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Texto digital de El saco de la gran casa de Meca

Fecha de publicación: 22 de agosto de 2026

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Cita sugerida

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El saco de la gran casa de Meca. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/el-saco-de-la-gran-casa-de-meca.

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EL SACO DE LA GRAN CASA DE MECA

Pag. 1

N.º 3.

El Saco de la Gran Casa de Meca

Jornada 1.ª

falta la 2.ª Jornada

Jornada primera

Pag. 2

Es una misma comedia aunque varía en algo de la otra, y está más viva y perceptible la idea del autor: cotéjese con la impresa.

El saco de la Gran Casa de Meca

Comedia

Personas

Ozmir, príncipe de Arabia. 2.

Eriner, príncipe de Tartaria. 3.

Elicina, hermana de Ozmir.

Aureliano, galán. 1º.

Lucindo, gracioso.

Heliodora, dama 1.

Camila, graciosa.

Selim Amet, falsa barba.

Husain, Bajá de Marina.

Osman, Bajá de Miradi.

Dos damas.

Soldados.

Músicos.

Selín.

Jornada Primera

Sale Ozmir espantado, y soñoliento, y por diversas puertas, deteniéndole, Eriner, y Elicina.

Ozmir.

¡Aguarda, horroroso asombro,

que, vestido de ilusiones,

al pecho le destruyes,

del valor que le compone!

Elicina.

¿Qué tienes? Sosiega, hermano.

Eriner.

Espera, príncipe.

Elicina.

Oye.

Ozmir.

¿Qué queréis, si ya no es

que aumentáis mis confusiones?

Elicina.

Ozmir, cóbrate, ¿qué es esto?

Ozmir.

¡Válgame Alá! ¿Y qué rigores

son estos? ¿Do está tan lejos

Pag. 3

Ozmir.

¿De dónde estaba, tan torpe?

Eriner.

Advierte, Ozmín.

Ozmir.

Ya advertido

a vuestra voz, alma cobro;

¿tú, Criner, en mi retiro?

¿tú, Eliana, aquí?

Elicina.

¿De dónde

nace tanta novedad,

envuelta en admiraciones?

Ozmir.

¿No saliste esta mañana

a caza a ese altivo monte?

Pues ¿cómo tan presto vuelves?

Elicina.

Si a la fatiga respondes,

que miro, responderé

después a lo que propones.

Ozmir.

Criner, ¿no los despedistes

de Yemen, que es hoy mi corte,

también, pues cómo volvéis

ante mis ojos?

Eriner.

Informe

vuestra voz de este suceso

asombroso, que nos pone

a todos en tal cuidado.

Ozmir.

Si acaso pueden mis voces

decirlo, escuchadme, aunque

son los prodigios que esconden,

las ansias que miro,

en mis imaginaciones.

Retirada a descansar

un breve rato, en las flores

de este hermoso, fértil cuadro,

que al aire puebla de olores,

estaba; cuando embistió

conmigo la deidad torpe

del perezoso Morfeo,

quedando a su saña inmóvil

todo el cuerpo, vuelto imagen

de la muerte mi ser, donde

vivo el espíritu, obraba

en mi imaginación noble.

Y que la hermosa Miculte,

hija del profeta Nobi,

o Mahoma, a quien en el mundo

debidas adoraciones,

me decía (con palabras

incitando mis rigores)

que como tan descuidadas

se miraban mis acciones,

perdiendo por tantos años

las dilatadas regiones,

que hay desde el golfo de Persia

y a la ensenada de El Tore,

que está cerca de la falda

del Sinaí, áspero monte.

Que si me preciaba de hijo

del profeta, que varones

había de ir a inquirir

los que él les dio a mis mayores.

Que como madre a quien debo

consuelo en las aflicciones,

documentos en las desdichas,

y ser libre en las prisiones,

me mandaba apresurase

todas mis disposiciones;

y si no (mira, me dijo)

los que distan conformes

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Ozmir.

que llegues de Asia a tener

el mando sus moradores.

Cuando informado mi oído

de confusión y clamores,

cautivos, robados, tristes

mire los habitadores

de Asia: cristianos que adoran

un Dios que dicen es hombre;

gentiles que dan inciensos

a una multitud de dioses;

de nuestra secta, diversas

setenta y dos opiniones;

a los cuales es injusto

el usurparles que gocen

la libertad, pues que antes

fueron dueños y señores.

Y cristianos de la tierra,

y cuando los vencedores

terceros del gran Profeta

a castigarlos se exponen,

fundando su augusto imperio

en Arabia; permitieron

no de que viviesen libres

pues ya que si se conoce,

estos se han de ver esclavos

los que Mahoma dispone

que vasallos obedezcan

de su ley gobernadores.

Luego la hermosa Iminuite

entre sus lloros se esconde

y queriéndola seguir

aquí me halló; desde donde

me resolviere a marchar

aguardando, que convoques

tu gente, en Mirarbe, a quien

seguirán mis escuadrones.

Allá te espera ver patria

porque en ella juntos obren

nuestros ejércitos, siendo

de toda la Asia el azote.

Ni aún pretendo detenerme

en las interpretaciones,

que a los sueños dan del Juez,

el árabe, los sacerdotes.

Elicina.

Justa es tu venganza, puesto

que al penetrar de ese monte,

la enmarañada espesura

de encinas, y de alcornoques,

una de las muchas tropas

que a Arabia infestan feroces,

no conociendo quién eran

embisten mis cazadores;

y es vileza que consientas,

que una legua de tu corte,

a todos los pasajeros,

y aún a mis criados, roben.

Esta es la causa, por que

me he vuelto, y así disponte

a vengarte, que a tu ira

añadan más mis razones.

Eriner.

No haberme vuelto a Tartaco

para traer mis escuadrones,

fue por saber en qué parte

que nos juntemos dispones;

y puesto que ya lo has dicho

no tengo que saber, toque

Pag. 5

Eriner.

la caja, y al aire estrechen,

los alientos de los bronces.

Ozmir.

sin culpa aprehendo esta acción

Dentro.

Aureliano.

aunque el diablo lo estorbe,

he de entrar.

Dentro.

Soldado.

muera el villano.

Elicina.

qué ruido es este? qué voces?

Dentro.

Aureliano.

no es fácil, que muera un triste.

Ozmir.

quién así se descompone

en mi palacio?

Sale Aureliano con la espada en la mano, y dos otros soldados.

Aureliano.

Cobardes,

dejadme.

Soldado.

señor, este hombre,

habiéndosele negado,

que te hablase, ciego y torpe,

escandalizando todo

el palacio, sus barones,

por fuerza conseguir quiere

su intento.

Envaina.

Aureliano.

qué es el que forme

en tu presencia una queja,

en que, si no me socorres,

solo al cielo apelar deba,

de tantas desatenciones.

Ozmir.

Villanos, cómo impedís,

a ninguno que le importe,

que llegue a hablarme?

Soldado.

Señor,

como el traje nos informe,

de que es cristiano, recela

alguna traición.

Ozmir.

mal hombre,

sobra el oírle para que

no se efectúen traiciones

intentadas, y a ninguno

no se le niegue, ni estorbe,

el que llegue a mi presencia,

que el Rey, que oyendo, no oye,

es contra quien se conspiran

(sin que su poder lo estorbe)

traiciones, que irremediables

al descuido corresponden.

Soldado.

aunque sabemos, que gusta

de oír a todos, parecióme

no convenía llegase.

Ozmir.

así las quejas veloces

del infeliz, nunca llegan

a los oídos superiores;

que como han menester tantas

licencias, muchos se corren

de pedir vado, a quien puede

servirles; con que discordes

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Ozmir.

o por unos, o por otros,

falta a la justicia el orden.

¿Qué es, cristiano, lo que dices?

a Elicina

Eriner.

Sus veras, y cuán veloces

son, Elicina, mis pasos,

pues recelo que me pones

en Tartach; para que allí

mucha gente juntes, y comboye

su persona.

Elicina.

Harto he sentido

te ausentes.

Eriner.

No ahora toques

en sentimientos, que el mío

que al dejarte, el pecho rompe;

si a no llevar la esperanza

de volver a ver tus soles,

muriera, pues me dan alma

tus divinos resplandores.

Ozmir.

Di, cristiano, ¿qué motivo

es el que te trujo un moro,

para que así a mi presencia

tan descompuesto te arrojes?

Aureliano.

Noble Jerif de la Arabia,

que superior reconoces,

solo por tener quietud,

en las fértiles regiones,

que como Príncipe mandas,

rigiéndolas en tan joven

edad, que apenas el bozo

las primeras líneas rompe.

Con tanto acierto, con tantas

debidas aclamaciones,

que tu joven edad quieres

sea con la última conforme;

venerando senectudes

los que tus virtudes oyen,

dando tu presencia envidia

a la ciencia de los hombres;

pues viendo en tan pocos años,

tantos aplausos, se corren.

Escúchame, por si pueden

conmutarse a obligaciones

mis desdichas, porque todo

tu poder, cuando las note,

necesita de valerse,

de todas sus atenciones.

