Texto digital de El vencido, vencedor
Metadatos de la obra
- Atribución tradicional
- Lope de Vega Carpio
- Atribución estilometría
- Juan Ruiz de Alarcón Segura
- Género
- Comedia
- Procedencia
- El texto ha sido preparado por Germán Vega.
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Cita sugerida
Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El vencido, vencedor. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/vencido-vencedor-el.

EL VENCIDO, VENCEDOR
¿Cuándo, enemiga fortuna, a piedad te moverás? ¿Dónde llevándome vas por esta selva importuna? ¿Cuándo mi vida y mis males acabarán mi destino, o me ofrecerán camino estos injustos jarales? Mas por aquella aspereza baja un hombre apresurado. Hidalgo, ¿habéis encontrado por este bosque a Su Alteza? Vos el primero habéis, sido que llego a ver, en dos días que las desventuras mías solo y triste me han traído errando en este desierto, que esos ha que una fragata que sobre espumas de plata volaba al toscano puerto, del borrascoso aquilón duramente contrastada, fue víctima desdichada de las aras de Tritón; yo. del naufragio funesto, única reliquia fui, y con mis brazos vencí las furias del mar opuesto; y así, pues os ha encontrado mi dicha en tal soledad, a un perdido encaminad, si mi mal os ha obligado. Español me parecéis. España mi patria ha sido, y es mi nombre y apellido don Juan Chacón. Vos tenéis, si de tal árbol sois rama, lustre que os levanta al cielo; que no hay región en el suelo que no engrandezca su fama, y de cuantos granjeó amigos su claro nombre, en tierra extraña no hay hombre que lo estime más que yo; y así, por él y por ser forastero y desdichado, me tenéis aficionado. Descuento llega a tener con eso mi desventura.Yo no os iré acompañando. que al Príncipe voy buscando; mas al fin de esta espesura dejo un alazán, que al Sol injuria cuando camina: en él podéis a Mesina llegar, famoso español, que con natural instinto, si le permitís la rienda, él os sacará a la senda de este ciego laberinto. Yo soy Mauricio; llegad a Mesina. corte bella de Sicilia, y luego en ella por mi casa preguntad, que allí podréis hospedaros todo el tiempo que os sirváis. La nobleza que mostráis me obliga a no replicaros. Gracias doy al santo cielo, pues hallé en un pecho extraño remedio a tan grave daño y a tanta pena consuelo. ¡Aguarda, serrana hermosa! ¡Valedme, espesos jarales! Como a fieros animales prestáis defensa piadosa, a una mujer amparad. Labradora soberana, emulación de Diana y de estos montes deidad, ¿de quién huyes? ¡Tente, espera!De quien mi ofen.sa procura. En mi amparo estás segura, si el mismo infierno viniera. Pues defendedme el honor. Yo lo ofrezco, que a no ser tan hermosa, por mujer obligaras mi valor. Ninfa esquiva, cuanto bella... Caballero, deteneos, y adviertan vuestros deseos que me toca defenderla.¡Qué locura os da osadía al intento que emprendéis! ¿Acaso desconocéis al Príncipe? No sería el no conocerlo, en mí, culpa, que extranjero soy, y ha poco que adonde estoy náufrago del mar salí.Por eso, de vuestro error os da perdón mi piedad, y vos, serrana...Guardad vuestra palabra y mi honor. (¡Oh, fuerte trance! El respeto se opone a la obligación; ¡fuerza es morir!) La razón os enfrene el pecho inquieto, y advertid que aunque digáis que sois el Príncipe, creo, por las acciones que veo, no solo que me engañáis, pero también que a Su Alteza indignamente ofendéis, pues de su nombre os valéis para emprender tal bajeza. ¿El Príncipe puede ser que olvide su autoridad, su sangre y su majestad, y en vencer una mujer ocupe el real valor, en cuya naturaleza es tan propia la grandeza?Como eso puede el amor. Sí, mas si bien lo miráis, no tengo en esta ocasión de quién sois información más de la que vos me dais; pero no por ella yo ser el Príncipe os creí, porque vos decís que sí, y vuestras obras que no, y en igual contradicción, antes creo que, no siendo príncipe, lo estáis fingiendo, por gozar vuestra afición, que no que siéndolo hagáis cosas que lo contradigan y que, por bajas, obligan a que no lo parezcáis; que el rey ha de ser crisol de honor, justicia y bondad: los rayos al Sol quitad, y dejará de ser sol; y así, o mudad parecer o advierta vuestra pasión que soy de España, y Chacón, y como tal he de hacer. Aunque fuera, donde estoy, fácil cosa el convenceros y, a vuestro pesar, haceros presto conocer quién soy, es de tanta estimación en mí ese valor divino, que en premio de él determino que logréis vuestra intención; válgale vuestro sagrado a mi adorada homicida contra la furia encendida de mi amoroso cuidado, que así me ha obligado el veros por lo que es justo arriesgar que no la quiero ganar con la pensión de perderos, porque no pueda algún día decir la murmuración que yo ofendí sin razón a quien razón defendía. Agora sí que ha mostrado el hermoso resplandor de tan heroico valor que es el Sol el que lo ha dado; agora sí acreditáis conmigo vuestras razones, que con tan justas acciones de vos evidencias dais. Dadme esos pies.Levantad.Agora sí, mal pecado, que estáis grave y sosegado, se os luce la majestad; el príncipe yo pensaba que un sancta sanctorum era, y como un agnus de cera en mi cosdomino andaba. ¡Mal año y cómo corréis!; de engaño salió mi pecho, que en esto que hoy habéis hecho muy humano parecéis. Bellísima labradora, vivo y hermoso traslado de un claro sol eclipsado, cuya noche el alma adora, no culparéis mi flaqueza si, por dicha, alguna fuente os dio espejo transparente para ver vuestra belleza; antes me admiro, si habéis visto vuestra imagen bella, que ciega de amores de ella, a Narciso no imitéis; fuera de que si culpáis mi súbito rendimiento, tiene causa mi tormento más antigua que pensáis. Y así, pediros querría que la oigáis, serrana bella, tanto por alivio de ella como por disculpa mía.Aunque cause mi tardanza murmuración en mi aldea, no quiero que en todo sea sin fruto vuestra esperanza, pues vos, español, primero de quién sois nos informad, que aunque vuestra calidad de vuestro valor infiero, quiero, si del pecho mío partícipe os he de hacer y amigos hemos de ser, conocer de quién me fío. Don Juan Chacón es mi nombre; España, mi patria; en ella don Diego Chacón, mi padre, de este apellido cabeza. Nací tercero en mi casa, y como estados y rentas por conservar las familias el primogénito hereda, no pude sufrir que el tiempo, con solas sus diferencias, desigualase en poder a los que igualo en nobleza; y así, porque mis hazañas a mi fortuna vencieran, dándome lo que negaron a mi valor las estrellas, a Italia partí ambicioso de las glorias de la guerra, inclinación que en mi sangre es propia naturaleza; y apenas la herrada proa de mi fragata ligera del golfo que domó Ulises los cerúleos vidrios quiebra, cuando del airado Eolo el cetro movió la peña que en las cavernas obscuras sus ministros encarcela. Segunda vez parecía que contra el piadoso Eneas, por dar a Juno venganza. ostentaba su braveza, pues, todos juntos, al mar se arrojan con tanta fuerza, que en sus alas lo levantan desde el centro a las estrellas. y del hirviente huracán la desatada violencia corona las altas ondas de las profundas arenas. No le vale en tal conflicto al bajel la ligereza, la vigilancia al piloto, al marinero la fuerza. Los árboles se rindieron; mas si de diamante fueran como de frágiles hayas, les faltara resistencia. Cinco días hizo iguales a las noches esta guerra de encontrados elementos sin dar un punto de treguas, hasta que el mísero leño. ya sin timón y sin velas, discurriendo libremente por donde el viento le lleva. vino a dar en esta costa, y cerca ya de la tierra, Neptuno cruel, lo mismo que le concede le niega; pues después que algunas horas, para aumentarnos las penas, entre sus ondas nos hizo Tántalos de su ribera, sorben la nave sus aguas, dándole en la triste empresa menos honra la victoria que la crueldad le dio afrenta. Yo solo evité su imperio: que con valor y con fuerzas hice remos de los brazos para vencer su soberbia. Dos veces los altos riscos De estas elevadas sierras del claro amante de Dafne han peinado las madejas, desde que yo, desdichado, empecé a vagar por ellas, hasta que llegué, dichoso, a los pies de Vuestra Alteza. ¿Qué mucho, ilustre español, que Neptuno pretendiera por gozar libre sus ondas veros anegado en ellas, si cuando el sagrado Empíreo pisó el hijo de Alcumena hizo en los hombros de Atlante más peso que las estrellas? Y aunque vuestros infortunios a justo dolor me muevan, la pasada tempestad es bien que al cielo agradezca, pues en cuantos siglos largos el mar Tirreno a mi tierra, a tantas naves tranquilo ha tributado riquezas, nunca ornaron mi corona con tan estimable piedra todas sus tranquilidades como esta sola tormenta con tan colmados favores. Señor, mi fortuna queda corrida, pues vos me dais mucho más que ella me niega. Don Juan Chacón, si sujeto a sus mudanzas ligeras íbades buscando cómo pisar la cumbre, a su rueda ponerla podéis un clavo, si es que mi reino os contenta; que la voluntad del rey es fortuna verdadera. Yo, señor, desde este día soy vuestro, y mi patria es esta; que aquella es amiga patria que prósperamente alberga. Agora pues, atended, gran don Juan, serrana bella, porque disculpéis mi exceso a la ocasión de mis quejas. En la noble Mesina, Corte antigua del reino siciliano, de perfección divina rayos dio al inundo un serafín humano en cuya gran belleza su poder excedió Naturaleza. Elena ¡oh, cielo santo!, no puede el nombre pronunciar la boca sin que del tierno llanto, con el fiero dolor que al alma toca, salga del pecho ardiente a acompañar su acento la corriente, Elena el nombre caro era de aquella emulación del cielo; pimpollo ilustre y claro del mejor árbol que dio fruto al suelo Sergio, cuya familia terror da al mundo y gloria da a Sicilia. Aquella de albedríos apetecido Argel, la causa bella fue de mis desvaríos, destinación precisa de mi estrella, pues su primera vista hizo en mi pecho la postrer conquista. A mi tierno cuidado alas dio el ciego Sísifo, saetas, y no tan abrasado solicitó el mayor de los planetas la hija de Peneo como a la bella Elena mi deseo. Mas no tan