
Sale Zaida.
Siéntase y dan patadas dentro.
Aunque veinte prestejuanes
me vengan a visitar,
y me quieran galantear
cuatrocientos mil truhanes,
he de quedar sola un poco
para ponerme la gasa,
que no tengo tiempo en casa
ni aun para sonarme el moco.
Alazán bien divertido
en sus empresas está,
y yo sin resguardo acá,
sino más que el de este vestido.
Aquí me quiero sentar
para descansar un rato,
mas que es algún maragato
que me viene a requebrar.
Válgame Alá soberano,
gente siento, ruido suena,
que va que trunco la cena.
Segunda vez ruido, y ella se recoge.
Entra Montesinos furioso y se le acerca
Aguarda, montés villano.
¿Eres, dime, Alacán, tú
quien por senda fugitiva
subiendo una cuesta arriba
se le llevó Belcebú?
Sale Reinaldos al encuentro
Espera, espera, villano.
¿Dónde vas tan cejijunto?
A dar la muerte a un tirano
que no sabe el canto llano
y quiere echar contrapunto.
Alacán está escondido,
calla, que quiero matarle.
Mejor será emborracharle
para quitarle el vestido.
¿Cómo, cristianos, aquí?
¡Hola! ¡Alá! ¡Mis vasallos!
A correr fueron los gallos,
cautiva soy, ¡ay de mí!
A lo que yo alcanzo a ver,
no parece el bulto de hombre.
Si no queréis que os asombre,
dejad de reconocer.
Socórreme aquí, Alacán.
Sale afuera tapada
Perra, ¿de su facción eres?
Si gumía ha dado alférez
y me enseñó el manebán,
bien se me lució andar listo.
Esto es bueno, ¡vive Cristo!,
que ha caído en ratonera.
Dime, pues, ¿qué te parece?
¿Qué queréis que me parezca?
Vamos con aquesta alhaja.
Vamos, pues, que venga presa.
Descúbrese
Vase
Que no me maltratéis, cristianos,
atended a mi nobleza,
mirad que he sido de una esquina
años cincos mondonguera.
¡Hola!, pon a buen recaudo,
soldados, aquesta reina.
Sin duda que reina es.
Bien su porte nos lo enseña,
pardiez, que me ha parecido
hermosa y linda.
Y a mí bella.
Reinaldos
Montesinos
Brava empresa.
la victoria,
esta prisión,
nos promete,
nos asienta,
a Alacán,
a perro moro.
Ya no doy,
por tus orejas,
un comino.
Yo una breva,
y en un parecer conformes,
digan a voces las fieras:
¡Que viva el emperador
y los doce pares vivan!
Sale el emperador y Bretón.
Señor, de llegar acabo;
a París cien vueltas di,
solo hallé un maravedí.
Eso no monta un ochavo.
¿Hallaste otra cosa más?
Si me acuerdo, lo diré;
si no, lo preguntaré
al sacristán de San Blas.
Por la que me alumbra luz,
que si me eres socarrón
que has de llevar un galón.
Véndese hacia Santa Cruz.
¿Sabes en qué he reparado?
¿Que estás muy gordo, Bretón?
Es que, como en bodegón
Así estás tan colorado.
Acaba, di lo que pasa.
Contarételo de plano,
digo, Carlos, que viniendo
con mis pies y mis zapatos
por ese camino a pata,
porque no vine a caballo,
en la espesura de un monte,
hacia lo más apartado
del camino real, sentí
ruido de un ballestazo;
viéndome absorto y confuso,
revuelvo, tomo, ¿y qué hago?
trepar por un pino arriba
de esos que llamáis enanos,
y estando bien divertido
con un lobo harto marrajo,
que aqueste yermo es
el más seguro ermitaño.
Oí en sonoros relinchos
decir, viva Carlomagno,
y así como lo entendí,
me llegué al ruido en un salto,
allí topé a Montesinos
y a su pariente Reinaldos,
que el primero es una bestia
pero el segundo es un asno.
¿Y qué hacían los vinagres?
Estaban ambos cazando,
las uñas ensangrentadas
de lo mucho que mataron.
Con ellos estaba una
de esas que llamamos ranos,
que referir su hermosura
es compararla a un marrano.
