Texto digital de El gran profeta Eliseo
Data de publicação: 22 de agosto de 2026
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- Andrés González de Barcia Segura
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- Comedia
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El gran profeta Eliseo. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/el-gran-profeta-eliseo.
EL GRAN PROFETA ELISEO
Pag. 1
n. 43 / # / N 13 / 1
V. v. 91. 4.
n.º 2 172
creo, es de D. Leon
Eliseo, viejo venerable.
Giezi, su criado.
Jael, dama.
Sunamitis, dama.
Iberna, criada.
Un niño hebreo.
Dos ángeles.
Jorán, rey de Israel.
Jonadab, hebreo galán.
Hazael, sirio galán.
Naamán, sirio barba.
Gercon, gracioso sirio.
Músicos. Soldados.
Cantan dentro y salen la sunamitis llorando y Eliseo, con hábito vestido de profeta, Iberna y Giezi también de profeta ridículo.
Entre dolorosas ansias,
ajena de todo alivio,
la infelice sunamitis
enciende el aire a suspiros,
repitiendo: «¡ay, bien mío,
aún no gozado cuando perdido!»
Jornada primera
Pag. 2
en vano es, señora,
pues al verle fallecer
la deuda que hizo al nacer
paga infausta con morir.
Cese el llanto, el dolor cese,
que me causa compasión.
¡Oh, qué bien mi corazón
hizo que me previniese,
diciendo cuando el favor
de la sucesión logré
no me engañase!
¿Por qué?
Dale respiro. Su dolor,
al poder de Dios supremo,
nada hay que esté reservado
en los orbes.
No he dudado
lo que dices, pero temo
que apresurado el rigor
de su indignación divina
se dirija a mi ruina.
Desconfías del Señor.
De ello no llore.
¿Por qué?
Pag. 3
Rebeca,
porque su ama llora,
y siempre de la señora
mona la criada fue.
Pero dime dónde está
aquella amiga de su ama,
que era tan bizarra dama
como continua; ¿tendrá
hoy a casarse?
No, porque
habiéndole al campo salido,
de la escuadra de un bandido
le sirvía despojo, fue.
Cuando desconfías del Cielo,
vengativos...
¡Ay Dios!
...me dan
de transcender el Jordán,
y de volverme al Carmelo,
y a los dos.
Hoy de ti
fía, señor, mi humildad,
y que aquella prosperidad
has de volverme.
Es así.
Pag. 4
Yo oraré.
¡Bravo embustero
en mi mente se figura!
¿Cómo de un santo censura?
Él es santo.
Santo y fiero.
¿Has el azote severo
visto con que suelo darme,
con furor, hasta dejarme
(no la cause maravilla)
señalada la costilla?
Mas tal suelgo azotarme.
A Dios.
Abra, Giezi, apriesa
el cenáculo.
En medio abre unos aposentos, y véanse dentro lo que dicen los versos.
Ya espero
ver en él un candelero,
una silla, cama y mesa
del hijo que es en la cama,
que se muestra a esta señora.
Váyase allá fuera ahora.
Pues llame Giezi si llama,
porque elevarme quisiera;
pero voyme a la cocina,
que demasiado me inclina
mi amiga la cocinera.
Pag. 5
Da lo que guisa a probar
a mi estomagazo ayuno,
mas lo que pruebo a ninguno
se le quede a atravesar.
Vase.
En Jericó sané las aguas fiel
arrojando en lo amargo dura sal,
en infames rapaces fue fatal
mi maldición encima de Betel.
De la opresión del acreedor cruel
los hijos redimí del ya inmortal
Abdías, siervo suyo, siempre igual
que a su viuda intentó quitar infiel.
De esta mujer el riesgo has de advertir,
borrando en ella el trágico dolor
que tanto pudo su ánimo afligir.
Por ti le prometí yo el sucesor
que ha fallecido; vuelva ya a vivir,
si es tuya mi palabra, gran Señor.
Entra y ciérrase, y salen la Sunamitis y Beroa.
Juzgo que se ha de irritar
cuanto lo llegue a saber.
Visto, señora, uno es ver.
Pues ¿qué es , Beroa,
y del ver es desechar.
Pag. 6
Pero ya se ha entrado allá.
Vamos nosotras ahora,
pues va cerrada, señora,
la habitación en que está.
Mira que orando en su rostro
purísimos rosicleres
en iluminados visos,
se rebosan o se vierten.
Sobre el lecho donde yace
el niño, señora, asciende,
que huyera yo de él más tierra
que toda Samaria tiene.
Sin cesar la representación cantan dentro.
Brillen los rayos
del alma que al mundo
segunda vez vuelve;
da sagrado aliento
al contacto débil,
el caduco polvo
animado aliente,
tiñendo en ardores de la dulce vida
funestos horrores de la amarga muerte.
