Texto digital de Vida, muerte y colocación de San Isidro
Data de publicação: 22 de agosto de 2026
Metadados da obra
- Atribuição tradicional
- Atribuição estilométrica
- Gênero
- Comedia
- Estado do texto
- Transcripción automática de manuscrito
- Procedência
- El texto procede de la transcripción automática del manuscrito conservado en el Institut del Teatre, signatura VIT/165.
Aviso
Pode incluir erros ou omissões. Se você tiver uma edição melhor, entre em contato conosco conosco para atualizações.
Licença
Citação sugerida
Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Vida, muerte y colocación de San Isidro. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/vida-muerte-y-colocacion-de-san-isidro.
VIDA, MUERTE Y COLOCACIÓN DE SAN ISIDRO
Pag. 1
de Seis Ingenios primera jornada de Don Pedro Lanini y Don Andrés Gil Henríquez segunda de Francisco de Villegas y Juan Bautista Diamante tercera de Don Juan de Matos y Don Francisco de Avellaneda Para la compañía de Antonio de Escamilla
Jornada primera
Pag. 2
El Rey Don Alonso el Sexto. Tarife, alcaide de Madrid. Hernando. Henrique. Frisón, gracioso. Juan de Quintana Cárda. Jarifa, mujer de Tarife. Elvira, dama. Leonor, criada. Zaida, criada. El Demonio. Ángeles, músicos y acompañamiento.
Tocan cajas y clarines y salen Tarife y moros por una puerta, y por otra Jarifa, Zaida, Elvira, Leonor, sin verse.
¿Ese el estruendo marcial?
¿Ese el militar estruendo?
¿Cuya sonora armonía,
cuyo animado instrumento,
para incitar el valor,
para incitar el esfuerzo,
hiriendo el oído, hace
la operación en el pecho?
Míranse.
¡Esposo mío!
¡Jarifa!
¿De dónde vienes, uniendo
a Venus en la hermosura
y a Belona con el denuedo?
De registrar las murallas
de Madrid, esposo, vengo,
acompañada de Elvira,
a quien, como sabes, tengo
en mi asistencia, que, aunque es
mozárabe, es de mi afecto
estimada por su sangre,
por su belleza y ingenio.
Mucho te estimo, Jarifa,
que de Elvira hagas aprecio,
por lo que mi amor la adora.
Aparte.
Que soy tu esclava confieso.
Mi amiga di, pues que logras
tanto lugar en mi pecho.
Pag. 3
Llegaste a acreditar
varoniles esfuerzos,
pues siendo el alcaide yo
de Madrid ilustre, y siendo
mi osadía y mi valor
tan grande que aun en el cielo
me reconoce Mahoma
por su caudillo el primero,
logras con tus bizarrías
deslucir mis vencimientos,
mas qué mucho, si en el brío
lleva un sol a cuyo incendio
incesantes mariposas
cuantos están su luz viendo.
Yo la lisonja te estimo
y solo agradarte intento.
Mucho ha sido no encontrarnos
en la plaza, pues yo vengo
también de ver las murallas
no por el temor que tengo
de que el sexto Rey Alfonso
haya a Madrid puesto cerco,
ni que se abriguen sus tropas
en sus arrabales mesmos,
donde retirados siempre
los mozárabes vivieron;
pues para frustrar valientes
sus atrevidos intentos
basta solo mi valor,
que forjado acá en mi pecho
es para abrasar el mundo
rayo, relámpago y trueno;
y ya le cuesta la empresa
tantos cristianos que caen...
Pag. 4
que se ha de quedar su ley
sin quien guarde sus preceptos.
A darnos un grande asalto
publican que están resueltos.
Que teman su infausta ruina,
teman el castigo sangriento,
que si desnuda mi ira
verse damas que un espejo
desatándose la presa
de tantos infames cuellos
ha de anegar en diluvios
de sangre todo el terreno
porque inunde Manzanares
todos sus campos tiñendo
con el color de la ira
la esperanza de lo ameno.
Mucho su victoria dudo
estando tú aquí y uniendo
mi valor y los de tantos
soldados de cuyo aliento
para defender la entrada
es un muro cada pecho.
Tendrán todos por carnales
los muros su parentesco.
Con qué sentimiento escucha
mi lealtad estos despechos.
La ruina de los cristianos
solo por Elvira siento.
Esta atención de Tarife
con Elvira va encendiendo
un volcán con que respira.
Quitarle la causa quiero.
Aparte a Leonor.
Pasa al cuarto de Zelima
mi prima y dile que entre.
Elvira a ver cómo está,
no halle otra cosa más presto
que decirla.
Voy, señora.
Pag. 5
Vase.
a Fernando, que no el cielo,
que haya llegado a tus manos
este aviso de mi riesgo.
Hablan Tarife y Jarifa.
Dejar el imán de sus ojos,
peligrando van mis yerros.
Yo también a las cristianas
soy inclinada en extremo,
porque beben sin melindre
chocolate de sarmientos.
Di, ¿y las moras lo escupen?
No, mas no nos atrevemos,
que Mahoma lo vedó.
Pues mucho fue, siendo hagarenos.
Y yo a las moras también
me inclino con raro afecto,
porque nací en Moras Verdes,
que es lugar de muchos cuernos.
Mas dime, ¿tienes amor?
Leonor, también tengo eso.
¿Y a quién quieres?
A un morillo.
¿Qué parece al mar Bermejo?
Que si es bermejo, deja
ese moro del pendejo.
Dime, ¿los moros regalan?
Siempre están dados a perros.
Yo pensé que eran galantes.
¿Y en qué estaba el fundamento?
En que como son paganos,
satisfarían atentos.
Ve, Jarifa, a descansar
de los continuos extremos
del diluvio.
Alá te guarde.
Vanse ellas.
Aumente tu vida el cielo,
cuándo podré conseguir
lugar, mi amante desvelo,
para declarar rendido
a Elvira el dolor que siento.
Pag. 6
Sale Elvira y escóndese Tarife detrás.
Ya, Zelima, que viniese
por Dragante, yo vuelvo.
Elvira, aguarda.
Señor...
Mira que Tarife... cielos,
dadme valor.
Has de oírme.
No es posible.
Pues, resuelto,
te lo suplica mi amor,
no quieras que a lo violento
se pase el ruego.
Si solo
que te oiga quieres, sea presto,
mas sabe, Tarife, que yo
no he de escucharte ni puedo,
y así supla lo advertido
lo que faltare a lo atento.
Oye ahora mi cariño,
que tú lo escucharás luego.
Apenas, hermosa Elvira,
pudo registrar el bello
sol de tus divinos ojos,
águila, el conocimiento,
cuando, avasallando todas
mis potencias a tu imperio,
se hizo la voluntad
pasión del entendimiento,
y a adorarte tan rendido
llegué, con tan noble obsequio,
que, queriendo muchas veces
decirte mi pensamiento,
cuanto el amor me arrastraba
retrocedía el respeto;
y pues miras cuán amante
te idolatra mi desvelo,
no tremole tu rigor
Pag. 7
en el homenaje bello
de tus gracias las banderas
que ganaron a mi afecto
e intentando hacerme guerra
con desdenes y desprecios
pues si me miras rendido
no será blasón excusa
que la saña de matar
se logre en el rendimiento.
Aunque no te haya escuchado
persuadirme en vano puedo
a que pasión tan culpable
pueda caber en tu pecho
ni que esos conceptos sean
hijos de tu entendimiento
sino algún frenesí loco
causado del torpe fuego
de amor que sube en vapores
a perturbar el acuerdo,
pues si no fuera esto así
¿cómo caber en lo atento
de tu prudencia podía
delito tan manifiesto
como quererme a mí cuando
tiene por divino objeto
tu obligación a Jarifa
que en perfecciones y aseos
es comparada conmigo
como la luz de un lucero
con la material, y cómo
siendo la ley que profeso,
podrías imaginar
que intentaría mi afecto,
por hacerte a ti un favor
hacer de mi ley desprecio?
¿Y que olvidando el estirpe
de mi ilustre nacimiento
Pag. 8
faltaría a mi decoro
(por sobrar a tus deseos).
Y así, con esta advertencia,
témplanse tus afectos,
empleándolos mejor
en el divino sujeto
de Jarifa, pues los que
en mí se están desluciendo,
por ser mis méritos cortos
se ilustrarán en su cielo.
Bueno es esto para quien
afianzando está queriendo.
Sale Jarifa.
Cuidadosa de que Elvira
no me oiga, adonde vuelvo
a ver si está constante;
mas, ¡cielos!, ¿qué es lo que veo?
Quiero escuchar desde aquí
para apurar mis recelos.
En las arras de mi amor
se rendirán mis deseos,
cuantas riquezas y joyas
con abundancia goces.
Que al escuchar esta traición
darán veneno mis celos.
En vano me persuadís
con esos ofrecimientos,
pues aunque del mundo todo
me pudieres hacer dueño,
no han de vencer mi constancia
tus violencias ni tus ruegos;
por no ofender a Jarifa
(a no haber otro pretexto
que le toca más al alma)
a quien rendida venero,
y a quien tan grandes finezas
de amiga y señora debo.
Que si faltara mi sangre
a tanto agradecimiento,
yo misma me diera muerte,
advertida que un renuevo
Pag. 9
ser castigo del ingrato
su mismo conocimiento.
Y esa fineza la haces
por mí, que se lo merezco.
Dentro que me ha escuchado.
Yo.
La fineza bien se
de tu amistad, pero vete
de mi vista, que es más feo
estar viendo, aunque sin culpa
del agravio, el instrumento.
Vase.
Que vean, grito, mis ansias
a Fernando, y muera el cielo.
Bueno quedo, aquí no hay más
que tener gran sufrimiento.
A buen descanso, Tarife,
me enviabas, mucho siento
que te sirva de embarazo
y de mi constancia el empeño.
¿Cómo con ingratitudes
me pagas lo que te quiero,
haciendo del beneficio
materia para el desprecio?
Pues vive, el ardiente Etna
en que se abrasa mi pecho,
que he de tomar la venganza
de agravio tan manifiesto
en ti, en Elvira, en mi amor.
Tocan cajas y clarines.
Al arma.
¿Qué es esto?
Parece que a mis enojos
han respondido los ecos.
Pag. 10
A buen tiempo embarazas
mis disculpas; el estruendo...
Sale un soldado moro.
La gente del enemigo
ha hecho algún movimiento,
y por si acaso embisten,
arma se tocó al momento.
En vela toda la noche
he de estar, no me detengo;
Jarifa, a satisfacerte
por acudir a esto, luego.
Vase.
Pues tengo yo también
que no importa, pues me celas,
lleguen a matarme, para
que yo te deje en el riesgo.
Vase.
Pag. 11
El texto de esta página está casi completamente desvanecido y es ilegible en su mayor parte. Parecen ser pruebas de pluma o calcos de una portada.
Comedia famosa... de la vida y muerte... de Lope de Vega Carpio...
Pag. 12
Tocan cajas y clarines, salen el Rey acompañamiento de Juan de Quintana con bastos, todos con espadas desnudas.
Mirad, señor, que vais precipitado.
Ninguno me detenga, si indignado
no quisiere probar mi rigor fiero.
Pues matadme, señor, a mí primero,
ya que audaz os obligo;
y haced cuenta que soy el enemigo,
de ejecuciones, en mí, pare el amago.
Muera yo antes que vea vuestro estrago.
Persuasión cortesana.
Solo pudierais vos, Juan de Quintana,
abonar el volcán que en mí respira,
corregir de sus ímpetus la ira.
Es mucho lo que importa a la corona
de Vuestra Majestad la real persona,
y el que al riesgo se bata evidente,
es más desesperado que valiente.
Pues ¿qué mucho que en eso incurra osado,
si está ya mi valor desesperado?
Demás que cuanto el riesgo mayor fuere,
mayor será el valor que le emprendiere.
Es verdad, mas da fama la advertencia
donde es más valentía la prudencia.
¿Qué prudencia ha de haber, qué sufrimiento,
viendo casi frustrado ya mi intento?
