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Texto digital de Los triunfos de José

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Atribución tradicional
Pedro Calderón de la Barca
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Género
Comedia
Procedencia
El texto procede de la transcripción automática (corregida con posterioridad) de una suelta sin datos de imprenta (Madrid. BNE: T/55305/7).

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Cita sugerida

Rodríguez Nicolás, Sergio. Texto digital de Los triunfos de José. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/triunfos-de-jose-los.

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LOS TRIUNFOS DE JOSÉ

JORNADA PRIMERA

Viva José y en las glorias con que el hado le agasaja tanto se aumenten las dichas que cesen las esperanzas. Ea, amigos, bueno está. Mucho vuestro amor se alarga. Así celebramos todos que Tiro dueño te haga, cabeza de su familia. Y yo estoy a vuestras plantas, mas que lo dejéis os ruego. Obedezcamos y nazcan de nuestros pechos agora otras nuevas alabanzas. Prosigue, joven felice, la fortuna que hoy alcanzas tanto que a nadie disgustes con lo que a tu dueño agradas. Ayúdame, Tiburón, a vestir. De buena gana, que sin ayuda de otro pocos se visten y calzan. Perdóname que te ocupo, porque en mí no es arrogancia, sino prisa. Los dichosos a los desdichados mandan. Esclavo soy como tú aunque con menos airada fortuna. Bien se conoce, pues que mi amo te encarga toda la casa y su hacienda. Y por que lucido salga me dio este vestido suyo. Es muy gran señor. Las armas de todo Egipto gobierna porque es su nobleza tanta como su heroico valor Ve luego a darle las gracias, que lo agradecido aunque mientan las palabras, al autor del beneficio. Eso con mi intento cuadra. Iré a arrojarme a sus pies. ¿Sabes lo que aquí me espanta? ¿Qué? Que traiga cosa buena el que Putifar se llama, porque anda el hombrecillo entre el verdugo y las ascuas. No te entiendo. ¿Mayordomo eres al fin? Cosa es clara. Pues tú serás el peor de cuantos ha habido en casa. ¿Por qué? Por ser el postrero. dada Acaba, dame la capa. Toma. Muy galán estás Vanidad es toda gala. La seda y el oro adornan. Así los hombres se engañan. Lo que adorna es la virtud y, a tener la razón clara, era fuerza avergonzarnos de que el instinto o la maña de unos pobres gusanillos que su misma cárcel labran para nuestra estimación sea de tanta importancia. Revienten cuarenta veces los gusanos y sus almas en nuestro servicio, pues, si para el hombre trabajan, en muriendo se le comen. Toman muy justa venganza. Del oro a lo menos no puedes decir mal. Y tú le alabas, sin razón. ¿Quieres saber lo que este metal nos daña? Pues nota con atención que naturaleza sabia, mirando nuestra codicia y los males que nos causa, le echó los montes encima por defenderle, y no basta. De mí bien le defendió. Pero, dejando estas largas consideraciones tuyas, sabrás que advierto en mi ama gusto en oírte y en verte. Con qué agrado que te habla, con qué dulzura te mira, con qué atención te repara. Las mujeres son demonios, tiempo en elegir no gastan, lo que más a mano tienen es lo que más les agrada. ¿Qué importa que esclavo seas si vives dentro de casa? No hay sino atreverte, que... Si prosigues, si no callas, no te he de hablar en mi vida. Esas malicias villanas la pureza de aquel pecho indignamente profanan. Mi señora es como el sol. ¿Qué sol ni qué calabaza? Seralo por la hermosura. Ea, que es demasiada tu osadía. Esas locuras son injurias y no gracias. Vaya para mayordomo, que es peor que noramala, que los más de aqueste oficio es la gente mentecata, pero no quiero enojarme, que se me quitan las ganas de comer y más me importa esta vida que esta rabia. Yo os doy las gracias, esposo, antes que él os dé las gracias de la merced que habéis hecho a José. Cuando faltaran méritos en él, señora, ser vuestro gusto era causa bastante para otras muchas. (Quien un afecto avasalla y puede disimular o es muy feliz, u no ama.) Informásteisme después que vine de la batalla que venció el rey Faraón, como los cielos mostraban, que eran a José propicios en aumentar de mi casa los bienes después que en ella asiste su vigilancia, y el premiarle fue forzoso. (¡Ah, que siguen mis palabras del alma los sentimientos porque en José idolatra!) Tiburoncillo, ¿qué haces aquí? ¿Cómo no trabajas? Porque no quiero. Tú has dado razón en una palabra. Siempre a José favoreces, pero siempre a mí me ultrajas, pues a José que te sirva, supuesto que se lo pagas, que para estar yo abatido no he menester hacer nada. José viene a mi presencia. (Ojos, mirad por el alma.) Con grato y humilde pecho llego a vuestros pies ufano para besaros la mano por el bien que me habéis hecho y que comienzo sospecho a pagar lo recibido, porque es placer repetido y estar dos veces quejoso, después de hacer un dichoso, hacer un agradecido. Para colmo y perfección de lo que vos me habéis dado, solamente os ha faltado, señor, la moderación. Vuestra larga condición, cuando da aun al que no pide, no en el exceso fe impide, porque, como de dar gusta, nunca al mérito se ajusta, siempre consigo se mide. Solo es señor el señor que manda y no favorece a quien le sirve y merece y obediencia, mas no amor, pero deidad superior, el que aprovecha y mejora al que propia acción ignora. Y, ansí, mientras no me disteis, señor no más parecisteis, mas Dios y señor agora. Parece a Dios la riqueza en el descanso que tiene, que en esto también conviene la deidad con la grandeza. En la soberana alteza gustos sin ocio se ven porque este descanso, en quien está su gloria cifrada, no es estar sin hacer nada, sino estar haciendo bien. Nunca en mi pecho ha cabido ni codicia ni ambición y, si es esta perfección, no es mía, del cielo ha sido, pero, ya de agradecido de lo mucho que me honráis, de la humanidad que usáis, de los bienes que me hacéis, me alegro de que me deis porque a Dios os parezcáis, y vos, señora... Detente. De obedecer trato. Escuso temerte ingrato escusándote elocuente. No es ese seguro indicio, esposa, que, en mi entender, bien comienza a agradecer quien pública el beneficio. Dame los brazos. Señor, mis labios pondré a tus plantas. (¿Adónde, amor, me levantas, si has de despeñarme, amor?) El rey viene. Yo serví con lealtad y honrarme espera. Que no me viese quisiera. Ya es forzoso, que está aquí. Tantas honras, señor, tantos favores vienen grandes a méritos mayores. Torcí el camino por venir a veros. De agradecido gusto de deberos, ¿cómo tenéis de mí tanta memoria? Porque, entre otras, os debo esta vitoria con que he de entrar en Menfis hoy triunfando, que sois el brazo de mi espada cuando vengo de castigar mis enemigos. Bien de vuestro valor fuero testigos. Viene Asenet cansada y afligida; es mi sobrina y le costó la vida a su padre el servirme y, en oficios de padre, he de pagar tantos servicios. Quiero alegrarla un poco en vuestra quinta. A tanto sol eclíptica sucinta será mi casa hoy, que en solo flores pagar puede a sus plantas los favores. A vuestros pies mi esposa llega humilde, señor. Fue muy dichosa vuestra fortuna. Alzaos. De vuestras plantas siempre saldré señor con honras tantas. Yo soy Tiburoncillo. Calla, loco. Más con eso a decillo me provoco, que sirvo como un perro, aunque lo yerro, pues mi amo al pagarme me da perro. Loco, desvía. No quieren que hable. ¿Quién es este? Un esclavo. ¡Humor notable! Parece está quejoso de vos. Anda estos días envidioso de que a José, también esclavo mío, prefiero a todos y mi hacienda fío. ¿Quién es José? El que tu mano besa. ¡Buen talle! Levantaos. (¡Que nunca cesa el inquieto anhelar de mi deseo!) ¿De dónde sois, José? Señor, hebreo. Es extraña su historia. ¿Y quién os trujo aquí? (¡Triste memoria!) Ismaelitas cautivo me trujeron. Y a ellos sus hermanos le vendieron de un enojo irritados. Debían de ser cuñados, que la palabra hermanos, si se explica, hermanos y cuñados significa. Gran causa les darías de esa suerte... Harta causa es, si bien se advierte, en este del pecar largo distrito para hacer un delito otro delito. Y, ya que decir no escuso de mi vida los prodigios, que es del gusto de los reyes, precepto el menor indicio, y, ya que dije mi patria, digo, pues, señor invicto, que de un venerable viejo soy indignamente hijo, porque es varón virtuoso ⸻que con eso le acredito de muy noble y muy honrado, que los repetidos siglos de venerados abuelos ilustran un apellido, mas la virtud, la persona, y yo sin soberbia afirmo que no hay más de esta nobleza y, si se atiende al principio, iguales nos hallaremos sin que haya nadie distinto, pues es la mano de Dios solar de cuantos nacimos⸻. Éramos muchos hermanos, todos con el ejercicio de guardar ganado, y yo me desvanezco y me estimo por haber sido pastor, porque fue muy parecido este oficio al de reinar, dulce, aunque pesado, oficio, que esto de mirar por muchos tiene mucho de divino. Soñé algunas veces yo que amparaba mi destino el cielo de sus favores, como haciendo que fundido el sol con luces ardientes, la luna con rayos tibios y astros doce me adorasen y que el manojo de trigo que juntaba a los demás sobresaliese engreído. Comunicaba los sueños, que en pocos meses de niño aprenden todos a hablar, pero a callar ⸻aunque hizo muy fácil aqueste el cielo por darnos menos peligros⸻ en muchos años de hombre han muy pocos aprendido. Decía, en fin, cuanto soñaba y a ellos les daba fastidio el verme privilegiado, aun con tan incierto indicio, que de hermano a hermano es cosa casi insufrible el dominio. Vilos errar muchas veces, hombres, en fin, quebradizo barro que fe rinde al golpe del más débil apetito, y con el semblante triste y la vista sin cariño daba a entender que sus hechos eran de su pecho indignos y, como siempre los malos bárbaramente advertidos para sus errores quieren cómplices y no testigos ⸻que solo el mirarlos Dios no es estorbo a sus delitos⸻, viendo que yo embarazaba, determinan ⸻¡fiero arbitrio!