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Texto digital de Ya anda la de Mazagatos

Metadatos de la obra

Atribución tradicional
Lope de Vega Carpio
Atribución estilometría
Antonio Mira de Amescua Probable
Género
Comedia
Procedencia
El texto procede de la edición de Obras de Lope de Vega. RAE. Nueva edición.

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Cita sugerida

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Ya anda la de Mazagatos. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/ya-anda-la-de-mazagatos.

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YA ANDA LA DE MAZAGATOS

JORNADA PRIMERA

¿Ya te vas, Manrique? Sí. Poco cariño a mi amor. Más detenerme es error, Doña Elvira. ¿Por qué?, di. ¡Tanto deseo al venir, tanto afán al suspirar, sólo han venido a parar en la prisa del partir! ¡Qué bien hace la mujer que se mantiene constante en no dar crédito a amante, por más que llegue a querer!, que a su daño le provoca permitiros la ocasión, falsos en el corazón, pero finos en la boca. Sin duda que de otra dama el ansia te está llamando. ¿Cuando el alma te está amando, así tu labio me infama? Mucho temo que tirano pagues lo que te he querido. ¿De que seré tu marido no te di palabra y mano? Pues ¿por qué injustos recelos tienes de mi fino trato? Creo que has de ser ingrato. Esos son mentales celos. A mi pasión interpreta tu cuidado lo enojada. No por más desconfiada pretendas ser más discreta; tus sospechas satisfago: ya sabes que está en Ayllón el Rey, y en esta ocasión a las sierras de Buitrago ha de ir a caza; conviene hallarme, Elvira, con él: conmigo será cruel tu amor, si más me detiene, pues la posta he de correr saliendo el sol: no porfíes, ni de mi fe desconfíes. No te espantes: soy mujer. Haz mayor estimación de mi amor y tu recato. Tienes opinión de ingrato. ¿Y una vulgar opinión puede más que tu experiencia? Es Amor desconfiado. Correspondido y pagado, más es tema que prudencia; ya sabes que es mi enemigo tu hermano, y posible fuera que gusto no recibiera en que te cases conmigo. Pídeme a mi padre. Ha sido mi opuesto; yo dispondré otro medio en que podré lograr... ¿Quién hace aquel ruido? Hacia el cuarto es de mi hermana.- ¡Mi padre y mi hermano son, Manrique! ¡Qué confusión! ¡Sígueme! ¡Suerte tirana! Esconderte es mejor medio. ¿Yo me había de esconder? Diré que eres mi mujer. Hasta que halles otro medio más conveniente a mi honor, es arriesgarme. Eso intento; retírate a tu aposento, porque el paso mi valor le buscará. ¡Triste suerte! Mato la luz. ¡Feliciano, trae luces! ¡Hado tirano! ¡Primero hallará su muerte quien intentó , poco sabio, de aquesta casa el baldón! ¡Nadie mancha mi opinión, y si intentaron mi agravio, sabrá mi acero...! ¡Qué airada es mi estrella! :_ Quién va, digo? ¿Qué haré? ¡Ya hallé a mi enemigo! ¿No responde? ¡Con la espada la respuesta dar intento! ¡Villano, te hará pedazos mi valor! ¡Si no, mis brazos guardan furor más violento. La puerta hallé: no es temor el que cuerdo me retira, sino mirar que de Elvira no se atropelle el honor. ¡Pero ya le hallé! Este fue el que don Juan encontró. ¡La muerte le daré yo! ¡Hoy mi honor satisfaré! ¿Qué es esto? Pues ¿quién se atreve...? ¡Vil afrenta de mis años! ¡Fiera causa de mis daños! ¿Por dónde se fue el aleve? ¡Seguirele! ¿Ya no ves que es en vano? ¡Muerta estoy! ¡A vengar mi afrenta voy! Le calzan alas los pies a quien tan ligero escapa, y se hace ave, sombra o sueño. No deja indicio pequeño el escudo de la capa que le arranqué. Pues ¿qué importa, si no pudo la fiereza arrancarle la cabeza? Señor, el dolor reporta, que de todo lo que pasa ignorante, salí al ruido. Es el último estallido que da el honor de esta casa. ¡Ay , don Juan! No se publique nuestra afrenta, el labio calle porque la venganza halle la ocasión. ¿Si es don Manrique? el que encontré? No, no ha sido Manrique, y es ilusión pensar que estando en Ayllón con el Rey, haya venido a Segovia; y luego, siendo mi enemigo capital, es fuerza que quiera mal a Elvira. Yo no lo entiendo. Vamos al remedio. Elvira, la vida y el ser te he dado, amor mi enojo ha templado, ya es pasión lo que antes ira: ¿quién era aquel hombre? ¡Mira a quien las rosas entregas de tus años! ¿Qué me ruegas, ni adviertes? ¿Pude yo ver hombre alguno? Eres mujer, y obstinadamente niegas. No teme su enfermedad quien al médico la encubre; quien al padre no descubre su flaqueza y liviandad, ama su propia maldad, pues el mismo honor desprecia; no eres Porcia, ni Lucrecia. Soy mujer pundonorosa, y si piensas otra cosa, te engañas y... ¡Calla, necia! ¡Retírate! En vano aliento, viendo mi muerte tan clara. ¡Quién a Manrique avisara! Llevarla a Burgos intento. Pague allí su atrevimiento, siendo monja, tal hermana. Mancha de mujer liviana, con sangre se ha de lavar. Para enseñarme a llorar va saliendo la mañana. Don Juan, de aqueste secreto, que con tanto dolor sabes. los dos tenemos las llaves. Pues guárdelas el respeto para que tengan efeto Argos del honor seamos; las venganzas que intentamos. de esa capa, el fiero escudo contra mi honor fiscal mudo, guarda. Si haré. ¿Vamos? Vamos. Elvira, tu primavera, aún más que el abril florida, pues la envidia de tus ojos parece que la marchita, no es razón que con los años aje la pompa más linda: cásate, pues, en la aldea; de los garzones que miras el más bizarro es Pascual. Es verdad, y su porfía no me cansa. Siendo así, ¿qué melindre te retira? No aguarden tus juveniles años a pasar la línea de la vejez, que el Amor con los viejos no hace liga, que hace la guerra con mozos. Discreta estar solicitas con la ociosidad, Teresa. ¡Qué bien, dulce prenda mía, me avisaron esas flores del prado que tú salías! ¡Qué bien la nieve del monte, a tus rayos derretida, convirtiéndose en arroyos, lo publicó con su risa! Sólo las peñas callaron, y de ti saber querría si se lo has mandado tú; porque eres tan parecida a las peñas, que querrás que, mudas, no me lo digan. Pascual, la desconfianza, por más que sea entendida, no sé que sea discreta; en la aldea no se estilan requiebros de cortesanos, es la frase más sencilla; tus cariños ya he escuchado; la libertad, aunque es mía, es razón que con el gusto de mi padre la dirija. Si llego a verme tu esposo, ¿quién no envidiará mis dichas? Teresa, ¿de este contento no aplaudes el alegría? No sabes lo que me debes. Es verdad. ¿Te determinas a pedirme? Con vergüenza llegaré, aunque mi porfía no sé si disgustará a Nuño. Venir se mira hacia aquí. Si la Fortuna ampara las osadías, también osado he de ser. Bras, compón la jumentilla y parte al monte por leña, que la ociosidad no cría buenas costumbres jamás. Señor, así eterno vivas, que me oigas y me disculpes; la ansia que el amor publica fuego es del alma, y así a la boca se encamina: ya conoces los ganados que en las dehesas vecinas el tapete verde nievan cuando a pacer se encaminan, lo copioso de las cabras que a Guadarrama se empinan, que a veces juzgan los ojos que son peñas movedizas; las ovejas, que en el monte, cuando el sol su luz declina, parecen pellas de nieve que del monte se derriban; el campo lleno de vacas, también verás que publica opulencia: todo es nada para ofrecer a la vista de Elvira; sin ella soy pobre; con ella, la India corto tesoro será; hazme su esposo, ¡así vivas la edad del fénix, que siempre al tiempo se inmortaliza! No desdeño la elección, Pascual; yo te daré a Elvira después que el agosto en parvas coja las rubias espigas. ¿Qué dices, hija? Señor... Tiene vergüenza la niña, y haciendo pucheros dice que sí. ¡Quién logró tal dicha! ¡Válgame el cielo! ¿Caíste? ¡Postillón para caídas, detente! Postas son estas; que, como en Ayllón habita el Rey, los más días pasan señores. Y se encamina, el que cayó, hacia esta parte. Teresa, saca una silla. ¿Te has hecho, di, mucho mal? No, Tronera. ¡Con tal prisa vienes! Y, si yo tu mal he de sentir, imagina que de lo poco me pesa. Un jarro de agua le sirvan. Id por él. Señor, sentaos, que hallaréis fina acogida, si no decente a quien sois. ¿Traen el agua? ¿Hay tal mohína? Traigan vino, que es mejor. ¡Bien haya una jumentilla que camina a paso lento, con su mano de tardía, como si fuera reloj, que nunca mover se mira! ¿Cómo se llama esta aldea? Mazagatos. ¡Tal no diga! ¿Mazagatos? Con perdón, ya no extraño la caída; aquí se inventaron chatos, zurdos, calvos, suegras, tías. ¡Raro nombre de lugar! Otra villa tengo mía cerca de aquí. Sí, señor; que se ha de llamar la Anguilla. ¿La Anguilla? Deme los pies. señor conde, useñoría, que no le había conocido. Levantad. No habrá en Castilla quien, al oír tus estados ... ¿Qué, Tronera? No se ría. Son lugares de vizconde. Ya está aquí el agua. Camina. dásela. No, no la bebas. que a una cuartana te obligas. Mostrad, que el polvo y calor a beberla me convidan. Pero, ¿qué miro? Tus ojos son estrellas desprendidas del cielo; pero mal dije, soles son que rayos tiran. ¡Qué honestidad, qué decoro! ¿En selva tan escondida puede haber tal perfección? Pero en bruto corcho hila una abeja hebras de oro, en sus entrañas retira la Tierra metal precioso, el Sol sus luces registra entre nubes inconstantes. la perla más peregrina produce la concha, el campo la hermosura nos cultiva en bellas flores, los riscos entre peñascos animan la dureza del diamante, con que la admiración mía en vano es, cuando en ti hallo en tu cielo luces vivas, ya con estrellas y sol. Labradoras peregrinas tenéis cerca de la corte; no ha sido mi suerte esquiva en caer en esta parte, cuando he logrado tal dicha. Los caballos, ¿desherrados estarán? No os dé fatiga. que cerca está el herrador.: Llevadlos. (so) Pues ¿no convida a su mercé el agua? Sí. Hija, dile señoría. Acabe ya de beber. Dos cristales me convidan, y ambos están en tus manos: pero a la sed que tu vista ha puesto en mi corazón el agua es materia tibia; cuajado cristal tus manos ostentan, bella homicida, que la nieve de tu cuello por carámbanos destila; deja que lleguen mis labios a templar su hidropesía. ¿Qué hace, señor? ¿Está loco? Mucho la bajeza humilla. ¡Que esto vea! El labrador, señor, las pulgas le pican de tus palabras. Detente. ¿Por qué? Porque está que brinca. Quito el agua, pues no bebe. Dame la copa, enemiga, aunque he bebido en tus