Texto digital de El cerco de Tremecén
Metadatos de la obra
- Atribución tradicional
- Lope de Vega Carpio
- Atribución estilometría
- Lope de Vega Carpio Segura
- Género
- Comedia
- Procedencia
- El texto ha sido preparado por Germán Vega a partir de Obras de Guillén de Castro. RAE.
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Cita sugerida
Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El cerco de Tremecén. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/cerco-de-tremecen-el.

EL CERCO DE TREMECÉN
JORNADA PRIMERA
Muestra el papel. Vesle aquí. Ansí lo estés en sus brazos. ¿Pues qué? ¿Hácesle pedazos. antes de leerle? Sí. Bien está, tu gusto has hecho. ¿No ves que la mala letra es ponzoña, que penetra por los ojos, hasta el pecho? ¿Pues es aquesta impresión? Ya no te parece impresa una libertad que pesa todo un mundo de afición. Yo me acuerdo que adorabas estas letras algún día. Y que a quien las escribía Reina del mundo llamabas. ¿Y agora no? No. ¿Por qué? Porque sabes que me deja. Por Alá que aquella queja nace de tu poca fe. ¿Son celos? Del Rey mi hermano. ¿Pues qué tenemos de nuevo? Que ayer... Dilo. No me atrevo... le dio en el jardín la mino. ¿Pues negársela podía, en cortesano favor? Y ¡cuántas veces amor se engendra de cortesía! Un mirar, un responder y un dar la mano al pasar centellas puede engendrar que a Troya puede encender. En resolución, yo estoy celoso del Rey, agora que es Rey, en fin, y la adora, aunque yo su hermano soy. Tiernamente te lastimas aunque es acto de cruel haber rompido el papel; ¿tan poco a tu dueño estimas? A fe que de haber rompido el papel, que te ha pesado. Cuasi estoy desesperado y en extremo arrepentido. Contigo no hay cumplimientos cólera fue, por Alá. El papel en tierra está, las palabras por los vientos. Tantos ;pedazos le hiciste que es imposible juntarlos. Como que pude rasgarlos tú, traidor, culpa tuviste; que viéndome loco y vano, no me le habías de dar, y viéndomele rasgar quitármele de la mano. Oh reliquias del tesoro que en vos encerró la mano de aquel ángel soberano, yo indignamente os adoro! Yo aquel traidor que os quité aquella vida escondida, en las palabras de vida, que con rasgaros maté. junta, Orfilo; junta, hermano; veamos qué dice aquí. Aquellos dos dicen sí. Y aquellos dos dicen mano. Mano, y sí, divino agüero que se puede más leer porque sí, y mano ha de ser todo el bien del bien que espero. No hay más que esperar aquí, del bien que perdiendo gano, pues me cupo a mí la mano, y a ti te ha cabido el sí. Que es señal que yo he de dar la mano, y el sí... ¿Quién? Ella. Eso quiero declarar. Toma, necio, ese bonete, y esos divinos pedazos entre esas toca y lazos mezcla, esconde y entremete. ¿Todos han de entrar aquí? Y una cifra que he de hacerlos, que diga en lazos muy bellos: confieso que me perdí. Mejor fuera en una pieza y en más ¡estima tenido. Ya que el papel he rompido no me rompas la cabeza. Tu dama viene, ¿qué harás, si eso hiciste del papel? Si adoro la letra de él, a su dueño mucho más. Mas fingireme enojado, aunque en verdad que lo estoy. Dichosa en hallarte soy, dueño de mi gran cuidado. Que es tal la persecución De este Rey, de este tu hermano, que hablarte es intento vano Todas mis cosas lo son. Siempre yo fui desdichado, nunca hay tiempo para mí. ¿Sueles recibirme ansí? Estoy agora enojado. ¿Pues no solía yo ser el puerto de tus enojos? Y aun la luz de aquesos ojos para poderla tener. Pero ha días que estoy cierto, aunque me quiero engañar, que el puerto se ha vuelto mar, y que ya la luz se ha muerto; pues muerto el amado fuego, y el mar vuelto en puerto ya, ¿qué Leandro llegará a la torre del sosiego? ¿Luego el enojo es conmigo? No, por Alá soberano, enojado me ha una mano por otra de mi enemigo. Ayer vi un cierto cristal, con un ébano enlazado, que a no estar mal engastado no me pareciera mal. Ya, Aliarda, libertades son para los sufrimientos cuyos bajos pensamientos no estiman dificultades. Yo que te adoro imposible, de mí mismo enamorado, y yo que estoy empleado donde no hay cosa posible, corróete que en un amor tan limpio y casto, mi hermano ponga mano en vuestra mano, porque es ponerla en mi honor, Pues, ¿puedo a tan grande fuerza resistirme? Bien podéis, que si algún autor tenéis ese amor todo os esfuerza, rompe, levanta, deshace, lana, pierde, humilla, encumbra, ciega, escurece y alumbra, mata, agravia y satisface. Con el Rey finezas quiero, de quien no puedo vengarme, que sólo amor puede darme la •ocasión del mal que muero. Como no tiene respuesta una loca pretensión; luego paso a otra razón y sin ella dejo aquesta. Dime, ¿qué es lo que el bonete trae? A modo de favor, no que celoso temor a mi pensamiento inquiete, sino por curiosidad. i. Donde falta la razón siempre se huye la cuestión por no aclarar la verdad. Y ,aunque te parece justo que esa mano está bien dada; todo lo que a ti te agrada quiero yo tener, por gusto. Si en eso no se repara dásela otra vez y más, porque cuando se la das el me la pone en la cara. Sí, pero favor tan nuevo ¿no sabríamos qué es: Levántase de los pies adonde agora le llevo. Papel es de cierta dama, que de un corredor cayó, y era tal que se quebró, porque es de vidrio su fama. Guardé los pedazos del, porque pagar es razón afición con afición. Brava libertad Cruel. Huélgome del nuevo empleo y muchos años se goce quien tan presto desconoce este mi honroso deseo. Huélgome que aqueste fin tenga y agora le den, por haberle puesto en quien iba a decir es tan ruin. No soy hombre a quien la espada me obligue a que meta mano pero mano de tu hermano, bien me podrá hacer vengada. Si entonces la di por fuerza agora de voluntad, porque tan gran libertad a mayor locura esfuerza. Ah, traidor! ;Papel ajeno en el bonete a mis ojos! Ea, cesen los enojos, volvé ese rostro sereno, que yo sólo pretendía para penitencia de ellos ver las lágrimas por ellos que ya escurecen el día. Confieso que aquella mano no vale en aqueste juego, que está más vivo mi fuego y el puerto, mi bien, más llano. Vuestro es aqueste papel, que de cólera rompí y ved este amado sí que vos sois el dueño de él. Ea, no más, no haya más. Basta, ya estoy satisfecha desta pasada sospecha. Con mucha razón lo estás. Que cosas ha hecho aquí, que un loco no las hiciera. El Rey viene. Salte a fuera. ¿Yo? ¿Pues no es mejor ansí? ¿Y que te quedes con él, ingrata. Pues yo me voy. Por desengañarme estoy de que me engañas, cruel. Quedaos vosotros; ¡oh hermano! Dame esos pies. ¿En qué entiendes? En pensar cuán bien defiendes tus fronteras del Cristiano y en esperar aquel día que salgas de Tremecén, para que conozcas bien como es tu sangre la mía. Muérome ya, porque al sol me pongas a que te imite, para que la vida quite al león de ese español. He salido hoy a caballo y hecho mal a un andaluz antes que nos diese luz el sol, que salió a mirarlo. Jugué dos horas la lanza, escaramucé, corrí, retireme, acometí, para ver qué aliento alcanza; al galope, al caracol, al fin de una y otra suerte, todo a efeto de dar muerte al león ¿ese español. Muérome ya porque veas tu sangre en mí. Bien está; ya, hermano, se suena acá en la guerra que peleas, de la manera que andas y en el andaluz que picas. ¿Pues qué sentido le aplicas? Declárate más, si mandas. ¿Que aún con esto no me en tiendes siendo tan claras razones? r. Hasta agora no propones lo que decirme pretendes. Antes que _tos diese el sol, te llevaba a ti al terrero: a matar muy bravo y fiero al león de ese español. Yo veo que a Tremecén suele llegar el Cristiano, y que te parece, hermano, mi casa entonces más bien. Cuando al sol que tú has mentado relumbra tanta celada la espada limpia y dorada sueles tú ceñir al lado. Y cuando al aire tremolan dos mil banderas gallardas, mil plumas blancas y pardas, de tu frente sola cuelgan. Cuando mil, a quien prefieres quieren exalzar sus nombres probando extranjeros hombres, buscas tú proprias mujeres. Cuando el furioso arcabuz llega con el humo aquí más de alguna vez te vi pasear el Andaluz. Cuando es la guerra el crisol, das tú en plumas y en jugar, todo a efeto de matar al león de ese español. Si otro que el Rey, o el Reino que mi hermano, se atreviera, aunque treinta Reyes fuera, tantos te mataré yo. Por Alá que si la ciño te hiciera aquí mil pedazos, a no saber que tus brazos siempre me tienen por niño; que tan presto me maltratar. como saben regalarme. Galván, ¿quieres enojarme? Ansí los hijos se tratan. Yo en tal lugar te tengo. Y yo te pido los pies, suplícote me los des, que ya arrepentido vengo. Pero