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Texto digital de La lindona de Galicia

Metadatos de la obra

Atribución tradicional
Lope de Vega Carpio
Atribución estilometría
Andrés de Claramonte y Corroy Segura
Género
Comedia
Procedencia
El texto ha sido preparado por Germán Vega.

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Cita sugerida

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de La lindona de Galicia. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/lindona-de-galicia-la.

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LA LINDONA DE GALICIA

JORNADA PRIMERA

Mandarme entrar por el Parque con la victoria, trayendo estandartes de dos triunfos y coronas de des reinos; no recibirme don Sancho ni don Alonso, y suspenso ver, sin decirme la causa, en mi aclamación el pueblo; y haber llegado a los cuartos de palacio, donde veo vinos cubiertos de luto y otros de gala compuestos, v hallar en mi confusión de mármol los lisonjeros, necios por considerados y pesados por molestos; no sé lo que pueda ser, vive Dios, que no lo entiendo. Sabed qué es esto, pues no hay, quien me diga lo que es esto; dad voces a mis hermanos, y ceñido de trofeos. Decidles.... pero otra vez, en armoniosos estruendos, mi aclamación interrumpen salvas y coros funestos; otra vez sordinas y otras destempladas cajas. !Cielo no sé lo que pueda ser! Vive Dios, que no lo entiendo, si no es que reina don Sancho y que está mi padre muerto: proseguid. ¿Cómo, si están cerradas las puertas? Necios rompedlas, aunque a lo sacro se debe mayor respeto: entrad. Ya abren y sale un hombre. Tristes sucesos, por el soberbio don Sancho, a este reino les prometo. Don Diego Ordóñez de La es el que salió, ¿Don Diego ¿Rey y señor? ¿Yo rey? rey, y de Galicia. Cierto estoy ya por lo que ignoro, don Diego, de lo que pierdo. Vos la corona me dais, vos del sol me hacéis lucero; noche es Castilla y León, que pues nazco, el sol se ha puesto. Mi padre el rey don Fernando sin duda murió. Ya en cercos de luz es de las estrellas sacro y vividor desprecio: ya espíritu con Dios vive en soberanos imperios; que el sol que en León se pone, nace en el Aries eterno. Sienta su falta Castilla, y el gran sucesor de Pedro su persona y la fe llore la majestad de su imperio: y vos, infante y señor, generoso sentimiento pagad al más justo rey, y al padre más santo y bueno; y si queréis ver mi amor, acreditad los efectos. Sin veros con vuestro hermano, partíos a Galicia luego, que rey que empieza callando quiere proseguir haciendo; y si haciendo mal, gran mal de tanto callar infiero. Don Diego, si no entendiera que eso es piedad, y no miedo, me enojara aquí con vos. Yo, que a un escuadrón no vuelvo de bárbaros las espaldas, matándolos cuerpo a cuerpo, ¿he de temer a don Sancho? Aunque tirano y soberbio contra mí agravios conspire, vive Dios que el rendimiento ha de ser de la fortuna, y no de mi heroico pecho. Entrad, amigos; mas ya de la gran sala han abierto las puertas, y en dos teatros galas miro y lutos veo. Si esto se hace por mí, previniéndome mi daño, ya admiro aquí el desengaño, ya miro el engaño allí: la majestad es así, y así se ha de resolver, que el más terreno poder sombra es vil y sueño leve; pues la distancia es tan breve, que hay entre el ser y no ser. Allí tu día murió, para que nazca tu día, que el que ves tiniebla fría pompa de luz ostentó: donde tú naces, nació, allí tu grandeza adquiere y a los hombres se prefiere, y aquí en sombras se deshace; porque el rey don Sancho nace tan cerca de donde muere. Don García, bien venido; refiéreme tus victorias, glorias aumenta a mis glorias en el día que he nacido. ¿Cómo en Segovia te ha ido y en Ávila? Mas ya abonas la eternidad que pregonas, y ya veo que repartes a mis pies los estandartes y a mis sienes las coronas. Rinde a tu hermano mayor la obediencia, pues la ley de serlo me hace tu rey y tu natural señor. La grandeza y el valor del glorioso don Fernando, nuestro padre, estoy mirando, que aquí otro rey no se ve; y así es razón que le dé la gloria al que esta reinando. Recibid, rey y señor, con el llanto de mis ojos, de dos reinos los despojos, de dos reyes el honor: mas ya burláis vencedor, en monarquías más bellas, mis coronas; pues por ellas, acreditando arrebol, os da diamantes el sol de vividoras estrellas. Los dos habemos cumplido con el triunfo y con la gloria; vos en darme la victoria, yo en haberla conseguido: y pues a tiempo ha venido, que el sol coronas os dio, las que mi brazo os ganó nombre me den oportuno, que después de vos, ninguno las merece más que yo. Detente, aguarda, García. ¿Qué mandas? Que más cortés esas coronas me des, pues la majestad es mía. Inadvertencia sería dártelas, que fuera hacer tributario mi poder y flaca mi fortaleza; porque piensa mi cabeza muchas coronas romper. Dos son, y tengo hacer tantas como el cielo tiene estrellas, majestad con que ponerlas si de dos solas te espantas: estas que desprecio, y cuantas la ambición y fortaleza dan al poder y a la alteza; y más, si en el orbe hay más, en mi cabeza verás, y me sobrará cabeza. Mucho afán te han de costar las coronas que desprecias; porque han dado ya en ser necias, y en nada no han de acertar. Yo, que las sé despreciar, las sabré, si es menester, acariciar y atraer; y así, si a Galicia vas, las que desprecio, verás si allá las sé defender. Fiero estás; mucho blasonas. Soy rey. Yo solo el rey soy. De mis sobras, pues te doy a puntapiés las coronas. Bien tu majestad pregonas; mas mira lo que hay, García, del pesar a la alegría. Y tú, Sancho, echa de ver lo que hay del llanto al placer, pues todo cabe en un día. Dios las coronas me da. A mí el imperio y la ley. Él sabe quién será rey. Él sabe quién rey será. Por mí la justicia está. Y por mí está la justicia. Ambición di. Di malicia. Yo rey en Castilla soy. Yo en Galicia a serlo voy. Yo te buscaré en Galicia, De mi heroico padre, luego, con la grandeza propuesta, se haga la pompa funesta, traduciendo a Arabia el fuego: que si es un desasosiego común el reinar, ya soy rayo, que en las nubes doy fuego, que empieza a encenderse, y en León no ha de temerse más rayo de donde estoy. No ha de consentir Castilla, ni León, en sí otro rey; Dios me ensalza con su ley, y a mis hermanos humilla: mío es el cetro y la silla; y así, partírmela a mí no pudo mi padre, aquí soberano en mi albedrío, que él muerto, el imperio es mío pues su heredero nací. Señor.... Señor.... Bueno está. Mira bien que importa vello. Advierte.... Nadie hable en ello, que mi enemigo será: el rey majestad me da. Temo ya su maldición, pues que tus hermanos son. Todos son vanos errores, que aunque es verdad que hay traidores, no hay con los reyes traición. Vizcaya y Galicia dan a mi cetro la obediencia, y es desmembrar su potencia si divididos están: mis dos hermanos podrán un convento desde ahora ilustrar, pues los mejora mi padre con injusticia, y a Vizcaya y a Galicia marchad, a Toro y Zamora. Todos os quedad afuera. ¿Linda mía? Ya, esposa, llegó el