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Texto digital de El gran profeta Eliseo

Data de publicação: 22 de agosto de 2026

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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El gran profeta Eliseo. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/el-gran-profeta-eliseo.

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EL GRAN PROFETA ELISEO

Pag. 1

n. 43 / # / N 13 / 1

V. v. 91. 4.

n.º 2 172

creo, es de D. Leon

Eliseo, viejo venerable.

Giezi, su criado.

Jael, dama.

Sunamitis, dama.

Iberna, criada.

Un niño hebreo.

Dos ángeles.

Jorán, rey de Israel.

Jonadab, hebreo galán.

Hazael, sirio galán.

Naamán, sirio barba.

Gercon, gracioso sirio.

Músicos. Soldados.

Cantan dentro y salen la sunamitis llorando y Eliseo, con hábito vestido de profeta, Iberna y Giezi también de profeta ridículo.

Música.

Entre dolorosas ansias,

ajena de todo alivio,

la infelice sunamitis

enciende el aire a suspiros,

repitiendo: «¡ay, bien mío,

aún no gozado cuando perdido!»

Jornada primera

Pag. 2

Eliseo.

en vano es, señora,

pues al verle fallecer

la deuda que hizo al nacer

paga infausta con morir.

Cese el llanto, el dolor cese,

que me causa compasión.

Sunamitis.

¡Oh, qué bien mi corazón

hizo que me previniese,

diciendo cuando el favor

de la sucesión logré

no me engañase!

Eliseo.

¿Por qué?

Dale respiro. Su dolor,

al poder de Dios supremo,

nada hay que esté reservado

en los orbes.

Sunamitis.

No he dudado

lo que dices, pero temo

que apresurado el rigor

de su indignación divina

se dirija a mi ruina.

Eliseo.

Desconfías del Señor.

Giezi.

De ello no llore.

Sunamitis.

¿Por qué?

Pag. 3

Giezi.

Rebeca,

porque su ama llora,

y siempre de la señora

mona la criada fue.

Pero dime dónde está

aquella amiga de su ama,

que era tan bizarra dama

como continua; ¿tendrá

hoy a casarse?

Bersabé.

No, porque

habiéndole al campo salido,

de la escuadra de un bandido

le sirvía despojo, fue.

Eliseo.

Cuando desconfías del Cielo,

vengativos...

Sunamitis.

¡Ay Dios!

Eliseo.

...me dan

de transcender el Jordán,

y de volverme al Carmelo,

y a los dos.

Sunamitis.

Hoy de ti

fía, señor, mi humildad,

y que aquella prosperidad

has de volverme.

Rebeca.

Es así.

Pag. 4

Eliseo.

Yo oraré.

Giezi.

¡Bravo embustero

en mi mente se figura!

Sunamitis.

¿Cómo de un santo censura?

Giezi.

Él es santo.

Sunamitis.

Santo y fiero.

Giezi.

¿Has el azote severo

visto con que suelo darme,

con furor, hasta dejarme

(no la cause maravilla)

señalada la costilla?

Mas tal suelgo azotarme.

A Dios.

Eliseo.

Abra, Giezi, apriesa

el cenáculo.

En medio abre unos aposentos, y véanse dentro lo que dicen los versos.

Giezi.

Ya espero

ver en él un candelero,

una silla, cama y mesa

del hijo que es en la cama,

que se muestra a esta señora.

Eliseo.

Váyase allá fuera ahora.

Giezi.

Pues llame Giezi si llama,

porque elevarme quisiera;

pero voyme a la cocina,

que demasiado me inclina

mi amiga la cocinera.

Pag. 5

Giezi.

Da lo que guisa a probar

a mi estomagazo ayuno,

mas lo que pruebo a ninguno

se le quede a atravesar.

Vase.

Eliseo.

En Jericó sané las aguas fiel

arrojando en lo amargo dura sal,

en infames rapaces fue fatal

mi maldición encima de Betel.

De la opresión del acreedor cruel

los hijos redimí del ya inmortal

Abdías, siervo suyo, siempre igual

que a su viuda intentó quitar infiel.

De esta mujer el riesgo has de advertir,

borrando en ella el trágico dolor

que tanto pudo su ánimo afligir.

Por ti le prometí yo el sucesor

que ha fallecido; vuelva ya a vivir,

si es tuya mi palabra, gran Señor.

Entra y ciérrase, y salen la Sunamitis y Beroa.

Sunamitis.

Juzgo que se ha de irritar

cuanto lo llegue a saber.

Beroa.

Visto, señora, uno es ver.

Sunamitis.

Pues ¿qué es , Beroa,

y del ver es desechar.

Pag. 6

Beroa.

Pero ya se ha entrado allá.

Vamos nosotras ahora,

pues va cerrada, señora,

la habitación en que está.

Sunamitis.

Mira que orando en su rostro

purísimos rosicleres

en iluminados visos,

se rebosan o se vierten.

Calfisa.

Sobre el lecho donde yace

el niño, señora, asciende,

que huyera yo de él más tierra

que toda Samaria tiene.

Sin cesar la representación cantan dentro.

Ángeles.

Brillen los rayos

del alma que al mundo

segunda vez vuelve;

da sagrado aliento

al contacto débil,

el caduco polvo

animado aliente,

tiñendo en ardores de la dulce vida

funestos horrores de la amarga muerte.