⸻ darme muerte, que se usa ser hermanos y enemigos. Y, siendo así, que una vida pende de tan frágil hilo que sobra para su estrago la mayor parte a un cuchillo, en el modo de matarme se embarazan ⸻¡oh escondidos secretos inexcrutables de los cielos vengativo!⸻, pues aquel mismo cuidado que le es a su autor preciso tener al poner por obra algún injusto designio, aun antes de ejecutalle, ha empezado a ser castigo. Había en aquella campaña una cisterna que vimos por mucho tiempo desierta de su bullicioso vidrio, estaba seca y en ella dispuso su airado brío arrojarme por que fuese mi sepulcro y precipicio. Ejecutan cuanto intentan y, en el lóbrego vacío de unas oscuridades, penetré largos abismos, al negro distante fondo llegué ⸻¡dicha grande!⸻ vivo, si bien nada a la esperanza, ya cadáver, solicito. Vi que se asomaba el cielo por el pequeño distrito de la boca de aquel pozo como a mirarme benigno o a socorrerme agradable y llamele con gemidos, conociendo desde entonces que piadoso y compasivo siempre está, aunque está tan lejos, cerca de los afligidos. Oyéronlo mis hermanos y uno, aunque no arrepentido del insulto, menos fiero, socorrerme entonces quiso. Si ya no es que inhumano, mucho más que a los principios, por que no falte materia, a sus crueldades lo hizo. Sacome de la cisterna y yo sin alma, aunque vivo, viendo el valle y viendo el monte, los consideré marchitos, que agradecidas las flores a los curiosos aliños que al nacer les puso el cielo sienten el verle ofendido y no se corren los hombres de esto, porque hay infinitos que al cielo conocen solo por la cara y nunca han visto con la luz de la razón lo que deben a su estilo ni lo que se guarda dentro, mas juzgan inadvertidos que no sirve más al mundo que de techo de zafiros. A unos ismaelitas luego me vendió y en tal conflito, porque salí de una pena, ya de otra pena alivio, que de una desdicha en otra descansan los que han nacido para ser de la fortuna lastimoso regocijo. Y, aunque fue el venderme injuria, yo la tuve por cariño, que llega a tiempo un agravio que parece beneficio. A Egipto vine con ellos más contento que cautivo o porque salía de aquel odio mortal y prolijo de mis hermanos, que siempre aquella discordia ha sido que arde dentro de una casa el mayor de los martirios, o porque en tantas desdichas mi corazón adivino me pronusticaba el dueño en cuyo blando dominio había de estar, a quien debo no solo lo que recibo de su mano, mas también lo que él goza del benigno afecto vuestro, señor, porque en lo primero miro acomodado lo humano, pero con esotro gusta el alma de nuevas dichas. Y así el ser agradecido esto es, sí, que el ser dichoso es segundo interés mío. Vivid, señor, las edades de vuestro vasallo el Nilo y lo restante del mundo haced provincia de Egipto para que cuantos favores hiciere al hado propicio pronuncie por vuestra boca, aplique por vuestro arbitrio, reparta por vuestra mano y, ajustando al equilibrio de la razón vuestras obras, haced que de cocodrilo cuantos de vos se quejaren tengan los falsos gemidos. ¡Suceso prodigioso! ¡Y qué horror tiene! Escuchad, general. Ya se previene mi atención a serviros. (Ahóguense en el pecho mis suspiros.) En mi amor doy a Libia una puntada para ver si me adora la taimada. (A este hebreo que camina por sus penas al consuelo, con cierto cariño al cielo honestamente me indigna. Yo siento fuerza divina, pero, si es pasión tan ciega y a toda razón se niega este impulso, este desvelo, yo le dejo el alma al cielo, que oye el cielo a quien le ruega.( (De Asenet la perfección venero con alma pura, que bien quista es la hermosura con cualquiera corazón. Misteriosa inclinación me guía a su luz como a centro, yo conmigo en cuantas entro y, por ver lo que admiro, a la razón me retiro y allá en la razón la encuentro.) Entremos, Asenet, que se hace tarde y nos aguarda Menfis esta tarde. Vos habéis de ir conmigo, no solo a ser testigo del triunfo, mas también participante. De todo el orbe el sol os ve triunfante. Todos se van y yo quiero quedarme. Servirá mi dolor de acompañarme. Ojos, pues tenís la culpa de este mal que me sucede, o llorad de arrepentidos, o a lo menos de corteses, desahogadme el corazón. ¡Ay, infeliz muchas veces del triste que ha menester que lágrimas le consuelen! ¡Oh nunca José viniera a ser mi esclavo o al verle una ceguedad estorbo a mis ceguedades fuese! Vile, escuchele y perdime, que nadie es causa el perderse cuando ve que un sujeto se eslabonan dulcemente bizarría y discreción, porque ¿quién detener puede de estas dos amables partes a un corazón si le tiene? Descubrirle pienso el alma a José, pues él no entiende las palabras de mis ojos, que, como en su esfera breve, son dos niñas las que hablan, deben de ser balbucientes, mas yo misma ⸻¡yo, a un esclavo!⸻ he de confesar lo aleve de mi pecho. ¿No hay un rayo que de mí misma me vengue? Pero, si yo me aventuro, porque siempre las mujeres de tan alta estimación mayor desdicha padecen que las de menor fortuna, que a aquellas ⸻¡dichosa suerte!⸻ por dicha los mismos hombres que ellas mismas apetecen las ruegan, las solicitan, las asisten y pretenden, mas las mujeres que gozan de tan altos descendientes han menester declararse, que el cielo con razón quiere, como es mayor su delito, que este ahogo más les cueste. Mas ¡que entre penas mortales mi vida esté tan rebelde y que hasta la muerte misma a un desdichado desprecie! Quien no muere de infeliz, cielos, decid, ¿de qué muere? Los afectos del amor el honor me los detiene y, entre un huracán de penas, ¿este bajel no perece?, mas, pues la vida me dura, para que no me atormente, de cuantos remedios pueda he de procurar valerme. Al fin te vas con el rey y nos quedamos acá. Fuerza Tiburón será. En el campo, ¡dura ley! ¿El campo te da molestias? ¿Por qué es ese desvarío? Porque el campo, señor mío, es bueno para las bestias. ¿A quién una flor no agrada? Aquí una fuente risueña, allí un árbol, una peña... Ver siempre lo mismo enfada, lo que no habla es evidente que tiene poca sazón. ¡Muy buena conversación tendré yo con una fuente! Tú eres necio. Yo me voy a despedir de mi esposa. Pero yo, que de hacer cosa no tengo gana, me estoy. Tiéneme el campo muy harto, ya que Menfis ⸻¡ay, no creo!⸻ parece que verdegueo y me voy hacia lagarto. (Mi señora me mandó que yo con secreto hiciera que aqueste papel viniera, si bien el fin me ocultó, a las manos de su esclavo José y veo a Tiburón. Yo he de lograr la ocasión haciendo un enredo bravo.) Tiburón, ¿qué haces aquí? Vuélvome, si bien me pesa, verdolaga a toda priesa. Pues a ese paso por mí has de dar este papel a José en que le ruego, que haga que despachen luego a un soldado, porque él me dará, si ve logradas las diligencias que espera, lindos guantes. Mejor fuera que te diera dos guantadas. Para alfileres, ¿qué quieres? Estas cosas solicito. Sin duda hay en ti delito, pues te prenden alfileres. Dale y te daré un regalo. ¿Hemos de ser muy amigos? Pues eso, por esos trigos. ¿Piensas que será muy malo? Que no hay misterio colijo aquí de dentro de casa, pues el papel no se pasa y Libia no me lo dijo, porque es tan imperfeto animal la mujer loca que antes sufrirá en la boca muchas ascuas que un secreto, pero yo soy tan curioso que en este punto le abriera si anochecido no hubiera, pero allí con gran reposo, mesurado, impertinente, a José siento pasar, el papel le quiero dar antes que el diablo me tiente. ¿Encaminaste el papel? Cómo dije se dispuso. Bueno está. ¿Ahora qué quieres que hagamos en el oscuro caos de este jardín a quien la noche es vano sepulcro? Las ausencias de mi esposo entretengo con el gusto de pensar en él a solas. Pues ¿qué me mandas? Que al punto te vayas y, si encontrares de los músicos alguno, le dirás que entre esas murtas cante. Servirte procuro. La soledad apetezco, que único consuelo juzgo hoy de lo mucho que siento solamente el sentir mucho. Quiero llegarme a esta fuente, en cuyos márgenes cultos cada noche con suspiros todas mis ansias divulgo. Más fuerza tiene el honor de mi señor que el impulso tan desenfrenado y libre de su esposa. Yo me fundo en la lealtad que le guardo como a venerado culto. Rompí el