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Texto digital de La locura por el alma

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Atribución tradicional
Lope de Vega Carpio
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Lope de Vega Carpio Segura
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Auto
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El texto ha sido preparado por Pablo Calle Martín, Paula García Alcolea y Rodrigo Castro San José.

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Cita sugerida

Calle Martín, Pablo, Paula García Alcolea y Rodrigo Castro San José. Texto digital de La locura por el alma. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/locura-por-el-alma-la.

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LA LOCURA POR EL ALMA

No sé qué tengo que hacer que por doña Blanca muero. El alma no ha de querer quererte. Vencer la espero Cómo la podrás vencer Inquietando sus sentidos, divirtiéndole los ojos y engañando los oídos. Darás un viento en despojos, ansias y pasos pendidos. Después que el divino fuego halló en sus hielos entrada, se casó con el sosiego. De verla con él casada, estoy más perdido y ciego que ser un alma en la tierra. De ese sosiego capaz ya parte del cielo encierra, que este es reino de la paz opuesta a la humana guerra. Que le diese por marido el rey del cielo al sosiego, estoy que pierdo el sentido. Claro está que viene luego, en siendo chisto admitido mientras él no tiene asiento. En un alma es desatino pensar que ha de haber contento que del sosiego divino es único fundamento. Luego que el alma se vio en su gracia y amistad, al sosiego se inclinó. En fin, Deleite, es vedad que ya con él se casó. Yo lo sé puesto que a mi no me dejaron entrar, que humano Deleite fui que fuera imposible hallar seguro sosiego en mí. Doña Blanca está casada, el sosiego es ya su esposo, la conciencia es su cuñada, el galán rico y hermoso, y ella alegre y descansada que la segura conciencia es hermana del sosiego. Pierdo el seso y la paciencia. Pues deja, Príncipe, luego tan desigual competencia, que aunque piensas atrevido que con el sosiego ha sido, es Dios del sosiego autor, y competir con su amor no es a tu amor permitido. Necio que es bien que te nombres con tal nombre, aunque te asombres por lo que el mundo te aprecia, porque no hay cosa más necia que el deleite de los hombres. Yo no quiero competir en su amor en cuanto algor que es Dios, aunque del subir a su divino poder, tanto se puede inferir, dirás que subimos, luego que no llegué y que caí. Soy mentira, no lo niego, mas digo que al fin subí si cuajé turbado y ciego. Pues quien tal cosa emprendió que el caer le ha dado palma, no podrá, pues ¿qué soy yo contra el sosiego de un alma que no a un mes que se casó quizá halla que el amor ciego podrá competir con Dios aunque lo impida el sosiego? Que si nos vemos los dos helarse a su ardiente fuego me impida la entrada a mí, porque la flaqueza humana da mil puertas para ti. Yo venceré su rigor con mi interés, con mi ansia, que si doña Blanca bella es noble, hay partes en ella de poco y mortal valor, de mejor naturaleza soy yo que su vil corteza ella conmigo conviene. Precio ese cuerpo no tiene, terrestre y mortal bajeza igual a los animales la hallarás en sus pasiones, luego, somos desiguales si en mi competencia pones las condiciones mortales. Ángel soy, Príncipe soy de las tinieblas que quieres. Ya viene. Impaciente estoy del sosiego. Inquietud eres. Fuegos por suspiros doy. Esta sigues dulce vida que las otras muertes son. Esta sí que es justamente vida bienaventurada, donde el alma está cansada con el sosiego que siente. Goza Blanca eternamente vida de tal perfección, esta sí que es dulce vida que las otras muertes son. Muy bien lo dice el Contento, Que es musico celestial Que aunque suele hallarse mal, Sí es mortal su fundamento, Que vos no soléis cantar ni aun en la Real Capilla. De paso y por maravilla no es cantar y porfiar. Una copla oí decir en mi lugar una vez que os la dijera por diez, mas no la querréis oír. Si es acerca del contento dila a apetito que aquí hay grande contento en mí después de este casamiento. Casasteis con el sosiego, quien duda que le tengáis. Blanca, cuando vos me habláis, en vuestro centro centro sosiego. Quebrazandos mil celebros o cuando escuchar me enfada, me lidies de la casada y al desposado requiebros. Harto más me enfada a mí. Y si yo estoy bien con Dios necio es mucho que los días nos requebremos así. Tales estuvieran, Blanca, todas las almas. Pues qué buena persona es la conciencia. Es feria fianza, no hay sino comprar en ella descansos, glorias y gustos. Yo pesares y disgustos cuantos me resultan de ella. No se te olvide, apetito, la copla. De