fugitiva desdeñó Dafne al pastor de Admeto como fiera y esquiva mi dulce prenda a mí, que, en un sujeto, si el cuerpo de belleza, milagro el alma fue de fortaleza. Un día y otro día, aunque sin esperanza, con la gloria de amarla entretenía, cuando ¡pluguiera a Dios que a la memoria de tan funesta suerte, previniese el alfanje de la muerte! Una fiebre envidiosa, sacrílega, a beldad tan soberana cambió en jazmín la rosa que solo el ser mortal tuvo de humana, y al cielo, ¡ay, pena mía!, el alma dio, que él solo merecía. Cual triste peregrino que la senda ha perdido en tierra extraña, y cuando el oro fino en el opuesto mar Apolo baña, queda en la selva umbrosa solo, sin luz, en noche tenebrosa, tal de mi dulce Elena dejó el eterno eclipse mi sentido. sin aliviar mi pena no haber sido mi amor correspondido, porque era en mí el querella fuerza de su hermosura y de mi estrella. Dos veces a los ríos han crecido y menguado las corrientes dos inviernos y estíos después, ya que mis ojos, hechos fuentes, rinden a un mismo paso igual tributo al lamentable caso, sin que el tiempo mitigue, la fiesta aplaque, alivie ni divierta el dolor que me sigue; y así, la soledad muda y desierta más me consuela, cuanto permite más las riendas a mi llanto. Hoy, pues, cuando una fiera buscaba, fatigando la espesura, quiso el amor que viera en el cuerpo, en la gracia y hermosura desta serrana esquiva de mi difunto bien la imagen viva. Como suena tocada una cuerda la cuerda consonante sin ser solicitada más que del son del punto semejante, muda y clara sentencia que obliga a natural correspondencia, así, viendo mis ojos en vos, serrana hermosa, trasladados los divinos despojos que en mí por siempre viven retratados, la semejanza ha hecho corresponder con tanto amor al pecho. No fue de mi albedrío tan presto ardor, tan fácil movimiento; nada conozco mío en este repentino rendimiento, sino la desventura de aborrecerme así vuestra hermosura; que en todo, ¡oh, ninfa hermosa!, de Elena imagen sois tan verdadera, que a no ser mentirosa la opinión de Pitágoras creyera que ese bello trasunto informa el alma de mi bien difunto. Mueva, pues, ese esquivo corazón ver la fe con que os adoro, o por traslado vivo de aquel divino original que lloro tan firme enamorado, o por original de aquel traslado; que tal por vos me siento, que o sois la misma Elena, o como el hado desde mi nacimiento a vuestro amor me hubo destinado y Elena os parecía, le adoré por aurora de ese día.¿Qué pecho endurecido, qué acero fuerte, qué inmortal diamante no será al fin rendido de tanto amor, de pecho tan constante? ¿Que fe tan firme y cierta viva en quien juzga ya la causa muerta? De mármol soy si agora no descubro que soy la misma Elena que sin mudanza adora y doy el justo premio a tanta pena. Mas ¡ay, honor!, ¿qué digo? ¡Nunca tan poco os vi valer conmigo! ¡Suspensa habéis quedado! Pensando estaba yo qué engañadores, si en la corte han estado, los hombres son. Acá los labradores verdad sencilla tratan y con la boca el corazón retratan. Si tan enquillotrado decís que estáis por esa mal lograda, ¿haberme requebrado no es falsedad y ofensa declarada? Antes soy verdadero, pues porque a ella os parecéis os quiero. Luego a mí antes me ofende que obliga cuando me pintáis tan bella vuestra fe, pues pretende no quererme por mí, sino por ella; y así, pues ella os mueve a amarme, ella os lo pague que os lo debe. Aguardad, que diciendo que por aurora vuestra a Elena quise, vuestra beldad no ofendo. No ofendéis; mas es fuerza que me avise cuan poca confianza debo tener de vos esta mudanza; que, como habéis llamado mi aurora a Elena para ser mi amante, con eso disculpado, si ausente yo encontráis mi semejante diréis que la luz mía también su aurora fue y ella el día. ¡Dulce enemiga, espera! Al viento imita su ligera planta. Si no quieres que muera, ten lástima de mí. bella Atalanta. Don Juan, venid conmigo. Por defenderla de su amor le sigo. ¡Consuelo de desdichados viene a ser mi desventura! ¿Es posible, suerte dura, posible es, crueles hados, que es al hombre tan sin fruto la industria y la diligencia para evitar la sentencia de vuestro eterno estatuto? ¿Que no bastase fingir difunta a Elena, y que sea de una humilde, oculta aldea labradora, para huir la ejecución del ultraje que el hado, con el amor del Príncipe, al claro honor destinó de mi linaje? ¡Vive Dios que ha de poner mi venganza al mundo espanto, y bañada en sangre y llanto Sicilia, triste ha de ver desde los pies a las copas arder sus montes de nuevo y, airado, otra vez a Febo las cuevas de los ciclopes! Mas ¿qué digo? ¡Loco estoy! ¡Oh, cuánto podéis, agravios; pues lo que han dicho los labios desdice tanto a quien soy! Él es mi rey; yo, leal; trazadlo, pues, corazón, cómo evitéis sinrazón y deis remedio a este mal. ¡Tibaldo amigo! ¡Señor! Agora más me conviene el secreto, pues no tiene remedio mi deshonor, y así, quiero que le hagáis al rey esa relación, sin que en ella la ficción comenzada descubráis. ¿Luego Elena aun ha de ser mi sobrina y Galatea? Así me importa que sea; que yo sé lo que he de hacer. Su Majestad dará aquí audiencia agora. Llegad y el exceso le contad del Príncipe, sin que a mí en ello parte me hagáis. Aunque su enojo y rigor temo, vos sois mi señor, y basta que lo queráis. Dios os guarde; que yo os quiero viendo en vos amor igual, por vasallo más leal y amigo más verdadero. Bien lo ha mostrado el efeto. pues entre cuantos lo son, hice de vos elección para tan grave secreto. Demás que ha de aseguraros ver que de por medio estoy, y un escudo firme soy a los golpes que han de daros. En esa cuadra aguardad, porque importa al fin que sigo que nadie os vea conmigo, y en la querella mirad que en ningún modo me hagáis sabidor de este suceso; que estriba mi honor en eso. Haré lo que me mandáis. Prudencia, industria, valor, ilustre sangre ofendida, ¿qué haremos, si ni aun la vida puede cobrar el honor? De reyes altos desciende mi casa, y aunque me hallo su igual en sangre, vasallo soy al fin de quien me ofende. ¡Cielo!, ¿así oprimís el pecho cuando permitís el daño? ¡Ah, no fuera un rey extraño el que el agravio me ha hecho! ¡Sergio! ¡Señor! Ya de Hungría partió la Infanta que espero que a mi reino dé heredero. y al Príncipe dé alegría, y es forzoso la nobleza de Sicilia prevenir, porque salga a recibir como es razón a Su Alteza, y tratar y disponer las fiestas y regocijos que a las bodas de dos hijos de su rey es justo hacer, porque con su Infanta envía los poderes y recados con que han de ser desposados todos cuatro un mesmo día; que a su Príncipe mi hija doy, como él la suya al mío. En vano al valor confío que el sentimiento corrija. ¡A sus fiestas me previene cuando mi muerte prevengo! La fe y el amor que os tengo, gran señor, pienso que tiene tanto crédito con vos, que no dudo que estéis cierto de que ha dado ese concierto igual contento a los dos. Los años que yo le pido Sus Altezas guarde el cielo; que en esto me verá el suelo antes muerto que vencido. Guárdeos Dios; que amor igual promete la simpatía de vuestra sangre y la mía por la que tenéis leal. Pidiendo están, gran señor, unos serranos licencia para entrar a tu presencia. Entren. El justo dolor que siento, encubrir pretendo: que la industria en este caso ha de asegurar el paso para el remedio que emprendo. Yo soy, gran señor, Tibaldo; de una aldegüela vecino que seis leguas de la corte goza de apacible sitio. Tengo una sobrina, a quien Dieron los cielos divinos con la hermosura de Venus de Diana el ejercicio; pues que, doncella y hermosa, discurría a su albedrío siempre los espesos bosques, peñas duras y altos riscos. Ayer, cuando ya de Apolo daban los rayos oblicuos dilatada sombra al llano y templado viento al río, mi querida Galatea, que su nombre es este, quiso esparcir, como otras veces, luz en los valles sombríos, y seguida de nosotros, entre otras serranas vimos a Febea entre sus ninfas en los collados de Cintio. Descuidadamente al aire daba rayos de oro fino, discurriendo por los prados, ya, con ella, paraísos, cuando encontramos, señor, al Príncipe, vuestro hijo, favoreciendo los bosques, de las fieras enemigo; Y como si la belleza diese voces al oído, así revolvió los ojos a los que adoran los míos, y viéndola, más ajeno quedó al punto de sí mismo que si viera de Medea el encantado vestigio. Rémora fue de su curso, letargo de sus sentidos, imán de sus pensamientos y prisión de su albedrío; pues, deteniendo el infante la rienda a un veloz tordillo que por alado Pegaso hizo Parnaso al Paquino, saltó del, y a Galatea partió con el vuelo mismo que va el rapante neblí al tímido pajarillo; ella, honesta como hermosa, volvió con pies fugitivos en palestra de Hipomenes el espeso laberinto. Su Alteza siguió su curso sin ser de nadie seguido; que porque la soledad diese ayuda a sus designios, de sus monteros mandó que fuésemos detenidos; con que ni la vista pudo, ya que no los pies, seguirlos; que, ocultándolos la copia de chopos, olmos y alisos, de lo restante, pudieron ellos solos ser testigos. Este, señor, es el caso a que vengo y de que os pido remedio, pues de Su Alteza no es justo pedir castigo. Yo ordenaré lo que importa. Que perdonéis os suplico estos yerros a Tibaldo, de su ignorancia nacidos, y vos. Tibaldo, bien fuera que, pues sois vasallo mío, hubiérades consultado antes el caso conmigo; que el Príncipe a Galatea, ¿qué ofensa o qué agravio hizo cuando su fin consiguiesen sus pensamientos lascivos? ¿No es gran honra suya y vuestra que Su Alteza haya querido dar con su sangre a la vuestra tan soberanos principios? Id con Dios. No le riñáis. No sin misterio le riño. Mandad que nos dejen solos, porque hay mucho que deciros. Dejadnos solos. El cielo, señor, a los largos siglos de su duración iguale tu vida y tu nombre invicto. Sergio, ¿lloráis? Ya la causa, antes de saberla, admiro; que de vuestro fuerte pecho doma los heroicos bríos las lágrimas. Gran señor, yo lágrimas, yo gemidos mensajeros de la muerte que cerca me pronostico. Bien sabéis que habrá dos años que previniendo el peligro que a mi honor amenazaba, de ciego amor encendido el Príncipe, mi