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Texto digital de El nacimiento (égloga)

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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El nacimiento (égloga). BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/el-nacimiento-egloga.

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EL NACIMIENTO (ÉGLOGA)

Pag. 0001

Página izquierda en blanco.

Égloga del nacimiento. Interlocutores: Fe, Esperanza, Confidencio, Licio, Tirreno, Luciolo, Faústulo, Cándido.

14.

Fe.

De la mayor quietud que había gozado

ni esperaba gozar este anchuroso

orbe, desde aquel punto en que formado

quedó por el artífice glorioso,

estaba un pastoril bando cercado,

gozando el nuevo bien de su reposo,

pasando en regocijo, juego y fiesta

la fría noche y destemplada siesta.

Cuando un solo pastor, en cuyo pecho

estaba de dolor un colmo lleno,

en lágrimas de amor todo deshecho,

pasaba un grave mal dentro en su seno;

lloraba con dolor no sin provecho

el antiguo pastor grave Tirreno.

Pag. 0002

Fe.

que al fin no hay mal tan grande que no pase

y su rigor con fin dichoso tase.

Lo que a aqueste pastor en el contento

de los otros pastores afligía

era ver que su mal en más aumento

para su mayor pena se extendía;

y no hallando otro medio en su contento,

dos fuentes avenidas despedía

del triste corazón que por los ojos

daba de su congoja los despojos.

Lloraba por los males que pasaba

su rebañuelo tierno y afligido,

y porque un mayoral mucho tardaba,

siendo ya el plazo de venir cumplido;

este era en cuyas fuerzas confiaba

de ver muy mejorado su partido,

que por aqueste fin al triste suelo

prometió darlo el estrellado cielo.

Solo para el alivio de su pena

le acompañó sin admitir mudanza

una divina ninfa, ayuda buena

contra cualquier cruel desconfianza;

es esta que empezó en tan buena estrena

a animar a Tirreno en su esperanza,

divino norte inmoble, guía cierta,

que en saber acertar continuo acierta.

Desta supo el pastor dejar guiarse,

y ella que solamente procuraba

que el afligido pecho descansase,

gozando del que tanto deseaba,

siempre le fue animando a que esperase;

hízolo ansí y halló lo que intentaba,

que aunque a veces el cielo en dar se tarda,

jamás supo faltar a quien le aguarda.

Lo que en aquesta sombra está ascondido,

quién fue el triste Tirreno misterioso,

quién el pastor divino prometido,

qué el bien que causó al mundo deseoso,

fácilmente podrá ser entendido

de cualquier pecho grato y amoroso,

de aquel pastor divino que este día,

naciendo, trajo al mundo el alegría.

Solo os pido que en cuanto el nuevo hecho

vieredes disfrazado entre pastores,

pinte vuestra memoria dentro el pecho

lo que supo hacer Dios por amores;

y cuando en un portal pobre y deshecho

vieredes al Dios niño entre dolores,

15.

Pag. 0003

Fe.

ved si fue cara culpa en cuya paga

quiere Amor que su Dios tal baja haga.

16.

Cena primera.

Confidencio y Licio.

Confidencio.

Si con tiempo tan dichoso,

Licio amigo, mi ganado

no queda muy aumentado,

grueso, lucido y hermoso,

no creo terná jamás

en este valle y frescura

otro tiempo y coyuntura

para poder medrar más.

Que ver cuán manso y afable

ha entrado este invierno hogaño

me da prendas de que el año

nos ha de ser favorable.

Pues que parece imposible

que el año sea desgraciado,

cuyo invierno ha comenzado

con rostro tan apacible.

Licio.

Será ansí sin duda alguna,

pues la experiencia nos muestra

que el buen invierno es la muestra

de nuestra buena fortuna.

Si entra el invierno amoroso,

apacible es el verano,

y si el invierno inhumano,

entra el verano enfadoso.

Confidencio.

Mil veces oigo contar

a los viejos mayorales

de los desastres y males

que al ganado suelen dar,

y he visto que la ocasión

dellos dicen haber sido

el invierno mal sufrido

de su mal y perdición.

Licio.

Si cuando el tierno cordero

sale a luz del hatillo ,

es recebido el chiquillo

del tiempo con rostro austero,

es cosa cierta, pastor,

que de esa mala acogida

nace el daño que en la vida

se siente cuando es mayor.

Confidencio.

No hay por qué gastar, si hay seso,

Pag. 0004

Confidencio.

tiempo en esto, pues sabemos

que el bien o mal que tenemos

toma principio en agüero.

Si vemos nuestros parrales

sin lustre y hoja perdidos,

los frutales destruidos,

el hielo causa esos males.

Licio.

Mira si puedes sin pena

el mal que antaño pasamos,

del cual agüero tomamos

por su desdichada estrena,

y verás, si no estás ciego,

que invierno da o quita el fruto

que el verano por tributo

se adjudica de su riego.

Confidencio.

