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Texto digital de El villano gran señor y gran Tamorland de Persia

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Gómez Caballero, Iván. Texto digital de El villano gran señor y gran Tamorland de Persia. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/villano-gran-senor-y-gran-tamorland-de-persia-el.

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EL VILLANO GRAN SEÑOR Y GRAN TAMORLAND DE PERSIA

JORNADA PRIMERA

Cese por hoy el bélico ejercicio. Toda virtud, si es con estremo, es vicio. Arroja el canto, pues. Ya ocupa el suelo. Molido me tenías, vive el cielo, de verte un hora con un monte al hombro. Talón, de las edades son asombro, Alcides nuevo soy ¡Condición fiera! El ladrón que otro tanto le tuviera. Eres cobarde tú. Cosas de peso No son señor, para mi poco seso. ¿No estás cansado? Ni yo tampoco, (que en siendo uno valiente ha de ser loco.) Cansado tú de qué, si no has tirado. Pues por eso, no más, estoy cansado. Tú, Tamorlán, venciste, ¡suerte mucha!, en la barra, en el salto y en la lucha, a cuanto joven valeroso y fuerte, hay en el valle, ¡venturosa suerte!, desafiando a todos, ¡qué arrogancia!, mas esto es lo de menos importancia, que vaquero del soto a tu violencia con un soplo del mundo no hace ausencia, el león si animoso te aconsejas, es contigo una liebre con guedejas, la honra y no quisiera adelantarme, es contigo un escrúpulo, un adarme, todo te precias de rendirlo, todo, valiente Tamorlán, mas hoy el modo con que ya los vaqueros de este valle, a imitación de triunfo, quieren dalle, la corona a tus sienes. Ya eres su rey, ya su dominio tienes; por un año te eligen, ansí se ensayan los que imperios rigen tu gran saber me enseña. La frecuencia del mar gasta una peña. Vaquero soy, esa montaña fría a conocer me dio la luz del día, esa humilde cabaña rústico albergue y fruta esa campaña, verde imperio de Flora, pieles un tigre y lágrimas la aurora que resueltas en cándido rocío y yo cuando a las márgenes del río, dando al sediento labio su cristal sin sospecha y sin agravio, pues es tal vez labrada copa, por el peligro más penada que por la forma breve, adonde la ambición la muerte bebe, bárbaro digo al fin que soy, más quiero nacer de mí, que no ser el primero que junte providente dudas de noble a dichas de valiente. Rey he de ser… Es cierto.…y mi reino este incógnito desierto. Poca hazaña me espera; no fuera más razón, mejor me fuera, que en su corte me viera Bayaceto al aire dando el tafetán inquieto hasta ocuparle el prevenido trono que ya le espera. Libertad pregono. ¡Persas valientes, ea, alarma toca! ¿Estás en ti? Mas ¿qué furor provoca mi sosiego, ilusión fue de la idea que propone lo mismo que desea. Ya llegan los pastores.Todo soy dudas, todo confusiones. ¿Quién es en estos campos el rey de los pastores? Pues no puede de ramos, de rosas se corone. ¿Quién es, Hércules fuerte, quién es, gallardo Adonis, quién es, Marte bizarro? De rosas se corone. Hermosa Zoraida, llega. (Sí haré, aunque voy temerosa que una fe poco dichosa vive con la luz más ciega. Su mucho valor adoro, mas su condición severa temo.) ¿Qué grave que espera! Mi corta ventura lloro.) Esta, de rosas, ya que no luciente . cerco de estrellas, persa vitorioso, corona, ciña en triunfo generoso los crespos lazos de tu heroica frente. El aplauso común te la consiente, mi amor te la dedica misterioso, reino que empieza en flores ya es dichoso anuncio de un imperio floreciente; pero tu fe, que de cruel blasona, no sé si ha de admitirla por ser mía, lazo imaginara la que es corona. Si es más necio el amor que porfío, más deidad es la que mejor perdona: Vence tu pecho y premia mi osadía. Tan agradecido quedo, Zoraida bella, al favor que es tan cobarde el valor y está la dicha con miedo, mi natural aspereza me suspende en tu afición, causa es de mi condición no efecto de tu belleza, porque si hubiera de amar, ¿qué más dichosos enojos que en los rayos de esos ojos verme a un tiempo arder y helar, pues por no mirarlos ciego veo que son sus hazañas hacer rayos de pestañas, hacer arpones de fuego. Flores me das por favores, no será la vez primera que quien es tan primavera traiga en las manos la flores, porque en lisonja valiente de dos cielos soberanos las que rosas en tus manos sean estrellas en mi frente. A muchos me has preferido, dicha espero con azar, Zoraida, que aunque el reinar es un riesgo apetecido, es un veneno süave, es un apacible engaño, es un bien que está en un daño y un mal que en gusto acaba. Eso es en la monarquía Tamorlán, más dilatada y no donde imaginada dura un año que es un día, según ligera la edad veloz corre, y donde es el reino el monte que ves y el vulgo esa soledad, los arroyos despeñados los confidentes mayores, quizá por murmuradores aun aquí bien escuchados, las aves músicos graves, los instrumentos, las fuentes, que tiorbas trasparentes espiran voces suaves; es mi llanto… No prosigas, bella Zoraida, que hoy deje de ser lo que soy. Tu mal siente y no le digas, porque para hacer dichosa una pena en la mujer, nada tiene más que hacer en llegando a ser hermosa, y si con esto, importuna, prosigue en su error constante no se queje de su amante, quéjese de su fortuna, persianos, soy vuestro rey Y la mano te besamos y como a tal veneramos. Pues si es justicia y es ley que en el puesto que me hallo para que en él permanezca el vasallo me obedezca y que yo mande al vasallo, ea, Celso, Lidio y Floro, de veras hablo, amparad la perdida libertad, vuelva a su antiguo decoro Persia, ya por Bayaceto indignamente sujeta. ¿Qué injusto furor inquieta tu pecho? Ea, el cargo aceto. Sígame el que ver quisiere libre su patria. Señor, ¿qué dices? Pierde el temor. Más con el odio se muere que venciendo y peleandoSin duda el seso ha perdido, que esto hace un reinar fingido, sin duda que está soñando.) Escucha, advierte, repara… Favorable sopla el viento, esforzad todos mi intento no siempre es fortuna avara. Al Soldán escribiré de Egipto, me dé favor. Ya escampa y llovía mejor. Premio y castigo daré a quien mis pendones siga, que el rey su poder estraga si con el favor no halaga y con rigor no castiga. Talón, sígueme. ¡Ay de mí, en esto el reino paró!; ¿y si llegase a ser yo Preste Juan o gran sofí? ¿Dónde vas? Espera un rato. Talón, detente. ¿Hay pasión más fuerte? Si soy talón, no he de seguir mi zapato. Yo, criado leal soy, en mí la esperiencia tienen otros con que viven vienen, mas yo con quien vengo voy. A detenerme te pones ya no más Talón me llamo y así yo como mi amo llevo el seso en los talones. ¿Dónde vas? Espera, aguarda. A ganar fama y honor. ¿Qué te incita? Mi valor. ¿Qué te ofende? Lo que tarda. Mira que puede engañarte. ¿Cómo?, Zoraida, si es mío. Eso es lo cierto. Ese es brío. Es perderte. Es no agraviarte. Eres humilde. Eso no. Tú ignoras tu calidad. Es así, pero es verdad. que el noble de sí nació Morirás. Será matando. ¿A quién? A un tirano fiero. ¿Qué te obliga? El bien que espero.¿Cuándo? El cielo sabe cuándo. No he de verte más. No sé. Cruel eres. Vivo en mí. Vaste? No he dicho que sí? Seguirete. ¿Para qué?Para que me veas allá tan constante como aquí. Zoraida, libre nací. Vete pues. Guárdete Alá.Fátima, es cansarte en vano lo mismo es mirar mi afecto que impedir al mar las iras, o la tibiedad al fuego, si yo a Solimán adoro y a Bayaceto aborrezco, cuanto lo intentare más vendrá a ser posible menos. Bayaceto es gran señor, Solimán, ¡ay, dulce dueño!, es su hermano, igual en partes, ya que no en corona y cetro, dos años ha que me adora, dos años ha que le quiero, en elecciones de un alma ocioso vive el ejemplo. ¿Qué importa que hoy se corone todas sus dichas desprecio, que en llegando a querer bien la estimación es imperio, y así, pretenda, amenace a la fineza del yerro, de la obstinación aplauso, vanidad de los deseos, de los desdenes agrado, de las pasiones empeño, de la majestad lisonja y descanso del tormento, que he de amar al dueño mío, roca al agua, escollo al yelo, monte al rayo, a la edad bronce, peña al sol y torre al viento. Quien ve las resoluciones desperdicia los consejos, a quien no quiere sanar la medicina es veneno, Tú estás ya determinada, mas yo sus desdichas temo, que averigua mal sus iras quien mira el mar desde lejos. Celos en un poderoso nunca se quedan en celos, tantas historias lo digan con la voz del escarmiento. Solo obedecer me toca. Habla bajo… Ya te entiendo. …que hay gente en estos jardines. Lindo oficio el de alcagüeto, sempre t[r]aer e liebar sin pedildes cuenta o cuentos. Portero ser del serrallo y el gran sonior Bayaceto dalle un papel a Celinda me mandar, temblando llego. Fatimilla estar con elia, el más soave embeleco que en señal de hacer Mahoma alcuzcuz a los enfermos, cosquilias me hacer la mora aunque en mis canas el tempo hizo Troya con los años que mal pudiera si elios. Ya me vio. ¿Quién está aquí? Ser Hametilio el portero,seniora de este serrallo. ¿Qué hay, Hamete? Pues el viejo, ¿qué quiere? Querer la moza como la miel los boñuelos, como la pimenta al vino, al doblón el avarento, como un lendo sus guedejas, como a la sal el guevo, como Mahoma al tocino, la doncella el casamento, como… ¡Basta, es tarabilla, basta! Otros humos tengo. ¿Cúyo es aquese papel? Perdóneme Alá se peco vostro. Así quiero enganiarla que el oro es grande embustero de Solimán es seniora.) Muestra. (Sortija tenemos. si no echalde mala sorte Hamete percibe el dedos o por lo menos cadena.) La letra es de Bayaceto. A Celinda voy buscando, pero ya en su mano veo mi papel cómo se libra, aunque es nieve, de su fuego. Buscando voy a Celinda; un papel está leyendo, ¿qué miro? De aquesta