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Texto digital de El valor perseguido y traición vengada

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Lope de Vega Carpio
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Comedia
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Cita sugerida

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El valor perseguido y traición vengada. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/valor-perseguido-y-traicion-vengada-el.

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EL VALOR PERSEGUIDO Y TRAICIÓN VENGADA

JORNADA PRIMERA

Cese el bélico furor, haced alto en esa parte, no espante el rigor de Marte las delicias del amor. Tras de una tan larga ausencia buscar amor es gran yerro, que para lograr destierro tiene amor poca paciencia. Mal conoces el valor de mi Matilde divina. Pues que es mujer imagina. Piedra dijeras mejor en firmeza. Yo imagino a toda mujer veleta, no quisiera ser Profeta en tu amor. Qué desatino: Solo esperanzas me dio cuando a la guerra partí, con esperanzas vencí. No me contentara yo con esperanzas no más, sin adquirir posesión. Aquese es otro escalón. De espacio subiendo vas. De espacio es subir de un vuelo (si el gusto a la dicha igualas), fin ser de Ícaro mis alas, a la esfera de fu cielo? Tú, aunque eres hijo segundo, del Conde de Barcelona, y merece tu persona ceñir el Cetro del mundo, tienes gran competidor, señor, en el Conde Arnesto, rico y poderoso. Presto Verás si triunfa mi amor. La hija del de Ferrara (Octavia del cielo estrella) te adoraba y es muy bella. Que haces ofensa repara, a mi Matilde adorada, que aunque quise un tiempo a Octavia, solo la memoria agravia de aquella afición pasada. Por Dios, que abren el balcón. Las cajas la han avisado, fin duda, de que he llegado, retírate allí, Durón. Oh valiente Capitán, vos seáis muy bien venido. Pues que veré merecido la luz que esos soles dan, ya no hay rigor que temer, ni gloria que desear. Solo vivís de matar, como tan diestro en vencer. De todo lleváis despojos, y os temen hasta las damas. Solo me rindo a las llamas, y a los rayos de esos ojos. ¿Como venís? Como quien resucita de una ausencia. Ya me parece experiencia aquesa, de querer bien. Después que esos ojos vi, no tengo libre albedrío, desde entonces no soy mío, que libertad y alma os di. Y qué podré decir yo, cuando vi vuestra partida, si no que quedé sin vida, hasta que hoy resucitó. No pregunto la victoria, que quien a mí me ha vencido, ¿quién se le habrá resistido? Solo en nombre y memoria vencí otro Alcides segundo por estar tú de mi parte. Con nombre de amor y Marte puedes conquistar el mundo. Quise ganar las albricias de mis dichosos empleos, y en alas de mis deseos volé, si gozar codicias la ocasión aquesta noche a la puerta del jardín te aguardo. Dichoso fin de mi esperanza, tu coche apresuramos hermoso, pica aprisa los caballos, aunque vuelva a despeñarlos Faetonte en el espumoso piélago, camina aprisa, inclina la frente al mar, y tarda un siglo en tornar a dar al Alba fu risa. Porque mi padre no aguarde me voy con tal prisa, adiós, ven entre la una y las dos, y el Cielo tu vida guarde. Contarele los minutos al Sol, que en su veloz vuelo, ruego a Dios (como yo quiero) pase y que tienda sus lutos la noche capa de amantes, y le pido por favor no saque el amparador de sus Estrellas brillante. Loco estás. El seso es poco, que si en tal favor no pierdo el sentido, no soy cuerdo, y lo seré estando loco. Ya no hay mal que recelar, esta noche en el jardín me aguarda mi serafín. Líbrete Dios de un azar. Azar en tan breve espacio? Sí, que en un breve momento barajará más de ciento la envidia, duende en Palacio. Casi a risa me provoca tanto avisar y temer. Un azar se vio caber entre la traza y la boca. Mi buena suerte me guía, al Rey le quiero ir a dar cuenta y luego ir a gozar la feliz ventura mía. Ya tienes de aquese modo tu partida acomodada, plega a Dios no haya gatada, y nos quedemos de lodo. La industria podrá lograr lo que el ruego no ha podido, que al astuto y atrevido suele fortuna ayudar. Nunca ha tenido un favor mi fe de Matilde ingrata, que hoy darme la muerte trata con tan gran competidor. Pero aunque más la desvela el amor de Don Ramón, ya yo en mi imaginación he fabricado cautela con que la pueda gozar en nombre del español, que es solo su norte y sol, en que se suele abraíar. Mas yo eclipsaré sus rayos, venciendo con mis ardides, mas que él venció en tantas lides, si mis cautelas y ensayos consiguen felice fin, guíame, pues eres Dios, amor, que antes de las dos pienso cortar del jardín la flor más hermosa y bella, si amor me da su favor, y disculparame amor, que los Cetros atropella. Saca la espada, Martín. No sacaré, vive Dios, que siendo amigos los dos, sin saber principio y fin de vuestro enojo es error arrojarnos a reñir, que se suele arrepentir quien no lo piensa mejor. Qué mayor causa, que haber usurpándome a Laurencia, es buena amistad de ausencia. Preténdola por mujer, y no he entendido jamás, que haya sido tu respeto. Tú llevas un buen sujeto, Cruz y Calvario tendrás. Durón yo estoy satisfecho, y ella de mi cita contenta. Pues si está hecha la venta, hágate muy buen provecho. Vestida de verde ayer, te pareciera un Abril. Menester ha perejil para poderse comer. Yo, Durón, estoy contento, ya deseo estar casado. Jamás he sido inclinado, aunque tanto, al caíamiento. De tuerte me he reportado, si por vida de Durón, que te tengo compasión en vez de estar agraviado. Y la cólera reprimo, que solo en verte casado quedas harto castigado, y de tu mal me lastimo. Pues por qué causa no quieres casarte? Por excusar mi uusto de contentar los varios de las mujeres. Hay mujer follona y flota, fea, frágil y fruncida, con un ceño de por vida, sin saber por qué se enoja. Hay mujer que si se entona hace al marido callar, y en materia de mandar, ella ha de ser la mandona. Pues si acaso está preñada, y si por desdicha hay suegra, yo le mando suerte negra con la suegra y la antojada. Y pintemos que no es nada de lo que aquí cuento no es temerario tormento esto de estoy y con el mes. Pues si es necia o melindrosa enterramiento es de vivos, y al fin perder los estribos si acaso es vieja y celosa. Si la miras Serafín, a quien hay que no amedrente, no le salgan a la frente las astas de Medellin. Todo el gusto lo atropella. Y el disgusto lo agua todo. del polvo se hace el lodo, y del rayo la centella. Pero, pues, nuestra cuestión viene a convertirse en paz vamos a tomar solaz en el primer bodegón. Baco los pesares quita, vamos a echar una azumbre. Así nuestra pesadumbre será pendencia mosquita. Eso decís, Conde Arnesto? Conviene que aquesta noche le entretenga vuestra Alteza, que me han dicho que traidores vienen de España a matarle, y disfrazados se esconden, con alevosos intentos, cuatro a esta causa en la Corte. Es valiente Don Ramón, y digno de los favores que le hace vuestra Alteza. Y los merece mayores. Cuando Don Ramón no fuera hijo del ilustre Conde de Barcelona, sus hechos y sus heroicos blasones le ilustraban y le hacían digno de inmortales bronces. Él viene a besar tu mano, que rija el Cetro del Orbe. Yo a Ramón entretendré, que no hay cosa que me importe más que su vida. Eso es cierto. Vos, de secreto dad orden, que los traidores se prendan, Rondaré toda la noche por lo que el gusto interesa en el peligro que corre la vida de Don Ramón, que es mi amigo. Eres muy noble. Importa que Don Ramón la causa del caso ignore; que es su ardimiento bizarro, y buscará los traidores, anteponiendo al peligro el valor del pecho joven. De todo estoy prevenido. Bien mi intento se dispone. Dame los pies, gran señor. Los brazos es bien que goce quien tan bien sabe emplearlos entre enemigos pendones. ¿Quién se me ha de resistir si yo peleo en tu nombre? Como vienes? Vitorioso. Tendré gusto que me informes del suceso. Alto Monarca, mi dicha y tus glorias oye: Embarqueme, como sabes, en tus Galeras veloces, cortando las crespas olas por el piélago salobre. Corridas costas, buscando los soberbios Galeones de Amurates, quede Albania ha sido acérrimo azote. Llegué a la Isla de Rodas, que desciende gente noble de él, que en tierra y mar tiene fuertes prevenciones. Formaba su gruesa Armada, En la playa un fuerte monte, vanagloriándose al viento las velas, del mar pavones. Oprimían los cercados, por la tierra corredores, y por el mar con trabucos, que despide el fuerte bronce. El valeroso Maestre quiere probar los rigores de la hambre, que padecen ricos y plebeyos pobres. Pero los tristes cercados, viendo en tantas aflicciones la Ciudad sin bastimentos, sin admitir dilaciones, le aconsejan que a partido se dé, pues sabe que comen en ese prolijo cerco perros, gatos y ratones. Y que mueren más de hambre, que con el plomo ni estoque a manos del enemigo, y alzando al Cielo las voces hombres, niños y mujeres, unánimes y conformes, quieren restaurar las vidas, aunque la infamia las compre, que es monstruo tan atrevido, que no hay fama que no borre. Perplejo entre tantas dudas, el gran Maestre responde, que ya trata del remedio que más a todos importe. Con esto se sosegaron, y el Maestre aquella noche pasó casi en oración, pidiendo a