Texto digital de El saco de la gran casa de Meca
Fecha de publicación: 22 de agosto de 2026
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- Andrés González de Barcia Probable
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- Comedia
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El saco de la gran casa de Meca. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/el-saco-de-la-gran-casa-de-meca.
EL SACO DE LA GRAN CASA DE MECA
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N.º 3.
El Saco de la Gran Casa de Meca
Jornada 1.ª
falta la 2.ª Jornada
Jornada primera
Pag. 2
Es una misma comedia aunque varía en algo de la otra, y está más viva y perceptible la idea del autor: cotéjese con la impresa.
El saco de la Gran Casa de Meca
Comedia
Ozmir, príncipe de Arabia. 2.
Eriner, príncipe de Tartaria. 3.
Elicina, hermana de Ozmir.
Aureliano, galán. 1º.
Lucindo, gracioso.
Heliodora, dama 1.
Camila, graciosa.
Selim Amet, falsa barba.
Husain, Bajá de Marina.
Osman, Bajá de Miradi.
Dos damas.
Soldados.
Músicos.
Selín.
Jornada Primera
Sale Ozmir espantado, y soñoliento, y por diversas puertas, deteniéndole, Eriner, y Elicina.
¡Aguarda, horroroso asombro,
que, vestido de ilusiones,
al pecho le destruyes,
del valor que le compone!
¿Qué tienes? Sosiega, hermano.
Espera, príncipe.
Oye.
¿Qué queréis, si ya no es
que aumentáis mis confusiones?
Ozmir, cóbrate, ¿qué es esto?
¡Válgame Alá! ¿Y qué rigores
son estos? ¿Do está tan lejos
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¿De dónde estaba, tan torpe?
Advierte, Ozmín.
Ya advertido
a vuestra voz, alma cobro;
¿tú, Criner, en mi retiro?
¿tú, Eliana, aquí?
¿De dónde
nace tanta novedad,
envuelta en admiraciones?
¿No saliste esta mañana
a caza a ese altivo monte?
Pues ¿cómo tan presto vuelves?
Si a la fatiga respondes,
que miro, responderé
después a lo que propones.
Criner, ¿no los despedistes
de Yemen, que es hoy mi corte,
también, pues cómo volvéis
ante mis ojos?
Informe
vuestra voz de este suceso
asombroso, que nos pone
a todos en tal cuidado.
Si acaso pueden mis voces
decirlo, escuchadme, aunque
son los prodigios que esconden,
las ansias que miro,
en mis imaginaciones.
Retirada a descansar
un breve rato, en las flores
de este hermoso, fértil cuadro,
que al aire puebla de olores,
estaba; cuando embistió
conmigo la deidad torpe
del perezoso Morfeo,
quedando a su saña inmóvil
todo el cuerpo, vuelto imagen
de la muerte mi ser, donde
vivo el espíritu, obraba
en mi imaginación noble.
Y que la hermosa Miculte,
hija del profeta Nobi,
o Mahoma, a quien en el mundo
debidas adoraciones,
me decía (con palabras
incitando mis rigores)
que como tan descuidadas
se miraban mis acciones,
perdiendo por tantos años
las dilatadas regiones,
que hay desde el golfo de Persia
y a la ensenada de El Tore,
que está cerca de la falda
del Sinaí, áspero monte.
Que si me preciaba de hijo
del profeta, que varones
había de ir a inquirir
los que él les dio a mis mayores.
Que como madre a quien debo
consuelo en las aflicciones,
documentos en las desdichas,
y ser libre en las prisiones,
me mandaba apresurase
todas mis disposiciones;
y si no (mira, me dijo)
los que distan conformes
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que llegues de Asia a tener
el mando sus moradores.
Cuando informado mi oído
de confusión y clamores,
cautivos, robados, tristes
mire los habitadores
de Asia: cristianos que adoran
un Dios que dicen es hombre;
gentiles que dan inciensos
a una multitud de dioses;
de nuestra secta, diversas
setenta y dos opiniones;
a los cuales es injusto
el usurparles que gocen
la libertad, pues que antes
fueron dueños y señores.
Y cristianos de la tierra,
y cuando los vencedores
terceros del gran Profeta
a castigarlos se exponen,
fundando su augusto imperio
en Arabia; permitieron
no de que viviesen libres
pues ya que si se conoce,
estos se han de ver esclavos
los que Mahoma dispone
que vasallos obedezcan
de su ley gobernadores.
Luego la hermosa Iminuite
entre sus lloros se esconde
y queriéndola seguir
aquí me halló; desde donde
me resolviere a marchar
aguardando, que convoques
tu gente, en Mirarbe, a quien
seguirán mis escuadrones.
Allá te espera ver patria
porque en ella juntos obren
nuestros ejércitos, siendo
de toda la Asia el azote.
Ni aún pretendo detenerme
en las interpretaciones,
que a los sueños dan del Juez,
el árabe, los sacerdotes.
Justa es tu venganza, puesto
que al penetrar de ese monte,
la enmarañada espesura
de encinas, y de alcornoques,
una de las muchas tropas
que a Arabia infestan feroces,
no conociendo quién eran
embisten mis cazadores;
y es vileza que consientas,
que una legua de tu corte,
a todos los pasajeros,
y aún a mis criados, roben.
Esta es la causa, por que
me he vuelto, y así disponte
a vengarte, que a tu ira
añadan más mis razones.
No haberme vuelto a Tartaco
para traer mis escuadrones,
fue por saber en qué parte
que nos juntemos dispones;
y puesto que ya lo has dicho
no tengo que saber, toque
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la caja, y al aire estrechen,
los alientos de los bronces.
sin culpa aprehendo esta acción
Dentro.
aunque el diablo lo estorbe,
he de entrar.
Dentro.
muera el villano.
qué ruido es este? qué voces?
Dentro.
no es fácil, que muera un triste.
quién así se descompone
en mi palacio?
Sale Aureliano con la espada en la mano, y dos otros soldados.
Cobardes,
dejadme.
señor, este hombre,
habiéndosele negado,
que te hablase, ciego y torpe,
escandalizando todo
el palacio, sus barones,
por fuerza conseguir quiere
su intento.
Envaina.
qué es el que forme
en tu presencia una queja,
en que, si no me socorres,
solo al cielo apelar deba,
de tantas desatenciones.
Villanos, cómo impedís,
a ninguno que le importe,
que llegue a hablarme?
Señor,
como el traje nos informe,
de que es cristiano, recela
alguna traición.
mal hombre,
sobra el oírle para que
no se efectúen traiciones
intentadas, y a ninguno
no se le niegue, ni estorbe,
el que llegue a mi presencia,
que el Rey, que oyendo, no oye,
es contra quien se conspiran
(sin que su poder lo estorbe)
traiciones, que irremediables
al descuido corresponden.
aunque sabemos, que gusta
de oír a todos, parecióme
no convenía llegase.
así las quejas veloces
del infeliz, nunca llegan
a los oídos superiores;
que como han menester tantas
licencias, muchos se corren
de pedir vado, a quien puede
servirles; con que discordes
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o por unos, o por otros,
falta a la justicia el orden.
¿Qué es, cristiano, lo que dices?
a Elicina
Sus veras, y cuán veloces
son, Elicina, mis pasos,
pues recelo que me pones
en Tartach; para que allí
mucha gente juntes, y comboye
su persona.
Harto he sentido
te ausentes.
No ahora toques
en sentimientos, que el mío
que al dejarte, el pecho rompe;
si a no llevar la esperanza
de volver a ver tus soles,
muriera, pues me dan alma
tus divinos resplandores.
Di, cristiano, ¿qué motivo
es el que te trujo un moro,
para que así a mi presencia
tan descompuesto te arrojes?
Noble Jerif de la Arabia,
que superior reconoces,
solo por tener quietud,
en las fértiles regiones,
que como Príncipe mandas,
rigiéndolas en tan joven
edad, que apenas el bozo
las primeras líneas rompe.
Con tanto acierto, con tantas
debidas aclamaciones,
que tu joven edad quieres
sea con la última conforme;
venerando senectudes
los que tus virtudes oyen,
dando tu presencia envidia
a la ciencia de los hombres;
pues viendo en tan pocos años,
tantos aplausos, se corren.