Pues después de perdida tanta gente,
el cerco de Madrid miro pendiente,
que aunque me he apoderado
del sitio señalado
donde con penas tantas, que sentían
los mozárabes fieles, asistían;
son arrabales cortos, mal seguros,
fuera de la custodia de los muros;
y nada en esto he hecho, si no brilla
mi estandarte real dentro en la villa.
Pues en ella ha fundado mi denuedo
conseguir la conquista de Toledo,
ved ahora, si es mucho que mi aliento,
desesperado ya del sufrimiento...
Pag. 13
Aunque solo la muerte en él lograse,
al asalto el primero me arrojase,
y más cuando he notado
que el tercio de Segovia se ha tardado
tantos días, por quien se ha suspendido
el general asalto prevenido.
Don Fernando Manuel que es el que tiene
a su cargo la gente, pues no viene
causa tendrá, aunque aquí le estén culpando.
Las demasiadas travesuras sé de don Fernando
que han llegado a mis oídos repetidas,
y quizá alguna de ellas, divertidas
sus acciones tendrá presto el sentido,
al ver que este socorro no ha venido
cuando más estoy de él necesitado.
Y ¿qué importa, señor, que haya faltado?
¿Eso decís, sabiendo
que por su falta la facción suspendo?
Eso si queréis, véalo aquí se allana.
Pues, ¿quién lo suplirá?
Juan de Quintana.
Dadme licencia vos, que aunque rendido
tantos años moro árabe he vivido
en estos arrabales retirado,
el valor que me asiste es tan osado
que al calor que de vos tener espero
a las murallas subiré el primero,
y dando muerte a cuantos mi ira advierta
bajaré con la llave de la puerta
para que podáis, siendo maravilla,
entrar sin embargo por la villa.
Pues ¿cómo, cuando yo quise intentarlo,
por difícil llegasteis a estorbarlo
y ahora que sois vos el que se ofrece
conseguirlo tan fácil os parece?
Como, aunque en vos y en mí es el riesgo cierto,
Pag. 14
todo en vos dependía como advierto
y en mi formáis que el brío se recuerde
aunque me prendáis nada se pierde
suele la fortuna con todo varia
ser donde más importa más contraria
fuera de que aunque sea incontrastable
todo suceso espero favorable
Invoco a San Isidro, maravilla,
y arzobispo glorioso de Sevilla.
Bien de la sangre ilustre que os abona
claras muestras me da vuestra persona.
Humilde me hallarán vuestros favores.
Ya sé que descendéis de emperadores,
¿tenéis hijos?
El cielo no ha querido
que esa dicha hasta ahora haya tenido,
mas ya quien de mí os sirva tener creo,
si de mi esposa a luz la señal veo,
que al oriente cercana desde hoy queda.
Como lo deseáis, todo os suceda.
¡Qué el tercio de Segovia tarde tanto!
Vamos antes que llegue el negro manto
a desplegar las sombras manifiesto.
Yéndose.
Tocan cajas y clarines, y detiénese.
Don Fernando, señor, vendrá.
¿Qué es esto?
¿Quién el campo ha alterado?
Debe de ser que el tercio habrá llegado,
ya se puede alentar vuestra esperanza.
Desairado estoy de su tardanza.
Buscándoos viene, voy, no hay quien le exceda.
¿Qué disculpa tendrá que serlo pueda?
Salen al son de cajas y clarines Hernando, don Enrique y soldados.
Dejad que llegue yo solo.
Señor, Dios vaya contigo
y te saque en paz, él tiene
cara de pocos amigos.
Gran señor, a vuestras plantas
Pag. 15
Vuelve el rey la espada muy severo.
llegar el vasallo más fino
a besar vuestra real mano.
¿No lo dije yo?
¿Qué miro?
Señor, bien temí yo esto.
Esto es llegar en mal signo.
Señor, ved que don Fernando
está a vuestros pies rendido.
Bien está.
Pero es después
de hallarnos muertos de hambre;
amén cómo estará bien,
sobre venir muy molido.
Al levantarse.
Señor, pues, ¿qué novedad
es esta, cuando yo os sirvo
con la lealtad que sabéis?
¿Y cuando le habéis debido
a mi acero más victorias
que ahora dudas concibo,
y sentimientos me causa
este desaire que admiro?
Permitidme que otra vez
os diga, señor, y mucho,
que es don Fernando Manuel
quien llegó: vasallo digno
de la mayor honra vuestra,
de cuyo valor altivo
es ámbito corto el mundo
para que quepan los bríos.
Y vos lo sabéis, vos propio
habéis sido fiel testigo
de mi aliento, y no ignoráis
que aun no quepo yo en mí mismo.
Pues, ¿cómo, señor, airado
me recibís, cuando cifro
un rayo en esta cuchilla
para vuestros enemigos?
¡Vive el cielo, que el informe
traidor...
¿Qué es esto?
Pag. 16
Vuelve el Rey. (Túrbase Juan).
¿Qué dice?
Que hay mucha nieve, y el gato
está muy resbaladizo.
Señor.
¿Cómo no advertís
que estáis hablando conmigo?
Vuestras inquietudes locas
han llegado a mis oídos.
Todos se quejan de vos
y aunque esto para el castigo
bastaba, lo que hoy me mueve
es haberos detenido
con el tercio tantos días,
viéndome a mí en el peligro
con más ahogos que nunca,
y no dar luego al cuchillo
la cabeza, por pagar
parte de vuestros servicios.
¡Por Dios que el recibimiento
es muy para agradecido!
No me ha cogido de susto
hallar al Rey tan sentido.
Señor, el tiempo...
Callad.
Ya yo no puedo sufrirlo.
Si me dais licencia, yo
os declararé el motivo.
Aparta, necio.
Dejadle,
que puede ser que al oírlo,
por ser de otro la disculpa,
se temple el enojo mío.
Eso es glosar, ya. Muy bien
el Rey, mi señor, ha dicho.
¡Ay Elvira! Quién pudiera
decirle al Rey que tu aviso
bastaba para traerme
en alas de mi cariño,
por quien a estar en mi mano,
volando hubiera venido.
Pag. 17
¿Quién sois?
Quien ha hecho a muchos
caballeros muy altivos.
¿Cómo?
Es gracia pura innata
que tengo en mi nombre mismo.
¿Pues cómo os llamáis?
Tirso;
ved si quedo lo que digo.
¿Por qué habéis tardado tanto?
Señor, porque aunque he nacido
Tirso, tengo yo también
de Valenzuela un poquito;
por cuya razón, a veces,
suelo ser algo tardío.
Mirad que os estoy yo hablando.
Pues, señor, si he de decillo,
ha sido la nieve tanta
que en los puertos ha caído,
que no nos ha dado paso;
y no haber (muertos de frío)
llegado acá en relación,
milagro de Dios ha sido.
Juan de Quintana.
Señor.
Vamos.
Yéndose.
¡Qué severo estilo!
Señor, ¿dónde señaláis
el alojamiento mío?
Vuelve.
Pues, un hombre tan bizarro,
tan valiente, tan altivo,
que es ámbito corto el mundo
para que quepan sus bríos,
¿dónde puedo yo alojarle
que tenga bastante sitio,
sino es dentro de la villa?
Este alojamiento elijo.
Don Fernando, pasad vos,
reconociendo, advertido...
Pag. 18
Quedan solos don Fernando y don Enrique y Frisón.
que solo cabe en Madrid,
y que no cabe en sí mismo.
Vase.
Por Dios que te dio con ella
y que has quedado lucido.
¿Qué hemos de hacer, don Enrique?
¿Eso preguntáis, amigo?
Ir luego al alojamiento
que el Rey ahora os ha dicho,
que me siento hecho pedazos.
Pues vaya vuesa merced a prevenirlo
y avise por el patrón
cómo ha sido recibido,
que luego iremos nosotros
en dándonos este aviso.
¡Qué fría que está la noche!
¡Vive Dios, que titirito!
¿Habláis de veras, Enrique?
Su pregunta es más del frío.
Pues ¿yo cuándo hablo de burlas?
Este hombre ha perdido el juicio.
Y extraño de vuestro aliento
que no me hayáis entendido.
¿Qué se dirá de los dos
si, señalándonos sitio
nuestro Rey en que alojarnos,
nosotros no le admitimos?
¡Vive Dios que hemos de entrar
en Madrid, que estoy rendido
y deseo descansar
del trabajo del camino!
De más que no puede haber
peor suceso que morirnos
después de jornada larga
dos hombres de bien de frío.
¿Hombres del diablo que os diese
sueñas sin haber dormido?
¿No conocéis que son perros
que traen la mala consigo?
¿No os engañe el de San Roque
que está con el panecillo
y habéis de reverenciar?
Pag. 19
Amigos, dadme los brazos,
que mostrarme yo remiso
solo ha sido por probar,
en mi amistad advertido,
si vuestro valiente intento
conformaba con el mío.
A nadie importa (¡ay, Henríquez!)
conseguir lo que habéis dicho
como a mí, que nadie ha estado
tan al afecto rendido
como yo, y pues no tenemos
aquí con qué divertirnos,
y es fuerza esperar al alba
para lograr el motivo,
sabed que adoro a una dama
cuyo singular hechizo
es imán de mis deseos
y encanto de mis sentidos.
Esta es mozárabe; ya
sabéis que tomó principio
este nombre en los cristianos
que, mezclados y abatidos,
con los árabes vivían.
Esta, Henríquez, como digo,
aun sin llegar a mirarla
avasalló mi albedrío
con la fama repetida
de su celo peregrino.
Llegué a verla disfrazado
sin reparar el peligro
de mi vida, porque donde
el amor tiene dominio,
se ve sin ojos el riesgo
y se halla lince el cariño.
Que anduvo corta la fama
será excusado deciros,
cuando era fuerza que a mí
me lo hubiese parecido,
llegando ya ciego a amarla
aun antes de haberla visto.
Pag. 20
que no se toque se tiene
y hallarse hecho el camino
para que pasen los ojos
más allá de los oídos.
Viome también, reparando
en mi atención, con que he dicho
de una vez que mis afectos
se hallaron correspondidos;
que aunque esto fue de persuasiones
de mis extremos continuos,
en llegando a reparar
una dama en quien la ha visto,
ha menester gran reparo
para el primero que hizo,
y no es fácil desecharle
una vez introducido.
De esta suerte muchas cosas
pasamos, mas fue preciso
volverme a Segovia a algunos
negocios que habéis oído,
siendo el principal juntar
la gente como caudillo.
En este intermedio (¡ay cielos!),
supe que Tarife rendido
a su hermosura también
la solicitaba fino,
y aunque esto en mí despidiera
de embarazo repetido,
lo que a ella le ha tocado
es haberme dado aviso
que Jarifa a su donaire belleza
inclinada ha conseguido
traerla a su palacio, donde
ve de más cerca el peligro
con la vista de Tarife,
y que así mi aliento altivo
solicitase el remedio
a tan fuerte precipicio.
Mirad, pues, si yo quisiera
mucho antes haber venido,
y si habré estimado el hallaros
Pag. 21
del parecer que habéis dicho,
tan valeroso, teniendo
pendiente el alma de un hilo;
y así, amigo, cuando el alba
raye el horizonte airoso,
hemos de dar el asalto
los dos, pues en conseguirlo
mi vida estriba, consiste
el colmo de mis alivios,
el triunfo de mis hazañas,
el lauro de mis prodigios,
y, finalmente, subiendo,
habremos los dos cumplido:
yo con quien me llama, y vos
con la obligación de amigo.
¿Ahora os salís con eso?
Pues si antes lo hubierais dicho,
era menester que el rey
nos señalase aquel sitio.
¿Qué es esperar a que el alba
llegue? Yo nunca he querido
riquezas en toda mi vida.
¡Si Dios me guarda mi juicio,
y si lo que a vos os pasa
me hubiera a mí sucedido,
a la hora de esta mi dama
ya había de estar conmigo!
Este hombre viene borracho
de nieve en lugar de vino.
Volved a darme los brazos,
que eso solo quise oíros.
Pues, don Fernando, a la escala,
y no erremos el camino
de la puerta de la Vega,
que es donde estriba el designio;
pues si ganamos la torre,
todo lo hemos conseguido.
La gente que nos asiste
no es noble y nos ha ofendido,
que si fuera menester,
aunque llegaran rendidos,
darían luego el asalto.