¿Vístela tú?
Yo la he visto.
¿Hablas verdad?
Verdad hablo.
Pues ¿qué piensas tú, salvaje,
qué se le da a un italiano?
Guarda, no digas mentira,
que te llevarán los diablos.
No harán tal.
Di, ¿por qué?
Porque me he desayunado.
Amigo Bretón, ¿qué dices?
No, sino huevos asados;
no hayáis miedo, que el almuerzo
de hoy me le lleven los galgos,
yo solo me comí una
pepitoria de venado.
Por remate del almuerzo,
bebí, ¡qué gustoso paso!,
un vino moro, mal dije:
un hereje, un luterano,
que, con llamarse Martín,
no tiene acción de cristiano.
Mas, ¡qué poco te acordaste
de tu amigo Carlomagno!
Señor, para vuestra alteza
hay en Somosierra nabos,
caracoles y pimientos,
que a comer otros bocados
anduviera la jerigonza
y no holgara el boticario.
De oírte, Bretón, ha sido
mucho el no haber vomitado;
pero huélgome saber
lo que tenía ignorado,
vamos, que el cielo nos libre
de tomates y gitanos.
que son manjares que matan
como afirma Quintiliano
Vanse
Salen Oliveros y Malgesí
A mis perros pregunté
por ese galgo Alazán
y responden con afán
búsquele vuesa merced
dime Oliveros qué haré
en empeño semejante
No mudes vos de semblante
que entre perros está el yerro
supuesto que perro a perro
tocan la mano con guante
Verdad es lo que me dices
tú hablas como entendido
que el yerro de ellos ha sido
Como aquestas son narices
Si fuera a cazar perdices
siguiéranme con valor
pero enviarlos con rigor
a que azoten a un hermano
es mandar muy soberano
hágalo el emperador
Camarero de rústicos
medio por vengar su duelo
porque con un anzuelo
le pesque y prenda mil mozos
y aquestos son desafíos
que no sufriría un capacho
tanto más cuanto el despacho
me le libra allá en Nápoles
pues prenda con alfileres
al emperador gabacho
hacer su gusto no puedo
Asistirle yo tampoco
y si el moro viene loco
que le lleven a Toledo
veráse que tiene miedo
de Carlomagno y su espada
Pues vámonos camarada
a acostar sin hacer ruido
que ya habemos asistido
a la segunda jornada
Vanse
Salen Alí y Alazán
Muestra tu ejército, Alazán
Qué te ha parecido Alí
Que según lo que yo vi
ningún tu deseo ha faltado
Yo haré que marche a París
y siendo gente de aceros
ninguno se pondrá en cueros
hasta ver la flor de lis,
haz prevenir los caballos,
que, aunque animoso me ves,
no puedo andar con los pies
porque me aprietan los callos.
Para curallos no hay traza.
¿No hay traza para curallos?
Yo sé de una.
¿Qué es?
Rascallos muy bien
con una almohaza.
¿Almohaza en mis pies? Detente,
que eso no es de mi grandeza.
Pues póntela en la cabeza.
Eso será más decente.
Ya el dolor se me ha quitado.
No viene más de una vez
cada mes.
¿Te ha faltado?
Jamás.
Bien se ve en la tez
que nunca te harás preñado.
Trata, Alazán, de animarte.
Ya lo estoy, chanzas aparte,
que esta es comedia y no ensayo.
¿Qué planeta reina?
Marte.
Pues tráime el caballo bayo.
Es rucio de condición
y me ha de poner a coces.
Si lo hace, tráime un borrico,
que tendrás más atención.
Vase Ali.
Belcebú le dé tal pico.
Con tan buen signo, planeta,
mía la victoria es,
sin duda que algún poeta
vendrá a besarme los pies
en zapatos de baqueta.
Y porque el mundo se asombre
de mi próspera fortuna,
Zaida se vestirá de hombre,
y ha de colocar su nombre
en el cuerno de la luna.
¡Oh, si tan dichoso fuera
que mi caballito bayo
sin detenerse viniera,
mas no vendrá sin su ayo!
Entra Ali con un caballo de caña del diestro.
¡Quítense de la carrera!
Seas, Alí, bien llegado.
