Texto digital de La francesa Laura
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- Lope de Vega Carpio Segura
- Género
- Comedia
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- El texto procede de la edición de Cuéllar y Vega.
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de La francesa Laura. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/francesa-laura-la.

LA FRANCESA LAURA
JORNADA PRIMERA
Ya que con su verde oliva corona la paz sagrada este reino que afligieron tantos años guerras tantas, y aquel riguroso Marte dobló las banderas blancas cuya[s] flordelises de oro volvieron rojas las armas; ya que los bridones fuertes en verdes campos descansan y en vez de borrones de ante paramentos de oro enlazan; ya que los blancos aceros duermen en las negras vainas sonando instrumentos dulces en vez de trompas y cajas, y damos después del cielo justas y debidas gracias [a] aquella heroica Poncella digna de perpetua fama, para que con lazo eterno queden las paces firmadas que desterraron las guerras entre Ingalaterra y Francia: sabed que tengo tratado casar con madama Claudia al Delfín, pues me asegura dura la amistad de España, para cuya ejecución, que hasta ahora fue por cartas, [env]iar un embajador de iguales méritos falta. Esto que digo propuesto, ¿quién os parece que vaya, que con ingenio y valor a tanto honor satisfaga, de suerte que se le deba en la mayor importancia la ventaja en el concierto y el efecto en la esperanza; que, como trae a los reinos la guerra desdichas tantas, así la paz de los reyes la riqueza y la abundancia. Señor, la paz que por medio de estos casamientos tratas es justa y, por lo que toca a mi obediencia, tan llana que es tu voluntad la mía. la paz y amistad que alabas, invictísimo señor, con segura confianza de que han de cesar las guerras es justa, es lícita, es santa; y solo el fin que este reino de este casamiento aguarda milagrosamente el cielo, desde que le dio por armas flores de oro que nacieron entre sus campos de plata, le defiende, como vimos con una pobre aldeana, y por su amparo y defensa merece de bronce estatuas mujer de tanto valor que las hazañas iguala de Hipólita y de Camila, Semíramis y Cleopatra. Que, cuando solo excelente hubiera sido entre tantas, bastara para que fueran las demás por ella honradas, fuera de que a las mujeres les sobran tantas hazañas, que en las armas y las letras envidia a los hombres causan. Con qué gusto el Conde Arnaldo discurre en sus alabanzas, como es tan recién casado. No es Filiberto la causa mi casamiento ni el gusto de amar a madama Laura, sino el ver tantos ejemplos de su virtud, como en varias partes escriben y cuentan letras divinas y humanas. La antigua filosofía nombres de mujeres daba a la ciencia y a la guerra, a la gloria y a la fama. Pues que de la Poncella tiene tal ejemplo Francia, presumo que basta sola. Basta, pues que sola basta. ¿Quién te parece, Delfín, que hoy [a] Ingalaterra parta? ¿Quién mejor que el Conde Arnaldo, cuya sangre, cuya espada es allá tan conocida, y cuya elocuencia y gracia alaban tus parlamentos. ¿qué dirá su esposa Laura si le quitamos su esposo? La virtud que al Conde alaba ausentes de sus maridos la muestran las nobles damas. No hay de Francia a Ingalaterra lo que a las troyanas playas desde Grecia. Filiberto yo iré, si el Rey me lo manda, a más peligros que Ulises, no para dos leguas de agua en la canal que divide a Ingalaterra de Francia, pero si te mueve envidia del honor de esta embajada suplicaré al rey. No más. Venid, Conde, por las cartas. Nunca pensé que vuestra alteza fuera contrario a mi esperanza. Burlome presunción de su privanza. Cuando pensé que esta ocasión me diera el premio de mis justas pretensiones, al Conde Arnaldo alabas y propones donde honrarme pudieras. Filiberto, yo sé que, si supieras la causa, no culparas mi alabanza. Consiste en su partida mi esperanza y mi vida en su ausencia. Callé mi mal con justa resistencia, tanta que de ti mismo Filiberto le he tenido encubierto. Yo adoro a Laura; Laura adora al Conde; el Conde es su marido, corresponde al amor y al valor, al amor j,usto con ser el Conde un hombre de su gusto, y el valor que mi engaño desengaña con ser hija del Duque de Bretaña. Si algún remedio tiene el amor mío en tanto mal, en tanto desvarío, solo su ausencia puede ser, que ausencia ofende la más casta resistencia. ¿No has visto algunas flores, que no sacan las hojas de colores de aquella verde cárcel, entre tanto que el sol no extiende su dorado manto? Pues de esa suerte amor tiempla la llama, ausente la que ama, que lo que no se mira no se nombra, porque si amor es sol la ausencia sombra Cuando te vía pasear su calle, no presumí que su gallardo talle, por ser mujer del Conde, te obligaba, que Flordelís suprema imaginaba que era sujeto de tu amor y gusto. Imaginaste lo que fuera justo, y lo que yo he fingido, que de Flordelís engaño ha sido, que pienso que le sirve por querella y es para sombra de mi Laura bella; y porque tantos ojos se desvelan, Argos que por seguir al amor vuelan, que el hombre más severo y recatado, en viendo que otro mira con cuidado, luego quiere saber adónde mira. Y la que más honesta se retira, en viendo que un galán dos veces pasa la ajena, mira o piensa que es su casa. Señor, mucho me pesa, aunque es digna de vos tan alta empresa, que os tenga en tal estado tan imposible amor, porque he pensado que no habrá poderosa diligencia para rendir a Laura en esta ausencia. Es Laura sumamente virtuosa y de hombre como el Conde Arnaldo esposa. Pasos y tiempo perderéis. Bien veo que es loca mi esperanza y mi deseo tan imposible como Laura bella, mas ¿qué puedo perder en pretendella si el gusto del engaño es mil veces mayor que todo el daño? Señor, con ayudaros, con serviros habré cumplido yo. Tantos suspiros, tantas penas de amor, tantos amores, no vencerán de Laura los rigores. Es de diamante Laura. Un mármol quieres. Será de lo que son otras mujeres, a quien venció de amor dulce porfía. Señor, Ovidio dijo, aunque es poesía que por eso es mentira disculpada que solo es casta la que no es rogada. Si yo, Laura, me viera como te ves ahora en brazos de tu esposo, que te regala y goza, con el Delfín casada, que dice que me adora, ¿qué dama hubiera sido más rica y más dichosa? Pero a tan gran sujeto es mi nobleza corta, si bien es nuestra sangre tan alta y generosa. Ya, prima Flordelís, no vine a tanta gloria por méritos que tuve o partes que me adornan, criáronme en Bretaña los duques, tan a solas, que no llegó jamás la corte a mi memoria, mis dichas fueron muchas, mis esperanzas pocas. No fueron mis deseos agentes de mis bodas, favor del cielo ha sido, porque el casarse es cosa que no la halló el cuidado, la hacienda ni la honra; que después de haber hecho las diligencias todas los ojos y el cuidado, que lo mejor informan, suele salir un dueño de alma tan rigurosa, que se engañó la vista, que lo secreto ignora. La condición fue siempre la parte más hermosa, no galas sin amores, no sin verdad lisonjas; si se ajustan dos almas, los gustos se conforman. Esto del cielo viene, que aquí no se negocia. Dichosa yo mil veces, pues que, del Conde esposa, de nuestras almas, prima, hicimos una sola. Él quiere lo que quiero y yo lo que él, de forma que nos gobierna un gusto y un alma nos provoca. Cuando rompe zafiros del oriente la aurora, granates da a claveles, a jazmines aljófar, amanezco a su lado, él dice como rosa: si yo se lo parezco el no lo ser qué importa. No dice más amores tórtola arrulladora al cándido marido de un álamo en la copa, que yo le digo entonces con ansia afectuosa. Pues nunca estoy más cuerda que cuando estoy más loca. Bien haya los casados que tanto se enamoran, las ansias que se lucen, los gustos que se logran. Apenas me levanto, cuando espero la sombra por ver si es esta noche de la pasada copia; no ha pasado la una cuando espero la otra, que ausencias de los días las noches las mejoran. Si el sol se va, me alegro, y pésame, si torna, que a quien le tiene al lado cualquiera luz le sobra. Tu bien solo deseo, pues la fortuna en popa con el Delfín te lleva a la mayor corona, que yo segura vivo de que jamás se rompa el lazo de dos almas, si el tiempo no le corta. ¡Ay, Laura, siempre tuve de una villana tosca más envidia al estado en una humilde choza que estas obligaciones, fábulas mentirosas, del cuerpo tierra ajena, del alma vida impropia. Conquisto un imposible, más necia que ambiciosa, si los que engaños pierden los desengaños compran. En altamar me veo, de suerte que las olas me llevan a la playa y desde allí me engolfan, pero podré decirles, en última congoja, lo que Leandro dijo hablando con las ondas: "si ahora vuestra furia pasando me perdona, matadme cuando vuelva". Roberto nos estorba. Si se me deben albricias de una nueva venturosa, ¿qué me mandas, Laura hermosa? Mira tú lo que codicias de cuanto el Conde se viste, y abrevia presto la nueva, porque dos veces las deba. Hoy embajadora fuiste, o en término más cortés la señora embajatriz de Ingalaterra. Infeliz nueva. Pues ¿por qué lo es? Porque está el Conde alcanzado y no me podrá llevar. Para ir y para estar, Laura, conforme su estado, muy empeñado está el Conde: Pero, Roberto, ¿a qué va? Flordelís, casose allá el Delfín. ¿El Delfín? ¿Dónde? ¿No digo que es la embajada a Inglaterra? Ay de mí. Esperanza, ya os perdí, pero no he perdido nada, porque siempre os tuve yo por esperanza al quitar: amor me la pudo dar y el tiempo me la quitó. Es tanto el honor que ha dado al Conde el Rey, que ha perdido por la envidia cuanto ha sido antes de ahora estimado. Oh, condición cortesana, que un hombre para vivir ni ha de privar ni lucir ni ser más que sombra vana. Pues andar siempre en el viento junto al rey sin medra alguna o es ira de la fortuna o poco merecimiento. Y así es quien nunca es más a la sombra semejante, que nunca pasa delante y siempre viene detrás. Sale el conde