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Texto digital de Amor con vista

Metadatos de la obra

Atribución tradicional
Lope de Vega Carpio
Atribución estilometría
Lope de Vega Carpio Segura
Género
Comedia
Procedencia
El texto ha sido preparado por Germán Vega a partir de Obras de Lope de Vega. RAE.

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Cita sugerida

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Amor con vista. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/amor-con-vista.

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AMOR CON VISTA

JORNADA PRIMERA

AMOR CON VISTA ACTO PRIMERO Escribiome que partía; ya no es posible tardar. ¿Lo que tanto ha de durar sientes esperar un día? No es la pena que resisto Amor en todo rigor, porque nadie tiene amor a las cosas que no ha visto. Engéndrase amor del ver. También del imaginar, y quien se piensa casar ya sabe que ha de querer. Deseos de ver me dan si a la verdad corresponde cómo me han pintado al Conde tan gentilhombre y galán. ¿Quién duda que será ansí, y que no te han engañado? Sin los ojos me he casado; quejosos están de mí, que por no tener enojos con lo que se ha de querer, les da el alma su poder en causa propia a los ojos; que ellos los primeros son, en tanto que el bien se alcanza, los que van con la esperanza a tomar la posesión ; mas cuando no me contente, yo te aseguro de ser solo en mudarme mujer, y no suya eternamente. La dicha, Celia, no estriba de una mujer en que sea lindo el hombre en quien se emplea para que contenta viva; un discreto entendimiento y una dulce condición partes principales son de un dichoso casamiento; ruega que las tenga el dueño que esperas, para que seas dichosa si en él te empleas. En esta jornada empeño no más que haberlo tratado; aquí el Conde ha de venir y en ese cuarto vivir que le tengo aderezado; supliquele que viniese solo y secreto. Y es justo, porque no siendo a tu gusto, como se vino se fuese; que a los que te han deseado en Nápoles, no has de dar ocasión de murmurar, Celia, el no haberte casado. Y aun tuviera por mejor que no viviera en tu casa, que si después no se casa, no queda tan bien tu honor. Si él viene aquí disfrazado, ¿quién ha de saber quién es? La pretensión del Marqués. que dos años te ha mirado. No pido albricias, pues ya sabrás que el Conde ha venido, con decir que albricias pido. ¿Venido? A la puerta está. Confieso que me he turbado. ¿Mucha gente? Solo un hombre. Y él, ¿qué traza? Gentilhombre y a lo virote emplumado. ¿Ha de subir luego aquí,, o en su cuarto se ha de entrar? Eso le has de preguntar, Flora, al Conde, que no a mí. Aunque atrevimiento sea, que claro está que lo es, turbado pido los pies que toda un alma desea. Mal dije en haber pensado que turbado y necio estoy, si en entrambas cosas doy indicios de desposado; porque en el concierto nuestro es atrevimiento injusto, no sabiendo vuestro gusto, presumir de ser tan vuestro; mas. como breve ocasión no da lugar al consejo, cuanto callo y siento dejo, Celia, a vuestra discreción; que el estar necio y turbado justa disculpa ha tenido: de mí , por recién venido, y de vos, por desposado. Con esto quiero rendirme, que no es razón perdonarme, ni a mí, por necio, alargarme, ni a vos, por turbado, oírme. Entrambas cosas creyera trasladábades de mí. si lo que habéis dicho aquí esas dos faltas tuviera. Vos seáis muy bien venido, que con este desengaño no podrá llamarse a engaño ni la vista ni el oído. Hable vuestra señoría a mi prima. Deslumbrado del sol podré, disculpado, deciros que no la vía. No tengo qué os ofrecer: pedid de mi voluntad a mi dueño la mitad, que la di en llegando a ver. Quitársela no es razón a quien tan bien la merece; lo que la mía os ofrece es deuda y obligación; que, en fin, ya sabéis mi nombre, y, como menos turbada, pues no soy la desposada, digo que sois gentilhombre. Bésoos las manos, que ya con ese crédito puedo perder a mi dueño el miedo, que atenta mirando está las faltas que vos no veis, como no soy para vos. Si os habláis ansí los dos, que me turbe excusaréis; pero, si no estáis cansado, entrad donde estéis mejor. En viendo vuestro valor, descansé de mi cuidado. Detenga vuesa merced el' chapín, por cortesía, si merece mi osadía locutorio por la red; y aunque no me ha preguntado quién soy, ni a lo que he venido, puesto que habrá presumido que soy del Conde criado, si el Conde se ha de llamar viniendo aquí de secreto, sepa que es el mismo efeto esto en que la quiero hablar. Atenta a la cara estoy, más que al libre razonado. ¿Si la tengo de criado? Pensó bien, el mismo soy. ¿Qué me quiere, finalmente? Esta ropa que he traído, ¿tiene lugar conocido donde estar seguramente, o ha de alojarse en posada? Si sabe que ésta ha de ser la que el Conde ha de tener, ¿no es la pregunta excusada? Aposento se le ha hecho que el rey le puede ocupar. ¿Y al alma qué le han de dar? Plora. Daránle de Celia el pecho. ; Hallaré yo quien me dé algún aposento a mí? Para que le sirva, sí, y cerca del Conde esté. ¿Y para la voluntad? ¿Tan presto quiere aposento? Soy frágil, y luego intento no padecer soledad. ¿El nombre? Tomé. ¡Buen nombre! ¿El suyo? Flora. Convienes, Flor, con el nombre que tienes. ¿Es burla? ¡Dichoso el hombre que tuviera en su jardín...! No lo digas; estas llaves son del cuarto. ¡Qué suaves ojos! ¡Hoy serás mi fin! Pon la ropa en él, y adiós; y mira que desde aquí corre esa hacienda por ti. ¿Cuándo hablaremos los dos? Advierte lo que te digo, y deja burlas. Sí haré. ¡Contento vengo, Tomé! Del que tienes soy testigo, después que vi la Condesa. ¿No te ha parecido hermosa? Cual suele salir la rosa de su verde cárcel presa, o la azucena esmaltada de rayos de oro en marfil. ¡Por mi vida que es gentil y digna de ser amada! ¿Cómo te va de deseo? Aunque he visto su valor, en la cartilla de Amor las primeras letras leo; quiérola, no hay que tratar, es buena para mujer; y aunque es acabar de ver comenzar a desear, no me ha sucedido ansí. Tanto habrás imaginado, que es menos lo que has hallado. Las llaves me han dado aquí del aposento en que estés. Pienso que será excusado, que Celia a entender me ha dado que su pensamiento es que nos desposemos luego. ¿Tan bien le pareces? Tanto, que de permitir me espanto que un hora tenga sosiego. En obedecerla estoy; que, aunque no estoy muy perdido, para amores de marido bastantes indicios doy; pero, al fin, el yugo es grave. Agora debes de estar como quien mira a la mar cuando ha de entrar en la nave. Yo imagino el casamiento, como si ella se secase y en las arenas dejase los hijos de su elemento; que como allí se verían tantas formas de pescados, se verían los cuidados que los casamientos crían: enojos, impertinencias, gastos, hijos, condiciones, celos, iras y aun traiciones, si se descuidan ausencias; pero, como se verían también perlas y corales y otros diversos metales que o se pierden o se crían, así se miran también, acertado un casamiento, la honra, el gusto, el contento, y el fin para el sumo bien. Si le corre obligación a un hombre, por hombre, el ser amparo de una mujer, aquí tenéis la ocasión; caballero parecéis: confirmadlo en ampararme. No acierto a determinarme. tal confusión me ponéis. ¡Mirad que me han de matar, si no me escondéis! Tomé ¿qué haré? ¡Qué lindo "Qué haré"! Conmigo podéis entrar. que aquí hay aposento y llave donde segura estaréis. ¡Alma y vida me daréis! ¡La mujer es bella y grave! Algún suceso habrá sido entre honor y amor causado; ejemplos de desdichado en vísperas de marido, ¡mal principio, triste agüero, desdichas son prevenidas! Quitarele dos mil vidas! ¿Habéis visto , caballero, una mujer por aquí? En este punto llegó una silla en que se entró, si es la mujer que yo vi; y no la sigáis, que lleva cuatro valientes soldados. ¿Qué se cansan mis cuidados? Aquí la traición se prueba: todo estaba prevenido, silla y soldados de guarda. ¿Qué es lo que mi honor aguarda? Traición de Leonardo ha sido ¡A su casa voy, ah, cielos ¡Qué bien despachado va, si es marido! Sí será, que hablaba en traición y celos. ¡Qué tarde me has avisado! Por detener a Fabricio. Fue de poco seso indicio el haberla amenazado. ; Qué llamas amenazar? ¡Y aun ejecutar su muerte! ¡Que pudo salir de suerte que no la viese pasar, estando esperando enfrente! Ya te he dicho cuanto pasa. ¿Si se entró en alguna casa? Este es galán o pariente. De Celia a la puerta está un gallardo forastero. ¿Habéis visto, caballero. un hombre mayor que va desnuda la espada? Aquí, sin color, me preguntó por una mujer, y yo que la vi le respondí entrar en una bordada silla que dos turcos llevan; pero es error que se atrevan bríos de la edad pasada a un caballero que allí ella Leonardo llamó, por cuyos brazos entró adonde os digo. ¡Ay de mí! Porque lleva seis soldados, y aun españoles parecen. ¡Aquí, con mi honor. fenecen mis amorosos cuidados! De los dos concierto ha sido; no tuve celos en vano. Aquel caballero anciano ¿es su padre. o su marido? Su padre, que locamente, por amenazarla, dio la causa que la obligó a que su deshonra intente. ¿Quién es? El conde Fabricio. ¿Que es mujer tan principal? Y este Leonardo, ¿es su igual? Llevársela ¿no es indicio? Vos ¿quién sois? Un caballero milanés, que en este punto llegó a Nápoles. Pregunto, haciendo salva primero al secreto y cortesía : ¿sois el conde Otavio? Soy quien comienza desde hoy esta empresa, ajena o mía. El daros satisfación me toca de aquesta dama, por mi honor y por su fama; pero no en esta