Texto digital de El burlado burlador
Fecha de publicación: 22 de agosto de 2026
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El burlado burlador. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/el-burlado-burlador.
EL BURLADO BURLADOR
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El burlado burlador =
Comedia en 3 jornadas -
Leg.º 29 3
citada por Ychack
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Primera jornada del Burlado burlador.
Jornada primera
Pag. 3
Personas
Don Beltrán / Roberto, lacayo Don Luis / Martín, lacayo Don Diego / Un alguacil y corchetes Doña Inés Doña Esperanza Clara, criada Don Pedro, viejo
Hacen ruido dentro con espadas y salen don Beltrán y Roberto con las espadas desnudas.
¡Válgate Dios, don Beltrán!
A perderse la desdicha,
por contradecir tu dicha,
en tus penas la hallarán.
¿Qué haremos, Roberto amigo,
que estoy en gran confusión?
Si bien con justa razón
le di muerte a mi enemigo.
¿Adónde iremos? ¿Qué haré?
¡Que digas tal desatino!
¿Si has dado a algún pollino
aquel que muerto se ve?
Vamos por estas montañas,
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donde ya jamás nos vean,
que disparates afean
los lustres de tus hazañas.
Vime celoso, vuelto,
y tan libremente hablo
que no hay que espantar que yo
le deje en la calle muerto;
que siempre a los mal hablados
verás fundarse en la lengua,
y por más oprobio y mengua
amparan sus cuidados.
¿Qué derrota tomaremos?
A Barcelona, señor,
porque ya temo el rigor
si acaso nos detenemos
de la justicia, que es cierto
que en viendo muerto a don Juan,
que en tu desdicha hallarán
que fuiste tú quien le ha muerto.
¡Ay de mí, ya, doña Inés!
¿Cómo quieres que la deje?
¡Vive Dios, que eres hereje!
En tal peligro te ves,
que está tu vida perdida,
¿y de Inés, por quien mataste
a este hombre, y que juraste
de no hablarla ya en tu vida,
agora de ella te acuerdas,
falso y más ciego amor?
Más quiere con más rigor.
¡Vive Dios, que tú recuerdas
con muy gentiles locuras!
Vuelto tú como sueles,
te pido que me consueles,
pues que mi gusto procuras.
¿Que te consuele?
Sí, amigo.
Mañana por todo el día
cantan por el alma mía
si aquí me quedo contigo.
Adiós.
Aguarda, detente,
¿que es posible que te deje,
siendo de mi amor espejo,
y mi pecho no reviente
por ver que la causa ha sido
tu riguroso furor,
que ofendido mi amor
tal delito ha cometido?
Adiós, Inés, de mí amada,
por quien el cuerpo se va,
el alma se queda acá,
pues de ella estás adorada.
en tan confuso desvelo,
será cierto que mi vida
la juzgues ya por perdida,
para matarme de celos.
Ya me voy, y no sé adónde,
porque a quien tan ciego va...
Pag. 5
la vista le faltará.
Pues que de tu luz se esconde,
en el camino podrás
dar fin a tus justas quejas;
apártate de estas rejas,
que otra desdicha hallarás.
Dices bien, vamos, Roberto,
que yo vengo a ser el muerto
en tan confuso vaivén.
Vive Dios, que gente viene.
Ponte a mi lado, Roberto,
porque mi desdicha es cierto
que otra mayor me previene.
Señor San Blas, mi garganta
hoy encomiendo en tus manos.
Deja extremos tan villanos;
donde estoy yo, ¿qué te espanta?
Salen un alguacil y corchete con una linterna.
Tengan al rey, caballeros.
Acójanse a prisión,
¡vive Dios, que con traición
han sacado los aceros!
Aquestos sin duda son
los alevosos traidores.
En vano será, señores,
aquí vuestra pretensión.
Si es que prenderme intentáis,
que quiero me hagáis pedazos,
primero que en vuestros brazos
mi cuello altivo rindáis.
¡Oh, mucha resolución
el responder de esa suerte,
habiendo dado la muerte
a un caballero a traición!
Miente quien tal ha pensado,
que yo a traición le maté.
Y si me enojo, yo haré
lo mismo de vuestro cuidado.
Vive Dios que tiene talle,
según revuelto le miro,
que nos ha de echar, Ramiro,
a palos de aquesta calle.
Blas, a merced no perdone,
que quien es tan valeroso
no puede ser alevoso;
y así es justo que yo abone
tanto valor este día.
Asegurarle quisiera,
en tanto que yo viniera
con alguna compañía.
Dios os guarde.
Vanse.
A vos también.
Estos se van a buscar
quien nos pueda aquí matar.
O ofendernos; dices bien,
partamos a Barcelona,
que estaremos seguros
dentro de sus fuertes muros
del riesgo de mi persona.
Pues advierte que amanece.
¡Y cuán grande es la pena mía!
Pag. 6
que si a otros sale el día
para mí siempre anochece.
Vanse.
Salen don Luis, don Diego y Martín, de noche.
Sus rigores, desdenes
me tienen en tal estado,
que entre la vida y la muerte
siempre estoy agonizando.
Quiere tanto a don Beltrán,
que ya de celos me abraso
en pensar que tan dichoso
pueda ser un desdichado.
Aquí me llego a sus rejas
para fingir un engaño,
que quien tan celoso vive
no hay que espantar que osado
yerros por amor emprenda.
Que son sus yerros dorados.
Mirad, don Luis, que podría
este engaño disfrazado
que hacer intentáis agora
poneros en un cuidado.
¿Qué cuidado puede haber
mayor que el que yo me trujo?
Entre tantos disfavores,
pues no me conozco cuando
de sus rigores me acuerdo,
haciendo a mi amor agravios,
que a un caballero pobre
tiene vendido el cuidado.
Doña Inés vive en los cielos,
que es valor extraordinario.
A su padre respondió
ayer que llegó a avisallo
que para un casamiento
era forzoso obligarnos
que me hiciese algún favor,
y, más fría que un peñasco,
le dijo: "Señor, no sabe".
Si bien en ello yo gano,
pues, don Luis, yo como amigo
que os aconsejo en tal caso,
os digo que lo dejéis,
que casamiento forzado
el que es cuerdo no le busca.
Buscad vos medios sabios
con que este amor olvidéis.
Si bien para aconsejaros
mucho mejor me estuviera
que yo mirara mi daño,
pues el rayo lisonjero
de una esperanza me ha dado
para penar esperanzas,
pues vivo desesperado.
Mas llegó al puerto,
¿qué hay que asombre a apasionado
con tanto extremo, que diga:
"esperanza, fe, cuidado,
dolor, rabia y ya pena",
sin mirar que está escuchando
quien por loco le condena
sin advertir a su daño?
Pag. 7
Vanse Martín y don Diego.
Llama y sale doña Inés a un balcón.
Yo quiero llamar. Don Diego,
será importante apartarnos,
porque no os vean, si abren,
que venís acompañado.
Vete, Martín, con don Diego;
solo en la calle he quedado.
Ayuda mi intento, Amor,
pues vengo a emprender un salto
que, en fin, un amante loco
se atreviera temerario
a tal acción. Yo me llego,
y con esta espada llamo.
¿Don Beltrán?
Sí, señora.
Hablemos un poco bajo,
que mi padre está despierto.
Pues cuando vengo rabiando,
¿que yo hable bajo me dices?
¿Cómo, mi pecho abrasado
sufrirá tales injurias?
Ánimo, Amor, que este engaño
ha de servir de ocasión
para gozar de sus brazos.
¿Yo injuriarte, don Beltrán?
Mira que te han engañado
tus celos, tus fantasías.
Yo engañarte, ¿cómo o cuándo,
sabiendo que yo te adoro?
¿Con que mi amor te agraviaba,
ah, traidora? Bien dices;
que está tan cierto mi daño
que sé que has dado a don Luis
del casamiento tratado
mano de esposo.
¡Ay, desdicha!
Como lo que estoy mirando,
mi padre intenta, cruel,
que yo le diese la mano;
mas primero he de matarme.
Tú me engañas.
No te engaño.
Pues yo lo sé por tan cierto
como lo soy desdichado,
que dejasteis, ¡ay de mí!,
el casamiento efectuado,
y dicen los altos cielos
que deis, mi necia, tu mano.
Y a un amar eres ingrata,
y tu pecho, tan tirano,
con tal rigor me desprecia,
que te ha de servir de espanto
el castigo que haya en mí.
Ayudadme, cielos santos.
Don Beltrán, si no os adoro,
si no os quisiere y amo tanto
que de mí misma me huyo,
sin pensar en un descanso,
que yo me viese una hora
ausente de vuestros brazos,
pues por desdicha mayor
os tuviera yo ausentado.
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Por más que intentes decirme,
no daré a tu pecho falso
crédito, porque ya estoy
celoso y enamorado;
sabiendo yo por tan cierto
que tu padre dio la mano
a don Luis en nombre tuyo,
me entretienes con engaños.
Quédate con Dios, que yo
iré a llorar mis agravios
donde ya jamás me veas,
pues que tu pecho tirano
darme la muerte ha querido
con tan aleves tratos.
Si puedo ver a don Luis,
aquí muero,
y yo me mato
de dalle mano de esposa.
Un basilisco a pedazos
el corazón de mi pecho,
o un león africano
me le arranquen, porque yo
me le comiese a bocados.
Aparte.
¡Por Dios, que mi amor y yo
quedamos bien despachados!
Pero yo daré venganza
a mi amor de tus agravios.
¿Quieres más satisfacción
que tan de veras te amo,
que no ha de haber imposible
para que te dé mi mano?
Doña Inés, para que viva
de mis celos sin cuidado,
has de firmar un papel,
por si acaso, enamorado,
perseverare don Luis,
y tu viejo padre airado
quiera forzarte a que des
a tu disgusto la mano,
y yo porque en tantos celos
no viva desesperado.
Será bien que me asegures
de unos celos tan tiranos,
porque mi vida no acabe
en pensar que no te gano.
Jesús, señor, que aun el alma,
si ya no os la hubiera dado,
os quisiera dar en él.
Mas ¿qué intentas en tal caso
hacer con la firma mía?
Por si acaso en lo pasado
perseverare don Luis,
quiero en semejante caso
ampararme de tu firma,
y mi amor asegurando,
podré vivir más contento.
Porque veáis lo que os amo,
lo que mi alma os estima,
a vuestro gusto me allano.
¿Qué queréis que diga en él?
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Que me deis tu firma en blanco,
te pido, quiero el papel,
le escribiré de mano.
O poco dificultosa
la duda que estáis mirando,
mirad si hay otro imposible
mayor, para aseguraros.
Que es poco lo que deliro,
y no será desdichado
quien merece de tu boca
y de esos purpúreos labios
tantos favores este día.
Entrase.
Aguardad un poco, en tanto
que voy a traer la firma.
Hoy en tu amor me consagro.
Amor, vana conjetura,
pues que de tantos agravios
me tengo de ver sin duda
con esta firma vengado.
Viven los cielos, y pues,
pues de ser tan despreciado
mi amor, constante se ve,
que hoy de tus mismas manos
con aquesta firma tuya
espero verle vengado.
Sale con un papel en las manos.
Don Beltrán, tomad y adiós,
que temo que ha despertado
mi padre, y sale el día
que es la noche que yo aguardo.
Cómo, señora, podré
pagaros favores tantos,
más, teniendo vos mi alma,
Ya no tengo más que daros
para conservar mi vida.
El cielo os guarde mil años.
Ya tengo esperanza, amor,
pues tu industria vino a hallar
para poder descansar
remedio en tanto dolor,
que con el fuego, y arder
como mi alma temía,
y luego la nieve fría
que me ayudaba a ofender,
fragua el pecho vino a ser,
pues sin morir revivía;
y ya con esta firma espero
dar a mis penas contraste,
puesto que en él me entregaste
tu lazo o nudo verdadero,
y que, queriendo como quiero,
no habrá quien culpe mi engaño,
porque fuera mayor daño
que yo la muerte me diera,
cuando de tu boca oyera
un violento desengaño.