Laura, yo vengo a partirme de tus ojos cuando vengo a despedirme, si tengo más vida que despedirme. Prevenirte y prevenirme a que será breve ausencia es animar la paciencia, mas no templar el dolor, que no hay agravio en amor mayor que la resistencia. El rey me manda partir tan apriesa que no sé si algún espacio tendré siquiera para morir. No se puede más decir desdicha de lo que puedes, pues por mí a tanto excedes, que con el alma en los labios agradezco los agravios como si fueran mercedes. Acontece al que levanta la mano, viendo el color, por ir a cortar la flor arrancar también la planta. Bien sé que el Rey me adelanta a quien del Rey se querella por mi favor, Laura bella, pero más pierdo que gano, pues que por darme la mano me lleva el alma tras ella. Que la nueva te trujese mandé a Roberto, mis ojos, porque con menos enojos te hallase cuando te viese. Él quise que te la diese, aunque no es quien te la causa, porque, haciendo el llanto pausa, no fuese yo quien la ordena, que dar nuevas de la pena es tener parte en la causa. Con esto he dicho, mi bien, que no puedes ir conmigo. Hoy me parto y hoy me obligo a que la muerte me den, que si tú fueras también gloria y no pena me diera, cuando al fin del mundo fuera, que no la breve distancia que hay de Inglaterra a Francia, donde ya su rey me espera. Replicar, Laura querida, al Rey no era justa ley, porque replicar a un rey es traición recién nacida. La majestad ofendida en tales réplicas hallo, por eso obedezco y callo, que un agravio venial dispone para mortal la conciencia del vasallo. Que vas en el alma mía ¿cómo lo puedes dudar? Que mal te puede dejar quien lleva tu compañía. Pero si esto es fantasía, oh, Laura, y fuerza dejarte, pues que no puedo llevarte, troquemos almas aquí, y no sabremos ansí quién se queda o quién se parte. No sé si escucharte ha sido mayor mal que el mal que tengo, pues que de escucharte vengo a temer, conde, tu olvido. Tú mismo me has advertido de lo que pudiste hacer, pero siendo obedecer fuerza al rey, quiero animarte, sin llorar, sin desmayarme, por no parecer mujer. Para ser embajador de paces y casamientos, te llevan los pensamientos del aumento de tu honor. Y, aunque esto es justo, señor, no sé qué piense de ti: si es cuanto me has dicho aquí retórica tan fundada, que pienso que la embajada vienes a probar en mí. Leí que un sabio tenía de su cabeza un espejo enfrente, con quien consejo tomaba en cuanto decía; allí las acciones vía para tomar la mejor. Y así presume el temor que, para hablar elocuente, soy tu espejo, y puesto enfrente te ensayas embajador. Y si este ha sido el intento de tus discretas razones, digo que son tus acciones dignas de tu entendimiento. Ya de tu despejo siento que cuanto quiere conquista, sin que hablando te resista el ser del respeto leyes, que las damas y los reyes turban la primera vista. De estas será bien mirado vuestra excelencia después por el más galán francés, por el más cortés soldado. Miro que me lleva al lado, no rinda tantos despojos, que para excusar enojos tengo tan celosos bríos que haré que vayan los míos a detenerle los ojos. Pero ya es tiempo de hablar con las verdades de amor: ¡qué desdicha, qué dolor, qué tormento, qué pesar, qué morir, qué porfiar! ¡Oh, vivir! ¡oh ausencia, fuerte rigor! ¡Oh, matar de suerte que no hay muerte más temida, pues matan dejando vida para que sientan la muerte! Ya mi bien a Ingalaterra, que en los libros de Amadís escriben que es un país que todo deleite encierra. Y si acaso en esta tierra os acordáis que a morir quedo hasta veros venir, de celos no me matéis, que otras muertes hallaréis más felices de sufrir. Juré no llorar, ¡ay Dios!, no sé si lo cumpliré. Si son lágrimas diré que se quieren ir con vos; no es mucho hablando los dos, pues toda el alma las mueve. Ni esto es llorar como debe, sino asomarse cuidados, que hay ojos como nublados entre si llueve o no llueve. Laura, yo parto, aunque sin alma y vida. Conde, yo quedo, aunque sin vida y alma. A mí el dolor la vida me desalma. No a mí, porque la tengo ya perdida. De mí nunca será Laura ofendida. De fe constante me darán la palma. Aquí todo mi bien suspenso calma. Mis lágrimas celebren tu partida. Espérame tan firme, Laura hermosa. Con mi firmeza, que diamante es fuerte. Vengue la envidia de mi bien quejosa. Vete y dime que vuelves. Vuelvo a verte. Adiós, esposo mío. Adiós, esposa. ¡Qué pena! ¡Qué rigor! ¡Oh ausencia! ¡Oh muerte! ¿Qué le mandas a Roberto que pueda en Ingalaterra hacer por servirte? Escucha. Quien ama siempre recela! Ya sé que amor es temor, pero no es razón que temas si te adora, Laura, el conde Mal conoces a la ausencia. Ya sé que es una mujer mudable, inconstante y fea, que a pocos guarda respeto; habla de vidas ajenas, hace valiente al cobarde, cuenta al revés la pendencia de las más altas murallas, los más honrados afrenta, que no hay espaldas seguras ni valor que no las tenga. los hombres, como son hombres, aunque adoran lo que dejan, todo lo que miran hablan, todo lo que ven desean. Mira que me has de escribir cuanto hiciere el conde, sea mi ofensa o no. Yo lo haré, aunque no será tu ofensa. ¿Dasme esta palabra? Sí. Y adiós, que las postas llegan. ¡Ay, Flordelís, quién pensara en tanto bien tanta pena! No se han de alabar las dichas, que suele ser cosa cierta que quien las alaba, Laura, no está lejos de perderlas. Bien dices, que la fortuna más segura, como llega a su extremo, está a peligro de ser de próspera adversa. La relación de mi estado alegre volvió tragedia la ausencia del conde cuando menos entendí temerla. Contaba yo, Flordelís, que, llorando el alba perlas, era yo, en brazos del sol, la risa de las estrellas. Cantaba yo que esperaba la noche… Lo que me espera te dirá mi soledad. Apenas con muchas penas partió el Conde mi señor, cuando a nuestra puerta llega, corridas las dos cortinas, la carroza de su Alteza. Para pésame es muy presto, mas será la diligencia para verte, ausente el Conde. Pues, prima, con Dios te queda, que mejor hablaréis solos. Pues ¿qué le diré, que es fuerza que me pregunte por ti? Prima, que estoy indispuesta. A mala ocasión, señor, ver a la condesa intentas. Anda mi amor muy aprisa; no hay seso que le detenga. Flordelís sola está aquí. Señor, ¿qué venida es esta? Porque el Conde ya partió, si es que alguna cosa os queda que advertir para la Infanta. Ya por los celos comienza. ¿Qué importa? Resuelto vengo. Flordelís, mucho me pesa de que no hayas entendido mi amor, siendo tan discreta, que el mirarte y el hablarte fue para que no entendieran el Conde ni sus criados que miraba a la condesa. Yo he buscado la ocasión de enviarle a Ingalaterra, por tenerla de que a Laura pueda servirla en su ausencia. Bien sabe Laura mi amor pero, discreta y honesta, finge que no le ha entendido, y con soberbia desprecia mis papeles y mis joyas. Pero ya que no hay quien pueda estorbar mi pretensión, no será Laura tan necia como lo ha sido hasta aquí, y más si tú se lo ruegas a quien prometo poner en estado que le tengan envidia cuantos señores tiene París, aunque sea de príncipes de la sangre. ¿De qué te pones suspensa? No sabes que siempre ha sido el amor como la guerra, que conquista en muchas partes porque el poder se divierta de la que quiere ganar. Que se case vuestra Alteza está bien, porque es muy justo, que nadie hará competencia a los méritos que adornan tan soberana princesa, pero que no se contente de mi engaño y de mi queja, sino que me mande ser de sus amores tercera es término tan indigno de su grandeza, en mi ofensa, que, como mujer que siente más que el perderle la afrenta, en vez de ayudar su amor, no haya miedo que me vea, mientras Dios me diere vida y guarde como desea Francia la suya, de quien y de Ingalaterra espera sucesión a su corona. Con qué airada reverencia se ha despedido de ti. Por donde pensé que fuera más fácil mi pretensión más imposibles me cercan. ¿Qué haré, que me ha de costar la vida tan loca empresa? ¿Es posible, Filiberto, que se permita que muera un príncipe, sin remedio en toda la humana ciencia, de un mal de que saben tantos? Señor, si no es con la fuerza, aunque no te lo aconsejo, no hayas miedo que poseas sola una mano de Laura. ¡Qué desdicha! ¡Qué tristeza! Este es Otavio, un criado del Conde, que fue a la guerra de Italia soldado mío. Aunque la furia francesa corre famosa en el mundo, nunca pensé que lo fuera como en la prisa del Conde. Otavio, ¿cómo te quedas en París, cómo no vas con el Conde a Ingalaterra? Oh gallardo Filiberto, a cuya heroica bandera debo el honor militar con que mis servicios piensan merecer del Rey el premio, que aunque el Conde lo prometa más de tu favor confío. El mayor tienes más cerca. Llega a besarle la mano. Mira que está allí su Alteza. Dadme, gran señor, los pies. Levántate, Otavio, y llega a mis brazos. Soy indigno. Yo quiero que en ellos tengas la parte, que Filiberto aquí me ha dicho tus prendas y servicios, que yo quiero que, sin memoriales, tengan su justo premio. Señor, ¿cuándo pensó mi bajeza merecer tanta fortuna que llegase a tu presencia? ¿Cuánto habrá que al Conde sirves? Desde las primeras fiestas del casamiento de Laura. ¿Quiere mucho la condesa a su marido? No he visto dos personas que se quieran como los dos. Es de suerte lo que se aman y requiebran, que parecen españoles, que, aunque es nación tan severa, en llegando a enamorar es de todas la más tierna. ¿Tanto amor hay en España? Aventuran sin paciencia por amor almas y vidas, las honras y las haciendas. ¿Tienes aposento aquí? Sí, señor. Ese me enseña para cierto efecto mío. No es digno de esa grandeza, porque es de un pobre escudero que, aunque ser limpio profesa, es como los mandamientos, todo en dos cosas se encierra. ¿Que son? La mesa y la cama. Haré cuenta que es aldea y que vengo de camino. Hallarás, príncipe, en ella riquezas de voluntad y de soldado pobrezas. No me quiere dejar mi pensamiento. Es muy presto, señora. El Conde