Texto digital de Ver y no creer
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- Atribución tradicional
- Lope de Vega Carpio
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- Sin resultados estilométricos disponibles
- Género
- Comedia
- Procedencia
- El texto procede de la edición de Obras de Lope de Vega. RAE. Nueva edición.
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Cita sugerida
Velasco, Adrián. Texto digital de Ver y no creer. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/ver-y-no-creer.

VER Y NO CREER
JORNADA PRIMERA
Tras el invierno proceloso y frío, sale ufana la alegre primavera, y al agostado y caluroso estío, templado, agradable otoño espera. El tiempo lo dispone a su albedrío; todo lo muda ansí la edad ligera; y para hacer en mí mayor mudanza, ni mengua el mal ni crece mi esperanza. Ni mengua el mal ni crece mi esperanza, ni se muda de amor la ardiente llama que la gloria, aquel pecho amado, alcanza: es fuego del amor que al alma inflama; no me mates, cruel desconfianza. que al verdadero bien mudanza inflama; que si Lucinda es pena a mis enojos, fuego mis quejas son. mares mis ojos. Fuego mis quejas son, mares mis ojos. y en su golfo, de vientos combatida, nave soy que, siguiendo mis antojos, por sus ondas celosas voy perdida. de la dulce ocasión de mis enojos, en cuanto desdichada. aborrecida: que, pues a quien me adora así aborrezco, del cielo es el castigo que padezco. Del cielo es el castigo que padezco. del infierno la pena que me mata. pues, adorando un sol que no merezco, sigo, cual tornasol, su luz ingrata. y aunque resplandor el alma ofrezco, con tal desdén y gloria la maltrata. que, muerta por sus rayos y gozosa. ciego muere por ver su luz hermosa. ¡Celia hermosa! ¡Bellísima Leonora! No en balde del jardín las flores bellas hurtan varios colores al aurora viendo que vos os retratáis en ellas. ¡Retórico venías! Quien os adora ¿podrá, Duque, contaros las querellas de un alma triste, amando desdeñada y en sus mayores glorias desdichada? ¿Podrán mis ojos tristes. podrá el alma, un corazón en lágrimas deshecho. el fuego ardiente de esta dulce calma los hielos encender de vuestro pecho? ¿Prometereme yo gloriosa palma De esta empresa de amor mal satisfecho? ¿Moverán nos jamás tiernos suspiros? No sé, divina Celia. qué deciros. Sabe Dios que me pesa no adoraros. y sabe que no puedo yo quereros: sé que es divina gloria contemplaros: sé también que no puedo mereceros, que tienen justa causa de invidiaros del cielo los clarísimos luceros: pero la voluntad que Amor reparte... Tenéis, Fabio cautiva en otra parte. ¡Ay de quien llega a tanto desengaño! ¡Ay de quien llega a tanta desventura! ¿Posible es que los cielos. ¡caso extraño! junten con tal crueldad tanta hermosura? Consolaos, Feliciano, con mi daño, que iguales son la vuestra y mi ventura. No son mis males. no, para consuelos, ¡que es rabia amor si le atormentan celos! ¡Leonora! ¡Feliciano! ¡Duque amigo! Celia bella, ¿tan triste? Son desdenes. ¿Sois mi señora vos? Vos, mi enemigo, avaro tesorero de mis bienes. En vano yo también el viento sigo. ¿Cómo yo firme estoy en los vaivenes? Yo adoro un mármol. Yo amo una sirena. Pues lloremos a cuatro nuestra pena. No es querer, sino matar; no es matar, sino fingir, hacerme desesperar, que prometer sin cumplir. es por rodeo negar. ¿Hasta cuándo, bella Infanta, durará desdicha tanta. pues, cual Tántalo me toca. sin que me llegue a la boca. aquel dulce a la garganta? ¿Cuándo mis altos antojos Gozaran glorias dispuestas a dar fin a mis enojos? ¡Sabe Dios lo que les cuestas de lágrimas a mis ojos! No digas, Enrique mío. tan notable desvarío, si sabes que tuyas son, como las del corazón, las llaves de mi albedrío. Deja al tiempo aquesta hazaña Gran trazador de ocasiones. El mismo me desengaña que es menos las afliciones mudar, que no una montaña. si por el suelo poner suele montes y vencer la más altiva arrogancia, ¿qué será de la constancia del pecho de una mujer ? ¡Temo! Pensamientos vanos no temas su ligereza, que si hace los montes llanos, son ellos, con mi firmeza, inconstantes y livianos. ¡Ay. Enrique! Yo quisiera que, como quiero, pudiera darte... La ocasión presente. que te lo ruega esta fuente bulliciosa y placentera. estos mirtos, estas flores, de estos álamos la sombra. que para hurtos de amores pinta el sol la verde alfombra de cambiantes de colores. Mira los olmos y yedras, que con amorosas medras unos con otros se enlazan, que aquí, de amores se abrazan hasta las heladas piedras. Todo, mi Lucinda, hermosa, todo lo rinde Amor, ciego, en esta estancia dichosa. ¡Basta, que ya doy al fuego más vueltas que mariposa! Tome ejemplo tu tibieza en lo que Naturaleza nos enseña. ¿Quién? Lucinda. Ya nos han visto. ¡Que rinda el Conde tanta belleza! ¡Ay, mi bien! ¿Quién está aquí? Sólo son desdichas mías. ¡En triste punto nací! Hoy tendrán fin mis porfías, ¿Qué dices? Digo que sí. Con razón brotan las plantas flores tan bellas y tantas. Y de varios ramilletes borda la tierra tapetes para tus hermosas plantas. Y las sonoras aves. viendo tu claro arrebol. acordando voces suaves, reciben al nuevo sol con tonos dulces y graves. si su melodía encanta, hermosa y divina Infanta, cantando glorias de Amor. no falta algún ruiseñor (4) que tristes endechas canta. Pero viendo tu belleza que da al mundo tanta gloria. templa alegre su tristeza. que se muda la memoria si no la naturaleza. De suerte lo habéis pintado, que os prometo me ha pesado no causarlo, porque fuera ver aquí a la primavera un gusto no imaginado. Prima del alma. Leonora. ¿en qué la siesta se pasa? Sólo en servirte, señora. Un corazón que se abrasa ¿podrá decir que te adora? Da licencia a mis querellas. que con desdén atropellas. para decir mis enojos: que, si llegan a tus ojos. subirán a las estrellas. ¡Basta, Duque. Y basta tanto esa razón homicida, ese "basta" que me espanto, que basta a quitar la vida y no a dar fin a mi llanto. ¿Hay más celos? ¿Hay más pena ? Furia y cólera refrena: escucha. ¡No hay que escuchar! Mas, pues te vine a rogar·, mi liviandad me condena: bien tu desdén merecí. ¿Quieres pasear la floresta? No, prima; vamos de aquí, que me hallo un poco indispuesta y corre viento. Es así. Ven a este mismo jardín esta noche, y tendrán fin, dulce Enrique, tus cuidados. ¡Tormentos bien empleados, si es el premio un serafín! Mas, aunque estoy tan ufano con tal bien, tal galardón, que lo temo y dudo es llano. En prueba y confirmación, te quiero dar una mano. ¡Ay! ¡Cayó! ¡Jesús! ¡No fuera yo quien la mano le diera! De resplandor circuido jurara que había caído el mismo Sol de su esfera. Cayendo, me levantaste. Mayor fue la dicha mía, pues en ocasión te hallaste que cuando al suelo venía, en palmas me sustentaste. Celia amiga, mis recelos han declarado los cielos. Toma consuelo en mi mal. Es el mío sin igual; que, tras desengaño. es celos. ¿Qué te parece? Que son mis desdichas de tal suerte, con esta grave aflicción, que sólo puede la muerte dar vida a mi corazón. si al Conde favoreció, no es bien que te ·vuelvas loco. ¿Qué hizo, en qué te ofendió? Darle la mano, ¿fue poco? ¿Fue mucho. si tropezó? Temo, amigo Feliciano, que para que tome pie quiso alargarle la mano al fin. que el dársela fue para darme a mí de mano. Teme, en esta triste calma, con mil recelos. el alma, que, con donaire y aviso. con su mano misma quiso darle de su amor la palma; dar fin a sus tristes penas, a sus congojas y males. del alma vistos apenas, cuando glorias celestiales le da y rinde a mano llenas. Esto a darme muerte basta; esto mi vida contrasta. y ver que, con pecho humano, el Conde le da mano y a mí que me diga ''basta”. Resuelta estás. En querer. ¿y qué pretendes? Pagar. ¿Con qué? Con agradecer. ¿A quién? A quien sabe amar; a Enrique. ¿quién ha de ser? ¡Ay, mi Laurencia querida! ¡Ay, Laurencia!, estoy perdida con tal gusto y gloria tanta. que sólo mi ser levanta lo que tengo de rendida. Estoy, amiga, muriendo. cuando vivo en dulce calma; mil tormentos padeciendo está entre glorias el alma. y estoy tal que no me entiendo. ¿No te lo dicen mis ojos? Llorando dulces enojos, ¿quieres que más lo publique? ¿no dicen que al Conde Enrique el alma rendí en despojos? Pues no son, amiga, engaños. Verdades son, ¡ay de mí! . que, esta noche, desengaños y el premio le prometí de esperanzas de tres años. No soy de bronce, Laurencia. ¿Qué te admiras? Tu prudencia hoy, señora, te ha faltado. Es que el amor me ha sobrado; esto se ha de hacer. ¡Paciencia! Pero, en fin... Ya miré el fin. ¿Y es bien? Que le quiero hablar. ¿Adónde? Por el jardín. ¿Parécete mal lugar el amparo de un jazmín? No te acabo de entender, señora. En vano ha de ser ponerme al deseo rienda. Pues ¿qué pretendes? Que entienda que esposa suya he de ser. ¡Gallarda resolución! Pero. en fin. mira tu honor, que no es razón... ¿Y es razón que entre las manos de Amor reviente mi corazón? No es razón, disculpa tiene; ahora bien, por Dios te ruego que no te aflijas, y fía de mi lealtad. ¡Dame luego tus brazos, Laurencia mía. pues me dan vida y sosiego! El Conde, esta noche obscura clara para mi ventura, en el jardín ha de entrar: por centinela has de estar para que yo esté segura. Quiero decirle mi mal, porque entienda que es mi bien. y que Amor me tiene tal. que para mí no hay más bien como tenerme mortal. Entre mudas soledades quiero decirle verdades, porque es la noche la capa con que Amor su rostro tapa para decir libertades. Quiero, pues él ha querido darme el alma, enternecido, concederle el bien que espero; y. en fin, pues tanto le quiero. quiero hacerle mi marido. ¿Quieres más? esto quisiera;. mas, pues tan determinada, señora, estás, bueno fuera ir al jardín, que estrellada la noche ya nos espera. Darte quiero el corazón. Con todo, en esta ocasión. temo... ¿Qué puedes temer? Que me tiene de vencer. Pero, en fin ¿qué le dirás al Conde? si en eso das darasme que sospechar. ¿Quién? Alguna tentación. ¡Ay. amiga!, cuántos daños causa en el mundo el Amor; todo es mal. todo es rigor, mentiras todo y engaños. si los que habemos trazado nos salen, Leonora. bien, hoy del más fiero desdén las· dos habemos triunfado; que, a quien venturas le niega. trazas el cielo concede. el Amor todo Jo puede, quien es ciego, y las almas ciega: v estalo tanto la mía, que a lo que ves me arrojé, pues siempre del Amor fue grande amiga la osadía. Por tu consejo escribí al