Escúchame, por si pueden
conmutarse a obligaciones
mis desdichas, porque todo
tu poder, cuando las note,
necesita de valerse,
de todas sus atenciones.
Yo soy Aureliano Emilio,
mi religión y conoces
mi patria Alepo, y en ella
tan infeliz como noble.
A ti rindo solamente
de súbdito sujeciones,
como otros muchos cristianos
que en Arabia viven conformes
a lo que tú, o el Sultán,
y otros príncipes, disponen.
Fortuna aquella variable
siempre deidad desconforme,
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que lo que en uno la agrada,
la trata en otro a rigores,
de su rueda me colijo.
Y feliz (si lo es el hombre
cuando a su ambición tributa
tantos bienes exteriores)
generosa distribuye
en mí tan preciosos dones,
que me olvidé de ella, cuando
porque más sienta su golpe,
y el que ignore desengaño,
con el castigo le logre.
Bárbaramente los turcos
crueles, impíos, feroces
una aldea, ó villa, que era
lo más de mis posesiones,
la saquearon osados,
robándome las mejores
alhajas, y los ganados.
Y tanto su furia torpe
se empleó contra mí, que
con tiranas intenciones
hasta las casas al suelo
entregan, por que no logren
aquel alivio pequeño
que sienten los moradores,
cuando ya que las haciendas
les usurpan, hallan donde
mitigar sus pesarosas
infaustas destrucciones.
Las reliquias dan al fuego,
y nadie se les opone,
antes bien la paz le brindan
con todos, más sus rencores
descontentos con el oro,
contra la vida se ponen
de los villanos, y hiriendo
a inocentes corazones,
les aumenta la ira ver
tantas compañías llorar.
Allí un padre ve que un hijo
peligra, y fiel se dispone
a ampararle, y con él muere.
¡Qué paga a una acción tan noble!
Y otro escuchó de su esposa
los lastimosos clamores,
y por socorrerla entrega
su persona a la desorden
de las llamas, donde ambos,
perecen a sus horrores.
Del cielo empañan las luces,
del humo las confusiones,
todos perecen; ninguno
temeroso los socorre.
Yo con algunos villanos
de la aldea salí a un monte
donde nos libró de tanta
ira, piadosa la noche.
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¡Oh, cuánto allí la memoria
me fatigaba! Acordóme
cuando acompañado iba
de sabuesos, y ventores,
a herir átomos al aire,
o a la madre tierra arpones,
por diversión de mis dulces
siempre amorosas pasiones.
Lisonja era para mí
ver tantos chopos disformes,
que al cielo le impiden sus puntas
que las nubes les encapoten.
Y los que, así, lisonjeaban
mi infeliz fortuna entonces,
me daban pena, mirando
ya mi calidad tan pobre.
Si entonaba el ruiseñor
su bella música acorde,
funesto agüero en mis oídos,
eran sus dulces canciones.
Si algún monstruo, que en marfil
todas sus iras esconde,
se movía, de la muerte
eran temidos rigores.
Y aún aquel medroso bruto,
con exhalación bicorne
que hasta de sí huye, nos daba
ya sustos, o ya temores.
No cruzaba el viento ave,
no la sierra fiera corre,
que no temiéremos brava
una escuadra de salteadores.
Allí estuvimos, y cuando
la Aurora se asomó al monte
llorando perlas envueltas
entre sus mismos albores,
temerosos todavía
atravesamos el bosque,
y dividiéndonos, yo
a Alepo caminé, donde
vendiendo lo que tenían
vinculado mis mayores.
Vuelvo a quejarme, señor,
ahí de sus sinrazones.
Bien sé que no es el agravio
hecho también a su nombre,
pues con capa de amistad
ejercen tantos rigores,
violando turcas cuadrillas,
firmes confederaciones.
Debajo de sus dominios
estaba Fronda, las trojes
eran las que tributaban
como súbditos a su nombre.
Todas quedan destruidas,
ahora, señor, reconoce
lo que pagará el vasallo
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¿de qué comerá? donde
ni aún la vida está segura
de que aleves no la roben.
No sentí perder mis ricas
admiradas posesiones,
que quien antes las dio claro
está, que las quitó entonces.
No hay queja contra Dios
que aunque antes perezca el hombre;
el vulgo, bienes los llame
de fortuna, sin que obste
que yo diga que la fortuna
ni lo entiende el que lo oye.
No sentí perder la hacienda
con que perdí los honores
que quien no la tiene ya
difícil es que los logre.
No sentí, señor, (repitan
una y mil veces mis voces)
estas pérdidas, si no
(¡oh, mis penas no me ahoguen!)
que entre crueldades tan viles,
entre maldades tan torpes,
la beldad que iluminaba
a mis potencias, la esconden,
o en el fuego que encendieron
sea blanco infeliz o corte
mi fatal vida, la impía
parca con lúgubres rigores.
Pues cada vez que me acuerdan
mis desdichas, mis pasiones,
muero al dolor, alentando
solo en la esperanza noble
de que pueden ser venganza,
los que ahora digo furores.
Y no obstante mi dolor
es tan vehemente, que rompe
de los límites del pecho,
los espíritus veloces.
Heliodora, única Fénix
que el Saba reconoce,
o pereció, o la robaron,
dejando al cielo sin soles,
dejando al orbe en tinieblas,
y dejando mis ardores,
cuando se logren mejor
para que más se malogren.
No puedo decirte más
que en sentimientos, que en bronce
hicieran efecto, faltan
para explicarlos las voces.
Hasta aquí son mis desdichas
y para vengarlas, oye
si está bien a tu poder,
lo que en fin todos disponen.
Bien como la primer voz
que de fama se descoge,
que a los príncipes se esparce
en temerosos rumores,
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y después públicamente
de más cuerpo se compone,
hasta que a saberlo llegan
de todos las intenciones.
Feudo tributan a Hamete,
o emperador del orbe,
no en el poder, y grandeza;
sí solamente en el nombre.
Feudo pagan, más tan corto
como puntual, en orden
a conservar la amistad,
y asegurar invasiones,
que cada día causarán,
confinantes superiores,
temiendo de su poder,
y él temiendo sus rigores.
Todo para el beneficio
de tus vasallos cuanto obres
sea; puesto que te pagan
con aquestas condiciones,
es justo que los defiendas
de manera, que traidores
obran los turcos tan mal,
que les quitan lo que pobres
con fatiga adquirieron,
y cogieron entre sudores.
¿Cómo a ti del vasallaje
te han de ofender las acciones?
si los peligros que tienen,
por hidras todos te reconocen;
pues tal vez de uno se erigen
de siete las disensiones.
Si en su defensa valiente
y animoso no te pones,
no habrá cabaña segura
de las violencias feroces
de los turcos, de tal suerte
que cuando no hallan qué roben
al suelo entregan la sangre,
volviendo rojas las flores.
Y no hallarás en tu imperio,
ya sea valle, o ya sea monte,
lugar donde no se encuentren
entre lástimas, y horrores,
espectáculos horribles
de súbditos tuyos; donde
aún no los sufre la tierra,
antes como madre, pone
los huesos sobre su faz,
porque presente los llore
el descuidado viador,
que luego que los conoce,
en cada planta que mueve,
parece que mueve un monte,
creyendo que áspides pisa
entre los bellos candores
de la salpicada rosa,
tan sobresaltado, y torpe,
que cualquier bulto le fingen
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gigante sus atenciones.
Si te incito a la venganza,
recuerda que se componen
de más de cuarenta mil
niños, mujeres y hombres,
los peregrinos, que a Meca
en romería se ponen;
del Gran Cairo salen juntos,
al punto despacha orden,
para que tus valerosos
árabes los pasos tomen,
y a todos los desvalijen,
advirtiendo que no rompes
tú la confederación,
sino es el Sultán, pues sobre
rendirle feudo, tus tierras
infestan sus escuadrones.
Debe desear tu tío
que sus aliados gocen
de una paz segura y firme
y que para vivir sobren
recíprocas conveniencias
de entrambas partes conformes.
Tan al contrario
hace esto que de su orden
los bajáes te saquean
todas tus jurisdicciones.
