Texto digital de El prodigio de Alemania
Metadatos de la obra
- Atribución tradicional
- Pedro Calderón de la Barca y Antonio Coello y Ochoa
- Atribución estilometría
- Sin resultados estilométricos disponibles
- Género
- Comedia
- Procedencia
- El texto utilizado ha sido preparado por Germán Vega (a partir de la suelta sin datos de imprenta BNE: T/55360/59).
Aviso
Puede incluir errores u omisiones. Si dispones de una edición mejor, te agradecemos que contactes con nosotros para incorporar actualizaciones.
Licencia
Cita sugerida
Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El prodigio de Alemania. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/prodigio-de-alemania-el.

EL PRODIGIO DE ALEMANIA
JORNADA PRIMERA
Esos caballos, Roberto, en esta maleza bronca fía a dos troncos. Serán hasta que llegue el aurora vegetativas estalas donde descansen y coman. Es la oscuridad tan grande, y son tan cultas las sombras, que es menester fomentallas como los versos de ahora. Mas ya quedan boca abajo, adonde frescas alfombras en pesebres de esmeraldas, grata les ofrece Flora. Cansado estoy. Yo molido. ¡Que haya quien la posta corra en el mundo! Al de Frislán obedezco, porque importa avisar con brevedad a la cesárea persona del emperador la muerte del de Suecia, pues rotas quedan sus escuadras ya, que la altiva Babilonia de sus locos pensamientos la imperial águila postra. Gloriosa victoria ha sido. No se lee más gloriosa ni en corónica de España ni en los anales de ahora. A mi lealtad convenía el no detenerme un hora, mas, cansados los caballos, la diligencia me estorban. ¿Quién hay que a las inclemencias del cielo, señor, se oponga? Dices bien, que el cielo en ondas de opaco horror escurece las celestiales antorchas y, desquiciando los montes, bajeles son que zozobran en diluvios de agua y viento, sin que se espere paloma que en tanta tormenta sea de la paz anunciadora. Ya lo inmortal de inmortal los privilegios no goza, porque lo cuatro elementos en si mismos se equivocan. Toda es miedos la campaña, y la vaga región toda asombro. El euro y el noto, que en las terrestres mazmorras presos por incorregibles estaban, ya libres gozan de las floridas riberas, y con furia licenciosa arrancan, talan, destruyen todo el imperio de Flora. Allí crujen las encinas, que, castigadas del bóreas, son cadáveres del campo, si antes fueron lisonjas. No lejos, si no me engaño, una quinta deleitosa ha de estar, que de Isabela es, a quien amante adoras, según me contaste un día. No refresques la memoria de su beldad, que aunque tanto la estimo, a mi fama importa no detenerme, que el duque con las alemanas tropas viene esta noche a alojarse a Leusi, plaza famosa de este país, con el resto de su gente vencedora, y no conviene a mi fama detenerme. Amor, perdona. No lo dije yo por tanto, porque hallar la quinta ahora es lo mismo que pedir a aquestos robles toronjas. Sírvanos, pues, de defensa el pabellón de sus copas. Al valle, Laureta, a el valle, que según el agua moja, me han de llamar Abadejo, si Rana he sido hasta ahora. ¡Qué huertes truenos! Parece que en la región espaciosa juegan cañas los planetas. ¡Oh, quién se metiera ahora en un barril de aceitunas! Mas, si Laureta me nombran, del laurel de los barriles no me han faltado las hojas. Morolludo, Morolludo, ¿cómo me dejas tan sola? Ya yo dejaros quisiera, mujer, pero no me abondan los deseos. Culpa tiene el cura de la parroquia, pues tal yugo nos ha echado. Coyunda fue rigurosa. Si no me engaño, una voz he escuchado entre esas rocas. Yo también. Pues, atendamos. Anda apriesa. ¿So yo posta? Venid, que en vuestras ausencias pienso renovar la historia de los Carriones condes. Sos traidor, y siempre enojan los traidores las ausencias de las reales personas. Eso me diréis, mujer, luego que empiece la obra. No me he engañado, Roberto, sin duda de alguna choza son ganaderos. Llamarlos será bien, por si te informan del camino. Aquestos días andáis, mujer, muy rejiosa y es menester amansaros. ¿Yo religiosa? ¿So monja? ¡Ah, buen hombre! ¿Qué es aquello? ¿Llamaron? Sí. ¿A estas horas? San Cosme. San Agapito. Santa Crara confesora, so libéranos a malo. Tarsudo con la congoja, ay, pobres calzones, borrastis la ejecutoria de vuestra antigua limpieza. ¿Quién eres, voz, que me estorbas el hacer una obra pía? ¿Pía llamas a esta obra? Y tan pía que no ha sido en las fábulas de Troya más pío el valiente Eneas. ¿No hay quién a mi voz responda? ¡Ah, buen hombre! ¿A mí “buen hombre”? Esta es afrenta y no poca. Del matrimonio es el duelo. Vos, errada pecadora, de todo tenéis la culpa, y el daros la pena importa. Mal huego en vuesas malicias. ¿No respondéis? Es muy hosca la noche, que no se espante, y tengo un poquito sordas las muelas. ¿Está el camino real lejos? ¿Que eso ignora si está lejos el real? Y tan lejos, que en mi bolsa no hay branca. No os dice aqueso. Callad, mujer, que no os toca responder, que soy el macho. No pretendáis ser machorra. Por el camino os pregunta. Si me huntan so carroza o tengo bubas. Si es sordo, dale más voces. ¡Qué bronca naturaleza! Decidnos si de aquí hay distancia poca a el camino de Viena. ¿Yo ballena? No la coman los católicos cristianos. No es la culebra muy boba. Villano, viven los cielos, que si subo allá que os rompa la cabeza. Aquesto es malo. No seré yo tan dichosa. Nada con amenazalle nuestro suceso mitigas. Ah, buen labrador. ¿Qué manda? Acercaos, que un joya os daré porque el camino nos enseñéis. Oh y qué groria, yo le enseñaré mijor. Siempre histis codiciosa. Ya estamos aquí. Pescude, porque a todo le responda, porque el oír siempre no está en manos de las personas. No es nada bobo el villano. Diga, que ya es fuerza que oiga. El capitán De Bros soy. ¡Válgamos muesa Señora, que es el capitán Diabros! Señor capitán, conozca a Laureta por muy suya. Bravamente os alborota el ver algún capitán, como hacen gente os provocan. A la corte de Viena voy a negocios que importan y en el monte nos perdimos con la noche tenebrosa. Aquí cerca está una quinta donde hay, pardiobre, una moza, que, como en sangre, también en la hermosura conforma. Un noble castillo tiene en la falda deleitosa de esa montaña, de quien es varonesa o varona. Salió a cazar esta tarde entre esas ásperas rocas, y viendo ocultar al sol en el mar sus trenzas rojas, con Laureta, mi mujer, que es aquesta labradora, la busc aba, que la chero como al trigo las palomas, a la plata el ginovés, la ensalada a la cebolla. Y, pues que el agua ha cesado y es la distancia tan corta que hay de aquí a laquinta, chero contaros la hestoria toda por el camino, y deciros unas copras amorosas, que los poetas llamamos redondillas u redondas, que le hice a esta moza un día. Callar su nombre me importa per el respleute que el llombre debe a la dama que adora. Digo que las hice al verla que una siesta calurosa sus hermosos pies bañaba en las cristalinas ondas de una fuente, que en su quinta es una mina de aljófar. Por las señas que me ha dado, la dama a quien enamora es Isabel. Pues calla, que es ridícula persona para entretener el tiempo. El salvajón, no las oiga señor capitán de Arneros. Aunque más estéis celosa, las heis de oír. Decid, pues. Lindo galán. Va de copras. Dentro. Traidor, si de tus intentos piensa lo ocasión lograr, mis brazos han de estorbar tus altivos pensamientos. ¿Qué es esto? Voces han dado. ¿No dejarán, qué rigores, escuchar a estos señores? Poeta so desdichado. Eres caballero andante, y ésta, selva de aventuras. En vano, ingrato, procuras obligarme como amante cuando me ofendes traidor. Aquí hay alguna cautela, que ésta es mi ama Isabela. ¿Isabela? Sí, señor. De enojo y pesar reviento. Yo la sabré socorrer. Presto, que debe correr su honor algún nutrimento. ¡Valedme, cielos! Ya un rayo de su esfera te socorre. Saca la espada y vase. ¡Qué brava tormenta corre! Mi valor, aunque lacayo, ayudarle determina, que en semejantes tragedias solamente en las comedias es un lacayo gallina. Ea, valientes soldados, socorred la que es mi dama. Dentro. Hombre, o quien eres, ¿Qué fama tus amorosos cuidados han de adquirir de esta suerte? ¿Quién me ampara? ¡Gran valor! Ya se pegan. ¡Qué temor! Hoy pagarás con la muerte la presunción de atrevido. ¡Ah, cobarde! Yo he perdido la ocasión más venturosa que el amor pudiera darme. Aquí es valor retirarme. Ah, Isabela rigurosa, yo venceré tu desdén. Seguir tus pasos intento. Gente hay aquí. Pasos siento. Y yo los siento también. Es De Bros, el capitán. Detente, que es temerario tu intento. De mi contrario de allí las señas me dan. ¿No responde? ¡Qué desdicha! ¡Que el De Bros hubo de ser quien la llegó a socorrer! Ya no espero tener dicha en mi amante pretensión. Sírvame, pues, de sagrado de este bosque lo intrincado. Cobarde resolución. Isabela aún no ha entendido quién soy. Disimula ahora. Mucho he estimado, señora, de haber a tiempo venido que socorreros pudiese. A vuestras plantas, señor, será justo que mi honor por noble amparo os confiese. Ya, señora, vuestro nombre supe destos aldeanos. Danos, señora, tus manos. Laureta. ¿Cómo de llombre no hace caso, cuando he sido quien su persona libró? ¿Vos la librastis? ¿Pues no? Lo que solamente os pido es que me digáis brevemente de esta causa el fundamento. Pues oís, señor, atento, si la causa os lo consiente: A esta montaña que su falda oprime cuando de fuego el sol rayos esgrime, esta tarde salí peinando el monte, que es rústica guedeja a su horizonte, cuando en la margen