ocasión. Dadme licencia que luego os vuelva a ver. Id con Dios. Aguardaba que estos dos se fuesen; muriendo llego de risa, por una parte, y por otra de pesar. X o te acabaste de entrar, tanto que aun pudo toparte, cuando el padre de esa dama que nos ha pedido ayuda vino, la espada desnuda, para defender su fama. Díjele que la llevó en una silla un galán, y que seis soldados van en su escolta, y lo creyó, diciendo: "Traición ha sido de Leonardo'', y fuese airado tras esto; el más agraviado, si pensó ser su marido, y, como viste. gallardo, vino, y de la misma suerte fuego por los ojos vierte en busca del tal Leonardo, que, seguro de su ofensa, no sabrá qué responder. ¿Qué has hecho de esta mujer? Y ella, ¿qué dice, o qué piensa? Porque, ¡vive Dios!, que ha sido defenderla necio error, porque son cosas de honor donde hay padre y hay marido. Señor, si tan cierto sabes que es aquesta noble dama hija del conde Fabricio, ¿por qué te pesa de darla favor en esta ocasión? Que un padre injusto la casa contra su gusto. ¿Es delito huir la desnuda espada de un hombre que con la ira cerca estuvo de matarla? Y a ti, porque la defiendas ¿puede resultarte infamia? Nunca te he visto tan necio. ¿Parécete que es ganancia dar a Celia pesadumbre por esconderla en su casa, y a su padre y su galán para que se ofendan causa? ¡Qué bien dicen que ninguno sabe, cuando se levanta, en qué ha de acabar el día! Porque. ¿quién imaginara lo que nos ha sucedido? Señor, tú puedes dejarla por los respetos que dices, puesto que es cosa inhumana.; pero yo si dos mil vidas me cuesta, no he de entregarla al tirano que la fuerza. ¡Necio!, :qué furor te engaña? ¿No es locura que a su padre escondas, sin irte nada. una mujer principal? Yo sé que me disculparas si la hablaras o la vieras. Si la viera o si la hablara, la aconsejara su honor. ¡Ah. señor!. que en nuestras almas tiene gran juridición la hermosura en la desgracia; aquel mero mixto imperio que tiene una hermosa cara bañado en líquido aljófar sobre dos rosas de nácar, ¿. qué bárbaro no rinde de la más desierta Arabia? ¿A qué fiera donde el Nilo las siete bocas desagua? Parece que a las mujeres dio Naturaleza sabia horca y cuchillo en los ojos, y más si lloran con gracia. Si vieras tú, como yo, dos estrellas animadas llover perlas en claveles, por dos caminos de plata; si vieras, entre suspiros, que con una mano blanca limpiaba soles un lienzo. que el dolor bañaba en agua; si vieras unos cabellos que descompuestos bajaban a servir de celosías, porque dos niñas se bañan , y que entre aquestos efetos formaba tiernas palabras el instrumento más dulce de las acciones humanas, diciendo: "i Ay, padre cruel!, ¿por qué me fuerzas y casas con un hombre que aborrezco?", ¿qué dijeras, qué intentaras? No es hombre quien esto sufre, áspid de la Scitia helada anima su ingrato pecho, pues que la deuda no paga a las mujeres debida desde las primeras fajas, desde la primera cuna, y aun antes que el hombre salga a la luz del sol, que allí como víbora las mata con achaques, con antojos, y aun con la vida. No hagas en su defensa. Tomé, conmigo oración tan larga; no tienen hombre en el mundo que como yo satisfaga la deuda a los nueve meses; pero, en la presente causa, ¿qué puedo yo hacer por ella? Solo hablarla y consolarla, ya que se valió de ti; que ella te dará la traza, como tú la favorezcas. ¿Adónde está? En esta sala. ¿Viéronla entrar? Fue ventura, que en corredor ni ventana no estaba persona entonces. Abre, y pon luego la aldaba. Si donde la belleza del exterior ornato y compostura confirma la nobleza y las obligaciones asegura de un noble caballero, de vuestros pies favorecerme quiero. Tened, tened, señora. No juzguéis mi desgracia a culpa mía, pues oyéndome agora culparéis de un tirano la porfía, cuyo acero desnudo. si no fuera por vos. matarme pudo. Pensaréis que ha nacido de ser liviana yo la inobediencia de que estará ofendido; pues sabed que es valor mi resistencia y una virtud causada del mismo honor a que nací obligada. Es el conde Fabricio mi padre, de alta sangre y de alto nombre; mas como el buen juicio y la virtud hagan perfecto al hombre, entre gente que sabe no hay alto nacimiento que se alabe. Dos nobles caballeros me han pretendido, en sangre y renta iguales, pero satisfaceros puedo segura yo que, con ser tales, ninguno me ha inclinado a ser oído, cuanto más amado; César llaman al uno, Leonardo al otro; el César, con el nombre, no sufre igual ninguno en el valor, en rico y gentilhombre; pero no le ha valido para ser a Leonardo preferido: pidiéndome arrogante, mi padre concertó mi casamiento; Leonardo, al mismo instante, le declaró también su pensamiento, con que, dudoso el viejo, si no la voluntad, mudó consejo; César, en esto airado, por quitar a Leonardo la esperanza, libre y desatinado, dijo, mintiendo, ¡extraña confianza!, entre algunos señores que tenía de mí falsos favores, y Leonardo presente a la conversación de cierto día, se alabó libremente de que por prendas de mi amor tenía lo que puede la boca permitir de licencia al que la toca. La honestidad consiste en resistir los labios una dama, que si no los resiste, para su infamia abrió los de la fama; porque quien los entrega confiesa, mas con la lengua niega, Melindre no os parezca que mis labios sintiesen sus agravios, que no es bien que merezca la puerta del amor, que son los labios, quien, antes de tenerlos, tan necio se alabó de merecerlos. Esta loca mentira me dijo, visitándome, Leonardo para moverme a ira, y desde entonces esta afrenta guardo de suerte en mi sentido que le aborrezco cuando no le olvido. Mi padre, que debiera, por la misma razón, tenerle en poco, en darme persevera a un hombre para mí tan necio y loco; que hoy quiere, hoy dice , hoy jura que tengo de firmarle la escritura. Nuestros deudos se juntan, aunque él estaba ausente y recatado; luego por mí preguntan, yo salgo, y miro con el rostro airado a mi padre, al notario, cual bravo con la espada a su contrario; tomo la pluma, escribo, al tiempo de otorgarla, que no quiero ni admito ni recibo a César por marido, y con severo rostro en la escrita suma, a espaldas vueltas arrojé la pluma. No suele así cometa pasar resplandeciendo por el viento, y por senda imperfeta correr para morir fuego violento, que yo partí encendida de los agravios de que estoy corrida; en leyendo lo escrito saca mi padre contra mí la espada, la puerta solicito, todos le tienen, y salí turbada, donde me hubiera muerto, si no fuérades vos mi dulce puerto. a cuyos pies os ruego que mientras pasa del rigor la furia no permitáis que, ciego, intente hacerme tan notable injuria; que. como el alma os muestra, mientras tuviere vida seré vuestra. ¡Vive Dios, que me ha cogido! Gusto de señora tienes, que yo esperaba un romance, y en verso grave procedes. Vuestra pena y la ocasión me la ha da do de tal suerte, aunque otro intento tenía antes, señora, que os viese, que determino, y es justo. ser desde agora obediente a cuanto vos me mandéis, puesto que la causa es fuerte; que no sé qué he visto en vos, de aquello que no se entiende, que me ha mandado serviros, aunque la vida me cueste. Yo soy en aquesta casa, desde esta mañana, güésped. que a tratar un casamiento y que en su nombre concierte por embajador me envía cierto amigo que pretende a Celia desde Milán; así porque no tuviese más segura voluntad, en cuantos amigos tiene, como porque yo venía a negocios diferentes a Nápoles con el Duque . aquel Girón excelente, que de Sicilia ha venido habrá , señora, diez meses, donde sucedió al marqués de Villena, su pariente, aquel Pacheco famoso, que de tan nobles maestres de Calatrava y Santiago, honor de España, deciende. Esto quiso que tratase con esta dama, de suerte que hoy la he visto, y es señora que el conde Otavio merece, que aqueste es el apellido de este caballero ausente, soldado de buena fama en Asti como en Verceli, entre el Alpe y Apenino caudaloso el Pó deciende, donde tiene algunas villas que le adoran y obedecen. No perderá Celia nada cuando efetuado quede, aunque no me ha parecido, por algunos accidentes; en este cuarto que veis, y que con vos se ennoblece, aunque no lo imaginaba, me mandó que me aposente; porfié, no aprovechó; obedecí y acétele; mi nombre es Carlos; si acaso en mi persona os parece que hay algo noble, eso soy, y para ser vuestro siempre. Mirad agora qué traza dais en el rigor presente, que estoy tal de haberos visto, que me obliga a que os confiese que me pesará en el alma, con envidia de que llegue otro alguno a mereceros. Si a Celia queréis que os lleve, ella hará las amistades con vuestro padre y parientes; si queréis estar aquí el tiempo que os pareciere. aposentos hay y llaves que os aseguren y cierren. Esto será con secreto, porque Tomé solamente ha de acudir a serviros. Y Tomé dice que puede entregarle esta alcaidía, porque desde Adán deciende por línea recta de alcaides, y la guardará fielmente, porque fue un agüelo suyo alcaide de Los Donceles; que llevarla a Celia agora es notable inconveniente, que no vive sin envidia la hermosura en las mujeres. ¡Ea!, pues, vusiñoría escoja aposento y entre; que un güésped en casa honrada convidar pudo otro güésped, y sálgase fuera Carlos, que solo se le concede que pueda ver esta dama los miércoles y los viernes. Señora, Tomé es un loco; aquí no hay cosa que os fuerce si no es vuestra voluntad. Esa basta. Si lo fuese. No sé lo que puede ser. ¿Cómo es vuestro nombre? ¡Qué bien parecen las cosas