deseado día, en que en tus brazos celebre mis venturas y mis dichas. Ya, Linda mía, eres reina de esta gloriosa provincia, en quien los suecos burlaron las romanas monarquías, El soberano Fernando, Rey de León y Castilla, y mi padre, que entre rayos orientes auroras pisa, rey de Galicia me deja nombrado contra la envidia de don Sancho, en cuyo pecho se despedaza en sí misma; y porque las prevenciones los imperios eternizan, por ser hoy tan importantes, vengo, mi bien, con tal prisa. Hoy hará tu frente sol con puntas, que rayos fijan la deidad de los metales y el monstruo de las codicias. Dispón galas, prevén joyas, porque en mis solios compitan con la hermosura mayor, que es competir con ti misma. Y pues de aquí está distante la Coruña nueve millas, allí, mi Linda, te aguardo, que es bien que yo allí elija lugar tan fuerte, advirtiendo de mis hermanos las iras. Allí la nobleza toda me aguarda; y allí, a la vista de mí mismo premio, quiero que la corona te ciñas. ¿La majestad de rodillas? ¿lo divino profanado? Eso es obligarme, Linda, a que por tierra me postre. ¿Quién en tus prendas divinas discurre con seso? No consiente dilación mi cuidado. ¡Ay dulce primicia de nuestro amor! ¡ay pedazo del alma! ¡ay alma mía! que ya está entera, si ha estado en tres partes dividida. Próspero y feliz principio este ángel me pronostica: si un rey dos ángeles tiene, Dios quiere que tres me rijan. Llévala, Linda, contigo, porque de estrella me sirva en el mar en que me engolfo. Esta cruz, que honra mi pecho, en el suyo a voces diga que es de Galicia heredera. ¡Ay nieve! ¡ay cristal! ¡ay cifra de los milagros de Dios'. Y decid también que viva la Reina, pues hoy merece la corona por justicia. No ha de ser reina la que fue manceba del Rey, aunque Lindona es en Galicia la más rica y más noble. El reino aprueba tu parecer. Es honra y es justicia. No habrá persona que a su voz se mueva, si a la Lindona engrandecer codicia. Si rey pretende ser, busque otra esposa. ¡Oh fiera envidia! ¡oh máscara engañosa! Por eso instancia ha hecho en que viniesen, atropellando sustos y temores, de Lisboa, y la copia le trujesen de la infanta Leonor, En sus amores muy tibias prevenciones me parecen. Antes son en su encanto las mayores; porque es Leonor milagro soberano, si no es que a la verdad venció la mano. Y así, viendo resuelto el Reino, y viendo de Leonor la beldad y la hermosura, ha de olvidar a Linda. Eso pretendo. Eso el Reino también, Mendo, procura: del pincel ya los rayos estás viendo, y la copia del sol alma en luz pura. ¡Bella mujer! Borrón es la Lindona: merece de dos orbes la corona. Buena luz tiene aquí. Las salvas dicen que llega don García. Ya ha llegado. Ya los nobles mis glorias contradicen, ¿Cómo me he de casar, si estoy casado? ¡Que así los sacrilegios se autoricen! El Reino está, señor, determinado en que elijas mujer o no entregarse. ¿Pues con la que le doy no puede honrarse? Dice, señor, que la que fue tu amiga, su Reina no ha de ser. Siempre mi esposa fue Linda, y como tal mis manos liga, y es engaño pensar de mí otra cosa. Mucho mi ser y gusto desobliga quien esta acción me manda indecorosa: Lindona ha de reinar en la alma mía, o no ha de tener cetro don García. El reino, gran señor, es de tu hermano. y voluntariamente se te entrega con esta calidad. Calla, villano. Mira, señor, que la pasión te ciega. Sin Linda no es ser Rey, es ser tirano. Esta es fuerte ocasión, a sus pies llega, y llega tú también. ¡Fieros rigores! ¿Quién sois? e Portugal embajadores. ¿Qué quiere don Alonso? Quiere darte este sol por esposa. ¡Qué locura! Dejadme. Eso es, señor, desesperarte, fiada ha de hacer la copia en mi cordura; pero venga, que en ella al despreciarte, también hay desprecio a su hermosura; que fuera con el ángel de Lindona hollar poco el hollar una corona. ¿Qué mano ingrata y vil en nuestro nido hoy nos turba la paz? ¿Quién el sosiego? Mas pienso que Amor viene prevenido de tanta luz, para dejarme ciego. Sin duda el que pintó anduvo advertido, y aunque tardase mucho, acabó luego: todo este lienzo es sol, todo alegría; ¡oh hermoso salteador del alma mía! Si el pincel no desmiente las ideas; prodigio eres del mundo soberano; todas son a tu vista sombras feas de tu deidad, o ya apologio vano: ya, hermosa admiración, concepto seas de tu cielo, el imperio no es humano; grande es tu majestad y tu excelencia, pues te pones con Linda en competencia. Imagen lisonjera, ¿qué me quieres? Tú con Linda te opones, tú en el alma tiranamente majestad adquieres? Mío el triunfo ha de ser, mía la palma; mas si quieres vencer, amor no esperes, que previenes borrascas en tal calma. ¡Hola! ¡Llegad! ¿Qué manda vuestra Alteza? Quitad de mi presencia esa belleza. ¿Quién aleve, atrevido y arrojado, donde solo preside Linda bella, me envió la traición de este traslado? ¡Adelfa vil, con áspides en ella! Los portugueses, viéndote abrasado en tanto sol, fijaron esa estrella a su eclíptica hermosa, y puesta junto a su esplendor hará pequeño punto. Haced quitarla luego, que es locura atreverse una estrella a abismo tanto: ¿Mas, adónde os lleváis tanta hermosura, dejándome la sombra y el espanto? Adonde esté premiada su luz pura. sin dar voz al desprecio y vida al llanto. ¿Con que es esta Leonor? Esta es la gloria de Portugal, y su mayor victoria. Hombres, ¿qué me habéis traído? Esta copia es homicida. Un borrón, que todo es vida, y un ser que todo es sentido; un asombro reducido a la belleza más rara, que soberana y avara, peregrina y singular, está hablando, sin hablar, con más fuerza que si hablara. Retrato, si sois deidad, y si cielo parecéis, ¿cómo de infierno tenéis el rigor y la crueldad? Dejadme en Linda, y dejad que triunfe de ella cortés; mas tan sabio y sutil es, que para matar mejor de amor, se ha valido Amor de espíritu portugués. Entre la coronación el reino a Linda no aguarde, porque llegue, aunque más tarde, Leonor a la posesión: razones de Estado son las pares con reino tal; mintamos lo desleal con las razones de Estado, y ocupe el puesto el traslado que pierde el original. Leonor y el reino han podido dejarte, Linda, burlada. Está tu silla ocupada. La que del reino te priva. (Aquí la prudencia importa.) Antes es la imagen viva. Que esta luz pura, Linda, primero llegó. Dio su espíritu a la pintura tantas almas, que en cualquiera pedazo vida tendrá; y así, imposible será que aun hecha pedazos muera. ¿Linda? Linda, el reino me pidió, por sus razones de Estado, llenas de tanto rigor, que me case con Leonor, y excusándome obligado de tu amor, fuerza me ha hecho; y aunque sé que yo hago mal, en un lance tan fatal, no del alma, ni del pecho te apartó, que es imposible, sino del reino; y así, culpa al reino, que anda aquí tan resuelto y tan terrible. Linda, no dejan cumplilla. Yo la honraré. Seas, Linda, lo que quisieres, que desobligado quedo en la majestad que heredo. Esta es mi resolución: con Leonor me coronad, que ya desde hoy es mi esposa. De aquí la sacad. ¿Tarde, mal o nunca? No podrá ser, si aquí tan