dime, ¿de qué nace que me hayas tratado ansí? ¿Quieres que lo diga? Sí. Claro Claro. Que me place. ¿Quién está más obligado a volver más por mi honor? Tu hermano será, señor, y después de él, tu criado. Si alguien sirviese una dama de mi alcazaba, ¿qué harías? Siempre hay mil falsas espías que piensa que el otro ama. Siempre entre aquellos curiosos mil quimeras se levantan con otros mil que se espantan del aire, y dan en celosos. ¿Posible es que se atreviese ninguno a cosa tan fea? No te digo yo que sea, sino ¿qué harías, si fuese? Si fuese, por Alá santo, que de ti abajo... No más. ¿Cómo? Condenado estás. ¿Yo? Y haces otro tanto. ¡Que hago yo eso! ¿Con quién? Con Aliarda. Eso no, quien lo dijo te engañó. Yo sé que h quieres bien. ¿Y habrá de aqueso testigos, y de que yo la inquiete? Aquí de este tu bonete lo juzgarán dos amigos. Deja, señor, los papeles. Calla, que aún :podrán hablar Rompilos para callar lo que no es bien que receles. Ahora bien, tenlos allá, que si mi hermano no fueras. pleito sentenciado hubieras por tu honor y mi honra ya. Bástete saber aquesto para que te determines de presto, a uno de dos fines, uno grave, otro molesto. Señor. No repliques; tengo bastante satisfacción de que a tratar de traición cobarde, contigo vengo. Vieron hoy aquestos ojos darte a ti, ingrato, cruel, aqueste roto papel quizá por celos y enojos. ¿Tanto bien rasgas, tirano Pues yo de joyas tan bellas, trocara la menor de ellas aunque fuera de tu mano. Y a no estar tan enojado te trocara a peso de oro esos pedazos que adoro de ese inocente afrentado. Pero determina luego lo que en aquesto has de hacer ¿En qué me das a escoger? Rabio de cólera ciego. En que salgas por seis meses. desterrado de mi corte, que aqueste es el mejor corte o mira a lo que te ofreces; o te resuelve a casar con Belzoraida, ¿qué dices? ¿Callas No te escandalices, señor, de verme callar, porque me das a escoger dos cosas, que entrambas son destierro, muerte y prisión, si yerro en tomar mujer. Que si en esto acaso yerro el que vive mal casado es el que está desterrado para preciso destierro. Pero yo, no los seis meses, otros seis años tomara antes de mirar en cara a mujer que tú me dieses. Queda en buen hora, que creo que me has de haber menester antes. Nunca venga a ser, villano, tu mal deseo. Y cuando la indignación de Alá a tal punto me llegue, antes de sus ojos ciegue, que vea tal maldición. Vete, y no parezcas más, que es celos un mal tan ciego que pide el remedio luego Por Alá, de espacio estás. Llegan cuasi con las manos los cristianos a tu muro y estaste tú más seguro que si soñases cristianos. Apercibe la defensa o dales la Tremecén. Todo se me hace bien; ese cristiano ¿qué piensa? ¿A mis puertas se ha atrevido? Paso: está más sosegado; dígolo, porque un soldado por las tuyas se ha salido. ¿Dónde enviaste a Galván? Desterrado por seis meses. ¿Y que a los muros no vieses esos cristianos que están? En sabiendo que un soldado como ese falta de aquí, a mí, a tu gente y a ti, no estima el pendón cruzado. Vuélvete luego a llamar, y no demos ocasión con la desesperación a que una vez pase el mar, o que al cristiano se pase. Bien me aconsejas, Hacén. ¿Pues qué hizo? Quiérole bien. y pídole que se case. ¡Por Alá! Caso sublime. Para hacerlo con disgusto, que aun hecho con mucho gusto no sé decir si lo tiene. No es eso lo que deseas, ya yo entiendo tu pasión. Si sabes que es afición no habrá cosa que no creas. Pero di, ¿qué hace el cristiano?, y déjame satisfecho para que descanse el pecho. ¿Al fin volverá tu hermano? No sé agora. Ya esa es mucha crueldad y rigor. Por ti volverá. Eso sí, Pues di. Oye. Atento estoy. Escucha. Salí de Tremecén antes que el alba rompiese de la noche con la niebla, ni a su divina luz hiciesen salva los pájaros que temen la tiniebla: dejé a la diestra esa montaña calva que ya de niebla se corona y puebla, y entré al determinarse el horizonte por el robledo de ese obscuro monte. Púseme bien distancia de una legua, a avista del ejército enemigo, y por el relinchar até mi yegua, v subime en la rama de un quejigo: vi entonces, como aquel que de la tregua se sabe aprovechar del falso amigo, la multitud dormida, sin desorden, a la voz de un clarín ponerse en orden. Los dormidos soldados, las barracas iban desamparando, presurosos, desbaratando céspedes y estacas, por sacudir los brazos perezosos; y allí arrojadas las mujeres flacas, porque entre los bagajes polvorosos, del día se escondían, que comienza a descubrir al mundo la vergüenza. Los portugueses vieras alterados cuál con el yelmo y el jubón de acero, los arcabuces ante sí arrojados, y frascos prevenir como primero; otros con peto y morrión cargados, terciar la pica y al mosquete fiero poner la cuerda, que al tocar exhala humo, fuego, papel, pólvora y bala. Tras de esto, al son ele bien templadas cajas, al aire tremolaron diez banderas, y en tafetanes de diversas fajas, cruces, cifras de amor, manos y esferas; y de hombres de armas, con celadas bajas. tras de estas caminaban diez hileras, hasta llegar a una campaña, adonde los puso en orden don Dionisio el Conde. Aquel. digo, que cruza por los pechos por gran blasón, la roja Cruz de Cristo, y a cuyo nombre y valerosos hechos, desde este polo vuelan a Calisto: trazó sus mangas y la gente a trechos puso por orden que jamás he visto; finalmente, Zulema, no lo pinto porque era descubrir un laberinto. Luego vieras la diestra escaramuza, con orden, aquí Tellos, allí Vascos, como aquí Reduán, Galván y Muza, cuando se rompen telas y damascos cuál entra, sale, se retira y cruza, calando cuerdas y sonando frascos, finalmente probaron el deseo que tienen de tu muerte. Yo lo creo. Pero no lo verán, si Alá me ayuda, y me vive el valor de tal hermano. Como quiera Galván, no pongas duda que verás las espaldas al cristiano. Como esas fuerzas la fortuna muda, ello es fingido y pelear en vano acérquense un poco a la muralla, verán si vale más el que más calla, Y vos, Hacén, buscadme aquese loco, que enojos entre hermanos poco duran, que a buscar el cristiano me provoco, si mis consejos tanto se aventuran: Su furia aquesta vez valdrá muy poco, si de Galván los brazos te aseguran. Colérico partió. No será ido; que ya sabrá que estás arrepentido. Soltad, acabad. Primero consentiré que la mano me quebréis como villano. No soy sino caballero. El término no lo es. Todo lo disculpa amor; ¿será su dueño mejor? Quizá lo sabréis después. Fieros me hacéis con su dueño. Él es tal que bien podría. Soltadle, por vida mía, que mi fe y palabra empeño de volvéroslo, Clarinda, en teniéndolo en mi mano. Ya he dicho que es sueño vano imaginar que me rinda. Hecho pedazos tomadle. Pues decid, ¿quién os lo dio? Eso no lo diré yo. Soltad. o quiero. Soltadle. Al fin salistes con él. La letra he ya conocido. La mano me habéis rompido. ¿Don Dionís a vos papel? ¿Papel a vos don Dionís Don Dionís a mí papel; ¿no sois tan bueno como él? Muy como mujer mentís, y habláis con mucha pasión, porque en todo Portugal no tiene mi sangre igual: sólo sus reyes lo son. \las id al Conde gallardo, y decid que a su despecho eso don Tristán ha hecho. ¿Tal sufro? ¿Por qué me tardó? Yo iré, y él hará de suerte que le volváis el papel. ¿Yo papel? A vos, ni a él. Sí, que temeréis la muerte. Si se precia de tan bravo, yo le pondré en un lugar, que no le acierte a quitar, aunque digáis que me alabo. Basta, ya estoy satisfecha, que presto le volveréis. De la mano en que le veis todo el mundo no aprovecha. ¡Oh amor, poderoso en todo, mal guardador de respetos!, ¿por qué muestras tus efetos conmigo de aqueste modo? ¡Al Conde! ¡Al mayor amigo! Mas ya ¿qué se puede hacer, pues nos dieron la mujer por el mayor enemigo? Estoy con gran pena en esto, no puedo volver atrás. ¿Quién le hubiera dicho más, y puesto a la tabla el resto? Que en mi vida he visto azar salir tan desvergonzado. Contentaos con lo ganado, todo lo queréis ganar. No seáis tan cudicioso. Caballeros. Don Tristán. Dónde bueno? ¿Dónde van? Yo, acompañar un dichoso. ¿Cómo? ¿Ha ganado? No es nada, si cuento lo que he perdido A muy buen tiempo han venido, y la ganancia me agrada. Que se animarán con ella a una empresa en que he de verme. No tengo más que ofrecerme. Ni yo más que acometerla. A Clarinda le he quitado del Conde aqueste papel, y ella va a quejarse a él, con rostro hermoso y airado. Porque me jura y promete que me lo puede quitar. Ocasión nos ha de dar de pesadumbre el billete. Escuchad que yo he pensado cómo salir de esto bien; las puertas de Tremecén hoy le han de