Texto digital de Marco Antonio y Cleopatra
Fecha de publicación: 22 de agosto de 2026
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Marco Antonio y Cleopatra. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/marco-antonio-y-cleopatra-0.
MARCO ANTONIO Y CLEOPATRA
Pag. 1
Mss 14643
Pag. 2
Tv 39
Mss. 14648
Cat.
© Biblioteca Nacional de España
Jornada primera
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Jornada primera. Antonio, Fulvio, Flaminio, Marcela, Dorista.
Decid, amigos míos, ¿han partido
mis gentes?
Señor, sí, ya van marchando.
¿Qué dicen de mi campo?
Que es lucido.
El desear para estimarlo ando,
aunque la mesma gente, pardiez, es buena,
ni hay gente quien della ha murmurado.
Nadie, supremo Antonio, la condena,
quien de repugnar a un sabio hecho
y menos virtud que la refrena.
Dejado me has, Flaminio, satisfecho,
mas, deja, por mi fe, es bien partido,
el imperio entre nos ha en derecho.
Supuesto que, señor, has merecido
que te haya el cielo mil imperios dado
del mundo, es lo mejor lo a ti cabido.
Dime el bagaje, ¿a do está prestado?
Marchando va, señor, pues le han mandado.
Los quiero yo seguir, dime a do van, a do.
¿Y de mi Marcela hermosa?
A su ventana
ayer la vi bien triste y congojosa.
¿Cómo toma mi ir?
De mala gana.
¡Ay mi Marcela dulce, ay dulce diosa,
quien dice partirá de tu presencia
en cuya vista mi dolor reposa!
Al cuerpo de partir le da licencia
que él sabe bien que va forzado
y el alma queda acá en tu asistencia.
De mi imperial persona al Asia vado,
que allá en oriente hay damas tan hermosas
cuanto las goza acá nuestro Senado.
Concedo que las hay y muy graciosas,
mas, Fulvio, mi Marcela no es digna;
por cierto, sí; dejemos estas cosas.
Vamos do el hado y suerte mía maligna
me impelen a ir, oh cielo crudo,
ya voy do ese rigor tuyo destina.
Octavia, mi mujer, un celo agudo
por mi Marcela siente, mas no hago
caso de su dolor, que yo no dudo.
Por ella mi Octaviano dale el pago
que merece su fe y amor constante,
y solo desto yo me satisfago.
Corre, Flaminio amigo, ve delante,
avisa a mi Marcela cómo quiere
della se despedir su fiel amante.
Si la celosa Octavia algo sintiere,
procúrala engañar, pues eres sabio,
y mi dolor fingido le refiere.
Vamos adentro.
Mas no es agravio.
Marcela y Dorista.
Dorista, si no mirara
mas que solo a mi atento
este triste apartamiento,
bien creerás que le excusara.
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como
mas casos de honor
arrastren a la alegría
es fuerza seguir la vía
que quiere razón no amor.
dices señora verdad
que los que estáis encumbrados
siempre sois mas obligados
a guardar la gravedad.
no ha de haber ninguna mancha
en la señoril alteza
bien dicen que en la pobreza
así su vida muy ancha.
Y así es refran a doquiera
que aunque el oro y plata sobre
no hay tal vida cual del pobre
que es vida ancha y taleguera.
que en lo que vosotros es
lo se pierde gravedad
en el pobre es necedad
y anda el mundo así al revés
mas dime como el amor
según señora en ti crece
se sufre y se compadece
con las leyes del honor.
nunca hizo inconvinientes
quien perfetamente amó
y quien pudo comenzó
no sacó buenas simientes.
Vives dorista engañada
en pensar que a de tener
amor mayor el poder
que la razón bien fundada
Aunque vence razón
es un abuso maldito
pues pretende el apetito
lo que impugna discreción
Y aunque ya desasosiego
causa de amor en quien ama
concluye que a su gran llama
la mata la razón luego.
Mas filósofa que amante
mas que amante recatada
te juzgo y por mas prendada
de honor que de fe constante.
Dorista necia ya calla
de tal error te retira
que quien todo no lo mira
atrás dicen que se halla
Si quiero o no quiero Antonio
sabe el cielo la verdad
y el perder mi honestidad
sea dorista testimonio.
Esa razón es escasa
pues propio de mujeres
con gusto de estos placeres
cansarla luego de casa
y cese esto por ahora
porque antes ver conviene
y apártate aquí que viene
flaminio a blarte señora.
Has dicho bien aguardemos
sin que aquí sentir nos pueda
hasta que pare la rueda
de sus groseros estremos
por Júpiter que estoy a tento
de sus amorosos lazos
que el amor hecho en mis brazos
que desvelos no los siento
y cuando mucho me aprietan
y en tal confusión me veo
la rienda suelto al deseo
aunque todos se sujetan.
Pag. 5
porque si el amor me engaña
con una rara hermosura,
yo busco para mi cura
una discreción extraña.
En empezando a querer
con amor firme y perfecto,
busco por contrario efecto
el amor de otra mujer.
Maldito sea tal amante
tan desleal y tan grosero,
cuchillo de lisonjero.
Déjale, que es inconstante.
Mas, ¡oh locura!, yo qué sé
en esta batalla nueva,
donde es difícil la prueba
y por siempre crece la fe,
que por Flavia mi señora
padezco, qué digo, muero,
también a Marcela quiero
y mi corazón adora.
En amorosa conquista
no lleva el menor despojo
la gracia, el cabello, el ojo
de mi querida de vista.
Mejor había yo abrazado,
pues que te quiero yo a ti,
qué buen humor para mí,
amor roncero y pelado.
Todas tres me dan contento,
en todas ellas me empleo,
quiera Dios salga el deseo
a medida del tormento;
que pues excesivo es,
yo daré tal traza y modo
como se me allane todo
o el mundo andará al revés.
Mas Marcela me ha sentido,
¡ay, Dios, qué necio que he andado!
quiero le dar mi recado
que yo haré lo prometido.
Si dijeras, Marcela mía,
murmurado había de ti,
que tan cerca estabas de mí
para oír mi alevosía,
pero quien tal testimonio
señora levantará
a quien el cielo le da
por amante a Marco Antonio.
Mandóme que le avisase
que se viene a despedir
del alma, que en su partir
solo el cuerpo ha de quedase.
Qué respondes di, Marcela,
al amoroso recaudo,
que si la fe no ha faltado
servirá el amor de espuela.
Dices bien, Flaminio amigo,
mas como se quiere ir,
vale mi fe despedir
el que está siempre comigo.
Mas con todo, di que espero
segurísima y atenta,
para que por mi mal sienta
cuán por extremo le quiero.
Anda, ve, Flaminio, luego,
sin que más tiempo se pase,
porque amor a los que abrase
más el encendido fuego.
Yo me entro.
Pues ve en buen hora,
que Antonio luego vendrá,
no veis que turbada está
y prendada la señora.