Duque Fabio el papel. y pienso. amiga, con. él darte al Conde Enrique a ti; que si lo llega a saber, por fuerza te ha de adorar. ¡Basta!. que me quieres dar lo que imposible ha de ser. Y cuando tan venturosa fuera que a Enrique alcanzara, que sólo esto me bastara, Celia. para ser dichosa: aunque es pensamiento vano pensar tener tanta dicha, ¿puede haber tan gran desdicha como amarme Feliciano? Mil veces le he despedido y tantas desengañado: ninguna cosa ha bastado; todo, Celia, lo ha sufrido. ¡No sé qué hacer. por mi vida!. Que no hay enfado mayor entre todos los de amor que sin querer ser querida. No haces bien. ¡mes tu beldad da ocasión a su porfía. Di tú que es desdicha mía y en él fina necedad: que un galán, cuando es discreto, si persevera ofendido. a unos desdenes rendido y a una crueldad sujeto, no ha de ser con tal tesón que enfade en vez de obligar, porque entonces no es amar. ¿Pues qué? Tema y sinrazón, locura. con que mil necios han dacio en ser porfiados: de puro cansar, [cansados] . y no de oír menosprecios. ¡Qué brava estás! Pero escucha: ¿y si Enrique respondiera? si yo lo que he dicho fuera. tuviera razón y mucha: pero nunca desengaños me dio sin darme esperanzas. Esas mismas confianzas entretuve algunos años; mas como creció el amor al paso que ellas menguaron, mis tormentos procuraron otro remedio mejor. y, al fin. amiga, le hallé en tu amparo y discreción Con menos lisonjas son tuyas mi amistad y fe. Mas. dime, ¿cuál estará con la carta de la Infanta el Duque. y en gloria tanta qué de locuras dirá? ¡Goce el bien felices años, pues en tu mano le tienes l ¿Qué he <le esperar ele los bienes que se fundan en engaños? mas, ¡ay cielos, gran ventura! ¿Cómo? ¡Viene Feliciano! ¿Piensas tú que está en mi mano no hacer alguna locura? que he de vengarme. ¿Con qué? Con dalle un buen rato. Adiós. ¡Que este mentecato haya dado en adorarme! Pues que tratáis mis despojos con tan injusto rigor. viene a quejarse mi amor a las niñas de esos ojos. Y niñas juzgarlo pueden. pues tanta es vuestra crueldad. que a mi fe y vuestra beldad vuestros rigores exceden. Es el amor. Feliciano, una inclinación secreta, con que el alma está sujeta a seguir su gusto vano; y como de las estrellas depende esta inclinación, si yo no os tengo afición, quejaos, Feliciano. a ellas. Porque sus influjos fieros permiten, por más rigor. que agradezca vuestro amor, mas no que pueda quereros: pero mi naturaleza he de forzar para amaros. con que hagáis... Para adoraros. un altar a esa belleza: ya simulacro tan bello. por víctima más querida sacrificaré mi vida. ¡Bien sabéis encarecerlo! Haré por vos imposibles que espante el imaginarlos: porque, en fin. por alcanzarlos mi amor los hará posibles. Haré... ¡Paso no hagáis tanto. que ya parece que os veo prometer. como otro Orfeo, bajar al reino del llanto! i Quejas son promesas locas! si en las que os he de servir mi amor habéis de medir. paréceme que son pocas. Ahora bien, haced que Fabio adore a Celia. que es justo: decídselo por mi gusto, pues sois su amigo. y sois sabio; porque os prometo que el día que el Duque a Celia querrá, en ese mismo tendrá dulce fin vuestra porfía. Y adiós. ¿Cómo no me mata. pues tan súbito ha venido tanto bien? Él ha bebido veneno en taza de plata. Papel blanco, ¡cielo mío!, pues en ti esas letras bellas no son letras, sino estrellas que influyen en mi albedrío. Caracteres con que Amor hechiza mi voluntad. cautivó una libertad enterneciendo un rigor. Y a desdenes no recelo con este fuerte conjuro; con tal carta de seguro y tan favorable cielo. victoria, Amor: no temáis: embestid, fiel corazón, que llevando este guion cualquier gloria aseguráis. ¡Mi papel! El alma loca. cuando vuelve a contemplaros. quisiera, para adoraros, cifrarse toda en la boca. Pero, ya que en su despecho no lo ha permitido Dios, pues sois su epítima vos. poneros quiero en el pecho. ¡Duque amigo! Estoy corrido de haberme así descuidado; mas no importa. ¡Estáis turbado! Vengo un poco divertido. ¿Es de amores el papel ? Es, amigo, de una fea. ¡Ventura! No sé cuál sea. Ser discreta y no cruel. Pero será de la Infanta, pues tanto le celebráis. ¡Basta!, que de mí os burláis: no cabe en mí dicha tanta, que es para mí mármol frío con entrañas de diamante. Ya no es, Fabio, el ser constante amor, sino desvarío: dejadla estar, pues desdenes da por premio a vuestro amor; querer a Celia es mejor. y os dará colmados bienes; Celia es un sol en su cielo que, con luz clara y divina, a que la adoren inclina todos los hombres del suelo. y pésame, ¡vive Dios! , que siendo de ella querido y entre tantos escogido, seáis el ingrato vos. Yo sé, Feliciano, bien que es Celia un cielo, es un sol que es divino su arrebol, y que es un ángel también: sé que quisiera querella. y razón fuera adorarla: sé que es posible alcanzarla, imposible merecerla; sé en la obligación que quedo a su amor sencillo y llano; sé, en fin, que no está en mi mano y que querella no puedo. La Infanta, amigo, Lucinda. gloria de su padre el cielo, cuya hermosura en el suelo con los querubines linda, está, pues. para que aplique a mis penas dulce fin. Al salirse del jardín dio la mano al Conde Enrique. No, sino a mí. ¿Cómo es eso ? Esta noche. ¡oh claro día, mira si en tanta alegría es razón que pierda el seso!; mira, amigo, ¿cómo puedo querer a Celia jamás? En el papel lo verás. Muestra, a ver. Léele quedo. "Vuestras pasiones públicas siento de suerte en secreto que si le guardáis con el recato de no hablarme jamás de día. podréis lograr las noches por el jardín. en el cual ésta os es, pero, en confianza de que vuestra nobleza no romperá las leyes de mi gusto La Infanta." ¡Breve, en suma, y compendioso! Viene en él mi bien cifrado. ¡Basta!, que soy desdichado el día que vos dichoso: mi amor. amigo. os rogaba que a Celia quisieseis bien, porque haciéndolo, también a mi Leonora alcanzaba: y veo que no es posible. porque es segura verdad. que forzar la voluntad es el mayor imposible. ¡Gozad los dulces despojos del Amor, felices años, libre de enredos y engaños, de locos celos y enojos! Mientras con lágrimas quiero a mi Leonora ablandar. No os vais, ¡tened! No hay lugar. ¿Sois mi amigo? Y verdadero. Pues no haya más por agora. porque os juro, en gloria tanta. que en siendo mía la Infanta. ha de ser vuestra Leonora. Que le diremos conviene por el secreto. Tus pies, por tan precioso interés, me has de dar. Quedo. El Rey viene. Puesto que aborrecido y desdeñado de mi señora Infanta, Felisardo. con todos los bohemios de su reino, marchando al tardo son de roncas cajas. pisa ya victorioso nuestras tierras, y que es casi imposible resistirle, digo, excelso señor, que fuera justo que la mano le diese y la palabra, la Infanta serenísima, de esposa. Dice el Duque muy bien. No me parece que esté puesto en razón darle de miedo lo que cuando rogado negar quise. pues con facilidad puede juntarse un numeroso ejército valiente que contraste sus fuerzas y arrogancia. si a los hombres les falta esfuerzo y ánimo por defender su Rey, por defenderme. en lanza trocaré la breve aguja y. cual otra Semíramis famosa. haré que de temor sus tafetanes tremolen, no del viento a quien azoten y haré... Que afrentado me avergüence, que nos corramos todos; si la sangre en la vejez helada no da esfuerzo al noble corazón, si quita el brío, disminuye las fuerzas y da entrada al pálido temor, ¿de qué me espanto del Marqués, ni del Duque, en lo que dicen. pues, siendo viejos, es razón que teman? ¿Qué famoso Aníbal, qué gran Pompeyo, qué Scipión, qué César. qué Alejandro, para que se le dé de puro miedo la más hermosa prenda que han criado para su honor los soberanos cielos? Caudillos tienes tú, señor invicto. que oscurezcan los Césares romanos y humillen su arrogancia. El uno de ellos sois vos, famoso Conde, en cuyos hombros quiero cargar el peso de esta empresa; salid y acaudillad mi gente toda, que el peligro consiste en la tardanza. Dame a besar tus pies, por merced tanta. Tomad mis brazos. Porque de ellos pueda tomar valor heroico y dicha grande. Cuando faltara Enrique, en quien se emplea este cargo, también hay otros nobles que pudieran salir para castigo de Felisardo, loco y arrogante. Tu Majestad perdone, que la sangre que en mi pecho se esconde, tan honrada de aquellos que la suya derramaron, con tan justa razón en tu servicio, revienta por salir a la venganza. La espada es en la guerra la que mata. j Y o sé decir y hacer! Aquesto baste. Luego os podéis partir. En este punto voy a servirte. Rabio de coraje, Feliciano, y de celos, que la Infanta jamás aparta aquellos dulces ojos del Conde. i Vive Dios. que no lo entiendo! De que tenga este cargo estoy corrido, estoy rabiando y pierdo la paciencia. Nada te está tan bien como su ausencia. Mal que das bien en presencia, bien que mil males ofreces, sol hermoso que amaneces al ocaso de tu ausencia; gloria apenas alcanzada perdida, por ganar penas, Yo rabio de coraje, Feliciano, y de celos, por ver como la Infanta. que las glorias goza apenas un alma tan desdichada. ¡Ay, mi Enrique! ¿Quién creyera ansí la Fortuna avara de tus brazos me pasara a los de la Muerte fiera; ¿Quién creyera que fingías cuando tierno me adorabas? ¡El bien que solicitabas, para dejarle querías! Por seguir, mi vida, a Marte, me dejas sin ella a mí; ¿adónde vas? Vuelve en ti. i A perderte por ganarte! No muevas, mi bien, el labio en ofensa de mi honor. que por ti me manda Amor salga a vengar un agravio: pues desde que de esos cielos tengo dulce posesión. furias en el alma son de Felisardo los celos; y pues con el pensamiento puedo gozarte o quererte. he de vengar en su muerte mi agravio y su atrevimiento! vuelve tus ojos serenos, que su muerte y mi ventura nacieron de su hermosura. De mi desdicha, a lo menos, pues me apartan de tus brazos volviendo mis ojos ríos. Sirvan de darte los míos, dulce bien, tiernos abrazos; y pues es trance forzoso, ten paciencia. ¡Triste suerte! Pero pasaré la muerte por no tenerte celoso. Vete, pues. ¡Divinos ojos! serenad, que no es razón que me cubra el corazón ese nublado de enojos. ¡Ah, mi gloria! ¡Amarga calma! En fin. ¿te vas? Sí. mi bien: si puede partirse quien deja en tus manos el alma. ¿Tú lloras? Sí, y no me impidas que forme de llanto un mar. que harto tengo que llorar si pierdo en una dos vidas, si pierdo el cielo y la gloria de tu divina hermosura. Él te conceda ventura, y Marte fiero