Texto digital de Los vargas de Castilla
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- Lope de Vega Carpio
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- Género
- Comedia
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- El texto ha sido preparado por Eva Poblador y Mario Villalba.
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Poblador, Eva y Mario Villalba. Texto digital de Los vargas de Castilla. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/vargas-de-castilla-los.

LOS VARGAS DE CASTILLA
JORNADA PRIMERA
Sacad la espada. Primero no me diréis la ocasión. Yo sé que tengo razón, y excusar razones quiero, que donde se viene hacer don Tello no es justo hablar. No sé qué os pueda obligar don Juan a ese parecer, y así quisiera saberlo, pues en razón puesto está, poco más o menos, ya ya lo sabréis señor don Tello. Yo no hallo culpa en mí, don Juan, contra la verdad de nuestra honrada amistad. Pues yo no os sacara aquí menos que bien informado. Decidme la ocasión pues. Esa la sabréis después que yo quedare vengado. Mirad, Don Juan, que no hacéis aunque pensáis que acertáis en lo que ahora intentáis, lo que a mi amistad debéis; mirad, don Juan, que no es justo sin saber la ocasión de ello, que nos perdamos. Don Tello, el agravio es más injusto, no quiero satisfacciones, que los engaños me ofrecen vuestros, que ya más parecen en iguales ocasiones, si va a decir la verdad contra la cólera mía las excusas, cobardía, y no prueba de amistad. Mucho me habéis apretado. Vive Dios,que estoy corrido, de que no hayáis entendido lo mucho que os he obligado encaminar vuestro error. Sabe el cielo, es buen testigo, porque sufrir a un amigo con cólera es más valor; ya no soy vuestro amigo, en llegando a la ocasión que me dais, y en conclusión, sacando la espada digo contra lo que vos decís, que soy mejor caballero, y he sido más verdadero amigo que vos. Mentís. No ayuda desnuda espada la afrenta, mas la intención castigaré en la ocasión presente. Verás manchadas estas arenas primero, Guadalquivir de la ingrata sangre vuestra, que dilata el mar su curso ligero. Satisfecho de mí estoy. Ahora pretendo verlo. Herido me habéis, Don Tello Pésame a fé de quien soy La sangre me ha desmayado. Luego no podéis reñir. Eso no está bien decir a un noble, aunque desdichada mientras que pudiera alzar con esta diestra mi espada. Aunque de sangre mancha, el campo no he de dejar, mas ya lo procuro en vano, que no hay resistencia fuerte contra el brazo de la muerte ̱en la más gallarda mano. Mal debéis de estar herido. Muriendo, Don Tello, estoy, pues la causa de ello soy yo tengo mi merecido. ¿Ahora no me diréis las razones que os movieron a esto, don Juan? Celos fueron, veneno de amor. No habéis como prudente conmigo procedido de vos poco. A quién no volvieron los celos. El cielo es testigo, que ha sido mentira todo cuanto os han dicho de mí. Don Tello, créolo así. Pues cuando estáis de ese modo, para que no me aproveche con vos la satisfacción, porque con tan gran pensión el desengaño sospeche. Vive Dios que me ha corrido la poca seguridad que tenéis de mi amistad; mas vos estáis mal herido, y no es razón deteneros aquí. Que he de morir, cielos. Podréis sostener en pie. No, don Tello. Cielos fieros, que amistad no habéis rompido, o que sé no habéis quebrado, que deudo habéis respetado, o que amor agradecido. No permitáis que aquí muera En brazos quiero llevaros, ya que no puedo obligaros a darlos de otra manera. Mostráis vuestro gran valor. Veréis que son con verdad finezas de mi amistad y obligaciones de honor. Calor notable, Insufrible. No he visto más calurosa noche. Ni yo he visto cosa más pesada, más terrible, que aqueste tu encerramiento guardada de tres hermanos, y podré con celos vanos del Cielo, del Sol, del viento. ¿Qué pesada cosa es una doncella? Y, si es noble, suele ser, Merencia, al doble, por la experiencia lo ves, que esto que dirán, ¿no tiene si he sido el mundo mayor? Qué cansado es el honor, pues lo que enfada conviene, no me miren, no me vean, no me murmuren, no digan, no me encuentren, no me sigan, no piensen que me pasean. Jesús, fulano me vio, cierro la puerta, ay de mí, si advirtió, si yo la vi, no que antes le mire yo, si mi padre lo entendiese, si el vecino lo mirase, si en la calle se notase, si mi hermano lo supiese, mi reputación, mi honor, mi sangre, mi calidad, mi ser y mi honestidad, puede haber cosa peor. Ahora cuando Sevilla sale a buscar viento frío a la barquera; o al río, hacia el Beto, a la Almenilla, y a Guadalquivir que está lleño de entamados barcos, que firman triunfantes barcos, dará tal que embarcar se va, siendo su corriente ufana con variedad de hermosuras una selva de aventuras, desde Sevilla a Triana. Tú, encerrada; tú, guardada. Cuatro paredes mirando, qué ídolo estas envidiando, que mueres de puro honrada. ¿Qué he de hacer? escucha un poco, pienso que quieren cantar. Quizá nos quieren sacar. No haura ninguno tan loco. Bizarro madruga el Sol. Con un vestido de aljófar que le dieron las estrellas de la escarcha del aurora. Hija, aquí. Padre y señor, el fresco salí a tomar un rato al patio. Es lugar para este tiempo mejor. Entretúvome la buena conversación del vecino, antídoto peregrir para digerir la cena. ¿Tus hermanos han venido? Señor, no. Suelen volver contino al anochecer, mas esta vez he mentido, que don Pedro y don García entiendo que vienen ya. Aquí nuestra hermana está. ¿Qué hay, hijos del alma mía? De la barqueta venimos de tomar el fresco un poco. ¿Dónde queda ese otro loco? Con él de casa salimos y, con don Juan de Castilla, se fue solo con Millán. Dice que adora en don Juan después que vino a Sevilla. Es notable la amistad de los dos. Yo apostaré, puesto que en don Juan se ve tal ser en tan tierna edad, que a más de dos mocedades le incite la compañía. Los dos andan hasta el día, y, si va a decir verdades, devociones no serán, pero prudente es mi hermano. Dios le tenga de su mano, amén. Ya viene Millán. La vela trae encendida para acostarse y sabrá a dónde don Tello está. El alma traigo dormida, no es para llegar a nietos esta vida. Vive Dios, acostar dadas las dos, o a lo que estamos sujetos. Estos putos que servimos, no sé por qué, o por qué no, que Adán a nadie sirvió y todos de Adán venimos. Si Dios no hizo otro Adán para el que es pobre, porque ha de andar Millán a pie, y no ha de dormir Millán. Porque me ha de llamar vos Y yo, merced, mal comido, mal calzado y peor vestido, si somos hombres los dos y ahora cuando venís de andar loco y despeado, las dos de la noche han dado corazón y no dormís. ¿A dónde queda Don Tello, Millán? No sé vive Dios, juntos salieron los dos, y después vine a perderlo junto a Gradas, porque a caso un amigo me brindó en Cal de Bayona, y yo hice la razón de paso, yo fui en su busca, y de modo se escondió de mí, que aunque a Sevilla rodeé, y vengo puesto de lodo con mi señor, no he encontrado, y vengo sin resistir con reverencia a dormir. Tello pienso que ha llegado; pero, ¿qué es esto?¡Ay de mí, un hombre en los brazos tiene, herido sin duda viene! ¿Qué dices? Él entra aquí. Íñigo Pérez de Vargas, si en tu generoso pecho vive la sangre, aunque fría de tu valeroso abuelo. Si aquel valor heredado de tantos heroicos pechos, en ti resplandece ahora; que de él te valgas, es tiempo. Este que traigo en los brazos, mal herido y tan sangriento, que ha dejado por las calles camino con sangre hecho. Este que parece ya que está sin vida y aliento; hoy mide la tierra fría con su generoso cuerpo. Este es don Juan de Castilla, el más noble y verdadero amigo que jamás tuve, ni las edades tuvieron. En un campal desafío, por el más triste suceso que ha visto el mundo le he herido y pienso que viene muerto. Para lo que el Cielo ordena, con él a tu casa vengo; porque a la vida, o al alma, le des como a mí el remedio. La acción le doy de tu hijo y, pues que soy el tercero de mis hermanos, es bien que honor busque en otro reino. Buscaré segunda patria, y granjearé padres nuevos; pues he sido desdichado en la que nací por esto. Del Rey Don Enrique el IV temo el enojo, sabiendo que está herido don Juan de Castilla, que es su deudo. Pero a don Juan tiene ahora Aragón; Navarra, luego a don Carlos; Portugal, a don Duarte, el Tercero. Como a caballero al fin me dará cualquiera de estos, sueldo, con que viva honrado, mientras que se muda el tiempo, y, entretanto padre amado, lloraré con llanto tierno. No el ver que pierdo mi patria, si que a un amigo pierdo, con esto a Dios; que imagino, que han dado ya aviso de esto, porque por todas las calles gente me viene siguiendo. Dadme un abrazo don Juan, que sabe el Cielo que os llevo atravesado en el alma, dejándoos herido el cuerpo. Espera a Millan señor, que si en tan varios sucesos, fuere caballero andante, yo quiero ser tu escudero. Hay caso más infelices de cuantos pregona el tiempo, suceso más desdichado, ni espectaculo más fiero. Qué juventud más lograda. Acudamos al remedio ahora. A mi cama misma le llevad los dos. Llevemos. Señor don Juan de Castilla, pues ha permitido el tiempo una desgracia tan grande en tan noble caballero, haced cuenta que quedáis en cala del padre vuestro y que es mi amigo don Juan y mi enemigo don Tello. Señor Inigo de Vargas, así lo estimo, y entiendo; pero don Tello es mi amigo y vuestro, y todo ha de serlo, yo tuve la culpa solo de la pena que padezco, y le di ocasión a todo cuanto ha dicho, y cuanto yo tomé para agraviarlo con la ingratitud consejo. Procuremos remediato, señor don Juan, que no es tiempo de razones, dos hermanos en los dos renéis. Yo creo que me hacéis merced. Llevadle. Almas y brazos son vuestros en ellas iréis. Señores con el alma lo agradezco, que en todas las ocasiones hacéis como caballeros. A hijos, lo que costáis de desdichas y de miedos. El corazón me ha dejado arravesado en el cuerpo, qué gentileza, qué brío, qué valor y entendimiento. Lástima me da el herido y de mi hermano la tengo, uno perdiendo su patria y otro la vida perdiendo. ¡Hermana, Greida, y señora! A donde vuelves, don Tello, no temes a la justicia. Solamente a hablarte vuelvo y a encargarte la salud de don Juan, y en todo aquello que le fueres necesaria, no faltes como lo creo, Greida, tu hermano es Don Juan, que en mi lugar te le dejo, y creo que no podrás quejarte detán buen trueco, haz de tu parte con él, cuanto al humano remedio fuere posible, y ahora para que me escape dejo, dame algunas joyas tuyas, que, como hermano, prometo de volverlas mejoradas, si en esta ausencia no muero, presto que Millán acaba de poner sillas y frenos a dos rucios andaluces que atrás dejarán el viento. Toma, hermano de mi vida, esta cadena que al cuello de esmaltes traigo. Ya están los caballos deshaciendo con los pies las herraduras. Vamos Millán, vamos presto. Tú, Merencia, no me das algo que lleve. No tengo, Millán, qué darte. Pues dame un abrazo por lo menos. Delante de mi señora. Mientras ella hace lo mismo con don Tello, mi señor. Toma. ¿Quieres darme un beso? Ya es eso mucho pedir. Merencia, en amor honesto, elealones que se van unos tras otros subiendo. Partámonos de aquí. Partamos. A Dios Sevilla soberbia, teatro del mundo, esfera de la discreción, y ciencia de la grandeza de España, y cifra y mundo pequeño, pan de Gandul de mi vida, roscas de