Pues, ¿qué esperamos?
Adentro.
Amigos,
a la muralla.
Pag. 22
Tocan cajas y clarines y, sacando las espadas, entran.
Se descubre en lo alto una muralla y Tarife y moros.
Al asalto.
Al arma.
Guerra.
Que ya como corre el viento
los perros nos han olido.
Ea, valientes soldados,
mirad y estad prevenidos
que, importados, yo el primero
estoy para resistirlos;
prueben los viles cristianos,
como otras veces, los filos
de vuestros nobles aceros.
Retíranse corridos,
tiemble el mundo de vosotros
y de mí el cielo, pues cifro
en cada acción un estrago
y en cada amago un peligro.
Que a nuestros alientos mueran
los cristianos fementidos.
Así que ladró el perrazo
saltaron los jilguerillos.
Si yo puedo, entre estas peñas
he de dormir al ruido.
Echan en el suelo a un lado de los paños y salen don Fernando, don Enrique y soldados poniendo las escalas, y dase el asalto como se acostumbra, y después de haber peleado un poco sube el primero don Fernando y pone el estandarte real en una torre que ha de haber, y van subiendo los demás.
A las escalas, soldados.
Al arma.
Valor, amigos.
¡Oh, qué bien que estoy aquí
si no viene algún ladrillo!
Rabiando muero.
Cayendo adentro.
Aquel galgo
no lleva nada en el pico.
Viva don Alonso el Sexto,
nuestro rey esclarecido.
Viva nuestro rey Alfonso.
Levántase Isidro de la peña.
¡Qué buen lance hemos hecho, por Dios!
Ya la torre hemos rendido.
Tocan cajas y clarines y salen el Rey, Juan de Quintana y soldados con espadas desnudas.
¡Ah del real!
Hacia este lado
es el alboroto.
Amigos.
¿Quién llama?
Pag. 23
Éste es don Fernando.
Decid a mi rey invicto
que don Fernando Manuel
ya está alojado en el sitio
que le señaló, y que puede
su majestad, si es servido,
mejorar de alojamiento,
que ya voy a prevenirlo.
Ay, Elvira, hasta encontrarte
ningún lauro he conseguido.
Heroico Fernando, aguarda,
que ya en tu ayuda subimos.
Ved, señor, que ya han abierto
la puerta.
Tocan al arma.
Soldados míos,
a Madrid.
Éntranse.
Entrad, soldados.
Y viva la fe de Cristo.
No hay cosa como ver esto
desde donde no hay peligro.
Salen con espadas desnudas Elvira y Leonor.
Mira, señora, que ya
tengo este brazo rendido
de matar moros, y tú
te habrás muerto de lo mismo.
A solo encontrar a Fernando,
pues nadie puede haber sido
sino él quien dio el asalto,
no he de descansar.
Que el frío
me aumenta la noche, o me hace
temblar aquellos bultillos,
porque tengo de los miedos
uno que vale por cinco.
¿Quién va?
Llegóse mi hora.
Si son moros, yo encogido,
en signo de respetado.
Si no habla, le doy un chirlo.
Oigan la prisa que trae.
Responda.
¿Quién vive?
El frío.
Pag. 24
que tiene con qué
hacer gola.
Se hace el perro bufoncillo;
muera, señora, que es moro.
Cristiano soy, truhán he sido,
teneos, que soy Frisón.
¿Que tú eres, Frisoncillo?
Y, ¿cómo aquí estás retirado?
Las dos ahora habéis nacido,
si no os conozco tan presto,
os hago dos mil añicos.
¿Cómo os halláis con espadas
de esta suerte, que me admiro?
Quitándolas a dos galgos.
Dejad, oh faisán perrillo.
Y Fernando, ¿dónde está?
Dentro don Fernando.
Ninguno ha de quedar vivo.
Sale riñendo don Fernando con algunos moros, y pónense a su lado Elvira y Leonor, y métenlos acuchilladas.
Vesle allí, viene acosado
de mastines.
Dueño mío,
a tu lado estoy.
Elvira,
hasta ahora no he vencido.
A gallina no te quedes.
Que tengas tan mal vicio
como faltarme el valor
cuando más de él necesito.
Ya el día viene rayando;
a buen tiempo han concluido.
Salen Elvira, Leonor y don Fernando.
Elvira, dadme los brazos.
Fernando, llega a los míos,
donde ha tanto que se esperan
para abrirte mis cariños.
Sale Jarifa acuchillando a algunos cristianos, y pónese a su lado Elvira.
Matadme también a mí,
aleves, que se ha perdido
a mi esposo.
¿Qué tienes?
¿Cuándo consigue el alivio
de la muerte un infeliz?
No ignoras lo que te estimo.
Pag. 25
Ya por tu esclava
el alma a tus pies me rindo.
Llega a mis brazos, que yo
lo que te debo no olvido,
mientras viva como a amiga
he de tenerte conmigo,
que al que con mi afecto trato
este cariño es debido.
Solo ese alivio les queda
a los sentimientos míos.
¡Viva nuestro rey Alfonso!
Todos llegan a este sitio.
No quisiera ver a nadie.
Vente, Jarifa, conmigo.
Vanse las dos. Sale el rey, su acompañamiento y soldados.
¿Dónde don Fernando está?
A vuestras plantas rendido.
Dadme los brazos, ilustre
Fernando, que agradecido
a daros las gracias vengo
del alojamiento mío,
y pues por ganar la torre
se consiguió mi designio
en la puerta de la Vega,
desde aquí vuestro apellido
y armas la torre será,
quedando al cuidado mío
de vuestro valor heroico
el premio tan merecido.
Beso, señor, vuestras plantas
y a ellas postrado os suplico
que de don Henrique Sanz
premies el aliento y brío,
y a quien la parte mayor
de la facción se ha debido.
Yo lo ofrezco.
Gran señor.
Pag. 26
siempre en mí es deuda serviros.
¿Quién es esta dama?
Es,
gran señor, de esclarecida
estirpe y la más hermosa
mozárabe.
Ya lo admiro.
Yo soy, señor, vuestra esclava.
Y cuya mano rendido
espero que ha de ser mía
si vos me honráis.
Yo lo estimo,
y de su dote me encargo.
Viváis dilatados siglos.
Lográronse mis desvelos;
ay, Fernando, dueño mío.
Y si vuestra majestad
con su criada hace lo mismo,
será mía.
Yo os lo ofrezco.
Dios me haga muy buen marido.
Ya es hora que descanséis,
gran señor.
Venid conmigo,
Juan de Quintana.
Señor,
que me deis licencia os pido
para ir a ver a mi esposa,
que ha mucho que no la he visto
y estoy con algún cuidado
por haberos asistido
desde ayer.
No me acordaba;
quedaos, ya sé que es preciso.
Vamos.
Viva Alfonso el Sexto.
Viva nuestro rey invicto.
Vanse.
Queda solo Juan de Quintana.
No sé qué gozo en el alma
me asiste, ya introducido
con tal exceso que voy
fuera de mí... ¿Qué motivo...
Pag. 27
Despeñándose el demonio.
Es contra mis armas todas
y contra el infierno abismo,
de cuya parte mis iras
a la defensa han salido.
Nunca como ahora, cielos,
tan lejos me ha parecido
mi casa. El paso apresuro,
sin mí voy del regocijo.
Vase.
Descúbrese un retrete cercado de resplandores y en cuatro nichos cuatro ángeles tocando instrumentos de música.
¿Qué varón es este, penas?
¿Qué admiración? ¿Qué prodigio?
¿Cuyo oriente celebrando
con instrumentos festivos
están en acordes liras
celestiales paraninfos?
Toda la casa se adorna
de resplandores divinos,
cuyas luces más que ciegan
alumbran mi precipicio.
Para gran portento sale
aquel que recién nacido
con tantas fuerzas perturba
todo el lúgubre dominio.
Ya de ángeles se acompaña,
desmintiendo el ser de niño.
¿Qué llegará a ser al fin
quien es tan grande del principio?
Pues, infierno, a la batalla,
no esté desapercibido
aquel que ha de sentir más
sus triunfos en los peligros,
y más cuando aquellas voces
repiten en dulces himnos:
Va saliendo Juan de Quintana, admirándose, atendiendo a la música.
Gloria al Señor soberano
den las criaturas del siglo
y los ángeles celebren
de su poder los prodigios,
pues ha nacido
quien empieza a ser ángel
desde que es niño.
¡Qué músicas celestiales
son las que el alma ha atendido!
Pag. 28
de resplandores se cubre
mi casa. ¡Qué olor divino!
¿Qué dicha es la que me aguarda?
Sale un criado o criada.
Saberte nacido un hijo
como mil oros, señor.
¡Oh, pese a tantos martirios!
¿Cómo albricias no me pides?
Suspenso está mi sentido.
Ven, señor, porque tu esposa
que te buscase me dijo,
y oirás, sin saber de quién,
unas músicas que han dicho:
cantando.
Madrid dichosa celebre
de su fortuna el principio,
pues nace en ella un varón
que ha de ser gloria del siglo,
tan escogido
que celebran su oriente
los cielos mismos.
Reniego de tanta gloria,
apelando vengativo
a las acechanzas fieras
de mis infernales bríos.
No acierto a andar de alegría,
el gozo me ha suspendido.
¡Ay, hijo, para bien nazcas!
Pero ¿qué dudo, si miro
celebrar tu nacimiento
con resplandores y himnos
de serafines alados?
Bien, ¡oh, glorioso arzobispo
de Sevilla, Isidro santo!,
me habéis pagado propicio
la fe que con vuestra gracia
mi devoción ha tenido;
y pues vuestra intercesión
es la que me dio este hijo,
Isidro le he de llamar
en vuestro nombre divino.
Pag. 29
para memoria del bien
que de Dios he recibido.
¿Isidro ha de ser su nombre?
Isidro ha de ser.
Impíos
espíritus, alentad
vuestros engaños nocivos.
Vamos presto, y logre y alcance
Madrid tan gran beneficio.
A un tiempo con la música:
Gloria al Señor soberano
den las criaturas del siglo,
y los ángeles celebren
de su poder los prodigios,
pues ha nacido
quien empieza a ser ángel
desde que es niño.
Mientras cantan los últimos versos, dice con su voz el demonio de suerte que todo se acabe a un tiempo:
Ministros fieros
del infierno contra Isidro.
Aquí y se da
Fin de la primera jornada de
Don Andrés Gil Henríquez
Jornada segunda
Pag. 30
Iván de Vargas de barba
San Isidro
María de la Cabeza
Bartola labradora
Gil gracioso
Otro labrador
Don Pedro Luján
Juan de la Cabeza de barba
El demonio
Dos ángeles
Músicos
Sale el Demonio.
Desde que el hacedor de tierra y cielo
bajó con el disfraz de humano velo
a encarnar en su siempre virgen madre
por el decreto de su eterno padre,
y que por ser a la infinita ofensa
previa la infinita recompensa,
dando a la muerte permisión, él mismo
murió, resucitó, bajó al abismo,
sacó del seno de Abrahán los santos
que a aquel día esperaban siglos tantos.
Después que en fin subió, raro portento,
a los cielos quedando incruento
sacrificio a su padre cada día
y en pan al hombre para envidia mía,
jamás hombre me dio tan cruda guerra
en el ámbito todo de la tierra
como este labrador, que si él temía
cuando nació, mas no en la ciencia mía.
Pag. 31
se fundó solamente mi recelo,
aunque descifro del octavo cielo,
siendo mujer al vellas,
los dudosos caracteres de estrellas,
que cuando temo yo, siendo en mi daño,
lo mismo es el temor que el desengaño.
Mas ya no queda Isidro desposado,
y aunque su padre lo dejó tratado
cuando murió, no es él quien lo ha pedido,
estando el trato ya desvanecido.
No es mucha la belleza de María,
no es cierto en fin que Isidro la quería;
¿qué temo, pues, cuando él me abre resquicios
para impedir que suba el edificio
que van labrando sus merecimientos,
pues ya no son tan firmes los cimientos?
Mas, ¡ay!, que su virtud fomenta el cielo,
y temo que la aumente mi desvelo;
que si Dios que se case le ha inspirado
con María, en su ayuda está empeñado.
