Texto digital de Allá darás, rayo
Metadatos de la obra
- Atribución tradicional
- Lope de Vega Carpio
- Atribución estilometría
- Andrés de Claramonte y Corroy Segura
- Género
- Comedia
- Procedencia
- El texto procede de la edición de Obras de Lope de Vega. RAE. Nueva edición.
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Cita sugerida
Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Allá darás, rayo. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/alla-daras-rayo.

ALLÁ DARÁS, RAYO
JORNADA PRIMERA
Alégrate, que hoy verás a la señora Isabela. La memoria se consuela en la distancia no más, pues de Nápoles estoy dos leguas. Siempre amor crece en la ausencia que padece, y, así, el parabién te doy de los gustos que te esperan en los ojos y en los brazos, ya en vergonzosos abrazos, ya en ternezas que ponderan los quilates del amor. En él las mayores palmas son enlazarse dos almas que las dividió el rigor de la ausencia. Ya parece que Isabela me apercibe los brazos y me recibe con el alma que me ofrece por los ojos, que, anegados en la púrpura y la nieve del rostro, donde amor bebe, esperanzas y cuidados. Agora, sin duda alguna, será tu esposa, que el Rey, por razón y justa ley, pues te ayuda la Fortuna, viento en popa en la privanza de la Reina, que le llevas después de las varias pruebas de deseos y esperanza, no te la puede negar, puesto que su prima sea. Como la fuente desea precipitándose al mar en abismos cristalinos, llegue por pizarras toscas, siendo en fugitivas roscas lisonja de los caminos, así yo lograr deseo las finezas de mi amor; fuente que con más rigor precipitada la veo, que en cuatro meses de ausencia, siglos de penas han sido los que el alma ha padecido. Yo quiero, con tu licencia, adelantarme a pedir las albricias de que llegas con salud; que en tales nuevas tal vez suele amor salir de límite. Dices bien; adelántate, y procura retratarme en su hermosura y animarme en su desdén; enamórala contando las mercedes y favores, gustos, halagos y honores que me hace la Reina, dando envidia a los que conmigo la acompañan, que tal vez Amor en las almas es de las lisonjas amigo. Y dila que a el Rey le pida por la nueva venturosa de que llegó con su esposa, del tan amada y querida, nuestro casamiento. Ha sido peregrino pensamiento, pues viendo su casamiento por tu ocasión concluido, forzosamente ha de hacer con Isabela otro tanto. Encarécele mi llanto. ¿Eso lo he de encarecer, siendo barbado? ¿Qué dices? Que eres loco, y no has amado. Llorar, señor, un barbado, aunque más lo solemnices, es de vergüenza, es bajeza. Amor los defetos dora; que, al fin, cuando un hombre llora, grande amor o gran flaqueza. Flaqueza: dices muy bien. La fortaleza en amor es la flaqueza mayor; lágrimas causa un desdén, lágrimas una esperanza, lágrimas una alegría, un favor, una porfía, un rigor, una mudanza, y lágrimas unos celos, que son las nubes de Amor. Siendo así, digo, señor, que Amor es un llora-duelos; yo me voy. Si haces. Corvino, que Isabela del Rey gane la palabra y que se allane mi amoroso desatino, tuya mi vida ha de ser. ¿Tu vida, señor, me das, cuando enamorado estás, para darme en qué entender? Yo la doy por recebida, que es la vida de un amante al infierno semejante, y dicen que no hay tal vida. La Reina sale. Será tu esposa Isabela hermosa. ¡Como ella sea mi esposa, no quiero más premio ya! ¿Carlos? Señora, ¿No es hora de caminar? Sólo esperan las carrozas de caballos a que salga Vuestra Alteza. Fue ayer la jornada larga. Amor, a ver que desean, hace infinitas las horas y hace imposibles las leguas. Aunque a Enrique ver deseo, Amor no me da tal priesa, Carlos, que me descomponga cuando del estoy tan cerca. Pues yo sé que el Rey, señora, los límites de la tierra, en estas dos leguas mide, que tan prolijas y eternas las hace el deseo. Basta, que con lisonjas ajenas sabe enamorar el Rey. Todas son verdades éstas en sus deseos leídas. Del Rey estoy satisfecha en vos, porque admiro en vos su decoro y su prudencia, porque da a entender la suya en fiarse de la vuestra; muy obligada os estoy en esta jornada. Empresa y blasón mío es serviros; premio mis deseos tengan en vuestro ingenio divino. Allá en Sicilia se premia con obras, que las palabras hacen poco, y mucho pesan; y así, porque conozcáis cuan pagada y cuan contenta estoy de vuestra virtud, quiero que este premio sea conforme a vuestro valor, medido a vuestra nobleza, y así, el ducado de Fox ha de ser la recompensa de vuestros servicios. ¿Cómo, si es de Fox digna duquesa Margarita, vuestra hermana? Pues si mi hermana no fuera duquesa de Fox, ¿que hacía en daros título y renta yo del ducado? El ducado, para que mi amor se entienda, es vuestro. Pues ¿qué ha de hacer Margarita? ¿Qué? Ser vuestra; que si es el título suyo, el título os doy con ella. Mis cortos merecimientos mirad. No hay quien más merezca que la virtud vuestra, en quien reinos, imperios comienza; cuanto más que conde sois de Gaeta, y de Gaeta a Nápoles han salido, y a Francia, más de dos reinas. Es verdad; pero... ¿Dudáis? Tengo miedo no se ofenda el Rey mi señor. ¿De qué? De que su cuñado sea un pobre vasallo suyo. Amor las leyes dispensa; yo salgo al enojo, duque. ¿Hay tal rigor, hay tal fuerza? Ya, hermana, están aguardando las carrozas y literas. Pues vamos. Dale la mano a Carlos. ¿Cómo, si lleva la tuya? No te la da como escudero, que hay fuerza en ella para un ducado; puesto que Fox tanto pesa, dale la mano de esposa al duque Carlos. Celebra a un tiempo Amor, en mis glorias, mi ventura y mi obediencia. ¿Estás contenta con él? Si el rey del mundo me dieras por dueño, no lo estimara tanto. ¿Hay mayor violencia, sin pensar? ¡Cielos!, ¿qué es esto? En mi muerte se conciertan las dos; pero, si en estado, en dignidad y en grandeza me aumentan y me levantan, desatinos son mis quejas; la Isabela perdone que olvidarse una Isabela puede por tal Margarita. Para que esto efeto tenga sin disgustos, por ahora importa que no se sepa. ¿Hareislo ansí? Sí, señora; siendo en los favores piedra, en las vigilancias Argos, como en las fortunas César. Yo lo prometo también. Pues en vuestra mano bella este contrato se jure. ¿Cómo? Así. ¿Su mano besas? Firmo el contrato, y los labios sirven, señora, de letras. Pues mira lo que has firmado, porque cuando te arrepientas y lo niegues, habrá firma que te obligue y te desmienta. ¿Yo arrepentirme, señora? Vivirá esta firma eterna en el papel de la mano, donde queda el alma impresa, que es lámina de alabastro, y no ha de poder romperla el tiempo con sus edades, la Fortuna con sus vueltas. Ya los caminos y campos, dándole al Sol primaveras y emulación a las flores, que más hermosas revientan las prisiones de esmeraldas en que abril las tuvo presas, viendo que les hace el arte generosa competencia de títulos y de grandes con admiración se pueblan: tan varias son y tan ricas las colores y libreas, y sólo Tu Alteza aguardan. Pues por mí no se detengan más; dadme, Carlos, la mano. No es mía. Aunque no lo sea, que para aquesta ocasión su dueño dará licencia. Ya esto pasa de favor y sobra de desvergüenza, donde hay príncipes tan grandes. Yo hablara cuando no fuera la duquesa Margarita tirano de mis potencias. ¡Plaza! Llegad las carrozas. Ya Italia, hermana, se alegra con tu vista. Y se entristecen los que la mano me prestan. para que esta. Colgaré en tu presencia, como a imagen divina a quien consagro las horas desta ausencia en memoria, señora, del milagro, por gloriosos trofeos, un lienzo de esperanzas y deseos. Más lisonjero vienes? Verdadero, dirás. Luego ¿verdades. Corvino, me previenes? La ausencia, aliento da a las voluntades; y así, ignorante ha sido quien dice que la ausencia causa olvido. Su Alteza, ¿cómo viene? ¿Hermosa como el Sol? Aunque en su hermana divino puesto tiene, porque si es celestial, es soberana; que en competencias bellas con amagos del Sol burlan estrellas. Sólo decirte puedo que somos de la Reina la