Texto digital de Troya abrasada
Metadatos de la obra
- Atribución tradicional
- Juan de Zabaleta y Pedro Calderón de la Barca
- Atribución estilometría
- Francisco de Rojas Zorrilla Probable yPedro Calderón de la Barca Probable
- Género
- Comedia
- Procedencia
- El texto procede de la transcripción automática de un impreso.
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Cita sugerida
Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Troya abrasada. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/troya-abrasada.

TROYA ABRASADA
JORNADA PRIMERA
¿Mi padre te dijo a ti que me llames? Sí, señor. ¿Mi padre me llama? Sí. ¿Sabes lo que quiere? No. Mi Héctor. Mi Paris. Mi amigo y hermano. Tu hermano soy, ¿y quién serlo no quisiera?, que es tanta la inclinación que hay en mí para que te ame que me holgara —¡vive Dios!— que, no siéndolo, se viera en mi fe como en mi amor que el quererte es por estrella y no por obligación. Antes, no siendo mi hermano, no consiguiéramos hoy ser firmes amigos. ¿Cómo? Nunca hubo confrontación de igual amista[d] adonde no hubo igual sangre entre dos; quien no es igual del que trata no es firme amigo en rigor porque no es la que parece amistad, sino afición; de los muy iguales se hacen los muy amigos, pues yo quiero en esta competencia, contra tu errada opinión, que una sangre nos iguale por que nos mande un amor. ¡Ay, Paris, y quién tuviera libre tanto el corazón que en tu amistad le lograra más que en mi ciega pasión! Sabe, Paris, que vencido del ciego amor... Si es amor, deja que el amor te venza sin resistir tú a su ardor porque solamente es cobarde a quien no venció. Pero dime, ¿a quién adoras como el alma busca lazos y los ojos lo mejor no mande para los ojos Mas ¿no sabré yo el sujeto que amas? Aunque sea error fïar los afectos míos a los riesgos de la voz, ya te acuerdas que mi padre habrá un mes que me mandó que fuese a Atenas, provincia de la Grecia. ¿Quién no vio que a Ansiona nuestra hermana llevaste en esa ocasión y que con el rey de Atenas casó por tu intervención? También sabes que a Casandra su sobrina, hermoso sol de Macedonia, heredera de Telamonio, señor y gran rey de Macedonia, por concierto de los dos a que se case contigo la truje a Troya. (¡Oh, temor cobarde!) ¿Y es la que quieres Casandra? ¿Eso dices? No, que, aunque es hermosa Casandra, como siempre la creyó mi desvelo como tuya, ciego, mas, a más ardor para con ella, el respeto con que el alma la admiró fue más que para conmigo pudo ser su perfección. Pues ¿quién [...] fue? ¡Al volver a Troya nunca al valor se fïara mi desdicha! Viento [del Se]tentrión del az[ul Me]diterráneo las ondas sobresaltó, en los peñascos de Esparta, provincia de Grecia, dio mi galera, ha roto el buco de la popa al espolón. Menelao, rey de Esparta, hermano de Agamenón, rey de Atenas, y también de Telamonio, [fïó] dos carabelas al mar, con cuya disposición a un tiempo [¿libró a?] Casandra de este peligro [¿menor?] por que [¿entonces?] en las suyas halle el peligro mayor; en su tío Menelao hermosa Casandra halló feliz puerto [y] en su orilla tormentas de fuego yo. Vi una hermosura en la playa de Esparta..., mas ¡ay, temor! ¿Qué sientes? El que está ciego consuélese con que vio. Mas la memoria le aflige. ¿Darale alivio la voz a quien ha de enmudecer de la misma queja? No. ¿El llanto será consuelo del mal cuando está peor el que llora de la misma continua destilación? Quien más llora más del llanto enferma. Pues ¿por qué doy el llanto para el alivio si sirve para el dolor? ¿Por qué a mis voces confío el consuelo si es peor una voz que muere en queja que un mal que sana sin voz? ¿Por qué refiero que vi si ciegos mis ojos hoy más sentirán lo que fueron creyendo más lo que son? Pues ni llorar ni acordarme que vi ni hablar mi pasión solicitó, sí mis voces, memoria y llanto veloz: serán la memoria un rie[s]go, las palabras un baldón, desconsuelo el llanto y todo muerte, ira, rabia y dolor. Pues no aciertas el consuelo con hablar, yo te le doy con decir... ¿Qué es el consuelo? Que también yo tengo amor. No padecerás el mal que yo padesco. Mayor. No puede ser. ¿A una dama que tu recato calló no adoras sin esperanza de lograrla? Infeliz soy. Pues yo adoro una hermosura que he conseguido. ¿Hay error como el tuyo? ¿Eso es amar? Luego ¿no ama el que gozó menos que el que no ha gozado la dama que quiere? No. ¿Quiéreslo ver? ¿De qué suerte? ¿Quién crïó la adoración que empleaste en su hermosura? Mi admiración la crïó. ¿No se sigue al adorarla, vista aquella perfección, desear conseguirla? Ese es el deseo del que amó. ¿Por qué aspiras a gozarla? Es porque hago aprehensión que será aquella hermosura, si la consigo, mejor. Pues, si yo adoro una dama que al verla me enamoró y, conseguida, más bella fue que imaginaba yo, luego más padecerá que aquel que ama sin favor el que, logrando el deseo, ama porque consiguió... Quien consigue ya no tiene a quien ame. Esa opinión el apetito la lleva y la reprueba el amor. Di, ¿no ama por merecer el que una belleza amó, habiéndola conseguido? Sí. Pues di, ¿por qué razón, si amaba por merecer, no ha de amar quien mereció? Aquel imposible a mí me hace amar con más fervor. No eres tú entonces quien ama. Pues ¿quién es? La privación. Quien no ha alcanzado es quien ama. Quien ama porque alcanzó sabe por qué ama. Más quiere quien no sabe por qué amó. ¿Quién no se entibia gozando? Si el sujeto que gozó es como el mío, ninguno. Tu hermano y tu amigo soy, ¿no podré saber quién es? Sí puedes, con condición que me digas a quién amas. Yo te lo diré. Pues yo quiero a Casandra, gozando lazo igual, segura unión, que, como mi padre el rey confïanza de mi amor. Pues yo amo... Tu padre. El rey. ¡A qué mal tiempo llegó!, mas luego vencer confío tu proposición primera. Quedaos todos allá fuera. ¿Aquí estabas, Héctor mío? Dame los brazos. Mejor será arrojarme a tus pies. (A Héctor quiero más aunque es de dos hijos el mayor). ¡Qué talle!,... (No habla mi padre a Paris.) (Aun no me habló.) .y, con ser hombre, sacó la hermosura de su madre,... (Más le quiere y yo confieso que mi amistad lo consiente.) .pues él, Héctor, ¿no es valiente? Vayan a Grecia [con] eso. Pues digan [si] no es bien visto de mi [reino], si en verdad yo soy [rey] y en la ciudad aun no [soy] yo tan bien quisto. Tales partes en el mundo sin verlas no las creyera. Hijo, gran lástima fuera que no nacieras segundo. Mi hermano te viene [a] hablar. (Aun mirarle no ha querido.) Paris. A verte he venido, como me inviaste a llamar, mas, si no vengo a ocasión,... Hijo, no sé qué es, que al verte estoy llorando mi muerte, mi rüina y perdición. Mal con cuidados tan graves mi justa obediencia viene. Tu madre, que el cielo tiene, soñó..., pero ya lo sabes. Hécuba, en esa ocasión, en mí soñó que hospedaba un incendio que abrasaba todo el troyano Ilión, pero el sueño por quien lloras ver tu patria destrüida es un ladrón de la vida que nos usurpa las horas; del sueño no has de creerte, ¿no es cierto que ha de pintar la muerte aquel que ha de estar representando la muerte? Demás que el sueño, si intenta cegar nuestra fantasía, si sueña por lo que vio. Luego tú te contradices en lo que piensas también. Paris ha dicho muy bien. Dijo bien si tú lo dices. Deja, pues, los sentimientos y a qué me llamaste di. ¿Y yo a qué he venido aquí? Estadme los dos atentos. Ya sabéis en la ocasión que llevaste tú en persona a que se case Ansiona con el rey Agamenón. Casada quedó con él, lazo fue el suyo dichoso. Pues sabe que el rey su esposo, tirano como crüel, vuestra hermana ha repudiado y mi hija y, por más afrenta, volverla a mi reino intenta después de haberla gozado. Ella me lo escribe y tanto de esta desdicha me alcanza que al cielo pide venganza la justicia de mi llanto. Héctor, hijo, dime luego, que todo el dolor lo yerra, ¿qué hemos de hacer? Hacer guerra a Grecia a sangre y a fuego. ¿Tú qué dices? Más se gana en que sepas qué ocasión ha tenido Agamenón de repudiar a mi hermana; él te responda primero, la guerra entra bien después. No dices mal. Mejor es que lo pregunte el acero. Bien puede haber ocasión para que esté disculpado. ¿Qué importa, si te ha agraviado, que haya tenido razón? Pide el agravio castigo, no pide satisfaciones. No en todas las ocasiones romper con el enemigo es cordura. ¿La templanza cuándo a la venganza ayuda? Y dime sobre la duda, ¿cuándo cay bien la venganza? Darle guerra es conveniente. Evítala con efecto. (Este habla como discreto y este habla como valiente.) A lo que tú me propones y a lo que a ti se te ofrece respondo que me parece seguir las dos opiniones. ¿Paz y guerra cómo fuera posible lograrla?, di. ¿Todo a un mismo tiempo? Sí. Di, ¿cómo? De esta manera: surtas hay cuarenta naves de nuestro mar en la orilla que de la gavia a la quilla de las más ligeras aves una metáfora son, que mi fantasía ha hecho proa el pico, quilla el pecho, la cola fácil timón, las alas velas después para correr y volar y también para aferrar áncoras fijas los pies. Paz y guerra de una vez intento en esta ocasión, las treinta para Héctor son y para Paris las diez. A ti, Héctor, mando que, apenas intentes desembarcar —próspero, si ayuda el mar—, en las orillas de Atenas cuando la guerra pregona con valor, indignación, si ya no es que Agamenón vuelve a admitir a Ansiona, de cobarde, más humano. A Paris mando que parta a la provincia de Esparta, donde Menelao, hermano del rey de Atenas, es rey y a quien con indignación contarás que Agamenón, contra la amistad y ley que se le debe a mi amor, repudiarla intenta en vano, que procure con su hermano ser un cuerdo mediador antes que infeste sus mares Héctor y antes que en Atenas arrüine sus almenas y profane sus altares. Esta es la resolución por donde lograr confío la paz. A cada uno guío conforme su inclinación, igualmente a entrambos precia mi cariño —¡vive Dios!— y, ansí, reparto a los dos a dos provincias de Grecia; cuando Héctor la guerra intente a Atenas osado y ciego, podrá de Paris al ruego mediar Menelao prudente desde Esparta y, si primero ves que de su parte está, Héctor entonces pondrá la indignación y el acero, pero, si Marte crüel tanto a perseguirme apueste que Héctor no venciere a este, Paris medie con aquel, de suerte que en los dos dejo mi satisfación librada: si no valiere tu espada, ha de valer tu consejo. Injusto premio me das,... Tu elección pienso que yerra,... .¿no más de para la guerra... .¿para el consejo no más... .al que te imita obediente? .al que en todo te ha servido? ¿Tan poco es ser entendido? ¿Es tan poco ser valiente? Paris, tú no me entendiste, a Marte en valor igualas, pero te persigue Palas porque a Venus elegiste, pero a ti Palas es llano que intenta favorecerte solamente por hacerte más dichoso que a tu hermano. Ea, hijos, a surcar los piélagos de Neptuno; ea, tome cada uno su derrota por el mar. Tú llevas diez mil soldados que esta vitoria te den, yo sé que pelearán bien porque van todos pagados y tú dos mil llevarás, bastantes para vencer, pero, siendo menester, a tu hermano ayudarás con tus naves y tu gente y, aunque yo lo sentiré, hijos, a embarcar, porque partir luego es conveniente. Mal quien pierde una ocasión podrá el triunfo prometerse, que suele un reino perderse por solo una dilación. De los dos ninguno ose replicarme porque haré... ¿Y he de embarcarme antes que con Casandra me despose? ¿Cómo una ciega pasión os para porque os inclina? ¿No es de Menelao sobrina y del rey Agamenón? ¿De Telamonio no es hija, hermano de los dos? Sí, señor. Pues ¿cómo vos intentáis...? Como es después aquella injuria que ha sido mi amor. No tener amor. Decid, Paris, ¿no es mejor que sepan que hemos sentido tanto la injuria y baldón que satisfacer podemos que por Casandra queremos que empiece la indignación? Más adelante no pase vuestra intención. Esto os pido. Como a Troya la has traído para que conmigo case, me incliné. ¡Bien por mi vida! ¿Y ha de ser porque os agrada Ansiona la repudiada y Casandra la admitida? Con vos no se ha de casar, siendo con el gusto mío, sin que Agamenón su tío el nudo vuelva a ajustar que desató. ¡Oh, vive Dios! Yo la amé en tiempo de paz y, ansí, te pido... Rapaz, ¡noramala para vos! ¿Vos sois el prudente y sabio y el modesto? No lo creo. ¿Un tibio y fácil deseo anteponéis a un agravio? ¿Vos con Casandra estáis ciego siendo de vuestro enemigo? Héctor. Señor. Ven conmigo. Paris, a embarcaros luego. ¡Ah, política crüel, de los nobles cuántas cosas haces sin que importe alguna porque parece que importan! Rompe Agamenón las leyes de la paz y la concordia por no permitir un lazo que le aflige y no le ahoga y Príamo el rey, mi padre, sin que este a aquel corresponda, quiere que yo no le anude solo porque aquel le corta. ¿Deja aquel de aborrecer porque yo no ame? ¿Se dora el deshonor de una dama haciendo un agravio a otra? ¿Quien quiere con un agravio sanar otro cómo ignora que porque aquel no la tenga no sano ya mi deshonra? El acero satisfaga a una ofensa, mas no a otra, que las venganzas se hicieron para las ofensas solas e aquí, que el agosto agravia las flores que eran lisonja del prado, pues con el sol las marchita y descolora, ¿con qué se puede vengar la tierra, que es quien las brota? ¿Con qué vaporcillo leve se levanta hasta que forja una fácil nube que al sol las luces congoja? Y con que no luzca el sol, ¿la tierra qué hace, y qué estorba que él no luzca?, mas la tierra yerra en inventar las sombras, que no porque aquel no alumbre ella queda más hermosa. Si quiere acertar la tierra, deje que llegue la aurora, que la vengue de los rayos oreando el menudo aljófar tanta flor y tanto arroyo haciendo también que corra, ayudado del rocío que ella pagaba y él cobra. Con la venganza mi padre satisfaga, pues le importa, un agravio y no con otro piense que el suyo se borra; juzga él que sus conveniencias es fácil que se antepongan a mi amor. No es el primero, que los cetros y coronas... Pues sepa de mí Casandra... Señor. Casandra. ¿Tú agora de palacio en esta sala hablando contigo a solas? ¡Ay, mal lograda hermosura, primero dulce lisonja de los ojos y hoy del alma imagen que el llanto borra! Paris, esposo, ¿qué dices? ¡Ah, pluviera a mi congoja que te dijeran mis ojos lo que mi llanto te informa! Si sientes que sepa el mal, no es grande el mal que tú lloras, pues cuando sientes decirle es decirme que me adoras. Porque te adoro lo siento. Pues deja que la ponzoña apure al vaso y yo beba de una vez la muerte toda. Dime el mal. Agamenón ha repudiado a Ansiona mi hermana. ¿A mí de ese agravio el sentimiento me toca? Héctor parte a la venganza. ¿A mí, Paris, qué me importa que Héctor traiga de la Grecia uno y otro rey a Troya? Yo voy al reino de Esparta y es porque mi padre... Agora sí que es mayor la desdicha que previno la congoja. Pues ¿cómo —¡ay, ojos, ay, llanto!