Texto digital de Hallar la muerte en sus celos
Data de publicação: 22 de agosto de 2026
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Hallar la muerte en sus celos. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/hallar-la-muerte-en-sus-celos.
HALLAR LA MUERTE EN SUS CELOS
Pag. 1
II
La gran comedia
de
Hallar la muerte en sus
celos, de don Félix
Pardo de la Casta, año
de 1659.
Jornada primera
Pag. 2
El conde de Barcelona
Casquete, criado
Berenger, príncipe
Lupercio, ayo
Fronera, lacayo
Madalena, dama
Don Gastón, viejo
Leonor, segunda
Federico, marqués
Inés, tercera
Músicos
Criados
Lupercio, dentro, y don Berenguer
A tu ayo, Berenguer,
pues que tan malo me hacéis.
Todos mi enojo probéis,
hoy despojo habéis de ser,
y este acero ha de lograr
la venganza que en ti tomo;
desde la punta hasta el pomo
vaina en tu pecho ha de hallar.
Muerto soy.
Sale Lupercio, y caen al tablado.
Eso procuro.
Pues ves, tirano, que muero,
Pag. 3
Déjame, que lograr quiero
el remedio más seguro.
Será la atención primera
que mi rigor ha tenido.
Aunque muerto agradecido
ser a este favor espero.
No quiero agradecimiento
cuando te dejo con vida,
porque al dolor de la herida
mueras con mayor tormento.
Pues rendidos despojos
ten de mi cruel embate.
Si no quieres que te mate,
apártate de mis ojos.
Voy, pues ya llega a avisarme
el último parasismo.
Sale Don Gastón y Hortera con capa y sombrero de Pe.
Rayo seré de mí mismo
en empezando a apurarme.
¡Hola, la capa, el sombrero!
Todo está aquí prevenido.
Señor, ¿qué ocasión ha sido
la que os ha obligado fiero
a matar de un ensayo?
Porque le enseñó maestro,
y mi señor, si está diestro,
en esgrimir hacer ensayo.
Desairada acción por cierto.
Si os parece desairada,
la culpa tuvo la espada;
bien hecho está
y rebien hecho.
Pues si llegan a apurallo,
¿no vale más en rigor
que logre un gusto un señor
que la vida de un vasallo?
Mida en átomos el viento
quien irritado me espera,
corra su ambición fiera
todo mi pesar violento,
provocado de mi enojo.
No obró menos arrojado,
y el lance fue tan rodado
que bien, señor, que era arrojo.
Siendo, señor, tu maestro,
siquiera es treta enseñada
dar al maestro cuchillada.
Aquel discípulo diestro
que ha de ser en Cataluña,
en un hecho tan injusto
haga el príncipe su gusto,
y que todo el mundo gruña.
Pag. 4
sirviendo de Ícaro yo mismo.
Bien es verdad que pude entonces,
aunque violento, oprimido,
sujetar con advertencias
uno indómito apetito.
Pero aunque más doctrinados
fueros atentos altivos
dieron oprimidos más
de otra soberbia indicios,
cuando creciendo fue fuerza
que yo fuera de mi ánimo,
sin las pigüelas de padre,
siguiese uno de tirano.
Y de la suerte que suele
arroyo elocho cristalino,
que oprimidos sus raudales
tiene la corriente en grillos,
hasta que suelta la presa
vuela cometa de vidrio
a desquitar despeñado
lo que perdió detenido;
así vuestro natural,
que a mi atención indeciso
lo que paraba violentado
libre corrió embravecido,
siendo tan escandalosos
vuestros primeros principios,
que por donde otros acaban
vos empezasteis los vicios.
No hay alboroto en el pueblo,
no hay en Barcelona ruido
que no seáis vos la ocasión,
que no deis vos el motivo.
Por una causa tirano,
apenas hay ya ministro
que a examinar si se atreva
aun los mayores delitos.
Por la ciudad se pasean
públicos los asesinos
llevando salvoconducto
con las firmas de vos mismo.
El más honesto recato
aun en el mayor retiro
menos seguro examina
uno indómito apetito.
Amotinados los nobles
viven de vos ofendidos,
pues no guardasteis entre ellos
ni al pariente ni al amigo.
Alborotada la plebe
murmura por corrillos
diciéndoos vuestras crueldades
aun para el vulgo malquistos.
No hay en toda Barcelona
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forastero ni vecino
que no os murmure cruel,
que no os tema vengativo.
Esto es verdad, Berenguer,
mirad que os amo y estimo,
y que veros enmendado
hoy solo en vos solicito.
Atended, que si por padre
no hallo medio a corregiros,
hay un Dios que os acobarda
y es de temer su castigo.
Mirad que aunque disimulo
nada se me esconde, hijo,
cuando a mi noticia llega
aun vuestro menor designio.
¿Y qué cruel hubiera hecho
tan bárbaro precipicio
como el que ejecutó agora
vuestro loco desatino?
¿Haberle dado la muerte
a un maestro que os ha sido
si padre en las enseñanzas,
tan leal en los avisos?
¿Matar a quien os corrige
de qué bárbaro se ha escrito?
¿Al ayo que os ha criado
de qué tirano se ha dicho?
¿Sacar agora la daga
contra Don Gastón, mi primo,
y intentar, porque os advierte,
darle muerte a vuestro tío?
¡Que Eliogábalo pudiera
obrar menos advertido!
Ni qué Nerón más cruel,
qué Domiciano, o qué aborto
presumís, que no me advierten
que con impulsos indignos
inquietáis a Madalena,
esposa de Federico,
cuando el Marqués victorioso
esos mares cristalinos
rubrica de encendimiento
de vuestro fiero enemigo.
Y si por librarla de vos
la he dado tan gran marido,
¿qué loca furia os provoca,
qué bárbaro desatino,
contra el más noble vasallo,
contra mi mayor amigo,
contra quien en Cataluña
es en todos más bienquisto,
cuando viene de Mallorca,
surcando montes altivos
de nieve, por defenderos?
Pag. 6
¿quizá por ser mi enemigo?
Quien os lo ha dicho, pues, miente,
que ese viejo que al oído,
lisonjeramente vano,
ya se declara conmigo,
¡viven los cielos!
¿Qué habéis de hacer, atrevido?
Mis palabras son mis obras,
y en ti amenaza el castigo.
Guardeos el cielo;
atendedme,
adiós, don Berenguer, hijo.
Vase.
Yo de mí no estoy seguro
si persevero en oíros.
Pero natural el cielo
con sus piedades y avisos
te enmiende cuando mi ruego
vale tan poco contigo.
Sale Tionera de camino con alforja y bota.
Al príncipe voy buscando,
y he dado, por Jesucristo,
con el conde en los ojos,
algún diablo me ha traído.
¿Dónde venís desta suerte
sin cumplir lo que os he dicho?
Antes, señor, mi temor
fue causa de que mi oído,
pero he querido primero,
con ocasión que le dio,
tener pronta mi obediencia,
si en algo puede serviros.
De vuestra mucha atención
toma mi enojo motivo
para templarme; no os vais.
Viváis docientos mil siglos.
Pero mirad que advierto
que ha llegado a mis oídos
sois quien en las travesuras
de Berenguer ha tenido,
asistís siempre a su lado.
Engañóse quien lo ha dicho.
Vase.
Temed a mi indignación,
si la verdad averiguo,
cuando hay para castigaros
horca, galera y cuchillo.
¿Qué importa que me amenace
el conde con el castigo,
cuando el príncipe me fía
su alcahuete, su monacillo,
su corredor, su consuelo,
chulo, sabandija, abrigo,
conciliador, galopín,
cobertera, manta, asilo,
lindo tercero, lacayo?
Pag. 7
El fuego en que me abrasan mis deseos,
cuando de este hermoso cielo
tranquilo le ha de hallar mi amante anhelo,
y cómo me condena,
siendo cielo, que en él me alcance pena.
Mi amor, parece ciego, busca modos,
hallando penas donde glorias todos,
aunque entre ellas alcanza
discursivo mi amor nueva esperanza;
pues glorias que se exceden
apenas solo conseguirse pueden.
¡Ay divina hermosura!
Sale Tronera.
¡Ay de mí, si le dura la locura!
Jesús, qué miedo tengo
de que otra vez a tu presencia vengo,
cuando cruel, airado
poco antes de palacio me has echado.
Imprimí, satisfago,
que el martes para mí es día aciago;
y fuera desatino
el ponerse un cristiano hoy en camino,
demás que los señores, a lo infieres,
cada instante mudáis de pareceres.
Secundario he salido
a avisarte, señor, cómo ha venido
Inesilla, la esclava.
Pues, amigo Tronera...
a Griseldana.
¿Cómo aquí has imperado?
Albricias no me pide tu cuidado.
Dile a Inés que no tarde
y toma esta cadena.
Sale Inés.
Dios te guarde.
Aunque esto es agraviarme,
pues quiere por tu esclava aprisionarme.
¿Oyes, viviente tuba,
haciéndonos, mi error, la gatatumba,
que es mía la cadena?
Si lo dice Su Alteza, norabuena.
Tronera, a Inés la deja,
pues cien escudos libraré a tu queja.
¿A una libranza quieres no resista
perdiendo una cadena al ebanista?
Inés, dame esos brazos.
Mejor le dierais veinte balazos
que así mi suerte tache
animado un demonio de azabache.
Inés, no me dilates,
cuando el alma padece los embates
de mi amoroso dueño,
las nuevas que me traes de mi empeño.
¿Qué hace mi Madalena?
¿Tu industria en mi favor qué es lo que ordena?
Pag. 8
De mí vive seguro,
que servirte leal solo procuro.
Y tú de mí fiarte,
que en poder la cadena he de pescarte.
Sabrás que mi señora,
rabiando de que quieres a Leonora,
cuando yo se lo he dicho,
aunque honrada, revienta su capricho.
La cela y la recata,
sin saber que tu amor es quien la mata.
Con que es medio acertado
te muestres de Leonora enamorado,
cuando yo en su belleza
señas he visto de que no le pesa,
y este ha de ser el medio
en que logre tu amor todo el remedio.
Pues Madalena, ansiosa
de Leonora, abrasada y cuidadosa,
sin saber sus retiros,
más que teme tu amor logra sus tiros,
dará a mi industria modo
a que quede tu amor logrado en todo.
Y más cuando aún en ella
memorias quedarán siempre de aquella
antigua afición suya,
aunque todo a su honor se restituya,
y amante de su esposo
solo en él averigua su reposo.
Digo, Inés de mi vida,
que el alma te confiesa agradecida
ser en tanta zozobra
por quien hoy mi esperanza puerto cobra.
Su remedio procuro,
y solo en este medio te aseguro.
Al fin quedo advertido.
Esta noche al jardín ven prevenido.
Cuando sé que Leonora
no desmienta esa dicha que te adora,
y Madalena, de ella recelosa,
viniendo como vive tan celosa,
es fuerza que te asista
y logres por lo menos con su vista,
aunque te rinda osado,
que le digan tus ojos tu cuidado.
Confieso, soy pobrete
para ir con Inés de Alcalá a Guete,
en mi vida no he visto
oficiala mayor, por Jesucristo.
Señor, a Dios, que es tarde.
Pasa, Inés, que soy tuyo, Dios te guarde.
Pag. 9
Ventanera conmigo.
Vase.
Por la libranza voy, luego te sigo.
Burlad, señor lacayo,
no quiera de alcaque te hacer ensayo,
suponiendo esta plaza
nunca fue para gente de almohaza;
de peto aquesto pasa a letrinas,
que horca y cuchillo tienen en cocinas.