Ya sé que soy alevoso,
puesto que a tu honor me atrevo,
mas ni a la vida debo
que tú la des es forzoso,
elígeme por esposo,
y donde no, vida, adiós.
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que os he de culpar a vos,
sabiendo vos que es tan cierto,
diciendo que me habéis muerto,
porque moramos los dos.
En este engaño he fundado
mis celos, asaltarías
puesto que las penas mías
no os dieron ninguna liviandad,
y así mi amor agraviado,
de tal rigor ofendido,
con este engaño ha querido
gozar su dichosa suerte,
pues para darme la muerte
me tenéis aborrecido.
Vase.
Salen don Beltrán y Roberto de camino.
Cuerpo de Dios con tu flema,
pues en Alcalá te paras,
estando el rigor tan cierto
que a tu cólera amenaza,
quieres tú que a mí me lleven
aquí a pagar mi ignorancia
los delitos que tú has hecho.
Estando aquí, ¿qué aguardas?
¿Qué discursos te detienen?
Señor, advierte y repara,
que llevado de tus celos
mataste a don Juan de Lara.
Yo mismo me di la muerte,
que no muere quien acaba
de llorar tantas desdichas
como a mi pecho acompañan.
Triste del pobre don Juan,
yo aseguro que él tomara
por partido tus desdichas.
Porque como él te quedaras.
Qué mala y fiera locura,
si a ti la vida te cansa,
haz este discurso en ti,
qué remedios, que me espantas
solo en pensar en la muerte,
porque son sus burlas malas.
Pues un día vi un retablo
y tanto miedo me causa
que a confesar mis pecados
partí, sí, de mala gana,
por pensar que tras de mí
venía con su guadaña,
y mirándome algo lejos
del puesto que le dejara,
acerté a volver el rostro
cuando una bruja depara
mi fortuna junto a mí,
pues un nuevo espanto daba
por ver que dejé a la muerte
y otra brava me acompaña,
y esta causó más espanto,
pues no hay cuerpo, vida y alma.
Pag. 11
que viva seguro de ellas,
que unos dan por guardiana
una sobrinilla suya
que fue en Persia su crianza.
Ven acá, dime, Roberto,
doña Inés, mi prenda amada,
¿qué hará agora?
Pues ¿no ha un punto
que ya a la muerte llamabas
y de doña Inés te acuerdas?
Tú tienes muy malas ganas
de morir.
Deja locuras,
y a mi desdicha acompaña;
habrás obrado a estas horas...
Doña Inés de mi desgracia,
y así doblamos la mía,
pues que de Madrid a pata,
como si fuera correo,
me has hecho portear el alma
por ser tanta mi pobreza.
El desdichado me llaman,
el desdichado soy yo,
que la desdicha se halla
aquel que la va a buscar.
Mas para mí, sin buscarla,
sin saber cómo o por dónde,
me viene a pedir posada.
En mi vida tuve celos
de tu doña Inés amada.
A frailes, baladrones y viejas
me acojo de buena gana
a buscar chapas y tiritona,
pues no es más justa demanda
que a mí este nombre me den
si a este nombre le echa cantos.
O ¿por qué la andas buscando
como el gato entre las brasas,
que hasta que quemar se siente
no echa de ver su ignorancia?
Son tan soberbios los celos
que al más humilde levantan
con pensamientos altivos.
Cuando se ven declaradas
las ofensas de un amor,
¿para qué aspiras venganza?
Pues viéndome tan celoso,
¿de qué te espantas que haya
en el fuego de mi pecho
incendios dentro del alma?
Con todas mis ilusiones
eternamente luchara.
Y mis celos no admitían
el dilatar su venganza,
y así me vi tan vendido
a se vengar una villana,
que di en decir que me voy
al
que si mil vidas tuviera,
todas juntas le quitara.
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mucho me alegro de ver
que de arrepentido caigas
en tu yerro.
Vive Dios,
que si más cuellos tratas,
que te quitaré la vida.
Si con locuras me enfadas,
pues en un arrojo, o acaso,
adónde vas, por qué causa
me quieres quitar la vida;
si tan valiente te hallas,
aplícate a jornalero.
Vive Dios, que ya me cansan
tus locuras.
Pues con bien,
tanto las tuyas me enfadan,
que vive Dios que me voy
a buscar mi amada Clara.
¡Ay, Roberto! Mi desdicha
quítale amparo. Aguarda.
A Clara podrás decir,
no pienso decirla nada,
que a quien pretende matarme,
no era justo que haga
beneficios contra mí;
pues sin reparar en nada
te arrojas, luego a decir:
¡por Dios, que arranque el alma!
Acaba, por Dios, Roberto,
vete a Madrid, y di a Clara
que le diga al dueño mío
las penas que me acompañan.
¿Quieres tú que a la justicia
que justo o injusto me haga,
que a que abristes al viento,
pues como ciego no reparas,
que si me dieran tormento,
lo primero que cantara
fuera culpándote a ti,
y luego si me apretaran,
cuanto en esta vida he hecho,
cosas divinas y humanas,
y aun a todos los vecinos
uno a uno los culpara,
porque en un potro tan fuerte
mis costillas no arrimaran.
Si no estuviera tan cierto
que por divertirme hablas
estas locuras...
Señor,
no sabe lo que te ama
mi pecho, dime, pues, cómo
de esta manera me tratas;
no quiero dejar mil vidas
por no dar en ordinaria
manera de hablar, y digo
que una sola me acompaña,
pues si esta pierdo por ti,
no será acción más bizarra,
ni se pierde en tu defensa,
que no dos mil con palabras.
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Dime tu gusto. ¿Qué quieres?
De tu valor no esperaba
menos contento este día,
y así quiero que te partas
a Madrid.
Y dime tú,
¿cómo quieres que allá vaya
si saben que le has muerto?
Por Dios, que es desesperada
acción.
Cuando lo sepan,
que quedarte en la posada
no me agrada ese remedio,
porque hay huéspedes que aguardan
la ocasión para decir
mal a que preguntarles tratan;
y luego por otra parte
afanando la criada,
y recoge lo mal perdido
que allá dentro se encasa,
escojamos un remedio ,
mejor intento reparar
al peligro en que me pongo.
La cosa más acertada
que puedes hacer, Roberto,
será que vayas en casa
de don Diego.
Dices muy bien.
Podrás llevarle una carta
diciendo que mis desdichas
en tal estado me hallan,
que en esta ocasión espero
que me dé su mano franca
favor, pues es muy cierto
como caballero haga
en ampararme, pues ve
que mi nobleza se ampara
de la suya.
Pues, señor,
vete a escribir, que si tardas
será más cierto el peligro,
porque en sabiendo que faltas
de Madrid con esta ausencia
Vase.
más sospechas declaras.
Ya voy a escribir, Roberto.
Vase.
Señor san Blas, si me escapas
deste peligro en que va
navegando mi garganta,
setenta arrobas de cera,
blanca, azul y colorada,
con cien pescuezos te ofrezco
para colgar en tu casa.
Salen Inés, Clara y don Pedro.
Inés, con un gran cuidado
está mi cansada edad,
pues que de tu libertad
no quieres tomar estado;
pues buscando dilaciones
más tu culpa se declara,
y anoche a don Juan de Lara
mataron a mis balcones.
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Y la justicia en mi casa,
quien quebranta las leyes
que hicieron merced los reyes,
pues ya de límite pasas.
Tal locura, ¿qué pretendes?
¿Tomar estado o remedios
que moriremos los dos?
Pues a mis canas ofendes
en esa mocedad lozana
que hoy tan valiente ves,
si hoy la gozas por ajena,
no la gozarás mañana.
Vase.
Si con don Luis a disgusto
casada me quieres ver,
primero podrás hacer
dándome muerte tu gusto.
No me canso de vivir,
pues como quieres casada
que viva yo tan cansada
que no lo pueda sufrir.
Dame marido a mi gusto,
o si no podría ser
que esta fuere mi venganza
para te dar más disgusto.
Que casamientos forzados
los cuerdos nunca los quieren,
porque disgustos les suelen
traer a fines errados.
Con esta resolución
me salgo de mi aposento.
Dame esposo a mi contento
o verás mi perdición.
¿En qué piensa tu señora?
Dime, Clara, ¿qué pretende,
que tanto mi gusto ofende?
¿Qué caballero hay ahora,
conforme a su calidad,
que mejor su esposo pueda
ser, sin que el sol exceda
a su sangre en claridad?
¿No es rico, también galán?
¿No es entendido y discreto?
Pues ¿cómo de mi respeto
tan pocos indicios dan
sus locuras?
¿No reparas
que fuerzas su voluntad
y que no hay seguridad?
Calla mucho, sé clara,
que siempre sois las mujeres
amigas de declarar
vuestros gustos, sin mirar
que hay honor, sino placeres.
Mas en tal resolución,
ya me conviene saber
a quién Inés su poder
rindió con su inclinación.
Ya, señor, que lo preguntas,
te lo diré, pues tengo
a un don Beltrán. Yo pienso
que tantas desdichas juntas
le vengan, que tiene a más.
Declaras como lisonjas,
porque en ocasiones graves
la he visto hablar de veras.
Triste de mí, muerto soy,
o con esta declaración
saco a Inés de confusión.
¡Qué pena tan sin dudar!
Y dime, ¿sabrás acaso
si doña Inés entregó
el honor, para que yo
lo remedie? Y habla paso,
que temo que han de escuchar
las paredes mi deshonra,
y si me falta honra
acábame de matar.
Vase Clara.
No, que la verdad te digo;
que lleva mayor el tormento
de Inés, y el casamiento
tratará con su enemigo;
que aun contigo mi engaño,
no cesa, ay, mi señor,
que podrás remediar
que resulte en mayor daño.
Que en una maldad tan clara,
suya a Inés la obligan,
tanto que a mis canas digan
deshonra cara a cara.
Pag. 15
En tan confusos abismos
tienen mi vida rendida,
pues ya la tengo perdida.
Entre tantos parasismos,
por mi desdicha o suerte,
entregate, pues, tu honor,
que causa mi deshonor,
para que me dé la muerte.
Entrañas tienes de arpía,
pues por rendirte a disgusto
acabas con tal disgusto
a mi edad caduca y fría.
Yo remediaré este daño
para que cobres tu honor,
y verás que mi furor
castigará tu engaño.
Vivirás hasta casarte,
porque tu pena dilato,
y luego en un alboroto
castigaré con matarte.
Vanse, y salen don Luis, don Diego y Martín.
Por Dios, que es notable caso.
Más notable ha sido el mío,
pues que no me han muerto a palos
aquellos perros, por Cristo;
que estando en un calabozo,
a voces uno me dijo:
«Oye, hidalgo, su pariente»,
y si no abría, aullidos
de unas ánimas en pena,
y yo, que al miedo rendido
estaba de mí ya asusté,
pues pensando en ese engaño,
acabar con mis virtudes
no me causó desvíos,
cuando confuso y medroso
el gran silencio vino,
decía: «Señor, pequé,
mas sabéis que yo no cuido
quién mató a don Juan de Lara,
ni tampoco el dueño mío».
Cuando en confusos silencios
oigo tan notables gritos,
que pensé que a los infiernos
y con los diablos conmigo...
¡Pardiez, que de vergüenza
no me atreví a decirlos,
lo que en aquella ocasión
el miedo me sobrevino!
Graves trabajos, Martín,
para los que yo conozco,
he pasado, pocos son.
Como digo, nos salimos
de la calle, y vimos hombres
que venían divididos
de estotra parte venían,
conforme después los vi,
para dar favor a éstos,
llegaron, y uno nos dijo:
«¡Ténganse al rey, caballeros!»
Y yo me descubro y digo:
«Don Diego de Villamar
soy, y ahora confirmo
que sois dos alevosos».
De los dos el uno dijo...
Yo les respondí: «Señores,
acaso me han conocido»,
y quise sacar la espada,
y ellos comienzan a gritos:
«¡Favor aquí a la justicia!»
Cuando ya en un punto miro
veinte hombres que venían
para el caso prevenidos,
no quise allí retirarme,
porque fuera desatino
el darme yo por culpado
en lo que no he cometido.
