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digitanler Text von El ansombro de lan sierran en milangros y devotos, Nuestran Señoran de Hoyos

Veröffentlichungsdatum: 22. August 2026

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Julián Mannzanno del Pino
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Comedian
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El asombro de la sierra en milagros y devotos, Nuestra Señora de Hoyos. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/el-asombro-de-la-sierra-en-milagros-y-devotos-nuestra-senora-de.

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EL ASOMBRO DE LA SIERRA EN MILAGROS Y DEVOTOS, NUESTRA SEÑORA DE HOYOS

Stanrt

Jornada primera

Pang. 1

En el folio vuelto se aprecian diversas pruebas de pluma y el título de la obra repetido.

Personas

Don Diego de Alvarado

Don Francisco de Velasco

Doña Isabel, su mujer

Polonia, criada

Gonzalo, villano, su barba

Luzbel

Juan Alonso Tomás

Lorenzo, ermitaño

Gorrón

El Ángel de la guarda

Antona, cautiva

Una nuestra Señora

Músicos

Sale Luzbel con un globo de fuego.

Luzbel.

Arde lóbrego abismo;

salid, salid, de esa laguna Estigia,

¡oh, de vosotros, que, del Adamismo,

saltad, saltad, a tierra,

sois azote cruel!

Ciegue a vista el sol, hacedle guerra,

cómo, ociosos estáis, cuando Luzbel

levanta sus pendones,

para poner en arma sus legiones:

prevenid vuestras huestes con codicia,

aunque, el sol y la luna,

halla en mi invención pavor ninguna,

hasta el globo zafírico de estrellas,

alfombra fue, de mis altivas huellas,

queriendo mi ambición

Pang. 2

Luzbel.

poner su silla sobre el Aquilón.

Pues, como estos villanos

tienen sus pretendientes intentos

de este, mi altivo ser;

pero ¡ay de mí! que sola una mujer

con soberana planta,

sujeta la cerviz de mi garganta;

sola una María,

a quien cultos le dan aqueste día

con singular contento,

por día y gloria de su nacimiento,

es a mis ojos parecida

a quien da guerra al infierno,

al hombre cuida,

es, quien más me molesta;

ea, ministros, salid, y haced palestra,

y con astucia y maña

asombrad con horrores la campaña,

poniendo a los lascivos,

apetitos sensuales y nocivos

tanto que, del Oriente al negro Ponto

alma no deje en fin que a ese Aqueronte,

no deje sumergida,

hasta esos operarios y devotos,

que templo erigen a esta aparecida,

con la muerte conmuten hoy su vida,

y en un tormento eterno,

padezcan para siempre en el infierno.

Todos sin excepción,

los bajad a los senos de Plutón,

adonde Proserpina,

en poder y ambición con el dominar.

Bajan de lo alto cuatro diablos por un escotillón que no se dejan ver más de las cabezas.

Diablos.

Todos tus órdenes guardamos,

y a ejecutarlo ya prontos estamos.

Luzbel.

Saltad de esa laguna, luego a tina

y en astucia y arte dadles guerra

hasta que vengan todos a mis manos.

Salen Don Diego de Alvarado de ermitaño y Lorenzo su compañero de gorrón.

Don Diego.

Hermano Lorenzo, ¿fue,

donde le tengo mandado?

Lorenzo.

Fui; y, el maestro de la obra,

está muy desazonado,

y con gran melancolía,

porque de noche demuelen,

lo que trabajan de día.

Don Diego.

Pues, ¿quién puede ocasionar,

en la obra ese dispendio?

Lorenzo.

Aquesto yo no lo entiendo,

¿me tiene más que mandar?

Don Diego.

Mire si los oficiales,

empiezan ya su tarea.

Vase.

Lorenzo.

Hermano Diego, obedezco,

lo demás Dios lo provea;

porque aqueste cuarto está,

del alquirveve perfumado,

sin duda que lo perfumó,

algún polvorista honrado.

Don Diego.

Después que me destiné,

al eremítico empleo,

nada del siglo apetezco,

nada del mundo deseo.

¡Qué era estar en la ciudad,

con una judicatura,

la conciencia no segura,

sin decir nadie verdad!

¡Qué era haber surgido daños,

con demandas y quimeras,

haciendo las burlas veras,

hasta llegar a las manos!

¡Qué era ver hombres viciosos,

siempre para la maligna,

sin temor de la justicia

andar siempre escandalosos!

¡Qué era ver en conclusión,

mercaderes y tratantes,

engañando por instantes,

con el crimen de estelión!

¡Y qué será ver en suma,

que con un tormento eterno,

por tolerar esto el juez,

que lo paga en el infierno!

¡Oh, Señor! Gracias te doy,

puesto que me has apartado,

de un riesgo tan declarado,

como una judicatura;

y gracias te doy también,

Virgen soberana y pura,

pues te has dignado de hacerme,

tu esclavo, el más inferior,

para más engrandecerme.

Bien se sabe sois basa y guía

adonde la gracia estriba,

y allí todo el orbe diga,

que Dios te salve, María.

Del demonio la falacia,

quiso oscurecer tus dones,

pero todas las naciones

dicen; llena eres de gracia.

De esto el ángel es testigo,

pues halla en su legacía

te dijo con alegría

claro; el Señor es contigo.

Bien manifiestas quién eres,

pues en cualquier parte escrito

se hallará que eres bendita

entre todas las mujeres.

El demonio vidio el

cuando supo tu preñez

él quedó como la pez

pero bendito es el fruto.

El castillo de Emaús,

depósito verdadero,

fue de aquel manso cordero,

que es de tu vientre, Jesús.

Canten pues con alegría,

esos coros celestiales,

Pang. 3

Don Diego.

Pues consta de los anales,

que, eres, santa María.

Que, más atributo, en vos,

pudo, aver más elogiado,

que, sacarnos del pecado,

por, ser vos madre de Dios.

Pedímoste unos, y, otros,

en común aclamación

para, alcanzar, el perdón,

Reina; ruega por nosotros.

Atiende, oye a tus favores

sin mirar nuestros delitos,

por que, aunque, son infinitos,

somos en fin pecadores.

Sednos, siempre, protectora,

mirad que os lo suplicamos,

y, humildes, os lo rogamos,

que sea, ahora, y, en la hora

disponiéndolo de suerte,

que en la gran Jerusalén

se conmute; nuestra muerte

por la eterna vida, amén.

Sale Luzbel al paño

Luzbel.

Ya empiezan a obrar mis furias

aquí de todo el infierno,

pero, este hipócrita, está,

mis ideas destruyendo:

por que, esta mujer, le oye,

con singular atención

y, yo no he de lograr, aquí,

por ahora mi pretensión

mas, ya se va: todos vienen

empiece, aquí, mi furor.

Don Diego.

Vámonos aquí la obra,

porque, ya se oye rumor.

Vanse, Diego, y doña Isabel cada uno por puerta diferente sin mirarse

Doña Isabel.

Tristes, pensamientos míos.

Don Diego.

Varias imaginaciones.

Doña Isabel.

Día para mí funesto.

Don Diego.

Funesta, y lóbrega noche,

Doña Isabel.

¿A dónde mis pasos guías?

Don Diego.

¿Dónde diriges, mi norte?

Doña Isabel.

Pero cielos! ¿no es aquel

don Francisco mi consorte,

quien así mesmo se infama,

corrompiendo sus razones?

Don Diego.

Pero cielos! ¿no es aquella,

la que, empañó los cristales,

de mi honor, con liviandades,

desatentos, y, disformes?

Luzbel al oído de don Diego

Luzbel.

que, esperas, que, no la matas?

Don Diego.

Voz, que, también me aconseja,

de dónde naces, porque,

de quien es, se lo agradezca?

De su mismo honor procede,

mátala, no te detengas.

Luzbel al oído de doña Isabel

Doña Isabel.

Retírome, quiero antes,

que, don Francisco, me encuen-

tre.

Luzbel.

Homicida, que, ahora, te huyes,

con la vida, si te ausentas,

y, más cuando, yo te aviso.

Doña Isabel.

Voz, que, prudente, me instruyes,

quien eres, por que, yo pueda,

retornando beneficios,

satisfacer, tanta deuda.

Luzbel.

De tu conciencia misma soy,

que quieres que más te advierta?

Al oído de don Francisco habla Luzbel

Luzbel.

Hola, mátale.

Don Francisco.

No la he muerto, por que, aquí,

sola, está, una vida arriesga,

y, cuando, la vida me quitas

no satisfago con ella.

Luzbel.

Mátalo, que en Juan Alonso,

saciarás, tu saña fiera,

pues, asiste el ofensor,

con tan infame, cautela.

Don Francisco.

Pues bien, mueran entrambos,

y, lave, yo, así mi ofensa.

Pero inmovibles las plantas

a dar un paso no aciertan,

hasta el brazo, que el acero,

rindiendo, su resistencia,

inmóvil, está, también,

denme los cielos, paciencia!

Luzbel.

Cuerpo pese a toda mi rabia,

que, esta mujer desvanece,

mis empresas, presto, huye.

Sale el Ángel

Ángel.

Que, has de hacer maldita bestia,

en oposición de aquel Rey de paz,

que demuestra,

ser Reina de todo el orbe,

quien, quebranta, tu cabeza.

Luzbel.

Pues, yo, aserrando, esos pinos,

que, visten luces contornos,

esos ricos, elevados,

incontrastables pináculos,

de quien su madeja peina,

el enfurecido Noto,

teniendo sobre, sus hombros,

ese tachonado Globo.

Desquiciando de sus astros,

y, trastornando los todos,

esparcidos en Montículos,

y, en Volcanes ambiciosos

serán cenizas, miserias,

estos Valles, y, estos sotos:

sin reservar flor, ni, planta,

fiera, bruto, pira, escollo,

que en cenizas, no convierta

Pang. 4

Luzbel.

ese elemento fogoso,

y con rabia implicada,

arrastraré cauteloso,

del hombre el primer tesoro,

que es el alma, cuyo espíritu,

en tartáreos calabozos,

pagará con propensión,

sus mal nacidos arrojos.

Ángel.

Calla, maldito, que tú,

nada puedes, si en Dios todo.

No te permite que obres

lo que conviene a su solio,

de cuyo recto juzgar,

serás siempre vil despojo,

pues tu soberbia te puso,

en estado tan penoso,

que la divina justicia,

es muy arreglada en todo.

Luzbel.

Custodio tú, no me arguyas,

que están de más tus apoyos,

solo te digo que yo

he de asaltar esos foros,

y he de ganar, hoy más almas,

que olas sustentan los troncos,

que incluye arenas el mar,

y átomos el orbe todo,

y pues que yo lo padezco,

padezca el que del vil lodo

fue formado; y que yo fui,

aquel tu primero en todo.

Ángel.

Calla otra vez, y otros miles,

y vete a los tenebrosos

calabozos infernales,

a donde en tristes sollozos,

lamentes tu perdición,

en tormentos horrorosos.

Luzbel.

Yo callaré, hasta que vea

logrado el fin cauteloso

de mi soberbia ambición,

que con ardides dispongo,

y así, de Luzbel ministros,

haced guerra al orbe todo,

porque nuestro general

empuña el bastón heroico.

Sale Juan Alonso Tomás de Ayala.

Juan Alonso Tomás.

De la devoción instado,

he pasado a ver la obra

que para templo se erige,

a esta celestial Aurora.

Como en la parte primera

le consagré muy de veras,

un par de bueyes, que avíen

las piedras y las maderas;

no quisiera yo faltar,

y que cesase la obra,

mas, veo que todo sobra,

que es portento singular.

