Texto digital de El tejedor de Segovia (primera parte)
Metadatos de la obra
- Atribución tradicional
- Desconocido
- Atribución estilometría
- Andrés de Claramonte y Corroy Segura
- Género
- Comedia
- Procedencia
- El texto ha sido preparado por Germán Vega a parit de Ochoa, Tesoro del Teatro Español.
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Cita sugerida
Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El tejedor de Segovia (primera parte). BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/tejedor-de-segovia-el-primera-parte.

EL TEJEDOR DE SEGOVIA (PRIMERA PARTE)
JORNADA PRIMERA
Muerto soy: ¡Jesús! Matadlos. Huye. Seguidlos, monteros. Efraín, morir callando, Pues se malogró el intento. ¡Ah traidores! Muzaf, deja Caer el puñal y el pliego, Para más seguridad. No os ha de valer el viento. ¡Que en la lealtad castellana Quepan traiciones! ¿qué es esto? ¡Oh brazo, en esta ocasión Me habéis dicho que soy viejo! Seguidlos, sepan quién son Los que al soberano pecho Atrevieron mano vil, Y osaron traidor acero. Aquí el puñal alevoso Se les cayó, y aquí veo Un pliego, de esta maldad Sacrílegos instrumentos. a Al marqués Suero Peláez; « Y en su ausencia (¡estoy suspenso! ) « Al conde don Julián « Su hijo, y amigo nuestro. » ¿Pliego al conde y al marqués traían los que emprendieron Tal traición, maldad tan grave? Aquí sin duda hay misterio. Y así, curioso, y fiado En nuestra amistad, ver quiero Quien las escribe: aquí firma Ayataf, rey de Toledo. ¡Válgame Dios! ¿con los moros Tan cristianos caballeros Correspondencias? por falsos Y fementidos los tengo, Sin duda que en este caso También son cómplices ellos; Mas las razones lo dicen Del moro: ¡el sentido pierdo! ¡Ah, caballeros ingratos, Al señor más justo y bueno, Que inmortal han de hacer bronces. Que harán mármoles eternos! ¿Pero maldad tan enorme, Tan bárbaro atrevimiento, Vil acción en un Dionisio, Y bajeza en un Majencio, Habían de cometer Contra Dios y contra el cielo. El marqués y el conde? es falso; No lo creo, no lo creo. Mas el marqués viene aquí, Quiero guardarlo y romperlo; Mas pues en los pechos nobles La imaginación es efecto, El pliego quiero enseñarle; No porque del marqués pienso Esta traición, que seria Poner en el sol defecto. Hoy mi intento se descubre, Que los alcaides, temiendo La muerte, han de publicar Los tratos y los conciertos Míos y de Abeyafat. Aquí está el alcaide, llego, Dándole a entender que estoy Ignorante del suceso. ¿Qué es esto, señor alcaide? Señor marqués, esto es esto; Y pues a vos se dirige, Y yo la causa no entiendo, Vos en vos lo que es mirad, Y respondeos a vos mesmo. « Al marqués Suero Peláez, Y en su ausencia, al conde... » ¡ah cielo Mirad las firmas ahora. Ayataf, rey de Toledo: ¡Perdido soy! Esas cartas Y ese puñal, cuando huyendo Salieron los dos traidores, Dejaron caer, que el peso De su delito, pensaba Así escapar más ligero. Recogilos yo, por ir De la ejecución más lejos, Y viendo que a vos le escriben, En vuestras manos le dejo, Para que vos las veáis, Y veáis, cuando me ausento, Que en la amistad Pitias soy, Y soy piedra en el silencio. Aguarda, Beltrán Ramírez, Que dejarme tan resuelto Con la traición en las manos, Es decir que yo la he hecho. No quiera Dios que imagine, No de vos, que sois espejo De lealtades y virtudes, Tan bárbaros desconciertos, Mas del villano más vil Que en las Asturias de Oviedo Abarcas calce, y empuñe Venablo de dos encuentros. Estos son de mis privanzas Enemigos encubiertos; Que en la envidia, los favores Son agravios manifiestos. Esto es querer con su alteza Descomponerme, poniendo En el sol de mi lealtad Pardas nubes, cuando en lecho De nieve, de nácar, de oro, Dice, más luciente y bello, Que doy espíritu al día, Y a la lealtad que profeso. ¿A mí el moro cartas? ¿yo Trato con el moro? ¡ah, fieros Áspides, que entre las flores De las lisonjas, sangrientos, Servís cicuta a la envidia, Dándole al honor veneno! Guardar quiero el sobrescrito, Para moderar con verlo Mis pensamientos altivos, Y mis soberbias, diciendo: Este es, envidia, tu yugo, Este es, privanza, tu freno. Beltrán, pues el cielo os hizo Tan singular y perfecto, Así en heroicas virtudes, Como en alto entendimiento; Echad de ver que este ha sido Rigor de la envidia, opuesto A mí, porque vuestro soy; Defendedme, pues soy vuestro. Llevad el puñal infame, Y estos papeles, que el lienzo De Deyanira los hizo, Para atropellar trofeos De la virtud, anagrama En que pintaron los griegos En Hércules abrasado Tan claro y glorioso ejemplo. Mueran en vuestro castigo, Abrásense en vuestro fuego, Para que así mi lealtad Se ilustre en vuestro secreto. Marqués, lo que es de mi parte Hacer por vos os prometo; Haced de la vuestra vos, Porque así nos conformemos. Una lealtad y un valor Profesad como profeso, Considerando en Alfonso La imagen de Dios, y el centro En quien las virtudes paran, Por rey santo, justo y recto: Y de esta suerte los dos Un ángel engendraremos; Porque de no ser así, Podrá de nuestro concierto, Marqués, engendrarse un monstruo De dos caras y dos cuerpos. ¡Quién vio mayor confusión! Mi traición se ha descubierto: ¿Qué he de hacer? ¡perdido soy! ¡O sobrescrito, que has puesto En mis máquinas estorbo, Y termino en mis deseos! Comerte quiero a pedazos, En tus renglones comiendo Tósigo, pues a Tesalia Aquí en cada letra encuentro. Ya las industrias me faltan, No siento en mi mal consuelo, Y más si Beltrán Ramírez Quita a los labios el sello; Que ya no hay Efestiones, Ni yo Alejandro ser puedo. Vida, privanza y honor He de conservar, haciendo Mi nombre eterno en Castilla; Que pues no pudo ser menos, Proseguir en mis engaños Es el último remedio. El pueblo vengativo No concedió lugar de traer vivo, Con su cólera fiera, A alguno de los dos. Así supiera Quién contra mí conspira Tan sacrílego intento, y tan vil ira. Los que fueron dos hombres, En un instante, porque el caso asombre, Tantos hombres se hicieron, Que por la tierra en átomos se vieron, Que eran moros mentidos En la seguridad de los vestidos. ¿Moros eran? A voces, En los rigores bárbaros y atroces, Que eran moros dijeron, Y en declarar su intento piedras fueron. El alcaide perdone, Si este engaño a mi intento se dispone. ¿Señor? ¿Marqués, amigo? Solo vos de esta acción no sois testigo. En mi cámara estaba, Cuya puerta entendí que me guardaba La lealtad de Castilla, Y el antiguo valor de aquesta villa, Cuando en mi pecho veo (Impensada traición, que aún no lo creo) Dos lucientes puñales: Doy una voz, y fuertes como leales, Acuden mis monteros, Tiemblan la ejecución los hombres fieros, Y turbados pretenden Sus vidas escapar, y no me ofenden; Huyen, y van tras ellos, Donde el pueblo pedazos pude hacerlos. ¿Mirad, marqués, si pide Castigo esta traición? ¿Pues quién lo impide? No haberse averiguado. Si quieres... Habla. Verlo comprobado... Pero cosas tan graves... Eso es decir, marqués, que el caso sabes, Y encubrírmele quieres: Habla, que pensaré que traidor eres. La ocasión del vil hecho El alcaide dirá, viéndole el pecho. ¿Qué dices? Que es amigo Beltrán Ramírez; pero aquí contigo Se derogan las leyes: Tanto pueden las vidas de los reyes. ¿Beltrán Ramírez trata Esta conspiración? La acción ingrata Dirá esta diligencia. ¡Válgame Dios! traedlo a mi presencia. Señor, ¿qué intentas? [ Quiero Nuestras vidas guardar, que es lo primero. ¿Es posible que sea El alcaide traidor, siendo la idea A quien yo reducía El peso de mi sacra monarquía? Imposible parece, Mas la ambición con la privanza crece. ¿En mí atrevidas manos? Su alteza... Bueno está. Señor... Villanos, Ya pecáis de groseros. Menos iras, Beltrán, con mis monteros, Que por ellos comienza A perderse el decoro y la vergüenza Que al príncipe se debe; Y el que a ellos se atreve a mí se atreve. ¿Yo, señor? Vedle el pecho. Ya la traición y la maldad sospecho: El marqués ha querido Con su traición dejarme convencido; Mas la verdad divina Espíritu es de luz, que al sol fulmina; Y aunque la eclipsen velos, Sale por nácar, redimiendo cielos. Dos cartas tiene en el pecho. Y en la cinta este puñal Desnudo. Dar por bien mal, Siempre la traición lo ha hecho. Ya en las sospechas me incito: Dadme las cartas. Sí haré; Mas haced, señor, que os dé El marqués su sobrescrito. Que aunque a mi pecho vinieron, Que como el sol limpio está, El sobrescrito podrá Decir a quien se escribieron. Que estos a quien engendraron La codicia y la traición Hijos expósitos son, Que a mis puertas los echaron. Diles generoso el pecho, Seguro de estos engaños; Mas como hijos extraños, Áspides en él se han hecho. Y sangrientos y atrevidos, Aspiran al corazón; Mas no importa, porque son Sus padres muy conocidos. Muestra. No van sobrescritas, Mas son sin fe y sin decoro, Señor, de cartas de moro, A dos traidores escritas. Alcaide, sin fundamento A su alteza persuades, Y equivocando verdades, Quieres encubrir tu intento. Y es bárbaro persuadir, Cuando en vergüenza deshecho, Las dos cartas en tu pecho Te tienen de desmentir. Porque en tu pecho dirán, Que son, aunque más las dores, Escritas a dos traidores, Que son Fernando y Beltrán. Marqués, bien lo sabéis vos. Yo por la verdad me rijo, Padre sois, y tenéis hijo. Y así estamos dos a dos. Las cartas