Lleváronme a la prisión
y me asientan en el libro
causa de muerte; y, confuso,
a los prisioneros digo:
«Señores, ¿qué es lo que hacéis?
¿Cómo me aplicáis delito
que ni mi espada ha hecho
ni mi valor ha emprendido?»
Cuando me llevó el alcaide,
de mi desgracia sentido,
donde los suelen llevar
a los que son bien nacidos
como yo; y preguntéle
de mi ignorancia el peligro,
me dijo: «Señor don Diego,
esos dos que os han prendido
Pag. 16
dicen que deis vos muerte
con este criado mismo
que traéis a un don Juan
de Lara, y yo me admiro,
respondiendo que en Madrid
tal hombre no ha aparecido.
Y otro que había una hora
como en aquel mismo sitio
habían encontrado un hombre
y hecho cadáver frío,
y que dos hombres se hallaron
un instante divididos,
arrimados a una esquina;
y por no ser conocidos
resistieron confesando
la culpa de su delito;
yo, como vide en tal caos
que estaba con gran peligro,
escribí un papel, y diolo
quien se le llevó a mi tío,
y él, como tan piadoso,
apenas su curso vio
con antojo dar el sol,
cuando en un coche metido
vino el duque a la prisión,
y de ignorantes peligros
me sacó, y ¿dónde voy
que la verdad os he dicho?
Aguardo que me digáis
si así reís vos altivos
dando fin a vuestros celos
con el engaño emprendido.
¿Para qué os he de contar,
si a mi lengua le falta estilo?
Pues no sé por dónde empiece
mi confusión o las ansias,
que siempre de vos, don Diego,
quien cometiendo un delito,
si es traidor el delincuente,
tiene muchos desvaríos,
así mismo se aborrece,
no confiado a sí mismo,
pues le parece que todos
su culpa dicen a gritos,
que las traiciones, don Diego,
traen consigo el castigo.
En fin, me llegué a mi mujer,
de su rigor ofendido,
con más amor que ventura,
cuando en un instante miro
que sale el sol a la noche,
castigando su delito
a las estrellas que fueron
el norte por quien me guío,
que cuando sale un sol
a todas les causa olvido.
Dijo con voz ya turbada:
«¿Cómo, cielos, yo repito
las ofensas que a mi amor
con su pecho ha fenecido?»
En fin, dijo: «Es don Beltrán»,
y yo, que ya sin sentido,
con tantos celos luchaba,
no me conozco a mí mismo.
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y para olvidar mis celos
que soy Beltrán he fingido,
y me dijo: «Hablemos bajo,
que a mi padre no ha rendido
aún el sueño, y aun temo
el que seamos sentidos».
Mirad vos, don Diego, agora,
de qué suerte el pecho mío
se pudo quedar oyendo
favores tan admitidos;
pero, ya desesperado,
fingí celos de mí mismo,
haciéndome don Beltrán,
por no mirarme ofendido;
y digo: «¿Cómo, traidora,
quieres recuerde tu olvido
me queje, sin que dé voces,
pues para tormento mío
se quiere casar tu padre
con don Luis; ¡ay, hado esquivo!,
la respuesta que me dio
fue que el más aborrecido
caballero de sus ojos
era yo; y mis sentidos,
locos de verse a desprecio,
andaban ya tan corridos
que muertos de frío quedaron
a sus labios fementidos,
ofreciéndome tan celoso,
mas con mi engaño consigo,
y digo: ¡Oh, buenos cielos!
que el que se mira ofendido
murmure de tus tiranías,
que he de hacer en mí un castigo
tan atroz que tú te espantes
cuando tú llegues a oírlo;
¡Ay de mí!, don Diego, escuchaba
de aquellos ojos dormidos,
siendo don Luis los favores
que siendo Beltrán me hizo;
voy consiguiendo mi engaño,
mas no con celos fingidos;
que aunque en nombre de Beltrán,
con alma de Luis lo pido».
Díjela: «¿Por qué me engañas,
si sé que está mi peligro
tan cierto, que dio la mano
a don Luis, tu padre mismo,
en nombre tuyo, es en vano?
Tantas traiciones conmigo,
conmigo tan viles tratos,
en que mi amor te ha ofendido;
cuando responde, ¡ay de mí!,
que una leona, un basilisco,
arranquen su corazón
si tal intento ha tenido;
creéis, don Diego, a las fieras
que codicia han perseguido,
de mi pecho, pues quisiera
que fiera hubiera nacido,
por sacarle el corazón
y juntalle con el mío,
y luchando con mis celos
mas mis quejas le repito;
diciendo que por seguro
de que a mi amor no has ofendido,
quieres que me dé una firma
para vivir sin peligro;
y ella, gozosa y contenta,
con mis dudas sobrevino,
ofreciendo de su mano
realzar bellezas y brío,
si allí me vieras dudoso,
si me miraras ofendido
no dichoso me mirara,
mas por ver que aborrecido
quise escuchar sus favores,
aunque lo fuesen fingidos.
Entró por firmar un nombre,
quedando esclavo mío,
cual un bajel en el mar,
que sube a los altos quicios
de las estrellas, luchando,
bajando a su centro a un abismo
por pensar que a mis intentos
su padre, que está dormido,
que, dormido, lo impidiera;
cuando, al instante, él mismo
saca en su mano blanca
un papel, y, con desvío,
que le arrojó, y creo
que le queda ya consigo,
y ansí mi intento logre,
no tengo más que deciros,
mis desdichas se acabaron,
dando a mi amor finiquito.
Pag. 18
de penas, celos, rigores,
de temores y desdenes,
pues de su mano ha firmado
lo mucho que yo la estimo,
porque mi alma la adora,
pues ha de ser dueño mío.
Más que un año, don Luis,
me mete en un laberinto
a que mis espaldas paguen
la pena de su delito,
porque si en pechos criados
son de las desdichas flor,
y la culpa de su amor,
sin habello cometido,
justos o injustos lo pagan,
solo por haber servido.
Si tan dichoso naciera,
como vuestro pecho es mío,
no llorara yo desdenes
ni de mi amor los peligros.
Mas, Esperanza, de misa
entiendo yo que ha salido.
Retiraos que quiero hablallo.
¡Hola, Martín! Ven conmigo.
Vanse don L. y m.
Sale doña Esperanza con manto y una criada suya.
¿Qué horas eran? Las doce han dado.
De una manera me trujo
que ya me dirá, confío,
cómo tanto me ha tardado.
Si queréis un escudero,
aquí le tenéis, señora,
su belleza me enamora.
Siendo tan gran caballero,
es cierto la cortesía
que en vano puede faltar.
Mas no os quisiera estorbar,
no es esta la pena mía.
Pues ¿cuál es, señor don Diego?
Uno que con gran rigor
ha despreciado mi amor.
¿Porque me abrase en su fuego?
Porque tanto,
que en vez de cantar amores
solo lloro sus rigores
¿Porque me anegue en mi llanto?
¿Es muy hermosa esta dama?
Si tan hermosa no fuera,
con su desdén no le diera
tanto disgusto a quien ama.
¿Estáis bien enamorado?
Que os juro, y a portugués,
por tal me tengo después.
Que me aflige este cuidado.
Esta dama podrá ser
que de vuestro amor ignora,
muy bien lo sabéis, señora.
Mas no me quiere entender.
Pues, don Diego, confiad
que podrá ser que algún día
aquesa dama podría
pagaros la voluntad.
Jornada segunda
Pag. 19
Segunda jornada del burlado burlador.
Pag. 20
Salen don Luis, Beltrán y Roberto.
Vuestro disgusto me ha dado
tanto pesar este día,
que vuestra pena y la mía
en una se han igualado;
cuando Roberto me dio
vuestro pliego y creí
que os amparabais de mí
no porque el alma pensó
que vos le disteis la muerte
a don Juan, porque pensara
que la pretensión os daba
ocasión que de tal suerte
me escribieseis. Me ha pesado
de que en vuestra pretensión,
por teneros afición,
nunca me hayáis avisado,
pues vos sabéis que mi tío
tanto me estima que os diera
cualquier cosa que pidiera,
como fuera en gusto mío;
y pues ocasión hallé
en que poderos servir,
mi lengua no ha de decir
lo que yo por vos haré.
Mil veces los pies os beso,
pues tanta merced me hacéis,
Pag. 21
A este esclavo que tenéis
hoy en vuestra casa preso,
pues aquí vuestra nobleza
me da mi puerto seguro,
y ensalzáis con vuestro muro
mucha más vuestra grandeza.
Decid, señor don Beltrán,
aquí me mata el cuidado,
por qué vuestro enojo airado
le dio la muerte a don Juan.
No será justo decir
que por celos le maté,
porque al decirse diré
que he de acabar de morir,
porque es muy justo mirar
de doña Inés el honor;
y si lo digo, el dolor
que a mí me ha de resultar...
Unas palabras tuvimos
sobre el juego, y desmintió
al que en mi favor juzgó,
y sobre el caso reñimos.
Vase.
Su amor me ha disimulado,
y él entiende que lo ignoro,
pues sin perdelle el decoro
podré dar a mi cuidado
fin, y ansí de este modo,
cuando lo llegue a saber,
le podré yo responder
que estáis ignorante en todo.
En este cuarto podéis
descansar, que estáis cansado,
y dejad ese cuidado
del disgusto que traéis,
que yo me voy a saber
qué se dice de esta muerte,
y ya mi pecho os advierte
del modo que lo he de hacer.
Aquí le tendré encerrado
hasta acabar mis temores,
pues por él consuelo ignores
de quien vino despreciado.
Qué caballero, señor;
pues sin hablarte en tu vida
aquí te ha dado acogida
con tanto gusto y amor;
porque conocerás tantos
que tratan mucha amistad,
y en viendo necesidad
no se acuerdan de ser santos.
Al noble, Roberto amigo,
todos le conocerán,
porque sus obras dirán
cómo la trae consigo;
y así te digo y advierto
que en viendo empeñado un hombre
de más prendas, no se asombre
el que es caballero cierto;
y este, por serlo, ha querido
darnos a entender quién es,
pues en esto se ve que es
caballero bien nacido.
Que aquel que no corresponde
conforme a su calidad,
verás que su liviandad
a su nobleza la esconde.
Pag. 22
¿Qué es lo que piensas hacer
escondido en esta casa,
que en este rigor no pasa?
No habremos de volver;
no tengo tales intentos,
que a quien vive enamorado,
como yo, no le ha espantado,
sino de amarlos, tormentos.
Y, si a mí no me ha pasado
ni aun por la imaginación,
¿qué dime, por qué razón
tengo de estar yo encerrado
por estarte aquí conmigo?
¿Y si viene la justicia
acaso con malicia
y aquí me hallase contigo,
no me dirás que estoy exento?
El que me dejases ir,
porque yo quiero vivir.
¿A la sopa, a algún convento?
Ven acá, di, majadero,
¿acaso saben que yo
he sido el que le mató,
sino callar de un grueso?
Como en Madrid te has hallado,
con mi buena diligencia,
me pagas, en mi conciencia,
que estoy muy bien despachado;
después que esta pierna quemada
ya no la puedo mandar,
y de puro caminar
se me ha encogido una cuerda,
me tratas desta manera,
bien me pagas mis servicios.
Con tan buenos beneficios
como ya de vos se espera,
no pienso reñirte más
por no verte hacerme fieros.
El que no tiene dineros
no me ha de reñir jamás;
después que te vestí y he gastado
tus vestidos, y te vistes
por a do vas, y no estás triste,
que lo más me has quitado;
¿qué te demanda a ti
los despojos que en la guerra,
por la mar y por la tierra,
los adquirí para mí?
Después de dejarme en cueros
por tu locura y opiniones,
es muy bueno que después
me vengas haciendo fieros,
tú debiendo de soñar
que estás con aquel afán
de cuando eras capitán;
por Dios que debes mirar
que esta ocasión ha venido
tan a pelo, que ha de ser
ocasión para comer.