que con los nombres convienen! ¿Qué quieres concetear de este pájaro celeste , si lo es de hermosura y gracia, y traer en cultos fuelles los céfiros orientales, con que sus llamas enciende, y que en canelas y aromas la purpúrea pluma envuelve para volver a nacer? ¡Ay, Tomé! Pues bien, ¿qué tienes? No hay borrico que suspire, en viendo los alcaceres, como tú por cualquier hembra. Mucho esta Fénis ofende. No he visto cosa ... ¡No más! Loco me deja. ¡Detente! ¿Qué haré de Celia? Casarte. ¿Cómo casarme? O volverte. ¡Hay tal mudanza! ¿Qué dices? ¡Qué confusión! Ya no puedes hacer otra cosa. Calla, que el hombre que más entiende, adonde amanece sabe, pero no donde anochece. Y o no soy hombre a quien hablar se puede con esa libertad. No lo es la mía, cuando el agravio a la prudencia excede. Para mí lo será vuestra porfía, si en ese loco engaño persevera. Aquí la fe no estriba en cortesía, y, hablando cuerdamente, no quisiera que el Conde en esto hubiera anticipado lo que deciros yo mejor pudiera. De vos también me llamaré agraviado, César, aunque conozco que es respeto a las muestras del tiempo que ha pasado; que llegando a poner en justo efeto lo que debo a quien soy, no ciño espada para que a ajena mano esté sujeto. Y o no respeto vuestra edad pasada, mas digo que me toca por la mía, como parte en su honor más agraviada. De alguno de los dos saber querría en qué se funda engaño tan notable para satisfacer vuestra porfía. Deme licencia el Conde que yo hable. Decid, pues todo tiene un mismo intento y un mismo sentimiento inreparable. Yo le pedí, Leonardo, en casamiento al Conde a Fénis. y con más ventura que vos, sin oponer merecimiento, el gusto de su parte me asegura, y para que quedase concluido, hoy habemos firmado la escritura; no vino en esto Fénis y, sentido, el Conde amenazola con la espada, del desprecio de entrambos ofendido; la casa, en detenerle alborotada, no vio salir a Fénis, que a sentirla, no hubiera sido Troya desdichada, pues fue caballo griego cierta silla, incendio injusto que su casa espera, si no puede el peligro reducirla; no vino sola, puesto que pudiera, que con soldados españoles vino, que fuera mayor mal si se supiera; la causa de intentar un desatino Fénis, como éste, inobediente al Conde , aunque no es en el mundo peregrino, dicen que sois, y que por vos se esconde, conociendo los turcos y criados, y que la voz común señala adonde; agora no os admire que, agraviados, vengamos a pediros, como es justo, si obliga a caballeros tan honrados, excuséis la ocasión de este disgusto restituyendo a Fénis, que, en efeto, no os está bien un caso tan injusto, y basta para un hombre tan discreto. Aunque reportado y sabio fundastes vuestra razón, de la injusta presunción debo formar justo agravio. Es verdad que yo he servido a Fénis, tan desdichado, que para ser despreciado apenas dicha he tenido; también lo es que la pedí, y que el Conde se excusó, si de Fénis entendió cuan desestimado fui; pues si César es testigo de aqueste aborrecimiento, ¿cómo tanto atrevimiento pudiera intentar conmigo? ¿Yo silla, yo turcos, yo españoles, yo soldados? ¿De un hombre estáis agraviados a quien siempre aborreció? ¿De tanto desprecio mío tanta ventura se infiere? Digo que si un hombre hubiere que afirme tal desvarío, quiero quedar por infame. ¿Y si hay un hombre que os vio? ¿A mí? Sí. Si fuere yo, que lo que he dicho me llame. Venid conmigo. Yo iré; pero no ha de haber traición, que con esa condición solo y sin armas saldré. ¿Será de Celia segura la casa? Ninguna habrá como ella. Pues allí está. Mi inocencia me asegura. Necia disculpa. Fingida; pero no le ha de valer, que a Fénis ha de volver, o le ha de costar la vida. ¿Qué crédito os puedo dar, Carlos, en tiempo tan breve? El que a sí misma se debe la que me pudo matar. ¿En dos horas puede amar un hombre con tal rigor? En años diréis mejor, y esta verdad asegura que al hacer vuestra hermosura el cielo, nació mi amor; y antes es muy cierta cosa, porque si el cielo sabía, como es cierto, que os había de hacer, Fénis. tan hermosa, mi voluntad amorosa que es tan antigua recelo, y de este breve desvelo puedo decir con verdad que es amor y voluntad desde que lo supo el cielo. Luego viene a ser mi amor, cuando pensó fabricaros el cielo, para obligaros a la antigüedad mayor; mirad si debéis favor a quien ha tanto que os ama y su dulce dueño os llama, pues desde el tiempo que fuistes, vos para Fénis nacistes. y yo para vuestra llama. Cuantos siglos han pasado desde que pensaba haceros tiene mi amor en quereros y me debéis de cuidado; y así. cuantos han amado, lo han aprendido de mí, que el primer amante fui; pues cuando el cielo pensó haceros, amaba yo, pues antes que fuese os vi de suerte que me han debido su principio los amores, y vos los mismos favores que si os hubiera servido, porque si yo hubiera sido, esto que os digo os dijera en cualquier tiempo que os pues es cierto, de los dos, viera, que o no naciérades vos, o que yo luego os quisiera. Si como en burlas habláis con esas vanas quimeras hablara el alma de veras, que vos decís que me dais, no dudéis, si lo dudáis, que estuviera agradecida; pero siéntome ofendida de que finjáis voluntad, que el amar con libertad no es de voluntad rendida. Buscar sutiles caminos de decir altos concetos bien puede ser de discretos, pero no de amantes finos; obligar con desatinos, en las obras suele estar, no en el estilo de hablar; que el más bajo entendimiento sabe hallar un pensamiento sutil, si quiere engañar. Carlos, yo estoy en estado que podré hablaros y veros, pero no podré quereros, aunque me habéis obligado; no por ajeno cuidado, sino por desdicha mía; solo deciros querría que ya con llana amistad obliga mi voluntad vuestra mucha cortesía. Discreto sois, bien me veis en las desdichas que estoy; soy quien vos sabéis que soy, pues ya mis padres sabéis, y no porque me amparéis os digo, testigo es Dios, ni por saber de los dos, lo que hacer el tiempo quiere: que si algún hombre quisiere en el mundo, seréis vos. ¡Que no le basta al Amor ser ciego, sino que quiera hacerse sordo también! i Ay, triste, si viene Celia! ¿No habéis oído los golpes con que nos quiebran la puerta padre y marido de Fénis? Retírate como puedas, y abre tú. Voy. ¡Cielo santo!, no os parezca inobediencia. Entrad, que aquí está don Carlos. ¡Por Dios, señor, que me pesa de inquietaros! Escribía ciertas cartas. Hablad, César. Mejor es que vos digáis lo que a la puerta de Celia os dijo el señor don Carlos. Señor don. Carlos, quisiera excusaros este enojo, pero por mi honor es fuerza : ¿hoy no os pregunté si vistes una mujer a esta puerta? Es verdad, y respondí que dos turcos de librea, con seis soldados de escolta, en una silla la llevan; y vos dijistes entonces: "¡Traición de Leonardo es ésta!" Lo mismo a mí me dijistes. ¡Buena manera de prueba para saber que soy yo dueño de tan loca empresa! Decid, caballero noble: ¿Iba yo entonces con ella? Yo no os he visto en mi vida. Pues ¿es razón que se infiera que, aborreciéndome Fénis, autor de este insulto sea y que digáis que la tengo? ¿No era cosa más discreta buscarla entre religiosas, donde estará con decencia, como se ha de presumir de una señora que deja, por altiva o por su gusto, el casamiento de César? Dice bien; mucho se ha errado; que si luego se siguiera fuera el reducirla fácil. Hija indiscreta, ¿qué intentas? ¿Por qué me quitas la vida? Y a mí el alma, que me llevas en el desdén con que huyes y en el dolor que me dejas. Tengo yo de ser Apolo, para pedir que te vuelvan, Fénis, los dioses laurel, o, como Anaxarte. piedra. Arrepentido de amarte, buscar quisiera las yerbas de los montes de Tesalia para olvidar tu belleza. Yo, caballero, no soy quien de Fénis se lamenta; mas soy quien en tal fortuna de mi enemigo se venga. Mirad el estado mío por aquella ingrata bella; que me alegro de que falte, para que César la pierda. Extraño suceso. Extraño, si las fábulas le cuentan. ¿Dónde está escondida Fénis? Ese pabellón de tela que está en el cuarto aposento es del sol de su belleza, el ocaso en que se ha puesto y la nube que le cerca. La noche baja, Tomé, y a Fénis no se le acuerda cómo ha de pasar la noche. Si aquí nos bajan la cena, de criados y criadas será imposible esconderla, y si por ventura subes, señor, a cenar con Celia, ¿qué le daremos a Fénis? ¿De la cena se te acuerda, y no de toda una noche? Eso no te cause pena; conmigo podrá dormir. ¡Qué burlas, Tomé, tan necias para tantas confusiones como esta noche me esperan! Nunca la vieran mis ojos, nunca, Tomé, te dijera que la metieras aquí. ; Quiéresla bien, bien de veras? Otavio, ¿Verá nadie su hermosura sin que por ella se pierda? Yo aseguro que en el mundo sucedió cosa como ésta en término de dos horas, pues, casándome con Celia, en su misma casa tengo por quien el dejarla es fuerza. Ten ánimo , que a la parte del corredor que a esa güerta mira, he visto un camarín, cifra sutil de Venecia; de la mitad de tu cama haré a Fénis en que pueda pasar esta noche y cuantas no sepan sus padres della: cerrarase por de dentro, que aldaba tiene la puerta, para que , de ti segura, si no de sí misma, duerma; puesto que, siendo quien es, aunque sin llave estuviera, yo sé que la respetaras, por no infamar tu nobleza; pero en duda, porque Amor, cuando todos duermen, vela, quitémosle la ocasión. Entro a despedirme de ella para ver a Celia, j Ay, cielos! ¿Quién pensara que estuviera la dulce gloria de Fénis en el infierno de Celia?

