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Texto digital de La virgen de Sopetrán

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Atribución tradicional
Pedro Calderón de la Barca
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Género
Comedia
Procedencia
El texto utilizado ha sido preparado por Germán Vega (a partir de la suelta sin datos de imprenta BNE: T/55309/2).

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Cita sugerida

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de La virgen de Sopetrán. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/virgen-de-sopetran-la.

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LA VIRGEN DE SOPETRÁN

JORNADA PRIMERA

Fuentecilla liberal, verte viciosa recelo, que ha dado en hacerte el yelo espejo de tu cristal. Divierte aquí la tristeza de quien admiro el poder, pues ha conseguido ver eclisada tu belleza. Que como el cielo dispone por soberano decreto que el sol padezca defecto, si la luna se interpone, así Casida procura dominando en más alteza tener en ti la tristeza desmentida la hermosura. Mira este ameno pensil, que en matices y en olor una aroma es cada flor, cada flor es un abril. Y que a sus vivos colores da pasamanos de plata la fuente, que se dilata para espolines de flores, los árboles mira ufanos, que dando al tiempo tributo ya les anticipan el fruto la esperanza de sus manos. Oye la dulce armonía de las aves celestiales, que piensan hasta que sales que las ha engañado el día. Y si esa pasión tirana suspender en algo puedo, infante soy de Toledo y tú, Casida, mi hermana: manda, premia, ensalza, humilla, en cuanto se viene a ver debajo de mi poder. Hasta partir a Castilla, donde juntos tantas veces los médicos que te curan el remedio me aseguran para ese mal que padeces en unos baños que están junto a Burgos, que esa gente cristiana de San Vicente, pienso que nombre les dan. En su virtud aprobada, por efectos aplaudida, tengo a mi salud perdida su restauración librada, que de agua tan singular no dudo suceso extraño, porque sé que solo un baño vida y salud me ha de dar. Y en mí la melancolía de sentimiento se arguya, de que a la presencia tuya falte por ausencia mía. Si en ausencia semejente, Alimaimón, será llano, que pierda el amor de hermano con las finezas de amante. Y si estar triste es fineza que en el mucho amor consiste, cuando estuviera más triste le debieras más tristeza. No me anticipe tu amor sentimientos al partir, que hace el uso de sentir el sentimiento menor. Y yo dejo cuanto siento al dejarte de mirar, porque contigo no es dar, su lugar al sentimiento volved a cantar, que olvida la música lo penoso. ¿Cuándo, ah, cielo poderoso, te dolerás de mi vida? Fuerza me falta y aliento para quejarme. ¿Qué fiera con tanto rigor se viera con tan poco sentimiento? Como música pedía, esos cristianos que están en mazmorras me la dan mejor que yo lo quería. Porque no hay a mis orejas, cuando el rigor los previene, cosa que mejor me suene que las voces de esas quejas. A mí me lastiman tanto, que a faltar viene en rigor o su llanto a mi dolor, o mi dolor a su llanto. Porque quién pudo admirar una inocencia oprimida negarse compadecida de lo que lo pudo estar. Y neutral en su defensa duda la parte a que acuda, pone todo lo que duda de la parte de la ofensa. Volved a cantar y hacer nueva lisonja al oído mientras me tiene rendido el cansancio del vencer. Más bella que el cielo estás, fuentecilla clara y pura, pues lo es en ti tu hermosura y tiene la tuya más, con canto de celestial desvanecerás tu yelo, que ha dado en hacerte el cielo espejo de tu cristal. Alimaimón se ha dormido. Solo nos dejad. Tu parte, algún socorro reparte al cautiverio afligido. Que aunque el peligro es tan llano, como tan difícilmente puedo amparar esta gente, sin entrar aquí mi hermano, lograr esta vez querría. Mira bien, pues eres cuerda. No solicites que pierda la ocasión por cobardía. Voy, señora, a obedecerte. Que vengas presto te encargo; sueño, vuélvete letargo, no le dejes que dispierte: Ah, de la mazmorra. Seas muy bien venida. Don Juan, ya por un socorro van Siempre nuestro bien deseas. ¿Cómo va de intento? Amigo, ya previenen mi partida, para que yo tenga vida, y lo que traté contigo tendrá efecto. ¿Quién ahora besarte los pies pudiera? Ten valor y persevera en la firmeza. Señora. Zara viene ya, don Juan, con que poder socorrerte. Ruego a Alá que no diespierte mi hermano. Toma este pan y lo demás que has mandado. Date priesa, que quisiera que llevárselo pudiera mi corazón, que alterado con sus alas viene a dar tan grande priesa al batir, que si pudiera salir, también pudiera volar. La turbación me ha impedido; de un yelo no diferencio, y la quietud del silencio me parece que hace ruido. A sentir vengo infinito que te arriesgues. Menos fuera la piedad si no tuviera los temores que un delito... Detente, mujer, no acuda tu favor a los cristianos. Esto, cielos soberanos, por mí lo dice sin duda. No es mi valor tan pequeño, que aun al cielo no podrá. Hermano. Válgame Alá, qué grave y terrible sueño. Confusa y turbada miro este prodigio en mis manos, del Dios es de los Cristianos la trasformación que admiro, y de lo que llego a ver, mi corto discurso infiere que obra por ellos, o quiere que yo sepa su poder. Segunda vez tus temores me oprimen ya. ¿Qué te ha dado, que el color se te ha mudado? ¿Qué llevas aquí? Unas flores. Muestra. Confesarte quiero que si en disculpa tan clara la sospecha me dejara por lo dudoso grosero, que temo tu inclinación a los cristianos. Desecha tan mal fundada sospecha, que es vana imaginación, pues ¿a mi ley permitía milagros? Sí, que sospecho que otros debe de haber hecho con quien su ley no tenía. Dime qué sueño admirable quitar tu sosiego pudo. Oye y lo sabrás, que dudo que pueda ser más notable: En esta breve distancia que entregado al sueño estuve, crepúsculo que en la vida de amago mortal presume, en este vivir mentido, que imperioso constituye que los sentidos más nobles tengan pensiones comunes, estaba, Casida, cuando sueño que el ocio depuse viendo que mis estandartes los de Castilla descubren. De Fernando miro el campo que la campaña discurre, y que ya marchando el mío, solicito que se junten. Aquí diversos penachos, pajizos, blancos y azules, tal variedad de colores el verde campo introduce que mirado desde lejos no hay vista que no los juzgue dos ejércitos de flores que a batallar se conducen, y para empezar la guerra esperando están que anuncien la música de las aves o que el Aurora despunte, y al dormido sol dispierte, pidiéndole que madrugue por celajes de oro y grana, para que partida alumbre. Ya las trompetas y cajas, que incitaban inquietudes, planetas marciales eran, que esfuerzo y valor influyen. Y resonando los ecos, que en voz de metal acuden a las quiebras de los montes, hacían temblar sus cumbres. Cuando embistiendo los campos, exhalando el polvo inútil, desmintiéndose de polvo, se acreditaba de nube. Cuya opinión en las armas procuro que se aseguren con relámpagos de acero dando a los ojos vislumbres. Trabóse al fin la batalla, cuya mortal certidumbre fuera mayor si la muerte de la tragedia lúgubre no se retirara entonces, o porque más tiempo dure su ejecución en las vidas o porque a piedad lo juzgue, solicitar que los montes sus altiveces enluten, previniéndolos en ellos monumentos y ataúdes. Cual de dos astas herido, dentro de su pecho encubre dos hierros que allá se juntan, para obligar a que dude su puerta la vida, y ella, porque dudas no le ocupen, vuelta en líquidos cristales, a entrambas partes acude. Cual faltándole las armas, sin que su herida le turbe, saca media lanza della, y aunque de sangre se inunde, irritada la venganza, con ella misma presume que la vida que le falta con otra que quita suple. y al querer ejecutallo, primero que el asta empuñe, cayendo pide a la tierra que en su centro le sepulte. Cual, arrogante y soberbio, que en las palabras escupe coléricos ardimientos y lozanas juventudes, derribada la cabeza por un alfanje de Túnez, articulaba en el suelo palabras con voz inútil. ¿No has visto un reloj, Casida, que en tanto que el sol le dure por los números que tiene la vara o mano discurre señalándonos las horas, y cuando al poniente acude señala la quinta en sombra que la borre y la consume? Pues en la guerra un cristiano por simil suyo le tuve porque en medio de su pecho un asta roja descubre, que entre número de heridas le pusieron, porque ocupe en ellas