Que no hay duda, Licio amigo,

del dichoso fin deste año;

yo te aseguro del daño,

toma el tiempo por testigo,

en él podrás mejorar

tu cabaña y tu pellico

con el rico multiplico

que tu ganado ha de dar.

Licio.

Oh zagal, si aquesto fuese,

qué grande gloria sería

ver que nuestra pastoría

siquiera un año creciese.

Volviérame en regocijo

mi trabajo y descontento,

si viese que iba en aumento

mi cabañuela y cortijo.

Porque aunque cuesta sudor

andar continuo sobre ello,

y a hojallo y defendello

de cualquier lobo traidor,

es gloria el trabajo, hermano,

cuando por su paga deja

el multiplico en la oveja

de tierno hijuelo temprano.

Confidencio.

Suelo ponerme a mirar

con gusto en los corderillos

cómo brincan los bobillos

luego en soltándose a andar.

Y cuando me pongo atento

a verles de mis cabañas

hacer sus juegos de cañas,

doblan mi gusto y contento.

Es placer verles salir

todos hechos una muela,

17.

Pag. 0005

Confidencio.

a vistas de mi chozuela,

como que quieren reñir.

Y en poniéndose en el llano

que mis dos pratillos hacen,

la muela al punto deshacen

con un alarde lozano.

Unos de hacia la fresnera

y otros en su contra puestos,

salen dejando sus puestos

para pasar la carrera.

Y en llegando los chiquillos

a mezclarse, vuelven luego

para proseguir su juego

a hacer sus escuadroncillos.

Mas si acaso a algún zagal

aciertan a ver, medrosos,

entonces más presurosos

huyen por huir su mal.

Deshace luego su muela

el rebañuelo afligido,

que por llegar presto al nido

deja de correr y vuela.

Licio.

Es cierto, amigo, gran fiesta

ver entre los arbolcetes

esas fiestas y juguetes,

mientras se pasa la siesta.

De mí te sabré afirmar

que si brinca un corderejo,

arrojo la barra o tejo

por ponérmele a mirar.

Confidencio.

Y aun por eso estás tan rico,

sin que por ti pase enojo,

porque allí se te va el ojo

ado brinca el corderico.

Pues como dice el refrán,

tan sabido en esta tierra,

más vale que fértil tierra

un cuidoso rabadán.

Burla es pensar que ha de haber

buen suceso si el cuidado

no vela sobre el ganado

para que pase a placer.

Del pastor es el buscar

el lugar fértil y ameno,

donde sin dañar lo ajeno

su manada pueda andar.

Y despedirse del gusto

que dará el nuevo aumento,

18.

Pag. 0006

Confidencio.

quien huye por su contento

de la hojar el disgusto.

Que a quien rehúye el trabajo,

bien es que le niegue el cielo

el fruto que en este suelo

da el trabajo, que es gasajo.

Licio.

Oh, cuánto holgara te oyesen

algunos mozos lozanos

que viven en nuestros llanos,

y oyéndote te entendiesen.

Que a buen seguro mudara

su rebañuelo el mal pelo,

y sin que mudasen celo,

otro gallo les cantara.

Porque es risa y desvarío

ver que mudan de lugares,

si hoy duermen en los pinares,

mañana orillas del río.

Que escojan buenos ejidos,

no hay acabarlo con ellos,

y ansí es lástima de vellos

pobres, tristes y corridos.

Confidencio.

No es posible que haya seso

en quien tales cosas hizo,

si no es pastor que le aplace

su desdicha y mal suceso.

Ni creas que en estos prados

ni en nuestra campaña viva

pastores de quien reciban

tan mal trato sus ganados.

Licio.

¿Quieres que diga quién son?

Confidencio.

No, no, bástales su mal,

que quien ellos son, zagal,

bien me lo da el corazón.

Que, Licio, si paras mientes,

aunque comienza con gusto,

nunca acaban sin disgusto

este murmurar de ausentes.

Para ti el mejor camino

es que deseches cuidoso

de ti lo que muy celoso

condenas en tu vecino.

Si el descuido no te agrada,

echa de ti la pereza,

y abraza la fortaleza,

si su inconstancia te enfada.

Gocen ellos los despojos

de su descuido, pastor,

19.

Pag. 0007

Confidencio.

que al fin, si es grande el dolor,

él basta a abrirles los ojos.

Y nosotros, pues ha entrado

el tiempo tan amoroso,

abracemos el reposo

sin cuidar de su cuidado.

Juguemos, si te parece,

en medio de la floresta,

allí detrás de la cuesta,

que de Febo nos guarece.

Que pues agora se está

nuestro ganado a contento,

es bien que pues da el contento

el cielo, el serrano vea.

Licio.

Holgara hacerlo, pastor,

cierto, si dejar pudiera

de llegarme a la ribera

antes que caiga el calor.

Para coger, cerceando,

a Fineo el zagalico

con quien troqué mi pellico,

estándome ayer burlando.

Pero volveré, si quieres,

a buscarte a tu cabaña

o a aquesta misma montaña,

o en el puesto que eligieres.