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pues, por Júpiter te juro,
que si no me da a Antonio,
que he de cambiar en tormentos
su estado alegre y seguro.
Y porque la prevención
siempre fue de mente sabia,
voy a relatar a Octavia
mi maraña y mi traición.
Aquel que fuere indómito, atrevido
y contra mis edictos insolente,
sin que le sea descargo alguno oído,
al fuego le entregad incontinente.
Y si Octaviano demuestra sentido
en que fui contra Marcio así impaciente,
su caso feo y su traidor delito
me hizo proceder en infinito.
Y si agraviado está, poco me peno,
que aqueste vigoroso y fuerte brazo
sabrá a quien me ofendiere echar tal freno,
que tenga en le quitar grande embarazo.
Lo que mandare yo, sea malo o bueno,
eso se cumpla; lo demás rechazo.
Si Octaviano se queja mucho, yerra,
que él vale para paz, yo para guerra.
Al viento harás que dé la hinchada vela
esa soberbia flota, y nos partamos.
Flaminio, queda acá por centinela
para que lo que pasa allá sepamos.
Haráse así, señor, y a tu Marcela
será razón que a verla luego vamos,
pues creo que esperará.
Sufra y espere,
al que ansía hermosura, ausente muere.
Con todo, Fulvio mío, vamos luego,
daré vado al dolor, remedio al fuego.
¡Oh, dioses inmortales, qué camino
para la perdición y ruina grande
de Antonio, mi señor, habéis tomado!
Subísle en lo más alto porque caiga
con curso más veloz hasta el abismo
de las miserias y trabajos grandes.
El medio es su insolencia infame y bárbara,
que no mirando la corriente rápida
en que le va fortuna fluctuando,
pues le ha subido casi de plebeyo
a ser emperador, ¡ay, suerte humana!
aprisa precipitando se va el mísero,
y del pasado estado ya olvidándose,
codicia de mandar fiera insaciable
le hace que rompa con Octaviano
el firme pacto y ceremonia santa
de ferial costumbre, así inviolable
que a quien la quebrantase, es ya sacrilegio;
porque en oponerse con el cuñado próspero,
de sus términos fuerza y su dominio
ordena cient mil fueros injustísimos,
que contra los antiguos plebiscitos
y senadoconsultos venerandos
hablan expresa y muy difusamente.
¡Antonio, Antonio, quien, medio cuitado,
te lleva a miserable fin y muerte!
Si aquesto acaso sabe Octaviano,
yo sé que romperá presto contigo.
El mundo me parece está preñado,
y que dará prestísimo estampido,
y parirá infinitas novedades,
las cuales sean faustísimas a Antonio.
Yo parto a le pedir ansigo lleve
al pérfido Flaminio, que si él queda
yo fío que forje algún traidor enredo.
Y cual a emponzoñada y fiera sierpe,
¿no se desenmarañe? ¡Oh, mal Flaminio!
maldito seas, Flaminio, ¿no barruntas
que sola una color, aunque aparente,
quizá en invidia pérfida fundado
procura Octaviano? ¡Oh, mal Flaminio!
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será el profundo infierno mi dominio.
¡Ay, Octavia desdichada!
¡Ay, sin ventura mujer!
¿Cómo sin lo merecer
tal traición me está tramada?
Acábame de contar
Flaminio cómo que trata
a cortar la vida y mata
Antonio, y es sin dudar;
porque el desdén que me muestra
y el amor de su Marcela,
como sirve de espuela
lo da de clara muestra.
Él tiene ya decretado
de llevarme, mas no iré
y aun sin ir me guardaré
de algún dañoso bocado.
Sabe el cielo que quisiera
seguir a mi caro marido;
mas aunque me haya aburrido,
mi fe estará muy entera.
Pesaríame que mi hermano
algo de aquesto entendiese,
y por esto se encendiese
algún fuego fiero, insano.
Yo voy a tales hacer
si por ventura algo entiende;
porque si Antonio me ofende,
solo ofende a su mujer.
Antonio y Marcela.
Si imaginas que el partir,
señora, de tu presencia,
se soldará con la ausencia,
prométote de no me ir.
Porque me será consuelo
pues mi bien en ti se encierra;
que abandone poca tierra
con que goce mucho cielo.
Y no me juzgues por tierno,
ni que a amor le doy victoria,
por querer gozar la gloria
a trueco en el duro infierno.
Pues supuesto que no tuviera
amor flechas ni despojos,
en mirando aquesos ojos,
cualquier alma se rindiera.
Si en amoroso accidente
sois, mi Marcela, bastante
al rendido hacer amante
y al indómito obediente.
Porque el amor me mostró
por dichosísimo modo
que os obedeciese en todo;
no os contradice eso yo.
Y una rica presunción
tengo que me da contento,
pues cupe en un pensamiento
de vuestra tanta discreción.
La gloria por quien yo peno
es que en mí esos despojos,
pues en mí ponéis los ojos,
algo debe en mí haber bueno.
No, sino que el amor pasa
cualquier mal parecer,
y no tenéis que agradecer
nada, pongo de mi casa.
No me queráis obligar
pues no hay para qué, mi Antonio,
y el tiempo de matrimonio
como os lo pienso pagar.
Quede así, yo soy Antonio.
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Haced eso, mi Marcela,
que si el amor os desvela
la firmeza es sufrimiento.
Pues que os vais, Antonio mío,
y de mí no me escribiréis.
Tantos recaudos veréis
que os han de causar hastío.
Y pues que falta ventura
al que le sobra el vivir,
a Dios, que el partir
quizá vendrá muerte dura.
¡Ay Antonio de mi vida!,
¿adónde, señor, os vais?
Ya vuestra amante dejáis
un cuerpo sin alma y vida.
Quiero me allá dentro entrar
a desfogar mi agonía,
pues siento la gritería
que tienen al embarcar.
Jornada segunda
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Jornada segunda. Flaminio, Octaviano, Druso, Marcela, Dorista, Antonio.
Amor, sabroso almíbar, dulce freno,
veneno bravísimo ocultado,
pan con cenizas vuelto, fuego helado,
continuo triste mal, de bienes lleno.
Si por Marcela y por Dorista peno,
si Octavia el corazón me ha sujetado,
¿cómo así entraste, rapaz malvado,
que do moras con traidor veneno?
Amor en tantas partes dividido,
amor, cuyos sustentos son traiciones,
no sé quién te produjo, ni adó naces,
con mi deseo de bien ser crecido,
y vives donde mueren mis pasiones
e impugnas lo que quieren mis señores.
No sé, amor, lo que pretendes
en tu malicioso fuego,
que en tres partes nace el fuego
y que en mi pecho le enciendes,
y aunque esté tan dividido,
me siento que estoy prendado,
y si allí ocupó el cuidado
empleo mi sentido.
