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Texto digital de La virgen de la Fuencisla

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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de La virgen de la Fuencisla. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/virgen-de-la-fuencisla-la.

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LA VIRGEN DE LA FUENCISLA

No quede en Segovia vida de cristiano en quien no hagan estragos, muertes, injurias nuestras moriscas escuadras. Huyendo van por los montes descalzos, dejando casas, vidas, mujeres y haciendas, niños y viejos, y es tanta la confusión de Segovia que tu sombra les espanta, Efraín. Abendámar, como en las lides pasadas nos mataron tanta gente resistiéndose a las armas del grande Ulit Almanzor, señor nuestro y rey de Arabia, han de conocer ahora que viene con más ventaja todo el brazo de Mahoma, en Efraín Abenhámar. Victoria por Efraín, ya Segovia está ganada, «victoria por Efraín» repitan música y cajas. Ya los posteros cuarteles de la gente que habitaba el río Eresma, Efraín, se rindieron a tus armas y, desamparando todos la población, a esas altas peñas se van recogiendo. Registrad todas las casas antes que la ciega noche estienda las negras alas, obscuro pavón del cielo, argos con plumas de plata, por que no estorbe el pillaje la confusión. Lo que mandas vamos a ejecutar todos. Réndete, crestiano, y calia. «Victoria por Efraín» repitan música y cajas. Liegar y no resistir. Por mí no te darán blanca. ¿Por qué? Porque tengo peste. Moro, vuélveme la espada, que en tu mano es del perrillo y en la mía es toledana. ¿Qué ruido es ese? Un crestiano chiquitilio que quedaba en so casa caliandito. ¿Cómo, cristiano, te llamas? Un nombre tengo, señor, que entre los frailes se gasta y a todas horas se estima. ¿Cómo es tu nombre? Pitanza. ¿Y a quién en Segovia sirves? A dos hermanos que gastan toda la hacienda con pobres. ¿Y quién son? Dos buenas almas, don Frutos y Valentín. ¿De qué les sirves? De nada. ¿Cómo? Porque no los veo habrá más de ocho semanas. ¿Y no te echan menos? No. ¿Cómo así? Porque no mascan y así, como siempre ayunan, no echan menos la Pitanza. ¿Y adónde están? Estarán en el hospital, que tratan de jugar con los enfermos. ¿Con ellos juegan? Y ganan, porque les llevan las pollas y así, en llegando a sus camas, saben que hay quien se las mulla. ¿Son mozos? De linda traza, y por estas y otras cosas Segovia los trae en palmas. (No quiero decirle al moro que estos tienen una hermana que es blanca como un cambray y aqueste perro es de caza.) ¡Ay de mí, que penando no muere quien nace infeliz! ¿No oyes una voz que triste se queja en aqueste alcázar? Ya la escucho y para mí no hay acorde consonancia como la voz triste y tierna de una queja bien llorada. ¡Ay de mí! ¡Ay de mí, que penando no muere quien nace infeliz! Ayer me vi con ventura, y hoy mi dura prisión veo y, aunque libertad deseo, puede ser menos segura la libertad para mí. Que penando no muere quien nace infeliz. ¿Hasta cuándo ha de durar mi desdicha, suerte avara? No es mucho menos la mía, pues aquí estoy retirada solo por criada tuya. Esta es aquella cristiana, que prendí al primer rencuentro, recién llegado a este alcázar, y he de hacer que no la he visto. Vamos. (Aquesta es Engracia. De que calle me hace señas Inés. No hablaré palabra.) Bien Pitanza me ha entendido. Abendámar, a quien llaman el sabio por la doctrina que en nuestro Alcorán alcanzas, vamos, que quiero que venzas en contenciosa batalla con la experiencia que has dicho estos cristianos. Aguarda, moro, que no has de ausentarte sin decirme por qué causa me tienes presa. Prosigue, pues Segovia está ganada, Abendámar, tu argumento por que con sus letras hagas lo que yo con armas hice. Voy, para que miren claras las evidencias que tengo contra la fe que ellos guardan. ¡Quién le pusiera al perrazo aquí una piedra por maza de las más gruesas que tiene nuestra puente! Oyes, Pitanza, no digas quién soy al moro y avisa que estoy esclava a mis hermanos. Sí haré. Escúchame ahora, cristiana, que, si a mi razón atiendes, hallarás que ha sido hidalga la acción de tenerte presa. Muy mal podrás disculparla si eres tú el juez y el delito. El que hacen tus ojos basta. Bien sabes que desde el día que te truje aqueste alcázar, que habrá dos meses, hasta hoy ni te hablé ni vi la cara. Esto hace mayor mi duda. Pues para que de ella salgas y tirano no me culpes, oye la más nueva traza que inventó el amor y en ella verás que está disculpada la que llamas tiranía; escucha y sabrás la causa. Después que el rey don Rodrigo faltó a la fe y la palabra, que dio a la hermosa doncella, a Florinda ⸻a quien la Cava la lengua arábiga nombra, que en la hebrea Eva se llama con justa razón, pues fue de tanta perdición causa⸻, el conde don Julián, su padre, a tomar venganza convocó a la África toda para entregarnos a España, dando por Andalucía con cautela escala franca a doce mil combatientes que al rey Ulit acompañan, a nuestro Ulit Almanzor, que hoy en Córdoba se halla y este año ⸻que en vuestra ley del nacimiento se llama del salvador setecientos y trece⸻, atiende, cristiana, a este año, pues ha sido feliz para nuestras armas y infeliz para vosotros, que este año los moros pasan desde Córdoba a Toledo, colocando en sus murallas nuestras invencibles lunas, siendo Tarif Abencarza conquistador con el conde don Julián, que le acompaña, y luego el rey Almanzor, viendo que gente les falta, para ganar lo restante cien mil moros desembarca. Repártense las conquistas y a mí, española, me encargan lo más difícil, que pase los puertos de Guadarrama para Castilla la Vieja. Vine a Segovia, donde hallan mis ojos esa hermosura y resistencia mis armas. Porque se puso en defensa ⸻y así tardé en conquistarla con pérdida de los míos dos lunas⸻, tomé ese alcázar que está entre estas peñas, donde saliendo con gente y armas a registrar los cuarteles una noche entré en tu casa, donde te vi hablar amores, entre tiernas consonancias a solas con un retrato de un hombre a quien adorabas y dulce esposo decías sacrificándole el alma. Confieso que la pintura me dio celos y la espada fui a sacar para romperla, mas no sé qué oculta causa me obligó a tener respeto a aquel hombre a quien hablabas, que quedé sin mí y no sé si el suspender la venganza fue el mirarme él, pues quedó sin uso mi manó airada con un pavor, y así dudo si en mí fue temor o hazaña por mirarle a él sin defensa o por verme a mí sin alma. Aquella noche, celoso de que a otro la fe entregabas, te truje a este alcázar, donde vives presa y retirada sin que nadie de ti sepa, que amor fabricó esta traza por que feliz no te goce quien como yo no te ama. La culpa para prenderte fue sola el ser tú gallarda, los alguaciles, mis celos y escribano de la causa es el silencio, que él es quien más un secreto guarda, el fiscal es tu desdén y los testigos, mis ansias, el amor, quien te preside severo juez en la sala y, aunque pide mandamiento de soltura con instancia el desvelo tu abogado, es la memoria contraria, y, así, por eso no sale el mandamiento que aguardas, que ha de firmarle el olvido y el olvido no despacha. En esta estancia escondida te tengo por esta causa, donde, por que ni aun el sol registre a líneas doradas lo oculto de aqueste albergue, los senos de aqueste alcázar te hacen posta noche y día, vigilantes mis escuadras, y, si hasta hoy no te he visto, es porque atento su entrada solo la sabe el respeto y al deseo se la calla y, aunque a sus ojos me niego, cuidadoso te regala mi afecto con cuanto cría esta tierra y su comarca en cazas, frutas y pesca, en aire, en tierra y en agua y, aunque hasta hoy, española, tuve en mi pecho callada esta pasión de adorarte, no he querido declararla por dos razones, y en una vienen a incluirse entrambas, y es que, como a los cristianos tengo tanta repugnancia, saber de ti no pretendo si me correspondes grata por que no puedan sus ruegos suspender nunca mis armas. Otra es porque, si supiera que mi afecto despreciabas, yo mismo me diera muerte y, al verse sin mi amenaza, tuvieran gloria los tuyos de ver que un rayo les falta, y, así, saber no pretendo si me aborreces o amas, porque, feliz o infeliz, no puedan los de tu patria lograr treguas con mi dicha ni paces con mi desgracia. Esta es la razón que tengo. Mira si quieres más clara mi resolución, que intento que de mi poder no salgas para que de otro no seas y, aunque esta duda se halla mi amor de ser admitido o desechado en tu gracia, contento vivo con ella, pues tiene por triunfo el alma añadirse un sentimiento por quitarle una esperanza a ese esposo a quien adoras. Mira si es mi pena extraña. Y, así, por que tu respuesta, o favorable, o contraria, de mi brazo y de mi enojo no me impida la venganza, ni tú tienes que decirla ni yo tengo que escucharla. Aguardad, oíd, señor. Tenle, Inés. Tenle, Pitanza. Poca fuerza es menester para tener a quien ama. ¿Qué decís? Que me escuchéis, que no es razón que se valga vuestra ira de la violencia contra mí y contra mi fama, y no temáis que responda a proposición tan ardua de amaros o aborreceros, que en las mujeres que se hallan las obligaciones mías es desaliño del alma explicar tiernos afectos que el albedrío avasallan de humanas correspondencias. Una fe y una esperanza y un amor tengo, en quien fío, y no es a vos a quien ama mi corazón, que es a un dueño de esfera más soberana, y, cuando os amara a vos, no os lo dijera, que es falta en mujeres principales el pronunciar tal palabra, que aunque el amor no es delito, es culpa el decir que aman. Tampoco la que aborrece, lo ha de decir, pues culpada se halla ya su estimación, que, si imagina la causa porque el sujeto aborrece, hace examinar sus faltas: pensó en él y quien pensó, ya su vanidad ultraja, pues pudo inclinarse a amar el tiempo que lo pensaba. Y, así, no tienen respuesta en mi altivez vuestras ansias de amaros, aborreceros, perded de eso la esperanza y, en cuanto a tenerme presa, vuestro discurso se engaña si piensa que ha de obligarme con lo mismo que me agravia, porque a un imposible aspira vuestra porfía y se cansa en vano, que, si a otro dueño grato corresponde el alma, tan fina que antes verá mi muerte que mi mudanza, no es bien que vos con rigor gastéis vuestras amenazas contra una mujer y es mengua del valor que os acompaña querer que haga yo ofendida lo que no hiciera obligada. Esto supuesto, no es justo tenerme aquí enajenada queriendo lo que no es vuestro. De otro dueño soy sin que haya otra impresión en mi pecho ni otro afecto en mi constancia. Dadme, señor, libertad, si es que mi llanto os ablanda. Basta el rigor y el estrago que estáis haciendo en mi patria, pues no habéis dejado en ella, demoliéndola las casas, piedra que esté sobre piedra. Ya las imágenes santas han sacado de los templos nuestros segovianos para guardar vuestras iras en otras ocultas aras y, si no bastan mis ruegos, si mis lágrimas no bastan, si mis suspiros no valen y no os mueven mis palabras y puede más vuestra tema que mi razón y mis ansias, dadme la muerte cruel, atraviese vuestra espada mi corazón, que más quiero, para morir como honrada, una muerte que me acabe que una vida que me infama. ¿Cómo así mi amor ofendes? No ofende quien desengaña. En vano serán tus quejas. Pediré al cielo venganza. Yo doblaré tus prisiones. Eso deseo en el alma por padecer por mi fe. ¡Oh valiente segoviana! Si lo saben sus hermanos, al moro echarán zarazas. Levadla a esa obscura torre. ¡Ah, pesia, ah, hermosura ingrata! ¡Ah, pesia amor, que a violencias pretende ganar un alma! Pitanza, gran mal recelo, que está este moro que rabia. Guarda tú la fe, Inesilla, y no corderos, zagala. Así la guardarás