vieja es buena, que el contento que así suena está en el bien infinito. A contento, donde estás, que no te tiene ninguno, si piensa tenerte alguno no piensa por dónde voy. Es sátira contra mí. Pues oye que tiene glosa. Esguázame, dulce esposa. De apetito. Advierte. Sí. Tanto te alejas del suelo que no hay quien pueda alcanzar por donde llevas el vuelo con que has dado que pensar. Que vives dentro del cielo, y así a los hombres quemas. Tu bien de descanso precia, siempre diciendo verás, cómo te ven tan arriba, O contento dónde estás. primer de Reyes no creo, príncipes menos prestados tampoco, pues que el deseo porque en estados prestados, nunca de asiento te veo. Pues si con serte inoportuno todo el humano poder, no estás de todos en uno, bien claro se da a entender que no tuviste ninguno. Esto que contento nombra, nuestro vano pensamiento, de quien la vida se asombra, parece luego contento. Y debe de ser la sombra, pues si en la tierra a ninguno el verdadero se da, en el cielo sólo hay uno o cuán engañado está. si piensa tenerte alguno, eres cometa violento, que para morir se mueve, no ven agua y ya ven viento, y una cosa que es tan breve no se ha de llamar contento. Tarde llegas, poco estás, solo esperar te entretiene, que quien tiene de ti más cuando piensa que te tiene. No sabe por dónde vas. Buena sátira me has hecho, mas siendo tú el apósito que es en tu afrenta sospecho. Si aparece el infinito antes habla en su provecho. No es este el insensitivo, el que os sirve de Juan, apetito sensitivo. De fiesta de Luiste están, no sé cómo siento y vivo, mas no deseo de sentir, pues que lo puedo sufrir. Calla que te oirá su esposo y es el sosiego celoso. Hizo muy mal en pedir al cielo mujer es más, pues él se llama sosiego, que la condición celosa no da sosiego. Eso niego si es la mujer virtuosa. Tendrá de quien aprender en ser celoso. Los dos no lo debemos de ser, pero a quien parece. A Dios, que no hay más que parecer. Celos tiene Dios. De suerte, que su amenaza más fuerte es cuando dice esos celos con que estremece los cielos y da licencia a la muerte. Dulcísima esposa mía, tiempo es ya de recogeros, no se pase inquieto el día, puesto que vuelva de veros con tan buena compañía. Pero, en fin, Blanca, yo soy el Sosiego y la conciencia, mi hermana a tener la voy, si quiero de que en su ausencia con vos en presencia estoy. Véngase conmigo, todos nadie quede aquí. Ni yo tampoco. Ya digo que todos. Pues, ¿qué hay en mí? Ser de tus gustos amigo, y que podrás inquietar a Blanca con desatinos. Contigo voy a cazar. Tendrás mil gozos divinos. Ahora puedes llegar. Tú puedes en la memoria voluntad y entendimiento entrar a ganar victoria. No ha dado a mi atrevimiento Dios tal licencia ni gloria por una comparación sabrás de qué suerte veo, si admiten mi tentación las potencias. Verdes son, como tus industrias son. No has visto al que está pescando, como los ojos aplica al corcho que está mirando. Si pica el pez, pues si pica se va por el agua en tanto, que la vista no ha podido de su porfía pasar del agua en que está yendo, que húndese el corcho al picar, le da a entender que esta ha sido así yo mi tentación, pongo en la imaginación. Si peca el entendimiento, en ese cacho lo siento y saco el alma en prisión, ¿quién habla aquí? No me ves Ni pones acá los trae, sabiendo que estoy casada. Blanca de mi vida amada, no es bien que culpa me des, que si halla disculpa amor más lo merecen los celos, cuanto es mayor su rigor. No vengas a dar desveles al sosiego, mi señor, pues que sabes tú que te ve. Bien puedo yo visitarte, sin ofender tu virtud. Qué bien sabes del arte de dar al alma inquieta, vete que las ocasiones, cuando no son resistidas. Los principios que pones han hecho dar mil caídas a muchos justos varones. Blanca me llama sin ti, vio mi bien que aunque es roja su sangre blanca salía, más que la nieve que roja. El nuestro que vive en mí. Calla que equívocos son, que blanca es por ocasión, de que una blanca no vales. Con cruces y armas reales, Dios me ha dado estimación y a un mil de tratantes fieros, en inocentes corderos de pellizco y lana blanca. Fuiste con mano franca, se dio por treinta dineros, una blanca me dejó, para que comiese yo. Que no hay oro que la iguale, pues tanto como Dios vale, tiene labios serifios, con esta blanca divina comeré mientras le creo sin penetrar la cortina, y después. Calla que creo que tu afición desatina. Bien sé yo Blanca que es justo, digno de ser estimado su amor y grandeza he visto y que un esposo te ha dado, rico, discreto y buxquisto. Es muy honrado el sosiego, es muy noble, no lo niego. O es mi esposo que aquí, por él al sosiego di, los brazos y el pecho en trigo. No has visto que con pudor suele casarse un amigo, pues así soy su mujer