tener clavado. Quítelo el Conde de allí, que yo le osaré poner. Eso es muy fácil de hacer. Con los dos pienso que sí; que yo le osaré clavar, y salgan moros después, que bien podremos los tres con cada tres pelear. Y si ninguno saliere, haremos un desafío. Júzgolo por desvarío, pero don Tristán lo quiere. Pongámonos a caballo. Pues no ha de quedar por mí. Clave yo el papel allí y venga el Conde a quitarlo. ¿Harase de rogar? Él no parece, que es lo peor, por si furioso acaso le Tremecén en este tiempo es ido, No lo creas, Hacén, que estos enojos suelen causar de amor mil falsas lágrimas Yo te juro que agora esté escondido llamándome mil veces Rey tirano, ingrato a beneficios, sangre y obras. El fuera de los muros? No lo creas. Brava soberbia, por Alá supremo! si esto consientes, Rey, no pongas duda que pongan esta noche los cristianos de Tremecén escalas a los muros. De qué es, Muzarfe, agora el alboroto? La ciudad no se guanda y es muy fuerte Qué tenemos que obligue a tanto escándalo? Tres portugueses, de los cuales uno dicen que dijo que Tristán se llama, en tres caballos, cordobeses todos, a la puerta del sol arremetieron; Y este que señalé, con una daga, por la doblada lámina de hierro clavó un papel y retirose, y dijo: "Desafiamos, con adarga y lanza." Y es de manera ya nuestra flaqueza, que moros, que antes cierto acometieran, se los están mirando de los muros, cómo la adarga y la jineta juegan. Este campo, señor, a uní me toca. Este te pido, que Hacén y yo bastamos. ¿Que a tanto llega ya su atrevimiento? Buscad los dos aquel traidor mi hermano, que los tres, no a los tres, sino a trescientos podréis salir seguros en campaña, que en cuanto se adereza y salís juntos, haré que aquesas guardas de esas puertas se acuerden del agravio recebido. Oh perros! ¿De eso sirven los caballos atados en las calles? ¿Y las lanzas arrimadas al muro todo el día? lar, testigos del juego y tan ociosos que podéis ya juzgar dudosas suertes; moriréis dos mil géneros de muertes. Enojado va el Rey. Razón le sobra. La poca paz que entre él y Galván vemos, causan, Hacén, la ruina de este imperio. La culpa es de Zulema, porque quiere que siendo mozo y belicoso viva por las estrechas leyes de los viejos; que no sirva a las damas, que no salga con plumas ni con galas al terrero, que no pasee una hora en sus caballos, y otras cosas que a un mármol dieran pena. ¿Adónde le hallaremos? Que no es justo suframos las afrentas que en el campo nos dicen estos locos españoles, valientes sólo en la flaqueza nuestra. Bien imaginé yo que acudiría a las espaldas desta torre antigua. Dirasle al Rey, Zoraide, lo que digo, y que yo cumpliré lo que me manda, pero que vea mi humildad en esto, pues de seis meses hago yo seis años. Como aquel que te trae tan buenas nuevas sólo pido los brazos en albricias. Oh, amigo Hacén!; si son de tu servicio. bien pides brazos que te den su sangre. El Rey, arrepentido, envía a llamarte, que al mismo punto que trataron de ello, conoció tu valor y lo que importa a la conservación de su honra y reino porque tres caballeros portugueses clavaron nuestras puertas con sus gas, y sobre todo nos desafiaron;~ nombrote el Rey de todos el primero, luego nombró a Muzarfe y a mí luego. No digas más, Hacén, que ya lo entiendo; en este tiempo me alzan el destierro, quien agora sin causa me ha llamado traidor, sin reparar que a sí se afrenta. Vete en buen hora, busque en sus leales otro, en lugar del desterrado hermano, que ya, por vida de Mahoma, pena por visitar descalzo su mezquita, y quedarme en la rápita de Meca de no salir, Hacén, al desafío. Sobre ese juramento no hay que hablarte. ¿Qué haremos, Muzarfe, de un tercero? Estando aquí me afrento que tal digas, aunque tan diferentes brazos lleves; pero, en ausencia de Galván, Yo basto. Eres, Zoraide, valeroso moro, y acudes al valor de tus abuelos. Galván está enojado, el tiempo es corto; ¿tienes caballo, adarga y lanza? Tengo una yegua africana, overa y fuerte; lanza de un fino sauce, herrada en Túnez, adarga con dos cifras de una dama, que, antes me dejaré pasar el pecho, que consienta tocarla ni ofenderla; casco para el bonete y jacerina labrada por las manos de un alarbe. Bravo soldado! ¡Bravo! Y muy bizarro. Galván, adiós! El mismo os acompañe, para que, con aquesas tres cabezas, entréis honrando vuestros fuertes brazos. Mi arzón ya se apercibe. Y una toca yo. Y yo una banda. El caso me provoca. Pero no me estará bien que me deje de sentir aunque esta ocasión me den; harto mejor es fingir que salgo de Tremecén, y este fiero hermano mío entienda que tengo brío para no sufrir denuestos. ¡Bravos moros son aquestos! Vencerán el desafío, que a empuñar la lanza en mano, hoy me han cortado las alas, hasta que llegue el Cristiano, soberbio, a poner escalas a las puertas de mi hermano. Bien es me llame traidor por quedarse con mi amor con una dama que tengo. En tu busca, señor, vengo. ¿Diste el papel? Sí, señor. ¿Hizo grande sentimiento? Dos fuentes de perlas hizo con que al amor dio tormento y a la envidia satisfizo y culpa tu atrevimiento. A la reja desta torre ha de llegar. Hoy me corre toda la fortuna junta. Y, ¿el cuándo me voy, pregunta? Sí, señor; tú le socorre. Lágrimas da por razones pero mira que ha bajado. Sol que a mis ojos te pones, este mundo que has dejado, es bien que de luz corones. Desvía, mi bien, la toca, que vuelve mi alma loca; ella sea tesorera de perlas por quien las diera aunque prenda humilde y poca Mirad que no soy partido y que escribí con pasión. Bueno es que sea fingido, si sobre cada renglón mil lágrimas he vertido. ¿Al fin es negocio llano que te destierra tu hermano? Eso fue cierto, mi bien; y el salir de Tremecén fue pensamiento liviano; que nunca tal presumí, porque, partirme de vos, era partirme de mí; no hay más de un alma en los dos y es mitad la que yo os di; pues partir sin la mitad, sin memoria y voluntad y con poco entendimiento, para andar ciego y a tiento las calles de la ciudad... Luego ¿no es verdad que partes? ¿Cómo el alma dividida la inmortal hacer dos partes? Porque acabarás mi vida si acaso de mí te partes. Mas ¿qué has de hacer, desterrado de un rey celoso y airado? Sé yo, señora, muy bien, las calles de Tremecén y andar de noche embozado. ¿Esa guarda no te deja bajar a solas a hablarme? Deja con alguna queja. Pues yo saldré a desterrarme a la isla de esta reja. Como las aves saldré, que aborrecen siempre el día, y de noche buscaré el sol, que es el alma mía, que arde con rayos de fe. La blanca luna y estrellas oirán mis tiernas querellas. Grande consuelo me has dado. Son, señora, al desterrado las noches dulces y bellas. Ali, rejas! Si yo no os quito no me tengan. Calla, loco. Verás que el hierro derrito con lágrimas poco a poco , como la hierba del pito. No, no; no has de hacer locuras si darme gusto procuras. ¿No hemos hablar más los dos? Belzoraida sale. Adiós. Quedose mi sol a escuras. Bien puedes tomar la calle, que tres mozos de buen talle van acudiendo al terrero. Da voces el mal que muero, y él mismo pide que calle. Ya me canso de esperar. ¿Esta es la gente feroz? Dales, Tristán, una voz. Harto más lo estoy de hablar ¡Ah, moros de Tremecén, reliquias de los alarbes, que sobre estos altos riscos hicieron fuertes ciudades!, los que en fiestas de la plaza entretejéis los turbantes con toca, de plata y oro, perlas, piedras y plumaje: los que en africanas yeguas, en jaeces, cuyo esmalte hasta las pendientes borlas son aljófar y diamantes; los que en borceguíes de Argel calzáis dorado acicate. y en bordados tahalíes ceñís de Toledo alfanjes: los que en fiestas y saraos prometéis muy arrogantes cabezas de portugueses a las damas bencerrajes; los Gazules v Zulemas y los valientes Galvanes, que, por ventura, en los muro nos miráis como cobardes, tres, del campo valeroso, os esperan esta tarde, con lanza y adarga solas y con español coraje. Salid tres o salid nueve; salid, morillos infames, que, si corta nuestro acero, ya vuestras puertas lo saben. Tras del foso nos aguarden adornados de plumajes, aunque mejor fuera plomo para que al infierno bajen. Cómo habla el español! Es costumbre, no te espantes. ¿A qué vienen los morillos? ¿Los tres solamente salen? Ea, fuertes portugueses, de vuestro campo Guzmanes; aquí tenéis enemigos. mirad muy bien lo que hablasteis: mirad bien si las palabras por obras en campo valen, o cuál de los tres arzones cabeza a su dama trae. Huelgo, morillos, de veros; idos retirando al valle, que a Dios, que da las victorias, llevamos de nuestra parte.