vitoria. Pues tanto en todo lo imitas. tus brazos pudieran más Estos bienes que me das son los mismos que me quitas. ¿Quién sino la ausencia fiera romper pudiera estos lazos? ¿Y quién tan dulces abrazos. mi Lucinda. mereciera? Pero el Rey. señora mía, me aguarda. ¡Triste de mí! ¡Adiós, vida que perdí! ¡Adiós. bien del alma mía! Noche lóbrega y obscura. el alma en verte se alegra, pues entre tu sombra negra verá al sol de en hermosura. Mis suspiros se hacen salva, y te ruega mi deseo que encubra tu manto feo la luz hermosa del alba; porque, en pago, el alma mía hará que su hermoso sol te preste el claro arrebol, dando invidia al mismo día. Las doce creo que han dado. y no hay nadie en el balcón ¡qué bien vela el corazón, si le entretiene un cuidado! Reconocer quiero el puesto. por ver si nadie querrá turbar la gloria que está a darme el cielo dispuesto. Con enredo tan extraño gozo, guardando mi honor. fingidas glorias ele amor. que son las suyas engaño. En la Infanta transformada, tengo al Duque de engañar. que mal se puede mudar un alma determinada. pues cuando quién soy supiera en obligación me queda. No hay cosa que impedir pueda mis glorias, ¡oh, noche fiera, para mí la más hermosa que han bordado las estrellas! Pasos siento. ¡Oh, luces bellas, nortes de un alma dichosa!, ¿Cómo amanecéis tan tarde? ¿si es Fabio? ¿si es mi lucero la que siento? Llegar quiero, que no hay amante cobarde. ¿Quién es? ¡Mi suerte alabo! ¿Sois el Duque? Soy, señora, un alma que vive agora; el Duque soy, vuestro esclavo. ¿Sois la Infanta? Sí, mi bien. ¿Quién tan grande le alcanzó? Y pues que no me mató, es bien sobre todo bien. Así como sois vos bella sobre toda la belleza. Será mi naturaleza o fuerza de alguna estrella. Apenas me he despedido de los que me acompañaban y mis glorias limitaban, cuando a mi centro he venido. Pretendo a la Infanta hablar. que si ayer la noche obscura favoreció mi ventura. me dará agora lugar. mas ¿quién está en el balcón: ¿Quién habla a Lucinda? ¡Cielos! Este tormento de celos faltaba a mi corazón! ¿Hay sospecha más liviana? De mí mismo estoy corrido: ¡tal bajeza he presumido de una diosa soberana! mas quiero acercarme un poco. si os adoro, ¿en qué dudáis? Esas glorias que me dais me vuelven, señora, loco. ¿Qué glorias? ¡Mal haya, tanta obscuridad! amén. No os creo, pues negáis a mi deseo, mis ojos, tan dulce bien; y sin feliz posesión, ¿quién puede tener contento? ¿Qué me aprietas, pensamiento: qué me dices, corazón? j Ay, Lucinda! ¿Cómo es eso ? ¿No dijo Lucinda? ¡Cielos, agora sí que de celos rabia el alma! ¡Pierdo el seso! ¿Estoy dormido, o despierto, o sueña mi fantasía? Como no me habléis de <lía, seré vuestra. ¡Y o soy muerto! ¡Ah, falsa! ¿Quién gloria tanta pudo jamás alcanzar, ni quien la pudiera dar, sino vos, divina Infanta ? Guardaré las condiciones que manda vuestro papel. ¡El sello echaste con él a sus infames traiciones. ¿Cúya sois? Del Duque Fabio. ¿Y de Enrique? Celos necios. ¡De su boca estos desprecios, y que no vengue mi agravio! Pues ¿en qué reparo muera? ¿No lo he visto con mis ojos? ¡Verdad es, no son antojos, y ojalá aquesto fuera! Este sí esperé de vos. Y de mi funesto fin. Pues entrad en el jardín. ¡Mataréle, vive Dios! ¡Amargo desengaño, con antojos de celos vi mi daño. Loco estoy, ¡viven los cielos!. que lo vi y estoy dudando si es verdad; pero ¿en qué dudo, si no es el día tan claro? ¡Ah, falsa Lucinda bella, dueño fementido, ingrato! ¿Aquestas son tus firmezas, y son éstos los regalos que al partirme me dijiste, bañada en amargo llanto? ¿Pero quién creyera, j cielos!, de mi Lucinda este trato? ¡Lucinda, cielo, Lucinda, vuestro virginal retrato, aquella. rara hermosura, aquel divino milagro, ésta, pues, amarga suerte, por vuestra ofensa y mi agravio, ¿a otros brazos concede lo que los míos gozaron? ¡Venganza. cielos piadosos! mas ya veo que enlutados miráis la triste tragedia de mi muerte v fin amargo. ¡Ay, Lucinda! si esto han hecho tus pensamientos livianos en media noche de ausencia, ¿qué hicieras en muchos años? ¡Amargo desengaño. con antojos de celos vi mi daño! ¡Yo otra noche tan dichoso, v ésta tan desventurado. nuera en ésta; en la pasada gocé tus divinos brazos! ¡Plega a Dios. yedra lasciva. pues te abrazas con otro árbol, que te marchite su sombra. que a los dos divida el rayo de celos, aunque me quemo, de tu crueldad justo pago; pues ya tus brazos en mí cuerdas son, que me han atado al potro de mi tormento, a cuyo son, loco, canto, verdades de mis desdichas, mentiras de tus engaños. tu mudanza, mi firmeza, mi lealtad, tu pecho falso, mi sencillez. tus embustes, tu condición y mi hado! ¡Plega a Dios, ingrata bella, que al salir el Sol dorado descubra ese Marte hermoso entre tus lascivos brazos! ¡Hállete tu padre en ellos. y, todo junto, el palacio os mire como metidos dentro en la red de Vulcano. ¡Plega a Dios...! Pero ¿qué digo? Ruego al cielo soberano que, mientras gustes, le goces sin temores ni cuidados. Nadie os revele el secreto si lo es él comunicado, y, si es posible, no os vean ni los hombres ni los astros; la obscura noche os encubra. mientras voy, aunque agraviado, mi Lucinda, ¡a defenderte o a morir desesperado! ¡Amargo desengaño; con antojos de celos a mi daño!
JORNADA SEGUNDA
Culpando la inclemencia de los cielos airados y mi suerte en esta larga ausencia, por remedio quisiera el de la muerte; que, ausente de mi cielo. no pide el alma triste otro consuelo. Dulces bienes perdidos causan amargos y presentes males, dan muerte a los sentidos de la ausencia las penas inmortales, que de pasadas glorias son verdugos del alma las memorias. ¡Ay, Conde, dueño mío, luz del alma, que ya en tinieblas llora, cárcel de mi albedrío, que no puede tenerle quien te adora!, ¿cuándo otra vez mis brazos gozarán tus dulcísimos abrazos? ¿Cuándo podré. dichosa, escuchar de tu boca los favores, y en el jardín. gozosa, dar invidia a las fuentes y a las flores que en esta ausencia riego con lágrimas del alma que son fuego? Dichosa suerte mía, benigno cielo, próspera fortuna, venturosa porfía con que subí a los cuernos de la Luna: en tan felice extremo, bienes no envidio ni desdicha temo. ¡Ay, mi Lucinda bella, hermoso y cierto norte de mis ojos; piadosa a mi querella, te goza el alma, que te di en despojos. Mira si glorias medra, pues eras de su tronco dulce yedra; mas ¿no es Lucinda hermosa la que miro? Dichoso yo mil veces, ¡oh, suerte venturosa! , que tanta junta gloria al alma ofreces. Que en ver tu hermoso cielo todo es luz. todo bien, todo consuelo. ¡Ah, quién osara hablarla! Pero ¿quién no osará obedecerla? Que aunque puede adorarla, no puede ni podrá el alma ofenderla, porque su vida propia, así como del Sol natural copia, mándame injustamente que no la hable de día; mas ¿qué espero si la ocasión presente me ofrece su copete? Llegar quiero. ¿Quién está aquí? Señora, quien humilde os respeta y os adora. Temeroso me atrevo, cobarde aspiro a tan heroica empresa; que sólo el paso muevo a lo que me concede esa belleza; y fuera caso injusto las leyes exceder de vuestro gusto. Y aunque mi gloria mengua lo que mandáis con áspera sentencia, pondré un freno a la lengua, para que muda esté en vuestra presencia, porque sólo pretendo... Sabed, Fabio, de mí, que no os entiendo. A vos sí el alma mía os entiende, y en fe de esto os prometo que cese mi porfía en hablaros. Haréis como discreto. si yo lo hubiera sido, antes, señora, hubiera obedecido. Cuerdo se desengaña. Loco me aventuré. ¡Qué necio he sido! ¡Oh, cuánto el gusto engaña a la razón! Habrase arrepentido de sus locos antojos. ¡Ay, mi Lucinda! ¡Ay, Conde de mis ojos! No puede tardar mucho. Hija querida. Padre y señor. Hoy entra victorioso el Conde Enrique. Estoy agradecida a su heroico valor. Y yo, envidioso. Ha sido grande hazaña. Esclarecida. Su nombre con el tuyo hizo famoso; que a la inmortalidad, señor, te llama en el sagrado templo de la Fama. Las cajas he sentido. Aquí aguardamos. ¡Alma dichosa, templa la alegría! Es ley tu gusto, y ésa obedecemos. No celebro la gloria <leste día como merece si no hago extremos. Dichoso yo, dichosa el alma mía (4), pues el contento de Lucinda hermosa es estar libre para ser mi esposa. Dame, excelso señor, tu invicta mano. Alzad, famoso capitán valiente, en la guerra marcial Héctor troyano, así como en la paz Catón prudente. Africano Cipión, César romano, alzad. Este lugar es más decente a mi humildad. Amigo, alzad del suelo. Súbesme a la grandeza de tu cielo. Vuestra Alteza (¡ah, cruel!) este servicio con aceptarle, ensalce y engrandezca. Vuestro valor en él ha dado indicio de que no hay galardón que no merezca, y así, el premiaros tomo por oficio. Temo que mi humildad se desvanezca. ¡La banda azul, cual la de Fabio! ¡Cielos, que siempre llegue a ver rabiosos celos! La batalla contad. Fue de esta suerte, (¡la de mi corazón mejor pudiera!): Formando un escuadrón vistoso y fuerte, en campo raso, junto una ribera, donde [guijas] de plata perlas vierte del claro arroyo el agua placentera, al enemigo hallé, donde aguardaba la batalla, que Febo dilataba. Mandé poner en orden a mi gente; formose en cuadro el escuadrón famoso que miraba al contrario frente a frente, con ánimo invencible y valeroso; pero apenas por el balcón de Oriente sacó su roja frente el Sol hermoso, para ver dende allí nuestra porfía, cuando le hizo temblar la artillería. Revueltos los ejércitos feroces, no sé, excelso señor, cómo contarte las infinitas muertes, tan atroces que enternecieran al sangriento Marte. Aquí crece el temor, allí las voces, y tanto de una como de otra parte con el furor crecieron las heridas, naciendo muertes y muriendo vidas. En esto, en un melado que dejaba en la veloz carrera atrás al viento, y por boca y narices arrojaba, en vez de blanca espuma, humor sangriento con que el hermoso pecho matizaba, vuelto en cólera ciega su contento, a mis ojos se ofrece Felisardo, rey poderoso y capitán gallardo; blandiendo viene la sangrienta espada con pecho airado y mano vengativa; era un bosque de plumas la celada, entre las cuales, por empresa altiva. la pena de Trión lleva pintada, subiendo la gran rueda monte arriba. con un rótulo de oro que decía: "Con mi pena se aumenta mi porfía." Colérico, impaciente y arrogante, a cuantos topa priva de la vida. sin que el acero fuerte, malla o ante a su espada resistan homicida. Quise oponerme a su furor delante, pero los