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Texto digital de El salvador de Egipto

Fecha de publicación: 22 de agosto de 2026

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Cita sugerida

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El salvador de Egipto. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/el-salvador-de-egipto.

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EL SALVADOR DE EGIPTO

Pag. 1

Cubierta del manuscrito. Etiqueta en el lomo: "Mss 14961". En la parte inferior: "Biblioteca Nacional de España".

Pag. 2

Vv 458

Mss 14961

Pag. 3

MS. A. O. Inédito

Salvador de Egipto en 3 jornadas tituladas la

1.ª Castidad triunfante

2.ª Justo premiado

3.ª Envidia postrada

Valdearenas (Domingo Francisco)

Fernando 6.º

Carlos 3.º

23

Jornada primera

Pag. 4

+

Comedia nueva, el Salvador de Egipto. Repartida en tres títulos: primera Jornada, la Castidad triunfante; segunda, el Justo premiado; tercera, la Invidia postrada.

De Domingo Francisco de Valdearenas

Personas, que hablan en ella

Joseph el Justo. Judas. Rubén. Pharaón Rey. Jacob Varia. Putifar. Benjamín.

Un Copero de Pharaón. Un Panadero de Pharaón. Calabazán, gracioso. Claudia, mujer de Putifar. Asanet, mujer de Joseph. Susana Criada. dos Pastores. Músicos, y acompañamiento.

Sale Jacob, Rubén, y Judas con una túnica blanca manchada con sangre

Judas.

Señor, todos venimos

a preguntarte veloces,

si esta túnica

Pag. 5

Rubén.

porque en el campo la vimos,

manchada así como ves

en sangre la hemos topado,

y nos metió en gran cuidado

por si de tu hijo es.

Sácanos de este cuidado

y de tan gran confusión,

que me hiela el corazón,

si es la de Joseph tu amado.

¡Fiera suerte infelice!,

que en el campo alguna fiera

despedazado le hubiera

según las señas lo dicen.

Si la desgracia ha sido

cierta, como lo parece

quéjate tú solo al cielo,

pues tú la culpa tuviste,

que no fue traza acertada,

ni tampoco fue cordura,

que solo a una criatura

hayas al campo enviado.

Aparte.

Rubén.

¿Puede haber mayor crueldad

ni engaño más manifiesto,

que consienta el cielo aquesto

sin castigar su maldad?

Yo hice todo cuanto pude

para librarle la vida,

mas es muy cruel la envidia,

no haya nadie que lo dude.

Yo hice que en la cisterna

le echasen, porque la muerte

no le dieran, mas su suerte

hizo su desdicha eterna.

Yo en ella le hice echar

por saber que seca estaba,

y la ocasión aguardaba

para volverle a sacar,

pero se trocó la suerte,

dejándome descuidar,

que cuando le fui a sacar

ya le habían dado muerte.

Y ellos con aqueste engaño

echan la culpa a la fiera.

¡Oh, quién declarar pudiera

que ellos causaron el daño!

Judas.

¿No nos respondes, señor?

¿De si acaso es de tu hijo,

que con tu callar prolijo

va a aumentar nuestro dolor?

Rubén.

¡Qué bien finge su traición

y con qué seguridad,

que pueda tal maldad

caber en su corazón!

Jacob.

Ya se acabó mi consuelo,

lloraré de noche y día,

¡ay, hijo del alma mía,

de tu muerte apelo al cielo!

Vosotros sois quien la vida

le quitó a mi hijo amado,

y la muerte le habéis dado

movidos de vuestra envidia.

Bastábale a mi dolor

el que me quitase el cielo

en suma de mi consuelo,

sin añadirme el mayor

dolor, que se ha imaginado,

pues vuestra envidia cruel

con darle la muerte a él

la vida a mí me ha quitado.

Roto de cera, corazón, lloro,

que no hay consuelo para mí

y pues tal desdicha vi

acábeme mi penar,

que os hizo aquel inocente

¡qué crueles y tiranos,

con vuestras aleves manos!

Rubén.

Detente, señor, detente,

no pases más adelante,

y pórtate, ten paciencia,

no en culpar nuestra inocencia

tu dolor, mas sea delante.

Aparte.

Rubén.

Si él de cierto lo supiera,

que la causa habemos sido

de lo que le ha sucedido,

más grave su dolor fuera.

Y que este engaño advierte

él crea tal crueldad,

pues te digo con verdad,

que una fiera le dio muerte,

y no muy lejos de aquí

anda causando estos daños,

pues entre nuestros rebaños

algunas veces la vi.

Cree, señor, te aseguro,

y lo puedes bien creer,

que claro se deja ver,

pues con verdad se te juro.

Aparte.

Judas.

Pesares disimulemos,

pues nos importa callar.

Señor, no nos des pesar,

pues la culpa no tenemos.

Jacob.

Pues si fueron vuestras manos

las que a Joseph dieron muerte,

¿cómo puedo de otra suerte

trataros, siendo tiranos?

Si vuestra causa la entiendo

y conozco la traición,

¿cómo podrá mi pasión

descansar sino es muriendo?

Idos pues de mi presencia,

no volváis más a mis ojos,

que servís de darme enojos,

y de acabar mi paciencia.

No me veréis más alegre

porque en dolor tan severo

viendo mi pena espero,

que me dé la muerte breve.

Judas.

Gran sentimiento ha mostrado

mi padre, por su querido,

Rubén.

que es lo que habéis conseguido,

¿con la muerte haberle dado?

Judas.

Mucho se llegó a lograr,

Rubén, con darle la muerte,

pues se atajó de esa suerte

el que se vea adorar,

que a aqueste soberbio hermano

muchas veces nos contó

diciendo, que lo soñó,

no le ha salido en vano.

Y por esto discurrimos

todos juntos, enojados,

darle la muerte, tratados,

como al fin lo conseguimos.

Aparte.

Rubén.

Este discurre, que es muerto,

y así lo tiene entendido,

que al tiempo que fue vendido,

él no estuvo en el concierto.

Ya salió bueno aqueste engaño

siempre hacerle creer,

no nos venga a suceder

por su causa, un grave daño.

Con esto veréis postrado

su altivo pensamiento,

y dejados sus intentos,

y sus sueños mal logrados.

Ya con esto podrá ser

que mi padre más tocado

nos ame con más cuidado

porque así lo debe hacer.

Que no es justo, ni es razón,

si a buena luz se ha de ver,

que uno solo llegue a ser

quien se lleve el corazón.

Pag. 6

vase

Rubén.

Yo no sé qué responder

a discurso tan extraño:

Dios hará que aqueste engaño

presto se llegue a saber.

Sale Claudia, Susana y

tachado: ilegible Calabazán

Calabazán.

Oí, señora, ha comprado

un esclavo mi señor

tan lindo, que causa amor

por lo hermoso, y lo callado.

Susana.

No alabes el ser callado.

Calabazán.

¿No he de alabar el callar?

Susana.

No, que toca murmurar

siquiera por ser criado.

Claudia.

¿De qué nación es?

Calabazán.

Yo creo,

según las señas me informan

en su traje, y su persona,

que debe de ser hebreo.

Claudia.

Buena noticia me has dado.

Calabazán.

Por esa causa señora

vine yo a avisarte agora

en alas de mi cuidado,

porque se ha de agradecer

el aviso que te he dado;

mira mi amo ha llegado,

y al esclavo puedes ver,

que es cosa de admirar

su honestidad, y recato,

sus costumbres, y buen trato,

si ellas mismas han de hablar.

Claudia.

Mucho alabas al esclavo.

Calabazán.

Señora, tengo razón,

que es mucha su perfección,

su honestidad y buen garbo.

Susana.

El ver estoy deseando

a este esclavo prodigioso.

Claudia.

Para verle no me paro.

Calabazán.

Vétele que viene entrando.

Sale Putifar, y Joseph

vestido de esclavo

Putifar.

Aquí te traigo señora

un esclavo a quien mandar,

y son dos, (no hay que dudar)

los que te sirven agora,

y entrambos a tu mandar.

Creed que siempre os estarán

y atentos os servirán.

Claudia.

¡Ay! aqueste que he comprado

yo le estimo por señor,

y dueño a quien idolatro

porque siempre tu retrato

está muy firme en mi amor

y te estimo (como es justo)

la lisonja que me has hecho.

Putifar.

Anda anhelando mi pecho

siempre Claudia en darte gusto.

Claudia.

Agradezco tu atención,

y recibo la fineza,

y vivirá tu fineza

escrita en mi corazón.

tachado: que inpone Susana que repita

tachado: el esclavo que mi esposo

tachado: oy me a ofrezido q thesoro?

Susana.

Ser esclavo no merece,

y lástima me ha causado

al mirar su honestidad

que pase su mocedad,

desde niño aprisionado.

Calabazán.

Mira si tengo razón

en haberte alabado.

Claudia.

Digo, que corto has andado

en pintar su perfección.

Putifar.

Llega Joseph, y la mano

besarás a tu señora.

José.

Hoy amanecióme el aurora

muy alegre en el verano

pues he llegado a lograr

verme señora a tus pies;

dichosa mi prisión es

si os mereciere agradar:

y a mi fortuna agradezco

el ser conmigo mudable

pues fue causa de que halle

sagrado que no merezco.

aparte

Claudia.

Con ser galán es discreto,

todo el alma me ha robado;

di a mi casa has llegado

a tener seguro puerto,

y puedes estar exento,

que tu fortuna contraria

para ti desde hoy será varia,

porque yo te he de estimar

más que puedo discurrir,

pues te estimaré como a hijo.

vase

Putifar.

De lo que mi esposa dijo

seguro puedes vivir.

aparte

Claudia.

Este esclavo me ha robado

el alma, y el corazón,

y va para mi atención

aumentos allá del cuidado.

aparte

Calabazán.

Un cuidado le ha metido

el esclavo a mi señora,

pues con los ojos agora

de alto a bajo le ha medido.

aparte

Susana.

Con efecto es hermoso,

muy galán, y bien formado,

súbito me ha enamorado

por ser discreto, y gracioso.

Ya, joven, no estás cautivo,

ya se acabaron tus penas,

porque presa en tus cadenas

desde hoy adelante vivo.

Ya se ha trocado tu suerte,

tu fortuna ha mejorado,

y yo cautiva he quedado

porque he comenzado a verte.

Susana.

¿Qué suspensión será esta?

(ya comienzo a murmurar

porque el querer yo callar,

muy gran trabajo me cuesta)

mucho me da en que entender

ver a mi ama macilenta;

mas será tixeras de cuenta,

que ella de tener.

aparte

Claudia.

Algún veneno encubierto

trae este esclavo consigo.

Calabazán.

A, señor mancebo, digo

Claudia.

Solo a mirarle me muero.

Calabazán.

En mí tendrá usted un amigo

para mí, en cualquiera ocasión

vase

Claudia.

Ceguéme de mi pasión.

Vente Susana conmigo.

José.

Agradezco la fineza,

y estimo mucho el favor.

vase

Susana.

Cuánto va que tiene amor

mi ama (más que bajeza)

al esclavo, que ha venido,

Calabazán.

Lo dicho, dicho mancebo,

esto a mi amo me debo.

José.

Yo te estoy agradecido,

y no sé con qué pagar

la amistad que me has mostrado.

aparte

Calabazán.

Yo seré el primer criado,

que otro te llegue a agradar,

que aunque es esclavo, yo digo

viendo vueltas de fortuna,

que a mí me importa en alguna

aqueste sea mi amigo

puede ser que tiempo andando

venga a ser dueño de casa

mas Claudia por aquí pasa

con Doña Susana hablando

escuchar quiero aquí a un lado

y oír su conversación

por si acaso es de pasión.

Pag. 7

Calabazán.

aprenderla de contado.

Claudia.

¿Avisasteis a Joseph?

Susana.

Ya está, señora, avisado,

y le dije, que viniese,

como tú me lo has mandado.

(aparte)

Calabazán.

¿Por Joseph empieza a amargar?

La oración tendrá mal cabo.

Susana.

Mas, no me digas, señora,

qué te pesa y ha causado

porque andas aquestos días

con el rostro de mudado,

con grande melancolía,

y tu natural trocado;

porque nada te da gusto,

y todo te causa enfado;

todo te asusta, y altera,

nada es para en tu agrado,

siendo tú antes el consuelo

de tu familia, y criados,

alegría de esta casa,

y de tu esposo descanso.

¿Qué novedad es aquesta?

¿Por qué nos das tal cuidado

el verte tan macilenta,

y de tu color, que has mudado,

en tristeza, tu alegría,

tu cariño, en desagrado;

tu risa, en melancolía,

en desdén, todos tus garbos

en desaires, los favores,

y estando todo trocado,

a tu esposo das enojo,

y a todos nos das cuidado;

pues viéndote mi señor,

sin un punto ni descanso,

anda discurriendo medios

con que poder darte agrado,

y no acertando ninguno,

porque todo te da enfado,

y todo te causa enojo,

confuso, y desesperado,

a sí mesmo se aborrece.

Calabazán.

que bien, que lo ha preguntado,

Claudia.

Valga el diablo a la mozuela,

qué cansada que ha estado;

no te pudiera sufrir

si te hubieras más preguntado,

que ya estaba impaciente

y mi sufrimiento acabado,

porque tú quieres saber

por curiosidad el cuidado

que desta suerte me tiene,

mas no para remediarlo,

que no lo puedes tú hacer,

porque de ti está negado

este medio de mi mal;

y así, te será excusado

el que pretendas saberlo,

y yo excusaré contarlo,

supuesto que a ti el averiguar

del mi mal, te está negado.

Calabazán.

Lo mesmo, señora mía,

estaba yo deseando

preguntarte, que nos tienes

confusos, y con cuidado.

Claudia.

Pues yo te doy por respuesta,

calabazas, que haríamos

barcos a la vez, y dejes

de tener tanto cuidado.

vase.

Calabazán.

Pues si en eso te doy gusto,

al punto me voy volando.

Susana.

Perdona si te ofendí,

con haberte preguntado,

que preguntas de cariño

añaden causa a enfado;

y advierte que el mal a veces

descansa comunicado;

y aunque tú dices que en mí

no hay un medio a tu cuidado,

dímelo, que puede ser,

que esté presto remediado,

que las criadas tenemos

siete puntos más que el diablo;

y no has sido al fin enano,

que le busquemos mil de lado.

Y así, puedes descansar

conmigo, no estés penando,

que te ofrezco de mi parte

el poner todo cuidado,

en darte gusto, señora,

y de tenerte guardado

este secreto, a caer en mi pecho

como si fuera oro en paño.

Claudia.

Lo que es menester, Susana,

si es que llego a declararlo,

aunque te lo pongo en duda

es el silencio, y recato;

porque el lance quiero en prendas

es muy difícil, y arduo.

Susana.

Pues señora te prometo,

(si es que gustas declararlo)

seré la primera criada,

que en comedia se ha hallado,

que haya tenido silencio,

y secreto haya guardado,

porque también los poetas,

ya se habrán tal vez cansado

de pintarnos habladoras,

deslenguadas, y criadas,

y aqueste será el primero,

que haya criada hallada,

que no seamos habladoras,

y hoy a mí me ha ya tocado,

ser de aquestos escogidos:

y así puedes tu cuidado

con seguridad decir,

pues es cierto, que guardado

como oro en paño estará.

Claudia.

Pues aqueste asegurado,

te contaré mi desdicha,

pues afirmas que guardado

siempre el secreto tendrás,

Susana.

Señora, como oro en paño.

Claudia.

Escucha con atención,

que puede ser, que contado

mi mal, tenga algún alivio,

y por eso te declaro,

que ardo en tan grandes fuegos

en que me quemo, y me abraso

todo llagado mi pecho,

donde está depositado,

que en mujeres como yo,

peligra mucho el recato

en llegar a declarar,

lo que han de tener guardado;

y más en casos como este,

que está el honor peligrando.

Desde el infeliz día,

oye, el silencio te encargo.

Susana.

Pasa adelante, señora,

supuesto que asegurado,

tienes ya que tu secreto,

no saldrá de entre mis labios.

Claudia.