JORNADA SEGUNDA
Espántome que haya sido de tu alma aqueste efeto. No era aquel amor perfeto, sin duda que fue fingido. ¡Cómo! ¿Que a Galván olvidas por la fama de un cristiano? Siempre de un peche liviano van las almas divididas. Conozco mi inclinación, que es mi amor furioso y loco; pero Trame muy poco y mudé luego afición. No presumas que a Galván le dejé yo de querer; mas cumplo como mujer los antojos que nos dan. Subime al muro esta tarde y vi en el campo tres soles, tres gallardos españoles que el uno me abrasa y arde. Es aqueste don Tristán que el valeroso le llama con dos mil lenguas la fama que jamás cantando están. Si le vieras a caballo arremeter hasta el muro, no hubiera mármol seguro de querello y adorarlo. Un rostro hermoso y un talle bello, grave y con tal brío, que luego en el pecho mío sentí, sin querelle, amalle. Salió en fin con su trofeo, que a su enemigo rindió, y, más que supo, venció, que fue mi alma y deseo; mas fue más cruel mi estrella, que el moro perdió la vida y yo, con ella rendidla, viviré como sin ella. ¡Por Alá!, bella Aliarda, que los milagros de amor, ninguno he visto mayor ni mudanza más gallarda. No te fatigues, hermana, que, si es tal tu condición, presto esta nueva afición darás por otro mariana. Desde un campo a un alto muro artificios hizo amor, querrá entrar como traidor con pechos de amo seguro. ¿Que te rindió de tan lejos aquese bello español? Fue luz y rayo del sol, reverbera en los espejos. Dio amor en ellos y en él, y del fuego que salió del campo al muro subió y ansí me abraso por él. Todos son grandes efetos De este amor, de aquesta fiera que se imprime como cera en nuestros flacos sujetos. Bien dices, que la más pura que amor su sello imprimió si otro después le tocó queda con otra figura; y donde estaba Galván, como es cera, y pudo hacerlo. llegó de Tristán el sello y quedó impreso Tristán. Mas ¡ay. que hoy le pienso ver, que es mayor dificultad. A una flaca voluntad, ¿qué imposible puede haber? Pero, cuando de aquí salgas, si en tanta ventura aciertas, cómo saldrás de las puertas sino es que del Rey te valgas? ¿Con aqueso me acobardas siendo mujer y que adoro? Tomaré traje de moro y nombre para las guardas y con aqueste disfraz, pues tanto peligro encierra, iré a ver quién me da guerra fingiendo nombre de paz. ¿Y allá en el campo cristiano? Llevaranme a don Tristán, a ese insigne capitán. ¡Oh, loco apetito y vano! Tarde es, yo voy a vestirme; no hay que encargarte el secreto. ¿Que das en eso en efeto? Que es locura persuadirme. Basta; que perdió el sentido, no es amor, ella está loca, que en este caso que toca es bien y bien habrá sido; porque yo adoro a Galván, y, lo que el alma procura, nacerá de la locura de ir a buscar a Tristán, que no es posible un desdén en mi cuidado mortal; que, sino es por tanto mal, me viniese tanto bien. Tase y cantan dentro. Mouriños, mouriños aquí de Portugal, si ficáis vencidos, ¡viva don Tristao! Quedaos allá, no haya más. No era, Conde, hazaña ésta para hacerme tanta fiesta. Vencedor humilde estás. De sólo haber muerto un moro, por mi vida, que me asiento. Alguno ese vencimiento. trocara a diamantes y oro. A don Vasco y a don Tello estoy muy agradecido. De vuestro valor ha sido saber, señor, emprenderlo, que de vuestra disciplina salieron estas liciones. Con el ánimo que pones el nuestro se determina; pero no hagas tanto caso que tres portugueses maten tres moros si los combaten cuerpo a cuerpo en campo raso. que si nos salieran nueve al combate y desafío, les mostráramos el brío a que la patria nos mueve. Sois fuertes y caballeros; mas, porque en este lugar quiero a don Tristán hablar, me haréis merced de volveros. A la una no faltéis, donde de espacio hablaremos. A servirte, Conde, iremos. Merced, señores; me haréis. Ya que a solas he quedado, señor don Tristán, con vos, esto que hay entre los dos dejemos averiguado. Paso, no os alborotéis, que, aunque yo soy general, sois hidalgo y, sois igual], y igual espada tenéis. Quien conoce tu valor no tiene de qué alterarse, antes habrá de agraviarse de haber perdido tu amor, porque apartándose de él ha dado en triste suceso. Ahora bien, dejemos eso. ¿Conocéis este papel? Este papel yo le vi con una daga en la puerta de Tremecén. Cosa es cierta, pues yo le quité de allí. Y a tres moros de a caballo que emprendieron esta hazaña, hice volver en campaña sin matarme y sin vengarlo. Señor don Tristán, ninguno presuma de ser tan hombre que adonde ponga su nombre no entienda que alcance alguno. No digo yo que el clavarlo no fue hazaña de valor; mas no tengo por peor de adonde estaba quitarlo. Tomad esta vuestra daga que yo os la doy como amigo, y porque, como testigo, de los dos las paces haga. ¡Hola! ¿Está. algún paje ahí? Milagro, por Dios, sería. ¿Qué manda vueseñoría? Llamadme a Clarinda aquí. Esta grandeza que has hecho, tanto mi alma te paga, que te he de volver la daga y me has de pasar el pecho. Piensa que es puerta de moro. v clávame aquí el papel, pues tan mal a ti y a él supe guardar el decoro. Mas, si un arrepentimiento con discretos tanto vale, tu piedad, gran Conde, iguale a tu gran merecimiento; que de él te has aprovechado ,de manera que sin yerro, sin infamia y sin destierro estoy muy bien castigado. A soldados como vos se debe aqueste buen trato. Si de hoy más os fuere ingrato, Conde, castígueme Dios. Ya Clarinda viene aquí. Vos seáis muy bien venida. ¿En qué os sirvo? En ser servida que os queráis servir de roí. Déjese de cumplimientos agora vueseñoría. Eso no, que en la fe mía jamás caben cumplimientos. ¿Conocéis a don Tristán? ¿No es el bravo del papel? Él es, ¿qué os parece de él? ¿No es gentilhombre y galán? ¿No es cortesano y discreto? ¿No os agrada su valor? ¿Y a qué efeto, mi señor, le alabáis? No es sin efeto. Él os tiene gran deseo, y os merece más que yo, no me respondáis cíe no pues que mejoráis de empleo. Porque quiero hacer las paces del enojo del papel. ¿Búrlaste? Quedaos con él. Ah, Conde, mi bien! ¿qué haces? ¡Ah, Conde! No uses conmigo tal género de grandeza, que aborrezco su belleza, y a su afición maldigo. Vive Dios! que no la quiero; no des a quien lo desprecia lo cine tú adoras, i Ali, nescia desengañada, ¿qué esperas? Que el Conde hiciese conmigo fineza de su valor, mal haya todo el amor que te he tenido, enemigo. Mal haya el tiempo gastado que he seguido un hombre igual y dejando en Portugal afrentado un hombre honrado. ¿Que por presumir de noble, a su enemigo me entriegue? Por más que esa pena os ciegue la mía se aumenta al doble en ver aqueste suceso que no poco me lastima. A gran venganza me anima o a perder de todo el seso. Yo ¿cómo podré vengarme?; mas como podré mejor, pues le tengo el mismo amor a quien le quiso entregarme. Fuera de que don Tristán cualquiera dama merece, que ninguno aquí se ofrece más gentilhombre y galán. Señor don Tristán, ya veo que aunque el tiempo no ha querido, la fortuna me ha traído del cabello a mi deseo. Confirmadme en esa mano De aquí adelante por vuestra. No fuera pequeña muestra del mal nacido y villano. ¿Déjaos el Conde que os tiene y enojos quiere excusar y téngoos yo de llevar. Por Dios, negocio solene. Ya yo agora, ni en mi vida, Clarinda, os pude querer. ya sois para mí, mujer, como si nunca nacida. Ved en qué os puedo servir y quedaos, señora, a Dios. Buena me dejan los dos perdida pueda decir. De muy noble esotro nescio, y éste del muy obligado, pero si el uno me ha helado, roe ha abrasado este desprecio Déjame tan imposible de en ningún tiempo gozadle, que dejar de importunarle, parece que no es posible. Mas sin duda por Tristán que hoy amé y aborrecí, estoy; gente viene aquí. :Moros son, ¿qué buscarán? Pues ~de los bajos soldados seguramente pasé, no dudo que llegaré al dueño de mis cuidados. Esta parece mujer. ¿Mujeres hay por acá Y el alma a entender me da, que hay celos de que temer. No tiene mal rostro, y talle; si así las cristianas son, desespere el corazón que ningún remedio halle. Si aquesta ha visto a Tristán, sin duda le quiere bien; Alá os guarde. A vos también; brioso moro y galán. ¿Qué buscáis? Busco, señora, a don Tristán para dalle cierto aviso. Hermoso talle; de aquí se fue agora. ¿Agora? Digo que conmigo aquí hablaba agora. Sí haría, que en viéndote el alma mía temió su muerte de ti. Bien merece mi locura un imposible remedio veisme aquí del campo en medio mal pagada y mal segura. Sin duda me he de perder nescia y vergonzosamente; ¿habrá cosa que no intente el gusto de una mujer? Que por lo que nunca vi, honra y vida aventuré; buena soy, si apenas sé a quién el alma vendí. Si fueras de mi nación, digo de mi ley que fueras, sospecho, moro, que hubieras robado mi corazón. ¿Hay semejante hermosura tales ojos, cuerpo y talle? No querría imaginarle que obliga el alma a locura. Pero al fío lo que es hermoso, ¿por qué no se debe amar? Pero amar sin desear es caso ,dificultoso. ¡Oh, moro, si el cielo eterno cristiano te hubiera hecho, cómo me abrasara el pecho ese mirar dulce y tierno. Perdiéndome estoy, por Dios; estoy por dejarle y irme Sabréis, por dicha, decirme de éste que hablaba con vos? Moro el más bello que he visto, más gentilhombre y galán, ¿qué tienes tú con Tristán? ¡Qué mal me guardo y resisto! Jesús que mal pensamiento ¡Qué tierna comienzo a hablarle! Vengo, señora, a informarle de un aviso, y de mi intento. Cierto agravio he recibido; por donde me estará bien entregarle a Tremecén, aunque hidalgo bien nacido. Las injurias son fide suerte, que a vender la patria obligan padres que a hijos castigan. Sin ellas me das la muerte. Oh bello y gallardo moro!, si no se ofendiera Dios, hoy quedáramos los dos como Angélica y Medoro. Que tal sin duda sería, pues una Reina humilló. ¿Sabréis dó le hallaré yo a Tristán, señora mía? A ti a lo menos yo sé que te hallarán en mi pecho. Ven acá, moro, ¿qué has hecho, que sin fe vences mi fe? ¿Qué yerba, di, traes contigo? ¿Qué hechizos, qué encantamiento? ¿Yo a vos? Tú a mí. Yo no siento que ande más que yo conmigo. Y por Alá soberano, si no es siéndoos importuno, que ni os hice mal ninguno, ni os ha tocado mi mano. El mal es que no me toca; muestra. ¿Qué extraña blandura. ¿No te basta esa hermosura, esos ojos y esa boca? Todo es en ti con extremo, muestra esotra mano. Toma, mas ¡ay! que ofendo a Mahoma, cuya ley adoro y temo. Suelta, señora, la mano. ¡Basta, que soy hombre ya! Calla, mi bien, que no hará; que ya eres medio cristiano. Si yo te regalo mucho, ¿no dejarás esa seta? Suéltame si eres discreta, que no te quiero. ¿Qué escucho? Que no haga cuenta de mí este moro! Loca y necia soy, el mundo me desprecia; en mala estrella nací. Por tu tan rara hermosura holgara de complacerte, pero dejome la suerte falto y corto de ventura. No puedo extenderme a más, porque soy muy encogido. Oh apetito mal vencido, que tanta guerra me das! Quiero quitarme de aquí, que ésta es quimera de amor. Eso sí, temple el calor, y olvidarase de mí. Graciosa va la cristiana, por buen agüero lo tengo, de la ocasión a que vengo, no soy yo sola liviana. Compañeras voy hallando a esta mi nueva pasión. Sale DON TRISTÁN. Aborrece con razón quien sin ella vive amando. Quede Clarinda en buen hora, que yo la aborrezco tanto como la amé. Cielo santo! éste es quien mi alma adora. Alas ¿qué dudo si le adoro? Ya perdida soy, cobarde; Alá, don Tristán, os guarde. Buena a fe, gallardo moro. ¡Qué muchacho tan galán! ¿Y de qué ,mi nombre sabes? ¿Quién por hazañas tan graves no sabe que sois