Y tú vayas bien venido;
maravilla grande ha sido
el no haberme despeñado,
pero ya, aunque a su pesar,
te le traigo como ves.
¿He de subir con los pies?
Con pies, manos y cuajar.
Inquieto está, yo no puedo
montar, búscame una piedra.
Ponte una hoja de hiedra
y verás cuál pierde el miedo.
La hiedra no es menester,
supuesto que ya he montado;
vítor mil veces el prado
donde comiste alcacer.
Mira, señor, que se azora
y temo te ha de vaciar.
(Cae del caballo.)
Pues envíale a pasear
a la vacada de Lora.
Mi potro, ¿tú te alborotas?
¿Soy por ventura algún risco?
¡Estate quedo, morisco!
¡Que venga un hombre sin botas,
todo un albéitar me valga!
Amigo Alí, yo me muero.
¡Oh, malhaya el caballejo,
que sin espuelas cabalga,
muerto soy, grave es mi mal!
Queréllate del rocín.
Alí, corre a Antón Martín,
y tráeme aquí un orinal,
en esto dan los traviesos.
Paciencia, amigo, no ladres,
que yo sé de dos comadres
que saben curar diviesos.
Buena mi reputación anda.
Alacán, no te aflijas,
que yo tengo dos botijas
de ungüento basilicón.
¿Con eso me curarás?
Curaréte con destreza.
Pues llamaréte cerveza.
Pues hipocrás.
Alí, ya me siento bueno;
ya me sobra la salud,
mucho puede la virtud.
Así lo dijo Galeno.
Vamos a hacer un alarde,
ya que se jactó cobarde.
entrégale a un picador.
Mejor será a un curador
que le cure, y enalbarde.
Venga el zaino, y aturdido.
Vase y lleva del diestro el caballo. y Alazán le va dando coces.
Salen Zaida y Montesinos.
Reinaldos queda adormido,
y pues que ya estamos solos,
jugaremos a los bolos.
Has perdido el sentido,
mira el francés que se empeña
y que no sabe con quién.
Acércase a ella Montesinos.
Ea, que tú eres mi bien.
¡Ay, qué pico de cigüeña!
Castañetea.
Pues di, ¿quién eres, mujer,
qué veo en tu bello rostro?
Para mí es un león, un monstruo,
hechizo de ver, querer;
gusto me ha dado y placer
la blancura de esa toca,
y para mi paciencia se apoca
viendo que tienes dos cejas,
el oído en las orejas
y el paladar en la boca.
Cautivome el regalado
mirar de tus ojos bellos,
que son como dos camellos;
bien está lo exagerado.
Yo estoy de ti enamorado,
y más de esas piernas bellas
que parecen dos centellas;
y en mirarlas me estaría
veinte meses, y aun un día,
si no me enfadara de ellas.
¿Ves una sierpe enroscada
que al viento sus alas bate
y huyendo del chocolate
camina a la carraspada,
y en sintiéndose asomada
se tiende a dormir un rato,
luego, si acecha algún gato,
el manto se cubre honesta?
Pues por mi vida, y por esta,
que eres su propio retrato.
Bastante para alabar
tus partes tengo el asunto;
no quieras verme difunto,
que entonces no podré amar;
yo te quiero galantear.
y en servirte andaré muy listo,
que tanta belleza he visto,
con tal copia de hermosura,
que pienso que a tu figura
se ha de apear el antecristo.
Eso no es adulación.
Esto es decir lo que siento.
Digo que sois un jumento.
Jumento, mas no cagón.
No.
No.
Pues vaya de cuento:
en Argel, mi patria ilustre,
como aclaman los batuecos,
adonde los perros ladran
en oyendo algún cencerro,
y adonde el gran mahometano,
que en su vida comió puerco,
si al cielo encara la vista,
ve volar grajos y cuervos.
Digo, ese gran monarca,
de quien escriben los griegos
que lo más de su linaje
está lleno de podencos;
allí me parió mi madre,
como si fuera un tudesco,
nací llamándome Zaida,
que es allá el mejor proverbio,
porque en la lengua latina
Zaida significa cesto.
¡Qué de fiestas, qué placeres,
tales banquetes se hicieron,
que no quedó en todo Argel
una azufaifa ni un viejo
para mayor regocijo!
