Texto digital

Texto digital de Un pastoral albergue

Metadatos de la obra

Atribución tradicional
Lope de Vega Carpio
Atribución estilometría
Andrés de Claramonte y Corroy Segura
Género
Comedia
Procedencia
El texto procede de la edición de Obras de Lope de Vega. RAE. Nueva edición.

Aviso

Puede incluir errores u omisiones. Si dispones de una edición mejor, te agradecemos que contactes con nosotros para incorporar actualizaciones.

Licencia

Este contenido se ofrece bajo la licencia Creative Commons CC BY-NC 4.0. Reutilización permitida con cita; usos comerciales no permitidos.

Licencia Creative Commons CC BY-NC 4.0

Cita sugerida

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Un pastoral albergue. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/un-pastoral-albergue.

Logo BICUVE

UN PASTORAL ALBERGUE

JORNADA PRIMERA

En poco tiene el mar. Pavón la nave, Círculos de zafir hace ligera. Ya las alas batió la veloz ave, Que altiva fue lisonja de la esfera. Depósito es de Abril, adonde cabe A pedazos la verde primavera, o pirámide hermosa de colores. Que ofrece al sol repúblicas de flores. Ya da ferros al mar, y salta de ella, De multitud de gente venerada, Una dama gentil. Será la estrella. Otra vez en las ondas engendrada. Ya los hombros le dan. Deciendo a verla. Con salva la recibe nuestra armada. ¿Quién será esta mujer.? Signo del Mayo. ¡Viva la hermosa Reina del Catayo! Guárdese el francés De los lirios de oro, Que arrogante pisa Soberanos solios. Témala Roldan Y los Pares todos, Y Reinaldos huya Del sol de su rostro; Que amor en sus ojos Tantas flechas clava, Que de muerte tan bella Nadie se escapa. Ya pisas, hermosísima señora, Las márgenes de Francia, cuya arena, De Júpiter la lluvia finge agora, Burlando a Ofir, en su amarilla vena; La gente ha de pensar que eres la aurora, Que en Francia nace de fragancias llena. Antes ha de pensar que soy la muerte, Que vengo disfrazada de esta suerte. Cuando desprecie el campo de Agramante, Derrotándole al mar infamemente: Yo sola, Anacarino, soy bastante A atropellar su vencedora gente; No he de embrazar de Palas el diamante, Espejo de los cielos transparente, Porque amor es deidad que en mi hermosura Sus inmortales triunfos asegura. Fiada en mi belleza y en mi anillo, Rayo pretendo ser que oprima a Francia; Mi esfuerzo está en querello o en decirlo, Que me ha dado el amor esta arrogancia; Yo, de todos desprecio, al mundo humillo, Que esta es la más gloriosa circunstancia, Pues rendida jamás, por varios modos Almas son de mi ley los hombres todos. Esos Pares veréis dándome a pares Por despojos las almas y las vidas. Penetrando por mí en incultos mares, Las provincias del sol no conocidas. Su Dios me han de aclamar, y en mis altares A los cielos darán gomas ardidas, Serpientes holocaustos, siendo entre ellas. Pastilla el sol, pebete las estrellas. Sepa, soldados, Francia, que ha llegado La circe del Catay a sus riberas, Y el fuego en las espumas engendrado, Que traduce el cristal en llamas fieras; Al monte os atreved, medid el prado. Huésped de estas corrientes lisonjeras, Y traedme un francés que, en miedo y llanto, Si no muere de amor, muera de espanto. Siguiendo este arroyuelo cristalino, Vulgo de agua, que al mar se precipita Por peñas, sin aviso y sin camino. Moros subieron ya, que el sitio incita. Matar con mi hermosura determino, Gallardía de amor jamás escrita; Que con mis ojos más vencer espero Que Agramante, Gradaso ni Rugero. Salga un moro con Peyrón, atado. Sin despertar al militar estruendo. Este francés dormía entre las peñas. Donde estaba una fuente, aunque riendo, Con muda voz llamándole por señas. En tanta confusión, morir entiendo. Vigilante desde hoy a ser te enseña. Juro de no dormirme eternamente; Arbitrista he de ser. ¡Extraña gente! ¿Quién eres? Preceptor de cien ovejas. Tan rudas, que la solo han sabido En dos años y más. [Buenas las dejas! Soldados son de capitán dormido. ¡Ay, mis ovejas! ¡Ay! ¿De quién te quejas. Si tu prisión por tu descuido ha sido? Solo tengo esta falta, entre otras muchas, Que todas las diré si aquí me escuchas: So necio, so reortido y poridiado. Falta es cruel. Mayor te la prevengo. ¿Mayor? Mayor. ¿Qué falta? So casado; Y aun tengo otra mayor. ¿Qué? Suegra tengo Que es inmortal. ¿Has sido enamorado? Jamás en circunstancias me detengo. So corto de razones. ¿Qué mujeres A ti te agradan más? Matarme quieres: A la fraca aborrezco, por la vida, Aguja de ensalmar que cose al hombre; La gorda, por mujer descomedida. Humana tempestad que es bien que asombre; La larga, por jornada mal medida, Lengua infernal, y cuádrale este nombre, Donde el alma es correo eternamente. Descendiendo a los pies desde la frente; Es la chica verruga de la tierra; La blanca, es nieve en paja conservada; La morena es bochorno, en quien se encierra El estío y canícula abrasada; áspid es la bermeja y común guerra. ¿Y la hermosa? Serpiente disfrazada. Basta, no digas más ; calla, villano. Antes por decir mal soy cortesano. ¡Que no haya reparado en mi hermosura! ¡Corrida estoy, villano! ¿Si eres hombre? Mi mujer lo dirá, y será ventura Que pueda mi mujer darme ese nombre; Por hombre me juntó con ella el cura: No sé si ya lo soy, y no os asombre; Que suele haber transformación en esto: Mirad en el peligro en que estoy puesto. Echadle al mar. ¿Al mar? Sí. Nado poco, Y me podré ahogar. ¡Gentil simpleza! Tirad con él. Podré decir que toco Mayor crueldad en la mayor belleza. ¿Bella soy? Aguardad. Tornarás loco Al más libre de amor; naturaleza Tan soberana en ti se satisfizo. Que haciendo una mujer, un ángel hizo. Eso vida te da. Diré, señora, Pues hoy con tu piedad me lo aconsejas, Bien de toda mujer cristiana y mora; Coronista desde hoy soy de las viejas, Concetos son las flacas desde agora Del ingenio más culto, y las bermejas Oloroso azafrán, las gordas lecho Que para el apetito amor ha hecho. Basta, pues vivo estás. Los pies te beso. Aguarda: ese vestido le desnuda, Y ese tuyo le da. ¿Qué haces en eso? No repliques. Hoy moro soy, sin duda; De pena, mi mujer perderá el seso. Mi copia lleva así, para que muda Dé a Francia admiración y vea en ella Que la viene a cercar muerte tan bella; En París a los Pares la presenta, Generosa ocasión de mi venida, Que por la relación amor se aumenta, Siendo de las potencias homicida, Y si no habla el pincel, mis partes cuenta, No dejando a tu voz francés con vida. Si es de la vista objeto la belleza, ¿Quién tendrá en tu retrato fortaleza? Ya viene todo el campo a recibirte, Alternando dulzainas y anacoras. Desnuda ese francés para vestirte, Y mándale adornar de galas moras; Libre, cristiano, así podrás partirte. Cuentes eternidades en vez de horas. Vete en paz. ¿Quién diré, señora, que eres? La venganza de todas las mujeres. Ya, prima, llegó el día De la ventura mía; Ya soy rica y dichosa. De don Roldan esposa. Pues hoy lograrse veo En vínculo dichoso mi himeneo. Mérito es tu hermosura De tan alta ventura. Aunque tal vez en ella Obra infeliz estrella, Pensión siempre tirana Que paga al tiempo la hermosura humana. Hoy flor de lis he sido; Pues tal suerte he tenido En la ventura fea. Siempre en amor lo sea. Si para ser dichosa. Tanto vale con él no ser hermosa. La priesa y el cuidado Poco lugar me han dado. Danle a cuanto te pones Tus divinas acciones Tal agrado y belleza, Que es ya el descuido en ti naturaleza. Astolfo. Ya el Emperador, Doñalda, Acompañando a tu esposo, Sube con todos los Grandes. ¡Perdida soy, duque Astolfo! Perdida ¿ de qué f Las rosas Que dando púrpura al rostro Se deshojan en él, dicen Que es efecto vergonzoso. Aunque me alegro, el recato En tal acción es forzoso; Y así, si en mi amor me animo. En mi honestidad me encojo. Tal belleza, merecía Tal valor. Ya el rumor oigo De la guarda. ¡Estoy perdidaí No te pierdas por tan poco. ¿Es posible, amor, que soy Contigo una vez dichoso.? No lo creo, ¡vive Dios! Aunque lo veo y lo toco. Llega a mi padre. ¡Ay, amiga! Mil necedades propongo, Turbada. Las necedades Puedes dejar para el novio. Déme Vuestra Majestad Su mano. Serán forzosos Los celos en vuestro primo Si os doy la mano. Hoy mejoro Mi fortuna, y hoy, amigos, Gustos y esperanzas logro. ¡Dichosas penas de amor! En tan digno matrimonio Estriba, Doñalda bella, La paz de mi reino todo. Pues se sosiegan en él Los tumultos y alborotos Que han alterado estos días Mi quietud y mi reposo; Gozaos los años del ave Que en holocausto oloroso, Como la flor se renueva. Bañada de nácar y oro. Y vos dilatéis, señor, A los climas más remotos Vuestro imperio soberano. Pues vuestro desde hoy me nombro, Yo cumpliré esa palabra. Por vos haciendo los golfos No conocidos, alfombras De sus pies, y a sus heroicos Renombres dando inmortales Láminas, del tiempo oprobio. Para que conozca el mundo Con admiración y asombro. Que es por vos el Magno Carlos, El señor más poderoso. Basta teneros a vos Por mi Atlante , en cuyos hombros Estriba mi monarquía. Los dos vuestra hechura somos. Daos las manos. Don Turpín Falta. No faltan estorbos Jamás en mi bien. Llamadlo; Conde, ^no os juzgáis dichoso Con tal premio? Es el ingenio Para encarecerle corto. Que como es acción del alma, Y el alma donde la copio Es materia celestial. Por incomprensibles modos, Decirlo sin ofenderla Será tan dificultoso, Cuanta distancia hay del alma Al cuerpo grosero y tosco. Reinaldos. ¿En Francia tanto descuido En peligro tan notorio? ¡Aparta! ¿Quién habla así? De veros ansí me corro; ¡Agora saraos y fiestas, Hijas de la infamia y ocio; Agora galas y plumas, Del aire civil adorno; Agora bodas, agora ¿Vienes, don Reinaldos, loco? Aquí está Su Majestad Y estoy yo. Ya te conozco. ¿Sabes que soy don Roldan? Ya, Conde, lo sé. Pues ¿cómo Tan locos