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Texto digital de La más hidalga hermosura

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Atribución estilometría
Juan de Zabaleta Probable yFrancisco de Rojas Zorrilla Probable yPedro Calderón de la Barca Probable
Género
Comedia
Procedencia
El texto ha sido preparado por Sergio Rodríguez Nicolás.

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Cita sugerida

Rodríguez Nicolás, Sergio. Texto digital de La más hidalga hermosura. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/mas-hidalga-hermosura-la.

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LA MÁS HIDALGA HERMOSURA

JORNADA PRIMERA

Este cavado metal que al aire admira sonoro,... Este parche que es del viento escándalo numeroso,... .este gusto,... .esta inquietud,... .este aplauso... .este alborozo... .son, señora,... .son, señor,... .señas,... .pregones dichosos... .de que a León ha llegado... .entre marciales despojos... .el conde Fernán González... .de Navarra vitorioso. Yo os doy muchos parabienes. Yo, Ramiro, os doy los propios. Mas, ¡válgame Dios! ¿Qué escucho? Mas, ¡cielos! ¿Qué es lo que oigo? ¡Destemplado el atambor! ¡El ya alegre clarín ronco! Suenan como que suspiran. Hablan como con sollozos. ¿Quién de tan grande mudanza... .la causa dirá? Yo solo podré decir que, al llegar a la vista de ese heroico palacio Fernán González, las escuadras que de adorno venían sirviendo a sus triunfos, como con un alma todos, las cuchillas de las picas que arrimaban a sus hombros hacia el suelo las volvieron y las banderas, que al soplo del céfiro eran tendidas ⸺vagos jardines hermosos⸺, recogidas a sus astas desde el limpio acero al plomo, las que entraron como galas ocupaban como estorbo. Mas ya él llega y explicaros podrá la causa que ignoro. Deme vuestra majestad su real mano. Generoso conde de Castilla, el suelo no os merece a vos; más propio descanso os serán mis brazos. Ya la mayor dicha logro. Vuestra majestad, señora, por el más feliz abono de mis servicios, permita que bese el suelo dichoso que pisa. A tan gran soldado ese es galardón muy corto; no estéis así. De mis dichas esta es la mejor que gozo. ¡Qué discreto, qué gallardo, qué cortesano, qué airoso! Amor, mucho me lastimas, pero yo te lo perdono. Sacadnos ahora de una duda que nos tiene absortos: ¿por qué cajas y clarines, habiendo entrado sonoros, al llegar a mi palacio hicieron son lastimoso? El principio fue, señor, cumplir con vos y lo otro, con la reina, mi señora, a quien tengo por forzoso que aflija. No prosigáis, que aunque venís vitorioso de las armas de mi padre, y aunque de Navarra el solio fue el primer sitio que tuvo la cuna de mi reposo, en mi pecho eso no puede causar ni el menor enojo, que el pariente más cercano de las reinas es su esposo, y solo son naturales del suelo aunque sea remoto donde reinan sus maridos y a quien dan leyes gloriosos. Esto es en cuanto a reina. En cuanto a esposa, me corro de que presumáis que estamos tan distintos, que en nosotros quepa el número de dos, que es entre amantes odioso. Uno somos, porque yo en Ramiro me transformo, él se ha de holgar de que el cielo dé a sus dichas estos colmos, pues mirad cómo podré no tener el mismo gozo. Supuesto, pues, que mi voz no tiene ya aquese estorbo, este fue todo el suceso. Referilde. Es de este modo. Llegó la hora fatal de verse los numerosos campos de León y Navarra vertiendo horrores y asombro. Dos colinas ocuparon el uno en frente del otro, que con la luz de las armas eran de diamante escollos. Estaba la infantería del cerro en lo más fragoso con las picas arboladas, cuyos aceros lustrosos como tan altos se vían , imaginaron los ojos que se habían encendido en el sol de llamas golfo y que ardían por las puntas aquellos fresnos undosos. Los que carcajes de flechas llevaban al duro hombro con una puesta en el arco aguardaban el destrozo, mas era el valor tan grande que en trance tan peligroso como a todos esperaba, como amenazaba a todos solo temblaron las plumas en los sombreros airosos. La caballería pisaba el sitio más espacioso, lleno de arrogancia el pecho y el ademán de alborozo, mas ¿qué mucho que los hombres mostrasen valor heroico cuando los mismos caballos, mal hallados con el ocio, se abrasaron de manera, se encendieron de tal modo que pedazos parecían de aquellos cuerpos briosos que sobre ellos se mostraban o que les dieron del odio sus dueños que en sí temían, pues inquietos y fogosos atronaban a relinchos los armados promontorios por entre los duros frenos que tascaban sin reposo blanca espuma despedían y por prodigio o asombro entonces vimos que el fuego vertía la nieve a copos. Empezaron a bajar los dos campos poco a poco de los sitios eminentes y fue haciéndose más corto el espacio que entre ellos florido estaba y hermoso, pero así como el valor generosamente loco y pródigo de la vida se miró sin los estorbos de la distancia, se mueve colérico y presuroso, mas quien primero embistió con los navarros fue el polvo. Ya un escuadrón se dispara contra el batallón, que pronto sale a recibir valiente los golpes impetüosos ⸺nubes de embotado hierro⸺ y el güeco del aire es poco para las astas que suben a sus regiones en trozos. Muchos brazos logran muertes, muchos de puro infuriosos malbaratan las heridas no teniendo objeto propio. Cadáveres aun no fríos cubren el suelo, ya rojo con su sangre, de tal suerte que los arpones que el corvo arco despidió enemigo con estallido espantoso no hallan tierra en qué caer y crueles de muchos modos, si no dan la muerte a un vivo, son de un muerto vivo enojo. Los cabos allí no mandan, el consejo andaba ocioso, todo lo hace el acaso, todo a mi voz está sordo, la fortuna guobernaba y yo lo miraba todo. Viendo, pues, mi autoridad baldía y que allí supongo no más que por un soldado, el noble bastón arrojo y, para servir de algo, una gruesa lanza tomo. Llego al primero que encuentro y el duro peto le rompo y, por la herida, su alma halló fácil desahogo quedome gustoso el trazo, y adelante paso como tigre nuevo a quien le supo bien la sangre de algún toro que por toda la vacada va haciendo fiero destrozo. A muchos les di la muerte y entrándome por un soto de espaldas vi un caballero que cerca de un blanco chopo pareció que descansaba de los marciales ahogos, pero, apenas escuchó el pisar fuerte y ruidoso de mi caballo en la sangre de que había en el campo arroyos, cuando a mí volvió erizado como león generoso a quien la luz del acero dio de repente en los ojos. En los borrenes se afirma, de la cuja saca el corto pie de la lanza y la rienda dispone al choque furioso. Apercebime al encuentro y, como fieros abortos de nube que en sus entrañas guarda fuego escandaloso, uno con otro embestimos y a un tiempo vimos en trozos divididas nuestras lanzas, mas de la mía espantoso se asomaba el primer tercio, el arnés templado roto de mi enemigo a la espalda vertiendo sobre los lomos del caballo tanta sangre que el que pareció en los tornos hecho de plata bruñida fue bermellón espumoso, mas no por eso la vida y el valor le dejan solo, que vengativa su diestra halló de la espada el pomo. Sacamos las dos cuchillas y al certamen riguroso volvimos y él, espirando, con menos tino que enojo, daba los golpes al aire, que con silvos lastimosos se quejaba tiernamente a las flores, que en contorno a nuestros valientes brazos eran teatro oloroso. Halleme el caballo cerca y dile en el cuello hermoso una herida en cuya nieve nacieron claveles rojos. Ambos iban ya cayendo, mas el caballo oficioso procuraba atentamente el no caer de tal modo que ofendiese a su señor como suele galán olmo a quien bella vid se abraza, que dejarretado el tronco cae con cortés atención de no ofender los pimpollos de aquella planta a quien debe cariños afectuosos. Así el bruto agradecido se rendía cuidadoso de no añadir pena a pena y, al fin, el uno y el otro en el lamentable campo quedaron rostro con rostro. Llegó a este tiempo un soldado, infante que codicioso del despojo se entregó del cadáver al despojo, diligente la visera le quita cuando conozco que es Sancho, rey de Navarra, el muerto y... ¡Cielos! ¿Qué oigo? ¿Mi padre murió? ¡Mal haya la victoria, pues la compro con el precio de una vida que era la luz de mis ojos! ¡Mal haya, amén, el acero que soberbio y licencioso se atrevió a verter la sangre que aun ya derramada adoro! Nunca el conde de Castilla el bastón imperioso empuñara, mas ¿qué es esto? ¿Cómo la gloria interrompo de mi esposo con gemidos y la estrago con sollozos? Vuestra majestad perdone, que es este afecto tan propio que de él no pude librarme, y crea que no hay soborno para mí como sus dichas. Yo, señora, ni me enojo ni me admiro de ese llanto, que por un padre es forzoso, antes por su muerte yo secretas lágrimas lloro. Yo os lo estimo como debo. (Y vos, conde ¡ah, alevoso!, ¡qué bien lograste el veneno de tu envejecido odio!, mas yo tomaré venganza.) Proseguid con el gustoso suceso, dad a las almas, pues le hay, más alborozo Decid, conde, lo que resta, decid. Lo que resta es solo que triunfaron de Navarra las armas de vuestro esposo. Yo me doy por bien servido, Fernán González, y pongo por primero en mis cuidados el que no quedéis quejoso. Conde, aunque muestro dolor y aunque la desdicha lloro de mi padre, sé que os debe esta corona que gozo mucho. Yo os lo premiaré. (Tú verás cómo dispongo el castigo que merecen de mi sangre los oprobios.) Conde. ¿Qué mandas? Aquí, aunque mirándome estén, te he de dar un parabién. Dame tú un pésame a mí. ¿De qué, Violante divina? De que de la reina dama ya no soy porque me llama mi padre, que determina que a Pamplona vaya luego a servir de camarera a la infanta, y ya me hubiera partido si aqueste fuego, si aquestas mis penas raras del amor que te he tenido no me hubieran detenido aguardando a que llegaras. Ya te he visto y ya ha llegado de no verte más el día. Esa pena ha de ser mía, pues yo soy el desdichado... (Yo quiero fingir ahora con esta, pues se ha de ir, mas a la que va a servir es la que mi pecho adora.) .y cree, que en pena tanta desde hoy tendrá mi afición en Navarra el corazón... (Pero ha de ser en su infanta.) .y, pues lo quiere mi estrella, en desapacible calma en Pamplona estará el alma. (A los pies de Sancha bella.) Fiada en eso, a tus pies te he de pedir un favor, y es que creas que es mi amor lo que yo siento que es. Y agora, que en vano lloro, queda a Dios. ¡Qué desconsuelo! Llévete a Pamplona el cielo. A ver los ojos que adoro. Señor, ¿podemos hablar?, que ha seis horas que callamos y de la fuerza que he hecho me está doliendo este lado. Habla, Nuño, que bien puedes. Dime, ¿estás endemoniado? Que delante de la reina vas a decir que tu trazo le dio a su padre la muerte... ¿Tienes al revés los cascos? Nuño, los reyes no tienen a ningún sujeto humano tanto amor como a sus glorias. Todos te lo confesamos, tío y señor, mas aquí no fue el decirlo acertado porque podrá maliciar la reina, que es derivado este efecto de aquel otro envejecido de cuando embajador en Navarra fuiste, que o por temerario o por muy afectuoso a tu rey, el rey don Sancho, muerto, te mandó salir de Pamplona. Tu criado soy, señor. Albar Ramírez, yo por mi deudo os amparo. Pues sobre criado y deudo tan tiernamente te amo, que soy en mi amor segundo. Créolo así. Pues asentado esto, te afirmo que has hecho hoy un desacierto estraño en publicar que le diste la muerte al rey por tu mano, que para que no lo sienta la reina y esté pensando mil maneras de venganzas contra el dueño de este agravio es menester trastornar todo el orden soberano y volver a hacer de nuevo los corazones humanos. Yo el afecto os agradesco, mas creed que en este caso no es muy grande el yerro mío y solo el dolor que saco de este suceso es pensar que pierdo ⸺¡ah, infelices hados!