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Texto digital de La rama del mejor árbol y pasmo de penitencia

Data de publicação: 22 de agosto de 2026

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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de La rama del mejor árbol y pasmo de penitencia. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/la-rama-del-mejor-arbol-y-pasmo-de-penitencia.

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LA RAMA DEL MEJOR ÁRBOL Y PASMO DE PENITENCIA

Pag. 1

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Pag. 5

La rama del mejor árbol y pasmo de penitencia =

Comedia en 3 jornadas.

De don Juan de Velasco.

Legajo 2º

4-6

18

Biblioteca Nacional de España

Pag. 6

Jornada primera

M178

La rama del me...

...

Repare vuestra merced en el aviso último de esta jornada que hay un despropósito que se ha de quitar porque entienda la comedia ley

Jornada primera

Pag. 7

Personas

Mariana de Jesús

Luisa, su criada

Don Andrés, galán

Escarola, su criado

La Marquesa de Villena

El Marqués, su hijo

Don Pedro, viejo

Doña Leonor, su hija

Inés, criada de Leonor

Don Fernando de Castro

Martín, su criado

Diego de Cubillo

Un paje

Un ujier

El Niño Jesús

Una voz

El demonio

Villanos

Un muerto

Salen don Pedro de camino y doña Leonor, su hija, e Inés.

Don Pedro.

¿Está todo prevenido?

Mutación de cortinas y calle.

Inés.

Ya está en el zaguán,

Mendo con el alazán

ensillado y bien comido,

aguardándote.

Don Pedro.

Leonor,

fuerza es partir, y ya es tarde,

que falta el sol.

Leonor.

Él te guarde.

Don Pedro.

¿Lloras?

Leonor.

No es mucho, señor,

que lo sienta y que me aflija.

Pag. 8

Don Pedro.

El ver que en tu edad cansada

se ofrezca esta jornada

no te dé cuidado, y ve

que de Toledo a Escalona

es corto el viaje, y presto

pienso dar la vuelta a esto

y el servir ocasiona;

mi señora la Marquesa

de Villena me ha llamado

y es fuerza siendo criado

que amor y lealtad profesa

acudir y obedecer;

tú, Leonor, mientras yo vengo

pues prevenido te tengo

lo que en mi ausencia has de hacer

pues ya sé tu honestidad

y sé tu recogimiento;

abrázame.

Leonor.

Mucho siento

señor, que en mi castidad

dudes, sabiendo que en mí

hay sangre tuya y que es buena.

Don Pedro.

Dices bien, Leonor, enfrena

el enojo que te di

que esto es ser padre, y tener

un alma sola en dos,

adiós.

Leonor.

El cielo con vos.

(Aparte.)

(Vase.)

Don Pedro.

No sé qué llega a temer

el alma en esta partida,

que la inquieta una pasión;

plegue a Dios que de Escalona

vuelva a Toledo con vida.

Leonor.

Pues ya mi padre...

Inés.

Señora.

Leonor.

Pues cierra, Inés, esa puerta,

que no es justo que esté abierta

no estando mi padre aquí.

Inés.

Que esté en casa otro, ¿qué importa?

Leonor.

Yo sé lo que importa, Inés.

Inés.

Está el duque o el inglés

embozado al quicio

que son vanos sus desvelos.

Leonor.

No tengo que temer

pero si puede el curar

a mí y a ti estos desvelos

mejor será prevenir

lo que puede suceder

antes de experimentar.

Inés.

Siempre se debe sentir

pero ¿a quién ha de asombrar?

que ninguna hay que se atreva

viendo que quieres estar.

Leonor.

No estoy, Inés, muy segura.

Inés.

Codicias por don Fernando,

mírale que es caballero

y que merece tu amor

arrímate a él que te ama

que ahora con su cuidado

el alma del obligado

y mete esta media espada

porque mi amor perdone el susto.

Leonor.

Ni yo le daré ocasión

ni él tampoco se atreviere.

Inés.

No fundes tu locura,

que mire con atención

a un hombre y más como él

noble, rico y principal.

Leonor.

No me apartaré de aquí.

Inés.

Pues, ¿por qué eres tan cruel

que mal pagas su amor

ya que él se entrega a ti?

Leonor.

Bien quisiera yo, mas no,

soy mujer y tengo honor

conozco su calidad

y no sin amarte me aplico

yo soy pobre y él muy rico

ya tú ves mi calidad.

Pag. 9

Leonor.

menos quitara ya dudo

el que llegue a ser su esposo.

Aparte.

Inés.

Si el cielo te ayudó en todo,

¿cómo enojosa has de andar

por quien te has de estimar

y adorar? Como una ciega

te apartas de un tesoro,

y de tu suerte reniegas.

Leonor.

Miro solo mi opinión

y no en vano lo resisto,

que es un hombre tan mal quisto

por su fiera condición

que no hay ninguno en Toledo

que quiera su compañía,

y mal podría ser la mía

quien a todos causa miedo.

Inés.

No digas tal, que el más fiero

es más fuerte amartelado,

es con su dama un Abel,

y con su esposa un cordero.

Tú en las historias y proezas

a Sansón habrás leído

y cómo se vio herido

de una mujer como fiera.

Ya de otros muchos que no cuento

noto lo mismo, y por Dios

que esto quiere mucha miel

y un poco de entendimiento.

Leonor.

Sabes lo que he reparado,

que debes de estar pagada,

según te estás de obligada.

Inés.

Malicia es de tu cuidado,

y siento que a mi lealtad

la trates de esa manera,

que no soy como cualquiera,

ni aunque estoy sin libertad.

Leonor.

Inés, yo estoy satisfecha

de ti y sé que eres muy fiel,

mas como hablando de él

das créditos, ya sospecha

Aparte.

Inés.

no son de que fuese a estar

que en mí fuera desvarío.

Desde el día que en el río

le vio, no he visto más

miento, que anoche le vi

y esta noche le he de ver.

Leonor.

Pues, Inés, lo que has de hacer

por hacer mi gusto a mí,

es no hablarme en este hombre,

si a ver esto te has de advertir.

Inés.

No tienes razón, por cierto,

y que es justo que me asombre,

hacer, y yo he de ser río

pues he dicho desgracias.

Leonor.

¡Cuántas, Inés, por ser necias

lloraron tarde el desvío!

¡Valga a Dios mi gratitud!

Que le quise bien confieso,

y en castigo del exceso

que fue amor en mi inquietud

pienso no hablarle en mi vida,

aunque se abrase mi pecho.

Aparte.

Inés.

Injusto sigo espacio esto

ya está la potra cocida,

amor con poco se aviene,

yo le entraré en tu aposento

pues para eso soy criada.

Aparte.

Leonor.

Y, Inés, y a la noche vienes

de la huerta, y yo retén

velas en mi cuarto tuyo,

de corazón pavoriego

no sé qué oculto vaivén

de agravios y de temores

asalta mi pecho.

Inés.

Yo he cerrado la puerta, está

con esto serán menores

tus miedos.

Entrase Leonor.

Leonor.

No dices mal,

que así el peligro se ataja.

Vamos.

Pag. 10

Leonor.

Y pues cierto no sé, Cruz,

no tengo juicio cabal.

Ya se entró en su cuarto, y yo

me veo muy obligada,

de don Fernando agradada,

que esto me altere, y si no

correspondo al beneficio

vuela mi crédito, pues

mancha la honra un revés,

y ya quiero hacer el oficio.

Con todo será provechoso,

esto en la maña consiste,

que el que con ánimo enviste

siempre sale victorioso.

Él me ha ofrecido una joya,

si a mi padre entrar le dejo,

y pues está fuera el viejo,

caiga el pez, mi dicha es hoy.

Entro, y en asegurando

a mi ama ya se ve,

al instante volveré

a despejar a don Fernando.

Vase y salen don Fernando y Martín como de noche

Don Fernando.

Si no callas, ¡vive Dios,

Martín, que te dé la muerte!

pues que mi paciencia apuras.

Martín.

Con menos, ¡ay triste!, temblé,

señor, que estás de manera,

según tu cólera crece,

que los tienes como nueces.

Don Fernando.

No te fíes en que tienes

lugar en mi voluntad,

y si guiarlo no quieres,

Martín, desde aquí adelante,

sirve, mas no me aconsejes,

que no hay más ley que mi gusto.

Martín.

Señor, excepción se hizo siempre

a favor del leal criado,

mas no es ir contra las leyes

de tu gusto el advertirte,

señor, los graves inconvenientes

que tiene tu pretensión.

Don Fernando.

Pues, ¿qué inconvenientes tiene

el gozar una mujer?

Martín.

Muchos, cuando ella no quiere.

Don Fernando.

Pues ¿qué importará que no quiera,

ha de ser Leonor tan fuerte,

siendo una mujer humilde,

que no ha de poder vencerse

a los combates del oro?

Martín.

No es Leonor de las mujeres

a quien rinde el interés,

que aunque pobre es noble, y tiene

su castidad por riqueza.

Demás de esto sus parientes

son en todo estimados entre la nobleza y plebe,

y un padre anciano que puede

sentir en sí estos daños con que el riesgo es evidente,

y no es bien que te desprecies,

cuando el peligro es notorio.

Don Fernando.

¿Ves eso? ¡Quita, cobarde!

peligro, pues no ves

por qué el paso quieres frenar,

afuera dificulteces,

mi valor, que nada teme,

lo pusilánime deje,

con ella Martín empiece,

y así si me embarazaren

sus parientes y sus deudos, ¡voto a

que con dar la muerte acabe!

Pag. 11

Don Fernando.

ese imposible se venza

Martín.

por Dios que has perdido el juicio

haz de mí lo que quisieres

porque yo he de aconsejarte

no des lugar que se cuenten

de ti cosas en Toledo

tan indignas de quien eres

Don Fernando.

qué pueden decir de mí

Martín.

que eres un diablo, un enge-

ño, desalmado, y un hombre

de los que el vulgo aborrece

que no hay perdición mayor

tu condición es de suerte

que todos huyen de ti

tú no pagas lo que debes

pero eso es de caballeros

no se te pone en las sienes

cosa que no has de ejecutar

no hay mujer que no pretendas

engañar en sus bellezas

aunque la guarde un lince

no hay pendencia que no muevas

no hay empeño que no emprendas

por más difícil que sea

y no hay día que amanezca

que de ti no haya que hablar

pues todo cuanto sucede

al verte oye quien murmura

de esto, de aquello y de estotro

solo a ti te echan la culpa

Don Fernando.

pues digan lo que quisieren

Martín, haga yo mi gusto

que a mi opinión nada ofende

esta es de Leonor la casa

y la puerta me parece

estar cerrada

Martín.

no es mucho

porque estos secretos siempre

dan dolor a sus maridos

Don Fernando.

en un viejo impertinente

nunca faltan prevenciones

Martín.

el que es honrado, eso tiene

y como es Leonor tan bella

no te espantes que recele

Don Fernando.

pues por mucho que la guarde

pienso que no ha de valerle

que yo no he de estar muriendo

por ella, ya me propuse

perder mil veces la vida

ya que el mundo me condene

he de gozar su belleza

esta noche

Martín.

cómo puede ser

Don Fernando.

entrando

Martín.

si está cerrado

Don Fernando.

presto verás que se rinde

toda esta fuerza a mi industria

que mi ardimiento previene

abren la ventana

Martín.

abren la ventana

Don Fernando.

será Inés

pues a qué aguardamos

Pag. 12

Martín.

sino esta fiera llamada

echa entre los dos, me queman

Inés.

¿es don Fernando?

Don Fernando.

yo soy

Inés.

habla quedo, que está enfrente

mi ama

Don Fernando.

¿qué hay?

Inés.

recados

y recados de a treinta dieces,

porque hay una rogativa

Don Fernando.

¿rogativa? ¿por qué?

Inés.

fuese

hoy don Carlos a un viaje

y porque tenga y lleve

Dios con bien, se le encomienda,

que si yo de verlo viese

pudiera, que sé qué diera

en el ahogo si él huyese

Don Fernando.

¿fuera está su padre?

Inés.

Don Fernando.

y dime, ¿está como suele

Leonor conmigo?

Inés.

y peor

Don Fernando.

¿que tanto rigor no temple?

Inés.

no sabes lo que por ti

trabajo con ella; a veces

está un poco más humana,

y otras peor que unas sierpes

Don Fernando.

yo muero por ella, Inés,

y de ti mi remedio pende,

bien sabes lo que ya sufro

Inés.

ya sé del mal que adoleces,

sí, pero es imposible

que halles remedio ni esperes

hallarle, porque mi ama

está tan de los dragones

y atenta que, aunque asome

su amor y los intereses

que pudiera siendo tuya

lograr, a un orón atiende,

que es la joya que más precia

Don Fernando.

pues conmigo, Inés, fingiendo,

no sabe mi calidad

y mi hacienda

Inés.

si eso fuese

para casarte con ella,

quizá fueran sus desdenes

menos

Don Fernando.

pues en eso, ¿hay duda?

Inés, mi amor no pretende

descréditos en su honor

porque no fuera decente

cuando a ser su esposo aspiro

y así, Inés, has de valerme

en esta ocasión, mi vida

y mi hacienda es tuya; en este

bolsillo están cien doblones

y tendrás cuantos quisieres

de mí si lo que te quiero

pedir, Inés, me concedes

Inés.

¿y qué es lo que has de pedir?

Don Fernando.

que esta noche

me abras la puerta y ponerme

en el cuarto de Leonor

Inés.

yo, como no se supiese

que era cómplice en el caso,

tan obligada me tienes

que haré por ti cualquier cosa

Don Fernando.

eso, ¿cómo ha de saberse?

Pag. 13

Inés.

industria había para todo.

Ahora bien, todo se acierte

por ti, y puesto que es tarde

el campo libre te ofrezco;

la fortuna y mi codicia

en dejando a Martín, vuelvo

por el postigo que en él

tengo. Guarda, señor.

Don Fernando.

Mi suerte

será feliz con tal dicha.

Vase Inés.

Inés.

Voyme, porque no sospeche

algo mi ama.

Don Fernando.

Bien dice.

Martín.

Martín.

Señor.

Don Fernando.

Vamos, que este

imposible está vencido.

Martín.

¿Cómo así?

Don Fernando.

Como se humilla

la llave más firme al oro.

Aparte.

Martín.

¡Ah criadas insolentes!

¿Quién se fía de vosotras?

Pobre Leonor, que te venden.

Don Fernando.

Por la joya yo te trajo

que amor en mi pecho enciende

apague y más que después

Leonor sienta, llore y pene.

Vanse los dos y salen por otra puerta la marquesa de Villena y Mariana en traje de viuda y acompañamiento.

mutación de sala

Mariana.

Los favores que recibe

de vuestra excelencia, ya

el alma no los ignora.

Marquesa.

Deja, Mariana, que prive

la razón, no al parecer,

pues tu discurso previene

tomar estado, conviene

a tu persona, y poner

fin a la melancolía,

con que viuda has de vivir;

que seguir una extrañeza

es punto de tiranía

llorar a tu muerto esposo.

