Texto digital

Texto digital de Ventura y atrevimiento

Metadatos de la obra

Atribución tradicional
Lope de Vega Carpio
Atribución estilometría
Lope de Vega Carpio Segura
Género
Comedia
Procedencia
El texto procede de la edición de Obras de Lope de Vega. RAE. Nueva edición.

Aviso

Puede incluir errores u omisiones. Si dispones de una edición mejor, te agradecemos que contactes con nosotros para incorporar actualizaciones.

Licencia

Este contenido se ofrece bajo la licencia Creative Commons CC BY-NC 4.0. Reutilización permitida con cita; usos comerciales no permitidos.

Licencia Creative Commons CC BY-NC 4.0

Cita sugerida

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Ventura y atrevimiento. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/ventura-y-atrevimiento.

Logo BICUVE

VENTURA Y ATREVIMIENTO

Amor es necesidad, carece de toda ley. Ya sé que le pintan rey del alma y la libertad; resistir la voluntad puede a todo su rigor, si tiene el dueño valor; que no admite! el señorío del cielo del albedrío las impresiones de Amor. ¿Fáltame valor a mí? ¿Cómo le puede faltar a Vuestra Alteza, ni estar sujeto? Libre nací; mas si porque ya te di. Violante, mi voluntad sujetó mi libertad la fuerza de tu hermosura. ¿qué resistencia segura podrá hacer la libertad? La razón de que te vales más tu ingratitud advierte. No hay cosa que Amor acierte mejor que prendas iguales. Antes porque desiguales suele concertar Amor, es tan grande su valor; ni eres tú mi desigual, que quien me trata tan mal ya tiene imperio mayor. El reino de la belleza es celestial luz, del cielo sucesión; luego es el suelo más alta naturaleza. Permítame Vuestra Alteza licencia, que Enrique viene. Quien tanta en desprecio tiene, mejor es que me la dé. El Rey te ha visto, y se fue; con Violante se- entretiene. ¡Basta!, que soy sospechoso para Su Alteza por ti. Lo que sabe el Rey de mí fue siempre a mi honor forzoso; no ha llegado a estar celoso, que aún no sabe que te quiero. De tan noble caballero, aunque su sangre, no creas, Violante, que celos veas; y cuando hubiera nacido tu igual, fuera injusto olvido el (jue en sus prendas empleas; por no tener elección digna de vuestra belleza, o es común naturaleza poner en vuestra opinión los hombres sin perfección; aborreces quien merece amor, y a quien no te ofrece tan agradecido el gusto muestras amor. Mi disgusto tu sola arrogancia crece. Eres hombre de la guerra: no hay quien amores aplique para las armas, Enrique: gran valor tu pecho encierra. bien sé que el cielo no yerra, mas no sé cómo reparte esto de Venus y Marte su celestial influencia. pues en tanta diferencia con Amor términos parte. ¿Qué caballero naciera con tantas obligaciones que con tan bajas razones a una mujer respondiera? Que imperfección considera tu arrogancia, Enrique, en mí por dejar a un rey por ti. y rey de tanto valor. Violante, menos rigor: perdona, si te ofendí. ¿Cuál hombre ha dicho a mujer que quiere a quien no le quiere? Espera, escucha. ¿Que espere? Ya, ni esperar, ni querer: y advierte que puede ser que troquemos pensamientos; si te ofenden sus intentos. ¿por qué alabas mi elección. amando, como es razón. del Rey los merecimientos? Justamente; ha castigado Violante tu desamor. ¡Oh, qué mal haces, señor. en vivir tan confiado! Del agravio y la mujer nació la primer venganza. Ramiro, si no me alcanza. ¿qué tengo yo que temer? Pues ¿no quitares a Violante? Si me la has visto escribir, ha sido para encubrir otro amor, más arrogante: y aunque a su merecimiento debo yo satisfacción, vuela a más alta región mi atrevido pensamiento; ha muchos días que estoy tan loco, que en este engaño hallo deleite a mi daño y alegre a la muerte voy: tan altamente ha subido al cielo mi atrevimiento, que en mi propio entendimiento muchas veces me lie perdido: y aunque no puedo creer verme en tan alto lugar, tal vez me quiero hallar para volverme a perder. ¿No has visto una mariposa dando tornos a una vela, que por abrasar [se] anhela en aquella luz hermosa, y después de muchas vueltas, con ansias enamoradas, deja las alas pintadas en sus cenizas revueltas? Pues de esa suerte a la llama de una hermosura divina mi amor secreto camina, sin que se sepa mi dama. Admirables mariposas tiene Amor, mas es error presumir que por amor sigue sus rayos hermosos; que no es amor que sostiene cuando abrasarse porfía, sino pensar que es el día y a salir por ellos viene. Pero ¿no podré saber quién es la luz de quien eres mariposa? Si no infieres mi amor, de dejarme arder donde la muerte deseo, poco entendimiento alcanzas. Si fuesen tus esperanzas dignas de tan alto empleo que te ha de! costar la vida, osaré decir, señor, que fue la Infanta Leonor la luz que mira atrevida; y si esto, Enrique, es ansí, no permita tu humildad presumir que es claridad lo que es fuego para ti; que eres pobre caballero, aunque con algún jirón de su sangre, y no es razón que se quiera un escudero hacer Faetón del Sol. Ya no puedo, aunque quisiera, volverme atrás, que me espera difunto el mar español; y ansí, quiero que presumas que sólo tendré sosiego cubriendo mi loco fuego blanco sepulcro de espumas. ¡Dichoso aquel pensamiento que halló su abrasado abismo en el centro del Sol mismo, qué no en la región del viento! Máteme, pues me enloquece; no me dé vida Violante. Resolución semejante todo consejo aborrece. Ya que el Rey te levantaba, por servicios de la guerra, de la tierra, que aun la tierra parece que te faltaba; ya que fiaba de ti tantas materias de Estado, por hombre marcial, que ha dado tan buena cuenta de sí; ya que Navarra tenía de ti tal satisfacción que la furia de Aragón con tu valor resistía, ¿sales con tal desatino como querer a Leonor? Siendo secreto mi amor, ¿qué ofende al valor divino de Leonor, aunque sea hermana del Rey? Pues lo ha de saber quien me viere padecer, y no otra persona humana, ¿diraslo tú? No. señor. Ni yo tampoco, Ramiro; que ha dos años que suspiro por este imposible amor, y tú, siempre presumido que es por Violante. Es ansí. Pues déjame estar a mí. por quien quisiere, perdido. ¡Gran señor! Tengo un cuidado que me importa tratar contigo a solas que anda tal vez el mar de un alto estado, creciente de aguas y soberbias olas. Aquí, señor, me tienes obligado a tu servicio. En estas cartas solas estriba cuanta pena tener puedo. En confianza, de Efestión excedo. Francia. Castilla y Portugal me escriben pidiéndome a Leonor, que Aragón quiere; todos de su valor seguros viven, y cada cual sus méritos refiere; ya parece que alegres se aperciben, de su grandeza la razón se infiere; mas, aunque fueran méritos mayores. ¿cómo puedo tener cuatro Leonores? Pienso que me podrá tu entendimiento aconsejar mejor en pena tanta; bien sé que de los cuatro el pensamiento nació de la hermosura de la Infanta, todos tienen igual merecimiento, y que ninguno al otro se adelanta; la razón del Estado solamente se ha de mirar en la ocasión presente. (¡A quién pudiera suceder. ¡ah, cielos mayor desdicha? Pero ¿qué he perdido? ¿Era mía Leonor? Pues ¿qué recelos pueden quitarme el bien que no he tenido? Aconsejad mi muerte, injustos celos; vos, desdichado cuanto bien nacido amor, decid al Rey, para mi muerte, quien mereció a Leonor.) .Señor, advierte... Si lo has pensado bien, dime a quién puedo, de todos cuatro, dar mi hermana amada. Aunque era justo, en parecer tan nueve. señor, más tiempo, el de Aragón me agrada; por más vecino, su elección apruebo. y porque a entrambos la desnuda espada cubra oliva pacífica, dejando la guerra antigua, y la amistad firmando. De la parte que más se le avecina, siempre recibe el corazón más daño; don Pedro hacerte guerra determina. más fácil de temer que reino extraño, y por la parte que Aragón confina por Navarra nos muestra el desengaño el daño recebido. Bien quisiera que tu consejo ejecución tuviera, que con Francia y Castilla no he tenido disgusto, y Portugal está muy lejos; mas, siendo el del Aragón aborrecido de Leonor, son inútiles consejos. Si la hubieran las paces persuadido y ver pudiera como en dos espejos el provecho y el daño, estoy seguro que honrara ya de Zaragoza el muro. Es imposible, Enrique; ya tú sabes que lo que las mujeres aprehenden cerrando el alma con eternas llaves a todo el mundo, bárbaras defienden. Si ella escuchara las razones graves que tu valor y el bien público ofenden, yo sé que fuerza la verdad le hiciera y que su entendimiento se rindiera. Persuádela tú, si estás. Enrique, tan cierto de rendir su entendimiento; que si haces que al de Aragón se aplique, yo premiaré tu vitorioso intento. Si quieres tú que yo se lo suplique, será el premio servirte. Voy contento. con la esperanza sola que me has dado. Y yo de que me dejas tu cuidado. Esperanza por nacer. ¿de quién os podéis quejar? Lo que no pude ganar, ¿cómo lo puedo perder? Si nunca tuvisteis ser, ¿de qué podéis presumir que os