Mas ¿será el primer justo por ventura
a quien haya vencido la hermosura?
Pues, ¿para qué me aflijo?
El gran David, de quien se llama hijo
el mismo Dios, ¿no me ofreció despojos,
solo vencido de sus mismos ojos,
y obligado con bienes infinitos,
cometió en un delito tres delitos
por divino misterio:
escándalo, homicidio y adulterio?
Su hijo Salomón, ¿no es buen ejemplo?
pues después de labralle a Dios el templo,
Pag. 32
en vez de reprimirse como sabio,
cuanto humano, obró, borró su labio,
y a una negra, borrón de la belleza,
culto ofreció su natural flaqueza.
¿No fue Dalida, en fin, dulce veneno
de Sansón, el valiente nazareno?
Pues de experiencia conociendo el daño
no supo aprovechar el desengaño,
y de el largo cabello despojado,
preso se halló, sin ojos y ultrajado,
hasta que por dar fin a sus fortunas,
arrancando las dóricas columnas,
derribó el templo, con su daño cierto,
quedando en ellas vencedor y muerto.
Y otros muchos que dejo, de igual nombre,
pues, ¿qué exenciones tiene más este hombre
que un Salomón prudente,
un David santo y un Sansón valiente?
Pero, ¡ay!, que demás de que en su amor no cabe culpa,
pues tenerle a su esposa le disculpa;
mas viviendo casado
con mujer que es de todos envidiado,
menos fruto ha de dar, pues es forzoso
que le juzguen por menos virtuoso,
aunque de santidad sea un extremo;
y en la humana semilla yo más temo,
de tantas plantas que me dan horrores,
de el ejemplar el fruto, que las flores,
y es muy dificultosa
virtud de ejemplo con mujer hermosa.
Y cuando su virtud su amor enfrene,
otro mayor contrario Isidro tiene;
don Pedro de Luján es de María
rendido amante, pero la osadía
Pag. 33
le falta aunque en su intento persevere,
que al paso que la adora la venera.
Fomentar que a Isidro dé recelos,
que es otro lance los confirma celos,
a tan fiero disgusto
no hay resistencia en el varón más justo;
mas ya los desposados
llegan de sus amigos festejados,
y con Iván de Vargas Luján viene,
ocasión y lugar mi astucia tiene.
Salen cantando y bailando Bartola y otra labradora, Gil y Toribio, músicos, y después Iván de Vargas, Don Pedro de Luján, y Isidro y María y Juan de la Cabeza.
Vivan muchos años
Isidro y María,
muchos años vivan.
Gozando dichosos
gustosos cuidados,
todos los casados
tengan envidiosos,
sus hijos hermosos
pueblen a Castilla.
Muchos años vivan
Isidro y María,
muchos años vivan.
Con razón heroico, Vargas,
con tan honrado padrino,
y mis hijos quedaremos
vanos.
Y desvanecidos
todos, pues no hay que comamos
sin mi estó...
Más he debido,
señor Juan de la Cabeza,
al que ya tenéis por hijo,
que este pequeño agasajo,
que el hombre que más estimo
de todos cuantos asisten
en mi labranza es Isidro,
mas ninguno dudar puede.
Miran a María.
Pag. 34
Si dice lo que imagino,
buena ocasión.
Llegándose a don Pedro.
Que merece
mucho más, si ha merecido
de vuestra hija la mano.
Esa es dicha, y no es lo mismo
lograrla que merecerla.
El señor don Pedro ha dicho
por mí, lo que yo dijera
si yo supiera decirlo
como lo siento.
Por eso
es bueno tener amigos.
Fuego en su amistad.
Libradme
de este hombre, cielos divinos.
Aún no ha recelado nada,
bien conoce mi sobrino.
Don Pedro, lo que mereces.
Mucho favor le he debido.
Sabe el cielo que quisiera
darte con María, Isidro,
mil doblas, pero en efecto
todo el corto caudal mío
te doy, que es este.
Señor,
que no habléis en eso os pido.
Dios ha dotado a María
de los tesoros más ricos
y mayores, pues le ha dado
virtud, a que solo aspiro,
y belleza por quien suelo
preguntarme yo a mí mismo
cómo será la hermosura
Pag. 35
de el ángel si esta es prodigio
y si es la perfección tanta
de el ángel, como inferimos,
y es criatura, ¿qué será
la de su Creador divino?
No tenéis ya qué darme,
que si en María recibo
de vos tesoros tan grandes,
pobre quedáis y yo rico.
Rabiando estoy, vive el cielo.
No pasa en la tierra, amigo,
de la virtud la moneda.
Solicitar es preciso
que le dé Juan recelos.
Mucho te agradezco, hijo,
atención tan cortesana.
Es honrado y bien nacido.
¿Qué te parece?
Que a Dios
le debo mucho.
Y lo mismo
que te di por ser forzoso
te diera de agradecido;
cien maravedís guardados
para este fin he tenido
veinte años; con ellos puedes
comprar dos bueyes lucidos
y te sobrará dinero.
Que, aunque el mundo está perdido,
dos compró ayer por ochenta
Pero Crespo, mi vecino.
Tres varas compré de paño
de color azul, tejido
en Segovia, pues no tienes
Pag. 36
bastante para vestido
se podrá gastar, María,
en sayuelo y corpiños
para honrarse los disantos,
que costó, te certifico,
a quince maravedís
la vara, pero es muy fino.
Dos colchones hay de pluma,
que, aunque es cierto que a infinitos
quitan el sueño las plumas,
de diversos ejercicios,
o propias a los ingenios,
o ajenas a los delitos,
estas, por ser de palomas,
no tienen ese peligro;
que en plumas de simples aves
no hay desvelos discursivos.
Dos sábanas, que tu esposa
hiló por su mano el hilo
porque fuese más delgado
que en la conciencia; y el lino,
sin que la pasión me mueva,
que hila delgado te afirmo.
Ellas están bien tratadas,
no nuevas, mas yo imagino
que no importa, pues María
solo en ellas ha dormido.
Un cobertor a dos haces
de pieles de corderillos,
y entiendo que por vosotros,
más que por blancos y limpios,
cuando os cubran sus vellones,
los han de juzgar armiños.
Pag. 37
un vasar lleno de platos
de escudillas y de vidrios,
ollas, cazuelas y jarros
con tal orden repartido
que en lo compuesto parece
librería, no en lo limpio,
que como el manejo es poco
hay mucho polvo en los libros;
dos yugos, una carreta,
dos rejas de arar, un trillo,
sin algunas menudencias,
y no me agradezcas, hijo,
que todo cuanto yo tengo
te dé, solamente, Isidro,
de no tener más que darte
agradece el pesar mío.
Vos procedéis como honrado,
por ahora no os replico.
Después, señor, hablaremos,
pues os toca por padrino
regocijar esta boda.
Sin comer no hay regocijo.
Eso ha de ser en mi casa.
Pues ¿a qué se aguarda?
Isidro,
habla a tu esposa.
María,
llega y habla a tu marido;
alza los ojos del suelo.
Llega, no estés encogida.
Ciego estoy.
En eso estriba
que se logre mi designio.
Pag. 38
En hora feliz, María,
hoy vieron los ojos míos
la primer vez, pues por ellos
llamarme vuestro consigo.
Respóndele.
Yo.
Pues, ¿quién
ha de responderle?
Isidro,
Dios os guarde y haga bueno.
Éste es su esposo, o su hijo.
María está vergonzosa,
después hablaréis.
Amigos,
venid a mi casa todos.
¿Tan presto os vais?
Es preciso,
que, como ha sido la seca
este año tal, que ni en río
ni en fuentes la humedad muestra
que agua jamás han tenido,
hacer una procesión
tiene dispuesto el cabildo.
Y los pozos se han secado
también.
Los primeros.
Lindo,
esta vez, aunque no quieran,
nos han de dar puro el vino.
No habrá hidrópicos este año.
Viváis años infinitos,
señora, en el nuevo estado,
gustosa.
Para serviros.
Pag. 39
El demonio siempre cerca.
Gocéis, de que me acobardo,
señora; en vano me animo,
los años que yo deseo
vuestro dichoso marido
con el gusto que yo tengo.
Contenta estoy con el mío.
Válgame Dios.
Yo lo creo.
Mal año para su hocico.
Gocéis lo que yo deseo
vuestro dichoso marido
con el gusto que yo tengo.
Si acaso, mas yo permito
al pensamiento malicia
tan baja, Dios sea conmigo.
Vamos, Juan de la Cabeza.
Ya está sospechoso.
Isidro,
ven que cumplir es forzoso
mi obligación.
Siempre han sido
vuestras honras el amparo
de este pobre rinconcillo.
Primero con tu licencia
iré al campo, que Benito
me espera con los arados
y haré falta.
Vase.
Eso es preciso,
ve pues, que luego a mi casa
podrás ir.
Yo iré a serviros.
A Dios, señora.
Él os guarde.
Cantando como venimos.
Pag. 40
y bailando de María
nos despidamos, Toribio.
Vaya.
No tardes, Bartola.
Luego vuelvo.
Adiós, amigos.
Entranse todos volviendo a cantar lo mismo y quédase don Pedro y el demonio.
Sola queda, yo he de hablarla.
Que al campo se fue Isidro.
¿Qué es esto, señor don Pedro?
¿A qué os quedáis?
A pediros
que me escuchéis.
Yo os escucho.
No os asustéis.
No hay delito
en mí que pueda asustarme,
aunque vos hayáis querido
con equívocas palabras
dar de lo contrario indicios;
¿en qué esperanza se funda
vuestro ciego desvarío?
¿Qué ocasión os di en mi vida
para que tan atrevido
deis a entender sentimientos?
Yo confieso el error mío,
pero la pasión...
Que os vais,
señor don Pedro, os suplico;
mirad que os echarán menos
ya mi padre y vuestro tío.
Sin duda es vano su intento,
pero yo lograré el mío.
¿Qué esperáis?
Pag. 41
Ya os obedezco.
Difícil empresa sigo,
mas no pierdo la esperanza.
Guardeos Dios.
En él confío.
Van cada uno por su puerta.
Don Pedro, que os desengañe
deslumbre vuestros sentidos,
bien sé que es más imposible
a este Don Pedro el divino
que fundar torres de acero
sobre cimientos de vidrio,
pero con que yo consiga
que los recelos de Isidro
de su virtud le diviertan,
logro cuanto he pretendido.
Vase.
Pag. 42
Dentro Gil.
¡A, Limón! ¡Ox, ca, el tordillo
del Barroso! ¡Acá, Bragado!
Laguna, quieto. ¿Ha dado
de retozar el novillo?
Salen Isidro y Gil.
¿De qué enojado estás?
¿De qué? Pues de Satanás:
trabajar.
Jesús, ¿por qué?
Porque como no ha llovido,
y el amo manda que are,
pensando que me suceda
a mí lo que a ti, pues hace,
sin agua que los ayude,
crecer, Isidro, los panes;
y como la dura tierra
tan seca está, aunque trabaje
porque el arado la rompa,
no tienen fuerza dos pares
de bueyes, que los terrones
están como pedernales.
¿Y de eso estás impaciente?
No me falta para ahorcarme.
Más que queja, ten paciencia,
y pide a Dios que te ablande
la tierra con el rocío
de sus divinas piedades.
Y esto no por ti lo pidas,
sino por todos, y cree,
que cuanto de tu congoja
el afán sea más grande,
será la fatiga tuya
para Dios más agradable.
Porque si Dios por la culpa
de nuestro primero padre
le condenó a que comiese
de su sudor, es constante
que trabajar le mandó;
que no suda quien no lo hace;
y siendo heredero tú
de aquel castigo, al cansarte,
sirve el castigo también
que el delito satisface,
como manda Dios,
pues a quien le da más grande
el trabajo, da el sustento
con manos más liberales.