atrevimientos Hablas cuando me desposo? Yo con galas y con plumas Más al Imperio le importo. Que tú con planchas de acero, Todo orgullo y miedo todo. Estas plumas que a los aires En piramidal estorbo, Tal vez son lisonjas suyas, Y tal vez rayos de Apolo, De las alas de la fama Para el sombrero las corto; Que yo solo le doy plumas, Y así mis plumas le tomo. Serán de las que desecho. ¿Así se pierde el decoro A mi majestad? Señor Señor Basta, que me enojo; ¿A vos os parecen mal Galas y bodas? Los roncos Ecos de trompas y cajas Os respondan, y los moros Que las riberas ocupan Del Rhin, que en abismos hondos Les dio, por montes de plata, Pasadizos luminosos. Ya pisa a Francia Agramante, Que, como Jasón en Coicos, Piensa atropellar en ella Los dragones y los toros. Cien mil soldados ocupan Ya sus montañas y sotos. Que parecen a la vista. Entre los laureles y olmos. Erizos que, coronados De los silvestres madroños. Sacuden por la campaña Pedazos de coral rotos. Yo los he visto, y pensé. Con los colores vistosos, Que eran escuadrón de abejas. Cuando en los piquillos corvos. De diamante y de rubí Desperdicios olorosos. En escuadrones volantes. Dan a los preñados corchos. Muchos reyes le acompañan. Que en el paganismo todo No ha quedado hombre valiente Ni príncipe poderoso; También mujeres le siguen. Que en alfanas, como copos De argentada y blanca espuma, Ninfas parecen en rostros De mármol , a quien dio el arte Espíritu generoso; Y en la mayor hermosura Que se vio en humano rostro. Viene el desdén más ingrato Que pudo engendrar el odio; El milagro del Oriente, Donde amor, jamás piadoso, Leyes promulga en los labios, Rayos divulga en los ojos. La sirena del Catay, Y el angélico tesoro De sus Javas perlas hace Cuanto sirte y cuanto escollo; Que es, si perla en hermosura, En crueldad peñasco sordo. Amor y Marte nos cercan: Cuando en sabrosos coloquios Roldan está entretenido, Y en discursos amorosos, Opresa está Francia, Carlos; Evidente testimonio Del ocio en que nos sepultas. El peligro te propongo Para que al paso le saigas; Que cuando me lleves solo. Yo les haré que al mar vuelvan Con paso tan presuroso, Que se maten y se aneguen, Unos tropezando en otros. No coloquios del tálamo afeminan Mi corazón gentil, mi heroico pecho; Que estos ojos son montes que fulminan Rayos de horror que en mi furor se han hecho; Y aunque en los de Doñalda se iluminan, Y en ellos vivo alegre y satisfecho, No aniquilan mi ser sus ojos bellos, Que antes me ofrece espíritus en ellos. Y si tú, don Reinaldos, bastas solo Para oprimir la bárbara arrogancia, Como del cielo es la deidad Apolo, Ya sabes que soy yo el valor de Francia; A mi voz gime el mar y tiembla el polo, Y esto en Roldan no es bárbara arrogancia. Pues ya visto me habéis en paz y en guerra Echar de un puntapié hasta el sol la tierra. Y así, para que el campo de Agramante, Desbaratado al mar en tropas vuelva, Una voz mía sobra, que es bastante, Para que en polvo y nada se resuelva; Yo haré que ese bellísimo diamante. Que hoy con sus pinos se traduce en selva, Desatado en las leyes de su orilla, a tomos le dé al sol, astilla a astilla. Y esto todo ha de ser con tanta priesa. Que deshecho y vencido el Africano, Sin que el tálamo deje la Condesa, He de volver a merecer su mano; Este es valor y cólera francesa, Este esfuerzo gentil y honor cristiano. Esta es lealtad que a las demás contrasta, Y esta es acción de don Roldan, que basta. Perdonad, dulce esposa, que ya vuelvo, Que solo voy a echar de Francia al Moro, Que a empresa tan gloriosa me resuelvo Solo porque os estimo y os adoro; En vuestras perlas mi valor envuelvo. Que esfuerzo le infundís con vuestro lloro, Y una lágrima solo hará en mi pecho Más que la sangre ni el furor han hecho. Vos, supremo señor, pues me adelanto, Puesto que don Reinaldos tanto vale, Dulce y tranquila paz gozad en tanto Que en mí todo el poder de Francia sale; Que porque como el sol después del llanto, Doñalda entre mis brazos se regale. Voy de presto a expulsar sus gentes todas Para volver a celebrar mis bodas. Conde, aguardad. Señor, decir haciendo Sabe el Conde no más. ¡Loca arrogancia! Temeridades son cuantas emprendo, Y así, por temerario me honra Francia; Quédese el reportado previniendo Juntas la libertad con la ganancia. Reinaldos soy. Yo don Roldan. ¿Qué es esto? ¡Tú impides mi furor! ¡Tú ley me has puesto! Yo te sabré buscar. Y yo aguardarte. Quién eres veré allí. Y veré quién eres. Decírtelo sabré. Y sabré matarte. Y yo hacerte pedazos. Si pudieres. Francés Júpiter soy. Yo francés Marte. Pues espérame. Mira, que me esperes. Ya te voy a buscar. Pues ven. ¿Qué es esto? ¡Tú impides mi furor! ¡Tú ley me has puesto! Dejadlo y quedaos conmigo; Mirad que me enojaré. Siempre ocasionado fue Don Roldan. Es vuestro amigo. Siempre, Flor de Lis, temí En mi amor este suceso; Poco siento, pues el seso No vengo a perder aquí. ¡Que a estorbar mi casamiento Viniese el Moro! Ofendido Estoy de que haya tenido Tan bárbaro atrevimiento. ¡A mí Agramante se atreve! ¿No sabe que Carlos soy, Aunque coronado estoy De rica y peinada nieve? Tiemble a Cario Magno el Moro; Sean por los aires claros Mis soberanos lábaros, Pensiles de lilios de oro; Salga en soberbio escuadrón La franca caballería, Dándole espejos al día, Y al bárbaro confusión. Vil sacrificio han de ser De los peces, con notable Afrenta y triunfo admirable De tu invencible poder, Toda Francia se convoque Y mi majestad se vea. Tu fortuna en ti pelea Cuando el Moro te provoque. Hoy he de salir de aquí. Y hoy te espera la victoria. Todo triunfo y toda gloria A Dios se debe, y no a mí. ¿Qué he de hacer yo? Consolarte. Morir dijeras mejor. Doñalda, lo que fue amor Ya se ha convertido en Marte; Todo es guerra. Y todo es lloro, Sin causa ese sol se esconde; Ya vuelve, Doñalda, el Conde, Que fue a castigar al Moro. Como lo dice lo hará. Si lo hace como lo dice, El llanto se contradice. Don Reinaldos, bueno está Si es envidia. Al Moro espante Mi poder en su arrogancia. ¡Viva Carlos! ¡Dios viva! ¡Viva Francia! Y ¡muera Agramante! Venimos bien. Quedo, paso; Que nos podría sentir. ¿Moro? Yo le vi venir Por el monte. ¡Extraño caso! ¿Moro de la morería? Y se metió en la cabaña; Cuya catadura extraña. Espanto y miedo ponía, ¿Moro amorado? Tan moro Como mi rocín. Muy ruin. Si es como vuestro rocín, Será el moro. Con decoro Del hablad, que aunque está flaco, Fue el rocín gran corredor. Si no es el moro mejor Que el rocín, es muy bellaco. ¿Cómo son los moros? Son Como alimañas. ¿Y en pie Se tienen y andan? A fe. Dijo el cura en un sermón, Que los moros no creían En Dios, ni que eran cristianos. ¡Oh ladrones luterianos! Y dijo que no comían Tocino. ¡Qué desatino! Yo por eso los quemara; Y ¿cómo tienen la cara? De hombres que no beben vino. ¿Que vino no beben? No; Agua piden que les den. No puede un hombre de bien Ser moro. A lo menos yo No lo fuera, aunque me hicieran Rey. ¿No vamos a matar Al moro? Y ¿quién ha de entrar Primero? Yo; mas ¿si fueran Dos los moros? ¿Temes ya? Tener el moro presente, Espanta. Siempre es valiente El que lejos de él está. ¡Cuántos matamoros son En su patria, lejos de ellos. Que si llegaran a vellos, Fueran de tu condición! Lleguemos en tropa así. Dice bien; todos lleguemos. lAy! ¡Ay! ¡Ay! Dos moros vemos. Yo más de ochenta vi. Toca a rebato, Guarino. Lo peor es el temerle. ¡Voto al soto, que he de verle. Ya que el moro a Francia vino! Entrad callando tras mí; Tened el resuello más. Poneos, Guarino, detrás Si habernos de entrar así. Llegad, que durmiendo está. Pues el moro está dormido, Echémosle el lazo y muera. Ya está en el lazo. Guarino, Tiremos agora. ¡Cielos! ¿Qué es esto? Vuestro castigo. ¿Por qué delito? ¿Os parece Ser moro poco delito? No soy moro, Peyrón soy. ¡Oh hi de puta! Peyrón dijo. Apretadle. Martinela, ¿No me conoces? ¡Qué hocico Tiene el bellaco! Que soy Peyrón, ¡vive Jesucristo! Tened, que dice verdad. Peyrón es; Peyrón amigo. Que lo quise decir yo. A tardaros en decirlo Algo más, ya mi pescuezo Un palmo hubiera crecido. ¿Por qué me dabas la muerte? Por moro. ¿Y a tu marido, Perra, apretabas así Conociéndole? Es lo mismo Ser marido que ser moro. Mucho me he holgado de oírlo; Y así, yo os cautivaré Y os daré el mismo castigo. Peyrón, ¿quién te vistió así? ¡Par Dios, que es el traje rico! No me parece muy bien. Estás muy galán. Judío Parezco de la Pasión. Tienes cara de un Longinos. Con un moro, que durmiendo Está entre aquellos alisos. Estos hábitos troqué, Y él se puso mi vestido; Que así encubierto, a París Camina con un hechizo Del mundo, con una mora, Un milagro y un prodigio De los hombres, que en un lienzo. Sin alma parece vivo; Al fin es una mujer Que habla sin hablar, que ha sido La primer mujer del mundo Que hablando callando he visto. No se parece a la mía. Porque habla por veinticinco. Ni a la mía, que habla siempre, Y hablando, siempre habla a gritos. ¿Vos queríades que fuera Muda yo para sufriros.!