cerca de la corona me ves, que casi está en mi cabeza. Porque adviertas que pides un imposible, quiero que aquí rey me veas luego presto y bien, haciendo desprecio en esta presteza de tu tarde, mal o nunca. Matadla. Echó con no pensada fiereza el ángel por la ventana que al mar mira, entre esas peñas. Muerto estoy, y enternecido: ¡cielos, que esto reinar sea! ya puede, ingrata, Galicia decir que el alma me cuestas: prended ese monstruo ingrato. Hoy la corona te espera; triunfa del mundo. Tened, que solo don Sancho reina en Galicia. ¡Al arma! ¡al arma! ¡Mueran todos! ¡Guerra! ¡Guerra! ¡Viva el rey don Sancho! ¡Viva! ¡válgame Dios! Considera si las coronas te faltan sobrándote en qué ponerlas, y si es breve la distancia que hay del placer a la pena. Matadlo. juicios son de Dios. ¡Quién tan gran mudanza creyera! ¡Muera este ingrato! ¿Por qué: Porque usurpas mis grandezas, sabiendo que yo soy solo el Rey. ¿Quién eres tú, que así en su prisión te vengas? Las señas de la rica fembra son. Pues huélguese en tu prisión su muerte. Pleito homenaje has de hacerme de no soltarle. Es justicia. Pues tú a la prisión le lleva, y vamos a coronarme. Loco es quien piensa que hay seguridad humana entre la mano y la lengua. Viva don Sancho, rey de Galicia. Tu Alteza

JORNADA SEGUNDA

Tiradle. Seguidle. Corre. Cara le cuesta la miel. Las abejas dan en él. De las aguas se socorre. Echose al río. Al salir le atajad. Cercad, monteros, la orilla. Sus pies ligeros montes saben desmentir. Agradable caza es la de este fiero animal. No he visto presteza igual para correr en dos pies. ¡Que un oso, en dos pies, así corra tan veloz.! Si huyera en cuatro pies, no mintiera su naturaleza aquí: y así de ello no te asombres, que mil en la corte ves que por andar en dos pies gozan privilegios de hombres; y hombre conozco yo que puede, por lo espantoso, cazarse en dos pies por oso, tan oso Dios le crio. Conforme a su especie y nombre tiene una bestia en rigor; mas Dios te libre, señor, de una bestia en forma de hombre. Osos hace Lenophón del panal que labra el sabio; los necios común agravio de naturaleza son. Pues si en fiereza y malicia tantos en la corte tienes, ¿para qué a cazarlos vienes a los montes de Galicia? Jamás trató pie mortal estos páramos sombríos, a quien melenas de ríos dan melena de cristal. No es la caza la ocasión porque estos montes fatigo, que otros pensamientos sigo siguiendo mi inclinación. Del Rey me retiro así, que en mis virtudes se ofende, y contrastarme pretende porque segundo nací. Postró a mi tío en Zamora sacrílega alevosía: preso bañó don García de ocaso su hermosa aurora. En púrpura la cogulla el rey mi padre tiñó, cuando en cetro la trocó en montes de Ridadulla. Y así, fingiendo cazar, me retiro cuidadoso: Illán, Mendo, ¿qué hay del oso? Que se me pudo escapar, después que se redimió del escuadrón importuno en el río. ¿Que ninguno flecha o venablo logró en su pecho? Cuando fiera en tan luciente cuchilla se dilataba en su orilla aguardando que saliera, un monstruo (que la hermosura es también monstruosidad), tan monstruo por la beldad divina, inmortal criatura, como por el traje, opuesto con un nudoso bastón, al lisonjero escuadrón nos hizo dejar el puesto con tal presteza, que fue rayo de pieles cubierto. Deidad será del desierto. Donde, gran señor, se ve, ni hay ave que se acuchille, ni alterne quiebros sabrosos. Esta es república de osos. Hasta que en sombras se humille el sol con gigantes pasos, cuyas lucientes centellas van iluminando estrellas, que los confunden ocasos, puedes hurtar al calor entre esos olmos lascivos, que a las yedras fugitivos se redimen del amor, pues el sitio provocando está a sosiego y quietud. En eterna juventud se están las plantas logrando entre estas fuentes, que ríen las lágrimas de la aurora. Soberbio el sol se mejora de rayos. Que se desvíen de este horizonte queremos, sin volver pasar de sol a Burgos. Poco español siempre, Mormojón, te vemos, buscando comodidades. Diome aquesta condición la torre de Mormojón, que puede entre las ciudades, del mundo serlo también, si más ventura tuviera, Lisonjas de primavera entre estos olmos se ven; aquí pasaré la fiesta. hola, un transportín. Las flores los saben mullir mejores; este es monte y caza es esta: dadme un cojín, y apartados de mí, los músicos sean ruiseñores. Ya desean, con ecos no articulados, las plantas lisonjearte aura y sueño. De algún oso o fiera será forzoso defenderte. Tú quedarte puedes a guardarme el sueño y la persona. ¿Yo? . Sí. No es ocasión para mí, que eres de estos montes dueño e Infante, y son achacosos de osos los infantes, pues muerto a don Fabila ves de manos de un oso; y osos dicen que han muerto también hoy catorce Mormojones. Los infantes son leones. Osos temor no te den. ¿Yo temor? ¿yo temor? antes el fracaso prevenido, valor v prudencia ha sido; y así, advertirte que infantes y Mormojones han muerto a manos de osos, señor, es atinado valor. ¿Señor? arrugose; cierto es mi fin de manotada: ¿oyes, señor? Más valiera que la música estuviera aquí, que tan retirada. Si queréis ver el rigor que han puesto en Amor los cielos, mirad en Amor los celos y veréis lo que es Amor. Amor. Si yo no me engaño, oso o salvaje es aquel, y otros diez vienen tras él: ¡qué atroz! ¡qué fiero! ¡qué extraño! Llamo al Infante. ¿Señor? Mas no entiende mis recelos. Mirad en Amor los celos y veréis lo que es Amor. Amor. ¡Oh, cielos! ¿Qué haré? que él viene encarado a mí; ¿dejaré la posta? Sí, ¡Qué bien dijo! Un ángel fue. Quiero llamarle. ¿Señor? ¿Señor? No recuerda: ¡ay cielos! Mirad en Amor los celos y veréis lo que es Amor. Amor. Me quiero esconder, que osos salvajes y toros no saben guardar decoros, resueltos a acometer más que un cochero; mas ¡cielos! no es oso ni es animal; hermosura racional tiene; no son mis recelos ya tan fuertes; desde aquí quiero advertir lo que intenta. Amor. Ya llega y se sienta junto al Infante; ¡ay de mí! Ya se levanta, y riyendo le admira, le mira y toca la mano firme en su boca; ya el vestido le está oliendo, las ligas le está mirando; ya le ha quitado el sombrero; ya el penacho lisonjero está mordiendo y besando, y le pone en la cabeza; y ya en la fuente se mira, ya de mirarse se admira. Mas ¡ay Dios! que su fiereza quiere ejecutar cruel, que la espada le ha sacado, ya en sus filos se ha admirado. Alto, de esta vez da en él; besando la cruz está y la guarnición dorada; loca la vuelve la espada, tajos y reveses da a los vientos con valor. ¿Señor? ¿Qué llamas? ¿qué quieres? Mas ¡ay de mí; ten; ¿quién eres? Amor. ¿Amor? Amor. ¿Quién es Amor? Amor. ¡Qué bien lo muestras en los despojos, aunque matas por los ojos sin que otras armas te den. ¿Quién eres, deidad? ¿y quién a estos montes te ha traído? ¿Quién de fiera te ha vestido, que no he visto, aunque en la esfera Cupido es la mayor fiera, jamás tan fiera a Cupido? ¿Quién con pieles de oso pudo profanarte? ¿Quién aleve armiños hurtó a la nieve, y púrpuras al pez mudo? ¿No eres majestad desnudo de los orbes? ¿Pues por