Desde el infelice día,

(¡infelice, y bien lo llamo,

supuesto que mis desdichas

desde entonces comenzaron!)

que mi esposo a casa trajo,

ese miserable esclavo,

(¡mal hice en llamarle así,

merecía tal nombre dado,

supuesto que su desgracia

la fortuna ha mudado,

que yo soy la desdichada,

Pag. 8

Claudia.

y a muy dichoso se allado

pues en mi amor, y cariño

seguro puerto a topado

Aqueste para mi tormento,

sin duda dispuso el hado,

que mi esposo le trugese,

pues el es el que a causado,

de mis congojas, las ansias

de mis onores, el estrago,

de mi alegria, el pesar,

y el susto de mi cuidado,

y por ultimo, el a echo,

que mi amor desesperado,

ya no estime los cariños,

los favores, y regalos,

de mi esposo porque en el

todo mi amor se a mudado,

a el solo quiero, a el estimo,

el solo es el adorado,

el es dueño de mi gusto,

de mi amor es el dechado,

de mis congojas el sello,

y en él solo está cifrado

todo el colmo de mis dichas;

porque en el depositados,

tengo todos mis cariños,

mis descansos, y regalos,

que mi corazón, no es mío,

que se le tengo entregado,

desde el punto que le vi,

y mi esposo le a comprado.

O si la fortuna entonces,

la suerte hubiera trocado,

que mi esposo se volviera,

y mi esposo fuera esclavo,

que firme en mi amor viviera,

que alegre, y que descansado;

Mas el me causo el veneno

que goce de su contagio,

que yo quiero de mi amor

ver el deseo ya logrado,

pues yo no tengo la culpa,

de que mi estrella, o mi ado

me inclinasen a adorar,

a quien se oye por tan bajo

pero es galan, y discreto

y así mi amor desculpado

puede estar de este excesso

y gusto desenfrenado;

que aunque siento la ruina

que en esto a mi esposo hago

no lo puedo remediar,

ni sirve Susana el amar

por mucho que lo pretendo

y olvidarle he procurado

por que es tan grande mi amor

que en vivo fuego me abraso

y así estoy determinada,

de morir, o de lograrlo.

Este es el último remedio

es, que a mis penas e allado

que ya no puedo sufrir,

termino, mas dilatado,

porque arde en mi pecho un fuego

con que me estoy abrasando

y por aliviar mi mal,

O Susana le e llamado,

por ver si con mi deseo,

me condesciende, obligado

de mis ruegos, y cariños

y si no quisiere (acaso)

rendirse a mi voluntad

con cariños, con alagos,

con suspiros, con favores,

con firmezas, y agasajos,

trocare el amor, en odio,

en crueldad el agasajo,

en martirio los favores,

y aquesto será acertado,

que no ai peor animal,

que el hombre siendo arrojado,

y mas si alcanza con ellos,

por mal, que por agasajo.

Quién dijera que mi soberbia

aquesto se había humillado

Mas soi mujer, tengo amor,

arto en esto me declaro,

que en mujeres la firmeza,

es como el humo exalado,

al viento, que cuando empieza

ya su fin se le a llegado,

Mal ara la lei que puso,

en un vaso tan delgado,

alaxa de tanto peso,

tanto valor, y cuidado,

como es el honor, y aqueste

por estar tan mal guardado,

y en vaso tan quebradizo,

está siempre peligrando,

y al primer vaivén de amor

suele hacerse mil pedazos,

y sin que tenga la culpa,

el dueño de aqueste vaso,

es el que pierde el honor,

sin saber que sea quebrado.

Aquesta no es buena lei,

no fue consejo acertado,

el haber puesto en nosotras,

el honor que vale tanto;

Pero aunque entiendo todo esto

y aunque se, que vale tanto

el honor, me determino,

mi decoro atropellando,

a que consiga mi gusto,

o que tanto e deseado.

Y pues no tiene remedio,

el discurrir es en vano.

Cesa, Susana, esta causa

de efectos tan encontrados,

como as reparado en mi

y pues ya te lo e contado,

el ayudarme te toca,

por haberte declarado,

lo que tenia en mi pecho

mui oculto, y encerrado.

Bien sé yo, que te admiras,

viendo arrojo tan estraño;

Cómo es posible, señora

que tal quepa en pecho huma-

no en persona racional

por lo que en lo irracional allo,

que se guardan lealtad,

y yo digo, que aquesto es claro

sea exemplo la paloma,

o la tortola en el campo,

que con sus tiernos arrullos,

dan a su esposo regalo.

Ya lo se, y lo conozco;

mas todo aquesto es en vano,

pues yo mas bruto que todos,

tan encadenada caigo,

solo atiendo a que mi gusto

consiga lo que a deseado.

Susana.

Mui confusa me as tenido,

y atonita me as dejado,

al ver arrojo tan grande,

como el que as determinado,

donde corres tanto riesgo

la vida, honor, y recato;

que si lo sabe tu esposo,

Pag. 9

Susana.

que tu firme enamorado,

y anda pobre, macilento,

(del despego que has mostrado)

no me admiraré que vaya,

rabioso, y desesperado,

los extremos como loco,

y a todos haga pedazos.

Claudia.

Susana, no me aconsejes,

que a decírtelo he contado,

no es por pedirte consejo,

porque yo todo lo alcanzo,

sino es para que me ayudes,

a conseguir lo intentado,

siendo viva centinela,

de la puerta de mi cuarto,

porque si mi esposo viene,

me des aviso volando.

Susana.

Pues, señora, ¿no hay remedio?

Claudia.

Ni le quiero, ni lo alcanzo,

que a mujer determinada

ningún consejo hace al caso.

Susana.

Pues, señora, a conseguirlo.

Claudia.

Susana, de aquesto trato,

aunque pese a mi decoro,

a mi honor, y a mi recato.

Susana.

Pues aquí viene Joseph.

Aparte

Sale Susana a la puerta

Claudia.

Concédeme, amor tirano,

pues me has puesto en la ocasión,

que triunfe de aqueste ingrato.

Y en interín que yo hablo,

con él, tú estarás alerta,

por ver si viene tu amo.

Aparte

Susana.

Voy, señora, a obedecerte.

¿Quién creerá caso tan raro?

Mas, lengua, no murmuremos,

que el autor está empeñado,

que en mi pecho este secreto,

ha de quedar sepultado,

que ya criados de bien,

dice que se van usando,

porque ya se acabó el uso

de murmurar los criados.

Y si digo la verdad,

es un uso de los diablos,

y han de dar muchas partes

en pechos de los criados.

Hoy me toca obedecer,

callemos, y obedezcamos,

y póngase acá el poeta,

que hay también en los criados

a quien guarde lealtad,

yo tengo determinado,

de callar toda mi vida,

aunque me hagan mil pedazos.

Vase, y sale Joseph.

José.

Aquí a tu mandado tienes,

señora, este humilde esclavo.

Aparte

Claudia.

¡Qué galán es el mancebo!

Joseph, vives engañado,

si discurres que mi amor,

como a esclavo te ha estimado;

antes bien yo soy la esclava,

que amor las suertes ha trocado

con nosotros, pues cautiva

desde que te vi he quedado,

y te eligió mi cariño,

por dueño de mi cuidado.

Por ti vivo, y por ti muero,

mira tú lo que has logrado,

con haber cautivo sido,

pues que te ves adorado,

y de ser esclavo a señor

hoy mi amor te ha colocado.

José.

Yo te agradezco, señora,

el amor que me has mostrado,

que no soy capaz sujeto,

de favores tan extraños,

como logro cada día,

tuyos, señora, y de mi amo,

pues en su casa me tiene,

sin mirarme como a esclavo.

Claudia.

Mucho ensalzas los favores,

que te hace Joseph, tu amo,

sin ver para qué los míos,

deben ser más estimados.

José.

Ya agradezco a ti, señora,

los favores, está claro,

que agradezco a un mismo tiempo

el favorecerme entrambos,

que siendo, como es, igual

una la casa, y de mi amo,

y de aquesta, mi señor

mayordomo me ha nombrado,

y como a dueño absoluto,

el mando de ella me ha dado;

y siendo los dos unidos,

los que me habéis levantado,

a la cumbre de mis dichas,

desde el miserable estado,

de mi esclavitud (que en mí

mi humildad está acordando)

bien claro se deja ver,

el que por igual a entrambos,

con dar de cada uno,

a dos las gracias he dado.

Y esto supuesto, señora

(perdonadme si es agravio)

no te queda que sentir

en que yo solo a mi amo

nombre, siendo agradecido,

que este nombre incluye a entrambos.

Aparte

Claudia.

Él se hace desentendido,

y la respuesta ha trocado;

mas yo me declararé más.

(¡Ay, hombres, que sois ingratos!)

Mucho te estimo, Joseph,

que agradecido, y postrado,

te muestres a tus señores,

que es ley de buenos criados:

pero quiero que a mí sola,

que más amor te he mostrado,

y que te quiero entregar,

alhaja que él no te ha dado,

vivas más agradecido,

y correspondas amado.

José.

Señora, yo no te entiendo,

que ni discurro, ni alcanzo,

que nada dentro de casa,

me está a mi amo ocultado.

Claudia.

Trátolo por cierto, y es alhaja,

de valor muy estimado,

y darla no puede a nadie

porque está solo en mi mano,

que es mi gusto, y ese es tuyo,

porque en ti depositado,

desde que te vi ha vivido,

y está para ti guardado.

José.

Ahora te entiendo menos.

Claudia.

Ya veo que eres ingrato,

y veo que es cierto me dice

quien pone en sujetos bajos

como todo lo de su gusto,

su afición, y su cuidado,

y se desvela (¡ay de mí!)

sin primero haber mirado,

que los indignos sujetos,

no son capaces de halagos,

aun traidor, aun infelice,

aun grosero, aun desdichado,

por último quien declara

Pag. 10

Claudia.

su pecho, a un infame esclavo,

que este nombre (solamente)

su infamia está declarando.

Aparte.

Putifar.

Tan disgustada a mi esposa,

estoy de hoy enojado,

que nada le causa gusto,

antes todo le da enfado,

con todos tiene quimeras,

cuestiones, riñas, y enfados;

pero su melancolía,

este disgusto ha causado

y agora pleito con Joseph,

también de nuevo ha tomado.

Desde aquí quiero escuchar,

por ver en qué la ha enojado.

Aparte.

José.

Señora por Dios te pido,

que tu enojo haya parado,

discurra que a mi Señor,

servicio en esto le hago,

porque me entregó su casa,

y en mí vive confiado.

Mi amo está allí escondido,

oyendo cuanto ha pasado;

plegue a Dios que su deshonra

desde allí no haya escuchado.

Claudia.

Qué disculpas, traidor

simulas al vivo, y osado,

te opones contra mi gusto

valiéndote de cuanto

Aparte.

José.

Me aprieta, y yo me pierdo

si a caso me declaro.

Que mi amo lo oye todo.

¡O quién pudiera excusarlo!

Señora, atiende, repara,

Claudia.

Nada atiendo, ni reparo,

solo digo que a mi gusto

atiendas sin replicarlo,

Aparte.

José.

Soy perdido si lo entiende

por mi desdicha mi amo.

Putifar.

No alcanzo por qué razón

se haya mi esposa enojado.

José.

Yo no hallo qué responder

puesto que nada he acertado,

y que perdones te ruego,

si a servirte no he acertado.

Claudia.

Bien claro se deja ver,

el que tú no has acertado,

a servirme, pues te opones

a mi gusto, y mi calidad.

Sale.

Putifar.

Nada entiendo de su enojo,

mas quiero entrar a estorbarlo.

¿Qué es esto, Claudia? ¿qué tienes?

¿quién este enojo ha causado?

Claudia.

Muerta soy, si lo escuchó

cómo se había descuidado,

suya no es darme el aviso,

de que venga su amo?

Mas disimular importa.

José.

Echo mi fortuna a fallo.

Putifar.

¿Qué dices? ¿no me respondes?

Claudia.

Ya lo digo, aqueste esclavo

que trujiste a tu casa;

muy soberbio, y alterado

se opone contra mi gusto,

por el mando que le has dado

y el ingrato me responde

del amor que le he mostrado

yo también (porque tú quieres

que viva privilegiado,

más que todos, en la casa)

y de aquí qué hemos sacado

que no quiere darme gusto

ni ejecutar lo que mando

respondiendo muy soberbio

que no conviene a su amo.

Mira tú lo que se saca,

de poner en un ingrato

el cariño, y la hacienda,

y en mandar darle la mano.

Y en fin tú tienes la culpa,

que tanta mano le has dado,

porque no es capaz sujeto

de tanto amor, un esclavo.

Vase Claudia.

Putifar.

Aguarda, detente Claudia.

Joseph, cómo has enojado,

de aquesta suerte a tu ama,

cierto, que mal has mirado,

a darme gusto sabiendo,

que fuera más acertado,

el que ella viva con gusto,

que haber el mío faltado.

Y así te advierto Joseph,

sea, o no sea, acertado,

que procures darla gusto,

si quieres vivir amado.

Vase.

José.

Que procures darla gusto,

si quieres vivir amado.

¡Ay hombre! si tú supieras

lo que su esposa ha ordenado

contra ti; tú agradecieras

el enojo que te he dado,

no culparas mi atención

y tuvieras más cuidado

con tu esposa; mas ¡ay cielos!

quién conoce el engaño

de las mujeres, pues son

del hombre ruina, y estrago,

quién creyera ¿qué he de creer?

que en mujeres de este garbo,

cupiese tanta traición

pero es mujer, no me espanto,

que por mujeres, el mundo

siempre ha andado trastocado.

¡Oh mujeres! y qué falsas

en vuestro cariño os hallo,

que a un mismo tiempo queréis

a muchos siendo negado,

por ley de naturaleza,

que el amor esté entregado,

a muchos, cuando a uno solo

no alcanza; si es bien fundado,

(como de veras) mas sois,

según yo tengo notado,

monstruos de siete cabezas,

simulacro del pecado.

Sale Calabazán.

Calabazán.

Qué suspenso está Joseph,

estará a caso pensando,

en cómo dará las cuentas

de suerte, que algo pegado

se le quede, que la miel

a quien la trae en la mano,

no se deja de pegar,

aunque viva con cuidado:

Y lo mismo hiciera yo,

si me topara en el caso,

porque en haciendas la suya,

se hace al través a caso.

Yo acerté en hacerme amigo,

de aqueste, porque mi amo

siendo él su facendum domine,

el super omnia le ha dado;

y a mí me suele tocar,

en el Anima mea leo,

y el verso de labia mea

con el de asperges juntado

amén de mihi este mancipium

muchas veces, gratis datos

conque bien puedo decir

viendo su liberal mano;

puede ser que en algún tiempo

llegue a ser este mi amo,

Pag. 11

Calabazán.

y me aga a Judas pensero

que es sujeto muy honrrado.

Y así lo quiero seguir,

en fortunas, y en trabajos,

que el que es amigo leal

no ha de ser interesado,

y ha de seguir al amigo,

en lo próspero, y contrario.

Ahora bien, yo llego a hablarle,

porque le he andado buscando,

que ha mucho que no nada

un pez colar a mi lado.

¿Qué hace el amigo Joseph?

¿Qué tiene? ¿En qué está pensando?

¿Hay algún hierro de quenta?

¿O ha venido con asmo?

José.

Hierro de quenta es amigo,

que nuestra ama no ha acertado

a hacerla bien, y ahora quiere,

con mi amo hacerme cargo,

(siendo ella quien la herró)

de que yo no la he acertado.

Calabazán.

Si es aqueso, buen remedio

ya lo tienes en tu mano;

haz quenta de compradores

aqueso es lo que yo alcanzo.

José.

Si quieres te lo diré.

Calabazán.

Juro a esas quentas alcanzo;

pon la partida dos veces,

que dos, y dos, hacen quatro,

y ajustada así la quenta,

siempre alcanzaréis al amo.

José.

No tira más fondo la quenta,

que la querría ajustar.

Calabazán.

Válete de un contador.

José.

Ninguno en Egipto hallo,

que la quenta enmiende bien.

Calabazán.

Pues dejarla en ese estado

José.

Tampoco eso puede ser.

Calabazán.

Pues pon enmendarla habrás.

José.

Pues que no hay otro remedio

a mi Dios la he encomendado.

Vase, y sale Claudia, y Susana.

Calabazán.

Fiel tomara mi consejo,

la quenta hubiera sacado,

que el que no dio de contar,

no tienen por acertado,

los que se hallan de Judas

son doctores consumados

que en sus obras lo dejó

por estremo declarado.

Pero aquí salen las dos,

que es un lindo par de diablos

yo me voy con Joseph

por si puedo consolarlo.

Susana.

¿Qué hace aquí buena pieza

Calabazán.

A ti te guarde de ratones,

para contarte.

Claudia.

¿Qué dices?

Calabazán.

Que estoy a mi amo aguardando.

Claudia.

Pues aguárdale allá fuera.

Calabazán.

Yo no sé qué he imaginado

de estos dos diablos que salen

se andan de mí recelando

más sea lo que quisiere;

a buscar a Joseph vamos.

Vase.

Claudia.