Dios, pues socorre los afligidos, que acuda a los que por la fe ponen las vidas, honras y haciendas. Y rendido al sueño, oye una voz que le asegura el socorro y dispertole con singular alegría; y apenas el Alba rompe el velo de las tinieblas, y coronan de arreboles los rayos del rubio Apolo a las cumbres de los montes: cuando un Soldado, que hacía centinela en una torre, que descubría del mar las velas que por él corren, catorce millas distantes; vio mi Armada y alegrose y dio nuevas del socorro, porque al punto reconoce, que eran insignias Cristianas en mesanas y faroles. Causó la nueva gran gusto entre los cercados pobres, que sus muertas esperanzas resucitaron entonces. Sacó su gente a campaña el Maestre, con tal orden, que desamparan las tiendas y a los bajeles se acogen los Turcos, que descuidados estaban y porque logren mejor su suerte, las mesas, entre ricos pabellones, convidan con las viandas, y el que pasó muchas noches sin cenar ya no apetece manjares que no le sobren. En tanto que se divierten en el combate disforme, acometí con mi Armada en tres fuertes batallones, despertando con mi salva sus dormidos Galeones. Formó el humo pardas nieblas donde granizando el bronce oprimido del salitre, naves abre y pechos rompe, Trabose la escaramuza desde las nueve a las doce, temblando al furor de Marte los remotos horizontes. Eché a pique treinta y cinco bajeles de los mejores, que en la armada de Amurares velas y jarcias descogen. Conoció el Turco su ruina, y se escapó con catorce Galeones y Fragatas a Constantinopla, adonde se quiso desesperar; ochenta vasos mayores gané, llenos de riquezas, de tiros y municiones. Rescaté ocho mil cristianos, trocando el remo y prisiones por la libertad amable, murieron doce mil nobles Turcos, sin muchos plebeyos, marineros y peones, que pasan de treinta mil; fueron los esclavos doce mil y el oro y la plata pasa de cuatro millones. Trigo, arroz, bizcocho y queso, de tres Naves las mayores, saqué para abastecer (sin que la hambre blasone) tres años a los de Rodas, que eternizaron sus nombres, en la sangrienta batalla, y entre los Turcos feroces, parecían los cruzados, de Albania fuertes Leones, o que Júpiter en ellos delataba exhalaciones de rayos sobre los Turcos; hasta los bravos bridones a las yeguas más lozanas no perdonaban entonces. No pretendieron esclavos los de Rodas y así al golpe de la muerte, dieron fin los que a su piedad fe acogen. Ganaron cuarenta piezas de batir y así con doble guarnición y bastimentos, y orgullosos corazones, al poder del bravo Turco el fuerte animo disponen, Agradeciome el Maestre el socorro, que en tu nombre llegó a tan buena ocasión, y prudente reconoce la obligación en que queda a tu grandeza, que goce estos despojos que ofrezco, y ojalá fuera del orbe el laurel, porque tuviera dueño a mi gusto conforme. Y yo quisiera tener (manifestando mi amor) con que premiar tu valor, poique es corto mi poder. Y así acortando los plazos, porque mi amor satisfaga, para principio de paga, llega Ramón a mis brazos. Podré decir que de un vuelo mi humildad, ser y bajeza, llegó a tocar la grandeza de la esfera de ese cielo. En mi Reino has de mandar como mi misma persona, y si la regia Corona, impartible y singular, se pudiera dividir, la mitad de ella te diera, porque laurel se ciñera quien Reyes hace huir. Mas ya eres Rey en mi idea, y te da el Cetro mi amor, y el nombre de mi mayor amigo y porque se vea que comienzo a acreditar mi obligación como amigo, venid Don Ramón conmigo aquesta noche a cenar. Que acorte y limite, ruego, vuestra grandeza el favor, que en tantos golfos de honor, invicto, señor, me anego. Como carácter imprimo el favor que reverencio, porque responda el silencio que con el alma le estimo. Aunque el favor perdonara, si mi gloria ha de trocar aqueste encuentro en azar, bien teme el alma y repara. Aunque lugar para todo me puede ofrecer fortuna entre las dos y la una es la hora y habrá modo, para gozar la ocasión. Vamos, amigo. Gran nombre. Solo lo merece un hombre, que tiene vuestra opinión. Pues aquí hay cierto Soldado, que aunque corto en el hablar, no lo ha sido en pelear. Calla necio. Ya he callado vive Dios, como un Cartujo, y he hecho mucho a reprimir lo que me importa decir, y estoy con notable flujo de palabras que me ahoga por no echarlas de una vez, como si a la pobre nuez cerrara el paso una soga. Gustaré oír vuestros hechos, que mostráis tener valor, Hable esta espada, señor, probada en los Turcos pechos, enseñada a rebanar cabezas y Turcos cuellos, tiñendo la sangre de ellos las verdes aguas del mar. Tal vez hubo que un revés, sin otras muchas destrezas, a tres dejó sin cabezas, rodando a un tiempo a mis pies. Y al momento se empezó a declarar la vitoria, que también en tanta gloria tengo alguna parte yo. Bien está, dadle quinientos escudos. Quinientos años Vivas. El que no usa engaños no espere verse en aumentos. Lleve el diablo a quien ha muerto en su vida ni un mosquito, soy valiente de poquito, y gallina al descubierto. Don Ramón es la privanza. del Rey en esta ocasión, también privara Durón si no hay fortuna y mudanza. Yo con quinientos escudos? ya me juzgo perulero, Don Durón llamarme quiero, que nunca hay dineros mudos. Y yo como significo en la idea mi riqueza, se me ha puesto en la cabeza la gravedad del ser rico. El que nació rico y noble, es siempre afable y cortés, y el que pobre, al revés, que muestra altivez al doble. Y así yo me considero, que para hablar a mi amo, tengo de ser yo el reclamo que dé el aviso primero. Y me he de hacer estimar por vida de Don Durón, no piense cualquier pajón llegarse así a negociar. Señor Durón, a pedir vengo. Venga el memorial. Que pues su nobleza es tal, que no se puede encubrir, me preste. No hay que tratar; que presto olió los escudos, yo les daré treinta nudos. Porque tengo de rondar, para esta noche el coleto. Quién sois? Ya me desconoce: Martín soy, así te goces. Mentecatón indiscreto, no advertís con quién habláis? Nunca está en un ser la Luna, y así, también la fortuna se muda, grosero estáis. Pues quién causa esta mudanza? Cáusala mi altivo valor, ya introducido a señor, gozando una gran privanza. Y así ya es mucha bajeza entretenerme con vos; dad memorial, o id con Dios, no me quebréis la cabeza, Sin duda se le ha subido del licor de Baco el humo, o que está loco presumo. Cómo ya no os habéis ido? Quiero seguirle el humor. perdone vueseñoría mi necia descortesía. Andad yo os haré favor, porque me habéis satisfecho en conocer vuestra culpa, mas la ignorancia os disculpa, vedme después. De provecho me ha de ser el adular, muy bien así lo acomodo, seguirle su gusto en todo, que es figura singular. Oh noche, madre de engaños, capa de embustes y enredos, encubridora de hurtos, de traiciones y embelecos! Cubre con tu negro manto las luces del firmamento, ayudando a mis cautelas en la conquista que emprendo. Goce yo a Matilde hermosa, temple sus llamas mi fuego, y luego acabe mi vida a manos del menosprecio, que amor sin correspondencia es riguroso tormento, con las cuerdas del desdén en el potro de los celos. A gran riesgo me aventuro, mas si se logra mi intento, es muy pequeño peligro por el interés que espero. Que como es mi amor gigante, no puede rendirse al miedo, que en el pecho más cobarde cría amor atrevimientos. Antes pienso que he venido del aplazado concierto, mas para aguardar los plazos tiene amor poco sosiego. Ay Matilde de mi vida. Aunque no ha llegado el tiempo que señalé a Don Ramón, como con cuidado espero, vengo a ver si se adelanta en alas de mis deseos. Si no me engaño, parece que la ventana han abierto. Sin duda que es Don Ramón a quien en el alma tengo. Sois vos, mi bien? Quién pudiera ser sino yo? Satisfecho, que el Cielo está de mi parte, pues sois, señora, mi cielo. Excusemos los testigos, que puede encubrir el velo de la noche y hacer daño a nuestro amante secreto, que aun estas murtas me pesa, que escuchen mis tiernos ecos. Sois, mi adorado Español, tan galán como discreto,. que es propio manjar del alma el don del entendimiento. Ya bajo a abrir el jardín, que ya como a esposo puedo daros entrada en mi casa, pues os la he dado en mi pecho. Quien tales razones oía, no es mucho que pierda el seso, que también quita el sentido como el pesar el contento. Entrad, mi bien. Dulce nombre ya ningún temor recelo. Entrad, gallardo Español, amado y querido dueño. Entro con piel de Esaú, engañando a un lsaac nuevo, y hurtando la Rendición cual Jacob, al heredero. Oh noche, del sueño madre, y amparo de boquiabiertos, que quitan a un cuerpo humano lo que le concede el tiempo. Cuántos habrá que te aguarden que cuelgues el capuz negro, para estar idolatrando rejas, que son de sus yerros. Serenísimos señores ay, que se están al sereno, desde que el Cielo lo envía, hasta que despierta Febo. A qué me mandó mi amo aguardar en el terrero, que aunque el Rey le quiere mucho, que le quiere más entiendo Matilde y él lo merece, que es galán, noble y discreto. Ello algo pica en traición, pero como amor es ciego, nunca mira inconvenientes, que es desleal y embustero. He de ser rocín de posta? Parézcolo en el paseo, pues por Dios que están los cascos más para rendirse al sueño, que para estar