qué tan fiera el monte te ve? Mas es bien, si se pondera, que sea entre hombres fiera quien fiera de imperios fue, Divino y bello rigor, ya en bellos juncos y neas parto en este monte seas, o ya concepto mayor, tuyo es mi amor. Amor. Pues si eres en mis desvelos amor.... Amor. ¿Cómo, cielos, me dejas con tal rigor? Amor. Ya no eres amor, celos eres, celos. Celos. ¡Hola! Señor. ¿Mas a quién doy voces cuando estoy loco? El viento en mis pies es poco cuando es tan grande el desdén. Rústico rigor, detén lo veloz, o en tus desvelos tropieza; tenedla, cielos; aguarda, ingrato rigor. Amor. Ya no eres amor, celos eres, celos. Celos. Atento he estado al suceso y volver no puedo en mí; no lo creo, aunque yo vi a un salvaje (pierdo el seso) extraño y terrible exceso; mas por lo señor e infiel quiere hacer el gusto en él, que es grandeza a lo señor trocar el plato mejor por las moscas de un pastel. Mas, vive Dios, que siguiendo va el monstruo, fiera o lo que es; la gente aviso, y después seguir sus pasos pretendo. Illán, Sancho, Fortún, Mendo. ¿Qué das voces? La fiereza de un monstruo sigue su Alteza. ¿Por dónde va? Por aquí. Si sigue el monstruo que vi postrarale su belleza. Admiración gallarda, si eres Amor no huyas, tente, aguarda, que si el amor que huye es un desprecio, y amor, cuando es amor, no toca en necio, que en recíprocas palmas espíritus les das que engendran almas, la mía te prevengo, y así ahora con mis voces te detengo. Tengo. Eco hermoso, suspéndete a Narciso antes que sea escarmiento oloroso, ten lástima de mí. Tengo. En idea mil almas te prevengo; di, ¿qué tienes? Amor. ¿Qué? Celos tengo. ¡Ay mísero de mí! ¡ay de mí triste! redimiose en lo inculto de las peñas: ya de sombras se viste el piélago de luz, pálidas señas de que mi sol se esconde. ¿Amor? Celos es ya, pues no responde. Desesperadas rivas, en soledad eterna destinadas, por lo intratable esquivas y por lo necio al cielo entronizadas, ¡qué Tesalia os da encantos en tanta confusión y embates tantos! ¿Es posible que he llegado a la cumbre? Yo sospecho que estos montes no son montes, sino arrabales del cielo. ¡Vive Dios, que toco el sol, que me abraso, que me quemo! ¿Quién da voces? Un quemado en los rayos del sol mesmo. ¡Qué alto estoy! bien puedo ahora medir la tierra, diciendo: en alto me veo, capilla de oro tengo. ¡Qué hendido parece el mundo! pienso que está en el infierno: mas sí está, que aquellos son demonios o taberneros. Señor, ¿esto es cazar osos? Cazar estrellas es esto. Esto es seguir imposibles y desmentir pensamientos; desvaneciendo peñascos, siguiendo imposibles vengo. Ángel será disfrazado. Cazadores y monteros, planta a planta y flor a flor, sin perdonar en los huecos peñascos, grutas que atreven al sol milagros grotescos, penetren los horizontes, esta admiración siguiendo. Da voces. ¿Como han de oírme, si estamos cien leguas de ellos? Pues baja, para juntar la gente; que he de ver presto este enigma, este imposible. Aguarda, que cerca veo un castillo, que llorando las sinrazones del tiempo, ruinas rinde a los abrazos de la tierra, desmintiendo con yedras de eternidad los años. Si es el centro de mis desvelos, camina. Si te parece, saltemos de donde estamos, y así podremos llegar más presto. Baja, acaba. Plegue a Dios, que volando no bajemos. ¿Esto es cazar osos? ¡Cuánto es mejor, tras un almuerzo, cazar zorras a pie firme a la orilla de un pellejo! Dios ponga tiento en mis pies. Amor tirano, ¿qué es esto? ¿Así triunfas de los reyes, majestad de los desiertos? Guía al castillo. ¡Señor, que este es el papel del ciego! Acaba: suéltame, loco. No caces lobos tan presto, Milagro ha sido llegar vivos al castillo. ¡Extraño sitio! De un daño, otro daño suele, señor, resultar¡ así, del castillo temo daño mayor. ¿Cómo así, si está aquel milagro aquí de naturaleza extremo? Esta es la puerta. Y está abierto un postigo. Entremos Tu vida no aventuremos; tu gente busca, y vendrá contigo por la mañana, sin meterse en la ocasión. Miedos excusados son. ¡Yo miedos! Si en sombra vana aquí encantados y ciegos hay demonios, burla el susto aunque tienen tan buen gusto que no quieren ser gallegos. Sígueme, pues. Ya te sigo, Camina. ¡Señor! ¡Señor! ¿Qué es esto? Pierde el temor, que va Mormojón contigo. ¿Pero qué es esto? Es cadena que arrastran. ¡Válgame Dios Prosigue. ¿Dónde los dos, si estas son almas en pena, quieres que vamos? A ver si lo son. Curiosidad excusada. Antes piedad, si son almas, vendrá a ser. Si a caza de osos veniste, en casa de osos te metas, que las almas con la Bula se cazan con la Cuaresma. ¡Ay de mí! Dios sea conmigo y todas las indulgencias. ¿Quién se queja? ¿Pues a mí, que ya parezco alma en pena me preguntas? ¿Lo sé yo? Mas tendrá dolor de muelas algún alma, de comer fuego dulce; mas se acercan las cadenas. ¡Ay! Otro ay del ay, ay, ay: alma es ésta, Lleguemos a ver quién es. No aventures tu grandeza; mira que el monstruo, señor, me ha dado grandes sospechas. ¿De qué? . De que es añagaza infernal, y que apariencia finge de mujer hermosa, para hacer con su belleza cautelas aquí a los hombres engañados, donde apenas entran, cuando los sacuden con mazas en las cabezas. Calla, cobarde. ¿Quién quieres, señor, que valiente sea con gentes del otro mundo? Más que mis desdichas pesan. ¡Válgame Dios! -Muerto soy. San, San, San requiera eternam. (¡Válgame Dios, qué espantoso rumor! ¡El alma suspensa en el pecho se acobarda, la voz duda, el brazo tiembla; el cabello se me eriza, montes calzo y no me dejan mover los pies! ¡Oh cuánto el sobresalto me yela! Retirarme quiero atrás, y repararme en la puerta de esta cuadra, prevenido a cuantas visiones vengan.) ¡Montes de Galicia ingratos, cárcel de m¡ primavera, de mis mal lograrlos míos siglos de lágrimas tiernas; acabad con m¡ vida y con mis quejas! ¡Pero en prisión eterna queréis que viva más, porque más muera! ¡Ay de mí! (¡Válgame el cielo! Voces mortales son estas lástimas son las que escucho, que unas en otras se quiebran.) ¡Y tú, Medea tirana, bárbara, vil y sangrienta, que los hijos despedazas valida de tus fierezas; instrumento de aquel monstruo tirano, de mi inocencia fratricida, y rey en quien Dios iras y rayos vierta, acabad con mi vida y con mis quejas! ¡Pero en prisión eterna queréis que viva más, porque más muera! ¡Ay de mí! (Lo que fue espanto ya es compasión y es terneza: llegar quiero a preguntar quién es, si la voz no truecan en lágrimas mis dos ojos, que están resistiendo penas.) ¡Ay! ¡ay! ¡ay! ¡válgame Dios! ¿Quién me tira de la pierna? ¿Señor? ¿Qué me quieres? Calla. Mas ¡ay de mí! suelta, suelta. ¿Qué tienes? Muy mal olor; peor que sudor de vieja. Estos son los inhumanos monstruos de la rica fembra, que en el castillo me agravian y en las murallas me cercan tiranos, que en tantos años me afligen y me atormentan. Señor, señor, ¿dónde vais? Por San Gil que no te muevas; y si acometes, por Dios, que allá la espalda no vuelvas. Voz, que en cadenas te formas, eco, que en sombras alteras, y espíritu, que en suspiros confusiones