— es justo que te dispongas a un tiempo a arriesgar dos vidas por una obediencia sola sin haberte desposado conmigo? ¿Cómo te arrojas con dejarme a que mi ofensa confíe de tu memoria? No ha permitido mi padre que contigo por ahora me despose porque intenta... Troyano ingrato, ya sobran tus palabras cuando veo que son hijas de tus obras, sí, porque yo —¡oh, noche infame, cómplice de mi deshonra, tarde por mi mal conozco la cautela de tus sombras!— creí —¡mal haya quien oye cuando quiere!— tus lisonjas —¡que haya quien de sí se fíe amando!—, agora se informa mi oído de aquellas voces que me parecieron otras. Neptuno, dios de los mares, haz, cuando tus playas corra, con el tridente que choquen en tus peñascos sus proas. Palas, tú que de las lides árbitro eres y eres diosa, haz que de su sangre el mar tiña las espumas sordas. ¡Oh, Júpiter!, ¿no hay un rayo de cuantos tus nubes forjan para una infeliz? ¿Por fuerza han de morir las dichosas? ¿Llanto me das? ¿Eso es darme consuelo? Casandra, esposa... ¿Y a la que morir desea no es el alivio lisonja? Ojos que tu llanto ciega, belleza que aun él no borra... Déjame. Ya no te dejo. Más tus quejas me ocasionan a obedecerte que puede un padre que las ignora. No me voy. Por ti aventuro vida y fama, y aun la honra, del vulgo vario también pongo a la opinión dudosa. No me embarcaré aunque el rey... Eso no, Paris, que agora que veo que no hay alguna dificultad que no rompas por mi amor, yo también quiero mirar por ti, que me importas. El vulgo, tu hermano y cuantos son hijos de esta corona es preciso, si ven que hoy te quedas porque me adoras, que murmuren que tu amor antepones a tu honra. No es bien en tiempo de lides, siendo príncipe de Troya, que esté tu espada en la vaina cuando se desnudan otras. Primero ha de ser conmigo aquella opinión que cobras que mi amor, que él será más siendo mayores tus obras. Quien solo quiere a su amante cuando le tiene y le goza no le ama por él, que solo mira a conveniencias propias; yo, que mi honor aventuro, yo, que arriesgo la vitoria, a vista del triunfo soy tan firme como animosa. Parte a Grecia, mares surca y, cuando ajares las olas del Mediterráneo, obligue solo el poniente tus popas, que, en Esparta o en Atenas, constante como yo sola, amante firme y confiada como si yo fuera hermosa, he de esperar que otra vez vencido o triunfante te oiga, repitiendo entre suspiros lazos que el ausencia colma; y agora, por si las sientes, estas lágrimas perdona, que, aunque esta ausencia tirana que me aflige y me congoja la admito como debida, la siento como forzosa. Si tú vinieres conmigo... Los que han de lidiar con honra no han de llevar las mujeres a las acciones heroicas. Pues, Casandra, a Dios te queda. Pero agradéceme agora la confianza. Solo puedo pagarla con la memoria. Hermano, dame los brazos, que para nuestra derrota ya por el mar cristalino favorable viento sopla. A Esparta vas. ¡Quién contigo...!, pero mis pasiones locas entre mis obligaciones no es justo que se interpongan. ¡Ay, hermano, cuánto siento no ir contigo! Vos, señora, os valed de la cordura para el llanto. Es ella poca y son las lágrimas muchas. Haz que el dolor las recoja y, pues viertes las que bastan, no malogres las que sobran. ¡Ay, Paris mío!, que temo que en Grecia... Paris te adora y con la desconfïanza todo el crédito malogras. ¡Ay, Héctor!, que es una ausencia... El crisol que perficiona las finezas. Pues, esposo, a embarcar. Más bella diosa de cuantas Júpiter pudo darme para que yo escoja, vuélvame el cielo a tus brazos. ¡Qué tarde será! Adiós, gloria de Dardania, Palas griega y Venus de Macedonia. Adiós, Paris. Dete el cielo la fortuna más dichosa que la mía. Trocaremos si Júpiter la mejora. Dame los brazos. Los dioses que sobre esos astros moran de otra estrella nos mejoren. Si con la que gozo agora te amo, no quiero otra estrella. Si con la que influye hermosa te pierdo, otra estrella pido. Pues, dioses, si amor la adora,... Deidades, pues si hoy le pierdo,... .dad propicios,... .dad piadosas... .pues mandáis en las estrellas, a mí la misma. .a mí otra. ¡Quién con Paris fuera a Esparta! ¡Quién no saliera de Troya! Los cielos den a los dos dicha a ti y a ti vitoria. En esta playa fría que el mar Mediterráneo cada día con cristalinos aunque azules lazos dos veces la da líquedos abrazos, esa letra ajustad al instrumento que escribió mi tristeza para el viento. Si los claros cielos, la aurora risueña, si el viento que corre, si la hermosa tierra, si las flores verdes, si las aves bellas, si la noche fría, si el sol que huye de ella todos me afligen, aunque me lisonjean, ¿para qué los cielos, la aurora risueña, para qué es el viento, para qué la tierra, para qué las flores y las aves bellas, para qué la noche y el sol que huye de ella? ¡Qué bien decís! ¡Qué iguales han venido vuestras süaves voces con mi oído!, que, si el cielo se precia de piedades y no logro el favor de sus deidades, antes aumento más mis desconsuelos. Decidme todos... ¿Para qué los cielos? Si la aurora con líquido rocío, en vez de ir enjugando el llanto mío, mi dolor hace más cuanto más llora, dígame el llanto... ¿Para qué la aurora? Si los suspiros todos que despido el viento me los vuelve hacia el oído por dar a otro sentido el sentimiento, podéis decirme... ¿Para qué es el viento? Y, si aguarda la tierra prevenida a ser feliz sepulcro de una vida adonde la desdicha nunca yerra, pregunto al cielo... ¿Para qué la tierra? Flores que significan esperanza si un ejemplo me han sido de mudanza variando sus hojas y colores, dígame el prado... ¿Para qué las flores? Cuando el alivio busco a dolor tanto, si las aves se quejan con el canto de sus voces süaves, dígame el viento... ¿Para qué las aves? Si al lucir sus estrellas noche fría para afligirme me enseñó la mía cuando el cielo desata el azul broche, dígame el día... ¿Para qué la noche? Pues todos juntos repetid agora que, si el cielo, si el viento y el aurora, si la noche, la tierra, si las flores, si las aves que al sol cantan amores me afligen cuando más me lisonjean,... ¿Para qué los cielos, la aurora risueña, para qué es el viento, para qué la tierra, para qué las flores y las aves bellas, para qué la noche y el sol que huye de ella? Helena soberana, luz por quien se mejora la mañana, de Menelao, rey de Esparta, esposa la más feliz con ser la más hermosa, ¿de qué estás triste? ¿Qué te ha sucedido con tu marido? ¿No es para marido? Responde, Helena bella, que te miro con gesto de doncella. Si Menelao el rey, tu propio esposo, en estrados, por ser pleito forzoso, a litigar contigo se apasiona como marido y no junta persona, descásate si acaso te conviene, prueba la fuerza tú si no la tiene. ¿Siempre, Ismenia, has de estar de una manera? Que tú estés de otra es lo que yo quisiera. Señora, por ahí dice la gente que al rey lo quieres mal adredemente, pero saber espero si acaso le aborreces todo entero, que yo al que más mal quiero por su modo algo de él quiero aunque le olvide todo. Pues algo es lo que a ti te desespera..., mas que su alteza tiene cabellera..., mas que le ves al alba en cabellos menores... digo, en calva... Es, Ismenia, la causa de mis penas el saber que mi esposo parte a Atenas, llámale el rey Agamenón, su hermano. Surtas guarda tres naves el mar cano para partirse luego y mis enojos guían hacia mis ojos todo mi sentimiento, mas ¿para qué, si no es el mal que siento el que pronuncio, con mi voz conviene? A la orilla llegad. Tu esposo viene. Si por no ver al que aborrezco tanto mis ojos se cegaran de mi llanto, ¡oh, cuánto le debiera al llanto frío! Dioses, ¡piedad! Helena. Esposo mío. ¡Oh, Helena, todo llorar, todo siempre malograr tu hermosura en tu desvelo! Voyte a mirar como cielo y págaste de ser mar. El iris con majestad del aire en la raridad varios colores ostenta y después de la tormenta dice la serenidad, pues ¿por qué, dueño adorado, a mi amor y a mi cuidado sobre dos cielos les dejas los dos iris de tus cejas si la lluvia no ha cesado? También es seña evidente la noche que en occidente en tu purpúreo arrebol se acostare rubio el sol que saldrá claro el siguiente, pues ¿para qué, Helena mía, al llegar la noche fría esos tus hermosos soles se acuestan entre arreboles si han de llover otro día? ¡Todo, Helena, suspirar, sentir y disimular! ¿Cuándo el día ha de venir en que yo no acierte a oír lo que tú sabes hablar? Respóndeme, ¿al repetir los lazos que has de admitir? Di, ¿cuándo el día ha de ser en que yo llegue a entender lo que no sepas decir? No con desdenes ni enojos, ¡ay, ojos!, deis por despojos un silencio que habla sabio, lloradme algo por el labio y no me habléis por los ojos. Pues, según eso, señor, supones llanto mayor en las palabras veloces. Lágrimas serán las voces si las pronuncia el dolor. Y di, ¿estas que lloro yo no serán lágrimas? No, que, aunque no entendida tanto, palabra es también el llanto que la pena pronunció. Pues, señor, si es evidente que, ya en líquido corriente, o ya en tímidos enojos, a un tiempo el labio y los ojos lloran y hablan juntamente, déjame agora gozar que al verter o pronunciar palabra o llanto veloz que llore toda la voz por donde no pueda hablar. No me llores, tente, Helena, que no soy tan estranjero que del país de tus ojos todo el lenguaje no entiendo, de mi oído procuraba aprovecharme, creyendo remediar con un sentido lo que con otro padezco, pero los respetos míos, aunque culparte quisieron, ven que no va en ti tu odio, en mí sí, que le merezco. A Atenas voy, que mi hermano, su rey, me llama y yo quiero que estos diez días descanses que he de estar fuera y en ellos tus dos soles y mis ojos han de pasar a otro estremo; no llorarán con los que ardes, llorarán con los que ciego; esos, porque no me ven y estos, porque no los veo. Cerca está Atenas de Esparta y, en llegando a Atenas, creo que de Atenas ha de estar Esparta mucho más lejos y agora..., mas ¿qué clarín herido del soplo ha hecho levantar azul espuma de las ondas del mar griego? ¿Qué es esto, Aquiles? Señor, que han llegado a nuestro puerto diez naves y se presume que en él entran con intento de abrasar las que en el muelle sin uso, sin marineros y sin soldados al ocio las dejó la paz y el tiempo. ¿Sabes de qué reino son? Ir a saberlo deseo y dame en tanto licencia que en los baluartes nuestros en señal de guerra Aquiles arbole el pendón primero. Parte, pues. Aquiles, tente. Sinón amigo, ¿qué es esto? Señor, las naves que miras dar las áncoras al suelo y dar por seña de paz blancas banderas al viento troyanas son, o ha mentido o en la vista, o en el miedo la redondez de sus vasos, la proporción de sus leños. En Troya nací, mi patria fue Dardania, en algún tiempo Príamo su rey logró de mi esperiencia preceptos; de su ciudad desterrado sin causa alguna me oyeron enternecidas las peñas, aunque ellas son hijas de ellos; naturalizado estoy en Esparta, tú me has hecho lado de tu monarquía y es tanto lo que te debo que parece que yo soy todo el brazo de tu cetro. Aunque de paz a tus muros lleguen, no creas el ruego de sus palabras, que acaso traidores y lisonjeros vendrán a que pagues tú lo que Agamenón ha hecho. ¿Quieres que, fingiendo que huyo de tu ciudad, salga a verlos y que desde esas falúas les ponga a sus naves fuego? No, Sinón, saber me importa qué es lo que quieren primero que rompa la paz. Y agora a la orilla seis remeros traen ligera una falúa. Y un soldado viene dentro que desde ella hace señal de paz a los muros nuestros. Llega, soldado, que el rey Menelao te llama. Pienso que llega a tu voz. ¿Qué aguardas? ¿Cómo no llegas? ¿Quién eres? Soy un troyano. Di a lo que vienes. Direlo. ¿Cómo te llamas? Biznaga. ¿Quién son los Biznagas? ¡Bueno! Son los Biznagas tan limpios que por limpiar quedan puercos. Dinos, ¿quién te envía? Paris. ¿Y quién es Paris? Sabreislo, con condición... Di, ¿cuál es? Que me escuchéis tanto tiempo como el que ha que preguntáis. Habla, pues. Estadme atentos. De Hécuba y Príamo es hijo Paris, según dice el pueblo; de ella, yo lo juraré, de él, ella sabe lo cierto. Estando su madre encinta, soñó que tenía dentro de sus entrañas un Etna que iba abrasando su reino, mas yo digo que es mujer que cuando estaba durmiendo cuenta a todos que tenía allá dentro el «¡fuego, fuego!». Nació Paris y le echaron a una aldea desde luego, diciendo su madre «sea cazador», que es darle a perros. Fueron y vinieron días, creció el niño tanto de ello y hizo cosas con mujeres que fuera vergüenza verlo. Dio en ser juez sin tener letras, como algunos, y, en efeto, tanto dio en no saber nada que vino a salir con serlo. Júpiter, dios de los rayos, mirando desde su cielo que en este mundillo bajo vale más quien sabe menos, «muchacho», le dijo un día Júpiter, «yo te prometo que traigo un pleito entre manos que me ha quitado mil sueños. Doña Juno y doña Palas y esa rapaza de Venus me han olido la manzana de oro, aunque no me la vieron; dicen que soy como un oro y, a no ser yo tan honesto, anduviera entre las tres “esta quiero”, “esta no quiero”. Dar de las tres a la una esta manzana deseo, mas por mi consagración que no me han tomado un dedo. Yo no sé cuál de las tres es más hermosa, en efeto, que, aunque soy dios —y no bobo—, no entiendo bien sus adentros. Dásela tú», dijo el dios; y Paris, que oyó el