del pecho os quito. Bien pudiera por no verme Así las cartas comerme, Como alguno el sobrescrito. Basta, que ya se atropella Mi prudencia y mi razón: ¿No basta hacer la traición, Sino aquí volver por ella? Yo soy leal, y soy... Basta. No basta, cuando el honor Se amancilla, y un traidor Me aniquila y me contrasta. ¿Hay mayor atrevimiento? Traidor es el que lo es. Dice muy bien el marqués. Bien se ha logrado mi intento. « Amigo y deudo nuestro, a quien el gran profeta engrandezca, ahí os envío dos alcaides elegidos en mi « reino, para la ejecución de lo dicho; ellos harán la ocasión que deseamos, porque jamás la temieron: y muerto ese tirano, conseguiré, ayudado de vuestro brazo, el imperio de Castilla, pues es nuestro poder el de Alaquivir. Él os guarde. Toledo, segundo de la luna de «Alá, hijo de tan grande padre, te levante al lugar que deseas. Los alcaides van con esta, el ejército está prevenido, y Mahoma te asegura esa monarquía. Toledo, en el semilunio de marzo. « AYATAF, rey de Toledo. » Marqués, no puedo creer Tal maldad, aunque la leo; Mas si aquí la causa veo, Ya no tengo más que ver: ¡Que pueda traición caber En un noble, en un cristiano! ¡Que se obligue a ser tirano, Y que dos veces sin fe Venda a su patria, y le dé Muerte a su rey soberano No puede ser; pero aquí La razón se ha desmentido En un ingrato, que ha sido Cuervo al favor que le di: Y bárbaro contra mí, Ser otro Luzbel procura, Y con soberbia y locura, Quiere, arrogante y traidor, Deshacer a su hacedor, Sin advertir que es su hechura. Y así en mi justicia habrá, Si esta traición se castiga, Otro Miguel que le diga: ¿Quién como el rey? y verá El que se juzgaba ya, Sin lealtad, sin honra y fe, Hacedor del que lo fue Suyo en tanta desventura; Que si un pie le hizo hechura, Le deshizo un puntapié. A una torre le llevad De palacio. Señor... Cierra La boca, donde se encierra La más enorme maldad. Mi inocencia y mi lealtad Abonarán mi opinión. ¿Cómo, villano, si son, Cuando disculparte intentas, Los abonos que presentas, Testigos de tu traición? Llevadlo. Inocente voy A que la muerte me des, Que esta voz es del marqués, A quien respondiendo estoy: Eco de su acento soy, Solo en responderte peco, Viendo el rigor de este trueco: Y así, en el rigor atroz, En él disculpas la voz, Y en mí castigas el eco. Basta, que conmigo quiere Disculpar su alevosía. Marqués, en la gracia mía Vivís, cuando un loco muere: Hoy vuestra virtud adquiere La majestad castellana, Y en más luciente mañana Del fénix que deshacéis, A la eternidad nacéis, Con penachos de oro y grana. Dadme esos pies. Vaya el conde, Sin dejar guarda o montero, A las casas de ese fiero, Que así a mi amor corresponde, Y cuanto guarda y esconde De estas traiciones secretas En papeles y en discretas Cartas, me traiga al momento, Sin perdonar avariento Las más ocultas gavetas. Y con debido rigor Confisque toda su hacienda, Su hija y criados prenda, Para informarme mejor. Ejecutaré, señor, Lo que manda vuestra alteza, Con justicia. Y con fineza. Danos a los dos los pies. La vida os debo, marqués, Como Beltrán la cabeza. Bueno va el rey. Y ya ahora Importa que esta traición Se esfuerce, con la prisión Que ya el alcaide desdora: Y pues el trato se ignora Que con el moro tenemos, Descomponerlo podemos Con sus cartas. Podrán verlas, Pues con advertencia en ellas Al moro que escriba haremos, Sin nombrar conde o marqués, Para más seguridad. Las cartas lo harán verdad: Llévalas, porque después, Juntas al rey se las des, Irritando su grandeza. Todo engaño es agudeza. Si vale la industria mía, Lo que hoy en ti es señoría, Mañana ha de ser alteza. Mas de espacio nos veremos, Que a hablar voy a mi señora. Vengas, Bermudo, en buen hora, De mi amor dulces extremos. Muestren tus brazos el gusto: ¿Dónde mi señora está? Vistiéndose; pero ya Te ha sentido. Ana. Fuera injusto Rigor, no salir a verte. Dadme, señora, esa mano. Bermudo, ¿viene mi hermano? Vencedor, bizarro y fuerte, Y con cien moros y moras, Para alfombra de esas plantas, Que en diez morales no hay tantas, Aunque su victoria ignoras. ¿Y cuándo entrará en Madrid? Mañana. Será gran día. Con tal grandeza solía Entrar en Burgos el Cid: La corte se ha de admirar Con los alarbes despojos. Pavón le harán tantos ojos. Mañana logra el triunfar. Viene con aquel varón Don Garcerán de Molina, Caballero a quien se inclina, Y a quien el rey de Aragón, Por cabo de sus banderas, Envió a aquesta jornada. Leonor, ¿estoy bien tocada? Tan bien, que ser sol pudieras. ¿Y el alcaide mi señor? Pocas veces de palacio Viene a casa, que ese espacio Da su privanza y favor. Así se llega a gozar La privanza, si se alcanza; Aunque la mayor privanza Es privarse de privar. Dices bien: llega ese espejo; Verle quiero retirado, Que para tanto cuidado, Está mi padre muy viejo. Deja que logre Castilla Privado tan generoso, Que el que priva dadivoso, Todo lo postra y lo humilla. ¿Quién causa este estruendo atroz, Mencía, y rumor tan nuevo? Mencía. A decirte no me atrevo Lo que hay. ¿Qué dices? Mencía. ¡Ay Dios! ¿Qué te suspende? Mencía. Los dos patios y las puertas De nuestra casa, cubiertas De armas y de gente están, Y atropellando criados, Osan subir hasta aquí. ¿Armas en mi casa así? El zaguán, ¿Aquí estruendo? ¿aquí soldados? Dadme el venablo, Romped Esos canceles y entrad. Mencía. Señor, advierte... Apartad: Astillas la puerta haced. ¡Que haya en Madrid quien ofenda A Beltrán Ramírez! “Sí: Entrad. Teneos, que hay aquí Majestad que lo defienda. ¿Quién eres, portento hermoso? Eres Juno o Leda, ingrata, Burlando en cisne de plata A Júpiter poderoso? ¿Eres Diana en lo fuerte Del venablo defendida? ¿O disfrazada en la vida Eres por dicha la muerte? Mas de tu ambición gallarda Vengo a colegir, en fin, Que serás el querubín Que estos paraísos guarda. No soy Juno, ni soy Palas, Diana, Venus ni Leda; Mas soy doña Ana Ramírez De Vargas, en quien se encierra, Por acciones generosas, Y por virtudes inmensas, De todas ellas la gloria, Y el valor de todas ellas. Y así, señor conde, haced, Que esa gente atrás se vuelva, O yo les mostraré cómo Estas casas se respetan. ¿Vos con gente? ¿vos con armas? ¿Vos con rigor y fiereza? ¿Vos desestimando patios? ¿Vos atropellando puertas? ¿sabéis que estas casas vive, Rico de heroicas empresas, El alcaide de Madrid, Jasón de aquestas fronteras? ¿sabéis que es deidad su nombre, Y que estos bronces y piedras, Con mucha veneración, Su autoridad representan? Volveos, y no permitáis Que atrevida y descompuesta, Haga que de este venablo El imperio se obedezca. Proseguid, que en el furor Mas vuestra beldad se aumenta, Que por diluvios de rosas, Que la cólera desflueca En provincias de cristales, Y en monarquía de estrellas, Fulminando rayos de almas, Se asoma a vuestra belleza, Excediéndose a sí misma, Como sale con vergüenza. Señor conde, bueno está, Porque no es ocasión esta De lisonjas: prevenid Con recato y con prudencia A cuantos vienen con vos, Que aquí comedidos sean, Y que se vuelvan atrás; Oh vive Dios que por fuerza Les haga con el venablo Salir con tanta presteza, Que unos tropezando en otros. Puedan terminar apenas La breve distancia que hay Desde el cancel a las puertas. Bueno está, que los que vienen Conmigo, es fuerza que vengan, Sino a averiguar traiciones, A calificar sospechas. Este es centro de lealtad, Y basta que en su nobleza El Vargas lo califique. Ya el Vargas es cosa muerta, Ya se perdió su arrogancia, Ya se humilló su soberbia, Y ya queda por traidor Preso. Quien lo dice o piensa. Se engaña. Su alteza es Quien lo piensa, y su alteza, Por esta cédula suya, Me manda que luego prenda Cuantos criados tenéis, Y que a vos os deje presa Con recato y con cuidado, Donde ha de hacer que os merezca Por fuerza amor, ya que ingrata Atropellas mis ternezas. ¿Mi padre está preso? Por traidor. Detén la lengua, Que pones falta en el sol, Que de escucharte se afrenta ¿Beltrán Ramírez de Vargas Traidor? ¿En Vargas sospecha De alevosía? ¿En Vargas Cosa que lealtad no sea? Y preso Mienten la envidia y la fama; Mienten los que le atropellan. Sea mentira o verdad, Preso vuestro padre queda; Y a ti, disculpadme ahora, Que aquí, con vuestra licencia, He de registraros cuanto Ocultan y manifiestan Vuestras casas, sin dejar En la más libre gaveta De los escritorios ricos, La lisonja más pequeña: Entrad. Ya licencia os doy. ¡Bella mujer! Gozarela, Pues la ofrece a mi apetito La ocasión. ¿Llorar la dejas? En tan graves enojos, Si llantos se permiten, Mis lágrimas amargas soliciten La muerte por los ojos, Y en corrientes despojos, Cada lágrima sea Un pedazo de alma, porque vea Castilla, en dolor tanto, Que mis lágrimas son almas del llanto. ¡Mi padre preso, y preso Por traidor y alevoso! ¡Alfonso de él quejoso! ¡En pecho tan leal, tan torpe exceso! ¡Loca estoy, pierdo el seso! ¡Ay, Bermudo! ¡ay, amigas! ¡Traidor Beltrán Ramírez! Que no es el sol más claro. Perdí padre, honor, perdí mi amparo. ¿Podrás salir, Bermudo, A avisar a mi hermano? Engañando al tirano, Saldré entre los soldados. Yo lo dudo. Mucho la industria pudo. ¡Ay, infelice día! Esto es, amigas, lo que yo tenía. No prosigas, Metedla en esa sala. Esta prisión el conde te señala. Sepulcro tendré en ella. Júpiter