Cuando ver así emperrado
de ver que sin cadena me has dejado,
con eso me haces guerra.
¡Vive Dios, de ser gato si eres perra!
Si a engañarte hoy acierto,
te he de dar, siendo gato, perro muerto,
de una carilla de membrillo asado,
aunque no hay quien te trague en mi cu...
Desde hoy enamorado por ti salgo,
y he de ser galgo por morderte, galga.
Sale Madalena.
Entre mortales desvelos
hoy me atormenta el mayor:
si entre borrascas de amor
me matan amor y celos;
pero yo profano cielos
a pundonor de mi ser;
quiera a Leonor Berenguer
arda a su llama amorosa,
si es del Marqués esposa
ya suya no puedo ser.
Si todo el pasado empeño,
aunque al príncipe queriendo,
solo una ilusión ha sido,
con apariencias de sueño,
si hoy Federico es mi dueño,
ríndase, pues, mi pasión,
cerca de amor la atención;
todo un impulso amoroso,
y a Federico mi esposo
aun no agravia la intención.
Pero si es Leonor su hermana,
no es mío también su honor;
luego en mancharle Leonor
hoy es de entrambos profano,
con que no es en mí liviana
esta atención cuidadosa.
Siendo del Marqués esposa,
estorbar su amor, si así
vengo a desmentir en mí
toda una pasión celosa.
Sale Leonor leyendo un papel.
Pero Leonor ha salido,
Pag. 10
Disimulen mis afectos
entre humildes razones,
papel, mi esperanza, alientos.
La vida me has restaurado,
mucho al príncipe le debo.
Cielos, ¿qué es esto que escucho?
Leonor tirana me ha muerto.
Mucho esta pasión me deja
sin sentido el sentimiento.
Temo, aunque más le recato,
no ha de caber dentro el pecho.
¡Qué de finezas me escribe!
Bastan para amarle menos.
Se le quita.
Y a mí para darme muerte.
El tormento de mi incendio,
villana, ¿que a mis ojos
usas este atrevimiento?
De esta suerte mi recato
castigará tu despeño.
Suelta el papel, enemiga.
Madalena, ¿cómo es esto?
Así arriesgan, atrevida,
todo mi pesar tus celos.
Dame el papel.
Desleal,
¿para qué culpas desvelos
entre las penas que trujo
con mal nacidos conceptos,
que es decir me desatenta
que celosa pasión tengo,
cuando solo a tus enojos
temen cuerdos mis respetos?
Pues a Federico aguardo,
este papel lisonjero
le daré para testigo
de tus locos devaneos.
Yo aseguro, si a tu hermano,
monstruo de su honor soberbio,
menosprecias, arrojada,
los avisos de mi acuerdo,
que Belenguer me ha querido
solo fingió, no lo niego;
que pudo obligarme amante
y agradecer sus afectos
es verdad, pero caséme;
ya, en fin, se mudó aquel tiempo,
pues en mis potencias vive
solo mi esposo por dueño.
Mira que puede costarte
Pag. 11
Hermana, este arrojo necio
advierte que se le debe
mayor atención al dueño,
pues cuando el príncipe sea
quien anima tus alientos,
lo mismo contigo hicieran
de nuestro honor los pretextos.
¿Qué importa que Berenguer
te haya escrito lisonjero,
si como tirano atiende
solamente a tu despeño?
Cuando tú misma confiesas
que le has querido, es desprecio
de mi honor el arrojarte
a condenar que le quiero,
no porque tú desdichada
con él has sido, ese riesgo
ha de tener mi fortuna,
que sabe obrar mucho el tiempo,
y querer acreditarse
tanto conmigo tu celo,
siendo siempre por un hado
enemigo el parentesco,
y afianzar en mis dudas,
que aun arde viva en tu pecho
entre difuntas cenizas
calor de que llamas fuego.
Que no te abrasen mis iras
cuando en mi deshonra veo
tan a costa de mi honor
que se acrediten tus yerros.
¿Qué importa que Berenguer,
arrojado y desatento,
haya blasonado amante
tres años de galanteo,
que del poder asistido
y animado de sí mismo
contra mi honor intentase
toda la fuerza de su imperio?
Ha sido más que cansarse
y batallar sus esfuerzos
hasta confesar rendidos
fueron de mi honor trofeos,
pues ¿cómo, di, desatenta,
con villanos pensamientos,
desdoro alienta tu infamia,
la misma verdad torciendo?
Como contra mi atención
despides mortal veneno,
cuando sabes que mi honor
de sí mismo es solo ejemplo.
Pag. 12
Mas eres cuñada, al fin,
bien lo acreditan tus celos.
Venga Federico y halle
con sus iras tu escarmiento.
Vase.
Por eso sabrá mi industria
para mentir ese riesgo
abonarle a sus cuidados
aquel pasado recelo,
que si a Barcelona ha sido
tan público el galanteo
del príncipe, Federico
que tuvo noticia, es cierto;
y así, aunque se casó amante,
fue porque el conde, en efeto,
para librarla a aquel daño
la pudo obligar a ello.
Sale.
¿Estamos solas?
Sí, amiga.
¿Puedo desbuchar el pecho?
No hay nadie que nos escuche;
dime lo que hay de nuevo.
Que el príncipe Berenguer,
de aquesta corona dueño,
el crudo, el bravo, el temido,
el arrogante, el soberbio,
hoy rendido a tu hermosura,
hoy, a tu deidad sujeto,
le han visto, Leonor, mis ojos,
hacer amantes extremos.
Él te idolatra, no hay duda,
logra, señora, el empeño,
pues te ofrece la fortuna
tan cabales los deseos.
¿Y no es que soy tan dichosa
que el príncipe a mis afectos
corresponde agradecido?
Que te está adorando, es cierto.
Este diamante, Inés mía,
por esta nueva te ofrezco;
con él mi amor te asegura
premio mayor a su tiempo.
Y pues solo de ti fía
hoy mi amor todo el secreto,
que se logre mi esperanza
en tu confidencia espero.
A esta piedra, fiel, mi canto
dará golpes tan a tiempo,
Pag. 13
que hablando de Berenguer
como una cera su pecho,
y cuando tu amor me saca
seré pelota de viento
que asegure a tus finezas
no hacer faltas con mi vuelo.
Amiga, solo en tu industria
sea fianza mi remedio.
Conmigo para curarte
niño de teta es Galeno.
¿Y al príncipe no le has dicho
de mi fineza el extremo?
Que soy novicia en el arte
debes pensar según veo;
tanto de tu amor le dije
que mariposa en su incendio
a la luz de tus memorias
bate alas de sus deseos,
y entre otras razones dijo:
"Mucho, Inés, debo a mi dueño,
pues quien me quita las alas
firme me procura en ello,
y esta noche en el jardín
la hallarás tan dulce y tierno
que te parezca de almíbar."
Mucho, Inés mía, te debo.
Y has de deberme más.
Fía de mí.
Así lo creo,
mi remedio está en tus manos.
Y en mi oficio mi remedio.
(Vanse, y salen Federico y Casquete.)
Grande fineza te debe
Madalena, mi señora.
Siendo a quien el alma adora
amor a todo se atreve;
agora mismo he llegado,
y aunque sé que es justa ley
ver primero a mi rey,
obro aquí de enamorado.
Que ya es media noche entiendo,
y en mí no han de reparar,
pues me volveré a embarcar
mañana en amaneciendo.
Ya a mi casa hemos llegado,
guarda nadie te conozca.
Hecho voy toda una rosca
con la capa embozado,
que aunque resistencias pocas
por vieja la triste dé...
Pag. 14
Cañón me parece
en que...
Señor, en que tiene bocas;
ella ha sido mi mortaja,
mientras embarcado he ido.
Sale Inés a un balcón.
Aguárdate, que he sentido
abrir esa reja baja.
Pues, ¿quién puede ser agora?
Averiguarlo es mi fin.
Ce, señor, id al jardín,
que ya sale mi señora.
Vase.
Bien me recibe la tierra;
muy bueno ha quedado, honor,
si Magdalena o Leonor
me están haciendo guerra.
Pero no es consejo sano
me atropellen mis desvelos;
antes que muera a mis celos,
cuerdo averigüe mi agravio.
Voy al jardín advertido,
donde examine el poder
quien murallas de mujer
puede escalar atrevido.
Mas, ¡qué presto se ha entrado
la criada!
Aun no la vi.
¡Oh, qué ignorante que fui
en no haberla examinado!
Pero pues saberlo sigo,
aquí puedes esperarme.
¿Solo vas?
Para vengarme
llevo un infierno conmigo.
Vase.
Según el miedo me altera,
siento haber desembarcado;
más valiera haber quedado
aquesta noche en galera.
Sale Tronera.
Pues queda dentro el jardín
el príncipe, aquí me encierro,
pues a esta ventana baja
Inés saldrá como juzgo.
Vive Cristo, que es Tronera
este picarón que escucho;
le he de hacer dejar el puesto.
¡Ah, caballero!
¡San Bruno!
Pag. 15
Yo he menester esta calle,
y el dejarla le pronuncio
ha de ser antes que a palos
le eche de ella, si me apuro.
Pues, ¿quién le ha dicho a usted
que todo el barrio no es suyo?
Vea si manda otra cosa.
Sí, señor, en cierto punto
se me ofrecen dos palabras.
Diga usted que no huyo.
La noche es un poco fría
y ando un poquillo desnudo,
con que, sobre mi palabra,
quisiera que luego, al punto,
se me entregase esa capa.
Jesús, señor, con mil gustos.
Servir a mis camaradas
es siempre lo que procuro.
Vuestra merced la tome y crea
no va sola, según juzgo.
Pues, ¿quién la acompaña? Ignoro.
No, no, hay que temerles mucho,
toda es gente de la uña.
Mal mi miedo disimulo.
Déjela, pues, en el suelo.
Sale Inés a la ventana.
¿Si vino aqueste avechucho?
¡Qué honrado por una capa
quiso meterse en dibujos!
Hablar le siento a Lionesa.
La esclava es esta, yo acudo.
Seis horas ha que te espero.
Mi señora me detuvo,
que con el príncipe queda.
Pues, ¿cómo esta infamia supo?
Sobre quitarme la capa,
don Berenguer aquí te trujo
a valerte de mi nombre.
Yo soy Lionesa, y soy cuyo
de ese animado azabache.
Aquí la pelaza juzgo.
Pues, ¿quién le afirma que hay
solo un Lionesa en el mundo?
Yo soy Lionesa también,
y lo seré veinte lustros;
y soy quien a Berenguer
sirvo, acompaño y acudo.
Pag. 16
Cuando llego a conoceros,
a mi atención debéis mucho.
Cuando os conozco agraviado,
mucha lealtad aseguro.
Yo juzgo que os está bien,
use yo este disimulo.
Y que a vos no os está mal
el recatarme yo juzgo.
Sin conoceros me voy,
que la razón puede mucho,
y el verla de vuestra parte
todo mi furor redujo.
Sin conoceros me quedo,
porque a quien mi lealtad une,
a mucho obliga el respeto.
Cuanto por mi dama sufro.
Jornada segunda
Pag. 17
Tocan clarines y cajas, y sale el marqués Federico con bastón y el conde don Gastón, Marquete.
Hoy vuestra alteza reciba
un humilde vencedor,
y siglos del néctar viva.
Sois el vasallo mejor
en quien mi corona estriba.
El gusto de haberos visto
hoy acrediten mis brazos.
En vano el pesar resisto.
Dignos son de estos abrazos
en quien tanto honor conquisto.
¿Qué a Berenguer afrenta,
pues que no se deja ver,
tanto aplauso que hoy se alienta?