precepto, a todas las diosas les hizo este razonamiento: «señora Palas, vos sois hermosa, mas me dijeron que, como sois varonil, sois mujer de pelo en pecho y Marte, que es vuestro hermano, hoy me dijo, hablando en esto, que, como diosa, os ponéis una pasa de los cielos. Señora Venus, Adonis me dijo un día por cuento que sois camba por lo más o estebada por lo menos. Señora Juno, también por cuento escuché en mi pueblo que dizque tenéis las carnes blancas como un terciopelo, por cuento lo dice Adonis, por cuento Marte soberbio. Pues, señoras, ropa afuera y quitémonos de cuento». Desnudose doña Juno muy apriesa y lo primero descubrió unos juanetillos entre algunos callos viejos que, de andar tras la manzana, debieron de habérsele hecho; las piernas eran muy cortas, pero delgadas, mas esto no importaba, que los muslos eran como dos rodeznos; dos barrigas de muchacho de aldea traía por pechos y dos güevos de avestruz para pezones en ellos. «¡Mira qué almendritas», dijo, «traigo por pezones tiernos!» y, al verla Paris mejor, la dijo «no, sino güevos». «Arrópese usted, que suda», la mandó. Llegose en esto Palas rasgando polleras, desnudose y, en rompiendo todas las hojas al libro, quedó el pergamino seco. «¿Ha sido fauna?», la dijo Paris y ella dijo «necio, ¿más bello cuerpo de moza le ha visto él, si acierta a verlo? ¿Hay más bello pie ni hay más bella pierna? ¿Ciñeron los dioses más bello talle?» y él la dijo «todo es vello». Descubrió Venus sus pies y, al sentenciar este pleito en cuatro puntos no más, fundó todo su derecho; bueno era el pie, bueno el talle, bueno el olor y, ansí, creo que todos cuantos la amaban la querían por lo bueno. Diola Paris la manzana y esotras diosas se fueron la una a espulgar un galgo, la otra a espulgar su vello. «¿Para esta?», le dijo Palas, «rapaz, que, si acaso os veo en cualque batalla, que os he de dar pan de perro». El rey Príamo su padre, esta amenaza sabiendo, le guïó desde tamaño para la paz y el consejo, y agora que Agamenón tu hermano y rey ha dispuesto quedarse sin su mujer y darnos con ella luego, a la venganza dispone que vaya su hijo Héctor y que Paris venga a Esparta para que tú, como cuerdo, procures que de Ansiona haga el lazo más estrecho o le harán juntar con ella aunque no esté para ello. Venus, pues, agradecida, como diosa, no sabiendo con qué pagarle, le dijo «hijo Paris, yo no tengo, si no es que te dé mujeres, qué dar. Si son de provecho, diosa soy de los amores. Yo te haré felice en ellos». «Yo me contento», la dijo y desde entonces cayeron hembras de a dos mil ducados a menos de real y medio. Andan tras él ansí, ansí mujeres de mucho pelo y, si él no fuera tan fácil, estuviera muy bien puesto. Las gordas sudan por él y una coja le anda haciendo por las calles y las plazas reverencias por momentos y versos también le hace de pie quebrado, pues luego ¿no se han hecho corcovadas mil mujeres en el reino porque lo mucho que le aman aun no les cabe en el pecho? La que le paga la casa se hizo roma, quiriendo solo una vez que le cupo abrazarle con aprieto. Una le da dos mil reales cada mes sin los provechos de ropa blanca y regalos y sus manos libres luego. Es bien quisto, es valeroso, es prudente y, en efeto, sabe dar sin que le pidan y no se alaba de hacerlo, come poco, no habla mucho y, sobre todo, encarezco que es muy cortés, que esta parte hace amable a un caballero. Este es Paris, este el juicio fue de las diosas, a esto viene a Esparta, este es también de Venus su diosa el premio. Rey eres, tu favor pide, piedad tienes, oye el ruego para que Troya y Esparta, uniendo corona y cetro, una sea luz de los astros y otra, aplauso de los tiempos. Ea, a recebir salgamos, griegos míos, el más nuevo joven que en Grecia y Esparta están alabando a un tiempo en voces toda la fama y todo ese monte en ecos. Él, que ya ha desembarcado en tus orillas, primero quiere llegar a tus brazos. Vete, Helena, que no quiero que en tu semblante ninguno lea tu aborrecimiento y, por si agora me fuere, dame tus brazos. (¡En ellos qué poco alivio ha de hallar mi dolor!) Guárdete el cielo... Voy a recebir a Paris. Paris, el amigo vuestro, asegurando estos lazos, los quiere hacer más estrechos. Paris, ya sé a lo que vienes a Esparta y, así, primero que intente lograr mi oído la vanidad de tu ruego, quiero que conozcas tú que esta obediencia que empleo en mi obligación será mucho antes que tu preceto. Tu padre el rey es mi amigo. Goce coronas y cetros quien en la ocasión se acuerda de un amigo verdadero. Cuando Agamenón mi hermano y Telamonio quisieron, muerto mi padre, quitarme por fuerza de armas el reino, tu padre me ayudó entonces. Luego querréis, según eso, lucir una obligación con vuestro agradecimiento. Yo me iba a embarcar ahora, que mi hermano, con intento —repudiada ya Ansiona— de volverla a Troya luego, para que yo la llevase me envía a llamar y quiero, sin dilatar la jornada, ir a trocar los afectos de un rey mal aconsejado en los de un monarca atento. Yo haré que vuelva a admitir tu hermana, aunque para hacerlo aventurase perder patria y vida, fama y reino, y ahora, Paris mi amigo, en tanto que a Esparta vuelvo, quiero en los palacios míos sostitüirte mi cetro y que otro como yo rijas mi monarquía, cediendo a tu adbitrio aquellas leyes que mis griegos impusieron. Ea, Aquiles, a embarcarnos, ea, Sinón, a ti te dejo para que, hospedando a Paris, hagas que en mi ausencia a un tiempo su oído, vista y olfato y gusto gocen sin riesgo de esa amenidad la vista, de tanto aroma sabeo el olfato, goce el gusto de tantos manjares nuevos y el oído de las voces que concierta el inst[r]umento; franquéale mis tesoros, los altos muros soberbios que la vigilanc[i]a hace más firmes, si no más bellos, sus órdenes obedezcan; minotauro el mar sediento, medio cuerpo de cristal y de la espuma otro medio, más crezca a besar la arena que holló su pie; aquel hibleo que ha hecho abril que parezca verde seña del primero útiles fragancias sirva para el ocio. Y ahora intento darme a la vela antes que o la mudanza del tiempo, o la incostancia del hado hagan, si este no aprovecho, que no cumplamos tú y yo, los dos estando en mi reino, ni tú con lo que me ordenas ni yo con lo que te debo. Advierte, señor,... Ninguno me replique. Que hay gran riesgo... .en dejar a Paris. Ya estáis cansado. Obedezco. Ea, Paris, aquí me aguarda. Menelao, aquí te espero. Haré que admita a tu hermana Agamenón. Aun más precio que mi propia conveniencia la verdad de tu deseo. Voyte a acompañar. De aquí no has de pasar. Mucho debo a tu amor. Sabrás pagarle. De ser tu amigo me precio, amigo y agradecido me hallarás. Quiéralo el cielo. Ya el rey se embarca. Ya el rey, dando las velas al viento, hace que viren sus proas hacia Atenas. Ya rompiendo las naves la espuma, burlan el mar que las tiene en peso. Neptuno, aplaca tus mares. Eolo, irrita tus vientos. Todos los dioses te amparen y dete felice puerto la tierra. Dente esas ondas cristalino monumento. ¿Quién contra... ¿Quién en favor... .el rey? .de mi esposo? Cielos, ¿qué he visto? ¿Qué he visto, dioses?, que voy a hablar y no acierto. ¿Quién eres tú, mejor diosa de cuantos esos luceros huellan? ¿Cómo no bajaste a competir en el duelo de Venus, Palas y Juno y a ser quien llevara el premio?, que, si yo te hubiera visto, nunca yo eligiera a Venus. ¿Quién eres tú, que, ignorando tu propio merecimiento, antes que Venus lograra de Adonis abrazos tiernos, no adelantaste a sus ojos tu mérito en su respeto?, que Venus no amara a Adonis si ella te viera primero. Yo soy Paris. Y yo Helena. ¿Tú no eres el heredero del rey Príamo, con quien tratado está el casamiento de Casandra, hija del rey Telamonio? No lo niego. ¿Tú no eres de Menelao esposa? Tarde lo siento. Pues yo me voy, que no es justo, siendo él a quien tanto debo, que lleguen los ojos míos atrevidamente ciegos adonde no es permitido que lleguen los pensamientos. Pues voyme, que no es razón, siendo Casandra tu dueño y siendo del rey de Esparta tú su amigo y él tu afecto, que, no pudiendo ser tuya por uno y otro respeto, ame yo como mujer de las que, en sabiendo el riesgo, hacen del mismo imposible más fáciles los deseos. Pues guárdete el cielo, Helena. Guárdete, Paris, el cielo. Pero aguarda,... Pero espera,... .dime, ¿por qué... .di, ¿a qué efeto… .quieres que el Miditerráneo le dé sepulcro sangriento? .quieres que próspero el mar los guíe a felice puerto? Es grande mi obligación. Pues mi pasión..., mas no quiero que le pierda la voz mía a mi dolor el respeto, que el corazón y los ojos querrán imitarle luego. ¿No merezco que me fíes tu cuidado? Para hacerlo me falta saber si tienes valor tanto y tanto pecho que sepas, si te le fío,... Di, ¿qué? Guardarme un secreto. Soy noble. No es buena seña de guardarle. Yo no tengo amigo a quien yo le fíe tu secreto. Peor es eso, que es señal que tiene muchos el que no tiene uno estrecho. Mi palabra. ¿Tu palabra? Eres hombre y no la creo. Pues hago pleito homenaje a tus ojos. Pues, si a ellos la debes cumplir, escucha. ¡Oh, airados! Ya sobra eso. Pues empieza, hermosa griega. Galán troyano, oye atento. Ya habrás oído decir que Cástor y Polus fueron mis hermanos, ya sabrás que porque tenía derecho Menelao a la gran isla Citera, donde está el templo que fabricaron los dioses a honor y aplauso de Venus, que era de mi hermano Pólux, en dos navales encuentros de griegos suyos se vio el estrago tan sangriento que al vario creciente solo logró en cristales envueltos más cadáveres que espumas la playa del mar Tirreno. Los príncipes de la Grecia, como poderosos, viendo que era más siempre la ira, no siendo el estrago menos, entre mis hermanos dos y Menelao propusieron una paz siempre segura, difícil, con solo un medio: que yo me case disponen con Menelao. Cuando llego a ver que príncipes tantos del África y Asia han hecho conveniencias de arrojar las infantas de sus reinos, cuando veo que en las lides ajustan paces y medios en solas sus conven[i]encias sin mirar el gusto ajeno y cuando veo que somos, mintiendo amor y respeto, lo más en lo que ellos dicen y en lo que estiman lo menos, no quisiera de dos reyes ser hermana porque veo que vale más a mis ojos un albedrío que un cetro. Vino Men[e]lao a verme, parecile bien —¡qué luego hubieron de convenirse sus ojos con sus deseos!—, hacer pretende fineza de la brevedad, quiriendo facilitar con los lazos lo que mis ojos temieron, hago del odio recato y, valiéndome del ruego, con lágrimas dar procuro más plazos a mi tormento. Ruega amante, yo le escucho por ver si mi oído atento halla más en sus palabras que hallar mis ojos pudieron. Que me adoraba le escucho y yo creí sus requiebros, luego, si yo le quisiera, salieran tan verdaderos. Casome con él mi padre y, aunque mi mano le dieron como lazo tan preciso, me la trató como premio. Llegó infelice la noche en que el nudo de [Hime]neo para que no le [¿desate?] se afïanza con el lecho, desnúdanme mis criadas con aliño descompuesto y cuanto ellas desnudaban otra vez iba vistiendo. Todas alaban mi esposo al ver que suspiro y temo, mas no me sirvió esta vez el uso de los consuelos. Llegué al tálamo, aquí sí vieras luchar su deseo con mis retiros, aquí, conociendo mis despegos, parecer no quiso amante por no parecer grosero. Tal vez con blandas violencias y tal con airados ruegos quiere parecer marido y tal vez por su respeto quiere arriesgarse a mi enojo por que no le culpen luego cuando la curiosidad vaya a examinar el lecho. Yo me resisto, él se enoja, pero me disculpa él mesmo, pensando que aquel retiro es cuidado y no despego, llega el alba, el rey se viste... ¡Válgame el cielo! ¿Qué siento? Tardo, el corazón parece no que pulsa,... ¡Todo el cielo sin luz! ¡Helena, señora! .sino que [vibra] allá dentro. ¿Qué sientes? Déjame, Paris, traidor troyano, tú has hecho... Señora. .que beba yo por los ojos el veneno. Si es Venus la que te ampara, madre de Amor, no es bien hecho que su violencia no deje lograr tu merecimiento. Yo no he de amarte por fuerza. Bien dices. Pero ¿qué es esto? ¿Cuál fantasía, por ciega, borró con delirios necios las verdades que en la idea escribió mi pensamiento? Turbó un desmayo tus luces. Mentiría, según eso, el labio, errando las voces que no eran de mi silencio. Resbaló tu misma voz por tu lengua. Si fue eso, ¿en qué estábamos? Decías que el rey se vistió. Y a tiempo, que sin haber conseguido... Sí, eso dijiste primero. Pues ya prosigo. Eso aguardo. Pues atiende. Ya obedezco. Trújome a su corte el rey y en mis sienes puso luego real la corona de Esparta, quitándosela él, mas creo que no fue grande fineza, que, aunque como amante tierno me la puso como gala, se la quitó como peso y, viendo que las finezas no me obligan, ha propuesto ir con el trato ablandando lo que no pudo amor ciego. Al tiempo libra esperanzas, pero, como le aborrezco sin más ocasión que haber empezado a aborrecerlo, la mesa, el lecho, la caza, música... ¡Aquí de los cielos! ¡Socorro, deidades bellas, que una griega es quien me ha muerto! Vete, Helena, de mis ojos. ¿Qué quieres de mí, imán bello que, como yerros del alma, me atraes los pensamientos? Ya la amenaza de Palas se ha cumplido porque dentro de mi corazón batalla con mi muerte mi respeto. De Venus ya la promesa —¡ay de mí!— cumplida veo, pues en vano doy agora más resistencia a más fuego. Déjame, troyano,... Ya, hermosa griega, te dejo,... .que es primero mi constancia,... .que es la obligación primero que debo a un rey y a un amigo,... .que no es razón... .que no debo... .ser desleal... .ser traidor... .a mi estado. .a mi respeto. Pues adiós. Adiós. ¿Qué aguardas? Con el camino no acierto, mi muerte aguardo, mas ¿tú qué esperas? Mi muerte espero. Porque, si a la primer vista... Porque, si al lance primero... .la vida postras,... .el alma arrebatas,... .será cierto... .será sin duda... .que el trato... .que la asistencia..., mas esto el tiempo lo ha de decir. Pues dejémoselo al tiempo. ¡Qué confusión! ¡Qué desdicha! ¡Qué pena! ¡Qué sentimiento! Mucho te temo, ¡ay, honor! ¡Ay, amor!, mucho te temo.
