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Texto digital de La margarita preciosa

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Juan de Zabaleta Probable yPedro Calderón de la Barca Probable
Género
Comedia
Procedencia
El texto ha sido preparado por Sergio Rodríguez Nicolás.

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Rodríguez Nicolás, Sergio. Texto digital de La margarita preciosa. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/margarita-preciosa-la-2.

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LA MARGARITA PRECIOSA

JORNADA PRIMERA

¿Qué es esto, Dios? ¿Yo, hábito en dura guerra como ladrón los huecos de la tierra? ¿Yo, que fui de esa máquina espantosa la primera criatura y más hermosa? ¿Por qué tengo de penas este abismo? ¿Por qué me enamoré yo de mí mismo? ¿Por qué consideré mis perfecciones? ¿Por qué de solas las busqué blasones? ¿Por qué tuve el rendirme por impropio? ¿Tan grande culpa es el amor propio?, mas demos que lo sea y que mi ser en su maldad se vea, ¿qué razón hay, señor, para que al hombre, que es tierra hasta en el nombre, cuando peca os ofende y os agravia, vuestra piadosa mano siempre sabia le socorra, le acuda y favorezca para que no perezca y a mí, que soy inteligencia pura, más perfecta criatura, una vez sola que os ofendí altivo me dejasteis esquivo y permitisteis ⸻¡ay de mí!⸻ que fuese mi suerte tal que a vuestra paz volviese? Mas ¿por qué esta pregunta hago molesta si sé que entre otras la razón es esta? Y en tan dura fatiga a mi pesar me mandan que la diga. La vez que peca el hombre inadvertido es de mi persuadido, es de mi provocado, la traza es mía y suyo es el pecado. Duélese Dios de que el engaño mío la espuela fuese de su desvarío y, aunque enojado, atento a su provecho distila auxilios en su errado pecho. Ofrécele la mano y, si él se vale de aquel socorro, de pecado sale. Esto en mí no sucede ni este bien a mi mal venirle puede porque, como mi culpa no tiene la disculpa de que consejo la empezase ajeno y sola mi maldad fue mi veneno, sin derecho quedó mi desatino al derecho divino y, así, razón ninguna hay de quejarme de que Dios no me ayude a levantarme, mas sin razón se ha de quejar mi furia, que razón que maltrata se hace injuria. De Dios he de vengarme y, pues mi infierno eterno es, mi odio será eterno. El mundo tengo ya lleno de errores que con la obstinación se haz en mayores. Asia a la idolatría está entregada de su Dios olvidada y ahora pone en los pechos de Fenicia latebrosos engaños mi malicia. Todos son míos, menos esa bella mujer que me atropella, aquesa labradora que aquestos campos dora, aquesa Margarita que el cielo me la quita con singular cuidado, mas su desvelo quedará olvidado porque yo haré... Zagales, de esa fuente nos llama la corriente. Este sitio es famoso. Miren que día de agua es día enfadoso. Mas a este puesto sale acompañada de muchos labradores. ¡Extremada es la ocasión! Yo quiero introducirme con ellos y vestirme el traje, los acentos y el semblante de Egeo, un labrador que en este instante se ahogó en ese río, cuyo cadáver frío no será descubierto por que mi engaño pueda ser más cierto. Traigan los instrumentos, dense priesa. Mi odio nunca cesa contra un Dios invisible. Enemigo he de andar que sea visible. La alegría de este arroyo nos solicita y halaga. Sí, que el agua es muy alegre, pero a nadie alegra el agua. Yo la quiero porque es del santo bautismo santa materia y por quien de día y de noche anhela el alma. Pues que Margarita gusta, quedemos en esta estancia. ¿También sois del agua amigo? Eso sin razón te espanta, supuesto que nací de ella. No es la consecuencia llana, que el agua engendra al mosquito y él tras el vino se anda, mas ¿vos del agua sois hijo? Pues ¿ahora lo ignorabas, Tropezón? A esa ribera una nave derrotada me arrojó recién nacido, así lo afirman las canas de los que en aquel trabajo me asistieron y hoy me amparan. Al dios de amor dicen muchos que sirvió un cavado nácar de cuna sobre la espuma que los vientos arrollaban: (Ya, ya empieza mi malicia a encender aquestas llamas.) (Si las ondas del amor . son el solar y la patria, no degenera mi pecho, que en muy fino amor se abrasa. ¡Ah, Margarita, con qué imperio en mi vida mandas! ¡Qué sonoramente corre de aquesta fuente la plata! Estas son métricas quejas de ver que de vos se aparta. (¡Que tanto el amor de Olibrio se declare por mi hermana y que tanto me desprecie porque son menos mis gracias! ¿De qué sirven las estrellas si al desvalido no amparan? Donde está el merecimiento la fortuna no hace falta.) Hija, con melancolía debéis de estar, pues con tanta vehemencia de las fuentes buscáis las corrientes claras, y advertid que me da pena porque esa pasión se pasa las más veces a locura aunque entre discretos anda. No hay entendido, Roberto, que no tenga esta cuartana. Buscar de fuentes y arroyos las ondas que se desatan no es locura, padre mío, la locura es no buscarlas. (El agua que aquesta busca es del bautismo y halaga con el agua de las fuentes el deseo. La esperanza con este elemento ahora es preciso malquistarla.) Pues ¿en el agua qué halláis que estáis tan enamorada de ella? ¿Qué? Que a las serpientes el veneno les apaga. (¿Si me habrá esta conocido, que en el estilo me habla que el cielo, que en la culebra, riguroso me retrata después que fue de mis voces el órgano su garganta?) No hay duda que a la serpiente el veneno se embaraza si entra en el agua. ¿Veis cómo yo digo bien? (¿Esto pasa?) ¿Oís, Libia? Si con vos algún demonio me casa, os he de echar en la noria por ver si estáis menos brava. Antes que matrimoñemos, según vuestras buenas mañas, cairéis vos en una cueva y yo huiré de esa desgracia. Por que al gusto no creáis que este elemento os alaba, sabed que entre todos cuatro es él solo en quien se halla imperfección. ¿De qué suerte? Direlo en breves palabras. Todo lo superior por naturaleza ampara a su inferior, los cielos que en mayor globo se ensanchan a los de menor esfera los rodean y los guardan. El elemento del fuego cariñoso se dilata sobre el círculo del aire, el aire defiende al agua por cualquiera parte suya, mas el agua, a quien tocaba favorecer a la tierra por ser la parte más flaca de todos los elementos, desabridamente estraña por muchas partes la deja sedienta y desamparada. Pues, si a la naturaleza los preceptos le quebranta y por no hacer gusto huye, gusto errado será amarla, ceguedad no conocerla y darla aplauso ignorancia. El agua a toda la tierra desea amparar, ajustada a los preceptos que en ella puso quien en ella manda, pero en algunas regiones hay una tierra tan mala que de sequedad arisca y de frialdad obstinada se fortifican los poros de tal suerte y se los tapa que, al ir el agua apacible a entrársele en las entrañas, solo halla quién la resista, quién la reciba no halla. Entonces, como corrida o como desconsolada, su curso encamina adonde la admiten y la agasajan, mas ¿sabéis lo que sucede en estas dos encontradas partes del mundo? Que aquella que en el cristal no se lava solo lleva escorpiones y unos áspides que guardan pálido mortal veneno en cenicientas escamas, mas esotra, que la dio fácil y halagüeña entrada, hierbas de inmortal frescura, flores que el aire regalan, frutos que al mundo sustentan y unas tan hermosas plantas, unos árboles tan bellos que con dulce pompa escalan el cielo y él, apacible, para que no se le caigan con matizados celajes a las estrellas los ata. Labradores tan discretos hacen corte la campaña, los versos que ha escrito Olibrio y que los zagales cantan os puede gastar aquí lo que de la tarde falta en suspensiones suaves, y yo doy la vuelta a casa porque Liseno me ha dicho que ha gran rato que me aguarda de Antioquía un cortesano y puede ser de importancia lo que me quiere decir, (mas lo que infiere mi alma es que es Olibrio al que busca, porque, estando en la labranza el otro día, pasó un caballero con cartas del emperador buscando un labrador que no hallaba y sin duda es este mozo, que cuando le arrojó el agua en los paños que traía señales de ilustre daba. Yo no lo entiendo.) Adiós, hijos, sentaos y la letra vaya. Sentémonos. Vaya y diga, Olibrio, ¿en qué asunto hablan los versos? En un amor que arde siempre y siempre calla. ¿Esa es linda bobería! ¡Valga el diabro vuesa alma! ¿Quién os ha de agradecer ese amor si no le alcanza? Ea, silencio, señores. (Agora el amor me valga.) Quien ama y dice sus penas muy sin reverencia ama, mejor el clavel padece, que no se queja y se abrasa. Mentís en cuanto habéis dicho. ¿Qué haces, fiera alimaña? ¿A los músicos desmientes? Por en medio de sus barbas. ¿Por qué, amigo Tropezón? Ya el poeta a la demanda sale. Mirad, el jumento es la bestia que más ama a sus hijos y con él los poetas se comparan porque, aunque engendren pollinos, piensan que es cosa estremada. Cuanto en esa copla hay es todo enredo y patraña; referidla y lo veréis. Quiero hacer lo que me mandas. Quien ama y dice sus penas muy sin reverencia ama. Pues hago una reverencia y cuéntole lo que pasa. Harto bien medrara el mundo si los amantes callaran. Adelante. (Con aquesto más mi pasión se declara.) Mejor el clavel padece, que no se queja y se abrasa. Catad ahí el disparate porque, decid, ¿dónde guarda aqueste amor el cravel? Debe de ser en la zanca. El cravel, hermano mío, ni tiene afición ni haca, que es solo una yerbecilla un poquito colorada. Nada la naturaleza hizo acaso, que ordenadas son sus obras a algún fin y yo pienso, y no me engaña la pasión, que hizo las flores solo para que explicaran los incendios con que amor suele atormentar las almas. Ninguna flor hay que