mi señor estará ahora con la misma tristeza y sentimiento. ¡Jesús, qué soledad, no me parece que hay gente en todo el mundo! hasta que vuelva [¿?] te lo ha de parecer. Así enmudece, cuando se parte el sol, temida estrella, el vulgo de los pájaros cantores, deja por recogerse en altos nidos la capilla del coro de las flores; los arroyos, cristales son dormidos; cual ave sola canta con triste voz, que al peregrino espanta; suena[n] en altos cerros los ecos de ganados y de perros, tan lejos que el silencio los descubre o alguna lumbre que parece estrella, o si la noche que [la] tierra cubre la capa celestial junta con ella: todo aguarda la aurora, que argenta nubes y celajes dora, y hasta que sale en rosas y alhelíes, purpurando las nubes de rubíes, ni le alegra ni pudo, que es el día común de los mortales alegría. Así esta casa me parece agora selva de noche hasta volver mi aurora. Cierto, señora, que se ve muy claro lo poco que valemos sin su amparo, porque, en faltando de una casa el dueño, no hay cosa alegre ni seguro sueño. Y esto será como él lo mereciere, que alguna habrá que espere, para vivir, su ausencia; que hay hombre de tan bárbara prudencia que solo nos agradan y contentan el día que se mueren o se ausentan. No me sucede a mí de esa manera. El Conde viva, yo mi[l] veces muera. Guárdete Dios a ti, que hay muchos condes y una Laura no más. ¿Eso respondes? Mira que es tarde, acuéstate, señora. ¿Sin el Conde ha de ser? No, sino el alba. ¿Aguardas que la salva nos hagan las campanas del aurora, no bastan que ya toquen a maitines? Llega esa salva y estas joyas guarda. Pésame de que así te desatines. ¡Qué airosa se desnuda, qué gallarda! Dile, señor Filiberto, cumpla lo que prometió: hable escondido, que yo no hubiera la cuadra abierto, si el Delfín no lo jurara. ¡Oh, qué celestial belleza! No supo naturaleza más que le pintó en la cara; pasó del arte los fines. La tabla de los colores fueron, Filiberto, flores y los pinceles jazmines. Si puedes estar en ti, en tus acciones repara. ¡Ay, Dios, si se desnudara… Iba a decir para mí! Habla quedo, no se espante quien afectos reprehende. Quien esto piensa no entiende cómo se pinta un amante. Vio Paris a Juno y Palas vestidas, a Venus no. Con esto presumo yo que a Laura a Venus igualas Jesús, ¿quién hablaba aquí? Voces de hombres he sentido. Laura, yo soy, que yo he sido quien muere y vive por ti. ¡Válgame Dios! No te alteres, que no te vengo a enojar, ni tú, Laura, has de imitar a las comunes mujeres. Sosiégate. Es imposible. Mira quién soy Muerta quedo. Habla, mi bien. ¿Cómo puedo? ¿Esto es ofensa? Terrible ¿Por fuerza? Por mi honor. ¿En qué te le quito? En esto. Pues yo me iré. Vete presto. Tanto rigor. No es rigor. Tanto desdén No es desdén Sola estás Estoy conmigo. Pues ¿quién soy yo? Mi enemigo. Yo soy quien soy. Yo también. Yo me vengaré del Conde. ¿Matarasle? Podrá ser. El Conde tiene mujer que a su valor corresponde. Muera o no muera, venenos se hicieron para tiranos. Escucha. Aparta las manos. Soy rey. Imita a los buenos, que al traidor que aquí te ha puesto yo haré, cuando vuelva el conde, matarle. Señor, responde. No es Otavio culpa de esto, que yo le pude forzar. ¿Qué golpes dan a la puerta? Ponte, Celia, a esta ventana, que a tal hora es cosa nueva. ¡Ay, señora, "el conde" dicen! Es imposible que sea, si esta tarde se partió. Pues sea o no sea, es fuerza abrir al nombre del Conde. Retírese vuestra Alteza, que si es fineza de amor, no es mucho que a verme vuelva de cuatro leguas de aquí. Qué gentil cuidado lleva de los despachos del Rey. Señor, pues que tanta ofensa quieres que perdone Laura, perdona tú la fineza, del Conde. Él viene a ver quien le adora y quien le espera, y tú quien de verte huye. No puedo más, ya me pesa. Laura. Señor. ¿Por acostar ahora? Soledad de la cama lo ha causado. Lo mismo al dar la vuelta, mi señora, de Ingalaterra, donde no he llegado, llega a una aldea amor, llego a deshora, y de sentir y de correr cansado, quisiera descansar de tanto abismo, estando fuera de su centro mismo. Mas no pudiendo amor y presumiendo que con esta fineza te obligaba, volví a tomar las postas y corriendo vuelvo también al alma que dejaba. Dos veces lloraré tu ausencia, viendo lo que ya de mis ojos apartaba. Mira si quien tan breve ausencia siente podrá vivir de tu presencia ausente. Saldré primero que la luz del día… Miento, pues que tu sol salió primero, y si una vez me parto, Laura mía, déjame caminar donde no quiero. Venceremos los dos esta porfía, donde peno, descanso, vivo y muero, si tú me dejas, porque, de otra suerte, desde que parto estoy volviendo a verte. Entra por que descanses, que no es justo que te detenga yo con mi respuesta, porque ya la fineza de este gusto tiene mi alma entre los brazos puesta. Voy alegre a olvidar tanto disgusto como la ausencia de tus ojos cuesta al alma que te adora, Laura mía. Ah, dulce noche, no amanezca el día. ¿Cómo te fuiste sin verme? Daba el Conde tanta priesa, para que llegase al Rey de su cuidado la nueva, y no fue, Celia, posible. Pero todo se remedia con que, sin salir de Francia, salimos de Ingalaterra. ¿Haste acordado de mí, Roberto, en tan larga ausencia? No, por Dios, con los cuidados de la mar y de la tierra. ¿Qué había en Londres? Mujeres y hombres, plazas, calles, tiendas, porque todo el mundo es uno, aunque dividido a piezas. No abrazan los forasteros, que, donde las cajas suenan, no es caballo el que no pide la silla de la fineza. De mala gana te abrazo. ¿Qué es eso? La paz de Francia, que viene de Inglaterra. Vete a descansar, Roberto. Ireme con tu licencia para buscarla mañana. Quiera Dios que no parezca. Ay, Celia, ¿salió el Delfín? ¿Con qué llave o por qué puerta? Toma esta maestra, y dile que salga, no se detenga. Y plegue a Dios, señora, que no haya sido que vuelva celoso el Conde. ¡Ay de mí, qué de desdichas me cercan! ¿Qué es esto, Laura, en qué andas? ¿Cómo, Laura, no te acuestas? ¿Qué tienes? ¿De qué te turbas? ¿Qué miras? ¿De qué te alteras? Vengo a verte y descansar este tiempo que mi pena pudo hurtar a mi jornada, y desdeñosa me dejas. Dime la causa, que estoy lleno de tantas sospechas viendo tantas novedades, que no sé cuál de ellas crea Para decirte las mías quiero pedirte licencia. Nunca imaginé decirlas, pero ya es razón, ya es fuerza. No he tenido, Arnaldo mío, tu venida por fineza, celosa de Flordelís. ¿De Flordelís? Vivo muerta, porque venir tú por mí, contra la justa obediencia debida al rey, no permite mi necio amor que lo crea. Con esto, salí a mirar por estas salas inquieta, que de nuestra cuadra vi removerse el antepuerta, si por verte y por matarme Flordelís andaba en ellas. ¡Qué necios celos, qué injustos en una mujer discreta! ¿Yo a Flordelís, yo a tu prima? Perdona, que amor no deja que goce su imperio el alma ni la razón su prudencia. ¿Estas enojado? No, aunque enojarme pudiera, pero es el tiempo muy corto para gastarle en pendencias. Entra, mis ojos, mi Laura, y está de que adoro cierta las estampas de tu pie. Con hermoso estratagema sosegué el pecho del Conde, y al príncipe abrí la puerta.
JORNADA SEGUNDA
Sin razón Laura se esconde. Fuerte rigor. Necio enfado. Nunca tan mal lo he pasado como en ausencia del Conde. Más hace un mes que las rejas y balcones de su casa no ven luz, ni el aire pasa a mis suspiros y quejas por cristal ni celosía. Mas, como el sol dentro está , no le ha menester, que allá siempre debe de ser día. Ya me estaría mejor que el Conde a Francia volviese, porque como a Laura viese templase mi loco amor. Hacerle fuerza no sé que le esté bien a quien soy. En mil pensamientos doy. Terrible constancia y fe No me basta el desengaño. Donde el poder ni el amor no vencen tanto rigor, valerse de algún engaño. Qué importarán, Filiberto, engaños para vencer el amor de una mujer que con sus celos me ha muerto. Bien pensado, yo que su honor parte en su defensa fuera, mas poco el honor pudiera si no le ayudara amor. Y si ese amor se volviese en Laura aborrecimiento, ¿tendría lugar tu intento? Quién duda que le tuviese, mas ¿qué Circe y qué Medea podrá hacer que una mujer pueda, amando, aborrecer? No hay hechizo que lo sea como poner entre amantes discordia. Locura es, si vuelven a estar después como se quisieron antes. Cuando hay, señor, de por medio agravio, no hay amistad que le venza. Así es verdad, pero ¿cómo habrá remedio para darles a entender la ofensa? Que si es del Conde, y él a quien es corresponde, ha de matar su mujer. ¿Y que vengo a negociar con que el conde mate a Laura? ¿Qué es lo que mi amor restaura? ¿La discordia no ha de estar de parte del Conde? Bien. Porque dando a Laura celos, la venganza y los desvelos templarán junto desdén. No crio naturaleza animal, en cuanto alcanza el sol, que de la venganza guste con mayor fiereza. Para vengarse ofendida y más de amor agraviado ¿qué mujer ha reparado en el honor ni en la vida? Dale celos, y verás el efecto en la venganza. Parece que a mi esperanza luces desde lejos das, que estándolo el Conde tanto ¿cómo podrá estar celosa Laura? Una invención famosa voy a intentarla. Entre tanto ver a Laura solicita. Amor te guíe. Tú, Fabio, llama, que nunca fue agravio del honor cortés visita. Temo que no ha de haber quien responda. ¿De quién se cuenta tal soledad? Tú lo intenta, y suceda mal o bien. Aquí, señor, viene Otavio. Porque a vuestra Alteza vi, a prevenirle salí de que no llamase Fabio, porque, si no es por engaño, ver a Laura es imposible, ¿Tanto recato? Es terrible. ¿Qué aguarda mi desengaño? Entro en la cuadra, a pesar de su desdén. Vuestra alteza se tenga. ¿En qué fortaleza alcaide pudiera estar que la puerta le negara a su rey sin ser traición? Las del honor solo son del dueño que las ampara, no del enemigo a quien se defienden justamente. Y vuestra Alteza no intente entrar, por mal ni por bien, que es del Conde aquesta tierra, que le está con tal lealtad, tanto amor, tanta verdad, sirviendo en