JORNADA SEGUNDA
Gracias les doy a los cielos de que ya la tierra piso de mi patria, de mi corte y de mi palacio mismo, en donde podré albergar a mi hermano y a mi amigo Agamenón, rey de Atenas que hasta mi reino ha querido acompañarme y a quien yo oficioso no permito que de los bajeles salga hasta que esté apercebido el mayor recebimiento que los mortales han visto. Gracias les doy otra vez de que a mil dulces alivios de los riesgos me han sacado del vago imperio de vidro, del mar digo, de ese mundo de agua en cuyos abismos tan dudosa está la vida que no se da más distrito entre la vida y la muerte que las tablas de un navío. Feliz yo, que salgo de él al apacible dominio de mis leales vasallos y de mi esposa al cariño,... (¡Triste de ti cuando sepas el mal que te ha sucedido!). (¡Ah, infeliz alma!, que aguardas de tan gran golpe los filos.) .a los ojos de mi Helena, donde el sol y yo vivimos, yo como esposo y amante, él como adorno y aliño. ¿No me diréis cómo tarda?, pero ¿qué es esto que miro? Solo me han dejado y va cierto temor mal nacido entrándoseme en el pecho, tiranamente adivino de alguna gran desventura. ¡Válgame Dios! ¡Qué de indicios alimentan este miedo por que crezca a ser martirio! ¿No recebirme mi reino con aplauso y regocijo el día que del mar salgo, golfo donde los peligros son tantos como las olas, cuando el contento preciso parecía en mis vasallos?, pues ¿hasta hoy no han sabido todo el tiempo que he sulcado esos campos de zafiro, si me habían de contar con los muertos o los vivos? Los pocos que a mi palacio me acompañaron se han ido y reparo en que tuvieron, cuando estuvieron conmigo, muy sin gusto los semblantes, el ademán muy sin brío, muy sin palabras la voz y muy sin pompa el aliño. Cielos, ¿qué puede ser esto? ¿Si les causará fastidio mi gobierno?, pero no, que a ellos les hago testigos que siempre procuré hacer la obligación de mi oficio. Árbol es el rey, a quien sirven de copa los picos de la corona, plantado en medio del ancho sitio de su reino, y yo, atendiendo a que este árbol significo, he procurado hacer sombra a mis vasallos, mal digo, a mis hijos, porque el rey es padre con muchos hijos. Siempre ha sido mi desvelo producir frutos opimos que a ellos les aprovechasen, entregándome al olvido de enriquecer yo de hojas y flores los ramos míos. No lo entiendo y lo que más en este suceso admiro es que, habiendo yo pisado de este palacio que habito las cuadras, a recebirme no haya mi esposa salido, pues aquí no admito dudas de si pueden mis desvíos haberla desazonado con trato duro y esquivo, que, aunque haya sido mal rey, he sido muy buen marido. ¿Si será muerta?, mas no, porque el luto era preciso en todos, que no pudiera hacerles algún designio faltar a una obligación tan guardada de los siglos. Tampoco a mi güésped Paris en esta ocasión he visto... Mientras más discurro, menos aciertos debo al jüicio, mas lo que me da más pena es mi esposa. ¿En qué me impido?, que por ella no pregunto. ¡Hola!, mas yo solicito averiguar una duda que está más hacia el peligro que alguna desdicha grande, mas también es desvarío no hacerlo porque es quien siente el mal sin que haya venido desdichado antes de serlo no más de porque él lo quiso. Salgamos de confusiones de una vez, corazón mío, vivamos la vida toda sin dar a los parasismos de este temor tanta parte o muramos atrevidos cuanto hay que morir, si es cierta la desdicha que imagino. ¡Hola, crïados! ¿No hay nadie? ¡Hola, vasallos, amigos! ¿Nadie responde? O tú, esposa, ven a dar a mis servicios en aquestas confusiones la quietud de sus delirios. ¿Tampoco viene? ¡Ay de mí, qué de pesares reprimo! Amigo Paris, pues nadie me acude, acude tú, amigo, por que veas de mis ansias el último parasismo. Sordo todo está a mis voces, ya con mí mismo me ir[r]ito. ¡Hola! ¿No hay quién me responda? Sí, señor. (¡Duro conflito!) ¿Dónde está...?, (pero ¿qué intento? ¡Vive Dios que estoy corrido de tener tanto valor que es de poco amor indicio! Dejadme. Ya te obedezco. (¡Qué infeliz fue tu destino!) Volved acá. (¡Yo estoy loco!) Decid, ¿cómo no ha salido a recebirme la reina? (A ninguna voz me aplico para empezar.) (¡Ya se turba!) Paris, señor,... (¡Mal principio! Por «Paris» empieza... Estoy —¡vive el cielo!— por no oírlo.) Paris, el troyano güésped que recebiste festivo, que hospedaste con grandeza y agasajaste benigno, violando del hospedaje el siempre sagrado rito cautelosamente aleve, indigno rey, falso amigo robó a tu esposa y quebró aquesos salados vidros con las quillas de su armada, peces de madera y lino. Si fue, señor, con su gusto ni lo niego ni lo afirmo, pero de su resistencia no dejó el menor indicio. ¡Sinón, Sinón, no me dejes! ¿Qué me has dicho, qué me has dicho? Dilo otra vez, porque yo no lo entendí divertido o no se atreve a creerlo el alma por no sentirlo. ¿De un áspid quieres dos veces escuchar, señor, los silbos? ¿Qué importa, si en un cadáver está el veneno baldío? Pues, si tú atender no puedes, yo no puedo repetirlo. Mal que para dicho es grande, ¿cuál será para sentido? ¿Qué es esto, cielos, qué es esto? ¿Qué fracaso, qué prodigio es —¡ay de mí!— el que en mi honra y en mi amor ha sucedido? El alma de ambas pasiones es el dedicado sitio: mi honor no puede dudarse que será grande si es mío, mi amor por ser el objeto tan hermoso es infinito y, así, hoy, herida el alma con dos tan fierros cuchillos, dudo en cuál de los dos golpes sea más fuerte el martirio, o en la infamia con que muero, o en los celos con que vivo. ¿Mujer que me dio la mano, con quien yo partí el invicto diadema de mi cabeza y mi sacro solio altivo, pudo —aquí la voz me falta— dejar con desdén esquivo la mitad de mi corona y de mi lecho vacíos?, pero, si dije «mujer», ¿cómo lo dudo y admiro? Animal tan inconstante, tan flaco y resbaladizo que no hay en sus pies firmeza ni honor en sus manos fijo. Ya estoy sin honra, ya afean manchas sus cristales limpios. ¡Ah, ley humana, inhumana la que sangrienta previno que la deshonra siguiese más que al autor del delito! Si honrado lloro mis males, amante también me aflijo con tan desusada pena, con dolor tan escesivo que he creído que estoy muerto, y con razón lo he creído porque el amor y la muerte obran efetos distintos. Amor hace de dos uno y, por el contrario estilo, la muerte de uno hace dos, pues, en muriendo, es preciso que quede cualquiera en alma y en cadáver repartido; de Helena —¡ah, fiera!— y de mí nuestro amor en su principio hizo un sujeto tan uno que en un corazón vivimos; luego ya llegó la muerte, pues me encuentro dividido en un alma que hallé ingrata y en un cadáver ya frío. ¡Que decir constancias tiene este desmán enemigo que en mí fieramente logran los astros ejecutivos! El que a mi esposa me lleva —¿cómo este nombre repito?— es el mismo de quien yo la fïé poco advertido. ¡Ah, mal haya, amén, el hombre que aun de su mayor amigo fía un animal que es hermoso y antojadizo!, pero ¿cómo yo me atrevo a creer que haya podido ser Helena desleal? Miente el labio que lo dijo y miento yo si lo creo. Sin duda que en los retiros de este retrete me aguarda; ya buscarla determino. Helena, mi bien, esposa, no te escondas o el registro de mis ansias ha de hallarte, todo ha de quedar movido de mi cuidado hasta que encuentre el bien a que aspiro. Bien decía yo «dueño hermoso» y bien mi amor contradijo a las infames razones que formó labio atrevido. Claro está que era imposible que hubieses tú cometido un delito tan inorme. ¡Dichoso yo, que te he visto! Dame, señora, los brazos..., mas ¿qué es esto? Yo deliro, pues es lo que abrazo un lienzo y una sombra lo que sigo. ¡Ah, qué de ligero creen —¡válgame Dios!— los sentidos! ¿Cómo consienten los hombres este arte que maldigo, de la pintura sirviendo no más su dulce artificio que de mezclar ingenioso lo cierto con lo fingido, la verdad con el engaño, lo humano con lo divino y de hacer burla de un alma con sus hermosos hechizos?, mas tú, simulacro errado de aquella enemiga bella, no te pareces a ella, pues también no me has dejado, tu pincel poco acertado y valiente fue en la acción de imitar su perfección, pues no pudo su altivez retratarle de una vez la cara y la condición. No espere gloriosa palma tu artífice en la pintura, pues no infundió en tu hermosura las fealdades de su alma, mas ya, imagen, vivo en calma y no pretendo al pincel avisar de poco fiel por la razón que me mueve, que quizá, si hay quién te lleve, te irás gustosa con él, pero, por que así no sea, aqueste acero que animo te ha de hacer dos mil pedazos. ¿Qué es esto, hermano? El castigo, señor, no ha de ser así. En un retrato es baldío. Pues en mí bien empleado estará porque he nacido... Detén el heroico brazo, grande Menelao invicto, que para mayor empresa le ha menester el destino. Dentro de tu capitana, cuando aguardaba festivos recebimientos, me hallo la novedad, el prodigio que en tu reino desdichado y en tu honor ha sucedido. Lleno de horror y tristeza dejo el mar, tu alcázar piso, mucho más que a consolarte, a decirte sin aliño que eres rey, que soy tu hermano y rey también. Los abismos de este nuestro enojo igualen ejércitos vengativos. ¡Vamos sobre Troya, vamos!, y la sangre de sus hijos rebose por las almenas y arrastre los edificios. Ten valor, rey infeliz, y no desmayes tu brío, que también irá a tu lado el cielo, que es compasivo. Señor, aunque soy troyano, me tiene tan ofendido mi patria y tu brazo heroico tan lleno de beneficios que por ambas causas debo obrar mucho en tu servicio. Yo me tengo de ir a Troya y con desvelos activos seré cautelosamente espía de sus designios. Mi industria ya la conoces, mi amor no se te ha escondido, pues fía de mí tu venganza, que yo de uno y otro fío que tiene Troya de verse en cenizas por mi arbitrio. Aquiles soy, Menelao, y, cuando tantos motivos no hubiera para ayudarte en este duro conflito, el ansia de ver si Héctor es tan bravo como han dicho a esta guerra me llevara con orgullo y regocijo, pues para sola esta empresa pienso que Ulises previno sacarme de donde Tetis reparaba mis destinos. Agamenón, dulce hermano, Sinón, verdadero amigo, Aquiles, joven valiente, con quien mi sangre divido, ¡oh, qué dulces esperanzas les dais a los incentivos del enojo en que me abraso, de la injuria en que me irrito! Mi vida está ya en vosotros, vuestro es mi honor, ya no es mío, tratádmele como vuestro porque con eso yo afirmo que tiene de verme Troya más vengado que ofendido. Pues, hermano, ¡a la venganza! Pues, señor, ¡al sacrificio! Pues ¡al desagravio apriesa! ¡Brillen los aceros limpios! ¡Salgan las cuchillas nobles! ¡Relumbre el arnés bruñido! ¡Relinche armado el caballo! ¡Puéblese el mar de navíos! ¡Contra Paris! ¡Contra Helena! ¡Contra Héctor! Y, si tibios en esto nos viere el cielo, él nos niegue su rocío. El sol esconda sus rayos. La tierra, el fruto preciso. El fuego no nos caliente. Vuélvanse arena los ríos. Bien hayan, amén, las voces que así alegran mis oídos. ¡Albricias, alma, que con gozo cierto la armada de mi esposo entra en el puerto! ¡Albricias, corazón, del regocijo que va entrando en el puerto ya mi hijo! Los instrumentos con alterno gozo truecan unos con otros su alborozo. Al son de las trompetas y clarines danzando entran delante los delfines. Las flámulas inquietas y gozosas culebras son del aire bulliciosas. Los vientos en las velas desiguales tiros de las carrozas son navales. Caballos los bajeles, por más loas, con pretales de espuma traen las proas. Los árboles mayores y trinquetes parece que florecen gallardetes. Hoy ha de ver el tálamo dichoso a Paris de Casandra ser esposo. Hoy descanso en mi hijo mi corona y tendré dulces nuevas de Ansiona. Ya previene la hija de la espuma a batallas de amor campo de pluma. Ya trémulos previenen estos brazos dulcísimos a Paris los abrazos. Ya sabes lo que has de hacer mientras al rey hablo. Sí. Pues no lo dilates, esta es la llave del jardín, que cay de mi cuarto al mar. Voy a obedecerte. Di a Helena que aun este instante vivir sin ella es morir. Padre y señor, vuestra mano que bese me permitid, si digno de tanta dicha esta vez os parecí. Seáis, hijo, bienvenido, que ya os sale a recebir en estos brazos el alma, venturoso yo que os vi. Seáis, esposo, bienvenido. Casandra hermosa... (¡Ay de mí! ¡Qué mal quien sabe adorar agora sabrá fingir!) Aunque no me deis los brazos —mal que no me prometí—, os quiero abrazar yo a vos y mi contento aplaudir porque es la de los desdenes correspondencia civil... Guárdete el cielo, Casandra. (Y a ti te guarde de mí, falso amante, si no sabes con tu obligación cumplir.) ¿Qué hay de Menelao? Partió a Atenas, señor, de mí informado en tus intentos con ánimo de impedir el repudio de Ansiona con su hermano, haciendo mil finezas de amigo tuyo (mal se las agradecí, mas discúlpeme el amor). Mi armada en el puerto, en fin, sus respuestas esperaba cuando esa playa turquí, alterada de los vientos, montaña fue que subir intentó al cielo a apagarle la luz de su azul viril; mal seguro yo en el muelle porque, embistiéndome allí los golpes del mar, dos naves miré en las peñas abrir, saliendo al campo del mar por escaparlas así, me dejé correr fortuna, mas fortuna tan feliz que al serenar la tormenta las costas reconocí de Troya, donde a tus pies tomo puerto. (Esto es fingir la causa que me ha traído. Amor, duélete de mí.) Vengas tú con bien, que todo se enmienda con el vivir. (¿Qué mudanza es esta, cielos, que en su semblante advertí? ¿Aun no me mirará? ¡Ay, ausencia, bien tus efetos temí!) Ven, Paris, donde descanses..., mas ¿qué sonoro clarín es el que rompe los vientos? Seña de que estoy yo aquí. Héctor, hijo de mis ojos, enlazad este olmo, vid dulcísima de mis brazos. Decidme, ¿cómo venís? Muy bueno a vuestro servicio. Ya os salen a recebir mis brazos, Héctor valiente. Y yo a vuestros pies rendí la boca. Hermano y señor. Esclavo podéis decir. (¡Agrado para su hermano y estrañeza para mí! ¡Ay, amor, cuánto tenemos que llorar y que sentir!) ¿Qué hay de Ansiona? Ya murió, con que tienen triste fin las discordias, a esta causa dejé ese campo turquí en que fueron montes vagos los bajeles que regí, viendo inútil la venganza. ¡La nueva más infeliz es que yo pude tener! Las lágrimas reprimir no puedo, que era mi hija. No os deis al dolor así, valed os hoy de vos mismo, vos con vos os repartid, que el entendimiento enseña a sentir y no sentir. Decís bien, pero ¿qué importa conocer que lo decís? Dejadme. Señor. Señor. ¡Oh, qué avarienta —¡ay de mí!