Sunamitis.

Su boca sobre la boca

Eliseo pone, y parece

Pag. 7

Sunamitis.

que de su aliento agitados

los débiles labios mueve.

Iberio.

Los ojos une a los ojos

del niño; y a rato breve,

las manos junta a las manos

el profeta; él no le teme,

susto me da a mí de solo

imaginar que he de verle.

Música.

La luz pura

de los ojos

que asegura

la hermosura

ya resplandece

desterrando en los despojos

la materia que forma merece.

Sunamitis.

¿No escuchas el suave, el dulce

sonoro concento de él,

que cuando aún no percibido

duda el oído perderle,

en el alma derramado

la anima y la fortalece?

Giezi.

Yo me he embobado con ser

música que no sé entender.

Pag. 8

Ángel.

Los alientos

divididos,

a tormentos,

en fragmentos,

se recuperen,

y gobiernen los sentidos,

pues en proseguir su obra adquieren.

Dentro Eliseo y Giezi.

Bersabé.

Ya se empezó a pasear

y ha bostezado siete veces

el difunto; el referirlo,

señoras, miedo me mete.

A los muertos guarde afuera,

aun a los vivos parece.

Pero a Giezi llama

su compañero perenne,

y presume estar bien loco.

Sunamitis.

Que no nos vea conviene.

Vamos, hasta que el sentir

Bersabé.

¿En qué te detienes,

si la llave de las puertas

está tocando a que viene?

Sunamitis.

¡No en vano el hombre de Dios

te dan el nombre las gentes!

Vámonos.

Pag. 9

Ábrese el cenáculo y vese un círculo de varas que iluminen a Eliseo que esté con un niño ves- tido de hebreo, tomándole y a y dos ángeles a los lados, y en habiendo salido los dos al tablado se forman dos semicírculos llevándose cada uno de los ángeles su parte hasta que se ocultan en las primeras bambalinas del teatro.

Ángeles.

Brillen, etc.

Giezi.

Ay qué niños tan hermosos

le asisten, haced se quede

uno conmigo si quiere.

Eliseo.

¿Para qué?

Giezi.

Para que juegue,

que es lástima que se vayan

todos y solo me dejen.

Eliseo.

Giezi.

Sale comiendo.

Giezi.

Señor, ¿qué me manda?

Eliseo.

¿No te advertí te estuvieses

en esa cuadra?

Giezi.

Han de estar

rezando a voces.

Eliseo.

¿Qué tienes?

Giezi.

Comer.

No, señor, que es mosca.

Pag. 10

Eliseo.

¿Qué dice?

Giezi.

Lo que no entiende;

tal, quien subiera un trapillo

para que abajo cayese.

Pero, ¿qué miro? Un abrojo

me da, que duele.

Niño.

¡Cuál duele

la grama!

Giezi.

Brava altivez,

he de bajar, si Dios quiere.

Eliseo.

Llama al instante, Giezi,

esta Sunamitis.

Giezi.

¿Quieres,

señor, que baje a su presencia

la prevenga lo que llegue?

Eliseo.

Pues, ¿dónde?

Giezi.

Es que ahí romaneaste,

que, cuando menos se piense,

tan alto me tirará

que es muy posible me estrelle,

y no naciendo a tantos

mis bajezas, altiveces...

Mas ya llega.

Sale Sunamitis.

Niño.

Madre mía.

Eliseo.

¡Ay, piadosa mujer tienes!

Pag. 11

Sunamitis.

Su hijo,

porque a sus plantas

Arrodíllanse.

Baltasar y Ziona.

Rendidamente

adoremos la deidad

que dentro de sí contiene,

cuyos resplandores ciegan

la luz natural al verse

en portentos aumentarse

y en milagros excederse.

Eliseo.

¿Qué hacéis, pues, como a mi planta,

Sunamita, de esa suerte?

Sunamitis.

Quita,

que mayor fortuna

Giezi.

Que pruebe,

no me tapa con no quitarse,

si pesada o ligera eres.

Sunamitis.

Hijo de mi vida.

Niño.

Madre.

Sunamitis.

¿Con qué mi amor pagar puede

lo que te debe, Eliseo?

Eliseo.

Ya lo pagaste en haberme

siempre que pase por Suna

dado hospedaje decente,

a su esposo reduciendo.

Pag. 12

Eliseo.

a que fabricar hiciese

(capaz morada a mi bulto)

este zenáculo breve,

y pues cesan de tu llanto

las lastimosas corrientes,

poseyendo lo que tanto

han deseado, y hoy se lo lleven

a su padre y a su esposo,

y queda en paz.

Sunamitis.

No se ausente

hasta que él le dé las gracias.

Eliseo.

Solo a Dios dárselas debes.

Giezi.

Pues deme a mí las albricias.

Eliseo.

A lo que dártele no advierte.

Giezi.

Vais,

eso es dármele a mí.

Aguarde, despediréme.

Niño.

¿Dónde está mi padre?

Sunamitis.

Al campo

salió, allá iremos a verle,

para que tantas zozobras

solo con su vista cese.

Eliseo.

A Dios, bella sunamitis.

Sunamitis.

Él te guíe.

