Proserpina
Hija de Júpiter y Ceres, gran sacerdotisa de Plutón en Sicilia y figura central de la acción; rechaza al principio el amor, pero termina siendo raptada por Plutón y destinada a habitar parte del tiempo en el abismo.
Agustín de Salazar y Torres
Data de publicação do resumo: 18 de junho de 2026
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Citação sugerida
Cuéllar, Álvaro. "Resúmenes asistidos por modelos de lenguaje para un vasto corpus de obras literarias del Siglo de Oro". En: El teatro del Siglo de Oro en el horizonte de las humanidades digitales. Peter Lang, 2026 (en prensa).
En una Sicilia mítica vinculada al Etna, al valle de Pergusa y al templo de Plutón, Glauco, Arión y Proserpina quedan atrapados en una red de pasiones, oráculos y sacrificios durante una fiesta religiosa consagrada a dioses del amor y del inframundo. Proserpina, primero enemiga del amor, empieza a sentir sus efectos, mientras Circe maquina venganzas por el desdén de Glauco y Plutón prepara el rapto de la joven con ayuda de prodigios, tempestades y encantamientos. El final resuelve la acción con el descenso de Proserpina al abismo, la transformación de Scila y la intervención de Ceres y Júpiter, confirmando que el amor gobierna por igual la tierra, el mar, el cielo y el reino infernal.
La acción se sitúa en Sicilia, entre bosques, riberas y parajes vinculados al Etna y al culto de Plutón. Glauco, soberano o principal habitante de una isla vecina, llega a aquellas selvas movido por una pasión súbita después de haber salvado a una joven perseguida por una fiera. Esa joven resulta ser Proserpina, sacerdotisa de Plutón y enemiga declarada del amor, que le explica el carácter sagrado y peligroso del lugar. Mientras ambos dialogan, se hace visible el marco ritual de la obra: Sicilia celebra una fiesta de Plutón en la que también interviene Amor, y el pueblo, guiado por presagios y por la autoridad religiosa, entiende que deben ofrecerse víctimas al dios. Paralelamente aparece Arión, músico de Corinto, que narra cómo se enamoró de una belleza siciliana al ver su retrato, emprendió viaje para hallarla, fue traicionado por marineros y arrojado al mar, y se salvó milagrosamente sobre un delfín. Su llegada a la costa provoca un nuevo tumulto, y tanto él como Proserpina quedan envueltos en una amenaza sacrificial nacida de los oráculos y de la cólera de Amor contra quienes desprecian o resisten su poder.
En el desarrollo del conflicto, la hostilidad de Proserpina hacia el amor se quiebra gradualmente. Aunque primero rechaza a Glauco y quiere mantenerse fiel a su exención amorosa, siente celos al oír elogios dirigidos a otra mujer y empieza a reconocer en sí misma una pasión desconocida. A la vez, fuerzas sobrenaturales intervienen de manera decisiva. Circe, poderosa maga enamorada de Glauco, lo conduce con engaños a su palacio encantado, le declara su amor y, al verse desdeñada, decide vengarse. Por medio de su magia libera a Arión y a Scila del peligro inmediato, pero no por clemencia desinteresada, sino para emplearlos en sus intrigas amorosas y celosas. En otra línea de acción, asciende también la amenaza de Plutón: el dios del abismo desea a Proserpina y, con ayuda de poderes infernales y de la propia Circe, prepara su rapto. Las escenas alternan así entre búsquedas en bosques laberínticos, consultas oraculares, tempestades, apariciones monstruosas y confesiones amorosas que revelan un universo donde dioses, monstruos y humanos quedan sometidos a la misma fuerza de Amor.
El desenlace reúne esas tramas en una resolución mitológica y violenta. Proserpina es finalmente raptada y conducida en carro al abismo por Plutón, pese a sus invocaciones a Ceres y a la confusión de sus acompañantes. Glauco, desesperado por la pérdida, reprocha a Scila su mudanza e interpreta su conducta como ingratitud; Circe, aprovechando los celos y el desorden, interviene de nuevo y provoca la transformación de Scila en roca, mientras Glauco queda ligado al mar y a la persecución de esa nueva figura monstruosa. Ceres eleva entonces su queja a Júpiter por el robo de su hija, pero la respuesta divina no anula el hecho, sino que lo regula: Proserpina habrá de pasar parte del tiempo en el cielo o en la tierra y parte en el reino estigio, conciliando así los derechos de Ceres y de Plutón. La zarzuela concluye afirmando el triunfo universal de Amor, capaz de imponerse tanto en la esfera celeste como en el mundo infernal, de modo que incluso en el abismo se ama; al mismo tiempo, quedan subrayados los efectos destructivos de los celos, la mudanza y la violencia de los deseos contrariados.
