Texto digital

Texto digital de Enmendar un daño a otro

Metadatos de la obra

Atribución tradicional
Lope de Vega Carpio
Atribución estilometría
Sin resultados estilométricos disponibles
Género
Comedia
Procedencia
El texto procede de la edición de Obras de Lope de Vega. RAE. Nueva edición.

Aviso

Puede incluir errores u omisiones. Si dispones de una edición mejor, te agradecemos que contactes con nosotros para incorporar actualizaciones.

Licencia

Este contenido se ofrece bajo la licencia Creative Commons CC BY-NC 4.0. Reutilización permitida con cita; usos comerciales no permitidos.

Licencia Creative Commons CC BY-NC 4.0

Cita sugerida

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Enmendar un daño a otro. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/enmendar-un-dano-a-otro.

Logo BICUVE

ENMENDAR UN DAÑO A OTRO

JORNADA PRIMERA

JORNADA PRIMERA Seáis, don Juan, bien venido. Vos, don Diego, bien hallado. Días ha que he deseado veros. Habeislo debido a mi mucha voluntad. Bien, don Juan, de vos lo creo. Despacio hablaros deseo. Sentaos, pues, y descansad. ¿Podremos saber quién es aquesta dama? Con vos nada hay secreto, por Dios. Es mi dueño, es doña Inés, de lo noble de Sevilla, Pacheco por apellido. Pues ya que la he conocido, quiero ofrecer el servilla como a prenda que estimáis. Conoced, señora, en mí un nuevo esclavo, que aquí tendréis para que os sirváis. Aunque de don Juan sabido tenía vuestro valor, hallo que es mucho mayor de lo que lo ha encarecido. Confieso, don Juan, que estoy dudoso viéndoos presente. Pues oíd, que brevemente cuenta de mi pena os doy. El natural ardimiento hallado siempre en los bríos de la mocedad, que alienta más que al acierto al peligro, fue ocasión, primo don Diego, de que dejase advertido, habrá ya un año, a Madrid; la causa sabéis vos mismo, y así, por eso, la paso; que volver aquí a deciros que di muerte a don Gonzalo cuando ya lo habéis sabido, o era gana de cansaros o hacer gala del delito. Fui a Sevilla, y en Sevilla encontré algunos amigos de Madrid; ya vos sabéis, señor don Diego, el alivio que es ver gente de la patria; a lo que importa prosigo. Vi en Sevilla muchas damas, cuya gala, cuyo brío, cuya beldad, cuyo adorno, cuyo aseo, cuyo aliño de manera me tuvieron que el no mostrarme rendido fue que, queriendo elegir, hallé en cualquiera tan digno sujeto de ser amado, que, dudoso e indeciso, quise a ninguna y a todas, porque en todas repartido, sabiendo que quiso el alma, dudó el alma lo que quiso. Así, doña Inés Pacheco vino a ser de las que digo, si lo reparáis, el sol, el mar, el rayo, el armiño. Vila, y ya conoceréis, cuando así la he encarecido, que el verla y el adorarla fue todo en un tiempo mismo. Comencé a galantearla sin reparar, atrevido, en lo grande del empeño, que en mi opinión no es distinto festejar el más común sujeto que el más altivo; no trato aquí del honor, cuanto a la belleza digo. Quien ama es la voluntad, y ésta siempre se ha movido por las acciones ajenas; de modo que si yo obligo la voluntad de la dama, que haya de amarme es preciso, sin que importe el ser hermosa, que solo tiene dominio la hermosura para hacer amarse; mas, como he dicho, para amar nunca le tiene y así, en ninguna hemos visto que aborrezca por hermosa lo que de obligada quiso. Así fue, pues brevemente favor le tocó el desvío, confianza le vio el miedo, fineza se halló el peligro. El tener un noble hermano, y otras cosas que no digo, atropellé de manera, que, amante, ciego y perdido, entré en su casa una noche ¿quién dijera que lo mismo que era logro de mi amor fuera de mi amor cuchillo? ¿Qué importa que hermosas flores adornen grosero risco, si entre la misma fragancia está el áspid escondido? ¿Qué te importa, ave inocente, al arrullo o al gemido acudir, juzgando hallar dulce halago y tierno pico, si con reclamo engañoso y si con eco mentido el astuto cazador ha de burlar tus disinios? Y ¿qué importa que el amor, con la ocasión que os he dicho, animase mis temores y arrullase sus desvíos, si fue la dicha tan breve y tan corto el regocijo, que apenas festejo he hallado cuando le lloré perdido? Pues don Femando, su hermano, llegó en este tiempo mismo a su cuarto, tan secreto, que hasta que dentro le vimos no le pudo apercibir el más atento sentido. Mató la luz doña Inés y, finalmente, pudimos, mientras llamó los criados, entre las voces y el ruido, salir de su casa; y viendo que era forzoso el seguirnos, escondidos en Sevilla dos meses casi estuvimos, porque es la necesidad muy mañosa en los peligros. Aquí nos dieron noticia que a Madrid había venido, e imaginando que ya, cansado de no haber visto en Madrid lo que buscaba, por otra parte habrá ido, quise volverme a la Corte, y, como deudo y amigo, me he venido a vuestra casa hasta que sea servido el Cielo que se dispongan mejor los sucesos míos. Diome don Luis, vuestro hermano, cartas para don Rodrigo, su suegro, en que le suplica tenga a doña Inés consigo su hija doña Ana. y así, ya mi suceso os he dicho. La que veis es doña Inés, esto lo que me ha traído a Madrid y a vuestra casa, para que, en un tiempo mismo, en vos don Diego se vea lo liberal aplaudido, en mi suerte las mejoras, lo piadoso en don Rodrigo, en doña Inés las finezas y en los dos lo agradecido, y halle mi amor de este modo amparo, defensa, alivio, vida, esperanza, remedio, paz, seguridad, abrigo, contento, piedad, reposo, aliento, favor, arrimo, y, finalmente, publique, alegre y reconocido, que hubo para tantas penas defensa en solo un amigo. Vos, don Juan, lo sois tan grande, que cuando escucho advertido que venís de mí a valeres, hallo en vuestros pasos mismos que venís a darme vida, a dar a un tormento alivio, ser a una muerta esperanza, pues hoy, el Cielo propicio, en vuestra fortuna, libra reparo a los daños míos, mi quietud en vuestros riesgos, mi dicha en vuestros peligros y en vuestros males mis bienes. No os entiendo. Ya me explico. Dio el Cielo a don Rodrigo en dos hijas dos cielos, poco digo, porque al cielo tal vez, aunque adornado de luces, se le opone algún nublado, y cuando esto no sea, su hermosura tiene, si día alegre, noche obscura, y si entre hermosos rayos amanece, también en negras sombras se escurece; y es pensión demasiado a una belleza traer tan sucedida la tristeza, que en su mismo deseo su dicha sea de su afán correo. Mas Violante y doña Ana gozan una beldad tan soberana, que nunca, no, turbadas, ni del cielo sus luces eclipsadas, tan siempre luz parecen, tan nunca sus bellezas anochecen, que extendí poco el vuelo del alabanza con llamarlas cielo, pues ni nublado su beldad permite, ni hay noche que lo hermoso les limite. Dio Violante la mano, habrá seis meses, a don Luis, mi hermano. que hoy en Toledo vive, y yo contento, como deudo a doña Ana (estame atento), en visitarla di, di en galantearla, de servirla traté, traté de amarla; pero ella, rigurosa al escucharme, ofenderme trató, trató matarme. Yo ruego, ella no atiende; yo obligo, ella me ofende; yo sirvo, ella desdeña; yo tierno, ella una peña; yo amante y ella ingrata; la adoro, me maltrata; la estimo, me aborrece; crece mi amor y más su rigor crece, y tan a un mismo paso ella se hiela cuando yo me abraso, que parece que había sido el amar y aborrecer porfía, y que, para excederme, se ensayaba en mi amor a aborrecerme. Este es, amigo, mi gustoso empeño; este el rigor de mi adorado dueño, doña Inés el remedio de mi vida; pues si de mi dolor compadecida a doña Ana mis ansias explicase y, piadosa, mi amor le ponderase, podrá vencer la pena con que lucho, que una mujer con otra vence mucho. Esto es, don Juan, lo que pediros quiero, y que pues veis que muero y doña. Inés gustáis que esté con ella, procure que este ardor, esta centella, temple el rigor en algo; que si por ella vitorioso salgo o algún favor merezco, la vida en premio de este gusto ofrezco. Vos veréis de mi parte que procuro serviros, y podéis estar seguro que he de hacer que agradezca ese deseo. Muy bien, señora doña Inés, lo creo. Dadme el pliego, don Juan, que a don Rodrigo le quiero dar. Sois deudo y sois amigo. ¿Quién habrá que entender pueda esto que por mí ha pasado, pues aun el saberlo es más ocasión de dudarlo? Que a doña Inés y a don Juan a Madrid venga buscando para lavar con su sangre los horrores de mi agravio; que llegue a Madrid, y apenas salga por sus calles, cuando, más velozmente que suele discurrir el viento el rayo, desaparecer el humo, turbar la vida un espanto, en lo hermoso de unos ojos de un mirar, en lo bizarro quedase tan en un punto el corazón abrasado, que aún no recelo el peligro cuando ya examino el daño. Doña Ana de