Utrera del cielo, alcaparrón, como el puño, aceitunas, como el cuerpo. Sábalos del Alamillo, ostiones en cárcel presos, por valerosos pescados, sardinas, lenguados frescos, pampaños, collos, acedías, lampreas, barbos, cangrejos, camarón con lima, vino de Cazalla blanco y negro, que a Castilla, y Aragón a comer siempre carnero me llevan por mi desdicha travesuras de don Tello Hombres entrar he sentido. Que sea justicia temo. Millán, a la puerta falsa con los caballos. Con ellos te aguardo, Merencia, a Dios, que voy en tu amor deshecho. Vamos Millan. Señor, vamos. Adiós, doña Greida. El cielo te ampare, don Tello. Adiós. Adiós, escápate presto. ¿De qué de males, Don Juan, usa son tus locos celos? Brava desgracia, por Dios. Nueva, extraña y lastimosa. Jamás creyera tal cosa don Alonso de los dos, que tan notable amistad no prometía igual suceso. Don Gonzalo, yo os confieso, si os he de decir verdad, que me tiene sin sentido este caso. A mí también, y no hay en Sevilla a quien no admire lo sucedido. Mucho lo ha sentido el Rey que dos tan grandes amigos fuesen tales enemigos, que perdieron por la ley de su amistad cosa alguna sin muy notable ocasión que los dos se diesen. Son sucesos de la fortuna ¿Qué hace el Rey? Retirado desde que se vistió está en su retrete. Y aura a Portugal despachado, a Navarra y Aragón en su seguimiento. Entiendo que sale a Misa. Pretendo de esta suerte esta traición, que tan notable amistad no puede ser otra cosa. Castigar la poderosa y llenada majestad, mano real, y cristiano de vuestra alteza, señor, muestra en eso su valor. No ha de que dar Castellana tierra, amiga, o enemiga, Navarra, o Aragonesa, Granadina, o Portugüesa, a donde no le persiga: estas tres cartas que son, en conformidad, igual para el Rey de Portugal, Navarra y Aragón despachad porque, en llegando y abriendo cualquiera de esta, le manden prender. Con estas no se le podrá escapar. Cuando me hubiera muerto un hermano no hiciera más sentimiento de pena, y furia reviento. En el suelo Castellano otro don Pedro he de ser, volviendo Troya a Sevilla, porque a don Juan de Castilla vengar he de pretender: que este ha sido atrevimiento a mi Corona Real y no a don Juan. Desigual enojo el Rey muestra. Al viento por los ojos y la boca de fuego arroja centellas, que a arrojarlas y encenderlas el enojo le provoca. Aún mirarnos no ha querido, como si fuera la injuria de los dos. Tanto la furia, y la razón le ha movido. Así me pierde el respeto, así se me atreve ya. Sevilla presto verá de mi cólera el efecto. El Asistente de Sevilla pide licencia para hablar a vuestra alteza. Deme su mano, vuestra alteza. Extraña severidad Enrique muestra. Ser Trajano dicípulo de Enrique, en la prudencia, en el aspecto grave, en la justicia, y retitud. Yo he hecho con la puntualidad, y diligencia, que pedía este caso sucedido, la información en casa de don Tello, después de haber con toda la justicia, buscándole en Sevilla, no dejando templo, ni casa de sospecha alguna, donde pudiese estar, y nadie sabe nada de aqueste caso, solamente lo que en su consesión don Juan declara, disculpando a don Tello; y publicando que él le dió ocasión y que él no pudo en ley de caballero, no de amigo, excusarlo, esto jura; y esto dice. Procede él como tal; que eso Asistente de quienes son respetos, ¿en qué parte está herido don Juan? El hombro y brazo tiene pasado y curarle intentan de primera intención. ¿Qué dicen del peligro en que está ahora? No está sin el señor. Decid en qué casa está don Juan. En casa de don Tello porque él le llevó en brazos a su casa después de haberle herido y hay testigo que le encontraron de esta suerte y dice don Juan lo mismo. Estratagema es todo para hacer lo que han hecho menos grave de que en su casa esté me pesa mucho. No le podrán mudar de ningún modo porque será matarle. En todo caso, haced las diligencias necesarias, para poder prenderle y a cualquiera que del dijere, ofreced mil ducados, y a sus hermanos y a sus deudos todos doy la casa por cárcel. Señor, todo como lo manda vuestra alteza luego, yo voy a ejecutar. En el castigo de este delito, pienso hacer tan grando demostración, ya por mi persona que, después de los tiempos venideros, se acuerde la nobleza de Sevilla de don Enrique IV de Castilla. A brava ocasión llegamos. Brava está Lerida. Brava, bien parece que su rey está en ella. Esta es la causa de los toros. Esa es y pues pasamos la raya de Castilla, hemos de hacer alto con esta jornada y ver los toros. ¿Qué dices? nunca de ti imaginara que tuvieras tan mal gusto, que aunque esta fiesta te agrada. Pues, Millán, mirado bien, no es la más regocijada de cuantas hay. Vive Dios que mereces dos albardas. Si fuera alguna sortija en Castilla, o en Granada, alguna justa, o torneo, pues de personas humanas; fuera gusto verlas, pero una fiesta temeraria, con animales feroces, que tienen cuernos por armas y no se rinden, ni vencen a razones, ni a palabras, y viene a ser el mejor aquel que más hombres mata, no es mal gusto verlas. Estás filósofo, y no te falta razón, questa fiesta bruta solo ha quedado en España, y no hay nación que una cosa, tan fiera, y tan inhumana, si no es España consienta. Yo no sé, por Dios, que hallan en ver un toro correr, tras un hombre y, si le alcanza, verle volar por los cuernos, y verle bajar sin bragas. Y cuando Dios a los ojos muchas mercedes les haga, descubren otro que el Sol nunca le miró a la cara. Este es buen gusto, por esto un hombre discreto para, pudiendo estarse entretanto tendido al fresco en su casa. Y no bravo toro es este; veisle en el arena escarba, él hará más de una riza, no se dormirá en las pajas; Dios te guarde caballero; bravo rejón, linda lanza. Si le quiso, no le quiso, que lindo acero despada; la cola le cortó a cerce: vive Dios si el toro aguarda, que le lleva todo el lomo, echen otro, aparta, aparta. Vuelvan a cerrar la puerta; que furia del toro saca, luego le dice, a bragado, él es de famosa casta. Ya partió tras de aquel pobre no hay onza como él, dos brasas tiene por ojos apero, este se come las capas. Ay disgusto semejante, qué calor, qué Sol; mal haya si yo págare tablado, si yo subiere a ventana a ver toro en mi vida, aunque a dar lanzada salgas. Famosa pintura has hecho. El rey y la Infanta pasan. Quitémonos los sombreros, no nos lo mande la guarda. Gallardo es el Rey. Y hermosísima la Infanta. El cielo los guarde el tiempo que Aragón desea. Las demás so estas todas, hermosas son y gallardas; ya se apean de los coches, y suben a las ventanas. Ya los galanes que llegan, los Guardádamas apartan. Son moscas de aquella miel, que ellos defienden y espantan. Ya sueñan las chirimías, las trompetas, y las cajas, y del Rey la Guarda ahora, va despejando la plaza. Ya han echado un toro. Brava es la grita y barahunda, que con los silvos levantan. Lindo rejón, brava suerte. Buen caballo, linda lanza. Bravos rejones por Dios. Salga otro toro. ¿Otro sacan? Bravo toro, bravo toro, don Álvaro da lanzada. Esta suerte quiero ver. Pues la de la Antigua vaya con vuesarce, que yo pienso verla fuera de la plaza. Si no quieres venir, vete y aguárdame en la posada. Aquí me estaré a la mira. Adiós. Necedad extraña, sin desengaño ninguno. Guarda el toro. Por entre las rejas quiero ver el que da la lanzada, que parece hombre con juicio, aunque por Dios que le falta el que se pone con bestias delante de gente tanta. Ya el toro escarba la arena y al caballero amenaza. Dios te dé vista, Longinos; cayó, notable desgracia, un caballero ha salido y a tajos y a cuchilladas, de tirar al toro de hecho con que el caído se escapa. Y vive Dios, que es don Tello, que le sale de la plaza, ahora dándole todos parabienes y alabanzas duvo el forastero. Bravo anduvo el forastero. No se hizo mucho la espada de rogar. Que en cualquiera parte has de dar envidia. Estaba a peligro de la vida aquel caballero, y tanta su necesidad, que creo, que a no llegar yo, volara por el viento. Vive Dios, que viene a pie a darte gracias, de la merced que le hiciste. La suerte bastó a pagarla. Caballero allá en Castilla, a los que en nobleza igualan con mi persona, soléis con desenvoltura tanta, cuando hay honrosa ocasión para escurecer la fama ajena, de esta manera quitar el honor, no estaba yo con espada también, para dar muestra en la plaza de mi brazo, y de mi acero. Esta envidia declarada, y vergüenza juntamente de su notable desgracia por ser delante del Rey, de la infanta y de las damas. Por vida del Rey que os tengo de dar a entender, que basta el menor aragonés, contra el mundo, y daros tanta satisfacción en las obras, que a la ocasión temeraría, que emprendistes de castigo. Aragonés, si te falta para agradecer lo hecho entendimiento y escapas del toro, mira que el toro no se escapa de mi espada. Y que, aunque estés en tu tierra, y yo ausente de mi patria te daré a entender quién soy. Yo domaré tu arrogancia. Cien lacayos señor vengan en tanto que las espaldas te guarda Millán. Después nos veremos, que el Rey baja, que con mi desgracia quiso dar fin a la fiesta. Salga contra mí quien tú quisieres, que en solo en Lérida aguarda, a quien eres, y quien fueron don Tello Perez de Vargas. Mayor la desgracia fuera a no faltar en la plaza el forastero. No he visto más fuerte brazo, ni espada, pienso que era castellano. Por Dios qué gente bizarra. Con qué ademán tan gallardo terciando airoso la capa y calándose el sombrero, y levantando la falda, la espada sacó, y al toro hizo volver las espadas. Bien puede dar doña Elvira celos con las alabazas a don Álvaro. Aquí está don Álvaro de Moncada. Deme los pies vuestra alteza. Pésame vuestra desgracia. No es en mano de los hombres. Cierto, que debéis dar gracias a Dios primero, y después aquella mano bizarra del Castellano que os dio la vida. Mas me dio infamia, aparte corrido estoy y envidioso, puede haber vergüenza tanta. Si no se opone a su furia a vos y al caballo os mata. Muriendo estoy de vergüenza con sus mismas alabanzas. No he visto tanto valor en mi vida. Si el Rey trata, mátame de esta manera, veneno son sus palabras. Don Álvaro, ¿qué se hizo el forastero? ¿Qué manda vuestra alteza? Cococeros que lo merece la azaña. que habéis hecho en mi prefencia. Vuestra alteza la levanta con eso. ¿Cómo os llamáis? Don Tello Pérez de Vargas. ¿Sois andaluz? Sí, señor, y de Sevilla. En la carta que os di, mirad Secretario, que nombre escribe. Que fama no merece este valor, este talle, estas palabras. Don Tello de Vargas dice; ¿Qué os sacó de vuestra patria? Una desgracia que tuve. Este es el que el Rey me encarga de Castilla que le envíe, si llega Aragón, infanta, vamos. Venga vuestra alteza: Pésame por él, más valga, que ha de darse gusto al Rey; de Castilla en cuanto manda. Llamad luego el Capitán de la Guarda. Cuando pensé que te diera entre tantas alabanzas, el Rey don Juan una villa: ¿se va sin hablar palabra? de esta suerte se despiden los Reyes, que cuando hablan con la palabra en la boca, dejan a la gente honrada. Los Reyes son de esta suerte. Daos aprisión. ¿Por qué causa? Porque lo manda su Alteza. Obedezco si él lo manda. Dad las espadas los dos. Nunca dieron las espadas, si no es a Príncipe o Rey. Los caballeros, con armas, vayan pues. ¿Soy noble al fin? Qué mudanza tan extraña. Sin duda es el desafío. Con dar las manos se acaba.