Y no me admiro, Mariana,

que tu estrella otro pida,

quizá será más dichoso;

no porque el primero fue

tan infeliz, que faltó

cuando apenas empezó

a lisonjear tu fe.

Has de advertir, Mariana,

el matrimonio es un velo

que lo que decreta el cielo

no revoca fuerza humana.

Mariana.

Bien, señora, determinas;

el discurso a vuestra excelencia

la prisión o encerramiento

que fue permisión divina

el quitarme en pocos días

mi esposo, con quien es preciso

que esto dé a su vista

a las prevenciones mías,

y así no es de admirar

darme en un breve tormento;

que si Dios fue el movimiento,

y si él le quiso llevar,

no tengo que discurrir

en lo que fue su gracia o no.

Pag. 14

Mariana.

pues su poder lo obró

debióme de convenir

ya que fue su voluntad,

que sola quede y que rija

mis pasiones con mi hija,

que es de mi alma la mitad.

Quisiera para mi vida

si es que gusta Vuestra Excelencia

de darme esta licencia.

Marquesa.

Mariana, no es permitido

y así no te la he de dar

que no ha de estar tu hermosura

al golpe de la censura

sujeta, y aunque se ve

en tu virtud tal primor

que a todos envidia das,

mejor casada estarás

que es el estado mejor

para tu edad; esto gustan

tus hermanos, porque así

me lo han ya insinuado a mí,

y es que a la razón se ajustan,

y yo, que deseo

también porque te he criado

y porque amor te he cobrado,

quiero para ti este empleo,

conque sin más dilación

mañana estarás casada

con quien vivas estimada

que esta es mi pretensión.

Bien sabes que don Andrés

se ha criado como tú

en casa, y de su virtud

testigo Escalona es,

y así prevénte mañana

sin discurrir ni dudar

que casada has de quedar

como te he dicho mañana.

Vase la marquesa y los demás y queda Mariana sola.

Mariana.

¡Oh, rigor de mi fortuna!

A violencia del poder,

a sujeción sin tener

en tu favor cosa alguna,

que en un príncipe el mandato

ha de ser precisa ley.

¡Oh, Soberano Rey

de cielo y tierra, a quien grato

solicito y en quien fío

el logro de mi intención!

Bien sabéis mi corazón,

vuestro es, Señor, mi albedrío,

a vos desde que murió

mi esposo os tengo elegido,

que vos sois para marido

bueno, que los otros no.

A vos solo os ofrecí

mi castidad, y eso quiero,

no viudez en vos espero

que habéis de mirar por mí.

También desde que nació

un ser sin que me disteis,

porque sin que vos lo quisisteis

yo, que mi vida

os la tengo dedicada

para que viviendo sea

vuestra esposa, y en mi idea

y a la Virgen corona vea.

Pag. 15

Mari.

de vuestra mano, mi Dios,

y pues es de vos la gloria

tened siempre en la memoria

el afecto de las dos.

De mis hermanos la instancia

da a mi corazón pena

que en los bienes de la tierra

juzgan que está mi ganancia

la Marquesa me previene

y en casarme se ha empeñado

porque como me ha criado

en mi juridición tiene

que he de caer en riesgo tal.

Si vos no me socorréis

mis deseos bien sabéis

a la vista tengo el mal

y no habéis de permitir

que otra voluntad me pise

solo en la vuestra se fije

la mía para vivir.

Sale Luisa, criada de Mariana.

Lui.

Señora.

Maria.

Luisa.

Luis.

Al pasar

por la galería sola

la Marquesa mi señora

que no cesa de mandar

me dijo que te llamara

y por otro no sé qué

también llamó a don Andrés.

Mari.

Nunca de mí se acordara.

Lui.

Pues que te llame te asusta.

Mari.

Sí, Luisa, y casi me ofendo.

Lui.

Y hay qué dirás que no te entiendo.

Mari.

No gusto de lo que gusta

y esto me causa tormento

el que me llame.

Luis.

Esto es

que anda muerto don Andrés

porque se haga el casamiento

y mi ama lo resiste

pero no ha de valer.

Maria.

Voy, amiga, a obedecer

que a ver qué la ha enmudecido.

Un impulso superior

tiene imperio y poderío

y contra lo más creído

no hay fuerza en el yo inferior.

Vase.

Lui.

¡Que sea mujer tan aleve, cruel!

y se falte de una apañadora él

quito de veloz veneno

quiere tener en reserva

los años a quien rindo

que a mí me sucediera

ni dos horas estuviera

con las tocas en oro

que fuera muy gran locura

traer mil viejas a raya

viva yo, conquisto y vaya

el muerto a la sepultura

pero allí viene Escarda

que tan bien como su amo

se ve de andar al reclamo

si él quiere otro golpe en bola.

Sale Escarda, criado de don Andrés.

Esca.

Mientras mi amo se agota

que con la Marquesa queda.

Pag. 16

Esca.

por si el demonio lo enreda.

Vengo a ver esta muchacha

que anda un poco satisfecha

por si la pondré en derrama

Luisa, ¿qué hay, no hay maravedís?

También yo soy de la villa

y se requiere todo ruido.

Luis.

Ya te criaron los humos.

Esca.

Pues no me harás un favor.

Luis.

De esto, casarme no puedo.

Esca.

Matrimonio quieres tú,

nombre de Dios, tal castigo.

Luis.

Luego ¿casarte conmigo

no quieres?

Esca.

Es disparate

meterse un hombre a marido,

aunque la pasión se llame;

que el buey suelto bien se lame,

y no yugo estando asido.

Luis.

Pues tú amas con mi ama,

¿no te casas?

Esca.

No lo niego,

pero ¿por qué de este ciego

me he de echar yo en guinda rama?

No, Luisa, que un matrimonio

es bastante, si se apura,

a echar en la sepultura

a un hombre y a un demonio.

Luis.

¿Por qué el casarte aborreces,

que es una cosa civil?

Esca.

Por eso, y por más de mil

desastres que muchas veces

le vienen al que es casado,

y hay golpe, como es notorio,

que hasta que el purgatorio

que de este purgatorio

suele salir condenado.

Ciégase un hombre y se casa,

y sabido que aunque

mira y se le dirá

que aleje de la letanjosa.

Tráenle a un pobre un casamiento,

y el que le viene a tentar

le empieza a paladear,

diciendo que le está a cuento,

que es un non y un serafín,

un ángel en condición,

y que sus virtudes son

tantas que no tienen fin.

Píntansela de manera

que la desea hecha una masa,

pero en metiéndola en casa,

el ángel se vuelve fiera.

Empiézanse los oficios,

la fiesta y festividad,

y toman de autoridad

un ajuar de sus ejercicios.

Anda larga y liberal

en los gastos necesarios,

y suele haber más calvarios

que arenzas un colegial.

Y corre ya el desposorio,

y después de disgustados,

visitas y convidados,

empieza su purgatorio.

Pag. 17

Escamilla.

levántase al otro día

del desposorio marchito,

y si no del todo ahíto,

con algo de hipocondría;

la madre de la señora,

que de ordinario la tiene,

entra a ver al yerno y viene

más hueca que una priora;

y con la voz melindrosa

le pregunta al desposado:

"¿cómo, sano, te has pasado?

¿ya inquesienta el otra cosa?"

a que responde: "la hiel

muy bien conservo, la primera,

y hubiera hombre que quisiera

haber estado en Argel

pasando amargas ansias";

que esto suele suceder,

suele una viuda tener

hermanos, sobrinos, tías,

y otras dos mil sabandijas

que en un pinaje se endiezan,

con que al pobre hombre deshacen,

y le aprietan las clavijas

de modo y con fuerza tal

que, por astuto que calle,

se ve muy presto en la calle

y muere en un hospital;

pues si esto es estilo y pasa

en bueno o en mal juzgado,

que dudo no estaba hecho,

cualquier hombre que se casa.

Luis.

Tú tienes notable temor,

y el discurso es extremado.

Escamilla.

Hablo de experimentado;

mas ya sale mi señor

y con él un forastero.

Luis.

Éste es don Diego de Ulloa,

criado antiguo de casa.

Escamilla.

Pues vete.

Luis.

Dime, ¿es casada?

¿en qué quedamos los dos?

Escamilla.

En que, si tú te acomodas

a quererme y que te quiera...

Luis.

Sin duda, tonta,

no es cosa.

Vase Luis, y salen don Andrés de Galván y don Diego de Camino, como salió al principio.

Don Andrés.

Señor don Diego, ¿qué es esto?

¿vos estáis en Escalona?

casi no creo esta dicha.

Don Diego.

Sí, amigo, que fue forzosa

mi venida, y ya me vuelvo;

que aunque la jornada es corta,

como ya la edad es mucha,

cualquier trabajo le postra.

Llamóme su Excelencia,

y vine porque mi persona

para un negocio importaba

en que se hallaba remota

tocante a su estado, y como

de mí las noticias sobran,

fue preciso que yo diese

a este asunto la forma.

Pag. 18

Don Diego.

Y andéis por justos viejos,

no somos de una capa,

y os aseguro que vuelvo

gustoso de ver las honras

que su excelencia me ha hecho,

y el haber visto en tan poca

edad al marqués su hijo

con tanta experiencia en todas

las materias, que he tenido

mi venida por dichosa.

Escarabajo.

Bonito es el rapagón

para una breva a una calva,

por más astuto que sea.

Octavio.

Cumplís, don Pedro de Ulloa,

con lo que debéis a vos;

y os prometo que en la propia

obligación que os halláis

me hallo yo también, sin obras

que al presente reconozco,

pues debo a los dos la gloria

de una dicha que me espera

tan cierta como dudosa,

porque nunca el bien se goza.

Escarabajo.

¿No era mejor que en la flota

aguardaras cien mil pesos,

que no aguardar que te ponga

el cura un yugo al pescuezo,

que es lo mismo que mordaza,

que por lo menos con ellos

tuvieras la vida ociosa,

y no atado a una mujer?

Octavio.

No seas necio, Escarabajo.

Don Pedro.

¿Luego os casáis?

Octavio.

Sí, don Pedro.

Esta noche el alma toma

la posesión deseada

de un bien en cuya prisión

tan gustoso el corazón

que solamente zozobra

en la dilación sintiendo

cada instante una congoja,

que dilatarse una dicha

es desazón y no poca.

Don Pedro.

De que os caséis me alegro.

Octavio.

Y yo estimo que a esta hora

en esta casa os halléis

porque festejéis mis bodas,

para que esta fineza

mi amor ponga en las obras.

Don Pedro.

En todo quiero serviros,

ya sé quién es la señora.

Octavio.

Don Pedro, para conmigo

vuestra voluntad no ignoro,

la mía esta obligación;

y por eso en lo que os toca,

sed aparte, porque tengo

cumplidas todas sus glorias,

y en fin tan grande es mi suerte,

amigo, que por esposa

me da el cielo una mujer

a quien reconocen todas

por divina siendo humana,

porque su belleza consta

de más superior esfera;

esto el vulgo lo pregona,

y para que lo veáis,

yo pintaré sin lisonjas.

Pag. 19

Octavio.

la belleza de Mariana,

que este es su nombre y su lisonja.

Ea, ahora bien, va de priesa,

y plega a Dios que no lo sea,

da un poco la mano, que alza

para ti nueva y con Córdoba.

Otro.

Del sol sus cabellos son,

mas no dice bien que de ellos,

el sol para sus cabellos

hace una composición,

esto no admite cuestión,

porque el sol cuando amanece,

si Mariana no le ofrece

de sus cabellos lo airoso,

aunque el sol es muy hermoso

no luce el sol ni parece.

Su frente es graciosa y bella,

es un abrevio del cielo,

y el cielo a lo que recelo

casi tiene envidia de ella;

en tan quejosa querella

se volvió a conformar

y el cielo le quiso dar

su lugar como prudente,

diciendo, solo en tu frente

quien me busque me ha de hallar.

Las cejas con que guarnece

sus ojos sin vanidad

muestran la serenidad

que el cielo a la vista ofrece,

el alba se desvanece

al verla y como no frisa

con sus rayos remisa

forma trémulos amagos,

porque a vista de sus rayos

el alba es cosa de risa.

Del carmín de sus mejillas

la rosa toma el color,

que cada mejilla es flor

y ambas juntas maravillas,

ni de Flora en sus cuadrillas

ni de abril más primores,

y es cierto porque en las flores

aunque de colores sean

están con tal perfección,

en Mariana son mejores.

Con sus labios no hay clavel

que se pueda comparar,

porque en ellos viene a estar

más vivo el matiz que en él,

no se atreverá el pincel

a copiar tan rojo tiento,

por más que en su movimiento

quiera sabio discurrir,

porque al verlos relucir

ha de turbar lo sangriento.

Con su garganta la nieve

parece que es desigual,

y no hay duda que es mortal

que a su lado no se atreve,

porque ella al mismo relieve

a oponerse a su blancura

con que viendo su ventura

limitada y que se ve

a las montañas se fue

huyendo de la censura.

Entre el cristal y el marfil

hay litigios cortesanos,

Pag. 20

Fede.

sobre a cuál tocan sus manos;

mas un jazmín, que sutil

oyó el encuentro civil

de uno y otro, sin cesar

dijo: nones, que litigar,

porque eso me toca a mí,

y pues yo el candor le di,

yo me la he de llevar.

Esca.

¡Vive Dios, que son de beta

cuantos pintores en Roma

hubo, Alejandro, contigo!

D. Po.

Bien vuestro afecto lo informa,

defended, y siendo tal

el sujeto no me asombra

el que estéis enamorado.

Esca.

Eso se echa por arrobas.

Fede.

Os prometo que lo estoy,

pero en esta afectuosa

digresión no os lo parezca,

porque cuanto aquí recoja

en tu favor del discurso

no es pasión que me provoca

ni de vanidad, porque en ella

cualquier alabanza es corta,

que después de hacerla el cielo

tan perfecta, tan hermosa,

como lo dice ella misma,

para más gloria la adorna

de tan heroicas virtudes,

que su vida piadosa

es de admirar, pues en ella

no se ve rasgo ni sombra

de lo humano, porque son

divinas sus partes todas,

su aseo y su compostura

con su castidad confrontan,

siempre a cauta, en cuidado

lo que desvela a las otras,

sin vanidad es discreta,

prudente sin ceremonia,

afable sin artificio,

y en efecto, en su corona,

es Mariana la que lleva

el triunfo entre las señoras.

Estimo, D. Po., mi suerte

y os prometo que no es poca,

que a hallar como ya se ve

en el siglo que hoy se goza

mujer en quien se junten

calidades tan heroicas,

parece que es imposible

y no porque no conozca

que habría muchas, muy perfectas,

mas como Mariana, pocas.

Esca.

¿Y otra excelencia, señor?

Llevas con ella que importa

más que todas las demás.

Fede.

¿Dime cuál es, Esca.?

Esca.

No llevar suegra.

Fede.

Anda, necio.

Esca.

No sabes lo que te ahorras,

en tocando que una suegra,

aunque sea buena, es esponja.

Fede.

Vamos, D. Po., que quiero

que veáis luego a mi esposa,

porque ya, según parece,

se va llegando la hora.

Pag. 21

Lidoro.

en que yo logre mis dichas

siendo vos el que las logra,

el parabién yo de darme

por la parte que me toca.