⸺ la[s] esperanzas de ver a la deidad que idolatro, a la infanta de Navarra, que, aunque del fuego en que ardo ella no tiene noticia, fuera para mí descanso el no mirar imposible este amor en que me abraso. Señor, vámonos de aquí, que alguna desdicha aguardo. Nuño, muy cobarde eres, mas, pues tú lo quieres, vamos. Esperad, conde. Señora, obediente a tus mandatos estoy. (¿No lo dije yo?) (Así mi venganza trazo.) Yo estimo tanto el aumento de este reino y quiero tanto a mi esposo que sus dichas comprara, a ser necesario, con mi sangre y con mi vida y agradecida me encargo de premiar a quien le sirve, y así a vos, por lo bizarro, lo leal y lo prudente que agora os habéis mostrado, os quiero dar esa joya, y estimalda, que en su tanto vale tanto como yo. Guárdeos el cielo mil años. Bésoos los pies muchas veces. Confuso, ciego y turbado estoy, ¿qué podrá tener esta caja? ¿qué tan alto precio le puso la reina? Yo no he sido lapidario y he de apreciar esa joya antes de verla. Veamos. Paréceme, señor mío, que valdrá sus cien ducados, diez más o menos. ¿En qué, dime Nuño, lo has hallado? En que eso valdrá la reina vendida en Argel. ¡Villano! Abre la caja, señor. No hagas tal, que habrá un diablo. No hay sino un ángel, amigos, . porque esta joya un retrato de la infanta doña Sancha, hermana y prodigio raro de la reina. Pues en eso, tío y señor, ¿qué os ha dado? Mucho y nada, ¿qué se yo?, pero este papel debajo de la lámina venía. Yo imagino que soñamos. Leelde. Sí haré, porque nada de vosotros guardo. «Conde, si vais a Navarra, os dará Sancha la mano, que la reina de León premia así a tan gran soldado, y advertid que vais seguro, que don García, mi hermano, os hará aquesta merced, que yo lo tenía tratado antes y él gustaba de ello sin encontrar embarazo. Y ahora por cartas que envió aplico a este empeño cuanto puedo con él, que no es poco. Por creencia ese retrato llevaréis, que él me envió por consuelo y por regalo. La reina». ¡Bien haya, amén, la estrella que entre sus rayos, influjo de tanta dicha, tuvo para mí guardado! ¿Y ahora qué pensáis hacer? Partir, sobrino, volando a Navarra. No lo apruebo. No te entregues a un engaño. ¿Cuándo los reyes a nadie engañan? Este agazajo me parece navarrisco que nos ha de salir falso. ¡Vive Dios que aquesa lengua te saque si, malmirado, hablas de la reina mal! Ya, como sin lengua, callo. Yo, señor, habré cumplido con estar siempre a tu lado. Yo con quedarme en León me escuso de mil trabajos. Tú tienes de ir a acompañarme, y Albar Ramírez. Andallo. ¿Tan poco valgo, señor, que para esto no valgo? Vos importa que os quedéis, sobrino. Pues id, fiado que, si acaso la fortuna no lo quiera el cielo airado se os declarare enemiga en Navarra, que este brazo, conduciendo valeroso valerosos castellanos, os saque de cualquier riesgo aun a pesar de los astros. Pues vamos a prevenirnos. Pues a obedecerte vamos. (Sancha mía, dos mil vidas aventurara arrestado solo por mirar tus ojos.) (Mucho temo algún fracaso.) (Mucho temo una desdicha.) (Ya sin verte no me hallo.) (Y ya voy temiendo yo que me han de matar a palos.) Navarros valerosos. Obedientes, leales, generosos. De la lealtad admiración primera. Asombro a quien el mundo más venera. Valientes en la guerra vencedores. Muy justos en la paz guobernadores. Aquí tenéis en trono descubierto... .a don García, de don Sancho el muerto legítimo heredero que aclamamos. ¿Juraisle vuestro rey? Sí, le juramos, con tal que él jure de guardar enteros de nuestra patria los antiguos fueros. ¿Juráis, señor, juráis sobre estos santos divinos evangelios de que cuantos fueros tiene este reino, fiel, seguro, siempre le guardaréis? Así lo juro. ¿Juráis guardar justicia sin malicia? Juro también que guardaré justicia. Pues, navarros, decid con voz altiva que viva nuestro rey. ¡Don García viva, nuestro rey y señor de glorias lleno! Para asombro y terror del sarraceno. Pues ahora, señor, a vuestra hermana le dad vuestra real mano. Muy ufana ha de quedar la majestad con eso. Yo la mano, señor, agora os beso por mí y por todos los navarros godos. Yo os la doy y los brazos para todos. Y ya que está celebrada mi feliz coronación y que me he puesto debajo de la corona el dolor de los cuidados, será justo empezar desde hoy y desde luego a tratar de cumplir mi obligación, y así quiero retirarme. Antes que salgáis, señor, de aquí, tengo que deciros, quedando a solas con vos y don Ortuño. Despejen. Ya ninguno sino yo en esta cuadra ha quedado. Pues dadme agora atención. Invicto rey don García, nuevo en Navarra blasón, cuyas virtudes sean tantas que de tu reino el amor se queje de que tan tarde la corona se te dio, desaprisiona del gusto de reinar el corazón y la presente alegría no sufoque aquel rencor que ha de estar allá en tu pecho contra el aleve y feroz conde de Castilla, que con infamia o con traición le dio en el campo la muerte a tu padre y mi señor. No te soborne la ira el pensar que si mató a tu padre te dio un reino, pues en cualquiera ocasión que muriera habías de ser su heredero y sucesor. El reinar un poco antes no se contrapese, no, con el dolor de ver muerto con cautela, con rigor, con agravio y con injuria aquel insigne varón que de otro rey engendrado para reinar te engendró, y repara, si del reino el dulcísimo sabor te embriagare, que tu padre, valeroso campeón, murió al yerro de una lanza por hacértele mayor. El conde Fernán González, por odio que concibió contra él cuando en Navarra fue atrevido embajador, pudiéndole llevar preso de la vida le privó. Mira, rey y señor mío, que a la joya de tu honor, a quien pasadas grandezas dan presunciones de sol, solo le falta el rubí de la sangre de un traidor; pues, a verterla, García, busca modos desde hoy de que a tus rigores muera quien tan bien los mereció. Y, si estuviere templado de ese tu odio el ardor, rompe este mi pecho luego y sácame el corazón, que, trayéndole contigo, yo la palabra te doy que te ha de sobrar crueldad, ira, enojo, indignación aun para el mayor estrago que jamás el cielo vio. ¡Ea, hermano! ¡Ea, rey mío!, dale principio a esta acción, empiece desde este instante la venganza más atroz, así los ejes del mundo cierren tu jurisdición, muera en tus mares el día, nasca tu vasallo el sol, y por las estrellas cuentes los triunfos de tu valor. Doña Sancha, hermana mía, la violenta, la veloz muerte de mi padre que en su reino tenga Dios está tan allá en mi alma que, si cierra a mi pasión la fortuna los caminos de vengar mi injuria, yo llamaré a público duelo al cobarde guerreador que dio a mi padre la muerte, a quien dándosele atroz, aquel cadáver sangriento tomará satisfación. ¡Oh cuánto me alegra oírte! y ¡oh cuánto...! Permitid hoy una licencia a mis canas y un consejo a mi afición. Muy para sentido es el suceso que le dio al llanto tanta materia y tanta causa al dolor, pero no es para vengado porque aquella permisión el derecho de la guerra a cualquiera concedió de los del opuesto campo; demás de esto, decir vos que habéis de desafiar al conde es cosa, señor, tan fuera... Callad, Ortuño. No habléis más. Ahora llegó a las puertas de palacio Violante. ¡Qué dulce voz! Mi hija es, que ha llegado. Con vuestra licencia voy a recibirla. No vais. Decid que la llamo yo. Ya está aquí. Ya vuestros pies... Levantad. Sin el favor de que me deis a besar vuestra mano no es razón. No estéis así. Vuestra alteza me dé la mano. Vos sois hija de un padre tan bueno que os debo agrado mayor. ¿Cómo venís? Como quien viene a gozar del honor de ser vuestra esclava. (¡Ah, hijos, cuánto alegra el corazón vuestra vista!) ¿Cómo queda mi hermana? Queda, señor, llena de dolor y llanto y aquesta carta me dio para vuestra majestad. Quien tanto a su padre amó no me espanto que le llore. Violante. Padre y señor. Por estar el rey aquí mil abrazos no te doy. ¿Vienes buena? Con tal gusto fuerza es. (¡Qué feliz soy! ¡Ah, hermana mía, qué bien has mostrado tu afición y tu entendimiento! El vil Fernán Gonzáles, traidor, estará presto en mis manos.) (En el semblante y la acción muestra el rey gusto leyendo.) Violante. A tus pies estoy. ¿Sabes lo que trae la carta? No, señora. (Dilación no admite esto.) Sancha, vamos; don Ortuño, venid vos conmigo, que encomendaros quiero porque sé quién sois cierta cosa que me importa. ¿Cuándo no os obedeció mi lealtad? (¿Qué habrá traído esta carta?) Sancha, adiós, que tengo mucho que hacer. Id en buen hora, mas no olvidéis nuestra venganza. No haré, Sancha, y el rencor de entrambos logrará presto furias en el que ofendió a nuestra sangre. Con eso sosegaré mi pasión. Yo viviré consolado. Yo con angustia menor. Yo con pena menos graves. Y con menos ansia yo. Vamos, Ortuño. Violante, vamos. (¡Qué gustoso voy!) (Esta carta me ha traído apacible confusión.) Señor, no pase de aquí tu resolución bizarra, que la raya de Navarra es la que miras ahí. El demonio que allá vaya. Mira que adivino soy... Pues ya yo en Navarra estoy. Pues ya pasaste de raya. ¿Albar Ramírez en dónde se quedó? Con los caballos, porque ha gustado de atallos en la selva que le esconde. Aquí estoy, aunque algo lejos quedé en la selva entrincada, que Nuño no es para nada. Sí soy. Para dar consejos. Puesto que para eso solo sirven mis habilidades, señor, ¿es posible que no consideres que haces en entrarte en esta tierra un horrendo disparate? ¿Qué quieres que te dé un rey a quien güérfano dejaste? Aunque sea rey de copas a la copa ha de tirarte. El sabio muda consejo, no desprecies lo mudable, que más linda es una dama y se muda por instantes. Nuño, yo he de ir a Pamplona. ¿Que nada te persuade? Mi amante resolución es más firme que un diamante. Pues un cuento —Dios te libre— sobre ti a plomo se cae. En cierta parte del mundo, que aquí no importa la parte, había una grande hechicera que volvía en animales diferentes a los hombres. A unos los hacía elefantes; a otros, gatos; a otros, perros; a unos, tigres muy galanes; a otros, torpes lechones; y, al fin, cuanto la nadante arca encerró de Noé tenía ella en dos corrales. Llegó un hombre que sabía el contrahechizo al paraje en que estaba y empezó con desenfado galante a ir desencantando hombres, que a sus formas naturales volvían dando mil brincos del contento de librarse. Llegó a uno a quien la forma de cochino abominable cubría y hacía gran fuerza con conjuros y ademanes por desencantarle, mas porque no le desencante lo que él hacía era gruñir, andar hacia atrás y dalle. El tal desencantador se mataba por librarle, mas el maldito lechón le dijo, haciendo visajes: «Yo gusto de ser cochino, vuesa merced no se canse». Llévate esa dotrinita y pasemos adelante. Por el miedo en que te pongo la chanza he de perdonarte. Y agora a esa hermosa fuente, mientras los caballos pacen, nos podremos acercar. Eso es cosa de azacanes. Esto de estar junto a fuentes los aguadores lo hacen. ¿Nada te contenta? No en Navarra. Al monte. Al valle. ¿Ves cómo eres jabalí, pues que vienen a cazarte? Tomad todos los caminos, de suerte que pasar nadie pueda sin