Giezi.

No se puede

hacer por embargo, que se

le pagará de aquesta suerte.

Vanse diferentes.

Pag. 13

Suena dentro la música y sale Naamán sirio vestido de púrpura, con barba blanca muy bizarra, y Hazael sirio galán muy bizarro, y Jael dama hebrea, y Dercon sirio ridículo.

Música.

Fatigado del descanso

que ofreció el lecho propicio,

impacientemente heroico

de él se aleja Naamán sirio.

Naamán.

¡Qué dolor, dioses, qué pena!

Callad, callad, fementidos,

dejadme, dejadme todos,

no os abrasen mis suspiros.

Jael.

Yo sola tu enfermedad

aliviara si propicio

lo que dije a mi señora

hicieras.

Naamán.

Pues, ¿qué la has dicho?

Hazael.

¡Qué hermosa está Jael, dioses!

Jael.

Que, ya que no han destruido

la cruel enfermedad

contagiosa que tu invicto

esfuerzo postra, los doctos

físicos sirios y egipcios,

partas a Samaria, donde

el profeta esclarecido

de la

Pag. 14

Jael.

De la lepra que padece

ha de sanarte benigno.

Naamán.

¿Qué triaca tienen las voces

tuyas, que nunca he tenido

mayor alivio que hoy?

Pues aunque corto le admiro,

le engrandece el desdichado,

como mayor no le ha visto.

Pero ¡qué dolor! ¡qué furia!

¡Válgame todo el empíreo!

¡Oh, quién pudiera acabar

vida que, en tantos martirios,

eternidades de ansias

va numerando a gemidos!

Gercon.

El hombre rabia de duque,

que es peor que de tabardillo.

Hazael.

Sosiega, amigo Naamán.

Naamán.

Prosigue, o habla en los prodigios

de este profeta, que solo

el hablar de él ha podido

sosegar las inquietudes

de los que, ya introducidos

en este pequeño mundo,

huéspedes creyó natura.

Pag. 15

Hazael.

en sus luces abrasado

muero todo lo que vivo.

Naamán.

Di quién es este profeta,

porque o cesen mis delirios

o sin remedio perezca

a tantos golpes mi juicio.

Jael.

Valiente Naamán, augusto

príncipe, noble caudillo

de Siria, de cuyas honras

eres solamente digno,

por quien concedió el Señor

salud al gran reino siro,

invicto, fuerte, animoso,

heroico, esforzado y rico,

aunque arrojo, mis voces

atiende. Y nadie al oído

dé la censura que toca

privativamente al juicio,

que es necio el entendimiento

si es de la memoria hijo.

Nació el profeta Eliseo

en Galgalle (que es lo mismo

que lugar de libertad),

amenazando prodigios.

Pag. 16

Jael.

en su nacimiento todos

los elementos unidos;

pues aquel día, con graves,

con horrorosos gemidos,

en Selón, disforme bruto,

bicorne horror atrevido,

(pero enmudezcan las frases,

porque, sin el artificio

de retóricos colores,

quede mejor entendido)

un becerro de oro, que

adoraba el pueblo impío

en Selón, dio tan disformes,

melancolizados gritos,

que a sus acentos los montes,

entre insensibles deliquios,

caducamente gimieron

verse a arenas reducidos.

Fue su padre Safat, que era

de Abelmehola, no rico

de bienes humanos, ni

pobre, pues, constituido

en una igualdad mediana,

en un decente equilibrio,

Pag. 17

Jael.

sino paso a lo superfluo,

llegó a más que lo preciso.

De la religión al celo

se inclinó desde tan niño,

que antes le hizo religioso

la inclinación, que no el juicio.

Ya sobre la tabla rasa

de su entendimiento limpio

tiraba lejanas líneas

el sagrado primitivo

pincel de la natural

razón con tan encendidos

colores, que desmintieron

los del Sidón y de Tiro.

Llegó a la edad de doce años

cuando Dios a Elías dijo

le ungiese profeta excelso

sobre su pueblo escogido,

para que, en dejando Elías

el mundo, substituido

por Eliseo se viese

su sacro espíritu activo.

Buscole, y hallando el horrible

desierto agostado, impío

Pag. 18

Jael.

Hasta Damasco; en sus campos

tan fértiles como opimos,

halló a Eliseo, entresacando

el cruel corvo, atrevido,

flamante, acerado diente

al árido, seco estío,

pavimento de la tierra,

porque conmute florido

violentamente ultrajado

lo que desdeñó nativo.

Llegose a Eliseo, echando

su manto en sus hombros dignos,

e infundió el sagrado don

de profecía, y rendido

a los preceptos de Elías.

Le siguió después tan fino,

que con él sale, sin las libres

acciones del albedrío.

De Galgala los dos salen,

cuando Elías advertido,

le mandó a Eliseo aguardase

allí; pues le había dicho

Dios que pasase a Bethel;

pero Eliseo encendido

Pag. 19

Jael.

con amor, le respondió:

Vive el Señor a quien sirvo

y vives tú, que no deje

la compañía que sigo.

Llegaron, pues, a Bethel,

de donde habiendo salido

los hijos de los Profetas

que allí están, al recibirlos,

a Eliseo preguntaron:

¿Acaso no has conocido

que hoy el Señor que domina

cielo, sol, astros y signos,

ha de quitar de tu lado

maestro, señor y amigo?