hechos grulla. Ya vienen los mensajeros, anuncios del sueño todos. Jesús, Jesús, no hay remedio. Rendido estoy y anegado entre este mar de bostezos, aquí sobre la rodela la cabeza arrimar quiero. Dormiré una tragadilla, que si el sueño descabezo, como Argos vigilante estaré, a Dios me encomiendo. Jaque de aquí. Aqueso no, que hay defensa en este toque, como en la dama no toque, no perderé el juego yo. Con esta treta de fama, mal defenderla podrás. No juego esta noche más, pues he perdido la dama. Ya el sueño descabecé, el miedo me ha despertado, que apenas había cerrado los ojos, cuando soñé, que mi amo había venido, y que sin más intervalos, me espantaba el sueño a palos; pero sueño al fin ha sido. Quiero volver a dormir; mas parece que la puerta del jardín he visto abierta, y de ella veo salir un hombre, si es Don Ramón? Él será, no hay que dudar, cierto es, pues no le vi entrar, que domí como un lirón. Mas si gozó la hermosura que le tiene en tal cuidado,- mi descuido habrá olvidado con tan felice ventura. Señor, si favorecido vienes de tu buen empleo, y has cumplido tu deseo, los pies y albricias te pido. Aparta villano. Yo confieso que me dormí, perdona si te ofendí: quieres que te siga? No. Buenas albricias, por Dios, que me dio, a lo que imagino, en la cabeza : cochino, buenos andamos los dos. Él en su gusto engolfado, yo engolfado en mi desvelo, de su sinrazón apelo, es un Nerón enojado. Mas si la cólera pasa, Es de afable condición. Ya sacáis chichón, Durón, Del juego de pasa pasa. No he podido venir antes, que después de haber cenado, el Rey me tuvo ocupado en negocios importantes. Y últimamente jugué el juego del ajedrez. Como un captivo de Fez las dilaciones pasé. Disculparme he con la Infanta, que por el gusto del Rey no cumplí de amor la ley; si fuese mi dicha tanta, que llegue a tal ocasión, que goce tan alto empleo; por ser mía no la creo tal dicha. Este es Don Ramon. ¿Quién va? ¿Quién es? El demonio. Hola, ¿quién va? ¿Eres Durón? Pregúntalo a este chichón, que él te dará testimonio. Sales de gozar la Infanta, y porque albricias te pido del deseo conseguido, después de pretensión tanta, me pagas a cintarazos, cuando yo me prometí caballerizo por ti, o que me dieras los brazos. Qué dices, Durón amigo? Que saliendo del jardín de gozar tu serafín, me diste el premio que digo. Vive Dios, que vengo ahora, que con el Rey he jugado, y es causa de que he tardado. Pues siempre el que tarda llora. No me apuréis la paciencia; qué un hombre salir has visto? Hombre salió, vive Cristo, Y de muy gentil presencia. Durón, mi desdicha es cierta. Sin duda alguno ha gozado la ocasión, que se ha pasado a mi suerte en todo incierta. Si hombre salió por la puerta, sin duda a tiempo llegó, que la bendición me hurtó, que el que nace sin ventura, nunca goza coyuntura, que la fortuna le dio. Mas por ventura sería de otra dama otro galán, cuyos conciertos podrán tener como yo tenía; pero en ser la suerte mía no llegará a tal extremo: en vivo fuego me quemo, receloso de mi daño, y a manos del desengaño que tengo de morir temo. Es mi Don Ramon? Señora, quién se atreviera a llegar a este sagrado lugar, sino un alma que te adora? Cómo os partisteis ahora, tan aprisa de mis brazos, dejando los tiernos lazos, que pudo tejer amor, la prisa engendró temor en tan limitados plazos: ¿Quieres que te vuelva a abrir? No, que temo cierto azar, que ha de trocar en pesar gloria que empezó a vivir: yo me vuelvo a despedir. Queda, señora, con Dios, que quien me aparta de vos, es mi desdichada suerte, porque es golpe de la muerte el que divide a los dos. Vivid mil años, mi bien, que os merezco esa fineza al paso de la firmeza, que os pago en quereros bien, no hay recelo, ni desdén, que pueda temer mi estrella, porque los reflejos de ella viven a la luz del Sol vuestro, gallardo Español, que la envía pisa y huella, venid otra noche temprano, y el Cielo esa vida guarde. El que no ha llegado tarde, fue el que ganó por la mano, que yo no volveré es llano, a probar mano otra vez; pues en aqueste ajedrez, que tabla de amor se llama, perdí la mano y la dama, por una treta soez. Echó el resto mi fortuna en atropellar mis dichas, quien nació para desdichas no espere ventura alguna; ya iba en creciente mi luna, y cuando la esperé llena un eclipse la condena a perpetua oscuridad, robando su claridad con sombras de luz ajena. Ven acá, Durón amigo. ¿Tenemos otras albricias? lleve el diablo tus caricias. Tu eres de mi mal testigo; que soy desdichado, digo; porque el hombre que salió, y el que a la Infanta gozó, que por mi mal lo he sabido, fue algún villano atrevido, que de mano me ganó. En un momento perdí tan alta y fuerte ventura, otro gozó la hermosura, que me idolatraba a mí: qué puedo yo hacer, di, entre los males que toco, que me ahogan poco a poco con un nudo a la garganta. Está engañada la Infanta, yo quedo burlado y loco. Bien tu astucia me advertía de mi confianza loca, diciendo, que entre la boca, y entre la taza cabía una desgracia y la mía ha sido desgracia tal, que he perdido por leal, y por el gusto del Rey el mío y rompí la ley de mi amor. Siento tu mal. Y así, te he de aconsejar lo que importa a tu remedio, y es que pongas tierra en medio, si procuras acertar; ya que se trocó en azar la suerte, salga del pecho amor que no es de provecho, parte, señor, por la posta, no repares a tu costa el portillo que otro ha hecho. Bien me aconsejas, Durón. Al Rey le diré que voy a Roma, partireme hoy sin admitir dilación; buscaré navegación, y desde allí me iré a España, que si la Infanta se engaña, es costoso desengaño, que cobra tan en mi daño una tan heroica hazaña. Y no iremos por Ferrara donde gozaste favores de Octavia? No más amores que es granjería muy cara: quién creyera que empleara tan mal mis altos deseos, y tan costosos empleos que la vida han de costarme, sin poder desempeñarme, si no es con desaires feos. Mas padezca mi opinión en la opinión de la Infanta, porque entre confusión tanta, ya tomo resolución: que soy noble y soy Ramón . de Barcelona y Moncada, y si acredita la espada la fama de mi persona, no ha de decir Barcelona, que por mí queda manchada. Muera amor y el honor viva; prevén, Durón, los Caballos, vamos a España. A ensillarlos voy, tu dicha en eso estriba. Subí a la cumbre y de arriba me echó la fortuna al suelo, Ícaro he sido en el vuelo, volé con alas de cera, derritiéronse en la esfera, que pensé tocar del cielo. Pésame de haber salido Profeta; pero repara, que es bella Octavia y Ferrara no es barro. Haberla querido Confieso, pero el olvido nació, Durón, de la ausencia. Sí, pero con la presencia amor sus visorias canta. A Dios, engañada Infanta, que te guarde y dé paciencia.

JORNADA SEGUNDA

Padre soy, hija Matilde, descansa, dime tu pena, procuraremos remedio a tus pasiones inquietas. Solos estamos, descansa, que se alivian las tristezas cuando son comunicadas. Son tan grandes, que me anegan, siendo yo un mar de desdichas, de borrascas y tormentas. Desdichas, viviendo yo, Matilde? Son tan inmensas, que cuando, como a mi padre, te quiero dar de estas cuenta, con un nudo a la garganta cierran el paso a Ja puerta, sin poder comunicarse del corazón a la lengua. Tu padre soy, no te pares, haz cuenta, que te confiesas, que yo por lo que me toca, en callarlo seré piedra, y lo seré en sufrimiento del mal que el alma recela. Oye, pues, mis desventura, que ya te doy parte de ellas. El Español Don Ramón, de la ilustre dependencia de la casa de Moncada, tan valeroso en la guerra, como prudente y galán; antes de ir con tus Galeras a limpiar de los Piratas, costas, golfos y fronteras, antes que a la fuerte Rodas diera favor y en defensa de la Fe, el valor mostrara que heredó con su nobleza, le hice dueño del alma con todas sus tres potencias. Partió rico de esperanzas, cuando venció las banderas del fugitivo Amurates, cuando de despojos llenas trajo las vencidas Naves, colgando de las entenas gallardetes y estandartes, y disparando mil piezas, que en los fuertes baluartes los bravos ecos resuenan, alegrando, tierra y mar con tan venturosa empresa. Si me dejó enamorada al partirse, con la nueva victoria, creció el amor al paso de sus proezas. Salí a mirarle a un balcón, resucitada de ausencia, y sin poder resistirme como mujer indiscreta (con qué vergüenza lo digo) la rendí la fortaleza de los muros de mi honor, que aportillados por tierra, Ie entregaron el tesoro del casto honor sin defensa. Gozó con nombre de esposo las regaladas finezas que pudo tejer amor, siendo olmo de aquesta yedra. Despidiose de mis brazos con mil fingidas ternezas, y apenas el Alba rompe, cuando te pide licencia para Roma o para España, y partió con tanta prisa en alas de su cuidado, que le servían de espuelas. Que no aguardó a ver los ojos que un tiempo tus soles eran, siendo Paris engañoso, y yo la burlada Elena. Quedé sin honra y corrida, de ver así me desprecia, este Español alevoso, vil afrenta de su tierra. Ya puedes ver de la suerte que una mujer de mis prendas podía quedar, señor, despreciada y con afrenta. De pechos a una ventana, que descubre la ribera del mar tendiendo la vista entre lastimosas quejas, dije: Fugitivo ingrat, que el honor y alma me llevas, ruego