saber quién es. Todo el campo por mil partes hombres armados rodean. En peligro semejante ser mosca fuera gran dicha. Vendrán de aquesos lugares buscando algún bandolero, pero vamos al paraje donde los caballos quedan. El pasar no será fácil porque nos tienen sitiados. Yo hago voto de ser fraile. A aquella parte hay tres hombres que parecen caminantes. ¿Si será el conde? No sé. ¿Nadie le conoce? Nadie. Cuando él a tratar estuvo en Navarra de las paces con León, estaba yo en Francia. Con preguntarles quién son, saldrás fácilmente de aquesas dificultades. Dices bien. ¿Quién es aquí? ¿El conde Fernán González? (No lo quisiera ser por un celemín de diamantes.) Yo soy. ¿Qué queréis? Que seáis preso. (Resquiescat in pace.) Pues ¿quién me manda prender? Don García que Dios guarde, rey de Navarra. Mirad, que un seguro a ella me trae de la reina de León, su hermana. Pudiera darle en su reino, mas aquí esos seguros no valen. (¡Voto a Cristo que nos dio la reina con la del martes!) En fin, ¿he de ir preso? Sí. Pues primero... No se alargue vuestro valor a ese riesgo, porque es forzoso que os maten tantos hombres como veis a términos no distantes. (El conde está en gran peligro. ¡Agora, agora, lealtades!) Apartad, Albar Ramírez, porque no quiero que pase adelante ese disfraz. Yo el conde soy, que a casarme con vuestra infanta venía en virtud de las reales cédulas y ofrecimientos de la reina siempre grande de León, pero, pues de ellos tan poco caso se hace, prendedme a mí, que ese hombre es un criado que, antes de saber vuestros intentos, en él quise disfrazarme. (¡Ah, castellano famoso, qué bien cumples con tu sangre!) (¡Vive el cielo que me ha dado envidia acción semejante! Mas no he de dejar vencerme yo en bizarrías de nadie. Fuera de esto, yo pretendo que sepa Sancha que sabe muy fuera de ceremonia morir por ella su amante.) Caballeros, el afecto de ese hombre no os engañe, que es criado mío. Yo soy el conde Fernán González. (¡Que quiera el conde perderse de bizarro y de arrogante!) (¿Quién llegó a ver en el mundo dos tan nobles voluntades?) ¡Estraña acción! Decid vos quién es el conde. Ignorante, con llevárselos a entrambos, ¿de aquesa duda no sales? Sí, mas preso no ha de ir, vive Dios, hombre en quien cabe tal amor que por su dueño quiera a la muerte entregarse. Pues dejad ir a ese hombre. Pues a mí habéis de llevarme, que soy el conde. Dejad, Ramírez, los disparates, bastan las lealtades necias. Yo soy quien vertió la sangre de don Sancho, vuestro rey. Aquesta espada que yace a mi lado le dio muerte. ¿Quién vio duda semejante? Pues porque os desengañéis… Decid. ¿No será constante que es el conde el que trujere consigo la inestimable prenda del retrato hermoso da la infanta? No es dudable pena de amante grosero. Pues yo le traigo. Miralde. Es verdad, aquesa es, pero no es justo que ande con el que, cruel y soberbio, le dio la muerte a su padre. Hombre atrevido, ¿qué has hecho? Vuélveme el retrato antes que te saque el corazón y en piezas se le dé al aire. (¿Para cuándo, valor mío, guardo las temeridades?) Agora veréis. Señor, mira que eso es despeñarte y que es desesperación evidente la que haces. Señor, que vienen dos mil allí a cascarnos la parte. De que vos el conde sois es argumento el más grande el sentimiento que aquí mostráis, porque, a no albergarse mucho amor en vuestro pecho, no hicierais estremos tales; y, así, llevalde, soldados. Dime, ¿para qué es mandarles que me lleven? Cuando tú, atado a la bella imagen de ese retrato, me llevas con cadenas agradables... Soldados, no me llevéis, mas compasivos guiadme, porque, como ciego voy, el caer será muy fácil. Vos bien os podéis volver. Del cielo goce la madre que te parió. Yo no hablo con vos. Pues en los volcanes del infierno pene ella el disgusto que me haces. A vos digo. Mis finezas no sufren esos ultrajes. Pues va este lacayo preso, lo mejor es maniatalle. Paréceme que yo he visto a ustedes. ¿Dónde, bergante? En un paso de Pasión con tocas y con alfanjes. Vos no habéis de venir preso. Pues mirad que, si dejarme queréis, he de convocar ejércitos tan pujantes que las piedras de Navarra tiemblen al son de los parches. No importa. Quedad con Dios. Advertid que a mis crueldades toda Pamplona ha de verse bañada en ceniza y sangre. Albar Ramírez, amigo, vete, y el cielo te ampare. A ti te dé larga vida y te ayude en este trance. A mí me den los demonios un cordel con que ahorcarme. Caminad. Sancha, por ti sufro estas calamidades. Cielos, no me deis más vida que hasta llegar a librarle.

JORNADA SEGUNDA

¿Llamaste a mi hermana? Aquí la fui a avisar que saliera. ¿Aquí no dijo que espera mi hermano? Señora, sí. Ya sale. Templar confío su pena. ¡Grave dolor! La infanta llegó. (¡Ay amor!) Bella infanta. Hermano mío. Yo te [he] enviado a llamar. Di. Porque sepas... (¡Oh hado infiel!) .que quiere el cielo... (Es cruel.) .que llegue el día… (¡Ay de mí!) .en que de un padre la muerte venguemos dos ofendidos. Para esa voz tengo oídos. ¿De qué suerte? De esta suerte. ¿Murió el traidor? Aun no fuera para venganza bastante. Vete allá fuera, Violante. Ortuño, vete allá fuera. Pues la venganza mitigue... ¿Qué? El dolor. Pues la que tomo podrás saber. Dime cómo. Si tú me escuchas... Prosigue. El conde Fernán González, como tú sabes... Detente, no me penetres el alma con que a mis oídos llegue el nombre del que ha vertido nuestra sangre tantas veces la de mi padre por venas, la de mis ojos por fuentes, que al ir a usar del acero con que me vengue y te vengue, buscándole por donde obra, le empuño por donde hiere. Si te he dado por los filos el puñal, no es porque dejes la ofensa por el dolor. Dóitele para que cebes tu ira en tu propia sangre y por que, cuando se vierte, de derramada se irrite u de noble se avergüence. Pues ¿adónde podré hallar al conde? Por que alimente toda mi ira con su sangre. Responde. Cerca le tienes. En la raya de Navarra segunda vez con sus güestes volverá a irritar las tuyas tan cruel como valiente, pues yo, si el caballo ocupo, si sobre él puesta saliere, uno y otro arnés por uso y no por temor, luciente asta en una mano, en otra rienda fácil, el pie débil al ijar, porque obedezca lo que la mano gobierne; doña Sancha de Navarra sabrá... Por que no te cueste los riesgos en que la ira pone al valor tantas veces que, como la ira es ciega, suele haber en qué tropiece. Sabe que dentro en Pamplona tengo al conde preso. Advierte que a no ser tú quien lo dice no fuera yo quien lo cree. ¿Quién le prendió? Mis soldados. Pero ¿cómo fue el prenderle los tuyos? Es la venganza ingeniosa algunas veces. Ardid de guerra sería. Guerra de amor en que siempre que dos afectos batallan es el vencido el que vence. No te entiendo, ¿no sabré...? Lo que agora es conveniente es saber que venga preso y no es saber cómo viene. Pues muera el conde. No muera el conde. ¿Cómo se atreve tu lengua a decir que viva quien dio a tu padre la muerte? Yo he hallado... Di, ¿qué? Un camino en que esté durando siempre nuestra venganza. ¿Cuál es? En esa torre eminente que a trepar a la segunda región del aire se atreve, que está dentro de palacio y de tu cuarto está en frente, retirada estancia tenga tan secreta como fuerte donde tenerle en prisión; el acero le ensangriente de los días, el cuchillo de los años le penetre el corazón, tan espacio que, al verle embotado siempre, aun más de lo que le aflija llore lo que no le hiere. Bien dices. Nuestra venganza dure, pues dura vehemente nuestro dolor. Muera el conde de una vez y muchas veces. Oír quiero desde mi cuarto suspiros que el viento lleve, que es regalo al ofendido la queja del que le ofende. La hambre le aflija y no beba cuando la sed le moleste más agua que la del llanto cuando con el labio encuentre. La luz ignore y al sol, si creyere que amanece no sepa lo que alumbre, sino por lo qe le aliente. La sombra no más le turbe. Ni aun al viento entrar se deje porque con él no respire o con él su llanto oree. ¡Oh cómo verte cruel! ¡Oh cómo indignado verte! Quieta mi pasión. Halagas mi dolor. Pero no dejes de tener tu odio cabal por saber que otro le tiene. Hermano, rey don García, dices bien que algunas veces el que intenta una venganza, si otro hay que también la intente, libra en el otro su ira y el otro a un tiempo divierte su venganza imaginando que hay quien le vengue y se vengue y cada uno, en confianza que otro ha de obrar, acontence porque la ira se entibie, que la venganza se yele. Pues un impulso suspiro. Sí, un afecto nos gobierne y lo que un brazo amagare sea lo que el otro hiriere. Pues dentro en palacio... Habla. .el conde... Otra vez me ofendes. .aguarda... Será mi ira. .mi castigo... En él se cebe mi dolor. .y aprisionado,... Solo a Castilla escarmiente. .que hoy en Pamplona... ¿Qué intentas? .ver del mundo... Él te obedece. .su muerte... En fin, le prendió. Pues en palacio... ¿A qué aguardas? Que a besar tus plantas llegue. ¿Y ha de entrar [a] hablarte? Sí. ¿Cómo le traen? De esta suerte. Pero espera... ¿Qué decías? Ni hablarle quiero ni verle. A mi cuarto me retiro. Di por qué. No elijo que entre donde viéndole mis ojos al corazón se lo cuenten, y él, de irritado, se asome en lágrimas a estas fuentes del alma y, viéndole preso, no quiero yo que él sospeche que ha brotado la piedad las que la esperanza vierte. Bien dices. Rey de Navarra, para cuya heroica frente la fama en tanta provincias va deshojando laureles, así la piedad... Mala senda tomaste para que encuentren tus voces con mis oídos. Llegue el conde. A tus pies tienes, gran rey de Navarra, a quien tuvo a sus pies muchos reyes. ¿Tú reyes? Di qué reyes has vencido. Si por verme rendido, usas mal del poder contra mi suerte, Fernán González soy. Habla. Y advierte que la fortuna que te da blasones nunca fue dueña de los corazones. ¿Tú reyes, siendo tú un pobre vasallo? Caballo de Almanzor era el caballo que ferié al de León y, juntamente, le di un azor y tan ligeramente uno y otro en el curso se igualaba que el caballo pensaron que volaba, que pisaba el azor el monte o valle; uno corre, otro cuela y al miralle ninguno distinguía cuál era de los dos el que corría. Y Almanzor, de quien tanto triunfo hiciste, con exceso de gente le venciste. La invidia, y no la fama, te ha engañado. Con ejército tanto bajó a un prado, que al mirar el exceso de su gente, campo era de batalla propiamente su campo, en las adargas tunecíes orladas de claveles carmesíes; campo, en ver almaíces de labores, parecerse del campo a las colores; campo, en ver las cuchillas otomanas temblar como azucenas castellanas; campo, en ver los bonetes colorados parecer asomados al azul horizonte madroños de los árboles del monte; campo, en temblar por hojas sus pendones al remolinear sus escuadrones; y, cuando sus jinetes me embestían, campo en que parecían las rosas de las crines amapolas, las lunas aguas y las rocas olas. Pues di que en campo igual y en igual suerte a mi padre don Sancho diste muerte. Su ejército, rompido y destrozado, hallándole en la margen recostado de una fuente sonora y cristalina que murmurando estaba su ruina de don Sancho, mi padre, otro Vellido... La lisonja villana te ha mentido. Castilla sabe, rey, y tú el primero, que batallé con él acero a acero. Quien te vio darle muere me ha contado que, a singular batalla provocado, a seis que te ayudaban embestía. ¿Cómo le dejó solo quien lo vía? ¿Y engáñame Navarra? Sí te engaña. Solio seguro