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Texto digital de Lo que está determinado

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Atribución tradicional
Lope de Vega Carpio
Atribución estilometría
Lope de Vega Carpio Segura
Género
Comedia
Procedencia
El texto ha sido preparado por Germán Vega.

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Cita sugerida

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Lo que está determinado. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/lo-que-esta-determinado.

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LO QUE ESTÁ DETERMINADO

JORNADA PRIMERA

Notable ventura ha sido haberla muerto. Por Dios, que en su fresco humor teñido, cara a cara entre los dos, quedó el venablo partido. Tu valentía ganó palma, laurel y guirnalda. ¡Cómo airada acometió! mas le salió por la espalda, que en las manos me quedó. Bajaba alegre a beber desta fuente los cristales; yo, desde el amanecer, entre estos verdes jarales la esperaba acometer. Salgo animoso; arremete, y por quitarme la duda que este laurel me promete, por la cuchilla desnuda precipitada se mete. De la burla mal contenta sacude el hierro enojoso; pero cuando más lo intenta, por el hocico espumoso rinde el ánima sangrienta. Yo, porque nadie presuma que desde lejos le di, le dejo el venablo; en suma, más es ya que jabalí montón de sangre y de espuma. Toda la yerba teñida muestra la fiera rendida, cuyos colmillos parecen que en círculo resplandecen la luna recién nacida. Parte a verla, Fabio, y mira lo que puede mi valor. Tu valor, Carlos, admira: voy a ver manso el rigor, voy a ver muerta la ira, voy a ver la destruición de nuestras viñas y panes rendida en esta ocasión, que temblaran capitanes. de la más fuerte nación. César merecieras ser de Alemania. ¡Plega al cielo que te venga a engrandecer la suerte que todo el suelo te pueda amar y temer! Que no es digno tu valor del pecho de un labrador, por lo menos desta sierra: que esta amada patria y tierra merezca verte señor. Pensarás, Carlos, que yo vengo a darte el parabién. Tú lo dices, que yo no; que ya me dio tu desdén lo que tu amor me negó. Nunca fui tan atrevido que a tantos merecimientos vanamente lo haya sido, ni he dado a mis pensamientos licencia contra tu olvido. Que en quererte desta suerte es imposible ofenderte; porque si yo presumiera que en quererte te ofendiera, me esforzara a no quererte. Yo te quiero porque veo que no quererte era hacer ofensa al cielo, pues creo que le obedezco en querer tu hermosura sin deseo. Porque si alguno he tenido de verte obligada ha sido de mi amor, y es tan honesto, que muchas veces he puesto mi propio amor en olvido. Y he dejado solamente en mi entendimiento ciego un amoroso accidente, que, como la cera al fuego, me derrite blandamente. Cuando más bella te veo tan lejos del cuerpo empleo el alma, que vengo en parte a amarte por sólo amarte, sin esperanza y deseo. Nunca de tu cortesía menos valor presumí, y tendré desde este día mejor opinión de ti que antes de ahora tenía. No hay cosa que más agrade al pecho de una mujer, aunque primero se enfade, que saber que con querer un hombre la persuade. Que en llegando a desear contra el estado que tiene no es amor para obligar, porque a ser deseo viene, y es amarse y no es amar. Que quien su gusto desea su amor en sí mismo emplea; y si así se quiere bien, ¿cómo ha de obligar a quien aún no quiere que le crea? Pero desta valentía, como es razón obligada, pensaré desde este día que soy de tu amor amada. Piensas bien, Rosaura mía; que a matar tan brava fiera pienso que no me atreviera si en servirte no pensara. Pero ¿quién imaginara que fieras vencer pudiera quien no vence una mujer? ¿Pues qué llamas tú vencer? Pagar, Rosaura, mi amor; no por querer tu favor, mas obligarte a querer. Carlos, dicen, y lo creo, que si dos se quieren bien se engendra luego un deseo en quien, por quien y de quien tantos desatinos veo. Y así, para no llegar por querer a desear, bien es que yo no te quiera. Quien ama, Rosaura, espera, siquiera obligar a amar. Si no pienso en que has de amarme- ¿qué pretendo de quererte? Carlos, no más de obligarme, y ganarás desta suerte no perderme ni enojarme. ''Honra desta sierra, valeroso Carlos, envidia famosa de los cortesanos; matador de fieras, paz de nuestros campos, muchos años vivas, vivas muchos años." Ponle, Fenisa, el laurel. ¡Ojalá que el laurel fuera de Alemania, y que tuviera tantos diamantes en él, que pudiera claramente pensar de Carlos el suelo que se bajaban del cielo las estrellas a su frente! Bien pareces laureado, y dice Fenisa bien, que los diamantes te den laurel de estrellas formado. Porque si la antigüedad en las estrellas ponía las cosas que dignas vía de fama y de eternidad, más en que se trueque en ti el valor que tienen ellas, y que bajen las estrellas a ser famosas en ti. No hables, Fabio por modos que de lo común excedas; habla en estilo que puedas ser entendido de todos. Que de no entenderte bien puede resultarte daño. Rústico soy, y es engaño de tus temores también. Digo (sin traer estrellas) que a Carlos todos le deis tal premio, que coronéis su digna frente con ellas. Y dígale cada cual algún encarecimiento, respondiendo en su instrumento con Felisarda Pascual. No, pastores, por mi vida, que aquí presumo que hay quien no se alegra de mi bien. Será envidia conocida. Las zagalas, claro está que no la tendrán de ti; pues hombres, ¿quién hay aquí de quien te receles ya? Para que más te asegures del gusto que tiene el valle, que, por Dios, que es infamarle que de su lealtad mormures, hagámoste rey aquí, de conformidad de todos, para que de varios modos sólo te obedezca a ti; que aunque por burlas y juego, queremos obedecerte. No, por Dios, no se concierte; que no lo intentéis os ruego; que suele el Emperador venir a -caza, y podría castigar en mi osadía la fuerza de vuestro amor. ¿El Emperador, por qué? ¿No suelen hacer pastores estos juegos? ]Mis temores me dicen lo que no sé. Pero porque no entendáis que no os doy gusto, si es justo, diga Rosaura su gusto, pues que mirándola estáis tan mal contenta de ver que me honréis con este oficio. Rosaura, tú das indicio en este común placer de no le tener muy grande. ¿Pues de qué sirve hacer rey a Carlos? ¿Es justa ley que nos castigue y nos mande? ¿Yo castigar ni mandar, si no es lo que fuese justo? Ni aun de burlas, sin tu gusto, Rosaura, quiero reinar. Ea, no seas cruel, ni desbarates el juego del valle. Yo se lo ruego. Reine, y reina tú con él. Si hubiera necesidad de reina o fuera casado Carlos, no fuera excusado dividir la majestad; pero no será razón que reine quien no es mujer. Fenisa ha dado a entender muy bien su buena intención; pero aunque ella me rogara, no reinara, por no ser aun de burlas su mujer. Fenisa Yo, Rosaura, si reinara, dejara por serlo el reino. En tantas dificultades, si no reino en voluntades no puedo decir que reino. Nombrad otro. No ha de ser otro en el valle, pastores. Otros hallaréis mejores, Rosaura lo da a entender. Dejadme a mí, que ya en mí es agüero su desdén. Tomad el laurel. ¿En quién? Vuelve a coronar tu frente; y quien no mostrare gusto, muera de envidia y disgusto. Bien dices; Carlos se asiente y besémosle la mano. Ahora bien, vuestro rey soy por fuerza, y sentado estoy. ¡Oh fuerza del bien humano, que nunca vienes cabal, pues de Rosaura el desdén, con ser tan, fingido el bien, hace verdadero el mal! Pues yo quiero la primera besar tu mano, que puede rendir el mundo y excede la de Alejandro. ¡Quién fuera ese griego valeroso para darte una ciudad! Yo, que de tu majestad, emperador generoso, soy criado y me he criado contigo, tu mano beso, y ruego a Dios que el suceso aquí de burlas pensado así a la verdad se aplique, y tanto al valor excedas, que en la corona sucedas del emperador Enrique. Fabio, yo tendré cuidado de hacerte bien. A Timbreo da esa mano, en quien deseo ver, como agora el cayado, el cetro alemán y el mundo. Conozco tu grande amor. Yo, que para ti, señor, quisiera un mundo segundo, beso tu mano y tus pies, donde ponerle quisiera. Y yo en ti sustituyera. el verde laurel que ves. ¿Cómo no llegas, Rosaura? Para ser postrera en todo. Estoy estudiando el modo. Llega, humíllate, restaura lo que perdiste en negar la obediencia a CARLOS. Creo que no podrá mi deseo lo que decís disculpar. ¿Yo a ti? No seré tan atrevido que a esta mano reducido tenga el sol que miro en ti. Que aún no quiere mi esperanza servir de mano en lugar que sólo ha de señalar las horas de tu mudanza. Hay un pez que al pese. por el anzuelo entorpece, y tu boca le parece; guardar la mano es mejor. Porque tu boca en mi palma, con la fuerza que te han hecho, irá discurriendo al pecho y dará veneno al alma. Vamos, pastores, de aquí. Hagamos fiestas, pastores. No las puede haber mejores, pues hoy las vacadas vi, que correr cuatro novillos. Bien dices; vamos por ellos. ¡Oh qué suertes hago en ellos! Hoy de juncos y tomillos hago un