Lo que ahora habemos comido,
¿acaso a ti te ha faltado?
Alguno de la comida
no me atrevo, por mi vida...
¿a contarlos por ser cansado?
Y acaso el estar borracho
no te ha dejado comer;
la culpa vendrá a tener.
Pag. 23
Por Dios, que os dé el despacho,
pues en mi pena inhumana,
si más me he de declarar,
borracho habemos de estar
según dais en la semana.
¿No me dirás qué me quieres?
Que mis vestidos me vuelvas,
y que a pagar te resuelvas
todo aquello que me debes.
Bueno es decir que le quiero,
y al cabo de mis afanes
puedo servir de espantajo
en la rama de un higuero.
¿Quieres no darme pesar?
El deudor no ha de pedir
descanso para vivir
hasta acabar de pagar.
Si quieres cobrar la paga
de tu deuda con tu gusto,
no quisiera que a disgusto...
Que yo te la satisfaga.
Ahora digo, señor,
que ya no me debes nada,
porque ocasión pesada
que pague con tal rigor.
Una cédula firmada
de mi mano te daré,
y en ella declararé
cómo no me debes nada,
y por mi vida te juro
que todas estas porfías
es que en tus melancolías
el alegrarte procuro.
Cuando se ve condenado
a un hombre como yo,
el ver llorar los suyos
es una pena de consuelo,
y así, si me has de agradar,
si me has de ayudar,
si estoy triste, has de estar triste,
y si lloro, has de llorar.
Pues, señor, para que llore
me has de tener sin comer,
y si triste me has de ver,
y luego porque mejore
me has de dar por la mañana
para que reír me pueda
todo aquello que me queda
por buscar la mala gana.
Y si acaso, como dices,
no tuvieras qué comer,
para reír, ¿qué has de hacer?
Esto me huele a perdices;
voto a Dios, yo me riera
solo por darte a ti gusto,
mas con hambre y con disgusto
a mi disgusto muriera.
Esa es razón muy liviana;
supuesto que lo has de hacer
a tu disgusto o placer,
hacerlo de buena gana.
Eso parece, señor,
a un galán que enamoraba
una dama muy tabernera
que todo él era amor...
Pag. 24
adquirióla con regalos
y un día sin llevar nada
fue a ver a su malograda
y le echó de casa a palos;
y el que se vio muy molido
de los palos que le dio,
muy turbado respondió:
«Mi amor, ¿en qué os he ofendido?».
Y luego la socarrona
le dijo: «Vaya a buscar,
que quien no trae en qué quedar
no ha de entrar aquí persona».
Y él, según se vino a hallar,
le fue fuerza aquel disgusto
venirse a trocar en gusto
para buscar qué le dar.
Tú quieres que a ti se haga
con un disgusto tu amor,
y yo te digo, señor,
que es menos esta paga.
Ya sé que aliviar procuras
mi pena con tus cuentos,
mas mis vanos pensamientos
se afligen con tus locuras.
No son grandes disparates
esos discursos que tienes,
pues que con ellos previenes
la causa de que te mates.
Muy fácil será que yo
te diga que sí, Roberto,
mas si me miro ya muerto,
habré de decir que no;
que en morir tan justamente
nadie culparme podrá,
porque el amor me tendrá
en su infierno excelente,
que fue mi desdicha tal,
que al paso que a la ventura
vine a hallar la desventura,
por mi mano, por mi mal,
ya me juzgo y pagaré
mi pena con tal dolor;
pues sin mirar a mi amor,
la cólera me cegó.
Mas di, ¿quién podrá alabarse,
por más humilde que sea,
cuando celoso se vea,
de dar cualquiera venganza?
Cuando celoso me vi,
no creí que habría más celos,
mas agora en mis desvelos
de celos estoy sin mí,
porque parece que tengo
opuestos a mis enojos
todos cuantos a mis ojos
con mis celos los prevengo.
Remedio te quiero dar
para tu mal importuno,
que las cosas una a una
y acábalo de matar,
porque ¿quién ha de dejar
de dalle gracias al cielo,
cuando miran en el suelo
un ángel que a reposar...
Pag. 25
si acaso me echo en el lecho,
no he de poder descansar,
y si me encharco en cenar,
me ha de hacer poco provecho.
¿Hay gusto como vivir
sin vivir enamorado?
Pues comido y bien cenado,
me sabe bien el dormir.
Roberto, no es para ti
el entender estas cosas.
Cosas que son enfadosas
no las quiero para mí.
Si tú con alma nacieras,
tú probaras el rigor
que suele dar el amor,
y menos gusto tuvieras.
Pues yo conmigo lo siento.
Bestia bruta e irracional,
que si fuera racional
te hiciera el sentimiento.
Con pagarme las raciones
que me debes, será cierto
el ser racional Roberto,
como dirán tus razones.
Dime, ¿qué tiene que hacer
las raciones con razón?
¿Hay cosa más sin razón
que el que vive sin comer?
Porque piensas las comedias
que los poetas conciertan...
Pag. 26
Sin ver que a un autor le amuelan
y le meten en tragedias,
hay poeta que escribió
un mes, un año, semana,
no por tener mala gana,
sino porque le faltó,
y así escribió tan aprisa
con una hambre canina,
que en calzas suda y desatina
y le dejan sin camisa.
A un autor, pues, mira aquí
el poeta cual quedó,
espíritu se volvió
según tengo para mí.
Vanse.
Salen don Pedro y doña Inés. Don Pedro la saca maltratándola como que la quiere ahogar.
¡Viven los cielos, ingrata,
que has de morir a mis manos,
pues que rendiste tu gusto
por un antojo liviano!
¡Mira, señor, que me matas,
y inocente me hallo
de este caso, o que aún m-
aten sin culpa tus brazos!
¡Pues, villana, cuando sé
que me tienes afrentado,
dices que no tienes culpa!
¡Mira que te han engañado!
Con darte muerte, villana,
pienso vengar mis agravios.
Sale don Luis.
¿Qué es esto, señor don Pedro?
Pues, ¡cómo, cielos airados!
¿Me quitasteis la ocasión
de que me viese vengado?
¿No me respondes qué es esto?
Estará ya acobardado
en oponerse a mi gusto,
de enojo muero rabiando.
Y por esto me enojé,
¿vendré a ser tan desdichado
que habré sido la ocasión?
Señor don Luis, no me espanto
que ella no quiera casarse,
porque al fin es voluntario
y no forzoso ha de ser,
mas su atrevimiento es tanto,
que me ha perdido el respeto,
y así imposible la hallo
en que se case con vos.
Pues, ¿para qué de su mano
me diste esta firma suya?
¡Ay de mí!
¡Y cielos santos!
¿Para qué quiero yo vida?
Este traidor me ha engañado,
pues, dime, ¿por qué me tratas
a mí con tantos engaños?
¡Ah, villano, fementido!
¡Hay para mí más agravios!
Pag. 27
que estás con Inés,
a mi doña Inés me ha dado
palabra de ser mi esposa.
En este que estás mirando,
pasa los ojos por él,
y verás que no te engaño.
¡Ah, traidor, ah, cruel, ah, fementido,
ah, caballero villano!
¿Que así quitas el honor
a una mujer de este agravio?
¡Me vengue un rayo del cielo,
y te haga dos mil pedazos!
Que así profanado aquí,
ofensa a mis canos años,
les da muerte tantas veces,
y no acabo en mal estado.
¡Acabad, cielos, conmigo,
que alientan vigorosos años;
mas la piedad mostraréis
en acabar con mis daños!
¿Para qué quiero yo vida,
si he de vivir anegado
en tormentas de deshonras
y engolfado en mis agravios?
Pues, ¿cómo podré, don Luis,
darla yo a mi hija, cuando
sé que han manchado su honor
con atrevimiento osado?
Aquí la mayor cordura
puede ser el dilatallo
esto.
Si le digo mi deshonra,
viviré menos honrado,
pues que le tiene sus deudos
y ha de suceder asalto;
aquí la mayor cordura
puede ser el dilatallo,
hasta que tome venganza
yo mismo con estas manos.
Señor don Luis, de estas cosas
requieren que más espacio
los dos hablemos, y creed,
a fe de hidalgo honrado,
que si con vos no se casa,
no veáis que en otros brazos
en tanto que vivo, y
favores estoy dando.
Pues, ¿a qué efeto, don Juan,
de cólera estoy rabiando?
Asiento a tal disgusto,
que en el alma me ha quedado,
este papel, y esta firma
que la escribió de su mano.
Vamos afuera, don Luis,
y hablemos sobre este caso.
¡Ánimo, amor, que aprieto,
que no seré desdichado,
si hay esperanza!
Vanse don Luis y don Pedro.
¿Qué es esto, prima, qué aguardo?
Pues, ¿por qué mi tío airado
te trata con tal rigor?
Y a ti, ¿qué es esto llorando?
Pag. 28
Y mejor me fuera, prima,
que aquí me dieran muerte,
para que en tantos males
mi vida no se viese;
aunque a los desdichados
cuando más la deseen
por más desdichas suya
la muerte no se atreve,
que el que vive penando
vivirá para siempre;
que siempre al desdichado
la muerte le aborrece.
Mas ya que en tantos males
por mi infeliz suerte
me tienen mis desdichas,
es bien que me consuele
con repetir mis quejas
a los vientos alegres.
Un don Beltrán de Castro,
caballero excelente,
que por su ilustre sangre
este nombre merece,
un día quiso Amor,
que mis ojos le viesen
para ver si cautiva
la llama que me tiene,
que cuando quiere Amor
muy fácilmente quiere,
que no hay quien se resista
cuando sus flechas hieren,
porque su engaño duele
a todos rinde y vence,
y así no hay quien se oponga
contra su brazo fuerte,
cuando se mira airado,
por valiente que fuese,
porque atraviesa el alma
en un instante breve,
aunque de piedra sea,
con su halago aleve.
En fin, por mi desdicha,
o por ventura fuerte,
le vieron estos ojos
que por su ausencia mueren;
y sirvió con rigores
siempre discretamente,
con todo aquel respeto
que a mi sangre se debe.
Hablábame de noche
para que yo viniese,
porque cruel dio en mí
la causa de mi muerte,
pues su luz escondía
la luz para mí siempre,
cuando un don Juan de Lara,
solícito, imprudente,
gozar favores míos
porfiando, como siempre
suelen porfiar los necios,
con desengaños fuertes
porfió para su mal;
mas no sin escarmiento,
que para el mío fue,
pues resultó su muerte.
Las lágrimas de sangre
que ya mis ojos vierten,
pues es mayor dolor
vivir penando siempre.
Matóle don Beltrán,
que injustos celos tiene,
pensando que yo era
como muchas mujeres,
vinieron muy bizarros
a mis balcones verdes;
¡ay, si mi queja escuchar pudiera
la causa de mi muerte!
Mas él, por su delito,
cobardes bríos tiene,
y con su ausencia quiso
matarme a mí, imprudente,
pues me dejó penando;
y fuera más clemente
cuando la muerte diera
a mis escasos bienes.
Lleguéme a una ventana
a aguardar que viniese
la ausencia de mis males,
la causa de mis bienes;
cuando siento que llaman
con la seña que suelen,
abríla, con el gusto
que un amante que suele
esperar su ventura
si quiere firmemente;
y preguntando el nombre
me dijo: "Yo soy ese",
cuando gozosa el alma
del contento no puede
conocerse a sí misma
con el gusto que tiene.
Y a pesar de mi padre,
que casarme pretende
con don Luis Carrillo,
y así a celos viene,
mas con mis desengaños
no quiere complacerse,
diciendo que, olvidada,
él mismo la aborrece.
Y, ausente de mis ojos,
que ya morir pretende,
porque no quiere vida
quien de celos muere.
Mis razones escuchaba
quien más que a su alma quiere
para aplacar sus celos,
qué pudo responderle,
por más satisfacciones
que le doy no pretende
quedarse satisfecho
de los celos que tiene;
y me dijo: "¡Ay, cielos,
que una firma le diese
escrita de mi mano,
porque vivir pudiese!"