JORNADA SEGUNDA

ACTO SEGUNDO Con razón tu dicha alabas, pues a la fama responde. ¿No es galán, Lisena, el Conde? Como tú le imaginabas; que a tus melindres no hubiera con menos gracia y valor satisfación. Fue temor que menos gallardo fuera; así suelen engañar los casamientos ausentes. No es poco que te contentes. No pudiera imaginar mayor dicha que he tenido, puesto que el temor no cesa. Cortés estuvo en la mesa, gracioso y entretenido. Sí, pero no me miró como quien tiene deseo; que no le enamoro creo, y que vengo a estarlo yo. Si tuviera bien impresa mi voluntad, con mirar más había de cenar en mis ojos que en la mesa. No le veo con cuidado de enamorado, Lisena, que más estuvo en la cena inquieto que enamorado. ¿Y cuál hombre con amor se despidiera tan presto? El que le tienes te ha puesto ese excusado temor, que el irse fue cortesía por no parecer cansado; ni ha de estar enamorado y tan perdido en un día. Ayer te vio, ¿qué le quieres? Que esa disculpa le des, Lisena, es justo, después que somos propias mujeres, pero no cuando nos miran; que es bien que atentos estén mientras, esperando el bien , con la esperanza suspiran. No es tan cortés el amor. El irse presto lo es. No le quiero tan cortés. más necio fuera mejor. Luego que el Conde llegó más atento me miraba, para volverse cenaba, según la prisa se dio. ¿Y cuál hombre no me hubiera esta mañana enviado, por cumplimiento, un recado, cuando por amor no fuera? ¿A un hombre cansado quieres poner culpa? Si lo está, de mi disculpa tendrá. ¡Brava en los principios eres! No comiences por celosa, que desenamoran celos. (Flora salga.) No han hecho dama los cielos en casarse más dichosa. i Qué hay, Flora? ¿Está levantado el Conde? Cuando llamé, agua le daba Tomé. Entré y dile tu recado. Recibió los buenos días con mucho gusto y placer, que sabe muy bien hacer amorosas cortesías. Dije que le suplicabas de tu gente se sirviese, que de que solo estuviese con notable pena estabas. Respondiome que no había de servirle, hasta casarse, ninguno, por no obligarse después a descortesía. Tomó el almuerzo Tomé; con tanto me despedí. ; No te preguntó por mí? Eso muy despacio fue, y con un grande recado del deseo que tenía de verte. ¡Y dormido había hasta las diez descuidado! Pues, cansado, ¿qué ha de hacer? ¿Cómo no ha subido aquí? Por darte lugar ansí que te puedas componer; y fuera estilo grosero usar de esa libertad; merece tu voluntad, que es un galán caballero bien hablado y entendido. ¿Júzgasle tú enamorado? Si al espejo te has mirado, ociosa pregunta ha sido. Las joyas que te ha de dar dijo que estaba esperando. Amor le pido, que cuando se ama es la mayor amar. Eso yo te lo aseguro, y que se muere por ti. ¡Que yo trate de esto ansí! Que me desconozco os juro. En lo justo no hay recato; Licencia tiene quien ama. Como enfrente de su cama está puesto tu retrato, díjele yo si quisiera tener el original, y dijo que dicha igual pedir al cielo pudiera. Toma, Flora, aquel vestido que hice para la entrada del Virrey, que ser amada deseo. Los pies te pido, y cree que lo serás. Perdida, Celia, te veo. Como es honesto el deseo, se atreven los ojos más. Mala noche he pasado. Conté las horas, no conté las penas. ¿De un hora enamorado? ¿Qué importa, si la sangre de las venas me abrasa aquel veneno? Tomé, Nunca duermo mejor que cuando ceno. Cenó Fénis muy poco, o fuese por melindre o por cuidado; pero yo, como un loco, dejé un capón muy tierno y bien asado en pura notomía, que así lloraba, aunque cantar quería. Cerró la puerta luego, y trató de acostarse. ¡Caso extraño y laberinto ciego, que Fénis, sin temer humano engaño, en su casa amanezca y entre dos extranjeros anochezca! ¡Y yo, que no pensaba verla en mi vida, esté como me veo! Cuando ya se acostaba, hacia la puerta me llevó el deseo, permitiendo la llave entrar la vista a su persona grave. Iban los alfileres quitando los marfiles de las manos, que son en las mujeres fácil prisión de sus adornos vanos, porque en los rostros bellos no hay hermosura como estar sin ellos. Quitó luego las joyas, ropa y jubón; al fin, quedó en manteo que abrasara mil Troyas, a no enfrenar respetos el deseo; que luego manifiesta honra y valor una mujer honesta. Bajó de los chapines Fénis al suelo dos pequeñas basas de ramos de jazmines, aun con estar a solas, tan escasas, que apenas pude verlas; mas vi la honestidad vertiendo perlas, porque, con el manteo, hizo una rueda al desatar las cintas, y un muro a mi deseo. Agrádame el recato con que pintas esta hermosura honesta. En fin, no sé cuál de las dos se acuesta. o Fénis en la holanda, o la holanda en su nieve. Pero apenas que se sosiegue manda aquella blanca imagen de azucenas el fugitivo sueño, cuando su pena se rebela al dueño. "¡Ay!, dijo Fénis triste, ¿adonde estás, sin padres y sin honra? ¿Por dónde me trujiste, Fortuna, a padecer tanta deshonra? Quitárasme la vida con darme muerte adonde fui nacida. Que aqueste caballero, en sabiendo mis padres este engaño, ha de ser lo primero matarle a él, y tengo de su daño más pena que del mío." Aquí dos tiernas lágrimas le envío que, por la misma llave, presumieron los ojos que saldrían, y que a su pecho grave entre las alas de un suspiro irían. Calló, quizá pensando que la estabas entonces escuchando. Ella se ha levantado. ¿Cerraste bien la puerta? No imagines descuido en mi cuidado. Hacia esta cuadra suenan los chapines. ¡Por Dios que sale hermosa! Tal suele el nácar descubrir la rosa. Buenos días, si es que yo buenos os lo puedo dar. Vos lo podéis comenzar, pues con vos el Sol salió , y a quien a escuras vivía, mirad si darlos podéis, pues hasta agora no habéis traído a la Tierra el día. Ya que os habéis levantado, parece que habéis traído flores en los pies, que ha sido volver esta sala en prado. Daba en aquestos cristales el Sol, y, en viéndoos salir, fuese, porque a competir no tiene rayos iguales. Preguntaros cómo habéis dormido, no será justo, que si el sueño sigue al gusto, muchos disgustos tenéis, y tal el sueño habrá sido; pues yo os prometo que yo no he dormido. ¿Por qué no? Porque vos no habéis querido. ¿Yo os quito el sueño? Pues ¿quién? Pues ya me dais ocasión , hablaros claro es razón. Escuchad. Decís muy bien. ¿Podré yo fiarme agora de un hombre que me ha engañado? ¿Yo a vos? Sí, que os he escuchado cuanto habéis hablado a Flora. Que érades Carlos fingistes siendo vos el Conde Otavio. ¿Eso tenéis por agravio? Mintiendo, agravio me hicistes; pero esto no importa nada. Mas de venir a casaros con Celia, no hay disculparos de haberme dado posada, que soy mujer principal y tan buena como vos, y posar juntos los dos, si os está bien, me está mal, porque cuando hubiera sido mi desdicha hallarme aquí, era gran disculpa en mí . que estaba con mi marido; pero pues no puede ser, y a tanto peligro estoy, que vuestra mujer no soy y que vos tenéis mujer, mire Tomé si parece gente en casa, y yo me iré. ¿Quereisme escuchar? Sí haré, que el ser quien sois lo merece. Que soy el Conde es verdad, y que a Celia vine a ver; pero no que es mi mujer, que hay mucha dificultad; porque, en duda, si contenta del ver. al ejecutar es jornada por la mar que suele correr tormenta. Porque vine disfrazado os dije que Carlos fui, y si ayer a Celia vi, ¿cómo puedo estar casado? Cuando de verla bajé, os vi a vos, y aunque traía la imagen que visto había, vuestra mano entonces fue como pincel de pintor que lo que otro pintó mal borra con destreza igual para pintarlo mejor. Vos, sobre aquello borrado, pintastes una figura que de la misma hermosura fue peregrino traslado. Mirad lo que me debéis, pues de lo que entonces vi, no ha quedado más en mi del lienzo en que vos pintéis. Luego mudé pensamiento, y aquella imaginación no mudó la ejecución, sino solo el casamiento. En la misma casa ha sido donde me vengo a casar, ni vos podéis excusar el ser yo vuestro marido, si esto se viene a saber. De suerte que no hay engaño si al llegar el desengaño digo que sois mi mujer. El remedio está dudoso, Conde, y el peligro cierto; que después de descubierto es mi deshonor forzoso, si vos, por la obligación de Celia, habéis de dejarme, y así es mejor no engañarme, que será baja traición. Y o me puedo agora ir. Mira si hay gente, Tomé. Fénis , Fénis, si esta fe, si este amor llamáis fingir, ¿cuál ha sido verdadero? Dejadme. Señora, oíd: que os han de ver advertid. Mirad que soy caballero que sabe su obligación. Y yo las que tengo sé. ¡Tenla, detenla, Tomé! Temo que dais ocasión para que os sientan en casa. ¿Dónde te vas a perder? Tomé, ¿qué tengo de hacer si el Conde Otavio se casa? No casará. ¡vive el cielo! ¡Júralo, Tomé, por mí! Ayer a entrambos os vi, ¿Qué os debo? Un honesto celo, una piedad, un amor, una estimación nacida de un alma. Fénis, rendida a la fe de tu valor. No pagues mal la posada del alma y del camarín, la cena y cama, que, en fin, estás por noble obligada. ¿Qué güésped, por vil que sea, Fénis, se va sin pagar? Tomé, ¿quiéresme dejar? ¿Quieres que Celia te vea? ¡Mira aquel hombre, por Dios, que está en los güesos por ti! No pienso quedarme aquí si no me matáis los dos. ¡Plega a Dios, si se casare mi amo, si no es contigo, que me mate el más amigo de quien el alma fiare! ¡Mira qué de veras juro! Que llaman, Tomé. Señora, éntrate siquiera agora, que por tu honor lo procuro. Más peligro es hoy tu engaño que mis desdichas ayer. Vov a abrir. ¿Quién puede ser que no pretenda mi daño? Desde ayer me prometí serviros, aficionado a vuestro ingenio y agrado y a lo que hicistes por mí; y hoy, que de cierto he sabido que sois persona tan grave, que ya en Nápoles se sabe, Conde, a lo que habéis venido, de que os doy el parabién, vengo a ofreceros persona, casa y vida. Si me abona lo que vos decís tan bien y que ya sabéis de mí, el no me haber descubierto me perdonad, que al concierto vine disfrazado ansí. Y a me dicen que tenéis a Fénis. Engaño ha sido, que Fénis no ha parecido. ¿Qué decís? Que no penséis que soy tan dichoso yo; y pues que me habéis hablado en cosa que me ha costado la vida que me llevó, quiero descansar un poco con un hombre tan discreto; que quien ama está sujeto a hablar siempre como loco en la tema que porfía. Desde ayer, que un ángel vi, os juro que estoy ansí, y que solo hablar querría en materias amorosas. Tenéis razón de querer tan bien nacida mujer y de partes tan hermosas. Perdido estoy, como vos. Si; pero más bien pagado. Oíd, Conde, mi cuidado, pues queremos bien los dos Hija