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Texto digital de Los yerros por amor

Metadatos de la obra

Atribución tradicional
Lope de Vega Carpio
Atribución estilometría
Lope de Vega Carpio Segura
Género
Comedia
Procedencia
El texto procede de la edición de Obras de Lope de Vega. RAE. Nueva edición.

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Cita sugerida

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Los yerros por amor. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/yerros-por-amor-los.

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LOS YERROS POR AMOR

El verdadero amor no mira en puntos. Anoche, Capitán, llegamos juntos de Sevilla a Madrid, y hoy prevenida tenéis, y por la posta, la partida: no debe de agradaros la posada. La posada, don Lope, es tan honrada como casa que es vuestra, y yo he tenido a gran ventura haberos conocido. Quien no para en Madrid ni aun una hora, ni la corte, ni hacerme cortesía le pueden obligar, bien claro muestra que es la ocasión amor. La amistad vuestra a deciros la causa me obligara, si amor de alguna prenda me llevara. Poned cojín y maleta, que ya salgo. ¿Qué hay, Monzón? Que ha llegado un postillón, con su azote y su corneta, que puede ser estafeta del infierno, si de allá hay correspondencia acá, que si habrá de amor y celos. Por no sufrir sus desvelos, Otavio a Malta se va. No será por no agradarle Madrid, si anoche llegó. A don Lope he dicho yo lo que me obliga a dejarle: una moza de buen talle, no menos que hermana mía, me obliga a descortesía, si lo es en tanta amistad. ¿Moza y sola? Caminad, y no os detengáis un día. No paréis hasta llegar. Que aquí estéis me maravillo, que muralla con portillo es fácil de derribar. ¿Habemos de caminar? Adiós, don Lope, que es tarde. Mil años el cielo os guarde. Con Malta yo no os convido, ni aun es bien que en tanto olvido vuestras memorias aguarde. No dejaré de escribir, mientras vos me respondáis. Adiós. ¡De espacio estáis! ¿Aún no se ha de despedir? Quiéroos. Capitán, servir con una famosa espada. Baja, Monzón, la dorada. Por prenda vuestra la aceto. Que me enternezco os prometo. Y o llevo el alma turbada. Ahora, mi pensamiento, que estamos solos. es bien entrar en cuenta también con vos y con mi tormento ; justísimo sentimiento de negarme un padre airado la causa de mi cuidado me sacó de este lugar; ausente pensé olvidar, y vuelvo a verme olvidado. Como virtud y nobleza no tienen estimación. y una avarienta ambición sólo aspira a más riqueza, fue la mi honesta pobreza veneno para el oído ; yo, desechado y corrido, puse en manos del ausencia mi remedio, que en presencia mal se solicita olvido; mas, no pudiendo vivir sin ver, Angela divina, tus ojos, donde me inclina su llama, vuelvo a morir; que si tengo de sufrir tantas penas sin mirarlos, aunque no pueda gozarlos, pues es forzoso perderme. más quiero morir y verme que vivir y desearlos. ¡Buenas nuevas! ¿Cómo ansí? ¿No hay albricias? ¿Para qué? ¿Quieres que pena te dé, si no hay otra cosa en mí? En partiendo el Capitán, cayó la bendita Inés en nuestra casa de pies. ¿Esos cuidados le dan? ¡Qué propia desconfianza de Amor! No es lo que solía, porque un desengaño enfría la más ardiente esperanza. ¿Podré entrar? Mala señal entrar pidiendo licencia. ¿No quieres que un mes de ausencia me obligue a temor igual? Quien después, Inés, de un mes un ausente recibió sin brazos, presumo yo que en años convierte el mes. No ha sido falta de amor, sino venir temerosa de una desdicha forzosa. No se engaña mi señor, que siempre la voluntad del dueño, alegre o airado, se ve escrita en el criado. Y o confieso que es verdad; pero también puede ser que nuevas que suelen dar traigan escrito el pesar en el papel del placer. Este doña Angela envía, y como presumo yo que no es de gusto, me dio pena. entre tanta alegría; que no era justo abrazaros para daros un papel, si vienen penas en él. ¡Qué desengaños tan claros! ¡Muestra! Estad cierto de mí que, más que letras, costó lágrimas. No quiero yo más desengaño que a ti. "Después que de aquí te fuiste, mis desdichas han llegado a que mi padre ha tratado casarme..." ¡Ah, qué bien dijiste! Quien estas nuevas traía , para matarme después, gran traición hiciera, Inés, si me mostrara alegría. "... Un andaluz caballero vino a vistas y me vio, de suerte que pienso yo que entendió lo que te quiero; hicieron las escrituras..." No leo más, por no aguardar a vengarme con rasgar tal copia de desventuras. ¡Oh, cómo fue mocedad venir a Madrid! ¿Qué has hecho? Rompo un papel que mi pecho rompió con tanta crueldad. Mal has hecho, que venía al fin alguna esperanza. En tanta desconfianza será esperanza muy fría. A lo que ves le remito la respuesta: sólo, Inés, ésta quiero que le des. ¿No respondes por escrito? Pues ¿no te digo que es ésta? Piénsalo bien, que es cruel. Rasgar, Inés, un papel es la más breve respuesta. Dile que, si ella se casa, que yo no me vengaré en casarme, porque sé lo que quien se venga pasa; poco seso le gobierna si quien, el amor pasado, se halla vengado y casado con una mujer eterna. Yo, para confirmación desta verdad, determino irme a Malta. ¡Desatino! Así tendremos, Monzón, los dos diferente cruz: yo tendré la de san Juan, y ella, la de aquel galán y caballero andaluz; y dile que es necedad el remedio que procura, porque quien firma escritura ya rindió la voluntad. ¡Brava determinación! ¿Qué ha de hacer en tal mudanza? i Quieres que tenga esperanza y el otro la posesión? Fuera en Angela mal trato hacer al otro escritura y en la sucesión futura cometer estelionato. Pero ¿tú tienes también causa que me la haya dado de ir a Malta? Su criado dice que me quiere bien; es bravo de Andalucía y destos de presunción de treta de conclusión; mas no gasto valentía, que quiero más tu donaire y el ceño con que te enojas que cuantas desnudas hojas dan círculos por el aire. Cuando no más, voy a Malta por una cruz. No las dan a tales hombres. Sí harán, cuando una pierna les falta. Sí, pero darate enojo el traerla con tres pies. Traerela con treta, Inés, tapándola medio ojo. No habréis oído jamás pensamiento como el mío. Si nace de amor, yo os fío que es lo que la inquieta más. Tiene Amor muchas maneras de inquietar honras y vidas. Tiene las glorias fingidas y las penas verdaderas. Como os he visto servir a Leonor, de Angela hermana. con amistad limpia y llana; sin engañar, sin fingir, quise tenerla con vos, y, aunque poco os he tratado, estoy de vos confiado. Podéis estarlo, ¡por Dios!, si sabéis, don Juan, quien soy. Tengo mil satisfacciones. Oíd. en breves razones, la confusión en que estoy: Don Fernando, tan noble caballero como sabéis, se precia de pariente de mi tío, don Juan Portocarrero: yo, que con mayorazgo suficiente a no envidiar los títulos de España, vivía en mi lugar seguramente. tenía el no casarme por hazaña, cuando, de tantos deudos persuadido. oigo esta vez en mi memoria extraña. En fin, del casamiento doy oído, y escriben a la corte a don Fernando, caballero tan rico y bien nacido, el cual, mi hacienda y sangre consultando, como a la sangre se añadió la hacienda, por ventura, lo menos estimando, a doña Angela, en fin, su mayor prenda, me prometió, con prendas tan seguras, que el venir por la posta me encomienda; con esto. yo. por no casarme a escuras, alegre parto a verla, cuidadoso, sin vistas, de no hacer las escrituras; llego a Madrid galán, rico y airoso, visítola turbado, y, en fin, veo buen talle, cuerdo ingenio, rostro hermoso: dieron los ojos crédito al deseo; enamorado, los conciertos firmo, y en esperanza breve el bien poseo; pero, entre tanto, en presumir me afirmo mirándome doña Angela a disgusto, cuyo desdén con el hablar confirmo. Pareciome temer, como era justo. alguna novedad en mi suceso, pues no era honestidad hablar sin gusto; mi amor crecía con notable exceso, al paso del desdén que me mostraba; celos temí, la necedad confieso; mas, cuando en esta confusión estaba, de mi posada una mujer me advierte que esta señora un caballero amaba, en