como en sus horas las que de la vida ocupe, sol que pasando por ellas, en su lugar sostituye a la muerte, cuya sombra borra número de luces. En fin, para no cansarte, tan de vencida los truje que los que quedaban piden que una mujer los ayude. Ésta, que sus quejas oye, rompiendo esferas azules, que en veloces obediencias la rindieron certidumbres, bajaba del sol vestida, cuya hermosura desluce que adoleció del achaque, de que otra mujer la enturbie. La luna miré a sus plantas, desprecio fue no lo dudes, que viéndola en mi cabeza sus plantas en ella ocupe. Desasidas de los orbes, no hay vista que acá no juzgue que las estrellas bajaban a depósito de nubes. Los escuadrones alados, que abriles de plumas lucen, para lograr atenciones, anhelan solicitudes, haciendo coro en los vientos con voces claras y dulces, la celebraban conformes con cítoras y laúdes. Aquí todos los sentidos de mi ser se sostituyen, viendo un prodigio tan raro, prevertida la costumbre de la máquina del cielo, pues de su fábrica ilustre no hay globo que no se tuerza, estrella que no caduque, astro que no se desmaye, atención que no se turbe, planeta que no delire, firmeza que no se mude. Porque a la sombra que miran y a la admiración que sufren, los polos del mundo gimen, los ejes del cielo crujen. Ésta, pues, de cuyo imperio, no hay secreto que se oculte, ni fuerza que se defienda, ni valor que se asegure, cerca de una fuente para, cuyos aljófares bullen, que para ser aguas vivas, pienso que almas les infunde. Con sus cristales me ciega, cuando yo de pesadumbre lloro de ver que una fuente quiera que dos la tributen. Molestado de sus aguas, contra los cielos me opuse, pues pareció que a mi ofensa cayeron sus plenitudes. Aquí me yela, me turba, me suspende, me confunde, me deslumbra, me acobarda, me atropella, me desluce, y me vence, mira ahora si razón, Casida, tuve para que inquieto me altere, para que osado me turbe, para que impaciente llore, para que loco me apure, para que ofendido tema, para que tibio me culpe, viendo que una mujer sola me rinde, afrenta y desluce, para que en oprobio mío blasone, gobierne y triunfe. Como de lo que apercibe la imaginación se aplica a lo que más comunica, por aprehensión que recibe, tú, que en guerras ocupado le das aplausos a Marte, no tienes de qué admirarte si una batalla has soñado. Y lo de la fuente ha sido haber cantado esa gente una letra de una fuente cuando quedaste dormido. Licencia pide, señor, para besarte la mano un caballero cristiano de Fernando embajador; que, como por su jornada tu padre quiso dejarte el gobierno, quiere hablarte. Pues, entre a dar su embajada. Fernando el Magno, rey esclarecido, que negado a las leyes del olvido su nombre vivirá en láminas bellas, escrito con caracteres de estrellas, donde a pesar del tiempo y de sus daños, no le borre la cuenta de los años, cuya alabanza incomprensible fuera pues al que más explicación le diera, para empeño mayor le destinaba, que es círculo que empieza donde acaba. A ti, cuyo valor el mundo pinta merecedor de aquella esfera quinta, que en vínculo mayor pretende darte como a su primogénito el dios Marte, como esplendor a tus hazañas fía porque aplausos le des, salud te envía, y yo en su nombre, que este favor goza por él Íñigo López de Mendoza, las paces te confirmo y te concedo, que tu padre Almenón, rey de Toledo, a mi rey le pidió y aquestas paces con la muerte y con él también las haces, pues dando al ocio el filo de la espada, también está la muerte desarmada. Demás que las paces concediera, Fernando me mandó que propusiera que pues de entrambas partes han quedado en estas dos batallas que se han dado copia esencial de prisioneros vivos, hagáis los dos alafia de cautivos, que así llaman al trueco en esta tierra de los que a sujeción trujo la guerra. A esto, Alimaimón, fue mi jornada, con esto te he propuesto mi embajada. Estimo, Íñigo López, tu venida y que mi voluntad agradecida satisfacer la de Fernando pueda. Y no sólo el alafia le concedo conceda, pero que toda esa cautiva gente de mi parte le lleves de presente, que con mi hermana, que a Castilla parte, los pensaba enviar, pero ya quiero que los lleve tan noble caballero. Con tal favor, señor, a tener vienes otro cautivo más de los que tienes. Descansa, Íñigo, y veme, Que una hermana me fuerce a agasajar gente cristiana, cuando por este sueño pretendiera que sueño en ellos cada vida fuera. Señor, permite que a don Juan Manego saque de la prisión. Tráiganle luego. Alá ofrece en la fuente que ha soñado lo que busca sediento mi cuidado. Señor moro, este camino me ha dado sed y quisiera beber, si posible fuera, medio celemín de vino. Nadie por acá le toma. ¿Ni se toma dél? Tampoco. Pues debió de ser un loco, si no borracho, Mahoma, y mientras vivió sería quitaros del vino el cuero, porque quien era arriero todo se lo bebería. Ya, cristiano, te imagino descompuesto y temerario. ¿Quieres feriarme un rosario o dos lonjas de tocino? ¿Qué es tocino? Barbón, puerco. ¿Y qué es puerco? Marrano. ¿Y eso qué es? Cochino, hermano. ¿Y qué es cochino? Lechón. No hay deso, por vida mía, si con eso se regala. Tuviéralo noramala sabiendo que yo venía, que estoy... Mal guardas decoros que mi persona merece. ¿Qué he de guardar, si parece que estoy en tierra de moros? En secreto mi señora dice que hablarte desea sin que su hermano lo vea. Ah, señor, mira que es mora. Dila que ya el plazo tarda para obedecerla. Amigo, quede el santo Alá contigo. Mahoma vaya en tu guarda. ¿Qué te parece, señor, de esta tierra infiel y avara? Nada, Colchón, me alegrara cuando vivo sin Leonor, porque adoro su hermosura, sin el peligro de ausente, que mi amor no es accidente, y con ausencia se cura, antes crece con violencia, que como el sol que se pone sombras crece crece, así dispone ser mayor con el ausencia. Yo en llegándome a ausentar de la mujer con quien hablo, si no se la lleva el diablo, pienso que me ha de llevar. Y esto aparte, dime ahora si ya los cautivos tienes y ver a don Juan previenes, ¿qué hay que hablar con esta mora? No vayas. ¿Si está aprestada para Castilla y llamarme fuese por comunicarme lo que toque a su jornada, dí cómo puedo excusar dejarla de ver ahora? Plega a Dios que aquesta mora no te haga moralizar. Íñigo amigo, dame, señor, esos brazos . Ya con inmortales lazos mi amor con ellos te da. Libre estás. Cuando me hallara libre, faltando esta suerte, por la ventura de verte cualquier libertad trocara. ¿No te acuerdas de Colchón? No puedo haberte olvidado. Débote de haber faltado para cama en la prisión. Aunque tengo que contarte de mi, dilatarlo quiero, pues de otra cosa primero será bien que te dé parte. Casida, que determina si bien de nación pagana por los afetos de humana llegar a verse divina. Tal bien que escuchar podía nuestros míseros antojos, dio testigos a los ojos de lo que el alma sentía. Ya piadosa en tanta queja, rompiendo por imposibles, porque los tuvo terribles para llegar a esa reja, por ella nos visitaba, socorriendo enternecida con alimentos la vida que a falta de ellos faltaba. Pues un día que debiera de estar menos cuidadosa, aunque la juzgué curiosa, cuando inspirada pudiera, de nuestra fe me pregunta secretos bien delicados, que de mí poco explicados, con inclinación se junta. Porque, aunque falte la ciencia que adquiere la Teología, a la elegante energía de la ignorada elocuencia, tal virtud la fe atesora para el que en ella se empeña, que tal vez con una seña la conoce quien la ignora. Finalmente determina salir de este barbarismo, y en orden a su bautismo esta jornada encamina. Esfuérzala, pues en ella tendrá tal dicha Castilla, gloria yo de reducilla y el cielo más una estrella. De mi silencio quisiera que el contento publicara, que pienso que le agraviara, si en las palabras cupiera. Y si en la jornada puedo disponella y reducilla, goce tal dicha Castilla y perdóneme Toledo. Sigamos a el Rey, Mendo. Por alcanzalle parece que va huyendo. Del caballo ha caído, que cometa del monte pasa herido. Oh, qué infelice día. Malaya, Mendo, amén, la montería. Señor, ¿estás herido? No, Mendo, mas estoy de haber caído el cuerpo atormentado. Que no se libre un gusto de un cuidado. Llama, que ser podría tener gente esta hermosa casería. ¿Quién es quien diablos golpea? Venid acá. No ha lugar. Ah, hermana. No hay qué le dar. Escuchad. Dios le provea. No es pobre, amiga. ¿Quién es? Venid y escuchad. ya escucho. ¿Viene muy depriesa? Mucho. Vuelva por acá después. Que está