tú. Yo contra aquesta canalla soy Pitanza de tocino y, en oliéndome, no paran. Las joyas vengo a esconder, que pilló Zulema el día del saco a Santa María, aquella hermosa mujer señora de los cristianos. Una mora he visto allí y parece desde aquí que un cofre tray en las manos... .y pues no me pueden ver... .y pues no me ha visto a mí... .un hoyo he de hacer aquí... .y yo aquí me he de esconder, que en estas malvas echado por ver lo que solicita, pues esta mora es maldita, seré en las malvas malvado. Las joyas son que en la toma... ¿«Joyas» dijo? .saqueó Zulema, el cual se murió. Con que se fue con Mahoma. Diamantes son, donde hay dos tan grandes que están tasados en más de ocho mil ducados. ¿Qué escucho? ¿Esto más, mi Dios? Tales piedras son. Dios hizo las piedras para mis medras, pues nunca en mí han caído piedras si no es cuando cay granizo. Al pie de estas dos supremas torres las pondré, detrás de aquellas malvas. ¿Malvas? Mora, mira que te quemas. Cavar quiero con el hierro que al jardinero tomé. Yo las honras las haré, pues las haces tú el entierro. Un canto pondré aquí igual por la señal de esta mina. Esta mora se presina, pues dice «por la señal». Las joyas mi dote son... Ya yo las pude agarrar. Uno siembra el melonar y otro se come el melón. .y, pues aquí no hay testigo, sin miedo las dejo. Y yo todas las llevo, aunque no las llevo todas conmigo. Aquí dijo que estaría Fátima. Aquesta es mi ama, que a los rayos de la luna se divisan las espaldas. Fátima. Luna, ¿qué intentas en esta torre que Engracia tiene por prisión? Estoy de su suerte lastimada y así quiero entre las sombras, mientras que duermen las guardas, verla por si acaso puedo consolarme y consolarla. Cuando por ella padeces los celos que te maltratan de Efraín, esposo tuyo, ¿quieres consolarla? Calla, que el que padece no sabe, jamás el camino halla a la compasión. Señora, lo que mi afecto repara es que en secreto hablar vengas y que la música traigas. Después sabrás para qué esta música se entabla. Es que siempre a una tristeza otra tristeza agasaja. Pues ¿es tristeza el cantar? Fátima, sí, que quien canta suele engañar a la pena, si es que a la pena se engaña. Esta es la llave maestra de la torre y, pues que callan las centinelas cuando ella vela en la prisión tirana, he de abrir de la torre. ¿Quién llama? Quien viene, Engracia, a hacer que el silencio sea mudo entre las sombras pardas cómplice de mi osadía y norte de tu esperanza. ¿Quién eres, que esa piedad tienes de mí? Quien te ama porque constante te ha visto resistir a las tiranas opresiones de Efraín y, así, hermosa segoviana, vengo a darte por tu fe una libertad en paga. Señora, no sea cautela de aquesta mora que falsa te quiera llevar adonde nos despeñen... Oye y calla. Pues ¿quién eres tú? Soy Luna, de Efraín esposa. ¡Estraña acción! Pues ¿qué intentas, Luna? Que de dos prisiones ambas salgamos aquesta noche, tú de la de aquese alcázar y yo de la de mis celos. Mira, cristiana gallarda, si es más dura que la tuya, pues celos prenden el alma. Dime, Luna, ¿en qué conoces que tanto Efraín me ama? En que me mata de celos sé yo que por ti se abrasa. ¿Y en que lo conoces tú? ¿En qué? En que de mí se cansa y, así, trocara contigo no mi estado... ¿Qué trocaras? ¿Tu ley? Tampoco mi ley. Pues ¿qué trocaras? Mi cara. Más hermosa eres que yo, pues tanto a Efraín agradas. ¿Quién vio mora más afable? Esta es la mora encantada a quien van a ver el día de San Juan por la mañana. Y agora que con la noche y el silencio en la campaña alumbra menos la luna ⸻o por estar despreciada, como yo, del sol, o porque con los celos se desmaya⸻, quisiera yo que los trajes trocáramos aquí entrambas para que con esta industria tú de la prisión te salgas y yo en tu lugar me quede. ¿Quién vio dicha más estraña? Yo estimo la libertad que me das, mas ¿cómo mandas que yo mi traje te ponga y con el tuyo me vaya? Porque así irás más segura sin encontrar quien te haga daño alguno, pues por mora te tendrán y no habrá escuadra de los moros que a Segovia por varios cuarteles guardan que te ofendan, con que tú libertad, y vida ganas. Yo gano más, pero temo que, quedándote encerrada en esa torre, te ofenda, tomando en ti la venganza de este engaño que le hacemos, por ser tú, noble africana, quien la libertad me ha dado. No hay que reparar en nada. Quien piensa más los sucesos más dificultades halla y, así, el quedarme yo aquí te importa a ti, segoviana, porque te doy más lugar de que más lejos te vayas si tarda en echarte menos y piensa que asegurada te tiene mirando en mí en estas almenas altas un traje mismo. Bien dices. Perdida mi amada patria, buscando iré mis hermanos entre las duras entrañas de esos montes. Vamos, pues. Si hemos de mudar las galas, ven, pues, y te vestiré. Yo también a ti, cristiana. Valientes segovianos, que resistiendo a tantos africanos nuestra fe defendéis. Sácaro amado, de la Iglesia mayor beneficiado, por cuyo santo ejemplo los árabes reservan nuestro templo para dar culto a un Dios que confesamos, ¿qué nos mandas? Oíd, solos estamos, aunque por Dios ⸻que a Dios todo le debe⸻ el duro pecho de Efraín se mueve a dejarnos un templo reservado, donde el nombre de Dios será ensalzado sin que para los siglos venideros se pierda esta memoria, quiero haceros un reparo que es justo y importante a todos. Atended. Pasa adelante. Aunque el moro Efraín ha presumido una iglesia dejar que hemos pedido para que los cristianos celebren los oficios soberanos de nuestra fe, al ejemplo de Toledo, que nunca conquistó y como, mezclados con los árabes, quedan los que aclaman la santa fe, muzárabes se llaman, de «árabes» y de «Muza» derivados los cristianos y templos señalados, y temo, según le hace batería el ejército noble cada día de segovianos fieles, que de día en los campos escondidos está y enfurecido les embiste de noche a los cuarteles manchando con la sangre que derrama el turbante de nieve a Guadarrama, y, así, del moro temo que irritado, según nuestra ciudad nos ha asolado, no ha de dejar en ella casa, templo, señal, sombra ni huella donde Segovia fue y así he quitado del altar donde estaba colocada la joya más preciosa y estimada que tiene esta ciudad, la Virgen pura, el arca que el diluvio os asegura, la paloma de paz, la verde oliva por quien siempre la fe se verá viva, por quien después de tantas tempestades Segovia gozará serenidades, porque es, sobre atributos preeminentes, María de la Peña, sobre fuentes, la vida de la vida, sin mancha de pecado concebida, cuya peña publica su entereza y las nativas fuentes su pureza. Esta, pues... Sigue, hermano, mis pisadas. Una voz escuché en las elevadas peñas de aquese risco, en cuya cumbre el sol enciende la primera lumbre. Ya yo sigo tus huellas. Todo es asombro. ¿No veis dos estrellas, dos cometas de luz en dos orientes a quienes un laurel ciñe dos frentes? Ya, Sácaro, las vemos. Todo es prodigio. Todos son estremos. Ya a nosotros se acercan y hacen señas. Ya pisan cariñosos esas peñas. Dos jóvenes. Dos cielos. Y dos soles. Reconocedlos, nobles españoles, sabed quién son, valientes ciudadanos. Frutos y Valentín, los dos hermanos... .que de un bárbaro huyendo las porfías,... .que de un tirano huyendo los errores... .que a nuestra santa fe con tiranías... .pretende oscurecerle los honores... .con doctrinas de falsos argumentos. ¿Quién el bárbaro es? Estadme atentos. Abendámar, ese moro que Efraín trae a su lado, para hacer prevaricar los fieles con sus engaños sembrando varias doctrinas, unas del profeta falso, mezcladas por más cizaña con los errores de Arrio y, aunque de otro sentimiento tenemos, Sácaro, entrambos todo el corazón herido, todo el pecho lastimado, que de nuestra hermana Engracia, con la confusión de tantos como perdieron las vidas cuando Efraín entró a saco a Segovia, no sabemos si es viva o muerta ni hallamos quién de ella nos dé noticia, mas por el alma se ha entrado el ver que intente este moro sembrar entre los cristianos que viven en las incultas cuevas de aquestos peñascos falsos dogmas, arguyendo en voz alta por los campos, siendo escándalo de todos. No huyáis de mí, que los pasos os he de seguir. Este es Abendámar. Sosegaos, que Dios en estas cuestiones mueve al católico el labio para responder a cuantas dudas buscare su engaño. Quien dijere dónde están o dónde hallaré a mis amos buen hallazgo les prometo. Este es Pitanza. Un abrazo me dad, señores de mi alma. ¿Dónde, Pitanza, has estado? En dos horas solamente me han sucedido tres casos: verme pobre y estar rico, estar libre y ser esclavo, y ver en prisión... ¿A quién? Al argumento volvamos, porque hoy he de convenceros. ¡Que viniese ahora a estorbarlos este moro cuando yo venía a dar cuenta a entrambos de la prisión de su hermana! No temo tus dogmas falsos, que a todo he de responderte, solo siento que, sembrando en público tus errores, quieres sustentar tu engaño con escándalo de todos. ¿No decís que es Dios humano, esa segunda persona que quedó sacramentado debajo de las especies de pan y vino y que hallamos Dios y no pan porque allí los sentidos engañados quedan con los accidentes después que está consagrado el pan por el sacerdote? Eso a voces confesamos y esa fe todos tenemos. Y nacimos obligados a morir por defenderla. Al argumento volvamos, porque yo no solo os niego que haya Dios sacramentado, mas el que haya esa persona segunda niego. Arguyamos. Propón, que yo a tu argumento con licencia de mi hermano y de Sácaro respondo. El Valentín es un rayo. En la trinidad te arguyo, las tres personas dudando. Tres personas y una esencia una unidad demostrando, ¿cómo en los tres uno vemos? ¿Cómo en uno tres hallamos? Como el raudal cristalino de una peña desatado, que de él nacen tres corrientes siendo uno solo el remanso. Aunque el moro es gran bonete, mucho más sabe el muchacho. Pues dime, ¿cómo compones, dividiendo y añudando, a una sola esencia unidos tres distintos separados? Como el sol, que siendo solo cría, luce y, calor dando, de una sola luz produce tres efectos en sus rayos? Señor, el muchacho es fino, que es de Segovia el muchacho, y yo lo defenderé. Calla, perro. Eso no paso. ¿Perro me llamó la Méndez? Por que arguyamos fundados, ¿cómo de aquel ser eterno a los tres comunicado, si personas dividimos, substancias no separamos? Una es la substancia sola y un Dios y un ser, y va errado quien busca en él tres esencias siendo solo un increado. ¿Cómo el padre es de sí solo, el hijo el que es engendrado y el espíritu divino, el que procede de entrambos? Como aquel que en un espejo atento se está mirando y entres cristales distintos es uno solo el retrato. Yo no alcanzo esas razones. Aqueste argumento es llano que es parentesco de lejos, pues que no le alcanza un galgo. ¿Que el espíritu procede de los dos dices? Es claro. Esa procesión no entiendo. Los moros, señor mi amo, no entienden de procesiones. No alcanzan pechos humanos divinas naturalezas si no es con la fe adornados; esa te falta a ti, luego no puedes ahora alcanzarlo. Victoria por Valentín. Al moro venció el muchacho. ¿Sabes tú eso? Así supiera usted rezar el rosario. ¿Cómo, bárbaros, creéis lo que no entendéis? Al paso que no se entiende, se alcanza más mérito en no dudarlo. Yo despertaré las iras de Efraín y a estos peñascos os vendrá a dar muerte a todos. Eso todos deseamos. Y yo haré estrago mayor contra esa fe. Será en vano. Todos morirán por ella. Y yo para ser más santo me lardearé con tocino, por si muriere empanado como pollo que me llamen san Pito en el calendario. Hasta tomar la venganza de esta gente voy rabiando, de enojo y furia reviento. Ahí con todos los diablos que carguen con él y lleven a Caramanchel de abajo. Valentín, Frutos, amigos, con