privanza; ¿privanza?, corto quedo: somos su corazón y su esperanza; y así, Carlos confía el polo ser de aquesta monarquía; un momento, un instante no se halla sin el Conde. Yo lo creo. Y en honra semejante, ya parece, señora, que te veo su mayor camarera, como tu amor premiar sus partes quiera; y así, a ti te suplico en su nombre, Isabela, que al Rey pidas. pues su amor te publico, que en vínculo inmortal junte dos vidas que tanto se desean, donde el mayor amor premiado vean. Esto, en albricias, pide a Su Alteza, Isabela soberana; mide su amor y mide un imposible que la ausencia allana. Corvino, el seso pierdo de ver que, siendo loco, andas tan cuerdo. Si los locos las dicen, diciendo estoy verdades. ¡Si ya viene! Luego a la guarda avisen. ¡Insignes aparatos le previene Nápoles a Su Alteza! Publica la lealtad en la riqueza, ¡Isabela! ¡Gran señor! ¡Qué hazañas! Gustos prevengo para este día. Es el día, en mí , de mayor contento; porque, como fatigada de los asombros del sueño espera la noche el Sol que en dorados pavimentos de jazmines y de rosas salga a ser vida del tiempo, así yo, en la confusión de mis gloriosos deseos, espero a la Reina. Ya, a pesar de impedimentos, la traemos. ¿Quién sois vos, que decís que la traemos? Soy... ¡Alzad! Soy, gran señor, en poblados y en desiertos, el maná del conde Carlos. ¿Maná? Maná. ¡No os entiendo! Soy criado que en su casa, sin tener oficio, tengo todos los oficios. ¿Cómo? Como en todo me entrometo, siendo hablador mentiroso y siendo enfadoso eterno, soy arrendajo del Conde, vistiéndome al modo mesmo que él se viste: si él se pone una torre por sombrero, yo torre con chapitel; si él cuatro varas de peto, yo también con cuatro varas soy el enfado del pueblo; con los que no me conocen me finjo, señor, su deudo, digo necedades, río, tercio la capa, hablo recio y enamoro a lo señor, con deidad y sin dinero, porque dinero y camisa en todo el año los veo. Y, al fin, ¿de qué le servís? Las valonas aderezo. ¡Ilustre entretenimiento! ¡Humor tenéis! Soy benigno. ¿Cómo os llamáis? Nombre tengo del pescado que con habas da en sus récipes Galeno: Corvino, señor, me llamo. ¿Viene el conde Carlos bueno? Viene culto y superior. mal contentadizo: efetos de las mercedes que goza de Su Alteza, en quien el cielo hizo un depósito hermoso de las gracias. Agradezco tu alabanza. De esos pies tierra es mi boca. ¡No es necio! Estímale en mucho el Conde, por sus donaires. Deseo por él hacerle mercedes: librarle en el tesorero mil escudos, y haced vos que se los den al momento. Id con Otavio. Venid. ¿Dónde me lleváis? Os llevo a un desafío. Mi espada riñe poco y corta menos, (¡Esta es famosa ocasión para vuestro casamiento!) Isabela, ¿no me pides albricias de mis empleos? Poro celebras mis gustos. Pide mercedes, que soy rey que en el tálamo espero hoy la mayor hermosura; desata los labios puestos en la cárcel del temor y en la prisión del silencio. ¿Hasme de hacer la merced que pidiere? El premio dejo en tus labios. Pues, señor, el más generoso premio que de esas heroicas manos en esta ocasión deseo es el conde Carlos. ¿Carlos? Es libre, y darle no puedo sin su voluntad, que en ella no tiene poder el cetro. Fuera sin su voluntad, en mi honestidad defeto. porque él también lo suplica. Siendo así, yo lo concedo. ¡Dadme esos pies! Vuestra Alteza salga a los vidrios y espejos de esos balcones a ver el grave acompañamiento. Juntas serán esta noche las bodas. Besar te quiero la mano. Es mi amigo el Conde, y no quiero darle celos. Es tan tirano conmigo Amor, que este bien no creo, aunque en las manos lo veo, cuando lo alcanzo y consigo; porque, como es enemigo de todo agradecimiento, se endurece en el tormento y en el desprecio se anima, porque es un egipcio enima confuso en su entendimiento. Es un desconcierto hermoso que en el concierto perece, y una duda que se ofrece en el tiempo más dichoso, a un enemigo forzoso, a la libertad sonoro un apacible rigor, y es un mortal accidente que cuando el alma lo siente lo hace Dios y lo hace Amor. ¿Qué tenemos? No sabré decirte el bien que prevengo, porque un espíritu tengo que se admira y no se ve; tengo un premio de una fe que muere en la posesión, una razón sin razón que puede y no puede en mí; que es darme a entender así que inciertas mis glorias son. ¿Diote el "sí" el Rey? No me atrevo a decirlo, por saber que en los labios ha de ser incierto el placer que apruebo; porque como en mí es tan nuevo lo que deseo alcanzar, pienso que no he de llegar a efeto de conseguirlo, y así no quiero decirlo, por no tener que llorar. ¡Sofística estás! Estoy, siendo de Carlos esposa, tan confusa y temerosa, porque desdichada soy. ¿Cómo el alma no te doy en albricias? Suya es ya la mía. Sabida está del Rey la grandeza así, que es santo un rey que da un "sí" y que mil escudos da. Mas esto es decir, señora, la Reina entra en Palacio. Mi amor no permite espacio cuando os desea y adora, que si el pincel me enamora, que mudo espíritu tiene, y en vos con mil almas viene el divino original, el efeto celestial la adoración os previene; y así reverencia en vos soberana omnipotencia, pues con mayor providencia quiso engrandeceros Dios, que hay tal distancia en los dos, llegando a considerar, que no solo es fuerza amaros; mas tanta excelencia os doy, que, sin ser gentil, estoy casi a pique de adoraros. Estimo de Vuestra Alteza las mercedes y el favor, debidas a vuestro amor mucho más que a mi belleza; que si la Naturaleza decís que me ha engrandecido, en vos tan valiente ha sido que ha quedado, aunque gloriosa, de haberos hecho envidiosa: tanto la habéis excedido. Mas, dejando aparte agora belleza tan conocida, a Nápoles bien venida seáis a ser su señora, que en el alma que os adora antes de llegar reináis; y vos. Duquesa, seáis muy bien venida también, que así os vuelvo el parabién de la gloria que me dais. Criada de Vuestra Alteza es Margarita. A esos pies publique, señor, lo que es su humildad y su llaneza. Altar de tanta belleza es mi pecho: el pecho honrad. A Carlos, señor, premiad, que a las dos nos ha servido. Carlos, seáis bien venido. Dadme esos pies. Levantad. Vuestra camarera es mi prima Isabela. Así mis brazos merece aquí. Y estoy honrada en los pies. Vos, Condestable, después me ved. Vuestra hechura soy. Descansad. ¿Vamos? Yo estoy aquí, que agora ser quiero, señora, vuestro escudero. El alma en la mano os doy. Vuestra señoría me dé su mano a besar. La mano ya es tuya, pierde el temor, llega al cuello con los brazos, atrévete a su hermosura, profana el vestido intacto. ¡Ya es tuya! ¡Qué tibio esposo. Qué necio, qué mentecato! Quítale el miedo, Isabela; llega al Conde. ¡Con qué espacio te mueves! Anda, que Amor tiene más largos los pasos. ¿Hay tan necia mirladura? ¿Sois alabastro, sois mármol? ¡Vive Dios, que he de juntar el mármol y el alabastro! ¡Tente, loco! El loco y necio eres tú, cuando te ha dado en un instante el Amor lo que deseabas tanto, y te acobardas y tiemblas en la ocasión de gozarlo! Habla tú, que Carlos viene a el tálamo tan turbado. que tiene sin alma el pecho y sin palabras los labios. Ya, Carlos, pues quiere Amor que yo deshaga este encanto, perdiendo, siendo mujer, mi encogimiento y recato, el Rey me dio el "sí", y me dijo que esta noche desposarnos quería, admirando al reino con la boda de los cuatro; y así, ya puedes perder los temores que causaron tus confusos pensamientos, en dulce y glorioso lazo gozar las horas conmigo. Yo soy, señora, el que gano en ello; mas por agora te advierto y te desengaño que no me puedo casar. ¿Qué dices, qué dices, Carlos? Que estoy de este parecer. ¿Pues conmigo tal agravio? Ese nombre no le des, porque te estoy adorando; el alma es tuya, mas esto con amor perfeto y casto, y en esta conformidad las potencias te consagro, pero casarme no puedo. ¡Muerta soy! Amor tirano, ¡ya a darme celos comienzas! Mas eso tienes de ingrato. A Carlos buscando vengo, que son divinos milagros las napolitanas. Cesen las