Que me agravia Berenguer
claro su retiro ostenta.
Como venís fuerte muro
de mi corona
Pag. 18
Señor,
dejo tu reino seguro
a Mallorca con temor
y todo su asiento oscuro.
Conoce que os debe mucho
siempre mi pecho obligado.
Con qué de pasiones lucho,
queda mi afecto logrado.
Decid cómo fue, que escucho.
De aquesta extendida plaza,
de ese cristalino monstruo,
hollando montes de espuma,
surcando esferas y globos,
sabes que salí una tarde
siguiendo, airado, mi enojo.
Si de Francia los amagos,
de Mallorca los ahogos,
el lino desato al viento,
surco ese mar proceloso,
movible ciudad de pino,
sigo gemidores notos,
busco la armada francesa,
examínola animoso;
que, de lejos, parecía
si animados promontorios,
una población de nubes,
que, surcando el cielo hermoso,
o le sacaban sus luces
o a sus tiros luminosos.
Airado tu gente animo
y airado a alcanzarla torno;
valientes ellos me esperan,
fuego vuelvo y vi el socorro,
su capitana me embiste,
a esperarla me dispongo,
a la batalla me llama,
con un cañón le respondo.
Matóle algunos soldados,
mira, tierna, su destrozo,
retírase echando balas,
huye vomitando plomo,
al mar se alargan sus velas,
y, por su piélago undoso,
ya saetas venera el agua,
cometas las teme el polo;
crece a la pólvora el fuego,
el aire se ostenta sordo,
huyen cobardes mi esfuerzo
cuando las sigo animoso,
obra el cañón con su impulso.
Pag. 19
Rabio de que no lo logro,
cuando granjeo algún lance,
cuando con alas de plomo
temo al mar embravecido,
soltar la presa es forzoso.
Temeridades seguirles,
no reparar mi descoco.
El sol esconde sus luces,
el bóreas se ostenta sordo.
Paréntesis fue del día,
gime el aire y tiembla el polo.
Los marineros se turban,
al cielo piedad invoco.
Los soldados se embarazan,
confúndense los pilotos.
Del cielo la tierra, el aire,
mar, sol, astros, luna, polo,
playa, noche, nave, cielo,
carro y día, asombro es todo.
Turbarse pudo el aliento
cuando naufragando topo,
eran de los elementos
todas mis naves despojo,
pues dándome fuerza a fuerza
mil asaltos rigurosos,
ellos solos ser pudieron
muralla en nuestro socorro.
Al fin lóbrega la noche
de horror la vistió su antojo,
galas sacó de azabache
y oscuro manto su rostro.
Enciende el fanal mi nave,
siguen las demás, me engolfo;
alpes de espuma surcando,
olimpos de cristal rompo.
Y así como resucita
del alba el bosquejo hermoso,
flor que a escarcha de la noche
cadáver la admiró el soto,
dividida selva alienta,
tumba fue, ya mausolo,
unir población de pino,
tantos animados troncos.
Pues de los brazos de Tetis
madruga el sol a ser oro
del cielo, mi riesgo olvido,
cuando mis naves recojo;
el sitio cuerdo examino.
Pag. 20
hallo una playa a mis ojos,
viose el mar, besó su arena,
a mis soldados socorro,
y asegurando mis fuerzas
con mil soldados que escojo,
marcho a Mallorca atrevido,
subo a los llanos de un soto.
Recátome cuanto puedo,
que me han sentido conozco,
altéranse los isleños,
fiero su rebato oigo,
quieren impedirme el paso,
valiente allí me recobro,
preséntanme la batalla,
fuego esgrimo, espanto toco.
Reparto los escuadrones,
el Jerjes valeroso
escandalízase el viento,
teme el aire terremotos,
repítese el Santiago
tan igual entre nosotros,
que con aclamarle muchos,
pudo sentirle uno solo.
Para animar los soldados
sobre un castaño me pongo,
que en cuanto lince blasona
fuego cegará boscoso
tan hijo de las espumas
que el fuego que echa brioso,
pisando apaga con ellas
haciendo a mi vida socorro,
y dije: no es para el fuego
materia, al verle animoso,
castaño que está tan verde,
y así para mí le escojo,
alienta esfuerzos, marcial
nube esparce de plomo,
segunda región de fuego
conduce el cañón, y ronco,
lisonjeando a Jove ofende,
pues mis soldados rabiosos
peleaban a la sombra,
siéndoles sus balas frío.
Quedaran muerta ceniza
allí de mi esfuerzo heroico,
si vencer en ser vencidos
no consultaran medrosos.
Pag. 21
huyeron algunos cobardes,
mas no les valió, pues luego
dieron al suelo sus vidas
y al cielo tristes sollozos.
Retiro toda mi gente,
busco mis soldados todos,
que con sangre salpicados,
manchados tigres ignoro.
Sangriento campo discurro,
horrores es cuanto topo;
retiro algunos heridos,
asalto todo el despojo.
Clama piedad todo el pueblo,
afecto mostrarme sordo,
franqueánme el paso humildes,
entro en la ciudad furioso.
Hago amagos del caballo,
resuélvome en piedad todo,
castigo a algunos traidores,
prendo a algunos sediciosos,
premio a todos los leales,
satisfago a los quejosos;
de la isla me despido,
al mar me vuelvo gozoso;
sopla de buen aire el viento,
próspero vuelvo al Favonio;
llego tarde a Barcelona,
madrugo, salgo y me postro
a tus plantas, cuando en ellas
hoy confirmo el ser dichoso.
Para premiar vuestro celo,
todo es poco mi poder.
Cuando a serviros anhelo,
quererme desvanecer
es remontarme hasta el cielo.
Como sirviendo todos,
vuestra alteza no me alaba.
Premio.
Callad.
Callad vos,
que esa boca que no habla,
cuando pudo oírla Dios.
Si vuestro valor logrado
queda en mi afecto admirado,
que, si del marqués criado,
yo me doy por bien servido.
Pag. 22
Y yo por muy mal pagado,
pues en aquesta ocasión
nadie mejor te sirvió.
Calla, loco.
No hay chitón,
pues a más de treinta y yo
he muerto en esta facción.
Pues haced de cien escudos
en premio de tu valor.
Y van veinte nudos.
Que cien escudos, señor,
harán hablar a los mudos.
Marqués, id a descansar,
que siendo recién venido
Madalena ha de culpar
tanto haberos detenido,
haciendo a su amor pesar.
En ella es logro mayor
lo que en serviros, sí, gano.
Conozco vuestro valor.
Idos.
A besar la mano
al Príncipe, mi señor,
iré con vuestra licencia.
Después le veréis, Marqués.
Van.
No, señor, que mi atención
se conoce en mi lealtad,
que es debida obligación.
Señor, volviendo a mi asunto,
quisieras otro tiento dar.
Yo aseguro paguen al punto.
Van.
Y ha de ser el acordaros
el llanto sobre el difunto.
Que cuando Federico honrar intenta,
se muestre Berenguer tan desatento
que asistir menos quiera.
En todo quiere acreditarse fiera.
Yo de suerte he llegado ya a temerle
que le guardo los aires por no verle.
Al Príncipe avisadme;
idos todos de aquí, solo dejadme.
También, señor, me voy.
Vase.
No tenéis que iros.
Si le habéis de reñir, no quiero oíros.
Vencen mis piedades
amagos de un rigor a mis crueldades.
Pag. 23
¿Adónde, cielo santo,
se ha podido animar tan cruel espanto,
terror de Barcelona,
ruina que amenaza mi corona?
Mas, ¿qué mal me provoco,
aunque más sus insultos miro y toco?
A poder castigarle,
si sobre el reñir le agasajarle,
y en cuanto le corrijo
me ostento padre, aunque él mal hijo.
En vano desengaños
tropiecen la prudencia de mis años,
mas ya mi edad cansada
de un dulce sueño miro fatigada.
Queda dormido sobre una silla y sale el príncipe solo
Pero, ¿qué espíritu en mí
hoy soberbio me conduce
a que desvanezca en sombras
al sol que me dio sus luces?
Si nuevo farol me anima,
¿hasta cuándo opaca nube
ha de oscurecer mis rayos,
sin que mi fuego te ofusque?
Durmiendo está el conde.
Déjame, príncipe ingrato,
hijo cruel, no me anuncies,
bárbaro, en tu desacierto
tan mortales inquietudes;
mira que te he dado el ser.
Aquí mis ansias fructúen.
Este es mi padre, hoy mi suerte
con su muerte se asegure,
pues la ocasión me ha traído,
hoy mi valor la ejecute.
Corran libres mis cuidados,
imperiosas mis costumbres.
Mira, tirano, que el pueblo
hoy contra ti se conduce
y arde en irritar mis piedades
para que el castigo busque.
Quien durmiendo me amenaza
ya su intención me descubre.
Muera mi padre, su muerte
hoy este acero se fíe.
Sale Fulgencio a tiempo que le quiere dar y le detiene
Detente.
Sombra que el brazo me detienes,
¿quién eres?
Pag. 24
Válgame el cielo, esta sala,
don Gastón, no hay quien ocupe.
Berenguer, hola, criados.
Sale don Gastón y todos los criados.
Señor.
Señor.
Disimule
toda su pasión mi pena.
¿Qué riesgo tu pecho arguye
para obligarte a dar voces?
¿Quién atrevido reduce
tu quietud a un alborozo,
aunque en esperanzas luche?
Vana una aprensión me obliga,
pues entre los lazos dulces
del sueño gozaba el alma
tranquilidades volubles,
cuando, ladrón, me asaltaba,
entre aparentes vislumbres,
villano temor, que ofusca
de mi pecho las quietudes.
Vana y fiera aprensión,
que el mismo que substituye
aviso de mis finezas,
como de mí, ¡oh, fortuna!,
por heredar mi corona,
Berenguer, en quien hoy lucen,
sobre el paternal amor,
afectos que a dos me influyen,
me daba, traidor, la muerte,
obligándole a que empuñe
contra mi vida el acero
solo el amor que le tuve.
Fantásticas apariencias
son las que el sueño discurre.
Esa evidencia, ¡ay, amigos!,
ver con la experiencia pude,
si apenas temido el daño
deja la aprensión descubre,
cuando el príncipe al remedio
es el primero que acude.
Mas mis designios penetras;
¡ay, mi pesar me sepulte!,
pues me embaraza una sombra
que mi intención ejecute.
Berenguer, dadme los brazos.
Mi sentimiento los riñe.
Pag. 25
cuando en villanos temores
toda mi lealtad desdudes.
Hijo, yo estoy satisfecho,
no quiera el cielo pronuncie
menor aliento mi labio
que tus lealtades ofusque.
Bien está, no sé qué esperan
cobardes mis inquietudes,
como si vano me aclaman,
a que estos agravios suden.
Tu condición temple el cielo,
porque si él no te reduce,
solo será fatigarme
cuanto mi afecto procure.
El cielo guarde tu vida
sin que temores te ofusquen,
para que al príncipe sean
claro espejo tus virtudes.
Viendo a Gastón necesito
otros consuelos me ayuden;
si en Berenguer teme el alma
tiranas ingratitudes,
del cielo piadoso en él
de sus escarmientos cuide,
antes que precipitado
sus errores le sepulten.
Vanse, y sale Beltrán e Inés.
O tú te quieres perder
o subes desesperado,
cuando un hombre enamorado
pudo llegar a temer.
Pues ¿de cuándo acá conmigo
ese amor que me propones,
desde que me dices nones
cuando finezas te digo?
Y así, mi Inés, me descarto
y a que me quieras te exhorto,
que es lástima sea aborto
amor que dar puede en parto.