Guzmán, hija de don Rodrigo, a quien traigo de don Vicente Manrique un pliego solicitando favorezca mis intentos, es la que entre dulces lazos triunfó de la libertad, del albedrío y de cuanto imperio gozaba el alma antes de haberla mirado. Pero, feliz 3-0 mil veces, pues a un mismo tiempo salgo, si de sus rayos vencido, victorioso de sus rayos. Mil veces dichoso, digo; pues si de sus ojos saco hoy el veneno, también la triaca en ellos hallo. Favoréceme doña Ana, y aunque parece abreviado el tiempo para poder hallar disculpa el recato, o conformidad de estrellas, o la inclinación de entrambos, o ser el afecto tanto, turbó el discurso, o, en fin (que esto es lo más acertado), mi ruego (que puede mucho un ruego bien escuchado) alcanzó en muy pocas horas lo que otros en muchos años. Danme ocasión para verla las cartas, porque esperando que don Rodrigo esté fuera, seguramente entro y salgo, pues cuando venga y me halle bastante disculpa traigo. Dilatolo, si bien ya no puede estar dilatado, porque me avisó doña Ana que le han dicho los criados que un forastero le busca, y está ya con tal cuidado, que no sale fuera un punto. Ni tus discursos alcanzo, ni tus intentos penetro, ni tus fundamentos hallo. ¿No basta que de Sevilla me sacases posteando en un rocín de a seis varas, tan buido de espinazo, que, a ser devoto, pudiera, sin costar mucho trabajo, todas las noches rezar por sus- huesos el rosario? ¿No basta que en tu defensa lleves ahora este brazo, este brío, este denuedo, con quien fue Herodes un manco, un médico dos de queso y una niñería el rayo; pues no ignoras que he sabido en la ciudad, en el campo; solo, acompañado, en bulla, a escuras, a pie, a caballo, con uno, con dos. con treinta y con todo el calendario, andar muy bizarro siempre... como me los den atados? ¡Pero enamorado ahora! Y después de enamorado en una posada que es purgatorio ordinario de los míseros pleiteantes, y donde los dos pasamos, tú incomodidad, yo hambre, ni comiendo ni cenando con traza, que una gallega, que, después de desollarnos. quiere que la rueguen mucho si es menester traer algo. Si no lo trae, no comemos; si lo trae, viene sisado, porque en la cuarta falcidia es un Bartulo y un Baldo. Si no lo guisa, se ayuna; si lo guisa, el tal guisado, como si fuera valiente, anda siempre empelotado. Solo cuando va por vino, por hacernos agasajo, nos baila el agua delante, mejor se la lleve el diablo. Pues luego una cama, donde juegan cañas cada noche las chinches y escarabajos. Luego una pulga bullendo, luego un tábano zurriando, y, sobre todo, al hacer la cuenta, quedar llorando, dejando a un cristiano en cueros. ¿Esta es vida, pese al diablo? Mas metidos en la fuga, pienso que ya en casa estamos de doña Ana, y, con Elvira, hacia aquí se sale hablando. ¡Doña Ana, señora mía! ¡Oh, mi señor don Femando! ¿Cómo os entrasteis así? Vengo ya determinado a dar a tu padre el pliego. Pues presto a mi padre aguardo; aquí podéis esperarle. Hablaremos entre tanto en nuestro amor, si gustáis. Es, doña Ana, hacer agravio al mío dudar del gusto. ¿Cómo es posible agraviaros, Fernando, quien en querer excederos supo tanto? No, doña Ana ; mucho más os estimo yo. Es engaño. Yo os quise cuando os miré, yo os adoré cuando os vi, tan presto, que conocí que todo en un tiempo fue. Si por veros os amé, y otro tanto he de quereros cada; vez que vuelva a veros, vos misma considerad si podrá mi voluntad confesar el excederos. Yo me incliné cuando te vi, yo os estimé siendo amada, fineza no tan usada. pero tan debida sí. De modo que si yo aquí, agradecida, os ofrezco el alma, mejor merezco esa alabanza que os dais, pues vos solamente amáis y yo amo y agradezco. Quien tiene que agradecer poco acredita el amar, que el que ha llegado a obligar ya ha llegado a merecer. De forma que viene a ser en vos casi obligación amarme, y, en conclusión, siempre dejáis que dudar si es agradecer o amar, si es paga o es afición. De cualquier suerte, señor, viene más mi amor a ser: pues si es paga agradecer, ya he pagado vuestro amor; nada os debo ya, en rigor; pues si con lo agradecido igual el amor ha sido, como vos me concedéis, ahora me deberéis todo lo que os he querido. Basta ya, doña Ana mía; no quiero más porfiar, que aun en materia de amar es grosera una porfía. Cuanto mi amor defendí, a vos se muestra postrado, que quiere considerado, que solicita advertido, ganaros en lo rendido, ya que no puede en lo amado. Yo conozco que bastante razón la que decís es a que rinda de cortés lo que defendí de amante; porque el sustentar galante, Fernando, que no podéis mi amor exceder, veréis que es porque quede entendido que sí más os he querido, es porque más merecéis. Y para el señor Aloja, ¿no hay algo de lo querido de barato habiendo sido, por su brazo y por su Hoja, hombre que en toda ocasión. con sevillanos valientes, supo hacerse sordo a un "mientes" e insensible a un bofetón? ¡Buena hazaña! ¡Que se engaña, vive Dios, he de decir quien dijere que el sufrir no es ya la mayor hazaña ¿Qué premio no ha conseguido, qué pretensión no ha alcanzado un ministro bien callado y un marido bien sufrido? Solo por vivir anhelo; sufrir quiero y no matar. ¿Quién labra torre en el mar? ¿Quién fía su vida al duelo? (Con el seguro que vi de deudo y con la ocasión de este pliego, mi afición a doña Ana busca aquí. Pues cierto. Mas ¡ay de mí! ¿Qué es lo que mis ojos ven? Pero no es justo que estén dudosos de ofensa igual, pues nadie quiere tan mal si no es cuando quiere bien. Escuchar un rato quiero, que no es vano mi cuidado, pues otras veces he hallado por aquí este forastero. Si al tiempo que un gozo espero, en él una pena apuro, ya en ella el gozo procuro, para ver si mi amor cobra lo seguro en la zozobra, pues zozobra en lo seguro. Suelen los celos hallar lo que los ojos no ven, porque hay agravios también formados de imaginar; pero en mí vienen a estar tan trocados los desvelos, que estos precisos recelos, que estos, forzosos enojos, primero los ven los ojos que los avisen los celos. Y así, quiero averiguarlos antes que llegue a decirlos, que es ir sin tiempo a pedirlos mucha gana de encontrarlos: o callarlos o vengarlos es lo que debe hacer quien pretende acertar más bien. Y así, entre dudarse y verse, si se dudaren, saberse, y vengarse si se ven.) Siempre esta casa, señor, la conoceréis por vuestra, para que de ella os sirváis. Tanto honor recibo en ella, que aun una vida no basta a satisfacer tal deuda. (¡Por cuánto, Cielos, por cuánto fuera vana mi sospecha! Pero la de un desdichado ¿cuándo dejó de ser cierta?) Tiéneme tan obligada vuestro trato, que quisiera hacer mucho más por vos; y así, cuando ocasión sea, con mi padre... (Ella le quiere; que, aunque son razones éstas de cumplimiento, este hombre ¿con qué fundamento entra, no queriéndole, en su casa, cuando su padre está fuera?) De suerte, doña Ana hermosa, agradecida se muestra a esos favores el alma... (Ya el esperar más es mengua.) ¡Don Diego! (¿Cómo se ha entrado este hombre de esta manera? Ahora la causa sabrás.) (¡Fuego el corazón revienta! Mas disimular importa; hasta que su intento sepa.) Pues, ; doña Ana? Pues, ¿don Diego? A don Rodrigo quisiera hablar, Fuera está de casa. Y aqueste hidalgo que en ella veo, ¿podremos saber qué busca? También intenta hablar a mi padre a solas. Y vos, en tanto que llega, le entretenéis, ¿no? Doña Ana, mujeres de vuestras prendas, cuando ello sea muy bueno, que no hay duda que lo sea, siendo quien sois, no acostumbran, mientras su padre está fuera, recebir visita alguna. La seguridad de aquesta lo permite así, don Diego. Y lo dice la llaneza. Advertid que es demasía que apretéis de esa manera cuando no tenéis razón para hacerlo. (Aquí se pegan como unos perros; y yo, por que nadie de mí entienda que he reñido con ventaja, me estoy mirando la fiesta.) Caballero, ni doña Ana deja lugar a que pueda calumniar en sus acciones la malicia más atenta, ni yo... No paséis de ahí, porque no quiero que crea don Diego que he menester satisfacerle, ni entienda que a título de cuñado le permito esta licencia. (¡Vive Dios, que ardo de enojo!) (¡Vive Dios, que estuve cerca de arrojarme! Pero importa en tal caso la prudencia.) Digo, doña Ana (¡Ay de mí, aun a hablar acierto apenas!), que las pasiones del alma no se explican con la lengua; que hay muchas causas por donde me toque a mí la defensa de esta casa; pero ahora todas están satisfechas, pues como dueño no es mucho que asista este hidalgo en ella. Paréceme, caballero, pues habláis de esa manera, que otra más fuerte razón que el parentesco os inquieta; y si es así, como pienso, hallaréis en mí tan cierta satisfación, que