Y llamaré otros zagales

de los que ya conocemos,

para que mejor hacemos

danzas y otros juegos tales.

Confidencio.

Pues tú quieres, ansí sea.

El puesto que determino

es el pradillo del pino

que está a vistas del aldea.

Y mira que a más tardar

para anochecer te espero,

date priesa, compañero,

no me hagas esperar.

Licio.

No hay que poner duda alguna,

porque estará más vistosa,

pues hoy su rostro hermoso

acaba de henchir la luna.

Y ansí, amigo, lo que resta

es que hagas de tal arte

que no deje por tu parte

de hacerse nuestra fiesta.

Pierde cuidado, que al punto

20.

Pag. 0008

Licio.

señalado volveré.

Confidencio.

Ve, pues que yo aguardaré,

teniendo el rebaño junto.

Coro.

El nuevo gozo y consuelo

que hoy vuestra pena destierra

no es, pastores, de la tierra,

aunque ha nacido en el suelo.

Ver que fortuna inhumana

tan mansa se haya mostrado

muestra que haberse mudado

fue por causa más que humana.

Porque el súbito consuelo

que vuestro dolor destierra

no pudo nacer de tierra

ni ser causado del suelo.

Su inestimable riqueza

de principio eterno es muestra,

y en su grandeza nos muestra

de su causa la grandeza.

No es, no, pastores del suelo,

bien que tanto bien encierra;

Dios es que nace en la tierra

por hacer la tierra cielo.

Cena segunda.

Tirreno. Esperanza.

Tirreno.

Hasta cuándo ha de estar, cielo, cerrada

la puerta a mi descanso; hasta cuándo

ha de estar contra mí tu mano airada.

Si no es darte el tormento y pena en grado

para ablandar tu saña rigurosa,

ni atender que es morir vivir penando,

rompa la débil vida enmarañosa

el hilo de tu espada cortadora,

mostrándome en aquesto ser piadosa.

Que vida donde tanta pena mora

tiene de vida solamente el nombre

y efectos de ponzoña matadora.

Soy flaco y débil, porque al fin soy hombre,

do quisiste cifrar lo que es flaqueza,

sujeto a cualquier todo que me asombre.

No basta mi mudable fortaleza

a sujetar las fieras robadoras,

do puso su morada la fiereza.

Entran en mis ganados roedoras,

21.

Pag. 0009

Tirreno.

y llevan sin que hallen resistencia

las simples ovejuelas baladoras.

Mil veces he implorado tu clemencia,

después que de tus términos mi padre

me dejó desterrado por su herencia.

Mil veces, cual hijuelo a blanda madre,

bañando mis mejillas, te he pedido

des fin al mal que comenzó en mi padre.

Y aunque es verdad que ya me has prometido

y dado tu palabra de ayudarme,

dando un nuevo pastor a aqueste ejido,

cuya solicitud baste a librarme

de la que me atormenta dentro el pecho,

y cuya fuerza baste a asegurarme,

pero considerando el largo trecho

que tardas en cumplir lo que deseo,

mis dos ojos dos fuentes se me han hecho.

Y fuérame dichoso y rico empleo,

si bastase el caudal que dellos mana

para poder traerte a mi deseo.

Salid, salid, pues de tan buena gana,

lágrimas, os doy franca la salida,

por entender que no me saldrá vana.

Pues si perseverare endurecida

esa vistosa máquina y altura,

sin querer remediar mi triste vida,

servirá de remate y sepultura

ese raudal furioso y avenida,

do quedará anegada mi ventura.

Esperanza.

Cesa, pastor, de llorar,

no des libre rienda al llanto.

Tirreno.

No la doy tan libre cuanto

quisiera poderla dar.

Esperanza.

¿Cómo es eso? ¿Por ventura

hallas en el llanto gusto?

Tirreno.

Hallo para mi disgusto

en su amargada dulzura.

Esperanza.

Pastor, pues si de llorar

ha de nacer tu contento,

22.

Pag. 0010

Esperanza.

vete en el llorar con tiento,

porque pueda más durar.

Porque parece locura

agotar en un momento

la fuente de tu contento

y el pozo de tu ventura.

Pero ¿qué mudanza ha sido

la que tanto te ha mudado?

¿Qué suceso desastrado

a tu ganado ha venido?

Tirreno.

No es en mí nueva la pena,

fruto propio de mi mal;

un envejecido mal

es el que me aflige y pena.

Siento el lamentable daño

que mi ganado padece

del cruel lobo que empece

en lo mejor del rebaño.

Y verme sin un pastor

que el cielo me ha prometido,

siendo ya el plazo cumplido,

hace mi dolor mayor.

Esperanza.

Antes aquesto, pastor,

te debe causar contento

que acrecentar tu tormento

y ese importuno dolor.

Que pues el tiempo ha llegado

de aquesa promesa cierto,

ya debe estar a la puerta

ese pastor deseado.

Ya debe estar en el suelo

ese que tanto deseas,

porque no es razón que creas

que te ha de faltar el cielo.