del Conde Fabricio, Otavio, es la bella Fénis, que, sin conceptos del nombre, serlo de hermosura puede. Si vos la hubiérades visto, fuera alabanza más breve, porque ninguno la vio que el alma no le rindiese. De lo que conozco en vos, era mujer propiamente para vuestro entendimiento, porque divino le tiene. Si la hubiérades tratado, dijérades claramente por qué los siglos pasados las sibilas encarecen; que es menester que a Lucano versos Argentaría enmiende, ni que las letras latinas a Carmenta se debiesen; que es menester que coronen filosóficos laureles a Telesila, y que Aspasia dulce retórica enseñe. Quien oye a Fénis, escucha el libro más elocuente; quien la ve, mira un jardín de azucenas y claveles. Que estoy loco por su amor, dirá , Conde, quien me oyere; pero cuerdo en su alabanza, que a toda alabanza excede. Si soy dichoso en casarme, y pasan estos desdenes, vos veréis que no os engaño, que aun de vos pienso valerme para que me honréis con Celia si el cielo quiere que llegue el día de nuestras bodas y que los enojos cesen, de lo que os diré, nacidos, que no porque me aborrece. Hijo del príncipe Arnaldo, que hoy en Nápoles mantiene la mayor casa, es Leonardo, aquel mozuelo insolente que ayer conmigo venía, y los dos, con poca suerte de agradar sus bellos ojos, habernos servido a Fénis. No es mejor que yo Leonardo, que pienso que cuando herede al almirante, mí tío, puesto que no lo desee, no habrá en Nápoles señor que me iguale; finalmente, las diligencias de entrambos, como entre amantes sucede, hicieron que, con la envidia, locos nuestros gastos fuesen. Las justas y los torneos, cuyo espectáculo vence romanos anfiteatros, naves y fieras silvestres, con aplausos generales y con versos excelentes ocuparon muchos días las plumas y los pinceles. Solo quiero referiros una entrada que merece por pensamiento y grandeza, que Nápoles la celebre: Movíase por sí misma, sin que instrumento se viese, una máquina, retrato de toda la Arabia félix; iba esmaltada de flores y de árboles diferentes, de los que aromas producen, y, para que olor tuviesen, en fuego secreto el ámbar espiraba al aire ambiente olor divino, formando una primavera alegre. De aquesta máquina en medio se miraba un monte fértil, más que los güertos de Adonis, más que de Tesalia el Tempe. En la cumbre, un fénis de oro, en vez de llamas, en nieve, y un .Sol, que luciente en solicitaba encenderle. alto. La letra de aquesta empresa solo decía : "No puede", con siete letras tan grandes, que eran a todos patentes. Leonardo, con justa envidia, quiso también disponerse a vencer esta invención para la fiesta siguiente. Sacó la misma provincia, y las mirras y laureles, canales y inciensos hizo, de plata las hojas verdes; puso el fénis en el monte entre mil llamas ardiente, y haciendo un Sol de cristal que el fuego en secreto ardiese, la letra de esta arrogancia era "Yo haré que se queme", fiando en árboles de oro que la nieve deshiciesen. A este tiempo la pedimos juntos , y yo, por valerme de la industria y la venganza. de que arrogante dijese que su sol abrasaría lo que yo pintaba en nieve, en una conversación, porque Leonardo me oyese, dije que el Conde Fabricio, Otavio, me daba a Fénis; y para desconfiarle y que no la pretendiese, me alabé de dos favores que a los marfiles se atreven de sus manos, y a las rosas de sus labios, neciamente. Súpolo Fénis, y es dama tan belicosa y tan fuerte de condición, y en su honor una deidad tan celeste, que, al firmar las escrituras, deudos y amigos presentes, puso la pluma, ¡ay de mí!, en la tinta de mi muerte. Para firmar la sentencia en que dice que no quiere, al tomar Fénis la pluma tres dedos fueron jueces, que tres varas de marfil quiere Amor que me sentencien. Lo demás, ya lo sabéis. Dichoso vos muchas veces, pues os casáis donde os aman; no yo, donde me aborrecen. Pésame de vuestro mal. Señor, mi señora viene. Voyme, y gozadla los años que vuestro valor merece. Pues ya vusiñoría no desea verme, justo será que yo le vea. Señora, ¿tal exceso? No es exceso, siendo mi dueño vos. Aquí confieso que erraron mi ignorante cortesía y mi encogida y necia cobardía. Fuera de eso, he tenido una cansada visita, aunque la doy por disculpada, por ser quejas, señora, de un amante; sobrino pienso que es del almirante. El marido de Fénis, una necia que cuanto ve desprecia. ¿Una que dicen que se fue temiendo la espada de su padre? Estando haciendo las escrituras, dijo, en vez de firma, con que su loca presunción confirma, que a César no quería, y es un hombre rico, noble, galán y gentilhombre. Tal me lo ha parecido. Es una loca, que entiende que a sus méritos es poca la majestad de un rey. Vusiñoría se siente, aunque es su casa, que no es mía. Quien eso dice cuando el alma enseño, señal es que no quiere ser su dueño. La casa, señora mía, es donde yo vi mi bien, aunque temiendo el desdén del bien que no conocía. Ayer fue el dichoso día que en aquesta casa hallé el bien que nunca pensé; que no pude imaginar que tal grandeza de amar cupiera en tan breve fe. Y tanta gloria me da ver que rendí su desdén, que no tengo yo más bien que el que en esta casa está; aquí dentro vive ya mi dueño, mi amada esposa, tan entendida y hermosa, que me pesa de tener sola un alma que ofrecer a su deidad amorosa. Mucho el veros me suspende; pero si me atrevo a hablar de esta suerte, es por pensar que hablo con quien me entiende; temo que de esto se ofende, pero tanta discreción disculpará la ocasión, que a no estar nadie presente, trasladara tiernamente a la lengua el corazón. Bésoos las manos, Otavio, por la merced que me hacéis; a quien sois correspondéis, y con ser noble, a ser sabio. No tengo yo por agravio que no habléis más tiernamente, que si os detiene esta gente, tiempo queda a los casados para decir sus cuidados con afecto diferente. Gustosa estoy de que aquí hallásedes vuestro bien, pues hallé yo en vos también el mayor bien para mí. Yo sola dichosa fui en que en mi casa tengáis. Conde, el bien que deseáis, que siendo vos mi marido, el mayor que al cielo pido con daros a vos me dais. Mas mirad que no os mudéis de ese firme pensamiento. Quien sabe mi sentimiento, siente lo que no sabéis. Como el alma no me veis, lo que no entendéis juzgáis. ¿De qué tema os enojáis? Vos no tenéis que temer; que quien es ya mi mujer no duda lo que dudáis. Señor, el Duque. ¿Qué duque? El Virrey. Pues no me vea. Abre. Flora, el camarín; abre, que esconderme es fuerza. Dame la llave, Tomé. Espera. ¡Qué linda flema! Ya la busco, no me turbes. De la carroza se apea. ¡Vive Dios, que la tenia en la faltriquera izquierda! Pienso que se me ha caído. ¿Hay tan gran descuido? Muestra. ¿Qué quieres? ¡Que no la hallo! No la busques, que ya entra. ¡Qué bien he librado a Fénis de que no la viese Celia! Todo se pierde si doy la llave. Vuestra excelencia nos dé sus pies a los dos. A daros la norabuena, señora Celia, he venido; y para que el Conde sepa que, aunque viene disfrazado, no se esconde la grandeza. Aquí tenéis un esclavo. Sillas. ¡Hola! Si supiera que tal merced merecía, me amaneciera en la puerta. Yo estaba bien descuidado de esta merced que, a saberla, fuera a hacer mi obligación. De quien a Milán gobierna tuve carta esta mañana, en que me avisa por ella cómo a Nápoles venís para casaros con Celia. Tanta amistad el marqués con vuestro padre profesa, y por lo que vos con él habéis andado en la guerra de España contra Saboya, que me ha mandado que os tenga prevenida la posada, y así, os suplico que sea la mía, para serviros. Puesto que el Conde merezca esa merced, no es razón que vos permitáis su ausencia, que, aunque es pobre aquesta casa, es suya, y ya vive en ella, ni es bien que vuestro favor a mí me desfavorezca. Si ha sido descortesía, perdonad, que si supiera que ya estaba en ese estado lo que tanto amor concierta, no le ofreciera mi casa; mas no sirviéndose de ella, algo tengo de hacer yo que al Conde obligarle pueda, y que, volviendo a Milán, el marqués me lo agradezca. Girón gallardo , por quien el turco de Italia tiembla, y dos canales de Europa de Filipe las banderas; como honrar a sus vasallos fue siempre condición vuestra a mí por la misma causa, que no porque lo merezca; Celia y yo reconocemos esta merced, que con ella dará blasón a sus armas la antigüedad que profesa. Por lo menos, yo he de ser padrino, y es bien que sepa cuándo será el desposorio. Esta noche. i Tan apriesa? Esta noche, no, señor, hasta que mi ropa venga y las joyas que he traído. Galas y joyas no sean estorbo; yo tengo joyas. ¡Qué bravamente le aprieta! ¿Qué es esto? ¿Mujer aquí? ¡Hola! ¿Qué mujer es ésta? De aquella cuadra salió. Agora creo que es cierta la boda, que hay rebozadas. ¡Qué locura! Voy tras ella. (Levántese.) Y yo, señores, me voy, suplicando o s se me advierta la noche que esto ha de ser. Dios guarde a vuestra excelencia. ¡No sé por dónde comience, Otavio, tan justa queja! ¿Vos mujeres en mi casa? Quien viene a casarse en ella, ¿de tal calidad las trae que con tanta desvergüenza salen delante del Duque, solo por hacerme afrenta? Sosegad, señora, el pecho, que ésta es una amiga vuestra; mejor dijera enemiga, pues infamaros desea. Entrose aquí libremente, sin que le diesen licencia, porque avisarme quería de algunas cosas secretas; como llamastes, no quise que os diese el hallarla pena, y escondiéndola Tomé, fue tan libre y tan resuelta. que salió como la vistes. Pues ¿qué os dijo que pudiera ser en mi ofensa? No importa. Decidlo, si es en mi ofensa. ¡Qué diré, que estoy sin alma! No lo calléis. ¡Bien quisiera! Díjome que era galán vuestro el Duque, y si suspensa tuve la imaginación de esta su visita incierta, fue por haber confirmado lo que me dijo con ella. ¿Hay tal maldad? ¿Tú conoces aquesta mujer, Lisena? Una doña Angela suele verte en misa algunas fiestas y murmurar de tus galas. Y ten por cierto que es ella, que yo la he visto envidiosa burlar de que vas compuesta, con otras amigas suyas. Otavio, si por la puerta de mi casa entró el Virrey, ¡fuego del cielo me encienda! ¿Hay tal traición, por quitarme, de envidia y de celos muerta, que no me case? Pues no, no ha de ser de esa manera. Pluma y papel, Flora, ¡presto! Yo la diré en pocas letras quién es ella y quién soy yo. No es razón; escucha. ¡Suelta! No hay cosa que no alcance con la industria remedio; pero aunque, estando en medio de tan perdido lance, salga Celia sin celos, si pierdo a Fénis, ¿qué me importa?, ¡ay cielos! El Virrey, que