A dar música vinieron
seis elefantes, diez búfaros,
cantando en sonoros ecos,
y al turbante, Guadarrama,
y la cabeza de un tuerto.
Criéme, al fin, con mis padres,
que ellos al fin ciegos fueron
de hombre y mujer, que en verdad
que no fueron muñecos;
y advierte que soy parienta,
suya, aunque son mis abuelos;
mi padre fue un gran señor,
su oficio era chapucero,
y aunque bobo y nada sabio,
tuvo muy poco dinero.
Era galán y galante
y entre morado y bermejo
todo vestido de gordo
y esparrado contra el suelo
alto y bajo como se usa,
mas para pintar de gusto
su talle y su discreción
con grande confianza puedo
arrojarme a decir que era
pintiparado a un pellejo
tomándose por remate
la taberna del infierno.
Cumplí los diez y seis años
en aplausos y festejos
regalada de mis tíos
como si fueran mis deudos,
y un día que sosegada
mi casa y con gran silencio
estaba yo en el pajar
a pierna suelta durmiendo,
oí, aceché y miré
que paseaba un caballero
tan de púrpura vestido
que pienso que estaba en cueros;
viome y acercose a mí
el grande alazán, ¡ay, cielos!
Si supiera adónde estoy
él me enviara un morteruelo;
blancos penachos le faltan,
airones los barrenderos,
que están las calles tan sucias,
es gala de los cocheros,
mas ¿dónde voy divertida,
que ya me falta el aliento?
Alazán, espejo mío
Suspéndese
Aquí yace ya mi empeño.
Entra Reinaldos
Por esta espesa montaña
a Montesinos buscando
vengo los suelos pisando
con más pies que una araña.
¡Oh, Reinaldos de mis ojos!
¡Oh, Montesinos del alma!
¿Qué haces aquí?
Estoy en calma.
Viendo cazar a estos piojos.
Mira que el emperador
al monte subió a buscarnos,
rabioso por encontrarnos.
envialle un saludador
él está bien informado
de cuanto nos ha pasado
así pues, punto a la historia,
pongámonos en sagrado
le dijo una barraganería
entre otros mil desatinos,
dándose este Montesinos
de las astas de un lucera
mintió, mintió la golosina
Ruido dentro
a esconder, que viene gente
Sale el emperador y Bretón
afuera, monteses gatos,
afuera, rayos del cielo,
que no he de dejar un pelo
en las barbas de Pilatos
afuera, afuera cominos
y ensalada de borrachos,
que yo no duermo en las pajas
quien es hombre, ténganos
Longinos,
señor, aquí están los pies
de quien noticia te he dado
tú dices, te has engañado,
que sois vahídos y uno
pues
salid afuera, borrachos,
no veis al emperador
Carlomagno
gran señor,
emperador de gavachos,
danos a besar tus pies
los pies no los puedo dar,
que los tengo para andar
al derecho y al través
a vuestra clemencia apela
quien oprimida se ve,
fatigada de hambre y sed
denla un cuarto de mistela,
es bizarra, es maravilla,
y qué poco se embaraza
mujer es que tiene traza
de parir mozos de villa;
señor, la moza es aquesta
de quien estáis sabidor,
es abeja e impostor
al concejo de la Mesta.
¡Ay!
Aparte.
El emperador es,
cierto que yo jurara,
que no era aquesta su cara.
Parecido es por los pies.
Ya no se puede sufrir
su aturdimiento.
En verdad,
pero gran felicidad
es ver salchichas freír.
Bretón, con todo recato
te mando lleves a Zaida
sin que lo sepa la tierra
ni lo entiendan las urracas;
a París.
Iré al punto.
Entregarásla a mi guarda,
y di que me la regalen
con tostones y avellanas.
¿Qué son tostones, Bretón?
Es lo mesmo que patatas.
Bien podéis ir, muy gustosa,
que allá no os faltará nada,
pues todo anda muy sobrado,
ratoneras, fuelles, flautas;
y para mayor resguardo
vuestro, escribiré una carta.
Escribidla, señor, luego.
Luego, en pasando mañana.
Aparte.