suerte castigaré dos intentos, en su dueño la osadía y en ti villano el exceso. ¿Qué haces, Celinda, qué haces?, pero cuidados escuchemos. Rompiole. Aprenda del alma; ver lo que responde quiero. Al papel del gran senior. ¿Ya qué escucho? Ya qué temo? Y a ti y al mismo atrevido, vete, infame. Ya no puedo sufrillo. ¡Ay, amada prenda, qué de finezas te debo! Yo salgo. Yo quiero hablar, pero ya mi hermano. ¡ay cielos!, me ha quitado la ocasión. De envidia y celos reviento; a quien yo pretendo sirve; solo en pensarlo me ofendo. ¿Vos, senior, en el serrallo? ¡Quita infame! Ser portero y es mi oficio hacer pesar. Matarete yo. No aceto. La sortija para mí. Salilde el soño del perro. Celinda del alma mía, solo por hablarte arriesgo la vida que está sin ti, como suele en calma el leño, a quien embargo los pasos, sueltas las alas del lienzo, en cadenas de cristal, el breve soplo del cierzo, como la temprana rosa, que acechando los reflejos del sol para presidir del prado al florido imperio, vio con doseles de sombras entapizados los cielos, con que mustia y desmayada retira al botón pequeño la púrpura de sus hojas, quedando en estragos bellos al mejor lucir sin rayos y a medio vivir muriendo. Agora sí que mis ansias . han menester a mi esfuerzo, pero quieren mis ofensas fulminar más el proceso. O lo que a mi amor le debes pues cuando ocupan el suelo ese silencio con alma y esas verdades con riesgo, yo, en vez de fundar agravios y ocasionarme recelos, siendo sospechas las dudo y siendo dichas las creo. Ya le vi romper, ya vi que de ese apacible ceño iras fulminó el enojo con que, en átomos resuelto, a mí me hizo tan dichoso como infeliz a su dueño, que siempre una propia dicha resulta de una daño ajeno. Solimán, a tu persona, a tu amor, a tus empleos sé igual a mi firmeza. Ni honor ni paciencia tengo. Por aquí el emperador dicen que está. Ya le veo; voy a hablarle. Tú, Celinda, tú, Solimán… ¡Trance fiero! …desconocéis mi poder. ¡Muerto estoy! Yo estar más muerto y es forza escorrir el bola. ¡Mal oficio el de alcagüeto! Fuerte empeño vive Alá . que no puedo agora, ¡cielos!, siendo de los dos hermano decir mi nombre encubierto. Ya los alfanjes empuñan. Aunque de los dos me ofendo, no sabré en duda tan grave de cuál me queje primero, de ti, ingrata, o de ti, aleve, mas ya la razón prevengo: tú me matas con envidia, tú con celos, pues bien puedo diferenciarme la herida, porque en daño tan violento Celinda me ofende más cuanto en el mal que padezco es más desaire el del alma un desamor que un desprecio. Solimán, tú en mi serrallo aqueste rayo de acero te hará conocer quién soy estrenándose en tu cuello. Mira… ¡Ingrato, vive Alá que te he de impedir el vuelo! Quiero salir a estorbarlos.) (Toda me ha cubierto un yelo.) …a no haberte la fortuna levantado a tan gran puesto que hoy es tu coronación. ¿Hay tan grande atrevimiento! ¡Ah de mi guarda, ah soldados! El daño medio, el remedio de los genízaros soy capitán, seguro llego, . ¿a quién llamas? ¡Oh, Amurates, lleva con tu gente preso a Solimán! Di, a tu hermano. No lo es ni puede serlo quien me ofende. Advierte. ¡Basta! Pene del mal de que peno. ¿Hay tal crueldad? ¿Quién ha visto tan inhumano suceso de fortuna? Ya está aquí la guarda, señor. Haz luego lo que mando. (No repliques . Deja la venganza al cielo de esta sinrazón.) Él sabe, si muero, que por ti muero. Ven, hermano. (Mas ¿qué digo? Hizo la sangre su efeto.) Vamos. Amurates, vamos. Si las quejas, si los ruegos pueden vencer tu rigor a tus pies, señor, espero. . Celinda, mi amor no ignoras, mas hace un favor que un yerro, oblígame si me buscas o siente tú pues yo siento. Ansí me vuelves el rostro pues firme ha de hallar mi pecho el estrago de los días y la mudanza del tiempo. Pues también a mí en amarte. Siempre aborrecerte pienso. Yo siempre adorar tus ojos. Nieve soy. Amor es fuego. Fiera soy. Yo, quien te sigue. No hay remedio. Sí hay remedio. ¿Cuál? Morir de tus rigores. Yo vivo de mis tormentos. Cuerdamente recatado de una en otra galería, Talón, siendo mi osadía empeño de mi cuidado, hasta el salón he llegado donde se ha de coronar Bayaceto, qué pesar!, pues conmigo tanto lidia, que no ha de darme la envidia para que lo vea lugar. Majestad y suspensión da este cuarto, pues ver puedes pendientes de sus paredes el adorno y la invención, apenas una intención basta a tan ricos despojos mas tan a precio de enojos los compren sus cortesanos, que aún no los tocan sus manos cuando no los ven sus ojos. Libres las puertas están de palacio en el festivo día al libre y al cautivo, y cual licencia les dan ya está en campaña el Soldán de Egipto, notar pretendo oculto en el vivo estruendo de la gente que vendrá que principio el cielo da a las hazañas que emprendo. Yo solo he de acometer; siempre vence el que porfía. Déjame ir, por vida mía, pues ya no soy menester. A mí lado has de temer. Señor, no temo a tu lado, pero temo algún soldado que me dé acaso por yerro, como dicen, pan de perro. Gente en el salón ha entrado. Zoraida es, vive los cielos, encúbrete en esta parte. Mira si vino a buscarte. Sombras de amor son los celos Rigurosos son los cielosde esos ojos, ¡oh persiana bella!; estadme menos tirana de su luz que teme el día, que llega la noche fría viendo eclipsar la mañana. Caminad con más espacio que el sol sus pensiones tiene. Diciéndole un turco viene concetos de cartapacio. Por no alterar el palacio, pues él mi enfado no advierte, no llego a impedir su suerte, que para un hombre es bastante ver que me pongo delante para ser de más la muerte. Óyeme. Soltad la mano. (Pero allí un ingrato está; este velo ocultará mi rostro.) Encubrís en vano el cielo, que ya el tirano amor que imperios desecha de mi triunfo se aprovecha. ¿Qué importa, oh bella homicida, a quien muere de la herida no darle a entender la flecha? No es por vos el encubrirme. No, pues ¿por quién puede ser? Eso no podéis saber. No he de saber resistirme que estos vengan a impedirme.Disimulemos.) Aquí ha de coronarse Alí. Gran día Mucho hay que admires. Los bajaes y visires llegan ya, y el gran cadí, y ya queda el gran señor sentado. Cadí, Almanzor, lleguemos, que ya acompaña el viento el clarín que engaña el alba en dulce rumor. Ya, visir, por varios modos, la ciudad, la novedad llama a la curiosidad. Escuchadme atentos todos. ¡Qué grandeza y majestad! Persas, yo soy Bayaceto, cuyo valor generoso nace escarmiento de muchos siendo imitación de pocos; belerbeyes y bajaes, gran cadí, entendido y docto de la dotrina que sigo y la religión que adoro; visires, gobernadores de más provincias que el soplo del zafir, ámbar espira, y el jazmín, cándido aborto del alba, cuando galante ronda su puerta el Favonio, y en fin lo que hoy asistís a colocarme en el trono cuya grandeza invidiara el planeta luminoso a no dejarle la envidia de verme en el alto solio tan ciego, que están sus rayos caducando de medrosos. Ya sabéis cómo pasando mis ejércitos copiosos de las provincias del Asia hasta el verde promontorio de Armenia, cuya soberbia frente, gigante o cogollo coronan en vez de rayos laureles y cinamomos. Os gané tantas ciudades siendo azote, siendo asombro de obstinados o rebeldes que quien mis pendones rojos seguía, de herir cansado el brillante acero boto, el pulso desalentado y el valor que es más que todo, pidiéndoles a los muertos heridas para los otros, siendo asomos de mi furia, siendo de mi ardor despojos, mataba con el deseo y vencía con el odio, hasta que el clarín bastardo, ya en mis batallas odioso, ni alterando el mar con iras, ni atronando el viento sordo, antes iris de metal, nuncio apacible del ocio, embajador de la dicha, si no intérprete canoro, tocó a recoger mis güestes y, triunfante y vitorioso, dejando el asta de Marte, deponiendo el arco corvo, os puse en quietud dichosa, que es el fruto, que es el logro la paz de la guerra, dando a mi hazaña elogios, a vuestra lealtad finezas y a mi obstinación sobornos, con las insignias reales me presento ante vosotros, que es el primer escalón el agrado del decoro, sol es el rey y ha de verse aunque a contemplarle el rostro escarmentando osadías les haga daño a los ojos, mas porque importan también que como a él le llaman solo porque él solo es el que ilustra de zafir los once globos, ansí también el dominio queda sin fuerza y con odio cuando admite compañía que es peligro y no es ahorro. ¿No visteis cuando un jinete en la plaza o en el coso corre el ligero caballo que tímidos o furiosos le despejan los criados aun del condensado polvo la carrera, porque así no peligre en el estorbo, y el que parte, exhalación caiga, ejemplo lastimoso, así yo, viendo a mi hermano, bárbaro, atrevido y loco, oponerse a mis deseos, en dura prisión le pongo, y lo mismo ejecutara en otro joven brioso que dicen que vive oculto y que ya no le conozco, dividiendo un golpe a entrambos las cabezas de los hombros. Ya me ha permitido Alá sucesión, ya veis que gozo en sultana Alpino un hijo cuya belleza es oprobio vivo del mayor lucero que lustrados cercos de oro rey soy que empieza a correr vasallos; mientras yo corro, nadie me embarace el puesto, que el ministro riguroso de un verdugo hará con él, aunque sea mi hermano propio, la ejecución más sangrienta que vieron humanos ojos. Zelinda, serás sultana, enmienda lo riguroso, dueña eres de mi grandeza y así he quitado el estorbo. Haz lo que mande Amurates. ¿Qué miro? Caso espantoso. ¿Qué has hecho, tirano fiero? Celinda, quitar estorbos, que en los lances del gobierno mejor corre un hombre solo. Esta es la mayor crueldad de este bárbaro. A vosotros, ya obedientes, ya atrevidos, con este ejemplo os respondo. Ansí empiezas a premiar lealtades. ¿Qué fiero