no dudo de que cese en vos la queja; porque no me persuado que si de otra suerte fuera hablarais tan arrojado a doña Ana en mi presencia, pues por ser quien soy me toca, como noble, el defenderla. ¿Cómo otra razón? Vos sois quien más mi opinión desprecia pensando aqueso de mí, que aun me ofende la sospecha. (Bachiller me ha parecido el forastero, y si piensa adelantarse a mis celos, cumplirá lo que desean.) Deciros yo las razones que tengo, es impertinencia; pues ni me importa el decirlas, ni os aprovecha el saberlas. Responderme que a ser otra más que el parentesco, hicierais que quedara satisfecho, es cortesana respuesta; mas pensar, siendo mi gusto, que ninguno me impidiera el decir esto a doña Ana, tenga el título que tenga, es tan lejos de posible, que, al que estorbarlo quisiera, a cuchilladas... (¡Ay, triste, mucho don Diego se empeña!) Yo he estado muy reportado atendiendo a que no venga a resultar un disgusto, por doña Ana; mas si llega vuestra demasía a tanto, mejor ocasión que ésta habrá en que os daré a entender el valor que en mí se encierra. ¿Qué es esto? ¿En mi casa, ¡ay, Cielos!, don Diego, de esta manera? ¿Y vos, señor? La razón... La obligación... ¡Yo soy muerta! (Para en saliendo lo dejo. Para en saliendo se queda.) (Eso sí, ¡cuerpo de Cristo!, que entre tanto que se llega, daremos los dos un corte que no importe dos alberjas.) (i Válgate el Cielo por hombre! ¡Que en todo Madrid no pueda saber de este forastero I ¡Que siempre a buscarme venga cuando estoy fuera de casa!) Mas ¿qué novedad es ésta que a mi casa os ha traído don Diego? Cuando supiera que teníais que mandarme, no faltara un punto de ella. ¿Qué busca este hidalgo aquí? Esta es, señor, la respuesta. (Leed secreto, que importa.) Todos a una cosa mesma venimos. Don Luis, mi hermano y vuestro hijo, me ordena que éste en propia mano os dé. Y de salud, ; cómo quedan él y Violante? Muy buenos. Por muchos años la tengan. (¿Hay más cartas? ¡Vive Dios, que el hombre es una estafeta!) "La seguridad que siempre he tenido de la que me hacéis y la amistad que tan antigua profesamos, me alienta a valerme de vos en esta ocasión. Don Fernando Pacheco, mi deudo, tiene una hermana que, poco atenta a sus obligaciones, se salió de su casa con un caballero de Madrid llamado don Juan de Chaves; va siguiéndolos con nuevas de que llevan el niño de esa Corte. Suplícoos, el tiempo que en ella estuviere, le favorezcáis como cosa que os encomiendo. De Sevilla, vuestro amigo, Don Vicente Manrique. Bien está. Leer quiero estotra. Ahora os daré la respuesta. Don Juan de Chaves, mi primo, estando, como sabéis, ausente de esa Corte por la desgracia de don Gonzalo, se enamoró en Sevilla de una dama, y, huyendo mayores inconvenientes, la sacó de casa de un hermano suyo. Vuélvese a Madrid con intento de estarse en casa de mi hermano ; y así, entre tanto que se ordena otra cosa, os suplico esté doña Inés con doña Ana, mi hermana, con el recato y silencio que pide tener un hermano noble y ofendido." (¿Hay suceso semejante? ¿Hay confusión como ésta? ¿Hay caso más intrincado? ¿Hay más graciosa quimera? Don Vicente, a quien no puedo faltar, en ésta me ruega favorezca a don Fernando, que a vengar viene la ofensa de don Juan y de su hermana, y por otra parte en ésta me pide don Luis, mi yerno, que a doña Inés favorezca y que la tenga en mi casa escondida; de manera que, ofendido y ofensor, en un mismo tiempo intentan que a uno ayude centra otro. Y si a mí Femando llega a que a doña Inés busquemos, el acompañarle es fuerza; también lo es, si la busca, ampararla y esconderla dentro de mi misma casa. ¿Viose cosa tan opuesta? ¿Qué he de hacer? Que aun el discurso tanto en la duda tropieza, que, embarazado y cobarde, no se atreve a entrar en ella. Pues ¿qué he de hacer? ¿De qué modo lo dispondré que no venga a ser ayudar al uno para otro ocasión de queja? Pero ya he pensado modo. Doña Inés al punto venga a mi casa; mas de suerte que hasta que su esposo sea don Juan, no ha de visitarla, porque quiero que me deba de aquesta forma Fernando, si no el remediar su ofensa, por lo menos estorbarla, y cumplo de esta manera con don Luis y don Fernando, con don Vicente y con ella.) Pídeme aquí don Vicente... Ya, señor, sé lo que os ruega. Pues no tengo que deciros: de mi casa, de mi hacienda, de mi persona, de todo lo que aquí importaros pueda, como propio disponed, y tened por cosa cierta, si está en Madrid vuestra hermana, que, aunque escondida la tenga en el más oculto sitio, en la parte más secreta, lo he de saber ¡vive Dios! con la seguridad mesma que si estuviera en mi casa. (Y cómo si estará en ella.) Quisiera, a vuestros pies puesto... La primera diligencia es disimular, Fernando. Vedme después, porque espera don Diego que le responda. Vuestra vida un siglo sea. (¿Cuándo te veré, doña Ana? A la noche en esas rejas.) (Oís, Fernando? Ya entiendo.) (¡Ay de mí, mi muerte es cierta!) (En Santa Bárbara aguardo. Bien está. Pues así queda.) (¿Oyes, Elvira? Sí, Aloja. Oye muy enhorabuena.) {Vanse Don Fernando y Aloja.) (En Santa Bárbara dijo. Yo haré que mi padre entienda su locura, esto conviene.) Oíd, don Diego. ¿Qué ordenas? Que partáis por doña Inés; pero primero que venga le prevenid a don Juan que esto ha de ser de manera que no ha de entrar en mi casa hasta que su esposo sea. Porque, demás de que importa a mi decoro, otra nueva causa tengo que me obligue, que ni vos podéis saberla, ni don Juan. De cualquier modo. es justo que os agradezca por los dos este favor. Yo haré que al punto prevengan el cuarto. Bien podéis ir. (¡Muerto voy!) (¡Yo quedo muerta í) Mucho tarda don Diego. No encontraría a don Rodrigo luego, y, como sabes, a doña Ana adora, y así, si ha hallado ahora; ocasión para hablarla, bien cierto es, doña Inés, que ha de lograrla; pues lo que más desea enamorado un hombre, es que le escuchen su cuidado, porque si no, atormenta al alma aquel instante que se cuenta. ¡Ay, don Juan ; qué de penas por quererte atropella mi amor de aquesta suerte! ¡Ay, doña Inés ; qué de ellas, por amarte, está el alma deseando de aliviarte! No es mi pesar, don Juan, quien me lastima. No es mi pena quien más mi pena anima. La tuya es la que siento. La que en ti miro es mi mayor tormento. Pero don Diego llega. Ahora sí que el corazón sosiega. Pues, don Diego, ¿qué ha habido? ¿Qué es lo que don Rodrigo ha respondido? Parece que venís algo alterado. Hallé a doña Ana en su común enfado. ¿Y don Rodrigo? A doña Inés espera; pero esto de manera que mientras en su casa la tuviere, si no es, don Juan, que vuestra esposa fuere, no la habéis de ir a ver. Condición fuerte. Esto más le faltó a mi triste suerte. Sin ver a doña Inés vivir no puedo. Si a don Juan no he de ver, difunta quedo. ¡Oh, cómo el alma de pesar revienta! El intenta matarme si esto intenta. ¿Qué resolvéis, don Juan? Porque me aguarda. ¡Oh, cómo mi congoja me acobarda! ¿Qué os parece, mi bien? A vuestro gusto siempre sujeta estoy, justo o injusto. Como el vuestro procuro. Con que vos le tengáis, está seguro. Por vos aquesta vez he de guiarme. (Él está recelando disgustarme, porque ve que conviene dividirnos, y si este temor tiene, hoy verá cómo intento, a costa de mi vida, su contento.) Negar, don Juan, que en mil angustias peno al tiempo que a no verte me condeno es negar que te adoro, cuando a voces, aún más que lo publico, lo conoces; mas pensar que importando a tu decoro no me sabré vencer, aunque te adoro, es yerro conocido, es desaire a mi ser no permitido; porque es poco galante quien la opinión no atiende de su amante; y si a la tuya importa, a ejecutarlo la razón me exhorta rigurosa conmigo. ¡Qué de penas me cuesta lo que digo! Tanto el no verte siento, y de tal suerte tu decoro intento, que al oír tus razones, aunque también el dividirte abones, el amor de otra parte, no faltando un instante de adorarte, de suerte me atormenta, que estoy dudando en mí lo que más sienta; pues si siento a mi amor contento dejas, de que te vayas forma mi amor quejas. Mira la suerte cuál mi pena anima, pues lo que me está bien más me lastima. Ya está bien ponderado. Partamos, doña Inés. ¡Ay, dueño amado! ¿Que no he de verte ya? ¿Que no he de hablarte? ¡Y que te he de adorar! ¡Y que he de amarte I ¡Qué pena! ¡Qué desdicha! ¡Qué tormento I ¡Qué triste vivo ¡Qué afligida siento! ¡Qué larga vida goza un desdichado! ¡Qué de vidas le sobran a un enfado! Mas no te aflijas. Pero no te alteres, que yo haré que me veas si quisieres. Mi amor trazará modo de buscarte. ¡El alma en tal desdicha se me parte ¡Adiós, don Juan! ¡Adiós, querido dueño ¡Hoy muero, triste! ¡Hoy a morir me enseño! JORNADA SEGUNDA