Vanse los dos y suena dentro ruido de fiesta y regocijos y cantan los villanos esta letra.

Cantan.

¡Vivan muchos años

con gusto y contento,

la flor de caboya

y de tejo el pino!

Escaparola.

Ya de la boda el rumor

se empieza y ya van saliendo

los de la danza gafe,

que hay danza del espital,

que antes de acabar la boda

puedes ver desta forma;

¡o qué pinta tiene aquel!

¡Qué bueno es para fullero!

Y los demás, a fe cierta,

que también lo eran y esto.

Salen los villanos cantando y bailando por el tablado y en acabando dice Escaparola.

Escaparola.

Vayan dándole recado

que hay arroz y sopa en queso,

y de esto no caiga ninguno.

Uno.

¡Ojo al plato y al cazo!

Y a todas las piltrafas

que hubiere.

Otro.

Yo haré lo mismo.

Uno.

Pues que se casa mi ama,

pardiós de Antón que yo pienso

llenar el panzón muy bien,

por si en otra no me veo.

Otro.

Yo no me descuidaré,

que aquí traigo el bolsico

y lo que yo no pudiere

cargar, irá recibiendo.

Escaparola.

¡Si así comen todos, son

para sabandijas muertos!

Mas noté que en habiendo boda

comen mucho estos jumentos.

Otro.

Y suelen los borrachos

también, sin estar hambrientos.

Otro.

¡Oh, hideputa!

Uno.

¡Presto al sitio,

cuidado y tenerse tieso!

Otro.

Vamos, que están esperando

los novios.

Uno.

A vengarnos de ellos.

Otro.

Pues toca y haya de baile.

Uno.

Ya está templando el pandero.

Entranse los villanos de la misma suerte cantando la copla primera.

Escaparola.

¡Corabién, esto se va

poco a poco disponiendo!

Y pues a fiesta están todos,

yo también hartarme quiero,

que una boda arrasa dos

de la sepultura a un muerto.

Mas yo no soy de la danza,

aunque soy de los de adentro,

y así mi papel aquí

será de los encubiertos,

porque yo no soy padrino,

ni convidado, ni tengo

de sentarme con los novios,

que no soy hombre de asiento.

Pues ¿qué lugar será el mío?

¿Qué lugar? Yo me lo igualo:

cocina, me iré abajo.

Pag. 22

Sin asignar.

que ese es lugar de los cielos,

porque allí está el bien de Dios,

a Luisilla me encomiendo

que ella cuidará de mí.

Y pues ya van por sus turnos,

como Dios van por sus turnos

pasando a tomar sus puestos

al cuarto de la marquesa

como ella y don Pedro han hecho

el más quesito sujeto

son los padrinos, es cierto,

que en haciendo el desposorio

darán con la cena luego,

pues entreme, y mientras andan

por allá los cumplimientos,

daré un buen rato a mis tripas

por si después falta tiempo.

Vase y sale la danza de los villanos delante, como está dicho, y don Andrés y Mariana muy bizarros y don Pedro y Luisa.

Cantores.

Muchos años viva

zagala del pueblo,

la flor de catorce

del mayo el aseo.

Mariana y su esposo

entre arrullos tiernos

gocen sus cariños

a pesar del tiempo.

En habiendo cantado estos versos y bailado, dice don Andrés:

Don Andrés.

Bellísima Mariana,

en quien admiro y contemplo

tantas perfeciones juntas

que ciego de entendimiento

si discurrir quiere en ellas

ya que logro, puse ciego,

aunque el efecto requiere

tropieza con el afecto.

Recibe mi alma rendida

que hoy en sacrificio ofrezco

a bellas aras, porque en ellas

mariposas de el incendio

que hasta el cielo despiden

esos hermosos luceros,

llegue a abrasarse y renazca

como el fénix, que muriendo

vuelva en sus mismas cenizas

a recobrar nuevo aliento.

Mariana.

Esposo y señor, que ya

este nombre ha de ser vuestro

pues que mi estrella lo quiere

y no lo revoca el cielo;

mucho vuestra fe me obliga

y más cuando considero

que para tantos favores

falta en mí el merecimiento,

sola mi humildad, que toma

a su cargo el desempeño,

será quien para obligaros

muestre tilde de acierto.

Don Andrés.

Yo seré solo quien ponga

para obligaros los medios.

Don Pedro.

Bien, señora, se conoce

en el cortés rendimiento

Pag. 23

Pedro.

las partes que en vos se hallan,

y desde que os vi os prometo

que me habéis hecho en el alma

impresión porque estoy viendo

en vos un vivo retrato

de mi joya que es el centro

a donde el alma descansa

y así desde aquí me ofrezco

a quereros como a ella.

María.

Estimo, señor Pedro,

los favores que me hacéis,

y esto a mi esposo lo debo

que mal pudiera lograrlos

si él no fuera amigo vuestro.

Don Pedro.

Siempre, señora, en los dos

fue la lealtad nudo estrecho,

y lo será con que sola

la muerte podrá romperlo.

María.

En todo hace ventaja

por mi esposo y por vos pienso

desde hoy, señor, ofrecerme

a vuestro servicio, puesto

que soy tan interesada.

Aparte.

Don Pedro.

Qué agasajo tan honesto.

Tía.

Señora, la marquesa aguarda

con el cura.

Villano.

Y con Bermejo

el sacristán, que ya pienso

que nos bebe los derechos

según la prisa está dando.

Conde.

Vamos, mi bien, que ya es tiempo

de tomar las bendiciones.

Aparte.

María.

Señor, ya veis cuán violento

este golpe es para mí.

Si es posible, suspendedlo,

y si no la voluntad

vuestra se haga, pues primero...

Entranse cantando como salieron y por el otro lado sale el demonio.

Demonio.

Espíritus infernales

que a mi obediencia sujetos

estáis desde aquel instante

que me aclamasteis por dueño;

vosotros que en el abismo

ejecutáis los decretos

de la justicia divina,

como a mis voces atentos

no estáis, como si mi furia

no atendéis a los extremos,

y como no adivináis

la causa destos efectos,

¿dónde estáis que no venís

a asistirme, o por lo menos

ya que otra cosa no sea

a saber el fundamento

desta pena, deste ahogo,

desta pasión, deste incendio,

deste susto, deste agravio,

deste dolor que padezco,

y para decillo todo

deste ultraje que en desprecio

de mi poder va labrando

misteriosamente el cielo

para más tormento mío,

tomando por instrumento

a una mujer en quien pone

tal perfección que la invidio

en el siglo maravilla

pues a su virtud atento

reconozco que ha de ser

asombro del sol y miedo.

Pag. 24

Demonio.

de todo el infierno junto,

y aun de mí, que soy yo mismo.

Mariana por nombre tiene;

parece que abrís suspensos

al oírlo, ¿y en qué dudáis,

que no bebéis el veneno

que mi cólera os infunde

contra su virtud, pues siendo

una mísera criatura

quiere levantar el vuelo

en mi ofensa, sin temer

de mi furor los alientos?

Pero ¿por qué solicito

vuestra ayuda, cuando puedo

por mí solo trastornar

el globo de el universo?

¿Yo no soy el que apago

del dorado firmamento

la mayor parte de luces?

¿Y el alcázar supremo,

con un movimiento solo,

no hago crujir todo entero

su fábrica admirable?

¿Yo no soy quien desde el seno

de el abismo donde asisto

altero los elementos?

¿La tierra no está sujeta

a mi furor si yo quiero?

¿El mar, si acaso me importa,

no le levanto hasta el cielo?

¿Un monte, si es menester,

no le arranco de su centro?

¿Hay cosa que de mi furia

se escape? Pues ¿cómo temo

a una mujer, cuando todo

está a mi arbitrio sujeto?

Ea, pues, tiemble a mis iras

todo el terrestre hemisferio,

que para vengar mi agravio

toda mi ciencia prevengo;

y pues ya está desposada,

y el tálamo será presto

su mayor quebranto, haré

que su esposo, a quien apruebo

ya tan ciego en la lascivia,

logre con tan deshonestos

extremos sus apetitos,

que la obliguen los excesos

de su pasión amorosa

a corresponderle, en medio

de su mucha honestidad;

arroje del labio al pecho,

entre lascivos arrullos,

mil ternezas y requiebros;

profane su castidad,

que este triunfo solo espero,

ya que el cielo me le ofrece

para quedar satisfecho.

Vase, y sale Mariana por el otro lado.

Mariana.

Corazón, si por los ojos

habéis de salir, ¿qué tiempo

que no andéis por suspiros

de vuestra pena el contento?

Ea, ¿qué es lo que aguardáis?

Salid en lágrimas deshecho,

sin deteneros, pues ya

tenéis el cuchillo al cuello.

Ojos, haced vuestro oficio,

que ya no hay otro remedio

ni le tenéis que esperar.

Pag. 25

Mariana.

Si no es que apiadéis al cielo,

Señor, ¿cómo no han movido

vuestra piedad mis lamentos?

Poco he sabido obligaros,

pues os hallo tan severo.

¿En qué os ofendió mi fe?

Pero ya, Señor, advierto

que debéis estar quejoso

de mí, pues habiendo puesto

solo en vos la voluntad,

a otra voluntad me entrego;

pero sirva de disculpa

el que sabéis que no tengo

más voluntad que la vuestra,

y que en este casamiento

solo ha sido la obediencia

quien ha obrado, y no el deseo.

Yo lo consulté con vos,

y aunque mis ansias no fueron

admitidas, sin embargo,

aun la esperanza no pierdo,

en vos espero.

Dice dentro la Muerte.

Muerte.

Mariana.

Mariana.

¿Qué voz es esta que el viento

trae, que su acento me turba?

Apenas moverme puedo.

Muerte.

Mariana.

Mariana.

Mas el ave suele

al quebrar los hielos

del alba con su armonía...

No sé qué en el alma siento.

Muerte.

Mariana, ¿dónde estás?

Sale la Muerte como la pintan.

Mariana.

Aquí estoy, pero, ¿qué veo?

¡Válgame Dios!

Muerte.

No te turbes,

que a ti misma te estás viendo

en mí, y porque no te admire

lo horroroso de mi aspecto,

lo mismo fui yo que tú,

y ya no soy más que un tú,

porque la mayor belleza

que causa raros efetos

en el mundo ha de ser de ella

a que la marchite el hielo,

y a ser lo mismo que soy,

mírate en este espejo.

Vase.

Mariana.

¡Qué visión tan espantosa!

¡Qué asombro, qué horror, qué miedo!

Sin mí estoy, mi muerte es cierta,

ya me juzgo por un muerto.

¿Adónde iré que me libre

de este golpe que fue cierto

contra mí?

Sale Luisa muy aprisa.

Luisa.

Señora mía,

¿qué haces aquí?, ¡ve al remedio!,

¿no acudes cuando tu esposo

y mi señor...?

Mariana.

¿Qué es esto?

Luisa, ¿qué tiene mi esposo?

Acaba, dímelo presto.

Luisa.

Que de repente le ha dado

un accidente tan fiero

que le ha quitado la vida.

Mariana.

¿Qué dices?, ¡válgame el cielo!

Cae desmayada sobre unas almohadas y ha de haber.

Luisa.

¡Ay, que mayor que su dicha,

aquí muere de sentimiento!

Quiero ir por agua al instante.

Vase Luisa y sale el Demonio.

Demonio.

Aquí mi cautela empieza.

Pag. 26

Demonio.

con la pena de su esposo

cayó sin sentido y pienso

que ya también ha perdido

pues no alcanzo ni penetro

qué motivo es el de Dios

pues antes que a su despecho

consumara el matrimonio

y sus lascivos deseos

sin limitación lograse

le pone el impedimento

embargándole la muerte

quiero yo deste misterio

por conjeturas alcanzar

la causa cuando contemplo

la virtud de esta mujer

y que pudieron sus ruegos

tanto que a su castidad

no le hiciese detrimento

a pesar suyo, pero ya

parece que va volviendo

del parasismo y sensible

aquí exhortarla pretendo

para que con el dolor

y la pena en que del cielo

sufriese y pasase este lance

el yugo que le ha puesto

Vuelve.

María.

Valedme Dios, ¿dónde estoy?

Toda me ha cubierto un yelo.

Salen Ercaida y Luisa con agua.

Luisa.

Toma, amiga, esta agua.

Ercaida.

Como yo nunca la bebo,

a su afán ando con ella

y a cada paso tropiezo.

Luisa.

Señora.

Ercaida.

Señora.

María.

Amigas,

¿sabéis si mi esposo es muerto?

Ercaida.

Es cierta nueva, el gran turco...

Luisa.

Sí, señora.

María.

¡Qué tormento!

Dejadme, dejadme sola.

Ercaida.

Vamos, Luisa, que yo entiendo

que anda el diablo por aquí,

porque esto no huele a incienso.

Vanse las dos.

María.

Qué grave resistir

la tentación, el encuentro.

No me falte vuestra ayuda.

Aparece el demonio de villano.

Demonio.

En vano le pides eso,

porque no te ha de ayudar.

María.

Imaginación, ¿qué es esto?

¿Dios no me ha de ayudar?

Demonio.

No,

porque si hubiera de hacerlo,

ni a tu esposo le quitara,

ni se riera de tus votos,

y mal pudiera ser tu amigo

quien te quitó tu consuelo

y de las glorias del mundo

que ya te echarás de menos,

pues te sobra la razón.

María.

Deja tu ruin pensamiento,

imaginación, ¿qué quieres?

¿Yo qué haré cuando le veo?

Darle gracias por lo malo,

como también por lo bueno.

¿Dios no es mi Creador?

Yo tengo más privilegios

que ser criatura suya.

Pag. 27

Mariana.

no pierden los movimientos

de su poderosa mano

Dios en todo no es perfeto?

Claro está, pues si estos males

que de tropel me embistieron

es su voluntad que vengan,

hágase su voluntad!

Demonio.

Pues tomo un consejo,

a reniego de mí mismo,

yo haré que arrojes del pecho

contra el cielo basiliscos.

Chirimías

Baja un ángel por una tramoya y por ella ha de llevarse después a Mariana.

Ángel.

No harás tal, dragón soberbio,

que tú no tienes poder.

Demonio.

Y aun embarazas tan presto,

qué me quieres?

Ángel.

Enemigo,

que no logres tus intentos

en esta mujer. Mariana,

no temas, yo te defiendo

y te ayudo en tus fatigas.

Mariana.

Quién eres, que me suspendo,

robusto joven gallardo?

Ángel.

No desmayes el aliento,

el ángel soy de tu guarda;

Dios quiere que tus deseos

se logren y te reserva

como a corona perfeta

para que su esposa seas.

Ven conmigo que en Toledo

has de trocar esas ropas

que te dio el mundo abastardo,

por el sayal asisiano

que es de tela de más precio,

donde en su tercera orden

has de ser norte y espejo

de todos los hijos suyos.

Y prevénte que otros riesgos

mayores has de tener;

mas no te faltará en ellos

el favor de Dios, y así

pon de tu parte el esfuerzo;

que no será el triunfo grande

si no es grande el vencimiento.