Tirreno.

Son, mi Confidencio, tales

los desafueros que he hecho

contra el cielo y a despecho

de todos los celestiales,

que temo con gran razón

no quieran, pues yo he querido,

dejarme do me he metido,

en pago de mi traición.

Esperanza.

Aunque es, amigo, verdad

lo que dices, ten por cierto,

Al margen: Y oí el mayor dolor .

23.

Pag. 0011

Esperanza.

que no faltará el concierto

del cielo ni su lealtad.

Pues teniendo él conocido

lo que era tu desventura,

prometió darte la cura

que reparase tu vida.

Y no hay razón de dudar

que porque crezca tu daño

se te muestre el cielo extraño,

dejándote sin curar.

Deja esa pena enfadosa,

que ya tu bien está cerca,

pues el plazo se te acerca

de la promesa gustosa.

Y pues ha tanto que esperas,

espera, pues falta poco,

porque te ternán por loco

si por poco desesperas.

Tirreno.

Tanto se ha hecho mayor

el colmo de mis dolores,

estas ansias y temores,

cuanto es el plazo menor.

Esperanza.

Dime, ¿nunca has advertido

aquel crecer y aumentarse,

cuando ya quiere soltarse

el fuego de do está asido?

Pues entiende que a ese modo

pasa en tu pecho, pastor,

do el aumento del dolor

muestra que se va del todo.

Tirreno.

Dichosa pena sería

la que sufro si sirviese

su aumento de que se fuese

y creciese mi alegría.

Pero tengo gran recelo

que con pena tan crecida

antes me falte la vida

que me dé remedio el cielo.

Esperanza.

Seguro puedes estar,

yo te aseguro el vivir,

si hay pecho para sufrir

y esfuerzo para esperar.

24.

Pag. 0012

Esperanza.

Y tenga el cielo entendido

que entre dolores de muerte

has de estar inmoble y fuerte,

esperando al prometido.

Que si se tarda en llegar

este pastor a tu ejido,

solo es por ver si, afligido,

no te cansas de esperar.

Porque es maña que ha tenido

con cualquiera que ha tratado,

darle después de probado

lo que le había prometido.

Y alguno a punto ha llegado

de tener puesto a la muerte

su hijo, y el brazo fuerte

para degollarle alzado,

cuando por haber ya dado

de su fe muestra bastante,

fue en aquel terrible instante

del que esperas ayudado.

Tirreno.

Esme el cielo buen testigo

que aunque de veras procuro

huir del desmayo duro

como a cruel enemigo,

no puedo ya resistirle,

porque es tanta su insolencia

que toda mi resistencia

no es bastante a reprimirle.

Y ansí, ninfa celestial,

si no mandas otra cosa,

me entraré en la selva umbrosa,

do a solas llore mi mal.

Porque siquiera impedida

mi vista con su espesura

no pueda ver esa altura

de donde pende mi vida.

Porque me quita el contento

ver que estando yo lloroso

se esté el cielo desdeñoso,

burlando de mi tormento.

Esperanza.

Toma al cielo por testigo

del fin de tu desventura,

que do él prometió la cura

no hay mal que temer, amigo.

25.

Pag. 0013

Esperanza.

Y, Tirreno, a lo que entiendo,

antes que nos falte el día

se trocará en alegría

ese mal que estás sufriendo.

Que este es el tiempo y sazón

do prometió de ayudarte,

y a bien sumo levantarte,

según me da el corazón.

Yo iré sin tardanza alguna

en busca del que deseas,

y quiera el cielo que hoy veas

mudanza en el tu fortuna.

Coro.

Dichosa puede llamarse

tal tristeza en tal pastor,

que al fin podrá su dolor

en paz eterna trocarse.

Si en crecida pena espera,

es sumo el bien que le aguarda,

y no faltará, aunque tarda,

su amado, si él persevera.

Ved, pues, si puede llamarse

desgraciado este pastor,

cuyo cuidado y dolor

en bien sumo ha de trocarse.

Viendo que a sus graves daños

el que aguarda ha de acabar,

mientras se tarda en llegar,

los días se le hacen años.

Mas presto vendrá a trocarse

tal cuidado en bien mayor,

y su enfadoso dolor

en paz eterna trocarse.

Cándido, Faústulo.

Tachado: Faústulo.

Cándido.

Faústulo, cómo tardas

en venir, como estaba concertado,

zagalejo, ¿qué aguardas?

¿En qué estás ocupado?

Respóndeme si estás en el collado.

Ah, Faústulo, ¿no vienes?

¡Faústulo! ¡Hao! No suena voz alguna.

Sal ya, ¿en qué te detienes?

Advierte que la luna

con su luz baña el soto y la laguna.

26.

Pag. 0014

Cándido.

Yo me tengo la culpa,

pues vine tan temprano, zagalejos,

aunque esto más te culpa,

pues destos bosques lejos

mi choza y cabañuela está más lejos.