suyos, con infame huida, la esperanza fraudaron de mi gloria. rindiéndonos del todo la vitoria. Con esto y otras dos que ellos perdieron, les echamos de toda Hungría; catorce mil britanos perecieron; hicímosle dejar la artillería; banderas veinte y seis, que noblecieron los despojos que, humilde, el alma mía viene a postrarlos a esos pies reales: dones a tal grandeza desiguales. El premio justo a tal valor prometo. Id, Conde, a descansar, que después quiero despacio hablaros. Corazón inquieto, encubre la alegría. Mi lucero, celos me da tu luz. Estoy sujeto a tu gusto. Sois noble caballero: pues que defender supo mi corona, he de premiar con ella su persona. si de quien soy satisfecho, y a mi humor aficionado, me hiciste por mi provecho de un maltrapillo soldarlo secretario de tu pecho, no me encubras b ocasión, si no es la antigua pasión, de tus celosos enojos, del capote de tus ojos y pena del corazón. ¿Tan triste estás? ¡Ay de mí! ¿Qué tienes. señor? No sé. ¿Qué viste? Mi muerte vi. Ningún cuidado te dé, pues sabes que la vencí; que en la batalla pasada la dejó tan afrentada mi brazo fuerte y feroz, que trocar quiso su hoz por (4) los filos de esta espada. ¡Banda azul el Duque Fabio! ¡Banda azul la Infanta! ¡Cielos! Pasose el mal de que rabio del purgatorio de celos al infierno del agravio. O nunca a la guerra fuera, o ya que fui no volviera, o ya que volví cegara por no ver mi afrenta clara. del alma guerra más fiera. O nunca de aquellos ojos, lunas en hacer mudanzas, gozara bellos despojos, o nunca del ciego engaño, para el alma dulce daño, me sacara la razón. pues menores penas son que sufrir un desengaño. Desengañado y corrido estoy. ¿Qué tengo de hacer, que pierde el alma el sentido? No hay cosa como beber un vaso de agua de olvido, o de Tesalia procura las verbas, y los conjura para que sanes mejor. Es enfermedad amor que con yerbas no se cura, y con agravios y celos es peste del corazón. Quizá, señor, tus recelos son no más que tu opinión. ¡Oh, qué graciosos consuelos! si lo vi, si lo miré, si agora claro se ve en sus bandas y colores, ¿serán necios mis temores, o será firme su fe? ¿No lo tengo de creer, si lo vi con estos ojos? Sí, mas suele acontecer que con celosos antojos ven lo que no puede ser. Mira... De haberlo mirado, amigo, nació mi mal, nació el serlo desdichado este tormento inmortal y este celoso cuidado; nació en mi pecho una furia de los celos y la injuria, hija cruel que atormenta el alma con esta afrenta que más su lealtad injuria. Que estás sin juicio, de amor, me parece. ¿Hay más dolor? j Vete, que viene la Infanta! Esto a Lucinda atribuyo en descuento de mi agravio mas ¿qué haré en desdicha tanta? Callar y fingir, señor. Ten cuidado y ten prudencia, y avisa si alguno viene. ¿Cuándo en sentirte no tiene siempre cuidado Laurencia? si la ingrata y desdeñosa Dafne, a tu dichosa frente, para tenerme celosa, una corona excelente teje de su rama hermosa, yo, que amante Clicie soy y en tal ocasión estoy que puedo verte y gozarte, ¿qué corona podré darte si mis brazos no te doy? Libertador de mi vida para cautivarme el alma, vencedor de una vencida que toda su gloria y palma consiste en estar rendida... Pero ¿qué es esto? ¿Tú estás triste, mi bien? mas ¿querrás darme aquesta pena fiera porque de gozo no muera con los bienes que me das? ¡Ea! Cesen embarazos. ¡Que esto se pueda fingir! Darte quiero mil abrazos; que es muerte fiera el vivir si me privas de tus brazos. j Ay, celos! ¿De qué suspiras? A darme la muerte aspiras por mil modos diferentes; que estos suspiros ardientes y así Clascano concluyo. Que con el clavo de Fabio sacó de su pecho el tuyo que en esto el clavo al amor se parece. Hay más rigor calla que viene la Infanta. balas son que al alma tiras; y en el mar de mi cuidado donde navega mi amor, vientos son que han levantado la borrasca de un temor que aún me ahoga imaginado: temo ¡ay, triste! que me dejas. ¿Es posible que estas quejas salgan de un pecho fingido? mas si lo he visto y oído, ¿para qué, Amor, me aconsejas? ¿Qué te suspende, qué dices? Verdad mis sospechas son, y mis dichas, infelices. ¡Cómo encubre su traición, con qué dorados matices! Yo, señora, estoy de suerte que el bien de gozarte y verte esa divina belleza aumentan más mi tristeza con el miedo de perderte; que como ya el alma alcanza la mayor gloria del suelo y no hay segura privanza... Por esa razón recelo, Enrique, alguna mudanza, pues ninguna como yo tan altas glorias gozó; y aunque es segura verdad, mudarse tu lealtad, pero mi firmeza no. El alma pierdo y sentido si esta razón considero. Su llanto me ha enternecido. ¿Qué pudiera verdadero, si me enloquece fingido? Tú, Enrique, tú te mudaste; ingrato, tú me olvidaste. ¿Qué dulces lotos comiste? ¿Qué encantamientos oíste? ¿Por qué sirenas pasaste? ¿Estas las lágrimas son que al partirte derramabas, falso y fingido Sinón? ¡Para matarme engañabas mi sencillo corazón! Vuelve los ojos, cruel, y mírate dentro de él: verás tu vivo traslado, que el amor te ha retratado con su divino pincel. ¡Triste de mí! ¡Amargo punto! ¡Las rosas vuelve azucenas! ¡Todo el mal me viene junto! ¿Qué es esto, Enrique? ¡Mis penas! Mira su rostro difunto. ¡Id por agua, presto, presto! ¡Aquí Fortuna echó el resto! ¡Señora, señora mía! Tardo y. perezoso día, corre veloz! mas ¿qué es esto? Di, Laurencia. De repente la acaba la muerte fiera con tan terrible accidente. ¡Trae presto, porque no muera, cristal de esa helada fuente! Pues tenedla mientras voy. Las lágrimas que te doy, dulce bien, prenda querida, sirvan de darte la vida cuando yo sin ella estoy. Mas, en tanta desventura gozar tus bellos despojos de día ha sido ventura; pero cerrados tus ojos es el día noche obscura. ¡Ay, mi bien! ¡Ay, fiero mal! ¡Ay. celos! ¡Furia infernal! ¡La Infanta en brazos de Fabio! ¡Dos veces ver un agravio! ¿Quién vio desventura igual? ¡Ay, mi vida! ¿Quién creyera que entre tus brazos la muerte a dármela se atreviera? ¡Que adonde hallé dulce suerte hallase pena tan fiera! Quien esto ve, ¿qué porfía? No quisiera el alma mía apartarse de estos lazos, pues gozar puede tus brazos con esta ocasión de día. ¿Qué escucho? ¡Qué dolor fiero me traspasa el corazón! ¡Rabio, cielos, desespero! Mi engaño dio la ocasión para su amor verdadero. ¡Basta, que lo que fingí hallo verdadero aquí! ¿Posible es que me olvidó? El Amor dice que no, pero mis ojos, que sí. ¡Dulce gloria de mis ojos! ¿Posible es que he merecido gozar tan altos despojos? ¡Cielos, estoy sin sentidos! ¿Es verdad, o son antojos? ¿En qué laberinto estoy? Conmigo luchando voy en este confuso abismo, y tal estoy, que a mí mismo apenas crédito doy. Señora, pues ha trazado el Amor esta ocasión, pues el tiempo nos ha dado tiempo y lugar, y pues son mis ansias vuestro cuidado, si. como en la noche obscura, de ojos nos asegura estar solos y en tal calma, permitid que pueda el alma contemplar tanta hermosura. ¡Agora sí que veré del todo mi desengaño! ¡Cielos! ¿Qué es lo que escuché? Aquí descubre mi engaño: mas yo se lo estorbaré. ¿En brazos del Duque Fabio? ¡Loca estoy! ¡N atable agravio hacéis callando a mi amor! ¡Que en ofensa de mi honor, sin saber, moviese el labio de aquesta suerte! ¡Señora! ¡Oh, Celia, prima querida! ¿Cómo estás ? No ha media hora que pensé perder la vida, y aun estoy muriendo agora. Siento el haberme tardado. ¡Basta, que yo me he quedado con mi mal de corazón! ¡Qué mal logré esta ocasión! ¿Hay hombre tan desdichado? Esta es conserva extremada para tu desmayo. El agua Está aquí. No quiero nada, porque si es mi pecho fragua crecerá mi llama airada. Dichosa ha sido mi suerte, pues con salud vuelvo a verte. ¡Buen modo de remediarme ha sido, Enrique, dejarme en los brazos de la muerte. Da a veces la muerte vida; yo lo sé, pues la deseo. ¡Turbada estoy y corrida! ¡Ah, fugitivo Teseo! ¡Ah, bella ingrata querida! Ven, Celia, que estoy mortal. ¿Quién vio confusión igual ? ¡Oh, vaso! ¡A ser de veneno yo os bebiera, y fuerais bueno para rematar mi mal! ¡Cuán presto pasa un contento; sólo es del bien un asomo: viene con los pies de plomo, vase con alas de viento! ¡Cuán poco dura de amor la dulce y sabrosa calma, si prueba el acedo el alma de su celoso rigor! Del bien del amor gocé, mas tan desdichado fui que apenas su bien perdí cuando sus celos probé. Confieso que me ha dejado celoso Enrique. ¿Qué haré? Pero es ofender la fe de quien sus brazos me ha dado. Perdona, Lucinda mía, si se ofende tu hermosura, que el Amor es calentura, y así, el alma desvaría. Esto es amor. Di fingir. ¿Eso dices? Con verdad. ¿Qué te ofende ? Tu crueldad. ¿Y qué pretendes? Morir. ¿Resuelto estás? En quererte pues tú lo estás en matarme; que así tengo de vengarme, si amarte yo es ofenderte. ¿No te digo, Feliciano, que agradezco tu afición? Como esas palabras son las que lleva el aire vano. ¿De qué sirve que lo digas, si no lo quieres hacer? Pero sirve de querer sólo aumentar mis fatigas. si mi amor te causa pena, yo excusaré darte enojos. Vuelve a mirarte en mis ojos, fingida y dulce sirena. Como me ves tan rendido, me tratas de esta manera. Yo, Feliciano, quisiera verte más agradecido. El Rey, Feliciano. os llama. Luego voy. Leonora mía, aquí da fin mi alegría y empieza a crecer mi llama. Perdóname aquesta ausencia, pues ves que no está en mi mano. Ruego al cielo soberano no te vuelva a mi presencia. ¡Qué finja tener amor a quien me cansa y enfada, y que el alma lastimada tenga yo de otro dolor! ¿Hay enredo más extraño? Pero Celia viene. ¡Amiga! ¡Ay de mí! ¿Qué te fatiga? ¡Ay, Leonera; mucho daño! Pero sabraslo después. Dime ahora, ¿qué has pasado con Feliciano? Cuidado es éste de tu interés. Dile a entender que vencida de los ruegos y amistad de la Infanta. a su lealtad quedaba el alma rendida. La banda al Duque envié, puse a la Infanta las flores, y con bandas y colores nuestro engaño disfracé. Piensa, en fin, Fabio que soy secretaria de Lucinda. ¿Quién habrá que no se rinda a tu ingenio? Pero estoy... ¿Qué te tiene de este modo? No ha dos horas. ¡caso extraño!, que pensé que nuestro engaño se descubriera del todo. ¡Calla, que Enrique está aquí! Y tú contento también. ¿No es galán ? Quiéresle bien. Y tanto, que estoy sin mí. Aunque mi suerte dichosa fue en la pasada vitoria. en contemplar tanta gloria ha sido más venturosa. Pero en tan alta ocasión, si dos soles llego a ver, con razón he de temer la desdicha de Faetón En fin, sois