Su boca sobre la boca
Eliseo pone, y parece
Pag. 7
que de su aliento agitados
los débiles labios mueve.
Los ojos une a los ojos
del niño; y a rato breve,
las manos junta a las manos
el profeta; él no le teme,
susto me da a mí de solo
imaginar que he de verle.
La luz pura
de los ojos
que asegura
la hermosura
ya resplandece
desterrando en los despojos
la materia que forma merece.
¿No escuchas el suave, el dulce
sonoro concento de él,
que cuando aún no percibido
duda el oído perderle,
en el alma derramado
la anima y la fortalece?
Yo me he embobado con ser
música que no sé entender.
Pag. 8
Los alientos
divididos,
a tormentos,
en fragmentos,
se recuperen,
y gobiernen los sentidos,
pues en proseguir su obra adquieren.
Dentro Eliseo y Giezi.
Ya se empezó a pasear
y ha bostezado siete veces
el difunto; el referirlo,
señoras, miedo me mete.
A los muertos guarde afuera,
aun a los vivos parece.
Pero a Giezi llama
su compañero perenne,
y presume estar bien loco.
Que no nos vea conviene.
Vamos, hasta que el sentir
¿En qué te detienes,
si la llave de las puertas
está tocando a que viene?
¡No en vano el hombre de Dios
te dan el nombre las gentes!
Vámonos.
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Ábrese el cenáculo y vese un círculo de varas que iluminen a Eliseo que esté con un niño ves- tido de hebreo, tomándole y a y dos ángeles a los lados, y en habiendo salido los dos al tablado se forman dos semicírculos llevándose cada uno de los ángeles su parte hasta que se ocultan en las primeras bambalinas del teatro.
Brillen, etc.
Ay qué niños tan hermosos
le asisten, haced se quede
uno conmigo si quiere.
¿Para qué?
Para que juegue,
que es lástima que se vayan
todos y solo me dejen.
Giezi.
Sale comiendo.
Señor, ¿qué me manda?
¿No te advertí te estuvieses
en esa cuadra?
Han de estar
rezando a voces.
¿Qué tienes?
Comer.
No, señor, que es mosca.
Pag. 10
¿Qué dice?
Lo que no entiende;
tal, quien subiera un trapillo
para que abajo cayese.
Pero, ¿qué miro? Un abrojo
me da, que duele.
¡Cuál duele
la grama!
Brava altivez,
he de bajar, si Dios quiere.
Llama al instante, Giezi,
esta Sunamitis.
¿Quieres,
señor, que baje a su presencia
la prevenga lo que llegue?
Pues, ¿dónde?
Es que ahí romaneaste,
que, cuando menos se piense,
tan alto me tirará
que es muy posible me estrelle,
y no naciendo a tantos
mis bajezas, altiveces...
Mas ya llega.
Sale Sunamitis.
Madre mía.
¡Ay, piadosa mujer tienes!
Pag. 11
Su hijo,
porque a sus plantas
Arrodíllanse.
Rendidamente
adoremos la deidad
que dentro de sí contiene,
cuyos resplandores ciegan
la luz natural al verse
en portentos aumentarse
y en milagros excederse.
¿Qué hacéis, pues, como a mi planta,
Sunamita, de esa suerte?
Quita,
que mayor fortuna
Que pruebe,
no me tapa con no quitarse,
si pesada o ligera eres.
Hijo de mi vida.
Madre.
¿Con qué mi amor pagar puede
lo que te debe, Eliseo?
Ya lo pagaste en haberme
siempre que pase por Suna
dado hospedaje decente,
a su esposo reduciendo.
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a que fabricar hiciese
(capaz morada a mi bulto)
este zenáculo breve,
y pues cesan de tu llanto
las lastimosas corrientes,
poseyendo lo que tanto
han deseado, y hoy se lo lleven
a su padre y a su esposo,
y queda en paz.
No se ausente
hasta que él le dé las gracias.
Solo a Dios dárselas debes.
Pues deme a mí las albricias.
A lo que dártele no advierte.
Vais,
eso es dármele a mí.
Aguarde, despediréme.
¿Dónde está mi padre?
Al campo
salió, allá iremos a verle,
para que tantas zozobras
solo con su vista cese.
A Dios, bella sunamitis.
Él te guíe.
No se puede
hacer por embargo, que se
le pagará de aquesta suerte.
Vanse diferentes.
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Suena dentro la música y sale Naamán sirio vestido de púrpura, con barba blanca muy bizarra, y Hazael sirio galán muy bizarro, y Jael dama hebrea, y Dercon sirio ridículo.