* ¡Malos años y mal mes! Basta que os regalo y sirvo. Este es su quedo, que así Habla cuando habla pasito. Y ¿adónde ese mostro lleva? De hermosura, bien has dicho: A cazar con él los hombres, Y ha sido muy necio arbitrio; Que a ser médico, pudiera Matar con menos peligro Y con más certeza. Brúñelo, con un retrato. Aquí, Por la hermosura del sitio Y lo espeso de los olmos. Del valle penachos ricos. El retrato he de poner, Pues marchar el campo miro De Carlos y de Agramante. Este es el moro que digo, Y aquel lienzo es la mujer. Gran bien fuera si contino Estuvieran las mujeres Así arrolladas. Los siglos Andan tales, que lo están Después que han dado en ser lindos Los hombres, poniendo solo Todo el amor en sí mismos. Yo los quemara, ¡por Dios! Lleguemos a recibirlo. ¡Oh amigo, huelgo de hallarte; Que el estruendo y el ruido De los campos, me despiertan! Aquí, en cimientos pajizos Está mi edificio pobre. Riendo los edificios De pórfidos y alabastros. Donde entre toscos pellicos Tendréis quietud y sosiego; Y agora, amigo, os suplico Que nos enseñéis a todos Ese milagro. Serviros Quiero, y para que os espante. En este tronco le fijo. ¡Válgame Dios! Hinca en tierra Las rodillas. Ya las hinco. Daos en los pechos. ¿Es santo? Siempre has de hablar desatinos; Santo es, pues está pintado. ¿También hay santos moriscos? Pues ¿no? ¿No veis que es mujer, Mentecatos? So un pollino. Que lo quise decir yo. Medoro, galán, y dos moros. Él es rostro peregrino. Soberbio el campo de Carlos, Dando al sol cruces y lilios, Atemoriza y espanta, Y la ruina colijo De Agramante; al mar me vuelvo Por este incierto camino; Que el peligro es manifiesto. Los dos también te seguimos, Que locos y temerarios Solicitan los peligros; Pero ¿qué deidad es esta Que absortos y sin juicio Estos están venerando? Moros son; yo soy perdido. Y yo. Huyamos. Peyrón Corre. ¿Ese es amor? Es lo mismo Ser marido que ser moro, Y así, a los moros os fío. ¿Dejáronnos los villanos? El temor alas les hizo; Uno se quedó. Será Del retrato el paraninfo. Lleguemos, Medoro, a vello. Pararnos es desatino A admirar lisonjas, cuando De tan gran peligro huimos, Llega: ¡belleza admirable! ¿Quién es esta mora? Escrito En su deidad tiene el nombre. Los pinceles y los libros Encarecen lo que quieren. ¡Rara belleza, excesivo Valor de pincel notable! Pues a mí me ha parecido Más arrogante que bella. Eres, Medoro, un Narciso, Y solo en ti te contentas. Mal gusto tiene el que altivo Esta admiración desprecia. Quede por mal gusto el mío. ¿Quién es esta? Este epitafio, Ya que su aspecto divino No os lo dice, os lo dirá; Que este es sol a quien los indios En sus dos Javas veneran. Indios al fin. Oye. Dilo. «La bella Angélica soy, Reina del Catay nací. Amor no triunfa de mí, Y de amor triunfando estoy.> Al africano escuadrón. Para no ser conocido. Me acerco de aquesta suerte. Miren si con causa digo Mal de esta arrogancia hermosa: De amor dice que es martirio Y que ella no le conoce. Sin duda es el Paraíso Este valle, pues sus plantas Dan ángeles. Di, ¿qué quiso Esta bárbara cataya Decir en esto ? Escondido En estos árboles, quiero, Pues los moros no me han visto, Admirar esta belleza. Quiso decir a los riscos, A las plantas, a las fieras Y a los hombres, el aviso Y estudio particular. Excediéndose a sí mismo, Que puso en tan alta forma El cielo, para advertirnos. En su belleza inefable. Su omnipotencia. Maldigo La soberbia y el retrato, Y el original, que ha sido Ocasión de detenernos; Probaré el alfanje limpio En ella, pues el retrato Dices que es tan parecido. Tente. Compasión no tengas De esta arrogante. Sufrirlo No puedo. Bárbaro moro. Vil, cobarde, mal nacido (Que noble no puede ser. Ni valiente, el que por vicio Emprende locas empresas). Di ¿qué ocasión te ha movido A profanar la belleza Que le da espíritu altivo? ¿Para una mujer pintada El alfanje empuñas? ¿Vino Este francés de las nubes? Huyamos. Ha de seguirnos. ¡Muerto soy! Vete, cobarde; Que enojado no te miro, Y no te mato esta vez Por no estrenarme contigo, Que fuera a mi vencimiento Darle cobarde principio; Vete, y déjame el alfanje, Vil acción del sacrificio Que a tu inadvertencia hacías. A tus pies, francés, le rindo. ¿Cómo es tu nombre? Medoro. ¿Medoro? Medoro. Escribo En la memoria el Medoro Para afear el delito. ¿Eres soldado? Del campo De Agramante entretenido. Si son tales los soldados. Victorioso le imagino. No te quiero preguntar La calidad, que ya has dicho Quién eres; que de la sangre Son las obras los testigos. Vete, Medoro adamado, Y a Agramante le da aviso, Y a Gradaso y Rodamonte, De que has estado conmigo. ¿Con quién diré? Con Orlando. ¿Orlando? ¡Somos perdidos! Vete, y mira que te acuerdes. Moro, de este beneficio. Sepultareme en las naves. Id sin temor, que no os sigo. ¿Por qué no le diste muerte Al bárbaro presumido? Soy como el rayo, que doy En los sacros obeliscos, Y las cabañas perdono. Es para el intento mío Esta famosa ocasión; Que si a este francés incito, Y se le dejo, será Un hermoso basilisco De los Pares. ¿Dónde llevas Esa copia? Peregrino, Aunque vengo disfrazado, Soy en el pincel, y elijo Bellezas en que excederme. ¿Vives de eso? De esto vivo. Desdicha tienes, que ya, El ser ingenio es castigo. ¿De quién es este retrato ? De la tirana Calipso De Oriente, de la mujer Que trae, señor, perdidos Seis reyes. Buen gusto tienen. Toma para ella este anillo, Cárcel de aqueste diamante, Piedra rica, y que la estimo Por ser prenda de una dama A quien las potencias rindo. Y ¿á quién diré que lo dejo. Que así mi nombre acredito? A Orlando, señor de Anglante. Ya por el nombre te admiro. Vete en paz. ¡Bien negocié! ¡Que haya en mi pecho infundido Un lienzo tan grande fuego! Mas de la camisa se hizo Del Centauro, pues me abrasa Tan infernal apetito. La bella Angélica soy, Del ángel de mi albedrío; Reina del Catay nací, Y por mi mal has nacido; Amor no triunfa de mí, ¿Cómo ha de triunfar, si el niño Por ti es soberano Dios En los rayos del Olimpo? Y de amor triunfando estoy: No es mucho, pues has podido Sacar del pecho a Doñalda, Y ocupar su lugar mismo. Rara y divina belleza. En ti ciego, y muerto en él, No sé si admire el pincel, o admire a naturaleza. Porque es tanta la grandeza Que llega a perfeccionarte. Que imagino que copiarte Tan valiente no pudiera, Si gentil no se valiera Naturaleza del arte. Mas si admiración igual Causa en mí la estampa propia, Que me detengo en la copia Sin ver el original, Angélica celestial. El alma, en tu esencia pura, Satisfacerse procura, Constante, amorosa y fiel, Viendo en ti si es del pincel o del cielo esta hermosura. Atalante, viejo, y Angélica. Ya los dos escuadrones Iris al sol le dan en sus pendones, Y plantados se miran Con tanta majestad, que al mundo admiran. Miserable cristiano. Hoy perderás el nombre soberano; Que no hay valor bastante Que a Angélica resista ni a Atalante. La victoria asegura a frica en mí, y el triunfo en tu hermosura; Yo, alterando los vientos. Por ellos sembraré monstruos sangrientos, Y en esos horizontes Haré juntar ejércitos de montes. Tu poder. Atalante, El mundo reconoce. No te espante Cosa que veas. Digo Que segura, Atalante, estoy contigo, Pues tu conjuro eterno, Ley es del mar, y cetro del infierno. Más puede tu belleza. Pues contigo gentil naturaleza. Con poder tan profundo Quiso formar la confusión del mundo; Y puesto que me excedes, Y en tu figura vas, desde aquí puedes Registrar reclinada El campo del cristiano, cuya espada Tiembla al alfanje moro; Que en prueba que te estimo y que te adoro. Mi encantado castillo Aquí he de fabricarte sin decirlo. Pero mira el cometa, Que en la media región se hace planeta, Que del cristiano ciego Dice la confusión con voz de fuego. Aparece una serpiente. Parece que se abrasa El aire con sus rayos; mas ¿qué casa De dórica hermosura Levanta al sol gigante arquitectura? ¡Atalante! ¡Atalante! Piedras son. ¿Quién vio encanto semejante? No es imagen del viento, Ni liviana ilusión del pensamiento; Puerta es esta, y aquéllas Ventanas, en que el sol ve las estrellas: Quiero aquí reclinarme. Pues puede este castillo asegurarme. Después que buscando voy Al bárbaro Rodamonte, De todo aqueste horizonte Lince impenetrable soy; Monstruo arrogante, aquí estoy Acreditando tu fama: Ven, y sabrás quién te llama. Un francés soy; mas ¿qué es esto? ¿Cuando le espero, en el puesto Por él se ofrece una dama? El ángel debe de ser De este soberbio castillo; Mas ¿quién podrá combatirlo Si le sale a defender? Pero ¿no es esta mujer El objeto celestial De mi bien y de mi mal? Mostrarme el cielo ha querido Que humana la copia ha sido, Y suyo el original. No quieras, mujer, mayor Arrogancia en tu hermosura, Pues matas de amor, pintura, Y muerta, matas de amor; Mas si morir es mejor. De una vez dame el veneno Con que a morir me condeno; Que es morir de desdichado, Beber en vaso penado Que está de tósigo lleno. ¡Ay de mí! ¿Quién eres? Soy, escucha y no te asombres, El planeta de los hombres, Si tú el sol de las mujeres; Y esto, si advertirlo quieres, Por ti en mí lo puedes ver, Pues como el cielo en tu ser Se agradó y se satisfizo. Hacer en mí otro ser quiso, Que te pueda merecer. ¡Hombre merecerme a mi! Más arrogante es mi estrella. Porque desde que soy bella, Ingrata y soberbia fui: Suelta. Es imposible; aquí Si el cielo con su poder Iguales nos pudo hacer, Y pues somos un ser ya, El dividirnos será Partir la esencia del ser. ¿Sabes quién soy? Sin saberlo Lo sé, porque el inclinarme a ti, pudo declararme Lo que yo dudaba en ello. Yo el más fuerte, y tú el más bello Objeto que el cielo hacer Pudo, venimos a ser, Y así, en lazo superior Nos quiso juntar amor Para dárnoslo a entender. ¿Quién eres? El que atropella El mundo. Corrida estoy: ¿Sabes que Angélica soy. Que llama el mundo la bella? Sé que eres deidad y estrella. Mas sabe Ya estoy temblando. Que yo soy el conde Orlando. ¡Ay de mí! ¿Qué hay que te espante? Tu esclavo soy. ¡Atalante! Contigo estoy. ¿Cómo o cuándo De mis brazos se escapó? ¿Por dónde, Amor, se me fue? El castillo postraré, Si en el castillo se entró. Corintias molduras, yo Soy el alma de la bella, Perdonad que entro por ella, Sin respeto y sin decoro A los artesones de oro. Dentro. Francés loco, no has de verla. ¿Cómo, si no están seguros Los muros de mi furor? Orlando soy con amor, Postraré diamantes duros; Mas ¡ay de mí! que los muros Se desvanecen, y veo Un abismo horrible y feo; Mas, pues en esta ocasión No logré la posesión. Acabe con el deseo.