señor, por mi Elena, de vos mismo aconsejado, fingí que era muerta, y un vestido de serrana y una aldea oculta en desiertos riscos a Elena, y de este secreto mudo depósito ha sido, gran señor, la Galatea, de quien relación os hizo Tibaldo; juzgad, señor, con cuánta razón me aflijo. No hay palabras con que pueda, Sergio pariente y amigo, mi enojo significaros, mi sentimiento deciros; y aunque al Príncipe disculpa el no haberla conocido, igualmente me prevengo al remedio y al castigo. Vuestra Majestad advierta que conviene al honor mío conservar siempre el secreto, y que ni el Príncipe mismo entienda que ha sido Elena a quien el agravio hizo; que así conservo mi fama y su indignación evito, que es cierta si de la vuestra sabe que la causa he sido; que con esa prevención me fingí, como habéis visto, contra Tibaldo enojado y de su queja ofendido; porque ni Su Alteza piense que estos efetos son míos, ni que es la serrana Elena, pues con razón imagino que de ello, si no evidencias, sospechas habrá tenido. Vuestro parecer apruebo, y a ejecutarlo me obligo. Vos, por si el Príncipe acaso su intento no ha conseguido, de vuestra hija cuidad, y fiad en cuanto al mío que el remedio os asegure y os satisfaga el castigo. Prospere Dios esa vida, en quien de Numa Pompilio y de Augusto César veo los atributos vencidos. El primer lance acertamos. Fortuna, favor te pido, pues portentosas mudanzas son las glorias de tus giros. ¿Cómo en Sicilia os halláis? A mi agradecido pecho, señor, ofensa habéis hecho cuando eso le preguntáis. ¿Cómo puede hallarse quien con el favor soberano de esa poderosa mano se ha encumbrado a mayor bien?Pues vuestro huésped yo creo que el regalo os sabrá hacer; bien mayor que su poder si menor que mi deseo. Sergio y Mauricio, señor, de suerte me han festejado, que en sus obras he notado efectos de vuestro amor. Es verdad que, como es justo, en la mitad de las glorias salteaban las memorias de vuestra pena mi gusto; que acordándome que fui yo causa, con defender de vuestro amor y poder la serrana, no sentí, viéndome obligado a ello, el haberla defendido; mas sentí el haber nacido con obligación de hacerlo. ¿Cómo os va de sentimiento, señor? ¿Cómo habéis pasado la noche? ¿Por dicha ha dado treguas el sueño al tormento?Por puntos crece en mi amor de suerte la llama fiera, que si a la ninfa ligera cubrió el dios fulminador de nieblas por detenerla, la serrana fugitiva el mundo con llama viva he de abrazar por vencerla. Un segundo Mongibelo en mí y en ella ha de ver Tinacria, pues verá arder mis furias entre su hielo. Mas la Infanta es la que viene. Besarla la mano quiero. ¿Es aquel el caballero a quien el Príncipe tiene tanta afición?Sí, señora. Mucho le alaba mi hermano. Pues no es coronista en vano de las partes que atesora. Hospedarlo me ha tocado, y cada acción que produce es nuevo rayo en que luce más el sol que le ha engendrado. No hará poco, si es igual el alma a la gentileza. Mucho le mira Tu Alteza. Ya temo que, por mi mal, mi padre te ha encarecido lo que el español merece. ¿Son celos?¿No te parece que justamente los pido? No sé yo que tenga acción, el que favor no ha alcanzado, de pedirlos.Quien ha amado y servido, con razón, Infanta, puede acusar la ingratitud. Eso sí. Quejarte puedes de mí, Mauricio, mas no celar. Pero ya quiero avisarte que desde hoy no te permito amarme, con que te quito la licencia aun de quejarte.Llegad, don Juan. Vuestra Alteza me dé, señora, los pies.El caballero que ves es crisol de la nobleza, prudencia y valor de España, rama ilustre de Chacón. Su nombre da información del valor que le acompaña. En cuanto ayudaros pueda, no daré ventaja alguna al Príncipe. Alzad. Fortuna, dos clavos pongo a tu rueda. Deme Tu Alteza, señor, licencia y perdón, y lea este papel, porque vea mi disculpa y su rigor. ¿Qué puede ser? Mi venganza comienza aquí. ¿Qué será? ¿Acaso, fortuna, ya te ha cansado mi bonanza?Aquí me manda prender mi padre, Sergio, no hallo culpa en mí; pero mandarlo basta para obedecer. Vos, que por vuestra prudencia sois su privanza, sabed la ocasión, y defended de su rigor mi inocencia. I Breve será la prisión; que, pues Vuestra Alteza está inocente, nacerá de siniestra información. Lo que manda Vuestra Alteza haré, pues sabéis, señor, que a vuestro gusto menor trocaré yo mi cabeza. ¡Príncipe! No os aflijáis. ¿Cómo no, hermano querido? Yo sé que no he cometido exceso porque temáis ni yo sienta esta prisión. Yo lo espero; mas a ti no es justo prenderte así, sin muy clara información de un gran exceso. Obligar quiero a la Infanta. Señora, no des tan del todo agora al sentimiento lugar, puesto que tiene cabeza y fuerza y valor Mauricio, que emplear en tu servicio y en defensa de Su Alteza. Vos, don Juan, ¿no decís nada? Fuera de que el sentimiento, confundiendo el pensamiento, tiene la lengua turbada, callo por encareceros mi fe y amor de este modo, porque siendo vuestro todo, ¿qué me queda que ofreceros? Demás que en esta ocasión basta para haber callado ser el Rey quien lo ha mandado, tenga o no tenga razón. Dadme que del rayo fiero autora otra mano fuera, viérades si se opusiera a todo el mundo este acero. Mas puesto que vos estáis, como decís, inculpado, ¡ay de aquel que causa ha dado al disgusto que pasáis! Desde aquí palabra os doy de poner su vil cabeza a los pies de Vuestra Alteza u dejar de ser quien soy. No aguardará el causador que la palabra cumpláis. Vos solamente igualáis la prudencia y el valor, Infanta: ya que yo voy preso con Su Majestad, a don Juan apadrinad; este solo cargo os doy, si queréis ver aliviado mi mal. Aunque su valor no lo ha menester, mi amor os mostraré en mi cuidado. ¡Bien se remedian mis celos!- Señor, ¿cuando preso vais, sólo de honrarme tratáis? Ocasión pido a los cielos en que tan alto favor agradezca mi lealtad, y en prueba de ello, mandad el imposible mayor, que al punto, señor, veréis cuan animoso lo emprendo, si con él pagar entiendo la deuda en que me ponéis y aliviar vuestra pasión. Pues, don Juan, solo pudiera el ver mi serrana fiera dar alivio a mi prisión. ¡Hola, pastor ! ¡Aho. pastor! ¡Cortesano! ¡Aho, cortesano! Malicioso es el villano. ¡Bajad! Aquí estoy mejor. Mucho en hablaros me va; gran bien me podéis hacer. Bajad. ¿Me habéis menester? Sí. Pues sobid vos acá. Es más fácil la bajada y, aunque quiera, no sabré la senda. Yo si la sé; pero no se me da nada. Mirad que quiero saber negocio que importa mucho. Pescudad, que ya os escucho. Tan lejos no puede ser, que es largo. ¿Pues tenés hebra de preguntas? Sí, pastor. Pues largo preguntador ¡al infierno a dar culebra! ¡Ah, vil grosero! Ya bajo; ¡Tenga, no dispare! ¡Al fin rogar a gente ruin es mal lograr el trabajo! Señor ya vo. Ya os espero. ¡Bien la daga lo engañó! Quite el tiro, que ya vo. Hasta que lleguéis, no quiero. Sí que yo no rehurtía el bajar de corazón; son que so un poco burlón, y por holgarme lo hacía. Yo lo creo. Yo me admiro de ver que se haya enojado. No enojé Ya yo he llegado. ¡Válame Dios! ¡Quite el tiro! Agora sí. Veisme aquí. ¿que me queréis pescudar? Si sois de aqueste lugar quiero solo saber. Sí, pastor de sus sotos so, y, si he de decir verdad, de comprida veluntad dejara de serlo yo. Que es ¡par Dio ! cosa pesada desde el nacer al morir estar oyendo decir "be", "be" a toda una manada. "Be" dice la corderilla en tipre, y luego el cabrón "be" le responde en bajón; "be", el cabrito en tercerilla. Al mismo infierno me iré con más gusto que tratar con quien solo sabe habrar una cosa, y esa es "be". Pues vente en servicio mío a la corte, y allí oirás tantas cosas, que tendrás de la variedad hastío. Obligarle así me importa. ¿Que querés llevarme a ella? Sí. ¡Oh, lo que cuentan de ella! Pues la mayor fama es corta. Diz que crece a maravilla una orden nueva que atrás deja a todas las demás. ¿Cuál? La de la muletilla. ¡Bueno! Diz que nadie deja de entrar, si puede, en el uso: tanto, que uno se la puso porque le dolió una oreja; más, que he oído murmurar que todos los que han entrado en esta orden han tomado las mañas de mi lugar, que por ocasión precisa echa una a sisa o pensión, y aunque cese la ocasión se queda puesta la sisa; así, imitando a la villa en aquesa gente grave, aunque el achaque se acabe, se queda la muletilla. ¡Gracioso humor! Mas ¿qué tiene esto que afligirme a mí? De los taberneros, sí, tener nuevas me conviene. Señor, ¿es verdad que dan estos santos, por poder hurtar sin pena, en hacer a los que por vino van que beban a la salida de la tienda un trago de él, porque no pueda el fiel probar la mala medida? Yo soy forastero, amigo: poco de la corte sé; si te agrada, yo tendré gusto en llevarte conmigo, y tú en salir de villano. Digo que me vo con vos; cabras y ovejas, ¡adiós!, que Salado es cortesano. ¿Salado es tu nombre? Sí. Y eres mi criado ya. Y he visto en vos que será gran ventura para mí. ¿Sabes a lo que se obliga quien sirve? No lo he sabido. porque jamás he servido, y así es bien que me lo diga. sabré lo que debo hacer. Quien sirve ha de hablar verdad, guardar al dueño lealtad. y callando obedecer. Por bien que lo habés pintado. mejor comprillo sabré; mas tras esto también sé lo que ha de hacer, si un criado recibe, un señor discreto. Saberlo quiero también. Pagalle y tratalle bien y no halle secreto. Digo que lo cumpliré. Y yo que os sabré obrigar. Pues agora has de empezar a dar muestra de tu fe. Habrad. pues. Que una verdad sola me declares quiero. Bien záfil es lo primero en que probáis mi lealtad. Juan.,¿Dirásla? Dudáis en vano. la verdad vive en la aldea: ¡plegué a los cielos que sea mi enemigo un escribano, y en prolija enfermedad tenga cerca un herrador, un reloj y un habrador. si no os dijere verdad ¡ Galatea, la sobrina de Tibaldo. ¿qué se ha hecho? ¡Ay! ¿Suspiras? Sí, que el pecho de atormentado rechina en oyéndola nombrar. Pues, qué. ¿es muerta? Muerta, no. ¿Casose? No se casó. ¿Quiéresla? ¿Quién ha de osar. que como un potro respinga: Pues ¿por qué oyendo su nombre suspiras? Porque ama el hombre a su criada Dime. pues. de Galatea . que si yo la llego a ver. tercero prometo ser con la que tu amor desea. De eso nacen mis