Fatigado del descanso
que ofreció el lecho propicio,
impacientemente heroico
de él se aleja Naamán sirio.
¡Qué dolor, dioses, qué pena!
Callad, callad, fementidos,
dejadme, dejadme todos,
no os abrasen mis suspiros.
Yo sola tu enfermedad
aliviara si propicio
lo que dije a mi señora
hicieras.
Pues, ¿qué la has dicho?
¡Qué hermosa está Jael, dioses!
Que, ya que no han destruido
la cruel enfermedad
contagiosa que tu invicto
esfuerzo postra, los doctos
físicos sirios y egipcios,
partas a Samaria, donde
el profeta esclarecido
de la
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De la lepra que padece
ha de sanarte benigno.
¿Qué triaca tienen las voces
tuyas, que nunca he tenido
mayor alivio que hoy?
Pues aunque corto le admiro,
le engrandece el desdichado,
como mayor no le ha visto.
Pero ¡qué dolor! ¡qué furia!
¡Válgame todo el empíreo!
¡Oh, quién pudiera acabar
vida que, en tantos martirios,
eternidades de ansias
va numerando a gemidos!
El hombre rabia de duque,
que es peor que de tabardillo.
Sosiega, amigo Naamán.
Prosigue, o habla en los prodigios
de este profeta, que solo
el hablar de él ha podido
sosegar las inquietudes
de los que, ya introducidos
en este pequeño mundo,
huéspedes creyó natura.
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en sus luces abrasado
muero todo lo que vivo.
Di quién es este profeta,
porque o cesen mis delirios
o sin remedio perezca
a tantos golpes mi juicio.
Valiente Naamán, augusto
príncipe, noble caudillo
de Siria, de cuyas honras
eres solamente digno,
por quien concedió el Señor
salud al gran reino siro,
invicto, fuerte, animoso,
heroico, esforzado y rico,
aunque arrojo, mis voces
atiende. Y nadie al oído
dé la censura que toca
privativamente al juicio,
que es necio el entendimiento
si es de la memoria hijo.
Nació el profeta Eliseo
en Galgalle (que es lo mismo
que lugar de libertad),
amenazando prodigios.
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en su nacimiento todos
los elementos unidos;
pues aquel día, con graves,
con horrorosos gemidos,
en Selón, disforme bruto,
bicorne horror atrevido,
(pero enmudezcan las frases,
porque, sin el artificio
de retóricos colores,
quede mejor entendido)
un becerro de oro, que
adoraba el pueblo impío
en Selón, dio tan disformes,
melancolizados gritos,
que a sus acentos los montes,
entre insensibles deliquios,
caducamente gimieron
verse a arenas reducidos.
Fue su padre Safat, que era
de Abelmehola, no rico
de bienes humanos, ni
pobre, pues, constituido
en una igualdad mediana,
en un decente equilibrio,
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sino paso a lo superfluo,
llegó a más que lo preciso.
De la religión al celo
se inclinó desde tan niño,
que antes le hizo religioso
la inclinación, que no el juicio.
Ya sobre la tabla rasa
de su entendimiento limpio
tiraba lejanas líneas
el sagrado primitivo
pincel de la natural
razón con tan encendidos
colores, que desmintieron
los del Sidón y de Tiro.
Llegó a la edad de doce años
cuando Dios a Elías dijo
le ungiese profeta excelso
sobre su pueblo escogido,
para que, en dejando Elías
el mundo, substituido
por Eliseo se viese
su sacro espíritu activo.
Buscole, y hallando el horrible
desierto agostado, impío
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Hasta Damasco; en sus campos
tan fértiles como opimos,
halló a Eliseo, entresacando
el cruel corvo, atrevido,
flamante, acerado diente
al árido, seco estío,
pavimento de la tierra,
porque conmute florido
violentamente ultrajado
lo que desdeñó nativo.
Llegose a Eliseo, echando
su manto en sus hombros dignos,
e infundió el sagrado don
de profecía, y rendido
a los preceptos de Elías.
Le siguió después tan fino,
que con él sale, sin las libres
acciones del albedrío.
De Galgala los dos salen,
cuando Elías advertido,
le mandó a Eliseo aguardase
allí; pues le había dicho
Dios que pasase a Bethel;
pero Eliseo encendido
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con amor, le respondió:
Vive el Señor a quien sirvo
y vives tú, que no deje
la compañía que sigo.
Llegaron, pues, a Bethel,
de donde habiendo salido
los hijos de los Profetas
que allí están, al recibirlos,
a Eliseo preguntaron:
¿Acaso no has conocido
que hoy el Señor que domina
cielo, sol, astros y signos,
ha de quitar de tu lado
maestro, señor y amigo?