arco, donde vea el rey la fiesta. Si en ti no reino, Rosaura, en mí no habrá gusto que lo sea. En fin. Conde, ¿mi hija salud tiene? Partí, señor, como mandaste, a Hungría, donde está la bellísima Leonora, asegurando su temor pasado con Ladislao, tan pobre caballero, que se admira tu imperio justamente de que pudiendo coronar la frente de tu yerno, la dieses a quien sabes. Fueronme de sufrir. Conde, tan graves, los pronósticos varios que se hicieron cuando soñó Leonora que salía una vid de su pecho que cubría toda Alemania, que el temor que fuese algún nieto, que tanto mereciese que me quitase el cetro y la corona, quise casarla con tal vil persona, que mi nieto jamás tuviese aliento para poner tan alto el pensamiento. No me ha. salido mal, pues siendo apenas nacido, con ser sangre de mis venas, te le mandé matar, y tú lo hiciste. Señor, no en los pronósticos consiste lo que llaman futuros accidentes, que el cielo sabe derogar las leyes, y más en los sucesos de los reyes. Tu nieto justo fuera que heredara tu imperio, no que el cetro te quitara. Pero, ¿quién sabe si tan cierto fuera? ¿Es libro acaso la celeste esfera? ¿Son letras, por ventura, las estrellas? Y aunque lo fueran, di, ¿qué viste en ellas? ¿Puede leer lo porvenir escrito? Rodulfo, la crueldad confieso, y veo que fue bárbaro entonces mi deseo. Quisiera nieto yo que me heredara, pero no que el Imperio me quitara. Hoy estoy triste; al campo salir quiero. Un jabalí como el que Ovidio escribe, que un tiempo molestaba a Calidonia, dicen que ofende tanto a los vecinos montes, que tiemblan las aldeas todas de su fiereza, porque no se ha visto tan feroz animal. Esta sería. digna empresa de ti. Prevén la gente, que hoy quiero ser un Hércules valiente y adornar de sus bárbaros trofeos el templo de la fama. A tus deseos da corona el valor de tu persona. Segura de mi nieto mi corona, no tengo que temer. Fuera tu nieto en esta edad, señor, hombre perfeto; pero apenas nacido, de ocho días, fue sustento de fieras. pues, VIVO en paz. Justamente, Tu vida el cielo aumente. ¡Mucho mandas! Para ti, que tienes poca obediencia. Rosaura, lo que el rey manda es justo que se obedezca. ¿Qué me manda el rey a mí? Que me quieras. ¿Que te quiera? Y a ti, Fenisa, te mando que me dejes y aborrezcas. Amor no se ha de mandar, porque es amor influencia de las estrellas. Los sabios mandan también las estrellas. Yo mando a las de tus ojos que me quieran. ¡Leyes nuevas, pedir el rey a unos ojos que le quieran! ¡Bien te quejas! Pero troquemos, Rosaura: mándame a mí que le quiera y aborrecerasle tú. ¿Quieres tú que me aborrezca y que te quiera Fenisa? ¿Quién hay que escucharte pueda tales crueldades, Rosaura? Pero ya es razón que tenga su lugar la majestad que vanamente desprecias. Mando a Fenisa desde hoy que me quiera, pues desea quererme, y que tú me olvides, pues de olvidarme te precias. Y porque quiero casarme será reina, y pues es reina Fenisa, Rosaura sirva. ¿Que sirva? ¿De qué te alteras? No ha de ser, Carlos, así; antes, si reinar me dejas, y he sido tan venturosa que ser tu mujer merezca, destierra luego a Rosaura veinte leguas de esta tierra, que para juzgar mis celos es gran piedad veinte leguas. ¿Tú me destierras a mí? No quiero yo que aborrezcas al rey en mis propios ojos: ley es de naturaleza amar al rey los vasallos. ¿Qué más delito y ofensa mayor que no le querer? Consta de historias diversas que mil le dieron sus vidas; tú por lo menos deseas su muerte, pues le aborreces. Si reináis de esa manera, ¿para qué reináis de burlas? Decid que reináis de veras. El rey nos tiene de oír. Óiganos, enhorabuena, pues que no hay mejor juez. ¿Qué es esto? Cierta contienda que traemos Fabio y yo. Pues aquí estoy, proponedla. Yo tenía en mi heredad un novillo que pudiera ser aquel segundo signo que el sol por marzo calienta. Fuese a la heredad de Fabio, Donde la vaca morena, que él la llama de este nombre, rumiaba las verdes hierbas; entró por algunas zarzas, que amor por peligros entra, y hame prendado el novillo. Hice bien, para que sepa que tiene dueño la vaca y que no ha de hacerla dueña. Rústico Fabio, ¿a qué efecto el rudo novillo prendas? ¿No es delito? No es delito; antes es bien que le debas la cría que ha de parir. Si juzgas de esa manera, ¿todos los que tienen hijos en las mujeres ajenas a sus maridos obligan? ¿Eres hombre o eres bestia? Todo lo debo de ser. Ahora bien; haz que me vuelva mi novillo. Haz que me pague unos castrones de jerga que cuando le fui a prendar me rasgó con lindas vueltas. ¿Vueltas te dio? Si le pica, ¿qué había de hacer? No vengas, Fabio, aquí con desatinos. Pues manda, Carlos, siquiera que le corran esta tarde. ¿Es bravo? Como una fiera. Pues córranle, porque hoy quiero que se hagan fiestas a Fenisa, que he nombrado por mi esposa y reina vuestra. ¿Es de veras o de burlas? Sea de burlas o de veras, en los secretos del rey no es bien que nadie se meta. Pon en dos carros un toldo, Fabio, y de juncia y verbena cubre las tablas del suelo, las estacas y las ruedas, para que en ellos estén Fenisa y Rosaura. Alegras el valle con tu alegría. Venid con nosotros, reina, a quien besamos la mano y prestamos obediencia como señora del valle. ¿No vienes, Rosaura bella? Luego voy. Venid, pastores. Carlos, tu poca nobleza conozco de tu mudanza; que no es noble quien se venga. Con Fenisa te has casado; dime tú qué amante hiciera tal bajeza por venganza. Las burlas no son bajezas. ¿Quieres tú reinar conmigo? ¡Ay, cielo, si tú quisieras quererme como te quiero! Dile Amor que se arrepienta; dile que la adoro sola. ¡Desvía, necio, si piensas que celos me han obligado! Fenisa tu reina sea, que quien por otra mujer tan fácilmente me deja, no merece amor ni celos. Escucha. ¿Que escuche? Espera. Después, aunque de burlas, que me han dado de aqueste valle el cetro y la corona, parece que hasta el alma me ha mudado. i Qué espíritu gentil mi intento abona? ¿Quién mueve nuevamente mis sencidos y la humildad de mi bajeza entona? ¿No estaban en el campo divertidos ganados, viñas, trigos y labranza, y a la alta fama y ambición dormidos? ¿Quién ha sembrado en mí tantas mudanzas? ¿Quién me ha hecho pensar armas y guerras y sacar de los sueños esperanzas? ¿Pero qué importa que estas altas sierras, atapados de nieve los oídos, sentadas para siempre en verdes tierras, escuchen pensamientos tan perdidos, de quien se van riendo los cristales que bajan de sus peñas divididos? ¿Qué es lo que llaman guerra y generales, trompetas, cajas^ pífanos, banderas, espadas, lanzas, armas y reales? Yo lo imagino en mí no tan de veras como debe de ser, ni los galanes soldados de escuadrones por hileras. Esto de gobernar los capitanes cuando están los ejércitos enfrente, presuponiendo turcos y alemanes, me parece que tengo tan presente, que por satisfacer este deseo quiero ordenarlos ignorantemente. Sean todos los árboles que veo soldados de un ejército, que emprenden de una conquista el singular trofeo. Los que de aquella parte ramos tienden a manera de lanzas sean contrarios, que el paso de este monte nos defienden. Para poner los medios necesarios es menester consejos; los consejos, ¿quién duda que en la guerra serán varios? Hablen primero los que son más viejos: —¿Paréceles, señores, que acometa, pues ya las armas son del sol espejos? —Acometed, pues toca la trompeta. Salgan ducientos hombres desta parte; ya el escuadrón contrario se inquieta. Ya con el sal del belicoso Marte reciben otros tantos vuestra gente: entren con orden, que la guerra es arte. Salgan estos caballos brevemente, que salen los contrarios animosos.; Allí socorro, capitán valiente! —Al arma, al arma, turcos valerosos! (dice el contrario). El nuestro le responde: —¡A ellos, alemanes generosos! ¡Aquí, Marqués, aquí; seguidme, Conde I Huyendo van. ¡Victoria! ¡Mueran, mueran! La noche los ayuda, el sol se esconde. ¿Qué es esto? ¿Estoy en mí? ¿De qué me pensamientos de guerras? ¿Estoy loco? [alteran ¿De un labrador tan rústico qué esperan, tan alto imaginar, poder tan poco? Todos te están esperando, y la reina en su balcón, que ya está el sol envidiando. ¿Qué balcón? Dos carros son, que el uno al otro juntando flores, juncias y espadañas, rojos lirios, verdes cañas, tales ventanas han hecho, que son, con rústico techo, palacios de estas montañas. El novillo (que a mi vaca hizo amores), tan valiente, fuego de los ojos saca, que ni las garrochas siente ni con los silbos se aplaca. Como el campo se le antoja, la barba en las tapias hinca, ¡Voto al sol aun si se enoja que han de ver cómo las brinca y que en la plaza se arroja! Pascual, que no suele dar en correr y aun en volar ventaja a los aires frescos, por no guardar los grigüescos dio risa a todo el lugar. Ven, para que des licencia; verás que no le acobarda ni hierro ni resistencia. Voces dan. ¿Qué es esto? Aguarda, que me parece pendencia. ¡Preso digo que has de ser! ¡Yo no quisiera matarle! ¡Hola! ¿Qué es eso? Señor, vuestra majestad le mande que se dé a