y está el sosiego conmigo mientras que le voy a ver. Lo mismo blanca y máximo, que no digo yo que ofendas. Acipo, esposo divino, que son tan altas que soy de ofenderle indigno al sosiego, digo yo, con darte a gustos honestos. ¡Qué bien entra! ¿Cuáles? Estos. Ya escucha, la puerta abrió. Como tú vengas así y no lo sepa mi esposo, yo te hablaré. Fía de mí. Ven de noche. Es forzoso porque siempre hay noche en mí. ¿Qué tenemos? Que vencimos. Vamos y armas prevengamos, por si de noche venimos. Deleite, en la eterna estamos, después que del sol caímos. Haz que este prevenido entendimiento ni el aderezo de campo. Ya le pido. Solo en la soledad tengo contento. ¿Qué es esto, mi sosiego? No he querido irme a caza sin verte. Bien has hecho, ¿qué fuera en tanto amor injusto olvido? Hallo en la soledad mejor provecho, la caza me entretiene y los cuidados dejan más libre para Dios mi pecho. Miro las verdes y espaciosas vidas, vestidos atirones de colores muy vistosos. Por tanta variedad torna solados las competencias de las varias flores bebiendo al alma pura algo farblando. En ojos ya de celos, ya de amores, el arroyo que baja despeñado en instrumento de pizarra lisa, músico eterno sin templar templando las consonancias que parecen risas sobre astas de arena puesta en plata. Ya en el curso veloz y ya remisos miro la verde selva que remata el espejo del agua de algún río, nieve presa al nacer que el sol desata los pajarillos que al sosiego mío ayudan con los picos sonorosos en los valles alegres y sombríos, me dan materia de alabar la mano y pinceles de Dios maravillosos, digo, del gran autor del orbe humano. Quien hacer tanto sino Dios pudiera, y aquel entendimiento soberano al límite contempla y considera en el padre increado omnipotente de cuanto él mismo ve causa primera en el hijo que engendra eternamente y en el lazo de amor que los enlaza, divina aprobación. Ya está la gente prevenida, señor, para la caza. ¡Oh, cuánto goza el alma con sosiego cuando del amor tal se desenlaza! Allí, Blanca, también contemplo luego el orden con que tantas jerarquías hacen guirnalda al soberano fuego y hacen que tan ciertas son las alas mías, vuelo con los espíritus más bellos en el carro de amor divino, Elías. Si te pones ahora a tratar de ellos no irás al campo. Bien has dicho, vamos, puesto que daba la ocasión cabellos, alma querida en tanto que allá estamos. Recoge por tu vida los sentidos del árbol de tu cuerpo, libres ramos no los dejes, esposa, andar perdidos. He sido aquel enfadoso. ¿Qué hay, apetito? No sé, si el sosiego no se fue, que es necio sobre celoso, si se fue decirte quiero un recado de un galán a quien en el mundo son muchas el lugar primero. El sosiego que aquí tiene nombre de mi esposo, ahora, en vez del que el cielo adora, que a verme sin verle viene, pues ya sabes que jamás sin el revoco le vi, copa blanca con que aquí dice que me obliga, mas me tiene en tanta quietud cuanto mira qué es razón para la igual perfección de una fundada virtud. Mas, cierto príncipe, en quien siempre he concedido amor, desigual competidor, alejado mi solo bien me inquieta con un tercero de fuerte que hoy prometí no ser fuego, pero en mí darle un asiento ligero que no dice que pretende que deje ajado mi pulso, aunque como es tan celoso de cualquier cosa se ofende, sino solo que no sea esquiva ni desdeñosa con la afición amorosa de quien me adora y desea. Hablome en secreto aquí y te confieso, apetito, que a papeles que me ha escrito siempre esquiva respondí, pero que en llegando a hablarle, mira lo que es la ocasión que me abrasa el corazón. Tiene en lo exterior buen talle, en fin, es hombre que ves que Cristo tu esposo amado anda siempre disfrazado que por fe su vista es. Todo lo guarda y esconde en enigmas y en rodeos con que enciende los deseos, pero nunca vemos dónde Luzbel dejase matar. Vemos sus deleites luego. Yo voy perdiendo el sosiego después que me vino a hablar, no porque pienso volver la espalda a Cristo, mi esposo, que a dueño tan amoroso, ¿cómo se puede ofender? Pero mientras viva aquí entretenerme quisiera. La noche el Príncipe espera, así me lo dijo a mí. Dale puerta que no importa a un honesto entretener. Encomendado a querer que voluntad se reporta, mas diciéndote verdades. Oye lo que ha sucedido mientras el sosiego ha ido a sus mudas soledades. O como me alegro así, no ha de ser todo tristeza. Cansada estoy de aspereza. Escúchame atento. Di. Yo me levanto un lunes, un Lunes de la Ascensión, cuando el capitán del cielo a coronarse subió de la corona de gloria tan debida a su pasión, aunque en la cabeza aquella de espinas setenta y dos, que parece que primero que Cristo en el cielo entró por dar fin a su tormento y ser laurel de su amor. Levánteme como digo del sosiego