en su vida vio a Celia, ha remediado, con haberle culpado, que Fénis atrevida resolución tomase: que delante de todos me dejase. ¿De qué mujer se cuenta mayor atrevimiento? Tratar mi casamiento causa le dio violenta: causa le dio violenta: creyó que me casaba y que a peligro de su honor quedaba; porque, si no se fuera cuando yo no podía resistirla, temía que después no pudiera, j Ay, Fénis, cómo has hecho de nieve el nido en mi abrasado pecho! ¿Adónde vas? No creas que con Celia me case, por más que me obligase; que quiero yo que veas, aunque era amor de un día, que fue verdad del alma, Fénis mía. ¿Con ese descuido estás? ¿Descuido te ha parecido estar muerto, estar perdido, y estar ausente, que es más? ¡Cuéntame, Tomé, sin vida! ¿Por dónde Fénis se fue? Yo la seguí y la rogué, señor, que fuese servida de oír la satisfación de la boda que ha creído, y a todo me ha respondido que palabras de hombres son, y que haber salido ansí fue temor que no pudiera después. Si ella a mí me oyera, como te escuchaba a ti, yo la volviera, Tomé. Pues no va lejos de aquí. Pues ¿puedo alcanzarla? Sí; pero volverla no sé, aunque a forzarla te atrevas. Cierra, y donde fue me guía. Ven por aquí. ¡Fénis mía, mira que el alma me llevas! Ya no tiene mi fortuna más desdichas que me dar, ni más tormentos el mar, que levantaron los vientos de mis locos pensamientos cuando mi casa dejé, y tan necia me olvidé de tantas obligaciones, por escuchar las razones de un hombre que me ha burlado; pero quédese casado, y no en peligro mi honor; principios tuve de amor, amor que yo no sabía: tanta novedad me hacía el verme rendir a un hombre que apenas supe su nombre; mas mudó mi pensamiento su talle, su entendimiento, pero no para aguardar, Fénis, a verle casar, y que el Virrey le apadrine; que no hay amor que me incline para que pierda mi honor. Deteniéndome va Amor, ¡qué pasos tan perezosos! pero hay hombres cautelosos, aunque si el Conde lo fuera la puerta anoche rompiera, o por lo menos llamara. ¡Ay, Dios, quién imaginara la desdicha en que me veo! Irme y volverme deseo. Pero un hombre viene aquí; Leonardo es éste, ¡ay de mí! ¡Que me ha conocido creo No hay sacarlos a los dos, Julio, de que a Fénis tengo. De hablar con Fabricio vengo, y está quejoso de vos; creo que quiere quejarse al Virrey. ¿Por qué razón, donde sola mi afición puede, Julio, averiguarse? Fénis no me quiso a mí. siempre de mí se burló; pues; cómo la tengo yo? Ellos lo dicen ansí. ¡Qué buen talle de mujer! A lo español va tapada. El aire español me agrada. Dama.; no podremos ver el cielo donde esa estrella tuvo dichoso lugar, que me holgaré de embarcar mis pensamientos con ella? ¿No habláis, no me respondéis? ¡Qué aspereza, qué rigor! Matarle será mejor, si esa sospecha tenéis. Verme y burlarse de mí es señal que a Fénis tiene. ¿Qué? César viene. ; No es éste Leonardo? Si. ¡Vive Dios, que esa mujer es Fénis! ¡Dichoso has sido en hallarla! El ha querido, como debe de saber que al Virrey se han de quejar, ponerla en parte segura: pues en vano lo procura, que hoy se la pienso quitar. i Ah. caballero!; Quién es? César soy. que cobrar quiere esa dama que traéis, antes que el Virrey lo intente; que en los pleitos del honor, las armas son los jueces. Yo no conozco esta dama; si ella descubrirse quiere, os podrá satisfacer de lo que a Fénis parece; tapada la hallé, y sin darme lugar a que la requiebre, porque no he visto en mi vida por señas tantos desdenes. Esto no es satisfación. que en lo demás, cuando fuere necesario, estoy aquí. Como la dama que viene con vos se descubra el rostro, yo me iré, no siendo Fénis. Eso es dar satisfación. porque yo sé claramente que no es Fénis, y no quiero, cuando esta dama quisiese, que porque vos lo queréis se descubra, que no puede ser con mi honor descubrirse. Aquélla es Fénis. ¡Detente I César y Leonardo son los que en su poder la tienen. Espera, que dos a dos parece que reñir quieren. Para mí fuera bastante que un hombre noble dijese que no es Fénis, si lo es; pero mi amor no consiente que deje en dudas los ojos, que desengañarse pueden. Ya he dicho que es honra mía, que nadie por fuerza piense que le doy satisfación. Estos riñen, no te alteres; estate escondido aquí. Pues, cuando a mí se me diese satisfación, ¿no soy hombre, Leonardo, que la merece? De mí no. que soy mejor que vos. Quien lo dice. ¡miente! Con la espada no hay agravio; decid que los dos nos dejen. Llega, que es buena ocasión. El Amor me favorece. ¡Fénis mía! ¡Traidor Conde! Oye, escucha. ¿Qué me quieres? Que vuelvas a darme vida, que si conmigo no vuelves serás de mi muerte causa; mira que si aquestos vienen te has de ver en más peligro, pues ¡primero que te lleven me han de quitar dos mil vidas! Pues cuando volver pudiese acabar con mi afición tan loca y tan neciamente, ¿para qué quieres que vea tus bodas, y tan alegres que hay novios enamorados y que hay padrinos virreyes? Yo fuera por convidada, a ser hábito decente el que me dan mis desdichas. ¡Si Celia mi mujer fuere, que Dios me quite la vida! Pues, ya ¿qué has de hacer? Quererte. Fénis, el Conde te adora; advierte que si no vuelves, le han de hacer aquí pedazos, y que ya se junta gente. Fénis, vuelve al camarín a ser cristal transparente. a ser búcaro dorado, a ser de barro celeste; mira que todos los vidrios, de llorar por verte ausente, Fénis, están llenos de agua. ¿Qué hará el Conde, si te No seas mujer ingrata, pierde? tu buena dicha agradece, pues casarás con un hombre a quien visitan virreyes, a quien adora su patria por el hijo más valiente que ha honrado a Italia en mil siglos, aunque los Césares entren. ¡Ea!, Fénis celestial, Fénis de coral y nieve. Fénis linda, Fénis joya, y si diamante no siempre, mira un pobre caballero que tu rigor enmudece, y como cielo nublado, está entre llueve y no llueve. ¿Qué, en fin, he de ser tan necia? No hay cosa, Tomé, más débil que, rogada, la mujer. Antes no hay cosa más fuerte como una vez diga nones. Ven conmigo, hermosa Fénis. que tú serás mi mujer, y yo tuyo eternamente.

JORNADA TERCERA

ACTO TERCERO Dichas de las armas son. Por imposible he tenido no salir ninguno herido entre tanta confusión. Mas no saldremos de presos. Todo fue desdicha mía. En las cuestiones de día son menores los sucesos. Volví neciamente a ver la dama. ¿En aquel lugar os había de esperar? Amor no sabe tener la rienda a ningún deseo, porque la imaginación es la misma ejecución. En vos el ejemplo veo. Del bien que espera y no alcanza, por engañar al temor, va siempre siguiendo Amor los pasos de la esperanza. Loco estoy. Yo pienso, Albano, que me ha de acabar la vida Fénis, si bien ofendida tanto, de su ingrata mano ¡con qué crueldad escribió, cuando la escritura hacía Fénis, que me aborrecía cuando la adoraba yo! No corre cometa ardiente como la mano cruel discurrió por el papel atrevida y diligente. No sé qué rigor tan ciego a tanta furia la mueve, que de una mano de nieve saliesen letras de fuego. Vuestra locura mayor es pensar que una mujer que a vos no os supo querer que a Leonardo tenga amor. Cuanto a mí, sé claramente que algún deudo la escondió. Otavio nos engañó atrevido e imprudente. Pero ¿quién se ha entrado aquí? Yo soy, no os alborotéis, puesto que causa tenéis para que lo estéis de mí. Este papel os ha escrito mostrad. Tomad, que por antigua amistad, César, su honor solicito. Vos hacéis lo que decís. ¿Papel a mí? ¿Qué será? Desafío. Claro está. ¿Ya os olvidáis del mentís? "Porque la gente no impida mi satisfación, os aguardo en la playa, donde está una barca, en que los dos pasaremos a Pausilipo, y con Antes de Fénis, tachado que me. espada y daga, solos, acabaremos en el campo lo que se comenzó en la calle.-Leonardo." Notable satisfación de sí mismo. Dame pena pensar que aqueste os ordena, César, alguna traición. No hará, que es buen caballero; pero aunque serlo promete, tengo a prueba de mosquete un peto fuerte de acero; el pecho me ha de guardar, que el pecho basta cubrir, porque quien no piensa huir no ha menester espaldar. En mi recámara entremos. ¿Iré con vos a la mar? No me habéis de acompañar; mirad que ocasión daremos a que se pierda el honor. Yo os dejaré. ¡Fénis mía, ¿si ha de llegar algún día en que agradezcas mi amor? Los cofres llegaron ya. Ya lo vi todo, Tomé, y aun más de lo que pensé. No te entiendo. Claro está. Declárate más conmigo. No me puedo declarar. Pero di, ¿qué me has de dar? Seré liberal contigo. No te daré yo diamantes, pero algunas niñerías de vidro, al fin, como mías, pero son muy semejantes. ¿No has visto retrato? Sí. ¿No tienen estimación, aunque los vivos no son?, pues los vidros son ansí, porque, en la luz semejantes, ya que no en naturaleza, imitando su belleza son retratos de diamantes. ¿Pero cómo estoy contigo? Si cosas falsas me das, ¿qué puedes esperar más de lo que has hecho conmigo? Y vosotras, ¿qué nos dais que no sea falso también? Si nos enseñáis, ¿de quién bárbaramente os quejáis? Falsedad es vuestro nombre. Voyme, que tengo que hacer. No hay cosa mala en mujer que no la aprenda del hombre. Dame siquiera una mano; Mas dirás, Flora gentil: no doy por vidro marfil. ¿Lisonjas conmigo, hermano? ¡Qué cansado que has estado! Fénis, ya puedes salir. No sé si ha sido el venir, Conde, a esta casa acertado. Tomé, ¿vióme alguno? ¿Quién? Todo estuvo prevenido. Fénis, mi ropa ha venido. Pon esas manos, mi bien, en las joyas que traía para Celia, que han de ser para quien es mi mujer, que eres tú sola, luz mía, y créeme que quisiera que cuanto el Sol celestial cría en la India Oriental en esos cofres viniera. Pobreza fue para ti, Pero, Fénis, tu belleza no ha menester más riqueza que el alma que tiene en sí. Estoy, Conde, divertida de verte tan empeñado en la palabra que has dado. No la cumpliré en mi vida Pues ¿cómo piensas vencer este imposible? Al amor no hay dificultad mayor que llegarla a proponer. Y aunque de Celia es verdad que las quejas considero, al Conde, tu padre, quiero pedirte con libertad. Toma esas joyas en fe, señora, de que eres mia, que mañana será el día que desengañada esté. Verelas por ser tu gusto. Parte a dárselas, Tomé. Un aparador seré, y vendrame el nombre al justo. Una cintura verás de sirenas, que recelo que el más alto paralelo del Sol no relumbra más. Vienen cinco apretadores con esmaltes carmesíes, de diamantes, de rubíes, en clavellinas y flores. Viene también un collar tan brillante, rico y bello, que solo en tu hermoso cuello o en el del