Tengo una afición afuera,
do trina malas costumbres,
que aunque me eche muchas lumbres,
nunca se enciende la hoguera.
Por cierto que es gran locura
que me deje yo morir,
porque con solo un buen reír
y una seña sea mi cura.
Aunque no puedo negar
que estos mis negros amores
me han causado mil dolores,
mas al fin, callar y obrar.
Por Marcela empezaré
esta amorosa conquista.
Daré luego tras Dorista,
y en Octavia acabaré.
A todas tres apercibo,
que si no me dan contento,
que pasarán un tormento
crudelísimo y nocivo.
A Octaviano voy a hablar,
para dalle testimonio
cómo estaba nuestro Antonio
libre y fuera del amor.
Para Egipto va marchando,
con su ejército a perderse.
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Si él tiene gana de quejar,
yo las voy acá forjando.
Gracias al cielo doy porque alcanzado
de Antonio, mi señor, lo que he querido,
en que consigo lleve a aquel malvado.
¡Ay, mal Flaminio, si has acaso urdido
algún enredo fingido y malino,
y lo poco que has en Roma residido!
Un recaudo de Antonia ayer me vino
para que so color de una mejora
Flaminio para allá tome el camino;
y tengo de ir a vello y sea en buenhora,
que según el necio es desbocado,
veré si en él traición alguna mora.
Ir quiero a lo apuesto, que me he tardado.
Por cierto, cosa es donosa
cuán loco Flaminio está
por mis amores, mas ya
no le serviré de cosa.
Eros solo es mi aliento,
de Antonio fiel camarero;
a Eros tan solo quiero,
Eros es mi pensamiento.
¡Ay, amor, cuán disgustadas
son mis infames mercedes!
Pues atas las rotas redes
y rompes las añudadas.
Cuando Eros me quería
y estaba ya en el garlito,
me le destierras a Egipto
y me aumentas la agonía.
Aquesto digo, y volviendo
a Flaminio, yo bien veo
que el amoroso deseo
le fuerza a aquesto, muriendo.
Pero dalle algún remedio
a su dolor no es cordura;
si no le doy muerte dura
entiendo ha de ser el medio.
No le mostraré a la cara
ningún desdén, mas amor,
si se quitase el dolor
haciéndole buena cara.
Porque a galán tan grosero
no sé quién le puede ver,
que en viendo a cualquier mujer
se abrasa en amor roncero.
Que si Flaminio quisiera
solo gozar de mi vista,
entendiera que desista,
desde niña no le fuera.
Nadie tendrá de mí queja,
ni llamen al amor culpa,
pues Marcela me disculpa,
de más linaje y más vieja.
En el mundo aquesto se usa,
esto se platica y trata,
y pues tanto se abarata,
paréceme no se excusa.
Pues siendo casada dama,
y de muy gran gravedad,
y apocó su autoridad
con Antonio, y ya le ama.
Más partes para querida
tengo que Marcela bella,
moza graciosa y doncella,
discretísima y pulida.
Blanca más que el alcanfor,
mi cabello más que el oro;
al fin yo soy un tesoro
de dos mil gracias, Amor.
Y porque es cosa sabida,
dicen questo por ahora.
Pag. 11
porque llama mi señora
y de ella no sea sentida.
Ceguezuelo, rapaz, traidor, grosero,
hijo de aquella infame y cipriandiosa,
fementido, ladrón, mal ballestero,
sujeto bajo de una infame diosa;
en la rusticidad y tosco apero
de groseros pastores poderosa
se muestra Venusia y torpe mano
quien os creyese más traidor tirano.
Ahora que pensaba mi agonía
remedio salutífero acordado,
ahora que la rueda de alegría
pensé que la fortuna me ha ensalzado,
por desusado modo y varia vía
me habéis de mi Antonio desterrado;
pues yo os daré también a vos de mano
con no os creer jamás, amor tirano.
Sin vos prometí dar cuenta a la muerte
que, viendo como el cuerpo se desparte
de su alma que es Marcela, del tormento
a Ligurino mago le di parte
él, como vio mi amor y pensamiento,
me dijo y prometió de librarte,
pero asimismo aquí he buen suceso
que luego perderá el desdén y seso.
Y voy por el remedio ahora luego;
y a Júpiter suplico, a quien provoco,
porque antes que me parta aplaque el fuego,
y el agua del olvido en él se eche,
resúmese de amor el fiero fuego,
ya solo por Marcela, y aunque aceche
e insidie mis pisadas su cuñado,
no temo, que el temor no es de prendado.
Octaviano y Druso.
Dices, Druso, muy bien, que un pecho infame
jamás de sí un leal ha agradecido,
jamás sosiega sin que traición trame.
Venturoso Octaviano, esclarecido,
cualquier intento vil lo bueno estraga;
conténtate, señor, lo prometido.
Sabrás, Druso, que el rey solo se paga
de la traición, mas no del autor de ella,
que al fin, si al otro escupe, a aqueste amaga,
abrasado, Flaminio, en vil centella
de amor, un yerro infame ha perpetrado,
si apagó su lascivia y fea querella.
Si lícito me fuera, miserable hado,
mi Druso, mandara mil traiciones,
y en daño de quien dio la de mi cuñado
¡Oh, falsas quejas, falsas aficiones!
Mira, señor, no llores lo que ríes;
mira, tu majestad donde la pones.
Vamos, señor, de falsos no te fíes.
Dorista, Marcela.
Dorista, gustos infinitos
del amoroso cuidado
que en Antonio está cifrado,
según que su carta ha escrito
a Fulvio, mi marido,
y a mí promete llevar
adonde él está, y nos dar
un excesivo partido.
Y ¿qué respondes, señora,
a aqueso?
Que luego sea,
pues mi alma lo desea.
Ojalá fuese en la hora.
Di, ¿qué entre dientes dijiste?
¿No irás, Dorista, conmigo?
A do quiera iré contigo.
Eso sí; ya estaba triste.
Una cosa me molesta.
¿Qué tienes, di, qué te pena?
Cómo Flaminio no viene
para llevar mi respuesta.
Pag. 12
La visita otras veces dará enfado,
que es en parlar una broma,
mas vesle allí, ciego asoma;
el necio, en siendo, no evado.
En este cuanto traigo aquel veneno,
y antídoto del mal del cruel Cupido,
y para sus designios crudo freno.
así como le calce soy querido;
diré cómo le envió su Marco Antonio,
y si perdiere acaso su sentido,
que lleves de mi pena testimonio.
Allí parece estar, ¡oh fausta suerte!,
que allí se pierde vida o gana muerte.
Flaminio, cómo has tardado.
Señora, más no he podido.
Ya pensé que eras partido.
¿Y así llevar mi recaudo?
Dale a Antonio aquesta carta,
y dirásle cómo quedo
tan firme y leal que puedo
mostrar amor a gente harta.