Por Alá, que ha sucedido,
mejor de lo que pensaba;
mi libertad considero
en breve con una traza
que he pensado, y la verán
en la tercera jornada;
vamos de esta, señor Bretón.
Vanse.
Vamos, señora doña Urraca.
Caballeros, yo he querido
tomar de los tres venganza,
viéndoles tan divertidos
y tan mudas a sus armas;
pero ya cesó mi enojo
en ver que son rapazadas,
que el tiempo da lo que es suyo,
como el almendro manzanas;
decidme, ¿y los otros dos
compañeros dónde andan?
Emperador, Oliveros
y Malquerí de Manguardia
comenzaron a marchar
con el orden que llevaban.
Y allá en los montes de Arminia
oyeron en voces altas
decir: "No hay quien me socorra
a mí, mujer tan desdichada".
Lamentados de pavor,
llegaron a una cañada,
y en lo más profundo de ella
hallaron muy fatigada
a una mujer que de parto
ardientes suspiros daba,
que, según se ha dicho, era
la comadre de Granada.
Pusiéronse a socorrerla,
y hoy diz que Oliveros anda
con ella, y que Malquerí
está ordeñando las cabras.
Por vida de doña Enoba,
por los cielos de las camas,
que en un hombre de ayer
echar abajo las bragas
Pero, dejando esto aparte,
digo que el tener a Zaida
en nuestro poder promete
gran cosecha de almorranas.
¡Qué irritado estará el moro
de ver a su prenda amada
debajo de mis tijeras!
Vamos, señor, a aguardar,
mira que se va acercando
la hora.
La hora es dada.
Vamos, que nosotros curdos,
a rascarnos estas panzas,
que con esta prevención
y con mi espada envainada
Yo, con un dedo del pie
Y yo con aquestas cabezas
Se vengarán mis injurias,
se logrará mi esperanza,
yo cumpliré mis deseos.
¡Viva el mundo!
¡Viva Francia!
¡Viva Galicia!
¡Y Armenia!
¡Y fray Guarín!
¡Y doña Alda!
¡El mantenedor vencido,
y castigo en la arrogancia!
Sale Alazán.
De furia vengo loco y pensativo,
¡Caída hermosa en poder de estos milanos!
Vengan a socorrerme veinte hermanos,
esto, Amor, me suceda estando vivo,
¿qué es esto en el mundo, con un chivo?
¿esto, pues, con un hombre de mis manos?
Abran esas cuevas y salgan los romanos,
venga Nerón y plante aquí estribo,
pero hablar de Nerón es barbarismo,
que más ayuda que mi panza ardiente
si no me da en el lance un parasismo,
con solos cuatro cuartos de aguardiente,
aunque venga de gatos un abismo,
azotaré a cobardes con mi frente.
Sale Alí.
De mi afecto guiado
A tu vista llego,
no pudiera un ciego
andar más acertado.
¿Haslo registrado?
Sí.
¿Traesme buenas nuevas?
No.
Pues, ¿qué es la causa?
¡Ay de mí!
Que a Azar he visto.
¿A Azar?
Sí,
¿quieres que lo diga?
Di.
Estáme atento, señor,
después que sabidor fuiste
de la prisión de tu dama,
de cuyo infeliz suceso,
salí de madre Jarama,
me apartí de ti, y seguí
el camino de las Charcas,
cuya diligencia dio
a una comadreja cara,
que en ella atravesé el mar,
y sin hablarme palabra,
en menos de un cuarto de hora
me puso dentro de Francia,
llegué a París muy gustoso,
y hablé.
¿Con quién hablaste?
Con Caída.
¡Acaba ya, mentecato,
de contarme lo que pasa!
A Azar, que dejé hoy,
que, en verdad, es circunstancia
que promete agüero estando
tan próxima la batalla,
no sé cómo lo refiera
por señas o de palabra.
Dilo, no tengas vergüenza.
Nunca la tuve en las barbas.
¿Gustas de saberlo?
Sí.
Pégale.
Pues vaya, vaya pues vaya.
Digo que en un arroyuelo
que de ovas y espadañas
está encubierto en la noche
y emboscado en la mañana,
laguna con más servicios
que veinte cabos de escuadra,
vi descalzo de pie y pierna
con una barba muy larga,
un capón que en calzoncillos
estaba pescando ranas.