a Dios, que antes de España (si acaso en el mar navegas) tu Nave, fiero enemigo, toque en el golfo la arena. O que te arrastre el caballo, si caminares por tierra, y hecho pedazos te traigan donde mis ojos te vean. Mas no, que llevas mi vida, y morirá cuando mueras, vive, aunque ingrato y cruel, podrá ser que el tiempo pueda trocar tu pecho tirano, y que me pagues la deuda. Mira si tengo, señor, causa bastante si es esta infamia, para acabar el sentido y la paciencia. Mi padre eres, como padre tan prudente, me aconseja, y como Rey poderoso venga tu agravio y mi ofensa. Oh aleve, fementido, falso Español, ingrato y atrevido! con qué cautela extraña tu ardid me obliga y tu valor me engaña, borrando las memorias con tal traición de triunfos y victorias, quién tal imaginara, que a mí, a su patria y nombre así afrentara? que con tan vil hazaña así afrenta el valor que le dio España? Oh Ramón enemigo, Que sin temer mi furia y mi castigo, con infamia tan clara, dejas mi hija y casaste en Ferrara, con la inocente Octavia, a entrambas tu cautela infame agravia. Pues con nombre de esposa te fio el casto honor, Matilde hermosa, y por mostrar tu trato engañas su beldad con pecho ingrato, y a Octavia das la mano con pecho aleve y termino villano. Mas, pues que te desvelas en tan viles ardides y cautelas, con astucia y recato, vengarme con cautela también trato, llamarle he con engaño, que así al perdido honor reparo el daño. Ven, Matilde y confía, que he de vengarte de esta alevosía. Tú eres prudente y sabio, restaurando mi honor, honras tu agravio. Entre mil pesares lucho después que gocé a la Infanta, y en medio de pena tanta, nunca un favor suyo escucho. Por su ausente Don Ramón se aflige, suspira y llora, como la cautela ignora, cúlpale su sinrazón. El Rey, que el caso ha sabido, también presume engañado, que Don Ramón ha gozado la Infanta y he presumido que le ha enviado a llamar, que está casado en Ferrara, hoy mi traición se declara, mas yo pienso aconsejar al Rey, aunque sea crueldad, de suerte que el daño impida, que corre riesgo mi vida, si se sabe la verdad. El Rey sale y triste viene, importa disimular, que él me vendrá a declarar el dolor que así le tiene. Conde Arnesto. Gran señor. En una ocasión muy fuerte he menester tu consejo, porque un gran daño remedie. Séneca quisiera ser, mas cuando como imprudente ignore, mi buen deseo es imposible que yerre. Pues no menos, que a mi honor y al de la Infanta conviene. A tu honor y al de la Infanta? gran señor, pues quién se atreve al sagrado de la Infanta? Un nuevo Paris aleve, un engañoso Sinón, que al sacro honor de los Reyes, de un traidor no está seguro de un ingrato y falso huésped. El ingrato Don Ramón, aquel Español valiente, a quien el mar victorioso le respetó más que a Jerjes, supo enamorar la Infanta, que el recato en las mujeres, con las disculpas de amor le atropella fácilmente. Gozó con nombre de esposo su beldad; y en tiempo breve, burlada y aborrecida la dejó como si fuese alguna mujer común; mujer que padre Rey tiene y Rey que le tiembla el mundo, si el mundo su honor ofende. Casose luego en Ferrara con Octavia, hermosa Fénix en beldad, hija del Duque Ludovico mi pariente. He sentido elle deprecio tanto, que estoy de impaciente casi loco. Tal desdicha con justa razón lo sientes. Hele enviado a llamar, diciéndole que me mueve nueva guerra el de Sicilia, como sabe que está ausente, y que bastará su nombre para que Sicilia tiemble. Y porque a Matilde caso con un noble, que merece su hermosura, porque venga más seguro de esta suerte; y ya sé que con su esposa seguro , y alegre viene, y por momentos le aguardo. Di, amigo, qué te parece. Qué medio puedo tener con que mi honor que padece ultraje restaurar pueda? La ocasión es excelente, recíbele con buen rostro, muéstrale semblante alegre, no hagas público tu agravio, porque mejor se remedie. Y cuando esté asegurado, puedes , señor, competerle a que cumpla la palabra, y obligaciones que tiene. Muera, pues, es justo, Octavia, dele Don Ramón la muerte, y así se podrá casar con la Infanta. La inocente, qué culpa tuvo en la ofensa, que a mi honor hizo el aleve? Verdad es, pero tu honor se restaura de esta suerte. Y cuando lo sepa el Duque, decirle que de repente un accidente le dio, de que murió. Y si no quiere matarla Ramón? Sí hará, viendo la razón que tienes, y el estado que mejora. Si Ramón a Octavia quiere, no habrá interés que le obligue. Hacer que otro le dé muerte, que viéndose sin Octavia, fuerza es que a la Infanta acepte, que el interés y el temor, que muro hay que no atropellen? Tu parecer sigo, Arnesto, luego como Ramón llegue a Palacio, esté la Guardia a punto y alcen el puente del foso, que un ave aun no puede escaparse, aunque vuele. Muera la inocente Octavia, renazca mi honor cual fénix, que de las cenizas frías hoy a cobrar vida vuelve: Vamos, Arnesto. Mi vida anda de un hilo pendiente, que no hay cosa tan oculta que el tiempo no la revele. Señor Martín. Mentecato. En que soy tu amigo advierte. Cómo me habláis de esa suerte, sin mesura y sin recato? Tú por tú con Don Martín, el privado del privado? Sois un gran desvergonzado, sois un escudero ruin. Todos me hacen el buz, como a privado de Arnesto, que está en altísimo puesto, y yo soy el arcaduz por donde se ha de encañar para el Rey cualquier despacho. Este está loco o borracho. Y si queréis negociar cualquier cosa de importancia, habladme con memorial, que soy hombre principal, desterrad vuestra ignorancia. Quedad con ello instruido del modo que habéis de hablar a quien tiene tal lugar, y está tan favorecido como yo, necio indiscreto, inhábil tontorrontón, Don Martín soy, muy Don, y Don de mucho respeto. Vive Cristo, que me da cordelejo este ignorante, qué engreído y arrogante, y desvanecido está. Él se venga de esta guisa de otro como el que le di, cuando me desvanecí, y deshice el garbo aprisa de la rueda de Pavón que fabricaba en mi idea, mas la fortuna se emplea en seguir siempre a Durón. Juzgábame en alto estado como mi señor privaba, mas el tiempo me engañaba, pues que me dejó burlado. Ya me llamé Don Durón, y muy grave vez alguna, pero quedeme a la luna, sin la renta y sin el Don. La gloria se canta al fin, que podrá ser que algún día imite la historia mía el privado Don Martín. . Oh amigo, huélgome hallarte, para descansar contigo, que ansias y penas mitiga cuando de estas te doy parte. Qué tienes, señora mía, que te pueda dar tristeza; no te agrada esta grandeza? Nada me causa alegría: temo que mi Don Ramón, mi amado consorte mío, mi medio lecho vacío deja y tal aprehensión hace este temor en mí, que recelo algún gran mal, siendo, el Águila Real el Rey, que en Ramón así se ceba. Deja, señora, tan triste imaginación, que los sueños sueños son. El alma nunca es traidora, y esta noche, hay tristes señas, si los agüeros apoyo, al pasar aquel arroyo que corre entre aquellas peñas, el caballo tropezó adonde Ramón venía, al correr el agua fría, y en la arena le arrojó. Aves nocturnas cantaban entre los fresnos y hayas, diciendo el eco: no vayas, que algún gran mal anunciaron. La lamentable Corneja no cesaba de cantar, que más parece llorar, que canto su triste queja. Con estos y otros agüeros, apenas llegó a Palacio, cuando dentro en breve espacio le llamó el Rey. Los luceros enjuga, señora mía, y, no temas mal suceso, que le ama el Rey con exceso, y de él su Reino confía. Caer del Caballo un hombre no lo tengo por agüero, no es de bronce un Cavallero, para que el caer te asombre. Y que entonen villancicos con garbo y voces suaves, las parlerísimas aves. Lo hacen porque tienen picos. Mas dame albricias, señora que mi señor Ramón viene. Nueva vida el alma tiene con la que ha cobrado ahora. Ay querida prenda mía, pluguiera el divino Cielo me abrasara un mongibelo en esta infeliz jornada, por no ver tan malograda mi afición recién nacida. Pluguiera a Dios, mi homicida fuera una silvestre fiera, antes que Don Ramón viera gloria que ha de ver perdida, Tuve gran suerte en gozarte, y gran desdicha en perderte, si fue gloria el merecerte, es pena eterna dejarte; por quererte y adorarte ardo en abismos de penas, voces de falsas Sirenas cantan en esta ribera; porque el inocente muera usurpando voces ajenas. Enigmas me estáis diciendo, que aunque el caso el alma ignora, como dentro de vos mora, el peligro está temiendo; y aunque la causa no entiendo del mal que profetizáis, con los indicios que dais es bastante desengaño de que resulta en mi daño lo que no me declaráis. Y advertid, que lo temía desde que en Palacio entré, que en profecía lloré la infelice suerte mía; para pena y alegría somos una misma cosa, no encubráis a vuestra esposa lo que a vos os da pesar. Pues, aunque te ha de acabar, Escúchame, Octavia hermosa. Aunque no sé si el aliento le podrá dar brío al labio para referir mi agravio, que referido le aumento. El oído tendrá atento, y pues yo tengo valor para escuchar tu dolor, y mío, siendo mujer, tú debes, señor, tener valor y ánimo mayor. Pues oye, inocente Octavia, sabrás la mayor desdicha, que en los anales del tiempo, ni en historias hay escritas. Ya sabes que serví al Rey de Nápoles, que a las Islas, y las costas, por mi espada. las miró a