viva sobre tan derecha vara que a alguna parte no incline de su pompa la elegancia. El jazmín hacia la rosa forceja, si no desata su prisión a la azucena; el clavel haciendo alas de las hojas volar quiere, pero ni vuela ni alcanza. Aquí no hay amor, mas hay de amor una semejanza, con que el suyo manifiesta el que huye de las palabras por no dar en lo grosero. ¡Infelicidad tan rara!, que es mármol quien no se duele de verdad tan desdichada que ha menester la mentira para que se crean sus ansias. Aun por ahí lleva camino. (Olibrio conmigo habla, y por este mismo estilo le he de decir que se cansa en vano, porque mi pecho no atiende a cosas humanas.) El cielo no hizo las flores para que simbolizaran al amor. Pues ¿para qué? Para que fuesen vianda y alimento de la abeja. ¿De la abeja? Es cosa llana. La abeja es un animal de castidad tan estraña que ignora sexo y no rinde de su pecho al amor nada. En el panal y la especie a un mismo tiempo trabaja y con el pico oloroso la miel y otra abeja labra. Obligado, pues, el cielo de esta pureza a las plantas, manda que la sirvan flores que sabrosamente lama. También a su sed atento, una estrella desmigaja cada aurora y se la estiende sobre la yerba en escarcha, porque estima mucho más la castidad no manchada que la duración del mundo, con ser de tanta importancia. ¿Para que coma la abeja dice estotra mentecata que son las frores? Pues ¿qué, no dice bien? No, hurraca, porque son para que coman los boticarios. Sus cajas lo digan, pues que con ellas ellos viven y nos matan. Padre y señor, ¿qué tenéis? ¿Vos con llanto? ¿Qué desgracia, Roberto, os ha sucedido? ¿Qué novedad os asalta? Hijos, un gusto que es pena y una pena que agasaja. No os entendemos. Ahora me explicaré. Aquesta carta es, Margarita. ¿De quién, señor? De Esedio, que manda que al punto vais a Antioquía. (Esta novedad me agrada.) ¿Y quién es Esedio? Es un varón de prendas tantas que en nobleza y dignidad ninguno se le aventaja en todas estas provincias y es, demás de esto,... (Turbada tengo la vida.) Acabad. .vuestro padre: Ya me espanta más el suceso, pues ¿cómo, si hija vuestra me llamaba el mundo? Porque ese nombre el secreto y la crianza os dieron, que de dos años venisteis a que cuidara de vos Licinia, mi esposa, sin que jamás declarara el que os trajo, quiénes fuesen vuestros padres, bien que, en tanta distancia de tiempo, siempre los socorros se enviaban puntuales y numerosos con que fueseis sustentada y asistida, que mi hacienda a hacer esto no bastaba. Ya, al fin, se sabe que sois hija de Esedio, que clama por vos y el obedecerle es fuerza. Carroza y galas con esta carta han venido y orden para que mañana vais a comer a Antioquía, porque como la distancia es tan poca, que no hay sino media legua escasa, puede esto conseguirse. Margarita, la que os llama es fortuna muy subida, la que dejáis es muy baja; alegraos y llore quien de vuestros ojos se aparta. (Llore yo, que nací solo a no tener esperanza.) (Dios mío, en obedeceros mi corazón nunca tarda.) (Lo que intentaba mi pecho mejor por aquí se traza.) (Bien haya, amén, la fortuna que tan mal a Olibrio trata.) Margarita, no nos dejes. Margarita, no te vayas. Quien obedece no elige. Ea, volvamos a casa. Todos hemos de ir contigo hasta dejarte entregada a tu padre. Y yo de todos seré eternamente esclava. (Corazón, a padecer.) (Ojos, a tomar venganza.) (Astucias, a destruirla.) (Mi Dios, a hacer lo que mandas.) (Que mi afición... (Que mi enojo... (Que mi odio... (Que mi alma... .siempre arde.) .siempre vive.) .siempre ofende.) .siempre ama.) En fin, he ya publicado, y el pecho se regocija, que es Margarita mi hija y que con ella casado os tengo, sobrino mío. Señor, aquese favor os constituye señor más que a mí de mi albedrío. Ya mi esperanza se mueve sin sosiego. Hoy entra aquí, que es la priesa que yo di mucha y la jornada breve. Vi a mi esposa, sin saber quién era, en ese lugar, y dio tanto que admirar que embarazó el entender. Tal belleza en ella había que yo juzgué que la aurora en traje de labradora quiso estarse allí aquel día, mas, señor, ¿yo no sabré qué causa os movió a enviarla a esa aldea y ocultarla de todos? Yo lo diré. Murió su madre y mi esposa entre accidentes extraños dejándome de dos años esta prenda tan hermosa. De aquesta pena que estoy refiriendo y que en mí estaba a los dioses me quejaba, cuyo sacerdote soy, mas el cielo a mi tristeza se mostraba y mis suspiros en lo hermoso de zafiros y de piedra en la dureza, con que, en aquel accidente que mi pecho deshacía, nadie consuelo ponía, sino el sueño solamente, huyendo de mis cuidados me entregaba a su veleño. ¡Ah, mortales, lo que al sueño le deben los desdichados! Estando, pues, amparada de sus alivios mi vida, una voz muy bien oída para ser mal escuchada me dijo ⸻aquí titubea el pecho y se precipita⸻: «dale al campo a Margarita si quieres que feliz sea». Yo desperté con dolor que aumentaba mi desvelo, pensando me hablaba el cielo, en otra pena mayor, templeme y con singular cuidado al caso atendí y al sueño el crédito di, que a sueños se suele dar. Volvió a llamarme a su abismo aquel letargo violento y repitió el mismo acento otras dos veces lo mismo. Consideré nuevamente el caso y dije: «yo quiero más la nota de ligero que el riesgo de inobediente. Vaya, pues con él nació, adonde el hado la envía Margarita», y aquel día un criado la llevó a ese lugar con tan cierta fidelidad y cuidado que allá quién es ha ignorado, teniéndola acá por muerta, mas tanto tiempo ha corrido sin que haya prodigio en ella que he tratado de traella y de haceros su marido. Los sueños sin más intento del sueño en la dulce calma son unas burlas que el alma le hace al entendimiento. Nunca el juicio es seguro de los que los interpretan, porque los dioses aprietan en su seno lo futuro, verdad tan averiguada que aun hasta en vos se acredita. Para. Aquesta es Margarita. Sea mil veces bien llegada. Aquí tenéis la querida prenda que ya vuestra es. Y rendida a vuestros pies. Seáis, hija, bienvenida. Levantaos, aunque el provecho perdáis de la sumisión, porque sois mi corazón y es vuestro lugar mi pecho. Dadme los brazos. Llegad. No los merezco, señor. Muy bien estrenáis mi amor, que empezáis con humildad. De hija vuestra el blasón, si lo soy, en mí no es nuevo, pero agradecerle debo como si fuera elección y una pena aquí me aflige que os la tengo de decir, y es si he de saber servir a quien me engendró y me elige, mas este empeño le dejo al amor que ha de moverme. Daos mucha priesa a quererme, hija, porque estoy muy viejo. Haberos llegado a ver a la fortuna lo estimo. Es Lidoro, vuestro primo, y vuestro esposo ha de ser. (Muy mal el padre me estaba, mas peor me está el esposo. ¡Ah, bien haya el que es dichoso!) Sin eso soy vuestra esclava. De una mano que es tan bella yo no aspirara al favor si no tuviera mi amor un alma que dar por ella. Señor, ¿su merced es loco? ¿Por qué? Este es inocente. Porque hoy empieza a ser padre y luego a suegro se mete. ¿Piensa que es holgura un yerno?, que, para que no desee su muerte, ha de estar su vida siendo de provecho siempre. Mire, Margarita es buena mujer y bien puede tenérsela ahora en su casa. Donaire el villano tiene. (De Tropezón en los labios mi amor habla y por mí vuelve.) Señor, a este labrador a decir esto le mueve el cariño porque juzga que es, aunque entre placeres, dárosla hoy y casarla enajenarla dos veces, y cierto que a mí también ⸻y perdonad que me deje llevar tanto del afecto⸻ me parece conveniente el consejo que os ha dado, que no es bien que el mundo piense que la carga de una hija, porque pesada parece, la arrojáis el primer día a un marido que la lleve, mas vos lo entendéis mejor, lo que a mí me pertenece es desear que vuestras dichas por las estrellas se cuenten. El novio que a Margarita le tenéis es excelente. Casadla luego, señor, y no extrañéis que os lo ruegue, porque hasta ayer fui su hermana. Y mi hija seréis siempre. (De la ingratitud de Olibrio me vengo de aquesta suerte.) Y ahora los labradores a tomar refresco entren, porque a este acompañamiento mucho agasajo se debe. Ea, entrad. Y diga, ¿quién le ha de dar? Bastante gente hay en casa que lo haga. Si criados decir quiere eso de gente bastante, yo le prometo que suelen, cuando al amo no le importa, obedecer frojamente. Entre con mosotros él, por su vida. Gracia tiene el labrador. Acabemos. Aqueste gusto he de hacerle. Vamos. Livia. ¿Qué tenemos? En almorzando que almuerce, tengo de andar acechando todo cuanto sucediere, que por acechar me muero. Este descanso es mi muerte. Mi Dios, las felicidades que este mundo nos ofrece son río que se despeña desde lugar eminente, que aquel a quien cerca coge le salpica y le humedece, mas no es más que salpicarle, que se seca fácilmente. Pasa el río y, como él, tienen también estos bienes la presencia fugitiva y acelerado el corriente. Vos solo sois el que dura, vos solo sois quien no puede faltar y vos sois, en fin, el bien que el alma apetece. (A hablar con este prodigio turbado el labio se atreve.) Margarita, por vencer las rosas y los claveles, sois fénix en la hermosura. En la palma muere el fénix. Dulces impensadas voces que en la pasma el fénix muere me dicen, y dicen bien, porque en su cogollo enciende este pájaro la hoguera que fue juntando prudente y, asidas con las dos manos del árbol dos ramas verdes, sobre la llama olorosa para renacer perece, pero ¿qué tiene que ver esto con mi amor?, mas suelen los acasos avisar de lo que suceder quiere. La pasma es de la victoria señal gloriosa y alegre y, si muere Margarita con palma, es señal que vence su castidad no violada