que me dio buena noche en la conciencia porque las mejores son, y hallé mi puerta enramada no de verbenas en flor, de rosas alejandrinas y blanco hacer de limón; sino de mil pensamientos que de mi imaginación eran tapices alegres desde la puerta al salón. No me la enramó escudero ni hijo de labrador, que este galán no desciende del que la tierra labró. Celestial naturaleza le dio su divino autor y también lleva el ingenio que quiso igualarse a Dios. No sé qué sentí, apetito, de conocer su afición, mas consulté mis potencias y hallé rendidas las dos. Que el entendimiento, en fin, al principio replicó. Cantaron luego canciones tan dulces que de su voz como sirenas dejaron mis oídos en prisión. Tantos deleites hicieron alarde esta ocasión a mis ojos que he perdido la resistencia al temor. Dígale al príncipe mío, mío dije, suya soy, no importa que venga a verme luego que se ponga el Sol. El Sol es puesto y no viene. Si viene Blanca, aquí estoy, porque puesto el Sol de Cristo, como soy noche entro yo. Desde aquí podré pasarla contigo. Esta noche iros, que el sosiego es ido a caza a los montes de Sion, que dice que en soledades halla los cielos mejor. Los perros de sus criados, mate el famoso león, que Pedro dice que busca a quien devore a traición las águilas de rapiña, maten al querido halcón, desalmado pensamiento que vuela en alta región, no en la tercera del aire ni donde Pablo llegó, sino al mismo cielo imperio en alta contemplación, donde está el divino Dios cercado de resplandor. Su caballo el buen deseo, roto el freno del amor en el río del Olvido, no en el arroyo Cedrón, caiga de suerte con él que tuve que estar galán yo por luto negro mis ojos. Dame esa mano. Y las dos. ¿Qué es esto, Blanca? ¡Oh, cuñada, buena conciencia! A mi hermano estas afrentas. Ya es en vano que es mujer determinada. De que pierdes el sosiego me pesa, cuñada, advierte que es la vida por la muerte y el descanso por el fuego. Cristo es tu esposo que aquí el sosiego es guarda suya. Blanca, eres mía. Soy tuya. ¡Ay desdichada de ti! No te mueve, no te advierte la conciencia. Y aún me enfada. Mas bien parecéis, cuñada, en morderme de esta suerte ven, apetito. Ya voy, que os quiero dar de cenar. Muriendo estoy de pesar, con mil áspides estoy, como desalma es la cara. La conciencia verá luego en mí del alma el sosiego, la oculta traición bien clara. ¿Quién duda que se inquieta y deja la soledad? Pues tan presto a la ciudad. Traigo una pasión secreta. No presumí que tan gusto dejaras la caza. Allá me dio un pensamiento. Ya, conozco tu amor honesto. Sospechas de Blanca son. ¿De un ángel sospechas? Sí, que está en su carne y así puedo sospechar traición que en tanto que en ella bebe no hay victoria hasta que muere. Tanto sus deleites quiere, sino es que de ellas se prive, para guardar a la ausencia lealtad de su esposo Cristo ausencia en no haberle visto, que siempre está en su presencia. La conciencia estaba aquí. Aquí estoy. ¡Qué triste estás! Basta, no me digas más. Su deslealtad miro en ti, vive el mismo Dios por quien era paz del alma ingrata que Blanca su ofensa mata y mi deshonor también. Me mandó asistir con ella, yo he sido su vicesposo, sosiego, dulce y dichoso. De un alma tan blanca y bella Cristo es aquí el ofendido. Conciencia, di la verdad. En dando a su libertad al Príncipe tierno oído, vi yo que había de perder sosiego, hermano, el respeto al honor. Yo te prometo que ha de pesarle el placer, porque, ¿cuál mayor pesar que perder, Blanca, el sosiego? tomaré venganza, luego, déjame, conciencia, entrar. Mira lo que intentas, mira, señor, que la han engañado. Cristo ofendido y yo helado del alma hasta el cielo admira, apártate, entendimiento, que de esa sosiego soy. Inquieto contigo estoy. Tanto entiendo lo que siento, pero mira a dónde vas. A herir el alma. A tu esposa. Ofender a Cristo es cosa para que la sufra, mas, Cristo a un hombre que es Dios. A Dios que hombre por ella, no era Blanca el alma bella, viviendo en su paz los dos. Pues ahora que será en desgracia de un cadero tan blanco, matarle quiero. Fuera digo dónde está. Desnuda lleva la espalda, pues puede el alma morir. No, pero puede vivir bien herida y mal casada, porque alterado el sosiego de la paz de dos casados, los sentidos alterados turban las potencias luego. Yo te digo que esta casa toda se pierda sin vos, guardad la puerta los dos. alma que una vez se casa complejo ha podido ser adúltera. Ay Dios, conciencia, que toda la diligencia pone el infernal poder en perseguir los casados, y sueño del mundo es esto, cuanto serán más molestos en los a Dios dedicados, que le faltó al alma ingrata. Con pro que no tenía, Qué galas, que bizarría de oro, piedras por las platas, que de las verdes no hubo de esperanzas de