papel que me dio Tiburón, que, aunque lo juzgo descortés atrevimiento, su mismo honor puede mucho, pues de ella misma le guardo contra los delitos suyos. Fuese mi dueño y dejome por humilde sustituto del cuidado de su casa y, como yo conjeturo que cualquier familia es un breve reino, y descubro cuánto es menester que vele el que reina, como es justo, sin permitirme al descanso toda la noche discurro por la casa, porque en ella no haya algún delito oculto. Entré ahora en el jardín y solo fuentes escucho. ¡Cómo es posible olvidar, amor, lo mismo que busco! ¡Con qué de ojos el cielo vela cuando duerme el mundo! ¡Ah, ocasión, y lo que puedes en el pecho más seguro! Parece que las estrellas obedecen tus impulsos. Allí sueña un instrumento. Escucharle quiero mudo. Este mi dolor crüel que con tal rigor me trata no se alabe que él me mata, que yo me muero por él. Esta voz de Libia es, hasta ver el fin me encubro. Estoy bien con mi tormento en medio de lo que lloro y tanto la causa adoro cuanto los rigores siento. Si librarme de él intento, llamo a mi cuidado infiel y, pues siendo tan crüel mi afición no desbarata, no se alabe que él me mata, que yo me muero por él. ¡Ay, dolor, cómo entretienes! A mí un suspiro confuso ha llegado. Pasos oigo. ¿Quién es? Un esclavo tuyo. ¿José? Señora. ¿Qué haces? Hasta que te acuestes cuido de ver si me mandas algo. (En nuevas dudas fluctúo si le habrán dado el papel, mas yo sabré lo que dudo. Amor, tu ingenio me valga.) (El corazón no aseguro.) Bajé esta noche al jardín por divertirme de muchos cuidados que me fatigan, aunque más que todos uno y llevo otra mayor pena. ¿Quién aquí causarla pudo? Esa triste fuentecilla, que picada de buen gusto a un clavel galán que pisa su margen verde el coturno, enamorada y risueña le mira y con dulce orgullo, por que la entienda, le tira mil aljófares menudos, pero el clavel arrogante, ingrato, como purpureo, sin darse por entendido, está despreciando el triunfo y da me pena muy grande porque terrible le juzgo ver que ruegue una mujer y, cuando daño ninguno no hubiera para nosotras, es pena no andar al uso. Cierto, señora, que tomas ⸻perdóname si te arguyo⸻ pesadumbre de unas cosas que a nadie en aqueste mundo. la dieran. (¡Que no me entienda! ¡Ah, cielos, qué mal me sufro!) Luego ¿tú de lo que miras no examinas lo que oculto puede allí haber? No, señora. ¡Qué baldío es tu discurso! No eres bueno para amante. De ninguna suerte. (¿Pudo ser más infeliz mi estrella?) (¿Quién se vio en lance tan duro?) ¿Ni de un semblante en la cifra podrás descubrir astuto de un corazón las pasiones? Para mí no es ese asumpto. En mi vida tal he hecho. ¡Oh qué material! ¡Qué rudo! El sentido de la vista airado el cielo en ti puso, ¿ojos que no ven las almas ni es más que mirar su estudio a sus dueños de qué sirven? Servirán a lo que juzgo de no caer fácilmente. (Ya es en vano cuanto lucho.) Yo me explico... (Mas ¡qué intento!) Turbado estoy y confuso. Con tu licencia... ¿Qué quieres? Ver si hago falta en alguno de mis oficios. No haces. Que la hago grande presumo y de tu servicio aquí ninguna cosa ejecuto. ¡Cómo dejo yo perder una ocasión que procuro! Ea, que es locura grande ser de mí misma verdugo. José, José, vuelve acá. Siempre a tu servicio acudo. ¿Qué me mandas? Que me dejes. (Eso solo haré con gusto.) (Honor, ahora te quiero en la garganta por nudo.) (¡Valedme, cielos, valedme, pues que os invoco y os busco!) (¡Matadme, males, matadme, pues que soy una y sois muchos!)

JORNADA SEGUNDA

No se ha visto en templo humano la fiesta que hoy ha de haber, mas yo no la puedo ver si no me vuelvo gitano. Con públicas devociones su dios esperando está, dios Serapis, ¿quién será el dios de los sarampiones? A pedir van, no a ofrecer, gitanos, grandes y chicos, que les dé para borricos que hurtar y que vender. Si, como soy Tiburón, acierto a ser cocodrilo, me llamarán dios del Nilo y tuviera mi estación. ¡Oh gentes de abusos llenas ya a tal extremo han llegado que ya les han señalado judíos a las berenjenas! El rey y las damas son los que vienen y también viene mi señor, en quien luce tanta devoción que, si persevera en ella, su dios se la pagará, pues muriendo le enviará a quien le queme con ella. Mucho José merece, que su virtud en los aumentos crece de quien le estima en tanto. A mí, señora, que le quiero tanto, me estáis honrando en él. Menfis no ignora los méritos que tiene. ¿Vuestra alteza puede honrar la bajeza de tan humilde esclavo? Puede honrarse vuestro dueño con vos. (Y aun alentarse algún noble deseo, que son partes ilustres las que veo en su persona y fuera casi imposible en el que no tuviera ilustre sangre. Advierte, José, ya que la suerte otra ley te dispuso que guardaras, si bien quisiera que en el templo entraras, mas, pues es imposible, lo que te mando es cosa más posible. Mi esposa por enferma se ha quedado en casa, este cuidado te toca por lo mucho que me debes. Los instantes más breves de su ausencia he sentido, mucho más por galán que por marido. Visítala en mi nombre por que pueda quien tan amante queda tener algún consuelo, pues que tan claro ingenio te dio el cielo y traerasme la nueva tan dichosa de la salud de mi adorada esposa cuando salga del templo. (¿Hay riesgo tanto en ocasiones de mortal espanto?) Ya te obedezco. Miren qué pelota. La sangre por José se me alborota, pero es un cuitadillo desdichado que le causa temor lo enamorado. Segunda vez espero que luchen un dragón con un cordero. Vamos, bella Asenet, porque las guardas despejan ya la puerta. ¿Y te acobardas con una comisión tan cariñosa? Esto te encargo. Yo veré a tu esposa y, a ser posible, mi salud la diera. Mi amor de tus afectos lo creyera. ¿Qué temes? ¿De qué dudas? Con las potencias mudas me deja la obediencia. ¡Oh costosa licencia, oh mandato cruel!, ¿adónde vuelvo, que en él nada primero no resuelvo? Esta fábrica mía, que me ha de ver el día en el riesgo que huyo, ¡confusa mi lealtad con riesgo suyo! Cielos, piedad, que la ocasión es fuerte, más que la dura imagen de la muerte. Pues déjemela a mí y, si la perdiere, me lleve quien quisiere, que, si mi amo es tonto y majadero, quédese la lealtad en el tintero. Déjame, no me fatigue, necia, tu loco apurar. No des a un dolor lugar que a desesperar te obligue. Una peña helada y fría ⸻¡mira qué opuestos extremos!⸻ rendirse al agua la vemos si blandamente porfía. Prosigue el modo suave, verás a José rendido, que es parte de haber vencido solo el pensar que lo sabe. Bien sé que no es ofenderme, que como esclavo se ve, lo que dio en desprecios fue temor de no merecerme. ¿Quién da luz a tanta estrella? Ese luciente farol. Pues ellas, saliendo el sol, huyen por no merecella. Hoy, que es el festivo día que al templo la corte asiste y toda Menfis se viste de popular alegría, me he fingido, como sabes, enferma, si hay qué fingir en quien se siente morir de penas que son tan graves, porque José, como guarda ley diferente, no irá al templo. ¡Ay, Libia, que ya mi ardiente ardor se acobarda! Hecho un compuesto de nieves, ¿hay laberinto más ciego? ¿Cómo no abrasa, si es fuego? Si es dios, ¿cómo no se atreve? Cuando es su fuerza notoria, que en estragos se eterniza, que al viento da la ceniza y a los siglos la memoria, mas a tanto ardor se niega todo su imperio deshecho cuando ve que ocupa el pecho de una mujer cuando ruega. ¿Qué aventuras en hablarle? ¿Qué aventuro? La vergüenza, y esa viene a ser ahora más afrentosa que aquella. José viene a verte. Eso es como el bajel que se anega y en últimos parasismos divisa con luces muertas descubierto el pardo escollo, que en la mortal competencia de dar la vida a las ondas, de dar la vida halagüeña escoge el segundo riesgo por la novedad que muestra, que del primero le cansan tantas repetidas señas de la muerte y quiere más que de una misma turquesa salga el naufragio y la muerte, aunque de una vez perezca, que sobornar esperanzas para que después le mientan. ¡Oh duras obligaciones! ¡Oh quién ninguna tuviera como esclavo desvalido!, mas ellas mismas me empeñan a ver la cara al peligro sin que ya excusarle pueda. Semsar al templo no ha ido, que se ha quedado indispuesta en casa, pues yo, que tengo segundo lugar en ella después de mi dueño, ¿cómo, sin que delito parezca descortés, podré excusarme ⸻¡oh cielos!