Solo a esto he venido;
muy poco miras por ti,
estando el marqués aquí,
en haberte así subido,
que como en Beltrán costumbre,
anoche pudo quedar.
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a todos nos hace andar
la barba muy sobre el hombro;
pero dime, ¿en algo caiga?,
¿y no traes nada a mi cuidado?
Pues si aun no te he llevado,
¿cómo quieres que te traiga?
¿Y que yo te quiera quieres
sin andar por los atajos?
Cuando no fue de hombres bajos
el ir dando a las mujeres.
Pues, amigo, desde hoy mide,
y en mi estimación infiere:
la que muestra más te quiere
solo quiere lo que pide.
Pues si en eso viene a estar,
más liberal he de ser.
Yo para poder volver
siempre lo que me tocar...
Sale Casquete
Yo he visto por la escalera
ahora un hombre subir,
y a Inés también vi salir,
y él me pareció Tronera.
Pero con celos he dado,
digo que había de ser...
A tizón de Lucifer.
...pero habiendo a mi cuidado.
Todo mi temor destierra
cuando mi fineza es tal,
que ha de ser tu amor leal.
Por lo que tiene de perra.
Aunque me vea abochornado
por cierta pasión celosa...
¿De quién?
Aunque no es cosa,
por ser el triste un menguado,
digo, mi Inés, que Casquete
pudo, aunque causarme ascos,
encasquetarme los cascos,
que aunque es un pobre, un pobrete,
como a enemigo casero
cuidado me puede dar.
Que es valido a excusar.
Cierto que eres majadero;
¿cuándo Inés podrá ser querida
de un lacayo de frisón?
Pag. 27
De más que eres un bribón
que venderá a uno por treinta.
Agora tomo venganza.
Verdad es que me ha querido,
pero siempre le he tenido
¿Por qué?
Por un Sancho Panza.
Hacer quiero algún ruido
por que me sientan los dos.
Tose Casquete.
¡Ay, mi Ronera, por Dios,
que aguardes aquí escondido,
porque el que sale es Casquete
y lo dirá si te ve!
Pues ¿dónde me esconderé?
Bajo estos paños te mete,
que, pues llegan hasta el suelo,
puedes en este vacío
ponerte.
Pues ya las lío,
aunque con algún recelo.
Sale Casquete.
¡Pesar de quien me parió!
¡Que esto me suceda a mí,
que no halle Inés yo aquí!
¿Con quién me matará yo?
¿Qué loca furia te mueve?
¿Qué tienes?
Mal merecido,
¿qué he de tener, voto a Cristo?
¡Pese el diablo que te lleve,
que mis iras provocadas
agora aquí no tuvieran
a quien de esta suerte dieran
cuatrocientas mil puñadas!
Aparte.
Si él habla, yo estoy perdida;
no sé cómo me le avise.
¡Que el demonio aquí no atice
con quien quitarme la vida!
Jesús, ¡qué loco!, tronera,
mira que te va el honor,
pues si gritas, mi señor,
lo sentirá desde afuera.
De aquesta suerte le advierto
lo que le importa el callar.
Pag. 28
Si este persevera en dar,
me ha de dejar aquí muerto.
Casquete, di tú desvelo.
Yo estoy de duelos retablo.
Si es que no me lleva el diablo,
para sí me quiere el cielo;
que a mí me diga una tonga
que soy caballo frisón,
a mí llamarme bridón
una pícara mondonga.
Mas sí debió de sentir
lo que hablábamos los dos.
Él me acomoda, por Dios,
si es paño de ensacudir.
Yo no tengo otro despique
que a la cara de estos varones
de hacer amojicones
aunque derribe el tabique,
que cuando me desespero
este loco frenesí
no lo permito yo aquí
algún valiente tronero.
Pero así he de despicar
mi enojo en esta ocasión
si me ha agraviado un varón
estos me lo han de pagar,
pues si mi enojo topara
la ocasión de mi quimera
de esta suerte les moliera
y de esto tía les carara.
Este trata de acabarme.
Tente, loco.
Eres curado,
que para un desesperado
no hay más remedio que ahorcarme.
Quién vio furias más feroces,
ay locura que le mueve.
Ay el diablo que te lleve
pues que me ha molido a coces.
Vase
Adiós, que estoy sin alientos.
Esa es linda friolera
siendo el molido tronero
que hagas tú los aspavientos.
Sale Madalena
Como triste navecilla
Pag. 29
que, azotada de las olas,
ya las esferas mido,
ya en su centro zozobro
mi espíritu combatido
entre una y otra congoja,
ya de un afecto es ruina,
ya de su pena es lisonja.
Pero, ¿qué buscáis aquí?
Tengo muy poca memoria;
yo, mi señora, he subido,
porque he sabido notoria
verdad, y por no subir,
subiendo, huyera a una roca.
Haré que por un balcón
os echen.
No lo proponga
Usía, por vida mía,
que eso de arrojarme es cosa
para quien no es arrojado,
que la sangre le trastorna;
hecho estoy una basura,
no sé cómo le responda.
Ya sé a lo que habéis venido.
Pues si lo sabéis, señora,
¿para qué es el preguntarme
de lo que estáis noticiosa?
Al fin, ¿a qué habéis venido?
pues confidente os abona.
Fiaros quiero un secreto
aunque es cosa peligrosa;
sabré obediente serviros.
(Sale Federico)
Dejadme, pasiones locas;
pero del príncipe es este
criado, que ahora a solas
con Magdalena está hablando.
Mayor miseria me ahoga,
mas de aquí quiero atender.
Al fin decid, que me importa
oír hablar a su alteza.
¡Viven los cielos, traidora,
que si mi agravio averiguo
te abrasará la ponzoña
que se alimenta en mi pecho!
Si no mandáis otra cosa,
voy a obedeceros.
Idos.
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Vase.
Y la Virgen me socorra,
que según voy desgraciado,
cuanto toco han de ser sombras.
Sale.
Procuré atajar el daño
hoy mi atención cuidadosa,
antes que al Marqués la ofensa
se le venga a hacer notoria;
y pues toda su honra es mía,
sepa mi esposo...
Y esposa.
Si Madalena no dudo
que es vuestra toda mi honra,
pero sabed que es tan puro
el sol que su cerco informa,
que hasta agora aun no ha podido
empañarle menor sombra;
y que abrasarán mis rayos,
aunque el infierno se oponga,
no tan solo al que atrevido
todo su sagrado rompa,
pero al que osado se animase
entre una sospecha loca,
menor indicio en mi agravio,
menor intención traidora.
Marqués, Federico, esposo,
señor, mi dueño, no logra
una afrenta a un desengaño
y un seguro a una deshonra,
para que agravias mi honor,
sabiendo que el sol no dora
con rayos más puras luces
que las que a mí me acrisolan.
Sabed que toda la causa
por quien vuestra idea forma
ostentaciones tan falsas
entre apariencias traidoras,
es vuestra hermana Leonor,
si desleal y alevosa,
del Príncipe enamorada.
Saliendo a hablarle a deshora
pudo ocasionar la noche
este pesar a mi honra.
Cuando a vos los sobresaltos
en las penas que os acosan...
Sale Leonor.
La disculpa prevenida
pudo siempre ser lisonja.
Pag. 31
de la atención
Mas, Leonor,
pues que sale a luz agora
la verdad de cuanto he dicho,
si el príncipe la enamora,
si te escribe, si la asiste,
y si en sus finezas logra,
dilo, confiesa, tirana;
pero, pues callas y otorgas,
afianzando tu silencio
cuanto pudiera la boca...
No es confesarme culpada
poderme dejar absorta
tan a costa de mi ofensa;
hallé tu disculpa toda,
que el príncipe nos visita
y que de noche nos ronda,
es verdad, mas por quién viene,
él lo sabe y no se ignora.
Luego ¿no viene por ti?
No, hermana.
Luego, traidora,
¿no te escribe y le respondes?
Tampoco.
Luego, a Leonora,
aqueste papel no es suyo.
Aquí a mi valor le importa
cuerdo averiguar mi agravio,
pues ya la ofensa es notoria.
Si le quité de tus manos,
¿para qué niegas agora?,
porque viéndole en las tuyas
quede la ofensa dudosa.
Mas pues de aquestas verdades,
y el marqués, a quien le importa
saber, el alma examine
el marqués lo que le toca.
(Vase)
Que esto a mi amor le suceda...
Como irritada leona
te buscarán hoy mis iras.
Sosegaos, marquesa, espera,
que si Leonor es mi agravio,
precipitada te arrojas,
y sobro para vengarme.
(Vase)
Pues ya la evidencia es clara,
mía, dirá mi inocencia.
Pues yo la advierto forzosa,
para que desmienta el alma
Pag. 32
los embates en que zozobra.
Cuerdo averigüé mi agravio
antes que en escandalosas
demostraciones aliente
la venganza mi deshonra;
si el valor averigüé
entre Leonor y mi esposa
cuál de las dos ha sido
el Sinón de aquesta Troya,
pero conozco ofusca
mi atención si topa lo que más busca.
Si ella al príncipe llama,
claro está que ha de ser la que me infama.
Sí, muera Madalena, aunque la adoro,
primero que mi amor es mi decoro,
y este acero violento
sí sea en mi venganza el escarmiento.
Sale.
No hallo humano reposo
al pensar que el marqués de mí celoso
tampoco se asegura.
Ella misma la muerte se procura.
Dueño amado, ¿qué es esto?
¿Vos airado, cruel y descompuesto?
Aun mirarla no oso.
Federico, mi bien, marqués, esposo,
¿quién os tiene suspenso?
Si acaso es mi inocencia, según pienso,
abridme aqueste pecho,
quedad, viéndoos en él, más satisfecho
que sois esposo mío,
solo dueño, señor, de mi albedrío.
Déjame, Madalena.
Sepa, señor, primero yo tu pena.
Que te vayas, te ruego.
Iré donde me abrase el vivo fuego
que fulmina en mi pecho,
ofendiendo a mi honor con tu despecho.
¿Cómo puede mi esposa,
si a los riesgos se ofrece valerosa,
ofender mi decoro?
Si en ver las dos mis pasiones lloro,
quién duda que es mi hermana
quien traidora a mi amor su honor profana.
Sale.
¡Cielos! ¿Qué es lo que escucho?
Ya entre riesgo mayor cobarde lucho.
Señor, si mi inocencia
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la venganza despierta en tibio
hoy se vane este velo,
de mi sangre inocente tu desvelo
de esta suerte procuro
te deje mi intención hoy más seguro.
Con qué de confusiones,
que pelean mortales mis pasiones,
y aunque intento vencellas,
con asombro mayor me vencen ellas.
Leonor, vete allá dentro.
Hermano, no hallaré seguro centro
si cruel merezca tal
la pena con que luchas y me matas.
Que te vayas te digo.
Aunque llena de horror, tu gusto sigo.
Honor, más advertido,
si hasta agora mi agravio no ha podido
averiguar mi anhelo,
procure examinarle mi desvelo;
en mi esposa y mi hermano
una misma razón mi honor profana,
igual entre las dos graves culpa.
Una misma es la culpa,
y así busco en un engaño,
para lograr venganza, un desengaño,
y si no le apercibo,
mueran las dos y quede mi honor vivo.
Vase y sale Roberto con luz y el Príncipe.
Yo estoy hecho una basura,
si es verdad lo que me decías.
Digo que supersticiones umbrías
días ha que me persiguen,
y que solo airado astro
los efetos que me rigen,
los alientos que me esfuerzan,
y el ánimo que me sigue,
y que sea fúnebre sombra
quien de temor me burle,
y que para darle muerte
segunda no a mí me toque;
yo he dado en mí huyendo todo,
si es que en esa flor prosigue.