JORNADA SEGUNDA

¡Vitoria, Francia, vitoria! ¿Así os retiráis, cobardes? ¿Para huir rompéis abismos De cristal, surcando mares No conocidos? Salid, Y cuerpo a cuerpo se acabe, En vuestra soberbia loca, Empresa tan arrogante. Rey de España, Ferraguto, Si el Betis te dio en su margen El valor con que sus hijos Nacen fuego y rayos nacen. Sal a batalla conmigo, Y ansí la deidad no agravies Española; pero tienes Más que de español, de alarbe. Sal, tigre con alma, monstruo De la Libia inhabitable, Que felpas de brutos vistes, Y conchas de peces traes. A ti, Mandricardo, digo, A ti, membrudo gigante, Rey de Sarza, Rodamonte, A ti, Gradaso, que sabes Forjar rayos de los fresnos. De los abetos y sauces; Reinaldos soy; salí, moros. Nadie espera, nadie sale. Nadie a Reinaldos se atreve, Nadie viene, no oye nadie: ¿No hay quién se mate conmigo? Habrá, al menos, quien te mate. ¿Quién? Yo. ¿Tú? Yo, que te busco Todo hoy; mas no te hallo tarde, Pues darte, Reinaldos, muerte Para mí es cosa tan fácil; Y ya a morir te apercibe, Que no quiero que me aguarden Los moros que matar pienso; Que soy cortés y agradable. Déjate luego morir Para que pase adelante; Que cuando tal prisa tengo. No es justo que en ti repare. Muérete luego. ¿Quién puede. Si aun el cielo no es bastante. Matarme a mí? Roldan solo. ¿Cómo? Con solo mirarte. ¿Eres basilisco? Infierno Soy cuando llego a enojarme. Ya me miras, y estoy vivo. Es la compasión tan grande Que te tengo, que me obliga. De lástima, a perdonarte; Que si con rigor la vista Desatara de la cárcel De los ojos, ya te hubiera Traducido en tantas partes, Cuantos átomos el sol Hace lisonja del aire. Yo la amistad te agradezco, Pero ya, arrogante, sabes Que puedo con una voz. Si me enojo, hacer que bajes Al infierno. ¿Son tus voces Como pecados mortales? Bueno está; que este no es tiempo De locuras y donaires. ¿\o donaires? ¡Vive Dios, Que de un revés te levante Tan alto, que cuando vuelvas, Tan trocado el mundo halles. Que no viendo en él memoria, Reinaldos, de tu linaje. Halles nueva gente en él! ¿Tan alto has de levantarme? Tan alto, que descendiendo Como un rayo, un siglo tardes. Eso lo harás porque cuando Descienda no pueda hallarte Ni matarte; que tu miedo Busca arbitrio semejante. Pues en el campo nos vemos, Solos los aceros hablen. Del victorioso Francés, Desbaratado Agramante, Se retira infamemente: ¿Quién vio afrenta más notable? Al Catay quiero volverme. Sembrando en los Pares antes Civil confusión. ¿No es esta (¿Aún vives?) la hermosa imagen del cielo? Mucho, Roldan, Te detienes en matarme. Qué, ¿aún vives? ¿No es este el sol Que por lucientes celajes. De rosas y minutisas. Rayos de púrpura esparce? ¡Muere, arrogante! Si tengo Entre las manos el ángel De mis potencias, ¿qué espero? De este hombre quiero escaparme, Que es el que más aborrezco: Dame tu ayuda. Atalante. ¿Ya te retiras? Reinaldos, Cese por hoy el combate; Que amor, para defenderte, De esta hermosura se vale. Si esta beldad te defiende, ¿Qué triunfo habrá que no alcances? ¿Qué imposible que no venzas? ¿Qué encanto que no contrastes? Como delincuente has sido, Que en la torre te retraes Con un niño, porque así Por su inocencia te ampare. Matarte quise soberbio. Mas pusísteme delante Este espejo en que me viera Y la cólera templase. Angélica hermosa y bella. Aguarda. Con semejantes Mentiras el miedo encubres. Reinaldos, perdone Marte; Que amor es más poderoso Cuando se atreven deidades. ¿Por qué la espalda me vuelves? Por amor. Di por cobarde. En irme sin responderte. Puedes ver que soy amante. ¡Que sean de este dios niño Los efectos tan notables. Que en los invencibles pechos Causan mudanza tan grande ¡Viva el Magno Carlos, viva! A Dios la gloria ha de darse; Que, pues de Dios la recibo, Es bien que a Dios se le pague. Hoy al David vencedor. Elogios Micol le cante. Pues ha librado a Israel De la servidumbre grave En que se juzgaba opresa, Y sean sus estandartes Láminas en San Dionís. Reinaldos, el cielo os guarde, Pues en la victoria de hoy. Tenéis vos la mayor parte. Amigos de este valor Han podido acreditarme. Porque en los soldados siempre Se admiran los capitanes. Cosas don Roldan ha hecho Tan famosas y admirables, Que es agravio encarecerlas. Amor lisonjero es grande; Hoy con la victoria pueden Vuestras bodas celebrarse; Que como Marte en las guerras, Triunfa Cupido en las paces. Mucho ha tardado en volver El Conde al tálamo. Antes, Si quisiera, hubiera vuelto. Porque el Conde dice y hace; Que en sus triunfos y en sus glorias Están las dificultades, Hasta llegar a emprenderlas, Pero emprendidas, son tales Sus hazañas y sus hechos. Que no hay defensa que baste. Con todo, ha tardado mucho. Hace siglos los instantes Amor, y habrán con él sido Las horas eternidades. No hay amor donde hay descuido. El amor puro y constante No aspira a correspondencias. Porque en sí se satisface; Y el amor que pide amor. No es justo que amor se llame. Sino villano apetito, Hijo de bárbaros padres. Yo amo en mí al Conde, y no pido, Reinaldos, que el Conde me ame. Porque en sí mismo mi amor Se contenta. Roldan. Como el áspid Se resolvió entre las flores Aquel desdén arrogante. Risa del mundo y desprecio De imperios y majestades; Pero solo con saber Que no la merece nadie. Me consuelo; pero ¡cielos! Si hombre mortal la gozase, ¿Qué fuera del mundo? Conde Gran señor Luego se trate De vuestras bodas. Esposo, Señor ¡Que a mi voz se ablanden Los montes, y que una fiera Más se endurezca y se encante! ¡Bárbaras leyes de amor, Donde la razón no vale! Venga luego el Arzobispo. Plega a Dios que no se tarde. Porque divertido veo Al Conde. Llega a abrazarle; No quieras que su tibieza Algunos recelos cause. Aquí la resolución, Flor de Lis, es importante; El decoro me perdone. Dejad, mi bien, que os abrace. ¿Quién sois? ¿Tan desconocida Estoy? ¡Que se me escapase De los brazos! Prima hermosa ¿No me abrazáis? Perdonadme; Que vengo fiero y sangriento, Y os mancharéis con la sangre. ¿Dónde vais , Conde? Señor, Si es que tengo de casarme, A traer el alma voy. Que la tengo en otra parte. Corrida estoy. Bella ingrata, Aunque pensamientos calces, Te he de seguir invencible, Burlando montes y mares. ¿Qué es esto, ha perdido el seso El Conde ? Por no casarse Ha fingido estos extremos. Todas las dificultades En un punto han consistido, Si le dejan que se pase; Pasose el punto aquel día Que vi en el tálamo grave Malograrse mis deseos, Y mis glorias malograrse; Corrida estoy, Flor de Lis, De que así mi amor se agravie. ¡Ay, hombres! ¿Vuestra fe es esta? Fementidos, inconstantes Son todos. Condena aquellos, Flor de Lis, que son mudables. El mejor maldigo. Yo Haré que os cumpla y que os guarde La palabra , pues la mía Es imposible que falte: Préndanle luego. Señor, Si es mío el honor aquí De mi hermana, hoy, en rigor. Volviendo por ella en mí. Vuelvo en ella por mi honor. Y pues en Doñalda bella Me aniquila y atropella, Y al justo furor me obligo. Ha de matarse conmigo, O ha de casarse con ella. Reinaldos, haced prender Al Conde para evitar Lo que puede suceder. Ya que ha querido causar Tal disgusto en tal placer. Es temerario. Prudente Le hará el rigor, y obediente; Haced que le prendan hoy; Que si es valiente, rey soy, Y mi cetro es más valiente. Doñalda, para que veas La inconstancia de los hombres, A quien obligar deseas. Escúchame y no te asombres, Y en mí el primero no creas. Sabrás Mas no quiero agora Afligirte más. Detente. Llora este desprecio, y llora A amor que te engaña y miente, Y un loco imposible adora. Con la suspensión me das Más muerte. Buscando vas Para tu pecho el veneno. Tanta suspensión condeno; Muera luego, y habla más. El Conde, Doñalda, adora A una Circe. Este exceso, ¿Quién le duda y quién le ignora? Sin valor, sin honra y seso Sirve ¿A quién? Sirve a una mora. ¿Qué dices? Que esta es violencia De amor en tan breve ausencia, Y aunque es bárbaro el rigor. Lo que te niega el amor Lo restaura la paciencia. ¿Paciencia en celos pides? ¿Leyes pones al mar, y al viento mides? ¡Ay, perdida esperanza. Quién creyera en tal fe tan gran mudanza! Mas no hay de qué me asombre Si desdichada soy y el Conde es hombre. ¿Si es esta mora aquella Que tiraniza el título de bella? Ella será, sin duda, Que es mora del Catay, que formas muda. [Oh cruel furia tirana, Arrogancia inmortal, deidad humana! Fueras en el Leampo Cándida perla, espíritu del campo, Siempre líquida y neta, Y en el Cerdán pedazo de planeta, Y a Francia no vinieras. Rayo de las antárticas riberas, A ser mujer hermosa. Que es la perla y la prenda más hermosa. Pero ¿qué me detengo? ¿Cómo alivio a mis celos no prevengo? Pues el rigor me obliga, Buscaré por el campo esta enemiga: Perdóneme el decoro; Que un hombre me aborrece y yo le adoro. Necia es tanta piedad. ¿Quién no es piadoso En tan justa ocasión? ¡Ay, Claridano! Darle a mi Rey depósito es forzoso. Es digna obligación de un pecho humano. El hallarle ha de ser dificultoso, Que este, que valle fue profundo y llano. Es pirámide ya de cuerpos muertos. De las sombras apenas descubiertos. Afecto es de tu amor; mas ¿cómo o dónde Le podemos hallar en cuerpos tantos, Y más cuando la luna el rostro esconde En abismos de horrores y de espantos? A mi amor este exceso corresponde; Cuerpo a cuerpo he de ver, hermano, cuantos De púrpura o coral la muerte viste; Que en esto sola mi piedad consiste. Prosigue tu camino con secreto. Para que al rosicler del alba hermosa Pueda tener nuestra intención efeto. Distinguiendo la luz dificultosa. ¿Cuándo, Medoro, fue el amor secreto? ¿Cuándo tuvo razón? Surto reposa El francés escuadrón; llega callando. Ya voy, en cuerpos muertos tropezando. ¡Válgame