han quitado el vivir? ¿Quién, esperanza, os mató? Que lo que nunca nació es imposible morir. ¿Sabe Leonor que le amáis? No lo sabe, ni es posible; pues si era el premio imposible, ¿de qué desdicha os quejáis? Si no nacéis, ¿qué esperáis? ¿Qué queréis, si nunca fuisteis? ( ¿Respondéis que en mí vivisteis? Pues sufrid estas mudanzas, que si hay limbo de esperanzas, allá iréis, pues no nacisteis. Nunca tuve atrevimiento, y vos lo tenéis conmigo: digno sois de gran castigo: mas no sois cuerpo, sois viento. ¡Ay, cielos!, mi muerte intento, que voy a hablar a Leonor, teniéndola tanto amor, para que quiera su igual: pues ¿a quién seré leal, si a mí mismo soy traidor? Yo ¿qué esperanza tenía? Ninguna, aunque quiero bien sin remedio; pues ¿a quién puede ofender mi osadía? Si nunca Leonor fue mía. ¿qué fortuna, qué mudanza de que se case me alcanza? ¿Qué espero, ni desespero, si fue mi amor el primero que nació sin esperanza? ¿Que Enrique me quiere hablar? ¿A qué causa, a o qué efeto? Para serviros, señora, licencia de hablaros tengo. ¿Qué me queréis? ¡Quién pudiera responderos lo que os quiero! Mucho os quiero, pues me envía Su Alteza (¡qué mal comienzo!) a deciros, gran señora, que admitáis en vuestro pecho de los cuatro que os pretenden, o acetéis el casamiento del señor rey de Aragón, y que replicando en esto solicite que entendáis las causas que le movieron. Esto, sin prólogo, ha sido lo que os quiero. Mas no entiendo que lo que os quiero sabéis. Bien entiendo su deseo. De las guerras de Aragón dice que soy causa, y puedo asegurarte que el Rey puede hallar mejores medios; que no está bien a su honor rendirse con flaco esfuerzo a la porfía de un hombre que tanto pesar le ha hecho. Yo no tengo inclinación a don Pedro, que don Pedro tiene fama de hombre airado, áspero, fuerte y soberbio; y no he de ser general de su ejército, ni espero fama y laurel por la guerra. Soy una mujer que intento acertar en una cosa donde, si por dicha yerro, ese día fue mi muerte. De tan raro entendimiento es tan justa prevención. Tengo tan cerca el suceso de doña Blanca, que estoy el mismo rigor temiendo. No seréis tan desdichada; que vuestros merecimientos correrán mejor fortuna. Yo tengo, Enrique, el ejemplo. Cierto que considerando, señora, en casos como éstos que no se le da a los ojos parte, siendo los primeros que han de juzgar en el gusto, por gran desdicha lo tengo llegar a la ejecución el casarse desde lejos. Vase ya perdiendo el uso de casarse con sus deudos las señoras de Navarra, y así muchas casas vemos sin valor, como la mía: que pudiera el Rey. sospecho. daros conocido esposo: pues pienso que soy tan bueno, que con mis pobres lugares y vuestra dote, no creo que lo pasáramos mal. ¿Qué es esto, Enrique, qué es esto? ¿Habéis perdido el juicio? Días ha que no le tengo, por vuestra hermosura y gracia. Rompió el Amor el silencio, forzado de la ocasión, porque ha dos años que muero en la luz de vuestros ojos abrasado y satisfecho. Habló Amor, señora, en mí; que le pintan niño y ciego. y nunca fue discreción fiar de niños secretos. Dije lo que no pensaba; pensé que ya estaba muerto. y no temí más castigo que mi propio atrevimiento. ¡Qué lágrimas me debéis, qué suspiros! ¡Basta, necio! Sí; mas no me negaréis que ha sido el amor discreto. ¿Hay semejante locura? Bien decís, señora: hablemos del casamiento. Ya digo que no me agrada don Pedro. ¡Ay, Dios! ¿Si os agradará...? ¿Otra locura? No pienso que sabéis que habláis conmigo. La boca pongo en el suelo, y os pido perdón mil veces, con palabra y juramento) de no hablar más en mi amor. Mirad que no es de hombres cuerdos En tantas desigualdades tan grandes atrevimientos. Persuadid a don García que el de Francia tan opuesto está como el de Aragón a los confines del reino, y que, finalmente, yo al de Aragón no apetezco. Persuadíos vos, señora, a que os adoro y os pierdo y me ha de costar la vida. Enrique, ¿y el juramento? ¿Qué pleito homenaje os hice, y más si inclinada os veo a Francia, con que me dais celos? ¿Qué lenguaje es celos? Direos mil desatinos. Y yo los haré tan presto, que os haré quitar la vida. Ya vuestros ojos lo han hecho. Mirad que no puede ser un hombre dos veces muerto si no es que vuelve a vivir: pero pues yo fui tan necio que os dije mi loco amor después de tanto silencio, no me hagáis matar, que yo a destierro me condeno de vuestra vista, en castigo. Dadme la mano, que quiero irme a Aragón a servir, dejando al hermano vuestro. al rey don Pedro, que es justo, para no morir de celos, servir al que aborrecéis, para que juntos estemos, ¡Dios os haga venturosa! ¿Hay tan notable suceso? La mano lleva en los ojos tan valiente caballero. ¡Lloró de amor! Gran pasión debe de ser, pues que ha hecho tan cobarde a un hombre en quien toda su defensa ha puesto Navarra, y el Rey envía para que me dé consejo. Aunque no sé qué es amor. le perdono, presumiendo la necedad a que obliga, que, si no, tengo por cierto que se lo dijera al Rey. Él se parte. Bien ha hecho. Viva en Aragón, y sirva un loco a un hombre soberbio. Entrando en este punto a ver a Vuestra Alteza, Leonor bella, con el color difunto, Enrique de Navarra me atropella y, luego detenido, despierta del dolor, cobra el sentido. Pregúntele qué tiene. Dice que al Rey le cansan sus servicios, que a los indignos viene a dar sin causa honor, cargos y oficios, y que él, desesperado, parte a Aragón, quejoso y mal premiado. En tales ocasiones, rompen, Leonor, la cárcel los secretos; hablan los corazones, y siguen a la causa los efetos; que no hay silencio humano para dolor que se resiste en vano. Yo adoro a Enrique; advierte que moriré; por él al Rey suplica, darás vida a mi muerte, le mande detener, y si replica tú misma se lo manda. ; Qué quiere Amor, que con terceros anda? Las partes generosas de Enrique en guerra y paz, la gallardía, las hazañas famosas obligaran a amar, señora mía, las piedras y las fieras. ¿Tan presto. Amor, te vales de terceras? El Rey un deudo pierde que no le tiene igual la corte: un hombre que cuando del se acuerde, llorará la memoria de su nombre. De golpe se entra. ¡ay, cielos!, pues busca Amor la puerta de los celos. ¿Qué vasallo en la guerra le ha servido como él? ¿Por quién segura hoy tiene el Rey su tierra? ¿Hallará tales hombres por ventura? ¿No escuchas mis razones? ¡Basta!, que Amor se vale de invenciones. Violante, estoy diciendo que amor es gran pasión; y de la tuya también me estoy riendo; que no le importa al Rey que Enrique huya de su servicio agora. A mí me importa, si no al Rey, señora. Este bien te suplico. Vete, que viene el Rey. Voy confiada. Amor, yo no replico; digo que quiero amar si soy amada; mas no me entréis por celos. que todo el fuego cubriréis de hielo. O ya le habrá persuadido, o estaré desengañado. ¡Oh, hermana! ¡Señor! ¿Ha estado Enrique con vos? Ya es ido a Aragón. ¿Cómo a Aragón?; Va por albricias acaso de que con su rey os caso? No casáis, que no es razón. Él se va por mal premiado, no porque vos me casáis; y pues que sabéis que estáis de Enrique tan obligado, detenedle, que no es justo que así le dejéis partir y a otro rey vaya a servir tal hombre con tal disgusto. ¿Quién tenéis en paz y guerra como Enrique? ¿A quién debéis el sosiego que tenéis? ¿Quién defiende vuestra tierra como Enrique? ¿Quién ha honrado vuestra Corte? Su valor. ¿No es justo el premio, señor? Si Enrique no está premiado no tengo la culpa yo, que ya la ocasión espero, pues como buen caballero en guerra y paz me sirvió. Pero ¿él no os dijo nada acerca del casamiento de Aragón? Dijo, y su intento Volvió atrás viéndome airada. Más debe de haber aquí de lo que dice Leonor. El Rey sospecha mi amor, y sólo hay celos en mí. Pues ¿cómo sin más licencia se va Enrique así a servir a otro rey, y tú al partir intercedes sin prudencia porque le mande volver? No te cause confusión, qué no fue por mi ocasión. La ocasión quiero saber. Violante ha venido aquí, y llorando su partida, me ha pedido que te pida que le detengas por mí. Prometile, que es razón, hacerle merced. Sí haré. Pues esta que sabes fue la ocasión. Justa ocasión. ¿Que amaba a Enrique la cruel Violante? No en vano despreciaba el amor mío; que si una vez le rinde el albedrío, ¿qué amor contra el Amor será bastante? Labra un diamante fino a otro diamante. Yo, amante, en vano deshacer porfío amante que se funda en desvarío, ¡pues perdido el amor, será constante! Amaba tu hermosura en confianza de mi valor; tú en parte diferente con Enrique me quitas la esperanza. Pero si cuando al Sol se ve al Poniente cubre todas las cosas de mudanza, mudarase Violante, Enrique ausente. Aquí pienso que ha de estar. Con el Rey he dado. Espera. Aquí, señor, o acá fuera? Llega; bien puedes llegar. Yo te he visto, y no me engaño, con Enrique. Sirvo a Enrique, porque la guerra me aplique de mi valor desengaño. Imitarás su valor. En su casa me