Muestras son estas de amantes,
por ventura exageradas,
más que ciertas infundadas,
y más falsas que constantes;
mas por lo mucho que os quiero
yo lo encargaré a Antonio,
y diré soy testimonio
de vuestro amor verdadero.
Si las albricias me pagas,
yo sé dél que te daré.
De mi Antonio por tu fe,
que más penar no me hagas.
Entre las joyas preciosas
que a ti y a Octavia envió,
sabe que se me olvidó
traerte no sé qué cosas,
unos guantes mayormente.
Señora, se me olvidaron,
veslos aquí y no quedaron
allá maliciosamente.
así por cierto lo creo,
no digas tal cosa, amigo,
mas Júpiter sea conmigo,
que sin ver mi quiero veo.
¡Ay de mí sola, ay cuitada!
¿Qué sientes, señora, di?
Echa la cabeza aquí.
¡Ay, Marcela desdichada!
En vano sale mi suerte,
¡oh infelice y cruel suceso!,
si Marcela pierde el seso
yo gano dello la muerte.
Verdad es que tiene remedio
su mal, y Dios se le dé,
yo me voy, pues que ya sé
que el mío no tiene medio.
Aquesta carta que traigo
no perderá su sazón.
Bien sé que sabe a traición,
aunque no la hay donde vengo;
y porque el furor insano
de aquesta yo no padezca,
porque de culpa carezca,
voy a hablar a Octaviano.
Antonio diré después
que Marcela me quería,
y que por mí se moría,
aunque ello es bien al revés.
La carta le mostraré
con que al momento le crea,
mayor merced cuando vea
su firmeza al cabo perfecta.
Bien enderezado está
al sabor de mi apetito.
Pag. 13
Yo la rompo el sobrescrito,
porque no sepa a quién va,
y dice que me la enviaba,
y yo, que la recibí
para que viese él allí
si en Marcela amor duraba.
Dorista, Venus soy, soy Venus bella,
mi hijo es el ceguezuelo dios Cupido,
mi efecto es apagar cualquier centella
que de mi infame hijo ha procedido.
Mortales, si tenéis de mí querella,
venid por el remedio muy cumplido.
Yo soy diosa del mar, soy Citerea,
venga por flechas y arco quien desea.
Ninfas de mi ancho mar que sumergidas
cernéis en limpios cribos el puro oro,
venid, y yo os sanaré vuestras heridas,
daré remedio a vuestro amargo lloro;
aquí surco las hondas escondidas,
Cupido es este, aquí está el sacro coro
de mis sirvientas que con ruego inmenso
ofrecen en mis aras sacro incienso.
Ya me quiero bañar, amigas mías,
que a diosa no conviene algún vestido.
No digas, mi señora, niñerías,
por Dios, que estás privada del sentido.
Qué claras, qué blandísimas, qué frías
están las aguas donde me he metido;
focas venidme a ver, venid delfines,
veréis en mi nadar dichosos fines.
Ningún mortal se acerque do estuviere,
que es sacrilegio a mi deidad indigno;
si el poderoso Marte me quisiere,
huya de Febo invicto maligno,
pues Júpiter en forma se transfiere
a mi divinidad también contino;
en Proteo me transformo y daré prestas,
conforme a todos gustos, las respuestas.
No quiero más nadar, ya subo al cielo
para abrasar de allí todo este suelo.
¡Ay, Dorista desdichada!
Marcela está sin sentido,
tras ella voy, pues se ha ido.
¡No se mate la cuitada!
Octaviano y Flaminio.
¿De manera, Flaminio, que quería
Antonio así matar mi cara hermana?
Cual dices, es toda gentil bella, quería,
en mucho te lo tuviese vana.
Su aleve voluntad, mas yo prometo
que él sienta bien lo que por ella gana.
Pues eres, mi Flaminio, tan discreto,
cumpliendo lo que está capitulado
verás lo que redunda deste efecto.
A Egipto irás, Flaminio.
Si el hado
no dispone, señor, de mí otra cosa.
Pues mira no se sienta burlada,
¡ay tal maldad, ay tal alevosía!,
que a su mujer y mi hermana querida
le enviase así una joya ponzoñosa.
En inquirirlo, señor, tenía metida
yo que lo sospecho sin arrojarme,
la prueba hice en Marcela conocida.
Conviene me de presto aparejarme;
yo haré que Marco Antonio se arrepienta,
y le cueste el vivir el enfadarme.
así querías, Antonio, hacerme afrenta,
al cabo lo verás, mi amigo, parte,
y a nadie deste caso no des cuenta.
Pues yo me voy, que ayúdete el dios Marte,
mas un punto, señor, mira a Marcela
que no hay a quien su mal triste no duela.
Cochero, el carro apareja,
que quiero subir al cielo.
¡Por Júpiter, que veo duelo
y su desastre me aqueja!
Pag. 14
En el quinto cielo está
el gran Marte aposentado,
y ya voy, si me he tardado,
es por si está Juno allá.
Ya no quiero Venus ser,
yo soy Marte belicoso,
este yelmo luminoso
me quiero ahora poner.
Ea, soldados, que se cierra
el militar aparato;
al armas toca arrebatado,
toca al arma, guerra, guerra.
Los muchachos la batalla
traben, que no hay embarazos;
allá vengamos a brazos,
válida, traída la malla.
Los dioses inmortales sean testigo,
gran lástima es de ver así a Marcela.
Cierra con ella, Drusio, y amarrada
allá dentro la mete, y sea curada
con gran cuidado más que mi persona;
y harás que esta gente prevenida,
que contra Marco Antonio he de partirme
a le quitar su imperio y cara vida,
mi poderosa flota está aprestada
dentro de doce días, porque quiero
vengar mi corazón, y mientras tanto
harás hacer reseña en mi presencia,
que aquí mi voluntad solo se cierra:
no suene ante mí cosa sino es guerra.
Jornada tercera
Pag. 15
Jornada tercera. Cleopatra, Antonio, Heros, Flaminio, Bocato, Sergio.
Cleopatra, dulce señora,
en cuyos hermosos ojos
depositó los despojos
aquesta alma que os adora,
no tenéis qué recelar
de mí, señora, si os quiero,
si el traslado verdadero
dentro en vos podéis mirar,
y si en mí lo queréis ver
podéis, pues que sois tan sabia
en ver que desecho a Octavia
mi legítima mujer;
mi cuñado Octaviano
está indignado conmigo
por seguiros como os sigo
y por que a él doy de mano.
Antonio, dulce señor,
si yo estuviese segura
que es vuestra fe firme y pura
mitigaría mi dolor;
mas bien sabéis que celos
son propios de enamorado,
que mientras más bien prendado
más le persiguen los celos;
salsas son con que se arme
amor y avasalla un pecho,
y así no es querer derecho
el que en sí no se carcome;
Octavia no me desvela,
sabéis lo que me ha penado
es saber que estáis prendado
del amor de una Marcela.