⸻ de entrar a verla, siendo mandato preciso que ya obedezco? A la puerta se ha parado. Vete, Libia, que, si a mis ruegos se niega, tú misma, con ser mujer, habrás de aumentar mi afrenta. Tu amor te dé la victoria. Sola en su cuarto se queda, con que se aumenta el peligro como en la selva desierta, que la soledad es madre de los temores que engendra, pero el respeto y decoro son los que conmigo quedan, que en los riesgos que descubro son mi custodia y defensa. ¿José? Señora. (¿Hay más dicha si ya arrepentido llega de tanto desdén cobarde?) (No en verdes árboles tiemblan fáciles hojas al soplo del viento que las apremia como en el alma turbada mis sentidos, y potencias.) ¿A qué vienes? (¡Ay, honor, tened seguras las riendas, que os despeña el apetito, que el amor lascivo os ciega.) Como soy tu esclavo, aunque con honras tan manifiestas que el deseo aun no las mide por incapaz de tenerlas. (¡Si viene ya arrepentido de su desdén! No se pierda, amor, tan buena ocasión aunque mi honor lo padezca. ¿Hubo lucha más terrible?) (¿Hubo confusión más ciega?) Tu esposo, como galán y marido, con finezas de amante, viendo que al templo por indispuesta te niegas y en su amor son largos siglos los instantes de tu ausencia, me mandó te visitase, (¡Si lo que mando supiera, cielos!) que, como me encarga toda su casa y su hacienda, gustó por honrarme más que yo, señora, te viera de su parte y, así, vengo con tan humilde obediencia a saber de tu salud, por darle dichosas nuevas al salir del templo. Mira si hay quién escucharnos pueda. (Sí, previene nuevos lazos a su honor y mi inocencia.) Solo yo puedo escucharte. Pues, José, para que entiendas... ¡Que soy tu esclavo! ¡Qué necio! Esta ya fuera discreta urbanidad de mi esposo cuando galán lisonjea el menor cuidado mío, viendo que estoy indispuesta, que enviase a vesitarme con un esclavo. No hay prenda de mayor estimación en mi casa, dueño en ella, mas que mi esposo lo manda, luego ya no hay conveniencias que puedan juntar lo libre con lo grave, la soberbia con la humildad, con lo supremo lo abatido. ¿Desprecias por dicha tantos favores de mi esposo que los niegas con el vil nombre de esclavo? (¡Veneno traen estas flechas! Defiéndame Dios del fuego que está del alma tan cerca.) Señora, un tosco madero que con ingenio y destreza labra el artífice y de él forma con docta excelencia una peregrina imagen, como los cielos tan bella, ¿no supone calidad con que la humilde materia del tosco madero engendre con la mudanza soberbia? Dicha fue del leño bruto, que insensible la confiesa, pues se ve imagen hermosa que por el dueño respetan y, así, en la bella escultura, cuando a los cielos campea embebida en los buriles, su tosca materia muestra. José, ¿ya estás entendido? Son tus humildades necias. ¿Lo bruto encubrió la imagen? Ya es otra naturaleza por cuyo esplendor luciente mereció la reverencia. Ya eres en todo mi igual. Voy a esperar a la puerta del templo. José, aguarda, porque quiero que me debas últimas demonstraciones como a mujer ya resuelta. Considera, advierte, mira que lo mismo que ponderas de que eres mi esclavo es todo más blasón y más fineza de mi ardiente amor, pues, siendo ⸻que tu humildad lo confiesa⸻ tu señora, has conocido que, perdidamente ciega, tus pensamientos adora y no es pequeña experiencia fingir mi indisposición para que en casa pudiera, sin registro de criados, hablarte, porque más precia mi amor que ya es invencible gozar, José, tu presencia que en sacrificios de templo todas las egipcias fiestas. Pues ya otra vez de mi voz, ¿cómo olvidarte no quieras? Fue cobardía y respeto. Siempre es justo que le tenga. ¿A quién? A ti y a tu esposo. Por mí quiero que lo pierdas. No eres dueño de ti misma. Escucha, José, espera. Con irme estás respondida, si bien no estás satisfecha. Verasme en llanto deshecha rendir a tus pies la vida. Tu desengaño lo impida. Vivo, de verme engañada, ciñe, aunque el alma forzada, mi cuello con brazo estrecho. Primero ofreciera el pecho a la más sangrienta espada. ¿Estos desprecios permito? Suelta, atrevida mujer, que no es bien que llegue a ser la capa de tu delito. Es ya mi fuego infinito, Si tu pecho le engendró y a los labios se mostró, por que jamás lo descubras te dejo con qué le cubras para no abrasarme yo. No pienses ⸻¡furiosa estoy!⸻ que has de librarte al incendio, que en tu seguimiento ha de ir otro vengativo fuego. ¿Mujer despreciada, cuando dejó de correr el velo a las descuidadas furias, siendo su manjar el pecho? Morirás, si no a mis manos, a mi voz, para que estemos, entre despechos y agravios, si yo vengada, tú muerto. ¡Hola, criados! Entrad, que yo os llamo, si primero no me halla muerta el dolor. Tu voz ha sido precepto, señora. Turbada estoy y temo un mortal suceso. Ya viene del templo y ya entra mi señor oyendo tus voces. Querida esposa, ¿tú el bello color tan muerto? ¿Tú dejas con libres voces tu decoro descompuesto? ¿Qué desdicha ha sucedido en mi casa? (Aun el silencio se avergüenza en la verdad, porque la escucha con miedo.) (Esta es de José la capa. ¡Matadme a noticias, cielos, y no me matéis a dudas!) Esposa, si te merezco agasajos de tus ojos, de tus palabras consuelos, dime tu dolor, tu pena, que, si es capaz de remedio, yo le aplicaré mi vida, si es que en tu dolor la tengo. Daré a la tierra despojos disfrazados en venenos, pues mientras la causa digo, si en mis manos los detengo, llegarán al corazón para matarme primero con más traidoras injurias, que mi desdicha te informe, que fuera mejor muriendo. Aquel esclavo que tanto regalas, aquel hebreo para mi desdicha honrado, para tu afrenta soberbio, que estrellas bordan los cielos... Muda me tiene el dolor, di que te lo cuenten ellos. Pero, por que no se aumente tu agravio con mi silencio, que una empezada noticia es más dolor que remedio, daré a la voz toda el alma, que, arrancándose del pecho, tan cerca está de los labios que ha de servirme de aliento. Aquel, pues, infame esclavo, mientras al culto del templo pagaban veneraciones tu piedad y tu respeto, trazó tus agravios ⸻dioses, siempre a la justicia atentos, ¿a religiosas piedades dais escándalos por premios?⸻. La soledad de tu casa hizo atrevidos sus miedos, si la ocasión prevenida pudo llegar a tenerlos. Entró en mi cuarto el traidor y, animando lo violento, que las caricias de amor las juzgaba sin provecho porque su bajeza humilde le prestó conocimiento para ver quién soy, y ansí llamó al delito sin ruegos. Quiso llegar a mis brazos ⸻aquí también aun alego que la afrenta es quien da voces, pero no mis sentimientos⸻ y, con mortales olvidos a tu nombre, privilegio que está enseñando lealtades a quien las conoce menos, a tu grandeza, a tu estado, blasón de los siglos nuestro, y a mí, que por ser tu esposa puedo igualarme con ellos, bruto y bárbaro en la fuerza, a no defenderme el cielo, quiso ser lascivo y torpe sostituto de su dueño. Di voces, llamé criados y él, tu castigo temiendo, huyó, dejando en mis manos la capa, que es el trofeo de mi honor por que los hombres, a caso tan nuevo atentos, por que los cielos divinos, a tal delito suspensos, te cumplan diciendo a voces quién es el esclavo hebreo que mereció tus favores para ofenderte con ellos. ¿Esto es posible que sea? Sin alma estoy, pues no siento en la parte más sensible. ¡Oh cielos, dolor tan nuevo! Luchando en el pecho están dos invencibles opuestos: la grandeza del agravio y bajeza del sujeto. Pero, si a mí le igualé, bien pudo su atrevimiento emparejar lo terrible con la calidad del dueño. ¡Oh nunca, cielos, oh nunca! Mas ¿cómo discurre un muerto? O es fantástico el dolor, o yo finjo que le tengo. Traedme ese infame esclavo por que sirva de escarmiento al mundo. Si mereciera dudar el entendimiento, fuera remedio la duda, pues vacilando y temiendo se entretuviera el agravio sin la evidencia de cierto. Aquí esta José. Señor. ¿Cómo el impulso detengo para quitalle la vida?, pero me deja suspenso otra fuerza superior que, aunque la ignoro, la siento. Infame esclavo, ¿por qué ⸻de repetir me avergüenzo su mismo delito⸻, dime, cómo ha cabido en tu pecho lo que publica tu capa, que la dejaron tus miedos en las manos de mi esposa? Más turbado estoy que atento. Señor, advierte que yo no he quebrantado el respeto que a tu claro honor... Pues ¿niegas? Antes la verdad confieso. ¿No cometiste el delito que está mi agravio diciendo? No, señor. ¿Quién es culpado? No sé. Siendo el instrumento, ¿ignoras y niegas? ¿Cómo con testimonio tan feo te excusas cuando mi esposa a voces lo está diciendo? Si vemos el cielo encima, ¿cómo sufre tanto el cielo? Si es que temes el castigo, ya que matarte no puedo, que algún dios detiene el brazo con particular misterio, será muerto dilatada. Muera en prisiones, que quiero que un prolongado castigo cada vez le juzgue muerto. Llevadle luego a la cárcel, también a este esclavo hebreo, que eran siempre muy parciales en lo público y secreto y es forzoso que haya sido cómplice de sus deseos. Del castigo participe en la prisión. ¡Qué severo procedes sin informarte! No hay en Egipto procesos, a la primer boqueada le dan la sustancia al pleito. ¡Ah, mujer, tus dioses todos carguen contigo, que entre ellos no faltará un Bercebú de tus embustes maestro! Si rogando una mujer quita la capa, yo pienso que, si la ruegan, es poco quitalle a un hombre el pellejo. Gracias a los cielos doy, que vengo a suelo estranjero a padecer por ajenas culpas. ¡Que fuese tan dueño de mi voluntad un áspid en las flores encubierto de tantos favores míos! Por guardar su honor padezco. ¡Oh nunca a Egipto vinieras! Alegres penas espero. ¿Tanto mal por tanto bien? Cumplidos se han mis deseos. Si se acuerda la memoria, se pierde el entendimiento. Viva en su engaño hasta que digan la verdad los cielos. Es tu delito tan grave que no merece la vida, pues quisiste en la bebida dar