he de ser, si es Dafne bella. ¿Vil fortuna, qué es esto? Ya entre sus cartas las del moro he puesto. Entrad. ¿Sin mis criadas? Esas estén aparte aprisionadas. Dadme, cielos, paciencia. Ya bárbara ha de ser tu resistencia. A imposibles te encargas, Que muriendo y triunfando he de ser Vargas. Yo te veré de espacio: A palacio guiad. Hola, a palacio: Verme en la calle espero. Con plaza de soldado u de montero. Locos los descargos son, Culpando y contradiciendo La sumaria información. Las cartas lo están diciendo. ¿Qué dice en su confesión? Que es verdad, que vuestra alteza Vio las cartas y el puñal, Acción de tan vil fiereza, Y que él es noble y leal. Bien prosigue en su nobleza. Dice que el conde y marqués Son los traidores, y pide Que algún término le des Para probarlo. Si mide Vuestra alteza, que dios es De Castilla, la justicia Con la verdad, gran señor, Averigüe esta malicia, No se ofenda en un traidor La nobleza de Galicia. Marqués, de vuestra lealtad Y amor estoy satisfecho. Dame esos pies. Levantad. Cartas y puñal del pecho Nos comprueban la verdad. Ya la ejecución cumplí De vuestra ley soberana: Cofres y escritorios vi, Confisqué, prendí a doña Ana, Y las cartas traigo aquí Con los papeles que hallé. Carta es, marqués, del rey moro La primera que encontré. « Mi grandeza y mi decoro « Con tu amparo aumentaré. » Y esta es del moro también. ¿Qué más clara información? « Benalut y Abderramen... » «Si no lográis la ocasión...» Así cubiertas estén. «Que os ha de dar fama y nombre.» ¡Hay tal maldad! ¡Loco quedo! Que esto, señor, no te asombre. De Ayafat, rey de Toledo, Son todas. Esto al renombre De Vargas juntó el traidor. Ya el gallardo don Fernando Ramírez llega, señor, Con tus banderas triunfando, Porque viene vencedor. ¡Ah, traidor! venid, que quiero Que le prendan en palacio Después de oírle severo. Mi injuria no pide espacio. Juzgad la mía primero: Salga el conde a recibirle, Porque del padre el suceso Ninguno pueda decirle. Pocos saben que está preso. Dios a este Nembrot humille: ¿Qué decís de esto? Señor, No creyera hazaña igual. ¿Esta es su fe? ¿este su amor? No vive más el leal De lo que quiere el traidor. Ya, Garcerán, estamos A la vista del premio, porque aquellas Torres, que divisamos, Con desprecio del sol borrando estrellas, En diamantes escriben La majestad que de su luz reciben. Aquel es el palacio, Que entre los rayos de la escasa lumbre Se reduce a un topacio, Corona de este monte, y pesadumbre Del Manzanares frio, Que por él goza autoridad de rio. Gallarda vista tiene Madrid por esta parte. Tropa de gente viene. Parabienes serán. ¿No ves decirnos Mudamente las glorias Con que ha de honrar el rey nuestras victorias? Ya parece que llego, Y que glorioso Alfonso me recibe Con grandeza y sosiego; Y que mi padre alegre me apercibe Parabienes y abrazos, - Quebrando las ternezas con los brazos: Dichosas penas que hallan Tanto agradecimiento y tanto gusto. Si el suceso le callan, En las manos dará del rey injusto: Llegar quiero a avisarle; Pero el conde es aquel. He de abrazarle. Yo, Fernando, el primero, En tanta dicha, y en ventura tanta, Gozar la parte de estas glorias quiero. Siempre vueseñoría A honrarme se adelanta. Señor... Conde, Ventura es mía. Basta, necio. De ser vuestro, señor, me ilustro y precio. Conoced al barón del moro es panto. Confieso que a Aragón debemos Avisele por señas, [tanto. Y entenderme no quiere. ¿Vienes loco? Tú, que al marte despeñas, É inadvertido vas, no lo estás poco: Háblole por la mano. Sin seso estás. No estoy. Vete, villano. Siempre de vos recibo, Fernando, estas mercedes y favores. En vuestro amparo vivo: Ved, barón, uno aquí de los mayores Amigos, que yo tengo. ¡Si lo supieras bien l. Ya me prevengo Para ser su criado. De mi dueño os preciad. Para avisarle A recibirnos Ningún remedio he hallado: ¡Cielo, aviso no he podido darle, Y en palacio se ha entrado! Ya temo su prisión. Glorioso efecto Tendrá nuestra fiereza. Plaza. Ya, Garcerán, sale su alteza. A esos pies soberanos Ofrezco un escuadrón roto y vencido, Despojo de estas manos, Que vuestras son. Fernando, bien venido. ¿Os entráis sin oírme? Ya sé por fe lo que queréis decirme. Oíd, señor, mi gloria, Que no es para callar tan gran victoria, Y aunque el exceso es mucho, Perdonad si os detengo. Ya os escucho. Llegué con Garcerán, que está Adonde España dividir procura, [[presente, Con un Tajo de plata trasparente, Del claro Portugal la Extremadura: Era púrpura entonces el oriente, Y el sol en rosicler y en nieve pura, Iba formando ejércitos la aurora, Que osada imita la cuadrilla mora. Que como de las sombras redimían Aljabas y almalafas sus colores, Hermosas primaveras parecían, O abriles anegados entre flores; Y en los turbantes, que en el viento hacían, Mendigando del sol los resplandores, Golfos de plata y piélagos de espumas, El cielo era un pavón de ricas plumas. Al bárbaro escuadrón medio despierto Descubrimos en fin, que a un monte daba Azucenas y rosas cono el huerto, Que la ciudad de Miño coronaba: Cesan nuestros clarines, que el concierto De sus dulces jabeas remedaban, Porque a los dos la empresa reducida, El moro a la batalla me convida. Admito el desafío, y salgo luego A la palestra, en que aguardando estuve En un rayo andaluz, monstruo de fuego, Que una vez es astilla y otra nube: Hipogrifo le juzga el campo ciego; Y el sol cometa, que a eclipsarle sube, Que unas veces ligero, y otras grave, Goza en los vientos privilegios de ave. Era tigre en la piel como retrata Entre flores abril, curioso toro, En quien siembra con círculos de plata, Pórfido a líneas, salpicadas de oro: La cola, que en culebra se desata, Pompa del sol, y de su luz decoro, Golfo de tornasoles parecía, Y la crin lisonjera argentería. Era un monte su pecho, y su cabeza Tan recogida y breve, que a un diamante La quiso reducir naturaleza, Siendo en todo a una perla semejante; Tropezando en su misma ligereza, Burla el viento, soberbio y arrogante, Tanto, que el viento, allí por imitarlo, Quisiera no ser viento y ser caballo. A esta ocasión el moro al puesto llega, Danzando al son del militar ruido, Con los compases de una alfana griega, Alabastro con alma y con sentido: Cisne parece, que en el sol navega, Por nubes que ha burlado y desmentido: Que entre ellas quiere el bruto que presuma Que hay estrellas también que visten pluma. Era un jazmín la yegua poderosa De cola y crin, de cuello angosto y breve, Ancha de pechos, de ancas portentosa, Dando en ellas al sol montes de nieve: Llamas sus ojos son, su testa hermosa, Que entre ondas de marfil estrellas bebe, Lágrimas de Ceilán, pues al moverla, Le dio la vista admiración de perla. Tocan a acometer, y como fieras Los dos monstruos se miran, engrifando, Sobre las manos sueltas y ligeras, Los pechos en su espuma están nadando: Entre tanto las lanzas lisonjeras, Como juncos al sol los dos vibrando, Quebradas, sin piedad y sin mancilla, Átomos dan al aire astilla a astilla. Pasaron los dos botes las adargas, Y empuñando diamantes por aceros, Excusando, señor, arengas largas, Fuimos allí los dos cíclopes fieros: Yo soy, dijo, Alcatar.— Y yo soy Vargas, Le respondí soberbio; y tan ligeros Mas a pavor los dos nos embestimos, Que en los caballos dos faetontes fuimos. Busco el moro en el suelo, y con tal ira Le atropello y le mato, que pensaba La muerte, que su muerte era mentira, Aunque muerto y sangriento le miraba: Corre la voz, la escuadra ya se admira, Y como oyó que el general faltaba, Bañada en confusión y en llanto triste, Sin aguardar concierto, al nuestro embiste. Recibiole con gusto y alegría, Añadiendo con su llanto más tristeza, Que pudo entonces la victoria mía Infundir en mi pecho fortaleza: Garcerán, que a mi lado la regia, Ilustró de sus barras la grandeza; Y al fin, rendido el moro, a vuestros ojos Vengo con los trofeos y despojos. Vuestra Cáceres es, vuestra Trujillo, Alcántara, Corín y Calisteo, Sin darle al moro en el menor castillo El palio de lisonja ni trofeo. Si bien obráis, más bien sabéis decirlo Mas bien lo obro que lo digo. Yo lo creo; Quedaos viendo ese espejo único y raro, Miraos en él, aunque no está muy claro. ¡Válgame Dios! En el suelo Se derribó sin sentido Don Fernando; enternecido Estoy en su desconsuelo. ¡Que este rigor sufra el cielo! Mirad que el sol se avergüenza Que lloréis. Mi amor venza, Y en tan profundo pesar, Ojos, bien podéis llorar, Sin dejarlo de vergüenza. Espejo limpio y leal, Dejadme que en vos me mire, Si no es que de vos me admire, Viéndoos en bajeza igual: ¿Quién, generoso cristal, En castigo de los dos, Os trató así? mas, ¡ay Dios! Que el rey, que en vos se ha mirado. Envidioso os ha quebrado, Porque no me mire en vos. Cristal de mi corazón, ¿Cómo así me recibís? ¿Quién os hizo de rubís Tan sangrienta guarnición? No ha podido ser traición Fiereza y cuidado igual, Rigor ha sido fatal, Y de la envidia estos fines, Que en los regios camarines Corre peligro el cristal. Huye, señor, que a prenderte Viene todo el mundo. Loco, Si el honor vale tan poco, Su premio estará en la muerte Prendedlo. De aquesta suerte, Fieros, me dejo prender: ¿Garcerán? Tuyo he de ser. ¡Invencible resistencia! Pelea en mí la inocencia, Y ella me ha de defender.