de una fuente pura, cristalina lisonja a su hermosura, un venado descubro, en cuya frente la edad pude leer fácilmente, que en hojas de sus puntas había impreso el tiempo con caracteres de hueso. Ojalá que en el mundo esto pasara, porque nadie los años quitara. Mas apenas sintió mi nombre, cuando la silvestre melena repelando con los dientes del peine de su frente, llegó a pasar del río la corriente. Yo, que desde su margen le miraba, barco viviente entonces le juzgaba, pues cuando los cristales dividía, de jarcias la enramada le servía, pies y manos de remos, de piloto el temor que causaba mi alboroto, pretendiendo veloz, queriendo asperto en la margen opuesta tomar puerto, prevengo este arcabuz, sierpe que aborta veneno en plomo y que a temor exhorta, pues de lo diestro de sus golpes duros los átomos del sol no están seguros. Herido el pedernal, vomita fuego, porque aunque en su dureza estaba ciego, del eslabón entonces castigado, en suspiros ardientes que exhalado, monstruo que un pedernal en sus querellas las lágrimas que arroja son centellas. salió a luz aquel parto de su seno y al ánima de barco dio barreno, y él que, cortando el líquido camino, estaba ya del puerto tan vecino, en calma deja en medio de su curso sin gobierno, sin orden ni discurso, adonde el agua que antes le temía, burladora a sus ondas le mecía. El viento que su curso le ayudaba a que choque en las peñas le llevaba; las ramas que de jarcias le servían, más con su peso allí le sumergían; los pies y manos que sus remos fueron de estorbo, no de alivio, le sirvieron; los peces que en sus grutas se escondían al verle de antes, ya se atrevían, quedando, en fin, su altivo pensamiento por risa del cristal, burla del viento. Mi pecho, que piadoso le miraba, de la humana belleza se acordaba, pues nada importa que con vana pompa golfos alegres la hermosura rompa, si en el primero cauteloso amago de su muerte fatal sintió el estrago. Aqueste melancólico diseño en mí, con su tristeza, infundió sueño, y apenas en un éxtasis dormida, paréntises fue el sueño de la vida, cuando del mariscal... ¡Ay de mí! Cuando de aquel traidor ?aún pienso que temblando está mi corazón? me vi asaltada, que como de mi pecho despreciada, su loca voluntad siempre había sido, o fuese con las alas de valido del duque de Frislán, intentó ciego que hiciese la traición lo que no el ruego. Mi honor, aunque dormido, vigilante, me despertó con ánimo constante. Requiero el instrumento, que preñado del material no estaba salitrado; pero nuevo instrumento en mis enojos le previne a los rayos de mis ojos. Solicita caricias, yo desvíos. Publica resistencias, muestro bríos. Quiere prenderme en sus traidores brazos, donde se hiciera, vive Dios, pedazos, si de tu gran valor... Toquen dentro un clarín. Mas ¿qué instrumento con lengua de metal asusta el viento? dame, Roberto, mi caballo aprisa, que a mi lealtad este clarín avisa que el duque de Frislán muy cerca viene, y ausentarme, señora, me conviene. Pues ¿cómo sin saber...? Esto es forzoso. Ya es mucho tu rigor. Del alevoso mariscal libre estáis; demás que al alba los pájaros cantores hacen salva, y ofreciendo gustosas alegrías vuestros ojos le dan los buenos días. Es cierto, porque ya mi gallo canta y en la aldea hace pasos de garganta. ¿Gallo tenéis? Pues, procurad guardallo, porque si el de Frislán llega a escuchallo, a todos ha de hacer luego matallos, que es verdugo de perros y de gallos. ¿Mi gallo? Aqueso no. Decid ahora el nombre, que pues soy vuestra deudora, quiero saber a quién el honor debo. Aun mi nombre a deciros no me atrevo, que al referirle al beneficio estraga, porque parece que es pedir la paga. Mas, pues que ya la cortesía infamo, señora, el capitán De Bros me llamo. ¡Ay, Dios, el capitán, mi bien! ¿Qué es esto? ¿Vos solo? En fin, echó mi vida el resto, pero ¿cómo? Isabela, en mí la fama a la lealtad y no al amor me llama. A la corte me parto de Viena a un aviso forzoso. ¡Triste pena! A Eleusi he de volver. ¡Dichosa suerte! El clarín otra vez. ¡Sentencia fuerte! Yo he de quitar al mariscal la vida. La mía queda a tu memoria asida. ¿Y es aqueso verdad? ¿Qué mayor gloria puede el alma tener? Dulce vitoria. ¿Que haya sido ?ay de mí? para perderos esta desdicha la pensión de veros? Esto, Isabela, a mi lealtad conviene. ¡Qué de zozobras la ventura tiene. Isabela, con vos se queda el alma aunque me ausento. ¡Qué terrible calma! Adiós, mi bien, adiós. Guárdete el cielo. Roberto, gran beldad. Toda soy yelo. Pues, a fe que no es barro la villana. Por Cristo que me voy de mala gana. Ya subiendo a caballo imita a el viento, y le sigue veloz mi pensamiento. ¡Oh, cómo el bien a el ausentarse vuela! Pero ¿qué mucho, si es mi mal la espuela? Dentro. Adiós, señora, adiós. Su voz escucha, si no es el viento que en las ramas lucha. Ah, capitán, señor. Loca ha quedado. Pero ya en aquel valle se ha ocultado. Vamos, desdichas, a morir de ausente. Mucho tu pecho esta partida siente. ¿Qué quieres? Noble soy, vivo obligada. Ya te lo he dicho sin decirte nada. El criado también, bien lo acomodo. Ya te lo he dicho sin decirlo todo. ¿Qué es esto? ¿Qué ha de ser, villano? Nada. Enterrad mi amorido Luis Quijada. Digan dentro después de tocar la trompeta y cajas, el duque de Frislán, el mariscal y Tersa, el coronel Cordón. Tened, parad la carroza, que en aquesta quinta amena pienso descansar un rato. Haced alto, que su Alteza el duque de Frislán quiere parar aquí. Fabio, llega la carroza a aquesta parte. Quita el estribo. ¿Qué esperas? Salga el duque arrimado al mariscal y al coronel y a Tersa. Cansado vendrá, sin duda, de la batalla sangrienta. A buena ocasión llegué, . pues no hice falta a su Alteza. Descansa, señor, un poco. Mariscal, conde Tersa, llegad todos, que los dos sois colunas que sustentan el peso de mis hazañas; y, así, no es justo que tema ruina aqueste edificio a quien los años intentan con la lima de sus días derribar la fortaleza. Mucho ese favor estimo, aunque el favor no merezca. Siempre, señor, me has honrado. De mí el duque no hace cuenta. . No importa, vasallo soy del emperador; él premia solamente a los vasallos. Mas porque el duque no entienda que me retiro, yo llego. ¿Cómo se siente tu Alteza de la herida? No fue nada; cobarde el plomo se muestra conmigo, pues cuanto más vibraba ardientes centellas, al herirme se quedó en medio de la carrera, que aun los mismos elementos parece que me respetan. Ufano el emperador puede estar ?y no es soberbia lo que digo? de tener un vasallo a quien veneran del mundo las partes cuatro, pues sin la heroica defensa de esta espada y de este brazo, seguridad no tuvieran los leones de Filipo ni las águilas del César. Bien esa verdad publica el ver al rey de Suecia, señor, muerto en la campaña. Cuñado, vitoria es esa que excede a las de Alejandro y a las de Escipión afrenta. No he visto jamás al duque con tal presunción. Creyera que en su lealtad... Mas aquesto es ilusión de la idea. Coronel Cordón, y vos, confidente amigo Tersa, guiad a Leusi la gente, que solo conmigo queda el mariscal entre tanto que nos sigue. Pues me ordenas que vaya, a mi honor conviene. Si también conmigo el Tersa mandas que parta, conozco que importa la obediencia. Marcha a Leusi. A Leusi guía, que así lo manda su Alteza. En enigma tan obscura, en tan confusa materia, aclare el cielo las dudas que neutral mi pecho engendra. ¿Qué me querrá el duque a solas? ¿Si ha sabido de Isabela el suceso? Pero ¿cómo si aún no ha llegado a la aldea, según creo? Pensaréis que mi persona se queda, mariscal, en esta quinta, porque descansar en ella intento. Así lo he pensado. No, mariscal, que no es esa la causa. Soy vuestro amigo, y los amigos se muestran en las ocasiones grandes. Seór, mire vuestra Alteza que me desvanece mucho tanto favor. De Isabela sé que sois amante firme, y que, al paso que os desprecia, al capitán De Bros ama. Esta relación es cierta, porque de vos la he sabido. Lo que mi amistad ordena en orden a vuestro gusto fue que llevase las nuevas De Bros al emperador del muerto rey de Suecia, porque estorbar no intentara la acción que lograr intentan mis deseos, y la mano de esposa os dará Isabela, mostrándose más afable, porque veáis cuánto pesa en mí la amistad, pues cuando sólo de Marte me llevan los ensayos, terciar quiero en vuestra amorosa pena, mas por eso sois mi amigo, el más confidente, y precia mi amor tanto estas dos partes que deshace, que atropella aun mi proprio natural, porque cuando se me ofrezca el haberos menester mi voluntad viva cierta de que perderéis la vida cuando necesario sea por mí, mariscal, supuesto que por vos lo mismo hiciera. Que sabré perder la vida, la quietud, honor y hacienda por ti, no lo dude el mundo, y más, señor, cuando premias con Isabela mi amor, que, aunque no es fácil la empresa, bastará que tú lo mandes para que luego obedezca. Avisa, pues, que he llegado a Isabela, que me altera el ver que no haya salido. Quizá no está en el aldea. Bien disimulo. Ah, tirana, . hoy venceré tu dureza. Qué agradable sitio es éste. La memoria se renueva de cuando en mi feliz quinta contento vivía en ella, después que el emperador por relaciones siniestras me quitó el bastón. Mas presto he de vengar esta ofensa. Allí mi pecho imitaba a aquel príncipe de Atenas que por el campo trocó de sus reinos las grandezas, hasta que Filipo el Grande, hasta que el supremo César me mandaron ?mal he dicho?, me pidieron que volviera a gobernar el bastón en