Intentando que a su fama
sino a vasallos de portes.
sus alegrías le pesen,
No es mucho se enoje
de que viva, y que intente
miserias, porque bien conoce
eres amigo de grande
poder, y que en ocasiones,
han ultrajado su fama
del Arabia los pendones.
Sus deseos en sus obras
es constante se conocen,
pues si socorro le pides
no te le da, antes entonces
con más libertad ejerce
de sus sacos los rigores.
Y si las guerras de Hungría
que a su intento se oponen
se acabarán, sin duda
que sus banderas tremole,
dirigiendo contra ti,
la suma copia, desorden
de su ejército; pues quieren
todos los gobernadores
de su Imperio, que te quiten
con cetro, y Corona el noble
comercio con Abisinia
que es lo que más les impone
tanta maldad; más no aguarde
causa dando a sus errores.
A tus ofensas, y las suyas
por dueño te reconocen;
véngate por todos, puesto
que de las constelaciones
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de los Astros su Fortuna
y su Ruina se conoce.
Ya que se desembaraza
de los fuertes escuadrones,
que la Casa de Austria rige,
sobre sí tendrá, y disforme
consiguiendo su Ruina
logrará sus intenciones,
abatiendo sus supremas
potestades, cuando logre
oprimirle su Rigor
al yugo que no conoce.
No prosigas; que incitados
de tu acento mis Ardores,
acusan de cobardía
mi Valor las dilaciones.
Y mañana, antes que Febo
los Rayos al mundo arroje
dando su Presencia Vida
a las, no bien muertas, flores,
desamparando a Temén,
de mi Persona, y mi Corte,
en Campaña me veré,
al Asia dando Temores.
No en balde llegue el Cortejo
que rindieron mis mayores
a Constantinopla, Puesto
que cuando se me malogren
mis furias, esas defensas
que allá sin duda me pone
de inaccesibles Peñascos,
y de impenetrables montes,
sirven de que mi enemigo
cansado se desenoje,
porque no hay Gente en el mundo
suficiente a que no sobren
en esta Arabia Felice,
más que los pechos, los robles.
En acabando Conquistas
que mayor Laurel me Imponen,
Noble Criner, lograrás
de todas tus afecciones,
como Amigo a quien le debo,
lo que mi fe reconoce.
Vase.
El Cielo tantas Victorias
nos conceda, que se postre
a nuestras Plantas el Asia,
librándola de Prisiones.
Y el mismo guarde a los dos
Soberanos, y Concordes.
Vete en Paz.
Alá te lleve
con gusto.
Aureliano Noble,
si seguirme quieres, puedes
que han de seguirme mis famas
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Los Susianos, por quien doy
en mi estado protecciones,
porque vecinos antiguos
no es justo que los despoje
(aunque pudiera) de lo
que dio el cielo a sus mayores
no serás el peor tratado.
Por vengar mis aflicciones
te seguiré hasta que hagas
asombro de los traidores,
que de tu amistad infaman
los fueros con trato doble.
¡Ay desgraciado Heliodoro!
¿Dónde estás? mis ansias oye.
Tú, Eliciana, ¿qué harás
gobernando en paz mi Corte?
A la jura que me pides
pronuncié falsas razones;
la primera he de ser yo
que el paso te ocupe, y que sobre
lleve esa cárcel de nieve,
teman todos mis ardores.
Advierte que...
No me adviertas,
porque en las demostraciones
que hiciere, he de seguirte,
por no incurrir en la enorme
nota, que creyendo de tu
agravio, me pones.
Síganme todas mis damas,
que aunque a impedirlo te expones
puede ser que alguna vez
mis asistencias te importen.
Belleza y valor se junte.
Estamos conformes
en seguir a vuestra Alteza.
Vase con las damas.
Ya lo miras. Y a los dos
a disponer voy mis tropas.
Y a seguir a Erimer, donde as-
tengan algunos alivios,
mis amorosas pasiones.
Sigue Aureliano mis huellas.
Solo mi humildad conoce
que como vasallo, puedo,
recibir tantos honores.
Vanse.
Guárdense de mi furor
el mundo, porque veloces
o mis armas, o mi fama
verán el opuesto móvil,
donde rendirá el as-
mi nombre los corazones.
Sale Assem, Amet, Solimán de Maca de Sacerdote turco y Heliodora y Camila de Cristianas, y Lucindo gracioso.
Muerta la luciente antorcha,
pendiente del cristal tierno
pierde el norte el infeliz,
joven que la va siguiendo.
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¿Qué sientes, noble sultana?
¿Qué tienes? ¿Qué es lo que quieres?
¿Qué aún con la música eres
tan cruel, tan inhumana?
Cuando la más soberana
dicha te espera, que es ser
de un sultán esposa, a ver
llego que en tu son enojos,
quitando a tus bellos ojos
todo su resplandecer.
Y la que envidian, fortuna,
las asiáticas deidades,
creyéndose sus beldades
en las puntas de la Luna,
tú desprecias importuna.
No de tu tierra la ausencia
sientas, pues a mi presencia
como esclava te trajeron
los turcos que te cogieron
robando con mi licencia.
No llores.
No he de llorar
si es fuerza, señor, que entre
tantas desgracias no encuentre
más alivio que el pesar.
Todo en placer a trocar
llegará lo que ahora sientes,
viendo postrar tantas gentes
que te den adoraciones,
rindiendo sus corazones,
humildes y reverentes.
¿Y tú, fueras por sultana
Camila? Porque Heliodora
harto llora.
Pues si llora,
es señal de mala gana.
Sélo, no seas tan vana.
¿Yo?
¿No sabrás renegar?
Tú me puedes enseñar,
que, autora experimentada
del caso...
No he renegado.
Calla, que quieren cantar.
Piadoso y cruel el mar,
sepulcro le dio en su centro,
pero, viéndole constante,
le arroja al pedazo de era.
Bella Heliodora, repara,
me das pena y sentimiento
porque te viera contento,
cualquier cosa te otorgara.
Pide la cosa más rara
a mi fe.
Al oído a Heliod.
Bien nos sucede,
ahora pedirle puede
tu voz lo que hemos tratado.
Ese esclavo libertado
te ruego, señor, que quede.
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mucho te lo he agradecido
cristiano, libre eres ya.
Alá te lo pagará,
de Mahoma enternecido.
Marginalia: * Suer. dime, señora, si / la traes contigo. / Hel. sí, pues / aunque del Alifa es, / que la tengo yo no fal-
Pide más, que conceder
no dudaré.
Yo podía
pedir la libertad mía,
solo eso no puede ser:
al sultán te he de ofrecer
que en la luna del Mirán
todos los años nos dan
este rico un presente, y ansí
quiero retornarle en ti,
más riquezas al sultán.
¿no ves cómo la consuela
Asem?
Y pensara él,
que ha de despreciar fiel,
lo que tanto le desvela.
Si mi edad ya no llegara
casi a decrépita, yo
(que tanto me arrebata
su hermosura) te adorara:
hermosa naciste y para
que el adagio se cumpliese,
fue forzoso que te hiciese,
fortuna, tan desdichada,
si esta es de todos pagada
pensión, yo su llanto cese.
Volved a cantar.
¡Ay, dueño
adorado! ¿quién dijera
que mi afecto te perdiera?
Pero es ya del hado empeño.
Viendo su adorado amante
desde el castillo soberbio,
sacrifica a amor el alma,
y entrega al olvido el cuerpo.
Casas, y clarines
Casas. Y sale Husain turco, y Osman y otro
¿Qué es esto, Xalifa sagrado
de la gran casa de Meca?
¿Cómo su atención se trueca
con el descuido el cuidado?
¿Estás tan desprevenido?
¿cuando de Arabia furioso
ejército numeroso,
dicen que sale jurado?
¿y en venganza de que Agramo,
el gran señor, su poder,
pretende en Meca tener,
segunda corte a la Arabia.
¿Eso sucede? ¡Fiero hado!
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esta faz el alma corre.
¡Oh, si Alá no me socorre,
gran profeta Mahometo!
que por quitarle el honor,
¡oh Ozmir!, intente airado,
como ve que está ocupado,
en Hungría el Gran Señor,
hacer guerra en el Oriente,
dando causa a esta rebelión,
de los persas, sin razón,
y de toda aquesta gente,
que traidoramente infiel,
aunque le fingen respecto,
los tiene a él más que el afecto
súbditos el rigor cruel.