Yo lo sé. Callad entonces,
respondió. Y habiendo dicho
Elías que se sentase
en Bethel, pues por divino
mandato, iba a Jericó,
respondió Eliseo lo mismo
que antes. Y tercera vez
habiéndole repetido
el precepto, fue su respuesta
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No inobediente, sí fino,
negado encontró el mandato
del aliento del cariño.
Conformes los dos prosiguen
hasta el Jordán su camino,
borrando sus sacras huellas
cincuenta varones hijos
de los profetas, que fieles,
esperando algún prodigio,
de ambos enfrente quedaron
de su atención suspendidos.
Detuviéronse en la hermosa
ribera del veloz río
claro Jordán, cuando Elías,
quitándose el manto suyo
que a su contacto la turba
de cristales fugitivos
detuviese el curso soberano
de sus caudales propicios,
perdiéndose por los aires
vagos plumajes de vidrio,
que salpicando sus limpias
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los ojos del cielo empíreo.
Hasta el cielo de esta agua
llegar quisieron sus reyes,
penachos de espuma canos,
o soberbios, e impelidos,
a mezclarse con los cristales
que Dios allá en el principio
del orbe dejó en la grande
fábrica del sacro Olimpo,
al mar muerto la otra parte
llegó, quien habiendo visto
que faltaban a su imperio
tributos tan excesivos,
segunda queja a los cielos
dio, de que por sus prodigios
audazmente le quitase
la vanidad de los ríos.
Seco al contacto del manto
el Jordán (otra vez dijo):
Hollaron de la otra margen
el fertilísimo sitio,
sin que la planta el cristal
humedeciese atrevido,
y viendo las flores que
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aún en ellas conseguido
lo que en el Jordán burlaran.
El torrente cristalino,
porque tal vez les negó
alimentos sumergidos
en dulces visos de ámbar,
de aromas en regocijos
irónicas convidaban
con aljófares al río.
¡Ah, cuántos desprecios sufre
el poderoso caído,
pues que, sirviéndole aquellos
que ensalzó de precipicios,
culpan en él la desgracia,
como si fuera delito!
Estando hablando los dos
con el pecho enternecido,
dijo Elías a Eliseo:
«Ea, discípulo querido,
¿qué intentas haga por ti
antes que sea preciso
ausentarme?». Y Eliseo
dijo: «Un espíritu pido».
Pag. 23
Duplicado, Elías,
difícil cosa has pedido,
pero si acaso me vieres
cuando me ausente, cumplido
lo que pediste será,
si no, me viere ofendido,
que de su petición Dios
desagradado se ha visto.
Su conversación prosiguen,
en que estando divertidos,
vuelven los ojos, y ven
ardiente bulto encendido,
que de llamas y centellas
población luciente hizo
de Céfira en las campañas,
y Favonio en los dominios,
abultando en sus regiones
corpulento horror ofendido,
acreditando la ruina
del universo su ruido.
Arde el aire, y juzga ansioso
abrasadamente activo,
que el gran padre de Faetón
de su esfera desprendido.
Pag. 24
Cae al centro de la tierra
o con lucientes delirios
el zodiaco dejando
romper quiere otro camino,
confundiendo sus errores
en líneas rectas los cielos.
Son oblicuos los coluros,
siendo el furor excesivo
medroso volcán que inflama
astros móviles y fijos,
mal reparando mejor.
Un carro vio, en que solícitos, activos,
que, aunque se arrojaba en llamas,
no era de ellas consumido,
cuatro caballos de fuego
conducían su horror mismo;
pues en vez de espumas, cuando
mascaban los furores
del freno, brotaba el fiero
aliento, y sus gemidos relinchos,
ensangrentados cometas,
ya caudatos, ya crinitos,
en tanto portento, en tanto
asombro, en tanto pasmo dejó.
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por que a los ojos cedieron
todos los demás sentidos,
vio Eliseo que una nube
de la media región vino
arrebatando de Elías
el sacro bulto divino,
subió como en una niebla
al eterno paraíso;
desembargando Eliseo
el aliento, que oprimido
hasta allí tuvo del asombro,
repetía: Padre mío,
padre mío, carro ardiente
del pueblo de Israel invicto,
auriga suyo, que jamás
ni este ni otro humano le ha visto;
dividió en extremos haciendo
en dos partes sus vestidos,
alzando del suelo el manto
que a Elías se había caído,
y volviendo al floreciente
margen del Jordán opimo,
hirió las aguas con él,
y habiendo reconocido
que a su blando impulso estaba
inobediente o rendido.
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exclamó al cielo, diciendo
en acentos reverendos:
«¿Adónde está el Dios de Elías
agora también?». Y hiendo,
otra vez cesó su curso,
dando de entre carámbanos fríos,
entre nácares bullentes,
paso al trono digno,
golfo de blancas perlas,
conchas, corales y mariscos.