cuidados. ¿De qué? De que anocheció un día y no amaneció su sol más en estos prados. ¿Y no sabes qué se ha hecho? Yo. por no dejar perdido mi ganado. no he podido pesquisarlo; mas sospecho que en una quinta famosa que fertiliza este río tiene Tibaldo, su tío. oculta la ninfa hermosa: que un pastor lo dijo así. que la vio. Llévame allá. Id andando, que no está la quinta lejos de aquí. Mas aguardad, que esta es. si el alma. que lo desea. no se engaña. ¡Galatea! ¿dónde te llevan los pies? No te alejes, ten el paso: mira que tengo temor. ¿Qué temor? ¿ Qué mal mayor puede venirme que paso? ¡Dejadme. que la pasión me ahoga '. ¿Por ser amada, he de vivir encerrada en tan estrecha prisión? ¿Qué más castigo esperara, si fuera la culpa mía? ¿Qué más pena merecía, si fuera yo la que amara? La tierra, el aire y el cielo, que común a todos es, ya de la fiera a los pies, ya de las aves al vuelo, a mí sola me es vedada, siendo, ¡qué inhumana cosa!, mi desdicha ser hermosa; mi delito, ser amada. Dejadme, Tibaldo, pues, que si a algún peligro vengo, de tigre las manos tengo, de cierva tengo los pies; cuanto más que la razón cesa de esos miedos hoy, pues no saben dónde estoy, y el Príncipe está en prisión. De tu padre el mandamiento obedezco. Bien está, que mi padre no querrá que me mate el sentimiento: si os fatiga esta aspereza, en ese monte aguardad, mientras por la soledad divierto yo mi tristeza. No te alejes de mis ojos. No haré de vos larga ausencia. ¡Plegué a Dios que esta licencia no cause nuevos enojos! El alcaide más suave da fastidio. Te prometo que, aunque es humano y discreto Tibaldo, me es ya tan grave por su oficio, que me enfado solo en verle. Cosa es cierta. Aquella es Dominga; advierta si es de mal gusto Salado. Aguardemos, pues se aleja Tibaldo ya. ¡No sos bobo ! Esa treta es la del lobo cuando va a pescar la oveja. Aquí viene gente. Y son dos hombres. Ya nos han visto. Yo no puedo más, embisto, Dominga del corazón. ¡Oh, Salado! No temáis, bellísima Galatea. ¿Es don Juan? Es quien desea serviros; segura estáis. Ya, don Juan, de esa verdad clara experiencia he tenido; mas ¿qué causa os ha traído a esta oculta soledad? Hermosa serrana, vos a solo buscaros vengo; mucho que deciros tengo. si estamos solos los dos. Solo de vos me fiara, porque sé vuestra nobleza, y con nadie mi tristeza, sino con vos, aliviara. Dominga, divierte un rato ese pastor, porque quiero hablar a este caballero con secreto y con recato. Mi industria verás agora. ¿Gana de beber te ha dado? A buscar agua, Salado, que tiene sed mi señora. ¿Y he de matársela yo? Que vais errada creed, porque Salado dar sed sabe, mas quitarla no ; y si conmigo no vais, aun agua me ha de faltar; porque ¿cómo la he de hallar, si de salud me priváis? Porque beba mi señora, iré contigo. Eso sí. ¡Malos años para mí. si no hay tarquinada agora! Ya estamos solos. Oíd lo que me obligó a buscaros...Tibaldo puede escucharos; bajad la voz, y decid. Después, bella Galatea, que mi dicha me encontró en este intrincado monte con el Príncipe y con vos, volvió (no sabré deciros con cuántas ansias volvió) imprimiendo en vuestras huellas por la boca el corazón; luego que llegó a Mesina, que me hospedase encargó a Sergio, un gran caballero, de la nobleza crisol; si contara los regalos de que su largueza usó, ceñir pudiera en guarismo las hebras también del sol. Mas esto no importa aquí; voy al caso: amaneció claro el día, pero en breve se eclipsó su resplandor, pues apenas a Su Alteza entré a ver, cuando llegó un orden del Rey su padre para ponerle en prisión, y aunque se ignora la causa, con prudencia y con valor recibió Su Alteza el golpe y el decreto obedeció, y cuando pensé que hiciera nueva de tanto rigor que se olvidara de todo, solo atento a su pasión, se acordó, ¡quién tal creyera!, sólo de hacerme favor, V que con el Rey me ampare a la Infanta encomendó; yo, agradecido, obligado a tal fineza de amor, ¡cuánto enseña el poderoso dictamen de la razón! le pregunté en qué podría, cuando así obligado estoy, dando muestra de mi fe, dar alivio a su aflicción, que para que lo consiga la fe y palabra le doy que he de emprender animoso el imposible mayor; Elena. entonces, tierno. Su Alteza ¡Ay, amigo!, respondió, solo ver a mi serrana puede aliviar mi pasión". Obligome mi palabra y su pena me obligó, porque estoy agradecido y soy noble y español; y así, apenas al oriente dio Febo su resplandor, cuando en un caballo suyo, en lo bizarro veloz, partí, serrana a buscaros, y mi dicha me mostró la estrella de mis intentos en ese tosco pastor, y encomendando el caballo a un tronco, porque impidió lo espeso de ese jaral los efectos de su ardor, llegué, informome, partimos a la quinta, mas salió sin crepúsculos la aurora y antes del oriente el Sol; serrana bella, si acaso no miente esa perfección, si la hermosura del cuerpo es del alma resplandor, si en algo os tengo servida. si os obliga la razón, si os lastima el mal ajeno y os mueve un constante amor, pues ya tenéis experiencia de la palabra que os doy de que en facción tan piadosa no peligre vuestro honor, dad, con solo permitiros a los ojos de quien dio su libertad a los vuestros, dulce alivio a su pasión, pues solo dejando veros salgo de esta obligación; si es bien tan largo en Su Alteza tan corta largueza en vos, cumplid por mí esta palabra. guardad esta vez mi honor. si yo por vos la he cumplido. si el vuestro he guardado yo. Así tan galán esposo os goce cuan bella sois, y que, honrándoos como propia, como ajena os tenga amor. ¿Qué he de hacer? Ya no es posible resistir a tanto ardor. [ Hija de otro noble padre. quiero fingirle que soy, que así no rompo el secreto y le pongo obligación de guardarme la palabra y alivio yo mi dolor. Acabad, serrana hermosa; dad fin a la suspensión. Caballero valeroso, honra del nombre español: más alta dificultad, más profunda confusión, más misterio tiene el caso que habéis entendido vos; imposible es responderos, si no es que la llave os doy de secretos que me fuerza a callar mi obligación; mas si me dais de guardarlos palabra como quien sois, esto me habéis de deber en el mundo solo vos, que ha de fiaros seguro su archivo mi corazón: poca hazaña en quien ya tiene conocido ese valor. Hablad, bella Galatea; decid, que palabra os doy que a un sepulcro de diamante entregáis la relación. Esta, don Juan, que veis ruda corteza, esta humilde cortina de villana, no encubre verdadera rustiqueza: es cómico disfraz, es ficción vana, tosco engaste al valor de la nobleza, nube al candor de un alma cortesana, peñasco bruto que esconder porfía el precioso metal que Apolo cría. Hija soy de Roberto, respetado en Mesina por noble caballero: no lo conoceréis, que retirado vive él, y vos, don Juan, sois forastero; el cortesano traje, el dios vendado me hizo trocar en el que veis grosero: si a Júpiter venció su ardiente brío no admiraréis el rendimiento mío. Dos veces visitó la luz hermosa del Sol, los doce signos celestiales, mientras mi pecho de su pena ansiosa reprimió honestamente las señales; el Príncipe, ¡ay de mí!, la poderosa causa fue de mi amor y de mis males; ¿qué mucho, si a la envidia Amor pusiera que una frágil mujer se le rindiera? Y aunque, por no esperar verlos pagados, jamás le di a entender mis desvaríos, no anduvieron, al fin, tan recatados en callar su pasión los ojos míos que a entender no llegara mis cuidados mi noble padre, cuyos años fríos, si bien le han dado pecho más prudente, no aplacado al valor la sangre ardiente. Mas como ni apelar a la venganza, pudiendo remediarlo, era prudencia, ni se atrevió a poner la confianza de su honor en mi flaca resistencia, sólo fundó en mi ausencia su esperanza, y en este traje me entregó a la ausencia, poniéndome candados al secreto, ya el propio honor, ya el paternal preceto. El campo en esmeraldas a este río dos veces apagados sus cristales, después que tristes lágrimas envío sin fruto a humedecer estos sayales, y puesto que hasta agora el pecho mío nunca a la lengua permitió mis males, la resistencia misma, esto os confieso, hizo en mi amor lo que en la palma el peso; y cuando, vos presente, vi a Su Alteza, único centro y bien de mi memoria, acusar tiernamente mi dureza, penosamente conquistar mi gloria, no sé, no, cómo tuve fortaleza, no sé cómo de mí llevé victoria; no sé cómo enfrenó mi pecho ardiente del incendio amoroso la corriente, pues como estas pasiones por los ojos en lágrimas y penas reventaron, y en la fuga mis pies a los abrojos dieron sangre y mis faldas matizaron, después que sin defensa mis despojos siguió Su Alteza, indicios se juntaron con que dio el malicioso villanaje por plena la probanza de mi ultraje. Con tal nueva, mi padre, si intentara pintaros su furor es desvarío, pues solo de acordarme desampara la sangre temerosa el cuerpo frío, solo su airado aspecto me matara, a no ser mi inocencia escudo mío; pero mi lengua, allí sin fruto, intenta quitar su enojo y disuadir mi afrenta. Así, loco de airado, no me espanto, '. noble sangre su enojo y pecho anima, extendiendo la noche el negro manto me trasladó de este nuevo oculto clima, y porque solo me consuele el llanto; del secreto y clausura ley me intima, siendo mi muerte, ¡qué cruel decreto!,' pena a la transgresión de su preceto. Esta es mi historia, mi desdicha es esta, esta mi calidad, este mi estado, tantas las causas porque el alma honesta en tan dura opresión tiene el cuidado; mas tanto es ya el tormento que me cuesta, tanto el fuego del pecho enamorado, que su inmortal ardor vence al eterno que ministra suplicios al infierno; y como agora en la prisión padece el Príncipe, y su pena me lastima, en tierna compasión el amor crece, ya dar alivio a su pesar me anima: mas luego la tragedia se me ofrece de la opinión, que un noble tanto estima y, como nave entre contrarios vientos, padezco tempestad de pensamientos. Vos, pues, asilo sed al mal que paso, luz a la confusión, fin al tormento; y pues los puntos penetráis del caso, vos por mí responded a vuestro intento, si atento al ciego ardor en que me abraso, al claro lustre de mi estirpe atento: disponed mis acciones, que yo fío que más