rubíes, de pura fe carmesí. Cuando a su amor se redujo que blancas de tus altos de caridad amorosa, pues lo del señor es cosa. Gustan los ángeles faltos de encarecimientos justos, viendo que al alma le dan, su pan que es suyo aquel pan de tan soberanos gustos, Pues alma que te falta, Si Dios mismo cada día, a sustentarte venía. Que es lo que Luzbel te dio, un pobre, un negado, un triste, que no teme en qué caer muerto. Pues no puede ser que te aficione, que vistes válgame Dios. Blanca ingrata, ya no tienes este nombre. no te espante que me asombre, si la espada de Dios mata las almas huyendo de él, hecho de vida inmortal su duración. desleal no es Dios contigo cruel, que Dios es suma justicia y no cabe en él crueldad. Tú si con tal deslealtad por tu pecado y malicia, y tu perro que quisiera, que tú pudieras morir y que, volviendo a vivir, otras mil muchas debiera, a vasto te has atrevido. Pues quien me ha quitado a mí que fuese señor de ti, si no ese signo ofendido no era rey del alma yo, yo se la quito muriendo por ella, pues si le ofendo disculpa tengo. Yo no, qué has de dar la honra a Dios, aunque te pese. Sí pesa. Mas ya sabes tú mi empresa y enemistad de los dos, es entre reyes traición, sin declararse la guerra, tomar nave en mar o en tierra. Cuidad, aunque haya ocasión, mas la guerra declarada como está entre Cristo y yo No es traición, Sosiego, no, sino guerra bien fundada. Cristo es mi enemigo. Sí. Pues, por qué no he de robar cuantas almas pueda hallar, que me quieran bien a mí, por Cristo y su humanidad, que yo no haré de aquel día, que su padre me decía que sobre mi potestad, pensaba exaltarse sosiego. no caí del cielo yo, Cristo no me derribó, al centro al eterno fuego, y en virtud de su pasión, no alcanzó Miguel victoria, de mí con tan alta gloria. Luego no será traición que yo conquiste hoy almas que pueda guárdelas él. No aumenta aquesto, Luzbel, estas victorias y palmas que yo la daré la muerte y a ti si posible fuera Huiré de ti Aguarda, espera. Temo una espada tan fuerte como el arrepentimiento, que en tu sosiego hubiste, que es espada que resiste, todo mi furor violento. Mas desengáñese Dios, si bien nunca se ha engañado que si me diere un cuidado tengo de volverle dos, y que no ha de llamar blanca al alma que más le alegra. Que yo no la llame necia. Cuando Dios la espada arranca de la vaina de Lacia. contra ti, triste de ti, alma, ya estás sola aquí. No hay que decir que es mentira, el hábito lo declara, negra estás, pero no son requiebros de Salomón, ni es hermosura en la cara, hoy morirás. Negra estoy, Yo lo conozco, sosiego, pero que mires te ruego, que esposa de Cristo soy, y que te tengo por él en prendas con el respeto de mi marido. En efecto, locura es alma cruel, pero negra te confiesas y dirás que eres esposa de cristo hay más se presta, con venir alma profesas con los ángeles y aquí dices desatinos tales. ya de tus negras señales, conozco la que hay en ti, que te hizo aquel caldero, puro limpio inmaculado, por ti de sangre manchado con tanto tormento fiero. Aquel, sin pecado alguno, en forma de pecador por tus pecados. Señor, El bueno es Dios, Dios es uno Y erré, ya estoy de rodillas ante ti. Aunque soy sosiego, qué importa. es que a mi ruego. Bien harás si a Dios te humillas, para morir te confiesa, no niegues que no hay perdón, que Dios es inquisición que solo verdad confiesa. todo lo penetra Dios. Pues qué hice. Suyo es aquel caballo No ves que están con él otros dos para enviar mis potencias, algunos recados míos. Ya me dices desvaríos, que sirven las diligencias es posible que dejaste aquel celestial galán, a quien tantas almas dan. Los requiebros que es al que sabe, en sus divinas canciones del Rey de Jerusalén. Por hacerte tanto bien, en tanta afrenta le pones, no era escogido entre mil, no era blanco y colorado, que lirio azul y dorado, fue más hermoso en abril. No le parió la azucena más bella que Dios formó, la que Dios limpia llamó y que fue de gracias llena. La que no fue comprendida de una en la culpa grave, pues que volvió el cual no ve. Cristo no te dio su vida, no tuviste la cabeza, llena de puro rocío del alma. Ay, esposo mío. Que más notable fineza, que amanecerle a tu puerta y acechar por los canales, si de rosas y claveles desmayada estás cubierta. Pero en qué más hoy aquí herirte quiero. Que espero. Huyes. Tu desnudo acero y mi quiebro siento en mí. Detente, no vayas tras ella. Eso te aseguro yo, como si a Cristo ofendió, cómo puedo estar con ella, vete conciencia. Yo. Si allá la puedes morder, que yo no tengo que hacer, en faltando Dios aquí. Voy a dar la pesadumbre. Si has de herirla, ¿para qué? Para que más firme esté y pida a Dios que la alumbre, o cuántos de entendimiento que han caído desconfianza, y del