ojos más fuego que el que respira todo el Etna. ¡Gran pachorra gasta! ¿Y de eso se admira? A la una empieza a comer, y no acaba la comida hasta las seis de la tarde. Señor, mira que te atisba este labrador, y es gente que se crio a la malicia. Id, zagal, a ver si herrados están los caballos. Chinas. ¡qué cara puso! ¿No vais? No, señor; el otro día reñí con él. Bien está. ¡Diestro es! ¡Qué brava salida dio! Entretenle. Norabuena. Serrana, oye. Esté quedita la mano, y no me pellizque, porque no soy bien sufrida. Dígame usté: ¿este país, si es que un hombre se dedica a la siembra, prenden bien los ajos y alcamonías? Y allá, entre los cortesanos, en la siembra que ejercitan, ¿qué fruto dan los bufones, y alcahuetes sabandijas no excusadas? ¡Vive Dios, que ya es mucha demasía la que gasta el cortesano! El payo salta hacia arriba. a quien tanta gracia tiene, bien el que la solicita dar a entender puede que, si tu donaire le anima, sabrá desde cortesano pasar a labrar tus iras, si es que a siembra de esperanzas Amor coge las fatigas. Caballero cortesano, esas retóricas finas en la aldea se malogran; id con Dios, que estas campiñas dan a esperanzas rigores, y por halagos, las iras; por favores, los desdenes, y la espalda a las porfías. No te vayas. ¡Oiga el hombre, que en ello está! ¿No apadrinas tú mi amor? Ruega por mí. ¡A linda puerta se arrima! Señor, que son montaraces, y los requiebros que estilan son a coces y bocados. ¿Cómo, Elvira, te descuidas? Ve, que han salido los gansos, ¿no los oyes? No la impida su señoría. El villano celoso está. Es una avispa; está que salta a la cara. Ya las postas prevenidas y herradas están; marchad. ¡Y aun dejaré aquí la vida! El postillón os espera. Decidme: ¿son vuestras hijas? Elvira es hija, señor, y Teresa es mi sobrina. ¡Son hermosas! Y, decid, ¿está ya casada Elvira? No, señor; pero ya está en la aldea prometida a un zagal. Pues para el dote aquesta cadena sirva. ¿Quién trujo a este cortesano a la aldea? ¡Ay, ansias mías! ¿No la tomáis? No. señor; llévela vueseñoría. que no le habernos servido en nada, y a ser me obliga descortés; las aldeanas los sayuelos o basquiñas no guarnecen con el oro; eso en la corte se estila. Si aquí me habéis hospedado, ¿no es justo que agradecida vuestra piedad de mí quede? El oro que la fatiga no ha ganado, honra no da; y yo, señor, la codicia nunca la puse en el oro. Bien está. ¿Qué le porfías? ¡Elvira se llama! Tú has nacido para Elviras. ¿Ya la primera voló? Un noble nunca se olvida. ¿Y quieres a esta? Es hermosa. Señores, mi amo es Macías. (Vámonos presto de aquí; ¡te pasmas!) Atento mira si son bajas las paredes de esta casa. Sí. bajitas son. A robarla vendré. Quedad con Dios. Siglos viva su señoría. ¡Ay, amor, muerto voy! ¡Qué bobería! Elvira, a la sierra voy. Con la cena prevenida aguardo. Pues yo me voy a casa. ¡Tente, enemiga! Pascual. ¿Qué quieres, Pascual? Decir que a tu condición altiva tanto amoroso requiebro, que ha abrasado el alma mía, te habrá dejado gustosa, y a ti llegará corrida la atención de mi humildad. ¡Oh, malhaya mi desdicha! ¿Qué tósigo, o qué veneno el cortesano traía en las voces lisonjeras que alabaron tus dos niñas? ¡Nunca las hubiera visto, o ya que a tu luz aspira fueran rayos que le hubieran hecho a mis ojos ceniza! Infierno de Amor, los celos bien se llaman, bien se explican; mas no matan de una vez, que consuelo ser podía, antes para más dolor el amante que suspira, si a su ardor muere mil veces, otras tantas resucita para volver a morir. Pascual, sin duda deliras, del amor al frenesí, o sin duda que te olvidas de que soy yo con quien hablas; poco mi constancia estimas. Si ese pesar te causó el cortesano que explica con preámbulos de corte amantes cortesanías, te pudiera consolar ver que la constancia mía dio a sus vanas presunciones la respuesta con las iras; pero, pues que neciamente de ser quien soy desconfías, no me veas, no me hables. ¡Necio estuve, Elvira mía! Labradores, si piedad merece una adversa suerte, huyendo voy de la muerte, escondedme y amparad mi inocencia en esta aldea. ¡Lindo rostro tiene, a fe! Sígueme, y yo te pondré donde un lince no te vea. ¿Dónde me llevas, amiga? ¡Turbada estoy, hado injusto! Señora, templad el susto. Sin miedo mis pasos siga. No hay hermosa con ventura, por esta podrán decir, pues huye, debiendo huir la muerte de su hermosura; llenas están las ciudades de celos, muertes y agravios; más dichosos y más sabios nos hacen las soledades. ¿Entró una mujer aquí, en hábito cortesano? No, señor. ¡Dilo, villano! ¿Qué diré, si no la vi? Solo el conde don Manrique por aquí pasó a su aldea. Ya mi desdicha desea que este villano se explique. ¿Cuándo, di? Habrá media hora, y habló con una mujer de buen talle y parecer; no miento en esto. ¡Ah, traidora! Sin duda que el Conde ha sido anoche me agravió, ¡Que mientras que salí yo a la iglesia hayas tenido tal descuido en la posada! Sin duda vino siguiendo el coche. ¡En ira me enciendo! ¿Hay suerte más desdichada? El sueño y la confianza, mientras las mulas comían, me rindió. ¿Por dónde irían, porque tomara venganza, y cuántas leguas está el lugar del Conde? Una. ¿Qué haremos, si la Fortuna tantas desdichas me da? Vamos, ¡Que airados los cielos en mí empleen su poder! Así libré a la mujer y me vengué de mis celos. ¡To, to! En el monte empinado de jaras y azules flores, sabuesos y cazadores se han perdido y intrincado, y en el último horizonte el sol se va sepultando. Mucho el Rey se fue empeñando en ía maleza del monte. Las nubes rotas con truenos no dejan ver los halcones en esferas y regiones de cielos y aires serenos; a un mismo tiempo una garza vió en las nubes un neblí, también siguió a un jabalí un lebrel entre una zarza. ¿Cuál siguió el Rey? Aunque en vano, tras los halcones iría, perdiéndolos con el día. Allí descubro a un villano. ¡Ah, buen hombre! Solamente es Dios bueno. ¿Qué queréis? Decidnos si visto habéis venir de ese monte gente. No vi a nadie. Pesadumbre la tempestad amenaza. Vamos. ¡malhaya la caza!, otra vez hasta la cumbre. Cortesanos no enseñados a sentir jamás fatiga, el pasatiempo os obliga, y hoy, porque os sentís mojados decís mal de aquesta tierra; huélgome de vuestro mal; a la guerra, ¡pese a tal!, id noramala a la guerra. Otro llega en un caballo, que parece que desea recogerse en nuestra aldea; a una encina quiere atarlo, y a mí viene. Su severa presencia me maravilla. ¡Que venga un rey de Castilla perdido de esta manera! Sucesos del monte son, a la guerra parecidos. Los rayos del sol, vestidos de tiniebla y confusión; la noche nos amenaza con agua y oscuridades. Al fin, al fin, soledades, sólo agradáis en la caza; después cansáis. Labrador, ¿hay por aquí algún lugar para poder descansar esta noche? Mi señor, ¿veis aquella luz? Sí veo. Lugar es donde mi casa, mientras que la lluvia pasa, os dará pobre acogida.· El favor estimo. Andad, y el cansancio reparad. ¡Os lo estimo, por mi vida! En ese traje me alegras. ¡Qué linda y gallarda moza! También el sol se reboza en nubes pardas y negras, y cuando la sombra oscura nos impide la luz nuestra el sol disfrazado muestra vislumbres de su hermosura; nube es y sombra villana el traje de labradora, y en él descubres, señora, gracia y beldad cortesana. ¡Pluguiera a Dios que el vestido que me sirve de disfraz me diera el sosiego y paz que en los campos ha nacido, y, ya que el traje he mudado, también desdichas mudara! No por eso se excusara tu temor y tu cuidado; que también acá los cielos llueven penas, disfavores, desdichas, olvido, amores, mudanzas, envidia y celos; y, pues ves mi voluntad, dime, ¿tu nombre cuál es? Ahora he de ser Inés, y Elvira fui en la ciudad. Huélgome de parecerte, una fortuna nos mira: también yo me llamo Elvira. ¡Dete el cielo mejor suerte! Señor, vuestra autoridad a mis obras no excediera. si rica esta casa fuera como lo es mi voluntad; ya, señor, estáis aquí; paciencia habéis de tener, porque el hombre ha de saber de bien y mal. Es así. Elvira, un huésped tenemos. Y una huéspeda también. Pues ¡buen ánimo! Prevén algo que cenar les demos. Inés nos lleva ventajas. Y el huésped es caballero. Enciende, Elvira, primero luz, y que echen unas rajas en la chimenea. Voy a servirte. Ten cuidado Sentaos, que por esos cerros tras de pájaros y perros, por fuerza os habréis cansado; y, ya que solos estamos, aunque sea murmurar, ¿de qué nos sirve cazar jabalíes, garzas, gamos?- ¿No le estuviera mejor al Rey gastar sus tesoros en talar y matar moros que andarse tras un azor? Por correr un avechucho ¿es razón traer cansados los monteros y criados, como vos? No lo estoy mucho. Mas, decid, ¿no ha de tener alivio el rey en la tierra? Es parecida a la guerra la caza, y puede aprender ardides y sufrimiento en los trabajos. Si fuerais vos el rey, ¿no la tuvierais por digno entretenimiento? ¡Pardiez!, que soldado he sido, mas nunca fui cazador. La cena viene, señor; a penitencia os convido: bien sé yo que en el tinelo con más gusto se cenara de lo que al rey le sobrara; pero no lo quiere el cielo, con agua y oscuridad. Esta quietud no es mal plato, que el espléndido aparato cansa a veces. Es verdad, que la vida del aldea algunos la han envidiado. ¡Qué mal os habéis sentado!; que, por ruin que el huésped sea, le toca el mejor lugar, cuanto y más al que es hidalgo. Empezad a comer algo, que aun el Rey puede cenar en mesa de un labrador, si es limpia y está con gana. ¡Buena gracia de villana! ¿Visteis al Rey? No. señor. Yo nunca a la corte fui. No haberle visto me pesa. Pon esa luz en la mesa. Yo estaré alumbrando así. y aun sin esa luz pudieras con tus ojos alumbrar, como la luz singular de las celestes esferas; dando su vida en despojos. la vela compite en vano en la cera con tu mano y en la llama con tus ojos. Mejor cenaréis callando, como el refrán se os acuerde: ¿no veis que "bocado pierde la oveja que está balando''? Contemplar una hermosura es comida dulce y grata. Que hay un animal que mata con los ojos cuenta el cura, mas quien por los ojos coma nunca en mi vida lo vi. El cuerpo no, el alma sí. fuerzas y espíritu toma por los ojos. No me agrada, que la misma razón hallo si estando hambriento el caballo dan al amo la cebada. Dejad las bachillerías de la corte