Cómo, a sí te descuidaste,

habiéndote yo encargado,

Susana que me avisases,

cuando viniese tu amo,

y él entró al tiempo que yo,

con Josep estaba hablando,

por cierto que buena quenta

hicistes al primer paso.

Susana.

No culpes más mi descuido

que yo le he tenido es llano

pues cuando salió de aquí

ya en el quarto había entrado

y como vio, que los dos,

solos, estaban hablando,

se quedó cautelosamente,

en esta puerta escuchando.

Claudia.

¡Quedóse? Sí, habrá entendido

lo que estábamos hablando?

¡Que en estos lances me ponga

el amor de aqueste ingrato!

¡Y el corra por vida tan mal!

¡Pues por este Cielo Santo,

y por el que en él habita,

y sus Olímpios Sagrados,

y es el Dios a quien venera

a quien treme, postrado

que he de beber de su sangre,

si con mi gusto no sale!

¡Nosotros, que soy fiera,

tigre, león inhumano;

sin reparar en nada,

ahora con a pedazos,

le he de sacar del pecho

el que le tiene abrigado.

Susana.

Repara Señora mía

Susana en nada reparo.

Adviérte,

Claudia.

No me aconsejes.

Susana.

No te cueste algún enfado.

Claudia.

Ya no puede ser mayor,

cual que ahora estoy pasando,

pues de cólera me quemo,

y en vivo fuego me abraso,

de ver, que un hombre tan vil,

se ría de mi amor burlando.

¡Amor, como eres ciego,

a mí también me as cegado;

bien hizo aquél que pintó

al amor ciego, y vendado,

pues el amor atropella

como ciego, y deslumbrado,

por pantanos de deshonrras,

sin reparar en barraquillos,

ni que de estas difucultades,

de ansias, sustos, sobresaltos,

me ponga en peligros

de honor, porque atropellado

no hace caso de ninguno,

aunque en ellos iré pecando,

si le caen del lodo,

que si no le dan la mano,

no se puede levantar:

¡Sin acertar amparo,

de aquestas dificultades,

(por mi disgusto logrado)

a todas las atropello.

Susana.

Señora, por un ingrato,

que desprecia tus favores,

y tu amor ha despreciado,

no te consumas así;

déxale ir por ingrato,

sepúltele un olvido,

destiérrale tu cuidado

de tu pecho, pues merece

su ingratitud este pago,

por grosero, por esquivo,

por descortés, por ingrato.

Claudia.

Susana ya mi amor,

a quien con aqueste ingrato,

que lo que antes era amor,

en odio estará trocado,

y solo empeño ya,

de conseguir lo intentado.

Susana.

Pues Señora si no atiende,

a tus cariños, y halagos,

cómo quieres conseguir

lograr lo que has intentado

Pag. 12

Claudia.

Si no pudiere por bien

será, Susana, forzado.

Vase, y sale Jacob llorando.

Jacob.

Tan extraño es mi dolor,

mi pena, y mi desconsuelo

que no topan mis fatigas

ni consuelo, ni remedio

en lo que toca a lo humano,

sino me viene del cielo;

pues son tantos los pesares

que me combaten a un tiempo,

que aunque yo fuera de már-

mol, o bronce fuera mi pecho,

no dejara de rendirse

a tanto acometimiento

de desdichas, y pesares

ansias, sustos, y desvelos:

pues habiéndome costado

la esposa que me dio el cielo

tantos trabajos, y penas,

pesares y contratiempos,

sirviendo por alcanzarla

a Labán que fue mi suegro

continuos catorce años,

al sol, al aire, y al hielo,

sin otros muchos pesares,

porque me faltó al concierto,

que por alcanzar mi prenda,

primero habíamos hecho;

que fue servirle siete años,

por mi Raquel (mas ¡ay, cielos!)

que cuando entendí lograr

de mis fatigas el premio,

con Lía me hallé casado,

tomando por su pretexto

decir que su ley privada,

dar estado, y casamiento,

a la segunda, sin que

case la mayor primero.

Viendo, pues, aqueste engaño,

y este doblez de mi suegro

me determiné a servir,

(por no mal lograr mi intento)

a su padre otros siete años,

porque me diese el objeto,

en donde mi amor tenía,

su mayor gloria y recreo;

pero en fin vine a lograr,

al cabo de tanto tiempo,

el fruto de mis trabajos,

y colmo de mis deseos:

A Raquel me dio Labán,

mas tras aqueste contento,

me sobrevino la pena,

de haberme negado el cielo

hacer a mi esposa estéril

el fruto del casamiento;

y cuando Dios más benigno

movido de nuestros ruegos

(o de su misericordia,

que esto será lo más cierto)

quiso franquearnos su gracia,

y cumplir nuestro deseo

concediéndome dos hijos

(pero ¡ay Dios, qué tormento!)

¡ay, qué infeliz memoria!

y ¡ay, qué funestos recuerdos!

cuando la parca tirana,

cortó el vital aliento

a mi adorada Raquel

dejando al infante tierno

apenas miró su oriente

sin abrigo, ni consuelo,

y cuando pensé lograr

las prendas de tanto precio

la envidia de sus hermanos

a Joseph, mi amado, ha muerto.

¿Cómo puedo tener gusto?

¿Cómo he de admitir consuelo?

¿Cómo he de aplacar mi llanto?

ni ¿cómo he de estar contento?

si mis hijos envidiosos,

después de tantos tormentos,

inhumanamente me han quitado,

vida, y gusto a un mismo tiempo.

Ya no quiero, no, la vida,

ya no busco más sosiego,

ya no apetezco el regalo,

descanso, ni pasatiempo;

si lo justo, me da pesar,

la vida enfado y desvelo,

en el sosiego me asusto,

y hallo en la muerte remedio,

que no es para apetecida,

vida con tantos tormentos.

Vase llorando, y sale Claudia en paños menores luchando con Joseph, y Joseph, hace fuerza para desasirse de ella.

Claudia.

Arriesgado mi gusto ya, tirano,

sin conseguir mi amor lo que desea,

aunque más hagas, no es fácil que te veas

tu ingratitud, ya libre de mi mano,

sin que primero, mil pedazos hecho,

(si condescender no quieres con mi gusto)

yo misma, vive el cielo (por ser justo)

el corazón te arranque de tu pecho:

que no es razón, que estando yo rendida,

te alabe triunfo de mí un ingrato,

quedándose él glorioso, y yo corrida.

Y así, que adviertas por última vez te ruego,

que has de condescender, o de matarte,

porque ya en mi rencor rabiando vivo.

Y pues ya que mi honor atropellando,

al punto que te vi te entregué el alma,

no es justo, ni razón, que sin la palma,

del vencimiento (tu esquivez hollando)

se quede mi deseo, y tú te alabes,

que triunfaste de mí, siendo rogado,

con haber mis caricias desechado;

José.

Señora, que atropellas el decoro,

y a tu esposo le haces grave ofensa,

Pag. 13

Jhs

José.

Y su amor es más fino que no el oro

contigo, puesta toda con firmeza;

y el hacerle traición en mí no cabe,

que ofenderle, señora, es gran bajeza.

Claudia.

Pues cómo, di, Joseph, tan desatento,

a mi amor no agradeces, que te adora,

pudiendo tú lograr la dicha ahora,

de vivir descansado, y con contento,

y gozar el regalo de mis brazos?

Y todo esto perderlo por tu gusto,

o pretendes diciendo, que no es justo

usurparle a mi esposo aquestos lazos,

dices bien, pero en fin determinada

estoy (dificultades allanando)

a no quedar de ti ya despreciada.

Vuelve en ti, y no deseches mi cariño,

repara que mi amor te está adorando,

y en parte se disculpa por ser niño.

José.

Señora, yo agradezco la fineza,

y tus favores todos agradezco,

que la dicha lograr yo no merezco,

de vivir de ti amado con firmeza;

y te pido por Dios, que reportada,

repares que un esclavo desdichado,

no merece, (ni es justo) ser amado:

Discurre hacia ti más reparada,

y verás en el hierro cometido

que ofendes con amarme, a un mismo tiempo,

a tu ley, a mi Dios, y a tu marido.

Claudia.

Ya no es tiempo, Joseph, de que aconsejes,

pues pretendo salir hoy con mi intento;

solo digo que amor pagado dejes.

José.

Mira por ti, señora, y tu decoro,

no te arrastre el amor, que es indecente,

que a tus prendas les falte lo prudente

Porque no he de ofender al Dios que adoro;

y por darte a ti gusto (¡oh, ignorante!)

no he de corresponder agradecido,

al amor, que tú dices, me has tenido,

ni a tu esposo ofender, siendo tu amante.

Claudia.

Pues, ingrato, cruel, fiero, homicida,

que con tu ingratitud, y tus desaires,

la paciencia me acabas, con la vida;

no has de salir de aquí, sin gusto darme:

y pues que ya una vez me he despechado,

sin conseguir mi amor no he de quedarme.

José.

Pues yo de ti huiré como de fiera.

Claudia.

Yo te haré mil pedazos con mis manos.

Vuelve a hacer fuerza por desasirse de ella, y déjala la capa.

José.

Saldrán tus intentos todos vanos.

Que no era bien que, a Dios, por ti ofendiera:

y ciega darás con tu deseo,

sin que logres tu amor desordenado,

antes bien moriré determinado,

que ofender a mi Dios.

Da voces.

Salen Putifar, Calabazate y Susana.

Claudia.

¿Qué oigo, qué veo?

¿La capa me dejó, y se fue huyendo?

Burlóse de mi amor este tirano:

de rabia, y de dolor, me estoy muriendo.

Mas armas me dejó con que vengarme;

con la capa que tengo yo en mi mano,

castigaré el desaire de burlarme.

Putifar, Semex, Apolo,

Calabazate, a quien digo,

¿no me respondéis, Susana?

Susana.

Señora, todos venimos.

Putifar.

¿De qué estás tan asustada?

Susana.

Señora, ¿qué ha sucedido?

Aparte.

Claudia.

Ahora lo verás, ingrato,

cómo ordeno tu castigo.

Putifar.

Sácanos de este cuidado.

Pag. 14

aparte.

Putifar.

Cielos, ¿qué es esto que miro?

¿por qué razón inhumano

la capa de Joseph miro,

y tú estás tan asustada?

aparte.

Calabazán.

Esta ha sido una traición

de que tú la causa has sido.

Susana.

Calla, esta huye de algún enredo,

y es en daño de mi amigo.

Joseph no quiso dar gusto

a mi ama, y ahora digo,

que armándole aqueste lazo,

quiere que pague el castigo

él, siendo ella la causa

de este yerro cometido:

no hay que fiar en mujeres;

pero mucho me deshago

en murmurar, pues callemos,

aqueste es un gran martirio.

Putifar.

Di, ¿cómo, que no te entiendo?

Claudia.

en dar tanto mando en casa

a ese infame, a ese enemigo,

a ese traidor de Joseph,

que lograr su gusto quiso,

atropellando mi honor,

vil, aleve, y atrevido,

porque me topó en el lecho,

movido de su apetito,

sin reparar tu deshonra,

por fuerza lograrme quiso,

y violar de mi honor

el sagrado casto, y limpio:

defendíme como pude,

más bien di, que era preciso

que en fuerzas me aventajara,

por evitar el peligro,

di voces, y al arruido,

de su delito acusado,

y temiendo su castigo,

de mí pretendió ausentarse;

porque acobarda un delito

mas yo porque no se ausente

la capa airada le quito,

por prueba de mi verdad,

y cargo de su delito.

Mira si tengo razón,

mira si la causa ha sido,

mira si tienes la culpa,

mira en fin que has consentido,

con tu favor, tu deshonra.

Putifar.

Muerto he quedado al oír

Calabazán.

Si lo creyere el diablo

le ha de dar gran tormento.

Putifar.

Cielos, ¿qué será verdad?

sí, que mi esposa lo ha dicho,

¿puede haber mayor traición?

Castigaré su delito.

aparte.

Susana.

Nadie fíe de nosotras,

ojo alerta mancebitos.

Calabazán.

Buen enredo se ha buscado,

yo he de ser siempre su amigo.

Susana.

Más pudo la castidad,

con Joseph, que el apetito.

Claudia.

con él yo me vengaré

del desprecio, y atrevido,

Putifar.

que perezca en una cárcel

es lo que yo determino.

Calabazán.

No he de creer este enredo

aunque me cuezan tocino:

otra vez, y otras dos veces,

y otras mil señores digo,

que no fíen en mujeres,

que no hay peor enemigo:

y me parto juntamente

de camino también digo

que triunfó la castidad

esta vez de su enemigo.

Jornada segunda

Pag. 15

Sale Joseph con grillos, y el Copero, y Panadero de la misma suerte.

José.

En virtud de ser amigos,

en esta prisión prolija

el que trata preguntaros,

por qué causa algunos días,

mostráis tener más tristeza,

y mayor melancolía,

que antes solíais tener;

Panadero.

Alma traigo afligida,

con un sueño que he tenido.

Copero.

por aquesta razón misma

y estoy yo tan afligido.

Panadero.

que me atormenta, y fatiga.

Copero.

porque no puedo topar,

quien me declare este enigma

Panadero.

ni yo quien mi confusión

descifre, entienda, o dirija.

José.

Pues no os aflija la pena

de aquesos sueños de enigmas,

porque si me los contáis,

puede ser que la divina

providencia, de un Dios

(que es inmensa e infinita)

me conceda a mí la gracia,

de declarar los enigmas,

que vuestros sueños contienen

y que las cosas escondidas,

a Dios están reservadas;

y su bondad infinita,

a sus siervos las declara

para que sus maravillas

todos los hombres alaben,

y le den gracias cumplidas:

y así si me lo contáis

saldréis de vuestras fatigas.

Sale Calabazas.

Calabazán.

Pues a mi amigo vengo,

que no le he visto en dos días,

que aunque está en esta prisión

la amistad que le tenía

siempre ha de permanecer

mientras durare la vida.

Aquí está con los dos presos.

Caballeros, buenos días.

José.

Oh amigo Calabazas,

tu amistad es la más fina

que en los hombres he hallado.

Calabazán.

Aquesta es obligación mía:

¿cómo te va en la prisión?

¿al cabo de tantos días?

¿después de tantos trabajos?

José.

Como me hallo sin malicia

aunque es dura la prisión

Pag. 16

José.

no es pesada ni prolija,

que a mí me divierte abruma,

abruma, y atormenta

su malicia.

Copero.

Decláranos pues los sueños,

para sacarnos de estas fatigas.

José.

Comenzad a referirlos.

Calabazán.

Vaya pues de soñería,

que yo también contaré otro,

que me vino el otro día.

Copero.

El mío será el primero.

Yo soñé, Joseph, que veía

junto a mí una hermosa vid,

y que de aquesta salían

tres sarmientos, y que a aquestos

flores bellas producían,

y que de estas mismas flores

uvas maduras salían,

y que tomando la copa,

en que Pharaón bebía,

cogía de aquestas uvas,

y en ella las exprimía,

y ofreciéndosela al Rey,

la tomaba, y se bebía

el mosto que en ella estaba.

Calabazán.

Gran gracia por vida mía;

pues sin ser yo Pharaón,

me lo bebiera a fe mía.

José.

Pues escúchame, y verás,

declarada, y definida,

la verdad de aqueste sueño,

que te da tanta fatiga.

Aquesta vid que tú dices

que tres sarmientos salían

son tres días, y al fin de ellos

llegará el festivo día

en que celebra sus años

Pharaón con alegría.

Y para aquesta función

tan alegre y tan festiva

te volverá Pharaón,

a tu ocupación antigua.

Y por tanto yo te ruego,

que cuando logres la dicha,

de estar delante del Rey,

que le supliques y pidas,

que de esta prisión me saque,

porque sin culpa la pisan,

mis plantas, que entristecen

a causa de mi desdicha.

Calabazán.

Qué mal que pides, Joseph,

es posible que no miras,

que en diciendo el beneficio,

luego al instante se olvida?

Copero.

Ten por muy cierto, Joseph,

que por la buena noticia

que me has dado, que lo haré,

y por tu inocencia limpia.

Calabazán.

Aunque aquesto lo prometas,

yo me río de risa.

Panadero.

Pues ya llegó la ocasión

de que yo mi sueño diga,

lo haré con más confianza,

que la que antes tenía,

por haber visto que a ti,

tal gracia Dios comunica.

Soñé pues que en mi cabeza

tres canastillos traía,

y que dos de ellos estaban,

bien prevenidos de harina.

Y en el postrero de todos

traía mil niñerías,

que tocaban a mi oficio,

y arte de panadería;

y que mirando las aves,

lo que yo en ellos traía,

bajó gran número de ellas

y volando a toda prisa,

se comieron todo cuanto,

los canastillos traían.