he criado. ; Eres su deudo? No he dado en presumido, señor. Mas dicen que una mañana, abriendo su noble puerta, me hallaron en una espuerta, como perro, envuelto en lana. y si contraen los padrinos parentesco, bien podrán los que en tales coches van en casa de sus vecinos. Una nave que el mar pasa, ¿no toma el puerto que acierta? Pues mi nave fue la espuerta, que tomó puerto en su casa. El marido de mi madre Ramiro tuvo por nombre; mas, como era tan buen hombre, nunca quiso ser mi padre. Y así, por hacerle tiro, muchos, viéndole venir, luego daban en decir... ¿Qué os paráis? Topa, Ramiro. ¡Buen humor! Así nací. Sin duda, su deudo eres, y disimularlo quieres. Como te digo salí, porque cierto cuatro picos destos de sol, fa, mi, re dicen algunos que fue autor de mis villancicos. Que pudiendo yo servir de bufete de nogal, como si fuera cristal, me obligan a traslucir. Sin duda que tú serías algo de su sangre y casa. Como eso en el mundo pasa, que por eso hay hijos pías que salen con sus remiendos. ¿Hidalgo, en fin, te engendró? Si la espuerta no mintió, padres tuve reverendos. ¿Pero qué importa a Tu Alteza mi nacimiento? Ramiro, con diversos ojos miro tu buena naturaleza. Querría yo hablar contigo cosas secretas. Señor, de hombres, de poco valor que no os fieis mucho os digo. Mi bajeza os lo asegura; que, pues detrás de! una puerta me hallaron en una espuerta, debía de ser basura. Tu buen gusto me ha obligado, y pues, por desconfiarme, quieres, Ramiro, engañarme, yo me doy por engañado. Oye y calla, y ten firmeza después de oír y callar. ¿Podreme yo pasear al lado de Vuestra Alteza? Podrás. Pues va de paseo. ¿Cómo anda Enrique estos días con Violante? ¿Eso querías? Saber sus cosas deseo. Algún principio de amor te debe de dar cuidado. Curiosidad me ha obligado; que esto no ofende al valor. Ni al amor, señor, tampoco; que Hércules fue también hombre; que hoy nos espanta su nombre, y estuvo de amores loco. Ni puede ser de provecho, ni tenerse por honrado quien no ha sido enamorado y alguna copla no ha hecho. Ramiro, Los que las hacen son locos. No son, señor, muy de cuerdos; unos dicen que son cuerdos, otros dicen que son locos. En fin, ¿tú quieres...? No sé. En vuestra facilidad conozco la voluntad. Ya te he dicho lo que fue. Amores deshacen sueños, porque sin estos pesares, nunca están familiares los grandes con los pequeños. Hablará el enamorado con el perro de su dama: todo lo intenta quien ama por aliviar su cuidado. Mil amantes moscateles dan músicas soberanas a cántaros en ventanas y a macetas de claveles. Toda la noche en sarao estuvo un galán cortés con un gato, que después le respondió marramao. Una vez me enamoré de un dómine caniquí; a verla de noche fui, y a mi parecer la hablé. Sentí gente en el balcón, y era que habían cerrado y, por descuido, quedado un mono como un lechón. Comencele a requebrar; pensé que me ceceaba; trepo la reja, y buscaba para hablarla lugar. Llegamos a estar parejos, y yo, alargando el hocico, la boca a la suya aplico, entre barbas y pellejos. El, encajando en mis labios esto que llaman envés, tal me perfumó, que un mes me quedaron los resabios. En fin, yo comienzo en ti a sufrir ya como amante. ¿Quiérele mucho Violante a tu señor? Señor, sí. ¿Escríbele? Cada día; mas yo os prometo, señor. que si ella le tiene amor, más que le abrasa, le enfría. ; Cómo? No la puede ver. ¿A Violante? Hay ocasión. Qué ocasión? Cierta afición de una principal mujer. ¿Cuál puede ser que no pueda ser criada de Violante? Habláis como noble amante; mas permitid que la exceda. ¿Y habla con ella? No puede, qué en sangre y valor le excede. Ya conozco su valor . iHola! ¡Señor! El Rey llama. Ramiro, vete, y después me verás. Beso tus pies. ¡Buen agravio, hermana y dama! Mal hablé, lengua; que en ti está tanto bien o mal. Castigo merezco igual. En fin, hombre bajo fui; que puesto donde autorice su villano nacimiento, con el desvanecimiento no sabe lo que sé dice. ¿Qué manda Vuestra Alteza? Dadme luego recado de escribir. ¡Ya determinan, celos, contrarios del común sosiego, a ejecutar las cosas qué imaginan. ¡Con qué temor a despedirme llego! Bien dicen que los que aman desatinan. Mas ¿cómo puede amarse sin locura tan alta perfección, tanta hermosura? Señor. ¡Oh, Enrique! Habiendo imaginado que en ciertas pretensiones de tu gusto, sin ser en un átomo culpado ni haber dado ocasión, te doy disgusto, a partirme a Aragón determinado, Me pareció, señor, que no era justo me fuese sin licencia tuya, y creo que ha sido hablarte al alma y al deseo. No quiera el cielo que un pequeño indicio de deslealtad de mí Navarra entienda, habiendo sido en guerra y paz mi oficio serviros con la sangre y con la hacienda. Nobles quedan, señor, en tu servicio; cualquiera que el ejército pretenda te servirá mejor, aunque sospecho que sabes hasta el alma de mi pecho. Supuesto que no sea por su culpa, no le aconsejo que en el reino quede; que es difícil con reyes la disculpa. De mis palabras ya Tu Alteza infiere la causa que me anima y que me culpa de aqueste atrevimiento, con que intento dejar mi casa y propio nacimiento. Nunca la patria fue menos ingrata. Historias viven hoy de Roma y Grecia; mas lo que aquí la natural maltrata, tal vez la tierra extraña estima y precia. El alma en mis palabras se retrata; que la verdad retóricas desprecia. Dame, señor, los pies y tu licencia, que yo sé que te sirvo con mi ausencia. Enrique, el pagar y oír servicios por justas leyes, es condición de los reyes, no hacer por fuerza servir. Si te parece vivir en Aragón, no hay razón para vencer tu opinión; que es tanta tu libertad, que en tu misma voluntad siempre estás en Aragón. Y yo, por lo menos, hallo, pues tiene premio el servir, que un rey puede despedir, no despedirse el vasallo. Las demás cosas que callo, y tú entiendes, en efeto, no te han hecho más discreto; que dar un hombre a entender que su rey le ha menester, ya fue perderle el respeto. El más fuerte, el más sutil, no hace falta al rey ninguno, porque donde falta uno están aguardando mil. Cualquiera secreto vil de lo que has imaginado te culpa y te ha engañado, y quien adquiere la culpa, se da sin tiempo disculpa y muestra que está culpado.; ¿Vas a tratar lo que sabes con Aragón, y a Aragón te vas sin darme razón de cosas que son tan graves? Vete, pues, para que alabes la tierra ajena, pues fuiste tan soberbio que perdiste, con la propia, al Rey y a ti; que ni me haces falta a mí ni a la tierra que naciste. Caballeros, sin razón se va Su Alteza enojado. ¿Qué causa el Rey os ha dado para que os vais a Aragón? Cosas que yo entiendo son. ¡Adiós, patria!, que algún día verás si yo te servía; que un vasallo como yo no se va porque ofendió, mas porque ofender quería. Cuando el natural amor a amar al Rey no obligara, hoy, don Nuño, me forzara haber visto su valor. ¡Con qué discreto rigor castigó su atrevimiento! Que no le prendiese siento. ¿No ves que fuera estimarle? Mostró el Rey en despreciarle su divino entendimiento. Cosa grave e importante debe de ser la ocasión. Celos de Violante son, pues ama el Rey a Violante cuanto ella a Enrique. Es bastante la ocasión. Vamos a ver si el Rey ha escrito. En mujer hará mudanza la ausencia, pues faltando su presencia al Rey tiene de querer. Ramiro, no puedo más. Pésame, ya que te ausentas, que camines con disgusto. Llevo una mortal tristeza. Si es de amor, ¿por qué razón? ¿Tuviste tú lo que dejas? ¿Fue tuyo jamás? Confieso que nace de amor mi pena. Mas las palabras de un rey aún parecen que me suenan hasta agora en los oídos. Cuentan que un sabio de Grecia hizo un libro de venenos, y después de varias yerbas, conficiones y animales, basiliscos y otras fieras, puso palabras de Rey. Bien hizo, porque con ellas se da más violenta muerte. ¿Cómo dan muerte violenta siendo los reyes hermosos y de condición tan tierna? ¿No matan los rayos? Sí. Pues en el cielo se engendran. ¡Mira si es hermoso el cielo! No dirás cosa como ésta si la estudias dos mil años. ¡Oh!, qué contentos que quedan, Ramiro, mis enemigos. ¡Lo que dirán en tu ausencia! Allí quedan capitanes que dirán que tus empresas fueron siempre de cobarde. No creas que el Rey lo crea, que tiene ingenio divino. ¡Ah, señor!, poco aprovecha cuando hay quien informe mal. Gente parece que suena... ¡Y aun por Dios que es invención! ¿Cómo? Con máscaras negras vienen todos. No lo entiendo; pero lo que fuere, sea. Por aquí dicen que van. Saca la espada, que llegan. ¡Muera Enrique! ¡Muera Enrique! Si lo manda Leonor, sea. No sea, ¡cuerpo de tal!, que la vida siempre es buena. Si sabéis quién soy, villanos. ¿para qué decís que muera? ¡Muerto soy! Sigue, Ramiro; esos cobardes, y entiendan que ya Enrique de Navarra comienza a hacerles ofensa. Mas ¿qué digo? ¿Estoy en mí? ¡Oh, cuánto el ánimo altera la defensa natural! Pero también es bajeza que mande Leonor matarme porque yo le adore