Yo soy Aureliano Emilio,

mi religión y conoces

mi patria Alepo, y en ella

tan infeliz como noble.

A ti rindo solamente

de súbdito sujeciones,

como otros muchos cristianos

que en Arabia viven conformes

a lo que tú, o el Sultán,

y otros príncipes, disponen.

Fortuna aquella variable

siempre deidad desconforme,

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Aureliano.

que lo que en uno la agrada,

la trata en otro a rigores,

de su rueda me colijo.

Y feliz (si lo es el hombre

cuando a su ambición tributa

tantos bienes exteriores)

generosa distribuye

en mí tan preciosos dones,

que me olvidé de ella, cuando

porque más sienta su golpe,

y el que ignore desengaño,

con el castigo le logre.

Bárbaramente los turcos

crueles, impíos, feroces

una aldea, ó villa, que era

lo más de mis posesiones,

la saquearon osados,

robándome las mejores

alhajas, y los ganados.

Y tanto su furia torpe

se empleó contra mí, que

con tiranas intenciones

hasta las casas al suelo

entregan, por que no logren

aquel alivio pequeño

que sienten los moradores,

cuando ya que las haciendas

les usurpan, hallan donde

mitigar sus pesarosas

infaustas destrucciones.

Las reliquias dan al fuego,

y nadie se les opone,

antes bien la paz le brindan

con todos, más sus rencores

descontentos con el oro,

contra la vida se ponen

de los villanos, y hiriendo

a inocentes corazones,

les aumenta la ira ver

tantas compañías llorar.

Allí un padre ve que un hijo

peligra, y fiel se dispone

a ampararle, y con él muere.

¡Qué paga a una acción tan noble!

Y otro escuchó de su esposa

los lastimosos clamores,

y por socorrerla entrega

su persona a la desorden

de las llamas, donde ambos,

perecen a sus horrores.

Del cielo empañan las luces,

del humo las confusiones,

todos perecen; ninguno

temeroso los socorre.

Yo con algunos villanos

de la aldea salí a un monte

donde nos libró de tanta

ira, piadosa la noche.

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Aureliano.

¡Oh, cuánto allí la memoria

me fatigaba! Acordóme

cuando acompañado iba

de sabuesos, y ventores,

a herir átomos al aire,

o a la madre tierra arpones,

por diversión de mis dulces

siempre amorosas pasiones.

Lisonja era para mí

ver tantos chopos disformes,

que al cielo le impiden sus puntas

que las nubes les encapoten.

Y los que, así, lisonjeaban

mi infeliz fortuna entonces,

me daban pena, mirando

ya mi calidad tan pobre.

Si entonaba el ruiseñor

su bella música acorde,

funesto agüero en mis oídos,

eran sus dulces canciones.

Si algún monstruo, que en marfil

todas sus iras esconde,

se movía, de la muerte

eran temidos rigores.

Y aún aquel medroso bruto,

con exhalación bicorne

que hasta de sí huye, nos daba

ya sustos, o ya temores.

No cruzaba el viento ave,

no la sierra fiera corre,

que no temiéremos brava

una escuadra de salteadores.

Allí estuvimos, y cuando

la Aurora se asomó al monte

llorando perlas envueltas

entre sus mismos albores,

temerosos todavía

atravesamos el bosque,

y dividiéndonos, yo

a Alepo caminé, donde

vendiendo lo que tenían

vinculado mis mayores.

Vuelvo a quejarme, señor,

ahí de sus sinrazones.

Bien sé que no es el agravio

hecho también a su nombre,

pues con capa de amistad

ejercen tantos rigores,

violando turcas cuadrillas,

firmes confederaciones.

Debajo de sus dominios

estaba Fronda, las trojes

eran las que tributaban

como súbditos a su nombre.

Todas quedan destruidas,

ahora, señor, reconoce

lo que pagará el vasallo

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Aureliano.

¿de qué comerá? donde

ni aún la vida está segura

de que aleves no la roben.

No sentí perder mis ricas

admiradas posesiones,

que quien antes las dio claro

está, que las quitó entonces.

No hay queja contra Dios

que aunque antes perezca el hombre;

el vulgo, bienes los llame

de fortuna, sin que obste

que yo diga que la fortuna

ni lo entiende el que lo oye.

No sentí perder la hacienda

con que perdí los honores

que quien no la tiene ya

difícil es que los logre.

No sentí, señor, (repitan

una y mil veces mis voces)

estas pérdidas, si no

(¡oh, mis penas no me ahoguen!)

que entre crueldades tan viles,

entre maldades tan torpes,

la beldad que iluminaba

a mis potencias, la esconden,

o en el fuego que encendieron

sea blanco infeliz o corte

mi fatal vida, la impía

parca con lúgubres rigores.

Pues cada vez que me acuerdan

mis desdichas, mis pasiones,

muero al dolor, alentando

solo en la esperanza noble

de que pueden ser venganza,

los que ahora digo furores.

Y no obstante mi dolor

es tan vehemente, que rompe

de los límites del pecho,

los espíritus veloces.

Heliodora, única Fénix

que el Saba reconoce,

o pereció, o la robaron,

dejando al cielo sin soles,

dejando al orbe en tinieblas,

y dejando mis ardores,

cuando se logren mejor

para que más se malogren.

No puedo decirte más

que en sentimientos, que en bronce

hicieran efecto, faltan

para explicarlos las voces.

Hasta aquí son mis desdichas

y para vengarlas, oye

si está bien a tu poder,

lo que en fin todos disponen.

Bien como la primer voz

que de fama se descoge,

que a los príncipes se esparce

en temerosos rumores,

Pag. 10

Aureliano.

y después públicamente

de más cuerpo se compone,

hasta que a saberlo llegan

de todos las intenciones.

Feudo tributan a Hamete,

o emperador del orbe,

no en el poder, y grandeza;

sí solamente en el nombre.

Feudo pagan, más tan corto

como puntual, en orden

a conservar la amistad,

y asegurar invasiones,

que cada día causarán,

confinantes superiores,

temiendo de su poder,

y él temiendo sus rigores.

Todo para el beneficio

de tus vasallos cuanto obres

sea; puesto que te pagan

con aquestas condiciones,

es justo que los defiendas

de manera, que traidores

obran los turcos tan mal,

que les quitan lo que pobres

con fatiga adquirieron,

y cogieron entre sudores.

¿Cómo a ti del vasallaje

te han de ofender las acciones?

si los peligros que tienen,

por hidras todos te reconocen;

pues tal vez de uno se erigen

de siete las disensiones.

Si en su defensa valiente

y animoso no te pones,

no habrá cabaña segura

de las violencias feroces

de los turcos, de tal suerte

que cuando no hallan qué roben

al suelo entregan la sangre,

volviendo rojas las flores.

Y no hallarás en tu imperio,

ya sea valle, o ya sea monte,

lugar donde no se encuentren

entre lástimas, y horrores,

espectáculos horribles

de súbditos tuyos; donde

aún no los sufre la tierra,

antes como madre, pone

los huesos sobre su faz,

porque presente los llore

el descuidado viador,

que luego que los conoce,

en cada planta que mueve,

parece que mueve un monte,

creyendo que áspides pisa

entre los bellos candores

de la salpicada rosa,

tan sobresaltado, y torpe,

que cualquier bulto le fingen

Pag. 11

Aureliano.

gigante sus atenciones.

Si te incito a la venganza,

recuerda que se componen

de más de cuarenta mil

niños, mujeres y hombres,

los peregrinos, que a Meca

en romería se ponen;

del Gran Cairo salen juntos,

al punto despacha orden,

para que tus valerosos

árabes los pasos tomen,

y a todos los desvalijen,

advirtiendo que no rompes

tú la confederación,

sino es el Sultán, pues sobre

rendirle feudo, tus tierras

infestan sus escuadrones.

Debe desear tu tío

que sus aliados gocen

de una paz segura y firme

y que para vivir sobren

recíprocas conveniencias

de entrambas partes conformes.

Selim Amet.

Tan al contrario

hace esto que de su orden

los bajáes te saquean

todas tus jurisdicciones.

Intentando que a su fama

sino a vasallos de portes.

sus alegrías le pesen,

Voces.

No es mucho se enoje

de que viva, y que intente

miserias, porque bien conoce

eres amigo de grande

poder, y que en ocasiones,

han ultrajado su fama

del Arabia los pendones.

Sus deseos en sus obras

es constante se conocen,

pues si socorro le pides

no te le da, antes entonces

con más libertad ejerce

de sus sacos los rigores.

Y si las guerras de Hungría

que a su intento se oponen

se acabarán, sin duda

que sus banderas tremole,

dirigiendo contra ti,

la suma copia, desorden

de su ejército; pues quieren

todos los gobernadores

de su Imperio, que te quiten

con cetro, y Corona el noble

comercio con Abisinia

que es lo que más les impone

tanta maldad; más no aguarde

causa dando a sus errores.