JORNADA SEGUNDA

(Pienso que no llego tarde.) (Pienso que tarde no llego.) (No es bien que aguarde don Diego.) (No es bien que Fernando aguarde.) (Pero ¿no es el que está allí?) (Pero el que está allí ¿no es?) (Llegar quiero.) (Llego, pues.) ¿Sois a quien aguardo? Sí. (Hacia aquí, si no me engaño, parece que sentí ruido de espadas. Tarde he venido a estorbar tan grave daño. Mas riñendo están los dos.) ¿Qué es aquesto, caballeros? De los valientes aceros cese el rigor, que, por Dios, que ya que he venido aquí, no ha de pasar adelante el disgusto, si es bastante razón que os lo ruegue así. (¡Que viniese don Rodrigo!) (¡Que ahora don Rodrigo venga!) (¿Quién duda que culpa tenga mi contrario?) (Mi enemigo; él, sin duda, le avisó.) ¿Qué es esto? ¿No os reportáis? Don Fernando, ¿qué aguardáis? Don Diego, el pedirlo yo ¿no obliga? Ya os obedezco. Por vos estoy reportado. Ya estoy del caso informado, don Diego; y aunque agradezco que el recato de mi casa tan vigilante miréis, vos la razón no sabéis que entre mí y Fernando pasa para que entre allá, y así por más justa razón hallo que calléis, pues que yo callo, tocándome más a mí. Si vos estáis satisfecho, esta, señor, es mi mano; pues una sospecha allano que me atormentaba el pecho. Y yo, pues no fue de amor su enojo, su amigo quedo. Ya que en paz os miro, puedo declararme aquí mejor. (¿Que don Diego no la amaba?) (¿Que Fernando no la ha amado?) Ya el disgusto está acabado; mas porque dudoso estaba el saber quién me avisó, y cada uno podrá quizá colegir allá que del contrario nació; y fuera injusta razón, cuando andáis tan alentados, no quedar asegurados cada cual de la opinión del otro, digo que Elvira os oyó desafiar, hasta escuchar el lugar; y como a don Diego mira como deudo de mi casa, a doña Ana cuenta dio, y doña Ana me avisó; esto es todo lo que pasa, Seguro estoy de don Diego. De Fernando estoy seguro. Pues ya con eso procuro que al lugar volvamos luego. Los dos os habemos de ir acompañando. Es en vano. Hemos de ir. Tanto honor gano, que no quiero resistir. Golfo apacible de sombras, en cuya eclipsada luna si una luz al mundo falta otra a mi amor se asegura, lóbrego adorno del aire, parda suspensión, si muda, parado afán del vivir, lograda al trabajo excusa. Hoy un impedido afecto en tu escuridad estudia facilitar a las sombras lo que a la luz dificulta. Hoy que doña Inés en casa de don Rodrigo se oculta; hoy que el verla se me niega y el hablarla se me excusa, quiero examinar si acaso de estas rejas en alguna lo que un recato me niega un silencio me asegura. Rendir del león la fiereza, empañar al sol las puras luces que la tierra adornan, sujetar la forma dura del diamante, a quien el golpe halaga más que no injuria, difícil es, mas posible, pues hay cuartana a la furia, pues hay nubes a los rayos y al diamante sangre pura; mas dividir dos afectos, dos voluntades tan una, aun para el golpe del tiempo viene a ser empresa mucha. (Si la que abrió es doña Inés, cesó en el alma la angustia.) (Si es el que miro don Juan, halló el alma lo que busca.) ¿Es doña Inés? ¿Es don Juan? Soy una flor que vincula su ser, su vida, su adorno sobre esas dos luces tuyas; soy una enlazada yedra que va creciendo seguirá sobre verdes esperanzas, en fe de que tú la ayudas; fénix soy que cuantas veces se ve mi forma caduca en ausencia de tus rayos, renace en presencia tuya; pues ya soy, pues, muro ya, flor me prestas hermosura, yedra me ofreces arrimo, fénix mi vida asegundas. Yo Foy tórtola que. ausente de su amante mal segura, con el arrullo le llama y con el vuelo le busca, siendo viviente penacho de cuantos olmos ocupa. (Sagrado de pecadores, indulto de aves nocturnas, de murciégalos senado y consistorio de brujas; crepúsculo de mochuelos, aurora de las lechuzas, noche, en que se dice todo, como entre los tíos, cura; como entre ladrones, sastre, y como entre moros, Muza. Aquí me envía mi amo a que entre tanto que ajusta unas cuentas con don Diego, haciendo el acero pluma, haciendo tinta la sangre y papel la sepultura, mire por su honor y el mío; porque si alguno procura hacer por aquí papeles le dé una valiente zurra de cuchilladas; que como sabe que no sufro burlas, para cualquier lance de estos a propósito me juzga. Mas ¿qué miro? ¡Vive Dios, que la pandilla me gusta! ¿Rejita? Malo va esto. ¡Infame, traidora, astuta mujer, Elvira, criada, que esto en el mundo se sufra! Vive Dios, digo otra vez Que me toma tan gran furia, tan gran saña me combate, tamaño enojo me hurga viendo cuál anda mi honra, que un punto estoy, no estoy una tilde de echarme con todo... digo a dormir, porque nunca me aficioné a espadachín; que esto de a cualquier pregunta responder con la espadita metiéndolo todo a bulla, no es cosa para los hombres de mí porte y mi cordura. Pero si riño, se sabe; si callo, es paciencia mucha; si me vuelvo, es cobardía; si me estoy, quizá se atufa. Morir es cosa terrible; vivir, lio es muy mala burla; verlo, aprender a marido; pasarlo, peor que una purga. Solo entre tantos pesares y entre tantas desventuras, dormir más, por querer más, es el remedio que ajusta.) Pues yo sé que no me excedes en amar, y aunque tan tuya es el alma, siempre más puedo quererte. Confusa es para mí esa razón, porque del modo que una... Pero aguarda, gente viene. Pues que te vean excusa, y a ti, entre tanto que pasan, en ese portal te oculta, y después, porque mi amor ocasión de verte busca más despacio, tendré abierto por ese jardín. Escucha. Allá te aguardo, don Juan. Este portal me asegura de que puedan conocerme, ¡Amor, mis dichas ayuda (Cielos, ¿creeré lo que vi? ¿Un hombre en la reja, Cielos, ocasionando mis celos y ofendiendo mi amor? Sí. Y ahora de don Rodrigo en el portal se escondió, y por sagrado eligió la casa de su enemigo.) (Hablando estaba en la reja y en el portal se ha escondido. ¡Que cuando me hallo ofendido haya de callar mi queja!) (Un hombre está en mi portal que en mi reja hablar le vi, y estoy dudando entre mí lo que haré en desdicha igual. Si le quiero conocer, mi sospecha averiguando, a don Diego y don Fernando es fuerza darlo a entender. Si no lo vieron, error será publicar mi agravio, porque peligra en el labio muchas veces el honor. Y es desaire averiguado en un hombre bien nacido que se sepa lo ofendido y se calle lo vengado. Y pues satisfecho estoy que ninguno ha de entender que si lo llegara a ver callara, siendo quien soy, y pudo alguna criada ser, y no fuera razón aventurar mi opinión adonde la ofensa es nada. Más atentamente trato no saber ahora quién es, y averiguarlo después con prudencia y con recato.) (¿Si don Rodrigo lo vio?) (¿.Si don Rodrigo lo ha visto?) (¡Qué mal el pesar resisto!) (¡Que esto disimule yo!) (Un ejército de gente anda alrededor de mí. No me han visto, pues de aquí se apartan. Noche excelente.) Mil años os guarde el Cielo para que los dos me honréis. (Honor mío, mucho hacéis en vencer este recelo.) Solo serviros procuro. Serviros solo deseo. Adiós, señores. (No creo mi agravio, aun siendo seguro.) Adiós, don Fernando. Adiós. (Lindamente me he escapado.) (Ya don Rodrigo se ha entrado, y se despiden los dos.) (Puesto que el irme fingí, fue por echar a don Diego, que se funda mi sosiego en reconocer aquí quien es quien mi amor ofende.) (Por que se fuese Fernando irme fingí, y esperando estoy a ver quién pretende mi amor ofender aquí.) (Tres entraron, han salido dos, luego queda escondido en el portal otro, sí pues a agazaparme vuelvo.) (Sola está la calle ya; nadie a salir me verá, y así, a salir me resuelvo. Mi amor, a la puerta guía del jardín, y doña Inés me espera, pues tarde es.) (Salió el tercero y las lía. Levántome, y por aquí irme a casa me conviene.) (Salió, y hacia mí se viene.) (Salió, y se viene hacia mí.) (Quiero dejarle pasar, pues ya no puede, en rigor, írseme, y será mejor dejarle de aquí apartar'; pues si quiere resistir que le llegue a conocer, fuerza el reñir ha de ser, y no está bien el reñir en la calle de su dama, a quien a su honor atiende, pues mordaz el vulgo ofende después su nombre y su fama.) (¿Qué hará un hombre que se halla a estas horas en la calle, y en Madrid, en noche escura, con mucho miedo y sin nadie, que si la ocasión se ofrece, que si se acontece el lance, el pie le saque del lodo? Que los hay en Madrid tales, que no fuera poca dicha tener quien de ellos me saque. Ahora yo quiero hablar claro, pues que no me escucha nadie. Señores, yo soy gallina, esto es verdad: Marihernández, respeto de mí, fue un Héctor; Pilatos conmigo, un Marte. Escojamos un remedio tal, que, si alguien me encontrare, no me dé lo que- no pido. Supongamos que me sale un hombre ahora rebozado y que me dice: "No pase adelante, que no gusto." Buen remedio replicarle: "Yo fui siempre muy cortés con personas principales", aunque sea un calvo, un zurdo, un tuerto, un cuñado, un sastre, que el miedo es muy honrador, y volver por otra parte antes que a decirlo torne, aunque rodee diez calles, pues por muy tarde que llegue llegará mucho más tarde. Y la opinión ¿qué dirá? Dirá que soy un vinagre. Pues dígalo norabuena, que mejor puedo pasarme sin opinión muchos siglos que no sin vida un instante. Ya voy en lo que he de hacer. No se me da de seis Martes, ni aun de todos los del año, como la razón no falte, un pepino. Mas ¿qué miro? Parece que se me hace a pedir del miedo todo.) ¿Quién es? (¿"Quién es", dijo? ¡Tate! ¿Qué se responde a "quién es"? ¡Que para todo pensase si no es a "quién es" respuesta y luego hube de encontrarme con "quién es"!) ¿A qué esperáis? ¿Prometeisme que al instante que os haya dicho quién soy, porque me aguardan y es tarde, me dejaréis ir? Sí haré. Pues va mi nombre, escuchadme. Yo soy, sin ser muy valiente, un sujeto tan notable, que con un barquillo solo al hombre más arrogante le suelo dar muchos tragos; tengo tales calidades, que estoy mejor con el frío, y, por que más os espante, sin que sea jamás vino, soy machas veces vinagre. Y, hablando un poco más claro, soy un mixto que se hace, de miel, canela y especies, poco menos que jarabe, y, por que no estéis dudoso, soy Aloja. Dios os guarde. (¿Aloja? Este es el criado de Fernando, y aquí nace nuevamente otra sospecha. Desdichas, ¿hay más pesares? Con todo eso, si me das licencia que te acompañe, a tu lado seré un César, seré un Héctor, seré un Marte... (Seré un villano, un gavilla y un non de los Doce Pares.) Nada me sucede