Y tú, infernal cocodrilo,

que engañando al pasagero

con tus acentos le embargas

la luz del conocimiento,

vete a tu eterno sepulcro

donde te atormente el fuego;

y adonde para más pena

tu soberbia tenga freno.

Demonio.

Yo me iré porque tú quieres,

pero volveré sediento,

como el corzo que va herido,

a buscar el cristal bello

de esa enemiga que guardas;

yo reventaré del disgusto,

mi astucia buscará el modo.

Ángel.

No saldrás bien del empeño.

Demonio.

Yo haré que mi esclava sea.

Mariana.

A vos me encomiendo,

libradme de este enemigo.

Ángel.

No hará tal, que es Dios primero.

Y ahora porque te abrases

a bulto me la llevo.

Vuélanse los dos.

Demonio.

Llévala, que aunque la guardes,

como dizes, te prometo

que a tu pesar he de darle

esta victoria al infierno.

Vase.

Fin.

Jornada segunda

Pag. 28

Línea de texto tachada e ilegible debajo del título.

Pag. 29

Salen el padre fray Guillén Cubillo y Escarola de donados.

Mutación de San Juan de los Reyes.

Fray Guillén.

Hermano Escarola, el día

que el hábito se le dio

y en la religión entró

a instancias de su porfía,

bien sabe que le di luz

de todo, y nada ha acertado.

Escarola.

Padre, a mí se me ha olvidado,

por Dios y por esta cruz.

Fray Guillén.

Mire que se hace ignorante

y es muy grande su malicia,

de todo tengo noticia.

Escarola.

Padre mío, no se espante,

que es el demonio traidor

y no hace más que tentar.

Fray Guillén.

Pues, ¿no se puede apartar

del riesgo?

Escarola.

Soy pecador.

Fray Guillén.

No es sino un hombre inhumano,

sin Dios, sin ley, sin conciencia.

Escarola.

Pida a su reverencia

que me tenga de su mano.

Fray Guillén.

Pues, solo me desatina,

y no hay razón que me cuadre.

Escarola.

Benedicite, mi padre.

Fray Guillén.

No ha de estar en la cocina

un hora.

Escarola.

Muy mala es esa.

Pag. 30

Frigid.

Este fraile se atribuya

y en castigo de la gula

que obra en el contento excesso

desde hoy ha de recoger

llorando sus desatinos

por los lugares vecinos

los huesos

Esca.

y sin comer

Frigid.

lo que la piedad le diere

Esca.

eso es echarme a morir

Frigid.

así podía resistir

si el demonio le embistiese

Esca.

mejor será bien comido

porque si me coge flaco

me tragará que es bellaco

Frigid.

repare en que va perdido

no tome exemplo en Mariana

que su penitencia es tal

que excede a lo natural

Esca.

es una santa la hermana

Frigid.

es prudente y teme a Dios

Esca.

dice bien en mi conciencia

Frigid.

sígala en su penitencia

Esca.

ella lo hace por los dos

Frigid.

qué tal dice

Esca.

seamos yno

pues ella me dijo ayer

que por mí avía de tener

ocho días disciplina

con otros tantos ayunos

Frigid.

ay verá su perdición

y no muda de intención

Esca.

para mí son importunos

porque rigores y exercicios

yo no me puedo azotar

ni menos puedo ayunar

Frigid.

qué obstinado está en sus vicios

tema de Dios el rigor

y aprenda de una mujer

que como dicen ayer

dio muestras de su fervor

y es tan grande que en Toledo

se hace de su vida espanto

que asombra más que me espanto

si al infierno pone miedo

Esca.

eso a mí me lo diga

porque tal conocido

desde niña siempre ha sido

lo mismo que es por acá

también allá en Escalona

se vieron mil maravillas

con ella y sus zapatillas

le traía hecho una mona

y yo vero cuando vino

el bledo suesa y yo

como solos nos dejó

tomamos luego el camino

tras ella porque entre los dos

temimos nos envengara

el diablo que tiene cara

de no agraviarse con Dios

que por comerlos aquí

estando junto a Mariana

le cardaremos la lana

Pag. 31

Figueredo.

yo me alegro que sea así

pero sus tretas son muchas

y así siempre se ha de unir

con Dios el que quiere salir

victorioso destas luchas

Escamillo.

aun no me basta llamarla

que porque se rebela

y aun contino se repela

y hoy que se metió ermitaña

Figueredo.

aborrece la virtud

y así hermano no se espante

de ver que ande yo lidiante

por turbar su quietud

Escamillo.

falta que haré mi señor

con una cuerda de lana

Figueredo.

haga lo que su hermana

Escamillo.

no es fácil

Figueredo.

sí lo será

como él quiera

Escamillo.

no lo es

que yo me conozco a mí

Figueredo.

y ganará hermana

Escamillo.

que ella se viste el arnés

y como un Bernardo sale

a la campaña con él

y allí llegan echar leyes

y aunque el demonio se bate

de su astucia y agudeza

cuando piensa que está flaca

ella le enviste y él saca

las manos en la cabeza

luego se va a la vestida

y en la ermita se da rayas

y no se duerme en las pajas

con estar bien recogida

de allí va de cerro en cerro

con una cruz muy pesada

y en viéndole al temido

le dice sal aquí perro

con que él se enfurece más

y ella viendo que le irrita

se entra a estar en su ermita

y él se va con Satanás

cuando viene la ermitaña

acaso y suelo vella

mil cosas me cuenta della

Figueredo.

es su penitencia estraña

y sus desengaños tales

que mayor piedad que una obra

todo el tiempo que le sobra

reparte en los hospitales

con los pobres y en sus llagas

con caridad los asiste

a nada su pecho resiste

hasta lamerles las llagas

sin fastidio de el hedor

que su miseria ocasiona

antes siente y se apasiona

de que no sea mayor

Vicente.

Bien, Señor, la Providencia

muestra en estos más

pues a una mujer le dais

tal valor y resistencia

que con ser su complexión

tan frágil y delicada

siempre es y más esforzada

en la mortificación

Pag. 32

Vicente.

y si es total la aspereza

con que su carne castiga

no ay en su rostro fatiga

que a veces mayor su belleza

secretos son gran señor

de vuestra sabiduria

Esca.

yo por si ayuno un dia

al punto pierdo el color

Figue.

es que el demonio le priva

de todo el conocimiento

Esca.

ya se que soy un jumento

y a averiguar si esta viva

Figue.

mortifique su pasion

que es suciedad estraña

Esca.

palazo con la ermitaña

embiando la ocasion

... y necia y tal

y es bonisimo tambien

Figue.

quien es buena ermano

Esca.

quien

seralo la que no es mala

Figue.

el esgrimir mas de cillo

todo vana ira maldad

contra simplicidad

Esca.

que quiere el ...

...

Figue.

tenga aca tenga cordura

que la pasion se le cura

Aparte.

Esca.

yo confieso mi pecado

perdoneme padre mio

que yo palabra le doy

de no ver mas ... pide ox

y para echarme en rocio

mala maña y rebuscar

si libreme del asi

Figue.

ello a de venir aqui

que yo la he enbiado a llamar

Aparte.

Aparte.

Esca.

este fraile es el demonio

pero ya la ermana viene

que ojuelos tan bellos tiene

Figue.

su rostro da testimonio

de su virtud y umildad

Sale la ermana Mariana con auito de tercera.

Maria.

gracias inmensas señor

os doy por tanto favor

como de vuestra vondad

a todas oras reciuo

pues quereis en mi pobreza

obstentar vuestra grandeza

que mucho sois compasiuo

pues de los pobres cuidais

como vuestros y asy son

que tal es vuestra atencion

que bien vuestro amor mostrais

ver consolada mi alma

fatigando la memoria

viendo en la misercordia

que a mis pobres les faltaua

viscochos para el reparo

de su continua dolencia

pero vuestra providencia

como en nada sois avaro

Pag. 33

Maria.

entró y con tanta abundancia

que en las dos enfermerías

tienen para muchos días.

Doble.

Fray Gu.

Qué fervor y qué constancia.

Esca.

Y a quien quisiere el trado.

Fray Gu.

Hermana.

Mari.

Padre fray Gu.

Esca.

Ya los dos juntos están,

yo me huelgo sin pecado.

Mari.

Deme a besar, padre mío,

su mano.

Alzale.

Fray Gu.

Levante, hermana,

qué humildad tan soberana.

Mari.

Dulce siervo de Dios pío,

mí acierto, que en su bondad

reconozco lo que gano.

Aparte.

Fray Gu.

No es lo que presumo en vano.

Mari.

De vuestra paternidad

dulce mi ruego ya saqué.

Dionigoldo pensé

que si licencia pedía,

la obediencia, padre, fue

la que me pudo obligar

a que primero viniera.

Esca.

Como es la limosna forastera

pues da mucha que quebrar.

Fray Gu.

Dionigoldo es también

y no de menos cuidado

para lo que la he llamado,

hermana.

Esca.

Aquí no hay bien.

Fray Gu.

Váyase, hermano.

Esca.

Señor.

Oye, hermana, por su vida,

que a Dios muy de veras ruego

me haga un santón, que ya ve

soy un pobre motilón,

el más simple de el aprisco.

Mari.

El cielo le dé su bendición.

Esca.

Échela a mí, eche también,

y con eso tendré dos.

Fray Gu.

Acabe.

Mari.

Vaya con Dios.

Vase.

Esca.

Hay fraile matusalén

como este, que me persiga

sin dejarme sosegar,

por Dios que se ve de estar

como gato con vejiga.

Fray Gu.

Ya sabe, hermana Mariana,

el infeliz suceso

de doña Leonor de Villa

y que, sabiendo

su desdicha cuando vino,

de un escalón tan inmenso

fue su dolor, que la vida

dio a manos del sentimiento.

Quedó don Leoncio solo

y de sus horas tan mancebo

no cesaron sus desdichas,

porque juzgando, sin duelos,

que la infeliz había sido

de su afrenta el instrumento.

Pag. 34

Fray Gu.

quisieron darla la muerte

y ella por satisfacerlos

dio la muerte a una criada

vil, que fue por cuyos medios

ejecutó don Fernando

tan inhumano despecho;

y, en fin, Leonor, acosada

por escusar los riesgos

en que se hallaba su vida,

tomó puerto en un convento,

donde ha seis años que llora

de su fortuna el asedio.

Mari.

Ya lo sé, de que me cuesta

hartas penas sus desvelos.

Figue.

No solo, pues, don Fernando

se ha mostrado en este tiempo

deudor, sigue dueño de un

lo que es robo manifiesto,

sino que antes en su ofensa

ejercitándose fiero,

sin que para en él basten

lágrimas, ansias ni ruegos,

hace gala del delito,

porque está el mundo tan ciego,

que hay hombres que les parece

que aún no quedan satisfechos

si, en cometiendo el pecado,

no le hacen público al pueblo.

Así don Fernando, a costa

del honor, que padeciendo

está en medio del agravio,

un encuentro y otro encuentro,

en deslucir su opinión

se ocupa con tanto extremo

que de todo le bastara

cuando no hubiera otro exceso,

que deslucirla pudiera,

cosa que en un caballero,

que le ilustra sangre noble,

es delito y no pequeño.

Pues don Fernando de Castro,

ciego del conocimiento

de lo que debe a su sangre,

no solo no está resuelto

a no pagar el honor,

sino que, obstinado y fiero,

llevado de su soberbia

y como bruto sin freno,

corre tan desalumbrado

en sus vicios, que sospecho

que ha de ser su ruina grande,

si no le saco del pecho;

y discurriendo en que todo

tiene fin, y como vemos

que aún el peñasco más duro

se deja labrar al peso

de la continua tarea,

he pensado que lo mismo

ha de ser en don Fernando.

Y así, hermana, este empeño

ha de tomar por su cuenta,

sin que se embarace en ello;

porque a esta alma, pareciere,

que Dios, viendo su buen celo,

la ayudará en esta empresa.

No tema al duque soberbio,

Pag. 35

Figue.

apoyélle sus razones

ni desprecie sus consejos

que pues Dios los corazones

mueve, y por estos medios

busca el remedio de un alma,

en su providencia espero

que ha de salir con victoria

aunque lo estorbe el infierno.

Mar.

¿Qué es lo que escucho? ¡Qué grandes

son, Señor, los juicios vuestros!

esto es lo mismo que yo

tenía que hacer, hoy ya veo

que siendo una privación vuestra

ha de venir con misterio,

por lo que me ha mandado

hoy estaba yo en hacerlo,

que por medio de auxilio

quizá porque mis deseos

conoció hoy ser tan grande

su piedad, que esto es más cierto.

Sigil.

Pues, hermana, a ejecutarlo;

y pues que Dios la da aliento

no tiene que temer nada.

Mar.

Su bendición solo espero

pa mí.

Vase.

Sigil.

¡Qué humildad!

Levante, hermana, del suelo,

la de Dios vaya con ella.

¡Qué de prodigios contemplo

en esta mujer, no en vano

subida, admira a Toledo!

Mariana.

Juntos favores, mi Dios,

con quien no tiene sujeto

para saber obligaros;

que cuando estoy conociendo

que soy un vil gusano, yo,

el más pobre, el más pequeño

de cuantos alimentáis,

de vuestro amor...

a mí, Señor, me elegís

para este empeño, sabiendo

que este indomable bruto,

viviendo está tan ajeno

de la razón, que ha perdido

tantas veces el respeto

a tan prudentes varones,

y a tantos avisos vuestros

como la misericordia

vuestra le ha enviado por ellos;

¿queréis que hagan mis palabras

impresión en quien el pecho

tiene tan endurecido?

Pero si vos gustáis dello,

a mí no me toca más

que callar y obedeceros.

Porque un alma os desvela,

y al paso que voy viendo

está mal con vos vos mismo,

es abismo piadoso y tierno,

para que no se malogre;

más que mucho, si en un leño,

Señor, por ella expusisteis;

cada vez que al pensamiento

traigo de vuestra pasión

las penas y los tormentos,

Pag. 36

Mariana.

el corazón se me arranca y parte

quién pudiera padecerlos

por vos; esos duros clavos

que taladraron lo tierno

de vuestras manos y pies

y clavan en mí lo mismo!

Esa corona de espinas

que mis culpas os ha puesto

quisiera yo que en mis sienes

sintiera el efecto

Esas, azotes, heridas,

que en vuestro divino cuerpo

por mí rescibido habéis

siendo yo quien lo merezco

quisiera pasar por vos

solo por satisfaceros

quien pudiera dar la vida

por vos soberano dueño

quien en todo os ymitara

mas qué sonoroso estruendo

rompiendo los ayres baja

parece que se abre el cielo

Chirimías Suena música y bajan en una tra= maya Jesús del crucificado y Mariana se arrodilla en parte que al llegar a agarrase de los pies subiendo un poco

Jesús.

Mariana

Mar.