— es la condición humana!, pues, en el día que vi cobrados dos hijos, no me bastan a resistir la pérdida de una hija. Venid conmigo, venid, Héctor y Paris, que quiero mis cuidados repartir con los dos..Para sentirlos puedes fïarlos de mí. (De mí no porque no puedo ninguna cosa sentir si no es la ausencia de Helena. ¿Si estará ya en el jardín?) Aun sin mirarme se va. Cielos, ¿esto permitís? Hados, ¿esto disponéis? Desdichas, ¿esto sufrís? ¡Ay, ausencia, qué bien dijo quien dijo que eras civil muerte de amor! ¿Cómo —¡ay, cielos!— quien se despidió de mí tan rendido, tan amante vuelve —¡ah, fortuna infeliz!— tan estranjero a mis brazos que en correspondencia vil le obliga la cortesía a abrazar y no sentir? ¡Mal haya mi amor! ¡Mal haya mi afecto una vez y mil!, pues él le dio la ocasión para que me trate así. ¡Que no haya hombre que no quiera sus deseos conseguir anticipados y luego no haya hombre —¡oh, trato ruin!— que no le pese de haberlos conseguido!, porque así quieren que lo erremos todo, para poderse salir fuera de la obligación nuestra, pues, si lo advertís, corazón, fundan su queja igualmente con decir, si no os rendís, que no amáis; que sois fácil, si os rendís; mas ¿de qué me quejo yo? ¿De que afable no le vi conmigo? ¿No pudo ser que, estando su padre aquí, no quisiese hacer estremos por no darle a presumir que no siente las ofensas que le hizo mi sangre? Sí, bien puede, bien puede ser; puesto que no sea así, hasta matarme su olvido, ¿por qué tengo de morir yo a manos de una sospecha que apenas la conocí? Llave tengo de su cuarto por la puerta del jardín que cay al mío y, pues fue del daño que cometí el instrumento, ha de serlo del desengaño feliz. ¿Qué aguardo? Con ella, pues, mientras le veo asistir a su padre, iré a esperarle para que, hallándome allí, o mi desdicha o mi dicha puedan a un tiempo advertir si me obliga o si me ofende. Celos, conmigo venid, sospechas, no me dejéis, temores, ¿para qué huis? Venid todos, venid todos, que, si es verdad que de mí se venga su olvido, bien os he menester allí para testigos de que mi venganza varonil estos campos de esmeralda vuelve en golfos de rubí, corriendo humanos arroyos de púrpura y de carmín, pues, si Paris es traidor, ¡ay de ti, Troya! ¡ay de mí! Por esta puerta que al mar sale del jardín mandó Paris que te traiga yo a su cuarto por lograr secreto y recato así, pues, entrando de esta suerte, nadie pudo conocerte ni aun verte pudo. ¡Ay de mí! ¿Ahora lágrimas, señora? Pues ¿qué te puede admirar? Ser tarde para llorar. Para llorar siempre es hora. Si el alegría contemplo con que de Esparta saliste, ¿cómo agora estás tan triste? Responda por mí un ejemplo. El que recibe una herida luego, Ismenia, no la siente porque el dolor se desmiente con el calor de la vida; yo, así, herida del arpón de amor, tan fuera de mí quedé que no lo sentí hasta que mi confusión me enseña el daño cuál es, con que en penas semejantes, no sintiendo el dolor antes, le vengo a llorar después. Bien creerás, cuando confieso que agora el riesgo he sentido, que es haberme arrepentido, pues no, Ismenia, pues no es eso, que ser, honor, alma y vida, a Paris sacrificada, si lloro, es de enamorada, pero no de arrepentida. Con Menelao mi hermano por su gusto me casó, no fui su esposa, pues yo forzada le di la mano. Esta razón me disculpa y, si esta parece error, acogereme al amor, que es más segura disculpa, y más cuando el mundo vea que conmigo se casó Paris, pues no dudo yo que reina de Troya sea. Que te lo ha ofrecido así testigo es, señora, el cielo. Volviendo yo a ese consuelo, vuelve tú a buscarle y di que ya en su jardín estoy, que en él amante le espero y que de su ausencia muero. Al punto a servirte voy. Yo, en tanto, sobre estas flores veré si puedo aliviar las fatigas que del mar han sacado mis temores. ¿Oyes, Biznaga? ¿Hay mujer de trato tan enfadoso? ¿Por qué estás tan desdeñoso? Porque no te puedo ver. ¿Hay desvergüenza ni esceso como el que escucha mi amor? Cuando me gozas, traidor, ¿no me puedes ver? Por eso. ¿Es posible que mi fe no te ocasiona a desvelos? No. Pues yo te daré celos. Entonces te adoraré. Pues ¿para qué fue empeñarte en robarme, a mi pesar? Yo lo hice por robar mucho más que por robarte. Uñas, ¿aquesto sufrís? ¿«Uñas» dijo? ¡Huyendo! Espera. No solo a Paris me fuera, pero me fuera a París. Pues yo tras ti, picarón, he de ir hasta Berbería. ¡Qué bien por mí se diría agora aquella canción!: Si no le hubiera mirado, no penara, mas tampoco le mirara. ¡Gran dicha para mí fuera no haber visto este homicida! No quedara tan perdida, pero mucho más perdiera que viera si no le viera y ¡cuál quedara —¡ay, Dios!— si no le mirara! ¿Para qué, desconfïanzas, tan aprisa me matáis que atropelladas no dais lugar a las esperanzas? Presto saldrán mis recelos de duda. ¡Ay, hermosas flores!, quien ayer os dijo amores hoy viene a pediros celos... Y ya con más ocasión de la que yo presumí. ¿Qué es lo que miro? ¡Ay de mí! ¿Es fantasma, es ilusión del alma este celestial objeto? No he visto cosa en mi vida tan hermosa que me parezca tan mal. ¿De Paris en el jardín y en su mismo cuarto, cielos, tan bella mujer? ¡Ah, celos, presto llegastis al fin!, aunque en parte convencida me dejáis y asegurada que no estará enamorada, supuesto que está dormida, mas ¿para qué estoy dudando lo mismo —¡ay, Dios!— que estoy viendo? ¿Ella es la que está durmiendo y yo la que está soñando?, pues no ha de ser. Deja el sueño, bella estranjera mujer, porque tengo de saber... Mi bien, mi señor, mi dueño, dame los brazos. ¿Qué escucho? Mas, ¡ay, infeliz!, ¿qué veo? (¡Con qué de dudas peleo!) (¡Con qué de temores lucho!) ¿Quién sois? ¿Quién, señora —¡ay, Dios!—, y qué hacéis aquí?, querría saber. Eso es lo que había de preguntaros yo a vos, pues más razón, dama bella, será quien os llega a ver en su casa a vos saber quién sois y qué hacéis en ella, pero, ya que habéis ganado de mano,... (¡Confusa muero!) .daros la respuesta quiero a lo que habéis preguntado. Yo soy Casandra y aquí es la causa por que estoy que esposa de Paris soy. ¿Habeisme entendido? Sí. Pues decidme agora vos, ¿quién sois y vuestra fortuna? Aunque la pregunta es una, las respuestas serán dos, pues con otro estilo yo digo que no sé de mí ni quién soy ni qué hago aquí. ¿Habeisme entendido? No, y, si a este jardín acaso por esa puerta del mar os entrastis a espaciar, volved, volved a ella el paso y agradecedme que os doy disculpa que vos me deis y ved que, si os detenéis, tan loca, tan ciega estoy que podrá ser que mi vana altivez su ira os advierta y, si no acertáis la puerta, salgáis por una ventana. Gran ventaja me lleváis en esta lid de las dos, pues sé con quién hablo y vos no sabéis con quién habláis. Y, aunque desairada quedo, de no responderos gusto, que, como a quién sois no es justo, pues como quién soy no puedo. Y, así, cumpliendo las dos obligaciones yo, al fin me iré, mas no del jardín ni del cuarto. Guárdeos Dios... Esperad, oíd. Aquí la dejé. Y aquí está. ¿Cómo te sientes fuera del mar, mi bien y mi dueño hermoso? Aunque ni soy bien ni dueño, como dueño y bien respondo que muy mal porque en la tierra mayores tormentas corro de cuantas pudiera darme el menos seguro golfo. ¿Qué es esto, Biznaga? Esto es dar al traste con todo. Casandra, ¿tú aquí? Sabiendo que estos jardines vistosos deidades albergan, quise ver y admirar sus adornos. ¡Vive Dios que tú lo has dicho!, pues tú lo has sabido solo. ¡Muerte te he de dar! Señora, mi vida en tus manos pongo yo. Calla, infame alcagüete, que tú eres causa de todo. ¡Muy buenos dos nombres tengo y a buen sagrado me acojo! No te entiendo, ¿por quién dices en sentidos misteriosos aqueso de las «deidades»? ¿No me entiendes, engañoso, traidor, falso, aleve, ingrato? ¿Tan poco debes, tan poco a mis finezas que traigas a mi casa y a mis ojos una estranjera hermosura que ya en tus jardines topo? (Si ella la topó, ¿qué culpa hay contra mí?) (Estoy dudoso.) (¡Que hayan de holgarse los amos y de pagallo los mozos!) (Ella vio a Helena. ¿Qué haré?) (Desenojarla es forzoso para que no lo publique.) (No sé si sabré.) El enojo suspende, Casandra, en tanto que de esa dama te informo; sabrás quién es y sabrás... Pues la voz de Paris oigo, oír quiero. ¿Qué he de saber? Que no te ofendo y te adoro. ¡Ah, traidor! ¿Cómo es posible lo que veo ser dudoso? Como lo que ven los celos son chismes que traen los ojos, ¿quieres ver cuánto se engañan? Mira ese celeste globo que en el color significa estos mortales enojos, ¿desde aquí no te parece que un zafiro luminoso le rodea? Pues, si acercas a la esperiencia el antojo, verás que allí no hay zafiro ni otro cuerpo que haga estorbo y que es lo azul que miraste un poco de aire que solo por tener color de celos es uno y parece otro. Esa dama es de mi hermano Héctor, yo por él la escondo. Y, si la satisfación ha menester en su abono, por ventura el voto mío yo desde aquí se le otorgo. (¡Hemos hecho buena hacienda!) (¿Qué he de hacer?, que estoy absorto.) (Dar ahora con un engaño, después con un desenojo, que a mí más de dos mil veces me ha sucedido lo propio.) Y, para más desengaño de que yo a Paris no importo, me ausentaré agora que sus satisfaciones oigo. Eso no, espera. (¡Oh, qué rato para un mirón tan gustoso!, aunque, como son princesas, no habrá aquello de los moños.) ¿Qué me detienes si soy de Héctor? No me hagas estorbo, déjame buscar mi dueño. Si he de creer lo que oigo, no la tengas. No es posible. Déjame. Es dificultoso, que amor bien puede en ausencia con un daño enmendar otro, mas cara a cara no puede y, aunque se aventure todo, no ha de quedar el amor mal desairado del odio. Perdona este desengaño, Casandra, porque estoy loco de amor y, así,... No prosigas, que, aunque a hablar vas en mi abono, no ha de ser, que más te quiero cortesano que amoroso porque es necia la que funda aplausos vanagloriosos en los desaires de otra y vendrá a servirme solo de que aprendas el camino de hacer conmigo lo propio. Que el desengaño me ofrezcas, Paris, yo te lo perdono, pero el haberle intentado tan necio, tan riguroso delante de otra no puedo y, así, a los cielos invoco en mi favor: ¿cómo, dioses, si sois justos y piadosos, no arrojáis rayos que den venganza al mundo y asombro? ¡Arma, arma! ¡Guerra, guerra! ¿Qué es esto? En gemidos roncos el viento responde. Cielos, suspended vuestros enojos. La primer vez es que vi responder los dioses prontos. ¿Qué es esto? ¿No hay quién me diga la causa de este alboroto? Héctor, Paris, hijos míos, ¿adónde estáis? La voz oigo de mi padre. Por si viene, hacia esta parte me escondo. ¿De qué servirá si yo diré tu traición a todos? Señor, ¿qué es esto? No sé, mas, a lo que reconozco, las atalayas del mar con mil fuegos luminosos han hecho señas de guerra. Yo os podré informar de todo. La más poderosa armada que han sustentado en sus hombros los imperios de Neptuno, poblada ciudad de escollos, vaga montaña de entenas, es la que hoy en nuestros golfos tan feliz navega que, sin que nadie la haga estorbo, cubre tus campos de gentes que son de su vientre abortos; a correr salí la playa, en cuyas orillas topo este soldado que dice que, sin descubrirle el rostro, a tu presencia le traiga, que él te informará de todo. Dime, soldado, ¿quién eres? Primero, señor heroico, me has de pagar la fineza, con que a tus plantas me postro, asegurando mi vida. Prosigue, que yo la otorgo. Pues ahora diré quién soy..