JORNADA SEGUNDA
Nunca en esta casa entrará herido, Merencia, amén. ¿Qué tienes? ¿Quiérole bien? Bien se te ha visto en la cara que el rostro de la mujer, es portada de su casa, donde se ve si se abrasa, o si comienza a encender, que los ojos son ventanas del alma y amor es centro descubriendo lo que hay dentro. Las muestras están bien llanas nunca imaginé, Merencia, que amor vencer me pudiera, que pensé yo que tuviera más valor y resistencia. Como fue salud teniendo, fui yo, Merencia, enfermando, como se fue levantando, fui yo, Merencia, cayendo, que después que vino aquí enfermó y su presencia. Por quererle bien, Merencia, fui olvidándome de mí, que dada vez que le veía, no sé qué temor me daba como que el alma se clava y otras veces se encendia y, ahora, cuando pensaba que su amistad firme fuera, se parte de esta manera. Si al Rey sirve claro estaba, que hará fuerza el irse ahora, luego que sano estuviera. No me engañara, si quiera, en darme muerte. Señora, tu pecho no se lastime, que si reparas en eso don Juan pierde por ti el seso, noche y día, llora y gime, y, estimando tu persona, no saldrá, dejando apenas las Sevillanas almenas a los Caños de Carmona, y que, por mayor firmeza, si haber una calle va, solo postas tomara por volver con más presteza, y que no solo a Castilla partirá de buena gana, mas no pasará a Triana por no dejar a Sevilla, sin moverle a desvarío nueva de ausencia, entretanto Viernes de Espíritu Santo, que es la feria de su río. Di más Merencia, qué gusto, que des ayuda a mi amor, así engañando el temor. Mas diré si te doy gusto. Ya son tus intentos vanos, y mi gloria desatino. Don Juan viene de camino con mi padre y mis hermanos. Mándame por esta el Rey que luego a la Corte parta. Obedecer a la carta es obligación y es ley, mas no lo será el dejar el sentir esta partida nosotros. Déboos la vida, y nunca podré pagar tan grandes obligaciones como de esta casa llevo. Merencia, a animarme pruebo y son vanas intenciones, que partirse de este modo sin prevenirme primero, alguna desdicha espero. Amor pone culpa en todo, si ha venido de repente carra del Rey, ¿qué le culpas? No son bastantes disculpas a quien quiere y no está ausente. Dejáis esta casa honrada dichosa por vuestra herida y con vos ennoblecida y esta Ciudad obligada. Yo lo voy más. Bien se ve quien queda en obligación. Ya te aguarda el postillón. Y a mí la muerte. No sé como me he de despedir, porque me ponen temor obligaciones de honor que no he de poder cumplir. Mira, ¿qué es, tarde? Temprano a la vida le parece, que más temprano anochece; mal haya amen brazo y mano del que ensilló los caballos. Águilas de mi recelo y baje un rayo del cielo. Merencia para abrazarlos, séquese Guadalquivir, que les dio opinión y fé, pues les alentó a correr y les enseñó a partir. Esto es forzoso, señora doña Greida, en mí tendréis un esclavo que mandéis; yo voy a la Corte ahora por precisa obligación, que a un Rey se ha de obedecer. Ved que me mandáis hacer en vuestro servicio. Son menos las que a mí me tenéis y, sin prevenirme, ahora te vas. El alma te adora, que allí por su dueño vienes, pero verte no he podido, ocasión forzosa y ha sido partirme. Otra más dichosa aura costa de mi olvido. sin duda te aguarda allá. Que te engañas sabe el cielo. De mis desdichas recelo y a lo que peor me está. Este es mi loco pensamiento. ¿Por qué te vas? Es forzoso. ¿Eres traidor? Soy tu esposo. ¿Cómo mientes? No te miento. ¿Qué te ha de volver? Querer. ¿No querrás? Es imposible. ¿A ingrato? Ya estás terrible. Y tú mal amante. Advierte. que nos oyen y nos ven. Ya no me amedrentan daños Dios os guarde muchos años. Lleveos el cielo con bien. Los dos hemos de ir con vos hasta la puerta, don Juan, de Macarena que están caballos para los dos ensillados y queremos acompañar hasta allí vuestra persona. Vení. Si es gusto vuestro, tenemos pesadumbre de dejaros. Conocéis mi voluntad. Bien sé que en nuestra amistad podéis la vuestra pagaros. Señor Íñigo de Vargas, mandadme y quedad con Dios. Él vaya, don Juan, con vos y os conserve edades larga, que acompañaros excusan mis hijos y mi vejez. Y yo no excuso esta vez de morir, que ya me avisan la rebeldía, el amor, la ingratitud y la ausencia. Mira, señora. Merencia, déjame. Quedaos, señor, de aquí no habéis de pasar. Hasta el zaguán llegaré. Eso no consentiré. Obedecer y callar. Acompaña a mi señora, doña Greida. ¿Ha falso fiero? Hacer vuestro gusto quiero. Vamos. Yo me muero ahora, que el resistir es en vano: ten me, Merencia. Ay de mí; sosiégate y vuelve en ti, porque tu padre. Es en vano. ¿Qué es, Merencia? Ahora estando hablando, cayó de repente, le tomó un desmayo a mi señora? ¿Que será? válgame el Cielo, parte por agua. Ya voy. Greida, hija. Muerta soy. Hija, vuelve en ti. Récelo, señor, que no puedo. Aquí está el agua. Qué inclemencia. Ya no es menester, Merencia: pues ha vuelto Greida en sí. A solas quiero quedar contigo para que des remedio a mi mal, después que yo te pueda informar de la pena rigurosa, de mi mal de corazón. En notable confusión, está mi edad temerosa. Merencia, cierra tras ti la puerta y el que viniere harás que fuera me espere, Señor, servirete así. Greida, dime tu pasión, pues hemos quedado solos entre dos opuestos polos. Tengo la imaginación; pero, pues, es fuerza dar cuenta a mi padre del caso porque al fuego en que me abraso pueda el remedio buscar; aunque ciega de pasión he de declararme aquí. Acaba ya, Greida, di. Préstame, padre, atención, para mi desdicha solo, porque para mi desdicha, se mueven los once Cielos. Vino don Juan a Sevilla, y, para mayor, don Tello le dio aquella fiera herida, que vino a ser tu desgracia, y luego la muerte mía. Acudió toda esta casa al remedio de su vida, como si la tuya fuera, y yo también acudia. Estrellas y voluntades, que de palabras y vistas se confrontan y se engendran, se aficionan y se inclinan. Me obligan a que le quiera, perdone, que así lo digo, que si he de decir verdad, no he de contarte mentira. Si en eso para no más, Greida, disculpa tenías. que amor es estrella noble, que la sangre noble obliga y, siendo la tuya igual a la de don Juan, podría fácilmente remediarse voluntad tan bien nacida. Adelante, pasa. ¿Cómo? Escucha, si no te admiran mis atrevimientos locos y amorosas osadías. Prosigue pues. En efecto con palabra y se fingida, sin duda ha de ser mi esposo. Ya entiendo, basta que eclipsas con tus palabras, ingrata, la sangre noble y antigua de los Vargas vive el Cielo, que te quitará la vida a no estar tan afrentado; pero impórtame que vivas hasta que rome venganza del que te tiene ofendida. Al fin con esta palabra a pocos lances me anima, rompiendo dificultades, que el querer bien facilitan, a que le diese una noche para mi mayor desdicha, subiendo por las paredes del jardín de amor rendidas entrada en mi cuarto. ¿A dónde? En mi cuarto. No prosigas. Tan presto más adelante con razón, ingratas hijas, dais a los padres tristeza cuando nacéis. Si me obliga el amor a que te cuente tu infamia y la afrenta mía, porque me mandas que calle lleno de enojo y de ira. Pasa adelante. Ya paso, hoy que se parte a Castilla con cartas del Rey quizá tan falsas, como fingidas, porque burlada no quede, te quise de mi desdicha dar parte, porque remedies tu honor, quitando la vida a don Juan si no quisiere ser mi esposo, que a esto obliga un infame caballero, que yo mujer, por mí misma cuando en mis hermanos falte este valor, y en la fría sangre señor de tus venas, le daré muerte atrevida entre los brazos del Rey don Enrique de Castilla. Eso nos toca a nosotros, a tu cuarto te retira, que hoy he de trazar el modo de tu venganza y la mía, si la obligación negaré. Vivas más años que tus deseos para tu edad solicitan. Obligaciones de honor calientan la sangre fría. Y agravios de amantes falsos a cualquier enojo obligan. Aqueste es el memorial de la merced que le pido a su alteza, que he querido hacer en ocasión tal a vuestra alteza, señora de esta merced y favor con el Rey Nuestro Señor, el dueño y la intercesora doña Sancha de Moncada mi abuela, cuyo apellido puso al de mi padre olvido. Por ser de la reina honrada su madre de vuestra Alteza; y a la suya ha de obligar a esta merced, pues dudar no puede de mi nobleza. Y de los servicios míos, que todo esto es por poder, una dama merecer vuestra, aquesto y nobles bríos, solo a eso aspiran no más. Si soy yo, nunca en su vida me ha de ver del merecida, que no me agrada jamás; pene y muera y desespere; sirva y dolatre y adore, pasee, suspire y llore. Herede, tenga y espere, que siempre ha de hallar mi amor, mas duro a su pensamiento, su miso entendimiento. Yo hablaré al Rey, mi señor. Viva mil años amen vuestra alteza confío. Guardeos Dios; yo me acordaré de vos, que deseo vuestro bien. En vuestra Alteza confío. Leyendo una carta viene el Rey. A linda ocasión viene. ¿Qué hay hermana? Señor mío, al cuarto de vuestra Alteza a visitarle venía. El mismo intento traía. ¡Qué necio hombre! ¡Qué belleza! Está muy ofendido don Enrique, Rey de Castilla, del descuido mío, por no haberle enviado hasta ahora al andaluz, que en Lérida prendimos, en razón de la cual esta me escribe. Sin que del matrimonio concertado con su hermana me trate, antes me pide, no sé que Villas, que en la raya tengo de Aragón, y Castilla, prometiéndome la ocasión que tiene por mi madre a ellas; y todos son enojos del primero nacidos, y por vida de la Infanta, que el no haberle enviado