Mas, ¿qué hemos de hacer agora,
que ya tocan a maitines?
Ir la ver a Magdalena.
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Si como agora me dices
te importa hablarme...
Es verdad.
Pues trata de prevenirme
con una capa de estos.
(Tocan)
Leal mi afecto te sirve.
Pero ¿quién llama a estas horas?
¡Válganme ducientos quiries!
Responde.
¿Qué he de responder?
Abre, cobarde.
¿Qué dices?
No estoy yo ni aun para abrir
una caja de confites.
Cobarde, dame esa luz,
con que el valor examine
si son del infierno sombras
las que en vano me persiguen.
No te me apartes, te ruego,
pues voy sin mí.
¿Qué me sigues,
sombra? Cuando vive el cielo,
si en tener ánimo me imitas,
despide a ese criado.
Si en vos, Berenguer, asiste
valor para quedar solo
con todo el infierno junto,
quedaré bien, puedes irte.
¿Quién te ha metido, braveza,
entre diretes y dimes
con almas?
Vete.
(Vase)
Yo me llevo
miedo que por quince...
Ya solos hemos quedado.
Sombras, fantasmas, decidme,
¿con qué designios agora
aquí a buscarme venistes?
¿Conocéisme?
Ya os conozco,
pues sois a quien yo, insufrible,
por violentar mis acciones,
cuando tan mal se corrigen,
he dado la muerte.
¿No os acordáis cómo os dije
que agradecido al obsequio
del término que me distes...?
Pag. 35
Para poder confesarme
agradecido y humilde,
menos haría.
Es verdad.
Pues, cuerdo príncipe, oídme.
Vos cuando os confesáis
sois en todo incorregible.
Sabed que permite el cielo,
y en él quien todo corrige,
de entre fatales errores
fantástico cuerpo anime
ser en que para avisaros
que sus piedades no irriten
tan bárbaros desaciertos,
varios yerros, y os obliguen
a que airada la justicia
con bravos castigos vibre.
Sombra
Vase
Matará el pesar que animo,
que sea quien me persigue,
una asombrada apariencia,
una aprensión que me viste
de horrores cuerpo sin forma;
pero airado he de seguirle,
ya que no para vengarme,
ya que no para vengarme,
para procurarle, así bien,
las iras que me atropellan
y el coraje que me asiste.
Segunda vez. ¡Vive el cielo!
acreditándome tigre,
he de buscar en sus sombras
cómo mi pesar respire.
Aguardad, aprensión menguada.
¡Ay, ay de mí! ¡Válgame el cielo!
Mortal un hielo me ciñe,
en vano el valor animo,
todo su aliento corrige,
si a esa imagen que me anega
oí tu apariencia visible,
por demás aliento esparzo,
no puedo, sombra, sufrirte.
Honor., Fast.
Señor, ¿qué tienes?
Mortales vi.
¿Qué me dices?
¿Cómo te fue con el muerto?
¿Qué te ha sucedido, dime?
¿Qué hay de nuevo en la partida?
Pag. 36
ha de haber oído algún chiste,
que siempre en estos señores
medio es para introducirse.
En vano presume el cielo,
aunque más sombras me envíe,
atajar en mis designios
los furores que la rigen.
Mas obstinado en mis yerros,
que pesares me apercibe,
la carrera de los bríos
tengo de correr más libre.
Pues, señor,
dime, ¿qué pesar te aflige?
Nada me digas, y solo
toma esta luz, y el despique
sea el sol de Madalena,
a quien sigo amante ciego.
Vamos, y si acaso intentan
el bailar los matachines,
contigo las almas pueden
irse al infierno a freírse.
(Vanse, y sale Casquete y Federico.)
Si esta noche a mi señora
dijiste que en las galeras
te quedabas, ¿qué quimeras
son las de salir agora?
La causa de mis dolores,
mucha, no la puedes tú alcanzar,
y ansí, déjame anegar
entre pesares, que lucho.
Aguárdame en esta esquina.
(Vase.)
Harelo de muy buen grado,
pero no te sea olvidado
cómo soy un gran gallina.
(Sale Bro.)
Este vinagre es Casquete,
y si puedo he de cascalle,
pues de mandria tiene talle.
Sírvame de taburete,
vuesa merced, señora capa.
Le he de sacudir, empero,
mientras al príncipe espero,
el polvo de la gualdrapa.
(Hace ruido con la espada y dice:)
¿Hay lance más importuno?
Póngome aquí agazapado.
¡Que se me hayan escapado!
Pag. 37
que huyesen seis siendo uno.
Viendo claro testimonio
del esfuerzo que atesora.
(Dale)
Que para matarme agora
no hallo yo aquí algún demonio;
al fin eran hombres bajos
y les pude hacer temblar
de verme a un tiempo tirar
tantos reveses y tajos.
Eran sus tretas modernas,
y uno tanto me temió
que agazapado escondió
la cabeza entre las piernas;
mas yo con tales porrazos
le trasteé, que al pobrete,
que chinchas sobre el casquete,
le di veinte cintarazos.
Hombre, estás loco, detente.
Pues, traidor, ¿aun quedas tú?
¿Qué tú ni qué bercebú?
Mira que estoy inocente.
Aguárdate, que en ti empiezo.
(Vase)
¡Ay! Es fuerza que resista,
que es aqueste don Quijote,
que me rompió la cabeza.
Pagóme los mojicones,
que no ha sido malo el chasco,
y cuando se lleva en el casco
más de cuatro chicharrones.
Aquí su fortuna avara
pudo pagar de contado
lo que a puño cerrado
hizo de coz en mi cara.
Yo voy a regocijarme,
Inesilla me agasaja,
y en aquella reja baja
es cierto que ha de esperarme.
(Vase y salen Madalena e Inés)
Turbada estoy, ¡ay de mí!
Repara que está aguardando.
Válgame Dios, ya me pesa
de haberle llamado.
Ya agora no hay remedio,
si se ha subido al cuarto.
Pues envía una silla y dile
Pag. 38
a su Alteza que aquí aguarde.
(Vase)
Voy, señora, a obedecerte.
Amor, tal celo me ha cercado,
pero si el honor me anima,
¿qué temen mis sobresaltos?
(Sale el Príncipe)
Por lo menos no diréis
que puntual mi cuidado
hoy no asiste obediente.
Sentaos.
Primero
sentaos.
(Siéntanse)
Sentaos.
Pues siéntese Vuestra Alteza,
o sentémonos entrambos.
Cuando en aquesta ocasión
no os quisiera tan bizarro,
verdad es que prevenida
hoy os he enviado a llamaros,
pero juzgué que más cuerdo
hubierais, señor, obrado,
porque quien a media noche
os vea por estos barrios
y alguna noticia tenga
de aquellos tiempos pasados,
poniendo nota en mi honor
condenara mis recatos;
sin atender son ardores
de Vuestra Alteza en mi agravio.
Mal pagáis mis atenciones
cuando vengo a visitaros
solo a cuenta de serviros,
y el ser agora fue acaso,
pues como suele a esta calle
traerme cierto cuidado,
pruebe celosa un desprecio
pasé, y viéndome a un paso,
con veros quise hacer tiempo.
Celos, señor, do me abraso,
cara a cara este desprecio,
pero desvelos despacio.
¿Y qué es Federico, mi esposo?
Y la Marquesa, entretanto,
que se hace tiempo en que pida
de un amoroso cuidado
lograr la dicha de verme,
¿para qué me habéis llamado?
Tormentos mal merecidos.
No sé cómo muevo el labio.
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no soy tan desvanecida,
que, imposible alentando,
viuda del marqués agora,
presuma no se han borrado.
En los mentidos afectos,
nada el alma ha de negaros;
que os quise nadie lo dude,
pero, mi amor agraviando,
el veros tan poco firme,
dando de esposa la mano
a Federico, ha podido,
o corrido o irritado,
ser como la flor de almendro,
que a los primeros amagos
del cierzo, o lo que ha helado,
queda, escarmienta en el prado.
Muera de celos, pues muero.
Diga mi pena, pues rabio.
¡Oíd, señor!
Ya os atiendo.
Loca estoy.
Mas la idolatro.
Aunque acaba vuestra alteza
de confesarme, ¡aquí, ingrato!,
que el haber venido a verme
ha sido solo un acaso,
todo mi afecto rendido
está de vos aguardando
que le habéis de conceder
lo que hoy os pide mi llanto.
Ya sabéis, príncipe invicto,
que con fingidos halagos
habéis mostrado quererme
tan a mi costa dos años,
que en continuos galanteos
disteis ocasión a tantos,
murmurasen en mi honor
mal prevenidos recatos,
pues tan comúnmente todos
os vieron apasionado,
que continuo en asistirme,
que público en el aplauso,
en la calle, en el terrero,
en el muelle, en los saraos,
siendo sombra de vos mismo,
os hallé siempre a mi lado;
o girasol de mis ojos,
o mariposa a mi rayo.
Y al fin creí el ser querida,
aunque mi esfuerzo bizarro
pudo el tiempo que sabéis.
Pag. 40
todo un afecto negaros.
Y aunque es verdad que quisistes
dar a manos, pero asalto,
como a señor poderoso,
y como amante tirano,
conseguistes, como digo,
entre favores urbanos
solo aquellos que permiten
galanteos de palacio,
aquellos adonde solo
galantean los aplausos,
y en nombre de rendimiento
va el afecto disfrazado;
libres pues las voluntades,
llaman al amor tirano,
barajando la esperanza
de adoración en amagos.
Con disimulos permiten
la admiración, no el cuidado;
que para deidades hay
vista sí, pero no manos;
y en fin, son unas deidades
de estilo tan soberano,
que venciendo lisonjean
y califican triunfando.
Mas vos, a este tiempo mismo,
o porque os negó el recato
lo que no es bien que pronuncie,
porque aun para dicho es malo;
fuistes más escandaloso
en obrar tan inhumano,
en hacer tantos insultos,
y en mostraros tan tirano,
que del pueblo aborrecido
fueron todos divulgando
ser mi amor solo la causa.
¡En vano, y error tirano!
Con que vuestro padre, viendo
que vos en vez de enmendaros,
acreditabais delitos,
trató de atajar el daño;
en que el marqués Federico,
único dueño a quien amo,
me diese mano de esposo,
sino a mi vida de mano.
Sentí la fuerza, no hay duda;
al pueblo os miro irritado,
lloré mi desdicha a voces,
y con vano enojo amagos,
pero, al fin, callé, ¡ay cielos!,
aquí, mi señor, aguardo.
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vuestras piedades me entiendan;
que aunque me habéis olvidado,
como vos mismo habéis dicho,
yo sé bien que ha de obligaros
a sentimiento mi pena,
a lástima mi cuidado.
Pues aunque todo el esfuerzo
puso mi honor en echaros,
el pecho no fue tan fácil
que de mi esposo el cuidado
no reparase en mis ansias,
no conociese en mi llanto
estar la ocasión muy viva,
y ser muy crecido el daño.
No es este el mayor desvelo,
aún no os ha dicho mi labio
entre martirios de amor
la mayor pena que abrazo;
pues vos, cruel, a este tiempo,
o mudable o por vengaros
de culpa, que sin ser mía,
soy infeliz quien la pago,
fino amante de Leonor,
sin atender a mi agravio,
dos muertes me das a un tiempo
en los tormentos que paso.
Dejo a una parte, ¡ay de mí!,
a quien me ha querido ingrato,
continuo han de ver mis ojos
otra mujer requebrando.