el Rey aquí. ¿En persona? Sí. Pues a decillo vo a mi ama, porque yo no habro a gente de corona. Caminad aprisa, hermana. Señor, ¿qué accidente ha sido el que por esa maleza para honrarme Vuestra alteza le puede haber sucedido? Que mi dicha no pudiera con menos demostración solicitar la ocasión para que yo le sirviera. Y aunque amor tan excesivo nadie como yo tomara, por verle bueno trocara todo el favor que recibo. Leonor, viniendo a cazar, el caballo desbocado en esa cuesta me ha echado, y aquí he venido a parar. Y así, para descansar de esta pena que me altera, en vuestra casa quisiera por esta noche quedar. Vamos, que quiero mirar vuestras casas y pagar el favor de tanto empeño. Vuestra Alteza, gran señor, favorece casa y dueño. No tien peligro pequeño lo de no sois vos, Leonor. ¿Siempre malicia ha de haber? Rufina, aqueso se borre, mas sola y ausente corre gran peligro una mujer, y moza, como Leonor, que en esta ausencia mortal, yo sin Colchón paso mal, y ella sin un cobertor. ¿Hay lance más apretado? ¿Pudo hallarse prevención para excusar la ocasión que a las manos me ha llegado? Que un retiro no ha podido quitar un inconveniente. Íñigo López ausente, amante y correspondido, y aquí un Rey: ¿En qué me pones, fortuna siempre insufrible? Válgame Dios, qué terrible abismo de confusiones. ¿Quién podrá quitar que piense el vulgo que ha sido traza y que el Rey fingió la caza, sin que con mi amor dispense? ¿Quién de mi fama recelos, si esto en breve ausencia cabe, ya Íñigo si lo sabe, quién le quitará los celos? Pues si al Rey como venía despidiera, bien pudieras presumir lo que quisieras, lo más de ser grosería. Ah, mujeres desdichadas, que en ocasiones se vean, que no basten que lo sean para parecer honradas. Una corneta he sentido. Pues Colchón viene al momento, que parece que me siento con achaques de marido. Y es el camino que ves pasajero postillón. Ojalá fuera Colchón. Pues ojaló porque él es. ¿No lo dije yo, Rufina? ¿Solo has corrido la costa? Vive Dios, que es una posta peor que una melecina, o lo es ella por si sola, si conjeturas aplico, porque metiendo el hocico, no hay sino apretar la cola. Dime de Íñigo, y deja la queja para volver. Pues, señora, ¿he de poner paréntesis a la queja? ¿Dime cómo está? Yo he llegado a decir que viene ya. Esta cadena te da el gusto que me has quitado. Qué mora trae tan graciosa. ¿Mora? ¿Para qué la quiere? Para lo que se ofreciere. ¿Es moza? Sí, pero hermosa. ¿Buen talle? Es de aquí delgada. Vino a llamarle la mora. ¿Y él fue luego? No, señora, primero escuchó el recado. Que tal desengaño toco. Señora, así Dios me ayude, que lo estorbé cuanto pude. Mas debí de poder poco. Yo no he visto cosa mala, mas no sé qué me imagino de haber visto en el camino cuán de veras la regala. Vete, villano grosero, y dile a tu dueño ingrato que paga mal el recato del amor con que le quiero... Digo con que le quería, que ya no. No hay que tratar, ni le pienso ver, ni hablar. Señora. Quita, desvía. Menester ha esta señora naranjas por la mañana. Sintió lo de la pagana. ¿Y él no trae ninguna mora? Un barreño traigo aquí lleno de moras ¿Renegaste? Sí. ¿De quién has renegado? De ti. ¿De mí? ¿Por qué si jamás viste en mi cosas impropias? Porque las mujeres propias no saben a las demás. ¿Luego, remudarte quieres? Yo más mujeres quisiera, porque allá tiene cualquiera treinta o cuarenta mujeres. Tus yerros son conocidos. ¿Por qué? Porque la mujer es quien podía tener treinta o cuarenta maridos. Vive Dios, mujer sin ley, que he de vengarme de ti. Quedo, que está el rey aquí, y entraré a quejarme al rey. ¿El rey? El rey. No lo creo. Está en conciencia, Colchón. Qué dilatadas que son las jornadas del deseo. Colchón, ¿Leonor cómo está? Tal, que verla regocija. Tuya es aquesta sortija El rey también está acá. ¿El rey? ¿Cómo pudo ser que la viese? No te alteres. Pues ¿tan mala es que no quieres que nadie la pueda ver? ¿Cómo, cómo vino aquí? Señor, dijo que malo... ¿Por ella? Eso no sé, mas al vella dijo que estaba mejor. El rey es mozo alentado y con achaque de amar, y así pudo mejorar en ver un rostro aliñado. Villano. ¿Hele yo traído? Publicólo tu ignorancia. ¿Quién en tan breve distancia gusto y pesar ha tenido? ¿El rey con Leonor? Ah, cielos, ¿quién sufrirá con valor sobre homicidios de amor supercherías de celos? Fortuna, que a mis pasiones te muestras siempre cruel, aprieta, aprieta el cordel que a la garganta me pones. Si en el postrero dolor sacan con verla perdida los tormentos de una vida que conoce tu rigor. Que no quiero, pues son tales tus pesares siempre injustos, tus gustos por tus disgustos, ni tus bienes por tus males. Colchón, ya habéis de saber que está por ley ordenado, que lo que gana el casado lo parta con su mujer. Partamos los gananciales de sortijas y eslabones. Partamos los mojicones, que son bienes perdiciales. Parece que ya los cielos nueva alegría me han dado. Bien podrán, si te han mudado la que me quitan mis celos. Seáis, Íñigo, bien venido. ¿Cómo en Toledo os ha ido? Octavas reales Llegué, señor, a la ciudad que obstenta la diadema del sol majestuosa cuya fábrica noble representa imperiosa en adlantes cuanto hermosa mirándose el cristal del Tajo intenta, que no pueda la vista cuidadosa conocer la verdad o son indicios que navegan por él sus edificios. Alimaimón, que el reino gobernaba, por estar Almenón, su padre, ausente, mostrando que sus paces estimaba, cuando propuso alafia de la gente, me dio, señor, la que cautiva estaba, para que te la diera por presente, que liberal se dio por obligado solo en darte ocasión de haberte dado. Casida, que es hermana del infante, que mediante el autor de las estrellas, su horóscopo felice y vigilante la previene lugar, que asista en ellas, por medios que sabrás más adelante y por cosas que obligan más a vellas de su hermano alcanzó ver a Castilla, y ella en ella la otava maravilla. Seáis, Casida hermosa, bien venida. ¿Cómo venís? Señor, como quien viene a ser de tal amparo recebida. Como quien su esperanza en ti previene. Como quien a nacer a nueva vida, como quien a venir la que no tiene. Mirad lo que queréis, porque a sabello excusará el decillo con hacello. Fernando invicto, cuya monarquía se dilata al remoto paganismo, y a cuanto cerca el término del día, lo que vengo a pedirte es mi bautismo. No viva más esta ignorancia mía expuesta al riesgo de un confuso abismo. Salga yo por la vida de esta suerte de vida, que es presagio de la muerte. Si el imperio de todo lo criado a mi disposición se redujera, nunca fuera de mí más estimado, menos aplauso a tu valor debiera. Perdone Alimaimón, que aunque obligado, es de mi ley la obligación primera. Ya, Casida, cristiana te imagino y a mí dichoso en ser vuestro padrino. ¿Quién mejor galán ignora Décimas Señora doña Leonor, a su Alteza. Sí, señor, es muy gallarda la mora. Dejémonos deso ahora. La alteza todo lo allana. Pues, señor de Santillana, la mora lo viene a ser. ¿Una mora he de querer? Ya te la vuelven cristiana. Gran favor he conseguido. Vamos, que vista es mejor tratar de todo, Leonor. Yo soy muy agradecido, por lo que huésped he sido ¿qué merced queréis de mí? ¿Concederéismela? Sí. Pues pido que Vuestra alteza Cperdóneme esta llanezaC no vuelva más por aquí. Eso, Leonor, es rigor. Vuestra alteza juzga mal, que una mujer principal debe mirar por su honor. Verle una vez es favor; dos es dar que sospechar de esta honor viene a dejar; y otra vez que me visite será para que me quite más que me acaba de dar. Luego, bien considerado con este honor recebido en que no vuelva le pido aún más del que me ha dejado. Si una visita os ha dado honor, y otra no le diera, tanto como vos tuviera Leonor, volveros a ver, no siendo posible hacer cada visita primera. Que me los dice, que echar a pares y nones quiero, cuál ha de empezar primero, que estáis para reventar. Yo no tengo que empezar. Pues yo ¿Por qué o para qué? Con irme pienso que haré lisonja. ¿Por qué? He pensado que no estará bien hallado en mujer que tenga fe. Estáis muy mal persuadida. porque yo, Leonor, quisiera mujer de fe verdadera, no quien la tenga fingida. De la ofensa cometida buscáis disculpa en culparme, y pudiera consolarme si la razón se trocara, porque sé que me faltara la que tengo de quejarme. ¿Qué afecto más poderoso puede haberse imaginado que pretenderme culpado cuando me miro quejoso? Y en medio de estar celoso, tanto amor como he tenido a disculparme ha venido, pues no amarme no es errar, sino que te debo amar