cuyo amor, por dicha, se divierte, sabiendo que su padre no quería que se casasen de ninguna suerte; que éste su casamiento pretendía, y con ser caballero tan notorio como es la luz en la mitad del día, trocó en desprecio el justo desposorio, tan noble como pobre; y aun me acuerdo que le llamó al galán don Lope Osorio. Con estos celos, el sentido pierdo; confuso y triste, dos peligros miro, loco en la pena, en el silencio cuerdo. ¿Deshonro esta mujer, si me retiro? Pues casarme celoso no es cordura; temo nota en mi honor, de amor suspiro; dadme remedio a tanta desventura. Conozco la confusión, don Juan, en que Amor os tiene, y que a vuestro honor conviene debida satisfacción. Todo lo que os han contado es verdad ; pero no hubiera quien se casara, si fuera agravio un amor honrado; si don Lope la pidió a su padre, claro está que satisfacción os da que honestamente la amó; pero, de consejo mío, sabed primero mejor si está libre vuestro honor de algún loco desvarío a que Amor suele obligar. ¿Cómo lo puedo saber? Hoy me han contado que ayer llegó don Lope al lugar, y que mañana se parte a Malta, por el desprecio de su padre. Él fue muy necio. La industria, don Juan, y el arte remedia grandes sucesos: buscadle, y decid que vos vais a Malta. ¡Bien, por Dios! Celos son de Amor excesos; algo habéis de aventurar; de aquí a Zaragoza iréis con él. donde del sabréis, don Juan, si os podéis casar, y os lo dirá en el camino. ¿Y en llegando...? Fingiréis algún mal con que os quedéis, y si hubiere desatino de amor que toque al honor, no os casaréis, y si fuere casto amor y no excediere de lo que es honesto amor. os podréis casar, con ver que lo sabéis de su boca, pues a vuestro honor le toca juzgar lo que habéis de hacer. Quedaréis, si os asegura, desengañado y casado, o libre y enamorado, que con el tiempo se cura. ¡Brava industria! Mas, ¡ay, cielos!... ¿Qué teméis? Saber mi mal, porque es cosa natural a quien averigua celos. A mi determinación corresponden los sucesos. ¡Este ha sido peregrino! Muestra la cadena. Creo que debe de ser retrato. Al limpiar el aposento donde el Capitán durmió, entró Julia, y previniendo quitar la ropa a la cama, halló esta cadena. Pienso que cuanto cuidado fue haberla de noche puesto debajo de la almohada para guardarla durmiendo, tanto en haberla dejado fue el descuido. Irá tan lejos, que no ha querido volver, habiéndola echado menos. ¡Bien te pagó la posada! Antes no, pues que tan presto estaré con él en Malta... ¡Bella mujer! ¡En extremo! No es su dama. ¿Cómo? Dice en estas letras del cerco: "Violante". Pues es su hermana, que así la llamó, me acuerdo. ¡Con razón celoso estaba! ¡Grande hermosura! Sospecho que la sirves desde aquí. Sí, pues desde aquí la quiero. Gente siento. Tres tapadas. ¿No llamas, di? No, que tengo paciencia para esperar, cuando lo que busco veo.; Usase en la corte entrar hasta el último aposento de una casa sin licencia del dueño?; Quién es el dueño? Don Lope Osorio, el galán. ¿Sois vos quien le sirve? Y puedo servir a vuesa merced, si gusta. Tengo cochero. Paso a la segunda parte: reina, mucho atrevimiento fue entrarse con sobrevaina donde estamos descubiertos. ¿Búscame a mí? ¿Para qué, si hay, de donde ahora vengo, mozos de silla y caballos? ¿Desprecios? ¡Bravo elemento! Paso a la tercera parte, y aun lo parece : aquí llego, para deshacer agravio, a ver si es cara o si es gesto. ¡Esto soy! ¡Ay! ¿Bofetada a un hombre de mi despejo? ¿Quién le mete en descubrir lo que yo traigo en secreto? No, por lo menos, la mano. Señoras damas, yo entiendo que han errado, por las señas, la casa, o el pensamiento. Si algún forastero buscan, ayer vine yo, y me vuelvo; forastero soy del alma. Digan lo que quieren presto, que muchas leguas de aquí me espera el hermoso dueño de este retrato que adoro: cielo el ángel y oro el templo. No dirán que las engaño, pues todo mi sentimiento he dicho en cuatro razones. ¿Y está esa dama muy lejos? Está en Malta, adonde voy. Vos sois el hombre primero que fue por mujer a Malta. porque es isla, o monasterio de frailes, que no se casan. Entre un desdén y un deseo. Voy a olvidar un agravio y a buscar un pensamiento. Dejadme ver el retrato. Perdonad, porque no quiero fiarle a quien no conozco. Bien decís. Pues vais huyendo de una mujer que os adora. ¡Ángela hermosa: ¿qué es esto? Saber que os vais. y querer, en esta desdicha, veros. de que estoy arrepentida. pues que- con tanto desprecio vais a ver a quien decís que de ese retrato es dueño. Ángela, con la fineza de vuestra venida tengo Bastante satisfacción, mas no bastante remedio ; yo no he de quedar aquí a ver vuestro casamiento. y aunque importa a nuestro honor. porque es el Vulgo muy necio. ya sabéis que os he querido con amor limpio y honesto: mis papeles, mis palabras aún no han llegado a requiebros. No voy a Malta por ver de aqueste retrato el dueño. que era muy largo el viaje para tan corto deseo : aquí durmió un Capitán. con quien vine. y a quien pienso volverle, que por descuido me le ha dejado, partiendo. con esto no puedo dar, Ángela, lo que es ajeno; Casaos, pues por mi desdicha, siendo quien sois, no os merezco: que no diré yo lo mismo, pues que la cruz que pretendo será para no casarme, y será para mi entierro. A tal determinación no tengo qué responderos. Hablá a mi hermana. ¡Ay, Leonor, qué venganza dan tus celos! ¿Qué venganza puede ser la que me das. si te pierdo? Verte. aunque fuera casado, tuviera a piedad del cielo. Nuestro padre, como sabes, vive en Madrid pretendiendo un cargo para Sicilia. Si le tuviere, te ruego que, pues tan cerca has de estar. vengas a verme, que es cierto llevarme mi padre a mí : pues. con este casamiento. en España ha de dejar. con su marido y sus deudos, a doña Angela, mi hermana. Ir a Sicilia prometo luego que me den la cruz. Pues con ella no te quiero. Ya, don Lope, que te vas. sólo una cosa te ruego, que merezco en cortesía. Tú sabes mis pensamientos. Como quedarme no sea ... De eso te aseguro el miedo, que tampoco quiero yo tenerle de mis deseos ; que aquesta noche me hables ciadas las diez. no es exceso. Yo lo haré, si es gusto tuyo. Aliviaré mi tormento con despedirme de ti. Advierte que un forastero está a la puerta llamando. y debe de ser, sospecho, recado del Capitán. adiós. Yo prometo verte esta noche. Al salir tapaos bien. Guárdete el cielo. ¿Es aquel caballero? El mismo. Llego. Bien parece, señor, que esto es partirse; pues vienen tiernamente a despedirse tantas damas de vos. Son deudas mías; si no es que amor llamáis las cortesías. Muchas deudas tenéis. Todas las pago, con irme, en que les doy cartas de pago. Ahora veo, aunque era tan notorio, que érades el galán don Lope Osorio, de la casa de Astorga, conocida en cuanto el Sol da luz. Por vuestra vida que dejemos de hablar en cumplimientos, tan cansados donde hay entendimientos; que vuestra gala es tal que, en competencia, aun me obligara a hacer la misma ausencia. Pienso que el Capitán Otavio ha sido por quien a visitarme habéis venido. ¿Venís de Barcelona? No conozco al Capitán: por otro me tuvistes. Yo me engañé. Decidme, ¿a qué venistes? Yo soy un caballero de Granada. Supe que vais a Malta en mi posada, y, por llevar tan buena compañía, a suplicaros que llevéis la mía vengo, con gran deseo de serviros; que voy a Malta yo. Puedo deciros que sucederme cosa no pudiera que para mí de tanto gusto fuera. Que llevo soledad de un bien perdido, y en vos, si no me engaño, he conocido que llevo mi consuelo. Dios os guarde. ¿Y cuándo partiremos? Esta tarde me fuera, a no haber dado la palabra de hablar aquesta noche cierta dama de quien siento en el alma despedirme; mas soy de suerte en mis palabras firme, que la debo guardar. Si ella merece, por fe de amor, correspondencia justa, no verla en la partida es cosa injusta, ni dejarla esperar desesperada. La bella aurora cándida y dorada, propicia a los principios del camino, nos le dará. Mejor irá que vino; mi buena suerte mereció, don Lope, que en tal viaje tal amigo tope. Yo os quiero acompañar, que