perdón se desvían con tan engañado intento, que este padre de maldad. Pinta imposible el perdón, sabiendo la condición de la divina piedad. A Pedro le dijo Cristo que perdonase al que errase un número, aunque no hallase fin. Ese lugar he visto y en la sabana también de mil suertes de animales, porque en ocasiones tales Pudiese comerlos bien, entra y persuade al alma que se guíe, pues que hoy tiene sacramento. Voy. No piense viviendo en calma, llegar al seguro puerto, el sosiego está turbado, algún fin si le ha dado. Siempre lo tuve por cierto, porque entendiendo la gracia el alma se sigue luego. Perder al seso el sosiego, cielos el alma en desgracia de aquel severo esposo. el alma adúltera, cielos, loco estoy, loco de celos, que soy como Dios celoso. ¿Qué dices? Estás en ti. De un loco te persuades. Si ellos dicen las verdades, dilas solamente aquí. ¿Yo quién soy? Mas ya no eres, que estando en desgracia el alma, rechisto sosiego amigo, no es posible que le haya. claro estaba, entendimiento, y que es fuerza que yo salga de mí, porque estoy sin Dios y de ella porque le falta la locura por la honra. Yo la he visto disculpada, en el mundo muchas veces cuando le ofende la infamia, Pues si las honras del mundo son polvo son viento y nada, y solo hay honra de Dios, porque la demás es falsa. quien ve que el alma le ofende, ¿cómo quieres que no haga locuras? Tente sosiego, que si tú faltas del alma, yo que soy su entendimiento, será fuerza que los haga, con la rebelión que duele, la república alterada. Que me tenga me aconsejas, No sabes tú que no haya un alma sin Dios sosiego, y cuando toda la casa como en tiempo que se quema, echando por partes varias. Desde las sillas de tema hasta las bordadas camas, ¿no ves que arrojan los ojos lágrimas por las ventanas y suspiros por la boca puerta a fianza? ¿No ves que por el jardín el justo arma guerras tantas que parece que sus flores le dieron hoy amargas? ¿No ves que por los oídos entra, entendimiento, el agua de la inspiración divina que tantos incendios mata? ¿No ves que sus manos tocan los desengaños que andan, como maderos quemados dando las cenizas blancas? Ay, alma a Dios ingrata, no esperes ya jamás llamarte blanca. Señor, vuelve en ti, ¿qué es esto? Entendimiento, si ayuda el alma que a Dios ofende, dudosa en buscar su gracia, si no tuvo en sus ofensas vergüenza y al confesarlas tiene tanta como heces, ¿qué quieres que diga y haga? Loco estoy. Vuelves me loco. Si la voluntad turbada, tantas formas de sus puestos, en la memoria tantas. No es milagro, entendimiento, que te alteres en mirarlas si especulativo no eres y aquí Pránico te llaman. Volvámonos todos locos, pues ha dado el alma entrada a un príncipe de tinieblas que solo el nombre le basta. ¿No viste negra el alma? Pues ¿cómo quieres que le llame blanca? Honra de Dios me ha movido, esta llama en nuestras ansias, la locura por la honra, pues no la hay donde Dios falta. Ea, amigo entendimiento, ponte a caballo que aguardas. Vamos discurriendo el mundo, que ya sabes que no para ¿Quién es ya desasosiego de un alma a su Dios ingrata en los cielos y en la tierra? Por mí vamos. Sube. Avanza. Aparta, aparta, aparta, Pues no quiere tener sosiego el alma, ¿Qué tierra es esta? No sé. Ni ignoras. ¿De qué te espantas? que del alma soy potencia, y es el pecado ignorancia. Qué linda casa hay aquí. En esta hermosa portada, de dórica arquitectura, que no de labor mosaica, hay un retablo. ¿Qué dice? Ya le leo, esta es la casa de los locos. Di del mundo Que aquí cabe cosa extraña. Si es el mundo como dices dice de pintarse en mapa. Locos salen. Y el maestro. Mas que nos llevan. Ya tardan, pues que por ser ingrata perdiendo a Dios perdió el sosiego el alma. Hagan luego lo que digo, que es abuso castigar al descompuesto conmigo. Mundo, ¿qué podéis vos dar, que no venga a ser castigo? Pues loca, fiel mundo soy y eres la honra del mundo, ¿Yo qué castigo te doy? Porque en vanidad me fundo, en vuestra cárcel estoy. ¿Quién, honra, te mete a ti en fundarte en vanidad? Vos no sois vano. Yo sí Yo no soy vuestra honra. Es verdad Pues, ¿qué puede haber en mí? Con esa os metéis en danza, no sabéis lo que se precia de los lugares que alcanza. Al menos no soy necia como eres tú, confianza. Paso, locos, que no es bien que oséis hablar donde estoy. ¿Quién sois? Amor propio. ¿Quién? Quien por querer lo que sois a vos os quiere también. Quién duda que tú quieras cuanto es justo para ti, y a la confianza más. Esperad, que hay gente aquí. Tente, señor, ¿donde vas? Entendimiento, ¿qué quieres? Ya veo la voluntad. Hola, buen hombre, ¿quién eres? El desasosiego al cuarto de las mujeres. Pues ¿qué os ha traído aquí? La traición de un alma ingrata de quien el sosiego fui, que la ofensa de Dios nata, con