prisión. Timbreo, ¿qué has hecho? Si por guardarme maté al novillo, ¿qué debo? ¿Pues es bien que tú le mates y que nos quites la fiesta? No pude (ansí Dios te guarde) detener el chuzo al golpe. Prendedle hasta que le pague. ¿Cómo prenderme? En las burlas manda tú, mientras te hacen para sólo entretenerse rey los pastores del valle; pero en las cosas de veras, en la villa hay dos alcaldes, que si yo fuere culpado allá sabrán castigarme. ¿Hay tan grande atrevimiento? ¿Este te parece grande? ¿Pues no eres tú rey fingido? Pues, villano, ¿agora sabes que aun siendo fingido el rey debe siempre respetarse, y que basta sólo el nombre y la sombra de su imagen? En oyendo decir rey no preguntes quién le hace, pues lo son cuantos le sirven de justicia en las ciudades. ¿No dicen: "¡Ténganse al Rey!" cuando no quieren que pase, y se tienen, aunque está en sus palacios reales? Pues, villano, tente al rey, que basta que me lo llamen para que tengas respeto. Yo no pienso respetarte más que en lo que pide el juego. ¿Esto lo sufro? ¡Azotadle! ¿Cómo azotar? ¡Suelta el chuzo, o vive Dios que te mate! ¿Cuántos mandas que le den? Dadle tantos, que le salte la sangre. Timbreo, perdona. ¿Burlaste? ¡Lindo donaire! Mientras que se burla o no, te pienso poner las carnes como ruedas de salmón. ¡Señor!... ¡No hay señor! ¡Llevadle! ¡Qué notable aspereza de montañas I No puede ser mayor si consideras las fieras que la habitan, más extrañas que las del indiano Gange en las riberas. Aquí pudiera Alcides sus hazañas hacer mayores derribando fieras. Y aquí puedes ser tú segundo Alcides si tu valor con tus hazañas mides. Ninguna fiera tiene aqueste monte que iguale a las reliquias de mi nieto, ni en cuanto nos descubre su horizonte si viviera animal tan imperfeto. La parte. Conde, a señalarme ponte en que le diste muerte. ¿De qué efecto puede servirte su memoria agora, cuando Alemania su heredero llora? ¿Es poco verme libre de un tirano? Aquí, señor, le truje; este es el puerto donde en su vida ensangrenté la mano, por tu servicio a tal crueldad dispuesto. No las flores de nácar al temprano almendro arrebató cierzo tan presto, ni ansí cayó la blanca dormidera, marchita al sol, que en julio persevera, como el pecho inocente al golpe duro del acero cruel, que volvió rosas las azucenas, que bañaba el puro rojo licor a manchas tan hermosas. Aún agora, señor, tierno, procuro el paso resistir a las piadosas lágrimas y no puedo; algunas caen, tal es la fuerza que del alma traen. Dejemos esto, y dime qué has sabido del fiero jabalí que a matar vengo. Que un labrador valiente y atrevido, de cuyo nombre alguna fama tengo, con un venablo le dejó tendido. Pues de esa suerte, ¿para qué prevengo cazadores y redes? Otras fieras te ofrecen estos montes y riberas. ¡Traidor Carlos, yo iré donde tu maldad castigarán! Parece que voces dan entre estos álamos. Conde. No se quejando mujer, no mueve a tanto cuidado. En un monte me le ha dado; ¿qué puede ser? Ya de los álamos sale maltratado un labrador. Detente. ¿Quién sois, señor? Todo el Imperio te vale. Aquí está Su Majestad. ¿El Emperador? Conde, ¿Qué dudas? Toda mi tristeza mudas. Señor, justicia y piedad: justicia para un traidor, piedad para mí. ¿Quién eres? Dime el caso y no te alteres. Estadme atento, señor. Los verdes campos en quien se funda esta gran montaña, como las venas de un cuerpo se siembran de humildes casas. Todas son de labradores; pienso que viniendo a caza habréis visto algunas veces sus ganados y labranzas. En fin, el valle de Cleves todo este contorno llaman, fértil de valientes mozos, dispuestos para las armas. Entre ellos el que mejor los pensamientos levanta a empresas dificultosas, en que hace a todos ventaja, mató Un fiero jabalí a quien sujetos estaban, como a tempestad los campos, hasta la fruta en las ramas. Hiciéronle rey por esto, y vino a tanta arrogancia como si fuera de veras la obediencia que le daban. Mandó hacer fuentes de arroyos que de la alta sierra bajan, donde las mujeres pueden coger fácilmente el agua. Mandó que los labradores tuviesen lanzas y espadas; hizo escuadrones las fiestas y mandaba ejercitarlas. Ha hecho para los toros una plaza grande y llana, donde hace también que diestros luchen y tiren la barra. ¡Ay del que no le obedece! Pues porque yo esta mañana dije que era rey de burlas é me respondió que bastaba para respetar al rey el nombre que le llamaban. Finalmente, me mandó azotar atado a un baya, donde sus fieros ministros me han escrito en las espaldas con dos manojos de mimbres la historia de sus hazañas. ¿Hay cosa semejante? ¡Vive el cielo, Rodulfo, que me ha hecho, con ser como un diamante, temblar el alma y afligir el pecho, y con penas mayores a mis sospechas añadir temores! Parte por el villano que tiene tan extraño pensamiento. En este verde llano quedaba agora. Voy, y no contento, que temo que éste sea a quien Enrique tanto mal desea. Mas no será posible, que bien sé yo que es muerto. ¡Extraño caso! ¡Ay, cielo inaccesible, para vuestros secretos no halla paso la corta humana ciencia, ni a vuestra voluntad su resistencia! Pero si el desengaño llegare a hacer verdad lo que imagino, remedio tiene el daño, pues le podré matar. ¡Qué desatino, qué vil temor, si es cierto que a manos de Rodulfo quedó muerto! Llegad todos a sus pies. Gran señor, si os ha enojado la relación que os han dado, sabed que de burlas es. Tú, que la culpa tuviste, ¿cómo llegas el postrero? Porque ver despacio quiero el Rey que a ver me trujiste. ¿Pues qué tienes tú que ver en el Rey? ¿Qué estás mirando? Quiero saber si imitando le he podido parecer. ¿Eres tú aquel labrador fingido rey desta villa? Yo soy. Hinca la rodilla. ¿Cuándo habéis visto, señor, que un rey a otro rey se humille? ¿Hay tan vana presunción? ¿El de burlas no es razón que al de veras se arrodille? Ansí, señor, es verdad: esto, finalmente, es juego. Deme los pies. Llega. Llego. Vuestra invicta Majestad... Espanto me ha dado el verte. ¿Tu nombre? Carlos, señor. Creciendo va mi temor. ¿Carlos tú? ¿Pues de qué suerte, siendo un pastor, te llamaron Carlos, nombre para un rey? Si lo soy, fue justa ley, y no presumo que erraron. ¿Dónde está tu padre? Es muerto. ¿Y siempre aquí te crio? No he visto más tierra yo que aqueste monte desierto. ¿Por qué mandaste azotar a este mozo? Fue razón. que al rey en toda ocasión se ha de obedecer y amar. No eras tú rey. Un retrato de un rey es menos que yo, y pues no me respetó, como merece le trato. Porque si de piedra viera la imagen de un rey bastara para que la respetara y que temor la tuviera. Y es más llano que la palma que el castigo mereció, pues más soy que piedra yo, que al fin soy un rey con alma. Y por decirle verdad, no lo hiciera si creyera que había de haber quien pidiera tal cuenta a la majestad. Que del bien o el mal de acá por cosa cierta tenía que sólo Dios les pedía cuenta a los reyes allá. Muy bachiller me pareces. Todo esto, señor, ha sido sólo haberte entretenido, ya que a los campos te ofreces. Rodulfo. Señor. ¿Qué es esto?, ¿Pues qué quieres tú que sea? Un labrador bien hablado, que hasta la más corta aldea produce algún hombre aparte. ¿Pues hay aquí diferencia De este rostro al de mi hija? No es posible que parezca este rudo labrador a su divina belleza. Ea, Conde, que estás culpado en la lealtad y obediencia, y porque no te castigue lo que es tan claro me niegas. Ea, habla. El rosto, el semblante, es de No tengas de mi lealtad, pues no es justo sin causa injusta sospecha. Tu nieto es muerto, señor; no es posible que éste sea. ¡Mientes, Conde; este es mi nieto! Señor... Invenciones deja. Bien sabes tú que los hijos, por ley de naturaleza, parecen más a las madres, como a los padres las hembras. Este es un vivo retrato de Si éste fuera, no te le trujera el cielo donde matarle pudieras: que él le supiera guardar. Señor. Mal te empleas en los campos. Ven conmigo, porque desde agora puedas ejercitar el valor en actos de más nobleza. Beso mil veces tus pies. Cielos, a piedad os mueva la que tuve en este monte con tan humilde inocencia! Aplacad al fiero Enrique, que los temores que lleva no me aseguran la vida. En fin, ¿te vas y nos dejas? ¡Ay, cielos! ¿Adónde vas? Carlos, oye. En tanta fuerza, Rosaura, ¿qué puedo hacer? Oye aparte. Puedo apenas. Cuantos desdenes has visto, cuantas vanas resistencias, fueron prueba de tu amor y celos de mis sospechas. Como el alma te he querido, que sola, Carlos, tu ausencia pudiera en mi condición confesar. Mi bien, espera. Di Io demás. No es posible, las lágrimas no me dejan. En las niñas de los ojos se le quedaron las perlas. ¿Puedo yo hablarte? No sé, que allí llora quien me lleva el alma. ¡Carlos, traidor, con desprecios me consuelas! Aunque rústico, no puedo dejar de darte mis quejas. Ya sabes nuestra crianza. Antes te ruego que vengas a acompañarme en la Corte. Dame mil veces la tierra de esos pies. Adiós, montañas; adiós, prados; adiós, selvas; que ya vuestro rey de burlas os quita otro rey de veras.