Tristán? ¿De adónde o cómo has venido? Hoy salí de Tremecén. Por Dios, que parece bien el nuevo moro Cupido. Que ya lo es amor recelo, para tener libertad de robar la voluntad sin tener respeto al cielo. Si por dicha fueras mío, morillo, más te preciara que a los ojos de la cara. Que lo habéis de ser confío. ¿Qué he de ser? Mi dueño. Bueno. ¿Y eso por qué? Por mi gusto. que es en el alma veneno. Hanme hecho cierto agravio como rapaz en efeto. Mayor a tan gran sujeto le hizo el ángel temerario. Pintó un ángel celestial y un ángel que en ti se ve, y no te pintó la fe que es el color principal. Como mármol o retrato, quedaste hermoso y sin vida, figura en piedra esculpida memoria del tiempo ingrato Mas ¿qué agravio te ha traído a buscarme? Dilo luego. Ya estoy ciega, que de un ciego guiada a este punto he sido. ¡Quién llevara a Portugal aqueste bello esclavillo! ¿De qué tiemblo en decirlo si estoy de callar mortal: Y éste es muchacho sin duda. que si regalado fuese, que cristiano se volviese, que esta edad presto se muda. En mi vida a cosa alguna me vi tan aficionado. Hoy, don Tristán, ha mostrado, su gran valor la fortuna; que el venir a tu poder, de mi voluntad sin fuerza conozco el suyo que es fuerza el buscarte tina mujer. Una dama soy, Tristán, que un Rey por mujer pidió. Cuando una tarde te vio pasear fuerte y galán, no ha bastado encerramiento: honra, deudos ni interés, ni los peligros que ves con aqueste pensamiento, que por todos he pasado y entre enemigos venido, a despertar en tu olvido este mi nuevo cuidado. No repares en la fe, que quien con tanta te sigue no hay cosa a que no se obligue; ¿qué me respondes? No sé. De un negocio tan extraño he quedado tan suspenso, que no imagino ni pienso si aqueste es provecho o daño. Pero estoy muy obligado al gran valor que has tenido, y de nuevo agradecido por el enredo pasado. Y pues con tanta hermosura prometes ser de mi fe, de que el alma te daré está muy cierta y segura. Que sin ti fuera perderla, cosa de que es bien que huya; y por retirar la tuya, dártela agora con ella. Mas di: ¿qué piensas hacer? ¿Has de volver o quedarte? ¿Tienes tú secreta parte donde me pueda esconder? ¿A eso estás determinada? He tardado de manera, que temo si allá volviera, ser muerta o bien castigada. Si soy tuya, y he de ser cristiana, yerro sería tornar adonde podría ser imposible volver Agradéceme que dejo por ti, por quererte bien, ser Reina de Tremecén. De que no soy Rey me quejo. Mas pues me tienes amor, que te has de agradar espero de un cristiano y caballero. Ya lo estoy de tu valor. ¿Cómo es tu nombre? Aliarda. Fama los moros te dan de Tremecén hasta Orán, de hermosa, cuerda y gallarda. Cuerda no sé si lo he sido, que esotro es fábula todo; pero busquemos un modo del secreto que te pido. Para los moros no es, Aliarda, necesario, que aquí no pone el contrario sino de espaldas los pies. Para los cristianos creo, que era esa industria buena. Contigo no me da pena cualquier peligro que veo. Sin saber lo que es lo alabo. como sea estar contigo. Quiero traerle conmigo en traje de hombre y esclavo. Mudarás el que ahora tienes, porque ansí a todos diré que en un aduar te hallé. Con mi propósito vienes. Vamos luego. Aquesa mano me dad desde aquí a mi tienda. ¡Ay, mi bien! ¡Ay, dulce prenda! Ya soy cristiana, cristiano. ¿Quién creyera de Hacén, en cuya mano fiara yo la fuerza de tu Imperio, que no venciera un solo vil cristiano, Agravio tan cruel, tal improperio, a ti sólo te pide la venganza, acaso reservada por misterio. Oh gran Zulema! Ten fuerte confianza, que el sol mañana no. saldrá de Oriente sin el espejo de mi fuerte lanza. Yo vengaré con pena suficiente el agravio y deshonra que recibe de Tremecén la belicosa gente. \ro tengas pena, mientras reina y vive sangre tuya en mis venas, de que un hombre el gran valor de tus abuelos prive. ¿Tristán no me dijiste que es su nombre. Un portugués soberbio y arrogante, que no hay agora moro a quien no asombre. Es al Cid castellano semejante, del cielo tiene cierta la vitoria. Que no hay fama ni agüero que me es parte. Ese cuya arrogancia y vanagloria, nuestra ruina y destruición promete y dar a Portugal corona y gloria no me ha visto hasta agora en el jinete vibrar la lanza y embrazar la adarga, sino lleno de plumas el bonete. Tanto oro osaré dar con mano larga, cuanto en la alta espalda de un camello un moro vencerá de leña carga, sólo por ver colgada de un cabello la cabeza cruel de este cristiano y bañar el arzón sangre del cuello. ¿Y qué daría mi dudoso hermano por la cabeza de este? Haré una cosa en que a mí mismo me haré inhumano. Bien sé que adoras a Aliarda hermosa. Confiésolo, señor, ya no lo niego. Pues ésa quiero darte por esposa. Hoy a tus pies indignamente llego, yo soy tu esclavo. De la tierra te alza. ¿Cómo no pido mi caballo luego? Agora sí que tu valor me exalza; ¿cómo se tarda Orfilo que no viene y el acicate y borceguí me calza? Y porque sea negocio más solene en el momento quiero que la hables, que muy bien sé que algún amor te tiene. Bien son sus obras, cual de Rey, loables. Aquí he de confirmar tu casamiento, aunque los celos son irremediables. Pues os amáis los dos, yo soy contento que goces de sus brazos y su mano, y que se acabe aquí mi pensamiento. Dame otra vez los pies, querido hermano, más liberal que los pasados todos. Déjate. de gastar el tiempo en vano. Haré en tu nombre hazañas de mil modos, pondranme con los nueve de la fama, por única reliquia de los godos. Llega a la puerta del retrete, y ,llama la que ha de ser tu esposa, que no tiene África toda tan hermosa dama. Ya Belzoraida a recibirte viene. Seas bien venida, ¿dónde está Aliarda? En honesto ejercicio se entretiene. Llámala, por Alá, que el Rey la aguarda; merced me hace que mi esposa sea. ¿Suspensa estás? Ve luego. ¿En qué se tarda? Mejor fuera, señor, no hablar, que hablando daros tan grave y nunca vista pena. No está Aliarda en el palacio. ¿Cómo? Ni en Tremecén. ¿Ni en Tremecén? ¿Qué dices? Allá en el campo está de los cristianos. ¡Oh, Mahoma cruel! Oh, gran Mahoma! ¿En el campo cristiano? ¿De qué suerte? Subiose a lo más alto de las torres. a ver este pasado desafío, y de un famoso portugués, que llaman don Tristán el gallardo, de tal suerte se enamoró, que en hábito de hombre, furiosa y loca, se partió a buscarle. Estrellas, luna, sol, contrarios todos a cuanto intento para el gusto mío, enemigo Mahoma, ¿cómo has hecho contra el mayor amigo este disgusto? Pues si quedare; bien en esta tierra, ni en la extraña y rápida mezquita, tenme por igual tuyo en las bajezas; ¡viven los cielos! que con esta espada he de romper en Meca tu sepulcro, las lámparas de plata y los imanes que tus cenizas frágiles sustentan. ¡Aliarda en poder de los cristianos! ¡De un cristiano Aliarda enamorada! Aquí, señor, las fuerzas son inútiles, la venganza ha de ser por sólo industria, queda en buen hora, que yo haré de suerte, que juntos paguen con su misma muerte. ¿Que aquesto pasa, Belzoraid, amiga? ¿Cómo no me avisaste? Culpa tienes. No lo supe, señor, ni aun lo creyera, que por el amistad, a la partida me dejó en un papel escrito el caso. ¿Las guardas saben algo? Con engaño de un papel, contrahecho de tu firma, le dieron puerta abierta en aquel traje, que dijo que a la puerta le esperabas. Ven, amiga, hablarás a las mujeres; quien en vosotras pone el pensamiento se entrega al mar y se confía al viento. ¿Cómo pudo cautivarte. viniendo a hablarle de paz? A fuerza, razón no es parte. Anda que eres un rapaz, que no supiste guardarte. Díjome que era traición venir a darle razón, de cómo podría bien meter gente en Tremecén, y sabe Dios mi intención. Díjome que pretendía, con un trágico suceso, matar vuestra infantería, y ansí me he quedado preso, como engañador y espía. Sí, mas ya que su malicia te cautivó, por codicia de un esclavo tan brioso, ¿por qué herró tu rostro hermoso contra razón y justicia. ¿Por qué aquella mano dura con una mancha tan fea quiso ofender tu hermosura? Es que guardarme desea y herrado ansí me asegura. No creo me estará mal, por ser de persona tal. ¿Qué letras son? D. T. P., en cuya cifra se ve don Tristán de Portugal. ¡Oh hierros en carne tierna, de un traidor trofeo y palma, que aunque otra mano os gobierna, habéis herrado mi alma, para esclavitud eterna. Mas yo te juro que el loco, si yo hablo al General, no te goce, o podré poco. ¿A qué efeto mientas tal? De verte ansí me provoco. Quédate, mi bien, ahí; que aunque no soy la que fui yo te daré libertad. Harasme mucha amistad; no harás, que ya la perdí. Buena se anda aquesta loca, que apenas cierra la beca, para encubrir su deseo, cuando mi remedio veo en los extremos que toca. Mas mi Tristán viene aquí. ¿Que lo cogisteis ansí? Debía de ser espía porque a pie y solo venía. ¿No es Galván éste? ¡Ay de mí! Pues qué era tu pensamiento? ¿Entraste en el campo a tiento sin tener persona alguna? Probar, señor, la fortuna, para saber vuestra intento. Dónde llevarle queréis? Al General, que es esclavo de gran valor. Yerro hacéis. que no os ha de dar al cabo lo que vendido hallaréis. Yo tengo necesidad de quien mis caballos cure, haré que se os asegure razonable cantidad y que aquietarse procure. Si tú, don Tristán, lo quieres, para nosotros no hay duda de que al General prefieres. ¿Con qué queréis que os acuda? Con aquello que quisieres. ¿Cuánto? Cien escudos. Vamos donde nuestra cuenta hagamos: ¿Hola, Aliarde? Señor. ¿Es buena compra? Y mejor que los dos imaginamos. Haz que se vaya a la tienda y que mude de vestido y luego en su oficio entienda. ¿Iremos si eres servido? Vamos. ¡Ay, querida prenda! ¿Es posible que. tú eres Aliarda? No te alteres, Galván, que Aliarda soy. ¿Tan libre. Cautiva estoy. Sois en efeto mujeres. ¿Estabas loca? ¿Es locura buscar a quien tanto vale? a. Esta razón me asegura, porque en efeto no sale de tu posada la cura. Cuando perdiste el honor, perdiste todo el valor. Yo estoy muy bien empleada, porque soy mujer honrada, y lo demás es error. Mira si quieres volverte, como honrado a Tremecén ; porque yo haré de suerte que la libertad te den. Antes me darán la muerte. i Oh mujer determinada, no te conozco, por Dios! Ya, Galván, tu hablar me enfada; no duraremos los dos mucho tiempo en la posada. Créeme y vuélvete luego. Abrásete vivo fuego, que hablar con tal libertad, muestra que tu honestidad es perdida ya. Eso niego. Mientes como vil bastardo, que esa prenda, aunque estoy loca, siempre la reservo y guardo. Si esta venganza me toca, ¿de qué temor me acobardo? Estoy por darte la muerte. Tú harás, Galván, de suerte, que a quien te castigue llame, ¿A quién llamarás, infame, que de mí pueda valerte? ¡Por un hombre! ¡Por un hombre que ayer a caballo viste, que apenas sabes su nombre, tan grande locura hiciste que no hay hombre a quien no asombre! Muerta es mejor por mi espada, que de un cristiano gozada. Ay!, que me mata, Tristán. Voces mis esclavos dan; ¿qué es esto, perro? No es nada. Este, como ya cristiano, decía mal de Mahoma, espantele y puse mano. Muestra acá esa daga. Toma. No disputes lo que es llano. Ya se sabe vuestro error, vivir en paz es mejor; daos las manos luego, luego. Cree que no te las niego por mandarlo mi señor. Váyase luego a la tienda, para que mude de traje. No hay trabajo que me ofenda ni a tu amistad se aventaje. Yo haré con señor que os venda. Ea, todo el mundo calle. Bien podemos engañarle: advierte que errada vas. No me trate de eso más, perrazo, que haré pringarle.