Jesús mío

Jesús.

mírame en esta cruz puesto

por los hombres

Mar.

gran señor

ya os miro en ella y confieso

que no es razón que así os tengan

Jesús.

son de los hombres los yerros

Tantos ya, que me ponían

en esta cruz por momentos

Mar.

rigor es de su malicia

Jesús.

mucho padezco por ellos

y asimes mucho que sienta

su yngratitud

Mar.

ya lo veo

Jesús.

estos tormentos que paso

ayúdame a padecerlos

Mar.

qué haré yo para pasarlos

por vos

Jesús.

solo contenerlos

y traya en la memoria

siempre me tendrás contento,

míralos cómo ellos son

Mar.

con el alma los contemplo

soberano dueño mío

y desde hoy siempre os ofrezco

tenerlos en mi memoria

Jesús.

ya sé el amor que te debo

pídeme lo que quisieres

Mar.

pues tan liberal os tengo

la salud he de pediros

señor del señor pacheco

el marqués que está muy malo

como sabéis,

Jesús.

ya está hecho

mira si otra cosa quieres

Mar.

a vos solamente quiero

Jesús.

pues ven mariana a mis brazos

Mar.

señor resistir no puedo

tanto fuego que me abraso

yo en vuestros brazos qué es esto

aún no merezco los pies

Pag. 37

Mariana.

pero había carencia de ellos,

y como el alma se hallaba

con el arrepentimiento

de mis culpas pavorosas,

saldré al fin con derecho

para que en ellos alcance

lo que alcanzaron sus ruegos.

Jesús.

Satisfecho estoy de ti,

ya sé tu afán y prometo

quiero que logres fruto que

te dejo ahora, adiós luego,

queda en paz.

Mariana.

No me dejéis.

Jesús.

Aunque me voy, no te dejo.

Vuelve a subir la tramoya y Mariana vuelve a bajar.

Mariana.

Si estas finezas hacéis,

Dios soberano y eterno,

con quien tan poco os obliga,

¿quién hay que pueda ofenderos?

Dice dentro Luisa.

Luisa.

Por el amor de Dios,

de la caridad que hacéis

os dará el premio.

Sale con la demanda.

Mariana.

¡Qué bien!

En el alma estos acentos

suenan a divina aurora.

Madre del Verbo,

a quien los ángeles puros

tienen por norte y espejo,

dichosa el alma que os sirve;

sin mí estoy, si el tiempo

que no estoy en vuestra ermita

solo allí tengo consuelo.

Sale ahora.

Luisa.

Muy pocos me dan limosna,

este sábado no es bueno.

Pero con Mariana he dado,

sermón habrá, y no pequeño.

Hermana Mariana.

Mariana.

Luisa.

Luisa.

Hermana, ¿en qué andáis?

Mariana.

Pidiendo.

Luisa.

Para la Virgen, ya sé,

que aunque hay devotos sin cuento,

los que dan limosna son

poquísimos en el yermo,

y no hago más que cansarme.

Mariana.

Si tomara mi consejo,

no se cansara, hermana.

Luisa.

¿Qué he de hacer siempre en el cerro,

donde no hay más que lagartos?

Si yo tuviera algún cuervo,

como San Onofre tuvo,

que me llevara el sustento,

nunca a poblado viniera.

Mariana.

También pudiera tenerlo

como ese santo lo tuvo.

Luisa.

Si Dios quisiera...

Mariana.

Eso es ello.

Es que no sabe obligarle,

que aunque Dios, como sabemos,

es Dios, y su providencia

con el malo y con el bueno

ejercita cada día,

quiere que con rendimiento

se le pida y se le ruegue.

Pag. 38

Vase.

Mariana.

que al que vive en el desierto

sabe Dios alimentarle,

porque eso tiene de inmenso;

y así, hermana, fíe en Dios

y estese en su ermita presto,

que tiene por compañera

a la Reina de los Cielos.

Madre y maestra,

que yo en su nombre le ofrezco

no le faltará jamás.

Y ahora, hermana, porque vengo

de un negocio, no me veo

con ella más, yo pre... puesto.

Vaya con Dios, que la ermita

no ha de estar sola un momento.

Mari.

Ya la hermana va [?] de [?]

y yo ya entiendo por qué

el que en la ermita me esté

y no baje a la ciudad;

ella quiere que esté sola,

si de envidia soy perdida,

porque yo paso mi vida

con el hermano Escarola

cuando bajo, y no muy mal,

que él cuida de mi regalo;

nadie dice que esto es malo,

que no hay pecado venial,

porque como hemos ser mil

en una casa los dos,

y voluntad, y sabe Dios

que no le hemos ofendido,

que es muy casta la afición.

Ya veo que el demonio la atiza,

pues la carne antojadiza

y come cual sabañón.

Hay valor y resistencia,

y lo mismo hace el hermano,

que a menos de yo una mano

le doy por la diligencia.

Ver al pobrecillo quiero

antes de irme, claro está

que en la cocina estará

como chorizo al humero.

Llegaré a la portería,

que el portero es muy su amigo,

y así que toco el postigo

le llamo y con rica risa

me saca de lo mejor

un plato muy bien colmado,

y en habiéndomelo echado

alabamos al Señor.

Sale Escarola con unas costillas de pescuezo.

Esca.

Poquito de ayer a hoy,

aprended, flores, de mí,

que ayer cocinero fui

y hoy a pedir dis que voy;

mas ya que ha sido inhumana

la sentencia, aunque no apelo,

por lo menos un consuelo

me ha quedado, que a la hermana

Pag. 39

Esca.

podré ver más a menudo

y con menos embarazo.

Luis.

Él es, daréle un abrazo.

Esca.

Ella es, ¿qué dudo?

Abrázarela, hermanita,

¿qué hace a estas horas aquí?

Luis.

A verte venía.

Esca.

¿Así?

¿Y s'en huir luego?

Luis.

A la ermita.

Esca.

Pues váyase norabuena

y écheme su bendición

que me voy.

Luis.

¿Dónde?

Esca.

Al Japón,

donde me darán carena,

que es una gente malina.

Luis.

Mártir, hermano, serás,

mejor vida tienes acá.

Esca.

Si estuviera en la cocina.

Luis.

¿Luego no estás en ella?

Esca.

No,

que un fraile, que ángel ser quiso,

me arrojó del paraíso.

Luis.

¿Por qué?

Esca.

Porque me cogió

comiendo de lo vedado.

Luis.

Ese no es grande delito.

Esca.

Es verdad que era chiquito

el conejo y bien guisado,

por esto y por más de mil

cosillas que se juntaron,

de la cocina me echaron,

y un fraile, que un albañil

fue, que asienta las tareas,

y me echaron sin querer

a que vaya a recoger

los quesos por las aldeas,

y así el jumentillo está

aguardando boca bajo.

Luis.

Hermano, ¡qué gran trabajo

te ha venido!

Esca.

Él lo dirá.

Luis.

Ya no tendré a qué venir

a verte.

Esca.

Por eso iré

a la ermita y la veré

cuando vuelva de pedir;

por las tardes, y será

la hermana más asistida,

que pasa muy mala vida

en aquella soledad.

Luis.

No lo sabe bien, hermano,

que cuando está allí Mariana

se cura bien la cadena.

Esca.

Mas ella se irá a la mano.

Luis.

Yo quiero mi carne breve,

y no la he de castigar,

que eso de mortificar

su carne Mariana es quien

lo sabe hacer solamente,

que al más penitente asusta.

Esca.

Por eso en ella se ajusta.

Pag. 40

Lui.

El nombre de penitente

es lo que se mortifica

tanto que causa pavor

Esca.

y ella no hace con fervor

lo mismo

Lui.

así me predica

pero no lo puedo hacer

Esca.

pues mire acabe con maña

que sea tan pobre ermitaña

es cosa de enloquecer

Lui.

ya me pongo con destreza

muy fruncida y mesurada

Esca.

todo eso no vale nada

sino tuerce la cabeza

porque es cosa socorrida

y tendrá cuanto quisiere

en el mundo si anduviere

con la cabeza torcida

Lui.

de veras tomo la lición

Esca.

yo sé que lucirá hermana

lo que vale y lo que gana

Lui.

y en fin ¿hoy no hay provisión?

Esca.

no, pero calle hermanita

que presto se proveerá

y se va a la ermita ya

Lui.

Esca.

yo la veré en la ermita

Lui.

vaya con Dios que allá espero

Esca.

pues yo como un perrero

y a saltación la haré

aunque sea de capero

Vase Escarola y queda Luisa y sale el Demonio.

Dem.

Hecho un volcán el pecho

el corazón herido y un deshecho

a fuerza de mis enojos

vertiendo basiliscos por los ojos

y rayos exhalando en mis suspiros

Vengo tras esta fiera

que apresurando tanto su carrera

tan ufana se levanta

y cuando al mundo asombra a mí me espanta

que me quiere dejar

que mayor desvelo que a su Cristo

se agregue y me deje

cuando de mi furor tiembla la tierra

y que no se contente

con rendirme por sí sino que intente

quitarme lo que es mío

pues cuando dueño soy del albedrío

del infeliz Fernando

ella pretende reducirle dando

al cielo este trofeo

Lui.

póngome bien, paréceme que veo

Dem.

a dónde este mi aliento

pero no se logrará este intento

porque de mí asistido

de tal modo le tengo suspendido

que engolfado en sus vicios

bate el mar del mundo más en precipicios

por donde su mal vea

y deje mi pasión y por que sea

mayor su desgracia cierta

Pag. 41

Demonio.

por Mariana, ese monstruo que encubierto

vive en tanta aspereza,

se abrasa, y tan rendido a su belleza

le tengo ya, que dudo,

supuesto que el amor rendirle pudo,

deje de contrastalla,

quiebre su castidad, pues que se halla

cercado de mi furia,

y del torpe Fernando la lujuria

ya buscando la viene.

Luzbel.

El tal hombre parece que no tiene

cascos, a dar muy poco.

Salen don Fernando y Martín.

Martín.

¿Qué falta el sentido, o estar loco?

Don Fernando.

Martín, yo estoy muriendo,

mi pecho es un volcán.

Martín.

Yo no te entiendo,

por más que te examino,

que un hombre cometa tal desatino,

y más con y tan feo.

Don Fernando.

No sé más que dar gusto a mi deseo.

Demonio.

Eso es lo que yo quiero.

Luzbel.

Este necio, ¿qué os dirá, caballero?

Demonio.

Vete, farsa vieja,

llamada a Dios, .

Mariana.

Limosna.

Don Fernando.

Tome, hermana.

Da limosna.

Demonio.

A pesares que dejo a esta tirana,

que este triunfo consiga,

aparta, infame, y oculta enemiga,

que llueve mil pedreas.

Don Fernando.

Amigo, ¿qué es esto?

Luzbel.

Dio ya pasos

y dejarme pasmada,

oiga el diablo al hombre, y cuál se enfada,

qué buen alma que tiene el tal danzante,

y de contino paso adelante.

Vase.

Demonio.

De Fernando me enfado,

ver esta gentecilla que

anda en este ejercicio

con capa de virtud y es todo vicio,

porque estos desdichados

que exteriormente viven apartados,

de esta loca porfía,

es que Fernando yo creería

para atraer mañosos,

aquellos que son algo escrupulosos,

y a los que no lo son grandes

y al cabo es todo embuste y todo enredo.

Martín.

Mas, ¡qué buen consejero

es decir que es amigo verdadero!

Don Fernando.

Sí, pero eso sentado,

porque yo de limosna no os he enfadado.

Demonio.

Dádmela, porque todos

estos que os digo por diversos modos,

la limosna que cogen más contritos

los gastan en sus vicios y apetitos.

Don Fernando.

Yo a la Virgen la doy por quien la pida,

el que la lleva, allá cómo se mida.

Demonio.

Dadla muy norabuena,

a ninguna a mí esto me atormenta y me apena,

deste.

Martín.

Mas, ¡qué conciencia tan sana!

Demonio.

Y, ¿cómo os va de amor con Mariana?

Don Fernando.

Amigo, yo me abraso,

y en mi alivio no doy ni el menor paso.

Demonio.

Pues, ¿quién os lo embaraza?

Don Fernando.

El cielo que indignado me amenaza,

cuando quiero ofendella.

Pag. 42

Dem.

Esos temores son encantos de ella

poca es su resistencia.

D. Fer.

Ay, amigo, que cuando el alma piensa

lograr el bien que adora,

como es su rostro el sol y es el aurora

no me atrevo a llegar, porque sus rayos

me truecan el ardor todo en desmayos.

Dem.

Eso decís, no creo

que amor tengáis ni que tengáis deseo.

D. Fer.

No tiene igual el mío.

Dem.

Pues ¿cómo puede ser tanto resfrío?

D. Fer.

Yo la voy a dudar, llego

Dem.

Pues ella viene aquí; si es tanto el fuego

que abrasa vuestro pecho

esta es buena ocasión. Amor con hecho

embestid al enemigo,

que es vuestra la victoria, pues yo os lo digo.

D. Fer.

Eso es lo que pretendo.

Mart.

Este amigo es el diablo, a lo que entiendo.

Sale Mariana.

Mutación de calle.

Mari.

Casi toda la ciudad

he andado en un momento y no he podido

encontrar a D. Fernando.

Qué poca ventura tengo,

pues es vuestro, dueño mío.

Ya sea, ya sea gusto vuestro,

el que yo le busque, así

que le encuentre, mas ¿qué es esto?

¿No es éste? Sí, pues ahora

que estoy puesta en el empeño

os he de hablar, señor.

Aparte.

D. Fer.

¡Ya me abrasan sus luceros!

Mari.

Señor D. Fernando, a solas

hablaros un rato quiero.

Dem.

Yo me voy, pues quedáis solo,

y ella os busca. Preveníos

y ejecutad vuestro gusto

pues en el lance os aprieto.

D. Fer.

Bien decís. Vete, Martín.

Vase.

Mar.

Viles cisgos, que Lutero

parió, con mi amo, fue

un ermitaño del yermo.

Dem.

Quedaréme aquí invisible

para alentar sus deseos,

veamos cómo se escapa

este bobo de este riesgo.

Mari.

No novedad os cause

el ver que yo os busque, siendo

una mujer tan humilde

y vos tan gran caballero.

Como lo dice la sangre

con que ilustráis vuestro pecho,

mas pensabais que en los nobles

el mayor blasón, por cierto,

es ensalzar los humildes

que suelen ser de provecho,

decir, aunque mis voces

gocen de vuestro silencio,

días ha que he deseado

y me ha puesto de desvelos

hablaros en este caso.

Ya inquieto, quito todo el miedo

con el respeto que tal vez

estos humanos respetos

ocasionan en el mundo

quizá los mayores riesgos.

Yo, que de ser temerosa

o atenta, reconociendo

vuestra condición y que ella

os ha obligado en el pueblo

ay, atropellando cuantos

temores, ansias gimieron,

Pag. 43

Mari.

un tiempo tiré del cartón

a deciros mi resuelto

quizá del cielo guiada

como vida de mi celo

viendo de ver mi ruina

tan cerca el golpe sangriento

que para en vos el rayo

y a costa amenazando al menos

que miréis señor por vos.

Como decís atendiendo

a que no es bien que en un hombre

como vos galán, discreto,

noble, rico y poderoso,

en quien se juntar con tal, rieron

tantas partes que por ellas

pudierais ser en Toledo

el más querido de todos,

y no que estáis tan ajeno

de vos mismo que parece

según se ve en los efetos

que el entendimiento os falta

o que está el entendimiento

sino preso, suspendido,

sino suspendido, ciego.