Ay Dios, y qué espacioso

eres, Faústulo, ya estaba cansado

de ver que perezoso

te me habías mostrado

en acudir al puesto señalado.

Esperabas que el suelo,

viendo otra vez a Febo desterrase,

de la noche este velo,

y con él nos quitase

nuestra fiesta y en pena la mudase.

Faústulo.

¿Tan tarde te parece?

Pues apenas la noche ha desparcido

el licor que entorpece

los miembros y el sentido,

dando con él el sueño que es debido.

Todavía medrosas

se ocultan en sus cuevas retiradas

las aves quejosas,

y aún no están sosegadas

las fieras de los bosques mal domadas.

Cándido.

No trates de excusarte,

confiesa llanamente tu tibieza;

no basta descuidarte,

sino que con corteza

de cuidado me vendas tu pereza.

Faústulo.

Cierto que yo venía

contento, por pensar que era temprano,

y ansí me lo decía

Silvanejo, mi hermano,

y cuantos me encontraban por el llano.

Cándido.

Que son tan perezosos

los zagalejos que hay en tu montaña

cuanto son de briosos

y de viveza extraña

los muchachos, zagal, de mi cabaña.

Veces le ha acontecido,

teniendo ya entre todos concertado

ir por fiesta al florido,

27.

Pag. 0015

Cándido.

vallecete afamado

por donde pasa el río apresurado.

Para salir más presto

que sale el venturoso y claro día,

dormir alguno puesto

el pellico, y podría

mostrarte con el dedo quién lo hacía.

Pero dejando aquesto

aparte, ¿dónde están los ganaderos?

Mal cumplen lo que han puesto,

pues vienen los postreros,

habiendo de ser ellos los primeros.

Confidencio.

Mucho nos hemos tardado,

pues que ya Febo se ha ido

y en su lugar parecido

el rico velo estrellado.

Licio.

¿Ha mucho que estáis aquí?

Cándido.

Rato ha que estoy aguardando.

Licio.

Aguardando.

Faústulo.

Y murmurando,

también a ratos de ti.

Confidencio.

Pues no te he dado ocasión,

harto temprano he venido,

que apenas ha anochecido.

Cándido.

Digo que tienes razón.

Mira bien si se parece

la cara de Febo hermosa,

o si la luna graciosa,

llena, a tu vista se ofrece.

Y deso podrás sacar

contra ti mismo argumento,

tan eficaz, según siento,

que él te baste a condenar.

Faústulo.

Quien te vido no ha gran rato

decir que me aguardarías

y cerca de aquí tendrías

junta tu manada y hato,

y vee que eres el postrero

en venir, bien podía ver

que va de bien prometer

a bien cumplir, compañero.

Licio.

Créeme que bien temprano,

28.

Pag. 0016

Licio.

hubiera, zagal, venido,

pero he estado detenido

y el venir no fue en mi mano.

Porque encontré con Tirreno

luego que de mí partiste,

tan congojado y tan triste

y de tan gran dolor lleno,

que me hubo de ser forzoso,

por solo ver cuál estaba

y cuánto lo atormentaba

aquel dolor enfadoso,

detenerme a consolarle,

animándole a sufrir,

sin quererme del partir

hasta en su albergue dejarle.

Faústulo.

Pues ya, amigos, se ha trocado

esa congoja enfadosa

en una paz milagrosa

y en un contento colmado.

Porque cuando más su mal

se aumentaba en su tormento,

dio principio a su contento

una ninfa celestial,

dándole por nueva cierta,

cuando en mayor pena estaba,

que el rey por quien suspiraba

le tenía ya a la puerta.

Prometiendo de mostrarle

hoy tal bien en su dehesa,

y por cumplir tal promesa,

al punto salió a buscarle.

Confidencio.

A ser nueva cierta aquesta,

su tardanza a bien tendremos,

pues con tal nueva podremos

hacer mayor nuestra fiesta.

Aunque en suceso tan bueno

cualquier fiesta fuera poca,

que este bien a todos toca,

no menos que al buen Tirreno.

Cándido.

Lleguemos, pues, al bajar

de aquella cuesta arenosa,

que allí la ninfa graciosa

quedó de irnos a avisar,

adonde antes que lleguemos

creo nos habrá esperado.

29.

Pag. 0017

Cándido.

Y si no hubiere llegado,

jugando la aguardaremos.

Licio.

Vamos, pues nuestra ventura

tanto bien nos encamina,

y aquesta senda encamina

do tanto bien se aventura.

Sale cantando la Esperanza.

Esperanza.

Suelo dichoso, do el cielo

deposita el que es su vida,

¿en qué parte al que es eterno,

hecho niño hoy das manida,

que es vida mía?

Aquel por quien gime y llora

Tirreno de noche y día,

quien como sol verdadero

la noche de muerte quita,

que es vida mía.

Aqueste es el rey que busco,

este el bien por quien suspira

el triste mundo afligido,

aqueste mi norte y guía,

que es vida mía.

Yo soy la firme esperanza,

cuya fuerza es de tal suerte

que entre dolores de muerte

permanezco sin mudanza.