y quiera; mas no fue por adorarla, que mi arrogancia y soberbia le dio ocasión; justamente me manda matar. Ya quedan dos muertos y dos heridos a curarse las cabezas. ¿Conociste a alguno? Y cómo A don Nuño de la Cueva, a quien por ver si tenía dinero en la faldriquera metí la mano, y hallé aquesta cédula. Muestra. "Don Nuño , en viendo este papel saldréis con alguna gente al camino de Aragón, y no volváis a Pamplona sin dar la muerte a don Enrique de Navarra. El Rey." Bien haya el día. Ramiro. que naciste norabuena en mi casa. No me honres. Dios me ayude con mi espuerta. Pesábame que Leonor de suerte me aborreciera que me mandaba matar. Huélgome, en fin, de que sea el Rey, pues voy a servir al de Aragón. Gente suena. ¿Tenemos otra invención? Si van lejos, no pretenda Leonor que me ha de matar el mal paso de una bestia por donde las melecinas. que ¡vive Dios, que me vuelva! ¿No es Belardo este escudero? El mismo.; Qué furia es ésa, Belardo? ¡Oh, famoso Enrique! Echarme a esos pies quisiera a no venir tan fajado. Ya los brazos os esperan. Un demonio de un rocín más largo que una cuaresma, más flaco que galgo enfermo, más gruñidor que una deuda, silla de costillas vivas, tan mal hablado en ausencia que mata más que un dotor, me ha traído en busca vuestra con un papel de la Infanta, como si éste el tiempo fuera que andaban los escuderos y las damas por las selvas. ¿Qué decís? Que le leáis, y que me deis la respuesta y otro rocín, si tenéis, que hasta Pamplona me vuelva. porque si en aqueste voy. él me mata o me despeña. "Enrique; Yo he quedado con tanto sentimiento de vuestra ausencia, y de ser la causa de ella, que os suplico volváis a Pamplona, donde me holgaré mucho de volveros a ver. La Infanta. ¿Hay semejante fortuna? ¡Que mi atrevimiento sea tan dichoso y desdichado!; Cómo es posible que vuelva, si el Rey me manda matar? ¡Qué cosa tan indiscreta fue el partirme de Navarra y el pedir al Rey licencia! ; Qué habéis traído, Belardo, que hace el Conde mil quimeras? Soy desgraciado en papeles. y para ser estafeta no estaba desaminado. ; Ahora bien; volver es fuerza! Pero ¿cómo puede ser? Mejor es que me entretenga algún tiempo en Aragón, y que disfrazado vuelva a ver a ¡Ah, cielos! ; Cuánto va que por la pena no ha de prestarme el rocín? Haced, amorosas letras, estampa el alma, que ya los labios serán la imprenta. Tomad, amigo Belardo, por el porte esta cadena, y perdonad, que estoy pobre. El no dar fuera pobreza. ¡Milagro es que me den algo! Vamos, que en aquella venta responderé. Quede, digo parta. ¿Cómo? ¿Sin respuesta? La cadena digo. Bien; mas no quiero yo que sea, aunque se vaya a Aragón, puerto seco de mi hacienda. Pues digo que ha de partir. Partirele la cabeza. ¿Qué es eso? Estoyle diciendo que parta, y no quiere. Deja que escriba al alma que adoro las lágrimas de mi ausencia. Es extremada la traza: que luego que un pensamiento agrada al entendimiento, con la voluntad le abraza. Esta cadena me dio aquel noble caballero, que quitarme su escudero diestramente pretendió; que no fue pequeña hazaña el sacarla de su Argel. Yo he leído el papel. No hay mejor hombre en España. Lo que habéis de hacer, Belardo, es callar, como discreto. Bien sabe el mismo secreto de la suerte que le guardo. No pone un rico avariento más llaves a su tesoro. Pues haced cuenta que es oro mi amoroso pensamiento, y que yo le guardo en vos. Descansad, y me veréis después. Que os crie sabéis. Dios os guarde. Guárdeos Dios El Conde me avisa aquí el modo que ha de tener para que me vuelva a ver fiando su vida en mí. Pero de mi amor arguya, si en mi lealtad la confía, que cuando me va la mía sabré volver por la suya. No he sabido encareceros el gusto de veros vivo. Ni yo puedo el que recibo, gran señor, del bien de veros. Basta, Leonor, que vivió Nuño entre tantas heridas. Porque tuviese dos vidas con que os sirva a los dos yo. Sea, Nuño, para bien que por muerto os han tenido. Quedé en la campaña herido, y lo fue don Luis también; aunque, con poca amistad, me desamparó y dejó. Él dice que muerto os vio. No sé si dice verdad, aunque estuve sin sentido, y así pudieron sin él, señor, sacarme el papel, por donde Enrique ha sabido vuestro intento. Al fin, llegué a una aldea, donde he estado, y entre villanos hallado lo que en un noble no hallé. ¿Qué tan mal lo hizo con vos? Lo que os he dicho es verdad. Mal trato. Falsa amistad. ¡Que así os tratase a los dos Enrique, y tan libremente se metiese en Aragón! Yo vengaré su traición antes que mayor la intente. Él me ha de dar luego a Enrique aunque rompamos las paces. Pídesele al rey; bien haces; mas temo que te replique que vive en su protección y que a su sagrado viene. No importa. Dármele tiene, o he de ir por él a Aragón. Quien tuvo tan mal respeto merece tanto rigor. ¿Luego ya sabes, Leonor, lo que en público y secreto pasó Enrique con Violante? Ella fue causa, ¡ay de mí!, de que yo tratase aquí desatino semejante.; Qué dices? Que he recebido una carta de Aragón, en que a su rey, con traición, le ha dicho Enrique y fingido que me das a Portugal, en desprecio de su honor, y el rey, con justo furor, le nombró por general de la guerra que comienza. ¿Por general contra mí? ¿Dónde está la carta? Aquí; pero porque no te venza la razón a mayor furia, no será bien que la leas. ¡Qué poco, Leonor, deseas la venganza de mi injuria. Que cualquiera letra fuera un veneno contra el Conde. ¿Desta manera responde? ¿Quién sino Enrique pudiera a la sangre que es traidora contra su patria y su rey tomar las armas? Si es ley justa que yo tome agora la espada en satisfacción del agravio recebido, licencia, señor, te pido para entrar en Aragón. Yo os sacaré los soldados que prevenidos tenías, y verás en pocos días dos traidores castigados. Hazme este justo favor. Honrar a Nuño te toca, pues la razón te provoca. A mí me toca, Leonor. No viniendo el rey, ¿por qué has de ir contra tu vasallo? Bien dices; a castigarlo vaya Nuño. Pues yo iré, y tú verás qué venganza hago en el Conde traidor. ¡Ay, Nuño!, que sea mayor que tu propia confianza. La que tu pecho desea verás en menos espacio. Mendo. a la puerta de Palacio, el Conde Enrique se apea. Creciendo en toda la gente la común admiración, ignorando la ocasión, dicen atrevidamente que le enviaste a llamar. ¡Yo a llamar! ¿Dónde ha nacido un hombre tan atrevido? ¡Hoy, Nuño, le has de matar! Impedía tu presencia el no prevenir la espada; mas ya está determinada su muerte, con tu licencia. Temblando estoy que no la traza de Enrique bien [salga y que la muerte le den, sin que la suerte le valga esta vez su atrevimiento. Ya el Conde a la puerta está. ¿Qué haré, Leonor? ¿Entrará? Para un acto tan sangriento, no es bien que yo esté delante; mas, ya que delante estoy, de parecer, Nuño, soy que escucharle es importante; porque a ninguno hizo daño escuchar al enemigo, que en pie se queda el castigo y en su fuerza el desengaño. Causa tendrá, y bien fundada, tan notable atrevimiento. Rey, Es prudente advertimiento; detén, don Nuño, la espada. Dame los pies, y escucha, si enojado te tiene, gran señor, mi atrevimiento, la causa porque intento venir a verte, estando tan airado; de mí mal informado... ¿Huyes, señor? ¡Desdicha en sangre noble! ¿Por dicha pensarás que es trato doble el venir desta suerte? Pues, señor, el peligro de la muerte que me amenaza ya tu injusta ira, ¿no me pudiera detener? ¡Pues mira cómo no me detiene! Luego trata verdad quien sólo viene solicitado de mi amor a darte de lo que importa parte a tu real servicio, que no es de mi lealtad pequeño indicio. ¿Aún no volvéis la cara? Señor, ¡basta! Adiós, que no contrasta la injuria; adiós, me vuelvo. ¡Oh, siempre amparo generoso mío! Oídme vos, que a daros me resuelvo cuenta de mi lealtad. Es desvarío; que, callando mi hermano, buscas piedad en vano. Hoy tengo de pedirle que te quite la vida. Tal crueldad no se permite donde hay tanta inocencia, que no volviera a verte si pensara que en ti piedad no hallara. Muestra, ilustre Leonor, en tu clemencia lo que me has prometido; que no hubiera venido si presumiera engaño en tu nobleza. Ten, Enrique, firmeza en lo que está tratado, que yo te quiero ya como mi dueño. Pues oye tú, señora, mi cuidado, y verás que te adoro. El Rey está enojado; pero dime qué fue tu pensamiento. Oye, ilustre Leonor; oye mi intento, pues el Rey, mi señor, está con ira. Di, que te escucha, aunque no te mira. Con licencia de García, mi propio rey y señor de Pamplona de Navarra partí, señora, a Aragón; pocas leguas de la raya, en los olmos a quien dio hojas un arroyo humilde, y ellos sombra, ardiendo el sol, un escuadrón de embozados para matarme salió; mal dije, si con el miedo me pareció un escuadrón. Defendime, que es derecho divino y humano, y yo quedé como disculpada, de mi fortuna deudor; en llegando a Zaragoza di a su rey admiración con mi venida y mis quejas, porque