JORNADA SEGUNDA

Que te has de ablandar espero por lo que Carlos merece. ¿Que tan gallardo parece en traje de caballero? Es un traslado, señor, de tu heroica gentileza. - Quitándole la cabeza, me parecerá mejor. No es cosa digna de ti; fuera de que puede ser no ser tu nieto y poner la mano en su sangre ansí. Será incitar la piedad del cielo con su inocencia. ¿Pues en qué se diferencia de mi Leonora? Es verdad; pero si tu entendimiento se diese alguna razón que fuese satisfacción de todo tu pensamiento, ¿matarías a Carlos? - No. Mas- ¿qué razón puede haber bastante a satisfacer lo que estoy temiendo yo? Octavio y otros la han dado por justa seguridad de tu vida y majestad. La afición os ha engañado. ¿Qué temes? Que cuantos sabios tiene Alemania dijeron, cuando el nacimiento vieron de este autor de mis agravios, que me había de quitar el imperio. Pues advierte que se cumplió. ¿De qué suerte? ¿Pues no le viste reinar entre aquellos labradores cuando al villano mandó que le azotasen? Si yo puedo perder mis temores con quitarle aquí la vida, ¿quién me mete en presumir que se viniese a cumplir en su corona fingida la que temo verdadera? ¿Matar un ángel, señor, obedeciendo al temor que en tu valor persevera, y en ofensa de quien eres? Obligue a tu Majestad el ver que desta piedad el favor del cielo infieres, y el contento y alegría que Leonora, mi señora, ha de tener viendo agora - la prenda que ya tenía muerta en su imaginación. Vuestro consejo me agrada tanto, que envaina la espada de mi justa indignación. Reinando Carlos se vio entre villanos; yo vi su cetro, y pienso que ansí cuanto han dicho se cumplió. Ya no queda qué temer. E:mper. De suerte estoy satisfecho, que has obligado mi pecho; mercedes te quiero hacer: hoy has de comer conmigo. ¿Yo, señor? Conde, es muy justo honrarte, estimar tu gusto y tenerte por amigo, Carlos irá presto a ver a sus padres. Tú verás cómo te aseguras más y que no hay más que temer. Ladislao, su padre, es pobre: ¿qué aliento, qué gentileza quieres que en tanta pobreza Carlos, desterrado, cobre? Bien dices; a pocos días que esté aquí se le enviaré. Ven a comer. Hoy pondré fin a las sospechas mías. Conde. ¡Oh qué bien se le ha quitado el temor! Era injusto en su valor y en su religión también. Vete con él, porque a mí por sospechoso me tiene. Inocente Carlos viene: vivirá Carlos por ti. ¡Hayas del monte, en que piedad tan justa dio vida a quien mataban los consejos de un astrólogo vil; sombrosos tejos, que infame vistes la grandeza augusta; encina, en cuya bárbara y robusta corteza vi sus ojos como espejos, a los rayos del sol surtir reflejos, lágrimas de que el ciclo tanto gusta, ¿qué se hizo el niño, que al llorar suave movió las piedras? ¿Quién le puso el nombre? ¿Quién le guardó, si es éste ilustre y grave? Pero no será justo que me asombre, que lo que guarda Dios El mismo sabe cómo se libra del poder del hombre. (Salen Carlos y Fabio en hábito de cortesanos.) ¿Tanto te afliges? No sé cómo lo pueda sufrir. Pues aquí se ha de vivir desta suerte. No podré, si me da el Emperador un reino, tener dos días estas calzas y estas chías. ¡Bien se te luce el valor! !Mira que todas las cosas son costumbre y ejercicio, sea en la virtud o el vicio. En ti, Carlos, son forzosas y parecen naturales; pero en mí violencias son. O nace de mi afición, o él tiene prendas reales. ¡Qué persona! ¡Qué presencia! Aquí está el Conde. Es verdad. Ponte grave. Es necedad y en mi talle impertinencia. El que saben que es villano, ¿para qué se hace señor? Porque el humilde al favor va por camino más llano. Nadie se suba más alto conde.; de lo que puede alcanzar, porque no se venga a hallar del favor del cielo falto. Que los que no consideran dónde los soberbios paran, menos aprisa bajaran si más aspacio subieran. Carlos, ¿cómo va de traje? Ya, señor Conde, lo veis. Parece que le tenéis por nobleza y por linaje; de suerte que no parece que otro tuvistes jamás. Para que me anime más vuestro valor me engrandece. Muy contento está de vos el Emperador. Lo creo, que ha visto mi buen deseo. Dios os guarde. Guárdeos Dios. ¡La gravedad y el valor que muestra! ¿Qué dudo ya? Él es; de su parte está la piedad contra el rigor. Este ilustre caballero es el que me honra aquí con más gusto. Cuando en ti tanto valor considero, naturaleza me admira: - almas, en efecto, son fin, grandeza y perfección, que lo demás es mentira, ¿Cómo hablas de ese modo tú que ayer el campo arabas? Y tú que ayer le pisabas, ¿cómo eres un rey en todo? Este libro de palacio me enseña. También a mí. Aunque hay escuelas aquí, requiere su estudio espacio. No seré tan venturosa. Pocas veces amor tiene tanta ventura. Aquí viene una labradora hermosa. ¡Ay, Dios! ¿Si es aquél? No es él. Mas, ¿qué dudo? ¡Oh cuánto muda, que todo es mudanza en él! Para mi daño le encuentro mudado y desconocido, si corresponde al vestido el alma que tiene dentro. Aunque en este traje estoy, me voy, Fabio, tras mi aldea. ¡Cosa que Rosaura sea!... ¡Ay, cielos, a hallarla voy! Justamente cubre el velo, - labradora celestial, ese rostro, al cielo igual, para que se mire el cielo, que deslumbrará la vista su luz. ¿Ya habláis cortesano? ¡Rosaura! Tened la mano. No quiere amor que resista con el respeto el placer de haberte visto, señora. ¿Dónde desta suerte agora? ¿Por dicha viénesme a ver? ¿Es esto para que crea lo que partiendo decías, que secreto amor tenías? ¿Cómo dejas el aldea?' ¿Cómo vienes a la Corte? ¿A quién buscas? ¿Dónde vas? ¿Qué puede haber donde estás que tanto a tu vida importe? ¡Notable modo de amar: declararse ausente el bien! ¡Ay, Carlos! Yo vi también llover un cielo o llorar. Y aunque es verdad que pudiera darme lágrimas venganza, antes puse mi esperanza en que verdaderas eran. Que cuando una mujer llora por hombre que ha de perder, señales deben de ser de que le estima y adora. Sí estimo, Carlos, pues ya contigo me declaré; fuerza de tu ausencia fue, pero ya vencida está.- Que aunque es verdad que he llorado bien de haberte perdido, tal el imposible ha sido que en parte me he consolado. Que no me pudo obligar a lo que miras agora, pues sola una vez se llora lo que no se ha de cobrar. Vine a la ciudad acaso, y aquí de camino a verte. ¡Que aún me trates desta suerte! ¿Hay tal desdén? Habla paso, que vengo a restituirte ciertas prendas que tenía tuyas el último día que pienso verte y oírte. Desconfiada de hallarte entre tanta ilustre gente, esta cestilla en presente pensaba, Carlos, dejarte. Poro ya que estás aquí, allá lo verás mejor, que son prendas de tu amor y ya no son para mí. Estos dos zarcillos son que en una lucha ganaste y con Fabio me enviaste; este papel, la canción que en mi alabanza escribiste, y que a mi puerta cantó Silvano, aunque entonces yo gustaba de verte triste; estas cintas unas fiestas me presentaste viniendo de la ciudad, presumiendo menos amor que me cuestas, y éste un lienzo en que venían algunas frutas y flores, que con diversos colores cuadros de jardín le hacían. Quien esto, Carlos, guardaba, no estaba libre de amor, que nunca guardó favor quien al dueño no estimaba. Hasme dejado a la muerte, y en última voluntad te vuelve a dar mí verdad las prendas que no han de verte. Y pues [que] ya te persuades, adiós, que en tu guarda sea, que mejor es una aldea para llorar soledades. ¡Eso no! Detente, mira... ¿No ves que el aire detienes? ¡Ay, verdaderos desdenes! ¡Ay, amor, todo mentira! ¿Has visto tal condición, Fabio, en ninguna mujer? Suelen algunas querer, y quieren con invención; que todo es fingir desdén, dar pesares, dar enojos, y el corazón en los ojos afirma que quieren bien. Yo te digo que ella, venga más de mil veces aquí. Si ella viene, Fabio, a mí no quiero que amor me tenga. Hay aquí mil caballeros: peligro corre su honor. Eso no, que su rigor tiene divinos aceros. ¿Oro y diamantes qué harán? Quedar necios y vencidos. ¿Pues no serán admitidos? De la virtud no podrán. Con mujeres de valor nunca puede el interés; el amor sí, que al fin es oro del alma el amor. De cien mil mujeres una No se rinde de ese modo; amor sí lo vence todo, que el interés a ninguna. De la merced, señor, que he recibido este dichoso día de tu mano, quedaré para siempre agradecido. Conde, los caballeros que se precian de ser leales al señor que sirven, merecen estas honras y otras muchas. ¿Pues qué mayor que merecer tu mesa? Fabio, vente conmigo, que no puedo dejar volver así mi amada ingrata. que amando y olvidando siempre mata. Tanto afligirte su desdén desea, que ya debe de estar junto al aldea. ¿Has comido a tu gusto? No presumo, dejando aparte, gran señor, la honra, que pudieron los Césares romanos, de quien se escriben mesas tan espléndida: hallar tal variedad y tal grandeza. Antes te engañas, que una cosa sola has comido en mi casa; bien que ha sido de diferentes modos. En mi vida pude decir que estuve más contento. Pues todo ha sido un animal, que en parte has comido en guisados diferentes. ¡Hola! Traedle luego la cabeza. Si fuera ave, pensara que era el Fénix; siendo animal, no sé cuál es; mas creo que excede al pensamiento y al deseo. Aquí está ya la cabeza. Descubre ese tafetán. ¡Grandes temores me dan! ¡Desmáyame la tristeza! ¿Conócesla? Tu grandeza, si el temor no me ha engañado mi propio hijo me ha dado. Este es mi hijo, señor, que el cabello y el dolor me )o han dicho y declarado. ¿Qué quiso tu Majestad hacer en esto conmigo? Conde, un ejemplar castigo de tu injusta deslealtad. Al Rey tratarle verdad. servirle con esperanza del premio que el bueno alcanza; que de quien el Rey se fía es traición y alevosía engañar su confianza. Aquel niño que te di dejaste vivo, Rodolfo, y a mí de miedo en el golfo que estoy pasando por ti; por eso tienes aquí el castigo que mereces. Aprende para otras veces, que los reyes bien servidos han de ser obedecidos como supremos jueces. Al rey, que puede mandar y lo que quisiere hacer, sólo