monstruo fue tan cruel? A tu hermano has muerto. ¡Qué lastimoso suceso! A esto habemos venido. Volcanes de fuego arrojo. (Aquí rompe mi secreto. Mi dolor más mis enojos, mientras hallan su venganza, merezcan con el ahogo. Espera, tirano, espera,déjame ver a mi esposo, el primero bien me llevas, déjame el último gozo, que es adorarle, que es verle, entre sangrientos despojos, cárdeno lirio del prado, a quien el arado tosco oprimió y en surco breve el que era flamante adorno de la vida, al primer paso cadáver yace oloroso. La traición en el aleve dicen que enseña dos rostros mas por ser la tuya, ingrato, más esquisita en el modo, siendo tuyo el uno y siendo de mi bien perdido el otro los has ocultado entrambos, quitándoles a mis sollozos con el rigor de una pena la dicha de un desahogo; pero agora discursiva permito afectos impropios al dolor, pueblo oprimido, ¿qué esperáis? Negaos al ocio, volve[d] a empuñar el acero en defensa y en abono de la libertad perdida, aguardáis que con vosotros las mismas iras ensaye quien esperó por brioso que sea aquel edificio que está con los años roto si se cae o no se cae, diga en avisos de polvo huid el riesgo, otomanos, siendo mujer, os exhorto estando en vida, os hablo, mármol, mis desdichas lloro, sombras, sigo ajenos pasos, bulto, a mí misma me ignoro, furia, el pecho os alborota, mar, solicito un arroyo, tórtola, suspiro ausente, y para decirlo en poco una mujer soy que amada guardó a su amante el decoro. (Bizarra mujer, ¡ah cielos!; No sé qué incendio amoroso ha introducido en mi pecho, pero el mísero destrozo de Bayaceto es mi asunto.) Ea, persas generosos, no una mujer os anima un varón sí, que del trono de las estrellas deciende a cortar más que agosto la segur rubias espigas de enemigos poderosos de la libertad de Persia. ¿Quién eres hombre que heroico a tanta empresa te atreves? ¿Quién ha de ser? Un demonio, un Lucifer, Satanás, (y yo un inorante, un loco que le sigo.) Presto el mundo verá quién soy. Vamos todos a besar al gran señor la mano, que al poderoso son, a pesar de la invidia, los rendimientos forzosos. (Temiendo voy grandes males.) Zoraida, bien te conozco; ven conmigo que aunque soy con tus penas firme escollo, será dejarte en los riesgos no poco amor, valor poco. Seguirete hasta la muerte. (¡Ay, cielos! ¿Qué ven mis ojos? Con el persiano se va. ¿Quién serán, cielos piadosos? Pues no puedo con los pies la seguirán mis sollozos. Seguid mis pasos, persianos, la ira de Dios me nombro, a libertar voy mi patria, guardaos de mi furia todos, rayo seré de estos reinos, pues el soldán valeroso me ofrece cien mil soldados aunque yo bastaba solo.

JORNADA SEGUNDA

Ya Soldán de Egipto, ya llegó el día, vino el plazo en que ha de admirar el mundo prodigios ejecutados, blasones establecidos para que honrosos reparos haga mi nombre al silencio con el bronce y con el mármol. Por los contornos del mundo gentes alisto y ya marcho con la que tú has conducido y la que yo he granjeado con mi valor desde el día que en vez de corona y lauro tus flores, Zoraida bella, mis sienes lisonjearon con este diluvio de hombres del Ponto eufinio al mar Caspio he señoreado la tierra y desde Arabia hasta el Cairo; mas fáltame el mayor triunfo mientras que ocioso dilato que mi deseada patria libertad goce y amparo nuestra persa monarquía sueltos y desbaratados tiene sus antiguos polos y los homenajes altos de sus muros abatidos, todo en fin yace postrado, aque[l] heroico esplendor de los Jerjes y los Daríos, pero yo, yo que desprecio de esta ruina, de este estrago, el rumor de este destrozo. el gemido de este agravio, de esta caída el estruendo y de esta miseria el llanto, quiero volver a sus quicios todos los desencajados fundamentos de este imperio que del turbante otomano con infame esclavitud son despojos tributarios. Vosotros mismos, vosotros veréis que me está incitando con razón el derribar a Bayaceto del sacro solio, donde injustamente los suyos le colocaron, el ver con cuanto rigor quitó la vida a su hermano, las lágrimas de Celinda, (cuya belleza idolatro), y en su venganza…, mas esto al suceso remitamos, y como de tantas causas se ve mi enojo sitiado, no os espantéis que procure con libre desembarazo por las puertas de la ira arrojarse a los estragos. No es este el menor empeño; esta, amigos, es Damasco, metrópolis del Asiria, donde pienso temerario hacer fieras esperiencias del esfuerzo de este brazo. Tres días de plazo doy a esos míseros cercados, y el primero determino que las tiendas de mi campo sean blancas, en señal de que el seguro les guardo con que me rindan su patria, pero si altivos y vanos lo dilatan, al segundo serán rojas, en presagio de que he de dar al cuchillo cuantos patricios amparos entre sus familias gozan de venerables aplausos, y apellídense infelices si el tercer lance ha llegado, pues habrán de ser entonces de negro y funesto paño mis pabellones, en prueba de que pienso dar a saco la ciudad, sin que uno solo la vida escape entre tantos. Ya en su socorro ha venido Bayaceto y, alojado de esotra parte del río, quiere impedirme el asalto, pero en vano lo procura, pues en justicia me llamo primogénito de Marte, y yo solamente basto si a un tiempo los brazos tiendo, mientras este impide el paso a su ejército copioso de turcos, medos y partos, con estotro a derribar las murallas de Damasco, porque soy, estadme atentos, sostituto del espanto, incendio errante del mundo, cifra ardiente de los rayos, alma de los torbellinos, fuerza común del estrago, ministro de la impaciencia, cometa del suelo, parto del coraje, ira de Dios, y el gran Tamorlán que a tanto renombre van los demás sirviéndole de presagio. Permita el cielo que veas tus disignios bien logrados, que si tus prosperidades se han de medir con los largos distritos de mis deseos, el orbe te vendrá escaso. ¡Oh, quiera el cielo que lleguen los felicísimos plazos, héroe valiente, en que sumen tu imperio del sol los rayos! Vuestra voluntad estimo. No se me da solo un grano de alcuzcuz, por Bayaceto, que después que me has llenado de esa arenga los oídos, de esa bambolla los cascos, tengo en el ánimo dientes y en el corazón mostachos, y no me llame ninguno de vosotros buen persiano si hoy no os trujere un bajá por un pantuflo arrastrando. Ya pienso que valeroso le envisto y que con un tajo las antepuertas el alma tan al cercén se las parto, que de par en par descubre de los bofes el redaño, mas ¿qué mucho si me nombro Talón y mi origen traigo del pie izquierdo de Merlín?; pero, bravatas a un lado, que los Talones de bien debemos hacer de manos más que de lengua, y así hasta que se llegue el plazo no despegaré mi boca, que voy a poblar osado las despensas de los cuervos de perniles otomanos. Solo me dejad que quiero por entre el enmarañado verdor de esta inculta selva reconocer del contrario el sitio el alojamiento. Mira, caudillo gallardo, que a riesgo tienes la vida, pues podrá salirte al paso alguna emboscada tropa, y advierte que no es bizarro ni valeroso el que observa documentos temerarios. Y si aqueste numeroso ejército que tus pasos imita, no te reporta, pueda la terneza tanto de mi amor que dificulte tu intento determinado: premia con esto mi ruego. Quita, Zoraida, los brazos que entre estas marciales guerras parecen mal los abrazos; y tú, soldán, no receles, que yo mesmo me acompaño, que a los peligros comunes debe el capitán que es sabio introducirse tal vez para que vean que al paso que sabe distribuillos es capaz de ejecutallos. El cielo guarde tu vida. Mal correspondo al cuidado de Zoraida, mas ¿qué mucho si en mi memoria consagro amorosas atenciones de Celinda? Al simulacro y sobre todo me incitan las empresas, los aplausos a que aspiro generoso más que todos los engaños de amor. Murmurad de mí, si sueñas lenguas del prado, decid que inculto he venido, pues solo me satisfago de pertrechos peligrosos y marciales aparatos. El campo del enemigo dista de aquí el propio espacio que el mío, según lo advierto en que este sitio he pisado otra vez. ¡Valedme, cielos! ¡Espera imposible ingrato! Ligera hacia esta parte se encamina una mujer y en vano determina seguilla un hombre, pues en mí han hallado él su peligro y ella su agrado. ¿No hay quién me dé favor? Quien le procura, que el mismo Tamorlán se le asegura. ¿Qué miro? Su ocasión halló el deseo. (Yo vengaré el rigor, pero ¿qué veo?) (A Bayaceto mi atención advierte.) . (Que aqueste es Tamorlán.) (Empeño fuerte.) En grande aprieto estoy, pues retirada veo una escuadra allí de gente armada y creo que es la que a su guarda asiste. Ya que a tu propio fin te persuadiste, ¿dónde, dime, te arrojaque contigo presumo que se enoja, o qué entiende tu loca fantasía que los peligros vence la porfía? Quise que fueses en habla primero por no romper de urbanidad el fuero, porque en estas legiones estraños, Tamorlán, son tus pendones, y así en vez de inominia o vituperio te trato como a güésped de mi imperio. ¡Oh, qué mal mi decoro satisfaces, pues lo que deuda es, lisonja haces! Mas dejemos aquesta competencia de…, el general combate la sentencia, y dime por qué causa, con qué idea quieres que obstinación el amor sea. ¿Por qué a Celinda, bárbaro, persigues? La ocasión no permito que litigues, pues lo que agora intento solamente es llevarme a Celinda. Aunque lo intente tu soberbia, es lo mismo que entrar a saco el reino del abismo. Enamora resuelta cuanto bella.) Justa razón me obliga a defendella, dudas, Celinda, cuando yo la aclamo que eres mujer, que Tamorlán me llamo, que me pides favor, que puedo mucho, que justas quejas das, que las escucho, que quiriéndote estoy, que soy valiente, y que el que tengo enfrente, por dos