Y yo, como mi alma
vivir sin él no puede,
le di la firma mía,
porque seguro quede.
Pag. 29
Vase.
En este tiempo airado,
mi padre que pretende
casarme con don Luis,
me vio triste y prudente
y para asegurarme,
le dije que fingiese,
a Clara con engaño,
cómo el honor no duele.
Don Beltrán y yo, ¡ay!,
sus penas y él los siente,
con tanto extremo, prima,
que aquí me diera muerte
si aquel vil caballero
acaso no se viese
tan cerca de mi casa,
con recelos aleve,
que quiso darme vida
porque muriendo quede;
pues vi la firma mía
en sus manos aleves,
que con engaño quiso
tratarme de esta suerte,
pues fingiendo el nombre,
como traidor aleve,
mi firma me pidió,
porque si a mí se viese
seguro de los celos
que de mi pecho tiene,
y luego en mi presencia
porque mal lo sintiese,
la firma dio a mi padre
para que la leyese,
diciendo cómo yo
confieso que me debe
el limpio y claro honor,
que más pesares pueden
atormentar mi vida
que la pena presente,
pues solo queda agora
el que me den la muerte;
pues no hay vida con gusto
cuando faltan los bienes,
en este triste estado
mis desdichas me tienen,
porque llorando acabo
mi vida con mi muerte.
Pues miro de mis ojos
aquel que quiero ausente,
y aquel que yo aborrezco
le estoy viendo presente.
Pues mira mis desdichas,
si ansí llamar se pueden,
si puede haber quien diga
que mayores las tiene.
¿Y si mis ojos tristes
con justa causa viertes
tus lágrimas que miras
con los tuyos alegres?
No quiero, prima mía,
que aquí te me consueles,
que nunca habrá quien
quien consolarse puede.
Amor, ya tengo esperanza,
pues el dolor de mi prima,
cuando a ella la lastima,
a mí me da confianza,
pues don Beltrán a mis ojos,
despreciando mis favores,
por Inés con sus rigores
me daba tantos enojos.
Y así, ¿pero qué ha de ser mío
con decille cuanto aquí
Inés me ha contado a mí?
En hablando, me retiro,
pues quedará a Inés desvelo,
descanso para vivir,
y yo qué vendré a sentir
en mi pena menos celos.
Desengaños y su tormento,
doy albricias a Amor,
pues me sirve su dolor
a mis penas de contento.
Aquí sin haber engaño
pienso decir la verdad,
y con esta claridad
evitaré el mayor daño,
pues saco de confusión
a mi tío, se lo digo,
y descansará conmigo
mi pena de su pasión.
Con don Luis, aunque no quiera,
espero que ya se case,
porque su rigor se pase
y yo en mis penas no muera.
Mas don Luis me viene a hablar
y aquí se lo declararé,
y si quiere que Inés le dé,
que a don Beltrán me ha de dar.
Pag. 30
Sale don Luis.
Estoy con tan gran pesar
de lo que tu prima ha hecho
conmigo, que ya sospecho
que me tengo de matar;
pues, ¿por qué con tal rigor,
cuando la estoy adorando,
así se ofenda, ofreciendo
al desprecio de mi amor?
Porque una firma me dio
no paséis más adelante,
y no es mucho que os espante
en decir que eso es no.
¿Cómo esa firma tenéis?
Ella misma me la ha dado,
tuvisteis muy buen cuidado;
no, señor, no os alteréis.
Ésta ha sabido mi engaño,
y viéndoos que sospecho
que ha de alterar mi despecho
que me resulte algún daño.
Para requiebros es tarde.
¿Qué me quiere esta mujer?
Don Luis, bien podéis hacer
ya de vuestro amor alarde.
Si pretende que la quiera...
Don Luis, no me habléis, ¿qué es esto,
que a mujer que tan presto
declare su pena fiera
como os miro tan turbado?
Pues no me queréis hablar,
y aquello empieza a declarar
la pena de su cuidado.
No es bueno que así alentéis,
porque declare, que yo
he sabido que el engaño
a Inés y esta corrida
que se ve tan desdichada,
que le queréis dar a Inés,
y que Inés, al cual revés,
porque yo no acierte en nada.
¿Qué nos dirá esta mujer
que mueve ya por su prima,
y que tan poco se estima
que se quiera así ofender?
Como vos me deis gusto,
de lo que os quiero pedir,
en nada os puedo servir,
porque estoy con gran disgusto.
Con esos declaro aquí
que no será bien, Inés,
pues como a ella me deis,
dispon, ¿qué queréis de mí?
Enojos que ya temía,
el alma fuera de mí,
lo que yo te pido aquí
es que mucho me holgaría
de saber adónde está,
que me hagáis diligencia
un hombre que tiene allá
mi alma, pues con su ausencia
no sé si vivo ni muero,
que tanto el alma le quiere,
que ya con su ausencia muere,
porque más que a mí le quiero.
¡Vive Dios, que me has sacado
de tan grandes confusiones!
Que me vi con sinrazones
en un confuso cuidado,
Señora, porque a un hombre
lo que por vos a Inés quiero
que me declaréis espero
de ese caballero el nombre.
Pag. 31
Pues llama a don Beltrán,
de quien doña Inés de Castro él espera
que fin de tu pena fiera
tus desdichas hallarán,
porque en mi casa le tengo
escondido del rigor
de la justicia y de mi amor,
pues a contraayuda vengo
a que prevengas esperanza,
alivio diré, señor,
que ya olvidando el temor,
que pases a confianza.
Si le llamas esperanza,
¿quién como tú puede dar
para poder descansar
a tres penas esperanza?
Mas dime, ¿cómo es de creer
que, olvidando sus agravios,
de aquellos purpúreos labios
que yo pueda merecer?
Digo, palabra te doy
que gozarás con ventura
de Inés y de su hermosura.
¿De qué te afliges? Don Luis soy,
un humilde esclavo tuyo,
a don Beltrán llevaré
un papel, y si en veras
con tus penas concluyo,
mil veces los pies te beso.
No tienes que darme pago,
que yo mi negocio hago
con el tuyo, te confieso;
vamos, que quiero escribir
el papel a don Beltrán.
Ya mis penas hallarán
descanso para vivir,
y mis celos y enojos
que lastimaron mi pecho,
de mi prima a su despecho
daré fin con sus enojos.
Vanse.
Salen Clara y Roberto.
¿Qué es esto, dime, Roberto?
¿No me dirás de do vienes?
Venimos de lejos tierras
por ocasión de esta muerte.
Pues, en seis días de ausencia,
no sé yo qué lejos fuese.
Al que camina con hambre
todo lejos le parece,
y agora, según estoy,
me parece que ya siento
mi pescuezo en el verdugo,
si no que Dios lo remedie,
está ya dando en el ubre
para el gobierno que tiene.
Pues, ¿cómo te has atrevido
a venirte de esta suerte?
Hallé a mi amo Beltrán
que de beber un vaso lleno,
contra mi despecho quiso
que a hablar a su Inés viniese,
y ruego a Dios que me diga
que a Flandes volverse puede,
porque no mande otra vez
que con recado volviese.
Luego, ¿no se te acuerda
de aquel amor justamente,
temía yo tu mudanza?
¡Ah, traidor, oh vil aleve!
Pues, Clara, si no me acuerdo
de mí mismo, ¿cómo quieres,
que metido en tanto miedo,
que yo de tu amor me acuerde?
Pues escúchame, Roberto,
y a mis razones advierte,
que algún día me querrás
y yo no querré quererte,
y aquí no te digo más,
porque mi señora viene;
vete.
Sale Inés.
¿Qué es esto? ¿Qué haces aquí,
Roberto?
Pues, ¿cómo tienes
novedad de verme aquí?
¿No me has visto aquí otras veces?
¡Ay, desdichada de mí!
Pues cómo mis penas pueden
dejar de abrasar el pecho
con las memorias presentes.
Si le digo a don Beltrán
el estado en que me tienen
mis desdichas, será cierto
que con el valor que tiene,
ayudado de sus celos,
querrá dar a don Luis la muerte,
y yo quedo sin honor
si tal delito comete,
porque tiene publicado
que mi sacro honor me debe.
¿Adónde está tu señor?
En tal estado le tiene
su amor que él mismo no sabe
dónde está, porque se quiere
con tanto extremo, que él mismo
a venir aquí se atreve
sin mirar en el peligro
que sus desdichas le tienen,
mas mi pecho que, señora,
mar que a sí mismo le quiere,
quise ponerme al peligro
para que él no se pusiese,
un bizarro caballero
que acudió a su buena suerte.
Pag. 32
quien os dé favor y amparo,
pues escondidos nos tiene
en su casa en secreto.
¿Y cómo se llama ese
caballero?
Es don Luis
Carrillo.
¡Cierta es mi muerte,
y a mi pesar lo he de remediar
con un desengaño breve
que le escribí a don Beltrán,
el estado en que me tienen
mis desdichas! ¡Ay de mí!
Quien tan de veras le quiere,
le podrá desengañar,
pues que ave, cielos clementes,
dadme ayuda o acabad
mi vida con darme muerte.
Vente conmigo, Roberto,
porque quiero que le lleves
un papel a tu señor.
Si acaso un enredo tienes
que se le pueda llevar,
por mi vida que lo ordenes,
porque temo que a la puerta
me anden aguardando corchetes.
Mi corazón te dará
sus alas para que vueles.
Vanse.
Salen don Beltrán y don Luis con un papel.
A esta dama diréis
cómo mi pecho no puede
admitir favores suyos,
porque es señor excelente
el que descubre mi caso,
en ay de sí porque fuese.
Dichoso quien de su mano
tantos favores merece;
y dejando a Flandes,
por desgracias que suceden,
vine a España por la posta,
y pretensiones me tienen
en el estado tan pobre
como pretendientes suelen
estarlo en aquesta corte.
Esto podéis responderle,
no recibáis el papel.
No, señor, porque no puede
dejar de corresponder
muy mal el que ya entretiene
este papel con engaños.
A honrados accidentes,
pues yo se le volveré
y le diré a quien no tiene
que esperar en vuestro amor,
que a mí engañarme pretende.
Con decirme que es casado
que para darme la muerte
me venga con un papel
de quien mi alma aborrece.
Vase.
Que, ¡vive Dios!, que no haré,
según mi rabia me ofrece,
que se acuerde del papel
con mi disgusto presente.
Vase.
Salen don Diego y doña Esperanza.
Con tus ojos, Esperanza,
tan sin esperanza tienes
los míos que yo no sé
por qué tanto me aborreces.
Pag. 33
Pues rindiendo toda mi vida
porque quitármela quieres
con torbellinos de celos
y de tristes desdenes
a causa de tu rigor
y tu hermosura celeste.
Deme alguna esperanza
porque yo no desespere,
porque miro en tu beldad
cuando tu sol me amanece
que envidias al rubio Febo
pues que al sol oscureces.
Señor don Diego, quisiera,
como vuestro amor me advierte,
corresponder a este amor,
mas ya remedio no tiene
porque me casa mi tío
de su mano, y os advierte
mi nobleza que no es justo
que a vuestro amor os ciegue,
pues sabéis que fuera injusto
y que si vuestro amor tuviese
otros intentos livianos
más que vuestra esposa fuese.
Pues con tal resolución
me pronosticas mi muerte.
Mal pretendes engañarme
porque ves que él me quiere
y adonde estoy adorando...
Mas quiero a quien me aborrece.
Quédate con Dios, ingrata,
pues que ya mi amor te ofende
en dilatar mi venganza
en mí mismo con mi muerte.
No os vayáis, aguardad, don Diego.
Ya, ¿para qué me detienes?,
¿para qué quiero yo vida
cuando tanto me aborreces?
Mira que con este engaño
he querido ver si quieres
como lo dice tu boca.
¡Ay, Dios, si verdad dijeres!
Como fuera con Beltrán.
Mas que mi boca mintiese.
Pues dime, ¿por qué has querido
con este engaño, imprudente,
darme tan grande pesar?
Don Diego, en las mujeres
de tan fiera calidad
que cuando ven que las quieren
ellas aborrecen más,
y más si notan y advierten
el que descubre su amor
a quien ama eternamente.