se ha de obedecer, que no se ha de examinar. Si te mandara matar tu hijo, en dolor tan fuerte disculpa el amor advierte; pero en las prendas mías, ¿qué sacrificio me hacías para excusarle la muerte? Bien, dicen que un gran dolor ocupa de suerte el alma, que está el sentimiento en calma, y más si es dolor de amor. ¿Qué romano Emperador quieres, arrogante Enrique, que a tus crueldades aplique? ¿Cuál canto darán mis ojos con que mis penas y enojos a cielo y tierra publique? ¡Ay, hijo de mis entrañas, que habéis vuelto a estar en ellas, poderoso a enternecerlas si fueran duras montañas! ¡Qué dos tan varias hazañas hay en Enrique y en mí! La vida a su sangre di y él a mi vida la muerte, que dice que desta suerte traidor y rebelde fui. ¿Qué haré, cielos? ¿Si podré vivir en tanto tormento? Todos viven con sustento, y yo con él moriré. ¿De qué suerte ver podré a la Condesa mi esposa? ¿Podré escucharla quejosa? ¡Cielos, cielos, socorredme, o matadme, o detenedme para una hazaña piadosa! ¿Dónde vas con tal furor? Carlos, tú solo pudieras detener las manos fieras de un hombre ciego de amor. ¿Pues tú con tanto furor? No voy menos que a matar a Enrique. í No has de pasar desta puerta, vive el Cielo! ¡Bien pagas mi justo celo! ¿Pues qué te debo pagar? Retírate y dame aquí, Carlos, atención un rato, que no pagarás, ingrato, lo que padezco por ti. Sosiégate. Escucha. Di. Ten secreto, que te importa la vida. El prólogo acorta, que hay más que piensas en mí. Carlos, el bárbaro Enrique, que no merece otro nombre, señor de este grande Imperio, cabeza de todo el orbe, sólo una hija ha tenido; la cual, soñando una noche que de su pecho salía una vid alta y conforme, cuyos lazos adornaban toda Alemania, informose de astrólogos, que dijeron que aquella vid sería un hombre que le quitaría el cetro. Enojado el Rey entonces, casó a Leonora su hija con un caballero pobre, porque lo que del naciese tuviese iguales acciones. Pero volviendo a soñar otras quimeras disformes, aguardó el parto, esforzando los sabios más sus temores. Parió Leonora, y Enrique, JORNADA SEGUNDA 235 siendo su paje, llamome, y encargándome el secreto, con iguales prevenciones, me dio el niño en unos paños, para que, llevado a un monte, con su muerte perpetrase una maldad tan inorme. Tomé el pequeñuelo infante sin intención que le corte solo un cabello mi espada, por más que el temor me asombre. Llego al pie de la montaña, entre las once y las doce, para trasladar al niño desde mis brazos a un roble. Mas él, con los ojos bellos tan tiernamente mirome, que parece que me estaba diciendo dulces amores: "¡Ay, Conde, tenme en los brazos; tenme, no me dejes. Conde; mira mi inocencia humilde, alma tengo, no me arrojes!" Yo entonces, tierno muchacho, con dos fuentes a sus soles ofrecí lágrimas tristes diciendo: "¡Mi bien, no llores!" Torno a cogerle en mis brazos, y porque nadie me tope hacia todas partes miro entre tantas confusiones. Allí bramaba una fiera; allí por las peñas corre; allí de los dos al llanto piadoso el eco responde. Ya se mostraba en las nubes, Carlos, la luna triforme, y apenas el sol cubría las líneas del horizonte, cuando al descender un valle un labrador me socorre, conocido de mis padres y conocido en la corte. 'Encubro al niño; mas él, con lágrimas descubriose. Dígole que es de una dama, y entre los brazos le coge, porque su mujer había, con excesivos dolores, parido un muchacho muerto, y quiere que así le cobre. Pasados algunos días, que no hay cosa que no borré el tiempo, que los sucesos, como el mar las naves sorbe, serví al Rey en la Valaquia, y fui de sus escuadrones general algunos años contra los turcos feroces. Cáseme, volviendo a Cleves, que quiere Enrique que honre mi casa y antigua sangre la Duquesa de San Jorge. Diome el cielo un hijo, Carlos, que era destos ojos norte. Aquí te ruego, ¡ay de mí!, que las lágrimas perdones. Diéronle noticia a Enrique que andaba por estos bosques un jabalí, más cruel que el que dio la muerte a Adonis. Salió a matarle arrogante, cuando tú, rey de pastores, mandaste que a un labrador, por inobediente, azoten. Quejose al Rey; lo demás ya lo sabes. Convidome hoy a comer. No te admires que a estar loco me provoque, pues al fin de la comida me dio por sangriento postre la cabeza de mi hijo, diciendo: "¡Infame, esto come quien no obedece a los reyes y en tal confusión los pone!" Yo entonces, que en referirlo el corazón se me rompe, respondo humilde; él me deja a que del alba desfogue por los ojos el veneno. Resuélvome, dando voces, a darle muerte; mas quiere el cielo que me reporte. Tú eres, Carlos, este nieto de Enrique; tú, Carlos noble, hijo de Leonor, su hija. Escucha y no te alborotes: mira que quiere matarte, ya sus crueldades conoces, porque teme que si vives de su imperio te corones. Y advierte que aunque es tu sangre no hay pórfido, jaspe o bronce como sus duras entrañas. El cielo tus años logre, que si no es que tu fortuna su fiera envidia interrompe, espero que su laurel tu frente dichosa adorne. ¿Cómo podré responderte? ¿Con qué voz quieres que hable, en confusión tan notable, de mi vida y de mi muerte? ¿Nieto soy de Enrique, y yo hijo de Leonora? i Ay, cielos! ¿Qué necia envidia, qué celos tan cobardes admitió en su loco pensamiento, por consejos de hombres vanos, para ensangrentar las manos, sin razón, sin fundamento, en mí inocencia, en efecto, de los cielos defendida? En peligro está tu vida: huye, Carlos, con secreto. No te puedo acompañar, por no dejar la Condesa; Dios sabe lo que me pesa. Si el Rey me quiere matar. ¿adónde tengo de huir? ¿Qué fuerzas puedo tener que me puedan defender? Temo que nos han de oír. Hablemos, Carlos, después, que si me viese contigo ha de pensar que te digo, por venganza o interés, toda la pasada historia. Si yo vivo, tú verás que el hijo muerto hallarás en mi obligada memoria; porque seré eternamente tan hijo tuyo en amor, que se te olvide el dolor de aquella sangre inocente. Con lágrimas respondiera a tu tierno ofrecimiento si para mi sentimiento lugar el temor me diera. Los cielos, Carlos, te den vida a tu inocencia igual. ¡Qué aprisa que viene él mal! ¡Qué despacio llega el bien! A un tiempo sé la grandeza de mi sangre y la ocasión de mi muerte sin razón. ¡Oh error de Naturaleza! ¿Que persiga la crueldad de un padre a un hijo inocente por conservar vanamente del cetro la majestad? ¿Qué haré? ¿Mas qué puedo hacer Si mi vida a un rey ofende? Si el cielo no me defiende, ¿quién me podrá defender? Aquí está CARLOS. Pienso que conoces, Carlos, mi amor. Tus pies invictos beso, que de estado tan vil me has levantado a la grandeza de tan noble estado; mas yo te digo que jamás me olvide de los principios de mi humilde vida: del monte, de la selva y los pastores, para más humildad de mi bajeza, aunque me pongas en mayor grandeza. Carlos, porque tu buen entendimiento me obliga a honrarte por el mismo estilo, sabe que quiero darte oficio noble de embajador, que es muy conforme en todo a tu genio y valor, término y modo. No cosas de república, que ignoras, enseñando a pastores, como dices; ni contratos de paces y de guerras, suspensión de armas o volver de tierras. A Leonora, mi hija, y sola mía, tengo casada, Carlos, en Hungría; que la visites de mi parte quiero, y a Ladislao, un noble caballero, cuya virtud le dio tan alta prenda. Aunque de tal oficio soy indigno, haré con obediencia y con cuidado lo que me mandas. Parte, que las cartas y todo lo denlas tienes a punto. Tus pies beso mil veces.—¡Cielo santo, dejadme ver mis padres! Mas sospecho que es ocasión para pasarme el pecho. Mas como llegue ya donde los vea, venga la muerte, y lo que fuere sea. ¡Qué contento que parte! Está inocente. Con mi seguridad no hay inocencia. Su ingenio, su virtud y su persona eran dignos, señor, de tu corona. Octavio, la obediencia y el silencio son los preceptos, las mejores leyes para servir, para obligar los reyes. ¡Ce, Octavio, Octavio! ¿Quién es? El Conde soy. Conde amigo, el cielo mismo es testigo que supe el caso después de haber Enrique mandado ponerle en ejecución, y que tu pena y pasión he reprendido y llorado. Ya es hecho; mira el valor a que te obliga quien eres. ¡Ay, Octavio, ya no esperes valor en tanto dolor! Pero ya por mi lealtad, ya por mi poco poder, respeto es fuerza tener a la mayor majestad. Lo que quería de ti es saber adónde envía a CARLOS. Dice que a Hungría. ¿A Carlos a Hungría? Sí, en forma de embajador de sus hijos; pero creo que es todo con mal deseo de ejecutar su rigor. ¿Matarale en el camino? Allá pienso que será. En grande peligro está. Mira, Conde, que imagino que te ha de costar la vida esta defensa. No sé cómo lo sufra. ¿Por qué? ¿Por qué dices? Porque impida que de aquesta ejecución resulte al imperio nuestro tanto mal. ¡Qué poco diestro te tiene ya la pasión! En las materias de Estado, si en el imperio no queda quien le herede, habrá quien pueda quitársele. No es cuidado que primero movimiento ha causado en mí codicia: la inocencia y la justicia de Carlos defiendo y siento. Si yo le puedo avisar, si le puedo defender hasta morir o vencer. Octavio, le he de ayudar. Mira que es notable error e ignorancia conocida. O me ha de costar la vida, o he de verle Emperador. ¿Pensaste con ir muy vana que le habías de atraer, o que eras ya su mujer, transformada en cortesana? ¡Ay, Rosaura, que no en vano mormura toda la aldea! ¿Quién hay, Fenisa, que crea tu pensamiento liviano? Yo fui, como suelo, allá por cosas que he menester, que no fui para traer a Carlos de donde está. Puesto que si yo quisiera, no sigue al norte el imán (tus celos no lo creerán) como Carlos me siguiera. Y para darte pesar, no vive allá tan despacio: por mí dejará el palacio, presto volverá al lugar. Aunque porque no le veas no quiero que venga acá, yo sabré buscarle allá porque de veras lo creas. De tu libertad lo creo, no lo creo de tu amor; mas, ¿qué has