A tus ofensas, y las suyas

por dueño te reconocen;

véngate por todos, puesto

que de las constelaciones

Pag. 12

Voces.

de los Astros su Fortuna

y su Ruina se conoce.

Ya que se desembaraza

de los fuertes escuadrones,

que la Casa de Austria rige,

sobre sí tendrá, y disforme

consiguiendo su Ruina

logrará sus intenciones,

abatiendo sus supremas

potestades, cuando logre

oprimirle su Rigor

al yugo que no conoce.

Ozmir.

No prosigas; que incitados

de tu acento mis Ardores,

acusan de cobardía

mi Valor las dilaciones.

Y mañana, antes que Febo

los Rayos al mundo arroje

dando su Presencia Vida

a las, no bien muertas, flores,

desamparando a Temén,

de mi Persona, y mi Corte,

en Campaña me veré,

al Asia dando Temores.

No en balde llegue el Cortejo

que rindieron mis mayores

a Constantinopla, Puesto

que cuando se me malogren

mis furias, esas defensas

que allá sin duda me pone

de inaccesibles Peñascos,

y de impenetrables montes,

sirven de que mi enemigo

cansado se desenoje,

porque no hay Gente en el mundo

suficiente a que no sobren

en esta Arabia Felice,

más que los pechos, los robles.

En acabando Conquistas

que mayor Laurel me Imponen,

Noble Criner, lograrás

de todas tus afecciones,

como Amigo a quien le debo,

lo que mi fe reconoce.

Vase.

Eriner.

El Cielo tantas Victorias

nos conceda, que se postre

a nuestras Plantas el Asia,

librándola de Prisiones.

Y el mismo guarde a los dos

Soberanos, y Concordes.

Ozmir.

Vete en Paz.

Elicina.

Alá te lleve

con gusto.

Ozmir.

Aureliano Noble,

si seguirme quieres, puedes

que han de seguirme mis famas

Pag. 13

Ozmir.

Los Susianos, por quien doy

en mi estado protecciones,

porque vecinos antiguos

no es justo que los despoje

(aunque pudiera) de lo

que dio el cielo a sus mayores

no serás el peor tratado.

Voces.

Por vengar mis aflicciones

te seguiré hasta que hagas

asombro de los traidores,

que de tu amistad infaman

los fueros con trato doble.

¡Ay desgraciado Heliodoro!

¿Dónde estás? mis ansias oye.

Ozmir.

Tú, Eliciana, ¿qué harás

gobernando en paz mi Corte?

Elicina.

A la jura que me pides

pronuncié falsas razones;

la primera he de ser yo

que el paso te ocupe, y que sobre

lleve esa cárcel de nieve,

teman todos mis ardores.

Ozmir.

Advierte que...

Elicina.

No me adviertas,

porque en las demostraciones

que hiciere, he de seguirte,

por no incurrir en la enorme

nota, que creyendo de tu

agravio, me pones.

Síganme todas mis damas,

que aunque a impedirlo te expones

puede ser que alguna vez

mis asistencias te importen.

Ozmir.

Belleza y valor se junte.

Voces.

Estamos conformes

en seguir a vuestra Alteza.

Vase con las damas.

Elicina.

Ya lo miras. Y a los dos

a disponer voy mis tropas.

Y a seguir a Erimer, donde as-

tengan algunos alivios,

mis amorosas pasiones.

Ozmir.

Sigue Aureliano mis huellas.

Aureliano.

Solo mi humildad conoce

que como vasallo, puedo,

recibir tantos honores.

Vanse.

Ozmir.

Guárdense de mi furor

el mundo, porque veloces

o mis armas, o mi fama

verán el opuesto móvil,

donde rendirá el as-

mi nombre los corazones.

Sale Assem, Amet, Solimán de Maca de Sacerdote turco y Heliodora y Camila de Cristianas, y Lucindo gracioso.

Voces.

Muerta la luciente antorcha,

pendiente del cristal tierno

pierde el norte el infeliz,

joven que la va siguiendo.

Pag. 14

Selim Amet.

¿Qué sientes, noble sultana?

¿Qué tienes? ¿Qué es lo que quieres?

¿Qué aún con la música eres

tan cruel, tan inhumana?

Cuando la más soberana

dicha te espera, que es ser

de un sultán esposa, a ver

llego que en tu son enojos,

quitando a tus bellos ojos

todo su resplandecer.

Y la que envidian, fortuna,

las asiáticas deidades,

creyéndose sus beldades

en las puntas de la Luna,

tú desprecias importuna.

No de tu tierra la ausencia

sientas, pues a mi presencia

como esclava te trajeron

los turcos que te cogieron

robando con mi licencia.

No llores.

Heliodora.

No he de llorar

si es fuerza, señor, que entre

tantas desgracias no encuentre

más alivio que el pesar.

Selim Amet.

Todo en placer a trocar

llegará lo que ahora sientes,

viendo postrar tantas gentes

que te den adoraciones,

rindiendo sus corazones,

humildes y reverentes.

Lucindo.

¿Y tú, fueras por sultana

Camila? Porque Heliodora

harto llora.

Camila.

Pues si llora,

es señal de mala gana.

Lucindo.

Sélo, no seas tan vana.

Camila.

¿Yo?

Lucindo.

¿No sabrás renegar?

Camila.

Tú me puedes enseñar,

que, autora experimentada

del caso...

Lucindo.

No he renegado.

Camila.

Calla, que quieren cantar.

Voces.

Piadoso y cruel el mar,

sepulcro le dio en su centro,

pero, viéndole constante,

le arroja al pedazo de era.

Selim Amet.

Bella Heliodora, repara,

me das pena y sentimiento

porque te viera contento,

cualquier cosa te otorgara.

Pide la cosa más rara

a mi fe.

Al oído a Heliod.

Lucindo.

Bien nos sucede,

ahora pedirle puede

tu voz lo que hemos tratado.

Heliodora.

Ese esclavo libertado

te ruego, señor, que quede.

Pag. 15

Selim Amet.

mucho te lo he agradecido

cristiano, libre eres ya.

Voces.

Alá te lo pagará,

de Mahoma enternecido.

Marginalia: * Suer. dime, señora, si / la traes contigo. / Hel. sí, pues / aunque del Alifa es, / que la tengo yo no fal-

Selim Amet.

Pide más, que conceder

no dudaré.

Heliodora.

Yo podía

pedir la libertad mía,

Selim Amet.

solo eso no puede ser:

al sultán te he de ofrecer

que en la luna del Mirán

todos los años nos dan

este rico un presente, y ansí

quiero retornarle en ti,

más riquezas al sultán.

Camila.

¿no ves cómo la consuela

Asem?

Voces.

Y pensara él,

que ha de despreciar fiel,

lo que tanto le desvela.

Selim Amet.

Si mi edad ya no llegara

casi a decrépita, yo

(que tanto me arrebata

su hermosura) te adorara:

hermosa naciste y para

que el adagio se cumpliese,

fue forzoso que te hiciese,

fortuna, tan desdichada,

si esta es de todos pagada

pensión, yo su llanto cese.

Volved a cantar.

Heliodora.

¡Ay, dueño

adorado! ¿quién dijera

que mi afecto te perdiera?

Pero es ya del hado empeño.

Voces.

Viendo su adorado amante

desde el castillo soberbio,

sacrifica a amor el alma,

y entrega al olvido el cuerpo.

Casas, y clarines

Casas. Y sale Husain turco, y Osman y otro

Husain.

¿Qué es esto, Xalifa sagrado

de la gran casa de Meca?

¿Cómo su atención se trueca

con el descuido el cuidado?

¿Estás tan desprevenido?

¿cuando de Arabia furioso

ejército numeroso,

dicen que sale jurado?

¿y en venganza de que Agramo,

el gran señor, su poder,

pretende en Meca tener,

segunda corte a la Arabia.

Selim Amet.

¿Eso sucede? ¡Fiero hado!

Pag. 16

Osman.

esta faz el alma corre.

Selim Amet.

¡Oh, si Alá no me socorre,

gran profeta Mahometo!

que por quitarle el honor,

¡oh Ozmir!, intente airado,

como ve que está ocupado,

en Hungría el Gran Señor,

hacer guerra en el Oriente,

dando causa a esta rebelión,

de los persas, sin razón,

y de toda aquesta gente,

que traidoramente infiel,

aunque le fingen respecto,

los tiene a él más que el afecto

súbditos el rigor cruel.

Voces.

Como Bajá de Albasina,

en donde estorba eminente,

una montaña pendiente

obra (sin duda) divina,

que entren del Golfo del Persa,

las aguas, lo oí, y lo vi,

por cartas que de Zophí

tuvo mi fortuna adversa.

Todos tienen tal temor,

si sus semblantes diviso,

que será en vano el aviso,

que se le dé al Gran Señor.

Selim Amet.

Convoca pues los Baxás

comarcanos, que ser puede

que alguna religión quede

en su pecho infiel; tema

que aunque esto ahora te aseguro,

puede ser que se dirija

su intento, a que su ira aflija,

de Persia o Tártaros el muro.