Mi valor bien se ha mostrado

en lo que es flaco y terreno,

pues con mí el flaco Tirreno

en vivir se ha sustentado.

Soy fuerte ancla, norte cierto,

de quien quien quiere valerse

es imposible el perderse,

muy cierto llegar al puerto.

Pasa el mar tempestuoso

y persevera inmutable,

la ancla fuerte y grueso cable,

de los vientos victorioso.

¿A quién habría que no asombre

ver entre tanta tristeza

la invencible fortaleza

que supe causar a un hombre?

Pero al fin ya le ha venido,

según imagino, al suelo,

aquel rey que tiene el cielo

tanto tiempo ha prometido.

Cielos, noticia me dad,

30.

Pag. 0018

Esperanza.

do está esta perla escondida,

que el sol que da luz de vida

mal se esconderá en verdad.

Eco.

Verdad.

Esperanza.

¿No estoy solamente yo?

Sí, pues ¿quién me ha respondido?

¿Qué voz es esta que he oído?

¿Quién desde el valle me oyó?

Eco.

Yo.

Esperanza.

Pues ¿quién eres tú que habitas

dentro el fresco valle y hueco?

Eco.

Eco.

Esperanza.

¿Eco? ¿Sabrás decir, di,

a qué parte o puesto cierto

está el que busco encubierto,

pues hablas conmigo ansí?

Eco.

Sí.

Esperanza.

Dime, pues, si el rey divino,

en quien se cifra el tesoro

de los bienes que atesoro,

al terreno puesto vino.

Eco.

Vino.

Esperanza.

Y aquese rey celestial

bajó de su rico cielo,

que es la causa que en el suelo

para sí tomó portal.

Eco.

Portal.

Esperanza.

Caso es raro, anuncio bueno

para el hombre fatigado.

Di, pues, ¿qué cama ha tomado

el niño rey nazareno?

Eco.

Heno.

Esperanza.

Pues ¿quién da al cielo valor,

cubre en heno su grandeza?

¿Quién al que es la suma alteza

trajo al valle de clamor?

Eco.

Amor.

Esperanza.

Dichoso Amor, feliz nombre,

por quien mi Dios tanto obró;

di, ¿de quién se enamoró,

que no hay de qué más me asombre?

Eco.

Hombre.

Esperanza.

¿Qué halló tal rey en nos

que le pudo enamorar?

Suelo, ya no hay que esperar,

pues en ti tienes a Dios.

Eco.

A Dios.

Esperanza.

Eco, y él vaya en tu guía,

que en tanto yo vuelvo presto,

toda llena de alegría,

a dar aviso de aquesto

a la simple pastoría.

Encuéntrase con los cuatro.

Cándido.

Ved si me engañé, ya aguarda,

qué nuevas hay que nos dar.

31.

Pag. 0019

Esperanza.

Pastor, bien puedes sacar

de mi gozo el que te aguarda.

Cándido.

¿Qué es ese bien que publicas,

que en tu contento descubres?

¿Qué será el oro que encubres,

si sus muestras son tan ricas?

Esperanza.

Este nuevo bien, pastor,

que hoy se comunica al suelo,

es tal que aun el mismo cielo

jamás le tuvo mayor.

Y esto os baste por agora,

gozad lo que no entendéis,

pues lo que es sé que sabréis,

pastores, antes de un hora.

Licio.

No es noche para perder,

pastores, la que tenemos;

si os parece, comencemos

a mostrar nuestro placer.

Faústulo.

Eso, Licio, me contenta.

Cándido.

Pues yo no espero otra cosa,

veamos quién más graciosa

invención o juego inventa.

Confidencio.

Juguemos a hil derecho,

que es juego regocijado.

Faústulo.

No, que me siento cansado

y dos mil pedazos hecho.

Licio.

Pues siéntese, no se muera

de cansado por ventura.

Faústulo.

Hágolo por ser cordura,

y aun durmiera si pudiera.

Cándido.

No es cierto aquese buen juego,

a la brasa jugaremos,

si queréis que nos holguemos.

Confidencio.

Pues ¿no ver que falta fuego?

Cándido.

No quede por eso, allí,

debajo aquel zarcalejo,

me parece, zagalejo,

que hay fuego.

Faústulo.

También a mí.

Yo voy, si queréis, por ella.

32.

Pag. 0020

Licio.

Pues, Faústulo, ha de ser presto.

Faústulo.

Pierde cuidado en aquesto,

que al punto vuelvo con ella.

Llega al portal y háblale la Fe, que está sentada a la puerta.

Fe.

¿Adó bueno vais, zagal?

Faústulo.

Divina ninfa, enviado

vengo a aqueste destechado,

pobre y pajizo portal.

Fe.

¿Y qué venís a buscar?

Faústulo.

Fuego.

Fe.

Pastor, llegad presto,

porque hay en aqueste puesto

más que vos podréis llevar.

Aquí alza un poco la cortina y llega el pastor a ver al niño, y entre tanto dice la Fe.