JORNADA TERCERA
El rey me envía a que trate, o a lo menos a saber qué remedio puede haber para intentar tu rescate, aunque primero, enojado de tu locura y furor te quiso dejar, señor, loco, esclavo y castigado; que se admira el mundo todo de que un hombre de tus prendas, a las enemigas tiendas se viniese de este modo. El que a caballo, atrevido, rayo y furia entre ellos fue, se viniese solo y a pie a ser esclavo y vendido, el que a la vista de Arcila de Tánger y Marzagán de hidalgos como Tristán bañaba arzón y mochila, por una infame, perdona, que es bien que la llame ansí, se viniese sólo aquí a deslustrar su persona, y cuando el cruel cristiano ha cercado a Tremecén, ¿no parecieras más bien favoreciendo a tu hermano? De aquel tu mismo contrario cuya vida prometiste a ser esclavo veniste. Eso sí, que es necesario. Apriétame más de veras cuando ya el cordel me acaba. ¿Tú esclavo y por una esclava herrada ~de mil maneras? Herrada, de honor perdido; libre, que en nada repara; herrada en honor y cara, a tanto mal te ha traído. En pensarlo se me vienen las lágrimas a los ojos. Estos mis locos antojos, Orfilo, remedio tienen. La industria tengo pensada; dile al Rey, que en la importuna dela fuente de la luna cien hombres tenga en celada, que hoy, sin falta, don Tristán irá preso a Tremecén. Yo haré que en la fuente estén; mas, cien hombres ¿qué podrán? ¿No podrán con sólo uno? Podrán, si llega hasta allí. Pues déjame sólo aquí y no seas importuno, y vete, que, aunque este traje, te puede bien encubrir, podrá la lengua decir tu diferente lenguaje. Alá te guarde, yo voy a prevenir esa gente. Vase. Bien es que un engaño intente cuando sin armas estoy. A quien le faltan las manos valga industria y falsa fe, cuanto más que no hay por qué guardarla con los cristianos. Gentil cuidado en verdad, con cuatro o cinco caballos; vaya el perrazo a limpiarlos y deje la gravedad; que a un lacayo, su señor, le ha mandado dar mil palos. Esos serán los regalos que te merece mi amor. ¡Oh, bien empleados años de servicios, como han sido lo que por `premio he tenido la deshonra de mis daños! ¿Posible es que soy yo aquel a quien tanto amor tuviste? ¿Cuándo más que agora fuiste? ¿Eso me dices, cruel? Luego, ¿no fui regalado de tus ojos y tu boca? Luego ¿soy mujer? ¡Ay, loca!, en gentil extremo has dado. Mas, quien es piedra conmigo bien dice que no es mujer. Mas que has odie venir a hacer que me enfade yo contigo. ¿No te basta que a Tristán no haya dado a conocerte? Pues será cierta tu muerte, sabiendo que eres Galván. ¿No te basta que tu nombre doy a nadie a conocer? Esto ya no es ser mujer sino tener valor de hombre. Quien me mata de perdida, ¿qué más presume que hiciera cuando muerte al cuerpo diera y se vengara en la vida? Dilo, fiera; dilo, ingrata, y, si no, yo lo diré, y a voces publicaré este valor que me mata. ¡Yo soy Galván! ¡Ah, cristianos! ¡Cristianos, yo soy Galván! Venid, a ver que me dan muerte unas hermosas manos. Venid a ver, si es posible, ojos que tan bellos son, matarme tan sin :razón y con dolor insufrible. ¿No hay alguno que me pase con su espada hasta la cruz o dispare un arcabuz y un fuego a otro fuego abrase? Queme el pecho, que mi cielo harto quedará vengado en que abrase su traslado que el original es hielo. Que las esperanzas verdes ya no las remediarán, que ya marchitas están. Calla, loco, que te pierdes. ¿Qué tengo yo que perder, ingrata, tras lo perdido? Y más cuando, lo que he sido, no puedo volver a ser. ¿Que ya de mí no te acuerdes? ¿No hay un español ahí que me dé la muerte aquí? Calla, loco, que te pierdes. Ya sé que pierdo la vida, no me trates de cobarde, que eres mujer, y aunque tarde llorarás arrepentida; Pero cuando ya recuerdes la vida tendrá rescate. ¿No hay, cristianos, quien me mate. Calla, loco, que te pierdes. Siempre habéis de estar los dos dando voces, ¿qué es aquesto? J. Es este rapaz molesto, amo, así me guarde Dios, que no son para contarlos cuentos que dijere de él. ¿Quién te manda estar con él sino allá con los caballos? Váyase el perro de ahí, De ellos no se aparte un punto. ¿Cómo podré, si estoy junto con el alma que está en mí? Que se vaya luego digo, y apercíbame un caballo, y mire que haré pringarlo. ¡Ah, cielos! ¡Oh, esclavo! Amigo, ¿cómo va de hierros? Bien, que por vos son hierros de oro. ¿Qué te quiere aqueste moro? Piensa que lo soy también. Qué deseo que traía de verte No era menor el que mi abrasado amor de verte ahora tenía. Dame esa mano. ¿Su dueño pide prendas a su esclavo? Tu humildad discreta alabo. Con ella mi fe te empeño. Lazo de tu mano haré que no pueda dividirlo la muerte. No está el morcillo menos que cojo de un pie. Algún roble de aquel cerro le debió, señor, de herir y no está para salir. ¡Válgate el diablo por perro! Nunca sane y nunca salga; bueno, por la fe de hidalgo, que no nos deje este galgo. No puedo estar sin la galga. Vete y hazle algún remedio y no vuelvas más aquí. Di ¿qué te quiere éste a ti? Siempre se nos pone en medio. Véndele, que es más ganancia. Creo que tiene valor; informareme mejor, que podrá ser de importancia; mas, dime: ¿qué ha sucedido de Clarinda y de su engaño? Es monstruo su amor extraño, de inciertos padres nacido. Los hierros le han lastimado; piensa que de veras son. Tiene Clarinda razón, yo sólo he sid el culpado; pero tengo por disculpa que te quise disfrazar. Antes, dejarme de herrar fuera más notable culpa. Yo acerté por ser herrada por quien tiene calidad, que tiene mi voluntad con sólo un mirar comprada. Dame mil veces tus brazos. Tu esclava menor los da. Largo de cinchas está, harante los pies pedazos. Menester es que le veas. ¡Oh! Reniego de tal hombre. ¿Hay sombra que así me asombre? Que es todo ignorancia creas. Y ahora el bayo le vi perdido de maltratado. Y él, si estuviera pringado no estuviera agora aquí. i Vive Dios, que si aquí vienes, que el menos mal que te haga sea herrarte con la daga desde la boca a las sienes! Vete de aquí. Ya me voy. No recibas pesadumbre. Sois vos de mis ojos lumbre y yo vuestro humilde soy. Mostrad mi nombre a la gente en el rostro celestial, que el vuestro, en parte inmortal ha de estar eternamente, porque en el alma le estampo imposible de borrar. ¿Qué caballo he de ensillar si hoy has de salir al campo? ¿No te dije que te había, perro, de cruzar la cara? Esta es ignorancia clara; déjale, por vida mía. Vive Dios, que he de matarle juré, mi vida; eso no. ¿En qué te he ofendido yo? Por ti quiero perdonarle, y dejarte quiero aquí y ir a ver lo que éste dice. ¿Cuándo yo agravio te hice que quieres matarme a mí? Queda, Aliarde, en buena hora; camina, perro, a la hacienda. Yo haré a señor que os venda. Tan poco lo voy agora? Vario y contrario suceso es la historia de este mozo, que trae su pena y mi gozo colgado de este suceso. Siempre crece el ansia mía, siempre crece mi desdén; amando y queriendo bien ya no soy quien ser solía. Digo que es buena ocasión para que entienda ese bravo que el papel vengo en su esclavo. Fue una extraña sinrazón, que de traidor le imputó solamente porque quiso darle de paz cierto aviso y le cautivó y herró. Aunque yo he disimulado el agravio del papel y fui, Clarinda, con él más hidalgo que soldado, para su tiempo y sazón he guardado la venganza donde midamos balanza, aunque desiguales son; que, en efeto, me afrentó, siendo, cual es, mi sujeto, y perdiéndome el respeto a lo que ves me obligó. Quité el clavado papel y no sin peligro al cabo. Aquí está, señor, tu esclavo. Pues hoy me alzaré con él, que lo que estima en tal precio pienso poner en lugar que pueda muy bien pagar todo el pasado desprecio. ¡Hola, morillo! Señor. ¿Eres tú de don Tristán? Estos hierros lo dirán. En él estaban mejor. ¿Cómo o dónde cautivaste? Aquí vine por mis pies. Muy gentil hazaña es, sólo en encontradle erraste. ¿Cómo? A quien viene de paz, ¿ansí se cautiva y hierra? Que esclavo de buena guerra cautivo en paz y rapaz! ¿Conoces quién soy, acaso Sé que sois el General. ¡Qué buen rostro! Celestial. ¡Buen talle! Por él me abraso. ¿Quieres, di, que yo te dé libertad? Ya la desamo. ¿Cómo? Quiero bien a mi amo. ¿A un tirano bien? ¿Por qué? Porque me ha herrado; estoy cierta que me tiene voluntad. ¿Que no quieres libertad? De tal dueño, no, por