sus pies rendidas. Ganele muchas victorias, y fui a pesar de la envidia, el mayor privado suyo en la paz y la milicia. El Rey me quería mucho, y más la Infanta su hija, que con honestos amores, mi valor favorecía. Concertamos una noche (que fue causa de mi ruina) que entrara por el jardín, que como esposo podía gozar secretos favores, el cebo con que amor brinda, que como es niño y es ciego, nunca inconveniente mira. Llevome el Rey a cenar consigo esta noche misma, y después me hizo jugar casi hasta que amanecía. Salí tarde y quise ver Si se lograba mi dicha, que se convirtió en azar, solo por ser suerte mía. Hallé a Durón, que aguardando me estaba junto a una esquina a la puerta del jardín de mi adorada enemiga. Y me dijo que había visto Salir por la puerta misma Un hombre embozado, a quien Él llegó a pedir alibricias, entendiendo que era yo, que de gozarla salía, y le dio de cintarazos, y llorando sus desdichas estaba y contome el caso, y yo entendiendo que dormía, mas deportome la infanta, que me dijo, a qué volvía ya después de haber gozado el favor que pretendía. Yo dije que a despedirme, porque la Infanta entendía que fui Sinón, que el caballo entró en la Troya rendida. De la suerte que quedé, oh bella Octavia, imagina, perdida tal ocasión, y culpado sin malicia. Procuré volverme a España, que cualquier madre acaricia (aunque más prodigo vuelva) al hijo, que pare y cría. Y acordeme, bella Octavia, de que fuiste algunos días el Ídolo que adoraba, que siempre quedan cenizas de los incendios de amor, aunque más la ausencia enfría. Hallete libre, gozó mi amor lo que pretendía, siendo mi dueño y esposa, y la mitad de mi vida. En este tiempo, mi Octavia, Ardía en celos y envidia la mal burlada Matilde, y tantas melancolías la persiguen y la afligen, que el Rey con ruegos la obliga le dé parte de su pena, como si fuera alegría, que el procurar el remedio, pues es su querida hija, Matilde le informó al Rey, del modo que presumía que yo la había dejado burlada y aborrecida. Sintió mucho el desprecio, y envuelto en rabiosa ira, con cautela me asegura con una carta fingida. Diciendo, que le hacía ahora nueva guerra el de Sicilia, y que con mi nombre tiene segura su Monarquía, apenas me veo en Palacio, cuando las armas alistan los Soldados de la guarda, y alzan puentes levadizas. Cierran puertas y rastrillos, y el Rey a llamar me envía, y refiriéndome el caso del engaño en que se afirma la Infanta, sin ser bastantes las disculpas referidas. El Rey ha dado sentencia (no sé cómo te lo diga) que yo te dé muerte, Octavia, por reparar de su hija el honor, siendo mi esposa, mira si es bien que me aflija. Mira si es esta ocasión para aborrecer la vida para desear la muerte, y que mi suerte maldiga por la crueldad más tirana, por la mayor injusticia, la mayor fuerza de honor, y por la mayor desdicha. Esto es, Ramón, la causa de aborrecer vuestra vida? Vivid, mi bien, muchos años, que poco importa la mía. Yo pensé, querido esposo, que el Rey mataros quería; guarde vuestra vida el Cielo, y conserve muchos días; y pues ya se acerca el plazo, mi casto amor os suplica, (si ha merecido algún tiempo tal favor, merced tan rica) que dos mercedes me hagáis, de vuestra grandeza dignas; día es hoy de hacer mercedes, que el Cetro y Corona altiva, en vuestra pródiga mano a heroica grandeza obliga. La una es, que antes que muera, por última despedida, me deis los brazos, señor, si de tocarlos soy digna, sin ofensa de la Infanta, mi señora y Reina mía. La otra, que me vendéis los ojos, porque con ira no os vea, señor, al tiempo que me vais a dar la herida. Justas son mis peticiones, Basta, Octavia, basta amiga, no tires rayos al alma con razones tan cumplidas; bastan aquesas centellas, que con los ojos me tiras. Yo matarte, basta Octavia, que eres vida de mi vida? yo ofenderte? todo el Cielo, dulce esposa, me maldiga, si no eres vida en que vivo, y si no eres tan querida de mí, como desdichada; mi inocente perseguida. Bien puede el Rey riguroso intentar más tiranías, que tiene Estrellas el Cielo, que tiene arenas la Libia, que en mi constancia verá el valor que España cría: que soy Ramón y Moncada, y es mi fama conocida. Tú has de vivir, bella Octavia, aunque le pese a la envidia, que la verdad prevalece, aunque esté más oprimida. No quiero vivir, señor, con peligro de tu vida. Pues la vida de Ramón en que la tengáis, estriba. Ya porque vivas la estimo, por ser tu vida la mía. Vive Jesucristo, que es muy grande bellaquería, dividir estos palomos, que se arrullan y acarician. Quedaos todos a la puerta, y las armas prevenidas tenga cada cual. Seguro puedes llegar. Prenda mía, ahora es tiempo de mostrar tu valor. Cuando te miran mis ojos en tal peligro, qué valor hay que resista el natural sentimiento. Don Ramón, el Rey me envía a que os lleve preso. Al Rey obedezco, a la justicia respeto y ha de ir mi esposa, Arnesto, en mi compañía? No, Don Ramón, la prisión fuerza es que a los dos divida, que es orden del Rey. Haced lo que el Rey manda, que obliga a cualquier leal vasallo que la obediencia le rinda. Y por si es larga prisión, dad lugar que me despida, de mi esposa. La prisión en tu voluntad estriba el abreviarse o ser larga. Aunque me habláis con enigmas, las entiendo, amada esposa, advierte que desperdicias perlas que afrentan de Oriente las más acendradas minas, que tienen centro en dos almas, y por eso son tan ricas. Dame esos brazos, que fueron la yedra donde algún día tejí en recíprocos lazos telas que hoy corte la envidia. Abrázame muchas veces, en fe que en el alma asida, como carácter sagrado me manda amor que te imprima. Oh cuán engañado vive quien de humanas honras fía, que como al día la noche, siguen al bien las desdichas. Para morir nace el hombre; pero hay muertes que publican unas infamia, otras honra, unas oprobio, otras dicha, La víspera de la muerte es la fiesta de la vida, que el mundo todo es mudanzas, y sus glorias son mentiras. Con un nudo a la garganta, aunque la lengua porfía, se me ahogan las razones, y mueren al alma asidas. Ya los agüeros y el sueño, que yo lloré en profecía, se van por mi mal cumpliendo: ya soy sola tortolilla, pues me lleva mi consorte el águila que temía. Ya al temido cazador aguardo, porque divida con una flecha dos almas, con una muerte dos vidas. Ya imagino que la pena del aliento vital priva a esta Penélope casta, a esta Matrona divina. Vamos, que es tarde. Arnesto, no ejecutes con tal prisa tu oficio, si acaso amaste, disculpa las ansias mías, déjame que la acompañe hasta ver si cobra vida, o la mata el sentimiento. El Rey aguarda y me obliga a no darte gusto en eso; perdona, Ramón. Pues mira, Durón, por mi bella esposa, y del suceso me avisa, si la muerte da lugar que sufra tantas desdichas. Hay suerte más desdichada? Señora, señora mía; pulso tiene todavía: de la pena fatigada, sin duda se desmayó, pues quedo con lindo arrimo, que aunque me exhorto y arrimo, pienso que he menester yo otro poste, que me caigo, y apenas tenerme puedo, pero sin duda es de miedo, que es muy bellaco desmayo. Porque según mis temblores, presumo que se ha soltado la vejiga y aun tentado, y ha de hacer aguas mayores. Ah señor, mi bien, mi esposo, volvedme a dar esos brazos. Pues para esos favorazos estoy yo muy oloroso. Y tú, señor? En prisión le lleva el cruel Arnesto, sin replica alguna. Presto me veras muerta, Durón. Ay Don Ramón de mi vida, que pagas ajeno daño, pues es por un falso engaño tu inocencia perseguida. Señora, venid conmigo, que es orden del Rey. Al Rey el obedecerle es ley, aunque amenace el castigo. Ya soy miembro de justicia, y me he holgado , vive Dios, que a mis garras vengáis vos a pagar vuestra malicia. Yo os pienso poner al Sol, adonde hagáis con donaire cabriolitas en el aire. Por qué? Por ser Español, que soberbio y arrogante ninguno hay que no presuma ser un Marte y ser un Numa, aunque sea un ignorante, Y tienen ya esa quimera, que en siendo de esa nación, tiene por timbre y blasón el Español, dondequiera. Y no se puede sufrir tal soberbia y altivez. Pues dígame, alguna vez hame oído a mí decir tan notables disparates; si yo he sido reportado, pague quien hizo el pecado, no me ultrajes, ni maltrates. Y vuestro señor Ramón, que contra lealtad y ley, se atrevió al honor del Rey, que fue muy grande traición. Pues a mi qué me compete Si es traición o alevosía, si no hubo allí culpa mía? Vos fuisteis el alcahuete. Por Jesucristo, que estaba por responder a vusía. Qué, villano? Que mentís, y que en todo se engañaba. Que eso es hablar de capricho a tu gusto y paladar. Yo os enseñaré a hablar, Español. Lo dicho dicho: ni Don Ramón fue traidor, ni en nada culpado ha sido, y ya digo ha mentido quien infama a mi señor, y a Durón, del Rey abajo, cualquiera que se entremete en decir que fue alcahuete. Yo os colgaré de un zancajo, A Don Martín maltratáis, cuando justicia le veis? pues yo haré que me soñéis, y miréis con quien habíais. Que por ser justicia aquí no castigo con mis manos vuestros términos villanos, Ya la paciencia perdí, diga, para entre nosotros, no ha echado la silla al bayo, Don Martín o Don Lacayo? Y tú no eres rascapotros a secas? Soy Español, y que no me agrada es llano, ningún lacayo italiano, que