sabe bien quién soy; hállele de tantas lleno, que para poder mejor resistir a sus razones apenas hallé razón. Dice que el Rey le ha quebrado la palabra, y que en rigor debiera desafiarle, y que habéis hecho los dos contra las firmadas paces cosa digna de quien sois: él, en quebrar la palabra, y tú, en no estimar su amor. Solicité el persuadirle, pero no me aprovechó; que no hay razón que presida adonde reina el furor; fue de manera el que tuvo, que, como a este tiempo vio un retrato tuyo, a quien daba un dosel guarnición, con la espada hizo pedazos, más que prudente, feroz, tela, dosel, lienzo y silla, y en su rostro se vengó: sacrilegio que debiera castigar el cielo, autor de tu divina hermosura, si celos desprecios son. Formó un ejército luego. con tal furor, que tembló al eco de sus trompetas, por Jaca, el francés león; cubriose el Coso de gente, las banderas de color entoldaban las ventanas, fiesta del aire veloz. El más humilde soldado coronaba el morrión de plumas y guarnecí a de oro el acero español. en las cumbres de Moncayo retumbaba el claro son de las cajas, y volvía su nieve en agua el temor; nombrome por general. pero apenas me nombró cuando me vi como arroyo que puso el cierzo en prisión; consultando en mi lealtad. la sangre me respondió: "Contra tu Rey y tu patria Enrique, serás traidor, pues si en Aragón te quedas, al Rey diciendo de no, te ha de tener por espía o por hombre sin valor; irte a Castilla a servir a su rey es discreción, que si vuelves a Navarra será el peligro mayor". Respondí: "Máteme el Rey, y sepa el mundo que voy a morir por ser leal y que mi amor me mató. Con esto, cuando al ocaso iba el padre de Faetón. y la temerosa noche llamaba al sueño, sin voz: cuando reinaban las sombras, que huyeron su resplandor, salgo, de Ramiro solo, de quien satisfecho estoy, con tal silencio, que apenas si el caballo lo sintió, lastimó su planta herrada a la más humilde flor, de suerte que las arenas aun no darán relación, por donde estaban mojadas, de que por allí pasó. Con esto vengo a morir, ilustrísima Leonor, a los pies del Rey airado. con siniestra relación. No pido perdón, que sólo vengo a volver por mi honor: porque donde no hay ofensa no se ha de pedir perdón. Pues el Rey, Enrique, ha oído el memorial que le has dado y no responde, enojado, notable tu culpa ha sido. Sí respondo, persuadido que el Conde trata verdad, pues ha sido más lealtad el venir por no ofenderme que fue el irse por tenerme poco amor y voluntad: si le llevó presunción. Leonor, humildad le vuelve. pues a cumplir se resuelve con su justa obligación: yo le concedo perdón por mi parte, pues si fuera desleal, tomar pudiera las armas que el rey le dio; pues si pudo y las dejo, con fe obliga, y premio espera. Resta que tú se le des. pues yo estoy desengañado; que de Nuño, aunque agraviado, haré las paces después. Esta la respuesta es De este memorial. Leonor; no lo mires con rigor, antes su amor favorece, que pues mi perdón merece, bien merece tu favor. ¡Señor, aquí me tenéis para que me deis castigo! De nuevo a servir me obligo las mercedes que me hacéis; no me iré. si no queréis. eternamente a Aragón. Mi hermano te dio perdón. que yo no te perdonara. ¡Ay. Enrique, quién pensara tal dicha en tal ocasión! No se pudo imaginar menos de su pecho noble. Fuera. Enrique, trato doble. no venirte a disculpar. No pude yo imaginar para venir, otra cosa más justa ni más forzosa. Levántate, que ya tienes mi gracia, Enrique, pues vienes con alma tan amorosa. Quiero estar agradecida, pues el Rey me lo ha mandado. Partime desconfiado. Fue muy necia tu partida. Vos, señora. sois mi vida. Y yo vivo ya por ti. Nuño, no hay venganza aquí; el Conde se defendió. Si tu perdón mereció, ¿qué agravio ha quedado en mí? Esta noche, por la puerta del jardín te quiero hablar. Hoy la mano le has de dar de amistad segura y cierta; pero quiero que se advierta que, debajo de amistad, has dé saber si es verdad que quiere a Violante bella: no encubra el venir por ella con disfrazada lealtad; sigue sus pasos, secreto, de noche. Tú me verás hecho un lince. Y tú tendrás el premio que te prometo.; Iré al jardín, en efeto? ¡Conde! Señor. Dad la mano a Nuño. A todo me allano por vuestro gusto. Venid conmigo. De mí os servid. Por la mano. Conde, os gano. Sola deseaba hallarte. Pues. Violante, ¿qué me quieres? Presumo que ya lo infieres de mi temor, sin hablarte. Será la venida parte, de Enrique, a tratar de asiento tu casamiento. Eso intento. que el ver que por mí ha venido me ha obligado, aunque he tenido de su ausencia sentimiento. Está en tus manos hacer que sin el Rey esto sea, porque lo que el Rey desea, señora, no puede ser. [ver, (Si a Enrique he de hablar y de alguien tengo de fiarme. ¿Quién mejor podrá guiarme que Violante, si la engaño? ¡Y será suceso extraño querer casarse y casarme!) Dices bien, Violante; hoy quiero hablar al Conde; no des lugar al Rey. A tus pies pido esta merced, y espero que me has de casar primero que el Rey sepa nuestro intento. Trataré su casamiento de Enrique; tú lo verás.; Quieres más? No quiero más. Diciendo verdades, miento. Para atreverte a esta puerta, muy temprano me parece. El que se tarda, Ramiro, no ha de decir que se atreve. Mejor fuera asegurar al Rey. No fuera atreverme asegurarme de nada; la Infanta me favorece: yo pienso que mi ventura, como es mujer, también tiene un poco de aquel planeta que a Marte adoró valiente. Ahora bien, tú te confías en tus venturas. Detente, que en el balcón hacen señas. Señora, Enrique parece. Pues apártate, no escuches. Siendo fuerza obedecerte, aquí me retiro, ¡Ay, Dios, quién lo oyera! Di que llegue. ¿Quién es? Yo, señora mía, si permites que me acerque al sol de tus bellos ojos, que pueden hacerme fénix. ¡Luciose mi fingimiento! Fue la invención excelente. Con ella, señora, pude venir atrevido a verte: mas, dime, ¿de qué nació gustar de favorecerme, después de tantos desprecios? Amor, que por hijos tiene los celos, trocaron nombre, si amor de celos procede: Violante me dio la causa, pues por verla yo quererte tuve envidia, imaginando, Enrique, lo que mereces. No la has de ver ni hablar más. Si la hablara, que me dejes por vil caballero. ¡Ay, Dios! ¿Oyes, señora? ¿Qué quieres? ¿Qué dice Enrique de mí? Que hará por ti lo que debe a tu valor. ¡Dios te guarde, que tanto me favoreces! Retírate. Ya me aparto. Conde, esta necia pretende casarse con vos. ¿Y vos qué decís? Que no lo sueñe. ¿Qué dice agora, señora? Que, como yo lo concierte. en todo ha de hacer mi gusto. ¡El cielo tu vida aumente! Basta, que Violante, Enrique, los engaños me agradece. No es poco bien en amor. Si esto es bien, tendrá mil bienes. Vos habéis de aborrecerla. Desde agora la aborrecen todos mis cinco sentidos. ¿Qué dice el Conde? Que puedes estar segura. ¿De qué? De aborrecerte y quererme. Este es Enrique. ¡Todo va perdido! Temí los rayos cuando vi los truenos. El Rey es éste. ¡Ay, Dios, qué gran ruido! Treinta soldados, de pistolas llenos, ocupan el terrero y el sonido me parece de ciento, poco menos; muera el Conde por ángeles sin alas; denme a mi calenturas, y no balas. ¡Gran gente es ésta! ¿Qué he de hacer, señora? ¿Quién sabe como vos lo que conviene? Dejar el puesto me conviene agora. Enrique huyó; ¡mirad qué valor tiene! Señora, ¿qué es aquesto? El Conde agora. Violante, que por ti de Aragón viene, ¡valiente general su rey hacia! ¡quién pensara jamás tal cobardía! apenas vio a la gente en el terrero cuando de miedo huyó. ¿De miedo el Conde? Así lo pienso, y temerosa infiero que mal a lo que debe corresponde. (Sale Enrique otra vez, solo No cumple con la ley de caballero quien, pudiendo morir, la vida esconde; ya vuelvo arrepentido, que no es tarde; que no hay respeto para ser cobarde. Ceñir quiero la espada y pasearme, fingiendo que ahora llego; ¡buen intento! Mendo. Huyó de suerte que no quise cansarme y se cansara de seguirle el viento, según llevaba el vuelo. Es muy ligero el miedo de la muerte. Señora, Enrique es éste. ¡Qué contento me ha dado su venida! No fue temor el miedo de su huida, sino guardar respeto con prudencia a mi honor y su secreto. Oye, ¿quién es este hombre que en el terrero a lo galán pasea? Agora quiero yo que Leonor vea si hay valor en Enrique. Este el Conde parece; no hay sombra que no aplique, si de celos amor se desvanece y la imaginación. Hablarle quiero. ¿Es Enrique? ¿Es don Nuño? Perdonad. Nuño, si la espada empuño. que con la escuridad no os conocía. ¿Ha mucho que aquí estáis? Agora llego; pero ya me volvía. Oídme aquí agora lo que os ruego. Si hay en qué os sirva, aquí tenéis el Conde. Vuestro valor responde. Yo soy amigo vuestro. Yo lo creo. Siempre fue de serviros mi deseo. A vos, como caballero de tal sangre y tal valor, Enrique, preguntar quiero dos dudas que en el honor del que lo fue considero: la primera, si el morir por él es