Que es ver que apenas labraron

unas piedras angulares,

y que estas se acrecentaron,

de decenas a millares.

Que es ver, pues que los maderos

no se arrastraron, cuarenta,

y hay número tan crecido,

que ya se pierde la cuenta.

Que es ver, pues los materiales,

de la arena, y de la cal,

tan estrechos, y limitados,

que dudaban los maestros,

haber la obra comenzado,

que es ver que estos materiales,

sobran todos a montones,

y que acaban las cornisas,

los rasos y dentellones.

Y que es ver;

Pero, reclinado un hombre,

miro a la margen de un pino,

vociferando entre sí;

quiero acercarme, y oírlo.

Aparece don Francisco a la cortina recostado al pie de un pino con charpa y en la mano una pistola.

Don Francisco.

¡Oh yo, sin honra, yo, sin fama!

yo, del vilipendio el blanco,

ay, es Juan Alonso la causa,

muera el adúltero aleve,

que el casto lecho profana

de mi honor.

Vase.

Juan Alonso Tomás.

¡Oh fantástica ilusión

del sueño, y cómo devanas,

en tu disparada idea,

apariencias que contrastan,

al más despierto sentido,

hasta sus remotas causas,

retirarme quiero, antes

que don Francisco despierte,

que puede hacerle armonía

el hallarme aquí presente.

¡Oh traidor y aleve sueño,

con qué facilidad mientes,

imprimiendo falso un carácter

difícil de obscurecerle.

Dispárase.

Don Francisco.

¡Juan Alonso Tomás, muera,

muera, Isabel, pues se atreven,

a establecer mi deshonra,

contra las divinas leyes!

Pero, ¡yo pasmo!, ¿cuándo,

tan impensado accidente;

accidente; miente el labio,

muy natural fue encenderse

el fuego, y comunicarse

Pang. 5

Don Francisco.

en ocasión tan portentosa,

porque, cuando el agresor

incógnito, aunque imprudente,

por delante del cadáver pasa

de quien dio la muerte;

naturalmente el cadáver

la sangre, aunque fría, vierte;

como quien dice: mirad,

quien me dio la injusta muerte.

Así yo, como padezco

muerte civil por la injuria

que contra mí se establece,

y entregado estaba al sueño:

que es símbolo de la muerte

natural: esta escopeta,

por la misma causa vuelve,

a su dueño; señalando

con su artificiosa voz,

el agresor de su muerte;

que en sueños premeditaba,

el que lo tenía presente.

Pero ¿cómo yo

doy crédito subsistente

a una soñada ilusión

que se funda solamente

en una mentida idea,

en un fantástico ente,

atropellando el decoro,

que a tal matrimonio se debe?

Y más cuando mi Isabel,

de muchos antecedentes,

infiero su gran lealtad,

su indemnidad evidente;

su castidad lo demuestra,

su virtud lo desvanece,

su cariño lo atropella,

su semblante lo oscurece.

Miente la lengua traidora

que me indujo a que creyese

una presunción tan loca,

una intempestiva suerte,

una nota tan infame

y una escandalosa muerte.

Sale Luzbel y le dice al oído.

Luzbel.

No miente, porque tu infamia

el que ya es pública advierte;

y cuanto ansíes negarla,

junto a tu deshonra crece.

Andrés.

Los mal articulados,

dame algún antecedente

que de ello se quiera infiera.

Porque el ánimo se aquiete

y porque también prevenga

cómo debo precaverme.

Luzbel.

Nunca aquestos consecuentes

tienen más antecedentes

que una presunción adquirida,

y de indicios algo vehementes.

Andrés.

De su razón mal fundada,

nuevas dudas se me ofrecen.

¿Cómo de una presunción,

evidencias inferir quieres?

Como a questa presunción,

oriunda es, de un consecuente,

que en vano con discurrirla

se puede más convencerle.

San Francisco.

Virgen Santa de los astros, de los

pobres, eres de pecadores,

el universal asilo

en todas las ocasiones;

asistid a este devoto,

que cercado de invasiones,

no bastan humanas fuerzas,

a resistir sus pasiones.

Se aparecerá nuestra Señora,

a quien hincado de rodillas

le dice.

Virgen.

San Francisco; confía

en mi hijo que es Dios y hombre

se darán fuerzas bastantes,

con que caigan sus temores,

que a este enemigo común,

por delante le propone

porque en penitencia vengan

sí, por fin en sus errores.

Córrase la cortina.

Andrés.

Hermosa niña, aguarda,

divino Sol, espera;

no quieras, no, dejarme,

en aquesta palestra,

adonde este enemigo,

con falsos entimemas,

con supuestos fingidos,

y apariencias inciertas,

pretende con chismes

triunfando, de mis fuerzas.

Pues, sin vos, no es posible

que en mí haya resistencia;

y huyendo de su engaño,

siguiendo voy tus huellas.

Vase.

Luzbel.

No lograrás tus intentos,

pues moviendo mis legiones

que te salgan al encuentro,

te estorbarán el camino

con tantos impedimentos,

que allí mismo no te halles

en tus borrascas y incendios,

y para que no lo dudes,

quiero que lo veas presto.

Pang. 6

Luzbel.

Ea, infernales ministros

moved, aguas, moved, vientos,

y arrojando tempestades,

de granizos, y de truenos,

haciendo, un caos, este valle,

estos riscos, y, estos cerros

no quede, en ellos vestigio,

de aquello, de lo que, fueron.

Dentro muchos.

Muchos.

que, horrorosa tempestad,

que, nos anegamos cielos.

Luzbel.

Penad, y acabad, villanos,

su suerte, que, yo, padezco,

y paso, tan excesivos

por, tan pequeños medios,

como, el ser firmes devotos,

de esa, imagen, que al infierno,

hace temblar, con su asombro;

vean, juntos, aquí, al mismo tiempo,

de mi rencor, de mis iras,

de mi anhelo, de mi incendio,

de mi ambición sediciosa,

y de este lóbrego, centro.

Sale Lorenzo sacudiéndose la ropa mojada

Lorenzo.

Verbum caro, verbum caro,

Jesús, María, y Joseph,

qué relámpagos, qué truenos,

qué, tempestad, qué, granizo,

qué, obscuridad, váleme Dios,

Luzbel.

Este hipócrita, de qué

exclama con tanto extremo?

que no me baste, su llama,

que, me causa, este, embeleso

esa, mujer, quién destruye

mis obras, mis intentos;

sino, es que, este bufarrón,

hipócrita malicioso,

venga a darme, más, pesar;

vive, el poder del infierno,

villano; que has de pagar,

aquestos atrevimientos.

Lorenzo.

Por la virgen, de los ojos,

Señor, le suplico, y, ruego,

que, no, me maltrate, así;

que, soy, ermitaño lego,

que, aquí estoy, por devoción,

y, asisto al hermano Diego,

que, es el primero, ermitaño,

y, hace milagros, que espanta.

Luzbel.

qué, milagros hace, hacer,

un ermitaño embustero.

Lorenzo.

qué milagros; oiga usted;

Esta mañana, se echó,

un mondongo, de un becerro

a la hora meridiana;

(esto sin encarecerlo,)

se comió, cabeza, y patas,

con, lo restante del cuerpo,

y aunque, pesó treinta libras,

se echó tras de él, el puchero:

y, mientras que, no se come,

de grosura, ni un remedio,

Luzbel.

Para, mi furor villano,

están de más esos cuentos,

y, pues, eres bufón, toma,

esta vuelta, de tormento

dale

Aparte. Saca la bota que la trae debajo del saco

bebe

bebe

bebe

Lorenzo.

que me abrasa, que me quema,

con las manos, con los pies,

con los ojos, y el aliento;

Jesús mil veces, Jesús,

San Lesmes San Nicodemus,

y todos los Santos, y Santas,

que padecieron, aquel,

martirio, de fuego me valgan.

Jesús cómo huele a azufre,

a pez griega, y a resina,

Sin duda, que, el que aquí ha andado

halla, en el infierno ha estado

por galopín, de cocina.

Ya, por la puerta falsa trasti-

jando, humo recatado va pasando,

que, a carrillos hinchados en sus pipas

cien hidalgos parece están soplando.

Supuesto, que, ya se fue

el de los pasos de gallo,

para que, se pase, el susto,

será, bueno, echar un trago.

Muy, bien sienta el aloquillo;

De Priego, es rancio, y brioso,

muy, justo, que, encaña muy

la humanidad, me ha aguado

la picardilla to agua,

a rodilla reverencia,

la madre, que, le parió.

Sale Don Diego suelta la bota y pónese en cruz

Don Diego.

Hermano Lorenzo, ¿qué, hace?

Lorenzo.

Señor, si esta penitencia

a mis culpas, satisface.

Don Diego.

Parece, que, está elevado.

Lorenzo.

Sí, propósito, es mi conciencia,

enmendarme, en lo pasado.

Don Diego.

la bota, se le ha caído,

Lorenzo.

El que, lo hayas visto, he,

Pang. 7

Lorenzo.

es lo que más he sentido.

Don Diego.

Venga acá, ¿cómo no tiene,

más advertencia y recato,

que los más de los que aquí nos

notan como mi zapato?

Don Diego.

¿No tendrá modo, en no dar

mal ejemplo de esa suerte?

Lorenzo.

Si ase la bota, se llena,

¡ay para mí, mayor muerte!

Don Diego.

Hermano, no me ha entendido.

Lorenzo.

Como estaba en oración,

por eso no respondí.

¿Qué se le ofrece, hermanito?

Don Diego.

Que se dé una disciplina,

en cuenta del mal ejemplo.

Lorenzo.

Sí; yo en la bota contemplo,

porque, hermano, es la madrina.

Sabrá cómo, estando aquí,

uno, con patas de gallo,

díjele cómo lleva Sancho,

mi compañero y hermano,

y me dio muchas patadas,

bofetones y porrazos,

y se le cayó esta bota,

la tomé, y estoy rogando,

a Dios, no vuelva por ella,

que me ha de ser mal contado.

¡Mamóla el hermano Diego,

que las cejas ha arqueado!

Don Diego.

Tome la imagen, y vaya

por los lugares hermanos,

y pida para la lámpara,

para su gasto diario,

el aceite, que permite,

a su decencia, y ornato;

y venga para mañana

porque, le quedo aguardando.

Lorenzo.

Por Cristo, que voy temblando

no me encuentre aquel bellaco;

écheme su bendición.

Vase.

Salen doña Isabel y Polonia con escobas.

Don Diego.

¡Oh adulador cocodrilo!

Cómo con tus dulces ecos,

y con tus silbos fingidos,

con tus mentidas razones,

y tus supuestos motivos,

atraes al hombre, al lazo,

y, cuando está convencido,

con esa, cola hórrida

con ese, extremo, maldito,

le aprisionas, y, le ahogas,

y conduces al abismo,

adonde, en eterna cárcel,

gime, hundido y afligido,

lamenta su perdición,

sin remedio, y sin asilo.

Qué asechanzas, qué mentiras

el traidor, vino, a introducir

con don Francisco Velasco,

para destruir impío,

un matrimonio tan bueno,

tan constante, leal, y fino;

que si todo un Dios, no hubiera,

con sus auxilios divinos,

asistido a don Francisco,

por los ruegos repetidos,

de aquesta divina Aurora,

deste asombro esclarecido,

se hubieran hecho, más muertes,

más excesos, y, delitos,

que, arenas encierra el mar,

y, en mayo flores los riscos.