Como Bajá de Albasina,
en donde estorba eminente,
una montaña pendiente
obra (sin duda) divina,
que entren del Golfo del Persa,
las aguas, lo oí, y lo vi,
por cartas que de Zophí
tuvo mi fortuna adversa.
Todos tienen tal temor,
si sus semblantes diviso,
que será en vano el aviso,
que se le dé al Gran Señor.
Convoca pues los Baxás
comarcanos, que ser puede
que alguna religión quede
en su pecho infiel; tema
que aunque esto ahora te aseguro,
puede ser que se dirija
su intento, a que su ira aflija,
de Persia o Tártaros el muro.
(A Asem.)
(A Osmán.)
No obstante pues prevenido
un hombre vale por dos,
luego al instante irés vos
con mis cartas defendido,
y mi razón, a pedir
alivio al Sultán valiente;
vos juntad toda la gente
que cuando mucho morir
lograremos, pues los astros
que en la Meca (aún de mí) influyen,
la destruyen, la destruyen,
sus riquezas, y alabastros.
Cumplamos ansí las leies;
haced que esten prevenidos,
todos los más conocidos,
poderosos Beguerbleies.
Tú al punto marcha a Alisarde,
Osmán, pues es la primera
que probará su ira fiera.
(Vase.)
Bien dizes Alá te guarde.
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Vos iréis al sultán sacro
y le diréis advertida,
todo lo que habéis sabido,
que en la Meca es simulacro,
Ídolo de Mahoma, el
que saca bajaes en Hungría,
porque mayor mal sería
perder la llave de Ismael.
Pues si se resuelve fiero
el Árabe a conquistar,
toda Arabia ha de arruinar.
Mas referirte no quiero,
porque tan gran pesar toma
mi pecho al imaginarlo,
que recele articularlo
con desprecios de Mahoma.
tachado: Vase.
Cuando a obedecer me pongo,
verás que no ha de nadar
la nave, sino volar,
en las aguas del mar Rojo,
y pues seis leguas de aquí
está el puerto, tomaré
una posta, y allá iré
a prevenir lo que oí.
¿No ves cómo se ha quedado,
Asem, Amet, di, ¿qué hará?
Ahora contemplará
su Zancarrón adorado.
En este confuso abismo,
Mahoma, pues lo conoces,
de los árabes feroces,
defiéndete tú a ti mismo;
que no importa que perdida
las vidas queden por ti,
como se logren allí
los frutos de nuestra fatiga.
Ea, despierta del letargo
en que estás; porque despierto
tenga nuestra acción acierto.
Basta ya sueño tan largo
del Orbe de temor, llena,
perdiste
desde cuando te dormiste,
en el nido de Viena.
Que presto pasa el placer
a la casa del pesar,
pues fuerza me es consolar
al que me consoló ayer.
Sosiégate, y no temor
tengas de lo que ahora oíste.
No es esto, señor, (¡ay, triste!)
Pues, ¿qué es?
Furioso valor,
puesto que no ha de llegar
a suceder esto, ¿quién
podrá remediarlo?
El buen
Mahoma lo ha de remediar.
Quede en paz, cristiana bella,
que acudirá al Gran Señor.
Pag. 18
Vase.
Alá me dé valor
para moderar mi estrella.
Tú ya tienes libertad
sígueme presto, Husain.
Sin duda que es serafín
tan bellísima Deidad.
¿No vienes?
Vase.
Ya, ya te sigo,
señor; aunque a mi despecho,
porque lleva a mi pecho
otro cruel enemigo.
Ya ves, Lucindo, mi pena,
y puedes considerar
cómo de tanta aflicción
mi corazón estará.
No le bastó a mi fortuna
quererme llevar, quitar
de la vista de Aureliano;
sino que agora su crueldad
a Constantinopla quiere
mi persona transportar.
Y pues poco perder puede
quien perdió la libertad,
ya eres libre, y así luego
a Aureliano ve a buscar,
y de parte de Heliodora
este papel le darás;
dile también los peligros
en que está mi honor, que por
mala vez llega el
el presente que en Meca,
al Turco se envía, sin duda
tengo de ir con él, no más
que no puede proseguir;
y pues alivio me da
el llanto por consolarme,
solo pretendo llorar.
No te aflijas, que por vida,
(pero no quiero jurar)
que verás mi diligencia,
presteza y fidelidad.
Vase.
Llévele el cielo con bien,
ven Camila.
¡Ay! que vas
a mi tierra, allá te quedas
con tu discurso ingeniar
de suerte que a rescatarme
vengas; ¿Lucindo, lo harás?
Bien se ve eres esclava, que
aunque en el oriente, en paz
viven católicos, turcos
y herejes, cuando a saltear
los turcos, o los árabes,
salen, suelen cautivar
las más hermosas cristianas
solo para lisonjear
a estos señorazos que
lo mandaron sin mandar.
Pag. 19
¿Cómo?
Consintiéndolo,
que es ladrón, y me des, y más.
No te andes en sutilezas.
¿Me vendrás a libertar?
Cómo ahora llueven alforjas.
Ya que eso no hagas querrás
escribir a un primo que
tengo sirviendo en Milán.
¿En Milán está el pobrete?
Sí, que yo sé que él lo hará.
¿De él ha de venir, pregunto,
por ti?
Sí.
Pues aguardar
le puedes en pie, porque
sentado te cansarás.
De Milán ahí es un grano
de mostaza lo que hay.
¿Eres bruja?
Yo no.
Pues
a eterna cautividad
te condena.
Mira, atiende,
que yo te quiero.
Y yo más,
pero no lo puedo hacer.
¡Ah, tirano! ¡Ah, desleal!
que me dejas en prisiones.
Por eso te alabarán,
pues estando tú en prisión
aún tienes más libertad;
Soy tu esclava.
No me sirvo
yo de doncellilla tal.
¿Qué así me desprecias?
No
tiene razón.
Ya verás
cómo a otro escojo, y te olvido.
¿Qué piensas que se me da
nada de cuanto tú dices?
Y pues consuelo no hay,
adiós, Lucrino, que yo
me voy.
¿A qué?
A merendar,
que todos dicen que son
menos los duelos con pan.
Adiós, Camila querida.
Lucrino, camina en paz.
¿Qué ya me voy, y te quedas?
¿Qué yo me quedo y te vas?
Yo por esta puerta; adiós.
Adiós; y yo por acá.
Vanse cada una por su parte
Jornada tercera
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El saco de la gran casa de Meca.
Jornada Tercera
Pag. 21
el saco de la Gran Casa de Meca
Tercera Jornada
Descúbrase el teatro de templo sin imagen nin guna, ò pintados algunos caracteres, y salen el Alifa Asem Amet y Husain y Selin y otros que dándose todos cerca de la puerta
Ninguno llegue conmigo
que a tan religioso puesto
no pueden llegar los ojos
ya que lleguen los afectos
que pues la fortuna instable
ha ejercitado su ceño
con nosotros tanto que
estoy dudando y temiendo
que aún tierra en que sustentarnos
ha de quitarnos su imperio
dígalo el ver que los dos
vencidos con el imperio
de las Otomanas armas
volvisteis a Meca huyendo
donde de vuestras reliquias
mi ejército se ha compuesto
dígalo que Ozmir se vengue
con tan aleves pretextos
como enviarme a proponer
Pag. 22
y con un cristiano (cielos
cuando de vuestro castigo
caerá el levantado acero)
que de Meca le entregase
los preciosos ornamentos
de piedras, telas y oro
que actualmente están sirviendo
en la religiosa casa
de nuestro Profeta excelso.
Dígalo, ¡ay!, temerosos
los peregrinos dispersos
no llegando a Meca a dar
el anual culto su atento obsequio
perdiendo Mahoma un millón
en las ofrendas del pueblo.
Dígalo, ¡ay!, de Medina
y alnabí muros soberbios
que soportaban duraciones
con los fíxiles eternos,
arruinados tanto que
a la memoria sirviendo
de lágrimas solo dicen
humildemente, aquí fueron.