(A Asem.)

(A Osmán.)

Voces.

No obstante pues prevenido

un hombre vale por dos,

luego al instante irés vos

con mis cartas defendido,

y mi razón, a pedir

alivio al Sultán valiente;

vos juntad toda la gente

que cuando mucho morir

lograremos, pues los astros

que en la Meca (aún de mí) influyen,

la destruyen, la destruyen,

sus riquezas, y alabastros.

Cumplamos ansí las leies;

haced que esten prevenidos,

todos los más conocidos,

poderosos Beguerbleies.

Tú al punto marcha a Alisarde,

Osmán, pues es la primera

que probará su ira fiera.

(Vase.)

Osman.

Bien dizes Alá te guarde.

Pag. 17

Selim Amet.

Vos iréis al sultán sacro

y le diréis advertida,

todo lo que habéis sabido,

que en la Meca es simulacro,

Ídolo de Mahoma, el

que saca bajaes en Hungría,

porque mayor mal sería

perder la llave de Ismael.

Pues si se resuelve fiero

el Árabe a conquistar,

toda Arabia ha de arruinar.

Mas referirte no quiero,

porque tan gran pesar toma

mi pecho al imaginarlo,

que recele articularlo

con desprecios de Mahoma.

tachado: Vase.

Voces.

Cuando a obedecer me pongo,

verás que no ha de nadar

la nave, sino volar,

en las aguas del mar Rojo,

y pues seis leguas de aquí

está el puerto, tomaré

una posta, y allá iré

a prevenir lo que oí.

Lucindo.

¿No ves cómo se ha quedado,

Asem, Amet, di, ¿qué hará?

Camila.

Ahora contemplará

su Zancarrón adorado.

Selim Amet.

En este confuso abismo,

Mahoma, pues lo conoces,

de los árabes feroces,

defiéndete tú a ti mismo;

que no importa que perdida

las vidas queden por ti,

como se logren allí

los frutos de nuestra fatiga.

Ea, despierta del letargo

en que estás; porque despierto

tenga nuestra acción acierto.

Basta ya sueño tan largo

del Orbe de temor, llena,

perdiste

desde cuando te dormiste,

en el nido de Viena.

Heliodora.

Que presto pasa el placer

a la casa del pesar,

pues fuerza me es consolar

al que me consoló ayer.

Sosiégate, y no temor

tengas de lo que ahora oíste.

Selim Amet.

No es esto, señor, (¡ay, triste!)

Heliodora.

Pues, ¿qué es?

Selim Amet.

Furioso valor,

puesto que no ha de llegar

a suceder esto, ¿quién

podrá remediarlo?

Lucindo.

El buen

Mahoma lo ha de remediar.

Selim Amet.

Quede en paz, cristiana bella,

que acudirá al Gran Señor.

Pag. 18

Vase.

Selim Amet.

Alá me dé valor

para moderar mi estrella.

Tú ya tienes libertad

sígueme presto, Husain.

Husain.

Sin duda que es serafín

tan bellísima Deidad.

Selim Amet.

¿No vienes?

Vase.

Husain.

Ya, ya te sigo,

señor; aunque a mi despecho,

porque lleva a mi pecho

otro cruel enemigo.

Heliodora.

Ya ves, Lucindo, mi pena,

y puedes considerar

cómo de tanta aflicción

mi corazón estará.

No le bastó a mi fortuna

quererme llevar, quitar

de la vista de Aureliano;

sino que agora su crueldad

a Constantinopla quiere

mi persona transportar.

Y pues poco perder puede

quien perdió la libertad,

ya eres libre, y así luego

a Aureliano ve a buscar,

y de parte de Heliodora

este papel le darás;

dile también los peligros

en que está mi honor, que por

mala vez llega el

el presente que en Meca,

al Turco se envía, sin duda

tengo de ir con él, no más

que no puede proseguir;

y pues alivio me da

el llanto por consolarme,

solo pretendo llorar.

Lucindo.

No te aflijas, que por vida,

(pero no quiero jurar)

que verás mi diligencia,

presteza y fidelidad.

Vase.

Heliodora.

Llévele el cielo con bien,

ven Camila.

Camila.

¡Ay! que vas

a mi tierra, allá te quedas

con tu discurso ingeniar

de suerte que a rescatarme

vengas; ¿Lucindo, lo harás?

Lucindo.

Bien se ve eres esclava, que

aunque en el oriente, en paz

viven católicos, turcos

y herejes, cuando a saltear

los turcos, o los árabes,

salen, suelen cautivar

las más hermosas cristianas

solo para lisonjear

a estos señorazos que

lo mandaron sin mandar.

Pag. 19

Camila.

¿Cómo?

Lucindo.

Consintiéndolo,

que es ladrón, y me des, y más.

Camila.

No te andes en sutilezas.

¿Me vendrás a libertar?

Lucindo.

Cómo ahora llueven alforjas.

Camila.

Ya que eso no hagas querrás

escribir a un primo que

tengo sirviendo en Milán.

Lucindo.

¿En Milán está el pobrete?

Camila.

Sí, que yo sé que él lo hará.

Lucindo.

¿De él ha de venir, pregunto,

por ti?

Camila.

Sí.

Lucindo.

Pues aguardar

le puedes en pie, porque

sentado te cansarás.

De Milán ahí es un grano

de mostaza lo que hay.

¿Eres bruja?

Camila.

Yo no.

Lucindo.

Pues

a eterna cautividad

te condena.

Camila.

Mira, atiende,

que yo te quiero.

Lucindo.

Y yo más,

pero no lo puedo hacer.

Camila.

¡Ah, tirano! ¡Ah, desleal!

que me dejas en prisiones.

Lucindo.

Por eso te alabarán,

pues estando tú en prisión

aún tienes más libertad;

Camila.

Soy tu esclava.

Lucindo.

No me sirvo

yo de doncellilla tal.

Camila.

¿Qué así me desprecias?

Lucindo.

No

tiene razón.

Camila.

Ya verás

cómo a otro escojo, y te olvido.

Lucindo.

¿Qué piensas que se me da

nada de cuanto tú dices?

Camila.

Y pues consuelo no hay,

adiós, Lucrino, que yo

me voy.

Lucindo.

¿A qué?

Camila.

A merendar,

que todos dicen que son

menos los duelos con pan.

Lucindo.

Adiós, Camila querida.

Camila.

Lucrino, camina en paz.

Lucindo.

¿Qué ya me voy, y te quedas?

Camila.

¿Qué yo me quedo y te vas?

Lucindo.

Yo por esta puerta; adiós.

Camila.

Adiós; y yo por acá.

Vanse cada una por su parte

Jornada tercera

Pag. 20

El saco de la gran casa de Meca.

Jornada Tercera

Pag. 21

el saco de la Gran Casa de Meca

Tercera Jornada

Descúbrase el teatro de templo sin imagen nin guna, ò pintados algunos caracteres, y salen el Alifa Asem Amet y Husain y Selin y otros que dándose todos cerca de la puerta

Selim Amet.

Ninguno llegue conmigo

que a tan religioso puesto

no pueden llegar los ojos

ya que lleguen los afectos

que pues la fortuna instable

ha ejercitado su ceño

con nosotros tanto que

estoy dudando y temiendo

que aún tierra en que sustentarnos

ha de quitarnos su imperio

dígalo el ver que los dos

vencidos con el imperio

de las Otomanas armas

volvisteis a Meca huyendo

donde de vuestras reliquias

mi ejército se ha compuesto

dígalo que Ozmir se vengue

con tan aleves pretextos

como enviarme a proponer

Pag. 22

Voces.

y con un cristiano (cielos

cuando de vuestro castigo

caerá el levantado acero)

que de Meca le entregase

los preciosos ornamentos

de piedras, telas y oro

que actualmente están sirviendo

en la religiosa casa

de nuestro Profeta excelso.

Dígalo, ¡ay!, temerosos

los peregrinos dispersos

no llegando a Meca a dar

el anual culto su atento obsequio

perdiendo Mahoma un millón

en las ofrendas del pueblo.

Dígalo, ¡ay!, de Medina

y alnabí muros soberbios

que soportaban duraciones

con los fíxiles eternos,

arruinados tanto que

a la memoria sirviendo

de lágrimas solo dicen

humildemente, aquí fueron.

Y lo que más confundido

os tiene mis sentimientos

es que no se deportase

su cruel cólera viendo

que ha de vengar el Profeta

de los profetas el fiero

sacrílego escándalo

delito de dar al fuego

la patria que sola le dio

de quien hacerse en el suelo,

y por su desdén que toda el alma

tuve al pavor que me acuerdo.

Y finalmente a mi pena, ¡ay!

lo digan mis desconsuelos

en la fuga de Heliodoro

en que estaba el fundamento

para lograr lo que tanto

ambiciosamente anhelo.

Ved ahora si con bastantes

causas de todos me quejo.

Pero pues las oraciones

sirven en casos como estos

de aplacar la furiosa ira

de los rayos del cielo,

responded como es costumbre

a mi voz; maldecid vuestros

enemigos en fe de

los proféticos acentos

que han dado los morabitos,

y más sabios, y más expertos,

de que nos sujetará

el más occidental reino.