Qué fue ver aquel, influjo,

de ese perverso enemigo,

instando a Velasco, hiciera,

a un tiempo, dos homicidios,

en Juan Alonso, y su esposa,

sin, asomo de delito.

¡Oh divina providencia!

¡Oh Rey inmenso y propicio!

Cómo al pecador amparas,

dejando, como en olvido,

la muerte, que él te causó,

con sus enormes delitos,

y, como, cuando debieras,

mostrar severo el castigo,

con esos brazos abiertos,

estás llamándole a gritos.

Bien considero, Señor,

de aquese costado herido,

que, fue la lanza incruenta,

pero, la causa, lo mismo.

Y, que, en el profundo lago,

de los leones, no hay que

aura, ni aura avisos,

castigos, que, satisfagan,

a mis enormes delitos.

Polonia.

Suspende, el llanto, señora,

el pesar, suspende, y quita,

ya, estamos cerca la ermita,

de aquesta, divina Aurora.

Doña Isabel.

¡Ay Polonia, esta pasión,

el más prudente, el más sabio,

no la participa al labio,

Pang. 8

Doña Isabel.

mueve con el corazón.

Polonia.

Señora, si mi señor

está ya desengañado,

de qué nace su cuidado,

y proviene su dolor.

Doña Isabel.

El que una vez adolece

del afecto de los celos,

aunque le cueste desvelos,

tarde o nunca convalece;

porque, como el enemigo

de las almas es falaz,

procura turbar la paz

con vaso de fiel amigo.

Pero allí don Diego está,

con él pienso desahogarme.

¿Hermano Diego?

Don Diego.

Hermanas, la devoción

que demostráis tan sincera,

echa menos esta casa,

con muchísima razón.

Fueronse los jornaleros,

por haber la obra acabada,

y solo queda ocupado,

de trastos y barrederos.

Muy bien hay en qué entender.

Polonia.

Pues, señora, yo me voy

luego al instante a barrer.

Y sale.

Doña Isabel.

Polonia, aguarda, por Dios,

que, en hablándole al hermano,

juntos iremos las dos.

Baja el Ángel por tramoya al lado de Antonio, que vendrá de cautivo con cadena al pie.

Antonio.

¡Valedme, Virgen sagrada!

¡Valedme, piadosos cielos!

Ángel.

No te cause desconsuelos,

Antonio, aquesta jornada;

que quien a ella te asiste

es el Ángel de tu guarda,

por decreto soberano

de la Trinidad Sagrada;

que la Virgen de los cielos

lo consiguió con su ruego,

en ese celeste alcázar.

No ignoras tú que el día 7

que el mes colmado se llama,

de este presente septiembre,

allá en Marruecos te hallabas,

cautivo de un sarraceno

poderoso, quien te daba

aquel diario alimento,

que por adarmes pesaba,

y por fines que tú sabes,

(aunque honestos por tu parte),

con esa cadena estabas

amarrado a un baluarte;

y que sentenciado a muerte

te tenías, y a empalarte,

a las dos de la mañana,

hoy, día trece, llegaste

su corona a esta Señora,

que consta de siete partes;

y que con devoto celo,

tú a ella te encomendaste,

por noticias que tenías

de sus milagros tan grandes,

como de su aparición,

de que tanto te informaste.

Y entregándote ya al sueño,

en tres horas no cabales,

hemos venido hasta aquí,

surcando golfos de mares.

Esta es la casa dichosa,

donde esta celeste Imagen

se apareció para asilo

de los que la proclamasen.

Entra a visitarla, adiós;

que hago falta en otra parte.

Anota, Diego, el prodigio,

y por la cadena en parte,

que este portento acredite,

en las futuras edades.

De dónde es nacido Antonio,

él lo dirá, y cuando calle,

la fe del bautismo suya

en una cartera trae,

con otros muchos papeles

de arábigos caracteres.

Antonio.

Yo diré desde el principio

de mi vida lo que reste,

hasta entroncar con el Ángel

en su narrativa cierta.

Nací en la hermosa ciudad,

a quien el Tormes la ciñe

con sus cristalinas ondas,

los muros que la circunscriben,

en aquella nueva Atenas,

en aquel de ciencias mapa,

y Babilonia de lenguas.

Pang. 9

Antonio.

Nací en Salamanca al fin,

de donde mis padres eran,

crismáronme, en San Isidro,

parroquia, de las primeras,

siendo así, que, a esta ciudad,

la componen, más de treinta.

Desde siete, a los nueve años,

gramática estudié en ella,

con retórica, que todo,

en la Compañía, se enseña.

Desde nueve, hasta, los trece,

filósofo bastante era,

y queriendo estudiar leyes,

mi padre lo resistiera;

monto en cólera y me paso,

a Valladolid, y en ella,

siento plaza de soldado;

ojalá, que, no lo hiciera,

que quien se opone, a preceptos,

de sus padres, cosa es cierta,

que pagará en esta vida,

su delito con setenas;

paso a Málaga, y en ella,

estando, de guarnición,

como, de aquel mar frontera,

saliendo, en Mayo, a un

aguaje, de su marea,

al tiempo, que el día cerró,

con las nocturnas tinieblas,

seis sarracenos me salen,

y, de repente me asaltan,

con chuzos, y un alfanje,

y, a una fragata me llevan,

donde cautivos tenían,

hasta más, de otra docena,

y, dando la providencia,

surcando las ondas cres-

pas, la marítima pasamos,

y, llegamos a la tierra,

de Agarenos, donde allí,

todos juntos, nos sortean,

tocóme el ir, a Mármora,

de donde mi dueño era,

partimos allá y, llegan-

do a su casa con presteza,

muy alegres, nos reciben,

con júbilos, y con fiestas;

hiciéronme cargo, solo,

del cultivo de una huerta,

que, unos almendros tenía,

unos granados, y higueras,

a donde, una hija del amo,

cada tarde, se pasea:

y, aficionándose, a mí,

a que, reniegue, me empeña,

ofreciéndome su mano,

en pago, de esta fineza,

y, como, esta religión,

no admite ficción supuesta,

claro, le digo, que, no,

y, que, deje su secta,

y, que, recurra al bautismo,

que, es carrera verdadera.

Oyendo, estaba su padre,

a este tiempo, esta contienda,

quien ejecutó, conmigo,

lo que el cartel os revela.

Esta, es de mi corta edad,

la relación verdadera,

esta mi fe del bautismo,

de Abdalá Sulemán es esta,

que, en arábigos renglones,

mi peligro manifiesta,

como, mi fe del bautismo,

dice, quién, mis padres eran.

y, a vos, ¡oh! portento, soberano,

de aquesta celestial Reina,

o repetidos milagros,

del asombro, de la sierra,

canten, pues con alegría,

en los cielos, y en la tierra.

Música.

Música.

Te Deum laudamus

Te dominum confitemur fa.

y se repiten todos versos re-

presentando —

Don Diego.

Y, en tanto, que aquesta armo-

nía, la música, va diciendo,

aquí de nuevo milagro,

a trasuntar, parto luego:

con las demás tradiciones,

para memoria, y ejemplo.

Repiten los dos

Música.

¡Oh! Señor, soberano,

¡oh! Reina de los cielos,

pues, librasteis al hombre

de aquese cautiverio,

pida que, sus devotos,

logren, el fin postrero,

descansando, en tu gloria,

que, es el último premio.

Jornada segunda

Pang. 10

Sale don Gonzalo Villarejo de barba.

Gonzalo.

Me tienen ya tan estrecho,

lo prolixo de los días,

que anuncian sus profecías,

el corazón en el pecho:

y aunque osado lo animal,

emprehende facciones locas,

porque, o cómo me provocas,

te pregunta, lo vital,

como quien dice hasta aquí,

mi valor ha resistido,

a costa de su poder,

que a podido vencer,

y aun lo imposible ha vencido:

pero ya en el desengaño,

me hallo ya desta carrera,

pues ni soy lo que antes fui,

ni seré lo que antes era;

en mi juventud primera,

tan ligero me miraron,

que a un caballo aventajaron,

en la presteza, carrera;

y oy, para haber de llegar,

del Pozuelo a questa casa,

seis horas gasto, confusa

sin poderlo acelerar.

Y es precisa obligación,

visitar cada semana,

tres veces mi devoción.

Vamos sin más detención,

hacer a questa Señora,

y rezar mis devociones.

Mas la puerta de la ermita

parece que está cerrada.

Sale Luzbel vestido de pastor.

Luzbel.

¡Ha, compadre, ha, camarada!

el camino del Pozuelo,

¿cuál es?

Gonzalo.

El que traviesa ese valle,

y luego sube a aquel cerro.

Luzbel.

¿Ay acaso dónde herrar?

Gonzalo.

Aunque la senda es estrecha,

no tenga temor se pierda,

si echa a la mano derecha.

Luzbel.

Ya no tengo qué perder,

que en una mano jugo,

lo que tuvo mi soberbia.

Gonzalo.

Dígame, compadre mío,

¿a qué pasa halla, a la aldea?

Luzbel.

Voy a buscar un sujeto,

que ay hallí de conveniencia.

Si gustas que yo te avise,

de partir, a su oveja.

Gonzalo.

¿No dirás cómo se llama?

Luzbel.

No habrá porque me detenga;

es don Gonzalo Villarejo,

que tiene una hija bella,

casada con don Francisco,

de Velasco; que la trata,

oy con alguna aspereza,

por celos que de ella tiene,

por cierta correspondencia,

de un Juan Alonso de Homos,

que ufano la galantea.

Gonzalo.

¿Qué es esto que escucho, Cielos?

El semblante de Isabel,

días ha que yo lo infiero:

ven acá, hombre, ¿quién dijo,

quién te a mentido ese quento?

[aparte]

Luzbel.

Más de diez leguas de aquí,

en público lo dijeron,

ya está cevado este pez,

el que dura en el anzuelo.

Gonzalo.

¿De dónde eres?

[aparte]

Luzbel.

Yo, señor, soy de muy lejos,

no, no sabes a mi tierra;

mas que la sepas pretendo.

Yo soy, Tártaro, y sangriento.

Gonzalo.

¿No dirás de dónde eres?

Luzbel.

Yo soy Tártaro,

y sangriento.

Gonzalo.

¿Sí, Tártaro, cómo hables,

el castellano tan exento?

Luzbel.

Mi tierra es patria común,

allí van de todos Reinos,

y así las lenguas de todos,

los naturales sabemos.

[aparte]

Gonzalo.

Este hombre, para pastor,

mucho a de untar el ingenio.

¿Pues qué te mueve, ha ocuparte

en un tan humilde empleo,

como ser pastor?

Luzbel.

Siempre tube inclinación,

por extremo, a ser pastor,

que el pastor,

es de su rebaño dueño.

¿Tienes más que preguntar,

que quisiera partir luego?

Gonzalo.

¿Pues dónde te quieres yr?

[aparte]

Luzbel.

Ya te he dicho, que al Pozuelo,

para ver si me acomodo,

con don Gonzalo Villarejo.

Bien disimula, mas, yo,

no pienso me escape en esto.

[aparte]

Gonzalo.

Porque para precaverme,

soy en cautelas primero.

¿Se ofrece otra cosa?

Pang. 11

Luzbel.

Mas, de que yo soy el mismo,

por quien preguntas; y, no

necesito, de pastor,

que, ande en tantos cumplimientos.

Gonzalo.

Cumplimiento es, el buscar,

lo que es lícito a un sujeto,

para vivir, con quietud,

excusando, desaciertos.

Aparte.