José.

Este es un triste presagio,

que está anunciando tu ruina.

Aquestos tres canastillos,

que en tu cabeza traías,

son tres días, y al fin de ellos

Pharaón, por tu desdicha,

mandará que en una cruz

pagues la pena de vida,

que tu delito merece,

y ha mandado su justicia;

y te dejarán tu cuerpo

pendiente de la cruz misma,

para que bajen las aves,

y en pedazos te dividan

y así consuman tu carne.

Calabazán.

Mamate esa almondeguilla,

mientras eres picadillo

de las aves de rapiña.

Panadero.

Muerto he quedado al oírlo.

Calabazán.

Ya le va entrando laxativa.

Panadero.

Qué mal suena en mis oídos,

tan funesta profecía.

Calabazán.

Notad digo yo mi sueño.

Yo soñaba que tenía

un amigo, y que este tal,

a ser muy rico venía,

y en virtud de la amistad,

que entre nosotros había,

me hacía su despensero,

lo cual yo lo agradecía.

Mucho parece un oficio,

que si a buena luz se mira

es el mejor de la casa,

porque en él se deposita,

todo aquesto que se pega,

a la bolsa, y a la sisa.

Qué te parece mi sueño?

no es bueno? mas por tu vida

no me digas que es de soga,

bigote o almondeguillas

de aquellas altas señoras

Princesas de la rapiña.

Panadero.

De pena me estoy muriendo

de saber mi fatal ruina.

Copero.

Pagaréte el beneficio,

yo, de mi buena noticia.

Calabazán.

Como ahora llueven huevos,

estrellados, y en tortilla.

Teniendo esta habilidad,

puedes servirte en dos días,

con contar a las mujeres,

más de doscientas mentiras.

Pag. 17

Calabazán.

porque ellas están contentas

en topando quien las diga

que es verdad lo que fingieron,

soñando en su fantasía,

y que se verán casadas,

estimadas, y queridas

de un mozo que es como un oro

que ha venido de la China,

que arrastrarán con el tiempo

coches, carrozas, y sillas,

y con esto rodarán

los vestidos, y mantillas,

y se quedarán en cueros,

por oír estas mentiras.

José.

Lo que yo digo es verdad,

y en breve serán cumplidas

las cosas, que he declarado.

Copero.

Ya yo deseo la noticia.

Panadero.

Plugiese a Dios, que mintieses

que me importaba la vida.

Calabazán.

Yo deseo ver cumplido

lo de la despensa mía.

José.

Puede ser que en breve tiempo

tú también llores la desdicha.

Vanse, y sale Claudia, y Juana.

Juana.

Templa, señora, el enojo,

y muévete a compasión,

al ver con cuántas desdichas

Joseph vive en la prisión,

que para vengarse de él,

harta mortificación,

en tanto tiempo ha tenido.

Claudia.

A mí me parece que hoy,

comienza a padecer sus penas,

y a experimentar sudor,

porque es muy corto castigo

para su desatención

el vivir aprisionado;

pues quisiera mi rencor,

que mi esposo enfurecido

le sacara el corazón,

y en pedazos dividido,

le arrojara al fuego, y no

haberle en prisión metido.

Y que lograse agradecido

haber quedado con vida,

cuando de ira muero yo,

al ver, que a un hombre amé,

haya burlado mi amor:

y pues yo muero, advirtiendo

acábele su dolor:

y sean largas sus penas,

pues que peno yo,

y consúmale la cárcel

pues burlada me dejó,

desechando mi cariño.

Juana.

Aqueste es mucho rigor,

y en entrañas de mujer

no alcanzo que quepa,

tanto rencor, y veneno,

pues con nosotras nació

la piedad, siendo mujeres

la lástima, y compasión.

Claudia.

Muy mal lo entiendes, Juana,

pues la contraria opinión

es más probable en nosotras.

Juana.

No quiero argüirte yo,

solo digo que de ti,

ya que de tu esclavo no

tengas lástima pues es,

cierto, y sentada opinión,

que pasa mayor martirio,

aquél que tiene el rencor,

y desea mal a otro,

que el que lo pasa, y sino

mira tú con qué zozobra,

con qué susto, y qué dolor,

vives tú porque quisieras,

que su mal fuera mayor,

y aumentarle si pudieras

su pena, y la duración:

y mira qué sosegado,

que tiene su corazón

Joseph, pasando sus penas,

y sufriendo tu rigor.

Con que es mayor el martirio

según lo discurro yo

de aquel que desea el mal,

que el de aquél que lo sufrió.

Claudia.

Pues sea para mí el daño

el tormento, o la aflicción

en ínterin que viviere,

no salga de la prisión.

Juana.

¿Estas son las mujeres?

en todas fuego de Dios nace.

Sale el rey Pharaón, el Copero, y acompañamiento.

Faraón.

¿Es posible que en mi reino

hasta hoy no aya podido

quien me declare este sueño

que me trae tan afligido?

Criado.

Señor, a todos los sabios,

(como tú mismo lo has visto)

de tu imperio se buscaron,

y todos an concurrido,

de tu obediencia llamados,

y ninguno se ha atrevido,

a descifrarte tu sueño.

Faraón.

¿Es posible que no haya habido

entre tantos quien lo entienda?

Criado.

Señor, ninguno ha podido.

Faraón.

Pues vuélvase a publicar,

por todo mi señorío,

si hay alguno que se atreva,

que será favorecido,

y premiado de mi mano.

Copero.

Que perdones te suplico,

pues confieso mi pecado,

en haber ingrato sido,

con un discreto mancebo,

que me hizo a mí el beneficio

de declararme otro sueño,

y al panadero lo mismo,

estando en la cárcel juntos;

y nos sucedió lo mismo,

que a los dos pronosticó,

de quedar yo en mi oficio,

y el otro ser castigado,

Pag. 18

Faraón.

en pena de su delito.

Faraón.

¿Y adónde está ese mancebo?

Copero.

Preso, señor, le ha tenido

Putifar, no sé por qué,

porque él nunca me lo dijo.

Y durando dos años ha,

que me hizo este beneficio,

no me he vuelto a acordar de él,

habiéndome él mismo dicho,

que en estando en tu presencia

te suplicase rendido,

le librases de la cárcel,

que está en ella sin delito.

Faraón.

¿Sabes de qué nación es?

Copero.

Hebreo (a lo que él me ha dicho).

Faraón.

Pues ve volando a la cárcel,

y tráeme aquí ese cautivo.

Copero.

Pues, señor, a obedecerte

parto.

Vase.

Faraón.

Haced vos que aqueste hebreo,

sacro Apolo divino,

declare la confusión,

de mi ciego laberinto.

No sé qué premio le diera

a ese mancebo cautivo,

si me declarara el sueño;

pues es poco cuanto es mío

para que pueda premiar

a quien me diera este alivio.

Criado.

Digno es de premio, señor,

y habiéndole merecido,

de fuerza sea que pueda,

ser por su verdad creído.

Faraón.

Deseando estoy que venga.

Sale el Copero, y Josef.

Copero.

Señor, ya está aquí el esclavo.

Híncase de rodillas.

José.

A vuestros pies, gran señor,

tienes este esclavo indigno

de besar tus reales plantas;

pues si bien lo advierto y juzgo,

deslumbras con tus rayos,

como a aquel que ha carecido

de ver la luz, y de presto

los claros rayos lúcidos

del sol, le dan en los ojos,

y queda empavorido,

por no poder resistir

sus ojos lo que no han visto.

Aparte.

Faraón.

Levanta, joven, del suelo,

que ya en mirarlo malicio,

loco me ha dejado a mirarlo.

José.

Pues esclavo me confío.

Di, señor, lo que me mandas,

que aquí estoy a tu servicio.

Faraón.

Sabrás que yo tuve un sueño,

y tan intrincado ha sido,

que nadie interpretación

al sueño darle ha podido,

habiendo juntado cuantos

sabios en el reino mío

habitan, pero ninguno,

le ha dado claro sentido.

Y así yo, siendo informado

de que eres tan entendido,

y que tu Dios te dio gracia,

(la cual en ti has conseguido)

para declarar los sueños,

y el mismo efeto han tenido

que tú les has declarado.

Faraón.

Para contarte yo el mío,

has venido a mi presencia;

y de él, de que te fío,

que has de sacar la duda,

que me trae tan afligido.

José.

Dímele, señor, y puedes

tener por cierto, y por fijo,

que ayudado de mi Dios,

verás el sueño entendido,

porque él es quien lo declara,

que yo, señor, no soy digno

de alcanzar tales secretos;

pero liberal conmigo,

por su gran misericordia,

me declara lo escondido.

Faraón.

Pues que me escuches atento

es, joven, lo que te pido.

Yo (Josef) soñé que estaba

a la ribera de un río,

cuyos cristales hermosos,

de los aires combatidos

copos de nieve rizados

la espuma se ha fingido

de las olas que azotadas

contra los fragosos riscos

del céfiro que las mueve

a su impulso habían nacido.

Espejos eran sus ondas

por los reflejos lúcidos

que heridas del sol las aguas

exhalaban, río a río,

de cuyas orillas vi

(atención a que te pido)

que salían siete vacas,

que en los prados de aquel río,

se habían alimentado;

y era tanto lo lucido,

de aquestos siete animales

que verlas era un prodigio,

por lo grueso, y por lo pingüe,

lo abultado, y lo lucido,

que el solo verlas decía,

a mi corazón dormido,

no temas que haya en tu reino

necesidad, pues es fijo,

que con solo verlas basta

para que abunde excesivo.

Detrás de estas que refiero,

otras siete vacas miro,

que en competencia de aquellas

que primero había visto,

parece que se acabó,

mirando aquestas que digo

todo el pasto en las riberas

y toda el agua en los ríos.

Pues si aquellas son hermosas

horrendas aquestas miro

y lo que a aquellas de grueso

tienen de desfallecido,

a todas que la flaqueza,

que traen tan grande consigo,

que discurro que jamás,

tal se haya visto en Egipto.

Parece que me decían

Pag. 19

Faraón.

al parar, está advertido,

porque aquellas se engañaron

con lo pingüe que han fingido.

Y que llegando al paraje,

las últimas que yo envío,

en donde están las primeras,

a todas han consumido;

porque era tan grande el hambre

que muestran haber tenido,

que aun devorando a las otras

no han saciado su apetito.

Por fin con ellas acaban,

buscando por el distrito,

algo con que satisfagan

la grande hambre que han teni[do]:

y aun yo, si digo verdad,

como tan cerca me miro,

temí, no me despedacen

para saciar su apetito.

Entonces muy asustado,

desperté despavorido,

con lo pesado del sueño,

y del presagio el peligro:

así me estuve algún rato,

discurriendo entre mí mis[mo]

si será verdad aquesto

que mi sueño me ha fingido;

mas cansado ya de estar

vacilando, y discursivo,

otra vez me rindo al sueñ[o]

quedándose recogidos,

mis sentidos, y potencias,

volviéndome ejemplo vivo

de la muerte, porque el h[ombre]

cuando está un hombre d[ormido]

tenía apariencia difunto

de vida con la cual nació.

Volviéndome atrás pu[es]

(como tengo ya referido)

de nuevo vuelvo a soña[r]

que siete espigas de trigo

muy pingües, y muy gra[nadas]

de la tierra habían salid[o]

con tanta abundancia, q[ue]

por imposible he tenido,

que haya paraje en mi r[eino]

donde quede recogido

tanto grano de oro rojo

como de sí han expelido.

Gran gusto me causó el ve[r]

debajo de mi dominio

tanta abundancia de mi[es]

como el cielo ha concedid[o]:

pero me aguó mi content[o]

y frustró mi regocijo

el mirar que después de[llas]

han otras siete crecido,

tan débiles, y cuan vanas,

porque el viento las ha her[ido]

de tal suerte que los gra[nos]

quedaron desvanecidos,

de manera que aun la pa[ja]

no puede ser de servicio:

Y que estas siete envidiosas

acabar han pretendido

con las primeras, y en fin

vinieron a conseguirlo:

Y aun con ser más cantidad

de las primeras de trigo,

que cabía en las segundas

con haberlas consumido

dellas no quedan llenas.

Y con aqueste prodigio

asustado desperté

y aunando ya mi sentido,

a los sabios de mi reino,

estos sueños que he tenido,

ninguno ha habido entre ellos,

que aclarar haya podido,

de mi confusión las ruinas

de mi sueño lo escondido:

solo aguardo de ti ahora,

pues eres tan entendido,

me saques de este cuidado,

me allanes este peligro,

desates aqueste enredo,

me abras este laberinto,

declarando me este sueño

con el cual vivo afligido:

que si tú me lo declaras,

como sabio, y entendido,

te prometo por Alexandre,

Sacro Eliópolis divino,

de premiar tu lealtad,

y de ser siempre tu amigo.

José.

Pues escucha gran señor

deshecho ese laberinto

que tanta pena te causa,

y te trae tan afligido,

dejas declarado el sueño;

mas ten primero advertido

que las espigas, y vacas

todas son un sueño mismo.

Esas siete vacas gruesas

que a la ribera del río,

vistes, y las siete espigas,

que fértiles dan el trigo,

son siete años, señor,

muy abundantes, y ricos,

que ha de dar Dios a la tierra

donde tanto será el trigo,

que ha de faltar donde echarlo,

y ha de sobrar mucho trigo.

Las vacas, y las ovejas

no han de caber en Egipto;

pues serán tantas que crezcan

en números infinitos.

Y después de aquestos siete,

pingües, colmados, y ricos

vendrán otros siete estériles,

que ni aun grano de trigo

siquiera no cogerán,

aunque siembren infinito;

y aquestos consumirán

lo que en otros sea cogido.

Y es lo peor que no puede,

abastecer lo cogido

a los venideros años

(este es el mayor peligro)

Pag. 20

José.

Las carnes no alcanzarán

a dar abasto cumplido

porque aunque haya grande colmo

como le falta el rocío,

a la tierra, no fecunda,

pastos a los corderillos:

Y así por falta del agua,

y de la yerba consumidos

en un tiempo serán.

Y será Señor preciso,

para atajar este daño,

(que ya cercano le miro)

que elijas un varón,

de madurez, y de juicio,

y este con tu autoridad,

recorra por todo Egipto,

en estos fértiles años,

la décima de los trigos;

y que haciendo nuevos horreos

cámaras, pósitos, silos,

en todo lugar, y villa,

y ciudad, de tu dominio

debajo de su poder,

queden en guarda metidos.

Con esto conseguirás,

que tu reino abastecido,

viva sin necesidad,

y tú quedes aplaudido;

pues en faltando el abasto,

que cada uno acogido,

puede abrir a justos precios

y repartir benigno,

a tus vasallos lejanos,

que su cuidado acogió.

Y desta suerte verás,

tu tesoro enriquecido,

y tus vasallos contentos,

y tu reino agradecido.

dale el anillo y el manto

Faraón.

Mucho gran gusto me ha cau-

sado haber oído tu aviso,

y no pudiendo topar,

otro varón en Egipto

de quien me fíe la fianza.

mas discreto, y entendido

sino es tú; y por esta causa

por mi segundo te elijo;

y en prueba desta verdad,

recibe mi real anillo

y aquesta púrpura real,

y para que sepa Egipto,

que ya tiene Salvador,

que le libre de peligros,

se publicará en mi corte

mañana con un edicto,

que como a su mismo rey,

sea Joseph obedecido;

y en carro triunfal entroni-

zado a mi lado conmigo

saldremos por la ciudad,

porque seas conocido,

por mi segunda persona,

y por Salvador de Egipto.

José.

Vuestra Majestad Señor,

ampare a quien no es di-

gno de lograr tantos favores

Faraón.

Tú, Joseph, lo has merecido,

y porque veas que quiero

satisfacer tus servicios,

yo te tengo de casar,

(y ser también tu padrino)

con la discreta Asanet,

que es hija, ha merecido,

de aquese gran Putifar,

Sacerdote del divino

Heliópolis que por Dios

venera el pueblo de Egipto.

Texto tachado: Apenas el rey nombró por su segundo, en Egipto a Joseph cuando al instante me lo dijo a mí un amigo, que las cosas de palacio, las sabe el pueblo improviso pero yo que no soy zurdo, para mi provecho digo, al instante me partí mas quiero estarme escondido mientras habla con el rey que después que se haya ido, le daré yo un memorial, que aquí traigo prevenido. Jose. Segunda vez por tu esclavo, os erige Señor mi corona. Pha. Pues vamos para aclamarte todo Egipto Jose. Pues vamos a disponer, que te aclame todo Egipto, por su Virrey y guiador de bienes de ti enviados te adoren con reverencia como si fuera yo mismo. vase.