Yo lo sé. Callad entonces,

respondió. Y habiendo dicho

Elías que se sentase

en Bethel, pues por divino

mandato, iba a Jericó,

respondió Eliseo lo mismo

que antes. Y tercera vez

habiéndole repetido

el precepto, fue su respuesta

Pag. 20

Jael.

No inobediente, sí fino,

negado encontró el mandato

del aliento del cariño.

Conformes los dos prosiguen

hasta el Jordán su camino,

borrando sus sacras huellas

cincuenta varones hijos

de los profetas, que fieles,

esperando algún prodigio,

de ambos enfrente quedaron

de su atención suspendidos.

Detuviéronse en la hermosa

ribera del veloz río

claro Jordán, cuando Elías,

quitándose el manto suyo

que a su contacto la turba

de cristales fugitivos

detuviese el curso soberano

de sus caudales propicios,

perdiéndose por los aires

vagos plumajes de vidrio,

que salpicando sus limpias

Pag. 21

Jael.

los ojos del cielo empíreo.

Hasta el cielo de esta agua

llegar quisieron sus reyes,

penachos de espuma canos,

o soberbios, e impelidos,

a mezclarse con los cristales

que Dios allá en el principio

del orbe dejó en la grande

fábrica del sacro Olimpo,

al mar muerto la otra parte

llegó, quien habiendo visto

que faltaban a su imperio

tributos tan excesivos,

segunda queja a los cielos

dio, de que por sus prodigios

audazmente le quitase

la vanidad de los ríos.

Seco al contacto del manto

el Jordán (otra vez dijo):

Hollaron de la otra margen

el fertilísimo sitio,

sin que la planta el cristal

humedeciese atrevido,

y viendo las flores que

Pag. 22

Jael.

aún en ellas conseguido

lo que en el Jordán burlaran.

El torrente cristalino,

porque tal vez les negó

alimentos sumergidos

en dulces visos de ámbar,

de aromas en regocijos

irónicas convidaban

con aljófares al río.

¡Ah, cuántos desprecios sufre

el poderoso caído,

pues que, sirviéndole aquellos

que ensalzó de precipicios,

culpan en él la desgracia,

como si fuera delito!

Estando hablando los dos

con el pecho enternecido,

dijo Elías a Eliseo:

«Ea, discípulo querido,

¿qué intentas haga por ti

antes que sea preciso

ausentarme?». Y Eliseo

dijo: «Un espíritu pido».

Pag. 23

Jael.

Duplicado, Elías,

difícil cosa has pedido,

pero si acaso me vieres

cuando me ausente, cumplido

lo que pediste será,

si no, me viere ofendido,

que de su petición Dios

desagradado se ha visto.

Su conversación prosiguen,

en que estando divertidos,

vuelven los ojos, y ven

ardiente bulto encendido,

que de llamas y centellas

población luciente hizo

de Céfira en las campañas,

y Favonio en los dominios,

abultando en sus regiones

corpulento horror ofendido,

acreditando la ruina

del universo su ruido.

Arde el aire, y juzga ansioso

abrasadamente activo,

que el gran padre de Faetón

de su esfera desprendido.

Pag. 24

Jael.

Cae al centro de la tierra

o con lucientes delirios

el zodiaco dejando

romper quiere otro camino,

confundiendo sus errores

en líneas rectas los cielos.

Son oblicuos los coluros,

siendo el furor excesivo

medroso volcán que inflama

astros móviles y fijos,

mal reparando mejor.

Un carro vio, en que solícitos, activos,

que, aunque se arrojaba en llamas,

no era de ellas consumido,

cuatro caballos de fuego

conducían su horror mismo;

pues en vez de espumas, cuando

mascaban los furores

del freno, brotaba el fiero

aliento, y sus gemidos relinchos,

ensangrentados cometas,

ya caudatos, ya crinitos,

en tanto portento, en tanto

asombro, en tanto pasmo dejó.

Pag. 25

Jael.

por que a los ojos cedieron

todos los demás sentidos,

vio Eliseo que una nube

de la media región vino

arrebatando de Elías

el sacro bulto divino,

subió como en una niebla

al eterno paraíso;

desembargando Eliseo

el aliento, que oprimido

hasta allí tuvo del asombro,

repetía: Padre mío,

padre mío, carro ardiente

del pueblo de Israel invicto,

auriga suyo, que jamás

ni este ni otro humano le ha visto;

dividió en extremos haciendo

en dos partes sus vestidos,

alzando del suelo el manto

que a Elías se había caído,

y volviendo al floreciente

margen del Jordán opimo,

hirió las aguas con él,

y habiendo reconocido

que a su blando impulso estaba

inobediente o rendido.

Pag. 26

Jael.

exclamó al cielo, diciendo

en acentos reverendos:

«¿Adónde está el Dios de Elías

agora también?». Y hiendo,

otra vez cesó su curso,

dando de entre carámbanos fríos,

entre nácares bullentes,

paso al trono digno,

golfo de blancas perlas,

conchas, corales y mariscos.