Ingalaterra. Esos, Flordelís, son celos, que no defensas de honor. Cuando yo le tuve amor, pudiera tener recelos, mas, cuando desengañada le olvido, solo pretendo su honor de Laura. Yo entiendo que vive Laura engañada de pensar que este mi amor se extiende a ser descortés, que visitarla no es en ofensa de su honor. ¿A cuál hombre se negara una silla en cortesía? Porque toda mi porfía en esta llaneza para, y, sea o no fortaleza, yo he de ver a Laura. Y yo no digo, señor, que no que he escuchado a vuestra Alteza y el honor de visitarme agradezco justamente que de estar el Conde ausente, ha nacido el recatarme. que no por otra razón. Hola, una silla a su alteza. En amar vuestra belleza no hago al Conde traición, que no quiero en mi tristeza más premio que veros. Yo lo agradezco, pero no si pasase vuestra Alteza de esta justa cortesía y cortés conversación Que os obedezca es razón, <y> bellísima Laura mía El "bellísima" quitad. Ni al propósito responde el "mía", que soy del Conde. Con toda llaneza hablad. Ahora bien, hablemos de él, que es lo que menos me importa. Vuestra crueldad me reporta. Pues no me llaméis cruel, que no será cortesía ni llaneza. Pues ya va de visita, ¿cómo está el Conde sin Laura mía? A vuestro servicio bueno. ¿Escríbeos algo de mí? De vos no, de Claudia sí. ¿Mucho? Todo el pliego lleno. ¿Engañaisme? No, por Dios. ¿Es hermosa? Así la llama el Conde. ¿Será madama tan hermosa como vos? Preguntadme si es hermosa, pero el "como vos" quitad. Decís bien, fue necedad, porque como vos no hay cosa que tenga comparación, que sois un ángel, en fin. Dejad el "ángel", Delfín, que tenés poca atención. Erré, pero vos también algo habéis de perdonar, que es mucho saber hablar el amor con el desdén. ¿Qué escribe más? Que salió en las fiestas más galán que todos. No lo dirán ellos. Pues direlo yo. ¿Sentís su ausencia? Desvelos me cuesta. Ya querrá bien alguna dama también. Tendréis celos. No, recelos. Con veros de esta manera alguna vez, viviré. Ni cosa Laura os diré que os ofenda, aunque me muera, y vos me podréis decir que me vaya cuando estéis ocupada, pues tendréis o que hacer o que escribir. ¿Daisme con tanta llaneza licencia, pues que ya soy tan vuestra? Licencia os doy. Pues váyase vuestra Alteza. Quedad con Dios. Cortesía notable. Digna de un rey. Vos, infame, hombre sin ley, sabéis que esta casa es mía y que yo del Conde soy. Luego que al príncipe vi, que le distes entendí la puerta que no le doy. Mal habéis escarmentado de la noche que se fue el Conde, que os perdoné porque os presumí forzado. Señora No os disculpéis, villano. Si yo le vi, plega a Dios… Salid de aquí Cuando yo… No repliquéis, y agradeced que no os hago matar. Qué buen galardón. Los que hacen tal traición no merecen otro pago. Un cierto inglés de camino aquesta carta me dio. ¿Del Conde? Señora, no. Pues si no es suya, ¿a qué vino? Dijo que era de Roberto, que en Londres fueron amigos. Muestra, Laura, la lealtad con que siempre te ha servido. Por lo menos hoy tendremos nuevas del Conde. Yo escribo, señora, a vuestra excelencia porque pienso que la sirvo. Crieme en casa del Duque su padre, que agradecido a la crianza… ¿Qué es esto, Flordelís? Triste principio. … por lo que debo a leal de los duques, y así digo que tus obras se han mudado después que a Londres venimos… ¡Válgame Dios, toda estoy temblando! … en los regocijos y fiestas que aquí se han hecho, que a quien le importan remito, y voy a lo que te toca. Ha sido el Conde bien visto de caballeros y damas, tan gallardo y tan lucido y bizarro, que le llama el vulgo el francés Narciso. Con esto y quererle tantas, tan presto puso en olvido tu amor y su obligación, que su trato honesto y limpio ha trocado en mil bajezas. Flordelís, pierdo el juicio. Esto no es para creer, porque te adora mi primo. O estaba loco Roberto o en las locuras que ha escrito fue el papel algún convite, pluma el furor, tinta el vino. Últimamente entre tantos, la hija del Conde Emilio en tal estado le ha puesto y tan fuera de sí mismo, que viendo que no es posible hallar a su gusto arbitrio sin casamiento, una noche con gran secreto me dijo que te pensaba matar, vuelto a París, con hechizos. ¿Qué es esto, cielos? ¿El Conde tales palabras ha dicho? ¡Oh, ausencia, fiero enemigo! Pasa adelante. No hay dónde. Después de errar, tan indigno de un bárbaro cuanto más de un hombre tan bien nacido, ¿de matarme trata ―oh, cielos― hombre que tanto me quiso? ¡Qué mudanza! ¡Qué maldad! ¡Qué bajeza! ¡Qué delito! ¿Es posible que lo crees? ¿Cómo pudiera escribirlo Roberto, a no ser verdad? Que el Conde, olvidado y tibio ―hombre, en fin―, haya en tu ausencia otras mujeres querido puede ser, pero matarte, aun apenas puedo oírlo, cuanto y más imaginarlo. Amor, a quien pintan niño, que fuera mejor demonio de los profundos abismos, no hay locura, no hay maldad, no hay crueldad, no hay desatino, que no intente, de que están llenos el mundo y los libros. No ha perdonado el amor a los padres ni a los hijos; no, traidor, a los hermanos ni a las madrastras lascivos que la mano ha ensangrentado. ¿Qué imperio no ha destruido? De Paris se queja Grecia, España llora a Rodrigo, de Eneas la gran Cartago y de Marco Antonio Egipto. Ello es verdad y Roberto es verdadero testigo, a quien los duques mis padres criaron, que yo he tenido siempre por hombre leal. El más seguro camino es irme luego a Bretaña. No porque el morir resisto a manos del Conde ingrato, pues ya en su desgracia vivo, pero por que no goce la hija del Conde Emilio, ni él cumpla el deseo infame con tan injusto homicidio. Tú quedarás en su casa y le dirás que previno el cielo, contra su engaño, el remedio en el aviso, que se quede para siempre como ingrato y fementido a Dios, al rey, a mis padres y a la fe del amor mío. Dame tus brazos y adiós. Pues ¿yo no fuera contigo? No, Flordelís. Basta Celia Mis ojos se han hecho ríos de ver tu desdicha, Laura. El irme tan de improviso es porque ya la venganza me daba en el alma gritos para que hablase al Delfín, cosa que hubiera tenido disculpa, a no ser quien soy, que a mi honor no la permito; porque a las mujeres nobles de sus bajezas y vicios no las disculpan con Dios los yerros de sus maridos. Es el mayor favor que el rey me ha hecho enviaros a vos a este contrato. Tanto, que en algún modo lo dilato de veros tan gallardo satisfecho, y al cielo sumamente agradeciera, Arnaldo, que el Delfín os pareciera. ¿En qué ejercicio militar no ha sido vuestro valor a todos antepuesto? El hallarme de vos favorecido a mayores empresas me ha dispuesto. Pero el Delfín, señor, con la ventaja que este palacio vuestro real exced[e] a la cabaña más humilde y baja, hace que yo tan inferior le quede. A su alabanza doy atento oído No hay caballero en Francia tan lucido, puesto que fuera igual en nacimiento, que, fuera de su gran entendimiento y noticia que tiene en paz y en guerra de cuanto el arte de las dos encierra, es al uso de Francia tan humano, que parece un humilde ciudadano, siendo del sol espejo. Qué es verle en el bridón, cuando al manejo de la vara y la rienda le dispone y a los ijares las espuelas pone, bañando en sangre el oro de las puntas, haciéndole mover las manos tantas, tal vez que al salto obliga aquella pesadumbre corpulenta; y cuando blandamente le castiga y la boca sangrienta tiñe el fogoso anhélito de espuma, cubriéndole sudor en vez de pluma, con que pensó, olvidando su elemento, tenerse como pájaro en el viento. Qué es verle, en toda acción, vivo retrato del mejor Carlos que ha tenido Francia. Y aun hablo con recato, si hay lisonja en ausencia de importancia y aunque es verdad que el ser vasallo obliga, la envidia misma su alabanza os diga. Ya la imaginación por vos le ama. No me creáis a mí, creed la fama. Del rey embajador y coronista de su Delfín os hallo. Yo os digo que no hablé como vasallo, remito a la vista. Será este nuevo abrazo de Ingalaterra y Francia estrecho lazo. Duren por mil edades en santa paz tan justas amistades. Hablar la Infanta quiero y, con las alabanzas de su espos[o], ser padre y ser amigo lisonjero, porque su dicha me ha de hacer dichoso. La dicha está, señor, de vuestra parte. Muriendo estoy, Roberto, por hablarte. ¿En qué materia el grande entendimiento que Dios me dio previenes? Si bien penetro ya tu pensamiento. ¿Tan descuidado y divertido vienes? ¿Puedo yo hablar en cosa que no sea de Laura, mi mujer y dulce esposa, con quien la más purpúrea y fresca rosa a mis ojos parece negra y fea? ¡Oh, amor, dulce pasión de los mortales! Yo nunca de sus bienes y sus males supe más argumentos que la naturaleza nos enseña. Sea doncella esquiva o fácil dueña, romancista o latina, morena, pelinegra o bayandina abobada o sutil, tuerta o derecha, gorda o flaca, pandorga o contrahecha, descolorida o roja, que nunca la color me dio congoja, sea necia o discreta, Inés o Juana, española, francesa o veneciana, que en cuantas mira el sol, que el mundo mide, solo me desagrada la que pide. No son de amor los pensamientos altos para los hombres de nobleza faltos. ¡Ay, Laura, cómo vivo yo sin verte! Nunca, señor, te he visto de esta suerte. ¿Qué tienes estos días? Crecen, Roberto, las tristezas mías al paso que el inglés el fin dilata de lo que el rey por los conciertos trata. No, señor, no me agradas. No es solo amor tu pena ni es posible. De ti te ofendes y de mí te enfadas, todo lo juzgas áspero y terrible. Vienen a visitarte estos milores, trátanse guerras y hablas en amores, como hombre que no tiene confianza. ¿Hay nueva pretensión, nueva esperanza? Si el cielo ahora en fabricar pusiera particular estudio una hermosura, y para su figura y simetría, con celeste armonía, de nácar y perlas un modelo hiciera, salpicado de rosas y claveles, bañando en oro y plata los pinceles y la frente de nieve y sol vestida, me pareciera etiege teñida en las tinieblas de la noche obscura. Pues, conde, siendo tuya su hermosura y que solo el canal de Ingalaterra