que me ha perdido a mí. Ya mundo estaré con vos, y entre vuestros locos preso, mientras ella ofende a Dios. Con razón perdéis el seso en sus desgracias los dos. déjola con mil heridas de inquietudes en sus gustos. Quitarásle dos mil vidas. No son estos los disgustos, honra que tan tarde olvidas, Estos a Cristo se han dado, al esposo más honrado, que a tal amoroso santo, que hasta el mismo Dios se honró, de que estuviese a su lado. Si es su hijo y Dios como él, qué os espanta, pues no vio ser su igual que este con él. Yo sé que a mí me la dio. Vos sois ingrato cruel, que le pusiste de suerte, que nunca se ha visto en vos muerte de rigor tan fuerte. Sí, pero como era dios muriendo dejo la muerte. Al fin viniste acá, porque el alma os dejo ya tocada en desasosiego. ¿Cómo puede ser sosiego cuando ella sin Dios está? Hola, yo soy confianza, queréisme a mí, de la tierra. Ya sé que es loca esperanza. Pues, ¿qué queréis si os destierra la que es de Dios semejanza? Lo que no te dijo Dios, que nadie fíase en ti. Que nos mete en eso a vos. honra soy, queréisme a mí y casémonos los dos. No quiero tus honras vanas ni la ambición a que aspiras noches tardes y mañanas, porque solamente miras las vanidades humanas. Honra, tú no ves que dura poco tiempo tu placer y que toda tu locura viene después a tener su fin en la sepultura. Para que vivas preciada haces mil descortesías mal que está de gente honrada, pues cuanto alcanzar porfías, viene a resolverse en nada. ¿Quieres ver honra quién eres? Que estás en otros no en ti, pues la adoración que quieres te han de dar otros a ti. Que así tratéis las mujeres, yo me quejaré de vos. No será a Dios, porque Dios descalzo en el mundo anduvo, que nunca por buena os tuvo. Pues juntémonos los dos La confianza también es una necia, no quiero que por mujer me la den, que su proceder ligero no es para un hombre de bien. Entrad, que ya estáis perdido. Siendo loco os ha vencido. Entremos, entendimiento. Mientras anda el alma atiento que me acompañes te pido. Ea, bien podéis entrar. Mi marido habéis de ser. En eso no hay que tratar. Loco sois. Por un placer, y cuerdo por un pesar, que si de su intento ciego pasa el alma en dos instantes, cesara el divorcio luego, y volveréis como antes a ser su amado, sosiego. No te parezca nuevo, o cielo o tierra este mortal camino ni el intento que llevo, sabiendo que es amor y amor divino que siendo el alma herida muero yo por bajar a darle vida. Bien sabe el alto cielo como acoge del pecho de mi padre, y sabe bien el suelo que en él nací de aquella hermosa madre, virgen eternamente. Luego no es mucho que su bien intente las veces que diciendo del alto cielo al suelo cada día, porque cuando pretendo es alma tu regalo y compañía. Compite con las bellas luces del cielo y son testigos ellas, luego, venir ahora, que está afligida y del sosiego herida, y que su ofensa llora. No es mucho quien le dio su sangre y vida, y en alto sacramento le ha dado cuanto es Dios por alimento. Esta es su casa y quiero llamar, veré si sale, luego, abrirme. A de casa aquí espero, alma mi bien enamorada y firme aunque llueva, aunque hiele, te he de esperar como quien amar suele. Las tres de la noche han dado, corazón, y no dormís. Mis pecados os desvelan viendo que a Dios ofendí. Si no duerme el agraviado, que Dios no puede dormir, mal dormirá quien le agravia si no está fuera de sí. ¡Qué bien canta, que bien llora! ¿Hay mayor gusto que oír sus quejas desde la calle y acecharlas por aquí? Recordad, alma engañada, si por ventura dormís, que quien a su Dios ofende no es justo que duerma así. Abriré esas celosías que bien las podéis abrir, pues porque entréis en el cielo, cinco puertas os abrí. Si quien sabéis os detiene decid que yo le vencí, y pues que vengo a buscaros, no me iré sin vos de aquí. Abrid, no seáis ingrata. ¿Quién llama? ¿Quién está ahí? Un galán vino, alma mía. ¿A tal hora? Mi bien, sí. Salid sin miedo. No acierto, porque después que ofendí a mi soberano esposo no vive sosiego en mí. ¿Cómo le fuisteis ingrata? Porque quise ver y oír fiada en mi confianza, y así su gracia perdí. ¿Negra estás? Estoy perdida. Blanca, os vi. Tanto lo fui que me llamaba ese nombre, y ya ese nombre perdí. ¿Dónde está vuestro sosiego? Se volvió loco por mí, y a mi cuerdo entendimiento pienso que llevo tras sí. ¿Y cómo os halláis sin Dios? Mal, porque sin Dios no hay vivir, que si es vida y se me ha ido, ¿qué puedo quedar en mí? ¿No habéis visto al aire, el Sol, la noche, el mundo cubrir? Pues así quedé, en tinieblas, ausenté el Sol que ofendí, y mas que es Sol de justicia a quien quisiera pedir, que lo fuera de piedad si se doliera de mí. Si por dicha caballero estrella sois, que asistís a cerca de su persona, decidle que muero aquí, y