Fe.

Qué descuidado que vive

el hombre, cuán ocupado

anda en burlas, sin cuidado

del bien que Dios le apercibe.

Faústulo.

¿Cómo? Dime, ¿has engañado?

No hay fuego en el portalico.

Fe.

Pues ¿qué viste?

Faústulo.

Un tiernecico

niño sobre el heno echado,

cuya hermosura es tanta

que el corazón me ha robado.

Fe.

¿Qué mucho, pues el sagrado

cielo de verle se espanta?

Que ese tan chiquito y tierno

que has visto, zagal dichoso,

es a quien sirve gozoso

el cielo y teme el infierno.

Faústulo.

¿Qué dices? Que no te entiendo.

Fe.

Digo que aqueste zagal

es quien pondrá fin al mal

que el mundo está padeciendo.

Este es aquel prometido,

33.

Pag. 0021

Fe.

por los antiguos pastores,

para fin de los dolores

que Tirreno ha padecido.

Este es aquel león fuerte,

cuya inmensa fortaleza

sustentará tu flaqueza

y ahuyentará tu muerte.

Fuego es que viene a encender

un nuevo incendio en la tierra,

dando principio a una guerra

do el morir será el vencer.

Faústulo.

Oh nueva cierto dichosa,

oh pastores, ¿qué hacéis?

Venid ya, ¿en qué os detenéis,

en juegos, burla costosa?

Licio.

¿Qué es eso? ¿No traes, amigo,

la brasa, buen perezoso?

Faústulo.

Vengo, amigos, tan gozoso,

pero no vengo, mal digo.

Confidencio.

¿Qué dices? ¿Tornaste loco?

Faústulo.

Según las cosas que vi,

si el juicio no perdí,

solo fue por tener poco.

Tachado: juego.

Cándido.

No te entiendo.

Faústulo.

No me espanto,

que casi no sé entenderme.

Cándido.

Acaba de responderme,

no me lo dilates tanto.

Dime qué viste.

Faústulo.

En el suelo

a aquel que el cielo no encierra,

y un sol nacido en la tierra,

que ante él se eclipsa el del cielo.

Fue cierto el viaje bueno,

dichoso el punto en que fui,

pues dentro el pajizo vi

al mismo Dios entre el heno.

Confidencio.

Oh dichosa y rica nueva,

ya, Tirreno, tu tormento

cesará con el contento

con que tu bien se renueva.

Yo me parto a consolarle,

ven, Cándido, conmigo,

porque el dolor enemigo

se aplaque en atormentarle.

Tachado: ator .

34.

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Faústulo.

Id presto, y aguardaremos

que volváis al val del pino.

Cándido.

Pues no tuerzas el camino,

zagal, que nos perderemos.

Salen danzando los seis: Licio, Confidencio, Faústulo, Cándido, Tirreno y Esperanza, con otros dos pastores, y entre tanto canta el coro.

Coro.

Noche clara y bella,

noche sosegada,

do mi bien comienza,

do mi mal se acaba.

Dichoso fue el punto

en que el sol su cara

cubrió, descubriendo

la rueda estrellada.

Pues en el del cielo,

con feliz entrada,

salió un sol divino

de belleza rara,

con cuya presencia

la pobre cabaña

de Tirreno en todo

queda mejorada,

libre de las fieras,

cuya furia y rabia

a las mansas madres

sin hijos dejaba.

Dichosa, pues muestras

aquella luz clara,

do los astros toman

sus luces prestadas.

Dichosa, pues diste

entre el heno echada

la brasa del cielo,

tanto deseada.

Qué mucho que muestre

con alegres danzas

Tirreno el contento

que tiene en el alma.

Ni que saque a vistas

las joyas preciadas,

trocando su luto

por vistosas galas.

Pues ya aquel pastor

por quien suspiraba

da a su bien principio,

con gozo sin tasa.

En acabando de cantar, que será juntamente con la danza, quedándose los seis en sus puestos, sale del portal la Fe y llegándose hacia Tirreno le dice.

Fe.

Bien parece que ha entrado el alegría

en tu pecho, pastor, pues tan trocado

sales sin el dolor que te afligía,

el pellico y gabán todo mudado.

Sucedió al triste llanto el armonía,

la quietud y descanso a tu cuidado;

volviose tu importuno y largo llanto

en sumo regocijo y dulce canto.

35.

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Tirreno.

Al paso que el dolor me atormentaba,

ha crecido del gozo el nuevo aumento;

cumpliose lo que tanto deseaba

y feneció con ello mi tormento.

Vino el bien por que tanto suspiraba,

qué mucho, pues fue público el contento,

mi gozo se publique, y entre tanto

dé franca la salida al dulce canto.

Ingratitud sería si estuviese

mudo, estándome el cielo regalando,

y si cual bruta fiera no volviese

los ojos al que está mi bien trazando.

Mi merecido fuera que perdiese

la vista de aquel rey que voy buscando,

que el desagradecido bien merece

ser privado del bien que no agradece.