hecho del rigor de aquel tu honesto deseo? ¿Cómo estás tan olvidada de tu soberbio desdén? Porque ya le quiero bien, de tus celos incitada. Que a enternecer la dureza de mi dura condición tu envidia fue la ocasión, que no fue su gentileza. Y por dártela mayor, yo me casaré con él. Mucho te prometes del con necio y ausente amor. Que con ser quien ha querido, a decir no me atreviera que en tal estado pudiera volver a ser lo que ha sido. ¿A ti te ha querido? ¿Cuándo? Cuando fui reina con él. Por ser yo a Carlos cruel te quiso Carlos burlando. El burlarse fue de ti. ¡Muy necia estás! ¡Tú lo eres, pues aborrecida quieres que yo lo piense de mí! Carlos será mi marido; presto lo verás. ¡No haré! ¡A qué buen tiempo llegué! Tú seas muy bien venido. ¿Visitaste a Carlos? Sí. ¿Hablástele de mi parte? Hablele; y por no cansarte, notables mudanzas vi. ¿En su amor? No. ¿Pues en qué? En su estado. ¿De qué modo? Para ti se acabó todo; esto he visto y esto sé. ¿Quién duda, si es para mí, que para ti se acabó? Antes imagino yo que es lo mismo para ti. ¿Qué dices? Que es Carlos nieto de Enrique el emperador, y de madama Leonor hijo, y tan roto el secreto, que en toda la corte ya no se trata de otra cosa. Será Rosaura su esposa, casada con él está. Carlos será mi marido, presto lo verás. Bien haces si por mí te satisfaces, de lo mismo que has perdido. ¿A ti te ha querido? ¿Cuándo? Cuando fui reina con él. Por ser yo a Carlos cruel, te quiso Carlos, burlando, Por lo menos, si quisiera dar ocasión a su amor, siendo Carlos labrador con él casada estuviera. Y aun soy tan loca, que creo que rey también lo será. No lo creas, que ya está con diferente deseo. No haya más. Espero en Dios verle mío. ¡Loca está! Yo pienso que no será de ninguna de las dos. Esto me escribe, señora, vuestro padre. No lo entiendo. Escuchad la misma carta que en grande temor me ha puesto "En forma de embajador irá un caballero a veros que de Cleves os envío, gallardo y gentil mancebo, pero culpado en traidor a mi vida y a mi cetro. Y por poderle matar con más secreto y silencio le envío con ese engaño: dareisle la muerte luego y por vuestra propia mano." Lo demás, Leonor, no leo por la pena que me ha dado, por la confusión que tengo. ¿No tenía ese cruel, ese tirano sangriento, que echó mi hijo, sin culpa, a las fieras de un desierto, un hombre que allá pudiese matar ese caballero? ¿Qué invención es esta agora? Importar tanto el secreto debe de ser la ocasión. ¡A notable tiempo vengo! Juntos están. ¿Qué te turbas? Buena ocasión. Llega. Llego. Vuestras Altezas me den los pies. Levantaos del suelo. Como si viera a mis padres, respeto y amor les muestro. El ser príncipes tan grandes te mueve a amor y respeto. Turbado estoy de mirarle. Y yo de suerte me siento, que me ha dado el corazón mil golpes dentro del pecho. Como tengo de matarle, esta alteración me ha puesto. No sé, Fabio, de qué causa estoy tan necio y suspenso. Dale las cartas y di a lo que vienes. No creo que lo he de saber decir. Lo mismo pasa por ellos. Valeroso Ladislao y señor mío, este pliego es del grande emperador Otra vez os beso los pies y digo, señores, que de Cleves vengo a veros de su parte. Estoy temblando; y con saber que le tengo de matar, lo que parece más que razón desconcierto, me muero por abrazarle ¿Posible es que este mancebo ha sido traidor a Enrique? ¿Dónde? ¿Cuándo o a qué efecto? ¡Qué linda presencia y voz! ¿En un rostro tan honesto cupo traición, cupo agravio de un rey? No es posible. ¡Ay, cielo! ¿Qué tiene que ansí me mueve? Viene a morir y deseo su vida como la mía. Señora, si me detengo en llegar a vuestros pies no es descortés pensamiento sino suspensión del alma, que entre amor y atrevimiento me tiene fuera de mí. Que me debéis os prometo una grande inclinación. Cuando os diga a lo que vengo sabréis de lo que procede. Cansado vendréis: hoy quiero que descanséis, y mañana con más espacio hablaremos. ¿'Cómo os llamáis? Carlos es mi nombre. Por todo os debo amor: Carlos se llamaba mi padre, ¡Cielos!, ¿que puedo no decir que soy su hijo? , Calla, señor, que a su tiempo se lo dirás; asegura de todas partes el miedo, que te va no menos bien que la vida y el imperio. Coma con nosotros hoy. ¿Será bien darle veneno? No será sino muy mal. ¿'Qué hará, si no le obedezco, vuestro padre? ¡Ay, Dios! ¡Matadle, mas no le matéis tan presto! Nuestra mesa habéis de honrar. Honráis, señores, en eso vuestra misma hechura; a Enrique toca el agradecimiento. No he visto cosa más digna de amor. No sé cómo puedo creer que le he de matar. ¿Qué es esto que van diciendo? Naturaleza en la sangre con los impulsos paternos les dice que eres su hijo. Y yo, Fabio, a no saberlo, creyera que eran mis padres sólo con mirarme en ellos.

JORNADA TERCERA

Parte por la posta luego y ésta a Rodolfo darás con gran secreto. No es más veloz en su esfera el fuego. Esta darás a Rosaura con la misma diligencia, que la memoria en ausencia con escribir se restaura. Y dile de parte mía que no la puedo olvidar. Quién eres haces dudar con esa loca porfía. Carlos, aunque tus acciones son de rey, con este amor, sabiendo ya tu valor, en contingencia le pones. Olvídate de la aldea y desta humilde mujer, porque desdice a tu ser que de tu gusto lo sea. Ya te importan pensamientos conformes a tu valor. Para que la tenga amor la sobran merecimientos. El amor no es calidad; que sin mirar la razón accidente, y no elección, le llama la voluntad. Parte y haz lo que te digo. Voy a servirte, señor. Adonde importa el favor, fue siempre necio el castigo. ¿Qué aguardas, cobarde acero, O ¿para qué te desnudas, si agora piadoso dudas lo que has intentado fiero? ¿Quieres que el Emperador diga que intento su daño? ¿Este no es un hombre extraño? ¿Para qué le tengo amor? Traidor al César ha sido: ¿qué es esto que mueve en mí? Ya no está Leonora aquí, que es la que le ha defendido. Lágrimas de mi mujer, necias, y locas porfías, han suspendido estos días lo que por fuerza ha de ser, y será en esta ocasión. ¡Válgame Dios, qué violencia pone injusta resistencia en tal determinación! Él me ha visto. Señor mío, ¿qué hacéis aquí desta suerte? Suspenso estaba de verte con tal gentileza y brío ¿Que ansí mis manos estén? ¡Bien me debéis tanto amor! ¿Qué aguardo? { Aquí está, señor, un correo. ¿Aquí? ¿De quién? Solo ha dicho que de Cleves viene a cosas de importancia. ¡Por qué pequeña distancia la vida, Carlos, le debes! Entre. Entrad. Bien seáis venido. Dadme los pies. ¡Qué gallardo mozo! ¿Qué más bien aguardo que hallando mi bien perdido? ¿Dónde he visto tal mancebo? Esta en secreto leed. ¡Alma, los ojos tened en un milagro tan nuevo! ''El cruel Enrique te ha enviado un caballero, con título de embajador, para que le mates en tu casa. Si este aviso llega a tiempo, mira que es Carlos tu hijo y de tu mujer Leonora, que para mayor crueldad quiere que le dé la muerte quien le dio la vida. El Conde Rodulfo.' ¿Este es mi hijo? ¿Qué haré? i Detenedme, amor, si es cierto! Cierto fue, pues no le he muerto y mil veces lo intenté. i Milagro del cielo fue, que desta verdad me advierte! Mas, ¿quién tuvo desta suerte, ya piadoso, ya homicida, en la una mano la vida y en la otra mano la muerte? i Oh, bien haya el inventor de las letras, pues tan presto tan justo remedio han puesto en tan injusto rigor! i Oh carta, que a mi temor desde el cielo soberano bajas al imperio humano a ser, con piadoso oficio, el ángel del sacrificio que me detiene la mano! ¡Oh, qué bien me detenías, Leonora, si imaginabas el bien que solicitabas, el bien que perdido habías i Aunque las entrañas mías quieren abrazarle agora y el alma de tierna llora, me tengo de castigar en que no le he de abrazar hasta avisar a Leonora. Ya que Ladislao se fue, y con tan grave alegría, saber, hidalgo, querría (si no es que importa que esté este negocio en secreto) qué nuevas hay de la Corte. i Cielo, haced que me reporte, que debe de hacer efecto aquí la imaginación! ¿Qué dudo en llegar y hablar? Un profundo imaginar suele ser una ilusión del alma y de los sentidos; mas, ¿por qué duda el deseo lo que creo, si no creo que los. tiene amor dormidos? Hidalgo, ¿no respondéis? Como tan suspenso estáis, sospechas, Carlos, me dais que alguna de mí tenéis. Esa voz no ha permitido más engaño a mis enojos; demos crédito a los ojos, no parezca el bien fingido. Rosaura... ¿Podré llamarte Rosaura? Sí, Carlos mío, que ya fuera desvarío el alma y brazos negarte. Déjame en ti descansar desta hazaña que me debes. Alma, que animas y mueves, como tu propio lugar, de mi vida el pensamiento, ¿qué es esto? Efectos de amor. Habla, divino valor. Estame, Carlos, atento: Estando en el verde prado de aquella dichosa aldea que mereció ser tu patria (tu vida decir pudiera), retíreme a lo más solo de la más obscura selva a llorar las soledades, Carlos, de tu amor y ausencia, y desesperada en ver que siendo rey era fuerza olvidar una villana, hija de una helada sierra. Creció mi llanto a un arroyo que al valle bajaba de ella, ignorante que a mis ojos fuentes de lágrimas eran. En estas ansias de amor, en estas dulces tristezas, veo un hombre envuelto en sangre que de una posta sea apea. "Pastora—dijo—, si acaso estas montañas se acuerdan de que aquí se crio Carlos, rey de burlas, ya de veras, sabed que el Emperador matarle en Hungría intenta por las manos de su padre, a quien falsas cartas lleva. Súpolo el conde Rodulfo, y mandándome que fuera a darle aviso, partime a defender su inocencia. Enrique, que no dormía, desvelado en la sospecha, hizo que en aqueste bosque, y a la entrada de la sierra, dos pistolas me tirasen. Yo, por la misma alameda, he llegado aquí sin vida. Pastora, la causa es ésta: que el Conde escribe a su padre, no dudéis, que Carlos muera. Si alguno de los que aquí le conocistes no lleva esta carta a Ladislao..." Esto diciendo, la tierra midió el cuerpo, hallando el alma puerta en la herida