Ya los cincuenta varones,
habiendo a Eliseo visto,
inclinados en la tierra,
fieles le adoran, y finos
publicaron reverentes
en acentos bien distintos
que el espíritu de Elías
profético había venido,
descansó sobre Eliseo,
publicándose lo mismo
en Judea, Palestina
y Samaria, y todo el distrito
de las regiones del Jordán.
Estos, sin otros que omito,
son portentos de Eliseo.
Pag. 27
del profeta son prodigios.
Considera si podrá
el que con Dios ha podido
tanto, volver su salud
al estado primitivo
que antes tenía, supuesto
que baja espíritu benigno
a su afecto portentoso,
y a su amor dócil y activo.
Nada oculta el que preside
la gran ciudad del empíreo,
pues cede el fuego a su voz,
apagado o encendido.
El aire de su precepto
pendientes tiene sus giros,
el agua cede a su tacto
los transparentes bullicios;
la tierra obedece el yugo
de su sagrado albedrío,
de suerte que fuego, agua,
aire y tierra son dominios
que Dios cedió a los alientos
de su espíritu divino.
¡Qué bien lo ha hecho de justicia!
Pag. 28
Está mereciendo el víctor,
absorto de oírte he quedado
del dolor entorpecido,
mas tímidamente aliente
aunque aflige más remiso.
De donde, gallarda hebrea,
en vano a esforzarme aspiro,
porque están bebiendo incendios
en su beldad mis sentidos.
Siempre que a los distritos
de Suna pasa, descanso
en la casa. (¡Ay, amor mío,
qué tierno acuerda mi afecto
cuando de tu ardor me retiro,
pues, ingrato Jonadab,
aun a su atención olvido!)
en casa de una señora
liberal, que ha merecido
por ser de todos querida
el renombre esclarecido
de ciudadana de Suna,
pues uniendo a igual brío
honor, hacienda, hermosura,
de sola ya se ha sabido
que quien dijo sunamitis,
por ella solo lo dijo.
Pag. 29
allí lo supe. Y la fama
que del Eliseo ha adquirido
en el orbe lo publica.
Yo en su misma casa vivo,
y habiendo salido al campo
a ver las trojes (estilo
de Samaria), una alevosa
tropa de bandidos sirios
me robó; y me presentó
a la esposa de este ejército
Naamán.
¡Qué favor, esclava!
Yo, señora, en quien hoy miro
aliviadas las fatigas
que abrasa ardiente Sirio;
de tus voces motivado
partir resuelvo al propio
suelo de Samaria: al Gran
Benadab esclarecido
Monarca de Siria voy
a referir los prodigios
de este hombre, para que escriba
al Rey de Israel, que fijo
haga que me dé salud
o entre las ansias que vivo
Pag. 30
sepultándome mis iras
sea trofeo el abismo.
Ven, Hazael.
Ya tus pasos,
generoso Naamán, sigo.
¿Así te ausentas, Jael?
Pues mi amor...
Inadvertido
sois, pues cuando a mi decencia
no tenéis, porque me mire
en humilde esclavitud,
centro de cuantos martirios
se inventaron, y desprecio
final, pena sin delito,
a la casa de Naamán
el respeto habéis perdido,
y sobre...
Por cuanto no
juzgas ser cruel conmigo...
Pero en mí aun el advertir
vuestro atrevimiento ha sido
demasiada licencia
que se tomó el celo mío.
Y así, ni aun quiero tener
más voces para advertiros.
Oye, escucha.
Pag. 31
¿Qué puedo yo servir?
Que si mi fe se ha ofendido,
ofenderme a mí no es fácil.
Perdones de mis delirios.
No hay en Hazael que perdonar,
¿por qué?
Vase.
porque no hay delito;
que si le tuviese, supiera
al rigor daros castigo.
Todo me abraso en las llamas
que encendieron sus desvíos.
No dudes que por bella
esta Ninfa, algún judío,
porque si no, al grande Jehú
envidiara haberte admitido.
Pero ya sale Naamán.
¡Ay del triste que oprimido
de una pasión, tanto siente!
Hazte a un lado .
Salen Eliseo y Giezi.
Una buena intención vicia
con la avaricia, Giezi.
Quién puede ignorar que a mi amo
no tocaban las albricias,
siempre, si a mil pierden codicias.
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Suelto andaré, es constante,
y no daré de aquí adelante
ni aun asomos de mi rostro.