de sus ojos te aparta en poca tierra, ¿de qué nacen tus penas y desvelos? ¿Direlo todo junto? Sí. De celos. ¿Celos de Laura? Sí. Con tu licencia, si no es locura, es grande impertinencia La noche que volvimos del camino, que aunque fineza fue desatino, hallé a la Laura turbada, de vergonzoso nácar afeitada. No me hablaba a propósito, mirando a todas partes, temerosa y triste, de sí misma sus ojos recatando. ¿Apenas te ausentaste que ya temiste? Entramos a la cuadra y desnudose; mirela melancólica y turbose; y cuando ya quedaba en el manteo y yo con el jubón en mi deseo, Laura salió a la sala. En lo que es natural no hay cosa mala. La cabeza volvió mi pensamiento y, no hallándola, voy con paso atento, y escucho que con Celia Laura hablaba, y que de verme cuidadosa estaba. Oigo pasos y voces… Ya, Roberto, mi cólera conoces. ¡Vive Dios que era yo, porque venía porque, enojada, Celia no quería darme sábanas limpias… ¿Qué me cuentas? diciéndome que el mar y que las ventas daban, por blanda cama, tablas o suelo, y, por frazada, el pabellón del cielo. Desnudo la que ves de punta a pomo, y del bufete una bujía tomo, y salgo donde Laura ya volvía. Preguntele en qué andaba, qué tenía; y después de preguntas y respuestas, me dijo, con palabras descompuestas, que de su prima Flordelís estaba celosa, y que pensaba que por ella volvía. Sosegué su celosa fantasía, mas no me sosegué, porque he pensado que salió de otra aljaba su cuidado. Y aunque con su virtud me he defendido, la ausencia, que en otros causa olvido, despierta mi memoria, de tal suerte que estoy de puros celos a la muerte; tanto, que al rey quise pedir licencia. Quejoso estoy, señor, de tu prudencia. ¿Tú celoso de Laura mi señora? ¿Cuándo tan limpia fue cándida aurora ni lirio azul en verdes espadañas, cuándo la intacta nieve en las montañas, cuándo azucena casta? ¿Y ser quien es no basta cuando de su virtud faltaran señas? Qué mal tu honor empeñas, porque primero abrasarán los hielos , de la rueda mayor desenlazados darán precipitados con la celeste máquina en la tierra, hará la envidia a la pobreza guerra y no será arrogante el que era vidro ayer y es hoy diamante, que deje de ser Laura Lauro verde, que al viento, al agua, al sol, hoja no pierde. Oh, buen Roberto, alivio de mi pena, toma aquesta cadena y haz que me lleguen luego la carroza. Tantos años, señor, de Laura goza, que de viejos os saquen de la cama, diciendo el uno falta y el otro mama Necio, ¿qué dices? Que tan gran belleza fénix la volverá naturaleza, que no querrá que pueda [e]l tiempo ingrato borrar al cielo su mayor retrato. Bien dicen que la fortuna favorece a quien se atreve. Grande fue su atrevimiento. Albano admirado viene. Pues ¿no es razón que me admire si para Bretaña quieres que te acompañe, diciendo que ver los duques pretendes y, apenas de París sales, cuando con palabras breves me dices que a Ingalaterra, y con ánimo valiente pasas la mar disfrazada, que pienso que te obedece, y no paras hasta Londres? ¡Ay, Albano, que no sientes lo que un amor agraviado con celos injustos puede. Ya te dije la ocasión que ha podido enloquecerme, que, viendo yo que es locura que tanto peligro intente, no se espantará quien sabe el valor de las mujeres de esta hazaña, porque amando cuanto empiezan tanto emprend[e]n. Quiéreme matar el conde, y no es lo que el alma siente que el Conde quiera matarme, sino el ver que no me quiere. Fingí partirme a Bretaña, para venir donde viese con mis ojos si es verdad que el Conde intenta mi muerte. Aquí veré lo que adora, pero él no lo que aborrece, que yo sabré disfrazarme. Y cuando me conociese, máteme el Conde, que yo tengo por mejor ponerme desengañada en sus manos, que no que me mate ausente. Ya sé que entre tantas fiestas podré sin peligro verle, y ver aquella enemiga que a él le agrada y a mí me ofende. Volvereme, Albano, a Francia con lo que de aquí supiere. Esto es amor, que el amor todos los peligros vence. Ejemplos hay en el mundo de mayores accidentes, de atrevimientos mayores. Pruebe a amar quien no los cree, señora. Si a los principios me excusé de obedecerte, fue por ver si la podía persuadir que no vinieses al peligro en que te ponen celos, atrevidos siempre, pero, en viéndote resuelta, acabé de resolverme a perder por ti mil vidas. Si en la patria vuelvo a verme, no me llamarás ingrata. Ya es Albano que pienses dónde a Laura mi señora con más secreto aposentes. ¿Quieres cerca de palacio? Para cuanto se ofreciere, es mejor que estemos cerca. Pues vamos, que, con la gente que a las fiestas ha venido, nadie podrá conocerte. El embajador de Francia dicen que pasa. Pondreme adonde le pueda ver, si no me desmaya el verle. Será darme, Flordelís, Laura esconderte ocasión, para alguna sinrazón. No estando Laura en París, ¿qué puede hacer vuestra Alteza? ¿Cómo que Laura no está en la ciudad? Porque ya desesperada tristeza la obliga a dejar su casa, y a la de sus padres fue. ¿Desesperada? ¿Por qué? Amor. Adelante pasa. ¿No basta decir amor? Siempre te quejas del mío, y tengo por desvarío que agravies tu noble honor. Engáñase vuestra alteza, que, aun amadas las mujeres, son en mudar pareceres de fácil naturaleza, Pues ¿qué harán aborrecidas? Y Laura el ejemplo sea. Su olvido es justo que crea, no que agraviada me olvidas. De Laura me importa a mí, que indispuesta la excusabas cuando el verla me negabas mil veces que vine aquí, saber la extraña ocasión; porque su marido ausente irse de su casa intente, que es ofender su opinión. No sé más de que una carta que de Londres recibió a dejalla la obligó, y que a Bretaña se parta. Lo que la carta decía no lo sé, sí que lloraba y del Conde se quejaba. ¡Oh, fuerte desdicha mía! Vive el cielo, Filiberto, aunque de aquesta invención te disculpa la intención, que tu consejo me ha muerto. La carta fingida ha sido causa que, al Conde temiendo, huya y me deje muriendo, más penado y más perdido. Erraste en poner que el Conde quería matarla, ¡ay, cielos!, pues bastaba darla celos. Mi voluntad te responde culpando mi entendimiento. Pensé que aquella traición le diera a Laura ocasión de justo aborrecimiento; mas no de tanta flaqueza. que no esperara su engaño sin temor del desengaño ¿Qué me manda vuestra Alteza? Porque las aborrecidas no hacemos conversación. Que se alegren con razón, más vengadas que ofendidas. Si le escribieres de mí, dile que me muero ausente. Fuera cosa impertinente hacer memoria de ti. No sé cómo pueda hallar, de mis desdichas en medio, a tanta pena remedio. Consuelo a tanto pesar, Señor: no es Laura perdida ni está París tan lejos. Déjame con tus consejos, que me han quitado la vida No vengas triste, por Dios, ¿Cómo he de venir, Roberto, estando ausente de Laura, muerto de amor y de celos? Hacen aquestos festines por ti, señor, con intento de honrarte el Rey y la corte, y vienes a estar con ellos con tanta severidad que presumo que es desprecio. Deja una noche siquiera a Laura. Quiero y no puedo vencer la imaginación . Lo que es justo te aconsejo, que para hablar y alegrarte no es menester mucho esfuerzo. ¿Qué hará en este tiempo Laura? Laura estará en este tiempo haciendo en París labor; Celia contándole cuentos; y Flordelís, como suele, atentamente leyendo de cómo [en] la Peña Pobre era Amadís B[e]ltenebros. ¿Habrá persona en el mundo que quiera como yo quiero a Laura, a mujer ninguna de cuantas el cielo ha hecho? ¿Pues no? ¿Quién? Laura a sí misma. Nunca te he visto tan necio. ¿Ella había de quererse a sí como yo la quiero? Y mucho más, por Dios vivo, que es muy claro el argumento: ¿Tú por qué quieres a Laura? Por la hermosura. Ese objeto que te agrada es gusto tuyo, que no de Laura provecho; pero Laura se ama a sí por un natural afecto que se tienen cuerpo y alma. Yo soy alma de su cuerpo. Ya sale el rey al festín. Alégrate. Ya lo intento. Deme, señora, la mano vuestra Alteza, si merezco tanto favor por vasallo. A la obligación que os tengo mostraré, toda mi vida, debido agradecimiento. Den silla al Conde, y también tengan las damas asientos, que vinieron embozadas. Miento al alma si me alegro. Bravo está el embajador. Tenéis razón de alabarle. Dando está a las damas talle. ¿A cuál de estas tendrá amor? No es posible que este aquí, si no viene rebozada. El corazón, de turbada, habla en los ojos por mí. Asiéntate junto a él, no te ocupen el lugar, que es imposible pensar que puedes estar con él. Yo, señor embajador, quiero ganar este puesto. Y yo merecer con esto, madama, tan alto honor. El que vos me dais estimo, que es lo más que puede ser. No sé cómo hablar mujer en tal tristeza me animo. ¡Extraña imaginación, oh, cuánto engaña a quien ama! Solo el olor de esta dama me ha turbado el corazón. Todo ha de ser Laura en mí. Está el aire y el donaire. Mas ¿qué no forma del aire quien está fuera de [s]í? Hasta las sutiles auras del viento retrato son, que con la imaginación todas me parecen Lauras. Aquella boca es testigo que a ser Laura me provoca, o ha prestado la boca para que hablase conmigo. Junto a vos, señor francés, me pongo con ocasión de haceros conversación. Bueno, juraré de inglés la flaca de estas perdices. ¿Servís? Bravo olor me ha dado. Por Dios, que me habéis llevado hasta Francia las narices. ¿Cómo ansí? Tenía en ella quien de esta suerte me olía. Gato de Algalia sería. Si, por Dios, gatidoncella. ¿Que os arañaba el semblante o la bolsa? No era más de esto de amor de tris tras, hablar y andar adelante. ¿Era hermosa? No, por Dios. Mentís. ¿De qué lo sabéis? Del buen gusto que tenéis. ¿Podré ver si lo sois vos? No me puedo descubrir. Oh, bien haya España, amén, que sin máscara se ven o lucir o traslucir. ¿Habéis estado en España? Algún tiempo estuve allá. ¿Qué traje? Como él de acá, que no hay nación tan extraña de quien no tome el vestido. Hacen muy bien, que no son tudescos, cuya nación, desde Adán, dicen que ha sido la misma que ahora es. La bizarría española no admite una gala sola. La más firme dura