aun ser podía importaros allí mi compañía, que no perderá honor esa señora si a Madrid llego de Granada ahora; ni sé calles ni casas, ni aunque fuera natural de Madrid la conociera, por serlo en mí el silencio y el recato. No me quiero mostrar con vos ingrato; amor os he cobrado y, en efeto, es bueno para amigo el que es discreto. Partiremos en viendo en nieve y grana bañarse el resplandor de la mañana: y si queréis venir a acompañarme, aquí podéis hasta las once hallarme. Y no me pesa de llevar conmigo adonde os dije tan seguro amigo, que hay cierto novio mozo y de buen talle que podría también rondar la calle. y aunque Monzón se precia de la hoja y la ejecuta bien cuando se enoja, suélele divertir una criada. Pues yo podré sostituir su espada, aunque tenga valor tan diferente. Quien sirve con lealtad, ése es valiente; y nunca yo me vi tan divertido que un Roldan a tu lado no haya sido, ni has menester, si yo contigo salgo, más hombre, ¡vive Dios! Señor hidalgo, así lo creo yo. Monzón, Me maravillo que tema mi señor novio o novillo, y más cuando nos vamos. Mal comienzo. Ya de mi pensamiento me avergüenzo. ¿Vuestro nombre? Ricardo. Pues, Ricardo, hasta las once, como digo, aguardo. Juan, Múdeme el nombre, y ojalá iludiera mudar el alma. Vuesasté perdone. Antes yo gusto que el valor se abone. Seamos muy amigos. Hoja y mano están a su servicio. ¡Amor tirano, ya comienzan los celos sus efetos: morir muy necios y nacer discretos! Si alguna cosa, Leonor, puede en el mundo imitar las inconstancias del mar, es la condición de amor. Con qué notable rigor viste a don Lope tratarme, con qué violencia dejarme, con qué libertad perderme, con qué celos ofenderme y con qué crueldad matarme. Esto dicen que es querer, y lo que quiere olvidar, que quien lo puede dejar cerca está de aborrecer. No sé qué tengo de hacer, a mi disgusto casada. El casarte enamorada no estorba el querer después, cuando la persona es digna de ser estimada. Mil veces ha sucedido, y así, olvidando se van los requiebros del galán en los brazos del marido. ¡Ay, Dios, qué costoso olvido, aguardar, Leonor, al trato! Pues no se da más barato. No sé si más pena siento del rigor del casamiento, o ver a don Lope ingrato. Cuando la suerte cruel corre con fortuna igual, más se ha de temer que el mal a los que vienen con él. ¿Pues puede haberle mayor en tanta desdicha mía? El cargo que pretendía don Fernando, mi señor, para Sicilia, ha salido, y le dan el parabién. Y a doña Angela también, pues queda con su marido; que yo habré de ser, Inés, la que le he de acompañar. ¿Qué buena suerte es quedar, si con mi disgusto es? ¡Pluguiera a Dios que yo fuera con mi padre, y tú quedaras con don Juan! ¿En qué reparas? En que, por dicha, pudiera, pues en Italia ha de estar don Lope, verle algún día. Yo, a lo menos, no os daría parabién de mi pesar. Sí daréis, que es vuestro aumento este cargo que me han dado. Vos habéis el cargo honrado con vuestro merecimiento. En mi mocedad, don Juan, me dieron tales gobiernos las galeras de Sicilia, que honré mi espada con ellos. El marqués de Santa Cruz ha informado de mis hechos de suerte que me ha premiado con este cargo el Consejo. A Sicilia voy, en fin, consolado de que os dejo con doña Angela casado, guarda, esposo, padre y dueño. A Córdoba llevaréis, don Juan, vuestra esposa, luego que me parta a Barcelona con Leonor, que a Leonor llevo para templar el dolor que de vuestra ausencia siento. Aquí están, don Juan, mis hijas; hablad, que yo estoy tan tierno por Angela y tan cobarde, que las espaldas le vuelvo. Con temor de que se aumente la pena que ya tendréis, os ruego que me acetéis en lugar de un padre ausente. Grande amor jamás consiente que, libre, el entendimiento diga bien su sentimiento. Vuestros ojos me han turbado; tanta confusión me ha dado pensar en mi pensamiento. Con esto podréis estar satisfecha que os adoro. y que por vuestro decoro apenas acierto a hablar. Busco mi propio pesar, mi buena o mi mala suerte, quiero que acierte y no acierte la sospecha que recibo, y en estas enigmas vivo entre la vida y la muerte. ¿Qué quiso en tal confusión decir este hombre? No sé. ¿Cosa que advertido esté de mi amor, o su afición! No te dio poca ocasión de sospechar advertido. que alguna causa ha tenido. ¡Discreto debe de ser, si antes de ser su mujer presume de ser marido! Parece que tarde es ya. Como esperas, te parece tarde. ¿Luego no amanece? ¿Cómo si al principio está la noche? ¡Ay, Dios! i Si vendrá don Lope? ¡A esperarle voy! Alegre de ver estoy que doña Angela se case. Por más desdichas que pase, tuya he sido y tuya soy. Conozco vuestra amistad, Ricardo, en acompañarme donde puede haber peligro. Ninguno será tan grande que no le venza mi amor. Esta, Ricardo, es la calle. En esta esquina os poned. Si son verdad los refranes, "ni casa en esquina" dice el castellano lenguaje... Peligrosas son, ¡por Dios! “Ni moza marina", añade: mas eso a mí me parece que fue por el consonante. El discurso que decís muestra en razones iguales que algún trascantón os dieron. Pero hablad, y no os aguarden, que yo guardaré esa esquina porque no os ofenda nadie. Advertid. Ricardo, bien que no ha de pasar la calle este don Juan novio en jerga. si más escopetas trae que se forjan en Milán. Hablad, don Lope, y dejadme, que no es tan loco ese novio que a estas horas se levante. Como yo vengo, vendrá. Los novios no son galanes ¡Ah, de arriba! Hicieron señas. i Qué damas tan puntuales! ¿Es don Lope? El mismo soy. ¿Hay alguien que os acompañe? Monzón viene aquí, señora. Aquí está Inés. No me trates de ausencia, que ya me muero. Si tú de amor, yo de hambre. ¿Tienes algo que me dar? ¡Qué lindas quejas de amante! No he cenado, por andar buscando matalotaje. ¿No ha quedado alguna cosa? Los señores, ya tú sabes que apenas dejan los huesos la noche que cenan aves. Lo que hubo para nosotros fue muy líquido.; Cenastes guisados? Sí, por tus ojos. Antes fue por tu gaznate. En fin, cruel, ¿que no quieres detenerte? Persuades un mármol. Es imposible esperar a que te cases. i Quién oyera lo que dicen! ¡Cielos, apenas el aire trae de la voz el eco, y no me atrevo a acercarme! ¡Ah, qué bien me hiciste, esquina! Al principio se hace fácil cualquiera cosa al amor, y cuando llega un amante a disculpar un agravio, o está loco, o es infame. Con estas bodas, no pienso que saldrá Leonor a hablarme. Todos andan de alboroto. Aquí hay un hombre. No pase la calle vuesa merced. ¡Cielos, que yo mismo guarde las espaldas a mi agravio! Ese no es cortés lenguaje para un hombre como yo, porque no será bastante él ni el mundo a detenerme. Antes que la espada saque. me escuche. ¿Qué es lo que quiere? Demos la vuelta a la calle. por honra de ciertas damas. Camine. Vaya delante. ¡Qué poco pueden con vos lágrimas! Que no se cansen vuestros ojos les suplico, porque de tales diamantes no es digno el suelo, que en oro del Sol pueden engastarse. En vuestro pecho quisiera; mas no es posible que engaste unos diamantes en otros ni la porfía ni el arte. ¡Vos oiréis decir de mí! ¡Va mi fortuna inconstante se ha declarado conmigo! ¿Qué haré? Va es fuerza llamarle. ¡Ce, ce: Un amigo me llama. Entraos, Angela, que es tarde, que mañana yo os veré. ¡Adiós, Inés! No me hables. que me desmayo de oírte. ¡Adiós, don Lope! ¡Adiós, ángel! ¿Qué es esto, Ricardo amigo? Que nos vamos de la calle, que he muerto un hombre por vos. ¡Oh, qué desdicha! ¡Notable! ¡Mayor fue, que era mi amigo, y me conoció! Dejadle. pues que nos vamos. ¡Ya es fuerza. y será fuerza ausentarme, que, intentándolo de burlas. a ser de veras me sale! Una novela de amor parece lo que ha pasado. Mar y tierra se han juntado. Ricardo, a hacernos favor. La mar, de tormentas llena, tan pacífica ha dormido, que parece que has venido en carros sobre su arena. Y ahora no entiendo mal. viendo sus olas quietas. lo que dicen los poetas : que son sus aguas cristal. ¡Qué bien nos ha recebido el gran Maestre de Malta! Ya lo blanco sólo os falta. Ni la quiero ni la pido. después, Ricardo, que vi su hermana del