para ser correspondido. No disculpo en más que amar, Leonor, tu correspondencia, que de admitir en mi ausencia, mal te puedes disculpar; y es mi amor tan singular, que aún de lo que llego a ver he sentido el no poder echarme la culpa a mí, por no pensar que hay en ti de qué poderme ofender. Goza a Fernando, Leonor, y él con méritos mayores goce de ti los favores que le debes a mi honor. Para galán es mejor, porque su sangre y persona está claro que se abona de grados más levantados. No sólo tiene más grados, sino grados y corona. Pudiera haber presumido que me usurpabas las quejas sabiendo que no me dejas, menor la hubiera sentido, que las palabras han sido más en mostrar y sentir que se puede presumir, pues dicen lo que yo siento que te di mi sentimiento para pode ellas decir. Tu amor es imaginado, que si en quien ama constante fuera virtud por amante de transformarse en lo amado, mal puedes haber dudado mi no vencida firmeza, pero cuando la fineza de estar en mí, te atribuya, solo en la parte que es tuya, puedes pensar tal bajeza. Pudiera satisfacerte del rey, pero mi opinión en cualquier satisfación descrédito luego advierte. La tuya miro de suerte que habrá menester defensa bastante en la recompensa, que de tu parte he sentido que un hombre tan bien nacido se consuele con la ofensa. No me digas que es amor, porque, aunque lo digas, quiero que en el noble sea primero mirar por su pundonor, que en pretensiones de amor es, Íñigo, poco sabio quien deja salir del labio que ni un átomo dispensa, que quien pasa por la ofensa da permisión al agravio. Íñigo, no he de pensar, que me puedes agraviar porque ofensas me acumules ni aun en mí que disimules. Aquí se puede quedar la pretensión comenzada. Escucha, Leonor amada. Es añadir otro error. Celos tuve y tengo amor. Quedóse allá en la posada. Esto va ya muy de rota. La mano me puedes dar. Pues ¿qué quieres intentar? Ponértela en la picota, y pues esto te alborota, escucha con atención. ¿Viste...? No he visto, Colchón, nada ni lo pienso ver. Pues hasme echado a perder Siempre tienes buen humor. Dame acá esa mano bella. ¿Qué quieres hacer con ella? Un maridaje de amor, y quiero con tu favor hacer con medios humanos de cinco dedos enanos y de sus cinco azucenas y otras tantas berenjenas un aloque de dos manos. En esto no hay que tratar. Ni yo lo he de pretender. Esto se llama querer Y esto se llama penar. ¡Qué desdicha! ¡Qué pesar! ¡Qué disgusto! ¡Qué rigor! ¡Qué pena! ¡Qué disfavor! ¡Qué inquietudes! ¡Qué desvelos! Amor me libre de celos. Y Dios me libra de amor.

JORNADA SEGUNDA

Haced alto, que en este valle rudo, medroso templo de silencio mudo, quiero que esté mi ejército alojado, por ser el sitio más acomodado que esta verde campaña puede dalle. De Solanillos llaman este valle. Hita está a media legua. Aquesta tierra ya conoce mi cólera en la guerra. Sepa Fernando, viéndose ultrajado el riesgo que es tener un agraviado, y cómo yo, que por Alá le juro que ni el cielo está de mí seguro, pues cuando Alá en planeta le convierta, por las montañas de su gente muerta, subiré donde pueda sin recelo, si fuere el sol, obscurecer el suelo. Aquí, donde convida esta espesura, que se viste de felpa y de verdura, y con fragrantes y diversas flores, de quien forma cenefas de colores, de tal modo sus faldas acompaña, que alfombra viene a ser de esta montaña, dama gentil de los amenos prados, de quien los arroyuelos encrespados, que bajan de su cumbre son cabellos, que con la espuma quiere componellos, porque él toca en su altivez presuma cabellos de cristal, flores de espuma podrás descansar. No puede quien al descanso se concede, pues entiendo que en él deja tendido pues el tiempo que en él deja perdido se viene a dilatar al ofendido. ¿Pues qué piensas hacer? Muza, primero llegar a ver sus murallas quiero. Podrá ser que Fernando arrepentido o medroso me acete lo que pido. Vecino está el ejército enemigo. Así estará más cerca del castigo. No es posible que diga el sentimiento, Fernando generoso, cuánto siento ser la causa de verte con cuidado. Mayor, Casida, me la hubiera dado, Cque este nombre tomaste advertida que era de mora el nombre de CasidaC, no ver en vos la religión cristiana, que lo demás con el valor se allana. Con poquísima gente a cargo tomo hacer que el moro se retire. ¿Cómo? Con cuarenta soldados de tocino, que con jeringas le disparen vino. Allí un moro de paz hace una seña. Otra le haced. Ya su arrogancia enseña. Fernando el Magno, que quieres que con hazañas heroicas a la duración del tiempo se anticipe tu memoria, ya presunción tan altiva yace prescrita en la sombra de un hecho con que los tomos deslucidamente borras. Que si desde que naciste, cuantas veces el aurora dio partos de luz al día, que nace llorando aljófar, consiguieras una hazaña, con esta, después de todas, las pusieras en olvido, que un agua defetuosa en la memoria del mundo, puede tanto por si sola, que parece que las busca para sepultar las otras. Mas dejemos esto aparte, que puesto que no lo ignoras, inútiles argumentos, más que aprovechan, estorban. Y no vengo tan de espacio que quiera pararme ahora a digresiones prolijas. Vengamos a lo que importa. Fernando, tú bautizaste esa mujer, que ya nombran Casida, vil inominia de tu sangre generosa, que con seguro no fuese resolución cautelosa. No hay razón que lo defienda ni leyes que lo dispongan, ni enemistad confirmada con la urbanidad conforman, que sin proceder agravio la obligación se disponga. Razón de estado no ha sido, pues es cosa más notoria el peligro a que te pones, que el estado que mejoras. Fuese ya por lo que fuese, tú lo hiciste, y resta ahora el que yo me satisfaga con hacer lo que me toca. Esa mujer has de darme. Y para que reconozcas que es mucho que te la pida quien primero no la cobra, Alimaimón soy, Fernando, cuya diestra vencedora obscurece los aplausos de los laureles de Roma, pues para escrebir los hechos que sus campañas pregonan a ser los árboles libros aún tuvieran pocas hojas, porque de sola Castilla he llenado con victorias tantas cruzadas banderas, que juntas unas con otras, puedo entoldar a Toledo y a sus murallas famosas colgallas de tafetanes, de los muchos que me sobran. Publiquen hazañas mías los verdes campos que brotan flores que cándidas fueron y ya son púrpuras todas, en memoria de aquel tiempo que aquesta cuchilla corva inundó sus esmeraldas con océanos de rosa, de tanta vertida sangre, que sobre líquidas ondas subieron los cuerpos muertos a la región vaporosa donde las preñadas nubes, con quien frisaban las olas, fueron urnas que tenían las estrellas por antorchas. Jarama y Henares digan si ofendidos de mis tropas vieron teñidas de grana las márgenes arenosas, y en ellas tanto cadáver que al querer contar su copia, con arenas lo dejaron, porque se hallaran con poca. Cuántas veces de mis iras tu gente se ha visto rota y a mis pies por estas manos sirvió de humilde lisonja, sabiendo Alá que sentía no ver en cada persona dos vidas y que sus almas no fuese posible cosa infundírselas de nuevo para quitárselas todas, porque una vez enojado ni los que su muerte lloran tienen mayor sentimiento que el que me aflige y congoja faltando vidas que quite la cólera que me sobra. Mas esto quede en silencio, porque las acciones proprias valen menos referidas por aquellos que las obran, y en el que se alaba queda la opinión por sospechosa, cuando libran las palabras el crédito de las obras. Fernando, dame a Casida, o cuando no, por Mahoma, que has de ver que aqueste brazo tus escuadrones destroza, derribando tanta gente que el suelo que la recoja, engañado en que los cuerpos le han de parecer ser hojas, piense que llegó el octubre, cuya furia procelosa del tronco más eminente desnuda trémulas hojas, cuando en el noto del austro sus esmeraldas azota. Alimaimón arrogante, que inadvertido blasonas, colérico te apresuras y apresurado te arrojas, cuando fueran infalibles cuantos hipérboles formas, y de vencerte sacara limitada vanagloria, porque el valor que me anima tiene virtud tan heroica que aún el vencer imposibles le parece fácil cosa, y así, de palabras tuyas, ni de los hechos que informas admiro las amenazas ni las hazañas me asombran. Ver que Casida cristiana la ley verdadera goza como ignorante lo sientes, como loco te apasionas. Y si estuviera contigo y en su ley, aun siendo mora, darle mi amparo al pedirle fuera obligación forzosa; pues mira, siendo cristiana, si es justo que la socorra, y si entregártela