causas de que eres buen testigo es mi competidor y mi enemigo, luego si no hay recelo que te rinda, como te inoras, inmortal Celinda, y porque de divina no presumes, te ofrezco por el ídolo que adoro, colocado en el templo del decoro. (¿Qué escucho? Amor le obliga a mi defensa.) El nuevo agravio enojos apellida, y con nuevos e intrépidos corajes la vida ofrece al riesgo vasallajes. Disponte, fiero persa, a la batalla y tú, aleve mujer, di cómo calla, tu desdén a su amor y con desvío eres Cáucaso helado para el mío. (Éste funda en porfía su esperanza, . que un despreciado quiere por venganza y esotro amando está sin desengaño, con que hallo en esta parte menos daño y por agora elijo aqueste abrigo que después siempre quedo yo conmigo.) No busques ejemplar para tus males pues tienen mis desprecios causas tales y no es la menos fuerte el haber dado a Solimán la muerte, cuyo cadáver tiene a tu despecho cubierto el corazón, triste mi pecho. Bien elijiste y pues agora estamos adonde asunto a los esfuerzos damos, libremos con el golpe y el amago en los dos solos el más común estrago, que en la seguridad tu muerte imprimo, si esta acerada tempestad esgrimo, mas no te abate, no, no te fulmina el golpe de esta corva culebrina, porque a buscarme vuelve y ya me topa de mis valientes persas un a tropa y tus turcos dirán —sospecha baja— que te quité la vida con ventaja. Tu mucho sufrimiento he ponderado; déjanoslo prender. Ninguno osado intente demostración alguna, que esto quiero dejar a la fortuna. Vencerle quiero cunado prevenido esté de sus ejércitos vencido y por agora, pues me va tan poco, el justo fallo de su fin revoco: quiero poder yo más que su destino. Vete, vete a vivir y de camino dile a tu muerte con bizarro alarde que no se vaya, sino que te aguarde, o que te busque su mortal rencilla, en oyendo que truena mi cuchilla. (Nube de enojo mi discurso ciega, pero aunque mares de furor navega el corazón, forzoso es retirarme y, si os parece mal el no arrojarme a la temeridad, dar presto aguardo premisas de valiente y de gallardo.) Que eres fuerte y osado te confieso. No está la valentía en el exceso.Eres buen capitán, tienes prudenciaMuy presto lo verás por la esperiencia, porque ya la batalla te prometo. Doyte el ser en albricias, Bayaceto.Alevosa mujer, caudillo fiero, presto veréis quién soy. (Tu muerte espero.) En armas se han de arder estas campañas.Mediré con mis celos mis hazañas. Quien es tan grande soldado aun no conoce el recelo. (En tu busca, más que hielo, toda el alma me ha usurpado. ¿Quién es la que a Tamorlán tiene divertido y mudo? Pero aunque agora lo dudo, mis celos me lo dirán.) Venciendo, Celinda, van tus razones halagüeñas mi pecho, uso de estas peñas, como el sol que vence horrores cuando en campañas de albores hacen lucientes enseñas. (Sabiendo disimular mi seguridad ordeno.) (A mis ojos un veneno . le basta para cegar.) De venir a peligrar donde a defenderme vine, no permite que examine la razón cierto temor, y si es la razón de amor, el alma lo determine. Zoraida, Celinda es esta de cuya belleza infiero que es el superior lucero que a esta región rayos presta (huyendo, suerte molesta.) Viene ofendida y quejosa, valella, es cosa forzosa, y así te pido que estés en su asistencia cortés y en su agasajo piadosa. (Aquesto llego a sufrir. . Cielos, ¿cómo puede haber razón para enmudecer con causas para morir? Pero quiero desmentir mi pena.) ¿Qué me respondes? Que a quien eres correspondes y en lo que digo no miento, pues con generoso intento del riesgo a Celinda escondes. (¡Oh ingrato, oh aleve, oh fiera, . parto de un monte fragoso, presto con furor celoso de ti la venganza espero!) Por más que esforzarme quiero a olvidar mi muerta gloria nuca salgo con vitoria porque mi amante apellida que le prorrogue a vida la fuerza de la memoria.) Marcial estruendo parece que los ánimos incita. Furias el bronce vomita y el humo el aire anochece. (Mayor rebato parece el corazón aunque calla.) (Su venganza el soldán [sultán] calla.) (Si tú quieres que le rinda, vuélveme el alma, Celinda, para entrar en la batalla.) El bulto te haber pescado. Por meterme yo en dibujos diez turcos como diez brujos el cuerpo me han embargado. Saber que estar prisionero, persianilio. Imploro aquí la tijera del sofí que corte este nudo fiero. Yo te daré fruta seca de mazmorra. (Esto es peor.) ¿Por qué me das tal dolor, di, guardadamas de Meca? Besar mano. En ello gano, mi obediencia lo confiesa. (Si acierto a hacer bien la presa le he de cercenar la mano.) ¿Por qué morder con enojo? Soltar, bellaco, soltar. ¡Ay, el pienso que he de echar de haber cumplido el antojo! ¡Fuego de Dios, qué cecina tan rancia! Aquesto sofrir el juicio pensar perder de dolor y de mohína, no poder durar paciencia, bofón persiano tu estar mi esclavo e quererte dar agora la penitencia. Corretor de Tetuán, basta, que soy delicado y enfermaré del enfado. Agora empezar, troan. Mira que soy muy sanguino y me llamas el humor. Cerrar boca. ¡Qué dolor! Volver por mi desatino, que me ha manido el pellejo, mi nombre, mis armas son, y así quiero ser Talón para calzarme este viejo. Por Mahoma que haber morto a Hamete del coz premero. Si no le obligo a braguero, digo que anduve muy corto. Con pérdida igual cesó el combate, mas ¿qué es esto? Hamete ¿tú descompuesto? ¡Quién ansí te maltrató? Este escravo. A su cabeza querer dar escorribanda. Agora meter me manda por munición de una pieza. ¿Quién eres? Según mostrar puedo del modo que estoy, entiendo que un árbol soy acabado de podar. Mejor guardar Mahoma que decer verdad, pecaño. Llevalde al momento al baño que es donde el trabajo doma los esclavos. Escusar quisiera un mal tan severo. Aprobarba. Y si no quiero entrarme agora a banar por no acatarrarme, ¿es justo darme tan fiero castigo? ¡Chancillas! Venir conmigo, cumplir del soltán el gusto, que ya agradar la cadena. Por arrobas llevo el miedo. Agora que solo quedo quiero volver por mi pena, mas ¿qué bizarra mujer, persa en el traje, se apea de un caballo que a la idea veloz pretende exceder? Fiada en la preeminencia que por mi ser me asegura, mucho más que la hermosura me apadrina en tu presencia; esto es, antes de la acción que agora ignorando estás, que después de oírme harás la lisonja obligación. Con ese alarde que haces, con ese aliento que espiras, como suspendes admiras, mueves como satisfaces; y así, permite, ¡oh mujer de admiración singular!, que yo te haya de escuchar lo que te empiezo a deber. Zoraida soy, poderoso señor, que en la escelsa cumbre del poder, con hombro inmóvil, tan pesados orbes sufres, Menfis me dio nacimiento, ciudad en el mundo ilustre, por sus pirámides altos que ha tantos años que suben agudos a taladrar esa estrellada techumbre sin que el peso los embote ni el encuentro los despunte; diome la razón apenas de su entereza vislumbres, con que a la varia elección del arbitrio me introduje, cuando apeteciendo incauta el falso halagüeño embuste de amor, buscar sus engaños antes que temellos supe. De Tamorlán la fiereza me enamoró, que concurren partes para ser amado en aquello que atribuye su empeño la voluntad, aunque en algo no se ajuste con la humana imitación de las acciones comunes. Seis veces se coronó de racimos el otubre mientras que tanta porfía a tanto peligro opuse, ya siguiéndole en las selvas donde aqueste tiempo tuve por bordados pabellones los enebros y acebuches y donde por imitar sus montaraces costumbres y a misma el cañamo hiriendo que astillas al aire escupe fatigaba de las fieras las feroces inquietudes, flechando cuantas son aves y de cometas presumen, oía en las playas del viento, oía en los senos palustres y como si se ignorara esta obligación, reduce las debidas recompensas a viles ingratitudes. Celinda es la que ocasiona que se altere o se perturbe mi sosiego, pues en ella libra, funda y sustituye mucha copia de cuidados que me agravien y te injurien, pero ya rompo la nema al silencio, porque acuden todas las penas al labio y, atizadas de la lumbre que despide el corazón, cual suele preñada nube que ceñuda y turbulenta dentro de sí misma cruje, como que se desencajan de su máquina los fustes, mientras va desaplegando los párpados, porque apuren aquel pesar, pues por ellos arroyos llora de luces, hasta que con negra trama las rotas pestañas zurce, yo pretendo que te vengues, yo intento que me asegures robando a Celinda, atiende el modo para que juzgues que por medio de mis celos a tu dicha te introduces, ya que a la madre del miedo el día la constituye única heredera suya, y para que se divulgue su poder, entra borrando esas láminas azules sin que la duda lo estorbe ni el riesgo lo dificulte, me podrás seguir que yo te llevaré donde usurpes el placer a Tamorlán y a la inquieta muchedumbre de tanto afán enojoso término fatal pronuncies. Sígueme, otomano fuerte, que Zoraida te conduce con el ardiente farol de los celos y ejecute aquesta acción tu osadía porque mi agravio sepulte, porque tu pena se alivie, porque mi amor no futue porque tu esperanza viva y porque las más comunes razones de nuestras quejas sus impedimentos turben, sus vitorias faciliten, sus temores disimulen, sus verdades acrediten y eternizándose ilustres valor que las alimenta a la par del tiempo dure. (Aunque mi dicha dispone no sé si es bien que aventure mi vida de aquesta suerte porque puede ser que busquen mi muerte en esta cautela, pero no es razón que dude, que si hoy prenderme quisiera Tamorlán, sin gente estuve en su presencia, y así mis recelos se aseguren, demás de porque intereso tanto, no es justo que escuse de todo junto el peligro.) Zoraida, si tú me cumples la palabra, dos sosiegos a una