lágrimas, cese el llanto de estrellas. No son estrellas, pues con ellas no me abraso. Con la condesa Isabela está hablando. Amor, ¡ya al campo de confusiones y celos me sacas! Quiero apartarlos. Señora. La Reina te está aguardando en su cuarto. Perdóname, y ten paciencia. ¿Paciencia me pides, falso, en tan grandes sinrazones y en tan alevosos tratos? Corrida estoy, que un desprecio puede en las mujeres tanto que suele abrasar imperios y suele acabar estados. Y tú, ¡bárbaro enemigo, fiera ocasión de este engaño!, ¿qué dices de esto? Isabela, que Carlos está borracho, si este no ha sido picón. Si es picón. pica en más alto. ¡Ah. celos!, demonios sois, pues discurrís temerarios, tan brevemente y tan presto, por lo divino y lo sacro, que los reyes son de Dios imágenes y retratos. ¡Vive Dios. que en cuatro meses, señora que ausente ha estado, que han sido tuyas las horas. han sido tuyos los ratos! Isabela era su gloria. Isabela su vocablo: tanto. que un día a un monsiur en su cuarto estornudando. por decir "¡Jesús!", le dijo: "¡Isabela!': y retirados y hoy, últimamente, me hizo venir con este recado, y así, que es, señora, pienso picón. Corvino, en los casos de tanta importancia son los picones excusados. Mudado ha de parecer Carlos bien dice. y ya alcanzo la ocasión. que con cien ojos son siempre los celos Argos. ¡Daré voces. quejareme al Rey! ¡Tú voces, tú llanto! ¿Qué es esto. Isabela? Ofensas. ¿De quién? Basta que las nombre para conocer el hombre. aunque tú de él no las piensas. ¿Quién puede ofenderte a ti que a mí no me ofenda? Quien sabe que le quieres bien. ¿Es Carlos? Gran señor. sí. Pues ¿qué ha hecho? Me ha tratado con desprecio y con rigor, desestimando mi amor y despreciando mi estado; pues habiéndome él pedido que yo a Vuestra Alteza hablase y el casamiento tratase, agora me ha respondido que está de otro parecer y no se quiere casar. ¿Y eso te obliga a llorar? Es desprecio y soy mujer. Pasa al cuarto de Su Alteza. que yo a Carlos hablaré. y la novedad sabré. Y vos despejad la pieza. Los reinos soberanos, sin gustos son tiranos, que donde falta el gusto es todo bien injusto. Y si el gusto del hombre es la honesta mujer. desde hoy me nombre Nápoles venturoso. pues llego a ser esposo de la prenda que a gusto Dios me envía para ser mi gloriosa monarquía. De ver vuestra presencia el día da licencia. ¿Cuándo se os ha negado, cuándo no se os ha dado. gran Condestable, abierta de mi cámara a vos la entrada y puerta? Para vos en palacio no hay reservado espacio, y así, será excusada la licencia jamás para la entrada. ¿Cómo. Conde, os ha ido? Honras he recebido de Su Alteza. Es María la misma cortesía. En los reyes, a veces. mucho importa, señor, no ser corteses, que suele la llaneza profanar la grandeza del decoro real, dando ocasiones y principios así a mormuraciones. La llaneza es ganancia, y hace en nuestra arrogancia bárbara antipatía, y así, señor, sería razón de estado agora proponerla a la Reina, mi señora, que autoridad profese, sin que persona exprese, porque el pueblo, de ver llaneza tanta, mormura alguna vez, si otra se espanta. No os entiendo. Su Alteza con tan grande llaneza a Carlos engrandece, que a algunos mal parece. Como yo a Carlos precio, la Reina le honra así. Enemigo o necio venís agora Conde. A mi amor corresponde y al decoro real lo que aquí os digo. Conde, a Carlos dejad, que es vuestro amigo. A tan leal vasallo debe la Reina honrarlo con fe tan verdadera, que, cuando no lo hiciera, con ella me enojara, y honrarle desta suerte le mandara. Carlos es la persona que más mi imperio abona; lo mismo que soy yo, en el reino es Carlos y así, a los que hablan del, podéis culparlos. Basta. Id a advertirlo porque no vuelva a oírlo segunda vez, que quiero castigarlo severo. Yo voy. ¡Qué necia envidia! Ser afable la Reina les fastidia. ¡Oh, pueblo, que no perdonas virtud con lengua infernal, turbando el poder real profanando las coronas. ¡Qué presto, lince, pregonas en la Reina deshonores los que en Carlos son favores; pero si pueblo no fueras, la virtud no aborrecieras ni animaras los traidores. Habíala de dejar con la palabra en la boca, siendo presumida y loca? No des, señora, lugar a que puedan sospechar nuestros conciertos. ¿Qué es esto? ¿No basta haberme yo puesto en medio? Enojada estoy, Piedra soy, si el amor me ha descompuesto. Si en mí bajeza no fuera, en la Reina imaginara defeto; pero excusara, y a mi amor agravio hiciera; mas estar desta manera hablando con Carlos, ¡cielos!, causa es de justos recelos. Aquí pienso que hay cautela, pues despreciar a Isabela no es sin causa. ¡oh, viles celos!, ¿eso habéis de presumir de tan ilustre señora? ¡Mentís mil veces! Agora, Carlos, te puedes salir, porque podrá el Rey venir. El Rey podrá venir, dijo. No tiene Amor punto fijo, en todo puede acabar, más es locura pensar que es verdad lo que colijo; porque un rey ha de entender que es rey poder soberano, y que a un rey un hombre humano no le ha de osar ofender, y pensar que no es mujer una reina que en belleza en majestad y en grandeza el cielo la engrandeció, y poderoso le dio distinta naturaleza. Dame la mano por ella. La mano le dio y se fue; ¡que el Condestable me dé cuidado en mujer tan bella! Pero es bajeza ofenderla; castigar fuera razón tan vil imaginación, que la culpa del intento está en el consentimiento origen de la aprensión. Salirme quiero, y pensar que no la he visto. Señor, aunque huyas, sabrá mi amor, para prenderos, velar. Quíseos con Carlos dejar para que le hagáis favores; que tiene el reino traidores que los envidia. ¿Que ya la envidia severa va hecha lenguas y rigores? Sicilia con más llaneza procede, señor. Si aquí se ofende el decoro así y la suprema grandeza, perdóneme Vuestra Alteza, y más no me vea, pues hay quien, necio y descortés, con inadvertencia loca, ose en él poner la boca cuando la pone en mis pies. Y perdonad si os provoco, señor, respondiendo así, que yo en Sicilia nací; sé de Nápoles muy poco. El poder soberbio y loco enfrena la majestad con tan grande potestad. El poder, si lo ha de ser, siempre ha de tener poder sin perder su autoridad. Esa, con Carlos, os ruego y mando que atropelléis; que, sobre e] que vos tenéis, nuevo poder os entrego. Honradle agora de nuevo, que yo esta noche también le honro con vos, porque estén siendo de su honor testigos, rabiando los enemigos. Ya el arzobispo esperando está. Voyme a prevenir, gran señor, para salir. id acompañando a Su Alteza, así triunfando de estos. Hasta aquí ha podido ser lo que vos; mas venido, señor, donde estáis los dos, vos solamente sois vos, y vuelve a ser lo que ha sido. Satisfecho me ha dejado. Carlos, honesto venís. Decid, ¿cómo no os vestís siendo también desposado? Y a en vuestro nombre le he dado el sí a Isabela. Señor, murió en la ausencia mi amor. La ilustre correspondencia antes viene a ser mayor. ¿En Isabela dudáis? ¿No es Isabela mi prima? El acto me desanima, puesto que vos me animáis. Basta; mas pues no os casáis, porque quejas no me den. todos con vos bien estén, prudente en privanza igual. Carlos, ved que os quieren mal, y ved que yo os quiero bien. ¿Qué es esto? Apenas, envidia, a Nápoles he llegado, cuando, bramando, has mostrado que mi suerte le fastidia; pero en los bárbaros lidia no en el Rey, que es polo en quien hoy mis fortunas se ven, pues me dice con fe igual: "Carlos, ved que os quieren mal, y ved que yo os quiero bien". Isabela ha andado aquí. Isabela al Rey incita; al Rey temo; Margarita perdone si esto es así. A esta privanza subí por ella, y pagar es bien, pues es la ocasión por quien dice el Rey con ira igual: "Carlos, ved que os quieren mal, y ved que yo os quiero bien". Mas si ella lo solicita, ¿qué he de hacer? Darle al Rey gusto, que el poder más sabio y justo del pensamiento se irrita. Perdóneme Margarita y la Reina, pues fue quien dio principio a este desdén. Triunfe el Rey con ansia igual, pues todos me quieren mal y él sólo me quiere bien.