tengo por padre al Sol. Y sino le respetara por la varilla que he visto, le arrojara, voto a Cristo, y en el Cielo le estrellara. Con razón queremos mal esta soberbia nación. Todas patrias proprias son del que es varón principal. A mí no hable en emblemas, que contra mí no hay proceso, y cuando me lleve preso, no la hagas, no la temas. Vamos, que al Rey he de hablar. Teme un desastrado fin. El Rey, no es, como tú, ruin, para ensancharse al rogar. A la primera visita libre me manda salir. Que bien lo sabe sentir el que su bien solicita. Mas yo te pienso mirar hacer pasos de garganta, y el desprecio de la Infanta, Don Ramón ha de pagar. Aunque adelgaza la hebra la verdad, cosa que admira, nunca quiebra y la mentira por más gorda que sea quiebra. Hermosísima Octavia, que el claro Sol del Oriente y su luz pura de ti huye y te agravia, si quiere competir con tu hermosura, sin culpa perseguida, ya ves que está en mi mano el darte vida. El Rey manda matarte, porque Ramón le dé mano de esposo a su hija y la parte do el calo desastrado y lastimoso tenga fin tan violento, ha de ser (esta Arnesto) el instrumento. Mas yo, Octavia, que adoro, esa beldad que en ti ha cifrado el Cielo, perder quiero el decoro al Rey y a mi piedad el caso apelo, porque tú agradecida pagues mi amor y goces de la vida. Más me ofendes, Arnesto, en querer infamar mi honor precioso con fin tan deshonesto, sabiendo, que aunque preso, tengo esposo, que en darme cruda muerte, que la del muerto honor es la más fuerte. Ejecuta el mandato que te ha ordenado el Rey, cumple su gusto, y no uses falso trato, que a ti no te compete que sea injusto, que obedecer los Reyes. es en leales vasallos justas leyes. Advierte, que es la vida la cosa más preciosa, Acompañada es con honra, preferida a todo, sin honor vida afrentada, Bueno es vivir Octavia. Para qué si el honor la vida agravia? Pues a morir te apresta. Ya yo a morir estoy determinada, Dirá aquesta floresta, aquí murió una loca por honrada. Aquese nombre estimo, y cual carácter en el alma imprimo. Pues a este árbol atada, ya que darte la muerte estoy resuelto, por mí has de ser forzada, por tus desprecios en furor envuelto, pero antes de esta afrenta, por más dolor te tengo de dar cuenta de la prisión injusta, que padece Ramón. Atenta escucha, que ya mi crueldad gusta añadirte en la muerte pena mucha, porque rabiando muera mujer que tiene condición de fiera. Yo fui quien a la Infanta, en nombre de Ramón gocé atrevido, y con cautela tanta, que el caso hasta hoy no se ha sabido, mas no está descubierto, si enterrado en tu pecho queda muerto. Advierte que preñada estoy de nueve meses y que el parto, o ya con la alterada sangre me aflige, o ya del sobresalto, deja que la criatura reciba del bautismo el agua pura, No valdrá tu cautela para que no te dé la muerte esquiva, Cielos, no hay quién se duela de aquesta desdicha? Deja viva esa dama inocente, si no quieres morir entre mi gente, Fabio, Cardenio, Albano, cercad el monte, desde el alta cumbre hasta el frondoso llano, que no ha de escapar sin pesadumbre el bárbaro homicida, que a un ángel en beldad quita la vida. Huir será forzoso. Declaré mi maldad como ignorante; diré al Rey, que animoso rompí su pecho con cruel temblante, y que mi brazo fuerte en esta soledad le dio la muerte. Ya huye el traidor aleve, señora, veníos conmigo, que Dios libra la inocencia en los mayores peligros. Yo entendí vuestra desdicha, metido entre ellos alisos, que viniendo de la Corte, escuché vuestros suspiros. Una yegua tengo aquí, que aventaja al viento mismo, y dentro de un cuarto de hora os llevaré a mi cortijo. Sin duda eres algún Ángel, que mi vida ha defendido: Oh santo y divino Cielo, ya usáis de piedad conmigo, pues en un trance tan fuerte me habéis sido tan propicio; vamos, amigo, a tu albergue, que del parto tengo indicios. Yo os guardaré con secreto, Eso, amigo, te suplico, quizá algún día podré pagarte el bien que recibo, si Dios permite que vea libre el valor perseguido. Ruego al Cielo, que a tus pies triunfes del soberbio altivo, que eclipsar quiere tus glorias. El Cielo le dé el castigo, y al Rey la verdad revele. Y a ti te dé un lindo hijo, que vengar pueda tu agravio. Ya de nada desconfío.

JORNADA TERCERA

Mucho he deseado ver este venturoso día, que trueque el luto en placer. Yo por ser ventura mía, aún no lo puedo creer. Ya Ramón quiere cumplir, porque empieces a vivir, el honor que te ha debido, que en vida de honor perdido, mejor se dirá morir. Paréceme que de Octavia oigo mil quejas con rabia, de aquella sangre inocente, y que con furia impaciente, mi honor y mi fama agravia. Pues se acaba mi desvelo, no ocupes la fantasía en cosas de desconsuelo, todo ha de ser alegría. Así lo permita el Cielo. Perdona, señor, que vengo con mala nueva y me pesa. Para todo me prevengo. Dila, Celio, dita apriesa. Por ser mala me detengo. Mayor pena en dilatarla me das, que en decirla luego, ha rompido la muralla otro Paladión Griego? Aguarda a darme batalla algún enemigo fuerte, que mis intentos divierte? Viene acaso el de Ferrara a vengar su sangre clara Si acaso sabe la muerte de su hija. Nada de eso contiene la triste nueva, y desdichado suceso. Más la paciencia me prueba tu dilación. Perdió el seso Ramón. Desdicha notable! Triste suerte e infelice. Nadie quiere que le hable, si no es de Octavia, que dice, que fue su beldad amable. Pero aquí sale furioso sin gorra y medio desnudo. ¡Qué suceso lastimoso! Con cuántas razones dudo buen fin de mi incierto esposo. Ah del tribunal divino, escuchadme, Juez eterno, que de una grande injusticia, a vuestra clemencia apelo. Salga la verdad a luz sin rebozos, ni embelecos, que es persona muy honrada, aunque está desnuda en cueros. Pero no sé si querrá, que perseguida en el suelo, a los Cielos se ha acogido, adonde le dan asiento. Aquí está el cruel Herodes, aquel Rey de paramento, perseguidor de inocentes, pues hizo cortar el cuello a un Ángel humano, Octavia, que era el alma de este cuerpo, y en el celestial zafir tiene ya divino asiento. Cuando ella murió, el verdugo llevó dos vidas de un vuelo, y si soy cuerpo sin alma, bien claro está que estoy muerto. Hacedle callar. Callad. Callad vos, que yo no quiero, y he de cantar, vive Dios, aunque os pese a vos Arnesto, porque el que es honrado gallo canta en cualquier gallinero. No hay que aguardar más locuras, la cárcel le pondrá seso. La verdad he de cantar, aunque me carguéis de hierro. Siempre temí de mi suerte un infelice suceso. Temiendo voy, vive Dios, y con justa causa temo, que no hay cosa tan oculta, que no la descubra el tiempo, Remontado pensamiento, refrena el ligero vuelo, que es fuerza volver al suelo por ser flaco tu cimiento: de qué sirve hacer de viento torres que toque a la esfera, si son mis alas de cera? Y cuando a la región llego, derrite a la cera el fuego, porque despeñado muera. Si es mi padre un labrador, y una villana mi madre, qué razón hay, que le cuadre a mi altivo pundonor pensamientos de señor, que encierra mi heroico pecho? Pero que mueran sospecho dentro del pecho encogidos, vergonzosos de atrevidos, por desvelos sin provecho. Recojamos la memoria, afligidos pensamientos, que dais plumas a los vientos con vuestra soñada gloria: mi humildad es bien notoria, pues Alberto es padre mío, pero aqueste heroico brío, que mi valor acompaña, me dice que no se engaña y que en balde desconfío. Si acaso mi padre Alberto tiene encubierta nobleza, y vive en esta aspereza disfrazado y encubierto? Mas si aquesto fuera cierto, en su trato lo mostrara, severidad ostentara, que la verdad descubriera, y lo que el tiempo encubriera, el alma manifestara. Si algún noble caballero vino a caza a estas montañas, y aunque son viles hazañas las que conjeturo, infiero, que faltando al verdadero decoro, pudo mi madre, darme algún hidalgo padre, que según mi pundonor, mi padre tiene valor, que con, mis intentos cuadre. Mas sin razón hago agravio a su honor casto y precioso, su espejo es su viejo esposo, que el varón prudente y sabio nunca ha de mover el labio en punto que al honor toca; que el que con vergüenza poca en tal honor ponga mengua, merece tener la lengua fuera de la infame boca. Que yo tuve atrevimiento, sin temor y sin respeto de imaginar un conceto en mi loco pensamiento, ni de pronunciar acento, que a su casto honor tocara; paréceme que en la cara me están diciendo mentís, ser villano descubrís bien con malicia tan clara. Perdido de mis monteros he dado en esta espesura, mas no es corta mi ventura, después de golpes tan fieros de la inconstante fortuna, pues allí está un Labrador, que de su amparo y favor necesita vez alguna la más alta Monarquía. Habrá cerca alguna casa mientras que su rigor pasa la siesta? Una casería está bien cerca , señor, donde podéis reposar, y allí habrá que merendar, no conforme a tal valor, pero al menos mostrarán mi padre y mi madre en serviros sus deseos. Con suspiros, amigo, se mezclarán, las viandas que comiere. Sois de la Corte? Sí, amigo, y de mil males testigo en ella. De eso se infiere que os han hecho algún agravio. Y toca , amigo, al honor. Este es notable rigor, si puede pintarle el labio. Será del Rey, que se dice que es un Heredes cruel. No