Sol puede estar. Vienen también arracadas de tanta varia invención, que exceden la estimación, siendo en gran precio estimadas, y tienen tanta eminencia, que pueden estar seguras que no hay orejas tan duras que no les diesen audiencia. Otras joyas y cadenas, con bandas y con sortijas, para que a tu gusto elijas, todas de diamantes llenas. Pensarás que son enredos y encarecimientos vanos: harán dos Indias tus manos y rayos del Sol tus dedos; pues, rosetas, con que des lazadas a los zapatos, aunque a diez puntos ingratos, competirán con los pies. ¿Estás loco? Ven conmigo. Tomé, sin codicia voy de las rosetas. Estoy tal, que no sé lo que digo. Perdona, pues vas segura, que en llegando a hablar en pies, me enloquezco, y pienso que es la cifra de la hermosura. Quien dice que al amor engendra el trato, débale al trato lo que amor no debe, que la hermosura que no mata en breve, sin alma y luz parecerá retrato. En la imaginación siglos dilato pocas horas de amor, que el cielo mueve; que quien veneno tan hermoso bebe, en no morir correspondiera ingrato. El alma la belleza ilustra y dora; que. aquesta el cielo, aquélla el Sol, retrata, y si a matar se juntan, basta un hora; que es hermosura la que luego mata, y costumbre de ver la que enamora con largo tiempo a quien después la trata. Perdonad haberme entrado en vuestro aposento ansi. Pues; estaba abierto? Sí. Para vos siempre lo ha estado. ¿Qué suceso causa os dio? Pienso que a César he muerto, y a estar Otavio, encubierto, vuestra amistad me obligó. Bien hicistes en fiar vida y libertad de mí. ¿Cómo ha sido? Pasa ansí. ¿Hay quien me pueda escuchar? Ninguno, porque Tomé, en mis cofres ocupado, tendrá diverso cuidado. Pues escuchadme. Sí haré. Generoso Conde Otavio, de quien tan altas hazañas las plumas de las historias trasladarán de la Fama, ya sabéis mi calidad, y juntamente la causa de la enemistad de César, por que mejor me llamaran Pompeyo, que no Leonardo, pues, como en la edad pasada por Roma, Pompeyo y César, y hoy César por una dama. Pienso que sabéis que es Fénis hija de Fabricio y Laura, nobles condes de Armelina, villa no lejos de Mantua. De que la hubiérades visto notablemente me holgara. así porque su belleza disculpara mi desgracia, como porque no confío de mi ignorancia alabarla. Hizo la Naturaleza el cuerpo, como si hallara con quien competir, o el arte tuviera tanta arrogancia. El alma, el cielo; mas tiene sola una potencia el alma, que es un grande entendimiento; que las otras dos le faltan. Yo no sé que haya tenido voluntad que acompañara memoria, pues no se acuerda, y a quien la quiere desama. Finalmente, la servimos César y yo en hora infausta, pues no ha estimado a ninguno, si no es para ser ingrata. Ya sabéis cómo y por qué dejó su padre y su casa. y cómo tan neciamente que la tengo me levantan; si la he visto, plega al cielo que no tenga dicha en nada, y que César goce a Fénis, maldición, Conde, que basta, porque con ésta ninguna de cuantas lo son iguala, que españoles, silla y turcos han sido invenciones falsas. El acuchillarme César por una mujer tapada Antes de me, tachado llama. fue sospecha de sus celos: Fénis son cuantas se tapan. Una palabra me dijo que me ha obligado a vengarla, que si el alma puede herirse, es con hierro de palabras; verdades queno lo son si está desnuda la espada, que solo afrenta la lengua adonde la espada calla. Con esto, y no mucho seso, a César esta mañana escribí , con un amigo que le aguardaba en la playa. Vino César luego al punto, que quien en salir se tarda, parece que reconoce en su contrario ventaja. Guiele al mar, cuya orilla tenía una barca atada por mi orden, y en su borde, desde la tierra, una plancha. Entramos dentro los dos, guie yo propio la barca adonde suelen ir muchas a gustos, que no a desgracias; desembarcamos, y luego que pisamos la campaña, detrás de una güerta, a quien jazmines y yedra enlazan, le dije : "Aquí estamos solos, donde quiero ver si hablan las manos como las lenguas". El, la color demudada, sacó la espada, diciendo: "La razón a nadie agravia. Yo soy César". Respondí: "Hoy seréis César y nada". Animoso y diestro César, me daba el pecho, y guardaba la cabeza, que venía con menos cuidado y armas. Viendo yo que era imposible herirle, y que el pecho estaba defendido como el mío, que nunca se deja en casa la defensa el que es discreto, por no guardar mi venganza para mejor ocasión, como cobardes la guardan, saqué de la faltriquera una pistola cargada, que hizo el mejor ingenio de los que tiene Alemania; toqué la llave, dio fuego, que, para mal, nunca falta, y de aquel infierno breve el alma de plomo exhala. "Traidor", dijo, y respondí: "No se fíe quien agravia, que no hay traición si hay agravio, que entonces todo es venganza". Déjele mirando el pecho, y, arrojándome en la barca, pasé la mar, y en la orilla puse la turbada planta, y acordándome de vos, y que nadie en esta casa tendrá sospecha que estoy, mientras que mis padres tratan cómo a Flandes pueda irme o, por más seguro, a España, a ponerme en vuestro amparo vine, que en aquestas cuadras podré estar con más secreto para saber lo que pasa; que de tales caballeros, amparar en las desgracias a quien les pide favor es el blasón de sus armas. Pésame, señor Leonardo, por vos, por César, por mí, y de que hayáis muerto ansí caballero tan gallardo. Ya es hecho, debo ofreceros cuanto soy, pues es razón cumplir con la obligación, y morir por defenderos. Tomé Señor. ¿Has oído algo de lo que ha pasado? Todo, señor, lo he escuchado, aunque estaba divertido. Aquí habernos de esconder a Leonardo. ¿Estás en ti? ¿No hay allí una cuadra? Sí. Pues ¿por qué no puede ser? Entrad, Leonardo, que adonde os pondrá Tomé, yo sé que nadie disgusto os dé. Dadme vuestras manos, Conde. Dejad agradecimientos. Tomé esta noche será vuestro güesped. ¿Quién dará alcance a tus pensamientos? Irme quisiera entre moros. A Celia me voy a ver. Siempre tengo yo de ser el que ha de encerrar los toros. En eso. Conde, está la diferencia de los mayores a los verdes años. Mal informado está vuestra excelencia, que no soy yo la causa de estos daños. Diréis que en Fénis fue desobediencia, y aquí se ven más claros los engaños; que no era bien casalla a su disgusto. ¿Y cuándo aciertan por su propio gusto? Pues muerto agora César,; no os parece que dividirse en bandos es forzoso todo este reino? Si morir merece la causa, haced castigo riguroso. Bástame a mí lo que mi honor padece. ¡Por Dios, que ha sido César venturoso! ¿Qué es eso. Capitán? Que César vive. Pues ¿quién tan falsa información escribe? Yo fui con los soldados que mandaste, y saliendo del mar, le hallé en la orilla. ¿Y a quién, o dónde, Arnaldo, le dejaste? que tu poco valor me maravilla; ¿cómo no le prendiste y le llevaste a Castilnovo? Apenas la barquilla en que salió del mar, César dejaba, cuando sin armas y en prisión estaba. Y le traigo, señor, a tu presencia. En paz. Arnaldo, esta ciudad has puesto. Los pies, señor, me dé vuestra excelencia. César, a vos os dan la culpa de esto. En fin, en poca edad, poca experiencia. Fuera más justo, con partido honesto, tratar la paz, que no con locos bríos pasar el mar a injustos desafíos. Pues ¡por vida del rey!, que quien tratare de alborotar el reino... Esteme atento vuestra excelencia, y mi justicia ampare, pues sabe el Conde que la paz intento, y cuando airado en que salí repare, mire su generoso nacimiento y que un hombre, su igual, le desafía, y entonces culpe la disculpa mía. Danme un papel, ¿qué excusa hallar pudiera que fuera con mi honor? Al mar camino, y a Leonardo, que estaba en la ribera, el ánimo y el paso a un tiempo inclino; en una barca, aunque la mar se altera, entramos juntos, y volando el pino del edificio breve, el rejón muerde la blanca orilla de la tierra verde. Con la espada y la daga me provoca; la mía entonces con la suya iguala diestro valor, pero en distancia poca, Leonardo entre los céspedes resbala; de la lealtad el término revoca, y al fácil plomo de una ardiente bala remite la sentencia de mi muerte, resistida mejor de un peto fuerte. Yo, con la turbación, "traidor" diciendo, quedé a mirar el golpe, que, dudoso. el corazón se estaba estremeciendo al eco del sonido riguroso, y Leonardo, la playa discurriendo, vengado mal, aunque le fue forzoso, salió con vida y sin honor, de suerte que pudo publicar mi incierta muerte. Pues ¿es justo, señor, que a Fénis tenga, y a un hombre como el Conde el honor quite, y que alterar a Nápoles prevenga cuando toda la culpa me remite? Si tan injusto agravio no se venga, y tanto atrevimiento se permite, que se ha de alborotar el reino crea vuestra excelencia, si la paz desea. César Gonzaga, y vos. Conde Fabricio, no replicando a lo que yo intentare, que de Dios y del rey será servicio, haréis que este alboroto se repare. Si de que tiene a Fénis hay indicio, Leonardo, dondequiera que se hallare, la infamia pagará con la cabeza de atreverse a ofender vuestra nobleza. Pero, si no, las paces son forzosas, sin replicar a la razón razones. Mi honor pongo en tus manos generosas, ¡oh, gloria de los ínclitos Girones! ¡Ay, Fénis, entre todas estas cosas tú sola en tanto mal mi vida pones. Si tú sabes de ti, yo te la ofrezco. Si Leonardo lo sabe, te aborrezco. Esto le vengo a decir. Pienso que ha salido fuera. ¿Quién pensara que mintiera? Los hombres saben mentir. Siempre la culpa nos dan de lo que la tienen ellos. Quererlos y no creerlos. No ha parecido galán, sino marido en mentir. ¿Doña Angela, qué responde? Responde que miente el Conde, y que se lo ha de decir; que no le ha visto en su vida, ni en su casa entró jamás, y, arrogante, añade más, de mis palabras corrida: que ella tiene talle y años para no ser envidiosa, sino envidiada. No hay cosa más necia que desengaños. Angela dirá verdad, el Conde es un gran traidor, que ni agradece mi amor ni me tiene voluntad. ¡Mal al Conde parecí. Si ha traído esa mujer, ¿cómo le has de parecer lo que él te parece a ti? Hasta agora, por no darte pesadumbre, no quería decirte lo que sabía de este nuestro Durandarte; pero ya será forzoso, porque fuera deslealtad encubrirte la verdad. ¡Qué casamiento dichoso! Yo he visto entrar la mujer con estos ojos. ¿Tú? Yo. ¿Cuándo? No ha un hora que entró. Sin esto, llegando a hacer la cama, hallé la mitad. ¿Y la otra mitad? Sería para esta señora mía. Partirla no es voluntad. ¿No Yes que es a lo señor, que siempre están divididos? Son enfermos los maridos de esto