José.

Mucho me encumbra fortuna

Dios mío dame tu auxilio

que sin ti no valgo nada,

y sin ti de nada sirvo.

vase

Sale Calabazate.

Calabazán.

Con el Rey se fue, mas yo

aguardarle determino

para ver si mi amistad

acaso ha echado en olvido:

aquí traigo un memorial

con grandes creces escrito

que a los Señores Visires

hablarles ha de ser preciso.

Ya se ha cumplido mi sueño,

de que su Alteza, mi amigo,

ahora faltaba el ser

también el subir conmigo:

ufano fió de Joseph,

que a mi amistad agradecido,

en el de Judas me trueque

este de cárcel vestido,

ora cuando me despenso,

en dotes arañativo

darle quiero el memorial

por ver si ha echado en olvido,

a mi amistad, que el estado,

por cierto decir he oído,

que es quien muda las cos-

tumb-

res.

Yo hago de pretendiente,

y a hablarle me determino;

pero encara no es pecho

con aqueste mal vestido

Sale Joseph, y Calabazate se in- clina para darle el me- morial

Pag. 21

Calabazán.

A vuestros pies, señor, arrodillado,

tenéis para que os sirva aquí un criado

que os pretende servir en vuestra casa;

de que de la memoria no se os pasa

que os tuve yo amistad siempre muy fija,

y que en vuestra prisión larga y prolija.

José.

Este es Calabazate, mas yo quiero

ponerme para hablarle muy severo

y que no le conozco, fingir quiero:

decid pues, ¿qué queréis ya caballero?

Calabazán.

No me suena muy bien caballería:

¿no me conocerá Vuesenoría?

José.

No tan solo os conozco, mas ni aun visto.

Calabazán.

Peor está ya, voto a tal Cristo.

¿No os acordáis señor de cierto sueño,

que sirviendo los dos a un mismo dueño,

os conté una mañana, y me dijisteis,

que ya será cumplido lo que vistes?

¿No se acuerda señor que consolada

me dejasteis a mí, y desesperado

al otro, seguro de vos huyendo?

José.

Si no os declaráis más, yo no os entiendo.

Calabazán.

Ya veis de ser muy breve porque es tarde.

Pues reviente la perra de mi madre,

yo soy señor en fin, Calabazate.

José.

Acabaras ya ruin de declararte.

¿en qué quieres mejor ser ocupado?

Calabazán.

La despensa tomara de buen grado.

José.

La despensa te doy pero advertido,

que has de darme las cuentas, que es sabido.

Yo voy a hablar al rey, aquí me espera

un lucero sereno de su esfera.

Vase.

Calabazán.

Ya soy Calabazate de lo fino,

pues la amistad de aguarse a hacerme vino,

Calabaza en azúcar, no en arrope,

ya me puede chupar el que me tope.

He aquí que también he yo subido,

a ser yo de mi amo el más valido;

ahora vendrían a mí los pretendientes,

haciendo a besamanos entre dientes,

y vendrían muy humildes, y rendidos,

discurriendo serán favorecidos

de mi amo, por mí, y muy atentos,

a pedirme vendrán más de trescientos,

y llamándome don Calabazate,

me darán en ladrillo el chocolate:

con que vengo yo a ser en esta danza,

el danzante menor de la privanza.

cuando me suplicaren muy severo

haré que no lo tomo, y que lo quiero;

y yendo así purgando la materia,

aquí ganaré más que en una feria.

Mucho tarda mi amo; iré a buscarle,

por ver si en los salones puedo hallarle.

Salen Claudia y Susana.

Susana.

¿Es posible Señora que no quieres,

oh de casa salir (y muy cruel eres)

a ver esta función tan suntuosa?

Claudia.

Hoy estoy más que nunca muy rabiosa,

al mirar que los dioses inhumanos,

tales premios les den a los tiranos.

Pag. 22

Claudia.

quiera los dioses digo verdaderos,

que a sello castigarán mis severos,

ingratitudes hechas a mujeres,

que ellos también tuvieron sus placeres.

Y por más aumentar mi desventura,

le han puesto a Joseph en tal altura.

Susana.

Da treguas al dolor, no te atormentes,

ni ya de eso tratar siquiera intentes,

pues ves que es todo en balde cuanto intentas

y sin conseguir nada te atormentas.

Ponte el manto, Señora, a buscar vamos,

donde aquesta función ver bien podamos.

Claudia.

Yo de casa salir, será imposible,

porque de piedra soy, soy inmoble,

Susana.

Pues qué, intentas perder función tan grave?

Claudia.

Qué poco de sentir tu pecho sabe.

Susana.

Pues qué intentas hacer aquí encerrada?

Perdiendo una función tan celebrada

donde habrá tantas galas, y donaires,

donde en ecos veloces por los aires,

las cajas, las trompetas, y clarines,

publiquen en Egipto, y sus confines,

la dicha de Joseph tan venturosa,

hasta verlo mi afecto no reposa.

Qué será ver las danzas, y pregones,

Calles, rejas, ventanas, y balcones

de tantas colgaduras adornadas,

y en ellas tantas ninfas afeitadas.

Qué será ver al Rey que es de diamante,

por lo duro, y Joseph con el triunfante

de galas, y de plumas adornados,

viendo será de todos adorados?

Claudia.

Cierra el labio Susana que me asusto.

Susana.

Yo entendía con esto darte gusto.

Claudia.

Qué gusto me has de dar si claro sabes,

que aun el canto me enfada de las aves.

Susana.

Qué culpa tengo yo de querer quietar,

el sosiego perder por tal quimera.

Y ya que no lo veas por mi gusto,

déjame contentarme, que es injusto,

que me quieras privar a un mismo tiempo,

la vista, la alegría, y el contento.

Pues qué será de ver a los galanes,

y a las damas hacer mil ademanes,

contando por los dedos sus amores,

haciendo con las señas mil favores.

Qué será por las calles ver la gente,

que el uno dice anda, el otro tente,

sin poder distinguirse unos a otros,

con ser hombres parece, que son topos.

Y qué será ver la guardia cuando diga,

hagan plaza Señores

Claudia.

Calla enemiga.

que aumentas mi martirio con tus chanzas.

Susana.

Pues déjame Señora ver las danzas

que no verlas será muy gran tormento,

Claudia.

Y con callar, me quitas el contento.

déjame sola, y vete si quisieres

como tú no me cuentes lo que vieres.

Susana.

Bailando me está el alma por mirarlo

para poder después mejor contarlo.

Pag. 23

Sale Calabazate, y en ínterin que dice los versos que se siguen se va dispo- niendo la entrada por un tablado que habrá en el patio de suerte que pueda andar un carro hasta el tea- tro, en donde vendrán sentados Faraón, y Joseph, al lado sinies- tro de Faraón vestidos entram- voz de un mismo género y delan- te vendrán hombres, y mujeres en forma de danza, vestidos a lo gitano lo más lucido que pueda ser, y sale Susana tapada con su manto.

Calabazán.

Todo Egipto parece hecha de flores.

Susana.

Yo también vengo a ver estos primores.

Calabazán.

Por las galas, y damas tan hermosas.

Susana.

Hermosos ramilletes son de rosas.

Calabazán.

¿Quién será aquesta dama que tapada

me ayuda a consonantes remilgada?

Susana.

¿Quién será este lacayo que grosero?

Calabazán.

Ya no es lacayo, no, que es despensero.

Susana.

Yo quiero ver quién es, mas tate, tate,

porque es mi señor don Calabazate.

Mucho ha subido el pícaro taimado.

Calabazán.

Pues es poco, señora, a ser privado.

Susana.

Mucho las calabazas se han helado

si no está en los calzones churruscado.

Calabazán.

Ella es la churruscada, malo, malo,

esta me conoció, y me ha dado palo.

¿Quién será esta fregona puerca, con mal rato?

Susana.

Él tiene de bufón doblado el trato.

Calabazán.

Susanilla parece, vive Cristo.

Susana.

Descubrirme he, y el pícaro me ha visto.

Calabazán.

No te tapes, Susana, el manto quita,

no te escondas porque eres muy bonita.

Descúbrese.

Susana.

El dicho solamente me ha agradado.

Calabazán.

¿Cómo a tu ama sola la has dejado?

Susana.

En casa a mil demonios se está dando,

por no ver a Joseph, y queda llorando.

Calabazán.

Si tú quieres dejarla, yo me obligo

a darte conveniencia, yo lo digo,

no tienes que mirarme.

Susana.

¿Verdad dices?

Calabazán.

Es verdad como vuelan las perdices.

Susana.

¿Y a dónde acomodarme tú previenes?

Calabazán.

Con otra ama mejor que la que tienes.

Susana.

¿Y con quién ha de ser, di por tu vida?

Calabazán.

Un poquito pareces relamida.

Susana.

Deja las chanzas ya, y al caso vamos.

Calabazán.

Pues digo que han de ser los nuevos amos,

el virrey, y Asenet.

Susana.

¡Válgame el cielo!

En tu vida me has dado más consuelo.

Calabazán.

Dispónlo pues por Dios, Calabazate.

¿Y cuántas libras me das de chocolate

por quedar en palacio siendo dama?

Mas dime, ¿qué dirá después tu ama?

Susana.

Diga lo que dijere, o no lo diga,

si me haces tú el favor, seré tu amiga.

Pag. 24

Colla.

que en fin tú serás mía si lo logras.

Susana.

Voto a mujer, que gasto muchas drogas.

Fío de ser en fin si me acomodas.

Colla.

Pues yo he de ser el Iban en las bodas.

Comienza a andar el carro, y dice Faraón

Faraón.

El primero he de ser oí en el mundo

que a su imperio le asista otro segundo,

que si el gobierno en dos es repartido

el cargo viene a ser menos sentido.

Así yo traslado en la persona,

de Joseph el Salvador cetro, y corona.

Comience ya la fiesta, y regocijo,

festejad a Joseph, pues ya le elijo

por segundo en mi imperio, conocedle,

y como a vuestro rey obedecedle:

Decid que Joseph viva largos años,

para que a Egipto libre de sus daños.

Canta la primera mujer

Primera mujer.

Nazca en hora dichosa,

para alumbrarnos,

un nuevo Sol a Egipto

con nuevos rayos.

Vuelve el carro a andar y tocan en el vestuario cajas, y clarines y se detendrá otro poco y volverá a cantar otra mujer, y cada vez que cantaren darán un lazo los que danzan.

Segunda mujer.

Viva en hora dichosa,

por muchos años,

alegres, y festivos,

todos digamos.

Tocan las cajas, y clarines y anda el carro otro poco.

Tercera mujer.

Festejémosle todos,

pues es muy digno,

que por Salvador viva,

reconocido.

Vuelven a sonar las cajas, y anda el carro a su asiento, y en llegando se apearán Faraón, y Joseph, y dando otro lazo cantará la mujer cuarta.

Cuarta mujer.

Que viva muy felice,

en compañía,

de nuestro Rey invicto,

su pueblo diga.

Todos.

Nazca en hora dichosa,

para alumbrarnos,

un nuevo sol a Egipto,

con nuevos rayos.

Descúbrese un trono con dos sillas en las cuales se han de sentar Faraón, y Joseph.

Faraón.

Sube al trono Joseph donde adorado

de mi reino serás hoy a mi lado.

Siéntase el Rey.

José.

Tantas honras Señor que a Vos se deben,

y reparad que en mí caber no pueden.

Faraón.

Siéntate pues, Joseph, que yo lo mando.

José.

Agradezco el favor Señor callando.

Siéntase.

Faraón.

Publíquese mi edicto con pregones

en mi corte, y lo mismo en las regiones.

Pag. 25

Faraón.

se hará donde mi imperio predomina,

pues Joseph quien repara nuestra ruina.

El pregón le cantará quien quisiere.

Hace cortesía al rey.

Músicos.

Moradores de Egipto, escuchad,

prestad atención

al decreto que manda publique,

el gran Pharaón;

el cual quiere sea obedecido,

que es mucha razón,

que los reyes premien a los justos,

con veneración.

Oíd, atended, prestad atención,

y veréis como el justo es premiado,

por su discreción.

Parad, oíd, atended al pregón,

que los dioses conceden a Egipto,

nuevo Salvador.

Manda nuestro augusto rey,

el invicto Pharaón

(a quien los dioses concedan,

larga vida, y sucesión)

que a Joseph (a quien los dioses

para mostrarnos su amor,

desde su trono enviaron,

para nuestro Salvador)

en Egipto sea tenido,

por segundo sucesor

de su corona, que el cielo

le concede este favor:

Manda sea obedecido,

sin ninguna dilación

en las órdenes que diere,

pena de su indignación.

Manda que todos le den,

con grande veneración,

con las rodillas en tierra

la debida adoración.

Manda, que mudado el nombre

de Joseph, el Salvador

de Egipto, le llamen todos,

con cariño, y con amor.

Manda, que nadie se oponga,

aquesta nueva elección,

porque el remedio de todos,

se cifra en su discreción.

Manda en fin que todos cuantos,

en su reino viven hoy,

le obedezcan como a él mismo

desde el mayor, al menor,

sin que reserve el edicto,

que publica este pregón

al puesto, a la dignidad,

al estado, o condición,

al hombre, ni a la mujer,

al joven, o al superior.

Por fin que comprenda a todos

cuantos, en su reino son.

Esto me manda publique,

el invicto Pharaón

porque nadie, la ignorancia

alegue a la digresión.

Moradores de Egipto, escuchad

prestad atención.

Et lo mismo que al principio.

Pag. 26

Levántanse del trono, y dicen todos.

Todos.

Faraón y Joseph vivan muy dichosos.

Vivan de amor todos muy gustosos.

José.

Señor, a vuestras plantas muy rendido,

de tan grande favor reconocido,

corresponder prometo por mi hechura.

Faraón.

En mi virrey Joseph, muy confiado,

que tendré ya mi imperio asegurado.

Jornada tercera

Pag. 27

Tachado: La Castidad

Sale Jacob, Judas y Rubén.

Jacob.

Bien claro veis, hijos míos,

que hemos llegado al extremo

de la miseria, pues es

tan grande la que tenemos,

por causa de haber dos años,

que ni un grano no cogemos

de trigo aunque se cultiva

la tierra; pero si el cielo

nos ha negado el rocío,

por tan dilatado tiempo,

no me espanto que la tierra

no fecunde, pues es cierto,

que en faltando la lluvia

nos niega nuestro sustento.

Ya (como digo) ha dos años,

en que lograr no podemos,

siquiera un grano de trigo,

de cebada, ni centeno,

por cuya causa los brutos,

y los hombres, perecemos.

Pero no os espantéis, hijos,

de lo que está sucediendo,

que son grandes nuestras

y por esta causa el cielo,

mostrando su justo enojo,

nos castiga muy severo.

Y no es esto lo peor,

lo que ahora padecemos,

porque está muy enojado,

contra nosotros,

que ha de ser nuestro castigo,

por más dilatado tiempo,

pues cuando os oigo decir,

las bocas que el campo ha hecho

me parece en mis oídos,

que a voces me están diciendo.

Aquellas horribles bocas,

con voces de horror, y miedo:

temed, pues vuestro castigo

y enmendaos, pues es cierto,

que tenéis a vuestro Dios

enojado. Y Justicia,

quiere acabar con vosotros,

consumidos de hambre, y secos.

¡No permitáis tal, Señor!

mirad que somos tus siervos,

y acordaos que a Noé

le asegurasteis por cierto,

de no borrar más la imagen

del hombre, mas ellos mismos,

incitan vuestra Justicia,

con sus culpas, y sus yerros.

¿Dónde iremos, hijos míos,

para poder mantenernos,

a buscar quien nos dé trigo,

en ínterin que este tiempo,

nuestro Dios quiera trocar

en otro apacible, y bueno?

Rubén.

Nos han dicho, que en Egipto,

un virrey ha puesto el cielo,

que en aquestos siete años,

tan abundantes, y buenos,

que pasaron, recogió

muchos granos, y que haciendo

nuevos pósitos, y silos,

cámaras, hórreos, graneros,

los tuvo en guarda metidos,

sabiendo que aquestos tiempos

han de venir.

Judas.

Y que a todos,

reparte por su dinero

el sustento necesario,

y con aquesto en el reino

viven, sin necesidad.

Jacob.

Si sabéis vosotros eso,

¿a qué aguardáis que no vais,

a buscar para este viejo,

con qué pueda mantenerse?

Y también vosotros mismos.

Disponed vuestro viaje,

tomad sacos, y dineros

sin tasa, para que trigo,

traigáis, para mucho tiempo.

Judas.