la oración resistamos las amenazas del moro, padeciendo y ayunando por estas peñas ocultas hasta aplacar a Dios tanto que liberte nuestra patria, pues que por nuestros pecados somos cautivos ahora de estos infieles. Yo traigo con qué comer largamente y, así, no temáis, cristianos, que nunca Pitanza os falte. ¿Qué trais? Un cofre pesado todo atesado de joyas y nuevas de Engracia traigo, que está cautiva del moro. ¿Del moro? Del moro. ¿Hay caso tan raro? ¿Quién te lo dijo? Yo, que la vi allí llorando, presa en el alcázar, y es que el moro... Cierra el labio, que primero en nuestras vidas verán de sangre esmaltado su alfanje. Mal sabe quién son de Engracia los hermanos. Sácaro, adiós, que a morir o a librar a Engracia vamos. Mayor corona os espera si eso intentáis. Aguardaos, que Engracia está con vosotros. Y Inesilla está a su lado. Pues ¿cómo en traje de mora estás? Dime, ¿has renegado, Inesilla? De Mahoma. Por librarme y por buscaros me disfracé en este traje. Después os contaré el caso. Pues ya vosotros las vidas aventurabais entrambos por librar del cautiverio a una hermana, ¿más amparo no se le debe a una madre? ¿Eso quién puede negarlo? Pues, valientes españoles, nobles héroes segovianos, vuestra madre está cautiva y, a riesgo de que el airado brazo del moro haga ultraje en su rostro soberano, la Virgen Santa María de la Peña, a quien llamamos Madre de Misericordias, es la cautiva, cristianos. La soberana pastora del católico rebaño, por quien Segovia algún día respirará del estrago que en ella han hecho los moros en esta era, en este año de setecientos y trece, por su santa imagen vamos, que yo la tengo escondida, mas no está bien en poblado que es de moros, a estas peñas con secreto la traigamos a guardarla por que sea su bulto padrón sagrado a los venideros tiempos de nuestra fe, segovianos. Vamos por su imagen todos, que, si la preservó el brazo de Dios de que fuese esclava de la culpa, hoy del contagio morisco es bien que la libre de un sacerdote la mano. Mire, si hemos de traerla en procesión a estos campos, yo con las joyas que tengo haré de la cera el gasto. Vamos, porque nuestra fe humildes,... .pobres,... .postrados,... .solos... .en este desierto... .con las vidas defendamos,... .guarnecidos... .de María,... .con el trasunto amparados... .que es la torre de David... .y el castillo pertrechado... .de todo el poder de Dios la fortaleza y el brazo. ¿Qué tienes, Fátima?, di. Yo de llorar me mantengo. Di, ¿qué tienes? Nada tengo después que el cofre perdí. ¿No cantarás entretanto que llega al puesto Efraín? El canto es mi mal, que, en fin, perdí el cofre por el canto. Amor, cese tu rigor y no culpes mis desvelos, porque no hay amor sin celos ni celos hay sin amor. En esa alta galería está la cristiana bella, mal hallado estoy sin ella. ¡Ah, Engracia, si fueras mía! Allí a Efraín he mirado. Vendrá a ver a su cautiva. Pues siempre la ha visto esquiva y yo su traje he tomado, me he de vestir el desdén de Engracia. Mal lo repara tu amor si te ve la cara. No me ha de ver, pues también, imitando a Engracia el llanto, haré lo que Engracia hacía, pues la cara se encubría con el lienzo No me espanto, Luna, de aquesa cautela, pues celos la causa han sido, mas ¿si sabe que se ha ido la cristiana? No recela mi pecho ninguna acción en Efraín que no sea muy suya. El alma desea tu acierto. Ya en el balcón con un lienzo enjuga el llanto. Las guardas que la asistimos nunca la cara la vimos. ¿Tanto siente mi amor? Tanto. Más siento yo los recelos de que otro dueño la mira. ¿Quién, Engracia, te retira de mirarme? Amor y celos. ¿«Amor y celos» he oído? ¿Quién causa en ti ese dolor? Amor, cese tu rigor. Con mi letra ha respondido. ¿Quién vio tal encanto? Amor, y no culpes mis desvelos. Esto aumenta mi dolor. Porque no hay amor sin celos ni celos hay sin amor. ¿Quién, porque mi acento oyó, repite el eco? ¡Ay de mí! ¿Eres tú mi prenda? Sí. Luego ¿eres Engracia? No. Pues ¿quién me responde? Yo. Yo, que, viendo en cautividad aquella hermosa beldad de Engracia la segoviana, me vestí aquí de cristiana por darla a ella libertad. Muy mal, Luna ⸻¡ah, justos cielos!⸻, has hecho, que al alma unida hoy has quitado una vida por remediar unos celos, más aumentas mis de velos que a buscarla se provoca mi amor. ¡Pesia a la acción loca! Si otra que no tú la hiciera, hoy a mis manos muriera. Toca al arma, al arma toca. Parece que sabes ya a qué he venido, Efraín, pues tocas al arma, en fin. Para conquistar será a los cobardes cristianos, que traidores y crueles hacen contra tus cuarteles estragos tan inhumanos. Yo sé dónde están. ¿Adónde? En esas peñas Fragueras ⸻que así se llaman⸻ cual fieras viven y así corresponden el hecho al nombre, pues andan los más vestidos de pieles. Entre estos peñascos fieles que a nuestro llanto se ablandan, rudo tronco, tosca pira tendrá nuestra luz y aurora en su albergue se mejora, pues tiernas las peñas mira. Hasta coger la cautiva segunda vez a mis manos, azote de los cristianos he de ser. Efraín viva. Toca al arma, que hasta que Engracia a mi poder vuelva correrá sangre esta selva. Yo te sigo. ¿Para qué? Para estorbar que esa estrella vuelva a tu cautividad, que quien la dio libertad también sabrá defendella. Salve, Virgen pura, que hoy nuestra rudeza la custodia os labra de tosca materia, ave Maris Stella. Entre aquestas fuentes del agua a la lengua quedáis escondida como Aurora nuestra, ave Maris Stella. Haz que tus cautivos salgan de cadenas, alumbra a estos ciegos, tu pueblo liberta, ave Maris Stella. Por que venga el día a nuestra tiniebla hasta que el sol salga la aurora se encierra, ave Maris Stella. Ya que queda asegurada nuestra imagen en las peñas, importa que fabriquemos todos rústicas viviendas entre estos ásperos riscos donde recogerse pueda el número de cristianos que cada día viene a ellas, descalzos, pobres, desnudos, buscando estas asperezas, por huir las impiedades del moro. Para defensa y albergue de nuestros fieles, en esta altiva eminencia a quien con hoz cristalina por el pie segar intenta Duratón, celebre río del Itabro en las riberas, he labrado tres ermitas por que sean centinelas de los nuestros. ¡Arma, arma, mueran todos, guerra, guerra! Un ejército de moros todos estos montes puebla. Cardenales de Mahoma con coloradas cabezas y almas de caballo, ¿qué nos queréis? ¡Guerra, guerra! Mueran todos hasta que Engracia a mi poder vuelva. ¡Arma, arma! En vano, Efraín, en vano te ha de salir esta empresa. No teme tus amenazas, que tiene quién la defienda, ¿Cómo, cobardes, sin armas no teméis aquí mi furia? Mayor fuerza es la de Dios como su fe no se pierda. Engracia, yo he de ampararte. Mis dos hermanos me alientan. ¿Quién son tus hermanos? Frutos y Valentín. Quien por ella perderá mil vidas antes que tú en tu poder la veas. ¡Mata, destruye, Efraín! ¡Mueran todos! ¡Todos mueran! A lo fragoso del monte. Dios de nosotros se duela. Sí hará, que Dios nunca a los suyos deja aunque tal vez permite que padezcan. ¿Adónde pensáis hallar contra mi furor defensa? En las piedades de Dios, que ya que el paso nos cierran; los montes nos abrirán en golfos de riscos senda que nos ampare. Interior espíritu nos alienta. Mal podrás librar, Engracia, de mi furia. Flacas fuerzas son las tuyas con las mías. ¡Ay de mí! No temas. Pues ¿quién la defiende? Dios. ¿Cómo de mi ira sangrienta la librarás? Con hacer con el báculo en la tierra una raya que no pases. Di, ¿cómo? De esta manera cumplirá Dios su palabra que la fe los montes mueva. ¡Qué asombro! ¡A la cuchillada de Frutos que dio en la sierra ellos son de Valdemoro, nosotros de Valdepeñas! Mágicos encantos son. Aunque falte su presencia, yo haré que los tres padezcan mil tormentos a mis manos. Aunque es tan gran piedad esta de Dios librarnos agora, mayor será cuando veas que damos por él las vidas, con que nuestra patria tenga tres patrones en quien dure católica la fe nuestra. Antes que ese honor consiga, no quedará ruina de ella. ¡Arma, arma, y mueran todos! Aunque a sus desdichas mueran, no morirán a su fe, que en ellos vivirá eterna. Piedad, señor. ¡Arma, arma! Señor, favor. Sí hará, que Dios nunca a los suyos deja aunque tal vez permite que padezcan. Con que aquí se acaba el año, según las historias cuentan, de setecientos y trece, y a la jornada primera pone fin Villaviciosa y Matos la suya empieza, con que a la tercera a entrambos ayudará Zabaleta. Segovianos valerosos, de cuya invencible diestra tantas heroicas hazañas la fama en jaspes cincela, hoy que nuestro rey Ramiro ganar a Madrid intenta y como a vasallos suyos nos llama para esta empresa, mientras que llega el aviso para marchar y en las puertas de esta ciudad esperamos el orden, una pequeña noticia pretendo daros que os aproveche y divierta. Ya sabéis cómo después de aquella común tragedia en que el infeliz Rodrigo a España perdió, sujeta quedó Segovia a los moros trecientos años, que apenas dejó el olvido en sus templos de lo que fue algunas señas y, entre los grandes prodigios que la tradición acuerda que en aquella edad pasaron, fue aquel portento que en esta ciudad sucedió a los moros cuando Frutos, en defensa de la honestidad de Engracia, hizo dividir la tierra, por cuya profunda boca el paso al tirano enfrena, si bien después fervorosos, según las historias cuentan, Engracia y sus dos hermanos, heroicos hijos de aquesta feliz población, bizarros de nuestra fe en la defensa, padecieron cruel martirio, porque desde la eminencia de esos encumbrados riscos gigantes, que a las estrellas segunda vez intentaron ajarle al sol la belleza, los despeñaron, dejando con la púrpura sangrienta su memoria iluminada sobre el papel de esas penas, cuyas reliquias gloriosas nos las encubrió la tierra, o no las halló el descuido, pero no es esta la peña mayor, que otra de más peso nuestra inquietud desalienta. Una imagen de María hubo antiguamente en esta ciudad, a quien dieron nombre de Fuencisla o de la Peña, porque al lugar donde estaba corría en nativas perlas una fuente que, murada de ásperos riscos risueña, buscaba en el mar de gracia más dones a su pureza. Sus prodigios y milagros fueron tantos que pudieran en el número excesivo vencer del mar las arenas. Esta imagen desde el año de setecientos y treinta, en que por nuestra desgracia fue avasallada esta tierra por Abderramen, hasta este presente año, que se cuenta para gloria de la fe novecientos y cincuenta, ha que asiste oculta y tanto este mal nos desconsuela que no le hallamos alivio, porque consta de una cierta o piadosa profecía, que aquel año en que esta perla mostrare el hermoso oriente de su divina belleza, han de triunfar nuestras armas de la perfidia agarena. Esta noticia os he dado porque, si acaso en la guerra de Segovia los pendones vencieren, el triunfo deban a esta imagen soberana, cuya divina asistencia como protectora ampara nuestras armas y en quien lleva nuestro afecto asegurada la victoria y la defensa. Fernán García, el acuerdo de tan piadosa advertencia nos alienta a que sigamos las invencibles banderas del católico Ramiro. Hoy luzga entre las ajenas nuestra patria por nosotros y hagamos hoy verdaderas las fábulas que de Alcides hipérboles griegos cuentan. Dame los brazos, ¡oh ilustre don Día Sanz!, que a tu diestra han de deber nuestras armas triunfos que las engrandezcan. Eso es si lleva consigo el ingenio y la moneda. Aténgome a mi valor. Pues ¿tú has servido? En la guerra de África maté un león. ¿Cómo? Con una rodela y un martillo. ¿De qué modo? Vinose hacia mí la fiera en los dos pies y de un brinco se me arrojó con soberbia, espérele todo el golpe de las dos garras sangrientas y, al clavar de parte a parte con las uñas la rodela, por detrás se las remacho con el martillo y se queda con las dos manos trabadas. Saco entonces con destreza el desmochador y doile desde la cola a la crencha tal cuchillada en perfil que, dividido en dos piezas, se quedó de largo a largo como cabrito en despensa, mas este es otro cantar. ¡Qué desusada violencia de estruendo y rumor! Parece que este monte se espereza. Negro asombro del día, aborto de la noche, imagen fría, ¿qué intentas? Darte muerte o el acento del labio enmudecerte. No digas lo que has visto. Monstruo horrendo, en vano de tus brazos me defiendo. ¡Cielos, piedad! ¡Ah, bárbaro villano! ¿A una flaca mujer? Tened la mano... (Cielos, ¿si fue ilusión?) .porque primero que trasladéis las iras al acero juzgaréis mi razón. Máquinas mías, enmudeced su voz. (Hablar no acierto. ¡Válgame Dios! ¿Si lo que vi fue cierto?) Etíope grosero que contra una mujer vilmente fiero te muestras arrogante, prosigue, que tu bárbaro semblante juzgo, según lo atroz que en él se esculpe, que no has de hallar razón que te disculpe. Su engaño no creáis. Calla, villana, escuchad y veréis si fue tirana esa mujer conmigo, digna del más colérico castigo. (¿Qué secreto pavor, qué miedo oculto me ata la voz? De mármol soy un bulto.) ¡Qué cara! Pero todos ⸻¡raro caso!