JORNADA SEGUNDA
La torre derribad. Todo tu intento. Alevoso marqués, es derribarme: No se ha de lograr tu pensamiento. Ya lo verás. Traidor, sube a matarme. La torre derribad por el cimiento. Todo el mundo se excuse de irritarme, Porque me da Martin, que me socorre, En ladrillos y en piedras media torre. Llegad con picos. Estas son del santo Las reliquias divinas. Imposible Ha de ser escaparte. Pues en tanto, (Tira.) Recoge este ladrillo. Es invencible. Ripio, Bermudo. En su valor me espanto. Aquí hay ladrillo, perro. Es invisible Este ladrillo o no? Ripio, Bermudo. (crudo. Bern. Aquí hay ladrillo, perro, y ripio Bronce debe de ser, pues en tres días Que le tiene cercada tanta gente, No ha perdido el valor. ¿Vencer porfías El alcázar del sol, claro y luciente? Ripio, Bermudo. Hermosas niñerías. ¿Garcerán? En la puerta es Cid valiente. Poned fuego a la torre, y los soldados La prueben a asaltar por los tejados. ¿Tres días sin comer? ¡cosa notable No puede ser, alguno le socorre. ¿Cómo, si está cercado, y no hay quien hable Con él, cuarenta pasos de la torre? Cercado has de tener fin miserable: Rabiando has de morir. Buen viento corre, Será camaleón. Entre estas hiedras Ladrillos comeré, comeré piedras. Paréceme, señor, que este villano, Fingiendo algún descuido, ha de prenderse: Haz que el tumulto bárbaro y tirano En parte esté, que de él no pueda verse; Que viendo esta mudanza, es caso llano Que a poca gente, hambriento, ha de atreverse; Y cuando en tal facción lleguen a verle, Con gran facilidad podrán prenderle. Paréceme muy bien tu pensamiento. Manda apartar los jueces y merinos. Prosigue en tu maldad; sigue tu intento. El rey castigará tus desatinos. Aquí regañarás, que por el viento, En cestas de oro y vasos cristalinos, Con pan nos da Martin su vino puro; Y allá va un cuarterón, mira si es duro. Traidor, cercado estás, y así cercado Rabiando has de morir: retirad luego Esa gente, y el pueblo alborotado Se reduzca a su paz y a su sosiego; Queden las guardas solas, pues cercado Le tengo en San Martin a sangre y fuego: En él por hambre has de dejar prenderte. Comereme la muerte, y no habrá Es muy dura y cruel. Más cruel y dura muerte. Es, marqués, la traición que te sustenta. Esa te infama a ti. Cándida y pura Saldrá la gloria a redimir la afrenta. La de tu padre desmentir procura. Yo haré que en el sepulcro se des mienta. Pregonad otra vez, pena de vida, Nadie le dé comida ni bebida. Rompe más. Ya salir puedes, Porque ya en la cueva estamos De la sacristía. Hallamos Resistencia en las paredes. ¡¡Notable resolución! Cáncer de sótano has sido: Toda una calle has rompido. Generosa compasión De este noble caballero, A esto me pudo obligar. Puede el sótano llegar, Si importara, hasta el terrero Del palacio: tan tratable Es este collado, en quien Entre pedernales ven Este lugar admirable Templanza. Fundado en fuego, A Venecia burla en agua: Y así, los hijos que fragua, Con alto desasosiego, Son centellas, que en el sol Rayos se han visto volver. Al fin, ¿qué intentas hacer? Amigo, un hecho español: Dar libertad por aquí A don Fernando. ¿Y la vida? Pedro Alonso, bien perdida Será por quien me perdí. ¿Qué dices? Y gallarda resistencia De don Fernando, excelencia En las grandezas de amor. ¿Y la gloria de Lujan? Con tan alta acción se aumenta E ilustra, porque la afrenta Los vituperios la dan; Y un caso tan generoso Antes aumenta el honor. Si es don Fernando traidor Al rey, darle a un alevoso Amparo, traición será; Que aunque me ves escudero, Sangre de Segovia adquiero. Pedro Alonso, bueno está: Que amo el valor Ya determinada estoy En librarle. En servirte. Tú verás El premio. En la iglesia estás. Aquella tumba prevén, Con que cubrirse podrá La cueva que abierta ven. Dices bien; Teodora, ten: Famosa la trampa está. Y yo también Como puertas y ventanas El marqués mandó tapiar, Y no dejar celebrar Las ofrendas soberanas Que a Dios se envía, oscura Está la iglesia. Detente, Que hay rumor. Juzgo que es gente. Pues esconderte procura En la cueva, hasta saber Si es gente de paz o guerra. Viva la tumba me encierra; Mas muerta debo de ser. Alzad la tumba y entremos. Entrad las dos, que ya os sigo. Venid a morir conmigo, Hasta que resucitemos. Ya no puedo resistir El rigor. Toma mis brazos, Muere, Garcerán, en ellos; Y porque logre tus años, Aguarda, me abriré el pecho, Para que los dos vivamos Con la vida, que los cielos Guardan para agravios tantos, Y así venceré a la muerte. ¡Ay, amigo! ¡Ay, desdichado Caballero! Y tú, Bermudo, Anímate. Apenas hablo, Por no enojará las tripas, Que en meneando los labios, Pensando que digo brindis, Me responden aceptando. Por necia tuve la sed Cuando me incitaba a tragos; Pero la hambre lo es más, Que a tragos me está matando. Huya de mí san Antón, Que si está en algún retablo, Le he de dejar sin cochino. San Nicolás en el plato Esconda su perdigón, Que he de comerlo a bocados, Que mi hambre no repara En perdigones de palo. Martin divino, que estáis Con aquese pobre el manto Partiendo, partid conmigo Una hogaza: ¿menearon La tumba? ¡Válgame Dios! San Gil, san Cosme, san Braulio, San Pantaleón, san Lesmes, San Agapito, san Fabio. ¡Gran refrigerio es el miedo Contra la hambre! estoy harto: ¿Harto digo? es poco, ahíto Estoy. ¿Qué traes? ¿Qué traigo? Mal olor. ¿Qué has visto? He visto En aquella tumba hablando Mil almas del purgatorio; Y pues en tan breve espacio Caben, de criados son, Que murmuran de sus amos. Todo es hambre. Almas, si no son acaso Eclesiásticos ratones. La tumba se está meneando: Dice bien. ¡Válgame Dios! Calla, cobarde. Ya callo. Garcerán, detente. Tú. Si hubiera más encantos En ella, que intentó Circe, Me vieras atropellarlos: Si son almas, alma tengo; Si son ministros tiranos Del rey, don Fernando soy; Y si diablos, yo soy diablo: Ruede así de un puntapié La tumba. Ya estoy temblando. Que son, digo, Llega ¡Mas válgame Dios! ¿Qué es esto? Yo soy alma. ¿Quién con pasos Tan graves se nos acerca? Ténganse, porque en la mano Traigo el acero desnudo, Y cuando me enojo es rayo. Con almas del purgatorio Solo valen los rosarios, No espadas ni valentías. Embiste. Yo solo basto: ¿Quién eres tú, que te acercas? Alma soy, que estoy penando En tu pecho. ¿Pues mi pecho Es tu purgatorio? Y hallo En él, aunque peno en él, Mi sosiego y mi descanso. Cuerpo seas, o alma seas, Tente, que te haré pedazos, Vive Dios. Ya me detengo, Generoso don Fernando. ¿Quién eres? Verás lo ahora: Saca esa luz. Ya la saco. ¡Válgame Dios! No te admires, Joven ilustre y gallardo, Que efectos de tu valor A esto han podido obligarnos. Decidme lo que queréis, Y quien sois. Ya estáis mirando Quien somos: lo que queremos Es, quereros, sin agravio De nuestro honor, que se fía Del decoro y del recato. Y al fin, para que sepáis Quién somos o qué buscamos, Escuchad. Aunque en la nube Del velo me estáis hablando, Proseguid, que a vuestra voz Serenos los tres de mármol. Yo, don Fernando Ramírez. Soy hija de un mayorazgo De esta villa, cuyas casas, En sus fachadas y patios, Dan en escudos, que están De la eternidad triunfando, Espíritu a su nobleza En pórfidos y alabastros: Y aunque mis blasones digo, Mi nombre callo; que cuando Se ha de hacer un beneficio, Debe el que es noble callarlo; Porque el hacerlo diciendo Quien, es dejarle obligado, Cuando es pobre, a agradecerlo: Y cuando es rico, a pagarlo. Y así yo, que solamente Aquí de serviros trato, Cuando os hago el beneficio, Mi nombre en silencio paso. Al fin, desde un mirador De mis casas, que del sacro Edificio en que nos venos, La distancia están mirando En cuatro casas, que en medio impiden su breve espacio, Vi el impensado rigor Del pueblo inconstante y vario; Y a vos defendiéndoos de él En el chapitel más alto De esa torre, donde os tiemblan, Y donde vos tan bizarro, Triunfando de la fortuna, Estáis del amor triunfando; Que como son sus efectos Parecidos de los casos, Flechas halla en las desdichas. Arpones en los agravios. Y así, gentil de los vuestros, Contra mi pecho da el arco Puntas, que flechan mi vida, Flechas que apuntan mis años; Pues rendida en vuestras penas, He intentado, por libraros, Un hecho que por glorioso, Por memorable, por raro, Puede atreverse a pedir Blasones de temerario. Pues con silencio y secreto, Tan heroica acción fiando De los que veis, he podido Romper, a fuerza de brazos, Desde una profunda cueva, Que encubre en mi casa, cuanto Hay de ella hasta la cueva, Por donde a la iglesia salgo; Que como se corresponden, Por la piedad del peñasco, En Madrid las cuevas, pude EL TEJEDOR DE SEG0VIA, I" PARTE. Por ellas ejecutarlo. Para daros libertad Y vida, os he abierto el paso, Lograd la ocasión dichosa, Pues que ya lo tenéis franco. Triunfad del rigor, triunfad Del rey, que sangriento y bravo, Quiere en vuestra juventud Escarmentar sus vasallos. Vuestra lealtad atropellan Envidia y pechos ingratos, Que quieren que haya también Españoles Belisarios. Mi amor os da esta ocasión, Que en ver que os defiendo y guardo, Veréis que os adoro y quiero, Sabréis que os adoro y amo. Solo libraros pretendo, Que es mi amor tan noble y casto, Que solicita en perderos La majestad del ganaros. Y ahora admitid con gusto Lo que en esta cesta os traigo, Que estoy cierta que en tres días No habéis comido bocado. Comed, que daros quisiera, Deshecha en egipcios vasos, La lisonja del Oriente, Del nácar luciente parto. Y pues ya se ha satisfecho Mi amor en sí mismo, usando Esta clemencia con vos, Sin más premio que libraros, Quedad a Dios, porque tengo Honor, nobleza y hermano; Y al fin, enemigos, que es Decir que tengo criados. Y Dios, don Fernando, os dé La ventura de Alejandro, La seguridad de César, Y la grandeza de Darío. Y de la nube en que os tiene Ahora el tiempo eclipsado, Salgáis como el sol al mundo, Rigiendo imperios de rayos, De vuestro rey conocido, De la fortuna premiado, Desvaneciendo traidores, Y atropellando