Hija de Júpiter y Ceres, gran sacerdotisa de Plutón en Sicilia y figura central de la acción; rechaza al principio el amor, pero termina siendo raptada por Plutón y destinada a habitar parte del tiempo en el abismo.
Joven principal vinculado al mar y a una isla vecina de Sicilia; salva a Proserpina, se enamora de ella y sufre después celos, engaños y pérdidas que lo unen a la trama de Scila y Circe.
Maga poderosa, hija del Sol, enamorada de Glauco; usa encantamientos, engaños y venganzas para apartar a sus rivales y alterar el curso amoroso de los demás personajes.
Deidad del abismo y del reino infernal, objeto del culto siciliano y agente decisivo del desenlace; desea a Proserpina y consuma su rapto para llevarla a su reino.
Músico de Corinto célebre por su canto; llega a Sicilia tras enamorarse de una belleza vista en retrato, sobrevive a un intento de asesinato gracias a un delfín y queda envuelto en los conflictos sacrificiales y amorosos.
Ninfa o deidad agreste de nombre esquivo y áspero, vinculada amorosamente con Glauco en la acción posterior; Circe la transforma en roca, y su destino contribuye al final trágico y maravilloso.
Madre de Proserpina, deidad agraviada por el rapto de su hija; eleva su queja a Júpiter y obtiene una solución parcial que regula la permanencia de Proserpina entre dos mundos.
Intérprete de enigmas celestes y portavoz del mandato sacrificial en el templo; impulsa la persecución de las víctimas ordenadas por Amor y Plutón.
Marco general de la obra, concebido como territorio mítico donde confluyen mar, bosques, templos y volcanes; allí se desarrollan los encuentros amorosos, los ritos y los prodigios centrales.
Espacio volcánico y simbólico asociado al fuego, al monstruo subterráneo y a los accesos al abismo; articula la relación entre la superficie siciliana y el mundo infernal.
Lugar del culto solemne y de los oráculos que desencadenan sacrificios, persecuciones y decisiones religiosas que afectan a Proserpina, Arión y al resto de la comunidad.
Ámbito laberíntico donde se producen los primeros encuentros, las persecuciones, los extravíos y muchas de las apariciones engañosas o mágicas.
Paraje asociado a Ceres y a Proserpina, donde se reúnen ninfas y se prepara el episodio decisivo del rapto; funciona como espacio de tránsito entre la fertilidad terrestre y la captura infernal.
Escenario de la llegada de Arión sobre el delfín, de la navegación inicial y de la dimensión marina de Glauco y Scila; conecta la obra con el motivo del viaje, el naufragio y la mutación.
Espacio de seducción y engaño donde la maga revela su amor a Glauco y despliega sus artificios para retenerlo y manipular a los demás.
Espacio infernal que da título a la obra y culmina su sentido; allí desciende Proserpina y se confirma que el poder amoroso alcanza incluso el mundo subterráneo.
La obra presenta el amor como fuerza que somete por igual a dioses, monstruos y mortales, hasta el punto de alcanzar también el abismo y doblegar a quienes pretendían resistirse.
Muchas acciones nacen de deseos impuestos o contrariados: sacrificios, amenazas, secuestros y coacciones muestran el costado violento de las pasiones y de la autoridad divina.
Los celos de Proserpina, Glauco y, sobre todo, Circe desencadenan cambios decisivos en la trama y convierten el amor en motivo de castigo, engaño y destrucción.
Encantamientos, oráculos, tempestades, apariciones monstruosas y transformaciones corporales organizan la acción y le dan su carácter mitológico y espectacular.
Los personajes intentan elegir o resistirse, pero los hados, los dioses y los oráculos imponen un curso superior que limita la voluntad individual.
La obra articula continuamente la comunicación entre la tierra, el mar, el cielo y el reino de Plutón, mostrando un universo unido por tránsitos, raptos y decretos divinos.
Los personajes acusan repetidamente a otros de olvidar favores, cambiar de afecto o responder con desdén, lo que convierte la constancia o la falta de ella en motor del conflicto.