fuere resolución bien airosa. Con un bárbaro no es justo que un rey tan sabio se oponga, y así me darás licencia para que yo le responda. Desvanecido ignorante, cuyas presunciones locas como presagios anuncian tu perdición lastimosa, ¿que exenciones de la muerte tu vida infelice goza, quq inmortales años gasta las que son inciertas horas? ¿Piensas que en eso que dices la ley humana deroga la exposición al peligro y el trance fatal perdona? No, ¿pues qué te desvaneces con palabras ambiciosas que puede atajar la muerte del corazón a la boca? Cuando del rey oprimida siguiera la ley que adora, no deponiendo mi ruego la tuya supersticiosa, ¿tan invencible te miras que contra el brazo te opongas del que viviendo Alejandro le envidiara Macedonia? Pues advierte que al enojo de su diestra poderosa solicitan el descuido las provincias mas inotas, no porque el brillante acero por la ejecución conozca, que vencer sin intentarlo deja su cuchilla ociosa, pues viene a ser el imperio que sobre su dicha logra tal, que parece que el mismo se hace su fortuna propia. Vuélvete luego a Toledo, no irrites aquel que toma, concitando tempestades, venganzas escandalosas. Yo elegí ley verdadera, que la tuya fabulosa deslucidos años gasta, descuidado tiempo roba. Abre los cerrados ojos, mira que ciego te engolfas en piélagos donde el alma ligeramente. zozobra Destitúyete al engaño antes que en la dura roca de tu error, la infausta muerte bajel animado rompa. Trueca ese mar al que tiene una agua tan misteriosa que si con ella te lavas verás la vista que gozas.$$ Mujer engañada y fácil, a más iras me provocan los consejos que me ofreces que la religión que tomas. Y, así, pues que tú y Fernando con vanidad imperiosa menospreciáis el castigo que tantos orgullos doma, ya que el sol al mar del día despeñado se trasmonta y con su ceño la noche previene horrores y sombras, a la primer luz del alba, veréis cómo no perdona mi cólera vengativa cuanto muestra viva sombra, sin que la edad se reserve, desde que el mundo solloza hasta que paga en la nieve feudos que la muerte cobra. Porque a sangre y fuego pienso poner en olvido a Troya, sin perdonar del alcázar a la más humilde choza, pues haré que al cielo llegue tanta llama licenciosa, que el sol atemorizado piense que sube a la zona el diluvio vuelto en fuego, donde quiere que conozcan que la tierra paga en llamas lo que ha recibido en olas. A la prevención amigos. Suene la bastarda trompa. Rompa el atambor el parche. Y el alba primero rompa. Si se tarda más el moro, que no estaría tres horas, Vive Cristo! ¿Qué, Colchón? Que como vino se torna. Ay, Colchón! ¿Que tienes miedo conmigo y siendo Mendoza temes? Temo que Leonor se quedó en la quinta sola y está cerca el enemigo. ¿Pues por eso te congojas? Cuerpo de Cristo, con ella, cuando de ti, que la adoras siendo amigos se defiende, ¿no puede aquesta señora defenderse al enemigo, pues que es lo que le importa? Colchón, esta noche pienso librarla, que esto me toca por amante y caballero. Llévete Dios en buen hora. Tú también has de ir conmigo, que tu mujer es Aldonza. No me toca como amante. Irás, aunque amor ignoras. Pues el ingenio me valga, yo he de ser, aunque no es honra, cristiano con los cristianos, moro con la gente mora. Acaba, no te detengas. Que tú porque te enamoras quieras librar a tu dama, vaya, si amor te ocasiona; pero querer que yo vaya para librar a mi esposa, cuando he deseado verla cautiva en Costantinopla, no lo hiciera por Dios vivo, que es una tigre, una onza, que es una onza, por Cristo, que no lo hiciera una arroba. Aunque desnuda el horror la luna a la noche obscura, y ésta con su ley procura que se divierta el temor, Aldonza, yo te concedo que sin amparo y mujer, con ser tanto he menester todo el valor contra el miedo, que en la ocasión importuna que ves, teme en esta ausencia la fuerza de una violencia y el rigor de la fortuna. Media legua del lugar muestra el moro su inquietud, y esta quinta es la salud que el remedio me ha de dar, que con tanto moro a un lado, bien sabe nuestro señor lo que ha de sentir Colchón en esta ausencia mortal, que yo por ti solo lloro, Leonor, si sabello quieres, que va a buscar su mal, pues de verme aquí tengo tan grande temor que sin Colchón paso mal, y ella sin un cobertor. Sabe Dios que tengo miedo. Con este cristiano traje reconocer quiero el muro, porque asegurar procuro la venganza de mi ultraje Diviértete. ¿Cómo puedo? Manda, señora, que cante. Canta como el caminante, lleno de congoja y miedo. Resuelta Troya en incendios y en su confusión revuelta con la vengativas llamas, suben al cielo las quejas. Rémora esta voz ha sido, en aquella quinta suena, y el silencio de la noche sobre sus hombros la lleva. Esta canta porque muera No perdona la venganza lo insensible de las piedras, O profetiza mi enojo esta voz o me aconseja Bañada en púrpura humana vio la espantosa tragedia, que aún lo que no tiene vida, también procura que muera. Verélo, si el cielo mismo se le viene a su defensa. Un hombre viene hacia allí. ¿Si es Íñigo? No, que si él fuera ya hubiera la seña hecho. Dices bien. Quítate y cierra. Pon esa escala, Colchón, y apriesa. Si estás de priesa, mucho mejor es que saltes y excusarásme el ponerla. ¿No ves desde aquí en la quinta las paredes que blanquean? Por esa parte la luna parece que las afeita. ¿Pusístela? Ya la puse. Baja, pues. Eso no entra en el concierto, ni es justo que el respeto se te pierda. Detrás va siempre el criado. Aparta, necio, y no temas. Que sé yo si aquesta escala, que hay escalas poco expertas, sabrá de moros postizos, y en creyendo que es de veras, dará conmigo en Turquía, entendiendo que es mi tierra. Ya bien puedes bajar. Creo en Dios Padre muy de veras y protesto que lo moro no es más que por la corteza. Cae. ¿Caíste? No ha sido más de abollarme la cabeza. Qué desgracia! ¿Qué querías que a un hombre le sucediera por librar a su mujer pudiendo librarse della? ¿Qué sientes? La necedad de venir a su defensa. Si agua hubiera por aquí. ¿Que importara que la hubiera si no la bebiera yo en un ángel de Venecia? ¿Que tan malo estás? Muy malo. Si de esta vez no me entierran, no hay que fiar en dolores, que el de costado es de cera. ¿Quieres confesar? No traigo pecados aquí. Bien nueva es esa proposición. Es menester entenderla. Tengo sentadas mis culpas en el libro de despensa del gasto de cada día. ¿Pues, cómo allí las asientas? Tengo muy tierna la frágil, y así todas las cuaresmas confesaba por escrito. ¿Con el libro de despensa? Sí, señor, porque quien fía por lo fiado se acuerda. Yo te lo perdono todo. No deja de ser largueza. Si acaso Dios me llevara, que no sé yo si Dios lleva el que ve a su mujer en peligro y no la deja, hazme un entierro gracioso. Será como tú lo ordenas. Señor, si no lo has de hacer, juro a Dios que no me muera. Todo estoy lleno de sangre. Con luna aún no alcanzo a verla ¿Cómo estuviera yo lleno si hubiera salido fuera? Forzoso ha de ser dejarte. Deja muy enhorabuena, y acude a tu obligación. Yo daré presto la vuelta. En gentil demanda muero. Si en la conquista muriera de Jerusalén parece, pero que muera y padezca por quien sabe Dios que huyendo, me dejara en esta tierra mucho lo siento, y remucho, más que pagar una deuda. Ya te doy, cielos, mil gracias. que en ti contienes estrellas. Quiero ver si de esta parte está más blanda la tierra. ¿Qué hará mi Leonor? ¿Si acaso descuidada su belleza, usurpó la luz del día y en ocio blando la esfera al alba, porque las flores en sus ojos amanezcan? ¿Si habrá podido el cuidado que el que ama tenerle es fuerza introducir a desvelos de claveles y azucenas? ¿Si habrá culpado tardanzas, en venir en su defensa viniendo en su pensamiento, pesado le pareciera? Válgame Dios y qué propio es en amor hacer cuenta con el tormento un amante que hasta que la ve recela si con el tiempo gastado en cuidados y finezas ha de alcanzar o temer que le han de alcanzar en ella. Cuando la fortuna estaba más favorable, esta seña basta para que Leonor saliera luego a la reja. ¿Es Íñigo? No lo sé, porque hasta saber de ti sombra soy de lo que fui, que como el ser que tenía de un favor pude alcanzar, si éste me viene a faltar, no seré quien ser solía. No porque en mí la firmeza de aquello que fui desmiente, que en ella no hay accidente que mude naturaleza. Pero si en ti llego a ver puesto el favor en olvido sólo seré lo que he sido, que es lo mismo que no ser. Pienso que quejosa estás y incrédula de mi fe. Yo de mí que