del amor el fuego ardiente. ¡Ay de la esperanza mía! Enamora de tus leyes, señor, este corazón por que a ellas se sujete. (Pero ¿cómo en ilusiones el que no está loco cree? Esto es chisme que al oído me trae para que me inquiete. Yo quiero volver a hablarla.) Cándida paloma, atiende. Lo que tiene de azucena, eso de paloma tiene. Segunda vez estas voces a mi afición le defienden el bien a que aspiro amante, porque han dicho dulcemente «lo que tiene de azucena, eso de paloma tiene». La azucena significa, en virtud de aquella nieve fragrante de que se viste, castidad resplandeciente. Cándida paloma yo la llamé, luego ¿pretenden darme a entender que no más del puro y limpio accidente del color hay de paloma en ella y que no se atreve el amor a quebrantar de su pecho el muro fuerte? ¿Yo hablo acaso con el cielo o con la que está presente? El cielo y la castidad uno son y dos parecen. Este es infalible hechizo, este es encanto evidente. Huyendo voy de este asombro que me mata y me enloquece. Sola parece que estoy y mi rudeza no entiende las salas de los palacios. A aquella sencilla gente, hija, que te ha acompañado he querido se festeje, que día tan feliz es justo que en mi casa se celebre. Ya he mandado los regalen, mas ¿qué es de Lidoro? Fuese, sin duda, como te vio sola, que es mozo prudente. Margarita, las acciones humanas es bien que empiecen por la adoración divina. Eso no habrá quién lo niegue, Pues antes que posesión tomes de cuanto contiene mi casa a pedir entremos a los dioses nos prosperen la vida y que de su amparo ni nos aparten ni dejen. (Aquí soy yo menester.) Y dime, ¿a qué dioses quieres que aquese ruego le hagamos? (¡Dios verdadero, valedme!) (Ahora la guerra se traba, a que el triunfo he de deberle.) Júpiter, Mercurio, Apolo. ¿Esos son dioses? Tú vienes muy ruda. Pues di, ¿qué son? Unos maderos que mienten y que, porque están dorados ⸻mira, mira lo que puede la riqueza⸻, los adoran tantos pueblos ciegamente. Cielos, ¿qué es esto que escucho? Vuelve por tus dioses, vuelve. Pues dime, errada mujer, que ya el nombre no merece de hija la que su culto niega a los dioses aleve, si las que adora Fenicia, deidades no te parecen, ¿quién es Dios? Es una esencia que tres personas contiene: padre, hijo y soberano espíritu que procede de entrambos. ¿Y esos no son tres dioses? No. ¿De qué suerte? Si yo supiera decir cómo es Dios perfectamente, no fuera Dios. ¿La razón? (¿Este monstruo qué me quiere?) Porque fuera comprensible y, si pudiera cogerse dentro de un entendimiento la noticia de sus bienes, lo infinito le faltara, sin lo cual ser Dios no puede. En efeto, ¿ningún hombre esta deidad comprende? Uno solo. ¿Y cuál es? Cristo,... (Esta voz me hace que tiemble.) .que es la segunda persona de la trinidad, y advierte que Dios solo a sí se sabe y que él solo a sí se entiende, pero, por que no presumas que de todo punto viene esto a ignorarse, sabrás que algún ejemplo hay que enseñe algo de la superficie, aunque mucho no penetre. ¿Has visto una fuente? En fin, esto que a explicar te atreves, ¿qué es, un Dios y tres personas? A eso solo el alma atiende. Pues la fuente he visto, di. Si cogiesen de esa fuente tres vasos de agua, ¿serían tres aguas? No habrá quien yerre eso. Un agua es no más y tres vasos diferentes. Pues de aqueste modo, aunque de aquesta deidad se llenen las tres personas que he dicho, quedan un Dios solamente. ¡Que esto escuchen mis oídos! Ya no sé qué responderle. Dale la muerte, ¿qué aguardas? Impulsos me dan de hacerte mil pedazos y acabarte con mis manos y mis dientes. Ven acá, ¿quién te enseñó aquesa ley que defiendes? Licinia, que fue mujer de Roberto, que ya tiene silla de gloria en el cielo. ¿Y estás bautizada? Ese bien solamente me falta. Pues ¿cómo dejó esa aleve esta inútil ceremonia? Porque piadosa y prudente me estaba catequizando cuando la cogió la muerte. Y di, ¿Roberto es cristiano? No, señor. Luego ¿no entiende lo que pasa? No lo sabe. ¿Ni su hija? Si supiese Flora que cristiana soy, me acusara dos mil veces, porque no me puede ver. ¿De modo que solamente ella y tú eráis cristianas? Con un secreto tan fuerte que para hablar en las cosas que a esta verdad pertenecen lo enmarañado de un bosque era cerrado retrete. (¡Ah, sueños! ¿Esta es la dicha que Margarita le debe al campo?, mas ¿por qué yo creí a quien siempre miente? Con la autoridad de padre prueba a ver si la convences. Margarita, yo te di mi sangre y de obedecerme ningunas leyes te libran si son ajustadas leyes y, así, pues que nadie sabe de tu error, no le conserves, sino a mi obediencia asida sigue la verdad que pierdes. Señor, esta humanidad o se compone o se teje de alma y cuerpo, dos porciones unidas y diferentes. Siendo vos mi padre, a vos estos humores se deben de que el cuerpo está labrada, puesto que de vos descienden. Esto es verdad infalible, mas que ahora sepáis conviene que las almas de los padres ningún parentesco tienen con las almas de los hijos, porque de cosa tan tenue como es un alma otra alma ni se deriva ni puede. Asentado este principio, sin dificultad se infiere que el alma solo es de Dios, porque de él solo procede. Por la deuda de este barro, yo confieso ingenuamente que os debo obediencia grande a que estoy dispuesta siempre. Por la deuda de este alma debo al dios omnipotente la única adoración que para sí solo quiere. Vos, que sois dueño del cuerpo, mandadle, que inobediente nunca le hallaréis, por graves preceptos que le impusiereis. Si queréis que en vuestra casa haga los más indecentes oficios y más serviles, decídmelo, porque alegre iré a que vuestras criadas me manden y me desprecien, mas el alma, que de vos ni se origina ni pende, a Dios, cuya hechura es, siempre ha de estar obediente, que por vos no he de quitarle a Dios lo que a Dios le debe. ¡Que una mujer miserable tanto contra mí se esfuerce! En fin, ¿no quieres rendirte? La verdad no ha de perderse. (¡Aqueste mal le faltaba por pasar a mi edad débil! El corazón se me parte.) (Aqueste mal se remedie con otro más fuerte arbitrio.) En tu engaño estás rebelde. En mi verdad estoy firme. ¿Esta maldad se consiente? Haz lo que te inspiro ahora, que yo haré que tú te vengues y a pesar de Dios será mía la que él tanto quiere. Hola, criados. Aquí está Lidoro, que te pretende decir. Por ahora nada me digas. ¡Ah, dolor fuerte! Hola. Señor, aquí estamos. Llamadme... (Ya nada teme, Dios mío, este corazón, si no es el ofenderte.) .a esos villanos. Aquí a los labradores tienes. Roberto. Señor. Infame. No me hables de esa suerte, que soy un hombre de bien. ¿Tú, hombre de bien? (Con aqueste ardid, pues todos ignoran el yerro que esta comete, le castigo la locura y no la entrego cruelmente a la justicia, que un hijo es parte que mucho duele.) ¿Tú, que osado y atrevido no solamente me pierdes una hija, mas, traidor, otra me entregas? Atiende. (Ya no soy yo solo quien tu sangre estraña y la teme.) (Señores, ¿qué es lo que pasa?) (Cielos, ¿qué es lo que sucede?) Aquesta no es Margarita. (Nada importa que me niegue mi padre si tengo un Dios que me ampare y que me albergue.) Esa Margarita es. Verdad he tratado siempre y ahora la trato. Llevadla. No es posible la sustente yo, que con vuestros socorros, que ahora forzosamente han de faltar, mantenía mi casa, que ya perece. Pues arrojadla en un río o haced lo que os pareciere. Hola, quitadla esas joyas. Yo seré más diligente porque no gusto de alhajas, que no más que al vicio penden, que este oro tan estimado es todo resplandeciente, que mancha a quien se le pone y él piensa que se engrandece. (La mitad de la hermosura en aqueste punto pierde.) (Los celos que me había dado hacen que su mal me alegre, que solo aquesta mujer mi corazón aborrece.) Quitadla aquese vestido. Estímolo sumamente porque las galas son yedra traidora que las más veces a quien abraza derriba o en grande riesgo le tiene. El vestido me quitáis, mas que no podréis, creedme, desnudarme de este cielo que me cubre y favorece. (¿Que esto pueda suceder a nadie en tiempo tan breve?) Ea, llevádosla agora y agradeced me contente con volvérosla no más, mms castigo es suficiente añadirle gasto a quien sustentarle así no puede. (La estrañeza de este caso el juicio a mí me suspende.) Margarita, este infortunio a los dos nos acontece, que ni yo podré ayudarte ni tú a mí favorecerme. (¡Ah, necesidad infame, cuánto el ánimo escureces!) Roberto, si en este punto me hallara dichosamente rey de todo el universo, la corona de mis sienes a los pies de Margarita diera por triunfo indecente, mas, pues aquesto no es, desde este instante inclemente a la fortuna me entrego y me voy ⸻aunque les pese a mis ojos⸻ por el mundo a ver si enmiendo mi suerte para que de Margarita sea cuanto yo adquiriere. En este medio os suplico la asistáis benignamente, que yo haré por cumplir lo que mi labio promete y, si acaso esto faltaré, ruego al cielo muchas veces que se caiga sobre mí la estrella que lo impidiere. Mi Dios, lo que pierdo ahora para después me enriquece. En fin, Olibrio, ¿te vas? Sí, que nada me detiene. ¿Segundo dolor añades al dolor que está presente? Ahora he de ver si las dichas se hacen o si se deben. Si dichas vas a buscar, advierte que son los reyes la fuente de donde manan. Pues ¿qué en eso decir quieres? Que a la corte, Olibrio, vayas y al emperador te acerques. Quizá encontrarás allí las fortunas que pretendes. Adiós, amigos pastores. Astro benigno prospere tus alientos. De tu vida se encargue el cielo clemente. Vamos, Margarita. Vamos. Deidad de amor, no me dejes. Penas, de celos matadme. Fortuna, no me atormentes. Auxilios, señor, auxilios. Estrellas, favorecedme.