bien. Que celoso procurase saber quién era aquel hombre y que, deseando apartarle de aquí por el alboroto, por una puerta se entrase que está al volver de esa esquina. ¡Viven los Cielos, que arde en coraje el corazón! Pero segunda vez abren la reja. ¡Oh, si aquí pudiese averiguar mis pesares ¿Es don Fernando? Sí, él es. Yo soy, ingrata... No pases adelante. Elvira soy. (¿Si fue ésta la que denantes hablaba por esta reja y está doña Ana ignorante de la culpa que la acuso?) Mi señora quiere hablarte, y no aquí, por quien lo mira, y así me manda... Adelante. Que por el jardín te abra. Sosegado está su padre. Ve a la puerta, que allá espero. Aguarda. ¿Cómo que aguarde? ¿No ves que no sé la puerta? La primera que encontrares. ¿La primera puerta dijo? Sí, que no pude engañarme, y por ella ¡vive el Cielo! (aquí hay un engaño grande) entró el hombre a quien celoso seguí. ¡Terrible es el lance! Que está dentro, es cosa cierta. Pues ¿cómo puede pensarse que una mujer principal meta a un tiempo dos galanes en su casa cuando solo se seguirá, de encontrarse, infamar su propio honor, que aun en la mujer más fácil no es creíble tal despeño? Pues ¿qué salida he de darle a esta pena, a este disgusto, a esta ofensa, a este desaire? Mujer no hay más que doña Ana; pues para criada, el arte, el olor, la bizarría, el desenfado y el talle era mucho. Si resuelvo que de doña Ana es amante, y que está con ella, ¿cómo viene con ello llamarme para hablar conmigo ahora? Pues ni de él puede pensarse que pase por tal desprecio, ni de mí que no le mate si le encontrase con ella:. Pues ¿cómo ha de aventurarse a dos riesgos tan patentes? Cualquiera duda es bastante a perder el juicio. Cielos, permitid que se desate desde ese globo celeste, abriendo sonda en el aire, un rayo que me sepulte, un incendio que me abrase. Resuelto estoy de entrar dentro; pues si acaso le ocultase doña Ana en ofensa mía, no es posible asegurarse tanto cuando esté conmigo, que en el modo, en el semblante, en la inquietud y el cuidado su traición no me declare, que se disimula mal cuando la ofensa es tan grave. A esto me resuelvo, en fin. Hoy he de saber si vale más ignorar el agravio que llegar a averiguarle. Cuidadosos recelos, temores de mi honor, ya que no celos; una hija que a mi cargo el Cielo deja, hallar hablando un hombre por mi reja; pues doña .Ana, segura le que estoy recogido, si procura, atrevida o liviana, volver segunda vez a la ventana, como mi intento ignora, tengo por cierto que ha de ser ahora. Y así, de tanta escuridad fiado, quiero, aquí retirado, de la duda o el daño, esperar, escondido, el desengaño. Nadie nos ha sentido, y ha rato que está el viejo recogido, y así no hay que temer.) (No fue mi intento vano i viven los Cielos! Pasos siento. Aquí a esperar me arrimo.) (Mucho hago, celos, pues así os reprimo.) (Hacia aquesta pared. Mas ¿qué he tentado?) ¿Quién es? ¿Quién va? (En la red habemos dado. (Andan como buscándose uno a otro.) Mi señor. Yo me escapo.) (¡Lance fuerte!) (Mi agravio he de saber de aquesta suerte.) ¡Hola, gente! ¡Hola, presto! Una luz. ¡Hola, presto! ¿Qué es aquesto? (Esconderme conviene; mientras él en llamarlos se detiene, este cuarto adelante.) Presto. ¡Hola! ¡Luz! ¿Hay flema semejante? (Aquí he hallado una puerta, y ha sido dicha el encontrarla abierta. ¡Oh, si salir pudiese antes que don Rodrigo aquí me viese!) Esta puerta he cogido; pero ya por esotra habrá salido. ¿Qué voces das, señor? ¿Qué ha sido esto? Aún peor que yo pensaba se ha dispuesto. ¿Cómo la vida a tal pesar resisto? Amigos, en mi casa un hombre he visto. Miento, que si le viera, dos mil pedazos mi valor lo hiciera. Las dos puertas guardad como leales; nadie dejéis que pise sus umbrales. Ve tú a la del jardín.—Tú a esotra acude. Ninguno de vosotros tema o dude. Quien calla y obedece, siempre acierta. Voy, señor, a mi puerta. Y yo a mi puerta. Tú dame aquesa luz, y a tu aposento retírate. (Bellaco va este cuento.) ¿Que te encontró mi padre? Esto ha pasado. Pues bien, ¿cómo a mi cuarto has acertado? Sin saber lo que hacía. Sucesos son de la desdicha mía. ¡Ah, fortuna tirana! Mas golpes dan. Abrid aquí, doña Ana. Mi padre llama; escóndete. Es engaño, si ya me ha visto. ¿Puede ser daño más, Fernando, que hallarte? Pues no le busques tú, deja buscarte. Pues, señor, ¿tú a estas horas de esta suerte en mi cuarto, alterado? ¡Lance fuerte! ¿En la mano la espada? ¡Grave pena! Del rostro toda la color ajena, zozobrado el aliento, con torpe voz y con oído atento, las acciones inciertas, como que hablar pretendes y no aciertas; pensando mucho, prenunciando poco, terrible pesar toco, acciones que reserva un hombre sabio o para una desdicha o un agravio. Un hombre dentro de mi casa he hallado. Vos sois muy moza, yo soy muy honrado. Saber quién es me importa, y así intento discurrir lo primero este aposento. (Ya Cielos, no hay salida que pueda aquí importar para mi vida.) (Quiero salirle al paso.) (Ahora bien, dilatemos así el caso.) ¡Ah, hija infame! ¿Qué has hecho? Solo intentar que quedes satisfecho, solo que te asegures que mi inocencia y tu recelo apures; pero esto de manera que no sea:, señor, yo la primera en quien esa sospecha o ese antojo ciegamente ejecutes con enojo. Porque no quiero, no, que si has juzgado que aquí te han agraviado por tan fácil me tengas, que a sospechar en mí primero vengas, pues hallando el delito de repente, juzgarme sin más causa el delincuente, a dar a entender pasa que soy la más liviana de tu casa, y no es razón que así tu error te arguya, cuando no por quien soy, por hija tuya. Y no es esto querer que no le veas, porque para que creas que en sangre tuya tal acción no cabe, ya te entrego la llave; pero con condición de que primero que llegues a mi cuarto de ti espero que habrás toda la casa visitado; y, no habiéndole hallado, podrás, sin agraviarme, enojarte, ofenderme y aun culparme. Mira si estoy bien libre que le haya, pues yo misma aseguro que se vaya, Y sola esta razón ha de vencerte porque ésta es la más fuerte. Doña Inés, de su hermano, con intento liviano, no profanó la casa hoy y sabes que en el mesmo ardor se abrasa? Ea, señor, conoce que si ha habido hombre en tu casa, que ella le ha metido; que mujer que en la suya no fue buena mal mirará el decoro de la ajena. Mucho aquesta razón me ha satisfecho. (¡Ah, si mi engaño fuese de provecho!) Ya me espantaba yo que sangre mía una acción tan infame hacer sabía. Ello nada aventuro, pues si estuviese aquí queda seguro de que salirse pueda, y así parto a visitar de doña Inés el cuarto.) Quédate aquí. Aquí aguardo. ¿Ya no se fue? Pues bien, ¿qué me acobardo? Va le envié de aquí diestra, esta llave maestra que para el cuarto tengo, por remedio a mis penas les prevengo. Salid, Fernando ¡qué notable suerte!, antes que a dar mi padre vuelta acierte. (En fin, voy con mi duda.) Adiós, doña Ana. A Elvira enviaré allá a la mañana. ¿Hombre en mi cuarto a estas horas? Eso examinar intento. [ (¡Perdido soy si aquí ve que la palabra le quiebro!) Yo he de mirar todo el cuarto. Oye. ¿Qué intentas? Intento que adviertas que no te toca, ni por padre ni por deudo. No tienes que prevenirme, porque ya resuelto tengo lo que he de hacer, y no admito advertencias ni consejos. Aparta. En fin, don Rodrigo, ¿te resuelves? Sí resuelvo. (Pues no me ha de ver aquí.) Bárbaro, loco, ¿qué has hecho? ¡Matarete! Pero en vano mi enojo vengar intento sin luz. La puerta del cuarto es ésta, pues yo la cierro y vuelvo por luz. La puerta ha cerrado. Así lo entiendo; pero otra en el cuarto hay que al corredor sale, y pienso que está abierta. Pero, guarda. pasos en el cuarto siento. Pues ¿qué haremos? Retiramos, don Juan, ese cuarto adentro, hasta ver en lo que para. A tu gusto me sujeto. ¿Hay suceso semejante? ¡Que estén los criados puestos en las dos puertas! ¿Qué haré, que no sé adónde me vuelvo? Solo por estar escuro me he entrado aquí. Mas ¿que veo? Con una luz don Rodrigo viene por el cuarto mesmo; y por aquí está cerrado. (¡Que de la cólera ciego de esta puerta me olvidase Pero ¿no es el que estoy viendo? Él es.) Ahora, traidor, pagarás tu atrevimiento. Si estáis resuelto... ¡Fernando! (¿Es ilusión lo que veo? ¿Con doña Inés don Fernando? ¿Cómo persuadirme puedo a tal suceso si sé que ha venido aquí resuelto desde Sevilla a matarla? Mas ¿cómo dudarlo tengo si le hallo con ella misma? Decir que no tuvo tiempo para vengarse, es engaño. ¿Qué será? ¡Válgame el Cielo! Sin duda los dos procuran (ahora he dado en lo cierto no puede ser otra cosa) que, haciéndose el casamiento con don Juan, cese el enojo. Mas ¿cómo, si fuera esto, se recataran de mí? ¿Declarareme con ello? No, que pues de mí se guardan algún fin tiene, y más cierto será, pues ya lo he entendido, con equívocos consejos decirle cuan bien le está; que don Juan es caballero y rico, y si por ventura se mejoran sus sucesos, aunque es noble don Fernando, le está bien el casamiento.) (¿Hay suspensión semejante? Tras tal cólera tan presto reportado. ¿Qué será?) Estadme, Fernando, atento. Dejando quejas a un lado, que con justa razón tengo, porque lo que aquí procuro es acomodar remedio, que lo demás poco importa, pues ha de parar en esto, digo que, pues la igualdad de hacienda y de nacimiento es tanta, y por hecho ya no tiene remedio el yerro, lo que importa es atajarle; que no siempre lo sangriento importa al honor, y así, yo de mi parte me ofrezco a hacer lo más que pudiere, Fernando, en servicio vuestro. (Sin duda cuando doña Ana le hablaba le dijo ¡ay, Cielos! que quiero yo ser su esposo; y así don Rodrigo, viendo que el hallarme aquí remedia, haciéndome de ella dueño, que me case me previene. Pero ¿cómo puedo hacerlo hasta averiguar mis dudas? Aunque ya pensado tengo lo que le he de responder.) Por que veáis que deseo en todas las ocasiones serviros y obedeceros, como a los dos esté bien, mañana, señor, ofrezco que el casamiento se haga. (¡Alto! Dijo casamiento. Adiviné lo que era.) Pues yo os aseguro de eso. (¡Qué mal lo que he visto sabe!) (¡Qué bien penetré su intento!) Mirad que ha de ser mañana. Siendo lo que decís cierto. No habrá duda en lo que digo, Ni la habrá en lo que os ofrezco. Por propio estimo el favor. Yo por dichoso el empleo. Yo os quedo deudor de un gusto. Yo soy quien la vida os debo. Sois noble. Soy vuestro esclavo. En fin, ; quedamos en esto? Mañana os volveré a ver. Pues mañana aquí os espero.