veneno al rey. Bien sabe el cielo, que nada ignora, de mi pecho la verdad, que a tan alta majestad, mi lealtad humilde adora, que delito tan feroz ni aun en los brutos no cabe porque aun el alma no sabe comunicallo a la voz. El rey es el sol y estrellas sus vasallos. ¿Quién creerá, cielos, que caber podrá tan bárbaro eclipse en ellas? Seguro en los suyos viva la temida majestad, que no es sombra la lealtad para que eclipses reciba. Toda información se engaña, que hay siniestra información. Despedáceme un león de la más bruta montaña si en decoro tan sagrado, siendo vario el pensamiento, pudo el menor movimiento llegar a lo imaginado. Si estás libre, querrá el cielo que el rey se acuerde de ti. Yo con lealtad le serví, mi lealtad fue mi desvelo. Nunca en la cárcel faltó... Ruido es... ¡Suceso extraño! Preso viene, no es engaño que la vista padeció, José, aquel celebrado hebreo. Pues ¿qué será? Él lo dirá. De verse tan levantado, de un pobre esclavo sería la causa de su delito. Yo siempre al tiempo remito la verdad. Y la porfía de este rumor la ha causado también otro esclavo hebreo. Al panadero deseo verle libre, que él ha dado a los preses la ocasión, pidiéndoles la patente. El portero es diligente, que ha templado la pasión de los dos y los ha echado en un grillo. Entrambos vienen al calabozo. Ya tienen su castigo. Yo he pagado mil patentes, pero ha sido cascos de algún panadero. Si por lo terrible y fiero pobretes se han engreído, ellos te la pagarán, pero verme libre fío y verás cómo te envío al infierno a vender pan, porque el que siempre vendías no era pan, sino ceniza. Este hombre me encoleriza, pero antes de muchos días... Bueno está. Bueno y sobrado, so alcaide, y he de decillo, ¿por qué a echarme a mí en un grillo con un esclavo se ha dado ocasión? Cansado estoy. Siéntate, por vida mía, que se va gastando el día y yo aficionado soy a dormir. ¡Cielos, paciencia! Más que nunca te la den, panadero, hombre de bien. ¿Ha de haber otra pendencia? Aun bien que no estamos lejos, que antes de lo apaciguado habrá cachete cerrado, pendencia de presos viejos. José viene. A sus hermanos declaró un sueño de estrellas y que lo adoraban ellas; anduvieron inhumanos en vendelle. Bienvenido seas, si paciencia tienes. Bien con ella me previenes. Yo le estoy agradecido. a tu piedad. Recogeros podéis, que las noches son bien cortas. No mi prisión. Si roncan los panaderos, ¿por qué ya comienza el mío? Pues callad y dormid vos. Hay un pleito entre los dos. Sea sin reñir. Yo lo fío. Dime de tanto rigor la causa. Tu voz me ordena, si preguntas, una pena, si respondo, otra mayor. Deja que el tiempo lo diga, que bien presto lo sabrás. Pues con tanta pena estás, a que la sienta me obliga si así lo ordenó el destino. Templa, pues, el dolor fiero, porque verte libre espero. ¡Tarde esta dicha imagino! Aquí solo y apartado pasaré la noche breve. El pecho fiel mucho debe a tu descanso el cuidado. ¿Hay tan gran descompostura? ¡Que haya hombres que esto esperen! Sí, porque las tripas quieren hacer una travesura. Esta es fiera tropelía, nombre de encanto merece, pues dentro en Menfis parece que están en Alejandría. De cuantas drogas estás ejecutando, taimado, presumo que me has guardado, la de ruibarbo no más. Y han llegado ya asentir las tripas el grillo estrecho de tal suerte que sospecho que se han de ir sin despedir. ¡Qué fiero estruendo que ensayan!, mas lo que llego a temer, amigo, es, que tú has de ser la calle por donde vayan. Ello es tiempo de melones. Hombre u demonio, ¿qué dices? Que, a pesar de tus narices, me has de prestar tus calzones, que, si tu sueño importuno llama dos ojos, por Dios que no has de dormir con dos cuando yo despierto el uno. ¡Viven los cielos, villano! Soy un eterno hablador como tú encarecedor del mejor sustento humano. A los cielos viendo estás llover, de piedades llenos, mas llueva una gota menos, valdrá el pan dos cuartos más y, si piadosos nos dan mucha agua, bien infinito, no hay dinero en todo Egipto con que compremos el pan. Si creces el interés porque llueve, panadero, dale al rocín el dinero, que es quien se moja los pies. Porque el cielo te ha llovido encima, ¿haces tan mal trato? Véndenos el pan barato, que yo enjugaré el vestido. Si acaso Menfis disputa en la postura, lo yerra, que se los traga la tierra como si estuviera enjuta. Vended en las horas buenas caro y siempre la comida, que la muerte a la otra vida irá a llevarse las penas, que es donde haz en bien la suma. ¿Allá queréis remitillo? Pues echad otro cuartillo, aunque venga con espuma. Hombre, ¿cuándo duermes? ¿Yo? Cuando vale el pan barato. Déjame dormir un rato. Tu humildad lo mereció. ¡Oh qué sueño tan pesado! Qué alegre que vengo a estar, pues me llega a fatigar más que la pena el cuidado. ¡Oh hermanos!, si cupo en ellos la envidia abrasada en furias, yo en medio de mis injurias aun no llego a aborrecellos. A mi padre se ofendió con traición tan desleal, ¿por qué en mi pena mortal los he perdonado yo? Y tanto que, si pasara de límites el furor, es tan piadoso mi amor que luego los perdonara. La luz se comienza a ver del sol que el mundo desea. Salga el sol para que vea un dichoso padecer. Buenos días. Recordé a vuestra voz. Buenos días, alcaide. ¿Si habrán reñido los del grillo? Maravillas preguntas, ¿qué ha de reñir hombre que ronca y que silba? Pues están amigos ya, la prisión se les divida. Haranos mucha merced. Quito este grillo. ¿Hay propina? Y cátedra hemos llegado, que te la pague en harina cuando salga de este mundo. Un sueño que me fatiga no me deja responderte. Serán tus sueños enigmas. ¿Cómo has pasado la noche, José? Con melancolías de muchos graves cuidados. Los templa quien los olvida. Yo acudiré a su regalo. Ilusión o fantasía fue mi sueño prodigioso. ¿En Menfis no habrá quién diga la solución de los dos? Solo es José quien podría, pues soñó casos tan graves, en su patria, tener dicha de declarar nuestros sueños. El cielo es el que descifra lo que los hombres no alcanzan, pero mi humildad confía en Dios, que, si me decís con una verdad sencilla vuestros sueños, que podré dar la inteligencia misma que ellos piden. Pues va el mío. En medio es justo que asista, José. Yo soñaba anoche que en la cabeza traía ⸻¡sueño prodigioso fue!⸻ tres canastas de harina y que había en la más alta cuantas diferencias libra el gusto humano del pan que con ella benefician y que las aves del cielo bajaban y lo comían. El sueño está interpretado con verdad segura y limpia si me das licencia. Di. Quiero, y en este mismo día has de morir en la horca y las aves de rapiña han de bajar a comer tu cuerpo. Bien lo adivinas, embustero soñador. Mas ¿si fuese profecía? De escucharte está temblando el alma. Si desconfías, ¿callarás tu sueño? No, que ya mi voz lo publica. Yo soñé, José,... Prosigue. .que junto a mí parecía una vid con tres sarmientos y que con mis manos mismas esprimía los racimos en una copa y servía al rey mi señor con ella. Pues ya puedes darme albricias. ¡Oh Celeuco, el rey ha visto tu lealtad y califica tu fe y se ha determinado que desde luego le sirvas la copa. Merecen premio los que embusteros castigan. ¿Adónde está el panadero? Quien me viene a hablar lo diga. Para morir en la horca saldréis luego. ¿Notificas o burlas? El rey lo manda. A su voz no hay quién resistas. Verdades dijo el esclavo, su dios es el que le inspira. ¡Ah, si mis ojos te viesen ahorcado de la India! Por lo mucho que te quiero, la horca de oro de Tíbar, y la escalera de plata, las sogas, seda de China y el verduguito de plomo para que descansase encima. Celeuco. ¿Qué es lo que mandas? Ya ha visto el rey la injusticia de tu prisión aunque tarde las verdades se averiguan, manda que a palacio vuelvas y que a la copa le sirvas. Déjame besar tus pies. Tu lealtad es conocida, y mereces los favores del rey, que es el que te libra. Este es el caso más nuevo, la acción es más peregrina que he visto. José estuvo ⸻¡no entiendo estas maravillas!⸻ entre uno que se condena y otro a quien los cielos libran. Venid vos, A morir voy, mis culpas me notifican la sentencia. Alcaide, al punto, porque esta es orden precisa, deje la prisión Celeuco. Todo se postra y se humilla a quien el rey favorece, José, tu voz fue divina. Pues quisiera que tuvieses las obras agradecidas. Condene el cielo al ingrato. Por ti haré cuanto me pidas. Que cuando estés en presencia del rey y cuando le sirvas la copa... Entendido estás. Beneficios no se olvidan Suele la prosperidad, olvidallos. Es malicia. ¿Que te acordarás de mí? Como de mi propia vida. ¿Y qué le dirás al rey? La virtud con que descifras los sueños. ¿Qué más, Celeuco? Que mis ruegos te apadrinan desde luego. Queda en paz. Goces de mayores dichas. (Temiendo su olvido estoy.) (Su causa es la propia mía.) (Desconfianzas me ofenden.) (Precursor fue de la vida.) (Lugar tienen las promesas cuando aprietan las desdichas.) (Su prisión es mi memoria.) (Sus dichas son glorias mías.) (Seré el hombre más dichoso si por mis ruegos se libra.) (¡Oh si de mí te acordaras, pues la obligación publicas!)