¿Qué has dicho, infame atrevido?
¡Ay, que me has sacado el alma!
Calla y te daré una malla.
Dale una carta, él la recibe alborozado.
Digo que no ha sido nada,
ya te he dicho cuanto he visto
y lo demás tú lo saca
por rastro y por consecuencia,
y también por esta carta.
¿Para mí?
Para ti propio.
¡Aquesta letra es de Zaida!
Conmigo habla el sobrescrito,
lo de dentro cosa es llana,
que viniendo para mí,
no vendrá para Juan Rana.
Alí, ¿cómo conseguiste
dicha y ventura tan alta?
El pescador que te dije,
el de la barba nevada,
me ofreció favor y ayuda,
yo lo dije y él con maña
me cogió en brazos y puso
sobre sus hombros mis plantas;
en esta ocasión salió
una vieja desdentada,
púsome en un albañal,
cuya cristalina agua
me condujo hasta ponerme
a la vista de tu dama,
a quien vi que con donaire
manos y panzas pelaba;
con ella estuve entretanto
que el viejo capón quedaba
con la niña setentona
dándose muy de las astas.
Tu valor ha sido
mayor del que yo pensaba,
y esta hazaña se ha de poner
en los anales de Holanda.
La carta al fin quiero ver.
abre la carta
Carta
que no es ninguna fantasma;
dice así:
No hay cosa que más despierte
que dormir junto a un erario
fecha en la luna de enero.
la que en verte ve la muerte,
¡ay, dulzura semejante!
¡ay, tan agudo pensar!
Diz que en Galapagar
hay lucidos estudiantes.
Tu injuria quiero vengar.
Zaida, a pena de servil,
que no tener un candil
cuando me vaya a acostar,
¿Qué, en efeto, la has hablado?
Habléla más de media hora.
¿Y qué Auximio lloró?
Digo pues que me ha contado
que estando un día con gana
de salir a divertir,
en vez de la Rúa ruar,
que diz que es por la mañana,
salió a ese prado gustosa,
y estando en él descuidada,
Reinaldos y un camarada,
la pescaron sin tercera,
y luego al emperador
dieron cuenta, y la llevaron
y que la depositaron
en casa de un picador;
pero por no ser decente
la casa, mandó severo
Carlomagno a su teniente
la ponga secretamente
en la de un bodegonero.
Aquí está depositada,
y con estimación tal,
que la ponen delantal
para picar la ensalada.
Guisa a las mil maravillas,
y con solo culantrillo
da sazón al picadillo
como a las almondiguillas.
En este estado se halla
la que fue tan melindrosa.
Ella será una mocosa
si se acuerda de Cazalla;
tiene más de quedar quieta.
Lo que dije es cuanto he visto.
Dime, Alí, ¿tratas verdad?
Como llover a buñuelos.
en fin, eso es lo que pasa.
sin que me falte un resquicio
de contar.
¿Alij, es cierto?
muy cierto es cuanto te he dicho.
míralo bien, no me engañes.
digo que es lo mesmo y mismo.
pues ¿qué piensas, vinagrón,
que se le da al arzobispo
¡Por Alá, que he de ir por Caída,
por la posta en un borrico
tan furioso y rozagante
que de mí canten los grillos
escollo armado de berzas,
yo te conocí pollino?
Con justa causa podrán
en sonoros alaridos
cantar calandrias y zorras,
lagartos, lobos y micos,
ejemplo de lo que acaba
el celemín y el cuartillo.
Tu gente está prevenida,
y ya la del enemigo
baja marchando a las sierras,
escucha, ¿no oyes el pífano?
Tocan un cuerno.
Ya le oigo. ¡Válgame Alá!
todo de miedo me cago.
pues, señor, un general
que supo matar cabritos,
¿ha de encogerse al oír
tocar un clarín ni un silbo?
De lo que fuiste algún tiempo
estás tan desconocido
Desconocido no estoy,
porque a estar desconocido
no me mostrara valiente,
como hoy el mundo me ha visto.
De ti se podrá decir,
si estás borracho o dormido,
que de ti mismo olvidado
no te acuerdas de ti mismo.