Pues si vamos los dos solos,

muy poco traer podemos;

y será más acertado,

que todos juntos tomemos

nuestros sacos, y que de Egipto

partamos con los jumentos;

y de esta suerte, señor,

traer más trigo podemos,

que si solos los dos vamos.

Rubén.

Judas dice bien en eso;

que podemos traer poco,

solamente en dos jumentos;

y todos traeremos más.

Jacob.

Ea, pues, partid presto,

todos juntos. Pero oíd,

mirad que advertiros quiero

que a Benjamín no le llevéis

que aqueste, por mi consuelo,

quiero que se quede en casa

conmigo, porque no quiero,

que otra desdicha suceda,

que ya bueno está lo bueno;

bástame perder un hijo,

sin perder los dos a un tiempo.

Idos pues con Dios en paz.

Pag. 28

llora.

Jacob.

quedo, en mi llanto me anego,

si me acuerdo de Joseph,

Rubén.

quien es causa para menos.

Señor, con tu bendición

nos partimos muy contentos.

Vanse, y sale Calabazate, y Susana.

Calabazán.

Ya verás, Susana mía,

cómo no he faltado al trato,

pues ya estás acomodada,

por mondonga de palacio;

y así en albricias bien puedes,

darme, Susana, un abrazo,

en fe de que la palabra

cumpliste, que me has dado

de ser mía, si cumplía,

lo que habíamos tratado;

y supuesto que cumplido

está ya, no hallo reparo,

que nos pueda hacer estorbo

para tomarnos la mano.

Susana.

Detente, que hay más que piensas.

Calabazán.

¿Por qué?, ¿quién pueda estorbarlo?

Susana.

Lo que digo está muy llano.

Calabazán.

Pues, ¿qué estorbo puede haber

estando todo ajustado?

Susana.

El no estar en posesión;

pues paga viciosa hallo,

que es aquella que se da

sin poseer lo ajustado.

Y para satisfacerte

repara, verás que cuando,

ajusta alguien una casa,

hasta que está escriturada,

y tomada posesión,

no se paga lo ajustado.

Calabazán.

Es verdad, pero tal vez

algo se da adelantado,

por tener necesidad

el dueño, y aquesto es claro,

que se da como señal,

para cumplir lo tratado.

Susana.

Tal vez suele suceder

si está muy necesitado,

el dueño de aquella casa.

Calabazán.

Pues yo que necesitado

de tus favores me veo

dame siquiera un abrazo

en señal de que después,

satisfarás lo ajustado.

Susana.

Cesa, mi favor es oro,

no tengo nada trocado,

y así al darlo todo junto

no doy nada adelantado.

Calabazán.

Susanilla, que me engañas.

Susana.

Calla, que eres mentecato.

Mas dime por vida tuya,

dime, dime desde cuándo

he de empezar a servir.

Calabazán.

Desde hoy, que aqueso es llano,

porque el sí de mi señor

ya le tengo yo alcanzado,

y quiere que ya en la boda

tomes algo a tu cuidado

y así puedes disponerte.

Susana.

¡Viva esa candumbelaña!

que en albricias te prometo

darte luego mil abrazos.

Calabazán.

Quien da luego, da dos veces,

dice un adagio muy claro.

Susana.

No seas ejecutivo,

que aunque es letra de contado

trae término de ocho días

para que se cumpla el plazo.

Calabazán.

Y dime, si acaso quiebra,

el mercader entretanto;

¿y me quedo sin cobrar?

Susana.

Acude luego al embargo.

Calabazán.

¿Y si es que hay contraescritura?

¿y me quedo yo burlado?

de esa suerte quedan muchos,

que han su dinero prestado.

Calabazán.

Pues mejor será cobrar,

antes que nos coja el jarro.

Susana.

Anda, que eres majadero,

y muy desconfiado,

que si acaso hubiere quiebra,

en el concurso apurado

estás, en primer lugar,

con que estás asegurado.

Calabazán.

Susanilla, no me engañes,

y por Dios que me hables claro.

Ha de haber acreedores,

yo del ajuste me salgo,

que en finca, que tiene censos,

no he de poner un ochavo:

que es dable que a mis papeles

me los trastrueque algún diablo

y hallándome yo el primero

quedarme yo para el cabo.

Susana.

Muy desconfiado eres.

Calabazán.

¿Qué quieres?, como he estudiado

en el arte de agarrar,

desde que he tomado el grado,

o borla de despensero,

estoy ya tan consumado,

en las drogas de este mundo,

que no fío yo un ochavo

de cominos, a ninguno

que tenga trato, y contrato.

Y por fin dejemos esto,

y hacia casa nos partamos,

porque esta tarde las bodas,

se efectúan, de mi ama

donde está tanta grandeza

las músicas, y saraos,

que parece primavera

con las galas, y tocados.

Susana.

Vamos, pues que las fiestas

ya se van aparejando;

pero dime, de camino,

si no lo tomas a enfado,

¿habrá dulces en la boda?

Calabazán.

Pues aqueso no está claro.

Pero pareces golosa.

Susana.

Señor mío, un tanto cuanto.

Vanse, y sale Faraón, Joseph, y Asenet vestida de boda, y la gente, que ha de danzar el sarao con hachas encendidas.

Canta.

Al sarao venid,

venid, venid, y llegad,

Pag. 29

Canta.

que hoy amor ha unido dos astros

con nudo nupcial.

Segunda mujer.

Venid, venid,

corred, y volad,

que es el Sol quien preside la fiesta

con su claridad.

Tercera mujer.

Venid, venid,

venid, y volad,

que el Lucero, y la Luna se unen

con su voluntad.

Cuarta mujer.

Venid, no tardéis,

corred, y volad,

que a Joseph, y Asenet hoy los honra

sacra majestad.

Todos.

Venid que la fama

en festivo raudal,

os convida a que veáis,

astros, y luceros,

primores, y galas,

y antorchas lucientes,

que alumbran la tierra

con gran claridad.

Venid, no tardéis,

corred, y volad,

que es Joseph quien merece

tanta majestad.

José.

Es posible que mi dicha

se me haya tanto encumbrado

que merezca, y sea dueño

deste cielo hermoso, y claro,

di, hermosísima Asanet,

que tan indigno me hallo,

que aunque mis ojos lo miran

no lo creo, aunque lo alcanzo.

Asenet.

La dicha elogio adoro,

pues puedes tener sentada,

que si mi Señor, por mí acepta

no me honrara con tu mano

(elección que solo es

digna de un Rey Soberano)

yo misma por mi elección,

entregara a tu mandado,

alma, vida, y corazón,

por ser también empleado;

y puedes creer, Joseph,

y vivir asegurado,

que te admito con gran gusto

por dueño de mi cuidado.

Faraón.

No aguardaba yo, Asanet,

de tu discurso, y tu garbo,

que cumpliendo con quien soy,

me hubieras desempeñado,

estimando mi elección.

Asenet.

Siendo yo Señor quien gano

no hay nada que agradecer.

Faraón.

Bien está; vuelva el sarao

a proseguir, y las dichas

de estos nuevos desposados

celébrense con festejos,

con regocijo, y aplauso.

José.

Dichoso soy pues merezco

ser honrado de tu mano.

comiencen a danzar y empezar cantará una y da la copla que se sigue.

Primera mujer.

A este lazo con que el Himeneo

uniendo dos almas un cuerpo es no más,

vista el Sol hoy rayos más lucientes,

para dar al día mayor claridad.

dando otro lazo canta otra

Segunda mujer.

Si hoy se miran dos nuevos planetas

conformes, y unidos, con gran voluntad,

no me admiro que con nuevas luces,

el cielo festeje tal conformidad.

Dando otro lazo canta otra

Tercera mujer.

Y no es mucho que el Sol más luciente

vista nuevos rayos, y más claridad,

si la luna con nuevos luceros,

ostenta luciente pompa, y vanidad.

Dando otro lazo canta otra

Cuarta mujer.

Si los dioses conceden a Egipto,

nuevo sol, y luna con felicidad,

celebremos con júbilo alegre,

la dicha felice, que el cielo nos da.

Todos dando otro lazo

Todos.

Salvador Heliópolis Sacro

a Egipto concede con benignidad

para darnos en árido tiempo,

quien libre a los suyos de calamidad.

Todos.

Si en Joseph se mira nuestra dicha

festivos, y alegres a voces clamad

que Joseph y Asenet, vivan,

y gocen dichosos su lazo compás.

Pag. 30

José.

Suplico a su Majestad,

señor, que cese el aplauso,

que están de más tantas honras

con quien es su humilde esclavo.

Sale Calabaza.

Calabazán.

Señor, la gente te aguarda,

a las puertas de palacio,

esperando que socorras

su necesidad, y es tanto

el concurso, que no cabe,

en la plaza de palacio.

José.

Pues señor, con tu licencia,

a socorrerles me parto,

que no es justo que padezca

el pueblo, y me esté alegrando

teniendo cifrado en mí,

su sustento, y su descanso.

Faraón.

Yo también en ti le tengo,

pues que veo asegurado

el sosiego de mi reino

en tu discurso, y tu mano.

Asenet.

¡Qué poco dura una dicha!

Faraón.

Retírate a tu cuarto

en ínterin, Asenet,

que vaya tu esposo aliviado

su necesidad, a aquellos

que le estaban aguardando,

que presto volverá a verte.

Asenet.

Obedezco su mandato.

Vase.

Faraón.

En este joven espero

ver de mi reino el descanso.

Vase.

Sale Sura.

Sura.

¿Dónde don Calabazate

estuvo que en el sarao

no le he visto?

Calabazán.

Pues, ¿qué quieres?

Si componiendo me he estado

lo que a mi oficio le toca.

Sura.

Dime, ¿qué haciendo has estado?

Calabazán.

Enfriando las bebidas,

pero vino no he enfriado.

Sura.

¿Por qué no enfrías el vino?

Calabazán.

Porque me han aconsejado

que es mejor vino caliente

que no chocolate helado.

Y así digo, Suranilla,

las razones acortando

que a servir vayas a tu ama

y no me preguntes tanto.

Sura.

Con ese licor caliente,

los sesos te has calentado.

Vase.

Salen Judas, Rubén, y algunos pastores, cada uno con costal y se descubre un trono donde estará sentado José y sale Calabazate.

Calabazán.

Señor, aquí unos pastores,

de los muchos que concurren

a buscar trigos licencia

te piden, para que escuches

su miseria, y los socorras

contigo, como es costumbre.

José.

Diles que entren, aquí a

Calabazán.

Entren pues y no se turben

para hablar con el virrey.

Judas.

Ya en el rostro se descubre.

Rubén.

Yo estoy temblando de mí.

Judas.

¡Plegue a Dios que no me...!

Llegan todos, y se hincan de rodillas.

Judas.

A vuestras plantas, Señor,

Rubén.

fiados en tu piedad,

Judas.

suplica nuestra humildad,

Rubén.

nos concedas el favor,

Judas.

que tus liberales manos

Rubén.

con grande, y piadoso celo,

José.

¡Qué miro! ¡Válgame el cielo!

¿No son estos mis hermanos?

Judas.

De este inmenso, rico trono,

José.

Si acaso será ilusión

no, que lo anuncia el corazón.

Rubén.

Haced a todos benigno,

Judas.

dándonos para sustento.

José.

De mi padre, y doce hermanos.

Aparte.

José.

Aunque ellos fueron tiranos,

el verlos me da contento.

Judas.

Que somos los que aquí ves,

Rubén.

te traemos cargas de trigo.

Calabazán.

Señores, id a los dioses,

no vuelvan acá otra vez,

si han de pedir para trece.

Aparte.

José.

Quien a hablarlos conduzca.

¿De qué tierra sois mancebos?

Aparte.

Calabazán.

A no ha gustado de verlos,

pues habla con aspereza.

Judas.

En Canahán hemos nacido,

los que aquí presente estamos.

José.

Bien está; conque sacamos,

que a explorar habéis venido,

esta tierra, solamente

con capa de llevar trigo.

Calabazán.

Disteis en el lazo, amigos.

Rubén.

Hijos de un varón prudente,

que en Canahán tiene nacimiento

y nos obligó a venir

a Egipto, el oír decir

que el trigo que te pedimos,

tu piedad lo repartía,

y que a quien a ti se allegaba,

y el trigo te suplicaba,

su miseria socorrías.

Judas.

Esta es la causa, Señor,

de haber a Egipto venido,

y pues no te hemos mentido,

no nos trates con rigor;

que estás (Señor) engañado,

en creer que a traición

quepa en nuestro corazón,

como tú has imaginado.

José.

Ea, callad, que mentís

en lo que habéis pronunciado,

pues verdad no ha asomado,

en todo lo que decís:

dijisteis que doce hermanos,

erais los que aquí veníais,

y los que el trigo pedíais,

siendo así que es grande engaño

pues yo los doce no veo.

Calabazán.

Por Dios que los ha contado,

y en mentira los ha hallado;

que echasteis mal lance, creo.

Rubén.

En casa quedó el menor,

por consuelo de mi padre,

que no hay cosa que le cuadre,

desde que llora, Señor,

acordándose, no que cesa,

de su desdicha fatal.

José.

¿Qué le sucedió a ese tal?

Pag. 31

Rubén.

lo despedazó una fiera:

y es tan grande el sentimiento,

que nuestro padre amoroso,

que por llorarlo ha cegado.

aparte.

José.

¡Qué fuerte es mayor tormento!

¡Ay padre ciego por mí!

¡Ah desdicha mayor!

llora, ¿quién podrá tener valor

para tanto mal oír.

Con todo lo que decís,

yo no he quedado contento,

que estoy en conocimiento

que por espías venís.

Y pues decís que otro hermano,

con vuestro padre se queda,

me lo traeréis, porque crea,

que no venís con engaño:

Y por más satisfacción,

en ínterin que volvéis,

y a vuestro hermano traéis

uno quedará en prisión.

Con esto estaré seguro

que a vuestro hermano traeréis,

y vosotros llevaréis

vuestro trigo; mas os juro

por vida de Faraón,

si acaso os topo en engaño

de dar la muerte al hermano,

que quedare en la prisión.

Judas.

Ese partido aceptamos,

de que uno se quede preso,

porque eches de ver con eso,

que la verdad retratamos.

José.

Dales tú lo que pidieren

y luego puedes echarles,

en los costales

el dinero que trujeren.

Calabazán.

Pues Señor, de a qué se mo-

barato llevan el trigo.

José.

Ejecuta lo que digo,

que misterio tiene todo.

encúbrese llora, y va-se Calabazate.

Judas.

¿Qué os ha parecido hermanos,

de aquesto que nos sucede?

Rubén.

Que estos males causar puede,

la culpa de vuestras manos,

y el castigo merecido,

por la muerte de Joseph.

Judas.

¡Ay Rubén, quién tal se...

que aquesto que ha sucedido,

lo causó nuestro pecado.

Mas ya remedio no tiene.

Y ahora solo conviene

que quede por fiador

Simeón, mientras que llevan

(aunque sea sin consuelo)

acá a casa el bastimento,

y con Benjamín volvemos.

Vanse, y sale Susana.

Susana.

El Señor Calabazate,

qué se habrá hecho, que ha rato

que no le veo

y ya

no me gusta; que no es

tanta tardanza, y descuido

que estará muy ocupado

con otra ninfa, mas no

que no es hombre de eso trato;

mas yo no fío en ninguno

solo digo que los diablos

con todos carguen amén;

y el mejor salpimentado.

Mas parece que allí viene

con las llaves en las manos.

Sale Calabazate con unas llaves en las manos.

Susana.

¿Dónde vas con estas llaves?

Calabazán.

A entregarlas a mi amo.

Susana.

¿De dónde vienes con ellas?

Calabazán.

Tanto preguntar alabo.

Susana.

Calla bazate, no canses,

porque te cansas en vano

en querer que las mujeres,

la curiosidad dejando,

renunciemos nuestra herencia

que del pecado heredamos,

primero, que nuestra madre,

por curiosa de tomarlo,

la fruta de la serpiente;

nos dejó a todas mandado,

que no dejásemos nunca,

lo que ella ha comenzado.

Y si tú me quieres muda

no hay nada de lo ajustado,

que es lo mismo querer eso,

en nosotras, como al diablo,

a mandarle que haga cruces;

mira si cruces al diablo

han, pues de aquesa suerte

será que el pico cerrado

tenga con todas nosotras.

Calabazán.

Que os lleven cinco mil diablos,

cuando le queráis cerrar.

Susana.

Yo tengo por cierto, y claro,

que no nos lleven por eso.

Calabazán.

Yo lo creo sin jurarlo.

Susana.