Pues dime, ¿cómo podrá
descansar el que bien quiere
y no comunicar sus penas
Tose el viejo dentro.
cuando ve que le aborrecen?
Pues dime, ¿adónde mejor
es este gusto presente
por comunicar tus penas
que no que sin él te penes?
Mas aguarda, ¿qué es aquello?
¡Ay de mí!, mi tío viene.
Pag. 34
Vete con Dios, no quisiera
que aquí contigo me viese.
Vase.
Quédate con Dios, señora.
Ya deseaba que se fuese.
Sale don Pedro.
En mi desdicha esperanza,
es justo que me consueles,
pues forzoso en tantos males
que yo mismo me dé muerte.
Dime tu pena, señor,
la causa de lo que tienes.
Esa fiera, aquesa arpía,
me ha tratado de tal suerte
que me hace vivir sin honra
para que yo desespere.
Señor, señor, es engaño,
que Clara y ella pretenden
darte a ti tales disgustos,
con los engaños presentes.
A mí me ha dicho ella misma
como con don Luis no quiere
casarse, y que intentaran
que tú mismo lo impidieses,
diciendo que don Beltrán
fue de su honor el aleve;
y a ti con tantas traiciones,
señor, engañarte quieren.
¿Qué me dices?
Sí, señor.
Abrazaréte mil veces
por el gusto que me has dado.
Pues, señor, mira y advierte
que los cases al momento,
y advierte que no confieses
lo que te he dicho a mi prima,
Vase.
Muy bien tu pecho me advierte
lo que yo tengo de hacer,
porque más seguro quede;
los he de casar mañana.
Vase.
Sí, señor, a más no esperes,
así acabarán mis males
y comenzarán mis bienes.
Salen don Beltrán, con un papel, y Roberto.
¿Cómo es esto, doña Inés?
¿Desta suerte me aborrece?
¡Imposible a mi deseo!
Dime, ¿qué papel es ese?
Un papel que viene escrito
sin saber quién pueda leerle.
¡Vive Dios, que pues tú fuiste
el que tal papel trujiste,
que me he de vengar en ti
como si fueras serpiente!
Pues, señor, ¿qué culpa tengo
por haber sido obediente?
¿En traerme este papel?
Pues si me traes la muerte,
¿dices que no tienes culpa?
Más temor mi miedo tiene
que tú me mates a mí.
¡Vive Dios, que me arremete!
¡Que me hace dos mil pedazos
que tal papel recibieses!
¡Inés de Barrabás,
en qué confusión me tienes!
Pag. 35
¿Qué dirás agora, ingrato,
cuando me has dado la muerte?
Que me dejes, aquí vaya
a avisar porque te entierren
y porque tu alma descanse
y por mi ocasión no pene.
Aquí, señor, te perdono
todo aquello que me debes.
¿Cómo quedo sin penar,
vivir yo cuando me tiene
aquella ingrata ofendido?
¿Cómo quieres que no pene?
Pues, señor, ¿por qué razón
quieres pague tu pretender
las ofensas que ella hizo?
No me dirás que me quieres,
que me ayudas a llorar.
Haré lo que tú quisieres.
¡Ay, ingrata!
¡Ah, fementida!
¡Ah, traidora!
¡Ah, aleve!
Conmigo tantas traiciones.
Conmigo tantos desdenes.
Porque tu amor me ofendió.
Pues porque tu amor me ofende.
Ya voy a tomar venganza.
Vete.
Ya voy, Barrabás te lleve,
y para darme pesar
otro papel escribieres.
Jornada tercera
Pag. 36
Salen doña Inés, doña Esperanza y Claros.
Ya, prima, mi tío ha ido
por don Luis para casarte,
que dice que quiere darte
antes que muera marido;
por lo que te aconsejo
es que dejes el engaño,
porque temo que algún daño
hará en ti tu padre viejo,
y más que Beltrán es pobre
y es fuerza para tu gasto
te ha de quitar de su gusto
la hacienda que de él se cobre,
y dos días vivirás
dichosa, recién casada,
y te verás tan cansada
que tus yerros llorarás.
Si tan dichosa me viera
que con él yo me casara,
de buena gana pasara
esa pena que me espera;
como lo dicen tus labios,
que si gozara sus brazos
unidos en estos lazos,
yo olvidara sus agravios.
¿Que es posible que has de estar
tan pertinaz en tu gusto,
que a tu padre con disgusto
le quieras dar tal pesar?
Muchas quejas me da
mi primo con apretarme
Pag. 37
que concluyes de casarme.
Salen don Beltrán y Roberto.
Todos estamos acá.
Que esto va al medio.
¡Ay, desdichada de mí!
Tu padre nos mata aquí,
si aqueste encuentro ha advertido.
¡Ay, prima, por Dios te ruego
mires si mi padre viene,
y a ti también te previene,
para que me avises luego!
Vase doña Esperanza, y pónese a escuchar en el paño, y Clara se va también.
Pues, ¿cómo es esto, señor?
¿Qué atrevimiento tenéis
para que a mis penas deis
más tormento en su dolor?
Subióme el amor al cielo
con amorosos engaños,
pues me da por desengaños
pena, rigor y desvelo,
pues cuando espero consuelo
vengo a hallar entre rigor
disculpas para un furor,
y ansí mejor me estuviera
que yo en mis penas viviera,
pues que vengo a estar peor.
¿Por qué me animas ufana
con amor de engaños lleno?
¿Mas quieres darme veneno
como cruel y tirana?
Pues como tigre inhumana
darme la muerte has querido
por haberme visto asido
de amor y sus flechas fieras,
pues que me diste de veras
la muerte con el olvido.
Cuando obligado te miro,
más riguroso te veo,
cuando amoroso me rindo,
más de tu crueldad me admiro;
cuando de amores suspiro,
vengo a verte tan cruel
que yo vengo a ser Abel
para que seas Caín,
pues que ya para mi fin
me escribiste este papel
con tu estilo soberano,
con tus razones altivas.
En mi pecho llamas vivas,
este tuyo engendro inhumano,
pues que me diste tu mano
para ayudarme a caer;
y a mi vida vendrá a ser
vida tuya aborrecida,
que no conoce a mi vida
entre tanto padecer.
Si hermosa no te miraras,
si desdenes no tuvieras,
será cierto que creyeras
que a tu hermosura agraviaras,
y ante el amor de sus aras
me arrojo por desdichado,
pues vivo desengañado,
siendo tan corta mi suerte
que, entre la vida y la muerte,
solo me aflige un cuidado.
Pag. 38
pues afligido he de estar,
y siempre ves que al rendido,
cuando le miran vencido,
le ayudan a levantar,
en tus manos piensa hallar
mi amor fin de tantas penas,
que penas solo son buenas
para el que puede olvidarte;
mas yo, a trueque de amarte,
serán penas sobre penas.
El dolor que me has causado
digan mis ojos por mí,
mas no lloraré por ti,
sino por ser desdichada,
pues ni mi amor te ha agraviado,
ni yo jamás te he ofendido,
que mi desdicha ha querido
quitarme, por darme enojos,
el descanso que a mis ojos
estoy mirando ofendido;
mucho mejor me estuviera
que nunca te hubiera visto,
pues en mil penas conquisto
la causa de que me muera;
pues cuando mi amor espera
que acabe su desventura,
siendo tal mi suerte dura,
en mi pena vengo a hallar
porque me acabe el penar
ladrones de mi ventura;
cuando mataste a don Juan,
a mí me diste la muerte,
que tan desdichada suerte
mis ojos te lo dirán
con las lágrimas que dan
llorando tu atrevimiento;
pues tu poco sufrimiento,
dando la muerte a él,
me mataste a mí con él,
pues que vivo en tal tormento;
della resultó tu ausencia,
della resultó mi pena,
y por ella te es ajena
y por ella ten paciencia,
pues con tan poca clemencia,
sin advertir a mi amor,
le dio muerte tu rigor;
y porque tú te ausentaste
y porque tú lo buscaste,
es bien pases tu dolor;
que si tú amaras de veras,
tú olvidaras tu furor
con el fuego de tu amor,
por temor que me perdieras;
y allí tus viles quimeras
nos han puesto en tal estado,
que yo, a verte ausentado,
cuando yo lloro por ti,
vienes llorando por mí,
e imposible me has hallado.
Vete al instante de aquí,
que si mi padre te ve,
por muy cierto, señor, sé
que me ha de matar a mí;
mas si yo muero por ti,
más dichosa vengo a ser,
si a causa de padecer
mi vida con darme muerte,
porque es más dichosa suerte
que viviendo aborrecer.
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Ya de mi valor confío
que espero verme vengado,
pues tu pecho tan airado
que tanto tardó mi tío
le da tormentos al alma,
con darle muerte al traidor
que aquí ofendió a mi amor.
Dejada estoy sin mí.
Y tú me verás aquí
ejecutar mi furor.
¡Ay, desdichada! ¿Qué haré?
Solo, don Beltrán, te digo
que, a causa que vas conmigo,
ya a mis penas fin daré;
pues contenta moriré
con que me maten tus brazos,
que no quiero en otros lazos...
Pluguiera a Dios que la hierba
que por mi desdicha muera,
porque goces de mis brazos.
¿Tú me quieres?
Sí, señor.
¿Tú me engañas?
No te engaño.
Pues ¿cómo, con desengaño,
me da muerte tu rigor?
¡Ay, para mí más dolor!
Aunque el amor no te engaña...
El amor te desengaña,
que es hijo de amor y honor.
Acuérdate del rigor
que a mi desdicha acompaña.
Este aprieta demasiado,
y así estorbaré su intento.
¿Qué dices tú, pensamiento?
Sácame de este cuidado.
¿Y en qué, di, me has aguardado,
mira que mi tío viene.
Mi desdicha me previene;
si te ven, mayor dolor.
Vanse Inés y Esperanza.
Quédate con Dios, señor.
Buen descanso a mi alma viene.
¡Por Dios, señor, que tu humor
se mira bien despachado,
de que te quedas suspenso
cuando libre te has hallado!
Señales de dicha parece
que a otra mujer vas buscando.
Divierte estas imaginaciones,
porque bien sé que en mi daño
resultarán tus ansias;
pues, como triste lacayo,
con hambre y andar a pie,
sé que vivo condenado.
Ya, señor, vamos de aquí,
da lugar a tu cuidado,
que ya es forzoso que esté
de estar contigo cansado.
¿Cómo puede ser, Roberto,
si ves que me quiere tanto,
que no he salido de uno
cuando otro me está matando?
No habrá creído hasta ahora
que fueses tan desdichado;
pues dime estas confusiones
de dónde habrán resultado,
que son dudas que no entiendo.
De adónde viene este engaño,
pues yo, cierto y prevenido,
intentar un temerario
Pag. 40
Cierto, y por esto quiero
quedar aquí como un argos
para a ver quién anda.
¿Quién me ha puesto en tal cuidado?
¿No era mucho mejor
que tú, mi maestro amado,
que en todo sales con su capa,
porque pueden entrar tantos
que no sepas dar razón?
Vase.
Cuando yo llegue a contarlo
en esta casa, Roberto,
vivirás muy engañado
si piensas que tantos entran,
porque en su casa han entrado
caballeros, pajes y criados,
sin saber lo que te mando;
y vos, mi señor Roberto,
y en tanto que mi cuidado
te ocupa en mirar aquí,
que intentes tan temerario
ni te asomes a preguntar,
sino a hacer lo que te mando.
Él se fue, no sé adónde,
y por Dios que me ha dejado
con más miedo que vergüenza,
que en su perra suciedad,
por ver si de aquí pudiera
apartarme por un rato,
que temo que ha de venir
algún hombre endemoniado
que adivine mi deseo
y aquí me ha de abrir los cascos.
Sale Clara.
Desde arriba he visto, Roberto,
que miras con gran cuidado,
y es fuerza que, a sentadas,
el verte tan despreciado
de mí, yo quiero llamarle.
Oye, al amor hidalgo.