Y advierte que este consejo
no te le doy como vano,
sin ejemplo; que aunque a mí
no debe imitarme nadie
por ser tan malo, en distintos
paños, en más arrogantes
adornos, o más lucidos,
me mantuvieron mis padres,
y aun yo me mantuve en ellos
muchos días, ignorante
de esta advertencia, que tuve
en el alcázar triunfante
de la Almudena, en el sacro
palacio de aquella Imagen
de María, protectora
de los hombres, de Dios madre,
dejé el cortesano estilo
Pag. 43
de los ocios al instante
que supe que Dios mandaba
que los hombres trabajasen,
dado al duro ejercicio
de la labranza; aunque antes
en un o en otro, solo en este
descansaron mis afanes,
pues siendo el primero este
que Adán tuvo, retratarle
deseo, en el castigo, quien
le copió el fiero semblante
de la culpa, que era injusto
al sentir de mi dictamen,
que quien le heredó el delito,
el afán no le heredase.
Desde que mezclo el sustento
con el sudor abundante
de mi rostro, el sol le enciende,
y escarcha le ultraja.
Desde que la aurora fría
todas las veces que nace
me cubre barba y cabello
de su aljofarado esmalte;
y desde que el sol piadoso
cuando a ver al mundo sale
con rayos de oro me peina
las trenzas que anuda el aire;
desde que trato a la tierra
con estilos familiares;
desde que entiendo el idioma
de su callado lenguaje;
desde que el cansado cuerpo
fío a su regazo amante,
lavando el polvo con el
sudor que mi pelo esparce,
me es más sabroso el sustento,
que sazona los manjares
cumplir con la obligación
de no comerlos de balde.
Solo tú eres de ese voto,
porque a mí mejor me sabe
lo que no me cuesta nada,
y el que llega a convidarme
me hace muy grande merced,
si me convida tres días antes.
Sintiendo que al que tiene olla,
el que llega a convidarle
no le agasaja, pues solo
le convida a comer tarde;
fuera de que en esto son
muchos los yerros que se hacen,
pues le llevan a un cristiano
a comer donde no saben
lo que come, y de su mesa
le quitan donde lo sabe.
Pregunta, hombre que convidas,
primero a ese miserable
convidado, lo que come,
si quieres agasajarle;
que convidarle a los platos
que no come, es levantarle
harto de su vanidad,
y muriéndose de hambre.
Pag. 44
Vuelve a la labranza, Gil.
Y mira que se hace tarde;
tarde es, mis tripas lo dicen,
y me espanta de que tarde
María con la comida.
Más justo es que tome espanto
de que sin haber cumplido
con lo que a tu cargo traes
en el tratado destajo...
Comer.
El comer es antes.
Sí, antes es el trabajar;
porque si no satisfaces
con lo que a tu cargo está
en lo posible la parte
de tu obligación, y faltas
a hacer lo que te obligaste,
será contra tu conciencia
todo lo que adelantares
la paga al servicio; y debes
volver, si no lo pagares,
lo que antes comieres.
Yo
lo volveré como me harte;
eso no te dé cuidado,
que mi estómago es muy fácil.
No digo eso.
Pues, ¿qué dices?
Que antes con tu sudor ganes
tu sustento.
Bastará,
si María se tardare
y con ansias llegue a la olla.
La tendrás sudada antes.
No me entiendes.
Sí te entiendo;
si el sudor ha de darme
la comida, ya podré,
aunque mi conciencia me arguya,
comerme dos o tres bueyes;
pues sudando de esa arte,
de manera, Isidro, estoy,
que si ahora me quitase
la camisa y la escurriese,
saldrían de sudor mares
tan copiosos, que en sus ondas,
a falta de vista, se anegaran
cuantos viven como esos
de mi esfuerzo los lunares.
Tan vendible es tu ignorancia.
Pídele a Dios que te ablande
la tierra, y vuelve a tu arado.
Yo lo he de pedir.
Ignorante,
pues ¿quién hay que a Dios no pida
cuanto busca y cuanto pasa,
cuanto anima y cuanto siente?
A Dios le piden las aves,
al primer albor del día,
de su voz oyen alarde;
pidiéndole al alba el sol;
las plantas en el suave
postrera edad de la noche,
con susurros agradables,
el blando céfiro piden;
de las agraviadas flores,
con subidos de la tierra,
el jugo los vegetales...
Pag. 45
pues ¿por qué no ha de pedir
el que siembra, a Dios, cuando llueve,
que Dios solamente aguarda
aquel que pide para darle?
Pues venga agua, señor mío.
Así a Dios ha de obligarse.
Pero no agua que venga
solamente a resfriarme;
venga agua que, aunque haya lodos,
con ello el pan se abarate;
porque no sirviendo de nada,
si el pan caro me ha de matar,
aquí está Isidro, y allí
viene María a buscarle
con el humilde sustento
tan amante.
Sale el Demonio de labrador.
Llega.
Veamos, astucia, de tanta
cizaña como sembraste
qué fruto coges. Llego.
Obreros de Manzanares,
¿sabréis acaso decirme
del labrador admirable
que, con que ninguno siembre,
siembra y coge pan sin arte
natural, que le obedece
la tierra antes que la mande?
Ese labrador es Dios;
y si es a este en quien quieres parte,
forastero, porque en todo
le oigo y que le buscaré.
Y bien sé yo que está aquí,
pero con tantos pesares
a quien a Dios se atrevió
no de un hombre se acobarde.
Isidro es por quien pregunto.
Pues en las señas te erraste,
que Isidro es un labrador
que lo que los otros hacen
aún hacen menos; y como tú,
forastero, preguntaste
por el labrador que a todos
excede en las señales,
si no es Dios por quien preguntas
no hay de quien informarte.
¿Pues no conoces a Isidro?
Yo no.
Porque migas a nadie
su nombre.
Yo no le niego,
lo que digo es que, ignorante,
no me conozco; y es cierto
que fuera soberbia grande
presumir que en la ignorancia
no erraba, a todos semejante.
Pues yo te conozco a ti.
Conocer a otros es fácil
y por eso así ignoran
los que a los otros saben.
Raro hombre, mas no por eso
mis asechanzas desmayen.
Preguntaré por Isidro,
a quien fui creyendo hallarle
donde la voz pública
que le decía lo que nace.
Pues informado de que
solo en la arenosa margen
de este seco río vive,
la quietud que en él parece.
Pag. 46
pregunté aquí, porque aquí
vi las señas de encontrarle.
Ea, que creo en obra mía,
y margen que Dios me deje,
que en mí que soy más ladino
manifiesta sus piedades.
¿Luego eres Isidro?
Sí.
¿Pues por qué me lo negaste?
Yo no lo negué, y quisiera,
sin que el cielo me culpase,
razonablemente asentar,
pues cuando me exageraste
la desigualdad, a todos
descubro ceguera fácil;
y aunque estaba yo diciendo, notando
que era fuerza mudarme
de este a otro ser, respondiendo
a señas de vanidades.
Dígame, antes que nos diga
el labrador viandante.
Lo que quiere de dónde es.
Yo soy de muy remota parte.
Pues a mí me pareció
luego que le vi el semblante,
que en cara manchega de abajo
tenía sus heredades.
Dime lo que me querías.
Un negocio harto importante.
¿A mí?
Sí, para eso
yo te vengo a buscarte.
No sé qué me dice el alma.
Si este toma chocolate
y de cacao de pastillas.
No a lo que vienes dilates.
Y a esa ocasión, pues ya está
su deseo de mi parte.
Dentro María de la Cabeza y Leonor
Ea, cautela,
Leonor, Bartola,
anda aprisa, que es muy tarde
y está Isidro sin comer.
Y Gil muriéndose de hambre.
Esta burra del demonio,
que no puede menearse,
tiene la culpa; malos lobos
hartura de vinagre.
Pues que no es mía la burra.
Señor mancebo, despache,
Mientras yo voy por la aldea para que le dé de comer, y si se lo han convidado no quede a convidarse. Vase
Aquí me espere, que quiero,
porque acaso no los trane,
mi esposa, ir a recibirla,
como es uso.
¡Qué mal haces!
Pues en hacer lo que a Dios
sirve, ¿puede hacer mal nadie?
En dejarse engañar, sí.
Cautelas, aprovéchenme;
en dejarme engañar, pues...
A mí, ¿quién hay que me engañe?
Tu confianza.
¿Qué pisas,
hombre, primero que pases?
Pag. 47
con lo que antes he creído,
da motivo a mis pesares;
adelante, mira bien
de quién te esquivas y hablas.
No soy tan inadvertido
que aunque vine a buscarte
para un aviso en mi honor.
¿Tu honor?
Te engañaste,
que yo nunca tuve nada
que a Dios no sacrificase,
mi honor está en Dios y él
cuidará de asegurarle.
¡Ay de mí, que su constancia
toda mi astucia deshace!
Busquemos otra cautela.
Pues no quieres escucharme
lo que te importa.
¿Y qué
es razón que te me canse
por lo que a mí no me importa?
Con volverme te desharé
la lástima con que vienes.
Vuelvese Isidro al...
¿Qué me quieres?
Que prosigas.
Mira al vestuario.
No soy yo tan ignorante
como dice otra cautela,
pues el acaso lo hace,
me aproveche aquí, no soy
tan necio que me fiara
en que crédito darías
por mí, a materia tan grave
sin conocerme, y así
he solicitado lances
en que callando mi voz
pueda su vista informarte
de mi vista, y formarme.
Sí; vuelve y harás el examen,
mira a tu esposa y don Pedro.
Deja que primero encargue
a Dios, como a quien confío
este dolorido trance,
que advierta antes los míos
a...
su misericordia temple
el dolor que ha de causarme,
porque de Dios no me olviden
las humanas ceguedades.
Señor...
Apelo al infierno,
que no puedo apoderarle
de la ira.
Vos me disteis
esposa cuyas loables
virtudes con acendrados
Pag. 48
examinan los quilates
de su perfección,
señor,
no paséis más adelante,
que no tendré qué deciros.
A Isidro, si preguntare...
Lo que queráis,
pues ¿cómo
puede ser, señor, que manche
el candor de su pureza?
¿Ay tal constancia? Volcanes
forjad, otro engaño,
aunque me vea vendido.
Vine, María, a esperaros,
no me atreviera a deciros
lo que me mandáis que calle.
Oye, pues no miras,
cielos,
este dolor es muy grande,
si no muriera mi Lauro,
fuerza que me persuade,
aunque lo ignoro,
¿con quién
habláis?
Con quien enfrenarme
sabe tanto, que por arte
sus respetos se agravian,
a no verla me condeno.
Vase.
Sube en elevación María a donde quede entre dos ángeles y Isidro de rodillas.
Oíd, escuchad.
Pesares,
pues es todo
triunfar de mis lances,
a las furias infernales.
que de penar me excusara
si te consiguiera antes,
aquel cristal milagroso
que sabe empañar mi padre;
de la, ¡oh cuán justo!
esposa mía, ¡cuán grave
fuera mi dolor, si hubiera,
que pudiera como amante,
dado lugar a la astucia
que solicitó engañarme!
María, no hablas, mas como
si estás con Dios has de hablarme.
Yo te perdono esos celos,
estate con Dios, estate,
quiérele mucho, María,
y pues le eres agradable,
pídele que si es servido
de la tuya y de mi parte
nos haga tan venturosos
que celos no nos asalten,
que lo que imposible duele,
fuerza es que posible mate.
Señor, a Isidro librad
de aquel peligroso trance,
vuestra mano le socorra.
Vuestra clemencia le ampare.
Esposa.
Ay, esposo mío,
que con un astuto áspid
hirió mi imaginación
en el sangriento combate.
Pag. 49
nunca peligra María
quien tiene a Dios de su parte,
y todos los que confían
en sus finezas amantes,
tienen a Dios por su todo;
en el favor que me hace
confiado, a Dios remito,
como Dios ha de faltarme
de la nociva serpiente
que procuró envenenarme
el dragón, la triaca
fue su virtud admirable;
huyó el áspid cauteloso
pero, ¿a qué te llegaste
tú al remedio de su daño
que, aunque sirve dar la medicina
y ser mentira el achaque?
luego fue...
no me preguntes
lo que debo recatarte,
ni nada el porqué me digas,
que es un ocioso que hables
tú en abono suyo, cuando
Dios por ti me satisface;
aunque el deseo pudiera
solicitar el examen
de lo que no entiendo, Isidro,
es su gusto mucho antes
que mi deseo; y así,
nada quiero preguntarte;
pues, si Dios, siendo tu esposa,
a ti sujeta me hace,
que te obedezca me manda,
y así es razón que me allane,
puesto que no obedecerte
sería no sujetarme.
si hay en los humanos bienes
algún bien, solo es bien grande
la mujer buena; mis brazos
María, tu humildad paguen.