antes de ahora que fue descuido mío, pues se sabe que con ese cuidado mande en Lerida que le prendiesen. Todavía puede vuestra Alteza señor desenojarle, enviándole el preso, pues le tiene en la prisión ahora. No es ya tiempo, me parece, don Álvaro. Señora, a cualquiera tiempo llega un delincuente a muy buena ocasión de castigarle y no es razón que tales hombres tenga el rey nuestro señor contra los gustos de príncipes tan grandes, y parientes en su reino amparados, porque Enrique haga otro tanto en su servicio, el día que a su alteza en Castilla se le ofrezca, Que de esta suerte viviran seguros de sus vasallos reyes, y señores, si en los ajenos reinos no se amparan los delincuentes. Ya parece ahora más cobardía que amistad hacerlo, porque es darle a entender a Enrique IV que me movieron amenazas suyas. Mala lanzada, ruego a Dios, pues haces la parte del Fiscal contra don Tello de moro izquierdo, el corazón te pase. Después veremos lo que más convenga, porque mejor color el caso tenga. Ahora vengo yo, señor y hermano a importunar, como acostumbro siempre a vuestra alteza. Nunca, hermana mía, puede causarme enfado vuestra alteza. En esa confianza, por Don Álvaro vengo a pedir una merced. Merced, vuestro favor, don Álvaro. La plaza de la guarda está vaca por don Mendo de Tarida, suplico a vuestra Alteza, para casar a doña Elvira sea, pues que por tantas partes de servicios, de sangre, y parentesco, y de crianza la merece, que nadie en todo el Reino puede como don Álvaro tenerla. ¿Qué caja es esta y qué trompeta aquella? Don Juan, segundo glorioso, Rey de Aragón, en virtudes como en valor aventajas los césares más ilustres. Don Tello de Vargas soy, de los Vargas andaluces, sangre que de Garcipérez, generoso origen tuve. Cuyo valor conocieron, los sarrácenos Aduses; los sevillanos Zulemas, cordobeses Mahamudes. carmoneses, albayaldos, alcálidanes, ganzules, granadinos, bencerrajes, principirios, ferragutes. Cuyas lanzas de dos hierros, cuyas adargas de Túnez, mostraron hechos pedazos sus valerosas costumbres. En Lérida me dejaste, preso con la pesadumbre, que temor pusiera a un noble entre villanos comunes. Por orden de Enrique IV, mi Rey, en la prisión supe, que me mandaba prender vuestra alteza, al fin estuve esperando la jornada, de Castilla entre dos luces, de la vida, o de la muerte, porque temer al Rey pude. Olvido la dichosa estrella, que a nuestros pechos infude, a veces amor sin causa, o le olvida, o se reduce, a vuestra Alteza a dejarme preso un mes, aunque hoy se cumple, en este tiempo los moros de Lérida estos que cubren con el nombre de cristianos las africanas costumbres. Y la ley de aquel profeta, que en Meca engañar presume, ante Imanes levantado, que es milagro y no virtudes de las piedras que al acero de su caja al aire suben estos que el primer don llame, que honró la imagen de Puche. Repartió por Aragón, con los moros andaluces, de Granada se cartean, y conciertan para un Lunes Que sobre Lérida vengan, hiriendo la roza cumbre del Sol, marchando de noche por partes que no se cursen. En escuadrón de caballos, que si al mismo tiempo suben, a Lérida les darán sus puertas sin pesadumbre. Y teniendo esta cogida, que en breve tiempo no duden que ganarán a Aragón. Llega el escuadrón y cubre una noche de repente los campos y porque escuchen que llegaban relinchando los caballos andaluces. Corren al lugar medrosos labradores que descubren la celada de los moros cuando las nocturnas lumbres, en la mitad de los Cielos sueño a los hombres infunde, despiertan tocando al arma, y los moriscos con luces. Y con hachas en las manos, mucran, responden y acuden a las puertas a su intento y los ciudadanos huyen. Llegó a la cárcel el alma y yo que las nuevas supe de los temerosos presos, que unos bajan, y otros suben. Con un bastón del alcaide bajé al patio y como nieve, que rayos llueve en la calle, cuarenta y dos presos puse. Y diciendo: ´viva el Rey de Aragón`, don Juan reduce a la plaza todo el pueblo de hombres nobles y comunes y díceles de esta suerte. Aragoneses ilustres con cuyo valor don Jaime ganó tantas tierras, sufren vuestros valerosos pechos que de esta suerte os injurien cuarto moros de Granada, y diez moriscos sin lustre. Seguidme y mueran los perros, pues habéis sido segures de los cuellos africanos en otro tiempo no dude ninguno de la victoria no os de nada pesadumbre, que en ofensa de la patria Rey y ley la muerte es dulce. En esto y tocando la alarma, con una espada que puede quitar a un morisco fiero que encontré y de muerte cubre de sangre morisca alegre las calles porque aseguren con sus muertes sus murallas, sin escaparse aunque huyen salgo por la puerta del campo. Luego y todas se reducen a mi parecer buscando el escuadrón y ya sube a entrar por las mismas puertas obligando a que retumben las campanas con los ecos de alberjes y sacabuches y diciendo, Santiago, alarma Aragón ilustre derribando mil cabezas, dos millas de allí los puse, subimos en sus caballos, que ya sin sus dueños sufren, como vencidos al fin, quien de ellos y en ellos triunfe y siguiendo al escuadrón les obligamos que busquen para escaparse remedio, y el de los cobardes usen al fin hiriendo y matando, siguiendo el alcance, tuve la deseada victoria, llegando a la honrosa cumbr del honor en tu servicio, y ordenando que se junte el despojo a Zaragoza, vine a verte porque puse, así como nos dio el alba por las ventanas azules de zafir del cielo al día, porque sus calles ilustres, vencedores tafetanes, que con el viento descubren moriscas lunas, rendidas a tus españoles cruces, a presentarte este solo, llego a tus pies, ques costube de los nobles vencedores preso como siempre estuve. Dadme los brazos, Capitán valiente, columna de Aragón, dadme los brazos, que más estima mereció mi reino vuestro valor, que la prisión pasada, pero del cielo permisió ha sido para sosiego universal detodos y Valencia, donde pienso haceros las mercedes que merecen los heroicos hechos y nobleza y para comenzar ahora os hago capitán de mi guarda. Los pies beso de vuestra alteza Muchos años viva, rey que sabe premiar tan buenas partes. ¿Qué es lo que por mí pasa? ¡Ay, desuentura que con la mía iguale. La precisa ocasión de premiar un caballero, que tan valiente ha andado, me disculpa con vuestra Alteza, hermana. Están bien hecho que este servició era de igualdad premio. Perdone, Enrique, ¿que ha de ser don Tello, de mí estimado, y de manera que le envidien quiza los Castellanos? Y yo no pelee como un Rugero, que Mandricardo se igualó a mi espada, no ensartamos como moscas, siendo langostas de sus vidas, y relámpago mi espada, en las gargantas granadinas no aura algunas mércedes de barato para Millán, que es hombre como todos. Millán, ¿qué es esto? Digo mis servicios, porque mercedes me hagan. ¿Quién es este? Es criado mío, humor notable. Bien lo ha mostrado en el despejo. Has dicho que soy Millán Anzures, decendiente por línea recta de don Peranzules, hidalgo desde Adán, y aún pienso que antes. Basta, Millan. Notable humor. Mil años gocéis señor, don Tello, esas mercedes. Todo sea para serviros, siendo vuestro criado el dueño y todo. Qué gallardo Andaluz, qué lindo talle, no he visto más bizarro caballero. Si gustan de mirar vuestras altezas los despojos de moros y caballos, vestidos, y armas, y estandartes, pónganse a las ventanas de palacio. Vamos. Vivan los que merecen envidiaros. Volvedme otra vez a dar los brazos. Los pies, señor son para mí más favor, estos tengo de besar. Alzaos, don Juan de Castilla, pues que mi amor advertís, decidme cómo venís y cómo queda Sevilla. Yo vengo bueno, señor, y Sevilla queda buena de mantenimientos, llena pero de salud mejor. ¿Cómo está con don Martín de Sayabedra la gente? Es el mejor asistente que tuvo Sevilla. En fin, ¿vuestra herida en que ha parado? Todo con salud quedó, como estuve, bueno. Yo aún no estoy desenojado. Prométole a vuestra Alteza, que don Tello no ha tenido culpa de lo sucedido. Ya es eso mucha nobleza, y en él no castigo yo, vuestra herida, aunque la siento, sino el mucho atrevimiento que tuvo cuando os hirío: el Rey don Juan de Aragón intenta moverme guerra negando a don Tello. Erra en hacer contradicción a vuestra alteza, mas ya justo será que se acabe esto, pues no fue tan grave como se pensó, y está con mi salud acabado, que debo a todos los Vargas obligaciones muy largas. ¿Qué os confesáis obligado con tanto extremo en efecto de los Vargas?. Sí, señor y así este mucho favor me aseguro, y me prometo de vuestra alteza. De esto. Yo tengo por mil razones muy grandes obligaciones. A su hermana y a Madrid vine con más brevedad, que imagine por dar cuenta a vuestra alteza. Si intenta amorosa voluntad, casamiento, no tratéis de ello, que me enojaré yo, don Juan, os casare. Señor. No me repliquéis, yo os casaré de mi mano con quien a vuestra persona importe. Greida, perdone, que fue mi esperanza en vano. Cuando el Rey Fernando IV, a quien llamaron el Santo, que ninguno vio en Castilla, que no fuese buen Fernando. Cercó por mar, y por tierra aquel muro celebrado, por Alcides, y por César qué fundadores gallardos! No prosigas. Es el romance que canto de tu abuelo Garci Perez. Por eso mismo lo mando, ya se quien mi abuelo fue, pero denme mucho enfado lisonjas de esa manera, porque de ellos no me pago, los que han menester nobleza, busquen versos, que es agravio a quien la tiene decirlos, y a quien lo entiende cantarlos. Dadle el vestido