JORNADA TERCERA

A las voces que das dejo el sosiego. Llena de espanto a tu presencia llego. ¿Qué te desvela entre las sombras frías? Un confuso embrión de fantasías. ¿Puede comunicarse tu cuidado? Lo prodigioso no es para callado Empieza, pues. Conviene hacer primero una digresión breve. Ya la espero. Que está mi esposo ausente consideras. Ya sé que arma de Egipto las fronteras. Que en su ausencia a tu cuarto me has traído. Más que lisonja obligación ha sido. Que el rey libró a José, aunque lo lloro. Fue la causa Celeuco, no lo ignoro. Que a declarar el sueño fue bastante. Cosa notoria es. Pasa adelante. Que en Menfis la segunda es su persona. El rey con él divierte su corona. ¿De todo estás capaz? Bien lo supones. Pues dame ahora mudas atenciones. Apenas me entregué al sueño, monstruo engañoso, pues viene a ser huésped de la vida en el traje de la muerte, cuando, como arrebatada, pareció que velozmente toqué la región adonde primero el día amanece hasta que me hallé en un valle en cuyo distrito alegre su menor mansión tenía el más joven de los meses, tan privilegiado en todo que debía de ser siempre cielo en él lo cultivado, siendo jardín lo silvestre. Cercan el sitio dos ríos y a sus músicas corrientes en la cuna del botón tanta infante rosa duerme, sonoro el cristal las canta, traviesa el aura las mece. Llegué a la puerta de aquel del abril palacio verde adonde estaban de guarda unos gigantes cipreses. Fui discurriendo sus calles, colgadas vistosamente del raso de primavera que la agricultura teje, por donde salí a una plaza cuyo círculo no breve un vegetativo muro de murtas le comprende. En su espacio ⸻pues oíste lo menos, lo más atiende, y lo que en ti fue atención en reverencia se trueque⸻, en su espacio, como digo, vi a José ⸻¡oh ilusión fuerte, que para que lo publique mi odio envejecido vences!⸻ recostado de unas juncias, en el florido tapete estaba y la diestra mano, hecha basa de su frente, un árbol de él producía, siendo ⸻¡qué enigma es aqueste!⸻ fundamento radical de aquel obilisco verde. Las primeras ramas, brazos que el sagrado tronco estiende, ocupan, en vez de tronos, muchos monarcas y reyes, todos brotando en pimpollos de colores diferentes de suerte que parecía artificial ramillete el que fue, por no ser árbol, del jardín frondoso huésped. Alcé la vista y en una rama que a todas excede, siendo esmeraldas sus hojas que en espesos hilos penden, vi una azucena, del mayo el ámbar más trascendiente, que hacia la parte de afuera sus cándidas hojas tuerce, tan capaz que a una mujer daba sitial suficiente, con cuyos bellos albores es etíope la nieve. En la diadema que augusta su frente sacra guarnece, los rayos del sol al toque eran balajes lucientes sobre un manto del color que el cielo vestirse suele cuando apacible y sereno tranquilidades promete. Su cabello se despeña aseado sin que le preste su estilo el arte, que fuera urbanidad indecente que a un sacro golfo de luces material surco le peine, y, como en doradas hebras su copioso raudal vierte y sobre la verde copa del árbol a parar viene, y ella es cielo de hermosura, da a entender que el cielo llueve diluvios del metal, hijos del sol que aquel tronco rieguen. Y, así, reyes da por fruto, porque es preciso que engendre tal efeto con tal causa, que puesto en razón parece que, siendo la lluvia de oro, sea de coronas fértil. Un clavel que en su remate con roja luz resplandece a un infante en su regazo prestaba purpúreo al Segre. Aquel portento de Arabia, que nace de lo que muere, tan averiguado nunca cuanto repetido siempre, se mostró patente entonces, pues, como el clavel aprende el rojo color del fuego, llamas sus hojas parecen que al bello desnudo niño por todas partes le encienden; y así asegurarte puedo que, entre la purpúrea ardiente de aquella olorosa hoguera, vi recién nacido el fénix. Así discurría cuando, como exhalación que leve si una región la fulmina, otra región la resuelve, de mi vista huyó aquel lienzo a quien el iris luciente dio sus colores y el sueño sus fantásticos pinceles, por cuya ocasión doy voces y con paso diligente salgo de mi cuarto, al tiempo que tú, recordada, ofreces alivio a mi sobresalto, pidiéndome que te cuente la causa y, pues ya la sabes, juzga ahora si merece que la lengua la publique, que mi temor la respete, que tu admiración la extrañe y que el tiempo la celebre. Del soñado vaticinio que has explicado se infiere que le hace el cielo a José de tan altos descendientes digno antecesor y, en mí, esta esperanza que puede darle méritos mayores parece que a incitar vuelve la honesta llama del pecho, que mi casto amor enciende. Cuando a José aborrezco, para que ya le venere, ¿tan poderosas ideas quiere el cielo que me premie? Tu ilusión tan divertidas nos ha tenido que en este cuarto que sale al del rey ya el día nos amanece, y así es fuerza retirarnos al nuestro. A buscarnos viene Libia. Admiración me causa el hallaros de esta suerte. Retira esas luces, Libia, y, pues ya las eminentes cumbres dora el sol, también a nuestro cuarto conviene que las dos nos retiremos, que este traje no es decente para que nadie nos vea. Bien tu prudencia lo advierte, pero te quiero pedir, si acaso a ver al rey vuelves, que des este memorial a José, que es de mi ausente esposo, pues, si con él la autoridad intercede, su pretensión se asegura. Haré cuanto me previenes por tu esposo. Aun él no sabe cómo ha subido la suerte a su esclavo tal privanza, pues cuando él salió de Menfis quedó en la cárcel. Prodigio que me confunde y me vence, porque lo que erré enojada, arrepentida lo enmiende. Váyanse con bendición, pues que me hacen considero muy gran merced, porque quiero aguardar a Tiburón, que sé que en palacio ha entrado, mas venir le veo ya. Miren qué grave que está después que ha participado de las prósperas acciones de José. Con él salió de la cárcel y hoy le dio una de las comisiones del trigo, haciéndole igual a los demás, que este cargo ejercen en el amargo conflicto de la mortal hambre que Egipto padece. Muchos a seguille empiezan y unos en otros tropiezan, que tanto el número crece por llegar a su presencia. De uno en uno y a placer, que lo demás viene a ser meterme a bulla la audiencia. Llegue el viejo y advertid que me iré si estáis prolijos. Señor, yo tengo seis hijos. Muy castizo sois, decid. Pídenme que los sustente y, si basto a persuadiros, por mi dinero a pediros vengo el trigo suficiente que me lloran cada instante. Viejo honrado, nadie ignora, pues tenéis tanto que os llora, que tendréis algo que os cante. ¿De qué edad son? Jovenetos. Quince años tiene el menor, ¿Y lloran? De hambre, señor. Pues mudalla de esqueletos. Habéis de alzar las manos al cielo y vivir con tasa. ¿De comer falta en la casa donde hay seis hijos gitanos? De mandar y proveer gusto, que ellos dentro de dos días salgan a sus correrías y a vos solo lo que es justo se os dé. Así acertar deseo. ¿Qué han de comer todos seis? Proveo, no me repliquéis. ¿Oye? Digo que proveo. No me hablen más. Necesario es no haber puerta cerrada para mí. ¡Que es tan pesada la carga de un comisarlo! Que gorda el pícaro hace la vista... ¡Grave pensión! A mí, señor Tiburón, óigame usted. Que me place. ¿No ha de haber gratos oídos para la que más le adora? Andamos muy divertidos. ¿Qué querrá usted, en conclusión? ¿Trigo, trigo? ¡Loco exceso! Que me quieras quiero. Eso no toca a mi comisión. Transead. ¡Desdén importuno cuando tantos por mí están penando! A la Libia dan dos atributos y el uno solamente te ha tocado con ser Libia tú también. Atento oído prevén, que este argumento probado está con facilidad. Si en tu plebeya conquista tanto soldado se alista y uso es de tu variedad usar mucho de una cosa, es destemplanza, y, pues vienes a confesar que la tienes y tu afición nunca ociosa de tantos está poblada, sé por consecuencia cierta que no eres Libia desierta, sino Libia destemplada. No desprecies mi cuidado, que, como en quererte topa, me pareces, con la ropa del cargo que el rey te ha dado, muy bien. Dime, antes que atajes la duda que se me ofrece, ¿del cargo cuál te parece mejor, la ropa o los gajes? Necio estás cuando me debes tanto amor. ¡Oh vil flaqueza humana! ¡Que a la entereza de un comisario te atreves! ¿No te obligas? Yo me obligo. Llega y pierde el embarazo. Ya llego. ¿Y no habrá un abrazo siquiera? Así hubiera trigo. Pues mis brazos diligentes lo concertado prosigan. En palacio se castigan acciones tan indecentes. El retirarme es mejor, pues de vernos se ha enojado. (En la ceniza hemos dado con los huevos.) De un error has dado indicios bastantes. ¿En palacio, descortés, la abrazabas? Esto es manifiesto engaño, antes de tan casta condición soy, que en lugar de abrazalla por huir iba a dejalla en las manos el ropón. Yo dalla el abrazo vi. Si en dársele pude errar, volverésele a quitar, pero Asenet viene aquí. (Ella del rayo me escapa.) Retírate allá. ¿No vas? Torear con ella querrás arrojándola la capa. Aquesto os vengo a