JORNADA SEGUNDA

Soberano señor de tierra y cielo, ¿quién más feliz que yo, pues a este estado se reduce mi vida y sin recelo guardo ese pobre y tímido ganado? Ya todo me ha faltado, mas, como os tenga a vos, divino esposo, nada encuentro, señor, que sea penoso. Para ganar el mísero sustento a que obligasteis a la humana vida un rebaño de ovejas apaciento, fatiga a tantas culpas merecida. No lo digo, señor, porque lo siento, y más cuando averiguo en mis temores que todos unos de otros son pastores. El sol, padre fecundo de cuanto ser recibe y cuanto alienta, vigilante pastor asiste al mundo y, por que las ovejas que apacienta se regocijen con la luz del día, tira el cayado a la tiniebla fría. La primavera bella entre primores vario pellico viste de colores y con desvelo fiel, con silbo tierno a estallidos de flores guarda los campos del voraz invierno. El alma, que el gobierno tiene de las potencias y sentidos, por que a su voz cualquiera le responda, con suaves balidos suele sonar de la razón la honda. Todos guardan rebaños esparcidos y vos, señor, por inefable modo infinito pastor lo guardáis todo. Pastor sois soberano y este cayado en que mi amor os muestro ya se ha visto otra vez en vuestra mano, que así parece mío y así es vuestro, a pesar del tirano. Livia, vaya la música a la fuente Y de Flora la hermosura celebre festivo el valle. Quiero volver a encubriros, porque vienen a esta parte los pastores de mi dueño. Todos relinchen y canten. La beldad de Flora celebren y alaben todos los pastores de este ameno valle, que de Margarita la hermosura grande quemósela el sol, llevósela el aire. Estas voces y estos ecos en aquesta misma margen a Margarita aplaudían, mas ya su beldad por frágil quemósela el sol, llevósela el aire. Quedo, que ella nos escucha. ¿Qué importa? Muera a desaires, pues de la cruel fortuna es ejemplo miserable. (Las iras de aqueste pecho el mayor triunfo han de darme.) Proseguid vuestra canción para que muera a pesares. Olvidola Olibrio, que entre majestades ninguno se acuerda de ser fino amante, pero su belleza no es ya la que antes quemósela el sol, llevósela el aire. Margarita, ¿has escuchado que las voces que me aplauden tu desdicha te refieren, que oyen sin piedad los aires? (Furias le infundo en el alma que ella respira a volcanes.) ¿Quién más infeliz que tú, pues el hado inevitable te ha traído a que ese humilde rebaño de ovejas guardes? Si el cielo lo ordena así, su voluntad inviolable se cumpla en mí eternamente, que yo con igual semblante he de admitir como bienes los que traen señas de males. ¿Tan malo es guardar ovejas? El hacedor inefable de cielo y tierra las guarda, pues ¿por qué he de despreciarme, siendo un gusano, de hacer el oficio que Dios hace? ¿Y yo no guardo cochinos? Y no puede decir nadie que es mejor que yo, ni el rey, que es tan nobre mi linaje que mi agüelo dizque fue... ¿Qué fue? Padre de mi padre, y esto es por mi varonía. Calla, que sos un salvaje. Mucho más merezco yo. ¡Qué fingidas humildades! Claro está que más mereces, que nunca los inmortales dioses envían acaso unas desdichas tan grandes. ¿Quién como tú es infelice, pues, cuando los animales más feroces reconocen sus hijos, a ti tu padre te niega, rompiendo todos los vínculos de la sangre? Y hoy estás tan excluida de las leyes naturales que de ti propia has nacido y para desdichas naces. ¿Y esa llamas tú desdicha? La mayor que pueden darte los dioses. Pues yo la tengo por felicidad muy grande. ¿Eso cómo puede ser? Oye un argumento fácil. Hay una flor en Epiro que sola en los campos nace, sola crece y sola está lozana, hermosa y fragrante, pero, si plantalla quieren en un jardín agradable donde haya flores distintas que su hermosura acompañen, fuentes que la lisonjeen y agricultor que la halague, pierde el color y, marchita, las hojas al suelo abate. Vuélvenla a la soledad y en ella olores esparce, que es ejemplo que te advierte lo que en mi dicha dudares. Llevábanme a otro jardín, donde el cariño de padre, donde el halago de hija podrán de Dios olvidarme, y esto no me estaba bien, vuélvenme a mis soledades, donde viviré segura, que en dos extremos distantes aquí siempre he de crecer y allá pude marchitarme. Dice muy bien Margarita. ¿De qué sirve a un hijo un padre, sino de que a todas horas a azotes le abra sus carnes? Si llora, dale, que llora; si canta, dale, no cante; dale si responde mucho; si responde poco, dale; dale por que se desnude, dale por que se levante, dale porque viene presto, dale porque viene tarde, y, en fin, siempre le aporrean por lo que hace y no hace. Aquí has de vivir muriendo y la inclemencia del aire y del calor la porfía borrarán de tu semblante, si es verdad que eres hermosa, aun las menores señales. Todo te ha faltado, en fin, que, aunque Olibrio al ausentarse del emperador llamado dijo que iba a hacer examen de su amor por si podía de esta desdicha sacarte, ya que le ha reconocido Diocleciano y como padre le trata porque ajustó las ya perdidas señales y hoy en Antioquía asiste por sus decretos reales persiguiendo los cristianos que a los dioses no adoraren, habrá ya con la grandeza entre tantas majestades olvidádose de ti, que es en los hombres muy fácil. Morirás de invidia y pena y yo inventando crueldades haré, pues está en mi mano, que hasta el sustento te falte. Como yo encontrara el agua donde a nuevo ser renace el alma, importara poco que lo demás me quitases. Toda eres siempre misterios. ¿Qué agua es esa que ha de darte nuevo ser? No estás capaz de gozar de sus cristales. ¿Por qué? Porque a Dios ofendes con esa ira implacable. no ¿De suerte que es para ti y para mí no? Es constante. Pues ¿eso cómo es posible? Sabraslo, si me escuchares, y el misterio explicarán dos ejemplos naturales. Hay una fuente en la Grecia de calidad tan notable, de tan contrarios efectos, de tan difícil examen que, si meten una antorcha ardiendo en ella, al instante, como es natural, se apaga, pero, si la antorcha yace muerta, se enciende en sus aguas, luce, brilla, vive y arde. Pues, de aquestos dos ejemplos puedes la razón sacarte: si tú llegas a estas aguas que yo entiendo y tú no sabes, ardiendo en iras y enojos y yo en muertas humildades, como esotras dos antorchas, que una muere y otra nace, yo es preciso que me encienda y tú es fuerza que te apagues. Todo me induce a venganza, cuanto dices, cuanto haces, y aun te quitara la vida. Tanto late allá en mi pecho una ira que me obliga a ofenderte y a matarte. Tiene Flora mil razones. ¿Quién no la ve remilgarse? Pues oye, no se mesure ni tan cabizbaja ande, que siempre las hazañeras dan que hacer. Cantemos triunfos a Flora y a Margarita pesares. Que de Margarita la hermosura grande, quemósela el Sol, llevósela el aire. (La materia está dispuesta, harto ha de hacer si no arde.) (Hombre y mujer hay a solas. Ea, inclinación infame, acechemos un poquito.) Aquí, aquí de mis volcanes, mujer, eres insensible? Cuando los cielos te traen a las manos la venganza de tan resueltos desaires, ¿la dejas? ¿Eres de bronce? Olibrio es tu firme amante y a él le quiere Flora, muera a recelos y a pesares. Busca a Olibrio. En Antioquía en solio firme y estable el sumo poder ejerce del emperador su padre y, por que no dificultes la forma de declararse por hijo del césar, oye lo que en tu noticia falte. Diocleciano amó a Faustina, de Olibrio infelice madre, tanto que fue su hermosura gustosa prisión suave de sus sentidos, viviendo a merced de su semblante. Nació de este amor Olibrio, yo pienso que para amarte solo y para que contigo parta sus felicidades. Irene, esposa del césar, de quien no pudo ocultarse aqueste caso, celosa dispuso que desterrasen a la cobarde Faustina y al recién nacido infante, y cerca de estas riberas se anegó la infeliz nave, hallando inquieto sepulcro Faustina entre sus cristales y Olibrio, que en su inocencia halló defensa más fácil, salió vivo de las ondas. ¡Ah, qué de señas amantes tuvo Olibrio en su principio para que en ti se empleasen, pues como el hijo de Venus de entre las espumas nace! Criose contigo, en fin, como has visto, en este valle hasta que, muriendo Irene, Diocleciano, que la parte había sabido ya del naufragio miserable, sin embarazo en su amor hizo que a Olibrio buscasen y, hallando de su principio las ajustadas señales, le admitió amorosamente en su grandeza y su sangre. Toda aquesta dicha es suya y, pues ya su afecto sabes, solicita su fineza, que él te adora tan constante, que él te desea tan fino que, si tú quieres casarte con él, lo conseguirás, que todo en su amor es fácil. Saldrás de aquesta desdicha y en yugo blando y suave lograrás frutos de amor que a su peso te descansen. No es ofensa, no, del cielo que tú en consorcio agradable vivas amando a tu esposo y que a su cuello te enlaces y, demás a más, te vengas de Flora, que, si juntases cuantos gustos, cuantas glorias, cuantas delicias fragrantes la tierra puede ofrecerte de sus senos liberales, nada has de hallar tan gustoso como un rato de vengarte. (¿Alcahuetito es Egeo? Vivirá como un infante hasta que encuentre un galán pobre que le descalabre.) (Siempre que me habla este hombre al mal me induce y señales más que humanas en su estilo advierto y en su semblante.) Señor, en aquesta duda de vuestra espada he de armarme, ¿Qué dices? Que yo no aspiro a gustos más deleitables, a deleites más gustosos que los sentidos regalen que a aqueste pobre ejercicio y a este cayado que esparce horrores al lobo hambriento, a cuya seña triunfante se rinde... ¡Quítale allá! .el infierno y se deshace su furia. ¡No me atormentes! (¡Ah, que no puedo mirarle! ¿Que sea tan poca mi fuerza, que sea mi vista tan frágil que tiemble de una señal que es su fábrica tan fácil que, si falta de que hacella, entre los dedos se hace?) Loco parece que está Egeo. Villano, infame, en ti he de vengallo todo. ¡Queé me ahoga! Has de pagarme los desaires que he sufrido. ¡Santa Venus, ayudadme! ¡Qué mal le huelen las manos! Parece que el hombre hace remedios para la sarna. ¿Cuánto va que ha de costarme el acechar que me lleven más de dos mil Satanases? Bien