Capitán. por quien licencia me dan las memorias que perdí. No creo yo que ese agravio pueda caber en tu pecho. Estos milagros ha hecho Violante, hermana de Otavio. Por grande que el amor sea, Ricardo, si es sólo amor donde es el mayor favor que ella mira y él pasea. con mirar a otra mujer se olvida; que no hay memoria donde fue breve la gloria y limitado el placer. Si éste fuera amor dé brazos. años pasaran. por Dios, primero que de los dos se deshicieran los lazos. ¿Que con tanta honestidad sirvió don Lope esa dama? ¿Dijo otra cosa la fama que una limpia voluntad? Yo no sé. La inclinación y mala naturaleza de gente cuya cabeza esté la imaginación de su misma liviandad, trasladan los testimonios, que temblarán los demonios; de hablar con tal libertad. Como yo le acompañé, Monzón, cuando se partió, más imaginaba yo de lo que dices que fue. Pues no fue nada. ¡por Dios! Limpiamente la serví. A su padre la pedí por voluntad de los dos; es rico y soy pobre ... Basta, que a mí no hay por qué me dar satisfacción. Por honrar una mujer noble y casta. Y a sólo a Violante quiero, gallarda, hermosa, discreta. Oye, Monzón. ¿Qué te aprieta este amigo majadero? Que por los varios caminos de la tierra y de la mar todo ha sido preguntar amores y desatinos : si suspirabas de amor, si a doña Angela querías. queriendo con mil porfías averiguar su favor. Hay hombres. Monzón. ansí; son tiernos de condición. Ya sabes la obligación, mató aquel hombre por mí. Y admírame que dé en necio viéndole preguntador. Ya parece, amigo honor. que tenéis el justo precio. Y a basta la información ; poca fue la voluntad, pues con tanta brevedad se mudó la inclinación. Hoy me partiré, dejando mi pensamiento celoso. A Sicilia era forzoso que se fuese don Fernando sus hijas ha de llevar, pues que ninguna casó; allí le hallaré o, si no. allí le pienso esperar. No más don Lope. Los cielos quieren que de Angela sea. Ya no hay sospecha que crea; bastan dos meses de celos. ¿Fuese Ricardo? Advirtió que me hablabas en secreto; fuese, que ningún discreto miró, estorbó ni escuchó. Hay hombres que están mirando lo que el otro está leyendo, y otros que, papeles viendo de aquel que están visitando, luego los van a tomar y se los quieren leer, y lo que el otro esconder quieren ellos publicar. Este no lo hizo ansí: viéndonos hablar, se fue. En fin, al Maestre hablé; vio las cartas que le di del marqués de Astorga, el de Alba, su suegro, ahora virrey de Nápoles, y del rey de España, a quien hizo salva con un notable ademán, y entendiendo mi nobleza, hiciera toda una pieza de Holanda cruz de San Juan. Esta no pienso tomar hasta ver si va adelante la voluntad de Violante, Monzón, a quien has de hablar por el orden que te he dado. De tu amor me maravillo; que ya del blanco martillo pensé que volviera honrado. Vete, que ya sale aquí, antes que vuelva su hermano. Mi remedio está en tu mano, quise, olvidé, llegué y vi; quiero, deseo, vengué mi agravio, i Viva Violante! No hay amor, firme diamante, que a tus rigores lo esté. Notable mudanza has hecho en mi esquiva condición. ¿Podrá reclinar Monzón en tu chapín boca y pecho? ¿Podrá imprimir la roseta de tu zapato en los labios? Tanta humildad son agravios de mi amor. No eres discreta. Después que estamos aquí, a don Lope has abrasado, y del fuego que le has dado resultan rayos en mí. Sólo diferencio de él en este amoroso empleo, que él te quiere con deseo, y yo te quiero sin él. Lo que es la cruz, ya voló al desierto de San Juan; que ya por su cruz le dan los ojos con que te vio. La cadena que tu hermano dejó en Madrid, fue cadena para su primera pena, pero no olvidada en vano. De imagen para la mar tu retrato le ha servido. Desde España te ha querido. Sólo de oírla nombrar me alegra el alma. Monzón, i Ay Dios, quién se viera en ella! ¿Cómo puede para verla haber mejor ocasión? ¿Quien vino a Malta, no vino a casarse? Bien se infiere, pues el hábito no quiere, que el casamiento previno. Tu retrato fue ocasión. y el hábito la cubierta. Estoy de su amor incierta, y no me falta razón, que alguna noche escuché que Ricardo preguntaba si de Angela se acordaba. Yo te diré lo que fue. Es, bellísima Violante, Madrid, la corte de España, puerto en alto para un novio, de mucha dicha y poca agua; dicha digo, porque ha visto la más parte de sus damas bachiller entremetido entre la carne y la holanda; por la otra parte, en un llano, al salir del sol, descansa, fértil de viñas y huertas, rico de abundantes cazas, lugar que. como amanece en otras partes el alba y se ven aguas y flores, en él amanecen casas. Estas crecen ya de suerte que para edificios faltan los árboles a las sierras, las piedras a las montañas. En fin, de casas, y nuevas, hay la cosecha, que basta para entretener el mundo: tantos vienen, tantos hablan. En éste un alegre día que las fiestas celebraban al Santo de muchas cruces, entramos a ver la plaza en ocasión que Filipe Cuarto, a quien el Magno llaman, con la divina Isabel, a ver las fiestas entraba; llevándonos el deseo hasta el rigor de la guarda, vimos al cuarto planeta en un coche que envidiaba los que, conduciendo al Sol, pisan luz y aspiran ámbar: en una silla, a la Luna. planeta hermoso de Francia, presidiendo a la belleza, fénix de mejor Arabia; con ellos, tres serafines: Carlos, Fernando y la Infanta; sol de nieve en rayos de oro, rosa entre el cristal y nácar. íbamos a reparar en las bellísimas damas. cuando vemos en un coche. huyendo las alabardas, dos mujeres, que pudieran dejarlas y respetarlas; miró la mayor don Lope, que doña Angela se llama, V ella le miró también hasta salir de la plaza; vimos la casa, que fue la puerta de sus ventanas, y desde ellas a las nuestras le informaron dos criadas. Hijas son de un gran soldado que sirvió mozo en Italia al segundo y al tercero Filipo, reyes de España, y que con un cargo honroso vuelve a Sicilia, en que aguarda casarlas, si por ventura ya no las tiene casadas. Mucho te dijera aquí de los que honraron la plaza; mas como no los conoces, ya parece que te cansas. Dio fin la fiesta, y la noche se abrió de estrellas y hachas; que hasta las luces del cielo al sol del mundo acompañan. Seguimos los dos la nuestra, y desde saber su casa hasta pedirla a su padre corrimos fortunas varias. No quiso yerno tan noble; que debió de ser la causa tenerla ya prometida. Don Lope, con estas ansias, a tu retrato pidió favor caminando a Malta, más por verte que por honra, que la de Osorio le basta. Conozco tu discreción en que verdad me has tratado, porque, de haberme encañado, pudiera inferir traición. Antes que a don Lope viese, mi hermano me enamoró, porque nunca imaginó que conocerle pudiese. El camino de Sevilla hasta Madrid, me contaba (que yo, ignorante, escuchaba con aplauso y maravilla) cómo su casa le dio. y que la posada y cena le pagó con la cadena que al partir se le olvidó. Bien es verdad que decía que estaba bien empleada. En darle aquí su posada se ve que amor le tenía. Está tan agradecido, que su mujer has de ser. Provócasme a responder: pero ya te he respondido. ¿Qué es esto, Monzón? No sé. Espadas son ; ¡entra presto! ¡En qué confusión me han puesto! ¡Cosa que don Lope esté en aquella confusión! ¡Ténganse, digo! En agravio no pidáis respeto, Otavio. Señor, aquí está Monzón. Don Lope, entraos en ni i casa, que os han de matar aquí. ¿Tú no me retiras? Sí. Entra, y sabrás lo que pasa. ¿Qué le has hecho? Cierta afrenta, y aun agradezca que vive. i Vive Cristo, que derribe destos picaros cincuenta! i Que huya le dais lugar? Eso no se ha de decir. porque no es. Brisarte, huir un honrado retirar cuando la ventaja es tanta. ¿Y solo no basto yo? i Sal, español, o si no rompe, derriba, quebranta! ¡Quedo!, que mi casa es esta; señores tudescos, ¡quedo! Si no se esconde por miedo, como huyendo manifiesta, salga cuerpo a cuerpo aquí, que yo no me he de quedar con un mentís. Para honrar a quien vos tratáis ansí, en el campo os le pondré. si la palabra me dais de ir solo. Brisarte. ¿En eso dudáis? i Solo y sin espada iré! ¿No sabe