Pero ya saber espero
a qué, por estos cotos de jarales,
ya van acercando a los reales
del rey de Israel, que pelea
con el fuerte rey de Edom,
y Josafat, que también
es rey en Jerusalén,
a tomar satisfacción
viene de que Moab niegue
el tributo que ha pagado
a Acab, su padre, y he dudado
que, cuando ello a saber llegue,
que estamos aquí, ha de hacer
irnos a buscar, sin que nos cuadre,
porque el hijo de tal padre
aún más mal puede temer.
Suenan dentro voces lastimosas y sale en el monte Joram, rey de Israel, y Josafat, y el rey de Edom y soldados.
¡Ay, infeliz! Que rabiando
muero de sed.
Pag. 33
¡Agua, agua,
que de la sed al cuchillo
perezca nuestra arrogancia!
¡Ay de mí, infeliz, amigos!
¡Ay de mí!, que todo falta,
recatando el cielo injusto
aun el rocío a las plantas.
Rómpanse violentamente
desde el cielo las cataratas
al incesante gemido
con que todo el pueblo clama.
¡Ay, junta los valerosos,
augustos, nobles monarcas
de Edón y Jerusalén,
porque conmigo acabarán
a manos de los moabitas!
Que perezcamos...
¡Y qué ansia!
Y, ¡oh!, quién volverse pudiera,
tal acción perdida, a su patria.
¿Qué haré, Jonadab, amigo?
¿Hay algún profeta que haga
por nosotros oración
al Señor en ruina tanta?
Pag. 34
¿Por ventura en nuestro campo
hoy el Eliseo se halla,
hijo de Safat, que tiene
el de Elías, señor?
¡Oh, cómo al hacer
las memorias de Israel,
al oír nombrar Palabra...
Dime, ¿en su corazón guarda
palabra de Dios?
Así
lo dice el vulgo.
Pues baja,
le buscaremos, o el cielo...
¡Ay, señor! Que contra ti
una tropa se desmanda,
no doy por mi vida un cuarto.
¡Huye!
¿De qué?
De nada,
de cuarenta y seis mil hombres,
a veces sin contar cabos de escuadra.
Al acabar de descender Joram y los soldados del monte, se detienen al llegar a Eliseo.
¿Para qué, Joram, me buscas,
si el paso ya a mí ha de cansar?
Pag. 35
en la adoración de Dios
ingratamente le agravias;
¿qué unión tenemos los dos,
oh, Joram, para que sepas
ser exteriores blanduras
tus interiores venganzas?
Vuélvete y ve a los profetas
que veneraron sin causa
tu padre Acab, y tu madre
Jezabel, y pues alcanzan
que los creas, veamos cómo
de tanto dolor te sacan.
Como ha menester el rey,
las verdades no le amargan.
Porque el soberano brazo
del gran Dios de las venganzas
juntó tres reyes a que
sean ruina de las rabias
de Moab.
Mira, Eliseo,
que juntas con Israel se hallan
las fuerzas de Judá, y todos
perecemos si tu gracia
no los favorece.
Advierte
cómo llora y cómo clama.
Pag. 36
La inmensa plebe de Edón
y las nuestras,
que muere todo. ¡Agua!
Ya, divino Eliseo,
el Dios en tu virtud manda
se cubra el cielo de nubes,
que fecunden nuestra charca,
cayendo agua, el vapor que
subió engendrado del sol toque.
Vive el Dios supremo siempre
de ejércitos y batallas,
en cuya presencia estoy,
que si aquí no respetara
el rostro de Josafat,
rey de Judá, augusto monarca,
no te hubiera atendido a ti,
ni en mí fueran sus palabras.
Cese la sequedad del viento,
del aire lisonja blanda;
traed algunos instrumentos
músicos, y con que alternadas
sus voces, y las mías sean
en suave consonancia,
llaves que el azul cristal
imperiosamente abran.
A fin que, si en tu presencia
me sostengo...
Así te mostrarás.
Pag. 37
obediente, fiel y humilde
Ya los músicos su orden
sagrado, Eliseo, aguardan.
Retiraos todos allí.
Todo admira.
Todo pasma.
Toda es historia sin que
discrepe en una palabra,
sino en que aquí representa.
Cantan a cuatro al mesmo tiempo que Eliseo representa.
En unas llamas aparece una fénix moviendo apresuradamente las alas, y en ella viene un Ángel solo cantando.
Rompan los senos
de tristezas llenos
las cándidas aguas,
abortando cristales
o los pedernales,
por trémulas llamas
que, en dulces murmureos
con visos de nácar,
vertiéndose al viento
salpiquen al aura,
soltando desatado aljófar
la mísera faz de la tierra agostada.
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Penetrando los cielos
sus oraciones hallan
en la mente divina
aceptación humana.