lograra nuestra España si del oído de las majestades no anduvieran huyendo las verdades Pero tú, si eres rey prudente y sabio, ¿cómo a ti propio te haces ese agravio? A tu reino me llamas engañado ¿Quién es tu rey y quién tu heroica reina? Ramiro de León, que por mí reina; Teresa de Navarra, hermana tuya, es mi reina. Pues, si esa causa es suya, mal tu lealtad de mi verdad se ofende, pues no te prendo yo, que ella te prende. ¿Tú no me prendes? Si hoy de esta manera... Tu reina me escribió que te prendiera; doña Violante de Castilla ha sido la que para prenderte me ha traído las cartas. (¡Y que yo la causa fuese para que por mi causa le prendiese!) ¿Y no es doblez que a mí...? Pueden los reyes, por castigar a quien rompió sus leyes, aprisionarlos cautelosamente y a hombres como tú, principalmente, donde va la intención tan arriesgada, en la prisión que os tengo señalada. Quedará el conde... Haré lo que has mandado. Y solo le acompañe ese criado. ¿Yo por qué en la prisión? [sígueme, Ortuño, por que sepas dónde quiero que quede aprisionado el conde y en tanto que te fío mi cuidado no se quite de aquí ningún criado. ¿Y a mí por qué, señor?] Como no calla... Que el primero escapé de la batalla y en el campo desierto a tu rey socorrí después de muerto y, contra mi amo propio así me viera, me puse al lado de su fraldriquera. Ortuño. Señor. Llevalde donde os digo. Tus órdenes espero. Ven conmigo. ¿Esta es venganza? Llámala castigo. No eres mi rey. Hoy que en mi reino te hallo, te pienso castigar como a vasallo. Tú, hermosísima Violante.... ¡Ay de mí! La causa has sido de que el rey me haya prendido. ¿Es esta la fe constante con que escuché tu pasión, que de mi verdad se obliga? Mandadera sois, amiga, non tenedes culpa, non. Mal a una acción tan honrada tu obligación corresponde. Bien saben los cielos, conde, que yo no he sido culpada en que tu infelice suerte mate a los dos de una herida, pues para librar tu vida me arriesgara yo a la muerte, pero, ya que por mí fue tan injusta tu prisión, con mi queja y tu razón a la infanta rogaré que te haga dar libertad; diré que a los dos ampare y, si ella no me ayudare, obligada a la lealtad que le debe a mi afición, a convocar tus soldados, a vencer acostumbrados, daré la vuelta a León, y a irritar su acero airado, si no es que por verte ansí se han olvidado de ti desde que eres desdichado. Justo es que fineza tanta a tu libertad acuda y, si la infanta me ayuda... No te fíes de la infanta ni de su trato infiel si es empresa semejante, que es, como vana, inconstante y, como hermosa, es cruel, pues de su valor no aguarde el socorro tu ternura, que es la primera hermosura que ha habido jamás cobarde, que a la fineza ha faltado que debió a una voluntad, que es cruel, que yo que... Hablad, proseguid. ¿Qué os ha turbado? ¿Qué hace aquí, Violante? Estaba diciendo... (¿Qué la diré?) De la infanta, ¿qué es lo que decís? De vos me quejaba. Bien hacéis. ¿Cómo a los dos a la prisión no lleváis? Lo que de nuevo mandáis, a no haber salido vos, ya estuviera ejecutado. Pues ya a los dos llevad. ¡Ay amor! Zape. ¡Oh crueldad! Venid, conde. ¡Infeliz hado! Pero esperad. ¿Por qué aquí de mi enojo se ha quejado vuestro error? ¿Vos no habéis dado la muerte a mi padre? Sí, que le di muerte confieso. Pues ¿a vos qué os asegura? De que por una hermosura a quien adoro estoy preso y a la verdad contradice con que la adoro rendido. (Como yo la causa he sido, por mí sin duda lo dice.) Por ella he venido aquí. ¿Y quién fue de vuestro error la causa? Mi fe y mi amor. (Sí, el conde vino por mí.) La causa saber quisiera que os hiela, os turba y os para. Señora, yo me explicara a no haber quién nos oyera. Quedemos solos los dos. Mi queja alivie mi mal. Hacedme el cargo cabal. Ortuño. Señora. Vos esperad fuera. Violante, ¿a qué aguardáis? ¿Y yo no? Bella doña Sancha, yo no importa que esté delante, pues yo decirte pudiera mi amor, mi fineza y fe. Si no se va, callaré. Sí importa. Vete allá fuera. Ya yo te obedezco. Ansí podré hablar. Irme es forzoso. (Ea, amor, sed valeroso.) Señora, escúchame. Di. Bella infanta de Navarra, doña Sancha, a quien imitan el sol si atiende a tus rayos, la aurora si ve tu risa, ya sabrás que habrá dos años que vine desde Castilla a Navarra a tratar paces con tu padre y ya sabrías que él no las quiso ajustar, que cuando una monarquía se ve más feliz en armas finge que la paz estima y con tales circunstancias la propone, que al oírlas con lo que finge que templa es con lo mismo que irrita. Pedí licencia a tu padre para irme y, conseguida, «¡Que no haya yo visto dije ni que el rey me lo permita a la infanta doña Sancha! Allá dicen, en Castilla, que aun es mayor su belleza de cuanto su fama pinta». «Si queréis verla me dijo un jardinero que habita esos jardines, podréis, recatado en las floridas ramas, ver a doña Sancha, que a cultivar cada día sale esas flores, que solo producen porque las pisa». Diome una llave una tarde de un postigo y tuve dicha que entrar ninguno me viese. De un verde rosal se fía mi recato y de una cuadra te vi que al jardín salías si en verte puede alcanzar jurisdiciones la vista. Saliste a un jardín dejando todas las flores marchitas, recogiose de vergüenza la rosa aquí se podía, viéndola mustia, decir que se quedaba en la espina, las azucenas entonces a tus manos se venían por si compertirlas pueden, en ondas de nieve rizas; y en verdad que casi casi vi igual, dad, cuando las vía, pues se ponían más blancas de miedo de competirlas; por el jardín te hizo salva hermosísima zuiza de flores, que disparaban al son de la artillería de las fuentes su fragancia con pólvora cristalina; el miliciano jazmín dispuso su puntería a tu frente y el clavel asestaba a tus mejillas; la mosquetera amapola puso en tus labios la mira y de emboscada la rosa te acometió pica a pica; las maravillas en tropas hicieron toda la riza en tus ojos, pero al verte todas eran maravillas. De mí solo no te cuento lo que al corazón lastima, que harto pienso que te ha dicho quien te ha dicho que te vía; libre el pecho me dejaste, no el alma, que fue la herida de la condición del rayo, todo el acero en ceniza convierte y deja la vaina como al mismo rayo, limpia. Volvime a León, señora, mandome el rey que prosiga la guerra, muere tu padre (aquí, aquí se necesita mi voz atenta y piadosa), tu hermana (¡ay, amor!) envía a Pamplona porque dice que casarme solicita contigo y que ya tu hermano para estas bodas me envía a llamar, creo a la reina bien que en balde se confía de la fortuna quien cree sus méritos y su dicha, préndeme el rey en llegando y inadvertidos me quitan tu retrato sus soldados y, si a prenderme venían, lo erraron, pues me quitaron la prisión que yo traía y agora hago a tu belleza todo el cargo. Tú, que habías de amparar a quien te adora, ¿eres la que le castigas? Que no premiases mi amor ni esta esperanza atrevida que imaginando que vuela no vuela, sino imagina, vaya, pero ¿que tú seas la que me quite la vida con los ojos y que pienses que te hace falta la ira? Este sí es cargo, aquí sí que todo el derecho estriba de mi amor. Sabe, señora perdona esta vez, que mía te he de llamar, que la lengua, si es fuerza que al alma sirva, ha de decir lo que el alma la enviare a decir que diga, que eres mi castigo y eres mi perdón, que mi ruina eres y eres mi edificio, mi abogada y mi enemiga, mi queja, pero mi alivio, el mal, pero medicina, mi vida, pero mi muerte, descanso, pero fatiga, osadía, pero miedo, mi ceguedad, pero vista, serenidad, mas borrasca, evidencia, pero enigma, olvido, pero desvelo, valor, pero cobardía y firme, aunque aborrecido, constante a prueba de iras, fino a rigor de desdenes, amante, aunque me persigas, libre o preso, aunque me olvides. He de arriesgar esta vida a tus ojos y he de darte un alma de quien te sirvas y, aunque se conjure el hado contra mí y aunque lo impida mi estrella que en adorarte sólo no parece mía, yo haré que este amor constante que en fe tuya se eterniza cuando a tus rigores muera, que para los siglos viva. En fin, ¿que solo por mí ha sido vuestra venida a Navarra? Sí, señora, estas cartas te lo digan de la reina. ¿Y por mi causa estáis preso? (¡Amor, albricias!) ¿Y a mis ojos os echaron la red? Infanta divina, ¿en la de tus dos pestañas qué corazón no peligra? ¿De manera, que conmigo se hizo la traición? La misma. ¿Y yo soy la causa? Tú de que esté muriendo y viva. ¿De que estés preso? Y yo y todo. Pues hoy veréis... ¿Qué imaginas? .que indignada... Tus piedades solicito. .y vengativa, he de hacer que el mundo sepa quién soy. (Agora nos libra.) Ortuño. Ortuño. Señora,... A los dos... ¿qué determinas? .puedes llevar. Ya nos vamos. .por este cuarto... ¡Gran dicha! .a la prisión donde el rey os dejó mandado. ¡Ortigas! Pues viven los cielos... Vamos, Nuño. .que hoy la voz mía… ¡Oh infanta! Ya llevo la orden. Mal tercio de infantería te entre a saco. Amor, paciencia, que sin méritos no hay dicha. Ha de irritar el oído... Mucho el conde me lastima. .del rey. ¿Pues a un conde dejas? Al cielo ruego, enemiga, que la noche desvelada veas un conde en camisa. Y que ha de saber Navarra cuánto doña Sancha estima su pundonor. Oiga el mundo y mi hermano don García oiga de mí... Doña Sancha. A buen tiempo... ¿Qué decías? .ha llegado vuestra alteza. (¡Pesia el llanto!) Hermana mía, ¿tú lágrimas y tú quejas? Que escuchadas y vertidas no las creo, como nunca tu vanidad las destila. Hoy que tengo preso al conde tu ofensor... (¡Suerte enemiga!) ¿Te entristeces? Si un agravio le haces al alma, ¿querías que el corazón le agradezca lo que al corazón irrita? ¿Yo agravio? En prender al conde. Dime cómo. ¿No venía a desposarse conmigo? A eso tu hermana le envía desde León y en la raya le prendí. ¿Y es bien que diga el mundo que es tu venganza cautelosa y no atrevida? ¿A mis ojos ¡oh cegaran primero! a rendir envías al conde y a la cautela de mi belleza te fías? ¿Y quieres coger el triunfo de todo lo que ellas lidian? Con mi hermosura, traición la belleza que conquista de rebeldes corazones la dilatada provincia, ¿le quieres hacer cobarde, cómplice mi mano indigna de un doble trato que amor sea fábula y que se finja? Que haya amor y no haya amor traición es que el uso estila, pero usarlo la belleza de ardides es cosa indigna que, aunque amor fábula sea, ella no ha de ser mentira. ¿No había campaña... Parece... .donde el acero podía tomar venganza? .que estás... ¿Qué dices? .agradecida, y aun iba a decir... Detente, que si en mi voz imaginas que hay traición como en tu trato, si amor piensas que me obliga a esta queja vivo yo, mas juro vive mi ira que será inmortal que haber dado mis ojos noticia al corazón que hay en él, señas de que en él cabía los cegara con mi llanto, y, si este güésped que habita el oído, este gusano se alimentara algún día de los ecos con que suele regalarle la caricia, le ahogara en los desengaños que tanta esperiencia crían para que del escarmiento probara el amargo acíbar. Aquí solamente habla... ¿Quién? Mi vanidad, que es hija de mis altos pensamientos; diferente monarquía es la de mi vanidad que la de amor, que a esta cisma la introduce en este reino el oído y no la vista, y en un rey... Tu hermana fue la que le prendió. Imagina que a ti te han de hacer el cargo. Pues ¿qué importará que digan que tengo preso a quien dio muerte a mi padre? Podrían mormurar que hizo tu industria lo que tu valor