un mes ¡Ay mujer ―qué gran trabajo― que trae ―decirlo quiero― una tienda de un ropero, desde la cintura abajo. ¿Eso por España pasa? Allá las mujeres son empanadas de figón: poca carne y mucha masa. Si las compran por el peso, mucho se vendrá a perder. Cencerros vienen a ser: gran campana y dentro un hueso. ¿Que os oiga decís? Sí haré. Yo soy una noble dama, señor Conde, que he vivido con tan soberbia arrogancia que he despreciado milores, lo que allá monsieres llaman, para casarme, y tan necia, que de escuchar me espantaba que hubiese en el mundo amor, más milindre que ignorancia. Esto fue con tanto extremo, que amor deseó venganza de esta libertad, y viendo que ningún sujeto hallaba en Ingalaterra, trujo vuestra persona de Francia. Yo os he visto en estas fiestas, bien de mi mal descuidada, tan airoso y gentil hombre, cuanto bizarro de galas. Luego que en vos los ojos, y tras los ojos el alma, tras el alma los deseos, tras los deseos las ansias, tras las ansias la opinión, tras la opinión las palabras con que os he dicho, aunque mal, que sois de mi mal la causa, si queréis corresponderme, no os ha de costar más cara mi visita que los brazos. Mirad qué breve esperanza para tanta posesión. Con alma y vida os pagara, señora, tanto favor, que en vuestra persona y habla se ve bien vuestra nobleza. Pues yo os prometo que es tanta que, a quitar la mascarilla, viérades, con letras blancas de mi sudor, la vergüenza que me ha costado; tan cara que le ha prestado su sangre el corazón, y así andan desmayo y color supliendo el uno al otro las faltas. Digo, pues, señora mía, ―mirad que verdad tan llana― que soy casado en París. Vano temor os engaña. ¿Quién os habla en casamiento? ¿Qué padre conmigo os halla? ¿Qué cédula os pido yo? ¿Quién os fuerza? ¿Quién os casa? ¿Qué solícito notario ha de escribir esta causa? La noche ha de ser testigo, y siempre la noche calla. No entendéis o no queréis. No la entiendo. Cosa extraña. Oíd, si sabéis francés: yo adoro en madama Laura, mi mujer, y a la partida le di palabra jurada de volver como partí tan firme y fino. ¡Oh, qué gracia! Para un hombre, y hombre ausente, ¿qué más dijera esa dama si la sirviera algún hombre? Señora, no son las almas hombres ni mujeres. Yo con ella la quiero… Y basta de esta plática, que pienso que la ofendo en no dejarla. Si fueran ansí los hombres, pocas mujeres casadas se quejaran de sus bríos. Y cierto que es cosa rara ―oh, muy casto embajador― tomar tan mal mi embajada. Ea, no seáis grosero. A ser yo persona santa, os tuviera por demonio. ¡Ay, Jesús, arredro vaya! No os diré más, sosegaos. Dos cosas os desengañan: ¿quereisme vos tanto a mí como Laura? Es cosa clara que no, ni sois tan hermosa. En todo la haré ventaja. ¿Quereislo ver? No, teneos. Pues ya que desconfiada estoy de mi pretensión, sabed que sé lo que pasa, y que no es vuestra mujer por quien con tanta arrogancia os hacéis ausente firme, porque me ha dicho una dama que ha concertado con vos, luego que volváis a Francia, que matéis vuestra mujer. ¡Qué mentira tan cansada! ¡Qué bárbaro pensamiento! ¿Yo a Laura? Divina Laura, ¿yo a ti? ¿Yo eclipsar tus ojos? ¿Yo sus luceros al alba? ¿Yo el sol a Francia? ¿Yo al cielo su retrato? Antes, que haga, no digo yo, mas la muerte, en mi vida tal venganza: muera yo, mil veces muera con la más cobarde espada; pierda la honra en París y, por traidor a la patria, me pase un verdugo el cuello en una desnuda tabla. Tenme, amor, que estoy temiendo descubrirme. Ya la infanta se levanta. Perdonad… Vuestra doncellez se vaya a cumplir su obligación, que ya le mira y le aguarda. Ya, Conde, todo se ha hecho como el rey quiere; y mi hermana la mano y la voluntad envía al Delfín de Francia, por vos, con mucho contento. Los pies os beso, madama en su nombre, y os suplico lleve también vuestras cartas. ¿Descúbreste? ¿Ya qué importa? ¿Así te estás? La constancia del Conde es un monte firme. ¿Firme? Son historias largas. No lo están más en el cielo sus resplandecientes achas. La carta fue mentirosa, de algún traidor fue la carta. Adiós, Conde, hasta París. Mañana me vuelvo a Francia.
JORNADA TERCERA
¿De que hayas vuelto a París No quieres que esté admirada? De mi padre aconsejada, vuelvo a París, Flordelís. Dice que fue grande error creer que el Conde intentara matarme, y que yo estimara más mi vida que mi honor, porque todos pensarían que yo le daba ocasión. La virtud y la opinión junto a la invidia se crían, no dan paso que no intente seguir, y ansí, pienso yo que de la invidia nació y de ver al Conde ausente. Luego que te fuiste ha hecho mil locuras el Delfín. ¿A qué propósito? A fin de satisfacer su pecho, porque se daba a entender que aquí estabas escondida. Qué justa fue mi partida. Mal pudieras defender de su locura tu honor. Pero ya que el Conde viene, la mayor defensa tiene su poder. Temo su amor. ¿Los brazos me niegas? Quiero besar primero los pies de Laura. ¿Es Roberto? Él es. En este ilustre escudero estampa, Laura divina, una de dos azucenas. Tente, loco. A tantas penas de tu ausencia, oh, Laura, inclina ese coturno de lama. ¿Y el Conde? Viene sin gente, que quiere secretamente verte esta noche, madama. ¿No verá primero al Rey? Mañana le dará audiencia, porque amor tiene licencia para hacer leyes sin ley, oh, Flordelís celestial. Ya me tenías quejosa. Dejé la lis por la rosa, por el diamante el cristal. Yo también lo estoy de ti, pues ¿tanto tiempo, Roberto, sin escribirme? A estar cierto que te sirvieras de mí en cosa tan desigual, de tu claro entendimiento mostrara mi rudimento de mi ignorancia el caudal. No te escribí por no ser capaz de tanto favor De los indicios de amor nadie se pude ofender. ¿Ha servido el Conde allá muchas damas? Sola una a quien no igualó ninguna, pero esta dejola acá. Mirado fue, pero en vano querido, mas sin efecto, porque amor tan recoleto no se ha visto en hombre humano. Cierta máscara vi yo que una noche inquietaba, pero ¿qué ausencia se alaba de la lealtad que mostró?De esto hablaremos después, que hay nunca vistas finezas. Quien llega, Laura, a tus brazos del mar de tan larga ausencia pierda la memoria en ellos de las pasadas tormentas. No se acuerde del peligro, olvídese de la pena, descanse en su dulce puerto y el milagro, Laura, ofrezca al templo de tu hermosura. Tan súbitamente llegas, que aun no has dejado que el alma te recibiese a la puerta. Preguntar quiero a tus ojos qué sienten de mi presencia. De tu ausencia los pregunta, que ya te han dado respuesta, pues de lágrimas a risa es grande la diferencia. Mas ¿qué me dirán los tuyos de tantas damas y fiestas? Cual suele en oscura noche, esperando que amanezca, un ave mirar si es sol alguna de las estrellas: así parecieron todas a mis ojos, y así alegras, amaneciendo tus rayos, la noche de mi tristeza. ¿Cómo estás? Contigo estoy. ¿Tú cómo vienes? ¿Qué esperas que te diga si te veo? Si por ventura te acuerdas que me diste la palabra, partiéndote a Ingalaterra, de volverme a ver tan firme, ¿cómo te fue de finezas, con las sirenas de Londres? ¿Son hermosas, son discretas? Si tú no hubieras nacido, algunas lo parecieran; mas, por vida de tus ojos, que para mí fueron feas. Merced me hicieron, mas yo, que estaba sin alma en ellas, no tuve imaginación que no temiese tu ofensa. ¿No has visto que en todas partes se ve el sol de una manera? Pues ansí, cuando en Francia, te he visto en Ingalaterra. ¿Cómo está tu prima? Aquí. ¿Hay, Laura, más alta prueba de mi amor que no haber visto a Flordelís? Si pudiera creerlo, razón tenías. Es hacerme, si lo niegas, descortés. Prima, perdona. Como tú con salud vengas y enamorado de Laura, dice amor que te agradezca que te olvidases de mí. ¿Cómo va, señora, Celia de lo que llaman olvido? ¿Hay por acá cosas nuevas? Previéneste de disculpas. Vendrás toda el alma llena de inglesas blancas y rubias. ¿Son las de Londres muy bellas? Algunas damas londrinas, con su nevada belleza, eran ninfas de marfil, pero con poca pimienta. A gustos alfeñicados, de estos de almíbar de perlas, el cocinero apetito sirva empanadas inglesas; no a mí, que de esas pinturas, aunque las hay en mi tierra con españolado gusto, sabrosas son las morenas. A visitarte, señora, viene madama Isabela con la duquesa Alejandra. Pues no es justo que me vean antes que haya visto al Rey, entra y la visita abrevia, mientras que quedo sin alma, Ven, Flordelís, que no hay cierta dicha, sin algún estorbo. Ninguna de ellas es necia. No harán la vista larga, pues ya la noche se acerca. En las postas que a la puerta, aunque con secreto, estaban, conocí que habías venido de tu dichosa jornada. Dame tus pies. y los brazos. Otavio, por ver a Laura, antes que a palacio fuera, vine secreto a mi casa. ¿Cómo estás? A tu servicio. El ver que en ella quedabas me consolaba en su ausencia de que la hiciésemos falta, por tu cuidado y gobierno. Vuestra excelencia se engaña, que no estoy en casa yo desde que se fue a Bretaña mi señora la condesa, que sin ocasión airada me desterró de sus ojos. Dos cosas oigo, y de entrambas arguyo que vienes loco: la primera, que sin causa Laura se enojase, Otavio, siendo experiencia tan clara su blandura y condición; la segunda, tan extraña, que digas que el despedirte fue partiéndose de Francia a Bretaña la condesa, que, si la condesa es Laura, Laura no ha salido un punto de Francia ni de su casa, ni puede ser en mi ausencia. Mira, Otavio, cómo hablas. Si acaso algunos amigos han puesto en tanta mudanza el recato de tu honor y estilo de tus palabras. Si esto es así, más seguro descansarás en la cama. Llévale de aquí Roberto. ¿Laura en Bretaña? ¡Oh, qué gracia! Vamos, Otavio, que estás cansado de andar a caza de liebres de Tetuán con los pellejos de España. Tente, Roberto, que no soy de aquellos que, a su honor atrevidos, pierden por amistades los sentidos. Si el Conde no sabía que en Bretaña estuvo mi señora la Condesa, de haberlo dicho con razón me pesa, pero de que es verdad te