Texto digital

Texto digital de El valiente Juan de Heredia

Metadatos de la obra

Atribución tradicional
Lope de Vega Carpio
Atribución estilometría
Sin resultados estilométricos disponibles
Género
Comedia
Procedencia
El texto procede de la edición de Obras de Lope de Vega. RAE. Nueva edición.

Aviso

Puede incluir errores u omisiones. Si dispones de una edición mejor, te agradecemos que contactes con nosotros para incorporar actualizaciones.

Licencia

Este contenido se ofrece bajo la licencia Creative Commons CC BY-NC 4.0. Reutilización permitida con cita; usos comerciales no permitidos.

Licencia Creative Commons CC BY-NC 4.0

Cita sugerida

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El valiente Juan de Heredia. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/valiente-juan-de-heredia-el.

Logo BICUVE

EL VALIENTE JUAN DE HEREDIA

JORNADA PRIMERA

Esto pasa, finalmente. ¿Eso, Román, ha pasado mientras yo en Sevilla he estado de Guadalcanal ausente? ¿Qué dices? Lo que es verdad: que Juan de Heredia profana tu honor, hablando a tu hermana. ¡A mi hermana! ¿Hay tal maldad? Mientras ausente has estado pocas las noches han sido que a verla no haya venido. Yo, señor, soy tu criado, , y, aunque más que acuerdo sabio ignorancias atrevidas son el arriesgar dos vidas por estorbar un agravio, quise, de tu honor celoso, de aqueste error darte cuenta, porque no pase tu afrenta a estado más peligroso. Remédiala ahora, pues en los principios que está, que, quizás, señor, no habrá remedio alguno después. Que enfermedades de honor, cuando curarse procuran, en los principios se curan con más acierto y mejor que en los fines. Dices bien. Pero ¿qué remedio habrá en mi deshonra, si ya tan claramente se ven públicas las liviandades de mi hermana, que, traidora a su misma sangre, adora las locas temeridades de un mal nacido, de un hombre a quien sus mismas locuras, desgarros y travesuras, le han dado la fama y nombre que de valiente ha adquirido, cuando, más que de valiente y animoso, de insolente el renombre ha merecido? Pierdo el juicio y perderé la vida, Román amigo, si la traición no castigo de aquella ingrata a la fe con que siempre la he querido. ¡Oh, infame, alevosa hermana! Noble no, sino villana, pues tan villanos han sido tus pensamientos. Señor mira que si de esa suerte te dejas llevar... Advierte que es darme consejo error, cuando de él estoy tan lejos, Román, y cuando conoces que mi agravio pide a voces venganzas, y no consejos. A mis manos ¡vive Dios! si El mismo no lo remedia, han de morir Juan de Heredia y mi hermana; pues los dos manchar mi honor solicitan, mueran, prueben mi rigor, que las manchas del honor sólo con sangre se quitan. Mi venganza es bien que intente. (Mas... ¿qué digo? Loco estoy, pues a este criado doy crédito tan fácilmente; siendo caso averiguado y verdad cierta en rigor que es el criado mejor enemigo no excusado. Prudente, advertido y sabio, antes que me determine ni a la venganza camine, quiero averiguar mi agravio. Pues será, si bien se piensa, notable error procurar la venganza sin estar averiguada la ofensa. Averiguarla es razón con recato y con secreto, cuerdo, avisado y discreto; y averiguada, ocasión buscará mi ardiente furia para poderse vengar: que nunca falta lugar para vengar una injuria.) Román, tu fidelidad, como es razón, agradezco, y a estimar desde hoy me ofrezco más que hasta "aquí tu lealtad, Pero advierte si, atrevida, tu lengua, pudo engañarme, que el engaño has de pagarme no menos que con la vida. Siempre a temer se condena el castigo aquel que ha errado, porque es propio del culpado recelarse de la pena; mas yo, como en lo que digo sé que no lo estoy, señor, no tengo ningún temor a amenazas del castigo. Escucha, pues: ¿A qué hora, sin que mi agravio recele, Juan de Heredia venir suele a verse con tu señora? Entre diez y once. Está bien. (Rabiando estoy ¡vive Dios!) Caballos para los dos luego al instante prevén. ¿Para los dos? Pues ¿adonde, señor, tan de prisa vas? Eso después lo sabrás. Volcanes el pecho esconde. Mi señora viene a verte. Pues vete y saca, Román, los caballos al zaguán. Voy volando a obedecerte. ¿Don Pedro? ¿Doña María? ¿Dónde tan de prisa va Román? (Disgustado está.) De cierta melancolía que en mi semblante se muestra cuánto me llega a afligir, me quiero ir a divertir en la cacería nuestra, y así a Roncan le mandé que previniese caballos para los dos, y a aprestarlos cuidadoso aprisa fue. Pues ¿ya, don Pedro, te vas? Sí, hermana, porque es error esperar a que el calor entre de la siesta más. (Loca de contenta estoy porque mi hermano se va.) (Eso un ciego lo verá.) (Dichosa en extremo soy. Hoy mi pena se remedia; hoy se alivia mi pesar, pues me ofrece Amor lugar para ver a Juan de Heredia, porque desde que mi hermano vino de Sevilla, adonde de Palma el famoso Conde lo entretuvo este verano, no lo he visto, y llevan mal mis ojos ¡ay, Inés mía! pasarse sin verle un día.) Ya esperan en el portal los caballos. § Vamos, pues, En fin, don Pedro, ¿te vas? Sí, hermana. ¿Y cuándo vendrás? Dentro de dos días. (De esta suerte la aseguro; pero después que haya el sol sepultado su arrebol en el occidente oscuro, daré, con alma resuelta, a saber y averiguar si mi honor llega a agraviar, a Guadalcanal la vuelta.) Hermana, quédate adiós. El vaya y vuelva contigo. Sígueme tú. Ya le sigo. Solas quedamos las dos. Solas quedamos, Inés; mas si va a decir verdad, para mí esta soledad de notable gusto es, pues vengo a tener, mediante el quedar sola, lugar para poder ver y hablar a Juan de Heredia, mi amante. Dicha que imposible fuera ver lograda, caso es llano, si de don Pedro, mi hermano, acompañada estuviera. Estorbo y inconveniente más grande que a mi señor juzgo a Román en tu amor. ¿Por qué? Porque claramente me ha dado a entender, señora, que tu amoroso cuidado ha sabido y penetrado. Y mi señor ¿quién lo ignora? no puede haberlo sabido, puesto que principio tuvo mientras él ausente estuvo, pues de tan poco venido tampoco puede saberlo, si no es que Román le ha dado noticia de él, que es criado, y como tal puede hacerlo. Mira si juzgo en tu amor con ocasión suficiente por mayor inconveniente a Román que a mi señor, o si será acuerdo sabio recelar más y temer a quien lo llega a saber que a quien ignora un agravio. Tienes razón, si eso pasa. Temer desde aquí adelante a Román es importante mientras estuviere en casa. Procediendo en mi atrevido intento con tanta cuenta, que las sospechas desmienta que de mi amor ha tenido. Que la más mala intención tal vez del mismo de quien presumió mal, juzga bien si ve enmienda en la ocasión que tuvo de juzgar mal. Y si así no lo hago, Inés, puede ser, pues Román es tan preciado de leal, que viendo mi demasía a mi hermano le dé cuenta de mi error y de su afrenta, que de un error la porfía el sufrimiento atropella de tal suerte, que provoca, aun a aquel que no le toca, a poner remedio en ella, Mi hermano es noble y valiente, y si llega a presumir, a pensar o colegir, o por algún medio siente que la voluntad rendida tengo solamente al gusto, sea justo o sea injusto, de Juan de Heredia, mi vida y la suya, aquesto es cierto, con notable riesgo. Pues aunque Juan de Heredia es tan valiente, que si advierto la ocasión que me movió a quererle, hallaré por verdad que sólo fue su valor quien me obligó, con todo, con verdad toco que del rigor de mi hermano no ha de estar seguro, es llano, ni yo lo he de estar tampoco, si nuestra ardiente afición llega a alcanzar o entender, porque, en fin, ha de tener de su parte la razón, y ha de vengar, si porfía, la ofensa hecha a su nombre; que la razón en un hombre es la mayor valentía, Y así, pues que mi ventura ha sido tanta que puedo perder al peligro el miedo, supuesto que estoy segura de mi hermano y de Román, pues por dos días o tres del modo que has visto, Inés, a la cacería van, quiero, para encarecerle a Juan de Heredia el recato que en nuestro amoroso trato ha de haber y para verle también, avisarle que venga a verme aquesta noche después que el sol en su coche la ordinaria vuelta dé. Harás bien, porque avisado de lo que pasa, en efeto, más vigilante y secreto, más cuerdo y más recatado perseverará en su amor, de manera que asegure su vida y que no aventure ni la tuya ni tu honor. Pues, Inés, a escribir voy un papel que has de llevarle, en que pretendo avisarle de que esperándolo estoy. Paciencia; ¿qué se ha de hacer? ¿Paciencia he de tener cuando el bien que estoy adorando no puedo. Pacheco, ver? Si supieras qué es querer, si hubieras tenido amor, supieras de su rigor; que para el alma que hiere no poder ver lo que quiere es la desdicha mayor. Yo quiero a doña María desde el día que la vi, que sin duda para mí fue el más venturoso día. Corresponde a la fe mía tan amante como bella; pero mi contraria estrella ha podido disponer que ella no me pueda ver ni yo pueda verla a ella. Mira si se puede hallar