¿Marcela?
Marcela, digo.
No trayáis cosas pasadas.
Y si no son olvidadas...
De eso seréis vos testigo.
Si decís que en vuestro pecho
estoy, señora, estampado,
miradme en él tan prendado,
cuanto alegre y satisfecho;
y mirad que ese temor,
mi Cleopatra, es gran locura,
pues vuestro rostro asegura
cualquier celoso dolor.
Y si os dijeron que amé,
yo os prometo que no amaba.
Pues ¿qué hacíades?
Me ensayaba
para en vos poner mi fe.
Pag. 16
Sabéis, señor, que destierra
mi enamorado contento,
que os da pena,
el turbulento
aparato desta guerra.
Porque está muy cierto y llano,
y en ello no hay que dudar,
que os habéis de concordar
luego con Octaviano.
Y todo el mal lloverá
sobre mí.
No os dé eso pena,
no es tan débil la cadena
que tan presto romperá;
que como no tiene el cielo
dos soles, mas solo uno,
y no consienta ninguno
que mire su claro velo,
así el mundo no terná
dos señores, ni es posible,
el mandar no es divisible,
en él o en mí quedará.
Por mar pretendo, y por tierra,
resistir a Octaviano,
y a su esfuerzo y pecho vano
yo los pienso hartar de guerra.
Y así es justo que ordenemos,
pues todo está prevenido,
que en siendo Febo salido,
a la mar nos alarguemos.
Solo por mi honestidad
os suplico, Antonio mío,
vaya en diverso navío.
Haced vuestra voluntad.
Poderoso señor, Flaminio y Heros
al puerto han arribado y quieren veros.
Aquí, señor, están.
Pues entren luego.
El poderoso Jove esté contigo.
Vengáis, amigos caros, en buen hora,
y estéis buenos.
Señor, a tu mandado.
¿Cómo os dejó venir Octaviano?
que me dicen que el mar con muchas velas
rompiendo viene contra mi persona.
así cual te lo pintan, pasa cierto,
él nos dejó veniros, a que creo,
para que su potencia y avantaje...
Pues otra tanta acá hallará, y brío,
y Heros, guardarás a Alejandría,
y tú, Flaminio, antiguo en este campo,
de capitán harás el dicho oficio,
marchando irás por tierra.
Mas que luego.
Sus, sus, al navío, a embarcar, que no sosiego.
Es muy enojosa reyerta,
dioses, ¿no se acabará?
¿no me concederéis ya
que soy Marcela y soy muerta?
Muerta estoy, muerta, y no vivo,
mi espíritu está en el cielo,
Marcela fui en el suelo,
de que contento recibo.
Fui emperatriz romana,
de Marco Antonio mujer;
¿quién lo pudiera creer,
oh cabeza bruta insana?
Dioses vanos, burladores,
mentirosos, ¿qué decís?,
porque falsos os hacéis
de mis tan ciertas razones.
Juno dice lo ha creído,
y a fe que hizo como cuerda,
porque si no a fe que pierda
el amor con su marido.
Júpiter anda penado,
por mí tanto que se muere,
pues quien a Mercurio viere
verá que es mi amartelado.
Con Hércules me casé,
y él dejó su Dejanira,
¿quién dijo aquí que es mentira?
¿la luna? ¿adó la hallaré?
Mira que son desconciertos,
dioses vanos, los que hacéis,
pues a burlas os ponéis
con los que estamos ya muertos,
mas no se me da una paja.
© Biblioteca Nacional de España
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ninguna ofensa recibo
pues que sabéis ya no vivo.
vedlo bien ves la mortaja
mas por otra parte entiendo
que vivo no estoy así
Vulcano dice que sí
pues este árbol que estoy viendo
no se a qué mortal pregunte
si yo vivo y si soy diosa
sin que está canalla astrosa
de dioses cosa barrunte
gracias al cielo doy pues he arribado
en busca de quien ando tan perdido
asi de aquesta loca an cuidado
q a mi presencia tanta asi sea huido
que sacrilegio es este madre amada
asidla nola oigáis tiempo es perdido
Plutón reciba questa alma en tu centro
que yo lo mando ful. entrar a sus dientes
aquí entran las demás baranda
Torcato y Servio.
Amor maldito cebo acá venido
para el mortal sosiego y a mi daño
como rapaz se sufre que Cupido
allas donde reside el pio engaño
Antonio Antonio ovieras mas valido
que se diera lugar al desengaño
mas ya remedio no hay a lo q entiendo
salid sin duelo lágrimas corriendo.
Maldito sea el amor y sus placeres
que al fin son amistades de rapaces
y mas maldito aquel que por mujeres
olvida honor y ama vicios falaces
Antonio Antonio así arruinar te quieres
y tanta red de cleopatra satisfaces
lo que en ganas veras a lo que entiendo
salid sin duelo lágrimas corriendo.
los dioses mi Servio sean comigo
ay Servio Servio cuanto te deseo
es por ventura cierta la tristísima
nueva que ya de Antonio se publica
pluguiera al cielo que dudosa fuera
mas es Torcato por mi mal cien cierta
yo que de vista della fui testigo
te lo podré contar mejor que nadie
malditas seáis mujeres seáis malditas
que tanta perdición habéis causado
cuenta mi Servio amigo aquesto pasa
a mi me place escucha el caso triste
que yo sere en contallo bien sumario
partiendo marco antonio con su armada
en busca de Octaviano presuroso
aquella cruel aquel velido monstro
aquella vestial hembra de cleopatra
de misero interese precipitada
perpetra una traición y un mal nefando
y fue que desampara a n[uest]ro antonio
y sique otra deber q a prisa grande
airado lo pudo hacer disimular lo
Siba lucato amigo y un nordeste
que en sus hinchadas velas fuesoplando
la hizo se alongase y ella viendo
la prospera ocasión que deseaba
alargase ala mar y deja antonio
que hizo entonces el Antonio muy prestam[ent]e
salto en un barco que era velocísimo
y aprisa la siguió y al fin la alcanza
ella en sus fingidas cobardías
le empieza a acariciar de tal manera
que sin hablarle mas en lo pasado
la popa vuelven luego a Alejandría
Antonio de su flota no acordandose
en ella contentísimo camina
finalm[ent]e después que Octaviano
al fundo echo las naos que rresistieron
su invicta fuerza y las demás llevando
la vuelta fueron viendo q les convenía
donde cerca de Antonio está en aprieto
o dioses grandes vamos Servio mío
daremos orden como este aprestada
n[uest]ra lucida gente por si acaso
menester le pudiese algún socorro
vamos y el cielo santo se lo envíe.
ay Marcela mujer mía-
cuán mal has mi fe pagado
Pag. 18
Bien dice que va engañado
el que de mujeres fía,
mi estado, persona y honra,
Marcela, a ti confié,
y fue el fruto que saqué
grande ignominia y deshonra.