desengaña. ¿Qué porfías, Otavio? Lo que digo es que ha faltado Laura mi señora de su casa, y que de esto soy testigo. ¿Laura en mi ausencia? Pues que puede ahora saber si esto es verdad, vuestra excelencia qué tiene que dudar? ¿Laura en mi ausencia? Con mis ojos la vi partir de Francia. Bien puede ser que fuese a alguna aldea que esté de la ciudad poca distancia. Como quiera que sea, no ha dos días, señor, que está en su casa. Otavio, a nadie digas lo que pasa, por hacerme placer. Y vete ahora. Yo no supe que Laura mi señora salía de París sin tu licencia. Vete, Otavio, con Dios. ¿Laura en mi ausencia? Isabel y la duquesa, señor, se partieron ya. ¿Qué dices, Celia? Que está mi señora la condesa esperándote. Ya voy, por que entrambos descansemos, pues tanta ocasión tenemos. Yo por lo menos lo estoy. ¿Cómo venís de Bretaña? ¿Díjolo ya mi señora? Su jornada supe ahora. Con falsa risa la engaña. Bien nos fue, porque, en efeto, los duques ver deseaban su hija y no la esperaban, porque llegó de secreto. Oh, cuánto os regalarían. Eso fue notable cosa. A güéspeda tan famosa iguales fiestas harían. Tengo de venir por vos. ¡qué poco galán llegáis! ¿En conversación estáis tan despacio? Bien, por Dios. quién pensara ―aunque el olvido por hijo a la ausencia dan― que partiendo tan galán volviérades tan marido. Bien parece que de tierra tan fría, Conde, venís, pues llegan hasta París los hielos de Ingalaterra. Mas puede ser, señor mío, que tuviéredes allá tan grande calor y acá trujésedes tanto frío, que según os suspendéis, que aun palabras no fingís, mas parece que os partís, que no que de allá volvéis. Pero ya con experiencia veo, mi señor, que ausente siempre me tuvo presente vuestro amor en esta ausencia, pues llegando, conde, a darme los brazos, si esto es quererme, no fue novedad el verme, que tenéis gusto de hablarme que dejáis ajeno empleo, muestra bien vuestro disgusto, pues traéis helado el gusto y sin fuerzas el deseo. pero tocaos de este empeño, que hay g[u]stos como criados, que, como vienen cansados, nunca llegan con el dueño. Mas ¿habéis la fe cumplido de no olvidar ni ofender…? Mas ¿cuándo a propia mujer cumplió palabra marido? Quién pudiera ser, señor, si lo propio se desama, para las finezas dama y mujer para el honor. ¿Aún no me miráis? Gustaba, Laura, de oírte quejar qué tienes gracia en hablar, que cuando saliste entraba, que por la mano me ganes. No son tibiezas ni olvidos, que enamorados maridos son los mejores galanes. El amor que más suspira viene a ser enemistad, todos los demás mentira. No de Ingalaterra el hielo, que soy aquel mismo yo que vuelvo Laura a tu cielo. Otavio me dijo aquí que en Bretaña habías estado, cosa que me dio cuidado. ¿Sin mi licencia y sin mí? Esta fue mi suspensión. ¿Yo en Bretaña? ¡Qué mentira! ¿Mentira? Y muy grande. Mira que me has puesto en confusión. Yo sé cierto qué has estado. Y yo sé que te han mentido. Ni de París he salido ni de mi casa faltado. Que este Otavio, con la ira que ha tenido contra mí desde que se fue de aquí. fingió tan grande mentira. Éntrate, Laura, a acostar, que ya voy. No hallarás cosa en contrario. Laura hermosa, de que me pudo engañar te pido humilde perdón. No me ha hecho, Conde, agravio, porque ya yo sé que Otavio hará cualquiera traición. Cuando llegaba, Roberto, a descansar en los brazos de mi esposa, hallo una fiera que me está el alma abrasando. Que ha estado en Bretaña Laura me dicen Celia y Otavio, y Laura lo niega aquí: es el argumento claro de que mienten todos tres, los dos que estuvo, afirmando, ausente, y negando el otro: todos son testigos falsos, y todos contra mi honor. No estaba turbada en vano Laura, cuando yo volví. ¡Qué necio y confiado me acosté! Que si yo entonces con luz y espada en la mano mirara mi casa ―ah, cielos―, yo hubiera por dicha hallado la causa de mi desdicha. No digas tal, que es engaño cuanto piensas. Entra y mira que Laura te está esperando, y si vuelve ha de pensar que andas inquieto y turbado, con celos de Flordelís. ¿Podré yo con este vaso de veneno hasta la muerte tener a Laura en mis brazos? ¿Podré yo sufrir que el sol me vea, Roberto, al lado de una traición en claveles y una infamia en alabastro? ¿Podré yo llamar mi vida a quien dar la muerte aguardo? Ahora bien, si hay causa aquí, el dueño de mis agravios ha de venir esta noche, celoso y desesperado, si ha sabido mi venida; pero, si no le avisaron, a entrar sin pedir licencia. Perdone Laura, que, estando sin alma no hay hombre cuerdo. Señor. Déjame, villano. Duerma Laura, si pudiere; duerma sin mí, pues ha dado tal desvelo en honra y vida, y tengo el alma en los labios. Que hacer a un hombre celoso mil cautelas y regalos es hacer comer por fuerza a un enfermo porfiando, porque, cuando está el amor de celos debilitado, aun no puede abrir los dientes, cuanto más cerrar los labios. Admirado me dejas. Esto pasa. Yo he visto a Laura con mis propios ojos. ¿Que Laura está en París? ¿Laura en su casa? Ni fueron sombras ni recelo ni antojos. Esta es la Troya que mi pecho abrasa, dulce error, dulce mal, dulces enojos, aquí vive, aquí reina y aquí mata. Cruel vive, injusta reina, y aquí mata . Asomose a un balcón, mas de aquel modo que suele el sol cuando se turba el cielo, que le permiten ya las nubes todo y ya por partes del rompido velo. Pero apenas más cerca me acomodo, cuando la mano de su vivo hielo, cercando con marfil la celosía, la noche me dejó, llevo[s]e el día Consejo fue del Conde, ¡oh, Filiberto!, irse a Bretaña Laura, pero ahora que él está en Londres, ella aquí y yo muerto, mal se defenderá de quien la adora. ¡Oh, puerta de mi bien! ¡Oh, dulce puerto de mi mar. No saldrá la blanca aurora sin verme entrar por vos. Llamo. Detente, señor, que viene hacia nosotros gente. ¿No te lo dije yo, viven los cielos, que están dos hombres a mi puerta y llaman? Estos ya son agravios, no son celos, y morirán los que mi honor infaman. Verdaderos han sido tus recelos. [La sangre es honra y los agravios claman]. ¿Es el conde? Yo soy. Señor, el Conde. ¿Vos, Conde, estáis en París? ¡Qué gentil embajador! ¿Sin ver al Rey, mi señor, a vuestra casa venís? Bien la obligación cumplís de la nobleza heredada. ¡Qué desigual embajada, qué notable proceder! ¿Pues vais por una mujer y volvéis con una espada? ¿Pues, Conde, recién venido y con celos de un galán los que por la calle van acuchilláis ofendido? ¿No sabéis que yo lo he sido de Flordelís, y en París es público a qué venís con tan recio proceder? Guardad vos vuestra mujer y dejad a Flordelís. Pero debéis de querella, que, de Laura enamorado, a estas horas acostado estuviérades con ella. Y si, de verla tan bella, es los celos a porfía, sosegad la fantasía que os obliga a tanto mal, que son deshonra mortal los celos en profecía. Nueva manera de entrada con grande acompañamiento, notable recibimiento, solo y desnuda la espada guardar a Laura es cansada disculpa y necio cuidado de estar de otra enamorado, que guardas con inquietud es ofender la virtud de lo que se está guardado. Yo apostaré que no sabe Laura que venido habéis, que de Flordelís tendréis la voluntad y la llave. Hombre galán, hombre grave, no bebe por Laura el alba si esta ofensa no restaura. ¡Vive Dios, y es justa ley, que tengo de hacer que el rey os quite mañana a Laura! No por celos he venido, ni a Flordelís tengo amor, ni por mal embajador lo que debo no he cumplido. Mujer, no espada, he traído, para que de ella te asombres, si bien son iguales nombres, si darlos a entrambas quieres, porque siempre son mujeres espadas para los hombres. No ver el rey fue llegar cansado y desalentado de la posta, y descansado quererle mañana hablar; y algo puede disculpar de mi Laura la belleza. ¿Y el venir aquí tu alteza? Que si no es a grandes fines nunca salen los delfines del mar de tanta grandeza. No estar con Laura acostado a estas horas no es amor de Flordelís, que es temor de que se vaya un criado que atrás, señor, se ha quedado con las joyas que traía, y de buscarle venía. que aunque Laura es mi riqueza, prestómelas su belleza y volvérselas quería. Hallando aquí gente, en duda fue justo sacar la espada, a la virtud envainada, que, a las traiciones desnuda, es la espada lengua muda, por el honor sabe hablar y solo al rey respetar, en quien no cabe deshonra. Porque quien da a todos honra ¿cómo puede deshonrar? De los agravios mentales por celos en profecía nunca tuve fantasía, que me obliga a casos tales, ni los vasallos leales de su rey tienen recelos, ni profeta a mis desvelos mi espada, príncipe, fue, pues primero la saqué que nadie me diese celos. Segura mi casa está y mi honor de tu valor, que eres el supremo honor. Ni le quita el que le da, ni los reyes, aunque ya de su justicia lo infieres, por ajenos pareceres descasan a los casados, si no son interesados en llevarse las mujeres. Y con esto, puedes darme licencia, que aquí te dejo, pues, tomando tu consejo, con Laura voy [a] acostarme. Tú, luz de Francia, has de honrarme; tú, de cuya gallardía mi honor sus prendas confía, porque ¿cómo puede ser que te trujese mujer y me quitases la mía? Con razón te has suspendido de tan grande libertad. Quien me ha dicho la verdad no me ha dejado ofendido. Loco pensamiento ha sido el que, por vanos antojos, me ha puesto en tantos enojos y no poca liviandad ofender la majestad por agradar a los ojos. Que el rey es supremo honor, dice el conde, y quien le da: luego ofender no podrá sin ofender su valor. Laura desprecia mi amor, ¿en qué puedo yo fundar querer al Conde agraviar? Que si Laura se defiende y el conde mi agravio entiende, ¿quién me podrá disculpar? Honrar los buenos vasallos es acción de buenos reyes, que las más tiranas leyes no permiten agraviarlos, que puede ser obligarlos a deslealtad con pasión. Yo dejo la pretensión, que es sufrir grave delito que gobierne al apetito y obedezca la razón. El Conde me trae mujer, y no es bien que yo le quite la suya ni lo permite la violencia