rogar, José. (¡Qué engañada viene! Porque no ruega quien tiene imperio para mandar.) ¿Es pretensión? Sí. ¿De quién? Del príncipe general de la milicia. Con tal intercesión será bien con el rey, venciendo ahora mis conocidas lealtades remisas dificultades, que este memorial, señora, despachado al punto sea, que, aunque sin noticia alguna de mi próspera fortuna su dueño mi mal desea, por esa misma razón seré quien su causa aliente, porque en otras solamente una recomendación en tal caso, si no dos, que son con apoyo fiel una el ofenderme él y otra el ayudarle vos. ¿Cabe en mi merecimiento de tan cortés experiencia? Sí, señora, esta obediencia me enseña mi entendimiento. Bella Asenet, resplandor puro del mejor planeta o imagen la más perfecta del artífice mayor, yo os amo y, aunque es mi amor que del común diferencio sol que a no nacer sentencio, ahora pasa veloz al oriente de la voz del ocaso del silencio. Que os quiera manda el decreto del cielo y nada en tan fiel acción merezco con él por ser fácil el efeto con vos, porque fue precepto conmigo, pues no os obliga. Ojalá, en vez de castigo, mandara que no os quisiera, pues muriendo mereciera con él, con vos y conmigo. Aunque os declaráis cortés, muda explico más mi llama, pues de una mujer que ama la vista el lenguaje es. Si en vos obra el labio, pues con él lo que estáis sintiendo decís, yo lo estoy diciendo con solo estaros mirando, luego más que vos hablando os digo yo enmudeciendo. (¡Si de Jacob el gran Dios nos juntara el yugo amado!) (¡Si de aquel árbol sagrado fuéramos tronco los dos!) Que vivo, señora, en vos. La causa sois de mi acierto. Vida sois del que habéis muerto. El puerto sois de esta nave. Sois de este norte imán grave. ¡Dichoso imán! ¡Feliz puerto! Plaza, despejad de aquí. Ya llegó el rey mi señor a este cuarto, como suele, pues por más demostración de que me estima con toda su guarda adonde yo estoy por los corredores viene. Salille al paso es razón. Dadme, señora, licencia. ¿Puedo negárosla yo para recebir al rey? También en mi reináis vos Dejad esos memoriales, que son los que he de ver hoy, y despejad, que queremos quedarnos solos los dos. ¿Tantos favores me hace vuestra majestad? No son iguales a mi deseo, pues con determinación estoy de subiros tanto que he de haceros otro yo y poneros junto a mí. Pues eso no será honor, sino castigo. ¿Por qué? Porque a la regia impresión de cualquier precepto vuestro blanda y dócil cera soy, pues de mi lealtad la imagen la labró vuestra elección de tan sujeta materia y, puesto que el rey es sol, acercarme a vuestros rayos es querer que a su calor esta hechura se resuelva que tanto estudio os costó. No me acerquéis al peligro con título de favor, que imagen que vos hicisteis no es bien deshacerla vos. A la exhalación grosera que opuesta al sacro farol con su encapotado ceño la ardiente faz le embocó castigando el atreverse osada a tanta región sin licencia de los rayos, que ella misma profanó, la resuelve fácilmente en nada, y, así, veloz, en lo mismo que comienza acaba su presunción, pero al celaje cortés que, cuando el rostro le vio, se retira al horizonte de respeto o de temor, no solo no le castiga, mas, por premiar su atención, hacia sí, atractivo imán, va llamándole su ardor hasta ponelle a su lado, y, como reverberó por estar tan inmediato en él su rojo esplandor, la que antes plateada nube es ya púrpuro arrebol, que hasta en esta parte quiso honralle, pues le vistió a su misma semejanza sol, como vos decís soy, que en la dignidad real cabe la comparación. Y, pues que no os atrevéis como grosero vapor, sino advertido celaje esperáis que os llame yo, a la esfera del poder con los rayos del favor llegar podéis sin recelo por que reverbere en vos la luz de la monarquía, José, pues que digno sois de igualalle y de vestiros de la púrpura del sol. Ya que más que nadie os debo, a este memorial, señor, que es de vuestro general, válgale mi intercesión. Indignado gravemente contra su persona estoy y no podéis vos estar con las noticias que yo en tal delito, supuesto que en el tiempo que él salió de Menfis por orden mía por su injusta acusación aun estabais en la cárcel. Siria, provincia feroz, raudales de armadas huestes contra Egipto derramó y, dándole municiones y gente con que veloces pertrechase los presidios expuestos a la invasión, en vez de seguir este orden, corto ejército formó de los soldados que hacían de doblar la guarnición de las fronteras y, ciego, al asirio presentó la batalla, que, por ser en las fuerzas superiores, le desbarató, volviendo con triunfante aclamación. Erró pensando acertar. Pues mis órdenes quebró y a sus causas semejantes todos los efetos son, ¿qué pudo una inobediencia engendrar, si no un error? mas, porque de sus descargos, para más satisfación le envié a llamar y hoy le aguardo. Pues templad, rey y señor, el enojo contra él. Cuanto pueda haré por vos. (Aunque sea mi enemigo, he de ser su valedor.) (¡Que cuando puede vengarse haga el odio intercesión!) (Aunque a crueles castigos severo me sentenció.) (¡Que se acuerde de lo humano y olvide lo vengador! Esta es la prueba más grande que he hallado en confirmación de su inocencia, pues quien pudiendo no se vengó no pudo errar ofendido con tan inorme traición que saber ser vengativo, el que supo ser atroz.) Referidme algunos de estos memoriales. ¡Atención digna de un rey! Este es del reino. Leedle vos. «Egipto a los beneficios que de José recibió, reconocido, hacer quiere particular relación de todos por que los premie vuestra majestad, señor». A otro memorial pasemos, porque habla en mi aprobación este y será inadvertencia el referírosle yo, que es risa de ajeno oído alabanza en propia voz. Leerle es razón y os lo manda un rey. Esa es la razón. «En el sueño de las vacas, que a vuestra majestad dio tan continuados desvelos y puso en tal confusión los sabios himnosofistas de Egipto, él interpretó abundantes costrosías y los estériles que hoy van corriendo». De este acierto no es mía la aclamación. Pues ¿de quién? Del cielos. Aunque es el cielo de todo autor, instrumentos por quien obran las segundas causas son y ellas también nos dispensan el beneficio. Yo soy solo un conducto por donde a vos fue a parar veloz el raudal de aquel aviso aquel día que os dejó el cansancio de la duda tan sedienta la atención y, como acertó a explicarse por mí, la mano que halló el manantial de otro barro formar pudo él a tenor que hubiera hecho el mismo efeto. Y aun esa es mayor razón, pues, cuando el ser instrumento de aquella piedad valor, no os añadiera en la parte de eligiros solo a vos, pudiendo hallar otro barro que la misma operación hiciera. Aunque la modestia es prolijo torcedor, ¿no os ha de servir siquiera de mérito la elección? Pasad adelante. Atento. «Por todo el reino encerró trigo abundante, que ha sido la providencia mayor contra el hambre que hoy padece». De todo enterado estoy. Que os premie me pide el reino, justo es. Celeuco. Señor. Trayme lo que hoy te mandé que me previnieses. Voy a obedecerte. Este sea testigo del galardón que os quiero dar, ya que fue de vuestros aplausos voz. Ya está aquí. Desde hoy os nombro mi adelantado mayor en Egipto y es mi gusto que salgáis por Menfis hoy llevando en triunfante carro honor que se reservó a los reyes y que todos os hagan adoración, puesta la rodilla en tierra, como a grande redentor nuestro y, porque sois el hombre más admirable que vio en Mesopotamia el Tauro ni en Palestina el Tabor. Señor... Esperad, que aun falta más grande demostración. Esta vara, que de tanto generoso antecesor de mi estirpe real la herencia fue de más estimación, por estar significada la justicia en ella, os doy. Nadie la puede traer en Egipto, sino yo, y solo uso de ella cuando conviene la indignación. Señal es de rey supremo y la autoridad mayor que os puedo dar, pues en ella toda la administración de la justicia os entrego. Castigad y premiad vos. Aunque la suerte da púrpuras reales, más, ¡oh Justicia!, en tu poder te fías, pues para conservar las monarquías, Si ella hace reyes, haces tú leales. Ciega te pintan, porque no les vales del dolor prorrumpida a las porfías o por dar a entender que no te guías con luz que consta de ojos materiales. Clemencia es tu rigor, pues los suplicios del malo son del bueno conveniencias y es premiar la virtud cortar los vicios. ¿Quién, si no tú, con sabias providencias, hizo al cordel autor de beneficios y al cuchillo instrumento de clemencias? ¿Qué dudo? ¡Anuncio crüel! El rey es, según lo oí, y decia la vara de la justicia reservada solo a él. ¡Contra mí tan inhumano! ¿Si mi venida ha sabido y recibirme ha querido con el castigo en la mano? La espalda vuelve, el deseo de hablalle venza el temor. A tus pies, rey y señor, postrado... (Cielos, ¿qué veo?) (¡Qué absorto ha quedado!) Grave y rara transformación, José, mas mi admiración en mis palabras no cabe. (Pues su agravio no perdona, fuerza es que mi dicha sienta.) (¿Si es él el que Egipto cuenta