Marte galán. Vos seáis muy bien venido. Hasta agora no lo he sido. ¿si en vos mis bienes están? ¡Buena ocasión! ¡Extremada! si muestro a Leonora amor me vengaré del rigor de la Infanta. Esto me agrada. Pues Yete. Con darle celos bravo picón le daré. si no me quiere, ¿qué haré? Pide favor a los cielos, pues te ofrece su copete esta ocasión. Perdonad, Enrique, mi cortedad, que me aguarda en el retrete la Infanta. Infinito siento que así os vais. Amiga, adiós. Como me deje con yo mis glorias van en aumento. ¿Glorias yo, Enrique? ¡Oh, qué Advertid que soy Leonora. [bien! Y que mi alma os adora habéis de advertir también. ¿Tan presto tanta mudanza? ¿Tan presto os ha parecido? Tenía ya en vuestro olvido sepultada mi esperanza. ¡Nunca pensé que pudiera alcanzar tanto favor! Ni yo jamás que el amor tantos bienes me ofreciera, sonme testigos los cielos que os adoro. ¡Trance fuerte! ¡Iba buscando mi suerte, y tropiezo con mis celos! ¿Hay mujer más desdichada? ¿Hay hombre más desleal ? ¿Quién , dio amor tan inmortal y quién fe tan mal pagada? Los dos hablan, ¡no hay dudar! Celos, ¿en qué me resisto? Pero, pues nadie me ha visto, dende aquí quiero escuchar. Que lo neguéis no es razón. Son ya pasiones pasadas, que en esta guerra. a lanzadas salieron del corazón. ¡Rayos traspasan el mío! i Ah, falso! ¿De qué teméis, si vos, mi vida, tenéis las llaves de mi albedrío? ¿Esta es la melancolía, y son éstos los enojos? Por estos serenos ojos, dulce bien del alma mía, que no tratéis de la Infanta. Trato por si gusto os doy. Sólo, mi bien, vuestro soy. ¿Quién vio jamás maldad tanta? ¡De celos rabio; estoy loca! ¡Trance duro, amarga calma! ¿Cómo me tendrá en el alma quien no me tiene en su boca? ¡Perdida soy! Esto os pido, si queréis que el alma os rinda. Para siempre está Lucinda ya sepultada en mi olvido; ¿queréis más? ¡Qué bien la engaño! Tengo mil justos recelos. ¡De la enfermedad de celos es la muerte el desengaño! ¡Ya llego, no hay que esperar! ¡Aquí pruebo sus dolores! Mas, por dármelos mayores, no los acaba de dar; que aunque es mi pena crecida y su dolor bravo y fuerte, por darme siempre la muerte no rematan con la vida. Pues os vais, dadles licencia a mil ardientes suspiros para que puedan seguiros. ¡Que esto pasa en mi presencia! Porque cuando os olvidéis <leste esclavo tan rendido, del sueño de vuestro olvido a su son os despertéis. A quien despierta el Amor, que es reloj del corazón. en vano será otro son, y vano vuestro temor. Creed que en el alma os llevo, que sin ella me dejáis: también creed... Y si os vais, a acompañaros me atrevo. ¡Amor, celos, desengaño, varia fortuna, mudanzas, imposibles esperanzas, loca razón, ciego engaño! ¡Víboras sois de mi pecho, furias que le atormentáis!, y si con fuego abrasáis, queda en cenizas deshecho. ¿Que me muero? ¡Loca estoy! ¿Qué digo? ¡Triste de mí! Mas, si yo la causa fui. ¡yo misma mi muerte soy! Porque muestres tu alegría, una saya nacarada, de diamantes matizada que presten su luz al día, con que saldrás tan hermosa en este sarao, señora, que des envidia a la aurora, te vengo a vestir, gozosa. A quien tiene negra suerte, negras galas le has de dar; que ha sido mi suerte azar, y si encuentro. el de la muerte, ¡ay. Laurencia! No te entiendo. ¿Qué dices? ¡Que estoy mortal! ¿De qué mal? No sé qué mal; sólo sé que estoy muriendo. No me pidas que publique la ocasión de mis enojos. Serena esos claros ojos, ¡por vida del Conde Enrique! ¡No le nombres; cierra el labio ¿Luego tienes de esto celos? ¡Ay, que le han hecho los cielos instrumento de mi agravio! ¡Enrique, Laurencia mía, Enrique, hechizo del alma. a quien le rendí la palma y el premio de su porfía! ¡Enrique. bien de mi vida, gloria de mi pensamiento, es para el alma tormento, y de mi vida homicida! j Aborrezco hasta su nombre, hasta el alma, vida y trato. que es mudable, falso, ingrato, es cruel. y al fin es hombre! ¿Son celos? Desdichas di, y venturas de Leonora. Pues ¿cómo? Enrique la adora para aborrecerme a mí. ¿Tú lo sabes? Yo lo sé. Pues ¿quién descubrió su engaño? Desde aquí, mi desengaño y su traición escuché: de quererme arrepentido, vi que a Leonora juraba que mi amor, ¡ay, triste!, estaba sepultado ya en su olvido; ¡mira si tengo razón, mira si soy desdichada! ¡Ruego al cielo que una espada le traspase el corazón, y que en su sangre deshecho...! Detén la lengua atrevida, que el alma siente la herida: ¡mira si vive en mi pecho! Pues ¿vengarte no es mejor? Sí; mas quisiera que fuese de suerte que yo sintiese, Laurencia, todo el dolor; que mi estrella me condena a quererle de tal suerte, que me diera fiera muerte su dolor, más que mi pena. si te da celos con celos, venga, señora, tu agravio; pues para esto el Duque Fabio te ofrecen los altos cielos. Finge que le quieres bien. Mal conociste mi fe, que ni fingida podré a Enrique mostrar desdén. Pues no hay remedio mayor, que son los celos acero que de un pecho helado y fiero sacan centellas de amor. ¿y querrame? De esta suerte. ¿Que le cobraré? Sin duda. ¿Sabré fingir? Con mi ayuda. Casi me arrojo a creerte. ¡Muera del dolor que mueres! Pues ven. ¡Buen suceso espera! Para que Enrique me quiera haré cuanto tú quisieres. Contaisme cosas que parecen sueños. ¿De día en vuestros brazos ? Feliciano, digo que entre mis brazos, y de día. la tuve desmayada. y que me dijo mil ternezas. ¡Por Dios, que sois dichoso! Pues por el mismo os juro que aunque veo que llevo sus colores y sus bandas. que ella lleva mis prendas y que escribe cada día mil cartas y papeles que Leonora me envía. y aunque veo que las más noches gozo su hermosura, estos gustos felices y estas glorias enfriaba, por Dios ver que de día no la podía hablar, precepto injusto. mas nada me habéis dicho de Leonora, que la Infanta me dice que ya os quiere. Bien lo puede decir, mas no lo creo. Pues ¿cómo. qué teméis? Que no me engañe. Pues como que os parece. No os engañe. ¿De quién? De Enrique. Y a al sarao salen el Rey, Lucinda. caballeros, damas. ¿Viene Enrique? También. ¡Muero de celos! Vitoria de que Amor ha procedido, que la celebren damas con saraos es, Conde. gran razón. Prospere el cielo nestóreos años tu corona invicta. ¡Que me rinda de noche sus despojos, y que le hable de día no permita! ¡Vive Dios, que me atreva! Mirad, Duque, si son necios mis celos, ¡vive el cielo!, que delante Leonora se arrodilla Enrique. ¿Hay tal maldad? ¡Ah, pecho ingrato! ¿En público, y delante de mis ojos, a los pies de Leonora arrodillado? ¡Haré locuras cielos; vengareme! Con Fabio quiero hablar. ¡Duque! ¡Señora! ¿Su fin han alcanzado mis deseos? No puedo pedir más. ¡Cierta es mi dicha, que podré hablaros, dulces ojos bellos! ¿No os llegáis? Temeroso me atrevía. ¿La Infanta con el Duque? ¡Justos cielos, matadme de una vez, no me deis celos! ¡Ah, fingida Leonora! ¡Infanta ingrata! ¿En un sarao, en público le hablas? ¡Mi corazón se abrasa! No, no. Enrique, no miréis a la Infanta. ¿Tenéis celos de que hable con el Duque? Tenéis gracias vos, a lo menos, que me vuelven loco. Empiécese a danzar, y el Conde Enrique dé principio a la fiesta. Yo obedezco. Dudo de una verdad encarecida. Mi amor, por ser tan grande, es verdadero. ¡Qué risueña que está! ¡Viven los cielos que nada se le Ja que le dé celos! La danza se acabó; vamos, que es tarde. ¡Trasponerse mi sol! ¡Ah, falso Enrique! Vamos, padre y señor. Siento el partirme; pero en el alma vais. Nunca te vean mis ojos ruego a Dios, que un infierno de celos rabio. ¡Vive el alto cielo que he de matar a Fabio! Feliciano. ¿En qué os sirvo? Los dos nos consolemos; que en desdichas v amar somos extremos. Fabio, escuchad. ¿Qué queréis? ¡Mataréle, vive Dios! Solos estamos los dos. Solo y aquí me tenéis. Duque. para ser amigo, muy fingido habéis andado: necio por disimulado. cobarde para enemigo. Y es sobra de atrevimiento a Lucinda pretender; que ninguno ha de tener adonde yo el pensamiento. Yo la adoro, y es razón, puesto que sólo soy yo quien la defendió y compró con sangre del corazón. Enrique, los caballeros nobles no ofenden hablando; las razones, desnudando y envainando los aceros. Y así, si mi lengua airada se moviera en vuestra mengua ( I), cuanto dijere mi lengua hará bueno aquesta espada. ¿Qué es esto? ¡si no llegara! Agradécele tu vida. Turbada estoy y corrida. ¡Tal desvergüenza en mi cara? Agradeced que prenderos no mando. Salíos de aquí. Para respetarte a ti reportamos los aceros, que si no... Vieras tu muerte. Hablas, Enrique, en sagrado. Y también en campo armado hablo, Duque. De esta suerte. Detente. Suelta, señora. ¿Dónde vas, fiero homicida? Voy a quitarle la vida que tú quieres darle agora. No me tengas, que sospecho que más crecerá mi furia si en ti contemplo mi injuria y a Fabio dentro en tu pecho. ¿Qué enredos y qué quimeras son éstas? iras ya te entiendo, que te olvido vas fingiendo para olvidarme de veras. ¿Yo en mi pecho al Duque Fabio. ¡Bien fundaste tu traición! Mejor dirás la razón para vengar este agravio. ¿Tú le hablaste ? si le hablé ¿tú no hablaste con Leonora, a quien ya tu amor adora, el ídolo de tu fe? por quien vivo sepultada en tu olvido? Y no te asombre, que hasta de nombrar mi nombre vi que tu boca se enfada. Y a he descubierto tu engaño, ¡véngueme el cielo de ti! , que con estos ojos vi, por mi mal, mi desengaño. Pienso que para olvidarme solamente me has querido. ¡Ah, cocodrilo fingido, que lloras para matarme! Y yo ¿qué vi con mis ojos y con mis ruanos toqué? ¿Qué es, ¡falsa!, lo que escuché? ¡Verdad es, no son antojos! ¡Ojalá, pues. que mi agravio fuera antojos o recelos; pero ya pasan de celos las posesiones de Fabio. Yo vi... ¿Qué viste, traidor? Eres reina, y yo vasallo; y así, señora, lo callo, por el tuyo y por mi honor. Espera, ¡ay, triste calma! ¡Que siendo la que he sido, ejemplo de lealtad y de firmeza, tras de robarme el alma, ingrato y atrevido atropelle mi honor y mi grandeza! ¡Que recele bajeza de mi constante pecho, mirándole abrasado, y amando desdeñado, el corazón en lágrimas deshecho! ¡Venganza, justos cielos! ¡celos! que esto es traición con máscara de ¡Plegue a Dios, fementido, fingido y falso Eneas, que atraviese tu pecho infame espada que yo no he deservido aunque mi fin deseas, para morir, primero que vengada; y aunque soy desdichada, no ha de faltar un rayo del fuego de mi pecho con que quede deshecho tu corazón en fúnebre desmayo; que vengarán los cielos esta traición con máscara de celos.