industria se atribuyen. En ello me va la vida. Poruqe ala impresa me ayude quiero que nos acompañe un turco, de cuyo ilustre proceder puedo fiar mayores solicitudes. ¡Amurates! ¿Quién me llama? Tu mucho valor me induce para que de ti me valga en un empeño. Descubres en honrarme lo supremo que el cielo te distribuye. (Este es mi olvidado amante. ¡Cuánto puede una costumbre!, pues sus méritos no ignora.) (¡Cielos, qué causas inducen a Zoraida a nuestro campo! Sospechosa el alma acude a querer averiguar por qué a solas se introduce con Bayaceto, mas temo que mis recelos me acusen.) ¿Qué dudas, señor? Ya es hora. Sí, que los negros capuces se acabaron de vestir esas diáfanas lumbres Seguidme los dos y vamos donde al engaño disculpe la sinrazón. (Confusiones, basta lo que el alma os sufre.) Que en fin te halló mi afición. Yo agradeceré tu fe después, porque agora esté en quietud mi corazón. Quiero en este pabellón a solas quejarme aquí; déjate esa luz ahí y vete que determino llorar mi triste destino tan injusto para mí. ¿Por qué mi mal no alivias trasunto de un bien incierto. ya que por juzgalle muerto tan su heredero os juzgáis? Pero antes de tiempo usáis del derecho que os dilato, pues dentro en mí donde trato de conservarme inmortal, aún sobra al original vida que dar al retrato. Que es materia y forma veo esto que en vos determino y sé que es lo que imagino fantasía y devaneo, pero el pensamiento creo que ha conseguido en su estado más que la vista ha logrado, pues halla el alma advertida lo fantástico con vida y sin alma lo formado. Estas lágrimas que ardiente fuerza de amor desató no fue porque se ausentó sino porque no se ausente, y pues tan mi confidente sois, para que vuestro dueño nos saque de aqueste empeño mientras le guardáis fiel las puertas del alma en él, guardadme a mí las del sueño. Vigilancia del sosiego todo mi ejército hace y en mudo sepulcro yace el orbe, cadáver ciego, pero si anuncio que llego donde duerme el sol y fundo, si le despierto, un profundo busco común, pues sería nacer tan sin tiempo el día, darle un sobresalto al mundo. Ya está el alba a los umbrales de oriente, pues la autorizan sendas donde se divisan desmenuzados cristales, ¡qué efetos tan desiguales!, pues si aljófares la aurora vierte, esa luz que la adora en lágrimas se deshace, que una llora porque nace y otra porque muere llora; pero con libre cuidado tiene un retrato delante y que es de su muerto amante las señas me han informado, con que su oficio ha logrado la luz en aqueste punto y ella con discreto asunto encubrió la suya propia, pues siendo alegre era impropia para alumbrar a un difunto. Celinda, mal advertida, despierta. ¡Ay de mí, infelice! Tu temor tu culpa dice. (¿Qué haré para que mi vida no peligre?) Prevenida no estás de tu atrevimiento. Habla pues. (En vano intento negalle mi voluntad; discúlpeme la verdad y abóneme el sentimiento.) Ya que me culpas el descargo advierte valiente general, caudillo fuerte, y en tanto mi pasión, que es mi contraria, de la razón se haga feudataria, que los que sois con grandes atributos del cielo los primeros sustitutos, del poder vuestro en vuestras obediencias primero habéis de hacer las esperiencias, que injustamente leyes distribuye quien una para sí no constituye. Dos años ha que en puesto dividido de la nobleza turca lo escogido formando en las cuadrillas lisonjeras al parecer inquietas primaveras, a Solimán en los demás elijo del muerto gran señor segundo hijo, mas de amor primogénito, pues veo que alcanzó el mayorazgo del deseo, de cendal crespo, manga trasparente le ciñe el diestro brazo airosamente, que como allí burlando de su aljaba la batalla al amor le presentaba; le bastó para menos embarazo de mallas de cambray armar el brazo. Con obediencia le conduce inquieta un hijo de una yegua, de un cometa un doméstico escándalo del suelo, flecha con pluma no, monte con vuelo. En este, pues, segundo torbellino Solimán a tan corta esfera vino, porque menos alarde le bastara; aunque yo más del riesgo me guardara, declárele mi pena y, avisado, hizo empeño cortés de su cuidado. Dos mayos a los campos presidieron mientras en sí mis dichas consistieron, hasta que Bayaceto, loco y fiero, quiso el hielo encender y helar el fuego, y viendo su pasión de alivio ajena, habló el poder y enmudeció la pena. Repetir lo demás mi llanto incita puesto lo sabes, no hay que te repita, solo diré para que no condenes estos que acuerdos son más que desdenes, que después que me hurtó mi mayor precio la política infame de un desprecio y a mi amante quitó de mi presencia, si sorda sin razón de la obediencia quedé como leal símbolo triste, que tantas penas como plumas viste, que muerto el dueño con sollozos graves se retira del vulgo de las aves, y sin que el sentimiento le embarace en secos ramos las obsequias hace al funeral sirviendo sus querellas de clamores y hachas las estrellas. Mira si en el ejemplo te pondero con lo que quise lo que agora quiero y si mi amor con causa determina ser al soplo del Noto opuesta encina, escollo fijo en los marinos senos, torre que burla el ruido de los truenos. Por esos orbes que agora con ojos mil nos atienden que de su fábrica son la razón resplandeciente, que en vez de incitar mi enojo casi a lástima me mueves, pero el curso de los días que consumen y envejecen las memorias, aunque imiten la inmortalidad del fénix, irán venciendo los tuyos. º ¡Arma, que el turco acomete! Esta señal me convoca y así en tanto que proceden a las caricias de amor los marciales intereses, en el pabellón em aguarda, que presto volveré a verte con algunos estandartes que te sirvan de tapetes. Cuando tanta variedad de pesares me acometen y no se acaba mi vida, incrédula está la muerte. Haber tocado arma falsa buena industria me parece para tener divertido a Tamorlán. Ya presente de tu pena el instrumento, Bayaceto heroico, tienes: logra el intento y no tardes. Dices bien, pero ti advierte, Amurates, que entre tanto que yo a Celinda me lleve, con la tropa que has traído me sigas, para que enfrenes los determinados bríos de aquellos que nos siguieren. De mí tu defensa fía. Celinda ingrata, así ofrecen los cielos justo castigo a tus injustos desdenes. Aun aquí no estoy segura de tu rigor. Ya no intentes que mis rigores te olviden ni mis porfías te dejen: resuelto vengo a llevarte. A imposibles ter resuelves. Ven conmigo. Daré voces. Ninguno podrá valerte, que en militares cuidados todos su atención divierten. Ya, bellísima Celinda, he sosegado mi gente por volver, pero, ¿qué es esto? Contraria fue nuestra suerte; Tamorlán volvió, Amurates. ¿Qué exceso, dime, es aqueste, qué desacuerdo te incita a que confundas y mezcles las leyes de buen caudillo con las frenéticas leyes de amante? Pues si otra vez por bizarro y por valiente te di la vida, presumo que por celoso no puede agora mi indignación dejar de ser consiguiente. Tú, en mi tienda, cuando ves que ya cuantas comprehende mi campo, siendo con ellas selva que produce albergues, de negro asombro se visten porque el tercer día es este en que quiero que mi enojo al último plazo llegue. ¿Qué aprovecha en este lance que cuerdo, alentado y fuerte te reprimas o te arrojes, celoso, fiero, imprudente, y qué aprovecha que vano todo tu campo pertreches de enlutados pabellones, si todos según parecen son presas tumbas donde en vida cadáver eres? (Válganos nuestra emboscada entre tanto que se acerque el ejército al estruendo.) ¡Llegad, jenízaros fuertes, socorred al gran señor! Yo basto a dalle la muerte, ninguno llegue a ayudarme. Difícil acción emprendes. Todo a mi valor es fácil. Árbitro soy de la suerte. Yo predomino los hados. Nunca los hallé rebeldes. Hoy será Celinda mía. Detener el sol pretendes. ¿Quién lo impide? Aqueste brazo. Contrastarele. Es muy fuerte. Contra el rayo no hay estorbo. El rayo a veces se pierde. Advierte que si esta triunfa,… Mira que si aquesta vence,… …no habrá rigor… …no habrá pena… …que no trate… …que no intente …para hacerte mil agravios. …para darte muchas muertes. ¡Ea!, pues toca embestir. El marcial conflito suene. Voy a prevenir los míos. Y yo mis persas valientes. (¡Qué mal se logró mi intento!) (¡Qué bien lo trazó mi suerte!) . El lazo he roído y traigo de camino este presente que hacer al gran Tamorlán. ¿Dónde ansí llevar Hamete? Calla, almacén de siglos, que a caballo vas. Hacerle mal estómago el galope. Si has comido caldo y sientes el trote, Anquises morisco tente en buenas mientras eres espantajo de las flechas que está lloviendo la muerte. Ya está por nuestra Damasco ¡Vitoria! Ya desfallece mi valor; perdí el caballo. Ya me rindo al inclemente decreto de la fortuna. Ya tus alarbes jinetes de la re ga impelidos que sopla mi enojo ardiente en tempestades de riesgos como anegados se pierden, y pues tú para testigo de tus desdichas difieres tu muerte quedando vivo para estar muriendo siempre, levántate y desempeña . ese acero que indecente está en tu mano, pues ya en vez de él te pertenece duro bronce que te oprima tosco yerro que te güelle. Ya los despojos te aguardan para que triunfando entres con ellos en la ciudad. En orden marche la gente, vaya Celinda a mi lado y partícipe se muestre de esta gloria. (Aunque conozco . que su agasajo me ofende, quiero estimarle por ver que Bayaceto lo siente.) ¡O, el más inhumano y fiero parto de un peñasco estéril, de ti me vengue el destino! Juntos los pesares vienen. Por tu esclavo voy, Zoraida. Tu adversidad me entristece. (Cayó la mayor soberbia.) Empiece el metal viviente a dar primicias del triunfo, pues hoy refuerzo los ejes en que mi fortuna tira sus máquinas, por herede el gran Tamorlán las mismas aclamaciones de Jerjes.