pajizo con aquel jubón bordado, porque no lo cante más. Guárdete el Cielo mil años. Dos caballeros señor, que parecen Castellanos hablarte quieren. Decid, que me aguarden entretanto que esté vestido. Señor, otra vez han porfiado, que quiere entrarte a hablar. Ya yo de vestir me acabo. ¿Sabes quién son los que dice? ¿Quién son? Son tus dos hermanos. ¿Qué dices? Esto que escuchas, y no vienen muy despacio, según dicen y pretenden hablarte solo. Pues alto no quede ninguno aquí, y hazlos entrar. Ya han entrado. Dadme los brazos Don Tello. Hermanos dadme los brazos, ¿cómo venís? No venimos a gastar tiempo en hablaros. Pues,¿qué hay de nuevo? Don Juan de Castilla, que ya sano vive en la Corte del Rey, nuestro enemigo, ha gozado a nuestra hermana don Tello, dándole palabra y mano de casamiento, y después supo nuestro padre el caso, que él se vino, y de Sevilla partiendo luego mi anciano padre, doña Greida, y todos a Madrid hemos llegado, donde a don Juan de Castilla el intento declaramos, que nos tralla, responde al nuestro muy al contrario. Supimos la estimación en que el de Aragón, hermano os tiene, y así venimos a daros cuenta del caso, pues os toca a vos también, ¿qué os parece? Y caso extraño. ¿Qué remedio dais en esto? No hay otro, que ir a matarlo, y dar con mi hermana luego en un Convento, y mi amado padre, doña Greida, y todos vendréis a Aragón, partamos, que obligaciones de honor en quien ha tenido tanto, no es justo dejar así, si fuera del Rey le hallamos con mil hombres, le matemos que a eso obliga un agravio, ¿en que venís? Por la posta, que aquí queda los caballos. Pues en ellos volveréis, hasta mudarlos, y en tanto que yo me pongo unas botas al postigo que va al campo, desde el jardín nos los tenga, y juntamente el caballo que para salir tenía, diciendo, que ya no salgo, porque me siento indispuesto, y me quedo descansando, y sí recado del Rey, o de otra persona, a caso viniera, a todos responde que estoy reposando un rato. De modo, que siempre finjas, que estoy enfermo, el espacio que yo tardara en la vuelta, pidiendo lo necesario entretanto para mi, sin que pase algún criado de aquella puerta jamás. Tu gusto haré, voy volando a que los caballos lleven a la puerta falsa. Hermanos esto es lo que nos importa al honor, pues tan ingrato don Juan ha andado conmigo, que de lo demás no hablo. Él es un malcaballero, él es un amigo falso, placiera a Dios, que mil muertes le hubiera dado en el campo antes de traerle herido, por ser yo quien soy en brazos, pues fue con rostro de amigo si no del muerto Troyano. Los caballos están ya a la puerta falsa. Vamos, unas botas me pondré en el retrete de paso. No me llevarás contigo pues que sabes que a tu lado sabré morir. Ya lo sé, ¡pero eres más necesario acá, mientras yo me ausento! De lo que madas me encargo, y diré si te parece, que la enfermedad un catarro. La que tú quisieres sea. Esta es la que hay más a mano, para cualquier ocasión. Adiós. Él te vuelva en salvo. Mirado bien, vive Dios, que en la casa de mi amo por señor quedo absoluto, con este achaque de malo, y haber dicho que ninguno entre, si no yo en su cuarto. Es lo mejor, porque al fin seré el criado, y el amo, bueno es fingir que está enfermo, y vive Dios que no ha estado mejor en toda su vida: pero pues al fin quedamos por dueño del armandijo, véngate Millan honrado del Mayordomo Mayor, y Tinelo temerario fuego abrase el Galepino, pidió al mundo tal bocado con tu gana de comer. Entra en consejo, y sepamos que te agrada más a ti, pues en la despensa hay tanto, señor Millan! yo comiera de un capón de leche asado, tanta pechuga, por cierto, que está en razón el asarlo, pues asenlo luego al punto y traiganmelo con plato sobre cuatro picatostes, no hay un pague, aquí esperamos. Don Tello mi señor pide un capón de leche asado y unas guindas en conserva, y hasta ducientos duraznos. Por ello iremos al punto. Al Mayordomo de paso me llamad. Él sale ahora. En la antecámara a caso estaba, ¿qué me queréis? Mi señor manda llamaros, y que para entretenerse en la cama jugando conmigo, le deis doscientos reales, porque el catarro amigo es de divertirse. Aquí los traigo contados. Haga el señor Mayordomo, que le traiga algún criado a don Tello mi señor, un poco de vino blanco. Por ello iremos al punto. Linda invención vive Dios a cuenta de mi salario han de ir. Aquí está el capón asado. Venid, capón de leche a la mano, en tanto que viene el vino; alivio de mis cuidados, blanco en color, y también de mis pensamientos blanco. ¿Qué manda vuestra merced? pienso que viene cargado. Mi señora doña Elvira bela mil veces las manos al señor don Tello, y dice, que ahora supo en Palacio, que estaba su señoría algo indispuesto, y buscando que enviarle, solamente aquestos dulces ha hallado, que le perdone, y le avise como está ahora. El recado daré yo al pie de la letra, y juntamente el regalo a don Tello mi señor en habiendo despertado, que como en toda la noche no spego si quiera un cuarto de hora los ojos, apenas está reposando un rato. Yo me voy. Id en buena hora, que yo llevaré a Palacio los platos y la respuesta? será nada curre dos platos, quiero descubrirlo haber; aquí está un vidrio de cascos delima, aquí escorzonera; es barro, aquí diacitrón como una celada, el pardo calabazate, y las peras; a ponerlo voy en salvo. Millan aquí tiene el vino. Pues cerrar mandó mi amo mientras le doy decomer. Alto pues todos nos vamos. Esto es saber negociar, pide a Dios que muchos años no me falte esta privanza, ni a mi amo este catarro. Sola con la sombra oscura de la noche salgo aquí, después que a mi bien perdí, a llorar mi desventura; No fueron Merencia vanos los medios de mis recelos. Presto de tu olvido y celos te vengarán tus hermanos. Aunque Don Juan me aborrece, al fin como ingrato amante, y se me pone delante como sombra, y desaparece. Merencia verle quisiera. No está esta casa muy lejos de la suya. Con reflejos cuando sale reverbera Mererencia sin duda en mi, es Sol desde sus balcones, y el con mayores pasiones se va olvidando de mi: y aunque me paga tan mal le quiero bien. Yo lo creo, por las señales que veo. ¡Ay Merencia estoy mortal, no querría que viniesen mis hermanosde Aragón! y ciegos con la pasión muerte a mi D. Juan le diera. Gente parece que ha entrado a caballo. Ellos serán, que a darle muerte a D. Juan auran Mrerencia llegado. Ya tornaron salir los que entraron a caballo y a pie. Mil sospechas hallo, que me obligan a morir; Merencia vamos de aquí, que el corazón en los labios, diciendo está los agravios, que se hacen contra mí: Amiga temblando estoy. Vámonos dé aquí señora, que yo lo estoy más ahora. Entre mil sospechas voy. Esta es su casa don Tello. En este mismo lugar los tres hemos de aguardar y desde allí acometerlo, si un mundo viene con él. Gente parece que ha entrado en la calle. A fe que ha andado con nosotros muy cruel. 1. Ya recién venida está, escarmentada de anoche. Pidiome el Domingo un coche, y no se le di, sin duda de esto debe estar sentida. 2. Don Juan esta es vuestra casa, adiós, porque por aquí los dos nos vamos. Los dos se van. Pesame a fe de quien soy. Gente pienso que hay allí. Envistámosle. Advertí que está solo. No estoy con buena sospecha de esto. Ahora hemos de mirar en eso en este lugar. Ellos tomarán buen puesto. Dejadme solo, que yo le mataré. Esos respetos de honor; ya no son discretos, pues a los tres ofendió todos tres le demos muerte. Tres a solo un caballero. Peor es temer, yo quiero llegar. Será de esta suerte. No consentiré el valor de esa manera ultrajar, parecer me hace mudanza obligaciones de honor, causilero a vuestro lado quien os defiende tenéis. Como caballero hacéis. Yo mismo a mí me he obligado. Muera. Muera don García. No será en esta ocasión. Estos los hermanos son de doña Greida. Quién fía, el villano de tú honor, esta infamia ha merecido. Gente don Pedro ha salido, dejarlo será mejor, que en otra ocasión podremos buscarle, y aunque un hermano ha andado aquí tan villano otra vez os buscaremos. Ellos milagro ha sido el ir con vida de aquí, un Ángel fue. ̱ Un Ángel fui, que de tu gracia he caído. Es Don Tello. El mismo soy. Dadme los brazos, que espero daros el alma. Primero he de ver como los doy, no volváis don Juan tan presto la espada a la vaina, pues solos para mi interés hemos quedado en el puesto, yo me he de matar con vos, pues ya la ocasión sabéis. Razón don Tello tenéis mas no pude más por Dios, que no ha sido culpa mía, si no mandado del Rey, el no casarme. Esa ley rompe una honrada porfía, no debe el Rey de saber que le debéis el honor, que con todo su rigor él se dejará vencer. Yo vine solo a este efeto de Aragón, que a esto solo, desde el uno al otro polo os matarán en efecto. Mis hermanos, a no ser tan honrado, que las manos volví contra mis hermanos cuando os vi solo ofender. Y no atribuyáis a amor pasado, que os defendieron, porque solo las volvieron a obligaciones de honor. Esas confieso don Tello, que debo, y quiero pagar. Pues yo no puedo esperar mucho. Luego pienso hacerlo, venid conmigo, y haré una cédula, en que diga lo que a este caso me obliga, y cuanto queráis diré. Y a don Pedro, y don García les dejaréis porque intenten, que luego al Rey se presenten, que llegaré al dicho día, que atento que lo deseo, que la fe, y palabra os doy que siempre con él estoy. De tales obras lo creo. Vamos, que vuestro valor conozco. Mereed me hacéis. Vos solamente sabéis de obligaciones de honor.