obligación, y la segunda, decir si puede haber ocasión que obligue a huir. ¿Qué es huir? Huir urgente en un puesto, y dejarle con bajeza para huir descompuesto. Nuño, quien tiene nobleza, ¿para qué se informa de esto? Yo hasta ahora que escuché qué es huir de vuestra boca, ni lo supe ni pensé: que sólo el saberlo toca al que huyó donde yo sé. Pero puedo presumir. Nuño, de esa información que no se debe admitir disculpa ni hay ocasión que a un noble obligue a huir. Satisfacción no ha llegado a poderlo defender; pero queda disculpado si cuando pudo volver cumplió con la ley de honrado. Mirad que os contradecís, porque bien sabéis si huis del mismo puesto en que estáis. ; Qué es huir? Ocasión dais a que os diga que mentís. Quien a mí me lo dijera. aunque el Rey me perdonara. dos mil vidas que tuviera, cuerpo a cuerpo le quitara y entre mis pies la pusiera. Y cuantos están aquí os vieron huir. Ansí el mentís les cabrá a menos. Quien miente, miente entre buenos, y esto no me toca a mí. Y aunque el verme acompañado me haga sufriros necio, y oíros tan mal hablado, volverá, por mi desprecio, sola la que traigo al lado. Hidalgos, hoy a mi honor importa que solo quede. Hidalgos, será traidor quien se fuere, que no puede dejar nadie a su señor. Ya estoy esperando aquí. Matadle, pues ha de ser castigar un loco ansí. Bien pudiérades saber que sois pocos para mí. Bien haya, Violante, el hombre que así vuelve por su honor sin que un escuadrón le asombre. Con razón le tengo amor y él tiene tal fama y nombre. A ver vuelvo en qué ha parado ¡Ah, ciclos, quién fuera valiente! Allí viene un hombre. Leonor ocupa la reja. Ella me dirá del Conde. Hombre, ¿sois de la pendencia? Pacífico soy, señora. Benévolo fue el planeta que de no hacer mal a nadie me dio la naturaleza. Criado del Conde soy. Ramiro soy. ¡Oh, si hubieras llegado, para ayudarle! Soy San Telmo en la tormenta; pero si llegara yo... ¡Oh, buen Ramiro! ¿Qué hicieras? Corrieran sangre las calles... ¡Miento, que yo las corriera! Pregúntanme qué es huir, y ellos me dan la respuesta; que saben hablar los pies. ¿Qué es esto? ¿Un hombre tan cerca De las rejas de Leonor? ¡Vive Dios que habla o requiebra! Aún queda toro en la plaza; no es acabada la fiesta. ¿Quién va? El diablo me ha traído. ¿No responde? Bien pudiera; pero soy un gran señor y no quiero que se sepa. ¿Si es el Rey, que por Violante a tales horas pasea las ventanas del terrero? Hidalgo, no se detenga, sino váyase. En la voz conozco que no es Su Alteza. Pues ¡vive Dios!, que he de ver quién es. ¡Quienquiera que sea, se desarreboce luego! Los médicos me aconsejan que ande de noche así. ¿Así? Pues, ¡tome! ¡Espera! ¡Cuerpo de Dios! ¿Es mi amo? ¿Es Ramiro? ¡Linda flema después de haberme pegado! ; Qué haces aquí? Tu pendencia me trujo. Conde, a ayudarte: que hablando a cierta mozuela seis casas de aquí, la oí; llamome desde la reja ¿Con ella has hablado? Agora hablaba con ella, y como ya el alba sale, fuese porque no la vieran darla flores y jazmines. Para mi tormento y pena. Mucho tengo que decirte; vamos a casa, que llega mi desdicha a que de Nuño se rompan las paces hechas. ¿Habéis reñido? Y me huyó, que es peor, y vivo queda; y no hay mayor enemigo, que después de una pendencia, el que con vergüenza sale, pues siempre vive con ella. Yo te he dicho verdad; que no es mi intento sobre las amistades con el Conde poner en la venganza el pensamiento. Pues ¿cómo dices que le viste o dónde huyó primero, si después le viste, y con tanta arrogancia te responde? ¿Y hombre que a tantos desta suerte embiste, primero huyó? ¡No sé cómo lo crea! ¡Así el suceso a la verdad responde! Mas comoquiera que el suceso sea, ¿las paces que yo firmo quiebra el Conde y en el terrero a lo galán pasea? ¡Hola! Llamad a Enrique. Aunque replique que yo le di ocasión, servir tu dama hará que tu secreto se publique, que poco importa buena o mala fama después que la perdí por tu respeto. La honra en hombre noble no se infama. Yo he de sacar del Conde algún indicio del amor de Violante, o podré poco. ¡Así me quitan celos el juicio! Y de suerte con ellos me provoco, que venir contra mí tuviera en menos por el rey de Aragón, que verme loco. Hallé en Violante como en dos venenos en tus divinos ojos rigurosos, cuando sus cielos presumí serenos. ¿Qué harán los míos si te ven celosos? ¿Qué me manda Vuestra Alteza? Nuño, despejad la sala. Ya Nuño te habrá informado, y podrá ser que le valga su primera información. Dirá que sirvo una dama, y que me halló en el terrero, como los que pleitos tratan, que hablando con los jueces, la parte contraria infaman, pensando que su justicia le quitan con infamarla. Mas los jueces discretos mucho se enojan y cansan; que la verdad no consiste, señor, en malas palabras. Enrique, si te previenes para conmigo de tantas, ¿qué me queda que decirte? Romper las paces juradas no fue perderte el respeto, que de Nuño fue la causa. Quien primero se disculpa, no será sin culpa. No hagas ese argumento conmigo, que mis servicios agravias. (Yo tengo de averiguar con industria si éste anda de favores con Violante.) Cuando Nuño se engañara, Conde, en decir que has huido, ¡Cómo pudo gente tanta? Debió de ser la ocasión tan fuerte, que te obligaba por el secreto, y advierte, por un ejemplo, la causa: yo quiero bien a Violante. (Ya entiendo lo que dudaba; por esto el Rey me aborrece. y i vive Dios!, que se engaña. Yo, señor, nunca he sabido que a doña Violante amabas. (Miente el Conde, que él me dijo que se ausentó de Navarra para no darme disgusto. ¡Oh, qué memoria tan rara han de tener los que mienten! Pero ¿cómo fueran tantas las mentiras si tuvieran memorias de las que pasan?) Vuelto al ejemplo, en efeto, haz cuenta tú que la hablas por el terrero una noche, que yo también vengo a hablarla, conoces que soy el Rey; por esto, y por no infamarla, ¿no es fuerza, Conde, que huyas? ¿Puedes tú sacar la espada conmigo? i Qué me respondes? Cogerme quiere a palabras. ¿Qué dices? Que yo no huyera; pero que a tus pies me echara, y la muerte o el perdón te pidiera en confianza de tu valor, porque un noble no ha de huir. Este me engaña: es discreto y es muy hombre. Fuertes desdichas me aguardan; que desengañar al Rey; de que no sirvo a su dama es imposible. Ahora bien, Conde, lo pasado basta. Quien estaba en el terrero cuando tantas cuchilladas dio a Nuño, pudo estar antes. Pienso que es mucha arrogancia no excusar estos indicios; la pendencia comenzada no pase adelante, Conde; guardad, Enrique, las armas para las que de Aragón vos decís que me amenazan. ¡Ah, cielos!; Cuál hombre estuvo en tal confusión? ¿Qué aguardan mis locos atrevimientos. si la ventura me falta? Pero que viva o que muera. Leonor, no he de hacer mudanza, que vivo podré ser tuyo, V muerto, amante en el alma. Esto me han dicho de vos. No será en todo verdad; que el Rey sabe la amistad que profesamos los dos. Decir al Rey y a la Infanta que yo fui con vos traidor, ni es amistad ni valor, y debiéndome vos tanta, dijisteis, Nuño, también que por ser cobarde yo el conde Enrique os hirió, y fuera bien hablar bien; que yo hice lo que pude cumpliendo mi obligación, y no hay fuerte corazón que en buena fortuna ayude. Enrique es hombre valiente, y que la tiene tan buena, que a estar la campaña llena de escuadras de armada gente. lo mismo hubiera importado); y si en ella os dejé yo, no fue porque él me obligó, mas por estar obligado a guardar secreto al Rey. Mirad, don Luis, que no es justo darme agora ese disgusto, ni entre amigos justa ley. Si al Rey guardasteis secreto cuando os fuisteis, bien hicisteis; pero ¿por qué no volvisteis después? ¿Después? ¿A qué efeto? A saber si muerto o vivo quedaba en el campo yo. Ese agravio no igualó con el que de vos recibo. Que infamar un caballero por toda la corte, es cosa que a satisfacción forzosa obliga un pobre escudero, cuanto y más a quien yo soy, y a traer aquesta llave; todo palacio lo sabe, que por vos sin honra estoy; que no hay menina ni dama que no me mire con risa. Es que la culpa os avisa de que el delito os infama. ¿Y es bueno venir quejoso de lo que lo estoy de; vos? A no estar aquí, ¡por Dios!... Bien. Sois vos muy animoso. Por no dar al Rey disgusto no os he buscado y aun muerto, que dejar en un desierto a un muerto es caso injusto. Que el Conde como valiente me huyó esperando y no huyendo, que el que huye va diciendo que es cobarde, vil, y miente. ¿Qué es esto? ¡A qué tiempo vino! No creo que os ha pesado. El Rey, Nuño, os ha llamado. ¡Qué crueldad, qué desatino! Voy a ver lo que Su Alteza me manda. Yo, por mi honor, aunque por tenerle amor me quite el Rey la cabeza. Pero mejor es matarle esta noche con secreto: ponerlo quiero en efeto: ¿que bien sé que han de culparle desta muerte al conde Enrique. Muera Nuño, que es gran mengua dejar una infame lengua que mi deshonra publique. Aseguro a Vuestra Alteza que