contrarios. Que ver solo satisfechos Merecimientos tan altos, Es el premio que deseo, Por la vida que consagro. A oscuras no nos quedemos, Ya que con cesta quedamos: Esta me encended. Amor, Este silencio te encargo. Adiós, Habacuc bendito, Que nos dejaste en el lago De los Leones la cesta. ¡Rara mujer! Los romanos Tan alta matrona envidien, Y callen los holocaustos De Artemisa. Amor la debes. La libertad que restauro La pagaré agradecido. Vive Dios, que me desmayo. Mira lo que hay. ¡Santa cesta! Unos manteles más blancos Que sus manos. Mucho dices, Porque eran cristal sus manos. Ten así, y pondré la mesa, Iré viandas sacando: Cubierta de flores viene, Sin duda es cesta de mayo. ¿Es naranja? Y candelero: En ella la vela encajo; Si estos candeleros sobran, Vive Dios, que es un borracho El que de plata los busca. Saca y calla. Callo y saco: Seis panecillos de sopa Son estos, y este es un frasco: De San Martin será vino, Pues en San Martin estanos. Brindis, señor generoso; La salva a los dos os hago; Pues vive Dios, que es la madre De las ranas y los patos: ¡Oh traidora! ¿, en frasco vienes? Me recelo, si es el caño De Leganitos o Pera, Que eres en cristales claros, La opiladora del mundo. Calla y saca. Callo y saco: Aquí hay rabanitos porros, Que tiernos y colorados Pican: de Olmedo parecen. ¿Qué es eso? Salpimentado Un cobarde. En las comidas, Es el más valiente plato: Tierno está. Dale ese pecho, Que parece de alabastro, A Garcerán. Ea, amigo. El pan. Traguitos y a ello: ¿Eres novio? Don Fernando, Don Fernando, ¿tierno ahora? ¿Lágrimas ahora y llanto? Si está el descanso en la muerte, ¿Para qué los desdichados Han de comer? no soy noble Ni tengo honor: ¡fuerte hado! ¡Ay, espíritu glorioso, Que en pavimentos de estrellas, Hoy pisas con plantas bellas Ese alcázar luminoso! Perdonad, si generoso No o he vengado. ¿Qué es esto? Seguidme. ¿Qué hacer intentas? Redimir tantas afrentas, Y agradecer tanto amor. Mi hermana en poder está Del conde enemigo y fiero, Y de ella vengarme quiero, Ya que la ocasión me da: Muera a mis manos, pues ya Rigor y afrenta tan clara, Con su muerte se trocara: ¡Qué deidad Lucrecia fuera, Si antes la muerte se diera Que Tarquino la gozara! Tú, Bermudo, me dijiste Que ingrato la amenazó, Memoria que me bañó Los ojos en llanto triste: Y aunque el honor se resiste Muchas veces del poder, Es inconstante su ser, Y no se ha de aventurar, Que no es cordura probar Vidrio, espada ni mujer. Seguidme. Y esta pierna: Apenas paso Señor, Tener honor: Es de gentil, Ser romano Quiero con valor cristiano, Si los rigores lo son: Quitar quiero la ocasión Del agravio en su prudencia. ¡Bárbara y fiera sentencia l ¿Por qué ha de morir doña Ana? Por delitos de mi hermana, Y por culpas de inocencia. Mira... Que despedace y que mate Al que de ampararla trate: ¿Vos sois mi amigo? vos? vos? Porque lo somos los dos Os doy tan cuerdo consejo. Pues si en las manos la dejo Del conde en esta ocasión, Quebrará la guarnición, Como ha quebrado el espejo. Matémosle. Es imposible, Que no hay quien tanto se guarde, Garcerán, con un cobarde, Que se hace al viento invisible. Pues en acción tan terrible, Un medio te quiero dar, Con que la puedas matar, Menos fiero, aunque es tan bueno. ¿Cómo? Resolución - Advierte... Vive Dios, Dándola un veneno. Bien dices. Confeccionar Lo sé yo. ¿Y da de repente La muerte? Quita la vida Esta sangrienta bebida Brevemente y dulcemente. Pues luego, amigo, se intente. Yo a confeccionarla voy. Ahora tu amigo soy. Ya el llanto apenas resisto, Que aunque a su hermana no he visto, Compasivo y muerto estoy. Por horas peligro corre Mi honor. La noche siguiente Morirá, si a un inocente El cielo no le socorre. Pues yo me subo a la torre. Yo a ejecutar el rigor, A la cueva de tu amor Desciendo. ¡Sentencia ingrata! Hermana, tu honor te mata, Que es tan bárbaro tu honor. (Vase él por el sótano, y ellos por la puerta de la torre.) Será imposible el vencerla, Que es arrogante y terrible. Todo el rigor lo atropella: Yo allanaré el imposible, Si hay imposibles en ella. Resuelto esta noche estoy En gozarla o en matarla, Y así al sol priesa le doy. Todo la noche lo calla. Ya aprehendí, y demonio soy, Que apartar de mí no puedo La aprehensión: el rey se va A Segovia, y dueño quedo Yo de Madrid, y no hay ya Persona a quien tenga miedo; Que su hermano en San Martin, Tapiado, ya estará muerto. Postró su arrogancia al fin El cielo. Este sol cubierto De clavel y de jazmín, En cuyos labios amor Abeja pretende ser, He de burlar flor a flor. Tu padre viene. Esto es ser Bárbaro, ingrato y traidor. ¿Conde? ¿Señor? ¿Qué has sabido De don Fernando "? Que está Tapiado, mas no rendido. El cielo aliento le da, Pues tanto se ha resistido: Hola, dejadnos, Ya, conde, Somos los reyes los dos; Con prudencia corresponde, Pues de los ojos de Dios Pensamiento no se esconde; Y no hay humano secreto, Que no revele en su abismo Divino y alto decreto. Vuestra excelencia en sí mismo, Pues es prudente y discreto, Consulte en esta ocasión Lo que debemos hacer. Entretener la traición Con el moro hasta tener Segura la posesión Del reino. Ya vuecelencia Mudará Segovia hace La corte. De mi elocuencia Tanto el rey se satisface, Que en su cordura y prudencia La suspende, y así soy Alma en su yugo y su ley; Y amado del reino estoy, Tanto, que parezco el rey Cuando por la corte voy, Porque afable y lisonjero, A todos trato cortés; Que el privado que es severo, Blanco de las lenguas es De todo ese vulgo fiero. Y así, yo solo he podido Sacar de Madrid la corte, Que solo y mal defendido Su muro, al sangriento corte Del que en Júpiter ha sido Rayo, y es alfanje ahora De Almuzaf, no ha de poder Resistir, y vencedora Su media luna, nacer Le veré en su roja aurora Coronado y vencedor. ¿Está, marqués, prevenida Mi partida? Ya, señor, Os aguarda. Es conocida Muestra de lealtad y amor, Marqués, la puntualidad - Que en darme gusto ponéis. Vivo en vuestra voluntad; Luego partiros podéis. Segunda vez pregonad La mudanza, y asistid En el camino conmigo. ¿Y el conde? Quede en Madrid: Conde, ese fiero enemigo Acabad y perseguid: Y a su hermana llevaréis Presa a Segovia, que en ello Gusto y servicio me haréis. Sin matarlo y sin prenderlo, Gran señor, no me veréis” En Segovia. Levantad, Conde, alcaide de Madrid. Engrandecéis su humildad. Canciller mayor, venid. ¡Gran señor! Alzad, entrad. Mirad, Fernando mío, Que mi vida lleváis, volved por ella. ¿De mi la confiáis? De vos la fio. ¿Pues quién vida tan bella, Sin ofenderme a mí, podrá ofenderla? Antes se ha asegurado, Porque es siempre inmortal un desdichado: Haced que en vos resida, Que en mí, señora, os cansará la vida. Preveníos de recato Al salir de la villa. Por ahora De ser vuestro en la cueva solo trato. ¿Qué, no os vais? No, señora, Hasta beber el llanto de la aurora, Resuciten tres muertos, Con las tres capas, que nos das cubiertos. Capas son de mi hermano, Que en albricias las doy del bien que gano. Recogeos. - Hasta el día Estrella pienso ser, y estar despierta. ¿Has caído en quién es? Doña María Lujan, que está en su casa. Estará abierta Hasta el alba la puerta. Si vos la hacéis la salva, Con vos siempre será puerta del alba. Miradme por mi vida, Aunque por vos perdida, es bien perdida. Triunfaré en sus rigores. Dios os libre, Fernando, de traidores. Mucho, amigo, la debes A esta heroica mujer. Es mujer santa. Cuando en brazos del fénix me renueve, Pagarla me verás clemencia tanta. ¡¡Triste noche! Se espera De verme tan trocado, Que aun la noche ofende un desdichado. Antes tiembla de verte Salir a ejecutar tan fiera muerte. ¡Ah, pundonores viles! Cristianos parecéis, y sois gentiles. Ya en nuestras casas estamos. ¿Estas son tus casas? Y te has de quedar aquí, Amigo, hasta que salgamos, Mirando si el conde viene, Que en su nombre he de llamar, Y a las guardas engañar. Llama, la ocasión previene, Pues ves que tu amigo soy. Da a esa puerta un puntapié, Que en respondiendo, diré Que a matar mi vida voy. Si; ¿Quién es? ¡Loca inadvertencia ¿Al conde no conocéis? Señor... Disculpa tenéis. Dios vuelva por la inocencia. Cerrad, y dadme la llave. Esta noche es el rigor. ¡¡Triste dama! ¡Pobre honor! Callemos, que el caso es grave. ¿Quién se vio en tal aflicción? ¡O infelice caballero! Aquí disculparte quiero En tan rigorosa acción, Puesto que es gentilidad, Entre el rigor descompuesto, Que Dios a veces ha puesto En el veneno piedad. Gigante de aquella esquina Quiero ser, donde verán Los cielos, que es Garcerán Mas rayo que no Molina. Pienso, Bermudo, que estoy En las provincias del sueño; No he visto tan gran quietud, No he oído tan gran sosiego. En corredores y patios Las guardas están durmiendo; Y en sus cuartos los criados Están haciendo lo mesmo. Todo es pálido letargo, Todo es profundo silencio, Y en sueño tan rigoroso Mi honor no ha de estar despierto. Lo que me ha admirado más, Es, señor, que estén durmiendo Las dueñas, que son demonios Vestidos de blanco y negro. Pero ya en el cuarto estamos De mi señora. Ya tiemblo La crueldad, que la inocencia Tiene soberano esfuerzo: ¿Qué hará? Durmiendo estará. Cuando el honor es discreto, No duerme en tan graves casos, Argos en sus males hecho. Abierta la puerta está. Por mal agüero lo tengo. En la virtud de tu hermana Son bárbaros los agüeros: Entra. Tropecé en la alfombra. Honor tropezando entró, Cerca de caer estoy Por vos, pues por vos tropiezo. Luz hay en su alcoba. La cortina. Corre Hermoso y bello Espectáculo. Volvamos A cerrar, porque estoy cierto Que tan divina hermosura No ha de consentir afecto. Los cuerpos son unos vasos De cristal, y está diciendo La pureza de las almas La hermosura de los cuerpos. Y así, en tan rara hermosura Alma hay perfecta; &, mas vengo Yo dudando de su honor, Que le disculpo y defiendo? Bien sé que doña Ana es sol Cándido y puro; mas temo Que una nube se le oponga, Sus rayos oscureciendo. Escribiendo estaba. El