⸻ están hechos figuras de Parnaso. Prosigue. Oíd atentos. (A la cautela, astutos pensamientos.) Yo soy, nobles españoles, un hombre a quien la fortuna dio reinos y señoríos, pero la ambición, que nunca descansa, empeñó mi aliento a que intentase la augusta corona de la Etiopía y, convocando en mi ayuda los árabes y fenicios, a cuya provincia adusta, para admiración del orbe, debí mi primera cuna, contra el sultán del oriente que ser rey suyo divulga entregué al mar una armada, en cuyas ondas cerúleas, alada Babel de pinos, fue asombro de las espumas. Sobre el turquesado campo de la cristalina anchura le presenté la batalla y, intentando con astucia poner, por ganarle el viento, sobre el Aquilón mis fustas, cuando de un trabuco horrendo al golpe fatal, que asusta los aires, desbaratando de mi inconstante chalupa todo el velamen, la idea de mis pensamientos frustra arrojándome al abismo de las arenas profundas. Escapé a nado, cortando las ondas, y en su llanura vi que todos mis parciales corrían la misma injuria y, viendo que de rendido quedaba incapaz, procuran mis iras tomar venganza, valiéndome de la industria y, así, ese preñado monte, de cuya altivez se duda si él va a buscar las estrellas o las estrellas le buscan, vine a habitar, porque supe por la magia o sus figuras, en que soy diestro, que en él un gran tesoro se oculta, con cuyo caudal intento volver a hacer guerra dura al sultán, pero ¿qué es esto? (Toda la voz se me anuda. ¿Por qué no permite el cielo que yo la verdad confunda a esta villana?) Prosigue. Aqueste es reloj sin duda, que se le acabó la cuerda, ¿No hablas? ¿Por qué te turbas? Que no puede hablar por señas dice. ¿Qué es lo que procuras? (Procuré que esta mujer el secreto no descubra porque adoración no dieses a quien la espalda me bruma, pero no pude, que el cielo todas mis cautelas frustra, mas yo le confundiré las especies por que nunca sea descubierta aquella divina sacra escultura.) Aguarda, espera, detente, del silencio imagen dura. ¡Raro caso! ¡Estraño asombro! ¡Toma pan, cito! Hizo fuga. Anda con dos mil demonios. Ya le encubrió la espesura. No le sigáis, que ya el cielo la voz que a ese monstruo usurpa me ha dado a mí, que hasta aquí la tuve como difunta, o fuese pavor del caso, o fuese mágica industria. Prosigue, que de tu voz están pendientes mis dudas. Yo soy una pobre pastora ⸻aun la admiración me asusta⸻ y no extrañéis lo que aquí os dijere mi voz ruda, pues siendo la que lo digo soy quien más lo dificulta. Guardando unos corderillos andaba junto a esa inculta montaña, donde un arroyo con natural travesura, formando un listón de plata, sobre la esmeralda bruta iba bordando de aljófar las flores que le saludan. Sentada a su verde margen suspensa estaba y confusa cuando junto a la corriente vi que una breve rotura se iba ensanchando y formando, un arco de arquitectura tan sumptuoso que juzgara por su elevada hermosura que de algún templo o palacio era la fachada augusta. Levanteme suspendida y, mirando hacia la hondura, vi que una calle anchurosa de flores que la perfuman, de laureles que la adornan y de luces que la alumbran me convidaba a su entrada, dándome a entender con mudas señas, que para mí sola franqueaba aquella clausura. Con este indicio animada y con la planta segura, me fui entrando poco a poco y en claridad tan oscura osadamente cobarde llegué a una cuadra ⸻aquí es justa la admiración⸻ donde había sobre dos firmes colunas un arca, a quien coronaba una paloma tan pura que, con ser soles y estrellas los rayos que la circundan, menos luz debía el aire al resplandor que a sus plumas. De su trono el pie besaba encadenada una bruta fiera de Albania, mostrando ser triunfo de su hermosura. De esta estancia a los dos lados se aparecían dos urnas entalladas de laureles que, dando al aire molduras, con sus hojas coronaba a dos cuchillas desnudas. Sobre estos mudos blasones dos inteligencias puras con sonoros instrumentos calmaban el viento, cuyas repetidas suavidades dejaron con su dulzura en la playa del silencio todas mis potencias surtas, cuando una voz ⸻que aun agora parece que el alma escucha⸻ me dijo: «Mujer, si quieres lograr la mayor ventura, avisa a ese pueblo y dile lo que has visto y que en las duras entrañas de esta aspereza de oro una mina se oculta, de valor tan estimable que no es más grande ninguna». Y al querer yo con las manos tocar lo que vi, en la muda margen me hallé del arroyo y desvanecida, en suma, aquella hermosa apariencia, aquella verdad desnuda y aquella idea con alma que hallé viva y vi difunta. Más presto os diera el aviso si con violencia absoluta aquel bárbaro que visteis no me atajara la fuga, que fue el mismo monstruo que vi encadenado en la gruta. Esto es verdad, no fue sueño. Cristianos, esta es alguna revelación de los cielos, pues a una pastora ruda da voces para contarlo, da señas que lo divulgan, da testigos que lo apoyen y ejemplos que lo aseguran. Serrana, aunque tus razones parecen sueños, sin duda que algún gran misterio encierran circunstancias tan confusas, pues lo que he visto me asombra y lo que escucho me turba. Al rey le daremos parte de este suceso. En su busca hoy marchamos a Madrid y que lo sepa es ley justa. Esto es verdad, no fue sueño. ¡Jesús, y qué gran locura! Yo soñé una vez que un día cogía brevas maduras y me rompí el espinazo; y otra vez ⸻esto no es burla⸻ que me daban un vestido por descubrir cierta bruja y aquel día por lo propio me pegaron una zurra. No creas, serrana, en sueños y, si no trae una pluma de esta paloma que viste, verás cómo sin disputa hablas por boca de ganso. Marche el campo a Madrid. Nunca creí en sueños. Di, ¿tu nombre? Elena. Elena, tus dudas querrá el cielo que se aclaren para mayor gloria suya, que no han sido acaso sueños que tanto misterio ocultan. Vamos, Limiste. Morillos, contra vuestras medias lunas va el Limiste de Segovia a daros en caperuza. Pues crédito no me han dado a lo que vi, ¿qué procura mi voz? El silencio sea mi fiscal, que es más cordura dejarlo al cielo, que el cielo siempre a lo mejor se ajusta. Valerosos ricos homes, gran conde Fernán González, cuyas acciones gloriosas os dieron nombre de grande, bien sabéis cómo en persona, con la ayuda favorable del cielo y de vuestro aliento, gané a los moros alfanjes seis ciudades, treinta villas, que a la coyunda indomable del africano dominio tributaban vasallaje y hoy, que he llegado a Madrid para pasar adelante a restaurar a Toledo, hallo que es de Madrid grande la fuerza y que es menester más gente para su ataque y así, con vuestro consejo, solicito acuartelarme en esos vecinos pueblos hasta que el rigor se pase del invierno. Gran señor, gente tenemos bastante para sitiar a Madrid, pues han llegado esta tarde de Salamanca, Plasencia y Buitrago mil infantes. Probemos de la fortuna los riesgos, porque al cobarde moro ya nuestra venida no le ha salido de balde, pues de las escaramuzas en el militar combate ha perdido alguna gente y un cabo muy importante que se llamaba Alfagad. Por naturaleza, y arte es plaza fuerte; ahora bien, conde, el ejército marche hacia el puente a tomar puestos, mas decidme, ¿los leales de Segovia no han venido? Han respondido arrogantes que ellos no se daban prisa porque siempre que llegasen ganarían a Madrid. Es menester enmendarles la vanidad, que, aunque tengo de su valor hecho examen, me ha enojado la respuesta, pero ¿qué clarín suave inquieta el viento? De un bruto con seña de paz amable se apea un moro y bizarro se encamina hacia esta parte. Yo soy, cristianos valientes, Aliacén, hijo arrogante de Alfagad, a quien ayer el conde Fernán González mató en una escaramuza lanza a lanza y de mi padre vengo a tomar la venganza y aquí y en cualquiera parte le reto y le desafío para matarle o matarme con él, que no es bien que viva de la infamia a los desaires el valor que no restaura su sangre con otra sangre. Sal conmigo y no te afrentes de que un rapaz hoy te saque a la campaña, que a ti y a cuantos no respetaren por capaces mis alientos para el más fuerte cómbate, para el más noble trofeo sabrá castigar mi alfanje. El valor no busca estatuas gigantes para hospedarse, que tal vez la cobardía se encierra en pechos gigantes. Mide conmigo los bríos, llega conmigo a abrazarte y verás cómo mi aliento de mi venganza al coraje, de la rémora imitando la virtud oculta, sabe en el golfo de las iras calmarte las vanidades. Delante estás de los tuyos, yo quiero para obligarte darte esa ventaja agora, que, aunque tu fama tan grande, la hacen menor las razones que tengo para vengarme. ¿Qué te detienes, cristiano? Acaba, que, si no sales, harás que mi ardiente furia te llame a voces cobarde. Por Dios que me has dado gusto, rapaz, en vez de enojarme y que, a ser posible, hiciera que el brío no malograses. Ve y escoge entre los tuyos los moros más arrogantes que hubiere en Madrid y salgan conmigo solo al combate y verás, rapaz, quién es el conde Fernán González, mas contigo no es posible, porque, en mirándote el talle, de filigrana pareces, sujeto de escaparate, y es lástima aventurar alhaja de tan buen aire, pues pienso que, si te llego con la mano, has de quebrarte. Esa es arrogancia loca y razón para escusarse, que los valientes y nobles nunca desprecian a nadie y el querer reñir con muchos es soberbia que no cabe en quien sabe qué es valor. Cualquier cristiano es bastante para batallar con otro y a todos los hago iguales, mas, en llegando a ser moro, no sé qué adversión notable tengo con ellos, que juzgo que millares de millares y toda el África junta, sí, voto a Dios, no es bastante para un español. Detente, que con este corvo alfanje te sabré dar a entender que sobro para matarte. Pues logra el triunfo y seguro puedes, morillo, tirarme, porque no pienso ofenderte. ¡Bien riñe, paso notable! Así batallaba yo cuando era mozo. ¡Arrogante, defensa!, mas ya a tus pies me tienes Toma el alfanje. La envidia de tu valor. en mí otro rencor añade. Pues vete libre y procura crecer, que, en siendo más grande, con otra mejor doctrina yo volveré a despicarte. Tu valor me ha convencido. Vete en paz. Alá te guarde, con razón te llama el mundo asombro de los anales. Brío ha mostrado el morillo. Es de Madri, y sus aires infunden valor y ingenio. Pero al ronco son del parche vienen marchando con orden los segovianos. Buen lance prevengo para el descuido de haber llegado tan tarde. Día Sanz y Hernán García con la gente que mandaste que de Segovia viniese