JORNADA TERCERA
Lee el papel ¿qué te suspende Ver, amiga, por mi daño, que aunque Amor es todo engaño, de tanto engaño se ofende, lo mismo que me da vida me da triste y fiera muerte. Haralo mayor tu suerte. Mira bien. ¡Que estoy perdida! Deja, Celia, esas quimeras; no atormentes tu memoria. ¡Ay!, que es fingida mi gloria, y mis penas, verdaderas. ¿Has logrado tus deseos, y agora con eso sales? ¿Tú no alcanzaste... ? Mil males. ¡Mira qué ricos trofeos! si te dio mano de esposo Fabio, ¿qué puedes temer?. pues cuando llegue a saber tu engaño, será forzoso cumplirte lo prometido. Animas mi pensamiento; pero el celoso tormento es quien me quita el sentido. Acaba ya de leer el papel. ¡Ay, mi Leonora! Aquí dice que me adora. Yo sé que no puede ser. Tómale tú, por tu vida, que yo no me atrevo a más. En gracioso extremo das. El alma tengo perdida. Y o leo, pues. Dice así. ¿Qué es esto? ¡Suerte cruel! ¿No es Leonora, y no es papel lo que está leyendo? ¡Sí! Pues ya en él mis penas leo, de un ingrato las mudanzas, mis frágiles esperanzas en su blanco, en blanco veo; que esta pena, este cuidado, me declaran que es de Enrique. No sé cómo signifique el contento que me ha dado. ¡Papel, fuego, rayo, infierno, que me abrasas, que me matas! Confieso que para ingratas es hechizo un papel tierno. pues ¿quién podrá resistir a una amorosa razón ? ¿Y quién tendrá corazón que tanto pueda sufrir? ¿Qué más aguardo, qué espero? ¿Cúyo es el papel? Señora, mira que... Suelta, Leonora. ¡Perdida soy, desespero! Advierte... ¿De qué te alteras? ¡Buenos mis enredos van! Cuando fueras su galán, no sé qué hacer más pudieras. Ese es ya mucho rigor. Reina me han hecho los cielos, y así más que un galán celos, tengo celos de su honor. Yo sé qué es celar, y sé que es vana curiosidad. Y en, Leonora. ¿Hay tal maldad? mas yo lo castigaré. Salid vos, tercero astuto, que con melifluas razones rendís fuertes corazones cubriendo el mío de luto. Infanta... ¡Válgame Dios! Y aquí dice Fabio... ¡Cielo!, alguna traición recelo, pues me han dejado los dos. "Infanta, pues fue mi suerte tan alta como dichosa, que en la noche tenebrosa, y será la de mi muerte, con mil amorosos lazos para no temer mudanzas alcanzan mis esperanzas la posesión de tus brazos, si ellos me rinden mil palmas, dulces glorias, tu favor, aunque bastaba el menor para enriquecer mil almas, no permitas... " ¡Que permitan los cielos esta traición! ¡Injustos los cielos son, y ellos el honor me quitan! ¡Loca estoy, triste de mí! Esta es para el escocés, y estotra para el inglés. Su triste viudez sentí, que era la reina Leonida un ángel en carne humana. Esta escribes a su hermana. ¡Ah, Celia! ¡Prima fingida! Toma, y despáchalas luego. Voy a servirte. señor. ¡Que para abrasar mi honor baste de un papel el fuego! ¿Qué enigma de esfinge es esta quitarme la vida? Lucinda, hija querida, ¡tú voces? ¿Tú descompuesta? ¿Nace del papel tu pena? ¿Qué le diré? Muestra a ver. Mira bien... Esto ha de ser, ya esconderle te condena. ¿Qué dudas? Corta es mi dicha. Que soy padre considera; no temas. Nada temiera a no temer mi desdicha; que no teme mi lealtad estos aparentes daños, que tras las nubes de engaños saldrá el sol de la verdad. No des a sospechas vanas crédito tan fácilmente, que desdice, al ser prudente, al conceto de esas canas. ¿Qué es esto. cielo cruel ? ¿Qué es esto, fortuna airada? ¿Afrenta dais tan pesada con tan liviano papel? ¡Ah, falsa! Por disculparme, oye, señor. Es en vano. Sabe que llegó a mi mano solamente... Por matarme. ¡Mira... ¡Ya miré mi agravio! ¿Quién vio desventura tanta? Esto ¿no dice: a la Infanta, y esta firma: el Duque Fabio? Y; qué pudo merecer de tu honor la posesión? ¡Advierte que esto es traición! ¡Advierto que eres mujer! Soy tu hija. Eres liviana. Escúchame. No hay disculpa a tan manifiesta culpa. ¿Por qué es mi suerte inhumana? ¿A cuál hombre jamás ha sucedido tan impensado daño. tal desdicha? ¿Es posible? ¡Mi honor! ¡Mi honor perdido! ¿Qué he de hacer? ¡Vengareme! mas ¿qué importa matar al ofensor siquiera viva la ofensa y mi deshonra? Fabio es noble y tiene de mi sangre algunas venas, que a mi remedio algún remedio ofrece. Fabio, pues ¿cómo tantos días sin verme? En tu servicio el alma emplea las horas y momentos de su vida. Mejor dirás, ¡villano!, en mi honra. Venís a tiempo, Duque, en que deseo hablaros. Tendré a dicha que se ofrezca en qué servirte pueda mi persona. Pues para que acortemos de proemios: yo, Fabio, como veis, estoy ya viejo; mis esperanzas y de todo el reino cifran muy pocos años en Lucinda. Y como ha dado en despreciar los reyes comarcanos, me pone en gran cuidado qué sucesión tendrá mi sangre ilustre, qué rey daré a mis húngaros famosos. Quisiera yo que un Grande de mi reino, virtuoso, valiente, ilustre y claro, llenase mi deseo dando a Hungría felice sucesión y eterna gloria; Y como yo conozco vuestras partes, fío de vuestro ingenio este consejo. Sólo al tuyo, señor excelso, puede rendirse aquel de Sócrates famoso a. quien la antigüedad llama el oráculo, pues lo que ni el de Apolo dar pudiera mejor respuesta, modo tan conforme al provecho común de todo el reino. Quiero entablar mi pretensión dichosa. Reyes puedes hacer. que es virtud grande levantar los humildes hasta el cielo. de tu grandeza, hecho heroico y claro de tu mano suprema y poderosa.; ¡Cómo descubre bien su infame pecho! Cierta es mi dicha. Mi deshonra es cierta. Enrique, Fabio, es noble y virtuoso. ¿Es virtuoso y noble el Conde Enrique? ¿Qué es esto? ¡Cielos! Pues tu sangre iguala a la mejor; y a los heroicos hechos de sus pasados dar envidia pueden los de su fuerte brazo y mano invicta. Tiene el Conde valor. Tiene ventura, y yo de desdichados soy ejemplo. Él se ha turbado: extraña y alta prueba de su delito. ¡Amarga y triste suerte! Luchando estoy con mil dificultades. ¿Qué he de hacer? , que entre dudas muere el alma. ¿Qué respondéis? Señor, que el Conde Enrique es hombre que merece que sus sienes dichosamente ciñan la corona universal del mundo: mas la Infanta, única prenda tuya, en quien los cielos mostraron su poder... Es bien que sea vuestra esposa. Señor. Son vuestras partes Duque, las que pedía mi deseo. Dame a besar tus pies. Tornad mis brazos. Súbesme a la grandeza de tu cielo. Con el ausencia, madre del olvido, tengo de hallar, Clascano, a penas tantas remedio igual. Es pensamiento digno de tu valor y generoso pecho no hay hechizo, no hay mágico que tenga para olvidar virtud como el ausencia; yo fío que en dos horas no te acuerde de ti mismo. Bien dices, que es la Infanta yo mismo, si es el alma que me rige. Dame, señor, tus pies. Amigo Enrique, defensor de mi reino; claro espejo en quien la lealtad misma se mira. Tanta merced, señor, bien me asegura lo que a pedirte vengo. De mi pecho tienes las llaves, pide. Mis vasallos necesitan, señor, de mi presencia, y como yo he seguido tantos años la corte... si pretendes ausentarte, Enrique, no es posible. Eso venía, señor, a suplicarte. Dos razones me obligan a no hacer lo que me pides: la primera es perderte, y la segunda el casamiento de la Infanta. ¡Cielos! ¿Qué es lo que escucho? ¿Que la Infanta casas? Para premiar las partes y servicios del Duque Fabio, sangre propia mía, se la di por, mujer. Goce mil años vuesalencia la prenda más hermosa que ha visto el Sol en cuanto dora y mira; que a tal valor, tal premio le esperaba. Para premiar el vuestro, yo quisiera tener del universo la corona, para rendirla a vuestra frente. Celos el alma abrasan. Vamos; vos, Enrique, tenéis de honrar la corte; no es posible poderos ausentar. Siempre mi vida a tus manos, señor, tienes rendida. Tiempo, Clascano, ha llegado en que la fortuna varia ni puede ser más voltaria ni hacerme más desdichado. Por mudable, viene a ser en mis desdichas tan firme, que ni más puede abatirme ni tengo más que perder. Perdí a Lucinda, perdí la gloria de mi deseo, que en tanta pena me veo por la gloria en que me vi. Perdí aquel sol, la esperanza de gozar su luz serena; pero fue luna, y si llena menguó con tanta mudanza. Perdí mi gusto, mi bien, y todo con tanto exceso, que tras de perder el seso el alma pierdo también. Muero de envidia celosa. Clascano, estoy sin sentido. Que sientas haber perdido un reino es muy justa cosa. Y cuando el Rey intentara casarte a ti con la Infanta, a sentir desdicha tanta con mis ojos te ayudara; pero a risa me provoca ver tu queja o sinrazón, pues te viene esta ocasión, señor, a pedir de boca. No procede de firmeza ese daño, ese rigor, que es la mudanza mayor mudar la naturaleza. Siento ver que me condena a muerte, pues si gusté glorias tantas, sólo fue para darme ahora más pena. Fue echar aceite a mi fuego, y en la noche tenebrosa mostrarme la luz hermosa para dejarme más ciego. i Ay, Lucinda! ¡Bueno estás! ¡Que ansí tengo de perderte! ¡Que en el jardín no he de verte! Del lobo, un pelo, y no más. No sé en qué fundas tu agravio. En que la perdí, y es bella. ¡Alto! Cásate con ella y da que reír a Fabio. Mira qué te está mejor. Quejarme de su mudanza. Eso aumenta tu esperanza. Eso aumenta mi dolor. Mañana te ha de querer si hoy pudo aborrecerte. Es desdichada mi suerte. También la suerte es mujer. En vano son tus consuelos; vanos tus remedios son si está enfermo el corazón de amor, agravios y celos. Ya no los puedo sufrir. Sosiégate y ten cordura. He de hacer... Una locura. Calla, y déjame morir. ¡Plega a Dios, mudable ingrata, que no logres tu esperanza; castigue Amor tu mudanza con el rigor que me mata! ¡Plega a Dios que no le goces, pues para sus enemigos tienen los cielos castigos, lágrimas ven, y oyen voces. Líquidas fuentes puras, espejos de estos álamos sombríos, arroyo que murmuras risueño mis llorados desvaríos; tiernas y hermosas flores, verde jardín, alegres ruiseñores: De mis glorias felices, testigos habéis sido, y de mis bienes; pues ¿cómo en infelices desdichas se han trocado, y en desdenes? mas ¿por qué el colmo os pido, si mudanzas de amor nacen de olvido? ¿Quién en tanto contento temiera esta tristeza, esta mudanza, y que al ligero viento diera Enrique su amor y mi esperanza? Pero ¿qué mucho ha sido, si mudanzas de amor nacen de olvido? El sitio de esta fuente convida a que descansen mis cuidados, y el son de su corriente sueño da a los sentidos fatigados; no tiene ingrato dueño la que sola se rinde al dulce