en nuestra cena; come y callad norabuena, no gastéis astrologías. Bebed la leche sabrosa de la oveja, humilde y franca, que forma nata más blanca que la nieve. Mas no hermosa como la nieve del pecho tuyo. ¡Otra más! ¡Arre allá! ¡Ah, huésped!, comed y calla, porque os haga buen provecho. Este es el Rey, y admirado de la buena cara de Elvira. Veré en qué para cazador y aficionado, y en ambas cosas perdido. Esta es hermosa también; la hermosura y el desdén el sosiego han divertido del alma, con atención. Refrenemos los antojos. ¿Qué tienen aquellos ojos, que rayos del alma son? ¿Qué hará el Rey ahora? Viendo hermosura labradora; que el rey también se enamora, como los hombres. Y entiendo que con más facilidad; que el humano poderío dará a .sus deseos brío. En mí dices la verdad. El huésped tiene más gana de dormir que de comer. ¡Qué peregrina mujer, qué extravagante villana! La mesa levanta, Elvira. El sueño, señor, os llama a limpia, aunque pobre cama. ¡Qué tiernamente la mira! La noche es breve, y aquí la acabaré de pasar. Pues no quiero porfiar. Un fénix, un cielo vi, un mar en hermosa calma, un sol en humana esfera, de cuya luz reverbera gloria y tormento en el alma. ¡Ah!, buenas noches, señor. Bien dices, si el sol se va. Descansado dormirá como un rey. ¡Quiéralo Amor! Zagalas, a retirar, que se madruga a la aurora; buenas noches. Voy ahora las puertas a registrar. Luz no os dejo, que decir suele el refrán labrador que no es menester, señor, luz para hablar ni dormir. ¡Qué bien el día he gastado, pues en la caza me he visto perdido, y una serrana esta noche me ha rendido! ¡No he visto igual hermosura! Pero, si no me ha mentido el oído, pasos suenan; rendirme al sueño imagino, si es que la imaginación deja en calma los sentidos. Ya estás dentro. ¿Qué pretendes? Tronera, yo solicito ver si puedo hablar a Elvira. Ya estás dentro, ¿qué pretendes? ¿A estas horas? ¡Desvarío!, que desde que anocheció roncando estará, imagino; que se recogen aquí con las gallinas, y, al mismo tenor, cuando el gallo canta se levantan. Determino robarla. ¡Qué disparate! Pues ¿a aquesto me has traído? Si nos sienten los villanos, hemos de volver ahítos de palos y de pedradas. No seas cobarde. Es preciso; que no quisiera, señor, como dice el estribillo, que ande la de Mazagatos. Sin luz la casa examino, Peor que peor. ¿Tienes miedo? Yo no puedo más conmigo. ¿Tiemblas? Sí, que por ahora hace un año, señor mío, que me dieron las cuartanas, y ahora me retoña el frío. Dos bultos miro; villanos serán, que de Elvira finos vienen a galantearla. ¡Viven los cielos divinos, que he de templar esta llama en sus soles atractivos. ¡Ah, quién una chimenea tuviera, porque tirito. Sígueme. Te han de sentir, si es que me llevas. ¿Qué miro? ¿No ves un bulto?... Esto es hecho. ¿Que se acerca? ¡Jesucristo! Sin duda que es el villano, que. celoso y atrevido, rondar la casa pretende. Dios de aqueste laberinto me saque. Reconocerlos quiero. ¿Quién va? Aqueso mismo solicito saber yo. Yo, ni saberlo ni oírlo. Volvámonos, que no sabes lo malo que es ser sentidos. Vuélvanse, u digan quién son. Hombres como yo, salimos por la punta de la espada. A quien tan desvanecido habla, sabré escarmentar. ¡Quién estuviera cautivo! Bien riñe. Valor ostenta. ¡Que sea yo tan mezquino que para echar a correr no tenga ánimo, Dios mío! ¡Matarele, vive el cielo! Castigarle solicito. No es de villano este aliento. No es de un rústico este brío. ¿Quién alborota mi casa? Señor, si no eres judío, no esperes, que los villanos vienen con chuzos y picos. Gente viene. Así es verdad. La capa hallé, idos. Idos. Esta es mi capa, Tronera. ¡Carambola! Ya es preciso volvernos. Vamos aprisa. que mi tronera imagino que ha hecho la ida por bajo. La capa troqué; un abismo tengo en el pecho al mirar de este rústico lo altivo; y así me voy, por no ser de esta gente conocido. ¡Hola. Pascual; hola, Antón! ¡Que vienen a sacudirnos! Vamos. Vamos con el diablo. La capa del que ha reñido llevo por la mía, y tiene guarnición de plata. ¡Lindo! ¡Yo la esperaba de felpa! ¡Ay de mí, que voy sin juicio, envidioso del villano! ¡Bueno vas! ¡Rayos respiro! Si de ésta escapo, yo ofrezco no volver acá en un siglo. De esta manera sabré poner paz al que atrevido en mi casa... De esta suerte sabré hacer.... pero ¿qué miro?; Qué es esto, Elvira? ¡Pardiós que si el garrote derribo...! Tente, salvaje. Señor.¿Todos os habéis vestido? Si oíste el rumor, ¿qué extrañas? El susto salir me hizo con Elvira. A mí también. Yo sentí andar con cuchillos. ¿Y el cortesano, señor? No debe de haber tenido buena posada, y se fue. Él es hombre de capricho. Pues ¿no cerraste las puertas? Como tan quietos vivimos, con la tranca la dejé. ¿Quién haría tanto ruido, que parece que reñían? Le daría algún delirio al cortesano, o quizás burlarnos así ha querido. Sin duda que el Rey se fue por no ser, esto imagino, conocido. Yo me vuelvo a roncar. Vamos.! ¡Qué lindo descanso, cuando del alba el gallo está dando aviso! Gilote saque las vacas; Antón lleve el jumentillo con el pan, a los pastores; y Teresa, lo preciso prevenga para la gente.: Y pues que el huésped no quiso que durmiéramos, prevén unas migas, que hace frío, y porque! yo he de comerlas, echarás un torreznillo. Voy a hacer lo que me mandas. Y nosotros.! Andad, hijos. Vamos, señoras; y ¿a qué, Elvira, sacó tu brío ese chuzo? Si aguardara el huésped lo hubieras visto. Más sosegada y mejor es esta vida. Esos bríos hijos son de aquesta nieve. Vamos, Inés. Ya te sigo. Solo quiero preguntarte, señor...¿Qué me quieres? Dilo. Si quedas aficionado a traerte compasivo otro huésped esta noche. No, Elvira; y aunque me has visto tan reportado, no juzgues que no me ha dado fastidio y recelo, que oí espadas. Y yo también... Atrevidos hay en la aldea también. Soy villano, y no me olvido de las malicias, Elvira. No te entiendo. ¡Qué delirio! ¿Qué has de entender tú, rapaza? Yo he tenido este descuido; si cerrara bien las puertas no hubiera estos desvaríos.

JORNADA SEGUNDA

SEGUNDA JORNADA Gutierre, la montería prevenid, que entretenerme intento en la caza, y luego, que un cuidado me divierte, haced todos diligencias, si es posible, en conocerme el dueño de aquesta capa. ¡Curiosos celos me mueven! Si tan malas noches pasa Tu Majestad, no es deleite la caza, sino fatiga del hombre. De todo tiene. ¡Vive Dios que me engañé anoche cuando, imprudente, imaginé que villano era el que, ciego, pretende conocerme, pues la capa lo dice; que darle muerte no pudiera, y el valor que mostró, ya dio a entenderme que es cortesano. No sé qué hiciera por conocerle. Parece que cuidadoso señor, a este sitio vuelves, habiendo toda la noche en ese monte eminente tenido la montería asustada de no haberte podido hallar, gran señor. No es susto para dos veces, y no te hemos de dejar. Es curiosidad alegre de la inclinación real, y suceden accidentes raras veces sucedidos, y más si la noche viene, y en una casa pajiza es un ángel nuestro huésped, romo a mí me ha sucedido en ese rústico albergue; y pues tú, Gutierre, has sido en el arte nuevo Apeles de la pintura, un retrato has de hacer. Pronto me tienes. Esa aldea es Mazagatos; los humos que dejan verse, son de sus humildes casas; las torres y chapiteles bien se divisan, y en ella, por hija, un villano tiene a un ángel; llámase Elvira, y en sus labios los claveles la primavera copió para coronar su frente. Esta me has de retratar. Luego voy por los pinceles y colores, y te ofrezco hacer un cuadro elocuente de este monte y de esta casa, y como yo la bosqueje aire y medidas del rostro me bastará. De ella aprende beldad la Naturaleza. ¿No vas? Voy a obedecerte. Don Álvaro con don Juan, su hijo, aquí llegan. Deme los pies Vuestra Majestad. Alzad; no estéis de esa suerte. ¿Venís de Segovia? Sí, señor. ¿Qué hay de nuevo? Aleves desdichas; nada sabemos. Reparo que más alegres me soléis hablar los dos. ¿Qué tenéis? Dolor tan fuerte, que al mayor tormento iguala, la mayor desdicha excede. Tengo, señor, una hija cuya deshonra pretende ese Conde, ese vasallo. Señor. ¿Qué dices? Si quieres tirar a un gamo que baja, o temiendo tus lebreles o buscando esos arroyos, entre esos lentiscos, puedes sin fatigarte tirarle. Luego vuelvo a que me cuentes ese suceso; don Juan, toma aquesa capa; denme un venablo, y aquí todos en este puesto se queden. ¡Aun para quejarme al Rey quieren los hados crueles que tiempo y lugar me falte! ¡Qué desdichado fui siempre! ¿Es posible que don Pedro por tirar a un gamo deje de escuchar nuestros agravios? ¡Es cruel y no los siente! He reparado en la capa y se me antoja o parece la que llevaba el traidor de nuestra honra, pues tiene el indicio en el escudo que falta. Mira si viene con el otro, pues contigo siempre le traes. ¿Cuándo suelen mentir agravios que matan honor y vida? ¡Él es! Denme los cielos, don Juan prudencia; el Rey es quien nos ofende, Quien justiciero le llama, no le ha conocido, miente, porque no ha de hacer ofensas el que castiga prudente. Con orden suya robaron a mi ingrata hermana. Fuese espantado del ruido de los perros y la gente. Proseguid, Álvaro, pues, el suceso por que vierten diluvios de agua los ojos sobre la barba de nieve. Decid ya. ¿Qué he de decir, lo que tú, señor, entiendes mejor que yo? Mis desdichas la voz helada detienen; considera tú la causa, considera tú si deben llorar mis ojos abismos que mi edad cansada aneguen. ¿Cómo puedo saber yo tus pesares o placeres si tú no los comunicas? ¡Ah, señor, señor! Los reyes no deben disimular: toda el alma es bien que muestren. porque engañar y fingir es vileza, es una especie de traición, y esta no cabe en los hombres eminentes. ¿Qué es lo que decís? Si causa de aquestas lágrimas eres; no disimules mi agravio, no lo encubras, no lo niegues. Don Juan, ¿qué dice tu padre? Dice, señor, lo que siente. Lastímale lo que ve y llora lo que padece como padre y como honrado. No te admire que se queje viendo el autor de su agravio, viendo el ladrón de sus bienes. También tú, don Juan, me hablas tan ciega y confusamente, que ni tus quejas penetro ni sé qué he de responderte. ¿Qué decís? Habladme claro. No quieras que me avergüencen mis palabras publicando mi deshonra. ¿Cómo pueden consolarse o remediarse los