gasta Enrique el terrero, y más galán caballero ni de mayor gentileza no es posible imaginarle. ¿Quién duda que en el balcón estuvo en contemplación vuesa merced de su talle? Mirele como a marido, Y no lo has mirado en vano si yo la ocasión he sido. Dale este papel. Violante, al Conde, que en dos razones están las resoluciones de amor tan firme y constante. Hoy sabrá Enrique, por él, lo que ha de hacer; queda adiós, porque esto importa a las dos. ¡Oh, venturoso papel! ¡Pondré tu sello en mi boca! En efeto, ¿puedo entrar? ¡Ramiro! Dame a besar la tierra que pisas; toca la plata de esos chapines que gastan dos azucenas, entre cintas de almas llenas que están cogiendo jazmines. ¡Ay, Ramiro lisonjero!, de tu dueño imitador, ¿cómo queda tu señor? Hecho un propio majadero destos en que envuelven hilo dando vueltas y revueltas a esperanzas que andan sueltas y suenan del mismo estilo. ¿Dice que me quiere bien? ¡Pesia tal! Está perdido por quien le quita el sentido, que bien sabe Amor por quién. Bien pago su voluntad; dale este papel, Ramiro, que me dio la Infanta. Admiro vuestra ilustre necedad en dilatar estas cosas. No está en mi mano, ¿qué quieres? Yo he visto pocas mujeres que dejen de ser celosas; no sé cómo ésta no entiende el engaño de Leonor: pero el desigual amor que le entienda le defiende. porque no puede pensar que se humille a hablar el Conde. ¿Aquí has entrado? Pues; dónde no tiene, Enrique, lugar esto que llaman bufete? ¿Quién estaba aquí? Violante, Que, en sus engaños constante, ser tu mujer se promete; y aqueste papel me ha dado. ¡Rásgale, necio! Señor, es de Leonor. ¿De Leonor? De Leonor o de leonado, y por el atrevimiento y desacato al papel me has de dar... Daré por él el alma. ¡Gracioso cuento! Ni infierno ni cielo soy, aunque purgatorio he sido; truécame el alma a un vestido. Con botones te lo doy. ¿De seda, o de oro? De oro y de diamantes quisiera. ¿Quién te lo quita? Oye, espera. "Dueño del alma que adoro: Esta noche os quiero hablar, llave tenéis del jardín. Yo, tu dueño." ¡Serafín Quiero las letras besar, y ruego al alma que salga a la boca. ¿Es calentura? Porque tan alta escritura se imprima en ella. ; Que valga un papel en ocasión tanto que a la boca llegue. y que pasado se entregue a tan baja oposición. Entrar donde me asegura su amor, es atrevimiento; pero sin él, yo no siento que tenga el amor ventura; ¡iré, divina hermosura, a gozar tanto favor! Será necedad, señor. No será, porque acompaña el valor a toda hazaña, y a toda infamia el temor. Sabiendo, Mendo, el Rey que es imposible durar las amistades con el Conde, de celoso y terrible, que lo siga de noche me responde; porque este amor, que pienso que es secreto, no quiere que a otro pecho esté sujeto. Si le da pesadumbre Enrique, que le quiere Violante, ¿para qué sufre que le abrase y teniéndole delante? Destiérrele del reino. Por la guerra que tiene de Aragón no le destierra. Y porque no está cierto que le quiere Violante ni él la quiere. Mendo. ¡Celoso desconcierto! Pero; dónde me mandas que te espere? En esa esquina, Mendo, y advertido a mi voz el oído; que hasta que salga el alba coronada de cándidos jazmines, alegre triunfo de la noche helada, a quien sirven las aves de clarines, no has de dejar de este jardín la puerta. Los ladrones de Colcos en la huerta de las manzanas de oro no tuvieron cuidado como el mío. Advierte, Mendo. que el del Rey te fio. Siguiendo vengo a Nuño, por quien vivo con dolor excesivo; que he de tomar venganza con su muerte de todas las afrentas que me ha hecho. Al jardín ha llegado, y yo, de suerte que he de pasarle el pecho, aunque me cueste patria, hacienda y vida: que no hay vida, la opinión perdida. Ven, Ramiro, poco a poco, y advierte que estés atento. Ve delante, que ya voy. La puerta es ésta; yo llego. Pon quedo en ella la llave. Con la obscuridad no acierto. ¡Vive Dios, que hay gente aquí! El entra; a peligro quedo de que me maten; pues voyme, porque a muchos. ¡tierra en medio! ¿Oyes, Ramiro? Ya entró la llave, que tuve miedo que una por otra me daban; turbado Amor, todo es yerros. Yo me entro; quédate aquí. No eran en vano los celos del ¿Hay mayor maldad?; Hay mayor atrevimiento? ¡Mendo, Mendo! Mendo. ¿Qué me quieres? Llama al Rey; ¡imita a! viento! Él lo ha de ver con sus ojos. Pues; no me dirás qué es esto? No, Mendo; porque me importa que no lo sepas primero que el Rey. Yo voy. De Violante con justa causa me quejo; venga el Rey. y véalo el Rey. Mendo, ¿aquí te estás? ¿Qué es esto? ¿Por qué no vas a llamarle? Que te enojaste sospecho porque no te he confiado este secreto: pues, ¡necio!, ¿será bien que tú lo sepas primero que el Rey? ¿Qué espero, que no le quito la vida? ¡Ah. traidor! ¿Por qué me has muerto? ¿Así se enfrenta el honor de los nobles caballeros? Quien le quita y no se guarda, no espere mejor suceso . ¡Ventura ha sido encontrar con Vuestra Alteza! Los celos ya. Mendo, me habían traído. ¿Dónde está Nuño?; Qué es esto? Tente, señor, que es un hombre.; ¿Hombre en el suelo? Recelo que no sin causa me llama Nuño, si es que a Enrique ha muerto ¿Cómo muerto a Enrique? ¡Si es Nuño el muerto! ¿Muerto? ¡Ah. cielos! ¿No me dijiste que Nuño me llamaba? En este puesto me dijo que te llamase, encubriéndome un secreto que habías de ver tú sólo. ¡Secreto! ¿Qué dices, Mendo? ¡Vive Dios!, que estaba el Conde con Violante hablando, y luego que debió de ver que Nuño, que le venía siguiendo, me lo había de decir, le ha muerto a traición; no creo que ha nacido de los hombres un bárbaro tan sangriento. ¡Nuño muerto, y a traición! ¡Hola! Retirad el cuerpo, que haré tan cruel venganza que espante al mundo el ejemplo; y tú, Violante cruel, que haciendo de un rey desprecio diste causa a tal desdicha, ¡hoy verás que también puedo ser rey de mi voluntad! Apenas mis pensamientos comencé a decir a quien fue la dulce causa de ellos, que en un mármol de una fuente me aguardaba, y el silencio de la noche interrumpía con amorosos requiebros, cuando siento tantas voces, que, por un jazmín subiendo, desde una tapia me arrojo y a saber la causa vengo. Gente hay aquí, ¡cielo santo! ¿Si es Ramiro, muerto o preso? Pues ¡ánimo, corazón!, que, fuera del Rey, no temo a todo el poder del mundo. ¿Puedo pasar, caballeros? ¿Es el Conde? El Conde soy, que jamás mi nombre niego. Yo soy el Rey. Pues, señor, ¿a tales horas? ¿Qué es esto? ¡Qué buen descuido, traidor, habiendo a don Nuño muerto! ¿Nuño es muerto? ; Disimulas? Pésame, por ser tu deudo y mi amigo, aunque de enojos pasados tendrás recelos, como se ve en tus palabras; nunca fui traidor, ni vengo de traidores; si hay alguno que te ha dicho lisonjero que yo le he muerto... ¡No hables! ¿No he de hablar, si airado y ciego de siniestra información me llamas traidor? Si veo muerto a Nuño, y tú a su lado. ¿no es justo mi sentimiento? Y siendo tú su enemigo es indicio verdadero, no siniestra información. Muestra la espada. Estoy cierto que conoces su valor y servicios que te ha hecho y, pues la pides, advierte que va limpia como quedo de la sangre de don Nuño. iQué buena disculpa, Mendo! Como si no hubiera dagas. ¿Mendo estaba aquí? No creo que me ha engañado el amor, con ser don Nuño mi dueño. Su Alteza halló el cuerpo aquí. ¡Llevadle luego! Voy preso. sin culpa. Sábelo Dios, que sabe humillar soberbios. Ya revuelves a Navarra. como a Aragón has revuelto. Eres mi Rey, no respondo. ¡En qué pararon mis celos! ¡No puedo volver en mí! Con justa causa, señor, la venganza y el dolor hacen este efeto en ti. ¡Don Luis! De ver tu cuidado, todos, señor, le tenemos. a tales ansias y extremos me tiene Nuño obligado. ¿Pruébase que Enrique ha sido? Por un criado envié, que se sospecha que fue del conde Enrique insistido. Mi inocencia está a tus pies, Señor, este mismo es : que yo le conozco, y vi el que a Enrique acompañaba cuando a Aragón se partió. ¿Qué importa que fuese yo cuando en su servicio estaba. si agora no le servía? ¿Niegas lo que saben todos? Bien sé yo que de mil modos hará la desdicha mía testimonios contra mí. Si te lo mandó matar, ¿de qué te sirve negar? ¿Eso se reprueba? Sí. Harto más talle tenéis de haber muerto a Nuño vos; ¡ah, testigos, plega a Dios que alguna vez lo paguéis! ¿Yo, villano? Si Su Alteza no estuviera aquí... Ahora bien, luego tormento le den. ¿Tormento? Si tu bajeza a sufrirlo no se atreve, di la verdad. Di verdad, ¿Hay mayor maldad? ¿No me diréis lo que os mueve a perseguirme? Yo creo que debéis de ser culpado, que andáis desasosegado y muy solícito os veo; que hay muchos que por disculpa a sus locos desatinos, sus inocentes vecinos juran que tienen la culpa. Ya se sabe que le has muerto. ¡Y cómo que ya se sabe! Señor, en caso tan grave, que des tormento te advierto a don Luis también conmigo. Llevad este hombre. Camina. Apelo. Ya desatina. Di verdad. Que apelo digo. Aunque tan ocupado y lastimado esté, señor, Tu Alteza, como