Alá! ¿Qué ha sido? Pisé un hombre. Dentro. ¡Arma! ¡Traición! Si ha sido centinela, Sentidos somos ya. ¿Sabes el nombre? Nos podría ayudar tan gran cautela. Siempre temí este daño. No te asombre. Perdóname, hermosísima Isabela; Que he de ver si es Rugero o Rodamonte. Esta selva me ampare. A mí este monte. No te podrá amparar, bárbaro moro; Que cien soldados cercan la campaña. ¡Matadle! Si las lágrimas que lloro Suelen vencer la furia más extraña. Suspended el rigor, porque el decoro Que procuro a mi Rey, diga esta hazaña Tan llena de piedad y de clemencia; Que luego yo me ofrezco a la sentencia. No es mi intento vivir, solo es mi intento, De este monte de cuerpos africanos Darle a mi Rey glorioso monumento. A quien malogran cenotafios vanos. Honrarle solicito, y solo siento, Sin hacerlo, morir a vuestras manos; Dejadme ser, francés, agradecido, Y hecha tan tierna acción, la muerte os pido. Tened, no le ofendáis: dime quién eres, Y dime la ocasión que a esto te incita. Un moro humilde soy, de quien ponderes Noble piedad, de bárbaro no escrita; Si mi nombre y mi patria saber quieres, Él es Medoro, y ella es Tolomita; Que entre muchos dejé mi patrio suelo. Siguiendo al Rey de Almonte, Dardinelo. Mi hermano, que en la caza le servía. Al elegir yo el monte y él la selva. Que deshace el temor la compañía Si no hay pecho o valor que se resuelva, Conmigo solo a sepultar venía, En obelisco de menuda yerba. Su mal lograda edad, cuando saliste, Y acto tan generoso suspendiste. Y así, ilustre francés, pues siempre todos Os preciáis de piadosos, te suplico Que al que le decía al monte en sacros codos Pirámide inmortal, soberbio y rico, Sin los ritos alarbes, ni los moros, Con que la heroica majestad publico, Me des lugar que ocaso le dé agora. Pues ya me da sus lágrimas la aurora. Después del tierno llanto, el real decoro Que a tu Rey solicitas me suspende, Y tu rostro gentil, que en ríos de oro, Por bruñido marfil sierpes extiende. ***I ¿A un bárbaro piedad? ¿Clemencia a un moro Que afeminado y vil, Cerbris, pretende Parecemos mujer? ¡Muera! ¿Qué has hecho? La punta, por la espalda saqué al pecho. ¡Ay, villano francés! ¡Por Isabela, Que te he de hacer pedazos! Claridano De Medoro es la voz. Ven y consuela En tan tierna ocasión tu muerto hermano. No en vano el corazón el mal recela; Mas vengaré su muerte en el cristiano. Escapole el caballo, mas yo juro Que en Francia no ha de estar de mí seguro. Corrido, moro, estoy. Y yo dispuesto A matar y a morir. ¿Quién eres, loco? Quien con la vida dejará este puesto, Que sin mi hermano ya la estimo en poco. No le mates. ¡Matadme! Mucho es esto. () Parece que ha de ser coros. () Falta la rima. ¡Detente! Esto es morir. Ya me provoco A cólera y furor. ¡Muera el villano! Pues Medoro murió, ¡muera su hermano! Recibe, generoso Dardinelo, Mi tierna voluntad, pues no he podido Darle, con religión y limpio celo, A tu cuerpo el depósito debido. Angélica. Esta verde melena, que del cielo Tiene este hermoso sitio redimido. Clausura es de esta ninfa transparente, Que se cuaja en cristal por no ser fuente. Pisando estoy los campos de la aurora, Alma del sol y aliento de las flores, Vituperio de amor; parezco agora La diosa celestial de los amores; Todo el mundo me estima y me decora, A quien pago desdenes y favores. ¡Dichosa yo, que en dos opuestas leyes Desprecio soy de príncipes y reyes! Mas ¿hay hombre mortal que me merezca? Medoro solamente hacer podía Tan generosa acción. De amor padezca La gente toda en la tibieza mía. No tu brío gentil te desvanezca. Pues ya llegó de tu castigo el día. ¿Quién a cuanto repito me responde? Tu muerte a tu piedad no corresponde. ¡Ay, Medoro infeliz! Allí está un moro Trasladando corales a la yerba: ¡Qué gallardo y gentil! Triunfe Medoro De esta cruel que a nadie no reserva. Hoy con la eternidad. Perfiles de oro Que en orbes de jazmín, al sol conserva En su rostro gentil, hace el cabello, ¿Quién osó malograr Abril tan bello? Púrpura edad le baña las mejillas En blanca flor y en soñolienta rosa, Que procura la mente traducirlas, Cárdeno lirio y viola amorosa; Grande son del amor las maravillas. Compasiva le miro, y amorosa, En mí el rigor ser ya piedad desea; Pero si Venus soy, Adonis sea. ¿Qué monstruo calidonio ingrato pudo Atreverse a su vida, cuando apenas Si eres deidad o si eres mortal dudo. Aunque el prado rubís, roba azucenas? Haga amor de los dos inmortal nudo. Para glorioso alivio de mis penas. ¡Ay, Claridano mío! ¡Ay, dulce hermano! Estos lazos le debo al Claridano. Mas ¡ay de mí! ¿Quién eres.? Quien previene Reparo a tus heridas peligrosas. Puesto que a mis cristales Amor tiene Libradas sus saetas ponzoñosas; Yerbas te aplicaré cuantas contiene Esta selva en sus fuentes sonorosas; Que tal vez consulté la medicina En la Java del alba más vecina; Y podrás alabarte de haber sido El primero del mundo que has hallado Piedad en mí, que aquí la has merecido, Si por tu estrella no, por desdichado. Que me dejes morir, antes te pido; Que no quiero ponerte en tal cuidado. Vete con Dios, mujer. También en eso, Que tú has sido el primero te confieso; El primero desprecio es el que agora He visto en ti; tú solo, entre los hombres, Como el fénix has sido. Vete, mora, Y aquí con arrogancia no me asombres. ¡Que esto puede un desdén! ¡Que ansí enamora Un rigor! Pero aquí, sus mismos nombres Me dan claro a entender que en nieve fría Tiene fundado Amor su monarquía. Sangriento y solo estás, deja curarte. Que todo con la vida se restaura; Aquí está un palafrén en que llevarte Donde puedas bañarte en vital aura; Varias yerbas conozco que aplicarte. Desde la celidonia a la centaura: Dame la mano y ven. No podré hacerlo. Llégate a mí, suspéndete en mi cuello. ¿Qué es esto, loco amor? ¿Este castigo Previenes a mi bárbara arrogancia? Imposible ha de ser el ir contigo, Y así, la prevención no es de importancia. Allí viene un pastor: amigo, amigo. Si el cielo la piedad reduce a Francia, Corta a la yegua el paso presuroso Y muéstrala en peligro tan forzoso. ¿Sois mujer? Mujer soy. Pues ya me apeo. ¡Ay de mil Moros son. Espera, aguarda. Espere Bercebú. Mostrar deseo En mi llanto, que el miedo te acobarda. Moros somos de paz. ¿No es la que veo La reina del Catay, bella y gallarda? ¿Sois Angélica? Sí. Señora mía. Perdonad, que Peyrón no os conocía. ¡Oh amigo! En esta ocasión, El cielo aquí te ha traído; De este joven malferido Te mueva la compasión. ¡Oh, qué lástima, porque es El morico como un oro! ¿Quién le hirió? La causa ignoro. De mí la sabréis después. ¿Hay por aquí en qué se albergue? Cerca de aquí, al Rey igual, Tendrá un alcázar Real En un pastoral albergue; Mi yegua, más bien que un coche, Le llevará. Peyrón, guía; Mira, aquí tiene mi día Los ojos con mucha noche. Aunque de esto no te asombres: Camina. Apenas podré. Y esto muestra lo que fue Vida y muerte de los hombres. Ya, Angélica, es imposible Escaparte. Si el vestido, Conde, la ocasión ha sido De esta mudanza increíble. Amoroso y apacible. Bien puedes, amante fiel, Favorecerme por él; Y pues en su traje estoy, Pensar que Angélica soy Más amante y menos cruel. Yo soy tu Angélica hermosa, Que amor quiso que lo fuera Para que en el mundo hubiera Una Angélica piadosa; Ya apacible y amorosa Aquí tu Angélica tienes. Mas como de ella previenes Siempre bárbaros rigores, Desestima los favores Porque esperabas desdenes. No sé cómo responderte, Porque confuso he quedado, En el traje tan burlado, Como ofendido de verte. [Tú, vestida de esta suerte, Angélica te has fingido! Nuevo arbitrio has elegido Aquí para ser la bella. Porque adoro el alma en ella Como aborrezco el vestido. Efecto más soberano En mis potencias hicieras Si el alma mora tuvieras En el hábito cristiano: Saliote el intento en vano, Solo el alma le enamoro, Y el traje infamo y desdoro; Mas, como ignorante estás. Lo que aborrezco me das, Y me niegas lo que adoro. Alma fuiste en tiempo en mí, Cristiana, pero ocupar Pudo tu mismo lugar La mora deidad que vi; Y pues la fe la rendí Y la fe que te guardé En el alma, mora, ve Que me anima y me enamora , Y pues tengo el alma mora. No hagas caso de mi fe. ¿Siguiendo a una mora vas? Tan loco imposible adoro. ¿Eres moro? En ella moro; Digno apellido me das. Oye. No me apures más; Que amor me enciende y me enfría. ¿Hay tan vil descortesía? ¿Por qué me vuelves la espalda? Porque te alcancé, Doñalda, Y a Angélica la seguía. Detente. Si aquí contigo Más ejércitos vinieran Que en pirámides se vieran Lágrimas del rubio trigo; Corto he andado, poco digo: Si vinieran a tu lado Cuantos el cielo ha formado Ni ha imaginado el poder, No pudieran detener El camino comenzado; Que es querer encarcelar Del sol los rayos eternos, Y en montes de vidrios tiernos Querer los ríos parar, Atar el viento y atar El fuego preso en su abismo, Y al mar que en su crematismo Soberbio sale de sí. Querer detenerme a mí, Porque vengo a ser lo mismo. Pues yo, culpando mi suerte, Quisiera dejar de ser Lo que soy, que es mucho ser Mi ser para detenerte; Cuanto has dicho en mí lo advierte, Y porque en tal desatino Tu perdición imagino. Te detengo el paso así Porque vuelvas por allí, Que es el más cierto camino. Este eligen mis antojos Y el que me ofrecen condeno, Que este está de flores lleno, Y ése está lleno de abrojos, Y en solo volver los ojos, Espanto y temor me da, Aunque al parecer, está Fingiendo un deleite eterno. Sofístico estás. Tú estás Cansado. Vamos al caso Yo así te defiendo el paso. Y yo así doy paso atrás; Duque, guardándome vas Por detenerme cruel. Ten lástima de mí y del. Mujer, no vengas tras mí. Porque por huir de ti Tengo de correr tras él. Bárbaro enemigo Que en tal error