JORNADA SEGUNDA
- Que os canséis tanto no quiero. Este es el descanso mío. Aunque a Nápoles os fío, a Nápoles os prefiero. Idos, Conde, a recoger, que estos se consultarán después, que los que aquí están os irán a entretener. ¿Quién, gran señor, mereció las glorias que me habéis hecho? Vos sólo, porque sospecho. ¿Tanto favor? Aún no os muestro mi amor. Mi lealtad os fío. Carlos, sed amigo mío, pues yo soy amigo vuestro. Celos, villanos andáis, pues a un Rey os atrevéis; mucho de infierno tenéis, pues la memoria abrasáis. ¿Cómo verdad os fingís, si sois imaginación? ¿Cómo os creen, si mentís? Y, si no tenéis razón, ¿qué ley os dio tanta fuerza? Mas sois, celos rigurosos, mentiras de poderosos que se han de creer por fuerza. Carlos en sus ojos dice que es leal, sabio y modesto, y en él defeto habéis puesto porque en él me escandalice; mas llamar quiero desvelos los míos, que en los casados es bien que sean cuidados los que, en los amantes, celos. Mas despreciar a Isabela, a alguna sospecha incita; mas ¿si quiere a Margarita, y ella este amor le desvela? Puede ser, que el trato suele tales milagros hacer, que amor que hace aborrecer tiene amor que le desvele. ¡Oh, si fuera así y si hallara en tan bárbaros desvelos en Margarita consuelos con que el alma descansara! ¡Qué poca paciencia tiene el honor! Luego he de hacer esta experiencia y saber la verdad. Mas Carlos viene. Vuestra Alteza me perdone, que aunque me manda que viva con sosiego, el bien común me desvela y me da prisa. Lleno estoy de memoriales y de quejas infinitas, que es la esperanza en la Corte un infierno de por vida. Vuestra Alteza los despache. En este pide justicia madama. Si de vos fuera, luego, por causas precisas, se ejecutara. ¿De mí? De vos. Traiciones y envidias podrán culpar mi lealtad con engaños y mentiras. ¿Tan presto el favor es odio? ¿Tan presto el amor es ira? Mas subirme Vuestra Alteza al sol que en su solio pisa y agora que en él me tiene, ¿al centro me precipita? Hechura soy de esos pies; ellos me alzan y derriban, mostrando que es la privanza tan débil o quebradiza. Aquí mi cabeza ofrezco si son delitos las dichas y pecados las mercedes; pero si es por culpas mías, ¡vive Dios, que no es la luz del sol más pura y más limpia que mi lealtad y mi fe, y que... ¡Basta! Al cielo imitan los reyes, y el cielo consta de imágenes cristalinas, dando a entender que han de ser ellos desta forma misma, y así, transparente y claro, a Vuestra Alteza quería en esta ocasión. ¡Villano! ya que queréis que os lo diga: Vos os atrevéis al Sol; vos amáis a Margarita; vos casaros pretendéis con ella; vos han codicia y ambición; ser mi cuñado solicitáis vos, si animan favores a intentos locos y halagos a demasías, castigos a ser leales y cuerdos a sinjusticias. ¡Oh, celos, bien dijo un sabio que érades la fantasía de la razón! Si confiesa que la sirve y que la estima, me da vida, y si lo niega, mis sospechas acredita. El Rey está airado. Aquí, aunque la Reina lo diga, me importa negar, que el Rey es la máquina en que estriba mi esperanza. En el silencio y en la púrpura esparcida en vuestro rostro, conozco la intención y la malicia. Señor, si algún envidioso defeto en mi honor ha puesto, y ingrato, me ha descompuesto con Vuestra Alteza, es forzoso dar mi descargo, y así, en esta ocasión, no hablando, antes haciendo y obrando, quiero responder por mí. Y esto, señor, ha de ser dando a Isabela la mano, que es el término más llano con que os puedo responder. Porque responder que yo en tan loco pensamiento no tuve jamás intento y que la envidia mintió era dejar la sospecha siempre viva en la intención, y con tal resolución queda vencida y deshecha. Así mi honor se acredita y la traición se desvela, respondiendo en Isabela que no quiero a Margarita. Yo he sido mal informado, y aunque os reprendí ofendido, quisiera haberos oído que la habíades amado. Mira lo que amor ha hecho en mí, pues es cosa clara que si culpado os hallara quedara más satisfecho. Aunque también lo he quedado viendo que a Isabela amáis, que ansí me desengañáis de mi enojo su cuidado. Hoy Isabela ha de ser vuestra esposa; de este gusto todo es dudar y temer. Vuestra hechura soy del modo que veo. ¡Basta! Vuestro soy. Celos, satisfecho voy, aunque no lo voy del todo. Dijo Aristarco bien que el rey Sol era, pues en la lumbre que en sus rayos crece a un tiempo los diamantes endurece, a un tiempo ablanda la engrumada cera. Ya da espanto y temor con voz severa, ya con blanda piedad clemencia ofrece; que lo que pierde aquél, éste merece, y así el loco en sus rayos persevera. No hay en el rey y el Sol cosa constante: el fuerte se enternece en sus consejos, el manso se endurece en su semblante. ¡Dichoso aquel que, huyendo sus reflejos, cera no quiere ser, ni ser diamante, y a los reyes y al Sol mira de lejos! Dos horas ha que te busco abriendo y cerrando puertas, que después que eres privado alma pareces en pena. Ahora memoriales miras de un necio que al Rey se queja, de un enfadoso que pide, o un soldado que blasfema. ¡Miren qué papeles llenos de halagos y de terneza de una niña de quince años, entre blanca o entre negra: blanca en manos, blanca en cara. blanca en dientes, negra en cejas, negra en cabellos y en ojos, que no hay belleza perfeta cuando las niñas no son espíritus de Guinea, que unos ojos dominicos van predicando belleza! Ciertas nuevas te traía; mas, porque no te diviertas, Me voy, adiós. ¡Loco! Aguarda. Aguarde tu mucha flema un bellaco que hace en carro jornada de ochenta leguas o un triste que está sufriendo la eternidad de una suegra. Aguarda. No he de decirlas si los papeles no dejas. Yo los dejaré si son de Isabela. De Isabela son. Pues dejo los cuidados; pero quiero que me adviertas si son buenas o son malas. Son entre malas y buenas; que suele a veces la envidia estimar lo que desprecia. Isabela, al fin, señor, sentida de tus ofensas, para vengarse de ti se casa. ¡Venganza necia!, que la venganza ha de ser sin daño del que se venga; y así, se castiga cuando vengarse. Corvino, piensa, porque es casarse sin gusto castigo en cárcel perpetua. ¿Son ésas las nuevas? Pues siendo las bodas tan ciertas, ni son nuevas para dichas, y más cuando son tan frescas que vienen bullendo sangre. Por el mismo filo intenta vengarse de mí. Por Dios, que hechos los contratos quedan con el Condestable ya, y que aguardan la licencia del Rey. Isabela dice que se ha de casar sin ella cuando se la niegue el Rey. ¿Qué dices? Que no hay prudencia en mujer desestimada, y si el daño no remedias, te has de quedar, como dicen, a la luna de Valencia. ¿Cómo puede ser si el Rey tiene su palabra puesta y me la da por esposa? ¿Qué importa que el Rey la tenga, si en la voluntad consiste, y ésta es monarquía exenta? i Vive Dios que los vi juntos diciéndose mil ternezas como tórtolas amantes! Será mía aunque no quiera. Ya, señor, tarde piache. Bien le picó. ¿Hablas de veras? Tan de veras, que esta noche han de estar las bodas hechas, ¡Calla, infame! ¡Que me ha muerto! Belcebú que dé otras nuevas. Bien dices; que nuevas tales darlas demonios pudieran. ¡Oh. celos!, partos infame[s} de la envidia y la sospecha, con quien no hay prudencia sabia ni hay robusta fortaleza. Isabela se ha vengado de mis desprecios, que llega» los desengaños a ser luz del alma y sus potencias; pues a Isabela he perdido, todo con ella se pierda: acábese la privanza, los memoriales perezcan, y así, en confusos pedazos, lisonjas del viento sean. Carlos, ¿qué es esto? Señora. ¿Vos descompuesto y así? Sale la razón de sí, y pude, sin ella, agora, como ves descomponerme dándole a la novedad licencia esta soledad. que es la que pudo atreverme. Y estos papeles ¿qué son? Papeles que mis crueles ansias pagaron, papeles, sin dar ellos la ocasión. ¿Es disgusto con Su Alteza? ¿Pues quién, señora, podría turbar la prudencia