defensa de la Iglesia. Cuando está el valor dormido mal hace quien le despierta, pues despertar a quien duerme, acción nunca ha sido cuerda, porque es perro la ambición, que irritado tal vez muestra lo afilado de sus dientes al dueño que lo <ha> alimenta. ¿Qué monarca soberano, qué príncipe de la tierra con tanto aplauso se ha visto como yo? No, no parezca este desvanecimiento injusto en mí, pues si intenta culparme alguno, cuando el verse como yo merezca, conocerá que a los rayos de tanto aplauso y grandeza no hay lealtad que no desmaye ni ambición que no se atreva. ¿Quién en el mundo podrá domar mis valientes fuerzas? Morolludo dentro. El emperador. ¿Qué escucho? El emperador. Profeta esta voz sirve de anuncio alguna infeliz tragedia. Hola, mariscal, soldados. Señor, ¿llamaba tu Alteza? ¿Fue tu Alteza el que llamaba? ¿Quién holea? ¿Quién holea? Isabela, mariscal. ¿Qué te aflige? ¿Qué te altera, cuando tanta dicha alcanzo en que honres mi casa? Sepa de vosotros yo quién fue el que ahora nombró al César dos veces. ¿Eso le aflige? Sepa, pues, su remenencia, v.m.o paternidad, tu señoría o artesa, con toda la letanía, duquerías insolencias que lo títeres del mundo tanto en las cortes celebra. A mí me toca el decillo, que sois, Morolludo, bestia. Y hablad bajo, porque el duco os hará cargar de leña, como dicen que hace a aquellos que hablan recio en su presencia. Calla tú, Laureta. Digo que mos han dado por nuevas que es un Herodes de gallos, y este que acuesto conmigo, y este que siento a mi mesa, un soldado de los tuyos quiso matalle, persona cual puede tener el alma. Hice lastimosas quejas. Díjome que quién podría estorbarlo. Por respuesta le di que el emperador. Y esto es craro, porque el César de todos los inocentes es el amparo y defensa. Esto hue, no hue otra cosa. Mas será razón que adviertas que este gallo es tan cortés que jamás ha dicho Aestas gallinas son mías. Mira qué propriedad tan honesta. Y aunque nos dice un refrán que en su muladar gallean todos los gallos, aqueste su muladar proprio deja y por no entrar en refranes en los ajenos se acuesta. Imperial cresta le adorna. Pues de vasallo te precias del emperador, no es bien que por tanto semeja a la corona imperial, siendo un símbolo su cresta, le des la muerte. Demás que no eres Pedro que niega a Cristo, para que un gallo tanto al oído te ofenda, aunque, como eres león, no es mucho que le aborrezcas, porque dizque a los leones les dan los gallos dentera. Misericordia mi gallo. Válgame el cielo, ¿que puedan los acasos de un villano alterarme? Que molesta vive en mí la fantasía. Esa villana rudeza disculpa, señor, y admite mi voluntad, que profesa sólo el gusto de agradarte. Alzad, hermosa Isabela, que antes me huelgo de oírle. Pues por eso, aunque no quiera, de decille tengo ahora, bailando, una copra nueva. ¿Alberto de Ballestán no se llama? Sí. Pues esta es la copra.. Decid. Atienda su Artesa: Canta y baila. El gran duco de fray Juan, Alberto de Ballestán, o Alberto de Ballestón, al sueco, en conclusión, le ha dado de perro pan. ¡Qué simplicidad villana! ¿Qué le parece a su Artesa? Muy bien. Pues mi gallo viva. Viva muy en hora buena. Isabela, hablarte quiero. A servirte estoy dispuesta. Idos vosotros. Ya vamos. Que vivas más años prega que el amor en Portugal y en Cataluña la afrenta. De Isabela en el semblante . no he visto ningunas señas de enojo. Bien disimula . aqueste traidor mi ofensa. Que el mariscal es mi amigo sabes ya. Que a mi grandeza estima el mundo también. Que siempre mi mano premia los servicios que le hacen todo el orbe lo confiesa. ¿Dónde se despeña el duque? . Estas verdades supuestas, en esta ocasión de ahora os suplico, varonesa, que me respondáis afable y que me obliguéis risueña. Vos habéis de dar la mano, Isabela, en mi presencia al mariscal de su esposa, pues vuestra mano granjea los méritos que e deben a vuestra sangre y belleza, que a ser vuestro padre vivo, yo sé que me agradeciera esta acción, por la amistad que entre los dos hubo, y muestra la mía en esta ocasión que así pago aquella deuda, dándoos por esposo aquí a quien mi pecho venera. Y si acaso en Alemania hay persona que os pretenda, os suplico que ninguno vuestros favores merezca, supuesto que a el mariscal, en calidad y en hacienda, hay muy pocos que le igualen y ninguno que le exceda. Esto otra vez os suplico, porque, de no hacerlo, es fuerza que mi cordura se irrite y se enoje mi paciencia. Después que murió mi padre, bien sabes que en esta aldea, señor, retirada vivo; y, aunque amar tal vez me enseñan los requiebros de las aves, los abrazos de las yedras, a mi pecho las caricias de Venus no lisonjean, porque sólo las de Marte a su inclemencia me llevan. Aquí, como ves, asisto, aunque entre rústicas peñas, lisonjeada de las aves y temida de las fieras. Aquí el yugo de Himeneo, que tanto a veces molesta, mi cuello siempre constante le sacude o le desprecia. Aquí logro mi albedrío, y, así, señor, no pretendas forzar albedríos cuando aun el cielo no los fuerza, porque oprimir voluntades, más que amor parece tema, y de un amante no es gloria hacer favor de la ofensa. Por mí lo dice, ah, cruel. . Bien su intento manifiesta, que al duque da las disculpas y a mi pecho las saetas. En fin, ¿no puedo obligaros? Ésta es, señor, mi respuesta. Entre las hazañas mías sólo me ha faltado aquesta por vencer. ¡Que una mujer borrar mis blasones pueda! ¡Qué notable desengaño! Presto veréis, Isabela, que lo que es ahora ruego, ha de ser de hoy más violencia. No temo las amenazas, que soy quien soy. Varonesa, mirad bien. Ya lo he mirado. Presto el tiempo os dará muestras de lo que puede este brazo. No es mi pecho fortaleza para que puedas rendirla, para que intentes vencerla. En mí sólo impera el cielo. ¿Y después del cielo? El César. Hola, llegad la carroza. Ven, mariscal, a Viena, que he de ser César o nada, porque mis órdenes tema, porque logre mis desinios, porque Isabela te quiera. Yo te sacaré del pecho esas mal nacidas prendas. Amenazas de un cobarde no es bien que mi pecho tema. Recibe, capitán mío, estas amantes finezas, hasta que por verte a Leusi mi casta afición me lleva. Ya que el cielo ha permitido que mi general Alberto dejó al de Suecia muerto y su ejército vencido, hoy, capitán, he querido, para más honor y gloria, referir a vuestra memoria en presencia del de Hungría y de la reina María la no esperada vitoria. Hijos, asientos tomad. Ya le escuchamos atentos. Bien premia mis pensamientos tu cesárea majestad. Los cumplimientos dejad, y el capitán nos refiera la batalla. Aunque pudiera, a la luz de tantos rayos, sentir mi pecho desmayos, fue, señor, de esta manera: Después que el Rey de Suecia, por nombre Gustavo Adolfo, rayo fatal de Alemania y de toda Europa asombro, en cuyo gallardo pecho era el valor tan heroico que a sus hazañas juzgaba corta esfera el mundo todo ?que aunque nombro a tu enemigo, con admiración lo nombro, porque hace el vencido fuerte al vencedor más glorioso?, después que llegó triunfante de Alemania a los contornos, cual suele el airado rayo, de las esferas aborto, que taladrando las nubes es barrena de sus globos, derribar soberbia torre, abrasar humilde soto, deshacer robusta encina, requemar constante escollo; o como la mina oculta de la llama al primer soplo arranca inmóviles peñas, que del fuego artificioso impelidas suben tanto que en el alcázar lustroso del sol quieren ser colunas o barandas de su solio; a cuyo horror los planetas, bacilando entre si propios, admirando la materia, quedan de la causa absortos. Así pues, el brazo airado de este rayo monstruoso; así pues, la mina oculta que en su pecho forjó el odio con el soplo de sus iras y el fuego de sus enojos, arruinaban, destruían, sin perdonar licencioso desde la humilde cabaña al más alto capitolio. A cuyo horror los mortales, asombrados y dudosos, aunque le juzgan humano, tal vez, mirándole el rostro, de hombre mortal le desmienten y le acreditan de monstruo. Unos le llaman emblema, no entendiendo enigmas otros; muchos le aclaman del cielo cometa caliginoso; y entre la tropa confusa de los encontrados votos, no le distingue ninguno, aunque sí le temen todos. Mas, como la mina y rayo en sus intentos fogosos, faltándoles la materia, queman mucho y duran poco, así este rayo, esta mina permitió el cielo piadoso que tan presto se acabase. Escúchame atento el modo: Alberto de Bolestán, duque de Frislán heroico, que, general de tus armas, es su coluna y apoyo ruego al cielo no peligre de vanidad en el golfo, que son mares los aplausos y las hazañas escollos, puso, en fin, valiente el duque tu ejército numeroso, después de varios combates, que dejo por ser notorios, a vista del de Suecia en un valle que espacioso a las ciudades de Leusi y Namburch sirve de adorno. Y el día que se contaron de noviembre diez y ocho de este año, cuando el alba sentada en su regio trono parece del sol virreina, mercedes haciendo a todos, se descubrieron los campos y, según dello me informo, veinte mil eran los suyos y catorce mil nosotros. Deseosos se acercaron y al son de los ecos roncos de los castigados parches y de los bronces sonoros que anima la mano a golpes, que alienta la boca a soplos. El mismo sangriento Marte en su esfera receloso no se juzgaba seguro y, entre los celajes rojos de las cortinas que guardan su lecho majestuoso, se encubría acobardado y se desmayaba sordo. Trabóse la escaramuza y, al ver la muerte el destrozo, seguridad nos pedía