te diré, sino que te adoro más. No dudo, Leonor amada, la firmeza de tu fe, pero jamás esperé mirarte desenojada. Aunque fineza no alcanza la que mis celos han hecho, que sin quedar satisfecho, le has debido la tardanza. Ay, Leonor, cuál me ha tenido quien explicallo pudiera del modo que lo he sentido. Tú juzga si habré sentido el cuidado de no verte, bien haya la pena mía. Cuidado y grande sería que en llegándote a ausentar fuerza era tener pesar, y en esta pasión tan loca, la esperanza de tu boca es quien me ha de asegurar. Dueño, en fin, de quien envidia una vida que es tan tuya, que a tener algo de suya no la tuviera por mía. Si el mismo cielo es testigo que en mí tienes tal poder que sin él vengo yo a ser quien puede menos conmigo, bien ha merecido hallar favor en que es menester la duda, porque el placer no mate como el pesar. Íñigo, ¿y tendré por llano que me tienes voluntad? Leonor, en esa verdad podrá responder mi mano: ésta te doy de tu esposo con singular alegría. Ésta, señor, es la mía. Ya con ella soy dichoso.. ¿Está el amor en un ser? ¿Eso preguntas, Leonor? ¿Hase mudado tu amor después que soy tu mujer? Esa es opinión vulgar. Manda abrir, Leonor querida. Ya van abrir, por mi vida. Bien puedes, Íñigo, entrar. Bien quisiera ver más cierta, evitar, Leonor, tu entrada pero tienes ya cerrada con tus temores la puerta. Entra ya. Pues al rigor del moro por defenderte pensaba esperar la muerte, mejor es morir de amor. Apenas puedo volver a echarme de esotro lado, que pienso que se me ha entrado en el cuerpo mi mujer. Si hubiera un clérigo aquí con agua la echara fuera; pero con agua pudiera sacarme también de mí, que un molino que tenía troqué por otro de viento, sólo porque este elemento no tocase a cosa mía. Este lienzo es el más alto de los que tiene este muro. Por esotro es más seguro dalles mañana el asalto. Ay! Quejándose parece que está un hombre allí tendido. Allá voy. Seas bien venido, que ya mi dolor descrece, y pues a piedad iguala a mi amor, con ser tan puro, sube, señor, ese muro, pues tienes puesta la escala, y haz que me lleven de aquí, pues a mi salud conviene. Éste, sin duda, me tiene por un soldado que vi en el camino, aunque ignoro esta enigma, el que allá vía cristiano me parecía, y éste miro en traje moro. Dádome ha que sospechar, pero sea lo que fuere, que por lo que sucediere conviene disimular. Señor, llega un poco más. Llega. Diligencia es vana. Esa cara no es cristiana, ni se bautizó jamás. Con admiración escucho tu inadvertido lenguaje. ¿No es de cristiano este traje? Trajes hay que mienten mucho. Temblando estoy, que a mi ver, si no es medrosa ilusión, la cara es de Alimaimón. Mas yo lo vendré a saber. Pues no mienten mis intentos ni mi traje. Es cierto. Es llano. ¿Quién duda que soy cristiano? Pues dime los mandamientos. Si en el traje, al parecer, eres moro, ¿qué te obliga para que yo te los diga, si no los has de saber. Diome con la conclusión. Y es que saberlos quería. ¿De donde eres? De Turquía. ¿Tu nombre? Muley Colchón. Éste es Colchón, el que vi con Íñigo allá en Toledo. No he tenido mejor miedo que este, después que nací. ¿Y a qué vienes de Turquía por acá, Muley Colchón? Señor, por mi devoción vine a Ceca en romería. ¿A Ceca, dices, o a Meca? A Ceca y a Meca y todo, porque el andar de este modo es andar de Ceca en Meca. ¿Fuiste bajá? Señor, sí, nunca yo fuera bajá. ¿Por qué? Porque, por Alá, más quisiera ser subí. Colchón, o te he de matar u de ti pienso saber. Si es que me das a escoger, empiézame a preguntar, que nada en mi te resisto. Pues, vive Alá, que si mientes Diré verdad, voto a Cristo. ¿”Voto a Cristo” y moro? Ha sido descuido. ¿Y el “vive Alá”? También descuido será. Los dos habemos mentido. Diome con la conclusión. Di, Colchón, ¿cómo entraré donde está Casida? Entrando. ¿Cómo es más fácil? Andando. Eso es querer que te dé la muerte, u me has de informar o morir, falso Muley. No sé quién hizo este rey, amigo de bautizar. Que hay una escala colgando del muro, ya lo sabías, cuando pensé que serías el que yo estaba esperando. Si en este ese muro te pones, verás un jardín a un lado, al primer muro arrimado, un cuarto con tres balcones Una escalera de piedra baja del muro al jardín, que allá empieza en un jazmín, y remata en una yedra. Ésta, pues, con tanta unión a la pared se concede que desde un paso se puede dar con otro en un balcón. Todos tres después del día se abren por las calores, porque el aire envuelto en flores entra por las galerías. En este cuarto hallarás a Casida recogida, y aunque me quites la vida, no pienso decirte más. Basta, no quiero, Colchón, saber más y mi venganza con esta ocasión alcanza parte de satisfacción. Por la escala he de volar. Oh, quién la viera crujir y hacer con él al subir lo que conmigo al bajar. Sube Alimaimón, y descúbrese una cortina, y tocan chirimías, y aparece Casida con un Cristo divertida mirándolo, y sale Alimaimón Oh, sumo hacedor de todo, sin diformidad perfecto, sin cantidad grande y puro, sin falsedad verdadero, fuerte sin tener flaqueza, en calidad justo y bueno, copioso en misericordia, y siempre inmortal sin serlo, ya que mis cerrados ojos la obscura niebla rompieron de un error que me quitaba ver la luz de vuestros leños, haced que mi corazón os tenga amor tan inmenso que parezca que os adoro con el que os amáis vos mesmo. Aquí quiero contemplaros, y en un dibujo que tengo lisonjear a los ojos, para que amaguen el pecho. Parece que ha prevenido esta ocasión mi deseo, y que la fortuna ofrece felicidad al suceso. Divertida está mirando una pintura, y no veo desde aquí de lo que sea. Quiero acercarme y verélo. Qué bellísimo semblante! Si aquí enamora el bosquejo de un pincel imaginario, que es retrato de su dueño, ¿qué será la esencia pura de aquel divino sujeto en cuya verdad quedaron aún cortos los pensamientos. Retrato es de un hombre hermoso, que dividido el cabello hasta llegar a los hombros, dilata su nacimiento. De túnica azul se viste. ¿Quién será quien tanto afecto puso en ella, que a su sombra le está diciendo requiebros? Ay, salvador de mi alma, quién pudiera mereceros! Salvador se llama el hombre en quien su afición ha puesto. ¿Quién será este Salvador? Incomutable y eterno rey de gloria. ¿Rey de Gloria?: no hay en el mundo tal rein. Esto será que quien ama busca vanos epitetos, para dar a lo que adora mayor encarecimiento. Quiero llegarme otro poco. Pasos parece que siento, si no es imaginación. Pues créelo, que ha sido cierto. Y ojalá mujer liviana, tus averiguados yerros fueran imaginaciones y no engaños manifiestos. ¿Este honor das a tu patria y a veinte reyes que fueron casi cuatrocientos años venerados en Toledo? ¿Mereció tu anciano padre a los últimos alientos que la nieve de sus canas llevase a copos el viento? ¿De qué ofensa ocasionada tomaste el vil desacierto, cuya calidad infame tanto honor manchado ha puesto? Vuélvete a tu ley, Casida, que de acetarlo o no hacerlo, para la vida o la muerte libre la elección te dejo. Bárbaro, que disfrazado vienes a ser como el pliego que viene con dos cubiertas, cuando es sutil el ingenio que el primero sobreescrito viene al confidente y luego por el otro se conoce que es para dar a otro dueño: así, con el traje tuyo me viene a estar sucediendo, que es para mí el sobreescrito, mas no lo que viene dentro. De tanto rey como dices más lástima que honor tengo, que en su ley mayor fue siempre la esclavitud que el imperio. La ley de Cristo es la justa; las demás que son y fueron superticiosas y vanas carecen de fundamento. La ley de Cristo profeso., En esa pienso morir. Pues eso será muy presto. Será para mejor vida. Estás loca. Tú estás ciego. La ciega eres tú, que niegas la ley del profeta nuestro. ¿Quién por un profeta falso deja un Dios que es verdadero? ¿Eso dices? Esto digo. Que así pierdas el respeto a mi poder. s mejor el que estimo y reverencio. ¿Su poder es más que el mío? Más, que como rey supremo de cielo y tierra me ha dado vista para conocerlo. Vive Alá, que has de pagarme tan locos atrevimientos. Nada temo tu rigor, y tus arrogancias menos. Si es tu Dios tan verdadero, hoy que de enojo reviento, mirando tus libertades con tantos atrevimientos, he de ver cómo te libras, pues aunque lo impida el cielo he de sacar en tu sangre las infamias de tu pecho. Vuela ella. Desvanecióse en el aire, pero si al aurora llego, para buscarla y matarla, tengo de escalar el viento. Tocan cajas, y sale Alimaimón con la espada desnuda, y otros moros.