Ya los cincuenta varones,

habiendo a Eliseo visto,

inclinados en la tierra,

fieles le adoran, y finos

publicaron reverentes

en acentos bien distintos

que el espíritu de Elías

profético había venido,

descansó sobre Eliseo,

publicándose lo mismo

en Judea, Palestina

y Samaria, y todo el distrito

de las regiones del Jordán.

Estos, sin otros que omito,

son portentos de Eliseo.

Pag. 27

Jael.

del profeta son prodigios.

Considera si podrá

el que con Dios ha podido

tanto, volver su salud

al estado primitivo

que antes tenía, supuesto

que baja espíritu benigno

a su afecto portentoso,

y a su amor dócil y activo.

Nada oculta el que preside

la gran ciudad del empíreo,

pues cede el fuego a su voz,

apagado o encendido.

El aire de su precepto

pendientes tiene sus giros,

el agua cede a su tacto

los transparentes bullicios;

la tierra obedece el yugo

de su sagrado albedrío,

de suerte que fuego, agua,

aire y tierra son dominios

que Dios cedió a los alientos

de su espíritu divino.

Gercon.

¡Qué bien lo ha hecho de justicia!

Pag. 28

Naamán.

Está mereciendo el víctor,

absorto de oírte he quedado

del dolor entorpecido,

mas tímidamente aliente

aunque aflige más remiso.

Hazael.

De donde, gallarda hebrea,

en vano a esforzarme aspiro,

porque están bebiendo incendios

en su beldad mis sentidos.

Jael.

Siempre que a los distritos

de Suna pasa, descanso

en la casa. (¡Ay, amor mío,

qué tierno acuerda mi afecto

cuando de tu ardor me retiro,

pues, ingrato Jonadab,

aun a su atención olvido!)

en casa de una señora

liberal, que ha merecido

por ser de todos querida

el renombre esclarecido

de ciudadana de Suna,

pues uniendo a igual brío

honor, hacienda, hermosura,

de sola ya se ha sabido

que quien dijo sunamitis,

por ella solo lo dijo.

Pag. 29

Jael.

allí lo supe. Y la fama

que del Eliseo ha adquirido

en el orbe lo publica.

Yo en su misma casa vivo,

y habiendo salido al campo

a ver las trojes (estilo

de Samaria), una alevosa

tropa de bandidos sirios

me robó; y me presentó

a la esposa de este ejército

Naamán.

Naamán.

¡Qué favor, esclava!

Yo, señora, en quien hoy miro

aliviadas las fatigas

que abrasa ardiente Sirio;

de tus voces motivado

partir resuelvo al propio

suelo de Samaria: al Gran

Benadab esclarecido

Monarca de Siria voy

a referir los prodigios

de este hombre, para que escriba

al Rey de Israel, que fijo

haga que me dé salud

o entre las ansias que vivo

Pag. 30

Naamán.

sepultándome mis iras

sea trofeo el abismo.

Ven, Hazael.

Hazael.

Ya tus pasos,

generoso Naamán, sigo.

¿Así te ausentas, Jael?

Pues mi amor...

Jael.

Inadvertido

sois, pues cuando a mi decencia

no tenéis, porque me mire

en humilde esclavitud,

centro de cuantos martirios

se inventaron, y desprecio

final, pena sin delito,

a la casa de Naamán

el respeto habéis perdido,

y sobre...

Hazael.

Por cuanto no

juzgas ser cruel conmigo...

Jael.

Pero en mí aun el advertir

vuestro atrevimiento ha sido

demasiada licencia

que se tomó el celo mío.

Y así, ni aun quiero tener

más voces para advertiros.

Hazael.

Oye, escucha.

Pag. 31

Jael.

¿Qué puedo yo servir?

Hazael.

Que si mi fe se ha ofendido,

Jael.

ofenderme a mí no es fácil.

Hazael.

Perdones de mis delirios.

Jael.

No hay en Hazael que perdonar,

Hazael.

¿por qué?

Vase.

Jael.

porque no hay delito;

que si le tuviese, supiera

al rigor daros castigo.

Hazael.

Todo me abraso en las llamas

que encendieron sus desvíos.

Gercon.

No dudes que por bella

esta Ninfa, algún judío,

porque si no, al grande Jehú

envidiara haberte admitido.

Pero ya sale Naamán.

Hazael.

¡Ay del triste que oprimido

de una pasión, tanto siente!

Gercon.

Hazte a un lado .

Salen Eliseo y Giezi.

Eliseo.

Una buena intención vicia

con la avaricia, Giezi.

Giezi.

Quién puede ignorar que a mi amo

no tocaban las albricias,

siempre, si a mil pierden codicias.

Pag. 32

Giezi.

Suelto andaré, es constante,

y no daré de aquí adelante

ni aun asomos de mi rostro.

Pero ya saber espero

a qué, por estos cotos de jarales,

ya van acercando a los reales

del rey de Israel, que pelea

con el fuerte rey de Edom,

y Josafat, que también

es rey en Jerusalén,

a tomar satisfacción

viene de que Moab niegue

el tributo que ha pagado

a Acab, su padre, y he dudado

que, cuando ello a saber llegue,

que estamos aquí, ha de hacer

irnos a buscar, sin que nos cuadre,

porque el hijo de tal padre

aún más mal puede temer.