Luzbel.

¡Oh, a qué este, me ha conocido!

o que tiene auxilio, infiero,

mediante a su devoción,

para truncar, mis pretextos.

Gonzalo.

¿Cuánto, más, que prepondero,

pues cohonestados, deseos,

más incendios me propones,

para negarme a creerlos;

que, al pastor, no le conviene,

el afectar los extremos;

y pues estás despedido,

vete, que, arreciar me entero.

Luzbel.

Espera:

ya que, a servirse no quede,

quieres averiguar aquel cuarto,

de Isabel, y don Francisco,

que, según la mutación

te ha causado algún recelo?

Gonzalo.

Causóme tanto, al principio,

que, en carecerlo, no puedo

mas, ya, que te he, conocido,

estoy de cuidado, ajeno.

Luzbel.

¿Cómo conocido?

Gonzalo.

Como eres demonio,

encubierto, que, pretende

cauteloso; sediciones, en los nuestros

a fin, de robar las almas,

sin tener, a ellas derecho,

pues, son de su criador,

sin que, disputes, en ello

y así, maldito pastor,

vete, halla al obscuro centro,

que, ni asiento, a tus engaños

ni, a tus falacias asiento.

Luzbel.

A pase ahora mi camino

de aquí, esta mujer reniego,

y de Dios, pues la crio,

para, mi mayor tormento.

Pues solo, su intercesión,

y solo su pedimento,

abunda, para, que el hombre,

logre, auxilios tan supremos

que, se exima de mis furias

y de tormentos eternos.

Sale Don Diego Ermitaño

Don Diego.

¡Oh Señor de lo creado!

¡Oh padre del Universo,

con qué gozo, y alegría

estoy, en este desierto!

Aquí, me paso los días,

siendo el contraste del tiempo,

pues, me embiste de manera,

la ilusión, el sentimiento,

del padre, de la mentira,

que, es necesario, el esfuerzo,

de esta soberana Reina,

para, evadir, sus intentos.

Cuánto, traza es un engaño;

cuánto, intenta un desacierto.

Voces dentro

Lorenzo.

¡So, burro, boto azul!

¡so! digo; no estará quedo,

el ruano, picaza,

sin haber el sol salido.

Don Diego.

Este es Lorenzo, que viene

de pedir, por los lugares

la limosna, del aceite.

Diez días ha, que preparé,

de la lámpara su vaso,

en llenarlo anduve escaso;

Pues, la aceitera, aparece,

y, luce con tal primor,

que, mi discurso se inclina,

que, es providencia divina,

y, que, es obra su favor.

Sale Lorenzo con el báculo

Lorenzo.

Sea, la paz del señor,

con vos, hermano. Diego,

parece que le hablo en griego,

o, en otra lengua, peor.

¿No responde?

Don Diego.

Que, este en nuestros corazones

es, lo que, le corresponde;

¿Cómo, tanto se ha tardado,

en venir, con la limosna?

Lorenzo.

Quiere, pues que se le diga,

¿Cómo, está el mundo cansado,

para llenar la aceitera,

seis o, ocho pueblos he andado.

Don Diego.

Darle a Dios gracias por todo.

Aparte.

Lorenzo.

Déselas, que, tiempo tiene,

su puesto, no pisa lodo.

La aceitera traigo llena,

con otro medio pellejo,

y, otro traigo en anca presa

de un valiente vino añejo.

Pang. 12

Lorenzo.

Aqueste, no lo verá,

que, ya está puesto a recaudo.

Maestro.

Sea Dios siempre, alabado,

que él todo lo dispondrá.

Lorenzo.

Muy bien, es, que, lo disponga

mas, buena es la diligencia.

Maestro.

Señor, por vuestra clemencia,

que mi obra, os corresponda.

Lo que, trae ponga, a recaudo,

sin, ninguna dilación.

Vase.

Lorenzo.

A guardo su bendición.

El vino, no está olvidado.

Hace que se va Lorenzo

Don Diego.

Pido, a Dios, que nos alcance

la de el celestial senado.

Lorenzo.

Así que, se me olvidaba

un cuento, de mucho garbo.

Don Diego.

Déxese, de cuentos, y, vaya,

a lo que, se le ha encargado.

Lorenzo.

No dejaré de decirlo,

aunque, me llevara el Diablo.

Jesús mil veces ¿qué dice?

Que, fue este, el caso;

veníamos, el burro, y, yo,

por la dehesa del Recuenco

y, encontramos a un legazo

de los del monte Carmelo

de aquestos de val de olivas

para, no andar, por rodeos

Al instante, que me vio,

me dijo, hermano Lorenzo

de dónde viene, qué trae,

cómo está el hermano Diego

ahí vino a asomar, su hocico

no, estaba él en mi pellejo

yo, oyendo esta algazara,

me echo en el burro de pechos

y, el bellaco del legazo,

va y executa lo mesmo.

Mire así fue,

haga cuenta, que es el burro,

yo, estaba por este lado,

y, en el otro estaba él

y, estando en conversación

y, va, la mano metiendo,

y, sacando, de la alforja

unos jamones, muy buenos

con ocho, o nueve morcillas

que, de limosna me dieron

y, al levantarse, los hábitos

para, irlas escondiendo

volvió la camisa, el burro,

y, el animal presumiendo,

como a su laya, abuzetas,

que, iba a hacer algún mal echo,

tirole, una dentellada,

y, le alcanzó, en los redexos,

el fraile, daba unos gritos,

que, los ponía, en el Cielo,

el burro, lo echó a perder,

que, no lo alcanzara un viento.

Yo, agarrando, las morcillas,

que, andaban por aquel suelo,

arranco tras el borrico,

y, lo alcancé en el Recuenco,

el lego, allí se quedó,

no sé lo que se aura hecho.

Don Diego.

Si él no fuera tan glotón,

no le sucediera, eso.

Sale Don fabio villarrexo de

ermita-

Gonzalo.

Qué, hace el hermano Diego.

vociferando, entre sí,

Don Diego.

Aquí, estoy recogitando,

que, es la vida, un frenesí,

una sombra, una mentira,

lo que digo atiende, y mira

Porque, no ay distancia alguna,

desde, la cuna, a la pira.

Mira, el exemplo legal,

y, a aquesta palabra advierte,

pues, se sigue, del nacer,

por consecuencia, la muerte,

nace el infante, a ver su luz primera,

en pecho del tálamo en que estuba

por ver, que ya la hora se llegaba,

en dar principios, a su fatal carrera.

Y apenas, la cabeza al brillo, asoma,

cuando a su cargo toma,

a verter muchos raudales,

en lágrimas copiosas de cristales,

diciendo con quebranto,

no, nace del morir, aqueste llanto,

nace de aver nacido,

que, es la culpa mayor, que he cometido,

infiere de pues si el nacer es culpa,

si en mis delitos puede haber disculpa.

Gonzalo.

A qué asunto me propones,

ahora, aquesta, ilación?

Hace que se va Diego,

Don Diego.

A la pregunta, que me haces,

es, esta la solución.

Gonzalo.

Qué, en fin hermano, se va

sin, ninguna, detención?

Don Diego.

Voy al quarto de oración

que, parece, es hora ya.

Gonzalo.

Es posible no me oyga,

una palabra siquiera?

Pang. 13

Don Diego.

Espere un poco, aquí fuera,

que, después, tiempo, tendrá,

no me dirá:

Don Diego.

Cierra el labio,

que, bien sabe Don Francisco,

que, Isabel, no le hizo agravio.

mas como el demonio astuto,

vierte siempre su veneno,

no, en lo malo, sí, en lo bueno

para establecer quimeras,

quiso hacer las burlas veras;

mas el divino poder,

por ruego desta Señora,

destruyó, mas en una hora,

que, él en siglos pudo hacer;

vaya en paz, y, sin recelo,

continúe su devoción,

y, espere buen galardón.

Ciento, por uno, da el cielo.

Vase.

Gonzalo.

¡Oh varón dichoso,

quien de ti, se aparta,

ni quiere lo bueno,

ni busca ganancia.

¡Oh divina reina,

oh bella señora,

quién aquí estuviera,

sin ver más su casa,

cantando, en endechas,

dulces alabanzas.

Que, quien, no desprecia

las cosas profanas,

por seguir dichoso,

sus huellas pisadas,

ni entiende ni oye,

ni sabe ni alcanza.

Si en estos desiertos,

sois tan celebrada,

que, será en los cielos,

reina soberana,

que, fiestas, grandezas,

júbilos, y danzas,

angélicos coros,

con varias mudanzas

hagan alegres,

en vuestra alabanza.

Hoy, su nacimiento,

alegres proclaman,

la tierra, y el cielo,

con mil consonancias,

de tímpanos, cítaras,

violín, y guitarras,

hoy, vienes a ser

la causa inmediata

que, al hombre da vida,

y, redime las almas.

Bienvenida seas,

pasmo de la gracia,

matutina, estrella,

brota de fragrancia,

bienvenida seas,

davídica torre,

planta encumbrada

reina de patriarcas,

bienvenida seas,

a los altos hombres,

auxilios de gracia,

bienvenida seas,

por tantos prodigios,

aunque por si justos,

dos naturalezas,

quien causa al infierno,

horror, y, tibieza,

por mirarse dueño,

del cielo y, la tierra.

Salgan Alonso, Tomás.

Gonzalo.

Pero Juan Alonso viene,

a la continua tarea,

de su devoción, el cielo,

en su intento, le mantenga.

Sobrino, ¿cómo tan tarde?

Juan Alonso Tomás.

Siempre, se ocurren estorbos,

al que es de ánimo cobarde.

Gonzalo.

Me deja, tu sinrazón,

tan confuso, que ha causado

en mí, bastante cuidado;

sobrino, desengáñame.

Juan Alonso Tomás.

Atiende señor, y, fío,

el suceso más extraño,

que, hasta, hoy, habrás oído,

al cumplir años cabales,

este asombro de la sierra,

esta, aparecida niña,

esta, de los orbes digna,

esta, pues, que, a mis pies puso,

de aquel dragón la cabeza,

esta, de quien el infierno,

no, solo, huye pero tiembla.

Esta, que, de los mortales,

es, protectora primera;

salí gozoso, y, contento,

la víspera, de su fiesta,

de mi casa, a visitar,

la suya, con gran presteza,

con ánimo, de quedarme,

la pasada noche, en ella,

a darle repetidas gracias

Pang. 14

Juan Alonso Tomás.

la pasada noche, en ella,

a dar, repetidas gracias,

a la Trinidad Suprema,

por ver tanta devoción,

como, esta ermita acarrea,

en que, con sagrar gustosos

ya luminarias, ya fiestas,

de pólvoras, danzas, bueyes,

con mil músicas diversas.

Cuando, llegando a esa hora,

al trocar Phebo, sus luces,

con las nocturnas tinieblas,

encontré con un, con vapor

propasándose, en su esfera,

no más, en la locución,

que en su introducción atenta;

con tan cortesano estilo,

que a cualquier noble pudiera,

causarle, envidia, su modo,

su donaire, y su entereza;

preguntóme a dónde, iba

y a un tiempo de dónde era;

respondíle, lo que cabe,

en los hombres de mis prendas.

Pasó a preguntar por ti

y si tenías conveniencia.

Satisfecho también,

y, luego, con gran cautela,

por Don Francisco preguntó,

y, Isabel, a quien entra,

cuando, me causó cuidado

su malicia aunque, encubierta,

pues vertió voces indignas

con, impropios, y afrentas,

de casos, no sucedidos,

que, en presunciones se quedan.