papel. Podrás leerlo De rodillas. ¡Ay, Bermudo, Que en pie mis desdichas veo! « Ya, hermano, que la fortuna c« Y el rigor nos dividieron, « Como a tórtolas del nido « Los cazadores sangrientos, « Y nos quitaron la vida « Con un afrentoso exceso « En nuestro glorioso padre, « No permitáis que soberbios « Se atrevan a nuestro honor; « Mirad que aunque lo defiendo, « Soy mujer: harto os he dicho. » Pasa adelante. No puedo, Que aunque el honor me irrita, En el amor me enternezco: ¿Quién se vio en desdicha igual? ¿Quién se vio en igual aprieto? ¿Que el sacrificio de un ángel Me ha de dar honor? No quiero Honor, triunfe de ella el conde: Ven, Bermudo. ¡Ay, Dios! ¿qué es esto? ¿Quién en mi retrete mismo Se atreve así a mi respeto? Gente es de paz: sosegaos. ¡Válgame Dios! no lo creo: Hermano mío, Fernando De mi alma, honor, remedio De esta huérfana afligida, Solo y último consuelo Que en el mundo me ha quedado, Amparadme en vuestro pecho, Defendedme en vuestros brazos. ¿Estáis bueno? ¿Venís bueno? Malo estoy por lo que he visto; Bueno estoy, porque te veo. Volved a abrazarme, hermano; Maldigo, padre, que el cielo Ya de hermano os trueca en padre, Pues otro padre no tengo. ¿Cómo os habéis atrevido A entrar aquí? que es poneros En las manos del rigor, Y quedar rendido y preso, Que con cien hombres asiste Siempre el conde aquí. Muestra Resuelto Vengo a morir y a matar; Y así, si al bárbaro encuentro, No le han de valer sus guardas. ¡Ay, hermano, que así os pierdo! Y no hay ganancia segura, Como yo llegue a perderos. Fuerza es, si queréis ganarme, Perderme, porque perdiendo Me ganas; y si no pierdes, Los dos el honor perdemos. Pues para ganar, hermano, ¿Qué se ha de perder? Suspenso No estéis: ¿qué se ha de perder"? La vida vos, y yo el seso. ¿La vida? La vida: tanto Vale, hermana, el honor nuestro. ¿Y quién me la ha de quitar? El mismo honor, que es tan necio. ¿Y quién lo ha de ejecutar Por él? Yo. ¿Vos? Yo, que tengo Su poder en causa propia, Y esta sentencia de premio. ¿Luego a matarme venís? Decid que a matarme vengo. ¿Por qué culpa? Es al revés El rigor de este decreto De los ordinarios. ¿Cómo? ¿No lo entendéis? No lo entiendo. Porque él os hace matar Porque no lleguéis a veros Culpada, porque culpada, No hiciera el dolor afecto. Porque inocente morís, Y en sacrificio tan fiero, No puede el dolor ser más, Ni puede el rigor ser menos. Hermana, el rey, persuadido Del marqués y el conde, ha puesto Su poder en acabarnos, Y su brazo en ofendernos. Traidor hizo a nuestro padre, Su lealtad oscureciendo, Y su cabeza arrancando De su generoso cuello. A mí me tiene cercado En San Martin, con intento De hacer lo mismo, y así, Con infamia y vituperio De nuestro honor, te ha encargado Al conde, de quien sospecho Entre sinrazones viles, Villanos atrevimientos. Yo he sabido, hermana (¡ay triste l), Que esta noche se ha resuelto, Atrevido y poderoso, Por fuerza burlarte, haciendo De nuestro honor soberano Bárbaro y torpe desprecio. Y así, para que no logre Tan atrevidos deseos, Apetitos tan incautos, Y tan torpes pensamientos, Quiero que des al rigor, Antes, de esta daga, el pecho, Que al de sus lascivos brazos; Y así, luego, luego, luego Has de elegir un puñal, O has de tomar un veneno. Si eso te puede traer Generoso adonde estoy, Sabiendo, hermano, quien soy, Escusado pudo ser: Muy bien te puedes volver, Sin que me ofrezcas así Veneno y puñal aquí, Que en mi honor, de glorias lleno, Tengo puñal y veneno Para defenderme a mí. Pero pues tan prevenido De rigores has llegado, Porque vuelvas consolado, Si temeroso has venido, El veneno que has traído, Sin temerlo y sin dudarlo, Elijo para ilustrarlo; Que si en ti animoso en ello Ha sido mucho el traerlo, En mí es menos el tomarlo. A su rigor me condeno, Dame el pomo de oro aquí, Que soy triaca, y de mi Está temblando el venen0: Y esta prevención condeno, Pues en la copa más clara Que lo trajeras bastara; Porque importante no era, Para que yo lo bebiera, Que en oro se disfrazara. Ya todo me lo bebí. Por Dios, que se lo ha bebido. Así gallarda he querido Triunfar del veneno aquí: Ya la inclemencia vencí Del rey y del conde fiero, Triunfando me considero; Y en acción tan torpe y vil Acabo como gentil, Y como bárbara muero. Ya espiró. ¡Notable exceso! Apenas sé cómo ha sido: Muerto estoy, cuanto corrido, Del mal pensado suceso: Ya mi ingratitud confieso En su pálido arrebol: No soy, Bermudo, español, Monstruo soy, soy tigre fiera; Mas (¡ay de mí! ) ¿quién creyera Que morir podía el sol? Dame el pomo, acabaré Con sus sombras mi vigor; Mas si es veneno el rigor, A sus manos moriré; La muerte el conde me dé: ¿Qué es esto? ¿Quién soberbio y descompuesto Nos da voces? ¡Ay de mí! ¿Tú aquí? Villanos, yo aquí, Triste, porque el sol se ha puesto. Puesto está el sol, que bañaba Los orbes de lumbre hermosa: Ya está pálida la rosa Que en jazmín fragancia daba, Del abril que coronaba De pesadumbre de olor, La frente del mismo amor Ya en sombras trocado veis; Y así, al conde le diréis Que vale tanto mi honor. Decid que sus luces puras Son del día menosprecio, Porque cuando llegue necio, Se halle en sus rayos a oscuras: Y aunque os parezcan locuras Las fuerzas de mis razones, Decidle que sus acciones Modere, si es español, Porque en poniéndose el sol, Se castigan las traiciones. Pasa delante, Bermudo. Prendedle. El que se moviere Morirá cuando el sol muere, Que llevo un rayo desnudo. A tu espada soy tu escudo. Toma esa llave, y abierta Deja con ella la puerta, Porque vea esa sin fe, Cómo salí, y cómo entré, Y que está mi hermana muerta. Entraos, llama a Garcerán. ¿Mas qué es esto? Atropellarme Aquí podrán y matarme; Mas rendirme no podrán. Atropellando le están: ¿No lo ves? Demonio soy. Amigo, a tu lado estoy, Que soy el conde. Buscando Te voy, yo soy don Fernando. ¿Qué dices? Que tras ti voy.
JORNADA TERCERA
¿Qué es lo que me dices, hombre? Que doña Ana... Con equívocas razones, La muerte en vaso penado; Mátame, necio, de un golpe. Digo que muerta hallarás A doña Ana. ¿Muerta? Anoche, Su ingrato hermano la muerte Le dio, porque no la goces, Que encubierto entró fingiendo Tu autoridad y tu nombre. Vive el cielo, necio, infame..., ¿Tú, señor, te descompones? Muera, matadle, seguidle. Más vale que te reportes. ¿Que me reporte, decís? ¡Oh, fieros! dejadme: asombre Mi pena al cielo, pues hay En él quien muera de amores. ¿Pero ahora me suspendo? Ea, necias exclamaciones, ¿Y al sol que duerme, no voy A darle la vida a voces? Correr la cortina quiero: No me des, 546 DON JUAN RUIZ DE ALARCON, Tierra, cielos, mares, montes, Conmigo llorad, llorad, Que el sol las cortinas corre. ¡Válgame Dios! ¡tal crueldad En humanos corazones Pudo caber! ¡que un hermano, Con entrañas tan feroces, Tirano apagar intente Tan divinos esplendores! ¿Quién, mi aurora, tarde os hizo "? ¿Quién, mi día, os hizo noche? ¿Qué vil morador del Ganges, Que la piedad no conoce, Os trató así? ¿o qué tirano De la margen del Orontes? Cielo os dejé, estatua os hallo, Desmintiendo adoraciones De Fidias, porque con vos Sea el ateniense joven. Dadme muerta la que viva Me entregasteis; pero entonces Erais Dafne, y aquí os veo Laurel, que no siente ni oye. Dadme, laurel, vuestras ramas, Porque de vos me corone, Como Apolo. ¡Ay! ¡Oh fieras ilusiones! Guardas, criados. Señor, ¡Ay Dios! ¿Qué es esto? ¿Qué mandas? No sé. ¡Ay de mí! ¿Es la muerta? Señor, sí. ¿Pues no decís que el rigor De su hermano la dio muerte? Su hermano eclipsó la aurora, Y ha estado muerta hasta ahora. Venció el rigor de mi suerte La malicia del veneno; Mas si es el no tener dicha, Veneno de mi desdicha, La resistencia condeno. Viva está. La confección Este milagro concierta. Doce horas ha estado muerta, Porque ahora las diez son, Y a las diez entró su hermano, Cuando la muerte la dio. ¿Qué espero en mi vida yo? La gloria, que en veros gano. ¡Válgame Dios! En mis brazos, Que vos tanto aborrecéis, Este veneno hallaréis, Pues son veneno sus lazos. La muerte hallaréis en ellos, Si la muerte vais buscando, Que os solicitan amando, Y dais en aborrecerlos. Mirad si amor me debéis, Pues cuando de vuestra vida Es vuestro hermano homicida, En ellos vida tenéis. La muerte os dio su rigor; Y amor, que en mi pecho está, La vida, señora, os da: Ved si es milagro de amor. Pálida, difunta y fría Os vi; y pues vida tenéis, Y entre mis brazos nacéis, Amor dice que sois mía. Ya vuestro amparo murió En mil sangrientos pedazos, Y pues nacéis en mis brazos, Dejad que os ampare yo. Pues pudiendo ser tirano, Con la lealtad y el poder, Vuestro padre quiero ser, Y quiero ser vuestro hermano. Y así, cruel y piadosa, Preveníos, sin honra y fama, Por fuerza aquí a ser mi dama, O por gusto a ser mi esposa. Que la fe y palabra os doy Delante tantos testigos, Que los veréis enemigos, Si vuestro amigo no soy. Amor a vos me postró, Y me habéis de dar aquí Con vuestros brazos el sí, O con vuestra espalda el no. Antes que os responda, Conde generoso, Dejad que les dé Almas a mis ojos. Dejad que del pecho Salga el llanto en golfos, Que en rigor tan grave, El valor es poco. No lloro el amaros, Mis desdichas lloro, Que son, conde, tantas, Que en ellas me asombro. Yo soy la que ayer, Aun la libertad, Con desprecios propios, Que es faltarme todo. Fingiendo deidades, Compasiones busco, Desmentí decoros. Y rigores oigo, Yo soy la que al sol Que con las desdichas, Daba inciensos de oro, Todos se hacen sordos. Majestad de plumas, En tantos agravios, Vanidad fue todo. El menor escojo, Soberbio pavón, Que es la muerte en ellos, Que en su pompa loca, El rigor más corto. Viéndose los pies, El veneno elijo, Desmiente lo hermoso. Confecciones tomo, Venerar me hizo Mas cruel conmigo, Soberano Alfonso, Quiso ser piadoso. Ya en sus altos brazos, Inmortal me quieren Ya en sus sacros solios. Los males que copio, De esa voz mi padre Pues hasta en la muerte Fue el aliento solo, Hallo mil estorbos. Vida