alimentas; dime, ¿quién eres? Ya monstruo, ya ilusión, ya imagen seas del querubín, que fue aurora de beatitud, que fue estrella: que si eres demonio, en mí, con gloriosa resistencia, hallarás quien te atropelle y verás quien no te tema; si encanto, quien te deshaga; si ilusión, quien te desmienta. Y si eres hombre, tendrás, si amparo y favor deseas, hombre que te dé la vida y hombre que te favorezca. ¿Cultamente a hablar te pones con un alma que anda en pena? Háblala en Ave Marías si quieres que aquí te entienda. Calla, necio. ¿No respondes? Di, ¿por qué penas así? Y di, ¿por qué causa aquí de los mortales te escondes? Si a mis piedades respondes, y en m¡ clemencia barruntas, dime tus desdichas juntas, que admirado y tierno estoy. Fiera, si sabes quién soy, ¿para qué me lo preguntas? Soy un no soy tan perdido lo que soy en mí ha quedado, que aun apenas me ha dejado memorias de lo que he sido: tanto deshace un olvido, que solo vengo a tener lo que llego a padecer y otra cosa no; y así, solo vengo a ser aquí lo que he dejado de ser. ¡Ah ministros de una ingrata! ¿Qué es esto, señor, que escuchas? Calla y escucha. Tú quieres que aquí nos maten a obscuras. No diste a entender ser tuya. Pedidla a quien la busca, que ella, Hypenestra cruel, incitada por las furias infernales, le dio al ángel entre unos peñascos tumba, por quien serán de Gelboé los montes de la Coruña; pero yo saldré a vengarla, si atropello a la fortuna. Yo imagino que estos son los palacios de Medusa y de Circe. Pues yo ahora te sacaré de esas dudas, que este que tantas cadenas baña en sus lágrimas muchas, preso sin duda le tienen, redimiendo alguna injuria, tiranías de algún rico de este reino, en quien se burla la majestad de m¡ hermano; y así con aquesta industria la verdad se ha de saber si aquí animoso me ayudas. Yo a obscuras riño muy mal, y más con almas y brujas, gente que solo en paz puede Meter la mano de Judas. Solo quiero que des voces conmigo, De una tribuna con más ánimo las diera. ¡Que tan gran maldad se sufra en Castilla y en León! Mueran los que al Rey le usurpan su real jurisdicción. Dios vive, Dios manda y triunfa: ¡mueran los gallegos, mueran! Detente, aguarda, ¿qué buscas? El postigo. En mi favor sin duda el cielo se junta. Caballeros, caballeros, si venís a darme ayuda, llegad. Sí venimos; mas lléguese quien lo procura acá. Ya voy. A una alma otras dos alumbran: gracias a Dios que luz vemos. Una furia del infierno. La muerte huyendo, señor, excusa, que es imposible escaparte. Yo volveré a darte ayuda: amigo, adiós. No más osos en Galicia ni en Asturias. ¡Que mis injurias en tantos años te ofendan! ¿Tanto en ti un agravio dura? Muévate m¡ llanto. Eres monstruo. Búscala en ti, pues la has muerto. Yo la pago con perderla. No quieres que de aquí salga, pues tanto lo dificultas. Sin saber la noche toda del Infante. Del Infante. ¡Hay tal eco! ¡Qué elegante a toda voz se acomoda! Quiero ver si me responde por aquí. Monte cruel, ¿qué es del Infante? El Infante Hacia aquí el eco se esconde más que eco parece, Illán. Lo mismo a mí me parece Desde que el alba amanece almas los montes le dan y con voz mortal responde Tus mismas dudas confieso. Voz es viviente, y lo espeso de estos árboles la esconde. Dale otra voz y yo iré tras la respuesta al Infante, Illán, del Infante. Infante. Aquí la respuesta fue. Yo voy; mas ¡válgame el cielo! ¡Qué monstruo tan espantoso! Tente, que es ángel hermoso ¿Ángel? La espada y recelo reporta. Dices verdad: ¡qué peregrina hermosura! Está en el monte segura, se redime a su deidad. Tal fue la esfinge de Tebas. Y las hienas del Nilo, e imita al cocodrilo, haciendo engañosas pruebas; ¿si quiere engañarnos? Calla; riyendo llega. ¿Qué mira? Ya se aflige, y se retira. Algo busca que no halla. ¿Hay donaire semejante? Pues el temor nos previenes, llega: ¿qué buscas? ¿qué tienes? Celos tengo del Infante. ¿Celos tengo del Infante? Del Infante. Esto es mejor. ¿Pues tiénesle amor? Amor. Ciertos son nuestros recelos, que este es el monstruo, sin duda, que le metió en el desierto, donde queda preso o muerto, si no es que las formas muda esta Circe a los que vienen a estos montes de Galicia. Algún encanto o malicia sus engaños nos previenen. Prendedla No hay quien la espante. En risas trueca el temor, Ven con nosotros. Amor, celos tengo del Infante. Con gusto viene. El poder de amor es tan invencible.... Amor tengo. Es imposible, que aquí engaño pueda haber. ¿Pues cómo si fue tras ella sin él viene? No lo entiendo. Que vamos, está diciendo por señas. Pintura bella sin alma, o bruto diamante. Amante. Sí, a verlo ven. Amante, amante. ¿De quién? Del Infante, del Infante. No más osos, vive Dios: ¡ay ¡ay! ¡ay! Calla, cobarde. Dígalo mi rabadilla, y en ella las peñas hablen por donde rodando vine al abismo, sin ser ángel: ¡ay! ¡ay¡ ¡ay! toda una noche midiendo peñas. ¡Notable Espectáculo! ¿Pues hay aquí un amigo que ensalme la rabadilla a su amigo? Celos tengo del Infante. ¿Señor? ¡Amigos! Mas ¡cielos! ¿no es este el sol que en celajes de pieles, le niega al mundo rayos y divinidades? Darete el alma en los brazos. Celos tengo del Infante. ¡Hay tal suerte! ¡Hay tal ventura! Luego del monte se saque este divino imposible. Antes que en él nos encanten, salgamos. No sé qué os diga de estos montes intratables: yo, amigos, pienso aguardar que el tiempo me desengañe. Apréstese mi partida, que más glorioso y triunfante fío de llevarla conmigo, que entró con sus robos Paris en el Sion lisonjero de sus fementidas naves. Los caballos. Tú, Fortún, en el monte has de quedarte a saber quién es el triste que pena en la ingrata cárcel de aquel castillo, que al suelo se niega en montes, que parten jurisdicción con las nubes; que ¡vive Dios! que si traes de este encanto algunas señas, del rigor he de vengarme de aquella fiera, que oprime un anciano venerable, de quien quedé enternecido. Es gallega, no te espantes. Yo me informaré de todo: vamos. Para ver lo que hace, déjala. Adiós. Llorar quiere. Antes que en perlas se bañen sus ojos, pierdan los míos su luz. Pucheritos sabe hacer este osito. ¡Cielos! aquí hay secretos notables, que este no es parto de fieras, sino bosquejo inefable de Dios. Es un bello enigma, que el tiempo ha de declararte. ¿Quieres venir? Amor tengo. Y yo ventura en hallarte. ¿Quién te hace seguirme? Amor.... ¿Y qué tendrás en quedarte? Celos,... Tienes gusto de ir conmigo? Tengo.... ¿Y si hallares en mí desprecios, de quién te quejarás? Del Infante. Papagayo es, ¡vive Dios! Lorico, lorico. Dame esa mano, en cuya nieve amor imposibles arde. Vamos, Príncipe, de aquí. Mi bien, vamos, parte. Parte. Ya te sigo. Ya te sigo. ¡Qué donaire! ¡Qué donaire! Andarlo. Montes, adiós. Adiós, montes. ¿Amarasme? ¿Amarasme? Más que a mí. Más que a mí. ¡Oh afectos graves de Amor! ¿Quién gozó tal gloria? ¿Tal gloria? ¿Tal gloria? un sastre cuando de moros llenó sus bolsillos tetuanes. Voy sin alma. Voy sin alma. ¡Ay Dios, qué ángel! ¡Qué ángel! Martilladas son de herreros; ¡ay qué gracia! ¡ay qué donaire!