Sin vientos y sin lluvias
verá de esa campaña
la árida superficie
en cristal sepultada:
las huestes de Moab
serán desbaratadas,
su ciudad destruida,
su región asolada,
los árboles y fuentes
al rigor y a la saña
de Israel y Judá
serán cenizas vagas.
Del pavimento
del grave elemento,
en líquida plata
se inunde, abultarás
las ondas, girando
las célicas arenas,
que en dulces murmureos, etc.
Encúbrese el Ángel a la parte de donde luego sale Israel. Y repite la música mientras Eliseo baja.
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Esto dice Dios: formad
todos hondísimas cavas
donde el agua permanezca
hasta que se satisfaga
la gran sed que vuestras huestes
os sin aliento acaba.
Haced artificial río
en cuya corriente clara
la naturaleza toda
con la novedad pasmada
advierta, que de él verle
temblorosa de admirarle.
No veréis que el noto fiero,
el euro ni el bóreas vagan
en invisibles imperios
borrascosas consonancias,
vertiendo en ráfagas furias
que todo quede a arrasar;
ni tampoco que las nubes
pabellones de la vaga
región del aire caduquen
en la tierra desatadas;
porque su ruina el vapor
vuelva otra vez a engendrarlas;
pero sin vientos ni nubes
rebosará la formada
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Corriente de suerte que
alienten vuestras cansadas
familias y los jumentos
que hoy en su ejército marchan.
A querer llegar Joram, se retira Eliseo.
Si son sus palabras ciertas,
no es mucho que entre palabras
fiando ansí rey de Israel
bese rindiendo sus plantas,
Es prodigio esto a la vista
del Señor de las venganzas,
pues no solo lo que habéis
rogado con tanta instancia,
pero aun mucho más concede,
porque la criatura humana
pide lo que le parece,
pero Dios con mano franca
lo que conviene da solo;
¡Oh, si el hombre reparara
en esto, que no sufriera
los fracasos y desgracias!
En vuestras manos pondrá
de todo Moab las armas,
pero habéis de destruir
su ciudad y las que se hallan
elegidas, arrancando
cuantos árboles y plantas.
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Con el rocío a la tierra
chupen las dulces substancias
que comunica a los frutos
del tronco la edad lozana.
Romped las fuentes que ansí
esta inundación sufragan,
tantos mármoles llorando
de sí mismos en las basas.
Todas las tierras que rinden
a sus dueños sojuzgadas,
en las lucientes mejillas
bellas espigas doradas
que entre arrullos del Favonio
son oro que mece el aura,
de piedras las poblaréis
porque estériles descampas
tributen tan pocos frutos
que se reduzcan a nada.
Ea, tomad instrumentos
para abrir luego las zanjas.
Yo el primero he de tomarle.
A vuestro ejemplo, Monarca,
los pueblos vuestros se rigen;
de ese original trasladan
las acciones, con que así
tuvierais al ejecutarlas
no admiraros de las buenas
ni quejaros de las malas.
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sin ver si al original
o le denuesta o le falta,
la acción que castiga o premia,
la que castiga o alaba,
uno la zaga, otro la pasa.
Esto
es hacer milagro de agua,
pues será gran maravilla
la envíe con abundancia
puesto que para beberla
antes nos hace sudarla.
Mirad, amigos, ¿no veis
las rojas corrientes claras
que de Edón por el camino
llegan tan precipitadas,
arrancando su violencia
todo cuanto de él halla?
Salgan de las zanjas todos.
Al agua.
Vayan al agua,
que a mí me sabe mejor
el vino, aunque tenga mancha.
Por en medio de los paños se figura un arroyo rojo que atraviesa el teatro, desde junto a un bastidor.
Viva Eliseo, en quien Dios
depositó su palabra.
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¿Giezi? Vámonos al punto,
abandonando estas vanas
aclamaciones.
Espera.
Gran prodigio.
Escucha.
Aguarda.
Dile a Josafat que tema
¿qué, Eliseo?
Su desgracia,
porque no puede ser buena
quien de infames se acompaña.
Vanse los dos.
Y por eso dice el refrán:
lo de dime con quién andas.
Vase.
Jonadab, sigue tú a Eliseo en tanto,
saque Josafat las armas,
y prevengamos; y el de Edom animoso,
que con furia acelerada
en los campos de Moab
ha de darse la batalla,
pues la victoria Eliseo
por su Dios tiene anunciada.
Ya obedezco. Y pues es fuerza
que ahora pase por la aldea
de Sunamitis, y a ella
he de llegar por si alberga.
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Mi afecto ver de Jael
La deidad, a quien di el alma.
Vase.
Salen la Sunamitis y Thersa, Dereon y Hazael.
Otra vez y otras mil veces
me da los brazos gallarda Jael.