sangrienta. Yo, que te adoro, bien mío, temiendo que se supiera este secreto en el valle y que tu muerte era cierta, busco el traje en que me ves, y la femenil flaqueza esfuerzo a tan alta hazaña, dándome el amor espuelas. Parto, y he llegado a tiempo, si no me engañan las señas, que tu padre te mataba, ignorante de quien eras. Yo vi el color y la daga, la turbación y la pena: alguna deidad te guarda, que ni Rodulfo pudiera, ni mi amor, con ser mi amor, que no hay más que té encarezca. ¿Cómo podré, gloria mía, aun con palabras pagarte de tu amor la menor parte? ¡Bien haya el dichoso día que te vi, que te adoré, que por mi dueño te tuve, que aquel que en tu gracia estuve el de mi remedio fue! ¡Oh cuánto deben los hombres estimar tales mujeres! ¡Digna entre famosas eres de sus celebrados nombres! ¡Mal haya quien no conoce su virtud, su perfección, y quien tanta obligación tan ingrato desconoce! Después de darnos el ser, j qué de veces nos dan vida! ¿Luego soy de ti querida? Hazme, Rosaura, placer, si lo dices porque soy Rey agora, de no dar a mis tristezas lugar cuando tan alegre estoy; que quererte cuando fui labrador, fue presumiendo que era rey. porque te ofendo si no soy rey para ti. Que el haberme rey fingido fue sólo por igualarte; ya que lo soy, quiero amarte como quien te ha merecido. Y la palabra te doy que si llego a la corona del imperio, que me abona el ver que tan cerca estoy, que sola mi mujer seas. Déjame echar a tus pies. El alboroto que ves, amor, que mi bien deseas, es de mis padres. Aquí disimulando te aparta, que la vida desta carta vienen a buscar en mí. Que no hay secreto ya; llega, Leonora. Hijo, si tengo vida con hallarte, no me permitas que la pierda agora con el contento y gusto de abrazarte. Si no te dije que lo fui, señora, no fue falta de amor, que a mejor parte y a mayor ocasión lo difería. Más temo que la pena el alegría. No en balde el brazo tan cobarde estaba, de la sangre y del alma detenido: del alma, que quien eras me mostraba, enamorando el exterior sentido. Del cielo, cuya mano te guardaba, fuiste piadosamente detenido, y en él espero que antes de mi muerte con imperial laurel tengo de verte. Da los brazos a Celio, a Felisardo y a los demás: los nobles son de Hungría. Los pies es más razón, Carlos gallardo, en tan alegro, y venturoso día. Caballeros, el premio con que aguardo pagar vuestra afición, mostrar la mía, vosotros le tenéis si en esta tierra me dais favor para intentar la guerra. ¡Oh generosos padres!, con nobleza de Hungría agora es tiempo de ayudarme; no a ser tirano a mi naturaleza, mas de tan fiera esclavitud librarme. El sagrado laurel de su cabeza conserva Enrique sólo con matarme; no quiere Dios que pueda su malicia, alta satisfacción de mi justicia. Apenas vi la luz de los mortales y ellos en mí las lágrimas primeras, cuando entre espesos robles y jarales mi vida expuso a las silvestres fieras. Librome Dios por instrumentos tales, que vine a ser el rey de sus riberas; conociome ya rey, aunque fingido; creció el temor y despertó el olvido. Por eso donde vistes me ha enviado a que me mate quien me dio la vida; librome el cielo para más cuidado, nuevo temor del bárbaro homicida. Pero si yo me viese coronado desta provincia, al cielo agradecida, que no guarda mi vida sin misterio, con vuestras armas cobraré el imperio. Yo soy el sucesor desta corona, yo soy vuestro señor: ¿qué estáis dudando? Ser húngaro mi padre en todo abona la fe y lealtad con que os estoy hablando. Si comenzáis no quedará persona que no os vaya siguiendo e imitando en cuantos. reinos son obedecidas del imperio las águilas partidas. Carlos, cuando no fueras señor nuestro, bastaba serlo Ladislao, tu padre. No quedará vasallo en toda Hungría que no tome las armas contra Enrique, siguiendo la razón, siguiendo al cielo, que quiere hacerte César de Alemania. Bien juntará este reino en favor tuyo veinte mil hombres; pero son muy pocos contra el poder de Enrique. Los principios son la dificultad de los sucesos. Claro está que mirando sus crueldades darán favor a Carlos cuantos reinos obedecen las armas imperiales. ¿Pues qué tardáis en comenzar la guerra? Ya conocéis de aqueste pecho el alma: con diez soldados destruiré su tierra. Tú, caballero, causa de mi vida, no tienes que volver con la respuesta, que para Enrique la respuesta es ésta. Y por la cruz de sus aceros nobles de no seros ingrato eternamente. Sacad banderas, prevenid la gente, Sólo ver tu valor basta animarlos. ¡Carlos es nuestro César! Todos. ¡Viva Carlos! Si no me conoce a mí, ¿el verme Enrique qué importa? ¡Ay, Fabio!; no están seguras sus sospechas temerosas, pues no hay memoria de CARLOS. Él te envía esta memoria para que sepas que vive. Temblando estoy No le pongas al cielo, que le defiende, oposiciones tan locas. Tú me has puesto más temor. El temor, Fabio, reporta; pero grande error fue en Carlos no decir con amorosas palabras que era su hijo, para no temer agora que le haya muerto su padre. Tragedia más lastimosa que en el teatro del mundo desde la primera historia representó la crueldad, y fue la envidia la sombra. Luego que te di la carta fui al valle, para dar otra a su querida Rosaura, que amor aun no le perdona esta memoria en sus males. ¿Pues quísola bien? Fabio No hay cosa más pública en nuestra aldea: fue su vida y alma sola desde que tuvo discurso. No rae pesa, que me toca Rosaura más que imaginas. Llegué, y entre las pastoras del valle hallé tales nuevas, que imaginarlas me asombra. ¿Cómo? Dicen que Rosaura un día, cuando el aurora por burlas al sol los rayos lloraba fingida aljófar, salió al prado del aldea, y que en la montaña toda nunca más ha parecido. ¿Qué dices, Fabio? Que lloran por Rosaura hasta las fieras, prados, selvas, montes, chozas, ganados, fuentes y ríos. Pues, Fabio, porque conozcas mi desdicha, era mi hermana. ¿Tu hermana una labradora de nuestra aldea y del valle? Con suerte menos dichosa que Carlos la dio a criar mi padre a Silvio y a Flora, ricos pastores del valle, que en él por hija la dotan; que siendo el conde Lisardo embajador en Escocia mereció del Rey la hermana, aunque con secretas bodas. Trújola aquí de dos años, murió en Cleves, y dejola encomendada a mi madre, que me refirió la historia. Yo, sin saber resolverme, ya por ausencias forzosas, ya por guerras contra turcos, no he querido que disponga la fortuna de su estado; pero si amor te provoca de Carlos, Vuelve al aldea y de la verdad te informa, que viene el César y quedo entre mortales congojas. Voy agora con más pena, viendo a Rosaura señora y tu hermana. Mis tristezas viendo a Carlos rey se doblan. ¿Cómo vuelves tan presto? Si me envía tu cuidado a saber, señor, si es muerto Carlos, como pensabas, en Hungría, que siempre dice el alma lo más cierto, y una mañana, cuando el sol salía, un monte de un ejército cubierto hallo, con mil banderas de colores, como en verde jardín cuadro de flores, y pregunto al confuso a los primeros, de ver que al sol los rayos multiplique, qué gente son, y me responden fieros que ejército de Carlos contra Enrique, ¿dónde quiere que pase? Si a no veros, cielos, basta ser yo quien lo suplique, ¿por qué dais vida a un bárbaro de suerte que se burla mil veces de la muerte? Carlos no sólo vivo, pero viene con gente contra mí ¿Qué dices, Conde, desta desdicha? ¡En confusión me tiene! ¿Qué mano celestial de ti le esconde? Que le salgas al paso te conviene; castiga su locura, y muera adonde no le libren pastores y montañas. Sólo tuyas serán tales hazañas. Prevén la gente, saca las banderas que llevaste a Valaquia contra el Scita, y en castigar sus arrogancias fieras la gran velocidad del rayo imita. Cubre los verdes montes y riberas de los rebeldes húngaros, y quita la vida a Carlos, que en su vituperio te nombro sucesor de nuestro imperio. Voy a servirte con lealtad debida a tu grandeza. Parte confiado, que es gente al fin bisoña y mal regida. ¿Al Conde envías? ¿Qué mejor soldado? ¿Pues ya del hijo muerto se te olvida? Si dudas que le tiene ya olvidado, por sucesor en el imperio mío el bastón y el ejército le fío. Carlos pienso. que es hombre valeroso; yo vi en una bandera un león sangriento puesto a los pies de un corderillo hermoso. Allá puedes pensar su pensamiento. ¡Empresa de rapaz! Parte animoso y acompaña a Rodulfo. Voy contento, mas no de que venciendo el laurel pida. Bueno, después le quitaré la vida. ¿Que no me sabrás decir dónde, cómo o en qué parte? ¿Cómo puedo yo informarte? Rosaura se fue a morir. Búscala en el otro mundo, en el cuarto donde están los que por amores dan en un error tan profundo. La envidia de su belleza la dio muerte. ¡Qué rigor! No la mató sino amor, de soledad y tristeza. No hay manera de locura, Fenisa, más desdichada, pues no puede ser curada. El tiempo todo lo cura. Locos hay por presunción del linaje que heredaron, cosa que no conquistaron ni se da por elección. Locos hay porque se ven en tan próspera fortuna, que no teniendo ninguna a ninguno hicieron bien. Locos hay por no creer que han vivido, y que la edad con mucha dificultad se puede a nadie esconder. Locos hay por su lindeza, que dan que reír también, porque es en hombres de bien afeminada bajeza. Locos hay por entendidos, que por despuntar de agudos valiera más nacer mudos o que no fueran nacidos. Pero cuando considero con discreto desengaño, que en doce meses de un año hay un loco, que es hebrero, presumo que son muy pocos los de aqueste loco humor; pero los locos de amor son los verdaderos locos. ¡No te cabe poca parte de esas locuras a ti! ¿Tengo amor? Piensas que sí, pues que no puedo olvidarte. ¿Tú a mí? Si disimulé, fue pensando que te amaba Carlos, que a Rosaura daba vida y alma con tal fe. Es un órgano el amor que entre dos ha de tañerse, porque es el corresponderse la difinición mejor. Por más que el uno le toque es imposible sonar mientras el que ha de ayudar con aire no le