JORNADA TERCERA

Ea, soldados míos, si corta empresa doy a tantos bríos, no es la primera vez que a tal pujanza sobró valor y le faltó venganza. Deje a Castilla lamentable historia que ni de lo que fue quede memoria, que no es vencer del todo lo que ha sido preservado a la sombra del olvido. Cuanta fábrica estorbo fue del viento, para mí de ceniza es y a su asiento en fuego suba y ponga en las estrellas temor de oposición con sus centellas de mirar tanto cuerpo naufragante en piélagos de púrpura inconstante, ya que también la tierra no fenezca, el temor de los hombres estremezca. Que sabe Alá que siento que aun lo que careció de sentimiento en Castilla no esté por mí vencido, habiéndome costado haber venido. En esta quinta anoche suspendía una suave voz con su armonía, si entrar en ella puedo cantará en el alcázar de Toledo. No salgas. ¿Estás loco? Nunca fié de mi valor tan poco, que el riesgo no haya sido primero despreciado que temido. ¿Y es bien, Colchón. que retirado aguarde que piensen que me oculto de cobarde? Acá viene. Tendrá su valentía valor con defenderse de la mía. ¿Qué pretendes? Si todo está en mi mano, ¿quién hizo pretensión lo que es tan llano? Cautivo he de llevarte y habrá de acompañarte una mujer de aquesta casería. Si es que pide mujer, dale la mía. ¿Júzgaslo tan seguro como subir con un engaño al muro? Bien juzgo que lo es tanto, si también, por Alá, no hay otro encanto. Primero que ninguna conozca en tu dominio la fortuna, quedará con las armas y los brazos el uno de los dos hecho pedazos. Señor, defiende tú lo que te toca, que a mi mujer es pretensión muy loca que quiera defendella tu porfía, si yo no la defiendo con ser mía. Íñigo, si el reñir la dura suerte asegura tu muerte, sin duda que tu vida la debes de tener aborrecida. Si, como dices, fuera, mal del modo que ves la defendiera. ¿No sacas el acero de la cinta? ¿Hay más hombres que salgan de la quinta? No hay más. Pues para vencer a dos mi espada no es menester estar desenvainada. Para quien soy es bárbara violencia. Ya son tres los que están en tu presencia. Aún no son más de dos, que los criados, como ceros los tengo imaginados, que en viendo la ocasión efetuada, hacen mayor la cuenta y no son nada. No te conté, Colchón. ¿No soy hombre de cuenta? Yo me conté por dos y a ti por nada.. Huélgome de saber que estás preñada. Vete, Colchón, y tú de intento muda, porque yo no peleo con ayuda. Lo que me sobra de valor me ultraja, pues peleo con eso de ventaja. Vete, Leonor, que por matarle muero. Déjamele matar a mi primero. Con el infante un hombre se acelera. Pague su atrevimiento. Muera. Muera. Villanos, ¿mi valor ponéis en duda? Los dos que ves veis venimos en tu ayuda. Déjamele matar a mí siquiera. Íñigo, con ventaja conocida a nadie le quité jamás la vida. Felice fue la tuya, pues no puedes hallar otro que arguya ser para que viviese necesario que llegase el socorro del contrario. Si dejo de llevaros no es por dificultar el cautivaros, rendir lo más procuro, que esto siempre que vuelva está seguro. Las cajas de Fernando avisan de que ya vienen marchando. Forzoso es que a su rey ha de acudille, el que sólo nació para serville. Allá te doy palabra de matarte. Y yo, cuando llegare, de buscarte. Si mata y descalabra, no te cumple que cumpla la palabra. Señor, ¿de qué es la tristeza? Leonor, de una confusión que entre honor y obligación, puse lealtad y fineza a mi rey, mas es mi amor tanto, que pone, Leonor, esta obligación en duda. Pues, dime ¿de qué es la duda? Leonor. Íñigo. Yo vine a defenderte o librarte, no conseguirlo y dejarte no es bien que lo determine. Librarte mi amor procura, y pues este monte empieza desde aquí, por su maleza podrás caminar segura. Mas ir a pie siempre ha sido lo que en esto me embaraza. Cuando el rey salió a caza aquí el caballo dejaron. Los criados de mi casa ahí en el campo lo hallaron. Si el caballo te dejaron mi dificultad vencieron Vamos en él y destierra cualquier temor de tu parte, que en él pretendo escaparte para volver a la guerra. Bien segura puedo ir, si va tu valor conmigo. Qué fino la ha de querer. Qué agudeza de capricho de todo lo que han dicho me ahorro con mi mujer. Que un amante se remonte con lenguaje puro y casto! Oh, bien haya yo que gasto requiebros de todo monte! Yo no sé más que “mi gloria”, “mis ojos”, “mi corazón” y “mis entrañas”, que son requiebros de pepitoria. Y otro requiebro he tenido, si gasto con la que quiero, que la digo mi dinero+ y piensa que se lo pido. En fin, requebrar no puedo a mi mujer ni miralla y ¿he de entrar en la batalla, aunque tirite de miedo? Preguntarán en qué fundo, el ir de temores lleno, y digo que un muerto es bueno ser viudo en el otro mundo. Ya mi palabra he cumplido con buscarte cuidadoso. Para el hallarme pudieras guardar el cuidado todo. Para dártele o tenerle, porque a todo te respondo, que ni es el que tengo mucho ni el que puedo darte poco. Qué habrá que perdiste el juicio y que el vivir te da enojo, porque es fuerza que adolezcas de desesperado y loco. Cuando te miro tan muerto, que por Alá que me corro de ver que para mi brazo te deje vida el asombro. Quieres competir conmigo, que cuando me miro el rostro en el cristal de un espejo, tengo miedo de mi propio. Alimaimón, yo no vengo a pelear con coloquios, ni tan de espacio quisiera tener el acero en ocio. Defiéndete si pudieres y no me sirvas de estorbo, porque en matándote pienso no dejarte un hombre solo. Si en matarme tú consiste tan universal destrozo, Íñigo, por esa parte serán inmortales todos. Hablen las lenguas de acero lo que hemos de hablar nosotros, porque en sacando la espada, soy vizcaíno en lo corto. Despídete de la vida. Tengo el morir por dudoso. Cerca está tu desengaño. Tu peligro está notorio. Valor muestra. Esfuerzo tiene. Qué bizarro! Qué brioso! Alentado es el cristiano. Por Dios que es valiente el moro. No le mates. Deteneos Aquí es, Íñigo, forzoso volvernos a la batalla. Mucho lo siento. Y yo y todo. Pues luego vuelvo a buscarte, porque a herida por bisoño no es menester mucho tiempo brazo que es tan animoso. Pues, Íñigo, date priesa, que yo soy más presuroso, y excusaré las heridas, cuando las miren mis ojos. Que el caballo me matasen. Señor, por vida de Alfonso, de quien en Toledo temen los moros más estudiosos en conocer las estrellas que del cielo son adorno, que de la ciudad insigne será vencedor glorioso, que te retires. Manego, en mí fuera caso impropio retirarme, cuando sabes que soy furia y soy asombro. Cuando te falta el caballo y el campo miras de modo que ya tienes de los tuyos levantados promontorios; cuando han entrado en la villa y del saco lastimoso ninguna edad se reserva de miserable despojo; cuando abrasadas las mieses dejan sin fruto el agosto, y en los montes y en los valles no queda rama ni tronco; cuando como en sacrificio ni un cordero queda solo, que abrasado en vivo fuego no pague llamas en copos, ¿queréis, invicto Fernando, con esfuerzo valeroso poner freno a la violencia y a la ejecución estorbos? No es justo, no, que aventure su persona y su decoro quien mira el peligro cierto y el vencimiento dudoso. El sol en su cuarta esfera anima el terrestre globo, sin que la vista examine cuál sea su rostro hermoso. Un rey amable es lo mismo, que anima desde su trono sin que nadie necesite del crédito de los ojos. Pero si este sol faltase, cuando impensados abortos resultaran de haber visto su escándalo tenebroso. Pues dadme un caballo presto, que aunque sea caso impropio el ver retirarse un rey, tengo por más sospechoso que el huir en la ocasión el defenderse