¡Sinón! Segunda vez pongo la boca, invicto señor, hoy a tus pies generosos y, por que veas que siempre he conservado animoso en mi pecho aquel amor que a su patria deben todos, salgo con secreta fuga de Grecia, no con tan pocos riesgos que el llegar aquí no parezca milagroso, para avisarte, señor, de que Menelao, quejoso, ofendido y agraviado de aquel detestable robo que de su esposa hizo Paris... Espera, ¿qué es lo que oigo? ¿Qué dices? (¡Válgame el cielo! ¡En qué de dudas me ahogo!) (Llegó el fin de mis desdichas.) (De mis venganzas, el logro.) No te entiendo. ¿Qué es aquesto, Paris? La razón ignoro de Menelao. Yo no y, así, yo por él respondo: esta, señor, es Helena. Turbada, a tus pies me arrojo, donde,... (¡Ay, infeliz de mí!) .si los suspiros que formo, si las acciones que muevo, si las lágrimas que lloro han de merecer contigo algún afecto piadoso, solo sea suplicarte me entregues al riguroso cuchillo de mi enemigo para que en mí quiebren todos sus rigores y sus venganzas, sus iras y sus enojos; muera yo, pues fui la causa. (Cayeron sobre mis hombros montes de dificultades. ¡Ay, mal entendido mozo! ¡Ay, mal regida hermosura!) ¡Quitaos, quitaos de mis ojos! Señor... No me digáis nada. Señor, los pechos heroicos, antes de venir el daño, procuran ponerle estorbos, después de venido, medios; mi hermano lo erró —es notorio—, pero, porque él lo haya errado, ¿hemos de errarlo nosotros? Prosigue, prosigue tú... Menelao, en fin, quejoso, valiéndose de su hermano Agamenón, que ya propio este baldón intitula, y del grande Telamonio, hermano de ambos y quien tuvo los avisos prontos, juntando gentes diversas y ejércitos numerosos, por tierra y mar vienen ya a desagraviar su solio; tres hermanos y tres reyes a Troya amagan destrozos, todos tres agravïados y todos tres poderosos la disposición que trayn es, fïados en el ocio que Troya goza, embestir y entrar en ella de abordo primero que se prevenga. ¿Hay tan gran flema? ¿Estáis sordos? ¿No escucháis ya más vecinos esos instrumentos roncos? Ea, hijos, pues no es tiempo de consejos ni de enojos, juntos al muro acudamos, muramos, muramos todos, que reprenderos es uno y desampararos otro. Defendámonos agora de aqueste primero arrojo, que puertas a Troya quedan por donde salga animoso yo con gentes que destruyan la osadía de esos locos. ¿Viene Aquiles? Sí, señor. Agora estoy más gustoso. Paris, tu hermano y tu amigo soy, tú verás cómo pongo mi vida en defensa tuya y de ese divino asombro. Héctor, por mujer me ampara. Con los brazos te respondo. ¡Ay, Helena de mi vida, por ti siento estos enojos! Pues no los sientas por mí, que a tu lado seré asombro de valor. Yo, de venganza, y en ti empezarla dispongo. Falso troyano, ¿así pagas a Menelao, rey piadoso, las finezas que le debes? Cuando de tu centro propio desterrado él te recibe y con títulos honrosos se sirve de ti, ¿le vendes?, pero sois troyanos todos. Casandra, mucho te estimo esos baldones y enojos, pues tú con verdad los dices y yo sin culpa los oigo. ¿Podré hablar claro? Bien puedes. Pues esto ardid cauteloso es de mi ingenio, a saber vengo designios y modos de Troya para que así hoy menos dificultoso sea su castigo. Agora sí que los brazos te otorgo. Paris, ese traidor güésped, mi amor y mi honor quejosos tiene. Mi patria ofendido me tiene a mí. Pues furiosos,... Pues osados,... .los dos demos... .causemos los dos... .asombros,... .escándalos,... .iras. .muertes. Ea, griegos valerosos, arrimad esas escalas y entremos en Troya todos. ¡Al foso! ¡Al muro! ¡Al asalto! Subid, que todos sois pocos. Ya embisten los griegos. Ya los de dentro valerosos se defienden. Ven conmigo, no nos haga sospechosos el faltar de la ocasión. Dices bien. Cielos piadosos, ¡valedme! ¡Ay de mí, infelice!, parece que nado un golfo de sangre griega y la mía corre en líquidos arroyos. Ya rechazada mi gente se retira y yo en el rostro herido salgo. ¿No basta, fieros astros injuriosos, desperdiciarme el honor sin verter mi sangre y todo?, mas empezar yo esta guerra a que he venido agraviado, celoso y desesperado, dando mi sangre a la tierra, algún gran misterio encierra y es sin duda en mi favor, que el cielo mi valedor quiere que aquí me desangre y a este campo dé mi sangre para que me cobre amor. ¡Ah, qué piadoso y atento mi bien en mi mal previene!, pues quien de mí sangre tiene tendrá de mí sentimiento. Empiecen, pues, al momento del castigo los ensayos engendrando sin desmayos por que estos falsos perezcan, vapores que a nubes crezcan para diluvios de rayos; mas, si engañado me arguyo con el dictamen que sigo y acaso fuere castigo lo que a favor atribuyo, yo por eso no me escluyo de esperar —aunque no luego de mi venganza— el sosiego, pues ve mi pena gustosa que es verter sangre celosa lo mismo que sembrar fuego. Ya adquiero nuevo placer con mi sangre derramada, que en estos campos sembrada mies de llamas ha de ser, con ellas Troya ha de arder y allí el mundo en mi desvelo verá en común desconsuelo dos soles con pesadumbre: uno que hacia el suelo alumbre y otro que alumbre hacia el cielo. ¡Menelao! Allí mi nombre un acento lastimoso da a los aires. ¡Menelao! Ya en otra parte le oigo. Esto es andarme buscando mis vasallos cuidadosos. Por aquesta parte vuelven, acudamos al socorro. ¡Señor! ¡Hermano! ¿Qué es esto? ¿Va herido? ¿Cómo absortos andan por allí los griegos? Herido, mas tan brïoso que quiero volver del muro al asalto y al destrozo. Hermano, aquesta ocasión la ha perdido lo fogoso del valor de nuestros pechos. No apuremos más el odio de las estrellas, que el sitio nos ha de hacer vitoriosos. ¡Muy poco os dura el valor, griegos, para estar celosos! De la muralla nos hablan. ¡Dad otro asalto, bisoños! Con baldones nos injurian. ¡Buena la habéis hecho, bobos! A Menelao le decid, griegos, que Helena es escollo en la muralla, que rayos vibran en el acero hermoso. Menelao es quien lo escucha, infames. ¿Cómo no arrojo el corazón allá dentro por que los abrase a todos? También le diréis a Aquiles... Yo soy, di, que ya te oigo. Que Héctor te ha de dar la muerte. Aun está el hado dudoso. A Agamenón le diréis que no haga el agravio propio que es ajeno o que su sangre será también mi despojo. Yo se lo diré, troyano. Rabiando estoy del enojo. Vamos, señor, a tu tienda. Vamos, pues que ya es forzoso. Mis troyanos enemigos, yo triunfaré de vosotros. ............. volved a Esparta. ..... locos troyanos ........
JORNADA TERCERA
Nadie salga conmigo hasta que reconozca al enemigo, yo mismo de mí mismo espía perdida que, habiendo la facción de esta salida de correr por mi cuenta, de nadie mi valor fïar intenta las noticias de cómo su campo está y, así, a mi cargo tomo ver si viven en vela la ronda, el batidor, la centinela o si la confïanza de llevar por asedio su venganza descuidados los tiene. Mira... ¿Qué he de mirar? Que no conviene ir tú, que no es cordura la de aquel general que se aventura sin gran necesidad. El ver no es poca sin lo de si me toca o no me toca, que, si los generales y cabos principales todo lo oyeran y lo vieran todo, la milicia estuviera de otro modo y, así, pues que, partidas entre los dos las lides, las salidas a mi cargo he tomado y la ciudad sé que queda a tu cuidado, y adiós hasta que vuelva por la gente. ¡Que en eso se resuelva tu valor! Sí. ¡Qué grave ley la de la obediencia!, pues no cabe en mi amistad que, habiéndome fïado la ciudad, te acompañe. El buen soldado mil días que pelea no merece tanto como un instante que obedece. Óyeme, pues. ¿Qué quieres? Avisarte que tampoco no es bien que en cualquier parte un soldado no tengas con quien de los avisos me prevengas. Has dicho bien. Biznaga, ven conmigo. ¿Con quién hablas? Contigo. ¿No hallaste otro peor? No. Dios te guarde, que tú siempre me honras. El cobarde solo para esto es bueno, pues, de temores lleno, vendrá con él el orden más seguro, habiendo el orden de venir al muro. Si a aqueso voy, linda elección hiciste. ¿El nombre? Amor. (Jamás quedé tan triste.) Afrenta es del valor que dentro encierra Troya que Grecia venga a hacernos guerra y que estemos seguros en el recinto solo de los muros. ¿Vienes, Biznaga? Y con tan grande miedo que ser Biznaga hoy in utroque puedo. En el silencio de la noche fría, tumba funesta de la luz del día, el enemigo campo quieto yace. Pues yo voy a avisar de lo que hace. ¿Adónde vas? Detente. ¿Tú no dijiste que tan solamente para avisar venía de todo? Sí. Pues la obediencia mía vuelve a avisar corriendo que no hagan ruido porque está durmiendo el enemigo. Aguarda, esta avenida de la ciudad es principal salida y no hay postas en ella. Pues, señor, si no hay postas, no corrella, echa por otro lado. ¿Ves allí un bulto? ¡Y grande! Mi cuidado lo que hoy te ha de servir no dificulto. ¿Dónde vas? A avisar de que hay un bulto. Detente y no hagas ruido, que la vida te va en no ser sentido. ¿La vida? No hay dudallo. ¿Y es lo mismo, señor, sello que estallo? Aquella es centinela que cuidadosa vela. Si a prenderla llegara, la vitoria con ella asegurara. ¿Tanto te importaría? Sí. Pues hoy has de ver mi valentía, yo he de traella. ¿Cómo has de traella? Avisando que vaya otro por ella. ¿No es mejor, pues ya estamos empeñados los dos, que los dos vamos? No, ni aun tan bueno. Advierte de qué suerte ha de ser. Di, ¿de qué suerte? Ardiéndose estaba Troya, torres, cimientos y almenas, que el fuego de amor a veces abrasa también las piedras. ¿Oyes aquello, señor? Las postas tienen licencia de valerse contra el sueño de todas las diligencias posibles y, así, cantando no es mucho que se divierta. Sí, pero ¿decir que Troya se abrasa? Siempre el poeta como acontecido pinta lo que quiere que acontezca. Tan altas suben las llamas que compiten sus pavesas en el número y las sombras con la noche y las estrellas. ¡Mal haya el autor infame de la voz, el tono y letra! Voy a avisar, que esta es grandísima desvergüenza. Pero ¿qué mucho que Troya sea ruina de sí mesma, muerto el valeroso Héctor, que fue su mayor defensa? ¿Muerto Héctor? ¿Qué he escuchado? ¡Bien que de mí no se acuerda! Dos veces, dos veces ya me importa ir. A mí doscientas. A prender, digo, esta posta. Yo digo que a no prenderla. Tú has de llegar porque, en tanto que te reconoce, pueda yo por detrás de estas ramas irla ganando la vuelta. Condición sine qua non fue que contigo viniera para que a posta avisara, no para que a posta prenda. Quita, cobarde, que yo, que me sienta o no me sienta, que toque o no toque el arma, he de abrazarme con ella. ¡Yo no!, que no abrazo bien sin cariño. Voz funesta que, oráculo de mi muerte, me pronuncias la sentencia, hoy has de morir. Biznaga, rendida la tengo, llega. ¿Rendida? Sí. ¿Bien rendida? Tanto que ni habla ni alienta. Pues no la sueltes en tanto que voy a decirlo. Espera, que ya es más mi confusión al mirar cuán sin defensa se deja rendir. ¿Qué es esto? ¿No bastan las sombras negras de la noche sin que otras cubierto el rostro te tengan? Veré quién eres. ¡Ay, cielos! ¡Hemos hecho buena hacienda! ¿Quién eres, quién, sombra muda? No es sino harto vocinglera. ¿No me has conocido? No, porque tus pálidas señas y las sombras de la noche me han borrado las ideas. Yo soy Ansiona tu hermana, que, como causa primera de la destruición de Troya, sobre Troya se lamenta. Vuelve, vuelve a la ciudad y di que a Sinón no crean ni tú faltes de sus muros por que yo a decir no vuelva que el fuego de amor a veces abrasa también las piedras... Espera, detente, aguarda. ¿Para qué quieres que vuelva? Déjala ir, que harta merced nos hace. Todas aquestas son mágicas de los griegos. Más parecen de las griegas, que, cuando yo era chiquillo, solía contarme mi agüela por que no pidiera pan. No te acobardes ni temas, que antes a mí más valor me ha dado, pues quien intenta valerse de los encantos poco fía de las fuerzas. Ven conmigo... ¿Dónde? .al muro... Eso haré yo de muy buena gana. .para que me entregue la gente Paris y vuelva... Eso haré yo de muy mala. .a desmentir las sospechas de que puedo yo temer fantásticas apariencias y, por que no entre pavor en algunos, considera que has de callar lo que has visto. No hablaré más que una bestia. ¡Ah del muro! ¿Quién va? Amigos. Haga alto y el nombre venga. Amor. Pase. Héctor hermano, con bien a mis brazos vuelvas. ¿Qué hay del enemigo? Hay que no parece que cerca ciudad adonde Héctor lidia ni adonde Paris gobierna, según está descuidado. Tanto que sus centinelas, aunque cantan como vivas, no sirven más que unas muertas. Calla, villano. Y, así, la gente, Paris, me entrega que me ha de seguir. Aquí prevenida está y dispuesta. Pues adiós. Adiós. Vasallos, escuchad de qué manera habéis de portaros. Libio. Señor. Cajas y trompetas te sigan por esa parte y a mí la gente por esta; en llegando a descubrir las primeras centinelas, el arma toca tan viva que obligue a acudir a ella con todo el grueso al contrario, de suerte que entonces pueda yo, que emboscado he de estar en esta inculta maleza, cargarle en la retaguardia. Tú verás mi diligencia. Vosotros aquí conmigo esperad todos alerta. Pues has querido, Casandra, disfrazada y encubierta, dejando a Troya esta noche, pasarte al campo de Grecia, en tocando el arma, sigue mis pasos, que yo a la tienda de Menelao te guiaré. A ser rayo voy dispuesta de Troya, pues no me toca menor parte de la ofensa de Paris, traidor dos veces a mi sangre, por que vea en mí el mundo que con celos no hay mujer que no convierta en rencores los cariños y en venganzas las finezas. ¡Vive Júpiter que tengo...! ¡Arma, arma! ¡Guerra, guerra! Ya el arma tocan, ninguno embista hasta que orden tenga. ¿De dónde, Aquiles, el arma viene tocada? De aquella parte, que es de Agamenón cuartel. Pues a socorrerla al punto el retén acuda y, en tanto que voy yo a ella, tú, Aquiles, cubre este puesto con la gente que gobiernas, no sea falsa aquella arma y por otra parte vengan. Ve seguro, que este paso conmigo, señor, lo queda. Ya allá se van empeñando. ¡Arma, arma! ¡Guerra, guerra! Agora es tiempo. ¡Ea, troyanos! ¡Viva Troya! ¡Viva Grecia! ¿Cómo ha de vivir si Héctor, abrasada ruina vuestra, os embiste? Siendo Aquiles quien te sale a la defensa. Mucho me güelgo que tú cabo de este puesto seas. Y yo de que tú me embistas. Pues ¿qué aguardas? Pues ¿qué esperas? ¡Viva Grecia! ¡Viva Troya! Casandra, no te detengas, ven conmigo. Ya te sigo. ¡Arma, arma! ¡Guerra, guerra! ¿Hay tan grande bobería como sin Dios ni conciencia matarse los hombres solo por honra como si fuera la honra alhaja que se ve ni el tenerla