Salen Gil y Bartola con dos cestas de comida.
¿no tratamos de comer?
que son las dos de la tarde.
ve la gana que tienen
de abrasarse.
si lo haces
de envidia, par Dios, Bartola,
quiero de abrazos matarte.
arralle.
fuego el rezongo.
más que os pellizco, salvaje.
¿gustas de comer, esposo?
sí, esposa mía; pero antes
a Dios le hemos de pedir
ese sustento que trajiste,
que aunque sobra aquí la falta,
su voluntad, al gustarle,
será una gracia de Dios.
y ella es la que satisface;
pide el agua de camino,
que no tiene gota el zaque.
siéntate, y Dios nos la dará.
vamos, pues.
tú, retírate;
quédate así allí, que debe
la oración no acompañarse
de quien pueda divertirla
y de que no te acompañes,
cuando a orar vas, no ofendas;
y en todo el tiempo que orares
estará contigo Dios,
y no te hará falta nadie.
Pag. 50
Vanse
Vanse y salen Iván de Vargas y el Demonio
¿Quién es como vos fuente de gozo?
Tú, mi ejemplo, mujer santa.
Vamos, y Dios a los suyos...
De los dos atienda a tanta...
Vamos y nuestros clamores
sus dudas tristes aplaquen.
¿Y en qué quedamos nosotros?
En que de mí no te apartes,
porque no escudriñe nadie...
Como los más días haces,
si se descuida por Dios re...
Que he de pellizcar sacarme,
no descansa mi pasión.
¿Que no se entorpezca y canse,
que se desmienta su aviso
o muera en mi satisfacción?
Que le maltrate pretendo
para apurar su paciencia.
Mirad vos la diligencia
que está en la labor asiendo.
Mirad como allí apartado,
con dar a entender que ya
del trabajo se descuida.
Pues ¿cómo solo labrara
que Isidro cultiva esta
verde de cuando está tan seca
todo este contorno?
Porque es abundante esta,
y tanto, que a cultivarla
Isidro, como de nieve,
sola una espiga llenara
lo que mil espigas llenan.
Tierra abundante, ¡ay!, faltando
el agua que la sustenta.
A esta no le falta, aunque
nuestros ojos no la vean,
que secretos manantiales
debe de tener, y es fuerza,
pues produce, cuando no hay
quien tenga cuidado de ella.
¿Posible es que este embustero
bien, cuando no es la primera
vez, esta que a mi noticia
de Isidro el descuido llega,
si falta a su obligación?
Pues duda yo haré que vea.
Todo el día sufre Isidro,
de aquella propia manera,
fingiendo la santidad.
O la fingida fuerza...
Pues ¿quién ara con las yuntas?
Nadie.
Yo, aun no te crea,
es forzoso, pues lo mismo
quiero, estoy viendo...
de la forma que fuere posible se vean yuntas de bueyes y dos ángeles arando con ellos y cantando.
Ofrece al cielo, que agrava
con ocios su clemencia.
Sino me aprovecha en esto,
¿de qué sirve la licencia
de perseguir a los amba...?
Huyamos a no ver penas,
que un humilde labrador
triunfa de vuestra soberbia.
Mientras a Dios sacrifica
Isidro amantes ternezas,
por él, espíritus puros
de Iván cultivan la tierra.
¡Ay, qué bien suena!
Pag. 51
la oración del hombre a Dios.
Pues Dios da al hombre tal premio por ella
a los que sirven a Dios
manda la eterna clemencia
que los ángeles los sirvan
en paga de su fineza.
Ay, cómo llevan
la virtud del hombre al cielo
para volver en favor a la tierra.
Cuánto admirado me tiene
la extraordinaria presencia
de estos hermosos zagales,
tanto el deseo me alienta
a saber quién son, que humanas
no son voces que así suenan,
ni sus divinos semblantes
publican humanas señas;
si me atreveré, mas, ¿cómo,
sin que sea travesería,
al respeto que me causan
sus soberanas presencias?
Tanto a Dios ama Isidro
desde la tierra,
que los serafines,
si ser pudieran,
envidiosos quedaran
de su fineza.
Ay, cómo premia
el mérito de su amor.
Pues ángeles labran las ansias que siento.
Aguardad, oíd, volved,
labradores de la selva.
Vanse.
Salen Isidro, María, Bartola y Gil.
Jesús, amén.
Que, señor...
Señor, ¿qué ordenas?
El amo es Bartolo.
Isidro.
Y me holgara que un mojón...
Isidro mío,
María de la Cabeza,
dichosos vosotros, tú
por el dueño en que te empleas,
y tú porque la mereces,
y dichoso lo que prendas.
Que estima el cielo consigo,
pues ¿qué novedad os trae,
señor?
¿De qué es tu alegría?
Ay, pero no puede la lengua
ni con la sed grande decirlo.
Y si sed tenéis...
Y grande.
Pena
me da que no tengo agua,
pero llegaos a esta peña
que aquí, si Dios quiere, habrá
agua para la sed vuestra.
Da con la aguijada en la peña y sale agua.
Ya ¿qué quieres que te diga,
viéndote tan manifiesto,
tu santidad, varón justo?
Besar tus plantas merezca.
Quien dudoso encubrirá...
Llegar venturoso a vello.
Señor, ¿cómo estáis así?
Pasmada de esta clemencia.
Pag. 52
De Dios a Dios se han de dar,
santo Isidro, en la tierra.
Gran milagro fuera este,
Bartola, en tu taberna.
Que a quien ángeles servían
y quien de una peña seca
saca agua con rectitud,
mucho con Dios se semeja;
dejadme beber de esta agua,
Milagrosa
excelencia.
Señor, a los unos hombres,
cumpliendo lo que quisieren,
María hace el milagro.
Hartos milagros hace ella.
Si hace otra fuente Isidro,
pues que lo mismo te cuesta,
sea de vino.
Señor,
vamos donde en pobre mesa,
pues a la heredad venisteis,
nos honréis.
Las opulentas
de los monarcas mayores
trocara yo por la vuestra.
Ven, María.
Isidro, vamos.
¡Qué hermosura tan honesta!
¡Qué gala tan virtuosa!
Que los santos se requiebran
también.
Y los amos, vamos.
Vamos, Bartola.
Ven, bestia.
Jornada tercera
Pag. 53
Sale Juana trayendo de la mano a don Luis como a oscuras.
¿Qué hubiste de hacer tal ruido?
El broquel se me cayó.
Con el golpe pienso yo
que el viejo nos ha sentido.
Camina presto.
Recelo,
si a oscuras la puerta ignoras.
Dentro.
¿Ruido en mi casa a estas horas?
Dame una espada, Leonelo.
¡Ay, desdicha más cruel!
Vete por Dios, yo estoy muerta,
que esta, don Luis, es la puerta.
Aparte.
Vase.
Perdona, doña Isabel,
que tú la culpa has tenido
(cuando una dicha he logrado)
de que entre aquí enamorado
quien sale ya arrepentido.
Ahora bien, quiero pasito
irme un pie tras otro andando.
Bien aquí, que voy callando
y llevo el miedo en un grito.
¡Ánimas y Dios aquí,
socorredme en esta lucha!
Pag. 54
anda, aquí escóndete y calla.
Sale don Pedro, como en jubón, con la espada desnuda y una vela en la mano.
¿Quién va? ¿Quién es?
Aparte.
¡Ay de mí!
Pues, señor, de turbada
aun no acierto a responder.
¿Qué haces aquí?
¿Qué he de hacer?
Pone don Pedro la vela sobre un bufete.
¿Tú a estas horas levantada?
Habla.
Aparte.
El viejo es un Nerón
y tiene cólera brava.
Temblando.
Señor, la verdad, yo estaba...
¿En qué acaba?
En oración;
que aquel labrador honrado
que está por santo tenido,
siempre que a casa ha venido
que la tenga me ha encargado.
Y dime, cuando en rigor
esa verdad haya sido,
¿quién pudo hacer aquel ruido?
Aparte.
Eso es el diablo, señor.
No doy por mi vida un higo.
¡Qué mal informa, ah dolor,
en la causa de un honor
la turbación de un testigo!
Ven acá. ¿Sabes quién soy?
Muerta estoy.
Acaba, dilo.
Don Pedro eres de Avendaño,
cuyo estirpe esclarecido
debe a Segovia...
Y sabes
que este acero vengativo
en defensa de Madrid
fue terror y prodigio.
Y ahora lo es de esta villana.
¿Sabes que los rayos limpios
del sol a mi honor no igualan?
Todo señor he sabido.
Pag. 55
Di, ¿quién entra en esta casa?
A ella jamás ha venido
persona alguna, sino es
ese labrador Isidro,
de quien eres tan devoto,
que es hombre santo y sencillo.
Pues ¿cómo, si me conoces,
me niegas lo que yo he visto?
Señor, si yo lo supiera,
¿qué me costaba el decirlo?
Vive en los cielos, villana,
que tu semblante me ha dicho
cuanto tu lengua me calla;
y así, agora, ¡ay honor mío!,
me has de decir la verdad
o has de morir a los filos
deste penetrante acero,
que el corazón adivino
me anuncia alguna desdicha.
Habla, aleve.
Señor mío,
yo la diré.
Pues, ¿qué aguardas?
Mi señora...
Mal principio.
¿Mi hija?
Sí, señor.
Prosigue.
Quiere bien...
Tiemblo de oírlo.
A un caballero.
¡Qué pena!
Y esta noche...
¡Qué martirio!
Entró en casa.
¡Qué pesar!
Donde, al entrar, hizo ruido
con el broquel; diste voces,
y él se fue, conque te digo
todo lo que pasa.
Pag. 56
Aparte.
Calla,
ten la lengua, que me has dicho
más de lo que yo esperaba;
pero, al remedio. Conócelo.
¿Cómo se llama?
Señor,
llámase, según he oído...
¿Cómo?
Don Luis de Mendoza.
Aparte.
¡Viven los cielos divinos
que es verdad! Yo le conozco,
y muchas veces le he visto
mirar hacia mis ventanas;
mas pues no creí el aviso,
bien es que padezca el daño;
y antes que mi acero limpio
lave con sangre esta ofensa,
quiero consultar a Isidro
este caso, y que él le hable;
porque si a ser su marido
no se ofrece, vive el cielo,
que en rojos caracteres
de su derramada sangre
tenga el pueblo escarmiento,
para que admire Madrid,
con mi agravio y su castigo,
en la venganza que tomo,
el sentimiento que animo.
Esto ha de ser, desta suerte.
Ya amanece, y en el sitio
de la Almudena he de hallarle,
donde, antes que a su ejercicio
va a misa todos los días.
Mira, Juana, que te digo
que a Isabel no le des parte
de lo que aquí ha sucedido,
que te costará la vida.
Callaré como un novicio.
¡Pobre Isabel!
Aparte.
¡Ah, hija aleve!
Pag. 57
Sale doña Isabel apresurada.
Dime, Juana, si ha sabido...
Aparte.
Pero, ¿qué es lo que veo?
Mármol soy helado y frío;
mataréla. Pero, cielos,
disimular es preciso
hasta que halle remedio
con la industria que imagino.
¿Tú vestida a tales horas?
Una criada me dijo
que estabas ya levantado,
y a novedad he tenido
que madrugues tanto hoy.
En aquesta pieza un ruido,
y juzgando eran ladrones,
quise examinar yo mismo
toda la casa.
Aparte.
Alma, albricias,
nada mi padre ha sabido,
pues me habla tan reportado.
Aparte.
A ella.
Paciencia, cielos divinos,
porque importa asegurarla.
Pero no es este el motivo,
¡ay ingrata!, de mi desvelo.
Pues, ¿qué tienes?
Vase.
Tengo hijos
que han de acabarme la vida;
tengo un veneno escondido
que ardiente el pecho me abrasa;
un áspid, un basilisco,
una ponzoña, una rabia,
y un dolor tan no entendido,
que es imposible callarlo,
y es imposible decirlo.