cierto. ¿Hase visto tal locura? Como es niño hanle engañado. Todo el real te he buscado. ¿Llama, señor, por ventura. Pues ¿quién te puede llamar? Señor General, adiós. Esperadme, que con vos tengo yo que negociar. Soldados, asidle luego y a mi tienda le llevad. ¿Pido yo la libertad? Anda, rapaz, que estás ciego; camina y vamos de aquí. Muy grande merced me has hecho. Temblando me queda el pecho: ¿qué será llevarle ansí? Quizá: para su servicio, como es tal, le llevarán; cuanto es daño de Tristán es para mí beneficio. ¡Por Alá! que me he holgado, porque se remedian bien los celos, si acaso ven con celos quien los ha dado. Y más, que de aquestos puntos. mi remedio ha de salir. ¿Que a buscarte he de venir? ¿Quién duda que estaréis juntos? ¿Adónde queda Aliarde? Una mujer le llevó. ¿Dónde, o cómo? Aquí le halló don Díonís, Habla, cobarde, No quisiera darte enojo. Habla, perro, claramente. A merendar a una fuente. No era mi sospecha antojo. Vengado se ha el General y Clarinda despreciada. Di, ¿llevábala forzada. ¿Llevábala bien, o mal? Antes con mucho placer. Con la cólera le dije que era mujer y me aflige. Aqueso debió de ser, que yo vi asirle la mano y decir más de un requiebro. ¿Cómo esta espada no quiebro en el cuerpo de un tirano: Mas ¿qué me puede costar cuando la muerte me den" ¿Sabes esta tierra bien? ¿Eso me has de preguntar? Nacido y criado en ella... Pues ensíllame el overo, que cobrar mi hacienda quiero o me han de matar por ella. La yegua no tiene precio para andar presto con él. ¡Don Dionís, venga el papel y Clarinda a su desprecio! ¿Qué fuente es ésta? La luna le han dado por apellido ¡Qué menguada me ha salido! Camina. ¡Ah, tiempo! ¡Ah, fortuna! Esta es la fuente. valerosos moros, donde Galván nos manda que esperemos, y donde el alta impresa de un cautivo ha de colmar a Tremecén de gloria, de gusto el Rey y de provecho a todos. Sólo servir al Rey, Orfilo amigo, y al oprimido y valeroso hermano, es lo que anima nuestros fuertes ánimos, dispuestos para impresas más difíciles. No lo es aquesta poco, aunque a vosotros, parezca lo contrario. Soy de acuerdo que estemos con secreto, que en tal caso y de ordinario vencen los contrarios ; no demos que hablar con nuestros cuellos en los agudos filos de su espada. Orfilo dice bien, venga el cristiano, que aunque todo el ejército nos siga es imposible que nos diese alcance. No hay, Laydo, que temer, pues todos. yeguas alarbes, para huir ligeras, y ya las guardas tienen cierto aviso traen para tener de Tremecén las puertas abiertas, si sucede nuestra huida. Arganto, paso, todo el mundo calle, que ruido siento entre aquestas matas; cubríos bien de sus hojosos ramos mientras se determina lo que sea. ¡Por Alá, que es Tristán y lo conozco! En el talle pudieras conocedlo y que todo este campo tiembla en verlo. Clara y templada fuente, a cuyas aguas con sediento fuego, de ira y furia ardiente adonde acudo sin remedio luego; ¿adónde aquella ingrata hallar podría, en cuya fe sin fe puse la mía? Frescas yerbas y flores, esmaltadas por manos de los cielos; pues sabéis que es amores, en mí se enfunden mil rabiosos celos, de aquella que su dueño me decía, en cuya fe sin fe puse la mía. Llegad, moros, asidle bien la espada. helada cuando menos y de suerte ,que el menor daño fue perder la espada. Calla, Tristán, pues os preciáis de hidalgo: que es muy proprio en los nobles caballeros hacerle rostro grave a la fortuna. ¿Yo soy Tristán? Gentil engaño es éste; no hay más pobre soldado en todo el campo, ni ha salido de Tánjar más inútil. ¿Por qué encubres tu nombre de nosotros? Cruel cristiano, ¿piensas escaparte? ¿Eres tú acaso aquel que me ha vendido? Soy mejor que no tú, esto en el campo lo podré sustentar con menos armas; si te llaman Tristán el valeroso, a mí por todo el África y Marruecos, y cuanto ciñe el Tajo y Betis claro, ,Galván me llaman, el temido, el fuerte. Que eres Galván? Yo soy Galván. ¿Qué miras? ¿Cómo fuiste traidor siendo tan bravo? ¡Yo traidor! Mientes, que si guerra falta, muchos hombres se valen de la industria. Si tú fueras, cobarde, como dices más lleno de arrogancia que de hazañas, y hubieras gana de probar mi acero, ¿no pudieras llamarme a desafío y no venderme como vil infame que me prendió con una escuadra de hombres, que me quitaron por detrás la espada, que a tenerla...? ¡Oh, villano!, estando preso ¿osas decir al vencedor injurias? Hazte valiente, por matar un moro que en su vida otra vez se vio en el campo, envuelto en la adarga como niño, y embarazado de la misma lanza; di cuanto quieras, que esta vez es fuerza que sepas cuántos son y de qué tierras los caballos y yeguas de mi hermano ¿Qué interés te ha movido Tú lo sabes, el alma, perro, a quien pusiste hierros: pero tú los traerás donde conozcas, que no era bien herrar, quien tan errada perdió ser Reina, y el honor contigo. Ánimo, todo es guerra, moro infame, cree que apenas del cobarde muro podré dar señas, ni lo vi en mi vida, ¿cómo podrás vencer al invencible: Tirad con él. Mas que entras por las puertas de Tremecén triunfando. Antes cubierto como quien lleva en hombros algún muerto. Que el esclavillo se fue? Luego que en la tienda entró. ¿Ningún soldado le vio? Al amor nadie le ve. Por su mucha ligereza le pintan alas, desnudo. Que ama a don Tristán no dudo. Y con extraña firmeza. Dado me ha que sospechar. que debe de ser mujer. Eslo el bello parecer, mas no el trato ni el hablar. ¿Pues qué? ¿Tenéis experiencia de su trato? Hele hablado a1gunos celos me ha dado vuestra mucha diligencia. El que ya no es mi galán Celoso es bien que se queje? Ahora bien, eso se deje. ¿Cómo os va con don Tristán" ¿A mí con él? ¿A qué efeto? A que os di para ser suya. De aquesto es razón que arguya lo poco que sois discreto. ¿Es prenda la voluntad que se ;puede dar ansí? Paréceme a mí que sí, pues os puse en libertad. El alma no se reparte, con su gusto se va y viene es para aquel que la tiene. que para dalla no es parte. No recordemos enojos de aquella gran sinrazón, porque luego el corazón quiere subirse a los ojos. Basta, que hicisteis grandeza Tan a costa de mi pecho que está en víbora deshecho vuestro agravio y mi tristeza. Todo fue señal de amor, que más os quise perder, que defenderos, mujer, de tan gran competidor. De celoso y de corrido, y para no me obligar a amaros, le quise dar muestras de desdén y olvido. Que en el oficio que tengo fue esa grandeza un tesoro, por no perder el decoro de quien soy y a lo que vengo. Yo siempre me estoy aquí tan vuestro como solía dadme esa mano, que es mía. ¿Mi mano ya vuestra? Sí. Ya de mano me habéis dado, ya ese tiempo se acabó. Nunca os he perdido yo del alma que os he guardado. Ea, que es mía. Soltad. Mi gloria. Ya estoy al cabo. Brava estáis. Diéronme a un bravo. Fue fuerza. Fue voluntad. Ya me arrepiento. Ya es tarde. ¡Qué aspereza Si hombre fuera... ¿Qué hiciérades? Muerte os diera. ¡Jesús! No hay mujer cobarde. ¿Y supiérades hacerlo? Fiaos un poco de mí, veréis si sucede ansí, Aquí vienen Vasco y Tello. ¿Hay traición y maldad que llegue a aquesta? ¡Ah, pobre don Tristán! Ah, triste día, para los moros de contento y fiesta! Malhaya el hombre que en esclavos fía. No pregunto de pena la respuesta ¡Ah, Conde ilustre, a quien temer solía África toda, lleva un traidor preso ¿El bravo es este? Estoy perdiendo el seso. ¿Es acaso Tristán? Ese, engañado del ,hermano del Rey, que no ha querido salir en campo, cuerpo a cuerpo armado, sino vencer cobarde y fementido, en la celada más cubierta ha dado que de la guerra estratagema ha sido, pues antes que entendiese la emboscada, le ató las manos y quitó la espada. El capitán don Luis su compañía tenía cerca, y púsola a caballo tan presto, que la espalda le seguía, mas fue imposible cosa el alcanzarlo, que la más torpe yegua competía con el viento y aun piensa atrás dejarlo; al fin con grita y algazara incierta, entraron y cerrose la gran puerta. Soldado no quedó que no clavase el arrojada lanza en medio de ellas, por más fuegos y piedras que tirasen, el escuadrón de niños y doncellas. ¿Esto consientes que a tus ojos pase y que en el mundo no te afrenten ellas? Pues no estás de valor ni gente falto, o alza el cerco, o dales un asalto. ¿Hemos venido acaso a estar