la Religión, y sus galeras no saben que no hay otro hombre que ala ben, de cuantas naciones son? Entro por él. ¿A Brisarte, perro español? Sin que entréis, aquí a don Lope tenéis. Y a Monzón, segunda parte. Hacer de mi rey desprecio, Brisarte, os he desmentido. ¿No hay un tudesco traído para Monzón? ¡Calla, necio! Lo que he dicho de tu rey es que nunca fue soldado, que murió siempre ocupado en las cosas de su ley, y otras palabras ansí, cuando tú me desmentiste. ¿Tú sabes lo que dijiste cuando yo te desmentí? David fue un grande soldado, y su hijo Salomón pacífico, y no hay razón, ni de guerra, ni de Estado, para que un rey desampare su reino, cuando no tiene necesidad y conviene que la religión ampare. Dime dónde está un marqués Espínola, un don Gonzalo de Córdoba, que le igualo a su abuelo y a Cortés; un duque de Feria, y Alba, un marqués de Santa Cruz, que no hay Argel que a la luz de su farol no haga salva. ¿Qué necesidad tenía de vestir el fuerte acero el gran Felipe tercero, si con el suyo vencía? Ahora bien, vamos a ver quién puede más de los dos. Por mi rey, después de Dios, morir espero, o vencer. Brisarte. Obras abrevian razones. ¿No hay uno que yo destripe? ¡España, viva Felipe! ¡Hoy mato treinta finflones! Dejo el coche para ver si mis tristezas alegran las claras ondas del mar, y aumentan más mis tristezas. ¿Cómo no se muda Amor mudando cielos y tierra? ¿Cómo no quedan atrás, en el camino, las penas? Debe de ser que el Amor, como vive en las potencias, camina con quien camina, navega con quien navega. ¡Ay, mar de Italia, pues a Malta llegas, esmalta de mi llanto sus riberas! Dile a don Lope que estoy en Sicilia; si se acuerda de las palabras de España; lleva estas lágrimas tiernas. Dile que el esposo mío mató un hombre, porque sepa que fue con él y conmigo piadosa la muerte fiera. Cuando está don Lope Osorio adonde de España apenas se acuerda, por no acordarse de tus bodas y tus quejas, y con la cruz de San Juan, por dicha, en la mar soberbia con las galeras de Malta sigue el rayo de Bicerta, ¿por cosa tan imposible en Mesina te lamentas? A fe que sé yo un galán que no es de menores prendas, aunque perdone don Lope, si esto es hablar en ausencia, que pudiera... No prosigas, que venís las dos tan necias que. por no hablaros, hablaba con el mar. ¡Ay. Dios, qué cerca Aliene rompiendo sus ondas una famosa galera! Ramos y velas, Leonor, montes de sal atropellan los forzados con los remos, y los vientos con las velas. ¡Ay, Dios, que ya llega al puerto! No sin causa la deseas, porque las cruces de Malta sus flámulas atraviesan. Sí ¿pero ¿no es grande engaño presumir que viene en ella don Lope? Pudiera ser. si mi fortuna quisiera; pero para consolarme basta que me traiga nuevas. Lleguemos a las orillas. Detente, que ya se acerca; ya salta gente en la barca, ya viene la barca a tierra. Ya, señora, los esclavos sacan a la blanca arena los caballeros, en hombros. ¡Ay, Dios! ¡Si don Lope fuera el que viene hacia nosotras! Esta es Mesina la bella, cuyos edificios altos el mar con sus ondas besa. No se mira en él ciudad de su hermosura y grandeza, de cuantas baña en Europa Haz, Tello, que saquen fuera la ropa con esa chusma. Lleguemos a hablarle. Llega. ¡Ah, caballero!, escuchad por cortesía. ¿Qué es esto que ven mis ojos? ¡Qué presto quiere Amor que sea verdad su propia imaginación! ¡Ay, Leonor, este es don Juan! ¡Don Juan! Mirándome están. ¿Qué estoy dudando? Ellas son. ¡Ángela! ¿qué dicha mía, si no lo sois, me ha guiado donde el fin de mi cuidado en vuestros ojos tenía? Neciamente desconfía quien ama, pues llego a ver tanto bien, que viene a ser más que pude imaginar. Puede ser más mi pesar! Puede ser más mi placer! Seáis, señor, bien venido. ¡Señor don Juan! ¡Mi Leonor! ¿Y a Inés no le dais, señor, los brazos? Hubiera sido, Inés, descortés olvido. ¿Hay tal dicha, hay tanto bien? ¡Que mis desdichas estén ahora como en España! i Qué fortuna tan extraña! Angela, ¿tanto desdén? No es desdén ; la novedad me ha detenido, señor. Tomar el coche es mejor, y entraros en la ciudad. Aún no creo que es verdad la ventura que he tenido. Toda mi ventura ha sido. Ya sin esperanza quedo. Alégrate. ¿Cómo puedo, que voy perdiendo el sentido? No tuvo, de otra suerte, seguridad su vida. Su partida, Fabricio, fue mi muerte. ¿Tu muerte? Si don Lope fue mi vida y se partió de Malta, ¿cómo puede vivir a quien le falta? Del capitán Brisarte, muerto con tal valor en desafío, fuera en cualquiera parte de Europa, su venganza desvarío; pero en estas naciones no hay más razón que no escuchar razones. No sé si haber nacido en esta isla libre y belicosa, o amor tan merecido de prenda tan ilustre y generosa me infunde un alma osada, a perderme por él determinada. Vamos los dos, Fabricio, pues mi hermano salió con las galeras al bélico ejercicio con que corre las bárbaras riberas, a Sicilia entre tanto. ¿Qué dices? Que te duelas de mi llanto. No niegues, que no es justo, a mis obligaciones lo que debes. A un caso tan injusto, ¿contra el honor del Capitán te atreves? Nunca des a quien ama consejo. Es justo, si su honor infama. No haré, porque me ha dado la palabra don Lope, y es mi esposo. Tu hermano es gran soldado: si vuelve a Malta, ¿no ha de ser forzoso saber por dónde has ido? No lo será, mudando yo vestido. En Malta, como sabes, hay mil esclavas turcas, bien nacidas y de personas graves, que conforme a quien son andan vestidas cuando son de rescate, y no sirven en tanto que se trate. En turca disfrazada, con dos hierros fingidos, voy segura. Pues, ¿noble, has de ir herrada? ¿Tengo de hacer probanza por ventura? Mi honor, mi amor, mi vida, consisten en salir desconocida. Yo no quiero remedio; Fabricio, loca estoy; no ha de estorbarme tan poca mar en medio: ¡o ver mi bien, o tengo de matarme! ¡Suya soy de una suerte, en bien, en mal, en pena, en vida o muerte! A lo que el valor emprende, Fortuna ayuda también. Todo le sucede bien a quien la verdad defiende. Esta es la mejor ciudad desta isla. ¡Con razón la alaban! ¡Qué bellas son las calles! ¡Qué majestad! i Bravo palacio! i Extremado! Pero, para entre los dos, trocárale, ¡vive Dios!, por un álamo del Prado. Yo, por un rincón de Malta adonde el alma dejé. ¡Extraño suceso fue! ¡Todo en Violante me falta! ¿Tanto la quisiste? Que lo merece te juro. Aunque dejarla procuro, no puedo, que viene en mí. En fin, ¿Angela expiró? Apenas de ella me acuerdo. Fuiste, en olvidarla, cuerdo, que, en efeto, se casó. Pero, dime, ¿cómo, adonde se fue tu amigo Ricardo? Para verlo sólo aguardo que el mar de Malta le esconde; porque aquellos alemanes le debieron de matar por cosa tuya, y vengar su furia. ¡Qué capitanes! ¡Pobre Ricardo! Por mí pagó lo que no debía. ¡No sé cómo de aquel día con vida. Monzón, salí! ¡Qué bien sacaste la espada! ¡Qué linda cosa es saber lo que un hombre debe hacer en una ocasión honrada! Cuando vi que el tudescón cuchilladas te tiraba, dije: "¡De esta vez le clava cerrando de conclusión!" ¡Bien haya don Luis Pacheco! ¡Mal año, cómo te entraste! ¡Tan furioso te arrojaste, que sonó en España el eco! Pero alábame tú a mí, que también será razón. ¡Bravo anduviste, Monzón! ¡ ¡Bravas monzonadas di! Que, como se defendía el valor del rey de España, me pareció que en campaña, armado en blanco, venía; y aun dije, con un suspiro transformado en libertad: "¡Mire Vuestra Majestad las cuchilladas que tiro!" ¡Quedo! ¿Cómo? Viene aquí el príncipe Filiberto. Pues háblale, que estoy cierto del valor que vive en ti. ¿Partió el marqués de .Santa Cruz? Hoy parte. Su cuidado, valor y diligencia está esperando el mar, que en esta parte con tan justa razón siente su ausencia. Dad los ilustres pies, cristiano Marte, a un soldado español Vuestra presencia dice vuestro valor. Si alguno tengo, procede de la casa de quien vengo. Del gran Maestre en esta carta lea Vuestra Alteza la causa porque escribe. Basta que yo vuestra persona vea. ¡Con qué alegre semblante le recibe! ¡Qué bien la sangre de su abuelo emplea, qué bien la imagen de su madre vive en su