de la vida por soborno. Tantas cabezas rodaban de un ejército y de otro, que el número de las muertas era a las vivas estorbo; siendo de púrpura humana los raudales tan copiosos, que caliente la bebían los ya desangrados troncos, y cobrando nuevo aliento con el purpúreo socorro, a la batalla volvieron más activos y briosos. El conde Papenain, a quien debe el mundo elogios, mal herido en la campaña, era agarrochado toro, que hechos espín los dientes, fuego echando por los ojos, su pie partido en la arena labra sepultura y foso, adonde entierran la causa de su agravio y de su enojo; pero al fin vendió su vida, aunque en precio bien costoso. Viendo el de Suecia entonces así su ejército roto, en un ligero caballo, cisne que nevado a copos iba en el mar de su espuma anegándose a si propio, dijo a los suyos: Cobardes, ¿dónde está el blasón honroso de vuestros pechos valientes; dónde está, que os desconozco? Volved, pues, que yo os animo; no temáis, que yo os provoco. Vivo estoy, morid con fama, que es el vivir más glorioso. Mas como de las heridas mortales estaban todos, a su débil valor fueron poco alivio los oprobios. Apenas estas razones repitió en acentos broncos, cuando, inficionado el aire, una víbora de plomo en su pecho deposita el veneno prodigioso; y el que la tierra asombraba fue de la tierra despojo, donde el bruto que oprimía, con instinto milagroso, con discretas manos labra a su dueño el mauseolo. Diez horas y más duró la batalla. Poco a poco bajaba obscura la noche; sus velos caliginosos fueron valles que dividen a los unos de los otros. En una pierna fue herido el de Frislán; poco estorbo a su valor, a quien pienso llegó el plomo temeroso. Murieron del de Suecia doce mil hombres y solos tres mil de tus imperiales, que ha sido número corto para tan fuertes contrarios. Dejaron en sangre rojos sesenta estandartes tuyos, para ti glorioso abono, pues no perdieron ninguno tus soldados animosos. De los muertos capitanes a tu majestad no informo por no cansarte, mas digo que el de Frislán con el voto de todos los coroneles, mostrándose cuidadoso, a Leusi se retiró aquella noche, y con poco gobierno los de Suecia a Enamburc con pie medroso. Ésta es la nueva felice que por premio, que por logro de mis servicios, el duque me encargó que presuroso trujese, para lo cual alas visto y postas tomo. Ya aquel rayo de Alemania extinguió el rayo de Cloto. Ya el que era asombro de Europa es de la humildad asombro. La mina que se ocultaba de luz fue pequeño aborto. Ya la estatua de Nabuco yace convertida en polvo, para timbre de su fe y de sus templos adorno, que adonde los pies son barro no importan cabezas de oro. Ya el águila de Alemania, por inconstante y por loco, mató el hijo que en sus rayos no pudo fijar los ojos, para gloria de tu imperio, para blasón más honroso del Cuarto Felipe el Grande, para honor de los famosos reinos de Hungría y Bohemia, que son del mundo el decoro, para cuchillo del Turco, para prodigio del Moro, para los confederados en la Liga, freno y coto. Y porque a tu invicto brazo tiemblen los rebeldes todos, desde donde Febo nace en cuna de cinamomos hasta que cansado muera en su lecho proceloso. Hijos, con vitoria igual bien es que las gracias demos al cielo, y de que tenemos tan valiente general como el duque. No lo tiene ningún monarca mayor. Tocan. ¿A qué toca este atambor? El duque de Frislán viene, sólo por ver tu persona, de algunos acompañado, y a avisarte me ha enviado. ¡Qué bien su lealtad pregona! Éste es mi competidor. . allí mi contrario veo. . Malograré su deseo. . vengaréme del traidor. Salgan el duque y acompañamiento al son de cajas. A recibirle llegad, hijos, por mí. Bien haremos, pues más favor le debemos. Tu cesárea magestad me dé los pies. Duque amigo, del sitial he de bajarme. Llegad, llegad, abrazadme, que con vos del enemigo las sinrazones no temo. Señor. No hay qué replicar. Siempre me sabéis honrar con no merecido extremo. Vuestras Altezas me den sus reales pies. Abrazos os previenen mis brazos. Los míos, duque, también. El cielo os guarde, señores, como desea mi pecho. Muchos favores me han hecho, . mas no estimo sus favores. El capitán me ha contado del de Suecia la muerte. De tan venturosa suerte a vos se os debe el cuidado, y, así, por tan nueva hazaña que os ha de premiar es llano el gran Filipe mi hermano, cuarto planeta de España. Señor, aunque le envié, quise en persona avisarte. De vos, católico Marte, nunca menos esperé. Veréis cómo mi persona, duque, vuestros hechos premia. Vuestra de Hungría y Bohemia será la augusta corona. Eso pretendo, si el hado . no estorba mi pretensión. Vuestros mis estados son. No os dé, general, cuidado, que aunque alguno ha pretendido derribar nuestra amistad, nunca de vuestra lealtad traición mi pecho ha creído. Como creerlo, es locura el pensarlo solamente. Imaginación, detente . y asegurarte procura. Siempre la invidia desea a la fama obscurecer. Bien se echa, duque, de ver. No temáis que lo crea. Como nos ampare España, bastamos, señor, los dos contra el mundo. Bastáis vos, y aun nos sobra mucha hazaña. Con favor tan singular vuelvo a Leusi, por si acaso sale el enemigo al paso segunda vez. Descansar será justo. No, señor, la campaña es mi sosiego. Pues yo con mis hijos luego, al cielo, por el favor, en el templo arrodillado daré gracias. Id con Dios, que así, duque, entre los dos partiremos el cuidado. Y a los nobles coroneles daré el premio merecido. Con verte, premiado he sido. De la fama los laureles rinda a tus pies la fortuna. Guarde el cielo tu persona, porque viva tu corona sin envidia de ninguna. Suene el parche militar. El pacífico instrumento vuelva a aligerar el viento. ¡Viva Alemania! A pesar de todos los rebelados. Adiós, general, adiós. El cielo guarde a los dos. Mueran los confederados. Por esta beldad extraña mudar quisiera intención, que me dan veneración todas las cosas de España.
JORNADA SEGUNDA
Decid, hermosa deidad, cuándo fue justa nobleza ver en sombras la belleza y entre nieblas la beldad. Decid, gentil cortesana, cuándo es más lucido el fruto del sol en tumbas de luto o en pabellones de grana. La rosa cuándo en sus finas hojas más al gusto agrada: entre las manos tratada o grave entre las espinas. La sombra, pues, se desate; la niebla, pues, se consuma, y águila de osada pluma mi vista en vos se dilate, que el ver será en mi cuidado bien merecido atributo, libre de espinas y luto, rosa bella y sol dorado. Porque si vos sois aquella que mi corazón adora, en vos el cielo atesora sol dorado, rosa bella. Caballero, con negaros el rostro, que yo rehúso, con eso en parte me excuso la verguenza de buscaros. Por veros vengo, y mi amor quiere, en mi empresa lo dice, ya que mi afecto os lo dice, que os lo calle mi color. Y ella respóndame ahora. Yo quiero disimular, y darle ahora a tragar a éste que soy señora. ¿Es acaso algún albor del crepúsculo del día o esplendor que el alba cría en su luciente obrador? Dios te entienda. O ¿es acaso algún planeta encubierto entre nieblas? No, por cierto. Digo que la vi, señor, por señas que, a mi pesar, siempre que la voy a ver, en diciendo en mi mujer jamás me pudo engañar. Allí está. Yo juro a Dios que está hablando con Roberto Lauretilla. Ay, honor muerto. Rabio de celos. Y yo. ¿Daréle la muerte? No. Aprende de mi paciencia. Pues, dígame en qué repara. ¿No se descubrirá ahora, cubiertísima señora? Veme aquí toda la cara. Descubrióse. Por los cielos, ah, infame, aquí pagarás. ¡Morolludo! No haya más. Tengo honor, y tengo celos. ¿Qué importa que tenga honor ni celos si aquesta daga le hará a el villano que haga...? Tate. Si vuestra merced, señor, lo lleva por cortesía, no hay que hablar de ser ingrato, que me cautiva un buen trato, que vanidad es la mía. Supuesto que ya sabéis quién soy, descubrirme quiero. Y yo serviros espero los favores que me hacéis. Veisme aquí. Pero ¡ay de mí! Al quitarse la mascarilla, se le cae, y la levanta a un tiempo el mariscal y el capitán. Soltad. Soltad. Eso no. Mi valor lo mereció. Yo por él la merecí. Mía será. No será, que de capricho o de amor siempre doy cuenta mejor de lo que en mi mano está. ¡Qué desdicha! ¿Qué les va en esto a estos majaderos? ¿Quién lo ha de ver? Los aceros. ¿Qué os anima? Mi valor. Tengo celos. Tengo amor. Dejad. Dejad. Caballeros, ¿con libres voces ufanos, cada cual tan descompuesto, junto a mi tienda? ¿Qué es esto? Dejan la mascarilla. Fiad la empresa a mis manos. Ociosa acción fuera ahora de mi enojo o mi advertencia preguntar la competencia estando aquí vos, señora. Y, así, supuesto que veo en mis manos la ocasión, decid quién con más razón merecerá este trofeo. Señor... Perdí la esperanza. Seguro tengo el favor, que su firmeza y mi amor alienta mi confianza. Si digo que el capitán, . se la dé, es hacer odioso con señor tan poderoso a mi adorado galán, porque es su mayor amigo el mariscal. Ya esta acción, pues no va mi corazón, mi celo vaya conmigo. Perdone mi fe constante, que ha de ser en lo que trata la mayor prueba de ingrata, mayor fineza de amante. Yo dejaré satisfecho después su inquieto cuidado. ¿Qué me respondéis? Que ha hallado, señor, lugar en mi pecho, tan bien sentido mi mal, tanto sufrido desdén, y tantas partes también ¡ay de mí! del mariscal. ¡Qué es lo que escucho! . Y, así, puede tu Alteza... Ah, cruel. . . hacer ya cuidado en él el que fue descuido en mí. Dichas, llegad poco a poco. Llegad apriesa, tormento. Loco me tiene el contento. El pesar