tengo la queja de él, y eso a su valor desdice. Yo soy un privado suyo, y me holgaré de saber, para dárselo a entender, lo que de tu astucia arguyo, que me sabrás declarar. Yo lo que he oído diré, porque otra cosa no sé. Pues empiézame a informar. Dícese que es un tirano, indigno de la Corona sacra y el Cetro que rige, y que de Nápoles goza. Que persigue la inocencia, y que premia la lisonja, que las mentiras estima, que la verdad le es odiosa, que compra la adulación, y que el valor aprisiona. El buen Príncipe ha de ser de costumbres religiosas, severo, honesto, constante verdadero en dichos y obras ejemplares, observante en las leyes que pregona y establece, si son justas, que si no, si las deroga, será mayor perfección y corrección generosa. En administrar justicia, recto y rectitud piadosa, sin violentar la justicia, ni torcerla y de esta forma será Príncipe perfecto el que todas estas cosas que aquí he referido tenga. A quién no admira y asombra tal ingenio en tosco traje, o es algún Ángel que informa, esta vida mal regida. Que en opinión tan odiosa estoy? Oh, qué tarde llegan al que saberlos le importa los avisos y qué pocos hay que sirvan sin lisonja. Guía hacia la quinta, amigo. Parece que os da congoja lo que os he dicho. Antes gusto, porque de lo que me informas, doy por avisado al Rey, que enmendará muchas cosas. Dios le haga más virtuoso, que su fama lo pregona, porque le llamen el justo, si ha sido injusto hasta ahora. Por Dios no se me da un pito, Laura, de vueso desdén. No te puedo querer bien. Ya estoy de oír eso ahíto. El amor de Elvira bella, Laura, es el que me desvela más que el vueso y de Marcela. Pues a fe que no es doncella. Cómo lo sabes tú? Solo, porque Carlos es su hijo. ¿Pues quién diablos te lo dijo? No hay cosa que encubra el suelo. Es dama muy cortesana, y sin duda algún señor cortó su temprana flor, y aquí en traje de villana quiere tenerla encogida, porque señor la regala. Voto al Sol, que la zagala lo merece, que es garrida. Jamás entra en la cocina, ni quiere fregar un plato, y si algo de esto le trato, luego, señor, se amohína conmigo; ella es gran señora o a lo menos lo parece, y su discreción merece ser Reyna y Emperadora. Y Carlos tiene por padre a señor, que en este engaño, recelosa de algún daño, quiere que viva su madre. Y es valiente y animoso, pues sabes que en la campaña, con fuerza, destreza y maña, mata al León, Tigre y Oso, Ya viniendo de la lid de fieras, hubo zagala, que le ha cantado la gala, como Israel a David. Vuelvo a deshacer la rueda que hice como pavón, duende es mi amor, que en carbón mis gustos trueca y aceda. Cómpreos el que no os conoce, amor, pues tal pago dais, pues como chinche picáis, y todo lo echáis a deme. Dicen que sois niño y ciego, pero yo os llamo embustero, al fin hijo de un herrero, y así vendéis tanto fuego. Con todos tenéis contienda, sois rapaz muy atrevido; dicen que sois Cupido, y por eso os ponéis venda. Mas no será de vergüenza, porque no la conocéis, mil travesuras hacéis, y no hay valiente que os venza. Voto al Sol, pues que ya sé vuestras señas, que si os topo, que del más erguido chopo os he de colgar de un pie. Cardenio, al amor te atreves? Sí, que de él me he de vengar de lo que me hizo penar. Cosa, Cardenio, que lleves las manos en la cabeza, como de él cualquiera escapa. El no tener nunca capa, dice que tal es la pieza. A gran ventura he tenido haber venido a esta casa, aunque más que el Sol me abrasa el fuego que han despedido con sus bellos rayos hoy, estos soles. Ni aun luceros, siempre sois muy lisonjeros los cortesanos, no estoy tan confiada de mí, que eso verdad puede ser, y cuando ello fuera así, yo estimo mi honestidad guardando a mi dueño ley, mas que al gran haber del Rey, su pompa y su Majestad. Conocéis al Rey? Muy bien, Mejor dijera al tirano, que como injusto inhumano, al valor del mundo tiene en una áspera prisión, porque faltas no cobija, que diz que tiene su hija, pero es honrado el Ramón. Y no hará, a lo que colijo, cosa que a su honor no cuadre, si el Ramón parece al Padre, y al tronco de quien es hijo. Aunque el cruel insolente le aflija con tiranías, porque las cenizas frías llorará de la inocente Octavia, su malograda esposa, que tenga el Cielo no hay cosa que encubra el suelo; ya la maldad declarada está por toda la tierra, del cruel Rey y de Arnesto, un vasallo deshonesto, que la trajo a aquella sierra, adonde le dio la muerte por encubrir su malicia, pero de aquesta injusticia, y su desdichada suerte tomará el Cielo venganza, y el homicida cruel, verá, que aunque no es de Abel, su clamor al Cielo alcanza. Porque la sangre inocente, injustamente vertida, clama contra el homicida, porque así Abel representa. Decidle al Rey lo que os digo, pues tan bien le conocéis, mas vos tal cual él seréis, si le tenéis por amigo. Yo se lo diré, villana, y haz cuenta que ya lo sabe. Ya me lo dice muy grave su discreción cortesana. Todo el mundo me persigue, parece que estas montañas abortan de sus entrañas una sombra que me sigue. Adiós, que por el ultraje que me has contado del Rey, por ser amigo de ley no agradezco el hospedaje. Aguarda, madre enemiga, dime a quién tengo por padre, si no es que por ser tan vil, o por deshonor le calles. Mas no, que mis pensamientos son tan altivos y grandes, que quieren tocar la esfera, porque en el pecho no caben. Laura me ha dicho que Alberto no es mi padre, ni se sabe el padre que me dio el ser, en todo este monte y valle. Vive Dios, que no te valga el sagrado de ser madre, si eres madre que has borrado tu honor con tratos infames. Sácame de aqueste engaño, y advierte que no me engañes. Baste el que hasta aquí he tenido, tiempo es que verdad me trates. Y no ocasiones mi furia, la que haga un disparate, que revienta el corazón de cólera por mil partes. Escúchame, Carlos mío, escúchame y no me ultrajes, oirás la mayor desdicha que se ha escrito en los anales, ni en lamentables historias leído. Parlá adelante. Hijo eres de un caballero de la más ilustre sangre que tiene la noble España en sus antiguos solares. El Conde de Barcelona es tu abuelo y es tu padre el valeroso Ramón de Moncada, nuevo Marte. El gran Duque de Ferrara es tu abuelo por mi parte, oye ahora mis desdichas, pues que tu nobleza sabes. Pero en vano te detengo, sin fruto intento cansarte con relaciones prolijas, que aumenten más mis pesares. Basta que sepas que el Rey preso te tiene a tu padre, porque tirano pretende que con la Infanta se case. Y porque viviendo yo no puede Ramón casarse, a Arnesto un privado suyo, inventor de tantos males, mi muerte encarga, que al punto ejercitando crueldades, a estos desiertos me trajo con intención de matarme. Dije que estaba preñada, pero no fueron bastantes mis ruegos, a que el cruel alguna clemencia usase. Pedí favor a los Cielos, que a nadie saben negarle, escuchó Alberto mis quejas, y dio voces por librarme, llamando su gente, huyó el traidor, falso y cobarde. Trájome a la quinta Alberto, donde Carlos te criaste, con recato, porque el Rey no te busque por matarme. Esta ha sido la ocasión de darte adoptivo padre, y así los dos a su sombra vivimos en este traje. Publicó el traidor mi muerte, y cuando para casarse aguardaban a mi esposo el Rey, la Infanta y los Grandes, perdió el sentido y mezcló con sus locuras verdades, que no lo quieren creer, y en la rigurosa cárcel, por esta caula padece sin culpa, Ya basta, madre. Agradézcooslo madre sumamente, porque padre tan noble me habéis dado, que mi valor y espíritu valiente nunca de menos honra se han pagado. Rayo ha sido tu aviso que vehemente por el oído hasta el alma ha entrado; mi altiva inclinación queda premiada, pues goza mi valor sangre Moncada. Que viva yo su friendo tal exceso? teniendo tal honor? que en cárcel rigurosa injustamente esté mi padre preso? publicada la muerte de su esposa? que mi padre de honrado pierda el seso? y pueda vivir yo muerte afrentosa? yo tengo vida? yo? yo valor tengo? poco debo tener pues no me vengo. Troquemos el cayado por la espada, dé muestras de valor mi heroico brío, hoy hallo mi nobleza ya afrentada hasta de que esté preso el padre mío, yo dejaré mi fama acreditada, porque morir o libertar confío el valor perseguido de mi padre, y a mi inocente y desterrada madre. Sepa Ramón que de su tronco altivo quedó un pimpollo, que ha crecido tanto que de que el tronco esté preñado vivo, baña sus ramas con amargo llanto, yo pues no lo he vengado, yo recibo estas afrentas, yo de mi me espanto, que viva estando el cargo ya a mi cuenta. Adónde vas así? A vengar mi afrenta. Qué mal se encubre el valor, y aunque la industria trabaje, pues sabe aunque tosco traje obligaciones de honor. Qué rumor es este, Cielo, que el corazón me ha alterado: hacia acá viene un Soldado, cubro el rostro con un velo, que me parece Durón, y de él, sin ser conocida, sabré en qué pasa la vida mi adorado Don Ramón. Que no soy Moro, señor, sino un mísero villano. Morir tienes. A un cristiano se mata así sin temor de Dios? Yo no me resisto a su colera y mohína. Morir tienes por gallina. Yo, señor? Si, voto a Cristo. Doy a Bercebú la guerra, válgame San Simeón, señor San Pantaleón, que es Santo de nuestra sierra. Elvira, tu estás aquí? A