para dos almas iguales otro género da males que causen mayor pesar. ¿No es desdicha, no es azar que cuando ella vive en mí y yo vivo en ella, así divididos nos miremos? ¿Cómo, cómo viviremos yo sin ella, ella sin mí? ¡Pluguiera al Cielo, pluguiera, como en Sevilla su hermano se detuvo este verano, un siglo se detuviera! Que, en fin, si allá se estuviera, tuviera el alma segura como de antes, suerte dura sentida bien con razón, para hablarla ocasión y para verla, ventura. Pero ya ¿cómo podré verla» ni hablarla ¡oh, tirano Amor! teniendo en su hermano el estorbo que se ve? Paciencia el Cielo me dé para no desesperar, o dicha me quiera dar para ver la luz que sigo, porque sin ella y conmigo ¿qué bien tengo que esperar? Mucho me admira, señor, verte tan enamorado; bravamente te han matado las albardas del Amor. ¿Quién del Amor se ha podido. Pacheco amigo, escapar? O ¿quién se sabrá librar de un dios que sujetar sabe de la tierra un bruto, una ave del viento, un pez del mar? ¿Ves cuantos guardan voraces brutos, de sus horizontes horror, los ásperos montes, competidores audaces del cielo? Pues son capaces de amor. ¿Ves cuantos contienen. crían, guardan y mantienen peces los centros del mar, y cuantas miras volar aves libres? Amor tienen. Pues si brutos, peces y aves sin razón sienten de amor el incendio abrasador y los desvelos suaves, ¿con cuántas causas más graves y más bastante ocasión sentiré en mi corazón este incendio, este desvelo yo, que, en fin, me ha dado el Cielo alma, discurso y razón? No te quiero responder, porque pienso que te enfado. Oye, a la puerta han llamado. ¿A la puerta? Voy a ver quién llama. I Oh fuerza, oh poder de amor riguroso y fuerte! i Qué bien tu crueldad advierte cautelosa y fementida, que, en no escapársete vida, te pareces a la muerte! Inés, solicitadora, cómplice fiel y tercera, por no decir cobertera, ya entiendes, de su señora y dueño tuyo adorado, fue la que llamó a la puerta, que, disfrazada y cubierta, aqueste papel cerrado vino a traerte, y a mí, para que a ti te lo diera, me lo entregó, y más ligera se fue al punto que un neblí. No quiso esperar respuesta, porque dijo que ha de ser la respuesta cierta hacer lo que en él se amonesta. Seré a la obediencia atento siempre de doña María, dueño ya del alma mía, ave libre, veloz viento, y ojalá pedir quisiera imposibles a mi amor, que, por su gusto, el mayor intentara y emprendiera. Porque es verdad infalible que no estima, quiere ni ama el hombre que por su dama no hace más de lo posible. Rompo la nema al papel. No estoy en mí; loco estoy de contento; feliz soy. Dice de esta suerte en él: "Vernos importa a los dos. Ausente mi hermano está. Lugar esta noche habrá por el jardín. Guárdeos Dios." No vi mujer más sucinta; de escribir breve blasona: debe de ser regatona, señor, de papel y tinta. ¡Qué papel tan presuroso! Pacheco, el decir y hacer, para lucir ha de ser... ¿Cómo? Breve y compendioso, que al hacer valor arguye y al decir muestra elegancia quien, en pequeña distancia, lo que hace o dice incluye. Y así es razón que se alabe quien a reducir se atreve a espacio sucinto y breve lo que aun en mucho no cabe. Pero, ya el mayor farol camina con paso lente al ocaso monumento lóbrego de su arrebol, y la oscura noche el manto tenebroso va tendiendo, con sus sombras infundiendo a los mortales espanto, si bien debiera a su honor y a su soledad oscura, mi amor, la mayor ventura, mi fe, la dicha mayor, si es que la mayor se llama, y por tal se ha de tener, merecer un hombre ver tras larga ausencia a su dama. Escucha, así Dios te guarde. ¿Qué dices? ¿Qué he de decir? Que cenemos antes de ir, por si viniéramos tarde. ¡Qué necio estás! ¡Qué indiscreto! Si indiscretos han de ser cuantos tratan de comer, no hallarás hombre discreto, puesto que por varios modos, en este mundo en que estamos, solamente procuramos, señor, para comer todos, Y así, pues mi dueño eres, dame licencia y lugar para que vaya a cenar lo que tú comer no quieres. Ya dejo en el molino los caballos. Román, yo determino, por que con más secreto mi intención logre el pretendido efeto, que a pie los dos nos vamos hasta el lugar, pues de él tan cerca estamos que no hay quien nos resista su deleitosa y agradable vista más que ese altivo monte, atalaya de todo el horizonte, peñascoso gigante del globo de zafir inculto Atlante, cuja soberbia punta más alta que el Olimpo se barrunta; siendo tan eminente, que las nubes abolla con la frente. Vámonos poco a poco acercando al lugar, si (¡ya estoy loco!) entre tantos fracasos, no son mis penas grillos de mis pasos, quedando como arroyo (bien el ejemplo a mi recelo apoyo), que en el invierno frío, cuando asomos quizá tuvo de río, lo deja el cierzo helado todo el cristal en sí tan condensado, que lo que antes corriente, congelado es espejo propiamente en que se mire atento, porque sienta, al mirarse, más tormento. Yo así voy caminando a mi venganza, poco recelando, si pesares injustos, cierzos que hielan los mayores gustos, el paso han de embargarme de modo que, quizás, venga a hallarme. para mayor desvelo, como el arroyo, convertido en hielo; quedando solamente, para que más el verme me atormente, sin mi pasada gloria, por espejo penoso la memoria, ¡oh, penas desiguales! en que mirando esté siempre mis males. ¡Que una alevosa hermana, de su honor mismo bárbara tirana, pueda haberme traído a tiempo que me mire combatido de pensamientos tantos! ¿Para cuándo guardáis ¡oh, Cielos santos! los rayos de esa esfera? ¿Uno entre tanto número no hubiera que abrasando bajara y en débiles cenizas desatara, con intrépida furia, a aquesta aleve que mi honor injuria? Suspenso y divertido en tus penas, señor, no has advertido que ya al lugar llegamos y que a pisar sus calles comenzamos. Tienes razón; confieso que pesares me traen loco y sin seso. Hacia mi casa guía, que hecho de ella vigilante espía, averiguar intento cuidadoso, solícito y atento si mi enemiga hermana mi sangre ofende y su opinión profana, según me has informado. Tú verás cómo yo no te he engañado. En desdichas tan claras, pluguiera al Cielo ¡ay, Dios! que me engañaras; que aunque mucho sintiera el engaño, Román, distinto fuera en mi opinión y honra un engaño sentir o una deshonra. Ya estamos en la estacada; no hay sino llamar el duelo y llamar al enemigo. Habla más bajo. Pacheco, supuesto que sabes ya el recato y el silencio que observo siempre que a ver a doña María vengo por aquestas rejas suyas, reparando y atendiendo a que vecino ninguno, o malicioso o grosero, pueda por mí de su honor admitir algún conceto ilícito, porque hay vecino que a los acentos de la voz más muda sale a la ventana dispierto a ser Argos vigilante, atalaya de defectos ajenos, y, en fin, a ser lince ciegamente necio pues viendo de otras el humo, no ve de su casa el fuego. A ese vecino, si yo fuera juez ¡viven los Cielos! que había de condenarlo a que le sacasen luego los ojos, y con los ojos la lengua, y después de esto le tapasen los oídos con dos clavos timoneros. y aún fuera de tan infame vicio castigo pequeño. Pero, si ya del oído ilusión no ha sido, dentro del jardín, hacia la puerta del postigo, ruido siento. ¿Es Juan de Heredia? Yo soy, señora, un esclavo vuestro. Vos seáis tan bien venido como de mi amante pecho habéis sido deseado. ¡Dichoso yo, que merezco de vos favores tan altos! Entrad, porque lo que tengo que comunicar con vos pide lugar más secreto que la calle, donde hay tantos que oírnos puedan y vernos. ¿Oyes esto? Sí, señor. ¿A qué esperamos? Entremos. Pues tú, loco, ¿a qué has de entrar? ¿A qué he de entrar? Bueno es eso; a ver a Inés, de mi amor estropajizado objeto. Que yo también para amar soy hombre de carne y hueso, como tú. Calla, ignorante. Luego ¿no he de entrar? No. necio. Espérame hasta que salga. Aunque a mi pesar, espero. ¿No entráis? Sí, señora mía. Pues licencia me dais, entro. {Entrase.) Entróse; solo he quedado. ¡Válgame Dios, qué silencio tan apacible! No se oye ni aun el latido de un perro. En tanto que mi señora habla con su amante, vengo, porque es mi amante también, a hablar yo con Pacheco; que es error cuando se está con el suyo entreteniendo, no entretenerme también yo con el mío, pudiendo. Ruido de gente he sentido en la reja; yo me acerco a ver quién es. Ya me ha visto. Pues si acerca, hablarle quiero. ¿Es Pacheco? ¿Es Inés? Sí, ¿Es posible que podemos hablarnos los dos despacio? ¡Vive Dios! que aún no lo creo. ¿Cómo sin mí lo has pasado? Más bien mientras más añejo. De salud pregunto. Y yo te respondo de lo mesmo; que, pues bebo vino, Inés, claro está que salud tengo. Mas, dime: ¿quieres hacer por mí una cosa? Ya espero que la digas. I ¿Quieres? ¿Qué? Abrirme el postigo, Niego. ¿Y mi honor? ¿Temes tú más que tu señora perderlo? Baja y abre. ¿Para qué? Para que los dos hablemos con descanso, sin estar como estamos, pareciendo al bueno y al mal ladrón, sin ser Calvario este puesto: tú, mirando al suelo, al malo; \o, ai bueno, mirando al Cielo. Abre ¡por tu vida! ¡Guarda! Pues ¿qué recelas? . Recelo que, sin ser Lucrecia yo, quieras ser Tarquino. ¡Bueno! Ese temor, Inés mía, a mí me toca tenerlo de ti. Pues ¿yo he de forzarte? Sí, porque en aqueste tiempo, las mujeres son Tarquinas y los hombres son Lucrecios En fin, ¿no quieres abrir? Tú me lo ruegas tan tierno, que juzgaré a ingratitud no abrirte. Pues sea de presto, porque tenemos que hablar muchas cosas de secreto. Con este intento salí y con este intento vuelvo: averiguar mi deshonra para castigarla intento. ¡Oh, infame, alevosa hermana, afrentoso vituperio de mi honor y de mi sangre! Si me ofendes, quiera el Cielo que revolcada en la tuya te miren mis ojos, siendo yo mismo quien te dé muerte; el instrumento, este acero; esta casa, urna funesta y trágico monumento donde sepultada quedes con tu amante deshonesto. Dos hombres, si no son más, venir por la calle veo; y, si va a decir verdad, yo estoy temblando de miedo: de haberlos visto no más, como unos jazmines huelo, mas no tan suavemente. Detrás de esta esquina quiero esconderme hasta que pasen, mientras baja Inés. ¡Reviento de cólera! ¡Estoy rabiando! Este postigo fue el puerto por donde, bajel infame, cargado de atrevimientos, Juan de Heredia entra en mi casa. ¡Mi deshonra! No lo creo, ni es posible. Mas... ¿qué miro? {A este tiempo abre Inés e' postigo.) ¡Vive Dios! que le han abierto, y no para que entre yo. De mis agravios comienzo a ver indicios, Román. ¿Entras? ¿Qué aguardas, Pacheco? Ya son evidencias claras las que hasta aquí dudas fueron. Esta es Inés, que, según de sus razones advierto, esperando está al criado de mi enemigo, y sintiendo gente a la parte de afuera, abrió el postigo, entendiendo que era él, para que entrase. ¡Qué propio, qué propio es, Cielos, de los criados seguir de sus amos el ejemplo! Cuando es malo, como malo; cuando es bueno, como bueno. Pacheco, acaba de entrar. ¿Te extiendes, porque te ruego, como verdolaga en huerta? Ni entras ni hablas. ¿Qué es esto? ¿Eres imagen de mármol? ¿Eres estatua de hielo? Pues a fe, que si me enfado que has de esperar al sereno a que salga tu señor. j Ay de mí! Luego ¿está dentro? ¿Ves, señor, como has hallado lo que te he dicho por cierto? Sí, amigo Román; ya he visto que estoy sin honor; no tengo que esperar; cierto es mi agravio y tanto, que lo estoy viendo. Mas i Cielos! para vengarlo ¿qué ocasión mejor espero que la presente?—Román, entra conmigo, que quiero que de mi venganza seas testigo también, supuesto que de mi agravio lo has sido. Yo voy tus pasos siguiendo. ¡Criada infame! ¡Ay de mí! este es mi señor don Pedro. Voy a avisar a mi ama. Traición es ésta y enredo de Román. Bien lo temí. Aunque sus alas el viento te preste, no has de librarte de mi rigor ¡vive el Cielo! Sin duda que los dos hombres de quien me escondí me vieron y tuvieron de mí el mismo miedo que yo tuve de ellos pues se volvieron atrás. ' Llamar al postigo quiero, porque es forzoso que Inés haya bajado y abierto, y viendo que yo no restaba, cuando abrió, a la puerta, es cierto que volvería a cerrar, y por la parte de adentro esperará a que yo llame. Llamo, pues.—¡Inés, mi dueño! Pacheco soy. ¿Oyes? Abre Despierta si estás durmiendo— No responde; llamar más presumo que es desacierto: enfadada de esperar se debió de ir; el sueño me aprieta mucho, y mi amo en la hermosura suspenso de su dama, me parece que no ha de salir tan presto. Mas salga cuando saliere, que por Dios que en mi aposento y en mi cama me ha de hallar después que a casa haya vuelto, porque esperar a que salga no es cosa que me está a cuento. Adiós, adiós; buenas noches, mi señor jardín o huerto. Señora! ¿Qué traes? ¿Qué tienes? Señora ¡válgame el Cielo! Habla, Inés; responde, acaba. ¡Turbada estoy! ¡Muerta vengo ' Sosiégate. Si me ha visto, ¿cómo ha de tener sosiego? (¡Riguroso trance! ¡Fuerte ocasión! ¡Terrible empeño!) (No estoy en mí; estoy mortal, toda soy de puro hielo.) ¡Ah, traidor! Tú me has vendido; tú me has puesto en este riesgo. ¡Ah, fementida! Es leal, y como leal ha hecho. Injustamente te quejas de él, porque si tú, naciendo mi hermana y siendo mi sangre, contra el decoro y respeto debido a mi honor le haces agravio tan manifiesto, ¿qué mucho que este criado no haya tenido recelo de decírmelo si tú no lo tuviste de hacerlo? ¿Qué querías? ¿Hallar modo para hacer error tan ciego y que me faltase a mí para llegar a saberlo? No, alevosa, mujer fácil, que cuando permite el cielo un error, ya ha prevenido quien lo revele primero.— Y tú, atrevido villano, Icaro arrogante y necio, que al sol de mi honor, más puro que los candores de Febo, quisiste tocar con alas de fácil cera, no viendo que abrasado entre sus luces y entre sus rayos deshecho habías de bajar a ser precipitado escarmiento de tu loca presunción, de tu altivo atrevimiento, saca la espada y procura, pues de tan valiente y diestro tienes cobrada opinión, defenderte de este acero, cristal luciente en mi mano y en la sangre de tu pecho teñido rojo coral aquesta noche has de verlo. (¡Vive Dios! que para oírlo he tenido sufrimiento, porque la razón que tiene para quejarse estoy viendo, que es loca temeridad y temerario despecho querer ser el ofensor tan terrible, tan entero, que del ofendido aun no quiera sufrir un desprecio, cuando en su ofensa no tiene otra cosa de consuelo. Yo he de hacer cuanto pudiere por reportar a don Pedro, y en no pudiendo, paciencia; ¡qué se ha de hacer! pelearemos. La defensa es permitida, y en mí esta noche ha de serlo la mía y la de mi dama. pues cuando por mí la veo en peligro tan notorio, en tan conocido riesgo, dejarle en él será infame hazaña, vil pensamiento, afrentosa acción, temor mal nacido y bajo intento del valor con que nací cuando de amante me precio.) Señor don Pedro, escuchad, que en breves razones pienso satisfaceros de modo... ¿Qué satisfación espero de ti, traidor, si en mi casa a aquestas horas te encuentro con mi propia hermana hablando? ¿Puede haber, puede haber medio ni satisfación que acierte en tan clara ofensa a serlo? Y cuando la haya, ¿podré admitirla yo, teniendo para juzgarla engañosa indicios tan manifiestos? No; pero advertid... mirad... Nada miro, nada advierto más que este agravio, esta injuria que a mi honor estás haciendo, gigante en la presunción y en la calidad pigmeo. La que a mí el Cielo me ha dado, señor don Pedro, sospecho que igualar puede en limpieza a los rayos del sol mesmo, aunque no he nacido más que un pobre cristiano viejo, que para mí pienso que no hay calidad como serlo, supuesto que podrá el hombre de más bajo nacimiento y de más humilde sangre aspirar a caballero o introducirse en hidalgo con valerse de dos medios, que son dinero y favor, y más en aqueste tiempo donde valen, como dicen, las calidades a huevo, y dineros ni favores cristiano viejo han de hacerlo por más diligencias que haga, porque esos los hace el Cielo solamente, porque él solo es el que puede hacerlos. Mirad, pues, si es más honrosa calidad y de más precio la que da el Cielo que aquella que dan favor y dineros, Aquesta verdad supuesta, que no os afrentéis os ruego de hallarme con vuestra hermana porque no soy caballero, que harta caballería se trae consigo en naciendo el que merece tener cristianos padres y abuelos. Yo la he servido y amado con el decoro y respeto a su honestidad debido, sin que ni aun el pensamiento se haya atrevido jamás, desvanecido o grosero, a romper de su honor puro los sagrados privilegios. Palabra de ser mi esposa me ha dado, debido premio al amor con que la estimo, a la fe con que la quiero. Mía ha de ser y yo suyo si le pesa al mundo entero, pues si por méritos no, por dichoso la merezco. Mirad qué determináis; declaradme vuestro intento, que éste es el último mío, y la he de lograr si puedo. Primero, infame villano, más piezas te he de ver hecho a manos de mi venganza que ostenta luces el cielo y flores el mayo hermoso. Pues empezad desde luego, porque es tarde, y para hacerme tantos pedazos, don Pedro, ya vos echaréis de ver que es menester mucho tiempo. Pues empiezo así, villano. Caballero, así comienzo. ¡Juan de Heredia! ¡Hermano! ¡Ah, ingrata! Señora, perded el miedo, que yo, que en el riesgo os puse, os sabré sacar del riesgo. No será mientras yo viva. Será después que estéis muerto, y será presto, porque os he de matar muy presto. ¡Muerto soy! ¡Cielos, valedme! Doña María, esto es hecho, y sólo he sentido que se haya escapado huyendo de mi cólera Román, de tan trágico suceso ocasión. Pero seguidme, que yo, animoso y resuelto, os pondré, señora, adonde libre de todo recelo vos me llaméis vuestro esclavo y yo os adore por dueño, juntando nuestras dos almas las coyundas de Himeneo. Más muerta os sigo que viva de ver a mi hermano muerto. Por serlo vuestro no más la desdicha suya siento. ¡Ay, Amor!; Qué fin prometes a principios tan funestos? ACTO SEGUNDO