JORNADA TERCERA

Aquí está su Alteza ya. Ya, hermano, a tus pies estoy, yo tu enemigo no soy, temiéndote el alma está. ¿Cuándo en mi labio faltó el decoro y la obediencia a rey y hermano, advertencia que mi lealtad ilustró? ¿Cuándo tus grandezas callo? ¿Cuándo en tus ojos no estoy? ¿Cuándo tu hermano no soy? ¿Cuándo no soy tu vasallo? jamás, jamás, ¿Jamás? Pues jamás contigo merezco: un hermano en mí te ofrezco, y un vasallo, que a tus pies pide el castigo. Ramiro, esas humildades tienen mucho de soberbia, y yo sabré castigar rebeldes. Tan graves exhortaciones mis delitos encarecen; y así, castígame, dime cuáles son, porque me enmiende porque si algún fementido, o algún traidor, con aleves ausencias, me descompone, con mi lealtad se avergüence. Qué más delitos que huir mi presencia y amor, siempre tratando en incultos montes las repúblicas silvestres, y últimamente traer a mis palacios de albergue, que en las fragosas entrañas de los montes al sol crecen, monstruos a quien das el alma, para que tus actos fuesen en todo monstruosidades bárbaras, para ofenderme? ¿Qué salvaje es el que dicen todos que en tu cuarto tienes? ¿En qué príncipe cristiano tales acciones se leen? Sector, no mal informado (pues desengañarte puedes) tanto me riñas; y pues sale de su cuarto, atiende, repara en el monstruo hermoso porque disculpado quede viendo que su hermoso sol a cualquier hora amanece. Con más sosiego has de andar en los palacios. ¿No quieres estarte quieta? ¿El vestido cómo han de poder ponerte? Airosa y grave has de estar. ' ¿Así? Así. No de otra suerte. ¿Qué te parece, señor? Que en esta aurora luciente miro púrpura a los labios y jazmines a la nieve: alma, que abrase las almas en la esfera, que a las gentes en los montes se retrata de Galicia, donde quiere que Amor en ellos perdido, flechas y rigores trueque. Loca y soberbia se mira en los vestidos: ¡qué alegre los toca, los huele y besa! ¡Qué alegre queda de verse al espejo! Por detrás se está mirando, que entiende que hay dentro de él la hermosura que de su rostro procede. No hallarás nada, que solo en el cristal transparente tu hermosura se retrata. Tu rostro, señora, es este. ¿Este? Sí. ¿Sí? Sí; el mío es el que tienes presente: aquestos se llaman ojos, y estas cejas. ¿Cejas? Tente. Maldita sea tu alma: ¿sin que a galeras me echen quieres raparme las cejas? ¿Cejas? Tal gracia contiene, que tras sí se lleva el alma. Pues a hablarla llego, atiende. ¿Linda hermosa? ¿Hermosa, Amor? Amor soy yo. Amor. No llegues a abrazar los hombres. ¿No? No, que no es amor decente. ¿Amor no decente? Sí, Amor, Infante, te tiene. Pues ahora a la lección vamos, y a mi mano advierte, porque yo por la cartilla las oraciones te enseñe. Por la señal. La señal. ¡Hay tal gracia! En cristal vierte rayos de luz, que se esculpen en el oro de sus sienes. De la Santa Cruz: no así. De la Santa Cruz. Bien. Tiene mil donaires. (Y mi almas: no, Amor, a mí me embeleses.) Ahora a abrazar al Infante llego: gran señor, atiende. ¿Amor? ¿Amor? ¿Tienes celos? Celos, amor. No indecente has de abrazar a los hombres: al Infante de esta suerte has de llegar. ¿Al Infante? Celos, ¿amor de esta suerte? Quita, Aguarda. Celos, celos, Infante, ¿amor? Tente, tente. Tente, tente. Mira.... Fuese. Los celos la han de hacer sabia, que son los ministros fuertes del entendimiento, Ya los que te culpan y ofenden, te ilustran y a mí me agravian; que ellos el nombre merecen de monstruos, cuando en un ángel tan dignamente te pierdes. ¿Y no has sabido quiénes? Si Venus, entre las pieles de un tigre manchado, puso divinidades celestes al amor de los troyanos, Amor hace que sospeche lo mismo de este milagro. Milagro es cuanto encareces de su hermosura; pues muda habla con lenguas de muertes. Esta cruz y esta cadena sobre las carnes, que exceden a la nieve y alabastro, traía, señor, pendiente. Muestra, Pues alrededor grabadas letras se advierten, y dicen: «Rey don García, por la gracia de Dios, vence.” Esta cruz grande misterio incluye. Prodigios fuertes en esta deidad se miran. ¿Pero qué clarín es éste? Dame tus plantas, señor. Alza; ¿pero triste vienes? ¿No has allanado esos montes, la aspereza de esa agreste, bárbara gente, y castillo? No, señor. Pues bueno vuelves: ¿qué hay en esos fieros montes que con cuidado me tienen? Al castillo llegue, y en sus almenas, despojos de su frente miserables, escucho entre el estruendo de cadenas confusión de gemido, lamentables: del corazón la sangre huye a las venas a los ecos y voces formidables; y haciéndome mil cruces, sacar quiero la cruz luciente del templado acero. No hallo a quién preguntar de aquesta pieza el oculto secreto, hasta que llego a una aldea, que al pie de una maleza pudo lisonjas dar de mi sosiego: esta dijeron que era la cabeza de todo el valle Ulla, y un gallego, preciado de entendido en aquel valle, dijo lo que no osaba preguntarle: "Fidalgo, si venís a nuestra riba a saber los secretos del castillo, en el silencio vuestra vida estriba, que antes han de mataros que decirlo: el recato este daño os aperciba; no escarmentéis los temples del cuchillo, que con los extranjeros la Lindona publica confusión, horror pregona. Suya es la ley de este corriente río, desprecio de los reyes castellanos, cuyo valor y poderoso brío fía la ejecución a nuestras manos. "Yo entonces, provocado al desvarío, replico y digo así, «Mentís, villanos». Y sacando la espada, embisto al loco, que la suma deidad tuvo en tan poco. Mas no vio el sol la espada, cuando llenas las riberas se vieron de traidores, el número excediendo a las arenas y al infierno excediendo sus rigores: solicitan dejar las más amenas abortando en mi sangre tibias flores; mas la piedad del cielo me redime del villano concurso que me oprime. Al fin, señor, huyendo la malicia de este sangriento vulgo, a Burgos vengo, y en los ásperos montes de Galicia tan enormes ofensas te prevengo: acaba esta ambición, señor; justicia, pues tienes majestad y agravios tengo; postra a esa vil mujer, que te baldona con la antigua soberbia de Lindona. ¿Quién es esa mujer? Una tirana, que tu imperio desprecia, y se imagina de sus montes señora soberana, donde se finge potestad divina: cárcel hace un castillo que, inhumano, bárbaro y criminal muertes fulmina, y en quien mil inocentes tiene presos, hasta que al tiempo dan pálidos huesos. ¿Que en Galicia hay mujer tan arrogante, que a mi poder se atreve? Veré luego ese monte feroz, ese gigante, que a mi poder se opone, loco y ciego. Mi jornada prevén, y lleva, Infante, ese bello, cruel desasosiego, que en sus grutas hallaste; pues me enseñas una deidad, concepto de las peñas. Y del monte soberbio precipita