JORNADA TERCERA

Solo, preso y cautivo, en aquestos jardines damascenos de varias frutas y de flores llenos no sé si muero o vivo, solo sé y no por eso me acobardo que por instantes ya la muerte aguardo. ¡Oh, cómo incierta y breve, desde la cuna pasa al movimiento, nieve al sol, cera al fuego, nube al viento, espuma, vapor leve, torbellino, falta, sombra vana, rayo y exhalación la vida humana? El pájaro de Arabia en leños aromáticos depone un siglo y a otro nuevo se dispone, con providencia sabia, y el hombre no, con ser único en todo, mas polvo acabe quien empieza en lodo. La africana serpiente deja entre peñas del morisco Adlante su piel pintada, al iris semejante, por otra que prudente viste, y el hombre en su postrer desvelo sola una vez desnuda el mortal velo. Árbitro de dos mundos, el sol que hoy espiró nace otro día, que aun es caduca en él la monarquía, juicios de Alá profundos, que a un monstruo envidie, a un ave, al sol que nace la vida humana que en su oriente yace. Mas ¿qué mucho que muera preso y cautivo a manos de un tirano quien por reinar le dio muerte a su hermano? Mas ¿quién es?, ¿quién altera la quietud del jardín? Aunque no es miedo, entre estas matas ocultarme puedo. Digo que tu esclavo soy dos veces, y aunque lo he sido por amante y por vencido, contento, Zoraida, estoy. Gracias al amor le doy que entre tantos cautivos como ayer quedamos vivos viniese yo a tu poder. porque hoy te llegue a deber favores tan excesivos. No des nombre de favor a lo que es piedad en mí, Amurates, siendo así que no es voluntad ni amor el conocer tu valor dándote la libertad, que si fuera voluntad claro se deja inferir que no te dejara ir vete y logra esta piedad. Piedad no, rigor estraño es para quien no la espera; prendiérasme y no te oyera tan costoso desengaño, dejarasme con mi engaño, mas yo buscaré ocasión en que muestre mi afición como el pajarillo esento que agradecido al sustento vuelve a su dulce prisión. Mira que i[m]porta el secreto y aquí nos pueden oír: seguro puedes partir. Aguarda, ¿no es Bayaceto el que miro? En grande aprieto estoy si me ve contigo. es Tamorlán su enemigo. Bárbaro competidor. Vete y pierde ese temor que yo me quedo conmigo. Tan divertido en sus males está mi hermano que aún no me ha visto, ni es bien que yo descubra secretos tales, que aunque agora fuera en vano el querer darme la muerte, no es bien en tan baja suerte que sepa que soy su hermano, mientras que por mi ardimiento no goza en su adversidad, como yo la libertad que aceté contra mi intento. Gozad de la luz del cielo, ojos, en tantos combates, mas ¿no es aquel Amurates? (Mucho más que mi consuelo le importará el ausentarme con presteza y con recato.) Si verme te vas, ¡ah, ingrato!, aun no quieres consolarme. No llames ingratitud lo que en mí es justo recelo. No deja de ser consuelo la común esclavitud, pero tan galán y airoso te veo, que he presumido que es Tamorlán el vencido y tú has sido el vitorioso. No me preguntes, señor, la causa hasta que el suceso te informe. (Cautivo y preso de un bárbaro el gran señor y vivo yo, ¡por Alá, qué a despecho de la suerte!) No me respondes, advierte… Por mí te responderá el valor en que me fundo, que no en valde me dio el cielo este pecho sin recelo y este brazo sin segundo. ¿Qué importará su valor cuando peso ya errojado contra mí se ha conjurado de la fortuna el rigor, ni qué importan los trofeos con que me alienta y obliga? Mas cuando no lo consiga le agradezco los deseos. ya que Calpino mi hijo no trata de mi rescate, mas ¡ay!, que cuando lo trate con justa razón me aflijo, y junte el mayor tesoro que saldrá en vano recelo mi esperanza, no hay consuelo en las desdichas que lloro. Ya estamos en el jardín; anda, perro. Estar cansado del cameno e despeado. Por mí lo dice el mastín. No lo estoy yo con el peso de cien años que he traído a cuestas, habiendo él sido fardo de carne y de güeso, dice que se despeó. mas no se irá sin pagarme el porte. Él soltar, librarme del palo que levantó. Bastar ya lo recibido, no descargar el ñoblado. Este está ya levantado y ha de caer, que no he sido figura en tapicería que en amago se queda. Sí, pero caer más queda la tranca. (¡Estraña porfía!) No ofendáis a un noble viejo, ya que de mí se ha valido. Supuesto no os le pido, no he menester el consejo igual será que prestéis paciencia en esta ocasión y acordaos de la ración, pues ya en mi poder os veis, que me dabais cada día cuando vuestro esclavo fui. ¿Qué ración es la que os di? De perrunas y agua fría. Erró el hado las fortunas. Antes acertó por yerro, mas yo os daré en pan de perro lo que recibí en perrunas y en vez de aquel pan mulato fruta de cáñamo en jaula os daré agora, y no es maula, pues ya de enjaularos trato, con orden del Tamorlán, en una que allí os espera. de hierro. Estar bestia fiera, ser pajarillo el soltán. Vos, Hamete, habéis de ser quien cuide de su regalo, yo, el alcaide, y este palo el pan que habéis de comer. ¿Faltan más desdichas? Más, así el Tamorlán lo ordena. Tened vos de esa cadena y advertid que voy detrás. El jaulón es el que veis junto aquel cuadro primero: enjáulame ese jilguero y mirad cómo lo hacéis. ¡Ande el perrazo a meterle! A Hametilio perdonar, gran señor, e caminar. Ya no habrá mal que recele, pues este ha sido el mayor. Guarda fortuna tus bienes que, a pesar de tus vaivenes, no ha de faltarme el valor. Esto está como conviene, pero ¿quién es la que asoma por entre aquellos jazmines? ¿No es Fátima? Aquí me importa ver con un ojo si Hamete a Bayaceto aprisiona y avizorar con el otro. Fatima soy; ¿qué te asombra? ¡Ah, perros!, pero ya Hamete le enjauló. Dime tú agora, Fátima, tan de mañana vienes y tan presurosa a honrar aquestos jardines. Vengo a tender esta alfombra que ha de ser tálamo luego de las más felices bodas que vio el sol en cuanto giran los rayos que le coronan. ¿Qué bodas? Del Tamorlán y Celinda, mi señora, pero hay cierto impedimento. ¿Cuál? Que no quiere la novia. Retirémonos a un lado que si el ojo que me sobra de dos que tengo en la cara no miente, es que agora descubro el gran Tamorlán que viene con fausto y pompa, por ser verano, a vestirse a estos jardines con todas sus mujeres; mientras llegan las almohadas acomoda, que yo con este garrote voy a sacudir la ropa de Hamete y menearle el bulto, asentarle la corcova, y a medirle las ausencias desde el testuz a las corvas. Llega Celinda ese espejo; será la primera lisonja que hago al ocio, y no te espantes de que me aliñe y componga en la paz, pues ya me viste en la campaña arenosa sin proporción el turbante, descompuesta la marlota, enmarañado el cabello y la cara polvorosa, que no deja de ser fiera el león, rey de las otras, porque su melena peine tal vez con sus garras corvas, ni por galán ni vistoso fiereza olvida y ponzoña el tigre pintado a ruedas y el áspid ceñudo a roscas, pero no te canses más proponiéndome la copia de mi semblante, pues eres mejor espejo, que informa de tus desdenes al alma, que, si ese es cristal de roca, tú eres roca de cristal y tú, Zoraida, perdona, que si para un mundo entero valor mi techo atesora, no será gran maravilla que tenga amor para todas. (¿Viose desprecio mayor?) Con razón está quejosa Zoraida y yo justamente ofendida, pues ignoras que he de ser a los embates de tu amor constante roca, muro a porfías del tiempo, torre a violencias del Boreas, bien pudieras acordarte que, huyendo de las lisonjas de Bayaceto, llegué a tu campo con briosa resolución y tú, entonces, con corteses ceremonias me prometiste el amparo, que en finezas amorosas trocaste, si bien pudieras, al ver en mi mano propia de Solimán el retrato que yace en quietud dichosa, considerar que en mi idea es carácter su memoria que se burla del olvido y en vano el tiempo la borra. La misma soy que era entonces, bien que estimo aquestas honras que hoy me haces, pues pudieras tenerme en una mazmorra como a esclava desde el día de aquella infelice rota de Bayaceto, a quien tienes tal que aun él mismo se ignora, la misma soy y no estrañes en mí esta finez[a] heroica, que soy rebellín humano, que soy escollo a las olas del mar d eamor que encareces, que tengo una dura roca por alma, un volcán por pecho, y me tengo a mí que sobra. (¡Gran valor!) (¡Pecho invencible!) (¡Resolución valerosa!) A tus razones, Celinda, ha quedado el alma absorta y, equivocado, el discurso duda a cuál de ellas responda, pero amor sabio, aunque niño en materias tan dudosas, sin retórica discurre y en mudas acciones forma concepto que él mismo esplica