JORNADA SEGUNDA

Este es el camino real, Robles amigo y Padilla, que derecho hasta Sevilla va desde Guadalcanal. No quede en él pasajero, aunque a los cielos se queje, que en nuestras manos no deje o la vida o el dinero. Así se hará, Gaitán. Ya que el hurtar no es honroso, sea oficio provechoso, que así lo dice el refrán. Para honra y provecho, estrecho cualquier saco dicen que es. En el nuestro quepa, pues honra no cabe, provecho. Que no tenerlo, ni honra, yo soy de este parecer, ¡vive Dios! que viene a ser deshonra sobre deshonra. Pía dicho muy bien Padilla. Bien su honrado celo aprueba. Quedo, que en la venta nueva entrando va una cuadrilla de gente. Dos hombres son, y con ellos dos mujeres no de malos pareceres. Vienen a buena ocasión, que, si va a decir verdad, en aqueste yermo estrecho voto de hacer casta he hecho, pero no de castidad, y ha mil días que la guardo. O casadas o doncellas, antes de una hora verlas dentro en nuestro albergue aguardo. Vamos a la venta, pues. Yo sólo siento ¡por Dios! que las mujeres son dos y nosotros somos tres. Pues si de eso sólo os pesa, el consuelo está accesorio. ¿Y es? Que en este refectorio puede haber segunda mesa. Pacheco, del huésped sabe si tiene que comer algo. Aquí podemos, bien mío, descansar mientras la siesta pasa enfadosa y molesta. Heredia, de mi albedrío sois dueño absoluto ya. Vuestra soy, vuestra he de ser, y resuelta a obedecer vuestro gusto el alma está, y estará hasta morir. Mil veces mi dicha alabo. Yo soy quien, humilde esclavo, señora, os ha de servir; porque fuera impropiedad, y error grande pareciera, que a mi humanidad se viera sujeta vuestra deidad.— ¡Ah, huésped! ¿Qué falta, hidalgo: ¿Qué puede faltar? Acabe de traernos que comer. ¿Qué hay? Conejos y perdices. Ventero santo, ¿qué dices? i vive Cristo! que he de ser tu coronista, escribiendo en tu alabanza más tomos que tú has dado falsos comos gato por liebre vendiendo. Poco de gato, que a quien tal cosa de mí creyese le haré yo que le pese; que soy ventero de bien y de muy honrados tratos en éste que usando estoy, y no soy hombre que doy a nadie por liebres gatos. (Esto del gato lo ahoga.) Habla el huésped como honrado, que en casa del ahorcado no se ha de mentar la soga. Dejemos los remoquetes, o ¡por Dios! que dejaré los remoquetes sin re y serán para él moquetes. ; Moquetes a mí, ladrón, , que en llamártelo no peco? ¿Ladrón? ¿Qué es esto. Pacheco? Huésped, ¿qué es esto? Ocasión para quitarle la vida y aun mil que tuviera, fue. ¿Qué le has hecho? Le llamé... Dilo, acaba. Gaticida; y para más infamarle, no sólo, mírame bien, gaticida, mas también canicida he de llamarle. Pues por medrar en su trato no tendrá a mucho delito . dar un perro por cabrito quien vende por liebre un gato. Baste ya la necedad. Trátele bien tu porfía. El se holgará que algún día le trate así la Hermandad. Bueno está.—Huésped, no haga caso de este mentecato. Si yo olvido lo del gato, a fe que él se satisfaga. Pónganos luego la mesa. Ventero. Por vos lo haré no más.— Teodorilla, ¿dónde estás? Aquí estoy ya. Ventero. Pon apriesa la mesa a este caballero con la limpieza que sueles. Aquí está ya y los manteles. Ventero. Trae pan, cuchillo y salero. Todo está aquí. Ventero. Trae ahora dos perdices, las más bellas. Iré volando por ellas. Trae vino moro, Teodora. ¿Moro? Para mí ha hablado vuesa merced en guarismo. Vino, digo, sin bautismo, que es decir que no esté aguado. A buen tiempo llegamos, que la mesa está puesta. Pues comamos, que para lo tratado tiempo y lugar habrá después sobrado. Buena moza! Pobre de ella! ¡Extremada! No es mala la criada. Con ella me contento. Para una legua o dos, basta un jumento. Pistolitas monteras. ¿Qué es aquesto, señor? ¿De qué te alteras? Despide los temores. Que me quemen si no son salteadores. Lo mismo he sospechado; mas no importa; conmigo han encontrado; que cuando intente necio descomponerse alguno en mi desprecio, mi enojo les promete para cada pistola un pistolete, y este acero en mi mano rayos ardientes más que el soberano Júpiter justiciero vibró contra Tifón, gigante fiero, y contra los audaces de su protervia bárbara secuaces. Lleguemos. Buen provecho les haga la comida. Yo sospecho que con nuestra venida rejalgar ha de ser y no comida. Sean muy bien venidos los camaradas, y si son servidos de comer, será honrarme sentarse todos tres para ayudarme. Con los mismos intentos veníamos ¡por Dios! Tomen asientos. Ya sentados estamos. Sólo falta traernos que comamos. Aquí están las perdices. (Temblando estoy. Ya ¡Dios! que a las narices el ámbar me ha llegado por el sucio alambique destilado. Grandes son mis temores. ¿Qué diablo me metió entre salteadores?) Lindo geme de cara. ¿Qué atrevimiento es éste? ¿No repara, descortésmente osado, en que aquesta mujer está a mi lado? ¿Cómo a su rostro allega, sol que al sol mismo con sus rayos ciega? Nadie se descomida, o ¡voto a Dios! que a riesgo de mi vida, aunque de más pistolas vengan cargados que cerúleas olas mueve Neptuno airado, deje su atrevimiento castigado de modo que la venta venga a ser de los tres vena sangrienta. Tengan , ¡por vida mía!, si es que tenerla saben, cortesía. Y aunque ladrones sean, sean corteses, ya que hurtar desean. Hasta entre ladrones aprovechan tal vez buenas razones, que muchos se han librado de la ira de algunos que han robado en cuyas manos dieron, porque corteses al robarles fueron. De donde es bien se entienda que hay hombres que no sienten que la hacienda quitarles soliciten, como con cortesía se la quiten. Tengan, pues, cortesía, pues aún para robar es granjería. Quien tan bien nos predica, ¿por qué a clérigo o fraile no se aplica y no a rufián cargado de mujeres por este despoblado, que en una y otra venta se entretenga ganando por su cuenta? Doña María. (¡Amor, tus ceguedades a oírme traen tan grandes necedades!) Reyes míos, comamos y callemos. Comemos y callamos. Recelos infelices me atormentan. Con estas dos perdices nos acomodaremos, ya que a perdiz por hombre no cabemos. (¿ué miro? ¡Cielo santo! Mármol debo de ser, pues sufro tanto.) Sor huésped, ¿no hay pimienta? Ventero. ¿Qué pimienta ha de haber en una venta? Le ha de llevar diez reales por lo que no merece dos cabales. (No puedo reportarme. Esta es buena ocasión para vengarme.) Por que coman, que es justo, pues mis huéspedes son con todo gusto, pimienta quiero darles (que la vida, si puedo, ha de picarles). Que yo, siempre que tengo de caminar, curioso me prevengo de aquestas y otras cosas que en las posadas suelen más famosas faltar. Voy a traerla. Brava curiosidad. Vaya por ella. ¡Por Cristo! que ha escogido vuesa merced amante prevenido. Será en cualquier posada, con tanta prevención, bien regalada. Doña María. (¡Tal estoy escuchando!) (Sin estar azogado estoy temblando. Si algún entierro hubiera, mis calzones pudieran dar la cera; mas consolarme quiero con que, si acaso en esta ocasión muero. que es lo cierto matarme, cera no hay que comprar para enterrarme.. pues conmigo la tengo.) Aquesta es la pimienta que prevengo para estas ocasiones. Coman de ella los pícaros ladrones. Castigó el alto Cielo las sinrazones nuestras. Por el suelo, cayendo y trompicando, van con su propia muerte agonizando. Buenos van, camaradas, dos a balazos y uno a puñaladas. Así ¡cuerpo de Cristo! pimienta más picante no la han visto los estancos de España. Inmortal debes de ser por esta hazaña; mas pues quedo con vida, la cera que tenía prevenida para enterrarme el miedo, luego al instante he de vender, si puedo. Señores, si hay quien quiera una partida acomodar de cera, yo la daré barata, en mis propios calzones se remata. Es de Mérida, fina; lleguen, que el que llegare más aína y menester la hubiere, la llevará de balde si quisiere, Calla, necio, y ensilla las mulas luego al punto, que en Sevilla he de entrar esta tarde antes que haga de su horror alarde la esposa del Erebo y antes que el claro refulgente Febo, si el catre no de pluma ocupe el traspontín de blanca espuma que, fundado en arenas, le mullen blancas músicas sirenas. Vamos, esposa mía, divina emulación del claro día, y con gracia más suma invidia de la hija de la espuma, a quien tantos honores ofrecieron gentílicos errores. Doña María. Vamos, esposo mío, nuevo galante, Adonis en el brío y con causas más justas; Alcides invictísimo que gustas, como el otro Tebano, castigar tiranías con tu mano. Vamos. Adiós, Ventero, de los tres salteadores compañero, de quien es bien arguya que vinieron acá por orden tuya. Y es tan feliz tu suerte, que, sin pensar, te libras de la muerte, porque dichoso has sido entre los tres llamados escogido, Oyete, majadero. ¿Qué quieres? Que le pagues el dinero de cuanto aquí ha traído, pues culpado no está en lo sucedido con los tres salteadores. Pésame ¡vive Dios! que tanto ignores. No seas importuno. Salteador y ventero todo es uno. Pero pagarle espero con estas tres pistolas, porque quiero darle armas con que pueda defenderse cuando algo le suceda con semejante gente Ventero. Y yo quedo satisfecho lindamente. ¿Dónde vamos? No lo sé. Tan melancólica vienes, prima, tan fuera