¡Por Dios, que Clara me llama
porque me maten a palos!
Pero yo procuraré
que no me coja en el lazo.
¿A quién aguardas, Roberto?
Pues, ¿por qué te vas, ingrato?
Dime quién viene contigo.
¿Cómo, estás tú borracho?
Porque a mancebos toca,
cuando se aflige el cuidado
de su dama, si es que tiene
sus celos repiqueteados.
Pues, ¿has estado celoso?
Ni receloso he estado,
mas no por eso he querido
que me aflijan el cuidado
para dejar de comer
y acostarme bien cenado.
Mucho te debo, Roberto,
mas yo pienso que te pago
tus finezas con el ver
que tú mismo estés mirando,
en verme hablar con Martín,
como solemos entrambos,
que tengo por imposible
que no te tengas cansado,
porque me espanto que un sordo
pueda sufrir que hables tanto.
Como yo estaba encima
de aquel tan injusto agravio,
cuando viniste a traer
a Inés aquel recado,
Pag. 41
¿Quieres picarme a mí
solo por verte picado?
Pues para picarme a mí
es fuerza, como a un caballo,
me piquen con alicates.
Luego, ¿a ti no te ha pesado
de verme hablar con Martín?
Pues si me diera cuidado,
¿no te parece que ya
estuviera hechos pedazos?
Dejemos ya valentías
y aquello que importa hablemos.
Sale Martín.
Parecemos mi amo y yo
que vivimos encantados,
según nos tiene el amor
afligidos con cuidados.
Él se cela de Beltrán
y yo de otro lacayo,
que adonde también lo soy
por otro puedo nombrarlo.
Mas ¿qué es aquello que miro?
¡Vive Dios, que están hablando
ella y Roberto! ¿Qué haré?
Que Roberto es alentado
y no le desafío;
¡vive Dios, que he de matallo
a traición!
Pues ¿qué es aquesto?
La ocasión se me ha pasado,
pues que ya me ha visto aquí.
¿Qué tienes que estás turbado?
De cólera estoy ansí.
De cólera estás temblando.
Es cólera con cuartana,
como leona africana,
adiós, y mira que digas
lo que te he dicho a tu amo.
Vase.
¡Vive Dios, que estoy temiendo
que me ha de matar a palos
este Martín o demonio!
¡Que no fuera yo alentado
para que le echara un reto
y saliera desafiado
a campaña, donde viera
la flaqueza de mis brazos!
Parece que está cobarde.
¿Si se han visto dos lacayos
en comedias deste mundo,
que sean gallina entrambos?
Escuche, señor Roberto.
Solo Roberto me llamo,
que el señor para boato
se puede quedar a un lado;
diga lo que quiere agora
y aprisa, que está aguardando,
porque no ha comido hoy,
un pollino que a mi amo
le dieron para un paseo,
no dado, sino prestado,
y si acaso me detengo,
será muy forzoso caso
que publicará su hambre
cantando como un canario.
Solo quiero preguntalle
si acaso ha visto a mi amo.
Pues, ¿cuyo de Dios es él?
Paso, que es muy temerario,
bizarro; y pues no sé
adónde se fue mi amo...
Pag. 42
¿Qué quiere que le responda,
pues con esto está acabado?
Pues partamos desde aquí,
cada uno por su lado;
yo por buscar mi pollino,
y vuesa merced a su amo.
Vanse.
Salen don Esteban y don Luis.
Sabrás que con doña Inés
don Beltrán ha estado hablando,
pero por Dios te aseguro
que he estado con tal cuidado
porque Inés no declarase
cómo se hizo aquel engaño,
que cuando quiso decirlo,
le di tan gran sobresalto
venía alterado,
bajó por la escalera
y echó por la calle abajo.
Agora importa, don Luis,
apretar con este caso
para que os case mi tío,
que podéis estar fiado
que de mi parte, don Luis,
todo lo que puedo hago.
Doña Inés me dijo a mí
que estuviese yo fiado,
que mi amor estimaba,
y le dije en qué estado
estaba lo de la muerte,
porque a Inés da un cuidado
el ver que estaba Beltrán
de la justicia apretado,
y por haberle querido
sentía mucho su daño.
Y así la desengañé
cómo no se ha declarado
quién fue el que mató a don Juan,
y en pago de esto me ha dado
palabra que me querrá,
y que tuviese cuidado
de ampararle en sus negocios
que agora trae en palacio,
porque él se quiere volver
a Italia, y así he callado
a mi tío porque hiciese
que le diesen un despacho
con la brevedad posible.
Y, dime, de mi cuidado,
¿podré vivir ya seguro?
Cuando le di tu recaudo
recibió tan grande gusto
que no te sabré contarlo.
Ella me echara a perder
si supiera que el engaño
que en pago del desprecio
de don Beltrán, yo he fraguado.
El papel le di a don Diego,
dame, señor, esos brazos,
quedo un esclavo tuyo
por el gusto que me has dado.
Vase.
Sale don Pedro.
Yo pienso, señor don Luis,
tendremos algún descanso,
pues ya menos rigurosa
a mi suerte estoy mirando,
y pienso con brevedad
que ya me miraré casado.
Pag. 43
Pues con eso vendré a dar
a mis penas un descanso,
y ruego clemencia al cielo
porque mis caducas ansias
en esta mísera vida
me tienen ya muy cansado.
Agora vete, niña,
que él es mi padre y amparo,
pues que tú me das la vida
con tus piadosos brazos,
que con Inés yo no aspiro
más gustos ni más regalos
que solo su corazón
para mis males descanso.
Cuando quieres que me case,
porque se resiente algo,
y no es puesto nos casar
mañana, y así aguardo
que lo resienta mejor
y que vivas con descanso;
por esta semana espero
que os tengo de ver curado;
prevenid como decís
vuestras deudas, entretanto
prevendré también las mías,
y adiós, que voy a palacio.
Vanse.
Él os guarde como yo,
déos buenos descansos.
Sale doña Inés.
Tan desdichada nací,
que si deseara que el cielo
me mostrara su consuelo
le escondiera para mí,
que es tanta la pena mía
por mi desdichada suerte
que el contento me da muerte
cuando a otros da alegría;
si procurara vivir,
no me faltara pesar
que a mí me hiciera llorar
para acabar de morir,
y cuando morir pretendo,
me parece que se aparta
se detiene más el día
para que viva muriendo,
y si la sombra me ampara
luego viene con sus rayos
el sol a darme desmayos
para no verme lograda;
y luego si le dedes
viene a dar que las estrellas
a mí me arrojan centellas
porque no goce mi luz.
Tanto mi pasión me obliga
que estoy por favorecer
a don Luis, y podrá ser
que de en esto me desdiga;
mas luego echará de ver
que en ello busco mi muerte,
y por ser poca mi suerte
no me querrá obedecer,
que sabe que me apasiona
y mi pena me provoca,
y si le engaña la boca
sabe que no el corazón.
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Sale Clara.
Con tanto pesar estoy
de verte tan apretada,
que tardé en ver malograda
pues tu padre te requiere,
vete a recibir un esposo,
te ha de casar y ha de ser ora
que tú no das a entender
tu pasión, que podrá ser
que a tu padre furioso
se enoje para más daño.
A mi padre diré aquí
que me dé la muerte a mí,
y podrá ser que mi engaño
me mienta en esta ocasión,
pues que ya será forzoso
que aquí me mate piadoso
y me arranque el corazón,
que quiero ver si mi pena
descansa desta manera,
que yendo tras mi esperanza
la muerte es pena más buena.
Dime, ¿qué piensas hacer
con tan notable porfía?
Que se acabe la vida mía
en estado que ha de ser;
y pues la muerte me agrada,
para qué quiero más muerte
que mi desdichada suerte,
mirarme con él casada.
Mas de presto quiero
a padecer ir penando,
porque siempre que llorando
pague el gusto que él halló.
Dime, ¿dijiste a Beltrán
cómo don Luis te engañó?
Y que, como quieres que yo
lo disimule, me dan
batalla el amor y honor.
Porque si a tu hermano contara
es cierto que castigara
su ultraje con sumo furor
y luego a él le matara;
era su vida a mi deshonra,
pues quedara yo sin honra,
si tal delito yo notara,
quitando al traidor su atrevimiento.
En virtud de aquella firma
con tus razones confirma
que mi claro nombre debe
y es fuerza lo que lo saben
que a aquella firma temía,
y diz que en lides honra y vida
porque mis penas me acaben;
que muy liviana nací
pues se crió en pasión y daño,
que su encubierto engaño
me pudo engañar a mí.
Pues, ¿qué pretendes hacer
cuando tu padre porfía
que antes que pase este día
casada te quiere ver?
De casa ayer al salir,
diciendo que a don Diego
los que te ande a pedir
y encargado me dejó,
señora, que te dijera...
Pag. 45
que tuvieres prevenida,
que desdicha es mi vida
en el inter que él volviera.
¡Ay!, para mí más tormentos,
que para mí mayor dolor,
como faltar el favor
a todos cuatro elementos,
para que pueda anegarme,
y me hagan dos mil pedazos,
y el viento le dé sus brazos
al fuego para abrasarme.
Tan desdichada nací,
por mis continuos desvelos,
que ya no quieren los cielos
que yo me acuerde de mí,
pues por mirarme penar,
de mi muerte en resistencia,
muestran poca clemencia,
pues no me quieren matar.
¿Para qué quiero yo vida,
si siempre con mis enojos
tengo de andar con mis ojos
con mi vida aborrecida?
Tanto cuidado me das,
que no quisiera mirarte,
que peno y he de matarte.
Vase.
Pues tú, Clara, me podrías
consolarme con decir
que es justo mi sentimiento,
porque es el mayor tormento
morir sin poder morir.
Salen don Diego y don Beltrán.
Ya espero que me digáis,
el fin de esta confusión,
porque es cosa ya asentada
que de un hombre como vos,
vengáis al campo vuelto,
sin mirar que mi valor
no ha de volver a poblado
sin que riñamos los dos;
porque no es hombre de bien
el que sin reñir volvió,
y cuando no rinda al menos
con mucha satisfacción.
Decidme qué me queréis,
porque ya aguardando estoy
para responder, villano,
a vuestro altivo furor
con aqueste acero limpio.
Pero con la lengua no;
mis dudas me han declarado
en buena resolución
que ofendido me tenéis,
como el alma lo pensó,
y si acaso vuestro pecho
conmigo tal intento,
resuelto podéis estar
que es abismo mi furor,
que muerto se ha de quedar
aquí el uno de los dos.
Declaradme vos, bastardo,
porque ya aguardando estoy.
Pag. 46
que ya me la declaréis
y empiece nuestro furor.
Señor don Diego, yo he sido
aquel que a don Juan mató,
porque con su bizarría
quiso ofender a mi amor.
Fueme forzoso ausentarme
y en este tiempo ofendió
segunda vez vuestro pecho
con vuestro altivo furor,
pues tuvisteis osadía
de atreveros al honor
de doña Inés de Ribera.
Como vil, como traidor
digo que habéis procedido,
pues no mirando a quien soy
tuvisteis atrevimiento.
Con el amor, que es ciego,
viniendo, ¿qué presumisteis?
¿Quién a su honor se atrevió
que se os alteren los celos
y a mis bravatas, no?
Pues dando la muerte aquí
castigaré tal traición.
Dale un papel.
Primero os quiero advertir
que me escuchen mi razón,
que no os doy satisfacciones
por vuestra loca pasión,
sino por estar asida
por la opinión de su honor,
porque un loco respondiera,
si no lo hiciera el quien soy,
porque a dar satisfacciones
de ningún modo os las doy,
porque veáis engañado,
don Beltrán, de mi valor,
mirad vos este papel,
y veréis que os engañó
vuestro parecer en esto.
Vuelvele el papel.
¡Que esto, válgame Dios!
¡Cielos! Fundé mi cuidado
y en esa, por quien muero yo,
mas decidme, ¿qué es aquesto
que os causa esta confusión?