hice yo de ceñirme vuestra espada, esposo tierno, que contra todo el infierno es la defensa más firme, pero peligros mayores con vuestra ayuda he vencido. ¡Ah, pastores de este ejido! ¿No hay quién me escuche? ¡Ah, pastores! De un caballo un hombre allí quizá perdido se apea. Zagala, ¿sois de esta aldea? (Antes que se acerque a mí le dejaré satisfecho.) Aquesa loma pasad y hallaréis su vecindad. Mucho favor me habéis hecho, mas decidme, ¿acaso habita todavía esta espesura la soberana hermosura, la beldad de Margarita? (Olibrio es. ¡Válgame el cielo! Yo propia busqué mi mal.) ¿Tú, entre ese tosco sayal siendo el centro a quien anhelo? ¿Tú, con traje tan grosero, tan indecente y tan vil? ¿Quién vio vestido al abril con las galas del enero? ¿Tú infeliz y vivo yo? El pecho consigo lidia. Si del cielo ha sido invidia, muy poco le aprovechó, que yo con fuerza importuna, por que mis dichas celebre, feliz te haré aunque le quiebre los ojos a la fortuna, que en mis amantes cuidados, por ostentar mi fineza, sabré poner tu belleza aun más allá de los hados. ¿Qué ejercicio es el que aquí tienen tus claros luceros? Guardo, como ves, corderos y es gran dicha para mí. En ese traje parece que se excede tu arrebol, que sale más bello el sol si entre nubes amanece. Entre la aspereza crece tu beldad y se señala, así ni aun el Sol te iguala y, si es tu hermosura más cuando disfrazada estás, guarda corderos, zagala. Si algún pastor en mi ausencia ha logrado tu favor ⸻y perdona el que mi amor se tome aquesta licencia⸻, oblíguete mi presencia, pues que siempre te adoré y, si cuando más te amé por ausente te perdí, pues yo no la merecí, zagala, no guardes fe. Poco debe de quererte quien te tiene en ese estado, que yo fortuna he buscado por mejorarte de suerte. Riqueza hallé con que hacerte dueño del alma y señora de cuanto el sol atesora, luego en duda no pondrás que yo te he querido más que quien te hizo pastora. Dichas salí a conquistar y ocupo el solio mayor; entre los dioses mi amor hoy te puede colocar. De todos te haré adorar, deidad por mí te has de ver, porque nadie ha de entender, o ignorante, o atrevido, que quien tanto te ha querido no te libró de mujer. (¿Con qué me defenderé, esposo y señor, ahora, porque, aunque el alma os adora, siente el riesgo en que se ve?) ¿Ni aun respuesta no merece mi constancia y mi fineza? Quien vive en esta aspereza ninguna dicha apetece. Que me dejéis os suplico guardar mi pobre ganado, que este miserable estado le estimo como el más rico. La hermosura es breve flor, ya un solo instante de edad dura la mayor beldad. La tuya es más superior y solo a esos bellos ojos consagro el alma y la fe. (Cuando templarle pensé, más irrité sus antojos.) Digo que es tan diferente nuestro estado que es forzoso. Más preciaré ser tu esposo que el trono más eminente. (¿Con qué le podré templar?) Si mi padre me negó, ¿quién más indigna que yo? Más por eso te he de amar. (Todo le llega a encender y he conocido en rigor que en las materias de amor es mejor no responder.) Solo a una breve palabra tuya mi amor se destina. ¡Rita acá, oveja malina! Mírenla, parece cabra. Oye, escucha, y no mi engaño deshagas para más queja. ¡Rita acá, perdida oveja! No te apartes del rebaño. Templa ya, Dafne veloz, tantos desdenes tiranos. (Señor, tenedle las manos, pues le consentís la voz. Nada a apartarle es bastante. ¡Que un espíritu infernal se asombra de esta señal y no se asombra un amante!) Su beldad mía ha de ser, que los dioses celestiales me han dado en mi dicha iguales el deseo y el poder. Sin resistencia ninguna mi amor he de conseguir, que nadie basta a impedir a quien manda en la fortuna. Con un ardid he de hacer que a Antioquía me la lleven, pues precisamente deben mis leyes obedecer. Rendirele a su beldad cuanto soy por que se arguya que, no habiendo de ser suya, no quiero la majestad. ¡Ah, pastores de este valle! Oigan el ganso malino. No gruña tanto el cochino. ¿No hay quién me responda? Dalle. Que se te van los gansos, Bartola. Si ellos han de volver, ¿qué importa? Puercos hay tan desgraciados que los matan sus obligados. ¡Ah, pastores! Buen remanso se trae el muy majadero. ¡Pardiez, que es un caballero! Habre por boca de ganso. ¿Hanle vido y cómo es terco? Hola, nobre es su presencia, perdónome su esquilencia, que habraba con ese puerco. (Tropezón y Livia son.) Livia. ¿Mi nombre sabés? ¿Tan grande tu olvido es? Llega, llega, Tropezón. Muy bien le quiero mirar por si el dimuño lo enreda. ¡Ay, que es Olibrio de seda! Él es hasta en el andar. ¿Cómo estáis así? Es mi padre el máximo emperador de todo el mundo, señor. No fue boba vuesa madre... ¡Ay, qué vestido y qué bellos calzones! No hay, son, mirallos, ¡qué justos! ¿Se os hacen callos alguna vez de traellos? ¡Ay, qué vigotes! Muy bien escarpias pueden llamarse. Y puede de ellos colgarse un perol y una sartén. ¿Y, en fin, qué buscáis agora? El honor de los sagrados dioses, como veis, me trae segunda vez a estos campos. Llamadme a Egeo o Roberto. Parece que os ha escuchado y ha venido ya. (No es mucho si de su error no me aparto.) Egeo, seas bienvenido, llega otra vez a mis brazos. Ya os he visto en Antioquía y ya el parabién me he dado de vuestra felicidad, que gocéis por siglos largos. Pues, Egeo, yo he venido a fiar de tu cuidado el sacro honor de los dioses. Ya, Egeo, sabes el cargo, que en Antioquía ejercito de perseguir los cristianos. A la dignidad que asisto importa que luego cuantos viven estas caserías a mis decretos postrados en Antioquía parezcan, porque noticia me han dado que en la casa de Roberto hay un oculto cristiano y, así, por que se averigüe, que todos se partan mando a Antioquía, donde en trono majestuoso y sagrado el honor les restituyo a los dioses soberanos, y, pues tan cerca de aquí está Antioquía, mis pasos vayan siguiendo, porque hoy he de dejar comprobados los indicios del delito, que yo la gente que traigo te la dejaré por que te ayuden a ejecutarlo, y no exceptúes persona. Pues ¿para qué heis de cansaros? Yo os diré lo que hay en eso y desde luego hago cargo a Livia de que es cristiana. ¿En qué lo ves, mentecato? En que no la mandan cosa que no la haga rezando, pero, agora que me acuerdo, este es cristiano, agarradlo. Pues yo no rezo jamás. Eso es que sos mal cristiano. Haz lo que te ordeno, Egeo. (Dueño seré de los brazos de Margarita y los dioses, mis fortunas invidiando, trocarán por mi ventura el imperio de los astros.) Iré al punto a obedecerte. Mira que por ningún caso ninguno se quede acá. Todos irán, oiga el diabro. ¿Y, en fin, han de ir todos? Sí. Y pregunto, ¿ha de ir el gato? ¿Cristiano el gato ha de ser? Sí, señor, porque es romano. Fíate, Olibrio, de mí, que en esto de que me encargo más de lo que tú imaginas vengo a ser interesado. Haz lo que he dicho y advierte... Hoy de Margarita el casto pecho ha de quedar vencido de la riqueza al halago. Hoy me tien de pellizcar más de cuatro cortesanos. Hoy en cas de Olibrio el vientre he de sacar de mal año. Vengo, Lidoro, a saber para qué con tal cuidado que le vea me ha mandado Olibrio. Debe de ser algo que toque al honor de los dioses soberanos, que perseguir los cristianos es su cuidado mayor y querrá encargarte alguna secreta averiguación. (El inquieto corazón receloso me importuna a creer que Olibrio irrita el castigo merecido porque su culpa ha sabido contra mi hija Margarita. «Mi hija» dije, aunque a despecho del rigor que me provoca, que aunque lo niega la boca siempre lo pronuncia el pecho. Eso debe de intentar.) Nunca te he hablado, señor, del impensado rigor con que llegaste a arrojar de tu casa a Margarita. No era mi hija y así, Lidoro, no la admití. El no serlo la limita tanto que, atenta al trabajo, sus fatigas multiplica y humilde y pobre se aplica al ejercicio más bajo. No me espanto si imagino que de sí propia nació y su desdicha la echó a las puertas del destino. Yo la vi el otro día venir del monte al espirar del día, fatigada del peso a la estrañeza, pero quiero pintarte su belleza, pues ya mi amor y mi fineza infieres Óyelo todo, pues su padre no eres, que cuando así te trato no me obligan las leyes del recato y quizá al referirte yo sus penas la hallarás otra vez entre las venas. Llevaba entre el afán y entre el sosiego de la materia que alimenta el fuego un haz al hombro, que con fiel fatiga más su beldad y su hermosura obliga. Oprimíale el cuello y tal vez se enredaba entre el cabello, que, como rayos todo y luces era, fue mucho que a su ardor no se encendiera el dividido tronco que llevaba, pues la materia tan dispuesta estaba, mas, como con las manos tan en breve redujo el peso y le cubrió de nieve, en batalla neutral y igual porfía estas templaban la que aquel ardía. (El llanto encubriré que el pecho inflama que, aunque su inobediencia así corrija, el corazón bien sabe que es mi hija.) Yo que llegué el primero ganarme ahora las albricias quiero. Tropezón, seas bienvenido. Y vos seáis bienhallado. Lindamente he caminado y malamente he comido. Di, ¿vienen ya? En un bizarro carro. ¿Y Margarita? A pata. Pues ¿por qué? Porque es ingrata. ¿Así ha venido? Sí, a fe. Esa ofensa es de los dos. El andar después de Dios es lo que la tiene en pie. Pues yo por acción tan vil pienso poner su arrebol en los balcones del sol. Un siglo es cada momento en mi amorosa impaciencia. Parece que ya han venido. Sí, señor, ya todos entran por esas salas, pasmados de admirar tanta grandeza. Diles que entren y serán testigos de mi fineza. ¡Ay, amor! Dame tu ayuda y consagraré a tus flechas el alma si en tanta dicha es el alma digna ofrenda. Obediente a tus mandatos. A ver lo que nos ordenas. A cumplir con tus decretos. Sin ganso a las plantas vuesas. Muy bien puede habrar sin ganso, que es muy grande bachillera. Y yo, Lidoro, a tus preceptos damos rendida obediencia. Solo Margarita calla cuando todos lisonjean mi estado, mas, si he de ser tan presto de su belleza dueño, no es bien que me cansen tantos estremos de honesta. ¡Ah, pobre y frágil mujer, qué duro encuentro te espera! Ya que habéis venido todos sujetos a mi obediencia y en