El mayor pesar que animo,
y, señor, en lo que paso,
es el que el honor padece;
pues quien os vía en mi barrio
de noche en mis ventanas,
cuando saben lo pasado,
¿qué han de juzgar de mi honor?
¿qué dirán de mis recatos?
Y así, lo que el alma os ruega,
si acaso puede mi llanto,
si mi fineza ha podido
algo con vos obligaros,
es que olvidéis a Leonor,
que excuséis el visitaros;
pues de esta suerte aseguro
viva mi amor sin cuidado,
mi fineza sin desvelos
y mi amor sin sobresaltos.
¡Válgame el cielo, qué miro!
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Al paño.
¿Qué es esto de celos vanos?
De un tierno afecto os lo ruego,
un corazón a pedazos;
no queráis darle a mi esposo,
si como leal vasallo
os sirve, tan grave pena.
¡Muerta soy!
¡Vivo me abraso!
Sale Leonor.
Alzaos, marquesa, del suelo,
que ya muestra mi agasajo
solo en mi fineza vive.
¿Quién, señor?
Agora salgo
de las dudas con que vivo.
La atención y los recatos
que debo...
¿A quién?
A mi esposo.
Cielos, ¿si me habrá escuchado?
Y así, señor, os suplico...
Ya estoy de todo enterado,
pero sabed que a vos sola...
Él se va precipitando,
y no sabe quién le escucha,
pero así es de remediarlo.
Ya sé, señor, que yo sola
para conseguirlo basto;
que aunque es Leonor la querida,
y es cierta, siendo mi hermana,
no presume la marquesa,
ha de ser mío este lauro.
El marqués no ha de partirse,
que si ayer llegó a mis brazos,
aunque es debida obediencia,
fuera rigor apartarnos.
Y así, señor, os suplico
que esta jornada excusando
a mi esposo, dé a Vuestra Alteza...
Pena de este agasajo
a Madalena. No entiendo.
Dadme, señor, vuestras manos
por la honra que me hacéis
en visitarme.
Los brazos
están más cerca; estimadle.
A la marquesa excusaos
en cierta jornada vuestra.
Ya desde hoy mi ingenio alabo;
leal mi obediencia os sirve.
Vedme mañana despacio.
Marquesa, ya os he oído.
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Siempre de vos lo he esperado.
Dios os guarde. ¡Adiós, Leonor!
Viváis, señor, muchos años.
Rabiando quedo de celos.
Lleno voy de sobresaltos.
Entre laberintos lucho,
cuando en el confuso caos
menos el alma examina
quién de las dos me ha agraviado.
Juzgo que puede darse licencia para representarla. Dr. Lorenzo Borja.
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Apertura materialmente en blanco; no contiene texto dramático.
Jornada tercera
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Sale el príncipe alborotado.
¿Qué quieres, sombra fría,
imagen negra de mi fantasía?
¿Qué me quieres, presagio, que me sigues?
Si ya muerte te di, ¿qué me persigues?
¿Para qué de esa suerte,
animado despojo de la muerte,
el sosiego me quitas?
Dime ya de una vez lo que en mí buscas;
si eres, muerto, pavesa de mi aliento,
en seguirme, cruel, dime tu intento.
En vano es persuadirme
que puedan tus errores conseguirme,
pues más me irritas, ¡vive el cielo santo!,
cuando a mi vista, espanto,
siempre a mirarte vengo,
ocasión que a tu olvido más prevengo.
Mas que en vano provoco,
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Sale Tronera
Señor, ¿qué es lo que tienes? ¿Estás loco?
Mira que lo pareces;
al aire tiras tajos y reveses;
desvía esos antojos,
fantástica apariencia de tus ojos,
mas tu padre, parece, que he sentido.
A aumentar mi pesar, habrá venido.
Salen el Conde, don Gastón, Federico y criados
El marqués, con él sale.
No hay pesar, que a mi pena se le iguale.
Este es el mejor modo
en que pongo, marqués, remedio a todo.
¿Qué tenéis, que asustado
parece, Berenguel, que estáis turbado?
Nada tengo, señor.
Rara fiereza.
O un poco indispuesto, está su alteza.
Mirad que salgo, a veros
y unas nuevas felices a traeros,
pues Margarita, hermosa
princesa de Navarra, vuestra esposa,
del duque, vuestro tío, acompañada,
está de Barcelona, una jornada,
donde ya vuestro hermano
tan leal, como en todo cortesano,
aunque aviso no tiene
de su mano, hospedaje le previene,
y a ti es, puesto Federico vaya
y la asista, también a acompañalla;
¿no os alegra esta nueva?
No me alegra, señor, pues hace prueba
de mi paciencia, vuestra alteza en ella,
si aunque más Margarita, sea sol y estrella,
no sé yo que sea justo
que nadie a mí me case sin mi gusto.
Madalena este obsequio me ha debido
pues hoy la quiero más, que la he querido.
Mirad, que me he empeñado
y en nombre vuestro la palabra he dado.
Vuestra alteza, señor, poco repara
que es Margarita, asombro de Navarra.
Si os parece tan bella,
id, Federico, vos, casaos con ella.
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Y a mi agravio, mayor ha de llamallo.
Cómo, atrevido, en mi presencia osado,
el respeto perdéis a mi decoro.
Su condición cruel, en vano lloro,
como mintiendo, los afectos míos.
Con tan locos desvíos,
vuestra enorme malicia
provoca mi piedad a hacer justicia,
y vos podéis, marqués, ir preveniros.
Obediente, señor, sabré serviros.
La mano habéis de dar a la princesa,
o habré de derribaros la cabeza.
Seguidme, don Gastón.
Vamos.
Vanse
Primero
Barcelona ha de ver su estrago fiero,
que rinda mi albedrío,
si no es a lo que fuere gusto mío.
Tronera.
Mi señor.
Cuerdo examina,
cuándo parte el marqués.
Pues, ¿qué imagina
tu intención en tal caso?
Si es Madalena, por quien, hoy me abraso,
obrar con el efeto,
mi amorosa pasión, contra el respeto.
Y Leonor, que te adora...
Agora su intención mi gusto ignora,
gozar a Madalena, que es empleo
de toda mi afición, y después creo
que luego he de olvidalla,
en logrando su amor.
¿Qué dices? Calla.
Con que Leonor, que amante me ha obligado,
será el logro, después de mi cuidado.
Según eso, precisas
son las damas en ti, como camisas,
y eso se dice acá, en amorosa guerra,
mascar a dos carrillos, en mi tierra.
Ven, que toda mi gloria es Madalena.
En gozarlo, será toda tu pena.
Vanse
Salen Leonor e Inés
Esta es, amiga, mi pena,
pues aunque el pesar recato,
estoy en su injusto trato,
celosa de Madalena,
y así en tanto suspirar,
para que pueda vivir,
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A mí, Inés, le has de decir
me venga esta noche a hablar.
Mal conoces a Inesilla,
basta una palabra sola
para que con carambola
de letricas la cartilla;
si sabes mis sutilezas,
¿para qué es el prevenirme?
yo sé que él halla en oírme
un tono de sus finezas,
y para que logres su amor
que en mi industria todo cabe,
pues como yo nadie sabe
el arte amandi mejor,
hoy todas sus penas graves
por mi cuenta han de correr.
Tú mi remedio has de ser,
pues que mi tormento sabes.
Mas ya viene tu enemiga.
Parece que triste sale;
si puedo saber sus males
y su pasión me los diga.
Sale la Marquesa
Nadie como tú mejor
saber puede mi tormento,
pues de mi pesar violento
eres la causa, Leonor;
si sola vienes a ser
quien cruel me desesperas.
Cuando más quejas ponderas,
menos te puedo entender.
Son de tu infamia progresos,
cuando tus locos excesos
me tienen, Leonor, sin vida,
pero pues hoy ya se alcanza
el desengaño mayor,
bata las alas tu amor,
muera toda tu esperanza.
Menos indicios me das
con eso de tu sentir.
Inés, bien te puedes ir,
escúchame y lo sabrás.
No sé a qué te persuades.
Enemigas y cuñadas
se tiran a puñadas
por decirse las verdades.
Vase
Conmigo mi pasión lucha.
Salgamos de este cuidado
pues solas hemos quedado,
dime tu sentir.
Escucha,
aunque pudiera, agraviada,
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de tu mucha sinrazón,
fulminar contra ti, e ingrata,
mayores que formó mi voz
olvidada, a las ofensas
que has hecho contra mi honor
el último desengaño
solo te quiero dar hoy.
Lo primero te prevengo,
sabes, mi amor se ha visto
para desmentir el riesgo
en que por tu causa estoy;
pues del príncipe al engaño,
con loca demostración,
diste lugar a la ofensa
que contra nuestra opinión
voraz el pueblo examina,
viendo por su causa asiduos
a las puertas y ventanas
fieros testigos que son,
si no evidentes, sospechas
indicios con que abonan,
destruyen, si no aniquilan,
la mayor reputación.
Pero pues ya de estos riesgos
hoy la experiencia te dio
en los celos del marqués
tan cabal la información,
no me detengo en peligros,
que al animado honor,
echándole a mi inocencia
tanta parte de traición,
pues Federico, indeciso,
va vasallando su honor,
aunque lo niega el cuidado,
quién le ofende de los dos.
Al fin solo quiere ahora
rogarte, hermana, mi amor,
cuando de pasada ofensa
piadosa ofrece el perdón,
olvides tan loco empeño,
que de tu incendio el ardor
o le apaguen mis avisos
o le anegue tu atención.
Mira que ya tu esperanza
fantástica se perdió;
pues Margarita divina
para unir tan sacra unión,
garza que remonta el vuelo
a dichosa posesión,
cerca está de Barcelona,
y Federico sale hoy
a recibirla, también,
y acompañar a el de Fox.
Aquel es forzoso empeño,
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esta mentida aprehensión,
ella segura esperanza,
tú como de azahar la flor
que aspiras al primer aire;
ella de Navarra sol,
tú vasalla, ella princesa,
en cuyos extremos dos
han de hallar tus desengaños
si no te enmendares hoy,
si no te cobra advertida
esta mi cuerda atención
a que logre Margarita
las posesiones de amor.
Atajada me has dejado,
cuánto celosa, mas hoy
ya es conveniente que tenga
solo lugar la razón:
confieso al príncipe quiero,
pero si ya él se casó,
aunque me abrase su incendio,
muera en mi pecho su ardor.
Sale Inés.
Señora, sin prevenirlo,
sin más ni más, se subió
el príncipe preguntando
por el marqués mi señor;
hele dicho cómo agora
hacia palacio salió,
y dice que quiere veros.
¿Qué intenta el príncipe? ¡Ay, Dios!
Dile que no estamos... Pero
aguarda, mas muerta estoy;
solo el oírle nombrar
el ánimo me alteró.
Hermana, ¿qué hemos de hacer?
Antes viene en ocasión
que ha de lograr desengaños.
Tuyos, pero míos no,
pues ¿cómo yo cuando, ¡ay, cielos!...
¿Qué tienes?
Turbada estoy.
Dile, Inés, que entre su Alteza.
Así a decírselo voy.
Vase.
Pues mira, Leonor, yo quiero,
para que logres mejor
el poder desengañarte,
que quedéis solos los dos;
yo, desde allí retirada,
oíros podré mejor.
Sale el príncipe e Inés; retírase Madalena.
Que esté Leonor satisfecha
es de importancia, señor.
De todo quedo advertido;
yo lograré la ocasión,
hacedme aquesta fineza
pues negado a la atención.
Pag. 51
a veros solo he venido.
Mil años os guarde Dios.