es justo, la fuerza de este caso me ha obligado. Quisiera, embajador, en tal disgusto excusar esta plática propuesta, por diferirla a tiempo de más gusto. Pienso, señor, que no será molesta, pues el rey de Aragón sólo se espanta de que a sus cartas no le deis respuesta; que ya hubiera enviado por la Infanta, si supiera su gusto. ¡Bueno es esto! ¿En tanta enemistad, en guerra tanta está cuando esto trata descompuesto? ¿Hacerme guerra y nombra al conde Enrique por general, a tal rigor dispuesto, y quiere que con ella le publique? ¿Quién lo dice, señor? El mismo Conde. Pues perdone su ausencia que replique. Si él nunca estuvo en Aragón, ¿adonde le hizo general mi rey, o cuándo hacerte guerra o paces corresponde? ¡Qué de traiciones se le van juntando! Traed de la torre aquí al conde Enrique. Señor, desafiar a un traidor por mi rey me toca a mí. Antes no quiero que estéis presente. El cielo te guarde. ¡A no estar preso el cobarde! . . Presto el castigo veréis. (Vasc íl Capitán y Ramiro, y sale Don Féi.i> bajador de Aragón.) ¿Qué es, señor, lo que me quieres? ¡Ah, Conde, que en ser traidor al que lo ha sido mayor en toda maldad prefieres! ¿No dices que el de Aragón te hizo su general, y que por serme leal dejaste tanto escuadrón como a Navarra venía? Su embajador ha llegado, y dice que no has estado en Aragón. Sí diría. Pues, di, ¿cómo ha sido engaño? Tuve ocasión.; Qué ocasión? No puedo dar la razón. ¿Por qué? Porque es mayor daño. ¡Eso es locura! Es desdicha. ¿Cómo? El no poder hablar. Pues; a un rey se ha de engañar? Ese engaño fue mi dicha. Enrique, ¡tú has de morir! No por esto, por la muerte de Nuño. Tu engaño advierte. Pues i qué me puedes decir contra tanta información? Que pudiera dar testigo que en aquel tiempo conmigo estuvo en conversación. Di quién es. No puedo hablar. (¡Vive el cielo, que es Violante! ¡Brava fineza! Constante quiere morir y callar.) Llevadle, que voy a ver si puedo hacer que el testigo hable en su abono conmigo, que aun esto no ha de querer. No hayas miedo que replique, si mil tormentos me dan. Deteneos, Capitán; dejadme hablar con Enrique. Señora, ¡tanto favor! ¡Ay. Enrique!, de tal suerte las sospechas de la muerte al alma impiden temor que me la da su rigor; y así, me he determinado que le digas que has estado conmigo, y máteme a mí. que pues yo la causa fui. bastante ocasión le he dado. Yo, señora, a vuestro amor tal respeto guardar debo, que aun a pensar no me atrevo que me habéis tenido amor; máteme el Rey, y el rigor muestre en mí su gran poder: la vida quiero perder para no quedar con miedo que algún tiempo decir puedo lo que pude merecer. Yo no me quiero fiar de mí mismo, aunque no es poco, que si el bien me vuelve loco, ¿qué loco supo callar? Muerto, no podré pensar en que este bien merecí, ni diré, Leonor, que os vi dando perlas a una fuente, cuya envidiosa corriente ya murmuraba de mí. Las razones amorosas, las promesas y la fe de quien depósito fue el alma en prendas dichosas, y lo que saben dos rosas a mi amor enternecidas, que mis penas merecidas no han de ser imaginadas, que sólo fueron ganadas para llorarlas perdidas. Señora, advierte que vienen el Rey y el embajador. ¡Ay, mi Enrique! ¡Adiós, Leonor! Mi vida tus ojos tienen. Tus lágrimas la entretienen. ¡Presto, señor! ¡Ay, engaños de amor! Prestos son los daños, y eternos son los tormentos, porque de amor los contentos vuelven instantes los años. No es enojo, sino gusto; mi hermana habéis de llevar. Quiero primero avisar y prevenir lo que es justo. ¿Sabes cómo has de partir? Andas agora enojado. Lo que está determinado no se puede diferir; que trae don Félix poder para casarse contigo. Quiero hablarte, y sin testigo. ¿Cómo, si eres su mujer? Que. aunque del rey de Aragón embajador, es tu esposo. ¿Mi esposo? Siendo forzoso, no hay que poner dilación. Luego ¿el rey de Aragón es mi esposo? Por justas leyes. Pues hablaré con dos reyes, y responderéis después. Famoso rey de Navarra, cuya invencible corona los leones de Castilla y lises de Francia adornan; gallardo rey de Aragón, a quien las cabezas moras blancas cruces, rojas barras por tantas hazañas bordan: conozco el atrevimiento de hablaros furiosa y loca, que no pudiera tenerle menos que estando furiosa. Habéis de oírme los dos, sin que alguno me interrompa; que tiempo al furor le queda para que después responda. Don Enrique de Navarra, que el Conde valiente nombran franceses y castellanos por sus hazañas heroicas, vino, por orden del Rey, a decirme que le importa que en Aragón me casase; oíle una tarde a solas, dijo del Rey la embajada, y en razones amorosas mil pensamientos turbados sacó del alma a la boca; enojeme desabrida, afligime vergonzosa; castiguele con palabras. mejor fuera con las obras; él, corrido de haber sido tan atrevido, con honra de caballero me dijo que su ausencia era forzosa, y llorando tiernamente se fue con tales congojas, que en mil imaginaciones me puso, quedando sola. En esta ocasión llegó Violante, una dama hermosa que sirve el Rey, y me dijo, llorando, que al Conde adora; sus méritos me encarece, y me ruega que interponga mis fuerzas a detenerle, pues el Rey no se lo estorba; póneme en mucho cuidado, y comienzo a estar celosa antes de tenerle amor. y así su amor me provoca de uno en otro pensamiento, ya celosa, ya envidiosa, que no sé si enamorada, que el amor más se reporta; envío a llamar al Conde, el Conde a Navarra torna, valiéndose de mentiras, de amor disculpa notoria; escuché sus pensamientos, que nuestras desdichas todas nos entran por los oídos a conquistar la memoria; dile lugar una noche, honestamente amorosa, a que en un jardín me hablase. que fue de este engaño Troya; ya digo que el pensamiento aun no es justo que se ponga en átomos de mi honor, que el Sol con ellos es sombra. Estando los dos hablando, a las voces lastimosas de Nuño herido, alterado Enrique las armas toma, salta una pared poniendo los pies en las ramas toscas de unas yedras, presumiendo que es alguna gente ociosa que a su criado Ramiro acuchillaban en tropa, y cuando llega halla al Rey, que le prende y le aprisiona; que está inocente es sin duda, si bien la culpa no es poca, que confieso, aunque mi amor hoy por su defensa informa. Ya, rey de Aragón, sabéis de mi desdicha la historia; si así me queréis llevar, la partida se disponga, que yo. a mi muerte dispuesta antes de admitir sus bodas, no hay pena que por Enrique no tenga por dulce gloria; que, viva y muerta, soy suya, pues no hay razón que conozca ni más de un amor con alma, ni más de un dueño con honra. ¿Tengo yo de responder? Eso a mí me toca agora, que como traigo el poder, soy rey de Aragón, señora, y vos, en fin, mi mujer; mas, como soy rey fingido, así también lo habéis sido, y por el mismo poder digo que no quiero ser, ni seré, vuestro marido. Antes es bien que publique al Rey que os dé en casamiento, pues es justo, al conde Enrique. porque a tal atrevimiento tanta ventura se aplique; que es justo que su cordura esto quiera y esto mande, y es bien que, firme y segura, a atrevimiento tan grande suceda tan gran ventura. Llamadme al Conde; hoy me muestro piadoso con tanto amor. ¡Qué embajador sois tan diestro! Ya no soy embajador, que soy abogado vuestro. ¿También vos queréis entrar? Si es día de jubileo, dejad que lo gane a todos. Aquí está el Conde. No pienso darte más satisfacción. Ya estoy, Conde, satisfecho de la muerte de don Nuño, que es probada, sin saberlo, muy a costa de mi honor, la coartada del derecho. Pero, ya que libre estáis desta causa, que deseo averiguar, dime. Conde, ¿quién sospechas que lo ha hecho? Señor, Ramiro me dijo que esta noche en el terrero vio a don Luis. Así es verdad, rebozado y descompuesto; y en verle andar tan agudo para que me den tormento acabé de confirmar que a costa de mi pescuezo quiere defender su vida. ¡Mientes, infame! No miento, y tú mientes. ¿Esto sufres que diga un vil escudero? ¡Pues sufre que yo le mate! ¡Tente, villano! ¿Qué es esto? Muestra la daga. Señor. aquí está a servicio vuestro. ¿Sangre no es esta que miro? ¿Cómo estuviste tan ciego, que no limpiaste la daga? Porque me ha cegado el cielo. Confieso que le maté; pero que me dio, confieso, ocasión. ¡No a ser traidor! ¡Llevadle! Denle tormento. ¡Confiesa, perro! ¿Estas cosas permites? ¡Confiesa, perro! ¿A mí no me perseguías? Pues agora ¿qué te debo? ¡Bien lo mereces! ¡Llevadle! Tú, Félix, al rey don Pedro, tu señor, dirás la historia de este notable suceso, y que no puedo excusar a tan noble caballero como el Conde dar mi hermana. Eso es justo. Tus pies beso. Condestable de Navarra sois desde hoy. Ya no me quejo, porque conozco que es justo dejar por lo más lo menos. ¿Y yo no soy nada aquí? ¿Qué quieres? Dame, te ruego, un cuarto no más al mes de cada galán mancebo que presumiere de lindo. Y aquí, senado discreto, acaban del conde Enrique ventura y atrevimiento.