Y abalanzándome a este tiempo,

para arrancarle la lengua

el contacto de sus manos

volcanes ardientes eran,

pues mi vestido, abrasaba

fue una combusta materia

Desde lo alto, de la cumbre,

luchamos hasta, el pie, de ella

y, sofocado, el aliento,

postradas, todas las fuerzas,

me hallé en un oscuro abismo

caos confuso, de tinieblas,

sin poder mover las plantas

por diligencias que hiciera.

E invocando, a esta Señora

como un devoto de ella,

me restituyó, al lugar,

de la primera palestra,

donde, me hallé, sin contrario,

al mostrar la Aurora bella,

sus crepúsculos hermosos,

en los campos de Amaltea.

Y recapacitando en mí,

tan impensada, ocurrencia,

ni, halla, el discurso salida,

ni, halla, el alivio la pena.

Gonzalo.

Sobrino bien considero,

lo que, esta lucida estrella,

favorece a sus devotos,

con soberana influencia,

pues, a no ser esto así;

por imposible, tuviera,

el que, te hubieras librado,

de, aquella maldita bestia;

a que ese pastor, que dices

no ignores que, el malo sea

el Demonio, que pretende,

frustrar estas diligencias,

divididos, en obsequio

de esta Matutina estrella;

y así; entra a darle las gracias.

Juan Alonso Tomás.

Entro señor luego al punto,

por lo que, intereso en ello.

Gonzalo.

Serrana, Soberana,

madre de los hijos de Eva,

que, en este valle, aclamada,

seas, abogada nuestra;

bien remuneráis Señora,

la, limitada asistencia

que, tus devotos dedican

a vuestra magnificencia;

Siendo, recatado, esta,

del pastor la, ambición fiera,

pues, anda fraguando el aleve,

premeditando en su idea,

falacias, atrevimientos,

con sediciosas, quimeras,

para avasallar las almas,

en lastimerosas penas;

Señor, vuestro esclavo soy,

no, atiendas, a mis delitos,

y, pues, tu misericordia,

es, a ellos, extensiva,

perdonadmelos Señor

por los méritos de ella;

Pang. 15

Gonzalo.

que en aquel leño afrentoso,

te vengaste en nuestros hijos.

Dentro Don Francisco Velasco.

Don Francisco.

¡Oh, libradme, Virgen Sagrada,

de aquesta indómita fiera,

que con sañudas garras,

y las aceradas presas,

pretende despedazarme!

Villano.

Cielos, ¿qué voces son esas,

que con lamentables ecos,

acelerados se acercan,

hacia mí? Acogerme quiero

al santuario, donde pueda

librarme de cualquier riesgo,

que ese vil pastor emprehende.

Vase.

Sale Don Francisco con un puñal y luchando con una fiera.

Al llegar a la puerta de la ermita, le da con el puñal a la fiera y cae vertiendo sangre.

Don Francisco.

Bruto osado, aunque tus garras

no habrá racional alguno,

que la sujete ni venza,

confío en esta Señora,

me ha de ayudar de manera,

que venza fiera altiva,

y que postre su soberbia.

Ya quedó el bruto a mis pies,

y a esta prodigiosa Aurora,

doy las repetidas gracias

pues me dio fuerzas para ello.

Una y mil veces Señora

humilde, a vuestros pies postrado

mi devoción ratifico,

y la consagro de nuevo

por víctima de tus aras;

como a mi natural Dueño,

porque esta feroz onza,

un estrago hubiera hecho,

en mí, si no a concurrir

el estar Vos de por medio.

Porque en las fuerzas humanas

no pudiera haber aliento,

que a este bruto resistiese,

sus más leves movimientos.

Salen Don Diego Villarexo, un Villano, Alonso y Lorencio.

Don Diego.

¿Qué novedad?

Villano.

¿Qué portento?

Juan Alonso Tomás.

¿Qué asombro?

Lorenzo.

¿Qué maravilla?

Don Diego.

¿Esto que presente miro,

es esto que aquí estoy viendo?

Juan Alonso Tomás.

¿Es este pasmo que toco?

Lorenzo.

¿Es esta fiera que creo

que ni es jabalí, venado,

corzo, gamo, lobo o zorro,

de muchos que estoy mirando?

Don Diego.

Refiérenos, Don Francisco,

de aqueste suceso el caso.

Villano.

Dinos cómo ha sucedido,

hijo, que estoy admirado.

Juan Alonso Tomás.

Cuéntanos tú, Don Francisco,

de esta tragedia el milagro.

Lorenzo.

Acabe, pues, de decirlo,

o vaya a espulgar un galgo.

Don Francisco.

Prestadme, pues, atención,

y perdonad, si soy largo.

Viniendo el día a demostrar sus luces,

desterrando a la noche sus capuces,

montado en un overo,

poquito de asiento en lo fiero,

salí desde mi casa,

al ejercicio noble de la caza;

en que pongo primero

un caballo de raza, el tal overo.

Llegando a lo empinado de esta cumbre,

que a aquese pabellón da pesadumbre,

pues su eminencia loca

con su elevación, extremo casi a él toca,

viendo, pues, lo penoso,

que es un andar de estos riscos lo fragoso,

montado en el caballo;

dél me desmonto y, para asegurallo,

átole de la rienda a un fuerte tronco,

y veo venir, con un bramido ronco,

aqueste cocodrilo, esta hiena

(que sea lo que fuere, no enajena

el fin de este suceso,

y así no me detengo en el progreso),

mirando que su saña

hacia mí la embiste con gran maña,

por eximirme, apartado

del caballo que dejo asegurado;

me subo a un alto pino,

de este asilo glorioso es muy vecino,

pues toca a un mesmo tiempo

su altivo peluquín el mesmo viento.

Al pie del cual el belicoso bruto

treparlo intenta, como dél astuto;

mi caballo, mirando

el fin que el bruto está solicitando,

por acudir al dueño,

en el romper las riendas hace empeño;

mas como está ajustado

el árbol adusto a que estaba atado,

como quien dice, su poder altivo

racional le hizo de vengativo;

pues las profundas raíces de este suelo

extremos son que ya miran al cielo.

Tirando el bravo para embarazallo,

hacia mí se venía,

con que el bruto le frena su osadía:

porque, como miraba,

Pang. 16

Don Francisco.

Como, él trae el caballo lo arrastraba

él, en verse, decía,

esta es fuerza, y poder, más que la mía.

Retírase con maña,

haciendo que, destierre la campaña,

aunque, siempre, a la vista,

para lograr conmigo su conquista.

El caballo, en continuos movimientos

las riendas toca, y queda muy contento,

por haberse, evadido,

de la grave opresión, que, ha padecido;

y con mil travesuras,

lisonjea y rompe, con las herraduras,

y formando escarceos, parecía

que, a batalla campal, la desafía.

Y viendo, que la fiera, lo suspende,

con la espuma, que aloxa fuego enciende.

Yo pues, asegurado,

de su valor, que aun, no, lo he ponderado,

del pino descendiendo

parece que, me dice, ve corriendo,

de, esos riscos las faldas,

que aquí estoy, yo quien te guarda las espaldas.

Yo, viendo, que montado,

no podía, escapar por, ningún lado,

parto, para esta ermita,

cuando, oigo que, esta fiera me da gritos

en idiomas tan sucios,

que, suspende los brutos, y las aves.

Corro en fin, con presteza,

y aunque cauto, vuelvo la cabeza

y miro, que, desciende, una aspereza

de un peñasco empinado,

pirámide, del viento asimilado,

mi caballo con alas,

baja tras de él, por las llanuras saladas,

y dando en un linaje,

átomo parecía, el mayor peñasco.

Sin encarecimiento,

sin caer a tierra, se lo llevó el viento,

viéndose la fiera,

sin contrario, que, ya la tenía fiera,

con, orgullo, y desmayo,

veloz corre tras mí con el rayo;

pues, en doscientos pasos

la tierra, me dobló, sin embarazos;

y las escamas, que, arrastra prolijas

quisiera no ver: tanto recelo.

Luego al fin, que me alcanza,

con sus garras sangrientas se me abalanza,

y tanto en fin con ellos me aprieta

que saliese el alma, aun, no deja

Llegamos con la lucha, a aqueste suelo

a vista, desta Reina de los cielos

y sin darme fatiga ni desvelos,

al pisar del santuario los umbrales

la fiera, reventó por los hijares

esta, es la novedad: este el portento,

este, el asombro: esta la maravilla

este el milagro, en fin más portentoso

que en el mundo se ha visto, ni contado

solo, lo atribuya, a ser de su Señora,

y solo honra, y siempre esclavo suyo.

Tila.

Don Diego lo que usted gustare

de cierto suceso extraño.

Don Diego.

Si esto a mí me ha sucedido,

ya, es aviso, de ermitaño.

Tila.

O estirpe de los Valeras

oriunda de, este Molina

ruta firme, que, sustenta,

la cristiandad peregrina.

O rama, de aquese tronco

en quien, también se anidaba

piedad, valor, y nobleza

que, no mejor estimaba.

Villano.

Vimos como, eslabón

esos plurales apoyos,

pero esta acción solo es hija

de la Virgen de los Ojos.

Tila.

Señora esclarecida

bien prosiga la memoria

a quien le sirve de veras

en esta tan ilustre vida.

Con celo ardiente, y fe viva

de todos, os suplicamos,

que, victoria consigamos

contra el enemigo ingrato;

concededle de barato,

aunque, no lo merecemos:

y pues que miras presente

este, asombroso milagro,

reverencie os lo condigno,

líbranos de tentaciones

dándonos la inmensa gloria

teniendo siempre en memoria

nuestras firmes devociones.

Villano.

Pues con devoción a vuestra faz

os pedimos gran Señora,

nos libres, en cualquier hora,

de aquella fiera sangrienta.

Guarda.

De aquella que a nuestros padres primeros

con una fruta profana,

como fue, a aquella manzana,

de nobles, hizo pecheros.

Don Diego.

De aquello que a tan desgano

a ocupar la regia silla,

más de todo conseguirlo,

por ser empresa divina.

Villano.

De aquella culebra, en fin,

que, fue del hombre homicida

por franquear en el jardín,

aquel árbol de la vida.

Guarda.

Que logrando, este favor,

de vuestra liberal mano,

de aqueste alcázar celeste,

tendremos, fruto temprano.

Villano.

Con el cual asegurados

Pang. 17

Villano.

trojes del pan celestial,

puras, que, en la eternidad,

con felicidad comamos.

Lorenzo.

Pues yo, con la autoridad,

no menos del Padre nuestro,

solo pediros me resto,

divina y bella María,

que pan me des cada día;

porque es de desconfiados,

como petición de vientre,

pedir el pan para siempre

para vivir descuidados.

Sale Luzbel vestido de peregrino

Luzbel.

Pues que mi furor altivo,

no venció, destos arcanos,

estos, sus ritos profanos,

mas peno, y muero quejoso,

mal mi cólera mitigo

pues eterno mi tormento

me está abrasando allá dentro

con un ardor excesivo;

quedó medio aprovechado

el dejarme en la creencia

del mal rústico pastor

para meterle asustado

de esta trampa de buzón,

de mi ardid reniego,

y de mi infernal porfía,

que esta... mande

me perturbe mi sosiego.

Si aquesta exterioridad

con atenta locución

no perturba la razón

blasfemo de mi maldad;

pero aquí viene Lorenzo,

por el débil empecemos.

Sale Lorenzo sin mirarlo.

Lorenzo.