jugando debajo de las tiendas enramadas y estarnos todo el día apedreando las palmas de racimos adornadas? ¿O estar acaso a los caballos dando las alfalfas o yerbas no sembradas? Si a esto venimos, venga el moro, prenda los allegados de tu casa y tienda. Tello, vos decís bien y ojalá hubiera muchos soldados como vos y el preso, que ya de nuestro Rey Tremecén fuera, con vitorioso y próspero suceso; mas no traemos aquí su real bandera ni yo ~die aquesta impresa el grave peso, para volver sin imprimir las Quinas, del alcázar del moro, en las esquinas. Heme corrido, no porque reprendas con tal desigualdad mi ociosa vida mas porque viendo aquí esta dama, en tiendas que pueda ser que nuestra impresa impida: no soltaré la lanza ni las riendas, hasta que el Moro por merced me pida que, dejándole el Reino, libre vaya como alarbe a vivir sólo en la playa. Ármense todos luego, toque, toque, pífanos, y trompeta, y caja; vamos, que es justo que del preso nos provoque la libertad que todos deseamos. Pues tú verás aqueste mesmo estoque cortar cabezas como juncia y ramos. A ellos, pues, don Tello; a ellos, don Vasco: que no es acero, sino vil damasco. ¡Gran negocio es el honor no hay a los hombres honrados pensar que los venza amor, que de amorosos cuidados lleva el son del atambor! Porque en tocando la caja, el más firme salta y baja tan presto a saber lo que es, que apenas pone los pies ni la celada se encaja. ¿Quién vio al general tan tierno, y luego cual otro Marte, pidiendo fuego al infierno? o cabe en ninguna parte este mi tormento eterno. Que si me quiero esconder, el gran deseo de ver aquel por quien me perdí me saca luego & aquí. Oh, amor! ¿Puede aquesto ser? En el mismo fuego he dado. Clarinda es ésta. 11 bien, mi esclavo huido y herrado. j Mal fuego te abrase, amén, con tu amor v con tu enfado. En verdad que he de abrazarte. ¿Tanto ha que falto? ¿En qué parte te escondiste? Entre dos grandes cofres, de aquestos de Flandes. Otra vez he de abrazarte. Eso sí, nivelé bien; todo es salvado, por Dios ¿Has visto a mi amo? ¿A quién? A mi dueño, o ele los dos. Fue esta tarde a Tremecén. ¿_A Tremecén? ¿A qué efeto? El esclavo que él discreto muy cudicioso compró una celada le armó con gran silencio y secreto. Y dicen que va cautivo el bravo, el temido, el rayo. ¿Tal desdicha escucho y vivo? Ya de la vida me privo. Temo no le dé un desmayo. Sentarme quiero cabe él, que aunque me ha sido cruel en mi regazo ha de estar. quiero del rostro limpiar las perlas que van por él. Por Dios, que se le han quitado los hierros, ¡extraña cosa! Dejado me ha sospechosa y puesta en mayor cuidado. Quiérole de espacio ver; pechos tiene de mujer. Mujer eres, oh, villano! no amabas al preso en vano aunque en vano vendrá a ser. Quédate en aqueste suelo, maldiga el cielo tu talle, estoy por acocearle mas, quédate y muere. ¡Ah cielo! ¡Que está presa el alma mía! ¡Oh, cuanto erré! Que aquel día que le compró, aquella fiera había ,ele decir quién era, que no sin causa venía. El caso y contrario es fuerte; pero amor hará de suerte, que el alma el paso le impida al que con ajena vida puede librarme de muerte. Domado viene el león. ¡Qué humilde, señor, está! ¿Cuál hombre no sentirá el cautiverio y prisión? ¿Sientes mucho la cadena, Tristán? Si fuera vencido mucho la hubiera sentido, pero así no me da pena. ¿Una prisión sin deshonra de qué sentimiento es? Si a mí me pesa en los pies, a Galván pesa en la honra. Esta traigo yo por él, que el señor es el esclavo. Hasta en el hablar es bravo. Mucho me enfado con él. ¡Hola! Llevadle de ahí donde cure mis caballos Tú, que sabes bien curarlos, puedes enseñarme a mí. z. ¿Preso, te duran los bríos? Tú bien me puedes matar, caballos no he ¡de limpiar de hombre que limpió los míos. Si quieres que en dos salgamos, a esa plaza, o al terrera, esto ~es de caballero, que es lo que allá profesamos; que limpiarlos no lo sé ni en mi vida lo aprendí. Haz que le lleven & ahí. ¿Qué es llevarme? Yo me iré. Cólera me abrasa y arde, llevadle de ahí al momento. Yo me voy y muy contento por no ver tanto cobarde. O es un desesperado, o se burla el español. Pues antes de puesto el sol del pienso verme vengado. El conde don Dionís, movido a lástima desta prisión, o por su gusto y ánimo, a toda prisa marcha con su ejército, a deshacer el muro, que del África es la defensa y el amparo bélico. Cuán presto sigue el bien al mal; oyéndote se me ha huido la sangre, no pesándome de que aqueste se atreva pusilánime, a darnos a entender de que es tan próspero, mas con deseo de venganza estímulo del corazón y la abrasada cólera. ¿Y están, Orfilo, cerca? Con estrépito caminan los bagajes polvorosos. ¿Ahora estás suspenso y melancólico, fuerte Galván? Ahora estás temblando? No tiemblo, considero, oh Rey magnánimo y me suspenden nuestras fuerzas débiles, la poca gente y los reparos frágiles; mas toque al arma, toque el son belígero. una trompeta, cuya voz sonora, de las aldabas, los caballos rígidos pidan los frenos y se domen fáciles. Recójase la gente hasta el más íntimo y sobre el muro las mujeres tímidas, con piedras hagan como rayos rápidos, de cuerpos, al subir, curso mortífero: álcense tus banderas y dilátense tus medias dunas y tu cifra arábiga, de suerte, que tu vida ponga límite a la soberbia destos locos bárbaros. Vamos y haremos luego que un morábito ofrezca al gran Mahoma, del gran Líbano, áloes, cinamomo, mirra y bálsamo sin otra confisión de aromas fénices. Tened con Tristán cuenta. Bien se guarda la cadena y diez hombres tiene en guarda. Palta de todo remedio, soda mi muerte procuro, que no tengo sólo un muro, sino todo un campo en medio. Cuando estoy más descuidada en tal miseria y afán, uno y otro asalto clan, a la ciudad desdichada. Ya resistirme es en vano, todo es grita y todo es unos viva el portugués otros muera el africano. ¿Adónde, pues, atrevidos, me lleváis tan de tropel? Tristán preso, yo sin él, Galván y el Rey ofendidos. Romana en aquesto he sido que he guardado este puñal, como el veneno mortal en la sortija metido. Qué aguardo más ocasión Sin ley, sin ser, sin Tristán, sin amparo y sin Galván, que al fin le tuve afición. Ea, puñal, que en un pecho entraréis tan variable, que al mismo viento mudable ventaja notoria ha hecho. Viva, viva Portugal! ¿Qué voz es esta allá arriba. ¡Viva el rey don Pedro, viva! Aquí, Fernando Cabral; aquí, ah perros mouriños, mejándose estáo de medo. Aquí moros, que no puedo. ¿Sois hembras, perros? ¿Sois niños? Deitado me háo da escada por noso señor. Ya he morto, Vasco palla. A bom porto leve Deos sua alma honrada. ¡Arriba, ánimo, arriba! Llevad, Tello, esa bandera. ¿Sin tu ayuda quién pudiera? ¡Viva el rey don Pedro, viva! Saete mouro perro do canigo ou te ey de cortar dentro a vil cabeca. Detente, por Alá. He graça isso pedí por algun santo que en coñeça. Un poco se han sosegado quiero ver en lo que para. Vitoria: Ya se declara. Vitoria. Ya la han ganado. Con ese feudo y tributo, quedará mi Rey pagado, y del Reino que he ganado gozará cada año el fruto. Al fin eres su vasallo. Y aun es poco de tal Rey y el pie, por derecho y ley, pienso muy presto besarlo. Llevarasle cien camellos, bien cargados de oro y granas y de alfombras africanas y mil almaizares bellos, mochilas de aljófar puro las más ricas de la China, y de labor peregrina; ámbar del grano más duro una toca, que al decir es menos ser de cristal y una rama de coral que de árbol puede servir, y otras cosas que no cuento de que presente le haré, cuando yo y mi gente dé de todo esto cumplimiento Sólo quería pedirte una merced, general, que es a mi desdicha igual por el premio de servirte. Que le dé el fuerte Tristán mano y brazos a mi hermano. He aquí mis brazos y mano. Antes soy yo que Galván. Yo soy la triste Aliarda, ya cristiana y su mujer. Aquí lo veniste a ser, mal fuego te abrase y arda. Agradece la ocasión. Ya, Galván, esto es pasado. A pedazos te he sacado, ingrata, del corazón. Ya es acabada la guerra. Licencia, gran general, Te pido en ocasión tal para volverme a mi tierra. Si me las das, Conde, a mí, yo la llevaré a Lisboa por mi mujer. Y es gran loa para los dos: sea ansí, Y tú, moro, cumple bien. Entremos en mi alcazaba. Aquí, senado, se acaba EL CERCO DE TREMECÉN.