mía sino sólo su grandeza? ¿Y ha sido el enojo injusto? Es tan pesado y tan grave, que a Vuestra Alteza le cabe también parte del disgusto. ¿A mí? A Vuestra Alteza, pues Margarita es la ocasión de tan grave confusión. ¿Qué decís? Que ocasión es Margarita del disgusto que el Rey conmigo ha tenido. Pues ¿lo ha sabido? Ha sabido, señora, mi intento injusto, y sus razones podían hacer mucho más en mí. ¿Qué dijisteis? Respondí que lisonjeros mentían y envidiosos que en mi honor habían defetos puesto, pero no ha parado en esto su disgusto y su rigor, porque me manda casar con Isabela. forzado; mirad si desesperado v si confuso he de estar, pues mi muerte solicitan cuando inocente padezco, y me dan lo que aborrezco, y lo que adoro me quitan. Ya no lo puedo sufrir. Si es engaño saber quiero. Señora. Señor. No espero de esta confusión salir. Carlos, ¿vos estáis aquí? Trujo un pliego. ¿Tal escucho? Señora, estimadle en mucho, que en él me estimáis a mí. ¿Pues si tanto le estimáis, cómo lo casáis por fuerza?, que el gusto jamás se fuerza, y dice que le forzáis. ¿Yo le fuerzo, yo? El a mí a Isabela me ha pedido, y yo se la he prometido. ¿Qué decís? ¿Es esto así, Carlos? Sí, señora. Pues ¿cómo decís que os forzaba y que a disgusto os casaba Su Alteza? Señora ... No es, Carlos, negar la verdad acción para merecer, porque el mentir suele ser puerta a toda falsedad; y quien mintiendo confirma, perjuro, su poca fe. aunque en alabastro esté negará su mesma firma. Pero a firma cautelosa de fementido escribano, habrá mano, y será mano vengativa y poderosa. Voyme. Disculpad, señor, disgusto que es tan forzoso, que hallo a Carlos mentiroso; mirad no le halléis traidor. Carlos, ¿qué es esto? Señor, sentido de la mudanza de Isabela que, en venganza de mi desprecio y rigor, en secreto se ha casado con el Condestable, aquí engañé a Su Alteza así, celoso y desesperado, encubriendo mis desvelos, porque en persona que alcanza su favor y tu privanza es bajeza tener celos. ¿Qué son celos? Son, señor, una sospecha admitida, v una quimera nacida de la imprudencia de amor. Son un mal que causa bien, y son siempre, mal seguros, unos espíritus puros que animan y no se ven. Y cuando viéndose están sin quimeras ni desvelos, ¿qué serán? No serán celos: agravios, señor, serán. Y entonces, ¿qué debe hacer, si el agraviado es discreto? Vengarse. ¿Cómo? En secreto. Admito ese parecer; tanta pesadumbre dan unos viles pensamientos. Los infernales tormentos, glorias llamarse podrán a su rigor comparados, y si en celos padecieran, mayor infierno tuvieran en ellos los condenados. Notable ponderación. ¿Y en maridos? Más forzosos. Los reyes somos dichosos en no saber lo que son; que como en todo los cielos nos privilegian, el nombre de rey dice que no hay hombre que se atreva a darnos celos. ¡Ah, señor!, si Vuestra Alteza como hombre experimentara sus rigores, disculpara mis yerros en su fiereza. Carlos, si me diera a mí el cielo tan vil castigo, y me ofendiera un amigo, como vos lo sois aquí del Condestable, ya hubiera hecho un grave desatino, porque en vos los imagino como si en mí los sintiera; porque vuestros desconsuelos tanto en mí los transformáis, que en vuestros celos me dais ocasión de tener celos, y con ellos, ¡vive Dios que mate! Señor, ¿qué es esto? Los celos me han descompuesto que he considerado en vos. Mirad, Carlos, lo que es ser buen amigo, pues así vuestros disgustos a mí me pueden descomponer. Y del ejemplo presente seguro podéis estar que lo sabrá remediar el que ansí por vos lo siente. Al Condestable llamad, que yo desistir le haré de Isabela. El bronce os dé, burlando la eternidad, vida inmortal. Hágaos Dios, rey de opuestos paralelos, no sepáis lo que son celos. No podré, viviendo vos; que siento los que sentís. Mis celos son desvaríos; se acaban hoy. y los míos se acaban si vos morís. Esto mi hermano me escribe. "A Margarita, casada tengo en Portugal". Amor sólo es el rey de las almas; no hay otro rey que las fuerce. Piensa que Carlos se casa con Isabela, y podrás, contenta y desengañada, hacer el gusto del Rey. ¿Eso dices cuando agravia Carlos tu grandeza y pone en contingencia mi fama? Será Carlos mi marido; cumplirame la palabra, aunque Italia se convoque y aunque se alborote Francia. ¿Estás loca? Loca estoy. Temeroso, en cuanto tratan imagino que me ofenden. ¿Es carta, señora? Es carta del Rey. ¿Qué escribe? Que tiene a Margarita en España casada, y que en Portugal es Reina. Y a mí me encarga que las galeras prevenga, porque ha de ser la jornada esta primavera. Al fin, es tan discreta y gallarda como cuerda Margarita, que aunque disgustado estaba por siniestra información, con sus virtudes y gracias ya he quedado satisfecho. ¿Y fue el enojo con causa? ¿Qué más causa que decirme que en deshonor y en infamia de Nápoles y Sicilia en secreto se casaba con un escudero nuestro, cuyo padre fue en mi casa, si en mis doseles pintura, en mis mármoles estatua, y a quien yo, por la humildad, al cielo de mi privanza levanté de entre mis pies, si no ha sido darle alas para que caiga del cielo antes que en la cuenta caiga? Carlos, me dicen, señora, Que, hecho Luzbel, se levanta a su amo, yo, y no piensa que hay Miguel que con la espada de la justicia divina, que en los reyes desenvaina diciendo "¿Quién como el rey?", su soberbia y su arrogancia no derribe y atropelle, porque si mi enojo pasa a ejecución, daré espanto con su castigo a la Italia, aunque en Vuestra Alteza ansí tenga tal ángel de guarda. Si pensamientos han sido, sólo pensamientos bastan para ser digno de pena: que si los reyes retratan a Dios con los pensamientos, también los reyes se agravian. Entiéndame Vuestra Alteza, que en las majestades sacras, como causas superiores son superiores las faltas. Quien de Margarita tiene tal pensamiento, se engaña, que es Margarita prudente y es Margarita mi hermana. Esto es cerrarme los labios y robarme las palabras; mas no han de poder con esto sacarme a Carlos del alma, porque mi esposo ha de ser. Esta noche, al fin, sin falta, Carlos se ha de desposar con Isabela, y a honrarlas habéis de asistir las dos. Lo que Vuestra Alteza manda , se hará, puesto que inocente está Carlos, si es venganza el casarle sin su gusto.' Carlos es sólo el que gana. Isabela es la que pierde, que la virtud y la fama son dotes de la hermosura, que muere si éstos le faltan. Mucho merece Isabela. Bañada en púrpura y nácar mis temores acredita, que Amor en los rostros habla. ¿Qué me manda Vuestra Alteza? Si Amor en todo es monarca, Amor manda que me quiera. Yo soy vuestra humilde esclava. ¡Cuán diferentes que son las obras de las palabras! Carlos dijo, señor, que Vuestra Alteza me mandaba llamar. Yo os he llamado. Alzad, y cubrid, Conde, la cabeza, que os honro así teniéndome enojado, que puesto que os disculpa la belleza, con quien nunca fue Amor considerado, fuera bien declararme vuestro intento, antes que del favor, del casamiento. No entiendo a Vuestra Alteza. Yo he sabido que tratáis de casaros. ¿Yo casarme? Engaño, gran señor, o envidia ha sido. ¿A qué intento podrían engañarme? Tal pensamiento agora no he tenido; libre estoy, no pretendo sujetarme, demás que la Infanta Margarita más soberano esposo solicita. ¿Quién vio igual confusión? Todo es cautela De este Carlos ingrato, que en mi agravio, en mi daño y ofensa se desvela, que es ciego Amor espíritu del labio. ¿Luego vos no os casáis con Isabela? ¿Con Isabela yo? El honor más sabio le pintaron en forma de serpiente, diciendo que ha de ser mudo y prudente. ¿Yo a Isabela, señor? No he imaginado aún en ella atrever el pensamiento; ¿Yo con ella concierto efetuado? ¿Yo con ella tratado casamiento? Carlos, que aspira a superior cuidado juntando al Sol pirámides de viento, será el esposo de Isabela bella, mas ya casarse no querrá con ella. ¿Por qué ocasión? Infunden los favores