Tenga vuestra condición

que no es triunfo más pequeño

señor en un poderoso

no ejercitar lo soberbio.

Para advertir, no basta

dais más lustre por aojaros

temer a todos, no; que antes

os dais menos lucimiento

por aquello que os parece

abrí, que es temor en ellos.

Como en sus pechos está

diga, muerto así, violento,

se va ensanchando en

odio, y va

como las hienas, ve-

neno

para en aborrecimiento

a pocos pasos

de qué león, de qué fiera

se acobarda, que haya hecho

con los de su misma especie

aunque racionales siendo

las cosas que vos hacéis,

ay cruel de quien no haya justo

en ejecución la ira

de vuestra saña vertiendo

contra todos más injurias

que tiene átomos el viento,

sin reservar al humilde,

cuando sirvierais por serlo

ayudarle en su miseria.

Pocos hay a lo que entiendo

que no se hallen ofendidos

de vos, solamente aquellos

que siguen vuestro dictamen

porque están como vos ciegos,

y porque os han menester

os hacen ese cortejo.

Qué mujer hay que no pierda

su opinión, sin más exceso

que el solicitarla vos.

Y ya que toco en esto,

es bien que de doña Leonor

tengáis sin honra, sabiendo

Pag. 44

Saca de la manga un crucifijo.

Mari.

y ambos, se lo habéis quitado

y que fuisteis instrumento

de la muerte de un ángel

¿no veis que su justicia el cielo

pidiendo está contra vos

y que ha de bajar del cielo

en su favor porque allá

es Dios el juez y es muy recto

pues ¿qué razón es que os tenga

el demonio tan sujeto

que no veis naciendo libre

de aquello mismo que es vuestro?

¿no veis que os tiene privado

de todo el conocimiento

para que os precipitéis

logrando el efecto feo?

¿a dónde están las potencias,

los sentidos, que se han hecho?

mas si os los tiene embargados

¿cómo podréis usar de ellos?

ea, señor, apartad

cuerdamente de esos tropiezos

no rinda la voluntad

a todo un entendimiento

y ya que esta potencia

que ilustra al alma y al cuerpo

porque vos usáis mal de ella

tenga algún impedimento;

¿no os valdréis de la memoria

considerando más cuerdo

que dura poco la vida

y que llega el fin tan presto

que apenas en la distancia

que hay de un extremo a otro extremo

determinarse no puede

si es ilusión o si es sueño?

pues si esto es así, señor,

y que todos somos hechos

de un barro tan quebradizo

que al primer movimiento

se deshace y que la vida

tiene fin y que esto es cierto,

¿por qué no teméis la muerte

y miráis que hay un infierno

para el malo como hay

una gloria para el bueno?

mirad que Dios es piadoso

y como manso cordero

por vos se puso en la cruz;

veisle aquí, roto su pecho,

esperando que lleguéis

y con los brazos abiertos

dando muestras de un amor

porque es sumamente inmenso;

¿no malogréis esta sangre

que por vos está vertiendo,

mirad su cuerpo llagado,

por cinco partes abierto

por la redención humana

y que todas son a un tiempo

cinco puertas del perdón

por donde todos podemos

Pag. 45

Mari.

entrar a pedirle siempre

sin que le niegue su afecto.

No os embarace el haberle

ofendido, que os prometo

que, si vuestras culpas fueran

más que estrellas tiene el cielo

y arenas el mar, si vos

arrepentido, pidiendo

misericordia llegáis,

es tan piadoso y tan bueno,

que os las ha de perdonar;

que son tales sus deseos,

que cuando perdona más

es cuando está más contento.

Mirad que os está llamando,

llegad, que os tiene suspenso,

¿no le perdonáis, Señor?

Que sí, dice. Yo lo creo,

porque es su misericordia

infinita como Él mismo.

Vase el Crucifijo de la manga

Línea tachada en el manuscrito.

Mari.

¡Ay, que se va retirando!

¿Os apartáis? ¡Qué crueldad!

Sin duda tenéis de acero

el corazón, pues mirad

que, al paso que le tenemos

misericordioso, afable,

que también es justiciero

y que sabrá castigaros.

Pues vos, cruel y protervo,

malográis tantos favores

con inhumanos desprecios,

id y temed su castigo,

que ya la espalda os ha vuelto.

Vuelve a guardar el Crucifijo

Demonio.

¿Que esto sufra y no la arroje

hasta el abismo mi aliento?

Amagar ofender a Ma.

Tifer.

¿Cómo, bárbara e inhumana,

ha venido a este desierto

para reprenderme, cuando

no se atreve, ni aun el cielo,

a embarazarme mis glorias,

pues solo en eso las tengo?

¡Vive Dios, que entre mis manos

la deshaga! Mas, ¿qué es esto?

Yo me irrito contra quien

adorando estoy, que presto

me descompasa la ira,

sin mirar que a quien ofendo

es el dueño de mi vida.

Vuelva, amor, estos desprecios

en caricias, en abrazos,

en ternezas y en requiebros.

Mi...

Dice el Demonio a él

Demonio.

Por eso, mi ídolo,

has de lograr tu deseo.

Tifer.

Bien, yo sí...

Demonio.

No hay que temer,

tuyo será el vencimiento.

Tifer.

No, que yo...

Demonio.

Rabio de enojo.

Tifer.

Pronunciar...

Demonio.

¡Pues, al infierno!

María.

¡Misericordia, Señor!

Demonio.

Encantos son que ha hecho.

Tifer.

¡Muera! ¡Mi vida se acaba!

Pag. 46

Vase retirando como asombrado.

Vase.

Tifer.

Todo me abraso y me yelo

viendo que de tu vista,

basilisco que me asombra,

si esto pueden tus palabras

qué harán tus obras.

Dem.

Reniego

de mí y del cielo, pues siempre

contra mí esgrime el acero.

Mari.

Seráfico padre mío,

pues de Dios tenéis el sello,

pedilde que este alma tenga

el verdadero arrepentimiento.

Embiste con ella y ásela.

Dem.

Que se oponga una mujer

contra mí, de ira reviento,

fiera enemiga a mis manos

has de morir.

Mari.

Favor, cielos.

Dem.

Llama a ese Francisco

que tanto puede, y veremos

si de mis manos te libra.

Baja San Francisco en una tramoya.

Mari.

Serafín padre.

San Fran.

Ya vengo

a socorrerte, Mariana,

ven conmigo y tú, soberbio

y indomable dragón, huye,

que si te abate, es tormento

el no te conocer

por tu soberbia.

Dem.

No puedo

arrepentirme,

San Fran.

que si es verdad,

más puedes sentir.

Dem.

Ya siento

el ver que tú por humilde

ganaste lo que yo pierdo.

San Fran.

Siente, que mientras más sientas

será mayor tu tormento.

Ven a mis brazos, Mariana.

Mari.

Mi luz, mi padre y maestro.

San Fran.

En ellos os doy el alma,

y a Dios, que dará el premio

de lo que por él padeces,

y no tengas sentimiento

de ver que Fernán haya

despreciado tus consejos,

que él te buscará algún día.

Mari.

Yo fío en Dios que ha de hacerlo.

Súbense los dos por la misma tramoya.

San Fran.

Ven y verás lo que gozan

los que a Dios servir supieron.

Vase.

Dem.

Y yo veré si me acaban

iras, ansias y despechos,

aunque para mí no hay muerte,

que es mi mayor sentimiento.

Fin de la segunda jornada.

Jornada tercera

Pag. 47

Línea tachada e ilegible.

Pag. 48

Salen por lo alto de un risco Escarola y Luisón, cada uno por su parte, y van bajando como van diciendo estos versos.

Mutación de peñascos

Esca.

Peñascos de la Bastida,

Lui.

ecos de este sitio ameno,

Esca.

que siempre estáis al sereno,

Lui.

que me tenéis siempre asida,

En el margen izquierdo dice "No se imprima", y los versos desde "guiadme donde more" hasta "de cacao una sotana" están tachados.

Esca.

guiadme donde more

a visitar la ermitaña

que es lo que el gusto me arroba.

Lui.

Dijéronme si encontrara

a Escarola el matalón

pues él quiere sus cosquillas,

Esca.

que ella entiende mis pandillas,

Lui.

que él sabe mi complexión.

Esca.

Aunque me cueste después,

si el padre visitador

llega a conocer la flor,

darle una felpa de envés.

Lui.

Aunque después, si mañana

me coge en esta ratonera,

le dé desta carnicera

de cacao una sotana.

Esca.

Que como a mi cargo está

el buscar por estos yermos

yerbas para los enfermos,

la madre que sabe ya

que por estar en sus lindes

las más tardes me he de hallar...

Pag. 49

Lui.

aparta la tentación

del demonio, que anda listo

para hacerla tropezar;

mas ella le hace rabiar,

porque se agarra de un Cristo,

y con él la noche entera

se suele estar sin dormir.

Esca.

¿Y ella no ha de asistir,

hermana?

Lui.

Yo bien quisiera,

mas el sueño es mi enemigo,

y me acomete sin miedo,

con que en la cama me quedo.

Esca.

Júntese, hermana, conmigo,

porque muy mal me acomodo

también en la penitencia.

Lui.

¿Luego no guarda abstinencia?

Esca.

No, porque como de todo.

Lui.

Pues yo ayuno de contino,

que así la hermana lo ordena.

Saca qué comer y una bota.

Esca.

Cierto que me causa pena,

pero mi amor le previno

recaudo en esta alforjilla,

para que su hambre cese;

tome, hermana, coma queso,

con esta pelotilla.

Lui.

¿Qué me da?

Esca.

Para empezar,

tome estas sardinillas.

Lui.

¿Son asadas?

Esca.

Y en parrillas.

Pag. 50

Luis.

Buenas son para ensartar

estas con el olor solamente.

Esco.

Seguro de echar media anega.

Luis.

Y el licor sabe a la pez.

Esco.

Esta no, porque es a buena gente.

Luis.

Pues supuesto que ha de ser,

entre aquellas peñas vamos.

Esco.

Dices muy bien que allí estamos

donde no nos puedan ver.

Apártanse los dos entre unas peñas que ha de haber y sale el Demonio por otra parte.

Dem.

A derramar el veneno

que dentro del pecho mío

engendra la envidia siendo

testigo yo de mí mismo,

vengo, para que estemos,

que sin tener más abrigo

ni más fuerza que un sayal,

una cuerda y un silicio,

no blasome de que puede

poner freno a mis designios;

que tenga una mujer fuerza

para sufrir el esquivo

rigor de una penitencia

tan continua sin que el brío

ni el valor se desfallezca

negándose a lo preciso

para alimentar la vida

y que no se haya rendido

al frío, a la escarcha, al yelo.

Luis.

¡Oh cuál pica el arenquillo!

Esco.

Pues con esta carabina

Dem.

le quitará el romadizo.

Confuso estoy y perplejo,

mas yo haré que este edificio

se arruine apriesa en el suelo;

puesto que para rendirlo

del cielo me dio licencia,

aunque si mi vida ha sido

pues para que la atormente

solo me ha dado permiso,

a pesar de tanta piedad.

Esco.

¿Quién habla entre estos tomillos?

Luis.

Algún lagarto será,

que los hay como borricos.

Esco.

¡Pesar de quien me parió!

¡Y que tengo miedo a un mosquito!

Mira que haré a los lagartos

y más si son como has dicho.

Dem.

Yo de la cueva en que asiste

al cotidiano ejercicio

de la oración sale, al burla

me asombro y me atemorizo.

Sale la Hermana Mariana.

Mari.

Señor, Fernando se muere

que su enfermedad lo ha dicho,

y le habéis de dar salud,

hacedlo porque os lo pido.

No reparéis en que os tiene

disgustado y ofendido,

que él conocerá su error

y volverá arrepentido

a pedir misericordia.

Ya no hay que resistirlo

ni que negarlo, Señor.

Pag. 51

Luis.

porque si os hallo remiso

me valdré de vuestra madre.

Luis.

Pues consuelo de afligidos,

¿hay quien ha sido tal mona?

Escarda.

Pues yo estoy hecho un ovillo.

Luis.

Que fúndaseme que viene.

Demonio.

A estos quiero descubrirlos,

porque se irrite con ellos.

Luis.

Cúbrame, hermano gordito,

que si me ve, soy perdido.

Andan ellos metiéndose uno detrás de otro, y velos Mariana.

Escarda.

Ella puede hacer lo mismo,

porque también yo lo soy.

Mariana.

¿Quién está aquí? Mas, ¿qué miro?

¿Hermano Luis, a Escarda?

Los dos con tanto retiro,

¿qué hay con la hermana?

Escarda.

Nada.

En el margen izquierdo aparece el texto tachado "no se imprima".

Mariana.

¡Jesús, qué descompostura!

¡Salgan acá!

Escarda.

Ya salimos.

Andan escondiendo las alforjas.

Mariana.

¿Qué es eso? Pues, ¿con qué hay?

Escarda.

¿Qué ha de ser, hermana? Un pisto

que llevo para un enfermo.

Mariana.

¿De dónde?

Escarda.

Del ventorrillo,

adelante de la Sisla,

por no decir de Burguillos.

Mariana.

Veámosle.

Escarda.

Pues ha de verle,

porque no vaya en vacío,

échese esta sardinilla

y diga que se lo dijo

un tonto.

Mariana.

¿Qué dice, hermano?

¡Ay, tan gran desatino!

Escarda.

Pues la que es andaliza,

si ella no quiere, yo envido.

En el margen derecho hay escrito "vele".

Mariana.

O lo que puede, lógrele

en el mayor delito.

¿Comete, pues no le basta

tener él ese mal vicio,

sino que a la hermana quiere,

propio de algún buen perdido,

hacer cómplice en la culpa?

Escarda.

Mire, hermana, San Francisco,

mi padre, como sabemos,

siempre fue caritativo

con el prójimo, y así

en la caridad le imito.

Estaba la hermana hambrienta,

y yo, que ando prevenido

con algunas sabandijas

que matan el gusanillo,

se lo envié por ayuda.

Mariana.

Vaya, que algún diablillo

creo que le mortifica.

Escarda.

Eso es soplar, vive Cristo.

Mariana.

Vaya, váyase a su celda

y tenga, hermano, entendido,

que es el malo el que le tienta.

Escarda.

Soy mortal, ya yo lo digo.

Pídale, hermana, al Señor

que me aparte de estos diablillos.

Pag. 52

Mari.

¡Y loaré! Vaya con Dios.

Dem.

No harás poco, y lo fío,

en pedir por ti no más.

Vase.

Esco.

A Dios, Luisa, hasta el domingo.

Lui.

Adiós, Escalota.

Mari.

Hermana,

¿es posible que consigo

sea tan cruel que quiera

por lograr un apetito

ofender a su Creador?

¿No sabe que le he pedido

con lágrimas muchas veces

que se aparte del peligro,

porque sus mismas pasiones

la llevan al precipicio?

¿Que haya quien quiera perderse

por no seguir el camino

de la virtud, y que tenga

tan turbados los sentidos

que quiera quitarle al alma

por darle un beneficio

tan corto al cuerpo, una gloria

que durará eternos siglos?