tu sagrado me acojo. Cese, Soldado, el enojo. Cese, Serrana, por ti, que aunque está encubierto el Cielo, con ese velo o cortina, serás serrana divina, serás milagro del suelo. Por no admiraros por fea no me descubro la cara, que pienso que os espantara por desprecio de la aldea. Mas decid, si sois servido, la causa de vuestro enfado. Soy un Español Soldado, y por serlo, mal sufrido. Llegué a esta quinta y pedí ocho pares de gallinas, ocho arrobas de sardinas, y le dije que de aquí no me he de partir si todo lo que pido no me dan, enviome al preste Juan, que es hombre de polvo y lodo, O que aguarde una clocada, que se echó habrá doce días, que si salen buenas crías me darán sin faltar nada, lo que toca a las gallinas, y que me es fuerza aguardar hagan redes de pescar, si quiero llevar Sardinas. Yo viendo que se burlaba, me procuré desquitar de tal modo de hablar, que mi paciencia apuraba, Cómo para solo un hombre pides tanta prevención? Para el ejército son, Cuyo? No sabrás el nombre, Pues gustaré de Saberlo, Y yo también de decirlo, que ya no quiero encubrirlo, Dios ha librado mi cuello, El Conde de Barcelona, el padre de Don Ramón, que en Nápoles en prisión, sin culpa está su persona, con un ejército grueso de diferentes naciones, a librar de las prisiones viene el desdichado preso, Con el Duque de Ferrara, que es Marte y Alcides fuerte, y viene a vengar la muerte de Octavia su hija cara. Yo también estuve preso en un escuro retrete, diciendo que de alcahuete serví a Don Ramón, que el seso perdió, cuando el Rey pensó que con su hija casara, y que a los dos nos Soltara el Rey con gusto mandó, Y como vi que a mi amo otra vez el Rey prendió, su daño recelé yo, y vine a ser el reclamo, que el aviso al Conde di de la prisión rigurosa y de su difunta esposa, que a librar vienen así el Conde y Duque famosos, En el alma me he holgado de tu relación, Soldado, Dios los vuelva vitoriosos. En este traje encubierta, saber lo que pasa intento, que ya anuncios de contento mi escasa suerte concierta. Fingiré que algunas aves al campo llevo a vender, Al campo quiero volver, que ya hacen Salva las Naves que ha echado la gente en tierra, Yo haré que vais despachado, que en extremo me ha alegrado, aunque mujer, esta guerra. En sus locuras Ramón persevera y yo me hallo cercado de mil peligros, su padre ha desembarcado más de cuarenta mil hombres, y el de Ferrara con cuantos ha podido juntar viene en venganza del agravio de la desdichada Octavia; que arrepentido me hallo por mandarla dar la muerte; oh qué mal aconsejado he Sido. Soldados tienes y valerosos vasallos, con que puedas defender tu persona y tus estados. Muerto soy. Así conviene. Sale Martín, Un atrevido villano ha libertado a Ramón, y dado la muerte a cuatro soldados, que defendían la puerta. Suso extraño! Quién es aquí el Conde Arnesto? Para qué lo has preguntado? Porque he menester matarle, para vengar dos agravios. Quién eres tú? Soy un monstruo, un aborto de un peñasco, que tuvo por padre un monte; y hoy me da mi fuerte brazo padre, a pesar de la envidia, porque como yo soy rayo exhalado de mi furia, el edificio más alto acometí y derribé sus fuerzas en breve espacio. Este es Arnesto, y yo el Rey, y advierte que es lugar sacro aqueste y que castigara tu atrevimiento, villano, sino tuviera memoria de que me hiciste un regalo, y que me diste consejos de varón prudente y sabio, aunque tan mozo. Ya es tiempo Rey, que salgas de un engaño, y así te pido me otorgues contra el vil Arnesto campo, y porque sepas la causa que tengo y porque le mato. Sabrás que el gozó a la Infanta tu hija, la culpa echando al inocente Ramón, que prisión de tantos años le cuesta. Arnesto, qué dices? No puedo, señor, negarlo. Dale la mano a Matilde. Doyle el alma con la mano, que ha mucho tiempo que es suya. Aunque le aborrezco tanto, y más por tan gran traición, pues así mi honor restauro; la mano la doy y haré cuenta la doy a un villano. Ya es esposo de Matilde, ahora, Celio, llevadlo, y echadle vivo a las fieras, para que muera rabiando. Este es castigo del Cielo, siempre estuve recelando tan infelice suceso de tan mal regidos pasos. Si le has de echar a las fieras, aquí estoy yo que le aguardo, que no habrá otra, que cruel como yo le haga pedazos. Bien dices, dale la muerte, que sin duda el Cielo santo te envía para castigo de tan grandes desacatos. Saca la espada, cobarde. La espada, villano, saco, mas tiénesme gran ventaja con la razón de tu bando. Muere, traydor. Santo Cielo, muerto soy. Pagó el villano su traición y alevosía; Ramón, perdona el engaño, y pues te ha vengado el Cielo, y a todos nos ha vengado, dale la mano a Matilde, que ya tu honor ha cobrado, casada y viuda a un tiempo de un esposo aleve y falso. Ya le di la mano a Octavia, y no he de dar yo la mano, a quien, aunque engaño fuese, estuvo en ajenos brazos. Ni yo pretendo casarme, en un Monasterio santo pretendo acabar la vida; Leonor, mi hermana es milagro de belleza y de virtud. Con ella tendrás mi estado, y así templaré a tu padre. Hasta verle no caso. Un preso vengo a pedirte, no de paz, que quien me agravia, jamás con paz le convido, porque es mi valor de España. Y yo a vengar la inocente sangre de mi hija Octavia, vengo con el mismo intento con lo mejor de Ferrara, No he tenido yo la culpa toda, aunque mucha me alcanza, por fiarme de traidores. Dadme, señores, las plantas, y escuchen vuestras Altezas la causa de esta desgracia. Hijo Ramón. Hijo, amigo, a los brazos te levanta. Ese cadáver helado es Arnesto, ese fue causa de todas estas desdichas, mas ya con la vida paga los enredos y traiciones, que por relación más larga os daré cuenta de todo, a quien dio muerte la espada de este labrador valiente, que mi libertad restaura a costa de cuatro vidas, a quien se ha inclinado el alma; que fuera del beneficio recibido, sus palabras me aficionan y me llevan. Y a mí la sangre alterada, parece que me revienta ya de las venas heladas. Y a mí el corazón me lleva, Tiene presencia bizarra. Oíd, señores ilustres, oíd, Príncipes de Italia, oíd, famoso Ramón, basa del valor de España, una nueva de alegría, que a todos gran parte alcanza. Cuando el traidor Conde Arnesto darle la muerte intentaba a Octavia, que atada a un roble, primero pensó forzarla, la dijo como había sido él el que gozó a la Infanta en nombre de Don Ramón, y que inocente pagaba Ramón lo que no debía: ella dijo que preñada estaba de cuatro meses, y que el parto se acercaba, pensando obligarle así; pero el traidor, con dañadas entrañas, ruegos humildes, y lástimas despreciaba. Y ella quejándose al Cielo, que a ninguno desampara, la oyó aqueste labrador, y con piadosas entrañas, dio voces a sus criados, y libró en aflicción tanta. Llevola Alberto a la quinta (que así el labrador se llama) adonde parió en secreto un niño al reír del Alba. Criole Alberto, cuidando de su regalo y crianza, enseñándole a leer, lo que a un hombre honrado basta, Túvole en lugar de padre, aunque le causaba el alma, la nobleza que el sayal en su valor revelaba. Supo cómo no era Alberto su padre de una criada, y enojado con su madre, recelando alguna infamia en su decoro, la obliga, que sin encubrirle nada le declare la verdad. Tocole la ofensa al alma. Vino a la Corte y libró al padre y mató las guardas de la torre, avisó al Rey de la traición que dudaba; y ahora pide a esas plantas castigo o perdón si es digno de alcanzarle quien con tantas obligaciones nació, y le obligó tal venganza. Hijo. Hijo mío llega. También mis brazos te aguardan. Dámelos también a mi por la parre que me alcanza nueva de tanta alegría. Hijo, adónde esta mi Octavia? Recibiendo nueva vida aquí está tu humilde esclava. Oh prenda del alma mía, mal perdida y bien llorada, dame los brazos mil veces. Hoy mis tristezas acaban. Gran suerte. Dicha notable. Bien cumpliste la palabra, mi Carlos, dame los brazos. Pues se truecan las desgracias en tan felices sucesos, Carlos, con Leonor te aguarda, mi Corona, pues Matilde con la Religión se casa. Soy mil veces venturoso. Que es la Duca de Ferrara nuesa Elvira en el Aldea, y en la Corte Doña Octavia? Sí, Laura, Elvira es Duquesa. Nuesa señora me valga, y qué garrido es el novio, no en balde estaba la Infanta enquillotrada con él. Muy corta ha andado la fama en sus alabanzas, ya hermosísima Diana, os dejo con vuestro esposo, que gocéis edades largas. Yo, Ramón, quiero llevaros, porque rijáis a Ferrara, que a mí ya la edad me brinda para que cuelgue la espada. Conmigo quiero llevarte, pagando tu amistad, Laura, que Duquesa ha de estimarte quien te acompañó villana. Soy mil veces venturosa, par diez ya me ensayo a dama. Por Jesucristo que he estado por darte una cuchillada, Martín, para desquitarme de las ofensas pasadas. Yo la doy por recibida. Troquemos todos en galas, con tan venturoso fin, las venganzas y las armas, que en celebrando las bodas partiré gozoso a España. Yo que ocasión di a la guerra, la costa de esta jornada tengo de hacer. Por ser justa la aceptaré y confirmadas queden nuestras amistades, con tal parentesco. Carga, Martín, con el muerto Arnesto, pues tanto con él privabas. A enterrarle iré. El Autor pide perdón de las faltas, dando al valor perseguido fin y la traición vengada.