estribas, Aborrecido vivas Que es el mayor castigo; Mas cuando te maldigo. Bendiciones te doy, pues gusto tienes En el fiero rigor de los desdenes. Dejarete ofendido Aunque de mí te alejes. Porque a mi hermano dejes Sin que pierda la vida. Ya, sangriento homicida'. Te dejo y no te sigo; que ansí gano, Muriendo yo, la vida de un hermano. Yo sola venturosa. Amor, llamarme puedo en tus engaños, Pues de Medoro esposa, Logro mi juventud, medro mis años, Sofístico estás. Tú estás cansado. Vamos al caso, yo así Te defiendo el caso. Tan dulces desengaños. Tan bien ganados y tan mal perdidos. Que entran por la amistad de los sentidos. Padeceré inmortales, Para un bien que me das, eternos males. ¡Qué engañada vivía Cuando tus generosos desconciertos. Amor, no conocía! Viva, tenía los sentidos muertos, Y en errores tan ciertos. Desvanecida, loca y arrogante. En el mundo viví sin semejante, Cuando no vive cosa Que en él no tenga semejanza hermosa: Mas él es el que viene; Que amor epitalamios le previene. Ya porque mis glorias Lisonjeros cuenten. Sus cortezas hago Láminas silvestres. Dulce dueño mío. Locas estas fuentes. Perlas me tiraban Con risa de verte: ¿Qué escribes? Escribo Los gustos presentes. Porque al paso crezcan Que estos olmos crecen; Eternos ansí Nuestros nombres queden, Que para callada No es tan alta suerte; a lamo ninguno De decirla deje; Sepan que Medoro Tu deidad merece. ¿Cómo dice? Todos Hablan de esta suerte, Formando una firma Las aes y emes. La M y la A Que en un lazo tienes, ¿Qué dicen? Sentidos Les doy diferentes: La M por sí Mi nombre refiere, Y el tuyo la A, Y juntas se entienden, Nuestros nombres juntos Hicieron dos veces. En la A dirá Ama, se advierte También por los dos, Pues tan dulcemente Ama cada cual. Deja que celebre Tu ingenio en mis brazos. Y que yo te bese Las estrellas, si hay Estrellas de nieve, Pues tus blancas manos Dos copos desmienten. En la M ya También decir puede Marta, manta, mona, Maliciosamente, Maldita, malhayas. Martineta Siempre Has de ser en todo, Peyrón, maldiciente. Y abajo, ¿qué dicen? Más dejo entenderme: Gozó aquí Medoro ¿Quién mis glorias cree? Su Angélica; envidian Su triunfo los reyes, Y denle los hombres Dulces parabienes. Mi exceso perdona. Mi soberana corona, Ciudad hace vuestra frente, Porque es símbolo del muro. Aunque la cerques, confieso Que en sus murallas el seso Por ti no ha de estar seguro. Repartir las prendas quiero De tantos locos amantes; Que en acciones semejantes, Medoro, vencerte espero: Este brazalete de oro. Que fue de Orlando, te doy Por el hospedaje. Soy Tu esclavo. Tu gusto adoro. Porque a este Orlando aborrezco. Suyo es también este anillo; Toma, y este cabestrillo Tú. ¿Yo cabestro merezco? Confirmado en bestia estoy. Mas, pues me has hecho borrico. Ya esto en vísperas de rico. Aquí a vosotros os doy Esta caja, repartid Las joyas que en ella van; Que hay lisonjas del Ceilán. Danos esos pies. Vivid Más años que un campanario. Partirnos luego, es forzoso, A las naos. Ven, dulce esposo. Él vendrá a ser herbolario Si un año vive con vos. ¿Quién, si el mismo amor no fuera, Tal milagro hacer pudiera? Es niño. Es ciego. Y es Dios. Hasta que al valle salgáis. Acompañaros queremos Cantando y haciendo extremos. Pues ¿cómo no comenzáis? Todo aquello que Angélica no sea, Da muerte al pensamiento, al gusto enojos, Que amor hace en mis ojos Divino objeto y celestial idea; En todo quiere el alma que la vea, Y engañando el deseo. En todo la imagino y no la veo. Esta hermosa y bellísima alameda. Arrogancia soberbia de este valle, Que en alfombrada calle Con los rayos del sol hojas enreda, Treguas a mis sentidos íes conceda, Si puede haber sosiego Cuando es amor espíritu de fuego. Que nadie te merezca, ingrata bella, Está puesto en razón, y es justa cosa Que a mujer tan hermosa Hombre mortal no puede merecerla; Solo yo puedo amalla, yo querella, Y ella a mí amarme puede. Sin que excedido amor en los dos quede. ¿Dónde está la verdad, plantas hermosas? ¿Dónde la ingratitud? ¿Dónde el agravio? ¿Qué hizo la madre eterna de las cosas? Mas la selva, en cadencias sonorosas Diciendo que la esconde. En mis dudas parece que responde. Con aquellas blancas manos Que quitaron tantas vidas. Curando Angélica estaba De Medoro las heridas. ¡Válgame Dios! Acordadas Voces, y voces que digan: «Curando Angélica estaba De Medoro las heridas.» ¿Qué puede ser? ¿Qué será? ¿Angélica enternecida? «Curando Angélica estaba De Medoro las heridas.» ¡En Angélica piedad! Pero será fantasía En voces imaginarias. Si en todo amor la imagina. Curando Angélica estaba, Dice, con sus manos mismas, Las heridas de Medoro. ¡De Medoro! ¿Hay tal desdicha? Medoro ¿Quién es Medoro? Del nombre tengo noticia: Medoro Sí, ya me acuerdo; Este es un moro que un día Pienso que en este lugar La copia hermosa y divina De Angélica profanaba, Y a quien yo con bizarría Maltraté y quité el alfanje, Y es bajeza que se diga Esto de un moro tan vil, Ni que de ella se colija Tal liviandad, si no es Que amor soberbio castiga. Mas ¡Angélica piadosa! ¡Angélica agradecida! ¡Cielos! ¡Las canciones mienten! ¡Mienten las voces malditas! Mas pastores son que bajan. En lisonjera capilla, Del monte; de ellos sabré Si esta es del amor envidia. En un pastoral albergue Que la guerra entre unos robles Le dejó por escondido, o le perdonó por pobre. Do la paz viste pellico, Y conducen tres pastores Ovejas del monte al llano Y cabras del llano al monte, Mal herido y bien curado Se alberga un hermoso joven, Que sin tirarle amor flechas. Le coronó de favores. Las venas con poca sangre, Los ojos con mucha noche. Le halló en el campo aquella Vida y muerte de los hombres. Del palafrén se derriba. No porque al moro conoce. Sino por ver que a la yerba Tanta sangre pasa en flores. Yerbas aplica a las llagas. Que si no sanan entonces, En virtud de tales manos Lisonjean los colores. Son en el caso conformes. Sí, señor, y verdaderas. Y ¿cómo? ¡Bueno me ponen! La primera por Belardo, Que habló al uso de corte Porque se ha criado en ella, Y con dulzura compone Divinidades, y hay tantas, Que en volúmenes no cogen; La segunda hizo Lisardo, Tan levantado y tan noble Espíritu, que la gente Por deidad le reconoce: Estos dos, pues, compusieron Al tálamo más conforme Que han celebrado jamás Mármol blanco y rubio bronce. Estas letras, porque fueron Testigos de sus amores. Halló Angélica la bella. Como Venus halló a Adonis, A Medoro mal herido. ¡Medoro! ¿Qué dices, hombre? Medoro, sí, muy bien dice. ¿Qué dices? ***I Su propio nombre Es Medoro. Y es ¡por Dios! Muy principal, aunque es pobre. Como es pobre, ella quiere Que en el Catay le coronen. ¡Pardiez! Puede el Medorillo Ser señor de los dos orbes. Ellos se juntarán bien. En mi cabaña diez noches Han estado, que los días Estos álamos sin orden Los hurtaban. Y aun si hablaran. ¡Que estos así me provoquen! ¡Diez noches! Y en las seis ella Tanta diligencia pone En curarle con las yerbas Cuyo secreto conoce, Que se levantó el ¡Medoro Sano y fuerte como un roble. ¡Tal priesa tenía ella Por lograrlo Desposose Con él a la usanza suya. ¡Hola, las uñas se come! ¡Si es poeta! Y luego, ¿qué hubo? A los discretos lectores Eso en silencio se deja. Transportines y colchones De plumas desestimando, Y a los bálsamos y olores, Hicieron el heno campo De batalla. Y a las doce Se levantaron. Al fin Hoy se han despedido. Y ¿dónde Agora están? En las naves. Y ¿no os regalaron? Diome Ella aqueste brazalete. Que dijo que era del conde Don Roldan, y él ¿Quién? Medoro. Con él enojado entonces. Le dijo que me le diera. ¡Basta ya, villanos torpes; Que desata en vuestras lenguas El infierno sus rigores! Idos luego. Mas ¿no os vais? Si aquí no queréis que corte Las voces por la garganta. Por esa parte se come. Guarda la gola. ¡Oxte, puto! ¡Oh cabaña vil, oh bosque, De mis agravios testigos! ¡Oh viles encubridores De mis celos, oh villanos! ¡San Gil! ¡San Braulio! ¡San Cosme! Pero no puedo creer Que tal beldad se malogre Con moro tan vil; mas siempre Son tales las elecciones De las mujeres. ¡Oh monstruo, Como la luna biforme! Yo me escurro. ¡Infame, espera! Tras el álamo te esconde. Él me ampare. Mas ¿qué es esto? En las cortezas, los nombres De Angélica y de Medoro Están dando mudas voces: Aquí Medoro gozó Ramas quiebra y troncos rompe. A su Angélica: Los reyes Les envidien, y los hombres Les den parabién. Ya Los celos me descomponen; No ha de quedar en el valle a lamo que no destronque, Ni hombre que no mate. Huyamos. Yo aquí, por más que se enoje. Estoy seguro; que el tronco En su pecho me socorre. ¡Guarda el loco! No ha de haber Rayo que ceniza os torne, Tan fiero como mi espada; Caed, tálamos enormes Da cuchilladas a los robles. De tórtolas y palomas; Pero cuando aquí os despoje Del verdor que os enloquece, Abril volverá que os borde. Arrancaros con los brazos Quiero, ¡oh vil! ¿Aquí te pones Para apurar mi paciencia? Estrellarete en los montes. ¡Ay, que me ha descalabrado! De veras fue; levantome Como testimonio. ¡Ay, ay! ¿No hay quien la sangre me tome? ¡Oh villano, aún estás vivo! Aguarda; que de otro bote Te he de echar a las estrellas. ¡Ay, ay! Toquen, y salen Medoro y Angélica. Los aires rompen Los clarines, y las naves Los blandos linos descosen; Mas ¡ay triste! La venganza Dios en la manos me pone. ¡Vil mujer, beldad tirana. Que elegiste el más vil hombre Del mundo, aquí, entre mis brazos Del anillo te socorre. ¡Habéis de morir! No temas, dame la mano. Veloces Pensamientos sean deshechos Entre las manos. ¡Oh enormes Encantos! Mas no ha de haber ¡Ay, ay, ay, que mis gregüescos Toda la sangre recogen! ¡Ay, ay! Y pues huelo mal, Sin duda que se corrompe.