cuando a los ojos se asoma, que son cátedras del alma donde sus preceptos logra; y pues tú sola te precias de no entende[r] el idioma del amor, hablen por él y por mí afectos y obras. Acabadme de vestir por que Celinda conozca en las honras que pretendo hacer hoy a su persona los quilates de mi fe que en su desdén se acrisola. Tú, Fátima, escucha aparte. ¿Qué es lo que pretende agora este bárbaro?) Ya entiendes. Mi obediencia te responda. Celinda y Zoraida ocupen conmigo esa turca alfombra que a matices desafía las naturales que Flora tejió de varias colores y bordó el alba de aljófar. Si esas lágrimas no escusas, Celinda, el alma envidiosa dirá que en perlas excedes los aljófares que llora, y yo, que en ese cendal que de cándido blasona se pierden; borda con ellas de tus mejillas las rosas: darás al jardín más celos y más envidia a la aurora. Déjame con mis pesares, gran señor, y escucha agora a Zoraida que en ardientes rayos que su vista arroja veo que te está diciendo más que, yo triste y llorosa. Los músicos que mandaste están aquí. Y con su corma el gran señor de poquito. Bien cumpliste las dos cosas que te mandé. Ese soberbio en su miseria conozca y en mis glorias la inconstancia de la fortuna, que en forma las que no son invidiadas no pueden llamarse glorias. (¡Qué crueldad!) (¡Qué tiranía!) (¡Qué paciencia!) (¡Qué congoja!) (Aunque pudiera vengarme, préciome de tan piadosa que siento aún más sus desdichas que sentí la rigurosa muerte de su hermano. ¡Ah, cielos, ocultas son vuestras glorias! (¡Oh, quién pudiera librarle!, mas si mi intento se logra y Taloncillo…, mas yo me veré con él a solas.) Siéntese el Soldán de Egipto en esa almohada que sobra, pues obediente a mis leyes no aguardo a la tienda roja cuanto y más a la tercera, que luto y rigor pregona, como ese turco arrogante. ¿A qué aguardas, Soldán? Toma asiento. Ya te obedezco. Esa natural alfombra ocupa tú, Bayaceto, y recíbelo a lisonja, pues es de flores tejida más bella y menos costosa. Sentaos, galgos. Esperalde. Perdono, senior, que es forza, aunque tú no beber vino, seguir la maza a la mona. Ya que estáis todos sentados cantad vosotros mi historia. El gran Tamorlán de Persia, hijo de Marte y Belona, la guadaña de la muerte y el azote de Mahoma, dueño de lo más del mundo, cuyas hazañas heroicas en las alas de la fama lisonjean las memorias. Dígalo el gran Bayaceto cuya miserable rota llenó de asombros el Asia y de temores la Europa. No prosigáis que me corro, que quien ciñó la corona de levante, al escuchar su nombre, constancia poca, en mujeriles efetos publique pasiones propias, que el varón constante, rayos y no lágrimas aborta. ¿Quién te ha dicho que mi llanto no es de fuego, quién ignora que son líquidas centellas las lágrimas que te enojan y en la oficina del pecho rayos que mis celos forjan? Un turquillo, gran señor, con resolución briosa, pide que le des licencia, mas ya él mismo se la toma. Di que se vuelva, no quiero que mis glorias interrompa, solo a Enrique de Castilla, a quien el enfermo nombran, tengo por amigo y solos sus embajadores gozan de esa licencia y les doy asiento en mi regia alfombra, singular blasón que España conservará en sus memorias. Di que se vuelva ese turco, no me hable por agora. Amurates no acostumbra volverse antes que proponga su embajada. Escucha, persa, atento. Arrogancia loca. ¿A un embajador le niegas asiento?, pero no importa que así estará superior a las vuestras mi persona. Sultán Calpino, generosa rama del gran señor a quien cautivo tienes, salud te envía, y antes que la fama te informe de sus males o sus bienes, sabe que el mundo vencedor le aclama, aunque no ha menester sus parabienes contra un infiel en la mayor vitoria que en sus anales les conservó la historia. Contra el can de Tartaria, que aún porfía con ser empresa que jamás alcanza los muros asaltar de Alejandría de cien mil la primera fue su lanza, tanto que en un encuentro, alegre día, perdió el contrario el puesto y la esperanza. Nubes de polvo levantó el encuentro que con ser tierra el aire fue su centro. Fuentes los unos de coral vertían, tanto que corren púrpura los valles, donde se anegan luego, al fin morían por faltalles la sangre y por faltalles sepultura, mas ya los enterraron las mesmas nubes que después bajaron. Rompemos, esguazamos y corrimos la espesura, los ríos, la campaña, vencemos, alentamos y subimos las sierras, los collados, la montaña, traemos, granjeamos y nos dimos tanto honor, tanto esfuerzo y tanta maña que levantó el pagano el sitio y luego sangre escupe, humo exhala, suda fuego. Salieron, pues, sus esperanza vanas, rompímosle y la copia que adquirimos de esclavos, de oro, plata, sedas, granas, de diamantes, de perlas a racimos, tanta fue que las lunas otomanas que tú eclipsaste y tan menguantes vimos, tan llenas hoy se miran de trofeos que a un avaro ocuparan los deseos. Esto Calpino ofrece y diez millones que han tributado sus vasallos fieles, si hoy a su padre en libertad le pones, que esto será el mayor de tus laureles. Admite, gran señor, tan altos dones, pero si altivo y vano como sueles a tanto ofrecimiento das de mano, lo mismo hará de ti que del pagano. ¿Qué tienen, turco arrogante, que ver dones con ofensas rescates con amenazas cortesías con soberbias? Di al sultán que aún es muy niño para tan arduas empresas y que el Arabia no tiene oro en sus ocultas venas, granas y caballos España, Ceilán diamantes ni perlas, llanto del alba, que empeñen las orillas eritreas, para que yo menosprecie; que junte su campo y venga contra la ira de Dios, que este es mi nombre y la empresa que para terror del mundo traen por orla mis banderas. Ira de Dios desde agora sultán Calpino en las nuestras brazo derecho de Alá pondrá para que le temas. ¿Temor yo aun rapaz? Ya sé que de bizarro te precias y tú, gran señor, confía que tras las obscuras nieblas sale el sol y la fortuna no siempre ha de ser adversa, que alivio tan escusado los sucesos de la guerra, Tamorlán, si no me crees, remito a las esperiencias que dos rayos, que dos furias en la campaña te esperan. Repórtate, gran señor. No basta que tú o quieras, Celinda, gocen los dos este espacio que les queda de vida, pues será breve si conmigo a verse llegan que sí harán, pues ya descubro de sus banderas turquescas los listados tafetanes que aquel monte señorean, y para que eches de ver que ni me turban ni alteran sus amenazas, conmigo ven que entre aquella maleza que desde aquí se descubre, pues del jardín está cerca, quiero ver. Seguidme todos si matar puedo una fiera para rendirla a tus plantas, y si me tardare, tengan mis criados prevenida la vianda con la mesma pompa que en palacio suelo servirme, y porque lo vea ese bárbaro, llevalde, pues la jaula tiene ruedas, donde mi grandeza invidie. Denme los cielos paciencia. Humillaos al Tamorlán, poned las bocas en tierra o el bastón hará su oficio. La tierra vedar querelda y aun a Fátima soposto que tan ben ser polvo e terra. Levantaos. Ya estar en pie. Toma tú esa llave y cierra en la jaula a tu señor, mientras yo voy, ¡ojo alerta! Que un emperador del Asia que se vio ayer en la excelsa cumbre del poder humano… Mas cúmplase lo que ordena el cielo, vengue su enojo y los mortales adviertan en mí el ejemplo mayor de las humanas miserias. . Pues Fátima, aquí estás tú, ¿cómo no sigues las güellas de tu ama? ¿Estamos solos? Las paredes tienen lenguas, mas paredes de jazmines callaban como unas piedras. Ven acá, tendrás valor. Con su poquito de fuerza y agilidad, buen testigo es aquella pobre aldea donde venció el Tamorlán en el salto, en la carrera y en la lucha a cuantos mozos hicieron bizarras pruebas de su aliento, pero el salto… Deja esas impertinencias. …pero el salto es de langostas, muy de liebres la carrera, solo la lucha es de hombres y así, aficionado a ella, pedí campo y contra mí salió un Hércules y, apenas me vio en la estacada cuando… ¿Qué fue? …dio conmigo en tierra; levánteme y dije al nuevo Alcides: «—Vusted bien piensa que ha hecho poco en derribarme, pues desde mi edad primera no he luchado con ninguno y no soy d ellos que pegan cabezada o zancadilla en el corro, en la palestra, en juegos o en desafíos en mi patria o en la ajena, con quien no me sucediese de aquesta misma manera.Yo te creo, mas no importa la agilidad ni las fuerzas donde hay valor, con pasión librar mi piedad intenta de la prisión en que hoy vive… No prosigas, lima es esa que me quieres dar. Concedo. A tu encanto ser quisiera tan sordo como esa lima, pero ya que tengo orejas