JORNADA TERCERA
No tenéis que persuadirme a otra cosa, esto es verdad. Crea vuestra alteza. Andad que esto es engaños fingirme, pues lo dicen tantos, es quererme negar a mi. Señor. Esto pasa así don Tello con otros tres, os envistió estando solo uno, es verdad que debéis lo que a decirme os ponéis. ¿Y quién dio las nuvas vio? Vio lo como vos a mi. Pues como si me envistieron tres, pedazos no me hicieron si es verdad que no huy. Porque son ellos quien son, y vos don Juan de Castilla, y bueno, no es maravilla de Vargas un escuadrón. Pues como no le dijeron a vuestra Alteza también, que fue tan hombre de bien cuando los dos me envistieron, don Tello con la razón que tiene de darme muerte, viendo tratar de esta suerte de su hermana la opinión, que se me puso a mi lado, que a no ser por él, por Dios contra sus hermanos dos, que hubiera bien despachado, que agraviados caballeros con tanta causa, y razón, tienen gran resolución, y mayores los aceros. Pues a su hermana Don Juan debéis la más que afición. Si señor, que a esta razón Inigo Perez están, y sus hijos en Madrid, y don Tello juntamete vino de Aragón, y es gente determinada. Advertid, que ya don Juan os entiendo, y en iguales ocasiones confesar obligaciones, es causa de ir pretendiendo. Lo que a cólera me incita, que es casaros igualmente, demás que tengo a esa gente que a indignarme solicita. Uno dio mortal; y os doy palabra con juramento, que me pesa el casamiento; Por quién sois, y por quién soy, y haced cuenta que aquel día que os caséis, será el postrero de nuestra amistad. No espero, que tenga por mi causa Alteza. Así don Juan os conviene hacer, si me queréis complacer. Los Vargas están aquí, y piden a vuestra Alteza para entrar licencia. Basta, que ya conozco esa casta Don Alonso. A su nobleza vuestra Alteza, mi Rey crea, que no es bien dejarles ir señor. No les he de oír don Juan lo que fuere sea, yo no los he de ver hoy, ni pueden entrarme a hablar, con esto me han de pagar el enojo con que estoy, baste que estén sin castigo por vos de lo que ha pasado. Vuestra Alteza está indignado. Y vos don Juan muy su amigo, no os quisiera ver con ellos tan buen caballero a fe. Si esto les debo,¿por qué? Porque ofendido estoy de ellos, y porque estoy ofendido, por decir que a vuestro lado en negocio tan pesado don Tello se puso asido de vuestra nobleza efecto, si no es que vos me engañáis en lo que aquí me contáis. A vuestra Alteza prometo. Basta decir a los Vargas don Alonso, que no estoy para dar Audiencia hoy. Sus pretensiones son largas al que sin dicha, y favor negociar pretende así. Mejor es que entren, decid que entre. Eso es lo mejor. No gusto que estéis presente don Juan vos. Es caso justo no estar contra vuestro gusto. Haced entrar esa gente, verlos me incita a furor. Denos su mano Real vuestra Alteza. Estoy mortal, alzad, que queréis. Señor, Iñigo Pérez de Vargas soy. Ya os conozco, pasad al caso. Mi calidad, publicar historias largas. Sí, noble debéis de ser. Estos son Pedro y García mis hijos. Ya yo tenía de ellos noticia. El saber, que vuestra Alteza señor, como tan Cristiano Rey, y de mirar por la ley del universal honor, nos ánimó a suplicarle, que hoy nos honre. ¿De qué modo? Don Juan de Castilla. Todo será en efeto casarle, este es el fin que traéis. Por la obligación que tiene a mi hija, nos conviene el importunar. Habéis Ínigo Perez sabido, como a mi deudo don Juan. Todos en Castilla están de eso informados. No ha sido según eso acertamiento: Iñigo Pérez querer a mis ojos emprender tan desigual casamiento. ¿Cómo señor desigual? ¿qué razones tan amargas? Tenéis vos sangre de Vargas y don Juan sangre Real, siendo octava maravilla; aunque esta nobleza estimo, merece don Juan mi primo una Infanta de Castilla. Cuando don Juan fuera vuestra Alteza, imaginara que no me calificara ni más que yo mereciera: Que los Vargas de Sevilla, en diferente edades, han dado muchas ciudades a los Reyes de Castilla. Y aunque no hacerlas iguales con ellos mandan las leyes, algunos no fueran Reyes, sino por vasallos tales. Buena estuviera Castilla. Mal sin ellos estuviera, y Fernando lo dijera. El que entró sobre Sevilla, y Alfonso sobre Jerez, y don Juan sobre Baeza, de esto tendrá vuestra Alteza desengaño alguna vez. Si ahora está pasionado, mas no es bien que la pasión a la justicia y razón, el paso tenga cerrado. Y así suplico humilmente, que esta cédula firmada, de su mano de don Juan se me cumpla llanamente. Pues pido en esto justicia, y corre en esta ocasión, riesgo mi reputación. Esta es notable malicia, vosotros sin duda habéis con otros, que ayuda os dan cogido solo a don Juan, como otras veces soléis. Y obligado a que escribiese esta cédula. Nosotros somos quien somos. Vosotros sois quien digo, y si no fuese por no alborotar las cosas, las cabezas os pusiera a los pies. Cuando eso fuera, no fuera por alevosas. No es muy grande alevosía envestir a un hombre tres. ¿Qué fuera de él, si después uno de los tres que había, no se le pusiera al lado? Eso no puedo creerlo. Pidiera a Dios que Don Tello no anduviera tan honrado, que nos pudiera excusar su excusada gentileza. Escuchara vuestra Alteza cosas de tanto pesar, que cuando un agravio toca a muchos de esta manera, se ha de vengar. Salios fuera, que vuestra cólera loca muy presto castigare, donde escarmiento y espanto a esta cédula entretanto; rompiendo la cumpliré vuestro loco pensamiento. Acabe así entre mis brazos, al viento van los pedazos pedid la palabra al viento. Vive Dios que si no fuera porque eres mi Rey. ¿Qué es esto?, villano tan descompuesto. Si otro que tú lo dijera, y estuviera acompañado de un ejército, primero que se fuera de este acero, que traigo inútil al lado, la satisfación saliera de menos, que me enviara con menos color la cara. Que esa coroza allá fuera, que este valor, y este celo de honor lo respeta el mundo: tu padre don Juan Segundo, y Don Enrique el tercero abuelo; mas tú eres mozo, y no quieres conocer esta verdad. Ya caducáis con la edad. Vámonos, y más no esperes sino pretendes que aquí nuestra cólera nos mate. Que así Enrique nos trate. Que nos trate Enrique así. Salios a fuera, acadad. Ya nos vamos, pero advierte, que aunque yo no estoy muy fuerte por las penas, y la edad, que tengo en mi vejez triste, hijos que después podrán, hacer que cumpla don Juan la cédula que rompiste. Hola. Señor. Reventando estoy de cólera y furia. Que suframos esta injuria. Haced luego lo que os digo. El Rey se fue, y al oído a don Alonso ha hablado. Pesar el caso me ha dado, mas debe el Rey ser servido; señor Ínigo de Vargas, yo he de obedecer al Rey. Pues hacer su gusto es ley, aunque os confieso muy largas obligaciones, no puedo excusar esta ocasión don Pedro, daos a prisión, y don García. Yo quedo en mayores de serviros, por ser vos el que ha tomado a cargo habernos honrado en esta prisión. Partiros luego de Madrid habéis a una torre. Gran venganza. Tened en Dios confianza, que presto del Rey seréis honrados como es razón. Presos, vamos deshonrados. Sois Vargas. Somos vuestros criados. Con esta prisión se acabarán los enojos del Rey, y sucederá, como deseáis, que está indignado. En que despojos el Rey venga su furor. Vamos. Ya voy consolado viendo que a esto han llegado obligaciones de honor. ¿Cómo lo has pasado? Bien, pidiera a Dios no vinieras tan presto de allá, y volvieras de aquí ados años, amén. Que si por tu gran malicia tan presto no te tornaras: vive Dios, que me hallaras como un lechón de Galicia. Está la botillería que no la conoceras, pues la despensa hallaras con la dispensación mía en los huesos, vive Dios solo el Tinelo ha engordado, porque no lo he visitado, que gasta una enfermedad mucho. A todos es que decías. Si acá entraba, que dormías y durmieras en verdad, de Matusalén, si el tiempo que tardaras fuera así, verme en tu Camara a mi, fue notable pasa tiempo. Porque a toda la ciudad serví en ella destafermo, siendo el que estaba enfermo suplió la enfermedad. Yo me curé de una gana, que tenía de comer, a mi gusto, y mi placer, y la siento ya algo sana. Diome gana de comer, un capón de lechazo asado, y luego se me ha antojado un limocico tras él. Y despertó mi reloj de los gustos a la oreja, una perdiz me aconseja luego con su ajilmoz, vino la perdiz asada, como volando pudiera, y trajo por compañera de un conejo una empanada. Bebiose muy lindamente entre uno y otro rasguño, pegándoselas de puño al botillar diligente. En efeto se ha pasado lo mejor que se ha podido; tú seas muy bienvenido mejor fueras bien tardado. Huélgome, que a costa mía hartes tu apetito así, si te curas, es por mí la enfermedad que tenía. Pues no le he dicho un antojo de unos dinerillos. Dineros, se te antojaron. Dineros, y si no lo has por enojo hasta ochenta escudos son, el gasto es bien ordinario. Pagárámelo el salario, la librea, y la ración que a mi costa tan bizarro mostrarte, no he de sufrir. Pues vive Dios de decir que fue mentira el catarro. Esa amenaza me ha puesto freno a la lengua por Dios. Pues vamos horros los dos, ya que tampoco es el resto. Eso por fuerza ha de ser. Ahora que en paz quedamos, ¿cómo te fue allá? sepamos. Cómo lo pudo escoger don Juan estará casado, con mi hermana brevemente. Es hecho honrado y valiente. Él fue Millan más honrado. Todos lo son de tu boca, por tener honrada espada. ¿Qué hay de nuevo? Este Monca al Rey pienso que provoca da a ponerse mal contigo, porque siempre viene aquí a preguntarme por ti; pero jamás, como amigo, pues de la envidia el veneno en su pecho pudo más, que un envidioso jamás pudo ser amigo bueno. Calla Millán que te engañas, que don Alvaro en efecto es quién es. Yo te prometo que tiene falsas entrañas. En tu vida te acontezca hablar delante de mí de nadie mal. Si es así. Aunque a ti te lo parezca, no me hables de nadie mal, aunque de mí lo haya hablado, que te matare. Que honrado que te hizo Dios. Es natural y no puedo resistirme, que hay más de nuevo en la tierra. Toda es armas, toda es guerra, sin saberse cosa firme, lleva está de compañías Aragón, y no se sabe la causa. La causa es grave. No tardará muchos días, que la causa no se entienda. Siempre que el Rey es discreto tiene su intento secreto, porque hacerse no pretenda fuerte, el contrario entretanto si la victoria desea. Señor ahora se apea el Rey en casa. Que tanto su Alteza me favorece, no se en que a su Alteza obligo. Ya ha entrado el Rey. El amigo en aquesto se parece. Deme los pies