Agora ves, don Diego,
que nos dan amigables
por quitarme a doña Inés
en una red enredados;
este papel que tenéis,
a mí don Luis me le dio,
diciendo que a mí me daba
su dueño su corazón,
como quien a doña Inés
mi alma no le admitió,
y luego, para vengarse,
os le vino a dar a vos.
Viendo que me conviene
que declare su traición,
pues él conmigo lo ha sido,
pues que quitarme intentó
el que era mi luz, el cielo,
que ya tan corrido estoy
que me he de vengar creo
con descubrir su traición.
Don Beltrán, sabed aquí
que el traidor de vuestro amor
ha sido don Luis Carrillo,
que a doña Inés engañó.
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como razón fementida,
hurtando el nombre de autor,
y ansí, en vuestro mismo nombre,
a matarme le pidió;
y como vil caballero,
publicó que se atrevió
a sus iras porque le case
su padre, y ansí, señor,
es tan gran caballero
y bien merece por su error,
que quien pretende conmigo
usar de tanta traición
es bien que reciba el trato
agora del acero.
Dadme a besar esos pies,
que no hay ventura mayor
para mí que vuestros pies.
Pues la vida me dais hoy,
pues advertid que os importa
abreviar la ejecución,
porque voy a dejar la casa
por fuerza o por rigor;
y mirad si os detenéis,
es cierto reprensión
que pasa muy adelante,
y, por desdicha mayor,
podrá ser que lloraréis.
¿Acaso la dilación,
no pienses, señor don Diego,
que podrá esperar mi amor
cuando estoy desengañado?
Vase.
De tan infame traición
usad lo que habéis de hacer,
y ansí yo también me voy
a mirar si halla descanso
en tantas penas mi amor.
Sale Roberto.
Vive Dios, que me ha costado
para buscarte, señor,
más pasos que a Sibila
el viernes de la pasión;
y ansí cual vengo sudando,
quiero que sepas, señor,
no me deja la agonía
hablar con la alteración.
Acaba, dime qué traes.
Hase visto tal rigor,
sabrás que clara me dijo
como don Luis...
Ya sé yo.
Cuanto me quieres decir,
luego para otra ocasión
podré guardallo.
Bien puedes.
La congoja se pasó,
y me muero por decillo,
que me ha pesado, por Dios,
que lo hayas llegado a saber,
pues me quitas la ocasión
de envainarte aquí un romance
del modo que me contó
aquella escura historia
que huele mi corazón.
¿Qué traiciones, Roberto?
¡Quién dijera tal traición,
que en su nobleza cabía,
desdiciendo a su valor!
Vive Dios, que estoy movido
por dalle muerte al traidor,
pues para tales traiciones
de mi nombre se valió.
Si pensara ser dichoso,
lo mismo hiciera yo.
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mas mira que si detienes
y suspendes las ocasiones,
te volverán tus locuras
con la mudanza al tenor.
Vete a buscar a doña Inés,
sácala de confusión,
que, por temer tus rigores,
ella no se declara.
Ya me es forzoso, Roberto,
poner en ejecución
el remedio de mis penas,
porque acabe mi temor.
Vamos en casa de Inés
y allí verás cómo yo,
con el fuego de mi pecho
y mi rabioso furor,
castigaré sus traiciones
si se me resiste hoy,
contra mis celos tiranos,
pues ellos tienen valor
para castigar traiciones
de un aleve corazón.
Por Dios, que temblando voy,
¿para qué quieres que yo
vaya contigo?, ¿qué quieres?
¿Que descanse en vos razón,
cuando te vengo buscando
por el aire como halcón,
sin hallar otro descanso
que deciros, mi señor,
que ya he abierto a todos?
Quiero que vengas conmigo.
Pues yo te digo, señor,
que no te entres en el peligro
fiado de mi valor.
Por esto te desengaño:
que si tú piensas que yo
tengo de arriesgar mi vida,
te engañas de corazón.
Lo que te digo, Roberto,
es que me sirvas desde hoy
sin replicarme palabra
a lo que te mando yo.
También es notable cosa
que, teniendo buen humor,
quieras que te busque males
para obligar a un dotor
que busca con gran cuidado,
sin saber por dónde entra
el mal humor en los nervios,
verte andar con confusión,
si puede ser tabardillo,
si de frío revuelto,
si algún calor invernal
el cuerpo desmenuza,
si fue de melancolía;
y no repara en decir
que la muerte de los tales
desembaraza a bulto
de esta cura sin razón.
Un cuento que aconteció
a un dotor con una purga
que a un enfermo le dio,
y que, para conclusión
que le afligía un dolor,
mandó sangrar diez veces
en seis días, y luego dio
en que tomase jarabes
y adelgazase el licor.
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la purga, y una mañana
el enfermo la tomó,
arropáronle muy bien,
de allí a seis horas pidió
unos traguitos de caldo;
y cuando vino el doctor,
tentóle el pulso y miróle,
y muy contento quedó
de mirarle tan robusto;
y luego le preguntó
cuántos cursos había hecho.
El enfermo respondió:
«Señor, ninguno», y esfuera,
y por la tarde volvió;
y volviendo a preguntar,
lo mismo le respondió.
Pues dio tan gran cuidado,
con tan duro celebro ,
de intestinos, que la purga
tanto al doctor le alteró,
que tomó ante el enfermo
y él hizo la operación;
y luego un grande recado
al enfermo se envió,
diciendo que ejercitara
el arte de ser doctor,
pues que no purga él, y no,
purgó por revelación.
Vanse.
Salen don Luis y Martín.
Llama, Martín, y pregunta
si está en casa mi señor.
Por Dios, señor, que la traza
lindamente te valió,
ya llamas padre a don Pedro;
y a fe que me acuerdo yo,
cuando al diablo encomendabas
al pobre viejo, señor.
Por eso se muda el tiempo,
y viene tras el dolor
el gusto, descanso y gloria.
Todo aqueso tengo yo,
menos la gloria y descanso,
y el gusto se me perdió
después que, por mis pecados,
a ti sirviendo te estoy.
Mas ya don Pedro se sale
a recibirte, señor.
Sale don Pedro.
Seáis muy bienvenido, hijo,
que ya aguardando os estoy,
para que le deis la mano
a mi hija, pues medió
el cielo tanta ventura
en que mis deseos veo.
Vamos, señor, allá dentro.
¿Quién podrá, padre y señor,
decir con tanta ventura
que tan dichoso nació?
Vanse.
Salen don Beltrán, doña Inés, Roberto.
Agora podéis hablar,
pues que tenéis ocasión,
que no entiendo el principio
de vuestro amor, ¡vive Dios!
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Sobra el quejarse, señor,
disculpa tenéis, señor,
y así sobran que principios
atento de vuestro amor,
que yo os juro, señor mío,
que quien perderte temió,
por sus vanas invenciones,
una leona abrazó,
que se ha de ver en tus brazos,
que ya tendré harto que hacer,
que la dicha me ha venido
al paso que persiguió
a mi pecho la desdicha.
En razón de mi señor,
que es fuerza que respondas,
agradeciendo este amor,
y rindo, ¡viven los cielos!
que tal dolor me causó,
cuando yo pensé perderte,
que en un ¡ay! lo sembró
mi vida, doña Inés, quiero acabar.
A mí no me está a cuento tener,
porque de vuestras penas
mi pecho participa,
agora tan bienes justos.
Si tú gustas goce yo,
no es el mal que se perdiera,
fuera el castigo menor
el que me diera la muerte,
pues con morir acabo
sus penas el que bien quiso,
y a mí me fuera mayor
pena, para mis desdichas,
que cuando os miro y os hablo
me sirváis a llorar mis penas,
y por desdichas mayores,
que yo no he de dudar,
correspondiendo a aquestos,
quitando intentos livianos,
correspondiendo a vuestro amor,
porque fuera grande error
el pensar de vuestro pecho
que hiciera ofensa a mi honor,
y agora como a mi dueño
aquestos brazos os doy,
y otra vez os diera el alma,
si es que la tuviera yo,
pues, ¿no es justo que paguéis
aquesto en dar a mi amor
con que vos me deis los vuestros,
porque se junten los dos?
Condición de mercader
tienes, ¡vive Dios!, señor,
pues quieres que doña Inés
te pague sin dilación,
el dar abrazo que has puesto
en la tabla de tu amor;
cuando un mercader le fía
oro o plata a algún señor,
le cuesta mucho trabajo
antes que a cobrar llegó,
y a ti como te ha costado
trabajos y confusión,
quieres que te pague luego,
y que no haya más dilación.
Sale Clara
¡Ay, qué malas nuevas, señora!
que cuando viene mi señor
con don Luis y sus parientes
por vuestra casa, ¡y ay Dios!
que corta que es mi ventura,
que de desdichas que hoy...
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¿De qué te afliges, Inés,
pues adonde vives estoy?
Has de temer tu fortuna,
ni de tu padre el rigor;
aquí los he de aguardar
y le diré a aquel traidor
cómo lo ha sido en sus obras
y a su sangre escureció
con hazaña tan infame,
pues con ella pretendió
quitarme a mí mi ventura
y a ti quitarte el honor.
Yo me he de casar contigo,
y luego verás que yo
tu firma le quitaré,
y si no, yo el corazón
le arrancaré de su pecho
para defender mi honor.
Si el corazón le sacaras,
¡qué harta ya me diera yo
comiéndomelo a bocados!
Pues por su infame traición
tanto pesar y disgusto
contigo he pasado yo.
Entremos en mi aposento.
Vamos, que tú verás hoy
el valor que me acompaña,
correspondiendo a quien soy.
Vanse y quédase Clara. Salen doña Esperanza, don Luis y don Pedro Martínez a acompañamiento.
Llama, Clara, a tu señora
y dile que aguardando estoy
con todos estos señores,
pues tan dichosa nació
quien pudo de estos señores
recibir tanto favor.
Voy a hacer lo que me mandas.
Vase.
¿Cómo podré yo, señor,
pagaros favores tantos,
cuando mi dicha midió
la hermosura de tu hija
para que me envidie el sol?
Salen don Beltrán y Inés asidos de las manos, y Clara y Roberto.
A ver, señor, lo que mandas
venimos, mi esposo y yo.
¿Qué esposo, dime, villana,
pues conmigo tal traición?
Solo vuestro falso pecho
conmigo ha sido el traidor,
pues con infamia intentastes,
quitarme a mí mi ventura
con la firma que pidió
vuestra boca en nombre mío,
ya que su esposo soy
en virtud de aquella firma,
y ella en mi nombre os la dio;
volvedme esa firma a mí,
o donde no, vive Dios
que castigue vuestro pecho
mi brazo con tal furor
que quedará nombre eterno...
De vuestra infame traición.
Con todos estos engaños
solo mi amor sirvió
que fuesen más prósperas,
pues sabéis que en destruición,
cuando mi amor intentaba
que no perdiera su honor,
con que fuera esposa mía,
y a quien amando estoy,
imposible mi deseo.
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Y por cuanto a vuestra voz,
el enviar don Beltrán
aquí pidiéndoos perdón,
pues es fuerza que mi pecho
ya corresponda a aumentos,
os doy esta fía, más que
y a él elijo, señor,
que tú me des esperanza,
pues mi desdicha perdona.
a doña Inés
Yo, por esta
que de su mano escribió,
te pido, señor, agora
que me resuelva a saber
otro engaño.
¿Qué es aquesto?
Pues ¿cómo, dime, traidor,
diste el papel a don Diego,
también a mí? Me engañó
tu falso pecho.
Señora,
don Beltrán te despreció
cuando le di tu papel.
Pues adivines que yo
le dé mis brazos a quien
mi papel alcanzó, estimo,
y a la luna de Valencia
mi buen don Luis se quedó.
Vase.
Por hacer tantos engaños
burlado quedo, mi amor.
Agora pregunto, Clara,
si a vos os escureció
tu claridad, porque temo
que me habéis puesto los dos
algunas armas usadas,
para que ande al humo yo,
acaso he andado fino.
Solo a ti mi corazón
te quiere para su dueño.
Pues casémonos los dos,
y aquí, señores, da fin
El burlado burlador.
Se acabó el año 1632, a 9 de octubre