Y a mí.
Yo soy su menor cuñada.
Esta judiezuela o diablo
mi voluntad avasalla,
que diz no me enamora.
Galán sirio.
Conmigo habla.
Volved y a Naamán decid
quedamos con la esperanza
de que honre con su persona
la pobreza de esta estancia;
que Jael pudo prometerle,
como tan dueña de casa,
y porque también mi esposo
el pasaje del Santo
solicita, a avisarle
tengo de ir yo misma.
Extraña mujer.
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Para ser judía
es afable y bien hablada,
que lo tomáramos hoy
aun en las que son cristianas.
Con Joel, que a ti también
pretendo darte las gracias
de lo que por ti consigo;
el cielo os guarde.
Vase.
A mi ama.
¿Qué quiere?
De esas canillas
hay mucha acá en Samaria.
¿Por qué lo dice?
Me importa
saberlo.
Vase.
¡Qué bufonada!
A Dios, Hazael.
¿Ansí
os ausentáis?
No este caso
escandalicéis.
Oíd.
Sale Jonadab.
Negó el oído a mis palabras
Eliseo, aunque le vi.
La subida volvimos a la alta
cumbre del Carmelo; pero,
cielo, ¿qué miran mis ansias?
¿No espanta el ver que un sirio
o egipcio le tiene?
¿Qué es esto, ingrata,
y aún más desagradecida
al fino amor que me abrasa?
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estas. Yo te adoro.
Cielos,
¿qué veneno vierte al alma
una voz que dulce en sombras
me ardiese amorosa llama?
Volveré, si Sunamitis
quisiere.
¡Ánimo, venganzas!
¿Quién a tanto atrevimiento,
caballero, en esta casa,
os da ocasión?
De lejos...
No es Jonadab, toda helada,
suspensa, donde aún alientos
la suspensión me desata.
Sin duda de Sunamitis
este es el esposo.
Extraña
cosa, que aunque mude clima,
no haya en mi miedo una danza.
¿Enmudecéis?
Vase.
Yo me corro,
viendo estas cuchilladas.
Ya de lo que yo pretendo
vuestra esposa está informada;
que en busca vuestra partió
de aquí, no dilatéis nada
el verla, solo os conozco
dichoso, ¡ay!, pues lográis tantas
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felicidad en tenerla,
como dulzura en lograrla,
todos envidiar os deben,
pues liberal, bella y sabia,
porque os falten los deseos,
tenéis todo el cielo en casa.
Vase.
Esperad.
Suspende el paso.
Deja que le siga.
Aguarda,
¿querías huir, villano,
de mi indignación?
Tirana,
¿qué dices?
Yéndose, le tiene.
Pero de ti
siempre esperé yo esa paga,
vete, pues.
No es mucho, aleve,
que, como te ves culpada,
te excuses cuando me indignan
tus obras y tus palabras;
yo escuché de ese atrevido
que te adora y finge falso,
y pues queriendo, alevoso,
ofende al uno lo que al otro halaga.
Mucho me amas, Jonadab,
y te estoy muy obligada
siquiera porque sacaste
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del Rey Joram una carta
para darme libertad,
cuando prisionera estaba
en Siria.
¡Mala disculpa!
¿No conoces, no reparas
que es falso cuanto articulas?
¿De esta suerte traes el alma,
más discursos que en la Corte,
paraíso de las damas,
alguna?
Al irse, Jael le detiene.
Cese tu voz,
pues yo lo que deseaba
he visto.
Lo has visto, pues
quien tan torpes, tan villanas
intenciones tiene, nunca
vuelva a verme la cara.
En dando muerte a ese aleve,
yo te juro por las altas
esferas de no volver
a mirarte jamás.
Nada
podéis hacer que en mi pecho
motive a porfía tanta
perdón.
¡Ay!, mirad que lo he jurado.
Y os advierto que es sagrada
del juramento la ley,
y haréis mal en quebrantarla.
Por mi seguro es, que muere
cuando tus luces me faltan.
¿Quién de Jonadab creyera...?
Que me queréis.
Que me cansa
la dilación de ausentaros.
A la puerta.
Ya no porque tú lo mandas
me voy, sino porque huyo
de tu astucia y tu inconstancia.
¡Qué galán!
¡Qué hermosa es!
Conque, Jonadab, reparas,
Volvió a verte mi razón,
por ver si mi amor erraba
en dejarte, pero ha visto...
¿Qué?
Que es acción acertada.
Vase.
Ese desaire con solo
este desaire se paga.
Fin.
Quién pudiera averiguar
sus celos, pero me claman
contra mi amor, mi valor,
mi Rey, mi honor, y mi patria;
y por acudir a tanto
es preciso le haga falta.