de ti, que presumo que no adviertes que ya en San Lázaro estamos. ¿Dónde vas de aquesta suerte? ¿Eres correo de a pie? Prima doña Ana, detente. ¿Qué es aquesto? Loca estoy. Sosiégate, no te alteres. ¿Cómo no, cuando los Cielos rigurosos me previenen un fuego que me consuma, un incendio que me queme, un rayo que me deshaga, un puñal que me atraviese, una espada que me mate, un dolor que me desvele? Que esto y más es un desprecio cuando a averiguarse viene. Solas estamos y en parte que nadie escucharnos puede. Oye, prima, que contigo descansar el alma quiere. Amor, dueño de las almas, ciego lince, niño fuerte, rapaz astuto, dios loco, de quien no hay vida que acierte a librarse ni albedrío que esclavo no se confiese de su riguroso imperio, cuya majestad se extiende, cuyo poder se adelanta, cuya soberbia se atreve, si a tanto poeta antiguo darse algún crédito debe, a sujetar a los dioses en sus moradas celestes, sin que la inmunidad de ellas ni les valga ni aproveche. Con esto habrás entendido que tengo amor; mas no siente, prima Elvira, amar el alma, sino amar a quien pretende, a mis finezas ingrato, a mis cariños rebelde, pagar mi amor con desprecios, mi voluntad con desdenes. Prima, si alguna mujer algún agravio te hiciere, no procures más venganza, si de ella vengarte quieres, que pedirle al Cielo que permita que llegue a verse enamorada de un hombre que la olvide y la desprecie después que dueño absoluto de su honor a verse llegue, que esta es la mayor venganza que hallar tu agravio puede, porque es tanto el sentimiento que hacen todas las mujeres mirándose despreciadas de quien cautelosamente para engañarlas las quiso, que la pérdida no sienten del honor, con ser tan grande, tanto como que las dejen despreciadas, y bien clara aquesta verdad se entiende, supuesto que hay infinitas que viven sin honra alegres con saber que sus amantes las estiman y las quieren. ¿Quién a costa de un halago aplaudirnos no pretende? Siquiera para tenernos tan sujetas y obedientes, que por pago de un honor tomamos favor tan leve, Ya mi amor te he declarado, y a vueltas, tácitamente, mi deshonra. El autor de ella te quiero decir; atiende. El grande Conde de Palma, príncipe invicto, a quien debe la fama tantos aplausos cuantas son las excelentes partes heroicas que en él tan iguales resplandecen, este verano en su casa tuvo, por mi mal, un huésped que, a serlo mío, pudiera sentir, prima, justamente de él lo que del Teucro Eneas Elisa Dido impaciente. Este fue don Pedro ¡ah, ingrato! de Mendoza, aquel aleve extremeño, aquel traidor, aquel fementido. Tente, lengua, que esto es excusado si declararte pretendes de aquel hombre, que esto basta para que entendida quedes que debajo de este nombre tácitas se comprehenden cuantas traiciones y engaños la malicia inventar puede. Don Pedro, en fin, de Mendoza, en la ribera del Betis me vio una tarde, que acaso la cristalina corriente de sus aguas salí a ver. ¡Quien creyera que pudiese resultar de ver un río ver en mis ojos dos fuentes! Miróme y miréle yo; llegó a hablarme cortésmente; cortésmente le escuché; agradome, y agradele. Ponderó afectos sentidos, que yo creí fácilmente; respondile con los ojos; pero, como niñas tienen, debieron de hablarle mucho, que él entendió sutilmente. ¿Cuándo niñas no dijeron más que les preguntan siempre? Siguiome, supo mi casa, galanteome honestamente, solicitome cortés, enamorome prudente, siendo de noche y de día, bien que recatadamente, Argos sutil de mis rejas. Atlante de mis paredes. Con toda esta vigilancia me pretendió cuatro meses, si Marte en lo valeroso, en lo galán Ganimedes. Hasta que al fin una noche que más que otras tiernamente supo, rendido, obligarme, supo, humilde, convencerme, con fe y palabra de esposo, que una cédula contiene de su misma letra y firma, triunfó de mi honor valiente. No sé quién dice que somos muy agudas las mujeres, siendo, prima, en común todas tan simples, tan inocentes, que nos engañan los hombres como si fuéramos peces, con el cebo de un papel notado engañosamente, más que de la voluntad del hidrópico deleite, blanco a que tiran lascivos, fin a que torpes atienden. No bien, pues, el claro hijo de Latona veinte veces pasó a dar luz a los indios por la Eclíptica celeste, cuando, diciéndome que a disponer convenientes cosas a su hacienda y casa le importaba brevemente partirse a la Extremadura por quince días o veinte, que para tan breve ausencia licencia, prima, le diese, asegurándome que, después que de allá volviese, nuestras bodas dispondría para que en tálamo alegre, los que antes de galán gustos delicias de esposo fuesen, dulcemente permitidas si hasta entonces indecentes. Yo, que a su gusto conforme, si imposibles me pidiese le concediera imposibles, que una mujer, cuando quiere, cuanto le ruegan otorga, cuanto le piden concede, liberal le di licencia para que al punto partiese. Habrá, prima, más de un mes sin haber en todo aqueste tiempo una letra siquiera que en su ausencia me consuele recibido de su mano, a cuya causa impaciente, colérica y despechada, recelosa el alma teme. Triste el corazón sospecha que se ausentó para siempre, dejando mi honor burlado, pues no es justo que se espere menos trágico suceso de descuidos- tan crueles, que si no es para olvidar ningún amante los tiene. Esta, prima, es la ocasión de que esta tarde saliese tan desesperada y loca, que no pudiste tenerme hasta llegar hasta aquí, no a dar a estos campos verdes agua que los humedezca, sino fuego que los queme. Mira ahora, considera en males tan evidentes, despreciada y sin honor, si estoy triste justamente. Desalumbramiento fuera negar la razón que tienen, prima, las tristezas tuyas; pero es bien que consideres que si don Pedro se fue por quince días o veinte, tardarse, prima, diez más no es ocasión suficiente para que del amor suyo tan grande olvido receles, que aunque fácilmente se ama no se olvida fácilmente. Si no te ha escrito será, aquesto es justo que pienses, porque las ocupaciones de su hacienda le divierten, o porque acaso no ha hallado mensajero confidente, que no de todos se fía un enamorado ausente. Esto es lo cierto. Don Pedro es caballero y te quiere; él vendrá, no desconfíes. Pero mucha gente viene de a mula por el camino. Vámonos, prima. Detente, mula infernal. ¿Qué es aquesto? ¿De qué te asombras? ¿Qué tienes que tantas coces despides? ¡Jesús! ¡Válgame mil veces, hermosa mujer, el Cielo! La mula, impensadamente, la derribó. La piedad nos obligue de mujeres a ver si algún mal se hizo, siquiera porque parece forastera. Yo no dudo que fuera cierta su muerte a no haberla recogido, liberal y diligente, en sus brazos aquel joven que la acompaña. Ya viene por su pie por el camino. Por forastera y hermosa a daros mil parabienes de la dicha que tuvisteis en que la caída fuese de ningún riesgo, llegamos. Yo agradezco sumamente el favor o la piedad; fineza, sin conocerme, de toda estimación digna, a que estaré eternamente con razón reconocida. De mi parte es bien que intente agradeceros también, bellas damas, las mercedes y favores que a mi esposa le hacéis, y a dichosa suerte he tenido el encontrar, después de un susto tan fuerte, antes de entrar en Sevilla dos ángeles, evidente indicio de las venturas y dichas que me promete dentro de ella mi fortuna. Los cumplimientos se dejen y reparad que ya el sol va llegando al occidente, caliginoso sepulcro de cuantos rayos encierre, Vamos, pues, que yo es forzoso que temprano en Sevilla entre a buscar posada que nos acoja y nos albergue hasta que con más espacio casa en que decentemente podamos vivir procure, ya que mi fortuna quiere que a vivir venga a Sevilla. No dudo que fácilmente en ella halléis posada, que muchas y buenas tiene; pero convenientes pocas para hospicio de mujeres. Que el de mi casa admitáis será preciso que ruegue a los dos, en tanto que otra halláis más suficiente. Aunque para esta hermosura esfera sucinta y breve será el alcázar del sol. Permitid que humilde selle con mis labios vuestras plantas una, señora, y mil veces, por tanta merced y honra. Las ceremonias corteses dejad, y a mi casa vamos. Más años, señora, cuente vuestra vida, que al sol puro dorados rayos guarnecen.