Pag. 23

Voces.

y este a España. Empezad

la oración, mientras lo leo.

Husain.

A tu obediencia postrados

lo que nos mandas haremos.

Llega el alifa al medio del tablado, y descúbrese una capilla al parecer de cinco pasos de largo, y dos de ancho; en la cual estará pendiente el Arca del Zancarrón del Mahoma en medio. Todo muy luciente: hace el alifa tres reverencias muy humillado, y vuelve el rostro a Occidente y cantan dentro. Los demás se quedan al paso.

Voces.

Mahoma soberano, generoso,

sobre todos supremo,

dilata el día triste

de destruir este infelice reino.

Selim Amet.

Dilátale, pues a todo

su poder se extiende inmenso,

y más cuando ha confirmado

sus nunca errados decretos.

Voces.

Ruégale que destruya justiciero

su casta, y queme sus difuntos cuerpos.

Voces.

Y cuando el español,

arriesgado y soberbio,

intente conquistarlos,

sepultura le da en el mar Bermejo.

Selim Amet.

Acábale antes que llegue,

pues estás de todo cierto,

y así se lo has revelado

a sus morabitos puestos.

Voces.

Río de sus parientes y de los cuellos,

no te apiades, gran Señor, al hereje.

Voces.

En sus iniquidades

mueran, como murieron;

que así el castigo justo

les dé así, aún no intentado atrevimiento.

Selim Amet.

No de su bárbara arma

sea su cara trofeo,

pues se ha defendido tanto

del caduco, veloz tiempo.

Voces.

Duerman y cuando en sí vuelvan temiendo,

hallen criados, mujeres y hijos muertos.

Pasa el alifa al otro lado, y vuelve a Occidente.

Voces.

Maldígalos su voz,

y al enemigo fiero

cuya furia destruye

el que pisaste, sacrosanto suelo.

Suena caja.

Selim Amet.

Cáigales su maldición,

ínclito Mahoma, y no menos

al que traidor a su ley

bárbara maldad ha hecho.

Malditos sean los que mal dices,

contra Alá y contra Mahoma tienen fijos,

y porque de mi venganza

llegue el prejuicio. ¿Qué es esto?

Elicina.

Algún alboroto causa

de la plebe el sentimiento.

Selim Amet.

Seguidme todos dejando

a...

Pag. 24

Selim Amet.

a más oportuno tiempo

las oraciones

Ciérrase la capilla y sale un soldado al entrar

Soldado.

señor

da atenciones a mi aliento

Voces.

quién, di, ese alboroto causa?

Soldado.

el haber ya descubierto

desde ese heroico castillo

estorbo fuerte del viento

a Ozmín Príncipe de Arabia

por lo cual confuso el pueblo

defenderse trata solo

con sus propios desalientos.

Voces.

Musulmanes valerosos

acudid a vuestros puestos

que yo con el resto todo

de las tropas socorreros

procuraré en esta hora

despierta si estás durmiendo

Adaliento que o se destruye

o se recobra tu Imperio,

vase

Salen Heliodora y Camila vestidas de turcas.

Camila.

Parece que nos hallamos

señora en el traje nuevo

Heliodora.

ay, conocerás Camila

de mi fortuna lo ceñudo

pues en mil desdichas paso

la suerte de algún acierto.

Camila.

he hiciste mal en dejar

el ejército tan presto

y retirarte a esa aldea

donde gastado el dinero

no tenemos un zequí

desechado por añejo

y de las desdichas nuestras

esta por última tengo

Heliodora.

Por eso mirando el furor

de los Árabes que fieros

caminaban al saqueo

por si acaso se halla suelto

en la noticia pasada

que nos dio aquel pasajero

de que andaba un cristiano a quien

estimaban con extremo

los Príncipes por haber

en un riguroso encuentro

dado la vida a la Infanta

criando sus alientos

y que forzoso es que ampare

los demás cristianos, quedo

esperar que sepa de él.

Camila.

señora desde aquí veo

dos hombres y hacia acá vienen

Heliodora.

pues huyamos que no intento

Pag. 25

Voces.

Estorben, a mi fortuna,

el corso alevoso que ayer.

Salen dos árabes.

Árabe.

Oye y aguarda, que estos son

turcos, y los trajes son de ellos;

pues batidores del campo

venimos, fuerza es prenderlos,

que pues sabrán de la ciudad

de Meca los fundamentos...

Camila.

Pues, señora, ¿hemos de huir

nosotras de un par de perros?

Si no sacamos la espada,

¿qué dirán los mosqueteros?

Heliodora.

A cualquier resolución

válganos aquí el aliento.

Árabe.

Daos a prisión.

Heliodora.

¿De esta suerte?

Árabe.

Pues sacaron los aceros,

toca, trompeta, porque

si llegan a socorrernos,

los llevemos presos.

Tocan.

Camila.

Ya

está cansando mi esfuerzo.

Árabe.

Sé que no son necesarios,

aunque los dejemos muertos.

Salen otros dos.

Tocan.

Tocan.

Árabe.

Mal en dividir hicimos

en tantas partes el grueso

de los veinte que salimos

a batir el campo.

Camila.

¡A ellos!

Árabe.

¡Ay de mí!

Camila.

¿Sí, te moriste?

Ya está su alma en el infierno.

Árabe.

Matadlos.

Heliodora.

Desdichas mías,

aguardad.

Salen Aureliano y ilegible algunos soldados.

Aureliano.

Tened, ¿qué es esto?

Pues, trayéndome informado

el clarín de vuestro aprieto,

a socorreros llegaba

mi fortaleza, creyendo

que eran más los enemigos

que os acosaban, soberbios.

Daos a prisión los dos.

Heliodora.

Solo a ti rindo el acero,

porque a otro no fuera fácil

que... ¡Pero, cielos! ¿Qué veo?

Aureliano.

Si la intención no declara

de la gran Meca un tormento,

hará examinar... ¿qué miro?

Heliodora.

Si es ilusión del deseo...

Aureliano.

Si fortuna lisonjea

mis penas...

Camila.

Los dos suspensos

se han quedado, pero yo

también me voy suspendiendo;

éste es Aureliano, o él es,

o no hay en el universo

Aurelianos.

Aureliano.

Retiraos.

Pag. 26

Aureliano.

todos de aquí porque quiero

informarme de lo que

los contrarios van haciendo

si vienen los dos de allá.

Vanse.

Soldado.

Ya señor te obedecemos.

Aureliano.

Tú Heliodora en este traje

Heliodora.

de Aureliano tan supremo

Aureliano.

Pero de qué lo sabré

Heliodora.

más de qué saberlo intento

Aureliano.

Dame los brazos hermosa

viuda de los once cielos

que a su enojo el curso para

su rápido movimiento.

Heliodora.

¡Ay de mí! Infelicidad toda

ha cesado que te veo

mejorado de fortuna

no como creía horrendo

espectáculo cruel

siendo de Atropo trofeo.

Camila.

Y de mí no se hace caso

por mi vida que me huelgo.

Aureliano.

Dame los brazos Camila

que tu lealtad considero

y el amor a tu señora.

Camila.

Y el suyo es cosa de cuento.

Ay señor, cuántas desdichas

hemos pasado.

Lucindo.

Veo

que esta es Camila. Veamos

en qué diablos para esto.

Aureliano.

Bien sé Camila lo que

pues por qué lloras

Camila.

esto es ahogar el contento

Heliodora.

En tantos faustos, en tantos

honores?

Aureliano.

qué temes?

Heliodora.

Temo

que por exteriores galas

tú has dejado los preceptos

religiosos de la fe

romana que en algún tiempo

fue de sol que alumbrase puro

la candidez de tu pecho.

Aureliano.

no prosigas Heliodora

que si todo el mundo entero

sus riquezas, sus metales

que brotaron avarientos

los montes, en sus entrañas

me dieran, a que perverso

faltara a la fe sagrada

con un leve pensamiento

los despreciara y mil veces

firme por ella muriendo

de mártir lograra palma

en los

Heliodora.

siendo así Aureliano esposo

tus brazos sean el puerto

de tantas tormentas.

Aureliano.

sí serán esposa pues que

plació que nos

Pag. 27

Aureliano.

pues mi amor, cuando creí

ser de la muerte trofeo,

llame que yo

al califa quise afecto, siendo

de lograr de este acato

para divertir la ocasión

que hubo de tener efeto;

y no bien libres las plantas

los campos de Arabia huello,

cuando el bajá de Medina

nos encontró, no sabiendo

quién éramos, con lo cual

de él nos ausentamos presto.

del resentimiento do

con que Aomar me quejó que

y a su Ricardo batiendo

a sus lealtades les debo.

C

Heliodora.

Como en aqueste paraje

Aureliano mío te encuentro.

Aureliano.

Lo mismo iba a preguntarte,

pues más que en mí, es en ti nuevo.

Heliodora.