llegan a tus pies reales y solo, señor, esperan saber dónde han de alojarse. Id delante, conde, a dar las órdenes. Voy delante a obedecerte. Soldados, hacia el puente el campo marche. ¿Sin responderme el rey, cielos, se va vuestra alteza? Mande, señor, señalar adónde nuestra gente ha de alojarse. Fernán García, decid a los nobles segovianos, que, pues tienen tantas manos, que se alojen en Madrid. ¡Zarazas, en Madrid dice! El consejo no es muy malo, que allá nos harán merced. ¿De qué? De atenacearnos. ¿Que se alojen en Madrid, pues que tienen tantas manos? ¡Vive Dios!, que este es desprecio o el rey para en rostro darnos la tardanza con nosotros se entretiene, procurando desairar nuestro valor, pues nos propone un tan arduo imposible, como haciendo donaire de nuestro agravio. Ya esto toca, amigos míos, en la opinión, y es reparo que debe hacer el que es noble, que, aunque el rey con sus vasallos puede usar de magisterio, sin deslucirlos ni ajarlos, cosas hay en que es preciso que la heroica acción del brazo por su crédito volviendo se empeñe en lo temerario. Pues ¿de qué suerte podemos quedar airosos? Ganando a Madrid aquesta noche y en su alcázar alojarnos. ¡Vive Dios!, que esa locura no la pensara Pilatos, pues todo un rey don Ramiro de León lo está dudando. ¿Y querías tú con tus manos lavadas pillarlo? Segovianos valerosos, esta facción emprendamos por la fe y por nuestra patria, demos fama eterna al mármol. De Alejandro no se cuenta que desde el muro arrojado a una plaza él solo estuvo de flechas y de venablos defendiéndose hasta que le socorrieron bizarros los suyos y la victoria por Macedonia aclamaron. ¿No están llenas las historias de griegos y de romanos? ¿Con más heroicas hazañas en España no alcanzaron mayores triunfos los nuestros? ¿No oscurecieron su aplauso tantos Cides españoles y Aníbales castellanos? Pues ¿qué menos porción gozan de valor los segovianos para no emprender renombre en los peligros más arduos? De los riesgos se corona el noble, el libre, el gallardo espíritu belicoso, no en los ocios ni en el blando mullido catre que embota de Marte el filo templado. De Hércules en vuestra patria la estatua tenéis que en mármol la respetaron los siglos para instruiros el brazo. Y, cuando tantos motivos no os empeñaren al caso, el del honor, que es mayor, os da asunto soberano y, si en lo que os aconsejo conformes y voluntarios no venís y anteponéis la vida a peligro tanto, yo solo... Fernán García, todos a tu lado estamos conformes con este intento digno de inmortales lauros. ¿Vosotros qué respondéis? Que seguiremos tus pasos. Yo solo no vengo en ello. ¿Estás, Limiste, borracho? Trátame con más respeto, porque, aunque soy tu criado, somos de una tierra y soy criado entre buenos paños. Eres cobarde. Señor, eso no estuvo en mi mano. El cuento del portugués viene aquí pintiparado. Diole un albañil un día a un fidalgo ciertos palos y él los sufrió, pero luego se juntaron los fidalgos y en secreto le riñeron. Cúlpanle muy enojados de que una afrenta sufriese y él respondió muy hinchado: «Señores, ¿é muito que haya no mundo un fidalgo franco?» Yo soy de la misma suerte. Mal cuento, Limiste. ¿Acaso es cosa mucha que caiga la mancha en el mejor paño? Como quien eres discurres. Yo, señor, no quiero aplausos, que de algo me ha de servir haber nacido hombre bajo. Cubiertos con los paveses y de la noche amparados, a escala vista subiendo al alcázar. Verbum caro. Verá Ramiro muy presto lo que son los segovianos. Embracemos los paveses. ¡Que no sea yo inclinado a escalador de castillos! Noche es y, si no me engaño, hacia allí he sentido moros. ¿Por dónde? Por el olfato. ¿No lo dije yo? ¿Quién vive? San Anselmo, san Hilario, san Babilés vive y vive, perros, todo el calendario. A ellos, que moros son. A ellos, que son cristianos. Perros, huid. ¡Ah, buen hijo! Ya yo me voy calentando. Esperad, canalla infame, que, aunque os resistís osados, sois pocos para mi aliento. El que me cupo es bragado. Aguarda, que has de llevar un Limiste golpeado. Amigos, ya van huyendo los moros desbaratados, y antes que den el aviso a los de dentro embistamos a rostro firme al alcázar. Todos escalas llevamos. Nuestro ha de ser hoy el día. ¡Agora, agora, al asalto! No hay que temer ningún riesgo, por la fe y patria muramos. Ea, confiésate, moro, porque has de morir ahorcado. ¿No ve que soy moro? Quiero que mueras cristiano. ¿Morir estando rendido? Hombre, ¿qué dices? Al caso. ¿Quieres rescatarte? Sí. Pues yo te daré barato. ¿Trae oro usté? No le tengo. ¿Trae plata usté? No la traigo. ¿Tray moneda nueva, que esta es buena y no de embarazo? No, señor. ¿Tray calderilla? Tampoco. ¿Ochavos? Ni ochavos. Pues usté tendrá vellón, porque pienso hacerle cuartos. Mira que un esclavo pierdes en mí, y es bueno un esclavo. El mejor esclavo, el muerto. Por el Alcorán sagrado de Mahoma que te duelas de mí. Con tal abogado tendrá sentencia en favor. ¿Cuál es? Tome de ella un tanto, porque pienso asarle vivo. Si eso ha de ser, ten la mano y no me mates a golpes. Lo mismo es así que asado. ¡Qué me has muerto! Amigo, soy saludador de galgos. Pues acaba de matarme. Detente, que estoy pensando la muerte que te he de dar, de más gusto y de más garbo, que en esto de matar tengo caprichos extraordinarios. Ahora bien, yo me resuelvo a desollarte. Tirano, ¿por qué eso intentas? Porque con este rigor extraño podré aprovechar tu piel. ¿Para qué te sirve? Hermano, para hacer guantes de Ocaña. Piedad. ¿Quieres ser cristiano? Te perdonaré. No puedo beber vino ¿Estás borracho? Que te matan por detras. ¿Quién me mata? Así me escapo. Podenco, aguarda. Escapose. Ea, heroicos castellanos, para agora es el valor. Mas ¿qué miro? ¡Aliento raro! Día Sanz y Hernán García valerosamente osados por las escalas subiendo del alcázar ⸻¡riesgo extraño!⸻ se acercan a sus almenas. Ea, ilustres segovianos, ya falta poco y los moros, en el sueño sepultados, teniendo por imposible este prodigioso asalto, se descuidan. ¡Ah, qué lindo! Con más silencio subamos, no despierten. ¡Ah de arriba! ¡Oh vencejos soberanos del alcázar de Madrid! ¡Oh valerosos soldados!, pues ninguno hasta aquí como vosotros sabe hacer alto, hoy camparéis de golondro. Ya sobre el castillo estamos. ¡Bravo arrojo! ¡Que nos entran! ¡Al arma, al arma, africanos! ¡Viva la fe, perros! ¡Viva Mahoma! ¡A ellos, soldados! ¡Muera el alcuzcuz, amigos, y viva el tocino magro! ¡Viva nuestro rey Ramiro! Vencidos somos, huyamos. Ya el alcázar de Madrid, hijos, es nuestro. Pongamos el pendón de nuestras armas sobre esta almena clavado para que Ramiro vea nuestra lealtad. Acercando se vienen al castillo. Todos a recibirle salgamos. Socorramos a los nuestros, conde, que al arma han tocado. Ya con la luz del sol todos se han prevenido al rebato. Pero aguardad, que allí miro sobre el muro tremolando los pendones de Segovia. Este sin duda es engaño de los moros. Y las puertas tienen también franco el paso. ¿Qué puede ser? Que los tuyos, señor, por que entres triunfando en Madrid te las abrieron, que, como ayer enojado mandaste que se alojasen en Madrid los segovianos, ellos por no faltar nunca a tus preceptos buscaron el modo de obedecerte y aquesta plaza ganaron, previniendo alojamiento para ti y para tu campo. A mí se me debe el triunfo, que harto me costó el mirarlo. Día Sanz y Hernán García, llegad, llegad a mis brazos, que con toda mi corona tan heroica fe no os pago, pues con ser tan grande el timbre que hoy a mis glorias añado más grandeza mía es ser rey de tan nobles vasallos. Queden en aqueste alcázar vuestros blasones fijados y las armas de Segovia, dignas de solio más alto, y siempre que a Madrid vengan sus leales ciudadanos en su noble ayuntamiento tendrán lugar, y esto mando por que en los futuros siglos los propios y los extraños sepan que tan gran victoria debió España a vuestro brazo. Señor, vuestra alteza agora entre a descansar. Soldados, ¡viva Ramiro! Decid, ¡que vivan los segovianos! Entra mayo y sale abril, cuán garrido le vi venir, entra mayo coronado de rosas y de claveles, dando alfombras y doseles en que duerma amor al prado, de juncia viene adornado, de retama y toronjil. Entra mayo y sale abril, cuán garrido le vi venir, entra mayo coronado de rosas y de claveles, dando alfombras y doseles en que duerma amor al prado, de juncia viene adornado, de retama y toronjil. Serranos de esta aspereza, este es el dichoso sitio donde sin duda se esconde aquel tesoro divino que os he dicho tantas veces, en cuyos ásperos riscos de noche una ardiente antorcha alumbra, seguro indicio de que lo que vi fue cierto y, aunque muchos han tenido por soñadas ilusiones mis noticias, compasivo el señor obispo agora de Segovia, a quien he dicho tercera vez el suceso, con otros que no público, hoy manda que los zagales de todo aqueste distrito en este lugar cavemos para ver si descubrimos de esta mina imaginada los soberanos archivos. De aqueste intento Segovia dio parte al rey don Ramiro, solicitando su amparo en tan piadoso motivo y, mientras que de la sierra y de estos pueblos vecinos se nos va juntando gente, demos nosotros principio a la obra. Ea, serranos. Aquí una noche a Toribio se le apareció un gigante todo de luces vestido. Dicen que aquí está un tesoro encantado. Mi Carillo vio una tarde entre esas peñas un negro con unos grillos encadenado y bramando como un toro. Mi pollino aquí se quedó pasmado de oír unos jilguerillos cantar como unos capones. Mucho más yo sola he visto. ¡Aquí hay tesoro! Cavemos. Ea, a la labor, amigos. Yo empiezo por esta orilla por ver si topo el orillo. ¿Cuánto va que cavo yo más que los cuatro? Me río. Harto harás en igualarme. Apostemos. ¿Qué va, Tirso? Vaya una pieza de vaca como se lo da a un ministro. Divirtamos el trabajo. Cantad. Vaya un tonillo. Cavador que buscando tesoros no deja el oficio mejor fuera que en parvas y en surcos buscase oro fino. Por más tiempo que gaste en tareas nunca será rico el que libra su vida en la suerte del azadoncico. Hagamos alto, soldados, y en este valle florido descanse el campo. ¿Qué es esto? Soldados son que han olido el tesoro. Hola, zagales, suspended el ejercicio, que llega el rey. Malo es esto. Este es, gran señor, el sitio y esta la honesta serrana que a vuestra alteza le he dicho. Confiriendo mis discursos con los piadosos avisos que vosotros me habéis dado y de Segovia he tenido, hallo que este inculto monte esconde estraños prodigios, pues dicen que entre estas peñas los cristianos, perseguidos del sarraceno, ocultaron número casi infinito de imágenes y reliquias que ha sepultado el olvido. Mi padre el rey don Alfonso, que les ganó a los moriscos esta ciudad, muchas veces me refirió aquesto mismo y, así, yo propio en persona con mi gente determino allanar esta montaña para este hallazgo divino. Dadme un azadón, zagales, que en tan piadoso ejercicio jornalero de estas peñas y compañero y amigo con vosotros tener quiero el mérito esclarecido de haber aplicado el brazo adonde el premio es preciso. No es menos pesado el cetro que el azadón y, así, hijo, no estrañéis que le maneje, pues me servirá de alivio trabajar por uno solo cuando allá por tantos lidio. Tome vuestra alteza. Elena, de vuestra mano recibo este instrumento y gustoso con tal presagio me animo, pues otra Elena hizo grandes los triunfos de Constantino. ¡Oh rey católico! A todos su piedad ha enternecido. Soldados, a la tarea, todos trabajad conmigo, que para el jornal del cielo ninguno tarde ha venido. Todos con los azadones al rey sigamos. Amigos, cantad al cielo alabanzas. Eso les toca a los picos. Dulcísima María, si es que en aquestos riscos vuestra imagen se esconde, merezca hallaros hoy nuestro ejercicio, mostradnos el