que vuestro honor miréis el mío. Si, por dicha, ha servido el escucharos de dar alivio a vuestros males fieros. bien, señora, habéis hecho en declararos; mas si es por obligarme, el conoceros la obligación aumenta de estimaros, no la resolución de defenderos, pues yo soy noble, y para hacerlo ha sido la ley más fuerte haberlo prometido. Venid conmigo, pues, en el secreto y en mi palabra y mi valor fiada: salga, con veros, del mortal aprieto que en la pasión le aflige enamorada el Príncipe, que en cambio yo os prometo armar el pecho, desnudar la espada, perder la vida porque goce iguales los bienes vuestro amor a vuestros males. El hecho es arduo, mucho de la esfera, acción igual, excede de mi estado; mas vuestro gran valor ¿qué me debiera, qué efeto produjera el dios vendado, como a la obligación correspondiera del Príncipe, por mí tan abrasado, si opuesta a los peligros más valientes, no atropellara un mar de inconvenientes? Resuélvome, don Juan, a vuestro intento; cumplid lo que ofrecistes a Su Alteza. Cerca tengo el caballo, que da al viento emulación, si quita ligereza. Vamos en él. y preste un fingimiento a mi ausencia, y disculpa, la fiereza de un oso: fingiré que me fatiga y que a esconderme su furor me obliga, para que si a la quinta, por ventura, vuelvo sin ser de nadie conocida, diga que el miedo, en una cueva oscura me tuvo en las entrañas escondida. Juan. ¡Es ingeniosa traza! En la espesura nos escondamos, y la voz fingida da al viento. ¡Qué animal tan espantoso! ¡Valedme. cielos, que me mata un oso! ¡Guarda el oso! El diabro ha sido, sin duda, quien me ha engañado. ¿Así me dejas. Salado? ¡Salado está corrompido! ¡Guarda el oso, Galatea! ¡Helo viene! El me hallará boca abajo. ¡Deme allá, por donde yo no lo vea! Tus excesos amorosos, ¿dónde están? ¿Qué es del valor de un amante? No es mi amor, Dominga, a prueba de osos. ¡Galatea! ¡Veslo allí! ¡Entre aquellas ramas suena! Si es que mi amor te da pena, ¡duélete, mi bien, de mí! ¿Agora me resquebráis? ¡Agora y siempre. Salado! ¿He de ser vueso velado? Si del oso me libráis. Y si me mata, ¿qué haréis? ¿Qué? ¡Llorar un siglo entero! Pues. Dominga, mucho os quiero. y no quiero que lloréis. ¿Cómo me dejáis? Ansí. ¡Ah. villano! Ya lo sé. ¿De tan poco fruto fue esta palabra que os di de casarme? Pues ¿matarme por casarme he de querer? ¿Qué más pudiera yo hacer, Dominga, por descasarme? ¡Qué desdichada nací! ¡Mi padre iba a visitarme a la quinta, y encontrarme ordenó mi suerte aquí! Las señas son, en efeto. de Elena. ¿Qué puedo hacer? Si la intento conocer es descubrir el secreto; si lo descubro, me obligo a imposible recompensa, pues que publico mi ofensa, sin fuerzas para el castigo, que el Príncipe, no don Juan, de este agravio es el autor. Disimular es peor, porque hacia la torre van. donde el Príncipe está preso; y si es que vive hasta aquí el honor de Elena, allí le ha de perder... ¡Pierdo el seso!El apearnos fue error. El temor de que cayeras me obligó a hacer que le dieras con tus pies al campo honor, que en cualquier peligro hallo que fiar es mejor medio de mis manos el remedio que de los pies del caballo, Conocerla es acertado, que si es Elena, don Juan es caballero, y tendrán, pues yo le tengo obligado, mi honor en el buen lugar. y seguro mi secreto. Ya, Sergio, aguardo el efeto de habernos hecho dejar el caballo. ¿Qué dudáis? Hablad; ¿de qué estáis suspenso? Vos, don Juan, según yo pienso, sois mi amigo... Bien pensáis, que engendra en mi corazón, vuestra amistad, amistad; vuestro hospedaje, lealtad; vuestra sangre, obligación. Según eso. os agraviara si en pediros fuera corta mi lengua. Sí. Pues me importa ver a esa mujer la cara.No me dejéis conocer. Esto os pido, como amigo. Y yo, como amigo, os digo, Sergio, que no puede ser. Ved... No hay más qué ver aquí. ¿Duéleos mi honor? ¡Claro está! En verla, el honor me va. Y en no permitirlo, a mí; ya como amigo habéis dado cuenta de vuestra intención, y ya mi resolución como amigo he declarado. Si otra cosa no mandáis. dadme licencia que siga mi jornada. Pues me obliga a que en la ocasión sepáis la necesidad, sabed... Tened, no me digáis nada, porque no veréis mudada mi resolución, creed, si más causas me alegáis, si me alegáis más razones que en esas vagas regiones átomos del sol miráis; y así, advertid como sabio que cuanto más me obliguéis, pues yo no he de hacerlo, haréis tanto mayor vuestro agravio. ¿Esa es fe y esa es lealtad? Pues decid, si no lo fuera y la salva no trajera. lo que pedís, de amistad, a cosa tan mal pensada como la que habéis pedido ¿hubiéraos yo respondido con la lengua, o con la espada? Querer, si con ella voy, ver una mujer, si el fuero no ignoráis de caballero. ¿no es agravio, en quien yo soy? Luego sin razón, mi pecho de poco fiel acusáis, si el efecto que miráis en mí la amistad ha hecho. ¡Duélase el cielo de mí! Si no podéis mi deseo cumplir, don Juan, juntos veo dos imposibles aquí; porque, supuesto que ya os he afirmado que en ver el rostro de esta mujer el honor todo me va, mirad, cuando la opinión estimo más que el vivir, si os puedo dejar partir sin conseguir mi intención. Según eso, mirad vos qué medio se puede dar, si ninguno ha de mudar su parecer, de los dos. Este el remedio ha de ser, que en casos de honor, el nudo que desatarse no pudo, la espada lo ha de romper.¿Hay tormento como el mío? ¿Hay más triste confusión? Vuestro noble corazón ponga freno al frágil brío, que si os enciende el valor el pecho en fuego, mirad que de la caduca edad la nieve os hiela el vigor; y os advierto, si a sacar una vez llego la espada, que menos que ensangrentada nunca la vuelvo a envainar: y ni el mataros me puede dar honra a mí, ni quitaros la vuestra a vos, ni arriesgaros con quien en fuerza os excede. Poco el valor me debiera, si fuerza igual me animara; poco en mi razón fiara, si esa ventaja temiera. No hay ya cómo desistir con honra de lo empezado, que es mejor morir honrado que deshonrado vivir. Pues, Sergio, vuestra amistad y vuestras canas perdonen. ¡En qué confusión me ponen desdichas! ¡Enviad, cielos, remedio que cuadre a este mal! i Yo soy vencido! ¡Morid, pues lo habéis querido! ¡No le mates, que es mi padre! ¿Tu padre? ¡Sí! En el fervor de tu afecto se ha mostrado; viva por ti. ¿Yo he engendrado hija que no tenga honor? ¡Mientes! ¿Qué queréis hacer? ¡O he de quitarle la vida, o morir! ¡Yo soy perdida, me pongo en su poder! Pues ¿qué resuelves? Medid la espada y golpes violentos, y solo a sus movimientos la defensa permitid; sin ofenderle, obligarlo a no seguirme intentad, mientras esta soledad mido yo en vuestro caballo. Yo lo haré, señora; vuela, que ese es el medio mejor. ¡Quién quitara a mi temor para el caballo una espuela ¿Adónde, enemiga, vas? En el caballo se ha puesto... ¿Huyes, traidora? Con esto crecen mis desdichas más. ¡Seguirete, si en el vuelo vences al viento! Eso no, que sabré impedirlo yo. ¡Tal permitís, santo cielo! Así no podrás quejarte de mí, pues jamás hui por vivir; ¡huyo de ti agora por no matarte! No agradezco tu piedad, si la vida me has dejado, pues dársela a un desdichado es la más dura crueldad. ¡Deja, español, mi caballo! Solo porque no me obligues a matarte, si me sigues, me determino a llevarlo. ¡Escucha! Di. Que el secreto de lo que aquí ha sucedido me guardes solo te pido. Como español lo prometo. Solo, a pie y con tanta pena, de noche y en despoblado, el cuerpo de años cargado y el alma de agravios llena... ¡Dios!, ¿qué es esto? ¡O que no muera hasta vengarme ordenad, o aquí a mi infelicidad dé monumento una fiera! ¿Qué culpas tan graves son, ¡cielos!, las que cometí, que me oculta el Rey así la causa de mi prisión? Mauricio, ¿qué has entendido, qué has oído o sospechado?Todo el reino, de turbado, tiene el discurso oprimido; que en los decretos reales, y casos tan ponderosos, todos callan, temerosos, lo que sospechan, leales. ¡Qué bien los daños ordena Fortuna a un desdichado! Apenas hube alcanzado el primer favor de Elena, cuando su muerte temprana me la quitó de los ojos; aún no aliviar mis enojos dio principio la serrana, cuando en tan dura prisión me puso porque su ausencia dé más furia a la impaciencia, y al amor su privación. Quiero mi pena inhumana en vos, papel, aliviar, porque me engañe el pensar que podéis a mi serrana decirla vos mi dolor, ya que me lo impida a mí la suerte. En mi vida vi tan grave efecto de amor. A no haberos declarado ya mi amor, tened por cierto que el haberos descubierto quién soy me hubiera obligado a no llegar donde veis, tan contra mi obligación; mas ya sabéis mi afición y mi calidad sabéis, y vuestra palabra espero que, como noble español, me habéis de cumplir. Al Sol faltará la luz primero. Aguarda, mientras despejo la sala y a prevenir entro a Su Alteza. Elegir no puedo ya buen consejo que a la confusión le cuadre de mi vida. ¿Qué he de hacer? ¿Cómo puedo ya volver a los ojos de mi padre? Si me escondo, su rigor y la opinión de mi afrenta se confirma y acrecienta... Mauricio es.