vuestra Alteza. Alzaos don Tello. Señor, quien de tan alto favor es digno. Vuestra nobleza. En una casa señor tan humilde, cuanto el dueño, siendo también tan pequeño mereció tanto favor. Vuestra enfermedad me daba cuidado, y así he querido ver yo mismo lo que ha sido. Un poco indispuesto estaba de la cabeza, y así en la cama quise estarme, y aliviarla con sangrarme. ¿Y como os sentís decís? Como me puedo hallar señor con tanta merced. Que os deseo bien creed. Que favor tan singular. Que al contrario me contó don Álvaro, todavía le dura la envidia, arpía de la nobleza. Quien vio tan presto tanta privanza. Pues tan presto os levantáis hoy de casa no salgáis, que cuando salud se alcanza conservarla es menester de alguna causa contraria. Y la que es más necesaria, más estimada ha de ser, y pues la obligación mía haceros metced profesa el Maestrazgo de Montesa os quiero dar de sangría, que por don Jaime mi tío ha vacado. Los pies beso a vuestra Alteza. Confieso, que siempre quedaré yo obligado, y no podré tantas mercedes pagar. Ahora os podéis quedar que yo me voy. Ya no se como sufrir tanto agravio, esto es justicia, esto es ley, no estaba un Moncada Rey. Cómo cortesano y sabio procedéis, quedaos Maestre, si gusto me queréis dar. Hasta el coche he de llegar, porque a vusestra Alteza adiestre. Bien podéis, que sois el Sol de Castilla, pero quiero que os quedéis. Eso no fuera justo. Adiós Ector Español. Vuestra señoría la goce mil años. Todo será vuestro. Adiós, que el Rey se va. Aunque la envidia rebose con máscara lisonjera, le pesa al Moncada a fe, vuestra señoría sus pies me de, y aquel Rey está allá fuera, y goce del Maestrazgo lo que Adán de Eva, y aún más. Y si puede ser jamás pague a la muerte portazgo que es derecho natural. Guárdete Dios, y así sea. No excusas una librea ahora al Abril igual. Y aún dos Millan han de ser. Vivas dos mil años más, pues tan liberal estás. De casa de Canciller trajo este pliego un criado. Muestra, de don Juan parece, algo de nuevo se ofrece en el negocio pasado. CARTA. Señor y amigo mio no quisiera daros tan malas nuevas al presente, mas porque después no os quejéis de mí, os aviso de lo que por acá pasa. Presentado la cédula que yo hice, mandó el Rey prender a vuestro padre y hermanos, haciendo la cédula mil pedazos, estoy confuso, viendo que es imposible desenojar a su Magestad más yo os prometo, que ha de ser mi esposa mi señora doña Greida, si pesa al mundo. Escribiendo esta, me vinieron nuevas de palacio, que la Reina era muerta de parto, está confusa la Corte, y ha cesado con esto una jornada, que el Rey por su persona prevenía, aunque jamás se supo para donde, no digo más. DON JUAN DE CASTILLA. Que lastimosas nuevas, siendo como es justo la muerte de la Reina mi señora mucho más que las propias desuenturas, que pasan mis hermanos, y mi padre, no me pudo escribir peores nuevas. No me parece que el Rey te ha maltratado según sientes sus cosas. Los vasallos Millan no se han de igualar con los Reyes, ni han de sentir las faltas como tales, jamás agravios, siempre más leales, llámame al Camarero. Él viene ahora. Muchos años señor vuestra señoría goce acrecentamientos tan honrados. Todo es para vosotros, que no quiero que el Cielo me haga bien, si no pretendo con mis criados repartirlo todo. Porque son de honor obligaciones acudir a estas cosas como acudo, que por eso nos sirven hombres nobles. Ese conocimiento solamente nos bastará por premio, y paga ahora. La Reina de Castilla mi señora ha muerto camarero, luego importa sacar para mi casa luto. Sea como vuestra señoría manda. Luego lo más presto que pueda ser se acabe un luto para mí, para que pueda ir a besar las manos a su Alteza. Esto se hará como lo mandas. Nadie quede en casa sin él, hasta el más mínimo mozo de cocina. Harase al punto perdió Castilla la mejor señora, que tocó a su Corona la cabeza. Las fiestas del Maestrazgo quedan feas pues que se han vuelto luto las libreas. Que con esta estratagema de decir que va a Granada, dicen que hace jornada a Aragón, y es bien de tema; y que salga vuestra Alteza al caso. No contradice lo que vuestra Alteza dice al Consejo con presteza, que según temen, han dado todas cuantas compañías se han alistado estos días, porque por razón de estado conviene la prevención, por los intentos que tiene de las villas, que si él viene acá con esa intención, sin ello se volverá. Todo ese enojo habrá sido por don Tello. Esta ofendido de ver que conmigo está también puesto; y ha tomado sin duda aquesta ocasión para venir a Aragón. Don Tello es tan buen criado que se puede aventurar por él un Reino. Que todos los quieren por tantos modos, también yo quiero llegar. Don Álvaro de Moncada, que sabéis de Castilla hoy. Gran señor pierdo el sentido; dicen que se hace jornada, y Enrique sale en persona, y que es la voz general, que viene a Aragón, y tal el vario vulgo pregona. puesto que le ha dado nombre de Granada, a la jornada. Pienso si viene a Granada darle ayuda, porque asombre al granadino poder del cristiano, hasta rendir sumuro, esto es de decir, aparte que conviene. Así ha de ser, que no es justo quel intento devuestra Alteza se entienda, hasta que Enrique pretenda declarar su pensamiento. Y siempre fue la mayor razón de estado en jornada don Álvaro de Moncada, que nobleza que valor en Aragón os parece de estado, y prendas igual, que el bastón de General en esta empresa merece. Muchos tiene vuestra Alteza en él para Generales de valor, y sangre iguales de prudencia, y de noblezas don Fadrique de Aragón pudiera serlo de Marte, y don Onofre Lasarte, que es de igual satisfacción. Ya vuestra Alteza ha sabido en muy grandes ocasiones, sin otros muchos varones a quien la fama ha tenido. ¿Y no os parece don Tello bueno para General? No es de Aragón natural y mirando bien en ello, será agraviar a Aragón, habiendo tantos en el señor echar mano de él, aunques tanta su opinión. PARÉCEME BUEN CONSEJO. Esto me parece a mí. El Maestre viene aquí. Requiere un hombre más viejo. Sea el muy bien venido. Beso los pies a vuestra Alteza. ¿Qué es eso? vuestra tristeza anuncia algún mal suceso, ¿qué luto es este Maestre? Por la Reina mi señora de Castilla. ¿Murió? Ahora ha muerto; y es bien que muestre como en efecto vasallo la tristeza de Castilla. Vuestra lealtad maravilla. En grande extremo me hallo por su Alteza triste, y siento su muerte, como es razón. Y yo también, y Aragón hará el mismo sentimiento, y por su alteza daré luto a la casa Real, porque en sentimiento igual, como deudo mostraré, y a sus damas vuestra Alteza luto de. Será razón hacer tal demostración publicar tan gran tristeza, que a mi prima le debía una muy gran voluntad. ¿De qué la enfermedad? Parto. Triste día para Castilla por cierto. De esa fuerte cesará habiendo la Reina muerto. Este pliego ha llegado de Castilla, a toda diligencia de don Basco de Cardona. Muestra de algo me avisa, mi Embajador, succintamente escribe, leena parte quiero, por si importa el secreto al asunto. El Rey se aparta para leer con soledad la carta. Estando todo prevenido para la partida, que a vuestra Magestad escribí, murió la Reina de Castilla de parto, todos pensamos que esto fuera parte para deshacer la jornada, pero antes van creciendo mayores prevenciones. Vuestra Alteza prevenido para lo que sucediere, y guarde Dios a vuestra Alteza, lo que sus vasallos hemos menester. DON VASEO DE CARDONA. Basta quel Rey Maestre viene a Castilla, que no ha sido bastante a detenerle la muerte de su Alteza. Nunca alteran los pechos, de los hombres valerosos, sucesos de fortuna, y don Enrique paréceme señora sus abuelos. Yo pretendo ayudarle, y a ese intento en Aragón se han hecho compañías, y en persona pretendo ir a la empresa. Corresponde a la sangre vuestra Alteza, y de principales tales no se espera menos jamás, y en todas las mercedes, que vuestra Alteza puede usar, y haría, no me obligara a tanto como en eso, hoy soy su esclavo, y esos pies le beso. De albricias de las nuevas que me ha dado, que vasallo que tiene en vos Maestre Enrique tan leal, sin duda alguna, que os hace ya merced. Mira que tanto, que ha mandado poner en una torre a mis hermanos, y a mi padre ahora. Solo porque pretende que se case con una hermana mía un deudo suyo, habiendo obligaciones de por medio de cédulas no más porque es mi hermana. Pero señor del honor, obligaciones, acudir a estas cosas como acudo, que es Enrique mi Rey, y yo vasallo. Que notable lealtad. Que fe tan grande. ¿Quién os parece a vos que en esta empresa que de mi General el bastón lleve? Nadie puede señor como don Álvaro merecer ese cargo, que sus partes son dignas de el, y en Aragón no tiene persona vuestra Alteza, que merezca lo que merece el de Moncada. Cierto de la nobleza que tenéis entiendo que me sabréis hacer merced. No digo en esto más de lo que siento, don Álvaro. Lo mismo dice don Álvaro, Maestre, en vuestra ausencia. Claro está que es noble, y no ha de desdecir de lo que he dicho. Qué falso, que habla el Rey. Dejando a parte las muchas partes de don Álvaro, que son tan grandes, como sabe el mundo; es mozo al fin, y en semejante caso importa la prudencia, y así digo, que sea General en esta empresa. ¿Quién señor? El Maestre de Montesa. Por demás es querer, a la fortuna contradecir. Suplico a vuestra Alteza, que no haga a don Álvaro de Moncada aqueste agravio. Esto ha de ser Maestre, que ocasiones habrá para don Alvaro, que sean dignas de su valor, y de sus partes, y preveníos luego, porque importa que no se pierda punto en esta empresa, y en Zaragoza quedará hermanada para cabeza del gobierno todo lo que durare esta jornada ahora. A tratar vamos de ella, con licencia de vuestra Alteza. Venid Maestre. Vuestra Alteza vaya. No hay peor estado, que ser uno envidioso, y desdichado. En mar, y tierra, en fuego; el pensamiento anegado, abrasado, y esparcido, y amor a la memoria, y el olvido con el también en mar, en fuego; en viento. La esperanza, el deseo, el sufrimiento en torno atormentado, y ofendido, el corazón sin culpa, ni sentido, el mal, la pena, y el entendimiento. En prisión será ausencia, en sepultura condenada, olvidada, y enterrada a muerte, a celos, y al olvido fiero. Sin bien, sin esperanza, y sin ventura con males, con temor, con fe trocada, eternamente, pero vivo y muero. Que caja es esta; ay de mí, sin duda que se va el Rey, y aquel ingrato sin ley, otra vez tocan? sí. Mi alma y vida le di, a quien tan