Hola, una silla, sentaos,
mucho os agradezco el favor
por la merced que me hacéis.
Todo es poco a mi afición,
el alma en vuestras pasiones
aunque ya muerto su ardor
no deja de confesar
que algún incendio quedó.
A veros, mi Leonor, vengo,
tan mal hallado sin vos,
que como a su centro os busca
mi abrasado corazón.
Y diré que amante os sigo,
Clitie de tus rayos hoy,
que sombras del sol anima
cuanto a sus rayos perdió.
Y que amante mariposa,
dulces tornos dando voy
a la luz que en alto cielo
resplandece a luces hoy;
con que sujeto y rendido,
aunque me abrase el ardor,
soles vuestros ya sigo,
mariposa, y girasol.
Del príncipe de mi pecho
ya una atención le alcanzo,
porque de sentir el alma
pudiera mucho deciros
en esta ocasión, señor,
a no estar desengañada,
mas pagada a mi atención.
El mayor es que os adoro.
Yo digo que es el mayor
conocer que me engañáis
sin atender a quién soy.
Que no os entiendo, confieso.
Sin duda supo Leonor
cómo festejo a Madalena.
Pues yo os lo diré mejor:
que como suele la vela,
que llama vital ardor,
en últimos parasismos
ir alentando el ardor,
queréis de aquesa manera
acreditaros hoy vos
de fino, cuando sabéis
va muriendo vuestro amor.
Que muero yo de adoraros,
eso conociendo estoy,
mas que muera mi firmeza.
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no lo conozco Leonor
esso es a mi mas la luz
es confesar mi pasion
Sale Madalena
esto es morir muchas veces
yo e de salir sin mi estoi
Señor vuestra alteza aqui
sin duda el beneno obro
pues la obligado a salir
Madalena guarde os dios
maior es ya mi tormento
aun apenas me miro
pero si le he aborrezido
a mi que me inporta amor
Leonor escuchad que el alma
me abeis suspendido y no
os entiendo
reparad
nada reparo Leonor
no inporta que la Marquesa
nos oiga
mortal estoi
claro me ablad pues sabeis
yo lo dire por Leonor
Marquesa cuando me abraso
que podeis decirme bos
ay mi y hacer el agravio
muera mi desprezio oy
pues como si estais cassado
con Margarita señor
quereis azer le esta ofensa
y este agravio a mi opinion
porque si ella es Margarita
reluziente topazio vos
y den tan buen refuso
yo el topazio me abraso
y para que certa ebidencia
este papel en que doi
orden a mis hermanos en el
y a mi tio don Gaston
que no benga la prinzesa
por que mientras bibais bos
todo el alma e de abrasar os
Quien tal pensara a traidor
Vase
a de ser mi afecto uno
y asi mas fina deidad
merezca os mas satisfecho
Quien tan fino os adora
hermana que te pareze
Que eres dichosa Leonor
y pues tan rara fineza
Pag. 53
Vase.
es disculpa a mi pasión,
y esta vez tan favorable
la dicha se declaró;
siendo tanta ya mi suerte,
has de ayudar a mi amor.
Tan cruel es mi pena y sentimiento,
tan fiera la ocasión de mi cuidado,
que solo el repensar en mi animado
aborto puede ser de mi tormento.
Aunque calle en mi pecho cuanto siento,
el desvelo que agora se le ha entrado,
de suerte, por mayor merced, atajado,
que arroja en mi pasión su desaliento.
Remedio en mi dolor ya no le espero,
abráseme violento un fuego interno,
pues muero de querer lo que no quiero.
Mi pena es inmortal, mi daño eterno,
y si en el del remedio desespero,
compárese mi mal al del infierno.
Viertan lágrimas mis ojos,
busque alivio al pesar.
Mas, ¿puedo disimular
mi desvelo y mis enojos?
¡Madalena!
Esposo mío.
¿Vos tan triste en mi presencia?
Esto es sentir vuestra ausencia,
esto es llorar un desvío,
que bien vuestro amor pudiera
desmentirme este cuidado.
Con haberos excusado
esta jornada...
Eso fuera
con negarme a esta partida,
querer borrar favores del conde
cuando mi fe corresponde
tanta lealtad adquirida.
Pues dueño, esposo, señor,
si forzoso es el partiros,
solo os encargo deciros
que un alma vive en los dos.
También en esta partida
mi fe ha de ser obligada,
fíe de mi honor, como honrada,
de mi honor agradecida.
Su pensamiento celoso
a mí quite mi sosiego.
Casquete sale.
Ya nos podemos ir luego.
Dadme los brazos, esposo.
En ellos quiere mi intento
asegurar que en vos quedo.
Dios os guarde, que no puedo...
Pag. 54
De tener el sentimiento,
cuando en mi amante pasión
son tan fieros mis enojos
que se han subido a mis ojos,
ventanas del corazón.
Vase.
¿Cómo es posible, ¡ay de mí!,
que me ofenda Magdalena?
¿Qué importa quiera mi pena
dármelo a entender así?
Yo he de apurar mis desvelos,
pues el alma te he fiado;
confidente en mi cuidado,
hoy se averigüen mis celos,
de partirnos luego trata.
Eso es lo que yo no haré,
pártete tú.
Déjate,
cuando mi dolor me mata,
cuando ves que desespero
a una tirana violencia,
de burlas.
Con tu licencia,
yo me he de quedar entero;
pero dime, ¿qué he de hacer?
Que demos priesa a marchar,
pues desde el primer lugar
nos habemos de volver,
donde puedan mis desvelos,
si el desengaño me alcanza,
lograr la mayor venganza
de amor, de honor y mis celos.
Salen Leonor e Inés.
Inquieta, Inés, Magdalena,
mal su pasión disimula,
y aunque más mi dicha envidie,
yo he de lograr mi ventura.
Yo confieso que celosa
me tuvo en mortales dudas;
pero ya los desengaños
toda mi esperanza fundan;
mucho al príncipe le debo,
y si su amor hoy me ayuda,
logre animarse mi pecho,
haga que el empeño luzca,
pues de mi amor obligado,
tan alta fineza anuncia
quien Margarita desprecia
tanto imperio de hermosura.
Muera en mi amor mi recato,
que aunque es contra honor la culpa,
Pag. 55
Ser soberano es delito,
sirve a mi honor de disculpa,
que esta noche vendrá a verme,
en un papel me asegura.
¡Ah, ídolo, en mayor fineza
venza su afecto mis dudas!
Y pues mi hermano se ha ido,
que en mi lastimación juzga
pues hoy de tan alto empeño
vitoriosa esa alma triunfa,
pene inquieta Magdalena,
muera entre confusas dudas,
llore envidiando mi suerte
cuando su mal es sin cura.
Señora, tu hermana sale.
Sale Magdalena.
Déjala, ¿de qué te asustas?
Parece que triste vienes,
¿qué pena tu pecho oculta?
Nada tengo, déjame
que padezca entre mis dudas,
que es renovar el dolor
si la causa me preguntas.
Voy, me paso a obedecerte,
mas... mi celo me disculpa.
Yo también me voy, temiendo
den al traste estas consultas.
Tormento más sin remedio
pues cuanto amor disimula,
son pasiones que en el pecho
mis atenciones ocultan.
¡Qué importa que alado honor
sacre a los cielos me suba,
si el huracán de mis celos
despeñada me sepulta!
Y ni que siendo suyo el triunfo
logre atenciones tan suyas,
cuando me quita su gloria
un abismo de fortunas.
Pero mal harán mis ansias.
Muera el desvelo, consuman
hoy, animados esfuerzos
tantas ideas confusas.
Venga honor, viva mi fama,
muera en mi pecho su injuria,
muera el traidor que me ofende,
si mi ser tirano usurpa.
Ausente vive mi esposo,
y si con celos hoy lucha,
para vengar sus agravios
todo su esfuerzo en mí infunda.
¡Muera Leonor, viva el cielo!
Pag. 56
pues que mi deshonra busca,
sí muera el príncipe ingrato;
si de disinios homicida,
sea de honor la victoria,
y aunque zozobras me turban,
y aunque pasiones me anegan,
y aunque desvelos me asustan,
en mí examine mi esposo
tan hidalgo honor me ilustra,
que espejo de cristal siendo,
sombra menor no le encubra.
Villana aprensión del pecho
mis atenciones sacudan,
no quede de mi infame incendio
ni aun una pavesa oculta.
Vase y sale el Príncipe y Tronera.
Fiera tempestad.
El cielo
nos trata como gabachos,
o presume que borrachos
vertamos agua en el suelo.
No vi mayor torbellino,
todo el agua me pasó.
Pesar de quien me parió,
que no llueva una vez vino;
agua y más agua, reniego
de mi paciencia; quisiera,
si aquesto les sucediera
a un desdichado manchego.
Mas dime por qué has salido
en una noche que asombra.
Solo por aquella sombra,
embarazarlo aguardo;
que si ardiente rayo anhelo
a acreditarme centella,
hoy mi valor atropella
todo el disinio del cielo.
Que esta tempestad confusa
sigas...
De ella gusto más.
Ave nocturna serás
o debes de ser lechuza,
pues siempre las confusiones
van por iglesias y ermitas,
tú en estas noches malditas
persigues tus devociones
en ellas, aunque has muy pocas,
desmintiendo todo azar,
Pag. 57
Quieres tan bien ocupar
algunas vírgenes locas
que creo aquello he pensado
mas con diferencia tanta
que tú haces lo que él canta
con más de un pobre casado
Que hallándome a mí templado
te desesperas así
pues mofaste tú por mí
reniego de mi pecado
aprende en mi sufrimiento
para aprensiones estamos
pero mientras nos mofamos
va un cuentecillo al intento
azotaban dos un día
y uno al rebenque gritaba
y el otro que ancho estaba
no dijo esta boca es mía
vio el verdugo su impaciencia
y asentándole la mano
le dijo aprended hermano
como este a tener paciencia
el paciente se reía
y él le dijo con despejo
maestro yo ya estoy viejo
en toda esta tropelía
aplico pues si tu amor
gusta de estas travesuras
y empresa hago de locuras
eres diestro nadador
si en tormentas iguales
bien impaciencias me ofuscan
porque a ti solo no buscan
tantas deshechas canales
a más Señor que esa capa
y ese sombrero descubre
y el que borrascas encubre
y ella que infortunios escapa
una media fe extremada
y pagó mal mis halagos
pues me empeñó a puros tragos
a quedar de ella empeñada
por trece libras que dejé
y es tan porfiada honrada
que por estar empeñada
no hay sacarla de su eje
Pag. 58
mas que el tiempo no serena
repara
así le procuro
para lograr más seguro
los brazos de Madalena
y aunque la noche parece
que es mi enemiga, es locura
cuando ocasión me asegura
en sus horrores me ofrece
¿y qué ha de sentir Leonor?
Dentro ruido funesto
sienta Leonor lo que quiera
que si amor me desespera
primero en todo es mi amor
mas ¿qué alboroto a estas horas?
¿y qué lágrimas son estas?
debe de haber muerto el dueño
de esta casa, es cosa cierta
y según las confusiones
Sale 1º
ser un hombre principal muestra
pues entra e infórmate
de los que asisten en ella
pero de este que aquí sale
lograrás saber, espera
dígame, señor hidalgo
quién murió saber quisiera
el príncipe mi señor
que Dios en su gloria tenga
¡Cielos! ¿Qué es esto que escucho?
hecho estoy una badea
es aprensión de mi idea
con mortales penas lucho
no sé cómo me lo entablo
ver un caso en quien voy yo
tú eres, si él se murió
sino su sombra es el diablo
dime, ¿sabes que hayas muerto?
sé que estoy desesperado
Sale 2º
¿te acuerdas haberte ahorcado?
mas de este saber lo cierto
vuesa merced se detenga
quién murió quiero saber
el príncipe Berenguer
que Dios en su gloria tenga
Pag. 59
Aquesto es hecho, no hay más.