¿Qué es esto, Juana?
Señora,
huyamos por Jesucristo
siquiera hasta Filipinas;
toda la trama ha sabido
tu padre.
Sin alma estoy.
Pag. 58
Pues ¿quién, dime, se lo ha dicho?
Yo; maldita sea mi lengua.
Pues ¿quién te obligó a decirlo?
Si no se lo digo, me
deja como un pajarito.
¡Ay, aleve!, que me has muerto.
El viejo es apretativo,
y no pude más, señora.
Aquí no hay otro camino
sino avisar a don Luis
que me aguarde, estoy sin juicio,
de la Almudena en la ermita,
que allí, Juana, determino
decirle el riesgo en que estoy,
o ver si por él consigo
que me cumpla la palabra
de ser mi esposo.
Eso pido.
Ven, llevarásle el papel.
Iré como un torbellino.
¡Ah, criadas!, ¡cuántas honras
por vosotras se han perdido!
Vanse. Sale Isidro de labrador solo.
Gracias a Dios, gran señora,
¡oh!, a quien el cielo hace salva,
que oís la misa del alba
en la casa del aurora.
Entre uno y otro arrebol
de veros me vuelvo loco,
aunque he madrugado poco,
pues os hallé con el sol.
Válgame Dios, ¡quién pudiera,
Virgen sagrada y bendita,
hacer hoy que vuestra ermita
un grande palacio fuera!
Que cierto que me da pena
que tanto en el mundo sobre,
y que vos estéis tan pobre,
María del Almudena.
¡Qué de ternezas mi amor...
Pag. 59
os ha dicho, y que seguras
perdonadnos las locuras
de este simple labrador.
Qué apacible y qué risueño
el campo llego a mirar,
todos madrugan a dar
alabanzas a su dueño.
Aquella fuente a mi ver,
que tanto el curso dilata,
va desperdiciando plata
para alabar tu poder.
La rosa ufana y segura,
formando voz de su aliento,
con ámbar perfuma el viento
para alabar tu hermosura.
El pájaro agradecido,
que alegre el día esperaba,
entona el canto y te alaba
antes que salga del nido.
La fiera por otra parte
mudamente te alabó,
todos te alaban y yo
nunca he sabido alabarte.
¡Ay, dulce Jesús amado!
Mas ¿qué me detengo aquí?
Isidro, vamos de aquí,
ved que os espera el arado
y será bien llegar presto.
Sale don Pedro viejo.
Aquí le tengo de hallar,
aquel es, no hay que dudar.
Señor don Pedro, ¿qué es esto?
¿Tan temprano levantado
os miro en este lugar?
Llora.
Nadie puede descansar,
Isidro, con un cuidado;
y el que traigo es tan crecido,
que más quisiera (esto es cierto)
hallarme a estas horas muerto,
que no haberle padecido.
¿Vos lloráis?
En tanta calma
Pag. 60
Señor, ¡ay, cielos!, mi decoro,
que estas lágrimas que lloro
son sangre viva del alma.
No me enternezcáis el pecho,
descansad conmigo el grave
dolor que os aflige.
Sabe
que estando anoche en mi lecho
escuché; mas ¿para qué
refiero estas circunstancias,
si todo mi mal, Isidro, ¡ay triste!,
se cifra en una palabra?
Yo estoy sin honor, Isidro,
todo mal, en ti me valga.
Proseguid, no estéis confuso,
bien podéis fiarme el alma.
¿Qué hay de decir mi afrenta
para restaurar mi fama?
Yo he sabido que mi hija
algunas noches da entrada
en mi casa a un caballero,
y aunque adelante no pasan
las noticias, claro está
que mujer determinada
que loca y ciega atropella
la inmunidad de mi casa,
es consecuencia precisa
que con él también me agravia.
Don Luis de Mendoza, Isidro,
es el autor de mi infamia,
y aunque pudiera tomar
a poca costa venganza,
quiero usar de suaves medios;
y el mejor que aquí se halla
es que tú, Isidro, al instante,
pues tanto con Dios alcanzas,
hables a este caballero
y le digas lo que gana
en ser de Isabel esposo,
pues quizá no lo alcanzara
tan fácilmente a no haber
sucedido esta desgracia.
Aquesto has de hacer por mí,
y si a serlo no se allana,
Pag. 61
rayo seré vengativo
que consume, quema y tala
cuanto encuentra endurecido.
Tigre seré que la Hircania
asusta con el bramido
cuando los hijos le faltan.
Áspid seré que el veneno
convierte en cólera y rabia;
y, finalmente, seré,
hasta que tome venganza,
rayo, asombro, estrago, incendio
del que mi decoro ultraja.
Sabe Dios, señor don Pedro,
que siento vuestra desgracia
como es justo; reportaos,
que os empeño mi palabra
de hablar a ese caballero,
a quien conozco, y que él haga
lo que debe; fiad en Dios,
que antes que llegue mañana
os he de ver muy contento.
Isidro santo, a tus plantas
están mi vida y mi honor.
A la Virgen Soberana
lo encomendad muy de veras
aquí en su ermita sagrada;
me aguardad mientras yo voy
a hablarle.
En la ermita aguardo. Vase.
Si ella me ampara
y tú eres el medianero,
cierta saldrá mi esperanza.
Adiós.
Su pena siento en el alma.
Señor, a este caballero
debo obligaciones tantas
como sabéis; Jesús mío,
remediad una desgracia
tan grande.
Pag. 62
Sale don Luis.
En aquesta ermita
me escribió que me aguardaba
Isabel, y aunque confieso
que oír su nombre me cansa,
en los hombres de mi sangre
obedecer a una dama
es precisa obligación,
pues puede ser que le haya
sucedido con su padre
algún lance por mi causa,
pero ¿no es Isidro aquel?
Si la vista no me engaña,
don Luis es.
Isidro amigo.
Señor, ¿vos tan de mañana
en la ermita?
Quise oír
misa en esta santa casa
y vengo...
Aunque lo neguéis,
yo sé que es otra la causa.
Aparte.
¿Qué escucho?
Mirad que agora
no es Isidro quien os habla,
señor don Luis, pues así
¿un caballero descansa
cuando tenéis una deuda
que es tan forzoso pagarla?
Aparte.
Mudo he quedado.
Y no solo
os ofrecéis a la paga
de un honor, sino que estáis
con intención de negarla,
ea, señor, volved en vos.
Aparte.
Cielos, cuanto acá me pasa
sabe Isidro, muerto estoy.
Abrid los ojos del alma,
mirad que esta frágil vida
es flor que un cierzo la acaba.
Pag. 63
humo que se desvanece,
sombra que ligera pasa,
y la que hoy viviente forma
viene a ser polvo mañana.
A Dios tenéis ofendido,
y antes que sus iras caigan
sobre vos...
Isidro, Isidro,
basta, por Dios, basta, basta;
que tus palabras son fuego
que el corazón me traspasan.
Digo que al punto, al instante
quiero cumplirle a esa dama
la palabra que le di
de esposo.
Sale doña Isabel con manto huyendo de don Pedro, que viene tras ella con la daga en la mano.
El cielo me valga.
Muere, tirana.
Don Luis...
Isidro, de vos se ampara
mi vida.
Isabel.
Señora.
Muere, aleve.
Tente.
Aguarda.
Saca la espada.
Pues ¿tú, Isidro, me detienes,
y vos, matadme, mis ansias,
os atrevéis a mis ojos
a defenderla y guardarla?
Mas de esta suerte...
Señor
don Pedro, tened la espada,
que a vuestra hija, aun más que a vos,
me toca a mí el ampararla.
¿Cómo?
Como es ya mi esposa.
Pag. 64
Siendo eso así, vida y alma
es vuestra, señor don Luis.
Yo estoy, señor, a tus plantas;
esta es mi mano, Isabel.
Dios bien casados os haga.
¡Qué ventura!
Yo estoy loco,
si este placer no me mata.
Lo que falta ahora es
que entremos a dar las gracias
a esta soberana imagen.
Vamos, dueño mío.
Esclava
seré tuya eternamente.
Isidro.
Señor, ¿qué mandas?
¿Cómo podré yo pagarte
una fineza tan rara?
Más pienso deberte yo,
pues me has de hacer honras tantas
que aun más allá de la muerte
te he de agradecer la paga.
Vanse.
Pag. 65
Sale María alborotada, salen cada uno por su lado
Beatriz, Pascual, labradores,
Antón Llorente.
¿Qué es esto?
Señora, ¿qué ha sucedido?
Hijo de mi vida, centro
de mi corazón.
¿Qué tienes?
Declara tu sentimiento.
¿Qué preguntáis? Si en mi llanto
estáis mi desdicha viendo.
El hijo de mis entrañas,
ya para mí no hay consuelo,
con otros niños jugando,
infelizmente travieso,
se cayó en aqueste pozo.
¿Y socorrerle no podremos?
Si ya se anegó, y en el agua
no hay seña de él.
Atinada no es.
Si tú le viste caer.
Sí.
¡Ay, mi Dieguito!
Sollozando. Aparte. disimúlese.
¡Ay, mi Diego!
Murió mi gozo en el pozo.
Y en las aguas mi contento.
Y qué lindos gorgoritos
haría el ángel del cielo.
Si enternecidos vosotros
lloráis su infeliz suceso,
¿qué haré yo? De mis ojos,
salid, sin duelo, lágrimas, corriendo.
Arrójate al agua,
y sácate al niño.
Necio,
¿en el pozo?
Sí, en el pozo hondo,
que, aunque es, no hayas miedo
que peligres.
¿Cómo no?
Las calabazas es cierto
que nunca se van a fondo.
Dios mío, este sentimiento
admitid por sacrificio.
Pag. 66
en el tribunal inmenso
de vuestra misericordia,
para que el llanto que vierto
de dolor, tenga con vos
visos de arrepentimiento.
Ya no me pedirá almendras.
Ni a mí tostones.
Lloremos, niño, a solas.
Sin embargo, Beatricilla,
mientras hacemos pucheros,
no te olvides de la olla.
Los dos continúan.
Salid, sin duelo, lágrimas, corriendo.
Sale Isidro.
María, ¿qué novedad
es la que en mi casa veo?
¿Adónde está la alegría
y los favores del cielo?
¿Ha de haber tristeza y llanto?
¿De qué os quejáis? ¿Qué es aquello?
¿Mudos estáis? ¿No respondéis?
No quisiera
decirte...
Que ya lo entiendo,
¿es más que habérselle llevado
Dios, aquel pimpollo tierno
que nos dio por feliz fruto
de su bendición? Si es eso,
no tienes de qué quejarte;
¿no acostumbra el jardinero
de las flores que cultiva
coger la mejor, y al templo
presentarla por fineza?
Pues así el Autor Supremo
aquella flor que ha criado
en nuestro inculto terreno,
para obligarnos, piadoso,
y anticiparnos el premio,
mejorándola de sitio,
quiso trasladarla al cielo.
Pag. 67
Con su voluntad divina
justo es que nos conformemos,
pero son tales, Isidro,
nuestros humanos deseos
que no tiene el desengaño
para excusarlos esfuerzo.
Aquel pedazo del alma
que se me anegó contemplo
enternecida, y no extrañes
esta aflicción en mi acento,
pues la providencia quiso
por sus ocultos secretos
que quedase vinculado
al respiro el sentimiento.
Lastimado estoy, María,
de verte llorar, y espero
en Dios que ha de consolarte.
Murió para mí el contento.
¿No este el pozo que sirve
de pira undosa a mi Diego?
Sí, señor.
Clavel hermoso
que naciste para ejemplo
de la brevedad de un día,
pues ocupas otro asiento,
de mí te acuerda.
¿Qué miro?
Las aguas se van subiendo
hasta el bocal.
¡Qué prodigio!
Hijo de mis ojos, Diego.
Asómase el niño al bocal del pozo.
¿Qué me quiere, padre mío?
No más que abrazarte, espejo
de mi corazón. María,
¿ves aquí a tu hijo?
¡Cielos!
Pag. 68
qué vivos se ven mis ojos.
Si es ilusión, Dios inmenso,
como tuyo es el favor.
abrázame, Bartola,
como un jilguero
habla el angelico.
ay tal,
¿quieres pan y queso?
quiero
cuanto hubiere un conejito.