vuestros pechos confusos mi imperiosa voz resuena, sabed que no os he llamado para averiguar quién sea entre vosotros cristiano ni ocupar quiero esa regia silla donde califico de los dioses las ofensas, más cariñoso es mi afecto, que lo que mi amor intenta es que testigos seáis de la más noble fineza. Tú, Esedio, que a Margarita sacrílegamente niegas por hija sin reparar que ha estrechado su belleza todo el imperio de Jove a la voz de dos estrellas; vosotros, necios villanos, que a tan estraña miseria la dejasteis reducir sin ver que las duras piedras de su beldad condolidas daban de lástima señas; todos, en fin, cuantos fuisteis cómplices en sus ofensas hoy habéis de ser testigos de la dicha que la espera. El poder y la fortuna hoy pienso partir con ella. No os admire, que ha de ser dueño de cuanta riqueza me repartieron los dioses, pues todo es sombra sin ella. Cuantos tesoros el mar en brutas conchas encierra, cuantos hermosos cambiantes el rico Ceilán engendra, joyas que con desaliño se suele poner la arena, el oro que Ofir produce, la plata que el sur franquea he de ofrecer a sus plantas y un alma amante y atenta, que es más preciosa que todo, por que conozcan y entiendan los que así la han despreciado que hoy la rinde mi firmeza el alma como tributo y la dicha como ofrenda porque es más su belleza que todos los tesoros de la tierra. ¡Ay, qué dicha! ¡Hermosa estás! Ponte bien esa gorguera. (Aun no se sosiega el pecho.) (Ya mi esperanza no alienta.) (Solo pesares encuentro.) (Hoy manchará su pureza.) ¿Qué es lo que respondes? Digo que no he de darte respuesta hasta que del trono augusto ocupes la silla regia. Todo lo he puesto a tus plantas. Siéntate o muda mi lengua no ha de responder palabra. Ya obedezco lo que ordenas. (Esto es, sin duda, que quiere, al darme la mano bella, para mayor vanidad verme en tan alta grandeza.) Ya el tribunal mi altivez ocupa. Pues ya es forzoso que no me oigas como esposo, óyeme como juez. Diga mi voz de una vez lo que en el pecho retira y, aunque me oponga a la ira que con fe y amor resisto, digo que confieso a Cristo que los dioses son mentira, que es vana su adoración. Mujer, ¿qué dices? Espera. ¿Qué locura, qué quimera te ha turbado la razón? Invente tu indignación tormentos, que yo esforzada el cuello daré a la espada y a mejor vida la vida. ¡Ah, infeliz, que vas perdida! (¡Ah, feliz, que vas ganada!) Oye, Margarita, advierte. A Cristo el alma le he dado, él es mi esposo adorado, en él mi amor me convierte porque le amo de suerte... Calla, que en celosas llamas todo el corazón me inflamas con ese Dios que posees. Mujer, dime que le crees, no me digas que le amas. (Llegó el fin de mi desdicha.) (Halló desquite mi pena.) Aqueste es algún delirio. Idos todos allá fuera y quede a solas consigo para que mejor resuelva o su vida o su ruina si los dioses no confiesa. Ea, idos todos apriesa. Mas ¿cuánto va que la tuestan? No se rinda mi furor, que hoy la he de hacer nueva guerra. A los ojos se me asoma en lágrimas la terneza. No sé si aquesta desdicha o la celebre o la sienta. Yo he de quedarme a acechar y lo que viniere venga. Margarita, en dos balanzas tienes la dicha y la pena: la dicha si de los dioses sigues la ley verdadera y la pena si de Cristo la fe engañosa confiesas. Elige en los dos estremos y, pues contigo te quedas, tu felicidad resuelve y no tu estrago resuelvas. Yo he de morir por mi esposo y será corta fineza. Dile, dile más requiebros, que, aunque de oírlos me pesa, después al atormentarte me serán de conveniencia, porque, al quitarte la vida, mi mano airada y resuelta con la rabia de celoso podrá ser que no lo sienta. Señor, mil gracias os doy de que ya el tiempo se llega de entregar por vos la vida, que es lo que el alma desea. Hoy me he de dar bravo hartazgo de acechar, que en la cabeza se me ha puesto que el Olibrio ha de volver a la media noche y ha de hacer diabluras. ¡Qué frío bebe el que acecha! No trocara aqueste rato por mil ducados de renta. Esposo, con vos a solas mi amor y mi Fe se queda. Un rayo de vuestra luz mi pecho amoroso encienda. Margarita. ¿Quién me llama? Una desatada estrella del firmamento yo soy. ¿Qué es esto que tengo acuestas? Con vuestra ayuda, señor, haced que este asombro venza. Un dragón es como un monte y rebullir no me deja. ¡Bravas uñas! Él toca arpa, según crecer se las deja. No te asombres de mi vista. Tengo yo quién me defienda. ¡Oh qué lindos dientes tiene!, mas ¿qué mucho que los tenga si se los limpia con sangre de drago? ¡Ay, que me revienta! Ministro soy de los dioses, que por mi voz te amonestan que dejes la ley de Cristo, porque, si prosigues ciega en tu error, a infeliz muerte hoy su enojo te condena. Yo, como instrumento suyo, si esa falsa ley no dejas, he de hacerte mil pedazos y de mi furia sangrienta ha de ser fácil despojo tu miserable belleza. Teme, teme de los dioses el castigo y la violencia y tu vana adoración a aqueste horror se convenza. ¡Que me agarran, que me tiran!, mas ¿que el demonio me lleva por acechar? ¿Qué respondes? Que ya entiendo tus cautelas y que arbolando en mi mano esta triunfante bandera no temo tus amenazas. Vuélvete, engañosa bestia, a tus oscuras estancias. ¿Que no haya en mi resistencia contra esta seña enemiga? Mi furia vencida vuelva, mas páguelo este villano. ¡Ay, que el demonio me lleva, que me llevan los demonios! ¡Ay, que me llevan de veras! La gloria os canten postrados, señor, el cielo y la tierra. Vitoria por Margarita, pues ha vencido la fiera. ¡Arma contra el cielo, arma! ¡Guerra contra el cielo, guerra! Vitoria por vos, señor, pues que venció vuestra diestra, que yo en fe de esta señal diré atrevida y resuelta: ¡Arma contra el enemigo! ¡Guerra contra el mundo, guerra! Vitoria por Margarita, pues ha vencido la fiera. ¡Arma contra el cielo, arma! ¡Guerra contra el cielo, guerra!

JORNADA TERCERA

Huye, Livia... Huye, Roberto... .de ese asombro. .de este horror. Vitoria por Margarita pues ha vencido el dragón. ¡Qué confuso terremoto y qué dulce suspensión! Allí de horrorosos ecos, aquí de sonora voz, Babilonia hacen la torre que es de una deidad prisión. Yo lo dijera en su ruina a no atajar mi furor la señal de quien huyendo en mi misma forma voy a buscar nuevos disfraces en que pueda mi rencor vengarse de una mujer favorecida de Dios. El que lo es de Margarita me valga. ¡Qué confusión! Segunda vez se repite diciendo una y otra voz. Huye, Livia... Huye, Roberto... .de ese asombro. .de ese horror. Vitoria por Margarita, pues ha vencido el dragón. Todos huyen y ninguno se atreve a darme razón de la causa. ¿Quién sabrá decirme qué es esto? Yo, que testigo instrumental de todo el fracaso soy. Escondido en esta torre quedé, que es mi condición tan amiga de saber que pienso que me engendró en las honras de su barrio un vecino acechador, con cuya curiosidad quise ver desde un rincón si la que es de tu odio presa era presa de tu amor, cuando ⸻tiemblo de decirlo⸻ por el aire ⸻¡ay de mí!⸻ entró hasta el último retrete un escamado dragón. Hacerla intentó pedazos amenazando feroz su vida, pero ella apenas el fiero vestiglo vio cuando, armada de una cruz, le hizo temblar a su voz. Él, huyendo, sobre mí amortecido cayó, un Tropezón deshaciendo al dar otro tropezón y, cebando en mí las garras, me llevara a otra región a no decir yo en el aire... ¿Qué? Que me valiese el Dios de Margarita. ¡Villano, calla, calla!, que es error querer que yo verdad crea lo que solo es ilusión de tu miedo. ¿Cómo miedo? ¡Vive Baco, que es el dios por quien los pobres tenemos nuestro laetificat cor, que es verdad! ¿Dónde está Margarita? Humilde estoy a tus pies, que aunque vencí en el nombre del señor una fiera, y tú lo eres, no he de vencer a las dos, porque la mayor victoria que ha de conseguir mi honor es quedar de una vencido cuando de otra vencedor. ¿Qué me quieres? Hasta oírte presumí que era temor de este villano decir que entró aquí un monstruo. Pues no lo fue, que ese terremoto, a cuyo susto tembló todo este edificio, fue un gemido de su voz, que al ir huyendo de mí, pavoroso articuló en mal pronunciados truenos las maravillas de un dios a quien cantaron la gala músicas de otra región, confundiendo en cielo y tierra la armonía y el horror. Ya no lo dudo ni dudo que el supremo, el superior de ellos, Júpiter divino, de tu ciega presunción ofendido, aquese asombro a amenazarte envió de su parte, como quien dice: «Teme mi furor, pues será mañana estragos lo que es amenazas hoy». Y, supuesto, Margarita, que piadoso pretendió vencerte con el amago más que con la ejecución, mezclando en música y fiera la dulzura y el terror, vuelve en ti, teme sus iras, que es sobrada obstinación no creyendo la piedad facilitar el rigor. ¿No fuera necio el que, viendo a un supremo emperador en majestuosa compa ceñir los rayos del sol, entre el trono y el cadalso, equivocando la acción, adorase a un delincuente por su rey y su señor? Pues lo mismo es, no adorando al que es de los rayos dios, los relámpagos y truenos irte a dar adoración a quien por facineroso pendiendo está entre otros dos. Deja ese engaño, siquiera por tu misma estimación, que dios y crucificado no es buena seña de dios, y, para que de una vez lleguemos a la mayor experiencia que hacer pueden por ti mi cargo y mi amor, quiero en una parte amante y en otra parte pretor que obren iguales en mí mi afecto y mi obligación, que, si fui por merecerte a adquirir fama y honor, ser para ofenderte fuera haber errado la acción. Por Diocleciano soy juez contra los cristianos hoy y hoy, hermosa Margarita, reo de tus ojos soy, que adoren los dioses es el edicto que él me dio y que te adoren a ti es el que yo a todos doy, de suerte que, en dos mitades del puesto y la inclinación, es fuerza que solicite satisfacer a las dos y, así, escucha de qué suerte, dividida la atención, ministro, amante, reo y juez atento a tu vida estoy. Salte, villano, allá fuera. De mala gana me voy, que por saber en qué para esperara, no un dragón, mas toda una compañía de dragones, ¡vive Dios! Cielos, ¿qué será su intento? Lidoro, Esedio. Señor. ¿Traéis lo que he mandado? Sí. ¿Óyenos alguno? No. Pues, ya que a los dos fie el alma de mi intención en la última experiencia que me ha dictado el dolor, con ella os quedad, que a mí no me basta el corazón para escuchar la respuesta. Representadla los dos, tú mi afecto, tú mi ira, tú mi fe, tú mi rigor, tú mi rendimiento, tú mi enojo y ambos mi amor. Y tú, hermosa Margarita, advierte que tu elección ha de darte la sentencia antes que la firme yo. Oye, aguarda, espera, escucha, que es inútil prevención darme a mi tiempo en que piense la respuesta. ¿Por qué no? Porque, aunque no sé el sentido que trae la proposición, sé lo que he de responder y, para verlo mejor, decid los dos qué traéis. Yo un laurel. Un puñal yo. Pues decid que del puñal, no el laurel, hago elección. ¿Tan presto respondes? Sí. ¿No tomas más tiempo? No, que no es menester más tiempo para elegir lo mejor. Pues primero, Margarita, que a Olibrio lleve mi voz esa respuesta, has de oír la embajada que él me dio, porque no importa que tú cumplas contigo si yo no cumplo conmigo en todas las leyes de embajador, si bien no tanto por él cuanto por ti pretendió mi pena hablar. ¡Oh mal haya tan noble infame pasión! ¿«Noble» dije? ¿«Infame» dije? Pues, aunque es contradicción, no implica que todo cabe dentro de un alma en quien son nobles ⸻¡ay de mí!