JORNADA TERCERA

¡lnfelice suceso! Tanto pudo Un loco amor en él. ¿Traerá esa mora Espejos del Oriente? No lo dudo; Que consulta las yerbas de la aurora. Sin humana razón, solo y desnudo. Las grutas vive y los desiertos mora; Que así en la soledad hallar procura, Filósofo de amor, mental locura. Vio esta mora beldad, dando alma hermosa A un rubio palafrén, que parecía Espuma con espíritu o vistosa Garza, que opuesta al sol puntas hacía; Sus clines eran nieve, que en copiosa Y blanca inundación se derretía, Y la cola, torrentes de cristales, Que se quebraba en ondas desiguales. A la ley de la rienda el cuello embebe, En quien la testa se termina apenas, Donde por ojos dos jacintos mueve. Anegados en limpias azucenas. En este monstruo, en fin, mosqueta o nieve, Que, gentil, vientos calza y burla arenas, Venía este prodigio de amor luego. Que quiso con la nieve unir el fuego. Acompañaba a la cruel el moro Que eligió por esposo, en una alfana, Que bañada en marfil, ébano y oro. Crepúsculo dio al sol y a la mañana. El Dios me pareció metido en toro, Bello ladrón de Europa soberana, Que anegado en su espuma el mar rompía, ¡Tales corvetas por la yerba hacía! Y como alarbe tigre que en su cueva Los hijuelos no halló, o como leona Cuando el cachorro el cazador le lleva. Que a las fieras que encuentra no perdona, Dando de su pesar bastante prueba, Tras ellos va sin perdonar persona, Ora sea cristiano, o moro sea, Hija solo de amor acción tan fea. Quedárase en el mar a no ofrecerle, Piadoso un pescador, vida en su astilla. Breve concha, que pudo socorrerle. Sacándole en sus brazos a la orilla; Así muerto en la arena llegué a verle, Donde fiero me embiste y me acuchilla, Y así, teniendo al mar y al mundo en poco, Por los montes se entró desnudo y loco. ¡Grave desdicha! Afecto miserable De mi poca ventura. Yo, sobrina, Al Conde os ofrecí cuerdo y afable, Mas es mayor la voluntad divina. Permitid que se busque y que se entable, Si quiere obedecer la medicina. Su salud; que aunque amor causó este exceso, El mismo es poderoso a darle el seso. Si es el Conde, Doñalda, vuestro esposo, Bien le podéis buscar. Y acompañaros Me toca a mí, en peligro tan forzoso; Que fuera descortés aquí en dejaros. Yo, César soberano y poderoso. No pienso perdonar los vientos claros. Las turbias aguas, los soberbios montes. Desmintiendo la sierra en horizontes. Malograr la victoria de Agramante Este suceso solamente pudo. Yo le traeré a París, aunque arrogante Se quiera defender, loco y desnudo. Tu amparo y tu favor será bastante Para triunfar del Conde, no lo dudo; Que es Reinaldos, en caso de importancia, La gloria de París y el sol de Francia. ¡Soberbio moro! ¡Arrogante! Temiéndole estoy aquí. ¿Este es Rodamante? Sí. Bien lo publica el semblante. Francia está de locos llena; Si el mundo es jaula de locos. En él los cuerdos son pocos. Y a estos también los condena. ¿Qué os mueve a defender Este paso? La cautela De la muerte de Isabela. Ella fue honrada mujer. Después que le dio a Cerbrín, Joven valiente y gallardo. El bárbaro Mandricardo Tan triste y mísero fin, Su esposa tiranizó Este bárbaro, y quería Burlar su honor, mas un día Que la violencia intentó, Ella le engañó pidiendo Ciertas yerbas que le dieron Vida inmortal, pues le hicieron Triunfar del rigor, muriendo. ¿Matose con ellas? Sí. Ella fue mujer honrada. Venganza fue muy pesada. Triunfó del tirano así. Sepultola enternecido Donde esta puente fundó, Cuyo tránsito juró Tener siempre defendido; Y así, arrogante pelea Con cuantos pasan por él. Él es soberbio y cruel. Hasta que el Conde lo vea Tiene de vida. Es verdad; Esa verdad os confieso. A estar el Conde con seso, Su loca temeridad Ha de postrar tu arrogancia. ¡Que el seso venga a perder Por una mala mujer El mejor hombre de Francia! ¡Lástima grande! Peyrón. Durmiendo Le he de hallar. ¡Peyrón! ¡Guarino! ¿Qué es eso? Rico. Ser imagino ¿Rico? Al Conde. Sí, prendiendo ¿Tú al Conde? Sí. Y ¿para eso te has armado? En París han pregonado Está el Conde por aquí. Pues ¿cómo le has de prender Si le temes? ¿Yo temerlo? ¡Voto a san, que he de prenderlo, Pero durmiendo ha de ser! Que han pregonado en París Que mil doblas le darán Al que prenda a don Roldan, Y si vosotros venís Conmigo, le prenderemos. ¿Cómo? Hallándole dormido; Que sin estruendo y ruido Echarle un lazo podemos. No me parece acertado. ¿No me enlazasteis ansí Vos, mala mujer, a mí? No eres tú tan esforzado Como el Conde. Y más, ¡par Dios! ¿Más? Más temerario anduve. ¿Tú? Yo, pues ánimos tuve Para casarme con vos. ¿Valentía es ser mi esposo? Y muy grande ¿Hay tal traición? Heroicidad. Con todo, Peyrón, No sois vos tan valeroso Como el Conde. Eso es verdad; Mas ¿en qué iba? En tener miedo. Y ¿ser valiente no puedo Con él? Con dificultad. Pues ¿cómo conozco yo Muchos que espantan las gentes Y tienen miedo? Valientes Son de mentira, que halló En su desvergüenza el miedo Disculpas. Que son diré Ésos, valientes por fe, Y en su número estar puedo; Mas ¿cómo ganar podemos Las doblas? Eso ha de ser Vistiéndote de mujer, ¿Yo mujer? No hagas extremos. ¿Mujer? Prenderse podría Así, aunque fiero y terrible; Pues vencer es imposible, Como hombre, su valentía. ¿Como mujer yo? ¡Oxte, puto! Su prisión así está clara. ¡Mujer yo, y que me estrupara, Riguroso y presoluto! Guarda la gamba, eso no; No quiero doblas. Aguarda; Que de esta industria gallarda Nos valemos. ¿Mujer yo? El Conde, sin alma y seso, Sigue a Angélica la bella, Y tú, fingiendo ser ella No me habléis, Guarino, en eso; Que aunque vuestro yerno soy, Perderé a la sogrería El respeto y cortesía. Con la industria que te doy. Sin peligro prenderás A Roldan, y ganaremos Las doblas. ¿Cómo podemos? Escúchame y lo sabrás: Tú has de vestirte de mora. ¿Yo de mora? Industria es rara. ¿De mora y con esta cara? El Conde a Angélica adora, Y fingiendo su beldad Vestido así Estáis sin seso. ¿Qué puedes perder en eso? Mi honor y virginidad; Que es temerario un antojo De un loco. Estando contigo, ¿Qué temes? Guarino amigo, Temo morir de mal de ojo. Como Angélica vestido. Todos, Peyrón, le diremos Que a Angélica le traemos Del Catay, donde se ha ido, Y cuando a darte los brazos Llegue el loco, por detrás Echarle un lazo verás Que le dé más fuertes lazos, Y prendiéndole ganamos Las mil doblas. No quisiera Que algún disparate hiciera Conmigo. ¿Cómo, si estamos Contigo? Suele jugar A la pelota con todos, Y saca de tales modos, Que de un voleo, parar Sobre un monte me habéis visto. Atado, ¿qué hay que temer? Si ello es fuerza que he de ser Angélica, yo me visto; Mas ¿qué dirá si me ve Tan vellosa y tan barbada? No hay que reparar en nada; Que está loco. Ya lo sé; Mas podría El loco viene. Ya tiemblo. Vete a vestir. Hoy Peyrón ha de morir De Angélica. ¡Hola! ¿Quién tiene Mis alas? ¡Hola! Recelo Que aquí nos ha de estrujar. Mi aderezo de volar Me dad, veré si en el cielo Está la hermosura infiel Que de esta suerte me trata; Mas si es hermosura ingrata. No puede caber en él. No es bien que el cielo la albergue; Pero en vano me desvelo Si halla gloria y halla cielo En un pastoral albergue. ¿Quién está aquí? Almas del rico Cielo que a Angélica encierra. ¿Cómo puede estar la guerra Do la paz viste el pellico? Con Medoro está. ¡Oh, villanos! ¿Con Medoro? Yo soy muerto. ¿Con Angélica Medoro? ¿Un moro vil en el cielo? ¿Angélica en gloria, y yo Por su ocasión padeciendo? Antes está condenada Por tan bárbaro desprecio, Al infierno; que el amor Esta maravilla ha hecho En su ingratitud, por dar Tan soberano escarmiento. ¿Qué decís? Lo que es verdad. Aquí a Angélica tenemos Llorando sus sinrazones Y culpando sus deseos. Y vosotros, ¿quién sois? Somos Almas en pena que en estos Cóncavos tristes estamos Penando. ¿Luego el infierno Es este valle? ¿No ves Aquellos álamos negros? Pues del humo están así. ¿Luego yo en alma y en cuerpo Estoy en él? Sí. ¿Por qué? ¿Por qué? Por amante necio. ¿Luego es ser constante y firme Necedad? En estos tiempos, Tan grande, que así se paga Con pena y tormento eterno. ¿Quién hizo ley tan infame? El uso. ¿Luego uso nuevo Hay en amor, concordancia Del mundo, cuyo alimento Son espíritus que informan Por los ojos, en los pechos, Otra vida y otro ser? Templado estáis a lo viejo; Que lo que fue puro amor. Es ya engaño y fingimiento. Mentís, almas maliciosas; Mas sin duda estáis, por serlo, En este lugar. ¿Fingidas Pueden, en ángeles bellos, Ser las lágrimas que salen Formando en el rostro espejos Donde las almas se miran Con recíprocos alientos.' ¿Ves los átomos divinos De cristal, que lisonjeros Diluvios rizan al alma Garzotas de cristal tierno? ¿Ves la angélica hermosura Y la púrpura atreviendo. Descompuestas manos que hacen Rayos de marfil los dedos? Pues todo es mentido y falso; Que amor vive de embelecos. Hasta que venga Peyrón Importa así entretenerlo. Si las mil doblas ganamos, Guarino, ¿a cómo cabemos? Después haremos la cuenta. Rico con mi parte quedo. Pues en el infierno estoy. Ver aquella ingrata quiero. ¿Cuál es su cuarto? El que está Cerca del de Judas. Peyrón, de mora. Bueno? ¿Vengo Sí. Ved con cuidado Si a Angélica me parezco. Pareces la misma mora. ¿Tengo buen rostro? ¿Qué es esto? El loco ; aquí te retira, Y sal cuando te llamemos. Talle tiene de estruparme; Mi arrabal os encomiendo. ¡Oh moro vil! ¿A mis ojos? ¿Qué ves? A Medoro veo, Con mi Angélica abrazado En nudo y vínculo estrecho En un pastoral albergue, Campo de envidias y celos. Repórtate; que en tus manos A Angélica te pondremos. ¡Oh almas santas! Congregados Dirás, pues lo parecemos Cuando en el infierno estamos; Pero ya llegado habemos Al cuarto donde te aguarda Angélica. Entremos dentro. No; mejor será llamarla, Que hace gran bochorno y fuego Allá. Angélica, señora ¿Quién me llama? El que siguiendo Va tu ingratitud, el conde Orlando. Ya me arrepiento Del rigor que os he mostrado, Y el amor os agradezco. ¿Hay tal suerte, hay tal ventura? ¿Dónde estáis? Aquí. No os veo. Aquí estoy. ¿Dónde? Aquí. ¡Dónde? Aquí, aquí. Salid. No puedo Sin licencia. ¿Qué es licencia, Sabiendo que yo la tengo En cualquier parte? La mano, Que en el alma reverencio, Me dad. Veisla aquí. ¡Oh cristal Limpio, transparente y terso! ¡Oh jazmín, que en cinco puntas Estrella del firmamento Te finges! ¡Oh nieve en copos! ¡Oh algodón en los maternos Brazos de su planta hermosa. Cuyos bellísimos crespos. Desperdiciando vedijos. Garzas son peinando vientos, Y cisnes remando espumas; Dejen mis labios impresos En vuestro marfil corales, Y en los corales extremos! ¿Cómo está tan percudida? Ha dos años que la llevo Sin guantes y jabatillos, Y esta Cuaresma la hicieron Mano de matar candelas, Y el carnal mano de puerco, Y hoy es mano de almirez: Soltad. Dejaré primero La vida. Soltad la mano; No seáis tan deshonesto Y libidinoso. Agora Le abraza porque le echemos El lazo. Soltad mi mano. Antes con ella pretendo, A pesar de sus ministros, Redimiros del infierno. ¡Ay, que me ha arrancado el brazo! Vil caballero, ¿qué has hecho? De abrazar a tu Medoro Estaba manido y tierno; No tengo la culpa