provoque. ¿Querrás en eso decir que son viento las mujeres? En fin, Fabio, ¿tú me quieres? Y deseote servir. Y si Carlos llega a ser Emperador, ¿me querrás? ¡Ay, Fenisa, entonces más? ¿Cómo te podré creer si subes a un grande estado, arrimado como yedra, que al paso que el amo medra crece también el criado? Cuantos medrados se ven fueron por estos favores, o cayendo sus señores cayeron ellos también. Quedo, Fenisa. ¿Qué es esto? ¿Tan cerca cajas de guerra? ¡Ay, Fabio, en las dos montañas doblados los ecos suenan. ¡Qué gran copia de soldados en concertadas hileras! Pues que vienen y no van, no son de Enrique las señas. Apártate del camino, que las armas y banderas nos dirán presto quién son. Pero por la verde vega baja otro ejército grande con las armas contrapuestas. Como en forma de batalla el uno al otro se acercan. Los dos quieren hacer alto. Fabio, ¿qué haré que ya llegan? Parad, saldados, aquí, que los contrarios esperan. Hagamos alto, soldados, nadie del puesto se mueva. Húngaros, la confianza que traigo en las armas vuestras es igual al amor mío, que no hay más que os encarezca. En las armas, la justicia es la ventaja más cierta: ventaja tenéis, soldados, ¿quién puede haber que os ofenda? Razón lleváis contra Enrique; hoy la justicia pelea; hoy llevaréis la vitoria. Valiente Carlos, no temas, todos perderán la vida. Alemanes: hoy comienza de los cielos la venganza: ya sabéis las justas quejas que tengo del fiero Enrique, y las que es justo que tenga todo el Imperio, a quien le quita el sucesor que le hereda; que aunque me nombraba a mí, no quiera Dios que yo quiera quitar la corona a Carlos, vuestro legítimo César. Yo soy el conde Rodulfo, éstas las mismas banderas que llevé contra los turcos; vosotros quien su soberbia domaste en la Valaquia, y yo quien triunfé con ellas. Mirad que seréis traidores si ofenden las armas vuestras vuestro señor natural. ¡Viva Carlos, viva, y tenga el laurel que le da el cielo! Es tan justo lo que ordenas, que haremos luego pedazos a quien a Carlos se atreva. ¡Soldados, pasaos a él, que volver por su inocencia os manda el ciclo! ¿Qué es esto? Es que no vienen de guerra, porque pienso que es el Conde tu amigo el que los gobierna. Conde Tocad las cajas, y juntos, en vez de espadas sangrientas, los recibid con los brazos. Amor y amistad pelean. ¡Conde amigo! ¡Amado Carlos! ¡Qué hazaña tan digna es esta de tu valor! ¿Qué piedad, Rodulfo, el mundo celebra que iguale a la tuya? i Ay, Carlos, tú sabes lo que me cuestas! Un hijo perdí por ti, tiernas lágrimas me ciegan! Mas no le perdí, mal dije, pues tú por hijo me quedas. Conde, tú serás mi padre; hoy con tu piedad me engendras; perdone el que está presente. Deja que mis ojos vean tal ejemplo de lealtad. No te espantes que le tenga por hijo en presencia tuya. Contigo es cosa muy cierta que no puede amor ni sangre, Conde, entrar en competencia; si diste la vida a Carlos, el ser que tiene te deba. Llega, Fenisa, ¿qué temes? Carlos, aunque en tal grandeza te mire ya mi humildad, no desprecies el aldea, que fue tu primera patria. ¡Ay, cielos, Fenisa es ésta! Fenisa, agora mejor mi voluntad la respeta. Bueno está así, capitán. Tú eres mi bien, ¿qué recelas? Si bien ha sido de abrazos esta batalla, no sea para Fenisa, o, por Dios, que el ejército revuelva. Carlos, el vencer consiste, como la experiencia enseña, en seguir a la fortuna cuando los cabellos muestra. Enrique está descuidado, como a eleves acometas y rindas esta ciudad, señor de Alemania quedas. Hoy te pondrás su laurel, hoy quedará tu inocencia triunfando de su crueldad. Bien dices, la entrada es cierta, pues en el Conde y su gente tiene puesta su defensa. Marchen juntos los dos campos. Hoy quiere el Cielo que venzas el tirano de su sangre. Oyes. ¿Qué quieres? Que adviertas que Rosaura no parece en el lugar ni en la aldea, y que me ha dicho Fenisa que la han llorado por muerta, ¡Ay tal desdicha! ¡Alcahuete!, ¿qué es lo que agora conciertas? í Téngase, señor soldado! No haya más, Rosaura bella, que si me trajo a Fenisa fue pensando que eras muerta. ¡Yo le voto a non del sol, que si la honda trajera!... ¡Desvía! Déjale. ¡Casca!! ¡qué cintarazos que pega! ¡Castigaré tu atrevimiento loco, villano nieto mío, que mi gran poderío con tu arrogancia vil tienes en poco! Ya el Conde habrá llegado donde creo que castigo tendrá tu mal deseo. ¿Tú contra mí? ¿Qué es esto, santo cielo? ¿Tanto guardar un hombre? ¿No ofende vuestro nombre su villana intención, su falso celo? ¿Quitarme el cetro a mí, que siempre he sido a vuestro bien y mal agradecido? Por eso el Conde agora le habrá muerto, y con tan gran vitoria, que helará tu memoria por sepulcro de arena en un desierto, que no merece que más premio lleve efeto que a su causa se le atreve. Quiero en aquesta huerta entretenerme en tanto que las nuevas me llegan de que pruebas el castigo que debes a tenerme en tanto menosprecio, siendo en vano, rey en mentira, en la verdad villano. Que al que no te mató cuando pudiera el castigo responde que le habrá dado el Conde. Mas, ¿cómo vienes tú de esa manera, oh rústico, oh villano? Silvio. ¿De qué modo quieres que venga si se pierde todo? La ciudad han entrado, sin que hubiese, César, defensa alguna en tu adversa fortuna. Carlos y el Conde... ¡Tu vil lengua cese! ¿Cómo? ¿Carlos y el Conde? Hanse juntado. ¡Necio quien se fio de un agraviado! ¿Que el Conde y Carlos se han juntado? Hoy que en Carlos se ha cumplido [veo lo que siempre temido no pudo remediar mi buen deseo. ¿Qué voces son éstas? Que han entrado hasta atreverse a tu laurel sagrado. ¿En mí palacio ya? ¿Qué espero? ¡Ay, cielos! Hoy me mata mi nieto; hoy tienen justo efeto pronósticos de tantos desconsuelos. Dame el gabán y el azadón, que quiero librar la vida que librar no espero. Podía ser, señor, que disfrazado salieses de su furia sin recibir injuria. Las cajas suenan. Vete y ten cuidado de no decir que en este traje quedo. Hasta el cetro real se atreve el miedo, Aquí dicen que se esconde. ¿Cómo se puede esconder, Carlos, de tu gran poder? Romped esas puertas. Conde. Este es, señor, el jardín. Este es menester guardar; dejadme a mí solo entrar. Venciste, Carlos, en fin. Aquí está un hombre cavando; debe de ser labrador, porque aun siendo Emperador entre labradores ando. ¡Ah, buen hombre! ¿Quién es? Yo. Sólo el César dice aquí "Yo soy". Yo respondo ansí porque lo soy, y otro no. ¿Vos el César, siendo Enrique de aqueste imperio el señor? Después que sois labrador bien es que a César me aplique. Creo que me ha conocido; éste, sin duda, es mi nieto. ¿Cómo perdéis el respeto que todo el mundo ha tenido a este palacio sagrado? Labrador, la tiranía del César que le vivía esta ocasión nos ha dado. Y si, como parecéis, sois cultor de este jardín, decidme hermano: ¿a qué fin plantas y flores ponéis? A que den fruto, señor, para conservar la planta. ¿Luego la crueldad espanta De este vuestro Emperador? De su planta, ¿no es su hija Leonora la flor? Sí es. ¿Y no es su fruto después, para que su imperio rija, Carlos, como al fin su nieto? Sí, señor. Luego tirano es Enrique, cuya mano quita a la causa su efeto. Si el nieto quiere quitar el imperio a Enrique es bien que a la flor frutos le den y al fruto tiempo y lugar. ¿Y sería discreción, antes que el fruto naciese, que la flor por flor muriese a manos de la traición? Si el hortelano dejara llegar a fruto la flor, conservárase mejor el árbol que cultivara. Mas decir que ha de llevar una flor una serpiente, es de hortelano imprudente y que no sabe reinar. Y ansí, cuando guarda el cielo una flor humilde y mansa, en vano, amigo, se cansa para marchitarla el hielo. Entrad todos libremente. Aquí, en forma de hortelano, tenéis al Emperador. Matadle! Detente. Paso. Las imágenes que ha hecho su defensa y su sagrado son mis padres, que es el templo de mayor respeto humano. Sal, Enrique, sal del templo, no para matarte cuando rendido a mis pies te veo; mas porque veas que ha dado el cielo a tu. mal castigo, pues el cetro que a tus manos y el laurel que a tu cabeza puedo quitarte, vengando los agravios que me has hecho, dejo en tu poder, mostrando que soy piadoso contigo y tú conmigo tirano. Niño me echaste a las fieras de un monte, porque tus sabios te dijeron los sucesos que en las estrellas hallaron. Yo a ti, cuando ya tan viejo. llegas, entre mil soldados, a no poder defenderte, te doy, piadoso, la mano. Levántate, Emperador, toma el cetro, que mi agravio tocó al cielo en mi niñez, de ti perseguida en vano. Mi mano te da el laurel; reina por mí descuidado, que quien te da la corona no solicita tu daño. Tus hijos son los que miras; yo, tu nieto. Si tus brazos pudiera yo merecer te los pidiera llorando. No quiero el imperio yo, sino el vivir retirado. Hijos, Carlos es mi hijo; mi hijo es César, vasallos; yo le dejo mi laurel, que es el más bien empleado que ha ceñido humana frente en los imperios humanos. Perdono al Conde, y le pido que me perdone. Tu llanto a todos nos mueve, Enrique. Conde, yo estoy obligado a tu piedad: si este imperio quieres que los dos partamos, tú serás César, yo Rey. No, Carlos; que nunca ha dado el imperio dividido paz dichosa a los vasallos. Reina tú, pues que te toca. ¿Tienes deuda o hija acaso con quien me pueda casar? Tuve una hermana; ya, Carlos, fue tu amor. Murió Rosaura. Conde, Fabio me ha contado toda su historia. ¡Ay de mí! ¿Dónde está? Di que la aguardo. Aquí, señor, con Fenisa. Llega; pues. Dame tus manos, que en aqueste campo vengo en hábito de soldado. Tu carta a Carlos llevé. Mejor es darte mis brazos; las manos de Carlos son. No puedo haberte pagado con más almas que un imperio. Para mí, querido Carlos, labrador era lo mismo. Fenisa y yo nos casamos. Cuatro villas, ¡bravo caso! Desde hoy eres duca o conda. Basta ser tuya. ¡Qué engaños promete la Astrología! Lo que está determinado hizo fin, mas no el serviros, noble y discreto senado.