Sin haberlo merecido
me hiciste falsa tal mengua
que ande de lengua en lengua
mi honroso nombre abatido.
Con esto me satisfago
y se mitiga el dolor,
que no podrá tanto amor
que yo no te dé tu pago.
Del furor está ya sana
y en su entero juicio,
justo es saque del vicio
el fruto torpe que gana.
Con tan nefando suceso
yo aplacaré mi tormento,
pues que perdí mi contento
por la causa de ella el seso.
Aquí me la esperaré
pues que urdió tan falsos modos
y de sola que hiciesen todos
en todas lo que yo haré.
Bien dicen que en la mujer
nunca muere la venganza
pues sustenta la esperanza
el instinto del haber
cruda soy, cruda soy, cierto.
Pues más seré yo llamado.
En haber el orden dado
como Flaminio sea muerto
por llevar su torpe vicio
a su no debido efecto
mi vida puso en aprieto
y me privó de juicio.
Pues ahora pagará
el insulto acometido,
muera, que pues con debido
agravio no se le hará.
Ay, Antonio, Antonio mío,
como desde que te fuiste
vivo descontenta y triste
y lloro cuando más río.
Que aun ahora se te acuerda
mi traición y mi deshonra,
toma, falsa, que mi honra
no es razón por ti se pierda.
Ay, Fulvino, ay, triste suerte.
Ay, Marcela engañadora,
acuérdate, falsa, ahora
de tu Antonio o de tu muerte.
Quiérola dentro meter
porque el crimen sea ocultado,
que si pagó su pecado
al fin, fin, es mi mujer.
Marco Antonio y Sulpicio.
Qué tienes tú, Sulpicio, que avisarme,
¿no ves, di, que esa es bárbara insolencia,
querer tu frágil seso gobernarme?
Antonio poderoso, con clemencia
que a todos se concede osé fiarme,
y así tomé, señor, esta licencia.
Perdona, venturoso Marco Antonio,
que sobre de mi celo este sentimiento,
quererte yo avisar de lo que sabes:
bien sé que es indecencia a tu persona,
mas la propia pasión en ansias graves
el más cendrado juicio no perdona.
Quita, arrogante, necio, no me alabes,
pues me das de insolente la corona,
¿qué puedes tú decir que no sea risa?
Lo que razón y mi lealtad te avisa.
Y así, por cierto tengo, vas errando,
si en ocasión mejor que esa se halla
tu flaco y cotidiano esforzado,
que quieres presentar, di, la batalla.
El mundo todo le promete el hado
Al que venciere Antonio, majadero, calla,
atrevido, traidor, necio, cobarde.
Pag. 19
No quiero mi venganza más se tarde.
Ganéle dos encuentros espantosos
de tan lucida y yo con poca gente,
los míos ya con la sangre a los ojos,
los suyos vencieron más fácilmente;
soberbios, atrevidos y animosos,
y así acometen muy valientemente,
más vale un hombre mío que doscientos
suyos, y estos son veros fundamentos.
Ahora el ambicioso de Octaviano
con la naval pelea desvanecido,
refuta el campo que de mano a mano
mi persona a la suya le ha pedido,
diciendo que un camino muy más llano
para morir honrado que he elegido
sin aqueste hallará por otras vías;
podré dar fin honroso aquestos días.
De suerte que el cobarde ahora imputa
mi esfuerzo a voluntaria y triste muerte,
y pa que más mi honor no esté en disputa,
ofrezco al hado duro el brazo fuerte;
y si él con voluntad cauta y astuta
repugna aquesto, aclárese la suerte,
y dé el imperio a quien quisiere,
porque mi corazón por esto muere.
Dios quiera, mi señor, cuán dichoso
fin salga todo aquesto que has contado.
Sulpicio, el brazo fuerte y pecho honroso
vencer y tener atrás al duro hado.
Después que al sueño plácido y sabroso
mi vitorioso campo esté entregado,
en orden se pondrá...
¡Ay, que se yerra!
Acierto o yerre, acábase esta guerra.
Jornada quarta. / Flaminio / Marco Antonio / Heros / Cleopatra / Fagio / Sulpicio / Octaviano / Fulvio.
Por los dioses, que confuso
y en gran razón estoy,
pues se pierde Antonio hoy
por la gran traición que uso.
A Octaviano he prometido,
no sé si lo cumpliré,
mas que he dicho, sí haré
de pasarme a su partido.
Su estandarte y rica pompa
de todos ha de ampararme;
hoy prometo de pasarme
antes que lanzas se rompa.
Todos aprueban mi hecho,
mi campo ya lo desea
antes que su muerte vea,
pues tiene el agua hasta el pecho.
Yo me voy a negociallo
pues hace la noche escura,
y en viendo la coyuntura,
al momento ejecutallo.
Que ¿qué es que la gente calla?
Debe de ser ya bien tarde,
y a la aurora harán alarde,
y luego darán batalla.
Antonio y Servio.
¿Di, Servio, está aparejado
mi campo, porque con día
demos fin a la porfía
de mi ambicioso cuñado?
Grandes humaradas siento,
risa y grita y voces varias;
sin duda son luminarias
de mi alegre vencimiento.
Quiera Dios que ello así sea,
pero yo lo veo al revés.
¿Qué dices, Servio? ¿Qué es
eso lo que se desea?
¿Todo estará prevenido?
No falta ninguna cosa.
Demos fin a la enojosa
guerra a que habemos venido.
Octaviano, Fabricio.
Fabricio.
Señor.
¿Hiciste
todo lo que te he mandado?
Todo está ya aparejado
del modo que lo pediste.
Ya sabrás cómo se pasa.
Pag. 20
Flaminio y su infame gente
a mi partido, Fabio, y quien asiente
que en mi ejército tal se usa.
Vamos porque ya despunta
el aurora, vamos ya
porque advierte que ya está
la contraria gente junta.
Heros y Hecato.
¿Qué es lo que estaba tratando
hoy Marco Antonio, amigo?
Un caso que si lo digo
mi dolor haré notando.
Dime, Heros, ¿podré sabello?
Sí, como guardes secreto.
Eso yo te le prometo
que a nadie di parte dello.
Lo que él me dijo, Hecato,
fue que le diese la muerte
si acaso la varia suerte
no le da un suceso grato.
¿Y tú qué piensas hacer?
Eso después lo verás,
vamos, porque tendrás,
según pienso, en qué entender.
Dices bien, Heros amigo,
porque Antonio está perdido
y el pago es bien merecido
que el vicio le dé el castigo.
Aquí deste puesto estoy mirando
mi vencedora y valerosa gente
que ya con los contrarios careando
en orden puestos van osadamente,
aquí y allí socorro y fuego dando
donde flaqueza entender se siente,
que aun bueno un vil a veces le arrompe
y un pequeño descuido un campo rompe.