¿Don Juan? Señor, dadme esos pies.Vuestra ausencia mis pesares aumentó. Y en la vuestra excedí yo los fines de la paciencia. Mauricio, junto a la fuente que de aquí dos leguas baña las plantas a la montaña y el cabello al sol de oriente me dio su veloz tordillo vuestro padre para cierta necesidad- A la puerta le dejo de este castillo; llevádsele, y advertid que queda solo y a pie.Tu Alteza, señor, me dé licencia.Al punto os partid. Mi hermano es este; él pasó sin reparar, ¡dicha ha sido!, mas indicios no ha tenido para pensar que soy yo. Don Juan, ¿dónde habéis estado? Si ausente, en servicio vuestro. ¿Qué haréis por mí si aquí os muestro la que el pecho os ha abrasado? ¿La serrana? Sí, señor. Dareos mi reino y mi vida. Con menos veréis cumplida la gloria de vuestro amor. ¡Pedid, pues, don Juan, que estoy muriendo! Con que me deis una palabra, veréis que esta cumplo. Yo os la doy. Sólo estar cierto procuro de que el honor que mantiene le guardaréis, porque viene debajo de este seguro. Palabra os doy que su honor, por más que loco me abraso, no ofenda. Si deja acaso cumplirla tan ciego amor. Voy por ella. ¡Agora soy dichoso! Serrana, entrad. Los pies, gran señor, me dad. ¡Los brazos y el alma os doy! Tan loco de gloria estoy, que si en vano de alegría el mundo llenar porfía la humana capacidad, en vos contemplo deidad viendo que llenáis la mía. ¡Lo que encarece su fe la lisonja cortesana! El alma tengo serrana. Desde el punto que os miré tanto en vos me trasformé, que restando al ciego dios en hacer uno a los dos su poder, yo solo agora dejo de ser vos, señora, por quereros más que vos. ¿Y Elena? Quiero decir que solo por vos la amé; que puesto que el amor ve como Dios lo por venir, quise mi fe prevenir, y sabiendo que quereros es nada después de veros, hizo que la imagen bella de vos adorase en ella aun antes de conoceros.Con todo, no me daréis el título de tirana si pienso que a una serrana tan firme amor no tenéis. A cualquiera le diréis estos mismos fingimientos. Si os queréis de mis intentos informar, ese papel mirad, y veréis en él cuáles son mis pensamientos. Porque a la desconfianza le dan nombre de discreta, lo he de ver. El alma inquieta no sufre ya la esperanza. Un infierno es la tardanza. Yo muero. ¿Cuál ocasión tendrá mejor mi pasión? La palabra importa poco. Loco estoy; no tiene un loco de cumplir la obligación. Morir es cosa inhumana de sed a orillas del río; ser mi fe verdugo mío fe bárbara, ley tirana; ¿Y qué importa a una villana no guardalla, si así evito a un Rey un mal infinito? Ceda el menor al mayor, y quien no sabe de amor no condene mi delito. Don Juan. ¡Señor! Ya mis penas me han quitado el albedrío; ya el ardiente fuego mío ha llegado a las almenas. ¡Yo he de gozar o morir! ¿Qué decís?Que de estas dos importancias juzguéis vos cuál se debe preferir: si de un príncipe la vida, o el honor de una villana. Pues, señor, ¿ha de ser vana la fe por vos prometida? Por eso os pido permiso; que si dado no la hubiera, lo que es ruego, imperio fuera, y lo que es demanda, aviso. Las palabras y las leyes nunca obligaron al rey; que a toda palabra y ley son superiores los reyes. Vos que lo sois, en afrenta no incurrís, señor; yo sí, faltando a lo que ofrecí. Yo lo tomo por mi cuenta. Demás que es fineza vana ésta de que usar queréis. ¿Qué importa que no guardéis la palabra a una villana? Para cumplir la que doy, nunca, señor, atendí a quiénes a quien la di, sino solo a quien yo soy; y así es fuerza que os impida vuestro intento, si advertís. ¡Vive Dios, si lo impedís, que os he de quitar la vida! Sois Príncipe, y ya he besado vuestra mano por señor.Pues si lo soy, y el furor sabéis de un enamorado, mudad consejo, pues veis que si impedirlo intentáis, morís, y no la amparáis, y así, todo lo perdéis. ¿Qué he de hacer? El resistir No es posible. ¿Que consienta, siendo Elena, hacer la afrenta? Primero es fuerza morir. ¿Diré que es Elena, pues? No; que romper el secreto es cierto así, y el efeto de ampararla no lo es; pues si muero resistiendo, ni guarda su honestidad mi muerte, ni yo lealtad, pues a mi Príncipe ofendo. ¡Si de sus ojos pudiera quitarla sin resistir con las armas, incurrir en su enojo no temiera; que pasado ya este ardor, y sabiendo que es Elena, me remitirá la pena y estimará mi valor. Y, si no, el Rey me podrá librar de su indignación, pues es justo, y la razón que he defendido verá. Salga yo una vez de aquí con la vida y el honor, y fulmine su furor iras después contra mí.¿En qué dudáis? Resolved ya vuestra muerte o mi gusto. Serviros, Príncipe, es justo; mas hacedme una merced.Decid. Pues por vuestra cuenta tomáis mi honor, un papel me dad, firmándolo en él, porque nadie de esta afrenta me arguya, y sepan que di mi palabra confiado en la vuestra, y que forzado de vos mismo, la rompí.¿Eso pedís, cuando os diera, por gozar de mi serrana, de la región siciliana la corona que me espera? ¡Una silla! Tu prisión puedes llamarla, pues antes que tú de ella te levantes cumpliré yo mi intención. No dirá que le resisto; que el huir no es resistir.¿Qué es esto? ¿Qué hacéis? Cumplir mi palabra. ¿Quién ha visto locura más atrevida? ¡Ah de mi guarda, matad ese enemigo! ¡Mirad que me ha quitado la vida! Proseguid. Bien justamente me fie; que antes pensara que al Sol hermoso faltara la diadema refulgente que su palabra, y juzgué que nunca, aunque es loco Amor, pudiera hacer su furor a un rey quebrantar la fe Pues como vi que Su Alteza tan resuelto la rompía, resuelto a estimar la mía menosprecié la cabeza, y pidiéndole un papel porque a poderme escapar me diese tiempo el estar puestos los ojos en él, apenas Su Alteza había puéstose a escribir atento, cuando yo, imitando al viento, ciego raptor de Oritía, llevando en los pies dos alas y la serrana en los hombros, salí, atropellando asombros; penetré, volando, salas. Su Alteza, con causa, airado si engañado justamente, "¡Matadle!", dijo impaciente, "que la vida me ha quitado". Mas yo, cuando él lo decía, ya como el centauro Neso. a quien más plumas que peso su Deyanira ponía, pisaba sombras secretas del campo, y tarde las guardas sus espadas y alabardas quisieron hacer saetas. Así su gracia perdí, cosa que previne yo, pues hice lo que él sintió, si bien lo que yo debí; y aunque aplacó su furor vuestro padre, como el cielo, quitando su vida al suelo, me quitó a mí el defensor, y él reina ya, el pecho, lleno de temores, se desvela; que hay amor para la espuela y no hay padre para el freno. Y así, me quiero partir a España, pues según ley contra la espada de un rey no hay más defensa que huir. ¡Qué bien sabe amor hacer los caminos al tormento, pues solo muestra el contento para volverlo a esconder! Respetando obligaciones del honor con que he nacido, afectos he reprimido y he sujetado pasiones causadas de estos despojos; que jamás fue en su furor con más seso loco amor ni fue ciego con más ojos. Mas no esperéis, corazón, que le diga mi pesar; pierda la vida el callar, y no el hablar la opinión; pues si permito la ausencia, ¿cómo he de poder llevarla, pues a solo imaginarla niega paso la paciencia? Deme la necesidad industria... Yo no me espanto, don Juan que al Rey temáis tanto, que ese temor es lealtad. Pero busquemos un medio que aplacando este rigor dé fin a vuestro temor y al Rey, en su mal, remedio; pues nos obliga a este intento ver que sus melancolías a sus juveniles días amenazan fin violento. ¿Qué se ha hecho la serrana? Desde aquella noche habita los montes, donde ejercita la imitación de Diana; que temiendo ya la furia de sus deudos y el poder del Rey, se quiso esconder donde libre de su injuria vive entre riscos de plata y entre peñascosas grutas, comiendo silvestres frutas y libres fieras que mata; que tanta fuerza y destreza le ha dado el largo ejercicio, que hurta al Amor el oficio como a Venus la belleza. Pues, supuesto que es tan claro que estriba la paz en ella, venga la serrana bella con seguro de mi amparo, a mi cuarto, porque sea, defendiendo yo su honor la paz de tanto rigor ver el Rey a Galatea. Traerla, señora mía, imposible me será. Pues decidme dónde está. ¿Cómo? Si de mí se fía. Con ella, pues, lo tratad; que puede ser que cansada de esa vida tan pesada admita mi voluntad. Eso dicta la razón. Hacerlo quiero, que es justo; pues remitido a su gusto me quita de obligación.; que de otra suerte, primero que la fe le quebrantara diera al mundo luz más clara que la del sol el lucero. ¡Qué galán tan fino hacéis! Muy poco a deber me queda.; que con la sangre se hereda esta obligación que veis. Si la hija de un villano entre peñascos nacida os hace oponer la vida al rigor del Rey, mi hermano, por una Infanta, ¿qué fuera, si os hubiera menester, para evitar el poder de un Rey que su mano espera por tener ella su amor en quien, si no es majestad, es rey de su voluntad, que es el imperio mayor? Entonces fuera perder mil vidas pequeña hazaña. Pues, don Juan, no os vais a España, porque yo os he menester. Aquí es fuerza despreciar la vida ya; corazón, ¿en cuál mejor ocasión la puede un noble arriesgar? Sin duda pagar desea lo que Mauricio padece; que ni otro aquí la merece ni otro en su afición se emplea. ¡Ah, Mauricio feliz! ¡Hoy dulce descuento tendrás de tanta pena, y verás si yo agradecido soy. ¡Ah, pesia tal que os cogí! Salado, puedes creer que te he deseado ver. ¡Esa es buena para mí! La fiera nos apartó. Buscad un bobo que os crea. La fiera fue Galatea. Esa es malicia. Esa no. Mientras pide, es condición antigua del cortesano besar humilde la mano, y en alcanzando, ¡afufón! No lo haré yo. ¡Bien, por Dios! Dejé por vos mi ganado, y hálleme luego burlado, sin mi ganado y sin vos. Fui a cas de Sergio, y dijeron que ya más allá volvistes desde aquello que tuvistes con el Rey, cuando quijeron sus criados, por pescar a Galatea, mataros. Y así he tardado en hallaros, porque la corte es un mar. Es- verdad que en su grandeza tanto que ver he tenido, que con su gusto he perdido, de no hallaros, la tristeza. Damas de mucha hermosura, aunque armadas, he encontrado; mas nunca les ha pasado del ombrigo la armadura. Un lisonjero felice topé adulando a un señor: ¡no sé yo cuál es peor, quien la escucha o quien la dice! Un sacristán inocente vi, que escribiendo y hablando siempre se estaba quejando de la invidia solamente: que él era el Sol y intentaban nubecillas eclipsarle; que era león y a ladrarle mil gozquillos se juntaban. Y tras esto supe yo que cuantos discretos vían su inorancia, le tenían lástima, que invidia no. Luego encontré un pretendiente quejoso de dilaciones, a quien probé en dos sazones que era un grande impertinente. ¿Cuáles son? Díjele: "Ignoras, cuando con tanta porfía te quejas, que en todo un día son veinticuatro las horas. Al triste privado, pues, da siete para dormir; comer, desnudar, vestir, a un paje consumen tres; al descanso, que esto es ley, una concede, no más; pues tres bien se las darás para tratar con el rey; a la audiencia, dos cabales; una, al oír misa y rezar; pues otra se han de llevar las demandas corporales; pues, cuando no me descuentes lo que gasta en cumplimientos, fiestas, acompañamientos y otros dos mil accidentes, ¿cuántas restan de este día para el despacho? No más de seis. Pues di, ¿no verás que hay Alemania y