de los reyes mayores esperanzas, y así debe aspirar a otros amores; que dan atrevimiento las privanzas. Enemigos cobardes y traidores, ¿cuando es digno de eternas alabanzas a Carlos descomponen? Condestable, Carlos es otro yo; nadie en él hable. Este sabe en mi agravio alguna cosa; pues tanto hablaré Carlos algún día que será esta advertencia provechosa. ¿Su Alteza sabe bien de quién se fía? No lo sabe. ¡Qué necia, qué enfadosa es siempre. Condestable, esta porfía! Carlos sólo en mi reino verdad trata; el áspid, alimento que me mata. Muchos tratan verdad. ¡Basta! Conmigo Carlos ha de ir al cuarto de Isabela. y venid vos también, a ser testigo de su gloria. ¡En qué modo se desvela honrando a este traidor, que es su enemigo! Prudente es el honor que se recela. Conde, ¿no sois mi amigo? Esclavo vuestro. Pues no culpéis aqueste amor que muestro. Dije, al fin, que te casabas con el Condestable, y luego vertió por los labios llamas y por los ojos infiernos. Pues ¿a qué efeto, villano, hiciste tan loco enredo? A efeto de que estas bodas tuviesen próspero efeto. ¿Yo casarme con el Conde? Primero verás los vientos hechos montes de cristal, y en los abismos los cielos. ¡Basta, leona! Casarme no puedo con él, que han puesto impedimento en mi gusto. ¿Ya buscas impedimentos? Que no me case me mandan. ¿Quién tiene en Carlos imperio que te lo puede mandar? Él lo sabe. Viles celos son los que dan en villanos, pues son pesados y necios y no perdonan injurias. Por delito tan pequeño grande castigo es el tuyo. ¡Ay, Corvino, que reviento por dar voces que en los labios despedazadas las tengo: Carlos es ingrato, Carlos es traidor, Carlos... Los ecos de Carlos, Condesa hermosa, al peñasco de mi pecho llegaron, y hiriendo en él a vuestras plantas han vuelto. Aquí está Carlos, aquí tenéis al esclavo vuestro, honradme en vuestras prisiones, señalad con vuestros hierros, dadme esa mano divina de jazmín... ¡Cielos! ¿Qué veo? Dale Isabela la mano, y deja que firme a besos contratos que siendo llanos se pongan después a pleito. Llega a la mano los labios, ¿qué te acobardas? Impresos, si es lámina de alabastro, queden en ella. Hoy me pierdo si en tan grave confusión no vengo a perder el seso. Es Carlos un mentecato, y tan corto, que sospecho que aun poniéndola en su boca ha de fruncirla, temiendo, si es la mano de jazmín, algún áspid encubierto esté en ella. Tú, señora, con tu raro entendimiento, pierde el enfado a este tonto, quita a este cobarde el miedo. Yo lo haré si el recabarla y el besarla estriba en ello. Dame, Isabela, la mano, porque como no está hecho Carlos a excesos iguales, pensará que éste es exceso. Llega y mira lo que firmas, porque aquí juntas te ofrezco en dos manos, dos contratos; firma en una con respeto; no te atrevas a las dos. considerando primero, Carlos, la mano que tomas, porque será atrevimiento tomar dos, siendo una sola la que mereces en premio, que siendo así, ha de quedar una desechada, y pienso que una mano desechada, ofendida del desprecio, se sabrá vengar, y basta ser de mujer para sello. Yo no se la quiero dar. Ni yo recibirla quiero. Pues, siendo así, entre los dos el contrato está deshecho. ¡Válgate el diablo por hombre! ¿Eres galán recoleto? ¿Eres monja en lo mirlado? Llégate, que ya no hay cuello. Despósate con valona. Si con esto no sosiego, ten lástima, Amor, de mí. Sed de este dichoso empleo todos testigos. Señor, fruncidos y rostrituertos están los novios. No son mis temores y recelos sin causa. ¿No os dais las manos? Este es Rey en cura injerto. Carlos ¿no das a Isabela la mano? Ya se lo ruego, y se encoge y acobarda. Yo, gran señor, me resuelvo en no casarme; y forzada será infierno el casamiento. Yo digo, señor, lo mismo. Basta. Si aquí no me vengo no soy Rey. Callar importa, pues el daño he descubierto. Carlos mi enojo ha temido. Yo voluntades no fuerzo, y así, en vuestras voluntades aquí replicar no quiero. Mira, señor, si de Carlos son las traiciones y enredos. - Nada de Carlos me digas, Conde, que no he de creerlo. ¡Ah, quién pudiera dar voces! Mal hicistes en traernos Carlos, aquí para tales locuras y desaciertos. ¿Quién vio mayor confusión? Corazón, ¿qué sentís de esto? Hoy he de acabar con todo, si no me acaban los celos.
JORNADA TERCERA
Suele de dos discordancias amor formarse mejor, porque es instrumento Amor de imposibles consonancias, pues vemos, tal vez, hacer en dos almas diferentes cláusulas tan excelentes que aún no las sabe entender; y así, nuestras esperanzas conseguirán fin dichoso, porque Amor es más glorioso cuando comienza en venganzas. Engendre en dos ofendidos, si en la venganza es mayor, tal conformidad Amor y tal paz en los sentidos, que con eternos desvelos, puesto que es venganza ingrata, ¡el que de celos me mata muera de envidia y de celos! En esta conformidad, las manos las prendas sean del vínculo que desean el alma y la voluntad. Lazos serán que apartarlos pueda la muerte no más. Con la mano que me das, ¡muera Carlos! ¡Muera Carlos! Sepa lo que pasa el Rey, que hay grandes que le sigan. A estos desprecios obligan. Y a esto la razón y ley. Aquí está la camarera. ¿Cómo no me habéis corrido la cortina? Causa ha sido pensar que no se vistiera hoy Vuestra Alteza tan presto. Fuerza ha sido estar vestida, que mi hermana y su partida en tal cuidado me han puesto. Dejadme con la Condesa, que por hacer que me asista quiero que sola me vista. Merced por castigo es ésa. ¿Qué hay de vuestro casamiento? Ya no trato de casarme. Las sortijas. ¿Por qué? Hallarme pudo Amor con nuevo intento. El espejo. Pues ¿por qué, mereciendo Carlos tanto? Y aun por eso. Yo me espanto que Carlos disgusto os dé, que, después de ser en todo el más galán caballero y cortés, el que más quiero. Y aun por eso. De ese modo, antes habías de ser su esposa con mayor gusto. Los guantes. Puede el disgusto de Vuestra Alteza temer. ¿Mi disgusto? Si, señora. ¿Cómo? Dadme aquel papel. De no casaros con él me advertid la causa agora. Margarita me mandó, en nombre de Vuestra Alteza, con extraño y extrañeza, que no me casara. ¿Yo pude tal cosa mandar? Esto lo que pasa es. Si eso es así, con él, pues, agora os mando casar. ¿Yo casarme? Esto ha de ser, no tenéis que replicarme. Ya es imposible casarme. ¿Por qué? Porque soy mujer... ¿De quién? Señora... ¡Acabad! Del Condestable. ¿Tan presto? Si, señora. Pues en esto, sin poner dificultad no ha de haber réplica, y hoy vuestro marido ha de ser Carlos, o en mí habéis de ver lo que puedo y lo que soy; mirad que me sé enfadar, y mirad que me tenéis desabrida. ¿Yo? No deis a que me enoje lugar, que ya sé que os sirve el Conde dos años. Siendo eso ansí, ¿por qué me mandáis aquí que a quien tan mal corresponde en dos años, desta suerte, dé la mano? Esto ha de ser, no tenéis que responder. ¡Ley dura, mandato fuerte! Mandando fuerte en los dos sea, o sea dura ley, sedlo, o, i por vida del Rey, que me he de enojar con vos! ¡Basta! ¡Mirad cómo quedo! ¡Que la voluntad se obliga! ¿No vais? Voy. (¡De esta enemiga me pienso vengar, si puedo!) Es tan fuerte prevención excusar a Margarita del rigor a que se incita, puesto que tiene razón, pues con palabra y con mano de esposos, y a un alma asido, y yo la culpa he tenido, pues sin saber que el villano era de Isabela esposo, a Margarita le di, engrandeciéndole ansí; y ansí, el remedio es forzoso, porque vaya Margarita a ser reina en Portugal. Con Su Alteza, el Cardenal la partida solicita, de la Infanta mi señora, a Portugal. Tiene en él un fiscal. Este papel da a Carlos. Yo voy. Agora no te podrás excusar en la partida, pues ves el mar, zafir de tus pies, al sol y a los vientos dar flámulas y banderolas que, al ser miradas de lejos, como en lucientes espejos se retratan en las olas; y al fin, de leños poblada, hacerte hasta España esfera, pasadizos de madera en esta feliz jornada. ¿Cómo otro