ese altivo Luzbel, esa Lindona, que a tu poder la autoridad le quita y el aplauso le niega a tu corona. Ya a castigo y rigor tu voz me incita, contra esa vil mujer guerra pregona; allánense esos montes a mi alteza; mas ¿cómo, si han causado tal belleza? ¿Has visto nacer el día? En rosados horizontes salió bostezando luces y tropezando en la noche. ¿Está en su lugar el cielo? ¿Dónde quieres que esté? ¿Dónde? En parte más alta, pues jamás mis suspiros oye. ¿Sales del castillo? Nunca: sus homenajes y torres, solamente nos permiten fiar la vista a los montes. Pues también padeces tú por mis culpas. Lo que corren las barbacanas y muros no quieren que a nadie informen de la prisión, y es forzoso que la salida me estorben. Nadie de cuantos te sirven sale del castillo. ¿Es orden de esa cruel? Sí, señor. ¡Que en simulacros y bronces tenga el tiempo majestad, y que a sus plantas se postren capitolios inmortales y obeliscos vividores, y que al poder de sus años se confunda y se malogre en una mujer! Mas solo a los siglos se antepone su rigor, porque ha nacido para escarmentar los hombres. Pero no me quejo de ella, que es mujer y se socorre de su misma ingratitud y de sus mismos rigores; del rey don Sancho me quejo. ¿Qué dices? Que sinrazones suyas me tienen aquí, ¿Como si alevoso golpe, de vil mano malogro sus años, causando enormes confusiones en Castilla? ¿Qué dices? Que en jaspes pobres yace en Zamora don Sancho; y esto lo dicen a voces los criados de Lindona. Calla, cruel, no provoques mis modestos sentimientos. Callo, señor, no te enojes, Esto es ser hermano; amigo, suplícote me perdones: ¿quién reina ahora? Después que el rey don Alfonso el Monje gobernó veintidós años, le heredó… ¡Ah cruel! Lo que acostumbro; gimo y lloro. Tirana de aquestos montes, ¿qué me quieres? ¿qué me quieres? Aquí de Dios, que me matan sinrazones de una mujer. Dios podrá hacerlo. ¡Ah fiera ingrata! ¡Ah cruel! ¡Ah tirana! Mujer al fin. ¿Cómo se halla en los montes está hermosa crueldad? Sus horizontes ya desprecia arrogante, divertida en los ojos del Infante. Mas ¿quién a estos confines usa sin mi haber dulces clarines? El que viene a buscarte con los despojos del altar de Marte. ¡Oh Ordoño! bien venido. Ya sus muros Consuegra te ha rendido. Tan heroica jornada siempre nos prometió esa fuerte espada; y pues Consuegra es mía por ti, por mí es tuya su alcaidía. Dame esos pies. Más glorias tendrá en mis brazos quien me da victorias. ¡Ordoño, Ordoño amigo! Esa mano me dad, de amor testigo. Donde está la de mi hermano no tiene imperio la mía, que no sufre compañía el imperio soberano. Dadme los brazos. ¡Ay Dios! Ordoño, ¿qué estás mirando en la cruz enternecido? Gran señor, si no me engaño, el misterio más oculto y el más misterioso caso que ha sucedido, y que pide admiración de milagro. ¿A un hueco seis esmeraldas no le dan glorioso espacio, y entre otras cifras y letras no se recopila en cuadro el rey don García? Sí. Ella ha de ser, no hay dudarlo, El gozo no nos suspenda, ¿Cómo ha llegado si tus manos? Milagrosamente. Deja las suspensiones y espantos. Espíritu de Castilla, poderoso rey Fernando, y tú, glorioso Ramiro, que en tu luz burlas ocasos; sabed que cuando en Galicia vuestro tío el rey don Sancho, de su hermano don García atajó los verdes años, quitándole con el cetro la libertad, que lo sacro hizo en ingratas prisiones, sombra leve y flor del campo, repartió en dos escuadrones leones y castellanos, porque por mar y por tierra diesen a un tiempo el asalto a la Coruña, en quien quiso la nobleza coronarlo. Cúpome a mí la conducta del mar; y un día, buscando desde las naos las riberas, en poco y ligero barco, impensadamente vi, a pesar de los peñascos, que en piramidales puntas su muerte solicitaron, un ángel sobre las aguas, que si no precipitado del cielo, de golpe en ellas fue aborto de los palacios. Sumergiose entre las olas, de quien piadosos los paños que la adornaban, pudieron, haciendo pompa, librarlo. Yo, viendo el prodigio hermoso, generosamente salto al mar, juzgando de plomo la chalupa, y en los brazos a tierra, entre vidrio y perlas, por ser bajo el mar, la saco, y temeroso que sea redentor de algún agravio, queriendo con la inocencia mentir el sangriento parto, a los montes me retiro, donde vi, en grana y damasco, una niña que en los ojos del sol daba luz por llanto. Del agua de las mantillas quiero rescatarla, y cuando al sol cobijada fío, que la bebían sus rayos, de la garganta pendiente hallo esta cruz, y despacio estuve admirando en ella lo rico y lo extraordinario. Reparo en sus cifras todas, y en las dicciones reparo de sus letras, donde aprendo lo que puedo y lo que alcanzo. Con ella en carnes la envuelvo entre mi capa, y buscando lugar en que sus despojos, libres ya del mar airado, se enjuguen, dejo la niña a la sombra de un peñasco llorando, sin prevención del impensado fracaso; porque no me aparto de ella apenas, cuando en los brazos de un oso llorar la veo, que en dos pies huye volando: doy voces; veloz la sigo, pero solamente alcanzo peñascos que me detienen, a mis lágrimas ingratos: montes fragosos cultivo, penetro horizontes claros, sin dejar cóncavo en peña ni perdonar tronco en árbol. Al fin, juzgando en tres días inadvertido el cansancio, a la Coruña me vuelvo, tan confuso y lastimado, que advirtieron en mis ojos la bajeza de lo flaco. Al fin murió vuestro padre, cuyos Triunfos soberanos aclamé en gloriosos puestos, imité en honrosos cargos. Murió ceñido de triunfos; diome este bastón que traigo, con que después de su muerte m¡ persona te consagro. Admirado he quedado del suceso. Y yo en más confusión. Señor, si intentas ver el castillo y redimir el preso, que en él padece bárbaras afrentas, ya por lo más fragoso y más espeso del confuso peñasco a las violentas voces de tus soldados, por el muro han abierto un portillo al centro obscuro. ¿Puédese entrar por él? Tan llanamente como por su postigo, en quien levanta en dos cadenas un anciano puente, en cuyo foso al mar la gente espanta. Pues con recato juntarás la gente, que he de saber los que en su centro encanta, sabiendo en mi rigor y en mi justicia que yo reino en los montes de Galicia. Ya voy a prevenirlo, En esta parte no conocen tu ley. Ya, Ordoño, visto la diamantina túnica de Marte, y en la fiereza de su encanto asisto¡ mas volviendo a la cruz, quiero enseñarte la belleza inmortal por quien conquisto esta encantada casa. ¿Tan piadoso un oso pudo ser? Dios movió el oso. No lo puedo creer. ¡Ay Dios, si fuese asunto generoso! Esta es que llega, ¡Válgame Dios! ¿Y aquél? El sol es ese, claro espejo del orbe. ¿Y no se ciega el que se mira en él? llama parece; que