El general Flaminio está delante
de todo como debe en orden puesto,
yo sé que me servir están al instante
cuanto es forzado, leal y bien dispuesto
mi ambicioso cuñado que arrogante
se me mostraba tanto al campo presto,
aquí asiste el premio de la guerra
¿qué haces, Flaminio, qué haces?, cierra, cierra.
Mas, ¡qué traición grande, oh cruel fortuna!
¡inaudito mal así abarcado!
ya la contraria gente y mía es una
y el tránsfuga Flaminio se ha pasado,
oh pérfida, cruel más que ninguna,
egiciana Cleopatra, así me has burlado.
Traición son tus halagos y caricias,
y al que tú quieres, a más le desperdicias.
Pues dio mi vicio causa a mi flaqueza
y tu lascivo amor me ha así rendido,
mi vida acabaré aquí sin cabeza,
mi mísero cadáver veo tendido,
oh falsa más que cuantas fama reza,
Antonio, una mujer te ha así vencido.
Yo voy a me vengar a Alejandría
de esta, la causa de la infamia mía.
Hecato, Cleopatra.
Hecato, no seas molesto.
Huye, falsa, que a tu culpa
ninguna excusa disculpa,
huye de aquí, huye presto,
dime, alevosa mujer,
¿cómo vives? ¿es posible
que al que siempre fue invencible
le pudiste tú vencer?
Y ojalá fuera vencido,
que al fin, al fin, se pasara,
pero ya a la parca avara
el triste así se ha vendido
por creer tus conciertos.
Pag. 21
viene Antonio a tal estado,
y es justo se hayan cambiado
en muertes sus alegrías.
Confieso tienes, Precato,
en lo que dices razón,
mas género de traición
nunca fue a mi gusto grato.
Sus civiles condiciones,
Precato, quien las forjó,
todo ello no emanó
de envidiosas ambiciones;
concedo que con cruel castigo
merezca de gran deshonra
pues abandoné la honra
y le tuve por amigo.
Dile a Antonio, si ya vive,
que me voy a dar el pago,
y que con mi muerte apago
si muerte por mí recibe.
Drusio y Flaminio.
Sabe el cielo que quisiera
no traeros nueva tal,
pero pues que soy mandado
recibe mi fe sincera,
que el ingrato Octaviano
manda, ¡oh Flaminio!, seas muerto
por tu gran traición, y es cierto
que lo hace a modo tirano;
pero al fin he de cumplillo,
perdóname, dulce amigo.
A grado es cierto el castigo
y yo gusto de sufrillo,
porque quien, Drusio, abandona
su lealtad, ser y señor,
su linaje, hacienda, honor,
merece bien tal corona;
y su traidora memoria
discurra de gente en gente,
y que quede eternamente
tal traición en ruda historia.
La muerte no la rehúyo,
no te duela ejecutalla,
pero ruego que al dalla
te acuerdes fui deudo tuyo.
Por picas has de pasar.
Amo, es azufre do quejar,
¡ay, que quien en dudar yerra
su favor no ha de gozar!
Y pues manda Octaviano
lo que había de hacer Antonio,
de venganza y testimonio
me sirva esta daga y mano.
¡Oh caso tan sin segundo!
Al fin, por romano hecho,
¡oh valentísimo pecho!,
suene tu nombre en el mundo.
Que aunque tu traidora culpa
ninguna cosa te lleva,
buen descargo es el que lleva
esta animosa disculpa.
Quiérole dentro meter,
que pues al cielo le plugo
fuese en vida su verdugo,
quiero en muerte deudo ser.
Precato. Antonio. Eros.
En las adversidades, gran Antonio,
el indómito pecho, el brío subido
sirven a la memoria en testimonio
con ánimo robusto haber sufrido
los lances de fortuna engañadora,
y escudo de paciencia haber tenido.
Allí, divino Antonio, se atesora
la más alta virtud que tiene el cielo,
allí prudencia, allí el esfuerzo mora.
No digo esto, señor, por dar consuelo
a tu constancia, pues que se asolven,
aunque ocultado ahora esté con velo;
y pues tan animosa y rara obrea
una empresa tan rara y atrevida
obró Cleopatra, por do fama cobra,
pues ya toda esperanza va perdida,
pues ya todo el socorro ha faltado,
imítala en la muerte, cual en vida.
Ya yo, Precato, tengo eso acordado.
Corre, ve, anda, Eros amigo,
y llama acá al carnicero.
Pag. 22
¡Ay, cielo!, que si no muero
sabes por qué, y sé testigo;
mas ¿para qué es dilatar
lo que al fin sí se ha de hacer?
Si mujer me echó a perder,
mi muerte me ha de ganar.
Heros viene, a quien ya
mi muerte está cometida;
no es justo sea dilatada,
pues Cleopatra esperará.
Ya voy, Cleopatra graciosa,
buen pago cierto cobrasteis
por lo mucho que me amasteis,
que es muerte y vida afrentosa.
Señor, tu cabo me fue
a llamar que prestamente
ante ti fuese presente;
mira en qué servir podré.
En que sin duda ninguna
cumplas lo que está acordado,
pues me ves en tal estado
y en tan mísera fortuna,
y no entiendas que cruel
serás, sino muy piadoso,
pues darás, Heros, reposo
al que está y vive sin él.
Mira, señor, lo que haces,
¿por qué te quieres matar?
Si no es en lo ejecutar,
en nada me satisfaces.
Cumple luego mi mandado,
¿qué te tardas?
Yo lo haré,
mas no que no perderé
el nombre de leal criado,
y pues ya tu infausta suerte
a tal cosa te convida,
yo me privaré de vida
antes que darte la muerte.
¡Oh Heros, varón famoso,
hecho jamás oído!
Si yo hubiera Heros sido
fuera cierto más dichoso,
que tu lealtad no permite
darme la deseada muerte,
que aun no consiente mi suerte
que mi ignominia se quite.
¡Sulpicio!
Señor, ¿qué mandas?
Que Heros, mi fiel criado,
al momento sea llevado
y sus brazos sean sus andas.
Di a los míos que me pesa
no mi muerte el haber sido
por una mujer vencido,
amor mi dolor no cesa.
De mi muerte sé testigo
porque puedas referirlo,
y di si amor fue el cuchillo
que mi esfuerzo fue el castigo.
Tente, Antonio desdichado,
mas ay cielos que es ya tarde;
jamás tu pecho cobarde,
deshecho enamorado.
Quiérole dentro llevar
con Heros, que bien podré,
quizá por ventura haré
que así pueda mejorar.
Mas, ¡por Júpiter!, que advierto
que el camarero está muerto;
ayudarme viene cierto
para los llevar Derceto.
Sabe Antonio que he venido...
mas ¡ay Dios! ¿qué cosa es ésta?
Dime lo que te molesta.
Ay señor, que estás herido.