⸻ los celos, infame ⸻¡ay de mí!⸻ el amor. Olibrio, pues, dice que él, de tu rara perfección cautivo, pone a tus plantas este laurel vencedor, que, partiéndole con él Diocleciano, mereció ceñir su frente. Aquí entra lo noble de mi afición, pues a precio de que tú seas dueño de este honor y que él le parta contigo no importa que muera yo. Admítele, pues que tienes en la mano tu blasón tan a poca costa como dejar de adorar un dios. Él le ofrece y yo le traigo de su parte, en cuya acción ahora entra también aquí lo infame de mi pasión, pues te ruego que le admitas cuando no hay ruindad mayor que en granjería de celos darse a partido el dolor. Mira que, si no le aceptas, de esta guirnalda el verdor salpicará con tu sangre aquel puñal. Eso yo lo diré, pues yo también entre estos estremos dos de mi honor y de mi afecto lidian mi afecto y mi honor. Margarita, este puñal tu garganta amenazó y, aunque no soy padre tuyo, quien tuvo ese nombre soy. Tan poderosa es la fuerza de esta natural unión que aun por un rato prestada dentro del pecho engendró no sé qué oculto cariño que está sintiendo en tu error, si como ajena la culpa, como propia la aflicción. Presa estás y yo el primero, a pesar de mi dolor, daré a tu cuello el puñal porque, al fin, ministro soy de Júpiter, a quien toca la sagrada ejecución de los sacrificios y este de tu vida es el mayor que puedo hacerle, y, así, por última apelación, los dos a tu vida atentos... .te prevenimos los dos,... .yo este sangriento puñal,... .yo este laurel vencedor,... .aquí hay castigo,... .aquí premio,... .aquí hay infamia,... .aquí honor,... .aquí estrago,... .aquí lisonja,... .martirio aquí,... .aquí blasón,... .aquí muerte... .y aquí vida. Elige, pues, lo mejor,... .que yo padre,... .que yo amante... .hacer no podemos hoy... .más fineza que poner en tu mano tu elección. No os vais, esperad, oíd. ¿Qué? La respuesta que os doy. Yo la oiré, dímela a mí, que ya animoso el temor no duda que, viendo el rayo y el laurel tan juntos hoy, huyendo aquel fuego, vengas a ampararte a este verdor. Tan al contrario has de ver burlada esa pretensión, que has de ver que el laurel huyo, y a buscar el rayo voy. ¿Por qué? Porque sé que están tan encontrados los dos que han trocado sus oficios. ¿Cómo? Como sé que son rayo el laurel y corona el puñal. Es necio error pensar que el laurel sea fuego, pensar que el puñal sea flor. No es, si consideras que es humo ese verde esplendor y corona del martirio ese acerado rigor. ¿De qué suerte? De esta suerte, desvanécete, blasón de los mortales... ¡Qué asombro! .y tú florece... ¡Qué horror! .dulce instrumento... ¡Qué pena! .mostrando... ¡Qué confusión! .juntos laurel y puñal, a la eterna duración de la gloria y de la pena, quién es fuego y quién es flor. En humo el laurel del aire fue caduca exhalación. Y a tiempo que el puñal, cielos, de flores se coronó. Pero ¿qué os admira, qué os espanta, qué os asombra y da pavor si estos de los cristianos mágicos encantos son con diabólicos impulsos asistidos de su dios? Eso fuera contra sí ser tus dioses, dando hoy demonios contra demonios diabólicas fuerzas. Yo sé vencer, no sé argüir, lidiar sé, discurrir no y, así, no me toca más que, a pesar de mi pasión, de parte estar de los dioses, perdone, aunque lo sea, amor, mas ⸻¡ay de mí!⸻ mal podré, si viendo y amando estoy tu hermosura, resolverme a más que amar y, así, hoy por él y por ti he de hacer otra experiencia mayor. ¿Qué es? Reducir a argumentos la fuerza de esa cuestión. Pues ¿quién juzgas que conmigo a argüir se atreva? Yo, que empañaré con mi aliento todos los rayos del sol. Llegad, llegad todos. Tenla, Livia. Tenla, Tropezón. ¿Qué es aquello? ¿Qué ha de ser? Es una rabia, un furor, una cólera, una ira, que por la vista y la voz está exhalando del pecho pedazos del corazón. Nunca por volver a entrar adentro me hubiera yo encargado de tenerla, mas no importa mojicón más a menos, he de ver cuanto pasa. Tropezón, no la sueltes, que está loca. Días ha que lo sé yo. Dejadla. ¿Dónde, villana, vas? Oíd, sabréis dónde voy. Margarita, nuestros dioses, mirando tu obstinación, para vencerte han tomado el instrumento menor y más flaco que han podido. Rústica villana soy y, siéndolo, he de vencer tus engaños por que no se atribuya la vitoria a ingenio más superior que solo a su verdad huyas. Ya conozco tu intención y conozco que me da quien habla en ti más temor con voces de mujer que con bramidos de dragón porque demonio y serpiente menos enemigos son que demonio y mujer, bien la experiencia lo mostró alguna vez, pues sin ella aun no vencieran los dos, pero no importa. La lid no rehúso. Ea, señor, iluminad mis sentidos y hablad en mí también vos. Pues ¿qué intentas? Saber a quién adoras. A un dios solo, poderoso y fuerte. ¿Cómo a uno adoras si son tres personas, según dices? Ya mi fe lo declaró otra vez con el ejemplo de tres vasos y un licor y ahora con otro. ¿Qué está engendrando siempre el sol? Resplandor es el que engendra. ¿Y el sol y su resplandor qué producen? Un vivo, un activo calor producen. ¿Y son tres cosas distintas? Sí. Luego ¿son tres soles? No. Luego, si un sol solo es el que engendra el resplandor y él y el sol los que producen el calor, un solo dios luz de luz engendrar puede ⸻¿quién lo duda?⸻ un esplendor, de cuyo calor proceda un espíritu de amor y, siendo cosas distintas sol, resplandor y calor, no ser más que una en esencia, pues son todas tres un sol. En las cosas materiales mal el discurso explicó las invisibles. No corre la paridad y es error creer que aquella engendrada luz de luz y dios de dios fuese pasible, pues quien más testifica su honor dice que murió. Es verdad, mas no dice que murió en cuanto dios, sino en cuanto hombre. ¿Y no implica hombre y dios? No, que, si Dios se hizo hombre por la hipostática unión, en cuanto hombre morir pudo. ¿Quién lo explica? La lección por símbolo de la fe. ¿Cómo dice? Aquestas son sus palabras. Ea, curiosos, cuidado a esta tradución. Di. Católica fe sola llamamos aquella con que solo un dios tenemos, unidad en quien tres siempre adoramos, trinidad en quien siempre uno creemos sin que de esta unidad que veneramos ni de esta trinidad que defendemos las personas confundan la ignorancia ni el ciego error separe la sustancia, que una es del padre la persona es claro, que una es del hijo la persona es cierto, que una es del santo espíritu preclaro la persona la fe lo ha descubierto, mas, aunque en las personas tres reparo, una divinidad no más advierto que, coeterna a los tres sin duda alguna, una es la majestad, la gloria es una, en cuyo igual misterio igual se queda en la divinidad al padre, pero, cuanto a la humanidad, fuerza es conceda ser menor del que igual era primero, y no porque hombre y Dios dos formar pueda, que Dios y hombre un supuesto es verdadero, mas, por que cuando padecer le vea, perfecto hombre, perfecto Dios le crea. Esto no porque fuese convertida su gran divinidad en carne humana, que antes la humanidad fue la admitida de la divinidad más soberana sin quedar la sustancia confundida de la unidad, pues consecuencia es llana que, como cuerpo y alma, hacer es visto solo un hombre hombre y Dios un solo Cristo. Solo en Virgen purísima encarnado y de entrañas purísimas nacido, solo a pechos purísimos criado y en purísima víctima ofrecido, solo en leño purísimo clavado y en sepulcro purísimo escondido, desde donde al infierno hizo batalla, pues bajó... No prosigas, calla, calla, que a tanta luz deslumbrado, que a tanto esplendor rendido, a tanto abismo vencido y a tanta verdad postrado confieso que me has dejado y, pues mi saber ⸻¡ay, triste!⸻ a ti ni a esa cruz resiste, del uno y del otro huyendo, por el aire iré diciendo: Venciste, mujer, venciste. La voz que ella empezó aquí otro en el aire acabó. ¿Si se ha quedado muerta? No. ¿Respira todavía? Sí. Flora, hija mía. ¡Ay de mí! ¿Quién me llama? ¿Dónde estoy? ¿Quién me trujo o dónde voy? Retiradla, que ha quedado sin sentido. ¡Ay, desdichado de mí!, que, en dos partes hoy dividido, no sé a cuál acudir, porque no sé entre la hija que engendré o la que crie neutral qué amor es más principal, pero son discursos vanos ser contra los soberanos dioses. A Flora los dos retirad de aquí. Gran dios es el dios de los cristianos. Margarita ⸻¡estoy mortal!⸻, ver a un tiempo ⸻¡ansia cruel!