Basta, mi Calabazate,

que esta historia comenzando,

hice propósito firme,

de tener siempre guardados,

los secretos que supiere,

y hasta ahora lo he observado.

Mira si sobre la pena,

de no haber desembuchado,

nada de lo que he sabido

quieres añadirme al cabo,

que no pregunte tampoco;

esto es desespero.

Calabazán.

Pues por esa causa misma,

de no haber desembuchado,

es porque ya te aconsejo,

que no preguntes tanto.

Susana.

¿Y te ha ido mal para eso?

Calabazán.

Parecerá de contado.

Si uno tiene a un talego

y en él te vas siempre echando,

sin que nunca saque de él,

y cada día apretando,

leva, porque quepa más

no se echa de ver bien claro,

que tal vez reventará?

Susana.

¿Quién te decía lo contrario?

Calabazán.

Pues aplica ahora el cuento

para esto que estás echando.

Pag. 32

Calabazán.

en el buche (como dices)

sin haber nada sacado,

antes bien, le cargas más,

¿no quieres que, esté temblando,

que revientes algún día?

Susana.

Así te suceda, hermano.

Sale Joseph, y Asanet.

Asanet.

¿Es posible, esposo mío,

que no quieres del cuidado

sacarme, con que me tiene,

lo que Susana ha contado

de los efectos que en ti,

tan diversos, ha causado,

el hablar con los pastores,

pues, a un improviso dejando

a nosotros, despedistes

entre suspiros, y halagos.

Calabazán.

Ya lo dijistes, maldita arruana.

Susana.

Como importa poco el caso

se le conté a mi señora.

Calabazán.

Si así has tenido guardados,

los secretos en tu buche,

ya digo que no me espanto,

que no reviente quien vació

el talego, sin llenarlo.

Susana.

¿Para qué me lo dijiste?

Calabazán.

Para ver cómo, embuchado,

conservabas los secretos,

mas ya tengo reparado

que es menester a tu buche

echarle aquel adobado

que hacen en la Extremadura

por conservar lo embuchado.

Susana.

Pues, ¿no me dirás lo que es?

Calabazán.

Sí, pimiento colorado

y esto en mucha cantidad.

Susana.

Desengañado adobado.

Calabazán.

Pues, Susana, yo discurro

que es menester otro tanto.

José.

Si es tu gusto, amada esposa,

el saber lo que guarda el hado,

siempre he tenido en mi pecho

manda que a aquestos criados

a los dos hoy dejen solos,

para que pueda contarlo,

que es preciso que el secreto

por ahora esté guardado.

Asanet.

Pues, salíos allá fuera.

Calabazán.

Confesar se quiere el ama.

Susana.

El amo le absolverá.

Calabazán.

Más valía con un palo,

echaros la absolución.

Susana.

Si estás muy mal enseñado,

en casándonos los dos

tocaréis bien a mi mano.

Asanet.

Ya puedes, esposo mío,

pues que ya solos estamos,

el contarme de tu vida

los sucesos y trabajos.

José.

Pues oye, te contaré,

pero primero ten cargo,

que no salga de tu pecho,

hasta que se llegue el caso

en que se pueda saber.

Asanet.

Doy palabra de callarlo.

José.

Bellísima Asanet, amada esposa,

que por mi dicha el Cielo quiso darme,

(mostrando su poder en una rosa,

para poder mejor autorizarme).

Haciendo mi fortuna más dichosa,

el descanso, (que quiso a mí usurparme

de la cruel envidia lo tirano)

con la hermosa azucena de tu mano.

Escucha de mi vida los progresos,

oirás una historia tan extraña,

que en el mundo jamás, tales sucesos,

desde que dio la Aurora a la mañana

claridad, la fortuna con excesos,

en su rueda no urdió mayor maraña;

pues por quitarme ansiosa a mí el reposo,

he venido a lograr el ser tu esposo.

Mi padre es un varón, santo, y prudente,

y siempre de su Dios fue gran valido

y en su vida pasó de lo decente,

que a su persona, y trato ha convenido:

portándose en su vida santamente,

y haciendo las limosnas que ha podido.

Y por esto una noche, bella, y clara,

vio a su Dios amigable, cara a cara.

Porque quererle su Madre más que a todos,

quiso que Jacob fuese el bien librado,

discurriendo para esto varios modos,

con los cuales consigue haber quitado

a su hermano Esaú, (mayor que todos)

Pag. 33

José.

la hacienda y bendición que le tocaba;

Diciéndole ella a Isaac, que ciego estaba,

que era a Esaú su hijo a quien la echaba.

Enojose Esaú con saña fiera,

sabiendo que su hermano le ha quitado

la hacienda, y bendición, que suya era:

Y por esta razón tiene tratado,

de matar a Jacob donde le viera;

Mas Rebeca, que estaba con cuidado,

a Jacob le ha mandado que se ausente,

ordenándole viva en el Oriente.

Allí sirvió a Labán muy largo tiempo,

por la hermosa Raquel (que fue su amada)

Y al fin, vino a salir con el intento,

aunque contra el engaño de su padre,

Aquel vino a dar conocimiento,

(que siempre la razón los ojos abre)

Y a mi madre le entrega por su esposa,

que no ha logrado el mayo mejor rosa.

Por fin, dejando aparte los cuidados,

ansias, sustos, pesares, y desvelos,

(que discurro serían duplicados,

porque la dilación causa recelos,

y más cuando son firmes los amados,

que a gusto solo lo concede el Cielo)

por abreviar la historia, y declararte,

que conviene a la mía esto contarte.

Después de muchos años en que unidos

Vivieron con amantes regocijos,

pacíficos, prudentes, y avenidos,

no logrando mi madre tener hijos,

a Dios le suplicaban muy rendidos,

los consuele en sus males tan prolijos

dándoles aquel fruto tan deseado,

que a las otras mujeres les ha dado.

Y habiendo Dios oído sus lamentos,

con que al Cielo clamaban noche y día,

a mi madre concede el gran contento,

de que naciese yo, que fue alegría,

que mitigó a mi madre el sentimiento

de verse ella ser menos, que era Lía.

Y por mejor mostrar su regocijo,

el nombre de Joseph, puso a este hijo.

Otro parió, y en fin con sus dolores

prolijos, acabaron con mi madre;

celebróse su falta con clamores,

que era continuo el llanto de mi padre,

por lo que le costaron sus amores,

que no topa consuelo que le cuadre.

No me admiro, que amor que costó tanto,

otro alivio no tope sino el llanto.

Desgracia fue fatal el que en su Oriente,

apenas registraba la luz pura,

le llegase a su Aurora el occidente

negándole el halago, y la blandura,

Pag. 34

José.

que de abrigo le sirve al ignocente,

con sus tiernos arrullos, y dulzura.

Lo mejor nos faltó en aquella hora,

con el fatal ocaso de su aurora.

Nos quedamos sin madre, porque el Cielo,

quiso que nuestra vida comenzase

sin tener al principio aquel consuelo

que en entrañas maternas suele hallarse;

aunque siempre mi padre con desvelo,

nos amó más que a todos por hallarse,

con las perlas sin concha, en que encerradas,

estuvieron sus dichas bien halladas.

Pero yo más que todos fui amado

de mi padre, y a todos prefería,

y soñando una noche que adorado

del sol, luna, y estrellas, me veía;

el sueño a mis hermanos he contado,

pero ninguno de ellos me creía;

mas agraviar me intentan, de tal suerte,

que previenen airados darme muerte.

Y uno, que más que todos es prudente,

persuadirlos quería con razones,

hablándoles sagaz, y blandamente,

para ver si mitigan sus pasiones,

(mas cuando vio la envidia lo clemente)

torcióles sus malas intenciones

y hizo en una cisterna seca echarme,

para poder así mejor librarme.

Mas ellos envidiosos de mis dichas,

a venderme intentaron, y lo hicieron,

discurriendo aumentaban mis desdichas;

conque en treinta dineros me vendieron,

haciendo más feliz así mi dicha:

pues al punto que a Egipto me trujeron,

a Putifar mi amo fui vendido,

el cual me hizo en su casa su valido.

Y a mi padre le fingen con engaños,

que una fiera cruel, me dio la muerte,

el cual lloró el perderme largos años,

hasta perder la vista (¡lance fuerte!)

que causase la envidia tales daños!

por último vivimos de esta suerte,

sin saber unos de otros largos días,

sufriendo sus penas yo las mías.

No refiero el estar aprisionado,

ni la causa de estar entre cadenas,

por ser esto mejor para callado,

pues ya estoy mejorado de mis penas,

que de ellas mi gran Dios ya me ha librado

que es su misericordia siempre eterna,

librándome de la cárcel de la muerte,

con su mano benigna, santa, y fuerte.

Paso solo a decir que colocado,

en el trono de Egipto Dios me tiene,

y que el rey con su mano ya me ha honrado;

y entre la demás gente que aquí viene,

a buscar el alivio deseado

Pag. 35

José.

que para su sustento les conviene,

aunque contra su envidia, y sus engaños,

ya me adoran rendidos mis hermanos.

No estoy vano por verme en tanta altura,

ni me alegro de verme yo adorado,

pero agradezco al Cielo mi ventura,

y me admiro de ver que Dios me ha dado,

lo que el sueño anunció en edad futura,

y me tiene confuso, y admirado,

el entender que Dios por varios modos,

les da premio, y castigo, y igual a todos.

Pues siendo su crueldad la que intentaba

por no hincarme soberbios las rodillas

quitarme lo que el Cielo me guardaba:

lo que a ellos parece que me humilla,

era el medio por donde me llevaba,

mi Dios, para ponerme a mí en la silla,

donde viéndome en ella colocado,

conociesen me habrían ya adorado.

Conózcolos al punto que los veo,

pregúntolos quién son, y a qué venían,

finjo que lo que dicen no les creo;

dígeles que en Egipto qué querían;

respondiéronme humildes, y los leo

en su rostro el empacho que tenían;

con dureza les hablo, y demás de eso,

mando que se quedase el uno preso.

Preso se queda el uno hasta que hayan,

de su tierra llegado con el trigo

y a Benjamín mi hermano aquí me traigan

porque deseo verlos, y les digo

que después por mi padre haré que bajarán

porque en descanso viva aquí conmigo,

que me alegro infinito haber sabido,

que mi padre hasta ahora haya vivido.

Esta ha sido la causa que he tenido,

para hacer los efectos que has notado;

pues a tan largo tiempo que he vivido,

sin que nadie noticia me haya dado,

de mi padre, ni nunca lo he sabido,

hasta ahora que el cielo me ha avisado,

con mis mismos hermanos, que ignoraron,

que era yo con quien ellos aquí hablaron.

Asenet.

Con regocijo, y pesar,

tu historia, Joseph, he escuchado:

con pesar porque te vi,

de subido, a los bajos;

con regocijo, por ver,

que ya Dios ha mejorado

tu fortuna, pues ha hecho,

que quien te aborreció tanto,

hoy a tus plantas se vea,

rendido, y avasallado.

Y como a mí ya me toca,

de lo feliz o contrario,

de tu fortuna, gran parte

de lo adverso me ha pesado

y de lo feliz me alegro;

y le pido al cielo santo

que en lo feliz te mantenga

dichoso por muchos años.

Sale Calamaco.

Calabazán.

El Rey te llama, Señor.

José.

Iré al punto a su mandado.

A Dios, esposa, que voy,

a ver, para qué ha llamado.

Soy del Rey, que a la obediencia...

Calabazán.

Señor, que te anda buscando.

Vase.

José.

El cielo quede contigo.

Calabazán.

Sea vuestra ama acatado.

¿Por cuánto tiempo ha tenido

de confesar a mi amo?

Señores, yo me consumo

de ver que estoy atapado,

y una mujer en el mundo

de cuantas tierras he andado

que no haya sido curiosa

Pag. 36

Calabazán.

puerca, habladora, mil diablos

carguen con todas ustedes,

que al mundo traen enredado.

Vase.

Sale Judá, Rubén, y Benjamín que lo hará alguna mujer o muchacho de mediana edad y los pastores que salieron la primera vez.

Benjamín.

No creyera que mi padre,

mi ausencia tanto llorara,

ni tan grande sentimiento

por mi partida mostrara.

Rubén.

No te admires de que sienta,

que de sus ojos te apartas,

que teme no te suceda,

también otra desgracia,

como sucedió a Joseph.

Judas.

Y como no queda en casa

otro, con quien divertirse

de los hijos que él amaba;

no me espanto de que llore,

y que sienta tu jornada.

Pero si tú no vinieras,

fuera cierto que quitara

la vida a Simeón que queda

preso, en interín que vayas

a Egipto, que así el Virrey

lo ha jurado, y que su cara

no volveremos más

a ver nunca a mirarla

ni nos dará más trigo

mientras el hambre durara

Benjamín.

Pues si digo la verdad,

yo no voy de buena gana,

que llevo miedo conmigo.

Rubén.

No tienes qué temer nada,

que pacífico parece.

Benjamín.

Bien poca paciencia gasta,

pues dejó preso a Simeón.

Judas.

No te espantes que eso haga

pues si es un Juez, o un Regente

que es de otra nación extraña

es preciso que averigüe,

con qué intención, o a qué causa

en su tierra entran, y viendo

la verdad, asegurado,

nos dará el trigo, y contentos

nos volveremos a casa,

todos juntos, porque así

lo dijo la vez pasada.

Benjamín.

Pues decidme una verdad,

que de saber tengo gana.

Judas.

Pregunta lo que quisieres.

Benjamín.

Ese que Virrey se llama,

es muy airado de aspecto?

A mirarle espanto causa?

Es muy alto en demasía?

Mete miedo cuando habla?

A su voz solo oírle

tiene muy fea la cara?

Rubén.

Todo lo tiene al contrario.

Benjamín.

Pues es que yo imaginaba,

y lo tenía por cierto

como tanto temor causa

solamente el decir Rey,

que solo verlos bastaba

para quedarse uno muerto

antes de hablar la palabra.

Que eran algunos gigantes

muy altos, y que las caras

eran como de leones;

y que esta era la causa,

de tenerlos tal respeto,

y tanto miedo.

Judas.

Te engañas

que hombres son como nosotros,

y muy bien son encontradas

las gracias, que les adornan,

de las que tú imaginabas,

pues son benignos, afables,

y mansos, pero esta causa,

de vivir tan venerados,

que es la persona a quien mandan

las leyes que obedezcamos

(y Dios también nos lo manda)

por superior en el mundo,

y por aquesto se llaman

Reyes, porque nos mantienen

en paz, y justicia.

Benjamín.

Vaya que con aquesto que dices

me vas consolando el alma

Con esta conversación,

se ha hecho breve la jornada.

que ya estamos en Egipto?

Judas.

Muy cerca de sus murallas.

Benjamín.

Muy buena ciudad parece

a que esto es del mundo mapa

todos los que entran en ella

la dejan de mala gana.

Benjamín.

Dime, y nosotros también

sentiremos el dejarla?

Judas.

A nosotros nos precisa,

(aunque sea sentida) a dejarla,

que es preciso que volvamos

con el trigo, a nuestra casa.

Rubén.

Mas ya estamos a la puerta

del Virrey.

Benjamín.

Aguarda, aguarda,

cómo le tengo de hablar?

que no me habéis dicho nada

tocante al modo de hablarle

y ignoro una palabra,

Judas.

Tú dirás lo que nosotros

dijéremos, y eso basta.

Vanse, y sale Calabazas, por la misma puerta que ellos entraron.

Descúbrese Josep sentado en el trono

Calabazán.

Vean con qué brevedad

que los pastores han vuelto:

Y si he de decir verdad

no me da ningún contento

que vuelvan acá, que el trigo

se lo llevan a buen pacto;

y como les tiene cuenta

otro más viene con ellos;

pero es gusto de mi amo,

y es preciso obedecerlo.

Ya han llegado los pastores

con un hermano del que está preso

y están licencia aguardando

Pag. 37

José.

Ya estaba deseando verlos a par,

Calabazán.

diles que entren luego al punto

entren señores mancebos.

Salen Judas, Rubén y Benjamín, y los demás pastores.

Judas.

Que entremos nos han mandado.

Benjamín.

Temblando estoy ya de miedo.

Rubén.

No tienes de qué temerle.

Benjamín.

Pues vamos, lleguemos presto.

Calabazán.

Qué pulido es este chico,

mas no viene muy contento.

Judas.

A vuestras plantas, señor,

tus esclavos están puestos.

Benjamín.

A vuestras plantas, señor,

tus esclavos están puestos.

Rubén.

Suplicando que a tu gracia

(con humildad, y rendimiento)

Benjamín.

Suplicando que a tu gracia

(con humildad, y rendimiento)

Judas.

admitas aqueste esclavo,

que nuevamente traemos.