Herido estoy, deja ahora
eso, di lo que decías.
Que vive cual tú querías
tu Cleopatra.
¿Mi señora?
Procúrame de llevar
adonde esta emperatriz;
con ella es mejor morir
que sin ella vivo estar.
Octaviano y Druso
¿Que ya es Antonio muerto? ¡Oh desdichado!
Señor, sí, en el regazo de su dama.
¡Oh rabia, oh mal morir, oh fin desventurado
del capitán que muere así en cama!
¡Dichoso aquel que en campo acaba armado,
que allí consigue hoy eterna fama!
¡Dichoso aquel que bala presurosa
o dura flecha muerte ha dado honrosa!
Pag. 23
pluguiera el cielo, Antonio, que pudiera
tu civil furor determinarse
sin un medio tan crudo y muerte fiera,
y el hado de tus años apiadarse,
que bien creyeras de mí que si pudiera
de otro arbitrio, digo, de librarse,
que un medio no escogiera tan dañoso
que te costara, así, el total reposo.
Señor, pues no hay remedio a lo que es hecho,
de tu imperial persona da al ansia vado,
y la clemencia muestra que tu pecho
en los vencidos tristes hoy ha usado.
No estoy, Drusio, a inusados hechos,
que con los muertos guerra no he trabado,
con el soberbio sí, rebelde brío,
cual fue el del infeliz cuñado mío.
Sabeo incienso, y víctimas se ofrezcan
al alma que en el orco está penando,
porque sus penas tristes más no crezcan
y del elíseo campo esté gozando.
Las santas ceremonias no carezcan,
todo se cumpla cual aquí lo mando:
lo uno por la piedad y suerte esquiva,
lo otro porque Cleopatra alegre viva.
Recélame, mi Drusio, que no muera,
o hablando claro, que ella no se mate,
y mi soberbio triunfo en gran manera
con su homicidio crudo mal se abate:
cuchillo alguno, hierro ni arma fiera
ante ella no se ponga ni se trate,
que ella la pueda haber y de esta suerte
aunque quiera morir, le falte muerte.
Vamos, amigo Drusio.
Señor, vamos,
y fausta hora y feliz emprendamos.
en el medio pliego aparte esto mas difuso y concertado
Cleopatra. Claudia.
No me deis, señora, lugar
tanto al tierno sentimiento,
que priva el vital aliento
sin que te puedas vengar.
No espero de parte alguna,
Claudia, ninguna venganza,
pues se acabó mi esperanza
cuando empezó mi fortuna.
Yo daré a mis males vado
como presto podrás ver,
que aunque amé como mujer
moriré con pecho osado.
Ese es pensamiento vano,
señora, de ti se aparta.
Calla, Claudia, y da esta carta
al momento a Octaviano.
[Vase.]
Ya yo voy.
¡Ay, suerte esquiva!
¡Ay, dolor terrible y fuerte!
¡Ayer tan dichosa suerte,
ayer reina y hoy cautiva!
No esperes más sacrificio,
Antonio, de aquesta mano,
pues voy al pueblo romano
ni quedas en el egipcio.
Resérvanme, Antonio mío,
para testigo y afrenta
de su triunfo, y la violenta
muerte tuya, y llanto ciego.
No pienses, caro señor,
que tu Cleopatra querida
acabará con su vida
el antiguo y firme amor.
No me notarás de ingrata,
que yo a creces pondré
a tu amor y firme fe
con equivalencia grata.
Y si no lo hice al momento
no juzgues de mi despecho,
que aun para romper el pecho
ha faltado el instrumento.
Aquí se cifró mi suerte
después que me vi sin ti,
pues huye muerte de mí
mientras más sigo la muerte.
¿Es posible que a mi muerto
di, por qué no me respondes?
¡Ay, que sí, pues que te escondes
el rostro de mí, ya es cierto.
Que esto, di, santo cielo,
por qué me habéis trasplantado
a mi Antonio, Antonio amado,
que cubre mortal velo.
Antonio descomedido,
di por qué sola me dejas,
háceste sordo a mis quejas,
mas ¡ay, loca, sin sentido!
que mi Antonio está indignado
conmigo, pues que me quejo,
y de su vista me alejo,
y la muerte he dilatado.
Mas nada será bastante,
que tiempo o suerte esquiva
hacerme pobre y cautiva
por no ser desleal amante.
Pag. 24
Los áspides ponzoñosas
pongo a mi rendido pecho,
para que rompan derecho
vida y ansias amorosas.
Este será testimonio
de mi amor firme y cendrado,
y pues ya se acaba el hado,
empiece el gozar de Antonio.
Octaviano, Drusio, Fabricio.
¿Quién fue el desobediente y atrevido
que así a Cleopatra dio tan triste muerte?
Porque en haberle así el corazón herido,
participó de la nefanda suerte.
Si por el aire claro no han venido,
nadie las pudo dar.
¡Oh, caso fuerte!
¡Ay, tiernos años, oh envidiosos hados!
Llorad sin descansar, ojos cansados.
Llorad sin descansar, cansados ojos,
pues se convierte en polvo una figura
a quien rindieron siempre mil despojos
las gracias, el valor y la hermosura;
cojan de varias flores mil manojos
y adornen su temprana sepultura,
su fresca edad, sus años mal logrados.
Llorad sin descansar, ojos cansados.
La nueva, mi señor, es clara y cierta,
que ya Cleopatra hermosa está sin vida;
aquí la puedes ver, mira la muerta,
que su belleza aun muerta a amar convida.
¿Quién fue el que abrió al morir de rica puerta,
quién de tan rara casa fue homicida?
Dos áspides, señor, emponzoñados.
Llorad sin descansar, ojos cansados.
Y porque el tiempo su valor no oculte,
y esté su claro nombre eternizado,
llevadla luego y quiero se sepulte
en el ansón suntuoso desdichado.
Sino que eternamente sea cantado,
llevadla luego en hombros, y en esto
se acabará este triunfo tan funesto.
Diego López de Castro
Prosíguense las estancias.
¿Qué sirve frecuentar el son lloroso
cuando tu campo está regocijado?
Desecha aquese efecto lastimoso,
señor, pues no hay remedio al mal pasado.
Dices, Drusio, muy bien, y estoy gozoso
en ver mi vencimiento sublimado,
dignísimo de muestras de alegría,
cual se verá en el triunfo y fiesta mía.
No atribuyas, amigo, que por esto
en mí no reina un gozo soberano,
si el desastrado hado, fin funesto
no me moviera, no fuera Octaviano.
Sus, sus, vamos de aquí y ordenen presto
fiestas, pues ya llorar es caso vano;
vamos a lo ordenar, perdón pidiendo
al ínclito senado que estoy viendo.
Acabó esta tragedia el Ldo. Diego López de Castro, natural de Salamanca, residente en Madrid. En siete de septiembre de 1582.
Diego López de Castro