me tiene loco. Yo cumplí vuestra elección. Muerta estoy. Ah, miedo injusto, que aún no esté la ley del gusto libre de tan vil pensión. Dándole la mascarilla. Estimadla, porque así satisfaréis, mariscal, un noble, un amor leal en Isabela y en mí. Mire, señor, vuestra Alteza... Capitán, ya os considero celoso, impaciente, y quiero satisfacer la grandeza de pasiones que os oprimen. Del fuego, que en rubia hoguera creció artificial esfera, en mudas cenizas gimen. La tierra, que si descubre guirnalda, que abril corona, que presto la desazona la de estemplanza de octubre. Raudal que la orilla azota en crespo, en undoso río, temporal bomba el estío, le mengua si no le agota. El viento, en fin, que pretende, al son de ronca bocina, azotar la verde encina, superior causa le prende. Que entre todas sola una, con presurada esperanza, ignorará la venganza, y ésta ha de ser mi fortuna. Nada mi dolor mitiga. Mi pecho juzga fiel. Ay, Isabela, cruel. Ay, dueño mío. Ah, enemiga. Presto sabrás mi fineza. ¡Que otro fue a su vista afable! Ay, prenda mía. Ah, mudable. Guarde el cielo a vuestra Alteza. Guárdeos Dios. Yo desespero. Solos habemos quedado, y, en amorosos extremos divertidos, aún no habemos de lo que importa tratado. Dejando esta acción aparte, ahora tan mal usada, cuando a manejar la espada está voceando Marte, parece que mi cuidado, cohechando esta ocasión, para oír mi pretensión a todos ha juntado. Deciros que en varios modos os he prevenido ya. Pero pues tan cerca está mi tienda, seguidme todos. Y advertid, porque el castigo no extrañe el que no lo fuere, cuando en sí mismo lo viere, que no entre quien no es mi amigo. ¿Quién que yo lo soy ignora? El pecho a tus pies pondré. Yo la vida. Yo la fe. Pues entrad todos ahora. Éntranse. si es lo que yo he presumido. Mi dicha hoy se engrandece. Para alta empresa parece que el Frislán ha prevenido. Para ayudar su poder es mi dueño y soy su amigo. Vaya mi lealtad conmigo, que bien la habré menester. Entrad con silencio. Aquí a tus órdenes me tienes. Di para qué nos previenes. Para qué nos llamas di. Ya tus intentos espero. Éntrase el duque, y como van entrando van diciendo esto. Pues atentos escuchad mi empresa. Pero aguardad, que cerrar la tienda quiero. Ya lo está. ¿Y en todo empeño decís que sois mis amigos? Yo hago de mi fe testigos ser tu hechura y ser tú dueño. Ya mi amistad acredito con lo que hemos profesado. Con esto sé su cuidado, . sea lealtad o sea delito. Con la fe que te he entregado, informará tu desvelo. De mí ni el primer recelo no perturbe tu cuidado. ¿Sabéis quién soy? Yo he sabido que eres un rayo animado del sol de Austria fulminado y contra el norte esgrimido. Yo, por lo que es respetada que partió Aquiles, no dudo los trofeos de tu escudo con los triunfos de tu espada. Y yo, por cierto misterio, infiero de tu fortuna que, a no ser tú la coluna, caducara aqueste imperio. Y yo, que el verlo me abona, sé que en romanas campañas, otras con menos hazañas consiguieron la corona. Todo es verdad. Pero intento, aunque lo sabéis, deciros quién soy para persuadiros a mi heroico pensamiento. Sello a mi labio le pones. Yo ser de mármol pretendo. Yo te escucho. Yo te atiendo. Pues escucha mis blasones. Bohemia, provincia ilustre, Romance óe que es de los siete triones de montes, pueblos y plantas esfera pendiente inmóvil, es mi patria, quien la selva ercinia en diversos bosques ciñe en forma de muralla; escuela en un tiempo adonde se leyó la magia, siendo verdes cátedras los robles, donde al conjuro las fieras, donde al encanto los hombres, y donde a la voz las aves acudían tan conformes que a encanto, voz y conjuro, camina, vuela y responde el hombre, el ave y la fiera, atento, veloz y dócil. Esta selva inculta, pues, de prodigios y horrores, segunda madre a mi infancia, porque sus hijos me informen el denuedo y la fiereza, segunda vez concibióme en las robustas entrañas de sus espantosos montes. De noble padre heredado es mi valor, aunque noble, de su estimación los rayos, en cobardes resplandores no lucieron encogidos entre las nieblas de pobre. Ya peregrino del mundo, por breves pasos informe, por la senda de mi edad iba caminando torpe hasta el norte del discurso, cuyos sutiles ardores en mortal imán el alma o los bebe o los recoge. Y, en fin, ya esfera mi pecho de ardientes respiraciones, se juzgaba con aliento estrechosamente el orbe. La fama que a pocos años en las opuestas regiones a tan distantes oídos hizo atender a mi nombre, que eran a mi edad florida tan atentos los verdores que templaba en la prudencia los ardimientos de joven. Ya el César, que los efectos, que mi espada reconoce, de tenerme grato hacía pródigas demostraciones. Príncipe de Bolenstáin fue el primer título noble que ilustró con la esperanza de mi solar los blasones. Quieté la inferior Alsacia, que de algunos electores movida contra el imperio alzaba sus escuadrones. Desposeí al Palatino del Rin, cuyo pecho inorme de esterrado de Viena, halló patrocinio en Londres. Corté al rey de Dinamarca las alas, que en vuelo torpe a par del águila de Austria, se atrevió a los resplandores del sol. Mas fue Bahari, que en batidas sumisiones, tributó al águila en plumas cuanto la hurtó presunciones. Y a Frislán en Lucemburque por su duque me conocen, y a Golgrave e Isagan, que también mías se nombren. Mas la envidia, que a el abrigo del ocio infame se acoge a fraguar viles defectos, y en las más puras acciones su diente armó venenoso contra mi fama. Creyóles Fernando, y en mengua mía lisonjeó a los traidores. Manda que las armas deje y no esté más a mi orden el ejército, y deponga el bastón. A quien conoce la injuria, que son las armas de aquel que el bastón depone por causa infame, pregunto si hay odio que no aprisione, si habrá lealtad que no ofenda, ni habrá traición que no logre. Ofendido me retiro. Desde entonces, desde entonces un áspid mora en mi pecho, que las entrañas me rompe, una víbora alimenta, cuya ponzoña se esconde en el corazón, que apenas de inficionada responde a los latidos leales que pulsa mi sangre noble. Llegó, pero, la ocasión en que aquel rayo de Jove, aquel isleño prodigio, ruinas amenaza a el orbe. Gustavo, rey de Suecia, sobre el mar Báltico, y sobre el mismo viento las quillas pesados yugos les pone, y hasta el confín del imperio en armados galeones brumó su crespo zafir, su espuma abolló salobre para atajalle los pasos, que ya sus campañas corren en descompasadas huellas, que talan, queman y rompen. Me envió a llamar el César, fuese porque reconoce que estaba libre mi pecho de las supuestas acciones, o fuese porque me habían menester sus escuadrones, que los fueros del enojo la necesidad los rompe. Con nuevas honras me obliga, y porfiado del conde Papenain, cuya fama vivirá en eternos bronces, segunda vez contra Adolfo hace que las armas tome. No sé si lo hizo el deseo de vencerle, más que el orden del César, porque esta hazaña de más vanidad blasone que cuantas contra los siglos griegas sumas atenciones, romanos compendios guarden y egipcios anales honren. La vitoria ya la vistis. Dígalo el Albis que corre tinta en sangre, cuyas ondas son cristalinos padrones. Cuatro veces en su imperio por duque me reconoce Alemania, y por Frislán me venera todo el orbe. Alteza me llaman todos los príncipes superiores, de Italia las señorías, esguízaros y cantones. Hasta el gran Filipe Cuarto, bello Marte, fuerte Adonis, gran maestre del tusón, el que está en mi pecho noble, me concede desde España laurel, que ahora me pone en más vanidad que cuantos mi invicta frente coronen. Pues ¿cómo, fortuna ingrata, permites tú que se agobie a humana planta la espalda que es polo a tanto horizonte? ¿Yo he de ser vasallo? ¿Yo, siendo quien soy, en la noche del escuro vasallaje se han de ocultar mis acciones? Contra el Austria, contra el mundo mis iras al arma toquen, que soy rayo de Bohemia y de los reinos atroces. He de librar mi fortuna, si el cielo no lo interrompe, y he de abrasar... Mas ya es tiempo, oh, valerosos, oh, nobles caballeros, que a mi empresa más declarado os exhorte. Bohemia, que es patria mía, regio dosel me dispone. Augusta silla me ofrece en Praga su ilustre corte. A rey me inclina mi estrella. ¿Quién como yo la conoce? Quien alta fortuna aspira la misma fortuna postre. Ea, amigos valerosos, nobles de las invasiones, sacudid las alas libres, soltad las piguelas torpes, porque la fama os aclame, porque viva vuestro nombre, porque en láminas se escriba, porque se eternice en bronce, porque me tema Alemania, porque mi empresa se logre, y porque a pesar del mundo, de envidiosos y traidores, obstentando mi valor en Bohemia me corone. Lo que responder me toca es, señor, que de mi pecho ninguna acción es mía que no sea vuestra primero. Y yo respondo, señor, tan de parte del empeño, que hasta morir estará a vuestro lado mi acero. Y yo, con vuestra licencia, respondo, señor, si puedo persuadir a vuestra Alteza antes que al riesgo al empeño, que es temeraria la empresa. La razón es porque siendo la cesaria Majestad del emperador mi dueño, príncipe amable y tan justo, yo por ningún caso apruebo irritarle. Tente, espera. ¿Yo, por ventura, no puedo con mi gente resistir mayor impulso y no tengo ejércitos de volcanes en la campaña del pecho? El teniente coronel propone, señor, tan cuerdo, que yo prosigo que es mal irritarle, que si el cielo, siendo justo, si ofendido de humanos atrevimientos, perdona, tal vez algunos contra aquellos, contra