Fe.

Vente conmigo, amigo, llega presto,

mostrarte he el portalico mal cubierto,

do merecerás ver al descubierto

a tu Dios hecho niño al frío puesto.

Tirreno.

Vamos, que ese portal me será el puerto

que me libre del mar do he estado puesto,

de los adversos vientos tan seguido

que mil veces me tuve por perdido.

Aquí corre la Fe el velo, y Tirreno con los demás se ponen de rodillas y dice la capilla.

Capilla.

Verbum caro factum est, et habitavit in nobis.

Tono primero.

Tirreno.

Oh dichosa chozuela, oh rico cielo,

acá do mi rescate se atesora,

oh fervoroso Amor, divino celo,

pues niño Dios por mí en la tierra mora.

Por remediarme estás expuesto al hielo,

niño cuya presencia me enamora;

espíritus divinos, ¿qué os parece?

Mirad a lo que Dios por mí se ofrece.

Confidencio.

Quédase enajenado el pensamiento

de sí mismo mirando a la bajeza

que vienes, niño Dios del alto asiento,

do el cielo reconoce tu grandeza.

Licio.

Naces para quitar mi abatimiento,

lloras porque fenezca mi tristeza;

espíritus divinos, ¿qué os parece?

Mirad a lo que Dios por mí se ofrece.

36.

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Faústulo.

Si es riego cuanto hay dentro el tierno pecho,

¿dó está el manantial desta corriente?

¿De dónde salta ese cristal deshecho?

¿De dónde aquese aljófar transparente?

Cándido.

Oh riego, por mi bien del fuego hecho,

oh fuego vuelto en riego, amor ardiente;

espíritus divinos, ¿qué os parece?

Mirad a lo que Dios por mí se ofrece.

Tirreno.

No sé con qué poder agradecerte

tanto bien, por la vida que me diste;

te debo lo que soy, pero en hacerte

hombre otro nuevo lazo me pusiste.

Pagaré, pues no puedo de otra suerte,

reconociendo el bien que me hiciste;

ángeles, cielos, tierra, ¿qué os parece?

Mirad a lo que Dios por mí se ofrece.

Fe.

¿Qué traza pudo haber más amorosa,

que por quitar la pena en que sufrías,

baje tu Dios de su ciudad gloriosa

a la vil alberguela do vivías?

¿Qué cosa pudo hacer más milagrosa

que hacerse pobre por ti al que tú ofendías ?

Di, si puedes, pastor, qué te parece

del extremo a que Dios por ti se ofrece.

Cándido.

Dichoso error pasado, feliz culpa

fue aquella que te cupo por tu herencia,

pues al mal incurable de esa culpa

pone tal fin del cielo la clemencia.

Faústulo.

Aqueste fin te sana y te disculpa,

deshaciendo del todo tu dolencia;

mira entre tanto bien qué te parece

del extremo a que Dios por ti se ofrece.

Confidencio.

Ves aquí aquella flor tan celebrada

que de la vara de Jesé florida

salió al mundo, do fue tan deseada

cuanto fue milagrosa su salida.

Licio.

Este es aquel maná do está cifrada

la dulzura que alivia a nuestra vida,

dichoso tú por quien tal flor parece,

y maná tan suave el cielo ofrece.

Fe.

Pastor dichoso, pues que ya has gozado

del regalo que tanto deseabas,

y tu tormento y pena se ha mudado

en mayor bien y gloria que esperabas,

bien será des la vuelta a tu ganado,

para que en el lugar do antes llorabas,

goces con el contento que él merece

deste infinito bien que Dios te ofrece.

37.

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Tirreno.

Yo iré, pero dejando al portalico

mi corazón ardiendo entre ese heno,

y llevando conmigo al tiernecico

dulce Jesús metido dentro el seno.

Que con solo este trueque quedo rico,

mudado en Dios, quedando de mí ajeno;

ved, cielos, deste trueque qué os parece,

pues todo lo que es Dios por mí se ofrece.

Danzan y con la misma danza se entran.

Coro.

Decid, cielo, si habrá en vos

a quien tal trueque no asombre,

que porque no llore el hombre

está llorando su Dios.

Llora Dios por el provecho

del siervo ingrato y tirano,

para honrar el pecho humano

con tan amoroso hecho.

Quién habrá, hombres, entre nos

a quien no admire y asombre

ver que por el bien del hombre

llore como niño Dios.

Ved qué cambio y qué riqueza

para el hombre menesteroso,

que porque él viva gozoso

llora el que es la suma alteza.

Quién, decid, cielo, hay en [ilegible]

a quien tal cambio no aso [ilegible] ,

pues porque no llore el hombre

está llorando su Dios.

Por dar valor al despreci [ilegible]

y principio a nuestro bien,

Dios por el hombre en Belén

hace sus lágrimas preci [ilegible] .

Quién, decid, cielo, habrá en [ilegible]

a quien tal precio no asombre,

pues por la nada del hombre

está llorando su Dios.

Laus Deo.

J.