JORNADA TERCERA

JORNADA TERCERA Pasó, como te lo digo, anoche. ¡Suceso extraño! Tan aventurado al daño se resolvió don Rodrigo. (Notable mi dicha fue; con esto se aseguró y a mi cuarto no volvió.) Ahora, doña Ana, que mi suceso te he contado. mi pena te he referido, mi inquietud has conocido y mi duda reparado, importa que tu valor, que tu ingenio, tu amistad venza una dificultad en que peligra mi amor. Si por noble y por mujer hoy te duele mi pesar, si has sabido qué es amar, que es muy fácil de saber, y si en piadosa te empleas cuando de noble te abono, oye cómo te ocasiono, doña Ana, a que más lo seas, para que, con una acción, quedemos las dos aquí yo agradecida de ti y tú a mí en obligación. Don Rodrigo, escrupuloso centra mi amoroso afán, no da licencia a don Juan de verme hasta ser mi esposo. Yo le adoro de manera que fundo en verle mi vida, y la juzgara perdida, doña Ana, si no le viera. Pensar que solo el respeto de tu padre ha de bastar para dejarle de amar cuando es tan grande el afecto, es un intento tirano y un pensamiento cruel, pues no ha de poder más él que mi honor y el de mi hermano. Y si para eso se fía de que en su casa me ampara, con solo que no le amara pudiera estarme en la mía. Y así, porque le he de amar si dos mil riesgos espero, y a tu padre excusar quiero que se llegue a disgustar; porque tampoco es razón el solicitar su enojo y que pueda en mí un antojo más que no una obligación, como cuerda, como amiga, para que tu piedad sea eterna, y para que crea que mi desdicha te obliga, traza, dispón, solicita que pueda ver a don Juan; y si te enoja mi afán, y si mi afición te irrita y el ayudarme te enoja, desde ahora, desde aquí, triunfando el disgusto en mí, venciendo en mí la congoja, de tu casa, de tu amparo desisto, pues tal me veo, que ni los temores creo ni los peligros reparo. Hoy mi vida busca aquí remedio a tanta porfía; hállele, si no por mía, porque se ampara de ti. (Ni sabe lo que me pide, ni yo qué he de responder, porque, o ingrata he de ser, o el ser piadosa me impide. Por una parte el honor de mí amante me detiene, y por otra no conviene usar con ésta un rigor. Si ayudarla solicito, ingrata a Fernando ofendo, porque le está cometiendo quien da favor al delito. Dorar, callando, esta culpa, es intento poco sabio, que, cometiendo el agravio, no es el callarle disculpa. Y así es bien el no ofenderle, aunque ofrezca el encubrirle, que mal dudará en decirle la que no temió al hacerle. Pues también a una mujer en amar tan empeñada, tan ciega, tan declarada, que se ha llegado a valer de mí dejar de esta suerte de amparar, era dejar de ser noble y procurar, con mi crueldad, su muerte. Y si piadosa reparo lo que debo hacer aquí, basta que le busque en mí para que halle en mí el amparo. Esto ha de ser. Diga el mundo hoy que mis dudas refiero, que fue la piedad primero y que fue mi amor segundo.> Pues, ¿cómo doña Ana, di, dudas hoy en responder? ¿Esto te llego a deber cuando me valgo de ti? Ea, la duda atropella, vence la dificultad, que logra mal la amistad que duda al tiempo de hacerla. Antes, con haber dudado, puesto que hacerlo prevengo, pienso, doña Inés, que tengo mi amor más acreditado. Pues, si hay causa que me obliga para dudar y temer, que tú no puedes saber ni es justo que yo te diga, y tras la dificultad tu amistad viene a vencer, ésta sí que viene a ser más muestra de voluntad. Y así, mira en lo que puedo ayudarte desde hoy. Postrada a tus pies estoy; tan agradecida quedo a esta fineza. Levanta. Hoy nueva vida recibo por ti contra el hado esquivo; tal es mi amor, mi fe tanta. Dios te guarde. ¿Vaste ya? A don Juan voy a escribir que no deje de venir esta noche por acá. ¿Ah, señora? Escucha, aguarda. Pues bien, Elvira, ¿qué hay? Prevenirte de un disgusto, avisarte de un pesar sin andar en digresiones, porque cuando está capaz de remediarse es error el llegarlo a dilatar, pues cuanto más se detiene se impide el remedio más. Pasa adelante. Pues sabe que yendo ahora a buscar a Fernando a su posada, me dijo Aloja que están de partida. ¿Para dónde? Para Sevilla será. Y ¿cuándo? Esta misma tarde. Detente, no digas más, que no hay ánimo que baste cuando es el disgusto tal. ¡Ay, don Fernando! ¡Ay, ingrato! ¡Ay, amante desleal ¡Ay, cauteloso enemigo! ¡Ay, fementido galán! y ¡ay, desdichada mujer, pues ninguna tanto hay, que se le ausente su amante cuando adorándole está, y que no se caiga muerta en llegándolo a escuchar! ¿Qué he de hacer, triste de mí? ¿Qué remedio podré hallar que le esté bien a mi honor? ¿Cuál alivio hallaré, cuál que consuele de esta pena? Pues quejarme es publicar mi agravio; callarle, es ir a la parte con mi mal; para venganza no haj' modo, porque el hacerse matar es tomarla de mí misma; cue aunque la civilidad de su ingratitud a voces sé que pidiéndolo está, mujer que acertó a vengarse poco supo qué era amar. Darme la muerte tampoco puede a mi honor importar, que nunca un puñal enmienda lo que erró la voluntad. Decirlo a mi padre, menos, pues solo vengo a granjear, con que sepa mi desdicha, el darle un disgusto más. Cielos, una de dos sea: o permitidme el hallar remedio a tantas desdichas, o esos rayos desatad que hieran en este pecho que ofrezco de par en par por logro a su ejecución, por triunfo a su crueldad. El bien o el mal solo os pido; pues ¿cómo entre el bien y el mal ni permitís el remedio ni la muerte ejecutáis? Y tú, ingrato dueño mío, ya que a Sevilla te vas huyendo de quien te adora porque te adora no más, oye estas últimas quejas, si es que las puedo formar, aunque si te han de mover sé que no las oirás. Y así, pues cruel me dejas, y así, pues te estimo leal, pues ingrato me desprecias y pues firme te he de amar, maltrata, ofende, desprecia, injuria, aborrece y haz más pesares a esta vida que siempre tuya será, que hay en ese cielo estrellas, arenas en ese mar, en ese pecho traiciones y en este mío lealtad; que yo, ciega, firme, amante, resuelta, perdida, leal, constante, loca, empeñada, sin juicio y con voluntad, siempre firme, amante siempre, podré a voces publicar que te quise lo más bien y me tratas lo más mal, y cuando más me ofendiste entonces te adoré más. Señora, advierte, repara que el llegarte a apasionar tanto es yerro, cuando puedes por algún camino hallar remedio que importe mucho, ¡Ay, Elvira, dime cuál Si a don Diego se lo escribes, yo sé que le ha de obligar con ruegos o con razones. Pues ¿cómo, Elvira, si está receloso de Fernando? Como no le digas más de que a una amiga le importa, que luego no faltarán excusas a su sospecha. Bien dices. Llégame acá el recado de escribir. Aquí está el recado ya. ¡Ah, tristes mujeres, siempre la peor parte os lleváis! ¡Ah, falsos hombres, qué presto cuando queréis os mudáis! Nuestra verdad es mentira, vuestra mentira es verdad; la que en nosotras por culpa, gala en vosotros juzgáis. Si una es mala, eso era cierto; si buena, no pudo más si se aliña, es con cuidado; si no, está contenta ya; si calla mucho, es taimada; si habla, rabia por hablar. Lleven los diablos, amén, cuantos oyéndome están. (De esta vez, afecto mío; de aquesta vez, voluntad, he de saber... Mas ¿qué miro? Doña Ana escribiendo está.) (Fernando se ha entrado. ¡Ay, triste! ¿Cómo la podré avisar? ¡Ce, señora, don Fernando!) Quita ese papel allá. Ya es tarde para esconderle. ¿A quién escribiendo estás? (¿Hay semejante desdicha?) Como supe... Bien está. Que a Sevilla. . Ya lo entiendo. Te partes... (Estoy mortal.) A don Diego le escribía... Que te venga a visitar, porque ya no estorbo yo. ¿No es aquesta la verdad? Vamos, Aloja, de aquí. ¿Dónde, señor? A tratar lo que le importa a mi honor. ¿Que me dejas? ¿Que te vas? ¿Y sin decirme la causa? Mas ¿qué causa me dirás si no la tienes? ¿No, ingrata? Escúchame y lo sabrás. Después que desde tu casa con don Diego (¡Muerto estoy!) al campo salí y tu padre a despartirnos llegó, volvimos hasta tu casa a acompañarle los dos, y al llegar vi que en tu reja un hombre, no fue ilusión, no fue sombra, no fue engaño, no fue antojo, no fue error, sino verdad evidente, sino segura traición, sino averiguada ofensa y descubierto rigor, tal como pudo pedirla en tan rigurosa acción el ser tú mujer ¡ah, ingrata! y el ser desdichado yo, escondiose en el portal, y mil veces ¡vive Dios ciego, irritado y amante, tuve determinación, aunque tu padre lo viera: (tan crecido fue el dolor), de quitarle allí la vida; que aunque sé que tu opinión y tu vida aventuraba, no hay cordura, no hay razón que baste cuando se juntan los recelos y el valor. Venció la cordura, en fin; libré a mejor ocasión mi venganza, y esperé, luego