modestia y ojos retratada! Lloró España su muerte acelerada. Por cierto con gran razón, el gran Maestre encarece quien poner reyes merece en tan justa obligación; no sólo a quien acompaña su sangre, que tanto estima, pero a toda España anima defensa de toda España. ¡Salir bien de esta ocasión fue valor, fue gentileza! Señor, ¿quiere Vuestra Alteza que se lo cuente Monzón? ¿Quién es Monzón? Un soldado que viene en mi compañía. ¡Buen nombre! No le podía tener más propio y honrado. ¡Notable debéis de ser! Es un honrado soldado. ¡Vive cribas, que a su lado el rey me pudiera ver! Y aun ahora estoy... Teneos. Premiar a don Lope es justo, y comienzo por mi gusto para mayores empleos: gentilhombre sois, desde hoy, de mi cámara. Esos pies me dad mil veces. No es la obligación en que estoy para esto sólo ; adelante conoceréis mi afición. ¿Y qué le dan a Monzón? ¿No hay algún cargo importante? Una ventaja : soldado de diez escudos. ¡Famosa! ¡Vivas más que una celosa, fea y necia, a un mal casado! Volvamos a la posada, así te guarden los cielos, que alborotas a Mesina con la cara y con los hierros. ¿Cómo he de saber, Fabricio, lo que amorosa pretendo, si me encierro en la posada? Confieso, Violante, el miedo, ¡que como yo sé quién eres, que todos lo saben pienso.! Pues advierte que es engaño y que es injusto recelo, que aunque reparan en mí, no entienden mi pensamiento; que me hierra Amor el rostro porque no acierten el pecho: así sabré de don Lope, y ellos no sabrán el dueño, ni habrá quien diga a mi hermano mi amoroso atrevimiento. ¡Qué bravas damas! ¡Notables! En el traje diferencio las de esta ciudad. Mi padre prosigue en el casamiento. Y tiene mucha razón, porque es don Juan de Toledo muy rico, noble y galán. Todo, Leonor, lo confieso, y que de cualquiera dama es digno tal caballero; pero yo no puedo más. Pues ya no podrá ser menos, si a su casa le ha traído a título de su yerno. ¡Ay, señora, qué esclavilla tan linda! ¡Malhaya el dueño que pudo manchar tal cara con dos lunares tan necios! Cierto que tienes razón. ¡Ah, hidalgo! ¿pónese en precio esta esclava? No, señora; hasta ahora no la vendo, porque es turca de rescate. Su nobleza escrita veo en su rostro. ¿De dónde es? De Constantinopla, creo, aunque la traigo de Malta. Parece que el mar y el cielo mis pensamientos ayudan: todo es Malta, cuanto encuentro. ¿Cómo es vuestro nombre, turca? Fátima, al servicio vuestro. ¿Estuvistes mucho en Malta? Año y medio. En año y medio muchos habréis conocido, con hábitos y sin ellos. Como vos sois española, de los españoles puedo deciros los más notables, si alguno os importa de ellos. Nombradme algunos. Don Juan Guerra de la Vega, Tello de Silva, don Luis de Aponte, don Sancho de Montenegro, con la Cruz Blanca, y sin ella don Lope Ossorio... Teneos, porque este don Lope Ossorio es el que me importa. Ay, cielos ¿Que a don Lope conocistes? Vile en casa de mi dueño acudir algunos días a conversación y juego. ¿Es vuestro hermano, por dicha? No, Fátima ; que, de serlo. tuviera menos cuidado. ¿Vuestro marido? En deseo; con él traté de casarme, no logré mi casamiento por cierto competidor. Que sois Angela sospecho. de quien me habló su criado, que andábamos de requiebro. La misma soy. ¡Ay de mí! ¿Cómo está mi ingrato dueño? No está en Malta. ¿Cómo no? Por un extraño suceso dicen que vino a Sicilia. ¿Aquí? No. Pues será cierto el haber pasado a España. ]Hoy las esperanzas pierdo. Aquí me puedes vender, Contenta os veo, señora, de aquesta esclava; estoy por ponerla en precio. Venid conmigo a mi casa. y un escritorio que tengo llenad de joyas y escudos, Con trecientos me contento. Pues, Fátima, ya eres mía. Por ser española quiero serviros, que esa nación fue causa de aquestos hierros. ¡Dicha notable has tenido! Con esta esclava consuelo las memorias de don Lope. Fátima, pues ya tenemos un dueño las dos, abraza a Inés. Ser tu amiga espero. ¿Qué has hecho, Violante? Calla, que desta manera puedo, o dar remedio a mi honor, o dar descanso a mis celos. Notable temeridad; pero ya el castigo tarda para tan grave maldad. ¿Así el decoro se guarda a la sagrada amistad? i Llevarme mi hermana ansí, en pago del alma y casa que a un huésped traidor le di! Fulgencio. Otavio, a Sicilia pasa, que en ella a don Lope vi; no me engañé, aquesto es cierto, y preguntando en el puerto de Mesina lo que hacía, me dijeron que servía al príncipe Filiberto; y aun, si no me informé mal, priva con él y le ha hecho capitán de la Real. Encubre, Fulgencio, el pecho aquel alma desleal. No se burlará contigo, que eres muy fuerte enemigo. ¡Que don Lope en la campaña defendiese un rey de España y deshonrase un amigo!... Vamos, que es justo que pida ventaja tan conocida, que yo le quiero volver la espalda ; pero ¡ha de ser cuando le quite la vida! Gusto, Fátima, de darte, por tu buen entendimiento, parte de mi pensamiento. No me alcanza poca parte. Aborrezco este don Juan con quien mi padre me casa. Amor, con ausencia pasa: este remedio le dan; y yo sé que se decía que vuestro don Lope amaba una Violante que estaba en la casa en que vivía, hermana de un Capitán. Todo a más amor me obliga. No sé remedio qué os diga, sino querer a don Juan. Dejad las vanas memorias de ese Ossorio, ya olvidado de vos, que un amor pasado yerra en revolver historias, que hizo sin dificultad lo que por fuerza ha de ser; porque querer es querer inclinar la voluntad. No puedo, por más que intento. Eso es tema, v no es amor. y admírame tal rigor con tan buen entendimiento. Anoche víspera fue de vuestro Baptista santo, y, con celebrarle tanto vuestro amor y vuestra fe, no quisistes ir al mar con don Juan. Por no le ver dejé, Fátima, perder lo que me pudo alegrar. Pero, ¡ay, Dios!, que viene aquí. Mostradle, señora, amor. En fin. Angela, ¿el rigor todo ha de ser contra mí? Pienso que fui la ocasión de no salir a gozar la mayor fiesta que el mar hizo al divino Patrón de la cruz de Filiberto. A Fátima le decía la causa. Y yo la sabía, y que vos no sois es cierto. Pues oíd en relación lo que no quisistes ver. que yo os quiero entretener. ¡Qué cansada discreción! ¿Por qué le tratas ansí, si has de ser suya? No sé. En la fiesta os hablaré, para no hablaros en mí: A las espaldas del Sol salió la noche enlutada, que por parecer mujer, le salió de las espaldas. La víspera de la Voz cuya cabeza cortada fue triunfo de la verdad, donde muchas veces falta, en el puerto de Mesina, a la real capitana, digna de su mismo nombre, de las galeras de España, acompañaban, señora, estas lucidas escuadras: las galeras de Sicilia, las de Florencia y de Malta, las de Nápoles famosas, las de Venecia y del Papa; una milla el mar adentro se previenen, coronadas como de estrellas la noche, de luminarias las jarcias; boga de espacio la chusma. y en música concertada parece el mar instrumento, teclas parecen las palas; las penas de las entenas, con ruedas de fuego enlazan: retrato del mundo, en quien una comienza, otra acaba en el espolón y popa, en garceses y arrumbadas, los relámpagos imitan, truenos y rayos disparan; la fuerte mosquetería y arcabucería entraba, como si esperara entonces pelear con otra armada; entre estas escaramuzas, la artillería jugaba sobre su palabra sola, que no eran tantos las balas. Así entraron en el puerto a la real capitana, llevando el cuerno derecho la bella escuadra de Malta, la de Sicilia el izquierdo; la de Nápoles llevaba a la de Malta el derecho, y Florencia, la vanguardia; al diestro lado, Venecia, y la patrona del Papa, venerada por su dueño, llevaba la retaguardia; la patrona real seguía, de Filiberto, a la escuadra, con tal música que al son iban danzando las aguas. La ciudad y la marina coronaban luminarias, que tiene el lienzo de enfrente más de cuatrocientas casas; a vista de mar se miran con tal igualdad labradas, que parecen todas una, desde la mar que las baña; entre balcones de piedra las hachas ardiendo, pasan la luz al agua, de suerte que en su cristal las retrata. Baluartes y castillos, con innumerable salva saludaron la Real, única