agravios si no quieren manifestarlos sus dueños? Y si son reos los jueces, vanas serán las querellas; seguro está el delincuente. Cada vez te entiendo menos. Si cuando el vasallo duerme entra el príncipe en su casa a robar su honra, y pretende encubrirse y cuando le hallan solo de noche, sin gente, se defiende a cuchilladas... No me digas más; detente. ¿Luego esta capa conoces? Testigo fue que presente a mis desdichas se halló. ¿Luego tú celas y quieres a Elvira? ¡Mira si sabe el nombre de aquella aleve ¿No te parece que es justo que la quiera y que la cele? ¿Y acuchillar a tu Rey? Si pudiera conocerte no te perdiera el respeto. Pues tu padre, ¿por qué siente que Elvira me agrade a mí? Porque soy Álvaro Pérez de Guzmán, y eres casado. ¿A qué propósito viene mi estado y tu calidad? ¿Qué os importa que festeje a una villana? Señor, no afrentes, no menosprecies su sangre de esa manera, ya que mi deshonra quieres. Cuando pienso que os entiendo, más confusiones se ofrecen. Desalumbrados venís; despropósitos me ofenden. Si llevándola a ser monja quiso el cielo que saliese del coche sin verla yo, si la encubres, si la tienes escondida, ¿cómo dices que despropósitos pueden ofenderte? ¡Rey, mi hija! ¡Rey, mi hermana! ¡Qué imprudentes! ¿Os ha faltado el juicio? Callad, callad, que me ofende el sufrimiento que tengo. Atrevidos a los reyes no han de hablar los que deliran, sino los que razón tienen. Venid, dejadlos por locos. ¡Muerto estoy! ¡Cielos, valedme! ¡Qué injusticia y tiranía! ¿Qué Dionisio, qué Diomedes, qué Nerón hicieran tal? Callemos, como prudentes. ¡El Rey a mi honor ultraja! ¡El Rey mi sangre aborrece! ¿Es posible que haya hombre de entendimiento y prudencia, que tenga ánimo de ver aun de lejos esta aldea? ¿Qué quieres, si a mi albedrío la razón no se sujeta? Señor, ¿es esta villana alguna Circe hechicera? ¿No te acordarás que anoche nos vimos tan entre puertas que si los villanos salen pan de perro nos recetan; que reñiste con un hombre? No lo acuerdes, cesa, cesa; que ése es el áspid torcido que a mi corazón rodea. La capa , ¡ah, celos!, que hallé mayor confusión me deja, y aunque la he visto otra vez, no penetro de quién sea. No hiciste mal baratillo cuando tu capa le dejas, pues sin un escudo va, y dos escudos te llevas. El tu capa se llevó con bordadura de seda. y la que tú te trujiste bordada es de plata y nueva. ¿Sabes lo que he imaginado? Si vienes a la querencia y haces lo que a la oración en algunas almonedas, que dejan gato por liebre. Deja las burlas, Tronera. Dejo las burlas, y hablo, si puedo, contigo en veras. ¿Supiste de doña Elvira aquella noche que dejas, como el otro el escarpín, tú de la capa una pierna? Supe que el padre y hermano, recelosos de su ofensa, en un coche la sacaron a media noche, y la dejan dentro de un convento, el cual no me han dicho. Y en la ausencia tú con otra Elvira quieres divertirte. Más es tema de mi cuidado que amor. ¡El puto que te creyera! Negarte que un ángel es de hermosura, injusto fuera. ¿Ángeles en Mazagatos? Fuera dar el olmo peras. ¡Tú, con la pasión deliras! Ya que nos vemos tan cerca, lo que te he dicho has de hacer. Dádivas su desdén venzan ya que no pueden suspiros. Dádivas ablandan peñas, dice el adagio, mas yo niego aquesa consecuencia, porque a villanas las rinde sin la voluntad la fuerza. Cortesanas y aldeanas las comparo yo, y no es tema... ¿A qué? A los perros y gatos.; Cómo? De aquesta manera. Al perrillo llama el amo. y arrastrando por la tierra, amoroso y juguetón, le halaga, lame, hace fiestas. Coge al gato más lozano, que al aire la cola encrespa, y si le pasan la mano, él, que no entiende la lengua, le tira una manotada y media mano le lleva, pongo la comparación; ya que regalar deseas regala allá, en la ciudad, que hallarás quien lo agradezca como gente racional, no a villana, que aunque vea el más cumplido regalo, solo dará en recompensa, con un respingo, una coz, filigrana de las bestias. Pues disfrazados venís de labradores. Tronera, quédate tú con Lorenzo, que yo, cerca de la aldea os espero, y a la mira estaré. Y en tanto, reza y encomiéndate al dios niño, amigo Lorenzo. Ostenta con la cautela el valor. Con villanos no hay cautelas. porque las malicias son conceptos de su rudeza. Espías somos los dos. Pues vete, que yo en aquesta parte te aguardo. Ya voy con más miedo que vergüenza. ¿Cuándo, Amor, ha de encontrar una mujer en su pena el alivio que procura? ¿No bastan airadas flechas, sino que de mi fortuna se haya cansado la rueda? ¿Cómo encontrará ocasión de avisar, airada estrella, a don Manrique mi mal. para que, amante, pudiera llevarme donde . . .? ¿Qué miro? Un villano aquí se acerca, y, si no reparo mal, no parece de esta aldea. Pero llamarle deseo: ¡Labrador! ¿Qué queréis? Llega. ¿Conoces acaso al Conde don Manrique? Si; una legua está de aquí su lugar, y es mi señor, cosa es cierta que he de conocerle. Pues ¿harás por mí una fineza? Su merced mande. Pues dile que su Elvira está violenta en esta casa y lugar; que fino y amante venga, que, muerta de amor, sin él nada es gloria y todo es pena; testigos de esta verdad mis tiernas lágrimas sean. ¿Sabrás decirlo? Señora, vos veréis mi diligencia. En la Anguilla quedó el Conde. Vóyselo a decir. Pues vuela. ¡Quién del pensamiento ahora las alas darte pudiera! Yo diré que venga al punto. Pues de la casa las señas lleva. Muy bien la conozco. Buenas albricias me esperan, ¡Adiós, señora! Esperad. La casa ha de ser aquesta. y allí una mujer está. ¿Qué mandáis? ¿Sois de esta tierra? Sí soy. ¿Sabreisme decir aquella mujer quién sea? El sol que este valle abrasa y que flores da a la selva. Llámase Elvira, y es dueño de esta casa. Id norabuena. Ea, pincel, ella es. Prevenid para esta empresa la destreza y valentía. Señora, vuestra belleza a una osadía da causa, y pues la Naturaleza asombro os hizo y milagro, dad licencia, dad licencia para que un bosquejo vuestro del mundo admiración sea. Pues decid quién os ha dado a esa osadía licencia. ¿Quién la diré? De la Corte un Conde es, y no se acuerda de su nombre la memoria. ¡Cielos, si mi amante fuera!... ¿Llámase Manrique? Sí; el mismo es. Una sospecha me ha dado: ¿si a estotra Elvira el Conde acaso desea, de su hermosura inclinado? Mas, desconfianza necia: Manrique en su vida habrá visto a Elvira en esta aldea; ¡qué desconfiados son los amantes en ausencia! Permitir que me retrate no será objeción pequeña, mas si es para el Conde , y viene de él enviado, ¿qué me deja de escrúpulo?; antes así le diré que a verme venera. por si el villano se olvida. Si retratarme deseas. empieza el retrato, que te permito la licencia. Pues que mejor luz dará apartados de la puerta, venid, señora. Ya voy.; Ay. Conde, lo que me cuestas! Fuertes sospechas me dan la suspensión y tristeza de esta Elvira u esta Inés. De alguna pasión violenta su corazón adolece; ella suspira y se queja. Mas ¿por qué lo extraño yo, si en aquesta pobre esfera también Amor se introduce?; que es como el Sol, que no deja de registrar cuando sale desde la altiva eminencia hasta la humilde cabaña, ya sea risco, ya sea selva. Yo también amo y deseo, y mi padre, con sospechas anda después que hospedó confusión extraña y nueva, al cortesano que en paga del albergue y de la cena, sin despedirse, nos dio, con mala noche, pendencia. Como el podenco que está agazapado en la espera, habrá dos horas que estoy, y pues la campaña escueta está, y el conejo atisbo, antes que en la madriguera se meta, le echo la garra. Señora Elvira, o coneja. a este pobre cazador sin hurones ni escopetas, que viene a cazar favores, préstele un rato la oreja. ¿Quién eres, hombre? Yo soy un enviado a tu belleza de parte de don Manrique, que está por ti dado a suegras. En esta caja te envía unas joyas y cadena de oro; no hay sino tomarlo, y lo que viniere venga. Madurativo es, Elvira. V aunque estés como una piedra, no importa, que el refrán dice "dádivas ablandan peñas"'. Haga un verdugo en tu cuello cabriolas. Danza es aquesa de partir nueces. Traidor, ¿cómo inadvertido llegas a ofrecer a mi decoro lo que a mi decoro afrenta? Y para que te escarmiente, le has de llevar la respuesta de esta manera a tu amo. ¡Labradores de esta aldea, asido tengo a un ladrón! ¡Pesia el alma de mi abuela! ¡Suéltame, Elvira, por Dios! La que de honrada se precia, de un alcahuete ha de ser alguacil. ¡Yo la hice buena! ¡Labradores, acudid, porque librarse no pueda aqueste ladrón. ¿Qué es esto? Luego al instante se prenda aqueste, que lleva hurtadas unas joyas y cadena de oro. Agarradle , amigos, ¡Suelta, ladrón! ¡Suelta, suelta! ¡Así soltarais vosotros! ¡Qué rica es! A la trena le llevad , porque en el cepo de cabeza se le meta. Alcalde de Bercebú, ¿te he descorchado colmenas? Di, sayonazo cruel, ¿me has hallado en tu bodega, en tus cabras o rastrojos? ¡Calla, don hurta cadenas; que soy Alcalde este año, y porque el aldea tenga un buen día, he de ahorcarte! Si hemos de dar la sentencia, digo que antes de ahorcarle le den tormento. Así sea, porque ducientos azotes lleve para ir a galeras. ¿Qué os parece? ¡Voto a Cristo , que apelo a mil y quinientas! ¿Estamos en Berbería? Vaya el truhan. Venga el bestia. ¿Qué es aquesto? Un ladronazo. ¿Qué lleva hurtado? Unas prendas de oro. Señor, sacadme de estas montaraces bestias. En su busca vengo yo, y, pues me ha hurtado estas prendas yo sabré darle el castigo. En vuestro poder se entregan las alhajas. Id con Dios. Quiero irme de la presencia de este Conde, que Pascual celoso está. ¡Duda fiera! ¿Traer las joyas el criado; Elvira que de él se queja, y venir el Conde luego? ¡No me atormentéis, sospechas! ¡Vaya con Dios el lacayo, que se ha librado de buena! Del poder de un fiero Herodes he librado la cabeza. ¿Qué ha sido esto? ¿Qué ha de ser? Llegar a esa machihembra a ofrecerle tu regalo, y cuando que lo agradezca entendí, a gritos y voces decir con gentil friolera : ''¡ahorquen aqueste ladrón!", y ellos, sin gastar pereza, si tardas, en mí ejecutan horca, azotes y galeras. ¿Tan ingrata es?, ¡ay de mí! Pues tú, ¿para qué te quejas? Quéjome yo, pues aun no me ha salido el susto fuera. Deme albricias, usiría. ¿Qué habrá de que yo las deba? Para ti me dio un recado con hermosura que eleva tu Elvira, diciendo: ''Al Conde le dirás lo que me cuesta, de disgustos y pesares: que, amante, acuda a mis penas, que, muerta de amor, sin él nada es gloria y todo es pena". Aquesta noche te aguarda, y me hizo tomar las señas de la casa. ¿Eso es verdad? Señor, pues ¿si no lo fuera, te lo había de decir? Toma esta sortija. Venga. Vean ustedes aquesto: este con sortija queda , y yo he sido el estafermo de puñadas y de afrentas. Fuentes de aquesos peñascos, flores de esta amena selva, aves que cantáis amores, árboles de esta maleza, pues mudos testigos fuisteis de lo que Elvira me cuesta, sedlo también de mi dicha, dándome la enhorabuena. ¡Loco estás! ¿No lo he de estar , si un bien no esperado llega? Tú, Lorenzo, los caballos tendrás detrás de esa huerta. Voy al punto. ¡Hombre dichoso!; llámase Lorenzo, es fuerza, fue santo de la parrilla. mi nombre es de mala estrella, porque en ningún calendario he leído a San Tronera. ¡Oh, si la hora llegara de ver a Elvira! ¿Hay tal tema? ¡Por no verla yo, tornara me diera dolor de muelas! Vámonos, pues, acercando, que ya las luces se ausentan. Sí, que ya en el mar , señor, se zambulló de cabeza el sol. Y deja a la noche por virreinas las estrellas. Esta la casa ha de ser. Ya a mí me tiemblan las piernas. Llega tú, que yo aquí aguardo; mas con Elvira está alerta, no te haga otra burla a ti en que por ladrón te prendan. Poderoso Amor, que igualas lo que humilde y grande ha sido, ya que la noche has traído con el batir de las alas, trae al Conde, pues inquietas mi rendida voluntad, y denle velocidad las plumas de tus saetas. ¿Es Elvira? ¿Es mi Manrique? Tan otro de gloria estoy, que no sé, Elvira, quién soy; el alma misma se explique: ella, que contigo está, mejor te respondería si a la voz y lengua mía su movimiento le da; manda, divina mujer, al alma que dé la vida a mi lengua suspendida porque pueda responder. ¡Ay, Conde!, y qué soledad esas razones me hicieron, después que tus ojos fueron prisión de mi libertad; que, ausente de tanta gloria, mis lágrimas me anegaran, si mis penas no templaran la esperanza y la memoria. Y en mi pena repetida han unido sin mudanza la memoria y la esperanza los extremos de mi vida: una, promesas me da; otra, glorias me acordó; una, del bien que pasó; otra, del bien que vendrá. Cómo engañan los sentidos el pensamiento veloz: los ecos de aquesta voz me suenan en los oídos los de doña Elvira, y fue que como el nombre repito, y su agravio solicito, temí, y de ella me acordé. Antojos de quien amó; errores de quien olvida. ¿Este es amor? ¿Esta es vida? ¿Yo temores? ¿Celos yo? Yo temo esta serranía, y del Conde me avergüenzo. Voy a llamar a Lorenzo para tener compañía. Mi Elvira, tuyo he de ser, y te adoro de manera, que eterna vida quisiera para amar y agradecer; que, debiendo ser igual el amor y bien que siento, el noble agradecimiento no cabe en vida mortal un amor tan exquisito. Mi don Manrique, quien debe sentir que la vida es breve para amor tan infinito. yo soy, y si pueden algo mis deseos, que en su centro hoy están... Pero acá dentro suena gente. Luego salgo. Tronera, ¿habrá quien posea tan feliz gloria en su dama? No llega el bien de quien ama al gusto de quien desea. ¡Cielos!.;qué escucha? ¡Mi Elvira! En celoso abismo ardo. ¿Si aquesto escucho, qué aguardo? El pecho se enciende en ira. Mi señor y dueño mío a quien mi fe veneró y a quien gustosa dejó toda el alma mi albedrío, en el tálamo dichoso ¿cuándo se verán premiados mis amorosos cuidados? ¿Cuándo, di, serás mi esposo? ¿Su esposo? ¡Qué cobardía! Amor le da esta esperanza, Mas quién no engaña, no alcanza; por aquí vendrá a ser mía.) Siendo tú la luz que adora el alma, que tuya es ya, mientras no llega, será eternidad cada hora. Deja, mi Elvira, esta casa, vente conmigo a otra aldea, donde el alma te desea y el corazón, que se abrasa, harán libre rendimiento al amor y a la ventura, a tu divina hermosura, a tu gran merecimiento. Apenas puedo escuchar las palabras, ¡ay de mí! Ese dulcísimo sí nuevo aliento me ha de dar. Manrique, espera, ya voy, porque contigo tendré, no más amor, no más fe, porque en eso fénix soy; pero tendré más ventura , más valor, más alegría. Ya voy. Harán noche el día los rayos de tu hermosura. Tronera, ni mi esperanza, ni mi amor, ni mi deseo, con la gloria que poseo se igualarán. Más alcanza el alma que ha deseado: conmigo Elvira se va; guarda estas joyas, que allá en el pecho donde he entrado brillarán como una estrella. Parte, Tronera, a traer mi caballo, que ha de ser toro de Europa más bella. Palabras que abismos son de veneno y de pesar, ¿cómo llegan sin matar del oído al corazón? No desmayéis, esperanza, ánimo, y en mal tan fuerte prevengamos con la muerte la defensa o la venganza. Celoso he visto a Pascual, cuando a mi amor corresponde, de los antojos del Conde, venido aquí por mi mal; quiérole satisfacer; que entre los campos y flores nacen sencillos amores, y celos no han de nacer. ¿Oyes, Elvira? ¿Quién llama? Quien en esta noche espera rayos de luz verdadera de los ojos de quien ama. Manrique soy, que aguardando el alba de tu hermosura, en la noche más oscura al sol estoy esperando. ¿Cómo es posible? ¿Qué alcanzas? Discurro si loco estás, pues tan fácilmente das crédito a tus esperanzas. ¿Vencer quieres con promesas los pensamientos honrados de la Dafne de estos prados, Diana de estas dehesas? Pudieras, escarmentado, no volver jamás aquí, con la respuesta que di al loco de tu criado. ¡Vive Dios, que burla ha sido el favor que me mostró, la palabra que me dio y el amor que me ha fingido! Esperad todos ahí, porque impidamos mi muerte. ¡Ah, villana! ¿De esta suerte has hecho burla de mí? ¿Esto es amar a villanas? ¿Esto es dar crédito y fe a rústicas? Burla fue, ¡por las luces soberanas! de Elvira discreta y bella. Consoládome han los cielos, pues quedamos yo sin celos, él sin joyas y sin ella. Pero a la mira estaré con la gente que he traído, por si acaso es atrevido, y a Nuño le avisaré. ¿Qué es esto. Amor y esperanza, burla nos hizo a los dos? ¡Robarela, vive Dios, que no es fuerza la venganza! No he podido descender , que esta gente está despierta. ¿Si está Manrique a la puerta? Conde, señor. Vil mujer, que de villana te precias. ¿pensabas que yo deseo tus favores y que creo palabras falsas y necias? ¿Yo esposo de una villana? ¡Rabiando de enojo estoy! ¡Qué desdichada que soy! Quítate de esa ventana. ¿Cómo? ¿Así pagas mi amor. Conde, señor? Déjame. Mal premio das a mi fe. Eres vil. Eres traidor. ¡Muerta estoy! ¡Burlada fui! ¡Ya son deshonra los celos! ¡Montes, fieras, hombres, cielos, tened lástima de mí! Mira, señor, que amanece. ¿Qué importa que salga el día. si en el pecho y alma mía ninguna luz resplandece? ¿Qué tenemos? Burla fue. La villana me engañó. Bien lo adivinaba yo. ¿Dístele las joyas? ¿Qué? Las joyas. ¿Burlas también cuando desespero y rabio, cuando tengo por agravio un desprecio y un desdén? Como no te haya engañado en las joyas, bien está. ¡Necio estás! ¡En lo que da un amante desdeñado! Villano, ¿si tú las tienes, qué porfías? ¿Yo, señor? Él está loco de amor. ¡Lo que pueden los desdenes! Si joyas tengo, señor, plegue a Dios que todo un día camine yo en compañía de un necio preguntador. ¿Niegas, viéndome con ira. si mi mano te las dio? Pues ¿quieres que pague yo todas las burlas de Elvira? ¿Hay tan fiero disparate? ¡Me apuras! Es testimonio. Señor, me lleve el demonio. ¡Vive el cielo que te mate! ¿Por la puerta del corral me has hecho salir tan tarde? Señor, el valor alarde ha de hacer. ¿Por qué, Pascual? ¿En la puerta de tu casa no ves gente? Bien se mira. Nos quieren robar a Elvira. ¿Qué dices? Que aquesto pasa. Yo lo oí, y he prevenido los zagales del lugar. Y no se la han de llevar. Ah, señor, que siento ruido! ¡Ira de Dios, qué cuadrilla: viene a darnos malos ratos! ¿Qué gente? De Mazagatos. ¿Quién lo pregunta? La Anguilla. Esta no es jurisdicción suya. Yo la puedo hacer. ¿Y cómo? Con el poder, villanos. ¡Ah, tu traición castigaré! ¡Qué mal rato! Retírate. Fuerza es; que yo volveré después. Vamos, que tocan rebato. Dejadlos si se retiran. ¿Cómo mi rencor mitigo? Yo os daré el justo castigo. ¡Fuego, los palos que tiran y piedras! ¡Ah, perros, gatos! a los caballos, Tronera. Vamos presto. ¡Guarda, fuera! Ya anda la de Mazagatos. Don Álvaro, los monarcas preciados de justicieros, a quejas de sus vasallos, no vencidos, sino atentos y piadosos han de estar; la potencia y el imperio no deben ser tiranía; la Justicia, con un peso se pinta por la igualdad, y un ojo solo en un cetro pintó el egipcio, mostrando que uno ha de ser en el reino el cuidado y el amor con los vasallos; por eso, aunque estáis de mí quejosos , y aunque la causa no entiendo de las quejas, quiero oírlas, no con ánimo severo de rey a quien ofendéis, sino de amigo, que espero, oyéndoos atentamente, como rey satisfaceros. Don Pedro, Rey de Castilla, no te espantes, si me quejo, porque un agravio en la honra se pasa mal en silencio: robada tienes mi hija, sin atención ni respeto a la grandeza de rey, a la dignidad y celo de monarca, a los servicios de mi padre y mis abuelos. No es, don Álvaro, verdad; algún engaño hay en esto. ¿Qué motivo habéis tenido para el libre atrevimiento de pensar y de decir tal acción de mí? Si puedo referirlo con el llanto que produce el sentimiento, diré cuál es: una noche, embozado, un caballero entró al cuarto de mi hija; queriendo reconocerlo don Juan, quitó de su capa un escudo; después de esto , yendo a Burgos, la robaron de nuestro coche. ¿Y por esos indicios me habéis culpado solamente? Si te vemos la misma capa después, y el escudo confiriendo con ella está, ¿no ha de ser el delincuente su dueño? ¿No es bastante información? Don Juan, no; mas yo prometo, estad atentos, yo juro por mi vida, por los cielos, por cuanto puede jurar un rey cristiano; así el tiempo los términos me dilate de la vida y de mis reinos, así del Andalucía el africano soberbio huya vencido, y el Betis que al mar de España da censo lo pague en árabe sangre. y no en cristales tan bellos , que no soy yo el que pensáis, ni aun mi mismo pensamiento os ha ofendido, ni he visto jamás vuestra hija. Creo a Tu Majestad, señor. En un extraño suceso perdí mi capa, y hallé la que decís, y deseo