en sus consejos, Calla, si la llamo, Alma en sus negocios. Vuela, si yo corro: Crio lisonjeros, ¿Quién jamás en ella Que hizo poderosos, No vio pies de plomo Que fueron después Al fin, desdichada, De sus glorias monstruos. En cuanto propongo, Pues descomponiendo Soy de la fortuna Sus hechos gloriosos, Bárbaro despojo. Luz fue, que apagaron Todo al fin me falta, Del primero soplo. Todo me huye, y solo Y el que se vio altivo, Me sobra la vida, Despreciando tronos, Y así, al mundo sobro. Humilló al suplicio Y pues en tal trance Su valor heroico. Me admitís piadoso, Dio a un monstruo infame Y amparo me falta, Lo que fue en sus hombros Por mi amparo os nombro. Deidad, gloria ya Ya el rigor me muestra Traducida en polvo. Favorable el rostro, Murió por traidor: Que en tan gran señor, ¿Cómo me reporto, Lo que pierdo cobro. Cuando hasta en su fama Yo llamándoos padre, Veo estos oprobios? A esos pies me postro, Quedé como el lirio, Pues su falta suple Que en los verdes sotos, Un tan digno esposo. Si le estiman unos, Y así, la fe y mano, Le desprecian otros. Y el sí que os otorgo, Colegí en mi hermano Del vínculo sean Lisonjeros gozos; Dulce testimonio. Mas por lisonjeros Vuestra esclava soy, Me duraron poco. Y en fe que os adoro, Pues muerto también Disponed del alma, Con arrullos roncos, Como dueño propio. Tortolilla finjo Conde. Alzad, que envidio al suelo, En gigantes olmos. Porque le dais autoridad de cielo; Soledad estimo, Y en recíprocos lazos, Desventuras logro, Sea fénix amor en nuestros brazos, Que en desdichas tantas, Ana. Vuestra soy. Toda soy enojos. Conde. Y yo vuestro, Y tan sola estoy, - Que con el alma esta verdad os muestro; Que en mí no conozco ¿Que ya sois prenda mía? Dichoso el hombre que en amor porfía: Dadme esa mano bella, Cometa de cristal o limpia estrella. Y en ella os rindo el alma. Póstrense mis laureles a su planta. De esposa os doy la mano, Proceded como noble. Tan divina belleza, ¿Dudáis en mi nobleza? La nobleza, Si imposible allana, Tal vez suele servil, y ser villana. Hago al cielo testigo, Y a los que veis, de la verdad que digo; O a pedirme esta mano Venga, aunque es imposible, vuestro hermano, A cuyas manos muera. No prosigáis, porque matarme fuera, Siendo vuestro homicida, Si ya desde hoy sois dueño de mi vida: ¿Cuándo serán las bodas? En previniendo las desdichas to Porque el rey enojado, [das: Que te lleve a Segovia me ha mandado, Y hasta desenojarle, Es fuerza entretenerle y engañarle, Diciendo que le has ido; Y así, mudando el nombre y el vestido, Serás en una aldea Reina del alma, que adorar desea Tan divina hermosura. Donde ordenares estaré segura: Cuando gano ¡Ah, rigorosa estrella, Que a un traidor me conduces! Prenda bella, Venid donde esta gloria Mis criados celebren. No del amor ha sido, Sino de la desdicha a que he venido. Esto al veneno debo. Por él con vos mi juventud renuevo. Todo es ventura mía: Dichoso el hombre que en amor porfía. Juzgo que quieren romper Las tapias. Romper con todo Quisiera, que de este modo Viniera en Castilla a ser Nuevo Sansón en el templo, Muriendo y matando en él A este bárbaro, a este infiel, La victoria Por quien pálida contemplo Aquella azucena hermosa, A los cielos trasladada, Que en copos de luz bañada, Es ya estrella luminosa. ¡Notable gentilidad La de los dos! El amor Es gentil, y así el rigor Fue suyo. ¿La voluntad De esta divina Amaltea No encareces? Tal mujer Excede al encarecer, Y así es bien que deidad sea. Mas pasa a saber si ha visto Ese portento Lujan A mi amigo Garcerán; Porque apenas me resisto, Cuando advierto que por mí Se vio anoche en tal aprieto. ¿Él no vino acá, en efeto Con la gente le perdí; Y así, con cuidado estoy, Por ver si está preso o muerto. Bern. Que está libre es lo más cierto. Pasa a saberlo. Ya voy. Don Fernando, ya es razón Que esta clausura dejemos, Y que en el caso tonemos Gloriosa resolución: Vuestro heroico corazón Deje lugar tan estrecho, Y gloria y hazañas hecho, Salga a libertarse ya, Que si más opreso está, Vendrá a reventar el pecho. Corazón, bien el honor Me aconseja, salid luego A ser rayo y a ser fuego, Y a ser furia en el rigor: Por aleve y por traidor Estáis retirado aquí, Y el mundo lo entiende así; Y así, en rigor tan profundo, Salid a decirle al mundo, Corazón, que estáis en mí. Decid que en historias largas, Soberano é inmortal, Habéis sustentado leal La memoria de los Vargas: Y en las moriscas adargas Esculpid este blasón Segunda vez: corazón, ¿Dónde iré, si me fastidia Por una parte la envidia, Y por otra la traición? ¿A Aragón'? no, que es cuñado Su rey, de Alfonso ni rey, Y ha de ejecutar la ley En vos, de Alfonso indignado: ¿A Portugal? es privado Del rey, que todo lo alcanza: ¿Al moro? es baja mudanza: ¿Al cielo? airado le vemos; Pues, corazón, ¿dónde iremos? Don Fernando, a la venganza. Donde, o cómo se ha de hacer, ¿Corazón, qué nos importe? En la corte, con el corte Que te ha dado honor y ser: - ¿Cómo, si es tanto el poder? La industria todo lo alcanza. Dices bien, ten esperanza: A la venganza, Fernando; Pues tú me estás animando, Corazón, a la venganza. ¿Fernando? Excusad, señora, La luz, que así oscurecéis, Porque es la luz que traéis Poca para tanta aurora: Mirad que en vos se desdora Esa lágrima, que el día Topacio apenas le envía; Mas cuando la vela fuera El mismo sol, pareciera En vuestras manos bugía. Si cielo, señor, se niega La luz que siguiendo voy, Es, porque tan ciega estoy, Que hasta en mí la luz se ciega, Que como en mi mano llega A verse en vuestros despojos, Me da por rayos enojos; Y lo mismo del sol fuera, Cuando arrogante quisiera Atreverse a vuestros ojos. Mas aunque la luz es poca, Con ella vengo a alumbraros, Porque podáis escaparos Del rigor que así os provoca: Cuanto de mi parte toca, Porque tenga el caso efeto, Apercibiros prometo: Ved si escaparos podéis, Que en mí, Fernando, tenéis Joyas, dinero y secreto. Ya que me habéis dado luz Con vuestros rayos divinos, Pues luz del entendimiento Vienen a ser los avisos: Poned, señora, en la cueva La luz, en tanto que os digo Los arbitrios de mi amor, Que un pobre todo es arbitrios. Ya está en la cueva la luz, Y a vuestra voz le apercibo Veneración y silencio. Y yo a ese pecho le fio Secretos, que sabe apenas El alma que os sacrifico: Haciendo discursos varios En tan notorios peligros, Que prevengo desdichado, Y que temo aborrecido. Y viendo a mi padre muerto Por traidor, siendo más limpio Que ese racimo de luz, Que se desgaja en sí mismo: Y de mi hermana inocente Bañada en cárdeno lirio, Cuanto fue azucena, y cuanto Rosa, jazmín y narciso: Y viendo que estos agravios Piden descargos precisos, Quedando en eterna infamia, Si la verdad no averiguo, Elijo un medio imposible Para hacerlo, pues elijo La corte, en que me amenaza La lisonja y el suplicio. Al fin, resuelto, señora, Estoy a pasar los fríos Gigantes, que Guadarrama, Con bárbaro desatino, Atreve al cielo, quebrando En sus estrellas sus vidrios; Y en Segovia disfrazado, Aguardar desconocido, Tiempo, ocasión y ventura; Pues por sermones libros Sabemos que con el tiempo Muchos hay que la han tenido. Bien sé que a la muerte voy, Bien sé que voy al cuchillo; Pero entre cuchillo y muerte, Vengándome me eternizo. Esto he pensado, esto intento Y ejecutarlo imagino: Dadme, señora, el consejo Que en tal confusión os pido. Como me des la fe y mano De esposo, en vuestros designios Veréis con seguridad Prósperos fines. Lo mismo Digo yo, si pongo en ello Tan generosos principios. Y así, con la fe y con la mano Esta venganza confirmo, Seguro de que por vos Me he de ver glorioso y rico. ¿Que soy vuestra? Aquí a los santos testigos, Que mudamente consientan, Este vínculo divino: Que si con la mano os pago, Ellos, señora, que han visto Los beneficios que os debo, Verán que los beneficios, Si bien pagados no quedan, Quedan bien agradecidos. Cuanto y más, que a la pureza De los Lujanes le quito El lustre, y con vuestra mano Mis agravios califico. Con el Vargas le dais glorias, Pues lisonjeros los siglos De su lealtad, en vos hallan Disculpado este delito. Y pues ya soy vuestra esposa, A conservaros me obligo En Segovia disfrazado Con un modo peregrino. Este escudero, de quien Ha tres años que me sirvo, Hombre de peso y secreto, Aunque los viejos son niños, Fue en Segovia tejedor, Poderoso, honrado y rico; Que la fortuna también Tiene imperio en los oficios. Perdiose, y vino a servir, Pero no, a ampararnos vino, Pues tiene de resultarnos El premio de su servicio. A este, pues, juzgo engañar, Diciendo que errante sigo Un sol, que en la corté tiene Su oriente, y que he de seguirlo Disfrazada, haciendo a amor Autor de estos desvaríos. Darele para telares, Lisonjas de su ejercicio, Mil escudos, con que tenga, Fernando, para encubrirnos Caudal suficiente, siendo Su nuera yo, y vos su hijo. Y porque nuestro secreto Haced, señora, Esté solamente escrito En nuestras almas, sin verle En mas pechos repartido, Yo he de irme sola con él, Mudando nombre y vestido, Que el de humilde tejedora, Desde hoy, don Fernando, habito. Y previniendo una casa Humilde en el grande sitio De los tejedores, luego Podréis, en traje exquisito De peregrino o soldado, Disfraz de muchos perdidos, Preguntar por Pedro Alonso, En nombre de padre o tío; Que en poniéndose en la casa, Y en ella viéndoos conmigo, Yo haré que os quedéis en ella. Tengo de ser conocido Luego al momento; mas ya Un nuevo engaño fabrico Para desmentir los ojos, Pues viéndome libre y vivo, A mí mismo han de tenerme Por retrato de mí mismo. ¿Cómo ha de ser? Ocasión para decirlo, Después lo sabréis: al fin, ¿Cómo ha de ser mi apellido? Pedro Alonso. Pues desde hoy En el nombre me confío: ¿Y qué he de hacer en Segovia? Tejer, hasta ver el hilo De la venganza. Si en ella De estos fieros la consigo, Tejiendo, y no peleando, A trocar me determino Las lanzas por lanzaderas, En los telares metido: ¿Y tú cómo has de