⸻ vuelto en pavesa un laurel, vuelto en guirnalda un puñal, un cayado en seña tal de mi afición a despecho me hacen creer que en tu pecho espíritu asiste impuro, que obra en fe de algún conjuro las maravillas que has hecho y, así, pues ya asombro fuerte me da el verte, reclinarte puedes, que, si he de juzgarte, es fuerza que no he de verte. Si el juicio ha de ser mi muerte, yo te suplico lo mismo, sácame de tanto abismo. (Muera yo, mas de manera, dulce esposo, que no muera sin el agua del bautismo.) Esedio, Lidoro, amigos, pues los dos habéis llegado a ser de cuanto ha pasado calificados testigos, decidme si con castigos venceré la saña esquiva de aquesta mujer altiva. No sé, que en pena tan fiera... .los dioses dicen que muera,... .solo amor dice que viva. ¿Los dioses dicen que muera? ¿Solo amor dice que viva? Con mi mismo afecto, cielos, me han respondido los dos, mas, si amor también es dios, ¿qué me afligen los desvelos de su culto? Ea, recelos, ni haya rigor ni castigo, viva amor, que si amor sigo bien disculparme pretendo, pues, si como dios le ofendo, también como dios le obligo, mas ⸻¡ay de mí!⸻ que, aunque quiera solo amor decir que viva, cuando otros votos reciba, ¿qué dirán todos? Que muera. Egeo, ¿tú de esa manera hablas? Sí, que las inmensas deidades de sus ofensas se quejan todas en mí. Pues ¿qué te va en eso a ti? Vame más de lo que piensas, que quizá del mayor dios que ofendes vive en mi pecho el espíritu, bien como dando vida y alma a un muerto y, pues oráculo vivo soy de su parte, te advierto, ya de mi tacto inflamado, ya inspirado de mi aliento, que castigues sus agravios en esa mujer, haciendo con inventados suplicios que prevarique a tormentos. Muera Margarita y muera con ella el horror del pueblo, piérdase un alma y no tantas como ha de arrastrar su ejemplo, porque, de no hacerlo, yo, Olibrio, seré el primero que, delatando de ti, al césar diga, que atento a un liviano amor profanas la religión del imperio, direle que... Calla, calla, no prosigas, ten, Egeo, la voz, no tanto porque tu loca amenaza temo cuanto porque arrebatado de no sé qué oculto incendio que en mí introdujo el contacto de tu mano o de tu acento el corazón a latidos se quiere salir del pecho y, por caber por los ojos, se está quebrando acá dentro. Muera, muera Margarita y, pues te alimenta el celo de los dioses, de ti fío la ejecución. Yo la ofrezco, que no me he de desdeñar de ser verdugo sangriento una vez que quiere Dios que yo me precie de serlo. Pues desde aquel mirador que cae a este jardín vuestro, ella de sí enamorada se está mirando al espejo de un helado estanque, llega y despéñala en su centro. Muramos los dos, muramos como vivimos, yo en fuego y ella en nieve, yendo entrambos cada cual a su elemento. Llega, pues. ¿Qué es esto? ¿Ahora turbado estás y suspenso? ¡Ay de mí!, que, aunque la sangre del martirio fuera cierto, que en otra cualquiera muerte la bautizara, supuesto que la sangre del martirio materia es de sacramento, que no muriera en el agua quisieran mis sentimientos por que no lograra en ella aquel último consuelo. Quizá el mirarse morir sin agua al postrar aliento la desesperara, que es la esperanza que yo tengo. ¿Qué es esto? ¿Ahora te retiras? ¿Ahora te apartas? ¿Qué es esto? ¿No eres tú quien pretendía su muerte? Sí, pero menos importa que viva ya. ¿Cómo? Como, a lo que pienso, podrá ser que otro castigo prevarique sus intentos. Toma tiempo en que pensarlo. No des a mi furia tiempo para que lo piense, mira que vivirá si lo pienso y, pues tú con amenazas me has a su muerte dispuesto, de no ejecutarla tú, diré yo al césar que, atento a los cristianos, profanas la religión del imperio, direle que... Cesa, cesa, que ya conozco, ya advierto mi error y menos importa, si salvarse un alma es menos, que ella se salve que no dar a su doctrina esfuerzos. Espérame aquí. Verás cómo al agua la despeño por si el terror de la muerte la desespera muriendo. ¿Quién en un punto ⸻¡ay de mí!⸻ me ha trocado los afectos de suerte que en un instante lo que adoraba aborrezco?, si bien no tanto que ya que de aquí se ausenta Egeo, no me haya cobrado. ¿Cómo a que muera me resuelvo? ¿Lo que adoré una deidad ha de ser de otras desprecio? Oye, Egeo, espera, aguarda, pero tarde me arrepiento, que ella está suspensa y él se va acercando resuelto. ¡Mal haya mi voz, mal haya mi resolución! Poneos delante, coposas ramas, árboles, poneos en medio, para que no llegue a ver su tragedia, que, aunque tengo ánimo para mandarlo, me ha faltado para verlo. Señor, en estos cristales donde se retrata el cielo, Narciso azul de esas ondas, vuestras grandezas contemplo. ¿Cuándo será el día que yo merezca bañarme en ellos para quedar más hermosa a vuestros ojos, teniendo agua de bautismo? Agora, hermoso prodigio bello, por más que al cielo des voces, verás si te vale el cielo. Sí valdrá, que nunca él falta a quien le llama muriendo. Sí falta y, pues despeñada bajas a ese helado centro sin bautismo, desespera de que no has de merecerlo. No haré tal. Usad, señor, conmigo del poder vuestro. No muera en agua sin agua. ¡Ay de mí, infeliz! ¿Qué es esto? Sin anegarla las ondas, sobre sí la recibieron con músicas, que en el agua salen a ocupar el viento. ¿De cuándo acá saludaron los peces al alba?, pero ¿qué mucho, si ya es Jordán que tenga sirenas dentro? Sin duda que su bautismo celebra el agua, pues veo que una cándida paloma sobre su fuente se ha puesto. Quien no viera igual prodigio ni escuchara los acentos de la música que forman cristales y aires, diciendo: Aunque es uno solo el que obra el misterio, bautismo hay de agua, de sangre y de fuego. Aunque es uno solo el que obra el misterio, bautismo hay de agua, de sangre y de fuego, ¿por qué, cielos santos, hoy explicáis esto? Porque, siendo tres, se conozca en ellos que no es más que uno solo el sacramento. Porque, siendo tres, se conozca en ellos que no es más que uno solo el sacramento y, así, aunque el de amor aquí hace el afecto, Dios me da las aguas para mi consuelo. Hoy la gracia en ellas por los tres diciendo: Gloria al padre, al hijo y espíritu bello. Gloria al padre, al hijo y espíritu bello. ¿Adónde vuelves, señor? No sé, no sé dónde vuelvo. Mira otro dragón no haya. Yo he de examinar qué es esto de escuchar sonoras voces en vez de tristes lamentos, mas ⸻¡ay de mí!⸻ ¿qué prodigio es tan estraño, tan nuevo el ver sobre las espumas nacer otra hermosa Venus? Sin hundirse sobre el agua está Margarita. Eso no es mucho. ¿Cómo ha de hundirse si es cualquier mujer de viento? Por más que intentes, tirano, embarazar de los cielos las piedades, no podrás. Mi gloria hallé en mi tormento, bañada sobre las aguas he logrado mis deseos, pues el espíritu mismo de Dios sobre mí se ha puesto. Ya estoy bautizada, ya soy del católico gremio, inventa nuevos martirios para que muera diciendo: Gloria al padre al hijo y espíritu bello. ¡Qué maravilla! ¡Qué rabia! ¡Qué prodigio! ¡Qué tormento! Livia, ¿qué haces tú, que yo estoy temblando de miedo? Pues, si a aqueso va, yo y todo. Egeo, ¿qué dices de esto? No sé, no me lo preguntes, porque, aunque la sé y lo enmiendo, no me estará bien decirlo y, así, pues que me resuelvo a darme ya por vencido al valor, a la fe, al celo de una mujer prodigiosa, iré de su vista huyendo, desamparando, bien como desamparé el monstruo horrendo y el cuerpo infeliz de Flora este pálido esqueleto que asiste. Detente, aguarda, que no te has de ir si primero, pues que dices que lo sabes, no me lo dices. No puedo, no puedo. Tropezón, Livia, tenedle. Ya yo le tengo. Yo también. ¿Cómo, villanos, si soy fantástico cuerpo, que solo mantiene en sí fuego y humo, polvo y viento? ¡Ay de mí! ¡Y ay de mí y todo! ¿Qué nuevo prodigio, cielos, es este que entre las manos en cenizas se ha resuelto? Livia es, sin duda, quien tiene la culpa de todo esto. ¿Yo? ¿Por qué? Porque eres Livia y, como tal, por momentos engendrando estás dragones, sierpes y bocas de fuego. ¡Viva Margarita! ¡Viva! ¿Qué alboroto es este nuevo? ¡Muera Margarita! ¡Muera! ¿Qué hay, Lidoro? ¿Qué hay, Esedio? Que, viendo tantos prodigios,... .en bandos partido el pueblo,... .unos dicen... .«Margarita viva»... .y otros a este tiempo dicen... .«Margarita muera». ¿Qué debo yo hacer en medio de estos estremos? Librarla, pues la ves obrar portentos tan nuevos y tan extraños. ¿Vosotros qué decís de esto? ¿Qué debo hacer? Darla muerte, pues ves en bandos a riesgo puesto el honor de los dioses. Pues yo a nada me resuelvo, que no he de tener la culpa de la culpa que no tengo y, así, pues que de los dioses sacerdote eres, Esedio, yo te remito la causa a ti y en tus manos dejo el sacrificio de aquesa mujer. Ya te di el acero, pues la víctima te toca, haz de ella el ofrecimiento. Sí haré y, porque el mundo ve mi religión y mi celo, publicaré que es mi hija y que no la vale el serlo, pues para sacrificarla de que lo fuese me huelgo. Yo que tuve solo el nombre, iré tus pasos siguiendo invidioso de tu acción. Más cerca hallarás remedio. ¿Qué es? Hay más de degollar a Flora, si invidias eso, y yo degollaré a Livia, con que todos quedaremos famosos degolladores. Malos años para el necio. Infeliz yo si con ella no mueren mis sentimientos. Felice yo si adorara Dios que obra tantos misterios. Felice yo y infelice: felice si a mirar llego de mí obligados los dioses y infelice si la pierdo. Mas ¿qué nuevo terremoto con relámpagos y truenos puebla de crinadas aves toda la región del viento? Anticipada la noche, estiende su manto negro, lóbrega desabrochando los horrores de su seno. El sol sangrienta la faz, en pardas nubes envuelto, se ve de lóbregas sombras asaltado antes de tiempo. Todo es prodigios el día. Grande Júpiter inmenso, ¿de qué enojado conmigo rayos vibras a mi pecho? Si te consagro lo más que quise, ¿por qué severo flechas para mí tus iras? Sepa yo, sepa qué es esto. ¿Qué quieren decir tus voces? Cristo es el Dios verdadero. ¿Qué temeroso gemido respondió en triste lamento? No sé, que yo solo sé que me ha convertido en yelo. A mí me ha pasmado. A mí me ha turbado. A mí me ha muerto. Esedio, ¿qué es eso? Haber satisfación dado al cielo de que, si engendré esta sangre, también esta sangre vierto. Vuelve a ver en Margarita el sacrificio que he hecho a los dioses aunque ella tan firme murió en su intento, que aun después de muerta dijo: «Cristo es el Dios verdadero». ¡Qué maravilla! ¡Qué asombro! ¡Qué prodigio! ¡Qué portento! Pues aun otro mayor falta. ¿Mayor? Sí. ¿Qué es? Que gocemos, siendo nuestros yerros tantos, el perdón de nuestros yerros.