saber quién su dueño ha sido; haced diligencias luego para saber quién os hace tal agravio, y yo os prometo que seré con él Trajano; pero os aviso y advierto que un rey da satisfacción solamente por sí mesmo, no a vasallos atrevidos. Los pies mil veces os beso. ¿De quién podéis presumir que os ha ofendido, supuesto que yo no soy? Solamente de don Manrique. Sabedlo, porque en mí hallaréis justicia como rey y amigo vuestro. ¡Vivas los años del fénix, ya que en singular extremo es un fénix tu justicia! ¡Viva más que vive el tiempo! ¡Ánimo, señor! Hagamos con recato y con secreto diligencias con Manrique por saber si es él; no erremos esta venganza. Gutierre, noble amigo y compañero, a buen tiempo habéis llegado. ¿Qué hay, don Álvaro, de nuevo en que yo os pueda servir? Es larga historia. Yo vengo de retratar una dama que con ardientes afectos quiere el Rey; daré el retrato, y ya salgo, aunque deseo que veáis la valentía del pincel y atrevimientos del Arte, competidora de Naturaleza, y temo que lo sepa el Rey. Yo juro de guardar siempre silencio. Pues mirad esta hermosura, trasladada del sujeto; reparad, mirad los ojos: dos lenguas que están diciendo: “O soy mudo original, o retrato que habla". ¡Cielos! ¿Qué desdichas son las mías? ¿Qué rigores son los vuestros? Mirad alegre este rostro, tan apacible y atento que parece que nos oye y nos responde risueño. ¿Hanse engañado mis ojos, o es retrato verdadero de aquella aleve? Señor, no se engañan, que antes vieron más agravios; suyo es el retrato. ¿Con qué intento el Rey ofendernos quiere? Con ánimo de ofendernos, con intención de agraviarnos. ¡El Rey sale! Yo te ruego me digas dónde la dama está del retrato. A eso responder no puedo yo, el Rey lo sabe; el secreto habéis jurado guardar: callad, que yo no pretendo que con vosotros me vea. ¡Muerto estoy! ¡Sin alma aliento! ¿Todavía aquí os estáis? Rey don Pedro, el Justiciero, que aqueste nombre te dan por justo, sabio y discreto, perdona mis demasías, por agraviado y por viejo: a la tirana justicia pone Dios leyes y freno; Roma, Troya, y aun España, te pueden servir de ejemplo, cuyos reyes acabaron su majestad y su imperio por violar honras ajenas; son eternos escarmientos Paris, Tarquino y Rodrigo en los anales del tiempo; tú. que justicia nos finges, robando honores ajenos, y a verdaderos agravios pones falsos juramentos, ¿por qué no temes castigo de aquel Tribunal supremo donde son iguales siempre los grandes y los pequeños? ¿Las hijas de tus vasallos han de ser por ti desprecio y fábula de las gentes? Al Rey de reyes apelo. ¿Qué es esto? ¿Otra vez porfían tus locuras, ¡iras vierto!, cuando ya mis desengaños te dejaron satisfecho? Permítenos que mi hermana pueda entrarse en un convento, gran señor, y no te enojen de mi padre los consejos, i Vive el cielo, que están locos! ¡Ah de mi guarda! ¡No puedo decir que he visto el retrato! Señor, ¿qué mandas: Que luego a esos atrevidos pongan en una jaula. ¿Hay desprecio mayor? Vamos. Mas dejadlos; su propia ignominia quiero que los castigue. Señor, ya trasladé el rostro bello de la hermosa labradora que vive en tu pensamiento. ¿Labradora dijo? Mira si a su semejanza puedo haber mejor trasladado la perfección. ¡Quita, necio!, que no es esta la que digo; esta, si mal no me acuerdo, se llama Inés, y es su prima. Engañáronme. ¡No acierto a reprimir el enojo! Toma el retrato, y atento mañana te enseñaré la luz de aquese bosquejo, venid: vosotros quedaos, que de castigaros dejo, porque este desprecio ahora pueda serviros de escarmiento. Don Juan. Señor. ¡Ay de mí! ¿Qué es aquesto, qué es aquesto? ¿El Rey desprecia el retrato, diciendo que no es su dueño? Después, ¡a nuestra lealtad, de locos nos da el desprecio! ¡Que nos prendan manda, y dice que nos dejen! No comprendo el enigma de este encanto. Pues esperemos que el tiempo lo diga. Fuerza ha de ser. Y hasta entonces ¡dadme, cielos, paciencia para esperarlo y ánimo para saberlo!

JORNADA TERCERA

TERCERA JORNADA Amigos, esto ha de ser. A tu obediencia resueltos venimos. Yo no. ¿Por qué? Porque vengo echado a perros. Esta no es pasión, que es rabia. ira, furia y dolor fiero. En el Argel de tu amor has renegado, ¿y resuelto quieres que reniegue yo, siendo tan cristiano viejo? Hoy se casa aquella fiera con ese rústico, y quiero, antes que de mí se burle, burlar su honor con desprecios. Pero vestidos de moros, que no es buen disfraz entiendo, y nadie lo ha de creer, que en Andalucía ellos y nosotros en Castilla la Vieja estamos muy lejos. Para no ser conocidos no tomé el disfraz, que es cierto que nos han de conocer; solo quise hacer desprecio de su esposo, y porque el susto, descuidados del suceso, los ponga en más confusión. Ya de la boda el estruendo se escucha; embestir, sinior que por Maxoma estar perro; empezar la zambra todos. Todos. ¿Y cómo es? Estar atentos: Li, li. li, li. Todos. Li. li, li... ¿Qué haces, borracho? Comenzó la zambra. Conmigo todos venid. Vamos. Dar ejemplo con cimitarra e marlota a estos cristianilios tengo. ¡Lágrimas noches y días! Inés, muy poco te debo; yo quisiera que mi casa tuviese dorados techos donde tú te aposentases con más gusto, y si el remedio de tus desdichas pudiera yo remediar, te prometo que lo hiciera como amiga, porque te estimo y te quiero; y pues hoy es de mis bodas el día, no el desconsuelo me des de que tu tristeza agüe todos mis deseos. ¡Ay, Elvira!, no presumas que no te estimo el afecto; que en amor seas dichosa será mi mayor contento; lloro que Elvira también soy yo, y un ingrato dueño, no apreciando mis favores, vuelve la espalda a mis ruegos; de mi padre perseguida y mi hermano vengo huyendo, y no sé en qué han de parar de mi vida los sucesos. Tiempo vendrá en que mejores y alivies pesar tan fiero. Ya mi padre y los zagales, con Pascual, vienen; el cielo de tu cara se divierta para que al verle sereno tengan risa y alegría troncos, flores y arroyuelos. De Pascual y Elvira la unión celebremos, él galán Adonis y ella hermosa Venus, y a su boda todos cantemos, bailemos. Estos campos que desean rubias coronas de espigas, ya que vieron mis fatigas, quiero que mis glorias vean, y esa fuente en que me vi llorando celos a prisa pague en mis bodas con risa las lágrimas que le di. Gozad la dichosa unión de dos almas, como es justo, con más dicha, con más gusto que tiene mi corazón. Y jamás lleguéis a ver, en paz de amor singular, ni la cara del pesar ni la espalda del placer. ¡Plegue a Dios que te veamos, Inés, con más alegría solemnizando otro día a la sombra de estos ramos, y los pájaros que en ellos cantan mi dicha y la suya celebren también la tuya en lazos de tus cabellos! De Pascual y Elvira la unión celebremos, etc. ¡Vuestra dicha ha sido poca, que moros vienen con priesa! Hace mil burlas Teresa. ¿Qué dices, necia? ¿Estás loca? De miedo estarlo podía. Teresa, las burlas deja. ¿Cuándo en Castilla la Vieja moros vimos? Este día. Verdad dice. ¡Caso extraño! ¡Zagales, piedras cojamos porque defender podamos a Elvira! ¿Moros? ¡Mal año! La hermosa novia robad; venganzas y amores son las que dan al corazón más aliento y más crueldad. ¡Hamete, li, li, li, li! ¡Cristianilios, morir todos! ¡Por qué caminos y modos burlas. Fortuna, de mí! ¡Padre, esposo! ¡Ay. desdichada! Ponedla en el andaluz. ¡Alá, Mahoma. alcuzcuz venid a darle a Granada! ¿Qué desdicha es ésta, cielos? ¿Es posible que el amor tiene tormento mayor que el desprecio y que los celos? A Elvira solo se llevan; no hacen caso de nosotras. ¡Ay de mí, que ya son otras las desdichas que me prueban! Manrique es el falso moro que a Elvira ha robado. ¡Cielos, dadme muerte con los celos!, pues al Paris cruel adoro. Los villanos de la aldea de don Manrique habrán sido, y yo al Conde he conocido; llamad gente a voces, ¡ea!; id tras ellos y quitad a Elvira de su poder. Yo los quise conocer; Inés ha dicho verdad. El ladrón de aquella joya era él un moro, sin duda: ¡amigos, dadnos ayuda, viva Grecia y muera Troya! ¡A Elvira nos han robado los villanos de la Anguilla! ¿Moros andan en Castilla? ¡Venga a morir el honrado! Yo tengo la culpa, yo. pues sin decoro y recato he querido a un hombre ingrato que entre moros se crio. ¡Qué desdichada es mi suerte, pues en tan grandes desvelos hoy han venido los celos a publicarme la muerte! Ya la gente del lugar a seguirlos impaciente, airada sale y valiente; temo que los han de hallar; pero ¿por qué inadvertida prevengo el mal de un traidor? Mas, ¡ay!, que no quiere Amor pierda el ingrato la vida. No viertas. Elvira mía, el tesoro de tus perlas; no estás en poder de moros: Manrique es el que te lleva. ¿Qué me consuelas, ¡tirano!, al ver que menos sintiera verme entre bárbaros viles que verme en tus manos fieras? ¿Un caballero ha de usar de traiciones ni de ofensas contra una humilde mujer? ¿No sabes, no consideras que donde no hay voluntad inútil gusto es la fuerza? ¡Qué blasón has añadido a la sangre de tus venas, si con lo mismo que vences es con lo que más te afrentas? Mira que la voluntad no ha de rendir tu soberbia, porque antes hecha pedazos mi casto honor defendiera; desengaños te publico, y así vuélveme a mi aldea; una mujer te lo pide, una razón te lo ruega. Elvira, en vano te cansas, que con lo mismo que templas es con lo que más enciendes el ardor que me atormenta; tus desdenes a mi amor no han apagado la hoguera , que más fuerte han encendido de mi corazón el Etna. ¿Por un rústico villano a tu fortuna atropellas, cuando quiero colocarte al solio de mi grandeza? Enternézcante mis ansias. No aguardes que me enternezca, he nacido labradora, es mi corazón de peña; restitúyeme a mi padre, deja que a mi Pascual vea con el sayal tosco y pardo, de mi amor preciosa tela. ¿No te corres de quererme? ¿Qué fruto sacar esperas de una mujer que a tus ojos te aborrece y te desdeña? Amor también es tirano, y la monarquía bella de la hermosura conquista, o con la paz, o la guerra: si no te vence el halago, te vencerá la violencia. ¡Soy diamante! Buril soy que te labrará a ternezas. ¡Mal le labrará tu engaño sin la sangre de mis venas! ¡Sinior visir, que alcanzar dos mil cristianilios! ¡Bestia! ¿qué es lo que hablas? ¿Eres moro, y no me entiendes la lengua? Decir, sinior, que villanos como bodencos se acercan, arrenietendo