fénix del agua; madrugó, por ver la fiesta. más que otros días el alba, que dándole priesa el sol anticipó la mañana. Aparecen las galeras en media luna formada de una selva que vestía seda de colores varias la Real con un tendal de brocado que enlazaban cordones de seda y oro, de las entenas colgadas flámulas y gallardetes que el manso viento encrespaba, por imitar a las ondas, que su amistad murmuraban; todos de damasco y oro, bordados escudos y armas del cuarto Felipo augusto y de las flores de Francia. Por todas las ballesteras banderas, que no dejaba mirar el viento en las ondas, codicioso de inquietarlas; de los forzados también rojo damasco adornaba bonetes y camisolas, camisa y calzón de Holanda. Era la tienda pajiza y en la arena de la playa, otra, en que un altar había, donde, con música extraña, se celebró el sacrificio de la nueva ley de Gracia; cuando el sacerdote, en fin, el Pan divino levanta, un escuadrón de mil hombres que junto a palacio estaba, galeras y artillería de la tierra y mar disparan; los corazones suspenden tanto, que en la Forma blanca con los ojos de la Fe parece que se miraba Dios en el último día que está juzgando las almas, Decidle que estimaré la merced que quiere hacerme. Tu padre viene. A perderme, Fátima. que ya lo sé. Dije al Príncipe que había a doña Angela casado, y tal placer ha mostrado, que me dicen que te envía el parabién. Está atenta a lo que has de responder. ¿Qué atención he de tener, si todo mi muerte intenta? ¡Que lejos debe de estar, Monzón, de que yo soy quien viene a dar el parabién! Pienso que te has de turbar. Cuando yo a Fernando vi, al salir de la Real, donde con descuido igual este verano asistí. apenas pude creer que aquí sus hijas tenía, aunque en ceniza tan fría no hay fuego que pueda arder; porque cuando me mandaba el Príncipe mi señor darla el parabién. Amor de su olvido se vengaba con ponerme la hermosura de mi Violante delante. ¿Tanto quieres a Violante? Así Dios me dé ventura, que me estoy muriendo ausente. No prosigas ; aquí están. Ya ha llegado el Capitán. ¡Hasta el novio está presente! ¿No es éste don Lope Ossorio? ¡Ay, Dios! ¿Don Lope no es éste? Loco estoy, o al parabién el mismo don Lope viene. ¿Daré crédito a mis ojos? ¿Tanto los deseos pueden? ¿Este no es don Lope? Todos mirándose se suspenden. ¿Aquél no es Ricardo? Sí. ¡Ricardo! (Llegó mi muerte.) ¡Don Lope! ¿Qué es esto, amigo? ¡Tú en Sicilia! No me niegues tus brazos, que imaginé que te mataron. Advierte que no me llames Ricardo, pues sabes que me conviene mudar el nombre.; Pues cómo? Don Juan de Toledo. ¿Y eres tú, por dicha el desposado? ¿No lo ves? Pues ¿de qué suerte, si en Madrid me acompañabas, ahora casarte quieres? Pues ¿supe yo casa o calle ni quien esta dama fuese? Aquí lo habemos tratado; y si tú, por dicha, tienes algo que te importe aquí, a tiempo llegas, que puedes, con decirme la verdad, desengañarme y ponerte en el lugar en que estoy. No, por Dios ; ni agradecerme debes esta cortesía; pero, porque no sospechen algo de vernos hablar, dame licencia que llegue a decir a lo que vengo. No sé, don Lope, qué tienes, que todos están turbados. Es la novedad de verme. El Príncipe mi señor, a daros el parabién me envía, que ya soy quien puede dárosle mejor; tiempo fue que tanto amor no me diera esta licencia; ya me ha curado el ausencia, que en otro tiempo no creo que hallara voz el deseo, ni el sufrimiento paciencia. ¿Dónde hallaste este don Juan,- sombra que se anda tras mí? ¿Hallástele acaso aquí y desde allá te le dan? ¡Por mi vida que es galán! Que serás dichosa espero. Goces tan gran caballero, que, aunque él se me quiere dar, a los dos puedo jurar que no eres tú lo que quiero. Conozco, ingrato, que tienes puesto que estás engañado, razón de haberte quejado, no de agravios ni desdenes; pero ¿de qué hallarme vienes en esta triste ocasión? Pero también no es razón que me desprecies ansí; que me has de querer a mi o he de matarte a traición. Yo he dicho a lo que venía. Señores, ¿qué me mandáis? Fernando. Que a Su Alteza le digáis... Pero necedad sería daros razones a vos. ¡Oh, don Juan! Acompañemos al señor don Lope. ¿Extremos conmigo? Eso no, ¡por Dios!, Vuestras mercedes se queden. Entre amigos, no es razón. En mi necia confusión se ve lo que celos pueden. No hablas. Monzón. ¿Qué es esto? Señora, hablar y servir, como a sus lacayos dicen las fregonas de Madrid. Ángela, En él más merced me hicieras. ¿Merced? Bien sabes que allí fui tu esclavo, y lo he de ser. ¿Buenos de Malta venís? Señora, como mi amo salió tan fuera de sí que no ha parado hasta Malta, solicitamos vivir. Deparolo Amor un ángel que fuera blanco marfil; si tuviera cola, fénix; y con alas, serafín: una Violante compuesta de violetas por abril; una mano como un preste, y tal, que sin perejil pudiera comerla un sastre. cuanto más un albañil. ¿Buena moza? De azul y oro. ¿Discreta? Como un pasquín. ¿Gallarda? Como una pava. ¿Y quiérela? ¡Pese a mí! ¿Mucho? No sé yo si tiene Amor vara de medir, pero... ¿Qué pero, villano? ¡Demonio, déjame aquí! ¡San Blas, no vuelvo a esta casa! Fátima, ¿qué sientes, di, de mis desdichas? Señora. mucho tengo que sentir. ¿De qué estás triste? De verte. Este es don Lope. Ya vi a don Lope. ¿No es el mismo que viste? Señora, sí. Ángela. ¿Quién es aquesta Violante, o violencia para mí? Una mujer principal; y no me mandes decir lo que pesarte podría. Temo que la tiene aquí. Parte luego a su posada; di que le vas a servir. Llevarasle algún regalo, y, como lince sutil, mira si aquesta Violante, por quien me ha olvidado ansí le viene a ver o la tiene o, si no, Fátima, di tales cosas a don Lope que crea que soy quien fui. Fía de mi amor tus celos. Mi remedio pongo en ti. ¿Quién pudiera imaginar desatino semejante? Della me quise vengar, y el jarabe de Violante fue comenzalla a purgar. Hurtaste mi pensamiento; que sólo venganza intento, fuera de tener amor a un ángel de igual valor y mayor merecimiento. Yo quiero a Malta escribir para pedir a Violante a su hermano. Si el pedir a Violante es importante para vengarte y vivir, yo seré el embajador. Dame una carta, señor, que las albricias son ciertas. Mira quién abre esas puertas. Ríndase el miedo al Amor. Una esclava viene aquí. ¿Puede haber atrevimiento en mujer como el que intento? Pero es alma Amor en mí. Para ser un capitán, y de la Real de España, poca gente os acompaña, don Lope Ossorio, el galán. Con grande miedo venía de hallar aquí mil soldados. En cierta casa alojados gozan del mar todavía. Es un palacio real de madera, lienzo y cuerda, donde hay chinche que se acuerda de la Batalla Naval. Bien veis al galán Ossorio, pues al río de la mar nos salimos a espulgar. ¡Brava cosa! Es purgatorio. Déjala decir. Monzón, a qué viene o quién la envía. ¿No ves que la respondía a la tácita objeción? Doña Angela, mi señora, un regalo y mil suspiros os envía, y a serviros quiere que me quede ahora mientras que no os embarcáis. Monzón, ¿qué es esto que veo? Ojos, decid al deseo si es verdad lo que miráis. Espera, yo apostaré que se te antoja a Violante. La misma tengo delante. ¡Violante! Qué? ¡Téngase! ¿No ve que Fátima soy, esclava de don Fernando, y que aquí me dejó cuando se fue a España? ¡Loco estoy! No he visto cosa en mi vida de su original copiada tan vivamente pintada. ¿Ya de los hierros se olvida? Ese rostro, esa belleza, Fátima, no es el herrado, porque en hacer tu trazado se erró la Naturaleza; imitó con tal destreza una de otra, y tan igual, que yo, en diferencia tal, aunque fuera lince en ver, no pudiera conocer cuál es el original. ¿Qué es esto que estoy mirando en dos iguales mujeres? ¿Es posible que tú eres esclava de don Fernando? ¿Que Naturaleza, herrando tu rostro, tanto acertó? Pero diga quien te herró que puso, o fue tu fortuna, dos lunares a la Luna y que el Sol se lo sufrió. Muy bien habrá negociado mi señora en mi venida. De verla tan parecida turbado estoy y admirado. ¿Luego don Lope no quiere a mi señora? Si adora su ausente, que a tu señora aborrece, bien se infiere. ¡A