esposo me das, si ya un esposo me diste? El yerro basta que hiciste, sin que en él añadas más; segundo esposo no quiero, si en Carlos me diste esposo. Esto ha de ser, y es forzoso. Consideraras primero lo que hacías, porque ya de la forma de los labios pasó a mayores agravios. ¿Estás loca? Amor lo está. ¿Qué dices? Que en la ocasión es Amor necio y villano, y que por dalle la mano se atrevió a la posesión; y sí, por tu causa, ansí burlada, Carlos me deja, de ti, señora, te queja y no te quejes de mí. ¿A quién le ha sucedido caso tan impensado y nunca oído? ¡Oh, fementido Conde! ¿así a mi voluntad se corresponde? Mi honor está perdido, y yo la causa de perderle he sido. Ya es fuerza que el respeto se niegue a la grandeza y al secreto. Vengareme de Carlos y de mi hermana vil; ¡voy a matarlos! ¡Oh, honor, aliento puro, que aun en la majestad no estáis seguro! Madama Julia me dio ésta, señor, para ti. Corvino. ¡no estoy en mí! Ni en mí tampoco estoy yo, porque después que cambió en sí tan nueva mudanza el compás de esta privanza, tus amigos y criados andamos de ti privados, y es sabueso el que te alcanza. Llégame esa escribanía, que estos despachos deseo, aunque cansado me veo. Matar se quiere vusía con tanta papelería. Dejadme solo, y echad el marco. Tal soledad aquí apetecerle pudo un ermitaño barbudo, si es yermo la majestad. ¡En qué laberinto. Amor, bárbaro, inadvertido, sin pensarlo me has metido con crueldad y con rigor! ¿En Isabela mejor no estaba mi pensamiento, si no con mayor aumento, con mayor paz y quietud? Pues ¿cómo en mi ingratitud dejas al mundo escarmiento? ¿Cómo quieres que le dé, con potestad infinita, ambicioso, a Margarita lo que de Isabela fue? Y ya que, sin ley ni fe, mi lealtad has descompuesto, y así entre las dos me has puesto, ¡redímeme de las dos, o deja, Amor, de ser dios, pues puedes tan poco en esto! La Reina me escribirá amenazas por su hermana, que es majestad soberana, y más si enojada está. Para casarme me da con Isabela licencia. Ayer, con loca imprudencia, mandó que no lo tratase, y agora manda que case, con rigor y con violencia, ¿Qué es esto? , ¿Hay tal confusión, Hay tal desdicha, hay tal pena? Mas, seguir lo que me ordena es precisa obligación. Estos los abonos son de mi lealtad. Isabela será mía, y si hay cautela en lo escrito, por lo escrito me absolverán del delito que me aflige y me desvela. Mi grave melancolía se hace en perezoso sueño, de los espíritus dueño con inmortal tiranía. ¡Qué grosero es, si porfía! Engañarle un poco quiero: si eres la imagen ansí de la muerte, muerto en ti triunfaré de lo que muero. (75) Resuelto ya en la venganza, lo que fue imaginación es digna resolución que con la muerte se alcanza, o como la confianza y la fe son obras muertas, ya en Carlos sospechas ciertas me hacen dudar y temer, y experiencias vengo a hacer abriendo y cerrando puertas. ¡Desdichado del marido que anda acreditando celos!, que el agravio en los desvelos es culpado y no es creído. Este es Carlos. , ¿Si me ha oído? ¡Carlos! No; durmiendo está, ¡Famosa ocasión me da en la pena que pretendo! Pero matarle durmiendo, civil castigo será, que la venganza es gloriosa cuando mira al ofensor el castigo y el rigor en la ejecución honrosa, que en la muerte rigorosa, no sabiendo por qué muere, la venganza no se adquiere; que como tan vil delito nace del torpe apetito, de pura venganza quiere. ¡Cuan diferentes cuidados oprimen nuestros sentidos!; mas para agravios dormidos hay castigos desvelados. Memoriales consultados son éstos. Mas ¡ay de mí!, flores son, pues hallo aquí un áspid fiero y cruel, que es de la Reina el papel, y ansí mata y dice ansí... Pero cordura será no leerle, porque el sabio, cuando más busca al agravio, de encontrarlo huyendo va; mas leerlo es fuerza ya. "Licencia de mí tenéis, Carlos, para que os caséis con Isabela, y ansí, sin acordaros de mí, tan digna elección haréis; que aunque en lámina firmasteis, la firma a borrar me allano, advirtiendo que la mano a la Reina le besasteis; que, pues así me engañasteis, a mi honor y a mi sosiego importa que os caséis luego; mirad que me enojaré si no lo hacéis, y que haré castigo lo que hoy es ruego. La Reina” ¿Quién ha llegado a desengaño tan cierto? ¿Quién no mata y quién no ha muerto el agravio averiguado? Aquí el honor ha apurado el sufrimiento mayor; mas si en tan fiero rigor me descompongo, es perder el honor, que puede ser secreto y prudente honor. Con recato y con secreto me he de vengar de los dos; y comencemos en vos. papel, el sangriento efeto, que en romperos me prometo el castigo que he de dar; roto lo quiero dejar, para darle así a entender que quien le pudo romper también lo pudo matar; y en ser la firma encubierta escribir lo que no advierte ya escrito. Porque despierte, echaré el golpe a la puerta, ¡Despierta. Carlos, despierta! Ansí las dejaré abiertas. Señor, ya voy; aquí están, luego se despacharán; aquí yo. ¡Oh, cuidado eterno de la afición y el gobierno, qué breve sosiego os dan! ¡Aun no queréis permitir que en sueños repose y viva! Pero quien ama y quien priva, ¿cómo ha de poder dormir? La puerta cerrar y abrir parece que oí; sería rumor en la fantasía; mas no, porque no esparcidos, ni por el suelo caídos, los memoriales tenía. Llave poderosa pudo entrar; roto está el papel de la Reina, y puesto en él un mote extraño, aunque agudo. La Reina entró, ¿qué lo dudo?, y en el papel se desdice, pues lo rompe y pues me dice: "Quien lo rompió de este modo, Carlos, romperá con todo". ¿Hay hombre más infelice, y hay más varios pareceres de mujer? Si no ha de ser Margarita mi mujer, ¿qué me persigues, qué quieres? ¡Oh, rigor en las mujeres, jamás de hombres entendido, mar vengativo y fingido, siempre tormentos y calmas donde se anegan las almas y se derrota el sentido! ¡Carlos! ¡Gran señor! ¿Qué es esto? Acciones de Amor, crueles. ¿Es memorial? No, señor. Celos serán, o desprecios de Isabela, que tan necios son los efetos de Amor. Causa es Isabela bella; pero no es suyo el papel, antes me manda por él... ¿Qué? Que me case con ella. Pues ¿quién os puede mandar a vos? ¿Tenéis otra dama? Otra, forzado. ¿Y os ama? Y yo no la quiero amar, porque agradecido estoy a Isabela. ¡Gran fineza! Aliento de Vuestra Alteza y hechuras de tus pies soy, y así, os suplico me deis licencia de retirarme a Gaeta. ¡Eso es matarme! No quiero que os retiréis. Señor, con vuestra licencia, en Nápoles no he de estar dos horas. Yo os doy lugar, siendo ansí, a mayor ausencia, pues quiero que a Margarita hasta España acompañéis. ¡Señor! Luego os prevendréis. (Tanto el agravio me incita, que si aquí más se detiene, pienso que he de hacer en él lo que hice en el papel.) A Otavio, que se previene ya en mis galeras, llamad, porque también la acompaña; y en enviaros a España no os hago poca amistad. Id a preveniros. Voy a obedeceros en todo. (Viéndole hablar de este modo, confuso y dudoso estoy.) Con causa he notado en él clara inocencia de Abel. Que, al fin, me manda casar por fuerza. Pues ¿qué le mueve? Margarita, no se atreve el alma a hablar, por no hablar en cosas que se veneran por divinas, siendo humanas tanto, que entre las hermanas la digna quietud alteran. Y no me preguntes más. Harto me has dado a entender. ¡Basta! La Reina es mujer; ¡rabiando voy! ¿Dónde vas, Margarita? Como es hoy mi partida, no sosiego. y ha de ser, señora, luego. Siempre prevenida estoy; mas suplico a Vuestra Alteza me haga, por la despedida, una merced. Mientras pueda, mi majestad, mi grandeza son tuyas. Pues todas hoy las ilustras con hacerme este favor. Ya es ponerme en el cuidado en que estoy. Di lo que mandas. Señor, pues que la jornada es corta, vaya Carlos, que me importa, conmigo. Suyo el favor. No sé yo si mi señora la Reina lo ha de llevar con gusto, porque casar con Carlos me mandó agora. (Ansí pretendo acabar con