o no tenerla sirviera de algo en el mundo? ¡Miren cuál anda la fiesta! Noche, tu sombra me ampare, que con esta diligencia de huir o quedarme escondido podrá ser que algo merezca... Troyanos, ¡a retirar!, porque con toda su fuerza carga el enemigo. Infames, ¿qué es «a retirar»? ¿Qué intentas si ves que toda tu gente solo y herido te deja? Daros la muerte yo solo..., mas ¡ay de mí!, que las fuerzas al corazón no obedecen, pues él sobra y faltan ellas. Ríndeme las armas. Yo morir puedo a la violencia del hado, mas no rendirlas. Llegad, llegad, por que muera matando, pues tendré solo por consuelo en mi tragedia que la falta de mi sangre he suplido con la vuestra, bebiendo más por la boca que por las heridas vierta... mas ¡ay!..., mas ¡ay!, que es forzoso que ya al decreto obedezca de los dioses. ¡Ay de ti, Troya!, pues ya no te queda[n] esperanzas de no verte en tus cenizas envuelta. Ya murió. ¡Válgame el cielo! ¿De qué lloras? De que sea tan infeliz que me falte contrario de tantas prendas. ¡Con cuánto pavor el alba esta mañana despierta! ¿Qué mucho si sale solo a ver lástimas y penas? Gran daño han hecho en los nuestros los troyanos. Y aun no quedan ventajosos, pues en sola una vida que les cuesta la salida pierden más que nosotros en la inmensa multitud de los heridos y muertos. ¿De qué manera? Muriendo Héctor a mis manos, que fue su mayor defensa. De la lástima y la ira las dos pasiones me cercan más poderosas: por una parte, el corazón me quiebra ver tan valeroso joven rotas las armas sangrientas; por otra, el ver que es tu sangre la de mi enemigo mesma me da gana de arrojarme como hidrópico a beberla; y es entre estos dos afectos tan poderosa la fuerza de la ira que es preciso que en mí a la lástima venza. Llevalde y sobre un pavés, poniendo en él unas cuerdas al compás de destempladas cajas y roncas trompetas, alrededor de los altos muros de Troya le arrastrad. Vean los troyanos que mi saña aun en los muertos se venga. Dame, gran señor, tus pies. ¡Oh, Sinón amigo!, vengas con bien, que tú solo eres escepción de aquesta regla general de los troyanos. Más lo seré cuando sepas a quién de Troya he traído. ¿A quién? A Casandra bella. ¿Qué es lo que miro? Casandra. Sobrina. A las plantas vuestras Casandra infelice yace para que la heroica empresa de la destruición de Troya tome otro honor por su cuenta. A casar con Paris... Calla, que al oír su nombre revienta el corazón en el pecho, bien como el que de la fiera rabia herido está, que siempre que oye algún latido tiembla. Prosigue, pues, sin nombrarle. De nuestras bodas las fiestas ya prevenidas estaban cuando vino aquella nueva de que tú —¡ay de mí!— a Ansiona repudiabas, con que cesa el casamiento y, tratando qué medio el repudio tenga, el medio fue que volvió quien fue a tratarle —no temas que te le nombre—, trayendo a Helena robada. ¿Y esa es atención? ¡Ay, Casandra!, no me nombres a esa fiera, pues por quitarme de un riesgo me pones de otro más cerca. Mucho me pesa que cuanto pronuncie pesares sean y, así, a callar me resuelvo por no decir los que restan. Luego ¿hay más? Sí. Pues prosigue, apuremos dónde llegan. Troya, que de tu venganza es asunto, de manera defendida está en sí misma que es imposible que puedas rendirla, si no es que el trato la postre sin que la venza. La multitud de sus gentes es tan grande, es tan inmensa que parece que sus calles hombres armados engendran. El hambre, que es quien podía afligirlos, los alienta a hacer esfuerzos tan grandes que con suma providencia en muros, rondas y plazas aran, cultivan y siembran, cogiendo frutos de que todo el año se sustentan. Las armas, las municiones y los pertrechos de guerra dentro los labran de suerte que no hay cosa que no tengan. Fuera de esto, prisioneros han dicho que ya de Grecia bastimentos y socorros no vienen con la asistencia que solían porque el tiempo va enflaqueciendo las fuerzas y ejércitos numerosos que en país contrario campean y que no ha[n] de comer más que lo que trayn de su tierra no es posible sustentarse, con cuyas razones piensan que presto el sitio levantes y roto y deshecho vuelvas y, así, con esta esperanza todos se animan y alientan a no rendirse. ¡Ay de mí, Casandra!, que todas esas razones verdades son y no siento que lo sean tanto porque sean verdades como porque ellos las sepan. ¡Ay de mí otra vez! Hoy pierdo la esperanza. No la pierdas, sino fía de la industria lo que le falta a la fuerza. Yo daré medio..., mas ¿quécajas y trompas son estas? Las que quiero que celebren hoy de Héctor las esequias, arrastrándole a la vista de Troya. De esa sentencia, si es que de mí has de fïarte, empezarán mis quimeras a ocasionar sus motivos. Para todo doy licencia en orden a mi venganza. Pues el primer paso sea que a una fábrica que yo trazaré asistan y atiendan los artífices que pida; luego, aunque amotinar veas tu ejército contra ti, ni te receles ni temas; ni tú, aunque veas llamarte su rey, no te desvanezcas, que es por donde han de empezar los engaños y cautelas de la astucia de Sinón a ser en el mundo eternas. Toma este anillo y por él di que todos te obedezcan. No sé si en fïarte tanto, señor, de un troyano aciertas. Ya como perdidas obran mis esperanzas. Cubiertas de varias gentes se ven de Troya torres y almenas, atendiendo al ronco son de cajas y de trompetas. Llegad conmigo, que quiero hablarles desde más cerca. ¡Ah de los muros! ¿Quién llama? Quien avisaros intenta con una acción que ninguno espere que buena guerra le he de hacer. Aqueste es Héctor vuestro príncipe, aun la tierra no ha de servirle de más que de arrastrarle por ella. ¡Ay, hijo del alma mía! ¿Qué es lo que miro? ¡Qué pena! ¡Bárbaro, fiero, tirano!, si de valiente te precias, ¿cómo de crüel blasonas y en un cadáver te vengas? Como cadáver que tuvo tu sangre, de esta manera se ha de tratar. Poco debo a mi valor si no me echa del muro a vengar su muerte. ¡Paris, señor! No le tengas, ingrata, que esos abrazos me han repetido mi afrenta y me obligarás a que, antes que él aquí descienda, intente subir yo al muro. Señor, mira... Considera... Dejadme los dos. No es bien llegar del muro más cerca. Hijo, tente, no permitas que a los dos en un día pierda. Helena, señor, dejadme... Yo sabré romper sus piedras con las manos, con los dientes, cuando otras armas no tenga. .que me arroje por que el mundo... Obligarás que por fuerza te retiremos. Llevalde. ¡Ah, traidor!, que no me dejan. ¡Ah, crüel!, que me detienen. Bien puedes dejarle, Helena, porque, para que no salga hoy quien anoche a las puertas se quedó de la ciudad, no es menester diligencia. ¡Llevalde de aquí, llevalde! ¿De mí esto se dice? ¡Oh, pesia! De mujer aborrecida de quien es arma la lengua, ¿qué importa?, y más cuando vemos que fugitiva te vengas. Si yo, Helena, me he pasado al ejército de Grecia, a mi patria me he venido, no me he venido a la ajena en los brazos de otro dueño. Esa acción de que te precias aborrecida la has hecho, no sabemos lo que hicieras querida. Yo lo diré alguna vez de más cerca. ¡Ay, infelice de mí, que en tantas dudas y penas soy el centro donde todas tiran sus líneas derechas! Perdí a Héctor y perdí la mitad del alma mesma, arrastrándole a mis ojos por todo el muro le llevan. ¿Cómo es posible que el cielo aquesta crueldad consienta? «¿Cómo es posible que el cielo aquesta crueldad consienta?» en mil repetid[o]s ecos el viento pron[un]cia. ¡Muera Menelao! ¡Agamenón viva! ¿Qué voces son estas y qué es lo que veo? Parece que, envuelto en civiles guerras, el ejército enemigo se amotina y hacia aquella parte del bosque también parece que alguna inmensa fábrica se labra. Cielos, ¿si fortificarse intentan unos contra otros? Dioses soberanos, abrid senda para la paz que deseo porque de cuantas miserias padece un reino ninguna tan grande como la guerra. ¿Tú lloras? ¿No ha de llorar con mil causas mi pesar? ¿Mil? Sí. ¿Cuáles? La una es ver que no te quiero tener y no me quieres dejar; la dos, ver que trueque el hado la suerte de Héctor airada, pues, siendo en tan triste estado tú, Ismenia, la enamorada, es el otro el arrastrado; la tres, que al paso te ofrezcas siempre, doyte a Bersebú y que, aunque visión parezcas, se me aparezca otra y tú no te me desaparezcas; la cuatro es haber nacido tan infeliz —cielos, ved cuán grande esta causa ha sido— que, habiendo yo anoche huido, hoy no me han hecho merced; la cinco... ¡Qué necio estás! ¿Decir todas mil intentas? ¿Por qué a la lengua me vas?, que faltan ya novecientas y noventa y seis no más. Deja locuras y hablemos en nuestros particulares. ¿Merécente mis estremos que me des tantos pesares? Ismenia, en cuentas entremos. Yo, con toda aquesta gala, nueve u diez mozas sospecho que amé, cual buena, cual mala, y lo más que por mí han hecho es enviarme noramala. Quiso Dios y mi ventura que, robada, con Helena veniste de añadidura para que en algo mi pena mejorase tu hermosura. Díjete mi pensamiento, tu palabra me dijiste, llegó la obra y al momento muchísimo me quisiste y muchísimo lo siento; y, así, de todas en ti es bien que vengarme espere porque la que me quisiere quiero que me sufra a mí lo que yo a esotras sufriere. ¿Y es esa buena razón? No es muy mala si me vale. Es engaño y es traición. Calla, porque Paris sale, no aflijas mi corazón. No me sigas, sombra fría. Mi bien. Pálido trofeo. Señor. Ciega fantasía. Paris. Loco devaneo. Mi dueño. Noche del día. ¿Con quién hablas? ¿Qué me quieres? ¿Qué es esto? ¡Estraño rigor! ¿Qué tienes? Ya sé quién eres. Mira. Ya sé que mi amor fue la causa por quien mueres, déjame, Héctor, no teñida en sangre la faz enojos me des. Yo soy tu homicida. ¡Ay, Helena de mi ojos, ay, Helena de mi vida!, ¿tú eras quien estaba aquí? Sí, mi bien, y harto dudosa de verte fuera de ti. Peor fuera, Helena hermosa, verte yo y estar en mí. ¿Qué ha sido esto? No sé. Luego que del muro me quitaron, triste, colérico y ciego, mis sentidos ocuparon mil fantasías, un fuego me pareció que sentía tan voraz que en él ardía toda la ciudad y en él juzgara —¡pena crüel!— que el cadáver de Héctor vía. Mi bien, mi dueño, señor, si de tan justa tristeza tiene la culpa mi amor, no la tiene mi fineza; cree que siento ese dolor más que tú aunque te consuelo, y es porque no puede aquí hacer por ti mi desvelo más que ofrecerte el consuelo que ha menester para sí. A tus pies estoy postrada, puedan mis halagos más que una aprehensión. ¡Ay, amada Helena!, que no podrás..., pero ¿qué es esto? Llamada del enemigo es. Sin duda hay alguna novedad. ¿Qué será? Cobarde y muda estoy. Ya de la ciudad responden. Fuerza es que acuda a ver de esto la ocasión. Yo la diré. Agamenón, ya rey de Grecia, este día una embajada me envía y es quien me la tray Sinón. ¿Qué has respondido? Que entre como embajador, supuesto que el oír al enemigo fue siempre prudente acuerdo. Dame, gran señor, tus plantas, que, aunque hoy a la vista llego como embajador y no como vasallo, no quiero gozar de la inmunidad, pues mi mayor lucimiento es ser por sangre troyano, aunque por costumbres griego. Sinón, ¿qué venida es esta? Quedé anoche prisionero de Grecia y Agamenón hoy su embajador me ha hecho. Esta de creencia es la carta. Escucha ahora atento y sabrás las novedades mayores que ha visto el cielo. Menelao, con el dolor de su agravio y de sus celos, bien que el dolor no disculpa crueldades fuera de tiempo, hoy por vengarse en tu sangre mandó que arrastrasen a Héctor a la vista de tus muros —perdona si te enternezco, que es forzoso repetirlo, pues no es fácil no saberlo—; el ejército, que ya con obediencia y despecho cansado está de sufrir la guerra de tanto tiempo, tomando por ocasión espectáculo tan ciego, contra Menelao su rey se ha amotinado. Algo de eso oí yo desde la muralla. Ahí verás que yo no miento. De las armas entregó a Agamenón el gobierno y, aunque quisiera escusarlo, no pudo, que fuera necio quien a un veloz monstruo que tiene ya vencido el freno de la lealtad con las riendas le llamara del consejo, pues fuera irritarle a más y que no parara en esto; acetó el cargo y apenas se vio en él cuando al momento cargaron sobre sus hombros sus quejas, sus desconsuelos, representándole todos que se hallan pobres y enfermos, desterrados de su patria y arrancados de su centro, que diese fin a la guerra de una vez, que, aunque resueltos estaban a no volver sin honor, sentirían menos morir escalando el muro que no sustentando el cerco. Dejemos en esta parte su razón y su ardimiento y vamos a Menelao, que, ofendido del suceso, dejando el bastón, les hizo un público parlamento. Asentó en él que jamás fue Helena su esposa, puesto que, forzada de su hermano por convenencias del reino de Citara bella, que es isla consagrada a Venus, casó con él, y que, así, no pudo el sacro Himeneo sin voluntad enlazar el yugo del casamiento, que, si había pretendido vengarse con tanto estruendo, solo había sido por dar de tan público desprecio pública satisfación, pero que, ya conociendo para con él sospechosos sus soldados, hacía al cielo protesta que desistía de su venganza. Atendiendo Agamenón que su hermano se daba por satisfecho de que Helena como dama pudo ofender su respeto, pero como esposa no, y que ya todos los medios de aquesta guerra pendían de solo su arbitrio atento, a la lástima de todos y de todos al remedio me mandó venir a darte aviso y dice, en efeto, que quiere de los troyanos atender a los lamentos y de los griegos también quiere atender al destierro, siendo el fin la general paz de troyanos y griegos, que él de su parte pondrá voluntad y rendimiento, en cuya fe dará a Palas por su fiadora, ofreciendo al Ilión de sus muros, donde está su altivo templo, un fabricado caballo que estaba su gente haciendo para consagrarle a Marte jeroglífico perfeto de la guerra y, así, a Palas le ofrecerán, adquiriendo nombre de Paladïón por su nombre y, en efeto, que te jurará en sus aras eterna alïanza y feudo para que con esto cesen tantos rigores sangrientos, tantas repetidas sañas, tantos mortales encuentros, hambres, pestes, mortandades, homicidios, adulterios, robos y delitos como tray la guerra, monstruo fiero que vidas de hombres y brutos son su mejor alimento. Si yo pudiera, Sinón, mostrar mi agradecimiento con palabras, no dejara que respondiera el silencio Dile a Agamenón que yo, estimando sus deseos, una y mil veces admito de su razón los pretestos, que al templo de Palas venga, que traiga el don opulento de ese caballo que labra, donde los dos nos veremos, comprometiendo en su altar con solemne juramento la paz y que, en tanto, haya suspensión de armas, haciendo banquetes, fiestas, holguras entre troyanos y griegos. Con esa respuesta —¡oh, cuánto!