no haría. Yo soy rey, él, un vasallo de otro rey. Aunque podía usar el valor, hoy uso del poder. Bien te acreditas. Para engañarle conmigo le has hecho tu igual, ¿y miras que no es tu igual si a campaña le llamas y desafías? Yo, si en campaña le diere la muerte, mormurarían que fue en mi reino. ¿Qué importa? Haz tú lo que hacer debías como obre bien el valor, cuéntelo mal la malicia. Yo no intento aventurar un castigo. Poco estimas mi fama. ¿Yo hallo en mi reino mi ofensor? Y yo en tu misma venganza encuentro mi ofensa. Pues si piensas... Si imaginas... .que he de libertar al conde,... .costear conmigo tu ira,... .tu vanidad... .tu venganza... .en un medio solo libra... .hoy con un medio pretende... .darle muerte. .darle vida. Ya el conde... Ya en la prisión... ¿A qué vienes? ¿Qué decías? Que ya el conde queda preso, como mandaste. (Que pidas. al rey que mi amor ampare con dar al conde la vida.) (Muera el conde en la prisión, que esto importa.) (Si se fía tu amor de mí, yo te ofrezco su libertad.) (Si es precisa su muerte, de mi lealtad bien tu enojo se confía. (Con la infanta disimulo.) (Finjamos, industria mía.) Doña Sancha, aunque mi enojo... Rey y señor, aunque mi ira... .de parte está del castigo,... .un desagravio pedía,… .tu pundonor es primero que mi dolor. .mas justicia tiene tu pasión. Yo ofrezco hacer lo que tú me pidas. Y yo no pedirte más de cuanto el dolor permita. Ven, Ortuño. Ven, Violante. (En fin, señor, ¿determinas que hoy muera?) (Hoy será su muerte.) (En fin, ¿darle solicitas libertad?) (Libre has de verle.) (Para primera, gran dicha.) (Para dolor grave, el mío.) (Lealtad, no tan compasiva.) (No tan cobarde, esperanza.) (Estrella, no tan impía.) (Lealtad,...) (Ira,...) (Amor,...) (Venganza,...) (¡Muera el conde!) (¡El conde viva!) Teresa. Rey Ramiro. Esposa mía, luz de la luz con que amanece el día, aquí en León, Ramiro el grande, aclama tu mayor solamente que tu fama. ¿dónde vas de esta suerte? Hablar no puedo. Indicio del temor, seña del miedo. ¿Dónde vas arrojado con tu ira, tu rostro equivocado? ¿No escuchas ese fúnebre instrumento que inquieta el aire por que se haga viento? ¿No ves aquellos negros enlutados entrarse disfrazados por el palacio tuyo solo a hablarte de las iras, discípulos de Marte, negras las plumas, negros los paveses? Si castellanos son,... Si son leoneses,... .¿qué novedad... .¿qué intento nuevo ha sido... .el que os ha conducido... .a entraros de esta suerte a ir ensayando mi futura muerte? ¿A que la ira el brazo restituya,... si no es que cada cual es sombra suya? Responded, vuestro rey os está hablando. Yo vuestra reina soy, no habléis callando. Yo, el que en las voluntades vuestras reina. No eres mi rey. Ni tú eres nuestra reina. ¿Quién, pues, a mi obediencia contradice? Albar Ramírez es el que lo dice.¿Quién a negarme el vasallaje llega? Garci Fernández es el que lo niega.¿Tú en León, Albar Ramírez? Rey Ramiro, yo en León. ¿Tú te sales de mi corte, don García? También yo. ¿Dejaste al conde en Navarra? Mi lealtad, si le dejó, fue para poder volver a vengar una traición. ¿Es muerto el conde? Parece que ese fúnebre rumor que iguala con las sordinas el destemplado atambor indicios da de su muerte. Este llanto que vistió nuestro semblante, que es tela que usa siempre el corazón, es por la prisión injusta del conde. (Ya se logró mi venganza.) Aqueste luto que a los ojos lisonjeó viene a ser de la venganza más seña que de dolor. Preso está el conde, mi tío Fernán González. Los dos me habéis dicho que está preso, sin decir quién le prendió. ¿Pasando acaso a Navarra los soldados de Almanzor que corren estas compañas le prendieron? Señor, no. Prendiole el rey de Navarra. Pues ¿el rey cómo faltó a la palabra? Y aun esto... ¿Qué decís? No es lo peor, sino que en Pamplona dicen que fuiste la causa vos. ¿Yo al conde? ¿A quien debe tanto mi reino? Tened, que yo soy quien prender hizo al conde. Decid por qué. Porque dio muerte a mi padre. ¿Y es bien que pueda decir León que con la traición se venga lo que sin ella se obró? Pues ¿cómo de un doble trato habéis sido la ocasión sin decirme vuestro intento? Venganza que se fio de oído ajeno jamás camina a la ejecución. Pues, señor, estos soldados... .todos castellanos son,... .a vos a pediros vienen justicia. ¿De quién? De vos. ¿De mí? Sí, porque no creen que la reina en la prisión es cómplice, habiendo rey que sabe serlo en León. ¿Yo había de prender al conde porque cuerpo a cuerpo dio muerte a mi enemigo? ¿Es justo que a quien reinos conquistó, a quien me puso en la mano el cetro le prenda yo? Yo fui la causa, soldados. Pues, Ramiro, por que hoy esté segura Castilla de que el culpado no sois en su prisión, todo el reino está pidiendo a una voz que para nuestra venganza tomes las armas. Si yo he hecho paces con mi hermano, como sabéis, ¿qué razón hay para romper la paz? Ver que el rey aprisionó al conde, nuestro adalid y su general. Yo os doy palabra que a sus oídos llegue por mi embajador vuestra queja con mi queja y, si a mi resolución no tomare la de enviarle el primero, mi valor os saldrá a guiar delante del castellano escuadrón. Pues vuestra alteza no quiere dar a Castilla el blasón de ir a esta justa venganza por general nuestro... No he de romper yo una paz por vengar ese baldón. Nuevo general tenemos. Faltando el conde, es error pensar que habrá otro adalid. Él mismo, si vive Dios, se ha de ir a librar a sí. Esa estatua que él dejó de mármol sobre las puertas de vuestra ciudad de León, a quien la diestra porfía del cincel perficionó, al conde tan parecida que el que ve la perfeción y la imitación del arte prensa al verla imitación de la estatua que es el conde que absuelto de la prisión saldrá a la lid con nosotros, que aunque inanimado hoy vencerá por ser su estatua si un mármol toma el bastón. Pues yo tomaré las armas porque, árbitro entre las dos, se ha de arrimar justamente el poder a la razón. Yo irritaré al de Navarra. Y porque no haya infanzón ni ricohombre de Castilla que falte a la obligación de su sangre, jurad todos, sobre la cruz del pendón en nuestro lenguaje antiguo ceremonia que dejó puesta en uso el gran Pelayo, nuestro grande antecesor, estas palabras: «Ramiro, rey de Asturias e León». Los castellanos fidalgos, non sandios, villanos non, y de Castiella, además los ricoshomes de pro, ¿fabladnos de aquesta guisa? ¿Juráis seguir el trotón y la segura de piedra y en pos de mueso campeón, el conde, seguir su estatua? Todos iremos en pos. ¿Facéis somo aquesta cruz, pleitesía al señor Dios, de non volver a Castiella sin vueso conde e señor? Otro que tal, lo juramos. E agora por el honor del reye, vos, la Teresa, ¿jurades que non con vos vueso velado hizo el tuerto, la falsía e la traición? Yo lo juro. ¿El señor reye non facéis jura que non contra nusco tomaredes armas? Homildoso estoy. Cabe la cruz, cabalando vuestra amistanza y mi amor. Con vusco también lo juro. Por el cielo, por el sol,... .por las estrellas, la tierra,... .por esa conforme unión de elementos... .y por ese segundo hermoso farol,... .de no volver sin el conde,... .sin vengar su sangre hoy, de no volver de Navarra,... .de ser el que entre los dos vaya a mitigar la guerra,... .de ser quien la irrite yo,... .pues veo,... .pues oigo... .que todos los que castellanos son. Juramento llevan fecho somo la cruz del pendón de non volver a Castilla sin el conde su señor. ¿No quieres dejarme, Nuño? Señor, tú te quieres mal, ¿sobre preso, enamorado? ¿Los condes de cuando a acá se enamoran de esa suerte? ¿No son hombres? Sí serán. Señora guarda de vista, ¿quiérenos vusted dejar? Dame en qué me siente. Toma. Mire, señor guarda. Hablad. Mire, conde enamorado a todo ruedo no le hay en el mundo, sino es mi amo. Buen siglo hayan ⸺si tendrán⸺ los dos condeS de Carrión, que a Elvira la hermosa asaz con cien azotes la hicieron un lindo particular y a sol, donde no le daba otros tantos par a par. ¡Ay, hermosa doña Sancha! Señor guarda. ¿Qué mandáis? ¿Quiere dejarnos un rato? Soy mandado. ¿Y qué le dan por guardar de vista? Danme doce reales. Un real más le dará el conde, mi amo, si a esotra pieza se va y otro más si va a otra pieza y, si a otra, dos le darán y, en fin, le iremos pagando por piezas. Nuño, pensad que este es mi oficio. Señores, aun a este hombre darle ya doce reales por ser guarda, mas cuando veo levantar a las seis de la mañana a un juez nomás de ahorcar un hombre por lo que a él ni le viene ni le va y cuando veo de noche rondando por el lugar con lodos a media pierna a otro juez a preguntar: —«¿Quién va a la Justicia?» —«Un hombre». —«¿Qué oficio?» —«Soy ganapán». —«¿Adónde carga?» —«En el vino». —«¿Dónde viene?» —«De cargar». —«A recoger noramala». Señores, ¿para mandar que el ganapán no se moje se va un juez a remojar? Pero si es el bien común, vaya, mas lo que me ha de hacer perder el juicio es que suba un sacristán a un púlpito por seis cuartos —y aun estos no se los dan— a escomulgar un linaje y empieza luego a ensartar la maldición de Sodoma, Gomorra, Avirón y Atán caigan sobre ellos, no hallen, si fueren a pedir pan, quién se lo dé, vean sus hijos y hijas sembradas de sal, pero, ¿por seis cuartos solos te subes a excomulgar a un ladrón que, por que calles, te dará dos cuartos más? ¡Qué bien has dicho! ¡Hay tal hombre! Bien dice. No digo tal. ¿No nos dejará vusted, señor guarda? Llégate acá, Nuño. Señor, ¿qué me mandas? Llega. Bien puedes llegar. ¿Dices algo? Hombre del diablo, que le dejéis resollar por donde el conde quisiere. Cierto que he preciado más en esta prisión tenerte que si tú fueras mi igual con ser un hombre tan bajo. Muy buena honra me das. Un predicador de plazas decía a todo vocear: «Hijos míos, yo soy vano, mas estimo predicar a docientos picaritos que oyéndome agora estáis que a príncipes y monarcas». Y a esto dijo un azacán: «Ni nosotros merecemos que vuestra paternidad predique tan gran sermón, pudiendo ser la mitad» Y todos los picaritos se fueron pian pian. ¡Quién pudiera hacer lo mismo por que así me honres! ¿Qué hará la infanta, Nuño, a estas horas? Si hoy has de morir, rezar por que te lleve el demonio. Mientes. ¿Quiéresme dejar? Estará en ese jardín arrepentida quizá de tu prisión, ensayando en las flores que en él hay si las da libertad como ha de darte libertad. Mucho me has lisonjeado. Tú, Nuño, ¿le puedes dar la cadena que te di que me guardases. ¡Andar! ¡Gran tesoro he descubierto! ¿Dices la cadena? ¿Ya no se la diste a otra guarda? No me acordaba. Es verdad. Este es gran señor, que no se acuerda de lo que da. ¡Ay, mi tesoro en el pozo! Como el gozo. ¿Faltará cadena que darle puedes? Hay otra cadena. ¿Cuál? Esta que traes a los pies se puede ahora llevar, que vale un tesoro. Lindo. Mire más, ya que no hay cadena, a esto del tesoro tengo un cuento que le dar. ¿Es largo? Sí, pero es puerco, pero en el palacio real lo puerco es lo colorado y lo amarillo no tal. Un sacristán de Jadraque tenía en solo un altar doce apóstoles pintados y púsole a cada cual una candelita un día que los quiso cortejar; pues a san Bartolomé, que tenía a Satanás a los pies, puso también otra candelita más. ¿Al diablo candela? Sí. Y en esto no hizo muy mal, a uno por que le haga bien y a otro por que no haga mal, mas no es este el caso. Siga. Fuese a la noche a costar el sacristán a su cama, durmiose, empezó a roncar, y soñó que le decía el diablo: «Porque me has puesto candela, un