aquellos que en rebeldes osadías sus luces violar quisieron, ¿qué incendios no fulminó el emperador, mi dueño? Es deidad humano tema del de Austria sus incendios. El capitán, claro está que contradice el intento, por mí que estoy de tu parte. O como todos tenemos, él también acaso tiene envidia al atrevimiento. Disimular me conviene. . Lealtades disimulemos. . Ni es envidia, ni es por vos, mariscal, lo que he propuesto, prevención ha sido mía, mas no excusar el empeño. Y porque veáis que soy oh, válgame mi deseo quien primero a vuestra Alteza, si no le dispone al riesgo, le ayuda en él, esta espada en servicio suyo ofrezco contra el mundo y contra quien, águila infame, al lucero de Austria, torciendo la vista, discurra en bastardo vuelo de la vanidad soberbia los nunca seguros vientos. Esa es osadía noble. Esto es hacer lo que debo. Sois valiente. Soy leal, que es de lo que más me precio. ¿Vos, castellano de Argoria, valiente Cordón? Ah, cielos, . de aleves, señor, ahora vestid mis nobles afectos. ¿Qué suspensión os detiene? Basta ya, basta el haberos mirado en ello. Prudente ha sido vuestro consejo, yo os lo confieso. Mas yo temeridades emprendo. Valor tenéis, y vos sólo sois el móvil de mi intento, pues con entregarme vos el castillo... Mas no quiero, pudiendo obrar la amenaza, desairarme con el ruego. Ya os digo que en mi edad fría arde tan altivo aliento que en mis desinios ahora culpo el tardar emprenderlos. Yo te entregaré la plaza de Egra, que es el asiento de las armas de Bohemia. Prosigue, gran duque, luego fiando en mí como amigo tus heroicos pensamientos. Perdona, oh, Fernando, el labio, . que a ti te lo dice el pecho. Pues, marche a Egra la gente. Id, capitán, y al momento con las tropas de Galaso os juntad, pues le tenemos acuartelado tan cerca. Id y decidle mis intentos. Tuya es mi vida. Y la mía. Tuya es mi acción. Y mi pecho. Sólo tus órdenes sigo. A tu ley sólo obedezco. Sólo a tu mandato asisto. A tu arbitrio sólo atiendo. Pues, si a vosotros, que sois cuatro basas de este imperio, valientes parciales míos, hurto a sus fijos cimientos, tema la fábrica de Austria que no caduque su peso. ¿Juráisme todos ahora de ayudarme? Sí juramos. Pues, válganos el secreto hasta la ocasión adonde se califique el esfuerzo. Y todos, pues ya decís que soy vuestro altivo dueño, como a tal obedeced mis siempre heroicos preceptos. ¡Qué soberbia! . ¡Qué valor! La majestad es tu centro. El ser rey es natural en ti y lo demás violento. El real semblante lo diga. Dígalo el mirar severo. ¡Viva el duque de Frislán! Amigos, yo os lo agradezco. Capitán, aquí os aguardo. . Cordón, veámonos luego. Éntranse el duque, muy arrogante, y todos haciéndole muchas reverencias, y sale Isabela. Por este sitio, por fuerza, ha de pasar a su tercio el capitán... Pero él sale. Ayude el amor mi pecho. En alas de mi lealtad voy a dar cuenta al momento a Galaso. No ejecute el Frislán mi pensamiento. Teneos, señor capitán. Señora Isabela, el tiempo no me permite. Estaréis muy enojado o muy ciego. El trazar los desengaños son ceguedades del tiempo. Pues, cuando yo os esperaba para deciros... No puedo detenerme. Perdonadme, señora mía. Yo os creo cuanto me podéis decir. Advertid que los desprecios se pasan a grosería, no escuchando o no atendiendo airosas satisfacciones de un noble, un amante pecho. ¿Qué puedo hacer, que si ahora . en oílla me detengo no cumplo el orden del duque, y aunque es tirano, le debo obedecer hasta cuando deponga el bastón excelso. Y también si marcha el campo, no podrá Galaso a tiempo disponer el avisar el César. Válgame el cielo, que un punto me dan guerra el desengaño y mis celos, y el ardimiento en mi honor. Mas primero a mi honor debo acudir. Perdone ahora Isabela y mi deseo. Adiós, adiós. ¿No me escuchas? ¿Qué he de escuchar? Mis afectos. No te creo. Yo te adoro. Es engaño. Eres mi dueño. No me detengas. Escucha. ¿Son finezas? Son desprecios. ¿Míos? ¡Ah, ingrata! ¡Ah, mudable! Vénguenme de ti los cielos. Por si espera el capitán, en este sitio le aguardo. Por si Cordón me esperaba, vengo a buscarle volando. ¿Si es aquel? ¿Aquel será? Yo le hablo. Yo le hablo. ¿Sois vos? Yo soy Pues seguidme. Ya estamos bien apartados. Decidme lo que queréis, porque también yo me enfado de la dilación, que tengo, coronel, mucho que hablaros. Saber ahora pretendo con qué intención ha aprobado la infame empresa del duque. Saber pretendo arrojado por qué aprobó del Frislán los intentos temerarios. Señor capitán, los nobles... Señor Cordón, los ancianos... .no se arrojan atrevidos... .no se arrojan temerarios... .a ofender. .a deslucir. Acabe ya mi recato. Vos aprobáis una infamia, siendo quien sois, no mirando que al César, que el cielo guarde, debéis tan honrosos cargos. Vos, siendo noble... Esperad. Si es preveniros bizarro, señor Cordón, presumiendo que atajáis con eso en algo mi reprehensión. No importa. Leal soy, y libre hablo. Y dejando ahora aparte mi lealtad, culpada en vano, os acuso con vos mismo de vos, porque de un tirano a infames e infieles riesgos os arrojáis temerario. Y porque vos... Deteneos. Eso fue porque irritado no atropellase el Frislán con todo. Y el fomentarlo fue hacer la empresa del César y en mí fue razón de estado. Pues, ¿por qué habéis de pensar que, siendo yo tan honrado como vos, no hice lo mismo con ese mismo cuidado? ¡Oh, valiente caballero! ¡Oh, gobernador bizarro! Cada noche la campaña visito, y después que ando peleando en mis discursos con invencibles cuidados, no duermo. Por esta tierra las tropas van ya pasando, destruyendo esos países. El socorro a los soldados esas tierras imperiales tributan, que así deshago algunas fuerzas al César, pues si la guerra dilato, que es lo que ahora pretendo, y en su dilación los gasto, ¿con qué me ha de hacer guerra a mí, sin fuerzas quedando? Porque mal, tan oprimidos, socorrerán los vasallos. Por el César moriremos, vida y honor arriesgando. Allí dos hombres escucho que dicen ?triste presagio? que morirán por el César, vida y honor arriesgando. ¿Quién serán? Solo él merece ser dueño de los aplausos. Solo yo quien lo merece soy, a pesar de los hados. Aunque los oigo, no puedo, como platican tan paso, conocerlos. Cordón muera si fuere traidor vasallo. Y si el capitán lo fuere, también muera hecho pedazos. Eso no, porque se amparan a la sombra de mi brazo y son leales amigos. Y sus viles aliados, el conde y el mariscal, mueran. Si yo los amparo, en vano vuestras traiciones ejecutaréis, villanos. ¿Quién serán? ¡Válgame el cielo! Pues, dadme ahora la mano.. Vesla aquí. Pues, de esta suerte prometemos y juramos de dar la muerte al Frislán. ¿Qué es lo que estoy escuchando? Mas vengaréme en sus vidas, volviendo a mirar si acaso alguna celada armada contra mí discurre el campo. Y, en asegurando aquesto, volveré luego a matarlos. Éntrase, y salen el conde y el Mariscal. Tras el duque general, que anda visitando el campo, sin que lo sepa venimos. Dos hombres, si no me engaño, he visto hacia aquesta parte, encubiertos de los ramos. Lo que trataren oiremos. Y no oirán lo que tratamos. Pero su invicta persona seguimos tan a lo largo que ya le habemos perdido. Guíe el acierto sus pasos. No hay nadie. Volver pretendo donde dejé a mis contrarios, a que castigue mi acero lo que habló su desacato. Eso ha de ser con secreto. El tiempo lo irá ordenando. Ya el alba ríe y del sol comienza a acechar los rayos. Un hombre hacia acá se llega, y parece que, empuñando la espada contra nosotros, mueve los dudosos pasos. Prevengamos, pues, las nuestras, que es importante el cuidado. ¿Así al duque de Frislán le dan la muerte, villanos? Acuchíllalos. Deténgase vuestra Alteza. Escuche. Suspenda el brazo. Esto importa. Las espadas, oh, gran duque, a vuestro lado. ¿Quién sois? ¿quién sois? Mas ya el alba, Cordón, con dudosos rayos me da a entender que con ella amanecen mis cuidados. ¿Vos, conde? ¿Vos, mariscal? Siguiendo, señor, tus pasos, como imán que nos atraes, tus enojos encontramos. ¿Vos, Cordón, vos, capitán, cómo tan presto a mi lado os hallastis? Aquí importa . astutos disimularnos.¿ Siendo escolta a tu persona, nuestra ventura nos trajo. ¡Válgame el cielo! ¿Qué puedo en lance tan apretado discurrir? Porque si ahora culpo a los dos de los cuatro, en ninguno puedo hallar ni aun de una evidencia un rasgo, porque a todos los disculpa el haberlos yo escuchado. En mil ansias me confundo, en mil dudas me embarazo, pero a mi espíritu ardiente, pero a mi aliento bizarro, ni le amedrentan prodigios ni le turban sobresaltos. Fuese sin hablar palabra. Por los ojos brota rayos, ignorante del suceso, ciegos los discursos hallo. Entre tantas confusiones, ya no darán mis cuidados sin un prodigio una huella y sin un asombro un paso. Lo que importó fue salir y ponernos a su lado del duque, porque con él así nos aseguramos. Cordón, lo que importa es, pues ya despachó Galaso por la posta a dar aviso al César, no descuidarnos. ¿Qué es descuidarnos? Veréis qué puntual satisfago con la obligación de noble. Sois valiente. Sois gallardo. ¡Oh, cómo en las canas lucen esos alientos bizarros! ¡Oh, cómo esas bizarrías lucen en los verdes años! A mí me toca esta empresa. A mí me toca ayudaros. A mi tercio voy contento. Y yo al mío alegre parto. ¡Muera el duque! ¡El duque muera! Y triunfe de los tiranos... Por siglos la casa de Austria. Y el César eternos años... Viva la fe soberana. Y viva el imperio santo. Adiós, irlandés valiente. Adiós, escocés gallardo.