¿Oyes, sombra?
¡Jesús!
¡Escucha!
¡Mira la cruz!
¡Ver un caso, Satanás!
Que esto mi paciencia gaste,
que el cielo me apure así,
sin que incendios que hay en mí
toda aquesta gente abrase.
Pues viéndolo yo así,
más claro lo he de saber:
¡Jesús! ¿Muerto es Berenguer?
Sale 3º.
¡Cielos! ¿Qué queréis de mí?
Mataránme mis pesares.
Estamos fuera de tino.
Vase.
Que vos lo estáis imagino,
si esto venís a ignorar;
lo que os han dicho es lo cierto:
si por milagros divinos,
siguiendo sus desatinos,
aquesta noche le han muerto;
y si porfiáis, necio,
desmentid una quimera,
y el que lo afirma mienta.
Idos más a espacio.
Quien esta apariencia fragua,
digo que palpar me quiero,
yo soy, no hay más, no estoy ciego;
que harto me ha calado el agua.
Yo tengo un lindo despacho,
esto que veo es encanto,
pues yo no he bebido tanto
que piensen que estoy borracho.
Hoy del mundo me destierro,
que soy sombra, creedme,
y, cielos santos, valedme,
porque confesar me quiero.
Mas, señor, ya he discurrido
lo más de aquesta materia:
este es aviso que el cielo
nos da para nuestra enmienda,
y así, si a ti te parece,
demos a casa la vuelta,
mejor es antes que a malas
que nos pongamos en buenas.
Pag. 60
¿Ahora moralizas
cuando un infierno me cerca?
Si pude hartarme de moras,
hoy moralizar es fuerza.
Pícaro, ¡vivan los cielos,
que os corte, infame, la lengua!
Por hablador deslenguado,
repara, es cosa muy fea.
¿Predicador te me vuelves?
Cuando mi rabia quisiera
tener en mí todo el fuego
para deshacer pavesa
tanta fantástica sombra
que, entre fingida apariencia,
cuando enmienda solicitan,
más cruel me desesperan.
¿Qué quiere el cielo de mí?
Rayos vomito y centellas.
Abrasaré si me apuro
hasta las mismas esferas.
Si asombro de Cataluña,
si desatado cometa,
cómo se me oponen sombras,
cómo aprensiones me alteran.
Pero con fingimiento,
toda una intención soberbia
sea alivio a mis ardores
la noche de Madalena.
En fin, señor, ¿que hemos de ir?
Aunque el infierno revuelva
todo un incendio enorme,
y asombros el cielo llueva.
A Madalena he de ver,
y he de gozar su belleza,
pues si malogro costumbre,
no he de ser de hoy más postema.
Sea, vamos.
Ya te sigo.
Rabia mortal me atormenta,
horrores son cuantos piso
y miedos cuantos me cercan.
Vanse, y sale Federico y Casquete
Ya estamos en tu calle, di qué tu intención fragua,
cuando me anego, de anegarme en agua.
En este confuso abismo
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enigma vengo a ser yo de mí mismo,
pues más ignoro lo que a tiento busco;
el daño entiendo y el remedio ofusco,
y en el confuso anhelo
ruina vengo a ser de mi desvelo.
¿Agora es tiempo de esa jerigonza,
cuando de vida no me queda un onza?
¿Con consultarme estás, cuando calado
estoy hecho un atún escabechado?
Casquete prevenido,
mira que entremos sin hacer ruido.
Digo, señor, que no sé dónde vengo.
Al cuarto del jardín, pues llave tengo,
y por la escalera que endereza
hasta la misma pieza
que los cuartos divide.
Y con eso, tu intento, di, ¿qué mide?
Que mi celosa queja
me acabe de matar, pues no me deja;
mas ya la puerta he hallado, ven conmigo.
Yo no quisiera hallarme ya testigo.
Vase y sale Inés con Leonor y Luz.
Por el cuarto de tu hermano
ha de subir aquí arriba,
y pues yo le di la llave
y nada, señora, te aflija,
aquí quedas a guardalle.
Solo ese bien me anima,
en esta amorosa traza
toda mi industria lo fía
cuando ya al príncipe tengo
dentro de la cuadra misma
de Madalena.
A tu afecto
estoy tan agradecida
como obligada
a servirte.
Solo mi fe solicita;
atiende si habrá venido.
Es la noche tan maldita
que no admiraré que tarde;
pero abriré prevenida
la puerta porque me sienta.
Logre mi amor esta dicha.
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Pero la luz de mi aposento,
que se va por ella, amigos.
Vuelvo con ella, que al fin
todo amor lo facilita.
Vase.
Aunque conozco mi error,
si una fineza me obliga,
mucho quedo disculpada.
Sale Federico y Casquete.
Que te quitaré la vida
si no vas pisando quedo.
Voy como quien quiebra paja.
Pasos siento, este es mi amante;
cabal es toda mi dicha.
Lo que dice escuchar quiero,
sin darme por entendida.
Mis desvelos hasta el cuarto
de Magdalena me guían,
lleno de amantes cuidados,
cuando Leonor recogida
estará ya en su retrete.
Vase.
¡Ah, traidor, ya se temían
mis desvelos esta infamia!
Mas te seguirán mis iras
como irritada leona
o como sierpe de Libia,
príncipe, traidor, infame,
para quitarte la vida.
Sale Inés con luz.
¿Qué tienes?
Desaparécete,
nada, traidora, me digas;
dame la luz. Cuando llego
a unos celos que me incitan,
rayos que arroja el aliento,
fuego que el pecho despida.
Pero, ¿para qué la luz,
cuando mis celos me incitan?
¡Aguarda, ingrato, traidor,
príncipe, aleve, homicida!
Vase.
¿Qué puede haber sucedido,
que Leonor así se irrita?
Si al príncipe sintió,
toda mi obra perdida.
Sale Tronera.
Aunque más lo solicito...
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Olor no quedó en la cocina,
cuando, de hambre, ¡vive Cristo!,
que se me salen las tripas.
¿Bronera, cómo has salido
acá fuera?
No me riñas,
que es el hambre quien me saca.
Dame, si tienes, amiga,
algún refresco.
Es en vano,
que aunque la despensa es mía,
está muy lejos de aquí.
Hazme siquiera unas migas.
Mejor las hará tu amo.
Aún no sabe de la misa
Madalena la mitad.
Mas, ¿quién esta sala pisa?
Salen el Conde y don Gastón.
Las atenciones que debo
a Federico me obligan
venga a defender su honor,
cuando mi temor malicia
crueldades de Berenguer,
que me consta solicita
a Madalena. Responda,
mas estos criados digan:
¿qué hay de nuevo?
No os cubráis,
llegado ha el fin de mis días.
Pues, ¡villano! ¿Vos aquí?
Verme quisiera en la China.
¿Adónde está Berenguer?
Aquesta, señor, lo diga.
Dilo tú, pues que lo sabes.
Servirte es toda mi mira.
A mí obedecer me toca.
¿Dónde está?
Ya ellos lo gritan.
Ruido dentro.
Muere, tirana.
¡Ay de mí!
Traidor, en vano porfías.
Te he de lograr, ¡vive el cielo!
Sabré quitarte la vida.
Muerta soy, ¡ay de mí, triste!
¿Quién vio más fiera desdicha?
Hacia esta parte se oye
un hombre que solicita...
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Conquistar una mujer,
y hacia esta se averigua
que a una mujer dan la muerte.
Pues vos a la más precisa,
don Gastón, acudid presto
mientras este daño evita
todo mi esfuerzo animoso.
Vamos, señor.
Hoy me pringan.
Sale Federico y Madalena, cada uno por su puerta.
Muera quien mi honor contrasta.
Muera quien mi honor derriba.
Logre toda una venganza.
Vea mi infamia caída.
Pero, señor...
Mas, ¡ay cielos!
¡Qué bien temí esta desdicha!
Pues, ¿cómo, cuando imagino
que es mi esposa fementida
a quien di la muerte, veo...
¿Cómo mis temores miran
a mi esposo, cuando el alma
tan lejos le presumía?
Con el acero en su mano,
¿qué mi intención solicita?
¿Pues qué con la daga intenta,
cuando solo a mí me mira?
Marqués, ¿qué os ha sucedido?
Madalena, ¿qué examino
mi atención en vanos miedos?
¿Quién, Federico, os obliga
a tanto extremo?
¿Qué causa,
si Madalena os irrita?
Decid, Marqués, vuestra pena.
Descifradnos tanta enigma.
Señor, vuestra Alteza escuche.
Su Alteza de oírme se sirva.
Degollabuntur sin duda.
Toda Galilea es mía.
Si una hermana, gran señor,
ingrata y desconocida
faltara a su honor, ¿quisierais...
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Le quitará dos mil vidas.
Y si vuestra alteza agora
que infinitos años viva
se hallará en obligación
de tanta nobleza antigua
que me asiste y de leal,
de un señor la tiranía
contra el honor de mi esposo
y contra mí solicita.
Derribar su honor quisiera...
Abrasaránle mis iras.
Que es conde de Barcelona,
monarca que el sol envidia.
Lo mismo hizo mi honor,
lo mismo mi honor anima.
(Corren la cortina y se ve el príncipe y Leonor muertos.)
Aquesta es Leonor, mi hermana.
Esta es mi fiera enemiga
que halló en sus celos la muerte.
¡Válgame Dios, qué desdicha!
Aqueste yerto cadáver,
sombra de su imagen fría,
es de Cataluña el rayo
deshecho ya en sus cenizas.
Conque, rendido a tus plantas,
Conque, a tus plantas rendida,
este instrumento me acabe,
este me quite la vida.
Muera, y no vean mis ojos
tanta animada fatiga.
Muera, y no vea mi llanto
tanta animada ruina.
¡Qué bien temió mi cuidado,
de tu condición impía,
Berenguer, este fracaso!
Corred aquesa cortina,
porque mis ojos no vean
del alma mayor fatiga.
Alzaos, marqués Federico;
llegad a mis brazos, prima,
y estad cierta de mi afecto.
De nuevo laurel te ciñan
por acción tan generosa,
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Eternos siglos hoy vivas,
si para exemplo del mundo,
y para ser del mundo envidia.
Don Gastón, prevenido,
cuidad de que en la capilla
se deposite sin pompa
esa atajada ruina
de todo el reyno.
Obediente,
sabrán las lealtades mías
solicitar el serviros.
Hoy Federico prosiga
desde luego su jornada,
cuando queda a cuenta mía
consuelos de Madalena.
Tanto tu piedad me obliga.
Tanto tu pesar me ofende.
Y tu dolor me fatiga,
que quisiera, vive el cielo,
entre tan mortal ruina
ser estrago de mí mismo.
Y vos, esposa divina,
perdonad si mis desvelos,
con atención mal nacida,
os ofendieron.
Mis brazos
de nuevo mi amor os digan.
Atended, noble Marqués,
que la infanta Margarita,
hasta que vuelva a miraros
quede un poco detenida.
Goce Ramón, más dichoso,
toda esa suerte.
Y la mía
será de hoy más serviros.
Pues de nosotros se olvidan...
Gran fortuna.
Gaudeamus,
pero mayor lo sería
si el poeta, si el aplauso
vuestra atención le dedica.
Dn. Coronado, opus.
Año 1659.