él no gasta cumplimientos.
es hijito de vecino.
¿dónde estuviste, hijo?
dentro
del pozo y cuando caí
me recibió entre sus bellos
brazos una clara aurora,
en cuyo regazo honesto
también tenía otro niño
a quien di infinitos besos,
más hermosa era que el sol,
y allí me quedé durmiendo
hasta que llamó mi padre.
María, estos son portentos
de aquella piedad divina
cuya fineza debemos
conocer agradecidos.
tu virtud me enseñe el medio
de enmendar la imperfección
de mis continuos defectos.
quedemos solos, María.
Gil, al trabajo.
ya entiendo.
Beatriz, lleva a Dieguito,
y ponle el vestido nuevo
que hemos de ir luego a la iglesia.
vamos, bien mío.
eso quiero
vanse
yo tengo determinado,
si es que tienes gusto en ello,
Pag. 69
de que los dos dividamos
María el tálamo, haciendo
un voto de castidad
muy solemne, en hacimiento
de gracias, por tanta dicha
como fue el darnos el cielo
segunda vez aqueste hijo
que, si bien lo considero,
es para obligarnos más
cuando le servimos menos.
El corazón me has leído,
Isidro, ese mismo intento
quería comunicarte,
mas por parecerme ajeno
de tu voluntad, medrosa
lo sepulté en el silencio.
Pues ya que estamos conformes
los dos, en la iglesia haremos
el voto, revalidando
con esta acción el obsequio.
Vamos, pues.
Detente, aguarda,
¿no escuchas poblado el viento
de celestial armonía?
Y absorta admiro sus ecos.
Salen dos ángeles por lo alto, cada uno por su parte cantando.
En este sitio puedes
ejecutar tu intento,
que de infinitos votos
tu casa ha de ser templo.
¿Templo ha de ser la casa
de un labrador grosero?
Sí, Isidro, que humildades
de un rendido deseo
para divinos triunfos
son el mayor cimiento.
¿Quién, mi Dios, de tus piedades
podrá alabar el portento?
En manos del Monarca
Pag. 70
Descúbrese en lo alto un niño con una túnica morada en un trono de resplandores.
Sacerdote Supremo,
puedes hacer el voto
de tus castos deseos.
Isidro, llega a mis brazos,
porque felizmente en ellos
tú y tu consorte amada
veáis cómo el don acepto.
Aunque indignos, gran monarca,
tu mandato obedecemos.
Suben los dos cada uno por su parte y se juntan arriba con el niño, que para más facilidad de la tramoya bajará de su trono hasta el primer claro, al son de música y chirimías, y volverán a bajar los dos.
Después que están arriba.
Postrados a tus plantas,
Dios mío, el voto hacemos.
Porque en todo se cumplan
tus divinos decretos.
Quedate en paz y mira
de tu humildad el premio.
Baja la tramoya y después que están los dos en el tablado, representan lo siguiente.
Ya que es preciso apartarnos,
María, y que los decretos
del cielo me han prevenido
para el común fin postrero,
estos últimos abrazos
recibe.
Y el amor tierno
que unió nuestros corazones,
partido en muchos afectos,
uno ofrezca al desengaño
y todos al sentimiento.
Tú lloras.
Los ojos hacen
su oficio.
Mira qué presto,
ángel, el efecto te aviso;
conozco en mi sentimiento
gran fatiga, mas si mi esposa
recata mi mal, recata
que siendo mío el achaque,
sea suyo el sentimiento.
Pag. 71
Tener
nos hemos, María,
en la patria del contento.
¿Y antes no he de verte?
Ahora no me enternezcas el pecho;
de las pasiones humanas
se ha de resistir al fiero
combate, poniendo solo
todo el discurso en el cielo.
Pues adiós, querido esposo.
Adiós, adorado dueño.
Dices bien, y porque tenga
nuestro voto más efecto,
a Torrelaguna voy,
porque desde allí pretendo
cuidar siempre de la ermita
de la Virgen.
Parte luego.
Pues adiós, querido esposo.
Adiós, adorado dueño.
Pag. 72
Página en blanco con algunas tachaduras y pruebas de pluma ilegibles.
Pag. 73
Salen Gil y Bartola.
¿Qué es lo que dijo el doctor,
Bartola?
Que está muy malo
Isidro, y de su regalo
cuiden mucho.
Mi señor,
¿muy malo?, y se disimula
un término tan feroz;
¿malo un santo?, mala coz
te dé, Esculapio, tu mula.
Aquí recetó en un tris
de purgas un calendario.
Por tres llevó el boticario
catorce maravedís.
En pie los males resiste,
poco la cama le ayuda,
porque el que no se desnuda
de rigor siempre se viste.
Dentro Illán.
Bartola, Gil, ¿y mi padre?
Al niño, ¿qué le diremos?
Dale para un pastel
un ochavo.
Pag. 74
Sí por cierto.
No hay sino es echarme a dormir
al río por esos cerros.
Calla, tonta.
Sale el Niño.
¿Dónde está
mi padre querido?
Desde que salió del pozo
es el muchacho un jilguero.
Otros muchachos me dicen
que se muere.
Niño tierno,
¿y si se muriere?
¡Ay, triste!
¿Qué haré yo sin el consuelo
de un padre a quien debo tanto?
Y todos tanto debemos.
Lo que enternece su vista.
Y de mi madre, que el cielo
dispuso que en igual voto
más unidos sus afectos
se apartasen.
Ama mía,
a penitencias contempla
a tu hermosura entregar
de los rigores sangrientos
matizarse con claveles.
Pag. 75
Dentro Isidro.
Los jazmines de tu cuello
Señor de vuestras clemencias
Isidro aguarda el remedio
Oh cuánto en mi corazón
hieren sus amantes tiros
Divina aurora que a luces
con resplandores más bellos
sin sombras te vistió el sol
desde el instante primero
para ser luciente adorno
de su soberano imperio,
de tus piedades señora
se vale amante mi ruego.
Digo agora que la vida,
que no es más de un pasatiempo
a Jarama y Manzanares
por ríos sin duda tengo.
Según lloro
Padre mío
Llega mi adorado espejo
llega a mis brazos
Señor
vos lloráis
En ti contemplo
el retrato de mi esposa
También miraréis el vuestro.
Pag. 76
Sí miro
y aunque yo he sido
conforme lo que a Dios debo,
el que menos ha cumplido
con sus sagrados preceptos,
hijo y amigos, servidle
como a soberano dueño;
mirad que premia y castiga,
y si podemos el premio
adquirir por nuestro bien,
no sus castigos busquemos;
porque ofende a las piedades
quien se aparta del remedio
porfiado.
Camine al punto postrero
la razón, pues para siempre
este limitado aliento
debe aplicarse a fatiga
con más sagrados esfuerzos;
que no por lo temporal
se ha de aventurar lo eterno.
Antes de un mes he de ser
ermitaño en Cienpozuelos.
Si hubiera monjas barbudas
yo fuera barbuda luego.
Pag. 77
Padre mío, ¿y qué he de hacer
solo si se muere?
Cielos.
¡Oh, cómo a lo natural
se pasan los sentimientos!
De Dios el cuidado amante
nos asiste.
Sí.
Laus Deo.
Sale don Pedro.
Cuánto culpo a mi cariño,
amigo Isidro. ¿Qué es esto?
¿Vos fuera de vuestra cama?
No sé qué os diga mi celo.
Cuidad de vos, porque en vos
se fundan nuestros consuelos.
No maltratéis de esta suerte
mis cariñosos afectos.
Quien descansa en la fatiga
hace del rigor remedio.
Este instrumento que ha sido
mi seguro compañero,
ayudando a aquel arado
rompiera a la tierra el pecho,
agora por más descanso
está, aunque mudo, advirtiendo
que ya de mi sepultura
me rompe el surco postrero.
Pag. 78
Isidro, pues los amigos
somos para los consuelos,
a mi cuidado dejad
cuanto os toque, que yo ofrezco
cumplirlo, como verán,
por la ley de caballero;
¿os aflige algún cuidado?
Ese pedazo pequeño
del corazón os encargo;
entre los criados vuestros
logre este número más.
Si me faltara heredero,
por sucesor de mi casa
le dejara.
Con dos ruegos
acepta, mas a nosotros
¿a quién nos deja?
A que, ciegos,
toda su vida y milagros
en la Almudena dejemos.
Dadme la mano, señor,
ayudad al desaliento
de este edificio cansado,
no caiga débil al suelo;
llevadme a mi pobre catre.
Isidro, yo soy el muerto.
Vanse
Pag. 79
Yo también ayudaré,
padre mío.
Que de berros
nacerán en mis carrillos
con las lágrimas que vierto.
Yo tengo un llanto entre telas,
pues siempre lloro hacia dentro.
Vuestras honras a mi cargo
quedan, Isidro.
De veros
más confía mi amistad,
pues se verá con el tiempo,
que de vuestra sangre y lustre
un sucesor, a mi cuerpo
le dará con su asistencia
un grande costoso templo.
¿Sucesor mío?
Sí, amigo.
Paguen su afecto los cielos.
Si por la muerte de Isidro
nos dará lutos don Pedro,
por Dios, que tengo de hacer
un monjil de terciopelo.
Vamos, padre.
Esposa mía,
las esperanzas no pierdo
de verte antes de morir.
Vanse.
Pag. 80
Sale el demonio.
Sí, veros, porque los cielos
para consolarte a ti
y para mi desconsuelo
en aquese pobre albergue,
más rico por mis desprecios,
te asista acompañada
de estrellas y de luceros.
Cantan dentro.
Venturoso labrador
de los campos de Madrid,
el premio en tu fin
lograrás, pues el justo
muere para vivir.
Ya en la batalla le miro,
y ya se descubre allí
con aquel leño en las manos
que triunfa de mi cerviz;
sombras, empañad sus luces,
sus sentidos confundid.
Descúbrese San Isidro reclinado sobre unos sarmientos y María de la Cabeza, y Pedro, el hijo de San Isidro. Gil y Bartola.
Agora, agora, Señor,
dulce Jesús, para mí
sed el último suspiro.
Jesús.
de darte a ti,
que me presten palabras
lo que yo no sé decir.
Señor, de aquese costado,
tanto precioso rubí
Pag. 81
el caudal de sus finezas
con Isidro repartid
agua de vuestro auxilio
de vuestra piedad aquí
Redentor mío
Jesús.
Jesús.
Jesús. Repetid
todos su nombre.
María, Josephe.
Que a oír
tanto oprobio mi fiereza
se suspenda contra mí.
Écheme su bendición,
padre querido.
Ay de mí.
Con la de Dios te acompañe
la de tu padre, y feliz
te hagan los cielos.
Amén.
Dásele un cuarto de anís.
Diga Jesús, padre mío.
Jesús.
María.
San Luis,
todo el barrio se nos viene
a ayudarle a bien morir.
Salen cuantos pudieren de la compañía.
Pag. 82
Tenemos muchos amigos
y todos vienen a un fin.
Adonde, varón dichoso,
se hallará mi afecto
en mí.
¿Dónde, amigo, Isidro está?
Adonde quisiera Gil.
Qué consuelo tus amigos
tendremos.
Decid, decid
Jesús todos.
Jesús mío.
Pequé, Señor, contra ti,
mi espíritu en vuestras manos,
dulce Jesús, recibid.
Bajan ángeles que suban el alma del santo, tocan.
Sube a la mejor esfera,
agricultor, porque en ti
miren cómo premia Dios
al que le sabe servir.
María, abogada nuestra,
soberana emperatriz,
a vuestro devoto amante
amparad.
¡Ay, pobre Gil!
Espíritus infernales,
las esferas confundid.
Pag. 83
Muestre mi saña que llevo
a todo el infierno en mí.
Murió con unos sarmientos
el racimo de engaño.
Sube
Te Deum laudamus
Te Dominum Confitemur.
Devotos de Isidro
mirad, advertid
veréis el diseño
en sombras aquí
del templo que amante
le dará Madrid
al gran labrador
siempre más feliz.
Porque en la devoción
halle la piedad aquí
disculpa de nuestros yerros
tendremos dichoso fin.