yo. ¡Ay Dios, que me fino! ¡Ay Dios, que me muero! ¿Cómo no tocan y tañen a fuego? ¡Angélica de mi vida! Pero, villanos, ¿qué es esto? ¿Una Angélica con barbas Me dais? Vuestro atrevimiento Pagaréis. ¡Ay de mi brazo! Con él aquí pienso haceros Mil pedazos. ¡Desbrazado De mí! Escaparme pretendo. Y yo. Villanos cobardes. Escondidos en el centro No estáis seguros de mí; Todos morid, pues yo muero En un pastoral albergue, Que ha de ser troyano incendio. ¡Ay, que me lleva mi brazo! Pobre y desbrazado quedo. Con mi brazo les va dando a todos su pan de perro; En la puente se ha parado. ¡Ay Dios, que le arrojó en medio Del río, y el moro agora Sale atrevido y soberbio Para defenderle el paso! ¡Oh, qué puñetes tan recios Se están pegando los dos! Mas a los brazos viniendo, Como son valientes ambos. En medio el río cayeron. A ser bribón me acomodo Con el traje soldadesco. Diciendo que de un revés Me le cortó un moro izquierdo. ¿Quién me metió a ser curioso? ¿Quién en procurar dineros, Si un desdichado al contarlos Se ha de hallar el brazo menos? Buscar quiero quien me ensalme Y quien me dé algún remedio; Que va corriendo de mí Mas sangre que de un torrezno. ¡Ay Dios, que me fino! ¡Ay Dios, que me muero! ¿Cómo no tocan y tañen a fuego? En tanto que los caballos, Desperdiciando colores, Beben viento y pacen flores De que podemos pensarlos, En esta ribera verde, En quien soberbia e ingrata Se despeña tanta plata, Y tanto cristal se pierde, Doñalda, engañar podemos El sol. Del calor terrible Nos salva el sitio apacible. Diciendo que descansemos En sus verdes laberintos, Cuyos álamos traviesos Con grillos tiene Abril presos De esmeraldas y jacintos. Voy a hacer que los criados Se recojan, que hoy perdidos Buscan, del sol ofendidos, Los arroyos despeñados Que a dar tributo a este río Descienden con tanta prisa, Mostrando en su eterna risa Su inocente desvarío. Yo, don Reinaldos, en tanto, Entretenida en mis penas, Mares haré estas arenas Mezclando la risa al llanto. Dentro. roldan. Acabe el agua mi fuego. Voces en el río suenan. Hoy al agua te condenan Mis celos, Medoro fiero. Luchando en el río están Dos hombres. ¿Hay tal locura? Aquí tendrás sepultura, Y mis celos la tendrán. El uno al fondo se fue, Y el otro nadando sale. Sin Angélica ¿qué vale La vida? Pero mi fe. Sin ella, tiene el valor Que no tendrá semejante Jamás en mortal amante. Porque es inmortal mi amor. Expiró, sin duda, y quiero Verle el rostro. Ingrata bella. No está muerto. ¿Sois aquella Por quien vivo y por quien muero? El Conde es. ¿Sois vos la ingrata? ¿Hay tal suerte, hay tal ventura? ¿Sois vos la fiera hermosura Que me da vida y me mata? ¿Sois vos la que en el infierno Padeciendo me tenéis ? Y ¿sois la que padecéis Conmigo un tormento eterno? ¿Sois quien me tenéis aquí? ¿Sois Angélica? Sí soy. Con vos condenado estoy, Con vos precito, y así. En el infierno los dos, Gloria habernos de tener, Vos en verme padecer, Y yo en saber que es por vos. Conde de mis ojos. Dueño de mi vida, A quien hui halagos Y negué caricias; Juventud con quien Amor se eterniza. Pues tal vencimiento Su imperio acredita; Ya cesó el rigor Coronado de iras, Armado de celos, Calzado de envidias; Ya murió Medoro; Que amor facilita Imposibles tales Con fuerzas divinas. Ya salió del pecho Para que en él vivas, Expirando el cuerpo Como el alma misma; Ya amor quiere al fin Que a tus pies se rinda La que fue del orbe Mayor tiranía. Ven a mis imperios, Donde te aperciban Vasallos sus Javas, Tesoros sus minas; Lograremos dulces Horas mal perdidas. Ya en sabrosas paces. Ya en honestas riñas; Que en paces y en guerras Tierno amor se cría. Pues de los halagos Los disgustos libran. Así al fin seremos Dos almas unidas, Palomas constantes. Castas tortolillas. Ven, porque mis moros, Conde, te reciban Por alma que pone Leyes en la mía. Circe del Oriente, Belleza que imita Al sol en los rayos, Y al cielo en la vista. Dame ese alabastro, Donde el alma imprima Clavos de rubíes Que mi nombre digan; Dulce esclavitud. Donde desestiman Libertad las almas Por vivir cautivas, Luego me desposen. De moro me vistan; Que si es mora el alma. El traje lo diga. Tráiganme una aljuba De púrpura tiria, Y de finas hojas, Un monte me ciñan; Dadme un corvo alfanje, Y aunque su cuchilla De damasco sea. De coral se finja. Ya es Orlando moro, Lloren su ruina Cruzados pendones, Cristianas provincias. Reinaldos y villanos. Estos labradores Darte solicitan, Émulas del sol, Soberbias pajizas, Que en robles y fresnos Al cielo obeliscan. De juncos y cañas Fábricas egipcias, Cuyas rubias pajas Mármoles no envidian. Aunque hay vientos locos Que las desperdician. Mi escuadrón se junte, Y al Francés embista: Toca al arma, toca. Tierra y viento giman, Crucen los jinetes Y la infantería: ¡Muera Carlos, muera, Y Angélica viva! ¿Qué es esto? Reinaldos, Celebra mis dichas, Y deja que al Conde Gane con mentiras. Con el loco dimos. Aquí me destripa, Pues me ha desbrazado. a esa gente anima. ¿Quién le trujo? El cielo Para darme vida: Finge como yo. Que en mi engaño estriba Llevarle a París, Y aquestos le sigan El humor también. Traza es peregrina. De escucharme solo, Carlos se retira; Sigan el alcance. Pues se atemoriza. ¿Quién sois vos? El moro De quien más se fía Mi padre, el Gran Can: Postra las rodillas A tu nuevo dueño. Dame esas invictas Y Reales manos. Levantad. Rendidas Del Catayo tienes Ya las monarquías. ¡Buen talle de moro! Mis legiones rija: Pues de San Dionís Estamos dos millas, Guiemos allá. Ya, con alegrías. Va marchando el campo. Pues decid que vivan Orlando y la bella, Reyes de la India. Viva el rey Orlando, Todo el campo grita. Y el loco mayor De la loquería. Las banderas africanas, Antes de entrar en París, Se ofrezcan a San Dionís En sus aras soberanas. Láminas del triunfo sean Sus tafetanes vencidos, Que, afrentados y corridos, Apenas al viento ondean. En bronce, y no en tafetán, Guardará el tiempo tus glorias; Que tan célebres victorias Asiento a los siglos dan. Pasa volando Astolfo con la redoma. Pero ¿qué cometa impreso Se ve en la media región? Prodigios del aire son. Ya traigo a Roldan el seso. Astolfo en un monstruo alado Y una ampolla de cristal. Pasó con presteza igual. El seso sin duda ha hallado Del Conde su primo. ¿Dónde Vio medicina tan sabia. Que, como el Fénix de Arabia, De los mortales se esconde? Que si se pudiera hallar, Menos locuras hubiera, Y el mundo en paz estuviera. Reinaldos. Vengan, señor, a escuchar El caso más peregrino Que en el mundo sucedió; Astolfo a tiempo llegó Por el viento cristalino. Que con engaño había entrado Don Roldan en San Dionís. ¿Qué dices? Ya, Flor de Lis, El Conde el seso ha cobrado. ¿Cómo vino y cómo fue? Trujímosle por engaño. Cuya industria y modo extraño Después, señor, te diré; Llegó Astolfo a esta ocasión. Que en un ampolla traía Del monte en que siempre hay día, La más alta confección, Y en boca y narices puesta, Oler quiso y beber quiso, Y aprehendiendo de improviso Materia tan bien dispuesta. Cayó en tierra medio muerto, Y a tu cuarto le llevamos, Donde volviendo pensamos Que será el remedio cierto; Y olvidado de la mora Y de todo lo pasado. Confuso y avergonzado, Dirá que a Doñalda adora. Vamos a ver el suceso De su próspera fortuna. Ya del monte de la Luna Astolfo le trujo el seso. ¿Qué es esto? ¡Válgame Dios! ¿Qué torres y capiteles Son estas, que en obeliscos Gigantes al sol se atreven? ¿Qué cuarto es este en que el arte, Inmortal como valiente, Se excede en molduras de oro, Anaglifos y relieves? ¿Son brocados los que admiro? ¿Son las que toco paredes? Paredes son y brocados. Que en más dudas me suspenden. ¡Cielos! ¿Quién me trujo aquí Desnudo y de aquesta suerte? ¡Yo, tan descompuesto y pobre! !Yo, en traje tan indecente! ¡Yo, sin saber dónde estoy! ¡Yo, roto y entre doseles! No lo entiendo, ¡vive Dios! Ni aun el alma en mí se entiende. ¿Dónde mis armas están? ¿Dónde el invencible temple De aquel diamante forjado De sí mismo, como el fénix? Todo está callado y surto, Rumor ninguno se siente. Si no es del silencio cuarto. Cuarto encantado parece; Quiero pedir de vestir, Y echaré de ver si hay gente. ¡Hola! De vestir me dad. Tres criados. Aquí los vestidos tienes. ¿Por dónde entrastes? ¿Por dónde? Por la puerta. Dos mil veces Me santiguo. ¿Sois demonios? Porque, si lo sois, no teme Roldan demonios ni encantos. Apenas dije: traedme De vestir, cuando os vi a todos Con los vestidos presentes. Teneos y decid quién sois. Franceses somos. ¿Franceses? Y camareros de Carlos. Si es ansí, preso me tiene En París. Astolfo En San Dionís Estás. ¿Astolfo no es este? ¿Él tan gallardo y yo así? Carlos quiere que me afrenten: Corrido estoy y ofendido. ¿Este honor guardan los reyes? Di que si esta ha sido burla, Ha sido burla solemne. Mas ¡vive Dios! Lejos fueron. Conde, las que ya aborreces. ¿Quién me ha puesto así? Tú propio; Y ya que saberlo quieres, De Angélica los encantos En tal bajeza te tienen; Hoy contigo se desposa. Burlando bárbaros reyes, Y en el tálamo te aguarda. Donde las bodas celebres. ¿Yo conozco aquesa mora? ¿A mí a decirme te atreves Tal bajeza? ¿A mí me casas Con una ramera aleve, Como lo dice la fama. Si no es que la fama miente? ¿A mí, sabiendo que soy Roldan? ¿A mí? No te alteres. Mas por quitarme a Doñalda, Aquí a Angélica me ofreces. No hace tal; que a ser tu esclava, Conde, me tienes presente. Avergonzado y confuso Estoy, señora, de verme Tan descompuesto en tus ojos. De la suerte que estás eres Mi dueño. Reinaldos. Pues bien, ¿qué falta? Falta que no te avergüences, Reinaldos, de verme así. El llegar. Roldan, a verte. Agradécelo a tu esposa, Y a Astolfo se lo agradece. ¿Cómo de esta suerte estoy? Escucha ; mas que lo cuente No quiere el Emperador. Porque así a verme no llegue, Cubridme. ¡Conde! ¡Señor! ¿Qué es eso, y qué traje es ése? No sabré, señor, decirlo. Tan afrentoso fin tienen Siempre los principios viles, Para que el mundo escarmiente. No os entiendo, ¡vive Dios! Entended sin entenderme. Angélica os tiene así. Vil hechizo del Oriente, Solo es Doñalda mi hechizo. Que vive en el alma siempre. ¡Portentosa maravilla! Pues tanta afición se premie Con su mano: tarde el Conde Vuelve del campo. Pues vuelve, Es milagro. Esta es mi mano. Saraos y fiestas se ordenen; Que en ellos quiero asistir, Y en ellas ser juntamente El padrino, pues ya el Moro Al mar las banderas vuelve. Acobardado y vencido. Dejadme entrar. Dejad que entre. Y a mí también. Hoy la entrada A ninguno se le niegue. Dadnos los pies. Y a mí, y todo, Rey del cántaro. ¿Qué quieren Estos rústicos? Yo un brazo. Que en conciencia me le debe. Que no le parió mi madre Para ser carne de peces; De plata me le mandó. Un brazo de plata tienes. No entiendo esta confusión. Un escritorio he de hacerle, Que si le llevo conmigo, Llevo en el brazo mi muerte. Y a nosotros, ¿qué nos mandan Por ayudar a traerle? Las mil doblas prometidas. Más años que hay necios cuentes. Vamos, y el Conde se vista, Porque en sus bodas comience Su sosiego, y tenga en ellas Fin el Pastoral albergue.