esto la soledad al alma niega; ¿cómo se llaman esos: Ojos. éstas? Barbas. ¿Y están pegadas? Sobrepuestas. ¡Ay, ay, ay! suelta, suelta. Muy asidas y pegadas están. Hasme arrancado en ellas tantos pelos como vidas, ¿y me dices que el pelo está pegado? No más ayo de tontos, homicidas de sus maestros, Mira lo que ha obrado en ella Amor por medio de los celos. En ella admiro afectos de los cielos. ¿Que esta es la que del mar libré desnuda, y el oso me llevo por las montañas? De ellas la saqué yo, tan torpe y ruda, que concepto la vi de sus entrañas. Eso me hace creerlo. ¿Y el ser muda, y hallarla entre dos pieles? ¡Oh que extrañas admiraciones hace! Admira y duda alguna cosa. Basta; gran señora pareces en lo muy preguntadora. Mas mi dueño está aquí. ¡Ay de mí! ¿qué es esto, que en viéndole me alegra? Amor honesto. ¿Amor se llama este placer? Los cielos con su delectación nos alimentan. ¿Y cuando da pesar? Se llama celos. ¿Qué son celos? Villanos que lo afrentan. ¿Pues yo no soy Amor? En los desvelos que en tu rostro dan vida y atormentan. ¿Es amor desear ver una cosa? Simpatía es amor del cielo, hermosa. ¿Luego cuando al Infante ver deseo, amor tengo al Infante? Acción es suya. Haz cortesía al Infante. ¿Cómo? Veo en ella, Amor, la omnipotencia tuya. ¿Qué es lo que hace aquel? Aun no lo creo. Está hablando también. Mi amor concluya hoy con la majestad, pues la cruz dice que en sus brazos mis gustos eternice. ¿Amor? ¿Así le abrazas? tente, tente; mira que es en mujer desenvoltura. ¿Pues todo en el amor no se consiente? Amor solo es deidad y esencia pura, y no es perfecto amor el imprudente: llega modesta y grave. ¿Así? ¡Oh pintura del eterno poder! Mira al que debes muchas veces la vida. Es con quien mueves espíritus y acciones. ¿Esto es vida? Esto es vivir. La vida mucho vale. Con celos he de ver si aquí te olvida: dale celos, veré si de sí sale. ¿La cruz quieres? La cruz, Enternecida de los hombros la fía. Amor iguale la hermosura esta vez a la grandeza, aunque se ha de vencer naturaleza. Llega, Elvira, al Infante. ¿Qué es aquello? Amor. ¿Pues otro amor en m¡ presencia? Apartad, pues, que no ha de hacerlo. ¿Otro amor a mis ojos? No hay prudencia. Detente, ¿adónde corres? A no vello: ¡oh celos, del amor impertinencia! Seguidla. Detenedla. ¿Cómo puedo? Con mi ley y gusto. Muerto quedo. Y yo alegre y gustoso: ¡ay doña Elvira, si igualara la sangre a la hermosura! En ella, gran señor, deidad se admira. Y en ella amor mi majestad apura. Al castillo guiad. Conozca tu ira el que tus leyes deslucir procura. ¿Qué encanto es este, Amor? ¿Qué es esto, cielos? Muerto de celos voy, Muero de celos. Ayudadme, cadenas, a lamentar mis penas, pues es en tal tormento tan igual en los dos el sufrimiento; tanto en mí el valor medra, que si de hierro sois, yo soy de piedra. ¡Oh si el postrero fuera! Ya me siento memorias, no aflijáis mi pensamiento; donde en tantos días Fineo soy alimentando a espías. Yo te perdono, que todos sus leyes obedecemos. ¿Dónde te has metido? Aquí, que es el lugar de los celos. Dices bien, porque ellos son del amor encantamientos. Mas ¡ay de mí! ¿Qué hace aquél? ¿No lo ves, que está comiendo? y pues come, es señal buena, que no es el demonio: quiero alcanzar algún bocado; los dos lleguemos, Lleguemos. Guarde Dios la gente honrada, y hágale muy buen provecho a vuesamerced el plato. Por Dios, que lo alarga: bueno debe de ser: ¡vive Dios, que es pepitoria de huesos de finados, y sin caldo! Por los muros. En comiendo. Déjalos comer, amigo, que serán mis males menos. Malo es esto, malo es esto. En palos vendrá a ser, si no es en hierros; mas primero me he de hartar de todo, y mátenme luego. Mal pan comen por acá; ¿los platos se alzan tan presto? Sin duda que en esta mesa se come con el deseo. ¿De esto he de pagar escote? (Mirándola me enternezco.) ¿Hay vino? De Ribadavia. Venga un trago, y brindaremos. A la salud del que come. ¿Esto es vino? En el infierno a Bercebú se le sirvan, plegue a Dios: puf, que reviento: vinagre es, vinagre y hiel. ¿Es ilusión, cielos, cielos? Llégate a mí. (¡Esta es la cruz que a Linda puse en el pecho, cuando su madre inhumana, incitada del infierno, la arrojó a las peñas! Pudo, cayéndosele del cuello, hallarla alguno.) ¿Quién, hija, te ha dado esta cruz? El cielo; porque con ella la hallamos entre esos montes soberbios. Esta es mi Linda. (¡Mas cómo, si los peñascos la hicieron pedazos!) ¿Quién eres, hija? Por padre este monte tengo. (¡Ay Dios, si fuese milagro! Mas el rostro está diciendo que de la Lindona es hija. Dios mis lágrimas ha vuelto gozo, si es verdad.) Ya es risa el llanto. Tu hija te da Dios, aunque la has muerto. ¡Ay Dios! ¿qué siento aquí en el alma, después, amigo, que a estos dos veo? Rompa el silencio mi rigor, ¡Muera el tirano! El sangriento castigo de los tiranos, que hacen de mí menosprecio. Despedazad las ventanas, y las puertas por el suelo derribad; bañe la luz esos tenebrosos techos. ¿Quién es dueño del castillo? ¿Quién eres? Y serás presto memoria de mi castigo y de mi rigor ejemplo. ¿Y este anciano venerable, en prisiones tanto tiempo, ¿quién es? El infante soy don García, tanto tiempo preso y olvidado aquí. Ya tienes favor. ¡Ay cielos! ¿Quién sois? Somos los infantes de Castilla, que teniendo noticia de tu prisión, hemos venido al remedio todos juntos, y aquí estamos. Dime ahora: ¿cúya fue una niña, que en el medio de este triunfo insigne, echaron al mar? (Halló el consuelo mi amor en las confusiones.) (halló mi amor su remedio.) ¿Y hallaron muerta esa niña en los peñascos? No hicieron diligencias, por estar Marte aquel día resuelto en mis agravios. Pues esta, que tan bizarra estáis viendo, es vuestra hija. Sí, que su inocente pecho libró a mis brazos, y una osa su vida. Y en mis males, prenda del alma, más premio. Llevad presa esa tirana. Yo la perdono, y su esposo quiero ser. Y yo, si puedo merecerlo, aquí lo pido. Rey eres de mi gobierno. Tú, Linda, dame esa mano. ¿Para qué? Para ser dueño de mi alma. ¿Esto es amor? Amor en vínculo eterno, siendo mi esposa. Pues yo, por los celos, amor tengo al Infante, y este amor en él ilustrarlo quiero: por él dejé de ser fiera, por él de ser monstruo dejo, a él le debo esta razón y a su amor mi entendimiento. ¿A mí me desprecias? No, que este, señor, no es desprecio, sino amor, que entre mis labios amor fue el primer acento. Hasta el querer borrar de un alma el amor primero locura es, naciendo así en mí el mayor rendimiento. Gozaos los dos, pues amor es justo en vínculo estrecho. Esos pies nos dad. Levantaos del suelo. ¡Hay tal dicha! ¡hay tal ventura! Y tenga aquí fin con esto LA LINDONA DE GALICIA; perdonad sus muchos yerros.