La acción comienza con la llegada a Madrid de Rodrigo, criado de don Diego Osorio, que viene desde Granada con noticias de la pendencia por la que su amo hubo de ausentarse y con una carta de su padre. Don Diego cuenta entonces que, ya en la corte, ha quedado prendado de dos mujeres muy distintas: doña Clara, hija de don Luis de Toledo y rica heredera, y doña Beatriz de Córdoba, dama discreta, culta y pobre. Para moverse con libertad y evitar que lo reconozcan por los sucesos de Granada, oculta su identidad en parte y adopta también el nombre de don Dionís Vela, fingiendo ser un soldado venido de Flandes. Así mantiene dos cortejos simultáneos: con Clara actúa como don Diego y con Beatriz como don Dionís, movido a la vez por el deseo amoroso, el interés económico y la confianza en que la corte favorece los enredos. Como apenas dispone de dinero, idea además una traza para parecer generoso con Beatriz sin costear realmente el regalo: hace intervenir a un criado con una cadena falsa para ganarla fingidamente en el juego y poder ofrecérsela luego como galantería. El plan surte efecto y Beatriz, agradecida por la fineza, acepta la prenda creyéndola valiosa.
El conflicto se complica cuando el juego amoroso de las dos damas empieza a cruzarse. Clara y Beatriz, amigas entre sí, acaban confesándose que ambas aman a un forastero; pronto se descubre que ese hombre es el mismo, aunque cada una lo conoce bajo nombre y circunstancias distintas. Beatriz, que ve a don Diego en casa de Clara y reconoce en él al supuesto don Dionís, intenta obtener de él una explicación, pero él niega haberla tratado nunca y sostiene el engaño con ayuda de don Juan y Rodrigo, fingiendo que existen dos hombres extraordinariamente parecidos. La habilidad verbal de los personajes, las visitas, los recados y los celos de Leonelo y don Félix —pretendientes respectivos de Clara y Beatriz— aumentan la confusión. Don Diego persevera en su doble ficción porque no quiere perder ni la hermosura de Beatriz ni la riqueza de Clara, y llega a afirmar que para un hombre pobre la industria es el único recurso. La intriga alcanza mayor tensión cuando necesita presentarse casi al mismo tiempo en dos lugares distintos: Clara le encarga llevar una joya a Beatriz justamente a la hora en que esta ha dispuesto verlo para desengañarse, de modo que cualquier paso puede revelar que ambas identidades pertenecen a una sola persona.
Para salir del aprieto, don Diego inventa una nueva maniobra y hace parecer que don Dionís ha sido prendido tras una riña ante la casa de Beatriz, mientras él mismo comparece luego como don Diego portando la joya enviada por Clara; con ello logra por un momento reforzar la creencia de que son dos hombres diferentes. Sin embargo, la verdad acaba imponiéndose en la jornada final. En un encuentro en las afueras, al que acuden don Félix, Leonelo, don Juan, Rodrigo y, ocultas, Clara y Beatriz, se exige a don Diego que declare quién es realmente. Él reconoce entonces sin rodeos que es a la vez don Diego Osorio y don Dionís Vela y que, valiéndose de las trazas de un hombre pobre, pretendió simultáneamente a Clara por su hacienda y a Beatriz por su hermosura, aunque asegura no haber atentado contra el honor de ninguna. La revelación desencadena desafíos entre los galanes, pero la situación se resuelve cuando Beatriz, ya desengañada, premia la constancia de don Félix dándole su mano, y Clara hace otro tanto con Leonelo, frustrando así las ambiciones de don Diego. Este queda sin la belleza y sin el dinero que esperaba alcanzar, convertido en ejemplo de escarmiento: sus engaños muestran los límites de la astucia cuando se aplica al amor y al provecho personal.