del poder. Yo le quiero defender de mí mismo desde hoy, tan desengañado estoy, porque, si me está sirviendo y yo entre tanto le ofendo, dejaré de ser quien soy. Dignas palabras, por cierto, de un rey, y digno valor de un príncipe. Fue mi amor un juvenil desconcierto. De hoy más será, Filiberto, el Conde el que ser solía. Su honra será la mía, aunque él la sabe guardar, que tanto le pienso honrar cuanto agraviarle quería. Quédese Laura en sus brazos que haya, sin amor, deseo que en pacífico himeneo, que en eternos abrazos, no se enrede con más lazos la hiedra al olmo; que estén mil siglos, se quieran bien; que para templar mi amor pudo del Conde el valor más que de Laura el desdén. ¿Qué disculpa puedes darme de esta sinrazón, Roberto? Venir el Conde a su casa disfrazado y de secreto, entrar con ansias de verme, galán amoroso y tierno, y en un instante mudarse palabras y pensamientos; salir con armas dobladas, melancólico y suspenso; rondar la calle y volver al alba con triste ceño; pasar sin hablarme y dar suspiros en su aposento. ¿Qué desdicha es esta mía? ¿Qué tiene el Conde? ¿Qué es esto? Dime la verdad, no seas ingrato a mi amor. ¿Son celos, son invenciones de Otavio? Señora, tu sentimiento me llega al alma. No sé la causa de este silencio, de esta tristeza y suspiros, pero para mí sospecho que son agravios del Rey. Pues si viene descontento no descansara conmigo. Dicen que los hombres cuerdos solo de mujeres fían lo que es por de fuera el pecho, que, como se las sacaron de las espaldas, tienen miedo que si los pechos le[s] fían los han de vender los pechos. Eso es negarles el alma, pues es alma lo que hay dentro, y es querer alma, sin darla, usar de soberbio imperio. Dice Laura la verdad, de que se ve que el querernos no es estimación del alma, sino belleza del cuerpo. A las lágrimas de Laura desperté, Roberto; y viendo la crueldad del Conde, estoy tan admirada, que creo que deja en Ingalaterra la causa de estos efectos, porque tenerlos de Laura es disparate y no celos. Recógete por tu vida, señora, que te prometo saber lo que es, si con él privo tanto como pienso, y decirte la ocasión. Roberto, yo te agradezco ese amor, pero presumo que, pues yo con él no puedo que se declare conmigo, no tendrán fuerza los ruegos. ¿Qué se pierde en que lo intente? Vete a descansar. Los cielos, que mi inocencia conocen, den luz a su entendimiento. ¿Estaba Laura aquí? Quejosa estaba, y con razón, de la crueldad que has hecho, pues, cuando tan alegre te esperaba, fue duro campo de batalla el lecho. Mayor fue en mí, que, cuando más pensaba que de su honor estaba satisfecho, me le ha quitado, como has visto, ¡ah cielos! Una cosa es agravio y otra celos. Hoy Laura ha de morir. ¿Qué dices? Digo Que hoy Laura ha de morir. ¿Laura, que adora tus pensamientos, y aquí habló conmigo que amaneció sin sol turbada aurora? Tú eres, Roberto, mi mayor amigo; para cobrar mi honor te quiero ahora. Ayúdame como hacen los discretos, que han muerto muchos por saber secretos. Tú solo sabes que sin honra vivo. Tú has de matar a Laura. Es imposible tener ánimo yo. No te apercibo para violencias de rigor terrible, ni mi honor quiere ser tan vengativo, ni mi cobarde amor fuera posible, que son necios aquellos que su honra bañan en sangre para más deshonra. Hay unos polvos que Nicandro escribe filósofo y poeta venenoso. Poeta había de ser. Esto percibe. Atento estoy, señor, y temeroso. Cualquiera que un escrúpulo recibe de este veneno bárbaro es forzoso que muera dentro de tercero día. Gentil alcorza. ¡Ay, Laura! ¡Ay, Laura mía! Estos los polvos son. Nadie los coma. Entra, y en aquel agua que calienta Celia y que Laura las mañanas toma, así, al descuido, echárselos intenta. Que mates una cándida paloma. Roberto, no hay amor cuando hay afrenta. Haz lo que digo, que te va la vida. Yo voy. Yo espero, amante y homicida. ¿A qué puede llegar mi desventura, a qué dolor más riguroso y fuerte que a dar a Laura por mi honor la muerte, cuando estoy adorando su hermosura? Cuán diferente ―oh, fiera, oh, ingrata, oh, dura― pasé el canal de Ingalaterra a verte. Pluguiera a Dios que fuera tal mi suerte que me dieran sus ondas sepoltura. Maldito seas, honor, que a tal desdicha reduces al que vive confiado, que fuese d[e] él tan grave afrenta dicha. Oh, qué bien dijo, honor, un agraviado: "dichoso el que murió con tanta dicha que no supo que era desdichado". Con un recaudo de Laura vengo temerosa a verte, que no vienes el que fuiste. ¿Qué dice Laura? ¿Qué quiere? Que la escuches quiere Laura: mira si el recado es breve. Que han llegado sus desdichas a que para hablarte llegue a pedir licencia yo. ¿Qué hace Laura? Amanece con lágrimas como el alba y aunque de ell[a]s tomar puede agua bastante, quería tomar el agua que suele. Dile, Flordelís, que venga. Ella viene. Ay, honra, tenme, que me desmaya el amor, y ya le he dado la muerte. Animosa y afligida, [en] una noche tan triste, no a verte, que ya me viste desengañada y corrida, sino a pedirte, oh, mi vida… ¿"Mi vida" dije? ¿Qué emprende mi engaño? Mas si te ofende, perdona, Conde, mi error, que habla tan apriesa amor que aun el alma no le entiende. En fin, a pedirte vengo que me digas qué ocasión te mueve a la indignación en que mi muerte prevengo. Dime la culpa que tengo, para que contenta acabe, que sentenciar causa grave. sin oír ni responder. solo Dios lo puede hacer, que los pensamientos sabe. Escríbenme que casarte en Ingalaterra quieres; no puedo haber dos mujeres y es fuerza que yo me aparte. No porque quiero quitarte la nueva mujer inglesa, mas no saldrás con la empresa sin mi honor, porque lo fundo en que sepa todo el mundo que lo fue Laura, francesa. Quererme matar culpada, eso no, obediente sí, porque desde que nací propuse morir honrada. ¿Otra contigo casada y yo viva? Al cielo apelo: mátame, porque recelo que haré, viéndola en tus brazos, de la ingrata más pedazos que tiene estrellas el cielo. Muy furiosa vienes, Laura. Vete a tomar, como sueles, el agua que te reporte la cólera con que vienes. El agua ya la he tomado y la de mejores fuentes, aunque es veneno en mis ojos, para tomarla dos veces. Pues si la tomaste, escucha. Di si alguna cosa tienes contra mí. Todo mi enojo nace de que, estando ausente, te fuiste tú de París; y que esto fuese de suerte que Otavio y Celio lo digan y que tú, Laura, lo niegues. ¿Qué tengo yo de pensar del tiempo que no pareces en tu casa? ¿Habrá en el mundo, Laura, quien no te condené? Tú porfías que no fuiste a Bretaña, si ellos mienten, dos meses estuve en Londres ¿dónde has estado dos meses? Temiendo por unas cartas de que a matarme vinieses, fingí partirme a Bretaña y fui a Ingalaterra a verte. Yo estuve contigo en Londres para ver, si ver pudiese, la dama con quien te casas. Pienso que te desvanece no haber dormido esta noche. Pues oye, señor, si quieres: en uno de los festines por las paces de los reyes, con dos máscaras francesas ¿no viste entrar dos mujeres? Eso te pudo decir Roberto. ¿Y decirme puede lo que tú conmigo hablaste, diciéndote yo que fueses a mi casa, por probarte, y tú entonces responderme que eras casado en París, sin otras defensas fuertes de los amores de Laura, y yo responderte alegre que eras casto embajador, y propios tales desdenes de la dama que dejabas cuando alguno la sirviese? ¡Oh, Laura, no digas más! Que dejé [de] conocerte por dejar en Francia el alma que decírmelo pudiese. Mil veces quise decir que eras mi Laura, y mil veces me lo quitó de la boca mi desventura y mi muerte. Pues ¿de qué te afliges tanto cuando mis disculpas crees? De qué te he muerto, señora, desdichada y inocente. ¿Tú me has muerto? Sí, mi bien. Advierte que el seso pierdes, que yo estoy viva. No estás, porque tienes solamente tres días de vida, Laura; que en aquel agua que bebes te di veneno, pensando que fuiste a mi honor aleve. ¡Ay, Flordelís, qué locuras! Dame tus brazos. No cierres noche tus hermosos ojos hasta que me mates. Tente, que, como te desengañes, solas tus sospechas mueren. No es menester que aviséis. Yo es bien que primero llegue para ganar las albricias. Conde, el rey os agradece las paces y el casamiento que vos, tan cuerdo y prudente, en Ingalaterra hicisteis, y me ha mandado que os lleve con Laura a palacio, y hace a los dos duques de Amienes. Vuestra venida le dije, y honraros ha dicho quiere con todos estos favores. ¿Qué es esto? ¿Pues de esta suerte me recibís? Alzad, Conde, el rosto siquiera a verme. ¿Qué tenéis? ¿De qué estáis todos tristes y turbados? Dente respuesta lágrimas solas. Pues, Flordelís, no me niegues la causa que tiene el conde. Conde, ¿qué suceso es este que a todos os tiene ansí? Ah, Filiberto, que siempre fueron los celos demonios. Con sospechas aparentes he dado veneno a Laura, y será su muerte breve. Saque, señor, vuestra alteza la espada… Mas no ensangriente tales filos en tal vida, pues los reyes son jueces. Mande que un verdugo infame sobre una tabla me afrente. Una palabra, señores, aquí aparte ¿Qué me quieres, traidor Roberto? ¿Yo? Sí, para mi mal obediente. No pude echar el veneno, que estaba Celia presente. Mañana será sin falta congrada para mujeres. ¿Qué dices? ¿Que si era yo tan bárbaro que pudiese dar muerte a un ángel? Roberto, abrázame. No me aprietes. ¿Cómo no? Besarte es poco. Guarte acá, negro. ¡Tenedme, cielos! Si pesares matan mejor podrán los placeres. Albricias, que Laura vive, y vuestra alteza me deje besar sus pies por las nuevas de hacerme tantas mercedes. Alegre estoy del suceso. No quiso Dios que muriese Laura inocente. Los cielos siempre la verdad defienden. Yo era el que había de ser de tal manzana la sierpe, pero no querrá mi autor que [a] traidores represente. Mira lo que quieres ser, que yo quiero agradecerte la discreción que tuviste. Escucha. Di. Solamente un real de cada mentira que por la corte anduviere. Esta es La francesa Laura. Y yo, quien por ella debe pediros perdón, senado, si vuestra gracia merece.