— ¿Qué dices de esto? Pacheco? Yo ¿qué he de decir? que vienes a Sevilla con buen pie; plega a Dios que no tropieces, porque entradas tan melosas suelen tener comúnmente salidas acibaradas. Mas venga lo que viniere, goza ahora las venturas que la fortuna te ofrece, pues has de gozar también los pesares que te diere. Gracias al Cielo, señor, que llego a verte con vida, libre y sano de una herida de tan sangriento rigor. El vehemente dolor que al recibirla sentí me sacó fuera de mí de tal modo, de tal suerte, que en los brazos de la muerte me juzgué, si no me vi. Convalecí, en fin, y ya fuera de peligro estoy; mas tan desdichado soy, tan cruel el Cielo está conmigo, que si me da aquesta corporal vida, me quita la preferida a ella, que es el honor, Y así, pues, Román, aunque vivo me examinas hoy, como sin honor estoy, que estoy difunto diré. Vivo a un tiempo me veré, y a un tiempo me veré muerto; que en dos vidas que en mí advierto desdichado me apercibo, para la del cuerpo, vivo; para la del honor, muerto. Pero dejad sentimientos, ofendido corazón, pues tan inútiles son que se los llevan los vientos. Mis altivos pensamientos se enfurezcan y se inciten; mi venganza soliciten; porque si los Cielos, sabios, suelen permitir agravios, venganzas también permiten. Yo he sabido esta mañana, Román, que está mi enemigo en Sevilla y que consigo tiene a mi traidora hermana. Su infame sangre villana mis enojos indignados viertan, si ya mal logrados segunda vez no se ven; que es plaga de hombres de bien ser mil veces desdichados. A Sevilla he de partir, Román, hoy, en este día; porque la venganza mía dilación no ha de sufrir. A aprestar, a prevenir caballos parte ligero; al instante partir quiero; que cuando mi enojo ves, detenerme un punto es detenerme un siglo entero. Bravas suertes has tenido; Bien el naipe te ha pintado. Cien escudos he ganado; levánteme y encendido quedó en ira el Capitán. Los naipes sus dientes muerden a estas horas. Cuantos pierden lo mismo han hecho y harán. Mil necedades habló, que un santo no las sufriera. Lo mismo, Pacheco, hicieraI si acaso perdiera yo; que el gruñir y blasfemar contra el mundo y contra el Cielo es el más común consuelo que suele el que pierde hallar; pues si perdiendo no hablara un hombre, según se ve, juzga por muy cierto que de cólera reventara. El que ha de sentir perder, ¿por qué el juego no desprecia? a tu pregunta, aunque necia, respondo: El que perdió ayer, hoy, con voluntad más cierta, pensando que ha de ganar vuelve a ponerse a jugar. Pero si a perder acierta, con más rabia y más furor vuelve de nuevo a gruñir; porque para no sentir de la pérdida el dolor, no le puede aprovechar decir de su pensamiento: Si perdí, ya fue mi intento no perder, sino ganar. Negrón. ¿No sabes qué he reparado? No, si no lo dices. Luego que de la casa de juego saliste, este hombre embozado salió también, y siguiendo nuestros pasos ha venido. La causa que le ha movido de él mismo saber pretendo. Ya temo alguna tragedia. Aunque parezca locura mi curiosidad procura saber si este Juan de Heredia tan hombre es como parece, y como me han informado extremeños, que me han dado noticia de él, con que crece más este deseo en mí. Y es mi orgullo de manera que me enfada y desespera verlo alabar, siendo así que pacífico hasta ahora sólo en su quietud se emplea, sin hacer cosa que sea de aplauso merecedora. Y viene a ser sinrazón, que casi provoca a enfado, que sin haberla ganado tenga en Sevilla opinión. Jugando pintas con él cien escudos he perdido, de cuyo achaque he querido, o temerario o cruel, para tentar su valor aquesta noche valerme, sólo por satisfacerme, y averiguar si en rigor, supuesto que se me ofrece a propósito ocasión, es tan feroz el león como pintado parece. ¿Ah, hidalgo? ¿Llamaisme a mí? Sí. ¿Qué me queréis? Saber qué os ha podido mover a seguirme hasta aquí desde la casa de juego. Supuesto que os he seguido ocasión habré tenido. Que me la digáis os ruego. Que conozcáis es razón quién soy. Holgárame mucho. Yo... Proseguid, que ya escucho. Soy el capitán Negrón. ¿Conocéisme? No lo niego. ¿Qué queja tenéis de mí? Jugando con vos perdí cien escudos. ; Fue mal juego el mío? Sí, y vive Dios que más de dos lo dijeron. (Bien lo incito.) Pues mintieron, y vos, si lo decís vos. No os admire tan grosera y ciega resolución, porque en teniendo razón no sé hablar de otra manera. Ni yo, más que dar castigo que a otros sirva de escarmiento a quien loco y desatento de ese modo hable conmigo. (Habiéndome desmentido,ultrajando mi opinión, ya me corre obligación de darle muerte ofendido. Matarelo, ¡vive Dios!) (Plega a Dios que pare en bien.) Averiguar quiero quién ha mentido de los dos en menos pública parte, donde castigar intento vuestro loco atrevimiento. Seguidme. Si el mismo Marte fuerais y la parte adonde pretendéis llevarme fuera el mismo Infierno, os siguiera, que mi valor corresponde de aquesta suerte a quien soy. Fuéronse, y yo me confundo viendo hombres todos los días que por estas niñerías quieren matarse en el mundo. ¿No es disparate solemne que por cosa tan ligera arriesgar un hombre quiera sola una vida que tiene, y tan fácil de perder que es para matar bastante al más valiente gigante la punta de un alfiler? Mi error es tan sin segundo que excede a todos errores; no me matéis mis señores, y mátese todo el mundo. Por adonde habéis querido os he venido siguiendo hasta el Arenal. En él mataros, Heredia, intento. Pues sacad, Negrón, la espada, y nuestro duelo empecemos, supuesto que aunque pudiera yo no he de satisfaceros habiendo salido al campo. Cuando mi agravio es tan cierto con mataros solamente satisfacerme pretendo. Téngolo por muy difícil. Yo por muy fácil lo tengo, mas callen las lenguas y hablen indignados los aceros. Sin ser Espíritu Santo hablará en lenguas de fuego, Negrón, contra el vuestro, el mío. Pues riñamos y callemos. Callemos, pues, y riñamos. ¡Bien pelea el extremeño! ¡Bien pelea el sevillano! ¡Bravo pulso! ¡Grande esfuerzo! ¡Qué a tiempo mete el broquel! No tira golpe sin tiempo. Vive Dios, que le he temido. Que le he temido confieso. Mas, si puedo, he de matarlo. Como pueda, matarelo. No fue más valiente Aquiles. No fue más valiente Héctor. No me engañaron los que su valor me encarecieron; mas ¡ay de mí! muerto soy. Dios te perdone si has muerto. Este es el sitio mejor y el más conveniente puesto donde diligencias nuestras pueden lograr los aciertos que deseamos los tres. Algunas noches que vengo por esta calle a deshoras pasar mucha gente veo de buen porte, y la ocasión es esta casa de juego que en cal de Bayona está. Pues las esquinas tomemos y ninguno pase a quien por bien o por mal dejemos capa en los hombros. Ha dicho famosamente Carreño. A aquesta esquina me arrimo como gigante. Lo mesmo seré yo arrimado a estotra. Por Dios que lo habéis dispuesto admirablemente; ¿yo dónde he de ponerme? Bueno, a mi lado, o a el de Carpio. Como buen soldado quiero obedecer vuestra orden. Gente viene. Y de buen pelo, pues viene crujiendo seda. Dos hombres son. Pues callemos hasta que lleguen. Mañana nos valen los ferreruelos lindos dineros vendidos. ¿Dónde? En los ropavejeros. ¿Qué hora es, Fabricio? Las dos serán, poco más o menos, de la noche. Divertido me tuvo hasta ahora el juego. No entendí que era tan tarde; vamos; pero ¿qué es aquesto? En la boca de la calle parados tres hombres veo, y en el modo me parece que están, Fabricio, resueltos a no dejar pasar hombre; que son ladrones sospecho. Llega y pregúntales si acaso pasar podremos. Mejor es, señor, volverte sin arriesgarte, supuesto que a estas horas ninguno puede conocerte de ellos. Cuando ellos no me conozcan, yo me conozco, y no puedo, conociéndome, dejar de acudir a lo que debo, por mí mismo solamente y no por otro respeto. El Conde de Palma soy, y será afrenta y desprecio de mi persona volverme. No se ha de quejar mi pecho jamás de que pudo en él más que mi valor el miedo. Repara, señor... Aparta. Advierte... Déjame, necio. ¡Pobre capitán Negrón! ¡Qué temerario y soberbio procuró su misma muerte! ¡Téngalo Dios en el Cielo! Tarde es ya. Con qué cuidado estará mi esposa, viendo que falto tan a deshoras de casa. ¡Ah, hidalgos! ¿Podremos, en cortesía, pasar? Gente hacia esta parte siento. Pasen muy en hora buena, con que nos dejen primero su limosna. A buenas horas están limosna pidiendo. Aquestos son capeadores, y ¡vive Dios! que me huelgo de llegar a esta ocasión. Acercarme un poco quiero por dar a aquestos dos hombres favor en aqueste riesgo. Conde. Aqueste bolsillo lleva no sé qué doblones dentro. Sírvanse de ellos los tres y desembaracen luego el paso. Para llegar aqueste es el mejor tiempo. j Ah, caballero! Guardad el bolsillo, pues es vuestro, y no lo deis a ladrones, que yo, a vuestro lado puesto, a cuchilladas haré a los tres, y aun a trecientos, que os hagan más pasos que suele hacer en el juego de la primera un tahúr.— ¡Atrevidos, descompuestos, ladrones, en fin, que basta; huid, si de aqueste acero no queréis probar las iras! Demonio de los Infiernos debe de ser este hombre. ¡Cobardes! ¡Viven los Cielos, que he de matizar con sangre de vuestros infames pechos de aquesta calle las piedras! Infamemente huyendo van todos. No los sigáis; reportaos, deteneos. Porque vos me lo mandáis me reporto y me detengo. ¿Quién sois? Un hombre de bien, que es de lo que más me precio. Bien se ha visto que lo sois. De día me holgaré veros. Yo también, para serviros, me holgaré de conoceros. Por obligaros a que me ocupéis en mucho, quiero que me conozcáis. Yo soy el Conde de Palma, Beso vuestros generosos pies, heroico Portocarrero, tantas veces cuantos son los timbres y los trofeos que vuestra persona ilustran. Alzad, levantad del suelo. ¿Cómo os llamáis? Juan de Heredia. Bien está. Favoreceros en cuanto queráis pedirme, como quien soy, os prometo. Para cuando se me ofrezca, señor, la palabra aceto. ¿Vamos, Fabricio? Yo he de ir acompañando y sirviendo la persona vuestra. ¡Oh, cuánto los bríos me han satisfecho!