presentad de este llanto, que en su trono de marfil no hay como lágrimas perlas. Bien le podéis escribir con ellas alguna carta. Pues si la escribo advertid que será de cortesía, que estéis en la calle. Abrid, que no os pesará deberme. Pésame de estar en sí. Negra estáis, pero no importa. Si lloráis como decís porque envolviendo a su gracia volveréis a ser jazmín. Entrad, que ya os han abierto. ¿Qué nombre tenéis? Oíd, el Príncipe de la luz. Señor, ¿vos mismo venís? Esperad, que estoy de suerte que temo que os vais. Por ti, me ha clavado amor los pies, alma, no puedo seguir. Sosiégate si puedes. No es posible. Ten esperanza que verás tu esposa. Es el perdido honor pena insufrible. En desgracia de Dios nadie reposa, miente quien dice que descanso tiene. No le puede tener ni ninguna cosa. Pues eso basta que tu furia enfrene. Demos un imposible que en el cielo no vive Dios. Porque loco el pobre viejo. Inquieto luego convertido en hielo, no entre trepidaciones le verías sino sin poros derribado al suelo, sin día entre las mismas jerarquías. No hubiera paz, pues ¿cómo vive un alma en ausencia de Dios por tantos días? O más ingrata que la dura palma, así pagas a Dios lo que le debes. La fuerza te embravece. Y me desalma. Mas quiero, entendimiento, que me lleves por las provincias de ese mundo vano que bien se puede dar en puntos breves. Toma una luz en esa diestra mano, alumbra, entendimiento. Su linterna. me ofrece en esta noche el tiempo anciano. Pues ve delante y mi amor gobierna. ¿Y qué dirán de mi si alumbro a un loco? Que te consueles de mi pena eterna. Aquí está un pretendiente. No lo es poco, porque si tiene méritos rodea. ¿Y si le faltan? El favor invoco. Este es uno que sirve. Mal se emplea si no es a Dios. Si el dueño lo agradece, no acierta bien. Si espera la paciencia y la merece, no ha de temer privarse de su gracia como en tantos ejemplos acontece, mas quien pone la fuerza y eficacia en servir a los hombres y mil veces de Dios no teme la mayor desgracia. Aquí muestran la luz unos jueces. No despegues la cueca. Es justo celo, la dignidad teniendo la engrandeces. Solo puedes decir que tiene el cielo o no juez mayor tribunal gusto, a quien de mis agravios siempre apelo. Aquí está un rey. Saludo contento y gusto, híncate de rodillas. Te recato. No muestra que te venzas del disgusto aquí si miro bien está un ingrato. Mata la luz o cierra la de presto, que aún se esconderá el Sol de su maltrato. Aquí está un hombre necio bien compuesto. Llámale sabio, si es que callar sabes, que es el callar partido siempre honesto. Un mal quisto está aquí. ¿Por qué? Por grave. Buen castigo se tiene Aquí está un hombre que toda su virtud cierra con llave. Llámale santo. Bien merece el nombre. Aquí está un lisonjero. Corre, a prisa, que no hay sierpe feroz que más me asombre. Aquí está uno que por luz oyendo misa. A un bien que a Dios lo dice cara a cara, mas que se guarde alguna voz le avisa. Aquí está un cortesano que repara en la curiosidad de los sermones. Por piedra el evangelio de clara. Un soberbio está aquí. Pocas razones con esa gente. Y luego estás airado. Brava locura. Escucha aunque perdones. Un lascivo será. Tú has acertado. No envidies su salud y su dinero. La sula viene aquí. Vendrá sentado. La codicia es aquel. ¡Y qué ligero! En un rincón he visto la avaricia. Aplícale algún prodigo heredero. Aquí está la pereza. Y sin codicia, no la despiertes. Gente que esta puerta, aunque habemos llegado sin malicia, parece la de Blanca. ¿Y está abierta? ¿Pues no la ves? Parece que hay ruido, Y a mi sosiego entre su luz despierta. Sí, ha venido el esposo. Sí, ha venido. Con la luz de su esposo ya vuelve el alma, y el pasado sosiego vuelve a su casa. Ahora sí, Blanca mía, que aqueste nombre te cuadra, vuelve a ser Blanca desde hoy, pues lo que das en mi gracia, la confesión de tus culpas, tres lágrimas y tus ansias te han dado mil bendiciones. Los ángeles te den gracias, que tantas misericordias solamente en dos se hallan. Sosiego. Señor. Sosiega. Ya cobré el que me faltaba que, en volviendo el alma a vos, que vos sois la paz del alma, cesa el agravio y enojos de las ofensas pasadas. Porque donde Dios perdona ninguna virtud se agravia. Da luego al alma mi brazo. Ya mi sosiego la abraza. Vuelve entendimiento en mí. Ahora sí que eres blanca. no vuelvas alma querida, a buscar a quien te agravia. Al príncipe, mi señor, tengo dada la palabra. Hoy has de comer conmigo alma, pues mi gracia santa te hace digna de mi mesa. Ves allí el pan que ya aguarda, llega y siéntate. Señor, si cielo y tierra te alaban, ¿qué dirá una esclava ahora? De que amor, fe y esperanza te darán si perseveras allá gloria y aquí gracia. Loado sea el santísimo sacramento del altar por siempre amas amen fines.