Primero he de responderte,

porque me quedes debiendo

algo la primera vez

que te logra mi deseo.

El cobarde Huseín Amet

Alifa de Meca, viendo

lo que el gran visir le honra,

pues expótico el gobierno

tiene del oriente de su orden,

agradecer pretendiendo

su fineza en el mar Rojo

un navío dispuso

para que veloces alas

nos condujesen al centro

de aquella noble ciudad

a quien todo el universo

aclama por la mayor

en edificios excelsos,

en riquezas, circuito,

moradores, pues hay tiempo

en que imposible es contarlos,

mira qué será saberlos,

Constantinopla del turco

corte, y nosotros temiendo

de los rigurosos hados

Pag. 28

Camila.

los siempre sañudos ceños

disfrazadas una Noche

salimos de Meca huiendo

Con una llave que yo

tenia a este efecto

de cuando fuimos alla

(lo cual saber yo dejo.)

fuimos al Campo en tu busca

llegamos cuando batiendo

estaba ozmir a Medina

la nueva Patria del perro

sacrilego escandaloso

Retrato el más verdadero

del Anti-cristo mahoma.

alli fuimos inquiriendo

Noticias de ti, y algunos

tan confusas nos las dieron

que a partido Ismania

entonces el no saberlo

que no se que confusiones

en la duda tiene el Pecho

que la oye con gusto para

quedarlo después sintiendo

en una Aldea retiradas

estuvimos y sabiendo

avia un cristiano aquien

estimavan con exceso

los Principes, a informarnos

del venimos, y te encuentro

Conque a pesar de la suerte

Ausentes ya los tormentos

feliz fortuna lograron

nuestros Amantes deseos.

Aureliano.

aún Por eso cuando estube

en Meca yo, te eche menos

Pues aviendo entrado hasta

el retiro más secreto

enseñandome lucio selin

Con Plazer de Assem el bello

Palacio el fuerte Castillo

y su religioso Templo

siendo embaxador de ozmir

no logramos el intento

que llevavamos de verte.

Camila.

Señor, Pues que no podemos

las mujeres visitar

el Zancarron yo te ruego

me digas si está en el aire

el Arca que tiene el Hueso.

Aureliano.

no Camila. dos Barrones

bastantemente gruesos

la sustentan, con tal Arte

que el Incauto forastero,

que desde fuera la mira,

queda absorto al verla, siendo

su disculpa, que se adorna

Aquel engaño Pequeño,

Pag. 29

Aureliano.

de imanes, y calamitas,

a quien oculto misterio

de naturaleza, da

fortaleza, donde vemos,

que contra su voluntad

atraen así el acero.

Pero es falso, pues yo solo

vi brillar diamantes bellos

en ella, esmeraldas finas,

y lo mejor que sol tuvieron

en tan dilatados siglos

los otomanos soberbios.

Y aún es tradición común,

que de el elevado templo

de Salomón, lo más rico

para esta casa trujeron.

no está suspensa, es error,

que solo los barrones mismos

vi yo, y toqué en lo que es fijo,

que a nadie engañar intento.

Camila.

Dirás mil sueños.

Soler Sold.

¿no vienes?

Aureliano.

Pues ya el ejército nuestro

tan cerca se ve, cien hombres

hasta las puertas surtiendo

de Meca rayan el campo,

que no vienen de allá estos.

Conque declarar no pueden

nada que haga a nuestro intento.

Vanse.

Soldado.

Vamos.

Aureliano.

Seguidme las dos

que a Omir, y a Alicina quiero

declararme, que su huida

la causa del sentimiento

de que me quejé a Omir antes

que saliese de sus reinos.

Venid pues, cielos de gozo

afligido llevo el pecho,

que tanto oprime una dicha

grande, como un sentimiento.

Vanse los dos.

Elicina.

Que cierto es que al pesar sigue

de la alegría el extremo.

Camila.

Yo también.

Sale Lucr.

Lucindo.

Aguarda, ingrata.

Camila.

Lucrino. Como te ves

vendido, dame un brazo.

Lucindo.

Camila, ¿a mí? ama, con eso

Camila.

¿qué te enoja?

Lucindo.

Tirano,

basilisco el más tremendo

que hasta ahora ha habido en el mundo,

hiena, esfinge, y todo aquello

que llama un amante para

exagerar unos celos.

Camila.

¿qué dices?

Pag. 30

Lucindo.

¿Piensas, aleve,

que no te vi (¡oh, santos cielos!)

¿abrazar a mi amo? ¡Ah, infame!

Camila.

Que te reportes te ruego.

¿Dónde estabas escondido

que mis ojos no te vieron?

Lucindo.

¿Dónde? En este campo raso,

porque yo esconderme puedo

donde quisiere, sin que

sea reparable, ¡ay!

más no a el caso, traidora.

¿Tú, abrazar a mi amo, pues?

Camila.

Pues si ha tanto que deseaba

verle, mirarle.

Lucindo.

Por eso mismo,

mira esta cara, estos ojos,

esta boca.

Camila.

Ya lo veo.

Lucindo.

Pues todos están brotando

llamas.

Camila.

Cómo no me queme.

Lucindo.

Quédate, para quien eres,

falsa Camila, advirtiendo

que no he de verte jamás.

Camila.

Yo lo haré, ni más ni menos.

Lucindo.

Eres una mujer vil.

Camila.

Tú eres un hombre ligero.

Lucindo.

Tú, fregona.

Camila.

Tú, lacayo.

Lucindo.

Tú, sisas.

Camila.

De ti lo aprendo.

Lucindo.

Tú eres una ingrata fiera.

Camila.

Tú eres un ingrato fiero.

Lucindo.

Yo te vi abrazar mi amo.

Camila.

¿Y qué tenemos con eso?

Lucindo.

Nada, pero tú verás

que en público te desmiento.

Camila.

¿Pues, Lucrino, acaso en ti

es eso ahora de nuevo?

Lucindo.

No me hables, que no he de verte

más.

Camila.

Hasta que nos casemos.

Tocan cajas y clarines, y salen Ozmín, Caines, Celina y soldados.

Ozmir.

El aire rompan las trompetas puras,

pues miramos el muro

de la Gran Meca, casa religiosa

de mi progenitor, ya indecorosa

con los insultos y barbaridades

que en tan largas edades

el turco ha cometido,

habiéndolo mis rabias permitido.

Nadie, si es justo o es injusto, arguya,

pues esta mi venganza es también la suya;

pues de los fingimientos

de esos cobardes, torpes, desatentos,

que con hipocresía

vuelven la religión en tiranía,

Pag. 31

Ozmir.

y como hambrientos lobos

se sustentan de vidas y de robos

no hagan alto mis gentes

prosigan en sus marchas, y vehementes

embistan a las puertas

que su valor las ha de hallar abiertas

y si no se rinden luego

perezca en ríos de sangre y voraz fuego

Eriner.

Ya aún más veloces por tener su gracia

(invicto siempre emperador del Asia)

poniendo los peligros en olvido

hacen gala de lo que es más atrevido

Eriner.

Ocupando van toda la campaña

Ozmir.

Tiemble el mundo a mi saña

pues aunque fuese mi fortuna adversa

buenas espaldas tengo con el Persa

que a Babilonia bajan sus rigores

hollando frutos y talando flores

Eriner.

Cómo adversa ser puede la fortuna

en ocasión ninguna

si cuando fuera fácil que venciera

esa canalla fiera

más cruel, más ardiente

no te faltará de refuerzo gente

que el mejor consejero

para la guerra, Ozmir, es el dinero

y tanto has adquirido

tanto has distribuido

que los erarios más tener no pueden

tus vasallos te exceden

cómo es posible (si en riquezas fía)

acabarse su grande monarquía

Tocan

Eriner.

Tus valientes soldados

a la vista de Meca están parados

Ozmir.

Qué es eso?

Salen Aureliana, Heliodora, Camila y Lucina

Aureliano.

Es el Alifa que de el muro

pidiendo está seguro

para venir a hablarte

de parte del sultán y de su parte

Hacen señas de paz

Ozmir.

Respóndele de paz, que ver intento

qué pretende

Eriner.

Aureliana, ya el tormento

es a mi fe bastante

no se acredita amor cuando es constante

si no en desconfianzas

a Heliodora

Aureliano.

No he querido

decir quién eres, pues inadvertido

el Príncipe ha juzgado

que serás de mi tercio algún soldado

Eriner.

Procurar tu disculpa

Criner es hacer mayor mi culpa

Heliodora.

Obedecer me toca

Lucindo.

Camila, calla

Camila.

Ahora, santo en boca

Eriner.

Ya llega

Sale el Alifa

Pag. 32

Selim Amet.

De tus brazos

los deseados lazos

me coronen, oh, príncipe de Arabia.

Ozmir.

A la primer razón tu aliento agravia.

Emperador del Asia soy.

Selim Amet.

¿Y te atreves

a quitar al sultán lo que le debes?

Ozmir.

¿A qué, pues, a qué veniste? Y no me arguyas

que estas tierras son mías y no suyas.