JORNADA TERCERA

¿Estás loco? Loco estoy, pues que porfío contigo. ¿A don Pedro viste? Digo que lo he visto. ¿Cuándo? Hoy. ¿Dónde? ¿Hay porfía más fuerte? Junto a San Pedro le vi. ¿Y viote? No. Aunque le herí, no debió de ser de muerte. Notable riesgo me espera. Lo que es esta vez ¡por Dios! que andemos, señor, los dos entre la pila y la cera. Vamos. ¿Adonde? A buscarlo. ¿Quién vio mayor frenesí? ¿Buscarlo pretendes? Sí. ¿Para qué? Para matarlo, porque si no es de esta suerte, es cosa imposible que pueda verme libre de un enemigo tan fuerte. Si modo hallarse pudiera para que esta enemistad en inviolable amistad para ti, gran dicha fuera. Eso imposible será, porque don Pedro nació caballero, en fin, y yo un hombre humilde, y tendrá por infamia y por bajeza que hagan liga de amistad el cobre de mi humildad y el oro de su nobleza. Aquesto sólo me obliga a desconfiar. No fuera la primera vez que hiciera el oro y el cobre liga. Ven acá. ¿No me contaste cómo anoche, no sé adonde encontraste. ¿A quién? Al Conde de Palma, y que acuchillaste a su lado unos ladrones que estafarlo pretendieron, hasta que, en efeto, huyeron como gallinas lebrones, y que con notables veras. agradecido de verte, prometió favorecerte en cuanto pedirle quieras? Es ansí. Pues ¿quién mejor, si en ello reparas, que él puede, valiéndote de él, componer este rencor? Llega a hablarle; dale cuenta de tantos peligros graves como te amagan, pues sabes que favorecerte intenta, y que es de don Pedro amigo, aunque príncipe, tan llano, que lo más de este verano lo tuvo huésped consigo. ¿Qué le llegará a pedir que al punto no le conceda? ¿Ni cómo es posible pueda a su gusto resistir? No te acortes. Cree que fue del Cielo particular permisión el acertar a llegar a tiempo que, puesto a su lado, pudiese pagarse del valor tuyo, causa de que el valor suyo como quien es te ofreciese. Así lo llego a entender, y sola esa diligencia por mi quietud, mi prudencia, quiero que llegue a hacer. Seguir el alma procura el consejo que me das. Esta fineza no más me ha de deber mi cordura. Obre una vez la prudencia, pues tantas obra el furor. Tú verás cómo, señor, se logra tu diligencia. ¡Quiera el Cielo que sea así, porque de no se lograr, a don Pedro he de matar o él me ha de matar a mí! Fabricio. Grande gusto recibiera de que aquel hombre, Fabricio, que anoche tan grande indicio dio de su valor, viniera a verme. En fin, ¿no ha venido? No, señor. Notablemente su resolución valiente me aficionó. ¡Qué atrevido, qué arriesgado, qué animoso con los ladrones chocó! Confieso que me dejó, con ser quien soy, envidioso. Fabricio. Bien, con tan valiente acción y bizarro arrojamiento, manifestó el ardimiento de su heroico corazón. Aquesto aparte dejando, Fabricio, ¿cuál habrá sido de tan impensado olvido la causa en don Pedro, cuando a mi amor y voluntad debe justas cortesías, y a tantas finezas mías correspondiente amistad? Desde que a la Extremadura se partió no he recibido carta suya, ni he tenido noticia de él. Mal procura corresponder a mi amor. Fabricio. Tanto descuido será no sin causa; él la tendrá, pues no te ha escrito, señor. Porque de la voluntad suya no es bien que se crea que tan grande olvido sea mudanza de su amistad. En la antesala, señor, cierto gentilhombre espera licencia para hablarte. Entre, pues, no se detenga. A ofrecerse por esclavo de vuestra heroica grandeza, a vuestras invictas plantas llega, señor, Juan de Heredia. Mucho me alegro de veros, y formara grande queja, si no vinierais a verme, de vos. Levantad, y sean en vuestro cuello mis brazos lazos de amistad eterna, Heredia amigo. Señor, vanagloriosa pudiera mi humildad desvanecerse oyendo en la boca vuestra ese nombre. Aqueste sólo es mucha razón que tenga quien, como vos, lo merece. a solas, señor, quisiera hablar a vueseñoría. Salíos todos afuera. Dejadnos a los dos solos.— Holgareme que se ofrezca ocasión para serviros. No vengo, señor, sin ella a hablar a vueseñoría. Decid, que quiero saberla, y en ella favoreceros por pagaros la fineza que anoche hicisteis conmigo. Pues vueseñoría atienda, que a vueltas de la ocasión que me trae, quiero que sepa mi vida, supuesto que no será cosa superfina, para obligarle mejor, el darle aquí de ella cuenta. Mi patria, famoso Conde, es una villa pequeña que está distante no más de esta ciudad quince leguas. Es Guadalcanal su nombre; su población, la primera de la Extremadura, yendo de la Andalucía a ella. Su sitio, áspero y fragoso, porque conformes la cercan, por una y por otra parte, casi inaccesibles sierras, tan altivas, que parece que con las toscas cabezas de ese pavimento azul las densidades penetran. Aquí, pues, de humildes padres, sin más sangre ni nobleza que la de cristianos viejos, con inclinación traviesa nací, y así los veinte años cumplí, gran señor, apenas, cuando de mi natural di en mil travesuras muestras, y la más particular de cuantas hice fue aquesta. Bien sabe Dios que confío ganar el Cielo por ella, Vino al lugar a alojarse, costumbre que España observa, una tropa de soldados, y por sus pecados eran dos que en mi casa alojaron de inclinación tan obscena, que torpemente nefandos íes vi una noche... La lengua al decirlo, se enmudece de temor o de vergüenza, que hay delitos tan inermes y culpas, señor, tan feas, que repetidas asombran y pronunciadas alteran. No sé cómo el que las hace no siente horror al hacerlas, Viendo, pues, ejecutada tan formidable torpeza, sin ser justicia les di la irrevocable sentencia del castigo de Sodoma. Y apenas la noche ciega a la mitad de su curso llegó, cuando en la derecha mano un puñal y en la otra dándome luz una vela, llego al deshonesto lecho donde, en confusas tinieblas, al tacto, si no a la vista, cadáveres vivos eran, al torpe sueño entregados los sentidos y potencias. Alcé el puñal indignado, y en sus pechos tan apriesa lo escondí cinco o seis veces, que la distancia pequeña que hay de la vida a la muerte fue imposible que sintieran. La sangre, púrpura humana, salió huyendo tan ligera en calientes borbotones de aquellas infames venas, que dio a entender claramente que en ellos vivió violenta hasta entonces, que halló, para poder salir, puerta, porque a haberla hallado antes, antes salido se hubiera. Muertos, en fin, encendí en el corral una hoguera y, cumpliendo con la ley, los arrojé dentro de ella, hasta que hechos ceniza, de su nefanda insolencia el castigo examinaron, siendo en una noche mesma, por castigar su delito conforme la ley ordena, para quemarlos verdugo, juez para dar sentencia. Repare vueseñoría si ganar el Cielo espera con razón quien de esta suerte los agravios de Dios venga, No mucho después de aquesto al castillo o fortaleza que llaman de Miramontes, en Azuaga, por diversas travesuras, preso vino por orden del Rey expresa, el Conde de Cocentaina, señor por naturaleza tan dado a la valentía, que él solamente quisiera ser quien de valiente el nombre en el mundo mereciera. Tuvo noticia de mí, y fue muy fácil tenerla mediante el estar Azuaga de Guadalcanal tan cerca, que dista el uno del otro solamente cuatro leguas. En fin, desde la prisión, haciéndome mil promesas de amistad, en una carta, con razones halagüeñas, me envió a llamar, y un criado con un rocín en que fuera. Reconocí su intención, y porque no presumiera que de temor no iba a verle, dejando a la diligencia de mi valor la salida de tan peligrosa empresa, fui a verle, bien prevenido, hasta la prisión, y en ella fueron mi recibimiento ceremonias lisonjeras, de mí tan bien entendidas como del Conde dispuestas. De lance en lance venimos a tratar de la destreza, hasta que, para esgrimir, tomamos espadas negras. Ajustámonos los dos, y, con malicia perversa para herirme o lastimarme, heridas formó diversas, ya en el cuerpo, ya en el rostro; mas todas fueron superfluas, porque con diversas contras me libré de todas ellas. Picado de esto, entendiendo que su engañosa cautela mi atención no comprendía ni alcanzaba mi advertencia, que espadas blancas juguemos dos o tres veces me ruega, con intento de matarme. Mas yo, que con alma atenta sus designios penetraba, con prevenida destreza y vigilante cuidado me defendí de manera que, a pesar de su malicia, como en las espadas negras, dejé en las blancas también frustradas sus diligencias. Volvime a Guadalcanal, de donde fue salir fuerza dentro de muy breve tiempo, huyendo de las molestias que la justicia me hacía por desgarros y pendencias, muertes y heridas, efetos de mi condición traviesa, si bien alabarme puedo que jamás, sin que tuviera ocasión, saqué la espada, que hay hombres que sin tenerla en sacarla cada instante para hacer mal se deleitan, bárbaramente imprudentes. Mas vueseñoría sepa de camino también que jamás le excusé aunque fuera más valiente que Cipión el que la ocasión me diera. Ni buscarla ni excusarla es la opinión más discreta, que excusarla es cobardía y buscarla es imprudencia, Troqué mi patria, en efeto, por Flandes, en cuyas guerras, sepulcro de tantas vidas, polilla de tanta hacienda, serví seis años y más al hijo del mayor César Carlos quinto, al gran Filipo segundo, cuya prudencia, cuyo valor y gobierno las edades venideras celebren por el mayor que historias humanas cuentan. Cansado, pues, de servir sin medrar, desdicha cierta de cuantos la guerra siguen, pues entre tantos apenas al cabo de muchos años hay uno en quien no se vea aquel adagio cumplido "quien más sirve menos medra", dejé a Flandes por España, dulce patria, hermosa reina de las letras y las armas en cuantas el sol rodea provincias, desde la cuna en que infante reverbera, hasta el cerúleo sepulcro donde sus rayos entierra. Llegué a mi patria y hallé, bien que a costa de la hacienda de mi padre, mis delitos y travesuras compuestas. Libre el alma hasta aquí y la voluntad exenta viví sin sentir de amor las venenosas saetas, pensión de quien eximirse es imposible que pueda el pecho más montaraz y la condición más fiera. Pero como, en fin. es rayo que suele con más violencia ejecutar su furor donde halla más resistencia, quiso ejecutarlo en mí porque decir no pudiera que supo librarse de él de mi pecho la dureza. Ofreciome una hermosura a la vista una belleza tan incomparable en todo, y por todo tan perfecta, tan gallarda, tan airosa, que pudiera honrar a Grecia y ser incendio de Troya más justamente que Elena, Comencé a servirla, pues, con tan venturosa estrella y con suerte tan dichosa, que lo que tardé en quererla tardó en quererme no más, y aun antes que la quisiera pienso que ya me quería, sucediéndome con ella lo mismo que a una persona cuando con cuidado espera a que otra venga a su casa. que aún no ha llegado a la puerta a dar el primero golpe, cuando ya la tiene abierta, que, avisada, es cuidadosa la más tibia negligencia. Amante correspondido, entre amorosas finezas, entre apacibles requiebros y bien sentidas ternezas, me coronó de favores en ocasiones diversas. si bien tan lícitos siempre, que de su honor la pureza no pudieron ofender, porque antepuso, resuelta a defenderla y guardarla hasta que su esposo fuera, a mis amantes deseos varoniles resistencias, honradas contradicciones, incontrastables defensas. Tiene esta dama un hermano en quien iguales campean, sobre ser muy poderoso, sangre, valor y nobleza. Este, señor, es don Pedro de Mendoza, cuyas prendas califique el saber que merece la amistad vuestra; que de los méritos suyos viene a ser la mayor prueba el haberos vos preciado de que vuestro amigo sea. Cuando galanteé a su hermana, en Sevilla huésped era vuestro, y en ausencia suya, porque no hay segura ausencia, sus favores merecí. Pero como no es eterna ninguna dicha de amor, que es forzoso que fin tenga, así lo tuvo la mía con la no pensada Agüeita de don Pedro de Mendoza a Guadalcanal. Sin verla estuve no sé qué días y sin que verme pudiera, desdicha que ocasionó de su hermano la asistencia, si bien puedo asegurar que fueron siglos de penas para mí cuantos instantes viví sin ver su belleza, Maldiciendo mi fortuna con mortales impaciencias estaba una tarde, cuando en un papel, de su letra, me avisó que aquella noche a verla sin falta fuera, asegurándome en él que de su hermano la ausencia daba lugar para todo. Si quedó el alma contenta, quien supiera amar lo diga, si hay alguno que amar sepa. El manto tejido en sombras y en horrores tinto, apenas tendió la confusa noche oscureciendo la tierra, cuando a verla fui gozoso, juzgando alegre en mi idea por la más inestimable la felicidad de verla en suaves soliloquias. Divertidas y suspensas estaban nuestras dos almas, cuando, turbada y inquieta, entró una criada huyendo de don Pedro, que tras ella precipitado venía, por haberle la vil lengua de un criado infame dado de nuestros amores cuenta. causa de que aquella tarde por dos o