tan largas como un pollino y que tiene tanta fuerza de una mujer el encanto, digo… ¿Qué dices? Que tengas tu lima y yo mi gaznate, que hay de cáñamo esquinencias verdugos en la ciudad y en sus murallas almenas. Y en ti más miedo que amor. Concedo.Ninguno sepa lo de la lima. Está bien, callaré como una suegra. (No ha de faltar ocasión para dársela yo mesma.) En el campo nos veremos. ¿Es desafío u fineza? Adiós, molde de gallinas. Adiós, molde de embusteras. En este apacible sitio aguardaremos que vuelva el Tamorlán, pues la caza, y más de robustas fieras, no es fiesta para mujeres. Zoraida. Mientras que vuelve, quisiera que me dijeses, Celinda, qué calidad y qué prendas tiene Amurates, que es tanto su valor…, mas no me tengas por tan fácil que presumas… Zoraida, cuando pusieras los ojos en Amurates no me espantara, mas piensa que aunque se crio en palacio, sus padres y su nobleza se ignoran, pero lo mismo al gran Tamorlán de Persia le sucede y no por eso le desestimas. Espera, Celinda, que sus criados vienen a poner las mesas y en tanto, de mis intentos te informaré, estame atenta. Cumplamos lo que nos mandan: tú, las viandas apresta, que ya no puede tardar el Tamorlán, mas ya llega del Soldán acompañado. Mi intención, Celinda, es esta. Buena eleción habéis hecho hecho del sitio, Celinda bella, ya que no ha sido posible encontrar en la maleza fiera que darte en despojos. Otra más robusta fiera rendiré agora a tus plantas. Sentaos las dos a la mesa conmigo. Tu esclava soy. ¿Quién ha de tener paciencia para sufrir que a mis ojos…?, mas ya otro amor me desvela, y aunque ausente sus memorias mis sentidos lisonjean. Quitaos delante! Esta es, Celinda, la bestia fiera que te ofrecí. ¡Abrilde luego! Bárbaro, no te contentas con tratarme como a un perro a palos, sino que quieras agora que me sustente de las sobras de tu mesa, que a los ojos de Celinda pase tan grandes afrentas, quien creyó gozar su mano de envidia el alma revienta. Come y no me estés mirando. Sí, que en provecho no le entra la comida sin no parte con todos. Come, qué esperas. Mira, señor, no se ahite. Esta fue pechuga y esta pierna de un ave de leche, y cuando el ave está tierna hasta los güesos se comen, mas tan roídos los deja y tan lisos que parecen coplas de español poeta. Mostrad, el Soldán de Egito servirte la copa intenta, pero aquesto y más merece quien es deidad en la tierra. ¿Cómo no parte con él la vianda? Aunque estar perra, no tener güesos al agua. Oíd, ¿qué trompa es aquella bastarda a cuyos acentos las montañas titubean. Tamorlán, ira de Dios, cuyas vitorias celebra la fama, de donde nace el sol adonde se acuesta, Celinda, honor de Turquía, Zoraida, asombro de Persia, y tú, Soldán que a un tirano sirves, honras y veneras, dadme atención, a despecho de esta colérica bestia que se está forjando rayo a corcobos y corbetas: Cansado ya de aguardarte al pie de esa altiva sierra el gran señor y admirado de que a fatigar la selva nuevo Adonis te dispongas, cuando en campaña te espera sin valerse de la copia de tanta escuadra turquesca, viendo que tan gran rescate no estimas, cuando pudiera enriquecerte por mí, te desafía y te reta. Sal conmigo al desafío, verás que en mi pecho encierra sus centellas el Vesubio y sus incendios el Etna. Viste malla y jacerina, enfrena andaluz cometa, embraza tunecí adarga, hoja esgrime damascena, o sino con Amurates tu valor y aliento prueba. Prueba a vencerme primero, por mí la vitoria empieza, aunque con él soy lo mismo que con el sol una estrella, un átomo con sus rayos y un punto en fin con su esfera. Mas, ¿por qué callo mi origen en ocasión que pudieras por desigual despreciarme? Sepa el mundo mi nobleza: Hermano soy de tu esclavo Bayaceto, verdadera copia del grande Amurates que con Alá vive y reina. Por los ojos de Zoraida, que ya sé que la desprecias, que he de negarme a sus rayos hasta salir con la empresa, sube a caballo, ¿qué aguardas? Sígueme, bárbaro, y sea tu vida infeliz despojo de aquesta lanza jineta. Dadme un caballo luego que, de cólera ciego, no reparo en salir al desafío contra uno solo, cuyo heroico brío su vanidad desmiente con pecho altivo y corazón valiente. Cielos, que este es mi hermano a quien quise dar muerte, mas no en vano le guardó Alá, misterio que no alcanza el discurso en que fundo mi esperanza. No es bien, señor, que iguale tu persona. Su calidad y su valor le abona, cuanto y más que si llego a despreciallo falto a mi indinación. ¡Dadme un caballo! Allí le tienes, pero tan gigante que en estatura vence al mismo Adlante. Todo mi industria y mi rigor lo allana, servirame ese esclavo de peana. Rinde ese cuello altivo porque aprendas a humillarte. (¡Ah, crüel!) Dadme esas riendas, el estribo tened. Que así me trates. Aguárdame, Amurates, y verás que a mi enojo será tu vida el infeliz despojo. Vamos a ver, Celinda, si podemos templar en él tan bárbaros estremos. (Mas lo hace en empeño semejante por el peligro en que se ve su amante. ¡Que esto le haya sucedido, cielos, al mayor monarca del mundo! Yo, como bestia en pies y manos librada mi persona, yo que Adlante, yo que fui coluna y basa de la esfera de mi imperio, sirvo de humilde peaña a un bárbaro. ¿Para cuándo, para cuándo el cielo guarda sus cometas, sus portentos? ¿Cómo no se desencaja esa máquina celeste? ¿A la prisión! ¿A qué aguarda? Y tú, Hamete… Ya entender: zamparle al punto en la jaula. Bien haces, que si una vez el garrote se levanta, ya sabes lo que sucede y cual pongo las espaldas. . No sé qué le dio al pasar Fátima, mas es la galga piadosa y quizá le ha dado algo con que satisfaga el hambre, pero ¿qué es esto? . Ya la trompeta bastarda hiere los vientos y el eco rimbumba el son de las cajas, ya se han visto, ya se encuentran, ya comienzan la batalla, ya traban la escaramuza, ya el primer bote de lanza se dieron, ya Tamorlán con presteza y con pujanza el fresno arroja y desnuda el acero de la vaina, ya de un revés las dos riendas le cercena, ya le arrastra su caballo y ya le sigue, ya le zurra la badana, ya le tiende, ya le hunde, ya el turquillo se embaraza, ya en el capellar se envuelve, ya se ovilla y se agazapa; mas ¿qué digo?, el Tamorlán, por no reñir con ventaja, de su caballo se apea, y a este puesto se abalanzan por parecerles mayor para darse la batalla. A esta parte me retiro hasta ver en lo que para. Aparta, Zoraida bella,… Hermosa Celinda, aparta,… …que hoy has de verle rendido. …que hoy has de verle a tus plantas. No basta pedirlo yo. Rogártelo yo no basta. Depón la saña, Amurates. Suspende, señor, la saña. Podrá ser, si aquí me escuchas, que lleve el amor la palma de este campal desafío, de esta singular batalla. Ya he dicho, testigos sean cuantos presentes se hallan, que el llegar a merecer mi mano, entre glorias tantas, fuera la mayor de todas. Y es, Celinda, verdad tanta que lo mismo te aseguro. Pues yo la ofrezco por paga. Solo una cosa te pido. Pide el pájaro de Arabia, único asombro del mundo, pide la piedra estimada del animal cuya frente es noturna luminaria, pide el mayor imposible. Pues, con esa confianza, pido que Amurates cumpla sus deseos, que ya bastan los tormentos que ha pasado su hermano en prisión tan larga. Mucho has pedido, Celinda, mas ya empeñé mi palabra. Tráiganme aquí a Bayaceto. Yo voy a hacer lo que mandas. Tuya soy. Y de Amurates. La vitoria, pues, alcanza la libertad de su hermano. Si por rescate y por parias quieres que al ofrecimiento pasado el tesoro añada del gran señor… ¡Qué tesoro como Celinda! Ella basta para enriquecer un mundo. Danos, gran señor, tus plantas. Yo sé que en esto la obligo. Dale la mano a Zoraida, Amurates. Soy dichoso. ¡Soldán! ¡Notable desgracia! Viendo el sultán Bayacetode la prisión en que estaba a su hermano en tal peligro, perdida la confianza de cobrar la libertad, con el despecho y la rabia con los hierros que le cercan se hiere y se despedaza y con una lima, en fin, que alguna piedad villana le dio, acabó de matarse, y por que se satisfaga la vista, vuelve y verás en polvo y sangre bañada, ¡qué desdicha!, la persona del mayor señor del Asia. ¡Triste caso! ¡Gran tragedia! Yo he cumplido mi palabra, Celinda, mas la fortuna siempre inestable, siempre varia, pudo más que mi piedad. Cubrid el cuerpo, y las cajas destempladas y arrastrando las banderas a la usanza turquesca, llevalde en hombros hasta el puesto en que me aguarda sultán Calpino, su hijo. Y aquí la tragedia acaba del gran Tamorlán de Persia; si la primera os agrada, dirá la segunda parte lo que de mi historia falta.