torbantes con pecos, con esgobetas, y decir: "¡Morilio, aguarda, que el pellejo de colebras querer quitar, si a Elvirilia no volver a la aldegüela!" ¿Te burlas, villano? ¡A Dios pluguiera que burla fuera! Huyamos, que Mazagatos quiere mazarnos las testas; más de mil palurdos vienen con chuzos, palos y piedras, diciendo: "¡Mueran los moros! ¡Viva Castilla la Vieja!" Amigos, a resistirlos y a escarmentar su soberbia. ¡Parece que compasivos los cielos mostrarse intentan! Formemos un escuadrón; vaya Hamete en la derecha, y Muza Hernández delante, y Alí Pérez a la izquierda, que yo iré en la retaguardia: señor, mira que ya llegan. Dejadlos llegar. ¡Ah, perros! Viva Castilla la Vieja! No quede ninguno vivo! ¡Temed que los perros muerdan! Rústicos, ¿adonde vais? A librar a Elvira bella. ¡Dejad aquesa cautiva! ¿Conoceisme? Bien se muestra que sois moros. ¡Ay, Pascual, líbrame! Sí haré. ¡Tenedla, no la dejéis que se escape! Moro, la cautiva deja, o vuestra africana sangre teñirá en nácar la tierra. ¿No veis que el conde Manrique os habla? ¡Andad norabuena! Es caballero y cristiano el Conde; ¡tu aleve lengua no oscurezca sus blasones! ¡Ya el sufrimiento es bajeza! Moro, entréganos a Elvira, si volver a África intentas; porque, si no, ¡has de morir! ¡No os la he de dar! Pues ¡perezcan los enemigos de Dios! ¡Amigos, al arma! Guerra Diciendo: ¡Mueran los moros! ¡Viva Castilla la Vieja! ¡Cáscaras! ¡Mueran los moros! ¡Viva Castilla la Vieja! ¡Qué zurra que anda, señores! ¿Quién me metió en esta gresca, abogado de los moros, sino el zancarrón de Meca? ¿No puede haber quien hallara para meterse una cueva? Los moros van de vencida, que cada villano lleva un Santiago en cada palo, un San Jorge en cada piedra. Aquí se ha quedado un moro. Sí, que bautizarse intenta , y a voces dice, cristianos, que de Mahoma reniega. Aguarda, ¿no eres tú el que las joyas robadas llevas del Conde? ¡Qué testimonio! ¡Agárrale! ¡Eso es culebra! Primero os he de enseñar... ¿Qué, cobarde? Las soletas; ya anda la de Mazagatos, se dijo por esto. ¡Espera! ¡Ah, Fortuna desdichada!, ¿cómo tu inconstante rueda, cuando a la altura me sube, al abismo me despeña? Rotos los que acaudillé están, y yo herido, apenas; y lo que más siento es que en la confusión se queda perdida Elvira, y si el Rey mi delito a saber llega, mi cabeza se aventura; que aunque la vulgar idea le da el nombre de cruel, justificada sentencia, mejor será retirarme y ponerme en la presencia del Rey, porque de esta suerte la malicia desvanezca. ¡Ah, villana, bien Amor de mi osadía se venga! Con la confusión logré librarme, y perdí la senda del camino que llevaba; no acierto por dónde pueda cobrar la aldea. ¡Seguidlos! ¡Ay de mí!, el rumor se acerca, y no sé si es de la gente de mi padre o la que lleva mi enemigo; de estas ramas podré mirar encubierta qué gente es la que ha llegado. Deja. señor. que en defensa de mi Elvira siga al Conde. ¿No miras que está deshecha su gente, y que, fugitivos, habrán dado ya la vuelta a la Anguilla? ¿Y es consuelo el ver que a Elvira se llevan? Mi padre y mi esposo son. Amigos. seguidlos, mueran! Todos hemos de seguirte. Repórtate. ¿Me aconsejas que pierda el honor? ¡Ay. cielos! Elvira, escucha mis quejas. ¿Dónde estás. mi bien? Aquí. ¡Ay, esposa! ¡Ay, dulce prenda! ¡Hija de mi corazón! ¡Viva Elvira! ¡El traidor muera! Seguidle, que huyendo va. Dices bien. Tened prudencia, que es un señor poderoso. Tú, Pascual, parte a dar cuenta de su loco arrojo al Rey; su justicia España tiembla, con razón vas a quejarte; Elvira conmigo queda, yo te la sabré guardar. Mira que ... No te detengas; parte a Segovia, esto importa; viejo soy, tengo experiencia: el primer informe siempre con la verdad aprovecha; como anciano te aconsejo, y como padre pudiera mandártelo: escoge ahora, para hacerlo, lo que quieras. Obedecerte me toca. Adiós. Elvira. La vuelta no la dilates. Contigo alma y corazón se quedan. Este moro hemos cogido. ¿Dónde? En una chimenea. Criado es del Conde; vaya a la prisión. Considera que ya estoy arrepentido, y bautizarme quisiera. ¡Venga el alcahuete! ¡Mientes! Yo he negociado en concencia. pues voy preso a Mazagatos, que es peor que estar en galeras. Pascual, adiós. Él te guarde. (Vase.) ¡Ea, hijos! dad la vuelta a Mazagatos. Sí haremos. Y pues quedó la soberbia del africano fingido castigada, a decir vuelva, en aplauso del lugar, la victoria que os celebra: Mueran los moros traidores! Viva Castilla la Vieja! Mueran los moros traidores! Viva Castilla la Vieja! Cada vez que a Palacio, don Juan, vengo, nuevos pesares, nuevas penas tengo; porque el Rey, enojado y persuadido de que nuestro dolor locura ha sido, con ceño nos atiende y con enfado. Hasta cuándo, ¡ay de mí!, el rigor del hado ha de ostentar tan fieros desconsuelos? ¡Doleos de mi vejez, piadosos cielos! Las mudanzas, señor, de las fortunas, ya a la dicha intratables, ya oportunas, aunque vengan de mano airada y fiera, siempre el varón constante las tolera; si vuestro deshonor quiso la suerte, ella misma el consuelo nos advierte, pues al que no eligió el fatal desvelo, el mismo mal le sirve de consuelo. ¡Que de Elvira, tu hermana, no haya indicio! No ha quedado resquicio que la cautela no haya imaginado y, por violencia o dádiva, intentado. Pensar que el Rey la guarda aqueso indicia. ¿Cómo ha de haber justicia con quien la ha de observar y no la tiene? Calla, don Juan. ¿Por qué? Porque el Rey viene; y quisiera no verle. ¡ansias crueles! Ocúltennos, señor, estos canceles. ¿Qué dices, labrador? La verdad digo. Examinará el Conde mi castigo. Señor, para excusaros los rigores, a ti acudimos; somos labradores. cada cual se entretiene en su labranza, y en esta confianza, los poderosos, porque nada sobre, no es bien que inquieten y hagan mal al pobre. Seguro puedes ir. A tu persona sírvale todo el mundo de corona. Gutierre Gran señor. No lo creyera, si a esta gente sencilla fe no diera. Señor, no será tanto el desacierto. Tú le disculpas noble, pero es cierto. Don Manrique. Señor, templa tu enojo. No sé si he de poder. ¡Tiemblo su arrojo! Dame, señor, tus plantas (¡qué desvelo!), si merezco tal dicha. Alzad del suelo. ¿Tanto olvido tenéis con mi presencia, que olvidáis la asistencia que a los reyes profesa el leal vasallo? Señor, a tu razón disculpa no hallo. Mejor entretenido os considero, pues tanto os olvidáis. Al verle, muero; que el corazón me avisa, como sabio, que el Conde es el autor de nuestro agravio. Decid,; cuál es la causa que os destierra? Señor, como es imagen de la guerra de la caza el gustoso afán, contento encuentro en ella del divertimiento, todo el ocio apacible que me inflama; a veces, con los perros, de la cama da gusto ver saltar al conejuelo, y después, con anhelo, en la montaña el jabalí se acosa y a la sangrienta osa, y cuando aquesto cansa y da pensiones, en el aire conquisto con halcones el vuelo de la garza infatigable, que es confusión notable ver cómo se presentan la batalla; y estas delicias mi afición las halla en las historias griegas y romanas. Yo pienso que también de las troyanas, i pues hecho Paris que el honor no mira, habéis robado a Elvira. (El Rev lo sabe va, murió mi fama. No conviene negar.) Señor, quien ama, errores suele hacer; yo te confieso que, de un tirano amor rendido y preso de la beldad que admira, a su padre ofendí robando a Elvira. Ya averiguamos que es autor el Conde de nuestro deshonor, pues le responde confesando el delito. Y culpamos al Rey. Viva infinito un Rey que nos sufrió con bondad mucha. El caso irá diciendo; escucha, escucha. A los reyes señor, no ha de negarse la más secreta culpa, y más cuando el amor halla disculpa; que si a Elvira robé, con honra queda, sin que el agravio pueda formar quejas, y más que fui llamado de su amor y obligado. Aquello siento.¿En qué mujer se halla tan poca estimación? Escucha y calla. ¿Con honra queda? Sí, señor. ¿De modo que casados estáis? No, señor. ¿Cuándo os pensáis desposar? ¿Qué es lo que dices? Parece que se altera. Padrino de la boda ser quisiera. ¿Qué dices, gran señor? Que os caséis luego. Manrique. ¿Con tal desigualdad? ¡Respiro fuego! ¿No sabéis que me nombro el justiciero? Pues ¿cómo un caballero cuando su rey le manda lo que es justo, quiere darle disgusto? Señor, no intento tal, ¡pena tirana!; pero el unir mi sangre a una villana es ultrajar la sangre de tus venas, pues pariente me llamas. Te condenas en lo mismo que dices, y es Elvira tan buena como tú. ¡Reviento de ira! Después de hacer agravios, ¿tus traiciones intentan ultrajar tantos blasones? No sé con quién habláis. No más, Manrique. Señor, mirad que yo... ¡Nadie replique! ¡Hola! Señor, ¿qué mandas? Prendé al Conde; tenedle en esa cuadra oscura, donde le dé un hora a su vida solamente. ¡Que el Rey, que me estimaba, así me afrente! Venid, Conde. Ya voy, ¡desdicha fiera! ¡Logro será que un infelice muera! Don Juan. Señor. El Rey está indignado; confuso estoy, y absorto. ¡Estoy helado! Salió el sol de la verdad; no darán al sentimiento las canas atrevimiento de hablarme con libertad. Don Álvaro, mi piedad os trató como a su amigo; no tengo a Elvira conmigo, bien lo veis con la experiencia, y quiero que mi inocencia solo sirva de testigo. A los reyes llamó Homero espejos de la justicia, y no cabe la malicia entre el cristal y el acero; mirad otra vez primero de quién estáis agraviados, porque inocentes culpados se darán por ofendidos, y es fuerza que estéis corridos cuando os veis desengañados; siendo fuente, siendo origen los príncipes y los reyes de la justicia y las leyes que en paz a los hombres rigen, no se ha de pensar que afligen a sus vasallos. Así es. Deja que bese tus pies y tu justicia publique. Casárase don Manrique, y aun ha de morir después. De confusiones y dudas, ¡cielos!, tengo absorta el alma; diversas contradicciones me asustan y sobresaltan. Que el Rey la noticia tenga del alboroto , y la causa, que ocasioné en Mazagatos, no me admira, no me extraña; , pero me extraña y me admira ver que don Álvaro trata, y don Juan, con tal desprecio mi persona, la demanda tomando, que no les toca, de aquella astuta villana; si fuera por doña Elvira su disgusto no extrañara. ¡Oh, quién de estas tropelías que el pensamiento me asaltan