que tu padre entró, a que del portal saliese; y, en fin, por mirar tu honor y no alborotar la calle, ardiendo en coraje, doy lugar que pase ; a este tiempo por esa puerta se entró del jardín, y yo después, cuando Elvira me avisó y supe que era en tu casa, guiado de mi furor entré a vengarme, tu padre a este tiempo me encontró; y después que me ocultaste y que de allí se apartó, volví a encontrarle otra vez. Creció de nuevo el temor, por ver mayor el empeño; pero tan poco duró, que con que fuese tu esposo cesaba su indignación. Fuéralo entonces, sin duda; ¡oh, que de ello malogró tu desacierto! Pues luego el recelo me avisó de aquel hombre que vi entrar, que fue bastante ocasión a que no me resolviese, porque muchas veces son, las que en el amor finezas, delitos en el honor. Pero, con todo, atendiendo al disgusto, a la pasión de tu padre, le ofrecí, como esté bien a los dos (¡qué necio fuera en cumplirlo!), en darte la mano hoy. Y cuando vengo a decirte el estado de mi amor y a prometerte, encontrando bastante satisfación, cumplir con tu padre, hallo en tu mano otra traición, otro más nuevo delito, otro más patente error y, en fin, otro amante más y otra pena más atroz. Esto es por lo que me ausento, y sé que en obligación me estás, porque si en tu padre es fuerza buscarme hoy, y en mí lo es el no casarme porque importa a mi opinión, y para esto no hay más medio que decir lo que pasó o irme, y si se lo digo, estima tanto su honor, que ha de quitarte la vida, y con dejarte te doy para tu amor más lugar, pues podrás, en conclusión, gozar en paz a tu amante sin cuidado y sin temor, que; donde hay muchos galanes siempre poca paz se halló. Está, doña Ana, es mi pena, aquesta tu sinrazón, esto por lo que me ausento, aunque sé que a morir voy, pues no hay mayor dolor que es estar ofendido y con amor. ¿Esa, en efeto, es la queja? Esta es mi pena mayor. Pues oye cómo en tus dudas fundas mi satisfación. Tú dices que viste anoche que un hombre en mi casa entró, y que al mismo tiempo Elvira de mi parte te avisó que a verme entrases; ahora verás si tengo razón. Sentemos aquí primero que mujeres como yo no aman más de por amar; pues, siguiendo tu opinión, digo que después de amarte a otro objeto se inclinó el alma y que me rendí a esa bárbara pasión, cosa que juzgo imposible: que la que una vez amó, los desaires de su amante los tiene por perfección; y así por vencerte más, paso por aquese error. Digo que a nuevo galán rendí después mi afición y dejé a ti de quererte; pues, dime, ¿por qué razón pude rogarte que entrases? ¿Por buscar una ocasión en que arriesgar a mi amante? ¿Por malograr el favor que estaba usando con él y aventurar mi opinión? Demás, de que cuando entraste y mi padre te encontró, ic- escondí dentro en n:f cuarto; y es cierto que tu temor, o tu recelo, entre tanto que mi padre se volvió, le buscaría por él; pues querer decir que yo le escondiera en otra parte es vana imaginación pues quien sin quererte a ti tan grande fineza usó como esconderte en su cuarto, fácil de entender dejó que por el galán que amaba lo hiciera mucho mejor. ¿Ves cómo es tu misma duda la mayor satisfación? Esa razón era buena cuando fuera una ilusión, un antojo, una apariencia, una sospecha, un temor, un recelo, una premisa, una duda, una atención y, en fin, un agravio en sombra de si pasó o no pasó; pero ver entrar un hombre, y hombre que primero (¡ay, Dios!) estaba hablando en tu reja, y que en afecto se entró por la puerta del jardín, que es la sospecha mayor; que puertas en los jardines, mirado con atención la comodidad las labra y las frecuenta el amor. Dime, ¿a qué entraba este hombre? ¿Hay prima?, ¿Hay hermana? No; que aun esta usada disculpa no puede valerte hoy. Y ahora escribir a don Diego... Basta, doña Ana, por Dios, que lo que juzgas descargo toca en desestimación: y así, mientras no me digas quién era y a lo que entró, no me has de ver en tu vida. Tente, aguarda. Mi señor. ¿Hay más desdichas que espere? Que llega. Doña Ana, adiós. En fin, Femando, ¿te vas? En fin, doña Ana, me voy. ¿Qué te obliga? Mi venganza. ¿Quién te guía? Tu rigor. ¿Yo no te adoro? No, ingrata. ¿Y que no he de verte? No. ¡Muera, pues soy desdichada f ¡Muera, pues infeliz soy! Y tú, Elvira, adiós te queda, que también celoso voy. ¿Por qué causa? ¿Qué más causa que el estarlo mi señor? Porque se pegan los celos como sarna, sarampión, tina, lepra, lamparones. peste, tabardillo y los demás achaques que curan los hermanitos de Antón Martín, y no es maravilla, ni te cause admiración, que los celos me pegase quien el amor me pegó. En efecto, don Diego, hoy quedaremos todos con sosiego; porque hoy don Juan casado y hoy también por la muerte perdonado, todo el disgusto cesa. Acción de solo vuestro pecho es esa. ¡Hija! Padre y señor, mi pena es mucha, y de manera el sentimiento lucha a vencerme, que entiendo... (Pero disimular ahora pretendo.) Parece que alterada, inquieta, mal segura, alborotada me habláis. ¿Qué ha sucedido? (¿De qué mujer se habrá jamás oído que por respeto ajeno... Mas ya sin tiempo mi piedad condeno. Disimular importa, ya que examino que es mi suerte corta.) Hoy, señor, me dijiste cómo Fernando (¡ay, triste!) estaba con intento de hacer de doña Inés el casamiento con don Juan ; y, en efecto, como amiga de doña Inés, permíteme que diga que de suerte .me holgaba, que parece era yo quien se casaba. A este tiempo he sabido que, aleve y fementido, a Sevilla se parte, y que sin falta a la palabra falta que a ti te dio, y te deja hoy con tan justa queja; y a doña Inés, que como a hermana quiero, ver sin el gusto que deseaba espero, debí de alborotarme, y no hay por qué culparme cuando a un tiempo miraba que a un padre y a una amiga disgustaba. ¿Que Femando se ausenta y que engañarme intenta? ¡Vive el Cielo, si llego antes que parta, que de enojo ciego! ¿Qué haces? Ir a buscarle, ir a que se detenga o a matarle. A tu lado me tienes. Antes me he de enojar si tras mí vienes; que no quiero que diga, cuando a arrestarme la razón me obliga resuelto y enojado, que le voy a buscar acompañado. Ya que tu padre se fue, ¿dará lugar tu rigor a que te diga mi amor el estado de su fe? ¿Podré, doña Ana, podré publicar que más te adoro cuando tu rigor no ignoro, cuando tu impiedad no dudo, cuando mi pena no mudo y más mi desdicha lloro? No es tiempo ahora, don Diego,, de escuchar esas ternezas, que se oyen mal las finezas adonde falta el sosiego. Id tras mi padre, que luego tendréis para eso lugar; que aunque él procure estorbar que ahora le acompañéis, a él le toca que os quedéis y a vos el irle a buscar, Ya que doña Ana segura estará de que me ausento, averiguar aquí intento si otra voluntad procura. Bien sé que el amor murmura aquestos nuevos desvelos después de tantos recelos; pero no hay de qué admirar que a un triste le ha de costar cuidado aun hallar sus celos. Avisome doña Inés para que venga esta noche, diciéndome que en la' reja estará Elvira con orden de que al instante que llegue, por que más mis dichas logre, me abrirá por el jardín. (Pasos siento, y viene un hombre. De la escuridad me amparo.) ¿Es don Juan? ¿Elvira? Voyme a la puerta. Allá te aguardo.) Llegó a la reja, pasose y por el jardín ¡ay, Cielos le han abierto. Daré voces. Elvira, Elvira ; ¡ah, traidora! ¡Oh, qué bien se conoce que en busca de una desdicha no hay paso que no se logre! Abre, Elvira, o ¡vive el Cielo! que aunque la calle alborote... ¿Qué es aquesto? Mas ¿qué miro? ¿Qué ha de ser? Tus sinrazones, mis ofensas, tus crueldades, mis desdichas, tus rigores, mis agravios, tus cautelas, mis afrentas, tus traiciones. Niégame ahora ; ay de mí! que tienes en casa un hombre. Ya le he visto, y solo quiero, pues que mi razón conoces, pues que convencida estás que en tu vida... Pero voyme, que aunque pudiera vengarme y irritado cuanto noble darle muerte a ese alevoso que dentro en tu casa escondes, por tu padre... Mas ya tardo. Aguarda, Fernando, oye. (Sin duda que doña Inés abrió a don Juan, y que entonces Fernando le vio. ¡Ay de mí ¿Hay más penas que me ahoguen, más desdichas que me cerquen, más dolores que me acosen y más ansias que me aflijan?) No he de esperar tus razones. Mas ya que no hay impasible a que mi honor no se arroje, abre, ya voy a la puerta. Valió la industria, valiome. Tenga yo lugar de hablarle, que de camino, aunque estorbe mi piedad a mi opinión, a Elvira le diré a voces que a don Juan y a doña Inés de aqueste peligro informe. En efeto, que doña Ana a ayudarnos se dispone, que por ella puedo verte, y nuevas obligaciones añade a las que debemos. Gente viene. ¿No lo