Pero ¿qué ruido es aqueste?
vamos allá prevenidos.
vamos, pues, con cuatrocientos
moscones, moscas, mosquitos.
Sale el emperador a caballo y Bretón a pie
En este rucio rodado
bien conocido en mis huestes
así por su discreción
como por tener dos sienes,
potro, al fin, de tales partes,
salud tan excelente
que nunca gasté en curarle
ni una purga ni un julepe
para cantarle la gala
repitan los almireces
entre los sueltos caballos
de los vencidos jinetes
pero entre estos favores
el reñirle es conveniente
diga el potroso, hable claro
quién le mandó que saliese
de casa sin una dueña
coche, lacayo y mosquete
¡Ay, modestia semejante!
aunque le pico no siente
con él hablo y no responde
Si no responde es que duerme
o podrá ser que haya ido
al barquillo a comer leche
Nunca en mi casa regalos
le han faltado y también tiene
quien le calce y quien le ataque
y quien le espulgue las liendres
Y pues logra tantas dichas
diga, diga el insolente
que por el campo buscaba
entre lo rojo y lo verde
parece que se ha enojado
pero es tan dócil que vuelve
como el manso a los pastores
y como el reo a las leyes
en el tomar venganza,
en el ir a cazar liebres,
en el correr los gansos
y en el ceñir a mi frente
otra corona espera
el mundo que Carlos tiene
un moro que ha cautivado
Capitán de cien jinetes,
yo que no tengo caballo
y que ampara este Norte
Vete a la Puerta del Sol.
tocan a marchar
Cogerás cuantos quisieres,
para el choque y la refriega
es prevenido una jeringa,
que al embestir y volar
es más presto que un cohete;
por los relinchos lo canta,
y por las crinejas fuese.
Bretón, ¿qué ruido es aquel
de tan sonora armonía?
Gente que a Caramanchel
va en devota romería
a probar el moscatel,
pero miento, que allí asoma,
según lo que alcanzo a ver.
¿Quién viene?
Llega al paño, y reconoce.
Todo el poder
del zancarrón de Mahoma.
A Carlillos mira, escucha
el ruido. Yo estoy cortado.
Temblando.
Pesadumbre me das mucha,
ver tu valor emparado,
como si fuera una trucha,
cuantos vengan serán pocos,
para mí, caben conmigo.
Voy a darles con un higo.
Yo les quitara los mocos.
Vamos, Bretón, vamos luego.
Vamos a tañer a fuego.
Vanse.
Sale Zaida alborozada.
No hay lugar como París,
no hay París como casa
dellas, oigadlo, maldije,
quiero decir, soy tabernera,
guiso con aquestas manos,
y con los pies, alcaparras
aderezo, y en ellas echo
tanta cantidad de agallas,
que dicen mis parroquianos
les saben como unas natas.
No hay infante, ni aguador,
ni corito con abarcas
que cada día no vengan
todos a rendirme parias,
con tanta felicidad
y con grandeza tan alta.
No es dudable que tendré
toda la Francia a mis plantas,
de la corte me he salido
sin que lo sientan las guardas.
Tengo amor como mujer,
y esto me trae desvelada
de mi amante y de su gente;
oigo ruido de que marchan,
aquí los quiero aguardar.
¡Ay, mi Alarán, si llegara!
Si acaso trae en la memoria
los requiebros de mi carta,
¡plegue a Alá que yo te vea!
mi Caído, nadar de espaldas
en una cuba de vino,
y que se diga en la Francia;
de contento se está el moro
bañando en agua rosada,
y Carlomagno de envidia
se mira y pela las barbas.
Dichoso sois, galiciento,
que aún vais a Sierra Nevada
a darse un baño de piernas;
los diablos lleven su alma.
Hay ruido dentro, y se cubre la cara.
Salen Montesinos y Reinaldos.
Prado hermoso, si permites
que en ti una mora busquemos,
luego te convidaremos
a dos cuartos de confites.
Decid, ¿qué mora buscáis?
A Caída, que se ha salido
de París como un Vellido.
¿Y en efeto no la halláis?
Muy buena está la deshecha.
Por Dios, amigo, ¿qué es Caída?