Y lo que más confundido
os tiene mis sentimientos
es que no se deportase
su cruel cólera viendo
que ha de vengar el Profeta
de los profetas el fiero
sacrílego escándalo
delito de dar al fuego
la patria que sola le dio
de quien hacerse en el suelo,
y por su desdén que toda el alma
tuve al pavor que me acuerdo.
Y finalmente a mi pena, ¡ay!
lo digan mis desconsuelos
en la fuga de Heliodoro
en que estaba el fundamento
para lograr lo que tanto
ambiciosamente anhelo.
Ved ahora si con bastantes
causas de todos me quejo.
Pero pues las oraciones
sirven en casos como estos
de aplacar la furiosa ira
de los rayos del cielo,
responded como es costumbre
a mi voz; maldecid vuestros
enemigos en fe de
los proféticos acentos
que han dado los morabitos,
y más sabios, y más expertos,
de que nos sujetará
el más occidental reino.
Pag. 23
y este a España. Empezad
la oración, mientras lo leo.
A tu obediencia postrados
lo que nos mandas haremos.
Llega el alifa al medio del tablado, y descúbrese una capilla al parecer de cinco pasos de largo, y dos de ancho; en la cual estará pendiente el Arca del Zancarrón del Mahoma en medio. Todo muy luciente: hace el alifa tres reverencias muy humillado, y vuelve el rostro a Occidente y cantan dentro. Los demás se quedan al paso.
Mahoma soberano, generoso,
sobre todos supremo,
dilata el día triste
de destruir este infelice reino.
Dilátale, pues a todo
su poder se extiende inmenso,
y más cuando ha confirmado
sus nunca errados decretos.
Ruégale que destruya justiciero
su casta, y queme sus difuntos cuerpos.
Y cuando el español,
arriesgado y soberbio,
intente conquistarlos,
sepultura le da en el mar Bermejo.
Acábale antes que llegue,
pues estás de todo cierto,
y así se lo has revelado
a sus morabitos puestos.
Río de sus parientes y de los cuellos,
no te apiades, gran Señor, al hereje.
En sus iniquidades
mueran, como murieron;
que así el castigo justo
les dé así, aún no intentado atrevimiento.
No de su bárbara arma
sea su cara trofeo,
pues se ha defendido tanto
del caduco, veloz tiempo.
Duerman y cuando en sí vuelvan temiendo,
hallen criados, mujeres y hijos muertos.
Pasa el alifa al otro lado, y vuelve a Occidente.
Maldígalos su voz,
y al enemigo fiero
cuya furia destruye
el que pisaste, sacrosanto suelo.
Suena caja.
Cáigales su maldición,
ínclito Mahoma, y no menos
al que traidor a su ley
bárbara maldad ha hecho.
Malditos sean los que mal dices,
contra Alá y contra Mahoma tienen fijos,
y porque de mi venganza
llegue el prejuicio. ¿Qué es esto?
Algún alboroto causa
de la plebe el sentimiento.
Seguidme todos dejando
a...
Pag. 24
a más oportuno tiempo
las oraciones
Ciérrase la capilla y sale un soldado al entrar
señor
da atenciones a mi aliento
quién, di, ese alboroto causa?
el haber ya descubierto
desde ese heroico castillo
estorbo fuerte del viento
a Ozmín Príncipe de Arabia
por lo cual confuso el pueblo
defenderse trata solo
con sus propios desalientos.
Musulmanes valerosos
acudid a vuestros puestos
que yo con el resto todo
de las tropas socorreros
procuraré en esta hora
despierta si estás durmiendo
Adaliento que o se destruye
o se recobra tu Imperio,
vase
Salen Heliodora y Camila vestidas de turcas.
Parece que nos hallamos
señora en el traje nuevo
ay, conocerás Camila
de mi fortuna lo ceñudo
pues en mil desdichas paso
la suerte de algún acierto.
he hiciste mal en dejar
el ejército tan presto
y retirarte a esa aldea
donde gastado el dinero
no tenemos un zequí
desechado por añejo
y de las desdichas nuestras
esta por última tengo
Por eso mirando el furor
de los Árabes que fieros
caminaban al saqueo
por si acaso se halla suelto
en la noticia pasada
que nos dio aquel pasajero
de que andaba un cristiano a quien
estimaban con extremo
los Príncipes por haber
en un riguroso encuentro
dado la vida a la Infanta
criando sus alientos
y que forzoso es que ampare
los demás cristianos, quedo
esperar que sepa de él.
señora desde aquí veo
dos hombres y hacia acá vienen
pues huyamos que no intento
Pag. 25
Estorben, a mi fortuna,
el corso alevoso que ayer.
Salen dos árabes.
Oye y aguarda, que estos son
turcos, y los trajes son de ellos;
pues batidores del campo
venimos, fuerza es prenderlos,
que pues sabrán de la ciudad
de Meca los fundamentos...
Pues, señora, ¿hemos de huir
nosotras de un par de perros?
Si no sacamos la espada,
¿qué dirán los mosqueteros?
A cualquier resolución
válganos aquí el aliento.
Daos a prisión.
¿De esta suerte?
Pues sacaron los aceros,
toca, trompeta, porque
si llegan a socorrernos,
los llevemos presos.
Tocan.
Ya
está cansando mi esfuerzo.
Sé que no son necesarios,
aunque los dejemos muertos.
Salen otros dos.
Tocan.
Tocan.
Mal en dividir hicimos
en tantas partes el grueso
de los veinte que salimos
a batir el campo.
¡A ellos!
¡Ay de mí!
¿Sí, te moriste?
Ya está su alma en el infierno.
Matadlos.
Desdichas mías,
aguardad.
Salen Aureliano y ilegible algunos soldados.
Tened, ¿qué es esto?
Pues, trayéndome informado
el clarín de vuestro aprieto,
a socorreros llegaba
mi fortaleza, creyendo
que eran más los enemigos
que os acosaban, soberbios.
Daos a prisión los dos.
Solo a ti rindo el acero,
porque a otro no fuera fácil
que... ¡Pero, cielos! ¿Qué veo?
Si la intención no declara
de la gran Meca un tormento,
hará examinar... ¿qué miro?
Si es ilusión del deseo...
Si fortuna lisonjea
mis penas...
Los dos suspensos
se han quedado, pero yo
también me voy suspendiendo;
éste es Aureliano, o él es,
o no hay en el universo
Aurelianos.
Retiraos.
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todos de aquí porque quiero
informarme de lo que
los contrarios van haciendo
si vienen los dos de allá.
Vanse.
Ya señor te obedecemos.
Tú Heliodora en este traje
de Aureliano tan supremo
Pero de qué lo sabré
más de qué saberlo intento
Dame los brazos hermosa
viuda de los once cielos
que a su enojo el curso para
su rápido movimiento.
¡Ay de mí! Infelicidad toda
ha cesado que te veo
mejorado de fortuna
no como creía horrendo
espectáculo cruel
siendo de Atropo trofeo.
Y de mí no se hace caso
por mi vida que me huelgo.
Dame los brazos Camila
que tu lealtad considero
y el amor a tu señora.
Y el suyo es cosa de cuento.
Ay señor, cuántas desdichas
hemos pasado.
Veo
que esta es Camila. Veamos
en qué diablos para esto.
Bien sé Camila lo que
pues por qué lloras
esto es ahogar el contento
En tantos faustos, en tantos
honores?
qué temes?
Temo
que por exteriores galas
tú has dejado los preceptos
religiosos de la fe
romana que en algún tiempo
fue de sol que alumbrase puro
la candidez de tu pecho.
no prosigas Heliodora
que si todo el mundo entero
sus riquezas, sus metales
que brotaron avarientos
los montes, en sus entrañas
me dieran, a que perverso
faltara a la fe sagrada
con un leve pensamiento
los despreciara y mil veces
firme por ella muriendo
de mártir lograra palma
en los
siendo así Aureliano esposo
tus brazos sean el puerto
de tantas tormentas.
sí serán esposa pues que
plació que nos
Pag. 27
pues mi amor, cuando creí
ser de la muerte trofeo,
llame que yo
al califa quise afecto, siendo
de lograr de este acato
para divertir la ocasión
que hubo de tener efeto;
y no bien libres las plantas
los campos de Arabia huello,
cuando el bajá de Medina
nos encontró, no sabiendo
quién éramos, con lo cual
de él nos ausentamos presto.
del resentimiento do
con que Aomar me quejó que
y a su Ricardo batiendo
a sus lealtades les debo.