En fin, ya que no le ablandan

mis ruegos ni mis avisos,

en el mortificarla quiero,

como si yo hubiera sido

quien la culpa cometió,

llevar por ella el castigo;

y así, en penitencia, hermana,

la mando y la notifico

que sobre mi boca ponga

sus pies, y sin resistirlo,

desde la planta al cabello

me pise, que ya me humillo

para que Dios la perdone.

Échase la hermana Mariana en el suelo para que la pise.

Dem.

¡Ay mudo, más exquisito

sea traer a la virtud!

Lui.

Por Dios, hermana, la pido

que no me mande tal cosa.

Mari.

Esto, hermana, le suplico,

y no me he de levantar

hasta que haga el sacrificio.

Dem.

De la obediencia

se lo mando.

Acábase de echar y pone Luisa el pie en la boca.

Lui.

No replico,

pero no es mi voluntad,

de que a Dios hago testigo.

Llega el demonio y ponele el pie.

Dem.

Yo le ayudaré también,

y le será el peso mío

tan molesto, que sé al cuerpo

hacer halar y artificios

con que su carne atormento.

Mari.

De tierra fue mi principio

y a tierra me he de volver,

y así a ser tierra me aplico

para que más, ¡ay de mí!,

que merezco.

Pag. 53

Demonio.

Basilisco,

no has de respirar siquiera.

Mariana.

¡Ay de mí!, ¿pues es lo que miro?

Casi difunta ha quedado,

su rostro es cárdeno lirio.

¿Qué haré? Que la hermana muere

sin hallarse en este distrito

quien me ayude a socorrerla.

Vase.

Demonio.

Vete tú, que yo la asisto.

Mariana.

Virgen María, ayudadme.

Salen por una parte el tablón de la Virgen y por otra el Niño Jesús.

Virgen.

Mariana, ya estoy contigo.

Jesús.

Y yo también, que a quien llama

a mí y a mi Madre en sus conflictos,

también yo la favorezco.

Mariana.

Tal dicha, ¿quién la ha tenido?

Demonio.

Y tal rabia, ¿quién la tiene

sino es yo, que estoy proscrito?

Vase.

Mariana.

Emperatriz soberana,

Madre del Verbo Divino,

Rey de los cielos y tierra,

dueño del empíreo y rico.

¿Cómo podré yo alabaros,

que hallara un nuevo estilo

de alabanzas, porque en ellas

diera mi amor el principio?

Pero ya veis mi rudeza,

que el entendimiento mío

no es capaz de obra tan grande.

Jesús.

Y porque ya yo he conocido

tu afecto, muy presto estoy,

y gozarás mis cariños

muy presto y con más descanso.

Mariana.

Saber, os sacrifico

el alma por tal favor.

Jesús.

La salud que has pedido

de Fernanda, está otorgada,

él estaba reducido;

y así irás luego y camina

a la casa de Fiallo,

que allí la irás a buscar,

y verás allí cumplidos

tus deseos.

Mariana.

Gran Señor,

no es mucho el andar continuo

con las criaturas vuestras;

sois Dios y son vuestros hijos.

Jesús.

A tus lágrimas y ruegos,

de ellas estoy agradecido.

Virgen.

Ven a la ermita, Mariana.

Mariana.

Dejadme, que los indignos

labios estampando vaya,

pues tantas honras recibo

adonde ponéis los pies.

Jesús.

Sube a mis brazos.

Virgen.

Y a los míos,

también te aguardan, Mariana.

Mariana.

¡Qué favor tan excesivo!

Jesús.

Esto hago a quien me sabe

servir como tú, en el siglo.

Vanse, y levanta, en medio caídos los brazos, extendiéndolos, y dice asuillo Lectura dudosa de "asuillo".

Figueroa.

¿Adónde fue la hermana?

Ay, aquí quedo yo, que a mí

casi difunta, según,

no dio el último suspiro.

Pag. 54

Fray Diego.

Porque aquí no se descubre.

Fray Juan.

Pues en este mismo sitio,

porque lo dejé un instante.

Fray Diego.

Todo en ella son prodigios.

Fray Juan.

Y en mi padre todo es miedo.

Fray Diego.

¡Oh, cómo son infinitos

vuestros secretos, Señor!

¿Quién podrá sino vos mismo

ser de ellos el examen?

Que aunque por lo que he visto

cuán grande es vuestro poder,

sin embargo suspendido

me tiene el ver lo que obráis,

sin que en nada andéis remiso.

Con esta sierva vuestra,

por ella templáis los esquivos

de vuestro rigor; por ella

de vuestras espadas los filos

se embotan y que de ver

de que yo soy buen testigo,

por su intercesión habéis

perdonado mil delitos

que hubierais ya castigado

si no fuerais compasivo,

propio de vuestra grandeza;

y en fin, hermano, el motivo

de este accidente, ¿qué fue?

Fray Juan.

No sé cómo decirlo, padre,

aunque yo fui la causa,

ella fue la que lo quiso.

Fray Diego.

¿Cómo?

Fray Juan.

Porque nuestra hermana

tiene notables caprichos,

y sobre mortificarse

se ansía con Jesucristo;

dio en que había de pisarla

en la boca, yo se lo resisto,

y viendo que me excusaba

me lo mandó por precepto;

obedecíla, y bien sabe

Dios que es verdad lo que digo,

que adonde yo puse el pie

no matara yo un mosquito.

Fray Diego.

Conózcala ya, hermana,

que aquí ni más reposo es con Dios;

Dios abra el cuidado de ella,

que a veces el demonio anda listo,

y son todas trazas suyas,

no le valdrán sus arbitrios.

Fray Juan.

Él no lo quiso rogar.

Sale la hermana Mariana.

Mariana.

El padre fray Juan Cubillo

viene a buscarme a la ermita

porque Leonor le ha pedido

me diga cómo desea

asegurar el camino

de la salvación tomando

de mi padre San Francisco

el hábito donde está,

y como el gasto es preciso

y su caudal es tan corto,

el medio que anhela solo

ya Dios le tiene dispuesto.

Fray Juan.

¡Ay, padre, albricias, que he visto

allí a la hermana Mariana muy buena!

Mariana.

A mí en el abismo

ate el alma del demonio.

Pag. 55

Luzbel.

que la trajo este Rotillo,

de mi avisar sus dos pies,

y mire que no le pise

los zapatos, que ya sé

que no los trae.

Mariana.

Preciso,

váyase, hermano, a la ermita.

Vase.

Luzbel.

Ya me voy, mas un poquito

de miedo llevo, no sea

que el diablo que está mohíno

quiera que pague yo

el daño que ella trajo.

Figura.

Hermana, a dos cosas vengo:

este pliego he recibido

hoy del marqués de Villena,

y después de darme aviso

de cómo a Toledo viene

a verla solo, muy fino,

me pide muy muchas veces,

mostrándose agradecido,

que de su parte le dé

las gracias del beneficio

que por su intercesión goza.

Mariana.

Esas gracias, padre mío,

a Dios se las ha de dar

su excelencia, pues le fijo

que a mí no me deben nada,

y así yo no las admito.

Figura.

Esquiva es, hermana.

Mariana.

Fúndese, y en Dios fío

que muy presto sus deseos

conocer ha de ver cumplidos.

Figura.

Pues, ¿cómo, hermana, constale,

o quién logra el haber dicho,

sino a un instante que acaso

le trato de amor conmigo?

Mariana.

El que lo dio pone todo,

el que nos da los auxilios

en nuestras dificultades

y el que da más que pedimos

porque es su piedad inmensa

y el dar tiene por oficio;

y así pongamos en Dios,

que es el que sabe cumplirlo,

toda nuestra confianza;

y en esto tenga entendido,

padre, que ha de ver muy presto

el remedio, como digo.

Figura.

Y del alma con esa nueva,

las muestras del regocijo.

Mariana.

Sí, padre, yo se lo ofrezco.

Aparte.

Figura.

Cada vez en ella admiro

más perfección, aunque ya

no es este el primer indicio.

Mariana.

Esto dilación no tiene,

y así, padre, le suplico

se vuelva a su celda en tanto

que yo voy intercediendo

a la Reina de los cielos;

porque ya, padre, Casilda

no volverá a ver su ermita

sin ver...

Figura.

¿Qué es lo que he oído?

Mariana.

Así mi esposo lo ordena,

a quien ya se le ha visto

en sus amorosos brazos.

Pag. 56

Figueroa.

El alma me ha enternecido

y qué mujer tan misteriosa

cuánto me alegra me aflijo

al ver que su compañía

es depender qué martirio

María.

A Dios por esto después

Figueroa.

de su vista me retiro

con más pena que consuelo

cuando su ausencia imagino.

Vase.

María.

Divina aurora que del sol vestida

al mismo sol servisteis de morada

rosa de Jericó puerta cerrada

y puerta que nos dio paso a la vida

paraíso de Dios que está florida

azucena de todos celebrada

lirio entre espinas zarza coronada

reina del cielo y cielo en tierra vestida

ya no volveré más a vuestra ermita

porque mi esposo a quien el alma adora

como sabéis me llama y solicita

y pues lo que por vos gano señora

una gloria que para en infinita

gracias por ello os doy divina aurora.

Vase y sale el demonio por otro lado.

Demonio.

Adónde está mi pasión

adónde está mi coraje

dónde mi ciencia se esconde

que no me asiste mi valle

qué es esto que por mí pasa

soy yo aquel que en retretes

llamas vomitando estoy

ejércitos de volcanes

soy yo aquel a quien el mundo

aclama por formidable

monstruo de siete cabezas

vertiendo por siete grifos

más venenos que respira

intoxicase de mil linces

pues cómo sufro esta injuria

cómo consiento este ultraje

y contra el cielo no arrojo

desde el infierno volcanes

que yo pierda le consentiré

por lo menos que turbasen

yo rendido yo rendido

de una mujer probarle

para gloria suya el ver

que por sí sola se escape

sino que también se lleve

un hombre en quien tan bizarra

fui yo y que a mi pesar

en su corazón lograse

con tanta fuerza que ya

el que fue duro diamante

se abrase a sus instancias

de sus continuos desvelos

y tan trocado le tengo

que por más escusarle

hoy en caso de alarde

viene a asentar y pagase

tanto número de ofensas

qué quiere de mí este fraile

siendo un prodigioso rayo

con susto de mil sayales

pues ya que en él no me rindo

vengar tengo de vengarme

en su deshonor pagará

el desdén humillidades

e de hacer que ríamos con

los que sigan su estandarte

Pag. 57

Demonio.

que cuando estoy ofendido

ninguno ha de reservarse.

Sale Escarola.

Escarola.

Cogiónos en el garlito

Mariano, y si esto sabe

el prelado, ¿qué será?

Sobre la escarola vinagre,

y para mí no es muy bueno,

porque sobre mis achaques

echar caldo es querer

que yo me cague la sangre.

Ellos den en que yo ayune,

pero es bravo disparate,

pues para mis tripas tengan

alivio en irme delante.

¿Entré en la orden acaso

yo para desordenarme

y no comer más sequillo

que la regla me guardase?

No quiero saber de regla,

cuando yo para arreglarme

es menester que ande siempre

la provisión delante.

Yo no tengo de ser santo

que no hay en mi linaje

ni el hábito, y si lo soy,

dirán que salí de madre,

el demonio me lleve.

Llegase a él.

Demonio.

Eso, y cuanto me mandares,

te daré como tú quieras

ser su amigo.

Escarola.

Amigo, oye.

¿Quién habla aquí? Nadie veo.

Este diablo por el aire

debe de andar. Vive Cristo,

que el sagrado no me vale,

pero valdráme la cuerda

del hermano fray Diego.

Quítase la cuerda y tira al aire.

Enviste con él y dale.

Demonio.

¡Ah, traidor!

Escarola.

¡Ay, que me matan!

Demonio.

¿Tan valiente quieres, infame,

oponerte a mí? Yo haré

que entre mis manos acabes.

Escarola.

¡Ay, que Fray Diego, socorro!

Que me aprietan los gaznates.

Sale fray Diego.

Fray Diego.

¿Qué es esto, hermano Escarola,

de qué da voces?

Escarola.

¡Ay, Dios!

El demonio anda conmigo.

Fray Diego.

Mírele,

quedo, y calle,

¿quier estar loco?

Demonio.

No lo está.

Fray Diego.

Aquí no se ve que hay nadie.

Escarola.

Pues yo le vi, voto a Cristo,

y era mayor que un gigante.

Fray Diego.

Jesús, mil veces, qué dice.

Escarola.

Mire, por no me enfade,

porque estoy hecho un hereje.

Fray Diego.

Póngase la cuerda que hay

con ella en la mano.

Escarola.

Que

aun no lo echo a echar de allí.

Vuelve a tirar al aire.

Fray Diego.

¡Ay, tan gran desvergüenza!

Repórtese.

Escarola.

¿Reportarme?

No lo haré aunque me lo pida

todo el convento del Carmen.

Diablitos conmigo, cómo.

Fray Diego.

Ha dado en no templarse

y en hacer dos mil excesos.

Escarola.

Yo me estaba como inmoble

y por detrás me envistió

el traidor, como cobarde.

Demonio.

Yo te haré que me conozcas.

Sale Mariano.

Pag. 58

Mariana.

ya para poder gozarle

falta poco dueño mío

o si hora llegase

que ya el alma lo desea

porque estoy en esta cárcel

como violenta sabiendo

que paso a hacer el viaje

que de favores merecéis

y el mayor es de los grandes

este que presente tengo

pues me habéis cumplido antes

de morir aquel deseo

que tuve de que se salve

este alma que el demonio

había puesto en tal pasaje

sola otra merced me queda

que pediros, no se canse

Señor vuestra majestad

de que tanto le embarace

con las peticiones mías

que sé que han de decretarse

y por eso sois cansado

y pues queréis apartarme

desta miserable vida

porque mi pena se aplaque

a mi Ilda os encomiendo

a Sisbeldo como padre

pues a vos os la entrego

vuestra gracia no le falte

Demonio.

que quiera el cielo que sea

testigo aquí de mi ultraje

y que no pueda tomar

venganza de este áspid

María.

ay hermana

Escalante.

madre mía

no hubiera venido antes

que yo le juro al dinero

si aguardara vuestros viajes

Pag. 59

Fernando.

para pedirte perdón

de las ofensas y ultrajes

que de mal he sido derecho

cuando debiera pagarte

con el alma los consejos

que me daban tus piedades,

humilde a tus pies te pido,

y pues con Dios tanto vales,

pídele que me perdone,

que pues su clemencia es grande,

no dudo que con tus ruegos

mis culpas perdón alcancen.

Ya confieso mis delitos,

ya conozco que ignorante

atropellaba con todo

por seguir mi mal dictamen.

Ciego he vivido en el mundo,

y cuando por mis maldades

debiera estar condenado

justamente a eterna cárcel,

la piedad ahora ha sido

tanta, que ha querido darme

lugar a que reconozca

su grandeza y tus bondades.