No vi hombre de más cobre

que este ermitaño o demonio,

que sin que ni para que

me levante un testimonio;

venía desde el cantizal

una muchacha bonita

que trae novena a la ermita

con devoción y bondad,

salió al pórtico llegando

al mesmo tiempo que estaba

mis devociones rezando,

la miré algo congojoso

y le dije muy modesto:

de inusitado trae el sudor,

¿quieres, niña, alguna oración?

Y me responde apacible,

con un rostro soberano:

estímolo mucho, hermano;

pero no hay necesidad.

Pues el bendito lo oyó

y luego al punto salió,

revestido de prelado,

y dijo muy enojado:

mejor fuera, enhoramala,

el gran pícaro, bribón,

huir a aquesta ocasión,

porque con facilidad,

el demonio, que es astuto,

suele usar de su maldad

con alguna prevención

hasta que al hombre le pone

en la eterna perdición.

Con esto, la Isabelilla,

con una cara de un cielo,

se entró a rezar a la ermita;

y a mí, el bendito me dijo:

vaya, suba a la tribuna,

y esté tres horas en cruz.

Fui, y al subir la escalera,

recias las tablas pisaba,

por si Isabel me miraba;

subióse tras mí el hermano

y de azotes, y pellizcos,

nos dimos un agramante.

No, no es esta vida, señores,

para que yo llegue a viejo:

yo quiero escapar de aquí,

antes que deje el pellejo.

Muy buena ocasión es esta,

para el cambio de mi empleo.

Pero, ¿qué es lo que aquí veo?

Peregrinito tenemos.

Luzbel.

¿De qué se lamenta, hermano?

¿Por qué hace tantos extremos?

Lorenzo.

Señor, yo soy ermitaño,

tengo al fin un compañero

que me mortifica tanto,

que yo sufrirlo no puedo.

Ayunos y disciplinas,

es el sustento ordinario,

con decir que pan y yerbas,

nos sirven de estraordinario;

porque, carnes, ni por pienso,

se prueban en esta ermita;

si bebemos, por milagro,

ha de ser agua bendita.

Azotes; no tiene cuento,

los que todos nos tocamos

Pang. 18

Lorenzo.

Dos pares de disciplinas,

cada semana, gastamos.

De ayunos y de oraciones,

cansados tenemos ya,

las paredes, y rincones.

A quien viene a visitar,

cada día a questa casa,

lo[s] zoquetes da sin tasa,

sin que uno quiera dejar.

Días pasados me hallé,

con, una hambre canina,

y me comí unas cebollas,

que me encontré en la cocina,

pues el que, las echó menos,

mire que pasó de veras,

muchas cebollas, de a libra,

me hizo provocar, enteras

porque, si fiado de la hambre,

al gato, quité un ratón,

me dijo que era un glotón,

y, que, al gato le quitaba,

lo que, la industria y trabajo,

y, su habilidad, le daba.

No se puede, decir más,

y un bajo de agua que de

dando le fin la licencia

me hace perder la paciencia

lo que tuñando andamos

pidiendo de puerta en puerta

cuando llega la ocasión

la nuestra ha de estar abierta

yo te tengo de dejar

y buscar mi conveniencia

porque no tienes paciencia

todo lo que se te trajo.

Luzbel.

Son tan justos tus motivos,

que, me dejan admirado;

es posible, que, un barrunto

tenga, para aqueste oído.

Aunque, yo comiera piedras,

en el más profundo seno,

aunque comiera veneno

sin adquirir otras medras

un punto, no te asintiera

a hombre, de ese natural

sin duda, te quieres mal

cuando estás con ella

que vas, así mi camino

y, serás mi compañero

Lorenzo.

El saber, que, oficio tienes

es, que yo sepa primero.

Luzbel.

En mi tierra el que, es,

de más corto ingenio,

tiene oficios más de treinta,

no, te admirarás que es cuenta.

Lorenzo.

Mucho aprehenden por...

Por acá, el mejor pergeño,

aunque, viva ochenta años,

solo aprehende a molinero,

que, es sacar la manga y puño

con el queco, todo lleno.

Luzbel.

Buena, habilidad, es esa;

pero, ¿la chanza de devoto,

te irás conmigo?

Lorenzo.

Me iré, aunque sea,

a los infiernos.

Luzbel.

Eso, es lo que yo deseo,

pues a queda esto en a fecho,

porque, yo te he de pagar,

aquello, que concertemos.

Y, con esta condición,

lo que, te he de dar de luego.

Lorenzo.

Me darás, por cada mes,

diez reales, y un sayo nuevo.

Luzbel.

¿Pides otra cosa?

Lorenzo.

No.

Luzbel.

Pues escríbase, y firmemos,

acá recado, de escribir

que el concierto lo consiento.

Lorenzo.

Mire señor, que, no firmo.

Luzbel.

Pues, ¿cómo ha de ser?

Lorenzo.

Haciendo lo que, acostumbro,

pues por firma una cruz pongo.

Luzbel.

Que, esto solo ejecutaron

mis padres, nietos y abuelos.

No, puede le convenirse,

con instrumento a ese modo.

Lorenzo.

Pues, si así, no puede ser,

dejamos, en tierra con todo.

Luzbel.

¿No tendrás, prenda que darme?

Lorenzo.

¿Querrás, aqueste rosario,

con estas cruces y, santos

que valen un Potosí?

Luzbel.

¡Oh reniego de mi ser!,

que, aquesto pase por mí.

Esas prendas no equivalen

a lo que, te ofrezco, a ti.

Lorenzo.

Pues, ¿qué, quieres que te dé?

Luzbel.

Ofréceme en señal tu alma.

Sale Don Diego.

Don Diego.

Deo gracias, ¿quién está aquí?

Lorenzo.

Hermano, este peregrino,

que, acaso, aquí se llegó,

dice: que le habrá la herma...

que, quiere, entrar a la car...

Don Diego.

Yo no sabía, de eso nada;

Lorenzo.

Se confiesa, que, hasta aquí

no ha en mentado a esta Señora

Luzbel.

Que éste dijo otra que estaba...

Pang. 19

Lorenzo.

Ayer, pobres desnudando

me, este, hoy, embarralando,

este, fin que desearía.

Don Diego.

Vaya luego a componer,

en aquese Santuario,

lo que fuera necesario,

al decente parecer.

Y, no se meta a chismoso,

con tanta facilidad,

que faltará a la verdad,

y, es de suyo peligroso.

Lorenzo.

Voyme, en fin sin replicar,

él, sin duda, nos oyó,

no lo hallará, su madre,

al tiempo, que, lo parió.

Don Diego.

De dónde es el peregrino

quien lo trujo a este desierto.

Luzbel.

Asegúrole por cierto

que por luza de León vino

y me pareció, a él llegar

solo, por no frecuentar

porque trato, de mi oficio.

Don Diego.

Tiene a mal que se pregunte

de dónde es, o dónde va?

Luzbel.

No lo tengo, a mi en, nada mal,

mas lo dejará callar,

que tal vez el que camina,

tienen fin particular,

a reparo, a responder,

cuando lo puede importar.

Vase.

Don Diego.

Parece, que dependencia

tiene el compadre, al devoto,

quede en paz que yo no quiero

en nada serle molesto.

Luzbel.

Cólera, y rabia me encienden

que este hipócrita me quite

esta presa de Lorenzo

hermano, porque se escusara

que se detenga le ruego

lo que tengo que hablarte.

Don Diego.

Pues el espacio no tengo

que es hora de ir a cenar.

Luzbel.

Sepa que este que decís

labra en los cristianos

los corazones, más firmes,

con una y dos verdades,

crecidos juzgará que el

Vase.

Don Diego.

Yo no le comprendo

y qué género que es el malo

pues yo, frustraré, su empeño

si a esta Virgen Soberana

sus auxilios le merezco.

Vase.

Luzbel.

A mí, canalla, a mi, intento

tan audaz y tan osado,

pues, advierto de que soy,

Pues adviértose, que soy,

el capitán, del infierno

y que, convocar, y llamo,

inciendo los elementos.

en estos valles, a veces,

estragos, más, sangrientos,

que, experimenten, los hombres

en los tiempos, venideros.

Diego arrodillado a la puerta de la ermita.

Don Diego.

Supuesto alcanzo,

por ti, como, amado dueño,

los favores, de tu hixto,

como, no me, verdaderos;

no me desampares, no;

pedirte, a mi Dios, inmenso,

me libre de los rigores,

con que, amenaza este, perro.

Entra Velasco y Juan Antonio.

Juan Alonso Tomás.

Don Diego hermano, qué hay,

tan solos; qué le ha pasado,

con aquel peregrino,

que va por ahí vaticinando.

Don Francisco.

Cuéntanos qué ha sucedido;

que venimos con cuidado,

y por saber el suceso,

la caza, habemos dejado.

Sale Lorenzo de villano con alforjas.

Lorenzo.

No, he de pararme, aquí;

con el peregrino marcho,

que, parece hombre de bien,

y me ofrece buen salario.

La fianza, que, me pide,

se he de, dar por san Ylario.

pero, el hermano, está allí,

con otros, acompañado.

no parece el peregrino,

a fe, solas, el bellaco;

él se enfadaría que este hombre

no, puede sufrirlo, el diablo.

burlas me, sin que, me creas

porque, como, he apostatado,

de aquel reverendo sayo,

y me he vestido, he timado,

les hará, gran novedad,

y me sentarán la mano.

Juan Alonso Tomás.

Hermano, qué novedad,

tan presto, le ha transformado,

cómo, el saco ha depuesto,

y se viste, de villano?

Lorenzo.

Como yo ya estoy, cansado,

de andar siempre por disdan

pidiendo, de puerta, en puerta,

ya la gallofa, ya el trago.

unos, los perros, me echan,

otros dicen: el menguado,

no pudiera, trabajar.

Pang. 20

Lorenzo.

con la azada, o el arado,

dejando, aqueste ejercicio,

para un cojo, o para un manco.

No se meta, a inventar oficios,

cave, y are, el mozconazo,

bien estuviera, en galeras,

mejor estuviera, ahorcado;

y, el que mejor habla, dice,

para dar limosna, estamos,

si no, fuera la negra honra,

todos fuéramos, ruando.

Y por último hermanito,

ya que, me lo ha preguntado,

me he transformado, por huir,

de su compaña, y, su trato.

Mateo.

No extraño hermano Lorenzo,

que de mí se haya cansado,

que son tan malas mis obras,

tan prolijos, mis encargos,

que si yo pudiera huirlos,

de ellos, me hubiera ausentado.

Juan Alonso Tomás.

Pues, Lorenzo, estás en ti,

¿por qué, dejas a tu hermano,

y, olvidas, la obligación,

de, este devoto santuario?

Mateo.

Lorenzo no faltará,

a cumplir, con lo cristiano.

Lorenzo.

Lorenzo a su peregrino,

va, buscando, como un gamo,

que, por adorno le ofrece,

conveniencias y salario,

y, sé, que, lo cumplirá,

porque, en efecto, es honrado.

Don Diego.

Señor, ten misericordia,

de este pobre, que, engañado,

de aquesta maldita bestia

va su perdición buscando.

No atiendas no, a nuestros yerros,

por el leño sacrosanto,

en que, al hombre redimiste

librándole, del pecado.

Sale el Ángel.

Ángel.

Diego ya, tu petición,

el consistorio trino,

la decretó en tu favor.