Eriner.

Y mi felicidad solo es adorarte.

Aureliano.

Muda el traje, y aguárdame en la parte

que he dicho.

Heliodora.

Ven, Camila.

Camila.

No nos vea

este perro de mala y vil jalea.

Ozmir.

No dices.

Selim Amet.

Oye atento,

que por el Gran Señor te habla mi aliento,

planeta del Oriente,

insigne emperador omnipotente,

de la una y otra Ingria,

de Tracia, de Podolia y Trauría,

del inmenso archipiélago de Epiro,

Soldán de Egipto, Rey de Persia y Tiro,

y desde donde Éufrates orgulloso

nace, hasta donde indómito,

derriba su corriente

en el Pérsico golfo tan vehemente

que a su ímpetu cesó el proceloso,

estremeciendo a un tiempo olas y viento

(no sin temor) parece

que crece el mar o que sus ondas mece,

el Gran Señor que al mundo da las leyes,

el señor de señores, Rey de reyes,

quien dignamente toma

el apellido de hijo de Mahoma,

dice, que como tan inadvertido

su tierra has destruido,

que qué pudo obligarte,

que vuelvas a Yemen, yo de su parte

satisfaré tu agravio, si le tienes,

pero si no convienes

en esto, y das un paso

a mis castigos...

Ozmir.

De furor me abraso.

Selim Amet.

El rigor probarás, mira que halla

ahora tu discurso.

Ozmir.

Calla, calla,

que juro a Alá, me holgara

que el sultán con su ejército se hallara

en esa ciudad noble, cuya ruina

mi fama ensalzara hasta ser divina,

para ver si quien tiene esos estados

a rendir bastaba a mis soldados;

quisiera Alá, que de tu propuesta

enviarle pudieses la respuesta,

más tú eres el que en nombre suyo vienes

y responderte a ti solo conviene,

dile que Ozmín, emperador valiente,

Pag. 33

Ozmir.

de el Asia no consiente

que su embajada tenga más respuesta

por indigna de el.

Selim Amet.

que os

Vase.

Voces.

que esta.

Lucindo.

como así has ultrajado

al que hasta el cielo mismo ha respetado,

contra su atencion loca.

Vase.

Eriner.

eso a liza no os toca,

no hableis mal de persona tan sagrada,

pues lleváis la respuesta a la embajada.

Selim Amet.

oh valiente Mahoma,

despierta cruel y toma

de todos la venganza.

Vanse.

Eriner.

bolveos luego,

pues Meca a sangre y fuego

se ha de entrar al instante,

aunque fueran sus muros de diamante.

Selim Amet.

oh viles! oh cobardes! fementidos!

que esto oigan mis oidos?

como abando estos en tal estado?

donde está de los cielos el cuidado?

Lucindo.

no hagais exclamaciones,

que no conmueven a los corazones;

la vida damos oi a seis mil perros,

que estos hombres por yerros

así se vengan de los que abrazaron

el Profeta que ciegos idolatraron.

Selim Amet.

que me aflija mi pena,

por tan ludibrios modos.

Vanse.

Aureliano.

venid a obedecer el orden todos.

solo.

Vase.

Selim Amet.

como consienten

tus iras que me afrenten

estos soeces villanos,

adonde estan tus manos?

como así tratas a los que han servido

en tu templo, si estás también dormido?

despierta a mis lamentos,

confusión grave de los elementos,

contra aqueste injusto pecho

defiende el hueso de Mahoma en Meca.

Salen Heliodora y Camila en el primer trage.

Camila.

en fin, señora, este traje

como el más propio contenta,

que vestida de hombre ya

parezco como una dueña.

Heliodora.

mucho se tarda Aureliano,

pues me dijo que en la tienda

de Eliana aguarde, que el

después estaria con ella

dandola de mis lloros

infortunios larga cuenta.

Camila.

si él no es muy buen contador,

no acabara tan apriesa,

cuenta y carga bastara

a romperle la cabeza.

Salen Eliana, sus damas y Aureliano.

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Heliodora.

es que no los agradezca.

Pues cuando agradece uno,

los demás perder pudiera.

Aureliano.

También me ha dado, emir, orden

para que de vuestra tienda

salgáis, y en la retaguardia

os pongáis, puesto que intenta

que a un tiempo gocen del triunfo

todas tres personas regias.

Eriner.

También yo le ejecutara

ese orden sin que él le diera,

pues de permitir no había

que estando él en la pelea,

por si su socorro importa,

en mi tienda me estuviera.

Tiros.

Aureliano.

Ya de alguna artillería

(que en aquel revellín era

para ciudad tan insigne

más destrucción que defensa)

los ardientes rayos salen,

que cuanto más peso llevan,

por el ámbito del aire

es mayor su ligereza.

Voces.

¡El emperador del Asiria,

viva!

Voces.

¡Viva la Gran Meca!

Aureliano.

Y arrimando los soldados

escalas al muro, intentan

ser trofeos de la parca.

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Aureliano.

porque no les amedrenta

ver que los que ya subían

hechos mil pedazos vuelvan

a bajar.

Voces.

¡Al arma, al arma!

Dentro.

Elicina.

Ea, valientes turcos, ¡guerra!

Aureliano.

Mas nos acerquemos, que

seguro el campo nos queda.

Camila.

Que no hagan cabo de mí

es lo que el juicio me quiebra.

Voces.

Vamos, Aureliano.

Vanse.

Voces.

¡Arma!

Voces.

¡Viva Arabia! ¡Guerra, guerra!

Al muro el Alifa y soldados, y salen por abajo Ozmir, Criner, Lucino y soldados que suben, y bajan escalas, defendiéndose el Alifa, cayendo unos y subiendo otros.

Ozmir.

Escalad por esta parte

el muro, pues su defensa

es aquí menos.

Selim Amet.

¿Aquí?

Es la mayor resistencia,

pues está aquí mi furioso

valor para defenderla.

Suben.

Lucindo.

Con eso un carcaje más

tiene la muralla.

Ozmir.

Ea,

valientes árabes, hijos

del rubicundo planeta,

os concede a vuestra fama

Alá su venganza.

Voces.

¡Guerra!

Saca bandera blanca.

Selim Amet.

¡Ay infelice de mí!

Oh, si la vista mintiera,

que ya por aquella parte

miro sobre esa soberbia

muralla, de los árabes

coronar. ¡Oh, si pudiera

estorbar con ruegos lo que

no pude con mis defensas!

Eriner.

El Alifa hace del muro

para pedirte paz señas.

Ozmir.

Ya no concedo la paz;

nadie, árabes, se detenga,

que después de mis agravios

no tengo de concederla.

Acaban de subir los árabes, Lucino entre ellos, y vanse los turcos de las murallas.

Selim Amet.

¡Oh Mahoma! ¡Oh Alá santo!

¿Qué esto tu poder consienta?

Lucindo.

Pues que a entrambos se le dé

de que el diablo se entretenga

contigo. Meca, soldados,

por Ozmir.

Dentro.

Voces.

¡Al arma, guerra!

Eriner.

Ya los muros se coronan,

noble Ozmir, de tus banderas

y animosos los soldados

abren, por que entres, la puerta.

Ozmir.

Vamos, y abra el Gran Señor

Pag. 36

Ozmir.

a quien bárbaros respetan.

Preso quede conmigo

de palabra, y de afrenta.

Voces.

El emperador del Persia

viva.

Descúbrese el templo, y salen el Califa, Husain y Selín.

Selim Amet.

¡Ay de mí! Cuán funestas

aquestas alegres voces

a mi corazón le suenan!

Husain.

Ya los soldados de Omir

discurriendo por las bellas

calles de la ciudad, roban,

hieren, matan, cuanto encuentran.

Selim Amet.

Veneno el mal irresistible

es este, morir quisiera.

¿Pues no hay hora para mí,

a los filos de mi pena?

Voces.

¡Piedad, piedad!

Selim Amet.

Y aún más siento

cómo el pueblo se lamenta

pidiendo piedad, y que

la crueldad no la conceda.

¡Oh infeliz ciudad! ¡Oh breve

príncipe, y desdichas nuestras!

Selín.

Nada remedias con esto,

antes a la contingencia

te expones de que te acabe

ya el dolor, o ya la afrenta.

Selín.

Y si al fin he de costoso

amparo este templo queda,

que dará a profanidades

su augusta religión puerta.

Selim Amet.

¡Oh si del azul zafiro

una mal fijada estrella

sobre Meca en este punto

infaustamente cayera,

consumiendo sus horrores

al que permite la tierra,

que a las estrellas les toca

vengar del cielo la ofensa!

¡Oh si de preñada nube

que al orbe confusión presta,

cuando amenaza rigores

su lóbrega color negra,

desatados varios rayos

del bellísimo planeta

ejecutando, siendo piadosos conmigo,

la muerte me permitieran!

¡Oh si Alá, que rige toda

la siempre máquina excelsa

de los orbes, desquiciando

de los polos la firmeza,

el mundo hoy a su justicia

oprimido pereciera!