tres días fingiera irse a cierta heredad suya, y de que la noche mesma volviese a vengar su agravio a tiempo que por la puerta de un postigo pudo entrar, que acaso la tenía abierta con otro fin la criada, descuidada o desatenta. Túrbase mi amado dueño. Las cándidas azucenas de sus mejillas hermosas en pálida gualda trueca, de sus labios el carmín cárdeno lirio se ostenta, mortal la luz de sus ojos ni luce ni reverbera, estatua viva de hielo a la vista se presenta, con facultades de bulto, ni bien viva, ni bien muerta, Yo, entre confusión tan grande, templar la cólera ciega de don Pedro solicito; mas fue inútil diligencia, porque, atento solamente a su venganza sangrienta, a escucharme no, a matarme ciego aspira, airado anhela. Viendo el riesgo tan patente, animoso la defensa prevengo; cierro con él; furioso conmigo cierra; fui más dichoso, herilo, cayó al instante en la tierra, "¡Muerto soy!", diciendo a voces Tuve su muerte por cierta. Llevé conmigo a su hermana. En cierta casa secreta la tuve dos o tres días sin que nadie la sintiera, hasta que tuve ocasión, que fue ventura tenerla, para traerla a Sevilla, habiéndome antes con ella desposado de secreto En fin, conmigo contenta está, señor, en Sevilla, como yo con su belleza. De mi vida v de mi amor toda la historia es aquesta. Escuchad la ocasión que me trae a vuestra presencia. Don Pedro, señor, es vivo, que la herida, aunque sangrienta, que le di, no fue de muerte; sabe Dios que no me pesa. En Sevilla está; un criado le ha visto, que dejé afuera. Es caballero y valiente, ¿Quién ignora que fomenta venganzas contra mi vida y contra mi pecho ofensas? Y contra ellas ¿quién ignora que yo he de buscar defensas? Vos sois grande amigo suyo; él, en fin, hechura vuestra; ¿qué podréis pedirle vos que no os otorgue y conceda? Componed este rencor; fin esta enemistad tenga; reconciliad estos odios; por vuestra intercesión sea. A esto, señor, he venido, mi pretensión es aquesta, mi celo el que habéis notado. Aqueste favor merezca alcanzar la humildad mía de vos. Así las inmensas edades viváis del Fénix, que entre odoríferas hierbas, entre aromáticas gomas que se abrasa y se quema, y gusano, a nueva vida nace en sus cenizas mesmas. Aunque es tan grande el empeño en que me ponéis, Heredia, porque de mi voluntad los quilates conocierais y el valor examinarais, que fuera mayor quisiera, porque en las dificultades más las finezas campean. Don Pedro es mi amigo, y vive el alma tan satisfecha de su amistad, que si yo imposibles le pidiera, pienso que por gusto mío imposibles emprendiera, si bien todas son debidas a mi voluntad finezas. Si en Sevilla está, yo haré por buscarle diligencia, y de que no me haya visto debo formar justas quejas. Yo sé dónde he de hallarlo. Idos satisfecho, Heredia, de que ha de tener suceso feliz la pretensión vuestra, porque para que don Pedro ser amigo vuestro quiera, basta que llegue a saber que quiero yo que lo sea. No espero menos favor, señor, de vuestra grandeza. Con esa seguridad me voy con vuestra licencia. Volved a verme mañana. Forzoso será que os vea, si tantas honras me hacéis. Digno sois de todas ellas. Pierdo el entendimiento cuando a considerar me pongo atento que cuanta diligencia precipitada ha hecho mi impaciencia buscando a mi atrevido contrario Heredia sin provecho ha sido. No ha quedado posada, desde la menos a la más nombrada, que no haya examinado, buscándolo advertido mi cuidado, Román, estos dos días, y hallarlo no han podido mis porfías. Sin duda que lo encierra el abismo profundo de la tierra. Quizás habrá sabido cómo estás en Sevilla, y escondido, recelando tu ira, sagaz se guarda y cuerdo se retira. Yo he pensado lo mismo. Sin juicio estoy en tan confuso abismo. De penosos desvelos, todo temores soy, todo recelos, de que para vengarme lugar, ventura y tiempo ha de faltarme, porque soy desdichado. Pero fiad de mí, pecho agraviado, si hallo coyuntura, que he de lograr lugar, tiempo y ventura. ¿Posible es que no sientes que hay más de treinta calles diferentes de aquí a nuestra posada y que ya puede ser que esté cerrada, porque es, señor, muy tarde? ¿Dónde vas por aquí, así Dios te guarde? Román, a aquesta casa, cénit de un sol en cuya luz se abrasa mariposa mi pecho, de abrasarse en sus rayos satisfecho. Aquí de mi cuidado vive el hermoso dueño idolatrado, cuyo amor peregrino de paso te conté por el camino, sólo por divertirme de tantos, como llegan a afligirme, desvelos, la memoria. Aquí^ vive mi bien, aquí mi gloria, a quien ver no he podido en aquestos dos días divertido en mi venganza fiera. ¡Qué hermosamente culpará severa el descuido y olvido que ausente de sus ojos he tenido! i Oh! i Quién con más contento viniera a ver, y menos sentimiento, su dulce rostro grave! Quiero sacar la venturosa llave que puntual y cierta tantas veces ¡ay, Dios! me abrió la puerta. Román, de este postigo. Lo mismo hará ahora. Entra conmigo. El dueño de mi vida, ¡qué olvidada estará de esta venida! ¿Está doña Ana acostada, Inés? Más ha de una hora que está acostada, señora, porque como de casada el peso no le molesta, se tiene una vida santa; cuando quiere se levanta, y cuando quiere se acuesta. Calla, y pon esa bujía, Inés, sobre ese bufete, y a acostar, si quieres, vete, que yo, aunque sea hasta el di a. a mi esposo he de aguardar cuando tanto se detenga. Si a cualquier hora que venga para abrir y para entrar trae llave consigo, error viene a ser que desvelada, en una silla sentada, lo esperes; mucho mejor lo esperarás en tu lecho recogida. Inés amiga, poco el amor le fatiga, poco le molesta el pecho a la mujer que, casada, la cama puede ocupar menos que llegando a estar de su esposo acompañada. El nupcial lecho hizo Dios para los dos, no para uno; o no lo ocupe ninguno, o ocúpenlo, Inés, los dos, Tu amor, señora, y tu fe en el mundo igual no tiene. Hasta aquí, Román, sospecho que nadie nos ha sentido. Claro está, si el menor ruido del mundo habemos hecho. No he visto mayor silencio. Tan grande quietud admiro. ¡Válgame el Cielo! ¿Qué miro? La deidad que reverencio, idólatra de sus rayos, rendida al sueño se ofrece, eclipses su luz padece su claro esplendor desmayos. Aunque la miro no creo ventura tan peregrina. Nunca deidad tan divina pagó tributo a Morfeo. Mujer, sin duda tan cierta de la muerte o de la vida, matas estando dormida, ¿qué harás estando despierta? Duerme, que si tantas muertes dormida llegas a hacer, ociosidad viene a ser que para matar dispiertes. ¿Qué haré, Román? Dispertar quiero su beldad dormida, que, asustada o suspendida, al verme se ha de quedar.— Dueño hermoso de mi vida, de mis cuidados esfera, dispertad. ¡Jesús! ¿Qué es esto? ¡Válgame Dios! ¡Yo soy muerta? Un mar de imaginaciones, un diluvio de sospechas y de dudas un abismo confusamente me cerca. Mi alevosa hermana ¡cielos! dentro de la casa mesma de doña Ana. Loco estoy en confusiones tan ciegas. ¿Señor? ¿Qué dices Román? Acaba. ¿No la dispiertas? ¿Qué te suspende? ¿Qué aguardas? Ya la disperté, y no es ella. Pues ¿quién es esta mujer? Mi ingrata hermana, que ordena mi venganza el Cielo; pues en las manos me la entrega como la miras rendida a un desmayo, de manera de mi vista ocasionado, que más que viva está muerta. Pues, señor, ¿qué entiendes de esto? No sé; no sé lo que entienda; mientras más discurre, más confusa el alma se queda. Toda la casa he de ver; toma, Román, esa vela; ve adelante.—Goza, ingrata, e.^te instante que te queda de vida; que hasta que del mortal desmayo vuelvas no he de mutarte, porque más dolor al morir sientas. ¿Cerraste la puerta? No. Sino deja rala abierta. ¿Y la llave? Ya está en cobro. ¿Qué oscuridad es aquesta? La del Limbo me parece, donde no hay gloria ni pena; disciplinarnos, señor, podemos los dos en ella. ¿Doña María? ¿Inés? ¿Nadie ofrece a mi voz respuesta? Sí, señor, aquí estoy yo. Añade como una bestia. ¿Qué hace tu señora? Aquí esperando a que vinieras quedó, pues no te ha sentido; sin duda, señor, sosiega. Tienes razón; pero ya, si no me engaño, despierta. ¿Don Pedro? ¿Hermano? ¿Señor? ¡No me mates, oye, espera! ¡Ay de mí! ¡Mi bien! ¡Señora! Tan alterada e inquieta dispertáis; ¿qué es la ocasión? ¡Ay, esposo!; ¡Ay', Juan de Heredia mi hermano he visto. ¿Adonde? Dentro de esta sala mesma; bien dices que está en Sevilla. Mira, bien mío, que sueñas. No sueño, dispierta estoy; Yo lo he visto, yo, por señas; que al mirarlo me quedé desmayada y casi muerta. Y con la turbación misma, juzgando mi muerte cierta, disperté tan alterada. Sin duda ha tenido nuevas de que en esta casa vivo, porque no hay cosa secreta, y modo halló para entrar, porque quien vengarse intenta muchas invenciones busca, hace muchas diligencias. Pero ¿adonde está? ¿Quién duda que, con cólera sangrienta, andará viendo la casa, por ver si en ella te encuentra? No ha de quedarse esto así. Vigilante centinela, toda la casa he de ver. Por harto mejor tuviera que andar en estas tramoyas estar en una taberna. ¡Ay de mí! Temiendo estoy, ¡quiera Dios que así no sea!, que ha de suceder, Inés, esta noche una tragedia. Mas ¿qué es esto? Ya los dos se han encontrado, pues suena el rumor de las espadas. ¡Oh! ¡Quién nacido no hubiera para desdichas tan grandes! Y ya que nací, ¡quién fuera tan dichosa que la cuna por sepultura tuviera ¿Qué haré? No estoy en mí. Escucha. No me detengas, Inés; déjame morir al lado de Juan de Heredia. Villano, j viven los cielos! testigos de las ofensas que has hecho a mi honor sagrado, que, hidrópico, de sus venas la vil sangre he de beber. ¿Don Pedro? ¿Señor? Heredia, esposo, mi bien; hermano. Sin vida estoy. Estoy muerta. ¿Quién son los bárbaros locos que de aquesta casa intentan el sagrado profanar? ¿Qué miro? ¿Don Pedro? ¿Heredia? Conde, mi señor, confuso vueseñoría me deja mirándolo en esta casa. Ver en ella a Juan de Heredia no poco también me admira. Señor, desde la primera hora que en Sevilla entré vivo con mi esposa en ella. La ocasión podrá decir doña Ana, a cuya clemencia la fineza de hospedarnos deber el alma confiesa. Fue la ocasión, gran señor... En otra, doña Ana bella, de más espacio tendré notable gusto en saberla. Ahora, don Pedro amigo, hallarme aquí no os parezca que es sin causa: la que ha habido quiero que sepáis que es ésta. A Heredia, que está presente, soy deudor de una fineza que hizo anoche conmigo, y fue, que al pasar por cierta calle encontré unos ladrones que con infame soberbia estafarme pretendieron negándome el paso de ella. Llegó Heredia a esta ocasión, y viendo su desvergüenza, puesto a mi lado embistió con ellos de tal manera que los hizo huir, dejando toda la calle por nuestra, y examinado el castigo de su atrevida insolencia. Satisfecho de sus bríos, ofrecile en mi grandeza agradecido favor, rogándole que me viera de día; vino hoy a verme, quiso que a solas le oyera; oile a solas, contome toda su vida, y a vueltas la enemistad de los dos, y también la causa de ella, que es vuestra hermana, dichosa en que tal marido tenga. En fin, me rogó, sabiendo de nuestra amistad estrecha el extremo, y que en Sevilla estabais, que compusiera la enemistad de los dos para excusar, si pudiera, de su quietud deseoso, que entre los dos sucediera una desdicha, porque el suceder era fuerza encontrándose con vos en cualquier parte que fuera. Yo en vuestra amistad fiado, y viendo que no pudiera vuestra hermana haber hallado, puesto que mucho merezca, de más méritos esposo, ni vos cuñado que sea de más estimación digno, le prometí con las veras, con la eficacia que es justo que de un príncipe se crea cuando empeña su palabra y su autoridad empeña, que amigo suyo os haría; salí por partes diversas con este intento a buscaros, no os hallé en alguna de ellas; acordeme que doña Ana era la divina esfera de los pensamientos vuestros; vine, aunque tan tarde, a verla, por ver si acaso me daba de vuestra persona nuevas; llegando al postigo oí el ruido de la pendencia. Llamé, no me respondieron, eché en el suelo las puertas, entré hasta aquí, llegué a tiempo que pude dejar suspensas iras y armas de los dos. y pues tantas diligencias no es justo que se malogren, dad la mano a Juan de Heredia. Si es vuestro gusto, responda por mí, señor, mi obediencia. Esta es, Heredia, mi mano. La mía, don Pedro, es ésta. Loca me tiene el contento. Desde hoy quiero que tenga Juan de Heredia, con su esposa, dentro de mi casa mesma cuarto en que viva y la plaza, con mil ducados de renta, de caballerizo mío. Honras, señor, tan supremas, pague mi agradecimiento, que es mi caudal y mi hacienda. Bien paga quien agradece. Aquí solamente resta dar a doña Ana la mano, señor, a cuya belleza debo obligaciones grandes, que para los dos se quedan. Esta, don Pedro, es la mía. Y aquí da fin el poeta, discretísimo senado, al Valiente Juan de Heredia.