sueño. Verde jardín hermoso, árboles que subiendo a las estrellas el cielo luminoso presumen escalar las cimas bellas. cuyos locos intentos simbolizan soberbios pensamientos. También junté arrogante montes de amor, con que subí a los cielos, pero en el mismo instante llovieron sobre mí rayos de celos, quedando sumergido en el infierno de un ingrato olvido. Furtiva enamorada Que, con dulces arrullos, tus amores de tu amante obligada gozas entre estos árboles y flores. Narcisos de amor locos; pero, con tanto amor. hay cuerdos pocos. Más ardientes deseos, pico más dulce, tierno y regalado. en tan altos empleos gozó mi amor, y de tan alto estado en un punto he caído en el infierno de un ingrato olvido. Quejosa Filomena, testigo y centinela en mi contento, si en la noche serena mis glorias esparciste por el viento, ya tu endechoso canto acompañe mi voz y amargo llanto. Lloremos mis desdichas, lloremos de Lucinda la mudanza, que, perdidas mis dichas, ¿de qué sirve el amor y la esperanza, si nadie la ha tenido en el infierno de un ingrato olvido? En esta fuente clara, de Lucinda gocé los dulces brazos. ¡Cielos! ¿Quién tal pensara? ¡Que a verla me lleváis, inciertos pasos! Pero ¿qué devaneo a los ojos le forma mi deseo? No son, no son antojos, aunque eclipsen la luz serena y pura, y de aquellas mejillas las rosas que parecen maravillas. Exenta de cuidados entregó regalona al sueño leve los miembros delicados, envidia de la pura y blanca nieve, vertiendo por el viento ámbar su boca por el blando aliento. ¡Ay. bello paraíso! ¡Ay, gloria del amor, y quién llegara agora de improviso a gozar los despojos de su cara! ¿Qué es esto, Amor? ¡Teneos, que tengo honor, si vos tenéis deseos! Refrenadles la furia. que dijera mejor naturaleza. Contemplad vuestra injuria; mas diréis que contemplo su belleza; que son los dulces labios locos de amor para olvidar agravios. Allí el Amor me llama; aquí me fuerza honor, y de los celos miro la ardiente llama si allí toda la gloria de los cielos; que si a gozarla llego, vengo a ser mariposa en este fuego. ¿Qué he de hacer, desengaños amargos, pero amigos verdaderos: queréis que huya mis daños dejando estos engaños lisonjeros, aunque el amor replique? Detente, ingrato; escucha, falso Enrique. Siente mi amarga pena, no cierres a mis quejas tus oídos. ¡Ay, hermosa sirena, que encantas dulcemente mis sentidos! ¡Que no hay sera de agravios que resista el hechizo de esos labios! ¿Quién podrá de esta calma apartarse, aumentando sus cuidados, si en ella goza el alma bienes de Amor, mas ya bienes soñados? Que mis hados injustos dan penas ciertas y soñados gustos. Ya que dejas mis brazos, ya que dejas un alma que te adora, por los tiernos abrazos, por los dulces amores de Leonera, te ruego... No me mates, que si apuras mi amor, sube quilates. ¿Quién, prenda de estos ojos, olvidarte podrá? Saben los cielos que si te he dado enojos. rigor ha sido y fuerza de unos celos; que con su ardiente llama crece la de mi amor. que al alma inflama. ¿Yo a Leonora? Ofendido adoro tu rigor y tu hermosura, aunque haya merecido Fabio tan alto bien, tanta ventura; que agravios no son parte para que deje el alma de adorarte. ¿Yo ofenderte, y con Fabio? ¡Haces notable ofensa a mi firmeza; quéjome de este agravio a los cielos! No aumentes tu belleza con los rojos colores, que si vida me dan, matan de amores. Loco estoy. No, no, Enrique; ya conozco tu engaño y tu mudanza. ¿Quieres que signifique la gloria que mi pecho en verte alcanza? mas no podrán razones. Ni amarte como yo mil corazones. ¡Ay, Lucinda querida! ¡Ay, adorado ingrato! Amor lo sabe, que dice que eres vida del alma que te doy, prenda suave. Y así en cambio mis brazos te da mi amor, con mil estrechos lazos . Glorias de mi alma iguales, cielo que el pecho enriqueces, hermoso sol que amaneces a la noche de mis males. Dulces prendas celestiales, que os merezco. miro y toco; de gozo me vuelvo loco. ¿Qué es esto, cielos! ¡Ay. triste! ¿Tan presto te arrepentiste del bien que en sueños me dabas? ¡Pero, en efecto, soñabas, y los sueños, sueños son! ¡Suelta, ingrato! No es razón que ansí permitas que muera. ¡Detente, Dafne ligera! Ligera sí. Dafne no; que a no ser ligera yo no me dieras... Alma y vida te he dado, prenda querida, y a la luz de aquellos ojos mi libertad en despojos humilde rendí. ¡Ah ,traidor! Cese ya tanto rigor. ¡Oye, mira, escucha. advierte! Que son tus brazos mi muerte oigo, advierto, escucho y miro. si a más que a ser tuyo aspiro, que es el mayor bien del alma, que juzga a gloriosa palma rendirse a tanta belleza; si en mí no es naturaleza, lo que en otros elección, que adorar el corazón ese rostro celestial es ya deuda natural debida a tanta hermosura; si pretendo más ventura que la gloria de tus brazos, cuyos dulcísimos lazos han atado mi albedrío; si de otro, mi bien, confío que de tu cielo divino, cuyo velo cristalino engasta dos soles bellos; si de esos rizos cabellos no cuelgan mis esperanzas; si jamás hizo mudanzas ni te ha ofendido jamás mi amor, que ofendiendo estás al tiempo que más te adora; si yo he querido a leonora, y si querido la hubiera, corrido de arrepentido muera a manos de tu olvido, alcánceme tu rigor, ¡que es la desdicha mayor que pueden darme los cielos! ¿Hay en el mundo más celos, o tiene el infierno pena como esta, a que me condena un desengaño a la vista? ¿Qué pecho habrá que resista tantos males, tantos daños? Mira, mi bien. Tus engaños. Mejor dijeras mis penas, aunque están de gloria llenas por tal causa padecidas. Suelta. Quítame mil vidas, y no me quites tus brazos. Harelos antes pedazos. Primero me mataré. ¿Así se paga mi fe? ¿Y así se paga mi amor ? ¡Sabe el cielo mi dolor! ¿Sabe el cielo mi tormento! Detente. Es asir al viento. Mira un pecho que te adora. No quiero ver a Leonora. ¡Muere, pues me matan celos! ¡Oh, maldíganla los cielos, aunque a su sol enamora. A tan justa petición, ¿quién no responderá amén? Y está muy puesto en razón, que pues yo te quiero bien me alcance esta maldición. ¡Falso, traidor, fementido! ¿a tanto amor y a fe tanta esto es haber prometido: Para siempre está la Infanta ya sepultada en mi olvido? ¿Son las pasiones pasadas que en esta guerra, a lanzadas salieron del corazón? Pero ¡ha sido tu traición! ¡Fueron mentiras doradas! Agravios son, no son celos, que los dudosos recelos aun se pudieran sufrir. Oye. ¿Querrasme decir que me maldigan los cielos? Persuadida y adorada me he visto, si desdeñada, y así vuelvo agradecida; cuanto menos ofendida, tanto más enamorada. ¿De qué sirve resistirme, si quiere el alma entregarse, si está cerca de rendirse? ¿Para qué quiere apartarse, si luego ha de arrepentirse? mas ¿qué miro? ¿Hay tal maldad. Lo que te digo es verdad. Y es también, Conde, tormento querer que el entendimiento quiera y no la voluntad. ¡Que nunca dé paso yo que el de· mi muerte no sea! ¿Quién a tanto mal llegó? De mí es justo que lo crea: mas de tu nobleza no. si el amor tiene disculpa de cualquiera loco error, aunque tu lengua me culpa, en cuanto tuve de amor, me quita él mismo de culpa. Celoso, fingí quererte, para ver si de esta suerte pudiera hermosura tanta borrar del alma la infanta, que no ha de poder la muerte. Te busqué por instrumento de mi venganza, agraviado; de unos celos loco intento, que un celoso y desdichado cuanto pretende es tormento. No te quejes ofendida: de mi amor la queja olvida, pues son mayores mis daños si a ti te da desengaños y a mí me quita la vida. Sufre, pues sufro, la muerte, o ejecuta tu rigor en mi pecho; pero advierte que no hay venganza mayor que verme de aquesta suerte. Y advierte... ¿Qué he de advertir? ¿Qué tienes más que decir, ni más penas que me dar? Ya, ni más debo escuchar ni menos puedo sentir. ¡Pedidle albricias al alma ¡De esta gloria, triunfo y palma, alegres y hermosas flores! Ya, pues con tantos dolores el corazón se desalma, y pues fuiste fementido, para olvidarte no pido remedios, que es caso llano que he de hallar en Feliciano todo el río de mi olvido. Yo pido a los altos cielos, porque en desventura tanta basta para mis consuelos, ¡que no goces a la Infanta, que mueras de eternos celos! ¿Celos y agora? ¡Oh. qué bien! Cuando penas me combaten con importuno vaivén, no hayas miedo que me maten: que ya me ha muerto un desdén, si ha despreciado mis brazos, rompiendo amorosos. lazos, Lucinda ingrata y querida. Vuelve agora arrepentida a darte dos mil abrazos. Desde aquí escuché mis glorias los triunfos y vitorias que rindes a mi firmeza. Di, Lucinda, a tu belleza. digna de eternas memorias. Pues mío puedo llamarte. dame tus brazos. Detente. ¿Tan presto quieres vengarte? El honor no lo consiente; si el amor quiere adorarte, si ciego tras sus antojos corazón y alma, en despojos. quiso rendirte a porfía, ya llegas a sangre fría cuando abre el alma los ojos: ya con antojos de celos crece, mirado mi agravio, que contemplan mis recelos en este jardín a Fabio cuando se enlutan los cielos. Paréceme... Cierra el labio, que es hacer notable agravio a tu valor y mi honor si te parece; que amor jamás tuve al Duque Fabio. si la noche que me fui, que te hablaba Fabio oí, si en el jardín le vi entrar, ¿es delito sospechar lo que con mis ojos vi? Enrique, tus celos son; y mucho hubieras perdido conmigo en esta ocasión, más de un papel he sabido que te engañó una traición. Y pues satisfecha estoy de ti, palabra te doy de sacarte de este engaño. mas ¿qué mayor desengaño que ser tuya y ser quien soy? Mayor no lo puede haber si le mido con tu ser; mas lo que vi considero. Es el amor hechicero Ver, Enrique, y no creer. De mil aparentes velos, fantasmas forma a los ojos que el temor sube a los cielos, y este engaño, estos antojos, juzgan por verdad los celos. ¿Viste alguna? Eso sería. Pues, dueño del alma mía, ven esta noche. ¡Ay, honor! Verás quién entra. Mi amor de remedios desconfía. ¿Cómo, si el Rey te ha casado con Fabio, podré venir? El mismo me lo ha contado. Es imposible. Vivir; yo a lo menos. ¡Cielo airado! ¿Por qué encubres desengaños permitiendo a los engaños que con disfraz de verdades atropellen calidades? ¿Qué dices? Siento mis daños. No que el Rey quiera casarme, pero que tú presumieses que a tal pudiera obligarme, eso siento, pues mil veces sabré, primero, matarme. Ha culpado mi lealtad, de dos fingidas mujeres; mas no les temas, pue§ eres quien