Ya el corazón por los ojos

envuelto en lágrimas sale,

pidiendo misericordia;

y pues no la niega a nadie,

seguro, clemencia infinita,

de aquí no he de levantarme

hasta que mi petición

sea admitida y se despache.

¡Piedad, Señor soberano!

Mariana.

Ea, mi Dios, ea, Señor,

¿qué tiempo, de que se vea

de vuestro amor lo grande?

Vos queréis del pecador,

más de que os busque y que os llame

arrepentido y contrito.

Pues ya le tenéis delante,

estas lágrimas que vierte

han de ser aquí bastantes

para obligaros, y vos

no queréis otras señales.

Y ahora, con todo, dice:

mirad que está vuestra sangre

dando voces, porque fue

el precio de su rescate,

y no se ha de malograr

sangre que vos derramasteis,

con tantas ansias, Señor,

para haber de rescatarle.

Ya os pide el perdón humilde,

y no es posible que falte

vuestra palabra, pues vos

así me lo asegurasteis.

¡Misericordia, Señor!

Según parece, que el cielo se abre.

Baja un ángel por una tramoya en que ha de subir Mariana luego. - Chirimías

Ángel.

Fernando, Dios te perdona,

porque han podido obligarle

de Mariana de Jesús

los ruegos; que el querer vale

de los amigos de Dios.

Con ellos entró a la parte,

y así, levanta y advierte

que es su voluntad que acabes

en la casa de Fernando.

Pag. 60

Ángel.

y pues en este trance

muero ya en vuestras manos

divinas como admirables

el espíritu encomiendo.

Ángel.

Ya te reciben y amparan

las celestes jerarquías

con el triunfo a coronarte.

(chirimías)

Van subiendo en la tramoya la Hermana de rodillas y cantan el Te Deum las demás.

Demonio.

Qué pena, y ha temido el cielo,

aquí para que me abrase,

en mi cólera el abismo

me desespere y me trague.

Húndese.

Padre Fray Juan.

Gran prodigio.

Sor Fernanda.

Gran portento.

Esca.

Jesús y el Padre Francisco

me valga en este conflicto.

Mart.

Qué es esto que viendo estoy.

Esca.

No le dije yo bien, que

que el diablo andaba hecho brujo.

Padre Fray Juan.

Dios como es incontrastable

su inmensa sabiduría

obra y sabe lo que hace.

Esca.

Ya la Hermana se fue al cielo

y no habrá más tempestades.

Sor Fernanda.

Padre Fray Juan, luego al punto

vuestra Paternidad trate

de tomar esto a su cargo

y de mi hacienda se saque

la mitad para Leonor

y pida la semejante.

Pag. 61

Sor Fernanda.

me perdone y que le ruegue

a Dios por mí y lo restante

pagando las deudas mías

se gaste en los hospitales

con los pobres, pues es suyo

que a mí me queda bastante

con el sayal de Francisco

el cual, para remediarme,

humilde a sus pies le pido.

Fray Juan.

¿Quién ha de poder negarle,

si es la voluntad de Dios?

Ea, del suelo levante,

sus lágrimas me enternecen.

Esca.

¿Y él también nos ha de ser fraile

como su amo, hermanito?

Mart.

Sí.

Esca.

Pues requiescat in pace.

Sale Luisa.

Luisa.

¿Dónde hallaré yo a mi hermana?

Porque desde que ayer tarde

me dejó no estoy en mí,

y conocí en su semblante

que andaba ya por los hilos.

Esca.

¿Qué hay, hermana? ¿Viene a darle

a Mariana algún aviso?

Pues búsquela en otra parte,

porque ya no vive aquí.

Luisa.

Padre.

Esca.

Que no le hable

si acaso la viere, porque

no le haga algunos visajes.

Luisa.

¿Qué? ¿Ha muerto?

Esca.

No sé si ha muerto,

que no veo más que guadañas.

Cen para gan...

Tocan dentro.

Fray Juan.

¿Qué es esto?

Esca.

Una de gatos, por Dios,

y otras dos mil sabandijas

que aullando están.

Fray Juan.

Y el que sale

es el marqués de Villena.

Salen el marqués y acompañamiento.

Marqués.

No fuera justo apearme

en mi casa, antes de ver

a Mariana, pues me trae

solamente este deseo.

Mutación de la calle.

Fray Juan.

Pues ya, señor, viene tarde

Vuestra Excelencia para verla

viva.

Marqués.

¿Cómo?

Fray Juan.

En un instante

que dio su espíritu a Dios,

y a la patria pasa a dar...

Marqués.

Mucho siento hallarla muerta,

cuando juzgué que la hallase

mi atención y mi deseo

viva para consolarme

con su vista y sus palabras,

pero, pues mi suerte nace

tan corta, ya que he venido

a Toledo, os pido...

Fray Juan.

Que me hagáis relación

de su vida, que admirable

me dicen todos que ha sido.

Esca.

Aquí tenemos romance.

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Marqués.

pues como quien lo ha asistido

podrá de todo informarme

Fray Guillermo.

Atiéndame vuestra excelencia.

En la villa de Escalona

desta ciudad ocho leguas

tan ilustre por ser grande

como por ser corte vuestra,

nació la hermana Mariana

de Jesús, cuyas proezas,

su vida ejemplar nos dice

que no hay mayor preeminencia

que la virtud, cuando pasa

tan segura su carrera.

De honrados padres nació

y aunque de su nobleza

ninguno dudarlo puede

porque cuando no tuviera

lo que heredó de sus padres,

bastaba lo que ella misma

adquirió por sus virtudes.

Como sus obras lo muestran

pues no hay donde se conozca

más bien la sangre si es buena

que en el obrar, y supuesto

que las suyas lo confiesan,

quien duda que pruebas dio

bastantes a su limpieza.

Salió a ver la luz del mundo

y desde la hora primera

que entró en él los que la vieron

reconocieron en ella

quien había de ser lo que ha sido,

pero qué mucho, si a fuerza

de oraciones y de ruegos,

de lágrimas y promesas,

se la dio el cielo a sus padres

que trae otras reverendas

diferentes el que viene

llamado desde la tierra,

para que se le conozca

que Dios siempre que le ruegan

da mucho, porque con eso

ostenta más su grandeza.

Creció y crecieron a un tiempo

sus perfecciones tan hechas

a su natural, que nunca

se conoció diferencia.

Porque fue su honestidad

su recato, su modestia

su virtud, su entendimiento,

su humildad y su prudencia

tan parecidas en todo

y con igualdad tan mucha

que desmentir no pudieron

de lo humano las sospechas.

Obedeciendo a sus padres

casó una vez, pero advierta

no tuvo más voluntad

que ver que el cielo lo ordena.

Tres semanas no cabales

vivió su esposo, el cual deja

Pag. 63

Fray Guillermo.

a Mariana encinta, con que,

cumplido el tiempo, presenta

al mundo por fiel consorcio

una tan hermosa prenda,

que, ya que al sol no se oponga,

compite con las estrellas.

La cual entra con afición

franciscana, y está profesa,

siendo ejemplo de virtudes

como lo es de penitencia.

Determinaron casarla

otra vez, y, como era

contra su gusto este estado,

ella se puso en defensa;

pero aprovechóla poco,

porque, entrando la Marquesa,

mi señora y vuestra madre,

como desde muy pequeña

la tuvo en su compañía,

obligóla la obediencia

y el respeto, que tal vez,

aunque el gusto se violenta,

como hay fuerza que se opone,

hizo la razón flaqueza,

con que llegó a desposarse;

pero al que dueño se piensa

ya de esa belleza, el cielo

permitió que no pudiera

ejecutar su deseo;

pues de improviso le cercan

las escuadras de la muerte,

y, de modo la atropellan,

que a breve rato aquel fuego

se le convirtió en pavesas.

Quedó Mariana confusa

del caso; y no le pesará

a Vuestra Excelencia,

que en mí ha sido inadvertencia

el haberle referido

hasta aquí lo que en su misma

casa pasó y lo que sabe,

que antes ha sido discreta

prevención para que todos

los que me escuchan atiendan

a los prodigios de Dios,

cuán grandes son, y que sepan

por los caminos tan raros

que fue llamando a su sierva.

En fin, Mariana confusa

quedó, como he dicho, y cierta

en que Dios no la quería

sino es para sí; y, apenas

fue nueva viuda, sintiendo

una y otra boda, deja

su madre, patria y sus deudos,

vino a Toledo, y resuelta

en dejar del todo el mundo

y entregarse a la aspereza,

conociendo que la vida

es una encendida vela

que el menor soplo la apaga,

y así, aseguró la eterna.

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Fray Guillermo.

eligiendo para el caso

la sagrada orden Tercera

de mi padre San Francisco

tomó el hábito y en ella

dio las primeras pisadas

cuando su fervor la alienta

de modo que aunque el demonio

empezó a hacer dura guerra

no temió sus amenazas

antes con valor se muestra

y en los encuentros se rinde

cuando él juzgaba vencerla

pues cargándose de yerro

su cuerpo sin dejar brecha

en el muro que no cubra

de cilicios y cadenas

aunque el enemigo usaba

de ardides y estratagemas

para llevarse la plaza

nunca le rindió la fuerza

Ocupose algunos años

en el regalo y limpieza

de los pobres sin dejar

hospital que no anduviera

donde en su piedad hallaba

el enfermo a su asistencia

sino la salud, alivio

y aun muchos decir pudieran

que llegaron a alcanzarla

por sus oraciones, dellos

qué pobres no socorría

no hubo ninguno que fuera

mal despachado, con todos

gastó liberal su hacienda

a quien no vio sin consuelo

pues hubo vez que a su puerta

se llegó un pobre a pedir

descalzo de pie y de pierna

y fue tan grande el dolor

de verle desnudo y pasar

por el erizado enero

que caritativa y tierna

le dio su mismo calzado

y el sayo también le diera

según su deseo, a no

estorbarlo la decencia

qué mujer se vio sin honra

no socorrió en su miseria

y cuántas doncellas pobres

con su ayuda fueron puestas

en estado, cuántos hombres

de vida estragada y fiera

que escucharon sus consejos

siguieron luego la senda

de la virtud, que hallándose

lo que por su negligencia

a perder llegado habían

y cuántos su muerte lloraron

Pag. 65

Fray Guillermo.

a no haber, por sus avisos,

puesto a su obstinación rienda,

qué vicios no se arruinaron

antes que ellos ruina fueran

de los que en ellos vivían;

por su intercesión, qué afrentas

no se puso a padecer

solo por quitar ofensas

que a Dios los hombres hacían,

siempre hallándose tan llena

de éxtasis y favores divinos,

que tengo por cosa cierta

que Dios con ella se andaba

apostando en las finezas,

viéndose pues obligada

de la suma omnipotencia,

y que finezas tan grandes

piden grande recompensa;

determinó de gastar

todo el tiempo que le queda

de vida solo con Dios,

tomando por nueva empresa

la ermita de la Bastida,

pareciéndole ser esta

habitación más segura

para lo que hacer intenta;

pasose pues a la ermita,

y entrándose en una cueva

o gruta que dentro tiene,

que por lo angosto y estrecha,

tumba parece sepulcro,

mostrando al entrar en ella

o que se enterraba viva,

o que se juzgaba muerta;

allí, en aquella espelunca,

fue su continua experiencia,

allí fueron sus martirios,

allí su carne atormenta,

allí fueron sus angustias,

allí con su sangre riega

el suelo y allí destila,

y llovía por sus venas,

entre arroyos de corales,

todo un diluvio de perlas.

Y a vista de un crucifijo,

cuya escultura se muestra

tan espantosa a la vista,

cuanto se enternece al verla,

su corazón exhalaba

por los ojos mil ternezas;

que cuando están en un alma

unidas las tres potencias,

lo que parece difícil

con facilidad concierta.

En estos ejercicios

sin que un punto se perdiera,

lo más del día gastaba;

y siguiendo su tarea,

de noche de allí salía,

y por entre aquellas breñas,

con una cruz muy pesada

Pag. 66

Fray Guillermo.

desta suerte resistía

de los yelos la inclemencia

sin más reparo, y estando

algunas veces enferma,

no era posible apartarla

de allí, por más que otras siervas

del Señor que la asistían

la rogaban que lo hiciera.

Una cruz siempre trajo

toda de puntas cubierta,

siempre arrimada a su pecho

solo para que la hiriera

cada vez que la abrazaban

amigas y compañeras

que a visitarla venían,

y todas estas cautelas

que para mortificarse

hizo, a ver, eran saetas

que al demonio atravesaban,

porque con tanta violencia

cada instante la embestía,

que, a no estar tan bien dispuesta,

juzgo que se le llevara.

Y así Dios, que es el que premia

los trabajos, las fatigas

que en este mundo se llevan

con paciencia en su servicio,

la llamó, porque tuviera

en pago de sus trabajos

una gloria que es eterna.

Esta santa a su niñez

Pag. 67

Fray Guillermo.

como más largo lo cuenta

en el volumen que ha escrito

su confesor, Luis de Mesa.

Esta es la monja Mariana;

esta, la flor de Castilla;

esta, la luz de Toledo;

esta, del cielo la estrella;

esta, la amiga de Dios.

Como se ha visto, y esta

La rama del mejor árbol

y pasmo de penitencia.

Marg.

Absorto he quedado.

¿Quién pensara, quién creyera

lo que de Mariana escucho?

Esca.

Pues no ha montado una alberca

lo que te ha contado el padre

para lo que queda en jerga.

Luis.

¡Ay, madre del alma mía!

¿Yo cómo he de ser santera,

Luisa, habiendo ella faltado?

Esca.

Pues métete recoleta.

En el margen izquierdo figura la indicación "No se imprima" junto a las siguientes líneas, que aparecen tachadas en el manuscrito.

Luis.

Yo monja [ilegible]

mejor me fuera [ilegible].

Esca.

Pues haz cuenta que es lo mismo.

[...].

[...]

obras es menester,

virtudes con gran firmeza.

D. Fer.

¡Ay, Dios! Con estos prodigios,

¿quién imitarlos pudiera?

Marg.

Lo que la vida la debo,

en publicar sus excelsas

virtudes, la gastaré.

Fr. D.

Y la religión tercera,

en pedir al Santo Padre,

que, atendiendo a las inmensas

maravillas que Dios obra

por medio de esta su sierva,

la beatifique.

D. Fer.

Y yo,

haré ejemplar penitencia

de mis culpas, pues salí

de sus peligros por ella;

ya que Leonor en lo mismo

su restante vida emplea.

Luis.

Yo volveré a La Bastida,

a mi oficio de santera,

como Escarola no vaya.

Esc.

¿Cómo pasarás sin ella?

Luis.

¿Por qué?

Esc.

Porque la escarola

es para de Nochebuena,

que es costumbre de ermitaños.

Luis.

Tu razón tiene gran fuerza.

Esc.

Y aquí, discreto Senado,

da fin esta comedia

de Mariana de Jesús,

y a vuestros pies el poeta,

no el víctor, el perdón pide

de las faltas que hay en ella.

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Fray Diego.

Y aquí acaba la comedia

de Mariana de Jesús.

Humilde a las plantas vuestras

el poeta perdón pide

de los yerros que hay en ella.

Fin