C
Como en aqueste paraje
Aureliano mío te encuentro.
Lo mismo iba a preguntarte,
pues más que en mí, es en ti nuevo.
Primero he de responderte,
porque me quedes debiendo
algo la primera vez
que te logra mi deseo.
El cobarde Huseín Amet
Alifa de Meca, viendo
lo que el gran visir le honra,
pues expótico el gobierno
tiene del oriente de su orden,
agradecer pretendiendo
su fineza en el mar Rojo
un navío dispuso
para que veloces alas
nos condujesen al centro
de aquella noble ciudad
a quien todo el universo
aclama por la mayor
en edificios excelsos,
en riquezas, circuito,
moradores, pues hay tiempo
en que imposible es contarlos,
mira qué será saberlos,
Constantinopla del turco
corte, y nosotros temiendo
de los rigurosos hados
Pag. 28
los siempre sañudos ceños
disfrazadas una Noche
salimos de Meca huiendo
Con una llave que yo
tenia a este efecto
de cuando fuimos alla
(lo cual saber yo dejo.)
fuimos al Campo en tu busca
llegamos cuando batiendo
estaba ozmir a Medina
la nueva Patria del perro
sacrilego escandaloso
Retrato el más verdadero
del Anti-cristo mahoma.
alli fuimos inquiriendo
Noticias de ti, y algunos
tan confusas nos las dieron
que a partido Ismania
entonces el no saberlo
que no se que confusiones
en la duda tiene el Pecho
que la oye con gusto para
quedarlo después sintiendo
en una Aldea retiradas
estuvimos y sabiendo
avia un cristiano aquien
estimavan con exceso
los Principes, a informarnos
del venimos, y te encuentro
Conque a pesar de la suerte
Ausentes ya los tormentos
feliz fortuna lograron
nuestros Amantes deseos.
aún Por eso cuando estube
en Meca yo, te eche menos
Pues aviendo entrado hasta
el retiro más secreto
enseñandome lucio selin
Con Plazer de Assem el bello
Palacio el fuerte Castillo
y su religioso Templo
siendo embaxador de ozmir
no logramos el intento
que llevavamos de verte.
Señor, Pues que no podemos
las mujeres visitar
el Zancarron yo te ruego
me digas si está en el aire
el Arca que tiene el Hueso.
no Camila. dos Barrones
bastantemente gruesos
la sustentan, con tal Arte
que el Incauto forastero,
que desde fuera la mira,
queda absorto al verla, siendo
su disculpa, que se adorna
Aquel engaño Pequeño,
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de imanes, y calamitas,
a quien oculto misterio
de naturaleza, da
fortaleza, donde vemos,
que contra su voluntad
atraen así el acero.
Pero es falso, pues yo solo
vi brillar diamantes bellos
en ella, esmeraldas finas,
y lo mejor que sol tuvieron
en tan dilatados siglos
los otomanos soberbios.
Y aún es tradición común,
que de el elevado templo
de Salomón, lo más rico
para esta casa trujeron.
no está suspensa, es error,
que solo los barrones mismos
vi yo, y toqué en lo que es fijo,
que a nadie engañar intento.
Dirás mil sueños.
¿no vienes?
Pues ya el ejército nuestro
tan cerca se ve, cien hombres
hasta las puertas surtiendo
de Meca rayan el campo,
que no vienen de allá estos.
Conque declarar no pueden
nada que haga a nuestro intento.
Vanse.
Vamos.
Seguidme las dos
que a Omir, y a Alicina quiero
declararme, que su huida
la causa del sentimiento
de que me quejé a Omir antes
que saliese de sus reinos.
Venid pues, cielos de gozo
afligido llevo el pecho,
que tanto oprime una dicha
grande, como un sentimiento.
Vanse los dos.
Que cierto es que al pesar sigue
de la alegría el extremo.
Yo también.
Sale Lucr.
Aguarda, ingrata.
Lucrino. Como te ves
vendido, dame un brazo.
Camila, ¿a mí? ama, con eso
¿qué te enoja?
Tirano,
basilisco el más tremendo
que hasta ahora ha habido en el mundo,
hiena, esfinge, y todo aquello
que llama un amante para
exagerar unos celos.
¿qué dices?
Pag. 30
¿Piensas, aleve,
que no te vi (¡oh, santos cielos!)
¿abrazar a mi amo? ¡Ah, infame!
Que te reportes te ruego.
¿Dónde estabas escondido
que mis ojos no te vieron?
¿Dónde? En este campo raso,
porque yo esconderme puedo
donde quisiere, sin que
sea reparable, ¡ay!
más no a el caso, traidora.
¿Tú, abrazar a mi amo, pues?
Pues si ha tanto que deseaba
verle, mirarle.
Por eso mismo,
mira esta cara, estos ojos,
esta boca.
Ya lo veo.
Pues todos están brotando
llamas.
Cómo no me queme.
Quédate, para quien eres,
falsa Camila, advirtiendo
que no he de verte jamás.
Yo lo haré, ni más ni menos.
Eres una mujer vil.
Tú eres un hombre ligero.
Tú, fregona.
Tú, lacayo.
Tú, sisas.
De ti lo aprendo.
Tú eres una ingrata fiera.
Tú eres un ingrato fiero.
Yo te vi abrazar mi amo.
¿Y qué tenemos con eso?
Nada, pero tú verás
que en público te desmiento.
¿Pues, Lucrino, acaso en ti
es eso ahora de nuevo?
No me hables, que no he de verte
más.
Hasta que nos casemos.
Tocan cajas y clarines, y salen Ozmín, Caines, Celina y soldados.
El aire rompan las trompetas puras,
pues miramos el muro
de la Gran Meca, casa religiosa
de mi progenitor, ya indecorosa
con los insultos y barbaridades
que en tan largas edades
el turco ha cometido,
habiéndolo mis rabias permitido.
Nadie, si es justo o es injusto, arguya,
pues esta mi venganza es también la suya;
pues de los fingimientos
de esos cobardes, torpes, desatentos,
que con hipocresía
vuelven la religión en tiranía,
Pag. 31
y como hambrientos lobos
se sustentan de vidas y de robos
no hagan alto mis gentes
prosigan en sus marchas, y vehementes
embistan a las puertas
que su valor las ha de hallar abiertas
y si no se rinden luego
perezca en ríos de sangre y voraz fuego
Ya aún más veloces por tener su gracia
(invicto siempre emperador del Asia)
poniendo los peligros en olvido
hacen gala de lo que es más atrevido
Ocupando van toda la campaña
Tiemble el mundo a mi saña
pues aunque fuese mi fortuna adversa
buenas espaldas tengo con el Persa
que a Babilonia bajan sus rigores
hollando frutos y talando flores
Cómo adversa ser puede la fortuna
en ocasión ninguna
si cuando fuera fácil que venciera
esa canalla fiera
más cruel, más ardiente
no te faltará de refuerzo gente
que el mejor consejero
para la guerra, Ozmir, es el dinero
y tanto has adquirido
tanto has distribuido
que los erarios más tener no pueden
tus vasallos te exceden
cómo es posible (si en riquezas fía)
acabarse su grande monarquía
Tocan
Tus valientes soldados
a la vista de Meca están parados
Qué es eso?
Salen Aureliana, Heliodora, Camila y Lucina
Es el Alifa que de el muro
pidiendo está seguro
para venir a hablarte
de parte del sultán y de su parte
Hacen señas de paz
Respóndele de paz, que ver intento
qué pretende
Aureliana, ya el tormento
es a mi fe bastante
no se acredita amor cuando es constante
si no en desconfianzas
a Heliodora
No he querido
decir quién eres, pues inadvertido
el Príncipe ha juzgado
que serás de mi tercio algún soldado
Procurar tu disculpa
Criner es hacer mayor mi culpa
Obedecer me toca
Camila, calla
Ahora, santo en boca
Ya llega
Sale el Alifa
Pag. 32
De tus brazos
los deseados lazos
me coronen, oh, príncipe de Arabia.