pudiera salir! Si acaso por esta reja encontrara a quien decir... Mas don Juan y su padre, en la antesala están del Rey; yo los llamo. ¡Ah, don Álvaro! ¿Quién llama? Don Manrique. ¿Qué me quieres? Que me oigas una palabra. (De él me he de valer, diciendo que tengo a su hija dada la palabra de ser suyo; que si con ella me casa, el Rey templará su enojo, y yo restauro su fama pagando lo que la debo.) ¿Qué quieres? Que, perdonada mi desatención, consiga don Álvaro, pues que tanta es la igualdad de los dos, la dulce prenda, la blanca mano de tu hija, pues tanto tiempo mi esperanza ha deseado ser suyo. Esto, postrado a tus plantas, humilde pido. ¿Qué dices? Tuya es Elvira. Mi hermana, ¿de quién mejor admitida? ¿En quién mejor empleada? ¡Soy dichoso! Al Rey diremos elección tan acertada. Retírate, porque viene. ¡Halle puerto mi esperanza! ¡Don Álvaro! Si pretendes el sosiego de mis canas, tu enojo puedes templar, que ya Manrique se casa con doña Elvira, mi hija; arrepentido se halla, y yo, por lo que te debo, por él intercedo. Basta, que aunque es verdad que enojado osadías tan extrañas me tienen, por ti lo haré. Don Juan, a Manrique llama. ¡Don Manrique! Ya, señor invictísimo, postrada mi humildad tu mano besa. Ahora estarás en mi gracia. Señor, mi yerno es Manrique, y pues le hacéis honras tantas, sed su padrino. Sí haré. ¿Cuándo es la boda? Mañana. Señor, ¿cuándo podré ver a mi Elvira soberana? Cuando tú quieras. Ahora. ¿Dónde la tienes? ¿Qué hablas? ¿Luego en Segovia no está? Mira tú dónde la guardas. Pues ¿yo qué sé de tu hija? ¿Tú no robaste a mi hermana? ¡Ahora salimos con esto! Caballeros de tu fama, por ponerme a mí a un desaire, no han de hacer estas mudanzas, si no es que quieres vengarte de la enemistad pasada.. Tú te quieres eximir, don Manrique, y doble andas, pues por vengarte de mí quieres a Elvira negarla. Pues ¿sé yo dónde la tienes? Ni os entendéis, ni os alcanza a entender humano juicio, y ya a atrevimientos pasan, Conde, tus palabras. ¡Cielos!, sacadme de dudas tantas. ¿Te quieres casar? Señor, si a mi Elvira me restauran, sí quiero. Pues dadle a Elvira, ALVARO. don Álvaro. Que te engaña, señor. porque él la ha robado más ha de un mes. Ya me falta la paciencia, y de esta suerte sabré la verdad más clara. A la prisión vuelva el Conde, por ver si el castigo aclara esta enigma que no entiendo. Ya obedezco. ¡Suerte ingrata, acábame de sacar de tropelías tan raras. Id a hacer las diligencias vosotros, por ver si hallarla podéis, que de aquesa suerte tendréis más justificadas vuestras razones. Sí haremos. Señor, en cosa tan ardua, aconsejémonos bien. Don Juan, con discreción hablas. Este delirio de entrambos me tiene sin mí. ¿No andas? Estoy cansado, y no puedo. ¿Qué ruido es ése? A tus plantas aqueste moro traemos, que en la reñida batalla de Mazagatos cogimos. Llegue el moro. Tú y tu alma sois los moros. Gran señor, estos villanos me tratan como a esclavo, y porque veas que tengo sangre cristiana, aquesta es mi filiación, y en mi linaje de fama se verá que no soy moro, que tengo abuelos de casta, y, con tu licencia , leo, señor. Adelante pasa. Adán engendró a Caín cuando comió la manzana, y Caín a no sé quién, no sé quién a doña Urraca, doña Urraca al Tamorlán, el Tamorlán a Pedro Arias, Pedro Arias a Julio César, Julio César a Cleopatra, Cleopatra engendró al Sofí , el Sofí a Mari Castaña, Mari Castaña a Tintillo y Tintillo a Mari Blanca la de la Puerta del Sol, el Sol a una calabaza, de que se hizo mi Tronera. Aquesta es mi generacia. Basta, pues. Si aquesto es poco, diré más. ¡Qué bien lo garla! Retiradle con el Conde que preso está en esa cuadra, que criado suyo es este. Llevadle luego. Palabras bien habladas son aquesas. ¿Moro yo, cuando es tan rancia mi estirpe? ¡Eso no, eso no! San Martín y Rivadavia son testigos de que soy rancio enemigo del agua. Oye, señor poderoso, a una mujer agraviada que de dos injurias pide satisfacción y venganza, y aunque a los reyes, señor, osadía es reparada hablar con embozo, os pido me deis la licencia. Habla. Querida fui, por mi mal, de don Manrique de Lara, si querida ha de llamarse una mujer desgraciada. Idolatró mis paredes, solicitó mis ventanas con ojos y con deseos, con amor y confianza. Mas ¿para qué te suspendo con retórica tan vana?, pues que las quejas no piden artificiosas palabras. Prometiendo ser mi esposo, rindió el difícil alcázar donde mi honor defendía los tesoros de su fama, y después que mi opinión discurrió el mundo en las alas, dice que no le merezco, que son sus promesas falsas, que mi esposo no ha de ser, que mi sangre no le iguala. Gran señor, hazme justicia, que nobleza tengo tanta como vergüenza al decirlo, pues que me cubro la cara. ¿Fuisteis la robada vos de la aldea desgraciada? No, señor; Elvira ha sido, aquella hermosa serrana. ¿Otro delito? ¿Qué es esto? Llamad al Conde. ¡Qué hazañas de español contra caudillos de la nación africana! Aquí está el Conde. No deben tu soberbia y arrogancia hallar, Conde, mi piedad; tus sinrazones son tantas, que en mi sangre y parentesco, en mi amor y en la privanza que te animó a cometerlas, apenas disculpas hallan. ¿De modo que esta mujer, cuando en su tálamo estaba, robaste atrevidamente? ¡Qué crueldad tan inhumana! Ya, señor, ¿no lo sabías, y con severas palabras me recibiste enojado? ¿No confesé mi ignorancia? ¿No te merecí el perdón? O te engañas, o me engañas. Advierte también, señor, que a esta mujer, que robada fue de mi ardiente deseo, no toqué una mano, y basta para testigo ella misma, aunque una noche, en su casa, con un gabán guarnecido o bordadura de plata, hallé un hombre, que quizá esta hermosura gozaba, y no es bien que tú me obligues a ser su esposo. ¿Una capa no perdiste entonces? Sí. Conde, Conde, ¿más probanza? Y engañar a esta mujer, prima de Elvira, o hermana, con palabra de ser suyo, ¿ha sido empresa bizarra? ¿Yo, señor?, ¡viven los cielos!, que estos villanos levantan esa quimera, y no sé quién es tal mujer. Si hallan estos míseros rendidos puerto en tus invictas plantas, permíteles que las besen. ¿Qué queréis? Que perdonada la osadía del lugar, pues que ninguno dio causa, mandéis que no nos envíen juez pesquisidor. De tantas muertes como sucedieron el Conde, presente se halla, él tuvo la culpa; pague, gran señor, con su garganta. Esa es razón y justicia. ¿A Elvira Manrique ama? ¡Cielos! ¡Si aquesta es Elvira! ¿Quién será aquesta tapada? ¡Yo he de perder el sentido! Contra ti piden venganza muchos. Conde; preveníos, que soy Rey, y debo darla. ¡El Rey es el cortesano que me alborotó la casa! Señor, pues os hospedé, debéis pagar la posada, que os fuisteis sin despediros, dando mala noche. Basta. ¿Qué nuevas desdichas son las que perturban y agravian mis esperanzas? ¡Villano, la verdad al Rey declara! El Rey guardará justicia. Ya mi celosa venganza se trueca, Elvira, en piedad. Tú, tan bella como ingrata, si de mí te querellaste, di verdad, ¿para qué callas? El Rey guardará justicia. ¡Oh condición sin mudanza! Intercede, tú, Teresa, con tu prima; ve a rogarla. El Rey guardará justicia. ¡Ah, vengativas villanas! Todos estamos acá, señor mío, y si no tratas de disculparme, yo creo me ha de dar mal de garganta. Dime tú. tirana, di. ¿por qué mi desdicha quieres, si no he sabido quién eres, ni jamás tu rostro vi? Nubes cubren tu luz clara, como al sol en el invierno, no esté en tu lengua un infierno pues que está un cielo en tu cara. Veneno de honras ajenas, inconstante más que el Sol, falso Paris español, robador de dos Elenas, ¿en mí ves tus sinrazones, mis propias flechas me tiras, o soy espejo en que miras tus malas inclinaciones? Tu voz dulce y sonorosa dudas y glorias me ofrece, como el Sol cuando amanece, que nos da la luz dudosa. Ya piadosa y ya feroz, tus quejas son homicidas, y, por quitarme más vidas, me da mil vidas tu voz. ¿Conocéisme? ¡Dueño amado!, mirándote ya no puedo tener a mi muerte miedo. ¿Cómo de mí te has quejado? Cuando a llamarte envié, que yo estaba en Mazagatos, y tú, con aleves tratos, menospreciaste mi fe. Pues ¿cómo fuiste a parar a esa aldea? Es que mi hermano quiso llevarme, tirano, a un convento, y avisar no pude en trance tan fuerte de la violencia. Soy tuyo, y a mi ser me restituyo. ¿Serás mío? ¡Hasta la muerte! Cubre el sol que me ha cegado, que vuelve el Rey, y con ira. y trae con él a la Elvira aldeana. ¡Qué cuidado! La postrer difinición de este embolismo ha llegado. Señor, si le dan la muerte antes que le dé la mano a mi hija, mal se enmiendan mi deshonor y mi agravio. No será así. Don Manrique, vos tenéis hov cuatro cargos de que dar satisfacción a todos los agraviados; robasteis a esta mujer, y porque la han desposado con su igual, es mi sentencia que la Anguilla y Mazagatos, vuestras villas, suyas sean. y del haber ocultado a doña Elvira. Eso niego. Vos me lo habéis confesado. De esta Elvira hablaba yo; los nombres me equivocaron. ¿No es aquesta labradora? ¿Qué decís? Que si mi mano restaura el honor que pide, suyo soy. ¡Perjuro, falso! ¿Cómo te quieres casar con una villana, cuando confesaste ser esposo de mi hija, y por agravio recibes su casamiento? Estás, señor, engañado . Mis oprimidos alientos. con tu vista han respirado. ¡Elvira!, ¿qué dicha es esta? ¡Dame los brazos, hermano! Ahora que doña Elvira tiene honor con tal estado, por las muertes que causaste has de morir. Ahora aguardo con más ánimo la muerte, pues esta dicha he logrado. Señor, si pueden mis ruegos, si puede mi tierno llanto... Premia, señor, mis servicios, pues son muchos, perdonando al Conde, que ya es mi hijo. Si contigo valen algo dos labradoras humildes que una noche te hospedaron, a tus plantas te pedimos su perdón. Los soberanos ojos de Elvira me mueven: ya que resisto sus rayos, la gracia está concedida. ¡Viva el Rey don Pedro, el sabio y valiente justiciero! Tu hechura soy. Lo que encargo es que destroquéis las capas, pues ya sabemos entrambos lo que es vuestro y lo que es mío. Y este Tronera, que es calvo de los palos y pedradas que le dieron estos payos, ¿justicia no ha de pedir? Te quedarás en Palacio, que gusto que me entretengas. Señor, si es para el verano, te gustará mi friolera. Y si no merece aplauso, halle perdón, a lo menos. Ya anda la de Mazagatos.