brioso. Muerto soy. Válgame el cielo. Vive Dios, que a perniladas he de hacerme tan famoso que el rey me deje por armas un pernil en campo rojo. Vuelvo a hacer la mortecina, que aqueste viene furioso. Allá se den la batalla. Y aquí entretanto yo propio en mi examinar pretendo, si soy para andar al morro. Hago cuenta que me embiste un morazo fiero y tosco con un lío por sombrero y un vestido de madroño, muy arremangado el brazo dende la muñeca al codo, que en esto se han parecido las fregonas y los moros. Corvo ha de ser de narices, que porque parezca en todo que es vaina del corvo alfanje., no se ha visto moro romo. Plántase de línea recta, y levantando los hombros, entro por la línea curva para dar al moro asombro. Tiro al brazo arremangado, derríbole dél un trozo, porque nadie se arremangue, si no es un día de lodos. Viendo el moro que ya tiene de los dos un brazo roto, luego con la mano zurda toma el alfanje lustroso y derríbame una pierna, como si fuera un cohombro. Pues ¿qué habemos negociado?, ¿Volver de la guerra cojo y andar con un pie de palo hecho báculo del otro? Vive Cristo, que no quiero ni pelear ni ser bobo, pero bebamos un trago para pasar el enojo. Resucito, que es gallina, y ninguna duda pongo de que puesto sobre huevos, sacará excelentes pollos. Que vedase Mahomilla la consolación del mosto. ¿Quién dice mal de Mahoma? Nadie, ¿Quién trujo este moro aquí? Mas también es mandria, pues se aparta de los otros. Digo que vuestro profeta debió de ser riguroso, pues os quitó el beber vino. Nego consequencia. Probo. Bebe. De ruin a ruin viene ahora con la intentona negocio. Colchón, yo no estoy de chanza, pues del profeta que adoro dices mal, te desafío. Aceto, y pues que las armas señala el retado escojo por armas pernil y bota. Eso es reñir con ventaja, pues me faltan. Haz que traigan, pues el reñir es forzoso, la espada de Algarrobillas y la rodela de Toro. Demás que tú también riñes ventajosamente. ¿Cómo? Tienes alma que no teme las penas de purgatorio, y un cuerpo, que cuando mueras no habrás menester responsos, clérigo, fraile o perroquia, que hoy es esto tan costoso, que con ser la muerte cara se vive ya por ahorro. ¿Qué haremos? Hagamos paces por una hora. Me conformo. ¿Cuál es el mayor pecado en tu ley? Entre nosotros beber vino. Según eso, yo seré muy virtuoso: pequemos contra Mahoma. Colchón, mira que te romperé las paces. Oh, qué licor tan sabroso. ¿Quieres probarle? No lo bebo. Yo tomo sobre mi alma el pecado. Dame la bota. Bebe. ¿No dices que no bebes vino? Hay moros que el vino dadizo beben, como el agua de un arroyo. Qué bien lo beben de balde! Oh, qué licor tan sabroso! Muza, basta, que yo peque, porque tú bebes de modo, que ya mi vino desea que seas escrupuloso. Muza, ruido suena. Colchón Huyamos Muza No puedo. Colchón Pues, galgo flojo, ven tras mí pensando que soy liebre. Muza Ya yo soy viento. Ya, mísera Castilla, conocerás con el presente daño que puede mi cuchilla dar a un tiempo escarmiento y desengaño, que es bárbaro quien piensa vivir seguro con ajena ofensa. Apenas ha quedado vida en que no vengue mi vituperio y la que se ha quedado vive a la sujeción del cautiverio, hasta la cruel tirana de mi afrentosa y fementida hermana. Sacan a todos los cristianos maniatados y los moros con ellos. Oh, miserable gente! Oh, suceso infelice y desdichado! Oh, poca suerte mía! No tiene poca quien en Dios confía. Que aún hablas en mi mengua! A no afrentar la mano que llegara a tan infame lengua fuera la postrer voz que pronunciara. Pero vendrás conmigo. Ni temo tu rigor ni tu castigo. Socorro, Virgen pura. Átalos bien. Anádeles prisiones. Cansarme éste procura. Mátalos a puñadas y a empellones, que todos los cristianos he de hacer que perezcan a mis manos. Señor, demos la muerte a los niños, que es grande el embarazo el haber de llevarlos de esta suerte. Advierte aparte, Zulema, que no es mi piedad en no matallos, que antes, Zulema, intento que sirvan a sus padres de alimento Escúchame aparte, Zulema, los castigos que has de dallos. Virgen, soberana madre de aquel verbo sacrosanto que de sus entrañas puras hizo morada y palacio. Palma, ciprés, azucena, oliva, huerto cerrado, arca, puerta y dulce puerto, cedro, fuente, llave y nardo, torre de Babel, escala de Jacob, trono del sabio Salomón, de marfil y oro y de leones cercado, nube capaz donde estuvo aquel sol divino cuando temblando al hijo cayeron en tierra sus simulacros. Vara de Israel, que deja con imperio soberano de sus nobles capitanes vencidos y atropellados. Tú que a nadie que te llama negaste favor y amparo, por las piadosas entrañas con que socorres a tantos: que nos libres, Virgen pura, del cautiverio en que estamos. Socorro, Virgen, socorro. ¿Qué luz es esta que ciega? Cristianos, ¿qué luz es esta que la vista me ha quitado y el corazón estremece con tanto imperio de rayos? Sin duda que os favorece la fuerza de algún encanto, cuyo violentado efecto me tiene desalumbrado. ¿Yo sin vista? ¿Yo sin ojos? Oh, como visteis, villanos, que era como basilisco y os mataba con miraros, que pierda el mejor sentido y el elemento más alto, pues que se ve con el fuego y es el mejor de los cuatro. Vive Dios, que pierdo el juicio. ¿Yo ciego y inhabilitado de pelear y de verme con el honor del aplauso? Por el profeta que adoro que he de arrancarme los brazos, que a quien le faltan los ojos, ¿de qué le sirven las manos? Decidme, cristianos viles, aqueste prodigio raro ¿quién le causa, previniendo vuestra defensa y mi agravio? María, sagrada Virgen y madre de Dios, que obrando maravillas favorece sus devotos con milagros. Qué nombre tan dulce tiene! Parece que me ha tocado el corazón y ya es cera lo que antes era peñasco. Llegadme a vuestra María. Ven, que cerca della estamos. Dichosa tierra. Dichosa. Este árbol tiene a María, Señora, aquí estoy arrodillado, y aquí rendido me tienes, y aquí tienes un esclavo, ¿qué me mandas? Llégase y dice la Virgen Que no persigas, Alimaimón, mis cristianos. ¿Mandas más? Que te reduzgas, dejando el error pasado, a la fee de Jesu Cristo, mi hijo. Mira que es falso ese profeta que adoras. Mi obediencia te consagro, y quiero la ley de Cristo, y la pido, renunciando mi seta y cuanto se ofrece idólatras holocaustos. Cristiano he de ser. María, ¿qué haré? Mira que te mando que recibas el bautismo. ¿Quién me le dará? Ya bajo a bautizarte yo misma. Dichoso tierra. Dichosa Y dichosa yo, que alcanzo ver tal señora y que tenga la fe de Cristo mi hermano. Tu mayor vitoria es ésta. Ya estamos junto a la fuente. Hinca la rodilla en tierra. Ya yo estoy arrodillado Ya has dejado tu nombre. Llámate Pedro. Obedezco tu mandato. Di ahora cómo te llamas. Pedro, señora, me llamo. Pues, Pedro, yo te bautizo con mis virginales manos en nombre del Padre y Hijo y del Espíritu Santo. Ya te veo, Virgen pura, toda mi vista he cobrado y más, pues ahora veo lo que cegaba un engaño. Gracias te doy infinitas por el favor alcanzado y a mí para que te sirva, me la dé. Mira que mando que no vuelvas a Toledo. Parte a Roma y da al Vicario de mi hijo da la obediencia, para que llegando al plazo de tu tránsito residas con los bienaventurados. Cuanto soñé se ha cumplido. Aquí más dice el aplauso que la lengua. Abrazadme., Soy tu esclavo. Y aquí tiene fin, senado, la historia de Sopetrán, que porque al moro llamaron Pedro, y luego corrompiendo los moros este vocablo, Petrán le llamaron unos, otros Petran, conservando aqueste nombre y la imagen que está en el lugar sagrado donde apareció la Virgen, haciendo inmensos milagros, debe de haber que la tienen al pie de quinientos años.