oriente, pues con tiernos suspiros para erigiros templo os busca nuestro afecto enternecido. Para recoger el agua que de una peña ha salido vengan los cubos. Primero venga un refresco de vino. Conde, ¿no veis un letrero que sobre ese pardo risco se descubre? Sí, señor, pero casi obscurecido del tiempo apenas señala los caracteres distintos, mas ya yo le leo: «el año del nacimiento de Cristo de setecientos y trece y en que se perdió Rodrigo, don Sácaro, sacerdote, dejó oculta en este sitio la Virgen de la Fuencisla y de los santos benditos Frutos, Valentín y Engracia, que padecieron martirio, las reliquias». ¡Feliz suerte! Con tan venturoso indicio ya va logrando el desvelo el norte de sus disignios. Prosigamos. Esperad, que por el roto resquicio de este hueco escollo escucho no sé qué oculto prodigio de música y resplandor. Nada escucho. Nada miro. ¡Oh dichosa labradora, pues tú sola has conseguido esos favores! Probemos todos con violencia y brío dividir este peñasco. ¿Qué intentáis, si se abre él mismo? ¡Gran milagro! ¡Cosa estraña! ¡Oh asombro el más peregrino! Esta es la inmaculada aurora, a quien se humillan paraninfos, pues hasta su retrato la respetó la sombra del olvido. ¡Dichosa ciudad, que hoy gozas del mayorazgo el más rico! Cuya riqueza asegura piadoso amparo a tus hijos. ¡Oh madre de aquel monarca que bajando del empirio hizo trono tus entrañas y tú las haces de un risco! Yo haré que te labren casa y, entretanto, su divino simulacro de aquel templo será inmortal frontispicio. ¡Viva nuestra imagen santa! ¡Y viva el rey don Ramiro! Y aquí lo ha dejado Matos hasta que vuelva otro siglo. ¡Rodriguillo, Rodriguillo! ¿Qué me quieres, judigüelo? Dame el judío cabal, pues es nombre y no dinero. Por tu medida te injurio. Rapacillo, a los hebreos quien se lo llama les da música, que no tormento, mas dime, ¿qué libro es este? Judío gozque, es el compendio de la Historia de Segovia, que un prebendado discreto me le dio a guardar en tanto que en el devoto concento del coro se está con Dios endiosando. ¿Y qué leyendo estabas? El infelice y lamentable suceso de la vez primera en que entraron los agarenos en esta ciudad, quitando. a Rodrigo el mejor reino que tiene el mundo. ¿La fecha? El año de setecientos y trece. Y entonces fue, según los anales vuestros, cuando Sácaro escondió de aquella sierra en un seno esa imagen de María. Esa santa imagen, perro, de la Fuencisla. Y, en fin, ¿qué es lo que estabas leyendo? Como es un teatro el mundo en que representa el tiempo. en metáfora de farsa leía en el acto primero la miseria en que lloraron tiernos los ojos del pueblo de esta edad la desventura. ¡Importante advertimiento! ¿Y qué es esta hoja doblada? Es el segundo acto, puesto que cuando el año de mil y ochenta y tres por el sexto don Alonso fue ganada esta ciudad para eterno sosiego y luego sus hijos a su corona añadieron a Madrid, a quien sus armas entonces sitio habían puesto, que zaheridos de su rey por no haber llegado a tiempo callaron y, no sin orden, despechados la embistieron y la primer voz que hablaron la hablaron desde allá dentro. Luego dice que después fue el feliz descubrimiento de la Virgen de Fuencisla por advertencias del cielo y el dejarla colocada sobre la puerta del templo con que acabó el segundo acto, distando un acaecimiento del otro trecientos años y algo más. Pues ¿y el tercero en qué año habrá de ser? En el de mil y docientos y treinta y siete, reinando Fernando el Santo, supuesto que su vida dará asumptos milagrosos. Baste esto, porque, habiendo él de decirlo, daña mi voz, advirtiendo solo que este acto se aparta casi dos siglos y medio del segundo. Más clarito y en lenguaje más abierto. Sí haré. Son docientos años y cincuenta y cuatro menos. ¿Y cuándo empezará el acto? Ahora empieza, estén atentos. ¿Qué fiesta es esta, Rodrigo? Que don Fernando el tercero, rey de Castilla, a quien llaman el Santo ⸻y debe de serlo, que la lisonja jamás se atrevió a mentir en esto⸻, acompañado del rey de Jerusalén, que anejo aqueste título anda con Nápoles por Gofredo, hoy en nuestra santa iglesia, para sus levas corriendo la antigua y nueva Castilla, entran a pedir esfuerzo a Dios contra el andaluz moro que ocupa aquel reino y la iglesia alborotada los recibe con te deum, como es costumbre. Pues dime, por que lo sepa, ¿a qué efecto el rey de Jerusalén viene a Castilla? Depuesto de sus vasallos, se ampara de Fernando, a cuyo sueldo sirve en España. Y no más, que la música volviendo, hago falta y así allá voy, Clavelillo, corriendo. ¿Soy judío de mollera, monaguillo? Yo lo pienso, pero allí el par de judíos, uno hermoso y otro feo, de tus perrísimos amos vienen al músico estruendo. Mono a lo divino, vete hacer devotos remedos. Circun, pero en este estado esta vez por mi honra dejo: Ester mía, por aquí ver hoy la entrada podemos de esos dos reyes a quien sigue la nobleza y pueblo de Segovia, acompañada de su noble ayuntamiento, mejor dijera. No más, Roboán, a entretenernos venimos, no a discurrir en el siempre odioso ceño con que aborreces a todos. Basta que en casa lo hablemos sin que quieras hasia aquí desahogar tus pensamientos, a peligro de que entienda alguien tu aborrecimiento. (Siempre me ataja mi esposa las voces con que detesto esta religión cristiana. No será amor, será miedo.) Por aquí verás pasar los reyes y puedes luego, Irene, entrar en la Iglesia a ver el recibimiento que en usadas ceremonias les hace el cabildo. Eso tenía yo determinado, mas a aquel lado pasemos, que allí se verá mejor. Vamos, y yo te agradezco, que quites a mi atención la duda de darte puesto. (Lo que le agradezco es que me acerque a los luceros de Ester, cuyos desdeñosos rayos me abrasan el pecho.) (¡Cuánto siento que hacia aquí se acerque este caballero, porque es de verse más fácil su atención que mi desprecio.) Simoncillo, vete a casa. Roboancillo, estos ojuelos, como los vuestros humanos, judíos como los vuestros, vienen a hartarse de holgar. ¡Que aun los criados el respeto le pierdan a esta nación! ¡Desdichado abatimiento! Esto es ser, Simón truhan. Ester, no es destino nuestro. Que estamos bien aquí juzgo. Haceos más atrás, hebreos. Pues, mahometana y esclava, ¿tú al tribu? Sin ofenderlos, Celima. (Mucho conmigo, si mi amor encubro, puedo.) Dice el señor don Fadrique muy bien, que los privilegios guarda siempre a la hermosura. Conservaos en vuestro puesto, (mas, ¿si me hiciera mi estrella, según las sospechas tengo de lo que a tu calle asiste, de tan vil materia celos?) También sabemos, señor, dar el lugar que debemos. (Don Fadrique ha de ponerme con su amor en algún riesgo.) (Mucho les temo a mis ojos y este solo es el remedio.) Quédate, Irene, con Dios, que yo al acompañamiento de los reyes hago falta. Pues no la hagáis. Idos presto. (Solo en campañas de amor se puede vencer huyendo.) ¿Cuál es el rey don Fernando, señora? El del lado izquierdo y el rey de Jerusalén es el del lado derecho. Aquella es, señor, la imagen de la Fuencisla y atento con su clero está el prelado en los umbrales del templo. ¿Que aquella la imagen es que a incultos peñascos negros de los rudos mahometanos hurtaron a los desprecios? ¡Feliz el que a verla llega en el trono y no en el centro! ¡Oh señor, y con qué mucho corazón os lo agradezco! Te Deum laudamus, te Dominun confitemur. Con merecida alegría a su protector excelso recibe la iglesia mas, ¡oh venerable portento!, al ver la divina imagen en su hermosura suspenso en éxtasis el santo rey gana el aire y pierde el suelo. Te Deum laudamus, te Dominun confitemur. Roboán, ¿ves el prodigio? Sí, Ester mía, bien le veo, y no tengas a milagro lo que puede ser sin serlo. ¿Sin milagro por sí sola la naturaleza? Eso no es para ti, no discurras, sino atiende a los festejos y no más. (Quien parar pudo adora sus pensamientos.) Entrad, coronas reales, en aqueste empirio centro, que donde es puerta María todo lo restante es cielo. ¿Si habrá dado que notar blando mi divertimiento? ¡Viva nuestro santo rey! ¡Ah, señor, cuánto lo siento! Cuando vuestra majestad lo mandare, andar podemos. Vamos, señor, en buen hora a pedir a Dios trofeos, a que nos rija su mano y a que exalte nuestro celo. Entrad, coronas reales, en aqueste empirio centro, que donde es puerta María todo lo restante es cielo. Vamos, Celima. Ester, vamos. A ver más. A no hacer menos con la flojedad la fiesta. Ya te sigo. Ya obedezco, aunque a mi pesar me aparto de..., mas no es para aquí esto. ¡Ah, galguilla! ¡Ah, perrinchón! Pues ¿cómo tu atrevimiento de ultrajar a los judíos has tenido? Porque es cierto que os consienten en el mundo por humanos, no por buenos. Pues ¿tú, esclava, hablas así? Nos los moros, majadero, somos esclavos de uno, vosotros de todo el pueblo. Por derecho de la guerra esta desdicha tenemos nosotros, pero vosotros solamente por el tuerto de vuestro mal natural. Respondo a aquese argumento. Con aquesta bofetada vas a decir, ya lo entiendo, y no hay para qué lo digas. Aguarda, infame. ¿Qué es esto? Haber dado a ese judío porque me dijo un requiebro de favor un bofetón. Fue mal dicho y fue bien hecho y yo lo sustentaré. Yo soy el que lo sustento, pues lo llevo sobre mí. Y sepa el puerco sin puerco que la Celima, aunque es esclava de otro, es mi dueño. Más quisiera ser el otro que usté y que yo. Calle el necio. Ven, Celima. Ven, Rodrigo. Agradezcan que les tengo miedo, que, si no, yo hiciera que ellos me tuvieran miedo. Simón. Ahí es, que no es nada, sino ir a ajustar un duelo de si son blancas o negras ciertas manos que me dieron un bofetón, por saber si estoy bien puesto o mal puesto. Deja locuras y, pues la muchedumbre del pueblo me ha perdido de mi esposo, búscale tú y que le espero en esta parte dirás. Yo voy, mas dime primero: si son trigueñas las manos y cuando a mirarlas llego en un crepúsculo aloque las hallo de blanco y negro, ¿qué debo hacer? Ya te he dicho que dejes locuras, necio, y que busques a tu amo. Haz lo que te mando. Eso es un mandamiento solo y esto es cinco mandamientos. Aunque el acaso ha sido el que de Roboán me ha dividido, a pensar he llegado que del acaso se valió el cuidado, pues desear no pudiera otra ocasión que más agradeciera la corta suerte mía. Bellísimo retrato de María, siempre que a tus umbrales paso no sé qué visos celestiales dulcemente me ciegan que me dan luz cuando la luz me niegan; detenerme no puedo como quisiera verte, pero el miedo de la nota que diera de mi nación si en ti me suspendiera, mas hoy, que por la rara festividad ninguno en mí repara, con cuidadoso descuido notar quiero no que vi yo más que vio en ti el tercero y justo rey Fernando, que del suelo y de ti le fue apartando la atención vehemente, mucho siente hacia sí quien nada siente. Respetable y hermoso es el semblante, mas semblante sin alma no es bastante a elevar tanto un alma que deje el cuerpo en inmóvil calma, mas allí un no sé qué ve mi desvelo o que del cielo baja o sube al cielo. Un golpe allí del sol noto escondido que le ve el alma y no le ve el sentido original, que una estatua que influye tanta deidad mucha deidad incluye. ¡Oh quién le conociera!, mas ¡ay, qué vana acción buscarle fuera! ¡Qué copia tan modestamente grave! Pondré que de otro original no sabe. ¿Si será de Dios madre esta que asombra?, pero madre de Dios no hay más que en sombra, según la ley de mi nación me enseña. Mucho en esto el discurso se me empeña, no discurramos más, bella escultura, regálese la vista en tu hermosura y en tu grande primor y, seas quien fueres, más bendita entre todas las mujeres eres sin duda. Mientras más la miro más me enamoro de ella y más me admiro. Ya en el alcázar queda el rey. Por que hacer queja no pueda de mí, Irene, deseo saber si por aquí..., pero ¿qué veo? Ester. Señor don Fadrique. ¡Buenos están hoy mis astros, pues que te he visto dos veces! De mi estrella es agasajo el encontraros ahora por divertirme de un pasmo, un delirio, un devaneo, que le siento y no le alcanzo. ¿De qué nace? No sé. Sin duda, pues con agrado me hablas en él, que de alguna gran dicha será presagio. Ya, Ester hermosa, te han dicho o mis ojos, o mis labios los desvelos que me cuestas, las penas que por ti paso. También os han dicho a vos o mi voz, o mi recato que a vuestro ruego he de ser estatua sorda de mármol. Una estatua de mujer mujer vino a ser al cabo. Milagro fue fabuloso. Las fábulas enseñando están con doble discurso que amor puede hacer milagros. Pues en mí no lo ha de ser. Ya que no lo sea, sepamos qué me quisiste decir agota cuando con blando semblante a entender me diste que era de tu estrella halago haberme encontrado aquí. ¿No atiendes a lo que hablo? Si suspensa no respondo cuando al detenerme el paso vuelvo a mi primera duda, la culpa tenéis. No hallo la razón. Yo sí, pues vuelvo en volviendo aquí a mi encanto. No te entiendo. Yo tampoco. Adiós. Háblame más claro. ¿Entendéis bien de esculturas? Yo los primores no alcanzo del arte, pero, sin él, en lo que es bueno descanso. ¿Está aquella estatua buena de María? En lo labrado obra parece del cielo. ¿Qué mucho que admire tanto? Las estatuas son historia muda del sujeto raro que fingió en aquella piedra, ¡oh aquel seño, buril sabio! La que representa mucho mucho dice en breve espacio y en la perfección de aquesta se lee en tomos dilatados cuanto está reproduciendo de prodigioso, de santo de la historia de María ese bulto soberano. Preguntaros una cosa quisiera. Sin embarazo puedes. Esa vuestra fe ⸻no extrañéis si en esto os hablo tan acaso, que no puedo de ello hablar si no es acaso⸻,... Prosigue. Esa vuestra fe, que tan a ojos cerrados y entendimiento cautivo guardáis del pecho en lo alto, ¿qué certeza tenéis de ella? Si es que me lo has preguntado para argüir, no te puedo responder, porque a mi estado de seglar solo le toca defenderla con el brazo con los de otra religión, la vida por ella dando, y para eso otro la Iglesia maestros tiene, mas, si acaso es deseo de saber solamente, yo me allano a decírtelo. Bien puedes, que de esa línea no paso. Tanto tiene de certeza cualquiera noticia cuanto tiene aquel de verdadero que la produce. Eso es llano. El autor de nuestra fe es Dios, ve agora mirando cómo puede no ser cierto lo que dice el limpio labio de aquel ser que ni engañar puede ni ser engañado. ¿Y podrá salvarse alguno sin la fe de los cristianos? Perecerá para siempre sin ella. ¡Terrible caso! Pues ¿no bastará la parte de la fe para salvarnos que los judíos tenemos en los escritos sagrados? ¿Es moneda la moneda a quien le falta un pedazo? Tengo por cierto que no. Pues también por asentado puedes tener que no es fe la fe a quien la falta algo. Dime ahora, pues... O perdida o perdediza, no hallo a mi esposa. Don Fadrique con la excusa de Palacio se fue y no le he vuelto haber. Mas allí, si no me engaño, y no me engaño, la miro. Más allí ⸻¡qué pena!⸻ hablando le miro con la judía. ¡Ah, traidor! Amor, despacio, que erraremos si a los celos les vamos siguiendo el paso. Averigüemos la injuria. Certifíquese el agravio. .¿cómo de un material leño se puede formar un astro que domine como influjo? Confieso que me has turbado la razón en las especies que vas confusas mezclando. Las palabras cojo sueltas y pierdo la unión. No hallo fundamento en las palabras, con que a vista del agravio solo lo que hablaron siento y no siento lo que hablaron. Empezamos en mi amor y luego, como por salto, se pasó el discurso tuyo a la escultura y, volando desde allí, se fue a la fe y, últimamente, intentando estás saber cómo un leño altamente dibujado puede arrebatar un alma, en cuyos discursos varios tapiz del revés pareces, María, que toda eres cabos. ¿María la llamó? ¿Con quién habláis, que yo Ester me llamo? Como en las sagradas letras fue enigma Ester de este sacro albergue de Dios y de ella estaba contigo hablando, o equivocado, o cogido de ambas noticias el labio, María te llamo, feliz si fuera presagio. Pues sin injuria en mi odio el horror está sonando, no le disculpéis y dadme licencia, porque ya tardo. A mi pesar la daré. Id con Dios, pero llevando sabido lo que os adoro. ¿Yo el testigo y vos el falso? Irene lo oyó. ¡Ay de mí! Hermosísimo retrato, yo buscaré otra ocasión de hablar con vos más despacio. Roboán. Ester. (Dolor, si es que podemos, finjamos.) ¿Si oyó ⸻¡ay de mí!⸻ lo que dije? Parece hallarte milagro, según el tiempo que ha que la gente de mi lado te apartó. Desde ese punto, Simón, que te anda buscando, dirá cómo yo le dije que en esta parte te aguardo. Está bien, vamos a casa. (¡Ay de mí! ¿Si entendió algo?) Yo buscaré otra ocasión de hablar con vos más despacio. (Sospechas de honor y ley, mucho que pensar llevamos.) ¿Dónde, señor don Fadrique, vais? Sirviéndoos voy. Quedaos. No hay para qué. Fuera error descortés en un criado que aquí acompañándoos vino no volver acompañándoos. Si os absuelvo del error, y tan para siempre, ingrato, que en vuestra vida no habéis de verme, pues los tratados de nuestras bodas, que dieron licencias a mi recato para el público festejo, desde este punto cesaron, que un aleve, tan dos veces aleve que una ha faltado a la fe de amor y otra a la misma fe, adorando infeliz sujeto, no tiene disculpa, y, así, quedaos, si no queréis que publique a voces vuestros agravios y sepan todos que sois no solamente tirano conmigo, pero con vos, a vuestra sangre faltando, adorando infiel aquella que Dios aborrece tanto. A seguirla no me atrevo porque el despecho arrastrado de la pasión pocas veces supo reprimirse cauto y no es justo que en la calle demos qué decir a cuantos noten su acción. ¡Ay de mí, en qué confusión me hallo entre obligación y amor! Como esposa a Irene amo, como a dama adoro a Ester, y en afectos tan contrarios no sé a lo que me resuelvo, dejándome llevar de ambos. El diablo que vuelva a casa hasta que pase el nublado que está amenazando en ella. Este es de Ester el criado, de quien otras veces quise valerme, pero tratando, por los baldones de Irene, de olvidar, si a olvidar basto, no le he de hablar. Pues, señor, ¿conmigo tan sesgo cuando parece que el cielo quiso que aquí os hubiese encontrado para valerme de vos, sin salir del mismo caso que vos quisisteis valeros de mi otras veces? Turbado vienes. ¿Qué traes? ¿Qué hay de nuevo? ¿Qué ha sucedido? A mis amos la confusión dividió, Ester se quedó esperando mientras que yo a Roboán a buscar fui, en cuyo espacio llegó a tiempo, y yo tras él, que estaba contigo hablando. Lo que oyó no sé, mas sé que estuvo oyendo algún rato, de que resultó que a casa fueron sin hablar entrambos, él como a hurto fingiendo y ella como a hurto llorando. Híceme yo encontradizo y, en fin, a casa llegando, donde cerrando la puerta dijo: «Espera ahí fuera un rato, que luego entrarás, Simón»; cuyo ceño y cuyo llanto me ha dado a entender, según es de fiero y temerario, colérico, y vengativo, que no resulte algún daño, y, así, decírtelo quise por si puedes remediarlo. ¡Oh lo que sabes, amor! Pues cuando yo olvidar trato, ¿tratas tu empeñarme? ¿Cómo pudiera, sin que arrojado me entre en su casa, por si no llega el empeño a tanto, saber lo que intenta? Mira por el portillo de un patio adonde cay mi aposento, que tiene puerta a su cuarto. Puedes entrar si te atreves, pues va la noche cerrando, a saltar la tapia y, como escondido y recatado los oigas, aplicarás o el remedio, o el reparo. Toma esta sortija y guía donde dices. Cielo santo, que a este arrojo me despeña ⸻testigo a vos mismo os hago⸻ más la ley de caballero que la ley de enamorado. ¿A la religión cristiana, Ester, tanta inclinación? ¿Tanta asistencia en mi calle don Fadrique? ¿Quién se vio de honor y de ley dos veces celoso si no soy yo? Roboán, esposo mío, mi bien, mi dueño y señor, si para quedar a solas conmigo ⸻¡ay de mí!⸻ a Simón dejas fuera y de la corta familia que se quedó en casa también despides la gente, ¿cómo tu voz de esos extremos el fin no explica? ¿Qué suspensión es esta? Si hablar contigo es toda tu pretensión, ¿por qué no me echas a mí, si también te estorbo yo? Las palabras cariñosas del agravio hacen vapor cual injuria a su sonido fácilmente resolvió. Casi se me inclina el pecho a pensar que no hay traición. Mi dueño otra vez y otras mil, dueño, esposo y señor, si te doy alguna causa, que yo sé que no te doy, ¿no es más fácil que descanses de una vez el corazón por que, a precio que tú vivas, qué importa que muera yo? No me he de alzar de tus pies sin saber qué confusión traes y, si de ella resulta culpa en mí, el labio mintió, que no es posible sospecha, recelo, imaginación, viso, asombro; aun eso quiero pagar, a tus pies estoy y solo apartar me han de ellos o mi muerte, o su favor. Ester, del silencio mío, del recato y del temor de que nadie nos escuche, no acuses la prevención, porque de honor las materias tan escrupulosas son que aun después de mucho estudio, tiempo, cuidado, atención hay razón para sentirlas y para decirlas no. Hablar quiero y callar quiero, tú entre estos extremos dos, dando razón al silencio sin quitársela al dolor, ten lástima de quien tiene razón de tener razón, mas, ya que por esta vez dispensen fueros de honor que hable celoso un marido que su agravio reprimió en lágrimas por los ojos y en suspiros por la voz, ¿qué hablabas con don Fadrique? (Él solo que hablaba vio. Haya disculpa.) Pues ¿eso te pudo a ti dar temor? ¡Ay, qué poco, Roboán, te debe mi estimación! Por no faltar a los reyes, viendo que al corregidor los nobles acompañaban, ¿no viste que se apartó de una dama? Sí. A buscarla, volviéndose ellos, volvió y, no hallándola en el puesto, acaso me preguntó, como la dejó conmigo, si vi hacia qué parte echó. ¿Galán que buscando va a la dama que dejó tan poco veloz camina que se está en conversación con otra por tanto rato? Que sea o no sea veloz su cuidado, ¿qué te toca? Esa queja es de su amor, no tuya. Sí, pero aquello de «estatua», «fe» y «religión», sueltas palabras que oí perdiendo el eco la unión, ¿qué eran? Hablar de la fiesta, del día en que se ofreció, como principal asumpto de su fe y su devoción, jugar voces tan comunes. Y, si me acuerdo mejor, fue que habló de la Fuencisla, encareciendo el primor de su soberana Imagen. No hables con veneración de ella, que un ardor enciendes por apagar otro ardor. Pues ¿yo qué he dicho? No más, ¿y el llamarte... (¡Muerta estoy!) .María qué quiso ser? Casual equivocación, que quizá se llama así la otra dama que perdió y muchas veces el labio habla con el corazón y, en fin, que él se equivocase, ¿qué culpa le tengo yo? A todo sales y, ya que asegurando el temor está echado el pecho al agua ⸻dijera al fuego mejor⸻, nada reservarte quiero. Al despediros los dos, atiende, que a declararme más que era lícito voy, que ¿quiso ser que dijeses «yo buscaré otra ocasión en que hablaros más despacio»? (¡Ay, infelice! Llegó a su extremo mi desdicha. Si por respuesta le doy que hablaba con el retrato, y no con él ⸻¡qué pasión!⸻, es hacerme sospechosa en mi ley con mi nación; si digo que a él se lo dije, con él y con mi opinión; si lo niego, es irritarle; mas, supuesto que lo oyó, en tan peligrosa duda ¿qué he de hacer ⸻¡válgame Dios!