JORNADA TERCERA
Traer acuestas un mosquete no es de hombres de bien, y, así, esta plaza desde aquí trueco por la de alcahuete. Pues desde que hemos llegado a Egra con el Frislán, donde aguarde el capitán, Isabela me ha mandado; el mariscal que su intento ayude con procurar que esta noche pueda entrar sin ser visto a el aposento de mi ama. Y yo no replico, porque en mi interés me fundo, pues ya que salgo a ver mundo me he de valer por mi pico. Ya se tarda, porque son las doce, tiempo en que ya toda la hostería está en silencio, y el ladrón del huésped se ha recogido, y yo he de salir sin ser sentido de mi mujer. Aquesta la causa ha sido con que más ufano quedo, que viendo que hay que arañar, es perdida por entrar al aparte en un enredo. Dichoso este rato soy. Pues duerme, que no despierte Morolludo de esta suerte procuro, pues sin luz voy, y poco a poco buscando la puerta con riesgo tal, donde dije al mariscal que le estaría aguardando. ¿Sois vos? Yo soy. Suerte extraña, mi marido. ¿Hay tal enfado, que por fuerza se haya entrado mi mujer en la maraña? Así veré quién la incita. Su intento sabré muy presto. Pues, mala hembra, ¿qué es esto? ¿Vos sin luz y muy falsita? Decid. Lo que por vos pasa es bien antes que digáis, que estar a escuras... No hagáis que alborotemos la casa, sino con humilde estilo hablad luego, declarando qué es lo que os desvela, cuando es media noche por filo. Hora en que la más golosa lechuza, aunque el lance tope, por dormir deja el arrope de las lámparas. Medrosa estoy de que llegue aquí el mariscal. Yo hallo en tales casos muchos mariscales. Uno que hay me toca a mí. El que hace en mi afecto tal, el alma trae en un tris por Isabela. Mentís, que aqueste es mi mariscal. Y vos ahora queréis, Laureta, con razón poca, quitármele de la boca. Pues aunque más os canséis, dél se ha de hacer partición entre los dos sin pendencias, porque aquestas diligencias bienes gananciales son. Vuestras porfías son vanas. ¿Siempre mi opuesto he de hallaros? Que no acabe de llevaros Bercebú. Que las tercianas o accidentes suelen ser a tiempos determinados, y que yo por mis pecados no me libre de mujer. En todo quiero igualdad. Ya que en esto no hay remedio, pártase luego por medio el mariscal, y tomad el pedazo de los dos mayor, que aunque no sois boba, más o menos una arroba, no quiero pleito con vos. Por no dar que sospechar de mi viaje el efecto, puesto que partí en secreto, fue cuerdo aviso dejar los caballos a la entrada del burgo de la ciudad. Y, así, supe con verdad que era aquesta la posada de Isabela. Mis desvelos qué de priesa me han traído. Pero qué mucho si han sido las postas mis propios celos. Parece que siento gente. Él es, yo llego. Eso no. Yo he de ser. No quiero yo. Si das en impertinente, el diablo puede sufrir. Callad, que ya entiendo el fuste, que ya sé que en este embuste vamos horros y a partir. ¿No oyes hablar? Y he juzgado que alguno hacia ti procura acercarse. ¿Es por ventura el mariscal? El criado de Isabela me parece. Así de engañarle trato. Yo soy, perded el recato. Pues seguidme, que ya ofrece el silencio su favor a vuestro amoroso intento, y mi ama en su aposento está. ¿Hay desdicha mayor que entrando a escuras y acaso a ser de mi mal testigo, hubiesen de dar conmigo los celos al primer paso? Qué cierta fue mi sospecha. Tú aguarda aquí. Voy muriendo. Ya os sigo. En ira me enciendo. Pisad blando. De esta hecha se entarquina el mariscal. ¡Que con un agravio encuentre mi fe! Si antes que allá entre no se muestra liberal, ¿quién hay que de dar se acuerde al salir? Mujer atroz, . presto verás que tu voz víbora es que el alma muerde.¿ Ven tras mí. Ahora es precisa mi rabia. Es tu intento injusto. Mas quiero huir de este susto, que esotro no me da prisa. Entre, y sale Isabela retirándose del capitán a medio vestir. Con Isabela que soy . el mariscal he fingido, por quedar más satisfecho. Ya que tu aleve delito te hace enmudecer tan presto, sírvate, pues, de castigo ver de una vela a la llama opuestos mis nobles bríos a tu error, porque el decoro sea freno de tu delirio. ¿No hay quién me traiga una luz? ¿Ahora todos rendidos estáis? Mas ¿cuándo a un traidor dejó de serle propicio el silencio de la noche? De aquesta luz prevenido entro, porque es la voz de Isabela... Mas ¿qué he visto? Sospechas, ¿Qué es lo que veo? Cielos, ¿qué es esto que miro? ¿Tú a estas horas en el cuarto de Isabela, y ella a gritos pidiendo una luz ahora con furores negativos? Culpado tu atrevimiento, señas son con que averiguo en ella un despecho honroso y en ti un loco desvarío. Pero a mí aquesta venganza me toca. Antes que atrevido tomes por tuya la ofensa, y tú con celos o arbitrio te arrojes a que una duda haga un empeño preciso, oídme los dos ahora. Quedará el uno eximido de una obligación, y el otro podrá salir de este abismo de la sospecha, advirtiendo que ha de ser este que os digo del tribunal de mi acuerdo decreto difinitivo. Apenas mal persuadida me dejé llevar del hijo de la noche más allá de la patria del olvido, cuando un grave sobresalto a las puertas de mi oído dio golpes. Y yo le oí despierta tan de improviso, que en un abrir de ojos sólo volví a cobrar los sentidos, restituyéndome un susto lo que me usurpó un alivio. Oigo que un hombre me dice: “Isabela, dueño mío, si no vivo en tus dos cielos, muera en mis muchos abismos. El mariscal soy...” Pero esto con un afecto tan tibio lo pronunciaba, que apenas fue voz lo que era delito. No me dejó tan sin mí el suceso que advertido el recato no encontrase con parte de mis vestidos Que para guerra tan noble era el lecho campo indigno de batalla. Y, así, quise esperar a mi enemigo con estas armas que a escuras mi advertencia me previno, aseos de la modestia o del traje desaliños. Salgo huyendo esta violencia. Una luz a voces pido. Acudesme tú con ella. Y en un caos tan indeciso de hallaros aquí a los dos, me veo que no distingo cuál de esta ofensa es la causa, pues hallo que el que imagino que me solicita el daño me socorre en el conflito. Si no es que viendo que entró el capitán al ruido, por disimular su culpa, usó de aqueste artificio. Pero sea la que fuere, que ahora yo no averiguo si fue incrédula cautela del capitán, que si ha sido querer acechar sus celos así, fue necio disinio, que es la prueba peligrosa, pues suele el que de este estilo se vale aclarar agravios en vez de tener indicios. Mas lo que ahora me toca es borrar lo que han escrito las sospechas, publicando que, aunque con resuelto aviso, dije a duque general que el mariscal era digno de aquel favor que un acaso entre los dos neutral hizo, fue temor que se irritase el duque. Pues siempre he visto que su enojo es de tu queja poderoso patrocinio. Así, a ti te desengaño. Y, así, a ti tambien te libro de una sospecha villana, que estos días te ha tenido tan sin causa muy de parte de los descréditos míos. Y, vive Dios, que me corro, porque no es tan puro y limpio como mi pecho ese albor que ya en los vagos distritos de la ira va extendiendo para ser con grave oficio de la majestad del sol cándido sitial de armiño. Que soy Isabela, honor de Bohemia y del antiguo blasón que me califica el esplendor repetido que heredo, y yo misma soy. Con que si ofendida miro puedo matar, pues por alma tengo un noble basilisco. Pues, según esto, el favor he de cobrar, pues es mío. Antes verás... Advertid que llega el duque. ¡Que vino a tan mal tiempo su alteza! ¡Que este lance haya perdido! Mas yo me sabré vengar. El retirarme es preciso por el duque, ya que he dado al capitán este alivio. Mariscal, perseguido de un cuidado de vuestra casa vengo. Bien se nota, pues tanto vuestra Alteza ha madrugado, que algún grave desvelo le alborota. Pues siempre de los cuatro me he fiado, de este volcán que reprimido brota oíd la causa, y mi fogoso acento seque el mar, queme el suelo, encienda el viento. Picolomini, pues, con falsos tratos, el general galaso y, juntamente, el fuerte Solanic de los corbatos, es caudillo con fama de valiente, todos tres juntos al disinio ingratos con que les decubrí mi pecho ardiente, dieron aviso al César, que cautela, debiendo el ser a mi marcial escuela. Y esta mañana supe que han tenido un orden contra mí los coroneles. Los cabos el respeto me han perdido. Ya no me contribuyen los cuarteles. Y la coraza con rebelde olvido no me abate el guión, ni los tropeles de infantería, a son de astutos roncos, de Borgoña los dos cruzados troncos. Dicen que sale el rey de Hungría y fiero se muestra armado al resonar del parche. Pero ¿qué importa, si antes de otro enero el tirreno alemán de nuevo escarche. De tanta gente ser caudillo espero que han de quedar cuando sedienta marche secos el Rin, el Tanis y