tesoro te he de descubrir que está en un arenal; conmigo ven a hallarle al arenal». Soñó que allá le llevaba y le dijo: «Aquí hallarás el tesoro, cava aquí». «No tengo con qué cavar», el sacristán respondió. «Pues pon alguna señal para que mañana vengas». «En todo el campo no habrá una piedra», respondió. «Pon una rama». «No la hay», dijo el sacristán. Y el diablo, como no hallaba señal, dijo: «Desatácate y haz ahí tu necesidad». El sacristán, con la gana de hallarle, sin más ni más, por no perder el tesoro, empujó con gana y zas. Despertó por la mañana, pero encontró al despertar sembrado por los colchones todo el tesoro cabal. Parece al de la cadena. Quedo. ¿Qué dices? Que han abierto aquel postiguillo que hacia el cuarto principal de la infanta, según dicen las guardas, pienso que va. ¿Quién será? Será el verdugo. ¿Quién anda en la puerta? ¡Hay tal guarda! Sin duda es Ortuño. No es Ortuño. El rey será. ¿Quién anda en la puerta? Yo. Abriose de par en par todo el cielo. Ojos, albricias, que he visto el arco de paz. ¿Vuestra alteza en la prisión? Bien podéis solo dejar al conde, que así lo manda el rey. Si vos lo mandáis, vuestro preceto obedezco. Voy contigo. Y no digáis que yo quedo en la prisión a ninguno. Ansí se hará. Tú, Violante, ten cuidado no entre el rey. Iré a mirar a tu cuarto si el rey sale, aunque ya sabes que está recogido. Vete presto. Pues vuestra alteza podrá, si por mí hace la fineza de darle la libertad y la vida... ¿Qué? .que él sepa cómo por mí se la da. Hárelo ansí. (Mal conoces mi intento.) Penas, dejad que a toda el alma la avise de lo que en mis ojos hay. Conde. Señora, pues vos ¿por qué venís a doblar la prisión, dejándoos ver? Antes os vengo a librar de esta prisión. ¿Qué decís? Felice se llamará quien logra de vuestro amor. Tened, no le agradezcáis a mi amor lo que por vos ha de hacer mi vanidad. Conde, vos me hicisteis cargo de que por mí causa estáis preso en Pamplona. Es ansí. Pues por que nunca digáis que, ya que en esta hermosura no hubo amor, que no hay piedad, hidalga, aunque desdeñosa, con vos se ha atrevido a usar de una hidalguía. Señora, ¿cómo hidalga no será una belleza de quien deciende la luz solar? Y es que esté libre por mí el que preso por mí está. Esta puerta de mi cuarto está abierta y no podrán las guardas veros salir cuando por ella salgáis. El rey está recogido, a ese jardín os bajad con silencio, donde en él tenéis quién os quitará las prisiones y también mis criados os irán convoyando hasta la raya de Navarra, mas pensad que envío tras vos mi ira y que en dándoos libertad vuestra enemiga he de ser, que ahora no pretendo más de que si os prendió mi amor que os libre mi vanidad. La hidalguía os agradezco, señora, pero pensad que yo no me puedo ir. ¿Por qué? Porque ¿qué dirá Castilla si ve que yo, amante fino y leal, vine de vos, que de vos vaya huyendo? Y glosarán que ha sido mi amor cobarde, pues de vos huye. Y, aun más, podrán decir que os dejé en el riesgo, sin mirar que por darme a mí la vida la vuestra peligrará. Y, aun más, dirán que vos fuisteis la amante, pues me cobráis, y yo el desagradecido, pues huyendo os pago mal. Pues si he de ser, por lo menos, falso amante, si no habrá quién no diga ⸺aunque más sea⸺, quién me quiera disculpar que doy señal de cobarde y de ingrato doy señal... Aunque os debo agradecer la hidalguía, perdonad, que con vos tengo de ir o con vos he de quedar. En lo que toca a mi riesgo, ¿qué me puede a mí costar daros libertad a vos? Por vuestra vida, mirad que el rey quitárosla quiere y, habiendo cumplido ya mi obligación, no podéis quejaros y mal podrá cumplir la razón mañana lo que hoy la ocasión os da. Diz que estaba un arroyuelo amando al aurora fría y el aurora le tenía preso en la cárcel del hielo. Darle pensaba consuelo desatándole de sí y el arroyo dijo así: «Aurora, déjame helado, que mientras estoy parado estoy gozando de ti. La libertad no me des aunque me hayas de matar ⸺dijo⸺, puesto que en el mar tengo de morir después». Lo mismo, señora, es lo que acontece a mi suerte si está segura mi muerte en quedarme u en dejarte, muera de solo mirarte quien morirá de no verte. Y el aurora dijo así: Di. «Vete, arroyo, que dirás, si no te libro, que estás aprisionado por mí. En llegando al mar, de allí otra vez podrás volver, que ahora no he de agradecer esa forzada pasión, y así te doy ocasión de volver a merecer». Si eso está en que me haya de ir, que no he de irme. Si eso está en que agradezca que vos os quedéis, no lo creáis. ¿Es más esto de que vos me aborrecéis? No, no es más. Pues a mí, para no irme, bástame saber amar. Pues mirad que os va la vida en iros. También me va en quedarme toda el alma. Eso es no querer dejar por hidalga a mi hermosura. Y eso es a mi voluntad dejar por villana. Ved que con eso me quitáis de libraros el blasón. A mí el de amaros, que es más. Pues yo haré que os vais por fuerza. ¿De qué suerte? Así será. Violante. ¿Qué es lo que mandas? A Fabio y a Alberto haz, pues para llevar al conde prevenidos quedan ya, que entren por fuerza y le lleven. También otro medio hay para quedarme por fuerza. ¿Cuál es? Ahora le oirás. ¡Guardas, que la infanta hermosa me quiere dar libertad, avisad al rey! ¡Espera! Mas con condición será que a Alberto ni a Fabio llames. Conde, ¿por qué no te vas? Porque tengo aquí mi vida. La que adorándote está sabrá lograr ocasión de buscarte. (¡Aquesto más, cielos!) Conde. ¿Qué decís? En fin, ¿os determináis a quedaros? En quedarme mi muerte y mi vida está. Pues nunca os quejéis de mí. Nunca el llanto escusará la queja. No te han sentido las guardas, a tiempo estás. Hará mucho ruido el alma al irse. (Iras, pues ya no podéis de mi dolor ni de mi venganza usar...) (Amor, si por no dejarme, de la prisión no se va el conde...) (Pues que la infanta se irrita de mi verdad...) (Iras, no os volváis amor.) (Amor mío, no os volváis desdicha.) (No os volváis ira, constancia mía.) (A llorar, quejas.) (Penas, a sentir.) (Ojos, a disimular.) (¡Gran fineza!) (¡Pena grande!) (¡Grande amor!) (¡Grande crueldad!)

JORNADA TERCERA

¿Qué hace mi hermana? Señor, las graves melancolías que ha padecido estos días hoy con el primero albor la han traído a estos jardines donde nacen más hermosas con dos auroras las rosas, con dos soles los jazmines. Si bien tristes, sus rigores dan en callados alientos más suspiros a los vientos que matices a las flores. Mucho me pesa de que tanto su rara belleza se avasalle a una tristeza, pero, supuesto que sé la causa de que ha nacido, procuraré remedialla, que aunque ella padece y calla no soy tan inadvertido que no lo colija yo de sus afectos y, ansí, trataré aliviarla. Di, ¿qué verde estancia ocultó el luciente sol divino de su hermosura? No sé hacia cuál mirador fue, mas que es fácil imagino seguirla, porque con ella va Flora y la dulce voz con que suspende veloz los vientos, vocal estrella serán con dulce armonía de su luz. No es la primera vez que dé la lisonjera música nuevas del día. Retírate, porque quiero, puesto que de su pasión digo que sé la ocasión, hablarla en ella y espero, si no vencella, alivialla. ¡Ay de mí! ¿Qué es lo que he oído? El rey dice que ha sabido, por más que padece y calla, la ocasión de su tristeza. No sin gran causa temí que resulte contra mí, porque, puesto que su alteza, desde la noche que entró de mis ruegos persuadida a dar al conde la vida, con tal tristeza salió, quizá por ver mal lograda tan ilustre noble acción, ¿quién duda que en su pasión venga yo a ser la culpada? Duélase el cielo de mí. ¡Con cuántos temores lucho! ¿Por dónde? Pero ya escucho la música desde aquí. No ha de ser en el rigor de aquesta prisión oscura bello imposible de amor, más hidalga tu hermosura que constante mi valor. ¿Cuya es esa letra, Flora? Quien la compuso no sé. A una guarda la escuché del conde y, viendo, señora, que era tan ocasionada para la música, yo la puse en tono. Pues no sea de ti pronunciada otra vez, pero mal digo, vuélvela, Flora, a cantar, que mejor es apurar cuanto puedo yo conmigo. No ha de ser en el rigor... No ha de ser en el rigor... .de aquesta prisión oscura... .de aquesta prisión oscura... .bello imposible de amor,... .bello prodigio de amor,... .más hidalga tu hermosura que constante mi valor. .más hidalga tu hermosura que constante mi valor. Sí ha de ser, pues yo... mas ¿quién estaba aquí? Quien oyendo tan dulcemente acordados letra, tono y instrumento interrumpirlos no quiso por si acaso su silencio ser pudiese parte a que diviertas tus sentimientos. Señor, ¿vuestra majestad tanto a mis penas atento? (¡Ay de mí, si hizo reparo en el que yo hice a los versos!) ¿Cuándo no lo estuve yo a tu gusto? ¿Y es lo mesmo? Sí, que una razón milita en el contrario argumento, pues sentirá tus tristezas quien estima tus contentos. Guarde a vuestra majestad felices años el cielo, que ya sé que en gusto y pena siempre es su amor uno mesmo. Él sabe cuánto estimara poder, Sancha hermosa, aprecio de mi alma, de mi vida, de mi honor y de mi reino, aliviar de tus tristezas la causa, pero no puedo ayudar más que a sentirlas, mayormente cuando infiero que ellas son tales que tienen por imposible el remedio. ¿Por imposible? Sí, pues no puede dejar de serlo sabiendo yo de qué nacen. (¡Ay de mí, si mis afectos me han vendido publicando la causa con que los siento!) No presumo, yo, señor, que sea imposible, viendo que a vos nada hay imposible. Sí hay, Sancha, que, conociendo de qué tus penas proceden, poder contra ellas no tengo. Si procedieran de causa, (¡ea, valor, apuremos toda la ponzona al vaso!) corriera la razón, pero la diferencia que dan los que más arguyen esto entre la melancolía y la tristeza sospecho que es nacer una de causa y otra no, y la que yo siento es de esta segunda especie, pues que sin causa padezco. No muy sin causa, que yo la sé bien. (¡Qué sentimiento!) Pues ¿de qué presumes (¡ea, corazón, salid al riesgo!) que pueda nacer en mí esa fiera pasión? De esto: tú, Sancha, de la prisión del conde estás triste... (Cielos, ¿qué escucho?) .porque quisieras ver logrados tus intentos... (¡Ay de mí, todo lo sabe!) .dándole... (Hoy sin duda muero.) .tu valor... (¡Ay infelice!) .y tu bizarría… (¿Qué espero?) .la muerte y, viendo que tarda la venganza, tus estremos han dado en esta tristeza por no ver ya al conde muerto. Es así, (¡vivamos, alma!,) que todos mis sentimientos son que dure en la prisión y, si la verdad confieso, el no verle salir de ella, a fin de lo que deseo, que es ostentar mi valor, es, señor, lo que más siento. Una y mil veces tan noble rencor, Sancha, te agradezco, pero los inconvenientes que se me ponen en medio del todo imposibilitan mi venganza y tu deseo. ¿Cómo, señor? (¿Otra dicha?) Como ya Castilla, haciendo alarde de sus finezas, toda hoy en armas se ha puesto y contra Navarra viene con tan numeroso estruendo que a esta facción no perdona mujeres, niños y viejos. Tan estraña es la lealtad de sus vasallos que han hecho pleitesía y homenaje de no volver a su centro sin llevar su conde vivo o sin fincar todos muertos, a cuya causa, por que nunca les arguya el tiempo que obedecieron a quien no fuese natural dueño, una estatua suya traen por su general, haciendo leal ceremonia de que él les gobierna y, atentos al no mudado semblante, las órdenes que el consejo distribuye de él las toman, engañándose a sí mesmos como que es veneración hablarles con el silencio. Garci