lindo tiempo veniste a consolar su tristeza!, que aquella ausente belleza, Fátima, le tiene triste. ¿De qué suerte piensa hallar don Lope consuelo en mí? Porque yo he venido aquí a servir, no a consolar. Enséñame el aposento, la ropa y lo que he de hacer. ¿No sabrás entretener su amoroso pensamiento? Luego ¿cuando quieren bien los hombres y están ausentes, con mujeres diferentes se entretienen? Sí, también; pero han de ser parecidas a la que quieren. ¿Ansí como esa Violante a mí? De esa suerte son queridas. Vamos, y advierte que aquí estamos mal alojados. Sois ajedrez los soldados; no hay casa firme. Es ansí. Dígolo porque podría faltar cama, y ansí creo, por lo que limpia te veo, que habré de partir la mía. ¿Luego tienes tú también a quien me parezca yo? ¿Pues no? ¿A quién? A mujer, no; que a mí me pareces bien. Por varios casos la fortuna intenta a extremos tales conducir mi vida, que cuando más la imaginé perdida más esperanzas, favorable, alienta. La fama de aquel fénix que aposenta, gloria inmortal, de resplandor vestida, de mis obligaciones defendida, mi nombre ensalza y mi valor aumenta. Ya capitán de la Real de España, en cuanto en este mar descubre Apolo se muestra a mis precetos obediente. Mas ¿qué me importa tan ilustre hazaña, si un niño ciego, desarmado y solo triunfa de mi valor, y muero ausente? Cuando a Fátima, señor, enseñaba la posada, un soldado, no mal puesto. y mal contento de cara, me dio este papel. ¿De quién? Ni me lo dijo, ni aguarda respuesta. Veré lo que es. No me agrada la arrogancia. “Señor don Lope Ossorio: Un caballero agraviado de vuestra merced y de Monzón, su criado,le aguarda en la playa con otro amigo, en confianza de su valor, con sola la espada y daga." Ello es poco y mal hablado. ¿Agraviado? Imaginaba, si no trujera mi nombre, que erró el soldado la casa. ¿Y cómo me mete a mí para que contigo vaya? Pero bien hace, sabiendo que soy sombra de tus armas. Estoy pensando, Monzón, que no es posible que haya hombre agraviado de mí, si Ricardo no se agravia. Bien dices; Ricardo es, y la ocasión es tu esclava, que había visto en Tarragona. ¡Qué poco a la puerta llama quien viene a pedir albricias, y donde hay amistad tanta! ¿Quién es? Ricardo. Teneos. Con tal nueva, ¿por qué causa? ¿No es vuestro aqueste papel? ¿Qué papel? Yo no aguardara con esta nueva a papel, pudiendo en persona darla; y cáusame admiración que previniendo la espada me recibáis, mereciendo vuestros brazos. ¡Cosa extraña! Es mala costumbre mía el poner ansí la capa. Pero ¿qué nueva decís? Que tiene cartas de España don Fernando, en que le avisan dos personas de importancia que Su Majestad, atento a vuestra sangre y la hazaña que sabéis, merced os hace de una cruz de Calatrava, con una ayuda de costa de ocho mil escudos, paga debida a vuestro valor. Aunque los brazos no igualan esta merced, sean albricias mientras que Monzón os vaya a llevar dos arcabuces de Milán, cosa extremada, y un peto fuerte que. a prueba de mosquete, no le pasa. Cosas de soldado, en fin. Todas podéis excusarlas ; fine ya las armas no son para un hombre que se casa. ¡Óigame vuesa merced! Pues ¿con disgusto me hablas. Monzón en esta ocasión? Hanme enfadado esas cartas. ¿No supo Su Majestad que mató Monzón en Malta treinta o cuarenta finflones? Pues ¿cómo no me da nada? El príncipe Filiberto os ha dado una ventaja, y vos iréis a Madrid. Alentad vuestra esperanza, que en España siempre premian a las letras y a las armas. Yo tengo que hacer, Ricardo; cierta persona me aguarda. ¡Qué albricias llevara yo. si con Leonor os casara, confirmando el amistad casados con dos hermanas. Tarda, Fulgencio, el Capitán. Fulgencio. No tarda, si adivina la ofensa que te ha hecho y la culpa que tiene le acobarda. Estoy de la disculpa satisfecho, que por lo que es valor no habrá faltado, que en las galeras que en el puerto vemos el Príncipe está ahora. Fulgencio. ¡Hermosa vista! No lo será si la ocasión perdemos. No habrá valor que la razón resista. Dos hombres he visto allí. Es de manera la gente que sale de la ciudad que a ver al Príncipe viene, que tengo por imposible hallarlos, si no es que lleguen como quien ya nos conocen y nos digan lo que quieren. A doña Ángela y su hermana vi salir del coche. Advierte que éstos se van acercando. ¡Por Dios, don Lope, que es este Otavio, tu gran amigo! ¿Hay más venturosa suerte? Capitán, ¿vos en mi casa? ¡Dadme los brazos! Detente, ¡desleal, ingrato amigo! que en vez de brazos mereces que este acero te reciba. Yo no respondo que mientes hasta saber de qué engaño esas palabras proceden, que no es posible que un hombre cuerdo hablase desta suerte a un amigo como yo, cuando ese amigo no fuese un hombre de mi valor; y si cuando tú la tienes desnuda, envaino la espada, es porque sabes que puede estar cubierta por grande después que defiendo reyes, y porque quiero que veas que los pechos inocentes tienen su verdad por armas, y ella misma se defiende. ¡Saca la espada, cobarde! ¿Cómo sufres que te afrente? i Vive Dios! Advierte, Otavio, que me obligas a que quiebre con tus palabras el lazo de la amistad que me debes; pero si es fuerza sacarla, esta es mi espada. No pienses engañarme con las tuyas. Pues ¿para qué me detienes viendo reñir a don Lope? Yo no quiero detenerte, sino ponerme a tu lado. ¿No ves cómo eres aleve en la gente que has traído? Ossorio gallardo, ¡tente!, que el Príncipe desembarca, y desatinados vienen soldados y capitanes a dar a este hombre mil muertes. Pues pondreme yo delante y no podrán ofenderle, aunque con él mis espaldas en mayor peligro queden. ¡No le matéis, apartaos! Si tan gran cruz le defiende, seguro está de enemigos. ¡Qué desdichas me suceden! i Qué es esto, don Lope? Amparo un amigo que pretende quitarme la vida a mí. ¿Por qué? No sé. Pues ¿quién eres? Un caballero de Malta que fui de don Lope huésped en Madrid, corte de España. Vino él a Malta, y paguele en la misma cortesía. Mató un capitán y fuese, robándome lo mejor de mi casa. Agravio es ese, Ossorio, indigno de un hombre como vos. Bien lo encareces; porque es, señor, un retrato de cierta hermana que tiene, que nunca me le ha pedido ¿Retrato? ¿Aun ahora quieres hacer engaño a Su Alteza tan injusto? ¿De qué suerte? ¿Tienes mi hermana contigo y dices que no me queje del retrato? ¿Yo tu hermana? Tú la tienes, no lo niegues. ¿Oyes aquello, Leonor? ¿Cómo había de quererte teniendo su dama en casa? ¿Y Monzón? ¿Piensas que viene sin su poquito de dama para terceros papeles? Pues, don Lope, ¿a un caballero? Señor... No neguéis. Ni puede. ¡Por vida de Vuestra Alteza, que en mi casa solamente hay una esclavilla turca que viene por tiempo breve a servirme, y que lo es de Ángela, que está presente! Sí, señor; yo la he enviado a que a don Lope sirviese. Traigan esa esclava aquí. Yo voy por ella. No pienses que ella sabe cosa alguna. Pues de que venga no os pese. ¿Cómo me puede pesar, si estoy, señor, inocente? ¿Pues cómo falta Violante, que habló con Monzón mil veces, desde que tú te embarcaste? ¿Qué sé yo? Fátima viene. Esta, señor, es la esclava. ¿Qué es, señor, lo que me quieres? Esta, señor, es mi hermana. Pues, don Lope, ¿a mí me mientes? ¿Mi vida juras? ¡Señor, esta es turca, aunque parece a Violante! ¿Quién te ha herrado, loca mujer, de esta suerte? Señor, este hombre está loco. ¡Bueno es que hacer intente su hermana una esclava mía que le compré habrá dos meses a un hombre de Malta aquí! Señor, todos te pretenden engañar; ésta es mi hermana. Dice verdad. ¡No te alteres! Pero don Lope no sabe quién soy, ni culparle pueden, que yo vine disfrazada a seguirle, hablarle y verle. Si dicen que por amores los yerros perdón merecen, los míos, que son fingidos, mayores disculpas tienen. Quien tanto ha errado por mí, bien es que en casarse acierte, pues Angela está casada. ¿Sabéis ya las dos mercedes que os hizo Su Majestad? Sí, señor, y que proceden de habérselas vos pedido. Lo demás, claro se ofrece, que no habemos de cansaros, sino dar humildemente fin, que yerros por amores perdonan discretos siempre.