que llaman amor. Llama a Otavio. El viene aquí. En este jardín estaba. ¿Ya cuando la noche viene aguas y flores agradan? Hállanse los pensamientos mejor entre flores y aguas. No serán los de Milán, pues allá no dejáis dama, que de mí segura estoy. Vuestros, que vos sois la causa; que no hay sin vos pensamientos. Cierto que estoy obligada a ser siempre esclava vuestra. Reina mía, que no esclava. ¿Quereisme mucho? Esa duda, señora, fuera excusada; no hay amor que iguale al mío. Dulces deseos me abrasan de verme en la posesión de tan ricas esperanzas. Bien hacéis, alzad la voz para que os oiga la dama que tenéis, como hombre noble, dentro de mi propia casa. ¡Ah, traidor! j Quedo, señora! ¡Y el Tomé, diciendo gracias, siendo tan grande alcagüete! Agora entró mi semana, ¡vive Dios que no hay respuesta, cogido nos ha la trampa! Por cierto que vuestro enojo, hermosa Celia, excusara quien vio entrar a quien decís; yo perdono su ignorancia. Si supiera lo que ha sido ... ¿Hay otra invención armada? ¿Otra doña Angela fea envidiosa de mis galas? ¿Hay otra vecina de estas que, acechando por ventanas, más en la de sus vecinos viven que en sus propias casas? Señora, pues no se excusa hacer de vos confianza y deciros la verdad ... Jesús, todo se declara. Sabed que Leonardo ha muerto a César, y en una carta me escribió todo el suceso, y me pidió vuestra casa; hasta la puerta llegó en una silla. ¡Qué extraña mentira! Un manto traía por encubrirse a la guarda del Duque, que anda a buscarle, y ésta habrá sido la causa de engañarse quien le vio, que así los ojos se engañan. Vos debéis de pensar, Conde, será mi ignorancia tanta que con haberos oído está la fiesta acabada. Si no ven mis propios ojos a Leonardo y él me habla, y cuenta como es verdad que mató a César Gonzaga no he de quedar satisfecha. Pues abre. Tomé, esa cuadra. Señor Leonardo, salid. No os espantéis que me valga del valor del señor Conde y el favor de vuestra casa en una ocasión tan grave. Si no es figura encantada, éste es Leonardo, señora. Que el Conde, mi señor, haga su obligación es muy justo. Entraos, que la gente pasa de casa, y no es bien que os vea. Flora, traigan luego cama. Bésoos mil veces los pies. Perdonad , Conde, que estaba enojada con razón. Dadme licencia que vaya a vuestro cuarto con vos. No tanta desconfianza que os obligue a cumplimientos. Valiome, Tomé, la traza. Demonio debes de ser. ¿Qué hay Flora? íQué quiere? Aguarda. ¿Más que me quieres reñir? Tu culpa pienso que habla. ¿Qué querías? ¿Que yo fuera, Tomé, traidora a mi ama? No; mas no ser habladora pero esto os viene de casta. Vosotros sois el silencio. En fin, como hombre se llama, y como mujer la lengua. ¡Qué discreta semejanza! También es mujer la honra. y el agravio es hombre. Basta, yo me rindo a tu elocuencia; mas. ¡por Dios que es cosa extraña ver de qué suerte, en dos días de amor, Celia al Conde trata! ¡Qué de enojos y temores! Toda es celos esta casa. ¿Este es cuarto, o calabozo? Que 'a solamente falta que nos venga a visitar a media noche tu ama, o que diga que los vidros, búcaros, fuentes y tazas, con otras cosas curiosas de este camarín, son damas. No serán buenos casados, si la vista no me engaña. ¿Qué querías? ¿Que sufriese que entrasen aquí sus daifas? i Tomé, Tomé!, la mujer que ve su marido, y calla, andar con otras, o tiene algo que él calle, o es santa. ¡Brava fortuna nos corre, comenzando en mar bonanza! Ya me pesa de haber sido de esta tormenta la causa. ¡Notable ingenio el de Otavio!: no se levanta borrasca que no se aparezca luego, como San Telmo en la gavia. Quiero ver lo que hace Fénis. Vidro hermoso, porcelana de la China o azafate de Portugal, de oro y nácar, bandeja de seda y perlas, caja de pastillas de ámbar, escritorio de carey con molduras de oro y plata, ¿qué haces entre esos vidros? Tomé, divertida estaba. ¿Mirabas las jovas? Sí; y son tan ricas y hermosas, tan de buen gusto y lustrosas, que a su dueño en ellas vi. Pero; ves resplandecer tantos diamantes en ellas, que, brillando como estrellas cuando quiere anochecer. ponen codicia a los ojos del más honesto recato, y cuando fueran retrato del Sol y sus rayos rojos? Pues no hay joya para mí como el Conde, mi señor. Bien puede ser que el amor haga ese milagro en ti; mas, para mí, de este efeto fueron causa los diamantes; porque nunca, ¡oh Fénis!, antes te pareció tan discreto. tan lindo ni tan galán. ¡Necio!, no me había dado la palabra que ha jurado; que entonces los hombres dan la mayor joya en valor, que es el alma y voluntad. Ruido siento. Esperad, que yo os haré abrir, señor. ¡El Conde es éste, y gran gente! Aguarda, y luego abrirás. i Abre, Tomé!; Dónde estás? Señor... ¡Abre, impertinente! Tráesme tan desvelado, que en una silla dormía. Con mi ropa ha sido el día, como ocupado, cansado. Conde, no ha sido mi intento inquietar vuestra posada, que para ser respetada dio Celia merecimiento, cuando no fuera por vos. ¿Con guarda aquí su excelencia? La guarda es vuestra licencia. Mil años os guarde Dios. Dos caballeros han sido los que me han dado ocasión con cierta honrada quistión. a cuya paz he venido; que como justicia aquí no viniera, ni otro efeto me trujera. Ese respeto por mis padres merecí, cuyas puertas adornaron los militares blasones que muestran. Esas razones y otras muchas me obligaron, de lo que vos merecéis; pero a mí se me han de dar las llaves para buscar un hombre que aquí tenéis. por atajar la inquietud de este reino. Yo, señor, deseo, por vuestro honor, su paz, aumento y quietud; mirad si queréis mirar primero arriba. Aquí creo que está lo que hallar deseo. ¿A Fénis viene a buscar? No viene sino a Leonardo. No te faltarán enojos, que ha puesto el Duque los ojos en el camarín.; Qué aguardo? ¡Perdidos somos, Tomé! Entrad y mirad ahí. Una mujer está aquí. ¿Cómo es posible que esté? Salid, que el Virrey os llama. ¿Otra vez tapada?;Ah, Conde! Es Conde, que las esconde. Descubríos y hablad, dama. Óigame vuestra excelencia primero aparte. Decid. Que soy Fénis advertid. ¿Fénis? A vuestra prudencia pido piedad y remedio; no me descubráis os pido. No haré, que a vuestro marido, porque hay tanta gente en medio, os daré, y con él iréis donde después lo sabrán. Llama a César, Capitán. ¡César! Aquí le tenéis, que no quiero replicaros en hacer esta amistad. Otra quiero hacer. Llegad, llegad, que quiero casaros. ¿Cómo, señor? Aquí está Si aquí la tenía Leonardo, no será mía, si fue de Leonardo ya. ¿Dónde está Leonardo? Aquí. Señor, la muerte confieso, puesto que os parezca exceso hablar en público ansí; que quise vengar mi honor de un caballero agraviado: si fue pensamiento honrado remito a vuestro valor. Fieme de quien pensé que secreto me tuviera, y, si es quien es, no pudiera no ser lo que siempre fue. Quedo, Leonardo, que estáis en todo engañado; oíd: César vive, y advertid cómo en su presencia habláis, que lo traigo yo conmigo. ¿Que no es muerto César? No; y advertid que quiero yo, Leonardo, haceros su amigo; que vos estáis satisfecho, como caballero honrado; mas, ya que el cielo ha guardado, como vuestro honor, su pecho, decidme, ¿por qué negáis que a Fénis habéis tenido, si estando vos escondido está donde vos estáis? ¿Yo a Fénis? ¡Si de ella sé, me quite el cielo la vida! ¿Cómo no, pues escondida donde vos estáis la hallé? Descubríos, porque diga Celia cómo estaba aquí. Yo, señor, jamás la vi, ni fue ni será mi amiga, pues en mi afrenta y agravio la tiene escondida el Conde. ¿Por qué Otavio no responde? Porque está sin culpa Otavio, que se entró, Fabricio, aquí Fénis huyendo de vos. Disculpa tienen los dos. La que puede haber en mí es haber honestamente mirado para mujer a Fénis. No puede ser, que está su esposo presente: César es ya su marido, y de Celia lo será el Conde. Obligado está a cumplir lo prometido. Celia, ¿Quereisme escuchar aquí aparte dos palabras? ¿ vos, César, para qué, adonde todos me agravian? Hablemos aquí los dos. Decid. Celia, aquí nos casan a vos y a mí : a mí con Fénis, que tengo en medio del alma, y a vos con el conde Otavio, cuya pasión se declara en lo que habéis hecho y dicho; hoy nuestras dos esperanzas llegan a ser posesión, hoy nuestras penas se acaban. Pregunto: ¿por qué le pintan ciego al Amor? Cosa es clara que porque hace el mismo efeto. Luego está ciego quien ama. Ciego está, como los dos. Pues ¿queréis, Celia, que haya agora un amor con vista? Será novedad extraña. ¿Cómo? Quitando la venda con que los ojos le tapan, a los nuestros, para ver de Otavio y Fénis las faltas. Ya me he quitado la mía. ¿Qué veis? Al Conde en raí casa, diciéndome mil requiebros con alma fingida y falsa que fue un hombre que en un hora hizo tan grande mudanza que puso el amor en Fénis y que le dio la palabra de ser suyo, y la escondió donde yo misma la hallaba, y él, como yo estaba ciega desde los ojos al alma, me hacía con invenciones entender que me engañaba; y veo que quien agora hace cosas tan extrañas, las hará después conmigo más traidoras, si se casa. ¿Eso veis? Y aun otras cosas, César, que el respeto calla. Pues oídme a mí, que ya tengo la venda quitada. ¿Qué veis? Veo una mujer que, cuando juntos estaban sus parientes y los míos, a tanto amor siempre ingrata, tomó, desdeñosa y libre, la pluma, escribiendo airada, en mi afrenta, sus desdenes, y con atrevidas plantas huyó de mí, de su padre, de su honor y de su casa; veo una mujer por quien me dio en el pecho una bala, que de milagro estoy vivo; y aunque su belleza es tanta que con una mano sola todos mis cuidados paga, considerome casado, y que aquel deseo pasa de su rigor en las bodas, y que estoy por la mañana pensando que estuvo Fénis en esta o aquella cuadra toda una noche y dos días, y que un hombre que la amaba... Pero quédese esto aquí, que en materia de honra y fama, para no vivir con gusto, imaginaciones bastan. ¿Tanto mira amor con vista? Mucho más cuando se acaba. ¿Qué haremos? Haz lo que yo. Celia, pues partes tan altas te darán mejor marido y vivirás descansada. Duque generoso, escucha. La consulta ha sido larga; veamos qué sale de ella. Fénis estuvo guardada del Conde, del Conde sea; mi amor con vista se halla. y se la da libremente. Yo también, desengañada, le doy a Fénis al Conde, y porque César me agrada, mi mano y mi hacienda es suya. A Lisena, vuestra hermana, dad a Leonardo, con quien queda la paz confirmada. Flora, ¿tienes vista? No. Pues Amor con vista acaba, si el senado que las mira suple a nuestro amor las faltas.