Fernández, sobrino suyo, el alma es de este cuerpo ⸺pues como intérprete fiel le pronuncian los acentos⸺, de quien es Albar Ramírez nobilísimo escudero, de su casa y de su sangre el principal instrumento. Árbitro de aquestas armas el rey de León, haciendo protestas de que en el trato no fue cómplice, se ha puesto ⸺si no ya de parte suya, sospechoso por lo menos para conmigo⸺ y así marcha siempre a vista de ellos con su ejército y, aunque dice que a ponerse en medio, aquesto de ser Castilla feudataria suya temo que en obligación le ponga de mantenerla en su feudo. De suerte que, viendo cuánto está apurado y deshecho de tantas pasadas lides todo este navarro reino, es fuerza que en atención me ponga de cómo puedo embarazar a Castilla el paso contra su esfuerzo ni dar a León razones que honesten las que yo tengo. Si a sangre fría le doy muerte agora al conde, es cierto que he de irritar contra mí a todo el orbe, que, atento a tan gran facción, está pendiente de mis intentos. Si le pongo en libertad, dirán que de infame miedo aconsejado dejé de vengarme. Y, así, en medio de su lealtad y mi agravio no sé a lo que me resuelvo, y más oyéndote a ti, que eres por quien más lo siento. Bien te acordarás, señor, que el felice día primero que de Navarra ceñiste el sacro laurel y cetro fui la primera también que, irritando tus alientos, te dispuse a la venganza contra Castilla, poniendo delante allí de tus ojos cuantas razones pudieron, pronunciadas del valor, ayudarse del ingenio. Pues yo, la misma que entonces te animé más, conociendo cuánto es preciso vivir a la obediencia del tiempo, agora contra mí misma segundas causas alego que borren de tu memoria aquellas primeras, puesto que no hay política como saber trocar los afectos. Si habló entonces el dolor, llevado del sentimiento, hable la razón agora sin tocar en dos defetos de mudable, pues no hay, en bueno ni en mal suceso, consejo tan acertado como mudar de consejo. Tú no puedes a Castilla enfrenar los ardimientos, tú no puedes a León, cómplice, hacer en tu duelo ni satisfacer al mundo fundando en justo derecho la venganza; pues, hagamos virtud en tan grave empeño hoy de la necesidad, tomando por buen acuerdo dar la libertad al conde con el público pretexto de que ya queda vengado quien no se venga pudiendo, que, si esto haces antes que tanto militar estruendo de cajas y de trompetas llegue a los oídos nuestros, ninguno podrá decir que te obligaron a hacerlo ajenas armas. Detente, no prosigas, que, aunque vengo a consultarte mis dudas, no a resolverlas tan presto. Bien pensé yo en tu valor, en tu bizarría, en tu aliento hallar apoyo a una acción que acá reservada tengo, pero viendo cuán de parte ya de la piedad te has puesto, sin que la sepas, sabré ejecutarla, poniendo entre el rencor y la duda tan proporcionados medios que disculpado y vengado me dejen a un mismo tiempo. No, señor, porque hayas visto templado en mí aquel incendio, de mi cólera presumas que ha sido más que un esfuerzo que hipócrita el corazón hizo, pues volean del pecho. Aunque se cubra de nieve, guarda el calor acá dentro, la razón de Estado fue la que... Basta, que no quiero que las razones de Estado te prevariquen tan presto. Y pues yo, como ya dije, tengo modo con que a un tiempo para todos disculpado y para mí satisfecho pueda quedar, le sabré conseguir, a cuyo efeto, si vieres al conde libre de su prisión o a lo menos de su prisión aliviado, no presumas que lo ha hecho tu persuasión, pues es solo fingido, afectado medio de dar a entender que he dado oído a los muchos ruegos de los príncipes de Europa y, congraciado con ellos, conseguir para conmigo la ejecución de un veneno por que ni pueda Castilla agora ni en ningún tiempo blasonar de que cobró a su conde si no es muerto. ¡Válgame Dios! ¡Qué de cosas pasan por mí! ¿Cómo, cielos, a tanto número puede resistirse el pensamiento? Ahora bien, solos estamos, corazón, pues apuremos de una vez: ¿cómo es posible, a costa del sufrimiento, que sea capaz la esfera de un pecho de tres tan contrarios distintos afectos? El primero que de mí se apoderó, injusto dueño de mi vida, fue el rencor, monstruo tan sañudo y fiero que ostinadamente altivo, porfiadamente violento solo supo aconsejarme iras y aborrecimientos, hidrópicamente ostentando sediento desdichas, rigores, estragos y incendios. La vanidad fue el segundo, que, a pesar de este primero, no quiso que mi hermosura fuese de mi saña el medio. Como quien dice, no es menester contra un sujeto más armas, más tratos dobles, una hermosura, que, serlo, verdad que no mata ni hablando ni viendo no ha de matar llamando y fingiendo. Este, pues, vanaglorioso o noble o altivo o necio, ⸺aquí sé yo y, sí, lo sé⸺ este desvanecimiento en obligación me puso, fuese bien hecho o mal hecho, de dar vida a mi enemigo, prisión y guardas rompiendo, que no hay vanidad que ilustre a su dueño si no es la que sabe vencer no venciendo. Él, más que yo generoso, más altivo, más soberbio, no quiso ⸺¡ay de mí!⸺, no quiso verse libre, compitiendo vanidad a vanidad y aun con ventaja sospecho, pues yo hice de mi injuria y él de su muerte desprecio. ¡Oh cuánto se obliga, bizarro, un afecto que ve aventajarse un riesgo a otro riesgo! Dígalo yo, pues, al ver cuán ilustremente atento a mi peligro no quiso mejorar el suyo mesmo, primero afecto y segundo he convertido en tercero, tal que, empezando en ofensa, para en agradecimiento. ¿Qué señas son estas?, ¿qué sombras?, qué lejos de quien en un punto me obligo y me ofendo... ¿Qué pasión es esta? Amor. Mientes. Ni es ni puede serlo. ¿Qué es amor? ¿De qué, señora, te has disgustado? ¿Qué es esto? De que me hayas dicho amor pudiendo decirme celos. No te entiendo. No te espantes, que yo tampoco me entiendo, mas di qué ibas a decirme. Amor ⸺perdone el respeto, que sabiendo tú que es mío también sabrás que es honesto⸺ me tray a echarme a tus plantas, agradecida en estremo a la fineza que hoy por mí con el rey has hecho, pues claro está que haber él, a tus razones atento, mandado aliviar las guardas al conde y que a aquestos bellos jardines pueda salir es de tu piedad efeto. Si tú lo supieras más, tú lo agradecieras menos. ¿Por qué? Porque no es piedad ni del rey ni mía. Supuesto que no lo sea, señora, di qué es. O no sé o no quiero, que es demasiado apurar mi decoro y mi respeto hablar tan a todas horas conmigo en tu amor y, puesto que ya he llegado a cansarme de tan licencioso necio estilo, no me hables más en toda tu vida en esto. ¿De qué, señora, te ofendes? De nada y de mucho, pero o mucho o nada, Violante, baste saber que lo siento. ¿Qué novedad ⸺¡ay de mí⸺ es la que con tal pesar a Sancha pudo obligar para que me hablase así? Quien a su prisión por mí a darle la vida entró, quien por mí triste salió de ver que él no la acetase, quien por mí..., pero no pase con este discurso yo adelante, que es error, viendo ya al conde, el recelo. Vive Dios que se está el cielo de aquella misma color que le dejamos, señor. ¡Creerás que no es para mí de gusto ver su luz! Sí, que quien la puerta tenía franca y no se iba debía de hallarse bien. Es así, no tanto por mi tristeza cuanto porque menester no había más luz quien a ver llegó en la oscura aspereza de su prisión la belleza de Sancha. Y yo que no vía ni esa luz ni la del día, ¿qué haría sin ver el cielo? Dar tu lealtad al consuelo de que conmigo moría. Prendieron a un desdichado y, aunque Iglesia se llamaba, el juez se la aseguraba un poco después de ahorcado. Colérico, su letrado, cuando en el burro le vio, a voces le dijo: «No se os dé nada, consolaos y, por agora, dejaos ahorcar, que aquí quedo yo». Muy lindo consuelo creo, que es el que me das a mí. Venturosa yo, que vi logrado, conde, el deseo de verte donde te veo. Más venturoso, Violante, será quien, firme y constante, ha logrado la ventura de idolatrar tu hermosura. ¡Cuánto a un corazón amante, conde, tu vida debió! ¿De qué suerte? Escucha. Di. Violante, vete de aquí que mejor lo diré yo. Pues ¿qué? No prosigas, no. Donde estoy, no haces tú agora falta. ¿Quién mi muerte ignora? Violante, juego mayor dicen que quita menor. Pues ¿no te vas? Sí, señora. Aunque debiera estimar aquesta breve ocasión que me da vuestra prisión para poderos hablar, no os tengo, conde, de dar parabién, porque no es bien daros a vos parabién, sino a mí, pues llego a hallarme adonde pueda quejarme. ¿Vos quejaros? Sí. ¿De quién? De quien tan desvanecido, idolatra de su honor, desprecio hace del favor y de la fineza olvido. Si aquesa mi culpa ha sido, o tarde o nunca podré hallar disculpa. ¿Por qué? Porque hay linajes de culpa que es gala no hallar disculpa. Ni entiendo, conde, ni sé que sea gala deslucir finezas. Mal puede ser deslucir y agradecer. ¿Y es agradecer huir el rostro a no recebir beneficios? Sí, señora. ¿Cómo? Repitiendo agora lo que antes dije. ¿Pues qué lo que antes dijistis fue? Lo que os ha cantado Flora, que no porque sea en favor de mi impensada ventura, hidalga vuestra hermosura, villano ha de ser mi amor. Y aun otra causa hay mayor. ¿Mayor? Sí. ¿Cuál pudo ser? Esta dicha de volver a veros, pues, si me hubiera ido entonces, no pudiera volveros agora a ver. A dos peligros rendida se mira mi infeliz suerte, irme y quedarme es mi muerte, quedarme y irme es mi vida, luego, si la veo perdida a un tiempo, a los dos aceros de hallaros y de perderos pudiendo muerte elegir, ¿cuánto mejor es morir de veros que de no veros? Si el irme me ha de costar la vida, ausente de un bien, y, si el quedarme también, porque me la han de quitar, ¿de qué me sirve intentar que un golpe al otro dilate, sino que matarme trate ajena mano?, pues ¿no es medio matarme yo para que otro no me mate? Y fuera de esto, no en vano otra razón mi amor tiene... Señora, tu hermano viene. Idos, que viene mi hermano. Yo no le veo. Y es llano que en todo el jardín entró. A mí me lo pareció. Vuélvete y, de aquí adelante, no te parezca, Violante, lo que no mandare yo. Celosa de su rigor vine a avisar presurosa. Ya veo que vienes celosa. Violante, juego mayor. ¡Hay tal pena! ¡Hay tal rigor! ¿Qué es lo que pasa por mí? Pidió un morillo baharí una esclava singular y dijo el rey: «No ha llogar, que querelda para mí». Sepa yo qué otra razón es, conde, la que tenéis para que preso os quedéis viendo abierta la prisión. Resultar la presunción contra vos y fuera impío desaire de mi albedrío, que en el noble duelo nuestro no viese yo el riesgo vuestro y viésedes vos el mío. Pues, para que no quedéis vano de quedar mejor, sabed que agora en mayor peligro que nunca os veis. La licencia que tenéis para haber llegado aquí no es por mejor. ¿Cómo así? ¿Cómo?, mas decirlo yo, conde, ¿no basta? Sí y no. ¿De qué manera no y sí? Sí, porque vos lo decís; no, porque yo no lo creo, atento al noble deseo con que a librarme venís. Pues ⸺¡vive Dios!