Anda, que eres una albarda.
Caída parece en la facha.
Las acciones suyas son.
Que es ella, cosa es constante;
su cabello todo es pelos,
y sus pies son dos cagayanes,
luego del copete arriba
todo lo demás es aire.
Aunque he sido conocida,
yo escaparé de estos lances:
Caballeros, yo no soy
Caída.
Pues ¿quién eres?
Soy Zaque.
En fin, que Caída no sois.
Por el vientre de mi sastre.
Aunque sé que sois la misma,
ese juramento os salva,
que solo de haberle oído
me están temblando las carnes.
Ruido dentro.
Adentro.
Mujer, nunca juráis tal,
ni aun en ocasiones grandes,
porque se aventura mucho.
Montesinos, ya es muy tarde,
y nuestro emperador marcha
con más bríos que un
¡Vinagre!
El socorrerle es preciso.
Preciso es el ayudarle.
Vamos, y a Zaida llevemos.
Es tal loco, este es orate.
Necio, ¿no has visto que es Zaida
que está en busca de su amante
embozada y prostituta?
Propia cosa del diamante.
Mas, ¡vive Dios, que es hermosa!
Y hoy lo está con tal donaire
que parece se ha lavado
con aceite de alacranes.
Recójanse.
Entran los dos moros muy furiosos.
Aquí Zaida hermosa está.
Alazán, ¿qué es lo que dices?
Que dos pares de lombrices
la acompañan.
Bueno va.
Alazán, querido mío.
¡Ah, Zaida, déjate ver!
¡Ah, perro! Yo he de saber
cómo es el morisco brío.
Alborótanse todos y meten mano.
La dama me he de llevar.
Sacan las espadas y arriman Alazán con Montesinos, Alí con Reinaldos. Vase con los suyos dentro.
Antes el diablo te lleve.
Nunca yo beba con nieve
si la dejare pasar.
¡Vive Dios, que has escapado!
Zaida, sigue el camino.
Socorro pido a un teatino.
¡Ay, que estoy descalabrado!
Saquen aprisa un farol.
No has de intentar escaparte.
Yo me hallo herido.
¿En qué parte?
Adonde no me da el sol.
Retíranse los moros, siguen los franceses hasta que arrinconados tornan a salir.
¡Vivan los franceses, vivan,
que nos cortan, que nos cortan!
Ruido de espadas dentro.
Mi gente está derrotada,
¡oh, pese, oh, pese a Mahoma!
Sale el emperador con la espada en la mano, y Roldán con caldo, los demás cesan la riña, y los moros se encogen.
Victoriosas son mis armas,
¡ah, perros, que dejé a zorros!
Vosotros me provocasteis,
pues es mía la victoria,
los campos quedan teñidos
de sangre de cien mil moscas.
Doyte mil enhorabuenas.
que beso tu manopla.
Los dos pares agarran a los moros y los tienen asidos.
qué asombro, qué confusión
qué desdicha
qué pelota
Bretón saca más afuera a la dama, y ella se arrodilla ante el emperador.
a tus pies estoy rendida
me parecéis una posta
qué ha de decir de mí el mundo
que vuestra arrogancia loca
sea castigada con que
nunca comáis alcachofas,
y así con este castigo
os entrego a vuestra novia,
quedándome por blasón
que a mis pies tu cerviz tronca
un Alarán y un Alí,
que llevaron en la cholla
mas ellos se curarán
si se lamen con la boca.
lámense
mucho el remedio estimamos.
andad, andad en buen hora
y decilde al gran turco
que tome para escarolas
mucho le decís en eso.
más sabéis que una pandorga
no sé si me he de lograr
yo lo temo
quién lo ignora
contrarios los dos estáis
no me espanto, que ya es hora
de relojes.
vamos desto.
galgos, a dormir la mona,
y en otra ocasión yo haré
que os echen agua en la boca.
venga conmigo Bretón
y lleve el diablo a Mahoma.
viva el emperador, viva.
viva.
vence amistad,
aquí dio fin el castigo
en la arrogancia con todas
sus entradas y salidas,
bosques, casas, casos, cosas,
y el que no dijere vítor
de los que oyen, dirá corra.
Finis
Claudio Birginio y Maria