Suenan dentro voces lastimosas y sale en el monte Joram, rey de Israel, y Josafat, y el rey de Edom y soldados.

Dentro.

¡Ay, infeliz! Que rabiando

muero de sed.

Pag. 33

Todos.

¡Agua, agua,

que de la sed al cuchillo

perezca nuestra arrogancia!

Jorán.

¡Ay de mí, infeliz, amigos!

¡Ay de mí!, que todo falta,

recatando el cielo injusto

aun el rocío a las plantas.

Rómpanse violentamente

desde el cielo las cataratas

al incesante gemido

con que todo el pueblo clama.

¡Ay, junta los valerosos,

augustos, nobles monarcas

de Edón y Jerusalén,

porque conmigo acabarán

a manos de los moabitas!

Todos.

Que perezcamos...

Jorán.

¡Y qué ansia!

Y, ¡oh!, quién volverse pudiera,

tal acción perdida, a su patria.

¿Qué haré, Jonadab, amigo?

Jonadab.

¿Hay algún profeta que haga

por nosotros oración

al Señor en ruina tanta?

Pag. 34

Soldado 1.

¿Por ventura en nuestro campo

hoy el Eliseo se halla,

hijo de Safat, que tiene

el de Elías, señor?

Josafat.

¡Oh, cómo al hacer

las memorias de Israel,

al oír nombrar Palabra...

Jorán.

Dime, ¿en su corazón guarda

palabra de Dios?

Soldado 1.

Así

lo dice el vulgo.

Jorán.

Pues baja,

le buscaremos, o el cielo...

Giezi.

¡Ay, señor! Que contra ti

una tropa se desmanda,

no doy por mi vida un cuarto.

¡Huye!

Eliseo.

¿De qué?

Giezi.

De nada,

de cuarenta y seis mil hombres,

a veces sin contar cabos de escuadra.

Al acabar de descender Joram y los soldados del monte, se detienen al llegar a Eliseo.

Eliseo.

¿Para qué, Joram, me buscas,

si el paso ya a mí ha de cansar?

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Eliseo.

en la adoración de Dios

ingratamente le agravias;

¿qué unión tenemos los dos,

oh, Joram, para que sepas

ser exteriores blanduras

tus interiores venganzas?

Vuélvete y ve a los profetas

que veneraron sin causa

tu padre Acab, y tu madre

Jezabel, y pues alcanzan

que los creas, veamos cómo

de tanto dolor te sacan.

Giezi.

Como ha menester el rey,

las verdades no le amargan.

Jorán.

Porque el soberano brazo

del gran Dios de las venganzas

juntó tres reyes a que

sean ruina de las rabias

de Moab.

Jonadab.

Mira, Eliseo,

que juntas con Israel se hallan

las fuerzas de Judá, y todos

perecemos si tu gracia

no los favorece.

Jorán.

Advierte

cómo llora y cómo clama.

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Josafat.

La inmensa plebe de Edón

y las nuestras,

que muere todo. ¡Agua!

Jorán.

Ya, divino Eliseo,

el Dios en tu virtud manda

se cubra el cielo de nubes,

que fecunden nuestra charca,

cayendo agua, el vapor que

subió engendrado del sol toque.

Eliseo.

Vive el Dios supremo siempre

de ejércitos y batallas,

en cuya presencia estoy,

que si aquí no respetara

el rostro de Josafat,

rey de Judá, augusto monarca,

no te hubiera atendido a ti,

ni en mí fueran sus palabras.

Cese la sequedad del viento,

del aire lisonja blanda;

traed algunos instrumentos

músicos, y con que alternadas

sus voces, y las mías sean

en suave consonancia,

llaves que el azul cristal

imperiosamente abran.

Jorán.

A fin que, si en tu presencia

me sostengo...

Eliseo.

Así te mostrarás.

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Eliseo.

obediente, fiel y humilde

Soldado.

Ya los músicos su orden

sagrado, Eliseo, aguardan.

Eliseo.

Retiraos todos allí.

Jonadab.

Todo admira.

Jorán.

Todo pasma.

Giezi.

Toda es historia sin que

discrepe en una palabra,

sino en que aquí representa.

Cantan a cuatro al mesmo tiempo que Eliseo representa.

En unas llamas aparece una fénix moviendo apresuradamente las alas, y en ella viene un Ángel solo cantando.

Eliseo.

Rompan los senos

de tristezas llenos

las cándidas aguas,

abortando cristales

o los pedernales,

por trémulas llamas

que, en dulces murmureos

con visos de nácar,

vertiéndose al viento

salpiquen al aura,

soltando desatado aljófar

la mísera faz de la tierra agostada.

Pag. 38

Ángel.

Penetrando los cielos

sus oraciones hallan

en la mente divina

aceptación humana.

Sin vientos y sin lluvias

verá de esa campaña

la árida superficie

en cristal sepultada:

las huestes de Moab

serán desbaratadas,

su ciudad destruida,

su región asolada,

los árboles y fuentes

al rigor y a la saña

de Israel y Judá

serán cenizas vagas.

Eliseo.

Del pavimento

del grave elemento,

en líquida plata

se inunde, abultarás

las ondas, girando

las célicas arenas,

que en dulces murmureos, etc.