llamarte? Con equívoco sentido, Teodora, o te adora, señas De que te adoro y estimo: Y aunque Teodora me llame, La que te adora me digo. Agudeza es de tu ingenio. Del tuyo las participo: Voy a hablar al escudero. Vaya nuestro amor contigo: Déjame la vela. Adiós, Mi Pedro Alonso querido. Adiós, mi amada Teodora. La que te adora me digo. ¡Ah, mujer divina y bella No hay ahora La cena está prevenida. Pues la ocasión me convida, Del copete he de prenderla. Hay una hermosa ensalada, Que está diciendo, comeme. Quien se acobarda, quien teme, De su desdicha se agrada. Hay un gigote, que ha sido Incensario de un altar. Un muerto quiero sacar De una bóveda, y vestido Como estoy, persuadir quiero Que he sido muerto a traición. - Y hay un pernil y un capón, Que puede ser racionero. Divertido está: señor, Ven, que se enfría la cena. ¡Oh, Bermudo! en hora buena Vengas. Muévate el olor Del gigote. ¿No has tenido Nuevas de Garcerán? Señor. Bermudo, él murió, Y yo quien le ha muerto he sido; Toma esa vela. Sí haré, Y ven, señor, a cenar. Antes quiero levantar Esta losa. ¿Para qué? Para visitar un muerto Amigo. ¿Qué dices? Digo Que hablar quiero a un muerto amigo. No, Ya la bóveda has abierto: Entra, pues. Pasa adelante Con la luz. ¿Yo? Sí Tú. Entre el mismo Bercebú, Y con él un ignorante, Un casado, un presumido, Un don recién bautizado, Un bermejo, un bien logrado, "Que jamás fiesta ha perdido. Yo Y voy a envidar. Acaba ya. Eso es mandar, Señor, que me acabe yo, Porque aquí jamás entró Ninguno sin acabar. Entra, cobarde. No puedo, Porque hay cierto muerto así, A quien yo de palos di, Y se vengará, y no es miedo, Vive Dios, sino temor Del muerto, que un traidor fue, Y si allá dentro me ve, Sé que ha de decir, señor: Aquí de los muertos, muera. ¿He de enojarme? Ya vengo, Que un flux en las tripas tengo, Espera. Porque me dejara solo, Le apuré de aquesta suerte. Ahora bien, yo quiero entrar, Y el primer muerto que encuentre, Y más recién enterrado, Sacarlo aquí: ¡qué mal huele La bóveda! tales son Los perfumes de la muerte. Para poder resistirlo, Quiero el aliento beberme: Mas quien desprecia la vida, Dificultades desprecie. Ya estoy dentro, y aquí están Seis ataúdes (¡o suerte l) Cofres de este suelo son, Que el tiempo en carbón convierte. Este saco, que en el cuerpo Ha fingido parecerme, Y es el más fresco de todos, Mientras mis desdichas tiene. ¡Válgame Dios! muerto salgo, Mas salir sin que muriese, Milagro es, que a mi valor Atribuírsele puede. Meterle en la cueva quiero, Y mis vestidos ponerle, Dejándole en los bolsillos Mis cartas y mis papeles, Con este rosario y llaves, Y esta sortija, que en verdes Lisonjas de una esmeralda Mis armas grabadas tiene. Y aunque el rostro, como está, Su primer forma desmiente, Tres o cuatro puñaladas Le he de dar, que sangre muestre, Que he de sacarme a puñadas, Por si ya la suya mueve Lo horrible, para que así Mas se acredite mi muerte. El mármol quiero volver A su lugar: tal me tiene La fortuna, que he venido, Por su ocasión, a valerme De los muertos, porque cuando Espantosos y crueles Me desamparan los vivos, Los muertos me favorecen. Con este engaño podré Mas libre desconocerme En Segovia, y tejedor De agravios, que al alma ofenden, Tejiendo esperanzas largas, Que mi venganza celebren, Hacer así, que las lanzas Por lanzaderas se truequen. La confusión y el temor De que mi hermano recuerde, Sin ver a mi don Fernando, Me fuerzan a que me ausente: ¿Qué empresas y qué imposibles No intentarán las mujeres? Bien dijo un sabio, que son Lo más bajo y lo mas fuerte. A ser tejedora voy, Que amor urde, y amor teje (Penélope me disculpe) Lo atrevido y lo prudente. Tres mil escudos y más, En oro y joyas previene Mi cuidado. Ea, señora, Partamos, que ya amanece. Teodora me llamo, padre, Que aquí él señora perece. Pues vamos, Teodora, al rio, Que las mulas en la puente Nos aguardan. Ya voy, mas... Volvámonos, si es que temes A tu hermano, Tu hija. No lo pareces En no obedecerme. Vamos: Fernando, las horas breves, Infiernos y eternidades En mí han de ser hasta verte. Yo soy, padre. Aquí mis persecuciones Se acaban, porque comiencen Mis venganzas: también finge Mi persona, que desmiente La verdad, pues que soy él, A mí mismo me parece. En la puerta de la iglesia Lo dejé; mas gente viene, Huir será valentía. Ahora que el mundo duerme, También dormirá Fernando: Quiero entrar. Bermudo es este. Mas en un muerto caí. Aquí mi engaño comience. Y es el muerto don Fernando Mi amo, que así perecen Los traidores a su rey. Y tú de la misma suerte Has de morir. Muerto soy, Confesión, confesión. Aleve, No des voces. Bern. Quiero darlas, Que ya que me mata adrede, Gusto no le pienso dar: Muero a voces. Vil, pues muere. Homicida matador, Permite que me confiese, Que estoy en pecado. Montes, Que con coronas de nieve Hacéis reina a Guadarrama, En vosotros voy a verme Pobre, afligido y desnudo; Y si montes se enternecen, Anegadme en vuestros copos, O permitid que me vengue. Anoche llegar no pude A San Martín, por la gente Que me siguió. El homicida Sin duda a matarme vuelve: Muerto me quiero fingir. Cuando Fernando despierte Se ha de alegrar, que estará Con cuidado: ¡qué bien duermen Las guardas! mas (¡ay de mí! ) Muertos están, y parece Este Fernando, y Bermudo Estotro: ¡a y de mí! Bermudo, resucitar, Que este es Garcerán. Paredes, Cielos, y aurora, que haciendo Crepúsculos amaneces, ¿Decidme si son los dos? Los dos son. ¡Ay Dios! Detente, Que solo es muerto Fernando... ¿Fernando? Sí, llega a verle, Que yo quería morirme Con las sombras de su muerte. Él es: ¡ay, amigo mío! Muertos los amigos hieden, Y este hiede mucho. ¿Quién, Bárbaro, vil e inclemente, Del pecho más generoso, Más leal, más noble y fuerte, Sacó la vida? ¿quién pudo Al mismo honor atreverse "? ¡Ay, don Fernando! ¡ay, amigo! Si sois de lealtades fénix, Como el fénix renaced, Pues la lealtad con vos muere. Bern. Saliendo Fernando y yo A buscarte y defenderte, En un valiente escuadrón Cien hombres nos acometen; Yo maté diez, y herí doce, Y mi amo a ciento y trece. Pues vivo quedastes tú, Vil, no peleaste: vete Donde no me veas más. Yo juro a Dios de no verte Mas en mi vida, ni al rey, Bien puedes, Que no quiero que escarmiente Conmigo a Castilla: el nombre Y el traje es fuerza que trueque, Por no imitar a Fernando. ¡Que así virtudes se premien! ¡Y que estos traidores hagan, Y lo consientan los reyes! En Segovia pienso estar Defendiendo eternamente Esta inocencia, este agravio, Hasta que el reino confiese Que han sido traición y envidia Monstruo de tres inocentes. Hola, mirad quien da voces: Con bien salgan juntamente Dos soles al mundo, dando Resplandores diferentes, Aunque el vestido te eclipsa. Así del rey nos defiende: ¿Cuándo te veré en la aldea? Antes, señora, que llegues, Podrá ser que esté contigo; Mira que en ella te acuerdes De mí. Si en ti dejo el alma (¡Ay de mí! ) no estás ausente: ¿Cómo te puedo olvidar? El sol sale, y conocerte Podrán. Adiós. Ya amor me enternece. Vueseñoría me dé Albricias, porque ya tiene Muerto a su enemigo. ¿Cómo? A estocadas, llega a verle. Hola, llega el coche, Hola, esa gente apartad; Así la soberbia siempre Acabó. En este bolsillo Tiene un rosario. Y en este Unas llaves y un diurno. Y estas cartas y papeles Tiene en el pecho. Y sus armas En una esmeralda prende Un dedo. Mostrad, que al rey Estos despojos infieles Le he de enseñar: dadme postas, Y llevad donde se entierre Ese miserable monstruo. Todo Madrid se suspende. La piedad de Guadarrama, Y de su cura, que vieron Mi necesidad, me dieron, Con la acción que Dios mas ama, Este pobre vestidillo, Diciendo que me robaron Ladrones, y lo juntaron Con la priesa del pedirlo. Rapados barba y cabello, Soy ya tejedor tan tosco, Que apenas yo me conozco Cuando mas reparo en ello. Ya en Segovia estoy, esta es La parte en el Alzobejo, Donde Pedro Alonso el viejo Ha de vivir: ¿la que ves, No es, don Fernando, tu aurora? ¿Qué es lo que busca, buen hombre A Teodora. Ese es mi nombre, Que yo soy la que te adora: Amigos, salid a ver A Pedro Alonso mi esposo. ¡Hay hombre más venturoso! ¡Hay más felice mujer! Vecinas, amigas. Ya Con vuestras voces se alegra, Vecina, toda la calle. Y los tejedores dejan Sus telares. Y sus cardas Los de la carda. A ser venga Pedro Alonso de este barrio Quietud, amparo y defensa. ¿No tiene, amigos, buen talle Mi Pedro Alonso? Presencia Tiene de gran caballero. Basta, señores, que tenga El cuerpo de un tejedor, Que esta es mi misma nobleza: Vuesas mercedes me abracen. ¿Qué es aquesto? A tu padre. ¿Padre mío? ¿Hijo? ¡notable quimera! Mas quiero disimular, Pues soy el que gano en ella: ¡Qué roto vienes! Así, Padre, escapé de la guerra. Y aun a mí, de traer vida, Pedro, llega Decid que me lo agradezca. A ella, padre, se lo debo. Ea, todo el mundo teja. Padre, enviar por un trago, Y celébrese esta fiesta: ¿Mas qué es esto? Vuelve el rey Al alcázar. Verlo es fuerza: Abrid las puertas, pues Dios Le ha traído a nuestras puertas. ¿Es el rey como nosotros? Si como nosotros fuera, Fuera tejedor. Callad, Que ya el aparato llega. El claustro es bueno, marqués, Pero la iglesia es pequeña; Y el ser fin tan soberano Me pide que la engrandezca. De este heroico corazón Será el fin. Postas son estas. Y de ellas mi hijo el conde Es, señor, el que se apea. Dadme esos pies. Levantad: ¿Cómo aquel bárbaro queda? Muerto. Mientes, porque Dios Le libró por su inocencia. Estas cartas y papeles, Llaves y condutas, eran De su castigo lisonja, Y aquesta sortija. Muestra: ¿Cómo fue muerto? A estocadas. Castigó Dios su soberbia: ¿Y dónde queda su hermana? En Madrid la dejo presa, Por traer las nuevas. Conde, Villacastín por las nuevas Es vuestro. Dadme esa mano. Venid conmigo. Presencia De un rey tiene el rey, par Dios. Pues no puede ser en esta, Dios me ha de dar la venganza En la segunda comedia, Por quien trocar he podido Las lanzas por lanzaderas.