Hungría. Francia, España, Ingalaterra. Italia, Venecia y Flandes, y que hay negocios tan grandes que tratar de Estado y guerra, que quieren tiempo infinito para su resolución, y que en su comparación vienes tú a ser un mosquito? Pues espera tu lugar o deja el ser pretendiente; que esta plaza solamente se alcanza sin esperar. Tu entendimiento, Salado, es como el nombre. Señor. ¿no le mueve a gran dolor ver mi ingenio arrinconado? ¿Quién, por la vista, de ti buen concepto ha de formar? Pues ¡a fe que en mi lugar no lo pensaban ansí! Alcalde he sido, y no en balde; que hacer josticia me vían tan bien, que todos decían que era bueno para alcalde. Y a fe que puesto delante un delincuente de mí, que nunca le parecí punto menos que gigante. Mas víneme de mi aldea fiado en que merecía a la villa en que vivía la serrana Galatea; y aunque he dado ya experiencia de mi ingenio y opinión, pudo más la información del talle que de la ciencia. Porfié por si vencía este estorbo y me tardé tanto tiempo, que gasté lo que gané en la alcaldía. En viéndome así el planeta obro del nativo genio, porque, pobre y con ingenio, fue fuerza dar en poeta; pero los versos me han dado, si no presunción, sustento; fuerza fue, no distraimiento lo que hacerlos me ha obligado, hasta que tuviese solo un amo tal como vos, que en tiniéndolo, ¡por Dios que ha de perdonar Apolo! Pero tanto, al fin, me veo de mi fortuna abatir, que ni aun merezco servir por mucho que lo deseo. Todo esto os quise contar por haber con eso dado respuesta a mil que han culpado que me ocupe en coplear. Y entre esos merecimientos con que acusar tu fortuna, ¿no has tenido falta alguna que deslustre tus intentos? Lo que en ti el amor ha hecho por Dominga no se sabe. Sí; mas en eso el más grave meta la mano en su pecho; porque un delito que abona tanta hermosura, el que es sabio, si lo culpa con el labio con el pecho lo perdona; y cuando me oye acusar de ello algún cuerdo, responde: "Más invidia he de vos, conde, que mancilla ni pesar". Nuestro Rey, ¿no sabéis vos que muere por Galatea? Pues aunque más rica sea, no es más hermosa, ¡por Dios! Calla, y serás mi criado. Por serlo quiero callar. Al Rey no se ha de tocar; que, aunque es humano, es sagrado. ¿Vas, señor, a la posada? No; aquí me aguarda a las diez esta noche. ¡Oh, esta vez aforras la cantonada. Hijo, ya ves las razones que obligando nos están a no sufrir que don Juan nos traiga en más dilaciones. Ya ves, Mauricio, que el Rey tan loco está por Elena, que a la de Hungría le ordena, tan contra razón y ley, que no salga a tierra, dando por causa a la dilación la falta de prevención. Pues yo me animo pensando que si el Rey supiese que era viva Elena, y la serrana por quien él muere es tu hermana, ser su esposo resolviera; que, pues sin esa esperanza al tratado casamiento resiste, en este argumento fundo bien mi confianza.Es así. Bien es verdad que he dado en formar conceto de que goza con secreto a Elena Su Majestad, y que para descuidarme, es la tristeza fingida, puesto que no hay quien le impida el gozarla y agraviarme, siendo ya Rey, sin prisión ni límite en su poder, Lo mismo llego a entender: y ayuda esa presunción ver que si fuera verdad que don Juan le resistía, el fin a su amor, le habría preso ya su Majestad y aun muerto. Pues hoy, advierte: o don Juan, sin dilatar un punto, nos la ha de dar, o le hemos de dar la muerte. Señor, desde el mismo instante que don Juan pisó a Mesina, me aborrece a mí, y se inclina a ser la Infanta su amante. Y cuando no, nuestro honor y el mandarlo tú, bastara para que yo le matara con tantos celos y amor. Él viene; pero tenemos las ventanas de palacio muy cerca. Lugar y espacio más conveniente hallaremos. Tomada resolución, eso no importa. Don Juan, ya nuestras cosas no están para sufrir dilación. Ya veis que, habiendo llegado la infanta Arminda de Hungría al puerto donde entendía llegar al de su cuidado, el Rey manda que se esté sin saltar en tierra, y esto en gran sospecha me ha puesto de que en secreto se ve con Elena, y que ya sabe que es ella; que es cosa llana que no hiciera una villana efeto en un Rey tan grave; y más sin verla o tener noticia de ella, y así o la habéis de dar, o aquí vuestra muerte habéis de ver. ¿Vos pagáis conforme a ley lo que veis que he padecido por ella, y haber caído en la desgracia del Rey? Esas son sofisterías y mañosos fingimientos para impedir mis intentos y desmentir las espías, como también la tristeza del Rey lo debe de ser para encubrir, y poder gozar así la belleza de Elena, sin dar sospechas. Pues, decidme: las espadas y alabardas que arrojadas fueron por el aire flechas a matarme despedidas cuando, resuelto a la pena, saqué del castillo a Elena, ¿fueron ciertas, o fingidas? Ningún suceso ha tenido semejanza de ficción más que ese, pues la razón muestra que, a no ser fingido, no salierais, español, vivo de entre tantas puntas, que por muchas y por juntas no las penetrara el sol. ¡Lo que se debe al valor, al engaño se atribuye! ¿No veis cuan claro se arguye que si defender su honor fuera, don Juan, vuestro intento no le llevarais allí, pues acercasteis así al fuego crecido el viento? La palabra me obligó que a Su Alteza le había dado; demás de que confiado iba yo en la que él me dio de contentar con mirarla sus pensamientos. Don Juan, palabra que reyes dan nunca pueden quebrantarla; y es el hablar de esa suerte poco respeto y temor al Rey.Con este color pienso disculpar su muerte. Que a darla Su Majestad la cumpliera. Que la dio digo; no que la rompió, pues vive la honestidad de Elena. Y no forméis lazos ni quimeras fabriquéis con que a mi lealtad arméis maliciosos embarazos; y advertid, si acaso os mueve la razón agradecida, que vos me debéis la vida y Elena el honor me debe. Bien lo sabe el cielo justo. En cuanto a que yo os la dé, la palabra le empeñé de no hacerlo sin su gusto. Hasta agora no me ha dado licencia; pero pensad que su honor y honestidad defiende un lugar sagrado. Decir más no puede ser, porque repugna a quien soy. Esto supuesto, aquí estoy; mirad lo que habéis de hacer. Dar fin a tema tan loca rompiendo ese pecho infiel, para ver escrito en él lo que me niega la boca.El castigo que mereces tendrás. Pues mirad por vos, Sergio, porque solo Dios sabe perdonar dos veces. ¡Triste de mí, que es don Juan! ¡Sergio; ah, Mauricio! La Infanta nos llama. En desdicha tanta, en que vida y honra van, no hay respeto, ni temor, i Mirad que la Infanta os llama! ¿Cómo puede el que bien ama romper las leyes de amor? ¡Teneos, padre!, que es forzoso a la Infanta obedecer. } El cielo da en defender a este español venturoso! Don Juan, en palacio entrad. Voy, señora, a obedecerte. Sergio, decid, ¿de esa suerte servís a Su Majestad? ¿Así a un noble forastero albergáis? ¿Así, a los ojos de palacio, los enojos remitís al blanco acero? ¡Por vida del Rey mi hermano, que os he de dar a entender qué respeto ha de tener, del más noble al más villano, a esta casa, y con qué penas ha de verse castigado quien no adora por sagrado la sombra de sus almenas! ¡Todo lo habernos perdido! No fue acertada facción haber en esta ocasión nuestra venganza emprendido. ¿Quién pensara que primero que a nuestras manos muriera, la Infanta al balcón saliera a reprimir nuestro acero? Ya se erró; solo nos queda la esperanza de enmendarlo; hijo, en pudiendo matarlo, suceda lo que suceda. ¡El Rey! Las tristezas mías, Amor, ¿en qué han de parar? Si no me has de remediar, ¿por qué dilatas mis días! ¡Sergio! ¡Gran señor! Yo muero; sin remedio es mi dolor. La vida del Rey, señor, a la del reino prefiero; si os da pena el casamiento, vuestros fuertes escuadrones, con armas y con razones defenderán vuestro intento. ¿Don Juan Chacón, dónde está? Él viene. Resuelto estoy a acabar mis penas hoy. pues me acaban ellas ya. Matarelo, ¡vive Dios!, si no me da la serrana. Cosa es. don Juan, inhumana que esté mi remedio en vos y yo muera. Mi pasión, vos lo veis, es ya de suene que trueco a siglos de muerte instantes de dilación; y así, en tan justa querella. resuelvo que es necedad, si me matáis con crueldad, no defenderme con ella: o al dueño de mi esperanza me dad luego, o aquí al punto tendré, con veros difunto, si no remedio, venganza. pues que ni hay razón ni hay ley por qué guarde ese valor de una villana el honor más que la vida de un Rey. Señor... O darla o morir es fuerza, sin replicar, Pues el noble ha de guardar la palabra, o no vivir. Pues. ¡Sergio y Mauricio, en pena la vida aquí le quitad! Don Juan ha dicho verdad: el honor guarda de Elena. ¡Matadle! Mira, señor... Poco mi vida estimáis, pues que la suya amparáis, cuando me mata el dolor; pero la guarda, mi pena mitigará con su muerte. ¡Hola! Detente, y advierte que la serrana es Elena. ¿Qué decís, Sergio? Que así. arriesgando honor y vida, paga el alma agradecida lo que hace don Juan por mí. ¿Que es Elena? Sí, señor; que os vi abrasado de suerte que hube de fingir su muerte para defender su honor; y esto, a la fe, que miráis al gran don Juan ha obligado. Don Juan está disculpado, y vos disculpado estáis; y en albricias de que Elena vive, os doy, Sergio y Chacón, mis brazos con el perdón de vuestra culpa y mi pena. Vos sois sol de nuestra» vidas. Y esfera de la piedad. ¡Don Juan! ¿Sergio? i Perdonad culpas de un error nacidas. Dadme esos brazos; serán de mi humilde cuello lazos: Mauricio, dadme los brazos. Y el alma en ellos, don Juan. En albricias he de darte por nueva que tengo indicio de que la Infanta, Mauricio, tu afición quiere pagarte. ¿Cómo? No preguntes más. De nuevo me has obligada) a ser tu esclavo. Cuñado del Rey, si puedo, serás. Ya mi cuidado cesó: ya, noble español, no os pido a Elena, pues habéis sido más padre de ella que yo. ¡Ay, Elena de mis ojos, dichosamente he logrado los tormentos que he pasado? yo agradezco mis enojos. que tal calidad de pena sin duda que pretendía declarar al alma mía que eras viva, dulce Elena. Mudar intento conviene, o al menos disimularlo, por Sergio, que aunque es vasallo, de reyes la sangre tiene. Un húngaro caballero pide licencia de verte. Mensajero es de mi muerte, si es de Arminda mensajero. Querrá que