A la primer razón tu aliento agravia.
Emperador del Asia soy.
¿Y te atreves
a quitar al sultán lo que le debes?
¿A qué, pues, a qué veniste? Y no me arguyas
que estas tierras son mías y no suyas.
Y mi felicidad solo es adorarte.
Muda el traje, y aguárdame en la parte
que he dicho.
Ven, Camila.
No nos vea
este perro de mala y vil jalea.
No dices.
Oye atento,
que por el Gran Señor te habla mi aliento,
planeta del Oriente,
insigne emperador omnipotente,
de la una y otra Ingria,
de Tracia, de Podolia y Trauría,
del inmenso archipiélago de Epiro,
Soldán de Egipto, Rey de Persia y Tiro,
y desde donde Éufrates orgulloso
nace, hasta donde indómito,
derriba su corriente
en el Pérsico golfo tan vehemente
que a su ímpetu cesó el proceloso,
estremeciendo a un tiempo olas y viento
(no sin temor) parece
que crece el mar o que sus ondas mece,
el Gran Señor que al mundo da las leyes,
el señor de señores, Rey de reyes,
quien dignamente toma
el apellido de hijo de Mahoma,
dice, que como tan inadvertido
su tierra has destruido,
que qué pudo obligarte,
que vuelvas a Yemen, yo de su parte
satisfaré tu agravio, si le tienes,
pero si no convienes
en esto, y das un paso
a mis castigos...
De furor me abraso.
El rigor probarás, mira que halla
ahora tu discurso.
Calla, calla,
que juro a Alá, me holgara
que el sultán con su ejército se hallara
en esa ciudad noble, cuya ruina
mi fama ensalzara hasta ser divina,
para ver si quien tiene esos estados
a rendir bastaba a mis soldados;
quisiera Alá, que de tu propuesta
enviarle pudieses la respuesta,
más tú eres el que en nombre suyo vienes
y responderte a ti solo conviene,
dile que Ozmín, emperador valiente,
Pag. 33
de el Asia no consiente
que su embajada tenga más respuesta
por indigna de el.
que os
Vase.
que esta.
como así has ultrajado
al que hasta el cielo mismo ha respetado,
contra su atencion loca.
Vase.
eso a liza no os toca,
no hableis mal de persona tan sagrada,
pues lleváis la respuesta a la embajada.
oh valiente Mahoma,
despierta cruel y toma
de todos la venganza.
Vanse.
bolveos luego,
pues Meca a sangre y fuego
se ha de entrar al instante,
aunque fueran sus muros de diamante.
oh viles! oh cobardes! fementidos!
que esto oigan mis oidos?
como abando estos en tal estado?
donde está de los cielos el cuidado?
no hagais exclamaciones,
que no conmueven a los corazones;
la vida damos oi a seis mil perros,
que estos hombres por yerros
así se vengan de los que abrazaron
el Profeta que ciegos idolatraron.
que me aflija mi pena,
por tan ludibrios modos.
Vanse.
venid a obedecer el orden todos.
solo.
Vase.
como consienten
tus iras que me afrenten
estos soeces villanos,
adonde estan tus manos?
como así tratas a los que han servido
en tu templo, si estás también dormido?
despierta a mis lamentos,
confusión grave de los elementos,
contra aqueste injusto pecho
defiende el hueso de Mahoma en Meca.
Salen Heliodora y Camila en el primer trage.
en fin, señora, este traje
como el más propio contenta,
que vestida de hombre ya
parezco como una dueña.
mucho se tarda Aureliano,
pues me dijo que en la tienda
de Eliana aguarde, que el
después estaria con ella
dandola de mis lloros
infortunios larga cuenta.
si él no es muy buen contador,
no acabara tan apriesa,
cuenta y carga bastara
a romperle la cabeza.
Salen Eliana, sus damas y Aureliano.
Pag. 34
es que no los agradezca.
Pues cuando agradece uno,
los demás perder pudiera.
También me ha dado, emir, orden
para que de vuestra tienda
salgáis, y en la retaguardia
os pongáis, puesto que intenta
que a un tiempo gocen del triunfo
todas tres personas regias.
También yo le ejecutara
ese orden sin que él le diera,
pues de permitir no había
que estando él en la pelea,
por si su socorro importa,
en mi tienda me estuviera.
Tiros.
Ya de alguna artillería
(que en aquel revellín era
para ciudad tan insigne
más destrucción que defensa)
los ardientes rayos salen,
que cuanto más peso llevan,
por el ámbito del aire
es mayor su ligereza.
¡El emperador del Asiria,
viva!
¡Viva la Gran Meca!
Y arrimando los soldados
escalas al muro, intentan
ser trofeos de la parca.
Pag. 35
porque no les amedrenta
ver que los que ya subían
hechos mil pedazos vuelvan
a bajar.
¡Al arma, al arma!
Dentro.
Ea, valientes turcos, ¡guerra!
Mas nos acerquemos, que
seguro el campo nos queda.
Que no hagan cabo de mí
es lo que el juicio me quiebra.
Vamos, Aureliano.
Vanse.
¡Arma!
¡Viva Arabia! ¡Guerra, guerra!
Al muro el Alifa y soldados, y salen por abajo Ozmir, Criner, Lucino y soldados que suben, y bajan escalas, defendiéndose el Alifa, cayendo unos y subiendo otros.
Escalad por esta parte
el muro, pues su defensa
es aquí menos.
¿Aquí?
Es la mayor resistencia,
pues está aquí mi furioso
valor para defenderla.
Suben.
Con eso un carcaje más
tiene la muralla.
Ea,
valientes árabes, hijos
del rubicundo planeta,
os concede a vuestra fama
Alá su venganza.
¡Guerra!
Saca bandera blanca.
¡Ay infelice de mí!
Oh, si la vista mintiera,
que ya por aquella parte
miro sobre esa soberbia
muralla, de los árabes
coronar. ¡Oh, si pudiera
estorbar con ruegos lo que
no pude con mis defensas!
El Alifa hace del muro
para pedirte paz señas.
Ya no concedo la paz;
nadie, árabes, se detenga,
que después de mis agravios
no tengo de concederla.
Acaban de subir los árabes, Lucino entre ellos, y vanse los turcos de las murallas.
¡Oh Mahoma! ¡Oh Alá santo!
¿Qué esto tu poder consienta?
Pues que a entrambos se le dé
de que el diablo se entretenga
contigo. Meca, soldados,
por Ozmir.
Dentro.
¡Al arma, guerra!
Ya los muros se coronan,
noble Ozmir, de tus banderas
y animosos los soldados
abren, por que entres, la puerta.
Vamos, y abra el Gran Señor
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a quien bárbaros respetan.
Preso quede conmigo
de palabra, y de afrenta.
El emperador del Persia
viva.
Descúbrese el templo, y salen el Califa, Husain y Selín.
¡Ay de mí! Cuán funestas
aquestas alegres voces
a mi corazón le suenan!
Ya los soldados de Omir
discurriendo por las bellas
calles de la ciudad, roban,
hieren, matan, cuanto encuentran.
Veneno el mal irresistible
es este, morir quisiera.
¿Pues no hay hora para mí,
a los filos de mi pena?
¡Piedad, piedad!
Y aún más siento
cómo el pueblo se lamenta
pidiendo piedad, y que
la crueldad no la conceda.
¡Oh infeliz ciudad! ¡Oh breve
príncipe, y desdichas nuestras!
Nada remedias con esto,
antes a la contingencia
te expones de que te acabe
ya el dolor, o ya la afrenta.
Y si al fin he de costoso
amparo este templo queda,
que dará a profanidades
su augusta religión puerta.
¡Oh si del azul zafiro
una mal fijada estrella
sobre Meca en este punto
infaustamente cayera,
consumiendo sus horrores
al que permite la tierra,
que a las estrellas les toca
vengar del cielo la ofensa!
¡Oh si de preñada nube
que al orbe confusión presta,
cuando amenaza rigores
su lóbrega color negra,
desatados varios rayos
del bellísimo planeta
ejecutando, siendo piadosos conmigo,
la muerte me permitieran!