— ufano y gustoso vuelvo. Guárdete el cielo. No sé si haces bien en creer tan presto la embajada de Sinón. Pues ¿por qué? Porque le tengo por poco seguro. Cuando lo fuera él, ¿pudiera serlo Agamenón? ¿Por qué no? Porque es rey y no sabemos los reyes mentir. Se entiende eso con los reyes griegos como con esotros. Yo ni lo dudo ni lo apruebo, mas míralo más despacio. Poco hay que mirar en esto, que tan bien como a nosotros les está la paz a ellos. Tú dices bien. Hijos míos, vasallos, amigos, deudos, ya cesa la guerra, ya de paz se trata, muy presto saldréis de la esclavitud en que os ha tenido el cerco. ¡Viva nuestro gran rey! ¡Viva! ¡Qué gozosos, qué contentos la paz abrazan! No ya con bélicos instrumentos aflijáis el aire, sean dulces voces, blandos ecos las que en los muros se oigan. ¡Viva Príamo, rey nuestro! ¡Ay, Héctor del alma mía!, si llegaras tú a ver esto... Izmenia, adiós. ¿Dónde vas? A ver si entre estos festejos no te veo y puedo ver un poco de vino greco. ¿De qué tan triste has quedado? No sé. Mira cuán contentos unos a otros se abrazan y, por las calles corriendo, previenen unos y otros músicas, bailes y juegos. ¿Ves toda aquesa alegría?, pues para mí es sentimiento. ¿Por qué? No sé la razón, pero bien sé que la tengo. ¿Eso ha respondido? Sí, y con tan grande alegría toda la ciudad se vía cuando por ella salí que, aunque Príamo quisiera torcer sus designios, ya presumo que no podrá porque queda de manera a las paces persuadido el pueblo que, si intentara no hacellas, se amotinara. Bien hasta aquí ha sucedido. ¿Y agora qué hemos de hacer? Lo primero, es conveniente que también dé nuestra gente a los de Troya a entender su gusto y, sobre el seguro de la tregua de este día, con música y alegría saluden a los del muro; lo segundo es abreviar la fábrica del caballo, pues solo en el tiempo hallo peligro, que el dilatar estas cosas suele ser su mayor inconveniente. En él labra tanta gente y con tal ansia de ver su gran fábrica acabada que, si está el efeto en esto, pienso que podrá muy presto hacerse en Troya la entrada y yo, pues no me he de hallar en las fiestas de ese día porque la persona mía depuesta han de imaginar, tengo de ser el primero que en su vientre ha de esconder ese monstro que ha de ser preñado monte de acero. Yo con la gente estaré en la campaña advertido para que, en sintiendo el ruido, socorro a tus armas dé. Fácil te será el entrar, pues encima de la puerta dejará una brecha abierta su estatura singular. Quiera el cielo que el suceso responda a la prevención. ¿Qué voces aquellas son? Casandra hermosa, ¿qué es eso? La gente, que persuadida a que la paz que se trata, ninguna intención recata, alegre y entretenida con músicas y con fiestas, tanto al muro se ha acercado que del muro han escuchado dulces festivas respuestas. ¿Quién, dioses piadosos, quién creyera que su alegría en ningún tiempo podía sonar a mi agravio bien? A mi tienda, hermano, voy por que ninguno me vea hablando contigo y crea que doble contigo estoy. Dices bien, y yo a entender daré, a sus fiestas atento, que, como es ese mi intento, me alegro de su placer. Yo, asistiendo a los sutiles artífices, les daré prisa. Ya no hay para qué. ¿Cómo, valeroso Aquiles? Como tal el celo ha sido con que la estatua han labrado que antes de haberla empezado acabarla ha parecido. Pues, si ya no hay qué esperar, Sinón, parte a prevenir; Agamenón, a fingir; Aquiles, a señalar la gente; a vengar tu suerte, Casandra; y yo, mi crueldad. Eso sí, cantad, cantad esequias de vuestra muerte.. ¡Ah de los muros de Troya! ¡Ah de los campos de Grecia! Albricias os pido,... Albricias os pido,... .que empieza la paz. .que acaba la guerra. ¡Albricias! ¡Albricias! Sucedan... Sucedan... .la lira, la caja... .la voz, la trompeta... Yo pido con más razón las albricias, pues es fuerza que quien de cautivo sale la libertad agradezca. Yo con más causa también, pues es preciso que tenga mayor gusto con la paz quien da a su patria la vuelta. ¿Cómo las damas de Troya lo han pasado? Como aquellas damas de hijo de vecino, cerradas y de hambre muertas; ¿las que de Grecia han venido cómo se hallan? Muy contentas porque nunca está[n] en casa y se andan de tienda en tienda. ¡Albricias! ¡Albricias! Sucedan... Sucedan... .la lira, la caja... .la voz, la trompeta... ¿Qué voces son las que anegan nuestra dulce suspensión? Príamo y Agamenón, que a verse y a hablarse llegan. Dame, señor, los brazos, que de eterna amistad han de ser lazos. Y con nudo tan fuerte que no los pueda desatar la muerte. Vos, Paris valeroso, los vuestros no neguéis. Yo soy dichoso (¡quién en ellos te ahogara!) en merecellos. (¡Quién te pudiera deshacer en ellos!) Aquel templo eminente que eleva al sol la coronada frente, sirviéndole su misma ambición de alas, es el templo de Palas en cuyas aras hemos de jurar la amistad que eterna hacemos. Pues, en tanto que viene el gran Paladïón que se previene de mi fe por indicio a su inmensa deidad en sacrificio, los dos al templo vamos, las ceremonias de alianza hagamos. Decid en voz altiva que «¡viva Agamenón!». «¡Príamo viva!» decid en voz sonora. (¿Aquesto apoya mi padre?) ¡Vivan juntas Grecia y Troya!. No quise, Ismenia, salir de estos jardines en tanto que las ceremonias duran y los festejos y aplausos de este día, que no fuera justo que, habiendo causado yo la guerra, embarazara la paz, si al verme mi hermano renovara con mi vista la memoria de su agravio y, así, quiero, retirada, pasar la tarde gozando la lisonja de estas fuentes, la hermosura de estos cuadros, lo poco que resta al día, pues ya el sol en el ocaso le da licencia a la noche para que estienda su manto. Yo por estarme contigo también de ver he dejado la fiesta y ¡sabe mi dios si lo siento!, porque cuando considero cómo está, señora, todo ese campo de varias gentes cubierto, bailando aquí, allí cantando, aquí juegos, allí luchas, carreras aquí, allí saltos, aquí voces, allí grita y aquí y allí merendando, pierdo aquí el entendimiento de ver que allí no me hallo. La pintura te agradezco y, aunque le tenía mandado a Biznaga que viniera, en viéndolo él, a contarlo, ya me has quitado el deseo de saberlo. Pues el paso torceré si a tan mal tiempo oigo mi nombre en tus labios. No te vayas, que de ti saberlo también aguardo. Hácesme mucha merced, que reventara callando. Príamo y Agamenón, después de darse los brazos, al templo fueron adonde sobre las aras juraron eterna amistad. Dejemos aquí a los reyes y vamos a la ofrenda que a la diosa los griegos han consagrado. ¿Viste, señora, tal vez sobre los espejos claros del mar un bajel rompiendo sus espumas de alabastro?, pues tal en golfo de flores sobre las ondas del campo parecía navegar la eminencia de un caballo, bien que sin viento porque en calma el norte y el austro solamente se movían al remolque de los brazos, tan perfecto y tan bien hecho, tan vivo que, a cada paso que daba la gente, él juzgaras que venía andando, cuya majestad causaba tanta admiración y espanto como si mover se viera de este a aquel monte un peñasco. Llegó a la puerta y no cupo, de suerte que derribaron, para que hubiese de entrar, de la muralla un pedazo, con que queda encarecida su estatura, cuyo espacio capaz fuera... ¡Calla, calla! No me le encarezcas tanto, que de imaginarle solo me da horror. Dioses sagrados, ¡no reviente, no reviente el volcán que amenazando mi vida está!, que ya sobra su fuego, pues yo me abraso. Ismenia. ¿Qué quieres? Dime, ¿ha estado Helena en el campo? No, mas ¿por qué lo preguntas? Porque cuantos han estado allá con el vino greco han vuelto a casa borrachos y ella parece que tiene algo de esto. ¡Que me abraso! Señora. ¡Dejadme todos! Mi Helena... ¡Rigor estraño! ¿Qué tienes? Pálida sombra. Pues ¿cómo? Sangriento encanto, ¿qué me quieres, qué me quieres? Tenerte, Helena, en mis brazos. Paris, señor, dueño mío. ¿Qué es esto? Un delirio, un pasmo. Entre estas ramas jurara que había visto a Menelao, teñido el desnudo acero en sangre mía. Pues, cuando, de haber el efeto visto de la paz, asegurado de mi sobresalto estoy, ¿estás tú con sobresalto? No temas y, pues yo vengo gustoso, puedes estarlo tú, Helena. Estando contigo, mayor ventura no aguardo. Biznaga, pues que la noche tan apacible ha mostrado su tranquilidad y el viento yere en estas flores manso, di que en aquel cenador las mesas pongan y, en tanto, por que Helena se divierta de aquel susto imaginado, llama los músicos túy diviértenos cantando. ¿Cómo te sientes, Helena? Muy [buena] con los halagos de tu amor y tus finezas... Entre estas flores y ramos te sienta, que en ellas quiero aliviarme del cansancio. En fin, ¿que vienes seguro de la paz? Estoylo tanto que nuevamente la vida a tu hermosura consagro como prenda que hoy adquiero, porque hasta aquí mi cuidado como ajena te tenía, ya como propia. Eso es falso porque nadie propiedad adquiere en ajenos brazos, sino solamente quien vive en ellos, que el tirano no es dueño. ¿Viste a Casandra? Por que no hables de ella, ¡oh, cuánto me güelgo que este instrumento suene! Tono y letra oigamos. En el regazo de Venus yace Adonis descansando de las fatigas del bosque en las delicias del prado. ¡Qué a propósito la letra viene!, pues yo te idolatro como a mí Venus. Y yo como a mi Adonis te amo. Cuando Marte, que celoso estaba viendo su agravio, en las entrañas de un bruto puso el fuego de sus rayos. Ya no viene bien la letra, pues ya no hay Marte agraviado. Ni bruto cuyas entrañas puedan tener fuego tanto. Al arma tocan sus celos diciendo en suspiros altos... ¡Arma, arma! ¡Guerra, guerra! ¡Mueran todos los troyanos! ¿Qué es esto? ¡Ay de mí, infelice! ¡Traición, traición! Cielos santos, ¿qué confusión es aquesta? Espera, que a verla salgo. Eso no, no has de ir sin mí. Suelta, Helena. De mis brazos no has de faltar. ¿Cómo no, si aquese griego caballo que metió Sinón en Troya es volcán de hombres armados? ¿Cómo? El defenderme a mí es tu obligación. No salgo de ella por esto. []¡Infeliz de mí!, matome mi engaño. Voz de mi padre es aquella. ¿Cómo en socorrerle tardo? En fin, Paris, ¿que me dejas en poder de mis contrarios? ¡Ay, Helena de mi vida!, siempre he de estar a tu lado. ¡Arma, arma! ¡Guerra, guerra! Mal haré si a esto no salgo. ¡Hijo! ¿Cómo allí no voy? ¡Paris! ¿Cómo de aquí falto? ¡Ah, cielos, y quién pudiera dividirse en tres pedazos!, mas ven, Helena, conmigo, muramos juntos. Muramos. ¡Mueran todos! ¡Fuego, fuego! Biznaga, de ti me valgo. ¿Y de quién me valdré yo? Entrad, este es el palacio, arda también y no quede en él el más breve espacio por padrón de mi deshonra. ¿Por qué han de morir quemados? ¿El de Helena, por ventura, era el pecado nefando? ¡Que me muero! ¡Que me ahogo! ¡Que me quemo! ¡Que me abraso! Biznaga, haz tú lo que Eneas, que a su padre lleva en brazos y a Julio Ascanio su hijo entre el fuego de la mano. Que Eneas se escape, vaya, y Anquises también lo paso, mas ¡que, quemándose todos, haya de librarse Ascanio! ¡Arma, arma! ¡Guerra, guerra! ¡Ah, traidor!, que te has vengado con traición. Agora sabes que no hay traición sobre agravios. ¡Huye, Helena de mi vida!, mientras muriendo te amparo. Huyendo iré. ¿Dónde has de ir?, si yo estoy, ingrata, al paso. ¡Valedme, cielos! Los cielos no podrán conmigo tanto como puede tu hermosura, ella me detiene el brazo. ¿A[g]ora es tiempo de amor? No es aquesto amor, la mano me tiembla. ¿Temor? Tampoco, poder es más soberano, pues quien no temió venciendo teme una mujer llorando. Tu honor ofendió. Bien dices, mas sus lágrimas... Tu agravio... Sus sentimientos... Tus celos... ¡«Celos» dijiste! ¿Qué aguardo? ¡Válgame el cielo! ¡Ay, Helena, con cuánto dolor te mato! Menelao. Agamenón. ¿Y Paris y Helena?.Entrambos están ya a mis manos muertos. Yo en la ciudad no he dejado parte alguna que no abrase mi furia. Ya los más altos edificios ruinas son. A la campaña salgamos, verás desde su eminencia el más sangriento teatro. ¡Ah, traidor, que por ti solo hoy han perecido tantos! ¿Ese pago a mis finezas das? Sí, que aqueste es el pago de un traidor por que conmigo no hagas después otro tanto. Vuelve los ojos a ver aquesa ruina. ¡Oh, tu raro padrón de fuego a los cielos les cuenta mi desagravio!, para que con esto acabe, esperando el que esta escribió perdones, ya que no merezca aplausos.