Porque, a aquesta protección

esta, que, es del hombre amparo,

esta, de los cielos puerto,

esta, del hombre resguardo

se interpuso con empeño,

en aquel recto juzgado,

y ganó eficaz auxilio,

para esta humilde viuda,

y de su resolución,

verás su ánimo trocado,

persiste en tu devoción,

que, el premio está aguardando.

Don Diego.

Mancebo gallardo, espera,

logre yo, contigo un rato,

pues, desahogo, de mis penas,

y sombra de mi descanso.

Ángel.

No me puedo detener,

que, esta orden, de prisa traigo,

y, aunque, me voy, no me voy,

que, siempre estoy a tu lado.

Don Diego.

Oh Mancebo, generoso,

o prodigio soberano,

bendito, seas mil veces

bendito sea, lo creado,

y, bendito el sumo autor,

que, te hace tal encargo.

Bendita seas tú Señora,

que, eres, medicina tan preclara,

por quien logro tantas dichas,

por quien, espero el descanso:

que, aunque son tantas mis culpas,

exceden tus agasajos.

Música, y repite con ella.

Música.

Oh Clara, estrella,

de este alegre valle,

tus canoros, aires,

tu clemencia canten.

Y que sonora armonía,

en cadencias uniformes,

estos desiertos alegran,

y engrandezcan estos montes.

El pabellón tachonado,

se muestra, en sus resplandores,

rayos de divina luz,

que alegran riscos, y montes.

Antonio.

¡Gran portento!

Mateo.

¡Gran milagro!

Lorenzo.

Caso extraño, nunca vi,

luminarias tan atroces,

o los cielos, están locos,

o es otra Troya abrasada,

sus biombos, y bastidores.

Juan Alonso Tomás.

¿Qué causa, esta novedad?

Antonio.

¿Quién motiva estos candores?

sin duda los cielos bajan,

a habitar hoy, en los hombres.

Lorenzo.

¡Jesús, y qué chusma baja,

de luces, y gallardetes,

que maris stella cantan,

con unas melifluas voces,

hacia, esta imagen divina,

de los ojos claro norte,

baja en un carro, metida,

con muchísimos chicotes.

Regina Angelorum cantan,

¿no los oyen? ¿no los oyen?

más de cien mil coros bajan

con diferentes canciones,

unos dicen gloria in excelsis,

y otros in terra responden.

Ambos.

Nosotros, no, vemos más,

que, unos grandes resplandores.

Lorenzo.

por eso dice que no miran,

unos, con otros, bigotes,

Pang. 21

Lorenzo.

que parezca al padre eterno,

que acá pintan los pintores?

Ambos.

Nada de aquesto miramos.

Lorenzo.

¿Ni tampoco veis a un mozo,

hermoso como mil soles,

sentado a su diestro lado,

que acá llamamos Dios y hombre?

¿Ni miráis una paloma,

puesta sobre una corona,

que de aquellos dos procede

con gran majestad y pompa?

Ambos.

Ya hemos dicho que de aquesto,

nada oímos ni miramos.

Lorenzo.

Pues si esto no ven, ni oyen

los grandísimos pollinos,

no doy por la devoción,

las coplas de Calaínos.

Ambos.

¡Oh, hermano Diego! ¿Quién causa

este caso peregrino,

que Lorenzo ve de presente,

y nosotros distinguimos

sus efectos solamente?

Danos luz de este prodigio.

Don Diego.

A la causa de las causas,

toca esta respuesta, amigos,

porque son incomprensibles

sus obras y sus prodigios;

solo Lorenzo parece

ha sido favorecido,

pues esta luz le ilumina

con particular auxilio.

¡Oh Señor! ¡Y qué recónditos

son tus soberanos juicios!

Misericordia, Señor,

os pedimos vuestros hijos.

Juntos.

Misericordia, Señor,

no miréis nuestros delitos,

pues son tan escandalosos,

tan protervos, tan malignos,

que no hay lengua que se atreva

a proferir ni a decirlos.

Lorenzo.

Misericordia, Señor,

gracias te doy, Señor mío,

que me has librado de aquel

protervo, infiel peregrino,

que con supuestas razones

y con engaños precisos,

quiso arrastrarme y llevar

a los oscuros abismos.

Todos.

Misericordia, Señor,

misericordia te pido,

porque son tantas mis culpas,

tan grandes, que no hay guarismo

que a su número equivalga

para poder referirlos.

Y a ti, luciente estrella,

puerto de los afligidos,

escala la más segura,

para ascender al empíreo,

por nuestra causa mirad,

sin mirar nuestros delitos,

sed siempre nuestra abogada,

hasta en los eternos siglos,

pues con esto aseguramos

el ser de los escogidos.

Música, y repiten todos.

Todos.

Y todos con firmes devociones tiernas,

con sinceros pechos, así os lo pedimos.

Córrese la cortina y quedan dentro todos menos Lorenzo.

Lorenzo.

Yo voy a buscar mi saco,

no sea que el peregrino,

lo agarre por prenda y me haga,

que cumpla lo prometido.

Vanse. Salen Polonia y María.

Polonia.

María, ¿viste tú acaso,

ayer a aquel peregrino,

que anduvo por el Peñuelo?

María.

Cierto, que era pulido.

Polonia.

Callaras eso, señora,

si te guías por Jesucristo,

porque yo, más mala traza,

ni caté jamás a Cristo.

María.

Por cierto, Polonia mía,

que eres de raro capricho,

decir de lo bueno mal

nace en ti un total extravío.

Estamos en la ermita,

descansemos un poquito

y entraremos a rezar,

que iré a casa con Francisco

y no quisiera tardar.

Polonia.

¿Qué cuidado puede darte,

señora, que vais ahora,

cuando pasa la siesta

y el cansancio te acosa?

Sin embargo, llama luego

a la puerta de la ermita,

porque abra el hermano Diego.

Al llamar sale Luzbel al encuentro con saco de ermitaño a la misma forma que Diego.

Luzbel.

¿Qué se ofrece, paloma?

Polonia.

Mi ama viene a visitar,

y a que abra la ermita,

que se quiere despachar.

Luzbel.

Di que ya está despachada,

porque el cura me ha mandado

la tenga siempre cerrada;

si de veras saberlo quiere,

que no gusta que entren mujeres.

Polonia.

El cura puede cerrar

la puerta a la devoción,

y no con hacer su mandado

cumple con la obligación.

Abra la puerta apriesa

y no andemos alrededor.

Pang. 22

Doña Isabel.

porque si el cura lo manda,

Polonia.

lo mandó el visitador.

Don Francisco.

Polonia, ¿ha abierto el hermano?

Polonia.

Antes a la aldea bajó.

Doña Isabel.

Pues demos, dar, de mano,

pues quien no puede entrar.

Don Francisco.

¿Si el cura que me ha mandado

que a mujeres no deje entrar?

Doña Isabel.

Nunca tal mandato oí,

ni a mí se me parece,

por aquí tal vez a mí.

Polonia.

Si no tiene que porfiar,

vaya, se llegue al instante,

y no quiera Dios enojar

a el del Consejo Mayor.

Rehusad vuestros deseos

por vuestro divino amor.

Polonia.

Suplícote, gran señora,

que nos franqueéis la puerta.

Abre la puerta el ángel y por dentro.

Ángel.

Ya podéis entrar, Polonia,

que la hallaréis abierta,

y advertid que el ermitaño

falso, que aquesta puerta

os negó, no tiene parte en la ermita;

y bien avisó el ciego

que si un poco se aguardara

le avisara a el visitador,

que lo mortificara.

Don Francisco.

¿Quién eres, joven bizarro?

Para que yo te agradezca,

y en este lance tan grande

que me dejes ingresar

y merezca yo también.

¿Por qué del hermano Diego

habla con tanto desdén?

Doña Isabel.

A don Diego culpar queréis

cuando el cura y el vicario

mandan que en el santuario

no deje entrar a mujeres.

Ángel.

Mal conocéis y sabéis quién es

quien os impedía la entrada,

porque a ser su camarada

no era menos que Luzbel.

Continuad la devoción

con la celestial María,

que ella advierte y guía

para vuestra salvación.

Don Francisco.

Espera, galán garzón,

no te ausentes tan veloz,

porque me llena tu voz

alma, vida y corazón.

Fuese, señora, no vi,

mujer, mi vida me sobresalta.

¡Oh, qué alegre que

toda la gloria está aquí!

Sale don Diego como de fuera a la puerta de la ermita.

Don Diego.

¿A quién las puertas de la ermita,

faltando a la reverencia,

profanan tal violencia,

quien su entrada facilita,

y quien con tanta osadía

del venerado sagrado

sus límites ha violado?

Quien os dejó, nos abra.

Sin asignar.

Pero puedo asegurar

que con un mozo de grande aire

y de mucha bizarría,

a mí me pareció que era

ángel, en conclusión.

Juzgas la mejor razón.

Entrad, pues, a dar las gracias

a este asombro de la sierra,

y crea que solo su nombre

al nuestro enemigo aterra,

señor, como un influjo superior

a aquel que con fe ganosa,

y acude con sus propinas.

Bien, señora, considere

la grande magnificencia

que demuestra su clemencia.

Con quien usa verdadera

devoción, y sin ceremonia,

no olvidas a Polonia.

Su querido y tierno franquear

la puerta para que entrar

pudieran a visitarla,

las con que remunerarla

tan colmados beneficios,

y más cuando nuestras obras

son en sí tan infructuosas,

y nada de méritos dignas.

Doña Isabel.

Salve, Reina esclarecida,

de ese cautivo tirano.

Polonia.

Salve, de puerto fiel,

de aquel mar proceloso.

Doña Isabel.

Salve, que es humildad,

y suele bajar al alto cielo.

Polonia.

Salve, que pudiste unirte

al mayorazgo sumo

de ser madre de Dios hombre,

que es el timbre más heroico.

Doña Isabel.

Y con rendimiento humilde...

Polonia.

Con humildad reverente...

Don Diego.

Postrados los corazones...

Doña Isabel.

Pedimos donde perdón...

Polonia.

Nos libre de tentación

en todas las ocasiones.

Corren la cortina y sale Luzbel y tras él don Francisco como riñendo, con la espada desnuda llena de sangre.

Don Francisco.

¿Quieres, hombre o fantasma,

que tu bizarría te emprende

y no te encuentra mi espada?

Pues el brazo sacará

de su fiera arrogancia

que conmigo te conviertan;

por el aire te esparzan.

Pang. 23

Don Francisco.

ya fatigado desmayo

que a la lucha te deshoras

no han poder fuerzas humanas

mas aun sombra me persigues

espera, detente, aguarda.

Sale el Ángel de la Guarda

Ángel.

¡Maldito! ¿Qué haces aquí?

¿Posible es que no descansas

de perseguir los devotos

de esta venerada Ara?

no curas de senparado

que son en vano tus trazas

pues esta gracia divina

a quien defiende y ampara

retírate vil infame

a tus lóbregas estancias

donde en el profundo clames

tus siempre eternas desgracias.

Demonio.

No he de soltarle sin que

prueben mi rigor y saña.

Ángel.

Don Francisco, no te admires,

el Ángel soy de tu guarda,

solo a servirte he venido

por medio de esta Señora

quien lo alcanzó con el verbo,

en este ciego letargo,

con el común enemigo

habiendo la batalla,

queda en paz, que te resguarda

y da a la Soberana las gracias.

Don Francisco.

Aguarda, bizarro joven,

pues eres deidad Soberana,

dichoso yo pues con sigilo

bajaste de las montañas.

¡Cielos, y centellas tantas!

Sale Juan Alonso villano, y Diego gracioso, asustados

Juan Alonso Tomás.