Benjamín.

admitas aqueste esclavo,

que nuevamente traemos.

Quedo.

Judas.

No repitas lo que hablamos,

mira que aquesto no es bueno.

Recio.

Benjamín.

No repitas lo que hablamos,

mira que aquesto no es bueno.

¿No miráis qué alto que está

el que está allí puesto?

Quedo.

Judas.

Calla, porque es el virrey.

Recio.

Benjamín.

Calla, porque es el virrey.

Señor, parece bueno

porque él no nos hace mal

y yo estoy ya más contento.

Rubén.

Para que veas, señor,

cómo ha salido por cierto

lo que habíamos tratado,

y que no hay engaño en ello.

Benjamín.

Para que veas, señor,

cómo ha salido por cierto

Quedo.

Rubén.

Calla, y déjanos hablar,

porque no nos entendemos.

Recio.

Benjamín.

Calla, y déjanos hablar,

porque no nos entendemos,

no me aturdas los oídos.

Judas.

Que dijera yo lo mesmo,

no digas más, que ya basta

Benjamín.

que estáis vosotros diciendo.

Judas.

Y puedes ya si es tu gusto,

libertar al que está preso.

José.

¿ Benjamín?

Benjamín.

Sí, señor, aqueste es el mesmo.

Calabazán.

Qué hablador es el chiquillo.

José.

El verle me da contento.

Benjamín.

Quién le ha dicho a usted mi...

porque yo nunca me acuerdo

de haber hablado palabra.

Y ya cansado me siento.

José.

¿De qué?

Benjamín.

De estar aquí tanto tiempo

con las rodillas en tierra.

José.

Pues levántate.

Benjamín.

Al momento, levantar

que yo soy muy bien mandado.

José.

Ya no tengo sufrimiento

para estar más disfrazado;

pero suframos contentos.

Calabazate, levantan del trono.

Calabazán.

Señor.

José.

Lo que ordenado tengo,

al punto ejecutarás.

Vase.

Calabazán.

Levántense, caballeros,

que allá dentro han de ir a entrar.

Benjamín.

¿Y a qué hemos de ir allá dentro?

Calabazán.

A llevar una docena de

azotes, por embusteros.

Benjamín.

Aqueste no es buen convite,

y yo entrar dél no quiero.

Calabazán.

Entra, y no sea hablador,

que se entiende que no quiero.

Benjamín.

No me regañe tanto amigo,

que se hará muy presto viejo.

Vanse y sale Jacob con un báculo en la mano.

Jacob.

Poderoso Dios de Abrahán,

y de Isaac, que así amado

gustas sea, porque tú quieres

hacer, de vuestros esclavos,

para Vos, pueblo escogido,

la progenie dilatando,

de vuestro escogido Abrahán,

habiéndole Vos mandado,

que le daríais más hijos,

que flores tienen los campos,

y arenas tiene la mar,

y en el globo hermoso, y claro

tenéis fijadas estrellas,

luceros, planetas, astros;

yo te suplico, Señor,

por Abrahán tu siervo amado

a quien tal promesa hicisteis,

te acuerdes de mis amados

hijos, que allá en Egipto,

se hallen mesmo buscando,

para aqueste pobre viejo,

impedido y acabado,

con lo pesado del tiempo,

y cansado de los años,

también de los de mis ojos,

(aunque no puedo mirarlos

que la falta de Joseph,

sus luces apagaron,)

todos juntos muy felices,

y que traigan a su hermano,

que quedaba prisionero,

hasta que pueda mi amado

Benjamín, que su ausencia

me tiene desconfiado.

Esto suplico yo

Dios trino, y soberano,

y pues eres tan piadoso,

en tu seno confiado.

Vase.

Sale Calabazate con una copa de plata en la mano.

Calabazán.

Hoy mi amo me ha jodido;

qué apañado tuviera

un convite suntuoso

para que con él comieran

estos hebreos, y que antes.

Pag. 38

Tráela, y copa se lleva.

José.

Como es costumbre en su tierra

les haga lavar los pies,

y que al menor le pusiera

asiento al lado de mi amo,

para tenerle más cerca,

porque es el que quiere más

que a todos, y que pusiera

cuando acaben de comer

esta copa que es la misma

en donde bebe mi amo,

sin que ninguno lo entienda

en el saco del menor.

Calabazán.

Yo no entiendo estos enredos:

pero su misterio encierra,

y algún día se sabrá,

quiero hacer lo que me ordenan.

Vase a ponerla corriendo,

y mientra sale afuera

entra por una puerta, y

sale por otra, Joseph sale

por la puerta por donde en-

tró Calabazate.

Calabazán.

Ya lo ejecuté

de la suerte que mandaste.

Ya dejé puesta la materia

sin que me paguen nada;

pero la copa se llevan

juntamente con el trigo.

José.

Bien está, y agora es fuerza

el que salgas al camino

y que haciendo la deshecha

sin darte por entendido

de saberlo, los detengas,

y les preguntes airado,

que quién es el que se lleva

la copa en que yo bebía,

que ha faltado de la mesa

y como que no lo sabes,

con cuidado, y diligencia

vas registrando los sacos,

con advertencia que sea

el último el del menor

y al punto que se la veas

les dirás airado que es

preciso, que presos vuelvan

y me los traigas aquí.

Calabazán.

Voy volando a obedecerte,

más que novedad es esta.

José.

Presto lo sabrás.

Calabazán.

Callar,

y obedecer será fuerza.

Vase Joseph de la sala,

que su dolor le guardó

el corazón por instan-

tes darles esta buena nueva.

Van, y sale Judas, Ru-

bén, y Benjamín.

Benjamín.

Muy lindo es este virrey;

muy bien nos han regalado,

¿y son así los virreyes,

de estar con ellos me allano?

Judas.

¿No veis lo que tan bien,

él nos hubiera tratado?

Rubén.

Yo también creí lo mismo,

y estaba ahora pensando,

¿por qué razón a nosotros

nos hará tanto agasajo?

Judas.

No lo alcanzo.

Rubén.

No lo entiendo.

Benjamín.

¿Sabéis lo que he imaginado?

Si será aqueste Joseph,

que habrá ya resucitado.

Judas.

Porque a mí me lo parece.

Rubén.

Anda, que estás engañado.

Si le dio por una fiera

de bicho, no está bien claro,

que no puede ser así

eso que has imaginado.

Judas.

No será dificultoso

porque a Egipto se le lleva

todo

para volverle a vender,

aquéllos, que le compraron.

Sale Calabazán.

Calabazán.

Jesús, qué cansado vengo,

pero ya los he encontrado.

Bien hallados caballeros,

¿quién de ustedes se fue osado

a tener atrevimiento,

de haberme la copa hurtado?

Siendo ese el vaso querido

en donde bebe mi amo.

Bueno es, que después de ser

de mi amo tan honrados,

y después de que a su mesa

fueron tan bien regalados,

se pague este beneficio,

con haber quitado el vaso.

Judas.

Detente hombre, ¿qué dices?

Pues como has imaginado

de nosotros, tal infamia

mira que somos honrados,

y que no cabe en nosotros

tal venial execrado.

Calabazán.

Él me falta, y es preciso

registrar todos los sacos.

Rubén.

Pues mira; regístralos,

y si topares el vaso,

en algún saco metido,

por nuestra sentencia damos,

que el que le tenga escondido

sea a muerte condenado,

y que de más quedemos,

para siempre por esclavos

del virrey, y mi señor.

Judas.

Eso mismo confirmamos,

todos, por estar seguros

de que nadie lo ha tomado.

Pag. 39

Calabazán.

Bien está, yo estoy contento

la sentencia, que habéis dado

se cumplirá si se topa,

en algún costal el vaso.

Desata cada uno su saco

y Calabaza se los registrará

todos y el último será

el de Benjamín de

donde sacará Tachado: el Vaso

la Copa y dirá el verso

siguiente

Huele en donde estaba

escondido el Señor Vaso.

Benjamín.

Pues despachemos de presto

alto a registrar los sacos.

Calabazán.

Por cierto mis caballeros,

que se han portado con onrra,

Pero ya es viejo en el mundo

el pagar un agasajo

con una infamia, que el

hombre

es animal inhumano;

y en pago de un beneficio

usa ingratitud a dados.

Por cierto hebreos qué mal

al virrey habéis pagado?

mas ya disteis la sentencia

y así será ejecutado

Judas.

Yo no sé qué responder,

Rubén.

Nada, que altercar yo hallo.

Benjamín.

Yo no puedo decir más

que, a mí ha cogido el azar,

Judas.

Cayó el cielo sobre mí,

pues por quien está obligada

a darle cuenta a mi padre

de aqueste, que es su Benjamín

y él es quien la perdición

de nosotros ha causado

ase a Benjamín que va a su

lado, tira y dice

Rubén.

Con esto la corta vida,

de mi padre, llegó al cabo

porque penas sobre penas

de nuevo le han aumentado

Benjamín.

Ya no me sirve estatua

ya para mí se acabaron

las caricias, y blanduras

agasajos, y regalos

que mi padre a mí me hacía

ya soy miserable esclavo,

ya estoy condenado a muerte

sin haber la causa dado

ya me sucedió lo mismo

que le sucedió a mi hermano

Mas soy hijo de dolores

y al poner el primer paso

en esta vida, la suya

a mi madre le ha costado

pues de qué me maravillo

de ver que soy desgraciado

si al primer paso la muerte

ya mis dichas me ha usurpado

Vengan dolores, tormentos,

vengan ansias, y trabajos

para acabar con la vida

infeliz de un desdichado.

Ay Padre de mis entrañas,

ya tus días se acabaron;

ya te has quedado sin hijos

ya el consuelo te quitaron

que tenías en nosotros,

de aquel hermoso dechado

de castidad, y hermosura,

a quien tú estimabas tanto.

Ya no siento yo mi muerte,

solo siento tus trabajos

Vanse y se descubre otra

vez el trono donde está

ya sentado Joseph

José.

Es increíble el gran gusto

que mis hermanos me han dado

por haberlos visto juntos,

y a verme la nueva dado,

de la vida de mi padre

verlos estoy deseando,

aunque sea con la pena

que el chasco les ha agradado.

Sale Calabaza con la

Copa, Judas, Rubén, y

Benjamín llorando.

Calabazán.

Aquí le traigo, Señor,

a los hebreos, y el vaso,

el cual estaba escondido

de aqueste chico en el saco.

José.

Bien está; con que vosotros

habíais imaginado,

que no alcanzaba mi ciencia

para descubrir si el vaso,

vosotros, os le llevabais

escondido, en vuestros sacos,

pues imaginasteis mal.

Híncanse de rodillas

Judas.

La culpa te confesamos,

y pedimos que piadoso,

la sentencia revocando

que nosotros mismos dimos

de quedar por tus esclavos

todos juntos, y que aquel

en cuyo poder, el vaso

se topase, que muriese

atento a mi llanto y ruego,

deja libre al que muriese

véngate de los demás hermanos,

haz lo que quisieres,

que con la vida ha pagado

José.

No quiero que nadie mue-

ra, ni a vosotros por esclavos

Pag. 40

José.

Yo quiero que vayáis libres

y vuestro trigo llevando

le llevéis a vuestro padre

que acá Benjamín su amado

mío esclavo se queda siendo

por ver la culpa borrada.

Judas.

Primero perdón te pido,

si acaso te diere enfado,

y que escuches te suplico

a este miserable esclavo.

A mi padre le dijimos,

que tú habías preguntado,

de dónde éramos nosotros,

y si éramos más hermanos,

y si mi padre vivía?

y que te habíamos contado

la verdad, que éramos hijos

de un varón prudente, y sabio

que hermanos éramos doce,

y que el uno se ha quedado

por consuelo de mi padre

en casa, y que el otro hermano

habiendo salido un día

al campo, le hizo pedazos

una fiera que cruel,

andaba entre los rebaños.

Y que tú mismo mandaste,

que a nuestro menor hermano

trajésemos, si queríamos

volver a llevar más grano,

porque le querías ver;

y que quedóse entretan-

to nuestro Simeón en prisio-

nes

y que tenías jurado,

por la salud del rey

de darle la muerte airado,

a Simeón si no venía,

Benjamín, que era su amado.

Mucho lo sintió mi padre,

pero viéndose forzado,

de necesidad, convino

con lo que estaba tratado.

Pero fue con condición

de que yo quede obligado,

de dar siempre cuenta de él,

y a volverle bueno, y sano

pena de su maldición.

Y con esto lo ha entregado.

Conque a casa no podemos

volver sin su hijo amado,

y así dispondrás señor

que yo quede por tu esclavo

y que ellos vayan a casa

que más quiero aprisionado

vivir, que darle a mi padre

más susto, del que le he dado.

Y aquesto te lo suplico

por tener por cierto, y cla-

ro

que mi padre ha de morir

si no le llevan su amado.

José.

Yo me quiero descubrir,

porque aunque el texto sagrado

dice que fue ocultamente,

no falto al texto sagrado

por descubrir que no esté nadie

tampoco aqueste criado.

No tengáis ningún temor.

porque yo soy vuestro hermano

Joseph, a aquel que vendisteis,

y a mi padre habéis costado,

tantos tormentos, y penas,

pues me decís, que ha cegado.

Todos.

Qué dices señor qué dices,

posible es que nuestro hermano

sea, quien es nuestro dueño?

abrázalos, y llora

abrázalos otra vez

José.

No tenéis de que asustaros,

sino es llegad, y abrazadme.

que aunque fueron vuestras manos

las que intentaron mi muerte,

Dios lo tenía hordenado

para que a Egipto viniese,

y que os tuviese guardado,

antes de venir vosotros

el sustento necesario.

Volved de nuevo a abra-

zarme,

que es mi regocijo tanto,

que no sé con qué explicarme

sino es con este llanto.

Y pues ya sabéis quien soy,

y que llevéis el trigo por man-

do

a Canaán, y le digáis

a mi padre, que esperando

os aguarda que Joseph

a quien por muerto ha llorado

que vive, y que vosotros

habéis comido y hablado

con él, porque es el virrey

que Pharaón ha nombrado

para consuelo de Egipto

que vivirá descansado

viniendo a vivir a Egip-

to

que yo tengo asegurado

para todo aqueste tiempo

el sustento necesario,

y se halla libre y gozoso

de su hacienda y su ganado.

Benjamín.

Pues es posible, señor

que tú eres Joseph mi her-

mano?

José.

Sí Benjamín, yo lo soy

Pag. 41

Benjamín.

Dadme de nuevo un abrazo,

pues más alegre que vine

vuelvo corriendo y saltando

a darle a mi padre cuenta

de que vivo te he topado:

que dijeron que una fiera

te había despedazado,

y por aquesto mi padre

muchos suspiros ha dado.

Rubén.

¿No decíais que era muerto?

pues, ¿cómo ha resucitado?

A todos.

Benjamín.

Si le teníais vendido,

¿por qué me le habéis negado?

Judas.

Descubrióse nuestro enredo.

Benjamín.

¿Quieres que yo dé recado?

José.

Dásela tú, de mi parte,

que yo te lo he mandado.

Benjamín.

Pues escríbele una carta,

y será más acertado.

José.

Pues vamos a escribir.

Calabazán.

Tenga usted, señor, la mano,

y aguárdense todos, digo,

porque lo mejor del caso

nos falta, y entenderán,

como se van los hermanos

que la comedia se acaba,

y viven muy engañados

que ahora falta lo mejor.

José.

¿Y es?

Calabazán.

Yo lo diré de contado.

Ya sabe usted que es estilo

en uso,

y que está muy practicado

que no ha de acabar comedia

sin haber su boda al cabo,

y esta se acaba sin ella

y es estar muy mal mirado,

y porque dirán que muera

el autor.

Pido boda, señoría,

boda pido, boda pido,

y de boda y boda hablo.

José.

Pues, ¿quién ha de ser la novia?

Calabazán.

Pues eso no está bien claro,

yo me había de escapar,

sin salir de aquí casado.

José.

¿Y quién ha de ser la novia?

Calabazán.

También aquesto está claro;

¿no hay criada en esta casa?

José.

Y lo tenéis razonado,

desde en medio de la historia.

José.

Llámala, y dala la mano.

Calabazán.

No es necesario, como,

que por la posta ha llegado.

Sale Susana.

Calabazán.

Esta es mi mano, Susana,

Susana.

Y esta es la mía, mi enamorado.

José.

Dios os haga muy dichosos.

Calabazán.

Y a ustedes muy bien casados.

Y aquí dio fin la comedia,

perdonad, si os ha cansado.

Sujeta a la Corrección de la Santa Iglesia