presto se muda, y mi mala suerte ayuda, que mi afición desigual. Me dice, quel es sin duda, mas un hombre veo entrar y me parece soldado, si es de mi bien el traslado. Que muerte me viene a dar, pues al fin se ha de ausentar, sin duda la prenda mía, que es lo que de mi porfía. O es sombra, pintura, o sueño de aquel adorado dueño. Que engaño la fantasía, novedad te causarán Greida el venir de esta suerte a mi partida, y mi muerte. Que todo en partirse está que aunque el Rey airado da en que el que más te desea verte, ni hable, ni te vea. Rompo guardas, quiebro leyes, porque no hay rigor de Reyes, si amor queriendo pelea. Dame señora tus brazos, que fe, y palabra te doy, Greida que tu esposo soy. Son más que inmortales brazos, confirmando estos brazos, esta fe, y esta amistad. Porque de la voluntad no puede ser dueño el Rey. que aún a la divina ley tiene franca la ibertad; que aguardas. Estoy corrida de escucharte hablar ingrato, dejándome con vil trato; agraviada, y ofendida; y quieres a la partida volverme a engañar ahora. Mi Greida el alma te adora y está corrida también, de que con tanto desdén le trates ahora, señora. ¿Qué quieres? Quiero quererte. ¿Cómo te podré creer? Esclavo tuyo he de ser dueño amado hasta la muere quise con la vida verte, si vuelvo de esta jornada; tú serás mi esposa amada, y a Dios te puedes quedar, que ya tocan a marchar mi esperanza cultivada. ¡Qué desdicha! ¡Qué rigor! ¡Qué pena! ¡Qué desconsuelo! ¡Qué intérvalo! ¡Qué recelo! ¡Qué fe constante! ¡Qué amor! ¡Qué esperanza! ¡Qué temor! ¡Qué mal! ¡Qué triste partida! ¡Qué bien! ¡Qué gloria perdida! ¡Qué ausencia fiera! ¡Qué enojos! Adiós, Greida de mis ojos. Adiós, don Juan de mi vida. Hagan alto. Alto soldados. No pase el campo, de aquí podremos ver descansados, si llega Enrique, que así no nos coja descuidados; Vos Maestre de Montesa, como General pondréis, en orden para la empresa, la gente, no os descuidéis. Pues veis lo que se interesa, porque aquí va la opinión de Castilla, y Aragón, que de Enrique hay nuevas ya, que muy cerca de aquí está con un bizarro escuadrón. Porque ya que aquí llegamos, daros cuenta determino, del intento que llevamos, que no es el Rey Granadino, contra quién marchando vamos. Pues,¿quién es? Es el mayor enemigo que tenéis, por quien el gusto y honor, y en fin ofendido estáis en la sangre y el valor. Quien a vuestro padre tiene preso, y avuestros hermanos, y que se case detiene vuestra hermana, con tiranos intentos, si solo viene por esta causa ahacer guerra a Aragón, y un loco antojo os persigue, y os destierra, Quien procuravuestro mal, y vuestra muerte intentó, vuestro enemigo mortal. Pues si es mi Rey, y yo soy su vasallo leal, bien puedo cotra mi honor Enrique airado ofender; mi hacienda, sangre, y valor. Pero yo no puedo ser, siendo vasallo traidor, y no tengo de enojarlo, ni ofenderlo, porques ley, que escrita en mi sangre hallo. Que a ofensa si es de tu Rey, siempre obedezca el vasallo, hasta este punto he venido contra mi Rey engañado. Mas desde aquí me despido, que si soy vuestro criado, antes su vasallo he sido. Confieso que vuestra Alteza, como quien es liberal, enriqueció mi nobleza, más precio más serleal, que del mundo la riqueza. Y así cuanto he recibido vuelvo avuestros pies señor de vuestro intento ofendido, por quedar con el honor. A quien soy agradecido el bastón de General, podrá en aquesta jornada llevar a César igual. Don Albaro de Moncada por valeroso y leal, y perdonadme señor no poder agradecer tanta merced y favor; que esto me manda hacer obligaciones de honor. ¿En eso resuelto estáis? Si señor, si aquí mil vidas con mil muertes me quitáis, que no hay en el mundo heridas, no honores con que podáis mudarme de este, a otro intento. Y el no poder agradaros, y serviros, harto siento. Yo castigaré en dejaros vuestro loco pensamiento, daré gusto a Aragón; don Alvaro de Moncada. Señor. Tomad el bastón, pues vuestro brazo y espada tiene tan grande opinión, y honrese con todo aquello, que yo le he dado a don Tello Moncada vuestra nobleza. Los pies beso a vuestra Alteza, que yo sabré agradecerlo. Que a esto un ingrato provoca No te midas desigual fortuna inconstante y loca. Manda marchar General. Toca a marchar,toca, toca. Señor Maestre don Tello. ¿Qué dices? Aquí fue Troya, su Miércoles de Ceniza se ha llegado por la posta todos se van, y nos dejan como se acabó la historia, en cuya Comedia hacías casi la mejor persona. Una cosa me consuela en comedia tan si mofa, que siempre he sido lacayo, y lacayo quedo ahora. Un mismo Millan me dejan, las mudanzas de las cosas, y esto tiene un pobre estado, que ningún mal le alborota. Pero cuando traigas tú a la confusa memoria, del Rey don Juan el Segundo, las mercedes, y las honras. Del modo que te trataban los Grandes en Zaragoza, tomándote a los deseos la medida de la boca. Cuando entrabas en Palacio, como si fueras a bodas, y te acompañaban siempre, más de ducientas personas. De par, en par se te abrían las puertas, y entradas todas que eras vara de virtud, de regalos, y lisonjas. Y ahora que te contemplas con el desengaño a solas, y con Millan solamente, morirás de pena ahora. Millan, que lo que decía he hecho, no me acongojan memorias, porque un leal, con solo el honor las cobra. No quiero del Rey don Juan mercedes tan a mi costa, que son pildoras doradas, y el mundo no las perdona. Que necedad tan honrada, y lealtad tan necia ahora, que hemos de hacer de esta suerte. Sígueme y calla. Tú tomas resolución muy gentil, si al Rey humilde no tornas. Ejemplo he de ser al mundo de obligaciones honrosas. Sea muy bienvenido vuestra Alteza. Vuestra Alteza sea bien llegado. No sabré encarecer lo que me ha pesado de mi prima, la muerte, esté en el Cielo, ruego a Dios, que sus obras merecieron en premio igual, y a vuestra Alteza guarde lo que Castilla ha menester. Por cierto que me pesa que hayamos, siendo primos llegado a lo presente. A mi pesa dar ocasión alguna a vuestra Alteza, de enojo, mas que injustamente mueve Aragón la guerra injusta, pero no tiene justicia en lo que pide. No me moviera yo sin causa, entiendo; y la principal causa que me mueve, es ver con el descuido que ha tratado lo que le suplique, cuando don Tello llegó a Aragón. Bien sabe todo el Reino, que yo no tuve culpa, y que fue olvido; ordenado sin duda, por el Cielo, para librar a Lerida de un grande rebelión de los Moriscos suyos, que con los Moros de Granada, habían hecho alianza, a cuya causa debo la libertad del Reino, y su persona, mas todas las mercedes que le han hecho, con serme ingrato, lo ha borrado ahora. Esa paga merece, quien se fía de hombre semejante. Vuestra Alteza debe estimarle en mucho, que viniendo con el bastón de General del campo que contra vuestra Alteza traigo, supo que era contra Castilla lajornada. Y dejando el bastón, y todo aquello de que le hice merced, pasar no quiso contra el poder de vuestra Alteza, y creo, si no me engaño yo, ques el que veo. Cuarto Enrique, Rey Cristiano de Castilla, y de León, a quien pueden dar el nombre de Sancho el conquistador. Si a caso no me conoces, don Tello de Vargas soy, vasallo tuyo el leal, y tu enemigo el mayor. Una herida de don Juan de Castilia me obligo, a que enojándote a ti perdiese mi patria yo. De la raya de Castilla salí, y entre en Aragón a donde por cartas tú el Rey don Juan me prendió de allí sabrás que después, venciendo un Moro escuadrón en favores y mercedes la prisión don Juan trocó. ser Capitán de la Guarda. Fue su primero favor, y el Maestrazgo de Montesa, el segundo me dio, publicose la jornada para Granada con vos, que el de Aragón te ayudaba, tomé del campo el bastón marchando de Zaragoza. Prometiendoselo yo darte a Granada rendida a sombras de tu favor, y él descubrió los Leones de tu estandarte señor. Supe del Rey que venía contra Castilla, y León, dejé el bastón y dejé todo el honor que me dio, en las manos de don Juan solo por no ser traidor, y viendo que de esta guerra la principal ocasión era don Tello de Vargas. Huyendo de tu rigor hoy con él le tiene presos, con otros hermanos dos a su padre en una torre. Y es causa a la luz del Sol el deshonor de su hermana; el quiere con su prisión acabar tantas desdichas. Pues él solo te ofendió, y quitando esta cadena que la entrada defendíó en dos mármoles asida. No os cause esta confusión yo mismo me traigo preso porque solamente yo solo prendiera a don Tello conociendo su valor. Estas son las hermanas suyas que a tus pies se rinden hoy y la cabeza con ellas, dales castigo, o perdón. No he visto lealtad más rara. No he visto mayor valor. A este valor tengo envidia. Alzaos del suelo don Tello, que desde hoy digo que sois el vasallo más leal que tuvo Rey Español. Y por la Corona mía, que ha dejar de ser quien soy, antes ser otro Rey solo si cogierá ser vos. Vuestro valor me ha vencido, ye acaban con ocasión mis enojos, y la guerra. Tierra de esas plantas soy. Volved a Castilla honrado por el Andaluz mejor que ha tenido su nobleza, y dadme las manos. Yo la mano os he de besar como a mi Rey, y señor. A doña Greida don Tello he de casar, como vos habéis siempre deseado. Yo agradezco este favor, y a vuestra Alteza le pido los pies, y a don Tello doy los brazos. Esos son vuestros. En cambio a doña Leonor mi hermana os quiero ofrecer. Yo lo confirmo, y les doy desde aquí un mayorazgo en Madrid, para los dos, con que vivan descansados, y con que quede el blasón de los Vargas en Madrid. La vida es poca señor para agradecer mercedes tan grandes. Temblando estoy de la inconstable fortuna. Y haciendo las paces hoy con mi primo, llevará a doña Urraca a Aragón. Y vendrá para Castilla doña Blanca. Ese favor, aunque en ocasión tan triste le estimo como es razón. Y don Tello volverá a mi privanza. Señor don Álvaro de Moncada es el que lo mereció. Yo he de vivir en Castilla, solo te pido un favor, y es, que le dé vuestra Alteza a doña Elvira. ¡Obligó un hombre a ninguno tanto! Sea, sea, pues lo queréis vos. Beso los pies a su Alteza. Alzaos. Vuestro esclavo soy don Tello. Yo vuestro amigo, y no será adulación. En días de tantas bodas dejar que me case yo. ¿Con quién Millan? Con Merencia. Palabra Millan te doy. Bésote los pies mil veces, que eres mi restaurador. Hoy por su valor Don Tello ha de comer con los dos, que en el mundo ha sido ejemplo de obligaciones de honor. Este ejemplo de hora labro para mi acertar escribo; y yo por entrambos pido de sus faltas el perdón.