⸺, si no huis..., mas baste esto entre los dos. Hablad claro. Idos, por Dios, aquesta noche. Sí haré, con una condición. ¿Qué? Que habéis de ir conmigo vos. ¿Partidos pedir procura quien ve su vida perdida? Sí, que no es salvar mi vida condenar vuestra hermosura. Ved que el rey os asegura para..., pero no prosigo. Idos, pues que yo os lo digo. ¿Mandaislo vos? Yo me iré, con otra condición. ¿Qué? Que os he de llevar conmigo. Y, en fin, para que los dos vanamente no gastemos el tiempo que no tenemos, yo vine, Sancha, por vos, sin vos no he de irme, por Dios, que eso de guardar mi vida de tan hermosa homicida es poco riesgo, porque ¿cuándo en mi vida podré perderla más bien perdida? ¿Sin responderme volvéis la espalda? ¿Aun no me miráis? ¿Suspiros al viento dais? ¿Llanto a la tierra ofrecéis? En fin, conde, ¿no queréis iros? Sí, mas no sin vos. ¿No respondéis? Mal los dos nos detenemos hablando. Yo daré respuesta. ¿Cuándo? A la noche. Adiós. Adiós. Nuño, ¿qué es esto? Señor, esto, si se considera, es que Sancha... Aguarda, espera, que yo lo diré mejor. Si haré que juego mayor… Es ser vos soberbio, vano, mal caballero y villano, pues a quien os quiso bien... Violante, conmigo ven, mira que viene mi hermano... Yo no lo veo. Yo sí, y de su rigor celosa vengo a avisar presurosa. Vente, Violante, tras mí y, vos, conde, idos de aquí. ¡Quién vio más fiero rigor! Violante, juego mayor... ¡Oh, si ya en la noche oscura la más hidalga hermosura viese el más constante amor! Suenen en esta parte destempladas las músicas de Marte con funesta armonía, haciendo salva, al trasponer del día, al Ebro, en cuya playa parte juridiciones esa raya de Navarra y Castilla. Acuartelado en su desierta orilla el ejército todo, oíd, castellanos, que de aqueste modo lo manda nuestro conde por la voz que en su oráculo responde. Valientes y leales fidalgos de Castilla que inmortales la voz del bronce aclama en los sagrados labios de la fama, vosotros que obedientes segunda vez leales y valientes no os preciáis de más fieros que de ser los primeros que haber dueño en todas sus faeciones le acrecenta en blasones a blasones, dando, sin heredadas ni adquiridas preheminencias, las honras y las vidas. Haced alto en la orilla que divide a Navarra y a Castilla aquesta noche, que mañana, el alba despierta apenas, se verá a la salva de trompas y tambores que son sus militares ruiseñores cuando en Navarra entremos en fe del homenaje que traemos en el esplendor bendito de Santiago jurado hasta morir o ver su estrago o librar nuestro conde, cuya estatua por señas os responde sustituyendo en el acento mío la vez de aquese helado mármol fío. Haced alto, soldados, y en la margen del Ebro acuartelados velad la noche y esperad el día. ¿Quién nos lo manda? ¿Quién mandar podía, ilustres castellanos, heroicos pechos dignamente vanos, que su conde no fuese? ¿De manera que tú dices por él lo que él dijera si se hallara presente? Claro está, pues yo soy tan solamente una voz que sus órdenes os labra. Pues haced alto, y pase la palabra. Esta es la tienda donde el cuartel de la corte para el conde prevenido tenemos. Ya que ceremoniosos los extremos de la gran lealtad nuestra hace con su retrato, en noble muestra de nuestro honor altivo, lo que con él hiciera estando vivo. Antes que se retire en esa mansa estancia, a persuadirnos que descansa de prolijos cuidados, llegad, tomad sus órdenes, soldados. Yo por el nombre vengo, ya que a mi cargo distribuille tengo. San Pedro, y sea la seña san Pedro de Cardeña. ¿Qué orden das en las guardas? Que, dobladas, las postas por el campo derramadas estén tal que una a otra se responda, la ronda vele y sea sobrerronda Albar Ramírez esta noche entera, dando una vuelta y otra a la ribera. Por el orden tu ejército me envía. El orden es que al despuntar del día amanezcan formados todos los escuadrones y que, osados con altivez bizarra, talando entren los campos de Navarra, en ellos, desde luego, publicando la guerra a sangre y fuego. ¡Viva tu fama altiva! No, soldados, decid que el conde viva. Ya que a mí me ha tocado la sobrerronda, vele mi cuidado sin que un breve, un pequeño término de la noche rinda al sueño. ¡Qué oscura! ¡Qué cruel! ¡Qué pavorosa! ¡Qué triste! ¡Qué medrosa! Trémulamente baja, envolviendo en la lóbrega mortaja de sus sombras, las señas de campos, ondas, árboles y peñas. Ya en profundo silencio sepultado el ejército yace sin cuidado solo porque le vela la atención de una y otra centinela. ¡Oh humana confianza! Poca seguridad tu vida alcanza, pues tantos duermen con descuido incierto en fe de que uno solo está despierto. Mas ¿qué es aquello? Muda nos pregona la noche, que al camino de Pamplona hay gente en lo intrincado y escondido. De montados caballos es el ruido, pues tascan repetidas coscojas y alacranes de las bridas. Venid, venid conmigo, quizá gente será del enemigo, puesto que a este costado caballería nuestra no ha llegado. Todos te seguiremos. La vuelta por detrás de ellos tenemos por que, viendo ocupada la avenida, no tengan retirada, si acaso, como digo, tropa avanzada es del enemigo que a tomar voz reconociendo viene, y advertid que conviene más agora prendellos que matallos. Mientras cobren aliento los caballos, aquí, desempeño noble de cuantas bellezas, cuantas hermosuras padecieron el sobrenombre de ingratas, podrás descansar segura, ya que aquí troncos y ramas, segunda noche, del viento con dos defensas nos guardan. Ya, conde, habemos llegado, según decís, a la raya de Castilla. Sí, señora, que, en esa línea de plata, vasallo el Ebro dos veces las dos coronas aparta. ¡Gracias a Dios que ya pongo en tierra vuestra las plantas! Que fuera de todo el orbe corona, para ilustrarlas, quisiera yo. Bien presumo que os tiene fineza tanta merecida quien por vos tan de estremo a estremo pasa, que en un punto del mayor aborrecimiento y saña el mayor amor compone. Que digáis, hermosa Sancha, que me tenéis merecidas mayores finezas, vaya, yo lo publicaré a voces con la vida y con el alma, pero perdóname y dadme licencia para que haga réplica al decir que en vos el mayor amor se halla, que eso del mayor amor para mí solo se guarda, mayormente habiendo dicho que hoy el vuestro a serlo pasa desde el aborrecimiento. En esa razón fundada la fuerza está de mi amor, ¿qué cosa es posible que haya más poderosa que aquella que ha vencido sus contrarias? Aquella que nunca tuvo que vencer sí es asentada cosa, que es más poderoso aquel a quien nadie agravia. Eso no es valor, es dicha. ¡Qué plática tan cansada! Luego me estuviera yo hecho hecho conde de demandas, hallándome en un campito con una señora infanta... Quiero darme por vencida en cuestión tan cortesana por lo bien que a mí me está haber sido siempre amada sin ser nunca aborrecida. Testigos son estas altas peñas del gusto con que a ellas llegué en confianza de vuestro amor, cuando Ortuño de ellas salió en emboscada. Y aun agora. Vive Dios, si no es que el miedo me engaña, me parece que le veo cercado de gente y armas. Mientras yo los reconozco tomad todos las espadas. Y es verdad que hacia nosotros se acercan. ¿Que te acobardas? Ponte en un caballo de esos, que yo, mientras tú te escapas, les saldré al paso. ¿Qué importa vivir yo si tú me faltas? ¿Quién va? Amigos. Y harto amigos. ¿Quién? Caminantes que pasan. ¿De Navarra u de Castilla? (Si castellano te llamas, es dar otra seña más de quién eres.) Pues ¿qué aguardan? ¿Son navarros? Sí lo somos. Pues las vidas o las armas rendid. Por ser castellanos otra vez en esta estancia nos prendieron. Pues ahora por ser navarros. ¡Mal haya quien no fuere turco otro día si por aquí pasa! ¿Qué esperáis? Armas o vidas rendid. No están enseñadas a rendirse las que yo traigo al lado. ¡Pese a mi alma! Las que yo traigo no están, desde que a la escuela andaban enseñadas a otra cosa. En vano es vuestra arrogancia, las vidas tenéis seguras si os dais a prisión. ¿Qué aguardas? Date, señor, a prisión, que no faltará otra infanta. ¿Yo a prisión? Sí. ¿A quién? Al conde de Castilla. ¡Linda chanza! ¿A qué conde de Castilla? (Sin vida estoy.) (Yo sin alma.) Si el conde está preso... Al conde que hoy nos gobierna y manda. Pues ¿cómo Castilla tiene conde y a su sangre hidalga pudo en ningún tiempo... Este no lo es de réplicas tantas. Llegad, prendeldos. Mirad que soy... Tapaldes las caras. Escuchad antes. Poneldes sobre los rostros las bandas. Lacayo soy de rejón, no caballo de lanzada. Por que amaneciendo ya no pueda la luz del alba el número descubrirles de todas nuestras escuadras, conociendo de qué modo ni se acuartelan ni marchan, venid con ellos cubiertos donde el conde nos aguarda. Ya su tienda desde aquí nos descubren esas ramas. ¡Ah de la tienda real de nuestro conde! ¿Quién llama? Quien a tu orden obediente, discurriendo la campaña toda aquesta noche, tray prisioneros de Navarra de quien puedas tomar voz en cuanto dispone y trata. Descubrid alguno de ellos, ya que el día se declara, para que sepamos de él donde su rey nos aguarda. Prisionero, a quien trujeron aquí tus fortunas varias, este es de Castilla el conde, llega y échate a sus plantas. ¿Quién es conde de Castilla? ¿Quién os gobierna? Esta estatua, que yo no soy más que solo voz suya que por él habla. Pues yo me rendiré a ella, ya que mis desdichas trazan que yo con alma y con vida a mí sin vida, sin alma me rinda. ¡Cielos! ¿Qué es esto? Danos, gran señor, tus plantas. Esperad, que, aunque quisiera de una lealtad tan estraña como ese mármol informa daros a todos las gracias, primero por que no pierdan tiempo obligaciones tantas que a mí os habéis de rendir a mi esposa doña Sancha, que es a quien debo la vida. Permite besar tu blanca mano a todos tus vasallos. Confusa, absorta y turbada, si no acierto a responderos es porque la voz me falta. Ya que quien desata conde hemos visto, ¿quién desata lacayos? Libre estás, Nuño. García, Albar Ramírez, ¡cuánta es la dicha de este día! Por ti tenemos jurada la fe de perder la vida o librarte. De esa hazaña os desempeña el valor de la bellísima infanta. ¿Cómo, señor? Oíd atentos... Pero ¿qué trompas y cajas en dos partes repetidas asustan estas campañas? El rey de León es este, que siempre a la vista marcha de nuestro ejército. Estotro es el gran rey de Navarra, que con la gente que pudo seguirle viene en demanda tuya. Y los dos igualmente parece que se adelantan. Pues, para que los recibas como dueño de estas armas, toma el bastón, que en tu nombre regí. Escucha lo que hablan. ¡Ha del campo de Castilla! ¡Ha de su nobleza hidalga! Rey Ramiro de León, García, rey de Navarra, ¿qué es lo que a Castilla quieres?, ¿qué es lo que a su conde manda? Yo, conde, viéndole libre, nada ya, porque mis armas solo a componer venían de tu peligro la causa, dando así satisfación al mundo de que culpada no fue mi intención, pues solo fue la reina quien lo traza. Yo, viéndote libre, vengo a darte muerte en venganza de haber con traición robado de mi palacio a mi hermana, de quien aviso me dio Violante, que me acompaña. A ti, señor, te agradezco el intento con que marchas y como tu feudatario huyendo beso tus plantas. Y a ti agradezco también no que este pretesto traigas, sino el poder disculparme. En la acción de que te agravias, si tú a tu hermana me ofreces y con ese fin me llamas, ¿de qué te puedes quejar de que me lleve a tu hermana? De que ella contra mi gusto... Eso me toca a mí, aguarda. Si tú, contra el gusto mío, con él, gran señor, me casas, ¿no es más lisonja que ofensa cumplirle yo tu palabra? Demás de que habiendo sido, según dicen todos, causa de tu engaño mi hermosura no era justo que la fama villana la publicase, pudiendo yo hacerla hidalga. Yo soy esposa del conde. Con eso, ¿ya qué venganza pueden tener mis ofensas? Ni mi amor ya qué esperanzas. Ni ya mis armas, ¿qué acción? Ni Castilla, ¿qué más fama? Pues siendo eso de esa suerte, con nuesa estantigua en andas, para que enojos y aquejas acaben adonde acaba La más hidalga hermosura, perdonad sus muchas faltas.