⸻ si es confesárselo malo y negárselo peor?) ¿Cómo agora no respondes tan apriesa? (¡Muerta estoy!) ¿Cómo enmudeces? (¡Qué pena!) ¿Cómo no hablas? (¡Qué aflicción!) Mira que la verdad es piedra por la duración, por la virtud luz y, si al golpe del eslabón herida esplendor no da, es que no tiene esplendor. No, pues, sospechosa haga tu verdad la dilación. Habla, responde, di algo. Esposo, sí, cuando, no, tuyo, ni ley ni decoro. Mira cuál es tu traición, pues por más voces que empieces no encuentras con una voz. Sabe el cielo, Roboán, que a ti ni a él ofendo. Yo lo creo, pero tú tienes natural inclinación a la ley de los cristianos, don Fadrique no faltó de esta calle, con que aquí, Ester, hay una de dos: o él te habló en cosas de ley, pues María te llamó, sobre las troncadas voces de «imagen», «fe» y «religión», o en cosas de amor, supuesto que tras la conversación remataste con decir buscarías ocasión en que hablarle más despacio. Y, pues de ley o de amor cómplice escapar no puedes, y más con la turbación, que es la que me acusa más, mira cuál te está mejor. ¿Cuál, pues, tu culpa es? Ninguna. En mi desesperación no querer confesar una es querer que vengue dos. ¡Muere a mis manos! El cielo, que siempre vela en favor de la inocencia... ¿Quién puede ya de mí librarte? Yo. Buena hacienda habemos hecho. ¿Quién se vio en pena mayor? ¡Ah, traidora! ¿Que no en vano tenías satisfación de que había quién te ampare? ¿Era esta la ocasión que le habías ofrecido? Ester, en tu guarda estoy; ponte, Ester, a mis espaldas mientras la muerte le doy. Hombre, que no sé quién eres ni cómo aquí estabas, no con su muerte me asegures, viva él y muera yo. Ambos moriréis, aleves. Roboán, hacia aquí estoy, dame tú muerte antes que otro vida me dé. La aflicción me ahoga, el aliento me falta. ¡Ay, infeliz, muerta soy! Sin duda que él dio con ella antes que yo con él. (No hay otro remedio aquí.) ¡Vecinos de la nación, que matan a Roboán! De Simoncillo es la voz. En casa de Roboán el ruido y las voces son. La puerta en el suelo echad, ya que el cielo nos guio a escusar una desdicha por aqueste barrio hoy. ¡Caiga la puerta en el suelo! ¡Qué pena! ¡Qué confusión! Muerta una mujer está en medio y riñendo dos. ¡Teneos a la justicia! Si aquí me conocen, soy perdido y, pues a estorbar vine una desdicha y no tan solo la estorbé, pero aun quizá la hice mayor ⸻ya perdida Ester, que viva no dejará mi valor en peligro⸻, no se pierda también la reputación llegando a oídos de tan santo rey tan sacrílego amor. Seguid aquel hombre y a ese tened. Daos a prisión. ¿A quien defiende su causa, su hacienda, vida y honor prendéis cuando solo habíais de venir en su favor? A todos prender me toca hasta la averiguación y, pues ya van tras aquel, es bien teneros a vos. No pudimos alcanzarle porque, al fin, como ladrón de casa, supo un postigo por adonde se escapó. Seguidle por dondequiera que haya corrido veloz. Llegad esa luz, mirad si por dicha no espiró esa mujer. Todavía aun tiene respiración. Aun bien que no es menester el traerla confesor. Infeliz mujer, anima. Pues no, esposo, mi aflicción acaba conmigo, acabe tu acero, pero ¿quién sois? ¿Que aun vives, traidora? Pues, estando delante yo, ¿aun tenéis atrevimiento de seguir ese furor? Señor don Alonso, a quien por vuestro puesto y por vos Segovia y el mundo deben respeto, ¿cuánto más yo, el más infeliz de cuantos tiene esa vega nación que peregrinando vive a merced de España hoy? Perdonad, pues que la ley perdona atenta al dolor de un ofendido marido cualquiera resolución por sangrienta que sea y, ya que impida la ejecución vuestra presencia, no impida vuestra justicia la acción que da el derecho a quien pide ante el juez satisfacción. Mátela la lengua, pues la mano no la mató. Yo no tengo a quién quejarme, sino a vuestro rey y a vos, pues ni más juez ni rey tengo que el del dominio en que estoy y así, al fuero de Castilla, criminalmente, señor, me querello de esa infiel, a quien delata mi voz de adúltera. Por testigos presento a cuantos lo sois de que en mi casa me halláis riñendo con un traidor con quien encerrado estaba, viniendo de fuera yo. Ese criado lo diga, que fue el que me lo avisó y abrió las puertas (la vida en esto me va, Simón) y, si no bastare, ofrezco dar entera información que hartos lo sabrán, pues he llegado a saberlo yo. Del agresor no delato porque mató el agresor sin verle el rostro la luz (cautélese la traición por que, sabiendo quién es, no me atropelle el favor), pero basta que le haya y que le hayáis visto vos. Justicia y venganza pido, dueño de su vida soy por vuestra ley y la mía, pues que convienen las dos que árbitro el marido sea del castigo o del perdón. Vos veréis lo que en tal caso hacer os toca, que yo, por si no pruebo el delito, de aquí a la cárcel me voy para que en mí se ejecute la sentencia del Talión, que siendo fuerza, si ella no muere, que muera yo del dolor de que ella viva. ¿Qué aventura mi pasión en que me mate la ley si ha de matarme el dolor? Admitid, pues, la querella y tomad la información que ofrezco (en fe de que habrá testigos en mi nación que sobornados lo digan), con que, si en obligación estaba de darla muerte, el mismo que me estorbó vendrá a ser quien me la entregue para que la mate yo. No le dejéis, id con él hasta dejarle en prisión por si no prueba el delito y venid conmigo vos, que es fuerza que presa vais. El cielo sabe, señor, que no le ofendo y que diera por él mil vidas mi amor, pero, en llegando a tan ruin, tan baja, tan vil acción como que de infiel me acuse, a pesar de mi pasión habré de ser contra él porque primero es mi honor. Ni aquel hombre sé quién fue ni cómo en mi casa entró, porque al mirarle perdí alma y vida, aliento y voz. Con él a casa venía, ese criado que quedó fuera, lo diga. A esos pies, pues que caballero sois, os suplico que no deis plática a una acusación tan vil contra una mujer, y mujer de quien os doy por testigo al cielo que está inocente, señor. Yo lo creo, pero eso dirá la averiguación, que la justicia no puede negarse a quien la pidió. A ella llevad y al criado, que yo no tengo valor de ver llorar a mujer, y más delitos de amor. Venid, Ester, con nosotros. Cielo, estrellas, luna y sol, hombres, aves, fieras, peces, pero ¿a quién clama mi voz? Causa es de Dios la inocencia en cualquier tribulación y, pues ella es causa suya, vuelva por su causa Dios. Venga también el bergante. Yo nunca vengo ni voy y, si ha de ser, ha de ser a cuestas, jurado a Dios. No será sino arrastrando. Que implica contradición ser otro el amante y ser el que anda arrastrado yo. ¿Muerta Ester? ¡Ay, infelice! No sé en dolor tan vehemente ni cómo el alma lo siente ni cómo el labio lo dice. Haga, pues, del ladrón fiel. ¿Quién entró en el corredor? Don Fadrique, mi señor. No me hables, Celima, en él, que al templo del desengaño le sacrifica mi amor. Irene, ¿tanto rigor? Aun más merece el engaño de quien falso, fementido, aleve, fiero, inconstante usa en licencias de amante sin razones de marido. Para tan grandes enojos nunca yo he dado ocasión. Testigos mis ojos son. ¿Y no se engañan los ojos? Si de la vista el sentido pudo engaños padecer, del oído no pudo ser. ¿Y no se engaña el oído? Ni uno ni otro el ejemplo ignoro, pero no se entiende cuando lo que oí fue. Idos llevando sabido lo que os adoro Bien pudiera responder que ese agrado interior tiene mucho que pensar, Irene. ¿Cómo? ¿Cómo? Hablad. Ester tiene a nuestra fe afición y la oye con piedad. Lindo teólogo, en verdad, escogió su conversión. Que esto es cierto considera y lo vendrás a creer cuando oigas decir de Ester. ¡Muera la adúltera, muera! ¿Qué ruido, qué voces son esas, Celima? No sé, mas, a lo que desde aquí se deja, señora, ver, algún motín es que intenta este pueblo de Israel. Iré a ver qué ha sucedido. Yo, señor, te lo diré. Ya que el tumulto a estas puertas acaso me cogió y de él temeroso entré hasta aquí. ¿Qué aguardas? Prosigue. Ester, una bella hebrea. ¡Ay de mí! Él dice lo que yo sé. Esposa de Roboán, hombre estimado en su ley, dicen que infiel a su esposo la halló con un hombre ayer, de quien no se sabe,... (solo esto me sucede bien.) .matarlo quiso y lo hiciera. Luego ¿no la mató? ¿Qué te va a ti en que no la mate? Afecto del valor fue que vengue su agravio un hombre. Quiera amor no sea al revés. Prosigue. En fin, la matara si el corregidor a aquel tiempo no llegara al ruido, con que el desdichado, al ver, y pedida la venganza, pasó a otra más cruel de matarla o perdonarla, eligió la más soez muerte que la pudo dar, que es despeñarla de aquel risco que a vista de toda Segovia rozar se ve con las nubes por que cuantos hoy han llegado a saber su agravio su desagravio a saber lleguen, si lo es el hacerse uno verdugo por hacerse hombre de bien Celima, el manto. Pues ¿dónde vas? Donde todos, a ver espectáculo tan nuevo que el sol no le vio otra vez. A pesar de mi dolor, esfuerzos habré de hacer, que lo que calla mi dicha no es bien que lo diga él. Sitiad el risco y ninguno suba a la cumbre con él. ¿Qué es aquesto? La justicia, por que el pueblo no le dé muerte a Roboán, le vino asegurando y, al ver que llega al suplicio ya, corre en contorno hasta que no haya nadie que le impida la ejecución. Disponed que a ese hombre no ofenda nadie. Cuantos este trance veis, esta justicia miráis, tened lástima del juez, que, piadoso por costumbre, es por oficio cruel. ¿Que por desvelar mi culpa tu desdicha haya de ver? De haber venido, Celima, ya me pesa. Dices bien. Desdicha que ablanda celos muy grande debe de ser. Hombre infeliz, ya en tu mano está esa infeliz mujer y, ya que juez hasta aquí he obrado, desde aquí es bien que obre como caballero. Mi alma, mi vida, mi ser, todo es tuyo por su vida. Nada me ha de convencer. Pueblo ilustre segoviano, cristianos nobles, sabed que esta mujer quebrantó de esposa la justa ley y por eso me la entregan para que muerte la dé. Segoviano ilustre pueblo, sabed que es engaño y que muero inocente y al cielo hago testigo y aquel retrato de María hermoso que sobre el alto dintel de la fachada del templo desde esta cumbre se ve. Aquesa verdad te valga, si es que te puede valer. Señora de la Fuencisla, pues piadosa socorréis a los cristianos, a una judía favoreced. A ver fin tan desastrado nadie se atreve. ¿Por qué, si suspendida en el aire, antes que en el centro dé de la tierra blandamente, viva ha quedado? ¿Qué fue esto? Yo lo diré. Al despeñarme inocente el sacro nombre invoqué de la Virgen de Fuencisla y, en el espacio de aquel breve rapto, vi una nube que trono de rosicler la majestad sustentaba de una divina mujer que, coronada de estrellas en vez de oliva o laurel, por manto el sol en el hombro, por vasa la luna al pies, en sus brazos me detuvo, y con risueño placer en la tierra me dejó sin golpe o lisión en pie. Si de su semblante quiero acordarme, solo es o viso, o sombra el retrato, ese sacro bulto en quien misterioso obró el buril y milagroso el cincel. Mental entonces el alma la ofreció seguir su fe y ahora lo cumplo pidiendo el bautismo a vuestros pies con el nombre de María, si le merece tener quien antes que en luz, que en sombra ya le tuvo en el de Ester. Alza del suelo, María, que yo es bien que te le dé, como honor agora y como gracia y bautismo después. Si me atreviera, señor, te pidiera una merced, y es que yo el padrino sea, porque, si israelita fue, al ser cristiana es razón que como a vasalla dé honores a una israelita el rey de Jerusalén. Yo lo concedo. Buscad a su marido por que se castigue el testimonio. ¿Ya no soy María? Sí. Pues pedir por los delincuentes oficio de María es. Pido señor mi marido. Viva desterrado y ven tú, María, entre los dos. Diga la historia después como a María del Salto María premió su fe, testigo el rey de Castilla y el rey de Jerusalén. Irene, mira. No más. ¿Quieres ver cuánto olvide mis celos? Esta es mi mano. Públicas fiestas haced, segovianos, muchos años al tesoro que tenéis de la Virgen de Fuencisla. Y muchos a vuestros pies, os supliquemos humildes nuestras faltas perdonéis.