el Danubio, tres diluvios bebidos de un diluvio. Socorrerme con fuerte estratagema, Arne y el duque de Beymar procuran, y otros que ya, porque la envidia o tema contra la casa de Austria se conjuran. Acabe de rasgar aquesta nema, y lean los que atentos me censuran tanta cifra estampada del cuidado, tanta envidia del odio rubricado. Pues la Alemania está sobresaltada, viéndome sacudir el vasallaje, y ya del mundo me atiende en la estacada, del pie a la gola armado de coraje, empiece a ser corona mi celada, sea dosel adusto me plumaje, cetro el bastón que Marte privilegia y el manto militar púrpura regia. Todos juntos en tu aumento moriremos. Yo, señor, digo lo mismo. Ah, traidor . castigue el cielo tu intento. Mi albedrío es tuyo. ¿Y vos, gobernador de esta plaza de Egra? Nada me embaraza en servirte. Guárdeos Dios. Ahora importa callar. . En otro mayor tormento se ensaya mi sufrimiento. . ¿Que así se calle un pesar? Mas yo buscaré ocasión de vengarme. Estilo es cuerdo que firméis aqueste acuerdo, para más satisfacción. Y porque veáis que procuro cumplirle, que firméis quiero este papel. Yo el primero con mi firma lo aseguro. Haced esto propio aquí todos. Ésta es de mi fe la señal y, así, firmé. ¿Cordón? Firmaré, si así te sirvo. Conde, llegad. Mi lealtad te manifiesto. De Bros, ¿qué aguardáis? Con esto te satisfago. Mirad que sobre mi firma es cierto que un borrón habéis echado. De la pluma es disculpado error. No fue sino acierto. . No importa. Pero en igual . trance mi discurso siente que me dice mi accidente que el capitán no es leal. Los acasos tal vez son ciertos. Mas en mi advertencia, tan usada contingencia, por qué ha de hacer impresión. Pero, aunque no hay que advertir, el papel quiero rasgar. Venid conmigo a firmar otro, porque permitir que esté mi nombre escondido donde afirma mi poder es indicio de querer faltar de lo prometido. ¡Qué acción! Mariscal, no fundo mal el recelo presente, pues cuando soy sol ardiente que empieza a alumbrar el mundo, no es bien que a un borrón tribute mi luz, ni que me acompañe negra niebla que me empañe, denso vapor que me enlute. Ya está todo asegurado. Capitán, valor tenéis. Pero venid y sabréis lo que tengo concertado. El vino me han encargado. Poner la mesa me toca Ayude. Empiece. Ya empiezo. La comida es peregrina. ¡Qué olor de hacia la cocina viene! A usanza de Alemania las trompetas tocarán a hacer los brindis. En fin, el luquete es un clarín con que bebe un alemán. Pongamos las servilletas. Mas Roberto se desmanda. ¡Ah, camarada, ¿no manda que le toquen las trompetas? Los irlandeses bebemos a la sorda. Si atrevido habla otra vez al oído, con los frascos reñiremos, que yo no sufro cosquillas. Sepa tener más honrados términos. Los convidados vienen. Calle y ponga sillas. Ya todo está apercibido. Romance áe Capitán, en este lance que disimuléis importa con el mariscal. La parte de leal siempre en mi pecho pudo más que la de amante. Mas presto diréis que a un tiempo hago de las dos alarde. Ya hecho de ver mariscal que con fingido semblante vuestros celos desmentís. Mucho el mostraros afables importa, para saber destos dos si son leales al duque Alberto. Ya pueden vueseñorías sentarse. Roberto, ordena que al punto se alce el puente, porque nadie pueda salir del castillo. Ea, señores, honradme. Un volcán el alma oculta. . En el pecho escondo un áspid. . Hoy de aquesta suerte todos se festejan por ser martes de carnestolendas. Treguas a las fatigas de Marte pone el ocio. Así reposa el acero, hasta que el parche en defensa de la fe o le recuerde o le llame. Y en servicio de Fernando, César de Alemania... Alabe la fama su invicto nombre. Así haré de sus infames corazones la experiencia, que monarca tan amable todo el mundo hable por él sus virtudes ejemplares, su grandeza, su piedad, su celo, su incomparable religión, que a los demás excede en el esta parte. Dígalo aquella ocasión en que de los alemanes rebeldes más acosado, devoto acudió delante de un crucifijo, de cuya efigie animado el arte es común voz que le dio respuesta en palabras tales: “Fernando, no desconfíes”. Pues ¿de quién puede contarse tal blasón a un bulto helado prestó espíritus vitales, que como era su fervor lengua de fuego, al instante ardió el leño. Y, así, aquel acento divino y grave fue de un incendio denuedo, llama causada en la imagen. Prodigiosa maravilla. Ah, Roberto. Señor. Dame de beber, porque al aumento del César, que el cielo guarde, quiero brindar. Eche. Aguarde. Veré si es de lo del Rin. ¿Qué es lo que hace? Aprovecharme que botillero ad honorem soy, y que estoy sin mis percances. Aquí está ya lo que pides. Venga, pues, que he de brindalle al seño coronel Tersa. Ya espera. Éste es nuevo examen, pues a la salud del César y de toda la triunfante casa de Austria, de quien es cabeza Filipo el Grande, haced la razón. Primero es justo que se repare que aqueste aplauso es debido al duque. Bien satisface el coronel esta deuda. El duque ha de ser el que antes que todos este respeto en nuestro cuidado alcance. El emperador es solo dueño de las voluntades y ha de preferir. Aquí no conocemos a nadie, a Bolestain... Nosotros nunca somos desleales. Mal recompensáis al duque. El duque es traidor. Infames, mentís. Aquí de mi amor, pues que ya ha llegado el trance. O bien ahora mis celos... Dejad las vidas, cobardes. Será a costa de las vuestras. Hoy acabo de vengarme. Dentro, ruido de cuchilladas. Vuelvan a salir el capitán y el gobernador. Murieron los alevosos. Ya el favor que fue celaje del planeta que me alumbra entre las ansias mortales quité a traidor mariscal, a pesar de su coraje. Nada hemos hecho hasta ahora, porque lo más importante nos falta. Puesto que el duque, aunque estos sus dos parciales eche menos, el suceso es imposible que alcance. Tomemos resolución de lo que en caso tan grave se ha de hacer. Hoy un aviso tuve de los generales Picolomini y Galaso, en que me advierten que aguarde ocasión para cumplir el soberano dictamen del emperador, que atento del duque al traidor alarde, orden ha dado en común para prenderle o matarle. Uno de esos dos intentos hemos de elegir. Más grande acción sería prendelle y envialle vivo delante del César. Es tan piadoso que había de perdonalle, y quedando vivo el duque, fuera nuestro riesgo fácil. Pues, ¿qué acuerdo tomaremos? Ahora bien, pues que ya caen los cabellos de la noche y destrenzados se esparcen hasta la espalda del mundo desde la frente del aire, salgamos de aquí y veremos qué es lo que ha de ejecutarse en el palacio del duque. Ea, amigo, en este lance cordura y valor importa. a los que por más leales tenéis, los más animosos elegid, y acompañadme con ellos. El cielo quiera que con veloz paso marche el rey de Hungría. Yo haré que su augustísimo padre triunfe de este monstruo. Vamos, capitán. El que no sabe vivir osado no vive en el bronce ni en el jaspe. Un can gime en voz mortal. Y en el pesar que me deja más parece humana queja que ladrido irracional. Y cuando quise a el quieto sueño pagarle el tributo, atento a la voz de un bruto, parece que la interpreto. Como estoy en al naufragio que es cualquiera cosa infiero advertencia del aguero, documento del presagio. Pero tan leve ocasión ¿por qué ofende mi decoro? a ser bramido de un toro y rugido de un león, fuera aviso más prudente para mí; mas este azar lo que tiene de vulgar le hace conmigo indecente. Quisiera verme yo rey y de mi patria... No he sido de tantas guardas sentido. Y deshacer tanta ley que la casa de Austria trata con su molesto dominio. No lograrás tu desinio. ¿Quién está aquí? Quien te mata por traidor. ¿Vienes sin seso? ¡Ah, de mi guardia! ¡Traición! Muera, que en la dilación peligra todo el suceso. ¡Ah, mariscal! ¿No hay quien vea mi riesgo, que hube de estar sin armas? ¿Que el capitán De Bros es el que tan gloriosa hazaña emprendió? Y el que postrado a vuestras invictas plantas os ofrece este trofeo, augustísimo monarca. Veis aquí, señor, al duque. Su persona es castigada, tres veces pasado el pecho de esta aguda partesana. Haced retirar el cuerpo. Por acción tan señalada esperad nuevas mercedes. Si con su mano me paga la varonesa Isabela, quedan, señor, bien pagadas. Vesla aquí. Ea, Fernando, pues que se apagó la llama que ingrata al que la encendió con ruina amenazaba, generalísimo os nombro desde luego en Alemania. Hijo, tomad el bastón. Vuestra Majestad cesárea me dé aquesa invicta mano. El cielo, Fernando, os haga gran defensor de la Iglesia. Y aquí la mano levantan, senado, toscos buriles, que entre láminas retratan al vivo aqueste suceso, para castigo y venganza de todos los conjurados, para terror de Alemania, para blasón del Imperio y honor de la casa de Austria.