¿Qué voces son las que escucho?

Don Diego.

¿Quién causa esta disonancia?

Juan Alonso Tomás.

¿Quién inquietando el silencio

tanta grita levanta?

Don Diego.

¿Quién turba de estos desiertos

la quietud más callada?

Juan Alonso Tomás.

¿Quién a las aves cantoras

interrumpe su armonía?

Don Diego.

Yo soy solo quien la hace,

el demonio es quien la causa,

Juan Alonso Tomás.

El demonio quien la causa,

y turba de aquestos valles

las aves, flores, y plantas;

y esta Reina del cielo

quien frustra suaves fragancias.

Don Diego.

Pues, ¿qué recado es ese

villanos, de qué os espantáis?

Juan Alonso Tomás.

Dinos, ¿qué novedad

quien es causa?

Don Diego.

Dinos, señor, tu pena,

porque la nueva te espanta.

Don Francisco.

Satanás lidiaba conmigo,

esposo y dueño del alma,

Don Francisco.

¡Oh joven, pues lo preguntáis!

Si me dan lugar mis ansias,

ya que el suceso, ese fiero fogoso,

accidente, da el día el más hermoso

túmulo, de espumas y cristales

aves, ciervos, plantas y animales

de color lúgubre se vistieron,

en tanto, que, unos a otros se temieron

pasando su animoso,

enmarañado de ese monte umbroso,

jabalí metiendo el propio grito,

que, sus huellas sigo; a mí me incita,

o me voy deteniendo,

viendo que, nadie allí, le iba siguiendo;

cuando miro, que vuelve de repente,

arrugando nariz, cejas, y frente,

con rabia, y con saña se me arroja,

y a darme tiempo, a desnudar la hoja,

echándome las garras en el pecho,

que a un estruendo, cae de pie derecho,

apenas llego aliento,

cuando, del jabalí, el bruto sangriento,

esgrimiendo sañudo, por puñales,

acerados, fieros cordiales;

me aferra, el rostro, osado,

revistiendo su ánimo malvado,

se cayó, de las presas,

fiando el fuego los aires en pavesas.

Don Francisco.

Hallándome, oprimido,

de mi valor, así siento asido,

de mí se aparta fiera que me dio

pues miré el bulto transformarse hoy

la colación, y estruendo desterrado

que previno a mi acero el calamudo

cuando veo que aullando

el émulo de selva; y confabulando

sin dar mayor ofensa

traer sino alas a su defensa

de su ardid me he admirado

al verle fieramente desarmado

y acudió la virgen, y al pecho reparado

que amparó a mi fe, al instante

acercándose de muerte cruenta embestida

cuando falto de aliento,

más descuida de darme por muerto

dando por testimonio

la cruda

a esta mi devoción

cuando sale a temblar

Pang. 24

Don Francisco.

Conde de Perganzo, o ya no,

por huir del demonio y de su boca,

pues solo él pudiera

obrar de este empleo la carrera

que seguías, condesado,

como deudo encogido, que del vulgo

aldea o sordidez

recata de los campos la mabela,

quien me libró gigante

del lobo, la fiera y el elefante,

que con cautelas viles

de ardides se valía, los más sutiles,

pretendió soberbio, imperio

rendir mis fuerzas, dilatando su

mano, de aquesta Reina vocinglera.

la victoria los que he referido.

Sale Luzbel como al principio con Lorenzo.

Lorenzo.

Este, que al presente miro,

es mi hermano y compañero.

Luzbel.

Llámale, sin detenerte,

dile que hablarle a solas quiero.

Lorenzo.

Aquel, es un señor hidalgo,

que dice os quiere hablar.

Don Diego.

Bien os podéis retirar,

que luego, al instante salga.

Dígame, ¿qué se le ofrece?

porque aguardo, aquí a solas.

Luzbel.

Sentaos, pues, si os parece,

que os tengo que proponer.

Don Diego.

Pues, este asiento ocupad,

porque, yo ya estoy sentado.

Luzbel.

En cuanto a la urbanidad,

ninguno me ha aventajado

y fuera gran grosería,

que yo me pusiera inferior

y pasara a lo superior,

sabiendo de cortesía.

Y, supuesto, estoy sentado,

mi narrativa escuchad:

¿no ignoráis, que es vuestra

patria Valladolid?

Don Diego.

Ni lo ignoro, ni lo niego,

y así, adelante pasad.

Luzbel.

Pues, de vuestro nacimiento,

excusado es el hablar,

supuesto, que alcanzados

allí dominando están.

Don Diego.

Dejad la paja, y al grano

de lo que intentáis, pasad.

Luzbel.

Yo, en fin, soy vuestro paisano,

y llegando en Cuenca a hablar

de las prendas personales,

que os adornan, tan cabales,

supe vuestro paradero

y me pareció pasar

a este sitio a visitaros.

Dejéis, aqueste sayal,

inmérito, a vuestra sangre,

por, la censura, no, más:

antes que, vuestros parientes,

sepan la facilidad,

que, hubisteis, en pasar,

a un humilde ejercicio,

contra, vuestra autoridad,

vuestra sangre, y vuestro lustre.

Y, que, volváis, a entroncar,

en aquellas pretensiones,

que, lustre, y nobleza dan:

vistiéndoos, a vuestra facción,

y, que, no hay dificultad,

que, el consejo os acomode,

y, que, con toga ascendáis,

fuera muy culpable, en vos,

que, aqueste timbre perdáis,

en dispendio de los muchos,

que con razón blasonáis.

Don Diego.

Ya vuestro razonamiento

he entendido, por, mi, está,

y, extraño, tengáis aliento,

para proponerme tal,

sabiendo, que, mis alientos,

aspiran solo, a lograr

la tranquilidad que

el alma, solo tiene de amar.

Porque, la mejor escuela

es, este humilde sayal,

medio, eficaz que, consigue,

la eterna, felicidad.

Esto supuesto, podéis,

en la pretensión cesar,

que vuestros sucios designios

bien se dejan penetrar.

Dime enemigo del hombre,

falso, carnicero, mordaz,

¿no te fastidia, ni embota,

no te cansa, siempre, estar,

fomentando mil quimeras,

contra, la sinceridad,

de estos humildes devotos,

de esta Reina celestial?

Vete bárbaro, al abismo,

y, en su centro oscuro está,

padeciendo, los tormentos,

condignos, a tu maldad,

pues, por siglos, de los siglos,

nunca, se te acabarán.

Luzbel.

¿Yo, han de cesar mis ansias,

hipócrita pertinaz,

hasta que, a todos os ponga,

en la prisión, infernal?

Don Diego.

Señora, bien considero,

lo estrecha, esta batalla,

de esta vida transitoria,

pero

Pang. 25

Don Diego.

para otras fascinaciones,

de aqueste monstruo, que audaz,

por instantes, me propone,

perturbarme, en la paz.

Pedídselo, gran Señora,

a aquel consistorio real,

que, de tres personas consta,

y es una, esencia, no más.

Me ampare, de este peligro,

y, me conmute, este siglo,

por aquella, eternidad,

donde la visión beatífica,

en su sacro, luz, está.

Sale el Ángel, al paño

Ángel.

Don Diego, pierde cuidados,

porque, Dios, te ha, oído, ya;

tu muerte, será muy presto;

con esto, quédate, en paz,

y procura prevenirte:

no puedo, decirte más.

Don Diego.

¡Oh, celeste embajador,

el más bello, y puntual,

que, me anuncias mis deseos,

en lo que me importa más!

No es tiempo, de perder tiempo.

Potencias, a trabajar;

sentidos a preveniros,

porque puede importar.

Sale Lorenzo con la cuera, alforjas / y bota llena

bebe

toca el / pito, a / la bota

Lorenzo.

¿Adónde, mi compañero,

estará, que, no le encuentro,

en la Iglesia, en la cocina,

en tribuna, ni aposento?

Sin duda, él apostató,

si vino, por acá, el lego.

Ahora bien, sea, lo que fuere,

yo, un poco cansado, vengo,

y, quisiera descansar,

bien será, tomar, aliento,

ya que esta, Señora Bota,

y a mi Señor Don Lorenzo,

les daré los buenos días,

que, ha, mucho que, no los vemos.

¡Por Dios, que, el vino está fuerte!

Parece, que, lo han sacado,

de las cubas, del infierno.

Del calor, sale alterado,

no puede, sufrirse, el fuego,

no me admiro, que entone,

pez, vino, fuego, y pellejo.

Sale Gonzalo Villabel

Gonzalo.

Aquí quedaron los dos.

Pero Lorenzo ¿qué es esto?

Lorenzo.

¿Qué ha de ser? Poner la bota,

a recaudo: caballero.

Gonzalo.

¿Has visto, al hermano Diego?

Lorenzo.

No está, en casa, Señor,

donde anda, mi compañero.

Gonzalo.

Pues diles, que le llamen,

aquí, con un forastero,

con forastero, quedó,

a solas, el Don Diego.

Ábrese la puerta de la ermita, / y se verá Don Diego, hincado / en un charco, crucifijo / en las manos

vase

Lorenzo.

Mas, halla, está arrodillado,

con un Crucifijo santo;

voy a avisar, los que pueda,

para que, tomen de paso.

Yo, voy, a esconder la bota,

no me le den el un salto.

Don Diego.

Bien, miro, inmenso Señor,

que, son mis culpas, tan grandes,

y, tan enormes mis yerros,

que por el menor, merezco,

Señor, un perpetuo infierno.

Bien, miro, que, esas espinas,

que, vuestras sienes hiriendo,

están; con agudas puntas,

las labró, mi atrevimiento.

Esas mejillas, y, rostro,

del color de lirio, a trechos,

bien, miro, los maceraron,

mis gustos, y, pasatiempos.

Bien, mis intentos, injustos,

opuestos, a tus preceptos.

barrenaron esas manos,

con esos, clavos gruesos.

Bien, miro, que, mis ardores,

lascivos, y, deshonestos,

ese divino costado,

cruelmente, os lo rompieron.

Y bien, miro, que, mis pasos

por mal dirigidos, fueron,

quien, vuestros sagrados pies

los clavó, en ese madero.

Señor, pues, el atributo,

de misericordia, vuestro,

con, inmensidad, excede,

a las culpas, de tu pueblo.

a las culpas, de tu pueblo.

Salen todos

Juan Alonso Tomás.

Allí arrodillado, está,

con el Crucifijo puesto.

Cae, en la tierra, D. Diego

Don Diego.

Mas, ya, el aliento me falta,

la, Señora; hora, es tiempo,

de, que, me favorezcáis,

el que, me amparéis os ruego,

que, ya con devoto celo,

doloroso, de, mis culpas,

en vuestro hijo, mi Dios,

el, espíritu, encomiendo.

Pang. 26

Óyese un motete, o canción de fiesta.

Pod.

Parece, que de estos picos,

bajan, con músicas varias,

diversos coros, angélicos.

Doña Isabel.

Y parece, que estos valles,

cuando capuces funestos,

de nieve se visten por lutos,

con, regocijo, los veo.

Amad.

Todo esto, está reservado,

al altísimo, a quien demos,

las debidas alabanzas,

como fechuras de sus dedos.

Y que a esta divina Aurora,

como, a sus devotos mismos;

Todos.

Nos patrocine, y ampare,

hasta, ascender a su reino.

Gonzalo.

Y aquí, la segunda parte,

del, asombro, de la sierra,

Da fin: perdonad sus yerros.

Supliéndolos, el poeta,

pues solo, su devoción,

dio, alientos, a aquesta empresa.

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