¡Oh si Alá, que rige toda
la siempre máquina excelsa
de los orbes, desquiciando
de los polos la firmeza,
el mundo hoy a su justicia
oprimido pereciera!
¡Viva Omir! ¡Viva Cliana!
Al templo parece llegan.
Omir, y el rey de Fartach
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que le sigue en esta empresa.
Pelean todos.
Todos entrad en la Casa
del adorado Profeta,
saquead su capilla
donde veneran
sus reliquias.
Descúbrese la capilla de la propia suerte que Juan.
¡Qué he escuchado!
¡Aquí de todas mis penas!
Entraremos.
Van a entrar y detiénelos el califa.
Detened
tanta bárbara fiereza,
y ya que de la profana
cosas habéis (en ofensa
del mundo) hecho os dueños, no
queráis también serlo de estas.
¿Qué es esto?
El más infeliz
de todos, el que antes era
religioso califa de
la grande Casa de Meca.
¿Qué quiere?
Omar valiente,
cielos, pues no hay más defensa,
probar quiero si le obligan
mis tristes lágrimas tiernas.
Prosigue, ¿qué pides?
Que
no profane tu indecencia
de tan sagrados lugares
la debida reverencia.
Quédase su antigüedad
que seis mil años se cuentan
lunares y más, pues cuando
Adán, Padre de la excelsa
admirada, prodigiosa
humana naturaleza,
fue echado del Paraíso,
edificó su mano esta
Casa donde vivió siempre
por causa de sus miserias,
señalándole Dios el sitio
donde la oración subiera
con más reverentes cultos,
aceptación soberana
de Alá, hasta que Abrahán
vivió religiosa en ella;
y donde con sacrificios
de amarga mirra y cruenta
sangre, pobló de humo el aire
regando el carmín la tierra.
Hasta que vino enviado
de Alá, nuestro Gran Profeta
el cual, quitando supremos
los sacrificios, se empeña
en volverla a su ser heroico
Casa de Oración como era.
Quédase el ser las lucientes
antorchas que la hermosean
símbolo de que es el alma
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que anima a todos eterna,
duélate el ver a Medina
Talnabí en estragos vuelta,
sus fieles alatos, Maucanas,
y religiosos, con fieras
muertes, que de su mandato
ejecutó la obediencia.
Duélate el ver cómo tristes
Mausolemones se quejan,
a quien venera por santos
la redondez de la tierra.
Sus peregrinaciones
merecen la reverencia
que les dan, pues luego que
visitan en la gran Meca
la casa de Mahoma, y van
a Jerusalén, tan recta
es su verdad, que no pueden
mentir aunque ellos quisieran.
Duélate el ver que no es fácil
el que falte la promesa
que en el libro de las flores
hace nuestro gran profeta
en donde colma de bienes
los donceles que en Meca
adoran su santa casa
con respeto y reverencia,
así conmigo la hará
y contigo si no intentas
mira si por poder dejar los
inhumanos cristianos
entonces hubo medio
que pudieras tomar, ya no hay remedio
pues su respuesta a Oymir tanto ha irritado
que está Assem empeñado
en no dejar en Meca cosa alguna
que no llore su próspera fortuna.
Oh, cristiana atrevida,
tú me desprecias.
No desprecio, ha sido,
pero es dejarte de mentira ajena.
La novedad que el rey de Polonia
que San Antonio el día
dio a los turcos ruina en Hungría.
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violar el santo sagrario,
la inmunidad que se observa.
Quédate aquella arca augusta
que en el aire se sustenta,
no leve pluma que el viento
ligeramente atraviesa,
si no es un sólido acero
en quien brilla la belleza
de diamante, siendo el grande
milagro que no se mueva.
Quédate mi encanecida
edad, que tanto respeta
el esclavo como el libre
sin que ninguno se atreva
a proponer en mi agravio
el menor rasgo de ofensa.
Y cuando de tanto asuste
de Zelita, Ozmir, no te duelas,
quédate...
¿Qué ha de dolerme?
No pronuncies, cesa, cesa,
que cuanto la ensalzas más
mi soberanía desprecias.
Ea, soldados, recoged
el oro, la plata y perlas
que hallaréis en todo el templo.
Luego lo que Ozmir ordena
hagamos.
¡Ah, vil fortuna!
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Entran los soldados, y Jucaino, y poco a poco se va quitando la luz de la capilla hasta que se cierre
Y te obligo a que veas
que aún en esto no hay delito,
será preciso que sepas
que el robar no lo es, supuesto
que Dios crió las haciendas
para todos, y no quiere
estén siempre en una misma
persona, sino que pasen
a otros dueños, pues si fuera
de otra suerte, no comunes
serían, sino de aquella
familia que las tuviese;
esto mis reinos observan,
porque así lo deja escrito
en el Corán el Profeta,
libro donde en treinta partes
se dividen sus sentencias.
Oh bárbaro, oh inclemente
de aleve naturaleza,
hijo de torpes sobornos,
casta vil y cruel, que intentas
Cúbrese la capilla
¿Cómo contra mí respeto
pronuncias tales afrentas?
Sí vemos, traidor, que siendo
también de religión nuestra,
ultrajas la casa sagrada
de nuestro heroico Profeta.
Sí vemos que tu tirana
condición de horrores llena
tales villanías.
Soldados,
llevadlos, y de la almena
más alta los colgad luego,
para que todos adviertan
que aunque yo fuera tirano,
como sus voces expresan,
no se han de decir al rey
verdades tan descubiertas,
ni he de permitir que pase
por verdad la desvergüenza:
llevadlos.
Advierte que
por siempre maldito quedas
si haces sin tener razón
que tus soldados me prendan.
Llevadlos.
¡Justo favor!
¡Pena infiel!
¡Cruel sentencia!
¿Qué si esperáis a que revoque
lo que he dicho y vana empresa?
Venid.
Seguidme, constantes,
que desde la luz primera
que dimos, Alá nos dio
de la vida la sentencia.
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A esse malvado solo hace
declararnos lo que era
Mahoma nos salvará
llevar lo
sí, cuando allá se convierta
el día del Juicio,
de las cuatro o cinco y media
que ahan acabado todos
de dar las fatales quentas
en Carneros serán todos
pulgas de su caballero
Salen Guerin. Y soldados
Ya señor queda saqueada
Ciudad, y Casa de Meca
de lo cual a ti te tocan
Veinte millones en Perlas
en oro y plata los once
Y en legítima moneda
de sultaninos te tocan
Nuebe.
Pues mi Campo vuelva
a Yemen mi Corte donde
descansar mi furia intenta
Gozando de los trofeos
Adquiridos por mi diestra
que Hasta aquí pudo llegar
de mi fama la soberbia
Pues sanadas estas Plagas
y difícil que se atrevan
a Correr mis Campos essos
que tan castigados quedan
Con que te aclamará el mundo
temiendo su fortaleza
Legítimo emperador
de la Felice, y Petrea
Y desierta Arabia
ahora
es forzoso que Concedas
que sea Clicina mi esposa
Y que las demas conveniencias
Ya después se ajustarán
Como
Negar Puedo esa Promesa.
dale Clicina la mano
Dándole las manos
dichosa soi
quien Creyera
que tan veloz la fortuna
Felicidades trajera
antes que partas señor
que te oiga una fineza
que fía a la Pluma, por quien
Se han servido mis finezas
Cristiano de tu lealtad
Satisfecho estoy y Crea
mi hermano he de darla Puesto
Porque No dudo que desee
Te premie, Y también la mano
Ceda. Y tú en la mía queda
aureliano que a mi queda
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el conmutar a mercedes,
mayores su pobre aldea.
Ya acabaron mis desdichas.
Aquí acabaron mis penas.
Y yo, señor, ¿no he servido
también en aquesta guerra?
Pues que vuestra merced a mí no me das
alguna cosa, que es fuerza
que digan estos señores
que no premiarme es miseria.
Dos mil sultaninos paguen
los servicios que te debo.
Pues, Camila, de aquesta mano,
o venga o no venga, venga.
Vaya; pero ten cuidado
de que no te ensoberbezcas.
El campo marche a Yemen.
Dando fin a la comedia,
cuyo verdadero caso
las relaciones modernas
cuentan, y por tal se cree
el saco de la Gran Casa de Meca.