Encúbrese el Ángel a la parte de donde luego sale Israel. Y repite la música mientras Eliseo baja.

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Eliseo.

Esto dice Dios: formad

todos hondísimas cavas

donde el agua permanezca

hasta que se satisfaga

la gran sed que vuestras huestes

os sin aliento acaba.

Haced artificial río

en cuya corriente clara

la naturaleza toda

con la novedad pasmada

advierta, que de él verle

temblorosa de admirarle.

No veréis que el noto fiero,

el euro ni el bóreas vagan

en invisibles imperios

borrascosas consonancias,

vertiendo en ráfagas furias

que todo quede a arrasar;

ni tampoco que las nubes

pabellones de la vaga

región del aire caduquen

en la tierra desatadas;

porque su ruina el vapor

vuelva otra vez a engendrarlas;

pero sin vientos ni nubes

rebosará la formada

Pag. 40

Eliseo.

Corriente de suerte que

alienten vuestras cansadas

familias y los jumentos

que hoy en su ejército marchan.

A querer llegar Joram, se retira Eliseo.

Jorán.

Si son sus palabras ciertas,

no es mucho que entre palabras

fiando ansí rey de Israel

bese rindiendo sus plantas,

Eliseo.

Es prodigio esto a la vista

del Señor de las venganzas,

pues no solo lo que habéis

rogado con tanta instancia,

pero aun mucho más concede,

porque la criatura humana

pide lo que le parece,

pero Dios con mano franca

lo que conviene da solo;

¡Oh, si el hombre reparara

en esto, que no sufriera

los fracasos y desgracias!

En vuestras manos pondrá

de todo Moab las armas,

pero habéis de destruir

su ciudad y las que se hallan

elegidas, arrancando

cuantos árboles y plantas.

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Eliseo.

Con el rocío a la tierra

chupen las dulces substancias

que comunica a los frutos

del tronco la edad lozana.

Romped las fuentes que ansí

esta inundación sufragan,

tantos mármoles llorando

de sí mismos en las basas.

Todas las tierras que rinden

a sus dueños sojuzgadas,

en las lucientes mejillas

bellas espigas doradas

que entre arrullos del Favonio

son oro que mece el aura,

de piedras las poblaréis

porque estériles descampas

tributen tan pocos frutos

que se reduzcan a nada.

Ea, tomad instrumentos

para abrir luego las zanjas.

Jorán.

Yo el primero he de tomarle.

Eliseo.

A vuestro ejemplo, Monarca,

los pueblos vuestros se rigen;

de ese original trasladan

las acciones, con que así

tuvierais al ejecutarlas

no admiraros de las buenas

ni quejaros de las malas.

Pag. 42

Eliseo.

sin ver si al original

o le denuesta o le falta,

la acción que castiga o premia,

la que castiga o alaba,

uno la zaga, otro la pasa.

Giezi.

Esto

es hacer milagro de agua,

pues será gran maravilla

la envíe con abundancia

puesto que para beberla

antes nos hace sudarla.

Jorán.

Mirad, amigos, ¿no veis

las rojas corrientes claras

que de Edón por el camino

llegan tan precipitadas,

arrancando su violencia

todo cuanto de él halla?

Soldado 1.

Salgan de las zanjas todos.

Unos.

Al agua.

Giezi.

Vayan al agua,

que a mí me sabe mejor

el vino, aunque tenga mancha.

Por en medio de los paños se figura un arroyo rojo que atraviesa el teatro, desde junto a un bastidor.

Todos.

Viva Eliseo, en quien Dios

depositó su palabra.

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Eliseo.

¿Giezi? Vámonos al punto,

abandonando estas vanas

aclamaciones.

Jorán.

Espera.

Todos.

Gran prodigio.

Jorán.

Escucha.

Jonadab.

Aguarda.

Eliseo.

Dile a Josafat que tema

Jonadab.

¿qué, Eliseo?

Eliseo.

Su desgracia,

porque no puede ser buena

quien de infames se acompaña.

Vanse los dos.

Giezi.

Y por eso dice el refrán:

lo de dime con quién andas.

Vase.

Jorán.

Jonadab, sigue tú a Eliseo en tanto,

saque Josafat las armas,

y prevengamos; y el de Edom animoso,

que con furia acelerada

en los campos de Moab

ha de darse la batalla,

pues la victoria Eliseo

por su Dios tiene anunciada.

Jonadab.

Ya obedezco. Y pues es fuerza

que ahora pase por la aldea

de Sunamitis, y a ella

he de llegar por si alberga.

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Jonadab.

Mi afecto ver de Jael

La deidad, a quien di el alma.

Vase.

Salen la Sunamitis y Thersa, Dereon y Hazael.

Sunamitis.

Otra vez y otras mil veces

me da los brazos gallarda Jael.

Thersa.

Y a mí.

Thersa.

Yo soy su menor cuñada.

Gercon.

Esta judiezuela o diablo

mi voluntad avasalla,

que diz no me enamora.

Sunamitis.

Galán sirio.

Gercon.

Conmigo habla.

Sunamitis.

Volved y a Naamán decid

quedamos con la esperanza

de que honre con su persona

la pobreza de esta estancia;

que Jael pudo prometerle,

como tan dueña de casa,

y porque también mi esposo

el pasaje del Santo

solicita, a avisarle

tengo de ir yo misma.