abrevies el día de tus bodas.! ¡Ay, Elena! Tu memoria es en mi pena sol de la noche en Hungría. Famoso Rey, cuya vida libre del común tributo, a emulación de tu nombre, discurra infinitos lustros: la Infanta Arminda, mi prima, que después que al cielo plugo que tantos reinos pasase no puede pisar los tuyos con dudosa admiración y con sentimiento justo de que por galas nupciales te cubran funestos lutos, y que impidiendo a sus plantas tocar el puerto seguro, tanto le encubras el rostro cuanto le muestras disgusto, te suplica que den luz al laberinto confuso de sus bodas tus palabras; Rey, lo que te pide es justo; desata, pues, las prisiones a tus pensamientos mudos y de tan públicas penas publica el principio oculto, que Arminda partió de Hungría para que en consorcio tuyo fuese reina de Tinacria, no vasalla de Neptuno.No piense la hermosa Infanta que son para daño suyo estas dilaciones, no; su bien solo en ellas busco; melancólicas pasiones, irremediables disgustos me tienen tal, que en el pecho vive el corazón difunto. ¿Veis este afligido aspecto? ¿Veis este fúnebre luto? Pues, cuanto el alma es más noble, juzgad mayores los suyos. Mal. pues, le estará a la Infanta tener marido sin gusto, gozar un cuerpo sin alma y un casamiento sin fruto; y así, le podéis decir que por todo el cielo juro que si la mano le niego, mayores penas le excuso, pues cuantos celebran sabios dicen que hallarse no pudo mayor infierno en la vida que un casamiento a disgusto. Según eso, vuestra hermana hará lo que vos. y es justo, puesto que de mis conciertos son dependientes los suyos. ¡Bien veneráis las cenizas de vuestro padre difunto! ¡Bien sus contratos guardáis, ¡bien la fe que interpuso! ¡Bien cumplís vuestra palabra! No peco, en romperla, mucho, que si la di compelido, el concierto fue ninguno. El respeto paternal, que se juzga temor justo, no obliga a lo que ofrecí forzado; libre, no cumplo. Basta, no aleguéis más leyes porque los jurisconsultos no entienden de la milicia; solo sé los estatutos, y averiguan los agravios entre monarcas del mundo, no puntos de blandas plumas, mas puntas de acero duro. Primo de la Infanta soy, y propia la ofensa juzgo: cuando no por ser su deudo, por ser escudero suyo; presto mil preñados montes veréis, por el mar cerúleo, romper con nevadas quillas, en la sal, azules surcos, y que llegando a tocar sus árboles vuestros muros es de Grecia vengativa un Paladión cada uno.¡Ni donde en peñascos fríos batiendo airada Anfitrite eco sus voces repite entre cóncavos bajíos, ni dónde en ebúrnea cama y purpúreos pabellones, las orientales regiones ilustra del sol la llama; ni dónde el blando elemento en sombras occidentales, a las luces celestiales prestó oscuro monumento, en sus discursos han hecho gigantes, fieras, vestiglos, monstruos ni rayos los siglos que den terror a mi pecho? ¡Pueblen los campos sileos los húngaros escuadrones, a contrastar los peñones de los montes lilibeos; venzan en alado pino la furia al Tirreno mar, con presunción de aplacar la del Peloro y Paquino! ¡Verá, por su mal, Hungría que en el tinacrino suelo es un Etna y Mongibelo cada corazón que cría! Arme, pues, ya vuestra tierra las peñas que el mar azota, que la amistad queda rota, y publicada la guerra. ¡Ah, caballero!, escuchad. ¿Qué queréis? Dadme licencia, en tan grave diferencia, para hablar, señor.Hablad. Ya que queréis que concluya la guerra lo que es derecho, no es bien que un pacto deshecho tan graves reinos destruya, pues, según experimento, la guerra, en prolijos años, causa innumerables daños y no consigue el intento; y así, porque reducidas, si a vos y al húngaro agrada, a una vida y a una espada se rediman tantas vidas, mañana, por todo el día, cuerpo a cuerpo, solo quiero, gran señor, con este acero sustentar a toda Hungría que cumplir no le debéis los conciertos que asentó vuestro padre; y si soy yo vencido, señor, haréis lo que ordene el vencedor, y si venzo habéis de estar libre, y las paces quedar en lazos de eterno amor. ¿Qué os parece? Que es don Juan restaurador de tu tierra; evita, señor, la guerra, pues que los cielos te dan remedio y seguridad, que es cierto que su valor ha de salir vencedor. Responda Su Majestad. Yo respondo que está bien esto a todos, y me obligo a cumplirlo. Pues yo digo que lo consiento también, pues demás de las razones propuestas, con este acero segura victoria espero. A firmar las condiciones vamos al punto. León me nombra el húngaro polo. Pues a mí me llama solo España don Juan Chacón. ¡Oh, amado sin igual tormento! i Oh dura, oh dulce sujeción del albedrío! A una imaginación, a un desvarío, a una ciega pasión, a una locura de la esperanza apenas la figura alcanzo a ver, y sin volar confío y un bien siguiendo incierto me desvío de remediar tan cierta desventura. No tengo culpa yo, que soy llevada de una violenta mano, a cuyos fueros la razón prueba a resistir en vano; bien que no soy en esto muy forzada: yo con mis pies, don Juan, fuera a quereros, cuando no me llevara aquella mano. una serrana aguarda tu licencia. Entre. En tu real presencia está una humilde esclava. Por qué escondes el rostro? Si estás sola, el sutil velo correré Sola estoy. A Galatea tienes delante. Nube opuesta al cielo la toca fue; feliz quien te desea, aunque jamás tan soberana gloria a humano amor conceda la victoria. Elena, que ya sé que eres Elena; que el Rey, para descanso de su pena, tu historia me ha contado. ¿Cómo he sido tan dichosa que a verme hayas venido? El español don Juan, Infanta hermosa, fue causa de ser yo tan venturosa. De vuestras cosas me contó el estado, y me propuso lo que habéis mandado, y como en vuestro amparo estoy segura y aquí más cerca al fin de la ventura, y me aflige del campo la aspereza, y es fuerza obedecer a Vuestra Alteza, partí con él al punto El cielo sabe que entre tantas razones me ha obligado más el amor que la razón de Estado. ¿Quién sino el español darme pudiera tal gusto? ¿Y quién a mi tal bien me hiciera sino don Juan, cuyo valiente pecho hazañas mil en mi defensa ha hecho? ¿Viste jamás tan noble caballero? Desde las claras puertas que el lucero abre al aurora a las que Tetis fría cierra en el mar para esconder el día, en valor, en nobleza y en prudencia ni aun la soberbia le hizo competencia. Elena, por tu vida y por la mía, una verdad me di. ¿Quién la podría negar cuando tal prenda en ella pones? ¿Quiérete bien don Juan?, que mil razones me obligan a pensarlo. Agravio has hecho a tan leal y generoso pecho. ¿Amando el Rey, tu hermano, mi belleza presumes de su sangre esa bajeza? ¡Oh, qué mal sabes del amor las leyes! ¿No ves que es dios y no respeta reyes? ¿Cómo podrán en mudas soledades Venus y Adonis respetar lealtades, y más cuando lo dice claramente mostrarse en tu defensa tan valiente? No me lo niegues, que a los cielos juro que está el secreto en mi amistad seguro. Por tu vida y por ellos, ¡ay!, por cuanto cubre y sustenta su estrellado manto, que acción suya, palabra o pensamiento jamás indicio dio de tal intento. Ya te he dicho verdad, Infanta bella, y otra me has de decir en cambio de ella. ¿Quieres bien a Don Juan? ¿Yo? No lo niegues, que por mucho que encubras tus enojos, sale el alma a decirlo por los ojos. ¿Colígeslo por dicha de que he sido curiosa en preguntar? Más causa ha habido. Dímela por tus ojos. i Ay, qué priesa! O no sé yo de amor, o estáis vos presa. Yo la haré confesar con un engaño. Hame dicho don Juan... ¿Qué?, por mi vida di. ¿Y ese no es amor? ¡Tú estás perdida! Curiosidad es esta. Pues si en ello no te va más, no importará saberlo. Dímelo por mi gusto. Es caso injusto secretos descubrir por solo el gusto. Dime tú la verdad, si te da pena porque te importa, que lo sepa Elena. ¿Qué me puede importar? Lograr tu intento. ¿Cómo? Allá lo verás en la estacada. No pierdas la ocasión, que si esta pierdes no lograrás tus esperanzas verdes. Mi sangre tienes, su valor conoces. Pues dices que su mano está en la tuya, solo te he de decir, porque concluya, que su nobleza y gentileza es tanta, que le he juzgado digno de una Infanta. ¡Basta, no digas más! Pues dime agora qué te ha dicho don Juan. ¿Diré, señora, la verdad? Sí. Pues no me ha dicho nada. ¿A engañarme te atreves? No atreviera si en ello tu provecho no emprendiera. Presto verás logrado tu deseo; que del engaño la intención abono. Con eso, Elena, yo te lo perdono. Hoy, Mauricio, dará al suelo envidia nuestra ventura; que don Juan me lo asegura si le da victoria el cielo. Tan cierta la dicha esté como la victoria está en su valor. Si estará, pues que me empeñó su fe.Ya llegan a sus asientos Sus Altezas, y ya suenan los instrumentos, que llenan de estruendo marcial los vientos. ¡Ay de mí, cayó don Juan! ¡A los tres vencido había y el cuarto al fin le venció! ¡Vitoria! ¡Qué gran desdicha! Todo lo ha puesto del lodo. ¡La victoria por Hungría! ¡Aquí perdí mi esperanza! ¡Aquí dio fin mi alegría! ¿Quién sois, heroico varón, a quien debemos tal dicha? Presto veréis vuestro engaño. Caballeros de Sicilia y Hungría, escuchad atentos, pues que la victoria es mía: ¿no fue el concierto que siendo vencido don Juan harían lo que el vencedor quisiese Sus Altezas? Con sus firmas a cumplirlo se obligaron ¿Luego en mi sentencia estriba el caso? Sí. Pues por ella condeno al Rey de Sicilia a que a mí. que Elena soy. y del noble Sergio hija, restaurándome la fama que por él tengo perdida. me dé la mano; y la Infanta la dé al honor de Castilla, al noble don Juan Chacón, pues, venciendo a los de Hungría, la libró de sus conciertos, y después, porque consiga yo mi fin, dejó vencerse; y así, por la causa misma que es vencido, es vencedor. ¡Viva Elena, Elena viva! Yo consiento mi sentencia. y yo obedezco la mía. Y yo os doy la mano. ¿Así cumplís la fe prometida, don Juan? Cuñado del Rey os dije yo que os haría, ya lo sois, pues vuestra hermana es su esposa. Y yo a Dominga ¿no daré la mano? Al dote me obligo si eso la obliga. A dote y a casamiento ¿qué mujer hay que resista? Y al vencido vencedor demos fin, para que os pida, senado, el autor perdón; que ya con él se publica vencido de esa nobleza, vencedor de su desdicha.