Carlos.) Prudente y sabio he averiguado mi agravio, que en secreto he de vengar. Ya, gran señor, está aquí Otavio; yo prevenido para partirme. Servido siempre, Carlos, de vos fui con tal cuidado. Señor, son estas causas forzosas, porque a vos y a vuestras cosas tengo un entrañable amor, que sabe mi voluntad. ¿Cuándo ha de ser la partida? Luego. Pues partamos luego. Llevaréis, Otavio, un pliego... Isabela de mi vida, de ti la envidia me aparta. Di vil ambición, ¡cruel! ¿Yo ambición? y dentro del una carta, y esta carta la habéis de abrir en el mar, y haced lo que os ordenare, sin que en cosa se repare, que yo lo sabré pagar; mirad que de vos me fío. En mí un esclavo tenéis. Venid, porque os despachéis. Carlos es amigo mío, y con vos lo envío; ansí, regalarle afable y fiel, que lo que hicieres por él lo hacéis, Otavio, por mí. (¡Que sea a mi amor ingrato y que Carlos traidor sea conmigo!) ¿Vais a que os vea el Rey? De serviros trato. ¿No os despedís de Isabela? Ya cesaron mis engaños. Pues ¿cómo amor de dos años en una hora se consuela? Porque un desprecio es valiente en un pecho generoso, un eclipse riguroso turbó el sol en nuestro Oriente, que aunque hermoso y soberano siempre mi alma alumbró, el rigor le escureció con la sombra de una mano. Sin duda es mano real la que tal sombra ha infundido. Mano poderosa ha sido, cuando es Carlos desleal: papel fue y contrato llano que con labios se firmó, y al fin, mano que se dio y que agora da de mano. El Condestable es mi dueño; si Carlos contigo va. queda con el Conde acá el alma en dichoso empeño. Hasta que la noche, con negros asombros, nos dé lisonjera sepulcro oloroso; y porque conozcas la quietud que compro, debiéndose a ti tan felices logros, es el Condestable el dueño que adoro; en él, con el alma me enternezco y gozo. Paloma en el prado, tórtola en el olmo. que el Amor podía castigarle él solo. Justo castigo me das, y que es el mayor advierte; pero, si casada estás, verás dar al Conde muerte. y a mí morir me verás. Si no me matas primero, no podrás matarlo a él, porque ya le considero en mi pecho. ¡Ah, ingrata, infiel! Que te goces, Carlos, quiero con la prenda a quien conoces superior grandeza. Yo no quiero que ansí te goces con él. ¡Qué locura! ¡No! Carlos, vete o daré voces. ¿Qué es esto, Isabela? (Aquí disimular es forzoso.) ¿Tú descompuesta, y tú ansí? Estoy con Carlos, mi esposo, que luego te obedecí. Y yo con mi esposa estoy. ¿Con vuestra esposa, villano? Noble soy, y vuestro soy. ¡Traidor, con fuerza de mano se vengan agravios hoy! ¿No me mandó Vuestra Alteza que me casara con él? Sí, mas no con tal presteza. Y yo, por vuestro papel, soy dueño de su belleza. ¡Sois traidor, sois alevoso! ¿Qué es esto? Estos villanos, señor, que en contingencia me han puesto de un desconcierto. El rigor de Su Alteza porque estaba hablando a mi esposo aquí. Y yo, señor, porque hablaba a mi esposa. ¡Honor se acaba! Celos llevo, aunque los doy. De celos voy abrasado. ¡muerto estoy! ¡Perdida estoy! Solos habernos quedado. Pues ¿qué dices? ¡Piedra soy! Magno y poderoso Enrique, que sois, por prudente y sabio, si eternidad de los bronces, almas de los alabastros: justicia vengo a pediros, a vuestros pies soberanos, y venganza juntamente, pues son vuestros los agravios; y porque Carlos y yo somos, señor, los culpados, la justicia que aquí os pido ha de ser de mí y de Carlos. ¿Qué decís? Verdades digo, y vos sois el agraviado. ¿Vos y Carlos me ofendéis? Oíd el caso. ¡Es el caso, no para oírlo prudente, sino para castigarlo! Agradecida, señor, al espíritu gallardo de Carlos y a los servicios que en todo el discurso largo del camino me hizo, quise satisfacerlo pagando con voluntad sus deseos y con obras los regalos; y ansí, un día, estando él de mi intención descuidado, hallándole solo... ¡Ah, cielos... ya se va precipitando! Hallándolo solo, al fin, le di, señor, por premiarlo, el alma y la mano... ¡Echó el sello y perdió el recato! De la infanta Margarita. ¡Honor ya resucitado, ved lo que ha valido en vos venceros y reportaros! Y agora, con el placer me importa hacer otro tanto, que de resistir desvelos está el sufrimiento flaco. Diole la mano de esposa Margarita, y el contrato del casamiento, el perjuro osó firmar en su mano, dejando los labios, que eran de su Isabela holocausto, letras de rosas impresas sobre sus jazmines blancos; con esta siguridad, las visitas a su cuarto permití, donde, atrevido, de las manos pasó el falso a los brazos; ved qué intenta, cuando Amor llega a los brazos. Y pues yo la culpa tengo, siendo la ocasión del daño, su misma pena merezco; y ansí, puedes castigarnos a los dos, pues en los dos sólo consiste este agravio. Dos mil veces te perdono, sin celos ni sobresaltos, los disgustos que me distes por las nuevas que me has dado. (Mas quiero disimular); no me quejo yo de Carlos: de vos, señora, me quejo, pues a mí y a vuestro hermano tan grande ofensa habéis hecho, abriendo a civiles bandos Nápoles y Portugal, ¡soberbio y sangriento paso! Yo forzado le casé. ¡Y que me lo haya negado tantas veces! Fue concierto entre los tres el negarlo. ¿Esto es lealtad, esto es fe? ¡Oh, vil; oh, vasallo ingrato, vive Dios, que te he de dar con el alma tiernos brazos! ¡Ah de mi guarda! ¿Señor? ¡Traedme aquí preso a Carlos! ¿Voces, señor? Condestable, ya quedo desengañado. ¿Carlos preso? ¡Amor me venga! Morir intento a su lado. con mi señor, si esto es justo. Ya está aquí Carlos. ¡Villano, fementido. lisonjero! (Mejor dijera vasallo leal, discreto y prudente.) Ya la Reina me ha contado vuestras traiciones y culpas. ¿Qué es esto? ¿Vos mi cuñado? ¿Yo? Su Alteza lo propuso, vuestros disgustos y agravios, cuando, obligado y por fuerza, di a Margarita la mano, donde con decoro puse en su presencia los labios, sin haber, señor, jamás el pensamiento pasado al menor atrevimiento. que con amor limpio y casto la he servido, su hermosura y su deidad venerando. ¿Qué dices? Lo que es verdad. ¿No hubo más? Imaginarlo solo, a mi lealtad ofende. La verdad os he contado. Dicen que me esperan ya, y así, a despedirme salgo de Vuestras Altezas. Preso vaya el Conde. ¿Yo? ¡Llevadlo! ¿Por qué le prende? Señora, por cometer en palacio crímenes que vos sabéis; testimonio fue excusando las bodas con Isabela. ¿Qué decís? Lo que ha pasado. ¡Engañada fui! Yo doy por glorioso Vuestro engaño. Vamos, pues ya es hora. Ya no puede acompañaros ¿Por qué? Porque agora con Isabela le caso. ¿Cómo. si es el Condestable mi dueño ya? Bien casados os haga Amor mereciendo lo que me ha costado tanto. (Esto han podido los celos, ¡dignamente me he vengado!) ¿Yo me parto a Portugal. aunque Carlos me ha besado la mano como a su esposa? Fue besarla entonces daros la obediencia como Reina. ¡Fue fuerza! Si fue forzado, besarla ha segunda vez, la escritura chancelando, vuestra mano: Carlos. llega. llega y bésale la mano a la reina Margarita. ¡Vuestra Alteza largos años se goce! Carlos, con vos. ¡Soltad! A firma de labios fuerza de mano, y ansí será imposible soltaros. ¡Ratonera fue de golpe! ¡Castigaré el desacato! ¡Carlos es mío! ¿Qué es esto? Esto es ganar por la mano. ¿Yo, señora? ¡Come y calla! Dame esos pies. ¿Qué hay, Otavio? De una falúa francesa, del fin del salado campo, este pliego recebí. ¿Qué es esto, Isabela? Del rey es. Dice tu hermano: "la jornada por agora se suspenda, que no trato de casar ya a Margarita". Esto solamente aguardo para darte aquí con ella tiernos y amorosos lazos, y el Ducado de Calabria; que a ser otro yo os levanto porque sea la amistad más conforme. Avergonzado, Carlos, os pido perdón. Ved cómo son temerarios a veces los pensamientos; y así, para castigarlos, de Nápoles os destierro. Yo quedo necio y casado. Casada y sin Carlos quedo. Por mi diligencia gano a Carlos. Parece fin de comedia; ese le damos a la nuestra, los defetos y las faltas perdonando.