Voces.

¡Viva Omir! ¡Viva Cliana!

Husain.

Al templo parece llegan.

Omir, y el rey de Fartach

Pag. 37

que le sigue en esta empresa.

Pelean todos.

Osman.

Todos entrad en la Casa

del adorado Profeta,

saquead su capilla

donde veneran

sus reliquias.

Descúbrese la capilla de la propia suerte que Juan.

Selim Amet.

¡Qué he escuchado!

¡Aquí de todas mis penas!

Voces.

Entraremos.

Van a entrar y detiénelos el califa.

Selim Amet.

Detened

tanta bárbara fiereza,

y ya que de la profana

cosas habéis (en ofensa

del mundo) hecho os dueños, no

queráis también serlo de estas.

Osman.

¿Qué es esto?

Selim Amet.

El más infeliz

de todos, el que antes era

religioso califa de

la grande Casa de Meca.

Osman.

¿Qué quiere?

Selim Amet.

Omar valiente,

cielos, pues no hay más defensa,

probar quiero si le obligan

mis tristes lágrimas tiernas.

Osman.

Prosigue, ¿qué pides?

Selim Amet.

Que

no profane tu indecencia

de tan sagrados lugares

la debida reverencia.

Quédase su antigüedad

que seis mil años se cuentan

lunares y más, pues cuando

Adán, Padre de la excelsa

admirada, prodigiosa

humana naturaleza,

fue echado del Paraíso,

edificó su mano esta

Casa donde vivió siempre

por causa de sus miserias,

señalándole Dios el sitio

donde la oración subiera

con más reverentes cultos,

aceptación soberana

de Alá, hasta que Abrahán

vivió religiosa en ella;

y donde con sacrificios

de amarga mirra y cruenta

sangre, pobló de humo el aire

regando el carmín la tierra.

Hasta que vino enviado

de Alá, nuestro Gran Profeta

el cual, quitando supremos

los sacrificios, se empeña

en volverla a su ser heroico

Casa de Oración como era.

Quédase el ser las lucientes

antorchas que la hermosean

símbolo de que es el alma

Pag. 38

Selim Amet.

que anima a todos eterna,

duélate el ver a Medina

Talnabí en estragos vuelta,

sus fieles alatos, Maucanas,

y religiosos, con fieras

muertes, que de su mandato

ejecutó la obediencia.

Duélate el ver cómo tristes

Mausolemones se quejan,

a quien venera por santos

la redondez de la tierra.

Sus peregrinaciones

merecen la reverencia

que les dan, pues luego que

visitan en la gran Meca

la casa de Mahoma, y van

a Jerusalén, tan recta

es su verdad, que no pueden

mentir aunque ellos quisieran.

Duélate el ver que no es fácil

el que falte la promesa

que en el libro de las flores

hace nuestro gran profeta

en donde colma de bienes

los donceles que en Meca

adoran su santa casa

con respeto y reverencia,

así conmigo la hará

y contigo si no intentas

Aureliano.

mira si por poder dejar los

inhumanos cristianos

entonces hubo medio

que pudieras tomar, ya no hay remedio

pues su respuesta a Oymir tanto ha irritado

que está Assem empeñado

en no dejar en Meca cosa alguna

que no llore su próspera fortuna.

Osman.

Oh, cristiana atrevida,

tú me desprecias.

Aureliano.

No desprecio, ha sido,

pero es dejarte de mentira ajena.

La novedad que el rey de Polonia

que San Antonio el día

dio a los turcos ruina en Hungría.

Pag. 39

Aureliano.

violar el santo sagrario,

la inmunidad que se observa.

Quédate aquella arca augusta

que en el aire se sustenta,

no leve pluma que el viento

ligeramente atraviesa,

si no es un sólido acero

en quien brilla la belleza

de diamante, siendo el grande

milagro que no se mueva.

Quédate mi encanecida

edad, que tanto respeta

el esclavo como el libre

sin que ninguno se atreva

a proponer en mi agravio

el menor rasgo de ofensa.

Y cuando de tanto asuste

de Zelita, Ozmir, no te duelas,

quédate...

Ozmir.

¿Qué ha de dolerme?

No pronuncies, cesa, cesa,

que cuanto la ensalzas más

mi soberanía desprecias.

Ea, soldados, recoged

el oro, la plata y perlas

que hallaréis en todo el templo.

Voces.

Luego lo que Ozmir ordena

hagamos.

Selim Amet.

¡Ah, vil fortuna!

Pag. 40

Entran los soldados, y Jucaino, y poco a poco se va quitando la luz de la capilla hasta que se cierre

Osman.

Y te obligo a que veas

que aún en esto no hay delito,

será preciso que sepas

que el robar no lo es, supuesto

que Dios crió las haciendas

para todos, y no quiere

estén siempre en una misma

persona, sino que pasen

a otros dueños, pues si fuera

de otra suerte, no comunes

serían, sino de aquella

familia que las tuviese;

esto mis reinos observan,

porque así lo deja escrito

en el Corán el Profeta,

libro donde en treinta partes

se dividen sus sentencias.

Selim Amet.

Oh bárbaro, oh inclemente

de aleve naturaleza,

hijo de torpes sobornos,

casta vil y cruel, que intentas

Cúbrese la capilla

Osman.

¿Cómo contra mí respeto

pronuncias tales afrentas?

Lucindo.

Sí vemos, traidor, que siendo

también de religión nuestra,

ultrajas la casa sagrada

de nuestro heroico Profeta.

Selín.

Sí vemos que tu tirana

condición de horrores llena

tales villanías.

Osman.

Soldados,

llevadlos, y de la almena

más alta los colgad luego,

para que todos adviertan

que aunque yo fuera tirano,

como sus voces expresan,

no se han de decir al rey

verdades tan descubiertas,

ni he de permitir que pase

por verdad la desvergüenza:

llevadlos.

Selim Amet.

Advierte que

por siempre maldito quedas

si haces sin tener razón

que tus soldados me prendan.

Osman.

Llevadlos.

Lucindo.

¡Justo favor!

Selín.

¡Pena infiel!

Selim Amet.

¡Cruel sentencia!

Osman.

¿Qué si esperáis a que revoque

lo que he dicho y vana empresa?

Soldado.

Venid.

Selim Amet.

Seguidme, constantes,

que desde la luz primera

que dimos, Alá nos dio

de la vida la sentencia.

Pag. 41

Selim Amet.

A esse malvado solo hace

declararnos lo que era

Mahoma nos salvará

llevar lo

Camila.

sí, cuando allá se convierta

el día del Juicio,

de las cuatro o cinco y media

que ahan acabado todos

de dar las fatales quentas

en Carneros serán todos

pulgas de su caballero

Salen Guerin. Y soldados

Voces.

Ya señor queda saqueada

Ciudad, y Casa de Meca

de lo cual a ti te tocan

Veinte millones en Perlas

en oro y plata los once

Y en legítima moneda

de sultaninos te tocan

Nuebe.

Ozmir.

Pues mi Campo vuelva

a Yemen mi Corte donde

descansar mi furia intenta

Gozando de los trofeos

Adquiridos por mi diestra

que Hasta aquí pudo llegar

de mi fama la soberbia

Pues sanadas estas Plagas

y difícil que se atrevan

a Correr mis Campos essos

que tan castigados quedan

Aureliano.

Con que te aclamará el mundo

temiendo su fortaleza

Legítimo emperador

de la Felice, y Petrea

Y desierta Arabia

Eriner.

ahora

es forzoso que Concedas

que sea Clicina mi esposa

Y que las demas conveniencias

Ya después se ajustarán

Ozmir.

Como

Negar Puedo esa Promesa.

dale Clicina la mano

Dándole las manos

Eriner.

dichosa soi

Eriner.

quien Creyera

que tan veloz la fortuna

Felicidades trajera

Aureliano.

antes que partas señor

que te oiga una fineza

que fía a la Pluma, por quien

Se han servido mis finezas

Ozmir.

Cristiano de tu lealtad

Satisfecho estoy y Crea

mi hermano he de darla Puesto

Porque No dudo que desee

Te premie, Y también la mano

Ceda. Y tú en la mía queda

aureliano que a mi queda

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Ozmir.

el conmutar a mercedes,

mayores su pobre aldea.

Voces.

Ya acabaron mis desdichas.

Aureliano.

Aquí acabaron mis penas.

Lucindo.

Y yo, señor, ¿no he servido

también en aquesta guerra?

Pues que vuestra merced a mí no me das

alguna cosa, que es fuerza

que digan estos señores

que no premiarme es miseria.

Osman.

Dos mil sultaninos paguen

los servicios que te debo.

Lucindo.

Pues, Camila, de aquesta mano,

o venga o no venga, venga.

Camila.

Vaya; pero ten cuidado

de que no te ensoberbezcas.

Osman.

El campo marche a Yemen.

Lucindo.

Dando fin a la comedia,

cuyo verdadero caso

las relaciones modernas

cuentan, y por tal se cree

el saco de la Gran Casa de Meca.