Hazael.

Extraña mujer.

Pag. 45

Gercon.

Para ser judía

es afable y bien hablada,

que lo tomáramos hoy

aun en las que son cristianas.

Sunamitis.

Con Joel, que a ti también

pretendo darte las gracias

de lo que por ti consigo;

el cielo os guarde.

Vase.

Gercon.

A mi ama.

Ibersil.

¿Qué quiere?

Gercon.

De esas canillas

hay mucha acá en Samaria.

Ibersil.

¿Por qué lo dice?

Gercon.

Me importa

saberlo.

Vase.

Ibersil.

¡Qué bufonada!

Jael.

A Dios, Hazael.

Hazael.

¿Ansí

os ausentáis?

Sunamitis.

No este caso

escandalicéis.

Hazael.

Oíd.

Sale Jonadab.

Jonadab.

Negó el oído a mis palabras

Eliseo, aunque le vi.

La subida volvimos a la alta

cumbre del Carmelo; pero,

cielo, ¿qué miran mis ansias?

¿No espanta el ver que un sirio

o egipcio le tiene?

Hazael.

¿Qué es esto, ingrata,

y aún más desagradecida

al fino amor que me abrasa?

Pag. 46

Hazael.

estas. Yo te adoro.

Jonadab.

Cielos,

¿qué veneno vierte al alma

una voz que dulce en sombras

me ardiese amorosa llama?

Jael.

Volveré, si Sunamitis

quisiere.

Jonadab.

¡Ánimo, venganzas!

¿Quién a tanto atrevimiento,

caballero, en esta casa,

os da ocasión?

Gercon.

De lejos...

Jael.

No es Jonadab, toda helada,

suspensa, donde aún alientos

la suspensión me desata.

Eliseo.

Sin duda de Sunamitis

este es el esposo.

Gercon.

Extraña

cosa, que aunque mude clima,

no haya en mi miedo una danza.

Jonadab.

¿Enmudecéis?

Vase.

Gercon.

Yo me corro,

viendo estas cuchilladas.

Eliseo.

Ya de lo que yo pretendo

vuestra esposa está informada;

que en busca vuestra partió

de aquí, no dilatéis nada

el verla, solo os conozco

dichoso, ¡ay!, pues lográis tantas

Pag. 47

Eliseo.

felicidad en tenerla,

como dulzura en lograrla,

todos envidiar os deben,

pues liberal, bella y sabia,

porque os falten los deseos,

tenéis todo el cielo en casa.

Vase.

Jonadab.

Esperad.

Jael.

Suspende el paso.

Jonadab.

Deja que le siga.

Jael.

Aguarda,

¿querías huir, villano,

de mi indignación?

Jonadab.

Tirana,

¿qué dices?

Yéndose, le tiene.

Jael.

Pero de ti

siempre esperé yo esa paga,

vete, pues.

Jonadab.

No es mucho, aleve,

que, como te ves culpada,

te excuses cuando me indignan

tus obras y tus palabras;

yo escuché de ese atrevido

que te adora y finge falso,

y pues queriendo, alevoso,

ofende al uno lo que al otro halaga.

Jael.

Mucho me amas, Jonadab,

y te estoy muy obligada

siquiera porque sacaste

Pag. 48

Jael.

del Rey Joram una carta

para darme libertad,

cuando prisionera estaba

en Siria.

Jonadab.

¡Mala disculpa!

¿No conoces, no reparas

que es falso cuanto articulas?

Jael.

¿De esta suerte traes el alma,

más discursos que en la Corte,

paraíso de las damas,

alguna?

Al irse, Jael le detiene.

Jonadab.

Cese tu voz,

pues yo lo que deseaba

he visto.

Jael.

Lo has visto, pues

quien tan torpes, tan villanas

intenciones tiene, nunca

vuelva a verme la cara.

Jonadab.

En dando muerte a ese aleve,

yo te juro por las altas

esferas de no volver

a mirarte jamás.

Jael.

Nada

podéis hacer que en mi pecho

motive a porfía tanta

perdón.

Jonadab.

¡Ay!, mirad que lo he jurado.

Jael.

Y os advierto que es sagrada

del juramento la ley,

y haréis mal en quebrantarla.

Jonadab.

Por mi seguro es, que muere

cuando tus luces me faltan.

Jael.

¿Quién de Jonadab creyera...?

Jonadab.

Que me queréis.

Jael.

Que me cansa

la dilación de ausentaros.

A la puerta.

Jonadab.

Ya no porque tú lo mandas

me voy, sino porque huyo

de tu astucia y tu inconstancia.

Jael.

¡Qué galán!

Jonadab.

¡Qué hermosa es!

Jael.

Conque, Jonadab, reparas,

Jonadab.

Volvió a verte mi razón,

por ver si mi amor erraba

en dejarte, pero ha visto...

Jael.

¿Qué?

Jonadab.

Que es acción acertada.

Vase.

Jael.

Ese desaire con solo

este desaire se paga.

Fin.

Jonadab.

Quién pudiera averiguar

sus celos, pero me claman

contra mi amor, mi valor,

mi Rey, mi honor, y mi patria;

y por acudir a tanto

es preciso le haga falta.