reina en mi voluntad. ¿Quién te puede a ti ofender? Ven, si lo quieres saber, porque confirmes mejor que es todo engaños amor, y así ver y no creer. Eres cruel. Tú, mudable. ¡Ay. Feliciano! No puedo ya dejar de confesarte... Por esos ojos serenos, que no pases adelante, pues que sabes que me has muerto. ¿Qué es esto, amiga Leonora ? Nunca pensó el alma menos que hallar a los dos aquí. Vienes, Celia a muy buen tiempo. La Infanta viene. ¡Ay de mí! Vamos, Feliciano, luego, que. aunque por puntos la tope, tengo por azar su encuentro. Déjame, Laurencia, sola. Sólo tu gusto obedezco. Señora: Prima querida. ¿Cómo estás? Traigo un contento que revienta por los ojos porque no cabe en el pecho. ¿De tu gusto la ocasión saber, señora, no puedo? Es de un casamiento, Celia. ¿Casamiento? Casamiento. ¿Cásate tú? Yo me caso. Por muchos años y buenos. Muchos no sé si serán; buenos, yo te lo prometo; porque casarse, y con gusto, no han hecho tal bien los cielos. Pues ¿quién pudo merecerte? Celia, un Grande de mi reino. ¿Será Enrique? No es Enrique. Pues nadie en tu pensamiento tuvo jamás tanta parte. Alguna desdicha temo. Que a Enrique quise y me quiso yo, prima, te lo confieso; mas nunca aspiró este amor a más que entretenimiento. Sirviome públicamente, mas otro causó el incendio de mi pecho, que el amor arde mejor en secreto. ¿No viste penar a Fabio? ¿No me viste a mí riendo de sus continuas pasiones y encarecidos extremos? Y viéndome un hielo entonces ¡quién pensara que era el tiempo en que se abrasaba el alma en la fragua de mi pecho! En secreto padecía sin declarárselo, viendo que era la luz de dos ojos, porque fuera caso feo, siendo mi prima, quitarte tu bien para darte celos. Tú escribiste aquel papel, Celia, no sé con qué intento; llegó a manos de mi padre, que, viendo mi honor deshecho, sin que disculpas bastaran ordenó este casamiento. Y o, pues, viéndome obligada a mi honor y amor, ardiendo en su punto mis pasiones, imposible tu remedio, dije que seré su esposa; y así, vine a darte luego los brazos, el alma y vida por la traición que me has hecho. ¿Que casas con Fabio? Digo que a medida del deseo son sus prendas. ¿Quieres más ? ¿Qué más desdichas espero, si mi honor corre a tu cuenta. si son dorados los yerros, disculpadas las traiciones que por el amor se han hecho ? si cuando casan los reyes hacen mercedes, no puedo dejar de alcanzar, señora, ésta que te estoy pidiendo. Fabio, ¡dueño de mi vida!, el que puso por el suelo el alcázar de mi amor con balas de pensamientos, a tu belleza rendido, ingrato a mi amor atento, que heladas ingratitudes encienden de amor el fuego, con ellos pudo obligarme a que atrevida, fingiendo que eras tú, pues te adoraba. lograse yo mis deseos. Una noche, en fin, tan noche que pudo su manto negro servir de nube al engaño y al alma de triste agüero, entre unos mirtos floridos, adonde un manso arroyuelo, murmuraba bullicioso nuestros engaños riendo, con este Fabio que nombras en el jardín le rindieron mi ciego amor y mis brazos mil amorosos trofeos, y esta noche concertamos que volviese al mismo puesto. Mira, pues... No digas más, que ya sé todo el enredo; ya tu traición he sabido y tus engaños, que hicieron que el sentido se engañase que yerra y se engaña menos. Y o quisiera remediarlo, Celia, pero ¿cómo puedo, si el Rey ha visto en la carta que es Fabio de mi honor dueño? si se engañaron sus ojos. un desengaño tracemos que tu honor limpio restaure y se desengañen ellos. ¿Harás lo que te dijere? Seré tu esclava a lo menos. Pues haz que acuda esta noche, y lo demás trataremos. Adórote, noche obscura, con quien el alma se alegra; que aspira en tu sombra negra al blanco de su ventura. ¡Oh. qué tierno corazón que tienes! No soy cruel; si es verdad lo del papel, ¿no está clara la traición? Y cuando verdad no fuera, ¿qué pierdo yo en ir allá? Del todo tu amor está rendido. mas considera que si tu alma porfía en no creer lo que ve, que ha menester mucha fe, y yo mayor cortesía. Dame el coleto, Clascano, que ya se enlutan los cielos. ¡Gracias a Dios que tus celos se han acabado. Es muy llano. ¿Nunca se engañan los ojos? Muchas veces y lo fundo, pues cuanto Yes en el mundo son embelecos y antojos. Y mira... No más, Clascano: ya lo vi, las burlas deja. Pues nadie, señor, se queja, no me detengas la mano. Dame, Fulgencio, la espada. Es tiesa, pero ligera. La negra me das, espera. ¿Cuál quieres, pues? La dorada. Cubridme de galas y oro; muestre el alma su contento. Retratas tu pensamiento. Y él retrata el bien que adoro. En las plumas hay diamante que vale dos mil ducados. Di que te los den contados. La fama tus hechos cante. ¿Qué hora es? Las once son. Pues dame el broquel, que es tarde. ¿Iremos? No. Quédense. Dios te guarde ¡Lindo lebrón! Estos arroyos y plantas, árboles y flores bellas, son los testigos, Leonora, de mis glorias y mis penas. Aquí gocé bienes dulces, mas temo que no se vuelva en rejalgar el almíbar, tanto contento en tristeza. ¡Poco duran los engaños, que no hay en el mundo fuerza como la de la verdad! Deja, Celia esas quimeras. ¡Ay. Leonora! Aunque la Infanta es mi prima y me prometa que restaurará mi honor, que confíe y que no tema, temo, y tema mi desdicha, porque no quiero que sepa de la suerte que ha de ser. ¡Gran duda! ¡Terrible prueba! Sólo me dijo que hiciese que Fabio, esta noche mesma. viniese al puesto en que estoy. Luego ¿vendrá? Aquí le espera el alma: mas fingir tengo la Infanta. De esa manera proseguirás el engaño. ¡Claro está! No sé si aciertas. ¿Qué he de hacer, si estoy perdida? Y así pues mi compañera fuiste en todo, aquí te traigo para consolarme. Espera. ¿Qué sientes? Siento ruido. Temo que el Duque no sea. Pues yo me voy. Vete: amiga. ¿Dónde estarás? A la puerta. ¡Cielo benigno!, a mi suerte haz ojos de las estrellas para contemplar mis dichas, por ver mis glorias inmensas. Pero, invidioso, mirando de Lucinda la belleza, se ha puesto negro rebozo, no han osado salir ellas. ¿Es el Duque? ¡Bella Infanta, hermosa y divina prenda!, de una alma que os ha alcanzado, Yo temo. Terrible prueba. Solo me dijo la Infanta que a Fabio esta noche negra trujese al puesto en que estoy. Luego ¡vendrá! Aquí le espera el alma y fingir intento ser la Infanta amiga. puesto que mil no os merezcan. el Duque soy, vuestro esclavo, quien a tantas glorias llega, que pues no me vuelven loco, no debo de conocerlas; mas con lo que alcanza el alma sé que sois... Fabio, muy vuestra. Con sol, quería decir. Mirad que estamos a ciegas. Pues permitid que mis ojos os vean; dadles licencia, pues me ha dado el Rey palabra que seréis mía. Quisiera poder decir el contento, mi bien, que me da esa nueva; mas en tales ocasiones quien menos habla es la lengua. Ya lo supe de mi padre antes, y así, donde quiera licencia os doy que me habléis. Dejad que bese la tierra que pisan tan bellas plantas. No permitáis que se ofendan mis brazos. Lazos serán con que atéis alma tan vuestra. Vamos tras de aquellas murtas, que tengo que daros cuenta de infinitas cosas. Vamos. mi bien. No sé si lo crea. ¿Caíste? No ha sido nada; sólo me quebré una pierna y un brazo, que las costillas creo que quedan enteras. No será tanto, borracho; míralo bien; no lo creas. Basta, que por mis desdichas volvimos a nuestro tema. Habla paso. ¿Cómo paso ? Pues, si embrazo Ja rodela y empuño Ja del perrillo, ¿qué importará que nos sientan? En este puesto me dijo que aguardando me estuviera ¡Plantas hermosas, besasteis las suyas bellas, visteis sus alegres soles entre esta triste tiniebla! ¡Decidlo, arroyos parleros, dad al alma alegres nuevas! ¡Ay, amigo, no está aquí! ¿Qué he de hacer ? ¡Cosa que sea que te haya dado mamola! ¡Oh, maldiga Dios tu lengua! Mira, pues, en qué pararon las lágrimas y las quejas. ¡Esto sí quisiera yo que vieras y no creyeras! Vente tras mí hasta Ja fuente del mármol, que es la postrera del jardín. ¡Qué fe que tienes! Sin duda que allí me espera. ¿Quedarás desengañado? ¡Cielos! ¿Qué desdicha es ésta? ¡Yo haré un castigo que iguale su maldad y su insolencia! Con el enojo, señor, te olvidas de la promesa; palabra de perdonarles me diste. Pues cumplirela, que no hay cosa que me pidas, Infanta, que no conceda. a tu honor agradecido, obligado de tus prendas. ¡Qué ruido! ¿si es el Duque? Oíd. ¿Qué voces son éstas? Áspid que para matarme te escondiste entre la yerba. ¡hoy has de morir! ¡Ay, triste! ¡Suéltame, señora! ¡Muera! ¡Qué ruido ¿si es el Duque este? ¿Qué cuchilladas son éstas? ¡Déjame, falsa enemiga; déjame, ingrata, que muera. pues me matan desengaños y averiguadas sospechas! ¡Hoy ha de acabar, Enrique, a mis manos tu soberbia! ¿Qué es esto ? ¡Ténganse todos! ¿Qué locura, o desvergüenza, es la que intentáis los dos? Señor... ¿Qué desdicha es ésta? ¡El Rey viene con la Infanta! ¡Oh, mal hayan mis sospechas, que a tal punto me han traído! Pero ¿quién no lo creyera si lo viera como yo? ¿Qué es esto, enemiga Celia? ¿no eres la Infanta? No soy, sino la misma firmeza. ¿Qué respondéis? Yo, señor, vi que escalaba la huerta un hombre, salté tras él, hallele hablando con Celia; fue fuerza reñir los dos, hallásteme en la pendencia; si en esto yo te ofendí, aquí tienes mi cabeza. Para disculpar mis culpas, la lengua de Amor quisiera. Yo sé todo lo que pasa. tus enredos y quimeras: dale de esposa la mano a Fabio. Señor, espera. ¡No hay qué esperar l ¿Que la Infanta?... Es espejo de limpieza; si te engañaron, ¿qué quieres? No es razón que engaños puedan hacer que atrás tu palabra... ¡Cortarete la cabeza! si es tu gusto. no replico; vuestro soy. Y yo muy vuestra. Tú, Enrique. dale la mano a la Infanta, que es la prenda con que premio tus hazañas. Es hecho de tu grandeza; tu mano pido corrido. En amorosas quimeras, ver, Enrique, y no creer. Sólo creo tu firmeza. Duque, guarda tu cabeza. Yo soy vuestra. si es tu gusto no replico vuestro soy. A Feliciano y Leonora casaré, con tu licencia. Dense las manos los dos. ¡Ah, lacayo infausto! ¡Espera, pues no te valdrán los pies contra mis manos horrendas! ¡Clascano! Señor. ¿Qué es esto ? ¡Aquí es ello, aquí me queman! ¿Quién es éste? Mi criado, que aún le queda la pendencia en los cascos. Pues ¿no hay nada para mí? Aquí está Laurencia, que te espera con los brazos abiertos. ¡Oh, ninfa bella! Y aquí tienes un Roldán loco por tanta belleza. Y de ver y no creer da fin también la comedia.