que es la segunda persona del rey?) (Aunque en querer mal a quien de tan fea culpa fue argüido, le disculpa toda razón natural.) (Pero ¿mi esclavo no fue? Si es que yo fuera de mí no estoy, y cuando salí de Menfis, ¿no le dejé de una prisión oprimido? Pues ¿cómo ya le venero en todo Egipto el primero, honrado y constituido por arbitrio de las leyes? ¿Qué estrella le privilegia, dándole la señal regia que usan los egipcios reyes? Cielos, ¿qué prodigios toco? ¿Cómo el rey a mi enemigo da premio en vez de castigo?, pero, pasión, poco a poco, que el que a tan sublime vuelo el cielo le remontó perfeto es, no me ofendió, y a un reo tan superior estado no le dispensa, pues ¿quién me haría a mí ofensa? Eso cállelo mi honor.) (Su medrosa confusión me da piedad y quisiera llegarle a hablar. No soy fiera cruel, téngole afición, que, al fin, fue mi primer dueño.) (A él quiero llegar rendido, pero téngole ofendido.) (Mas ¿cómo en llegar me empeño si cree que le agravio yo?) (Pero obligarale el ruego.) (Mi amor lo allana, yo llego, mas, si el real orden quiebro, culpado viene y malicia parecerá o liviandad que use yo de la piedad mientras tengo la justicia.) (Su poder mis pasos sella.) (Mas ya elijo un medio sabio: deponiéndola no agravio el decoro que hay en ella y ella el medio aprobará por que pague agradecido lo que a mi dueño he debido, que es justicia y no tendrá por desprecio que este rato la deje a trueco de ver que no he querido caer en el delito de ingrato.) Agora puedo a tus pies arrojarme. Estorbarelo yo arrodillado en el suelo. Tuyo mi albedrío es. Qué humilde te experimento cuando estás tan levantado. La suerte muda de estado, mas no de conocimiento y, así, el que en baja fortuna de ti algún bien recibió y después, porque subió a la esfera de la luna, peca en desagradecido con fe mudable y traidora no es que el beneficio ignora, sino que finge el olvido. ¿Valdrame contra el feroz enojo que en el rey veo? Cuando le hable, tu deseo se incorporará en mi voz. En mí atribuye a delirio el que cuerdo impulso fue porque valiente cerré con las tropas del asirio. Tan indignado me culpa, mi descargo está en mi error, que culpa hija del valor es de sí misma disculpa. ¿No he aumentado sus blasones por ampliar con celo y fe su imperio? ¿No les quebré ya en volantes escuadrones y ya en armada naval, que brumó la riza espalda al verde Hermón la esmeralda y al mar Bermejo el coral? Pues ¿para qué le aconseja tan mal tu misma atención? Bien le podré con razón, pues da lugar a la queja llamar. Corrige el acento, que a un rey sabio, recto, augusto, ¿qué puedes llamarle? Injusto. ¿Por qué el hebreo instrumento tomas? Porque en mí es primicia de lealtad y justa ley que, en no hablando bien del rey, vuelva a usar de la justicia. (Hasta aquí humano y ya grave su semblante. ¿Quién vio igual diferencia?) General, en la majestad no cabe sinrazón ni en sus acciones y, así, grande error previene quien contra la razón tiene para quejarse razones. ¿Tal dice el que honor profesa? (Ya temo su indignación.) (Despeñole la pasión. De reprendelle me pesa.) José, yo... A borrar tu error en vano el labio se mueve. El súbdito que se atreve a su natural señor elige el peor estilo de perderse, bien lo ves. Del mar rey salobre es el mayor vasallo el Nilo y, porque con su corriente sin reservar flor ni arista a él se opone osado a vista de Egipto, por que escarmiente no sufriendo indignas menguas o le sorbe, o le arrebata y muere bajel de plata confundido en siete lenguas. Egipcio eres y, así, atento, sal a esa playa vecina y del Nilo en la ruina hallarás el escarmiento. (Su mucha severidad me acobarda.) (¡Oh cómo siento que esto haya sido instrumento de interromper mi piedad!) De mi lealtad religión haré con pecho no ingrato. ¿Qué mucho si el rey retrato es de Dios? Y, así, atención para otra vez, general. Aunque mi labio condenes, retrato es él, mas tú tienes no sé qué de original. El día más celebrado que en Menfis se vio jamás ha de ser hoy. Tú podrás decir que la causa has dado del placer que desperdicias, pues fuiste, según se vio, el primero que al rey dio de José larga noticia y el principal fundamento de su privanza. Cumplí la palabra que le di y bien su agradecimiento mostró, pues por su ocasión me hace el rey favor inmenso. Si he de hablar verdad, yo pienso pedille otra comisión, que en la del trigo ando inquieto, pues, como en el almacén con este ropón me ven los muchachos, el respeto me pierden y no son buenas burlas. Temo algún conflito, porque este ha sido en Egipto grande año de berenjenas. ¡Nuestro gran redentor viva! ¡Viva de Egipto el blasón! ¿No escuchas la aclamación común? Veloz y festiva la gente empieza a correr por verle grave y bizarro salir sobre el regio carro. Temo que ha de anochecer antes. Mayor la alegría será, pues Menfis sagrada, de luminarias poblada, no echará menos el día. Celeuco, haz que se prevenga el triunfo. Irelo a ordenar. Y tú a José ve a llamar. Direle que al punto venga. No es el último favor que mi afición le previno, pues honralle determino con otra merced mayor. El general viene allí. Por José le perdoné y, pues él la causa fue, no gusta que me dé a mí las gracias, sino que entienda que él fue en su dicha el primero, y así a estos canceles quiero retirarme. Aunque defienda mi causa el valor y afirme quien este aviso me ha dado que ya el rey me ha perdonado, hasta que me lo confirme José, yo con evidencia no lo he de creer; y, así, atento hasta que él me avise, intento no ponerme en la presencia del rey, pero cuando de él..., mas me recato, parece que a la vista se me ofrece, pues del confuso tropel que con pronta ligereza a esta parte se encamina bien mi cuidado examina que viene hacia acá su alteza y, así, oculto aquí he de estar, pues su enojo me acobarda. A no detener la guarda, el concurso popular tras mí se entra siguiendo mis pasos sin atención. (Ahora es buena ocasión, pues él solo me está oyendo.) Gran redentor de Egipto que hoy te coronas de aplausos, no he de alzarme de la tierra que tú pisas hasta tanto que de un arrepentimiento que acá en mi silencio guardo me vea libre. Permite que de huésped tan pesado desembaracen al pecho las diligencias del labio. A pedirte perdón vengo porque con acentos falsos a tu inocencia argüí de delito tan ingrato. Cuando leal a tu dueño eres de su honor el Argos, yo disfracé el beneficio con las señas del agravio. ¡Oh si esta satisfación pudiera ser sin mi daño pública y lo dispensara este crédito que tanto engaña a la vista, pues las más traemos debajo de una mentira de bronce una evidencia de barro! Poner quiero por testigo de que la verdad declaro, de que el delito publico, de que tu lealtad aplaudo al dios que tú adoras, que es sin duda el más soberano, el más grande, el más inmenso, pues causa efetos tan raros en ti y a ti, de quien fío clemencia, pero no aguardo respuesta, pues de tus ojos tan convencida me aparto que a ser posible buscara acogida en los peñascos. ¡Que esto el enojo permita! Detén, general, los pasos. Señor, ¡que esto el alma escuche! A José los cielos santos en todo le son propicios. (De que lo hayan escuchado pesar recibo.) A no ser vuestra alteza su sagrado, yo castigara el delito. ¿Hale habido? En estos casos de tanto escrúpulo está la ejecución de más y hallo que basta solo el deseo a ser ofensa, y más cuando llega a oírle el ofendido, pues ¿qué será, habiendo estado presente vos y José, que, aunque no pudo ignorarlo de que lo volviese a oír, me ofendo? Estás engañado. Yo quiero que sea ofensa y quiero asentar por llano que lo oímos tú, José y yo, mas, como de entrambos formó la concordia un cuerpo, tú y yo. El argumento es claro: solos lo habemos oído, tú eres el interesado y, aunque oigáis tu propia injuria, está secreta en tu labio. Yo soy rey y no es perjuicio ni desaire del vasallo que el rey oiga sus ofensas porque es de tan soberano estilo la majestad que lo que llegó al sagrado de su oído lo convierte en salud, siendo contagio, que sale en traje de honor lo que entró en forma de agravio. Demás que tu esposa solo pensó el delito y no hallo contra la imaginación castigo en las leyes. ¿Cuántos tomarían por partido ⸻si es que han de ser desgraciados⸻ que de pensamientos solos se formaran sus agravios? Mas ya sale la princesa mi sobrina, que a este cuarto la mandé venir. Y así, pues lo apruebo, ese cuidado cesar puede en vuestro pecho. Y más en día que alcanzo parte del perdón. Señor, dadme a besar vuestra mano. ¿Qué me manda vuestra alteza? Presto lo sabrás. ¿Has dado el orden, Celeuco? Ya están puestos a caballo todos los nobles de Menfis. ¿Y el regio triunfante carro? Ya espera. Pues, José, en señal de que has triunfado de tanta adversa fortuna, te han de aclamar mis vasallos. En tales dichas me falta solo el ver a mis hermanos y a Jacobo. ¡Suerte impensada! ¡Tan gran merced! ¡Favor tanto! Y aquí tengan fin Los triunfos de José por que este cuadro mis humildes pinceles le acredite vuestro aplauso.