oyes? Don Juan, señora, al punto, al punto te esconde, que mi señora, su padre, que suben ya, ¿no les oyes? No hay dicha que azar no tenga. No hay gozo que no zozobre. Ya que estás aquí, señor... (¿Qué haré en tantas confusiones? Si entrar le deja el amor la lealtad a estos dos rompe, que, fiados en mi amparo, de él en mi casa se esconden.) (¿No es Femando? ¿No es tu hermano? ¿Si habrá sido trato doble de doña Ana y ahora...? ¡Ay, Cielos! Doña Inés, no te alborotes; que teniéndome a tu lado ningún riesgo hay que te importe.) Yo no vine aquí a escucharte, sino a que mejor te informes otra vez de mi valor, y a que, ciega, no te arrojes. Bien conozco tu valor. que, a dudarle, soy tan noble, que no te hubiera querido; pero fue mi intento entonces solamente detenerte, y así este instante me oye. Volvereme si eso intentas. No te pido que me abones ni que te quedes te pido; solo, sí, que dos razones me escuches, cosa que a nadie se ha negado. ¿Al duro bronce quieres mover? No he de oírte. Pues ni quiero que te tornes, ni quiero que de aquí pases, y quiero que, aunque te enojes, me escuches. Bien, ¿qué has de hacer supuesto que ya se pone mi amor al mayor empeño? Suspende este instante el golpe, y aunque después no hagas caso, escúchame. Aunque malogre este rato, ya te escucho. (El corazón se me rompe, el aliento se me turba, el ánimo se me encoge, la lengua se me entorpece y, en fin, todas las acciones tan turbadas las advierto, las hallo con tal desorden, que al publicar mis desdichas, que al referir mis pasiones, por querer informar toda no hallo ninguna que informe.) Tú veniste a esta Corte, estame atento, no ignoro mi desdicha ni tu intento, en seguimiento de don Juan de Chaves; pero esto ya lo sabes. Encontraste conmigo, bien se te acordará de lo que digo; mirete atenta, atento me miraste; no sé si te obligué, tú me obligaste. Que me amabas dijiste, ¡oh, cómo veo ahora que mentiste Creílo entonces, porque como estaba ciega la voluntad, solo deseaba hallar cualquiera rastro de disculpa, si pudo nunca ser amarte culpa; y así, cuando supiera que engaño tuyo era. te adoraba de suerte que engañarme dejara por quererte. En fin, verdad o engaño, aventurada al daño, arrestada al suceso, empeñada al exceso, atrevida al enojo, inclinada al arrojo, ciego el discurso, la razón perdida, mudo el aviso, la atención dormida el riesgo descubierto, el peligro más cierto, en tan ciega porfía, lo que no es resistir, todo lo haría. Esto a mi amor le debes, si no es que ya a negármelo te atreves, porque el primer motivo de un ingrato es desmentir la obligación del trato; y aunque es culpa tan grave negarla quien la sabe, si a no pagarla estás determinado, en negarla andarás más acertado: porque^ bien discurrido, aún es más permitido, debiéndola, el negarla que confesar deberla y no pagarla. Mi Fernando, señor, ¿tú de esa suerte procurando mi muerte? Vuelve, repara atento mi pena, mi dolor, mi sentimiento, mis ansias, mis sollozos, mis gemidos con piadosos oídos. Si alguna falsa sombra o te altera, o te asombra, o te turba, o te inquieta cuando así a tus recelos te sujeta considera advertido las finezas que aquí te he referido, y otras que no se saben, tantas, que apenas en el alma caben; y luego, asegurado. hallarás, mi Fernando, ese cuidado, porque no cabe tan contrario efeto como amar y ofender en un sujeto. Si porque ose temor más no te arguya quieres que diga a voces que soy tuya, tuya soy, y quisiera que dilatarse aquesta voz pudiera del uno al otro polo por que no quede en él un hombre solo que ignore que rendida vive a tu amor mi vida; y así, sabiendo todos mis desvelos, no se atreva ninguno a darte celos. Si rendida te importa mi vida, hiere, corta, ea, que el corazón tanto desea ver prenda tuya en sí, que aunque esto sea ejecutar rigores, más que estimar halagos y favores, por ser tuyo contento hará lugar a ese puñal sangriento. Todo esto que mi amor aquí porfía es voluntad, es gala, es bizarría. Mas pensar tú, grosero, cuando tocando estás lo que te quiero, que no ha de ser bastante fineza tan constante a asegurarte hasta mirar mi casa tan de lo justo pasa, que no lo permitiera, Fernando, si mil veces te perdiera, porque quiero que debas la verdad a mi amor y no a tus pruebas. Ea, sepamos lo. que más te obliga, si mi amor te mitiga, si tu duda te altera, si mi afecto te espera, tu enfado te dura, mi fe te asegura, si tu rigor te inquieta y, en fin, si te sujeta una ofensa dudada más que tanta verdad asegurada. (¿ Hay más notable suceso? ¡Que amante Fernando sea de doña Ana y haya estado en Madrid sin que lo sepa! ¡Que le haya dado yo celos! ¡Y que doña Ana, resucita, solo por no descubrimos se arroje de esta manera a disgustar a su amante Mucho esta piedad me enseña.) Fernando, pues ¿qué respondes? Bien fácil es la respuesta. (¡Ay, don Juan, lo que me debes! ¡Ay, piedad, lo que me cuestas!) ¿Qué dices? Digo, doña Ana, que si no es que al hombre vea no me he de satisfacer. Advierte en lo que te empeñas. Esta es resolución. Mira que después no te arrepientas. O me he de ir o le he de ver. Pues, Fernando, si ya llega tu temeridad a tanto que mis verdades desprecias, que mis razones no atiendes y pueden más tus sospechas que tantas satisfaciones, aunque la vida me cuesta, no se ha de decir que fui con mi estimación tan necia que logró tu grosería lo que perdió mi fineza; y así, vete. Ya me voy. Pues no te vayas, espera. ¿Qué has hecho? ¡Terrible arrojo! Pues, traidores, ¿aquí? Deja que te diga a lo que salgo, que para eso tiempo queda, y quien se arroja al peligro nunca al peligro se niega. Y así, si doña Ana ahora por ampararme se alienta a perderte, y en perderte tantas desdichas confiesa, yo, que soy noble y conozco que razón injusta fuera, cuando por mí se aventura no aventurarme por ella, quiero que si con mi daño aquí el suyo se remedia, se enmiende un daño con otro. Ahora este acero te espera. Hoy vuestras infames vidas han de lavar mis ofensas. No, Fernando, no es razón que yo su agravio consienta. Aparta. En vano porfías. Mira que mi honor se arriesga. Tu honor quiero asegurar. ¿Mi honor? Pues ¿de qué manera? Tú veniste aquí celoso y, bizarro y arrestado, hoy don Juan ha procurado mi quietud y tu reposo. De modo que si él piadoso te asegura esos recelos. Te excusa tantos desvelos, a otra piedad te convida, que bien merece una vida quien asegura unos celos. Y nombre de ingrato alcanza el que al tiempo, a la ocasión que halla una satisfación solicita una venganza; y así, en esta confianza segura, Fernando, digo, que si él piadoso contigo, por excusar un pesar, sale el castigo a buscar, tú no has de usar del castigo. Porque infamia llega a ser y proceder desatento en quien usa el rendimiento ejecutar el poder; y si con llegarse a ver su esposo queda postrada la ofensa más acertada, será acción en que ha quedado un amor asegurado y una ofensa perdonada. Mi bien, Fernando, señor, yerro es de amor el que halláis, pues si no le perdonáis, ¿para qué tenéis amor? Ea, cese ya el rigor, la piedad os comprehenda para que mejor se entienda que en aplacaros me fundo, y por que publique el mundo que un daño a otro daño enmienda. Tal es el gozo de ver hoy mi amor asegurado, y el tuyo tan obligado se llega a reconocer, que si ofensa pudo ser dudar tu verdad allí, ya la satisfago así para que entienda tu fe que lo que allá te negué te estoy ofreciendo aquí. Con que vengo a gradecer hallar aquí mi enemigo, para que mi amor contigo más galante pueda ser y así, por que eches de ver que obligarte solicito, repara bien que acredito más mi amor con lo que hago, pues no paso en ti un amago y perdono en mí un delito. Fernando, ¿vos en mi casa y buscándoos yo con queja de que os ibais a Sevilla? Más es, señor, mi obediencia. Bien se ve, pues hallo ya los dos en presencia vuestra; y pues me disteis palabra, si gustáis que ahora sea la boda, cumplidla aquí. Por vos perdonados quedan. ¿Cómo es esto? ¿Así se casa un gallego de su tierra para dar un antuvión, y cuando la ocasión llega del montantazo y el zas se están con esta llaneza? ¡Vive el Cielo que sucede a pedir de la comedia! Y yo, si en algo, señor, os obligué, en recompensa, dando a doña Ana la mano haréis que a Sevilla vuelva con honor y con esposa. Ya por mí tiene licencia. Por felices doy mis celos. Yo, por dichosas mis penas. Y yo muchos parabienes, que justamente se emplean en tal día. Mas qué presto estas cosas se conciertan. ¿Quiéresme, Elvira? Sí, Aloja, aunque vinagre te vuelvas. Y con esto y que don Diego de nones para otra queda, Enmendar un daño a otro será razón que fin tenga.